sábado, 24 de septiembre de 2022

En la retaguardia: Cerca de Ginebra

 

Domingo, 18 de septiembre
VIAJE AL PARAÍSO

Lo que más me gusta del cine es el cine. Quiero decir el local, las luces que se apagan, los anuncios, los trailers, el ir poco a poco desconectando de la realidad. En casa no suelo ver películas. Duran demasiado y en seguida me canso, cambio de canal o abro un libro. Las salas de cine siguen conservando para mí algo de la magia de la infancia y la adolescencia. A pesar del mucho empeño que las autoridades pusieron en ello durante el bienio de plomo con sus toques de queda, cierres perimetrales y otros inventos del TBO, no he perdido la costumbre. Este domingo paso dos horas de felicidad con George Clooney y Julia Roberts y sus réplicas y contrarréplicas. ¿Cine comercial? ¿Cine hecho para halagar al espectador? Por supuesto. El que yo prefiero: me gusta que me acaricien. En eso tengo gustos muy vulgares. Las obras maestras, las que son como un puñetazo en la conciencia del espectador, las soporto solo en pequeñas dosis y cuando no puedo evitarlo.

Lunes, 19 de septiembre
EN EL NIEMEYER

Una hermosa mañana de verano vuelvo al Niemeyer para una entrevista televisiva y allí, en la torre, resplandecientes la ría y el caserío de Avilés, no puedo dejar de recordar aquel tiempo en que la irracionalidad cainita le puso en su punto de mira. Primero fue la ilusión, vista desde ahora un tanto absurda, cuando el elegante diseño del arquitecto brasileño —en el principio solo cuatro trazos en una servilleta— iba a situar a Avilés en el mapa. Un día llegaba Brad Pitt a ver cómo iban las obras y otro Woody Allen a dar un concierto en la gran plaza. Los políticos que lo promovieron sacaban pecho y la oposición afilaba sus cuchillos. Un raro caso de histeria colectiva llevó al poder, para dejar fuera a los partidos de siempre, a un partido nuevo encabezado por un viejo tránsfuga —ahora anda por ahí por los juzgados, acusado de estafar a los suyos— y lo primero que se le ocurrió para renovar Asturias fue no dejar piedra sobre piedra en el Niemeyer, convertirlo en solar para plantar patatas. Muchos nos dedicamos a defenderlo, pero cuando creíamos haberlo conseguido una auditoría descubrió que los antiguos gestores habían hecho de su capa un sayo y distraído para uso particular algunos eurillos. Yo me desentendí del asunto. Mi desilusión no fue tanta como cuando me enteré de que, en asuntos de corrupción, lo peor no era el caso Roldán, que había otro roldán en un puesto muy superior a la dirección de la Guardia Civil.

Durante un tiempo no me atrevía a volver a este lugar. Me traía demasiados recuerdos tristes, de cuando yo también creía los cuentos que nos contaban. Charlo con Xuan Bello en la torre, disparato contra este y aquel, y vuelvo a sentirme a gusto. Porque sé que los sueños se corrompen —como escribió Luis García Montero: hablaba, me temo, por propia experiencia—, he dejado los sueños, pero hoy recupero algo de la ilusión de entonces.

Martes, 20 de septiembre
POR QUÉ YA NO ME INVITAN

No sería nada sin mis manías. Estoy orgulloso de ellas. La manía de la puntualidad, por ejemplo. “¿Estarás a las siete en el café de costumbre? Tengo que comentarte algunas cosas”, me dice un amigo. Al principio, si había quedado con alguien, no llevaba lectura. Ahora la llevo siempre. El amigo que te pregunta si estás en Orígenes a las siete, aparece a las siete y media o a las ocho o cuando le viene bien. O no aparece. “Es que me surgió un compromiso”. Ya no me importa la informalidad ajena. Gracias a ella he leído en los cafés, solo mientras espero, más libros que muchos han leído en su vida.

Otra manía es la de la imparcialidad. Soy alérgico al amiguismo, al do ut des, al elogiar a quien me puede ser útil mientras me puede ser útil. A veces me paso un poco y si comento el libro de un amigo aplico mayor dureza que al de un enemigo. Por eso me alegra no formar ya parte del jurado de los premio Princesa de Asturias ni ser invitado a los actos de entrega en el Campoamor, donde siempre me sentía fuera de lugar. Así puedo elogiar a Felipe VI sin mala conciencia, sin que me acusen de estar vendido a la monarquía. Le elogiaría lo mismo, o más, si no fuera rey, si fuera, por ejemplo, presidente de la República. Claro que, formar parte del jurado de los Princesa de Asturias, tampoco sería venderse, sino regalarse. Es de los pocos premios de alguna importancia que no pagan al jurado. Viajes, hotel y comidas, si son de fuera. Yo, al principio, les salía completamente gratis porque comía en casa. Luego tuve que ir a las comidas ya que me di cuenta de que en ellas se decidía tanto o más que en las reuniones formales. La última entrega de premios a la que me invitaron fue la del 2017. Antes de decir si aceptaba o no, esperé al anunciado discurso del rey. No me gustó nada su toma de postura a favor de la mitad de los catalanes y en contra de la otra mitad. No solo no acepté la invitación, sino que además le conté a la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo, por qué no la aceptaba: me parecía que el rey había bordeado peligrosamente los límites de su papel constitucional. Todos los periódicos oficialistas, de izquierdas o de derechas, dieron por hecho que se había salido de él y aplaudieron su llamada de atención al gobierno;  incluso se comparó su papel con el del Presunto cuando el golpe de Armada y Tejero.

            Yo ya le he perdonado ese desliz (que le costó la desafección de la mayoría de los catalanes) y creo que, gracias a él (y a ella) el dilema monarquía o república no es algo que preocupe en este momento. Y me alegro de no formar ya parte, aunque siempre fue lo más mínima posible —la única propuesta mía que salió adelante fue la de Antonio Muñoz Molina—, de esos promocionados galardones para poder elogiar al rey, cuando se lo merece, sin que mis elogios parezcan propios de estómagos agradecidos.

Miércoles, 21 de septiembre
MI FRACASO FAVORITO

Tardíamente he descubierto mi vocación: el poder. Me habría gustado ocupar puestos de mando. Mando de verdad. En política, ser jefe del Gobierno o alcalde de la capital, nunca ser ministro, un mandado, como esa pobre ministra de Sanidad, que se muere por vacunar a todo el mundo lo más rápido posible (se debe a sus patrocinadores) y todavía no la dejan. A Luis García Montero parece que le ofrecieron el ministerio de Cultura y lo rechazó. Ahora está ya en campaña en las primarias para la alcaldía de Madrid —y de ahí su continuo ejercer de viudo—, que sería la culminación perfecta de su trayectoria político-poética, un alcalde ilustrado a la manera de Tierno Galván.

El poder me gusta, pero de lo que yo no sería capaz es de taparme las narices y hacer lo que es necesario hacer para conseguirlo. Yo soy de los que quieren que les toque la lotería sin rebajarme a comprar un billete. O sea que nunca tendré ningún poder. Mejor así. Pero en las noches en que tarda en llegar el sueño me entretengo con el sueño de que soy Biden o Macron o incluso Pedro Sánchez y tomo medidas que mejoran la vida de todos. Vamos, que me dedico a arreglar el mundo. Afortunadamente solo en sueños, así, al contrario que ellos, partidarios de que Europa se quede ciega con tal de que Putin se quede tuerto, yo no causo ningún estropicio.

Jueves, 22 de septiembre
ME ABURRO

Me sobra el tiempo, toda mi vida me ha sobrado el tiempo, a nadie envidio más que a esa gente que no tiene tiempo para nada. Ya sé que aburrirse es muy productivo, del aburrimiento surgen los poemas y las buenas ideas, pero tampoco hay que abusar.

Viernes, 23 de septiembre
MEGALOMANÍAS MÍAS

Mi idea del paraíso: tener un castillo, como Voltaire, cerca de Ginebra, rodeado de bosques y jardines (la silueta del Mont Blanc al fondo), una inmensa biblioteca, un eficaz mayordomo que se ocupe del servicio y de todos los engorros de la vida cotidiana, y allí dedicarme a escribir en verso alejandrino, a admirar las puestas de sol, a arremeter contra las injusticias de los poderosos y a recibir a los amigos y a todos los grandes del mundo que se acercan para rendirme admiración y pedirme consejo.



viernes, 16 de septiembre de 2022

En la retaguardia: La máquina de pensar

 

Domingo, 11 de septiembre
DOS GALLOS EN UN CORRAL

Como yo soy más bien hipócrita, me divierten los escritores que no disimulan las ofensas a su vanidad. A Miguel Sánchez-Ostiz, una profesora de la universidad de Barcelona a la que no conoce de nada, se cuida de aclarar— le escribe mandándole la convocatoria de unas jornadas sobre Carlos Pujol con el ruego de que ayude a difundirlas. A Sánchez-Ostiz le fastidia —le “jode”, dice más expresivamente— no haber sido invitado, “a pesar de que le consta que he escrito sobre él y que mantuvimos en vida una buena relación”. Y concluye: “Obviamente le digo que no voy a ayudarle en nada y le pido que no vuelva a importunarme, cuando lo que de verdad tengo ganas de decirle es que se vaya a hacer puñetas, pero como me he hecho cortés, no se lo digo, solo lo pienso”.

            Recuerdo con una sonrisa esta anécdota al leer el libro Ejercicio sentimental, el homenaje a Julián Rodríguez que ha publicado la Editora Regional de Extremadura. Al lusista Antonio Sáez Delgado, que es el coordinador, le consta mi relación con él, pero a mí no me molesta ese olvido. De Julián Rodríguez me interesa más el personaje que el escritor y eso un escritor lo nota pronto y no lo perdona nunca. Cuando trabajaba para la Diputación de Cáceres, me invitó a participar en un ciclo de  conferencias. Acudió a recibirme a la estación de autobuses, me saludó, me pasó un casco y dijo: “He traído la moto”. No tuve tiempo de reaccionar. La moto subía a toda velocidad hasta el centro de la ciudad y allí iba yo, con la pequeña maleta sujeta con una mano, sujetándome como podía con la otra y temiendo salir disparado de un momento a otro. Así era Julián. Su vida tuvo mucho de novela picaresca (no fue mozo de muchos amos, como Lázaro, pero sí de mil y un negocios raros) hasta que triunfó con su último empeño, la editorial Periférica. Andrés Trapiello, en las páginas más divertidas de este homenaje, cuenta que le enseñó sus primeros versos y sus primeras prosas y que las segundas (los primeros no le parecieron destacables) me las envió para que se publicaran en Clarín. No fue en Clarín, sino en Reloj de Arena, donde aparecieron en 1994. Por entonces fundó una colección de poesía, Hotel Internacional, en la que me incluyó junto a Trapiello, José Carlos Llop y Abelardo Linares, que representaban el tipo de literatura que entonces admiraba. Luego la lectura de John Berger cambiaría por completo su manera de escribir. Esa nueva manera a mí me fue interesando cada vez menos, como supongo que a él la mía. Por eso hizo bien Antonio Sáez Delgado en no invitarme a este Ejercicio sentimental.

            En el distanciamiento con Julián, influyó algo más que el distanciamiento estético. Él era, o eso me pareció a mí, muy mandón y voluntarioso, siempre quería llevar la voz cantante, aunque hablara siempre en voz baja, y me temo que, al menos en eso, me parezco un poco a él.

Lunes, 12 de septiembre
EN EL DIVÁN

Últimamente ando un poco confuso. Creo que voy a tener que reanudar las sesiones con mi psicoanalista de cabecera. A él le cuento lo que no le cuento a nadie, ni siquiera a mí mismo. Bajo la luz del salón, me tiendo en el sofá, cierro los ojos y empiezo a hablar. Me escucho desde el sillón, un cuaderno en la mano en el que de vez en cuando finjo trazar algunos garabatos.

            —Empiezo a sospechar que no soy tan buena persona ni tan generoso como parezco. Ayudar a los demás es una manera de sentirnos superiores. Deberíamos estar más agradecidos a aquellos que nos necesitan que ellos a nosotros.

            —Suele ser así.

            —Lo sé. Y a mí no me importa que se olviden de uno en cuanto dejen de necesitarlo. De hecho, me temo que yo más de una vez me he comportado igual. Lo que me deprime últimamente, lo que me trae a mal traer, es que no siempre que queremos ayudar a alguien le ayudamos. A veces, con la mejor intención, contribuimos a hundirle más, a apretar la soga que lleva al cuello. Y eso es lo que lástima mi autoestima.

            —¿Duda de su generosidad? No creo que tenga motivo.

            —Yo no lo llamaría generosidad. Mi instinto de propiedad se reduce a lo necesario para satisfacer mis necesidades, que no son excesivas. Si tengo algo más, no es mío, solo soy su administrador. Empiezo a sospechar que no siempre he administrado bien y que no soy tan buena persona como creía. Pero eso puedo soportarlo. Lo que me jode —para copiarle la expresión a Sánchez-Ostiz— es que quizá no sea tan inteligente como pensaba. Y que queriendo ayudar a veces he hecho más daño que otra cosa.

Martes, 13 de septiembre
VELETA
 

Como una veleta que se mueve al menor soplo de viento, así mi estado de ánimo. Ayer negros nubarrones cubrían el horizonte, hoy ha bastado una sonrisa para despejarlo. Me hundo fácilmente en el abismo, pero no suelo permanecer allí mucho tiempo. Siempre alguien me tiende una liana y yo soy un hábil escalador. ¿Hasta cuándo? Prefiero no pensarlo.

Miércoles, 14 de septiembre
LÁRGATE, QUE APESTAS

Al final de la tertulia, me pregunta Enrique Bueres si he visto el último documental sobre el rey Juan Carlos. “Vale la pena”, añade.

            No, no lo he visto, pero me lo han contado. No pienso verlo, no lo soportaría. Cada vez que aparece una nueva información sobre las actividades de ese señor mientras era jefe del Estado es como si arrojaran un saco de mierda sobre la bandera de España. Y no hace falta simpatizar con la extrema derecha para sentirse asqueado, ofendido, indignado, menos con él (algo de patológico hay en su comportamiento) que con quienes no solo se lo permitieron, sino que fueron cómplices de sus desmanes ayudándole a financiarlos con dinero público, el mismo que utilizaron para callar a quienes tenían vídeos comprometedores. Y lo más humillante es que a varios de esos políticos, cómplices por activa y por pasiva, los voté yo.

            Pues yo creo —dice Daniel Rodríguez Rodero— que esta veda que se ha abierto contra Juan Carlos, no va propiamente contra él, sino contra la monarquía.

            —A mí parece más bien una operación de limpieza a favor de la monarquía. A fin de cuentas, en España, mientras la fiscalía seguía actuando como abogado defensor cuando llegaba alguna causa de Suiza, el único que se atrevió a leerle la cartilla fue su hijo, Felipe VI, que le dijo aquello —traduzco al sermo vulgaris— de “lárgate, papá, que apestas”. Y le acusó de acumular dinero sucio, al renunciar públicamente a heredarlo. Ya sé que esa renuncia no tiene efectos jurídicos, pero era la única manera a su alcance de denunciar el enriquecimiento ilícito mientras la justicia española miraba para otro lado. Este no es un debate entre monarquía o república, amigo Daniel, sino de simple decencia. Un rey puede ser un indeseable, como Fernando VII o Juan Carlos I, o alguien que cumple su trabajo de manera ejemplar, como Felipe VI.

            —¡Ya salió el adulador! Siempre se hace leña del árbol caído, pero se alaba al que está en el poder.

            —Martín, no te confíes demasiado—interviene Bueres—. Se ha roto el pacto de silencio sobre el padre, pero sigue vigente sobre el hijo.

            —No te preocupes, que este no va a salirnos rana.

            —¡Monárquico estáis!

            —Un nuevo Estado independiente, sea en Escocia, el Donbás, Cataluña o Kosovo, siempre será una república (en Escocia tengo mis dudas, puede pasar lo que en otros territorios de la Commonwealth), pero donde hay una monarquía, mientras esa monarquía funcione, no se cambia de régimen, algo siempre arriesgado. No soy monárquico, ya digo, pero uno de los políticos actuales que más admiro es Carlos III, un intelectual, un excelente empresario agrícola, un hombre comprometido con la defensa del medio ambiente.

Jueves, 15 de septiembre
GATO VIEJO

En la tertulia de ayer, faltaron los pesos fuertes, Abelardo Linares y Jon Juaristi. “Están cansados de que te metas con ellos”, dijo alguien. “Al gato viejo le molestan los otros gatos viejos, pero le encanta jugar con los gatitos”, dije yo.

Viernes, 16 de septiembre
VANA ASPIRACIÓN

¡Quién pudiera, como Sherlock Holmes, ser solo una mente pensante, no sufrir las turbulencias del sentimiento!

Más que un ser humano me gustaría ser un robot con sofisticada inteligencia artificial, una máquina de pensar que ni siente ni padece. No falta quien piensa que lo soy, o estoy muy cerca de serlo, pero yo sé que no, para mi desdicha.



sábado, 10 de septiembre de 2022

En la retaguardia: Qué cotidiana es la vida

 

 

Domingo, 4 de septiembre
SUFRAGIO UNIVERSAL

“Se había votado ya, sin urnas ni papeletas, en un sufragio universal emocional e intelectual, la Guerra Civil: el resolver a tiros la situación irresolvible, tensa ya hasta al límite máximo de su elasticidad”.

            Así comienza José María Pemán la evocación de su último encuentro con José Calvo Sotelo, pocos días antes de su asesinato. En uno de los puestos del Fontán, encuentro, por un euro, Mis almuerzos con gente importante, un libro que tuvo mucho éxito cuando apareció, allá por 1970, y que yo leí entonces con una mezcla de fascinación y rechazo. Pemán representaba entonces, más que aquel ministro del “menos latín y más deporte”, la sonrisa del régimen. Tantos años después, leo el libro de otra manera, pero veo que no ha perdido nada de su chispeante ingenio ni de su interés histórico.

            Para la intrahistoria queda aquella anécdota en que, comiendo en casa del dictador, junto a su hijo José Antonio, se lamenta Primo de Rivera de que debería ser más duro con quienes intentaron la rebelión, como Sánchez Guerra, “debería haber exigido un juicio severo, con petición de última pena”. José Antonio le dice que es tarde para ejercer eso y le pone algún reparo a su actuación. Don Miguel no soportaba que le llevaran la contraria y menos su propio hijo y en la mesa: “Dio un puñetazo en el mantel y ordenó a José Antonio que se fuera a su cuarto. Allí le llevarían los postres. José Antonio se puso de pie con una sonrisa triste. Salió del comedor, pero antes se volvió desde la puerta: No quiero postres”. El futuro líder fascista, partidario de la dialéctica superior de los puños y de las pistolas, era un hijo bien educado y obediente.

            Está visto que lo cortés no quita lo fascista ni lo fascista, que pronto se le fue diluyendo, el talento como articulista de José María Pemán, uno de los grandes del género. A mí me asombra esa frase suya, en la que no había reparado, de que la guerra civil, antes de que empezara, ya se había decidido por “sufragio universal”. Calvo Sotelo había votado que sí, pero no era de los que estaban más al tanto de la preparación: “En el almuerzo, que me parece que fue celebrado en la parrilla del Ritz, se le veía tan decidido como desorientado. Conocía poco el desarrollo secreto del posible alzamiento militar. Los organizadores, sobre todo el general Mola, no querían complicar demasiado a los políticos: gentes generalmente locuaces; amigos de la Prensa, de las declaraciones, de la luz y taquígrafos; es decir, de la anticlandestinidad conspiratoria”.

            Para quienes no vemos la historia en blanco y negro, para quienes amamos los matices y los pequeños detalles exactos, estos almuerzos con gente importante siguen siendo un filón. Ayudan a entender mejor un tiempo sombrío, algo más que el resultado de un combate entre la bestia y el ángel, en el que no ganó desde luego el ángel, como quería el vate gaditano, pero tampoco la bestia.

Lunes, 5 de septiembre
BUENA RESPUESTA

Uno de los camareros de Orígenes, uno de mis rincones de lectura y conversación para las tardes, se me acerca y me dice: “Usted es escritor, ¿verdad? ¿Puedo hacerle una pregunta? Para ser escritor, ¿qué es más necesario leer mucho o vivir una vida interesante?”

            De inmediato entiendo que lo que le interesa no es el aspecto teórico del asunto.

¿Tú también escribes?

Sí, un poco, pero solo para mí. Prefiero que no lo lea nadie, me moriría de vergüenza.

Pues cuando quieras me traes alguna cosa para que te dé mi opinión.

A lo mejor lo hago, si es tan amable.

Te advierto que soy un crítico que tiene fama de duro. Hay muchos escritores que me odian.

Eso solo quiere decir que hace bien su trabajo.

 

Martes, 6 de septiembre
EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

“No hay monumento de civilización que no sea un monumento de barbarie”, dijo Adorno o Benjamin, ahora no recuerdo, pero la frase no se me va de la cabeza mientras camino por las galerías de la mina de Arnao, un laberinto enladrillado que podría ser el escenario de una novela gótica, y escucho las explicaciones del guía sobre las condiciones en que allí se trabajaba. La explotación comenzó en 1833 y se cerró en 1915 cuando se inundaron las galerías que iban por debajo del mar. En esos más de ochenta años hubo inundaciones, incendios, explosiones, incidentes y accidentes de todo tipo, pero en la documentación de la empresa —la Real Compañía Asturiana de Minas—, una empresa que se quería ejemplar, solo consta que hubiera tres muertos. La manipulación informativa, el engaño a la vista de los que no quieren ver, no es cosa de hoy.

            Solo hemos descendido veinte metros desde el castillete (los otros sesenta del pozo Maestro, el primero de la minería asturiana, están inundados), salimos al nivel del mar, hermosamente airado esta mañana, pero a mí me da la impresión de que salgo del fondo de la tierra o del fondo de la historia. El corazón de las tinieblas no solo estaba en el remoto Congo belga. 

Miércoles, 7 de septiembre
BERNARD SHAW Y LA MODESTIA

“Con los años se aprende a ser modesto —cuenta su secretaria que le oyó decir a Bernard Shaw—. De joven, yo me creía la persona más inteligente del mundo. Ahora sé que no es así, que solo soy más inteligente que casi todo el mundo”.

Jueves, 8 de septiembre
VENTAJAS DE NO SER AVENTURERO

Ser una persona rutinaria tiene sus ventajas, lo he repetido muchas veces. Como hago prácticamente todos los días lo mismo, desde que me levanto hasta que me acuesto, y así desde hace más de medio siglo, no hay cambio, por minúsculo que sea, que no suponga para mí, una maravillosa aventura. Ayer, la hora matinal de trabajo —lo de trabajo es un decir—, el despacho del Milán fue sustituido por una confortable mesa, junto a la ventana, en la cafetería de la esquina. Allí hojeé los libros que acababa de dejarme el cartero y charlé con Antonio Fernández, un compañero bastante más joven que yo que se jubila anticipadamente dentro de un mes. “A mí eso de jubilación voluntaria me parece un oxímoron, como nieve ardiente o fuego helado”, le digo. Me encontré tan a gusto en el nuevo lugar que es como si lo llevara utilizando toda la vida.

Soy un hombre tan rutinario que enseguida cualquier novedad la convierto en rutina. Hoy el descubrimiento ha sido el parque de la Cebera, en Lugones, con su parte domesticada y civilizada y otra que a mí me da la impresión de formar parte de esos bosques perdidos que solo existen en los cuentos de hadas. Voy de asombro en asombro, de maravilla en maravilla, escuchando a los músicos que se mimetizan entre el ramaje, aspirando el olor de la hierbabuena, y de pronto me encuentro con un príncipe: un inmenso cedro del Líbano que ha de competir con varias sequoias en altura y porte majestuoso. Le saludo con una inclinación de cabeza, como si estuviera en un besamanos real. Más adelante, me asusta lo que parece una gigantesca araña o un desastrado platillo volante posado sobre la hierba. Sonrío al darme cuenta de que es solo un antiguo depósito de agua. Otros necesitan internarse en la Amazonía para vivir aventuras o retirarse a un monasterio tibetano para meditar en paz; a mí me basta dar dos pasos fuera del camino habitual o sentarme sobre la hierba, cerrar un momento los ojos y dejarme acariciar por el tibio sol de septiembre.

Viernes, 9 de septiembre
NO ME PAGAN POR PENSAR

Un día la veo fotografiada en la prensa en una reunión de trabajo (aceptando la dimisión de un primer ministro, el nombramiento de la sucesora) y al día siguiente me entero de que ha muerto, a los 96 años. Así me gustaría terminar a mí, trabajando hasta el día antes y bien cumplidos los noventa años.

Parecía que el príncipe Carlos, tan curioso de todo, tan amigo de meterse en todo, nunca iba a llegar a ser rey. Seguro que no lamenta que ese honor le haya llegado tan tarde. Ahora debe renunciar a cualquier atisbo de vida inteligente, aunque en su vida privada podrá seguir cultivando sus rosas y sus remolachas. Un rey, en un régimen democrático, es como aquel burócrata que no me quería atender, aunque no había nadie esperando, porque no había solicitado cita previa y que, cuando yo le quise razonar lo absurdo de su comportamiento, me respondió: “No me pagan por pensar”. O sea que ya lo sabes, Charles, deja de pensar por cuenta propia, echa el cierre a tu curiosidad universal y limítate a cumplir el reglamento y a leer lo que otros te escriban.




 


viernes, 2 de septiembre de 2022

En la retaguardia: Esto no es lo que os cuentan

 

Domingo, 28 de agosto
QUERIDO REBAÑO

Como profeta no tienes precio, Martín. Dijiste que la guerra de Ucrania iba a durar bastante menos que la de Afganistán, semanas o escasos meses, porque a ambas partes convenía llegar a un pronto acuerdo, y ya ves, lleva camino de convertirse en la guerra interminable.

            —Me equivoqué, cierto. Ahora creo que durará más que la guerra de los treinta años. Pero yo no hago profecías, sino deducciones a partir de los datos que conozco, que son solo los que nos quieren dar a conocer. Ahora Estados Unidos, para conquistar un país, no necesita invadirlo, y así se evita el desgaste electoral de que lleguen a casa ataúdes envueltos en la bandera americana. Esta es una guerra en la que Ucrania —también, y quizá sobre todo, la Ucrania pro-rusa, aunque esos ni cuentan ni se cuentan— pone los muertos, la OTAN armas, dinero y mercenarios, Zelenski saca pecho interpretando el mejor papel de su vida y la Unión Europea hace el primo, o sea, el Borrell.

            —Y Putin solo pasaba por allí. ¡Que se te ve el plumero, Martín!

            —-Putin defiende a la parte rusa de Ucrania. Se vio obligado a intervenir para acabar con una masacre que a nadie importaba porque los que morían no eran seres humanos, sino “separatistas”.

            —-¡Tú estás loco, Martín! ¿Así que para ti Putin es el bueno de la película?

            —Esta no es una película de buenos y malos, sino un conflicto en el que cada parte tiene sus razones (las de una de las partes se censuran inmisericordemente) y en el que la presión internacional debería ir dirigida a facilitar la negociación. Pero a la OTAN —y a la industria armamentística que mueve los hilos— lo que le interesa es echar más leña al fuego. Así se desgasta a Rusia, la gran rival de Estados Unidos, y de paso a la tonta Europa, que paga las consecuencias.

            —¡Conspiranoico estáis! ¿O sea que tú no crees que todo esto se deba a que Putin es un loco y un criminal de guerra, como dicen todos los analistas, incluida tu admirada Amelia Valcárcel, que se han ocupado del conflicto? ¿Para ti la información de los periódicos y de los telediarios no es más que propaganda y quienes nos la creemos a pie juntillas no somos más que borregos?

            —Exacto. Yo no podría decirlo mejor.

Lunes, 29 agosto
COSTUMBRE

Leo Treinta años con Bernard Shaw, el libro que escribió su secretaria, Blanche Patch, y subrayo una frase: “Tenía la costumbre de considerar deficientes mentales a los que no estaban de acuerdo con él”. Sospecho que no falta quien piense lo mismo de mí. 

Martes, 30 de agosto
NO ES DEMOCRACIA TODO LO QUE RELUCE

El teatro envejece más que ningún otro género literario, pero no siempre de la misma manera. Paso la tarde representando en el teatrillo de mi imaginación, donde yo soy el director y todos los actores, El carro de manzanas, de Bernard Shaw, una sátira de la democracia, o de cierta manera de entender la democracia, que no deja de tener actualidad. Se estrenó en 1929 cuando ese sistema no pasaba por su mejor momento. Todavía no había aparecido Hitler, la nueva política estaba representada por Mussolini, capaz de hacer en treinta minutos reformas que con la maquinaria del parlamento y del partidismo necesitarían treinta años. En el prólogo —uno de esos interminables prólogos suyos—, advierte Shaw de que no se ha convertido en antidemócrata por prevenir de los riesgos de la democracia, como no se convierte en un enemigo del mar ni en alguien que pide la supresión del mar si indica que “a veces está furiosamente agitado y es siempre inseguro y que los que más le conocen son los que tienen menos confianza en él”. Los políticos electos son, en la comedia de Shaw, marionetas que mueven los directivos de ciertas corporaciones. Hay una ministra de Sanidad, por ejemplo, al servicio de la industria farmacéutica, capaz de promocionar los nuevos medicamentos antes de que estén aprobados y un gobierno capaz de chantajear por todos los medios a la población para que los utilice. Bueno, ese caso —y el del gobierno que saca el ejército a la calle para impedir que la gente pasee sola por un parque o por el campo sin ir acompañade de perro—, quizás no esté en la comedia de Shaw y se los añado yo para una representación actualizada.

Pero que yo critique la sospechosa gestión—y tan dañina para la salud pública— que esta democracia ha hecho de la pasada, o a punto de pasar, pandemia (ahora los ingresos atípicos para unos pocos vienen por otro lado y ya puede tratarse como la gripe de todos los años), no quiere decir que me haya hecho simpatizante de Vox, como no quiere decir que me haya hecho de extrema derecha el que, en el actual conflicto bélico, vea más propicios a una paz honorable y favorable a los intereses de Europa a Putin y a Giorgia Meloni que a la  OTAN y a Zelenski.

Miércoles, 31 de agosto
POR QUÉ ME ODIAS (TANGO)

Analizamos, o más bien trato yo de analizar, en la tertulia virtual de los miércoles, un poema de Jon Juaristi, “Veinticinco pluvioso”, bastante sorprendente, y no tanto por su tono ensayístico, una de las novedades que el autor aporta a la poesía española, sino por su aparente equidistancia ante la violencia. Está dedicado a su amigo Francisco Tomás y Valiente “tras su muerte republicana” y se escribió, poco después de aquel 14 de febrero de 1996 para ser leído en un homenaje universitario al constitucionalista. El poema habla de la violencia consustancial al ser humano, no de unos asesinos concretos y quienes los avalaban ideológicamente. Podría servir, eliminando la dedicatoria, y el calambur del verso final (“un destino / más querido, más libre, más alto, más valiente”) para cualquiera de las víctimas del otro terrorismo, el financiado con fondos públicos. Pero el poema a todos los contertulios—Abelardo Linares, Benítez Ariza los más fervorosos— les parece espléndido, no hay nada que tocar, todo es perfecto, hasta esa confusa alusión a “su muerte republicana”. Les desmiente la realidad: el poema, que se publicó por primera vez en la revista Clarín en 1996, fue muy retocado cuando se incluyó en el libro Prosas (en verso), de 2002, y lo primero que desapareció fue esa alusión republicana. Conserva, en cambio, toda su extrañeza inicial.

            Como es habitual en los poetas, Juaristi no se toma a bien mis observaciones. Incluso llega un momento en que pierde la paciencia: “Tú tienes algo contra mí, García Martín. No sé de dónde viene ese odio, pero me estás hinchando las narices”. “Hombre, no. Te admiro mucho, y lo sabes, pero eso no quiere decir que lo acepte todo: pulpo como animal de compañía y clepsidra como reloj de arena”. “Me refiero a algo contra mi persona, no contra mis versos, con ellos puedes meterte todo lo que quieras”.

            Lo negué, por supuesto, pero luego, pensándolo bien, creo que no anda del todo equivocado. A mi puritanismo no le acaban de parecer del todo aceptables los cambios ideológicos cuando van premiados con confortables cargos políticos. Y por eso, con el menor pretexto, le cito “Reunión de antiguos camaradas”, de José Emilio Pacheco: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.

Jueves, 1 de septiembre
TELÓN
 

Ayer, a las diez de la noche, tras trabajar durante una hora en la comunicación para el congreso sobre Eugénio de Andrade que se celebrará en Oporto y Lisboa con motivo de su centenario, pasé al disco externo los archivos del ordenador, recogí los últimos papeles y libros, descolgué el cuadro que aún colgaba de la pared (una imagen de Coímbra realizada por Fermín Santos), eché una mirada final por si me olvidaba algo y cerré la puerta de mi despacho en el Milán por última vez.

La abrí por primera vez hace exactamente treinta años, cuando nos trasladamos aquí desde el antiguo convento de San Vicente. Creo ser de los pocos que no han cambiado de despacho. Desde su ventana, se ve entera la calle Murillo, donde vivo. Creía que me iba a sentir apenado, pero desciendo la escalera del inmenso caserón solitario con una sonrisa de satisfacción. Sigo con el mismo entusiasmo que hace treinta años por las cosas que importan: la vida y los libros. Cambia el decorado, uno de los decorados de mi mundo, pero la función continúa. Tras el mes de vacaciones, hoy reabre Los Porches, en Las Salesas, que ya era mi despacho antes del traslado al Milán. La melancolía es menor, mucho menor, que el sentimiento de gratitud en este momento en que la Universidad de Oviedo deja de ser mi casa, aunque lo siga siendo para siempre.