Domingo,
26 de abril
EL RINCÓN DE LAS AVES
El Rincón de las Aves, en Santianes de Pravia, que
mucho tiene de sucursal del paraíso, esconde un secreto. “Et in Arcadia, ego”,
podría leerse a su entrada.
Lo
fundaron Ceferino y Carmen, allá por 1969, y fue creciendo alrededor de su
casa. Comenzaron con tres parejas de aves y ahora alberga más de cien especies
distintas. A mí me fascina el faisán dorado, que vino de China en traje de gala
y nos mira como un emperador en el destierro; también el ibis, al que veneraron
los egipcios y con el que se identificaba Pessoa, y las garzas reales y el
guacamayo aliazul y la cacatúa galerita y la lechuza de Minerva y las
alborotadoras cotorras. Pero sobre todo me atrae el jardín, al cuidado de
Carmen, un prodigioso compendio de la variedad y belleza del mundo. “Muchas de
estas plantas han venido de Portugal –me dice--. La última que he traído es la
rosa Abracadabra. Se llama así porque, en la misma planta, cada rosa es de
distinto color y en una misma pueden aparecer diferentes tonos”.
Tanta
belleza, tan amorosamente cultivada por esta pareja de artistas enamorados,
esconde un secreto. Ceferino me invita a entrar en su casa y me enseña dos
textos que tiene enmarcados, dos artículos que les dedicaron. Por ellos me
entero de que su único hijo murió cuando tenía cuarenta años. “Et in Arcadia, ego”, también la muerte está en la Arcadia.
Este jardín es en realidad un monumento funerario, uno de los más hermosos del mundo, nada tiene que envidiar al Taj Mahal. Y con cada primavera, cuando todo renace, a sus custodios le ha de venir a la mente el verso de Antonio Machado: “Eres tú quien florece y resucita”.
Lunes,
27 de abril
EN EL ATENEO
La presentación de Duelo al sol, mi libro de
conversaciones con Abelardo Linares, no es más que un pretexto para escenificar
uno de mis espectáculos favoritos, que tiene tanto que ver con el toreo como
con el boxeo. Yo, por supuesto, soy el ágil torero que con un quiebro deja
pasar muy cerca, pero sin que le roce, la furia del toro, o Al Brown, el
boxeador bailarín que fascinaba a Cocteau y al que Eduardo Arroyo dedicó un
libro.
Hacía
de árbitro Marta Reyero, tan seria, tan televisiva, que se había leído
atentamente el libro y preparado muy pertinentes preguntas. Pero fue empezar el
combate y nos olvidamos de ella. Abelardo comenzaba alguna de sus habituales
peroratas sobre Chaves Nogales, el periodismo de ayer o los poetas de hoy, y
yo, en cuanto notaba que el público empezaba a bostezar, le interrumpía con una
breve observación que derribaba todo el dialéctico castillo de naipes que él
iba construyendo.
Bueno,
al menos esa es mi opinión, aunque supongo que mi contrincante vería las cosas
de otra manera. “En cuanto te acorralan, en cuanto te quedas sin argumentos, te
sales por la tangente y tratas de cambiar de tema”, me ha repetido más de una
vez. Y está bien que se crea que tiene algo que hacer en un debate conmigo,
porque en caso contrario, me dejaría por imposible y se acabó la fiesta.
“Tienes
demasiada buena opinión de ti mismo, no hay tema del que no creas saber más que
nadie”, me reprochan los pocos amigos que todavía me soportan. Y quizá no estén
muy equivocados. Pero cada uno es como es y yo podré ser insoportable en
privado, pero en público procuro ser divertido y callar a tiempo.
No
tengo mucha relación con el Ateneo de Madrid, con el actual quiero decir; que del
verdadero, el de Galdós, Pardo Bazán o Azaña, me sé su historia al dedillo,
como si yo hubiera sido uno de los habituales de la cacharrería, aunque no sé
si yo sería capaz de escuchar a Valle-Inclán o a Unamuno sin interrumpirles.
Esta es
la segunda vez que intervengo en el Ateneo. La otra fue hace bastantes años, en
1982, en unas jornadas sobre poesía en las que también participaba Víctor
Botas. Mi intervención se titulaba “La guerra de las antologías” y hablaba del
debate en torno a Nueve novísimos y también de Las voces y los ecos y
de otra antología, entonces recién aparecida, Florilegium. Lo recordaba
mientras debatía con Abelardo. Me conozco tan bien sus argumentos, los he
escuchado tantas veces, que no necesitaba poner mucha atención a lo que decía.
Como un actor que ha ensayado su obra lo suficiente y la ha representado en
muchos escenarios, sabia colocar mi interrupción en el momento justo.
Al
final, se me acercó una señora que había seguido atentamente, y riendo más de
una vez, nuestro rifirrafe.
---Hola,
soy Elena de Jongh, hace años publiqué una antología que quizá conozca.
---¿Elena
de Jongh Rossell?
---Elena
de Jongh, sí. Ya no me llamo Rossell.
---Qué
curioso, porque mientras hablábamos he estado pensando en Florilegium una
antología que comenté precisamente aquí y que comenté con dureza. Cuando yo
preparaba Las voces y los ecos, Vicente Presa me habló de que una joven
norteamericana preparaba otra antología para una editorial importante y me
ofreció incluirme en ella, él decía que era asesor, a cambio de que yo le
incluyera en la mía.
---Yo
le pedí opinión a mucha gente. Entonces era muy joven e inexperta.
---La
verdad es que yo he criticado mucho Florilegium, me temo que fui un poco
cruel, según mi costumbre.
---Pero
yo ya estaba de vuelta en Estados Unidos y como entonces no había Internet, ni
me enteré.
Martes,
28 de abril
EN LA RESIDENCIA
Me alojo en la Residencia de Estudiantes, toda llena
de fotos de Lorca que anunciaban una exposición sobre su archivo, en una de las
habitaciones que según la leyenda ocupó el poeta. Pero no fue con el fantasma
de Lorca con el que tuve que convivir. Hace exactamente un año, el Instituto
Cervantes conmemoró el centenario de Ángel González y yo participé acompañado
de Xuan Bello. Después del homenaje, un día lluvioso y desapacible, él se fue
de juerga con Ignacio Elguero y otros participantes. Yo, más hedonista, me retiré
a dormir.
A la
mañana siguiente, habíamos quedado en vernos a las diez; él se levantó bastante
más tarde y no pudo acompañarme a saludar a Bruno, el hijo de López-Vega,
porque tenía que escribir su artículo dominical para el periódico, que siempre
enviaba a última hora. Yo ya había enviado el mío y me puse una vez más, en
plan Pepito Grillo, como ejemplo de previsión.
Estas
minucias recordé durante la noche y también el viaje de vuelta. En la cafetería
del tren nos encontramos con varios maestros de asturiano que venían de una
reunión sindical. En seguida, la aséptica cafetería se convirtió en el rincón
de un chigre y el castellano fue sustituido por el chisporroteo del asturiano,
esa lengua que según mis amigos ovetenses no se habla en ninguna parte.
No
se me apareció el fantasma de Lorca, tan presente en la Residencia, sino el de
Xuan, pero no era un fantasma que daba miedo, sino todo lo contrario. Recordé
el viaje madrileño y tantos otros: Nueva York, Lisboa, Roma, Perugia, Buenos
Aires, París, casi siempre acompañados de otros contertulios.
La verdad
es que podría escribir un libro divertido que se titulara Con Xuan Bello por
esos mundos. A él le gustaría que le recordase, como le recuerdo, con una
sonrisa. Tengo la impresión de que no ha abandonado la tertulia, aunque ahora
pase por ella con menos frecuencia.
Miércoles,
29 de abril
ARCHIVOS LORCA
¿Una nueva exposición sobre Lorca? ¿Qué me puede
contar que yo no sepa?, me pregunto cuando entro, sin demasiada curiosidad, en
el Pabellón Transatlántico de la Residencia a ver “Lorca y el archivo”. Pero me
cuenta muchas cosas que no sé, la historia de cada uno de los documentos del
archivo, cómo se salvó, cómo ha llegado hasta nosotros. Me cuenta que a Rafael
Martínez Nadal, editor de tantos inéditos de Lorca, no se los entregó el poeta,
poco antes de marchar a Granada, para que se los custodiara, sino que se apropió
de ellos entrando, tras su muerte, en el piso madrileño de Lorca y arramblando
con todos los papeles que le parecieron de algún interés. En la puerta, la
Brigada de Investigación había colocado un cartel: “En esta casa vivía el poeta
Federico García Lorca. Milicianos, respetarla”.
Jueves,
30 de abril
HABLO POR MÍ
“La vejez (tal es el nombre que otros le dan) /
puede ser el tiempo de nuestra dicha. / El animal ha muerto o casi ha muerto./
Quedan el hombre y su alma”.
En
mi caso, me temo que sigo siendo bastante más animal y bastante menos racional
de lo que me gustaría, pero lo cierto es que no cambiaría esta etapa de mi vida
por ninguna otra. Los setenta tienen mala fama, pero no están menos llenos de
asombro que la infancia ni de amor que la juventud o jumentud.
Hablo por
mí, que cada uno tiene su historia. Y hablo de lo vivido hasta el día de hoy,
que del mañana no hay certeza y al Azar, que es el nombre verdadero de la
divinidad, le gustan los bruscos cambios de guion.








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