---¿Cuánto
tiempo llevas publicando reseñas de libros, García Martín?
---Desde 1975; semanalmente, desde
1988.
---¡Ya son reseñas! ¿Y nunca has
tenido problemas con algún poetastro airado? Ya sabes lo que le pasó a
Francisco Umbral, que se burló de cierto exiliado –les tenía envidia cuando
volvieron al final del franquismo, creía que le iban a quitar el sitio-- y, al
entrar el día siguiente al café Gijón, un familiar de la víctima le hinchó a
hostias. ¿A ti nunca te ha ocurrido lo mismo? Hay poetas con muy malas pulgas.
---Conozco a alguno. Pero no, nunca
han llegado a esos extremos8. Todo lo más a desahogarse en las redes sociales.
Me han contado que un tal Ben Clark, muy señor mío, llegó a escribir
refiriéndose a mí: “Ese es un miserable. Cuando se muera, no le va a llorar
nadie”.
---¿Y tampoco has tenido problemas
con tu diario? Porque ahí sí que no dejas a nadie indemne.
---Tampoco. Son las ventajas de no
ser importante. Protestar es darme un altavoz. Mira lo que le pasó al bueno de
Javier Gomá. Si hubiera callado, mi reseña de una estafilla intelectual
promovida por él, la habrían conocido mis lectores habituales, que no pasan de media
docena; gracias a su engreída réplica, se convirtió en el hazmerreir de media
España, o de España entera. La verdad es que en la penumbra se vive bastante
bien.
---Si a nadie le importa lo que
escribes, puedes escribir con total libertad, eso está claro. Pero sospecho que
tú, con lo vanidoso que eres, preferirías tener un poco más de resonancia
pública.
---Y no sospechas mal, pero no solo
por vanidad, que también, sino porque me habría gustado tener alguna incidencia
pública. Ser un Unamuno o incluso un Azaña.
---¡Un Azaña! Tú estás loco, Martín.
El personaje más siniestro de la historia de España, después de Pedro Sánchez.
---Recuerda que tenemos prohibido
hablar de política. Yo admiro a Azaña como político, hizo lo que pudo en un
tiempo de locos en el que poco se podía hacer, pero me fascina especialmente el
personaje. Ya había leído, en su momento, las Memorias políticas y de guerra,
que me habían aburrido en algunos pasajes porque entonces no conocía a muchos
de los nombres que aparecen en ellas. Acabo de encontrar en una librería de
viejo el tomo inicial publicado por Afrodisio Aguado en 1976. Contiene el diario de 1931, que comienza en
julio y no en enero o abril, y también los discursos que pronunció entonces. Un
año antes era un desconocido, todavía no se había firmado el pacto de San
Sebastián, la República era una quimera a la que nadie se atrevía a poner
fecha; ahora, ocupando un puesto que nadie quería en el gobierno provisional,
el de ministro de la Guerra, poco propicio al relumbrón, se ha convertido en la
figura más famosa de España, en el hombre providencial. Antes me aburría, ahora
me parece la lectura más apasionante. No la cambio por El conde de
Montecristo. Para un apasionado, como yo, de la historia de España, qué
placer asistir a los consejos de ministros, a los debates en la Cortes, a los
conflictos de un año crucial. Y qué sorpresa ver a Mola, al siniestro Mola, que
cinco años después, encabezaría la cruzada de exterminio, entonces detenido por
su labor como director general de Seguridad con el anterior régimen,
escribiendo una meliflua carta en la que, bajo palabra de honor, solicita se le
permita ir arrestado a su casa. Expone la situación de su familia y dice que no
tiene culpa de nada de lo que se le acusa porque se limitó a cumplir órdenes de
los ministros. Azaña, el cruel Azaña, se compadece de este buen hombre y es Queipo
quien se encarga de ponerle en libertad, tras enviar a su jefe de Estado Mayor
para que le tome la palabra. También Sanjurjo, el de la sanjurjada de agosto
del año siguiente, anda bailándole el agua y todos los generales y generalillos
que pronto se dispondrían a salvar a la patria a sangre y fuego, le rondan pidiendo
destinos y bandas y entorchados. Del Franco entonces más famoso, el héroe de la
aviación y el tarambana republicano, se cuenta una historia demoledora. En una
comida con varios amigos en su casa, como no le gustó algo que dijo su mujer,
le replicó: “Calla, imbécil, que te voy a dar una paliza como la del otro día”.
Pero lo que más me ha interesado del libro es la confirmación de lo que yo
creía un bulo: en agosto de 1931 hubo un intento de acabar con la vida de Azaña
en El Escorial. A comienzos de ese mes, visitó el monasterio y saludó a algunos
de sus antiguos profesores. Le resultó especialmente grato el encuentro con el
padre Montes, que es el padre Mariano que aparece en el último capítulo de El
jardín de los frailes. Le quería mucho y se emocionó al verle. Pero también
acuden a saludarle otros frailes a los que, en sus reflexivas memorias de
adolescencia, que no novela, como suele decirse, trata de manera menos
benevolente. Uno de ellos, el padre Norberto, que curiosamente se apellida
Vicioso, a quien llama el padre V. y de quien habla “con alguna violencia” en El
jardín de los frailes, estaba de rector en el Colegio de los Agustinos de
Málaga cuando lo quemaron en los disturbios anticlericales de mayo. Le cuenta
cómo logró escapar con vida y salvar a todos los niños acogidos en el
establecimiento. Se lamenta de la pérdida en el incendio de un Cristo de Juan
de Mena. “Si llega a perecer alguien, el siguiente en perecer es usted”, le
dice disfrazando la amenaza con una sonrisa. El padre Montes le había invitado
a comer. “Has de venir un día en que haya pichones, el domingo que viene hay
pichones”. En la despedida, todos reiteran la invitación, el padre Montes, ya
algo senil, insiste en lo de los pichones, y Azaña y su mujer Lola, que le
acompaña, terminan aceptando el convite. Pero ya antes de salir del monasterio
se arrepiente de haberlo hecho, y le dice a Lola que de ninguna manera irá a
comer el domingo próximo con los frailes. “Lo siento por el padre Montes, pero
le enviaré unas líneas cariñosas, aplazándolo para otra vez y se quedará
contento”. Si hubiera aceptado esa invitación, la historia de España sería
distinta. Un recorte de una revista de la época, quizá por la tipografía Estampa
o Crónica, correspondiente a los primeros meses de la guerra civil, y
que encuentro en el tomo de las Memorias que compré en la librería de viejo, publica
las presuntas confesiones de un exfraile, pasado al bando leal, sobre el
intento de asesinato del presidente de la República, en agosto de 1931, durante
una comida con los agustinos del Escorial. Al parecer, se iba a envenenar uno
de los pichones que se le servirían, su plato favorito, según confesó el fraile
más anciano, que le conocía bien. “¿Y no tenían miedo de lo que les pudiera
ocurrir si asesinaban al que entonces era ministro de la Guerra?”, le pregunta
el reportero. “Lo tenían todo bien pensado. Uno de los cocineros se escaparía a
Francia y cargaría con todas las culpas. En su celda se encontraría literatura
anarquista para hacer sospechar que quiso vengar a los que habían sido
ejecutados presuntamente por la ley de fugas hacía poco en Sevilla. Uno de los
muertos era pariente suyo. Al padre Norberto no se le escapaba una”. A Azaña se
le tenía por el sostén de la República, y por el mayor comecuras del mundo, y
ninguna de esas cosas era cierta. Sin Azaña, las derechas habrían triunfado
igualmente en las siguientes elecciones, que quizá hubieran sido antes del 33, pero
no habría habido el triunfo del Frente Popular, con lo que habríamos tenido una
república fascistoide a la portuguesa, con Gil Robles haciendo el papel de
Salazar y Lerroux el de Carmona o como se llamara el presidente de Portugal. O
sea que, si triunfa la conjura del Escorial en 1931, si Azaña desaparece de
escena, no habría desaparecido la República ni habría vuelto una desprestigiada
monarquía que nadie quería. Y menos que nadie los falangistas. Nos habríamos
librado de Franco, pero no de una dictadura. No sé si habríamos salido de ella
con algo semejante a la Revolución de los Claveles, pero de lo que estoy seguro
es de que ahora seríamos una república.
---¡Qué cosas dices, Martín!
---La historia es así de paradójica,
pero todo esto no es más que historia ficción. Y no me acabo de creer yo que
fueran capaces los agustinos del Escorial de preparar semejante magnicidio,
aunque al eliminar a Azaña creyeran estarle haciendo un gran bien a la iglesia.

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