sábado, 17 de abril de 2021

Después y todavía: Aún no

 

 

Sábado, 10 de abril
HISTORIAS DE ESPAÑA

En el mismo hotel Minerva, al lado del Panteón y frente al elefante de Bernini, en que una placa recuerda que se alojó Stendhal, residió durante un tiempo Emilio Castelar. Un día se abre de pronto la puerta de su cuarto y aparece uno de los camareros. “Acabo de impedir que la policía le encuentre. Usted es un hombre célebre y peligroso al que andan buscando”, “Ni una cosa ni otra. ¿Y le han dicho por qué me buscaban?”, “No, solo que tenían la orden de expulsarle inmediatamente de Roma. Dicen que sus libros se hallan en el Índice”, “Es verdad, pero si todos los autores cuyos libros están en el Índice no pueden visitar esta literaria Roma, pocos podrían hacerlo”, “Dicen que usted es amigo de Garibaldi”, “Es verdad”, “Tiene usted mucho valor al venir a Roma con esos antecedentes. Y aún dicen más. Dicen que está usted condenado a muerte”, “Lo estoy. Y en garrote vil, pero no por otro delito que ser liberal y demócrata”, “Ya sabe usted las buenas relaciones que hay entre el gobierno de aquí y los Borbones de España. Los policías me dijeron que querían expulsarle, pero yo me temo que lo que querían era apresarlo, llevarlo a Civitavecchia y entregarlo a la fragata militar que hay anclada en el puerto, donde le ahorcarían de inmediato. Debe usted escapar en el primer tren”, “¿A qué hora parte?”, “A las diez”, “¿Qué hora es?”, “Las nueve y media”.

            Llama Castelar a sus compañeros de viaje –dos jóvenes estudiantes del colegio de Bolonia que recorrían Italia durante las vacaciones de Pascua--, encargándoles que le envien el equipaje a la dirección que más adelante les indicaría y antes de media hora estaba en un tren camino de Nápoles. Abre el periódico que acaba de comprar y lee: “El Papa ha ofrecido Roma al rey de Hannover, destronado y proscrito, porque Roma es un asilo, un refugio eterno para todos los desgraciados”. No pudo por menos de sonreír.

            Un camarero acababa de salvarle la vida. Pocos meses antes lo había hecho una reina, la misma a la que él combatía y a la que había puesto en la picota con su artículo “Un gesto”. Para ayudar al erario público, que estaba en bancarrota, el gobierno de Narváez había decidido vender parte de los bienes de la corona, donar un setenta y cinco por ciento y que la reina se quedara solo con el veinticinco restante. Hubo un clamor unánime alabando la generosidad de Isabel II. Solo Castelar se atrevía a decir que esos bienes que se venderían no eran propiedad de la reina, sino patrimonio nacional, y que su supuesta generosidad encubría un fabuloso negocio. A Castelar, por decir lo que dijo, le expulsaron de su cátedra. Protestaron los estudiantes y se produjo la noche de San Daniel: los soldados tirotearon a pacíficos manifestantes y ocasionaron varias muertes. Un Galdós recién llegado a Madrid fue testigo de ello. Luego se produjo la sublevación del cuartel de San Gil. Fracasada, se fusiló a más de sesenta de los rebeldes, casi todos sargentos. A la reina le parecieron pocos y le pidió a O’Donnell que ejecutara a todos los detenidos, más de mil. El jefe de gobierno se opuso y cuentan que comentó indignado: “¿Pero no ve esa señora que si se derrama tanta sangre llegará hasta su alcoba y se ahogará en ella?”

Castelar, al que se le acusó de estar en trato con los rebeldes, fue condenado a muerte. Se refugió en casa de la poeta Carolina Coronado. Dicen que la reina, sabiendo que la policía había averiguado su escondite, le pidió a otro poeta, Campoamor, que le avisara del peligro. Así pudo Castelar huir a París.

            ¿La reina que quería dar un feroz escarmiento a los sublevados es la misma que permitió escapar a uno de sus presuntos cabecillas, al escritor que un año antes la había avergonzado en la prensa?

            Seguramente una de esas dos anécdotas es falsa, o quizá las dos.

            Cierro el libro, los Recuerdos de Italia de Castelar, cierro los ojos y siento el traqueteo del tren camino del luminoso Nápoles, recién liberado por Garibaldi, “donde la vida es como continua fiesta”.

Domingo, 11 de abril
QUÉ HORROR

Nunca creí que un pretencioso bodrio me iba a divertir tanto. La curiosidad –la película transcurre en Oviedo-- me hace entrar a ver Tristesse, de Emilio Ruiz Barrachina, y desde que un caballo blanco cruza la plaza de la catedral mientras suena Chopin hasta la escena última no hallé cosa en que poner los ojos que no fuera tanto más ridícula cuanto más pretendidamente sublime. No sabe uno que admirar más en esta versión involuntariamente paródica del Ocho y medio felliniano: si las reflexiones del protagonista, si las bandas de gaiteros, si la procesión de Semana Santa, si la ronda por las esculturas, si la historia de la suicida que se cita todos los días a las diez con el protagonista, si el paseo por el Museo de Bellas Artes mientras una voz en off nos dice que visitar museos es muy bueno para los cineastas, si el desfile de moda onírica en el Campoamor…

            “Tú lo habrías hecho mejor, ¿no es cierto?”, se burla un amigo al que le comento la película a la salida de Los Prados. “Cierto, si yo hubiera sido el productor, el que pone el dinero, lo habría hecho mejor: habría mandado reescribir de arriba abajo el guion, habría despedido al director de fotografía, a la mayoría de los actores y al director de la película. ¿No podría el Ayuntamiento de Oviedo pedir que le devuelvan el dinero invertido en este engendro? Ni siquiera vale como reclamo turístico, aquí Oviedo parece más Puerto Hurraco --según la feliz denominación de Silvia Ugidos-- que nunca”.

Lunes, 12 de abril
MÁS QUE DE SOBRA

Aunque nunca he sido precisamente un don Juan, sino más bien todo lo contrario, algo he aprendido de las artes de seducción: no se trata de pavonearte ante quien te gusta mostrando lo importante que eres, sino de hacerle sentir lo importante que es.

            Nunca he tenido nada de don Juan, siempre he preferido dejarme seducir. Y mis necesidades, en ese como en cualquier otro aspecto, siempre fueron más bien parcas. A mí lo del “mille e tre, mille e tre” de don Giovanni siempre me ha parecido excesivo; yo con solo mil tengo más que de sobra.

Martes, 13 de abril
A MEDIO CAMINO

Qué caprichosa es la historia de la literatura. A José García Nieto se le recuerda, no por sus repeinados poemas, sino porque en los años cuarenta dirigió una revista, Garcilaso, que representaba a la poesía oficial. Debería recordársele porque durante un cuarto de siglo dirigió otra revista, Poesía española, que sirvió de punto de encuentro a todos los poetas, principiantes y consagrados, españoles y americanos, que escribían en español. Gracias a ella entré yo en contacto con la poesía de mis contemporáneos y pude publicar mis primeros poemas. Entre sus reseñistas, estaba Francisco Umbral. Era el mejor de todos. En el número de febrero de 1971, comentando un libro de Carlos Murciano, escribe: “Unos poetas se realizan humanamente en la poesía y otros solo se realizan poéticamente. Unos cantan desde las zonas trágicas del ser y otros desde las zonas líricas. Parece lógico que el lirismo debe arrancar del estrato lírico de una personalidad, pero si arranca de un poco más adentro, tanto mejor. Puesto que la poesía es una alquimia transformadora del barro en oro, conviene ponerle mucho barro. La poesía es hacer oro a partir del barro, no a partir del oro. A partir del oro se acaba haciendo, quizá, oropel”.

            Hay poetas que del oro hacen oropel, pero otros el barro lo convierten en fango. Yo creo que me quedo a medio camino.

Miércoles, 14 de abril
VIVA QUIEN MANDA

¡Cuántas veces habré oído aquellos de que los españoles no eran monárquicos, que eran juancarlistas! ¿Y qué pasa ahora que ese señor al que tanto decían admirar anda por ahí más o menos escondido en un resort de lujo, más o menos perseguido por la justicia, más o menos echado de casa por su propio hijo? Pues que siguen sin ser monárquicos, pero ahora son felipistas.

            ¿Por qué los españoles y las españolas que cuando se les trata de uno en uno suelen ser tan sensatos, cuando se les adoctrina como a un rebaño se comportan como un rebaño bien adoctrinado? Ese es para mí uno de los grandes misterios de la naturaleza humana.

 

Jueves, 15 de abril
DECIR ADIÓS

No sé si debería decirlo, pero a veces prefiero un entretenido bodrio a una obra de arte mayor. Voy leyendo poco a poco, y con una mezcla de congoja y consuelo, el libro de Pia Pera Aún no se lo he dicho a mi jardín (el título procede de un poema de Emily Dickinson). La autora –que enseñaba literatura rusa en la Universidad de Trento-- se retiró del mundo para cultivar su jardín y una insidiosa enfermedad, que la va encarcelando en su cuerpo, se lo va volviendo cada vez más inmenso e inalcanzable. ¿Qué es preferible, morir de un solo hachazo o lentamente, con tiempo para ir despidiéndose de todas las cosas hermosas del mundo? Yo prefiero no tener que decidir. La vida es soportable porque caminamos siempre al borde de un abismo y nos olvidamos de ello. Pero a veces algo nos obliga a mirar. Pia Pera tenía 55 años cuando oyó llamar a su puerta. Hasta el último momento siguió encontrando razones para amar la vida. Y qué difícil resulta en tantas ocasiones.

Viernes, 16 de abril
TODAVÍA

El hombre más afortunado del mundo puede, de un instante para otro, dejar de serlo. Llega el final del día, llega el final de la semana y suspiro aliviado y digo gracias. Gracias porque todavía puedo trotar incansable por las calles y los montes, porque todavía soy capaz de encontrar cada día un libro que me apasione, porque puedo defender mi razón con buenas razones durante horas y horas, porque la historia de la literatura (y la historia de España) es como la historia de mi familia, porque todavía escribo poemas, porque vivo muchas vidas, porque todavía me quedan amigos que no se han cansado de mí (yo no me canso, canso), porque he logrado ser abuelo sin tener hijos, porque todavía no me he cansado de combatir la estupidez de los especialistas, porque todavía me gusto.



 

sábado, 10 de abril de 2021

Después y todavía: Sumisión vacuna

 

Sábado, 3 de abril
TALISMÁN

El pequeño Martín, que ha pasado la semana en Arnedo acompañando a su padre --le ha tocado estrenarse como profesor por aquellas tierras--, me trae como regalo una moneda que se ha encontrado cerca de la iglesia de San Pedro, en Enciso, el pueblo famoso por estar lleno de huellas de dinosaurios. Está muy gastada, se nota que ha ido durante años de mano en mano, pero se lee claramente una fecha: 1870. Y con más esfuerzo: “Cinco gramos”. En el reverso: “Doscientas piezas en kilog.”  y “Cinco céntimos”, en torno a un león que sujeta un escudo.

            ¡1870! El año en que las cortes votan un nuevo rey, un rey decente (casi un oxímoron en este país), el año en que Galdós publica su primera novela, el año en que muere Bécquer, el año en que asesinan a Prim, el año en que Amadeo de Saboya llega a España. ¡Qué bien me conoce Martín! No podía haberme hecho un regalo mejor.

            Parece que al león los guasones españoles lo confundieron con una perra y de ahí que a esta moneda la llamaran “perra chica”, frente a la de diez céntimos, que era “la perra gorda”. ¿Cuántas veces me habrán dicho a mí, cansados de discutir conmigo (yo no me canso nunca) “para ti la perra gorda”? En Asturias, la perra gorda era una perrona. Y yo todavía manejé perrinas y perronas, perras chichas y perras gordas, porque cuando era niño me daban de paga una peseta y con ella se podían comprar muchas cosas.

            En 1870, la peseta era una recién nacida, solo tenía dos años. Y en las primeras pesetas, como en las primeras perras chicas y perras gordas, no figuraba el nombre de España. Un olvido del gobierno provisional que nada tuvo que ver (contra lo que pudiera pensar la carcundia) conque esas monedas se acuñaran en Barcelona.

            El 22 de diciembre murió Bécquer, al parecer a consecuencia de un enfriamiento por regresar a casa viajando en la parte alta del tranvía. Es curioso que también Isabel II falleciera a consecuencia de unas corrientes de aire en su palacio de Castilla: hoy las corrientes de aire –si hacemos caso a nuestras autoridades “sanitarias”, son lo más saludable del mundo. Unos días después de la muerte de Bécquer asesinaron a Prim en la calle del Turco (papeles recientes, de cuya autenticidad algunos dudan, presentan al poeta involucrado con Montpensier en el magnicidio) y el mismo día que matan a Prim desembarca en Cartagena Amadeo de Saboya, que pronto tendría como amante a una de las hijas de Larra. La novela de la historia. Y la otra novela, la de la intrahistoria. ¿Por cuántas manos pasaría esta perra chica que Martín se encuentra a la entrada de una iglesia, escondida entre las piedras? ¿A quién se le caería? Creo que estuvo en circulación hasta 1939, así que yo me imagino que alguien la perdería en los días de la guerra civil. Y ahí estuvo escondida hasta que la encontró el pequeño Martín, que no sale de casa sin volver con algún tesoro del que me hace partícipe. Nunca perdonaré a la mala gente que le tuvo encerrado en casa durante largos meses, a sabiendas –lo sabían todos los que sabían algo de la propagación del virus-- de que no había ninguna razón sanitaria para ello, de que era solo un sacrificio, como el de los pueblos primitivos para propiciar a los dioses. Pagarán por ello, Martín, yo me encargaré de que esa barbarie no se olvide.

Lunes, 5 de abril
MÁS VALE

----¿Es cierto eso de que en los centros de vacunación han colocado un cartel que dice: “Más vale morir con arreglo a las normas sanitarias que vivir con vilipendio de ellas”?

            ----¡Qué va ser cierto! Infundios de los negacionistas. Lo que dice el cartel que se está pensando enviar a todos los vacunódromos es muy distinto: “Más vale enfermar con arreglo a las normas sanitarias que estar sanos con vilipendio de ellas”. Y es hay gente muy irresponsable, incapaz de comprender que la salud pública y los sacrosantos intereses políticos y farmacéuticas están muy por encima de la salud particular de cada uno de nosotros.

Martes, 6 de abril
EN VOS CONFÍO

“¡Santa Isabel Ayuso! Tengo más esperanza en ella que en las vacunas”, me dice medio en broma un amigo madrileño.

----Pues a mí me pasa lo mismo, aunque políticamente siga estando en el extremo opuesto. Lo primero es que nos devuelvan la libertad y la dignidad, que luego ya arreglaremos todo lo demás. Y les arreglaremos las cuentas no solo a los políticos, sino a los expertos sanitarios que avalaron los extremos más pintorescos de la barbarie, como poner el ejército y la policía a vigilar los parques y los bosques para comprobar que nadie paseaba por ellos sin ir acompañado de un perro.

----¡El famoso perro espanta Covid!

----Ahora quien espanta al virus es el humo del cigarrillo. Cómo envidio a los fumadores cuando voy por la calle y veo que son los únicos que pueden quitarse las mascarillas y respirar libremente.

----Vas a acabar repitiendo conmigo: Santa Isabel Ayuso, en vos confío. ¡Quién lo iba a decir! Tú, que estuviste siempre en la izquierda del PSOE; tú, el partidario del derecho a decidir de los catalanes; tú, el primero en no tragarse que la Constitución amparara las corruptelas de ningún coronado…

            ----No será santa, pero ha hecho ya dos milagros. El primero, lograr la salida del gobierno de Pablo Iglesias, que no dijo ni mú cuando encerraron a los españoles en sus casas y cerraron los parques y el campo abierto, que era (no podía no saberlo) lo más saludable que había. El segundo, conseguir que Pedro Sánchez anuncie, un mes antes de que termine, que no va a prolongar el estado de Alarma, poniendo así en ridículo a todos los jefecillos autonómicos (que se amparaban en él para sus palos de ciego) y poniéndose en ridículo a sí mismo porque deja ver a las claras que la permanencia o no del estado de Alarma se debe a razones de conveniencia política, no a la evolución de la pandemia.

            ----O sea, que tú crees que es solo una medida política –no sanitaria-- para contrarrestar el efecto Ayuso.

            ---Exacto.

Miércoles, 7 de abril
EL VENTUROSO ANTIDOTO

“Cada día se nota más que estás en contra de las vacunas. No lo dices claramente, pero se nota, se nota”, me repite una y otra vez en la tertulia digital mi amigo Enrique Bueres.

            ---En contra de las vacunas, no. Uno de mis poemas favoritos del siglo XVIII es la oda de Manuel José Quintana a la expedición americana de don Francisco Balmis para oponer “de la vacuna hidrópica al estrago / el venturoso antídoto”. Estar en contra de estas vacunas exprés, aprobadas deprisa y corriendo por razones económicas y políticas, no es estar en contra de las vacunas en general, como estar en contra de la nefasta Talidomida (que tardó en prohibirse) no es estar en contra de los medicamentos. Estas vacunas, que compiten unas con otras como los yogures en el supermercado, no se aprueban o desaprueban por razones sanitarias, sino políticas y económicas. Por eso se le ponen reparos a la vacuna rusa y no se suspende de una vez por todas la AstraZeneca aunque cuando está en juego la vida de las personas toda cautela debería ser poca.

Jueves, 8 de abril
A FIN DE CUENTAS

¡También Calígula tiene su corazoncito! Ahora nos permite estar una hora más en la calle y tumbarnos en la playa sin mascarilla y no sé cuántas regalías más. Deberíamos besarle la mano generosa.

            La verdad es que me da un poco de pena ese buen hombre. Le espera el terapéutico olvido o el ridículo ante la historia. A fin de cuentas, si ha hecho tanto daño ha sido con la mejor intención y tampoco parece el peor de los burócratas de la política sobrepasados por la situación. Mi amiga Susana Benet me cuenta que se estaba tomando una cerveza al sol tan ricamente y a las seis de la tarde le dijeron que tenían que cerrar la terraza, que si quería seguir bebiendo que se sentara en el bordillo de la acera. A todo hay quien gane.  

Viernes, 9 de abril
SUGERENCIA

Toda vida debería llevar al final una fe de erratas.



 

 

sábado, 3 de abril de 2021

Después y todavía: Me rindo

 

Sábado, 27 de marzo
NUBES NEGRAS

¿De dónde vienen esas nubes negras que de pronto me nublan la felicidad de la tarde? Las conozco bien, son viejas amigas, las tengo encerradas en el sótano y en cuanto me descuido se escapan para hacer de las suyas.

Domingo, 28 de marzo
NOS VEMOS EN EL CAMINO
 

Nadie menos nómada que yo, pero Nomadland también habla de mí. Salgo del cine, esa costumbre recuperada (¿hasta cuándo?), con los ojos húmedos, lleno de gratitud y dolorida felicidad.

Hay un momento de la película en que la protagonista, para ayudar a un joven que no sabe cómo escribirle a su novia, le recita un poema, el que ella recitó el día de su boda: “¿Deberé compararte a un día de verano? / Tú eres más deleitoso y apacible”. Lo reconozco de inmediato. Se trata de un soneto de Shakespeare. Y qué bien suenan siempre los poemas en la pantalla. Pero a Shakespeare le ganan las palabras de una mujer de 75 años, que sabe que le quedan pocos meses de vida y dice que no le importa. Ha vivido una vida larga y plena y no le preocupa decir pronto adiós, sino que la atormenten antes en un hospital. Enumera unos cuantos momentos de plenitud y yo pocas veces he escuchado palabras más hermosas.

Fern, la protagonista, una maravillosa Frances McDormand, lo ha perdido todo, pero por ella sentimos envidia, no compasión. Cuando flota desnuda sobre aguas transparentes, cuando pasea en soledad por un laberinto de rocas, cuando recuerda a su marido y a su vida feliz en Empire, la ciudad destruida por la crisis del 2008, cuando sostiene a un bebé y siente su diminuta mano en la suya, es difícil no admirarla, no querer ser como ella: fuerte y vulnerable, dueña de su destino.

¿Seguirá habiendo salas de cine dentro de unos años? En las grandes ciudades, sí, como las salas de teatro, pero en las pequeñas me temo que solo habrá ciclos en las Casas de cultura patrocinados por los Ayuntamientos. Tendremos, como ahora, todas las películas que queramos en el salón de casa, pero la emoción no será la misma. Yo ni siquiera habría sido capaz de ver Nomadland de esa manera. Es una película lenta, casi un documental a ratos, con momentos demasiado heridoramente emotivos, que yo trato de eludir: a los diez minutos, habría cambiado de canal. Ante la gran pantalla, en la gran sala casi vacía (ahora todas las salas están casi vacías), no tenía escapatoria: la vida es amor y dolor, belleza y pérdida, y durante un tiempo sin tiempo yo también fui el tímido Dave y la fuerte Fern y recorrí el Oeste americano como los antiguos pioneros, perdiendo y encontrando, encontrando y perdiendo, sabiendo que nada se pierde porque nada se tiene.

Lunes, 29 de marzo
EN QUÉ MARES

La errabundia de este lunes me lleva, ya atardecido, hasta la Concha de Artedo, desaparecida la playa a esas horas bajo la marea alta. Camino por la senda de madera, sobre los cantos rodados que la cercan, hasta el puente sobre el río Uncín, No se puede acceder a él. Un golpe de mar ha arrancado los tablones de madera. A la memoria me vienen viejas historias de naufragios y unos versos de José del Río Sainz “Ante las rocas grises, cenicientas, / el corazón sobrecogido late; / parecen unas grises osamentas / tendidas en un campo de combate. / Se oye el rumor de la resaca sorda / que en nuestras almas temerosa zumba, / mientras pensamos en silencio todos / en qué mares tendremos nuestra tumba.”

 

Martes, 30 de marzo
NOTICIA Y PROFECÍA
 

La noticia: “Apalean a un burro por andar de noche por lugares solitarios sin una de las albardas obligatorias”.

            La profecía: “Van a acabar con toda la población asnal bajo el peso de tantas alforjas”.

Miércoles, 31 de marzo
ADÁN

----¿Qué te parece, Martín, que el gobierno de España haya decidido copiar al presidente del Principado, tan ridiculizado por ti, y declare obligatorio el uso de mascarilla en cualquier espacio al aire libre aunque no haya ni una persona en cien kilómetros a la redonda? ¿Qué te parece que haya que bañarse con mascarilla o llevarla en una bolsita impermeable y ponérsela en cuando uno asoma la nariz fuera del agua, aunque nade solo lejos de la costa?

            ----¡Qué me va a parecer! Repito una vez más los versos de Echegaray: “Contra las olas del mar / lucho con brazos viriles. / Contra idioteces serviles, / no hay manera de luchar”. O sea que me rindo. Que hagan lo que quieran, que maltraten todo lo que quieran a la ciudadanía --o a lo que antes era ciudadanía, ahora temeroso rebaño--  y cuiden bien al virus para que siga muchos años más con nosotros. Yo me rindo.

            ----¿Y qué te parece eso de que la policía persiga, y con el menor pretexto apalee, a quienes andan solos por la noche? ¿Qué te parece que pueda entrar, previa patada en la puerta, si sospecha que en ella más de seis, o quizá solo más de cuatro, personas están pasándolo agradablemente?

            ----Me rindo, me rindo, ya te digo. Yo no tengo más arma que la razón. ¿Y cómo se puede razonar con quien a las razones contrapone la policía y, si no lo considera suficiente, el ejército? A rendirse tocan –a la fuerza ahorcan--  y a aguantar los años que nos queden de tontemia, que no serán pocos, con vacunas o sin ellas. Y no tengo mala conciencia por dejar de luchar. Creo que ya he hecho lo suficiente. Si la gente está de acuerdo (creo que España es el único país del llamado primer mundo donde no ha habido protestas en la calle, aunque sí manifestaciones para pedir “una ayudita, por favor”), pues con su pan y su mascarilla (se baja un poquito y un bocadito, se baja otro poquito y otro bocadito) se lo coman. Yo no quiero ser como don Quijote apaleado por los galeotes a los que intenta liberar. Me rindo, ya te dije.

            ----No te acabo de creer.

            ----Me rindo y veo el lado bueno de la situación. Antes casi no me atrevía a pisar una playa nudista porque me daba vergüenza encontrarme con un vecino o una compañera de la Facultad. Ahora, como tendré que estar con la cara tapada, no hay problema. Me pongo las gafas de sol y el incógnito es total. ¡Cómo voy a disfrutar haciendo el Adán entre las olas o sobre la arena!  

Jueves, 1 de abril
LA CLAVE DE LA FELICIDAD 

Tener un gran amor imposible y muchos pequeños amores posibles, esa es la clave de la felicidad. A mí ya solo me queda, como cuando era menos joven, tener un gran amor imposible.

 

Viernes, 2 de abril
V
IVA LA CONSTITUCIÓN

Lee un amigo la reseña que dedico hoy en el periódico al libro La armadura del rey y me llama burlón: “O sea, que todo el mundo –políticos, periodistas, jueces, catedráticos—han entendido mal lo de la inviolabilidad del rey, todo el mundo menos tú.”

----Eso parece.

----¿Y no resulta más lógico pensar que eres tú el equivocado?

----Pero es que no lo digo yo, sino la Constitución. Lee el artículo 56.3 completo, algo que nadie suele hacer.  El rey es inviolable en todos aquellos actos que no puede realizar sin el refrendo del gobierno, que asume la responsabilidad de los mismos. Esos actos, ante el menor indicio de criminalidad, deben ser investigados para poder exigir a quien corresponda –el presidente del gobierno o uno de los ministros-- la responsabilidad de los mismos. A los actos del rey que no necesitan refrendo del gobierno no les afecta la inviolabilidad.

----Esa es tu opinión.

----Eso lo que dice la Constitución, salvo interpretación contraria del tribunal constitucional que, por lo que yo sé, hasta la fecha no se ha pronunciado al respecto. Si ese tribunal interpreta que la Constitución permite al rey robar o matar, sin refrendo del gobierno, amparado en su inviolabilidad, pues yo lo acataré, pero hasta entonces me fío más de lo que afirma textualmente la Constitución que de Adriana Lastra o de cualquier catedrático de derecho constitucional.



sábado, 27 de marzo de 2021

Después y todavía: Una adivinanza

 

Sábado, 20 de marzo
LA OFENSA

Rosa Navarro Durán me envía un número de la revista El ciervo, de marzo de 1983,con un homenaje a Jorge Guillén, que por entonces cumplía noventa años, en el que participo. No conservaba yo esa revista ni recordaba mi texto, pero sí lo mal que le sentó al homenajeado. Escribió a todos los participantes agradeciéndoles su colaboración, menos a mí. Como era un caballero a la antigua, le pareció que esa era la manera más contundente de mostrarme su indignación. A Jorge Guillén le había admirado mucho y le seguía admirando, pero menos. Entre los colaboradores –José Manuel Blecua, Carlos Bousoño, Francisco Brines, Ricardo Gullón--, me encuentro con Gerardo Diego, todavía vivo y activo. ¿Había razón para que Guillén se enfadara conmigo o era solo un caso, como en Miguel d’Ors, de exceso de susceptibilidad? Sospecho que la había. Mi colaboración consta de tres párrafos. En el primero, doy cuenta de mi deslumbramiento adolescente al descubrir el inicial Cántico, el de 1928, en la biblioteca de Avilés, y selecciono el poema que comienza “Oh luna, cuánto abril” (el homenaje consiste en una breve antología comentada); en el tercero, reproduzco un poema dedicado a la muerte de Marco Aurelio. El párrafo central podía habérmelo ahorrado. Lo leo ahora con rubor y cierta sonrisa. Soy yo de cuerpo entero, aunque los años creo que me han enseñado a ser un poco menos sincero. Tras las muestras de admiración, añado: “Pero el amor es exigente. Mi adoración no le podía permitir a Guillén las frecuentes caídas que él se permitía a sí mismo. La calderilla manuscrita dispersa en tantas revistas, los obesos volúmenes que no desdeñaban recoger los ripios circunstanciales (“Asomante”, “El abanico de Solita”, toda esa profusa contribución guilleniana a las mil peores poesías de la lengua española) fueron recibidos por mí como inesperadas e incomprensibles traiciones. El resentimiento del amante engañado explica mis frecuentes referencias desdeñosas a la poesía de Guillén”.

            Ahí queda eso. Le digo en un homenaje que es el autor de algunas de las mil peores poesías de la lengua española y, por si alguien lo duda, pongo ejemplos. Unos años antes, un caballero no se habría limitado a mostrarme su desprecio con el silencio; me habría enviado a sus padrinos y a un representante (ya no estaba en edad de hacerlo por sí mismo) para lavar la ofensa con un duelo a primera sangre.

Domingo, 21 de marzo
MONK

Debo de ser la única persona del mundo, entre los que más o menos se las dan de intelectuales, que nunca ha hablado mal de la televisión. En sus desganadas y disparatadas Notas para unas memorias que nunca escribiré, Juan Marsé no se priva de hacerlo reiteradamente: “El problema de la televisión es que los diversos canales compiten no para ser mejores, sino para ofrecer más y mejor basura, pues sabe que la audiencia quiere eso, basura”. No ofrecerán más que basura, tosco Marsé, pero hay tantas infinitas formas de basura que uno acaba encontrando siempre la de su gusto, como en la basura informativa de cada día.

Yo solo veo la televisión, después de cenar, como distracción que me ayuda a desconectar y a dormir luego como un bebé, que es como suelo dormir a pesar de que ya no soy precisamente un bebé. Prefiero las viejas series, capítulo a capítulo, como quien escucha una reiterada nana. Ahora le toca el turno a Monk, que repesco en una rara cadena de la que no había oído hablar. Cuando la vi por primera vez, hace más de una década, el protagonista, que padece un trastorno obsesivo-compulsivo, era un enfermo con muchas dificultades para la relación social que podía resolver los crímenes más intrincados gracias a su prodigiosa inteligencia. Ahora le veo pedir una toallita húmeda cada vez que no puede evitar que alguien le dé la mano y compruebo que se ha convertido en una persona de lo más normal. Los raros, los extraterrestres, son el resto de los personajes de la serie, esas personas que se abrazan cuando se encuentran, que se dan un beso de despedida, que se cruzan por la calle sin apartarse unos de otros, que no se pringan las manos con gel antes, durante y después de tocar cualquier cosa. Ahora todos somos Adrian Monk (sin su inteligencia, claro está).

Lunes, 22 de marzo
OTRO HOMENAJE

Me llega hoy un nuevo número de El Ciervo, correspondiente también a marzo, como el dedicado a Guillén, pero de 38 años después, y en él se homenajea a otro poeta, Francisco Brines, en este caso no con motivo de los noventa años, cerca le anda, sino del Cervantes. Colaboran buenos poetas y buenos amigos míos, como Susana Benet y Abelardo Linares, pero naturalmente yo, que fui uno de sus grandes admiradores, no fui invitado. Seguro que Brines insistió especialmente ello, quizá no había olvidado –él también participaba-- lo que dije de Guillén. Se lo comentó horrorizado a Fernando Ortiz, muy amigo mío por entonces. Pero no tenía nada que temer. Yo ahora he aprendido a ser más diplomático. Podría redactar vacuas vaguedades elogiosas, de esas que no interesan a nadie, tan bien como cualquiera. Y además Brines, muy elegantemente, con la edad ha decidido escribir cada vez menos, no cada vez más, al contrario que Guillén.

Martes, 23 de marzo
EN LA CIUDAD PROHIBIDA

Gijón lo tengo al lado, a media hora de autobús, pero como unas veces no me dejaban salir de Oviedo y otras no me dejaban entrar en él, hacía tiempo que no me acercaba hasta allí. Esta mañana soleada, anticipándome a los futuros cierres con motivo de la Semana Santa, he recorrido el paseo del Muro y luego he seguido por la Providencia. No hay mal que por bien no venga, dice la sabiduría popular. Y estos días lejos del familiar Gijón, estos días raros que serán tan difíciles de entender dentro de unos años, estos días en que para “proteger” nuestra salud se nos prohibía pasear a solas a la orilla del mar (resulta increíble, lectores del futuro, pero es rigurosamente exacto, una inverosímil verdad, no una fábula kafkiana), me hacen redescubrirlo. Primero me siento como en la Promenade des Anglais, luego en Biarritz o en Arcachon. Toda la mañana, todo el mar y todo el sol para mi solo.

Por las noches, antes de dormirme, sueño con viajar lejos mientras veo la cadena Viajar. “San Diego es como un Los Ángeles más compacto, sin autopistas de por medio”, le escucho decir a Michael Portillo, Y yo la añado de inmediato a las ciudades en las que me gustaría vivir. Tampoco está mal Gijón, pienso esta mañana de un tiempo raro en que la ciudad de al lado puede convertirse de pronto en otra Ciudad Prohibida, como la de Pekín, y en el más exótico de los destinos, si el Adrian Monk que hace y deshace en Asturias se levanta con el pie cambiado. Habrá que estar atento a sus próximos coletazos porque a principios de mayo parece que se le acaban los superpoderes y querrá disfrutar de ellos hasta el último minuto.

Miércoles, 24 de marzo
DESTRUIR REJUVENECE

“No hay mal que por bien no venga”, me repito. Cada día me gustan más las tertulias digitales a las que hemos tenido que recurrir obligados por las circunstancias. Desde las siete hasta las diez y media, me lo paso pontificando, interrumpiendo, debatiendo, comentando, destrozando poemas propios y ajenos. Y de momento –llevamos ya unos cuantos meses-- los contertulios no se han cansado de mí y son capaces de llevarme razonadamente la contraria, o de intentarlo, que no siempre resulta fácil. Sometemos a los poemas a una prueba de resistencia, les buscamos todos sus fallos, no les perdonamos una. Ese es mi deporte favorito –no solo con los poemas-- y creo que no se me da nada mal. Pero tengo que contenerme un poco, que aprender diplomacia, sobre todo si el autor está presente, para que no se aceleren las deserciones y acabe convirtiéndose en un juego solitario.

Jueves, 25 de marzo
UNA Y NO MÁS

 Soñé que acababa el mundo y que Dios suspiraba aliviado. “Una y no más, Santo Tomás”, dijo santiguándose.

Viernes, 26 de marzo
NI CUBA NI VENEZUELA

¿En qué país fue posible que un jefe del Estado, que había jurado “cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes”, se dedicara durante cuarenta años a incumplir la Constitución y las leyes, no ya sin que nadie le llamara al orden, sino con la complicidad del gobierno, la fiscalía, la prensa? Doy una pista: no se trata de Venezuela, tampoco de Cuba.

            Si ya ha adivinado el nombre del país (tampoco es tan difícil), pero no se explica cómo pudo ser posible, le aconsejo que vaya a la librería más próxima y compre el libro de Ana Pardo, Albert Calatrava y Eider Hurtado La armadura del rey. La justicia española, espoleada y avergonzada por la Suiza, ha comenzado a indagar, muy poquito a poco para no enfadarle, en las andanzas del gran trapisondista, pero con sus cómplices por acción u omisión todavía no se atreve. Y no se atreverá nunca, me temo, pero este libro ayudará a sacarles a muchos, no solo a los compinches, los colores. A mí el primero, que voté una y otra vez al peor de todos.



 

sábado, 20 de marzo de 2021

Después y todavía: Lances entre caballeros

 

Sábado, 13 de marzo
FRUSTRADO ESPADACHÍN

¿Qué habría pasado si yo, en lugar de comenzar a reseñar libros en torno a 1975, comenzara un siglo antes, como Clarín? Pues que habría tenido que dedicar buena parte de mi tiempo a practicar la esgrima y el tiro de pistola. El Código de Honor del marqués de Cabriñana dice así en su primer punto: “Toda acción u omisión que denota descortesía, burla o menosprecio hacia una persona o colectividad honrada, se considera ofensa si se realiza con intención de perjudicar la buena opinión y fama del que se sienta ofendido”. ¿Y cuáles son las ofensas por omisión? Pues “las abstenciones o negligencias intencionadas realizadas con ánimo de molestar al negar el saludo a un caballero, al retirar la mano que un antiguo amigo nos ofrece, al volvernos de espaldas cuando alguien nos dirige la palabra o al abandonar en masa los escaños del salón de sesiones del Congreso en el momento de pedir un diputado la palabra”. Clarín, por las chocarrerías hirientes de sus paliques, tuvo que batirse más de una vez. Recuerdo ahora su enfrentamiento con un antiguo admirador e imitador, Emilio Bobadilla, Fray Candil, en el que resultó herido.  A Fray Candil se le escuchó con chulería mientras curaban al escritor: “Afirmaba Clarín que iba a ser cosa de coser y cantar y acertó: yo canto y a él le cosen la cara”.

            El duelo estuvo siempre –salvo en tiempos medievales-- prohibido por la ley, pero era obligatorio para quien se consideraba un hombre de honor y quería que los demás siguieran considerándolo así. Se reedita ahora el libro del marqués de Cabriñana Lances entre caballeros y yo lo leo con asombro. Durante todo el siglo XIX, y hasta bien entrado el siglo XX, el duelo era frecuente y no escandalizaba a nadie. Blasco Ibáñez estuvo a punto de morir en 1904. Tras una manifestación disuelta por la fuerza frente al Congreso, escribió: “Lo de ayer fue una canallada y hay que llamarlo por su nombre. Los guardias empezaron a repartir sablazos y yo, que estaba hablando con un correligionario, recibí el sablazo de un tenientillo, digno discípulo de los señores ministro de Gobernación y gobernador de Madrid”. La palabra “tenientillo” fue entendida como una ofensa al ejército. Al ser los militares los ofendidos, podían elegir el arma y escogieron la pistola de combate, la más letal. Para defender su honor eligieron al teniente Alestuey, campeón de tiro. Blasco, totalmente inexperto en el uso de la pistola, se salvó de milagro: el segundo disparo del “tenientillo” le impactó de lleno, el escritor dio un salto en redondo y cayó al suelo, pero resulta que no había sangre, sino solo un gran hematoma en el vientre: la bala había sido detenida por la hebilla del cinturón.

            ¿Cuántos ofendidos he dejado yo atrás en casi cinco décadas de comentar libros y casi otras tantas de escribir y publicar diarios? Seguro que, de vivir en aquel tiempo, sería ya el más experto espadachín y un campeón de tiro o estaría en el otro mundo.

            La hipocresía de las leyes –los mismos magistrados que debían aplicarlas recurrían al duelo para reparar ofensas-- no fue capaz de acabar con esa costumbre. Hizo falta un cambio de mentalidad. Todavía en la posguerra, Millán Astray se sintió ofendido por Santiago Bernabéu que, al parecer, le hizo un mal gesto mientras asistían a un partido de fútbol, y quiso retarle a duelo.  Desde el Pardo le llegó la advertencia de que se dejara de tonterías.

Domingo, 14 de marzo
SOY COMO SOY

----Eres arrogante, despectivo, te empeñas en que la razón está siempre de tu parte…

            Algo bueno tienen las riñas de pareja (o similar), que te enteras de lo que hubieras preferido no enterarte: lo que de verdad piensan de ti quienes creías que te querían bien.

 

Lunes, 15 de marzo
GIRO DE GUION

La noticia me la da Jose, el camarero de Los Porches: “¿Se ha enterado? Dimite Pablo Iglesias para presentarse como candidato en Madrid”. “Primera victoria de Isabel Díaz Ayuso. Como esto siga así, antes de que nos demos cuenta la vamos a ver en la Moncloa”. “¿Y por qué dimitiría? Aunque ganara la izquierda, él no pasaría de ser vicepresidente de la Comunidad; es raro que aspire a un puesto menor que el que tiene, y si no gana la izquierda ¿qué hace de diputado en una comunidad autónoma?”, “Parece que la pandemia nos ha vuelto tontos a todos, amigo Jose, pero algo bueno tiene este ‘bombazo informativo’, por unos días nos quitarán las estadísticas de fallecidos y contagiados de la portada de diarios y telediarios”.

Martes, 16 de marzo
MEA CULPA

“Soy despectivo, arrogante, me empeño en tener siempre razón… ¿Qué tendría que hacer para ser mejor?”, le digo a mi psicoanalista.

            “¿Para ser mejor o para ser el mejor? No es lo mismo, sino más bien todo lo contrario”, me responde desde el confesionario.

Miércoles, 17 de marzo
LAS RAZONES OCULTAS

Como cada vez entiendo menos lo que pasa en el mundo (cosas de la edad, aunque yo llevo no entendiendo ciertas cosas desde los veinte años), pues voy a acabar creyéndome las más disparatadas teorías conspiratorias. Adolfo Suárez dimitió para tratar de evitar un golpe de Estado. ¿Para qué dimite Pablo Iglesias? ¿Para mortificar su vanidad convirtiéndose en un diputado al frente de una minoría inoperante en la comunidad de Madrid? ¿Para darle una alegría a su principal rival política? “España, me debes una”, tuiteó Ayuso ante el aplauso de media España (o de cuarto y mitad). Parece que a Pedro Sánchez le mandó un mensaje privado similar: “Pedro, me debes una; te he quitado una piedra del zapato”. La explicación más inverosímil va a acabar siendo la única posible: un chantaje en el que intervienen la mafia rusa, cuatro o cinco banqueros y un inviolable.

Jueves, 18 de marzo
GRACIAS, MARQUÉS

En el prólogo a Lances de caballeros, el libro del marqués de Cabriñana que he estado leyendo estos días, cuenta su sobrino nieto Juan de Urbina una anécdota que pone una nota de humanidad en la guerra civil. Julio de Urbina, marqués de Cabriñana, fue un personaje fascinante que destacó en todos los deportes de su tiempo: “gimnasia, equitación, esgrima y ciclismo”. Teórico del duelo, al que intentó regular con un Código de Honor, también fue un activo participante: “Cuando la efervescencia de los procesos municipales, allá por los años 1895 y 96, salía a dos o tres mensuales”. Esos “procesos municipales” se refieren a su denuncia, como activo periodista que también era, “de que en el Ayuntamiento de Madrid se estaban realizando por algunos concejales graves actos inmorales e injustos, con terrenos y calificaciones urbanísticas, en beneficio propio y serio perjuicio de madrileños de condición económica modesta”. Los artículos del marqués denunciando la corrupción llevaron finalmente a la dimisión del alcalde, pero él se vio retado por algunos ofendidos e incluso sufrió atentados personales. En julio de 1936, viudo y con dos hijas, se encontraba enfermo en su casa de la Carrera de San Jerónimo. Un día llamó a la puerta una patrulla anarquista que pretendía hacer un registro. Les abrió su hija Josefina. Quien llevaba la voz cantante se fijó en un retrato enmarcado. “¿Por qué está esa fotografía ahí?”, preguntó. “Porque es la del dueño de esta casa, que no ha salido a saludarles a ustedes porque no puede; está enfermo en la cama”. El jefe del destacamento cambió de actitud al oírla: “Perdone, señora, no lo sabía. Mi padre me dijo muchas veces, cuando yo era niño, enseñándome la fotografía del suyo: ‘si alguna vez te encuentras con este hombre, ponte a sus órdenes y ayúdale en lo que te pida. Porque él fue el único que en un asunto muy grave defendió al pueblo de Madrid, jugándose incluso el pellejo”. Dio inmediatamente la orden de retirarse y durante toda la guerra –o eso se contaba en la familia-- una pareja de anarquistas vigiló la casa del marques de Cabriñana para que nada le ocurriera a él ni a sus hijas.

Viernes, 19 de marzo
PARA UN MANUAL DEL RESISTENTE

            Dóblate como un junco cuando sople el vendaval, pero recobra tu postura en cuanto pase de largo.

Finge sumisión.

            No presentes batalla hasta que no estés seguro de que vas a ganarla.


 

sábado, 13 de marzo de 2021

Después y todavía: Tiempos de confusión

 

Sábado, 6 de marzo
SOBRE LA AMISTAD

En el Atrio avilesino, recién recuperado y tan desangelado como todo en estos días, mientras espero la llegada de unos amigos, respondo a un cuestionario sobre la amistad que desde Albacete me envían los alumnos de un instituto.

            ----¿Podría vivir sin amigos?

            ----No, pero sospecho que mis amigos podrían vivir perfectamente sin mí.

            ----¿Conserva los amigos de la infancia?

            ----No, ni siquiera los del Instituto. A veces se me acerca algún condiscípulo de entonces y yo casi siempre tengo que fingir que le reconozco. Conservo amigos de la universidad, sobre todo los que han seguido escribiendo, como José Luna Borge o Manuel Neila.

            ----¿Qué es para usted un amigo?

            ----Una persona que está ahí siempre que la necesitamos, aunque solemos llamar amigo a un simple conocido que nos cae bien. Alguien que aguanta nuestros momentos de mal humor aunque nosotros no soportemos los suyos.

            Termino de contestar a las ingenuas preguntas de los escolares y se me ocurre pensar que soy un hombre de pocos amigos. La amistad exige complicidad y, de niño y adolescente, lo que a mí me interesaba no le interesaba a mis compañeros. Luego, ya adulto, fui incapaz del compadrazgo que necesita la amistad entre escritores. No soy benévolo con los libros de los amigos, más bien todo lo contrario. Para que no me acusen de parcialidad, a veces me excedo en subrayar los aspectos negativos. Claro que peor lo llevan aquellos que no reseño. Es fácil ser amigo de un escritor si admiras su obra. En caso contrario, por mucho que intentes disimularlo, acabará notándolo y se acabó el buen rollo. Amigos en cuyo hombro llorar creo que no tengo ninguno, pero tampoco los echo en falta. Me eduqué en esa época en que los hombres no lloraban, o al menos no lo hacían delante de nadie. ¿He traicionado a algunos amigos? Traicionar es una palabra demasiado solemne, pero defraudar probablemente sí. Y he sido innecesariamente cruel al comentar ciertos libros, la tesis sobre Ángel González de este (a la que dedicó media vida) o la torpona edición de los aforismos de Juan Ramón Jiménez de aquel. También me ha defraudado algún amigo, pero no en asuntos que tengan que ver con la vanidad literaria. En ese aspecto, nadie puede hacerme más que rasguños. Yo sé quién soy, y el éxito me gusta tanto como cualquiera, pero lo necesito menos que nadie. Otras cosas necesito más, pero he aprendido a vivir sin ellas.

Lunes, 8 de marzo
BACALAO CON TOMATE

Nada más contrarrevolucionario que la estupidez. Y nada más contrario a la salud pública, por cierto (pero no quiero volver a esa historia). Leo La insurrección revolucionaria del sargento Sopena, una monografía de Antonio Molina Campos sobre los acontecimientos de Villanueva de la Serena en diciembre de 1933. Acababan de ganar las elecciones las derechas, gracias, entre otras causas, a la eficaz ayuda de la CNT y de la FAI. Esta fue su propaganda: “A los hombres libertarios, a las mujeres que aspiran a vivir una vida mejor, a los ciudadanos que pugnan por una España libre, a todos los seres, en fin, de humanos sentimientos, les decimos: ¡No votéis!”. Las derechas, en cambio, hasta sacaron a las monjas de clausura de sus conventos (era la primera vez que las mujeres votaban) para no desperdiciar ni un solo voto. Los libertarios pedían no votar y practicar la “gimnasia revolucionaria”: armarse, ocupar ayuntamientos, enfrentarse a las fuerzas del orden. El sargento Pío Sopena, con poco más de media docena de exaltados y descerebrados, ocupó por sorpresa la Caja de Reclutas de Villanueva. Ya sé que es fácil criticar desde hoy los errores de ayer, pero resulta difícil no hacerlo. Yo prefiero quedarme con los pequeños detalles de aquella historia. Cuando el sargento Sopena salió de casa por última vez, su mujer estaba preparando un guiso de bacalao con tomate y él cogió un pedazo y salió saboreándolo; esa anécdota –fue la última vez que le vio-- la oiría contar su hija, informante del historiador, infinitas veces. Al ocupar la Caja de Reclutas encerraron en el calabozo a los soldados que allí se encontraban, y que no quisieron sumarse a la rebelión, pero a uno de ellos, Ángel Chamizo Tapias, le encargó Sopena que fuera a comprar café para los sublevados al café de enfrente. Naturalmente lo que hizo fue ir a informar al cuartel de la Guardia Civil, que de ese modo se enteraron de lo sucedido. Murieron todos los sublevados menos uno, Luis Mejías Guisado, que salió con los brazos en alto y quiso entregarse. Fue de inmediato abatido. Se acercaron a él un número y un teniente de asalto, según cuenta el diario El Socialista. El guardia quiso rematarlo de un tiro, pero el teniente le dijo: “No maltrates la munición con un fiambre”. Con motivo del disparo de un cañón, hubo una avería en los cables eléctricos y se apagó la luz. Al volver a encenderse, el cadáver había desaparecido. Moriría de verdad Luis Mejías otro día de diciembre de cinco años después. Fue detenido cuando las tropas franquistas ocuparon Villanueva. El día de su fusilamiento, al llevarle su mujer comida, le dijeron: “Allí donde va tu marido, no la va a necesitar”. A Pío Sopena, convertido en héroe para los suyos, le dedicaría un poema una adolescente muerta trágicamente menos de un año después: “Pío Sopena, sargento de la Infantería roja. / Seis eran los suyos, seis armados con seis pistolas, / siete contra setecientos y siete ametralladoras. / Os tiró la casa encima la Artillería facciosa. / Entierro de terremoto. Funeral de cien mil bombas. / Ni siquiera te encontraron entre las tapias ruinosas. / Pensaron que habías huido y estabas muerto y con losa”. No sabía yo que Aida Lafuente, la Rosa Roja de la Revolución del 34, era también poeta. Cuánta sangre estúpidamente derramada y con la mejor de las intenciones.

Martes, 9 de marzo
LULA, LULA

Con alegría me entero de que han sido revocadas las condenas contra Lula da Silva, un político que siempre he admirado, y que podrá presentarse de nuevo a las elecciones en Brasil. Pero leo sus declaraciones y mi admiración disminuye un tanto. Acusa a Bolsonaro de retrasarse en la vacunación y eso –dice textualmente—es “casi un genocidio”. Pero unas páginas más allá, en el mismo diario que publica sus declaraciones, me entero de que en Japón no hay ni un solo vacunado todavía, la vacunación comenzará en abril. ¿Pedirá Lula que se lleve al emperador del Japón al tribunal de la Haya por genocida?

            ----¿Te vas a vacunar o no, Martín?, me pregunta insistentemente mi amigo José Luis Piquero, deseoso de ponerme la etiqueta de terraplanista antivacunas y colocarme en la picota, como a Bosé y a Victoria Abril.

            ----Por supuesto. Yo, si me apuntan con una pistola o me amenazan con una multa (si Núñez Feijoo quiere que sea de seiscientos mil euros, seguro que aquí llegan al millón); soy capaz de cualquier cosa.

            ---¿O sea que voluntariamente no lo harías?

            ----Correcto. Pero será más fácil librarse de la enfermedad que de los presuntos remedios contra la enfermedad. Esas vacunas experimentales (qué bien hacen en Japón es esperar a ver qué pasa) son un negocio más lucrativo que el de la droga, y encima casi enteramente legal. Su capacidad de comprar políticos, médicos, epidemiólogos y medios de comunicación deja chiquito al de Pablo Escobar.

            ---¡Eres un conspiranoico!

            ---Pero no un héroe. Si me obligan, pongo el brazo (o lo que sea). Pero tienen que obligarme, no firmaré ningún consentimiento. Cornudo y apaleado, de ninguna manera.

Miércoles, 10 de marzo
PARA UN HOMENAJE

“Llega un momento en que el tiempo nos alcanza”, escribió Cernuda. ¿Me ha alcanzado ya a mí? Mi impresión es que no, que todavía corro más deprisa que él, pero quizá sea una falsa impresión. Me he pasado la vida hablando de los libros de los demás y me he acostumbrado a que de los míos no se hablara. Lo he sentido por los editores, faltos de la publicidad gratuita (¿Gratuita? Que se lo pregunten a los editores de Cercas, ellos saben cuánto les ha costado cada adjetivo elogioso a Independencia) que proporcionan los Babelias y otros suplementos más o menos culturales, pero esta tarde se presentaba Leer la vida y no era un libro mío ni un libro mío sobre otros autores, sino un libro sobre mí. Afortunadamente, como se trataba de una presentación digital, podía desactivar el vídeo y escuchar sin que se viera mi cara en la pantalla. Recordé aquel congreso en Oporto sobre Eugénio de Andrade en el que este asistió a todas las sesiones y sonreía y asentía complacido ante la sucesión de rituales elogios. Yo me defiendo muy bien ante los ataques, pero ante los elogios, sean sinceros o mera cortesía, nunca sé qué cara poner. Y no por modestia, que no es mi fuerte, ni falsa ni verdadera, sino por superstición: pienso que, después de un homenaje, lo único que le queda a uno es molestar lo menos posible y morirse pronto. Yo no tengo ninguna gana de lo primero ni ninguna prisa de lo segundo, la verdad. Espero seguir dando guerra y fastidiando a unos y a otros, a los Vilas y a los amigos, para que no incurran en el error de considerarme una gloria local que ya va siendo hora de que deje el sitio libre.

Jueves, 11 de marzo
DEJADME SALIR

Anda revuelto el ruedo ibérico con la última pirueta de Ciudadanos. Políticamente estoy en el extremo opuesto de Díaz Ayuso, pero en el fondo –aunque esto no lo reconocería jamás ante nadie-- me gustaría que arrasara. Así se demostraría que encerrar, maltratar, humillar a los ciudadanos, aunque sea con pretexto sanitario, no da votos. A ver si hay suerte y, gracias a ella (¡quién lo diría!), vuelve la cordura y nos vuelven a dejar vivir en libertad.