viernes, 24 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Años, libros, vida

 

Domingo, 19 de abril
UN CUESTIONARIO
 

 ¿Podría darnos unas pinceladas que fueran definitorias sobre su personalidad?

Racionalidad, fidelidad, terquedad.

¿Hubo alguna circunstancia que le hiciera ponerse a escribir?

No, escribir es tan natural en mí como respirar y casi tan natural como leer.

 ¿Ha habido escritores que hayan tenido una importancia decisiva en su manera de entender la poesía? ¿Quién o quiénes?

Antonio Machado. Fernando Pessoa.

¿La vida, en su caso, continúa al margen de la poesía?

La poesía es parte de la vida, parte importante, pero no toda la vida (ni siquiera es toda la literatura).

 ¿Cómo cree que se debe ejercer la crítica literaria?

Como cualquier otro oficio, con conocimiento de causa.

 ¿Cree que la poesía tiene alguna utilidad en la sociedad actual?

Más o menos la que ha tenido siempre, aunque cambien las formas de escribirse y de difundirse la poesía.

Si desaparecieran los libros y tuviera que elegir un poema para memorizar y transmitir ¿cuál sería?

Ya me sé muchos poemas de memoria. La literatura ya existió sin libros y ahora la poesía se difunde muy bien sin ellos en las redes sociales.

Una ciudad para vivir

Oviedo. O, en su defecto, cualquier otra en la que no falten cafés en los que leer o escribir, librerías, amigos con los que conversar.

Qué lugar ocupa el amor en su vida y en su poesía.

             El amor, en sentido amplio, un lugar principal; en el otro sentido, un lugar cada vez menor.

Un libro que ama

Las Poesías completas de Antonio Machado en la edición de Austral que compré allá por 1964.

Un libro icónico que deteste

Me gusta burlarme del Ulises de Joyce, que ni he leído ni pienso leer.

            ¿Qué quería ser de niño?

Emperador o papa.

¿Qué es lo que más admira en un ser humano?

La bondad y la inteligencia. Por este orden.

¿De la poesía se puede salir?

Se puede salir, aunque a algunos dejarla les puede costar tanto como dejar de fumar. Lo más frecuente es que sea ella quien nos pone de patitas en la calle.

¿Cómo le gustaría que le recordaran?

Con una sonrisa.

Lunes, 20 de abril
            UN COLOQUIO

En la capilla del palacio de Revillagigedo, frente al antiguo puerto pesquero y muy cerca del chigre en que comienza La alegría del capitán Ribot, participo en un coloquio sobre la poesía y el mar. En las paredes, cuadros de Guillermo Simón acompañados de algunos versos. Xuan Bello firma “Poema del cantábrico”, que dice así: “El mar del norte me llama, / su voz es bruma y distancia, / yo soy de tierra adentro, / pero sueño con sus alas”.

            ¿Escribió realmente Xuan Bello esos versos? También a veces dormitaba Homero, pero yo creo que Xuan nunca dormitaría tanto. Le pregunto al pintor que de dónde los ha sacado.

            ---De una página de Internet. No recuerdo ahora de cuál.

            Yo los pongo en el buscador y no encuentro ninguna referencia. Desde luego, basta leerlos para saber que no los escribí yo, que he puesto tantos versos apócrifos a circular por la red como trampa para incautos y eruditos como mi admirado Amorós.

Martes, 21 de abril
UNA PRESENTACIÓN

Paso fugazmente por Mieres para presentar Aire en el aire en la librería la Pilarica, en la que yo compraba libros cuando trabajaba allí hace ya medio siglo. Mieres se parece a esas personas que no dan buena impresión al principio, pero a las que se les coge cariño en cuanto se las trata un poco. Esta tarde me sorprende con un bloque de viviendas, frente al parque de la Mayacina, que me enamora a primera vista. Toda su fachada exterior se envuelve en ondulados paneles de policarbonato que se abren y cierran a voluntad. Es un cambiante muro que de noche parece llenarse de luciérnagas. Me gustaría vivir en él. 

Miércoles, 22 de abril
UNA COMIDA

¿Consecuencia de las hazañas bélicas de Trump y de la crisis energética que se avecina? No sé, pero este año la comida en el Palacio Real en honor del premio Cervantes, me parece que ha tenido menos lustre. Prescindieron de adornar la gran escalinata con la vistosa guardia real. Incluso estaba peor iluminada. Los invitados parecían subir por la escalera de servicio. Y como consecuencia faltó el espectáculo del desmontaje de la escalera con su ritual de pífanos y tambores, que a mí me gusta tanto.

Las breves palabras del rey fueron tan atinadas y precisas, como de costumbre, pero al aludir al último libro de Gonzalo Celorio, Ese montón de espejos rotos, afirmó que el título estaba tomado de unos versos de José Luis Borges: “Somos nuestra memoria, / somos ese quimérico museo de formas inconstantes, / ese montón de espejos rotos”. Y añadió que José Luis Borges murió en 1986, hace ahora cuarenta años.

Aunque no podía ver la cara de la reina, me imaginé su gesto de contrariedad (“Tenía que haberlo revisado yo, pero una no puede estar en todo”) y el rapapolvo que se iban a llevar los redactores del discurso por hacerle leer el rey aquel disparate propio de indocumentados.

 Tras la comida, me acerqué a charlar un rato con los poetas jóvenes. Dudé en hacerlo porque apenas si los había leído y lo que había leído me interesaba poco. Carmen María López, último premio Adonais, respondió secamente a mi saludo y entonces recordé que habíamos comentado en la última tertulia algunos poemas de su Oración de la lluvia y yo no lo había hecho con demasiado entusiasmo. ¿Se lo habrían contado? Hay cosas de las que un escritor siempre se entera.

“Te leo todos los lunes”, le dije luego a Luis García Montero, y él me respondió: “Y yo a ti. Siempre que hablas mal de mí me lo hacen llegar”, “¿Incluso ahora que no está Martín López-Vega?”, “Incluso ahora”. Pero él lleva mejor los reparos que Juan Manuel Bonet, que sigue lanzándome miradas poco amistosas cuando se cruza conmigo. ¡Con lo mucho que yo admiro su inmensa erudición!

Me habría gustado charlar con él del poema que leí el lunes en Gijón, un Tomás Morales muy Pelayo Ortega: “Esta noche, la lluvia, pertinaz ha caído, / desgranando en el muelle su crepitar eterno, / y el encharcado puerto se sumergió aterido / en la inmensa negrura de las noches de invierno”.

También me habría gustado charlar con Javier Cercas, que circulaba por allí con su curioso aspecto de covachuelista galdosiano, pero cada vez que he reseñado un libro suyo he subrayado, según mi estilo, los sofismas que se escondían tras la llamativa apariencia. Me temo que no me habría puesto buena cara si me acerco a saludarle, aunque lo más probable es que ni me haya leído. Coincidimos al salir y él me miró irónico, o eso me pareció, y me hizo un leve gesto de saludo. O sea, que quizá sí reconoció a su hacker habitual.

            Entre los poetas jóvenes estaba William González, el más joven de todos. A mí me interesó y emocionó su primer libro, Los nadies, pero los que luego fue publicando me interesaron cada vez menos. Acaba de aparecer Cara de crimen, premio Espasa (ese premio dedicado a la parapoesía), que cuenta historias de sicarios. “He conocido a muchos –me dice--, yo podía haber sido uno de ellos. En mi familia abundaban”. Miro con cierta sorna a este paisano de Rubén, tan jovencito y avispado. Me parece que practica demasiado la autoficción.

También andaba por allí Nicolas Mateos Frühbeck, que se ha doctorado con un estudio de las autobiografías de monjas y soldados en el Siglo de Oro, y cuyo libro Transil mezcla la poesía barroca con la ciencia ficción. Es un gran defensor de los premios literarios: “Solo gracias a ellos tiene hoy visibilidad la poesía”.

Ya no estaba allí Luis María Anson, pero quedaba otra de las columnas de la lengua castellana, Víctor de la Concha. Me acerqué a saludarle a la silla en que se sentaba y hablamos de su toisón de oro, que lucía con orgullo, y del amigo común, José Manuel Feito, compañero suyo de estudios en Valdediós. “¡Cuánto sabía y qué buena persona era! Le agradecí mucho que se acordara de mí en sus memorias, yo ahora voy a publicar las mías”. 

Jueves, 23 de abril
UNA CONFERENCIA

No solo cada hombre, como escribió Galdós y repite Trapiello al comienzo de sus diarios, sino también cada libro, "donde quiera que vaya, lleva consigo su novela".
Hablo hoy de Dolores Medio en el Instituto de Estudios Asturianos y muestro el ejemplar de Nosotros, los Rivero, dedicado a dos buenas amigas suyas, Urania y Amparito, en abril de 1953, que compré en el mercadillo del Fontán. Y qué sorpresa cuando al final se me acerca María Jesús Polledo, librera durante tantos años, y me dice que había conocido a esas dos mujeres: "Urania era maestra, como Dolores, y Amparito telefonista".

Dos mujeres trabajadoras en el Oviedo de los años cincuenta y una de ellas de familia republicana, como revela su hermoso nombre: Urania, la musa de la astronomía.

Dos amigas, y quizá algo más que amigas, como sugiere la dedicatoria conjunta.



viernes, 17 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Caleidoscopio

 

Sábado, 11 de abril
INCONSOLABLE

“Alguna vez me angustia una certeza” comienza un soneto de Jorge Guillén que yo recuerdo a menudo. Esa certeza es la de la muerte, pero he de reconocer que, si se trata de la propia todavía me angustia bastante menos de lo que quizá debiera. En realidad, me angustia más bien poco: aún es una certeza estadística, no una verdad vital. La que me angustia es la de la gente que quiero.

            La muerte propia solo es una pesadilla si va precedida de una larga, dolorosa, inhabilitante enfermedad. Morir, para el que muere, sobre todo si es a su debido tiempo, no tiene nada de malo. Lo malo se queda siempre con los que quedan.

            El otro día me encontré con Estrella, la madre de Xuan (que para ella será siempre Juanjo), y yo –ingenuo de mí-- comencé a hablarle de lo mucho que se le recordaba, de los continuos homenajes que se le dedican. “Sí, pero…”, dijo y se puso a llorar y yo, por mucho que me esforcé, no pude evitar acompañarla. No lloraba yo por Xuan, que ahora vive en su gloria (si la meta es el olvido, como afirmaba Borges, él tardará en llegar a la meta), lloraba por quien aquí quedó, inconsolable.

Lunes, 13 de abril
ME DAN MI MERECIDO

Recuerdo más a menudo de lo que me gustaría, la frase “no hay buena acción que no reciba su merecido”. Yo podré ser malo, muy malo, y tratar sin contemplaciones los libros que publican los demás, pero los odios que así me creo son bastante más llevaderos, y hacen menos daño, que los que me causa mi vocación de buen samaritano.

Como conozco algo a mis semejantes, procuro ayudar, en los pocos casos en los que puedo, de la manera más discreta posible, sin que se note, pero hay quien considera cada favor recibido como una humillación de la que en algún momento tiene que vengarse. Y esas venganzas, que llegan cuando menos te las esperas (cuando yo ya había olvidado, esas cosas las olvido pronto, que había hecho un favor a esa persona), son las que más temo: aciertan siempre donde más daño pueden hacer. 

Martes, 14 de abril
NINGUNA PRISA

“¿Y no te da vergüenza? ¡Menudo republicano estás tú hecho!”, me dice un amigo al que le cuento que este año también me han invitado al “almuerzo ofrecido por sus majestades los reyes a una representación del mundo de las letras con motivo de la entrega del premio Cervantes 2025”.

            Pues no, no me da vergüenza. Ahora, eso sí, me sirve para reírme un poco de mí mismo. Me paso la vida quejándome de que nadie me hace caso, de que mis libros no se venden, de que me vetan en este o aquel suplemento y luego resulta que me invitan todos los años a un evento en el que pocos repiten (solo, que yo recuerde, Luis María Anson y Sergio Vila-San Juan). Y yo, que nada detesto más que las comidas oficiales, esas que empiezan tarde y parece que no van a acabar nunca, disfruto con la perfecta organización de estos encuentros. No conozco mejores anfitriones. Siempre cuento aquella historia en que el rey, mientras conversaba animadamente en medio de un grupo en el salón chino, donde se toma café después de la comida, se dio cuenta de que Antonio Gamoneda estaba solo sentado en un rincón. “Disculpad”, dijo, y se dirigió hasta él y le preguntó si se aburría y se sentó a su lado para intentar charlar un rato, a pesar de las dificultades auditivas del poeta.

            No soy yo muy de asistir a comidas protocolarias, pero a veces he tenido que asistir a las que se dan con motivo de algún premio en el que participo como jurado. Con las cenas tras cierto galardón autonómico, de cuyo nombre prefiero no acordarme, todavía tengo pesadillas. Duraban tres, cuatro o más horas y no sé cómo siempre acababa yo discutiendo con la deslenguada dueña y señora del evento. Menos mal que finalmente, gracias a una novela de no ficción, he conseguido liberarme del reiterado esperpento.

            “¿Y todavía te sigues considerando republicano?”, insiste mi amigo. “Pues claro y todavía sigo celebrando tal día como hoy y, cuando llegue el momento de elegir entre monarquía o república, elegiré república”. “Pues, por lo que se ve, no parece que tengas mucha prisa de que llegue ese momento”. “Cambiar de régimen político no es como cambiar de piso. Es algo más complicado. Tenía prisa con el espécimen que teníamos antes y que todavía anda por ahí rodeado de toreros y presumiendo de que a él no hay quien le pille, que le basta el capote de la Constitución para burlar a la afeitadita y mansa justicia española. En estos momentos, si te he de ser sincero, no tengo ninguna prisa. Pero no lo cuentes por ahí, que van a pensar que soy un estómago agradecido”                                                              

Miércoles, 15 de abril
UN ENCUENTRO INCÓMODO

Hoy me ha tocado lidiar con una situación incómoda. Resulta que en el jurado del premio Gonzalo de Berceo, que organiza el gobierno de La Rioja, coincido con Juan Bonilla, con el que tuve un encontronazo por ponerme de lado de Abelardo Linares en su polémica con Yolanda Morató a propósito de Chaves Nogales.

A Juan Bonilla le admiré mucho, allá en lejanos tiempos, y él por entonces creo que me tenía aprecio. Luego lo fue perdiendo: se había convertido en un triunfador y yo seguía con mis reseñas, más o menos atinadas, en lugares recónditos. “No me importa lo que García Martín diga de mí –afirmaba--, ni sus elogios me han hecho vender un ejemplar más ni sus diatribas vender uno menos”.

 En la polémica provocada por el paso a otra editorial de Yolanda Morató, llevándose al parecer su trabajo y el ajeno, Bonilla acabó llamándonos, a Abelardo y a mí, “dos tontos muy tontos”, entre otras lindezas. A partir de ese momento, le dejé de lado. Y no porque me sintiera particularmente ofendido (ya había explicitado lo poco que me quería en el prólogo a uno de mis libros), sino porque a mí solo me gusta polemizar y pelearme con amigos. Y ahora, por culpa de Abelardo, que propuso otra vez nuestros nombres a los organizadores (sin consultarme, por cierto), tenía que encontrarme con él.

Pero fuimos dos caballeros: dejamos el enfrentamiento en casa y nos comportamos como eficaces profesionales. Y me gustó eso, porque yo habré perdido el aprecio personal que le tenía, pero sigo admirando su versatilidad, su ingenio, su excepcional talento como articulista, narrador y poeta.

Jueves, 16 de abril
TRAMPANTOJOS

Bajar al sótano de Federico Granell, al final de la Argañosa, tiene algo de rito iniciático. Esperaríamos un lugar oscuro y nos sorprende una cristalera a un jardín frondoso. Y lo que a primera vista podría parecer un revuelto trastero se convierte en un caleidoscopio que entremezcla calaveras, caminantes solitarios, máscaras y trampantojos. Al fondo, el gran cuadro en el que está trabajando. Es un encargo. “No le hagas fotos, por favor”, no quiero que todavía lo vea nadie.

Hay un bien conocido rincón urbano, como de tarjeta postal o de Antonio López y figuras de espalda, pero no es eso lo que importa. “Has pintado el aire. Serán tus Meninas”, le digo. Y él y Martín Caicoya –que me acompaña en la visita-- sonríen ante la hipérbole.

Viernes, 17 de abril
CELDA COMÚN

Mientras escuchaba la conferencia de Carmen Alfonso sobre Dolores Medio, que inicia un ciclo que conmemora los treinta años de su fallecimiento, pensaba en cómo el azar va enredando unas vidas con otras.

Cuando yo la conocí, ya de vuelta a Asturias tras sus esforzadas andanzas madrileñas en las que no volvió a repetir el éxito del Nadal, me parecía una escritora de otro tiempo, una pintoresca reliquia con una corte de autores locales muy menores. Sonrío al pensar que los ambiciosos y escaladores escritores jóvenes de ahora –algunos de ellos pasaron por la tertulia de los viernes-- seguramente me miran a mí como yo la miraba a ella, como un apolillado superviviente.

Sin duda coincidimos en más de lo que a mí me gustaría. Releo Celda común, la novela de la que me ocuparé el próximo jueves, y a la memoria me vuelven muchos detalles olvidados de aquellos primeros días de mi encarcelamiento, el llamado “periodo”, quince días en que no salía más que una hora de la celda diminuta en la que apenas cabían cuatro literas –y las cuatro estaban ocupadas-- y el inodoro en una esquina a la vista de todos. Mis acompañantes tampoco eran presos políticos.

¿Cómo pude soportarlo y superarlo y haber olvidado casi todos los detalles? Solo recuerdo los más pintorescos: a mí leyendo en voz alta una novela del oeste, de las de Marcial Lafuente Estefanía, que alguien nos había pasado y todos mis compañeros –ladrones, asesinos o quizá solo pobre gente metida en algún embrollo-- escuchando atentamente.

¿Cómo pude soportarlo?, me pregunto retóricamente. De sobra sé la respuesta: porque venía de algo peor, ocho días con sus ocho noches, aislado en una celda de la Dirección General de Seguridad, sin contacto con familia ni abogados ni nadie propiamente humano, de la que solo salía para interminables interrogatorios no demasiado amables.



 

 

sábado, 11 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Qué malo soy

 

Sábado, 4 de abril
PROBLEMAS CON SOLUCIÓN

De pronto, la lectura de un libro me devuelve las ingenuas alegrías de los tiempos del bachillerato, que entonces comenzaba a los diez años,  cuando tanto disfrutaba resolviendo antes que nadie los problemas de la clase de matemáticas.

            El libro se titula Las cuentas de los dioses y lleva un sugerente subtítulo “Problemas de aritmética y álgebra sobre temas de mitología”. Se publicó en México en 1944. Su autor, Eugenio Álvarez Díaz, tiene detrás una impactante historia, como de cuento tradicional. Nació en Puertas de Cabrales y cuando era niño sus padres solían mandarle en un borriquillo a recoger el correo a Arenas de Cabrales. Una vez el burro se espantó y arrojó al niño a una zanja. Allí quedó malherido durante toda la noche. Cuando sus padres lo encontraron, a la mañana siguiente, ya era tarde para curar el daño en una pierna y tuvo que usar muletas durante toda la vida. Otro se habría desanimado por ello, él encontró ánimos para concentrarse en el estudio y acabó siete carreras, como se decía entonces, todas con brillantes calificaciones. Fue discípulo del matemático Rey Pastor, amigo de Lorca, tuvo que exiliarse a México en 1939, donde fundó un centro de enseñanza inspirado en la Institución Libre de Enseñanza, además de participar en diversos negocios, el último de los cuales acabó mal: fletó un buque mercante, el más grande de México, de 332 metros de eslora, para el transporte de petróleo, pero acabó encallando en las islas Bermudas.

            En el prólogo a Las cuentas de los dioses, afirma que “siempre tuvo singular afición a las Matemáticas en la rama de Ciencias y a la lectura de los clásicos griegos y romanos en la de Letras”. Sus compañeros de profesión criticaron la segunda de sus devociones y le colocaron ante la prueba “de armonizar Mitología y Matemáticas”.

            Yo hallo al azar ese libro tan sugerente y me encuentro con el siguiente problema, que me trae el recuerdo de los que me ponía mi añorado maestro de Valliniello don José Ramón: “Hallar el número de Nereidas, Gorgonas y Musas de que nos habla la Mitología, sabiendo que la suma del número de Nereidas y Gorgonas es 53, el de Gorgonas y Musas 12 y el de Musas y Nereidas, 59”.

No hay problema, en realidad, puesto que ya sabemos el número de las musas, pero vamos a suponer que no lo sabemos. Sumamos esos números y el resultado es 124. Como aparecen dos veces cada uno de los personajes de la mitología, la suma de los tres es la mitad, 62. Ya solo nos queda ir restando: primero 53 y sabemos el número de musas; luego, 12 y sabemos el de Nereidas; luego 59 y sabemos el de Gorgonas.

            Pero los problemas se van complicando y pronto tengo que reconocer que mis conocimientos matemáticos no pasan de lo más elemental. Este es el problema más difícil que fui capaz de resolver y lo dejo aquí por si el curioso lector quiere intentarlo: “Tres pastores griegos se encuentran reunidos. Uno de ellos tiene seis tortas, otro cinco y otro cuatro. Llega un cazador y entre los cuatro comen las tortas existentes por partes iguales. El cazador les paga quince óbolos por la parte comida por él. ¿Cómo deben repartirse esa suma entre los tres pastores?”

            Sonrío pensando en aquellos tiempos felices en que yo me creía más listo que nadie. La verdad es que a veces doy la impresión de que todavía me lo sigo creyendo, cosa que no es precisamente una señal de mucha inteligencia.

Miércoles, 8 de abril
ALGO BUENO

De tarde en tarde, mis reseñas de libros, que llevo publicando semanalmente desde 1988, tienen un éxito inesperado. No puedo saber los lectores en la versión impresa, pero sí en mi blog, donde no suelen pasar de quinientos en la primera semana. Algunas, sin embargo, se disparan a tres mil o cinco mil o incluso pueden llegar a veinte mil como en el caso de una que dediqué al desdichado libro biográfico de españoles eminentes que firman dos ilustres historiadores y encargó y prologó Javier Gomá, el filósofo de la ejemplaridad.

La semana pasada le di un buen repaso al último libro de Javier Salvago y tuve bastantes más lectores de los habituales. Hoy me entero por qué. Al parecer puso mi reseña en su Facebook y, como a un panal de rica miel, acudieron a consolarle todos sus seguidores, que son bastante más que los míos, y buena parte de mis detractores, que son bastante más que los suyos. Me entero de ello en la tertulia de hoy.

            ---¿Y no tienes curiosidad por saber lo que dicen de ti?

            ---Ninguna. Pero me divierte que tanta gente piense mal de mí sin conocerme. Algo bueno habré hecho.

            ---¿Algo bueno?

            ---Sí, decir lo que nadie dice: que el rey está desnudo.

            ---¡Siempre presumiendo! Antes te creías más listo que nadie y ahora más valiente que nadie.

            ---¿Valiente por decir que el último libro de un poeta que tuvo sus momentos es muy poquita cosa o que este ilustre historiador plagia incluso los errores de la Wikipedia o que el simpático Amorós, cuando habla de poesía, no siempre sabe de lo que habla? Bah, eso es solo ser un buen profesional. Si de humanos es equivocarse, yo seguramente soy muy humano. Lo que no hago nunca es engañar. Y rabie quien quiera en su chiringuito digital. Yo no pienso asomarme a leerlo. 

Jueves, 9 de abril
LIBRERÍA DE VIEJO

Paso, antes del primer café, por la librería de viejo que tengo al lado de casa, no a comprar libros, sino a llevar unos cuantos que han de dejar sitio a otros, pero no puedo evitar abrir al azar un grueso tomo y encontrarme con un poema que se titula precisamente “Librería de viejo”: “Los libros son más hondos en esta librería / donde se huele a historia, silogismo y soneto; / y dicen lo que dicen con más melancolía / como si nos contaran algún dulce secreto. / Aquí son más cercanos y amigos los poetas. / Más nuestros, en los atlas, los ríos, las naciones. / Y puede uno llevarse dos duros de planetas / y robar los eclipses y las constelaciones”.

Sin duda este volumen me estaba esperando. Sigo leyendo: “Y los mapas… Los mapas con su sueño imposible: / su rota Escandinavia; su Grecia temblorosa; / su Atlántico celeste; su Himalaya accesible; / y los vientos dormidos en la rosa”.

            El autor tuvo su momento y ahora está en un purgatorio del que solo le rescata el facherío: José María Pemán. Yo tengo cierta debilidad por él. Quizá porque me gusta llevar la contraria o porque disfruto conversando con quien tiene ingenio, talento y cultura y piensa de distinta manera que yo. Es como jugar al ajedrez o resolver un problema matemático. Me gusta cazar sofismas, soy un especialista en ello, no se me escapa uno, pero me gusta todavía más cuando descubro que soy yo el que estaba equivocado. Rectifico con facilidad, sin buscar excusas, y siempre doy las gracias a quien me señala una errata en la escritura, en la información o en el pensamiento. 

Viernes, 10 de abril
QUÉ VOY A DECIR

---¿Y no vas a hablar de las sanguinarias patochadas de Trump? ¿No te das cuenta de que eso es lo que interesa y no tus libros viejos y tus encontronazos con este o aquel poetastro por un quítame allá esos ripios?

            ---¿Y qué voy a decir que no haya sido dicho ya? Eso de “en una noche voy a destruir una civilización entera” no se le había ocurrido antes ni a Atila, rey de los hunos. Hasta Franco, cuando trataba de exterminar todo lo que oliera a libertad y república, dijo que venía a defender “la civilización occidental cristiana”. Pero todo tiene su lado bueno. El que Trump actúe como un matón, el que no tenga ningún filtro, ha obligado por fin a los genuflexos monaguillos de la Unión Europea a tomar distancia del “amigo americano”. Si no fuera por sus desplantes e impertinencias, aún estarían haciendo cola en Washington para besarle en salva sea la parte.

            ---Tú prefieres que, como Orbán, se la besen a Putin.

            ---Que no ha invadido ni masacrado ningún país, por cierto, diga lo que diga la prensa “libre”, sino ayudado a una de las partes en la guerra civil que en 2014 comenzó entre las regiones de Ucrania contrarias a Rusia y las de habla y cultura rusa.

            ---¡Va a pasar a la historia como liberador de los pueblos!

            ---Sospecho que en la historia de su país ocupará un lugar bastante más destacado que Netanyahu o Trump en la del suyo. Lo salvó cuando estaba en almoneda tras la desintegración de la Unión Soviética; los otros dos metieron a sus países en aventuras que multiplicaron por mil las víctimas de la guerra en Ucrania y que nadie sabe cómo acabarán.



 

viernes, 3 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: De nuevo en casa

  

Sábado, 28 de marzo
LA LLAVE DE ORO

Llego a Bragança con la melancolía del atardecer y lo primero que hago es buscar mi refugio en la Praça da Sé, la cafetería O Chave d’Ouro. En el centro, entre dos calles que descienden hasta el río y luego ascienden hasta la ciudadela, en un edificio circular con ese aire de oriente tan característicamente portugués.

Pero está cerrada, un cartel invita a los clientes “que fueron fieles a esta casa durante más de cien años” a un brindis el lunes, 16 de marzo, a las cuatro de la tarde. Llego tarde para ese adiós, que parece que no será definitivo (dice que solo cierran “para realizar una renovación histórica”), pero sospecho que el café que vuelva ya no será el mismo. Se convertirá en restaurante o se reducirá el espacio y ya no cabrán los fantasmas.

Era uno de esos lugares en los que uno entra, se sienta y al momento tiene la sensación de ser un cliente de toda la vida. En una de sus mesas, casi siempre la misma, leí la prensa, escribí versos, dejé que las horas pasaran, como pasan en Portugal, sin prisa ninguna.

            ¡Y qué hermoso nombre para este rincón de otro tiempo! ¡La llave de oro! Sí, la llave de oro que abre la entrada a un reino maravilloso, como llamó Miguel Torga a Trás-os-Montes.

La primera edición de su libro, Portugal, que es de 1950, el mismo año en que yo nací, la encontré polvorienta y traspapelada en una pequeña librería, frente a la entrada de la antigua catedral, que también tenía y tiene un hermoso nombre: La Rosa de Oro. A Miguel Torga lo había descubierto, allá por 1980, en Coímbra, también en las ediciones, tan austeras, que él mismo hacía de sus obras; por entonces aún podían encontrarse fácilmente en cualquier librería. Yo encontré varios tomos, lo recuerdo bien, en una que estaba junto al arco de la Almedina y los comencé a leer de inmediato en el cercano Café Arcádia, en la rúa Ferreira Borges por la que todavía circulaba el tranvía.

El capítulo dedicado a Trás-os-Montes comienza así: “Voy a hablaros de un reino maravilloso, el más bello que os podáis imaginar. Está en la cima de Portugal, como los nidos en las cimas de los arboles para que la distancia los haga más imposibles y deseados. Al niño que logra trepar hasta allí y alcanzar la cima de sus sueños le parece que está viendo al mismo Dios en el cielo”.

            Ya los niños no se suben a los árboles para coger nidos ni habitan esta tierra los nobles y rudos campesinos de los que hablaba Torga, pero el paisaje sigue siendo el mismo: “Una inmensidad de tierra gruesa, pedregosa, bravía, que tan pronto se levanta a pulso con un ímpetu de subir al cielo como se hunde en abismos de angustia por una especie de misteriosa condición telúrica. Montañas paralelas a montañas y entre ellas, ceñidos entre roquedales, ríos de agua cristalina, cantarines, apagando la sed de tanta aridez y, de vez en cuando, un valle en el que los ojos descansan de la agresión de los roquedales”.

Domingo, 29 de marzo
BRAGANÇA

Tras las melancolías de ayer, el esplendor del Domingo de Ramos, que para mí en la infancia siempre tenía un aroma de felicidad antes de las lobregueces de la semana santa.

Había estado varias veces en esta ciudad, pero nunca hasta ahora había recorrido entera la senda verde del río Fervença. Son las ventajas de viajar con niños.

Abajo el río entre rocas y saltos de agua y a un lado y a otro todo el esplendor de la primavera. El Fervença es un río laborioso, antes hacía funcionar molinos y una central eléctrica en el centro de la ciudad. Lo sigue haciendo: un antiguo molino es ahora la Casa de la Seda, dedicada a contarnos la historia de esa tela suntuosa que vistió a reyes y tiene su origen en un humilde gusano, y la central eléctrica se ha transformado en el Museo de Ciencia Viva, pero a ambos les sigue proporcionando luz y calor el agua cristalina y cantarina del Fervença.

El café O Chave d’Ouro no era mi única casa en Bragança, pero sí la más literaria. De la otra, en la que me encuentro igual de a gusto, no suelo hablar y, desde luego, no se me ocurre visitarla si viajo acompañado. Se trata del Bragança Shopping, la versión local de mis cotidianos Los Prados y Las Salesas. No solo he escrito poemas en la atmósfera vintage de ese café, también en la planta alta del centro comercial, a un lado una librería y al otro los locales de comida rápida (que no son iguales en todas partes: solo aquí sirven sopa). Los niños y yo preferimos este lugar al afamado Solar Bragançano, que es naturalmente el único que recomiendo.

            Como todo en esta ciudad, el Bragança Shopping está en la ladera de una colina y por ello el último piso también da a la calle, muy cerca de la antigua estación. ¿Antigua? Por Bragança ya no pasan trenes, pero la estación, con su característica arquitectura, sigue siéndolo, ahora de autobuses. A su lado se ha construido un museo del ferrocarril.

            El día hermoso y largo, como son los domingos de ramos en mi memoria, termina “el jardín de los espejos empañados”, como yo llamo al que se encuentra entre la plaza de la catedral y el río. En el centro, una fuente sin agua, con la geométrica elegancia del art decó, y apoyados en los árboles varios espejos redondos que reflejan desvaídamente el paisaje. La luna se asomaba entre las ramas y yo, no sé por qué, pensé en Verlaine y en sus romanzas sin palabras y a la memoria me vinieron unos versos que quizá había leído en una traducción de Enrique Díez-Canedo: “Violines sigilosos / en el parque sin nadie / avisan que es la hora. / Qué pronto se ha hecho tarde. / A su casa se han vuelto / los niños con sus madres / y los enamorados / cansados de mirarse. /Ya sopla un viento frío, ya suenan los metales. / Remordimientos viejos / llegan para quedarse. / Romanzas sin palabras / que son aire en el aire / susurran que es la hora. / ¿De qué? Nadie lo sabe. / Yo sé que fui feliz / y que he vivido en balde”.

Lunes, 30 de marzo
MIRANDELA

De paso para Mirandela, me detengo en Macedo de Cavaleiros (qué bello nombre el de los pueblos de esta zona, mi favorito: Freixo da Espada ao Cinto) y lo que de allí me traigo, sin tiempo para visitar sus maravillas naturales, son solo un puñado de exvotos del Museo de Arte Sacro. Mi favorito es el que Joze Alves Meixedo dedica a Nuestra Señora de Balsamao, agradecido porque, cuando estaba en el monte, le sorprendió una tormenta y tras pedírselo a la virgen esta cesó de inmediato.

            De Mirandela había oído hablar a un amigo que era de esta zona. A mí su nombre me recordaba a un personaje de Goldoni. Abunda en caserones desvencijados en las laderas de una colina que no preside la iglesia, que se hace a un lado, sino el palacio de los Távora, del que desciende una escalinata que lleva al largo puente sobre el ancho río. Los Távora disfrutaron poco de su dieciochesco palacio; fueron ejecutados en 1758 acusados de un intento de regicidio. Del río se alza un chorro de agua, a semejanza del Jet d’eau de Ginebra, y en su otra orilla sorprende un santuario con jardín, el de la Virgen del Amparo. Mirandela tiene algo de grácil dama venida a menos, muy a menos, que recupera la florida juventud en los apacibles paseos del otro lado del Tua.

Martes, 31 de marzo
MIRANDA

Siempre que paso por Miranda do Douro, tras saludar a las tierras de España al otro lado del río y al Menino Jesús de la Cartolinha, que salvó a la ciudad de los españoles hace siglos, pero que ya nada puede ni quiere hacer contra los que invaden las tiendas de saldos de la parte baja, compro algunos libros en mirandés y luego me siento a hojearlos en la terraza del Café Arcádia, frente a la iglesia de la Misericordia.

            Hoy la cosecha ha sido buena: Belheç, de Fracisco Niebro, que me aconsejó Martín López-Vega, una traducción del Mensagem de Pessoa, una antología de un poeta de la tierra, Ferna do de Castro Branco, y Literatura oural mirandesa, recopilación de textos populares.

            “Miranda do Douro es el único lugar del mundo en que el asturiano es lengua oficial”, me decía Xuan Bello cuando hablábamos de esta ciudad. Y alguna razón tenía: el portugués “É a hora” que concluye el libro de Pessoa se traduce en ambas lenguas por “Ye la hora”.

Me entristece pensar que ya no podré comentar estos libros con Xuan en la mesa redonda de Los Porches ni oírle contar, a su manera, la historia del lobo español que anduvo por tierra de Miranda y acabó burlado y chasqueado.  ¿Pero de verdad no podré? No estoy yo tan seguro. Todavía sigue siendo uno de mis más fieles interlocutores.



 

 

 

 

viernes, 27 de marzo de 2026

La rueda de la fortuna: Asombro y maravilla

 

Sábado, 21 de marzo
UN REGALO INESPERADO

No es mal sitio para presentar libros una antigua estación de ferrocarril. Al final de la presentación de Aire en el aire, en el maravilloso Museo del Ferrocarril de Gijón, mientras estoy firmando ejemplares, alguien le entrega al presentador, José Luis Argüelles, para que me lo pase un sobre con un libro mío que compró en un mercadillo de Mieres.

Se trata de Tinta y papel, publicado hace cuarenta años, y lleva pegadas a las páginas en blanco varias fotografías mías aparecidas en la prensa. En una de ellas, que no recordaba, estoy con Ángel González y Carmen Gómez Ojea.

En libro lleva un curioso exlibris familiar, que no aclara el nombre del propietario. Bajo las siluetas de una mujer y un hombre aparecen las iniciales y las fechas de nacimiento; en el centro, dos círculos que se entrecruzan y una fecha, que debe ser la de la boda; de ellos surge un árbol con cinco ramas, cada una también con una fecha, que debe ser las del nacimiento de los hijos. Entre las páginas, encuentro recortes periodísticos de algunas páginas de mi diario.

¡Cómo me gustaría saber quién fue este anónimo lector, charlar con él, averiguar cómo este libro, que conservó cuidadosamente durante tanto tiempo, fue a parar a un mercadillo!

Bueno, esto último parece fácil de adivinar. Tras su muerte –ahora estaría cerca de los cien años, nació en 1928--, los herederos tendrían que deshacer la casa y los libros se pusieron a volar por su cuenta. Y Tinta y papel, a través de manos anónimas, supo llegar hasta las mías. Qué maravillosa manera de celebrar la entrada de la primavera y el día de la poesía.

Domingo, 22 de marzo
FICCIÓN Y AUTOFICCIÒN

Al salir del cine, como cada domingo (me gusta mantener las buenas costumbres), me encuentro con mi amigo Ángel.

            ---¿Qué película has ido a ver? Déjame que adivine. Torrente presidente seguro que no. Habrás ido a ver a Almodóvar. Eres como Carlos Boyero. Te parece vomitivo, pero no te pierdes ninguno de sus estrenos.

            ---Hombre, vomitivo… Yo no diría eso. Reconozco que lo hago con algo de mala conciencia. Sé que voy a encontrarme con una nadería pretenciosa, pero no lo paso mal riéndome de su ampulosidad y disfrutando con la puesta en escena. Tiene gusto como decorador, de eso no hay duda. Y sabe dirigir a los actores. Incluso podría ser un buen director de cine si no se empeñara en rodar sus propios guiones. Este último lo ha promocionado diciendo que es una obra de autoficción, pero por lo que se ve parece que sabe tanto de autoficción, como Carmen Machi, que hace de Carmen Machi en un sketch tópicamente almodovariano (Rosy de Palma hace de Rosy de Palma en otro), de lo que es un cineasta de culto. El protagonista es un actor de unos cincuenta años, Leonardo Sbaraglia, que representa a un viejo y famoso director (Almodóvar) que depende de sus ayudantes para que le recuerden desde cuando tiene que tomar las medicinas hasta cuando tiene que ir al baño (nunca he visto un mayor error de casting). Lleva años sin dirigir, pero no por falta de un productor, sino porque no se le ocurre nada que contar. Almodóvar no parece haberse enterado de que esa es una profesión distinta que solo en raros casos (y en malas películas por lo general) coincide con la del director. Por fin tiene una idea y comienza a escribirla. Hablará de la crisis de una directora, no de un director, y ese guion es lo que vemos, ya filmado, alternando con la historia del alter ego de Almodóvar. Mise-en-abyme e ingenuo cine dentro del cine. La alter ego del alter ego del director manchego tiene un amante que es bombero y en sus ratos libres stripper que actúa en despedidas de soltera (lo que le sirve de pretexto a Almodovar para ofrecernos una de sus actuaciones completas y una, afortunadamente breve, incursión en el vestuario de los bomberos). El conflicto dramático, el gran problema que se plantea nuestro gran cineasta, es el daño que se puede hacer con la autoficción. Su ayudante arma una escandalera porque, al leer el nuevo guion del jefe, todavía sin terminar, se encuentra con que la protagonista tiene una amiga que ha perdido un hijo en accidente y ella tiene una amiga que ha perdido un hijo por enfermedad.

            ---¡Pues menuda intromisión!

            ---Habría que explicarle a nuestro Bergman y Fellini, todo en una pieza, que, más que en la autoficción, la intromisión se produce en las novelas en clave, en las que tras los personajes se esconden personajes reales y se nos cuentan sus secretos y sus fechorías. En la autoficción, el protagonista de la novela coincide, en nombre y otras circunstancias, con el autor, al igual que en la autobiografía, pero en lo que se cuenta aparecen detalles ficticios: el narrador se llama Javier Cercas, por ejemplo, pero nos habla de su paso por la cárcel cuando sabemos que nunca estuvo en ella.

Lunes, 23 de marzo
NO TENGO CORAZÓN
 

---Una cosa que me ha sorprendido de tu poesía reunida –me dice uno de los primeros lectores de Aire en el aire-- es que no hay en todo el libro una sola dedicatoria. Debes de ser el único poeta que no se acuerda nunca ni de su familia ni de sus amigos. Tampoco aparece el nombre de ninguna pareja. Parece que eres una máquina de leer y escribir, una máquina sin corazón.

            ---¡Ojalá lo fuera! Yo tengo otras maneras de agradecer cariño y compañía. El poema, si verdaderamente lo es, y no un desahogo, debe volar libre, al margen de las circunstancias del autor.

Martes, 24 de marzo
SE ACLARA EL ENIGMA

---José Luis, esto es magia. Sin conocernos de nada, el algoritmo de Facebook nos ha conectado. El domingo, al abrir el teléfono, me sale la foto del exlibris de mi padre. Soy Luci, la del 57. Vivo en Huelva. Mi padre se llamaba Marino Fernández Canga. Vivía en Mieres. Tenía una biblioteca estupenda, con más de cinco mil volúmenes. Siempre nos decía que cuando él no estuviese nos encargásemos de los libros. Que repartiéramos primero entre nosotros y después hacer una donación a una biblioteca y que la sección de apicultura con todas las revistas de Vida Apícola se la regaláramos a un apicultor.

Ninguna biblioteca nos quiso los libros. Encontramos al apicultor y a muchos amigos de mi padre que nos ayudaron, se llevaron muchos libros, pero aquello no descendía. Teníamos treinta días para poner la casa en venta. Guardamos solo sus escritos: de etnografía, inventos, mapas y poesía. Desde hace muchos años escribía e ilustraba haikus. Le adjunto el que dedicó a la muerte de su mujer, "Tristeza". También guardamos, por supuesto, sus cuadros y sus esculturas. Las fotografías eran un tema difícil. Un amigo de mi padre, al que conocimos en ese momento, nos propuso hacer un archivo fotográfico y le dejamos todos los álbumes y fotografías familiares. Pero llegó un momento en el que el tiempo se nos echó encima y no conseguimos deshacernos de todos los libros. Lo pasamos bastante mal. Después de consultar con distintas empresas que compran libros especiales, tenía que decidir qué hacer. Al final, sin tiempo, y con muchísima pena, terminaron como el tuyo en el mercadillo.

Jueves, 26 de marzo
COLECCIÓN PARTICULAR

Desde hace tiempo me ha dado por coleccionar estrictos coetáneos, gente nacida en 1950, y ver cómo envejecen. Almodóvar es uno de ellos, el poeta Luis Alberto de Cuenta otro. No nos parecemos en nada, salvo en el deterioro que traen los años y del que todos se dan cuenta menos uno mismo, que se sigue viendo como siempre.

“Tú, que has siido tan cruel, y lo sigues siendo, con la etapa ultima de Guillén, ¿no temes que a ti ahora te acusen de lo mismo, de escribir poemas facilones y llenos de ripios?”, me preguntó José Luis Argüelles a propósito de mi libro Entrada libre.

            La verdad es que no lo temo y para demostrarlo esta mañana, en Los Porches, tras leer La vejez del poeta, de Javier Salvago, otro de 1950, escribí unas “Aleluyas de la edad” que subí inmediatamente a Facebook: “Se multiplican los dones / y también los tropezones. / Son las cosas de la edad, / conviene conformidad. / Por si amor llama a tu puerta, / procuras dejarla abierta. / Y siempre con alegría / saludas al nuevo día. / Lo que fui lo sigo siendo / y conmigo bien me entiendo. / Cualquier cosa me entretiene, / ese insecto que va y viene. / Pessoa, Dante, Machado / comienzo a dejar de lado. / Lo que yo en ellos buscaba / en ellos no está ni estaba. / ¿Estará en alguna parte? / Otros sabrán contestarte. / Yo soy de buen conformar. / Me basta ver y admirar”. 

Viernes, 27 de marzo
DE VEZ EN CUANDO

Qué aburrido tratar de ser sublime sin interrupción. De vez en cuando, viene bien hacer un poco el ridículo. Son cosas que se aprenden con la edad.