domingo, 19 de agosto de 2018

La verdadera historia; El milagro de Éfeso




Ana Catalina Emmerick fue una monja alemana que, sin haber estado nunca allí, describió minuciosamente la casa cerca de Éfeso en la que la virgen María pasó sus últimos años.
            Heinrich Schliemann fue un comerciante aficionado a la arqueología que, tras quedar fascinado cuando niño con la lectura de la Iliada, descubrió Troya, encontró el tesoro de Príamo, adornó con él a su joven esposa griega, Sophía, con la que tuvo dos hijos, Andrómaca y Agamenón.
            Durante muchos años soñé yo con una torre con reloj junto a la cual, a media noche, esperaba a un desconocido. Me despertaba siempre cuando oía sus pasos acercándose.
            Y esa torre la entreví de pronto desde la ventanilla del coche que me traía de Éfeso, donde había visitado la casa de la Virgen, y el día antes de partir hacia la colina de Hisarlik, donde visitaría las ruinas de Troya. “Algo que no se llama azar rige estas cosas”, pensé con Borges.
            La torre estaba en Çanakkale, junto a los Dardanelos, y ese mismo día, cerca de la media noche, abandoné el hotel para dirigirme a ella. Durante largo rato, mientras poco a poco se iba calmando el bullicio veraniego de la ciudad, esperé la llegada del desconocido.
            No se me acercó nadie, pero a la mañana siguiente, sentado en un banco frente al canal y la península de Gallipoli, mientras a la memoria me venían los versos de Espronceda (“Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Estambul”), un desconocido de cabellos blancos y piel curtida se paró frente a mí, me llamó por mi nombre y me saludó en italiano. Ante mi extrañeza, bastaron dos palabras suyas –Perugia, 1980-- para que un tiempo remoto se me hiciera súbitamente presente.
            ––¡Ibrahim!, dije.
            Y él me abrazó y me dio dos besos. Fuimos muy amigos en aquellos días de la Università per Stranieri. Él me presentó a sus amigos turcos, entre ellos a uno que pronto se haría famoso, Ali Agca, el autor del atentado contra el Papa un 13 de mayo de 1981. Cuando vi su rostro en las primeras páginas de los periódicos y en los telediarios, ya de regreso a España, la verdad es que me sobresalté un poco, incluso temí que me involucraran en los hechos. De mi amigo Ibrahim supe que lo habían detenido, acusado no sé si de participación también en el atentado o solo de ser miembro o simpatizante de una organización llamada los Lobos Grises, y dejé de tener cualquier contacto con él. Y ahora estaba ante mí, sonriente, contento de verme, olvidado, si alguna vez lo tuvo, de cualquier resentimiento por aquella brusca ruptura.
            La sonrisa le rejuvenecía, y el brillo de los ojos, que seguía siendo el mismo de hace casi cuarenta años. Le hablé de la torre del reloj que aparecía en mi sueño y de la casa de la Virgen, que acababa de visitar, y de las ruinas de Troya, que conocería por fin al día siguiente. Soltó una carcajada.
            ––¿Ahora crees en esas patrañas? No eres el Martín que yo conocía. Debe ser cosa de la edad. La llamada casa de la Vírgen es, en realidad, una capilla bizantina del siglo VI o VII. Supuestamente, el lugar lo describió una monjita histérica en 1822 y en 1892 lo encontraron dos sacerdotes de un colegio de Esmirna siguiendo sus palabras. Pura superchería. Nadie parece haber leído el libro de 1852, Vida de la bienaventurada virgen María, en el que Clemens Brentano, el amanuense de la beata, reunió y reescribió sus visiones. En él se nos dice que la Virgen no vivía sola, sino en una aldea con casas diseminadas y con familias refugiadas en cuevas a causa de una persecución. También afirma que muy cerca había un castillo en el que vivía un rey destronado con quien el apóstol Juan charlaba a menudo. ¿Dónde están esas cuevas, dónde ese castillo? ¿Quién era el rey destronado? Lo único verdadero es que la capilla está en un alto y rodeada de bosques, algo muy propio de todas las capillas. Los libros escritos en colaboración por la monja de las llagas y el escritor romántico alemán son una curiosa saga novelesca, una fantasía neotestamentaria, que se lee con gusto, con pasajes emocionantes y otros disparatadamente divertidos. En el Arca de la Alianza, entre otras reliquias, coloca un hueso de Adán, que luego al parecer la Virgen llevaba siempre consigo. La única verdad en todo eso es que alrededor se ha montado un buen negocio en el que los papas, que se llevan su parte, no dejan de colaborar. Ya sabes que todos ellos se han apresurado a visitarla para asegurar los ingresos, aunque se cuidan mucho, para no hacer demasiado el ridículo, de asegurar su autenticidad. Alí Agca estaba en contra de todas las mentiras religiosas. Era un gran admirador de Atatürk. Creía que el mundo sería mejor sin Juan Pablo II, que mezclaba la religión con la política de la peor manera posible: financiaba movimientos anticomunistas con dinero negro (recuerda la quiebra del banco Ambrosiano), protegía y alentaba a personajes tan siniestros como Marcial Maciel, el de los Legionarios de Cristo, porque hacía grandes donaciones y le llenaba las plazas de jóvenes entusiastas. Ali Agca se convenció de que debía librar a la humanidad de esa lacra. Admiraba a Atatürk, ya te dije, un personaje de la talla de los héroes homéricos, que levantó un país nuevo de las ruinas del imperio otomano, que le dio la vuelta como a un calcetín a las tradiciones heredadas. Lo de la pista búlgara, que se comentó entonces, lo de la intervención de la Unión Soviética, no tiene ningún fundamento. Alí Agca actuó solo. Si lo sabré yo, que muchas noches fui testigo de sus confidencias y que a punto estuve de pasar largos años en la cárcel como él. De Atatürk hay muchas cosas a las que ni siquiera se puede aludir aquí en Turquía, se corre casi tanto riesgo como al mencionar el genocidio armenio. No se puede decir, por ejemplo, que tenía escaso interés romántico por las mujeres. No es que las minusvalorara, no. Él les concedió el derecho a voto mucho antes que otros países europeos. Pero prefería la compañía masculina, estar rodeado de camaradas jóvenes. Se casó tarde y se divorció pronto. Sus hijos son adoptados. No se le conoce ningún gran amor, ni hombre ni mujer. Su amante fue Turquía, como Hitler decía de Alemania mientras escondía a Eva Braun en la trastienda. Se le ha comparado con Hitler y con Mussolini y quizá fue tan dictador como ellos, pero era un héroe de verdad, no un sanguinario fantoche como los otros.  Murió muy pronto, a los cincuenta y siete años, de cirrosis hepática (le gustaba demasiado el raqui, nuestro licor nacional), como tu admirado Pessoa. Porque lo sigues admirando, ¿verdad? En Perugia no hacías más que hablarnos de él. Cuando se hundió el imperio otomano, al final de la Gran Guerra, cuando las potencias vencedoras se repartieron con el tratado de Sèvres, no solo el imperio, sino también territorios de la propia Turquía, Atatürk se recluyó en su tienda, estuvo días sin comer ni beber, sin hablar con nadie. Sus allegados temían que intentara suicidarse. De pronto, en medio de la noche, se oyó el aullido de un lobo gris. Y entonces ocurrió algo extraordinario. Atatürk –le llamo así, pero entonces era solo Mustafá Kemal– lanzó un aullido que sobrecogió a todos, que se oyó en la entera Turquía. Fue como si hubiera recibido una fuerza sobrenatural. Comenzó la lucha para expulsar a las potencias extranjeras que culminó en 1923 con la proclamación de la República. Ahí tienes el origen del grupo de los Lobos Grises, del que Alí Agca no era un miembro destacado, como se ha dicho, sino solo un lobo solitario.
            A Ibrahim le gustaba hablar, siempre le había gustado, y a mí escucharle. “Visité en Ankara el mausoleo de Atartük”, le dije. “Me pareció un perfecto ejemplo de arquitectura fascista”.
            ––Más bien de reinterpretación racionalista del clasicismo. Es de una solemnidad y grandiosidad que no abruman. Atatürk más que con los dictadores fascistas tiene que ver con Pedro el Grande y con los monarcas del despotismo ilustrado.
            Nos pasamos la noche entera charlando, como en los buenos días de Perugia, siempre discrepantes en todo, salvo en lo fundamental. Al día siguiente, me acompañó a visitar las ruinas de Troya. Nos reímos con el caballo de madera, lleno de ventanas a las que se asomaban los turistas para hacerse fotos.
            ––No es la Ilíada la que les trae aquí, sino la película de Brad Pitt. Y Schliemann no fue más que un megalómano y un farsante. No descubrió el lugar leyendo a Homero, se lo recomendó Frank Calbert, el cónsul británico en los Dardanelos. Aquí se encontraron las ruinas superpuestas de muchas ciudades, todas dedicadas a controlar el estrecho. Él utilizó dinamita para llegar a las más antiguas. Su tesoro de Príamo no es de Príamo, que nunca existió, sino de muchos siglos anteriores a la época de ese personaje.
            ––Schliemann sería un megalómano y un farsante, pero sin él nadie vendría ver estas ruinas tan poco espectaculares. La Troya de Homero no estuvo nunca en ninguna parte, salvo en la imaginación de quienes escribieron los versos que se le atribuyen. Estas ruinas tienen tanto que ver con Héctor y Aquiles como la casa de Julieta en Verona con Romeo y Julieta. También la verdad se inventa y a veces esa verdad inventada es la única verdad. ¿Sabes una cosa? Junto a la casa de la Vírgen, hay un muro de los deseos y una fuente milagrosa. Yo bebí de esa agua y escribí un deseo. Doblé el papel, lo colgué, y allí sigue. Si quieres volvemos a la colina de Éfeso para que veas lo que pedí: dar con la torre que aparecía en mi sueño, encontrarme con el desconocido. Y me encontré con él, aunque no era –sonreí– un desconocido.



domingo, 12 de agosto de 2018

La verdadera historia: Lisboa, 1937






Soy una persona patológicamente sedentaria, como saben de sobra quienes me conocen. Llega el verano y todo el mundo anda obsesionado con irse de vacaciones. Todo el mundo menos yo y no sé si alguna otra rara excepción. Yo, cuando quiero descansar, me quedo en casa.
            Si viajo, es siempre por obligación, por motivos laborales. Claro que debo reconocer que alguna vez hago trampa. Como soy mi propio jefe, si me apetece ir a un sitio, en seguida me encargo algún trabajillo.
            Esta vez fui a Lisboa para comprobar lo que había de verdad en lo que contaba, alborozado, uno de mis contactos portugueses en Facebook: que había encontrado parte de los papeles perdidos de Mário de Sá-Carneiro donde menos podía esperarse, en un escondido tenderete de la Feira da Ladra.
            Naturalmente, no me lo creí, aunque publicó varios de sus hallazgos, entre ellos nada menos que una carta de Fernando Pessoa. Pero no tardé en comprobar que esa carta no era ninguna de las desaparecidas, sino una de las ya publicadas en la correspondencia entre los dos poetas porque Pessoa guardó copia de ella.
            Sospeché en seguida que mi amigo Albino Santana había sido engañado y recordé el caso del dueño de una cafetería-panadería que yo solía frecuentar. Decía tener nada menos que el manuscrito de las Rimas perdido durante el asalto al palacio de González Bravo tras la revolución del 68. A mí me bastó echar una ojeada a ese manuscrito y comprobar que los poemas estaban en el mismo orden de la primera edición, debido no al poeta sino a sus amigos, para comprobar su falsedad. Pero el posible hallazgo de aquella maleta perdida de Sá-Carneiro (se la quedó el dueño del hotel tras su suicidio hasta que se abonaran las deudas y jamás pudo luego encontrarse), me pareció un buen pretexto –trabajo, por supuesto, no vacaciones– para darme una vuelta por Lisboa.
            Albino me citó en el café de la librería Bertrand. “Seguro que no lo conoce, se ha inaugurado hace poco”. No lo conocía, y estaba vacío cuando yo llegué media hora antes de la hora fijada para el encuentro. Decorado con citas e imágenes de Pessoa, como no podía ser de otra manera, y con un espejo que duplicaba el espacio, me pareció particularmente grato y en seguida lo adopté como mi oficina particular para las próximas visitas a la ciudad.
            Como me suponía, a Albino le habían engañado. Salvo la carta, de la que me confesó no tener el original, sino una copia escaneada, aquellos papeles nada tenían que ver con Sá-Carneiro, podían ser de cualquier turista portugués en el París de 1916.
            ––¿Y no sospechó al verlos en la feria de Ladra? Su propietario podía pedir por ellos lo que quisiera al Estado portugués. Valen su peso en oro.
            ––Quizá el vendedor se los encontró vaciando un piso e ignoraba su valor. Ocurre a menudo. Los herederos quieren el inmueble libre de libros y papeles para poder alquilarlo o venderlo pronto.
            Sonreí. Seguro que el vendedor sabía bien el valor de lo que vendía y llevaba un tiempo aprovechándose de la pasión pessoana de los más ingenuos. Era lunes, al día siguiente quedamos Albino y yo en darnos una vuelta bien temprano, como hacen los buscadores de gangas, por el campo de Santa Clara, en los alrededores del Panteón Nacional.
            Fue una visita inesperadamente provechosa. Resulta que Albino Santana era pariente de un famoso anarquista portugués, autor de varios libros autobiográficos, a quien yo había conocido fugazmente en 1988, el mismo año en que murió. Debió de ser una de sus últimas intervenciones públicas. Yo estaba en Lisboa con motivo del centenario de Pessoa (¡siempre Pessoa en mis memorias portuguesas!) y cuando subía hacia el Castello me encontré con una especie de mitin en las escaleras del Marqués de Ponte de Lima. Hablaba, con mucho brío, un anciano de cabellos blancos. Me dijeron que era Amídio Santana, uno de los autores del atentado del 4 de julio de 1937 contra Salazar, el único que el dictador tuvo en su vida, y del que salió milagrosamente ileso, afianzándose así su mito.
            Eran las diez de la mañana de ese día cuando el Presidente del Consejo bajó de su automóvil, un Buick negro, frente a la casa de su amigo el musicólogo Josué Trocuado –número 96 de la Avenida Barbosa de Bocage–, en cuya capilla particular tenía intención de oír misa. Sonó entonces una explosión que rompió los cristales de los edificios cercanos, hizo saltar las tapas de las alcantarillas y abrió un socavón de más de veinte metros de diámetro, pero que milagrosamente ni siquiera logró despeinar a Salazar, que sacudiéndose el polvo entró en el edificio y escuchó misa con toda tranquilidad, entre las lágrimas y las gracias a Dios de quienes le acompañaban.
            No eran buenos tiempos para la dictadura: ciertas reformas militares habían disgustado a amplios sectores del ejército y la aliada tradicional de Portugal, Inglaterra, no veía con buenos ojos el apoyo que Salazar prestaba a los militares sublevados en España. El atentado resultó providencial. Dios protegía a aquel nuevo don Sebastián que había llegado para quedarse y llevar al país a días de gloria como los que cantara Camoens y profetizara Pessoa, cuya gloria empezaba a crecer y a crecer tras su fallecimiento.
            Fue precisamente un amigo de Pessoa, António Ferro, quien supo sacarle todo el partido posible al atentado. El mismo año 1937 se estrena la película A Revoluçao de Maio, de López Ribeiro, financiada por el Secretariado de Propaganda Nacional, que dirigía Ferro, y con guion escrito por él mismo. Ferro era un genio de la promoción, menos demoníaco pero no menos talentoso que Goebbels. Gracias a él aquel oscuro profesor de misa y olla, António de Oliveira Salazar, se convirtió durante los años treinta en un estadista admirado por los intelectuales europeos: Paul Valery prologó la versión francesa de sus discursos.
            Hubo quien sospechó que el atentado había sido preparado por el propio régimen, quizá en colaboración con agentes franquistas. Aumentó la sospecha el que, a los pocos días, la policía política detuviera a un puñado de infelices que, tras los habituales y brutales métodos de persuasión (uno de los cuales recibía el curioso nombre de “Arriba España”), confesaron su autoría y que obedecían órdenes del comunismo internacional.
            Pero tras este éxito ocurrió algo poco frecuente en una dictadura. Rivalidades entre cuerpos policiales distintos hicieron que se revisara la causa y que un juez profesional e imparcial, Albes Monteiro, echara por tierra toda la instrucción de la policía política (que todavía no era la famosa PIDE), declarara inocentes a los detenidos y los pusiera en libertad. No solo hizo eso, sino que también detuvo a los verdaderos autores, principalmente anarquistas, aunque entre ellos hubiera algún simpatizante comunista o algún republicano.
            No contaban con ayuda exterior, cometieron todas las chapuzas posibles y fue fácil dar con ellos. Emídio Santana estuvo en prisión hasta 1953. Escribió un pormenorizado libro sobre los hechos. El fracaso se debió al amateurismo de los participantes, que cometieron una torpeza tras otra, en este atentado y en los que intentaron antes. En cierta ocasión, huyeron abandonando un coche con una pistola, una nota manuscrita firmada por uno de ellos y una tartera con guiso de conejo.
            La conclusión es que aquel atentado del 4 de julio de 1937 había sido un regalo para la dictadura (fue seguido de infinidad de manifestaciones en apoyo de Salazar), pero sus servicios secretos no habían tenido nada que ver con él ni tampoco los sublevados españoles, que en buena parte habían preparado el golpe contra la Repúblicaen Lisboa y contaban entre sus principales apoyos con el colaboracionismo salazarista.
            Y sin embargo… El martes siguiente a mi encuentro con Albino Santana en la librería Bertrand fui con él a la feria de Ladra. Por supuesto, no encontramos nada que tuviera que ver con la maleta perdida de Sá-Carneiro. Sí, una primera edición de Mensagem más falsa que Judas, varios libros dedicados de Concha Espina, O Terror Vermelho de Fernández Flórez, y un puñado de cartas que, desde Salamanca escribía un tal Luis Leal (hermoso nombre) a un amigo portugués, Joaquim de Carvalho, que vivía en la Praça da Figueira. Compré las cartas, porque me sorprendió la coincidencia: yo estaba alojado en un hotel de esa plaza, cada mañana al despertarme lo primero que veía eran las ruinas del Carmo, el elevador de Santa Justa sobresaliendo sobre los tejados de la Baixa y el arbolado del mirador de San Pedro de Alcántara.
            No tenían mucho interés esas cartas, que leí ya de vuelta a Oviedo, salvo una, en la que, sorprendentemente, se hablaba del atentado a Salazar. Se mencionaban detalles curiosos, como el lugar de la Avenida donde estaban colocadas las bombas (un lugar, por cierto, desde el que podían hacer más ruido que daño). Bueno, pensé, nada de extrañar. Un suceso tan llamativo no podía faltar por aquellas fechas en la correspondencia entre un amigo portugués y otro español.
            Lo raro era que quien lo comentaba era Luis Leal desde Salamanca, no su corresponsal portugués. Y que faltaba todavía más de un mes para el atentado cuando lo hacía, si hemos de hacer caso al matasello de aquella carta no fechada.
            Se me ocurrieron dos explicaciones: que la carta estuviera en un sobre equivocado o que las sospechas sobre la intervención de los servicios secretos españoles y portugueses en la preparación de aquel rentable atentado tuviera algo de razón.   
           Demasiado novelera me parece esta última hipótesis para ser cierta. A fin de cuentas, los extremistas nunca han necesitado ayuda para ser los más eficaces colaboradores de sus enemigos.




domingo, 5 de agosto de 2018

La verdadera historia: Sherlock Holmes y el eslabón perdido




Mucho se ha especulado sobre quiénes pudieron ser los autores del fraude del Hombre de Piltdown, que mantuvo engañada a la comunidad científica durante cuatro décadas, y sobre cuáles pudieron ser las razones que les llevaron a ello.
            Una carpeta procedente del archivo de John Dickson Carr, el famoso autor de novelas detectivescas, subastada recientemente en Londres, contribuye a aclarar el enigma.
            Los hechos son bien conocidos. En 1912, un abogado de cierto nombre, coleccionista y arqueólogo aficionado, Charles Dawson, se puso en contacto con el Museo Británico, porque había encontrado sensacionales restos prehistóricos en un descampado de Piltdown, cerca de Susex, al sur de Inglaterra.
            Al director del departamento de Geología, Arthur Smith Woodward, le llamaron la atención desde el principio esos hallazgos y tomó parte en las siguientes excavaciones.
            Ayudante y colaborador de Dawson, era un jovencísimo jesuita francés, Pierre Teilhard de Chardin, que años más tarde se haría famoso por sus descubrimientos paleontológicos y sus peregrinas teorías, a medio camino entre la ciencia y la especulación espiritualista, sobre la evolución humana.
            De la veintena de hallazgos encontrados en Piltdown, pronto llamó la atención una mandíbula que parecía de algún tipo de mono, pero que tenía una rara particularidad: las superficies de los dos morales intactos del fósil estaban planas y tan solo en una mandíbula de homínido podían haberse desgastado esas muelas hasta quedar lisas. Fragmentos de cráneo descubiertos cerca permitieron reconstruir lo que creyeron era el “eslabón perdido” de la evolución humana, un ser intermedio entre el hombre y el mono, según proclamaron de inmediato todos los periódicos sensacionalistas y alguno tan serio como The Times. Recibió el nombre de su descubridor: Eoanthropus dawsoni. Se decía que había existido hacía medio millón de años, en los comienzos de la Edad Glacial. El primer humano sería entonces inglés, no africano ni asiático, lo que llenaba de orgullo a los súbditos de la Gran Bretaña.
            El cráneo del Hombre de Piltdown se convirtió en uno de los mayores tesoros del Museo Británico. Encerrado en una caja fuerte, a prueba de fuego, solo muy de tarde en tarde, y con todas las precauciones posibles, se enseñaba a unos pocos privilegiados. Se sacaron varios moldes y sobre ellos realizaron sus mediciones y estudios los investigadores. El hombre de Piltdown, reconstruido, figuró en varias exposiciones y se hizo popular entre los niños, ya que aparecía dibujado en los manuales escolares.
            Aquel cráneo prodigioso no fue el único descubrimiento que hizo Dawson. Hasta 1915, y en el pozo de grava del primer hallazgo, siguió encontrando otros restos: dientes fósiles, hachas de silex, huesos de animales. El último hallazgo fue espectacular: a tres kilómetros, se encontró con el cráneo de un segundo hombre de Piltdown. Pero ya por entonces circulaban rumores entre los vecinos. Uno incluso se refirió a que, algunos de los restos recién encontrados, lo había visto él en casa de Dawson meses antes.
            Un periodista le preguntó su opinión al conocido escritor Arthur Conan Doyle, que vivía cerca. “No tengo nada que decir –respondió–, solo que el doctor Challenger está analizando el asunto y pronto se publicará el resultado de sus investigaciones”.

            El doctor Challenger era el protagonista de El mundo perdido, fascinante anticipo de las fantasías hollywoodenses del Jurasic Park. En ese libro, publicado el mismo año de 1912, se afirma explícitamente “lo fácil que sería crear una farsa con fósiles y engañar a los científicos contemporáneos”. Y más de una vez repitió en sus numerosas conferencias que había más pruebas objetivas de la verdad de los fenómenos espiritistas que de las teorías de la evolución.
            Lo que no dijo nunca, quizá para no impacientar a sus seguidores, es que también había puesto tras la pista del Hombre de Piltdown  a Sherlock Holmes, a quien había llegado a odiar porque cada vez ensombrecía más con su fama no solo al resto de sus obras sino a él mismo. Como don Quijote, en conocida opinión de Unamuno, era menos criatura que creador de Cervantes, así él se sentía cada vez más un borroso apéndice del detective, poco más que un pseudónimo del doctor Watson.
            La falsedad del Hombre de Piltdown no se hizo evidente hasta comienzos de los años cincuenta. Por entonces Teilhard de Chardin vivía en Nueva York, donde moriría en 1955. Un amigo londinense, que sabía de su participación en los hallazgos de 1912, le escribió alarmado para que defendiera la legitimidad de aquellos restos arqueológicos. Theilhard nunca contestó a esa carta o no se ha encontrado la respuesta. Nunca sabremos si participó en el fraude o si fue engañada su buena fe.
            Charles Dawson murió en 1916; su valedor en el Museo Británico, treinta y cinco años después. Ambos defendieron hasta el último momento la autenticidad del hallazgo, aunque cada vez resultaba más insostenible. Primero fueron aparecieron otros restos en distintos lugares del planeta que en nada se parecían a aquel cráneo; después la datación por flúor del cráneo, llevada a cabo por el doctor Kennet Oakley, le dio una antigüedad de cincuenta mil años, no de medio millón de años.
            Oakley habló de estos asuntos con un colega de Oxford, el doctor Weiner. ¿Cómo era posible aquella quijada simiesca en un cráneo tan evidentemente humano? ¿Cómo era posible que tuviera unos molares tan aplanados? Se le ocurrió de pronto una idea algo absurda, que en principio descartó. Luego recordó unas palabras de Sherlock Holmes: “Tras haber eliminado todo lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, tiene que ser la verdad”.
            Lo que hizo Weiner fue adquirir una muela de chimpancé, limarla y teñirla: el resultado fue bastante semejante a las del hombre de Piltdown.
            De la aventura de Sherlock Holmes recién descubierta solo se ha publicado un resumen. Los herederos de Conan Doyle aún no han dado permiso para publicarla en su integridad. Es claramente una narración en clave. Sherlock recibe la visita del director del Museo Smithsoniano que le pide que investigue la muerte, que él cree un asesinato, aunque fue considerada como natural, del autor de un sensacional descubrimiento arqueológico sobre el que han comenzado a surgir serias dudas. Sherlock, tras averiguar que se trata de un fraude y describir minuciosamente cómo se llevó a cabo, llega primero a la conclusión de que se trató de un suicidio, como el del falsario Thomas Chatterton, movido por los remordimientos, para luego inclinarse por la opción del asesinato..
            Yo me imagino perfectamente cómo se sentiría Dawson al comprobar las dimensiones que iba cobrando lo que en principio podía pasar por una sofisticada broma. Y me lo imagino porque yo también, en mucha menor escala por supuesto, he jugado a la mixtificación. En los ochenta, publiqué un cuadernillo con unos poemas inéditos de Sandro Penna, que Eugénio de Andrade dio por buenos y tradujo del italiano al portugués. Una tesis doctoral sobre Francisco Brines reproduce en apéndice, como no incluidos en su obra completa, dos supuestos poemas suyos que yo di a conocer en la revista Jugar con fuego. De vez en cuando encuentro en algún blog unos poemas de Marilyn Monroe, de una simplicidad y de una intensidad conmovedoras, que yo publiqué por primera vez y cuyos originales ingleses quizá no han existido nunca. Con motivo del cincuentenario de la muerte de Pessoa, Félix Grande me pidió un texto sobre el creador de los heterónimos para Cuadernos Hispanoamericanos. Yo envié una serie de apócrifos, entre ellos una supuesta carta inédita a Mário de Sá-Carneiro bastante escandalosa. Para mi sorpresa no aparecieron en la sección de homenajes al poeta, sino como textos suyos. La revista se presentó en un acto cultural en el que intervino el embajador portugués en España. Pudo haber ocurrido un escándalo que motivara el cese de Félix Grande como director (eso al menos me reprochó él, cuando, movido por los remordimientos, se lo confesé).
            Parece que Charles Dawson, al percatarse de las dimensiones que había tomado su broma, quiso confesar la verdad. El director del departamento de Geología del Museo Británico, el ambicioso Arthur Smith Woodward, que había alcanzado reconocimiento mundial gracias a ella, se lo impidió.
            ¿Por qué Conan Doyle no publicó un relato que, a juzgar por quienes lo han leído, no desmerece en absoluto del resto de las sesenta aventuras canónicas del detective? La transposición novelesca no ocultaba lo que había detrás y quedaba demasiado clara la acusación de asesinato a un personaje todavía vivo e influyente.
            Hay otra razón. John Dickson Carr, en colaboración con Adrian Conan Doyle, hijo de Arthur, es el autor de Las hazañas de Sherlock Holmes, un brillante pastiche que recrea las aventuras del detective a las que se alude en los relatos canónicos y que el doctor Watson decidió no contar por motivos diversos. Quizá “Sherlock Holmes y el eslabón perdido” no es una relato inédito de Conan Doyle, sino un brillante pastiche de del propio Dickson Carr, escrito cuando ya se conocían bastantes de las claves del fraude.
            Lo que nunca sabremos es cuántos Hombres de Piltdown o falsos brontosaurios hay en los museos de Historia Natural del mundo; cuántos Goyas que no pintó Goya admiramos; cuántos de los nuevos inéditos de Juan Ramón Jiménez o Pessoa que se descubren cada año son de verdad suyos (algunos, lo confieso –mea culpa, mea culpa– son míos).


           

domingo, 29 de julio de 2018

La verdadera historia: Crimen perfecto



Colecciono enigmas, misterios por resolver. Estos días, leyendo las Crónicas de la república y la guerra civil, de Fernando Ortiz Echagüe, he creído aclarar el cómo y el por qué de su trágica muerte, que parecía un suicidio, como en el caso del fiscal Nisman, pero que no lo era, al contrario que en el caso del famoso fiscal argentino.
            Fernando Ortiz Echagüe nació en Logroño en 1892, de familia vasca. Vivió en San Sebastián hasta que con diecisiete años se trasladó a Argentina, donde se hizo un nombre como periodista. Buena parte de su vida –de 1918 a 1940– transcurrió en París, como director de la corresponsalía europea de La Nación. Allí moriría en 1946.
            Fue él quien permitió ganarse la vida a algunos de los más ilustres escritores españoles que se refugiaron en Francia al comienzo de la guerra española. Al comienzo de Ayer y hoy, el libro tantos años maldito de Baroja, leemos: “Fernando Ortiz Echagüe me invita aquí en Hendaya a escribir algo para La Nación, de Buenos Aires. No tengo la suficiente serenidad para hacerlo, y, cosa un tanto absurda, al ponerme sobre el papel, la pluma me tiembla entre los dedos. Tengo, pues, que dictar el párrafo”. Era julio de 1936 y Baroja había tenido que salir por pies y con lo puesto de su casa en Vera del Bidasoa tras un encontronazo con los requetés sublevados.
            Ortiz Echagüe, en la España republicana, fue amigo de García Lorca y de toda la joven literatura de entonces. Carlos Morla Lynch, en su famoso diario, nos ha dejado un buen retrato suyo. Tras definirlo como “periodista destacado que vive en París” que ha conseguido renombre internacional, añade: “Posee una inteligencia equilibrada y clara y sabe lo que hace y dónde va. Tiene un físico volcánico de boxeador español, pero con el atractivo de un hombre culto y fino. Es evidente que se ha dado un golpe grande en la nariz cuando pequeño. Así y todo, con la nariz rota, disfruta de un éxito ambicionable entre el elemento femenino. Es otro de aquellos a los que las damas atribuyen el sortilegio del sex-appeal, esa afortunada expresión americana que, a los ojos de las mujeres, ha dividido a los hombres en dos grupos: los que lo tienen y los que no”.
            Con la ocupación de Francia, se trasladó a Nueva York, donde siguió siendo corresponsal del gran diario porteño. En 1946 volvió de nuevo a París. Se alojó en un lujoso hotel, el Lancaster, cerca de los Campos Elíseos, un hotel abierto todavía hoy y que presume de haber tenido entre su clientela a Marlene Dietrich, que decoró la suite 401 a su gusto, Clark Gable, Greta Garbo y Grace Kelly. De la historia del periodista argentino-español no quieren saber nada en el hotel, aunque podría servir como argumento para una película de intriga.
            La noche del 8 de julio estuvo tomando unas copas hasta tarde con su amigo William Remon, agente de negocios que se ocupaba de sus intereses financieros. Le habló de su inminente viaje a Nueva York, donde se reuniría con su esposa, norteamericana, y con su hija, de cuatro años, una hija tardía que le había llenado de ilusión. Le pidió que comunicara al inquilino de su casa en Anglet, cerca de Biarritz, que debía dejarla en marzo porque para entonces pensaba irse a vivir en ella con toda su familia. Le mostró la fotografía de su mujer y de su hija que acababa de recibir: “¿A que es la niña más preciosa del mundo?”
            Esa misma noche se arrojó por la ventana de su cuarto, en un sexto piso. No dejó ninguna nota. La habitación estaba en perfecto orden: los pantalones aparecían cuidadosamente plegados; las monedas, el reloj y las llaves estaban colocados sobre la mesilla, en la cual se veía también un tubo de somníferos de marca inglesa, del que solo faltaba una tableta.
            Parece que a altas horas de  la noche, según indicaron desde la centralita del hotel, alguien le había llamado por teléfono; pero la llamada se cortó antes de que pudiera atenderla.
            La única explicación que se le ocurrió a William Remon para el comportamiento de su amigo fue que se tratara de un caso de sonambulismo. Así lo declaró a los periodistas que le interrogaron: “Tengo la convicción de que lo sucedido es que Ortiz de Echagüe ignoraba la fuerza de las tabletas somníferas y exageró su uso, siendo probable que la acción de estas, unida al extremo agotamiento debido a su intensa labor, originaron alguna pesadilla durante la cual imaginó quizá que se hallaba en un avión a punto de estrellarse y trató de sortear el peligro saltando al espacio. Esta hipótesis se apoya además en el hecho de que Ortiz se mostrara algo inquieto ante la perspectiva del vuelo trasatlántico, hasta el extremo de que, según me manifestó, tenía el propósito de hacer que le aplicaran una inyección en el momento de subir al avión a fin de cobrar ánimos”.
            En el diario Arriba aparecieron unas declaraciones de la hermana del periodista, doña Encarnación Ortiz de Echagüe, que vivía en San Sebastián, negando la posibilidad de un suicidio. Estaba muy ilusionado con su hija y con su próximo traslado al país vasco francés, muy cerca de los lugares de la infancia. Ella creía que el aparente suicidio había sido un asesinato. Ortiz Echagüe se había ganado muchos enemigos con sus últimos artículos y había recibido varias amenazas de muerte. Tenía la intención de dejar de escribir y retirarse a Francia para ocuparse solo de su huerto y de su hija. Doña Encarnación pensaba que los culpables de su muerte eran quienes en la España de los años cuarenta tenían la culpa de todo: los comunistas.
            Pero hubo quien apuntó en otra dirección. “El hombre que sabía demasiado” se titula una crónica publicada, tiempo después, en un periódico argentino. ¿Y qué es lo que sabía Ortiz Echagüe? Al parecer estaba muy al tanto de la trama que el gobierno de Perón había establecido para salvar a los jerarcas nazis y sus fortunas provenientes del saqueo de los territorios ocupados. Y pensaba denunciarla en una Francia que trataba de hacerse perdonar su pasado colaboracionista castigando sin piedad a todos los que habían tenido alguna relación con los alemanes. No era precisamente a los comunistas a quienes más interesaba aquella muerte.
            Había un motivo claro para asesinar a Ortiz Echagüe; lo que no estaba nada claro era cómo pudo llevarse a cabo.
            A mí su caso me recordó de inmediato al de Alfredo Nisam, el fiscal argentino dedicado a investigar la trama del atentado con coche bomba, en 1994, contra la Asociación Mutual Israelita Argentina. Tras años de investigación, sin demasiado fruto, de pronto lanza la bomba informativa de que tiene pruebas de la implicación de Cristina Fernández de Kirchner en los intentos de ocultar a los autores y que las va a presentar en el Senado. El día antes de esa comparecencia aparece muerto de un tiro en el baño de su casa, apoyado de espaldas contra la puerta y la pistola a un lado. Una pistola que el día antes le había pedido prestada a un íntimo amigo suyo. Los papeles que debía presentar ante el Senado estaban sobre su escritorio.
            Todos los enemigos de la entonces presidenta argentina pensaron de inmediato en un asesinato organizado por ella. Los primeros jueces lo descartaron; otros jueces han vuelto a hablar de asesinato y así lo creen todos los que quieren creerlo. Pero la realidad es terca. Nadie hasta la fecha ha sido capaz de imaginar cómo pudo haber sido realizado ese asesinato en un cuarto cerrado y en un lujoso apartamento de Puerto Madero sin que nadie, ni los guardaespaldas del fiscal, viera ni oyera nada. Cada poco, aparecen nuevos titulares confirmando el asesinato, pero basta leer el texto para darse cuenta de que obedecen más a pasión política contra el kirchnerismo que a hechos demostrados.
            ¿Sería también un suicidio, un simple suicidio (si es que algún suicidio puede considerarse simple), la muerte de Ortiz Echagüe? Parecía feliz, pero nadie sabe lo que pasa por la cabeza de un hombre un instante antes de arrojarse por la ventana de su habitación.
            Un detalle que ha pasado inadvertido a quienes se ocuparon del caso me ha permitido a mí formular una hipótesis sobre ese suicidio que, sin dejar de serlo, puede a la vez ser considerado como un crimen perfecto.
            William Remon, el amigo íntimo del periodista que fue el primero en entrar en su cuarto junto con la policía, apuntó hacia la verdad en sus declaraciones, pero no dijo toda la verdad. Por mucho miedo que uno tenga al avión, ¿a quién se le ocurriría arrojarse por la ventanilla del mismo ante la perspectiva de un accidente?
            Otra fue la sugestión que le llevó a Ortiz Echagüe a levantarse de la cama apartando con cuidado las sábanas y tranquilamente, sin tropezar con ninguna silla, abrir las contraventanas y saltar al vacío.
            En los diarios parisinos de esos días, aparece el anuncio de un espectáculo de hipnotismo, presentado como un experimento científico, que llamó mucho la atención. Sabemos que Ortiz Echagüe estaba interesado en el fenómeno, pero no creía en él, le parecía una patraña como el espiritismo.
            Se prestó a una sesión privada para desenmascarar el fraude. Se quedó dormido en ella y despertó al chasquido de los dedos del ilusionista.
            ––Eso no demuestra nada, estoy un poco fatigado últimamente, duermo bastante mal, tengo sueño atrasado.
            ––Pronto dormirá perfectamente, monsieur.
            A las seis de la mañana sonó el teléfono en la habitación. Al oír ese repiqueteo, Ortiz Echagüe se levantó e hizo lo que tenía que hacer, lo que le habían ordenado hacer.
            Su agente de negocios no le contó estás cosas a la policía. Su agente de negocios ganaba mucho más dinero llevando los negocios de otras personas.




domingo, 22 de julio de 2018

La verdadera historia: Golpe a golpe





Soy una persona bastante insoportable, para qué nos vamos a engañar. No es ya me empeñe en tener siempre razón, algo que con un poco de paciencia se podría soportar, sino que casi siempre la tengo, que es lo verdaderamente insoportable. De vivir conmigo,quienes lo han intentado se han cansado pronto.
            El trabajo, la lectura, las largas caminatas a pie (me he recorrido casi toda España y media Europa sin más compañía que una mochila y una cámara de fotos) me han permitido no añorar demasiado la vida en pareja, una familia, un hombro sobre ei que llorar. Pero ahora voy a cumplir setenta años y la perspectiva de enfrentarme a solas con los achaques de la vejez no me agrada demasiado, la verdad.
            Solía dormir bien sin necesidad de pastillas y al médico habré ido dos o tres veces en mi vida. Últimamente, sin embargo, parece que comienzo a vislumbrar lo que se avecina. Han comenzado las noches de insomnio, que aprovecho para leer, escuchar música, ordenar mi archivo. Guardo unos centenares de documentos, recopilados a lo largo de casi medio siglo en mercadillos y librerías de viejo, algunos simplemente curiosos, pero otros pueden ayudar a dar la vuelta a la historia de España que nos han contado.
            Ayer recibí el libro que Pedro López Ortega dedica al coronel Segismundo Casado. El subtítulo resulta significativo de la intención: “Defensor de la Justicia, la Libertad y la República”. Basta hojearlo para darse cuenta de que tiene mucho de acrítica apología.
            Hay un pasaje que me ha interesado especialmente. Se trata de la referencia a la edición de la Gaceta de Madrid que sirvió de pretexto al golpe contra el gobierno de la República, teóricamente un contragolpe contra el que preparaba Negrín para entregarles todo el poder a los comunistas.
            Julián Marías afirma en sus memorias haber tenido en las manos las galeradas de ese número, que muchos consideran apócrifo: “Negrín preparó un golpe que pudo ser muy grave. Se trataba de la destitución de todos los mandos importantes, militares y políticos, que estaban en manos de los republicanos o socialistas moderados y su sustitución por comunistas y algunos socialistas de significación análoga. Esto no me lo ha contado nadie: vi las galeradas en la Gaceta de Madrid –preparadas el día 5 y que debían haber sido publicadas el día 6– con las largas series de nombres, compuestas para su publicación al día siguiente. Pero esto fue interrumpido por un suceso que nos conmovió a todos el 5 de marzo”.
            Ese suceso fue la toma del poder por parte de un Consejo Nacional de Defensa que encabezaba Casado y que tenía entre sus principales valedores a un socialista de cátedra al que las circunstancias habían dejado al margen, Julián Besteiro.
            Todo el mundo sabe cómo se desarrollaron esos hechos. Lo que pocos saben es que fueron recibidos con alivio por Negrín y que quizá el propio Negrín les dio el impulso final ante los retrasos y las dudas de los golpistas.
            Al comunismo se deben muchos de los mayores crímenes de la historia, pero al anticomunismo no se le deben menos. El joven Julián Marías –orteguiano, católico y visceralmente anticomunista– fue uno de los ideólogos del golpe que desmanteló lo que quedaba de la República y se lo entregó en bandeja de plata a los franquistas. Cuarenta años después también estaría, al parecer, entre los ideólogos de otro golpe contra el comunismo y el terrorismo, el protagonizado por los militares argentinos contra el tambaleante gobierno de Isabelita Perón.
            Como el golpe de Casado, fue recibido con un suspiro de alivio por buena parte de la sociedad argentina. “Por fin tenemos un gobierno de caballeros”, dijo Jorge Luis Borges más de una vez y todavía podemos escucharlo en una entrevista con Joaquín Soler Serrano que anda por Youtube.
            No solo la plutocracia argentina alentó a los militares. Contaron también con una coartada intelectual que se gestó en las reuniones que tenían lugar en el domicilio de Jaime Perriaux, que había sido ministro de Justicia y era un gran admirador de Ortega. Uno de los asistentes habituales a aquellas tertulias era Julián Marías, que viajó con frecuencia a Argentina –donde era un conferenciante admirado– en los años previos al golpe y con el proceso ya en marcha y torturando y haciendo desaparecer a subversivos para bien de la patria. Lo contó José Alfredo Martínez de Hoz, el superministro de Economía de la dictadura, en la comisión que, en 1984, investigaba uno de los negocios de entonces: la compra de la compañía Ítalo-Argentina de Electricidad por mil veces su valor, un sobrecoste que, en buena medida, iría a parar a los bolsillos de los generales que pretendían salvar la nación.
            Pero les estaba hablando de Segismundo Casado y de las pruebas que tengo de que su golpe fue recibido con alivio, si no propiciado, por Negrín. Nos han dicho que uno pretendía continuar la guerra de manera numantina y el otro quería la paz. Pero la paz llevaba ya muchos meses buscándola Negrín, a través de contactos, más o menos secretos, con el gobierno francés y, sobre todo, con el gobierno inglés. Claro que no una paz a cualquier precio, arrodillándose y bajando la cabeza para que se la cortaran, que es lo que finalmente hizo Casado.
            La derrota de la República tuvo lugar en dos fases. La caída de Cataluña constituyó la primera. Negrín se encargó de que fuera de forma ordenada. El 9 de febrero las tropas franquistas llegaron a la frontera con Francia y ocuparon todos los puestos fronterizos. Ese mismo día, desde primeras horas de la mañana, Negrín estuvo supervisando, en el enclave de La Junquera-Le Perthús, el paso a Francia de las últimas unidades del ejército republicano. Le acompañaba el general Rojo. Ya habían pasado todas las autoridades y todos los civiles que temían alguna represalia cuando él se decidió a cruzar la frontera. Unos minutos de retraso y habría caído bajo las garras de Franco. Ya en Francia, suspiró aliviado y le dijo a Zugazagoitia, que le acompañaba en ese momento: “¡Veremos cómo liquidamos la segunda parte! Esa será más difícil”.
            Sin descansar apenas, Negrín se trasladó a Toulouse, donde tomó un avión para la zona centro. No solo se había ocupado de salvar la vida de los republicanos, también de asegurarles en lo posible la subsistencia durante un exilio que se adivinaba largo. Incluso el famoso tesoro del Vita –que luego administraría Prieto– fue él quien lo trasladó a Francia. Y de todo el empleo de los bienes de la República, también del famoso oro de Moscú, dejó minuciosa constancia documental.
            Qué diferencia con Segismundo Casado, un militar, solo un militar, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Él quería acabar la guerra, liquidando a los comunistas, y a su aliado Negrín, y luego dándose un abrazo –como el famoso de Vergara– con el general Franco, a fin de cuentas, un compañero, un patriota que solo quería una cosa, y en eso coincidían, el bien de España. Franco era tan generoso que no tendría ningún inconveniente en incorporar a su ejército, conservado sus grados, a los militares que había estado al lado de la República sin participar en sus desmanes,
            Franco le dejó hacer, relamiéndose de gusto: aquel militar traidor era el perfecto tonto útil. Negrín proclamaba que todavía era posible seguir la lucha para poder negociar desde una posición de fuerza la paz que permitiera salir de España a todo el que lo deseara.
            Casado negociaba con el enemigo ya antes del golpe, incluso consultó los detalles con algún notorio quintacolumnista.
            Negrín estaba cenando, tras una reunión del Consejo de Ministros, en la posición Yuste. Casado llamó al general Matallana, uno de los comensales, para comunicarle su decisión. Matallana se lo contó a Negrín y luego le pasó el auricular: “Dígame usted, general Casado, qué es lo que pasa”. Una pausa, y luego, con voz firme: “Bien. Queda usted destituido”. Pero, al sentarse, dio un suspiro de alivio. Había hecho lo que había podido. Él no tomaría parte en una guerra civil entre republicanos. La gestión de la derrota quedaba ahora en otras manos. En las peores manos, en las más torpes, aunque sin duda bien intencionadas.
            Negrín, jefe del gobierno legítimo de la República, fue el último en cruzar la frontera tras la caída de Cataluña; Casado, jefe del gobierno republicano tras un golpe militar (apoyado por militantes de distintos partidos que solo tenían en común su odio a los comunistas), se subió a un buque inglés en Gandía –después de hablar por la radio acompañado de un jerarca falangista y tras escuchar la Marcha Real–, dejando a cientos de miles de republicanos en tierras de Alicante esperando unos barcos que nunca llegarían.
            Aquel no nato ejemplar de la Gaceta de Madrid en que se destituía a los mandos socialistas y republicanos para sustituirlos por comunistas, la justificación de un golpe que se iba a dar con o sin justificación, yo lo tuve también en mis manos. Y el librero de Toulouse que me lo quería vender me dijo que procedía de alguien, su abuelo materno, que había sido ayudante de Negrín en los días aciagos de la posición Yuste, cuando abandonado de todos, comenzando por el presidente de la República, llevaba días sin dormir, abrumado por no poder salvar a los combatientes que habían confiado en él. “Pensó incluso en quitarse la vida”, me dijo.
            Pero lo que se quitó fue un peso de encima cuando Casado dio por fin un paso al frente y pasó de negociar a escondidas a rendirse incondicionalmente, no sin antes liquidar –hubo unos dos mil muertos aquellos días de marzo– a la oposición comunista.
            Le hizo un gran favor a Franco, que le pagó de mala manera (se limitó a dejarle escapar), y otro a Negrín. El primero es bien sabido; del segundo se ha hablado menos.



domingo, 15 de julio de 2018

La verdadera historia: Tema del traidor y del héroe



No soy un hombre muy enamoradizo, la verdad. Amores, verdaderos amores, de esos que acaban rompiéndote el corazón, habré tenido apenas seis o siete en toda mi vida.
            Uno de ellos me hizo ir a Bayona con bastante frecuencia, lo que pudo haberme traído complicaciones porque eran días –años noventa– en que aún actuaba con virulencia cierta organización armada y mis frecuentes visitas podían hacerme sospechoso, y no solo para la policía española, pero nunca fui molestado ni por unos ni por otros.
            Le cogí cariño a la ciudad, ya desembarazado de aquella gustosa carga, y he vuelto más de una vez, la más reciente el pasado mes de junio.
            Mientras tomaba café en una de las terrazas de la Rue del Port-Neuf, se me acercó un anciano –o eso me pareció, aunque tendría mi edad– de barba blanca, a lo Walt Whitman, que me conocía porque habíamos coincidido en la revista Zurgai e intercambiado, allá por la época de Jugar con fuego, algunas cartas.
            Acababa de sorprenderme la placa dedicada a Aristides de Sousa Mendes en el edificio que había sido consulado de Portugal en los años cuarenta y le hablé de ella.
            –-Creía que Sousa Mendes fue cónsul en Burdeos, no en Bayona.
            ––Así es, aquí solo estuvo dos o tres días.
            –-¿Y con solo dos días ya le dedicaran ese recuerdo? ¡Admirable personaje!
            ––Admirable lo que hizo; él tenía sus luces y sus sombras, bastantes sombras. ¿De verdad cree que su intención primera al dar visados a troche y moche durante aquella semana de junio era salvar vidas?
            ––De verdad lo creo y por salvarlas arriesgó la propia y echó a perder su carrera diplomática.
            ––No estoy yo tan seguro. Aristides de Sousa Mendes era de una familia aristocrática venida a menos, católico, monárquico, conservador. Tuvo sus enfrentamientos con los gobiernos republicanos hasta que llegó al poder Salazar, que había sido su profesor en Coimbra. Siempre fue un derrochador, siempre necesitó más dinero del que ganaba. Le expulsaron de algún puesto por intento de extorsión. Salazar le envió en primer lugar a España y allí se dedicó a informar sobre las actividades de los portugueses huidos de la dictadura. Más de una vez utilizaba dineros del consulado para sus necesidades personales. Todo se le perdonaba por su fidelidad a Salazar.
            ––Pero supo desobedecerle en el momento clave, por eso ha pasado a la historia. En junio de 1940, Burdeos se convirtió en una ratonera con miles y miles de judíos, de comunistas, de personas que trataban de huir de los nazis y él, desoyendo las claras directrices de su gobierno, les dio los papeles necesarios para llegar a Lisboa y allí poder embarcarse hacia América. Salvó treinta mil vidas, eso es lo que cuenta.
            –––Eso es lo que cuenta, cierto, pero las cosas no fueron exactamente como nos las han contado. En 1940, Sousa Mendes tenía, como era habitual en él, importantes problemas económicos. No solo debía alimentar a su numerosa familia –tuvo catorce hijos–, sino que además acababa de perder la cabeza como un adolescente por una francesita, mucho más joven que él, Andrée Cibial, a la que le gustaba vivir a lo grande. Cuando comienza la guerra, Portugal, como España, declara su neutralidad, pero, al contrario que España, y a pesar del fascista Estado Novo, sus simpatías van hacia los Aliados por la tradicional alianza con Inglaterra. Por eso, los huidos del nazismo, recuerde la película Casablanca, quieren llegar a Lisboa, no a Madrid. Los primeros cuarenta visados que expide Sousa Mendes sin pedir autorización al Ministerio los firma el 16 de junio, un día antes del armisticio. Cobra tarifas adicionales y entre los destinatarios se encuentra la familia Roschild. A partir del día siguiente, se dedica a entregar visado a todo el que lo solicita. Le ayudan sus hijos, sus sobrinos, el rabino Jacob Kruge, una auténtica producción en cadena. Salva vidas, pero en un día las tasas superan a lo ingresado en un año.
            ––Esa interpretación me parece un poco miserable, un intento de manchar con fango al héroe. ¿Qué pruebas hay? Se parece a las teorías que niegan el holocausto.
            ––Nada que ver, son hechos probados, hasta puede usted consultarlos en la Wikipedia. Pero el mito, una vez consolidado, resiste cualquier evidencia.
            ––Bien, admitamos que cobró lo que tenía que cobrar, lo que le correspondía legalmente. En cualquier caso, hizo un mal negocio que acabaría costándole la expulsión, como él podía imaginarse.
            ––Ya llegaremos a eso. Antes de ese 17 de junio ya había cometido alguna irregularidad. El 20 de mayo le había proporcionado a un desertor del ejército un pasaporte portugués falso para que pudiera huir a España. Como cónsul, era poco escrupuloso.
            ––¡Un héroe!
            ––-O un pescador en aguas revueltas, como tantos entonces. Pero de esas irregularidades suyas fue cómplice el gobierno portugués, que trataba de estar a bien con unos y con otros. Amonestó a Sousa Mendes por los visados que otorgaba sin seguir sus indicaciones, pero no los invalidó. Hay además un hecho curioso, la Embajada Británica en Lisboa protestó el 20 de junio porque Sousa Mendes retrasaba el visado a súbditos británicos para dárselo luego en horas fuera de servicio y así cobrar tasas especiales. En fin, un héroe con muchas sombras, ya digo. Expulsado por su gobierno de Burdeos, Sousa Mendes se vino a Bayona. Aquí estuvo, firmando visados como un loco, del 20 al 23 de junio, firmando con una mano y cobrando con la otra. El 23 le cesa Salazar de su cargo, pero él sigue firmando visados de camino a Hendaya. Los firmó hasta un minuto antes de entrar en España. Y aquí viene algo en lo que nadie ha reparado, me parece a mí. Si ya había sido cesado como cónsul, ¿qué validez tenían esos visados? Ninguna. Tampoco la tenían los que firmó contraviniendo las órdenes de su gobierno. Habría bastado una circular del Ministerio para que ninguno de esos refugiados hubiera podido pasar la frontera. Con otras palabras, Sousa Mendes hizo lo que hizo porque contó con la complicidad de Salazar.
            ––¿Y entonces por qué se le expulsó de la carrera consular?
            ––Pues porque había que complacer a los dos bandos. A los Aliados, especialmente a Inglaterra (Portugal siempre tuvo algo de protectorado inglés, sin su ayuda no habría logrado escapar del imperialismo español), y a la Alemania nazi, hacia la que iban todas sus simpatías ideológicas y que entonces parecía que iba a marcar para siempre el futuro de Europa. Se le sancionó, no había otro remedio, pero sin cargar la mano. Tenga usted en cuenta que solo por falsificar un pasaporte le podían caer cinco años de cárcel. Parece que siguió cobrando su pensión hasta su muerte, en 1954.
            ––No son esas mis noticias.  Se retiró a su casa solariega, en Cabanas de Viriato y tuvo que ir malvendiendo todo lo que tenía para sobrevivir y alimentar a sus hijos.
            ––Sus hijos no quisieron saber nada de él desde que se casó en 1948 con su amante francesa. Con ella había tenido una hija, de la que se desentendió pronto: se quedó en Francia con unos parientes y no se preocupó de volver a verla. La mitificación comenzó en 1966 cuando Israel le declaró Justo entre las Naciones. Ahora le reivindican sus nietos, que han creado una fundación y comprado la casa solariega de la familia, con la que se quedó el tendero del pueblo para saldar deudas.
            ––Vamos a suponer que todo eso cierto. El hecho es que su desobediencia salvó vidas, muchas vidas. ¿Qué importa lo demás?
            ––Al padre de mi mujer, que salvó del linchamiento a una mujer embarazada, no le dieron ninguna medalla por ello. Todo lo contrario. Pudo costarle caro. Estuvieron a punto de depurarle. Parece que el padre de la criatura era un soldado alemán. Así andaban las cosas en el París de 1945.
            Cuando me quedé solo, mientras daba un paseo por los lugares familiares (la plaza de la catedral, el mercado junto al Nive, el Gran Teatro, el largo puente sobre el Adour, la neoclásica sinagoga), pensé en las ambigüedades de la historia, en lo cerca que están el héroe y el criminal, el canalla y el santo. ¿Qué diferencia hay entre un mártir que merece ser honrado en los libros de historia y un terrorista suicida? Que uno da la vida por aquello en lo que nosotros creemos y el otro por aquello en lo que creen nuestros enemigos.
            Recordé, una vez más, algo que nunca he contado a nadie. Fue en el otoño del 74. Yo estaba en la cárcel de Carabanchel por sinrazones que no vienen al caso. En el silencio de la noche, angustiado e insomne en la celda de la Séptima Galería, una voz comenzaba a cantar el Gernikako Arbola. De inmediato, se oían los pasos de los funcionarios que se dirigían hacia donde sonaba esa voz para hacerla callar. Y callaba con el rechinar del cerrojo, pero en ese mismo instante la canción continuaba en otra de las celdas. Y así durante un largo rato, jugando al gato y al ratón. Eran hermosas aquellas voces que no se rendían, que ponían un poco de luz en la negrura carcelaria.
            Luego vino lo que vino, tanto dolor y tanta injusta muerte, y todo eso es verdad y sin disculpa alguna, pero todavía hoy se me llenan los ojos de lágrimas cuando escucho el Gernikako Arbola, bocanada de libertad en una larga noche de piedra que parecía que no iba a terminar nunca.
           



domingo, 8 de julio de 2018

La verdadera historia: ¡Viva España con honra!




“Me encantaría que conocieras a mi amigo Julio Salom, general de brigada que –no tengo duda– llegará a general de cuatro estrellas. Julio, uno de los pocos idealistas de verdad que conozco, ha sido teniente, capitán, comandante y coronel legionario, y está tan atónito como yo ante lo que se dice sobre la legión española. Disciplinado como buen militar, aguanta lo que haga falta pero no entiende que se publiquen determinados artículos tan tremendos como los escritos a propósito del himno de la legión entonado por políticos que asistían al desembarco del Cristo de Pedro de Mena en el Puerto de Málaga”.
            Soy más amigo de la verdad que de mis prejuicios, así que después de haberme pasado los últimos días defendiendo a Unamuno y despotricando contra Millán Astray, el energúmeno del Paraninfo en un incidente que algunos quieren minimizar, no tendría ningún inconveniente –todo lo contrario– en conocer a Julio Salom, como me sugiere Ángel Gómez Moreno, catedrático de Literatura en la Complutense, hombre de muy varios e insólitos saberes.
            A fin de cuentas, entre mis héroes ha estado siempre un militar, Antonio Ros de Olano, de quien supe mucho antes de encontrármelo en la historia de la literatura y de leer sus obras. Mi abuelo Juan era un gran admirador suyo y siempre lo mencionaba cuando hablaba de la guerra de Marruecos. Yo pensaba que había sido su jefe, pero luego supe que no podía ser posible. Mi abuelo estuvo en los años veinte y Ros de Olano a mediados del XIX. Quizá la admiración le venía del Diario de la guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón, que leía y releía.
            Una noche de invierno en que había comenzado a nevar, lo recuerdo bien, sentados junto a la lumbre, en la humosa cocina, tras recitarme el romance de la loba parda (“Estando yo en la mi choza / pintando la mi cayada…”), que yo siempre oía embelesado y gozosamente asustado, le interrumpí nada más comenzarme a contar de nuevo una de sus heroicas o picarescas aventuras con los moros. Aquella mañana, en la escuela, habíamos leído “El carbonero alcalde”, una de las historietas nacionales de Alarcón, y el maestro había justificado las barbaries que allí se cuentan conque se trataba de defender la patria contra los invasores.
            ––Abuelo, si en la guerra de la Independencia los malos eran los franceses porque habían invadido nuestro país, en la guerra de Marruecos. ¿los malos no éramos los españoles por haber invadido el de los moros?
            Mi abuelo se quedó atónito, nunca se le había ocurrido pensar tal cosa –que en una guerra los españoles pudieran ser los malos– ni que nadie pudiera pensarlo. Me miró un rato en silencio; luego me acarició el pelo.
            ––¡Este niño! ¡Lo que se le ocurre! Los moros son salvajes, nosotros les llevábamos la civilización cristiana.
            Y siguió con sus historias en las que, no sé cómo, siempre acababa apareciendo, ejemplo y lección, el general Ros de Olano, el amigo de Espronceda, el héroe de la primera guerra carlista. Allí tuvo como adversario a un heroico brigadier, Juan Antonio de Urbiztondo, de quien, tras el abrazo de Vergara, se hizo amigo.
            La muerte del general Urbiztondo dio mucho que hablar y todavía no se ha aclarado del todo. Pío Baroja se refiere a ella en Los visionarios: “El rey consorte era partidario de los carlistas, y quería en la sucesión de la corona a la rama mayor de los Borbones de España, es decir, a don Carlos. Al saber que su mujer había quedado embarazada por obra y gracia del oficial Puig Moltó, don Francisco llamó en su auxilio al general Urbiztondo, hombre de pelo en pecho y ministro de la Guerra, y en su compañía se presentó en la cámara de doña Isabel dispuesto a armar un gran escándalo. Les salieron al paso el general Narváez y el marqués de Alcañices. Don Francisco de Asís increpó a Narváez y le llamó alcahuete. Urbiztondo y Alcañices riñeron con tal violencia que, frenéticos los dos, sacaron la espada y se atravesaron. Ubiztondo murió en el acto en la antecámara de la reina y Alcañices, pocas horas después, en su casa. Los periódicos dijeron que Urbiztondo había muerto de una pulmonía fulminante”.
            Los hechos no fueron exactamente así, y el propio Baroja, cuando volvió a referirse a ellos en uno de sus artículos del diario Ahora, que dirigía Chaves Nogales, recibió una carta de rectificación del Presidente del Consejo de Estado, Martínez de Aragón, nieto del general. A su madre le había oído contar muchas veces cómo el ilustre abuelo murió en casa, a causa de una fulminante pulmonía.
            Antonio Ros de Olano quiso saber lo que le había ocurrido a su amigo y lo que averiguó, la verdadera historia, no parece que fuera muy diferente a lo que referían los libelos contra aquella reina castiza que luego daría tanto juego en los esperpentos de Valle-Ínclán.
            Lo contó, cuando ya era historia antigua, en uno de los capítulos de sus “Saltos de la memoria”, la autobiografía incluida en Episodios militares, pero esas páginas las tachó en galeradas. ¿A qué molestar al joven monarca? Prefirió ser infiel al recuerdo de su amigo.
            Tampoco quiso contar nunca la verdad de lo que había pasado el duque de Sesto, mentor de Alfonso XII, y hermano mayor del otro muerto aquella infausta noche en palacio, Joaquín Osorio y Silva, hijo del marques de Alcañices, ayudante de campo del entonces presidente del Consejo de Ministros, el general Narváez.
            Se conservan esas galeradas en las que Antonio Ros de Olano resume el resultado de sus investigaciones, pero no se han hecho públicas. Las guarda un coleccionista madrileño y hay quien ha tenido la suerte de echarles una ojeada, como mi amigo Abelardo Linares, que ofreció por ellas una cantidad considerable, pero no se le permitió leerlas mi muchos menos fotografiarlas.
            Mientras no se hagan públicas, tenemos que conformarnos con lo que poco a poco fue trascendiendo a pesar de la desinformación oficial. No parece cierto, sino una chusca invención, que meses después, en el solemne acto de presentación al gobierno de la nación del recién nacido príncipe Alfonso, con el salón del trono repleto de purpurados y grandes hombres, el bebé en una bandeja que sostenía la oronda madre al lado del encogido rey consorte, un diputado se atreviera a gritar, como en los estrenos teatrales, “¡Que salga el autor!”
            Lo cierto es que a partir de aquel suceso muchos monárquicos, entre ellos Ros de Olano, abrazaron la causa antidinástica, la que en 1868 lanzó el famoso manifiesto del “viva España con honra” y el “queremos poder comentar con nuestras esposas y nuestras hijas la causa de los cambios de gobierno”.
            Lo que ocurrió la noche del 25 al 26 de abril de 1857, hasta dónde yo he podido averiguar, y a falta de conocer el resultado de las investigaciones de Ros de Olano, fue lo siguiente.
            El 16 de diciembre de 1856, Narváez destituyó fulminantemente a su ministro de la Guerra, Juan Antonio de Urbiztondo, que había sido gobernador de Filipinas y conquistador del archipiélago de Joló. La razón es que le habían llegado noticias de que se conspiraba contra él y que el rey consorte, descontento con su manera de hacer política (tenía muy poco en cuenta sus recomendaciones), propiciaba un cambio de gabinete con Urbiztondo como presidente. Nada más cesar, fue nombrado por el rey consorte su ayudante de campo.
            La conspiración continuó por otros medios. Un día en que la reina se había retirado a sus aposentos privados con su amante de entonces, Puig Moltó, el rey decidió visitarla, armar un escándalo y amenazarla con no reconocer el fruto del incipiente embarazo si no destituía a Narváez.
            Pero Narváez tenía espías en todas partes y cuando el rey y su ayudante llegaran a la antecámara se encontraron al espadón de Loja, como se le llama en El Ruedo Ibérico, y a su ayudante de campo plantados ante la puerta.
            ––¡La reina ha pedido que no se la moleste! ¡Aquí no entra ni una mosca!
            ––¡Soy el rey!
            ––¡Como si eres la madre que me parió!, contestó chulesco Narváez.
            El rey trató de abrir la puerta y Narváez le dio un empujón que le hizo tambalearse. Urbiztondo desenvainó entonces el sable para proteger a su señor. El joven Osorio y Silva hizo lo mismo. No se sabe bien qué pasó, ya que era un espadachín consumado. Quizá pensó que el enfrentamiento no iba en serio. El caso es que a los pocos instantes, visto y no visto, Urbiztondo le atravesó el pecho. En ese momento, Narváez le apuñaló por la espalda. El rey sufrió un desvanecimiento y al caer se dio un fuerte golpe en la cabeza. Todo había ocurrido en pocos minutos y sin que hubiera nadie más presente (Narváez había mandado salir a los alabarderos).
            La primera en aparecer fue la reina, entre grititos, rodeada de sus damas. Narváez era el único que podía contar lo que había ocurrido y, muy sereno, se hizo cargo de la situación.
            –-Un desgraciado incidente, señora. Mi ayudante de campo, al querer impedir por la fuerza que el general irrumpiera en sus habitaciones, se enfrentó a él con el resultado de la muerte de ambos. Al rey no le pasa nada, un susto; cuando se recupere de su desmayo, lo corroborará. Ahora es cuestión de impedir el escándalo. Estos desdichados deben fallecer en sus casas, no en palacio.
            Ambos murieron en sus casas, de acuerdo con la escueta información que publicaron los periódicos, y de una fulminante pulmonía.
            Se cuenta que, cuando Narváez estaba a punto de fallecer, en 1868, poco antes del derrocamiento de la reina, le preguntó su confesor si perdonaba a sus enemigos. “Yo no tengo enemigos, los he fusilado a todos”, contestó orgulloso el prócer. Pero parece que mentía: a alguno no había mandado fusilarlo, sino que él mismo, como un tabernario jaque, le había apuñalado por la espalda.



domingo, 1 de julio de 2018

La verdadera historia: La amante del rey




Estaba yo en la no muy ordenada fila, esperando para subir al avión, cuando se me acercó una joven.
            ––Eres español, ¿verdad? Perdona que te moleste. Yo soy de Alicante, he pasado un año trabajando en Nueva York, y ahora me han traslado a Madrid. No he podido facturar todo el equipaje. ¿Te importaría llevarme esta maleta? Pesa poco y veo que tú no llevas equipaje de mano.
            No, no llevaba, según mi costumbre: solo un par de libros. No me dio tiempo a pensarlo, dejó en el suelo la pequeña maleta, más bien un maletín, me dio las gracias y con una sonrisa se fue hacia atrás, hacia el lugar que le correspondía en la fila.
            Sin muchas ganas, pero pensando que no habría ningún problema (ya habíamos pasado el control de seguridad), subía al avión. Empecé a preocuparme una vez dentro. No vi por ningún lado a la joven, a pesar de que la busqué insistentemente con la mirada, y en mitad del vuelo, al ir a buscar algo en mi chaqueta encontré en uno de los bolsillos un sobre con dinero que yo no había puesto allí.
            La vida de una persona puede cambiar en un instante. Primero pensé que aquel maletín llevaba droga y que yo me había convertido en una involuntaria y estúpida mula; luego, al no ver a quien me lo había entregado, en algo peor, en un explosivo que nos haría desaparecer a todos en mitad del vuelo.
            Puede cambiar en un instante la vida persona, puede cambiar la historia de un país. En Toulouse, hace unos días, conocí a un profesor del liceo Saint Sernin, que me dijo que él debía ser, y no Felipe VI, el rey legítimo de España.
            El mundo está lleno de chiflados, pensé, y no le hice ningún caso, pero luego me enteré por otros colegas que se trataba de un respetable profesor de matemáticas, no de un lunático, y le llamé, morbosamente interesado por su historia; me imaginaba que pretendería ser uno de los presuntos hijos naturales del anterior jefe del Estado.
            Pero no, la historia venía de más lejos, de hace dos siglos, y no se hablada de ella en los libros de Historia.
            ––Mesonero Romanos insinuó algo en sus Memorias de un setentón y le contó bastantes cosas a Galdós, que no quiso mencionarlas en los Episodios nacionales; don Benito siempre fue muy cauto.
            Habíamos quedado citados en uno de los cafés de la plaza del Capitole, Les Illustres, un nombre que me pareció irónico. Yo había ido a Toulouse a estudiar las publicaciones literarias del exilio español. Pero lo que me contó aquel profesor de matemáticas hizo que cambiaran las líneas de mi investigación.
            ––Me llamo Francisco Marzo, pero en realidad soy Francisco de Borbón, y otra habría sido la historia de España si el hijo verdadero de Fernando VII le hubiera sucedido en el trono en lugar de la princesa Isabel, que no era hija suya. No abra tanto los ojos, no piense que está ante un paranoico; puedo probar todo lo que digo. Bueno, todo no, harían falta análisis de ADN, que ya he solicitado, pero que aún no me han concedido, para eliminar cualquier duda.
            Como usted sabrá, Fernando VII se casó cuatro veces. La primera, cuando aún era príncipe de Asturias, con María Antonia de Nápoles. Ese matrimonio fue el hazmerreír de toda Europa. La joven princesa le contaba sus problemas conyugales a su madre y esta a su vez los comentaba con varios corresponsales; unas y otras cartas eran interceptadas por Napoleón, y no solo por él, y acababan siendo el entretenimiento de Europa. Cuando se casó, Fernando tenía dieciocho años, lo ignoraba todo de la vida sexual y su desarrollo no correspondía con esa edad. Padecía una enfermedad denominada macrogenitosomía, una de cuyas consecuencias era la aparición tardía de los caracteres sexuales secundarios. No comenzó a afeitarse hasta bastantes meses después de casarse y tardó un año en consumar el matrimonio.
            Se casó cuatro veces, pero solo tuvo una esposa en el verdadero sentido de la palabra, Josefa Montenegro, a la que se conocía como Pepa la Malagueña. Los historiadores liberales, y los chismógrafos de la corte, dijeron de ella que regentaba un burdel y que proporcionaba jovencitas al rey para que satisfaciera su apetito sexual, bastante desmesurado, como si quisiera compensar su tardía aparición. No es cierto: fue su amante, su consejera, le dio varios hijos. El rey le buscó una casa cerca de Palacio y le preparó un matrimonio con un militar, Francisco Marzo Sánchez, destinado lejos de Madrid y con el que nunca cohabitó. Ese militar fue el padre legal de los hijos de Josefa: Manuela, nacida en 1817, y Francisco, nacido en 1819.
            Sabemos que durante un tiempo el rey buscó la manera de reconocer a Francisco como su heredero. Cuando desistió, desesperado (era un rey absoluto, lo podía todo, pero eso no podía), terminaron sus relaciones con Josefa Montenegro, que poco después pasó a ser la compañera clandestina –en aquel tiempo no podía ser de otra manera–  del duque del Infantado, enamorado de ella desde siempre.
            Como ve usted, nada de dirigir un burdel. Entonces los matrimonios eran de conveniencia, la amante, la querida, era en realidad la verdadera esposa, la que estaba unida por vínculos de amor. En 1840, Josefa Montenegro tuvo un pleito en París con los herederos del duque del Infantado. Yo he visto esos papeles, en ellos declara que sus dos primeros hijos son hijos del rey, entonces ya difunto.
            Fernando VII dejó de estar enamorado de Josefa Montenegro (quizá su único amor), pero nunca dejó de pensar en que Francisco Marzo Montenegro, en realidad Francisco de Borbón Montenegro, habría sido su mejor heredero.
            Siempre tuvo sospechas de que la princesa Isabel no era hija suya. Dicen que la reina Cristina conoció a Fernando Núñez a los pocos días de la muerte del rey; hay sospechas de que lo conoció bastante antes. Pero era peligroso investigar ese asunto, más peligroso que tratar de averiguar quién estaba detrás de la muerte de Prim. Hubo quien dijo tener pruebas y desapareció poco después con ellas. Toda la legitimidad de la monarquía española se vendría abajo. Una cosa es que no se sepa con certeza quién es el padre, o quiénes son los padres, de los hijos de Isabel II (la única certeza es que ninguno es hijo de su marido) y otra que la hija de Fernando VII no sea hija suya. En el primer caso, quien transmitía los derechos dinásticos era ella.
            Explican estas sospechas lo ocurrido en septiembre de 1832, cuando el rey, al creer que iba a morir, no tuvo inconveniente en derogar la pragmática sanción de 1789 (que nunca se había hecho pública), para que siguiera vigente la ley Sálica introducida por Felipe V. Con ello, Isabel dejaba de ser la heredera al trono. Las intrigas de la madre, que ya llevaba las riendas del gobierno ante la debilidad del rey, hicieron que las cosas volvieran atrás y de inmediato se convocaran las cortes del reino para proclamarla formalmente Princesa de Asturias.
            Fue un acto muy solemne, el más solemne del reinado. Tuvo lugar en la iglesia de San Jerónimo, deslumbrante de uniformes, sedas, joyas y condecoraciones. ¿Y a quién cree que, fuera de todo protocolo, quiso el rey también invitar? Pues a Josefa Montenegro y a su hijo Francisco, que entonces ya era un espigado adolescente de catorce años. Otra habría sido la historia de España si ese adolescente, dos años después, tras una breve regencia, hubiera sido proclamado rey de España. Murió a los ochenta años, en 1899, y habría sido un rey tan longevo y tan provechoso para su país como la reina Victoria. ¡La de desastres que nos habríamos ahorrado!
            Lo que recordaba de ese acto interminable (se lo contó a mi abuelo y mi abuelo me lo contó a mí), fue lo mal que lo paso la pobre princesita, que lloró muchas veces, que no entendía nada, que cuando veía acercarse a obispos y personajes para besar su mano, la escondía y volvía la cara. Su madre, que sonreía oronda como quien había hecho el mejor negocio de su vida (luego haría muchos, sumamente lucrativos), trataba de calmarla, pero solo hacía caso a los requiebros de su aya pasiega, que era quien la sostenía en brazos, ataviada con mayor esplendor que los propios monarcas.
            Imagínese lo que habría sido la historia de España si a Francisco I, le hubiera sucedido en 1899 su hijo Francisco II, que entonces tenía cincuenta años y era marino y destacado científico. Le sucedería a él mi abuelo, que murió en 1960, y luego mi padre, hasta 1993, y usted estaría ahora hablando, no con un profesor de matemáticas del liceo Saint Sernin, sino con el rey de España…
            Ya sé, ya sé, que soñar con lo que pudo haber sido y no fue, es un empeño inútil. En realidad, mi familia nunca pretendió reivindicar ningún derecho a la corona de España, que no les parecía precisamente un bien apetecible. Yo estoy intentando, sabiendo que es un empeño inútil, que se analice el ADN de los restos de Isabel II. Habría que reescribir la historia si el resultado es el que yo espero, aunque de sobra sé que legalmente no pasaría nada. La legitimidad de Felipe VI le viene de la constitución de 1978, no de ser lejano descendiente de esa señora.
            Mi empeño mayor es restituir su buen nombre a Josefa Montenegro, no la alcahueta del rey, sino su verdadero amor, la mujer más hermosa de su tiempo y además inteligente, fuerte y sana. Habría podido regenerar la monarquía española y cambiar así la historia de un país que sigue siendo el mío, aunque yo naciera en Francia, como consecuencia de una guerra civil que, si las cosas hubieran sido de otra manera en tiempos de Fernando VII, cuando España se partió en dos, quizá nunca habría tenido lugar.