Domingo, 19 de abril
UN CUESTIONARIO
¿Podría darnos unas pinceladas que fueran
definitorias sobre su personalidad?
Racionalidad,
fidelidad, terquedad.
¿Hubo
alguna circunstancia que le hiciera ponerse a escribir?
No,
escribir es tan natural en mí como respirar y casi tan natural como leer.
¿Ha habido escritores que hayan tenido una
importancia decisiva en su manera de entender la poesía? ¿Quién o quiénes?
Antonio
Machado. Fernando Pessoa.
¿La
vida, en su caso, continúa al margen de la poesía?
La
poesía es parte de la vida, parte importante, pero no toda la vida (ni siquiera
es toda la literatura).
¿Cómo cree que se debe ejercer la crítica
literaria?
Como
cualquier otro oficio, con conocimiento de causa.
¿Cree que la poesía tiene alguna utilidad en
la sociedad actual?
Más
o menos la que ha tenido siempre, aunque cambien las formas de escribirse y de
difundirse la poesía.
Si
desaparecieran los libros y tuviera que elegir un poema para memorizar y
transmitir ¿cuál sería?
Ya
me sé muchos poemas de memoria. La literatura ya existió sin libros y ahora la
poesía se difunde muy bien sin ellos en las redes sociales.
Una
ciudad para vivir
Oviedo.
O, en su defecto, cualquier otra en la que no falten cafés en los que leer o
escribir, librerías, amigos con los que conversar.
Qué
lugar ocupa el amor en su vida y en su poesía.
El
amor, en sentido amplio, un lugar principal; en el otro sentido, un lugar cada
vez menor.
Un
libro que ama
Las
Poesías completas de Antonio Machado en la edición de Austral que compré
allá por 1964.
Un
libro icónico que deteste
Me
gusta burlarme del Ulises de Joyce, que ni he leído ni pienso leer.
¿Qué quería ser de niño?
Emperador
o papa.
¿Qué
es lo que más admira en un ser humano?
La
bondad y la inteligencia. Por este orden.
¿De
la poesía se puede salir?
Se
puede salir, aunque a algunos dejarla les puede costar tanto como dejar de
fumar. Lo más frecuente es que sea ella quien nos pone de patitas en la calle.
¿Cómo
le gustaría que le recordaran?
Con una sonrisa.
Lunes, 20 de abril
UN COLOQUIO
En la capilla del palacio de Revillagigedo, frente
al antiguo puerto pesquero y muy cerca del chigre en que comienza La alegría
del capitán Ribot, participo en un coloquio sobre la poesía y el mar. En
las paredes, cuadros de Guillermo Simón acompañados de algunos versos. Xuan
Bello firma “Poema del cantábrico”, que dice así: “El mar del norte me llama, /
su voz es bruma y distancia, / yo soy de tierra adentro, / pero sueño con sus
alas”.
¿Escribió
realmente Xuan Bello esos versos? También a veces dormitaba Homero, pero yo
creo que Xuan nunca dormitaría tanto. Le pregunto al pintor que de dónde los ha
sacado.
---De
una página de Internet. No recuerdo ahora de cuál.
Yo
los pongo en el buscador y no encuentro ninguna referencia. Desde luego, basta
leerlos para saber que no los escribí yo, que he puesto tantos versos apócrifos
a circular por la red como trampa para incautos y eruditos como mi admirado
Amorós.
Martes,
21 de abril
UNA PRESENTACIÓN
Paso fugazmente por Mieres para presentar Aire en
el aire en la librería la Pilarica, en la que yo compraba libros cuando
trabajaba allí hace ya medio siglo. Mieres se parece a esas personas que no dan
buena impresión al principio, pero a las que se les coge cariño en cuanto se
las trata un poco. Esta tarde me sorprende con un bloque de viviendas, frente
al parque de la Mayacina, que me enamora a primera vista. Toda su fachada
exterior se envuelve en ondulados paneles de policarbonato que se abren y
cierran a voluntad. Es un cambiante muro que de noche parece llenarse de
luciérnagas. Me gustaría vivir en él.
Miércoles,
22 de abril
UNA COMIDA
¿Consecuencia de las hazañas bélicas de Trump y de
la crisis energética que se avecina? No sé, pero este año la comida en el
Palacio Real en honor del premio Cervantes, me parece que ha tenido menos
lustre. Prescindieron de adornar la gran escalinata con la vistosa guardia
real. Incluso estaba peor iluminada. Los invitados parecían subir por la
escalera de servicio. Y como consecuencia faltó el espectáculo del desmontaje
de la escalera con su ritual de pífanos y tambores, que a mí me gusta tanto.
Las
breves palabras del rey fueron tan atinadas y precisas, como de costumbre, pero
al aludir al último libro de Gonzalo Celorio, Ese montón de espejos rotos, afirmó
que el título estaba tomado de unos versos de José Luis Borges: “Somos nuestra
memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, / ese montón de
espejos rotos”. Y añadió que José Luis Borges murió en 1986, hace ahora
cuarenta años.
Aunque no
podía ver la cara de la reina, me imaginé su gesto de contrariedad (“Tenía que
haberlo revisado yo, pero una no puede estar en todo”) y el rapapolvo que se
iban a llevar los redactores del discurso por hacerle leer el rey aquel
disparate propio de indocumentados.
Tras la comida, me acerqué a charlar un rato
con los poetas jóvenes. Dudé en hacerlo porque apenas si los había leído y lo
que había leído me interesaba poco. Carmen María López, último premio Adonais,
respondió secamente a mi saludo y entonces recordé que habíamos comentado en la
última tertulia algunos poemas de su Oración de la lluvia y yo no lo
había hecho con demasiado entusiasmo. ¿Se lo habrían contado? Hay cosas de las
que un escritor siempre se entera.
“Te leo
todos los lunes”, le dije luego a Luis García Montero, y él me respondió: “Y yo
a ti. Siempre que hablas mal de mí me lo hacen llegar”, “¿Incluso ahora que no
está Martín López-Vega?”, “Incluso ahora”. Pero él lleva mejor los reparos que
Juan Manuel Bonet, que sigue lanzándome miradas poco amistosas cuando se cruza
conmigo. ¡Con lo mucho que yo admiro su inmensa erudición!
Me habría
gustado charlar con él del poema que leí el lunes en Gijón, un Tomás Morales
muy Pelayo Ortega: “Esta noche, la lluvia, pertinaz ha caído, / desgranando en
el muelle su crepitar eterno, / y el encharcado puerto se sumergió aterido / en
la inmensa negrura de las noches de invierno”.
También
me habría gustado charlar con Javier Cercas, que circulaba por allí con su
curioso aspecto de covachuelista galdosiano, pero cada vez que he reseñado un
libro suyo he subrayado, según mi estilo, los sofismas que se escondían tras la
llamativa apariencia. Me temo que no me habría puesto buena cara si me acerco a
saludarle, aunque lo más probable es que ni me haya leído. Coincidimos al salir
y él me miró irónico, o eso me pareció, y me hizo un leve gesto de saludo. O
sea, que quizá sí reconoció a su hacker habitual.
Entre
los poetas jóvenes estaba William González, el más joven de todos. A mí me interesó
y emocionó su primer libro, Los nadies, pero los que luego fue
publicando me interesaron cada vez menos. Acaba de aparecer Cara de
crimen, premio Espasa (ese premio dedicado a la parapoesía), que cuenta
historias de sicarios. “He conocido a muchos –me dice--, yo podía haber sido uno
de ellos. En mi familia abundaban”. Miro con cierta sorna a este paisano de
Rubén, tan jovencito y avispado. Me parece que practica demasiado la
autoficción.
También
andaba por allí Nicolas Mateos Frühbeck, que se ha doctorado con un estudio de
las autobiografías de monjas y soldados en el Siglo de Oro, y cuyo libro
Transil mezcla la poesía barroca con la ciencia ficción. Es un gran
defensor de los premios literarios: “Solo gracias a ellos tiene hoy visibilidad
la poesía”.
Ya no
estaba allí Luis María Anson, pero quedaba otra de las columnas de la lengua
castellana, Víctor de la Concha. Me acerqué a saludarle a la silla en que se
sentaba y hablamos de su toisón de oro, que lucía con orgullo, y del amigo
común, José Manuel Feito, compañero suyo de estudios en Valdediós. “¡Cuánto
sabía y qué buena persona era! Le agradecí mucho que se acordara de mí en sus
memorias, yo ahora voy a publicar las mías”.
Jueves,
23 de abril
UNA CONFERENCIA
No solo
cada hombre, como escribió Galdós y repite Trapiello al comienzo de sus
diarios, sino también cada libro, "donde quiera que vaya, lleva consigo su
novela".
Hablo hoy de Dolores Medio en el Instituto de Estudios Asturianos y muestro el
ejemplar de Nosotros, los Rivero, dedicado a dos buenas amigas suyas,
Urania y Amparito, en abril de 1953, que compré en el mercadillo del Fontán. Y
qué sorpresa cuando al final se me acerca María Jesús Polledo, librera durante
tantos años, y me dice que había conocido a esas dos mujeres: "Urania era
maestra, como Dolores, y Amparito telefonista".
Dos
mujeres trabajadoras en el Oviedo de los años cincuenta y una de ellas de
familia republicana, como revela su hermoso nombre: Urania, la musa de la
astronomía.
Dos
amigas, y quizá algo más que amigas, como sugiere la dedicatoria conjunta.


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