domingo, 18 de agosto de 2019

Colección particular: Poemas situados



NIETZSCHE EN ÈZE

Èze se encarama a un risco entre Niza y Montecarlo y es uno de los rincones más hermosos del mundo. Nos sentamos en la terraza del Castillo de la Cabra de Oro cualquier atardecer de verano y, antes de probar ningún cóctel, ya nos sentimos mareados ante tanta belleza.
            Solo se puede subir a pie, y el equipaje en burro. Un sendero en abrupta pendiente lleva hasta la playa. Nietzsche lo recorría mientras escuchaba en su cabeza los exaltados párrafos de Así habló Zaratustra, ese “evangelio para matones”, en palabras de Borges.
            En el hotel tenían una edición francesa de la poesía de Nietzsche y a mí se ha quedado en la memoria uno sus poemas. En el recuerdo lo acompaña, como en una edición ilustrada, la maravilla de Èze.

Del mar a la alta roca,
solo con mis pensamientos;
de la cumbre a la orilla,
solo con mis pensamientos.
Mediodía de la vida,
melodía del mundo
que escucho en un susurro,
mientras dentro del pecho
late un ajeno corazón
que solo anhela
hundirse para siempre
en el abismo o el silencio.


 MACHADO EN LA GRAN MURALLA

Estuve en el Cervantes de Beijing, cuya biblioteca lleva el nombre de Antonio Machado, cuando se celebraba el centenario de Campos de Castilla. Visité, como todo el mundo, Badaling, la parte más cercana de la Gran Muralla.
            Me pareció la muralla más extraña del mundo y no por su extensión, sino porque, más que una muralla, parecía un paseo construido inverosímilmente sobre una cordillera.
            Se asciende a la Gran Muralla en teleférico. ¿Cómo lo hacían en la época de su construcción?
            Muy concurrida, como el paseo dominical de una capital de provincias, incluso me encontré con una pareja de recién casados que se hacían allí las fotos de rigor.
            Miré, desde una de sus torres, hacia un lado y otro: la cordillera era la mejor muralla, solo había que proteger los lugares que permitían el paso a las fuerzas invasoras. Militarmente, aquello era un absurdo; como caprichosa manifestación de poder, un acierto.
            Uno de mis acompañantes recitó entonces un poema de Machado en chino y me lo retradujo luego al español.

¿De qué sirve el alto muro
que protege el corazón
si dentro queda encerrado
mi enemigo más feroz?


 ANÓNIMO EN UNA GASOLINERA

Paramos en ella camino de Bucarest. Pequeños carteles, colocados entre las estanterías, contenían frasecitas en inglés como de libro de autoayuda.
            Me llamó la atención uno de ellos y de inmediato lo traduje (en lugar de “amo” dibujaba un corazón). Ningún poeta podía expresar mejor lo que yo sentía en aquel momento, lo que sigo sintiendo todavía.

Amo mis ojos
cuando tú estás en ellos.

Amo mi nombre
cuando tú lo pronuncias.

Amo mi corazón
cuando tú lo aceleras.

Amo mi vida
cuando tú estás en ella.


 SOPHIA EN EL MIRADOR DE GRACIA

Sophia de Mello Breyner Andresen –largo nombre para una poeta a la que críticos y lectores conocen con el familiar Sofía– está para siempre en el Mirador de Gracia, que ahora lleva su nombre y en el que un busto suyo contempla día y noche el esplendor de Lisboa.
            La elegancia helénica de sus versos ya es para mí inseparable de la colina de San Jorge, sobre la geometría de la Baixa, y del manso cabrillear de un río que aquí cumple su sueño de convertirse en mar sin dejar de ser río.

Como una flor incierta entre tus dedos,
la ciudad se deshace si la miras
y en el centro de ella hay un jardín
inundado de lunas y secretos.


ÄLVARO DE CAMPOS EN SINAIA

Señoreando Siania, hay un castillo fantasioso, a la manera de los de Luis de Baviera, construido por el primer rey de Rumanía para pasar el verano.
            Es un pastiche historicista, con armaduras y toda la guardarropía de un castillo que se precie, pero también con ocultos ascensores y calefacción central. Eran los tiempos, finales del XIX, en que la modernidad se avergonzaba de sí misma y gustaba de disfrazarse con galas de otro tiempo.
            Algo tenía de norteña Sintra y a la memoria me vinieron unos versos de Álvaro de Campos, el heterónimo pessoano. Cuando los releo, vuelvo a aquellas calles arboladas y en cuesta, llenas de las lujosas mansiones –ahora hoteles en su mayoría– construidas por los cortesanos para acompañar al rey en los interminables veraneos de entonces.

El palacio del rey allá en lo alto
con sus almenas y sus lejanías
y la carretera borracha entre los pinos
y los faros del coche entre la niebla
y un hombre solo, enamorado y solo,
que persigue un Oriente del Oriente
que está en ninguna parte y en su corazón.


BASHO EN BROOKLYN

Siempre que pienso en el jardín botánico de Brooklyn pienso también en el poeta Hilario Barrero, mi gentil guía habitual. En una de mis varias visitas, nos sentamos a descansar en un banco del jardín japonés.
            Yo llevaba conmigo una antología de Basho que había comprado en una librería de viejo, ya cerrada, de la Séptima Avenida. Como no puedo estar mucho tiempo sin hacer nada, como la contemplación me cansa pronto, saqué el bolígrafo y garabateé unos versos en las páginas de respeto.

Salta una rana
y el coche de bomberos
frena de golpe.

La primavera
se sienta en la terraza,
pide un café.

Lector curioso,
la brisa en el jardín
pasa las hojas.

La flor de loto
añora aún tu mirada,
emperador.

Son de colores
las palabras que dices
en el verano.

Hace girar
su sombrilla la niña
y danza el cielo.

Como una piedra
en el zapato viaja
ese recuerdo.

En la vejez,
hasta las flores pierden
todo su olor.

Niño que ríes,
¿sabes acaso que
Dios ríe contigo?

Cae la noche
y yo caigo con ella
lejos de ti.

Atardecer.
Chillan los estorninos,
yo callo solo.

También vosotras,
cometas de papel,
volvéis a tierra.

En el silencio
de la nieve se posa
tranquilo un cuervo.

Vuelves a casa,
sigue el fuego encendido,
nadie te espera.

Este milagro
de que no pase nada
y pase el tiempo

Dos o tres flores
que juegan a esconderse
en los escombros.

Mar de noviembre
y ese perro que nada
en el agua gris.

Duda el camino
si seguir o quedarse
junto al arroyo

Recién nacido,
un gatito que tiembla
leve en mi mano.

Vuelves la cara
y se hace de noche
a mediodía.

¿Aún me esperas
sentada junto al fuego,
allá en la aldea?

La noche sabe
que ha de llegar el día,
yo no lo sé.

¿Para qué fiesta
has enjoyado el jardín,
fresco rocío?


 QUASIMODO EN AGRIGENTO

Hubo un tiempo en que leí mucho al poeta Salvatore Quasimodo. Tanto o más que sus poemas me interesaron sus traducciones de poesía griega. Luego se me fue alejando. Buscaba la intensidad de la poesía clásica, pero a mí comenzó a parecerme pretenciosamente enfático, aunque para siempre se nos quedara en la memoria que estamos solos sobre el corazón de la tierra, sostenidos por un rayo de sol, “ed è subito sera”, y de pronto añochece..
            ¿Cómo no recordar, sin embargo, un verso suyo –“entre el murmullo de olivos sarracenos”– al visitar por primera vez el Valle de los Templos, en Agrigento, muy cerca del Porto Empedocle de Pirandello y Camilleri?

Entre el murmullo de olivos sarracenos
y el silencio humillado de las gentes,
resisten las columnas de los templos
alzadas de una vez y para siempre
Los dioses han huido a su alto cielo,
en el mar ya no cantan las sirenas,
solo los hombres siguen allá abajo
tejiendo y destejiendo
el mismo desconsuelo.


 LI PO EN EL PALACIO DE VERANO

En los jardines del Palacio de Verano, en las afueras de Pekín, un anciano pintaba abanicos a la manera tradicional, para vender a los turistas. A mí me vinieron a la cabeza unos versos de Li Po.

Un sendero borracho entre altos riscos,
un viajero con su cabalgadura,
una luna temprana y un puñado de nubes.
¿Soy yo, camino del destierro
otra vez, desgarrado el corazón
al dejar atrás tantos amigos?
Es solo una pintura, un abanico
que se cierra de golpe y me devuelve
a esta noche de luna
en que alzo mi copa
y brindo por ella y por mi amada
soledad
que nunca me traiciona.



domingo, 11 de agosto de 2019

Colección particular: Un viaje de trabajo



            Todos mis viajes son de trabajo, ninguno de placer. O viceversa, porque mi mayor placer es el trabajo.
            Cuando quiero descansar, me quedo en casa. Y nunca he tenido tanta necesidad de descanso que no se me quite con una o dos horas de reposo, y a veces me basta con media hora.
            Viajo casi siempre para aumentar mi colección particular de maravillas o de curiosidades o de rutinas con encanto.
            De una semana en Rumanía, me he traído un buen botín: tres plazas, cuatro librerías, dos Starbucks, una estación, un monasterio, dos cumbres y el susto de los osos que aparecieron de repente junto a Breaza y Cartier Nistoresti.


TRES PLAZAS

La primera se encuentra en Piatra Neamt. Está en lo alto, en el centro tiene la torre del reloj y junto a ella la iglesia rectangular de San Juan. Son fundación de Esteban el Grande, rey de Moldavia en el siglo XV. La rodean edificios de los años treinta, que ahora son museos. La ciudad, sin mayor gracia, se extiende a los pies, entre el río Bistrita y los cercanos montes.
            Me levanté muy temprano, como acostumbro, y paseando, por ella, recién amanecido, bajo una fina lluvia, recordé unos versos de Mihail Eminescu: “De nuevo me caen encima / el cielo y mi mala estrella. / Al menos, tú no me olvides, / alma y vida de mi vida”.
            También ahora la carcoma roe lo que creí más firme en mi vida, un amor que soñé para siempre.
            A solas en la plaza de Stefan cel Mare, en una ciudad en que no tengo ni amigos ni fantasmas, a la que he llegado por casualidad y me voy por la noche, de pronto me sentí reconfortado, arropado.
            Si la torre del reloj, señera en su centro, ha resistido siglos y borrascas, ¿cómo no voy a resistir yo, tan acostumbrado al fracaso, otro más, aunque este me parezca el más doloridamente inmerecido?
            Soy fácil de seducir, lo reconozco (basta una mirada o una sonrisa para hacerme perder la cabeza), pero ninguna ciudad me ha enamorado nunca tan rápidamente como Brasov. Me bastó llegar hasta la Piata Stafului, la plaza del Consejo, con el antiguo ayuntamiento en medio, sus casas bajas y coloridas, el inmenso telón verde del monte Tampa dominando uno de sus lados.
            A la plaza mayor de Brasov solo le hace sombra la Piata Mare de Sibius, que se llama Mare, grande, porque a su lado, rodeando la catedral católica y el ayuntamiento, hay otra más pequeña.
            Sibiu, con su triple muralla y su legendario Puente de los Mentirosos, conserva el aire, como de rigodón apacible, de una pequeña ciudad del imperio austrohúngaro. Se entra en su corazón por varias calles, pero yo prefiero verlo aparecer, deslumbrante, tras el arco frente a la catedral católica. Hay que cerrar los ojos un momento y volverlos a abrir para cerciorarse de que no es un sueño.
           

CUATRO LIBRERÍAS

Dos están en Bucarest y otras dos en Brasov. No sé si son las mejores, no se trata de eso. Son lugares a los que apetece volver. Tres son de la misma cadena, Carturesti, que parece especializada en librerías que invitan a entrar en ellas aunque no tengas intención de comprar nada.
            La primera se llama Carusel y está en Bucarest, muy cerca de la zona más turística, y es como un blanco y fresco oasis en medio de aquellas calles en que se apretujan terrazas de restaurantes y anuncios de masajes eróticos. Busco la sección de poesía y lo primero que me encuentro, junto a una antología de Pessoa, es un libro de Ioana Gruia que se llama como la librería. Lo abro y lo primero que encuentro es mi nombre. Se trata de la traducción al rumano del libro premiado en el Emilio Alarcos e indica quiénes formaron parte del jurado. Sonrío ante este regalo del azar.
            Pero no había falta que lo primero que leyera fuera mi nombre para sentirme a gusto en una librería que puede incluirse entre las más hermosas del mundo.
            En lo alto, dominando el gran patio central rodeado de estanterías, hay un café donde descansar y leer y charlar y ser feliz.
            La otra librería de la misma cadena se encuentra muy cerca del edificio histórico de la Universidad (un mamotreto sin gracia), en la facultad de arquitectura. Se llama Modul y tiene el encanto añadido de un arbolado patio interior. Allí charlé largo y sin prisas con mi primo Pedro García Martín, que me acompaña en el viaje. Como él es un historiador al que le apasiona la literatura y yo un escritor fascinado con la historia, teníamos mucho de qué hablar, desde la caída de Bizancio a los entresijos galdosianos de las revueltas del 48, que tuvieron su repercusión en estas tierras como en toda Europa.
            También han enriquecido mi colección dos librerías de Brasov, las dos en la plaza Sfatului, una frente a la otra. No tienen cafetería, pero muy cerca de Humanitas, la segunda de ellas, se encuentra la Casina Romana, el casino rumano, fundado en 1835. En principio, no era más que el lugar de encuentro de los comerciantes del país. En él se leían libros y periódicos, a veces en voz alta (había quien no sabía leer), y se hablaba de todo. No se entiende Rumanía sin la Casina Rumana. Ahora el local lo ocupa un Starbucks.


DOS STARBUCKS

Uno está, ya lo he mencionado, en la plaza Sfatului; el otro, en Piata Mare, en Sibiu, frente al Ayuntamiento y el arco que comunica con la Plaza Chica. Tomo un café en ellos, hojeo un libro, hago algunas anotaciones en mi cuaderno y los añado a mi colección, junto a los del Barnes & Noble de Union Square, el de la Séptima Avenida en Brooklyn y el de la plaza de San Francisco, en Lausanne.
            Hay a quien le molestan las franquicias que igualan las ciudades. A mi no, todo lo contrario. Son como embajadas de la cotidianidad, mi placer preferido. Y no es que no me gusten los cafés tradicionales, el Corona, por ejemplo, al comienzo de la calle República, también en Brasov. Pero para estar a gusto en ellos necesito tiempo.
            Al Starbucks de la Casina Romana no me hace falta acostumbrarme. Pido un café americano, abro mi cuaderno, me entretengo un rato mirando por la ventana a la plaza y comienzo a escribir:

Esta ciudad,
un puñado de sueños
que ya comparto.

Fieles fantasmas.
Hoy han venido todos
a atormentarme.

Déjame solo.
No te sientes conmigo,
melancolía.


UN MONASTERIO

Tras admirar los muros pintados de Voronet, en la Bucovina, con su prodigioso azul y sus fascinantes viñetas (quizá el primer tebeo de ciencia ficción de la historia), tuve la suerte de quedarme solo, entre un grupo de turistas y otro, en el interior de la iglesia. Y pude escuchar el silencio, el famoso silencio de Dios. Estaba lleno de músicas, o eso me pareció. Como los místicos, no sabría explicar lo que sentí. Un tiempo al margen del tiempo. Luego al salir la sonrisa feliz de quien está en el secreto, aunque lo haya olvidado.


UNA ESTACIÓN

Mi hotel se encuentra al lado de la Gara de Nord y aprovecho para darme una vuelta por ella ya entrada la noche. La rodea el mundo turbio que rodea a cualquier gran estación. De aquí parten trenes que llevan a Belgrado, a Berlín, a Budapest, a Kiev, a Sofía, a Viena, a Venecia, a Estambul. Por un momento, me figuro que soy un personaje de alguna novela de Paul Morand.
            La estación principal de Bucarest se inauguró en 1872. Jugó su papel cuando la operación Barbarroja. Fue minuciosamente destruida por los aliados en 1944 y reconstruida en un estilo entre racionalista y neoclásico.
            Mis viajes favoritos son los que se sueñan desde un libro o desde el andén de una estación sin necesidad de subirse a ningún tren. Recuerdo ahora lo que anota Agustín de Foxá en su diario cuando vuelve a España, en noviembre de 1937, tras servir durante unos meses a Franco, camuflado como diplomático republicano: "Hago el cálculo desde que salí de España: Madrid, Valencia, Barcelona, Cerbere, Narbona, Toulouse, Ghetary, San Juan de Luz, Dancharinea, Bayona, París, Lausane, Milano, Venecia, Triestre, Zagreb, Bucarest, Bucovina, Bucarest, Zagreb, Trieste, Venecia, Milano, Lausane, París, Bayona, Dancharinea, Pamplona, Burgos. Total, 216 horas. Nueve noches de sleeping. Díez días y dieciséis horas".
            Y de pronto, ya casi todos los locales cerrados, me sorprende una máquina expendedora de libros.
            Tiene impresas, como publicidad, frases que elogian la lectura firmadas por Puskin, Balzac, Cicerón, Susan Sontag, Confucio o Savater. Me entretengo tratando de traducirlas. “La lectura es la última forma de la felicidad a la que me gustaría renunciar”, escribe Savater.
            El lema es “Ai carte, ai parte”, algo así como “Saber es poder”.


DOS CUMBRES

Pietricica domina Piatra Neamt; el inmenso telón de Tampa, Brasov. A las dos se llega cómodamente en góndola (que es como en Rumanía llaman a las cabinas de los teleféricos). A mí me gusta mirar las ciudades desde lo alto (una manera de sentirme el rey del mundo) y también adentrarme en el bosque, sin miedo a los osos ni a las criaturas fabulosas que todavía los habitan.
            Me gusta tanto la rutina que, en cuanto puedo, la abandono para darme luego el placer de recuperarla.


martes, 6 de agosto de 2019

Colección particular: Torres


  
TORRE DE GÁLATA

No soy un Quijote, aunque me guste parecerlo. No salto de inmediato ante la injusticia, aunque a cambio de ello solo reciba una tanda de palos. Soy como todo el mundo: agacho la cabeza, miro para otro lado, me lavo las manos cuando me conviene
            Mientras, por imperativo laboral (soy profesor universitario), participo en un aceptado y reiterado fraude de ley, busco refugio en uno de esos lugares en los que siempre me encuentro a gusto y a salvo.
            Coleccionista obsesivo, como me gusta mirar el mundo desde lo alto, las torres panorámicas están entre las piezas preferidas de mi colección.
            Mientras puntuamos, según la Aneca y el ranking de Shangay, el currículum de los aspirantes a una plaza de profesor asociado, yo vuelvo a cruzar el puente de Gálata, sobre el Cuerno de Oro, a caminar por fatigosas callejuelas, a veces escalonadas, a subir hasta lo alto de la torre.
            Qué deslumbramiento. El viejo Estambul por entero ante mí. A la izquierda, el Bósforo y, asomando tras los jardines del palacio Topkapy, el aliterativo mar de Mármara; frente a mí, entre docenas de alminares, distingo los de Santa Sofía y  la Mezquita Azul. Miro hacia abajo y veo el ajetreo del puente y de los muelles del Cuerno de Oro, donde todavía parecen cargar y descargar tesoros los mercaderes de la ruta de la seda. Y todo, como sacado de un grabado antiguo.
            Doy vueltas al mirador, contemplo la parte asiática de la ciudad (siempre me ha fascinado el encuentro entre dos continentes) y la parte europea, el elegante barrio de Pera.
            Cuando desciendo, suelo aprovechar para darme una vuelta por Istiklal Cadessi y tomar algo –conviene no abusar– en la pastelería Haci Bekir.
            La última vez que anduve por allí me detuve ante el Consulado de Arabia Saudí. Por un momento temí que fueran a aparecer sicarios del Príncipe Asesino para secuestrarme y descuartizarme, como al periodista.
            Sé hacer dos cosas al mismo tiempo. Puedo seguir las sumas y las restas y los tantos por ciento –aplicamos sin pensar, como resulta obligado, los mecánicos procedimientos de la Aneca– a la vez que, en lo alto de la Torre de Gálata, me siento seguro, fuera de los ultrajes de la realidad. Por eso sonrío. Por eso no digo lo que pienso de lo que hacemos a mis esforzados colegas.
            Pero de pronto, otra vez acariciando con los ojos el perfil de la ciudad desde lo alto de mi torre favorita, yo mismo me pongo los puntos sobre las íes a mí mismo: “Qué valiente eres denunciando al Príncipe Asesino, que no tiene la costumbre de leerte ni le importa lo que digas. Seguro que si tu sueldo dependiera de él, como el de los trabajadores de los astilleros gaditanos, serías el primero en salir a la calle para que el gobierno no tomara ninguna medida, ni simbólica, contra el gobierno de Arabia Saudí”.
            Seguro, pienso. Y sigo participando, como uno más, en el tinglado de la antigua farsa, pero aunque me distraiga subiendo a la Torre de Gálata no puedo evitar que mi autoestima quede a ras del suelo.


TORRE DE LA LIBERTAD

La he visto crecer sobre las ruinas. En una ciudad donde los edificios son demolidos en unas pocas horas y reconstruidos en semanas, sorprendía la tardanza con que cicatrizaba aquella inmensa herida sobre el sur de Manhattan.
            Estuve en lo alto de las Torres Gemelas, con Javier Almuzara y Marcos Tramón, pocos días antes de que desaparecieran para siempre (abajo se quedaron a esperarnos, paseando entre las tumbas de Trinity Church, Martín López-Vega, Xuan Bello y Silvia Ugidos).
            No voy a hablar de aquello. Solo de la impaciencia con que veía, de año en año, la reconstrucción de la Zona Cero. Me parecía que iba demasiado despacio. Y así era: chocaban los sentimientos de unos, que querían sobre todo preservar la memoria, y las ganas de hacer buenos negocios de otros.
            Yo pensaba que la mejor idea habría sido reconstruir las Torres, no permitir que unos malnacidos alteraran para siempre el perfil de Nueva York.
            Pero se construyó solo una torre y el lugar exacto que ocuparon las otras se convirtió en un memorial, con todos los nombres de las víctimas y el murmullo interminable del agua.
            Cuando por fin subí por primera vez a lo alto de la Torre de la Libertad, el One World Trade Center, y contemplé la ciudad entera delante de mí, se me llenaron los ojos de lágrimas. Luego fui reconociendo los lugares, como en un inmenso plano, y evocando los recuerdos ligados a ellos.
            ––Ahí está el Flatiron, junto al Madison Square Garden; más allá, inconfundible, el Empire State, y más cerca, Union Square, con su gran mástil y su librería Barnes & Noble, otra de mis casas dispersas por el mundo, y Strand, el laberinto en el que me gustaría perderme para siempre.
            Voy luego siguiendo la orilla de los ríos, el East River, con sus muchos puentes (el más cercano, a mis pies, es también el más famoso, el de Brooklyn, majestuoso como una catedral tumbada), y el Hudson que solo tiene uno, allá a lo lejos, el Washington Bridge, el más elegante de todos. Y el rectángulo verde de Central Park y la uña luminosa del Citycorp Center, en cuyo atrio melancólico tuvimos la primera sede trasatlántica de la tertulia.
            No se vive donde transcurre la mayor parte de nuestra vida, sino la de nuestros sueños. Por eso yo soy de Nueva York tanto como de Aldeanueva del Camino. Y por eso la Torre de la Libertad, que me permite abrazar la ciudad de un vistazo, es una de mis torres preferidas. En ella me siento el rey del mundo, aunque de sobra sé que ni siquiera soy rey de mí mismo. No olvido del todo las injurias de la realidad y siento el pinchazo de la melancolía cuando compruebo que el tiempo se va poniendo amarillo sobre el recuerdo de las Torres Gemelas como sobre las viejas fotos de familia.


CAMPANILE DE SAN GIORGIO

Cuando subí por primera vez, un fraile silencioso manejaba el ascensor. Al ver los claustros del monasterio, sentí envidia. ¡Pasar la vida en medio de aquella geométrica maravilla!
            Pero pronto recordé que dos ciudades hay en Venecia, como en toda ciudad del mundo: una para los que viven en ella y otra para los que pasan por ella.
            La Venecia que amamos es la que está en los ojos del viajero, no en la rutinaria mirada de los venecianos (salvo que vivan lejos y solo vuelvan de tarde en tarde).
            Desde lo alto del campanile de San Giorgio Maggiore, la isla que hace de telón de fondo en tantas postales, todo es asombro y maravilla: el azul de la laguna, sembrado de pequeñas islas cuyo nombre ignoro; el estirado verdor del Lido; el apretujado caserío con sus cúpulas y sus torres; el canal de la Giudecca, deslumbrante en torno a la silueta del arcángel.
            Yo no tenía ojos para tanta belleza, pero el frailecico que manejaba el ascensor ni siquiera le dirigió una distraída mirada.
            Lo que vemos todos los días pronto lo borra la rutina. Carlos Fuentes cuenta que, tras vivir una temporada en Venecia, decidió que era hora de marcharse cuando, tras cruzar la plaza de San Marco, se percató de que lo había hecho pensando en sus cosas, sin darse cuenta.
            Si se mira con buenos ojos, no hay rincón del mundo que no sea, al menos por unos instantes (quizá mientras lo ilumina ese último rayo de sol), tan hermoso como Venecia. Ni hay Venecia o gran amor que resista una convivencia prolongada.
            Por eso yo en Venecia, como en cualquier amor eterno, estoy siempre de paso.


TORRE DOS CLÉRIGOS

Cuando la librería Lello aún no se había convertido en una atracción turística, solía visitarla antes o después que a la cercana Torre dos Clérigos. En ella encontré, allá por los primeros ochenta, un libro de versos de Luis Veiga y en él un poema que desde que siempre me viene a la memoria cada vez que subo, todavía sin demasiada fatiga (¿por cuánto tiempo?), los 240 escalones de la torre.
            Se titula “Porto” y dice así en la traducción de mi memoria: “La ciudad ecuestre / en el río sumerge / sus cascos de granito / y asciende / al galope / cuesta arriba. / Da un salto / por encima del caserío / y se convierte / en una torre. / Torre de piedra y nube / de pájaros y fuego / de cuerpo de mujer. / Torre de todo cuanto / el sueño, la palabra, el canto / pueden y quieren ser”.
            No es Oporto una ciudad fácil, no tiene la gracia inmediata de Lisboa. No tiene o no tenía, porque ahora se ha repintado y convertido sus barrios más pintorescos en un parque temático. Ya no es aquella “ciudad negra que crece para dentro” de la que habló José Bento, el poeta y traductor –amigo de Ángel Crespo, de Brines, de Aleixandre– con que el que tuve una relación de amistad que acabó en todo lo contrario.
            Yo solo soy fiel a las ciudades y a los lugares. Oporto sigue en mi memoria envuelto en niebla y estupor y en algún recodo de sus calles retorcidas está la entrada a un jardín entre altos muros en el que una vez fui feliz y que no he vuelto a encontrar.
            Desde la Torre dos Clérigos creo divisarlo entre la catedral y el río. Al cerrar los ojos, me llega el aroma de aquel rosal que crecía junto al pozo y una voz que canta: “Si la noche se hace oscura / y tan corto es el camino, / ¿cómo no venís, amigo?”
            A veces he desplegado el plano de la ciudad allá en la cima y señalado su lugar exacto. Pero nunca he sido capaz de volverlo a encontrar.



domingo, 28 de julio de 2019

Colección particular: Centros comerciales


  
PIER 17

Hay muchos lugares de Nueva York donde me siento como en casa, pero en ninguno como en el Pier 17, mi centro comercial favorito de la ciudad, con permiso del más reciente y lustroso Time Warner en su esquina del Central Park, frente al Columbus Circle.
            Leía hace poco el libro Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus, de Fernando Villamil, y por él me entero de que en la inauguración el año 1894 de la estatua a Colón que preside Columbus Circle estuvo presente el marino asturiano, a punto por entonces de terminar la vuelta al mundo a bordo del primer buque escuela de la Armada Española. Las aventuras del Nautilus por los siete mares no desmerecen de las de su antecedente de ficción, la nave del capitán Nemo. No se imaginaba entonces Villamil que no muchos años después, en 1911, tendría también en su natal Castropol un enfático monumento que no desmerecería junto al neoyorquino.
            Pero no es el momento de hablar de Villamil ni del Time Warner, sino del Pier 17, al sur de la isla, frente a Brooklyn. Allí se conserva un trozo del Nueva York del siglo XIX, del puerto en que se anclaban los viejos veleros, del viejo barrio marino.
            Al acercarme por Fulton Street, siempre me acuerdo de Walt Whitman, que tantas veces habría recorrido esa calle, tras atravesar el East River en el ferry, para recorrer en tranvía las calles de Manhattan junto a su amigo Peter Doyle.
            Hay allí un minucioso museo, que no debe perderse nadie que ame la navegación, un faro que homenajea a las víctimas del Titanic, y un centro comercial con escalonadas terrazas sobre el río y vistas al puente de Brooklyn, al de Manhattan y, más al fondo, al de Williamsburg.
            Cuántos buenos ratos he pasado en aquel lugar, solo o en compañía de Martín López-Vega, Xuan Bello, Javier Almuzara, Silvia Ugidos, Marcos Tramón, de tantos contertulios.
            Lo descubrí caminando al azar, y se lo descubrí al poeta y profesor Hilario Barrero, que llevaba más de treinta años viviendo en la ciudad. Es un sitio más bien popular y para provincianos. Los neoyorquinos un tanto sofisticados lo miran un poco por encima del hombro, pero yo obligaba siempre a mis amigos a visitarlo y, a ser posible, a comer allí.
            Cada uno escogía su menú de comida rápida (seis o siete dólares) y luego nos sentábamos al aire libre, a ver pasar los barcos por el río, a un lado la estatua de la Libertad, al otro el puente de Brooklyn, enfrente la Promenade, uno de mis paseos favoritos, y alzándose sobre el caserío de Brooklyn el dedo art deco del Williamsburg Savings Bank.
            La verdad es que yo disfrutaba allí más que en el mejor restaurante, siempre he sido de gustos gastronómicos muy poco refinados: lo que más me agrada de cualquier comida es el encanto del lugar y, sobre todo, la compañía.
            Antes de llegar al Pier 17, solía pasar por la sucursal de Strand que había en Fulton Street. No era infinita como la librería principal, al lado de Union Square, pero nunca dejaba de encontrar alguna rareza o alguna curiosidad. Las hojeaba luego en el equivalente neoyorquino de Las Salesas (yo siempre viajo llevando mis rutinas conmigo).
            Pero cerraron la librería y también estaba cerrado mi centro comercial favorito las últimas veces que lo visité. Al parecer, sufrió graves desperfectos con el huracán Sandy y aprovecharon para reformarlo por completo.
            Me dicen que ha vuelto a abrir hace pocos meses. Ahora tengo que inventarme algún pretexto vagamente cultureta para volver a Nueva York. No puedo confesar que el verdadero motivo es ver cómo han dejado el Pier 17 (y conocer, de paso, Hudson Yards). Uno tiene que cuidar su reputación intelectual.


FORUM AVEIRO

Aveiro, con su aire holandés y veneciano, está a medio camino entre Oporto y Coimbra. Cuando lo visito desde el norte, prefiero dejar de lado la autovía y acercarme por la carretera que discurre desde el azulajeado Ovar bordeando el mar y la ría y las dunas de San Jacinto.
            Si hay un poco de niebla desdibujándolo todo, la ría de Aveiro, con sus barcos fantasmas y sus islas misteriosas, parece formar parte de uno de esos países que solo existen en las leyendas antiguas.
            Cruzo en el ferry y luego, tras atravesar una especie de laberinto portuario de redes y almacenes, mi primera parada es siempre en el Forum Aveiro, un centro comercial al lado del canal grande, todo él abierto al aire libre.
            En el resto de la ciudad, con sus canales y sus casas coloridas, con su maravillosa iglesia de la Misericordia, con las salinas que resplandecen al sol, me encuentro siempre de paso, soy un turista más. En el Forum Aveiro, estoy en casa.
            A veces, mientras tomo un café, hojeo el periódico o el libro que acabo de comprar en la Bertrand, pero más a menudo no hago nada, me dejo acariciar por luz salada y descanso del callejeo por las viejas calles empedradas.
            Con los lugares, pasa como con las personas. La simpatía es sin por qué. Hay espacios que no nos miran bien y otros que nos abrazan nada más acercarnos a ellos.
            A mí Aveiro, entre Oporto y Coimbra, me ha puesto casa junto al canal y me quiere bien y no deja de hacérmelo notar cada vez que paso por allí, mucho menos de lo que me gustaría.


MARCHÉ DES GRANDS-HOMMES

Cuando lo vi por primera vez, me pareció que tenía algo de nave extraterrestre posada en medio del dorado caserío dieciochesco. Me fascinó el nombre y más cuando me enteré de quiénes eran esos grandes hombres a los que se refería: Montaigne, Montesquieu, Rousseau, Voltaire…
            Ellos dan nombre a las calles que lleva a la plaza circular, de finales del siglo XVIII, ocupada por el mercado.
            Burdeos siempre me pareció un París de bolsillo, un lugar donde refugiarse, como Goya y Moratín, de los desastres de la patria y donde pasear por la orilla del Garona soñando con embarcarse hacia lejanas tierras.
            En Burdeos, me encuentro como en casa en muchos lugares (en la plaza de Saint-Michel, por ejemplo, comprando libros y visitando anticuarios cualquier mañana de domingo), pero sobre todo en dos: en la librería Mollat y en la burbuja de cristal y acero del Marché des Grands-Hommes.
            Recuerdo una tarde de lluvia en que leía al irritante y fascinante Paul Léautaud: “No me gusta la gran literatura, solo me gusta la conversación escrita”, “La juventud más bella es la juventud de la mente cuando uno ha dejado de ser joven”.
            Golpeaba la lluvia cada vez más furiosamente contra el techo; de vez en cuando, a un súbito resplandor le seguía el estrépito sordo del trueno. Pero a mí no me importaba, me sentía a gusto allí –tan a gusto y tan feliz como los animales a salvo del diluvio universal en el arca de Noé–, la conversación escrita de Léautaud por toda compañía:
            “¿El mejor momento de mi vida? Por la noche, solo, ya en la cama, antes de dormirme, entretenido con las mil y una ocurrencias que ocupan mi mente”.


SÓCRATES EN LAS SALESAS

La acción comienza en mi rincón favorito del centro comercial Las Salesas, sentado en la gran mesa redonda junto a los ventanales con geranios. Delante de mí tengo un café, un vaso de agua y unos cuantos libros que acabo de recoger en la redacción de Clarín o de comprar en Cervantes. Se acerca un amigo a saludarme.
            ––Veo que no cambias de costumbres ni en verano.
            ––Puedo permitirme el lujo de no tener vacaciones.
            ––¿Pero no estarías más tranquilo en tu casa o en el despacho del Milán?
            ––Me concentro mejor aquí. Y no solo aquí, también en el McDonald’s de Los Prados, bastante más ruidoso, sobre todo si se celebra algún cumpleaños. Soy un solitario al que le gusta la gente. En el paisaje más hermoso del mundo, no tardaría en aburrirme. Haría unas cuantas fotos y en seguida estaría deseando marcharme a la ciudad más próxima. La naturaleza que prefiero es la naturaleza humana.
            ––Pues das la impresión de ser un misántropo al que solo le interesan los libros.
            ––Lo que más me interesa de los libros es que me permiten ver el mundo con otros ojos y conversar con mucha gente.
            ––Yo creo que tu afición a los centros comerciales, esas catedrales del consumo, es solo por llevar la contraria, tu deporte favorito.
            ––A Sócrates también le habrían encantado. No me lo imagino encerrado en una biblioteca, sino entre la gente, charlando con  todo aquel que quiera debatir con él. Los centros comerciales son la versión contemporánea del foro romano o del ágora griega. Sócrates hoy no dejaría de apuntarse a algún gimnasio, no para hacer ejercicio (ya hace bastante callejeando todo el día), sino para hacer amigos a los que machacar dialécticamente.




domingo, 21 de julio de 2019

Colección particular: Gatos


  
LIBRERÍA ALTA ACQUA

Son media docena, o más, los que andan brujuleando por la librería, pero yo solo me he hecho amigo de tres, y les he dado nombre: Guardián, negro y orondo, que descansa sobre uno de los cajones con libros de la entrada, atento a que nadie se lleve ninguno sin pasar por caja; Lector, blanco y leonado, a quien siempre encuentro junto a un libro abierto (a veces dormitando sobre él: la última vez se trataba de La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, ese Joyce triestino), y Explorador, de quien se cuenta que, en una de las habituales acqua alta, inundada la librería, salio del local en lo alto de una de las viejas góndolas en las que se exhiben libros y llegó hasta el Gran Canal, subido a la inestable torre de papel, dirigiendo la travesía.
            La librería Alta Acqua está en un bajo de la Calle Longa S. M. Formosa y su parte de atrás da al canal de Santa Marina por el que cruzan sigilosas las góndolas. Apenas hay otoño en que no se inunde y las enciclopedias que se apilan en su pequeño patio, fundidas unas con otras por la acción del agua y del sol, forman una escalera por la que uno puede subir para atisbar el horizonte, y por eso, los libros no se apilan en el suelo sino en viejas barcas e incluso bañeras.
            Los gatos de Alta Acqua son famosos, quizá lo más famoso de la librería, que está a punto de morir de éxito. Pronto tendrá que cobrar la entrada, como Lello, la librería de Harry Potter, en Oporto. Ya casi nadie entra en ella a comprar libros, sino a perderse en aquel laberinto, hacerse fotos y asomarse a un canal que gusta de vez en cuando de salirse de madre.
            El dueño, Luigi Frizzo, antes estaba siempre en la caja, pero ahora se lo encuentra uno a menudo sentado en el patio, dispuesto a charlar con cualquiera que quiera acompañarle.
            Los gatos de Alta Acqua son mis más fieles amigos venecianos. Nunca dejan de reconocerme cuando vuelvo ni de alegrase de verme, o esa ilusión me hago.
            A Lector le debo el encuentro con excelentes autores de los que ni había oído hablar. A veces, cuando paso por su lado, abandona el libro que tiene entre manos y salta hasta otra estantería. Yo le sigo y nunca dejo de hojear lo que me ofrece. En una ocasión me llevó hasta Memoria d’un altro fiume, una selección de la poesía en prosa de Eugénio de Andrade traducida por Carlo Vittorio Cattaneo a principio de los ochenta. “Qué bien me conoces”, le dije. Y él se dejó acariciar.


EN EL GRAN TEATRO

En el gran teatro de Plovdiv, un gato viejo, sentado sobre sus cuartos traseros, asiste impasible, como un senador romano, al ir y venir de los turistas. Una vez me subí al escenario y recité, solo para él, unos versos de la Medea de Séneca:
            “Yo fui feliz hace tanto tiempo / que ya ni puedo recordar / lo que entonces sentía. / También fui desdichada / porque engendré para el dolor y el llanto / dos hijos inocentes.
            ¡Qué locos los humanos, / veneran a los padres / que los condenan sin culpa / a una interminable agonía / y temen al verdugo / que los libera de ella!
            Incluso en la vida más feliz / hay más dolor / que en la peor de las muertes.”


TERTULIA EN ÇANAKKALE

Entre la Troya de Homero y el Abydos de Lord Byron, Çanakkale, que ve ponerse el sol sobre las tierras de Europa recostado en el lado asiático de los Dardanelos, se asocia en mí a la idea de la felicidad, a pesar de que fue escenario de una de las grandes masacres de la historia, la batalla de Gallípoli.
            Paseaba a solas, no echaba de menos a nadie (quizá por primera vez en mi vida) y al cruzar por una de las calles paralelas al paseo marítimo, me encontré con seis o siete gatos que parecían formar tertulia en una esquina. Me detuve junto a ellos y durante un tiempo callamos juntos, como buenos amigos, cada uno devanando sus quimeras, y al alejarme siguieron allí inmóviles gozando de la tarde y yo sentí que nunca había estado en mejor compañía.


TIBERIO

Subí hasta el monte Solaro, desde Anacapri, solo en el ir y venir de las telesillas vacías. Solo estuve en aquella altura un largo rato, contemplando el fascinante panorama, tan lleno de azul y de literatura. Un gato se me acercó y yo de inmediato le di el nombre del emperador que allí quiso buscar en la desmesura del placer antídoto para la melancolía. Intercambiamos confidencias en forma de haikus, que es el lenguaje que mejor entienden los gatos.

Así te quiero
ni de mí ni de nadie
libertad pura.

También sin casa
¿por qué entonces ahora
me compadeces?

Duerme conmigo
y cuando me despierte
sigue conmigo

Los dos tan solos
yo también como tú
gato sin dueño.

Lejos de mí
en el jardín sin nadie
brillan tus ojos.

Saciado y solo
con heridas a veces
vuelves a casa.

Como tú busco
el amor con cualquiera
y vuelvo solo.
    


EL PEQUEÑO PERSA

Los gatos que yo amo son inmortales, como los dioses y el ruiseñor de Keats. Mi egoísmo los prefiere libres, callejeros, saliendo a mi paso por los caminos del mundo, o en casas de amigos que visito de tarde en tarde, saliendo de su rincón para husmearme y darme el visto bueno (a los gatos, al contrario que a las personas, suelo caerles bien desde el principio). Por eso, raras veces los he visto enfermar y morir.
            Hay dos excepciones, una fue Mickey, el pequeño persa de Eugénio de Andrade. No puedo releer los versos que le dedicó sin sentirme conmovido: “Era azul y tenía los ojos de dios, / mi pequeño persa / ––ahora, a ras de suelo, ¿a dónde iría?, / la voz quebrada, / el peso de la tierra sobre los flancos, / la luz desierta en la pupila. / Te llamo; digo tu nombre / tropezando sílaba / a sílaba; repito tu nombre / para que vuelvas con la luna / nueva, el sol de marzo, / el pan de cada día; / te llamo: el rigor del frío, / su tela blanca, / por toda compañía”.
            En el epílogo de Rente ao dizer, nos cuenta cómo llegó a su vida aquel inesperado regalo de unos amigos: “Sorprendido, miraba aquella maravilla que me cabía entera en la mano, con terror y fascinación al mismo tiempo, pues a partir de entonces mi libertad parecía amenazada. La minúscula criatura me miraba fijamente con ojos de cobre redondos, inmensos, y ante aquella mirada me sentía a su merced. Comenzamos a tratar entonces de su instalación. Como era del tamaño de una avellana, y aquel enero era muy frío, acabé por llevarlo para mi cuarto: primero junto a la calefacción, después para la cabecera de la cama, donde se habituó a dormir, a veces con mi mano por almohada. Como toda la vida dormí solo, con Micky supe por primera vez de una presencia serena en mi cuarto. Y lo fui viendo crecer con la certeza de que a mi lado crecía un ejemplar perfecto: cabeza robusta, orejas delicadas, naricita rosada, pelo espeso y sedoso, más abundante en el cuello y la cola  –era un príncipe oriental que compartía sus días conmigo, sin corona y sin mundo para gobernar, pero de una belleza que, si fuera humana, sería insoportable”.
            Siguen los días de felicidad, que parecían no tener fin, y luego el derrumbe, los pormenores de la enfermedad final, que no puedo leer sin lágrimas. También se me humedecen todavía los ojos cuando paso por aquel parque secreto, cerca del Ponte delle Guglie, donde depositamos las cenizas de Trisca, la gata que llegó a las manos de Silvia y a la tertulia por inesperado azar y casi recién nacida y que durante tantos años fue una contertulia más.
            No hay amor que no reciba su merecido. Amor con dolor se paga. También los dioses mueren.





domingo, 14 de julio de 2019

Colección particular: Calles


  
RUA FERREIRA BORGES

Comienza en el Largo de Portagem, a la entrada de la ciudad, junto al puente sobre el Mondego; termina en otra plaza, frente a la iglesia barroca de Santa Cruz, donde está enterrado el primer rey de Portugal, don Afonso Henriques.
            A veces cambia de nombre en ese largo recorrido, pero sigue siendo la misma, una calle burguesa, con mucho empaque decimonónico, que separa las dos partes de la ciudad: a su derecha, la que se empina hasta la Universidad, con fatigadas callejuelas y caserones podridos de historia; a su izquierda, el laberinto de la baixa, bullicioso a las horas del mercado, desierto el resto del día.
            Cerca de su comienzo, estaba el Café Arcádia, por el que pasaba –o eso me parecía a mí– toda la historia de la literatura portuguesa. En una librería cerca del arco de Almedina, compré un libro que acababa de aparecer, Matéria solar, de un poeta del que no tenía noticia, Eugénio de Andrade, y que desde entonces me acompañaría para siempre.
            Lo leí entero, recién comprado (como a mí me gusta leer los libros) en el café Arcádia, cerca de una de las ventanas, cuyos cristales temblaban cuando pasaba, muy cerca, el tranvía. Todavía recuerdo muchos de sus versos: “El muro es blanco / y bruscamente / sobre el blanco del muro cae la noche”
            No cae nunca la noche sobre aquellos días de Coimbra, los mejores y los peores de mi vida. En el café Arcádia escuché hablar con unos amigos a Miguel Torga, que tenía su consultorio al comienzo de la calle (luego me lo volví a encontrar, solo, en el cine Avenida); en el café Arcádia leí Amor de perdición, de Castello Branco, y a Eugénio de Castro, tan elogiado por Unamuno, que había nacido allí al lado, y que murió de pena cuando en tiempos de Salazar destruyeron la casa en que vivía para construir la nueva universidad, de empaque mussoliniano, en la que yo estudiaba.
            En el café Arcádia… Pero esa es otra historia que recordar no quiero. Sima y cima. Infierno y paraíso. Cruz y delicia.
            Tantos años después, ahí sigue la Rua Ferreira Borges, con sus tiendas elegantes y sus despachos de médicos y abogados. Cerró hace cerca de cuarenta años el Café Arcádia, pero continúa abierto, en lo que fue una iglesia al lado de la principal, el café de Santa Cruz. Cuando he vuelto, siempre me he sentado en él a hojear los libros que acabo de comprar en alguna librería y a borronear algunos versos.
            Pero la verdadera Rua Ferrreira Borges hace tiempo que no está en Coimbra, sino amarilleando de melancolía y perfumando para siempre mi memoria.


42 STREET

Tiene un corazón luminoso, el que atraviesa Time Square, pero el tramo que yo prefiero, el que hago mío, va desde la Biblioteca Pública hasta Tudor City y las Naciones Unidas. En tiempos, entre otras maravillas, había en ella un paraíso de tinta y de papel, en el que se podían encontrar todos los periódicos del mundo. Recuerdo que una vez, por hacer la prueba, pedí La Voz de Avilés, y tras mucho buscar y rebuscar acabaron trayéndome un ejemplar, aunque varios días atrasado. Eran tiempos anteriores a Internet y los diarios digitales.
            En las escalinatas de la Biblioteca, custodiadas por leones, me senté muchas veces a no hacer nada y siempre lo primero que me venía a la cabeza eran los versos de José Juan Tablada: “Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida / tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”.
            Yo tenía la sensación, sentado allí, de que era el mundo quien pasaba tan cerca de mis ojos como de mi vida. Me alojaba por entonces en un apartamento de Tudor City y recorría varias veces la calle desde la estación de metro de Grand Central.
            En la gran estación, plantada en medio de Park Avenue, me gustaba pasar el tiempo, alternando la contemplación de la bóveda celeste, pintada en el techo del inmenso vestíbulo, con el ir y venir de los viajeros en torno al reloj de cuatro caras. No sé qué filosóficas emociones me producía el contraste entre la serenidad del cielo estrellado y el ajetreo de los seres humanos.
            Me gustaba detenerme, cuando iba al centro o volvía al hotel, en la antigua redacción de periódico en que había trabajado Superman, quiero decir Clark Kent, con su coloreado globo terráqueo en la entrada, y también en la Fundación Ford, con su jardín cautivo, el primero que yo tuve ocasión de contemplar enjaulado en un edificio de granito, cristal y acero.
            Mi rincón favorito era uno de los dos pequeños jardines elevados, el de la derecha, que había al final de la calle, antes de cruzar la Primera Avenida y desembocar en Naciones Unidas. Jardines de uso público, pero de propiedad privada, frecuentemente uno tenía en ellos por única compañía a alguna inquieta ardilla.
            Allí me vuelvo a ver leyendo, descifrando mejor, una edición de los poemas de Emily Dickinson, que entonces tenían para mí algo de enigmáticos telegramas líricos: “Entre las cosas que vuelan / están los pájaros, las horas y el abejón”. Esos versos se me han quedado en la cabeza. También un poema que habla de cuando ya no florezcan las rosas y se acaben las violetas.
            Pero lo que más recuerdo, lo que hace para mí inolvidable aquella calle y aquel rincón, es algo –fisiología y magia– que no puedo o no quiero contar. Una celeste aparición, que llegó acompañando a su perro, y la conversación propiciada por el libro de Emily Dickinson, y luego, en su casa, aquel milagro fuera del tiempo y del espacio que no se volvería a repetir, como es propio de los milagros.

AZUL PALERMO            

Algunas noches, mientras llega el sueño,
me pongo a pasear por la memoria,
borrico que da vueltas a la noria
y no atiende a las voces de su dueño.

Aquel café otra vez y aquella esquina
y el fauno que se esconde en el jardín,
las avenidas que no tienen fin
y el mar que me consuela en Mergellina.

Vuelvo a Coimbra y a la plaza aquella
cerca de la estación y al hotel Roma
y a Ginebra con nieve y a la doma
de la quimera y a mi amarga estrella.

Qué fatigado estoy cuando me duermo.
Perugia tan perdida y tan azul Palermo.

STRADE NOVA

La Strade Nova resulta quizá la menos veneciana de las calles de Venecia, con decir que la construyó Napoleón ya está dicho todo, pero es también una de las más cómodas y más frecuentadas por todo el mundo, turistas y lugareños.
            Termina en el Campo dei Santi Apostoli, con campanile y reloj que marca las veinticuatro horas del día (y que casi necesita libro de instrucciones para poder ser descifrado), uno de los centros del laberinto sin centro que es Venecia.
            Cuando yo me alojaba en un hotel al lado mismo de Ca’d’Oro, cenaba todas las noches en el MacDonald’s de esa calle, frente a la callejuela que llevaba al vaporetto.
            A mis amigos, pretenciosos viajeros que abominan del turismo como cualquier turista que se precie, eso les parecería una abominación, y por eso solo lo hago cuando viajo solo y suelo callarlo como un inconfesable vicio privado.
            Salía con mi bandeja a una de las mesas de la calle y allí me quedaba un buen rato contemplando el ir y venir de la gente y anotando de vez en cuando algunos versos en mi cuaderno: “Qué bien se lleva / el verano contigo, / tarde de otoño”.
            Para mí forman una única calle, aunque reciban distintos nombres, las que prolongan Strade Nova hasta el puente de Le Guglie, sobre el canal del Cannaregio. Como frecuentemente me he alojado cerca de la estación, la recorría más de una vez todos los días. Por allí tengo viejos conocidos: el Teatro Italia, que acabo de encontrar convertido en el supermercado más hermoso del mundo, con exposiciones de arte y música en directo; la iglesia circular de la Magdalena, con el ojo divino en medio del triángulo masónico y su maravillosa inscripción en la fachada: la sabiduría levantó este templo; los puestos matinales de verduras, frutas y pescado bajo las ventanas de mi apartamento en Rio Tera’San Leonardo.
           

CALLE RIVERO

Viví en ella, sigo viviendo en ella, es la calle que más veces he recorrido entera, desde la plaza de España hasta su final donde estaba, donde sigue estando, mi casa.
            Ha desaparecido el quiosco-librería de Juanita, donde de niño compraba los tebeos, también la fugaz librería en que compré mi primer libro, las Poesías completas de Antonio Machado, en la colección Austral, a los catorce años, después de ahorrar, peseta a peseta, el poco dinero que costaba, para mí una fortuna. Pero ahí sigue, en su esquina de siempre, Gráficas Careaga, donde se comenzó a imprimir, allá por 1975, la revista Jugar con fuego, que escribía yo por entero porque por entonces no conocía a nadie más en Avilés a quien le interesara la literatura, aunque ya me carteaba con Vicente Aleixandre, mi primer corresponsal literario,  o con Ángel González, en su transtierro americano.
            Calle soportalada, antiguo camino a Oviedo, paseada por los frailes de San Francisco, como dice la canción, con capilla venerable y fuente dieciochesca, con una entrada monumental al parque de Ferrera, cuyas altas murallas –altas entonces– yo me atreví a saltar cuando era niño y el parque todavía enigmática propiedad privada.
            “Las calles de Buenos Aires / son ya la entraña de mi alma”, cantó Borges. La calle Rivero (tantas tardes yendo y volviendo de la antigua biblioteca, con libros –pasaportes de felicidad– en las manos, tantas veces yendo y volviendo a la tertulia del Serrana, donde fui comentando uno a uno, según se escribían, los poemas de Víctor Botas) discurre menos por Avilés que por las entretelas de mi corazón.



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