domingo, 21 de octubre de 2018

Revelación de secretos: Rojo es rojo



Sábado, 13 de octubre
FALSOS CULPABLES

Abro al azar un libro que compré el domingo pasado en el mercadillo del Fontán: “El día 22 de octubre de 1945 se descubrió el cadáver de un leñador llamado Mario Pascual”. Yo conozco esa historia, pero según mis noticias ocurrió algunos años antes. Me la contó el nieto de quien fue condenado por el crimen.
            El cadáver tenía una cuchillada en el cuello y la cabeza aplastada por una piedra. En el barro de alrededor, había huellas de unos zuecos con suelas de goma. Las sospechas se centraron de inmediato en otro leñador con el que algunos vecinos dijeron que le había visto discutir: un español, de carácter hosco, hombre de pocos amigos. Se le interrogó, incurrió en múltiples contradicciones, nadie dudó de que fuera culpable. Su calzado se correspondía con las huellas, en su camisa había manchas de sangre. Dijo que procedía de un cordero que había sacrificado clandestinamente (trapicheaba en el mercado negro), pero pronto se descubrió que era en parte humana. Afirmó entonces que también había ayudado a un compañero herido. No se le creyó. Se le condenó a trabajos forzados y cadena perpetua.
            Ramón Solera fue compañero mío en los dos primeros años de la Facultad, los comunes, luego marchó a Madrid a estudiar una especialidad que no se impartía en Oviedo y dejé de verle. Le interesaba la filosofía y charlamos muchas veces, después de las clases de Gustavo Bueno, que no acabábamos de entender del todo, en el Cundo, donde a veces coincidíamos con algún catedrático pasado de alcohol.
            Me contó la historia de su abuelo analfabeto, condenado a cadena perpetua por un crimen que no había cometido. En clase de literatura, había salido a relucir el caso Dreyfus, y ese fue el pretexto.
            La historia que me contó mi amigo la encuentro ahora, más de cuarenta años después, en el libro de René Floriot Los errores judiciales, que ya estaba publicado entonces, pero que probablemente mi amigo no conocía.
            El condenado a trabajos forzados no dejó ni un momento de proclamar su inocencia. En prisión, donde la norma es que los culpables se declaran inocentes, a él --cosa rara-- todos le creyeron. Dejaba una mujer enferma y un niño pequeño. Como era analfabeto, sus compañeros se ofrecieron a escribirles cartas de súplica a las autoridades judiciales y también al propio ministro de Justicia.
            Y el azar quiso que una de esas cartas fuera a parar al fiscal general del tribunal de apelación de Angers. Le llamó la atención el apellido, que era el mismo que el de un compañero suyo en la guerra del 14, al que le unía una gran amistad, que había muerto en sus brazos. Ese azar, esa casualidad, tuvo importantes consecuencias. Pidió que le entregaran el sumario y le llamó la atención lo débil de las pruebas. No se había determinado, por ejemplo, el grupo sanguíneo del leñador asesinado, por lo que no se pudo comprobar si coincidía o no con el de la sangre que aparecía en la camisa del acusado. Decidió ir a ver a Solera acompañado de un comisario de policía. Lo primero que le preguntó fue si tenía alguna relación de parentesco con el soldado muerto en la Gran Guerra. No tenía ninguna.
            Al fiscal le sorprendió que en la cárcel todo el mundo, sus compañeros, el capellán, los funcionarios que le trataban, estuvieran convencidos de la inocencia de Solera. Ordenó entonces una nueva investigación para encontrar algún dato que permitiera revisar el caso. Volvió a interrogar a los que habían declarado que conocían la animadversión de Solera hacia el leñador asesinado. No dudaron en desdecirse, o en afirmar que no estaba tan clara, o que habían dicho lo que la policía quería que dijeran, para cerrar pronto el caso, porque se trataba de un pobre español analfabeto.
            Descubrió también que había otros sospechosos, dejados de lado: un cazador furtivo que había sido visto por los alrededores; otro leñador que compartía amante con el muerto y que se había suicidado poco después de que se condenara a Solera. Se le había condenado por las huellas de pasos y por la camisa ensangrentada, pero todos los leñadores llevaban el mismo tipo de calzado y las huellas de sangre no podían proceder de Pascual. El médico forense había dicho que le habían dado un tajo en el cuello y luego le habían aplastado la cabeza. En realidad, había ocurrido al revés. Al ser la cuchilla “post mortem”, no había producido hemorragia ninguna, no podía haber manchado la camisa del asesino.
            Como Dreyfus, el abuelo de mi amigo fu solemnemente rehabilitado. Su abogado, Jean Rozier, del colegio de Burdeos, consiguió que le dieran una indemnización de ocho millones de francos antiguos.
            ––Poca cosa, pero permitió que el hijo de un pobre español analfabeto, mi padre, estudiara medicina. Ya ejerciendo fue a ver al médico forense que, con su apresurado y chapucero informe, había propiciado la condena de un inocente. Pensó decirle quién era, pero para qué, pensó, qué arreglaba con eso. Además aquel viejo doctor sintió de inmediato simpatía por el joven médico y le invitó repetidas veces a comer. Mi padre dudó bastante, pero acabó aceptando. En esa primera comida, luego habría muchas en común, conoció a una joven tímida, la hija más joven del doctor, mi madre.
            Qué folletinesca la vida. Ahora un libro sobre Los errores judiciales me trae a la memoria la historia que me contó mi amigo, y que yo había olvidado. Fue allá por el 73 o el 74. Poco después, tendría yo ocasión de experimentar en carne propia lo que son los errores judiciales. Pero esa otra historia.


Domingo, 14 de octubre
NO PRESUMAS TANTO

A veces pienso que tengo todos los defectos del mundo, salvo el de la hipocresía. “No presumas tanto –me replica alguien que me conoce bien–. Te falta alguno más”.
            A veces pienso que solo tengo uno, pero que es el peor de todos, el de creerse superior a los demás”.


Lunes, 15 de octubre
CONSEJOS DE PRÍNCIPE HEREDERO

Tuve una pesadilla. Un periodista entra en el consulado de su país para realizar unos trámites que le permitan contraer matrimonio y allí es detenido, interrogado, torturado, descuartizado, sacado en trozos en dos coches del cuerpo diplomático.
            Pero esta no es la pesadilla. Tampoco que el periodista activara su reloj inteligente al entrar en el consulado saudí en Estambul y que toda esa siniestra ceremonia fuera grabada por su teléfono, a disposición de los investigadores.
            Tampoco que el rey Salmán, tras la llamada de Trump, se entrevistara con el príncipe heredero, un poco asustado: “Hijo mío querido, creo que esta vez te has pasado un poco”, “De ninguna manera, papá. Ya sabes que quien paga manda y a la mayor parte de los mandamases de esos países que protestan los tenemos en nómina, de una u otra manera. Pero como dependen de las elecciones, no como nosotros, para contentarlos he ordenado que detengan a tres o cuatro agentes del servicio secreto, que los torturen, que confiesen que han sido ellos por motivos personales los que mataron al periodista, y asunto solucionado. Y no tendrán más remedio que creérselo, o hacer como que se lo creen, que viene a ser lo mismo. Ya lo verás, papaíto”.
            La pesadilla fue que cuando España amenazó con tomar represalias por ese crimen, quien había encargado la ejecución, el hombre fuerte del país, el príncipe heredero, soltaba una carcajada.
            ––¿Represalias? Sí, como con las bombas. Chasco yo los dedos y tengo a unos miles de obreros andaluces en huelga y manifestándose para que no hagan nada que pueda enfadarme y hacerme retirar los barquitos que estoy construyendo allí. Ahora hay elecciones en Andalucía. Ya convencerá la presidenta Díaz al presidente Sánchez de que no es el mejor momento para andarse con escrúpulos de moralidad.
            Pero no fue eso lo peor de la pesadilla. El sátrapa saudí volvía a España y en ella era recibido como en Bienvenido, mister Marshall, con cánticos y en hedor de multitudes. Y le agasajaban en el Palacio Real, como la última vez. Y en un momento de mi sueño-pesadilla se acercaba al jefe del Estado español y le susurraba al oído:
            ––Primo, creo que tenéis un problemilla con no sé qué súbditos díscolos. Pues ya sabéis el remedio. Mano de santo. Con la ventaja además, en vuestro augusto caso, de que España es una democracia sabia, no como otras, y al jefe del Estado le ha puesto al margen de la ley. ¡Ya quisiera Trump, perro ladrador pero poco mordedor, que la Constitución de su país le permitiera estar al margen de los tribunales tanto por sus actividades públicas como por las privadas, según fue el caso de vuestro augusto padre, el mejor amigo de mi país, y es el vuestro, de acuerdo con los más reputados catedráticos de Derecho Constitucional!
            (Me desperté bañado en sudor y todavía durante mucho rato, no sé si dormido o despierto, seguí escuchando la risa del príncipe y los alaridos del periodista mientras le iban destrozando los dedos uno a uno.)

Miércoles, 17 de octubre
COSAS DE POETAS

––Creo que no valoras mucho mi poesía –me dice César Iglesias en el Vetusta–, porque nunca te has metido con ella.
            ––Hombre, tampoco me he metido nunca con Jorge Manrique –le respondo.
            (Pero la verdad es que yo solo me meto con los poetas que juegan en primera división.)

Jueves, 18 de octubre
SIN TEMOR

Cuando camino por la calle, siempre me fijo en la publicidad. “Rojo es rojo. No es rosa después de treinta lavados. Lava sin temor”, leo en una parada de autobús.
            Sonrío y de inmediato lo convierto en otro tipo de cartel: “Rojo es rojo. No es rosa después de tres meses de gobierno. Gobierna sin temor”.


Viernes, 19 de octubre
ADIÓS A TODO ESO

Como en la fábula de la zorra y las uvas, repito que me alegro de no estar invitado, como durante tantos años, a la entrega de los premios Princesa de Asturias: así no tengo que ponerme corbata ni que llegar tarde a la tertulia.
            Pero la verdad es que me fastidia un poco. Lo pasaba bien cotilleando con Rosa Navarro Durán y otros buenos amigos durante la comida del Reconquista y luego escuchando los discursos en el Campoamor (siempre el más largo y didáctico, y a menudo también el mejor, era el del príncipe, ahora rey). 
            El año pasado no tuve más remedio que rechazar la invitación, por razones de conciencia. Resultó muy provechosa la etapa en que formé parte del jurado y añoraré sus debates, a veces bastante ásperos, sus intrigas y sus buenos momentos, primero con Graciano García, todo espontaneidad y pasión poética, como director, luego con Teresa Sanjurjo, más diplomática, pero no menos inteligente ni cordial.
            Como soy un ser humano, aunque haya quien lo dude, tengo mis contradicciones. Nunca fui partidario de la monarquía, pero siempre apoyé a Felipe de Borbón. Hasta que, en un momento crucial de la historia de España, me pareció que dejaba de ser parte de la solución para ser parte del problema. Nada me gustaría más –sigue contando con todas mis simpatías– que estar equivocado.  




sábado, 13 de octubre de 2018

Revelación de secretos: No debería decirlo



Sábado, 6 de octubre
EL ÚLTIMO DEL ESCALAFÓN

––Estoy harto de oírte hablar bien de ti mismo. ¿Pero es que no tienes ningún defecto?
            ––Tengo por lo menos uno, y bastante grave: no soy ambicioso. Me conformo con poder vivir sin jefe, con trabajar cuando me dé la gana, con ganar solo un poco más de lo que necesito, con poder decir lo que pienso y tratar de vivir conforme a lo que pienso… Con eso me conformo y no me importa nada jubilarme siendo el último del escalafón.


Domingo, 7 de octubre
UN CUENTO DE TERROR

No sé bien si es que no tengo nunca vacaciones ni fiestas de guardar o es que no trabajo nunca y todo el año es vacación. Como a los niños, me interesa todo; como los niños, me canso pronto de cualquier ocupación. ¿Y qué hago cuando me canso de una cosa? Pues me pongo con otra. Y cuando cambio de ocupación, me gusta cambiar de lugar. Mis oficinas son abundantes: la cafetería de la mañana, la de la tarde, la de media tarde, aparte de mi casa y el despacho en el Milán.
            Los sábados y los domingos, incluso en verano, suelo pasar un rato por el despacho del Milán. La tarjeta magnética nos permite entrar a cualquier hora y ese es uno de los lujos que más me agradan en mi trabajo de profesor universitario. ¿Trabajo? ¿Puede considerarse trabajo uno en el que pasamos por la oficina cuando nos da la gana? Bueno, también están las clases, eso que las autoridades académicas valoran tan poco, pero para mí son lo mejor de ser profesor; un regalo, el regalo de poder hablar de lo que te apasiona a quien quizá consigas apasionar también, no una carga, la famosa “carga docente”, que te disminuyen si un comité evaluador, que no lee tus investigaciones, las da por válidas según burocráticos criterios.
            Como me aburro en casa y no me apetece ir al cine, se me ocurre pasar por el despacho a corregir trabajos de alumnos que tengo pendientes. Cuando me canse de la corrección, me pasaré por el Titanic a leer la poesía reunida de Pedro Sevilla, que me acaba de llegar. Los libros de poesía son los más exigentes. Requieren atención plena, tempo lento, y que no haya otros libros a la espera sobre la mesa (son muy celosos).
            Pero hoy no funcionaba la puerta de las tarjetas. Llamé a seguridad y vino el guarda a abrirme.
            –-Tiene que llamarme cuando quiera salir. Tampoco se puede abrir desde dentro.
            Subo al despacho, contesto  correos, corrijo unos pocos trabajos, ordeno algún fichero y cuando voy a llamar a seguridad para que me abran la puerta descubro –no me había ocurrido nunca– que mi teléfono se ha quedado bloqueado, que no soy capaz de encenderlo. Y me entra el pánico. Estoy encerrado en un edificio inmenso y medio a oscuras: hay luz en el despacho, pero en los pasillos y escaleras solo unas lucecitas de seguridad.
            ¿Tendré que pasar aquí la noche? Y si se declara un incendio, ¿cómo voy a salir? Y si, aparte de mí, hay encerrado un psicópata, algún asesino en serie. Me imagino historias que he visto en las series de televisión. Un sudor frío. Casi me dan ganas de abrir la ventana y ponerme a gritar.
            Bajo hasta la puerta. En ese mismo momento, pasa el guarda haciendo su ronda entre los diversos edificios del campus, toco en los cristales, me abre, respiro aliviado.


Lunes, 8 de octubre
MUÑOZ MOLINA HACE AUTOCRÍTICA

Sonrío al leer a Antonio Muñoz Molina en su habitual artículo de Babelia. Arremete contra lo que yo siempre he detestado “la vana morralla narrativa” (el pretexto son los miles de páginas de Mi vida, el bla bla bla de no sé qué famoso sueco o noruego) y añade: “No es que yo esté libre de culpa. Miro de soslayo y con remordimiento el grosor de unos cuantos de los libros que he escrito. A veces estoy haciendo una de esas lecturas públicas que son frecuentes fuera de España y me salto sobre la marcha frases enteras para terminar antes”.
            Exactamente, lo que hice yo con La noche de los tiempos y aún así no fui capaz de terminarla, a pesar de lo mucho que me interesa la época evocada y lo que me seduce, desde que lo leí por primera vez en El robinsón urbano, el estilo envolvente del escritor.
            Los lectores, los lectores de literatura culta, son un poco masoquistas, me temo. Si no les cuesta terminar un libro, tienen la impresión de que lo que leen no es literatura seria sino simple entretenimiento.



Martes, 9 de octubre
AMISTAD RECOBRADA

Estoy acostumbrado a perder amigos (azares de la vida literaria); no estoy tan acostumbrado a recuperarlos. Por eso –después de un áspero intercambio de palabras en la realidad real y en la virtual– me alegra tanto recibir, generosamente dedicado, el libro de Andrés Trapiello sobre El Rastro, el libro de una vida.
            ¿Durará mucho esta recobrada amistad? Si algo he aprendido de mi relación con los escritores, es que durará hasta la próxima reseña en que los reparos abulten más que los elogios. Ni un minuto menos, pero también ni un minuto más.


Miércoles, 10 de octubre
SOLEDAD SIN SOLEDAD

Recuerdo a menudo, aunque no sé si en su literalidad, aquella cita apócrifa de Santa Teresa que Truman Capote coloca al frente de Plegarias atendidas: “Hay que tener cuidado con lo que se desea porque a veces los deseos acaban realizándose”.
            Pero algunos de mis sueños se han hecho realidad y no me han defraudado: siguen siendo tan hermosos como cuando eran solo un sueño.
            Sigo viviendo solo, que es como me gusta vivir, pero ya no vivo solo, que es lo que siempre he deseado.
            ¿He sido el arquitecto de mi propio destino, como en el poema de Amado Nervo? Digamos que he tratado de jugar de la mejor manera posible con las cartas –unas buenas y otras menos buenas– que el destino me puso en las manos. Y que he ganado alguna que otra partida. Hoy sonrío feliz.


Jueves, 11 de octubre
UN HOMENAJE

En el XL Semanal del pasado domingo, leo un reportaje de Juan Manuel de Prada sobre los “negros” de los escritores, un tema con cierto morbo. Muchos libros se escriben en colaboración y quien firma es solo quien más ayuda a vender. A veces, el protagonista, como en las memorias de José María Aznar, Belén Esteban o James Costos. Resulta algo admitido socialmente, como que los discursos de los políticos no los escriban los políticos.
            En literatura, se admite menos, aunque está claro que el autor de bien documentadas novelas históricas no hubiera podido haberlas escrito sin un equipo que le ayuda en la investigación. ¿Y qué tiene de extraño que Cela contara con la ayuda de lexicógrafos para su Diccionario secreto? Pero en la portada debe figurar solo su nombre, que es el que vende.
            Juan Manuel de Prada, a propósito de la relación entre Gregorio Martínez Sierra y su mujer María Lejárraga, escribe: “La historia, sin duda, es turbia, con sus dosis de sacrificio heroico, sórdida morbosidad, resignación callada y monstruosa avaricia”. El bueno de Prada, siempre tan desaforado. Fue solo un acuerdo voluntario de colaboración: a María Lejárraga le gustaba escribir teatro, pero odiaba el mundo del teatro; su marido era un director teatral con talento de empresario. La colaboración beneficiaba a los dos: él era agente, relaciones públicas, quien se ocupaba de que las obras se estrenaran y fueran un éxito. Sin Gregorio Martínez Sierra, su esposa María es muy probable que no hubiera podido vivir de la literatura. El caso es extraño, ciertamente, pero la colaboración funcionaba tan bien que a ninguno le interesó romperla cuando el matrimonio dejó de funcionar.
            Los problemas de plagio tienen también mucho morbo, sobre todo cuando se convierten en armas arrojadizas para desacreditar a alguien. Pero la gran literatura siempre ha utilizado materiales ajenos, no sería verdaderamente grande si no se alimentara de la literatura anterior. Los ladrillos con los que se construye una obra propia no siempre son propios. En arte, apropiarse de lo ajeno para hacer algo distinto es muy habitual. Otra cosa es que, si la obra produce dinero, esté debe repartirse equitativamente entre todos los que han colaborado, aunque sea involuntaria y mínimamente, en ella.
            A mí siempre me ha gustado incluir en lo que escribo fragmentos de otros autores, unas veces indicándolo y otras no, unas veces dándoles la vuelta y otras copiándolos tal cual. Siempre recuerdo que José Camón Aznar, acusando recibo de mi primer libro, Marineros perdidos en los puertos, lo elogiaba y decía que en él había versos dignos del mejor Góngora. El verso que citaba para ejemplificarlo era, efectivamente, de Góngora. Yo lo había incluido entre los míos sin subrayarlo, como era bastante frecuente en aquellos años novísimos.
            Si yo fuera ministro, cómo iba a disfrutar el periodismo cavernario encontrándome plagios, material ajeno reciclado con y sin comillas. Pero nunca seré ministro y nunca interesarán a nadie mis triquiñuelas literarias. La intertextualidad en la obra literaria de José Luis García Martín podría ser el título de una tesis doctoral de más de mil páginas. Hasta mis confesiones más íntimas a veces están copiadas de un poeta chino o de François Mauriac.
            Si yo entremezclo en mis textos tantos textos ajenos es para dar trabajo a los eruditos del futuro, pero me temo que ellos tendrán otras cosas en qué ocuparse. Una frustración más que añadir a mi currículum. Como la de que a nadie se le ocurra plagiarme, ahora que la actividad está tan de modo. En cuarenta años que llevo publicando, solo una vez lo hicieron y encima tuvieron la amabilidad de pedirme antes permiso. Allá por 1977 o 78. me llamó Fernando Ortiz, a quien había enviado mi tesina de licenciatura, y me dijo: “Me acaban de pedir de La Estafeta Literaria un artículo de conjunto sobre la poesía de Caballero Bonald; lo piden con cierta urgencia y ahora no tengo tiempo de hacerlo. ¿Te importa que arregle un poco las páginas que tú le dedicas? Es más o menos lo que yo pienso”.  “Encantado. Un honor”, respondí de inmediato, aunque la tesina, que sirvió de base para mi tesis doctoral, estaba inédita. Un homenaje semejante no se ha vuelto a repetir.


Viernes, 12 de octubre
DESDÉN

No debería decirlo, pero ya se sabe que me paso la vida diciendo cosas que no debería decir. Yo siempre he despreciado un poco a los escritores profesionales, a los que se presentan a premios o becas, a los que publican un libro y han de ir vendiéndolo, como los charlatanes de feria, de librería en librería o de centro comercial en centro comercial.
            ¿De dónde le viene al niño menesteroso que fui ese aristocrático desdén? Para mí, la literatura es un regalo que la humanidad se hace a sí misma a través de los escritores, no tiene precio, no puede ser un medio de vida. Ya sé que eso vale sobre todo para la poesía; no para la novela, que cuando es de género –Falcós, Templarios o Catedrales del Mar– puede ser un oficio como otro cualquiera.
            También yo, involuntariamente, he ganado un poco de dinero con la literatura, pero siempre he creído que mi obligación era devolvérselo de inmediato.



domingo, 7 de octubre de 2018

Revelación de secretos: La posteridad ja ja



Sábado, 29 de septiembre
A OTRO PERRO CON ESAS PARADOJAS

Siempre he sido una persona muy segura de sí misma, demasiado. ¿De dónde me viene esa seguridad? No tengo ni idea, pero la verdad es que no la he perdido con los años, aunque he aprendido a reírme de ella.
            Ando ahora con los últimos trámites jurídicos para que mis libros y papeles no se dispersen y queden a disposición de todo el que en el futuro quiera ocuparse de mi “obra”. Pero ¿y si la posteridad le dedica el mismo escaso interés que los contemporáneos?
            Como me gusta mucho la historia de la literatura –la historia de mi familia, en realidad–, sé de sobra que si enmienda el juicio de los contemporáneos es solo para bajarle los humos a algún figurón, pero que a los grandes –Lope, Galdós, Lorca– los deja en su sitio. Hay excepciones, claro, pero se trata de autores que, o murieron jóvenes o dejaron buena parte de su obra inédita. Es el caso de Bécquer o Pessoa, pero no el mío.
            Recuerdo el comienzo de “Enoch Soames”, el relato de Max Beerbohm: “Cuando el señor Holbrook Jackson publicó un libro sobre la penúltima década del siglo XIX, miré con ansiedad el índice en busca del nombre Soames Enoch. Temía no encontrarlo. Y en efecto, no lo encontré. Todos los otros nombres estaban ahí. Muchos escritores, así como sus libros ya olvidados, o que solo recordaba vagamente, renacieron para mí en las páginas del señor Holbrook Jackson. Era una obra exhaustiva, brillantemente escrita. Aquella omisión confirmaba el fracaso total del pobre Soames”.
            ¿Le pasará lo mismo, allá por el 2070 o 2080 a alguno de los más jóvenes contertulios de Óliver? ¿Abrirá un minucioso tomo sobre la poesía de finales del siglo XX y principios del XXI y se encontrará a todos los nombres que ahora suenan, incluso a aquellos de los que nos burlamos en la tertulia, incluso a Carmelo C. Iribarren, Isla Correyero o David González, pero no a José Luis García Martín?
            La verdad es que no lo creo, pero aunque ocurriera así, aunque yo tuviera la certeza de que iba a ocurrir así, no perdería ni un átomo de seguridad en mí mismo. Le echaría la culpa al historiador falto de criterio.
            Tenía yo diez años y ya le discutía al maestro de Valliniello –al mejor maestro que he tenido, don José Ramón, que todavía vive, casi centenario– alguno de los axiomas de la geometría, como que dos puntos solo podían ser unidos por una línea recta. ¿Y por qué no por dos que vayan muy juntas, casi pegadas? Confundía el punto que dibujaba en el encerado con el punto abstracto de la geometría, pero eso era más o menos lo que confundía Zenón de Elea en su paradoja de Aquiles y la tortuga, que todavía se sigue citando y a mí ya me parecía una tontería a los quince años, tan tontería como eso de que según la mecánica cuántica algún día podremos estar en dos lugares al mismo tiempo. Yo el argumento de autoridad siempre lo he respetado poco. Siempre he respetado mucho, en cambio, mi capacidad de razonar. Quizá demasiado.



Domingo, 30 de septiembre
SUGERENCIA PARA EMPRENDEDORES

Todos los días me sobra un montón de minutos que dedico a aburrirme minuciosamente ¿A nadie se le ha ocurrido inventar una aplicación que nos permita guardar el tiempo que nos sobra para cuando nos falte?


Lunes, 1 de octubre
NO ES POLÍTICA, ES DECENCIA

Yo en política, no me meto, que luego siempre acaba uno en discusiones absurdas y perdiendo amigos. Pero ¿es meterse en política decir que siempre estaré del lado de los que quieren resolver los problemas políticos votando y no del lado de los que quieren resolverlos apaleando a los que votan?
            Yo creo que eso no es política, como tampoco es política afirmar que una constitución democrática no puede impedir que se investiguen los delitos comunes cometidos por ningún ciudadano, ocupe el cargo que ocupe.
            Tampoco es política afirmar que la clase política tiene hoy en España dos problemas: uno se llama Villarejo –que se las sabe todas de todos, que no podría haber hechos sus desmanes sin muchas complicidades– y el otro –que ídem de ídem– se llama como una universidad de cuyo nombre no quiero acordarme.


Martes, 2 de octubre
COMIENZO DE POEMA

Garabateo dos versos para un comienzo de poema: “Poco a poco ir perdiendo / lo que nunca he tenido”. Y un título: “Envejecer”.
           

Miércoles, 3 de octubre
NO TENGO ENMIENDA

No acostumbro pedir prólogos a nadie, pero como tengo por costumbre alterar de vez en cuando mi inalterable costumbre, se me ha ocurrido solicitárselos a Xuan Bello y a Juan Bonilla para dos libritos en prensa.
            La verdad es que, como los pedía con cierta urgencia, esperaba que se disculparan y me dijeran que les era imposible en tan corto plazo. Entonces yo les propondría el plan B: que los escribiera yo, en su estilo, que conozco bastante bien, y lo firmaran ellos.
            Me gustan esos juegos desde los tiempos de Jugar con fuego y los he practicado a menud. Pero tuve mala suerte y los dos aceptaron. Xuan Bello, cumplido el plazo, me dice cada día que lo tiene a punto, que solo le faltan los retoques finales (y yo traduzco: aún no ha empezado).
            Juan Bonilla cumplió con eficacia el encargo, pero dio la casualidad que al día siguiente de hacérselo me llegó un libro suyo de sugerente título, La novela del buscador de libro. Lo leí de inmediato, me defraudó un tanto –en contra de lo que esperaba– y escribí una reseña como suelen ser las mías con los libros de los amigos: subrayando lo negativo y despachando los elogios en dos o tres líneas. El prólogo me llegó cuando acababa de mandarla al periódico. Se lo dije: “He escrito algo que quizá no te va a gustar”. Y él: “No importa, estoy acostumbrado a que en cada reseña digas que mi mejor libro es el primero y que después he ido cuesta abajo”.
            Pero parece que lo ha pensado mejor: “Espero que la crítica del sábado no sea tan grave que me tenga que disfrazar de JRJ –porque eso te convertiría en Jorge Guillén– y enviar un telegrama (whatsapp) que memorablemente diga: ‘Quedan hoy retirados prólogo y amistad’ Por supuesto, esto último es broma. Ya sé que te gusta perder amistades, así que solo retiraría el prólogo”.
            La historia es bien conocida. En los años treinta los poetas del 27 publicaban la revista Los cuatro vientos. En ella, sus poemas venían encabezados por los de algún maestro. Para uno de los números pidieron colaboración a Juan Ramón Jiménez. Cuando estaba en prensa, Jorge Guillén, que era quien la había solicitado, recibe un tajante telegrama: “Retiro poema y amistad”. Los ataques de Juan Ramón fueron constantes desde entonces, Guillén nunca replicó en privado, pero en las cartas a Salinas no se quedó corto en descalificaciones.
            Hasta los años cincuenta, no supo Guillén la razón de aquel enfado. La contó Juan Ramón en la revista Índice: un trabajador de la imprenta –el poeta tenía espías en todas partes– le avisó de que su poema no iba a publicarse el primero y esa fue la razón para cortar por lo sano una amistad de años sin más explicaciones. ¿Y por qué aquella postergación? Pues porque les había llegado un poema de Unamuno.
            De sobra sé que Juan Bonilla no es tan susceptible como el autor de Platero y yo, pero la verdad es que mi antipática reseña no es de las que se hacen a un amigo. Lo que ocurre es que yo, cuando hago crítica, no tengo amigos, o si los tengo es para ser con ellos un poco más exigente que con los demás.
            No fue una buena idea pedir esos prólogos. Si uno no tiene amigos a la hora de escribir reseñas, tampoco debería tenerlos a la hora de pedir favores. Xuan Bello aceptó de inmediato mi petición, pero le dijo a Carlos Marzal: “Este Martín es la leche, quiere un prólogo mío para un libro en el que se mete conmigo tres o cuatro veces”. La verdad es que ni me acordaba. Como todo el mundo, tengo escasa memoria para los pisotones que doy, aunque muy buena para los que me dan.


Jueves, 4 de octubre
LOS CARGA EL DIABLO

No son cosa de hoy las noticias falsas. Recuerdo la escandalera que se armó cuando se dijo que la Unión Europea iba a quitar la letra eñe del alfabeto español. No hubo articulista que no hiciera su gracieta. “Europa prohíbe decir coño” tituló alguno. ¿Y que había de cierto en ello? Pues que en España estaba prohibido vender ordenadores que no tuvieran la letra eñe en su teclado y la Unión Europea recordó que eso iba en contra de no sé qué acuerdos. Eso era todo.
            Guardo los recortes de entonces, y me acuerdo de ello cada vez que leo la prensa patriótica española, o sea, toda la prensa española. Con la Patria hay que estar con razón, sin razón o contra ella: en eso coinciden El País y La Razón, Abc y El Mundo.
            Me imagino que, al leer esto, mi amigo José Luis Piquero saltará de inmediato: “¿Y no manipulan TV3 y los periódicos catalanes?”. “Manipularán, pero a mí eso no me afecta porque yo ni veo esa cadena ni leo esos periódicos”, “¿Y de dónde sacas la información tendenciosa que difundes en tus diarios?”, “Pues de los periódicos patrióticos españoles, que lo que dicen en los titulares suelen desmentirlo en el cuerpo de la noticia. Solo engañan a quien está deseando dejarse engañar. Te pondría ejemplos, pero no lo hago porque he decidido no meterme en política, que a los patriotas los carga el diablo”.


Viernes, 5 de octubre
ELOGIO DEL OLVIDO

Soy un hipócrita. Afirmo una y otra vez que a aspiro a seguir siendo leído dentro de cien, doscientos o mil años y en realidad no me molestaría nada que la posteridad no se ocupara de mí. No es ya que me aterre la idea de un Dalmau hozando en mi biografía como en la de Gil de Biedma (yo no tengo tantos turbios claroscuros) o de un aplicado García Gil contando el divorcio de Carlos Edmundo de Ory (yo no tengo divorcios en mi pasado) o de Estela Canto aireando los problemas materno-sexuales de Borges (yo no dejo atrás novias despechadas), pero la vida –cualquier vida– no es más que “una red de triviales miserias” si se mira de cerca. “Mejor ser la ceniza / de que está hecho el olvido”, como dice el poeta menor de la Antología Palatina.
            Mejor que el autor ilustre del que se cuenta todo lo que él quiso olvidar para siempre, ser el poeta del que solo se recuerda un nombre y un puñado de versos.
            Y si de mí no se recuerda ni eso, tampoco me voy a enfadar. Me divierto imaginando una escena de 2080: “¿Cómo se llamaba aquel poeta y crítico que tenía una tertulia y que se creía un genio?”, preguntará uno de los millennials que ahora pasan por Óliver. “Sí, hombre, aquel que escribió un diario en no sé cuántos tomos”. Y el veterano cantautor Xaime Martínez se encoge de hombros: “Tengo una vaga idea, pero tampoco recuerdo. Algo así como Pérez o Martínez o García”.


domingo, 30 de septiembre de 2018

Revelación de secretos: Breve tratado sobre la estupidez humana



Domingo, 23 de septiembre
PARA SER UN TRIUNFADOR

¿Para ser un triunfador resulta imprescindible vender el alma al diablo? ¿Ser un insumiso por fuera y de lo más sumiso a todo el que tenga algún poder por dentro?
            Lo malo es que parece haber tal exceso de oferta que el diablo ya no quiere las almas –al menos, la mía– ni regaladas.
            Yo, para ser un triunfador, sería capaz de cualquier cosa, salvo acostarme tarde, hacer deporte, presentarme a un premio literario o practicar la falsa modestia.


Lunes, 24 de septiembre
NADA ESTÁ PERDIDO

Poco antes de salir del despacho hacia clase, se me ocurre revisar el horario y resulta que hoy me toca la primera “tutoría grupal”, uno de esos inventos atribuidos a Bolonia, pero en realidad fruto solo de la mentalidad reglamentista de los gestores universitarios.
            ¿Y en qué consiste una tutoría grupal? Nadie lo sabe bien. Parece que, en lugar de dar la clase habitual, hay que reunirse con los alumnos que tengan alguna duda a cuatro horas distintas y en cuatro aulas distintas. Pero la de hoy sería la segunda clase teórica del curso, así que pocas dudas pueden tener.
            Voy hacia el aulario con un humor de mil demonios, como se decía en las novelas de antes. Y escribiendo mentalmente la carta de protesta al vicedecano correspondiente (el mismo que decidió que, ya que la inauguración del curso no iba a ser un miércoles, como estaba previsto, las clases comenzarían el miércoles pero con el horario correspondiente al jueves). Como en la comedia de Molière, en la Universidad hay quien prefiere “morir con arreglo a las leyes de la medicina que vivir con vilipendio de ellas”, o sea aplicar el supuesto reglamento de Bolonia, con mentalidad cuartelera, aunque ello suponga poner todas las trabas posibles al adecuado desarrollo de la docencia, que no seria más que una obligación de los malos profesores. El premio a un buen profesor universitario, al que investiga, es irle quitando horas de clase.         
            De lo que se entiende por investigar en las Facultades de Letras, que son las que yo conozco, mejor no hablar. Y de quienes controlan la calidad de esas investigaciones, mejor callar. Yo sentí vergüenza ajena al leer la sentencia de un tribunal que les decía que, para valorar negativamente un artículo de investigación, era necesario leerlo previamente.
            Menos mal que no tuve necesidad de escribir ese desahogo epistolar. Como no soy nada diplomático, me podría traer problemas. Lo fácil que es encogerse de hombros y aceptar como una calamidad inevitable la estupidez de costumbre (es lo que hace el público de la ópera con las ocurrencias de los directores de escena).
            Antes de ir a la clase donde me tocaría esperar, primero de doce a una, luego de una a dos, más tarde de cinco a seis y luego de seis a siete, si algún alumno tiene dudas sobre lo que aún no se ha explicado, me asomo al aula habitual.
            ¿Y qué me encuentro? A todos los alumnos esperándome, con el ordenador o el bolígrafo a punto. “¿Pero no era hoy el día de la primera tutoría grupal?”, pregunto.
             Eso dice el horario, pero como les parecía una tontería no han hecho ningún caso. Sonrío feliz. La inteligencia puede ser un bien escaso entre los gestores de la Universidad, y no solo entre los de la Rey Juan Carlos (el nombre ya lo dice todo), pero no lo es entre los alumnos. Nada está perdido.


Martes, 25 de septiembre
POCA PACIENCIA

Homenaje a León Felipe en el Campus del Milán. Intervienen Josefina Martínez (lo organiza la cátedra Alarcos), Aurora Luque, Carlos Marzal y yo. Los tópicos de costumbre. Yo me atrevo a disentir. Es poeta en unos pocos de sus primeros poemas (los de Versos y oraciones de caminante) y en algunos de los últimos (los de Oh este viejo y roto violín); en medio, apolillada palabrería y declamatorias jeremiadas.
Allá en los setenta, cuando estudiaba en la Universidad, formaba parte, con Celaya y Blas de Otero, de la trilogía protagonista de los recitales multitudinarios que acaban a veces con la intervención de la policía.
            En su libro de verso y prosa Ganarás la luz, escribe: “Los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber”.
            “Habla por ti” se me ocurre responder, aunque sospecho que él –como tantos otros poetas que van de malditos y pobrecitos por la vida– fue un buen empresario de sí mismo. En su juventud quiso ser actor y quizá eso fue lo que acabó siendo, actor y autor de los monólogos autobiográficos y quejumbrosos –español del éxodo y del llanto– que representaba por los teatros de Latinoamérica mientras su sobrino, el torero Carlos Arruza, actuaba en las plazas de toros.         
            Para terminar, escuchamos una grabación de sus poemas. Lee, espléndidamente, sus primeros versos. Entre ellos, el poema en que parece aconsejar a los demás, pero en realidad aconsejaba al que llegaría a ser: “Más bajo, poeta, más bajo… / no lloréis tan alto, no gritéis tanto… / más bajo, más bajo, hablad más bajo. / Si para quejaros / acercáis la bocina a vuestros labios, / parecerá vuestro llanto, / como el de las plañideras, mercenario”.
            Y eso es lo que parece el suyo en cuanto se pone a recitar, con voz de plañidera, sus poemas de guerra y posguerra. A un poema le sucede otro, cada vez más declamatorio y envejecido. Yo comienzo a rebullirme en el asiento, a poner cara de qué tortura, a cerrar los ojos como si me durmiera ante aquella melopea. La verdad es que tengo poca paciencia. Acabo protestando, ya pasa una eternidad de la una, la hora en que debía terminar el acto, y logro que se corte la grabación y se pronuncien las palabras de despedida.
            Creo que me voy volviendo cada vez más irrespetuosamente adolescente. No sé aburrirme educadamente. Soy un pésimo ejemplo para los alumnos. Pero yo, con los años, me he ganado el derecho a ser joven, a no aguantar rollos, a decir alto y claro que la historia de la literatura está llena de textos apolillados y muertos, que pueden interesar al historiador, pero desde luego no al lector actual.
            Y también digo que la mayoría de los profesores no distinguen entre la literatura viva –sea del siglo que sea– y la letra muerta. Carlos Marzal y Aurora Luque sí saben distinguir, pero como vienen invitados se creen en la obligación de disimular y de camuflar su disentimiento entre anécdotas personales y las habituales vaguedades. No llegan a mentir como los reseñistas estrella de Babelia, dispuestos siempre a elogiar lo que les mande el grupo Planeta, pero casi.


Miércoles, 26 de septiembre
TRAMPAS DE LA MEMORIA

Ayer, durante la comida para fallar el premio Emilio Alarcos (de las deliberaciones, callo para no incurrir en revelación de secretos), se me ocurrió recitarle a Luis Alberto de Cuenca uno de sus sonetos: “La otra noche, después de la movida, / en la mesa de siempre me encontraste / y con pocas palabras me quitaste / no sé si la cartera o si la vida”.
            Me interrumpió de inmediato: “Y con pocas palabras, no; y sin mediar palabra”.
            ¿Por qué cambiaría yo una expresión por otra? Quizá porque inconscientemente me pareció más verosímil que, si alguien, conocido o no, se acerca a la mesa en que uno está sentado, lo primero que haga –antes de robarle no sé si la cartera o si la vida– sea por lo menos saludar.
            Recuerdo docenas y docenas de poemas ajenos (ninguno propio) y me gusta citarlos al azar de la conversación o de la escritura sin comprobar la cita, que no siempre es exacta. Algún día me gustaría publicar una antología de la poesía española –y universal traducida al español: el Verlaine de Díez-Canedo, el Li Po de Marcela de Juan– tal como yo recuerdo los poemas, con pequeñas infidelidades que no siempre los empeoran. Es lo que llamo el Taller de la Memoria.
            A veces, y eso es más grave, mi memoria no solo cambia el texto sino que cambia también al autor. Unos versos que leí en la enciclopedia Álvarez, y que se me quedaron en la memoria como todos los que leí en la infancia (“Bendito seas, Señor, / por tu infinita bondad, / porque pones con amor, / sobre espinas de dolor, / rosas de conformidad. / Gracias si queréis que mire, / gracias si queréis cegarme, / gracias por todo y por nada, / y sea lo que queráis”) siempre se los atribuí a José María Pemán hasta que el preciso registrador de la propiedad intelectual que es José Cereijo me dijo que los cuatro primeros eran de Pemán, pero los otros cuatro de Juan Ramón Jiménez. Y efectivamente, como pude comprobar, forman parte de un poema, “Lo que Vos queráis, Señor”, en el que se dedicó a plagiar al gaditano con algunas décadas de anticipación. Quizá pensaba en ese poema Cernuda cuando mencionaba a José María Jiménez y Juan Ramón Pemán, entre los colaboradores habituales de Caracola y otras revistas españolas del franquismo.


Jueves, 27 de septiembre
UN TRIUNFADOR

“He sido el arquitecto de mi propio destino”, repito a menudo. “Un mal arquitecto, por lo que parece”, se me puede responder observando la destartalada leonera –libros por todas partes– en la que vivo solo, pero en la mejor compañía.
            No seré un triunfador, pero sí un conformista y nadie más feliz con su triunfo que yo con mi fracaso, que me permite seguir siendo impertinente abogado del diablo. que es lo que más me divierte.


Viernes, 28 de septiembre
GÉNERO NEUTRO

Abro el buzón y me encuentro con EL Breve tratado sobre la estupidez humana, de Ricardo Moreno Catillo, recién publicado por Fórcola. El título resulta sugestivo, así que comienzo a leerlo de inmediato.
            No es un libro irónico como el Elogio de la locura de Erasmo. El autor se cree realmente un valeroso Quijote enfrentado al pensamiento único, que ha engendrado horrores como el nacionalismo y el lenguaje inclusivo.
            En el prólogo, Francesc de Carreras arremete contra una de las mayores estupideces del mundo contemporáneo: hablar de “hombres y mujeres” cuando se quiere hablar de hombres y mujeres, de “compañeros y compañeras” cuando se quiere hablar de compañeros  y compañeras. Quien hace eso “alberga un cierto grado de estupidez pues olvida que en gramática, además de los géneros masculino y femenino, también está el neutro, lo cual permite referirse a ambos sin ser repetitivo y confuso, es decir, facilitando la comprensión, una de las funciones, sin duda la más importante, del lenguaje”.
            ¿Cuándo decimos “los niños” para referirnos a niños y niñas empleamos el género neutro? ¿Dónde habrá estudiado gramática el bueno de Francesc de Carreras? ¿Y comenzar una charla con un “señoras y señores” es repetitivo y confuso frente a la claridad que aporta emplear “el género neutro” y decir solo “señores”?
            Yo creía que Francesc de Carreras era un autodidacta desinformado y por la Wikipedia me entero de que es nada menos que catedrático de Derecho Constitucional y uno de los fundadores de Ciudadanos. Pero todo eso no le impide hacer estrepitosamente el ridículo en su prólogo. Del libro, mejor no hablar.



domingo, 23 de septiembre de 2018

Revelación de secretos: Cumpleaños



Sábado, 15 de septiembre
MI IDEA DEL PARAÍSO

Creo que fue el poeta Robert Browning el primer escritor vivo que asistió a un congreso sobre su obra. Luego se ha convertido en algo bastante común. Yo recuerdo cuando asistí en Oporto, en la Fundación Serralves, a un encuentro internacional sobre Eugénio de Andrade, que no faltó a ninguna de las comunicaciones y asentía a los repetitivos elogios con agradecida sonrisa.
            Pablo Núñez me cuenta su visita a Neuchâtel, donde asistió a un congreso universitario sobre la intertextualidad –los periodistas de la caverna y Albert Rivera hablarían de plagio–  en la poesía de Luis Alberto de Cuenca. El convidado principal era el propio poeta.
            Qué envidia. No de Pablo Núñez, claro (aunque tampoco me desagradaría haber estado en Suiza como abogado del diablo), sino de Luis Alberto. ¡Cómo me gustaría que en cualquier hermoso y perdido rincón del universo se reunieran una veintena de deferentes investigadores que dedicaran tres o cuatro días a hablar de mí!
            ¿Me gustaría? No sé, quizá mi vanidad me engaña. Lo más probable es que me aburriera ya en las primeras protocolarias palabras y me fuera a dar una vuelta por los alrededores y no volviera hasta que hubieran terminado. Me parece que donde yo disfrutaría de verdad es en un congreso de detractores sobre mi vida y obra. ¡Tres días discutiendo con este y con aquel, todos doctores o doctorandos, todos más jóvenes que yo y todos casi tan inteligentes como yo! Eso se parece bastante a mi idea del paraíso.  
            Por cierto, ¿se puede discutir en el cielo con ángeles y arcángeles y también, si no está demasiado ocupado, con el propio Mandamás? Si no se puede, conmigo que no cuenten.


Domingo, 16 de septiembre
FONS VITAE

Toda la vida queriendo conocer los jardines de Abadía, a dos pasos de Aldeanueva,que me eran familiares por los versos de Lope y Garcilaso, y por fin el pasado lunes –los actuales dueños solo permiten su visita de diez a once un día a la semana– pude hacer realidad mi sueño.
            Poco queda del esplendor del palacio de los duques de Alba, ahora un caserón dedicado a la explotación ganadera y agrícola. ¿Poco queda? Queda el patio mudéjar con su doble arquería y sus secretos emblemas; queda la estatua de Andrómeda cuya belleza no logra desfigurar el ultraje de los siglos; quedan los grandes muros con escudos que separan el jardín alto del jardín bajo, que quizá fuera más huerta que jardín; quedan los cuatro historiados arcos sobre el río, y el alto cielo y el rumor de las aguas del Ambroz: si se escucha bien, todavía parece susurrar endecasílabos.
            En el que fue prodigioso jardín con fuentes y alegorías mitológicas, tan bien descritas por Lope, ahora pastan las ovejas: los pastores fingidos –Salicio y Nemoroso juntamente– se han convertido en  reales.
            “El que viniere a ver esta abadía / este jardín y huerto esclarecido. / para notar bien su valía / muy necesario es que haya corrido / lo que nuestro Felipe poseía”, advertía Lope. Ha de conocer los jardines de Flandes y “de Italia ha de tener mucha noticia”, continuaba.
            En la llamada plaza de Nápoles –jardín alto– había una gran fuente traída de Italia. Era obra de Francesco Camilliani, uno de los grandes escultores del Renacimiento. Se la encargó Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de Alba, porque le gustó la que había visto en la finca de su primo hermano Luis de Toledo, cuñado de Cosme de Medici, en los alrededores de Florencia.
            De aquella prodigiosa fuente, que no tenía par en España, que deslumbró durante dos siglos a los visitantes de este palacio a dos pasos de Aldeanueva, donde yo nací, no queda apenas nada: una especie de pilón. ¿No queda apenas nada? Eso creía yo.
            Hoy me entero, rebuscando en la Red, que queda su hermana gemela, la que le sirvió de modelo. En 1573, Luis de Toledo se la vendió a la ciudad de Palermo y allí sigue en la plaza Pretoria, donde fue colocada con gran escándalo de los bien pensantes, dada su profusión de desnudos, y muy especialmente de las monjas de un convento vecino, que tomaron la costumbre de frecuentar las ventanas que daban a la plaza para poder escandalizarse mejor.
            Me gustan los secretos senderos que traza el azar. Cuando yo, en mis días sicilianos, me llegaba hasta la plaza Pretoria y escuchaba el rumor del agua y me entretenía descifrando pormenores alegóricos, no sabía que una fuente semejante, en un jardín junto al río en que yo me bañaba de niño, admiró al mundo y dejó oír su rumor en los versos de Lope y en las églogas garcilasianas.


Lunes, 17 de septiembre
NO TE FÍES DE LOS EXPERTOS

¡Cuántas tonterías dicen los expertos! Jaron Lanier, que ya tiene sesenta años y ha sido al parecer uno de los pioneros de Internet, acaba de publicar un libro titulado 10 razones para borrarse de las redes sociales de inmediato. Lo entrevistan en Babelia y yo voy subrayando y sonriendo ante cada una de esas presuntas razones.
            La primera, que las redes sociales no añaden nada a lo que Internet te da: “Usando las capacidades normales de Internet, como tener una página Web o mandar un e-mail, no necesitas estas compañías”.
            Pasemos los de “las capacidades normales de Internet” (confunde lo que primero aprendió con lo “normal”), pero lo de que no añaden nada Facebook, Tuiter o Whatsapp a las utilidades que proporciona una página web o el correo electrónico solo puede decirlo alguien que no sabe de qué van esas redes sociales, como él mismo confirma:. “Nunca he tenido una cuenta en una red social, ni Facebook, ni Tuiter ni nada”.
            Está en su derecho el bueno de Lanier, pero no debería pontificar sobre lo que ignora.
            Siempre me han divertido esas personas que presumen de no tener televisor o teléfono móvil o de no estar en las redes sociales. Lo dicen con suficiencia, dando a entender que están por encima de los demás. Ignoran que esa es una de las maneras más seguras de reconocer a un tonto. A un tonto ilustrado, que son los más ridículos.
            Por correo –carta postal, correo electrónico– enviamos una comunicación privada de persona a persona; en Fabebook nos dirigimos a una comunidad de amigos que nosotros mismos hemos creado.
            Cuando no había Facebook, era común que, a quien le hacía gracia un chiste, se lo mandara a todos sus corresponsales.; ahora lo pone en su muro de Facebook. ¿Es lo mismo? Todavía quedan personas –mi admirado Antonio Masip, por ejemplo– que en cuanto escriben un artículo, antes de que aparezca en el periódico, se lo envían a todos sus corresponsales, y si hacen la más mínima corrección se lo vuelven a enviar. ¿Y qué hago yo con esos correos y qué sospecho que hacen los demás corresponsales? Borrarlos sin leerlos. En algunos casos, ni tengo que molestarme: el antivirus, al ver que son envíos colectivos, los considera spam y los manda directamente a la papelera.
            Cuanto más apocalíptico se pone Lanier más nos divierte. Las redes sociales suponen “un control por parte de monopolios gigantes en el que cualquier conexión entre dos personas solo se puede financiar si hay una tercera que quiere manipular a esas dos. Creo que esa es la receta para la locura y la negatividad. Y ha calado tanto que quizá no sobrevivamos”. ¡Ahí que da eso! ¿Vale la pena replicar?
            Claro que el bueno de Lanier tiene la solución para evitar el fin del mundo: que Facebook sea de pago, como Netflix, así nos libraríamos del demonio perverso de la publicidad, la causa de todos los males.
            Si pagáramos por Facebook, la empresa trataría de satisfacernos a nosotros y no quienes ponen publicidad en ella. ¿Pero cómo puede nadie poner publicidad en Facebook o interesarse por sus big data si los usuarios, insatisfechos, se borran masivamente?
            Es que no pueden borrarse, diría Lanier, no pueden dejarlo como no se puede dejar la heroína o el alcohol: las redes sociales crean adicción. Ya –le respondería yo– y por eso cada día se encuentra uno con un amigo que te dice: “Me he borrado de Facebook porque me aburría y me hacía perder el tiempo”. ¡Terrible adicción! ¿No será solo que ofrece utilidad y entretenimiento para muchos tipos distintos de personas?
            Lanier es tan ingenuo que piensa que, cuando se pagaba por los periódicos, estos ofrecían información fiable. Ni siquiera sabe que todavía –y por muchos años– hay prensa en papel y de pago. Y que no por eso –si supiera español yo le aconsejaría que hojeara El Mundo, Abc, La Razón o El País cuando se refiere a Cataluña o Venezuelaengaña o manipula menos que lo que engañan o manipulan las gratuitas redes sociales.


Martes, 18 de septiembre
Y VIVA ESPAÑA

El Español, subtitulado “Semanario de los españoles para todos los españoles”, fue una de las publicaciones más destacadas de la prensa franquista (detrás estaba nuestro Goebbels particular, Juan Aparicio).
            Xurde Blanco, de la librería La Noceda, me ha pasado unos cuantos ejemplares de los años cincuenta. Yo los leo con curiosidad. Son los años en que la mujer empieza a destacar en literatura y a ganar los principales premios de novela. Las entrevistas con Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet o Ana María Matute están llenas de verdad y encanto antiguo. En la de Matute, entonces casi una adolescente, interviene mucho su marido, el escritor Eugenio de Goicoechea, que siempre quiere tener la última palabra. “Ella ganará premios, pero soy yo quien manda en casa”, parece decir.
            Se elogia a Trujillo y Salazar, que han convertido en una Arcadia feliz sus países, y se insiste en la decadencia de las democracias. La justicia en Francia, por ejemplo, es un desastre. Las razones son varias. Una de ellas, casi la principal, las mujeres: “Una quincena de muchachas son, en la actualidad, jueces de Instrucción. En el departamento del Orne, tres magistrados de cuatro, pertenecen al sexo femenino. En algunos casos, no existe nada más que una mujer como juez instructor. Recientemente, detenido un gánster y llevado al primer interrogatorio se enfrentó con una joven. El hombre se volvió, furioso: ‘Yo no quiero una secretaria, yo quiero vérmelas con el juez’. ‘El juez soy yo’, contestó la mujer. El hombre enfurecido se levantó: ‘Cierre la boca y váyase a buscar a su novio’. El juez, es decir, demoiselle le juge, se desmayó”.


Miércoles, 19 de septiembre
HOLA, MUNDO

Mi amigo Martín López cumple hoy dos años y su padre le hace el más hermoso regalo: el libro Hola, mundo. Es el segundo que le dedica. En el anterior, Pallabres pa Martín, le contó su infancia americana, tan distinta y tan semejante. Ahora narra las prodigiosas aventuras del niño en su primer año de vida.
            ––Hola, mundo –dice Martín.
            –-Hola, Martín –dice el mundo, al que de pronto se le borran las arrugas y por un instante, olvidado de todos sus achaques, se vuelve a sentir como recién creado.