Martes,
12 de mayo
LOS MISTERIOS DEL MUSEO
Durante mi charla con el pintor Federico Granell, tan
literario, tan cercano a mi manera de mirar el mundo, me preguntan por los cuadros
del museo que prefiero, los que me llevaría a casa.
---A
casa no me llevaría ninguno, está bien donde están, bien cuidados en este mágico
lugar que es también mi casa. Mis preferencias no suelen coincidir con las
habituales. Siempre que paso por aquí, y lo hago muchas tardes, me detengo ante
“Palco del Teatro Real”, de Gamallo Fierro, que en sus cinco figuras (tres
mujeres, dos hombres, uno apenas visible) cuenta una novela galdosiana a la que
yo voy añadiendo sucesivos capítulos. También ante Fernando VII y María
Cristina ataviados como elegantes burgueses, no con la parafernalia de la
realeza. Él lleva en la mano el sombrero de copa, en un gesto que me recuerda,
no sé por qué, al de algún prestidigitador; ella, luce un aparatoso sombrero
que la hace igualarse en altura con su marido. De la cintura de él, cuelga una
llave de oro que no sabemos qué cerradura abrirá; en la muñeca de ella, un
brazalete con la imagen de un dios barbudo. Fernando VII tiene aspecto bonachón
y la expresión feliz de un enamorado; María Cristina parece dulce y
encantadora, madre reciente ajena a las turbulencias de la política. El autor,
Luis de la Cruz, se mostró tan adulador como podría esperarse de un pintor de
cámara; nada que ver con la mirada cruel de Goya en su “La familia de Carlos
IV”, aunque sí quizá con Antonio López y su “La familia de Juan Carlos I”.
El
cuadro se pintó en 1832. Faltaba un año para que el rey, ya muy avejentado y
deteriorado, muriera. Ya se estaban afilando las armas de la guerra carlista. María
Cristina no tenía nada de frágil figura de porcelana. Su matrimonio con el tío Fernando,
veinte años mayor que ella, fue solo el primero de sus lucrativos negocios.
Pero la
novela del cuadro no está solo en lo que representa, sino en lo que se lee en
la cartela: “Junta de Incautación y Recuperación. Titularidad Estatal”. Al
final de la charla, le pregunto a la directora del museo por su procedencia. No
tiene información al respecto. Yo menciono las incautaciones franquistas tras
la guerra, ella prefiere pensar en las republicanas. “Eran para proteger los
cuadros, que luego se devolvieron”, le replico. “No siempre, no siempre. De ese
cuadro nos piden mucho autorización para reproducirlo en estudios sobre la
moda; es el único en que aparecen los reyes en traje de calle”.
Gracias
a la magia que hoy llevamos todos en el bolsillo, yo no tardo en comenzar a
resolver el misterio. Mientras, a la salida, Federico Granell y yo tomamos unas
cervezas en un bar próximo a la catedral con el organizador, Martín Caicoya, el
escultor Fernando Alba y el pintor Bernardo Sanjurjo, dos o tres descorteses
consultas al teléfono me aclaran algo el enigma y me añaden otro.
El
cuadro fue un regalo del rey a su mujer cuando esta cumplió veintiséis años.
Seguramente presentía ya su muerte y quería que ella conservara para siempre la
imagen de la feliz pareja. Pero nada le hacía menos gracias a María Cristina,
ya enamorado o a punto de enamorarse de un guapo guardia de corps,
Agustín Muñoz, que tener a la vista, y a mayor
tamaño que el natural, a aquel narizotas que tan malos ratos le había hecho
pasar hasta que pudo cumplir, y por partida doble, su función de darle
descendencia. Como era propiedad personal suya, no lo dejó en palacio cuando tuvo
que abandonar la regencia, se lo llevó con ella: siempre le podría sacar algún
dinero.
Se
lo vendió a un banquero judío, el fundador de la dinastía de los Bauer,
representante de la casa Rothschild, con quienes tan buenos negocios haría.
Estuvo en su palacio de la calle de San Bernardo, hoy sede de la Escuela de
Canto, donde lo incautó el gobierno republicano para protegerlo, junto con
otras muchas obras de arte, de los destrozos de los bombardeos y de los
milicianos que allí tuvieron su cuartel.
Al final de la guerra, pasó al Servicio de Defensa
del Patrimonio Artístico, junto con la mayoría de lo incautado.
¿Por
qué no se devolvió a sus legítimos propietarios? ¿Porque eran judíos y Franco
estaba obsesionado con la conspiración judeomasónica? Es posible. ¿Por qué no
se devuelve ahora, tantos años después, a sus propietarios, los herederos de la
familia Bauer? Ese el nuevo enigma que queda por resolver.
Miércoles,
13 de mayo
ARREGLAR CUENTAS
Soy más vanidoso que orgulloso, aunque no quede bien
decirlo. No me molesta nada pedir disculpas o pedir perdón a quien he ofendido
o se siente ofendido por mí. No me siento rebajado por ello, todo lo contrario.
Y si luego no aceptan mis disculpas, como ocurrió con Jon Juaristi, o las
aceptan a regañadientes, como en el caso de Miguel d’Ors, pues me encojo de
hombros. Yo nada más puedo hacer, sobre todo si se trata de ofensas
imaginarias.
Y
si es así, ¿por qué no le pido perdón a José Luis Piquero que se enfadó una vez
porque al parecer le interrumpía al hablar y no ha querido volver desde
entonces a nuestra tertulia virtual de los miércoles? Eso me reprochan, una
semana sí y otra también, los contertulios habituales. Harto de escuchar sus
reproches, les digo que de mañana no pasa, que le pediré perdón a ver si se le
pasa su infantil perreta (esto no pienso decírselo, claro).
La verdad es que a Piquero siempre le he admirado como poeta (con los reparos correspondientes cuando se pasa con la carne cruda) y le estoy muy agradecido porque siempre ha salido en mi defensa si algunos resentidos trataban de lincharme en las redes sociales, pero me temo que se ha ido convirtiendo en un irritable cascarrabias. Qué se le va a hacer. Eso no pasa a todos. Seguro que yo también seré igual cuando tenga su edad. O quizá ya lo soy y no me he dado cuenta.
Jueves,
14 de mayo
AL MARGEN DE NIETZSCHE
A los
grandes hombres, resulta más fácil admirarlos que soportarlos.
Nada
más atronador que ciertos silencios.
No
seas como esos malos actores que siempre representan el mismo personaje. Tómate
de vez en cuando vacaciones de ti mismo.
Incluso
después de muerto, niégate a morir.
Un
buen amigo puede ser una rémora, un buen enemigo nos ayuda a llegar más lejos.
A
veces, cuando un amigo deja de serlo, qué peso nos quitamos de encima.
Deja
siempre, en tu jardín y en tu mente, un rincón sin domesticar.
Lo
más natural en el ser humano es el artificio.
Enseña
a tu memoria a olvidar.
No
rompas una amistad incómoda, si resulta estimulante.
Sé
invisible para la mayoría y visible solo para aquellos que te importan.
Viernes,
15 de mayo
NORMAL
“El tiempo, gran escultor”, afirmaba Marguerite
Yourcenar. A mí me gusta comprobar cómo me va convirtiendo en otro sin dejar de
ser el mismo.
Me pasé
media vida en las bibliotecas y ahora solo me interesan como fondo para las
fotografías.
Pasé
media vida enamorándome de mala manera y ahora, vacunado y bien vacunado, me
divierte ver cómo actúa en otros ese virus tan maligno como novelero.
Estuve
obsesionado, no con el éxito literario, que siempre me ha preocupado poco, sino
con la posteridad, con dejar una obra perdurable, y ahora me burlo de esa
pretensión, aunque me temo que no ha desaparecido del todo.
Me gustan
los elogios (siempre me han gustado, aunque antes no lo decía), pero puedo
pasar perfectamente sin ellos. Estoy acostumbrado a que los admiradores y
amigos tengan fecha de caducidad. Se van unos, llegan otros y así será,
esperemos que por muchos años, hasta que nos vayamos todos al garete.
El
tiempo, gran escultor, nos va haciendo mejores, aunque a veces los golpes del
cincel duelan un poco. O al menos me va haciendo mejor a mí, no sé a otros. Si
yo viviera cien años, dejaría de ser un rutinario robot y acabaría convertido casi
en una persona normal.

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