Hay una
frase de San Agustín que se repite mucho: “Ama y haz lo que quieras”. A mí no
me acaba de convencer. En nombre del amor se han cometido las mayores
barbaridades. Yo prefiero otra, atribuida a San Francisco de Asís, pero que no
estoy muy seguro de que sea suya: “Haz el bien y cree lo que quieras”.
---No es suya. Si hubiera dicho eso
San Francisco, habría ardido en la hoguera como Giordano Bruno. Yo solo te la
he oído a ti. Debe de ser tuya, Martín. Y no está nada mal. Las creencias allá
cada cual, lo que importa es que te ayuden a ser mejor.
---Como buen racionalista, pienso
que todas las religiones son verdaderas, pero eso no quiere decir que no sean
falsas. El concepto de verdad o falsedad no se aplica a ellas. Son empresas,
más o menos bien organizadas, que ofrecen un producto que siempre tendrá
demanda. Satisfacen una necesidad del ser humano y por eso pueden convertirse
en un lucrativo negocio.
---Eres el ateo que más veces cita a
Dios. Parece que no puedes prescindir de él, aunque sea para negarle.
---No le niego, como no se me
ocurriría negar a don Quijote o a Ulises. Tampoco niego las experiencias más o
menos místicas. Hace unos días, en Aldeanueva del Camino, de donde acabo de
volver, al pasear a solas por el pueblo, dejándome acariciar por la melancolía,
vi que estaba abierta la iglesia de la Parte de Arriba, donde me bautizaron y
en la que fui monaguillo. Últimamente siempre la encontraba cerrada o en obras.
Se celebraba una misa, así que me senté en la pequeña plaza lateral, esperando
a que terminaran. La puerta estaba abierta y me llegaba el rumor de las preces
y los cánticos, interrumpido, o acompañado, mejor, por el chirrido de las
golondrinas que cruzaban presurosas de un lado a otro. Recordé ese mismo lugar,
con el suelo cubierto de flores y plantas aromáticas –romero, salvia, espliego,
como en el poema de Machado-- durante alguna festividad, quizá el Corpus
Christi. Los cánticos procesionales de entonces se mezclaban con los de ahora,
se superponían los tiempos y el niño que fui sonreía al adulto que ahora soy. Quizá
San Juan de la Cruz encontraría las palabras adecuadas para expresar lo que
sentí en esos instantes, un anticipo del paraíso. Cuando comenzaron a salir lo
escasos fieles, entré yo, me acerqué a la pila bautismal, recorrí la iglesia,
rodeado de fantasma, admiré su hermosa nervadura gótica. El inexistente paraíso
seguía entreabierto para mí. ¿Un regreso a la fe? No, nunca ha sido lo mío
comulgar con ruedas de molino, pero sí un asomarme al misterio del que estamos
hechos. Tuve otra experiencia semejante un día antes en la Pista, la plaza frente
a la escuela. Cuando yo era niño, crecían en ella varios olmos gigantes, en
cuyos troncos horadados jugábamos a escondernos. Siguen asombrando en mi
memoria, pero no sé qué enfermedad –también los dioses envejecen y mueren-- se
los llevó hace años. Ahora ocupa su lugar una escultura de Ángel Duarte, que
antes estuvo en una de las glorietas de la autovía a la entrada del pueblo.
Entonces solo se la podían entrever fugazmente desde la ventanilla del coche. Me
senté frente a ella, escuchando el rumor de la fuente en que tantas veces bebí
(aunque un cartel advierta que es de agua “no potable”), y estuve un tiempo
fuera del tiempo frente a ella fascinado por su geométrico enigma. Está toda hecha
con barras metálicas que, aunque sean rectas, parecen curvarse, e incluso
formar círculos a los que se asoma el mundo. “Ouverture au monde” se titula
precisamente la escultura de Ángel Duarte en el puerto de Ouchy, frente al lago
Leman y las montañas de Saboya. En la biblioteca del pueblo, al lado de mi
casa, hay ahora una sala dedicada al escultor y a un pintor local, Julio García
Arroyo, en la que se encuentra una maqueta de esa prodigiosa rosa metálica que
entremezcla arte con ingeniería. Un cartel informa que los cálculos
estructurales se llevaron a cabo en la Escuela Politécnica Federal de Zurich y que
para realizarla se necesitaron mil doscientas horas de trabajo con cincuenta
obreros y tres soldadores.
---¿Qué tiempos aquellos en que las
esculturas se hacían con un bloque de mármol de Carrara y a golpes de cincel!
Pero ¿qué tiene que ver eso con las experiencias religiosas? Tú llamas religión
a cualquier cosa.
---Yo llamo experiencias religiosas
a las que tienen que ver con el misterio de la existencia, con todo lo que no
existe, o parece no existir, y sin embargo existe, como los enigmáticos
círculos que se abren al mundo en las esculturas de Ángel Duarte.
---Antes no te gustaba nada
Aldeanueva, si ibas allí era solo por cumplir una obligación familiar. Ahora
parece que has cambiado de opinión.
---Ahora he descubierto allí el
origen del mundo. En cualquier rincón, encuentro un secreto resplandor. No sé
explicarlo, como no sé explicar tantas cosas que son sin porqué, igual que la
rosa de Angelus Silesius. En el estanco, donde también a veces venden libros de
algún autor local, compré Memoria escrita de Aldeanueva del Camino, recopilación
de documentos sobre el pueblo que firma Francisco José Duarte Martín, y al
abrirlo al azar aparece un capitulillo que habla de “la llegada de la primera
Biblioteca Popular a Aldeanueva del Camino”. Fue en 1871 cuando la Dirección
General de Instrucción Pública acordó donar una colección de libros “como
prueba del aprecio con que ha visto los deseos manifestados por su digno
Municipio para la instalación de una biblioteca popular”. Pero en los años
cincuenta del pasado siglo –cuando yo era un niño con hambre de libros-- todavía
no se había instalado, o se había instalado y desmantelado luego. Ahora ya los
libros me importan menos, prefiero pasear y mirar y hacer fotos o sentarme a
escribir versos, como hacen los poetas inspirados, que suelen ser los peores.
Antes solo escribía poemas a su debido tiempo y directamente en el ordenador.
---¡Así serían ellos!
---Parece que mejores que los de
ahora, según me dicen. Me he convertido casi
en un coplero. No recito mis versos como los juglares en las plazas, pero los
echo a volar por las redes sociales nada más escritos, confiando en que se
posen solo donde son bienvenidos. Os leo los que garabateé en la antigua
estación del pueblo: “Nada queda de aquel tren / que aún traquetea en mis
sueños / y en el limpio azul del aire. / Pero aquella carbonilla / no deja de
molestarme. / Si lloro es solo por ella, / y no acierto a consolarme. / Aquel
niño que soy yo / aún sube a aquel tren que parte / desde este mismo lugar /
con rumbo a ninguna parte”.
---Partió hacia Asturias, Martín.
Otro paraíso.
---Y
con bibliotecas. Nunca lo olvido. En el libro de Duarte Martín se habla mucho
de los conflictos entre la Parte de Arriba y la Parte de Abajo de Aldeanueva.
Fueron dos pueblos hasta 1834. A la Parte de Arriba, le concedió una Carta
Puebla en 1438 la reina doña María, casada con Juan II, para defenderla de los
desmanes de la Parte de Abajo que pertenecía a los duques de Alba. Bueno, no os
voy a contar toda la larga historia de enfrentamiento entre dos pueblos
separados por una calle. Todavía cuando yo era niño recuerdo las peleas a
pedradas entre los de una parte y los de otra. Yo mismo participé en alguna.
Heredamos un enfrentamiento de siglos.
---Las dos Españas en versión de
bolsillo.
---Más
o menos. Si William Blake veía el universo en un grano de arena, yo puedo ver
toda la historia de España en un pequeño pueblo de la Vía de la Plata. Y a ese
Dios que no existe, pero del que soy tan amigo, en la araña que teje y vuelve a
tejer su tela, como paciente Penélope, o en “la máquina inmensa de las
constelaciones”, que dijo no sé qué poeta.
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