EXTRAÑOS EN UN TREN
El argumento suena a una de esas novelerías con las que me adormezco en las noches de insomnio. Cuando era niño, me dormía con un cuento, y sigo haciéndolo, pero ahora los cuentos me los cuento yo. Un turista solitario viaja en tren a Venecia; se entretiene con un libro, una novela de misterio, y cuando alza los ojos encuentra junto a él a una mujer que le sonríe. Todo cambia desde ese momento. También en mis fantasías acabamos en el hotel Danieli, pero al abrir la ventana no vemos el puente de Rialto, como en la película, sino la maravillosa silueta de San Giorgio Maggiore, como en la realidad. En mis fantasías cuido la verosimilitud. Hay un hecho que rompe la rutina, un encuentro prodigioso; a partir de ahí, todo tiene que ser rigurosamente verosímil. Los guionistas de The Tourist piensan de otra manera. Por eso mi identificación con el protagonista (es, como yo, un oscuro profesor, y si se pone nervioso habla, como yo, en portugués cuando quiere hablar en italiano) se rompe pronto. Me entretengo reconociendo lugares: las columnas renacentistas del Campo de San Francesco de la Vigna, por ejemplo, donde el policía corrupto trata de entregar a Frank a los mafiosos. Y me divierte ver las absurdas licencias: ya he hablado del cambio del Danieli; también prefieren que el aeropuerto no esté tan lejos y lo colocan enfrente de la Piazza de San Marco.
Soy un fanático de la verosimilitud, pero la realidad no suele mostrarse conmigo verosímil. También yo, como Johnny Depp tuve un encuentro sorprendente una vez que fui en tren a Venecia. Quien subió al tren en una estación intermedia (ya no recuerdo cuál) y se sentó frente a mí, aunque había otros muchos asientos vacíos, no fue Angelina Jolie, sino un monje de hábito blanco y pies descalzos. Por todo equipaje llevaba una bolsa de plástico, como las que dan en los supermercados. De ella sacó una manzana, y tras limpiarla con la manga y ofrecérmela (la rechacé, por supuesto), comenzó a devorarla con grandes mordiscos. Varias veces intentó entablar conversación, primero en inglés, luego en francés, y finalmente en un vago español con acento mexicano. “¿Tiene ya alojamiento en Venecia? –me preguntó—. Los hoteles son muy caros. Conozco una residencia donde puede quedarse gratis”. Yo ya tenía reservado hotel y, aunque anulara la reserva, debería pagar la primera noche, pero no me importó. Soy una de esas personas en cuyas vidas nunca pasa nada y que, sin embargo, se pasan la vida contando su vida, así que no podía desperdiciar una ocasión así. Tuve mis dudas antes de llegar a la estación de Santa Lucia. ¿Era aquel fraile un verdadero fraile? Parecía más bien un vagabundo, con los pies sucios (ya dije que iba descalzo), aunque el hábito en cambio estuviera bastante limpio, y una barba rubia enmarañada que hacía tiempo que no conocía tijera ni peine. Los ojos, en cambio, azules y risueños, inspiraban confianza. La edad no sabría calculársela: lo mismo podía tener cuarenta años que sesenta. Me llevó, caminando a buen paso, hasta un lugar cercano a Santa María Formosa. Era un caserón cubierto de yedra, cercado por un canal estrecho que más parecía un foso (no había acera a un lado ni al otro), un estrecho puentecillo nos dejaba ante la puerta principal, que se abrió sin necesidad de que llamáramos, como si nos estuvieran esperando y nos vieran venir. “¿A qué te dedicas?”, me preguntó mientras caminábamos. “Enseño literatura”, respondí. Y él: “Yo hago milagros, curo a la gente”. Le miré a la cara, sorprendido, pero hablaba muy en serio, no bromeaba.
Estuve una semana en aquella residencia. No creo que nunca me atreva a contar lo que vi y viví allí. Es demasiado inverosímil. Pero el hermano Jonathan, que era de Nueva York, fumaba porros y había conocido a Allen Ginsberg, verdaderamente hacía milagros. Puedo dar fe de ello.
Domingo, 16 de enero
RAPSODIA
“Toda existencia se descifra en sueños”. Abro al azar el último libro de Pere Gimferrer, Rapsodia, dispuesto a echarme unas risas, según nos tiene últimamente acostumbrado con su ripiosa verborrea neomodernista, y me encuentro con un resto de la antigua grandeza. Los poemas (o los fragmentos de un único poema) comienzan bien, pero no tardan en despeñarse. “Se ha desencuadernado por la mitad mi vida”, leemos en el primer verso. Y en el segundo “como el pienso del alba se desploma en los sauces” (“o la espada del día se desliza en la sierra”, sonrío yo: cualquier cosa vale). En la contraportada y el prólogo se nos insiste en que el libro entero se escribió en seis días. No lo dudaremos: se nota. Toda arbitrariedad tiene su asiento en unos versos en los que, de vez en cuando, asoma el poeta que fue. A mí me gusta especialmente su variación de un poema de Cernuda: “Gracias demos a Góngora y a Dante, / gracias demos al verso y su tañido: / en el reloj de arena de los siglos / cada palabra es nuestra redención”.
Cierro el delgado volumen y decido no escribir sobre él. Un escritor vale por lo mejor que ha hecho. Y yo me sé de memoria alguno de los poemas de Gimferrer que me deslumbraron cuando yo tenía veinte años y él “el don de decir con verdad la belleza”.
Pero también esta maltrecha Rapsodia habla de mí: Se ha desencuadernado por la mitad mi vida y los sueños me ayudan a descifrar quién soy.
Lunes, 17 de enero
FRANKLIN STREET
Un amigo me regala El Nueva York de las películas de Woody Allen y yo aprovecho para darme un paseo por los lugares en que fui feliz. Mi memoria se detiene especialmente en una entrada de metro que está en el cruce de Broadway con Franklin. Tiene una estructura de hierro forjado que la distingue. Allí, a media noche, un mediocre escritor, a disgusto con su vida, le dice a Winona Ryder que ya la amaba antes de conocerla, que ya estaba en sus sueños mucho antes de aparecer en su vida.
Sonreí cuando, al ver por primera vez Celebrity, llegó esa escena. Ahí, en ese mismo lugar, yo estuve a punto de cometer una insensatez semejante, pero mi timidez me salvó de hacer el ridículo, aunque tampoco resultaría tan grave hacerlo una vez más. A fin de cuentas estoy acostumbrado. Bajé del cielo a la tierra cuando me pidió dinero. No es la primera vez que me ocurre. Voy de listo por la vida y luego me comporto como los ingenuos pardillos del teatro de Miguel Mihura.
Martes, 18 de enero
EL MEJOR PÚBLICO
Ya se ha convertido en una grata costumbre cenar con mi amiga Rosa Navarro Durán cuando pasa por Asturias en una de sus habituales giras. Antes de verla, a la salida de su clase de inglés, me encuentro con Ernesto, uno de sus fans, que me da un recado para ella: “Dile que venga a hablar a los niños del colegio de la Inmaculada”. Ernesto todavía casi no sabe leer, pero ya se sabe de memoria la historia de Ulises y el Cíclope; no como la cuenta Homero, sino como la cuenta Rosa.
Yo soy como ese niño, pero menos amable. Recuerdo que una vez, cansado de oír a José Agustín Goytisolo decir que él nunca había sido poeta social y que nunca había empleado en sus versos la palabra España, fui a una lectura suya con la antología de José Luis Cano El tema de España en la poesía española y le volví a hacer la pregunta. Respondió lo que respondía siempre, y entonces yo abrí el libro y le leí poemas suyos de tono inequívocamente social y en los que aparecía la palabra de la que renegaba. Replicó: “Esos poemas los he corregido”. Y sí, había cambiado la palabra “España” por “país”. Yo no sentí ningún remordimiento por dejarle públicamente en ridículo. No fui tan cortés como el niño de diez años que preguntó a Rosa por su diccionario, una de esas venales colaboraciones de las que ni se guarda memoria.
Miércoles, 19 de enero
SIN COMENTARIOS
“¿Has visto la carta al director sobre el tabaco que publica hoy Francisco Rico?”, me pregunta un amigo. “Parece que no ha quedado conforme con el contundente palmetazo que le propinó la defensora del lector”.
----No, no la he visto, ni pienso hablar más del tema. Ya me aburre.
----Pues deberías. Yo había leído muchas veces en los diarios de Trapiello que Rico era tonto, y siempre creí que se trataba de una vengativa maldad. Ahora compruebo que se puede ser (haber sido, más bien) un excelente filólogo y razonar como una resentida regadera. Comienza diciendo que las reacciones a su artículo “son casi todas patosas inquisiciones en su vida privada”. Y si aludir a su condición de fumador es inquirir en su vida privada, pues ciertamente tiene razón. Pero se olvida añadir que fue él quien comenzó al afirmar que en su vida había fumado un cigarrillo. Nadie, según él, responde a su afirmación de que “no pocos de los argumentos contra el tabaco carecen de rigor científico”. De hecho, continúa, es escasa la bibliografía. Y cuando esperaríamos que dijera “sobre los efectos negativos del tabaco” resulta que la bibliografía escasa es la que se refiere a “los efectos de la legislación en la salud de los no fumadores”. Cita un trabajo de la British Academy Review en el que se demostraría que, cuanto más se prohíbe el tabaco en los lugares de ocio, más crecen los niveles de nicotina en los no fumadores, “especialmente en los niños, que son los principales afectados a corto y largo plazo”. ¿La razón? “La prohibición en bares y restaurantes hace que el consumo de tabaco se desplace a lugares privados”: O sea que, si he entendido bien, Rico ya no duda de los efectos negativos del tabaco para la salud de fumadores y no fumadores (a pesar de la poca bibliografía que dice que hay sobre el tema), pero no cree que la actual legislación beneficie a los fumadores pasivos porque los fumadores cabreados van a fumar, en sus casas, el doble, sin importarles la salud de sus hijos. Pobre de su señora y de sus hijos, si los tiene. No quisiera estar en su lugar
----No empeñes, no voy a hablar más del tema. Dejemos que Rico, como un boxeador sonado (es un catedrático a la antigua, de los de horca y cuchillo, y está acostumbrado a que todo el mundo le ría las gracias y le aguante las impertinencias), siga dando puñetazos al aire hasta que se desplome sobre la lona.


