---¿Cuándo
te distes cuenta de que no eras un genio, Martín?
---De lo que me estoy dando cuenta
es de que envejezco como todo el mundo.
---Pues ya va siendo hora. A tu edad,
Azorín ya era una momia valetudinaria.
---No te metas con Azorín. Acabo de
leer una de sus novelas de los setenta años, El enfermo, que cuando la
leí por primera vez me pareció una insustancial nadería y ahora la encuentro
llena de encanto. A mí me da la impresión de que sigo escribiendo con el mismo
vigor de siempre.
---Y la misma mala leche.
---Pero leo a mis coetáneos, los
nacidos a mediados del siglo pasado, y veo que sus poemas funcionan ahora como
la Inteligencia Artificial más torpona, son escritura automática, vacuo
formalismo. Pero ellos no se dan cuenta, por supuesto. ¿Me pasará a mí lo
mismo? Me tranquiliza un poco recordar la reseña que le dedicó Víctor Botas a
un libro de Borges, La cifra, de 1981. Apareció en Cuadernos del
Norte y se titulaba “Cuando se impone el mutis”, le consideraba
acabado. Ese libro, sin embargo, es tan bueno como cualquiera de su época mejor,
la que comienza con El oro de los tigres . Y todavía tuvo tiempo de
publicar Los conjurados. Siempre me acuerdo de Botas y de Borges por
estas fechas. Los dos nacieron el 24 de agosto, el mismo día de la erupción del
Vesubio. Durante muchos años, más de treinta, Botas fue la única pérdida de la
tertulia. Y de pronto, seguidas, dos más, Xuan Bello y Vicente García, como si
se hubiera abierto la veda. Comienzo a sentirme como un superviviente.
---¿Sigues confiando en la
posteridad? ¿Se te seguirá leyendo dentro de cien o doscientos o mil años, como
repites a menudo?
---Esa es una broma mía. En realidad,
la inmortalidad que importa dura solo mientras viven los que nos conocieron. Me
fastidiaría que, pocos años después de mi muerte, un amigo se sintiera obligado
a escribir un artículo en un periódico local (o peor aún, una carta al
director) lamentado que nadie se acuerde de mí. Sentiría defraudar a mis fieles
seguidores : “Cómo nos engañó, nos hizo creer que era un genio y ya sus libros
no interesan a nadie”.
---No te preocupes, que no
defraudarás a nadie. Eso de que eres un genio solo te lo crees tú.
---Con
la posteridad, ha tenido suerte Botas, su poesía sigue viva. No importa que no
sea popular. La popularidad en poesía suele venir por causas ajenas a la
poesía. Conserva, acrecentado, el prestigio que tuvo en vida. También Xuan
Bello ha tenido, y parece que va a seguir teniendo, suerte. Le ayuda el haberse
convertido en el santo patrón de la literatura en asturiano. Su muerte súbita
ha hecho callar a todos sus detractores. Él se sentía perseguido por ciertos
sectores del asturianismo. Sus bestias negras eran, quizá injustamente, Antón
García y Berta Piñán. El prime, uno de los fundadores de la tertulia, editó
alguno de sus libros y le dedicó un espléndido monográfico en la revista Campo
de los patos. Cuando nombraron a Berta consejera de Cultura, él era uno de
los aspirantes. Y luego quizá esperaba algún cargo. Lo cierto es que el único
que le dieron, ocuparse de las publicaciones del RIDEA , le duró dos días. El primero se
presentó muy contento en su despacho del Palacio del Conde de Toreno. En el
fondo, como todos los bohemios, soñaba con la seguridad del sueldo fijo. Al día
siguiente, apareció Antón García con el contrato. De esto no sé más que lo que
me contó Xuan Bello, no una vez, sino bastantes veces, incluso el último día
que le vi, que fue el penúltimo de su vida. No dejaba de dolerle aquella
puñalada. Su trabajo, según especificaba el contrato, era incompatible con
cualquier otra ocupación, no solo las entrevistas que hacía para la televisión
autonómica, sino también los artículos que publicaba cada semana en El
Comercio. ¡Al más grande escritor de la literatura asturiana, según dicen
ahora, le dan un trabajillo en la administración, con apenas el suelo mínimo, y
a cambio le obligan a dejar de publicar! Xuan era un poco fantasioso, no me
acabo de creer que las cosas fueran enteramente así. Ahí está Luis García
Montero, con cargo y suelo equivalente al de ministro, colaborando en prensa y
radio casi a todas horas.
---A
lo mejor las normas autonómicas son diferentes de las nacionales. Vanessa
Gutiérrez, la actual consejera, desde que ocupó un cargo dejó de publicar
libros y de escribir en la prensa.
---A
lo mejor. Supongo que todo tendrá una explicación. Sería terrible que las cosas
hubieran ocurrido exactamente como me las contaba Xuan. A mí me apreciaba
bastante, aunque, como en el caso de Ángel González, nunca fui de los amigos
con los que andaba por ahí en las horas felices de la noche. Le leía todos los
domingos y, si alguna vez desbarraba con su fantasiosa erudición, no dudaba en
señalárselo. Claro que también le felicitaba de inmediato cuando acertaba con
uno de esos cuentos suyos, o poemas en prosa, inimitables y mágicos. Fue uno de
los pocos contertulios que nunca se enfadó conmigo en cuarenta años. Trataba
siempre de suavizar los encontronazos con otros más susceptibles, especialmente
con Martín López-Vega, que no admite que en mis reseñas ponga el más mínimo
reproche a sus libros. Seguro que si él siguiera vivo la pataleta de José Luis
Piquero, que se ha ido de la tertulia llevándose consigo a mi admirada Bárbara,
no habría llegado a mayores. El escritor sigue acompañándonos, pero a la
persona se la echa bastante de menos.
---¿Y
cuál crees que será la posteridad de Vicente García’
---Es
un caso muy distinto, era solo un poeta, no un encantador de serpientes como
Xuan. Y un poeta de obra muy breve y muy en voz baja, casi susurro solo. Cabe
entera en un volumen de pocas páginas. Yo creo que esa brevedad le beneficia.
Sin el poeta, que hacía poco por promocionarla, que no tenía habilidades de
juglar, se sostiene bien. Las mamotréticas poesías completas son las que primero
se hunden en el olvido.
---“Envejecer
también tiene su gracia”, afirmó Gil de Biedma. ¿Tú también lo piensas?
---“Su
maldita gracia”, solía añadir yo al citarlo. A mí me parece que la que tengo es
la mejor edad. Pero no nos vemos. Me preocupa que ya, sin que me dé cuenta, cuando escriba no haga más que repetirme
aguado y descafeinado.
---¿Y
no te gustaría, como Borges, encontrar una María Kodama?
---¡Vade
retro! Esa es una de mis pesadillas. La verdad es que vivir solo tiene también
sus inconvenientes. Pero lo que yo echo en falta no es una compañera o un
compañero sentimental, sino más prosaicamente un ama de llaves o un mayordomo,
hoy diríamos un asistente personal. Es lo que más le envidio a Donald Trump, tener
alguien como la maravillosa Natalie Harp, capaz de solucionar cualquier
problema, siempre a mi lado. Tengo que ocuparme yo solo de todo, y soy un
desastre para la vida práctica. No sé ni cambiar una bombilla ni freír un huevo.
Bueno, esto último sí.
---Algo
has aprendido con los años. Antes siempre estabas discutiendo de política y
ahora pasas del tema. Ni siquiera has mencionado lo de Ceuta.
---Pero
no por eso me ha dolido menos la muerte, como de tragedia griega, de tantos
adolescentes que se echaron al mar en busca de una vida mejor. La única
solución posible al problema la propuso hace años Juan Carlos de Borbón.
---Tú
elogiando al rey Juan Carlos… ¡No me lo puedo creer!
---Fue
en 1979, en una entrevista con el senador Ed Muskie y con el embajador de
Estados Unidos, Terence Todman. El resumen de esa conversación, enviado al
Departamento de Estado se desclasificó en 2014. El rey admitió la posibilidad
de ceder a Marruecos nuestros últimos residuos coloniales. Melilla no
plantearía problemas –dijo--, ya que entonces tenía solo diez mil habitantes
españoles; más complicado sería el traspaso de la más poblada Ceuta, pero
podría solucionarse. Habría oposición en el ejército, por supuesto, pero el rey
se sentía capaz de ponerlos firmes. El problema estaba más bien por parte de
Marruecos, que no dejará nunca de reivindicar esas dos ciudades, pero que, al
contrario que con el Sahara, nunca hará nada serio para recuperarlas. Resultan
cada vez más costosas de mantener y son una fuente continua de problemas; para
Marruecos son una inagotable fuente de ingresos y un as en la manga que le
permite chantajear a España en cualquier conflicto. Se trata de dos caballos de
Troya dentro de la Unión Europea o dos inmensos boquetes que solo se pueden
mantener cerrados con la ayuda de Marruecos, un buen negociante que acierta
siempre a sacarle el mayor partido posible a esa colaboración. Juan Carlos de
Borbón, otro buen negociante, sabía de lo que hablaba.



.jpg)








.jpeg)

.jpg)






.jpeg)






