sábado, 25 de septiembre de 2021

Elogio de la cordura: El negocio del miedo

 


Sábado, 18 de septiembre
LA LEY DEL SILENCIO

Quedo por la mañana en Avilés con un amigo, de los que repiten que soy un paranoico, que lo de hablar de la Ministra de la Tercera Dosis es pasarse un poco, que cierto que las farmacéuticas ganan dinero, pero honestamente, como otra empresa cualquiera, que los periódicos publican un día sí y otro también artículos en favor de la vacunación total, incluso para los neonatos, no por razones inconfesables, sino porque están convencidos de que son la panacea, todas esas cosas que estoy harto de oír, como llamarme incívico, irresponsable, perroflauta, fascista, por no haber agachado aún la terca cabecita y pasado por el aro. Le llevo un ejemplar de Babelia, en el que Jordi Amat reseña El imperio del dolor, de Patrick Radden Keefe, que acabo de leer.

            ---Esa reseña desmiente tus insinuaciones. El País no tiene inconveniente en elogiar un libro que se adentra “en los turbios negocios farmacéuticos”, como dice la entradilla.

            ---En los negocios de los Sackler, una familia que ya ha sido juzgada, condenada por la opinión pública, y que no fábrica vacunas. Pero el libro no habla solo de ellos. Mira las páginas en las que he colocado un post-it, observa el nombre que se repite una y otra vez: Pfizer, Pfizer, Pfizer. ¿Aparece alguna mención en la reseña? Pues resulta fundamental en el origen de la riqueza de los Sackler. Arthur, el fundador de la dinastía, fue un genio en la publicidad farmacéutica. El primero en dirigirla a los médicos, en organizarles congresos bien pagados, en ocultar los efectos negativos. Y su gran cliente inicial fue Pfizer. El capítulo sexto cuenta una historia ejemplar. En 1956, se inaugura en Washington el IV Simposio Anual sobre Antibióticos. El encargado de pronunciar el discurso inaugural es el doctor Henry Welch, un alto cargo de la FDA, la organización federal encargada de aprobar los medicamentos, “un hombre con el poder de catapultar o sepultar un fármaco”. En su discurso, Welch anunció triunfal que se iniciaba una nueva era en la terapia antibiótica. La primera había sido la de los antibióticos “de espectro reducido”, como la penicilina; la segunda, la de los de amplio espectro, como la Terramicina, de Pfizer; la tercera se caracterizaría por “la combinación sinérgica de diversas terapias con las que se podrían combatir incluso infecciones que se resistían a las terapias tradicionales”. Apenas una hora después del discurso de apertura, Pfizer publicó un comunicado de prensa en el que anunciaba la tercera era en el tratamiento antibiótico y presentaba un nuevo medicamento, la Sigmamicina, anunciado como la primera “combinación sinérgica” capas de atacar a los gérmenes “que han aprendido a sobrevivir a los antibióticos más antiguos”. Las palabras de Henry Welch, una autoridad de la agencia que controla los medicamentos, se utilizaban para avalar la nueva terapia.

            Luego se supo –gracias a una investigación periodística seguida de otra en el Senado-- que aquel congreso había sido financiado íntegramente por Pfizer, que Welsh era asesor bien remunerado de varias revistas médicas que vivían de la publicidad farmacéutica, que el famoso discurso que sirvió para lanzar la Sigmamicina había sido supervisado por los publicitarios de Pfizer, que la famosa frase sobre la tercera era de los antibióticos que utilizaron en la promoción había sido incorporada directamente al discurso por ellos, que del discurso imprimieron más de doscientos mil ejemplares, teóricamente para repartir entre los médicos (acabaron en un almacén), que por contrato el supervisor Welch recibía el cincuenta por ciento en concepto de derechos de autor. A comienzos de los sesenta, se supo que si Welch cobraba diecisiete mil quinientos dólares anuales por su puesto como algo funcionario encargado de controlar los medicamentos, había recibido cerca de trescientos mil dólares de la industria farmacéutica. Se tardó cinco años, y una investigación rigurosa, para averiguarlo. Ahora es importante que esa vieja historia no salga a la luz. O que se cuente en un grueso libro, pero que en una reseña ni siquiera se mencione.

            ---¡Eres un paranoico, Martín! ¿Tú crees de verdad que del periódico le advierten a Jordi Amat que cuidadito con molestar a Pfizer, que de ella vivimos?

            ----O quizá la precaución la tomó él por sí mismo, recordando el caso Echevarría.. Ya sabes que a Ignacio Echevarría le expulsaron fulminantemente de Babelia por atreverse a ponerle peros a un lanzamiento de Alfaguara, entonces de la misma empresa que El País.  Yo confío en que, aunque hagan falta algunos años, una investigación periodística y una comisión del Congreso, se acabe desvelando la presunta colusión entre ciertos medios periodísticos, los encargados de proteger nuestra salud y los que se dedican a hacer sucios negocios con ella.

Domingo, 19 de septiembre
COMETO UN PLAGIO MÁS 

“Todo poeta, si lo es de verdad, nos plagia”, escribió, o debió haber escrito, Ortega. El poeta no es más que un portavoz de lo que sentimos o intuimos y no acertamos a decir. Publico hoy unas líneas en el cumpleaños de un joven amigo, Martín López Martínez, que no son más que una variación del poema, “Ángel y Heráclito”, de Jesús Beades. Pero pocos textos tan míos a pesar de que apenas lo he escrito yo.

Lunes, 20 de septiembre
INICIO DE ELEGÍA

La juventud, esa isla dichosa / que solo existe cuando se deja atrás.

Martes, 21 de septiembre
SUBTÍTULOS

Cuando paseo, me gusta ir leyendo los subtítulos. En esta mañana gris, mientras voy dejando mis huellas en la arena negra de la playa de los Quebrantos (qué bien los nombre ponía quien se lo puso a este hermoso arenal junto a un cementerio y debajo de un monte todavía con trincheras de la guerra civil), a la memoria me vienen los versos de Rubén Darío, que por aquí pasó algunos veranos: “Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror… / Y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la muerte y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos”.

Miércoles, 22 de septiembre
NO SOY NADIE

Como todo el mundo, yo también tengo mi psicoanalista, al que le cuento cosas que no contaría a nadie. No se trata de viejos traumas de infancia, de rencores inconfesables, de perniciosas perversiones. Tengo una memoria que hace bien su trabajo y ha leído a Nietzsche: lo que no mata engorda. Las dificultades superadas te hacen más fuerte y aquel desdén amoroso que entonces te dolió tanto quizás ahora –visto lo visto-- sea el mejor regalo que te hicieron nunca.

De lo que ahora me arrepiento es de mi falta de ambiciones. De no haberme esforzado lo más mínimo por lograr un primer lugar en el mundo literario. Si yo fuera premio Nobel, por ejemplo, mis opiniones tendrían su peso, se reproducirían en todas partes. Tampoco hace falta ese premio. Preferiría haberme convertido en un autor de referencia como Unamuno, en un “excitator Hispaniae”.  Estas son cosas que uno solo puede confesar a su psicoanalista, obligado a guardar el secreto profesional. He sido en exceso aficionado a encogerme de hombros. No puedo negar que me ha ido bien así. He escrito lo que he querido sin tener que adular a nadie ni tener que callarme lo que no gustaba al patrón de turno. Pero la libertad tiene un precio y ahora me toca pagarlo. Sigo siendo libre para decir lo que crea conveniente, pero donde pocos me escuchen. Querido psicoanalista, leo las recientes estadísticas sobre la vacunación en Asturias y no sé si reírme o llorar. Resulta que el único grupo de edad en que ya se ha cumplido el sueño  hoy de cualquier político, vacunar al cien por cien de la población, es el que comprende a los que están entre los 70 y los 79 años, o sea el mío. Ni me llamaron para vacunarme, ni leyeron mis continuas proclamas de que solo me vacunaría por razones sanitarias o causa de fuerza mayor (una pistola en la sien sería un buen argumento). Les basta con borrarme de un plumazo de sus estadísticas, como a un mosquito molesto.  Ya me conformaría con ser, ya que no un  premio Nobel o un Unamuno, un autor que vende mucho. Seguro que a Karmelo C. Iribarren o a Elvira Sastre no se atreverían a humillarlos así. Pero estas son cosas que solo le puedo contar a mi psicoanalista. Lo malo es que no tengo, ni he tenido nunca, psicoanalista. O sea  que no se las cuento a nadie, ni a mí mismo. 

Viernes, 24 de septiembre
REGALO LIBROS

La faja promocional de El imperio del dolor, afirma: “Incluido en la lista de lecturas de Barack Obama”. A mí se me ha ocurrido la idea de comprar varios ejemplares y enviárselos a la Ministra de la Tercera Dosis, a Adrián Barbón y a Pepa Bueno, directora de mi diario de referencia. No sé si tendrán tiempo de leerlo. Mejor que no lo comiencen porque entonces no podrán parar y las farmacéuticas les tirarán de las orejas por dejar, aunque sea unos segundos, de promocionar su gran negocio.

El imperio del dolor nos cuenta una historia de ambición, filantropía, crimen, impunidad, corrupción institucional, poder y codicia. Pero aunque lo leyeran, no creo que les sirviera de mucho. A la gente le cuesta entender las cosas más elementales si su cargo político, su sueldo o su lucrativo sobresueldo dependen de no entenderlas.



viernes, 17 de septiembre de 2021

Elogio de la cordura: La piedra negra

 

Domingo, 12 de septiembre
PIERDO LA PACIENCIA

No es frecuente. Soy la persona más tranquila y comprensiva del mundo, pero a veces yo también pierdo la paciencia.

            En un comentario en la Red, escribe José Luis Piquero: “Yo, al vacunarme, cumplo con mi deber de ciudadano, cosa que tú no cumples. ¿No hace falta? Tampoco hace falta votar (¿qué es un voto entre millones?) y votas con orgullo. Lo que algún día estudiaremos los que te conocemos es cómo has llegado a las posturas que tienes ahora. Espero que todas tus filípicas se conserven con ese fin”.

            Y fue entonces cuando, quizá por primera vez, perdí la paciencia.

            “No me vengas con bobadas, Piquero. ¿Desde cuándo protegerse de una enfermedad (que es lo que, supuestamente, hacen Pfizer y Moderna en los países ricos y AstraZeneca en los pobres) es un deber ciudadano y no un derecho? Tú no me proteges a mí vacunándote: te proteges, si es que te proteges, a ti. A mí me protejo yo (y hasta el momento bastante bien, cruzo los dedos), tomando todas las precauciones para evitar contagios: mucho aire libre, evitar aglomeraciones, sobre todo en lugares cerrados, utilizar la mascarilla en los contactos interpersonales en que no se puede mantener la distancia de seguridad (y nunca, jamás, cuando se pasea a solas por el campo o a la orilla del mar), etc. Quienes no protegen la salud de los ciudadanos son esas autoridades político-sanitarias cuyas recomendaciones tú sigues con los ojos cerrados y de las que yo a menudo me cachondeo.  Imponen el aforo limitado en los teatros y bibliotecas, pero no en los transportes públicos. Los autocares que hacen el trayecto entre Oviedo y Madrid (entre cinco y seis horas de encierro) van siempre llenos, los viajeros codo con codo. Y lo más risible es que te permiten que el asiendo de al lado vaya vacío si pagas el adecuado suplemento. Si la limitación de aforo es necesaria en un aula o en una sala de estudios (con todas las ventanas abiertas), ¿cómo es que no resulta obligatoria en un autobús, en un tren o en un avión? ¿Y de verdad tienes tú tan mala opinión de estas vacunas que no te las pones porque te ayuden a conservar la salud sino por un deber ciudadano? ¡Dios mío, Dios mío, a qué extremos ha llegado la tontemia! Superas incluso a Enrique Bueres y a Adrián Barbón, que yo creía insuperables. ¿Mi deber de ciudadano es contribuir a que los políticos saquen pecho (y ellos creen que votos) al presumir en los medios de que han vacunado más que nadie? ¡Menudo mérito! Pagan las vacunas, mediante leoninos contratos que no hacen públicos, con el dinero que hace falta en sanidad y educación, y cuentan con la ciudadanía más dócil. La mayoría es como tú, no como yo: traga lo que le echen.

Lunes, 13 de septiembre
ATARDECE EN LA PLAZA
 

Soy tan rutinario que hasta he convertido en rutina las alteraciones de la rutina. “¿Por qué no te vienes a pasar unos días a Sahagún? -- me sugiere mi amigo José Luna Borge-- Yo estaré hasta principios de noviembre y mi casa es grande y tienes sitio de sobra, puedes dedicarte a escribir y leer sin que te molesten y además te enseñaría maravillas como un palacio renacentista, con una fabulosa loggia sobre una plaza que parece italiana  y que seguro que no conoces?”.

Esto me lo dijo hace dos o tres días y ya estoy apuntando estas notas en una terraza de la Plaza Mayor, después de haber saludado la torre de San Lorenzo, esa especie de palomar de arcángeles, de la que enamoré nada mas verla la primera vez.

            Si acepté la invitación tan rápido fue porque hace unas semanas, cuando pasé por aquí, quedé intrigado con un recuerdo de Venecia que me encontraron en la Casona de San Benito, construida sobre las ruinas del monasterio benedictino y convertida por sus dueños –herederos directos de quienes compraron el monasterio cuando la desamortización de Mendizábal-- en un pintoresco museo que algo tiene de gabinete de curiosidades.  Allí me mostraron una foto de Valle-Inclán, que desconocía, y una piedra negra sobre la que hay un diseño floral, dos pequeños leones y las palabras “Ricordi” y Venezia”, todo elaborado con brillantes teselas.

“Dicen que esta piedra negra es un trozo de la que adoran los musulmanes en la Meca”, indicó, medio en broma, medio en serio, el dueño de la casa al mostrárnosla. Parecía, efectivamente, proceder de un meteorito. ¿Y quién utilizaría un meteorito para fabricar con él un recuerdo de Venecia? No se podían fotografiar los objetos y yo no pude averiguar nada más. Por eso aproveché de inmediato la invitación de mi amigo, a quien conozco desde que estudiamos juntos en la vieja Facultad de Filosofía y Letras, junto a la estatua de Feijoo. Lo primero que hice  al llegar a Sahagún –soy así de impaciente-- fue ir hasta la Casona de San Benito, al lado mismo del gran arco triunfal por el que pasa la carretera, pero estaba cerrada.

Tengo entre manos un misterio que resolver, ¿qué más puedo pedir? A veces tengo la impresión de que la vida me trata mejor de lo que merezco.  Quizá pronto empiece a cobrármelo todo con intereses usurarios.  Pero de momento, mientras se pone el sol, procuro no pensar en ello. “La tarde se puso íntima / como una pequeña plaza”, escribió Lorca. Una plaza soportalada y asimétrica, unamuniana y machadiana, con un rústico kiosco de madera, con tiendas de hace más de un siglo, con una fuente y niños que juegan, con vecinos que se reúnen para charlar de sus cosas. A esta hora, en este lugar, hay que darle la razón a Guillén: el mundo está bien hecho.

Martes, 14 de septiembre
DONNAFUGATA

Entro en el palacio de Grajal, mandado construir por Hernando de Vega a comienzos del siglo XVI. Está en restauración, tiene una parte visitable –el claustro, la escalera monumental, la loggia sobre la gran plaza-- y otra en reconstrucción. Me cuelo por una puerta secreta y recorro tenebrosos pasadizos, inmensos salones desconchados, con el suelo lleno de excrementos de palomas y las vigas del techo al descubierto. Temo que el suelo se hunda, temo no ser capaz de salir del laberinto. Recuerdo aquel paseo por los rincones secretos de Donnafugata, en la película de Visconti, y me parece que de pronto, en cualquier oscuro recodo, voy a encontrarme con Tancredi y Angelica entretenidos en sus escarceos eróticos.

Jueves, 16 de septiembre
MISTERIOS SIN RESOLVER

Siempre he sido un poco vanidoso, ¿para qué negarlo?, y sospecho que ese defecto se va acentuando con la edad. Me gusta resolver misterios solo con la información periodística, como una especie de Auguste Dupin. La misteriosa muerte del fiscal argentino Alberto Nisman fue uno de ellos. Siguen todavía mareando la perdiz con la tesis de un asesinato orquestado nada menos que por Cristina Fernández. Desde el principio estaba claro que se trataba de un suicidio. Del caso de Amanda Knox prefiero no decir nada, por motivos obvios. Estos días se ha hablado mucho de la falsa denuncia de la agresión homófoba a un chaval de Malasaña. Es raro que nadie haya visto que la denuncia puede ser falsa y la agresión verdadera. No le agredieron unos desconocidos, sino unos conocidos a los que no se atreve a denunciar. ¿Se imagina alguien que una mujer denunciara que, cerca de su casa, unos desconocidos le habían grabado la palabra “puta” en una de las nalgas y que luego las cámaras descubrieran que no había habido tal agresión y que ella dijera que había sido una denuncia falsa? Se investigaría quien le había tatuado con una navaja el insulto, quizá su marido, y no se aceptaría la tesis del consentimiento. Pues aunque no sea una mujer, ese chico merece el mismo trato, y no las burlas –Boris Izaguirre escribió que la palabra que debían haberle tatuado en el glúteo era “imbécil”--  a causa del daño que ha causado a la comunidad LGTB,

Viernes, 17 de septiembre
PARA UN CUMPLEAÑOS

Esta tarde, en el parque, me di cuenta. ¿Qué ha sido del recién nacido con sus ojos enormes? Era el bebé más guapo de la Tierra. Me han asegurado que es el mismo que unos meses más tarde devoraba los libros. El mismo que habló en lenguas de aves y de ángeles, el que dijo mamá y dijo gracias. El que ahora corre hacia la fuente y sabe encontrar la hierba buena y es amigo de la araña cruz. El que tiene ya un gesto tan mayor y de pronto se enfada y no sabe por qué.

Esta tarde, en el parque, me di cuenta. Le decimos adiós todos los días. Pero él no hace caso, entretenido en saludar al mundo con las manos abiertas, inconsciente y ruidoso como un río de incontenibles aguas. Como un río de fotos y de vídeos y ropa ya pequeña a cuya orilla nos sentamos a maldecir y a bendecir al tiempo, mientras él se hace cada día más joven y nosotros más viejos.





sábado, 11 de septiembre de 2021

Elogio de la cordura: Mintieron y mintieron y mintieron

 

Sábado, 4 de septiembre
VENTAJAS DE LA VANIDAD

“Antes creía en Dios, ahora creo en Ian Gibson”, dije. Todos me miraron asombrados.

----Ya sabemos que eres amigo de ironías y paradojas, Martín, pero ahora te pasas un poco.

----Son cosas de la vanidad, ya sabéis que a mí me gusta presumir de ser la persona más vanidosa del mundo.

----Líalo un poco más. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra?

----Cuando yo era niño, me decían que había que portarse bien porque Dios veía todo lo que hacíamos. Ahora procuro no hacer nada que pueda avergonzarme, porque me imagino que en el futuro habrá un biógrafo que investigará mi vida con tanta minucia como Ian Gibson la de Lorca y no habrá nada, nada, que no saque a la luz.

----¿O sea que eres un santo varón que en su vida ha hecho nada malo?.

----A sabiendas, desde que soy consciente de que me están grabando, de que todo lo que haga o diga quedará registrado en un grueso volumen de más de mil páginas, no.

----¡Pues sí que eres vanidoso! ¿De verdad crees que tu vida, que ahora no interesa a nadie, va a ser objeto de estudio en el futuro?

---Hago como si lo creyera, y me va bien así y no hago daño a nadie con ello.

Domingo, 5 de septiembre
UN IMPRESENTABLE

Leo las cartas de Philip Larkin a su enamorada perpetua, Monica Jones, y quedo vacunado contra su poesía durante bastante tiempo. Qué personaje tan mezquino, tacaño, chismoso, tan falto de interés y de grandeza: “Me evado de toda responsabilidad  familiar, profesional, emocional, social, ni siquiera ahorro dinero o ayudo a mi madre.”

            Envidioso de su amigo el novelista Kingsley Amis, que tuvo más éxito que él. Después de haberle invitado a un concierto, sobre el que Kingsley escribió una reseña, se lamenta de que no le haya devuelto el dinero de la entrada: “El día algo ensombrecido por el texto de Kingsley sobre el concierto de Condón, el dinero que obtendrá por ello y el dinero que yo pagué por su entrada. No veo que los asuntos de dinero de Kingsley se rijan por ningún sentido de justicia. Es bastante generoso con las cosas que le gustan –compra vino y comida para sus amigos y demás--, pero como devolverme el pago de su entrada no es divertido, pues no lo hace”.

            Y no hay carta en la que no hable mal de su madre, una continua molestia para este egoísta y amargado solterón: “Llamo a mi madre porque cumple 82 años  y diez minutos más tarde estoy diciendo tacos y gritándole. Viéndolo ahora con perspectiva me parece increíble. De hecho, es la reacción inmediata  y contante que suelo tener con ella en cualquier circunstancia. La llamada dura 55 minutos a un coste de más de 2,5 libras. Las llamadas telefónicas a larga distancia siempre resultan insatisfactorias.”

            Y este mezquino personaje –al que uno se alegra de no haber conocido—escribió algunos de los poemas más lúcidos y verdaderos de nuestro tiempo. Son los misterios de la creación poética.

Lunes, 6 de septiembre
CONFESIONES INCONFESABLES

Vivo solo, bien a mi pesar. Lo que a mí me gustaría es compartir piso con el doctor Watson, o con la doctora Watson de la serie televisiva Elementary, que en eso no soy nada discriminativo (tampoco me importaría , todo hay que decirlo, compartir mansión con el mayordomo de Batman, Michael Caine).

Creo que voy a poner un anuncio en Internet, indicando condiciones: buena apariencia, inteligencia superior a la media, buen carácter, buen sueldo. Las relaciones sexuales quedarían rigurosamente excluidas y la admiración por mi inteligencia sería requisito obligatorio.

            Estas son cosas con las que me gusta fantasear, pero que no me atrevería a confesar a nadie, aunque sospecho que más de uno estaría de acuerdo en que compartir cama con la persona con la que uno comparte casa –y encima tener que hacer el amor con ella cada cierto tiempo--  resulta poco higiénico y escasamente afrodisíaco.

Martes, 7 de septiembre
POETA Y CABALLERO

¿Leemos de la misma manera a un poeta cuando es amigo nuestro que cuando deja de serlo? Yo me esfuerzo en juzgarlo con la misma equidad. Abro el nuevo libro de Miguel d’Ors, Viaje de invierno, y tropiezo en el primer poema, “A todas esas cosas”: “Ya sé que he de dejarlas aquí cuando me vaya, / y que antes o después, aunque me sobrevivan, / acabarán en nada –descuidos, asistentas / primitivas, carcoma, inundaciones, robos, / mudanzas, simplemente el uso…”.

            ¿No hay un asomo de racismo en el adjetivo “primitivas” aplicado a las asistentas en lugar del esperable “torpes”? ¿No se entrevén ahí los pueblos primitivos, a los que durante siglos nos dedicamos a explotar, masacrar y civilizar? Esa asistenta que se hace equivalente a la carcoma o a una inundación será una emigrante rumana, ecuatoriana o paraguaya, quizá con sangre indígena, aún no civilizada del todo.

            En “Luces de bohemia” contrapone la “pirotecnia de sueños” de los modernistas –cisnes y japonerías-- con su miseria cotidiana. Las hetairas de las que hablan no eran más “pobres bestias gordas y analfabetas”. No parece que para escandalizarse ante ese considerar “bestias” a las prostitutas –aunque se compadezca de ellas: “pobres”--  haga falta ser feminista, basta con ser humano.

            Y luego la guinda del pastel. En “Tres deseos” nos indica las tres cosas que quisiera ver antes de morir. La primera es un cuadro de Vermeer; la segunda, “la luna límpida y alta, / derramando su fulgor / sobre la noche de Salta / o Santiago del Estero / --la Cruz del Sur a estribor—“, y la tercera “Rodríguez Zapatero / con un mono de color / naranja guantanamero”.

Curioso sentido del humor el de este poeta que se muestra orgulloso de que las cajeras del supermercado le consideren todo un caballero, algo que requiere “además de ser maduro, / no sé, un porte, un talante, / un estilo correcto y elegante / que pasa entre lo chato de la vida y la gente / con un toque de humor benevolente / como a medio camino / entre lo British y lo cervantino”.

            Quizá de haber seguido siendo amigo mío Miguel d’Ors (un gran poeta, por otra parte, y en  otra parte de su obra), en las asistentas primitivas, las bestias gordas y analfabetas y Zapatero preso en Guantánamo, yo no habría visto más que un toque de humor benevolente, entre lo British y lo cervantino.

Miércoles, 8 de septiembre
EN EL BOSQUE

Paso la mañana en el bosque de La Zoreda, a pocos kilómetros de Oviedo, donde no había estado nunca, gracias a la benevolencia de un amigo que me sirve de guía en aquel insólito laberinto, lleno de extraños búnkeres, edificios en ruinas escondidos entre la vegetación y un silencio quebrado de pronto por el canto de un pájaro que parecía anunciar, como en el soneto de Gerardo Diego, una revelación: “Súbito, ¿dónde?, un pájaro sin lira, / sin rama, sin atril, canta, delira, / flota en la cima de su fiebre aguda”.

            Solo después, ya de vuelta de aquel mágico territorio, supe que allí había estado la Fábrica de Explosivos de la Manjoya, fundada en 1870 y que funcionó hasta bien entrado el siglo XX. Lo que yo he visto son restos de polvorines, hornos, almacenes y talleres, vueltos ya un elemento más de la naturaleza, hermoseados por lo que –tan impropiamente-- se llama “maleza”.

Paseo entre los robles, las hayas, los castaños, iluminados por la luz de septiembre, y en ningún lugar me he sentido más cerca de la divinidad. Creo entrever una ardilla y no me sorprendería ver aparecer de repente al ágil corzo o al fiero jabalí. El ruido del tráfico está a pocos minutos, pero cuesta imaginarlo en este lugar que parece de otro mundo más hermoso y verdadero. Antes de la temerosa fábrica –una explosión se llevó por delante a siete trabajadores--, hubo aquí un caserón dieciochesco y antes, mucho antes, un asentamiento neandertal. Me abro camino entre la vegetación, admiro al abejorro que revolotea sobre una planta cuyo nombre ignoro, y de vez en cuando levanto los ojos al azul del cielo que se asoma entre el verde y el dorado de las ramas.

            Quizá este sea el destino final de cualquier construcción humana: los restos de los rascacielos de Nueva York hermosamente recubiertos por la maleza y quienes los habitaron tan perdidos y remotos como los neandertales que un día pisaron por donde yo piso y levantaron los ojos al mismo cielo.

Sábado, 11  de septiembre
PARA UN MONUMENTO

Propuesta para un monumento a levantar ante la Casa Blanca o frente a la sede de la OTAN. Sobre un montón de cadáveres en bronce o mármol –los soldados se entremezclan con mujeres, civiles y niños afganos--, figura el siguiente epitafio: “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes / y hemos matado a tantos tan estúpidamente? / Los padres de la Patria, los próceres y líderes / del Mundo Libre, la Democracia, los Derechos Humanos, / mintieron y mintieron y mintieron / durante veinte años. Eso es todo”.


viernes, 3 de septiembre de 2021

Elogio de la cordura: ¡Vacúnate, ho!

 

Sábado, 28 de agosto
PIDO UN MILAGRO

Con la música me pasa lo mismo que con el éxito y el chocolate (y añadiría que con el sexo, si uno no fuera un caballero y un caballero no habla de esas cosas), que me gustan, pero que no los necesito.

            Porque escucho tan poca música, porque no es en mí una costumbre, la escucho siempre con la emoción y el asombro de la primera vez. Un venturoso azar –en el que intervienen Steven Wright, que toca la viola en la Ospa, la poeta Dalia Alonso y, por supuesto, Javier Almuzara-- me lleva esta tarde de sábado hasta la catedral. La Misa de la Coronación de Mozart sonó por primera vez en la coronación de un emperador. Así me siento yo desde que suenan las primeras notas, como si el mundo entero girara en torno mío y el propio Dios viniera a sentarse a mi lado (respetando la distancia de seguridad, por supuesto) para escuchar agradecido.

            Agnus Dei, cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, canta la soprano, Beatriz Díaz, desde el púlpito.

            “Cordero de Dios, devuelve la cordura al mundo”, susurro yo a mi acompañante. “Difícil me lo pones, pero se hará lo que se pueda”, me responde mesándose la larga barba –se parece a Walt Whitman-- y guiñándome un ojo.

            Dios no existe, ya lo sé, pero existe en la música. Unos compases más y otra vez solos, como en el poema de Ángel González.

Domingo, 29 de agosto
YO, MERCACHIFLE

Salvo a la estupidez, soy alérgico a pocas cosas. Una de ellas, el regateo. Hasta hace unos días en León, solo había regateado dos veces en mi vida y las dos involuntariamente. En un puesto del Fontán encontré una primera edición de El Hotel del Cisne, una de esas  epigonales novelas barojianas llenas de destartalado encanto. “Dos mil pesetas,” me dijo el vendedor cuando pregunté el precio, Como llevaba la otra mano ocupada con libros, dejé la novela de Baroja para sacar la cartera. Al vendedor creyó que me parecía cara. “Mil quinientas”, dijo entonces.

En el otro regateo, el vendedor fui yo. El bibliófilo José Manuel Fuentes García, el mejor coleccionista de poesía española contemporánea, me preguntó si yo tenía un raro folleto de Miguel d’Ors, Canciones, oraciones, panfletos…, lo único que le faltaba para completar la bibliografía de ese poeta. Me pagaría por él doscientos euros. Le dije que lo tenía y que no tenía especial interés en conservarlo, pero que me parecía mal venderlo estando firmado y siendo un regalo del autor. “Pues si algún día cambia de opinión, le doy cuatrocientos euros”. Y se lo envié de inmediato, no por el dinero, que también, sino porque demostraba un interés mucho mayor que el mío.

            Dos éxitos involuntarios en el regateo y un sonoro fracaso. Pasé el otro día por el mercadillo de los sábados en León. Muchos menos vendedores de lo habitual y ningún libro de interés. Cuando ya estoy a punto de marcharme –no le dediqué ni cinco minutos--, veo en un puesto de quincallería dos tomos, uno de ellos algo deteriorado, de lo que me parece una novela por entregas de principios del siglo XX. Me atrae el título, La “Estrella Polar” en el Mar Ártico, que parece de Julio Verne, y el autor, Luis Amadeo de Saboya. Pregunto el precio. “Setenta y cinco euros”. “Veinticinco”, “Sesenta”. Dudo un momento. Me acuerdo entonces de mi amigo Daniel Rodríguez Rodero, que suele alardear en la tertulia de haber comprado aquí muchas primeras ediciones, algunas de ellas dedicadas, y de no haber pagado por ellas nunca más de diez euros. Como sé que va a pasar algo más tarde, le encargo por teléfono el regateo. “Seguro que me lo iba a dejar por cincuenta euros, a ver si consigues un precio menor”. No lo consigue.

            Cuando tengo los dos volúmenes en las manos, ya he indagado en Internet y ya sé que se trata de una rara maravilla y que el autor nació en el Palacio Real de Madrid y murió, desengañado de todo, en una cabaña africana abrazado a su último amor, una joven somalí.

            Hace unos días no había oído hablar de Su Alteza Real Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, hoy podría dar conferencias sobre él. Uno es así de obsesivo.

Lunes, 30 de agosto
LUIS AMADEO DE SABOYA

No he encontrado referencia de La “Estrella polar” en el Mar Ártico en su original versión italiana. La traducción española, de Eduardo Tedeschi, se publicó en 1903, en la editorial Maucci, donde aparecieron muchas de las grandes novelas de principios de siglo. El libro cuenta con 243 ilustraciones, casi todas ellas fotografías, dos panoramas (fotografías desplegables de casi un metro de extensión), tres mapas y un plano. Se lee como una novela de aventuras llena de datos exactos y precisiones científicas. Me imagino a Julio Verne, ya al final de su vida, devorando la versión francesa, que apareció en 1904, y exclamando: “Este es el libro que me habría gustado escribir, esta es la aventura que me habría gustado vivir”.

            Cuando en 1899, el duque de los Abruzos organizó una expedición para alcanzar el Polo Norte, tenía solo veintiséis años, pero ya había dado dos veces la vuelta al mundo y realizado la primera ascensión al monte San Elías, en Alaska, de más de cinco mil metros.

            No fue él quien llegó lo más cerca del Polo que se había llegado hasta entonces, sino el comandante Cagni. La congelación de una de las manos y la amputación de dos dedos, le obligó a quedarse en el campamento base. Pero esa amputación no le impediría, pocos años después, la ascensión al K-2, en el Karakórum, ni lograr en el Chogolisa la mayor altura que ningún ser humano había logrado hasta la fecha.

            Fue uno de los mayores exploradores que haya existido nunca, pero no fue capaz de enfrentarse a su primo, el rey de Italia, que le prohibió casarse con la joven norteamericana de la que se había enamorado, Katherine Elkins, por ser una plebeya.

            Me gustan los regalos del azar. En un mercadillo de León descubrí, imprevistamente, a uno de mis héroes, nacido pocos días antes de que su padre, rey de España, abdicara hastiado de sus ingobernables súbditos..

Martes, 31 de agosto
YA LO DIJO MAQUIAVELO

Mete el miedo en el cuerpo de la gente y harás con ella lo que te dé la gana.

Miércoles, 1 de septiembre
RULETA RUSA

“Eres un irresponsable, Martín, te comportas como si tuvieras un revólver cargado con una bala en el cajón de la mesa en que escribes y, cada vez que te aburres, lo sacaras y te dedicaras a jugar a la ruleta rusa”.

            Tertulia virtual de los miércoles (la presencial es los viernes). Hemos leído con atención algunos de los poemas del último número de Anáfora –los de Sabina, Juaristi, Manuel García-- y apenas si les hemos dejado un hueso sano. Llegamos a la conclusión de que pocos poemas resisten una lectura atenta y la conversación, no sé cómo, recayó en los estrenos cinematográficos. Comenté que el domingo había visto Annette, el disparatado e hipnótico musical de Leos Carax, y que, una vez más, estuve solo en la sala. Enrique Bueres, uno de los contertulios habituales, el más dañado de todos por la tontemia de estos últimos tiempos, intervino entonces: “Seguro que aprovechaste para quitarte la mascarilla. Eres un irresponsable, Martín, te comportas como si tuvieras un revólver…”

            Yo me acogí a la quinta enmienda y me cuidé mucho de decir si en las dos horas y media que dura la película, solo en una sala de techos altos y de más de doscientas butacas, me había quitado algún instante la mascarilla. Sé en qué país vivo y no quiero darle la más mínima excusa a las autoridades sanitarias del Principado para que cierren de una vez por todas las salas de cine.  

Jueves, 2 de septiembre
YO, CONSPIRANOICO

Cada día me vuelvo más conspiranoico. Ahora no se me va de la cabeza la idea de que Joe Biden, ese abuelito torpón que manda drones vengativos contra vehículos cargados de niños, es una marioneta que alguien maneja a su antojo. A veces pienso que el candidato de Putin era él y no Trump.

Viernes, 3 de septiembre
CUALQUIER COSA

Estaba leyendo la correspondencia de Philip Larkin con Monica Jones, cuando de pronto suena el teléfono.

            ---Vacúnate, ho… Que ya solo me quedas tú para que Asturias alcance el ciento por ciento de vacunados. Figúrate qué éxito para nuestra comunidad. Daremos ejemplo al mundo. Vacúnate, por fa. Qué éxito para mí, un chico de Laviana superando a todos los líderes mundiales. Pedro no podría negarme nada, me haría ministro. ¡Vacúnate, ho!

            Confieso que al principio creí que era el propio Presiente del Principado quien me llamaba, como uno más de los ilustres asturianos –Sonia Fidalgo, Pablo Texón, no sé si Xuan Bello--  que participan en la exitosa campaña del “vacúnate, ho” o “vacúnate, ne”. Pero una súbita carcajada me hizo comprender que se trataba de una broma

            ----No te lo habrás creído, ¿verdad?

            ----Yo, a estas alturas de la película, ya me creo cualquier cosa.



jueves, 26 de agosto de 2021

Mil y un fantasmas: Tengo miedo

 


Si contara lo que sé, peligraría mi vida. Pero si no lo contara no podría mirarme cada mañana al espejo sin avergonzarme. Por eso recurro a la estratagema –no sé hasta qué punto eficaz-- de contarlo como si fuera un cuento.

            Pasaba yo unos días de verano en Cap Ferret, entre el océano y la bahía de Arcachon. El pretexto –yo siempre necesito algún pretexto laboral para abandonar mi rutina, soy alérgico a las vacaciones--  era investigar la estancia allí de Jean Cocteau y Raymond Radiguet durante los veranos de 1920, 1921 y 1922, cuando jugaban a ser Verlaine y Rimbaud y se gestó esa fulgurante obra maestra que es El diablo en el cuerpo. Busqué incluso el mismo hotel en Piquey, el Chantecler, denominado así en honor de Edmund Rostand, amigo del dueño, pero ya no existía. Me alojé solo en una cabaña, en medio del bosque y muy cerca del agua. Quería hacer de Robinson por un tiempo, pero hay experiencias que resultan más gratificantes cuando son imaginadas que al hacerse realidad. Fui de inconveniente en inconveniente, de desastre en desastre, hasta que encontré a Viernes. Pero esa es otra historia.

            Una tarde, a poco de llegar, en la Playa del Horizonte, a la que me había acercado para visitar el búnker que formaba parte del Muro Atlántico con que los alemanes trataron en vano de frenar el desembarco aliado, se me acercaron dos individuos que, sin identificarse, me dijeron: “Tiene usted que venir con nosotros”. “¿Qué pasa?”, pregunté extrañado. Ellos respondieron algo en un francés que no entendí y maquinalmente los acompañé hasta el aparcamiento. Cuando abrieron la puerta de un coche negro y con cristales tintados, vi que se acercaba un grupo numeroso –dos o tres familias con niños--  y entonces, sin pensarlo, eché a correr hacia ellos. Los atravesé y seguí corriendo. El coche negro se puso en marcha para seguirme. Me desvié a la izquierda en cuanto abandoné el terreno de las dunas. Cerca estaba el mercado, lleno de gente a aquella hora, y logré despistarles. Pasé mucho miedo por la noche en la cabaña. Si me buscaban allí, no habría escapatoria. Me dormí casi al amanecer. Cuando desperté, ya muy avanzada la mañana, pensé que todo había sido una pesadilla.

            Nada extraño ocurrió los días siguientes hasta el encuentro el Le Thiers, el restaurante frente a la playa de Arcachon. Había ido yo al cine a ver Stillwater, la película de Tom McCarthy que en España han titulado Cuestión de sangre. Me interesó por muchas razones: por el personaje de Matt Damon, representante de esa América profunda que dicen que vota a Trump y de la que tanto se burlan los exquisitos; por la relación que establece con las dos hijas, la real y la de su amiga francesa; por las veladas –o no tan veladas-- referencias al caso de Amanda Knox.

 

ASESINATO EN PERUGIA

En 2007, en un piso de estudiantes de Perugia, una estudiante inglesa de 21 años, Meredith Kercher, fue brutalmente asesinada. Todos los indicios apuntaban hacia su compañera de piso, Amanda Knox, su novio de entonces, Raffaelle Sollecito, y un subsahariano, Rudy Guede. La estudiante inglesa se negó, al parecer, a participar en un violento juego sexual –estupefaciente y alcohol por medio-- y acabó de la peor manera. Los presuntos asesinos fueron condenados a muchos años de cárcel. Los abogados de la norteamericana Amanda Knox iniciaron un hábil juego para anular la sentencia. Se trataba de desprestigiar a la policía italiana, que habría actuado de la manera menos profesional posible. Un tribunal de casación confirmó la sentencia, pero finalmente fue anulada en 2015 por el tribunal supremo italiano al considerar que, de acuerdo con el testimonio de dos peritos independientes, “no respetó los protocolos” al recoger y procesar los restos de ADN encontrados en el cuchillo y el sujetador de la víctima y que se correspondían con los de la pareja de amantes.

            Se anuló la condena de la americana y el italiano, pero curiosamente no la de Rudy Guede, que no tenía quien lo defendiera y que había sido condenado como colaborador en el crimen, no como autor principal.

            Hay un documental de Netflix que ridiculiza al fiscal italiano y presenta a Amanda Knox como una víctima de su inquina; hay un libro en preparación –por él ha cobrado un anticipo de un millón de dólares-- en el que cuenta su historia. Judicialmente está libre de todo cargo, pero eso no quiere decir que haya sido absuelta No hay una explicación mínimamente creíble de los hechos sin su intervención. Los dos amantes dicen que no estaban en el piso de Via della Pergola cuando ocurrieron los hechos, que estaban en casa de él (cada uno es la única coartada del otro), que Rudy Guede entró a robar, que minutos después llegó Meredith y que el ladrón, amigo de todos ellos, para no ser reconocido, fue a la cocina, cogió un cuchillo, la apuñaló por la espalda, se entretuvo asestándole puñalada tras puñalada (más de cuarenta) y luego, tras dejar toda la estancia cubierta de sangre, huyó.

            Nadie se cree eso, pero Amanda Knox demandará a quien se atreve a decirlo en voz alta. En la película, Matt Damon hace de padre coraje que luchar por conseguir sacar a su hija de la cárcel y demostrar su inocencia. Logra lo primero, pero la hija acaba reconociendo que participó en la muerte de su compañera de piso, de la que también era amante. Y lo prodigioso de la película es que no la vemos –al contrario que a su contrafigura real-- como un monstruo, sino como una víctima más.

            Tom McCarthy sabe, como lo sé yo, que solo en la ficción se puede contar la verdad. En Le Thiers estaba citado con un activista antivacunas francés. Quería pasarme una información para que yo tratara de publicarla en la prensa española.

            Me contó que tenían un equipo investigando la conexión entre las empresas farmacéuticas que fabrican las vacunas –especialmente la norteamericana Pfizer, que ya antes se había apuntado el éxito del Viagra-- y especialistas sanitarios, políticos y medios de comunicación. Habían calculado que al menos un diez por ciento de los fabulosos ingresos –que seguirían creciendo mes tras mes, año tras año-- se dedicaban a engrasar los canales que permitían la aprobación exprés y la inoculación casi manu militari de aquella especie de bálsamo de Fierabrás a toda la población de los países ricos, incluidos los niños incluso los fetos en gestación.

            ---Ninguna publicación seria publicara nada de lo que descubráis, ni en Francia ni en España, os acusarán de conspiracionistas, antisemitas y cosas así.

            ---Estamos acostumbrados, pero si me he puesto en contacto con usted es porque hasta ahora tenemos múltiples indicios, pero las únicas pruebas que podrían ser aceptadas por un tribunal apuntan a una política española.

 

NO SOY UN HÉROE

Me asusté, le conté lo que me había ocurrido en la Playa del Horizonte. Empecé a volverme paranoico. ¿Me estarán siguiendo ya agentes del CNI como a Corinna von Larsen? A fin de cuentas, todo es posible en un país donde el Defensor del Pueblo ha de recordarle públicamente al ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska --el que alentaba a los policías para que persiguieran y sancionaran a los irresponsables que se atrevían a pasear solos por un bosque durante los meses de la Gran Encerrona Inconstitucional-- de que tiene la obligación de respetar la ley.

            No quise ni echar una ojeada a los documentos que me presentaba el activista francés. Me quemaban en las manos. Soy un poco paranoico, lo sé. Estoy lleno de miedos, pero temo menos a los que engañan que a los que tan dócilmente se dejan engañar. ¿Lanzarán pronto una campaña con nombre y apellidos contra los que se resisten a dejarse vacunar? ¿Pondrán un policía, y si no hay suficientes, un vecino que se ofrezca voluntario en cada portal para no dejar salir a la calle a quien no lleve colgado al cuello el certificado de vacunación? Vivimos en un tiempo en que lo inimaginable ayer hoy lo acepta con total normalidad el rebaño inmunizado desde siempre a cualquier atisbo de pensamiento crítico.

Yo ya había comenzado a sospechar de esa persona –no quiero dar pistas sobre su identidad, n quiero ni insinuar que ocupa un cargo importante en el gobierno-- al leer su encendida defensa de la necesidad de una tercera dosis por mucho que se oponga la Organización Mundial de la Salud, y seguro que luego defenderá una cuarta y más tarde una quinta hasta que el dinero sucio les salga por las orejas.

            No quiero saber cosas que solo puedo contar como si fueran un cuento. No quiero ser en un mundo enloquecido el Alonso Quijano que se vuelve cuerdo y sale a deshacer entuertos y a recibir los palos de todos.

            Volví a mi cabaña, me senté en el porche, frente al agua espejeante de la bahía, y me puse a degustar –en compañía de Viernes, pero esa es otra historia-- media docena de ostras y un buen vaso de vino blanco.

 

 

 

jueves, 19 de agosto de 2021

Mil y un fantasmas: Qué pasó en 1968

 

El 17 de junio de 1968 Franco vino a Asturias a inaugurar el aeropuerto. Ese día habló desde el balcón del Ayuntamiento de Avilés a una multitud enfervorizada. Lo recuerdo bien porque a punto estuve, si no de ser linchado, sí de recibir algunos golpes. Iba yo camino de la biblioteca, que entonces estaba en la calle Jovellanos, cerca de la Cruz Roja, y tenía que atravesar el Parche. Me detuve curioso en la calle San Francisco. Escuché malamente una vocecita aflautada y luego al gentío que, tras los gritos de rigor, se puso a cantar el “Cara al sol”. Yo lo miraba todo lleno de curiosidad, como quien asiste a una grabación del No-Do en vivo y en directo. Un tipo malencarado se fijó en mí: “¿Y tú por qué no cantas? ¿Eres comunista o qué?”. Rápidamente me escabullí. Lo que yo tardé en saber es que ese día estuvo a punto de cambiar la historia de España.

            Tardé en saberlo y solo ahora me atrevo a contarlo, rompiendo la promesa que le hice a mi informante, uno de mis mejores amigos en los años del bachillerato en el Carreño Miranda, al que luego perdí la pista y reencontré en el lugar más inesperado, nada menos que en Estambul.

 

ENCUENTRO EN ESTAMBUL

Estaba yo sentado en uno de los bancos de Sultanahmet, la gran plaza ajardinada entre la Mezquita Azul y Santa Sofía, sin nada que hacer, como era mi costumbre habitual al caer la tarde. Me alojaba en un hotel cercano, el Pierre Loti, rodeado de maravillas: el hipódromo, la fuente alemana, regalo del emperador Guillermo II  (Loti decía que de ella habían manado todas las desgracias para el imperio turco), la catedralicia cisterna subterránea, el inagotable Gran Bazar con su arrabal dedicado a los libros.Pero ya había desaparecido el asombro de los primeros días y, como un natural del lugar, con nada disfrutaba más que con el ir y venir de la gente y el tibio sol de la tarde. Pasó cerca de mí un grupo de ruidosos turistas –no podían negar que eran españoles-- y uno de ellos se me quedó mirando y, tras un rato de dudas, se acercó a mí.

----Tú eres Martín, ¿no? ¡Vaya sorpresa encontrarte aquí! Tú a mí seguro que no me reconoces. ¡Han pasado tantos años desde que nos vimos por última vez! A ti te veo de vez en cuando en los periódicos.

            De golpe me vino a la memoria su nombre y las largas charlas sobre lo humano y lo divino entre clase y clase en el instituto o luego volviendo a casa por la calle Galiana o paseando por la orilla de la ría. Le di un fuerte abrazo.

El grupo se alejaba. Venían de Santa Sofía, iban hacia la Mezquita Azul.

----Cuidado no los pierdas.

----Ven conmigo, te voy a presentar a mi mujer.

            Su mujer, afortunadamente, no era aquella primera novia que tanto había contribuido a que nos distanciáramos. Hacían aquel viaje guiado en compañía de otro matrimonio. Selena, que así se llamaba, no puso ningún inconveniente a que Ramón abandonara el grupo y se quedara conmigo.

----Te lo devolveré sano y salvo a la hora de cenar.

----Quédatelo todo el tiempo que quieras, ya lo tengo muy visto.

Y corrió sonriente hacia el grupo, que ya se alejaba al trote.

No me podía creer que estuviéramos otra vez los dos juntos, era como recobrar de pronto buena parte de lo mejor de mi adolescencia.

----¿Quieres que te enseñe yo lo que no has visto de la ciudad, Ramón? Nada me gusta más que hacer de guía.

            ----Y a mí nada me disgusta más que andar por ahí en rebaño, oyendo los comentarios tontos de unos y de otros. Si te parece, paseamos un poco y luego nos sentamos a tomar algo y charlamos de esto y aquello, como en los viejos tiempos.

Por estrechas callejuelas llenas de gente, descendimos hasta  la orilla del Cuerno de Oro, cruzamos luego el puente de Gálata y nos sentamos en una terraza frente a la parte asiática de la ciudad. “Inevitable citar a Espronceda”, dije yo.

            Y allí me contó que su padre había muerto hacía pocos meses y que, antes de morir, le confesó un secreto. Era cazador, había cazado infinitas piezas, pero en el momento decisivo no se atrevió a abatir la que más le importaba: el dictador Francisco Franco.

            Su padre, muy conocido en Avilés, tenía una clínica dental en un edificio junto al palacio de Ferrera, frente al Ayuntamiento.

 

EL ATENTADO

----Hubo varios intentos de atentado contra Franco. Los investigué todos, pero no encontré ninguno que pudiera haber tenido alguna garantía de éxito. El último, que yo sepa, fue en 1970 cuando Joseba Elósegui, que había sido capitán de gudaris durante el bombardeo de Gernika, pretendió abrazarse a Franco envuelto en llamas cuando este presidía un encuentro de pelota vasca en el frontón de Anoeta, en San Sebastián. Qué cosa más absurda. ¿Cómo pensaba que le iban a dejar acercarse al dictador? Se prendió fuego, eso sí, y se lanzó desde una de las galerías superiores. No murió y creo que más tarde llegó a ser senador.

            Lo de mi padre era otra cosa. Mi padre, curiosamente, no tenía relación con la oposición franquista. Sus amigos en Avilés eran gente como José-Víctor Carreño, el escritor, más bien próximos al régimen o completamente identificados con él. José-Víctor Carreño le contó muchas veces a mi padre los días que había pasado encerrado en la iglesiona de Gijón. Mi padre no le habló nunca de mi abuelo, que fue condenado a muerte junto al poeta Lumen, Luis Menéndez Alonso, el creador de la Biblioteca Circulante de Avilés, la actual Bances Candamo, que tú entonces frecuentabas todos los días. La sentencia del poeta se cumplió de inmediato. ¡Había puesto los libros al alcance de todos! ¡Había envenenado al pueblo! ¿Cabe imaginar mayor delito? Mi abuelo tuvo más suerte y su pena fue conmutada por treinta años de reclusión, que se quedaron en media docena. Salió convertido en otro, no quiso volver a saber de política, en mi casa no se hablaba de lo que había ocurrido. Pero mi padre no fue capaz de olvidar, guardó dentro el rencor y lo fue cultivando, sin que nadie se percatara de ello, hasta que llegó el momento.

            Y el momento llegó al enterarse de que Franco iba a venir a Avilés con motivo de la inauguración del aeropuerto de Asturias. Cuando se enteró de que hablaría desde el balcón del Ayuntamiento, frente a las ventanas de la consulta y frente al lugar donde su padre y el poeta Lumen y tantos otros habían sido condenados a muerte en juicio sumarísimo, el palacio de Ferrera, pensó que existe la justicia histórica. Si mi padre hubiera leído a Borges, habría repetido esos versos que tú citas con tanta frecuencia: ”Algo que no se nombra / con la palabra azar rige estas cosas”.

            Estábamos en una terraza del puerto de Karaköy, pero yo no veía el pausado discurrir de los barcos por el estrecho del Bósforo. Mi mente estaba en otra parte y en otro tiempo. La plaza del Ayuntamiento, que los avilesinos llamamos el Parche, llena de gente; yo detenido en la esquina de la calle de San Francisco, bajo los soportales; Franco, Franco, Franco –según los gritos de rigor-- en el balcón del Ayuntamiento, y un hombre con un rifle en una ventana frente a él. Me imagino el estruendo de los disparos, porque dispararía más de uno por miedo a fallar, el alarido de la multitud, toda España atónita con la noticia.

Fue precisamente en el Parche, cuando iba camino del Instituto, que entonces estaba en el Carbayedo, pocos años antes, cuando otro niño me dio la noticia: “¡Han matado a Kennedy!”. Pero a Franco no lo mataron, a pesar de todas las circunstancias favorables.

 

POR QUÉ NO

----Mi padre era cazador, ya te dije. Días antes, le avisaron que tenía que depositar la escopeta en el cuartel de la guardia civil. Así lo hizo. Pero tenía otra, de gran precisión, con la que podía matar leones o elefantes, que nunca había declarado.

Cuando Franco salió al balcón y dijo aquello de “Españoles” y le interrumpieron los aplausos, él ya estaba listo. Solo le quedaba apuntar bien y apretar el gatillo.

            ¿Por qué no lo hizo? “¿Por qué no lo hiciste, papá?”, le pregunté cuando me lo contó. Sabía yo, y sabía él, que entonces le quedaba poco tiempo de vida. “Unos meses”, dijeron los médicos. Pero murió a las pocas semanas.

            “No lo hice porque pensé en tu madre, no lo hice porque pensé en ti. En mis fantasías de tantos años, desde la adolescencia, no pensaba en vosotros. Tras acabar con el dictador, me pegaba un tiro. Y no me importaba irme al otro mundo si antes libraba al mundo de esa alimaña. Pero antes de apretar el gatillo tuve un momento de lucidez. ¿Qué iba a ser de tu madre, qué iba a ser de ti? No sabíais nada, no eráis culpables de nada. Tuve la precaución de mandaros fuera. Es ese monteo estabais con los abuelos de León. ¿Pero os iban a dejar en paz? Fui cobarde, tuve miedo de lo que os pudiera ocurrir y no apreté el gatillo”.