Lunes, 26 de octubre
SOY COMO SOY
No soy
yo de los que gustan de repetir los elogios que reciben; prefiero contar los
denuestos, que resultan más divertidos. Las medallas que uno mismo se cuelga
son siempre falsas, aunque sean verdaderas.
No cité por eso, en la reseña que
acabo de dedicarle al libro de Manuel Alberca Los diarios íntimos de la
gente corriente, los párrafos que me dedica. Son, aparte de elogiosos,
bastante atinados. Pero el libro, en su conjunto, es un disparate y así lo hago
constar, más o menos veladamente (aunque a mí los disimulos se me dan muy mal:
siempre se entiende todo lo que digo), en la reseña que acabo de enviar al
periódico. Nada más hacerlo me entra mala conciencia. ¿No sería mejor haber
hablado de otra obra, de los escarceos eróticos de Juan Ramírez de Lucas con
Lorca, por ejemplo? ¿A qué darle un disgusto al profesor Manuel Alberca, que
tanto ha hecho por la promoción de la literatura autobiográfica?
Ramírez de Lucas, por cierto, no
solo cuenta sus devaneos con el poeta, que calló durante más de medio siglo, y
solo quiso que se hicieran públicos tras su muerte, sino que se permite un
chisme, claramente homófobo contra Manuel Azaña, “presidente de la República,
del que todos los intelectuales sabían su homosexualidad, que le había llevado
a tomar por esposa a la hermana de su amante”.
Lo siento por Manuel Alberca, que
tan bien me ha tratado siempre, pero cada uno es como es (ya me gustaría a mí
ser de otra manera), y yo soy más amigo de la verdad que de Platón. O mejor
dicho: cuando comento un libro nunca pienso en el autor, solo en los lectores.
Me habré equivocado muchas veces (los errores son involuntarios), pero jamás he
engañado (eso sí depende de la voluntad), ni siquiera cuando se trata de un
mero acto de cortesía.
Cuando era joven, creía que era uno de mis mayores méritos (¡el crítico feroz!), ahora sé que es uno de mis principales defectos.
Martes, 27 de octubre
BIEN QUE ME
ARREPIENTO
Anticipando
el centenario del 27, me toca hoy hablar en Santander de los dos seniors
de la generación, Pedro Salinas y Jorge Guillén. Con este motivo, he releído la
mayor parte de su poesía, que forma parte de mis mayores admiraciones
juveniles. Me fascinó el Cántico de 1928, cuya primera edición encontré
en la biblioteca Bances Candamo, y también La voz a ti debida, que leí a
mis quince o dieciséis años.
Mi devoción por Guillén hace tiempo
que ha decaído bastante: es un poeta esforzado y ripioso. Al releerlo ahora,
creo que su poesía dejó de crecer –y se limitó a engordar-- en 1936, cuando
publicó la segunda edición de Cántico (en ella está “Muerte a lo lejos”,
el soneto que yo me repito tantas veces); de lo escrito después, apenas si se
salvan algunos poemas de Homenaje.
¿Y qué decir de Pedro Salinas? El poeta ingenioso, muy
a la moda de su tiempo, se convirtió en poeta de verdad en La voz a ti
debida, ese libro jubiloso en que el tiempo no ha puesto ni una arruga.
Todo lo demás es “largo lamento” (qué aburrido el libro que lleva ese título,
un libro que con razón no quiso publicar en vida) y buenas intenciones, aunque
también, acá y allá, es posible repescar algún poema que sigue vivo.
No puedo evitar contar en la charla
de Santander aquel momento mágico en que Pedro Salinas, que hablaba de la
generación del 98 (fue el primero en tratar académicamente un tema luego tan
manoseado), vio entrar en clase a dos estudiantes que llegaban tarde. A una la
conocía, a la otra la vio por primera vez. Y ya no pudo olvidarla nunca. Le dio
toda la felicidad del mundo durante unos pocos meses y luego le hizo desdichado
para el resto de su vida.
Recuerdo el verso de Borges: “Es el
amor. Tendré que esconderme o que huir”. Esconderse o huir, esas son las únicas
decisiones inteligentes ante su amenaza. Y una persona como yo, a quien tanto
le gusta presumir de inteligente, no podía tomar –en las dos o tres ocasiones
en que se me presentó delante, entero y verdadero-- otra decisión. Sé que hice
bien, pero bien que me arrepiento.
Miércoles, 28 de octubre
CÁNTICO Y CLAMOR
Paso la
mañana, una hermosa mañana de otoño, soleada y ventosa, paseando por la senda
que lleva hasta la playa de los Molinucos y luego hasta el Cabo Mayor.
Qué hermosas las vistas de la bahía
del Sardinero, la península de la Magdalena al fondo, y luego las del ancho
mar, con el que tanto soñé de niño, desde el blanco faro. (El verdadero faro de
Santander, no el otro al que ahora han llamado así después de medio cegarle un
ojo y ponerle por peineta o clavarle en el testuz una inmensa banderilla
española).
Como mi memoria está llena de
literatura que me impide ver la realidad (o me permiten verla mejor), a la
memoria me vienen versos de José del Río Sainz: “El viejo capitán que
lentamente / pasea por el suelo de madera / tuvo una juventud resplandeciente /
y ahora, viendo salir a los vapores, / como una antorcha al viento se consume”.
Y su eco en otros de Pere Gimferrer: “Oh ser un capitán de quince años / viejo
lobo marino las velas desplegadas / las sirenas de los puertos y el hollín, /
los relatos de pulpos, serpientes y ballenas / de oro enterrado y de
filibusteros”.
Me siento luego en el parque de
Mataleñas y anoto unos versos que de inmediato echo a volar por la Red junto a
alguna foto tomada durante el paseo: “Hoy es siempre todavía. / Subo hasta el
Cabo Mayor / y cualquier negrura mía / se la llevan viento y sol”.
Mañana fuera del mundo, a solas conmigo y en guilleniana plenitud, y de pronto, al regresar al hotel y consultar las noticias, el choque de trenes con la realidad y los muertos que se van amontonando.
Jueves, 29 de octubre
SIEMPRE OCURRE LO
INESPERADO
Lorenzo
Oliván, a quien di clases hace más de treinta años y a quien vuelvo a encontrar
sentado frente a mí, en el cursillo para profesores de Santander, no acababa de
estar de acuerdo con la explicación del soneto “Muerte a lo lejos”, en especial
de lo que se refiere al último verso.
En los cuartetos, la muerte es una
certeza que solo nos angustia “alguna vez”, una certeza racional, pero todavía
no del corazón. Ahora –cuando el poeta escribió estos versos tenia cuarenta
años-- “lo urgente es el maduro fruto.
La mano ya lo descorteza”. Luego viene una pausa (los tercetos comienzan con
puntos suspensivos) y la imagen de ese día que a todos, más pronto o más tarde,
no ha de llegar: “Tenderse deberá la mano / sin afán. Y acatando el inminente /
poder, diré con lágrimas: embiste, / justa fatalidad. El muro cano / va a
imponerme su ley, no su accidente”.
Acatamos la muerte, justa fatalidad
inherente a la condición humana, cuando llega a su debido tiempo, pero acatamos
su ley no su accidente, no su llegada anticipada e inesperada.
Cómo me vienen una y otra vez a la
cabeza esos versos de Guillén cuando pienso en todos los que subieron a uno y
otro tren en Atocha sin saber que la muerte les estaba esperando antes de
llegar a Córdoba o a Sevilla o a donde fueran.
Viernes, 30 de octubre
SOBRE UN SECRETO
AMOR
Manuel
Alberca, en ese libro que tan bien me pone y que yo tan mal he puesto, afirma
que acierto a exponer con desparpajo mis contradicciones, pero que dejo siempre
interrogantes pendientes. Y añade: “quien le lee debe saber que todo es más
complejo de lo que parece y que el personaje no agota a la persona, que no
comparece ni se deja conocer”.
Todo es más complejo de lo que
parece. ¿Quién fue Juan Ramírez de Lucas, cuya vida sentimental –y cuya entera
y productiva vida de más de noventa años-- parece quedar reducida ahora a los
tres meses que vivió junto a Lorca? ¿Tuvo otros amantes o vivió solo de aquel
secreto poco a poco convertido en un secreto a voces? En su opinión, la culpa
del “desdichado fin de Federico” no fue la vesania de aquellos con los que
acabó colaborando (estuvo en la División Azul), sino la envidia de Rafael
Alberti, “envenenado por la verdadera bruja María Teresa León, que lo tenía
hechizado”.
Todos somos, de alguna manera, Juan
Ramírez de Lucas, todos tenemos un secreto del que no queremos hablar y que
acaba devorándonos.












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