domingo, 21 de julio de 2019

Colección particular: Gatos


  
LIBRERÍA ALTA ACQUA

Son media docena, o más, los que andan brujuleando por la librería, pero yo solo me he hecho amigo de tres, y les he dado nombre: Guardián, negro y orondo, que descansa sobre uno de los cajones con libros de la entrada, atento a que nadie se lleve ninguno sin pasar por caja; Lector, blanco y leonado, a quien siempre encuentro junto a un libro abierto (a veces dormitando sobre él: la última vez se trataba de La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, ese Joyce triestino), y Explorador, de quien se cuenta que, en una de las habituales acqua alta, inundada la librería, salio del local en lo alto de una de las viejas góndolas en las que se exhiben libros y llegó hasta el Gran Canal, subido a la inestable torre de papel, dirigiendo la travesía.
            La librería Alta Acqua está en un bajo de la Calle Longa S. M. Formosa y su parte de atrás da al canal de Santa Marina por el que cruzan sigilosas las góndolas. Apenas hay otoño en que no se inunde y las enciclopedias que se apilan en su pequeño patio, fundidas unas con otras por la acción del agua y del sol, forman una escalera por la que uno puede subir para atisbar el horizonte, y por eso, los libros no se apilan en el suelo sino en viejas barcas e incluso bañeras.
            Los gatos de Alta Acqua son famosos, quizá lo más famoso de la librería, que está a punto de morir de éxito. Pronto tendrá que cobrar la entrada, como Lello, la librería de Harry Potter, en Oporto. Ya casi nadie entra en ella a comprar libros, sino a perderse en aquel laberinto, hacerse fotos y asomarse a un canal que gusta de vez en cuando de salirse de madre.
            El dueño, Luigi Frizzo, antes estaba siempre en la caja, pero ahora se lo encuentra uno a menudo sentado en el patio, dispuesto a charlar con cualquiera que quiera acompañarle.
            Los gatos de Alta Acqua son mis más fieles amigos venecianos. Nunca dejan de reconocerme cuando vuelvo ni de alegrase de verme, o esa ilusión me hago.
            A Lector le debo el encuentro con excelentes autores de los que ni había oído hablar. A veces, cuando paso por su lado, abandona el libro que tiene entre manos y salta hasta otra estantería. Yo le sigo y nunca dejo de hojear lo que me ofrece. En una ocasión me llevó hasta Memoria d’un altro fiume, una selección de la poesía en prosa de Eugénio de Andrade traducida por Carlo Vittorio Cattaneo a principio de los ochenta. “Qué bien me conoces”, le dije. Y él se dejó acariciar.


EN EL GRAN TEATRO

En el gran teatro de Plovdiv, un gato viejo, sentado sobre sus cuartos traseros, asiste impasible, como un senador romano, al ir y venir de los turistas. Una vez me subí al escenario y recité, solo para él, unos versos de la Medea de Séneca:
            “Yo fui feliz hace tanto tiempo / que ya ni puedo recordar / lo que entonces sentía. / También fui desdichada / porque engendré para el dolor y el llanto / dos hijos inocentes.
            ¡Qué locos los humanos, / veneran a los padres / que los condenan sin culpa / a una interminable agonía / y temen al verdugo / que los libera de ella!
            Incluso en la vida más feliz / hay más dolor / que en la peor de las muertes.”


TERTULIA EN ÇANAKKALE

Entre la Troya de Homero y el Abydos de Lord Byron, Çanakkale, que ve ponerse el sol sobre las tierras de Europa recostado en el lado asiático de los Dardanelos, se asocia en mí a la idea de la felicidad, a pesar de que fue escenario de una de las grandes masacres de la historia, la batalla de Gallípoli.
            Paseaba a solas, no echaba de menos a nadie (quizá por primera vez en mi vida) y al cruzar por una de las calles paralelas al paseo marítimo, me encontré con seis o siete gatos que parecían formar tertulia en una esquina. Me detuve junto a ellos y durante un tiempo callamos juntos, como buenos amigos, cada uno devanando sus quimeras, y al alejarme siguieron allí inmóviles gozando de la tarde y yo sentí que nunca había estado en mejor compañía.


TIBERIO

Subí hasta el monte Solaro, desde Anacapri, solo en el ir y venir de las telesillas vacías. Solo estuve en aquella altura un largo rato, contemplando el fascinante panorama, tan lleno de azul y de literatura. Un gato se me acercó y yo de inmediato le di el nombre del emperador que allí quiso buscar en la desmesura del placer antídoto para la melancolía. Intercambiamos confidencias en forma de haikus, que es el lenguaje que mejor entienden los gatos.

Así te quiero
ni de mí ni de nadie
libertad pura.

También sin casa
¿por qué entonces ahora
me compadeces?

Duerme conmigo
y cuando me despierte
sigue conmigo

Los dos tan solos
yo también como tú
gato sin dueño.

Lejos de mí
en el jardín sin nadie
brillan tus ojos.

Saciado y solo
con heridas a veces
vuelves a casa.

Como tú busco
el amor con cualquiera
y vuelvo solo.
    


EL PEQUEÑO PERSA

Los gatos que yo amo son inmortales, como los dioses y el ruiseñor de Keats. Mi egoísmo los prefiere libres, callejeros, saliendo a mi paso por los caminos del mundo, o en casas de amigos que visito de tarde en tarde, saliendo de su rincón para husmearme y darme el visto bueno (a los gatos, al contrario que a las personas, suelo caerles bien desde el principio). Por eso, raras veces los he visto enfermar y morir.
            Hay dos excepciones, una fue Mickey, el pequeño persa de Eugénio de Andrade. No puedo releer los versos que le dedicó sin sentirme conmovido: “Era azul y tenía los ojos de dios, / mi pequeño persa / ––ahora, a ras de suelo, ¿a dónde iría?, / la voz quebrada, / el peso de la tierra sobre los flancos, / la luz desierta en la pupila. / Te llamo; digo tu nombre / tropezando sílaba / a sílaba; repito tu nombre / para que vuelvas con la luna / nueva, el sol de marzo, / el pan de cada día; / te llamo: el rigor del frío, / su tela blanca, / por toda compañía”.
            En el epílogo de Rente ao dizer, nos cuenta cómo llegó a su vida aquel inesperado regalo de unos amigos: “Sorprendido, miraba aquella maravilla que me cabía entera en la mano, con terror y fascinación al mismo tiempo, pues a partir de entonces mi libertad parecía amenazada. La minúscula criatura me miraba fijamente con ojos de cobre redondos, inmensos, y ante aquella mirada me sentía a su merced. Comenzamos a tratar entonces de su instalación. Como era del tamaño de una avellana, y aquel enero era muy frío, acabé por llevarlo para mi cuarto: primero junto a la calefacción, después para la cabecera de la cama, donde se habituó a dormir, a veces con mi mano por almohada. Como toda la vida dormí solo, con Micky supe por primera vez de una presencia serena en mi cuarto. Y lo fui viendo crecer con la certeza de que a mi lado crecía un ejemplar perfecto: cabeza robusta, orejas delicadas, naricita rosada, pelo espeso y sedoso, más abundante en el cuello y la cola  –era un príncipe oriental que compartía sus días conmigo, sin corona y sin mundo para gobernar, pero de una belleza que, si fuera humana, sería insoportable”.
            Siguen los días de felicidad, que parecían no tener fin, y luego el derrumbe, los pormenores de la enfermedad final, que no puedo leer sin lágrimas. También se me humedecen todavía los ojos cuando paso por aquel parque secreto, cerca del Ponte delle Guglie, donde depositamos las cenizas de Trisca, la gata que llegó a las manos de Silvia y a la tertulia por inesperado azar y casi recién nacida y que durante tantos años fue una contertulia más.
            No hay amor que no reciba su merecido. Amor con dolor se paga. También los dioses mueren.





domingo, 14 de julio de 2019

Colección particular: Calles


  
RUA FERREIRA BORGES

Comienza en el Largo de Portagem, a la entrada de la ciudad, junto al puente sobre el Mondego; termina en otra plaza, frente a la iglesia barroca de Santa Cruz, donde está enterrado el primer rey de Portugal, don Afonso Henriques.
            A veces cambia de nombre en ese largo recorrido, pero sigue siendo la misma, una calle burguesa, con mucho empaque decimonónico, que separa las dos partes de la ciudad: a su derecha, la que se empina hasta la Universidad, con fatigadas callejuelas y caserones podridos de historia; a su izquierda, el laberinto de la baixa, bullicioso a las horas del mercado, desierto el resto del día.
            Cerca de su comienzo, estaba el Café Arcádia, por el que pasaba –o eso me parecía a mí– toda la historia de la literatura portuguesa. En una librería cerca del arco de Almedina, compré un libro que acababa de aparecer, Matéria solar, de un poeta del que no tenía noticia, Eugénio de Andrade, y que desde entonces me acompañaría para siempre.
            Lo leí entero, recién comprado (como a mí me gusta leer los libros) en el café Arcádia, cerca de una de las ventanas, cuyos cristales temblaban cuando pasaba, muy cerca, el tranvía. Todavía recuerdo muchos de sus versos: “El muro es blanco / y bruscamente / sobre el blanco del muro cae la noche”
            No cae nunca la noche sobre aquellos días de Coimbra, los mejores y los peores de mi vida. En el café Arcádia escuché hablar con unos amigos a Miguel Torga, que tenía su consultorio al comienzo de la calle (luego me lo volví a encontrar, solo, en el cine Avenida); en el café Arcádia leí Amor de perdición, de Castello Branco, y a Eugénio de Castro, tan elogiado por Unamuno, que había nacido allí al lado, y que murió de pena cuando en tiempos de Salazar destruyeron la casa en que vivía para construir la nueva universidad, de empaque mussoliniano, en la que yo estudiaba.
            En el café Arcádia… Pero esa es otra historia que recordar no quiero. Sima y cima. Infierno y paraíso. Cruz y delicia.
            Tantos años después, ahí sigue la Rua Ferreira Borges, con sus tiendas elegantes y sus despachos de médicos y abogados. Cerró hace cerca de cuarenta años el Café Arcádia, pero continúa abierto, en lo que fue una iglesia al lado de la principal, el café de Santa Cruz. Cuando he vuelto, siempre me he sentado en él a hojear los libros que acabo de comprar en alguna librería y a borronear algunos versos.
            Pero la verdadera Rua Ferrreira Borges hace tiempo que no está en Coimbra, sino amarilleando de melancolía y perfumando para siempre mi memoria.


42 STREET

Tiene un corazón luminoso, el que atraviesa Time Square, pero el tramo que yo prefiero, el que hago mío, va desde la Biblioteca Pública hasta Tudor City y las Naciones Unidas. En tiempos, entre otras maravillas, había en ella un paraíso de tinta y de papel, en el que se podían encontrar todos los periódicos del mundo. Recuerdo que una vez, por hacer la prueba, pedí La Voz de Avilés, y tras mucho buscar y rebuscar acabaron trayéndome un ejemplar, aunque varios días atrasado. Eran tiempos anteriores a Internet y los diarios digitales.
            En las escalinatas de la Biblioteca, custodiadas por leones, me senté muchas veces a no hacer nada y siempre lo primero que me venía a la cabeza eran los versos de José Juan Tablada: “Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida / tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”.
            Yo tenía la sensación, sentado allí, de que era el mundo quien pasaba tan cerca de mis ojos como de mi vida. Me alojaba por entonces en un apartamento de Tudor City y recorría varias veces la calle desde la estación de metro de Grand Central.
            En la gran estación, plantada en medio de Park Avenue, me gustaba pasar el tiempo, alternando la contemplación de la bóveda celeste, pintada en el techo del inmenso vestíbulo, con el ir y venir de los viajeros en torno al reloj de cuatro caras. No sé qué filosóficas emociones me producía el contraste entre la serenidad del cielo estrellado y el ajetreo de los seres humanos.
            Me gustaba detenerme, cuando iba al centro o volvía al hotel, en la antigua redacción de periódico en que había trabajado Superman, quiero decir Clark Kent, con su coloreado globo terráqueo en la entrada, y también en la Fundación Ford, con su jardín cautivo, el primero que yo tuve ocasión de contemplar enjaulado en un edificio de granito, cristal y acero.
            Mi rincón favorito era uno de los dos pequeños jardines elevados, el de la derecha, que había al final de la calle, antes de cruzar la Primera Avenida y desembocar en Naciones Unidas. Jardines de uso público, pero de propiedad privada, frecuentemente uno tenía en ellos por única compañía a alguna inquieta ardilla.
            Allí me vuelvo a ver leyendo, descifrando mejor, una edición de los poemas de Emily Dickinson, que entonces tenían para mí algo de enigmáticos telegramas líricos: “Entre las cosas que vuelan / están los pájaros, las horas y el abejón”. Esos versos se me han quedado en la cabeza. También un poema que habla de cuando ya no florezcan las rosas y se acaben las violetas.
            Pero lo que más recuerdo, lo que hace para mí inolvidable aquella calle y aquel rincón, es algo –fisiología y magia– que no puedo o no quiero contar. Una celeste aparición, que llegó acompañando a su perro, y la conversación propiciada por el libro de Emily Dickinson, y luego, en su casa, aquel milagro fuera del tiempo y del espacio que no se volvería a repetir, como es propio de los milagros.

AZUL PALERMO            

Algunas noches, mientras llega el sueño,
me pongo a pasear por la memoria,
borrico que da vueltas a la noria
y no atiende a las voces de su dueño.

Aquel café otra vez y aquella esquina
y el fauno que se esconde en el jardín,
las avenidas que no tienen fin
y el mar que me consuela en Mergellina.

Vuelvo a Coimbra y a la plaza aquella
cerca de la estación y al hotel Roma
y a Ginebra con nieve y a la doma
de la quimera y a mi amarga estrella.

Qué fatigado estoy cuando me duermo.
Perugia tan perdida y tan azul Palermo.

STRADE NOVA

La Strade Nova resulta quizá la menos veneciana de las calles de Venecia, con decir que la construyó Napoleón ya está dicho todo, pero es también una de las más cómodas y más frecuentadas por todo el mundo, turistas y lugareños.
            Termina en el Campo dei Santi Apostoli, con campanile y reloj que marca las veinticuatro horas del día (y que casi necesita libro de instrucciones para poder ser descifrado), uno de los centros del laberinto sin centro que es Venecia.
            Cuando yo me alojaba en un hotel al lado mismo de Ca’d’Oro, cenaba todas las noches en el MacDonald’s de esa calle, frente a la callejuela que llevaba al vaporetto.
            A mis amigos, pretenciosos viajeros que abominan del turismo como cualquier turista que se precie, eso les parecería una abominación, y por eso solo lo hago cuando viajo solo y suelo callarlo como un inconfesable vicio privado.
            Salía con mi bandeja a una de las mesas de la calle y allí me quedaba un buen rato contemplando el ir y venir de la gente y anotando de vez en cuando algunos versos en mi cuaderno: “Qué bien se lleva / el verano contigo, / tarde de otoño”.
            Para mí forman una única calle, aunque reciban distintos nombres, las que prolongan Strade Nova hasta el puente de Le Guglie, sobre el canal del Cannaregio. Como frecuentemente me he alojado cerca de la estación, la recorría más de una vez todos los días. Por allí tengo viejos conocidos: el Teatro Italia, que acabo de encontrar convertido en el supermercado más hermoso del mundo, con exposiciones de arte y música en directo; la iglesia circular de la Magdalena, con el ojo divino en medio del triángulo masónico y su maravillosa inscripción en la fachada: la sabiduría levantó este templo; los puestos matinales de verduras, frutas y pescado bajo las ventanas de mi apartamento en Rio Tera’San Leonardo.
           

CALLE RIVERO

Viví en ella, sigo viviendo en ella, es la calle que más veces he recorrido entera, desde la plaza de España hasta su final donde estaba, donde sigue estando, mi casa.
            Ha desaparecido el quiosco-librería de Juanita, donde de niño compraba los tebeos, también la fugaz librería en que compré mi primer libro, las Poesías completas de Antonio Machado, en la colección Austral, a los catorce años, después de ahorrar, peseta a peseta, el poco dinero que costaba, para mí una fortuna. Pero ahí sigue, en su esquina de siempre, Gráficas Careaga, donde se comenzó a imprimir, allá por 1975, la revista Jugar con fuego, que escribía yo por entero porque por entonces no conocía a nadie más en Avilés a quien le interesara la literatura, aunque ya me carteaba con Vicente Aleixandre, mi primer corresponsal literario,  o con Ángel González, en su transtierro americano.
            Calle soportalada, antiguo camino a Oviedo, paseada por los frailes de San Francisco, como dice la canción, con capilla venerable y fuente dieciochesca, con una entrada monumental al parque de Ferrera, cuyas altas murallas –altas entonces– yo me atreví a saltar cuando era niño y el parque todavía enigmática propiedad privada.
            “Las calles de Buenos Aires / son ya la entraña de mi alma”, cantó Borges. La calle Rivero (tantas tardes yendo y volviendo de la antigua biblioteca, con libros –pasaportes de felicidad– en las manos, tantas veces yendo y volviendo a la tertulia del Serrana, donde fui comentando uno a uno, según se escribían, los poemas de Víctor Botas) discurre menos por Avilés que por las entretelas de mi corazón.



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domingo, 7 de julio de 2019

Colección particular: Venecias




ESPEJO

Cuando se mira en el espejo de sus aguas, incluso la Venecia más decrépita se vuelve hermosa.

SOMBRA

La sombra de un ciprés, un muro de ladrillo, un cielo muy azul. Podían estar en cualquier vieja ciudad, pero el silencio que los rodea solo puede ser veneciano.

INVIERNO

Hay días de invierno en que Venecia se encierra en casa, se envuelve en niebla y no se deja ver.

CAMPANAS

En Venecia, cuando uno se siente feliz suenan a la vez todas las campanas.

PALOMAS

En el campo de San Giovanni e Paolo, las palmas juegan con el fiero Colleone, dan vueltas en torno suyo, se posan en su mano, en la cabeza del caballo, en su propia cabeza, pero él se lo consiente todo como un abuelo paciente a los díscolos nietos.

ENSOÑACIONES

Las ensoñaciones de un paseante solitario sostienen Venecia; cuando deje de soñarla, se hundirá en las aguas.

BATALLAS

En el silencio marino de los amaneceres venecianos, resuena el eco de todas las batallas perdidas.

ROSAS

La ventana abierta da al jardín, un jardín diminuto al que un alto muro separa del canal. ¿Sabrán las rosas que en él crecen que están en Venecia?

JARDÍN

Los ventanales góticos, lo único iluminado al otro lado del canal, dejan entrever el jardín del edén: un inmenso salón lleno de libros.

SOLO

Si no has estado solo en Venecia, no has estado en Venecia. Solo se muestra de verdad a quien no tiene ojos más que para ella.

ODIO

Los venecianos odian a los turistas como la paloma de Kant odiaba la resistencia del aire. Sin esa resistencia, la paloma no podría volar; sin los turistas, Venecia se hundiría en las aguas.

ENCARGOS

Los crepúsculos Venecia se los encarga a Paolo Veronese o a Tintoretto, pero los amaneceres son siempre de Giovanni Battista Tiepolo.

AMORES

En Venecia, todos los amores eternos duran una noche, salvo el amor a Venecia.

OTOÑO

En otoño, Venecia solo tiene ojos para sí misma.

ATARDECERES

Algunos atardeceres, acodado en el Ponte dei Mendicanti, contempla uno San Michele, con los cipreses asomando sobre el muro, y no sabe cuál es la isla de los muertos y cuál la de los vivos.

LEJOS

Cuando estamos en Venecia, nunca estamos del todo en Venecia. Solo estamos de verdad en ella cuando la soñamos lejos de ella.

ROBO

Una vez, en Venecia, en un hotel de cuyo nombre no quiero acordarme, quien yo creía que me había robado el corazón, me robó la cartera. El corazón no lo quería para nada y lo tiró a un canal.

CIRCULAR

Venecia es circular, como el universo: dos personas que parten en direcciones contrarias acaban siempre por encontrarse.

NOSTALGIA

Si estando en Venecia sientes nostalgia de Venecia, es que eres veneciano.

CAMINOS

Una vez, al preguntar una dirección en Venecia, el tendero me respondió: ¿Prefiere usted el camino más corto o il piu bello?

DECIR

¿Qué no se habrá dicho ya sobre Venecia? Y, sin embargo, lo más importante queda todavía por decir.

SECRETO

La Venecia más secreta está a la vista de todos.

PÉRDIDA

Los que viven en Venecia no sabe que se pierden lo mejor de Venecia.

SUEÑO

Una vez soñé que estaba en Venecia y que de pronto comenzaban a repicar todas las campanas hasta despertarme. Cuando abrí los ojos, las campanas seguían sonando y en el techo, por una rendija de la ventana, se reflejaban las aguas del canal.

ESCONDITE

A Venecia le gusta jugar al escondite. A veces das vueltas y vueltas por sus rincones más famosos y no eres capaz de encontrarla entre la multitud.


RELÁMPAGO

Todas las causas son causas perdidas,
todas las ciudades se hunden en el agua
del tiempo lentamente sin salvación alguna.
Todos los hombres matan lo que aman
para luego llorar sobre las ruinas.
No tienes más sustancia que la que tengo yo.
Tú también eres humo, sombra, polvo y nada,
un súbito relámpago
que aún no fue y ya ha pasado y sin embargo
no se termina nunca.

SIEMPRE

Un cedro y un ciprés, jazmines, tamariscos,
la pérgola y la parra y el rojo de esas flores
que tanto amaba Veronese. Al fondo
por una grieta entre los muros
cabrillea el agua del canal…
La fatigada luz de la tarde de junio
ha tomado posesión del jardín
y tantos años después ahí sigue, inmóvil,
apoyada en el brocal del pozo,
decidida a quedarse para siempre.

AMANECER

Me despertó la luz de la mañana,
súbita, inesperada, prodigiosa,
la luz exacta de aquel distante día
en que sonó un ‘fiat lux’ y nació entera
cuando aún no había ojos que la vieran
y nada más que ver sino ella misma.
En la ventana abierta sonreía,
se bañaba en las aguas del canal,
acariciaba tu cuerpo desnudo,
todavía dormido junto a mí.
Y en mis ojos había orgullo y pasmo,
los mismos con que Dios por vez primera
miró su obra y se admiró en ella.



domingo, 30 de junio de 2019

Revelación de secretos: El hombre invisible



Sábado, 22 de junio
YO MI ME CONMIGO

Me he aficionado a tenderme en el diván y hablar y hablar de mí mismo. Debe ser cosa de la edad. Menos mal que mi psicoanalista habitual no suele cobrarme los honorarios. En caso contrario, me arruinaría. Pero este sábado ha tenido que ir sacándome las palabras como con sacacorchos.
            –-¿Se considera un triunfador?
            –-No.
            ––¿Se considera un fracasado?
            ––Por supuesto que no.
            –-Su pareja ideal.
            ––Alguien que me admire. El doctor Watson, por ejemplo.
            ––De no vivir donde vive, ¿en qué lugar le gustaría vivir?
            ––En cualquiera que esté como máximo a una hora de distancia (en autobús) de Venecia, Nueva York, Nápoles, Lisboa, Burdeos, París, Roma y Oporto. De todos esos sitios a la vez, no de cada uno de ellos.
            ––Su restaurante favorito.
            ––La cocina de mi casa.
            ––¿Es coleccionista?
            ––Soy un coleccionista obsesivo.
            ––¿Qué colecciona?
            ––Muchas cosas. Escaleras, por ejemplo. La última que he incorporado a mi colección es la escalera oval del Palazzo Cini, en Venecia.
            ––¿A qué político no votaría nunca?
            ––A mí mismo. No valgo para eso.
            ––¿Lee mucho?
            ––Cada vez menos. Nunca más de uno o dos libros al día, pero hojeo y descarto bastantes más.
            ––¿Es hombre de muchos amigos?
            ––Solo en Facebook.
            ––Su mayor defecto.
            ––Quererme demasiado.
            ––Su mayor virtud.
            ––Quererme demasiado.
            ––Le gusta su trabajo.
            ––Me gustaba.
            ––¿Y eso?
            ––En el “templo de la inteligencia”, para decirlo con palabras de Unamuno, ahora reina el reglamentismo chusquero. Copia y pega, cumple las normas burocráticas a rajatabla, por absurdas que resulten, y deja cualquier atisbo de pensamiento crítico encima del piano.
            ––O sea, que se ha cansado de dar clases.
            ––De eso no me canso nunca, pero en la universidad las clases son lo que menos importa. Cuantas más clases des, más abajo estás en el escalafón y menos cobras.
            ––¿No estará aplicando una vez más la fábula de la zorra y las uvas ahora que, a punto de cumplir los setenta, le obligan a jubilarse?
            ––Algo de eso hay.
            –-¿Se considera inteligente?
            –-Sí, pero no en las cosas que verdaderamente importan.
            –-¿Por ejemplo?
            ––En el amor. Ahí siempre me he comportado como un perfecto idiota.
            –-¿Soporta bien la soledad?
            –-No sé qué es eso. Incluso cuando estoy solo estoy lleno de gente.
            ––¿Le habría gustado tener hijos?
            ––A veces pienso que lo más me habría gustado es no tenerlos.
            ––¿Teme a la muerte?
            ––A la de la gente que quiero, no a la mía.
            ––¿Le gustaría ser inmortal?
            ––Solo en sentido figurado. Me gustaría que, dentro de cien, doscientos o dos mil años, se siguieran leyendo algunos de mis libros, alguien citara de pronto, en medio de una conversación, un verso mío, como yo ahora cito, por ejemplo, a Virgilio: “Iban oscuros en la noche sola”. Pero el largo sueño sin sueños de la nada no me asusta, lo considero superior a cualquier paraíso que pueda inventar el hombre.
            ––¿Cree en Dios?
            –-No, pero es un comodín que me da mucho juego.
            ––¿Monárquico o republicano?
            ––Republicano sin prisas.
            ––¿Se considera un buen español?
            ––Entre los mejores.
            ––Parece que la modestia no es lo suyo.
            –-En efecto, no es lo mío.
            ––¿Se considera entonces una persona vanidosa?
            ––Orgullosa, más bien. Los elogios que prefiero son los míos y no suelo concedérmelos con facilidad.
            ––¿Hay algo inconfesable en su pasado? ¿Algo que le avergonzaría que saliera a la luz?
            ––Por supuesto, pero lo he olvidado por completo.
            ––¿Le gustaría volver a enamorarse?
            ––Preferiría antes cualquier cosa, incluso una visita al dentista.
            ––¿Es un hombre religioso?
            –-Mucho. Dios es el más eficaz de los placebos: no existe, pero hace milagros y ayuda a vivir.
            ––¿Cuál es la ciudad a la que más veces ha vuelto después de dejar de vivir en ella?
            –-Avilés, pero nunca he dejado de vivir en ella.
            ––¿Se atrevería a definir en una palabra a los escritores que han salido de su tertulia?
            –-No me ponga usted en un compromiso. Déjeme alguna palabra más.
            –-Javier Almuzara.
            ––La banda sonora del entusiasmo.
            ––Xuan Bello.
            ––También la verdad se inventa.
            ––Lorenzo Oliván
            ––El pensador imaginario.
            –-José Luis Piquero.
            –-Cuchillo sin mango.
            ––Martín López-Vega.
            ––Ejem, ejem.
           


Domingo, 23 de junio
LO EXPLICA FREUD

“Es que tú –me dice un amigo– nunca tienes apuros de dinero, como no fumas ni vives…”
            Quería decir, claro, “ni bebes”, pero ya habló Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana de lo expresivos y certeros que pueden ser los lapsus linguae.


Lunes, 24 de junio
EL REGRESO DE ULISES

Anduve lejos.
Vuelvo y solo la lluvia
se alegra al verme.


Martes, 25 de junio
CINCO DISPARATES CINCO

En enero de este año, el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo decidió convocar el premio internacional de poesía Ángel González, como continuación de los homenajes al poeta con motivo del décimo aniversario de su muerte. Estaba presupuestada la dotación y decidido el jurado: Esther García López, poeta y presidenta de la Asociación de Escritores de Asturias; Mario Vega, poeta y editor; Marta Magadán, editora; Aurelio González-Ovies, poeta; Yasmina Álvarez Menéndez, poeta.
            Pero del premio nunca más se supo. Y yo me olvidé de él: no soy muy partidario de los premios, sobre todo si son municipales y espesos.
            Hoy una mano anónima deja en mi buzón las cinco exigencias que, al parecer, la heredera del poeta puso al Ayuntamiento como condición previa para dar su consentimiento al premio:
            "1. Limpiar mi nombre. Es decir, divulgar ampliamente y a nivel nacional lo que realmente ocurrió con la fallida Fundación y que explique Antonio Masip por qué eliminó algunos fragmentos fundamentales del testamento.
            2. Anular la Fundación, o sea, que quede como si nunca se hubiera inscrito y así liberarme a mí de cualquier impedimento legal.
            3. Dejar mi piso a mi nombre exclusivamente.
            4. La devolución de los diez mil euros, con intereses, que aporté de mi bolsillo para la creación de la Fundación.
            5. Que se me pida perdón públicamente, incluido Joaquín Sabina, que me llamó a mí y demás viudas literarias un cáncer”.
            Llevo la hojita fotocopiada a la tertulia del Vetusta. “Qué mala es la gente. Alguien debería avisar a Susana Rivera de que andan circulando por Oviedo estos disparates que la dejan en tal mal lugar”, digo.  “¿Pero estás seguro de que son apócrifos? Es su estilo”, me responden. “Estoy completamente seguro. Nadie en su sano juicio, a menos que esté decidido a perjudicar por cualquier medio la memoria de Ángel González y a hacer el mayor de los ridículos, puede poner como condición para que se cree un premio con su nombre exigencias de imposible cumplimiento porque escapan al ámbito municipal”.
       
    
Miércoles, 26 de junio
SOLO ANTE EL PELIGRO

Hoy no me hablo
y cruzo por mi lado
sin saludarme.

¿Quién me defiende
si me acorrala ahora
mi yo peor?

Pasen y vean
el combate del siglo:
yo contra mí.


Jueves, 27 de junio
MAMÁ, QUIERO SER ARTISTA

––¡Pero qué perra le ha entrado a este buen hombre con ser ministro! ¿Es que no se ha dado cuenta que mostrar por encima de todo la apetencia de cargos es veneno para la taquilla?
            ––Como siempre, ves la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. ¿Qué te parece la burla de Borrell a sus electores? “¡Dejar de ser ministro para convertirme en un diputado de a pie! De ninguna manera. El ministerio no lo suelto si no es a cambio de un buen cargo en la Unión Europea”.
            ––Yo de Borrell no hablo. Voté a los socialistas en las municipales y en las autonómicas, pero no en las europeas. Ese señor, un imprevisible metepatas, no tenía otra misión que contentar al sector patriótico de los veteranos votantes de izquierdas. Lo de Pablo Iglesias es lo que me preocupa. O él es ministro, el primer ministro descamisado y descorbatado de la historia, o no hay gobierno, aunque se recoja lo principal del programa electoral de Podemos, aunque en las próximas elecciones pierda otro millón de votos, de los que unos pocos se irán al PSOE y a otros partidos de izquierda, pero la mayoría a la abstención, con lo que es muy posible que esta segunda vez sí que sumen las derechas. ¿Qué asesores tendrá este hombre? ¡Y yo que le creía tan listo! Deben ser de esos asesores que se limitan a repetir “sí, amado líder” a cada ocurrencia del jefe supremo. Y si es muy disparatada, consulta a las bases, que todo lo aplauden.
           ––Exageras.
           ---Ojalá. Pero sospecho que Pablo Iglesias, si él no forma parte del gobierno, se encuentra más a gusto con un Casado o un Rivera, rehenes de Abascal, que con Pedro Sánchez, el Abel de este Caín.


Viernes, 28 de junio
A LA VISTA

Echar el cierre de vez en cuando, retirarse del escrutinio público, resulta saludable. Yo suelo hacerlo por estas fechas, aunque más por costumbre que por necesidad: mostrarse abiertamente es la mejor manera de ocultarse, como en “La carta robada”, el cuento de Poe.
            Nadie se fija en lo que está a la vista. Cuando más me desnudo en público, más me convierto en el hombre invisible.


[Posdata: Con esta entrega, la 44, termina un nuevo tomo de mi diario, Revelación de secretos, que hace el número 22. Durante julio y agosto, el diario echa el cierre, pero no mi colaboración dominical con El Comercio.]
[Otra posdata: Uno de los haikus de esta entrega creo que repite una idea que ya ha utilizado Juan Bonilla, no sé si en un poema largo o en un cuento corto.]

domingo, 23 de junio de 2019

Revelación de secretos: No me dejes



Lunes, 17 de junio
UN GESTO DE PIEDAD

Silban las balas a mi alrededor mientras camino por un campo minado, pero lo olvido con frecuencia, con maravillosa frecuencia.
            Mientras espero el avión, tras una mañana de engorrosos compromisos, hablo por teléfono con un amigo que me lee por teléfono algunos poemas inéditos de José Luis Parra. Los va a editar quien fue su compañera, Susana Benet, quien ya se refirió a ellos el pasado viernes en la tertulia. Son conmovedores, unos en su lúcida desolación, otros por su agradecido cántico al simple hecho de estar en el mundo.
            ––Y sin embargo, ¿quién conoce a José Luis Parra? No tiene ni doscientos lectores. ¡Si lo sabré yo, que lo he editado y lo voy a volver a editar!
            ––Ya tendrá más, no te preocupes. El tiempo juega a su favor. Irán creciendo mientras van decreciendo los lectores de quienes ahora tienen tantos, flor de un día. Y en última instancia, ¿importa eso? El poeta verdadero enriquece incluso a quienes no le han leído ni le leerán.
            Los poemas de José Luis Parra que me lee mi amigo Abelardo Linares iluminan el tedio del aeropuerto. Y de pronto, tras un rato de la habitual discusión sobre esto y aquello (“No eres mal crítico, pero das siempre en la diana equivocada. ¿Por qué en lugar de meterte con Felipe, al que sé que admiras, no arremetes contra Elvira Sastre?”), la noticia:
            ––¿Sabes que ha muerto Antonio Cabrera? Me acabo de enterar.
            La vida a veces gusta de gastar bromas pesadas. La que le gastó a Antonio Cabrera fue más pesada de la cuenta. Jugueteando con una pelota en casa de Carlos Marzal se cayó de tan mala manera que quedó parapléjico. Tras dos años encarcelado en un cuerpo, no sé si la vida ahora ha querido encarnizarse o ha tenido con él un tardío gesto de piedad.


Martes, 18 de junio
CALLEJEAR A SOLAS

Llegué a última hora de la noche, dejé la maleta en el hotel y salí a dar una vuelta por la ciudad sin nadie. Solo se oye el ruido de mis pasos y el suave golpeteo del agua en los canales.
            La luna, tan sola como yo, juega a seguirme, a esconderse y a desaparecer. Camino al azar, me adentro en un laberinto de callejones oscuros (a veces el agua me corta el paso y tengo que retroceder), pero no me pierdo.  Aparezco de pronto en la gran plaza, que parece ensimismada en los charcos que la reflejan. Me siento en uno de los escalones, cerca del Florián, saco mi cuaderno y, a la luz de las farolas, escribo:

Nadie conmigo
y el susurro tranquilo
del universo.



Miércoles, 19 de junio
EN EL SUPERMERCADO

Hacer la compra es una de mis actividades favoritas. Muchas veces había pasado, como tanta gente, por delante del Teatro Italia, en el Campiello Anconeta, y admirado la elegancia historicista de su fachada, tan veneciana, con un eco de Ca’ d’Oro. Hoy lo encuentro abierto y convertido en un supermercado de la cadena Despar. Escucho lo que dice el representante de la empresa:
            ––No hemos “construido” un supermercado dentro del Teatro Italia, lo hemos “posado” con delicadeza y respeto, como si el lugar fuera a recuperar de un momento a otro su función original.
            Su función original era la de cine, no la de teatro, a pesar del nombre, que quería dignificar un espectáculo que todavía conservaba algo de barraca de feria. Se inauguró en 1916. Entro y a un lado y a otro las escaleras que llevan al piso superior, y un friso de mármol. Dentro, restaurados, los frescos de Alessandro Pomi (en el techo “La gloria d’Italia”) y al fondo, sobre el mostrador de la carnicería, el marco de la pantalla. Y no disuenan las hileras de los expositores y deslumbra, como una barroca cornucopia, la frutería. Se trata sin duda del supermercado más hermoso del mundo.
            Cuando a partir de ahora haga de quía de mis amigos, antes de visitar templos y palacios, los traeré aquí. Me parece el más perfecto ejemplo de que Venecia sigue viva, que no es solo arqueología y parque temático para turistas apresurados.


Jueves, 20 de junio
ATRACCIONES Y REPULSIONES

Camino de la Biennale, me encuentro con un inmenso navío de guerra anclado cerca de Giardini. Se puede visitar, así que no lo dudo un momento, me uno a las dos o tres personas que esperan y a los pocos minutos un gentil oficial nos acompaña al interior.
            Lo primero que me sorprende es el nombre, “Andrea Doria”, y no por el ilustre marino genovés al servicio del mejor postor, sino porque coincide con el del trasatlántico italiano, el más lujoso del mundo, con fama de insumergible como el Titanic, que se hundió en 1956 de la más estúpida manera: chocó con un barco de pasajeros sueco, el Stockholm, como si no fuera ancho el mar. Algo así como dos personas que se encuentran de frente en la calle y las dos se apartan para un mismo lado y luego cambian al mismo tiempo para el otro y finalmente acaban chocando.
            Pero la Marina italiana no parece ser supersticiosa. Reviso la sala de máquinas, subo al helicóptero posado en cubierta, me acerco a los cañones que parecen apuntar a la ciudad. Qué poco tiempo tardarían en destruirla si fuera una ciudad enemiga.
            En los Giardini (uno de esos regalos que Napoleón hizo a Venecia), el primer pabellón que encontramos es el de España. Nunca, que yo recuerde, ha tenido el menor interés. A pesar de su situación privilegiada, aún no estamos cansados, la gente entra y sale sin detenerse y hace bien.
            Esta vez los autores del desaguisado son Itziar Okariz y Sergio Prego. Yo me río leyendo las vacuas explicaciones del programa y sus interrogaciones “sull’uso delle convenzioni di genere e la perfomance de la mascolinità”.


            Queda mal decirlo, pero no creo que nadie dude de que el llamado “arte contemporáneo” es el mayor contenedor de tonterías del mundo, a excepción de la puesta en escena de la mayoría de las óperas, con su obligada y chirriante “actualización”.
            Para no parecer anticuados, nadie se atreve a decir nada ante las ocurrencias de cualquier “artista”. Algunas son graciosas: la vaca de tamaño natural que da vueltas lentamente sobre una vías, como en un tiovivo (los niños deberían poder subirse a ella); la verja que se despega de la pared y choca violentamente contra la pared contraria; la manguera que reposa sobre un sillón de mármol y que, de pronto, cuando uno menos lo espera, parece volverse loca y empieza a agitarse y a echar agua por todas partes (afortunadamente, está protegida por paredes de plástico); el rincón donde te invitan a ponerte unas gafas de realidad virtual y “relajarte” con una especie de espirales de humo que al parecer terminan en una explosión de colores (yo me aburrí antes del final); las sillas a las que les han crecido desmesuradamente las patas; las sillas partidas por la mitad….
            Si Venecia tiene mucho de parque temático, la Biennal lo tiene todo en sus dos sedes para convertirse en un fatigoso parque de atracciones. De atracciones o de repulsiones, porque desagradar, provocar, ha sido desde siempre otra de las funciones del arte (para muchos artistas contemporáneos la única, aunque vivan en buena medida del dinero público, o por eso mismo).
            Pero si uno no se detiene ante ningún vídeo (qué manía de poner varias mareantes pantallas al mismo tiempo) ni se mete en ningún cuarto oscuro a tropezar con otros visitantes despistados, se pasa bien paseando entre los pabellones de Giardini, con el azul de la laguna asomándose entre los árboles, o recorriendo las inmensas naves del Arsenal hasta llegar al Giardino delle Virgini, y de vez en cuando, entre tanta barraca de feria (alguna incluso ingeniosa) descubriendo alguna maravilla que nos ayuda a vernos mejor a nosotros mismos y a ver el mundo de otra manera.


Viernes, 21 de junio
QUE ME SIGA QUERIENDO

Salir de casa, dejar atrás la rutina, aunque sea para ir a una ciudad en el que uno se encuentra como en casa y rodeado de nuevas rutinas, ayuda a reflexionar.
            “Dios, ¿qué fue de mi vida?”, me pregunto como en el poema de Pere Gimferrer. Pero la verdad es que, aunque he llegado ya a una edad razonablemente adulta, no me preocupa demasiado lo que fue de mi vida, sino lo que es, lo que será.
            Lo que es me gusta, lo que será me aterra. Sentado en un banco ante la antigua catedral de San Pietro, con su inclinado campanile de mármol, lejos del ajetreo de otros lugares, pienso en la gente que quiero y que me quiere y en cómo protegerles de los zarpazos de la realidad.
            Lejos del mundo, pero en el centro del mundo, que es donde a mí me gusta estar, abro el cuaderno y escribo:

Vienen y van
los recuerdos felices
y los más tristes.

De pronto, el estruendo de una escuadrilla de aviones que aparece sobre los muros del Arsenal y deja una estela verde, blanca y roja, los colores de la bandera de Italia y de la pizza Margarita.
            Sonreímos la vida y yo. La verdad es que hacemos buena pareja. A ver si me sigue queriendo y no se va con otro cuando yo no sea más que un aburrido jubilado.






domingo, 16 de junio de 2019

Revelación de secretos: El intruso honorífico



Sábado, 8 de junio
QUE ME VENDAN OTROS

Como a todas las personas a las que les gusta leer, no me interesan nada la mayoría de los libros.
            Como a todos los buenos lectores, me aburren las ferias del libro.
            Como a todos los escritores, me halaga que un lector desconocido me pida que le dedique un libro, pero si en lugar de un lector son doscientos o trescientos puestos en fila delante de una caseta ya no lo consideraría un halago sino una pesadilla.
            Soy el lector más caprichoso del mundo y el escritor menos profesional.
            Nunca leo lo que hay que leer, sino lo que me apetece en cada momento; nunca he escrito, no ya un libro, sino ni siquiera una línea, para ganar dinero.
            Soy un privilegiado, lo sé. No todos los escritores pueden disfrutar de un generoso mecenas que les financia cualquier capricho (yo mismo), ni de beneméritos editores (Renacimiento, Impronta) que les publiquen sus ocurrencias sabiendo que el autor no va a mover ni un dedo para promocionarlas.


Domingo, 9 de junio
EN EL LABERINTO

En el laberinto de la soledad, los libros unas veces son puerta de salida y otras muro que cierra cualquier salida (Octavio Paz).
            Al minotauro que nos aguarda en el centro del laberinto del universo le llamamos Dios (Jorge Luis Borges).
            Para tenerlo todo, comienza por renunciar a todo (San Juan de la Cruz).
            España es un país siempre a medio deshacer (José Ortega y Gasset).
            El ateo es el que no cree que cree en Dios (Julien Green).
            La Historia Universal carece de escrúpulos (Hegel).
            El mejor regalo para quien se queda sin palabras es un diccionario (Ramón Gómez de la Serna).
            No sé si el mundo es comprensible, pero es comprimible: cabe en cualquier cabeza por pequeña que sea. (Schopenhauer).
            Escribir cartas es hablar sin miedo a ser interrumpido (Madame de Staël).
            Al diario le cuento lo que jamás me atrevería a contarme a mí mismo (Amiel). 
            Los vivos son muertos que no están todavía completamente muertos (Miguel de Unamuno).
            Nadie traiciona aquello en lo que no cree (Leopardi).
            El tiempo me envuelve como el humo de mis cigarrillos (María Zambrano).
            Tres incendios equivalen a un matrimonio (Jardiel Poncela).
            La realidad solo acepta ser desmentida por la realidad (Bertrand Russell).
            Le es más fácil a Dios perdonar al hombre que al hombre perdonar a Dios (Blas de Otero).
            Un hombre maleducado no miente nunca (Agustín de Foxá).
            La memoria inventa lo que no recuerda (Sigmund Freud).
            El universo seguirá existiendo cuando se enfríe el sol y desaparezca el último ser humano, pero ya no habrá universo (Carl Sagan).
            “La muerte no tiene vuelta atrás”, le dijo Dios padre al Hijo pródigo cuando pretendió regresar a casa (Evangelio apócrifo de San Judas).
            El comienzo del mundo tal como lo imaginan los científicos es más inverosímil que como lo imaginan los teólogos y quizá por eso es más verdadero (Teilhard de Chardin).
            Me arrepiento de haberme arrepentido más de la cuenta (Nietzsche).
            Una mujer elegante lo sigue siendo cuando está desnuda (Coco Chanel).
            Una verdadera fiesta no empieza hasta que no se marcha el último invitado (Oscar Wilde).
            El mar no sabe que es el mar, pero se lo imagina (Joseph Conrad).
            La comedia de la vida no tiene final feliz (Noel Coward).
            En filosofía, toda afirmación que no es falsa es una obviedad (Wittgenstein)
            El suicida voluptuoso demora el placer de quitarse la vida todo lo que puede (Cioran).
            Quien no probó el amor no sabe lo que es el amor; quien lo probó, tampoco (Florbela Espanca).
            La mayor parte de los santos, como la mayor parte de los poetas, eran unos impresentables (Elías Canetti).
            La libertad casi siempre resulta poco confortable (Jean-Paul Sartre).
            El precio de una cosa lo sabemos cuando la compramos; el valor, cuando la perdemos (Jaime Balmes).
            En la eternidad no hay tiempo para nada (Emerson).
            Al tiempo le gusta darle una última mano a todas las obras de arte (Marguerite Yourcenar).
            Si no hubiera habido guerras, seguiríamos viviendo en la prehistoria (Carl Schmitt).
            Dios, cuando se aburre de la conversación con los santos, se da una vuelta por el infierno (Céline).
            El poder, si es democrático, no es verdadero poder (Benedetto Croce).
            El soneto es la cárcel de la poesía (Marinetti).
            La poesía es esa cabaña que a todos nos gustaría tener en un lugar tranquilo de la costa (Benjamín Jarnés).
            La bondad solo es tolerable en pequeñas dosis (Marcel Proust).
            El ser envidia al no ser (Spinoza).
            Pocas cosas valen tanto como las cosas que no cuestan nada (Keynes).
            No hay misterio al que no le empeore la solución (Chesterton).
            A la poesía épica le sobra sangre y a la poesía lírica lágrimas (Walt Whitman).
            Matarse por amor es siempre preferible a matar por amor, pero lo mejor de todo es vivir para contarlo (Goethe).
            La novela de la vida se estropea cuando la cuenta un novelista (Carlyle).
            Lo que es natural en el escenario se convierte en sobreactuación fuera de él (Pirandello).
            La mayor parte de las obras completas deberían llevar el subtítulo de “Letra muerta” (Karl Kraus).


Lunes, 10 de junio
QUÉ BIEN ME CONOCES

––Soy un delincuente, le digo a mi psicoanalista, que es la única persona a la que le puedo decir estas cosas.
            ––Pues vamos a ver cuál es tu delito.
            ––Soy como Mark Hofmann, un manipulador nato, un falsificador compulsivo.
            ––No le conozco.
            ––Su historia la cuenta Simon Worrall en un libro que estoy leyendo ahora, La poeta y el asesino. Hofmann es todo lo que a mí me habría gustado ser (salvo asesino, claro, que en eso no tengo el menor interés). Figúrate que falsificó un manuscrito de Emily Dickinson que se subastó en Sotheby’s en 1997 y se vendió por miles de dólares. Y no solo eso, también falsificó textos sagrados de la iglesia de los Mormones. ¿Te imaginas? ¡Escribir apócrifos de Dios! Yo, en cambio, solo he dado el pego, con poco más de una docena de aforismos de Oscar Wilde, tres poemas de Jorge Guillén, dos de Francisco Brines y seis o siete poemillas de Sandro Penna.
            ––Y ahora estás arrepentido de ello.
            ––Arrepentido por completo. Como otros de fumar, yo he dejado de falsificar, aunque de vez en cuando tengo recaídas. Ayer, por ejemplo, enciendo como cada mañana el ordenador y en lugar de escribir la reseña que debía escribir, me pongo a inventar citas de diversos autores. No tenía la impresión de inventarlas, era como si fuera recordándolas. Escribí un montón en unos pocos minutos. Y luego no pude resistirme y las subí a Facebook, aunque cuidándome bien de indicar al final que eran apócrifas. Pero hoy me encuentro ya con tres de ellas citadas como verdaderas: la de Oscar Wilde (que siempre es mi mayor éxito),  la de Agustín de Foxá (pero atribuida a Wilde), la de Chesterton y la de Jaime Balmes en el blog de un organización religiosa.
            ––¿Y qué culpa tienes tú? Indicaste que eran apócrifas.
            ––-Sí, pero al final del texto, no al principio, y de sobra sé yo que los lectores de Facebook se cansan a las pocas líneas y nunca llegan al final.
            ––Tú no eres un estafador, ni un manipulador nato, como ese Mark Hoffman: juegas a serlo. Tú solo sabes jugar, eres incapaz de tomarte nada en serio, ni siquiera a ti mismo.
            ––Qué bien me conoces –le digo a mi psicoanalista imaginario, mi interlocutor favorito.


Martes, 11 de junio
SILOGISMO Y HAIKUS

Si las personas inteligentes no se aburren nunca, yo soy la persona menos inteligente del mundo.
            Si el infierno existe, todas las tardes presentan un libro o dan una conferencia. La asistencia es obligatoria y buena parte de las veces me toca a mí hacer de presentador: hablar cuatro minutos y escuchar durante una hora o más. Y sin posibilidad de interrumpir cuando no estoy de acuerdo ni de cambiar de canal ni de dar a la tecla de avance rápido.
            Yo aprovecho para escribir haikus o aforismos haciendo como que tomo notas. Disimulo poco, la verdad. Copio algunos de los que escribí esta tarde mientras mi hermano Florentino nos contaba minuciosamente el viaje que nos cuenta en su libro Por los caminos del Cid, que yo acababa de releer ese mismo día y que es bastante menos aburrido –puedo asegurarlo– que su presentación.
            Llega la noche / y tú llegas con ella / y el sol contigo.
            ¿Dónde está ahora / el niño que yo fui, / agua en el río?
            Este camino / el crepúsculo y yo / lo hacemos juntos.
            Vienes a verme, /niño que una vez fui / y sigo siendo.
            El mar murmura / un secreto que nadie / quiere escuchar.
            Cómo se aburre / la serpiente sin Eva / en el Edén.
            Noche cerrada. / Se entreabre un momento. / Curiosa luna.
            La fuente seca / y un puñado de avispas / en torno a ella.
            En la montaña, / una nube se sienta / a descansar.
           


Jueves, 13 de junio
GENIAL Y PLURAL

La historia de la literatura es como la historia de mi familia. Suena un poco pretencioso, pero es exactamente así. Una parte de esa historia, la mayor parte, la he leído o me la han contado, pero de otra he sido, si no protagonista (qué más quisiera), al menos testigo muy cercano.
            Pienso estas cosas mientras camino hasta el edificio histórico de la Universidad para presentar a Felipe Benítez Reyes. Me envió su primera publicación, un folleto titulado Estancia en la heredad, allá por 1978. Reseñé su primer libro de poemas, Paraíso manuscrito, en 1982. Desde entonces he ido leyendo, y a menudo comentando, todas sus publicaciones, en tiempo real, según iban apareciendo. La última, El intruso honorífico, la reseño el próximo sábado.
            No siempre le han gustado, ni mucho menos, mis comentarios, pero por muchos reparos que le pusiera a algún título concreto (sobre todo a esos novelones a que se vio obligado para poder convertirse en escritor profesional) siempre he creído que se trataba de un crack, de un genial funambulista, de uno de los escritores más brillantemente plurales de su generación.
            Charlamos durante la cena, en los intervalos que deja libres Josefina Martínez, y por primera vez me siento cerca de la persona, no del escritor. Josefina, que insistió mucho en la presentación en que era un filólogo y que de esos estudios (la Fonología de Alarcos en primer lugar) proviene todo su talento literario, se desilusiona cuando le oye confesar que no terminó la licenciatura.
            ––Como Javier Almuzara –le digo yo–, y gracias a eso os habéis librado de hacer oposiciones y de lidiar con burocracias educativas. Nada deteriora tanto la inteligencia y la creatividad.
            ––¿Y cómo explicar entonces tu caso?, me pregunta él, dando por sentado –no le engaña mi falsa modestia– que yo no considero deterioradas ni mi inteligencia ni mi creatividad.
            ––Es que yo, en la Universidad, no he sido más que un “intruso honorífico”, para decirlo con el título de tu último libro. He logrado sobrevivir sin incurrir jamás ni en las servidumbres habituales ni en la basura curricular imprescindible para sobresueldos y ascensos.