sábado, 2 de mayo de 2026

La rueda de la fortuna: El tiempo de nuestra dicha

  

Domingo, 26 de abril
EL RINCÓN DE LAS AVES 

El Rincón de las Aves, en Santianes de Pravia, que mucho tiene de sucursal del paraíso, esconde un secreto. “Et in Arcadia, ego”, podría leerse a su entrada.

Lo fundaron Ceferino y Carmen, allá por 1969, y fue creciendo alrededor de su casa. Comenzaron con tres parejas de aves y ahora alberga más de cien especies distintas. A mí me fascina el faisán dorado, que vino de China en traje de gala y nos mira como un emperador en el destierro; también el ibis, al que veneraron los egipcios y con el que se identificaba Pessoa, y las garzas reales y el guacamayo aliazul y la cacatúa galerita y la lechuza de Minerva y las alborotadoras cotorras. Pero sobre todo me atrae el jardín, al cuidado de Carmen, un prodigioso compendio de la variedad y belleza del mundo. “Muchas de estas plantas han venido de Portugal –me dice--. La última que he traído es la rosa Abracadabra. Se llama así porque, en la misma planta, cada rosa es de distinto color y en una misma pueden aparecer diferentes tonos”.

            Tanta belleza, tan amorosamente cultivada por esta pareja de artistas enamorados, esconde un secreto. Ceferino me invita a entrar en su casa y me enseña dos textos que tiene enmarcados, dos artículos que les dedicaron. Por ellos me entero de que su único hijo murió cuando tenía cuarenta años. “Et in Arcadia, ego”, también la muerte está en la Arcadia.

Este jardín es en realidad un monumento funerario, uno de los más hermosos del mundo, nada tiene que envidiar al Taj Mahal. Y con cada primavera, cuando todo renace, a sus custodios le ha de venir a la mente el verso de Antonio Machado: “Eres tú quien florece y resucita”.

Lunes, 27 de abril
EN EL ATENEO

La presentación de Duelo al sol, mi libro de conversaciones con Abelardo Linares, no es más que un pretexto para escenificar uno de mis espectáculos favoritos, que tiene tanto que ver con el toreo como con el boxeo. Yo, por supuesto, soy el ágil torero que con un quiebro deja pasar muy cerca, pero sin que le roce, la furia del toro, o Al Brown, el boxeador bailarín que fascinaba a Cocteau y al que Eduardo Arroyo dedicó un libro.

            Hacía de árbitro Marta Reyero, tan seria, tan televisiva, que se había leído atentamente el libro y preparado muy pertinentes preguntas. Pero fue empezar el combate y nos olvidamos de ella. Abelardo comenzaba alguna de sus habituales peroratas sobre Chaves Nogales, el periodismo de ayer o los poetas de hoy, y yo, en cuanto notaba que el público empezaba a bostezar, le interrumpía con una breve observación que derribaba todo el dialéctico castillo de naipes que él iba construyendo.

            Bueno, al menos esa es mi opinión, aunque supongo que mi contrincante vería las cosas de otra manera. “En cuanto te acorralan, en cuanto te quedas sin argumentos, te sales por la tangente y tratas de cambiar de tema”, me ha repetido más de una vez. Y está bien que se crea que tiene algo que hacer en un debate conmigo, porque en caso contrario, me dejaría por imposible y se acabó la fiesta.

            “Tienes demasiada buena opinión de ti mismo, no hay tema del que no creas saber más que nadie”, me reprochan los pocos amigos que todavía me soportan. Y quizá no estén muy equivocados. Pero cada uno es como es y yo podré ser insoportable en privado, pero en público procuro ser divertido y callar a tiempo.

            No tengo mucha relación con el Ateneo de Madrid, con el actual quiero decir; que del verdadero, el de Galdós, Pardo Bazán o Azaña, me sé su historia al dedillo, como si yo hubiera sido uno de los habituales de la cacharrería, aunque no sé si yo sería capaz de escuchar a Valle-Inclán o a Unamuno sin interrumpirles.

Esta es la segunda vez que intervengo en el Ateneo. La otra fue hace bastantes años, en 1982, en unas jornadas sobre poesía en las que también participaba Víctor Botas. Mi intervención se titulaba “La guerra de las antologías” y hablaba del debate en torno a Nueve novísimos y también de Las voces y los ecos y de otra antología, entonces recién aparecida, Florilegium. Lo recordaba mientras debatía con Abelardo. Me conozco tan bien sus argumentos, los he escuchado tantas veces, que no necesitaba poner mucha atención a lo que decía. Como un actor que ha ensayado su obra lo suficiente y la ha representado en muchos escenarios, sabia colocar mi interrupción en el momento justo.

            Al final, se me acercó una señora que había seguido atentamente, y riendo más de una vez, nuestro rifirrafe.

            ---Hola, soy Elena de Jongh, hace años publiqué una antología que quizá conozca.

            ---¿Elena de Jongh Rossell?

            ---Elena de Jongh, sí. Ya no me llamo Rossell.

            ---Qué curioso, porque mientras hablábamos he estado pensando en Florilegium una antología que comenté precisamente aquí y que comenté con dureza. Cuando yo preparaba Las voces y los ecos, Vicente Presa me habló de que una joven norteamericana preparaba otra antología para una editorial importante y me ofreció incluirme en ella, él decía que era asesor, a cambio de que yo le incluyera en la mía.

            ---Yo le pedí opinión a mucha gente. Entonces era muy joven e inexperta.

            ---La verdad es que yo he criticado mucho Florilegium, me temo que fui un poco cruel, según mi costumbre.

            ---Pero yo ya estaba de vuelta en Estados Unidos y como entonces no había Internet, ni me enteré.

Martes, 28 de abril
EN LA RESIDENCIA

Me alojo en la Residencia de Estudiantes, toda llena de fotos de Lorca que anunciaban una exposición sobre su archivo, en una de las habitaciones que según la leyenda ocupó el poeta. Pero no fue con el fantasma de Lorca con el que tuve que convivir. Hace exactamente un año, el Instituto Cervantes conmemoró el centenario de Ángel González y yo participé acompañado de Xuan Bello. Después del homenaje, un día lluvioso y desapacible, él se fue de juerga con Ignacio Elguero y otros participantes. Yo, más hedonista, me retiré a dormir.

A la mañana siguiente, habíamos quedado en vernos a las diez; él se levantó bastante más tarde y no pudo acompañarme a saludar a Bruno, el hijo de López-Vega, porque tenía que escribir su artículo dominical para el periódico, que siempre enviaba a última hora. Yo ya había enviado el mío y me puse una vez más, en plan Pepito Grillo, como ejemplo de previsión.  

Estas minucias recordé durante la noche y también el viaje de vuelta. En la cafetería del tren nos encontramos con varios maestros de asturiano que venían de una reunión sindical. En seguida, la aséptica cafetería se convirtió en el rincón de un chigre y el castellano fue sustituido por el chisporroteo del asturiano, esa lengua que según mis amigos ovetenses no se habla en ninguna parte.

            No se me apareció el fantasma de Lorca, tan presente en la Residencia, sino el de Xuan, pero no era un fantasma que daba miedo, sino todo lo contrario. Recordé el viaje madrileño y tantos otros: Nueva York, Lisboa, Roma, Perugia, Buenos Aires, París, casi siempre acompañados de otros contertulios.

La verdad es que podría escribir un libro divertido que se titulara Con Xuan Bello por esos mundos. A él le gustaría que le recordase, como le recuerdo, con una sonrisa. Tengo la impresión de que no ha abandonado la tertulia, aunque ahora pase por ella con menos frecuencia. 

Miércoles, 29 de abril
ARCHIVOS LORCA

¿Una nueva exposición sobre Lorca? ¿Qué me puede contar que yo no sepa?, me pregunto cuando entro, sin demasiada curiosidad, en el Pabellón Transatlántico de la Residencia a ver “Lorca y el archivo”. Pero me cuenta muchas cosas que no sé, la historia de cada uno de los documentos del archivo, cómo se salvó, cómo ha llegado hasta nosotros. Me cuenta que a Rafael Martínez Nadal, editor de tantos inéditos de Lorca, no se los entregó el poeta, poco antes de marchar a Granada, para que se los custodiara, sino que se apropió de ellos entrando, tras su muerte, en el piso madrileño de Lorca y arramblando con todos los papeles que le parecieron de algún interés. En la puerta, la Brigada de Investigación había colocado un cartel: “En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos, respetarla”.

Jueves, 30 de abril
HABLO POR MÍ

“La vejez (tal es el nombre que otros le dan) / puede ser el tiempo de nuestra dicha. / El animal ha muerto o casi ha muerto./ Quedan el hombre y su alma”.

            En mi caso, me temo que sigo siendo bastante más animal y bastante menos racional de lo que me gustaría, pero lo cierto es que no cambiaría esta etapa de mi vida por ninguna otra. Los setenta tienen mala fama, pero no están menos llenos de asombro que la infancia ni de amor que la juventud o jumentud.

Hablo por mí, que cada uno tiene su historia. Y hablo de lo vivido hasta el día de hoy, que del mañana no hay certeza y al Azar, que es el nombre verdadero de la divinidad, le gustan los bruscos cambios de guion.



 

viernes, 24 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Años, libros, vida

 

Domingo, 19 de abril
UN CUESTIONARIO
 

 ¿Podría darnos unas pinceladas que fueran definitorias sobre su personalidad?

Racionalidad, fidelidad, terquedad.

¿Hubo alguna circunstancia que le hiciera ponerse a escribir?

No, escribir es tan natural en mí como respirar y casi tan natural como leer.

 ¿Ha habido escritores que hayan tenido una importancia decisiva en su manera de entender la poesía? ¿Quién o quiénes?

Antonio Machado. Fernando Pessoa.

¿La vida, en su caso, continúa al margen de la poesía?

La poesía es parte de la vida, parte importante, pero no toda la vida (ni siquiera es toda la literatura).

 ¿Cómo cree que se debe ejercer la crítica literaria?

Como cualquier otro oficio, con conocimiento de causa.

 ¿Cree que la poesía tiene alguna utilidad en la sociedad actual?

Más o menos la que ha tenido siempre, aunque cambien las formas de escribirse y de difundirse la poesía.

Si desaparecieran los libros y tuviera que elegir un poema para memorizar y transmitir ¿cuál sería?

Ya me sé muchos poemas de memoria. La literatura ya existió sin libros y ahora la poesía se difunde muy bien sin ellos en las redes sociales.

Una ciudad para vivir

Oviedo. O, en su defecto, cualquier otra en la que no falten cafés en los que leer o escribir, librerías, amigos con los que conversar.

Qué lugar ocupa el amor en su vida y en su poesía.

             El amor, en sentido amplio, un lugar principal; en el otro sentido, un lugar cada vez menor.

Un libro que ama

Las Poesías completas de Antonio Machado en la edición de Austral que compré allá por 1964.

Un libro icónico que deteste

Me gusta burlarme del Ulises de Joyce, que ni he leído ni pienso leer.

            ¿Qué quería ser de niño?

Emperador o papa.

¿Qué es lo que más admira en un ser humano?

La bondad y la inteligencia. Por este orden.

¿De la poesía se puede salir?

Se puede salir, aunque a algunos dejarla les puede costar tanto como dejar de fumar. Lo más frecuente es que sea ella quien nos pone de patitas en la calle.

¿Cómo le gustaría que le recordaran?

Con una sonrisa.

Lunes, 20 de abril
            UN COLOQUIO

En la capilla del palacio de Revillagigedo, frente al antiguo puerto pesquero y muy cerca del chigre en que comienza La alegría del capitán Ribot, participo en un coloquio sobre la poesía y el mar. En las paredes, cuadros de Guillermo Simón acompañados de algunos versos. Xuan Bello firma “Poema del cantábrico”, que dice así: “El mar del norte me llama, / su voz es bruma y distancia, / yo soy de tierra adentro, / pero sueño con sus alas”.

            ¿Escribió realmente Xuan Bello esos versos? También a veces dormitaba Homero, pero yo creo que Xuan nunca dormitaría tanto. Le pregunto al pintor que de dónde los ha sacado.

            ---De una página de Internet. No recuerdo ahora de cuál.

            Yo los pongo en el buscador y no encuentro ninguna referencia. Desde luego, basta leerlos para saber que no los escribí yo, que he puesto tantos versos apócrifos a circular por la red como trampa para incautos y eruditos como mi admirado Amorós.

Martes, 21 de abril
UNA PRESENTACIÓN

Paso fugazmente por Mieres para presentar Aire en el aire en la librería la Pilarica, en la que yo compraba libros cuando trabajaba allí hace ya medio siglo. Mieres se parece a esas personas que no dan buena impresión al principio, pero a las que se les coge cariño en cuanto se las trata un poco. Esta tarde me sorprende con un bloque de viviendas, frente al parque de la Mayacina, que me enamora a primera vista. Toda su fachada exterior se envuelve en ondulados paneles de policarbonato que se abren y cierran a voluntad. Es un cambiante muro que de noche parece llenarse de luciérnagas. Me gustaría vivir en él. 

Miércoles, 22 de abril
UNA COMIDA

¿Consecuencia de las hazañas bélicas de Trump y de la crisis energética que se avecina? No sé, pero este año la comida en el Palacio Real en honor del premio Cervantes, me parece que ha tenido menos lustre. Prescindieron de adornar la gran escalinata con la vistosa guardia real. Incluso estaba peor iluminada. Los invitados parecían subir por la escalera de servicio. Y como consecuencia faltó el espectáculo del desmontaje de la escalera con su ritual de pífanos y tambores, que a mí me gusta tanto.

Las breves palabras del rey fueron tan atinadas y precisas, como de costumbre, pero al aludir al último libro de Gonzalo Celorio, Ese montón de espejos rotos, afirmó que el título estaba tomado de unos versos de José Luis Borges: “Somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, / ese montón de espejos rotos”. Y añadió que José Luis Borges murió en 1986, hace ahora cuarenta años.

Aunque no podía ver la cara de la reina, me imaginé su gesto de contrariedad (“Tenía que haberlo revisado yo, pero una no puede estar en todo”) y el rapapolvo que se iban a llevar los redactores del discurso por hacerle leer el rey aquel disparate propio de indocumentados.

 Tras la comida, me acerqué a charlar un rato con los poetas jóvenes. Dudé en hacerlo porque apenas si los había leído y lo que había leído me interesaba poco. Carmen María López, último premio Adonais, respondió secamente a mi saludo y entonces recordé que habíamos comentado en la última tertulia algunos poemas de su Oración de la lluvia y yo no lo había hecho con demasiado entusiasmo. ¿Se lo habrían contado? Hay cosas de las que un escritor siempre se entera.

“Te leo todos los lunes”, le dije luego a Luis García Montero, y él me respondió: “Y yo a ti. Siempre que hablas mal de mí me lo hacen llegar”, “¿Incluso ahora que no está Martín López-Vega?”, “Incluso ahora”. Pero él lleva mejor los reparos que Juan Manuel Bonet, que sigue lanzándome miradas poco amistosas cuando se cruza conmigo. ¡Con lo mucho que yo admiro su inmensa erudición!

Me habría gustado charlar con él del poema que leí el lunes en Gijón, un Tomás Morales muy Pelayo Ortega: “Esta noche, la lluvia, pertinaz ha caído, / desgranando en el muelle su crepitar eterno, / y el encharcado puerto se sumergió aterido / en la inmensa negrura de las noches de invierno”.

También me habría gustado charlar con Javier Cercas, que circulaba por allí con su curioso aspecto de covachuelista galdosiano, pero cada vez que he reseñado un libro suyo he subrayado, según mi estilo, los sofismas que se escondían tras la llamativa apariencia. Me temo que no me habría puesto buena cara si me acerco a saludarle, aunque lo más probable es que ni me haya leído. Coincidimos al salir y él me miró irónico, o eso me pareció, y me hizo un leve gesto de saludo. O sea, que quizá sí reconoció a su hacker habitual.

            Entre los poetas jóvenes estaba William González, el más joven de todos. A mí me interesó y emocionó su primer libro, Los nadies, pero los que luego fue publicando me interesaron cada vez menos. Acaba de aparecer Cara de crimen, premio Espasa (ese premio dedicado a la parapoesía), que cuenta historias de sicarios. “He conocido a muchos –me dice--, yo podía haber sido uno de ellos. En mi familia abundaban”. Miro con cierta sorna a este paisano de Rubén, tan jovencito y avispado. Me parece que practica demasiado la autoficción.

También andaba por allí Nicolas Mateos Frühbeck, que se ha doctorado con un estudio de las autobiografías de monjas y soldados en el Siglo de Oro, y cuyo libro Transil mezcla la poesía barroca con la ciencia ficción. Es un gran defensor de los premios literarios: “Solo gracias a ellos tiene hoy visibilidad la poesía”.

Ya no estaba allí Luis María Anson, pero quedaba otra de las columnas de la lengua castellana, Víctor de la Concha. Me acerqué a saludarle a la silla en que se sentaba y hablamos de su toisón de oro, que lucía con orgullo, y del amigo común, José Manuel Feito, compañero suyo de estudios en Valdediós. “¡Cuánto sabía y qué buena persona era! Le agradecí mucho que se acordara de mí en sus memorias, yo ahora voy a publicar las mías”. 

Jueves, 23 de abril
UNA CONFERENCIA

No solo cada hombre, como escribió Galdós y repite Trapiello al comienzo de sus diarios, sino también cada libro, "donde quiera que vaya, lleva consigo su novela".
Hablo hoy de Dolores Medio en el Instituto de Estudios Asturianos y muestro el ejemplar de Nosotros, los Rivero, dedicado a dos buenas amigas suyas, Urania y Amparito, en abril de 1953, que compré en el mercadillo del Fontán. Y qué sorpresa cuando al final se me acerca María Jesús Polledo, librera durante tantos años, y me dice que había conocido a esas dos mujeres: "Urania era maestra, como Dolores, y Amparito telefonista".

Dos mujeres trabajadoras en el Oviedo de los años cincuenta y una de ellas de familia republicana, como revela su hermoso nombre: Urania, la musa de la astronomía.

Dos amigas, y quizá algo más que amigas, como sugiere la dedicatoria conjunta.




viernes, 17 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Caleidoscopio

 

Sábado, 11 de abril
INCONSOLABLE

“Alguna vez me angustia una certeza” comienza un soneto de Jorge Guillén que yo recuerdo a menudo. Esa certeza es la de la muerte, pero he de reconocer que, si se trata de la propia todavía me angustia bastante menos de lo que quizá debiera. En realidad, me angustia más bien poco: aún es una certeza estadística, no una verdad vital. La que me angustia es la de la gente que quiero.

            La muerte propia solo es una pesadilla si va precedida de una larga, dolorosa, inhabilitante enfermedad. Morir, para el que muere, sobre todo si es a su debido tiempo, no tiene nada de malo. Lo malo se queda siempre con los que quedan.

            El otro día me encontré con Estrella, la madre de Xuan (que para ella será siempre Juanjo), y yo –ingenuo de mí-- comencé a hablarle de lo mucho que se le recordaba, de los continuos homenajes que se le dedican. “Sí, pero…”, dijo y se puso a llorar y yo, por mucho que me esforcé, no pude evitar acompañarla. No lloraba yo por Xuan, que ahora vive en su gloria (si la meta es el olvido, como afirmaba Borges, él tardará en llegar a la meta), lloraba por quien aquí quedó, inconsolable.

Lunes, 13 de abril
ME DAN MI MERECIDO

Recuerdo más a menudo de lo que me gustaría, la frase “no hay buena acción que no reciba su merecido”. Yo podré ser malo, muy malo, y tratar sin contemplaciones los libros que publican los demás, pero los odios que así me creo son bastante más llevaderos, y hacen menos daño, que los que me causa mi vocación de buen samaritano.

Como conozco algo a mis semejantes, procuro ayudar, en los pocos casos en los que puedo, de la manera más discreta posible, sin que se note, pero hay quien considera cada favor recibido como una humillación de la que en algún momento tiene que vengarse. Y esas venganzas, que llegan cuando menos te las esperas (cuando yo ya había olvidado, esas cosas las olvido pronto, que había hecho un favor a esa persona), son las que más temo: aciertan siempre donde más daño pueden hacer. 

Martes, 14 de abril
NINGUNA PRISA

“¿Y no te da vergüenza? ¡Menudo republicano estás tú hecho!”, me dice un amigo al que le cuento que este año también me han invitado al “almuerzo ofrecido por sus majestades los reyes a una representación del mundo de las letras con motivo de la entrega del premio Cervantes 2025”.

            Pues no, no me da vergüenza. Ahora, eso sí, me sirve para reírme un poco de mí mismo. Me paso la vida quejándome de que nadie me hace caso, de que mis libros no se venden, de que me vetan en este o aquel suplemento y luego resulta que me invitan todos los años a un evento en el que pocos repiten (solo, que yo recuerde, Luis María Anson y Sergio Vila-San Juan). Y yo, que nada detesto más que las comidas oficiales, esas que empiezan tarde y parece que no van a acabar nunca, disfruto con la perfecta organización de estos encuentros. No conozco mejores anfitriones. Siempre cuento aquella historia en que el rey, mientras conversaba animadamente en medio de un grupo en el salón chino, donde se toma café después de la comida, se dio cuenta de que Antonio Gamoneda estaba solo sentado en un rincón. “Disculpad”, dijo, y se dirigió hasta él y le preguntó si se aburría y se sentó a su lado para intentar charlar un rato, a pesar de las dificultades auditivas del poeta.

            No soy yo muy de asistir a comidas protocolarias, pero a veces he tenido que asistir a las que se dan con motivo de algún premio en el que participo como jurado. Con las cenas tras cierto galardón autonómico, de cuyo nombre prefiero no acordarme, todavía tengo pesadillas. Duraban tres, cuatro o más horas y no sé cómo siempre acababa yo discutiendo con la deslenguada dueña y señora del evento. Menos mal que finalmente, gracias a una novela de no ficción, he conseguido liberarme del reiterado esperpento.

            “¿Y todavía te sigues considerando republicano?”, insiste mi amigo. “Pues claro y todavía sigo celebrando tal día como hoy y, cuando llegue el momento de elegir entre monarquía o república, elegiré república”. “Pues, por lo que se ve, no parece que tengas mucha prisa de que llegue ese momento”. “Cambiar de régimen político no es como cambiar de piso. Es algo más complicado. Tenía prisa con el espécimen que teníamos antes y que todavía anda por ahí rodeado de toreros y presumiendo de que a él no hay quien le pille, que le basta el capote de la Constitución para burlar a la afeitadita y mansa justicia española. En estos momentos, si te he de ser sincero, no tengo ninguna prisa. Pero no lo cuentes por ahí, que van a pensar que soy un estómago agradecido”                                                              

Miércoles, 15 de abril
UN ENCUENTRO INCÓMODO

Hoy me ha tocado lidiar con una situación incómoda. Resulta que en el jurado del premio Gonzalo de Berceo, que organiza el gobierno de La Rioja, coincido con Juan Bonilla, con el que tuve un encontronazo por ponerme de lado de Abelardo Linares en su polémica con Yolanda Morató a propósito de Chaves Nogales.

A Juan Bonilla le admiré mucho, allá en lejanos tiempos, y él por entonces creo que me tenía aprecio. Luego lo fue perdiendo: se había convertido en un triunfador y yo seguía con mis reseñas, más o menos atinadas, en lugares recónditos. “No me importa lo que García Martín diga de mí –afirmaba--, ni sus elogios me han hecho vender un ejemplar más ni sus diatribas vender uno menos”.

 En la polémica provocada por el paso a otra editorial de Yolanda Morató, llevándose al parecer su trabajo y el ajeno, Bonilla acabó llamándonos, a Abelardo y a mí, “dos tontos muy tontos”, entre otras lindezas. A partir de ese momento, le dejé de lado. Y no porque me sintiera particularmente ofendido (ya había explicitado lo poco que me quería en el prólogo a uno de mis libros), sino porque a mí solo me gusta polemizar y pelearme con amigos. Y ahora, por culpa de Abelardo, que propuso otra vez nuestros nombres a los organizadores (sin consultarme, por cierto), tenía que encontrarme con él.

Pero fuimos dos caballeros: dejamos el enfrentamiento en casa y nos comportamos como eficaces profesionales. Y me gustó eso, porque yo habré perdido el aprecio personal que le tenía, pero sigo admirando su versatilidad, su ingenio, su excepcional talento como articulista, narrador y poeta.

Jueves, 16 de abril
TRAMPANTOJOS

Bajar al sótano de Federico Granell, al final de la Argañosa, tiene algo de rito iniciático. Esperaríamos un lugar oscuro y nos sorprende una cristalera a un jardín frondoso. Y lo que a primera vista podría parecer un revuelto trastero se convierte en un caleidoscopio que entremezcla calaveras, caminantes solitarios, máscaras y trampantojos. Al fondo, el gran cuadro en el que está trabajando. Es un encargo. “No le hagas fotos, por favor”, no quiero que todavía lo vea nadie.

Hay un bien conocido rincón urbano, como de tarjeta postal o de Antonio López y figuras de espalda, pero no es eso lo que importa. “Has pintado el aire. Serán tus Meninas”, le digo. Y él y Martín Caicoya –que me acompaña en la visita-- sonríen ante la hipérbole.

Viernes, 17 de abril
CELDA COMÚN

Mientras escuchaba la conferencia de Carmen Alfonso sobre Dolores Medio, que inicia un ciclo que conmemora los treinta años de su fallecimiento, pensaba en cómo el azar va enredando unas vidas con otras.

Cuando yo la conocí, ya de vuelta a Asturias tras sus esforzadas andanzas madrileñas en las que no volvió a repetir el éxito del Nadal, me parecía una escritora de otro tiempo, una pintoresca reliquia con una corte de autores locales muy menores. Sonrío al pensar que los ambiciosos y escaladores escritores jóvenes de ahora –algunos de ellos pasaron por la tertulia de los viernes-- seguramente me miran a mí como yo la miraba a ella, como un apolillado superviviente.

Sin duda coincidimos en más de lo que a mí me gustaría. Releo Celda común, la novela de la que me ocuparé el próximo jueves, y a la memoria me vuelven muchos detalles olvidados de aquellos primeros días de mi encarcelamiento, el llamado “periodo”, quince días en que no salía más que una hora de la celda diminuta en la que apenas cabían cuatro literas –y las cuatro estaban ocupadas-- y el inodoro en una esquina a la vista de todos. Mis acompañantes tampoco eran presos políticos.

¿Cómo pude soportarlo y superarlo y haber olvidado casi todos los detalles? Solo recuerdo los más pintorescos: a mí leyendo en voz alta una novela del oeste, de las de Marcial Lafuente Estefanía, que alguien nos había pasado y todos mis compañeros –ladrones, asesinos o quizá solo pobre gente metida en algún embrollo-- escuchando atentamente.

¿Cómo pude soportarlo?, me pregunto retóricamente. De sobra sé la respuesta: porque venía de algo peor, ocho días con sus ocho noches, aislado en una celda de la Dirección General de Seguridad, sin contacto con familia ni abogados ni nadie propiamente humano, de la que solo salía para interminables interrogatorios no demasiado amables.



 

 

sábado, 11 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Qué malo soy

 

Sábado, 4 de abril
PROBLEMAS CON SOLUCIÓN

De pronto, la lectura de un libro me devuelve las ingenuas alegrías de los tiempos del bachillerato, que entonces comenzaba a los diez años,  cuando tanto disfrutaba resolviendo antes que nadie los problemas de la clase de matemáticas.

            El libro se titula Las cuentas de los dioses y lleva un sugerente subtítulo “Problemas de aritmética y álgebra sobre temas de mitología”. Se publicó en México en 1944. Su autor, Eugenio Álvarez Díaz, tiene detrás una impactante historia, como de cuento tradicional. Nació en Puertas de Cabrales y cuando era niño sus padres solían mandarle en un borriquillo a recoger el correo a Arenas de Cabrales. Una vez el burro se espantó y arrojó al niño a una zanja. Allí quedó malherido durante toda la noche. Cuando sus padres lo encontraron, a la mañana siguiente, ya era tarde para curar el daño en una pierna y tuvo que usar muletas durante toda la vida. Otro se habría desanimado por ello, él encontró ánimos para concentrarse en el estudio y acabó siete carreras, como se decía entonces, todas con brillantes calificaciones. Fue discípulo del matemático Rey Pastor, amigo de Lorca, tuvo que exiliarse a México en 1939, donde fundó un centro de enseñanza inspirado en la Institución Libre de Enseñanza, además de participar en diversos negocios, el último de los cuales acabó mal: fletó un buque mercante, el más grande de México, de 332 metros de eslora, para el transporte de petróleo, pero acabó encallando en las islas Bermudas.

            En el prólogo a Las cuentas de los dioses, afirma que “siempre tuvo singular afición a las Matemáticas en la rama de Ciencias y a la lectura de los clásicos griegos y romanos en la de Letras”. Sus compañeros de profesión criticaron la segunda de sus devociones y le colocaron ante la prueba “de armonizar Mitología y Matemáticas”.

            Yo hallo al azar ese libro tan sugerente y me encuentro con el siguiente problema, que me trae el recuerdo de los que me ponía mi añorado maestro de Valliniello don José Ramón: “Hallar el número de Nereidas, Gorgonas y Musas de que nos habla la Mitología, sabiendo que la suma del número de Nereidas y Gorgonas es 53, el de Gorgonas y Musas 12 y el de Musas y Nereidas, 59”.

No hay problema, en realidad, puesto que ya sabemos el número de las musas, pero vamos a suponer que no lo sabemos. Sumamos esos números y el resultado es 124. Como aparecen dos veces cada uno de los personajes de la mitología, la suma de los tres es la mitad, 62. Ya solo nos queda ir restando: primero 53 y sabemos el número de musas; luego, 12 y sabemos el de Nereidas; luego 59 y sabemos el de Gorgonas.

            Pero los problemas se van complicando y pronto tengo que reconocer que mis conocimientos matemáticos no pasan de lo más elemental. Este es el problema más difícil que fui capaz de resolver y lo dejo aquí por si el curioso lector quiere intentarlo: “Tres pastores griegos se encuentran reunidos. Uno de ellos tiene seis tortas, otro cinco y otro cuatro. Llega un cazador y entre los cuatro comen las tortas existentes por partes iguales. El cazador les paga quince óbolos por la parte comida por él. ¿Cómo deben repartirse esa suma entre los tres pastores?”

            Sonrío pensando en aquellos tiempos felices en que yo me creía más listo que nadie. La verdad es que a veces doy la impresión de que todavía me lo sigo creyendo, cosa que no es precisamente una señal de mucha inteligencia.

Miércoles, 8 de abril
ALGO BUENO

De tarde en tarde, mis reseñas de libros, que llevo publicando semanalmente desde 1988, tienen un éxito inesperado. No puedo saber los lectores en la versión impresa, pero sí en mi blog, donde no suelen pasar de quinientos en la primera semana. Algunas, sin embargo, se disparan a tres mil o cinco mil o incluso pueden llegar a veinte mil como en el caso de una que dediqué al desdichado libro biográfico de españoles eminentes que firman dos ilustres historiadores y encargó y prologó Javier Gomá, el filósofo de la ejemplaridad.

La semana pasada le di un buen repaso al último libro de Javier Salvago y tuve bastantes más lectores de los habituales. Hoy me entero por qué. Al parecer puso mi reseña en su Facebook y, como a un panal de rica miel, acudieron a consolarle todos sus seguidores, que son bastante más que los míos, y buena parte de mis detractores, que son bastante más que los suyos. Me entero de ello en la tertulia de hoy.

            ---¿Y no tienes curiosidad por saber lo que dicen de ti?

            ---Ninguna. Pero me divierte que tanta gente piense mal de mí sin conocerme. Algo bueno habré hecho.

            ---¿Algo bueno?

            ---Sí, decir lo que nadie dice: que el rey está desnudo.

            ---¡Siempre presumiendo! Antes te creías más listo que nadie y ahora más valiente que nadie.

            ---¿Valiente por decir que el último libro de un poeta que tuvo sus momentos es muy poquita cosa o que este ilustre historiador plagia incluso los errores de la Wikipedia o que el simpático Amorós, cuando habla de poesía, no siempre sabe de lo que habla? Bah, eso es solo ser un buen profesional. Si de humanos es equivocarse, yo seguramente soy muy humano. Lo que no hago nunca es engañar. Y rabie quien quiera en su chiringuito digital. Yo no pienso asomarme a leerlo. 

Jueves, 9 de abril
LIBRERÍA DE VIEJO

Paso, antes del primer café, por la librería de viejo que tengo al lado de casa, no a comprar libros, sino a llevar unos cuantos que han de dejar sitio a otros, pero no puedo evitar abrir al azar un grueso tomo y encontrarme con un poema que se titula precisamente “Librería de viejo”: “Los libros son más hondos en esta librería / donde se huele a historia, silogismo y soneto; / y dicen lo que dicen con más melancolía / como si nos contaran algún dulce secreto. / Aquí son más cercanos y amigos los poetas. / Más nuestros, en los atlas, los ríos, las naciones. / Y puede uno llevarse dos duros de planetas / y robar los eclipses y las constelaciones”.

Sin duda este volumen me estaba esperando. Sigo leyendo: “Y los mapas… Los mapas con su sueño imposible: / su rota Escandinavia; su Grecia temblorosa; / su Atlántico celeste; su Himalaya accesible; / y los vientos dormidos en la rosa”.

            El autor tuvo su momento y ahora está en un purgatorio del que solo le rescata el facherío: José María Pemán. Yo tengo cierta debilidad por él. Quizá porque me gusta llevar la contraria o porque disfruto conversando con quien tiene ingenio, talento y cultura y piensa de distinta manera que yo. Es como jugar al ajedrez o resolver un problema matemático. Me gusta cazar sofismas, soy un especialista en ello, no se me escapa uno, pero me gusta todavía más cuando descubro que soy yo el que estaba equivocado. Rectifico con facilidad, sin buscar excusas, y siempre doy las gracias a quien me señala una errata en la escritura, en la información o en el pensamiento. 

Viernes, 10 de abril
QUÉ VOY A DECIR

---¿Y no vas a hablar de las sanguinarias patochadas de Trump? ¿No te das cuenta de que eso es lo que interesa y no tus libros viejos y tus encontronazos con este o aquel poetastro por un quítame allá esos ripios?

            ---¿Y qué voy a decir que no haya sido dicho ya? Eso de “en una noche voy a destruir una civilización entera” no se le había ocurrido antes ni a Atila, rey de los hunos. Hasta Franco, cuando trataba de exterminar todo lo que oliera a libertad y república, dijo que venía a defender “la civilización occidental cristiana”. Pero todo tiene su lado bueno. El que Trump actúe como un matón, el que no tenga ningún filtro, ha obligado por fin a los genuflexos monaguillos de la Unión Europea a tomar distancia del “amigo americano”. Si no fuera por sus desplantes e impertinencias, aún estarían haciendo cola en Washington para besarle en salva sea la parte.

            ---Tú prefieres que, como Orbán, se la besen a Putin.

            ---Que no ha invadido ni masacrado ningún país, por cierto, diga lo que diga la prensa “libre”, sino ayudado a una de las partes en la guerra civil que en 2014 comenzó entre las regiones de Ucrania contrarias a Rusia y las de habla y cultura rusa.

            ---¡Va a pasar a la historia como liberador de los pueblos!

            ---Sospecho que en la historia de su país ocupará un lugar bastante más destacado que Netanyahu o Trump en la del suyo. Lo salvó cuando estaba en almoneda tras la desintegración de la Unión Soviética; los otros dos metieron a sus países en aventuras que multiplicaron por mil las víctimas de la guerra en Ucrania y que nadie sabe cómo acabarán.



 

viernes, 3 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: De nuevo en casa

  

Sábado, 28 de marzo
LA LLAVE DE ORO

Llego a Bragança con la melancolía del atardecer y lo primero que hago es buscar mi refugio en la Praça da Sé, la cafetería O Chave d’Ouro. En el centro, entre dos calles que descienden hasta el río y luego ascienden hasta la ciudadela, en un edificio circular con ese aire de oriente tan característicamente portugués.

Pero está cerrada, un cartel invita a los clientes “que fueron fieles a esta casa durante más de cien años” a un brindis el lunes, 16 de marzo, a las cuatro de la tarde. Llego tarde para ese adiós, que parece que no será definitivo (dice que solo cierran “para realizar una renovación histórica”), pero sospecho que el café que vuelva ya no será el mismo. Se convertirá en restaurante o se reducirá el espacio y ya no cabrán los fantasmas.

Era uno de esos lugares en los que uno entra, se sienta y al momento tiene la sensación de ser un cliente de toda la vida. En una de sus mesas, casi siempre la misma, leí la prensa, escribí versos, dejé que las horas pasaran, como pasan en Portugal, sin prisa ninguna.

            ¡Y qué hermoso nombre para este rincón de otro tiempo! ¡La llave de oro! Sí, la llave de oro que abre la entrada a un reino maravilloso, como llamó Miguel Torga a Trás-os-Montes.

La primera edición de su libro, Portugal, que es de 1950, el mismo año en que yo nací, la encontré polvorienta y traspapelada en una pequeña librería, frente a la entrada de la antigua catedral, que también tenía y tiene un hermoso nombre: La Rosa de Oro. A Miguel Torga lo había descubierto, allá por 1980, en Coímbra, también en las ediciones, tan austeras, que él mismo hacía de sus obras; por entonces aún podían encontrarse fácilmente en cualquier librería. Yo encontré varios tomos, lo recuerdo bien, en una que estaba junto al arco de la Almedina y los comencé a leer de inmediato en el cercano Café Arcádia, en la rúa Ferreira Borges por la que todavía circulaba el tranvía.

El capítulo dedicado a Trás-os-Montes comienza así: “Voy a hablaros de un reino maravilloso, el más bello que os podáis imaginar. Está en la cima de Portugal, como los nidos en las cimas de los arboles para que la distancia los haga más imposibles y deseados. Al niño que logra trepar hasta allí y alcanzar la cima de sus sueños le parece que está viendo al mismo Dios en el cielo”.

            Ya los niños no se suben a los árboles para coger nidos ni habitan esta tierra los nobles y rudos campesinos de los que hablaba Torga, pero el paisaje sigue siendo el mismo: “Una inmensidad de tierra gruesa, pedregosa, bravía, que tan pronto se levanta a pulso con un ímpetu de subir al cielo como se hunde en abismos de angustia por una especie de misteriosa condición telúrica. Montañas paralelas a montañas y entre ellas, ceñidos entre roquedales, ríos de agua cristalina, cantarines, apagando la sed de tanta aridez y, de vez en cuando, un valle en el que los ojos descansan de la agresión de los roquedales”.

Domingo, 29 de marzo
BRAGANÇA

Tras las melancolías de ayer, el esplendor del Domingo de Ramos, que para mí en la infancia siempre tenía un aroma de felicidad antes de las lobregueces de la semana santa.

Había estado varias veces en esta ciudad, pero nunca hasta ahora había recorrido entera la senda verde del río Fervença. Son las ventajas de viajar con niños.

Abajo el río entre rocas y saltos de agua y a un lado y a otro todo el esplendor de la primavera. El Fervença es un río laborioso, antes hacía funcionar molinos y una central eléctrica en el centro de la ciudad. Lo sigue haciendo: un antiguo molino es ahora la Casa de la Seda, dedicada a contarnos la historia de esa tela suntuosa que vistió a reyes y tiene su origen en un humilde gusano, y la central eléctrica se ha transformado en el Museo de Ciencia Viva, pero a ambos les sigue proporcionando luz y calor el agua cristalina y cantarina del Fervença.

El café O Chave d’Ouro no era mi única casa en Bragança, pero sí la más literaria. De la otra, en la que me encuentro igual de a gusto, no suelo hablar y, desde luego, no se me ocurre visitarla si viajo acompañado. Se trata del Bragança Shopping, la versión local de mis cotidianos Los Prados y Las Salesas. No solo he escrito poemas en la atmósfera vintage de ese café, también en la planta alta del centro comercial, a un lado una librería y al otro los locales de comida rápida (que no son iguales en todas partes: solo aquí sirven sopa). Los niños y yo preferimos este lugar al afamado Solar Bragançano, que es naturalmente el único que recomiendo.

            Como todo en esta ciudad, el Bragança Shopping está en la ladera de una colina y por ello el último piso también da a la calle, muy cerca de la antigua estación. ¿Antigua? Por Bragança ya no pasan trenes, pero la estación, con su característica arquitectura, sigue siéndolo, ahora de autobuses. A su lado se ha construido un museo del ferrocarril.

            El día hermoso y largo, como son los domingos de ramos en mi memoria, termina “el jardín de los espejos empañados”, como yo llamo al que se encuentra entre la plaza de la catedral y el río. En el centro, una fuente sin agua, con la geométrica elegancia del art decó, y apoyados en los árboles varios espejos redondos que reflejan desvaídamente el paisaje. La luna se asomaba entre las ramas y yo, no sé por qué, pensé en Verlaine y en sus romanzas sin palabras y a la memoria me vinieron unos versos que quizá había leído en una traducción de Enrique Díez-Canedo: “Violines sigilosos / en el parque sin nadie / avisan que es la hora. / Qué pronto se ha hecho tarde. / A su casa se han vuelto / los niños con sus madres / y los enamorados / cansados de mirarse. /Ya sopla un viento frío, ya suenan los metales. / Remordimientos viejos / llegan para quedarse. / Romanzas sin palabras / que son aire en el aire / susurran que es la hora. / ¿De qué? Nadie lo sabe. / Yo sé que fui feliz / y que he vivido en balde”.

Lunes, 30 de marzo
MIRANDELA

De paso para Mirandela, me detengo en Macedo de Cavaleiros (qué bello nombre el de los pueblos de esta zona, mi favorito: Freixo da Espada ao Cinto) y lo que de allí me traigo, sin tiempo para visitar sus maravillas naturales, son solo un puñado de exvotos del Museo de Arte Sacro. Mi favorito es el que Joze Alves Meixedo dedica a Nuestra Señora de Balsamao, agradecido porque, cuando estaba en el monte, le sorprendió una tormenta y tras pedírselo a la virgen esta cesó de inmediato.

            De Mirandela había oído hablar a un amigo que era de esta zona. A mí su nombre me recordaba a un personaje de Goldoni. Abunda en caserones desvencijados en las laderas de una colina que no preside la iglesia, que se hace a un lado, sino el palacio de los Távora, del que desciende una escalinata que lleva al largo puente sobre el ancho río. Los Távora disfrutaron poco de su dieciochesco palacio; fueron ejecutados en 1758 acusados de un intento de regicidio. Del río se alza un chorro de agua, a semejanza del Jet d’eau de Ginebra, y en su otra orilla sorprende un santuario con jardín, el de la Virgen del Amparo. Mirandela tiene algo de grácil dama venida a menos, muy a menos, que recupera la florida juventud en los apacibles paseos del otro lado del Tua.

Martes, 31 de marzo
MIRANDA

Siempre que paso por Miranda do Douro, tras saludar a las tierras de España al otro lado del río y al Menino Jesús de la Cartolinha, que salvó a la ciudad de los españoles hace siglos, pero que ya nada puede ni quiere hacer contra los que invaden las tiendas de saldos de la parte baja, compro algunos libros en mirandés y luego me siento a hojearlos en la terraza del Café Arcádia, frente a la iglesia de la Misericordia.

            Hoy la cosecha ha sido buena: Belheç, de Fracisco Niebro, que me aconsejó Martín López-Vega, una traducción del Mensagem de Pessoa, una antología de un poeta de la tierra, Ferna do de Castro Branco, y Literatura oural mirandesa, recopilación de textos populares.

            “Miranda do Douro es el único lugar del mundo en que el asturiano es lengua oficial”, me decía Xuan Bello cuando hablábamos de esta ciudad. Y alguna razón tenía: el portugués “É a hora” que concluye el libro de Pessoa se traduce en ambas lenguas por “Ye la hora”.

Me entristece pensar que ya no podré comentar estos libros con Xuan en la mesa redonda de Los Porches ni oírle contar, a su manera, la historia del lobo español que anduvo por tierra de Miranda y acabó burlado y chasqueado.  ¿Pero de verdad no podré? No estoy yo tan seguro. Todavía sigue siendo uno de mis más fieles interlocutores.