sábado, 23 de enero de 2021

Después y todavía: ¡Indignaos!

  

Sábado, 16 de enero
ADIÓS, MAR
 

El azar, que todavía tiene la costumbre de jugar en mi equipo, me lleva esta soleada mañana de invierno hasta la desembocadura de la ría de Avilés y las dunas de San Juan de Nieva, Nadie esperaría, tras la desolada zona industrial, encontrarse con este paraíso. Respiro hondo, dejo que me acaricie el fresco olor atlántico y a la memoria me viene aquel día tan remoto en el que, en este mismo rincón del mundo, descubrí el mar.

            Me sigue asombrando como en aquel remoto entonces. Qué ganas de embarcarme, de irme lejos, de subirme a esa galera que en el romance del infante Arnaldos “a tierra quiere llegar”.

            De embarcarme, sí, de dar la vuelta al mundo, pero para desembarcar aquí, en estos mismos arenales, convencido de que, al menos mientras dura la luz de esta mañana, no hay lugar más hermoso.

            Como luego, igual que cada sábado, en el Atrio. Al terminar, Denis, el camarero, me dice: “Parece que tardaremos en vernos. La camarera acaba de oír que el lunes nos cierran”.

            Yo no podré volver a Avilés, pero los de Avilés tampoco podrán asomarse al mar. Lo tienen a dos pasos, a media hora de camino, pero por azares de la división administrativa (cosas del caciquil siglo XIX), está ya en otro concejo. ¡Qué paradoja! Avilés es el único puerto de mar del mundo cuyos habitantes no pueden ver el mar.

            Las autoridades sanitarias –lo de sanitarias es un decir: nunca nadie se preocupó menos por la salud integral del los ciudadanos-- les prohíben pasear a solas, como yo esta mañana, por la playa de San Juan. Tendrán que amontonarse en el paseo de la ría.

            Y hay quien aplaude tan sabia decisión. Somos como las mujeres maltratadas que, tras cada paliza del marido, se niegan a denunciar –en este caso a exigir la dimisión entre abucheos de don Ordeno y Mando-- y afirman entre sollozos: “Lo hace por mi bien; en el fondo, me quiere”.

Domingo, 17 de enero
EN EL FONTÁN

Menos mal que de momento todavía nuestro maltratador nos deja el mercadillo del Fontán. Compro las Cartas trascendentales a un amigo de confianza de José de Castro y Serrano. No había oído hablar ni del libro ni del autor, pero en seguida me entero de que es un bienhumorado periodista del siglo XIX y uno de nuestros primeros gastrónomos. El libro se editó en 1871 en la imprenta de T. Fortanet, la misma en la que ese año se editaron las obras de Bécquer. Esas cartas aparecieron antes en un periódico, La América, el año 1862, en pleno reinado isabelino. Las tres partes del libro plantean otros tantos problemas: “¿Por qué razón vivía yo en Madrid hace quince años como un potentado con veinte mil reales de renta y ahora que tengo treinta y cinco mil vivo como un pordiosero?”, “¿Tenemos obligación los españoles de hacer algo en favor de nuestras mujeres?”, “ El hombre del siglo XIX, ¿debe casarse?”

El mundo que retrata Castro y Serrano es el de las novelas de Galdós La de Bringas o Lo prohibido. ¡Cuántos prodigiosos detalles exactos, que faltan en los libros de historia, en este libro! Lo que dice sobre el trabajo de las guanteras y bordadoras, por ejemplo. La obsesión por el lujo que caracterizó a la clase media española durante el reinado de Isabel II queda aquí caracterizada de primera mano. Incluso se alude al origen de ciertas riquezas, a esos comerciantes que declaraban embarcar emigrantes en Galicia, pero desembarcaban negros bozales en Cuba (entonces la esclavitud seguía siendo legal en España –lo sería bastantes años más--, pero ya estaba prohibido el tráfico de esclavos).

            Compruebo que este raro libro se puede comprar en una librería americana por quinientos dólares más gastos de envío, mientras que yo lo he comprado por quince euros. Eso, naturalmente, acrecienta el placer de la lectura.

Lunes, 18 de enero
PLAZA DE LA POESÍA

Junto al cartel con el nombre de Oviedo, en el Gran Bulevar del Vasco, se abre un nuevo supermercado y es como si de pronto el hosco ceño de estos días se hubiera iluminado con una sonrisa. Recuerdo el deslumbramiento que sentían ante los centros comerciales quienes llegaban de la Europa del Este o de la Cuba desabastecida. El llamado mundo libre mostraba en ellos su mejor rostro, su más seductor canto de sirenas.

            En estos malos meses últimos, han sido el hilo que nos ha mantenido siempre unidos a la normalidad. Prohibieron los paseos solitarios por el campo, cerraron los cafés, los abrieron, los volvieron a abrir, nos encerraron en casa a las once de la noche, luego a las diez, toda una prolongada sesión de ducha escocesa capaz de acabar con el equilibrio de cualquiera. En cuanto uno se adaptaba a las nuevas normas (tan inútiles como las anteriores), las cambiaban por otras. No me he vuelto loco (ni me volveré, cabrón, no te hagas ilusiones), porque cada día iba a hacer la compra al Carrefour o a Hipercor o a Alimerka o a Mercadona y mientras paseaba entre las estanterías coloreadas e iluminadas, mientras escogía la fruta, mientras me cruzaba con los demás compradores –nunca escasos, por suerte--, me hacía la ilusión de que el mundo no se había derrumbado del todo y de que, más pronto o más tarde (parece que más tarde que pronto), se iba a volver a poner en pie.

            Tras el derribo de la estación del Vasco, un inmenso socavón recibía a quienes llegaban a Oviedo. Luego hubo proyectos y proyectos para llenarlo, incluso anduvo por allí Calatrava con uno de sus llamativos disparates. Por fin se construyeron los blancos edificios, la ancha terraza superior, el ascensor junto al nombre de la ciudad, pero todo seguía esperando una voz que le dijera, como en la rima de Bécquer, “levántate y anda”..

            Y hoy abren un acristalado Mercadona que ha puesto una sonrisa al ceño fruncido del día. Nunca me imaginé que me iba a alegrar tanto la apertura de un supermercado. Frente a él, como un símbolo, la Plaza de la Poesía a pleno sol. Mientras espero mi turno en una de las cajas, yo imagino los versos que se grabarán pronto junto a su nombre: “La palabra amor no abraza, / la palabra mar no tiene olas, / la palabra fuego no quema. / Salvo en el poema”.

Martes, 19 de enero
PERMANECE Y DURA

María Victoria Atencia, que este año cumple noventa años, me hace llegar su último libro, Semilla del Antiguo Testamento, y de pronto me viene a la memoria la vez que estuvo en mi casa. Fue en 1988. Yo acababa de mudarme a esta casa de la calle Murillo en la que vivo desde entonces. Había venido la poeta a Oviedo a una de las lecturas que organizaba en la biblioteca del Fontán el infortunado Eduardo Errasti. Por la mañana, la acompañó a visitar San Julián de los Prados. Y luego se le ocurrió hacerme una visita. Todavía casi nada estaba en su sitio y recuerdo a María Victoria sentada en una silla en medio de aquel desorden con la elegancia de una reina en una recepción palaciega. “Huele a nuevo, a vida por estrenar”, dijo. Treinta y tres años han pasado desde entonces y ella sigue acordándose de mí y me envía su último libro dedicado con su letra puntiaguda. Cuando tengo la sensación de caminar sobre arenas movedizas, me alegrar comprobar que algo permanece, que aún puedo evitar hundirme sujetándome a las ramas de la admiración y la amistad.

Miércoles, 20 de enero
HISTORIA VIVA

Para no pensar en lo que está pasando, en lo que nos están haciendo –dicen que por nuestro bien--, abro un tomo de Mundo gráfico y doy un salto a la España de 1915. Son los tiempos de la Gran Guerra y las imágenes de las ciudades europeas devastadas alternan con las de Alfonso XIII yendo de cacería. Galdós, con la cabeza caída, escucha la lectura de sus palabras en un homenaje al semanario La Esfera, de la misma empresa que Mundo gráfico y el gran éxito de entonces. Muere Francisco Giner de los Ríos y yo busco a Antonio Machado entre los asistentes a su funeral. La escuadra aliada no ha logrado atravesar el estrecho de los Dardanelos. No mencionan a quien luego recibiría el nombre de Ataturk, el artífice de la victoria. Luego intentarían llegar a Estambul por tierra y la consecuencia sería la hecatombe de Galípoli (recuerdo bien los miles de tumbas alineadas).

Ataturk volvió del revés lo que quedaba del imperio otomano para crear la nación turca, que quiso europea y laica. Concedió el voto a la mujer por los mismos años que la España republicana. Ahora Erdogan vuelve del revés la Turquía de Ataturk. Pero yo todavía pude ver, paseando por la orilla de los Dardanelos –Asia a un lado, al otro Europa--, en la luminosa Çanakkale, a dos amigas cogidas de la mano e intercambiando miradas amorosas como en un poema de Safo.

 

Jueves, 21 de enero
HUMILLADOS Y OFENDIDOS

El tiempo está tan cambiante e irritable como estamos todos. Por la mañana, temperatura agradable, lluvia y sol, grandes claros que yo aprovecho para pasear por mi ruta favorita hasta Santa Ana de Abuli. Caballos que pastan; las esquilas de las vacas, que siempre me recuerdan unos versos de Juan Ramón Jiménez; incluso una oronda mamá cerdo seguida de dos juguetones cerditos.

            Por la tarde, el día frunce el ceño. Ráfagas de viento agitan y en algunos casos derriban peligrosamente los toldos de las terrazas. Las cafeterías están abiertas, iluminadas, sonríen acogedoras, pero nadie puede penetrar en ellas. Como náufragos, unos pocos valientes se sientan bien arropaditos en las terrazas. Una señora anciana no se acaba de creer que no pueda entrar y se enfada con la camarera, como si ella tuviera la culpa. Parece una escena de El ángel exterminador, de Luis Buñuel, pero vuelta del revés. Me llegan frases sueltas: “Primero nos prohíben las terrazas, ahora solo podemos servir en las terrazas. Que me expliquen por qué”. La camarera por un momento se deja llevar por la ira: “¡Ese hijoputa!”, la oigo decir. Una clienta trata de calmarla: “En todas partes es lo mismo”.

            Sí, en todas partes es lo mismo o peor. Una o dos bofetadas de vez en cuando tampoco es para tanto. “Mi marido me pega lo normal, no puedo quejarme”, decían las mujeres hasta hace pocos años.

            Ahora las mujeres han dicho basta ya, pero los ciudadanos maltratados aún no se deciden a decirlo y plantar cara. Se conforman con agachar la cabeza ante cada nuevo bastonazo y consolarse diciendo: “En la Rioja están peor, no me puedo quejar, mi Presidente me maltrata lo normal”.



sábado, 16 de enero de 2021

Después y todavía: Sin miedo ni esperanza

  

Sábado, 9 de enero
ARRECIA EL TEMPORAL

Mientras media España se muere de frío, yo paseo bien abrigadito por la orilla de la ría de Avilés y se me ocurre pensar que del frío del cuerpo puede uno resguardarse mejor que del frío del alma.

            Alguna vez lo he sentido, pero ahora no. Me protege el amor que tengo y el amor que me tienen. El primero es real, el segundo no sé si imaginario. Pero, imaginario o no, qué bien arropa ahora que arrecia el temporal.

Domingo, 10 de enero
PERO SOLO

¡Qué hermosa la nieve! Pero solo en los documentales de National Geografic y en los recuerdos de infancia.

Lunes, 11 de enero
LA GRAN FAMILIA

Me gusta estar solo, pero entre la gente. Por eso prefiero leer o escribir en las cafeterías, no en casa. Nunca me molesta el runrún de la vida. No soy de los que cuentan su vida a los camareros, aunque lleve frecuentando el local años y años, pero siento su compañía, valoro los pequeños gestos amables. Me acerco al McDonald’s de los Prados y, nada más verme, comienzan a preparar mi café con leche y me lo entregan sin tener que aguardar la cola. Suelo sentarme siempre en el mismo lugar, salvo cuando está ocupado, claro. A veces me avisan en cuanto queda libre, como hoy en Las Salesas, por si quiero cambiar. Esos pequeños detalles son los que me hacen estar a gusto. E ir conociendo, sin hablar nunca con ellos (no suelo hablar con desconocidos), a los otros habituales. Del cliente solo, nadie sabe nada, pero en cuanto se sienta junto a él un conocido y se ponen a hablar no tardamos en saberlo todo, comenzando por sus simpatías políticas. Hoy, al ir a dejar Noor, mientras pagaba, me dijo el camarero y dueño: “¿Recuerda a la señora que servía antes de que nos cerraran?”. Claro que la recordaba, más de una vez había querido preguntar por ella. El último día antes del (por ahora) último cierre de las cafeterías se acercó a mi mesa y me dejó, metido en una bolsa de papel, que abrió un momento para mostrármelo, un dulce recién salido del horno. “Para la merienda”, dijo. Luego la oí decir que el primer día sin trabajo lo iba a dedicar a descansar y al siguiente se iría a caminar por el monte, a respirar aire libre, sus anchas. “Murió el sábado. Era mi suegra, era como mi madre. Le apareció un cáncer y no duró ni un mes. Nunca había estado enferma, era incansable, fumaba mucho, hasta el último día, pero el cáncer no tuvo que ver con ello”. No pude evitar que al salir se me llenaran los ojos de lágrimas, como si fuera alguien de la familia. Y lo era, aunque ni siquiera sé su nombre. Nada más verme entrar, se apresuraba a traerme el vaso de agua, para que pudiera descubrirme la cara y leer con libertad, y luego iba a preparar el café. Y el último día, adivinando que soy más bien goloso, me dejó un dulce recuerdo.

            Soy un solitario, pero no puedo vivir sin la gente. Si me dejan sin esos lugares fuera de casa en que me siento como en casa (Los Porches, Noor, Vetusta, el Savanna, Dos de Azúcar, Chelsea), me empobrecen la vida, le quitan buena parte de su color y de su sabor, me enferman de melancolía.

Martes, 12 de enero
CALLO, PERO NO OTORGO

----¿Pero de verdad no vas a comentar las nuevas medidas de Loquillo para fingir que hace algo y protege nuestra salud cuando de sobra ha demostrado no ser capaz de hacer nada? ¿De verdad no vas a ironizar con esos estudios científicos que le permiten afirmar que el virus en los bares solo comienza a ser peligroso a partir de las ocho de la tarde? ¡No me lo puedo creer! ¿Y no te vas a carcajear de que el gran peligro de contagiarte si salías de casa a partir de las once de la noche a pasear por una calle solitaria ahora se ha anticipado a las diez, como castigo por los excesos durante las descafeinadas navidades, que el virus es muy moralista y no le gusta que trasnochemos? ¿Y ni siquiera vas a comentar ese rumor que corre por ahí de que, en la remodelación del gobierno que se avecina, se va a crear un nuevo ministerio, el Ministerio del Miedo (así lo llaman en privado, pero creo que su nombre oficial será Ministerio de la Verdad), que gestionará las redes sociales y los medios de comunicación y a cuyo cargo estará el todavía hoy presidente del Principado? ¿Y no vas a seguir descalificando a quienes apoyan cualquier medida de nuestras autoridades, por ridícula que sea, como tus amigos los poetas Piquero y Cereijo? ¿Ni siquiera vas a salir en defensa de los hosteleros, el chivo expiatorio favorito de los descerebrados mandamases?

----Ni siquiera. Esto va para largo. Unos pocos, con el aplauso de muchos, nos han metido en un laberinto sin salida. Sarna con gusto no pica. ¿A qué combatir caprichosas e ineficaces restricciones si una mayoría aplaude agradecida? Yo, a partir de ahora, me limitaré a capear privadamente la pandemia y la tontemia –que no parece que vaya a tener fin, al menos en una generación-- de la mejor manera posible.

Miércoles, 13 de enero
DE SOBRA LO SÉ

Los que no parecemos cambiar, también cambiamos. Ahora la poesía joven me interesa más bien poco, al contrario que cuando me dedicaba a antologarla reiteradamente. Quiero decir, lo que se llama poesía joven: ejercicios, desahogos, borradores de gente que de mayor se va a dedicar a otra cosa (los más valiosos) o se va a convertir en un correcto poetilla multipremiado. Salvo raras excepciones, los poetas jóvenes no comienzan a escribir poesía a secas, ni joven ni vieja, hasta que están más cerca de los cuarenta que de los treinta. ¡Y cómo envejece la literatura! Cualquier ejemplar de un periódico de hace cien años me interesa más que una novela o una revista literaria de entonces. La literatura, salvo que sea gran literatura, tiene rápida fecha de caducidad, al contrario que el periodismo, esa huella dactilar del tiempo que pasa.

            Y también he perdido interés por escribir poesía, aunque de vez en cuando siga escribiendo, sin querer y como a pesar mío, variaciones del mismo poema. Esta mañana el cielo era de un azul espléndido, como de echarse la mochila al hombro y ponerse a recorrer el mundo. Pero antes de salir abrí el ordenador y escribí unas líneas que podían ser versos, al azar, sin saber tras cada una lo que iba a decir en el siguiente: “Toda la noche el viento en las ventanas / de la casa vacía, queriendo entrar en ella, / arrancando las tejas, golpeando la puerta, / repitiendo un nombre que fue mío. / En la casa vacía solo yo estoy con vida / aunque parezca muerto como todos los otros, / aunque no escuche a quien insiste y llama, / y en un rincón se pudra todo el amor que tuve. / ¡Si el viento pudiera llevarme consigo / lejos, muy lejos, a un lugar que no existe, / donde vivir no duele y no se pone el sol! / Hay noches que duran muchas noches, / instantes que no se acaban nunca / y tu mano en mi mano todavía”.

            Lo releo y pienso que esa historia ya la he contado, y mejor, infinitas veces. ¿De quién esa mano que en mi mano sigue todavía? De sobra lo sé, pero no me apetece hablar de ello. Por eso prefiero no escribir poesía: en los poemas no hablo de otra cosa.

Jueves, 14 de enero
NO HAY SALIDA

El miedo que nos inoculan, un día sí y otro también, las autoridades político-sanitarias abre grietas en el cuerpo y en el alma por las que entran todas las enfermedades. Y la primera de todas, esa que sirve de pretexto para asustarnos y ante la que nos dejan cada vez más indefensos.

            A mí no han conseguido meterme miedo, pero sí quitarme la esperanza de que algún día podamos salir de esta.

 

Viernes, 15 de enero
YO, NEGACIONISTA
 

Me cuenta un amigo psiquiatra que las enfermedades mentales no solo pueden afectar a un individuo, sino también a una familia o a una colectividad. En este último caso, únicamente se considera enfermo –y se le maltrata como a tal y se le llama “antivacunas”, “neganionista”, “trumpista” o cosas peores--  a quien conserva la lucidez.


 


sábado, 9 de enero de 2021

Después y todavía: Ahí queda eso

 

Sábado, 2 de enero
INVITACIÓN AL VIAJE
 

Abro un libro viajero del olvidado Pierre Loti. La pátina del tiempo, tras volverle un poco ridículo, le ha llenado de encanto. De su mano visito el Marruecos de 1889, el año de la exposición universal de París que nos dejó como herencia, y símbolo de modernidad, la torre Eiffel. Comienza con versión del carpe diem: “Vivamos en un vago sueño de eternidad, sin la ansiedad del mañana, y dejemos que las viejas paredes se agrieten bajo el peso del sol de los estíos; que las hierbas crezcan sobre el techo, que se pudran las bestias en el lugar mismo en que sucumbieron. Desdeñémoslo todo y gocemos solamente del desfile de las cosas que no engañan, de las criaturas hermosas, de los bellos corceles, de los frescos jardines, del perfume de las horas”.

            Viaja con abundante escolta, como un invitado especial del sultán. La tarde misma de su llegada a Tánger visita el campamento ambulante que habrá de acompañarle, dispuesto fuera de las murallas en un altozano que domina la ciudad: “Es una verdadera aldea nómada, montado ya y habitado por nuestra escolta de árabes. En torno a él, pastan caballos, camellos, acémilas de carga, trabados con cuerdas, despuntando una hierbecilla corta muy aromática. Podría tomárselo por una tribu cualquiera, por un aduar del que brota ya un fuerte hedor a beduino; y tristes canturreos en falsete y débiles tañidos de laúd se escapan de la tienda de nuestros camelleros”.

            El lugar de partida es el zoco: “Hoy es día de mercado, docenas de camellos yacen arrodillados en tierra y la masa de campesinos y mendigos, con grises chilabas de lana oscura, se agita confundida entre este montón de bestias tumbadas. El tono neutro y apagado del conjunto hace resplandecer más, en la lejanía, la blanca ciudad coronada de verdes minaretes y la mancha azul del Mediterráneo, y a un lado, dispuestos para partir, el colorido oriental de los jinetes de nuestro séquito, los caftanes rosas, los caftanes anaranjados, los caftanes amarillos y las rojas sillas de velludo”.

            Quienes transportan el campamento se adelantan en cada jornada y, al caer la noche, lo encuentran montado en una hondonada, los caballos relinchan de placer al reconocerlo. “Al llegar, cada uno de nosotros se dirige sin vacilación a su alojamiento, que no ha cambiado de lugar con relación a los demás. Allí está su cama, su impedimenta y en el suelo sobre el natural tapiz de hierba otro tapiz marroquí. Viajamos con todas las comodidades posibles; no tenemos que ocuparnos de nada, ni pensar en nada más que en disfrutar del aire puro, del cambio de lugar, del espacio”. Las tiendas de los viajeros forman un círculo perfecto en cuyo centro pastan los caballos. En torno a ellas, en un segundo círculo envolvente, se alzan las de los acemileros y las de los guardas, más pequeñas, puntiagudas y sin adornos, dispuestas con no tanto orden, formando un barrio beduino invadido por las bestias de carga y del que por la noche brotan extrañas melodías. Los alimentos los reciben cada atardecer, proporcionados por las tribus de los lugares por los que transcurren, como un impuesto al que tienen derecho al ser invitados del sultán. Siempre en abundancia, como para alimentar diez caravanas como la suya, pero sería una gran descortesía rechazarlos: “Los diez primeros hombres traen grandes orzas de barro, llena de manteca de oveja; vienen después las jarras de leche, los cestos de huevos; jaulas redondas de caña, llenas de pollos atados por las patas; cuatro mulas cargadas de panes, de limones, de naranjas; y finalmente doce carneros sujetos por los cuernos, que penetran a la fuerza, los pobres, en este campo extranjero, desconfiados ya”.

            Me duermo y sigo viajando camino de Fez, olvidado de toda la miseria del presente, como en unas Mil y una noches ilustradas por Fortuny.

Domingo, 3 de enero
AQUELLOS OJOS VERDES

Vuelvo a ver Deseando amar, la película de Wong Kar Wai, veinte años después, y vuelvo a sentir la misma fascinación hipnótica. No me importa el final deshilachado, los agujeros del argumento (si las parejas de los protagonistas los engañan, ¿a qué ese temor a que descubran que ellos hacen lo mismo?), solo el ir y venir de los dos amantes por las escaleras empinadas, los estrechos pasillos, los callejones bajo la lluvia, siempre tan absurdamente elegantes, tan repeinados, tan corteses. ¿Quién no tiene una señora Chow o un señor Li en su pasado? “Es el amor, tendré que esconderme o que huir”, como en el verso de Borges, como yo me he dicho tantas veces. A veces cierro los ojos ante el rostro que llena la pantalla durante incontables minutos, como otro rostro llena mi insomnio durante horas, pero no puedo cerrar los oídos a la música de Michael Galasso ni a la voz de Nat King Cole cantando en español: “Aquellos ojos verdes / que yo nunca besaré”.

Lunes, 4 de enero
CARA Y CRUZ

Cómo me veo: la voz de la cordura que clama en el desierto de la inteligencia.

Cómo me ven: el espíritu de la contradicción que gritaba “el rey está desnudo” cuando todos aplaudían lo mucho que hizo por traer la democracia a España y llevarse cuanto pudo apañar al extranjero.

Martes, 5 de enero
EL INFIERNO TAN QUERIDO

El amor puede convertir tu vida en un infierno (o eso me han contado, porque yo lo he probado poco), pero sin amor la vida no sabe a nada.

Miércoles, 6 de enero
SECRETOS INCONFESABLES

Antes de comenzar la tertulia virtual de los miércoles, mientras se van incorporando los participantes, Enrique Bueres me pregunta si aparecerá pronto el libro colectivo que en Nueva York prepara Hilario Barrero sobre mis diarios.

----Ya están corrigiendo pruebas, creo que saldrá dentro de unos quince días. Yo no lo he leído y estoy deseando y temiendo hacerlo; me temo que a algún colaborador le haya dado por el capítulo de las indiscreciones.

----O sea, que tú no respetas la vida privada de nadie, pero no soportas que alguien se inmiscuya lo más mínimo en la tuya.

----Exacto, pero no creo que nadie lo haga con fundamento. Soy bastante bueno guardando los secretos propios, aunque sea un desastre con los ajenos.

Jueves, 7 de enero
CUÁNTOS REGALOS

Qué hermoso el día de ayer, en el que los Reyes me dejaron, como el regalo mejor, un resplandeciente cielo azul. Qué hermoso el día de hoy, de un azul no menos resplandeciente. No cambiaría por nada este placer de pasear, con buen paso para entrar en calor, entre castaños y robles, subrayado el silencio por la esquila de alguna vaca o un tímido trino. Y luego, a la noche, sigo acompañando a Pierre Loti en su fascinante cabalgada por Marruecos: “En todo el campo, no se oye el menor ruido, el más débil rumor humano. Y mientras saboreo esta calma, este silencio, estos frescos aromas, este aire vivificante, paseo mi mirada por una revista traída casualmente y me fijo en un artículo de Huysmans, que se queja de las incomodidades de su sleeping-car: densas humaredas, promiscuidad, hedores de las cabinas demasiado estrechas. Y en mi alegría, al verme libre de compartir espacio con viajeros adiposos, catarrosos, de puro en la boca, experimento un impulso de gratitud hacia el sultán por no querer trenes en su imperio y por dejar en él las salvajes sendas por las que se puede galopar a caballo, hendiendo el viento…”

            Colonialismo puro, lo sé. Millones de súbditos del sultán en la miseria para que unos pocos puedan vivir en la opulencia e invitar al escritor de moda que cantará su gloria. Con algo de mala conciencia, que aumenta la voluptuosidad, acompaño a Pierre Loti en sus cabalgadas rodeado de hermosos guerreros, mientras poco a poco me va llegando el sueño.

Viernes, 8 de enero
PUNTO FINAL

No pasa día sin que me adviertan de que hace meses que solo me dedico a criticar las decisiones de las autoridades político-sanitarias para tratar de contener el virus que nos trae a maltraer.

            ----Como sigas así, vamos a dejarte de leerte. Ya aburres, ¿lo sabías? Eres un negacionista, eres peor que Miguel Bosé.

            ----Cierto, Piquero, soy un negacionista. Desde el gran cerrojazo de marzo llevo desgañitándome para denunciar medidas contraproducentes o dañinas. Nadie me ha hecho caso. Los medios de comunicación siguen acríticamente difundiendo el miedo con sus estadísticas carentes del más mínimo rigor. Pero no soy un Quijote, estoy cansado de recibir palos, aunque sean dialécticos, de aquellos a los que quiero ayudar. Renuncio a hablar más del tema. Don Adrián Barbón puede tuitear lo que quiera y encerrarnos y desencerrarnos cuando se le antoje (y se lo permita papá) que yo no volveré a amargarle el desayuno los domingos con mis jeremiadas.

            ----No creo que se lo amargaras. Tus ironías le entran por un oído y le salen por el otro.

            ----Ya sé que es invulnerable a cualquier atisbo de racionalidad. Pero yo debo cuidar mi reputación y voy a resumir el fundamento de mi negacionismo, que no niego pero que no se refiere a la existencia de la enfermedad, sino a eficacia de las medidas que se han tomado para protegernos de ella. Dentro de dos, cinco o veinticinco años, cuando esto pase y el mundo recobre la cordura, quiero que a nuestros hijos o a nuestros nietos les quede constancia de que alguien no la había perdido.

            ----¿Así que tú lo habrías hecho mejor que Barbón?

            ----Mejor que él, cualquiera. Te repito lo que yo habría hecho. Las medidas que se han tomado para contener la extensión del virus –confinamientos duros o blandos, lavado de manos a todas horas, mascarillas de la mañana a la noche, etc., etc.-- han sido inútiles, ha continuado a su aire. Y es que impedir su expansión es tan difícil como guardar agua en una cesta. Pero resulta que ese virus que se cuela por cualquier resquicio (como el de la gripe) es un huésped nada gravoso para el noventa por ciento de los individuos en que se aloja; el anfitrión ni siquiera nota su presencia. Causa algún daño al diez por ciento (son cifras aproximadas, claro), bastante daño al cinco por ciento y la muerte a casi el uno por ciento de los afectados. Pero no lo hace al azar. Sabemos con bastante precisión (aunque haya las inevitables excepciones: menos de un uno por cien mil afectados), cuáles son los grupos de riesgo. El esfuerzo que hemos dedicado a supuestamente proteger a toda la población, causando daños graves, no ya a la economía, sino a su salud, estaría mejor empleado protegiendo a aquellas personas para las que contagiarse resulte verdaderamente un riesgo. A los jóvenes dejémosle a su aire, bailar y toquetearse y besarse. Y también a los no tan jóvenes, pero sin patologías que supongan un peligro.

            ----¡Tú quieres un holocausto de ancianos, diabéticos y silicosos!

Tú lo que eres es tonto (pienso, pero no digo). Y continúo en voz alta: “Deja en paz al holocausto. Yo lo que quiero es que se proteja mejor a los ancianos en las residencias, donde han ocurrido la mayoría de las muertes, y se deje en paz a la mayoría de la población para la que esta epidemia no ha supuesto nunca ningún riesgo, aunque su salud haya sido muy perjudicada por las medidas que se tomaron supuestamente para proteger la salud. Algún día habrá estadísticas del exceso de mortalidad provocado, no por la Covid (ese ya lo sabemos), sino por la desatención a la salud pública que provocó el que se dejaran de lado, o muy en segundo lugar, el resto de las patologías, por graves que fueran. Pero no espero que me entiendas, Piquero. Y no te preocupes, que no voy a hablar más de ello. Hice lo que pude. Mi conciencia está tranquila. Ahora me dedicaré a cultivar mi jardín y a contar amenas historias para entretener al personal en los años que nos quedan de encierro, desencierro y vuelta a empezar. Pero me vas a permitir que me despida del activismo antidisparate poniendo voz grave, a lo Fernando Fernán Gómez, y citando al Tenorio: “Razoné y no me oyó, / y pues su oído me cierra / del virus en esta tierra / Barbón responda y no yo”.



sábado, 2 de enero de 2021

Después y todavía: Espero lo mejor

  

Sábado, 26 de diciembre
LA NARIZ DE CLEOPATRA
 

Un elogio a destiempo puede cambiar el rumbo de la historia. En 1931, recién estrenada la República, Indalecio Prieto ofrece un almuerzo al resto de los componentes del gobierno provisional en el palacio de la Zarzuela. ¿El motivo? Que conozcan los terrenos en que se va a construir el nuevo hipódromo y comprueben que no perjudicará al arbolado y la mutilación del parque natural sería insignificante. Un día espléndido, la mesa para el almuerzo se dispuso fuera del palacio, a la sombra de un inmenso cedro secular. Presidían la reunión Niceto Alcalá Zamora y Alejandro Lerroux. A los postres, se habló de las recién elegidas Cortes Constituyentes, que comenzarían a reunirse en breve. Se pasó revista a los mejores oradores del anterior momento revolucionario y de la restauración borbónica. Se aventuró el nombre de quienes podrían brillar en las nuevas cortes. Varios coincidieron en Alcalá Zamora, que sonrió satisfecho. Lerroux, sin desdeñar al presidente del gobierno provisional ni mucho menos, como se apresuró a indicar, mencionó a Melquiades Álvarez. Y entonces ocurrió el hecho de apariencia insignificante que cambiaría la historia de España. Prieto tomó la palabra: “Quedan pocos oradores parlamentarios. Yo no conozco más que uno que merezca el título de gran orador”. Hizo una pausa y todos quedaron expectantes. “A la muda y breve interrogación general –cedo la palabra a uno de los protagonistas-- contestó avanzando el dorso sobre la mesa, extendiendo el macizo brazo izquierdo, señalándome con el índice de su mano episcopal que por la postura en que se hallaba se retorció como un tirabuzón y, sin mirarme, dijo: Don Alejandro”.

            Cuando, pocos meses después, Alcalá Zamora, ya presidente de la República, tuvo que formar gobierno, desdeñó al candidato natural, Alejandro Lerroux, que llevaba más de treinta años al servicio de las ideas republicanas y cuyo Partido Radical era la minoría mayoritaria en las Cortes y se inclinó por un republicano de ayer mismo, Manuel Azaña, y cuyo partido era de los que tenían menor representación. Alcalá Zamora no había sido capaz de olvidar aquel almuerzo en la Zarzuela y no quería dar alas al único político que podía hacerle sombra.

            ¿Fracasó la república por los celos que Alcalá Zamora tenía de Lerroux? Eso es lo que este pensaba y así lo cuenta en La pequeña historia, su libro de memorias escrito en Portugal cuando habían pasado poco más de cinco años de los anteriores acontecimientos y parecía que habían pasado cinco siglos.

 

Domingo, 27 de diciembre
EL PRECIO DEL DESEO
 

Una cita apócrifa de Santa Teresa, la que Truman Capone pone al frente de su novela Plegarias atendidas, y uno de los cuentos de terror más impactantes que yo haya leído nunca, “La pata de mono”, están detrás de la historia que nos cuenta Wonder Woman 1984, una de esas películas nacidas para arrasar las taquillas y que yo veo en una sala desoladoramente vacía.

            “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por la no atendidas”, la cita de Capote, es una variante de un dictum clásico: “Cuando los dioses quieren perder a un hombre, le conceden todos sus deseos”.

            “La pata de mono”, el cuento de W.W. Jacobs, lo leí por primera vez en la Antología de la literatura fantástica de Borges. Todavía vuelve de vez en cuando a mis pesadillas.

            Y me ha dejado secuelas: cuando algo me sale bien, demasiado bien, siempre me aterra pensar en el precio que me veré obligado a pagar por ello.

Lunes, 28 de diciembre
ESO ME BASTA

Soy de los que se conforman con poco. Para ser feliz me basta con tener un gran amor imposible y algún que otro pequeño amor posible.

Martes, 29 de diciembre
NO SIEMPRE

No siempre tengo razón, por supuesto. Solo casi siempre.

Miércoles, 30 de diciembre
A PENSAR Y A VIVIR
 

“Escribes demasiado”, me repiten a menudo los amigos que tienen la buena costumbre de no leerme.

            “¿Demasiado? Una hora al día. Ahora, eso sí, todos los días y dedicando las veintitrés horas restantes a pensar y vivir lo que escribo.

Jueves, 31 de diciembre
HE SIDO FELIZ

Me entretengo, antes de ir a la cama, en hacer recuento del año que acaba. Para el mundo en general, no hace falta repetirlo, ha sido nefasto, pero ¿y para a mí en particular? La verdad es que he salido bastante bien parado, casi tanto como el gobierno central, al que parece que le tocó la lotería con la pandemia. Apenas he salido del país –antes, anduve por Praga y Viena; durante el verano, por Burdeos, Biarritz, Bayona--, pero apenas he parado en casa. Soy un hombre de buen conformar: si no puedo viajar en avión, pues lo hago a pie y así he descubierto cercanos paraísos. He añadido nuevos rincones a mi biblioteca: la ermita de Santa Ana de Abuli, por ejemplo, en cuyo muro me sentaba al sol de otoño con un libro de poesía en las manos y las lejanas cumbres y el perfil de Oviedo al fondo. Soy un hombre tan de costumbres que, si me quitan mis costumbres, a los dos días ya tengo otras que me gustan tanto como las primeras. He cuidado, como siempre, de mi salud: no he pasado el día lavándome las manos, no me he encerrado en casa, he caminado mucho, no he escuchado las noticias de la televisión, no he interrumpido ni una sola semana la tertulia de los viernes –presencial cuando era posible, virtual cuando no--, no he dejado de pasar un solo día por mi despacho del Milán ni interrumpido otras actividades –que no voy a enumerar aquí—imprescindibles para el equilibro físico y mental. He tenido suerte, ya lo sé: mis ingresos –como los de los ministros y los funcionarios que nos teledesatienden-- han seguido llegando con puntualidad y no se han visto mermados por la situación. Podía haber sido tan feliz como de costumbre, y todos los días he sido durante algún rato, a veces durante un buen rato, feliz. También muy desdichado. Ha habido noches en las que no podía dormir de indignación y rabia. No era capaz de comprender que se permitiera a los perros salir a dar una vuelta y no a los niños, aunque fueran solos y de la mano de un progenitor. Luché por acabar con ese estúpido, dañino, presuntamente delictivo encierro, compartí peticiones al gobierno y nada me dolió más que algunas queridas amigas –ganas me dan de escribir sus nombres para eterna vergüenza--  se negaran a firmar esas peticiones porque los niños “contagiaban cinco veces más que los adultos”. ¿También se creía tal bulo el ministro de Sanidad, que ahora parece que se marcha a Cataluña despidiéndose con un “ahí queda eso”? Mi confianza en la racionalidad del ser humano cayó entonces por los suelos y me espantó el nivel de aturdida crueldad a la que pueden llegar las buenas personas. A los niños, finalmente los liberaron de su encierro (previo el sainete, que habría causado la rechifla y la dimisión de cualquier gobierno en un país serio, de dejarlos salir solo al supermercado), pero el maltrato institucional de los ancianos ahí sigue. Y la desatención a los enfermos.

            A veces me avergüenzo de ser tan egoísta. A pesar de tanto dolor, debido menos a una catástrofe natural –aunque también, por supuesto-- que a decisiones tomadas por irresponsables con nombre y apellidos, a pesar de ello ha habido momentos –y no escasos-- en que he sido feliz. Sé lo que me espera, pero el tiempo inhóspito de la decrepitud aún no ha llamado a la puerta, aunque puede hacerlo de un momento a otro: siento su aliento cada vez más cerca.

Solo una cosa le pido al nuevo año: que para todo el mundo, no solo para mí, sea tan benévolo como el que acaba de pasar.

Viernes, 1 de enero
ENCANTADO DE CONOCERME

Mis amigos, más de los que merezco, y mis enemigos, ganados a pulso, coinciden en que soy una de esas personas encantadas de haberse conocido. No seré yo quien les lleve la contraria.

            Al nacer, reparten cartas para que juguemos la partida de la vida. No podemos cambiar las que nos tocan, no nos queda más remedio que jugar con ellas. Las que me tocaron a mí quizá no fueron de las mejores, pero podían haber sido peores-,En lugar de quejarme, como tantos otros, he procurado sacarles siempre el mayor partido posible.

            No seré el hombre más inteligente del mundo, como dicen que estoy continuamente dando a entender, pero siempre me he esforzado por mantener ágil, bien lustrada, ejercitada de continuo, la poca o mucha inteligencia que me ha tocado en suerte.

            No seré el mejor economista del mundo, pero desde que empecé a trabajar a los veintiún años nunca he necesitado un préstamo y he llegado a los setenta sin dejar de trabajar un solo día, sin despilfarrar un euro, sin un euro ahorrado y sin más propiedades que el pequeño piso en que vivo.

            No seré el escritor más exitoso del mundo, pero siempre he podido escribir a mi aire, llamar al pan pan y al barbón barbón, publicar todo lo que escribo, no rebajarme a premios, no callar por miedo, no mendigar alabanzas.

            En fin, que amigos y enemigos tienen razón: estoy encantado de haberme conocido y creo que he jugado de la mejor manera las cartas que me tocaron en suerte.

            Y todavía disfruto como un niño con el regalo que me encuentro, al despertar, cada primero de enero: nada menos que un año nuevecito y por estrenar.

Siempre optimista, espero lo mejor del 2021, pero por si acaso me preparo para lo peor, que sé de sobra en qué manos estamos.


sábado, 26 de diciembre de 2020

Después y todavía: Pero el mañana es mío

 

Sábado, 19 de diciembre
EL ENTERO UNIVERSO

El entero universo no es más misterioso que el cerebro del anónimo viandante con el que te cruzas en cualquier esquina.

Domingo, 20 de diciembre
QUÉ POCO ME VA QUEDANDO
 

Vuelvo al cine, ahora con nuevas medidas de seguridad: no se venden comidas ni bebidas (¡una sala de cine sin palomitas!), las entradas hay que comprarlas tecleando en la pantalla y pagarlas con tarjeta. ¿El resultado de tanta seguridad? Que si antes del cierre éramos ocho espectadores en la inmensa sala ahora seamos cuatro. Había más gente el domingo pasado en Las Pelayas, éramos media docena, que hoy viendo Nieva en Benidorm, y las iglesias, por vacías que estén, no corren el riesgo de desaparecer.

            En la sala de cine, en cuanto se apagan las luces, soy como un niño al que le cuentan un cuento. Dejo fuera mi espíritu hipercrítico y me dejo llevar. ¿Que el protagonista es un inglés que, poco antes de venir a España, no sabe nada de nuestro país y que al día siguiente de poner los pies en España ya habla perfectamente español? Pues qué bien, son cosas que ocurren en los cuentos. ¿Que un carnicero que quiere entrevistarse con el hermano de su socio desaparecido, en lugar de llamarle por teléfono y pedirle que se pase por la tienda, prefiere secuestrarle y encerrarle en una cámara frigorífica? Nada que objetar, son cosas de los cuentos. Isabel Coixet nos cuenta una historia de amor que no me resulta ajena. Yo soy ese inglés pasmado al que acaban de prejubilar y que ha de cambiar todas sus costumbres. Ganas me dan, mientras dura el cuento, de irme a Benidorm a ver si yo también encuentro a una Sarita Choudhury que me saque de mis demasiado confortables casillas.

            Salgo del cine con ese toque habitual de mágica irrealidad. Todavía recuerdo la primera vez que entré en un cine, el que había en la plaza del Mercado, en Aldeanueva del Camino. No recuerdo de qué iba la película, pero sí que aparecía en ella el mar y un barco. Cuando salí del cine, le di la vuelta al edificio para ver dónde estaban escondidos, que a mí no se me engañaba fácilmente. Debía yo de tener cinco o seis años. Todavía la televisión no había llegado a España.

            ¿Cuántos domingos de cine, en las salas de cine, me quedan? Me temo que se pueden contar con los dedos de una mano. En casa, hace tiempo que no veo películas. Duran demasiado, en seguida cambio de canal o abro un libro. Pero la mayoría de la gente, que hace tiempo que no las frecuenta, ni lo notará. Quedarán, como los teatros, solo en las grandes ciudades. “Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía. / Todo se me va acabando / menos la melancolía”.

Lunes, 21 de diciembre
JUGAR CON FUEGO

Siempre he sido un buen lector de periódicos. Ahora lo soy cada vez menos. Hojeo, en papel, tres o cuatro todos los días, pero procuro taparme la nariz para no intoxicarme y me fijo sobre todo en la letra pequeña y en el final de los artículos, que es donde suele refugiarse la verdad. De las opiniones, sean o no de especialistas, huyo como de la peste. Datos, datos, que ya los interpretaré yo.

            Cada día me gustan menos los diarios de hoy, cada vez me gusta más la prensa de ayer, mi manera de viajar en el tiempo y ver con ojos más lúcidos el presente.

            Entretengo el café de la mañana con un número del semanario Crónica, el del 12 de abril de 1936. En la portada, la foto de una guapa señorita y el siguiente texto: “Una belleza española. Maruja Sanchiz, que obtuvo el segundo premio de Crónica el verano último en el concurso de la bañista más bella y que ha sido proclamada ahora ‘Mis Teatro 1936’ en Barcelona”. En la contraportada, dos fotografías, una de Alcalá Zamora y otra de Martínez Barrio. Sobre ellas, “El Presidente de la República, destituido por las Cortes”, y en la parte baja: “En este número, amplia información de esta emocionante jornada política que puede marcar nueva orientación al rumbo de la República”.

            Vamos pasando páginas y se tarda en llegar a esa “amplia información” de solo dos páginas, menos de las que se dedican a un concurso de mises o al proceso de las envenenadoras de Granja de Escarpe. Antes que sobre esa “emocionante jornada política,” nos enteramos de que se va a rodar una película sobre las novias de Luis Candelas, de la información teatral, de la historia de los dos almirantes ingleses que sucedieron a Nelson, de la ejecución en la silla eléctrica de Bruno Richard Hauptmann, el raptor y asesino del hijo de Lindbergh, de la respuesta que varios escritores –Wenceslao Fernández Flórez, Alejandro Casona, María Martínez Sierra y los hermanos Quintero-- dan a una encuesta acerca de “cuándo se empieza a ser viejo”. Por fin llegamos a la información política. Tras la constitución definitiva del Parlamento surgido de las elecciones de 1936, se nombra a Diego Martínez Barrio presidente de las Cortes. Estas son las palabras de su primer discurso: “Estamos ante la coyuntura favorable para el país de que grandes masas de opinión aparecen confiadas en que la República atenderá sus peticiones y abrirá el cauce legal que les permita realizar los designios históricos a que estas clases están llamadas. Frustrar esta esperanza sería un tremendo error”. El primer acto que realizan las nuevas Cortes, inmediatamente después de constituidas, es analizar si la disolución de las anteriores se ajusta o no a lo dispuesto en el artículo 81 de la Constitución. Un primera proposición socialista afirma que sí, pero al poco tiempo presentan otras en la que afirman que no fue legal la disolución y que hay que destituir a Alcalá Zamora. “La sorpresa que produce esta proposición en la Cámara no es para descrita”, escribe el cronista. Un diputado, Joan Ventosa, de la minoría catalana, suscita una cuestión de procedimiento, considera que para tramitar la proposición que acaba de presentarse es necesario crear una comisión especial: “¿Es que vamos a seguir menos trámites para destituir al más alto Poder de la República que para resolver sobre una carretera o un ferrocarril”.

            Se siguieron menos trámites. Intervinieron varios diputados y luego se pasó a la votación. Votaron los diputados del Frente Popular, la oposición se negó a hacerlo. Y por 238 votos a favor y 5 en contra (la cámara estaba formada por 417 diputados) se decidió que Alcalá Zamora dejara de ser presidente de la República. Cuando fueron a comunicárselo a su domicilio particular, se negó a recibir a la Mesa de la Cámara alegando que estaba descansando y ningún precepto constitucional le obligaba a hacerlo. Se conformaron con entregar el acta a su secretario en el Palacio Nacional.

            No sé si con este sainete comenzó a arder la mecha que muy pronto  iba a hacer saltar a la República por los aires, pero desde luego no contribuyó precisamente a afianzarla.

Martes, 22 de diciembre
CUANDO SE TIENE SED
 

Todos los días, antes de ir a la cama, abro el gran cuaderno de páginas en blanco que me regaló Ana Vega y anoto unas cuantas reflexiones.

            Cuando se tiene sed, el mejor regalo es un vaso de agua.

            Si no tienes tiempo para aburrirte, es que no aprovechas bien el tiempo.

            Hay muchas cosas que mejoran con el olvido.

            Hay cosas a la vista de todos que nadie ve.

            A veces lo innecesario es lo que más falta nos hace.

            Una buena persona nunca está segura de serlo.

            Quien nunca se equivoca mucho yerra.

            El amor, si se cura a tiempo, no deja secuelas.

            Qué engañosas son con frecuencia las evidencias.

            Siempre nos enamoramos de seres imaginarios.

            Si se trata de desvariar, al menos desvariar con gracia.

Miércoles, 23 de diciembre
UN BUEN CONSEJO
 

“Lo que me atrevo a aconsejarle es que lea poesía con parsimonia –le escribe Unamuno a Gabriel y Galán-- y en cambio lea libros de ciencia, de filosofía (esto sobre todo), de historia, etc. Mediano dramaturgo es el que apenas lee más que dramas”.

            Y pésimo especialista el que solo lee libros de su especialidad, añado yo. Y así nos va, asesorados los políticos por epidemiólogos que nos tratan como a ratas de laboratorio.

Jueves, 24 de diciembre
CUENTO DE NAVIDAD

El tren sale de Madrid, la tarde noche del 24 de diciembre de 1974, vacío o casi vacío. Un joven va solo en su departamento. Por toda cena, un bocadillo de pan reseco, lo único que ha encontrado en la estación. A mitad del viaje, el tren se detiene. “Lo que faltaba, una avería”. De pronto, reaparece el revisor. “¿Quiere venir conmigo? Estaremos parados poco tiempo, creo”. Le acompaña hasta la cabecera del tren. Allí saca una botella de champán, tres copas y una bandeja de dulces. “Brinde con nosotros, no es bueno pasar la Nochebuena solo”. Un paisaje nevado, el cielo muy claro y lleno de estrellas. El revisor le señaló unas huellas cerca de la vía. “Son de lobo”, dijo. Una estrella fugaz se deslizó sobre las montañas. “Es la estrella de los magos”, dije yo sonriente. Esa misma mañana, cuando ya no lo esperaba, había visto cómo se había abierto la puerta de la celda y oí mi nombre y la frase mágica: “¡Con todo!”

Viernes, 25 de diciembre
BENDITOS BARES
 

----¿Qué te ha parecido el discurso de rey, Martín?

----Bien, pero podía haber sido mejor. Mi informante de la Moncloa, ya sabes que yo tengo espías en todas partes, me ha contado que al cepillarlo allí, eliminaron un párrafo en que citaba a Machado. “¡Los versitos para los premios Princesa, que aquí no estamos para florituras!”, dicen que dijo la vicepresidenta. “¡Y si por lo menos citara a Luis, que es de la casa, y no a un republicanote!”. El párrafo de marras no estaba mal, y a Felipe parece que le gustaba, pero quien manda manda. Te lo leo: “En estos días que tantos sacrificios nos exigen a todos, me gustaría recordáramos, en especial a los más jóvenes, los versos de Antonio Machado: ‘el hoy es malo, pero el mañana es mío’. No vivimos, por causas ajenas a nuestra voluntad, en el mejor de los tiempos, pero de nosotros depende construir un futuro de cercanía y abrazos, de prosperidad y confianza, un mañana enteramente nuestro que ya –gracias al esfuerzo de todos-- está al alcance de la mano”.  Por lo menos le dejaron defender los cines y los bares y darles así un tirón de orejas a esos politicastros, como el que en Asturias padecemos, que es lo primero que cierran en cuanto se levantan con el pie cambiado. Podía haber añadido una cita de Vargas Llosa: “Europa es ante todo un café repleto de gentes y palabras, donde se escribe poesía, se filosofa y practica la civilizada tertulia, ese café que de Madrid a Viena, de San Petersburgo a París, de Berlín a Roma y de Praga a Lisboa es inseparable de las grandes empresas culturales, artísticas y políticas de Occidente, en cuyas mesas de madera y paredes tiznadas de humo nacieron todos los grandes sistemas filosóficos, los experimentos formales, las revoluciones ideológicas y estéticas”.


sábado, 19 de diciembre de 2020

Después y todavía: La broma infinita

 

 

Sábado, 12 de diciembre
PARLAMENTARISMO ESPAÑOL
 

El azar –estoy preparando una reedición de Huellas de las constituyentes, el único libro publicado por Luis de Sirval--, me ha llevado a releer las crónicas parlamentarias de Azorín, el primero que las convirtió en un género literario con entidad propia. Me sorprende esta vez un capítulo, “El confort de la cámara”, que había olvidado o en el que no había reparado. Creo que el pulcro Azorín es la única vez que habla de estas cuestiones. 

“¿No podrá darse el caso de que, aquí en el Congreso, sintamos una necesidad inaplazable?”, se pregunta. Nos apresuraremos entonces a buscar una de las “camarillas excusadas”. Esas camarillas no tienen más aireación que la que puede prestarles el pasillo que circunda la Cámara y donde los diputados se reúnen. Hay días en que, desde que se penetra en el edificio, “ se tiene la prueba patente –el olfato nos la proporciona—de esta falta de aireación”. Ocurre además “que, para agravar tamaño atentado contra la higiene, hay muchos señores (no sabemos si diputados o no) que se olvidan de tirar de una sutil cadena que existe en tales camarillas, y que no son pocos los días en que en tan repetidos lugares es absoluta la falta de la indispensable agua corriente”.

Resulta que lavarse las manos –no en sentido metafórico-- es una de las empresas más difíciles en el Congreso: “Existen unos lavabos, pero están reservados exclusivamente a los diputados. Y como es mucha la gente que concurre al Congreso y que no representa al país, resulta que se ven en el trance de no poder lavarse las manos, y resulta también que como los indicados lavabos están lejos de las camarillas los diputados que salgan de estas para dirigirse a aquellos tienen que recorrer un gran trecho de camino y se ven expuestos al riesgo de encontrarse en su carrera a amigos y conocidos que les tienden la mano con objeto de saludarles”.

Por supuesto, no hay “camarillas” ni lavabos para las señoras que asisten como invitadas a las sesiones. Otra sorprendente ausencia anota Azorín: la falta de escupideras. “Una tan solo hemos visto –señala-- en lugar tan frecuentado como el pasillo circular. Y aprovechamos la ocasión para dejar sentada la costumbre general que hemos observado en el Congreso de escupir en la alfombra”.

Así era el Congreso a comienzos del siglo XX. Yo veo en esa pestilencia y en falta de higiene el mejor símbolo –no sé si buscado por Azorín-- de la corrupta restauración canovista, aquella democracia caciquil del amaño y del compadreo.

Domingo, 13 de diciembre
VUELVO A MISA

Una ciudad sin lugares en los que sentarse a tomar un café, hojear un libro, descansar del paseo, charlar con un amigo es una ciudad fosca y malhumorada. Oviedo lleva así mucho tiempo. Salgo a pasear cuando todavía hay luz, pero pronto se hace de noche. Es la hora en que habitualmente voy al cine, pero ahora están cerrados. No me apetece volver tan pronto a casa. Y sin darme cuenta, llevado por mis pasos que todos lo convierten rápidamente en rutina, vuelvo a dar en Las Pelayas. Me siento en el último banco, cerca de la puerta, como un intruso no invitado, y me dejo acariciar por el monótono canto que surge tras las rejas. Somos media docena escasa de sigilosas sombras, menos que las monjas que siguen su ordenada vida al otro lado. Quizá no me conviene decirlo, pero lo digo: a solas con mis pensamientos, paso media hora de felicidad. No sé si ese Dios que no existe –pero al que se debe mucho de lo mejor y de lo peor de este mundo-- tiene algo que ver con esto. Me imagino que no.

Lunes, 14 de diciembre
UN DÍA FELIZ

La felicidad de levantarse, desayunar, revisar la reseña de esta semana, enviarla al periódico, cruzar el parque de San Julián, atravesar el puente sobre la autopista, entrar en Noor, sentarse en la mesa favorita, al fondo, bajo la lámpara, abrir un libro, que el camarero me traiga, sin pedirlo, el café y el vaso de agua, pasar una hora leyendo, tomando alguna nota, distraerse de vez en cuando con el ir y venir de los clientes, casi todos habituales, para los que el dueño y camarero tiene siempre una palabra amable.

            “¡Con qué poco se conformaba este buen hombre!”, dirán los lectores de dentro de algún tiempo. Y no se podrán creer que ese poco, hasta ayer mismo, estaba rigurosamente prohibido.

Pero la felicidad continúa. Paso por casa y por mi despacho del Milán y luego me voy a otra sesión de trabajo gustoso en las Salesas, a mi rincón de encuentros y lecturas desde 1982. Me siento en el lugar habitual, la gran mesa redonda, y abro el libro que el correo ha dejado esta misma mañana en el despacho: El vaso medio lleno, de Enrique García-Máiquez, con su hermosa cubierta blanca en la que destacan unos coloreados trazos de Ramón Gaya. Son aforismos, el género mejor para picotear en un café. Lo abro al azar y el azar (siempre generoso conmigo) hace que el primero que lea resume lo que yo le diría a ese señor, don Cerrojazo y Tente Tieso, al que le basta soltar un tuit para arruinar a una familia o a un ciento: “Piensa más y acertarás”. Aunque yo creo simplemente con que pensara antes de actuar ya tendríamos mucho camino andado.

            Y aún no ha acabado todo. La ciudad vuelve a tener alma. En el Dos de Azúcar, leo un rato –otro libro distinto, por supuesto-- y charlo con un par de amigos. Hasta ahora tenía que hacerlo a la intemperie, como un sin techo, calentándome las manos con el vaso de plástico del café.

            Un día feliz, con harto pesar de las autoridades político-sanitarias, que aún no se han enterado de que el no maltratar a las personas es lo primero que hay que hacer para preservar su salud. Nadie más vulnerable a cualquier virus que quien ha perdido las ganas de vivir, como buena parte de los internos en las residencias de ancianos.

Martes, 15 de diciembre
LA REBELIÓN FEMENINA

Antonio Insuela, que ya está pensando en que al final del curso habrá de abandonar su despacho, me pasa un buen puñado de viejas revistas, el mejor regalo que puede hacérseme. Me llevo a las Salesas un tomo de Por esos mundos. Es de 1913. Colaboran Emilia Pardo Bazán, Manuel Machado, Rubén Darío y tantos otros nombres admirados. Pero a mí me interesan más las noticias de entonces. Siempre he creído que el periodismo noticioso, no el opinativo, no resiste menos el paso del tiempo que la literatura.

Una “Crónica mundial” inicia cada número. De “La revolución femenina” habla la primera: “En Inglaterra y en los Estados Unidos las mujeres luchan en pro del sufragio femenino. El objeto real de la contienda es el de compartir con los hombres el gobierno de los pueblos”. Da cuenta a continuación de su éxito en Estados Unidos, donde van de triunfo en triunfo, y de su fracaso en Inglaterra, donde habían obtenido del gobierno la promesa de que se consideraría el sufragio parlamentario de las mujeres, pero el presidente de la Cámara dijo que no se podía discutir esa ley electoral por no cumplir ciertos requisitos (más o menos lo que hacen en España los letrados de las cortes cuando se trata de investigar al anterior jefe del Estado). Las sufragistas británicas no se tomaron demasiado bien la decisión: “En los buzones de correos vierten ácido sulfúrico y fósforo; los cristales de los escaparates caen hechos añicos bajo los golpes o las pedradas; ni siquiera las flores encuentran piedad ante la furia de las sufragistas y así han destruido las famosísimas orquídeas de los jardines de Kew, en las cercanías de Londres”. Y no para ahí la cosa: “Los miembros del gobierno reciben diariamente cartas que contienen amenazas de muerte y no son pocas las precauciones que la policía toma para evitar un atentado”.

            Pero el comentarista, al contrario de lo que podría pensarse, no da muestras de asustarse demasiado: “¿Qué de sorprendente tiene el que las sufragistas londinenses rompan cristales y destruyan jardines? Procediendo así no hacen sino seguir los caminos trazados en la historia y probar, sin ningún género de duda, su actitud para las tareas políticas, ya que igualan a los hombres en el arte de perturbar el orden injusto y de conquistar el progreso con jornadas de barbarie”.

            Parece que en la España de 1913, al contrario que en la actual, había algún atisbo de vida inteligente.

Miércoles, 16 de diciembre
TENGO MIS DUDAS

Dicen que no se puede hacer una tortilla de patatas sin romper los huevos. ¿Seguro? Yo, desde que me invitaron a probar una tortilla de patatas vegana, tengo mis dudas.

Jueves, 17 de diciembre
LA NUEVA RACIONALIDAD

Salgo de casa, temprano en la mañana, y el cielo es tan azul, tan de verde transparente y oro las hojas de los árboles, tan brillante del rocío la hierba, que de inmediato siento una bocanada de felicidad. “No me podrán quitar el gozo de vivir”, me digo.

            Pero me lo quitan en cuanto echo una mirada distraída a las portadas de los periódicos: “El gobierno pide a las comunidades que aumenten las restricciones para Navidad”. Al parecer, esas estadísticas llenas de distingos y de las que nadie controla su fiabilidad han vuelto a subir. Y yo me digo que si son fiables, y las medidas tardan al menos diez días en hacer efecto, la causa de la subida está en el cierre de cafeterías y zapaterías, no en su apertura el lunes pasado.

            Eso es lo que se pensaría si uno se atiene a la vieja normalidad, pero en la nueva se razona de manera distinta. ¿Suben las estadísticas? Pues en Navidad en lugar de diez personas a cenar que se reúnan cinco y en lugar del toque de queda a las doce (como en la Cenicienta) lo ponemos a las ocho para que la gente tenga más tiempo para desesperar y pensar en el suicidio. La causa de lo que ocurre en el presente no es lo que hemos hecho en el pasado –las medidas absurdas--, sino lo que haremos en el futuro. ¡Viva la lógica!

            Unos parecen haberse vuelto locos y a otros nos quieren volver locos. Y lo están consiguiendo. Se me acerca (pero no a menos de dos metros y con mascarilla, que no suelte otro tuit amenazador Barbón) una amiga muy asustada: “¡Tengo un tío con Covid, Martín! ¡Y su hija también es positiva!”, “¿Cuántos años tiene tu tío?”, “No sé, hace mucho que no le veo, cerca de noventa o más, es mi tío abuelo”,  “¿Y tenía alguna enfermedad?”, “Creo que sí, no sé qué, pero le ingresaban cada poco”, “¿Y su hija también está en el hospital?”, “No, su hija no, no tiene ningún síntoma, pero es positiva. Estoy desesperada. ¡Y la gente llenando la calle Uría! ¡Son unos inconscientes!”.

Hace unas semanas a un amigo se le murió la madre, en pocas horas, de un derrame cerebral y, cuando le di el pésame, me dijo algo aliviado en medio del dolor: “¡Pero no tenía Covid!”

            La situación podrá ser desesperada, pero no es seria.

Viernes, 18 de diciembre
MALTRÁTANOS, BARBÓN

Cuando comenzó la Gran Guerra, en agosto de 1914, entre enfervorizados aplausos de los ciudadanos a sus sabios gobernantes, todo el mundo pensaba que los soldados iban a volver a casa por Navidad.

            ¿Cuándo podremos nosotros volver a celebrar como Dios manda, y nunca mejor dicho, la Navidad? La guerra del catorce duró cinco años, pero también antes hubo la guerra de los treinta años. Conviene no ser demasiado optimistas.

            ----Nos toman el pelo y encima quieren que les demos las gracias.

----¿Nos toman el pelo? No. Nos lo arrancan a tirones y muchos les dan las gracias mientras se arrodillan y gritan: “Maltrátanos, Barbón (o Ximo Puig o quien sea, tanto monta, monta tanto) que hemos sido malos, que hemos salido de compras, que queremos visitar a nuestros familiares, que nos lo merecemos”.