sábado, 17 de octubre de 2020

Después y todavía: Malos tiempos para la inteligencia

Sábado, 10 de octubre
VIDA SEXUAL SANA
 

Como cada mañana, después de escribir durante más o menos una hora (eso es siempre lo primero que hago), abro el correo. De inmediato me llama la atención uno que lleva el siguiente asunto: “Tu dispositivo fue hackeado por hackers. ¡Lee el manual ahora!”. Me imagino que será publicidad de algún antivirus, pero no. Es de un hacker que me escribe para chantajearme. Y nunca vi un chantajista tan bien educado. Empieza con un “Hola” y termina con un “¡Mis mejores deseos!” entre exclamaciones. Me da dos días de plazo para transferir mil dólares a su cartera de bitcoin. Y muy amablemente me explica que si no sé cómo hacerlo escriba en Google “comprar bitcoin”. ¿Y qué me ocurrirá si no efectúo el pago? Pues que mandará por correo a todos mis contactos un vídeo que ha grabado en el que se muestra cómo “me satisfago a mí mismo” en el lado izquierdo de la pantalla y en el derecho el vídeo que estaba viendo.

            ¿Pero en qué mundo vive este educado y didáctico hacker? ¿No sabe que las autoridades sanitarias españolas proponen ese método como el único seguro para que el rebaño satisfaga sus necesidades eróticas? ¿Que la vida sexual sana, si no tienes pareja estable con la que convivas, según los mayorales que nos apalean y mal gobiernan, ha de reducirse por imperativo legal a la masturbación?  Sonrío y me imagino ese vídeo porno-cochambroso –que no existe, que no puede existir: yo no utilizo el ordenador para tales menesteres-- llegando a todos mis contactos. A lo mejor piensan que es un corto de vanguardia y acaban galardonándolo en algún festival o me dan el premio Reina Sofía, como a Raúl Zurita, porque lo consideran una atrevida acción transpoética.

            Yo me río, pero como ese correo llegará a miles de destinatarios seguro que asusta a algún pobre hombre, de esos que ahora se ven obligados a utilizar Internet y nunca se vieron en otra, y hasta es posible que acabe pagando, si es que se aclara con el embrollo ese de los bitcoin. En fin, que aunque sea colectivo y me llegue azarosamente ya puedo presumir de haber sido víctima de un chantaje sexual. Y hacerme la ilusión de que tengo vida sexual.

Domingo, 11 de octubre
NO ME GUSTA PRESUMIR
 

“Voy contra mi interés al confesarlo”. Me paso la vida repitiendo ese verso de Bécquer porque no hago otra cosa que decir lo que me sería mejor callar. Pero ya se sabe, o por lo menos mis amigos lo saben bien, que soy un bocazas incapaz de guardar un secreto.

            No debería decir que para mí el trabajo intelectual no es propiamente trabajo. Y sé de sobra que es un trabajo como otro cualquiera, que debe ser remunerado adecuadamente. Pero no puedo evitar que yo solo considere trabajo al de los camareros, cajeros de supermercado, limpiadoras (no suele haber limpiadores), albañiles, oficinistas que tienen que estar horas y horas pegados a una silla y a una pantalla. El trabajo creativo no es trabajo: escribir poemas, enseñar literatura, comentar novedades literarias en el periódico, dirigir una revista, revisar un clásico para una nueva edición, no puedo considerarlo trabajo, aunque a veces cobre por ello. Para mí no es trabajo aquello que haría igual, y dedicándole el mismo tiempo y esfuerzo, si no tuviera necesidad de ganarme la vida. Una beca –dinero público, del que se descuenta del sueldo de los verdaderos trabajadores-- para escribir un libro de poemas es algo que yo nunca aceptaría, no me parecería del todo decente. Pero hablo por mí, no quiero aplicar esta norma a los demás. Supongo que eso se debe a que de niño pude comprobar en mi familia cuál era el verdadero trabajo. Pero yo procuro no referirme a mis humildes orígenes. No me gusta presumir.

Lunes, 12 de octubre
OTRO VÍDEO

Me pregunta un amigo si he visto un vídeo que circula por ahí y en el que “destacadas personalidades de la vida española” gritan enfervorizadas “¡Viva el rey!”. No lo he visto, ni pienso verlo, pero como soy un poco morboso le pregunto qué poetas aparecen. “No muchos”, me responde. “Están los esperables: Luis Alberto de Cuenca, Andrés Trapiello. También tu admirado Enrique García-Máiquez y José Cereijo con cara de susto”. Sonrío. ¡El bueno de Cereijo! Un poeta que admiro desde hace ya treinta años, un amigo que quiero y una mente cuyo peculiar funcionamiento –los lectores de este blog tienen perseverante constancia de ello-- nunca deja de sorprenderme.

            La derecha española hace tiempo que se apoderó de la bandera rojigualda. La han convertido en un motivo de amenaza para buena parte de los españoles. Yo estoy en una terraza charlando con un amigo de esto y de aquello y, si de pronto veo que al lado se sienta alguien con la banderita en la mascarilla y en la esfera del reloj, bajo la voz y cuido mucho lo que me digo. Ya he tenido algún mal encontronazo: cerca de mi casa hay una residencia de militares jubilados --vivo junto al antiguo cuartel del Milán-- y en las cafeterías de mi calle hay que andarse con tiento. Ahora pretenden quedarse con el rey, y él me da la impresión de que se deja querer. No le arriendo la ganancia, para decirlo con una expresión añeja.

Martes, 13 de octubre
LOS QUE VIVIMOS SOLOS

Los que vivimos solos, aparte de cada mañana en el espejo del cuarto de baño, ya únicamente podemos contemplar un rostro humano, y agradecer una sonrisa con otra sonrisa, en las cafeterías. ¿Por cuánto tiempo?

Miércoles, 14 de octubre
CAGADITAS DE MOSCA
 

He contado muchas veces que el primer libro que compré con mi dinero, juntando peseta a peseta, fue uno de la colección Austral, las Poesías completas de Antonio Machado, que todavía conservo. Envío hoy al editor la antología del poeta que he preparado estos días y siento que al hacerlo pago una deuda de gratitud. Pocos poetas me han acompañado tanto. Para preparar mi selección he leído, o releído, las principales ediciones del poeta, por lo general bastante mejorables, comenzando por las suyas propias. No me parece que fuera afortunada la decisión de incluir en las Poesía completas los últimos poemas, los del “Cancionero apócrifo”, acompañados de las reflexiones en prosa con que aparecieron en Revista de Occidente. Deberían haber aparecido esos textos en un volumen independiente y los poemas incorporados sin ellas a su poesía completa.

            Mi venerada edición de la Austral compruebo ahora que es un desastre. No respetó la edición de 1936, la última preparada por Machado, y fue incorporando poemas que él dejó fuera donde le vino bien. Y además se añadieron notas, y qué notas. Un ejemplo: “Algo importa” dice uno de los versos del poema “Meditaciones rurales” y a pie de página se nos indica que en la primera edición se leía “mucho importa”. ¿Y para eso nos ha interrumpido usted la lectura, señor editor? Un editor, por cierto, que no sabemos quién es. En otra nota reproduce uno de los “Proverbios y cantares” que Machado publicó en la primera edición y que luego, con muy buen criterio, eliminó: “En esta España de los pantalones / lleva la voz el macho; / mas si un negocio importa / lo resuelven las faldas a escobazos”.

            No son mejores buena parte de las ediciones universitarias, esas ediciones que llaman “críticas” o “científicas” (y que suelen estar financiadas con dinero público y servir para la promoción profesional de sus autores). En 1988, después de incontables ediciones, Manuel Alvar trató de poner un poco de orden en la más popular de las ediciones de Machado: llevó al final, con otra numeración, todos los poemas o borradores de poemas que quiso dejar fuera o que escribió después de 1936. Pero mantuvo todas esas notas sobre variantes desechadas, que son como cagaditas de mosca, y añadió otras que dificultan igualmente la lectura de los poemas. Tengo la sospecha de que buena parte de los profesionales de los estudios literarios, o de la enseñanza de la literatura, carecen de competencia literaria, ignoran cómo se lee un poema.

Jueves, 15 de octubre
LO QUE CREO QUE VALGO
 

Si he de hacer caso de mi experiencia, un escritor suele valer la mitad de lo que cree que vale y el doble de lo que sus amigos más cercanos piensan que vale. Claro que yo soy tan vanidoso que con valer la cuarta parte de lo que creo que valgo ya me conformaría.

Viernes, 16 de octubre
¿VIVA EL REY?

Siempre el buen tiempo –hoy luce un espléndido sol de otoño—acompañó a la entrega de los premios Príncipe, o Princesa, de Asturias, como si Graciano García, que plantó la semilla y la hizo crecer, tuviera poderes meteorológicos. Pero este año no alegrarán las calles de Oviedo las gaitas ni desfilarán las señoras con sus modelitos hacia el Campoamor. Será un día triste y yo, tan poco amigo de pompas y vanidades, tan cada día más republicano, lo siento especialmente por tres personas que admiro y aprecio: el entusiasta Graciano, que pone un toque de poesía en cuando hace; Teresa Sanjurjo, toda cordialidad e inteligencia, y también y a pesar de todo Felipe VI, siempre bienintencionado y esforzado, a quien le toca pagar culpas que no son del todo suyas.



sábado, 10 de octubre de 2020

Después y todavía: La mejor solución

 

Sábado, 3 de octubre
POR QUÉ SOY UN FRACASADO

 De vez en cuando sale el sol, pero en cuanto uno se confía vuelven la lluvia y las frías ráfagas de viento. Paseo por Avilés y a la memoria me vienen los versos de Borges: “la ciudad ahora es como un plano / de mis humillaciones y fracasos”. Habitualmente me acompañan familiares fantasmas, pero hoy han querido dejarme solo. Mientras camino bajo los soportales de Rivero, me entretengo pensando en mi fracaso mayor, ese que nunca le he contado ni le contaré a nadie, ese que más me avergonzaría revelar.

            No es un fracaso amoroso, de esos he tenido muchos y siempre he acabado sacándoles buen partido literario; soy de los que piensan que lo mejor que puede ocurrir en el amor es que acabe pronto, o sea bien. Me paso la vida quejándome de estar solo y nada me aterra más que la posibilidad de dejar de estarlo.

            Tampoco es un fracaso literario. En literatura, no soy precisamente un triunfador, pero estoy muy a gusto con el poco éxito que tengo. No escribo para guardar las cosas en un cajón, sino para que me lean y tengo la suerte de publicar todo lo que escribo. Los lectores no son multitud, ciertamente, pero eso afecta a los derechos de autor, que nunca he tenido en cuenta. Insisto mucho en la gloria póstuma, pero solo es una manera elegante de decir que el mínimo éxito que tengo me basta y sobra, que no echo de menos homenajes ni limosnas institucionales, que el no haber obtenido ningún premio, el no haberse visto obligado por necesidad o vanidad a solicitar ninguno, lo considero el mayor premio.

            ¿Y por qué me considero entonces un fracasado? Suelo aludir a ello en broma, que es como yo suelo decir las cosas serias para decirlas sin decirlas del todo. He repetido más de una vez que no me he dedicado a la política porque el único cargo político que podría ejercer con algunas garantías de éxito, es el de dictador, y para ese puesto hay pocas vacantes. La verdad es que me gusta mandar, pero que nunca he tenido ocasión de darme ese gusto. Admiro a Pedro el Grande, al gran Ataturk, creo que habría sido un buen monarca en la época del despotismo ilustrado.

            Y si no puedo mandar me gustaría influir en los que mandan, que mis opiniones fueran tenidas en cuenta. Si yo le contara estas cosas a algún amigo, a Abelardo Linares, por ejemplo (nunca lo haré), me imagino cómo me tomaría el pelo.

            ----Claro, a ti lo que te gustaría no es ya que Brines o Miguel d’Ors te pidieran siempre consejo antes de publicar, que también, sino que de pronto sonara tu teléfono y un tal Felipe te dijera que tiene un problema con Cataluña, que está preparando un discurso sobre el tema, pero que antes de leerlo en televisión quiere que le digas qué te parece.

            -----Exacto, y yo le habría sugerido tres o cuatro matizaciones y se habría evitado muchos de los problemas que ahora tiene. Y si otro político, de cuyo nombre no quiero acordarme, me llamara para preguntarme si lo está haciendo bien le diría: “No presumas tanto, y por favor no amenaces, no repitas una y otra vez a los sufridos ciudadanos –a los que te han votado y a los que no-- que como no se porten bien no te temblará el pulso a la hora del volver a encerrarlos”.

            Vuelve a salir el sol y yo vuelvo a Oviedo con una sonrisa. Si he podido soportar tan bien los fracasos amorosos y el fracaso literario, ¿cómo no voy a soportar mi fracaso como consejero áulico? Por lo menos he sido capaz de disimular y nadie se ha dado cuenta de que lo que a mí me gustaría es que las decisiones importantes, en Asturias, en España y quizá en el mundo (aunque esto ya sería pasarse un poco), se me consultaran previamente.

Domingo, 4 de octubre
ISLAS DE FELICIDAD
 

“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz”. Lo versos de Borges siguen dándome vueltas en la cabeza. Yo, como todo el mundo, no he sido feliz en muchas ocasiones, pero siempre he tenido buen cuidado de que no fuera por culpa mía. Cada mañana me levanto en el propósito de ser feliz al menos durante media hora. Y raro es el día que no lo consigo. Bien es verdad que a mí, como a la mayoría de los niños, me distrae cualquier cosa. Los domingos, la recuperada costumbre del mercadillo de libros viejos y la lectura del periódico en el café habitual. Cierto que para volver a disfrutar con los periódicos impresos (mi placer matinal durante tantos años) he tenido que volver a aprender a leerlos, recordando cómo lo hacía en tiempos de Franco. Entonces me saltaba aquello que todos tenían en común –editoriales, inauguración de pantanos y cosas así-- para detenerme en lo que no estaba manchado por la ideología. Ahora dejo de lado todo lo que tiene que ver con la diaria dosis de miedina necesaria para tener controlado al rebaño --aunque a veces resulte difícil, parece impregnarlo todo--, y soy feliz, al menos durante media hora, con los lirismos de Xuan Bello y de Manuel Vicent, con la crónica internacional, con el rescate de alguna olvidada pintora o escritora, con el diario capítulo de esa novela interminable que es la historia del mundo.

           

Lunes, 5 de octubre
PEQUEÑAS VANIDADES SIN IMPORTANCIA

El nombre de uno, no creo que sea solo mi caso, siempre parece estar escrito en caracteres luminosos: siempre es lo primero que nos encontramos al hojear un libro o una revista. Claro que todavía brilla más cuando no está citado do  nde creíamos que debería estar. Paso por Cervantes, abro un libro de conversaciones con José Carlos LLop y le escucho hablar de diarios: “En los años ochenta, Senosiáin, Puig y Sánchez-Ostiz dieron el pistoletazo de salida. O al menos los que ya escribíamos diarios decidimos publicarlos tras aparecer los suyos. Y en el 1990 aparece –por este orden, creo-- el mío, el de Trapiello, el de García Martín y el de Juan Manuel Bonet”. ¡Qué memoria la de Llop! Es capaz de recordar incluso en qué mes aparecieron unos libros publicados hace treinta y su subrayar que el suyo, La estación inmóvil, fue el primero. Pero se equivoca: el mío, Días de 1989, apareció precisamente en 1989. No es que se lo reproche. Esas pequeñas vanidades son las que humanizan a un escritor. Antes ha indicado que su novela El informe Stein es mejor que otra novela que también trata de la educación jesuítica: AMDG, de Ramón Pérez de Ayala. Hombre, Llop, esas cosas se piensan, pero no se dicen.

Martes, 6 de octubre
TRUMP Y PALOMITAS
 

----¿Has visto la última canallada de Donald Trump, ese impresentable? Resulta que se contagia de la Covid porque todavía hay justicia divina, y buenas oraciones que se hicieron para ello, y bien que lo celebraba en alguna entrevista otro presidente tuitero, y cuando todos los que nos preocupamos por la salud y estamos hartos de irresponsables que salgan a pasear por el monte sin mascarilla, como si no existieran aerosoles, esa gotículas que expulsamos al respirar y que viajan por el aire y que son capaces de alcanzarte aunque estés en la cumbre el Naranjo de Bulnes, cuanto todos, ya digo, estábamos exultantes, pues resulta que va y se cura y a los dos días ya está trabajando en la Casa Blanca. ¿Es que no se ha dado cuenta que un presidente de Estados Unidos debe, ante todo, dar ejemplo y hacerles comprender a los ciudadanos que más vale morirse con arreglo a las leyes de la medicina que vivir con vilipendio de ellas? ¡Pero qué se va a esperar de ese payaso, como le llamó Biden! Ahora la gente va a pensar que una enfermedad que no notan siquiera la mayoría de los que la padecen, que otros apenas si tienen síntomas leves y que solo es grave e incluso mortal para unos pocos perfectamente identificables por edad o patologías previas, que una enfermedad así no debería haberse tomado como pretexto para parar el mundo. ¡Y todavía habrá quien le vote! Es que hay gente que parece que piensa con los pies, Martín.

            ----Ni siquiera le asusta el nuevo descubrimiento de los aerosoles, esa amenaza invisible que te acecha en cualquier parte, esas gotículas malignas que parece que saben dónde y a quién atacar. Este domingo fui al cine, como de costumbre. Vi Rifkin’ Festival de Woody Allen, Lo pasé bien, entre otras cosas porque el protagonista me recordó mucho a mi amigo Víctor Botas.  Yo fui su confidente de más de uno de sus platónicos amoríos al estilo de los del feo Wallace Shawn por la guapa Elena Anaya. Pero qué triste tener que ver al bueno de Woody Allen, a su edad, teniendo que hacer publicidad turística de San Sebastián para que le financien la película. Pero no quería hablar de eso, sino de los consejos sobre seguridad que proyectan al comienzo. Este domingo había uno nuevo que recordaba a los espectadores que, después de terminar las palomitas, no deben olvidar ponerse la mascarilla. Y yo pensé: qué listos son estos aerosoles con los que nos atemorizan últimamente. Ven a un señor o señora con la boca abierta, masticando y salivando, y dicen a ese no, que está comiendo palomitas. Ven a otro con la boca cerrada, tan tranquilo, atento a la película, separado de los demás, y dicen: “Atención, gotículas, al ataque, que ahí tenemos un insolidario”. Y se apresuran a meterse por su nariz y ojos”.

            ----No te burles, que esto es muy serio.

----Si no me burlo, si esto es muy serio. O bien el riesgo de los aerosoles es un cuento (lo es, salvo en lugares cerrados, con mala ventilación y gente hacinada) o bien las autoridades sanitarias ponen en riesgo la salud de los espectadores por el importe de un cucurucho de palomitas.

Miércoles, 7 de octubre
ENSAYO Y ERROR
 

Me temo que los animales racionales –acabo de comprobarlo una vez más-- no son los mejores animales de compañía.

 

Jueves, 8 de octubre
OTRO RECUENTO
 

Me gusta hacer recuentos. A veces me entretengo contando a la gente que me quiere y otras veces a la que me detesta. Los primeros no son muchos, pero me sorprende comprobar que los segundos son todavía menos: solo ocho. Bueno, seguro que hay más, pero yo no los conozco. De esos ocho, a cinco que yo sepa les he dado motivo para no quererme demasiado bien: no he sido capaz de disimular que no creo que tengan ningún talento como escritor.

            Hoy me ha dado por pensar en la gente que quiero, en la que lamentaría dejar de ver si me largo de España (últimamente lo estoy considerando) y son exactamente treinta y siete. Puede parecer poco, pero no está mal para un solitario como yo.

            ¿Y cuánta gente me alegraría de no volver a ver? Pues no sé, los que me caen mal ya no los veo, o muy de tarde en tarde y de lejos. Es una suerte que para mí el amor no suela convertirse en odio sino en indiferencia o incluso en amistad. De no ser así, con lo enamoradizo que yo soy (y lo poco que me duran los amores eternos) acabaría odiando a media humanidad.

Viernes, 9 de octubre
OBSESIÓN

A veces, la mejor solución para un problema es dejarse de obsesionar con el problema.


sábado, 3 de octubre de 2020

Después y todavía: Café y compañía

 

Sábado, 26  de septiembre
TORPÓN Y TABERNARIO


¿Afecta la consideración que tengamos a la persona de un escritor nuestra valoración  de su obra? Sí, siempre que esa consideración se desprenda de sus escritos y no de lo que sepamos de él por otros medios. Leo el Diario de mi sentimiento, de Alberto Hidalgo, recién reeditado con elogioso prólogo de Juan Bonilla, y se me atraganta ya en las primeras líneas; releo, no me canso de picotear acá y allá, el Diario íntimo de César González-Ruano, después de todas las fealdades que nos ha contado de él Marino Gómez-Santos (y de todas las que ya sabíamos) y me sigue admirando su malabarismo estilístico, su capacidad para hacer con nada –un comentario sobre el tiempo, otro sobre sus malestares físicos, la mañana en el Gijón, la tarde en algún cóctel-- una página llena de levedad y gracia. Alberto Hidalgo es torpón y tabernario. Su diario, nos dice, “achicará la importancia de todos los diarios que andan por el mundo y en particular el de Enrique Federico Amiel, al cual debe toda su gloria”. ¿Y por qué no vale nada el diario de Amiel?  Pues porque es “la obra de un pajero”, mientras que el suyo “es fruto de un hombre que sabe emplear sus medios genitales en el momento oportuno y que ante la vida reacciona mostrándoselos”.

            “Este tío es tonto”, pensamos de inmediato. Y más cuando nos aclara que él “también se ha masturbado, pero de eso hace más de veinticinco años y, en cambio, el poeta suizo perseveró hasta los últimos años de su existencia”.

            No es ya que la vida sexual de un escritor importe poco para la calidad de su escritura., sino que cierto tipo de afirmaciones resultan indemostrables (¿quién sabe lo que cada persona hace en su intimidad?) y por ello apoyar en ellas una afirmación demuestra poca o ninguna solidez intelectual.
            Sus consideraciones sobre escritoras son de igual brillantez: “La mujer termina siendo mujer, es decir, mandando a paseo la literatura y dedicándose a las cosas que le son propias, es decir, la cocina o las modas”. Por eso no le extraña que Colette cree un negocio de perfumería y se atreve a profetizar que “un día veremos a Alfonsina Storni con una tienda para sombreros de señora en Buenos Aires”, que “Gabriela Mistral terminará de florista de alto rango en Santiago de Chile” y Juana de Ibarbourou “fundando en Montevideo una academia de corte y confección, pues al fin y al cabo son mujeres”.

            Diario de mi sentimiento no se había reeditado desde 1937, en que apareció en edición privada. El gusto por los raros de Juan Bonilla le lleva a rescatar este bodrio que nos demuestra que no todos los escritores olvidados están injustamente olvidados.

            No solo parece Alberto Hidalgo un bruto ajeno a cualquier sutileza intelectual, también es una mala persona. No le gustan los ricos que escriben y por eso les desea lo peor: “Para Godoy aspiro a un cáncer; a Reyles le deseo una lepra; a Larreta solo le ansío un cretinismo agudo, lo cual es satisfacerle el gusto, pues es su ambición desde hace unos años, y a la Ocampo espero que le acontezca una salpingitis u otros trastornos ocasionados por su habituales fellatio o cunniligus”.

Domingo, 27 de septiembre
ACCIÓN

En el cine disfruto con disparates pretenciosos e inconsecuentes que no soportaría en un libro. De una novela con el argumento de Tenet, de Christopher Nolan, no pasaría del primer capitulo. Pero lo que menos importa de una película como esta es el MacGuffin o pretexto argumental (en este caso, una amenaza del futuro que podría borrar el pasado y el presente). A mí me divierte este saltar sin demasiados motivos de un escenario a otro, de Tiflis a Londres, de Bombay a la costa amalfitana (o eso me parece), con un malo muy malo (Kenneth Branagh es el ogro de los cuentos) y con el sufrido héroe (John David Washington) y el ayudante del héroe, que se las sabe todas (Robert Pattinson). Me dejo llevar y durante dos horas largas vuelvo a tener diez o doce años, me olvido de lo que nos pasa (de lo que no acabo de pasar) y sueño con una vida de aventuras que nunca seré capaz de vivir o que nunca he dejado de vivir en mis mejores sueños.

Lunes, 28 de septiembre
ENCUENTRO CASA


Es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Cerrados Los Porches, me había quedado sin biblioteca-despacho para las mañanas. La terraza de la sidrería Mieres, frente al colegio Novo Mier y muy cerca del Milán, no pasaba de solución provisional; pronto llegará el mal tiempo y había que pensar en un interior cómodo donde se pueda estar solo en compañía. Lo he encontrado en la Avenida de Torrelavega, que siempre me pareció a trasmano, pero que está al lado de casa, nada más cruzar el parque y el puente sobre la autopista. Un lugar amplio, civilizado (hay un televisor sin sonido), donde venden periódicos a la entrada y es fácil aislarse en cualquier rincón, aunque a mí no me guste aislarme demasiado. Me concentro con facilidad en el libro o en el texto que estoy escribiendo y saco la cabeza de vez en cuando para observar el entorno. Hoy anduve por el norte de Marruecos más desolado de la mano de Umberto Pasti y su Perdido en el paraíso, un libro ásperamente hermoso, con cierto trasfondo homoerótico y colonialista, sobre la construcción de un jardín. También garabateé algún haiku: “La luz de otoño / entra por la ventana / se queda en casa”.
            Los sitios, como las personas, te caen bien o mal al primer golpe de vista. Esta cafetería de barrio, Noor Coffe & Co., me recuerda a otras de Brooklyn o de Cuenca, con clientes que se conocen todos, salvo a ese extraño que lee y escribe en un rincón.

Martes, 29 de septiembre
COMO EL PRESO

Al final del día, tacho con una cruz la fecha y respiro aliviado, como el preso en su cárcel. Pero yo no puedo ir contando los días que me restan porque esta condena, aunque no sea de cadena perpetua, es indefinidamente prorrogable.

Miércoles, 30 de septiembre
QUIJOTE DE LA RAZÓN

No soporto a quien en un debate sobre cualquier tema pierde los papeles en cuando se nota falto de argumentos, pero últimamente quien suele perderlos soy yo. Y no precisamente por falta de argumentos, sino por exceso. Me ha ocurrido esta tarde en el Vetusta y vuelvo a casa enfadado conmigo mismo. Soy un Quijote de la razón, creo que con ella en la mano se puede convencer a cualquiera. “¡Siempre quieres tener razón!”, me reprochan mis amigos. “Pues claro –les respondo—y cuando echo una partida con alguien al ajedrez siempre quiero ganar". Lo que no hago nunca son trampas, ni al debatir ni al jugar. Si me dan jaque mate, en la discusión o en la partida, no tiro el tablero ni pongo en cuestión las reglas del juego. Me fastidia, por supuesto, pero me aguanto. A fin de cuentas, el arte de perder se aprende pronto, como recuerda Elisabeth Bishop en un poema. No acabo de acostumbrarme a esas personas que, cuando no encuentran argumentos, se salen por peteneras y se empeñan en seguir en sus trece. Y eso que, desde que lo leí por primera vez a los catorce años (en el paraíso que fue para mi adolescencia la biblioteca Bances Candamo), tengo muy clara la distinción de Ortega entre ideas y creencias. Las ideas se tienen y se puede debatir sobre ellas y se pueden precisar y se pueden desechar cuando nos damos cuenta de que son erróneas. En las creencias se está, son el suelo bajo nuestros pies. Si se tambalean, es como si sobreviniera un terremoto. Yo puedo debatir racionalmente sobre religión, sobre Cataluña, sobre la monarquía, sobre la pandemia y sobre la tontemia que ha traído consigo. Otras personas también y es un placer charlar con ellas, aunque sus ideas sobre la cuestión sean radicalmente distintas de las mías. Pero para muchos se trata de creencias que resulta sacrílego poner en cuestión. Con estos últimos, mejor no perder el tiempo. O una vez, y no más. Tengo una lista con todos aquellos con los que no puedo tratar determinados temas. Pero a veces me olvido de ella. “¿Cómo una persona tan inteligente puede no darse cuenta de que una unidad impuesta es siempre peor que una separación amistosa?”, me pregunto. Y trato de razonar y acabo perdiendo los papeles ante la estolidez ajena. Y vuelvo a salir de la batalla dialéctica apaleado y maltrecho, como don Quijote.

Jueves, 1 de octubre
AÚN NO

“¿Es que no puede alguien pensar de distinta manera que tú y no estar equivocado?”, me pregunta un amigo. “Puede, pero esa discrepancia dura poco tiempo, porque en cuanto me doy cuenta de que tiene razón cambio y pienso como él?”. “¿Y ya has cambiado de opinión sobre tu admirado Felipe VI?”, “Todavía no, le tengo una cierta simpatía, le agradezco que haya sacado de casa la basura que nadie se atrevía a sacar, pero la verdad es que estoy a punto de cambiar de opinión”.

Viernes, 2 de octubre
SIN COMENTARIOS

“Y de Cataluña, ¿qué?”, me pregunta otro amigo. “Hace tiempo que no nos das las tabarra con el tema”. “No me gusta hablar por hablar. Si yo tuviera poder, convocaría de inmediato un referéndum para que los catalanes pudieran expresar alto y claro lo que los políticos y los medios de comunicación españoles nos repiten una y otra vez: que la inmensa mayoría quiere seguir siendo española. Así se acabaría el problema”.    



sábado, 26 de septiembre de 2020

Después y todavía: Por qué soy tan insoportable

 

Sábado, 19  de septiembre. FELICIDADES

 Soy muy celoso de mi privacidad, pero comparto gustoso mi intimidad. La distinción entre ambas –en el lenguaje común suelen considerarse sinónimos-- la tomo de Castilla del Pino. Lo privado puede hacerse público sin nuestro consentimiento: fotos robadas, audios de Villarejo, una exnovia o exnovio que cuenta nuestro comportamiento en la cama; pero en la intimidad, en el secreto de la conciencia, no entra nadie. De mis sueños solo se sabe lo que yo quiero contar, de las secretas fantasías eróticas lo que no nos avergüenza referir (son los “malos pensamientos” que el catecismo obligaba a confesar). De mi vida privada como padre, hijo, amante o amigo, participan otras personas; de mi vida íntima, solo yo: nadie puede desmentir lo que cuento –los fantasmas de mi cerebro-- ni saber más de lo que yo le cuento. Pero las reglas están para incumplirlas y, con los años, uno se siente cada vez más tentado a mostrar parte de su intimidad, a hablar de algo más que de desastres públicos e ilusiones perdidas.

“Cuéntame un cuento, padrino”, me dice Martín cuando se cansa de corretear en bici, jugar con los colegas del colegio o a solas con el agua de la fuente, de buscar caracoles o saltamontes, coger moras o arrancar ramitas de hierbabuena que crecen cerca de las ortigas. “¿De dragones o de dinosaurios?”, le pregunto. “¡De la rata vieja!”, suele responder. La rata vieja es un personaje que él ha inventado, que asoma la nariz por las alcantarillas y que le fascina desde que era pequeñito. “Ya soy grande”, proclama esta mañana orgulloso mientras desenvuelve impaciente los regalos que encuentra en mi casa: un microscopio y un telescopio. “Para ver los bichitos que andan dentro de una gota de agua y los dragones de la luna”, me dice. Hoy Martín cumple cuatro años. Y ya sé que estas cosas no deberían decirse en público, pero yo soy feliz viéndole cada día más listo. También la abuelidad se inventa, que diría Antonio Machado.

Domingo, 20 de septiembre. SOFÍA Y TÚNEZ

 Poco antes de entrar en el cine a ver Un diván en Túnez, de Manèle Labidi, termino de leer (en mi recuperado rincón del McDonald’s de Los Prados), Una calle sin nombre, de Kapka Kassabova. La película se ve con una sonrisa, los recuerdos búlgaros de Kassabova con un creciente desasosiego. Ambas autoras hablan de su país de origen con algún menosprecio y como quien se avergüenza de él. El tono de Manèle Labidi es más amable porque el imposible Túnez es el país de sus padres, no el suyo: ella nació en Francia, al contrario que el personaje que protagoniza su película. Por eso puede mirarlo todo con una condescendiente superioridad, por eso se burla sin rencor ninguno. Kappa Kassabova nació y creció en Sofía. Cuando el régimen comunista se derrumbó, tenía dieciséis años. Vivió luego en Nueva Zelanda y en otros países hasta recalar en Escocia. “Infancia y otras desventuras búlgaras” se subtitula su libro. Pocas veces una infancia ha sido recreada con más verdad y menos concesiones a la nostalgia. No recarga las tintas, no es necesario, para que esta precisa recreación de una época nos duela como un puñetazo. Vuelve luego la autora, ya adulta, a recorrer un país que es y no es el suyo. Al comunismo le ha sucedido la más despiadada versión del capitalismo. El libro de memorias se convierte en un libro de viajes, en el que hay lugar para el encuentro con personajes inolvidables y para recrear los mitos nacionales de un país que desde su tardía independencia a finales del XIX ha ido de desastre en desastre.

            Qué distinta la dolorosa Bulgaria de Kapka Kasabova, que ella odia y ama (ama a su pesar) de la que yo he entrevisto en mis estancias allí. La primera en 2005, con Luis Alberto de Cuenca y Paulina Cervero, para hablar de Cervantes y de Víctor Botas. Desde ese viaje inicial me enamoré de Plovdiv (iba a decir en Plovdiv, pero esa es otra historia) y ahora el Maritsa es uno de mis ríos y las empinadas callejuelas de la ciudad antigua uno de mis escenarios favoritos para estar solo o en buena compañía. Qué distinto un país, para los que lo llevan dentro como una herida que no acaba de cicatrizar y para los que no tienen allí raíces, están siempre de paso y lo convierten en inagotable escenario de sus mejores sueños.

Martes, 22 de septiembre. TAMPOCO ES PARA TANTO

 ¿Soy una mala persona? Muchos así lo creen y yo estoy comenzando a pensarlo. Paso por la librería Cervantes y en la mesa de novedades me encuentro con un libro de atrayente título: Para un teoría del aforismo. Cuando me fijo en el nombre del autor, Javier Sánchez Menéndez, sé que no debería ni siquiera hojearlo. Y no porque tenga alguna animadversión al poeta y editor Sánchez Menéndez. Todo lo contrario: ha editado tres o cuatro libros míos, me ha invitado a Sevilla a presentar alguno, he charlado cordialmente con él más de una vez. El problema es que he tenido la debilidad de leerle y que es el rey del sinsentido y del pretencioso disparate. Me imagino cómo serán sus elucubraciones sobre el aforismo, género del que es cultivador asiduo y uno de los más prolíficos editores. Mejor no hojear siquiera el volumen, que luego acabaré comentándolo y para qué quiero un enemigo más. Pero lo compro y me entretiene durante el café en la terraza de la sidrería Mieres que, cerrado Los Porches de siempre, se ha convertido en el rincón favorito de mi biblioteca al aire libre. No me defrauda el bueno de Sánchez Menéndez. Los disparates comienzan en el primer párrafo y siguen in crescendo hasta el final. Hasta cita mal el célebre apotegma de Gracián. “Lo breve, si bueno, dos veces bueno”, escribe. ¿Y si malo? Entonces será también bueno, aunque solo una vez. ¡Cuántas maravillas para una antología del humor involuntario! “El futuro del aforismo” titula una de las partes del prólogo. Comienza así: “El verdadero aforista siempre ha sido un ángel, un ángel que desprende lucidez, inteligencia y logos, y que realiza su transmisión con la destreza de la brevedad. El aforista debe ser un ángel con la habilidad suficiente para transmitir el conocimiento”.

            ¿Soy una mala persona? Probablemente sí, pero cuando alguien hace el ridículo en público no soy capaz de reírme solo en privado. Paso revista a mis malas acciones, esas que han hecho que me odie tanta buena gente: lamenté en unas líneas de mi diario la separación de un poeta que había hecho del canto a la esposa y a la vida familiar uno de sus temas principales; dije “no seas facha”, en una charla que yo creía amical, a un librero cuando hablábamos no sé ya si de Cataluña o de la emigración; en la reseña a una antología de los aforismos de Juan Ramón Jiménez señalé errores de principiante; discrepé de algunos puntos, muy razonadamente por supuesto, cuando se publicó una tesis doctoral sobre Ángel González, a la que un apreciado amigo había dedicado muchos años… Busco y rebusco y todas las maldades que encuentro son del mismo tipo: haber herido los sentimientos de alguien, sin ser consciente de ello (a veces, siéndolo), o no haber admirado lo suficiente a algún colega escritor que decía admirarme (y no era verdad: solo un préstamo que debía ser devuelto con intereses).

            ¿Soy una mala persona? Es posible. Quien lo dude que pida informes sobre mí a Miguel d’Ors, José Manuel Valdés, José Luis Morante, Ricardo Labra y tantos otros damnificados. Pero seguro que hay peores personas que yo. El mundo sería bastante mejor si no fuera así.

Miércoles, 23 de septiembre. SE ME OCURRE PENSAR 

Paso de una cadena de televisión a otra, para desconectar antes de ir a la cama, y siempre acabo deteniéndome en algún programa sobre platillos volantes y extraterrestres. Mi favorito es Ancient Aliens. Me gusta cómo salta de un lugar arqueológico a otro, siempre con seductoras imágenes, y me fascinan los “expertos” que aparecen, capaces de defender sin sonrojo los mayores disparates. Mi favorito es Giorgio Tsoukalos. ¿Habrá gente que se crea que los dioses griegos eran en realidad alienígenas, que la virgen de Fátima no era la virgen María, sino un alienígena? Claro que, bien mirado, tan absurdo como creer que era un alienígena es creer que era una buena mujer que vivió hace muchos siglos en Galilea y que, como en el cielo no tiene cosa mejor que hacer, de tarde en tarde se aparece a algún pastorcillo para convertir un lugar cualquiera en un concurrido lugar turístico.

            Nos reímos de los que creen en platillos volantes y no nos reímos –por la cuenta que nos tiene-- de quienes creen en resurrecciones y dioses extraterrestres, cada uno de ellos el único Dios verdadero. ¿Qué tienen en común el archimandrita de Jerusalén, el papa Francisco y el infatigable perseguido de alienígenas ancestrales Giorgio Tsoukalos? Que todos ellos viven, y en algún caso muy bien, de la credulidad ajena. Baja la audiencia, desciende el número de creyentes, y comienza a peligrar el negocio.

 

Jueves, 24 de septiembre. EN EL SUEÑO

 No podía dormir y salí a dar una vuelta por el parque de San Julián, al lado mismo de mi casa. Lo hago con cierta frecuencia. Unas cuantas vueltas a buen paso y luego duermo como un bebé. No suelo encontrarme con nadie a esas horas y tengo todo el parque para mí solo. Ayer ocurrió algo extraño. Había estado viendo unos minutos mi programa sobre ovnis favorito y elucubraba sobre que la creencia en esos fenómenos no es sino otra forma, la más divertida y menos dañina, del pensamiento religioso, cuando de pronto se apagaron las luces y las estrellas brillaron en todo su esplendor. “Si esto fuera una película, ahora es el momento en que se me aparezca una nave y yo sea abducido”, pensé burlón. Pero no era una película y no se me apareció ningún platillo volante y  las farolas se volvieron a encender tras lo que había sido una eternidad y solo unos minutos de reloj. Volví a casa asustado y con extraños temblores. “A ver si ahora me voy a poner enfermo”, pensé. Había sentido junto a mí, durante esa fugaz eternidad, una presencia, no sé si humana o divina. “Tonterías”, me dije. Pero tardé en dormirme y cuando me dormí soñé con ella y en el sueño tenía rostro y me había querido mucho.

 

Viernes, 25 de septiembre. LA ZORRA Y LAS UVAS

 Cuanto tengo algo, pienso en las ventajas de tenerlo; cuando no lo tengo, en las ventajas de no tenerlo. Estar enamorado, me pone alas, como Red Bull; no estarlo, me quita una losa de encima.

            En eso me comporto como si fuera tan inteligente como me gusta creer que soy. En eso y en pocas cosas más.


sábado, 19 de septiembre de 2020

Después y todavía: El mercader de vísceras

 

Sábado, 12 de septiembre MEJOR ME CALLO

             En toda vida, incluso en una vida tan aburridamente previsible como la mía, hay algún secreto que nos avergüenza y que daríamos cualquier cosa porque no saliera a la luz. Hace unos días celebraba el cumpleaños de una amiga en una terraza cuando uno de los transeúntes se detuvo ante mí, blandió un dedo amenazador y gritó: “García Martín, como vuelvas a mencionar mi nombre, te rompo la cara a hostias. Ni Graciano ni nada, como vuelvas a mencionar mi nombre, te rompo la cara a hostias”. Los ocupantes de las mesas vecinas comenzaron a mirar extrañados, la camarera cogió el teléfono, quizá para llamar a la policía. Yo me limité a decir: “No se preocupe usted que eso ni ha ocurrido ni ocurrirá”. A poco el exaltado siguió su camino. Los cuatro ocupantes de la mesa nos miramos extrañados sin saber si había sido realidad o una pintoresca alucinación compartida. "¿No has tenido miedo, Martín?", me dijo Marcos. "Mira cómo tiemblo", le respondí. Y levanté la taza, llena hasta el borde, y bebí un trago sin derramar ni una gota. Solo una vez tuve una pelea a puñetazos, como en las películas. Fue hace bastantes años y esa tarde recordé de pronto todos los detalles. Por un momento, pensé contarlo a mis amigos, pero finalmente no dije nada. Lo que uno no quiere que nadie sepa mejor no decírselo a nadie. Ocurrió allá por 1974, en una de los agujeros negros de mi monótona biografía. Tras el recuento en el patio, subíamos por las estrechas escaleras de la séptima galería, en fila india, cada uno a su chamizo. Un tipo mal encarado, que venía tras de mí, me dio un empujón y dijo: “Quítate de delante, comunista de mierda”. Me di la vuelta y a punto estuvimos de llegar a las manos. “Aquí no, si no queréis pasaros quince días en celdas, mañana en el tigre a primera hora”, dijeron los buenos samaritanos que nos separaron.  Pasé la noche como el personaje de “El sur”, el cuento de Borges, sabiendo que llevaba todas las de perder en aquel enfrentamiento, pero que no podía echarme atrás si quería seguir siendo respetado en aquella jungla regida por sus propias leyes. Un alma caritativa me habló del individuo al que debería enfrentarme: “Está medio loco, dicen que en un atraco mató a un guardia civil”. No podía echarme atrás, aunque estaba muerto de miedo. Lo disimulé como pude. Cuando tras el desayuno nos desparramamos por el patio, me dirigí hacia el corredor de la muerte, quiero decir hacia el “tigre”, hacia los servicios, el único lugar donde nunca asomaba ningún funcionario, seguido de unos cuantos curiosos. Mi contrincante llegó poco después, solo. Yo le esperaba aparentemente tranquilo (siempre he sabido disimular bien mis emociones). Se formó un corro alrededor. Un amigo de los que en pocos días se hacen en situaciones extremas me pidió que le pasara las gafas. Iba a quitármelas, pero no llegué a hacerlo. Un tremendo puñetazo, que afortunadamente acerté en gran parte a esquivar (siempre he tenido buenos reflejos, contra lo que pudiera parecer) las arrojó por los aires. Afortunadamente, alguien las recogió antes de que llegaran al suelo y se rompieran. Yo me lancé contra el agresor, pero ni siquiera llegué a tocarle. Entre nosotros se interpusieron varios de los presos. Al parecer en aquella jungla que era la séptima galería de Carabanchel también regían ciertas normas. Y una de ellas era que, en una pelea acordada para resolver ciertas diferencias, había que aguardar a que se diera la señal del comienzo y, además, no se podía golpear a alguien con gafas. Debía esperarse a que se las quitara. El caso es que, tras aquel combate, en el que yo podía haber acabado bastante maltrecho, aumentó el prestigio que ya tenía –mi acusación era la más grave de todas-- y siempre paseaba acompañado de algunos voluntarios guardaespaldas, a los que invitaba cuando tratábamos de completar la pobre dieta alimenticia en la cantina, por si el loco insultante, que alguna vez me amenazó de lejos, tenía la tentación de volver a intentarlo. Pero estas son viejas y aburridas batallitas que mejor no contarle a nadie.

 Domingo, 13 de septiembre LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Compro Sucedió en la URSS en el mercadillo del Campillín. Me llaman la atención los dos nombres que figuran en primer lugar y en letra destacada entre los autores: André Gide y Ángel Pestaña. ¿Qué tendrán en común el escritor francés y el anarquista español? En seguida lo adivino: los dos viajaron a la Unión Soviética y a ninguno le gustó lo que pudo ver o entrever. Otros testimonios (“Un danés en la URSS”, “Una rumana en la URSS”, “Un norteamericano en la URSS”) completan el volumen, editado en 1945 y al que pone epílogo un delirante alegato anticomunista de Mauricio Karl. Cuando apareció, muchos lo considerarían un panfleto. Hace años que sabemos de sobra que en la propaganda anticomunista –por mucho de detrás anduviera la CIA-- había más verdad que en la comunista, al menos en lo que se refiere a las condiciones de vida en la Unión Soviética y países allegados. Mentiría si dijera que yo nunca fui engañado, pero mi paraíso en los años de la dictadura nunca fue la Rusia de Brézhnev, sino Francia, donde todavía en 1976 o 1977 se compraban libros que debían entrar clandestinamente en España, o Italia, que cambiaba de gobierno casi cada mes, con todas sus luces y sus sombras.

Lunes, 14 de septiembre ANOTACIONES

No sé si nunca he sido niño o si nunca he dejado de serlo.

            No soporto vivir solo y no sé vivir de otra manera.

            Si hablas bien del amor, es que lo has probado poco.

Martes, 15 de septiembre IRSE PREPARANDO 

Los admiradores tienen fecha de caducidad, como los yogures, y con frecuencia mucho más próxima. ¿A cuánta gente, que ahora me interesa poco o nada, admiré yo un tiempo? De las devociones juveniles, Aleixandre fue el primero en dejar de interesarme. Varias veces he intentado volver a él, pero me sigue pareciendo palabrero y falso. Curiosamente, me sigo sabiendo de memoria uno de los pocos sonetos que escribió: “Pensamiento apagado, alma sombría, / ¿quién aquí tú que largamente beso, / alma o bulto sin luz o letal hueso / que inmóvil consumió la fiebre mía?”.  Poco después de Aleixandre, cayó Bousoño, primero el de las vacuas elucubraciones teóricas que siguieron a Teoría de la expresión poética y luego el poeta de Las monedas contra la losa, un libro que leía con entusiasmo en años setenta. A veces, para mantener la admiración por un poeta, lo mejor es no releerlo. Es lo que me pasa con Francisco Brines. Si así me comporto yo, con total irreverencia, ¿cómo va a sorprenderme que otros hagan lo mismo conmigo? Lo malo es cuando los admiradores que se pierden, como los cabellos que se caen, no son sustituidos por otros. Conviene irse preparando.

Miércoles, 16 de septiembre MALA COSA

Mala cosa que no te queden amigos, pero peor todavía que no te queden enemigos. Es entonces cuando te das cuenta de que ya es como si no estuvieras sobre la tierra.

Viernes, 18 de septiembre DE FERIA EN FERIA

Más de una vez, y no siempre involuntariamente, he sido cruel. Recuerdo siempre con pesar que llamé “mercader de vísceras” a un excelente poeta. Había coincidido con él en una lectura. Se levantó de la mesa y, adelantándose como si estuviera en un escenario, recitó sin ahorrar efectos patéticos algunos de los poemas que hablaban de un penoso asunto familiar. Arrancó lágrimas y muchos aplausos. El dolor personal se hace poesía, confidencia susurrada a los lectores, pero no puede convertirse en espectáculo. Ángel González decía que sus poemas más íntimos era incapaz de leerlos en voz alta. A mí me pasa lo mismo. Pero a veces, incluso al dejar solo sugerido mi dolor sobre el papel, al alcance solo de un puñado de confidenciales lectores, me siento como el mendigo que muestra sus llagas para obtener más limosnas. O como quien convierte en oficio exhibir su monstruosidad –vean, vean al hombre elefante-- de feria en feria, o de libro en libro.



 

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Después y todavía: El ruedo ibérico



Domingo, 6 de septiembre
CRIMEN PERFECTO

“Estamos en Madrid y en septiembre de 1971. Los obreros de la construcción han decidido iniciar una huelga pidiendo mejoras económicas y laborales. Un hombre joven y dos muchachos salen de un edificio en construcción llevando en la mano unas octavillas. Un piquete de la guardia civil ve salir a los tres amigos y les da el alto. Ellos, en vez de detenerse, intentan escapar, y los bien entrenados y eficacísimos defensores del orden público, sin más advertencias, hacen fuego de repetición. El hombre cae acribillado con seis tiros en la espalda, los muchachos también resultan heridos. La calzada se cubre de octavillas –algunas manchadas de sangre-- en las que se pide seguridad en el puesto del trabajo, mejoras en las condiciones laborales. La gente acelera el paso al llegar a la altura de los cuerpos. A los que tienen intención de detenerse, el cabo les dice agitando el cañón del fusil ametrallador: circulen, circulen. Diez minutos después, una camioneta de la guardia civil se lleva discretamente a las fuerzas del orden y a sus víctimas. Pedro Patiño, casado, dos hijos, obrero de la construcción, ha muerto. Antes del mediodía un carrito de la limpieza ha recogido las octavillas y barrido la acera y la calzada. Ya no hay huellas ni rastro. El asesinato ha sido perfecto.”
            Inicia esta estremecedora viñeta el número triple de Cuadernos de Ruedo Ibérico correspondiente a octubre de 1971 y marzo de 1972, fechas que para mí son historia personal: en marzo de 1972, comencé el trabajo que acabo de dejar por estas fechas. Mis amigos más jóvenes se imaginan esos años como si España fuera una especie de cárcel vigilada por el ejército y las fuerzas del orden. Mi recuerdo es muy diferente: la inmensa mayoría aplaudía la situación y se indignaba con los cuatro revoltosos que intentaban alterarla.
            En 1971, como en 1823, 1923 o 2020, la mayoría de los españoles acatan sumisos lo que deciden las autoridades con razón, sin razón o contra ella: educados desde siempre por la Santa Madre Iglesia, sienten alergia a “la funesta manía de pensar”.



Lunes, 7 de septiembre
UNA SENTADA

Cuando la cabecera de la manifestación llegó al Palacio Regional, hicimos una sentada. No me imaginaba yo que acabaría sentado en medio de la calle Uría, muy cerca de donde los grises me dieron palos por primera vez allá por 1968, alzando las dos manos, aplaudiendo luego y gritando “basta ya”.
            Lo malo es que ya no tengo los años que tenía en 1968, que el amigo que me había acompañado a la manifestación había tenido que dejarla, que soy un aprensivo. “¿Y si no soy capaz de levantarme por mí solo? ¿Y si tengo que pedir que me ayude un desconocido dándome la mano?”, me dio por pensar. “Eso va contra todas las normas, ahora solo se puede dar el codo, me arriesgo a que me multen por insolidario y me acusen del aumento de positivos en Madrid o en Peñamellera?”
            Afortunadamente, aún puedo levantarme sin necesidad de un punto de apoyo.
“¿Y qué haces tú defendiendo el ocio nocturno si en tu vida has estado fuera de casa más allá de las once de la noche, y eso cuando asistías a la ópera?”, me pregunta un amigo tras disolverse la manifestación en la plaza de la catedral,
            “Yo defiendo a los ciudadanos de la arbitrariedad de las autoridades que, como no saben qué hacer para que la pandemia no les reste votos, cierran locales al buen tuntún a ver si hay suerte y las cifras bajan. Y me divertirá leer mañana, si los periódicos hablan de la protesta, que los que estábamos aquí éramos antivacunas, de extrema derecha y hasta terraplanistas, que es lo último que se les ha ocurrido para desprestigiar a quienes piden más racionalidad y menos palos de ciego”.
           


Martes, 8 de septiembre
UN DESGRACIADO

“Mi mayor éxito forense ocurrió cuando defendí de oficio a un desgraciado que había asesinado a su mujer. Un crimen por celos. En la conducta de la mujer existían ciertas zonas oscuras que se prestaban al equívoco. Con gran asombro del jurado, yo dirigí toda mi prueba a demostrar que aquella mujer era absolutamente intachable. Dediqué toda la primera parte de mi discurso a cantar las excelencias de aquella admirable esposa. Ya estaban los jurados en el colmo de su asombro cuando yo les hice ver que matar a una mujer por celos verdaderos era una bárbara acción, pero, precisamente, matarla por celos imaginarios era un acto de ceguera irresponsable”.
            Quien habla es José María Pemán, el admirado escritor, dueño y señor de los escenarios españoles y de la Tercera del ABC durante largas décadas, entrevistado por César González-Ruano. Todo su orgullo como abogado está en haber conseguido que “un pobre desgraciado” saliera sin mayor pena de “un acto de ceguera irresponsable” en que le dio por matar a su mujer, una mujer por cierto “en cuya conducta existían ciertas zonas oscuras que se prestaban al equívoco”. El desgraciado que la asesinó seguro que era un ciudadano ejemplar.
            De ahí venimos. En esas estamos.


Miércoles, 9 de septiembre
ADULA QUE ALGO QUEDA

Algo bueno tiene la anómala situación en que vivimos, las tertulias de los miércoles a través de la plataforma Zoom. Ya no necesitamos estar todos juntos en una cafetería de Oviedo para charlar, podemos hacerlo desde Nueva York y Buenos Aires, Oslo y Barcelona, Cádiz o León.
Hoy hemos hablado de los consejos que habría que darle a un joven que se adentra en el camino de la literatura. El talento se le supone, el gusto por la lectura también, aunque todo ello sea mucho suponer. A la hora de promocionarse y de buscar un sitio, hay cosas que han cambiado desde los tiempos en que Marino Gómez-Santos o Francisco Umbral llegaron al Café Gijón, pero otras no.
Lo primero que necesita es buscar afines de la misma edad, alguien con quien compartir admiraciones y rechazos, a quien comentarle minuciosamente sus poemas y que nos comente los nuestros. De ese grupo inicial, saldrán amigos y enemigos para toda la vida.
Luego acercarse a los autores ya consolidados que admira. Unos son más cercanos que otros, pero todos tienen la misma puerta de acceso: la que utilizó la zorra para hacerse con el queso que el cuervo posado en una alta rama tenia en el pico. La adulación abre todas las puertas, aunque puede cerrarlas de golpe si el afán de  promocionarse asoma la patita demasiado pronto.


Jueves, 10 de septiembre
COSAS QUE NUNCA CAMBIAN

El número de Cuadernos de Ruedo Ibérico encontrado en un mercadillo lleva la firma de Turiel, sin duda Gerardo Turiel, bien conocido abogado y catedrático. Pasó de ser profesor de Formación del Espíritu Nacional a militante del Partido Comunista. Al final se hizo famoso por defender a uno de los participantes en los atentados del 11-M. Cuando estuve abonado a la temporada de ópera en el Campoamor me senté en la butaca que había sido la suya y charlé muchas veces con su viuda.
            En este número de Cuadernos, hay un cómic, “Una saga del príncipe Bormanus y de la princesa Creuteboba o el carismático Francoráculo”, sospecho que impublicable también en la España de hoy. Las cosas han cambiado mucho para que todo siga igual.


Viernes, 11 de septiembre
EL JUEGO DEL ESCONDITE

Un amigo, que pasará este curso de Erasmus en Italia, me escribe desde Catania: “Aquí no se usa la mascarilla por la calle ni en espacios abiertos, de hecho, cuando entras con la mascarilla en algún local te miran con extrañeza, incluso muchos de los camareros no la lleva puesta. Abundan las librerías de viejo”. Otro rincón en el que podría exiliarme.
            “¡Siempre queriendo tener la razón contra todos!”, me dice un amigo.
            “También se pasaron décadas diciendo que si Luis Roldán, en lugar de ser director de la Guardia Civil, hubiera sido jefe del Estado habría podido robar todo lo que quisiera protegido por la Constitución. Ya están empezando a pensar lo contrario y, de momento y por si acaso, el rey honorífico ha tenido que esconderse, si no en Lagos, en los Emiratos Árabes”.