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domingo, 25 de mayo de 2014

A buen entendedor: Déjate querer


Sábado, 17 de mayo
BAROJA Y LAS SIRENAS

Ser rutinario tiene sus ventajas: uno vive en perpetua aventura. Habitualmente paso los sábados en Avilés, pero hoy, antes de regresar a Oviedo, me doy una vuelta por Gijón y allí me encuentro, en casa de mis editores, con Baroja. Bueno, con un libro sobre Baroja que yo, que creía conocerlo todo sobre el escritor, una de mis debilidades, no había leído: Baroja y su máscara, de Marino Gómez-Santos. Se subtitula “Diálogos y confidencias” y es un libro destartalado y entrañable, maravillosamente barojiano. Parte de su contenido lo reproduce Gómez-Santos en sus memorias, pero en ellas se pierde el encanto de estas páginas.
            En los años cincuenta, el anciano y senil escritor se convirtió en una figura popular. En La memoria cruel explica Gómez-Santos las razones: “Juan Aparicio, director general de Prensa, que se declaraba barojiano para dárselas de liberal, enviaba a los alumnos de la Escuela de Periodismo a casa de Baroja para que se ejercitaran en la entrevista. Entonces se difundió por los periódicos un sinnúmero de tópicos referidos a la boina, la manta, la bufanda, las zapatillas y el chubesqui de don Pío, tópicos que servían de introducción a las declaraciones del anciano novelista, un tanto surrealistas, debido a las tachaduras del censor de turno. Aparicio utilizó políticamente la presencia de Baroja en Madrid cuando los escritores de la República permanecían exiliados”.
            Marino Gómez-Santos era entonces un joven ambicioso de poco más de veinte años. Acababa de trasladarse de Oviedo a Madrid dispuesto a conquistar la gloria y cultivaba la amistad de los grandes nombres que podían serle útiles. Se ofreció para servir de amanuense a Baroja y durante un tiempo le visitó todos los días. En una fotografía de entonces, que sirve como portada en La memoria cruel, aparece repeinado y trajeado, con cara de niño, escribiendo lo que Baroja le dicta.


            El Baroja anciano se repetía constantemente, mezclaba la lucidez con el disparate, pero nosotros no nos cansamos de escucharle. Por su casa, en aquellos años en que apenas salía de casa, pasaban toda clase de tipos curiosos, como por cualquiera de sus novelas, y Gómez-Santos los traslada a su libro con bondadosa ironía (la crueldad de la memoria vendría después).
            Leo el libro –que incluye también recortes de periódicos de entonces, un reportaje de Josefina Caravias, una entrevista de González-Ruano– en un café de la calle San Bernardo, no puedo esperar a llegar a casa, y luego subo hasta el cerro de Santa Catalina. En una lápida afirma Jovellanos: “El espectáculo es magnífico. A su vista se siente un placer inexplicable”. La tarde es ventosa y soleada. Sobre los verdes prados, el azul intenso del mar y un velero en la lejanía. Qué ganas de subirse a él, como en el romance del conde Arnaldos, y partir hacia islas remotas fuera del mapa y del calendario.
            Al contrario que el conde Arnaldos, yo no oía el mágico cantar del marinero en el navío, pero al llegar a lo alto del cerro y colocarme, como siempre hago, en medio del Elogio del Horizonte, no pude dejar de escuchar el canto de las sirenas. Un canto tan seductor que me hizo cerrar los ojos al borde del precipicio cuando el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte. No me habría importado que me llevaran con ellas.  


Domingo, 18 de mayo
LA ÚNICA PERSONA

Soy la única persona que después de conocerme bien me sigue queriendo. Y me temo que se está empezando a cansar.

Lunes, 19 de mayo
UNA NOVELA, LA VIDA MISMA

“Mi mujer me quería, pero no me quería bien. Solo era feliz cuando estaba a mi lado, o cuando me tenía bajo su control. Siempre encontraba un pretexto para llamar al trabajo y procuraba enterarse al minuto de dónde había estado y lo que había hecho las pocas veces que lograba salir con amigos. Yo también la quería, sobre todo al principio, cuando éramos novios. Luego comencé a sentir que me asfixiaba, que me faltaba el aire. No veía la manera de librarme de aquella situación. Como el prisionero condenado a cadena perpetua, me pasaba las noches ideando estratagemas para poder escapar. Solucionarlo hablando ya lo había intentado más de una vez, sobre todo los primeros años. Pero no servía de nada. Mi mujer decía que sí a todo, estaba de acuerdo conmigo y luego seguía comportándose como siempre. Quererme me quería mucho, ya le dije, de eso yo no tenía ninguna duda, me quería tanto que a veces me daba la impresión de que nada le gustaría más que atarme una correa al cuello y llevarme consigo a todas partes. No sé cómo habría terminado aquello si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Yo, primero en sueños, y luego despierto, había comenzado a pensar en su desaparición, de una forma o de otra. El asunto podía haber acabado en tragedia, pero terminó en farsa. Un día mi mujer no me llamó al trabajo, y al regresar yo a casa, no estaba en ella. Me extrañó bastante, pensé que podía haberle ocurrido un accidente. Y entonces sonó el teléfono: No me atrevía a decírtelo directamente; temía romperte el corazón; espero que sepas perdonarme, pero era tu felicidad o la mía. Mi mujer, de la que no sabía cómo librarme, a la que fantaseaba incluso con asesinar, se había ido con otro (luego me enteré que era con otra), me dejaba. Me sentí ofendido, humillado, no aliviado como yo pensaba. Colgué el teléfono sin responderle una palabra, no me salían del cuerpo. Fui hasta el bar ese, el Savanna, donde ustedes tienen ahora la tertulia y me emborraché minuciosamente. Anduve luego toda la noche dando tumbos, no me atrevía a volver a casa. Pero luego volví y dormí un día entero y me desperté decidido a hacer lo que fuera para recuperar a mi mujer. Aún no lo he conseguido. Su compañera es casi una chiquilla, tiene veinte años menos, no se despega de su lado; en ella ha encontrado al verdadero perrito faldero. La cabeza me dice que ahora yo debería ser feliz, que tengo la libertad que siempre he buscado. He intentado otras relaciones, dos o tres, pero me aburría pronto. O se aburrían ellas, no lo sé, el caso es que no funcionaron. Mi mujer, para mí todavía sigue siendo mi mujer, me ha denunciado, dice que la acoso con mis llamadas, y no soy ni la mitad de insistente que era ella. El psicólogo me aconsejó que escribiera la historia para tratar de entenderla. Afortunada o desafortunadamente ahora tengo mucho tiempo. Estoy prejubilado. He escrito una novela. Me gustaría que la leyera y me diera su opinión. Su opinión sincera. Le he puesto un final feliz, bueno feliz para mí, un poco vengativo. El protagonista le roba la joven amante a su exmujer y ella se suicida. Su opinión sincera, no tema indicarme los fallos. La muy puta. Y yo que creía que me quería, que estaba obsesionada conmigo. Puto imbécil”.


Martes, 20 de mayo
FICCIONES DE LA MEMORIA

¿Debe uno creerse las historias que le cuentan? ¿Y las que uno se cuenta sobre sí mismo? A la memoria le gusta la autoficción: olvida, retoca, recrea para hacer interesante la trivial sucesión de los días.

Miércoles, 21 de mayo
OTRO MILAGRO

Eurídice suplica a Orfeo que se vuelva a mirarla. Orfeo sabe que no debe hacerlo, pero no puede resistir la tentación. Eurídice muere en sus brazos. Orfeo, la mezzosoprano Blandine Folio-Peres, canta: “J’ai perdu mon Eurydice, / rien n’égale mon malheur; / sort cruel! quelle rigueur!  / Rien n’égale mon malheur! / Je succombe à ma douleur!”
            Nada iguala a mi desgracia, no puedo soportar mi dolor… Y el dolor de Orfeo, con tanta felicidad expresado, es también el mío. La historia acaba ahí, en el mito y en mi vida, pero no en la obra de Gluck que esta tarde representa en el Campoamor el Ballet National de Marseille.
            “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera”, como en el poema de Machado o en la ópera de Gluck, donde el amor “dédommage tous les curs”, recompensa todos los corazones.


Jueves, 22 de mayo
NADIE TAN NECESARIO

Quedo con un amigo en La Corte para ayudarle a revisar un trabajo y, cuando terminamos de hacerlo, antes de lo que pensaba, él se marcha y yo he de esperar a una amiga sin apenas nada que leer. Me temo que como se retrase acabaré escribiendo aforismos o haikus. Es lo malo de ser una de esas personas incapaces de estar sin hacer nada. Pero mi amiga Inés llega afortunadamente pronto, así que apenas me da tiempo a apuntar dos aforismos (“A nadie necesitamos tanto como a alguien que nos necesite”, “Más importante que acertar en el centro de la diana es no equivocarse de diana”) y un presunto haiku: “Cómo deslumbran / esas nieves de antaño / en la memoria”.

Viernes, 23 de mayo
LO QUE NOS ESPERA

Hoy la tertulia de los viernes, una costumbre que ya dura más de treinta años, terminó un poco antes de lo habitual (había no sé qué fiesta), así que yo abrí el cuaderno que me acaban de regalar y me entretuve en rellenar unas páginas con mi caligrafía ilegible.
            Ningún aforismo vale la pena si no se le ha ocurrido antes a otro.
            El que más corre es el que primero llega. A ninguna parte.
            En los conciertos, ninguna tos se queda sola.
            La felicidad es un lujo que pocos adultos pueden permitirse.
            Los cuentos que la religión cuenta para quitarnos el miedo a veces dan mucho más miedo.
            Para ser feliz, mejor que querer, dejarse querer.
            ¿Por qué tiene tanto éxito don Juan con las mujeres? Porque no se enamora nunca.
            ¿Por qué soy yo tan infeliz? Porque me enamoro siempre.
            Tiene muy mala fama dormir solo, pero yo no conozco manera más cómoda de dormir.
            Vivir en pareja no es más que una mala costumbre.
            La vida es algo demasiado serio como para tomársela demasiado en serio.
            La vejez o no llega nunca o llega demasiado pronto.
            La naturalidad solo resulta verdaderamente natural si está muy bien ensayada.
            La inteligencia nunca está de más, pero con frecuencia sobra.
            Hace falta ser muy tonto para no equivocarse nunca.
            Las mujeres son capaces de lo mejor y de lo peor, y esa es una de las muchas cosas que tienen en común con los hombres.
            Era tan listo que lograba engañarse a sí mismo, pero a nadie más.
            Somos felices cuando olvidamos lo que nos espera.


domingo, 13 de abril de 2014

A buen entendedor: Perpetuo Peter Pan


Domingo, 6 de abril
SI YO FUERA DIOS

Leo los periódicos, escucho las noticias y a la memoria me viene una de las más certeras reflexiones de Schopenhauer: “Si yo fuera Dios, me moriría de vergüenza al contemplar la miseria del mundo”.

Lunes, 7 de abril
LA MAGIA DE LA NOVELA

Todavía siguen existiendo palabras que actúan como exorcismos, y eso lo saben muy bien publicistas y políticos. Cuando Juan Bonilla publicó Prohibido entrar sin pantalones, su libro sobre Maiakovski, a ratos tan brillantemente escrito, le dije que habría sido mejor que, en la contraportada y la nota final, no se calificara de novela. Que los géneros literarios despiertan determinadas expectativas y que, lo que leído como biografía resulta apasionante, como novela podía ser un tanto tedioso.
            ¡Qué equivocado estaba! El libro ha sido un éxito precisamente porque se le calificó de novela. En caso contrario, los editores no lo habrían promocionado como lo hicieron, no habría ganado la Bienal de Novela en Lima, no habría conseguido una gira internacional ni recibido el elogioso artículo –una página completa– que Vargas Llosa le dedicó ayer en El País. Una y otra vez repite la palabra mágica, “novela”, y califica de “astuto, invisible y multifacético” al narrador, que incluso a veces se transforma en “los poemas estentóreos” de Maiakovski (quiere decir, simplemente, que los cita). Lo más divertido del artículo es que habla de su  “oleaginosa” manera de narrar. ¡Vaya un elogio más pringoso!, pienso yo.
            ¡Menos mal que Bonilla no me hizo caso! Tampoco le hicieron caso a Ignacio Martínez de Pisón sus editores. A propósito de La buena reputación, que tiene todo el aspecto de una novela decimonónica, ha declarado que “en realidad se trata de cinco novelas breves, más o menos de la misma extensión, que cuentan la historia de diferentes miembros de una familia”. Y de ahí que las diferentes partes se titulen “La novela de Samuel”, “La novela de Mercedes”, etc. Pero los astutos editores, que se las saben todas, han tenido buen cuidado de ocultar esa información en los paratextos y, además, para que el lector curioso no pueda sospechar que el libro es lo que en realidad es, han eliminado el índice.
            Yo habría pensado que una colección de novelas breves enlazadas es mucho más interesante que un novelón, y que una biografía –apasionante cuando se lee como biografía, como ocurre con las de Stefan Zweig– defrauda cuando se lee con las expectativas de una novela. Pero se ve que estaba completamente equivocado.
            ¿Completamente equivocado? Una novela se vende más porque editores, libreros, directores de suplementos culturales y hasta novelistas cada vez menos novelistas, como Vargas Llosa, han decidido que se venda más, y la promocionan como no promocionan al mismo libro si no llevara ese calificativo.


Martes, 8 de abril
ERRE QUE ERRE

"Sé prudente --me advierte una amiga--, porque últimamente has apoyado a separatistas, a rusos y dices la verdad sobre el rey". Y yo tomo muy en cuenta sus advertencias porque la valentía no es precisamente una de mis virtudes. Por eso procuro no meterme en asuntos políticos, que de sobra conozco cómo se las gastan unos y otros. No olvido que a Blasco Ibáñez, en una España también democrática, le metieron en la cárcel por apoyar la independencia de Cuba. Pero a veces mi sentido de la justicia puede más que mi acreditada pusilanimidad.
            Mi sentido de la justicia, que es grande, y mi vanidad, que es mayor, para qué nos vamos a engañar. Cada vez que escucho, no ya a un contertulio cualquiera, sino a un magistrado o a un especialista en Derecho Constitucional aquello de que al rey no se le puede juzgar por ningún delito y por eso no necesita ser aforado (como la reina y los príncipes de Asturias), reviso lo que dice la Constitución --siempre tengo un ejemplar al alcance de la mano-- y sonrío. Cierto que en el artículo 56, párrafo 3, se lee literalmente: "La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad". Pero el párrafo 3 no termina ahí, aunque sea eso lo único que se suele citar. Tras un punto y seguido continúa: "Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65.2". Leo lo que dicen esos artículos (los he leído tantas veces que me los sé de memoria): "Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden". La única excepción, los únicos actos del Rey que no necesitan refrendo, son los que indica el artículo 65.2: "El Rey nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa".
            Aclaro entonces lo que no debería necesitar aclaración. Cuando la Constitución dice que "la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad" se refiere exclusivamente a sus actividades en cuanto Jefe del Estado, no a sus actividades privadas. Por eso continúa indicando que "sus actos estarán siempre refrendados" por el gobierno, que es el que se hace responsable de ellos. En un Estado democrático nadie está por encima de la ley y menos que nadie el Jefe del Estado. Acreditados juristas insisten en que la Constitución española da al Rey "licencia para delinquir". Esa es una ofensa al rey y a la propia Constitución (y a los que la votamos) de la que nadie parece darse cuenta. La Constitución --vuelvan a leerla señores expertos en Derecho constitucional-- no se refiere para nada a las actividades privadas a las que el ciudadano Juan Carlos de Borbón tiene tanto derecho como cualquier otro ciudadano. En esas actividades --no en las que tienen que ver con la jefatura del Estado-- está sometido al Código Penal. No digo yo, ni siquiera insinúo, que Juan Carlos de Borbón no sea un ciudadano ejemplar. Digo solo, que si en su vida privada fuera acusado de algún delito debería responder de él como cualquier otro ciudadano. A menos que el tribunal constitucional (que no solo interpreta, también "crea" Constitución) decidiera otra cosa.
            Me imagino lo que diría mi amiga barcelonesa y si leyera estas notas que yo escribo, no para convencer a nadie ahora, sino para que quede constancia en el futuro de que en estos finales de un reinado hubo al menos alguien que no comulgó con ruedas de molino: ¡Cómo te gusta meterte donde nadie te llama!
            Es cierto, nada me gusta más que llevarle la contraria a todo el mundo. Pero solo si lo hago con buenas razones.


Miércoles, 9 de abril
EN EL CAFFÈ DI ROMA

“Ya sé que a usted le gustan como a mi las historias de lobos, debe de ser porque nos devuelven a la infancia, a cuando en las noches de invierno escuchábamos terroríficas historias sentados alrededor del fuego. Yo recuerdo el romance de la loba parda que me cantaba mi abuela. La historia que le voy a contar ocurrió hace pocas semanas, y no es un cuento. Hace algunos años compré una cabaña lejos de todo, allá en Somiedo. Por entonces leía yo mucho a su paisano Mario Roso de Luna, el de El tesoro de los lagos de Somiedo, y quizá pensaba que iba a ser capaz de encontrar ese tesoro. Era yo algo dado a las elucubraciones cabalísticas. Pasé allí algunos fines de semana, pero me cansé pronto. Volví más tarde, cuando me separé de mi mujer y no me apetecía ver a nadie. Iba siempre cargado de libros y con el iPod lleno de buena música, pero apenas leía y no escuchaba más que el silencio. Cierta noche me despertó una tormenta que descargó de pronto con gran aparato de rayos. Si no la cabaña, que era de sólida piedra, sí temí por un momento que el tejado fuera a salir volando. Pero la tranquilidad volvió tan súbitamente como se había ido. Y fue en ese momento, al dejar de llover y de soplar el viento, cuando oí unos rasguños en la puerta y luego la respiración de un animal.  "Será un perro que se ha perdido", pensé. Y de pronto oí una voz de mujer. "Abra, por favor". Era una joven de unos veinte años, con la ropa desgarrada, un extraño brillo en los ojos. Nada más entrar, sin decir nada, se metió en mi cama, se tapó completamente, incluida la cabeza, y se quedó dormida. Yo la miraba extrañado, sin saber que hacer. Saqué unas mantas y un colchón que tenía en un armario y me acosté en el suelo. Duermo mal, siempre he dormido mal, pero aquella noche me quedé inmediatamente dormido. Cuando me desperté, hacía tiempo que había amanecido, lucía un sol espléndido y en la cama no había nadie. Las sábanas estaban llenas de pelos que no parecían humanos, era como si un perro se hubiera revolcado entre ellas. Bajé a la aldea y pregunté si alguien sabía algo de una mujer perdida que no parecía estar en sus cabales. Nadie sabía nada. Regresé a Oviedo intrigado, se lo conté a mi psiquiatra. La verdad es que no me hizo mucho caso. Se limitó a recetarme las pastillas de costumbre. Tardé varias semanas en volver a Somiedo. Temía que me volviera a ocurrir algo semejante, y lo que me ocurrió la primera noche fue todavía más extraño. Oí de nuevo los rasguños en la puerta, esta vez sin ninguna tormenta previa, y al abrir, pensando que me iba a encontrar de nuevo con la extraña mujer, lo que se me apareció fue un perro grande, con la cabeza baja que pasó rozando mis piernas  y se tumbó sobre la cama. Hice ademán de echarlo al suelo porque estaba bien ceder la cama a una desconocida, pero a un perro... Y entonces alzó la cabeza y me mostró la feroz dentadura. Retrocedí espantado. No, no era un perro como yo pensaba, sino un lobo. Abrí la puerta para huir lo más lejos posible y allí, con sus ojos centelleantes, estaba ella. Pasó a mi lado sin mirarme, yo creo que sin verme, y se metió en la cama, junto al lobo, abrazada a él. No quise ver más y bajé corriendo hasta la aldea. Aunque la noche era muy clara y lucia una gran luna, tropecé dos o tres veces y llegué al pueblo con una herida en la frente y hecho un ecce homo. Acabé en urgencias, donde me curaron las heridas y me dieron un tranquilizante. La historia se la conté al psiquiatra, que no me hizo ni puto caso, como de costumbre, y a nadie más. Luego conocí a mi actual compañera, que trabaja con usted en el Milán, y no volví por Somiedo y traté de no pensar más en el asunto. Ahora le veo aquí solo y he decidido contarle aquella vieja historia, seguro que usted no piensa que fue una chifladura, sabe que esas cosas ocurren, como tantas otras que no tienen explicación”.


Jueves, 10 de abril
COMO UN NIÑO GRANDE

Como un niño grande, vivo feliz en mi burbuja, discutiendo de esto y de aquello, jugando a provocar, sin problemas económicos, sin hacer deporte, comiendo y bebiendo lo que me apetece, pero basta una llamada de teléfono para que todo se venga abajo y la burbuja de cristal se rompa contra el suelo.
            La muerte, que a veces llega sin avisar, esta vez ha tocado el timbre antes de entrar en la casa de un querido amigo. Educadamente, trata de disimular su angustia, pero a mí se me encoge el corazón. Recuerdo a Donne: “No preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti”.
            Lo olvidaré pronto, ya lo sé. Y seguiré con mis juegos de perpetuo Peter Pan. La inconsciencia es el gran regalo que Dios hizo a los hombres. Nos permite ser felices, ser como dioses, imperturbables ante la miseria y el dolor que nos rodea.



domingo, 6 de abril de 2014

A buen entendedor: Una obviedad, ningún secreto


Sábado. 29 de marzo
LO CONTRARIO

“La contradicción es la forma más baja de la inteligencia”, leo en los aforismos de Gibran K. Gibran que acaba de publicar Renacimiento. ¡No estoy de acuerdo!, respondo de inmediato.
            La verdad es que, si esa afirmación resulta cierta, ninguna inteligencia más baja que la mía. Algún amigo ha bromeado diciendo que lo que yo pienso sobre cualquier asunto se puede resumir en dos palabras: pienso siempre lo contrario.

Domingo, 30 de marzo
UN REPROCHE DOMINICAL

Alza los ojos del periódico y me dice: “Eres demasiado transparente. Todo lo cuentas. A plena luz no hay nada que no pierda gran parte de su interés. Deberías dejar algún aspecto de tu vida en penumbra, si quieres que tengamos algún aliciente para seguir leyéndote”.
            Sonrío. La mejor manera de guardar un secreto es hacer creer que uno no tiene ningún secreto. Y yo los tengo, como todo el mundo. A veces para sobrevivir hay que hacer cosas de las que uno luego no se siente demasiado orgulloso.


Lunes, 31 de marzo
UN RECUERDO INFANTIL

Era una clara noche de verano. Durante todo el día, había hecho mucho calor y la gente lo había pasado encerrada en sus casas, o eso me parecía a mí. Ahora todo el pueblo estaba en la calle, paseando por la carretera (que entonces, con poco tráfico y grandes árboles, todavía era un lugar de paseo) o en la plaza del Mercado. En la Pista, frente a las escuelas, no había sin embargo nadie. Otras noches se celebraba allí baile. Aquella noche se escuchaba solo el rumor de la fuente, y los olmos inmensos, como bondadosos gigantes, lucían en todo su esplendor. Los troncos retorcidos estaban llenos de grietas que se abrían como grandes bocas. Los niños, a la hora del recreo, jugábamos a escondernos en ellos. Aquella noche, como un ágil gatito, yo también me escondí, deseoso de estar solo, enfadado por no sé qué razón. Tendría seis o siete años, no más. Mi madre charlaba con las vecinas a la puerta de casa, despreocupada de mí. En aquel tiempo los niños, incluso desde muy pequeños, campaban a sus anchas por todas partes, confiados solo al ángel de la guarda. No sé por qué me dio por esconderme en el tronco del árbol si estaba solo en la plaza, si era de noche, si soplaba una brisa fresca tras el agobiante calor de la tarde, si había una gran luna y el cielo refulgía con todas las estrellas. Y entonces oí aquellas dos voces susurrantes. Una me resultaba familiar, la otra me era desconocida. Poco a poco fueron subiendo de tono, como si comenzaran a reñir. Yo me acurruqué todavía más. “Habla bajo. ¿Quieres que se enteren los vecinos?” Y luego: “Como se entere alguien, te mato”. Yo comenzaba a tener miedo, y en aquel momento, precisamente en aquel momento, un bicho repugnante comenzó a subirme por la pierna derecha. No lo veía bien, no sabía qué era, quizá un ratón o una araña o una lagartija. Contuve las ganas de gritar. Pero creía sentir su aliento, y un mal olor, que quizá no procedía de él. Y entonces la voz áspera, de hombre (la otra me pareció de mujer) volvió a oírse con amenazadora nitidez: “Si se entera alguien, te mato. Escúchalo bien, te mato”. Yo iba a ponerme a gritar, no podía más, prefería que me matara a mí también a seguir a merced de aquel enemigo desconocido. Risas y voces anunciaron a un grupo que se acercaba. La pareja se despidió sigilosamente y yo salí de un salto y eché a correr. Instintivamente miré hacia atrás antes de dejar la Pista. Había un sombra torva cerca de la fuente, junto al camino de Las Vegas. Sentí sus ojos fijos en mí, aunque no podía ver su cara. Él si vio la mía. Yo seguí corriendo hasta llegar a casa, lamentando mi curiosidad. Me había reconocido, sin duda. Mi vida estaba en peligro por haber descubierto un secreto, aunque yo no sabía cuál podía ser ese secreto. Hubo que bañarme muy bien bañado antes de meterme en la cama. Al día siguiente tenía fiebre y no pude ir a la escuela. No fui en varios días, aunque a mí nada me gustaba más que ir a la escuela. No le conté nada a nadie, a pesar de que desde entonces me convertí en un niño asustadizo que no se despegaba de las faldas de su madre. Luego olvidé aquello, como tantas otras cosas. Lo he recordado ahora, quizá porque ayer me acusaron de no tener secretos, y he recordado también las pesadillas que tuve hasta muchos años después en las que un árbol abría la boca y me tragaba y yo rodaba por su interior hasta una gruta llena de viscosas alimañas. Me despertaba siempre sudoroso.
            Es curioso que luego lo olvidara todo, como si nunca hubiera existido. ¿Cuántas partes hay de mi vida que he olvidado por completo, pero que están ahí, agazapadas, esperando a saltar sobre mí en cualquier momento?


Martes, 1 de abril
CONTAR LA VIDA

No ser un escritor de éxito tiene también sus compensaciones. La primera de todas, la libertad que da el no tener demasiados lectores: uno puede decir lo que le da la gana sin que le manden callar de una u otra manera. La segunda, que nadie se va a tomar la molestia de indagar en la biografía de un escritorzuelo, de sacar a la luz los trapos sucios que todos guardamos en el armario.
            Ya sé que es un tanto absurdo, pero me aterra la posibilidad del biógrafo riguroso que un día se dedicara a preguntar a los que me han conocido, a rebuscar documentos, a contar mi vida con todo detalle.
            Sueño con eso, sueño con que paso ante el escaparate de la librería Cervantes y veo repetido en él un grueso tomo firmado por Ian Gibson y con mi nombre en la portada.
            Mis amigos se ríen cuando les cuento este sueño, piensan que no es más que otra manifestación de mi desaforada vanidad, que me lleva a igualarme con Lorca. Pero yo sé que no es así, que me despierto sudoroso y angustiado. Sé que esa posibilidad me aterra de verdad.
            No tiene que ver ese sueño con otro que tuve una vez. Me despertaba el teléfono, a altas horas de la madrugada, y una voz me anunciaba que me acababan de conceder el premio Nobel. Yo respondía: “Muchas gracias, pero por favor dénselo a Pere Gimferrer, o en su defecto a Javier Marías, que les hará más ilusión”. Y seguía durmiendo, en el sueño y en la realidad.
            Quizá debería consultar con un psicoanalista (o con mi amigo José Luis Mediavilla) para descubrir ese secreto que me aterra salga a la luz. Claro que luego pienso que para qué voy a hacer yo el trabajo sucio de los futuros biógrafos.
            Y como no es probable que lo hagan nunca, mejor dejarlo así, sepultado en el sótano bajo siete llaves.
            A veces pienso que si me paso la vida contando mi vida es solo para que todo el mundo se aburra de ella y no quiera saber más cosas de mi vida.


Viernes, 4 de abril
GATO POR LIEBRE

Una de mis obsesiones, ahora que me voy haciendo viejo, es que la edad nos vuelve más tontos. Y como siempre que uno se obsesiona con algo todos los días encuentro confirmada esa obsesión. Hoy le toca el turno a Juan Luis Cebrián. En el periódico del que fue el primer admirado director (un periódico que yo compro diariamente desde mayo de 1976, soy un hombre fiel a mis costumbres) publica un largo artículo (comienzo en portada, dos páginas interiores) para refutar los peligrosos infundios sobre el rey y Suárez que un libro de Pilar Urbano acaba de poner en circulación.
            Es una declaración solemne, propia de las grandes ocasiones, en la que se defiende al rey y se defiende a Suárez, ese político al que su periódico y todos los demás acaban de canonizar. Pues bien, esto es lo que nos dice Cebrián sobre el “artífice” de la mitificada transición: “Su dimisión la querían los miembros de su partido, incluidos algunos de sus ministros, los militares, los obispos, la oposición y hasta el rey. Pero como el propio Suárez se encargó de explicar durante años y tuvimos ocasión de oírle decenas de veces, nadie le destituyó (nadie, salvo el Parlamento, podía hacerlo), se marchó por propia decisión una vez que comprendió que era lo mejor que podía hacer por sí mismo y por España”.
            Hombre, Cebrián, está claro que nadie le destituyó (por eso se trata de una dimisión), pero lo que también está claro es que con la oposición del rey y de su propio partido era cuestión de días, o de meses, que fuera destituido. Unas líneas más adelante remacha el elogio “del mejor político que hemos tenido nunca”, del “político que necesitaríamos en estos tiempos”, según se ha repetido últimamente, hablando de “la absoluta incapacidad que tenía para interpretar la verdadera realidad del país y el poco aprecio de su figura por la opinión pública. Al fin y al cabo, había sido incapaz de prever, descubrir y abortar el golpe, del que la Operación Galaxia había sido un prólogo meses antes”.
            Al libro de Pilar Urbano que motiva su homilía –“Gato por liebre” la titula– lo define como “una meritoria colección de anécdotas que lleva a su autora a defender tesis tan fantasiosas y creíbles como las revelaciones de los sabios de Sión”.
            ¿Habrá leído Juan Luis Cebrián La gran desmemoria, el libro de Pilar Urbano? Probablemente, no. Si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de que –al contrario que su artículo, una contradictoria defensa de la verdad oficial (lo más contrario al oficio de periodista)–  es una obra seria, bien estructurada, de apasionante lectura, que no oculta la fuente de ninguna de sus observaciones (y nosotros podemos prestarle más o menos crédito a esas fuentes) y que incluye un documento tan trascendental para probar la implicación del rey en la operación Armada como los famosos papeles de Bárcenas para la contabilidad B del Partido Popular. Se trata de una reproducción del diario inédito y manuscrito de Jaime Carvajal y Urquijo, por entonces uno de los mejores amigos de don Juan Carlos. En la anotación del 5 de julio de 1980, tras visitarle, escribe: “Encontré al Rey físicamente bien. Más distanciado que otras veces de Suárez (a quien tuvo que decir que ‘el Rey recibe a quien le sale de los co…’) y pensando en la posibilidad de un ‘independiente’ (?). Me comentó la reciente audiencia que concedió a Carrillo a quien encontró muy preocupado por la crisis de UCD: ‘es necesario un partido fuerte de la derecha para la estabilidad de la democracia’”.
            La anotación es manuscrita y se pueden hacer todos los análisis pertinentes para comprobar que es auténtica, que en 1980, algunos meses antes del golpe, el rey estaba pensando en la sustitución de Suárez por un “independiente”, que es, exactamente en lo que consistía la operación Armada.


Sábado, 5 de abril
LOS BUENOS AFORISMOS

Los buenos aforismos, como los buenos versos, son aquellos que se nos quedan en la memoria y nos acompañan para siempre.  Estos días recuerdo con frecuencia uno de Gibran: “Lo obvio es aquello que no se ve hasta que alguien lo expresa de manera sencilla”.
            Y no sé si me engaño, pero me parece que últimamente me estoy convirtiendo en un especialista en decir lo obvio de la manera más sencilla posible.




domingo, 30 de marzo de 2014

A buen entendedor: De un hombre y de un país


Sábado. 22 de marzo
NO QUIERO SER FELIZ

Como me gusta llevar cuenta de todo, repaso mis apuntes y llego a la conclusión de que perder la cabeza, lo que se dice perder la cabeza por amor, solo la he perdido siete veces. Las otras veces jugaba solo a perderla, hacía literatura, buscaba únicamente tener algo que contar.
            Y ahora me miras, y sonríes, y qué ganas me entran de arrojarme de nuevo al agua. Pero recuerdo a tiempo que no sé nadar. Y además, a cierta edad, da un poco de pereza ser demasiado feliz.
           
Domingo, 23 de marzo
TINTÍN EN ZUBROWKA

Juguetona, tintinesca, con su inteligente mezcla de parodia, nostalgia y folletín, El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, me recuerda que sigo siendo un niño al que nada le gusta más que el que le cuenten una buena historia.
            Una historia de iniciación, que son las que a mí más me gustan, la historia de cómo llegar a ser un hombre cabal.
            Yo también, como Zero, el joven huérfano, el aprendiz del Gran Hotel, he llegado a ser el que soy porque en el momento justo conocí a Monsieur Gustave. O quizá solo lo soñé, como lo soñó Wes Anderson mientras leía a Stefan Zweig.


Lunes, 24 de marzo
ABDUCCIÓN

Las charlas de los sábados en Avilés con mi amigo José Manuel Feito –a veces incluso comentamos el sermón que ha preparado para el domingo, siempre lleno de inteligentes citas literarias– me han aficionado a la lectura de libros de teología, esa rama de la literatura fantástica. Releyendo hoy las cartas a los Corintios de San Pablo me encuentro con lo que no sería demasiado aventurado tomar como el relato de una abducción: “Yo sé de un hombre en Cristo que hace catorce años, si en cuerpo no sé, si fuera del cuerpo no sé, Dios lo sabe, fue elevado al tercer cielo. Y yo sé de este hombre, si en cuerpo o fuera del cuerpo no sé, Dios lo sabe, que fue elevado al Paraíso y oyó arcanas palabras que al hombre no está concebido escuchar”.
            Quizá fue el encuentro con un ovni lo que hizo a San Pablo caer del caballo; quizá toda su doctrina no es más que una reelaboración de lo que escuchó en aquella nave a la que fue llevado, no sabe si en cuerpo y alma o fuera del cuerpo.


Miércoles, 26 de marzo
CHARLA EN LA CORTE

“Yo creo que la capacidad de decir tonterías del ser humano aumenta exponencialmente con la edad y con la cultura”, afirmo con mi rotundidad acostumbrada tras dejar a un lado el periódico.
            –-Ya sé por qué dices eso, Martín. Has vuelto a leer otra diatriba contra la decadencia de la ortografía de algún profesor.
            ––No, no. Se trata de otra descerebrada profecía apocalíptica. El profeta, en este caso, es Dan Dennett, filósofo al parecer de cierto prestigio. Te leo el titular: “Internet se vendrá abajo y viviremos oleadas de pánico”.
            ––¿Y no lo crees posible? ¿No crees que dependemos demasiado de la Red?
            ––Y del agua corriente y de la luz eléctrica. Y vaya si fastidian las averías, sobre todo cuando te estás duchando. Y no digamos los apagones, recuerda los famosos de Nueva York. Con frecuencia hay averías en Internet, pero son parciales. En casa de uno o en la Intranet de la Universidad. Pensar en que se pueda venir abajo en un momento la Red en todo el mundo es no saber como funciona Internet, y eso es grave para un filósofo. Pero además Dan Dennett da la impresión de que hace tiempo que ha perdido cualquier contacto con la realidad. Su mentalidad apocalíptica es todavía más infantil que las de los que predijeron el famoso efecto 2000. Mira su profecía: “En Estados Unidos todo se vendría abajo en cuestión de horas: te levantas y la tele no funciona. Obviamente no tienes línea en el móvil. No te atreves a coger el coche porque no sabes si ese va a ser tu último depósito de gasolina y los únicos que se han preparado para ello son todos esos chalados que construyen bunkers y almacenan armas. ¿De verdad queremos que ellos sean nuestra última esperanza?”. Resulta que ni siquiera recuerda que la telefonía y la televisión existían mucho antes que Internet y pueden seguir existiendo al margen de ella. Según Dan Dennett, es cuestión de tiempo que la Red vaya a caer. Debemos prepararnos para esa catástrofe, reconstruir lo que hemos perdido: “Antes solía haber clubes sociales, congregaciones, iglesias, etc. Todo eso ha desaparecido o va a desaparecer. Si tuviéramos otra red humana a punto… Si supieras que puedes confiar en alguien, en tu vecino, en tu grupo de amigos, porque habéis previsto la situación, ¿no estarías más tranquilo?”. Luego añade: “¿Quién compra música ahora? ¿Y libros? Lo mismo puede decirse del cine o de cualquier otra actividad artística”. A Dan Dennett, filósofo, parece que nadie le ha enseñado a razonar, que el hecho de que ahora se vendan menos libros no es sinónimo de que nadie compre libros. ¿Y qué es eso, cuando tanto auge alcanzan los más varios fanatismos, de que han desaparecido las iglesias? La gente, mucha gente, amigo Dan Dennett, sigue reuniéndose los viernes, los sábados o los domingos, en sus mezquitas, sinagogas o como llame a sus templos, para rezar en común, con Internet o sin Internet, y sigue habiendo clubs que reúnen multitudes, como los de fútbol, y seguimos confiando en los vecinos (en algunos vecinos) y tomando cerveza con los amigos… Pero ¿por qué digo yo estas obviedades? Pues porque un periódico serio publica esas declaraciones apocalípticas de un filósofo presuntamente serio y no las tira directamente a la papelera, como debería haber hecho.


            –-Bueno, hablemos de otra cosa, qué emocionante el funeral de Suárez, que bueno que los españoles nos pongamos de acuerdo en respetar a alguien. Necesitamos ahora políticos como Suárez.
            –-Qué historia la mitificación de Suárez, amiga Catarina; se estudiará pronto como un caso de interesada manipulación o de alucinación colectiva. Yo viví todo ese período y guardo periódicos y toda la documentación que he podido encontrar. Suárez como político no era más que una cara bonita. Fue el último presidente de gobierno de la Dictadura, tras Arias Navarro, nombrado por el rey con las leyes franquistas para facilitar el cambio a unas leyes nuevas que le permitieran seguir siendo Jefe del Estado. Hizo lo que le mandaron, ganó las primeras elecciones democráticas, organizadas por él mismo desde el poder, con el control total de la televisión pública, la única que existía, y de la antigua cadena de prensa del Movimiento (que solo desapareció con los socialistas). Y cuando terminó el encargo se creyó un estadista, pero era incapaz de gobernar; sin ideas, sin partido, sin el apoyo del rey. Por eso se vio obligado a dimitir. Todos los partidos políticos estaban de acuerdo con que España no podía seguir así. El descontento generalizado ante la ineptitud de Suárez alentó el golpe de Estado. Él seguía pensando que el cambio había sido cosa suya (creía que no era el figurín que ponía la cara, sino quien manejaba los hilos) y fundó otro partido político. Fracasó elección tras elección. Luego vino la enfermedad y su desaparición de la escena política. Y fue entonces cuando se convirtió en una figura manipulable por unos y por otros.
            –-Pero eso que tú dices no lo dice nadie, amigo Martín.
            –-Si no lo dicen ahora, lo han  dicho, y lo volverán a decir, no te preocupes. Lee, o relee, Anatomía de un instante, de Javier Cercas, un libro al que no se le puede acusar de estar escrito en contra de Suárez, y verás cómo era la España de 1980, y verás cómo trataba el rey a una creación suya que se había creído la ficción de que era un estadista. La mitificación  de Suárez no es más que un intento de santificar la Transición, ahora tan cuestionada. Veremos si lo consiguen. La gente no es tonta, dicen. Pero le gustan demasiado los cuentos de hadas, añado yo. Y abundan en exceso los que tienen alergia al pensamiento, y no ya entre la gente de la calle, sino entre los presuntos intelectuales, como Dan Dennett.


Jueves, 27 de marzo
QUIEN MANDA MANDA

Aunque se exilió a Argentina a comienzos de la guerra civil, y allí continuó hasta su muerte, Ramón Gómez de la Serna se mostró siempre decidido partidario del régimen de Franco. Desde Buenos Aires siguió escribiendo en periódicos españoles, como Arriba, que era el que más generosamente pagaba. Hubo un cambio de dirección en el diario falangista y, a los pocos días, Gómez de la Serna recibió una carta del nuevo director que le conminaba a que sustituyera sus “frasecitas”, que no interesaban a nadie, por artículos “como Dios manda” o se vería obligado a prescindir de su colaboración.
            ¡Que dejara de escribir “frasecitas”! Gómez de la Serna leyó una y otra vez aquella carta. No se la podía creer. ¡El nuevo director del periódico ni siquiera había oído hablar de las greguerías, ese invento del que él se sentía tan orgulloso, esa creación genial que le concedía un lugar de honor en la literatura del siglo XX! Estuvo una semana deprimido, sin ser capaz de escribir una línea. Pero había que comer… Y poco después reanudó su colaboración en Arriba con artículos como Dios manda.
            He recordado esa historia al recibir un ukase de la dirección del periódico señalándome la conveniencia de que las entradas de mi diario hablen menos de libros. Yo no soy Gómez de la Serna, evidentemente, y la sugerencia me divierte. He respondido de inmediato: “Tomo nota”, pero lo que me habría gustado responder sería: “A sus órdenes”. Siempre he tenido el complejo de no ser un escritor como Dios manda, de no ser más que un aficionado. Nunca he tenido jefes, nunca he estado sometido a la tiranía del editor, siempre me he reído de las exigencias del mercado.
            Me encanta jugar a ser un escritor profesional, a tener que aceptar las sugerencias del jefe si no quiero ser despedido. Y me alegra que, de momento, no me haya “sugerido” que hable menos de política, que es lo que más me divierte últimamente. Y lo que más lectores me resta, para qué nos vamos a engañar. Cada vez que defiendo algo tan obvio como el derecho de los catalanes (o de los asturianos) a opinar sobre su futuro político (tan obvio que hasta el Tribunal Constitucional ha tenido que admitirlo y recordar a los más papistas que el Papa que la Constitución no es inamovible), unos cuantos seguidores, españoles a machamartillo, deciden dejar de leerme. Creo que bastantes más que si hablo de libros, que a fin de cuentas es lo que mejor sé hacer. Pero quien manda manda. No soy yo nadie para llevarle la contraria a la superioridad, no vaya a ser que me despidan (claro que ya he tomado la precaución de cobrar unos honorarios simbólicos para que no resulte demasiado traumático).


Viernes, 28 de marzo
FRENTE A LA CATEDRAL

Entro por primera vez en el palacio de la Rúa, frente a la catedral, y paseo por el jardín en que Ana Ozores se sentaba a soñar mientras el Magistral la observaba desde lo alto de la torre. Mañana leeremos allí poemas y me gusta pensar que van a venir a escucharnos don Fermín de Pas, que no tendrá ojos más que para las modelos que nos acompañan, la Regenta, tímida y cabizbaja, y el catedrático don Leopoldo Alas, que convirtió a esta ciudad y nos convirtió a todos en un sueño suyo.

lunes, 24 de marzo de 2014

A buen entendedor: Elogios, terrores y cautelas


Domingo, 16 de marzo
ELOGIO DEL TURISTA

Al anciano Maurice Barrès le preguntaron qué deseo pediría y él respondió: “Tener veinte años y viajar a Italia por primera vez”.
            Lo leo en las Cartas de Italia, de Josep Pla, uno de esos libros a los que uno, como a Italia, nunca se cansa de volver. Su idea de la felicidad se parece mucho a la mía: “Llegar a una ciudad desconocida, dirigirme al hotel, tomar un  baño, vestirme y salir a la calle al azar, a curiosear y a hacer de franco forastero”.
            Quien ha vivido largos años, o toda la vida, en París, Venecia o Nueva York no conoce lo mejor de París, Venecia o Nueva York. El secreto de una ciudad está a la vista de todos, pero solo sabe verlo el viajero de paso.
            Las ciudades hechas de historia y de literatura a menudo se muestran ceñudas con sus habitantes, pero siempre sonríen al enamorado que las visita por primera vez, o que vuelve continuamente a ellas, pero siempre con la ilusión de la primera vez.


Lunes, 17 de marzo
MIS TERRORES FAVORITOS

Siempre he vivido lleno de temores, pero no siempre han sido los mismos. Ahora me angustia el miedo a quedarme sin ideas, a que no se me ocurra nada a la hora de escribir.
            Un miedo absurdo, porque nadie se ha muerto de no escribir y lo que sobran son escritores en el mundo. Si me ganara la vida escribiendo, resultaría preocupante, pero no teniendo ninguna obligación, ¿por qué me preocupa no ser capaz de cumplir con una obligación que no tengo?
            Cierto que siempre bromeo con eso de la posteridad, con que me gustaría ser leído dentro de cien o de mil años, y la verdad es que no me molestaría demasiado pasar a las páginas de la historia de la literatura (que para mí es como la historia de mi familia). Pero no me parece que la posteridad se vaya a ocupar mucho de mí, siga o no siga escribiendo. No es cierta, o solo lo es en muy pequeña parte, la afirmación de que el tiempo es el mejor juez y arregla los entuertos de los contemporáneos. El tiempo lo único que hace es añadir más paletadas al olvido. No hay gran nombre de la historia de la literatura que no fuera reconocido como tal por sus contemporáneos. ¿Y Pessoa? ¿Y Bécquer? ¿Y Cervantes?, me replicará alguno. El reconocimiento no siempre es inmediato; a veces se retrasa. Ni Pessoa ni Bécquer vivieron lo suficiente para ver publicada su obra, y Cervantes conoció el éxito con su Quijote, y las burlas de algún envidioso coetáneo, como Lope, no hacen sino acrecentar ese éxito. Cuando un escritor llega a los sesenta años y publica desde los veinte todo lo que escribe, no hay sorpresa posible post mortem.
            Estas cosas las pienso, pero no se me ocurre decirlas en público. Por una doble razón: porque parecen una petición para que alguien las refuten, y porque hay otros escritores –y de más talento-  a los que todavía se les ha hecho menos caso que a mí.
            En realidad, yo no tengo la sensación de que se me ha hecho poco caso, aunque me queje a menudo de ello. He disfrutado siempre del mayor de los lujos, el de decir lo que quería, sin preocuparme demasiado de si molestaba o no.
            La verdad es que no estoy demasiado a disgusto con mi destino literario. “Yo he hecho lo que he podido, / fortuna lo que ha querido”, y si los que escriben los manuales del futuro no me tienen en cuenta, pues qué se le va a hacer, pero seguro que no me van a quitar el sueño en la plácida eternidad.
            Y no sería muy grave que no escribiera más. ¡Hay tanta gente con talento en el mundo! Podrá no ocurrírseme nada a la hora de escribir, pero de lo que estoy seguro es de que no me faltarán maravillas a la hora de leer.
            O sea que no debería estar preocupado, pero el hombre es un animal paradójico. Y hay noches de insomnio, demasiadas noches, que me aterra el miedo a no ser capaz de escribir una línea más. Para probarme lo contrario, nada más levantarme, antes de desayunar, todavía no sé si dormido o despierto, acostumbro a pergeñar un soneto como quien hace una crucigrama, doy luego a la tecla de borrar y me voy a la primera clase recuperado el buen ánimo.
            Esta mañana, por juego, he decidido conservar esos versos y los releo antes de ir a acostarme para evitar que se repita la absurda pesadilla de ayer.
            La lluvia que en la calle cae callada / y desterrada del oscuro cielo, / el llanto que en mis ojos pone un velo, /el corazón que corre hacia su nada,
            la realidad que sigue ensimismada / y la verdad que súbita alza el vuelo: / es tarde ya para cualquier anhelo / y todo es soledad y sombra helada.
            A mi lado respiras todavía / --ayer no eras, no serás mañana--, / eternidad que dura un solo día.
            Un dios cansado mira a su criatura / --tras de tanto fervor tanta desgana--, / simple ejercicio de literatura.


Miércoles, 19 de marzo
LOS QUE NO VALEMOS PARA OTRA COSA

Abro el correo que me envían desde el Vicerrectorado de Profesorado y Ordenación Académica indicando la capacidad docente para el curso 2014-1015: “Carga inicial: 320 horas. Reducciones de la carga docente (total 0 horas). Carga final: 320 horas”. Debería sentirme un poco avergonzado. En la Universidad, como bien dijo el ministro Wert, hay que reducir la carga docente a los mejores para que se dediquen a la investigación y a la gestión, y aumentársela como castigo a los que no sirven para la política universitaria o no son capaces de conseguir un proyecto de investigación homologado.
            Debería sentirme avergonzado de ser –tras dar clases durante cuarenta y dos años (y no ya sin ningún año sabático, sino sin ningún día de baja)– uno de los profesores con más docencia. Debería sentirme avergonzado, pero me siento orgulloso, y espero que el señor ministro me disculpe por ello.


Jueves, 20 de marzo
ESTAFAS JUAN RAMÓN, S. A.

Me llega hoy, obsequio de la editorial, un libro que estaba deseando leer. Nada menos que una obra mayor e inédita de Juan Ramón Jiménez, Vida, la autobiografía que comenzó a escribir en 1923 y que quedó sin concluir, como tantas otras cosas suyas. El otro sábado el suplemento cultural más leído subrayaba el acontecimiento dedicándole la portada, y mi amigo Andrés Trapiello, uno de los grandes conocedores del poeta, lo glosaba encomiásticamente.
            El volumen, de mil páginas, encuadernado y en formato de bolsillo, es un hermoso objeto que uno no se cansa de acariciar. Picoteo acá y allá disfrutando por anticipado de las horas de placer que me esperan.
            Pero debería haberme limitado a acariciarlo y a hojearlo, como cualquier reseñista que se precie. Solo así sería capaz de escribir con el entusiasmo de mi buen amigo Andrés y tantos otros periodistas culturales. He cometido el error de leerlo, página tras página, y aunque todavía voy solo por la mitad, ya he podido darme cuenta de que se trata de otra estafa.
            Este no es un libro de Juan Ramón Jiménez, aunque casi la mitad de lo que incluye lo haya escrito él. Este es un libro que avergonzaría a Juan Ramón Jiménez.
            Mercedes Juliá y Mª Ángeles Sanz Manzano han realizado un trabajo minucioso durante largos años. Tan minucioso como el de quien construye con palillos de dientes una réplica de la torre Eiffel, y exactamente con el mismo valor intelectual: ninguno.
            Estas cosas, por supuesto, no las diría yo en público, ¿para qué? Se enfadaría demasiada gente. Renuncio a hacer una reseña. Pero alguien, con más valor que yo, debería ser capaz de decir que hay formas más agradables de despilfarrar el dinero público (el libro está subvencionado y, por supuesto, a las profesoras que se dedican a prepararlo se les reduce su carga docente) que manosear los papeles de Juan Ramón y enturbiar su obra.
            Juan Ramón Jiménez y Fernando Pessoa son dos de los mayores poetas del siglo XX y, además, un inagotable venero para la investigación universitaria. Cada poco un nuevo investigador avanza unos pasos en su escalafón publicando el enésimo libro inédito de cada uno de ellos. ¿Y cómo se hacen esos libros? Con mucha paciencia y un desconocimiento completo de lo que es una obra literaria, con material ya publicado y con cualquier borrador inédito, que se encuentre por ahí o que otros investigadores hayan desdeñado. Y si hay varias versiones de un mismo texto, no se escoge la más acabada, sino que se ponen una tras otra para aumentar páginas.
            Vida, la magna obra autobiográfica de Juan Ramón Jiménez que se anuncia como un magno acontecimiento, lleva el subtítulo de “Volumen I. Días de mi vida”, y el primer fragmento que incluye dice “Mis hados orientales” (escrito con mayúsculas) y el segundo “Abrí los ojos, vi un mundo, etc”. Las correspondientes notas nos indican que ambos fragmentos son  inéditos y que están escritos “en el reverso de un menú del Washington Sanitarium & Hospital”.
            Los tres últimos capitulillos de la primera parte, titulada “Niñez, mocedad, juventud”, vale la pena copiarlos íntegros. El que lleva el número CCXLIV dice así: “Mi letra / Juan R. Jiménez / Juan R. Jiménez / Juan Ramón Jiménez”. El numerado CCXLV: “El Imparcial / Luis López Ballesteros, generoso y noble conmigo”. Y el siguiente: “El Imparcial / López Ballesteros / Escelente conmigo / Agradecimiento”. Y no son las únicas llamativas piezas de este mosaico. Otro ejemplo: “Blanco y Negro / (Navarro Ledesma)”. El siguiente lleva título “Colaborador” y ofrece esta variante: “Blanco y Negro, ABC. / Navarro Ledesma”.
            ¿No hay entonces ningún texto de interés en estas mil páginas? Por supuesto que los hay, incluso podría editarse con ellos un sugerente volumen juanramoniano de casi un centenar de páginas, pero pocos no han sido ya publicados en otros volúmenes.
            En las notas, las editoras distinguen entre “texto” (“prosa publicada por el poeta”) y “ante-texto” (prosa inédita o publicada en ediciones póstumas, confudiendo mero borrador inacabado con texto completo, aunque inédito). En el cuerpo del libro no; con el mismo tipo de letra y al mismo nivel aparece una maravillosa página juanramoniana que una simple palabra garabateada en un trozo de papel.
            Como tantos investigadores literarios, las editoras de este volumen han olvidado lo que es una obra literaria, la confunden con un trabajo de investigación (o lo que en la Universidad se entiende por tal). Este nuevo volumen juanramoniano no va destinado a los lectores, sino a los profesionales académicos de Juan Ramón, sirve para hacer carrera académica, no para dar a conocer una nueva obra del poeta. Al poeta le parecería una ofensa y una estafa a los lectores que se dejen engañar por los suplementos. Pero no seré yo quien diga estas cosas. Buscaré otro libro para la reseña de la próxima semana.
           
Viernes, 21 de marzo
SIGO SIN SER EL MÁS VIEJO

En la tertulia de hoy, que cambia de sede, nos dedicamos a buscar nombre para una nueva revista literaria. Será la cuarta que publica la tertulia, tras los irreverentes Cuadernos de Oliver, la efímera Escrito en el agua y la añorada Reloj de Arena. Cuando preparamos la primera, creo que ninguno de los contertulios de esta tarde había nacido. Me divierte comprobar que, a pesar ello, sigo sin ser el más viejo.




lunes, 17 de marzo de 2014

A buen entendedor: Vuelta a empezar


Domingo, 9 de marzo
CITAS

Escribe Andrés Barba al comienzo de una reseña: “Hay un hermoso proverbio chino (que más de uno ha atribuido a Borges) que asegura que Dios inventó el gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre”.
             Yo siempre creí que ni era chino ni era de Borges, sino de José Emilio Pacheco. Lo he citado como suyo incontables veces. Y no creo que mi memoria me engañe. En seguida lo encuentro en mi edición de Tarde o temprano, comprada en los ochenta, leída y releída con admiración y asombro. El poema “Gato” dice así: “Ven / acércate más. / Eres mi oportunidad / de acariciar al tigre / –y de citar a Baudelaire”. Me doy cuenta de que parte del poema está en cursiva; quizá sea efectivamente un proverbio chino que José Emilio Pacheco se limita a copiar, añadiéndole una culta coletilla.
            El poema que yo más veces he citado es también de José Emilio Pacheco. Se titula “Antiguos compañeros se reúnen” y dice exactamente lo que mi memoria recuerda: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.
            Mi memoria no suele ser tan fiel. Le gusta corregir, cambiar, retocar. Y a mí me gusta respetar esos arreglos. Casi todas mis citas son inexactas, o simplemente inventadas.  Cualquier ocurrencia parece siempre más ingeniosa cuando se la atribuimos a Oscar Wilde: “La gramática es el esqueleto de la poesía”, “Los grandes poetas, como las mujeres enamoradas, están siempre ciegos”, “En una pareja siempre hay alguien que falta, o que sobra”.
            Para compensar, muchos de mis páginas más personales y más confidenciales las han escrito otros. El poema mío que más me gusta es de Manuel Altolaguirre: “No me has querido y huyes por tus años / hacia un país en donde yo no existo”. Se titula “Despedida” y todos los poemas de amor que yo he escrito glosan ese poema.

Lunes, 10 de marzo
CONFESIONES PERSONALES

Como a los políticos, me gusta más hablarle a la gente que hablar con la gente.
            Yo no soy una persona normal; yo soy como todo el mundo.
            No he estado nunca casado, no sé lo que es odiar de verdad a alguien.
            Si toda la mala gente desapareciera de pronto, el mundo dejaría de funcionar.
            Quizá a veces sea un mal amigo, pero siempre soy un buen enemigo.


Martes, 11 de marzo
ANTES DE LO PREVISTO

Vierten este día periódicos y televisiones ritualizadas lágrimas de cocodrilo por los muertos de hace diez años. Pero a mí no me duelen ya esos muertos (y creo que a los políticos que componen el gesto mirando de reojo al electorado, tampoco). Uno no manda en su dolor. Me aterra hoy el naufragio de Avilés, la desaparición de un avión en Malasia. Salió el Santa Ana en la madrugada de un puerto que conozco bien. Sus tripulantes se fueron a dormir. Uno se quedó al mando. Ninguno sabía que el puerto de destino estaba muy cerca, frente al Cabo Peñas, en un lugar bravío y hermoso que a mí me gusta contemplar. Un amigo mío, Manuel Ferreira, ha viajado incontables veces con los pescadores de Asturias para hacer fotografías. En invierno y en verano, con buen y con mal tiempo. Hace unos días me llamaba para decirme que había estado en el Gran Sol, como el novelista Ignacio Aldecoa. Y me dijo que si no me apetecía embarcarme a mí también, que él podía hablar con algún patrón de pesca. Y yo soy tan temerario que pensaba aceptar, a pesar de mi edad y de que ni sé nadar ni he practicado jamás ningún deporte. Uno de los desaparecidos en ese barco si sabía nadar y era un gran deportista. Se llamaba Marcos del Agua Chacón, y el nombre ya parece una predestinación. Ahora está bajo el agua, en el estrecho camarote, con forma de nicho. Ojalá a él, como a los otros desaparecidos, no le diera tiempo a despertarse.
            Y en el cielo de Malasia un avión desparece, con más de doscientas personas a bordo, sin dar el más mínimo aviso, sin dejar rastro, como raptado por extraterrestres. Si pasa el tiempo, y siguen sin encontrarse sus restos, nada me extrañaría que algún experto ufólogo fuera al programa Cuarto Milenio a contarnos peregrinas teorías.
            No más peregrinas que las que otros contaron, y muchos interesadamente creyeron, a propósito de aquellos muertos de hace diez años. Que nunca importaron a nadie, salvo a sus familiares y amigos, sino como arma arrojadiza contra el contrincante político. Creo que ya va siendo hora de que se los deje en paz.
            Hoy me aterra ese barco que se desvió en el mar en calma, ese avión volatilizado, los tripulantes y los pasajeros que creían ir hacia un destino y en realidad iban a otro. Al mismo al que vamos todos. Pero ellos llegaron antes de lo previsto.


Miércoles, 12 de marzo
ANÉCDOTAS

Leo lo que cuenta Armas Marcelo de su admirado Jorge Semprún: “En una ocasión, Pasionaria lo llamó a París y le ordenó que tomara un tren hasta Moscú. Cuando Semprún llegó, Pasionaria estaba a punto de salir para el balneario del Mar Negro y le dijo que la acompañara. Por fin, tras muchas horas de viaje, llegaron al balneario del Mar Negro, a la ciudad de Constanza, donde Augusto desterró a Ovidio. Pasionaria tomó el coche que la estaba esperando y Semprún la acompañó hasta la dacha. Cuando llegaron, Pasionaria le dijo que no bajara del coche, que volviera a la estación y que allí tomara el tren para Moscú y luego de inmediato volviera a París”.
            Si la anécdota es cierta –Armas Marcelo afirma que se la contó el propio Semprún durante “una noche gloriosa” en la Rumanía de Ceaucescu–, el afamado escritor no solo merecería el calificativo de “cabeza de chorlito” con que le obsequió Pasionaria cuando lo expulsó del Partido, sino el más entrañable de “perrito faldero”. Pero ya se sabe que las anécdotas que los escritores cuentan de sus amigos suelen ser un vengativo género de ficción.
            La anécdota que yo suelo contar de Aleixandre creía haberla leído en Los encuentros, pero cuando he querido citarla textualmente no he sido capaz de dar con ella.
            Poco después de que le concedieran el Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor, fue a su peluquería habitual. Como su nombre había salido en los periódicos, el barbero le recibió con zalamería, mostrándose muy orgulloso de contar entre sus clientes con alguien tan importante. Luego le dijo que también cortaba el pelo a otro señor que escribía versos. “No es un personaje como usted, pero dicen que escribe versos, es un señor mayor”. “¿Ah, sí? ¿Y recuerda usted como se llama?”, preguntó Aleixandre por decir algo. “Usted no le conocerá, no es famoso como usted, pero también escribe versos. Creo que da clase a niños. Se llama don Antonio”. Se trataba –lo supo después– de Antonio Machado.
            Creo recordar ahora que esa anécdota, que yo creía tomada de Los encuentros, me la contó Carlos Bousoño cuando era profesor en los cursos de verano de la Universidad de Oviedo y yo le acompañaba, después de las clases, hasta su hotel, en el edificio de La Jirafa.
            Antonio Machado no era importante para nadie; ni siquiera para su peluquero. Solo lo era para quienes le habían leído. Eso es lo que distingue a un escritor de un figurón.


Jueves, 13 de marzo
METAFÍSICO ESTÁIS

Tras la presentación del último libro de Lorenzo Oliván, Nocturno casi, le acompañé un momento al hotel, mientras los demás amigos esperaban en el café, y aproveché para ponerle algunos reparos, como en los años de la tertulia. “¿No crees que imprimir como prosa poemas escritos en verso no añade nada, sino que dificulta la lectura?”, “Juan Ramón lo hacía, y Valente”. “Y Unamuno”, añado yo. “Y este último fue el único que dio razones convincentes de esa práctica. Resulta que en su tiempo los periódicos pagaban los artículos pero no los poemas, así que él –que era muy tacaño– escribía los versos todos seguidos, como si fuera prosa, para poder cobrarlos”.
            Otro reparo mayor le pongo y pronto nos ponemos a discutir, como en los viejos tiempos. Le acuso de utilizar lo que yo llamo “el efecto Gamoneda”, esto es, de emborronar el poema, eliminar referencias concretas, para hacerlo parecer más profundo. “¿Y cuándo he hecho yo eso? Lo que pasa es que a mí no me interesa el realismo en poesía, y en eso sí coincido con Gamoneda, yo soy un poeta metafísico; a mí, de lo que se ve, lo que más me interesa es lo que no se ve”. “Pues a mí a veces me da la impresión de que haces lo que se cuenta que hacía Eugenio d’Ors. Cuando escribía un artículo, antes de enviarlo al periódico, se lo leía a su secretaria, y le preguntaba si lo entendía. Si esta respondía que sí, él añadía: Pues oscurezcámosle un poco”.
            Le leo el comienzo de su poema “Una alucinación” (el título remite a José Hierro): “Entraste en el recinto de lo cuadrado. La paleta metálica, repleta de cemento, golpea en lo cuadrado, precisa de un sonido seco, cortante, duro para alzar lo cuadrado”. Se habla luego de “visión cuadriculada”, de “alrededor cuadrado”, de “lapidación de la contemplación”, de “la razón suprema de todo lo cuadrado”.
            “¿Y no entiendes de qué hablo? Vaya, Martín, estás perdiendo facultades. Pues ¿de qué voy a hablar? De un cementerio. Lo cuadrado se refiere a los nichos; en el poema cuento, bueno, no cuento, dejo que el lector la adivine, una cosa que me ocurrió cuando era niño en el cementerio de Castro”.
            (En el fondo, lo que me fastidia es que Oliván, el poeta de la tertulia que ha llegado más lejos en el escalafón literario y ha ganado más importantes premios, deba sus éxitos en buena parte a no hacer ningún caso de mis consejos.)


Viernes, 14 de marzo
NUEVO DESCUBRIMIENTO DEL MEDITERRÁNEO

La tertulia de los viernes, iniciada allá por 1980 primero en el bar La Perla, frente al Campoamor, y luego en la cafetería Oliver, en la Avenida de Galicia, inicia una nueva etapa en el café del Paraíso, junto a los restos de la antigua muralla.
            Decía Borges que la batalla de Junín, uno de esos episodios gloriosos de la historia argentina, “son dos civiles que en una esquina maldicen a un tirano”. Pues del mismo modo la historia viva de la literatura tiene menos que ver con premios Planetas, sesiones solemnes en la Real Academia o lectura de tesis doctorales que con un grupo de jóvenes que, en el rincón de una cafetería, comentan apasionadamente los Mediterráneos que acaban de descubrir, los poemas recién escritos.

Sábado, 15 de marzo
ELOGIO DE LA REPETICIÓN

¿Llega uno a una edad en que ya ha dicho todo lo que tenía que decir y solo le queda repetirse? Es posible, pero cuando unos lectores y unos interlocutores nos abandonan, llegan otros a los que todo les suena a nuevo.