---¡Prohibido,
prohibido, prohibido!
---¿Pero de verdad no se va a poder
hablar de política, con la que está cayendo?
---De verdad. ¡Hay tantas otras
cosas en el mundo!
---Pero pocas tan apasionantes. pronto
eres el primero en incumplir esa prohibición. Pero hablemos de otra cosa. ¿Qué
tal el encuentro con Vicente Gallego?
---Me alegró mucho volver a verlo.
Esa es una de las cosas en que se nota que me voy haciendo viejo. Antes era muy
riguroso en lo de separar vida y literatura. Podía apreciar mucho a una persona
y no temblarme la mano a la hora de destrozar su obra. Era algo cruel.
---Lo sigues siendo con tu amigo
Piquero.
---Ese señor del que usted me habla,
querido Bueres, ha decidido dejar de ser amigo mío y tiene todo su derecho.
Dejémosle tranquilo. A Vicente Gallego le conocí cuando a los veinte años, en
1983, ganó su primer premio aquí en Oviedo, el Ángel González, y vino a
recogerlo.
---Te has dedicado a caricaturizarle
y no dejarle hablar en las tertulias.
---Ya veo que no vas a dejarle
tranquilo. Allá tú. Con Vicente Gallego, en aquellos años ochenta en que
plantamos cara a los novísimos, que parecían querer representar a la nueva
poesía española para toda la eternidad, viví muchas batallitas. Recuerdo el
desdén de Sánchez Robayna en Tenerife y cómo tuvimos que sujetarle para que no
llegara a las manos con el desdeñoso catedrático. O aquella vez en que le
denunciaron los poetas valencianistas y el juez acabó poniéndole una cuantiosa multa
que le ayudamos a pagar entre todos los integrantes del sindicato del crimen, o
sea, los llamados poetas de la experiencia para que no tuviera que ir a la
cárcel.
---¡Aquellos tiempos eran más
divertidos que estos!
---No te creas, Rodrigo, es la
distancia que todo lo mitifica. De Vicente Gallego, durante estos más de
cuarenta años, he seguido todas sus peripecias, algunas bastante noveleras, y
leído según aparecían sus libros, con los que fue acaparando premios.
Excelentes casi todos, a pesar de ello.
---Pues le pusiste muchos peros en
el coloquio.
---No a su poesía, a sus ideas sobre
la poesía y al simplismo con que juzga a la tradición poética: Juan Ramón sí,
Rubén no, abajo Góngora, viva Garcilaso. Como crítico habla siempre desde sus
gustos y sus prejuicios, en eso se parece a Cernuda, un poeta al que detesta
por quejica, a la vez que santifica a Brines.
---A quien tú pasaste de admirar a
desdeñar.
---Ahora
le admiro menos, cierto, y no tengo nada contra él. Si algo tenía, ya me ha
vengado con creces cierto librejo, a ratos nauseabundo, que un supuesto gran
amigo suyo le dedicó y otro gran amigo editó.
---Tú
siempre acabas detestando a los poetas que admiras. Te pasó con Aleixandre, con
Villena, fuiste cruel con Bousoño o Gamoneda. Bueno, así eres con todo el
mundo. No me extraña que te quedes sin amigos. Algún extraño mecanismo de
protección funciona en ti. ¿Has leído la entrevista con Heriot-Maitland, un
psicólogo escocés? Afirmaba que la primera función de nuestro cerebro es
protegernos, garantizar nuestra supervivencia, no buscar la verdad. Lo que pasa
es que a veces no distingue entre amenazas físicas y psicológicas o continúa
aplicando soluciones que en un momento fueron válidas, pero que ya no lo son. O
sea, que en lugar de ayudarnos nos boicotea.
---He
leído esa entrevista y me ayudó a entender mejor ciertos comportamientos. Hay
quien no soporta quedarse ni un minuto sin hacer nada. Siempre tiene que estar
distraído. Si va a ver una película, mientras espera a que empiece sigue con la
que está viendo en el móvil. Por la calle, camina con los cascos puestos sin
atender a su alrededor ni a sus pensamientos. Y los días que no trabaja,
aprovecha para ir a Madrid (seis horas en el autobús de ida y otras tantas de
vuelta) a ver cualquier exposición. Teme a los fantasmas encerrados en el
sótano dispuestos a saltar sobre él en cuanto se descuide y se abra la
trampilla. Y hay quien intenta disimular, porque le avergüenza, el odio que
siente hacia quien le ha ayudado en todo lo posible. Quien le hizo un favor ni
lo recuerda, pero a él sigue pesándole como la peor humillación.
---Y
en tu comportamiento, presuntamente tan racional, ¿no encuentras nada raro?
¿Qué esconde esa obsesión por la rutina? ¿Y el no soportar que nadie se te
acerque demasiado? Cualquier relación un poco íntima, te parece una amenaza y
enseguida encuentras la manera de alejar el peligro.
---No
es cierto, Ángel. Yo no me enfado con nadie, los demás se enfadan conmigo.
---¿Seguro?
Más bien haces todo lo posible para que se enfaden y luego hacerte la víctima.
Tratas de disimular tus incapacidades afectivas haciendo que los demás se
alejen. Tú sí que eres un caso clínico. Lo que pasa es que no nos vemos.
---¿Por
qué no dejamos el psicoanálisis y hablamos de libros, que es lo nuestro?
---Que
es lo tuyo, más bien. Eres el príncipe que todo lo aprendió en los libros, para
decirlo con el título de Benavente.
---¡Quién se acuerda hoy de Benavente! O quién se acuerda de Ricardo León, el Juan Manuel
de Prada de antes de la guerra civil. Su estilo castizo y rimbombante fascinaba
a los buenos españoles de entonces. He releído estos días sus versos y me
parece que como poeta está igual de justamente olvidado que como novelista.
---Por
ser católico, apostólico y romano, elogiar a la España Imperial y apoyar a
Franco, seguro.
---No,
José María, no. Yo tengo la obsesión de la imparcialidad y a los autores que no
son de mi cuerda, como se decía antes, los miro siempre con más atención, en
busca de algo salvable, que a los otros. En Ricardo León, poco más que su
versión de algunos epigramas de Marcial. En Facebook he publicado una, aunque
retocándola un poquito: tenía casi cuarenta versos y yo lo he dejado en nueve.
El lector y Marcial me lo agradecerán.
---A
mí me parece curioso De lo mundano y lo sublime, el epistolario entre
Cela y Dolores Franco que has traído. Qué sorprendente el adolescente carilargo
de la portada. ¡Quién iba a decir que acabaría como un elefante deshinchado,
según cuenta Benjamín Prado en sus memorias que le llamaba Rafael Alberti?
---Cuando
escribió estas cartas, no había cumplido veinte años, preparaba oposiciones a
aduana, se creía poeta y andaba enamoriscado de una joven estudiante de
Filosofía y Letras, algo mayor que él, que luego se casaría con Julián Marías y
sería la madre del novelista. Antes dijo Fran que yo era el príncipe que todo
lo aprendió en los libros, pero para mí los libros no son un fin en sí mismos,
sino ventanas para ver mejor la realidad. La memoria falsifica nuestro pasado y
la historia falsifica el pasado del mundo. El ayer lo vemos coloreado por el
hoy. Por eso, me gustan tanto las cartas y lo diarios que hablan del presente
tal como se veía en su momento, no como se mitifica después.
---Eso
siempre que no sean los diarios de tu admirado o detestado, no sé en qué
momento se encuentran vuestras relaciones, Andrés Trapiello.
---Sin
comentarios. Por eso me ha resultado tan fascinante este párrafo de una carta
escrita por Dolores Franco el 26 de enero de 1936: “Ya sabrás que estamos sin
clase: también nosotros, que no nos metemos en nada. Una mañana bajaron los
energúmenos a sacarnos e irrumpieron con gritos y tiros. Pero la Facultad
reaccionó, los chicos les pegaron una paliza que tuvieron que irse sin más y todos
seguimos dando clases. Luego, la orden ministerial, que ya veremos lo que
dura”.
---¡Esa
violencia ya anunciaba la guerra, Martín!
---No,
Aida. La guerra solo se hizo inevitable cuando al mes siguiente el Frente
Popular ganó las elecciones. Si hubiera ganado Gil Robles, habríamos tenido una
república fascista a la portuguesa, años después una revolución de los claveles
y hoy una república democrática, no una monarquía.
---Mejor
no hacer política ficción. Por cierto, decías que no querías que se hablara de
política y traes un libro dedicado nada menos que al dictador bolivariano que
nos gobierna según la prensa de la derecha: “Para Pedro Sánchez, gran amigo, y
a su silencio pensativo, con el afecto del autor”.
---Pero
ese libro, Búsqueda, de Bartolomé Mostaza, está publicado en 1949. Su
autor era un periodista y ensayista de derechas, muy de derechas. ¿Estará
olvidado por eso? Me ha sorprendido el prólogo, de una lucidez e inteligencia
no frecuentes en los poetas. Pero no sé si el libro está a la altura de las
buenas intenciones. Sus intentos de renovación métrica a ratos le hacen sonar
un tanto áspero. Recuerda mucho a Unamuno, que también tenía más de cuarenta
años, como Mostaza, cuando publicó su primer libro de versos. Hay un soneto,
“Al pensamiento libre”, fechado en 1932, que no habría desdeñado firmar
Unamuno. Y más cosas de interés que en Ricardo León.
---Que
no se parecía a Juan Manuel de Prada, Martín, no seas injusto, o solo se parece
en parte. Prada es algo más que coruscante casticismo y sermón dominical. A mi
parecer le salva su quevediano gusto por la cochambre y el maldecir, su
fascinación por las vidas rotas y bohemias. Su carquismo es como el carlismo de
Valle-Inclán.









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