sábado, 18 de enero de 2020

Sin propósito de enmienda: Matizar y atizar


Sábado, 11 de enero
POR ALUSIONES

Mentiría si dijera que me molesta que hablen de mí. Encontrarme con mi nombre donde menos me lo espero es uno de mis placeres favoritos.
            Reseña Anna Caballé, en el Babelia de hoy, una novela de Carlos Pardo “que evoca los años dedicados a ser poeta y a vivir confusamente entre poetas a la búsqueda de un espacio propio”. No pienso leerla: yo creo que tres folios le habrían bastado para contar lo que cuenta en cerca de quinientas páginas. Continúa la reseñista: “Poetas con sus escisiones y hostilidades. Luis García Montero y la escuela granadina contra José Luis García Martín y los poetas ovetenses”.
            No sé si cuenta eso la novela, más bien me parecen deducciones de quien ha oído campanas y no sabe dónde. Luis García Montero y yo nunca militamos en bandos contrarios. A los dos (más a él que a mí) nos atacaba una hueste encabezada por Antonio Jiménez Rodríguez (hoy desaparecido en México) y autodenominada “poetas no clónicos”. Luego cambiarían el nombre por el de “poetas de la diferencia”, que hizo cierta fortuna entre periodistas y estudiosos desinformados. Bajo ese banderín de enganche se agrupó, en antologías y recitales, toda la mediocridad poética habida y por haber. A García Montero le odiaban, aparte de por tener talento, y no solo poético, por encabezar jurados que solían premiar a poetas amigos, muy a menudo buenos poetas; a mí, por ser un crítico de los que llaman al pan pan y al memo memo.
            No pienso leer la novela de Carlos Pardo, pero sí he leído –mea culpa, mea culpa– el último tomo de las memorias de Luis Antonio de Villena. Me pudo el morbo. Supuse que estaría escrito a vuela pluma, como todo lo suyo desde hace años, y que no tendría mayor interés literario, pero que abundaría en nombres y chismes, a menudo eróticos, sobre este y aquel. Me pudo el morbo, ya dije. Y me divertí con muchos detalles, como ver a Antonio Gamoneda aprovechar la colección Provincia, que dirigía, para promocionarse: le pide a Colinas y Villena que le devuelvan el favor de haberles publicado un libro intercediendo para que Lápidas aparezca en Visor.
            Cuando empiezan a aparecer amigos y conocidos comunes, cuando se habla de algún congreso en el que coincidimos, temo que Villena se acuerde del santo de mi nombre y refiera anécdotas que yo prefiero olvidar, como aquella vez en que hizo de Virgilio para Víctor Botas y yo y nos mostró los locales que frecuentaba en Madrid. Entonces, recién salidos del franquismo, las discotecas y los bares de ambiente, como se decía púdicamente, nos parecían un símbolo de libertad. A saber cómo contaría él esa visita. Pero, afortunadamente, me odia tanto que no cuenta nada. Ni menciona mi nombre, pero no por explicable olvido –hace siglos que hemos perdido el contacto–, sino para tratar de maltratarme mejor. Habla de Juan Bonilla, al que conoció en un congreso literario en Valencia, y comenta que “entonces iba de la mano –espero que la haya soltado– de un bilioso y renegrido soi disant crítico, por las brumas del septentrión. Tan nada interesante que ni lo nombra”.
            Me divierte que no me nombre (¡de buena me he librado!), pero me entristece que no se ría de viejas polémicas a propósito de esta o aquella antología de jóvenes poetas (yo siempre pensé que las suyas carecían de cualquier rigor porque lo que más le interesaba de los jóvenes poetas no era la poesía: estas memorias me lo confirman)) y siga resentido y dolido. Siento de veras haberle hecho tanto daño. En mi caso, las peleas literarias tienen siempre algo de juego para mantenerse en forma. Nunca pretenden herir a la persona. Pero no todos tienen la misma suerte que yo, que siendo más vanidoso que nadie –cualquiera que me conozca puede certificarlo– tengo tan buen sistema inmunológico que las heridas en mi vanidad –todos los días recibo algún rasguño– cicatrizan a las veinticuatro horas, como mucho.


Domingo, 12 de enero
ESPAÑOL, ESPAÑOL

Está uno tan obsesionado con su país que cada vez que aparece Alfred Dreyfus en la impactante película de Roman Polanski J’accuse, aquí titulada El oficial y el espía, yo no veo al militar francés injustamente condenado, sino a Oriol Junqueras. Y cuando aparece el tribunal que le condenó y que recurrió a todas las triquiñuelas posibles para seguir manteniéndolo en la Isla del Diablo, aun siendo conscientes de su inocencia, no diré a quien veo, aunque resulta fácil de imaginar.
            Como a Unamuno, me duele España; y como José Antonio, amo a España porque no me gusta (aclaro: a pesar de que hay en ellas muchas cosas que no me gustan).
            Soy un nacionalista español, ya lo sé. Y, por supuesto, no me avergüenzo de ello. Me avergüenzo de los que creen incompatible el amor a España con el amor a la verdad, a la justicia (que no hay que confundir con torticeros legalismos) y a la democracia. Me avergüenzo de los que utilizan a España y sus símbolos para arremeter contra los que no piensan o sienten de la misma manera.
            Yo también soy español, español, pero de la mejor España, no de la de Fernando VII y Queipo de Llano.


Lunes, 13 de enero
COSAS QUE NO HARÍA NUNCA

Tres o cuatro cosas que no haría nunca, salvo por razones de fuerza mayor: trasnochar, opinar de política, enamorarme, envejecer.



Martes, 14 de enero
EN CONTRA Y A FAVOR

Hablar de política es como hablar de fútbol. Todos tenemos una opinión formada y somos capaces de defenderla apasionadamente, pero sin convencer jamás a nadie salvo a los ya convencidos.
            Por eso yo no hablo nunca de política, sino de historia. Nunca comentaría, por ejemplo, que Manuel Marraco Ramón fue ministro de Hacienda en los años de la República y que le sucedió, si la memoria no me falla, Alfredo de Zavala y Lafora. Hablaría del estallido y de las consecuencias de la revolución de Octubre. O de los preparativos del golpe del 36.
            Ahora tampoco hablo de política, sino de las páginas de la historia que se están escribiendo delante de mí: la ruptura catalana con el Estado español, que ya parece haberse producido de hecho, aunque no de derecho; la operación a la brasileña de ciertos sectores de la judicatura que siguen viendo la democracia como algo peligroso y ajeno.
            No me gusta el fútbol, tampoco la política, pero me apasiona la historia. Especialmente esa parte que se desarrolla ante mis ojos y en la que me hago ingenuamente la ilusión de que puedo intervenir porque voto y doy gritos desde el patio de butacas de mi diario a favor de unos y en contra de otros.


Miércoles, 15 de enero
EL ARTE DE PONTIFICAR

“Ser padre es criar cuervos disfrazados de angelicales criaturas a las que preparamos, renunciando a tantas cosas, para que sean capaces de enfrentarse con el mundo y que siempre, siempre, comienzan probando su fuerza con quien más los quiere”.
            Parece la frase de un padre experimentado y desengañado, pero al parecer la he escrito yo, que no he tenido hijos. Encuentro la cita en un libro, Estaciones de paso, de Ricardo Álamo, profesor de filosofía y escritor tímido y muy dado a la admiración de sus contemporáneos, cosa poco frecuente.
            No recuerdo haber escrito esa frase, podía ser una cita apócrifa, pero me parece muy mía: yo soy de esas personas capaces de darle lecciones de albañilería a un albañil, de arquitectura a un arquitecto, de justicia a un juez y de cómo educar a los hijos a cualquier padre.
            Menos mal que ni mis amigos ni yo nos tomamos muy en serio esta manía mía de estar siempre pontificando, como buen español y como buen contertulio.


Jueves, 16 de enero
MINISTRABLE

Álvaro Sánchez León, periodista de investigación, colaborador de El confidencial y de otros medios, me envía el siguiente mensaje: “Muy buenas. Estoy preparando un reportaje sobre la intrahistoria de los nombramientos ministeriales. Tengo entendido que a usted le ofrecieron ser ministro de Cultura en esta última hornada y dijo que no. Me gustaría contrastar esa información y saber, si es posible, sus motivos. Muchas gracias”.
            La noticia no tiene ningún fundamento, por supuesto (quizá confundieron mi nombre con el de Luis García Montero), pero a mí me alegra el día.
            Soy un hombre tan modesto que con nada disfruta más que rechazando premios, cargos y honores. Lo malo es que hasta la fecha no había tenido ocasión de hacerlo. Según Álvaro Sánchez León, mejor informado que yo, he rechazado nada menos que un ministerio. Ahora solo me faltaría rechazar el Nobel para que mi felicidad fuera completa.


Viernes, 17 de enero
DE LA QUE ME LIBRADO

Cuanto en la tertulia los rumores sobre mi rechazo de un ministerio y nos reímos mucho.
            ––¿Te imaginas lo que ocurriría si fuera verdad y hubieras aceptado? Ya sé que tú no dejarías tus clases por nada del mundo, pero no te preocupes que no durarías ni un día en el cargo. En seguida se pondrían a rebuscar en lo que has escrito –mira lo que pasó con los artículos de Quim Torra– y aparecerían tus opiniones sobre esto y aquello en los medios digitales y hasta en el portada de El Mundo: el ministro de Cultura votó a Puigdemont en las últimas elecciones europeas, el ministro de Cultura piensa que se ha intentado un golpe a la brasileña contra el gobierno de Sánchez… No sigo, te quemarían en la plaza pública, aunque por lo menos tendrías el consuelo de que todo el mundo te leyera.
            ––Prefiero que no me lean y no reparen en mí. Solo así podré seguir hablando en libertad sin que de inmediato me llame al orden, como a Pablo Iglesias, el caducado Consejo General del Poder Judicial.



sábado, 11 de enero de 2020

Sin propósito de enmienda: De Praga a Viena





Jueves, 2 de enero
MI TERROR FAVORITO

Nada me aterra más que llegar de noche a una ciudad desconocida en la que no conozco a nadie, pero ha ocurrido con  frecuencia. Solo anduve por Ciudad de México, por Buenos Aires, por Tánger, por Nápoles, por Catania. Solo llegué por primera vez a Palermo, a Roma, a Turín, a tantas otras ciudades. Y muchas veces de noche. Y nunca por obligación.
            No soporto las alteraciones en la rutina. Para ser feliz necesito que los días se repitan, mi paraíso se llama monotonía.
            Y sin embargo… Debe de ser que me gusta ponerme a prueba. Porque de vez en cuando, me echo la mochila al hombro, me subo al tren o al avión y a ver qué pasa.
            Claro que me hago trampas. Voy a ciudades desconocidas, pero muy leídas. El primer día estoy perdido en la jungla, me dan ganas de volverme de inmediato. Al segundo, ya he comenzado a establecer mis rutinas: un café donde sentarme a leer, una librería en la que aprovisionarme (en Italia muchas veces coinciden y se llaman Feltrineli), un lugar donde comer (me gustan las franquicias que los exquisitos detestan porque puedo encontrarlas en cualquier barrio en que me encuentre), un lugar donde... (pero según uno va cumpliendo años necesita cada vez menos ese donde).
            En Praga solo estuve una vez, y muy poco días, pero tras dejar las cosas en el alojamiento, me pongo a caminar por la orilla de río en la fría noche, cruzo un puente y de inmediato encuentro refugio: el café Slavia, frente al historiado Teatro Nacional.
            Ni siquiera pensé a dónde iba, mis pasos pensaron por mí. Hay muchos cafés hermosos en Praga –como en cualquier capital de Centroeuropa–, pero a mí me escogió el Slavia, con sus ventanales sobre el Moldava y el Castillo, por un lado, y sobre el Teatro, por otro; con su guardarropa a la entrada para dejar abrigo, paraguas y sombrero (me imagino a aquellos caballeros de finales del XIX), con sus varios ambientes, unos para ver, otros para ser vistos, con su servicio eficaz. Puede parecer lleno, pero siempre hay sitio.
            En el Slavia me encuentro en casa. Si estoy en Oviedo, a las doce que me busquen en Las Salesas; si en Praga, que me busquen en el Slavia.
            Me traen mi café con el vaso de agua y antes de probarlo, antes de ponerme a debatir con mis amigos, Pablo Núñez y José Cereijo, como si estuviera en la tertulia, abro el cuaderno rojo editado por la Biblioteca Jaime Gil de Biedma, de Alejandría, y escribo: “Soy un conformista. La edad que me gustaría tener es siempre la edad que tengo”.
            Y el lugar en el que estoy –en Oviedo o en Praga–, el lugar en el que me gustaría estar.
           

Viernes, 3 de enero
SI DIOS EXISTE

En la plaza de la Ciudad Vieja, el aparatoso monumento a Jan Hus –el hereje achicharrado por los piadosos católicos– rodeado de puestos de Navidad. A la memoria me viene un aforismo de Arthur Schitzler: “Si Dios existe, vuestra manera de celebrarlo es blasfema”.
            Y no se trata solo de que no haya creencia religiosa que no esté manchada de sangre inocente –el cristianismo, el islam, el hinduismo–, sino que la mayoría de sus ritos y de las obligaciones que imponen a sus fieles resultan ridículas y a menudo ofensivas a los ojos de un Dios que, si existiera, sería todo inteligencia y misericordia.


Sábado, 4 de enero
CUIDADO CON LOS HÉROES

Desde lo alto de la Casa Danzante, ese edificio espectáculo de Frank Gehry, busco la iglesia en la que se refugiaron los paracaidistas que atentaron contra Reinhard Heydrich, el jerarca nazi “protector” de Bohemia y Moldavia (mi hermano Florentino les dedicó una novela, Praga 1942, la verdadera historia).
            Poco antes estuve en la cripta donde pasaron agónicos días mientras los alemanes trataban de dar con ellos y ejecutaban como represalia a cientos de personas.
            ¿Sirvió para algo su heroica acción? Solo para traer más dolor y muerte.


Domingo, 5 de enero
VIENA SHOPPING

Si la primera impresión es la que vale, la que me deja Viena este anochecer –tras la despedida de Praga con un paseo solitario por Malá Strana– no puede ser más deprimente.
            Me sentí como en el aeropuerto de Lisboa. Luego me he ido acostumbrando, pero qué sorpresa la mía cuando al ir hacia la salida, me encontré en un laberinto de tiendas comerciales sin indicación ninguna de hacia dónde ir. Tuve que preguntar, aunque, escondidos entre los carteles publicitarios (y a mucho menor tamaño) había indicaciones de por dónde había que dar vueltas y revueltas para lograr escapar de aquella trampa. Ahora ya casi todos los aeropuertos son así y  nadie protesta. Es el capitalismo descerebrado que ocupa los espacios públicos tras sobornar, de una manera u otra, a las autoridades. Descerebrado, porque no creo que sean un buen negocio los locales de Gucci o de Prada, las joyerías de lujo en esos lugares, más propios para cafeterías y tiendas de recuerdos.
            Qué difícil orientarse en las calles del centro de Viena, entre la catedral y los museos palaciegos. Todas son iguales, todos los bajos están ocupados por franquicias –Zara, Emidio Tucci, Humanic, etc, etc– que se repetían y repetían, impidiendo orientarse. Aquello no era una ciudad, era un centro comercial al aire libre, una versión corregida y aumentada de Las Rozas Village.
            Habrá otra Viena, me imagino –la de los cafés o la casa Hundertwasser, que parece dibujada por un niño–, pero sospecho que la Viena que fue cabeza intelectual de Europa hace tiempo que ha dejado de existir. Muy poca cabeza hay que tener para convertir las calles del centro en un despersonalizado centro comercial a la intemperie.



Lunes, 6 de enero
CON GARCILASO

“Con un manso ruido / de agua corriente y clara / cerca el Danubio una isla que pudiera / ser lugar escogido / para que descansara / quien como yo ahora no estuviera” .
            A la memoria me vienen los versos de Garcilaso –su Canción III– mientras paseo por esta isla alargada y desolada, en el centro del río. No es aquella en la que estuvo el poeta “preso y forzado y solo en tierra ajena”, pero se le parece bastante.
            Y yo, desterrado también, como tú, como todos, me siento en un banco y escribo: “Nunca está lejos la patria / para el que carece de ella. / Todo el mundo es esta isla, / todo el mundo es tierra ajena”.


Martes, 7 de enero
GAUDEAMUS IGITUR

En estos días primeros de año, a la felicidad de volver a una de las ciudades más hermosas del mundo y a la de descubrir otra que tantas veces he paseado en letra impresa, se le añade un suspense como de película de Hitchcock: ¿Conseguirá la Triple Alianza –el Constitucional, el Supremo, la Junta Electoral– evitar que Pedro Sánchez sea investido Presidente? Cada mañana, en los titulares de los periódicos, una nueva zancadilla. Esta noche soñé que los tres guardianes de la ley se reunían de urgencia para ver si lograban encontrar algún fallo en la inscripción de Teruel como provincia y declaraban triunfalmente que  no podía ser considerada provincia y que por tanto su diputado dejaba de serlo.
            Una pesadilla, lo sé. Pero en la España en que la Junta Electoral Central puede tratar de dejar sin efecto los votos de millones de ciudadanos por un lazo amarillo colgado en un balcón –proporcionalidad se llama esa figura–, todo es posible.
            Me encontraba en la Prunksaal de la Biblioteca Nacional de Austria, en la biblioteca más hermosa del mundo, cuando leo en el teléfono que la conjura ha fallado, que ya ha sido investido el presidente. Casi doy un grito de alegría en aquel silencio majestuoso. Miré en torno mío y pensé que no podía haberse encontrado un lugar más hermoso para la celebración.
            España todavía no es Brasil, aquí los jueces aún no quitan y ponen presidentes. Lo seguirán intentando, ya lo sé. Pero hoy es un día para la celebración.


Miércoles, 8 de enero
SOLO UN DECORADO

Desayuno en el café Jelinek, muy cerca de dónde me alojo. Lo he convertido en mi café vienés favorito. La ciudad me mostró su cara peor en el momento de la llegada, pero poco a poco se fue volviendo más amable. Los barrios de emigrantes, la zona que va desde el Prater (la noria estaba en revisión) hasta el Danubio resulta menos deshumanizada que el centro, que a veces da la impresión de un decorado para el turismo. En buena medida, eso es lo que son los cafés más afamados, con largas colas a la entrada. En el Sacher, un portero uniformado salía de vez en cuando para ofrecer una bebida caliente a los que esperaban en la heladora intemperie.
            Los cafés famosos poco tienen que ver con aquellos de que habla Stefan Zweig, en los que podía pasarte la mañana o la tarde leyendo  todos los periódicos del mundo, charlando o escribiendo versos. Ahora entras, consumes tu trozo de tarta y si te entretienes conversando en seguida los camareros te miran mal.
            Mejor que esos cafés ilustres, ya solo un decorado, conservan el espíritu de los viejos cafés los nuevos Starbucks. En uno de la larga y comercial Mariahilfer Strasse, donde paraba a veces, siempre había alguien leyendo el periódico –allí los periódicos estaban sobre una repisa, no sujeto a incómodas perchas de madera–, trabajando en el ordenador, conversando en voz baja. El piso superior, amplio, con las mesas muy separadas, tenía algo de claustral y del club Diógenes de las historias de Sherlock.
            También algún McDonald’s puede guardar mejor el espíritu de los viejos cafés que el Central o el Mozart. A partir de las diez, no había ningún local abierto cerca del piso en que nos alojábamos. Pero el McDonald’s de un hermoso edificio cercano brillaba acogedor. Allí nos quedábamos charlando hasta las once. Había pocos clientes, pero no resultada desolador ni hopperiano. Varios eran habituales. En una mesa redonda, un grupo jugaba a las cartas todas las noches. Acabamos conociendo a los empleados. Uno era sordomudo y a veces venían a visitarle otros sordomudos. Yo me entretenía observando a unos y a otros mientras José Cereijo le contaba a Pablo Núñez, muy parsimoniosamente, pasajes de su vida literaria, como una visita a Jaime Gil de Biedma que duró toda la noche. Yo, que me sabía aquellas historias de memoria, miraba y fantaseaba. Si alguien quisiera escribir una novela como La colmena que reflejara la Viena de hoy, mejor que en el Café Central la situaría en un McDonald’s.  




domingo, 5 de enero de 2020

Sin propósito de enmienda: El arte de disentir



Viernes, 27 de diciembre
EL RUEDO IBÉRICO

Hay quienes están hartos y no quieren ni oír hablar de política. Yo no soy uno de ellos. Veo el ir y decir de los políticos por el Ruedo Ibérico como un interminable culebrón, lleno de golpes de efectos, de tragedias para reír y comedias para llorar.
            Antes de las once o las doce, según haya ido la mañana, no quiero enterarme de nada de lo que pasa. A esa hora, me siento ante un café y hojeo la prensa.
            Mis personajes favoritos son, por este orden, Isabel Díaz Ayuso, los barones socialistas más o menos baturros y Cayetana Álvarez de Toledo. Esta última me fascina. Si es el malo el que hace inolvidable una buena película, Álvarez de Toledo (no tengo tanta confianza para llamarla en público por su nombre de pila, como en mis fantasías) lo tíene todo, salvo cualquier escrúpulo. Es la espía perfecta, la otra que apuñala a la santa esposa, la que lanza el misil nuclear contra Gotam sin un parpadeo.
            La gracia de Díaz Ayuso es diferente, más entrañable, más todo corazón y pizpireta. Con ella no tenemos que añorar aquel guiñol de Canal Plus que tantos buenos ratos nos hizo pasar. Es su propia y enternecedora caricatura.
            La figura del gracioso, tan esencial en nuestro teatro clásico, queda para los llamados “barones socialistas”. Con qué seriedad hacen su papel, lanzan su rebuzno, defienden a su casposa Españeta en cuanto alguien en su partido insinúa una medida medianamente progresista.
            Lo paso bien con la política, ya digo. La prosa de sus dramatis personae no suele estar a la altura de la de Valle-Inclán, pero la gracia del enredo no le anda a la zaga.
            Lo que me amarga el día, al hojear los diarios, es otra cosa. No hay fecha sin su correspondiente tragedia: mujeres asesinadas, accidentes, espantos varios.
            El único consuelo, pobre consuelo, es que no hayan ocurrido demasiado cerca. Ya se sabe que trescientos muertos en Birmania nos afectan bastante menos que tres en el barrio de al lado. Así somos. Así necesitados ser –corazones endurecidos, flaca memoria, mucha inconsciencia– para poder sobrevivir en este mundo que nos ha tocado en suerte –el único que hay– y que, según los creyentes (que Santa Lucía les conserve la vista) es obra de un Ser Supremo omnipotente y misericordioso.


Sábado, 28 de diciembre
MI PRIMER ADMIRADOR

En la casa de Avilés, me encuentro un recorte de periódico de la que quizá fue la primera entrevista que me hicieron. No tiene fecha, pero debe tratarse de 1971. Aún era estudiante y aún no había publicado mi primer libro. Acababa de ganar un premio literario, el primero y el único, y recuerdo bien que con su importe me pagué la matrícula en la Universidad y me compré una máquina de escribir (el libro lo había tenido que mecanografiar con una que me había prestado).
            El entrevistador firma JMP. Se trata de Juan Manuel Pendás, algo atrabiliario personaje que después de ser mi admirador durante largos años se enfadó conmigo para siempre, no sé yo bien por qué. Su género literario favorito eran las cartas al director, escribió cientos de ellas en los más variados periódicos.
            Apenas me reconozco en las respuestas, redactadas con el estilo del entrevistador, que quiere demostrar sus conocimientos literarios. “Antonio Machado, el más hondo y arraigado poeta contemporáneo, ¿es en realidad una superación de los suspirillos germánicos de Bécquer?”, me pregunta. Y yo sonrío al leer la respuesta: “Los ‘suspirillos germánicos’ de Bécquer son, literalmente, insuperables. Antonio Machado no supera al poeta de las Rimas, simplemente lo supera por otros caminos”.
            Enternecedora pedantería de los veinte años. Juan Manuel Pendás –al que hoy calificaríamos de freaky–, en su época de obsesión por mí, escribió un artículo en una publicación gratuita avilesina que titulaba simplemente “El genio de Rivero”, la calle en la que yo vivía, y lo terminaba con una pregunta: “¿Cómo un hombre tan inteligente puede ser socialista?”
            Con el tiempo, Juan Manuel Pendás, mi primer admirador, se convirtió en un furibundo detractor. Hoy le recuerdo con melancolía. Esté donde esté, seguro que sigue mandando cartas a los periódicos.


Domingo, 29 de diciembre
NUESTRO RIMBAUD

Alzo los ojos del periódico y me encuentro frente a mí, en el Dos de Azúcar, a Silvia Ugidos, que ha venido de Colombia para pasar aquí las Navidades y ni siquiera había avisado. Me trae como regalo un libro de Alberto Aguirre, El arte de disentir. “El título parece tuyo. En ese arte eres un maestro”.
            Silvia Ugidos anda ahora por Medellín, ciudad que cada vez le gusta más, y que nos describe con el ingenio, la capacidad de observación y la ironía de costumbre. Yo insisto para que vuelva a la literatura, pero no hay manera.
            Un caso perdido. Silvia Ugidos es nuestro Rimbaud, un Rimbaud que ha cambiado Etiopía por Colombia y que no trafica ni con marfil ni con esclavos ni con otras sustancias más o menos estimulantes.


Lunes, 30 de diciembre
APRENDIZAJE Y GENEROSIDAD

Todos aprendemos, hasta Pablo Iglesias. De dar una rueda de prensa, antes de que el rey encargara a nadie formar gobierno, en la que proclama urbi en orbe “Pedro, te hago presidente si yo soy vicepresidente”, a la discreción con que la que ha negociado estos días un muy sensato programa de gobierno, hay un abismo.
            Tampoco es que se haya dado mucha prisa en aprender. Tres o cuatro años ha necesitado para averiguar que es el parlamento el que elige al presidente del Gobierno y este quien nombra a sus ministros. Y que exigirle a un candidato que me nombre a mí y no a otro vicepresidente no es que sea feo es que es ilegal.
            Respiro casi aliviado al escuchar la rueda de prensa de Sánchez e Iglesias. Ya solo queda que Oriol Junqueras nos dé su bendición.
            Yo no sé si, en su caso, la daría. Nosotros –bueno, no yo: el Tribunal Supremo, y de aquella manera que no voy a calificar, que lo haga Luxemburgo o Estrasburgo– le endosamos unos años de cárcel y él nos facilita una España mejor.


Martes, 31 de diciembre
PACÍFICA Y DEMOCRÁTICA

La situación de España, con ser complicada, me preocupa menos que ciertos fantasmas personales que me impiden dormir.
            Aunque procuro disimularlo para no molestar, en el fondo siempre me he considerado más inteligente que los demás o por lo menos que la media.
            Empiezo a tener mis dudas. Hay muchas formas de inteligencia y la que a mí me ha tocado en suerte, o la que yo creo que me ha tocado en suerte, no es la principal.
            De mis angustias privadas, me distraigo con el entretenido circo de la política. ¡Mira que si, después de todo (y a pesar de esos continuos metepatas que son el Constitucional, el Supremo y Josep Borrell), el “problema catalán”, una de las preocupaciones de nuestro monarca en su discurso de Navidad, tuviera pacífica y democrática solución!
            En eso estamos, con paciencia e inteligencia, mal que les pese a los susodichos.


Lunes, 1 de enero
PARA EMPEZAR EL AÑO

Yo soy tan malo como parezco, pero no peor. No todos pueden decir lo mismo.
            La realidad no tiene imaginación. Por eso, en cuanto nos descuidamos, se dedica a plagiar nuestras peores pesadillas.
            No me gusta la gente que se me parece demasiado. Ya tengo bastante con aguantarme a mí. No soportaría aguantar a alguien como yo.
            A ser feliz se aprende, como a cocinar. Con los mejores ingredientes se puede preparar una comida indigesta.
            Querer es una necesidad; que te quieran, un lujo.
            La soledad solo se soporta en buena compañía.
            Envejecer es ir estando de más y que todos se den cuenta menos uno.
            Eso que tú no quieres que nadie sepa es lo primero que todos saben de ti.
            La vida da muchas vueltas, pero yo tengo la suerte de que acabe dejándome siempre en el mismo sitio.
            Pensar por cuenta propia es tan fácil como aprender a montar el bicicleta, Solo hay que perder el miedo y no temer algún golpe.
            A veces uno tiene la impresión de que el gris es el verdadero color de la vida y que el arco iris no es más que una ilusión óptica.
            Éxito en su dosis justa, que el poco amarga y el mucho entontece.
            Pasa el tiempo y descubrimos que a veces no haber tenido suerte fue realmente una verdadera suerte.
            La vida en ocasiones esconde sus mejores regalos en los rincones más insospechados.
            Era egoísta, caprichoso, quisquilloso, infantil, a menudo insoportable; era, en resumen, un ser humano.



domingo, 29 de diciembre de 2019

Sin propósito de enmienda: Hacia otra España





Viernes, 20 de diciembre
PARA MEJOR

“Eres exactamente lo contrario que yo”, le digo a mi amigo Martín López-Vega cuando me cuenta que el próximo viernes piensa dejar su cargo, casi recién estrenado, de director de cultura del Principado y que el primero de enero comienza un nuevo trabajo en Madrid. “Tú, cada dos años, más o menos, cambias de ocupación, de domicilio, de pareja, y a veces hasta de continente, y siempre para mejor; yo, en medio siglo, no he cambiado ni de trabajo ni de casa ni de pareja…”
            “Pero también siempre para mejor”, me responde él con una sonrisa.


Sábado, 21 de diciembre
TENGO MIS DUDAS

Mis amigos se ríen de mí porque cuando llegan estas fechas siempre les cuento la misma historia: la población de España (y me imagino que también la de otros países) aumenta considerablemente en Navidad, hay una población virtual que –no me pregunten cómo– se convierte en real. Se ríen de mí, pero yo no me quedaría tranquilo mientras no se hiciera un censo de Oviedo en noviembre y otro en diciembre.
            ––Claro que habría más gente –me responde Aida Masip–, pero porque muchos vienen a pasar la Navidad con su familia.
            ––¿Pero de dónde vienen, de la España vaciada? Porque no hay ninguna ciudad en la que no ocurra lo mismo.
            Ya sé que mi teoría es inverosímil, que lo más realista es pensar que muchas personas se pasan los fines de semana encerraditos en casa y en cuanto se acercan estas fechas un resorte las obliga a salir.
            Qué raros somos, me digo. Se acerca la Navidad, el antiguo solsticio de invierno, y el hormiguero se vuelve histérico y todo el mundo anda por ahí alborotado.
            ––Celebran que ha nacido Dios –me dice otra amiga, empresaria de éxito y católica practicante.
            ––Bueno, Dios no existe. Si existiera, por su propia definición no podría haber nacido y, si hubiera nacido, por estas fechas no volvería a nacer, simplemente cumpliría años, aunque no creo que haya cumpleaños en la eternidad.
            ––Lo que pasa es que tú no respetas nada.
            De todos los seres del universo, la especie humana es para mi la más misteriosa, extravagante y fascinante. Y sin embargo, según todos los indicios, yo también pertenezco a ella.
            Sigo teniendo mis dudas. Quizá yo no sea más que un alienígena adoptado.


Domingo, 22 de diciembre
EL CINE DE LOS DOMINGOS

Suelo burlarme de mi amiga María Jesús porque siempre que pasan una película en el Teatro Filarmónica, de propiedad municipal, va a verla, muchas veces sin saber siquiera el título, solo que la proyección es gratis.
            Como no encuentro nada atractivo hoy en los cines verdaderos (que para mí son los cines comerciales) y en la película de este domingo, Dovlatov, de Aleksei German, aparece un escritor que admiro, Joseph Brosky, pues  también yo me acerco al Filarmónica.
            Me aburro mucho. Del protagonista, Sergei Dovlatov, no he leído nada, aunque sé que algunos de sus libros están traducidos al español, ni salgo con muchas ganas de hacerlo.
            Un país miserable aquella Unión Soviética de los años setenta, pero Dovlatov y sus amigos no salen muy bien parados.
            La poesía rusa es cuestión de fe, traducida al español se queda en nada. Los versos que recitan los poetas de la película, en sus alcohólicas reuniones, suenan bastante ridículos. Recuerdo las páginas crueles que Andrés Trapiello dedica en uno de sus diarios a burlarse de la poesía de Anna Ajmátova. Y no le falta razón, aunque yo jamás me atrevería a hacer lo mismo. Lo que nos conmueve en los poetas de la época de Stalin es la historia que hay detrás.
            Ni siquiera Brodsky, mi admirado Brodsky, me interesa demasiado como poeta. Son sus libros de ensayos autobiográficos Menos que uno y La canción del péndulo los que he leído con emoción y asombro. También sus páginas sobre Venecia Fondamenta degli Incurabile, traducido al español como Marca de agua.
            La verdad es que en Dovlatov, que no resistiría dos sesiones en un cine verdadero (de los que hay que pagar entrada), los escritores disidentes parecen unos cantamañanas. El protagonista, divorciado y con una hija, rechaza los encargos que le hacen, no da muestras de buscar ningún trabajo, quiere que publiquen lo que a él le apetezca escribir y vivir de ello.
            Me imagino que, cuando emigró a Nueva York, aprendería que si un periódico le hacía un encargo no podía aprovecharlo para burlarse de los que le habían hecho el encargo.
            Una película en ruso, subtitulada, seis días en la vida de unos personajes que fuman y beben y de vez en cuando recitan malos versos, en una sala sin calefacción y donde todo el mundo se aburre educadamente… Me pareció que había rejuvenecido cuarenta años y volvía a las películas de arte y ensayo en el Palladium.

Lunes, 23 de diciembre
BAJO LA VOZ

Estoy aprendiendo a bajar la voz cuando hable de determinados temas, como en tiempos de Franco, como en la antigua Unión Soviética. Aparecen José Luis Piquero y Bárbara  esta mañana por mi rincón de Las Salesas. Hablamos, claro está, de política y yo trato de demostrarle, con buenas razones, que es el típico nacionalista español, que en otros aspectos será de izquierda, pero que en cuanto se le toca al nervio patrio le salta el furibundo Vox, la aflautada voz de Franco que la mayoría de los españolitos siguen llevando dentro. Pero es aparecer el tema catalán, es tratar de poner yo un poco de racionalidad en el asunto y de inmediato comienzan las miradas retorcidas o furibundas a mi alrededor. Me doy cuenta entonces de que estoy en plena zona nacional (una gran bandera, recién clavada en el corazón azul de la ciudad, lo deja claro) y bajo la voz por puro instinto de supervivencia.
            José Luis Piquero, que vive en Huelva, se ríe de mis temores. “Vas a tener que irte a vivir a Gijón”, me dice. “Mientras no me tenga que ir a vivir a Lisboa”, le respondo. “Ya estoy mirando como está el alquiler por si hay terceras elecciones y por fin los tuyos reconquistan España”, “¡Y dale con los míos! Que no son los míos, aunque, eso sí, a mí en odio a los independentistas que se saltan la ley no me gana nadie”, “Ni a ti ni a los barones socialistas. Que Dios nos coja confesados”.


Martes, 24 de diciembre
ME VAN DEJANDO

Hay días como sabrosos helados de diversos sabores. Me levanto y escribo un rato, una hora más o menos, como hago cada día desde más de medio siglo. Luego, con la sensación del deber cumplido, me voy a Las Salesas. Llevo conmigo un libro, que he escogido al azar, y nada más abrirlo me encuentro con Emilio Renzi tomando un café en una terraza de la plaza Carlo Felice, cerca de la estación, y frente al hotel Roma. Releo “Un pez en el hielo”, de Ricardo Piglia, y vuelvo a revivir la emoción de aquellos días de agosto de 1950 y el momento en que Pavese tuvo por fin la certidumbre de que jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.
            Luego, una invitación imprevista de mi nueva familia, y subo en coche al Naranco. Nunca había estado junto al Cristo abierto de brazos que veo desde mi casa y ahora veo mi casa y la ciudad entera desde allí. También el ruedo de los montes nevados y el azul del mar diluyéndose en la lejanía. La temperatura es veraniega, no parece que esta noche sea Nochebuena.
            Pero lo es y el tercer sabor del día transcurre en Avilés, entre luces y sombras. Qué consoladora certidumbre al ver de nuevo llena de alboroto la casa de siempre, ¿Pero dónde están los amigos con los que me reunía antes de la cena en familia? Todos se han ido borrando y no han venido otros a sustituirlos.
            Yo no quiero dejar Avilés, pero siento que Avilés me va dejando. Avilés y el mundo. Le va a costar, la verdad. No se lo pondré fácil.


Miércoles, 25 de diciembre
UN SABOR AGRIDULCE

Me despierto temprano, descorro las cortinas, sorprendo al parque aún medio dormido dejándose acariciar por los rosados dedos de la aurora, escucho los sonidos de la mañana, bajo a desayunar antes que nadie, salgo a dar un paseo por calles que tienen tatuada mi historia, triste y alegre como las coplas de Manuel Machado. Me siento un momento en el parque del Muelle, saco el cuaderno y escribo:

Esta mañana
igual que tantas otras
y tan distinta.

Tímida Aurora
con un verso de Homero
siempre en los labios.

Madrugadores
en la ciudad vacía
el sol y yo.

También tú tienes
un sabor agridulce,
felicidad.


Jueves, 26 de diciembre
UN SANTO VARÓN

“No debería decirlo, pero voy a decirlo. Pierdo una vez más la ocasión de callar”, le digo a un amigo que me pregunta si creo que va a haber por fin gobierno en España.
            “Probablemente lo haya, como regalo de Reyes y de ese santo varón que es Oriol Junqueras. Yo en su lugar me vengaría de quienes me encarcelaron y de quienes lo aplaudieron y le pediría a mi partido que votara un no tan grande como una casa en la investidura. Y luego, tras nuevas elecciones, tendríamos el gobierno que nos merecemos: una marioneta de Vox como presidente, Cayetana Álvarez de Toledo como vicepresidenta, multas para quien no cuelgue la banderita en su balcón y brigadas patrióticas patrullando las calles para denunciar excesos feministas e inmigrantes clandestinos”.
            Pero la España de izquierdas, la España que ha renunciado a decir la verdad para no perder votos, está de suerte. Oriol Junqueras es mejor persona que yo. Nos dará una nueva oportunidad de vivir en un país mejor.



viernes, 20 de diciembre de 2019

Sin propósito de enmienda: El delincuente honrado





Sábado, 14 de diciembre
RENCOR PERPETUO

Conocí al poeta José Bento, el gran traductor de poesía española, a finales de los años setenta por mediación de Ángel Crespo. Durante un tiempo fuimos amigos, bastante buenos amigos, o eso creía yo. Me visitó cuando yo estudiaba en Coímbra, una ciudad que él conocía bien, y también fue mi guía en Lisboa. Intercambiamos libros, colaboró en Jugar con fuego, me ayudó a encontrar algún raro material bibliográfico para mis trabajos pesssoanos.
            Una referencia a él aparecida en Días de 1989  le irritó tanto que me escribió una carta indignada rompiendo toda relación. No aceptó ninguna disculpa. Cuando, mucho tiempo después, coincidí en Lisboa con Francisco Brines, el director del Cervantes, Ramiro Fonte, le pasó una invitación de Bento. “Pero solo para Brines, ¿eh?, solo para Brines”, me contó Fonte que le repitió varias veces, como si temiera que yo también me diera por invitado. A mí no quería ni verme.
            Me entero ahora de su muerte, treinta años después del enfado. Al principio, le seguí enviando mis libros dedicados. Nunca contestó. Finalmente dejé de hacerlo.
            ¿Me habría olvidado, como yo a él hasta este momento en que me llega la noticia de su muerte, o seguiría alimentando el rencor durante estos largos años?
            Mi supuesta ofensa ahí sigue, perdida en las páginas de un libro, para el curioso que quiera dar con ella. Yo ya ni la recuerdo, pero sí recuerdo que ni fue intencionada ni a mí me pareció que tuviera ninguna gravedad. Y que sentí, y todavía siento, haberle herido: le apreciaba de veras.
            Yo, afortunadamente, no tengo tanta memoria para las ofensas reales o imaginarias. Y siempre acepto una disculpa. Ni siquiera hace falta que sea sincera, basta con que lo parezca.
            Me moriré quizá odiado por muchos (casi todos poetas o eso se creen ellos), pero sin odiar a nadie. Algo bueno ha de tener la mala memoria.
           


Domingo, 15 de diciembre
MENUDA TROPA

––¿Así que ahora te unes a los populistas? Ya das vivas a Boris Johnson, pronto se las darás a Donald Trump –me dice un amigo tras leer mi página semanal en El Comercio.
            ––Yo solo estoy con los que no comulgan con ruedas de molino.
            ––Tú siempre tienes la razón y los demás estamos equivocados.
            ––Yo solo trato de analizar la realidad con los menos prejuicios posibles. La cuestión no era la bondad o maldad del Brexit. Yo en eso no entro, sino en si el referéndum representaba o no la decisión libre de los ciudadanos británicos. Nos quisieron hacer creer que los votantes habían sido engañados por Rusia, por Facebook o por no sé qué otro avatar del demonio. Se ha demostrado que no era así.
            ––Pero había muchos que estaban y están en contra, no me lo vas a negar.
            ––Las decisiones democráticas no se toman por unanimidad, sino por mayoría.
            ––Pasa lo mismo que en Cataluña, la mitad de los votantes quiere una cosa y la otra mitad lo contrario.
            ––De Cataluña no hablo, ya sabes. Sí de cuánto me avergüenzan los “barones socialistas”. Que cada uno tenga las ideas que quiera, pero si Iceta defiende la plurinacionalidad de España y otras cosas quizá discutibles, aunque bastante sensatas, y ante las descalificaciones de ciertos correligionarios pide un poco de respeto, no tiene sentido que el presidente de Aragón le acuse de tratar de impedirles hablar, de alinearse con los independentistas y de supremacismo. Eso, señor Lambán, es una majadería se mire como se mire y la diga quien la diga, un presunto socialista o un Ortega Smith.
            ––¡Siempre empeñado en tener razón!
            ––Exacto. Y en rectificar cualquier error. En esa polémica Iceta se ha comportado como un caballero y Lambán… que cada uno le ponga el calificativo que quiera, que no quiero que me acuse también a mí de supremacista por pedir respeto para quienes tienen una idea de España distinta de la suya.

Lunes, 16 de diciembre
ELOGIO DEL FRACASO

Cuando se acerca el final del año y el final de la vida… laboral, uno tiende a hacer balance. No ha dejado de llover en todo el día, así que las cuentas que me hago quedan empapadas de melancolía.
            ¿Soy un fracasado, un triunfador? Todo es conforme y según, que diría Manuel Machado. En el amor, bien mirado, he tenido suerte. Perdí tres o cuatro veces la cabeza, pero la recuperé antes de que hubiera consecuencias irreparables (o muy costosamente reparables). Me acostumbré desde muy pronto a vivir solo, pero siempre en buena compañía, y ahora estoy tan acostumbrado que no lo cambiaría por nada del mundo.
            ¿Y en la vida laboral? No conseguiré jubilarme siendo el último del escalafón, como siempre he pretendido, pero casi. Otros pensarán que eso es un fracaso, pero no yo. Ya se sabe –bueno, quizá alguien no lo sepa– que en la Universidad dar clases no es la principal actividad ni la más prestigiosa. Todo lo contrario. En cuanto asciendes en el escalafón, te van liberando de “carga docente”. Si das muchas clases, eres un principiante, un asociado, un don nadie que gana cuatro euros. Yo me jubilaré, más de cuarenta años después, con la misma docencia que al comienzo. Como eso es lo que me gusta y no las actividades de gestión ni perder el tiempo en publicaciones que solo sirven para que las evalúe mecánicamente –sin leerlas– la ANECA, pues no me quejo. He logrado salirme con la mía.
            En la literatura, nunca he vendido ni venderé mucho, nunca he tenido ni tendré premios. Un fracasado en toda la regla para el vulgo municipal y académico. No se me ocurriría negarlo. Pero me divierte más fracasar así y escribir siempre a mi aire desde los tiempos de Jugar con fuego que haber sido un triunfador de los que adulan a quien corresponda y pisotean al resto.
            De lo que más contento estoy es de no haber tenido que presentarme nunca a ningún premio, amañado o no. Yo creo que todos manchan y el último mata.
            ¿Un fracasado, un triunfador? Un fracasado dirán quienes admiran a mis exitosos coetáneos, Gamonedas, Savateres, Siles o Vilas. Y yo también lo digo, por supuesto (pero espero que nadie crea que me lo creo).
           

Martes, 17 de diciembre
UN BIEN SUPERIOR

Ando releyendo estos días una obra teatral de Jovellanos, El delincuente honrado, sobre los problemas de conciencia de un juez que se ve obligado a aplicar una ley injusta.
            Mucho hemos avanzado desde aquellos tiempos. Ahora el principio básico del Derecho penal ha pasado de “in dubio pro reo” a “in dubio pro patria”.
            La defensa de un bien superior, la unidad de la patria, está por encima de los derechos humanos.


Miércoles, 18 de diciembre
CONTERTULIOS DE PAPEL

Me gusta que una parte de mi biblioteca esté ordenada, bien ordenada, y en ella pueda encontrar al instante el libro que busco, pero no me gusta menos que otra sea tan caótica como la más caótica librería de viejo. Si no tengo libros recién llegados que hojear, rebusco en ella y al instante doy con un algún volumen apasionante y olvidado en previsión de que durante el café de la tarde no llegue ningún amigo a hacerme compañía.
            “Tú nunca quedas con nadie; tú recibes, como los nobles de antes, a ciertos días y a ciertas horas”, me dijo una vez un amigo.
            Y tenía razón. Yo, por la mañana, de lunes a viernes, hacia las doce, estoy en Las Salesas; por la tarde, a las siete y media, de lunes a jueves, en el Vetusta; los viernes, a las siete, en la tertulia clásica, la que comenzó en la cafetería Óliver el año 1980 y ahora se celebra en el Savanna, después de haber pasado por tres o cuatro sitios que fueron cerrando; los sábado en el Atrio, en Avilés. Quien quiera verme, sabe dónde encontrarme. Y si no viene nadie, llevo conmigo contertulios que nunca fallan. Esta tarde el azar de mi selvática biblioteca me ha regalado Viages de Chateaubriand en América, Italia y Suiza, en una edición, elegantemente encuadernada, de 1847.
            Qué placer acompañarle en una comida con George Washington: “El general nos enseñó una llave de la Bastilla, que era unos juguetes harto necios que se distribuían entonces en ambos mundos.  Si Washington hubiese visto como yo, a los vencedores de la Bastilla en los arroyos de las calles de París, hubiese tenido menos fe en su reliquia. La fuerza y la gravedad de la revolución no residían en aquellas sangrientas orgías”.
            Apasionante es lo que cuenta de la historia política (y en especial de las recién independizadas colonias españolas, que él hubiera querido –e intrigó para ello– monárquicas), pero no menos apasionante resultan sus páginas de historia natural: “Cuando se ven por primera vez las obras de los castores, no se puede menos de admirar al que enseña a un animal irracional el arte de los arquitectos de Babilonia, sucediendo con mucha frecuencia que el hombre, tan pagado de su ingenio, necesita aprender en la escuela de un insecto”.
            A Chateaubriand uno nunca se cansa de escucharle, pero cuando llega algún conocido le dejo con gusto a un lado. “¿Interrumpo?”, dicen los más educados al verme absorto en un libro. No, los amigos no me interrumpen nunca. Para leer jamás me faltan horas ni me faltan libros; para charlar tampoco me faltan horas, pero a menudo sí interlocutores que o tienen mucho que hacer o se cansan pronto de soportarme.


Jueves, 19 de diciembre
SIN COMENTARIOS

El Tribunal Supremo español consultó al Tribunal de Justicia de la UE si tenía inmunidad un político español que había sido elegido para el parlamento europeo, pero no esperó a que le resolvieran esas dudas y le mantuvo preventivamente preso y no le dejé tomar posesión de su cargo y le juzgó a su manera y le condenó a muchos años de cárcel.
            Ahora resulta que no podía hacer lo que ha hecho porque ese político –que sigue encarcelado– tenía inmunidad desde el mismo momento en que fue elegido.
            Como yo no tengo inmunidad, me abstengo de poner por escrito el calificativo que tal comportamiento merece.