sábado, 1 de mayo de 2021

Después y todavía: Tres huevos fritos

 

Sábado, 24 de abril
EL DEDO SOBRE EL MAPA

Como en la adolescencia, vuelvo a viajar con el dedo sobre el mapa o con una de esas invitaciones que me salen al paso en las librerías de viejo. En 1940, mal año para andar por esos mundos, Antonio Pérez de Olaguer da su segunda vuelta al mundo. Yo entretengo mis melancolías acompañándole. “¿Qué nos reserva el porvenir?”, se pregunta. “Realmente, después de viajar en uno de estos enormes Savoias, todo puede esperarse. Dentro de cincuenta años se navegará por el aire como hoy se surca el mar. Habrá grandes trasatlánticos aéreos capaces para unos cuantos miles de personas. Este Savoia en que viajo transporta cómodamente a treinta pasajeros. Cada uno de ellos tiene, aparte de un holgado espacio para moverse, su mesita de escritorio para que, durante el viaje, si es financiero, pueda trazar sus números, y si es poeta pueda tejer sus versos. El ancho pasillo permite pasearse y los amplios ventanales asomarse al exterior, como a un balcón, y contemplar el paisaje sin par de las nubes y del sol y del azul, y, allí abajo, el contorno en dilatada perspectiva de la tierra y el mundo, tan pequeños”. Tras una hora de vuelo desde Roma, el avión desciende en la ciudad marítima de Ancona, donde ha de tomar un hidroavión que lo lleve a Trieste: “Al contrario del Savoia  este ‘Hidrovolanti Bimotore Machi MC 94’ es menudo y entrometido. Parece, todavía en el puerto, juguete de las olas revueltas; y en el aire da la impresión de un gorrión, joven y audaz, que gusta de aventuras de vuelo con inconsciencia de adolescente”.

            Con inconsciencia de adolescente, me subiría yo a ese hidroavión que revolotea sobre las olas, me asomaría a esos amplios ventanales del soñado Savoia para contemplar desde lo alto las tempestades de un mundo en guerra.

Domingo, 25 de abril
PUDIERA SER

Los listos, los triunfadores --no digo las grandes farmacéuticas para que no me apedreen por negacionista-- encuentran primero la solución y luego crean el problema.

Lunes, 26 de abril
UN GUION ORIGINAL

Me entero de que Una joven prometedora, la impactante película de Emeral Fennell que ayer vi en el cine, ha ganado el Oscar al mejor guion original y sonrío al recordar una pequeña pifia en la que nadie parece haber reparado. Una compañera en la universidad de la protagonista, arrepentida, le entrega el vídeo que se grabó durante una etílica fiesta, con violación incluida, y que anduvo circulando entre los participantes. El hecho ocurrió hace siete años y ella se lo pasa en su teléfono de entonces. “Guardo todos mis teléfonos viejos –le dice--, para conservar las fotos”. Nos parece que no hemos oído bien. ¿No se le ocurre que el vídeo puede enviarlo por correo o por Whatsapp? ¿Cómo lo recibió ella? ¿Le entregaron también un teléfono? ¿Y no ha oído hablar de la obsolescencia de la tecnología? ¿Sigue funcionando un teléfono que dejamos de usar hace años? ¿Alguien usa los teléfonos viejos como álbum de fotos? ¿Ha oído hablar de la nube Emeral Fennell, directora y guionista? ¿Nadie más que yo se fija en esos pequeños detalles que dan verosimilitud a una historia?

Martes, 27 de abril
COSAS DE LA EDAD 

“No hay monumento de civilización que no sea un monumento de barbarie”, escribió Walter Benjamin. En la reciente edición facsímil de Tobogán, revista de las postrimerías del ultraísmo en la que la vanguardia apenas si se limita a la estética de la cubierta, tropiezo con unas “Nuevas notas sobre don Juan”, de Gregorio Marañón, puro disparate, como casi todo lo que escribió este benemérito sabio sobre las diferencias entre hombre y mujer (baste un ejemplo: la mujer se caracterizaría por “su simplicidad amorosa y su ideal monogámico”) y me golpea en la cara uno de los aforismos que firma Antonio de Hoyos y Vinent: “Cuando para una entrevista de amor hacemos muchos preparativos, no es que deseemos, es que aspiramos a que nos deseen a nosotros. Cuando un hombre desea realmente a una mujer, la tumba sin preparativo ninguno”.

            Esto se escribía en 1924, pero hace solo cinco o seis la protagonista de Una joven prometedora sería una loca vengativa dispuesta a amargar el futuro de unos buenos chicos que se habían pasado un poco –cosas de la edad-- en una fiesta universitaria.

Miércoles, 28 de abril
MENUDA EMPANADA

En la tertulia virtual de los miércoles, tenemos una sección que se titula “La trituradora”, Llevamos un poema de un autor conocido, no decimos su nombre, y lo leemos con una mínima exigencia crítica. Algunos, pocos, resisten; la mayoría se desmoronan y no nos queda en las manos ni un verso indemne. ¿Qué ocurriría si aplicáramos el mismo criterio al trato que los diarios serios dan a la actual situación sanitaria? Se me ocurre hacer la prueba con uno que firma hoy Antonia Laborde, corresponsal el Washington de El País. “Estados Unidos permite a los vacunados no llevar mascarilla al aire libre”, dice el titular. La noticia se amplia en la primera frase: “Estados Unidos anunció ayer que las personas completamente vacunadas –es decir, transcurridas dos semanas del último pinchazo--  no están obligadas a llevar mascarilla al aire libre, salvo en aglomeraciones”. Se nos indica a continuación que esas restricciones ya había sido levantadas a principios de marzo por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades. Y continúa: “los que no han recibido el primer pinchazo” también pueden ir con el rostro descubierto “cuando salgan a andar, correr o montar en bicicleta”. Señala luego las diferencias entre vacunados y no: los primeros pueden liberarse de la mascarilla cuando hagan deporte en el exterior solos o con convivientes y también en las terrazas de los restaurantes. O sea, exactamente lo mismo que los no vacunados. Señala que los CentroS para al Control de Enfermedades “advierten que las actividades multitudinarias al aire libre siguen representando un riesgo e instan a los ciudadanos, independientemente de si han recibido o no la vacuna, a usar la mascarilla en eventos deportivos y espectáculos en vivo”. Las actividades de mayor riesgo siguen siendo “encuentros en espacios cerrados donde la gente cante, grite, no pueda mantener la distancia física o que no que no estén bien ventilados”. Y continúa para enredarlo más: “Por ahora, la evidencia sugiere que las personas vacunadas completamente tienen menos posibilidades de contagiarse o transmitir el coronavirus a otras personas. Lo que aún se desconoce es cuánto dura la protección de las vacunas y cuánto protegen contra las variantes de virus emergentes”. O sea, que no se sabe cuánto protegen ni por cuánto tiempo. Y no se vayan porque aún hay más. Copio el párrafo final del artículo: “Cada vez más científicos cuestionan el uso de las mascarillas al aire libre, ya que las brisas dispersan las partículas que pueden transportar el virus. La agencia europea dedicada al control de las enfermedades infecciosas, por ejemplo, solo recomienda llevar el cubrebocas en el interior de los locales públicos y sugiere que se puede considerar su uso en entornos al aire libre con mucha gente”.

            Antes ha indicado que “según apunta la guía” (una guía que no menciona) “relajar ciertas medidas para las personas vacunadas puede ayudar a mejorar la aceptación de los fármacos contra el coronavirus” (muy poca confianza tienen en esos fármacos quienes nos los promocionan si necesitan sobornar con un regalito al paciente)..

            ¡Menuda empanada mental la de Antonia Laborde! El artículo pretende ser un alegado en favor de las vacunas y lo único favorable que dice que ellas es que, si nos vacunamos, a lo mejor nos dejan no usar mascarilla en los lugares en que la mascarilla no sirve para nada. Y lo más aterrador es que esa empanada parece ser la doctrina oficial de los medios de comunicación.

Jueves, 29 de abril
CONFUSIONES

Leo las memorias londinenses de un José Pla que no es el José Pla que todos conocemos. Muchos de los artículos del primero aparecen en las bibliografías del segundo, más famoso, y aún hoy es difícil decidir la autoría de alguno. Félix Grande me contó una vez que, a poco de comenzar él a darse a conocer, cuando ya había publicado Blanco Spirituals y se hacía un nombre como autor comprometido, empezaron a aparecer en las revistas de la época poemas religiosos firmados por Félix Grande. Sus amigos se asustaron pensando en una conversión repentina. El autor de esos textos era otro Félix Grande, un sacerdote que tuvo cierto relieve en el franquismo. El primer Félix Grande lo demandó y logró que la justicia le obligara a firmar como Félix Grande García. Lo malo es que el siguiente apellido del José Pla menos famoso, profesor primero en Londres y luego funcionario de la Sociedad de Naciones en Ginebra, era Cárceles. Al escritor Miguel Rojo le salió en el mismo diario en que colabora habitualmente otro Miguel Rojo, que no está dispuesto a añadir a ese eufónico Rojo ningún Martínez. Yo he tenido suerte. Mi nombre está entre los más vulgares del mundo. Hay docenas de personas que se llaman como yo, pero milagrosamente ninguna se dedica a lo mismo que yo. Recuerdo que una vez me invitaron a una conferencia en Zaragoza y que el taxista que enviaron a buscarme me indicaba una y otra vez lo mucho que le había alegrado el encargo. Ni que decir tiene cómo halagaba eso mi vanidad. 

             ----Tiene usted que recoger a José Luis García Martín, me dijeron. ¡A José Luis García Martín!, me repetía yo sin acabar de creérmelo. 

             A mí ya me estaba pareciendo un poco raro tanto entusiasmo. Por fin se aclaró el enigma: “Figúrese usted que yo también me llamo José Luis García Martín”.

 

Viernes, 30 de abril
DESAYUNO EN MANILA

Como en la adolescencia, los libros se han convertido en mi vehículo favorito para viajar en el espacio y en el tiempo. Sigo dando la vuelta al mundo con el carlista Antonio Pérez de Olaguer. En Trieste, me emociono ante la tumba de Carlos V, “in prosperis modestus in adversis constans”, modesto en la prosperidad y en la adversidad constante, y sonrío luego ante el paraíso gastronómico de Filipinas: “Verdaderamente, en Manila se comía bien. Su solo recuerdo produce ciertos mareos íntimos. ¡Ah, amigos míos! En el Casino Español, por ejemplo, ustedes no podían pedir nunca un par de huevos fritos. No. Eso no se estilaba. Tres huevos, como mínimo, nadando en aceite entre diques de jamón, era lo normal. Yo, desde luego, sufro al evocarlo. Había en Manila cierto hidalgo –filipino de pura cepa—que tuvo la osadía de desafiarme --¡a mí!—a ver quién de los dos comía más en un desayuno. Nos citamos a las diez de la mañana en Tom’s Divie Kitche. Luché desaforadamente en tan original concurso. Lo hice –pueden ustedes creerme—por puro patriotismo y a fin de dejar bien sentado el pabellón nacional. Y gané… Gané por un muslo de pollo, una lata de hígado condensado y cinco plátanos. Le saqué esta ventaja, que les dará a ustedes idea de lo que fui capaz en aquel desayuno, del que tardé cinco días en reponerme…”



 

sábado, 24 de abril de 2021

Después y todavía: Yo, delincuente

 

Sábado, 17 de abril
LA QUEMA DE CONVENTOS
 

Me gusta dividir el día, como cuando daba clases, en franjas de más o menos una hora de duración. Poco antes de las nueve me pongo a escribir, a las diez ya me he cansado de escribir. Tranquilamente, atravesando el parque de Santullano, me voy hasta la cafetería de Abbás. Allí leo durante una hora y luego me dirijo a Los Porches, pasando antes por el despacho del Milán. El libro que leo en una cafetería no puede ser el mismo que en la otra, yo necesito cambiar de ocupación. Y no siempre es fácil encontrar tres o cuatro lecturas apasionantes cada día. Pero el azar suele venir en mi ayuda y unas veces es el cartero que me entrega unos envíos al salir de casa, otras el paquete de alguna editorial que me aguarda en el despacho. En la fotocopiadora de la Facultad, me encontré con Gran Bretaña y los Estados Unidos en la vida de Ramón Pérez de Ayala. Se trata de la tesis doctoral de Agustín Coletes Blanco, autor de una espléndida recopilación de los escritos viajeros de Lord Byron. Lo hojeo antes de llevármelo y con lo primero que me encuentro es nada menos que con una defensa, o al menos una justificación, de la quema de conventos que siguió a la proclamación de la República. Pérez de Ayala ha sido nombrado embajador en Londres. En el momento de presentar las Cartas Credenciales, el rey Jorge V se detiene a charlar con él más de lo habitual en estos casos. Lo que ocurrió entonces lo cuenta Ayala en una carta al ministro de Estado, Alejandro Lerroux, que yo desconocía. El rey le expresó su contrariedad “por la quema de los conventos, lamentándolo singularmente por el mal efecto que podría hacer fuera de España la aniquilación de esos edificios históricos y de varias obras de arte a poco de proclamarse la República”. El embajador pidió permiso para responder al rey y este se lo concedió sonriente: “En cuanto a los edificios históricos le dije que, en Madrid, el más viejo databa del año 1892; que eran todos caserones sin mérito artístico ninguno, y que –aunque los incendios hayan sido lamentabilísimos y reprobables--  si nos colocábamos en el punto de vista de la belleza monumental lejos de haber padecido la arquitectura civil se había desembarazado de no mezquinos estorbos para la estética de la futura capital de España. En cuanto a los tesoros artísticos, le dije que aquella misma mañana había yo leído en El Debate, periódico de los jesuitas, la enumeración trágica de los tesoros desaparecidos en la calle de la Flor, y era: una falanje (sic) de un dedo de San Francisco Javier, una mascarilla en escayola de San Ignacio (como hay doscientas), un trozo de Lignum Crucis (como hay varios millones en el mundo), y por ahí adelante. En cuanto a la relación de causa a efecto entre República y quema de conventos, le dije que en todo el siglo XIX se habían quemado conventos con monarquía, y le recordé la semana de Barcelona, bajo Alfonso XIII y con Maura y Cierva; y añadí que quizá uno de los motivos que empujaban periódicamente a los españoles hacia esos actos de violencia anticlerical obedecía a que los españoles vienen oyendo hace siglos a los extranjeros que hasta que no se libren del yugo teocrático se hallarán en las afueras de la civilización moderna y de la libertad política”.

            ¡Menuda lección de historia que le dio el embajador de España al rey de Inglaterra si las cosas ocurrieron así! Más bien parece que está justificando ante el anticlerical Lerroux lo acertado de su nombramiento. Luego pasaría a adular a Franco, que no le hizo ningún caso (e hizo bien) a este republicano que dejó de ser fiel republicano cuando tuvo que abandonar el botín que la república –a la vez que embajador era director del Prado y no se cuántas cosas más--  le había proporcionado.

Domingo, 18 de abril
DUDO DE TODO

Era costumbre en las casas tradicionales españolas hacer de vez en cuando limpieza general y ponerlo todo patas arriba. Lo cuenta Moreno Villa en su libro sobre Nueva York, en el que contrapone la manera de hacer limpieza en Estados Unidos, de habitación en habitación, manteniendo la comodidad del resto del hogar, con la propia de la España de su tiempo en que la casa se volvía inhabitable, toda voces y golpes y arrastrar de muebles, mientras durara el higiénico zafarrancho.

            Yo también hago limpieza general al menos una vez al mes. Lo pongo todo en cuestión, incluso mis creencias más firmes, para ver qué se sostiene y qué es un arraigado prejuicio. Y cuando digo todo, digo todo, incluso aquello de lo que tengo menos dudas. “Hay mucha gente inteligente, algunos buenos amigos tuyos, que creen en Dios. ¿Por qué no admites al menos la posibilidad de que exista un ser superior que ha creado el universo?”,  me pregunto. “Admito que existen exactamente la mismas posibilidades de que exista Dios que de que, en este mismo momento, unos seres invisibles, recién llegados de alguna remota galaxia, anden brujuleando entre los puestos del Fontán”.

Yo lo pongo en duda todo, incluso si la democracia (esa entelequia) es el menos malo de los regímenes políticos posibles, incluso si yo soy tan inteligente como me creo, incluso la conveniencia del matrimonio.

Todo, todo, pero lo que más me cuesta poner en duda es el grado de estupidez colectiva que cierta epidemia viral ha traído consigo. Ya se sabe que a la mayoría de la gente le metes concienzudamente el miedo en el cuerpo y dejan de pensar y puedes hacer con ellos lo que quieras. Pero sin duda hay algo más, de otra manera no se explica el comportamiento de Macron, Draghi y otros líderes políticos. Algún día habrá que estudiar cómo afecta el coronavirus no a los pulmones sino a la función cerebral.

Lunes, 19 de abril
ELOGIO DE LA SOMBRA

No tengo nada de bibliófilo ni de coleccionista de primeras ediciones, pero qué alegría me llevé al encontrarme el borgiano Elogio de la sombra en la librería de viejo del Centro Reto. Los libros de poesía se encuentran un tanto incómodos en las recopilaciones de poesías completas, que es donde yo había leído esa obra de Borges (una de mis favoritas), quieren que los tengamos en las manos exentos, que les prestemos toda nuestra atención. Yo disfruto con esta nueva lectura, en Los Porches, de poemas que me sé de memoria y de otros que había olvidado, o que no había leído nunca. Este libro se escribió en los años en que Borges estaba casado con Elsa Astete y a ella está dedicado uno de los primeros poemas, titulado escuetamente con su nombre: “Noches de largo insomnio y de castigo / que anhelaban el alba y la temían, / días de aquel ayer que repetían / otro inútil ayer. Hoy los bendigo”. Pronto maldeciría esos días de un matrimonio del que tuvo que huir –lo ha contado con detalle Norman Thomas di Giovanni, su eficaz cómplice-- como quien escapa de una cárcel de alta seguridad. El soneto “Elsa” desaparecería pronto de su obra, lo mismo que uno de los versículos –“Es una alta casa del Sur en la que mi mujer y yo traducíamos a Whitman, cuyo gran eco ojalá reverbere en esta página”-- del poema que comienza con “¿Qué será Buenos Aires?”

            Borges es una de las pocas devociones juveniles que conservo; cualquier minucia referida a él me sigue apasionando. Por el colofón compruebo que Elogio de la sombra se terminó de imprimir el 24 de agosto de 1969, el día en que cumplía 70 años, los mismos que yo tengo ahora. Aún tuvo tiempo de escribir muchos libros admirables. El interés por su obra seguiría creciendo. La tirada de Elogio de la sombra fue de seis mil ejemplares; la de El oro de los tigres, de 1972, de ocho mil; la de Historia de la noche, del 77, de doce mil. Unas líneas del prólogo que no tienen sentido en la Poesía completa (“En estas páginas conviven, creo que sin discordia, las formas de la prosa y la del verso”), adquieren su sentido al leer la primera edición, en la que también se incluyen breves relatos –“El etnógrafo”, “Pedro Salvadores”-- que luego pasaron a otros volúmenes. No se entiende muy bien que elimine “Una oración”, poema en prosa de muy borgiano final: “Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo”. 

Martes, 20 de abril
NO EXACTAMENTE

Me cuenta la directora de la Cátedra Alarcos que ha estado hablando con Jon Juaristi, a quien presento el jueves en el Aula Magna, y que le ha dado un recado para mí: “Dile a García Martín que es un cabronazo. Se ha pasado la vida machacándome por facha y ahora quiere que Ayuso arrase en mayo en Madrid y pronto en toda España”.

Miércoles, 21 de abril
EL CAMINO DEL ÉXITO

¡A cuántas humillaciones tiene que someterse un triunfador para llegar a serlo! Sin arrastrarse no se alcanza ninguna cumbre. Claro que no basta con humillarse y arrastrase para conseguir el éxito, pero si no compras al menos un billete ten por seguro que nunca te va tocar la lotería.

Viernes, 23 de abril
TOQUE DE QUEDA

“Os juro, señor, que si he incumplido las normas de nuestras sabias autoridades, si he puesto en grave riesgo mi salud y la del resto de la ciudadanía, ha sido por causas ajenas a mi voluntad. Verá usted, señor agente, a las ocho de la tarde tuve que participar en un acto académico presidido por el rector de la Universidad. Terminó cerca de las diez y a esa hora nos dirigimos, con el conferenciante invitado, a la terraza del Club de Tenis, donde estaba prevista la cena. A las once en punto, de acuerdo con las acertadas disposiciones de nuestras autoridades, abandonamos el local. Tuvimos que acompañar a la directora de la Cátedra Alarcos hasta su casa y luego tuve yo que llevar  al invitado, Jon Juaristi, hasta el hotel en que se alojaba. Le juro, señor, que yo quería que aceleraran el paso todo lo posible, que quería poner en riesgo mi salud y la de mis conciudadanos el menor tiempo posible, pero la directora de la Cátedra es persona de cierta edad y con dificultades para caminar y además ha de pararse de vez en cuando para recuperar el aliento (cosas de las mascarillas que .—razones tiene la Sanidad que la salud no entiende-- se nos obligan a usar tanto si son necesarias como si no). Cuando la dejamos en su casa, pudimos caminar con mayor rapidez, pero antes de llegar al hotel Principado, a la altura de la calle Uría, vimos que se nos acercaba un coche de la policía. ¿Qué hacemos, Jon? ¿Echamos a correr cada uno por su lado, como en tiempos de Franco, y si nos alcanzan a alguno nos comprometemos a no delatar al otro?, le pregunté a mi acompañante. Pero el coche pasó de largo y yo pude dejarle en su hotel y continuar hasta mi casa en la calle Murillo. Si no fuera por los vehículos del servicio de limpieza y el trasiego de los cubos de basura, el silencio de las calles sería aterradoramente acusador. ¡Llegué a casa cerca de las doce de la noche! Mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa, señor agente. Pero sea piadoso conmigo y que este gravísimo incumplimiento de las sabias normas de nuestro amado líder, que tan eficaces están siendo,  no conste en mi expediente”.



sábado, 17 de abril de 2021

Después y todavía: Aún no

 

 

Sábado, 10 de abril
HISTORIAS DE ESPAÑA

En el mismo hotel Minerva, al lado del Panteón y frente al elefante de Bernini, en que una placa recuerda que se alojó Stendhal, residió durante un tiempo Emilio Castelar. Un día se abre de pronto la puerta de su cuarto y aparece uno de los camareros. “Acabo de impedir que la policía le encuentre. Usted es un hombre célebre y peligroso al que andan buscando”, “Ni una cosa ni otra. ¿Y le han dicho por qué me buscaban?”, “No, solo que tenían la orden de expulsarle inmediatamente de Roma. Dicen que sus libros se hallan en el Índice”, “Es verdad, pero si todos los autores cuyos libros están en el Índice no pueden visitar esta literaria Roma, pocos podrían hacerlo”, “Dicen que usted es amigo de Garibaldi”, “Es verdad”, “Tiene usted mucho valor al venir a Roma con esos antecedentes. Y aún dicen más. Dicen que está usted condenado a muerte”, “Lo estoy. Y en garrote vil, pero no por otro delito que ser liberal y demócrata”, “Ya sabe usted las buenas relaciones que hay entre el gobierno de aquí y los Borbones de España. Los policías me dijeron que querían expulsarle, pero yo me temo que lo que querían era apresarlo, llevarlo a Civitavecchia y entregarlo a la fragata militar que hay anclada en el puerto, donde le ahorcarían de inmediato. Debe usted escapar en el primer tren”, “¿A qué hora parte?”, “A las diez”, “¿Qué hora es?”, “Las nueve y media”.

            Llama Castelar a sus compañeros de viaje –dos jóvenes estudiantes del colegio de Bolonia que recorrían Italia durante las vacaciones de Pascua--, encargándoles que le envien el equipaje a la dirección que más adelante les indicaría y antes de media hora estaba en un tren camino de Nápoles. Abre el periódico que acaba de comprar y lee: “El Papa ha ofrecido Roma al rey de Hannover, destronado y proscrito, porque Roma es un asilo, un refugio eterno para todos los desgraciados”. No pudo por menos de sonreír.

            Un camarero acababa de salvarle la vida. Pocos meses antes lo había hecho una reina, la misma a la que él combatía y a la que había puesto en la picota con su artículo “Un gesto”. Para ayudar al erario público, que estaba en bancarrota, el gobierno de Narváez había decidido vender parte de los bienes de la corona, donar un setenta y cinco por ciento y que la reina se quedara solo con el veinticinco restante. Hubo un clamor unánime alabando la generosidad de Isabel II. Solo Castelar se atrevía a decir que esos bienes que se venderían no eran propiedad de la reina, sino patrimonio nacional, y que su supuesta generosidad encubría un fabuloso negocio. A Castelar, por decir lo que dijo, le expulsaron de su cátedra. Protestaron los estudiantes y se produjo la noche de San Daniel: los soldados tirotearon a pacíficos manifestantes y ocasionaron varias muertes. Un Galdós recién llegado a Madrid fue testigo de ello. Luego se produjo la sublevación del cuartel de San Gil. Fracasada, se fusiló a más de sesenta de los rebeldes, casi todos sargentos. A la reina le parecieron pocos y le pidió a O’Donnell que ejecutara a todos los detenidos, más de mil. El jefe de gobierno se opuso y cuentan que comentó indignado: “¿Pero no ve esa señora que si se derrama tanta sangre llegará hasta su alcoba y se ahogará en ella?”

Castelar, al que se le acusó de estar en trato con los rebeldes, fue condenado a muerte. Se refugió en casa de la poeta Carolina Coronado. Dicen que la reina, sabiendo que la policía había averiguado su escondite, le pidió a otro poeta, Campoamor, que le avisara del peligro. Así pudo Castelar huir a París.

            ¿La reina que quería dar un feroz escarmiento a los sublevados es la misma que permitió escapar a uno de sus presuntos cabecillas, al escritor que un año antes la había avergonzado en la prensa?

            Seguramente una de esas dos anécdotas es falsa, o quizá las dos.

            Cierro el libro, los Recuerdos de Italia de Castelar, cierro los ojos y siento el traqueteo del tren camino del luminoso Nápoles, recién liberado por Garibaldi, “donde la vida es como continua fiesta”.

Domingo, 11 de abril
QUÉ HORROR

Nunca creí que un pretencioso bodrio me iba a divertir tanto. La curiosidad –la película transcurre en Oviedo-- me hace entrar a ver Tristesse, de Emilio Ruiz Barrachina, y desde que un caballo blanco cruza la plaza de la catedral mientras suena Chopin hasta la escena última no hallé cosa en que poner los ojos que no fuera tanto más ridícula cuanto más pretendidamente sublime. No sabe uno que admirar más en esta versión involuntariamente paródica del Ocho y medio felliniano: si las reflexiones del protagonista, si las bandas de gaiteros, si la procesión de Semana Santa, si la ronda por las esculturas, si la historia de la suicida que se cita todos los días a las diez con el protagonista, si el paseo por el Museo de Bellas Artes mientras una voz en off nos dice que visitar museos es muy bueno para los cineastas, si el desfile de moda onírica en el Campoamor…

            “Tú lo habrías hecho mejor, ¿no es cierto?”, se burla un amigo al que le comento la película a la salida de Los Prados. “Cierto, si yo hubiera sido el productor, el que pone el dinero, lo habría hecho mejor: habría mandado reescribir de arriba abajo el guion, habría despedido al director de fotografía, a la mayoría de los actores y al director de la película. ¿No podría el Ayuntamiento de Oviedo pedir que le devuelvan el dinero invertido en este engendro? Ni siquiera vale como reclamo turístico, aquí Oviedo parece más Puerto Hurraco --según la feliz denominación de Silvia Ugidos-- que nunca”.

Lunes, 12 de abril
MÁS QUE DE SOBRA

Aunque nunca he sido precisamente un don Juan, sino más bien todo lo contrario, algo he aprendido de las artes de seducción: no se trata de pavonearte ante quien te gusta mostrando lo importante que eres, sino de hacerle sentir lo importante que es.

            Nunca he tenido nada de don Juan, siempre he preferido dejarme seducir. Y mis necesidades, en ese como en cualquier otro aspecto, siempre fueron más bien parcas. A mí lo del “mille e tre, mille e tre” de don Giovanni siempre me ha parecido excesivo; yo con solo mil tengo más que de sobra.

Martes, 13 de abril
A MEDIO CAMINO

Qué caprichosa es la historia de la literatura. A José García Nieto se le recuerda, no por sus repeinados poemas, sino porque en los años cuarenta dirigió una revista, Garcilaso, que representaba a la poesía oficial. Debería recordársele porque durante un cuarto de siglo dirigió otra revista, Poesía española, que sirvió de punto de encuentro a todos los poetas, principiantes y consagrados, españoles y americanos, que escribían en español. Gracias a ella entré yo en contacto con la poesía de mis contemporáneos y pude publicar mis primeros poemas. Entre sus reseñistas, estaba Francisco Umbral. Era el mejor de todos. En el número de febrero de 1971, comentando un libro de Carlos Murciano, escribe: “Unos poetas se realizan humanamente en la poesía y otros solo se realizan poéticamente. Unos cantan desde las zonas trágicas del ser y otros desde las zonas líricas. Parece lógico que el lirismo debe arrancar del estrato lírico de una personalidad, pero si arranca de un poco más adentro, tanto mejor. Puesto que la poesía es una alquimia transformadora del barro en oro, conviene ponerle mucho barro. La poesía es hacer oro a partir del barro, no a partir del oro. A partir del oro se acaba haciendo, quizá, oropel”.

            Hay poetas que del oro hacen oropel, pero otros el barro lo convierten en fango. Yo creo que me quedo a medio camino.

Miércoles, 14 de abril
VIVA QUIEN MANDA

¡Cuántas veces habré oído aquellos de que los españoles no eran monárquicos, que eran juancarlistas! ¿Y qué pasa ahora que ese señor al que tanto decían admirar anda por ahí más o menos escondido en un resort de lujo, más o menos perseguido por la justicia, más o menos echado de casa por su propio hijo? Pues que siguen sin ser monárquicos, pero ahora son felipistas.

            ¿Por qué los españoles y las españolas que cuando se les trata de uno en uno suelen ser tan sensatos, cuando se les adoctrina como a un rebaño se comportan como un rebaño bien adoctrinado? Ese es para mí uno de los grandes misterios de la naturaleza humana.

 

Jueves, 15 de abril
DECIR ADIÓS

No sé si debería decirlo, pero a veces prefiero un entretenido bodrio a una obra de arte mayor. Voy leyendo poco a poco, y con una mezcla de congoja y consuelo, el libro de Pia Pera Aún no se lo he dicho a mi jardín (el título procede de un poema de Emily Dickinson). La autora –que enseñaba literatura rusa en la Universidad de Trento-- se retiró del mundo para cultivar su jardín y una insidiosa enfermedad, que la va encarcelando en su cuerpo, se lo va volviendo cada vez más inmenso e inalcanzable. ¿Qué es preferible, morir de un solo hachazo o lentamente, con tiempo para ir despidiéndose de todas las cosas hermosas del mundo? Yo prefiero no tener que decidir. La vida es soportable porque caminamos siempre al borde de un abismo y nos olvidamos de ello. Pero a veces algo nos obliga a mirar. Pia Pera tenía 55 años cuando oyó llamar a su puerta. Hasta el último momento siguió encontrando razones para amar la vida. Y qué difícil resulta en tantas ocasiones.

Viernes, 16 de abril
TODAVÍA

El hombre más afortunado del mundo puede, de un instante para otro, dejar de serlo. Llega el final del día, llega el final de la semana y suspiro aliviado y digo gracias. Gracias porque todavía puedo trotar incansable por las calles y los montes, porque todavía soy capaz de encontrar cada día un libro que me apasione, porque puedo defender mi razón con buenas razones durante horas y horas, porque la historia de la literatura (y la historia de España) es como la historia de mi familia, porque todavía escribo poemas, porque vivo muchas vidas, porque todavía me quedan amigos que no se han cansado de mí (yo no me canso, canso), porque he logrado ser abuelo sin tener hijos, porque todavía no me he cansado de combatir la estupidez de los especialistas, porque todavía me gusto.



 

sábado, 10 de abril de 2021

Después y todavía: Sumisión vacuna

 

Sábado, 3 de abril
TALISMÁN

El pequeño Martín, que ha pasado la semana en Arnedo acompañando a su padre --le ha tocado estrenarse como profesor por aquellas tierras--, me trae como regalo una moneda que se ha encontrado cerca de la iglesia de San Pedro, en Enciso, el pueblo famoso por estar lleno de huellas de dinosaurios. Está muy gastada, se nota que ha ido durante años de mano en mano, pero se lee claramente una fecha: 1870. Y con más esfuerzo: “Cinco gramos”. En el reverso: “Doscientas piezas en kilog.”  y “Cinco céntimos”, en torno a un león que sujeta un escudo.

            ¡1870! El año en que las cortes votan un nuevo rey, un rey decente (casi un oxímoron en este país), el año en que Galdós publica su primera novela, el año en que muere Bécquer, el año en que asesinan a Prim, el año en que Amadeo de Saboya llega a España. ¡Qué bien me conoce Martín! No podía haberme hecho un regalo mejor.

            Parece que al león los guasones españoles lo confundieron con una perra y de ahí que a esta moneda la llamaran “perra chica”, frente a la de diez céntimos, que era “la perra gorda”. ¿Cuántas veces me habrán dicho a mí, cansados de discutir conmigo (yo no me canso nunca) “para ti la perra gorda”? En Asturias, la perra gorda era una perrona. Y yo todavía manejé perrinas y perronas, perras chichas y perras gordas, porque cuando era niño me daban de paga una peseta y con ella se podían comprar muchas cosas.

            En 1870, la peseta era una recién nacida, solo tenía dos años. Y en las primeras pesetas, como en las primeras perras chicas y perras gordas, no figuraba el nombre de España. Un olvido del gobierno provisional que nada tuvo que ver (contra lo que pudiera pensar la carcundia) conque esas monedas se acuñaran en Barcelona.

            El 22 de diciembre murió Bécquer, al parecer a consecuencia de un enfriamiento por regresar a casa viajando en la parte alta del tranvía. Es curioso que también Isabel II falleciera a consecuencia de unas corrientes de aire en su palacio de Castilla: hoy las corrientes de aire –si hacemos caso a nuestras autoridades “sanitarias”, son lo más saludable del mundo. Unos días después de la muerte de Bécquer asesinaron a Prim en la calle del Turco (papeles recientes, de cuya autenticidad algunos dudan, presentan al poeta involucrado con Montpensier en el magnicidio) y el mismo día que matan a Prim desembarca en Cartagena Amadeo de Saboya, que pronto tendría como amante a una de las hijas de Larra. La novela de la historia. Y la otra novela, la de la intrahistoria. ¿Por cuántas manos pasaría esta perra chica que Martín se encuentra a la entrada de una iglesia, escondida entre las piedras? ¿A quién se le caería? Creo que estuvo en circulación hasta 1939, así que yo me imagino que alguien la perdería en los días de la guerra civil. Y ahí estuvo escondida hasta que la encontró el pequeño Martín, que no sale de casa sin volver con algún tesoro del que me hace partícipe. Nunca perdonaré a la mala gente que le tuvo encerrado en casa durante largos meses, a sabiendas –lo sabían todos los que sabían algo de la propagación del virus-- de que no había ninguna razón sanitaria para ello, de que era solo un sacrificio, como el de los pueblos primitivos para propiciar a los dioses. Pagarán por ello, Martín, yo me encargaré de que esa barbarie no se olvide.

Lunes, 5 de abril
MÁS VALE

----¿Es cierto eso de que en los centros de vacunación han colocado un cartel que dice: “Más vale morir con arreglo a las normas sanitarias que vivir con vilipendio de ellas”?

            ----¡Qué va ser cierto! Infundios de los negacionistas. Lo que dice el cartel que se está pensando enviar a todos los vacunódromos es muy distinto: “Más vale enfermar con arreglo a las normas sanitarias que estar sanos con vilipendio de ellas”. Y es hay gente muy irresponsable, incapaz de comprender que la salud pública y los sacrosantos intereses políticos y farmacéuticas están muy por encima de la salud particular de cada uno de nosotros.

Martes, 6 de abril
EN VOS CONFÍO

“¡Santa Isabel Ayuso! Tengo más esperanza en ella que en las vacunas”, me dice medio en broma un amigo madrileño.

----Pues a mí me pasa lo mismo, aunque políticamente siga estando en el extremo opuesto. Lo primero es que nos devuelvan la libertad y la dignidad, que luego ya arreglaremos todo lo demás. Y les arreglaremos las cuentas no solo a los políticos, sino a los expertos sanitarios que avalaron los extremos más pintorescos de la barbarie, como poner el ejército y la policía a vigilar los parques y los bosques para comprobar que nadie paseaba por ellos sin ir acompañado de un perro.

----¡El famoso perro espanta Covid!

----Ahora quien espanta al virus es el humo del cigarrillo. Cómo envidio a los fumadores cuando voy por la calle y veo que son los únicos que pueden quitarse las mascarillas y respirar libremente.

----Vas a acabar repitiendo conmigo: Santa Isabel Ayuso, en vos confío. ¡Quién lo iba a decir! Tú, que estuviste siempre en la izquierda del PSOE; tú, el partidario del derecho a decidir de los catalanes; tú, el primero en no tragarse que la Constitución amparara las corruptelas de ningún coronado…

            ----No será santa, pero ha hecho ya dos milagros. El primero, lograr la salida del gobierno de Pablo Iglesias, que no dijo ni mú cuando encerraron a los españoles en sus casas y cerraron los parques y el campo abierto, que era (no podía no saberlo) lo más saludable que había. El segundo, conseguir que Pedro Sánchez anuncie, un mes antes de que termine, que no va a prolongar el estado de Alarma, poniendo así en ridículo a todos los jefecillos autonómicos (que se amparaban en él para sus palos de ciego) y poniéndose en ridículo a sí mismo porque deja ver a las claras que la permanencia o no del estado de Alarma se debe a razones de conveniencia política, no a la evolución de la pandemia.

            ----O sea, que tú crees que es solo una medida política –no sanitaria-- para contrarrestar el efecto Ayuso.

            ---Exacto.

Miércoles, 7 de abril
EL VENTUROSO ANTIDOTO

“Cada día se nota más que estás en contra de las vacunas. No lo dices claramente, pero se nota, se nota”, me repite una y otra vez en la tertulia digital mi amigo Enrique Bueres.

            ---En contra de las vacunas, no. Uno de mis poemas favoritos del siglo XVIII es la oda de Manuel José Quintana a la expedición americana de don Francisco Balmis para oponer “de la vacuna hidrópica al estrago / el venturoso antídoto”. Estar en contra de estas vacunas exprés, aprobadas deprisa y corriendo por razones económicas y políticas, no es estar en contra de las vacunas en general, como estar en contra de la nefasta Talidomida (que tardó en prohibirse) no es estar en contra de los medicamentos. Estas vacunas, que compiten unas con otras como los yogures en el supermercado, no se aprueban o desaprueban por razones sanitarias, sino políticas y económicas. Por eso se le ponen reparos a la vacuna rusa y no se suspende de una vez por todas la AstraZeneca aunque cuando está en juego la vida de las personas toda cautela debería ser poca.

Jueves, 8 de abril
A FIN DE CUENTAS

¡También Calígula tiene su corazoncito! Ahora nos permite estar una hora más en la calle y tumbarnos en la playa sin mascarilla y no sé cuántas regalías más. Deberíamos besarle la mano generosa.

            La verdad es que me da un poco de pena ese buen hombre. Le espera el terapéutico olvido o el ridículo ante la historia. A fin de cuentas, si ha hecho tanto daño ha sido con la mejor intención y tampoco parece el peor de los burócratas de la política sobrepasados por la situación. Mi amiga Susana Benet me cuenta que se estaba tomando una cerveza al sol tan ricamente y a las seis de la tarde le dijeron que tenían que cerrar la terraza, que si quería seguir bebiendo que se sentara en el bordillo de la acera. A todo hay quien gane.  

Viernes, 9 de abril
SUGERENCIA

Toda vida debería llevar al final una fe de erratas.



 

 

sábado, 3 de abril de 2021

Después y todavía: Me rindo

 

Sábado, 27 de marzo
NUBES NEGRAS

¿De dónde vienen esas nubes negras que de pronto me nublan la felicidad de la tarde? Las conozco bien, son viejas amigas, las tengo encerradas en el sótano y en cuanto me descuido se escapan para hacer de las suyas.

Domingo, 28 de marzo
NOS VEMOS EN EL CAMINO
 

Nadie menos nómada que yo, pero Nomadland también habla de mí. Salgo del cine, esa costumbre recuperada (¿hasta cuándo?), con los ojos húmedos, lleno de gratitud y dolorida felicidad.

Hay un momento de la película en que la protagonista, para ayudar a un joven que no sabe cómo escribirle a su novia, le recita un poema, el que ella recitó el día de su boda: “¿Deberé compararte a un día de verano? / Tú eres más deleitoso y apacible”. Lo reconozco de inmediato. Se trata de un soneto de Shakespeare. Y qué bien suenan siempre los poemas en la pantalla. Pero a Shakespeare le ganan las palabras de una mujer de 75 años, que sabe que le quedan pocos meses de vida y dice que no le importa. Ha vivido una vida larga y plena y no le preocupa decir pronto adiós, sino que la atormenten antes en un hospital. Enumera unos cuantos momentos de plenitud y yo pocas veces he escuchado palabras más hermosas.

Fern, la protagonista, una maravillosa Frances McDormand, lo ha perdido todo, pero por ella sentimos envidia, no compasión. Cuando flota desnuda sobre aguas transparentes, cuando pasea en soledad por un laberinto de rocas, cuando recuerda a su marido y a su vida feliz en Empire, la ciudad destruida por la crisis del 2008, cuando sostiene a un bebé y siente su diminuta mano en la suya, es difícil no admirarla, no querer ser como ella: fuerte y vulnerable, dueña de su destino.

¿Seguirá habiendo salas de cine dentro de unos años? En las grandes ciudades, sí, como las salas de teatro, pero en las pequeñas me temo que solo habrá ciclos en las Casas de cultura patrocinados por los Ayuntamientos. Tendremos, como ahora, todas las películas que queramos en el salón de casa, pero la emoción no será la misma. Yo ni siquiera habría sido capaz de ver Nomadland de esa manera. Es una película lenta, casi un documental a ratos, con momentos demasiado heridoramente emotivos, que yo trato de eludir: a los diez minutos, habría cambiado de canal. Ante la gran pantalla, en la gran sala casi vacía (ahora todas las salas están casi vacías), no tenía escapatoria: la vida es amor y dolor, belleza y pérdida, y durante un tiempo sin tiempo yo también fui el tímido Dave y la fuerte Fern y recorrí el Oeste americano como los antiguos pioneros, perdiendo y encontrando, encontrando y perdiendo, sabiendo que nada se pierde porque nada se tiene.

Lunes, 29 de marzo
EN QUÉ MARES

La errabundia de este lunes me lleva, ya atardecido, hasta la Concha de Artedo, desaparecida la playa a esas horas bajo la marea alta. Camino por la senda de madera, sobre los cantos rodados que la cercan, hasta el puente sobre el río Uncín, No se puede acceder a él. Un golpe de mar ha arrancado los tablones de madera. A la memoria me vienen viejas historias de naufragios y unos versos de José del Río Sainz “Ante las rocas grises, cenicientas, / el corazón sobrecogido late; / parecen unas grises osamentas / tendidas en un campo de combate. / Se oye el rumor de la resaca sorda / que en nuestras almas temerosa zumba, / mientras pensamos en silencio todos / en qué mares tendremos nuestra tumba.”

 

Martes, 30 de marzo
NOTICIA Y PROFECÍA
 

La noticia: “Apalean a un burro por andar de noche por lugares solitarios sin una de las albardas obligatorias”.

            La profecía: “Van a acabar con toda la población asnal bajo el peso de tantas alforjas”.

Miércoles, 31 de marzo
ADÁN

----¿Qué te parece, Martín, que el gobierno de España haya decidido copiar al presidente del Principado, tan ridiculizado por ti, y declare obligatorio el uso de mascarilla en cualquier espacio al aire libre aunque no haya ni una persona en cien kilómetros a la redonda? ¿Qué te parece que haya que bañarse con mascarilla o llevarla en una bolsita impermeable y ponérsela en cuando uno asoma la nariz fuera del agua, aunque nade solo lejos de la costa?

            ----¡Qué me va a parecer! Repito una vez más los versos de Echegaray: “Contra las olas del mar / lucho con brazos viriles. / Contra idioteces serviles, / no hay manera de luchar”. O sea que me rindo. Que hagan lo que quieran, que maltraten todo lo que quieran a la ciudadanía --o a lo que antes era ciudadanía, ahora temeroso rebaño--  y cuiden bien al virus para que siga muchos años más con nosotros. Yo me rindo.

            ----¿Y qué te parece eso de que la policía persiga, y con el menor pretexto apalee, a quienes andan solos por la noche? ¿Qué te parece que pueda entrar, previa patada en la puerta, si sospecha que en ella más de seis, o quizá solo más de cuatro, personas están pasándolo agradablemente?

            ----Me rindo, me rindo, ya te digo. Yo no tengo más arma que la razón. ¿Y cómo se puede razonar con quien a las razones contrapone la policía y, si no lo considera suficiente, el ejército? A rendirse tocan –a la fuerza ahorcan--  y a aguantar los años que nos queden de tontemia, que no serán pocos, con vacunas o sin ellas. Y no tengo mala conciencia por dejar de luchar. Creo que ya he hecho lo suficiente. Si la gente está de acuerdo (creo que España es el único país del llamado primer mundo donde no ha habido protestas en la calle, aunque sí manifestaciones para pedir “una ayudita, por favor”), pues con su pan y su mascarilla (se baja un poquito y un bocadito, se baja otro poquito y otro bocadito) se lo coman. Yo no quiero ser como don Quijote apaleado por los galeotes a los que intenta liberar. Me rindo, ya te dije.

            ----No te acabo de creer.

            ----Me rindo y veo el lado bueno de la situación. Antes casi no me atrevía a pisar una playa nudista porque me daba vergüenza encontrarme con un vecino o una compañera de la Facultad. Ahora, como tendré que estar con la cara tapada, no hay problema. Me pongo las gafas de sol y el incógnito es total. ¡Cómo voy a disfrutar haciendo el Adán entre las olas o sobre la arena!  

Jueves, 1 de abril
LA CLAVE DE LA FELICIDAD 

Tener un gran amor imposible y muchos pequeños amores posibles, esa es la clave de la felicidad. A mí ya solo me queda, como cuando era menos joven, tener un gran amor imposible.

 

Viernes, 2 de abril
V
IVA LA CONSTITUCIÓN

Lee un amigo la reseña que dedico hoy en el periódico al libro La armadura del rey y me llama burlón: “O sea, que todo el mundo –políticos, periodistas, jueces, catedráticos—han entendido mal lo de la inviolabilidad del rey, todo el mundo menos tú.”

----Eso parece.

----¿Y no resulta más lógico pensar que eres tú el equivocado?

----Pero es que no lo digo yo, sino la Constitución. Lee el artículo 56.3 completo, algo que nadie suele hacer.  El rey es inviolable en todos aquellos actos que no puede realizar sin el refrendo del gobierno, que asume la responsabilidad de los mismos. Esos actos, ante el menor indicio de criminalidad, deben ser investigados para poder exigir a quien corresponda –el presidente del gobierno o uno de los ministros-- la responsabilidad de los mismos. A los actos del rey que no necesitan refrendo del gobierno no les afecta la inviolabilidad.

----Esa es tu opinión.

----Eso lo que dice la Constitución, salvo interpretación contraria del tribunal constitucional que, por lo que yo sé, hasta la fecha no se ha pronunciado al respecto. Si ese tribunal interpreta que la Constitución permite al rey robar o matar, sin refrendo del gobierno, amparado en su inviolabilidad, pues yo lo acataré, pero hasta entonces me fío más de lo que afirma textualmente la Constitución que de Adriana Lastra o de cualquier catedrático de derecho constitucional.



sábado, 27 de marzo de 2021

Después y todavía: Una adivinanza

 

Sábado, 20 de marzo
LA OFENSA

Rosa Navarro Durán me envía un número de la revista El ciervo, de marzo de 1983,con un homenaje a Jorge Guillén, que por entonces cumplía noventa años, en el que participo. No conservaba yo esa revista ni recordaba mi texto, pero sí lo mal que le sentó al homenajeado. Escribió a todos los participantes agradeciéndoles su colaboración, menos a mí. Como era un caballero a la antigua, le pareció que esa era la manera más contundente de mostrarme su indignación. A Jorge Guillén le había admirado mucho y le seguía admirando, pero menos. Entre los colaboradores –José Manuel Blecua, Carlos Bousoño, Francisco Brines, Ricardo Gullón--, me encuentro con Gerardo Diego, todavía vivo y activo. ¿Había razón para que Guillén se enfadara conmigo o era solo un caso, como en Miguel d’Ors, de exceso de susceptibilidad? Sospecho que la había. Mi colaboración consta de tres párrafos. En el primero, doy cuenta de mi deslumbramiento adolescente al descubrir el inicial Cántico, el de 1928, en la biblioteca de Avilés, y selecciono el poema que comienza “Oh luna, cuánto abril” (el homenaje consiste en una breve antología comentada); en el tercero, reproduzco un poema dedicado a la muerte de Marco Aurelio. El párrafo central podía habérmelo ahorrado. Lo leo ahora con rubor y cierta sonrisa. Soy yo de cuerpo entero, aunque los años creo que me han enseñado a ser un poco menos sincero. Tras las muestras de admiración, añado: “Pero el amor es exigente. Mi adoración no le podía permitir a Guillén las frecuentes caídas que él se permitía a sí mismo. La calderilla manuscrita dispersa en tantas revistas, los obesos volúmenes que no desdeñaban recoger los ripios circunstanciales (“Asomante”, “El abanico de Solita”, toda esa profusa contribución guilleniana a las mil peores poesías de la lengua española) fueron recibidos por mí como inesperadas e incomprensibles traiciones. El resentimiento del amante engañado explica mis frecuentes referencias desdeñosas a la poesía de Guillén”.

            Ahí queda eso. Le digo en un homenaje que es el autor de algunas de las mil peores poesías de la lengua española y, por si alguien lo duda, pongo ejemplos. Unos años antes, un caballero no se habría limitado a mostrarme su desprecio con el silencio; me habría enviado a sus padrinos y a un representante (ya no estaba en edad de hacerlo por sí mismo) para lavar la ofensa con un duelo a primera sangre.

Domingo, 21 de marzo
MONK

Debo de ser la única persona del mundo, entre los que más o menos se las dan de intelectuales, que nunca ha hablado mal de la televisión. En sus desganadas y disparatadas Notas para unas memorias que nunca escribiré, Juan Marsé no se priva de hacerlo reiteradamente: “El problema de la televisión es que los diversos canales compiten no para ser mejores, sino para ofrecer más y mejor basura, pues sabe que la audiencia quiere eso, basura”. No ofrecerán más que basura, tosco Marsé, pero hay tantas infinitas formas de basura que uno acaba encontrando siempre la de su gusto, como en la basura informativa de cada día.

Yo solo veo la televisión, después de cenar, como distracción que me ayuda a desconectar y a dormir luego como un bebé, que es como suelo dormir a pesar de que ya no soy precisamente un bebé. Prefiero las viejas series, capítulo a capítulo, como quien escucha una reiterada nana. Ahora le toca el turno a Monk, que repesco en una rara cadena de la que no había oído hablar. Cuando la vi por primera vez, hace más de una década, el protagonista, que padece un trastorno obsesivo-compulsivo, era un enfermo con muchas dificultades para la relación social que podía resolver los crímenes más intrincados gracias a su prodigiosa inteligencia. Ahora le veo pedir una toallita húmeda cada vez que no puede evitar que alguien le dé la mano y compruebo que se ha convertido en una persona de lo más normal. Los raros, los extraterrestres, son el resto de los personajes de la serie, esas personas que se abrazan cuando se encuentran, que se dan un beso de despedida, que se cruzan por la calle sin apartarse unos de otros, que no se pringan las manos con gel antes, durante y después de tocar cualquier cosa. Ahora todos somos Adrian Monk (sin su inteligencia, claro está).

Lunes, 22 de marzo
OTRO HOMENAJE

Me llega hoy un nuevo número de El Ciervo, correspondiente también a marzo, como el dedicado a Guillén, pero de 38 años después, y en él se homenajea a otro poeta, Francisco Brines, en este caso no con motivo de los noventa años, cerca le anda, sino del Cervantes. Colaboran buenos poetas y buenos amigos míos, como Susana Benet y Abelardo Linares, pero naturalmente yo, que fui uno de sus grandes admiradores, no fui invitado. Seguro que Brines insistió especialmente ello, quizá no había olvidado –él también participaba-- lo que dije de Guillén. Se lo comentó horrorizado a Fernando Ortiz, muy amigo mío por entonces. Pero no tenía nada que temer. Yo ahora he aprendido a ser más diplomático. Podría redactar vacuas vaguedades elogiosas, de esas que no interesan a nadie, tan bien como cualquiera. Y además Brines, muy elegantemente, con la edad ha decidido escribir cada vez menos, no cada vez más, al contrario que Guillén.

Martes, 23 de marzo
EN LA CIUDAD PROHIBIDA

Gijón lo tengo al lado, a media hora de autobús, pero como unas veces no me dejaban salir de Oviedo y otras no me dejaban entrar en él, hacía tiempo que no me acercaba hasta allí. Esta mañana soleada, anticipándome a los futuros cierres con motivo de la Semana Santa, he recorrido el paseo del Muro y luego he seguido por la Providencia. No hay mal que por bien no venga, dice la sabiduría popular. Y estos días lejos del familiar Gijón, estos días raros que serán tan difíciles de entender dentro de unos años, estos días en que para “proteger” nuestra salud se nos prohibía pasear a solas a la orilla del mar (resulta increíble, lectores del futuro, pero es rigurosamente exacto, una inverosímil verdad, no una fábula kafkiana), me hacen redescubrirlo. Primero me siento como en la Promenade des Anglais, luego en Biarritz o en Arcachon. Toda la mañana, todo el mar y todo el sol para mi solo.

Por las noches, antes de dormirme, sueño con viajar lejos mientras veo la cadena Viajar. “San Diego es como un Los Ángeles más compacto, sin autopistas de por medio”, le escucho decir a Michael Portillo, Y yo la añado de inmediato a las ciudades en las que me gustaría vivir. Tampoco está mal Gijón, pienso esta mañana de un tiempo raro en que la ciudad de al lado puede convertirse de pronto en otra Ciudad Prohibida, como la de Pekín, y en el más exótico de los destinos, si el Adrian Monk que hace y deshace en Asturias se levanta con el pie cambiado. Habrá que estar atento a sus próximos coletazos porque a principios de mayo parece que se le acaban los superpoderes y querrá disfrutar de ellos hasta el último minuto.

Miércoles, 24 de marzo
DESTRUIR REJUVENECE

“No hay mal que por bien no venga”, me repito. Cada día me gustan más las tertulias digitales a las que hemos tenido que recurrir obligados por las circunstancias. Desde las siete hasta las diez y media, me lo paso pontificando, interrumpiendo, debatiendo, comentando, destrozando poemas propios y ajenos. Y de momento –llevamos ya unos cuantos meses-- los contertulios no se han cansado de mí y son capaces de llevarme razonadamente la contraria, o de intentarlo, que no siempre resulta fácil. Sometemos a los poemas a una prueba de resistencia, les buscamos todos sus fallos, no les perdonamos una. Ese es mi deporte favorito –no solo con los poemas-- y creo que no se me da nada mal. Pero tengo que contenerme un poco, que aprender diplomacia, sobre todo si el autor está presente, para que no se aceleren las deserciones y acabe convirtiéndose en un juego solitario.

Jueves, 25 de marzo
UNA Y NO MÁS

 Soñé que acababa el mundo y que Dios suspiraba aliviado. “Una y no más, Santo Tomás”, dijo santiguándose.

Viernes, 26 de marzo
NI CUBA NI VENEZUELA

¿En qué país fue posible que un jefe del Estado, que había jurado “cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes”, se dedicara durante cuarenta años a incumplir la Constitución y las leyes, no ya sin que nadie le llamara al orden, sino con la complicidad del gobierno, la fiscalía, la prensa? Doy una pista: no se trata de Venezuela, tampoco de Cuba.

            Si ya ha adivinado el nombre del país (tampoco es tan difícil), pero no se explica cómo pudo ser posible, le aconsejo que vaya a la librería más próxima y compre el libro de Ana Pardo, Albert Calatrava y Eider Hurtado La armadura del rey. La justicia española, espoleada y avergonzada por la Suiza, ha comenzado a indagar, muy poquito a poco para no enfadarle, en las andanzas del gran trapisondista, pero con sus cómplices por acción u omisión todavía no se atreve. Y no se atreverá nunca, me temo, pero este libro ayudará a sacarles a muchos, no solo a los compinches, los colores. A mí el primero, que voté una y otra vez al peor de todos.