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domingo, 19 de julio de 2009

La mañana



Llegar a una ciudad donde nadie me espera,
donde todo me espera con colores no usados.
Una ciudad sin nombre que es todas las ciudades
con su río muy lento, sus fastuosos puentes,
la estación que retumba como una catedral,
cafés en cada esquina bulliciosa,
el puerto de las largas travesías,
el tren chirriante en la laguna,
los adolescentes frente a St Etienne,
su parloteo soñador,
el sol madrugador en las terrazas
y el mar resplandeciente bajo un cielo narciso.



Qué bien se saben todos su papel,
los escolares que se pierden en el parque,
el minucioso oficinista, el vendedor de alfombras,
esa mujer tan sola que pasea
su distante hermosura,
los enamorados que arman el paraíso
en un rincón cualquiera, resplandor en la hierba,
las calles que se contonean,
caserones de fresco zaguán
y hondo silencio dieciochesco.



Todo caricia, todo invitación,
aquí estaba la vida mientras tú en otra parte
masticabas una vez y otra vez
la intragable papilla de los días.
Palpita la ciudad desde lo alto,
reconoces las torres y las cúpulas,
el manchón verde de Villa Borghese
y el largo puente naranja sobre el Tajo,
en la plaza de la Sorbona
al lento sol de la mañana
una muchacha lee a los presocráticos
y alza los ojos para verte sonreír
a los adolescentes de St Etienne
que ofrecen la manzana
de su ambigua hermosura
a todos y a ninguno,
y tú muerdes con delicia
la manzana de la ciudad,
su pulpa de perpetuo domingo,
de infancia recobrada,
de teatrillo de titiriteros.



Subes a lo alto de la fortaleza
y sobre los tejados de Alfama o las aguas del golfo,
al fondo la abrupta esmeralda de Capri,
vas dejando caer las tristezas antiguas
y quedas para siempre
desnudo, joven, invulnerable.
La primera mañana en la ciudad
que primero anduviste en sueños,
que antes de ser verdad fue tinta y fue papel,
versos de Baudelaire o de Pessoa,
fotografías sepia,
acariciada fantasmagoría.
La primera mañana en la ciudad,
desconocido entre desconocidos,
Adán de ingenuos ojos
que no se cansa de mirar
un reluciente paraíso,
la primera mañana del mundo.

martes, 2 de junio de 2009

Encuentros y despedidas

CANCIÓN CHINA DE LOS CABELLOS BLANCOS
(Anónimo)

Como nieve de las cumbres,
como luna entre nubes.
Mi señor tiene otro amor,
dicen que viene
después de tanta ausencia
para romper conmigo.
Hoy estamos juntos
con vino en las jarras
y risa en los labios.
Mañana estaré sola,
sola con su fantasma.

Junto al estanque en el jardín
juntos por última vez
Yo le miro como la vez primera.
Él no sabe que finjo no saber.
Los vientos más fuertes
no rompen la varita de bambú

Deseaba un hombre de un solo amor,
juntos hasta tener los cabellos blancos
como nieve de las cumbres,
como luna entre nubes.
Y siempre estuve sola,
sola con un fantasma.




EPITAFIO DE NIQUINA DE FLANDES
(Antonio Beccadelli)

Si te detienes un instante y lees estos versos,
piadoso caminante, sabrás quién aquí yace.
Fui arrebatada a mi patria en los más tiernos años,
vencida por tiernas lágrimas de enamorado.
Nací en Flandes, recorrí el mundo entero
y al final me afinqué en la plácida Siena.
Hice famoso el nombre de Niquina,
fui la gloria sin par de los burdeles.
Hermosa, fragante, más limpia que el oro,
mi cuerpo no envidiaba a la nieve.
Nadie mejor que yo meneaba las nalgas,
daba a los hombres besos con titilante lengua.
Mi mano servicial sacaba todo su jugo al pene.
Una noche me solicitó un tropel de jóvenes
y aguanté cien asaltos sin llegar a saciarme.
Fui dulce, complaciente, del agrado de todos.
Pero a mí nada me complacía, salvo el dinero
y una dulce perrilla lisonjera
que lamía mi húmeda entrepierna.


QUIÉN PUDIERA ESTAR SOLA
(Ada Negri)

Quién pudiera estar sola.
Una hoja cae del árbol sobre el libro abierto,
alzo los ojos, miro pasar las nubes,
escucho el rumor de la fuente,
el silencio que habla mejor que cualquier poema.

Quién pudiera estar sola,
sola entre la multitud que camina,
cada uno a su afán,
con prisa o con desgana,
con el ceño fruncido, regalando sonrisas,
sola entre la gente, tan bien acompañada.

Quien pudiera estar sola
en la terraza con todas las estrellas
y una luna gigante que me mira
y no me compadece
porque me sabe a solas
con el mundo y conmigo,
en buena compañía.

Pero tú no me dejas.
Desde que me has dejado
no puedo ya estar sola.
Vaya donde vaya,
dormida o despierta
sigues estando conmigo,
sigues repitiendo
palabras que muerden y desangran.




AMOR DE MUJER
(Anónimo)

Hace tiempo, Amor, que no me buscas
ataviado de rojo, con el arma en la mano.
Soy débil, nunca supe cómo resistirte.
Mira las cicatrices de mi cuerpo,
maltrecho botín de todos los combates.
Algunas veces levanté murallas,
pero de un soplo tú las derribabas.
Alfombra fui de tu triunfal paseo,
carne sin nadie, anónimo despojo.
En sueños te llamé, y no venías.
De dicha creí morir, y de desdicha.
Ahora vivo feliz, entre el agua y el sol.
En el huerto cercado florecen los naranjos,
en mi cuerpo las rosas, las caricias amigas.
Solo amor de mujer es rosa sin espinas.

jueves, 30 de abril de 2009

A la sombra del verso

De paso por Mondoñedo, encontré en la librería Alvite, en la plaza de la catedral, un libro de Álvaro Cunqueiro que no conocía, Viajes y yantares por Galicia, recopilación de artículos publicados en la revista Vida Gallega. En el ejemplar que yo compré alguien había incluido una doble página de un viejo número de esa revista, con una serie de poemas en gallego firmados por Benito Soto, el pirata de Pontevedra cuyas peripecias noveló José María Castroviejo. Los versos que siguen pueden ser suyos, aunque yo me inclino más bien a pensar que su autor es Cunqueiro y que utilizó ese pseudónimo como guiño a su fraternal amigo.




EL INVIERNO EN SANTIAGO

Un mediodía frío,
un comedor pequeño y caliente,
cuatro amigos que sepan estar callados
hasta los postres,
que no fumen hasta tomar café.
Por la ventana se verá llover
y se oirá cómo pasan
los hombros del viento
rozando los cristales.


OURENSE

Es mediodía en la puente Barbantiño
Es mediodía en un huerto y en un limonero
al que quemó la helada,
un mediodía de oro.
Sobre mi mesa tengo
un gran fruto amarillo
del limonero resucitado
y quiero saber lo que hay en él,
qué noticias me trae de la muerte.
Lo parto en dos y escucho
una voz tibia y sorprendida
como aquella brisa que en el huerto
en la orilla del Miño
suave acariciaba la mañana.




FÁBULA DE MONFORTE

Monforte es una torre,
una puente y un río
y una alta plaza donde el viento
—entre espinas, crepúsculos pisando—
sabe versos de Góngora.
Erguida geometría,
un abrazo romano
a las célticas aguas del Cabe,
y a los pies del castillo
bíblico olor de higueras medievales.

Monforte es una clara
noche de primavera
en que titilan todas las estrellas,
sonríe Galatea
en brazos del viajero
y el cíclope burlado se lamenta
en el silbo de las locomotoras




TUMBA DE SIR JOHN MOORE

Jardín de enrejadas
ventanas de convento,
cipreses, mirto y rosas,
en donde yace el héroe.

Jardín de soledades
en donde la mañana
lentamente se adentra,
se enclaustra, me reclama..

Los navíos que parten
y la luz que se queda.
Ceniza de los sueños,
el viento la dispersa.

Tan hermosa mañana,
tan hermoso estar muerto.
Solos la luz y yo
y el Jardín de San Carlos.


NOCTURNO TUY

Envuelto en silencio,
abre sus labios de piedra,
hiedra o musgo
a la menuda lluvia primaveral.
Cualquier ruido lejano
se clava en él como una aguja en la carne.
Cuando cesa la lluvia, la luna
ilumina la ciudad y en lo alto
de la torre de Soutomaior
aparece la dubitativa
sombra de un fantasma
que no sabe si teme o desea
que de más allá del Miño
lleguen, a arrebatarle el corazón,
los caballeros de Portugal.




NOSTALGIA DE LUGO

Desde la muralla, por la puerta de San Pedro,
al sol de mayo o junio,
los Ancares cubiertos de nieve.
La nieve azul de los perfiles,
la nieve negra de las sombras
y más allá un país de eterna primavera,
el país donde florece el limonero.
Recorrer una larga, estrecha y antigua calle,
vagar, silbante, con las manos en los bolsillos,
mirándolo todo, oliéndolo todo:
esa pequeña tienda
que solo cuelga en el escaparate
una ristra de cebollas,
ese húmedo portal del gran caserón,
la charlatana barbería,
y al final la plaza porticada
—Rua Nova, Praza do Campo, ensalmo
de los nombres en la memoria
como versos de algún trovador—
donde pasar las horas y los sueños
oyendo caer el agua de la fuente




EL MERCADO DE HIERBA

Si yo fuese pintor
ya habría pintado una y mil veces
el mercado de hierba de San Lucas
en la plazuela de la Fonte Vella
junto a la Porta da Vila,
allá, en Mondoñedo.
No creo que pueda comparársele
ningún mercado del mundo,
ni el de las rosas en el Farfistán
ni el de los tulipanes en Harlem.
Cuando queda desierta la plazuela,
noche ya, se oye caer el agua en la fuente
y se aspira el fino y fresco olor de la amargosa.
Así deben de oler
las infantas de Irlanda y Bretaña,
así huelen las horas del alba
en los prados húmedos de rocío.

miércoles, 22 de abril de 2009

Gatomaquia

Junto al monolito consagrado a la memoria de James Campbell, marino muerto a bordo del navío Alaska, a la edad de veintiocho años, el 22 de diciembre de 1875, un gato rubio dormitaba indolente. Todo era allí, bajo el cielo de un intenso azul, a la sombra larga de los cipreses, silenciosa, soleada felicidad. Ni una brizna de dolor quedaba en el ambiente. Por una vez el nombre del cementerio lisboeta, Prazeres, no me pareció irónico. También las heridas que no se cierran nunca se cierran alguna vez. También los muertos mueren un día y dejan de hacernos daño. Mientras paseaba entre las tumbas, otros gatos vinieron a hacerme compañía. Gatos reales, gatos de tinta y de papel, tan cercanos, tan incomprensibles. Como la muerte, como la eternidad.


EN PALACIO

(Lewis Caroll)

“Yo soy rey” dijo el rey.
Y el gato desdeñoso
volvió la espalda

Qué vale un rey si hay
mariposas que tiemblan
en la ventana

Soy rey del mundo.
Qué poca cosa.
Quién fuera gato.



PROYECTOS DE FUTURO

(Apollinaire)

En mi casa deseo tener
una mujer que imponga su razón,
un gato que pasee entre los libros
y por que sin ellos no puedo vivir
amigos a cualquier hora del día.



EL REGRESO DE ULISES

(Irene Lisboa)

El perro
me reconoce:
me confunde con otro.
El gato no se equivoca.
Huye de mí:
sabe, Penélope,
que soy otro



AL SOL DE SUS OJOS

(Eugénio de Andrade)

Déjame que recuerde antes que nada
al más antiguo, yo tenía
diez años o ni siquiera eso.
Un pequeño trasto
incapaz de acostumbrarse
a la arena del cajón fue quien
primero tomó mi corazón al asalto.
Vino después, ya en Coimbra, una gata
que no paraba en casa: fornicaba
y paría en el pinar. No le tuve
afecto que durase, ni ella lo merecía,
de tan puta. Solo muchos años
después entró en casa para ser
señor de ella el pequeño persa
azul. La belleza nos vuelve el alma
del revés y desaparece.
Quien me lame ahora
la herida abierta que dejó su muerte
es una gatita fiel y negra
con tres o cuatro manchas de cal
en la barriga. Al sol de sus ojos
acostumbro
leer el periódico los domingos
y caliento mis manos en invierno.



PABELLÓN CHINÉS

(Kenneth Rexroth)

Iba y venía.
Nada preguntaba.
Todo lo sabía

Gatos caseros,
gatos vagabundos,
todos
gatos sin dueño

El gato sabe
todo lo que me dices
cuando callas.

Cómo le gusta
al sol de invierno
acariciarte.

Los gatos
andan en verso.

La felicidad
llega y se aleja
con pies de gato.

Con qué sigilo
de las tinieblas vuelves
a consolarme.

Tú no viniste.
Fue el gato el que me trajo
noticias tuyas

Entre las sábanas
la luna y yo.
Maúlla un gato.

Maestro es el gato
del no hacer nada.
Yo, un mal discípulo.

Bajo la lluvia el amo.
Y el gato orondo
tras la ventana.



EPITAFIO DE TRISCA

(Colette)

Mientras dure mi vida sigues viva,
aunque ya solo en sueños sienta
tu pequeño cuerpo en el regazo
y el ronroneo con que conmemoras
el milagro de ser y de estar juntas.