viernes, 15 de mayo de 2026

La rueda de la fortuna: El tiempo y yo

 

Martes, 12 de mayo
LOS MISTERIOS DEL MUSEO
 

Durante mi charla con el pintor Federico Granell, tan literario, tan cercano a mi manera de mirar el mundo, me preguntan por los cuadros del museo que prefiero, los que me llevaría a casa.

            ---A casa no me llevaría ninguno, está bien donde están, bien cuidados en este mágico lugar que es también mi casa. Mis preferencias no suelen coincidir con las habituales. Siempre que paso por aquí, y lo hago muchas tardes, me detengo ante “Palco del Teatro Real”, de Gamallo Fierro, que en sus cinco figuras (tres mujeres, dos hombres, uno apenas visible) cuenta una novela galdosiana a la que yo voy añadiendo sucesivos capítulos. También ante Fernando VII y María Cristina ataviados como elegantes burgueses, no con la parafernalia de la realeza. Él lleva en la mano el sombrero de copa, en un gesto que me recuerda, no sé por qué, al de algún prestidigitador; ella, luce un aparatoso sombrero que la hace igualarse en altura con su marido. De la cintura de él, cuelga una llave de oro que no sabemos qué cerradura abrirá; en la muñeca de ella, un brazalete con la imagen de un dios barbudo. Fernando VII tiene aspecto bonachón y la expresión feliz de un enamorado; María Cristina parece dulce y encantadora, madre reciente ajena a las turbulencias de la política. El autor, Luis de la Cruz, se mostró tan adulador como podría esperarse de un pintor de cámara; nada que ver con la mirada cruel de Goya en su “La familia de Carlos IV”, aunque sí quizá con Antonio López y su “La familia de Juan Carlos I”.

            El cuadro se pintó en 1832. Faltaba un año para que el rey, ya muy avejentado y deteriorado, muriera. Ya se estaban afilando las armas de la guerra carlista. María Cristina no tenía nada de frágil figura de porcelana. Su matrimonio con el tío Fernando, veinte años mayor que ella, fue solo el primero de sus lucrativos negocios.

Pero la novela del cuadro no está solo en lo que representa, sino en lo que se lee en la cartela: “Junta de Incautación y Recuperación. Titularidad Estatal”. Al final de la charla, le pregunto a la directora del museo por su procedencia. No tiene información al respecto. Yo menciono las incautaciones franquistas tras la guerra, ella prefiere pensar en las republicanas. “Eran para proteger los cuadros, que luego se devolvieron”, le replico. “No siempre, no siempre. De ese cuadro nos piden mucho autorización para reproducirlo en estudios sobre la moda; es el único en que aparecen los reyes en traje de calle”.

            Gracias a la magia que hoy llevamos todos en el bolsillo, yo no tardo en comenzar a resolver el misterio. Mientras, a la salida, Federico Granell y yo tomamos unas cervezas en un bar próximo a la catedral con el organizador, Martín Caicoya, el escultor Fernando Alba y el pintor Bernardo Sanjurjo, dos o tres descorteses consultas al teléfono me aclaran algo el enigma y me añaden otro.

            El cuadro fue un regalo del rey a su mujer cuando esta cumplió veintiséis años. Seguramente presentía ya su muerte y quería que ella conservara para siempre la imagen de la feliz pareja. Pero nada le hacía menos gracias a María Cristina, ya enamorado o a punto de enamorarse de un guapo guardia de corps,

Agustín Muñoz, que tener a la vista, y a mayor tamaño que el natural, a aquel narizotas que tan malos ratos le había hecho pasar hasta que pudo cumplir, y por partida doble, su función de darle descendencia. Como era propiedad personal suya, no lo dejó en palacio cuando tuvo que abandonar la regencia, se lo llevó con ella: siempre le podría sacar algún dinero.

            Se lo vendió a un banquero judío, el fundador de la dinastía de los Bauer, representante de la casa Rothschild, con quienes tan buenos negocios haría. Estuvo en su palacio de la calle de San Bernardo, hoy sede de la Escuela de Canto, donde lo incautó el gobierno republicano para protegerlo, junto con otras muchas obras de arte, de los destrozos de los bombardeos y de los milicianos que allí tuvieron su cuartel.  

Al final de la guerra, pasó al Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico, junto con la mayoría de lo incautado.

            ¿Por qué no se devolvió a sus legítimos propietarios? ¿Porque eran judíos y Franco estaba obsesionado con la conspiración judeomasónica? Es posible. ¿Por qué no se devuelve ahora, tantos años después, a sus propietarios, los herederos de la familia Bauer? Ese el nuevo enigma que queda por resolver.

Miércoles, 13 de mayo
ARREGLAR CUENTAS
 

Soy más vanidoso que orgulloso, aunque no quede bien decirlo. No me molesta nada pedir disculpas o pedir perdón a quien he ofendido o se siente ofendido por mí. No me siento rebajado por ello, todo lo contrario. Y si luego no aceptan mis disculpas, como ocurrió con Jon Juaristi, o las aceptan a regañadientes, como en el caso de Miguel d’Ors, pues me encojo de hombros. Yo nada más puedo hacer, sobre todo si se trata de ofensas imaginarias.

            Y si es así, ¿por qué no le pido perdón a José Luis Piquero que se enfadó una vez porque al parecer le interrumpía al hablar y no ha querido volver desde entonces a nuestra tertulia virtual de los miércoles? Eso me reprochan, una semana sí y otra también, los contertulios habituales. Harto de escuchar sus reproches, les digo que de mañana no pasa, que le pediré perdón a ver si se le pasa su infantil perreta (esto no pienso decírselo, claro).

            La verdad es que a Piquero siempre le he admirado como poeta (con los reparos correspondientes cuando se pasa con la carne cruda) y le estoy muy agradecido porque siempre ha salido en mi defensa si algunos resentidos trataban de lincharme en las redes sociales, pero me temo que se ha ido convirtiendo en un irritable cascarrabias. Qué se le va a hacer. Eso no pasa a todos. Seguro que yo también seré igual cuando tenga su edad. O quizá ya lo soy y no me he dado cuenta.

Jueves, 14 de mayo
AL MARGEN DE NIETZSCHE 

A los grandes hombres, resulta más fácil admirarlos que soportarlos.

Nada más atronador que ciertos silencios.

No seas como esos malos actores que siempre representan el mismo personaje. Tómate de vez en cuando vacaciones de ti mismo.

Incluso después de muerto, niégate a morir.

Un buen amigo puede ser una rémora, un buen enemigo nos ayuda a llegar más lejos.

A veces, cuando un amigo deja de serlo, qué peso nos quitamos de encima.

Deja siempre, en tu jardín y en tu mente, un rincón sin domesticar.

Lo más natural en el ser humano es el artificio.

Enseña a tu memoria a olvidar.

No rompas una amistad incómoda, si resulta estimulante.

Sé invisible para la mayoría y visible solo para aquellos que te importan.

Viernes, 15 de mayo
NORMAL
 

“El tiempo, gran escultor”, afirmaba Marguerite Yourcenar. A mí me gusta comprobar cómo me va convirtiendo en otro sin dejar de ser el mismo.

Me pasé media vida en las bibliotecas y ahora solo me interesan como fondo para las fotografías.

Pasé media vida enamorándome de mala manera y ahora, vacunado y bien vacunado, me divierte ver cómo actúa en otros ese virus tan maligno como novelero.

Estuve obsesionado, no con el éxito literario, que siempre me ha preocupado poco, sino con la posteridad, con dejar una obra perdurable, y ahora me burlo de esa pretensión, aunque me temo que no ha desaparecido del todo.

Me gustan los elogios (siempre me han gustado, aunque antes no lo decía), pero puedo pasar perfectamente sin ellos. Estoy acostumbrado a que los admiradores y amigos tengan fecha de caducidad. Se van unos, llegan otros y así será, esperemos que por muchos años, hasta que nos vayamos todos al garete.

            El tiempo, gran escultor, nos va haciendo mejores, aunque a veces los golpes del cincel duelan un poco. O al menos me va haciendo mejor a mí, no sé a otros. Si yo viviera cien años, dejaría de ser un rutinario robot y acabaría convertido casi en una persona normal.

 

viernes, 8 de mayo de 2026

La rueda de la fortuna: Dime de qué presumes

 

Sábado, 2 de mayo
LA HORRENDA POLÍTICA
 

A partir de cierta edad, a uno le aburren las novelas, sobre todo si son grandes novelas, de esas que vuelven del revés la manera de contar y descienden a no sé qué ignotos abismos de la condición humana. Conozco formas más agradables de perder el tiempo.

            Ayer, aunque era día festivo, estaba abierta la librería de viejo que tengo al lado de casa y el primer libro que me salió al paso fue uno de Luis Antón del Olmet con un título poco atractivo, Los idóneos, y un sugerente antetítulo: “La horrenda política”. Lo comencé a leer en una cafetería cercana y no he podido dejar de leerlo.

            Luis Antón del Olmet es un viejo conocido. Me topé con él en las páginas de La novela de un literato, de Cansinos Assens, y luego, cuando se puso de moda la bohemia, allá por los últimos años del siglo pasado, fue una presencia casi tan habitual como la de Pedro Luis de Gálvez y Buscarini en las páginas de Juan Manuel de Prada y otros deslumbrados por la golfería finisecular.

            Así nos lo presenta Cansinos: “Luis Antón del Olmet, el batallador periodista, ex corresponsal de guerra en Marruecos, autor de novelas estimables y hombre de garra, pícaro de una categoría superior, funda El Parlamentario, periódico subvencionado por los aliados, de cuya redacción (en la Carrera de San Jerónimo) forman parte Vidal y Planas, Pedro Luis de Gálvez y otros hampones de menos categoría”.

            Los idóneos se fue publicando capítulo a capítulo, y en los primeros meses de 1917, en las páginas de El Parlamentario. Es un acto de venganza contra los políticos, Dato y Sánchez-Guerra, a cuyo servicio había estado en los cuatro años anteriores. El subtítulo es el mismo que podrían llevar las memorias de Jorge Verstrynge: “Recuerdos de un exsecretario político. Intimidades del partido llamado conservador”. Pero están escritas con más garbo y más brío.

No esconde las interesadas razones que le llevaron a abandonar el partido de Antonio Maura y unirse a los disidentes, llamados “idóneos”, que aceptaron formar gobierno en 1913. Como las prebendas prometidas no se hicieron realidad, decidió abandonarlos. Nada nuevo. Pero no importa lo que Antón del Olmet dice de sí mismo, sino las costumbres políticas que refleja. Y no solo políticas. Qué espléndido retrato de la España de entonces sin necesidad de recurrir a los espejos valleinclanescos del callejón del Gato.

            Al final, ajustando cuentas con Dato, escribe: “Don Eduardo, usted tiene más de sesenta años. Ha conocido usted una España colonial, caciquil, neutra, moribunda, donde pudo usted llegar a jefe de Gobierno, pisando con la punta de sus zapatillas bordadas. Yo tengo treinta y uno. Y conoceré –no lo dude-- una España más vigorosa, más inteligente, más europea y más española, donde yo ocuparé un modesto lugar de escritor feliz”.

            No acertó mucho en sus profecías. A Eduardo Dato lo asesinaron en 1921, a él le pegó un tiro a quemarropa su amigo y protegido Alfonso Vidal y Planas en 1923.

            Qué historia la de asesinato. Dicen que la razón fue que Antón del Olmet quería seguir teniendo trato carnal con Elena Manzanares, la prostituta que le había presentado a su amigo Alfonso y de la que este se había enamorado. Es posible. Al homicida, le condenaron a doce años de cárcel. En el momento de la sentencia, allí estaba Cansinos, el más fiel testigo del envés de la Edad de Plata: “Elenita solloza. Vidal y Planas se yergue casi ufano. Irá a presidio como Dostoievski y Oscar Wilde. Y sus libros triplicarán la tirada”.

            A Vidal y Planas, el hampón homicida, muchos años después, se lo encontraría Francisco Ayala en su exilio americano reconvertido en profesor de filosofía.

Martes, 5 de mayo
GANO YO

Salgo a la terraza y contemplo la noche estrellada. A la memoria me vienen unos versos que escuché cantar hace tiempo en Alcañices, camino de Portugal: “Qué grande es el universo / y qué pequeñito yo. / Pero él no sabe que existe; / en eso, le gano yo”.

Miércoles, 6 de mayo
LA QUE SE AVECINA
 

En la tertulia virtual de los miércoles, aparece mi hipocondríaco favorito, el gran Enrique Bueres, con la cara cubierta con una inmensa mascarilla que apenas si le dejar ver los ojos.

            ---Prepárate, Martín, que se avecina otra buena. Ya están los epidemiólogos tranquilizándonos en las televisiones como al comienzo de la Covid.

            ---Espero que los políticos esta vez no pierdan la cabeza y que no nos apliquen por decreto ley remedios peores que la enfermedad.

            ---¡Ojalá encuentren pronto una vacuna!

            ---No te preocupes que ya los avispados ejecutivos de la Pfizer y otras farmacéuticas están en ello. Eso sí que es un negocio y no los pocos milloncetes del justiciero Aldama.

Jueves, 7 de mayo
PEOR ME LO PONES

---Y del juicio contra Ábalos, ¿no vas a decir nada, Martín? Supongo que esconderás la cabeza bajo el ala, como haces siempre que los corruptos son de los tuyos.

            ---Acabo de leer la información de la última jornada del juicio y la verdad es que me ha deprimido bastante. Yo, como todo el mundo, tenía la peor opinión de Ábalos y Koldo, ese tándem de torpes marionetas que un listillo movía a su antojo. Tras escuchar a unos y otros, cambio de opinión. Aldama ha jugado bien sus cartas: se queda con los millones de euros y, muy probablemente, se libre de la cárcel. Moralmente está por debajo de Koldo y de Ábalos, pero muy por encima de su pareja en esta parodia de la justicia.

            ---¡Cuidado con lo que dices!

            ---Tienes razón. No diré más. Solo, si me permites, y espero que esto no moleste a nadie, repetiré los delitos probados de Ábalos por los que se le piden veinticuatro años de cárcel (y no la prisión perpetua revisable, como querría alguno). En primer lugar, ayudó a dos “señoritas” a encontrar trabajo. Si esos trabajos fueron irregulares, no se ajustaron a las normas establecidas, me parece a mí que la falta o delito sería de quien firmó los contratos. Segundo delito, alguien con mucho dinero, para congraciarse con él y seguir haciendo dinero fácil, compró un chalet y se lo alquiló durante el verano. Como no consiguió el favor que pretendía, le echó por no pagar a tiempo el alquiler. Otro empresario le puso piso a una de las dos “señoritas” a las que ayudó a buscar trabajo, amante del ministro durante un tiempo. Y el bueno del fiscal, ante tan graves delitos, pone gesto de indignado Catón y exclama: “La corrupción política está carcomiendo nuestro sistema democrático y solo una reacción contundente contra ella puede frenarlo”. ¿Y no tiene cerca, bien cerca, otras figuras con las que ejemplarizar? No te preocupes, no voy a mencionar a cierto exjefe del Estado que sigue viviendo a cuerpo de rey sin ingresos conocidos (ni siquiera cobra pensión). Bien cerca del fiscal, colaborando mano a mano, tiene a quien defraudó a Hacienda y se llevó comisiones millonarias en la compra de mascarillas. Pero a ese se le saca de la cárcel y se hace todo lo posible para que no vuelva a entrar. ¡Ha prestado un gran servicio a España! ¡Hasta ha señalado a Pedro Sánchez como número uno en esta trama criminal de enchufes en la administración pública (y no uno, sino dos) y de mimos a un ministro, que es un desastre en su vida privada, en forma de alquileres!

            ---No te pases, Martin, que el fiscal censuró la alusión a Sánchez.

            ---Sí, a toro pasado. Dejó hablar y hablar para que todos los medios reprodujeran una y otra vez las palabras de Aldama y solo al día siguiente dijo lo que dijo y no tenía más remedio que decir, ya que se trataba de un juicio y no de una de esas sesiones de investigación del Senado en las que toda acusación sin pruebas tiene su asiento.

            ---No sé yo si es función del fiscal cortar una declaración que se extralimita y se dedica, no a hablar de los hechos que se están juzgando, sino a calumniar a una persona que no forma parte del proceso. Yo creo que eso es cosa más bien del presidente del tribunal.

            ---Peor me lo pones.

Viernes, 8 de mayo
DE QUÉ PRESUMO

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, afirma la sabiduría popular y yo al parecer me paso la vida, según me reprochan amigos y enemigos, presumiendo de ser más inteligente que nadie.

Bueno, de ilusión también se vive.



 

sábado, 2 de mayo de 2026

La rueda de la fortuna: El tiempo de nuestra dicha

  

Domingo, 26 de abril
EL RINCÓN DE LAS AVES 

El Rincón de las Aves, en Santianes de Pravia, que mucho tiene de sucursal del paraíso, esconde un secreto. “Et in Arcadia, ego”, podría leerse a su entrada.

Lo fundaron Ceferino y Carmen, allá por 1969, y fue creciendo alrededor de su casa. Comenzaron con tres parejas de aves y ahora alberga más de cien especies distintas. A mí me fascina el faisán dorado, que vino de China en traje de gala y nos mira como un emperador en el destierro; también el ibis, al que veneraron los egipcios y con el que se identificaba Pessoa, y las garzas reales y el guacamayo aliazul y la cacatúa galerita y la lechuza de Minerva y las alborotadoras cotorras. Pero sobre todo me atrae el jardín, al cuidado de Carmen, un prodigioso compendio de la variedad y belleza del mundo. “Muchas de estas plantas han venido de Portugal –me dice--. La última que he traído es la rosa Abracadabra. Se llama así porque, en la misma planta, cada rosa es de distinto color y en una misma pueden aparecer diferentes tonos”.

            Tanta belleza, tan amorosamente cultivada por esta pareja de artistas enamorados, esconde un secreto. Ceferino me invita a entrar en su casa y me enseña dos textos que tiene enmarcados, dos artículos que les dedicaron. Por ellos me entero de que su único hijo murió cuando tenía cuarenta años. “Et in Arcadia, ego”, también la muerte está en la Arcadia.

Este jardín es en realidad un monumento funerario, uno de los más hermosos del mundo, nada tiene que envidiar al Taj Mahal. Y con cada primavera, cuando todo renace, a sus custodios le ha de venir a la mente el verso de Antonio Machado: “Eres tú quien florece y resucita”.

Lunes, 27 de abril
EN EL ATENEO

La presentación de Duelo al sol, mi libro de conversaciones con Abelardo Linares, no es más que un pretexto para escenificar uno de mis espectáculos favoritos, que tiene tanto que ver con el toreo como con el boxeo. Yo, por supuesto, soy el ágil torero que con un quiebro deja pasar muy cerca, pero sin que le roce, la furia del toro, o Al Brown, el boxeador bailarín que fascinaba a Cocteau y al que Eduardo Arroyo dedicó un libro.

            Hacía de árbitro Marta Reyero, tan seria, tan televisiva, que se había leído atentamente el libro y preparado muy pertinentes preguntas. Pero fue empezar el combate y nos olvidamos de ella. Abelardo comenzaba alguna de sus habituales peroratas sobre Chaves Nogales, el periodismo de ayer o los poetas de hoy, y yo, en cuanto notaba que el público empezaba a bostezar, le interrumpía con una breve observación que derribaba todo el dialéctico castillo de naipes que él iba construyendo.

            Bueno, al menos esa es mi opinión, aunque supongo que mi contrincante vería las cosas de otra manera. “En cuanto te acorralan, en cuanto te quedas sin argumentos, te sales por la tangente y tratas de cambiar de tema”, me ha repetido más de una vez. Y está bien que se crea que tiene algo que hacer en un debate conmigo, porque en caso contrario, me dejaría por imposible y se acabó la fiesta.

            “Tienes demasiada buena opinión de ti mismo, no hay tema del que no creas saber más que nadie”, me reprochan los pocos amigos que todavía me soportan. Y quizá no estén muy equivocados. Pero cada uno es como es y yo podré ser insoportable en privado, pero en público procuro ser divertido y callar a tiempo.

            No tengo mucha relación con el Ateneo de Madrid, con el actual quiero decir; que del verdadero, el de Galdós, Pardo Bazán o Azaña, me sé su historia al dedillo, como si yo hubiera sido uno de los habituales de la cacharrería, aunque no sé si yo sería capaz de escuchar a Valle-Inclán o a Unamuno sin interrumpirles.

Esta es la segunda vez que intervengo en el Ateneo. La otra fue hace bastantes años, en 1982, en unas jornadas sobre poesía en las que también participaba Víctor Botas. Mi intervención se titulaba “La guerra de las antologías” y hablaba del debate en torno a Nueve novísimos y también de Las voces y los ecos y de otra antología, entonces recién aparecida, Florilegium. Lo recordaba mientras debatía con Abelardo. Me conozco tan bien sus argumentos, los he escuchado tantas veces, que no necesitaba poner mucha atención a lo que decía. Como un actor que ha ensayado su obra lo suficiente y la ha representado en muchos escenarios, sabia colocar mi interrupción en el momento justo.

            Al final, se me acercó una señora que había seguido atentamente, y riendo más de una vez, nuestro rifirrafe.

            ---Hola, soy Elena de Jongh, hace años publiqué una antología que quizá conozca.

            ---¿Elena de Jongh Rossell?

            ---Elena de Jongh, sí. Ya no me llamo Rossell.

            ---Qué curioso, porque mientras hablábamos he estado pensando en Florilegium una antología que comenté precisamente aquí y que comenté con dureza. Cuando yo preparaba Las voces y los ecos, Vicente Presa me habló de que una joven norteamericana preparaba otra antología para una editorial importante y me ofreció incluirme en ella, él decía que era asesor, a cambio de que yo le incluyera en la mía.

            ---Yo le pedí opinión a mucha gente. Entonces era muy joven e inexperta.

            ---La verdad es que yo he criticado mucho Florilegium, me temo que fui un poco cruel, según mi costumbre.

            ---Pero yo ya estaba de vuelta en Estados Unidos y como entonces no había Internet, ni me enteré.

Martes, 28 de abril
EN LA RESIDENCIA

Me alojo en la Residencia de Estudiantes, toda llena de fotos de Lorca que anunciaban una exposición sobre su archivo, en una de las habitaciones que según la leyenda ocupó el poeta. Pero no fue con el fantasma de Lorca con el que tuve que convivir. Hace exactamente un año, el Instituto Cervantes conmemoró el centenario de Ángel González y yo participé acompañado de Xuan Bello. Después del homenaje, un día lluvioso y desapacible, él se fue de juerga con Ignacio Elguero y otros participantes. Yo, más hedonista, me retiré a dormir.

A la mañana siguiente, habíamos quedado en vernos a las diez; él se levantó bastante más tarde y no pudo acompañarme a saludar a Bruno, el hijo de López-Vega, porque tenía que escribir su artículo dominical para el periódico, que siempre enviaba a última hora. Yo ya había enviado el mío y me puse una vez más, en plan Pepito Grillo, como ejemplo de previsión.  

Estas minucias recordé durante la noche y también el viaje de vuelta. En la cafetería del tren nos encontramos con varios maestros de asturiano que venían de una reunión sindical. En seguida, la aséptica cafetería se convirtió en el rincón de un chigre y el castellano fue sustituido por el chisporroteo del asturiano, esa lengua que según mis amigos ovetenses no se habla en ninguna parte.

            No se me apareció el fantasma de Lorca, tan presente en la Residencia, sino el de Xuan, pero no era un fantasma que daba miedo, sino todo lo contrario. Recordé el viaje madrileño y tantos otros: Nueva York, Lisboa, Roma, Perugia, Buenos Aires, París, casi siempre acompañados de otros contertulios.

La verdad es que podría escribir un libro divertido que se titulara Con Xuan Bello por esos mundos. A él le gustaría que le recordase, como le recuerdo, con una sonrisa. Tengo la impresión de que no ha abandonado la tertulia, aunque ahora pase por ella con menos frecuencia. 

Miércoles, 29 de abril
ARCHIVOS LORCA

¿Una nueva exposición sobre Lorca? ¿Qué me puede contar que yo no sepa?, me pregunto cuando entro, sin demasiada curiosidad, en el Pabellón Transatlántico de la Residencia a ver “Lorca y el archivo”. Pero me cuenta muchas cosas que no sé, la historia de cada uno de los documentos del archivo, cómo se salvó, cómo ha llegado hasta nosotros. Me cuenta que a Rafael Martínez Nadal, editor de tantos inéditos de Lorca, no se los entregó el poeta, poco antes de marchar a Granada, para que se los custodiara, sino que se apropió de ellos entrando, tras su muerte, en el piso madrileño de Lorca y arramblando con todos los papeles que le parecieron de algún interés. En la puerta, la Brigada de Investigación había colocado un cartel: “En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos, respetarla”.

Jueves, 30 de abril
HABLO POR MÍ

“La vejez (tal es el nombre que otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha. / El animal ha muerto o casi ha muerto./ Quedan el hombre y su alma”.

            En mi caso, me temo que sigo siendo bastante más animal y bastante menos racional de lo que me gustaría, pero lo cierto es que no cambiaría esta etapa de mi vida por ninguna otra. Los setenta tienen mala fama, pero no están menos llenos de asombro que la infancia ni de amor que la juventud o jumentud.

Hablo por mí, que cada uno tiene su historia. Y hablo de lo vivido hasta el día de hoy, que del mañana no hay certeza y al Azar, que es el nombre verdadero de la divinidad, le gustan los bruscos cambios de guion.



 

viernes, 24 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Años, libros, vida

 

Domingo, 19 de abril
UN CUESTIONARIO
 

 ¿Podría darnos unas pinceladas que fueran definitorias sobre su personalidad?

Racionalidad, fidelidad, terquedad.

¿Hubo alguna circunstancia que le hiciera ponerse a escribir?

No, escribir es tan natural en mí como respirar y casi tan natural como leer.

 ¿Ha habido escritores que hayan tenido una importancia decisiva en su manera de entender la poesía? ¿Quién o quiénes?

Antonio Machado. Fernando Pessoa.

¿La vida, en su caso, continúa al margen de la poesía?

La poesía es parte de la vida, parte importante, pero no toda la vida (ni siquiera es toda la literatura).

 ¿Cómo cree que se debe ejercer la crítica literaria?

Como cualquier otro oficio, con conocimiento de causa.

 ¿Cree que la poesía tiene alguna utilidad en la sociedad actual?

Más o menos la que ha tenido siempre, aunque cambien las formas de escribirse y de difundirse la poesía.

Si desaparecieran los libros y tuviera que elegir un poema para memorizar y transmitir ¿cuál sería?

Ya me sé muchos poemas de memoria. La literatura ya existió sin libros y ahora la poesía se difunde muy bien sin ellos en las redes sociales.

Una ciudad para vivir

Oviedo. O, en su defecto, cualquier otra en la que no falten cafés en los que leer o escribir, librerías, amigos con los que conversar.

Qué lugar ocupa el amor en su vida y en su poesía.

             El amor, en sentido amplio, un lugar principal; en el otro sentido, un lugar cada vez menor.

Un libro que ama

Las Poesías completas de Antonio Machado en la edición de Austral que compré allá por 1964.

Un libro icónico que deteste

Me gusta burlarme del Ulises de Joyce, que ni he leído ni pienso leer.

            ¿Qué quería ser de niño?

Emperador o papa.

¿Qué es lo que más admira en un ser humano?

La bondad y la inteligencia. Por este orden.

¿De la poesía se puede salir?

Se puede salir, aunque a algunos dejarla les puede costar tanto como dejar de fumar. Lo más frecuente es que sea ella quien nos pone de patitas en la calle.

¿Cómo le gustaría que le recordaran?

Con una sonrisa.

Lunes, 20 de abril
            UN COLOQUIO

En la capilla del palacio de Revillagigedo, frente al antiguo puerto pesquero y muy cerca del chigre en que comienza La alegría del capitán Ribot, participo en un coloquio sobre la poesía y el mar. En las paredes, cuadros de Guillermo Simón acompañados de algunos versos. Xuan Bello firma “Poema del cantábrico”, que dice así: “El mar del norte me llama, / su voz es bruma y distancia, / yo soy de tierra adentro, / pero sueño con sus alas”.

            ¿Escribió realmente Xuan Bello esos versos? También a veces dormitaba Homero, pero yo creo que Xuan nunca dormitaría tanto. Le pregunto al pintor que de dónde los ha sacado.

            ---De una página de Internet. No recuerdo ahora de cuál.

            Yo los pongo en el buscador y no encuentro ninguna referencia. Desde luego, basta leerlos para saber que no los escribí yo, que he puesto tantos versos apócrifos a circular por la red como trampa para incautos y eruditos como mi admirado Amorós.

Martes, 21 de abril
UNA PRESENTACIÓN

Paso fugazmente por Mieres para presentar Aire en el aire en la librería la Pilarica, en la que yo compraba libros cuando trabajaba allí hace ya medio siglo. Mieres se parece a esas personas que no dan buena impresión al principio, pero a las que se les coge cariño en cuanto se las trata un poco. Esta tarde me sorprende con un bloque de viviendas, frente al parque de la Mayacina, que me enamora a primera vista. Toda su fachada exterior se envuelve en ondulados paneles de policarbonato que se abren y cierran a voluntad. Es un cambiante muro que de noche parece llenarse de luciérnagas. Me gustaría vivir en él. 

Miércoles, 22 de abril
UNA COMIDA

¿Consecuencia de las hazañas bélicas de Trump y de la crisis energética que se avecina? No sé, pero este año la comida en el Palacio Real en honor del premio Cervantes, me parece que ha tenido menos lustre. Prescindieron de adornar la gran escalinata con la vistosa guardia real. Incluso estaba peor iluminada. Los invitados parecían subir por la escalera de servicio. Y como consecuencia faltó el espectáculo del desmontaje de la escalera con su ritual de pífanos y tambores, que a mí me gusta tanto.

Las breves palabras del rey fueron tan atinadas y precisas, como de costumbre, pero al aludir al último libro de Gonzalo Celorio, Ese montón de espejos rotos, afirmó que el título estaba tomado de unos versos de José Luis Borges: “Somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, / ese montón de espejos rotos”. Y añadió que José Luis Borges murió en 1986, hace ahora cuarenta años.

Aunque no podía ver la cara de la reina, me imaginé su gesto de contrariedad (“Tenía que haberlo revisado yo, pero una no puede estar en todo”) y el rapapolvo que se iban a llevar los redactores del discurso por hacerle leer el rey aquel disparate propio de indocumentados.

 Tras la comida, me acerqué a charlar un rato con los poetas jóvenes. Dudé en hacerlo porque apenas si los había leído y lo que había leído me interesaba poco. Carmen María López, último premio Adonais, respondió secamente a mi saludo y entonces recordé que habíamos comentado en la última tertulia algunos poemas de su Oración de la lluvia y yo no lo había hecho con demasiado entusiasmo. ¿Se lo habrían contado? Hay cosas de las que un escritor siempre se entera.

“Te leo todos los lunes”, le dije luego a Luis García Montero, y él me respondió: “Y yo a ti. Siempre que hablas mal de mí me lo hacen llegar”, “¿Incluso ahora que no está Martín López-Vega?”, “Incluso ahora”. Pero él lleva mejor los reparos que Juan Manuel Bonet, que sigue lanzándome miradas poco amistosas cuando se cruza conmigo. ¡Con lo mucho que yo admiro su inmensa erudición!

Me habría gustado charlar con él del poema que leí el lunes en Gijón, un Tomás Morales muy Pelayo Ortega: “Esta noche, la lluvia, pertinaz ha caído, / desgranando en el muelle su crepitar eterno, / y el encharcado puerto se sumergió aterido / en la inmensa negrura de las noches de invierno”.

También me habría gustado charlar con Javier Cercas, que circulaba por allí con su curioso aspecto de covachuelista galdosiano, pero cada vez que he reseñado un libro suyo he subrayado, según mi estilo, los sofismas que se escondían tras la llamativa apariencia. Me temo que no me habría puesto buena cara si me acerco a saludarle, aunque lo más probable es que ni me haya leído. Coincidimos al salir y él me miró irónico, o eso me pareció, y me hizo un leve gesto de saludo. O sea, que quizá sí reconoció a su hacker habitual.

            Entre los poetas jóvenes estaba William González, el más joven de todos. A mí me interesó y emocionó su primer libro, Los nadies, pero los que luego fue publicando me interesaron cada vez menos. Acaba de aparecer Cara de crimen, premio Espasa (ese premio dedicado a la parapoesía), que cuenta historias de sicarios. “He conocido a muchos –me dice--, yo podía haber sido uno de ellos. En mi familia abundaban”. Miro con cierta sorna a este paisano de Rubén, tan jovencito y avispado. Me parece que practica demasiado la autoficción.

También andaba por allí Nicolas Mateos Frühbeck, que se ha doctorado con un estudio de las autobiografías de monjas y soldados en el Siglo de Oro, y cuyo libro Transil mezcla la poesía barroca con la ciencia ficción. Es un gran defensor de los premios literarios: “Solo gracias a ellos tiene hoy visibilidad la poesía”.

Ya no estaba allí Luis María Anson, pero quedaba otra de las columnas de la lengua castellana, Víctor de la Concha. Me acerqué a saludarle a la silla en que se sentaba y hablamos de su toisón de oro, que lucía con orgullo, y del amigo común, José Manuel Feito, compañero suyo de estudios en Valdediós. “¡Cuánto sabía y qué buena persona era! Le agradecí mucho que se acordara de mí en sus memorias, yo ahora voy a publicar las mías”. 

Jueves, 23 de abril
UNA CONFERENCIA

No solo cada hombre, como escribió Galdós y repite Trapiello al comienzo de sus diarios, sino también cada libro, "donde quiera que vaya, lleva consigo su novela".
Hablo hoy de Dolores Medio en el Instituto de Estudios Asturianos y muestro el ejemplar de Nosotros, los Rivero, dedicado a dos buenas amigas suyas, Urania y Amparito, en abril de 1953, que compré en el mercadillo del Fontán. Y qué sorpresa cuando al final se me acerca María Jesús Polledo, librera durante tantos años, y me dice que había conocido a esas dos mujeres: "Urania era maestra, como Dolores, y Amparito telefonista".

Dos mujeres trabajadoras en el Oviedo de los años cincuenta y una de ellas de familia republicana, como revela su hermoso nombre: Urania, la musa de la astronomía.

Dos amigas, y quizá algo más que amigas, como sugiere la dedicatoria conjunta.




viernes, 17 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Caleidoscopio

 

Sábado, 11 de abril
INCONSOLABLE

“Alguna vez me angustia una certeza” comienza un soneto de Jorge Guillén que yo recuerdo a menudo. Esa certeza es la de la muerte, pero he de reconocer que, si se trata de la propia todavía me angustia bastante menos de lo que quizá debiera. En realidad, me angustia más bien poco: aún es una certeza estadística, no una verdad vital. La que me angustia es la de la gente que quiero.

            La muerte propia solo es una pesadilla si va precedida de una larga, dolorosa, inhabilitante enfermedad. Morir, para el que muere, sobre todo si es a su debido tiempo, no tiene nada de malo. Lo malo se queda siempre con los que quedan.

            El otro día me encontré con Estrella, la madre de Xuan (que para ella será siempre Juanjo), y yo –ingenuo de mí-- comencé a hablarle de lo mucho que se le recordaba, de los continuos homenajes que se le dedican. “Sí, pero…”, dijo y se puso a llorar y yo, por mucho que me esforcé, no pude evitar acompañarla. No lloraba yo por Xuan, que ahora vive en su gloria (si la meta es el olvido, como afirmaba Borges, él tardará en llegar a la meta), lloraba por quien aquí quedó, inconsolable.

Lunes, 13 de abril
ME DAN MI MERECIDO

Recuerdo más a menudo de lo que me gustaría, la frase “no hay buena acción que no reciba su merecido”. Yo podré ser malo, muy malo, y tratar sin contemplaciones los libros que publican los demás, pero los odios que así me creo son bastante más llevaderos, y hacen menos daño, que los que me causa mi vocación de buen samaritano.

Como conozco algo a mis semejantes, procuro ayudar, en los pocos casos en los que puedo, de la manera más discreta posible, sin que se note, pero hay quien considera cada favor recibido como una humillación de la que en algún momento tiene que vengarse. Y esas venganzas, que llegan cuando menos te las esperas (cuando yo ya había olvidado, esas cosas las olvido pronto, que había hecho un favor a esa persona), son las que más temo: aciertan siempre donde más daño pueden hacer. 

Martes, 14 de abril
NINGUNA PRISA

“¿Y no te da vergüenza? ¡Menudo republicano estás tú hecho!”, me dice un amigo al que le cuento que este año también me han invitado al “almuerzo ofrecido por sus majestades los reyes a una representación del mundo de las letras con motivo de la entrega del premio Cervantes 2025”.

            Pues no, no me da vergüenza. Ahora, eso sí, me sirve para reírme un poco de mí mismo. Me paso la vida quejándome de que nadie me hace caso, de que mis libros no se venden, de que me vetan en este o aquel suplemento y luego resulta que me invitan todos los años a un evento en el que pocos repiten (solo, que yo recuerde, Luis María Anson y Sergio Vila-San Juan). Y yo, que nada detesto más que las comidas oficiales, esas que empiezan tarde y parece que no van a acabar nunca, disfruto con la perfecta organización de estos encuentros. No conozco mejores anfitriones. Siempre cuento aquella historia en que el rey, mientras conversaba animadamente en medio de un grupo en el salón chino, donde se toma café después de la comida, se dio cuenta de que Antonio Gamoneda estaba solo sentado en un rincón. “Disculpad”, dijo, y se dirigió hasta él y le preguntó si se aburría y se sentó a su lado para intentar charlar un rato, a pesar de las dificultades auditivas del poeta.

            No soy yo muy de asistir a comidas protocolarias, pero a veces he tenido que asistir a las que se dan con motivo de algún premio en el que participo como jurado. Con las cenas tras cierto galardón autonómico, de cuyo nombre prefiero no acordarme, todavía tengo pesadillas. Duraban tres, cuatro o más horas y no sé cómo siempre acababa yo discutiendo con la deslenguada dueña y señora del evento. Menos mal que finalmente, gracias a una novela de no ficción, he conseguido liberarme del reiterado esperpento.

            “¿Y todavía te sigues considerando republicano?”, insiste mi amigo. “Pues claro y todavía sigo celebrando tal día como hoy y, cuando llegue el momento de elegir entre monarquía o república, elegiré república”. “Pues, por lo que se ve, no parece que tengas mucha prisa de que llegue ese momento”. “Cambiar de régimen político no es como cambiar de piso. Es algo más complicado. Tenía prisa con el espécimen que teníamos antes y que todavía anda por ahí rodeado de toreros y presumiendo de que a él no hay quien le pille, que le basta el capote de la Constitución para burlar a la afeitadita y mansa justicia española. En estos momentos, si te he de ser sincero, no tengo ninguna prisa. Pero no lo cuentes por ahí, que van a pensar que soy un estómago agradecido”                                                              

Miércoles, 15 de abril
UN ENCUENTRO INCÓMODO

Hoy me ha tocado lidiar con una situación incómoda. Resulta que en el jurado del premio Gonzalo de Berceo, que organiza el gobierno de La Rioja, coincido con Juan Bonilla, con el que tuve un encontronazo por ponerme de lado de Abelardo Linares en su polémica con Yolanda Morató a propósito de Chaves Nogales.

A Juan Bonilla le admiré mucho, allá en lejanos tiempos, y él por entonces creo que me tenía aprecio. Luego lo fue perdiendo: se había convertido en un triunfador y yo seguía con mis reseñas, más o menos atinadas, en lugares recónditos. “No me importa lo que García Martín diga de mí –afirmaba--, ni sus elogios me han hecho vender un ejemplar más ni sus diatribas vender uno menos”.

 En la polémica provocada por el paso a otra editorial de Yolanda Morató, llevándose al parecer su trabajo y el ajeno, Bonilla acabó llamándonos, a Abelardo y a mí, “dos tontos muy tontos”, entre otras lindezas. A partir de ese momento, le dejé de lado. Y no porque me sintiera particularmente ofendido (ya había explicitado lo poco que me quería en el prólogo a uno de mis libros), sino porque a mí solo me gusta polemizar y pelearme con amigos. Y ahora, por culpa de Abelardo, que propuso otra vez nuestros nombres a los organizadores (sin consultarme, por cierto), tenía que encontrarme con él.

Pero fuimos dos caballeros: dejamos el enfrentamiento en casa y nos comportamos como eficaces profesionales. Y me gustó eso, porque yo habré perdido el aprecio personal que le tenía, pero sigo admirando su versatilidad, su ingenio, su excepcional talento como articulista, narrador y poeta.

Jueves, 16 de abril
TRAMPANTOJOS

Bajar al sótano de Federico Granell, al final de la Argañosa, tiene algo de rito iniciático. Esperaríamos un lugar oscuro y nos sorprende una cristalera a un jardín frondoso. Y lo que a primera vista podría parecer un revuelto trastero se convierte en un caleidoscopio que entremezcla calaveras, caminantes solitarios, máscaras y trampantojos. Al fondo, el gran cuadro en el que está trabajando. Es un encargo. “No le hagas fotos, por favor”, no quiero que todavía lo vea nadie.

Hay un bien conocido rincón urbano, como de tarjeta postal o de Antonio López y figuras de espalda, pero no es eso lo que importa. “Has pintado el aire. Serán tus Meninas”, le digo. Y él y Martín Caicoya –que me acompaña en la visita-- sonríen ante la hipérbole.

Viernes, 17 de abril
CELDA COMÚN

Mientras escuchaba la conferencia de Carmen Alfonso sobre Dolores Medio, que inicia un ciclo que conmemora los treinta años de su fallecimiento, pensaba en cómo el azar va enredando unas vidas con otras.

Cuando yo la conocí, ya de vuelta a Asturias tras sus esforzadas andanzas madrileñas en las que no volvió a repetir el éxito del Nadal, me parecía una escritora de otro tiempo, una pintoresca reliquia con una corte de autores locales muy menores. Sonrío al pensar que los ambiciosos y escaladores escritores jóvenes de ahora –algunos de ellos pasaron por la tertulia de los viernes-- seguramente me miran a mí como yo la miraba a ella, como un apolillado superviviente.

Sin duda coincidimos en más de lo que a mí me gustaría. Releo Celda común, la novela de la que me ocuparé el próximo jueves, y a la memoria me vuelven muchos detalles olvidados de aquellos primeros días de mi encarcelamiento, el llamado “periodo”, quince días en que no salía más que una hora de la celda diminuta en la que apenas cabían cuatro literas –y las cuatro estaban ocupadas-- y el inodoro en una esquina a la vista de todos. Mis acompañantes tampoco eran presos políticos.

¿Cómo pude soportarlo y superarlo y haber olvidado casi todos los detalles? Solo recuerdo los más pintorescos: a mí leyendo en voz alta una novela del oeste, de las de Marcial Lafuente Estefanía, que alguien nos había pasado y todos mis compañeros –ladrones, asesinos o quizá solo pobre gente metida en algún embrollo-- escuchando atentamente.

¿Cómo pude soportarlo?, me pregunto retóricamente. De sobra sé la respuesta: porque venía de algo peor, ocho días con sus ocho noches, aislado en una celda de la Dirección General de Seguridad, sin contacto con familia ni abogados ni nadie propiamente humano, de la que solo salía para interminables interrogatorios no demasiado amables.