viernes, 4 de septiembre de 2026

Aguas bravas: No habrá guerra de Troya

 

Martes, 1 de septiembre
PATRIOTAS TÓXICOS

“Los pueblos felices no tienen historia”, afirmaba un apotegma clásico. Y en otros tiempos, antes de la dictadura de lo políticamente correcto que ahora dicen que nos oprime, se añadía: “como las mujeres honradas”. Porque la historia de una mujer, en esos buenos tiempos que algunos añoran, no podía ser otra que la de sus infidelidades y sus amantes.

            Por entonces, había mucha buena gente que, ante alguna pregunta comprometida, se encogía de hombros y afirmaba: “Yo no entiendo de política”. Ahora, de política y de fútbol, todos entendemos y todos odiamos al árbitro –llámese Tribunal Constitucional o como se llame-- cuando pita una falta a favor del campo contrario.

            “¡No has dicho nada sobre lo que está pasando en Ceuta!”, se me lamenta un amigo y yo le agradezco que eche en falta mi voz en un momento en que todos gritan y nadie escucha, sino a los de su misma opinión.

            ---Todo lo que perjudica al gobierno, beneficia a la oposición, pero no es lo mismo que se trata de un caso de corrupción que el que de una catástrofe nacional. Lo ocurrido en Ceuta ha ocurrido antes y volverá a ocurrir después. Se pueden rechazar las pretensiones anexionistas de Marruecos sobre esa ciudad, pero lo que no se puede negar es que geográficamente forma parte de Marruecos y que, sin su benevolencia y su colaboración, lo tiene muy difícil. Pedir mano dura contra Marruecos por haber favorecido, o no haber impedido, la masiva llegada de inmigrantes, me parece una estrategia suicida. Con la enemistad de Marruecos, esos hechos pueden repetirse una y otra vez, basta con que se niegue a actuar de portero y no impida a ningún nacional o subsahariano llegar hasta las puertas de la ciudad. ¿Qué haríamos entonces? ¿Disparar sobre los que entran ilegalmente? ¿Construir a toda prisa presidios de alta seguridad para encerrarlos? ¿Qué podría haber hecho el gobierno cuando una avalancha de ilusos adolescentes llega nadando a Ceuta? ¿Mandar un pelotón de soldados para que les den la orden de retroceder y, si no obedecen, acribillarles en el agua? ¿O quizá, más piadosamente, armar a los guardias civiles con largas varas para que empujen a los jóvenes nadadores hasta que se ahoguen? Ya se ahogaron por sus propios medios más de cien, pero esa tragedia no parece preocupar a nadie. No, desde luego, a los patriotas que se rasgan las vestiduras y claman: “¡Nos han invadido! ¡Nos han invadido!” y recuerdan la traición del conde don Julián. El gobierno, ante el problema de Ceuta, hizo lo mejor que podía hacer y la oposición está haciendo lo peor: considerar una catástrofe humanitaria como un inesperado regalo que les podría anticipar su llegada al gobierno. ¿Por qué está tardando en solucionarse ese problema, en lo que puede solucionarse, claro, que a los muertos nadie les devolverá a la vida? Porque aquellos de los que depende en buena parte la solución se niegan a ayudar y practican la política del cuanto mejor peor. No se dan cuenta, de que, solucionado este incidente, el problema de Ceuta, ese anacronismo que hace tiempo que ha perdido su razón de ser, seguirá existiendo y serán ellos, si llegan al gobierno, quienes tendrán que lidiar con él. Y que, si ponen a Marruecos en su contra, verán lo que es un auténtico problema.

            ---Pues en Europa no piensan como tú. Piensan que Ceuta es un portón que Pedro Sánchez ha abierto a la emigración descontrolada.

            ---Cierta Europa, la que ya ha sido infectada por el virus trumpista. La que sueña con un Bukele en Albania o en Bulgaria que nos haga de carcelero de la gente que nos sobra. En cualquier caso, ese portón, el de Ceuta, no lo ha abierto Pedro Sánchez, sino que es regalo envenenado de aquellos tiempos en que los europeos se creían con el derecho de saquear África con el pretexto de evangelizarla y civilizarla.   

Miércoles, 2 de septiembre
LA LEVEDAD Y LA GRACIA

Tengo algunos pocos fieles lectores y muchos amigos que no tienen la costumbre de leerme y que se quejan de que escribo demasiado.

            ---Pero ¿cómo voy a haber leído tu último libro si antes de que me dé tiempo a hacerlo ya has publicado otro?

            Yo me encojo de hombros. Quien no me lea por gusto, que no me lea.

            Lo que me preocupa es otra cosa. Tengo la suficiente experiencia como para saber que, a partir de cierta edad, la mayoría de los escritores, incluso los mejores, siguen escribiendo por inercia, sin tener nada que decir. ¿Será mi caso? Uno siempre es el último en darse cuenta y a mí ya hace tiempo que amigos poco piadosos –en eso se me parecen-- me dicen que mis últimos poemas, romancillos y cosas así, son bien poquita cosa.

            Es posible, pero uno puede admirar las monumentales fuentes barrocas, con sus ninfas y sus dioses, y no por eso desdeñar la fuentecilla que surge en un recodo del camino y que nos quita la sed, algo que no hacen esas otras tan aparatosas. No solo de Divinas comedias vive un buen lector, también necesita la levedad y la gracia de la poesía popular: “Anoche soñaba yo / que con mi amante dormía. / Y al despertarme descubro / que a mi lado lo tenía”.

Jueves, 3 de septiembre
NO ENFADES AL PORTERO

Toda la noche tuve pesadillas. Las plazas españolas se llenaban de réplicas de Bukele y Milei, ni siquiera de Donal Trump (dan más miedo los lacayos que el amo), que gritaban en defensa de la españolidad de Ceuta, al parecer amenazada por una nueva invasión musulmana. Hasta el arzobispo de Oviedo, en una mano la cruz y en otra la espada, llamaba enfervorizado a una nueva Reconquista. Cuando me desperté, la pesadilla seguía allí, en la primera página de todos los periódicos.

            La inmigración descontrolada trae consigo muchos problemas, no seré yo quien lo niegue, pero no amenaza la “españolidad” de Ceuta. Todo lo contrario. la reafirma. Si fuera marroquí, ninguno de esos jóvenes abducidos por interesados bulos querría entrar en ella. Y mientras siga siendo española, y siga estando donde está, necesitaremos la colaboración de Marruecos para controlar la emigración. Con Marruecos a la contra, se convertirá en un lugar en que será imposible vivir. Ellos tienen el control, no por debilidad de Sánchez, sino por imposiciones de la geografía.

            ¿Podemos obligar a la fuerza a Marruecos a que haga las veces de fiero portero de discoteca? Me temo que no, que ya están muy lejos del protectorado y es amigo de los que mandan, Israel y Estados Unidos. Para conseguirlo, hace falta un poquito de diplomacia y mucho dinero. Sería interesante, solo por curiosidad, que se hiciera público cuánto dinero cuesta mantener la españolidad de Ceuta y Melilla[.

            Tan poca fe tiene la oposición en poder echar a Sánchez por medios democráticos, que no duda en jugar con fuego y provocar un conflicto con Marruecos que incluso pueda llevar a un enfrentamiento bélico, en el que las dos partes llevarían todas las de perder. La situación me recuerda una obra de Giraudoux, No habrá guerra de Troya, sobre los esfuerzos de los años treinta para evitar la Segunda Guerra Mundial. Al final, es bien sabido, fueron vanos. ¿Tendremos una nueva guerra interminable, un nuevo desastre de Annual? Los enemigos de Sánchez utilizarán todos los medios para conseguirlo, incluidos los legales.

            Pero yo, que soy optimista por naturaleza, todavía sigo confiando en que una mayoría de españoles no haya perdido la cabeza.

Viernes, 4 de septiembre
AMIGOS PARA SIEMPRE

Con Martín López-Vega, que fue un buen amigo mío en otro tiempo, ahora tengo sus más y sus menos. “Es lo que suele pasar –me dice mi mala conciencia-- cuando los maestros quieren seguir siendo maestros toda la vida sin aceptar que los discípulos crecen y dejan pronto de hacerles caso”. Yo no creo que sea así –le respondo--, aunque puede que en el fondo tengas razón.

Pero me llega su antología de Claude Roy, con un hermoso prólogo que es un retrato y un autorretrato, y recupero al viejo amigo. Cuántos descubrimientos hemos hecho juntos por las librerías de Braga, de París, de Buenos Aries o de Nueva York.

Aparte de otras muchas cosas, mejores y peores, López-Vega también es un poeta chino, como él dice de Claude Roy, y por eso nos regala en la introducción a La amistad de Wang Wei una condensada muestra de la poesía china.

Me gustaría agradecer ese regalo con la versión propia de un poema de Li Bai (o Li Po): “Yo vengo de muy lejos; / tú, de algo más cerca. / El azar ha querido juntarnos / en esta encrucijada. / En otra, cerca o lejos, / no sabemos dónde / hemos de separarnos para siempre”.

¿Para siempre? Uno de los aforismos de Nietzsche dice así: “Los amigos que una vez lo fueron de verdad siguen siéndolo incluso cuando dejan de serlo”.

 Un día de estos tenemos que quedar a comer con Xuan y Sonia en su casa de Caces.

 


 [JG1]

viernes, 28 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Vidas no ejemplares

 


---¿Cuánto tiempo hace falta para que caduquen los odios de las guerras civiles, Martín?

---El tiempo que duren esas guerras, que casi nunca acaban cuando se firma la paz, que continúan luego por otros medios. Yo creo que en literatura es donde primero concluyen. Paso este verano preparando la edición de la poesía completa de Agustín de Foxá, que hasta ahora solo había aparecido en un volumen exento.

            ---¡De Agustín de Foxá, ese fascista!

            ---Sí, es el autor de algunos de los versos del “Cara al sol”, pero también de la frase: “Traigamos el fascismo a España y vayámonos a vivir al extranjero”.

            ---¡Menudo hipócrita!

            ---También dijo aquello de “soy gordo, soy conde, soy diplomático, ¿cómo no voy a ser de derechas?”. Y bien que lo fue, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Hay mucho de no ejemplar en su vida, pero su literatura pocas veces nos defrauda, por muy propagandística que resulte a veces. No deja de ser gran escritor ni siquiera en sus cartas familiares. He traído el tomo tercero de sus Obras completas, donde se incluyen. La primera que se conserva, dirigida a sus padres y hermanos, que veranean fuera de España, está fechada el 16 de julio de 1936. Refleja, como el mejor documento histórico, el ambiente previo al estallido: “En Madrid, nerviosismo, calor y soledad. La gente de derechas está aplanada. En el Club de Campo no hay casi nadie y durante ocho días no habrá orquesta por respeto a Calvo Sotelo. Mucha gente estuvo en su entierro. A Gil Robles algunos le acusaron, cuando desfilaba, de ser responsable de todo lo que ocurre. Hay que reconocer, sin embargo, que ayer, en la Diputación Permanente de las Cortes, estuvo formidable. Ha hecho muy buen efecto por su valentía. Los elementos oficiales que acudieron al entierro fueron abucheados y obligados a volver con el rabo entre piernas. Corren mil rumores”. La siguiente carta es del día 20 y comienza con una estampa del amanecer en un Madrid que aún no se cree del todo que está en guerra: “Son las ocho de la mañana. Una mañana fresca y sucia, todavía con lecheros, panaderías, tertulias de cocineras. Lejano suena el cañón. No ha dejado de disparar desde las siete. Vuelan algunos aviones. Pasan, con el pito rasgado de las sirenas, algunos autos militares. En camiones, arracimados, como terrible estampa de Moscú, los obreros con fusiles, pistolas y banderas rojas. Se siguen oyendo los cañonazos. Una mujer barre la entrada de la tienda”. A Foxá, el gobierno de la República le había nombrado cónsul en Bombay y ese nombramiento le salvó la vida en el mes y medio que pasó en Madrid. El día 21 “estuvo a punto de ser fusilado”, según le cuenta en una carta a su familia fechada en Guetaria el mes de septiembre. Los milicianos subieron a su casa e hicieron un registro que duró cuatro horas. “Figuraos mi horror cuando vi en lo alto del armario de nuestro cuarto un paquete con unos cincuenta prospectos de Falange. Si los hubieran visto, no os habría podido escribir esta carta, pues estaría de bruces en las Tapias de la Casa de Campo”. ¿Y cómo es que no los vieron en un registro de cuatro horas? Pues porque no hubo tal registro. La verdad de ese día la contó en otra carta escrita en Madrid el mismo día que ocurrieron los hechos, una carta que sin duda había olvidado. En cuanto pisó Francia, se dedicó a mitificar sus padecimientos entre los rojos, los que luego llevaría a su novela Madrid de corte a checa. Pero no fueron tales. Fingió seguir siendo fiel a la República y como representante de ella fue enviado a Bucarest. Allí siguió con el doble juego hasta que pasó, en 1937, a la España “liberada”. Ha vivido en Madrid la experiencia de los bombardeos sobre la población civil, ha visto en las aceras o bajo los escombros los cadáveres de mujeres y niños, pero no hay ningún rastro de compasión cuando escribe a su hermano, que lucha en el ejército rebelde: “Al atardecer venían los aviones. No te puedes imaginar lo que ha contribuido esto a bajar la moral del pueblo. Lo importante es que se intensifique”. Y no tiene inconveniente, todavía diplomático al servicio de la República, en indicarle “los mejores sitios de bombardeo”: la plaza de toros de Tetuán, el Círculo de Bellas Artes, el palacio de Villapadierna, frente a Correos, y el teatro de la Ópera, “donde han almacenado enorme cantidad de explosivos”. Vuelto a España, no lo pasó precisamente mal Foxá durante la guerra. El 2 de agosto de 1938 escribe a sus padres desde San Sebastián: “Aquí, muchas fiestas en el Golf, el Tenis y grandes cenas en el Náutico, que de noche está agradabilísimo. He hecho varias excursiones. Estuve en Azpeitia el día de San Ignacio. Fue magnífico. Monosabios en la novillada, niebla y lluvia en los montes de verdes praderas, y dentro, ónix, lapislázuli, oro y plata”. El nuevo régimen premia su ardor guerrero enviándole a Roma. Allí escribe alguno de sus más hermosos poemas y admira a dos figuras que recuerdan el esplendor de la época clásica: “He visto, con lágrimas de emoción, entrar al Papa en su silla gestatoria, entre dos abanicos etiópicos y salomónicos de plumas de avestruz, sobre las espadas abatidas de sus guardias nobles. Resonaban las bóvedas de San Pietro con una aclamación antigua. Así debían ser las ovaciones a Trajano, cuando aparecía en su palco del circo Máximo, o a la vuelta de la campaña de Dacia”. No solo el Papa le recuerda al gran emperador de origen hispano: “En Ciampino vi al Duce. Está fuerte, alegre, rapado como el busto de un César de excavación. Es un tipo magnífico, con una ancha sonrisa patriarcal, como la debía de tener Trajano”. Para Foxá, los años triunfales no acabaron en 1939, siguieron con 1940, 1941, 1942, cuando los nazis, como antes Franco en España, imponían un Nuevo Orden al mundo. Unos días después de admirar al papa en su silla gestatoria, se encuentra unos abanicos semejantes a los papales, dignos de la reina de Saba, en el Arizona, uno de los mejores cabarets de Europa, aunque en este caso dedicados a muy otro uso: encubrir y descubrir jardines de bailarinas Venus. No me extraña que Curzio Malaparte hiciera aparecer a este aristócrata bon vivant en su novela Kaput.

            ---¿Y tú vas a editar la poesía completa de semejante personajillo? ¿No tienes nada mejor que hacer?

            ---Voy a editarla y espero hacerlo bastante mejor de lo que se ha hecho hasta ahora. Foxá fue un muy descuidado editor de sí mismo. A fin de cuenta, los libros de poesía daban poco dinero y él nunca ganaba bastante para la buena vida que le gustaba llevar. Pero es uno de los grandes poetas de su tiempo, lo mismo en su poesía más desgarrada e intimista o en sus evocaciones de una infancia que todavía conoció la atmósfera del Ochocientos que en los más circunstanciales o más ligados a las viejas melodías del modernismo. Quien le leyó, lo sabe.

            ---No te entiendo, Martín. No te basta con admirar a Fidel Castro o a Hugo Chaves o a Pedro Sánchez. Ahora resulta que también admiras a un vividor y a un fascista de pro como Agustín de Foxá.

            ---De Fidel Castro me gusta la respuesta, que yo hago mía, a un periodista que le preguntó por su vida privada: “Amé y me amaron, y eso es todo lo que puede decir un caballero”. De Hugo Chaves, su réplica a la impertinencia del rey de los negocios raros cuando aquello del “por qué no te callas” tan jaleado en toda la aduladora y triste España: “Con la verdad ni ofendo ni temo”. De Foxá, su magia verbal, que deslumbra incluso en las cartas familiares escritas como al descuido.

            ---¿Y de Pedro Sánchez?

            ---Habíamos quedado en no hablar de política en estas tertulias veraniegas y yo siempre cumplo mis promesas.

            ---Estarás desesperado porque pasa por su peor momento. Trapiello y Cayetana creo que ya han comprado el champán para celebrar la caída de ese dictador estalinista.

            ---¿Y en qué momento no ha estado pasando Sánchez por su peor momento, amigo Miguel Ángel? En septiembre, ya a la vuelta de la esquina, hablaremos del gobierno.


viernes, 21 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Leña al fuego

 

---¿Cuándo te distes cuenta de que no eras un genio, Martín?

            ---De lo que me estoy dando cuenta es de que envejezco como todo el mundo.

            ---Pues ya va siendo hora. A tu edad, Azorín ya era una momia valetudinaria.

            ---No te metas con Azorín. Acabo de leer una de sus novelas de los setenta años, El enfermo, que cuando la leí por primera vez me pareció una insustancial nadería y ahora la encuentro llena de encanto. A mí me da la impresión de que sigo escribiendo con el mismo vigor de siempre.

            ---Y la misma mala leche.

            ---Pero leo a mis coetáneos, los nacidos a mediados del siglo pasado, y veo que sus poemas funcionan ahora como la Inteligencia Artificial más torpona, son escritura automática, vacuo formalismo. Pero ellos no se dan cuenta, por supuesto. ¿Me pasará a mí lo mismo? Me tranquiliza un poco recordar la reseña que le dedicó Víctor Botas a un libro de Borges, La cifra, de 1981. Apareció en Cuadernos del Norte y se titulaba   “Cuando se impone el mutis”, le consideraba acabado. Ese libro, sin embargo, es tan bueno como cualquiera de su época mejor, la que comienza con El oro de los tigres . Y todavía tuvo tiempo de publicar Los conjurados. Siempre me acuerdo de Botas y de Borges por estas fechas. Los dos nacieron el 24 de agosto, el mismo día de la erupción del Vesubio. Durante muchos años, más de treinta, Botas fue la única pérdida de la tertulia. Y de pronto, seguidas, dos más, Xuan Bello y Vicente García, como si se hubiera abierto la veda. Comienzo a sentirme como un superviviente.

            ---¿Sigues confiando en la posteridad? ¿Se te seguirá leyendo dentro de cien o doscientos o mil años, como repites a menudo?

            ---Esa es una broma mía. En realidad, la inmortalidad que importa dura solo mientras viven los que nos conocieron. Me fastidiaría que, pocos años después de mi muerte, un amigo se sintiera obligado a escribir un artículo en un periódico local (o peor aún, una carta al director) lamentado que nadie se acuerde de mí. Sentiría defraudar a mis fieles seguidores : “Cómo nos engañó, nos hizo creer que era un genio y ya sus libros no interesan a nadie”.

            ---No te preocupes, que no defraudarás a nadie. Eso de que eres un genio solo te lo crees tú.

---Con la posteridad, ha tenido suerte Botas, su poesía sigue viva. No importa que no sea popular. La popularidad en poesía suele venir por causas ajenas a la poesía. Conserva, acrecentado, el prestigio que tuvo en vida. También Xuan Bello ha tenido, y parece que va a seguir teniendo, suerte. Le ayuda el haberse convertido en el santo patrón de la literatura en asturiano. Su muerte súbita ha hecho callar a todos sus detractores. Él se sentía perseguido por ciertos sectores del asturianismo. Sus bestias negras eran, quizá injustamente, Antón García y Berta Piñán. El primero, uno de los fundadores de la tertulia, editó alguno de sus libros y le dedicó un espléndido monográfico en la revista Campo de los patos. Cuando nombraron a Berta consejera de Cultura, él era uno de los aspirantes. Y luego quizá esperaba algún cargo. Lo cierto es que el único que le dieron, ocuparse de las publicaciones del RIDEA , le duró dos días. El primero se presentó muy contento en su despacho del Palacio del Conde de Toreno. En el fondo, como todos los bohemios, soñaba con la seguridad del sueldo fijo. Al día siguiente, apareció Antón García con el contrato. De esto no sé más que lo que me contó Xuan Bello, no una vez, sino bastantes veces, incluso el último día que le vi, que fue el penúltimo de su vida. No dejaba de dolerle aquella puñalada. Su trabajo, según especificaba el contrato, era incompatible con cualquier otra ocupación, no solo las entrevistas que hacía para la televisión autonómica, sino también los artículos que publicaba cada semana en El Comercio. ¡Al más grande escritor de la literatura asturiana, según dicen ahora, le dan un trabajillo en la administración, con apenas el sueldo mínimo, y a cambio le obligan a dejar de publicar! Xuan era un poco fantasioso, no me acabo de creer que las cosas fueran enteramente así. Ahí está Luis García Montero, con cargo y sueldo equivalente al de ministro, colaborando en prensa y radio casi a todas horas.

---A lo mejor las normas autonómicas son diferentes de las nacionales. Vanessa Gutiérrez, la actual consejera, desde que ocupó un cargo dejó de publicar libros y de escribir en la prensa.

---A lo mejor. Supongo que todo tendrá una explicación. Sería terrible que las cosas hubieran ocurrido exactamente como me las contaba Xuan. A mí me apreciaba bastante, aunque, como en el caso de Ángel González, nunca fui de los amigos con los que andaba por ahí en las horas felices de la noche. Le leía todos los domingos y, si alguna vez desbarraba con su fantasiosa erudición, no dudaba en señalárselo. Claro que también le felicitaba de inmediato cuando acertaba con uno de esos cuentos suyos, o poemas en prosa, inimitables y mágicos. Fue uno de los pocos contertulios que nunca se enfadó conmigo en cuarenta años. Trataba siempre de suavizar los encontronazos con otros más susceptibles, especialmente con Martín López-Vega, que no admite que en mis reseñas ponga el más mínimo reproche a sus libros. Seguro que si él siguiera vivo la pataleta de José Luis Piquero, que se ha ido de la tertulia llevándose consigo a mi admirada Bárbara, no habría llegado a mayores. El escritor sigue acompañándonos, pero a la persona se la echa bastante de menos.

---¿Y cuál crees que será la posteridad de Vicente García?

---Es un caso muy distinto, era solo un poeta, no un encantador de serpientes como Xuan. Y un poeta de obra muy breve y muy en voz baja, casi susurro solo. Cabe entera en un volumen de pocas páginas. Yo creo que esa brevedad le beneficia. Sin el poeta, que hacía poco por promocionarla, que no tenía habilidades de juglar, se sostiene bien. Las mamotréticas poesías completas son las que primero se hunden en el olvido.

---“Envejecer también tiene su gracia”, afirmó Gil de Biedma. ¿Tú también lo piensas?

---“Su maldita gracia”, solía añadir yo al citarlo. A mí me parece que la que tengo es la mejor edad. Pero no nos vemos. Me preocupa que ya, sin que me dé cuenta, cuando escriba no haga más que repetirme aguado y descafeinado.

---¿Y no te gustaría, como Borges, encontrar una María Kodama?

---¡Vade retro! Esa es una de mis pesadillas. La verdad es que vivir solo tiene también sus inconvenientes. Pero lo que yo echo en falta no es una compañera o un compañero sentimental, sino más prosaicamente un ama de llaves o un mayordomo, hoy diríamos un asistente personal. Es lo que más le envidio a Donald Trump, tener alguien como la maravillosa Natalie Harp, capaz de solucionar cualquier problema, siempre a mi lado. Tengo que ocuparme yo solo de todo, y soy un desastre para la vida práctica. No sé ni cambiar una bombilla ni freír un huevo. Bueno, esto último sí.

---Algo has aprendido con los años. Antes siempre estabas discutiendo de política y ahora pasas del tema. Ni siquiera has mencionado lo de Ceuta.

---Pero no por eso me ha dolido menos la muerte, como de tragedia griega, de tantos adolescentes que se echaron al mar en busca de una vida mejor. La única solución posible al problema la propuso hace años Juan Carlos de Borbón.

---Tú elogiando al rey Juan Carlos… ¡No me lo puedo creer!

---Fue en 1979, en una entrevista con el senador Ed Muskie y con el embajador de Estados Unidos, Terence Todman. El resumen de esa conversación, enviado al Departamento de Estado se desclasificó en 2014. El rey admitió la posibilidad de ceder a Marruecos nuestros últimos residuos coloniales. Melilla no plantearía problemas –dijo--, ya que entonces tenía solo diez mil habitantes españoles; más complicado sería el traspaso de la más poblada Ceuta, pero podría solucionarse. Habría oposición en el ejército, por supuesto, pero el rey se sentía capaz de ponerlos firmes. El problema estaba más bien por parte de Marruecos, que no dejará nunca de reivindicar esas dos ciudades, pero que, al contrario que con el Sahara, nunca hará nada serio para recuperarlas. Resultan cada vez más costosas de mantener y son una fuente continua de problemas; para Marruecos son una inagotable fuente de ingresos y un as en la manga que le permite chantajear a España en cualquier conflicto. Se trata de dos caballos de Troya dentro de la Unión Europea o dos inmensos boquetes que solo se pueden mantener cerrados con la ayuda de Marruecos, un buen negociante que acierta siempre a sacarle el mayor partido posible a esa colaboración. Juan Carlos de Borbón, otro buen negociante, sabía de lo que hablaba.  



sábado, 15 de agosto de 2026

Las veladas del. Black Bar: Conjura en El Escorial

 

---¿Cuánto tiempo llevas publicando reseñas de libros, García Martín?

            ---Desde 1975; semanalmente, desde 1988.

            ---¡Ya son reseñas! ¿Y nunca has tenido problemas con algún poetastro airado? Ya sabes lo que le pasó a Francisco Umbral, que se burló de cierto exiliado –les tenía envidia cuando volvieron al final del franquismo, creía que le iban a quitar el sitio-- y, al entrar el día siguiente al café Gijón, un familiar de la víctima le hinchó a hostias. ¿A ti nunca te ha ocurrido lo mismo? Hay poetas con muy malas pulgas.

            ---Conozco a alguno. Pero no, nunca han llegado a esos extremos. Todo lo más a desahogarse en las redes sociales. Me han contado que un tal Ben Clark, muy señor mío, llegó a escribir refiriéndose a mí: “Ese es un miserable. Cuando se muera, no le va a llorar nadie”.

            ---¿Y tampoco has tenido problemas con tu diario? Porque ahí sí que no dejas a nadie indemne.

            ---Tampoco. Son las ventajas de no ser importante. Protestar es darme un altavoz. Mira lo que le pasó al bueno de Javier Gomá. Si hubiera callado, mi reseña de una estafilla intelectual promovida por él, la habrían conocido mis lectores habituales, que no pasan de media docena; gracias a su engreída réplica, se convirtió en el hazmerreir de media España, o de España entera. La verdad es que en la penumbra se vive bastante bien.

            ---Si a nadie le importa lo que escribes, puedes escribir con total libertad, eso está claro. Pero sospecho que tú, con lo vanidoso que eres, preferirías tener un poco más de resonancia pública.

            ---Y no sospechas mal, pero no solo por vanidad, que también, sino porque me habría gustado tener alguna incidencia pública. Ser un Unamuno o incluso un Azaña.

            ---¡Un Azaña! Tú estás loco, Martín. El personaje más siniestro de la historia de España, después de Pedro Sánchez.

            ---Recuerda que tenemos prohibido hablar de política. Yo admiro a Azaña como político, hizo lo que pudo en un tiempo de locos en el que poco se podía hacer, pero me fascina especialmente el personaje. Ya había leído, en su momento, las Memorias políticas y de guerra, que me habían aburrido en algunos pasajes porque entonces no conocía a muchos de los nombres que aparecen en ellas. Acabo de encontrar en una librería de viejo el tomo inicial publicado por Afrodisio Aguado en 1976.  Contiene el diario de 1931, que comienza en julio y no en enero o abril, y también los discursos que pronunció entonces. Un año antes era un desconocido, todavía no se había firmado el pacto de San Sebastián, la República era una quimera a la que nadie se atrevía a poner fecha; ahora, ocupando un puesto que nadie quería en el gobierno provisional, el de ministro de la Guerra, poco propicio al relumbrón, se ha convertido en la figura más famosa de España, en el hombre providencial. Antes me aburría, ahora me parece la lectura más apasionante. No la cambio por El conde de Montecristo. Para un apasionado, como yo, de la historia de España, qué placer asistir a los consejos de ministros, a los debates en la Cortes, a los conflictos de un año crucial. Y qué sorpresa ver a Mola, al siniestro Mola, que cinco años después, encabezaría la cruzada de exterminio, entonces detenido por su labor como director general de Seguridad con el anterior régimen, escribiendo una meliflua carta en la que, bajo palabra de honor, solicita se le permita ir arrestado a su casa. Expone la situación de su familia y dice que no tiene culpa de nada de lo que se le acusa porque se limitó a cumplir órdenes de los ministros. Azaña, el cruel Azaña, se compadece de este buen hombre y es Queipo quien se encarga de ponerle en libertad, tras enviar a su jefe de Estado Mayor para que le tome la palabra. También Sanjurjo, el de la sanjurjada de agosto del año siguiente, anda bailándole el agua y todos los generales y generalillos que pronto se dispondrían a salvar a la patria a sangre y fuego, le rondan pidiendo destinos y bandas y entorchados. Del Franco entonces más famoso, el héroe de la aviación y el tarambana republicano, se cuenta una historia demoledora. En una comida con varios amigos en su casa, como no le gustó algo que dijo su mujer, le replicó: “Calla, imbécil, que te voy a dar una paliza como la del otro día”. Pero lo que más me ha interesado del libro es la confirmación de lo que yo creía un bulo: en agosto de 1931 hubo un intento de acabar con la vida de Azaña en El Escorial. A comienzos de ese mes, visitó el monasterio y saludó a algunos de sus antiguos profesores. Le resultó especialmente grato el encuentro con el padre Montes, que es el padre Mariano que aparece en el último capítulo de El jardín de los frailes. Le quería mucho y se emocionó al verle. Pero también acuden a saludarle otros frailes a los que, en sus reflexivas memorias de adolescencia, que no novela, como suele decirse, trata de manera menos benevolente. Uno de ellos, el padre Norberto, que curiosamente se apellida Vicioso, a quien llama el padre V. y de quien habla “con alguna violencia” en El jardín de los frailes, estaba de rector en el Colegio de los Agustinos de Málaga cuando lo quemaron en los disturbios anticlericales de mayo. Le cuenta cómo logró escapar con vida y salvar a todos los niños acogidos en el establecimiento. Se lamenta de la pérdida en el incendio de un Cristo de Juan de Mena. “Si llega a perecer alguien, el siguiente en perecer es usted”, le dice disfrazando la amenaza con una sonrisa. El padre Montes le había invitado a comer. “Has de venir un día en que haya pichones, el domingo que viene hay pichones”. En la despedida, todos reiteran la invitación, el padre Montes, ya algo senil, insiste en lo de los pichones, y Azaña y su mujer Lola, que le acompaña, terminan aceptando el convite. Pero ya antes de salir del monasterio se arrepiente de haberlo hecho, y le dice a Lola que de ninguna manera irá a comer el domingo próximo con los frailes. “Lo siento por el padre Montes, pero le enviaré unas líneas cariñosas, aplazándolo para otra vez y se quedará contento”. Si hubiera aceptado esa invitación, la historia de España sería distinta. Un recorte de una revista de la época, quizá por la tipografía Estampa o Crónica, correspondiente a los primeros meses de la guerra civil, y que encuentro en el tomo de las Memorias que compré en la librería de viejo, publica las presuntas confesiones de un exfraile, pasado al bando leal, sobre el intento de asesinato del presidente de la República, en agosto de 1931, durante una comida con los agustinos del Escorial. Al parecer, se iba a envenenar uno de los pichones que se le servirían, su plato favorito, según confesó el fraile más anciano, que le conocía bien. “¿Y no tenían miedo de lo que les pudiera ocurrir si asesinaban al que entonces era ministro de la Guerra?”, le pregunta el reportero. “Lo tenían todo bien pensado. Uno de los cocineros se escaparía a Francia y cargaría con todas las culpas. En su celda se encontraría literatura anarquista para hacer sospechar que quiso vengar a los que habían sido ejecutados presuntamente por la ley de fugas hacía poco en Sevilla. Uno de los muertos era pariente suyo. Al padre Norberto no se le escapaba una”. A Azaña se le tenía por el sostén de la República, y por el mayor comecuras del mundo, y ninguna de esas cosas era cierta. Sin Azaña, las derechas habrían triunfado igualmente en las siguientes elecciones, que quizá hubieran sido antes del 33, pero no habría habido el triunfo del Frente Popular, con lo que habríamos tenido una república fascistoide a la portuguesa, con Gil Robles haciendo el papel de Salazar y Lerroux el de Carmona o como se llamara el presidente de Portugal. O sea que, si triunfa la conjura del Escorial en 1931, si Azaña desaparece de escena, no habría desaparecido la República ni habría vuelto una desprestigiada monarquía que nadie quería. Y menos que nadie los falangistas. Nos habríamos librado de Franco, pero no de una dictadura. No sé si habríamos salido de ella con algo semejante a la Revolución de los Claveles, pero de lo que estoy seguro es de que ahora seríamos una república.

            ---¡Qué cosas dices, Martín!

            ---La historia es así de paradójica, pero todo esto no es más que historia ficción. Y no me acabo de creer yo que fueran capaces los agustinos del Escorial de preparar semejante magnicidio, aunque al eliminar a Azaña creyeran estarle haciendo un gran bien a la iglesia. 



 

 

 

viernes, 7 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Incidente en Catania

 

---Hace tiempo que no nos cuentas historias de fantasmas, Martín. Hubo una época en que estabas obsesionado con ellas. A tu edad, ya vas teniendo cada vez más amigos en el otro barrio. ¿Nunca se te aparece ninguno para contarte si por allí hay o no tertulias?

            ---Tienes razón, cada vez son más ciertos los versos de Gastón Baquero que me gusta tanto repetir: “Parece que estoy solo, / pero llevo conmigo un mundo de fantasmas”. Ahora que todo el mundo anda por ahí con la dispersión veraniega, y que estamos como en familia en el Black Bar, me gustaría contaros algo que nunca me he atrevido a contar y que tiene que ver no con fantasmas, sino con extraterrestres.

            ---¡Anda ya!

            ---Pero tenéis que prometerme no repetírselo a nadie, que no quiero pasar por un chiflado. Además, yo creo que solo fue un sueño, una alucinación provocada por la ingesta de sustancias poco recomendables. Sin embargo, por muchas razones que me doy, no acabo de convencerme del todo de que no fue real. Ocurrió en Catania, en el invierno de 2017. Yo pasaba allí unos días, ya no recuerdo por qué razón, y era uno de los pocos huéspedes de un destartalado hotel de la Via Etna. Cada mañana, tras desayunar sin prisa, caminaba hacia la catedral y el mercado. Me entretenía un poco en el parque Bellini, casi solitario a esas horas, y me llamó la atención, ya el primer día, una extraña nube cuyas precisas formas geométricas –algo así como el segmento de un cilindro o como un queso gigante-- no parecían casuales. Pero lo más curioso es que pude verla, exactamente igual, durante varios días. Bajo ella, en una pradera, al fondo la silueta del volcán y a un lado un modernista kiosco de la música, había siempre un individuo, vestido de negro, que hacía curiosos movimientos entre la gimnasia, la plegaria y el ballet. Una tarde, visitando la casa-museo de Giovanni Verga, conocido, entre otras cosas, por ser el autor del cuento en que se basó la ópera Caballeria rusticana, me encontré con un antiguo alumno que estaba de Erasmus en la universidad de Catania. Escribía relatos, había pasado alguna vez por la tertulia, y me alegró encontrarle. Anochecía pronto aquel desapacible invierno en Catania y yo no tenía con quien quedarme a charlar en alguna cafetería, que además cerraban muy pronto, antes de retirarme al hotel. Tomamos algo tras visitar la casa del escritor, me dijo que al día siguiente unos amigos suyos daban una fiesta y me invitó a asistir. No soy yo muy dado a fiestas, pero estaba tan aburrido que acabé aceptando. No me arrepentí por el lugar, una villa de las afueras, propiedad de los padres de un adinerado compañero, que estaban de viaje, un tanto destartalada y con un descuidado jardín sombrío y algo amenazador. Parecía el escenario perfecto para una historia de fantasmas de las que a mí me gustan, de las que oscilan entre lo ominosamente racional y lo inexplicable. Como yo no fumo ni bebo ni etcétera (bueno etcétera sí, aunque raras veces), me aburrí pronto, pero no tan pronto que no tuviera ocasión de probar una tarta, que apareció de pronto como una sorpresa traída por una joven, ya no tan joven si se la miraba de cerca, y que fue recibida con mucho alborozo. La probé con gusto, y repetí la ración, y no debería haberlo hecho, porque –lo supe más tarde-- no todos los ingredientes utilizados eran los habituales en las tartas de cumpleaños. Quiero creer que a esa tarta se debe lo que me ocurrió después. Quiero creerlo. Volvía yo al hotel por oscuras calles solitarias, en Catania las calles, incluso las principales, se vacían en cuanto se hace de noche, cuando sentí unos pasos apresurados tras de mí. Me volví, y allí estaba el tipo aquel de la gimnasia matinal en el Bellini. Sin decir nada, se puso a mi lado, alargó una de sus manos, apretó la mía, y los dos nos elevamos como en los sueños o en las comedias musicales con las que yo tanto disfruto, aunque en estas quien asciende es la pareja de enamorados protagonista. Fue todo tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de asustarme. Allá arriba, sobre los tejados y las cúpulas de la ciudad, estaba la extraña nube que ya me era conocida. No era una nube, como os podéis imaginar. Sin atravesar ninguna puerta, o eso me pareció, me encontré en una gran sala llena de esos ordenadores con lucecitas de colores que se encienden y se apagan tan habituales en las películas antiguas de ciencia ficción, y una gran pantalla en la que me veía a mí mismo, tendido en una mesa como de sala de operaciones, y rodeado de hombrecillos grises, con grandes cabezas y cuerpos esmirriados, también como de películas de la serie B, que me miraban atentamente. En la pantalla se sucedían imágenes confusas, rostros que me eran familiares, yo mismo en alguna situación de la que no me sentía muy orgulloso. Pensé que estaba soñando y que pronto me despertaría. Pero no me desperté tan pronto. Habían pasado más de veinticuatro horas cuando me encontré, sudoroso, en el cuarto del hotel. Sudoroso y aterrado: había sido testigo de un crimen. Unos jóvenes que parecían borrachos sujetaban a una chica desnuda mientras que una rubia angelical, con heladora sonrisa, la acuchillaba una y otra vez. No me extrañó esa pesadilla. En Perugia, muy cerca de dónde yo vivía cuando estudiaba en la Università per Stranieri, tuvo lugar un crimen tremebundo, que desde hacía años me obsesionaba. Había ocurrido tras una fiesta muy semejante a aquella a la que yo acababa de asistir. Fueron detenidos y condenados tres jóvenes: un emigrante subsahariano, que creo que trabajaba como camarero, un estudiante italiano y una estudiante norteamericana que entonces eran pareja. La condena se mantuvo en la primera apelación, pero en la definitiva el italiano y la norteamericana fueron absueltos, al parecer por un fallo en la cadena de custodia de las pruebas. Tras cuatro años en las cárceles italianas, la norteamericana volvió a su país y participa a menudo en programas televisivos contando su experiencia como "falso culpable”. ¿Falsa culpable? No se dio ninguna versión alternativa de los hechos que pueda sustituir de manera creíble a la proporcionada por la justicia italiana. Pero sin posible apelación la joven que, en mi pesadilla, porque seguro que eso fue, asesta una y otra vez sádicas puñaladas a la infeliz estudiante inglesa, ha sido declarada “no culpable” y no puede volver a ser juzgada por esos mismos hechos por muchas pruebas que pudieran aparecer. Aprovecha la atención mediática de la que sigue gozando para monetizar su experiencia como víctima de la mala praxis judicial de un atrasado país de la vieja Europa, Italia.

            ---¿Y qué iba a ser todo eso que nos has contado, sino un viaje más o menos alucinógeno, Martín? ¿No irás a creer que de verdad te abdujeron, o como se diga, los extraterrestres?

            ---Sin duda fue un sueño, Fran. Pero qué sueño más raro. Los detalles que pude observar, y que luego anoté minuciosamente, no figuraban en los reportajes periodísticos que yo conocía. He investigado después un poco más –ya te digo que el tema me obsesiona-- y los he visto confirmados en el sumario.

            ---¿Y piensas ir a la policía para que se reabra un caso que no puede ser reabierto? ¡Menudo pitorreo cuando cuentes cómo has conseguido las nuevas pruebas!

            ---Fue un sueño, seguro que fue un sueño producido por aquella maldita tarta, que a mí me supo a gloria, por cierto. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero no dejo de pensar en aquella pobre estudiante muerta y en el joven inmigrante encarcelado que carga con todas las culpas y en la impune asesina de mi sueño, rubia y fría como una heroína de Hitchcock, rehaciendo feliz su vida gracias a que en Estados Unidos nadie es culpable si puede contratar al mejor equipo de abogados, incluso cuando los crímenes no ocurrieron en el extranjero, y a la curiosidad morbosa e insaciable de las audiencias televisivas. Pero quizá nada de lo que yo vi con mis propios ojos es verdad. Todo fue un sueño, una pesadilla. ¿Qué otra cosa podía ser? Le hice algunas fotos, desde lejos,  con el Etna al fondo, al gimnasta que supuestamente me raptó. También a la extraña nube que camuflaba la nave. Aquí las tenéis.




viernes, 31 de julio de 2026

Las veladas del Black Bar: La meta es el olvido

 

En 1955, un prolífico escritor de éxito imagina un cuento en forma de carta, de despechada carta al erudito que ha dedicado su vida a rescatarlo del olvido. “Rabio por esa burla del destino de los escritores: dar a otro, al comentador impune, mesa y laurel, gloria y provecho..., lo que no obtuvo la creación ensangrentada y difícil”. Ya estamos en ese futuro. ¿Qué gloria y qué provecho le espera al estudioso que publique una monografía sobre Tomás Borrás?

            ---A mí ni me suena ese Borrás.

---En 1955, a Tomás Borrás –admirado y adulado-- le quedaban todavía muchos años por vivir y muchos libros por escribir: no moriría hasta 1976. Desde la adolescencia, muy a principios de siglo, vivió o malvivió de la literatura. Comenzó escribiendo en periódicos, La mañana, de izquierdas, o La tribuna, de derechas, que no pagaban la colaboración y que por eso permitían a los redactores, llenar las páginas con cuentos, entrevistas, crónicas, todo lo que se les ocurriera en los ratos que les dejaban libres el chantaje y el soborno, los más habituales géneros periodísticos de la época. El periodismo le enseñó a escribir con desparpajo y fácil brillantez de cualquier cosa y a cambiar de tono ideológico según cambiara la propiedad del diario. En los años veinte, estuvo en Marruecos y de allí se trajo la experiencia para su primera novela, La pared de tela de araña. Los críticos ensalzaron su capacidad para la imagen inédita, la metáfora virgen y el engarce nupcial de nombre y adjetivo, según la retórica de la época. Otra novela, La mujer de sal, docenas de cuentos y novelas cortas, un puñado de pantomimas teatrales lo colocaron entonces a la cabeza de la nueva literatura. En el laberinto de los años treinta, sintió, como tantos otros vanguardistas, la fascinación por José Antonio, ese hijo putativo de Isabel la Católica y de Ortega y Gasset, como dijo no sé quién. Tuvo mala suerte: triunfaron los suyos. ¿A quién pueden interesar hoy sus libros si escribió también Checas de Madrid y El Madrid de José Antonio y no fue capaz de borrarlos a tiempo de su bibliografía? Escasa gloria y escaso provecho aguardan al erudito que intente rescatar del olvido a Tomás Borrás, admirable y franquista, aunque lo primero –sobra decirlo-- nada tenga que ver con lo segundo.

---Pues no sé yo si tienes razón, Martín. Hoy están de moda los escritores de derechas. ¿No estás tú preparando una edición de la poesía completa de Agustín de Foxá?

---La verdad es que la meta es el olvido, tanto de los escritores de derechas como de los de izquierda. En lo que no tenía ninguna razón Borrás, es en arremeter contra el estudioso que obtiene “provecho y gloria” a costa de la creación “ensangrentada y difícil”. Los escritores, una vez muertos, no serían nadie si no nos ocupáramos de ellos. Somos sus ojos, sus manos y sus pies.

---No todos tienen la misma suerte póstuma. Un año después, se sigue hablando de Xuan Bello tanto o más que antes. ¿Se seguirá hablando de Vicente García, que murió el domingo pasado, dentro de un año, dentro siquiera de un mes?

---Por supuesto. Ya se está preparando la edición de su poesía completa, Todos aquellos sueños, una sorpresa para muchos. Son apenas doscientas páginas, pero no necesitaron más Garcilaso o San Juan para resistir el naufragio de los siglos.

---Vicente no es Garcilaso, Martín, no exageres.

---Era un poeta verdadero, y eso es lo que importa. Su obra no es torrencial, solo un hilillo de agua clara que se mantendrá fresca y apagará la sed de los lectores, no importa si muchos o pocos, durante bastante tiempo.

---¿Conoces esta fotografía? Está Vicente en el centro de la tertulia, como presidiéndola silencioso. Yo nunca le escuché hablar cuando coincidí con él. Tú, en cambio, estás perorando como de costumbre.

---No recordaba esa foto. Muchas gracias, Bueres. Alguno de los que en ella aparecen también han desaparecido por el escotillón.

---Siguen su vida, que también hay vida literaria fuera de la tertulia, Martín. ¿Crees que a ti se te seguirá leyendo dentro de doscientos años, como te gusta presumir?

---Y dentro de mil o dos mil años… Es broma, claro. Mi vanidad no es del todo verdadera. Estoy a gusto con el poco caso que se me hace. El editor y el escritor profesional necesitan vender miles de ejemplares. A mí me basta con una docena, o dos, de buenos lectores. Y esos los he tenido siempre. A propósito de la fama, me gustan mucho unos versos de Byron: “Escribo para lo mismo que se juega a las cartas / y se bebe o se lee: para matar el tedio. / Me distraigo trayendo hasta el papel / lo visto y lo soñado, alegre o triste; / luego lanzo a la corriente lo que he escrito / y bien poco me importa que flote o que se hunda”.

---¿Bien poco te importa? A ti, lo que más te gustaría es pasar a la historia de la literatura, a los libros de texto.

            ---Y a los escritores que están momificados en los libros de texto nada les gustaría más que dejar de ser tediosa lectura obligatoria, materia de examen.

            ---Al apolillado Azorín, desde luego. Veo que traes un libro suyo. Llevas más de medio siglo leyéndolo. ¿No te tienes ya muy sabida a esa antigualla del 98?

---En 1898, Azorín todavía no es Azorín, pero es ya autor de unos incendiarios panfletos anarquistas y de un escandaloso diario, Charivari, en el que, entre otras lindezas, acusa a Joaquín Dicenta de engañar a su amante con la amante de Julián Romea, al poeta Grilo de publicar una elegía a un hijo “que le nació muerto, a consecuencia de una coz que el vate le disparó a su hembra estando embarazada”; a Balart, de haber matado a su mujer a disgustos y luego hacerse famoso publicando “un tomo de versos en que lloraba a lágrima vida su cara esposa”. Terrible, tremebundo Martínez Ruiz, expulsado del diario republicano El País por escribir un artículo en defensa del amor libre. Pero el anarquista que conmociona a la sociedad literaria y hace temblar a las gentes de bien, es solo un buen hijo de familia al que su padre llama al orden: “Hazme el favor de no escribir más tonterías hasta que acabes la carrera”, “Sí, papá”. Y ahí tenemos al inventor de la generación del 98, al enemigo de toda autoridad, concentrado en los manuales de Derecho y peregrinando de una Universidad a otra en busca de los catedráticos más benévolos. En el 98, a Azorín no le dolía España: le dolía la regañina de su padre por los suspensos.

---O sea, que sus diarios eran aún más escandalosos que los tuyos. Nadie lo diría.

---Pocos escritores más paradójicos que Azorín, el manido Azorín, el reseco Azorín, el archisabido Azorín. Quien solo le conozca por las lecturas escolares, por sus hidalgos y su punto y coma, no lo conoce. Hojeo estos días al azar --tres tomos, cerca de cinco mil páginas-- sus Obras escogidas, los baúles de un ilusionista de los que nunca acaban de brotar sorpresas. Y fuera quedan otras tantas páginas, dispersas en periódicos o mal coleccionadas en heteróclitos volúmenes. Azorín, setenta años escribiendo, no es un escritor, es por lo menos media docena de escritores. Ninguno tan sorprendente como el que va de 1926 a 1936, el de la briosa campaña teatral, el del periodismo republicano, el de los cuentos ingenuos y mágicos de Blanco en azul, el que pone a Santa Teresa a recorrer las carreteras de Castilla al volante de un descapotable y nos presenta a Góngora en el bar de un transatlántico o en un tren “que se desliza vertiginoso sobre los lucientes rieles”, el que –émulo de Julio Verne-- inventa la televisión para convertir al padre Feijoo en jefe de los servicios informativos de la mayor cadena de información mundial.

            ---“¡Admirable Azorín el reaccionario / por asco de la greña jacobina!”, que dijo Machado y tú deberías decir de alguno de tus antiguos amigos, como Juaristi.

            ---Prefiero recordar lo que afirma un poeta menor en los versos de Borges: “La meta es el olvido. / Yo he llegado antes”. Yo no tengo ninguna prisa en llegar a esa meta.



viernes, 24 de julio de 2026

Las veladas del Black Bar: Sin porqué

 

Hay una frase de San Agustín que se repite mucho: “Ama y haz lo que quieras”. A mí no me acaba de convencer. En nombre del amor se han cometido las mayores barbaridades. Yo prefiero otra, atribuida a San Francisco de Asís, pero que no estoy muy seguro de que sea suya: “Haz el bien y cree lo que quieras”.

            ---No es suya. Si hubiera dicho eso San Francisco, habría ardido en la hoguera como Giordano Bruno. Yo solo te la he oído a ti. Debe de ser tuya, Martín. Y no está nada mal. Las creencias allá cada cual, lo que importa es que te ayuden a ser mejor.

            ---Como buen racionalista, pienso que todas las religiones son verdaderas, pero eso no quiere decir que no sean falsas. El concepto de verdad o falsedad no se aplica a ellas. Son empresas, más o menos bien organizadas, que ofrecen un producto que siempre tendrá demanda. Satisfacen una necesidad del ser humano y por eso pueden convertirse en un lucrativo negocio.

            ---Eres el ateo que más veces cita a Dios. Parece que no puedes prescindir de él, aunque sea para negarle.

            ---No le niego, como no se me ocurriría negar a don Quijote o a Ulises. Tampoco niego las experiencias más o menos místicas. Hace unos días, en Aldeanueva del Camino, de donde acabo de volver, al pasear a solas por el pueblo, dejándome acariciar por la melancolía, vi que estaba abierta la iglesia de la Parte de Arriba, donde me bautizaron y en la que fui monaguillo. Últimamente siempre la encontraba cerrada o en obras. Se celebraba una misa, así que me senté en la pequeña plaza lateral, esperando a que terminaran. La puerta estaba abierta y me llegaba el rumor de las preces y los cánticos, interrumpido, o acompañado, mejor, por el chirrido de las golondrinas que cruzaban presurosas de un lado a otro. Recordé ese mismo lugar, con el suelo cubierto de flores y plantas aromáticas –romero, salvia, espliego, como en el poema de Machado-- durante alguna festividad, quizá el Corpus Christi. Los cánticos procesionales de entonces se mezclaban con los de ahora, se superponían los tiempos y el niño que fui sonreía al adulto que ahora soy. Quizá San Juan de la Cruz encontraría las palabras adecuadas para expresar lo que sentí en esos instantes, un anticipo del paraíso. Cuando comenzaron a salir los escasos fieles, entré yo, me acerqué a la pila bautismal, recorrí la iglesia, rodeado de fantasmas, admiré su hermosa nervadura gótica. El inexistente paraíso seguía entreabierto para mí. ¿Un regreso a la fe? No, nunca ha sido lo mío comulgar con ruedas de molino, pero sí un asomarme al misterio del que estamos hechos. Tuve otra experiencia semejante un día antes en la Pista, la plaza frente a la escuela. Cuando yo era niño, crecían en ella varios olmos gigantes, en cuyos troncos horadados jugábamos a escondernos. Siguen asombrando en mi memoria, pero no sé qué enfermedad –también los dioses envejecen y mueren-- se los llevó hace años. Ahora ocupa su lugar una escultura de Ángel Duarte, que antes estuvo en una de las glorietas de la autovía a la entrada del pueblo. Entonces solo se la podían entrever fugazmente desde la ventanilla del coche. Me senté frente a ella, escuchando el rumor de la fuente en que tantas veces bebí (aunque un cartel advierta que es de agua “no potable”), y estuve un tiempo fuera del tiempo frente a ella fascinado por su geométrico enigma. Está toda hecha con barras metálicas que, aunque sean rectas, parecen curvarse, e incluso formar círculos a los que se asoma el mundo. “Ouverture au monde” se titula precisamente la escultura de Ángel Duarte en el puerto de Ouchy, frente al lago Leman y las montañas de Saboya. En la biblioteca del pueblo, al lado de mi casa, hay ahora una sala dedicada al escultor y a un pintor local, Julio García Arroyo, en la que se encuentra una maqueta de esa prodigiosa rosa metálica que entremezcla arte con ingeniería. Un cartel informa que los cálculos estructurales se llevaron a cabo en la Escuela Politécnica Federal de Zurich y que para realizarla se necesitaron mil doscientas horas de trabajo con cincuenta obreros y tres soldadores.

            ---¿Qué tiempos aquellos en que las esculturas se hacían con un bloque de mármol de Carrara y a golpes de cincel! Pero ¿qué tiene que ver eso con las experiencias religiosas? Tú llamas religión a cualquier cosa.

            ---Yo llamo experiencias religiosas a las que tienen que ver con el misterio de la existencia, con todo lo que no existe, o parece no existir, y sin embargo existe, como los enigmáticos círculos que se abren al mundo en las esculturas de Ángel Duarte.

            ---Antes no te gustaba nada Aldeanueva, si ibas allí era solo por cumplir una obligación familiar. Ahora parece que has cambiado de opinión.

            ---Ahora he descubierto allí el origen del mundo. En cualquier rincón, encuentro un secreto resplandor. No sé explicarlo, como no sé explicar tantas cosas que son sin porqué, igual que la rosa de Angelus Silesius. En el estanco, donde también a veces venden libros de algún autor local, compré Memoria escrita de Aldeanueva del Camino, recopilación de documentos sobre el pueblo que firma Francisco José Duarte Martín, y al abrirlo al azar aparece un capitulillo que habla de “la llegada de la primera Biblioteca Popular a Aldeanueva del Camino”. Fue en 1871 cuando la Dirección General de Instrucción Pública acordó donar una colección de libros “como prueba del aprecio con que ha visto los deseos manifestados por su digno Municipio para la instalación de una biblioteca popular”. Pero en los años cincuenta del pasado siglo –cuando yo era un niño con hambre de libros-- todavía no se había instalado, o se había instalado y desmantelado luego. Ahora ya los libros me importan menos, prefiero pasear y mirar y hacer fotos o sentarme a escribir versos, como hacen los poetas inspirados, que suelen ser los peores. Antes solo escribía poemas a su debido tiempo y directamente en el ordenador.

            ---¡Así serían ellos!

            ---Parece que mejores que los de ahora, según me dicen.  Me he convertido casi en un coplero. No recito mis versos como los juglares en las plazas, pero los echo a volar por las redes sociales nada más escritos, confiando en que se posen solo donde son bienvenidos. Os leo los que garabateé en la antigua estación del pueblo: “Nada queda de aquel tren / que aún traquetea en mis sueños / y en el limpio azul del aire. / Pero aquella carbonilla / no deja de molestarme. / Si lloro es solo por ella, / y no acierto a consolarme. / Aquel niño que soy yo / aún sube a aquel tren que parte / desde este mismo lugar / con rumbo a ninguna parte”.

            ---Partió hacia Asturias, Martín. Otro paraíso.

---Y con bibliotecas. Nunca lo olvido. En el libro de Duarte Martín se habla mucho de los conflictos entre la Parte de Arriba y la Parte de Abajo de Aldeanueva. Fueron dos pueblos hasta 1834. A la Parte de Arriba, le concedió una Carta Puebla en 1438 la reina doña María, casada con Juan II, para defenderla de los desmanes de la Parte de Abajo que pertenecía a los duques de Alba. Bueno, no os voy a contar toda la larga historia de enfrentamiento entre dos pueblos separados por una calle. Todavía cuando yo era niño recuerdo las peleas a pedradas entre los de una parte y los de otra. Yo mismo participé en alguna. Heredamos un enfrentamiento de siglos.

            ---Las dos Españas en versión de bolsillo.

---Más o menos. Si William Blake veía el universo en un grano de arena, yo puedo ver toda la historia de España en un pequeño pueblo de la Vía de la Plata. Y a ese Dios que no existe, pero del que soy tan amigo, en la araña que teje y vuelve a tejer su tela, como paciente Penélope, o en “la máquina inmensa de las constelaciones”, que dijo no sé qué poeta.