domingo, 28 de julio de 2019

Colección particular: Centros comerciales


  
PIER 17

Hay muchos lugares de Nueva York donde me siento como en casa, pero en ninguno como en el Pier 17, mi centro comercial favorito de la ciudad, con permiso del más reciente y lustroso Time Warner en su esquina del Central Park, frente al Columbus Circle.
            Leía hace poco el libro Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus, de Fernando Villamil, y por él me entero de que en la inauguración el año 1894 de la estatua a Colón que preside Columbus Circle estuvo presente el marino asturiano, a punto por entonces de terminar la vuelta al mundo a bordo del primer buque escuela de la Armada Española. Las aventuras del Nautilus por los siete mares no desmerecen de las de su antecedente de ficción, la nave del capitán Nemo. No se imaginaba entonces Villamil que no muchos años después, en 1911, tendría también en su natal Castropol un enfático monumento que no desmerecería junto al neoyorquino.
            Pero no es el momento de hablar de Villamil ni del Time Warner, sino del Pier 17, al sur de la isla, frente a Brooklyn. Allí se conserva un trozo del Nueva York del siglo XIX, del puerto en que se anclaban los viejos veleros, del viejo barrio marino.
            Al acercarme por Fulton Street, siempre me acuerdo de Walt Whitman, que tantas veces habría recorrido esa calle, tras atravesar el East River en el ferry, para recorrer en tranvía las calles de Manhattan junto a su amigo Peter Doyle.
            Hay allí un minucioso museo, que no debe perderse nadie que ame la navegación, un faro que homenajea a las víctimas del Titanic, y un centro comercial con escalonadas terrazas sobre el río y vistas al puente de Brooklyn, al de Manhattan y, más al fondo, al de Williamsburg.
            Cuántos buenos ratos he pasado en aquel lugar, solo o en compañía de Martín López-Vega, Xuan Bello, Javier Almuzara, Silvia Ugidos, Marcos Tramón, de tantos contertulios.
            Lo descubrí caminando al azar, y se lo descubrí al poeta y profesor Hilario Barrero, que llevaba más de treinta años viviendo en la ciudad. Es un sitio más bien popular y para provincianos. Los neoyorquinos un tanto sofisticados lo miran un poco por encima del hombro, pero yo obligaba siempre a mis amigos a visitarlo y, a ser posible, a comer allí.
            Cada uno escogía su menú de comida rápida (seis o siete dólares) y luego nos sentábamos al aire libre, a ver pasar los barcos por el río, a un lado la estatua de la Libertad, al otro el puente de Brooklyn, enfrente la Promenade, uno de mis paseos favoritos, y alzándose sobre el caserío de Brooklyn el dedo art deco del Williamsburg Savings Bank.
            La verdad es que yo disfrutaba allí más que en el mejor restaurante, siempre he sido de gustos gastronómicos muy poco refinados: lo que más me agrada de cualquier comida es el encanto del lugar y, sobre todo, la compañía.
            Antes de llegar al Pier 17, solía pasar por la sucursal de Strand que había en Fulton Street. No era infinita como la librería principal, al lado de Union Square, pero nunca dejaba de encontrar alguna rareza o alguna curiosidad. Las hojeaba luego en el equivalente neoyorquino de Las Salesas (yo siempre viajo llevando mis rutinas conmigo).
            Pero cerraron la librería y también estaba cerrado mi centro comercial favorito las últimas veces que lo visité. Al parecer, sufrió graves desperfectos con el huracán Sandy y aprovecharon para reformarlo por completo.
            Me dicen que ha vuelto a abrir hace pocos meses. Ahora tengo que inventarme algún pretexto vagamente cultureta para volver a Nueva York. No puedo confesar que el verdadero motivo es ver cómo han dejado el Pier 17 (y conocer, de paso, Hudson Yards). Uno tiene que cuidar su reputación intelectual.


FORUM AVEIRO

Aveiro, con su aire holandés y veneciano, está a medio camino entre Oporto y Coimbra. Cuando lo visito desde el norte, prefiero dejar de lado la autovía y acercarme por la carretera que discurre desde el azulajeado Ovar bordeando el mar y la ría y las dunas de San Jacinto.
            Si hay un poco de niebla desdibujándolo todo, la ría de Aveiro, con sus barcos fantasmas y sus islas misteriosas, parece formar parte de uno de esos países que solo existen en las leyendas antiguas.
            Cruzo en el ferry y luego, tras atravesar una especie de laberinto portuario de redes y almacenes, mi primera parada es siempre en el Forum Aveiro, un centro comercial al lado del canal grande, todo él abierto al aire libre.
            En el resto de la ciudad, con sus canales y sus casas coloridas, con su maravillosa iglesia de la Misericordia, con las salinas que resplandecen al sol, me encuentro siempre de paso, soy un turista más. En el Forum Aveiro, estoy en casa.
            A veces, mientras tomo un café, hojeo el periódico o el libro que acabo de comprar en la Bertrand, pero más a menudo no hago nada, me dejo acariciar por luz salada y descanso del callejeo por las viejas calles empedradas.
            Con los lugares, pasa como con las personas. La simpatía es sin por qué. Hay espacios que no nos miran bien y otros que nos abrazan nada más acercarnos a ellos.
            A mí Aveiro, entre Oporto y Coimbra, me ha puesto casa junto al canal y me quiere bien y no deja de hacérmelo notar cada vez que paso por allí, mucho menos de lo que me gustaría.


MARCHÉ DES GRANDS-HOMMES

Cuando lo vi por primera vez, me pareció que tenía algo de nave extraterrestre posada en medio del dorado caserío dieciochesco. Me fascinó el nombre y más cuando me enteré de quiénes eran esos grandes hombres a los que se refería: Montaigne, Montesquieu, Rousseau, Voltaire…
            Ellos dan nombre a las calles que lleva a la plaza circular, de finales del siglo XVIII, ocupada por el mercado.
            Burdeos siempre me pareció un París de bolsillo, un lugar donde refugiarse, como Goya y Moratín, de los desastres de la patria y donde pasear por la orilla del Garona soñando con embarcarse hacia lejanas tierras.
            En Burdeos, me encuentro como en casa en muchos lugares (en la plaza de Saint-Michel, por ejemplo, comprando libros y visitando anticuarios cualquier mañana de domingo), pero sobre todo en dos: en la librería Mollat y en la burbuja de cristal y acero del Marché des Grands-Hommes.
            Recuerdo una tarde de lluvia en que leía al irritante y fascinante Paul Léautaud: “No me gusta la gran literatura, solo me gusta la conversación escrita”, “La juventud más bella es la juventud de la mente cuando uno ha dejado de ser joven”.
            Golpeaba la lluvia cada vez más furiosamente contra el techo; de vez en cuando, a un súbito resplandor le seguía el estrépito sordo del trueno. Pero a mí no me importaba, me sentía a gusto allí –tan a gusto y tan feliz como los animales a salvo del diluvio universal en el arca de Noé–, la conversación escrita de Léautaud por toda compañía:
            “¿El mejor momento de mi vida? Por la noche, solo, ya en la cama, antes de dormirme, entretenido con las mil y una ocurrencias que ocupan mi mente”.


SÓCRATES EN LAS SALESAS

La acción comienza en mi rincón favorito del centro comercial Las Salesas, sentado en la gran mesa redonda junto a los ventanales con geranios. Delante de mí tengo un café, un vaso de agua y unos cuantos libros que acabo de recoger en la redacción de Clarín o de comprar en Cervantes. Se acerca un amigo a saludarme.
            ––Veo que no cambias de costumbres ni en verano.
            ––Puedo permitirme el lujo de no tener vacaciones.
            ––¿Pero no estarías más tranquilo en tu casa o en el despacho del Milán?
            ––Me concentro mejor aquí. Y no solo aquí, también en el McDonald’s de Los Prados, bastante más ruidoso, sobre todo si se celebra algún cumpleaños. Soy un solitario al que le gusta la gente. En el paisaje más hermoso del mundo, no tardaría en aburrirme. Haría unas cuantas fotos y en seguida estaría deseando marcharme a la ciudad más próxima. La naturaleza que prefiero es la naturaleza humana.
            ––Pues das la impresión de ser un misántropo al que solo le interesan los libros.
            ––Lo que más me interesa de los libros es que me permiten ver el mundo con otros ojos y conversar con mucha gente.
            ––Yo creo que tu afición a los centros comerciales, esas catedrales del consumo, es solo por llevar la contraria, tu deporte favorito.
            ––A Sócrates también le habrían encantado. No me lo imagino encerrado en una biblioteca, sino entre la gente, charlando con  todo aquel que quiera debatir con él. Los centros comerciales son la versión contemporánea del foro romano o del ágora griega. Sócrates hoy no dejaría de apuntarse a algún gimnasio, no para hacer ejercicio (ya hace bastante callejeando todo el día), sino para hacer amigos a los que machacar dialécticamente.




domingo, 21 de julio de 2019

Colección particular: Gatos


  
LIBRERÍA ALTA ACQUA

Son media docena, o más, los que andan brujuleando por la librería, pero yo solo me he hecho amigo de tres, y les he dado nombre: Guardián, negro y orondo, que descansa sobre uno de los cajones con libros de la entrada, atento a que nadie se lleve ninguno sin pasar por caja; Lector, blanco y leonado, a quien siempre encuentro junto a un libro abierto (a veces dormitando sobre él: la última vez se trataba de La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, ese Joyce triestino), y Explorador, de quien se cuenta que, en una de las habituales acqua alta, inundada la librería, salio del local en lo alto de una de las viejas góndolas en las que se exhiben libros y llegó hasta el Gran Canal, subido a la inestable torre de papel, dirigiendo la travesía.
            La librería Alta Acqua está en un bajo de la Calle Longa S. M. Formosa y su parte de atrás da al canal de Santa Marina por el que cruzan sigilosas las góndolas. Apenas hay otoño en que no se inunde y las enciclopedias que se apilan en su pequeño patio, fundidas unas con otras por la acción del agua y del sol, forman una escalera por la que uno puede subir para atisbar el horizonte, y por eso, los libros no se apilan en el suelo sino en viejas barcas e incluso bañeras.
            Los gatos de Alta Acqua son famosos, quizá lo más famoso de la librería, que está a punto de morir de éxito. Pronto tendrá que cobrar la entrada, como Lello, la librería de Harry Potter, en Oporto. Ya casi nadie entra en ella a comprar libros, sino a perderse en aquel laberinto, hacerse fotos y asomarse a un canal que gusta de vez en cuando de salirse de madre.
            El dueño, Luigi Frizzo, antes estaba siempre en la caja, pero ahora se lo encuentra uno a menudo sentado en el patio, dispuesto a charlar con cualquiera que quiera acompañarle.
            Los gatos de Alta Acqua son mis más fieles amigos venecianos. Nunca dejan de reconocerme cuando vuelvo ni de alegrase de verme, o esa ilusión me hago.
            A Lector le debo el encuentro con excelentes autores de los que ni había oído hablar. A veces, cuando paso por su lado, abandona el libro que tiene entre manos y salta hasta otra estantería. Yo le sigo y nunca dejo de hojear lo que me ofrece. En una ocasión me llevó hasta Memoria d’un altro fiume, una selección de la poesía en prosa de Eugénio de Andrade traducida por Carlo Vittorio Cattaneo a principio de los ochenta. “Qué bien me conoces”, le dije. Y él se dejó acariciar.


EN EL GRAN TEATRO

En el gran teatro de Plovdiv, un gato viejo, sentado sobre sus cuartos traseros, asiste impasible, como un senador romano, al ir y venir de los turistas. Una vez me subí al escenario y recité, solo para él, unos versos de la Medea de Séneca:
            “Yo fui feliz hace tanto tiempo / que ya ni puedo recordar / lo que entonces sentía. / También fui desdichada / porque engendré para el dolor y el llanto / dos hijos inocentes.
            ¡Qué locos los humanos, / veneran a los padres / que los condenan sin culpa / a una interminable agonía / y temen al verdugo / que los libera de ella!
            Incluso en la vida más feliz / hay más dolor / que en la peor de las muertes.”


TERTULIA EN ÇANAKKALE

Entre la Troya de Homero y el Abydos de Lord Byron, Çanakkale, que ve ponerse el sol sobre las tierras de Europa recostado en el lado asiático de los Dardanelos, se asocia en mí a la idea de la felicidad, a pesar de que fue escenario de una de las grandes masacres de la historia, la batalla de Gallípoli.
            Paseaba a solas, no echaba de menos a nadie (quizá por primera vez en mi vida) y al cruzar por una de las calles paralelas al paseo marítimo, me encontré con seis o siete gatos que parecían formar tertulia en una esquina. Me detuve junto a ellos y durante un tiempo callamos juntos, como buenos amigos, cada uno devanando sus quimeras, y al alejarme siguieron allí inmóviles gozando de la tarde y yo sentí que nunca había estado en mejor compañía.


TIBERIO

Subí hasta el monte Solaro, desde Anacapri, solo en el ir y venir de las telesillas vacías. Solo estuve en aquella altura un largo rato, contemplando el fascinante panorama, tan lleno de azul y de literatura. Un gato se me acercó y yo de inmediato le di el nombre del emperador que allí quiso buscar en la desmesura del placer antídoto para la melancolía. Intercambiamos confidencias en forma de haikus, que es el lenguaje que mejor entienden los gatos.

Así te quiero
ni de mí ni de nadie
libertad pura.

También sin casa
¿por qué entonces ahora
me compadeces?

Duerme conmigo
y cuando me despierte
sigue conmigo

Los dos tan solos
yo también como tú
gato sin dueño.

Lejos de mí
en el jardín sin nadie
brillan tus ojos.

Saciado y solo
con heridas a veces
vuelves a casa.

Como tú busco
el amor con cualquiera
y vuelvo solo.
    


EL PEQUEÑO PERSA

Los gatos que yo amo son inmortales, como los dioses y el ruiseñor de Keats. Mi egoísmo los prefiere libres, callejeros, saliendo a mi paso por los caminos del mundo, o en casas de amigos que visito de tarde en tarde, saliendo de su rincón para husmearme y darme el visto bueno (a los gatos, al contrario que a las personas, suelo caerles bien desde el principio). Por eso, raras veces los he visto enfermar y morir.
            Hay dos excepciones, una fue Mickey, el pequeño persa de Eugénio de Andrade. No puedo releer los versos que le dedicó sin sentirme conmovido: “Era azul y tenía los ojos de dios, / mi pequeño persa / ––ahora, a ras de suelo, ¿a dónde iría?, / la voz quebrada, / el peso de la tierra sobre los flancos, / la luz desierta en la pupila. / Te llamo; digo tu nombre / tropezando sílaba / a sílaba; repito tu nombre / para que vuelvas con la luna / nueva, el sol de marzo, / el pan de cada día; / te llamo: el rigor del frío, / su tela blanca, / por toda compañía”.
            En el epílogo de Rente ao dizer, nos cuenta cómo llegó a su vida aquel inesperado regalo de unos amigos: “Sorprendido, miraba aquella maravilla que me cabía entera en la mano, con terror y fascinación al mismo tiempo, pues a partir de entonces mi libertad parecía amenazada. La minúscula criatura me miraba fijamente con ojos de cobre redondos, inmensos, y ante aquella mirada me sentía a su merced. Comenzamos a tratar entonces de su instalación. Como era del tamaño de una avellana, y aquel enero era muy frío, acabé por llevarlo para mi cuarto: primero junto a la calefacción, después para la cabecera de la cama, donde se habituó a dormir, a veces con mi mano por almohada. Como toda la vida dormí solo, con Micky supe por primera vez de una presencia serena en mi cuarto. Y lo fui viendo crecer con la certeza de que a mi lado crecía un ejemplar perfecto: cabeza robusta, orejas delicadas, naricita rosada, pelo espeso y sedoso, más abundante en el cuello y la cola  –era un príncipe oriental que compartía sus días conmigo, sin corona y sin mundo para gobernar, pero de una belleza que, si fuera humana, sería insoportable”.
            Siguen los días de felicidad, que parecían no tener fin, y luego el derrumbe, los pormenores de la enfermedad final, que no puedo leer sin lágrimas. También se me humedecen todavía los ojos cuando paso por aquel parque secreto, cerca del Ponte delle Guglie, donde depositamos las cenizas de Trisca, la gata que llegó a las manos de Silvia y a la tertulia por inesperado azar y casi recién nacida y que durante tantos años fue una contertulia más.
            No hay amor que no reciba su merecido. Amor con dolor se paga. También los dioses mueren.





domingo, 14 de julio de 2019

Colección particular: Calles


  
RUA FERREIRA BORGES

Comienza en el Largo de Portagem, a la entrada de la ciudad, junto al puente sobre el Mondego; termina en otra plaza, frente a la iglesia barroca de Santa Cruz, donde está enterrado el primer rey de Portugal, don Afonso Henriques.
            A veces cambia de nombre en ese largo recorrido, pero sigue siendo la misma, una calle burguesa, con mucho empaque decimonónico, que separa las dos partes de la ciudad: a su derecha, la que se empina hasta la Universidad, con fatigadas callejuelas y caserones podridos de historia; a su izquierda, el laberinto de la baixa, bullicioso a las horas del mercado, desierto el resto del día.
            Cerca de su comienzo, estaba el Café Arcádia, por el que pasaba –o eso me parecía a mí– toda la historia de la literatura portuguesa. En una librería cerca del arco de Almedina, compré un libro que acababa de aparecer, Matéria solar, de un poeta del que no tenía noticia, Eugénio de Andrade, y que desde entonces me acompañaría para siempre.
            Lo leí entero, recién comprado (como a mí me gusta leer los libros) en el café Arcádia, cerca de una de las ventanas, cuyos cristales temblaban cuando pasaba, muy cerca, el tranvía. Todavía recuerdo muchos de sus versos: “El muro es blanco / y bruscamente / sobre el blanco del muro cae la noche”
            No cae nunca la noche sobre aquellos días de Coimbra, los mejores y los peores de mi vida. En el café Arcádia escuché hablar con unos amigos a Miguel Torga, que tenía su consultorio al comienzo de la calle (luego me lo volví a encontrar, solo, en el cine Avenida); en el café Arcádia leí Amor de perdición, de Castello Branco, y a Eugénio de Castro, tan elogiado por Unamuno, que había nacido allí al lado, y que murió de pena cuando en tiempos de Salazar destruyeron la casa en que vivía para construir la nueva universidad, de empaque mussoliniano, en la que yo estudiaba.
            En el café Arcádia… Pero esa es otra historia que recordar no quiero. Sima y cima. Infierno y paraíso. Cruz y delicia.
            Tantos años después, ahí sigue la Rua Ferreira Borges, con sus tiendas elegantes y sus despachos de médicos y abogados. Cerró hace cerca de cuarenta años el Café Arcádia, pero continúa abierto, en lo que fue una iglesia al lado de la principal, el café de Santa Cruz. Cuando he vuelto, siempre me he sentado en él a hojear los libros que acabo de comprar en alguna librería y a borronear algunos versos.
            Pero la verdadera Rua Ferrreira Borges hace tiempo que no está en Coimbra, sino amarilleando de melancolía y perfumando para siempre mi memoria.


42 STREET

Tiene un corazón luminoso, el que atraviesa Time Square, pero el tramo que yo prefiero, el que hago mío, va desde la Biblioteca Pública hasta Tudor City y las Naciones Unidas. En tiempos, entre otras maravillas, había en ella un paraíso de tinta y de papel, en el que se podían encontrar todos los periódicos del mundo. Recuerdo que una vez, por hacer la prueba, pedí La Voz de Avilés, y tras mucho buscar y rebuscar acabaron trayéndome un ejemplar, aunque varios días atrasado. Eran tiempos anteriores a Internet y los diarios digitales.
            En las escalinatas de la Biblioteca, custodiadas por leones, me senté muchas veces a no hacer nada y siempre lo primero que me venía a la cabeza eran los versos de José Juan Tablada: “Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida / tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”.
            Yo tenía la sensación, sentado allí, de que era el mundo quien pasaba tan cerca de mis ojos como de mi vida. Me alojaba por entonces en un apartamento de Tudor City y recorría varias veces la calle desde la estación de metro de Grand Central.
            En la gran estación, plantada en medio de Park Avenue, me gustaba pasar el tiempo, alternando la contemplación de la bóveda celeste, pintada en el techo del inmenso vestíbulo, con el ir y venir de los viajeros en torno al reloj de cuatro caras. No sé qué filosóficas emociones me producía el contraste entre la serenidad del cielo estrellado y el ajetreo de los seres humanos.
            Me gustaba detenerme, cuando iba al centro o volvía al hotel, en la antigua redacción de periódico en que había trabajado Superman, quiero decir Clark Kent, con su coloreado globo terráqueo en la entrada, y también en la Fundación Ford, con su jardín cautivo, el primero que yo tuve ocasión de contemplar enjaulado en un edificio de granito, cristal y acero.
            Mi rincón favorito era uno de los dos pequeños jardines elevados, el de la derecha, que había al final de la calle, antes de cruzar la Primera Avenida y desembocar en Naciones Unidas. Jardines de uso público, pero de propiedad privada, frecuentemente uno tenía en ellos por única compañía a alguna inquieta ardilla.
            Allí me vuelvo a ver leyendo, descifrando mejor, una edición de los poemas de Emily Dickinson, que entonces tenían para mí algo de enigmáticos telegramas líricos: “Entre las cosas que vuelan / están los pájaros, las horas y el abejón”. Esos versos se me han quedado en la cabeza. También un poema que habla de cuando ya no florezcan las rosas y se acaben las violetas.
            Pero lo que más recuerdo, lo que hace para mí inolvidable aquella calle y aquel rincón, es algo –fisiología y magia– que no puedo o no quiero contar. Una celeste aparición, que llegó acompañando a su perro, y la conversación propiciada por el libro de Emily Dickinson, y luego, en su casa, aquel milagro fuera del tiempo y del espacio que no se volvería a repetir, como es propio de los milagros.

AZUL PALERMO            

Algunas noches, mientras llega el sueño,
me pongo a pasear por la memoria,
borrico que da vueltas a la noria
y no atiende a las voces de su dueño.

Aquel café otra vez y aquella esquina
y el fauno que se esconde en el jardín,
las avenidas que no tienen fin
y el mar que me consuela en Mergellina.

Vuelvo a Coimbra y a la plaza aquella
cerca de la estación y al hotel Roma
y a Ginebra con nieve y a la doma
de la quimera y a mi amarga estrella.

Qué fatigado estoy cuando me duermo.
Perugia tan perdida y tan azul Palermo.

STRADE NOVA

La Strade Nova resulta quizá la menos veneciana de las calles de Venecia, con decir que la construyó Napoleón ya está dicho todo, pero es también una de las más cómodas y más frecuentadas por todo el mundo, turistas y lugareños.
            Termina en el Campo dei Santi Apostoli, con campanile y reloj que marca las veinticuatro horas del día (y que casi necesita libro de instrucciones para poder ser descifrado), uno de los centros del laberinto sin centro que es Venecia.
            Cuando yo me alojaba en un hotel al lado mismo de Ca’d’Oro, cenaba todas las noches en el MacDonald’s de esa calle, frente a la callejuela que llevaba al vaporetto.
            A mis amigos, pretenciosos viajeros que abominan del turismo como cualquier turista que se precie, eso les parecería una abominación, y por eso solo lo hago cuando viajo solo y suelo callarlo como un inconfesable vicio privado.
            Salía con mi bandeja a una de las mesas de la calle y allí me quedaba un buen rato contemplando el ir y venir de la gente y anotando de vez en cuando algunos versos en mi cuaderno: “Qué bien se lleva / el verano contigo, / tarde de otoño”.
            Para mí forman una única calle, aunque reciban distintos nombres, las que prolongan Strade Nova hasta el puente de Le Guglie, sobre el canal del Cannaregio. Como frecuentemente me he alojado cerca de la estación, la recorría más de una vez todos los días. Por allí tengo viejos conocidos: el Teatro Italia, que acabo de encontrar convertido en el supermercado más hermoso del mundo, con exposiciones de arte y música en directo; la iglesia circular de la Magdalena, con el ojo divino en medio del triángulo masónico y su maravillosa inscripción en la fachada: la sabiduría levantó este templo; los puestos matinales de verduras, frutas y pescado bajo las ventanas de mi apartamento en Rio Tera’San Leonardo.
           

CALLE RIVERO

Viví en ella, sigo viviendo en ella, es la calle que más veces he recorrido entera, desde la plaza de España hasta su final donde estaba, donde sigue estando, mi casa.
            Ha desaparecido el quiosco-librería de Juanita, donde de niño compraba los tebeos, también la fugaz librería en que compré mi primer libro, las Poesías completas de Antonio Machado, en la colección Austral, a los catorce años, después de ahorrar, peseta a peseta, el poco dinero que costaba, para mí una fortuna. Pero ahí sigue, en su esquina de siempre, Gráficas Careaga, donde se comenzó a imprimir, allá por 1975, la revista Jugar con fuego, que escribía yo por entero porque por entonces no conocía a nadie más en Avilés a quien le interesara la literatura, aunque ya me carteaba con Vicente Aleixandre, mi primer corresponsal literario,  o con Ángel González, en su transtierro americano.
            Calle soportalada, antiguo camino a Oviedo, paseada por los frailes de San Francisco, como dice la canción, con capilla venerable y fuente dieciochesca, con una entrada monumental al parque de Ferrera, cuyas altas murallas –altas entonces– yo me atreví a saltar cuando era niño y el parque todavía enigmática propiedad privada.
            “Las calles de Buenos Aires / son ya la entraña de mi alma”, cantó Borges. La calle Rivero (tantas tardes yendo y volviendo de la antigua biblioteca, con libros –pasaportes de felicidad– en las manos, tantas veces yendo y volviendo a la tertulia del Serrana, donde fui comentando uno a uno, según se escribían, los poemas de Víctor Botas) discurre menos por Avilés que por las entretelas de mi corazón.



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domingo, 7 de julio de 2019

Colección particular: Venecias




ESPEJO

Cuando se mira en el espejo de sus aguas, incluso la Venecia más decrépita se vuelve hermosa.

SOMBRA

La sombra de un ciprés, un muro de ladrillo, un cielo muy azul. Podían estar en cualquier vieja ciudad, pero el silencio que los rodea solo puede ser veneciano.

INVIERNO

Hay días de invierno en que Venecia se encierra en casa, se envuelve en niebla y no se deja ver.

CAMPANAS

En Venecia, cuando uno se siente feliz suenan a la vez todas las campanas.

PALOMAS

En el campo de San Giovanni e Paolo, las palmas juegan con el fiero Colleone, dan vueltas en torno suyo, se posan en su mano, en la cabeza del caballo, en su propia cabeza, pero él se lo consiente todo como un abuelo paciente a los díscolos nietos.

ENSOÑACIONES

Las ensoñaciones de un paseante solitario sostienen Venecia; cuando deje de soñarla, se hundirá en las aguas.

BATALLAS

En el silencio marino de los amaneceres venecianos, resuena el eco de todas las batallas perdidas.

ROSAS

La ventana abierta da al jardín, un jardín diminuto al que un alto muro separa del canal. ¿Sabrán las rosas que en él crecen que están en Venecia?

JARDÍN

Los ventanales góticos, lo único iluminado al otro lado del canal, dejan entrever el jardín del edén: un inmenso salón lleno de libros.

SOLO

Si no has estado solo en Venecia, no has estado en Venecia. Solo se muestra de verdad a quien no tiene ojos más que para ella.

ODIO

Los venecianos odian a los turistas como la paloma de Kant odiaba la resistencia del aire. Sin esa resistencia, la paloma no podría volar; sin los turistas, Venecia se hundiría en las aguas.

ENCARGOS

Los crepúsculos Venecia se los encarga a Paolo Veronese o a Tintoretto, pero los amaneceres son siempre de Giovanni Battista Tiepolo.

AMORES

En Venecia, todos los amores eternos duran una noche, salvo el amor a Venecia.

OTOÑO

En otoño, Venecia solo tiene ojos para sí misma.

ATARDECERES

Algunos atardeceres, acodado en el Ponte dei Mendicanti, contempla uno San Michele, con los cipreses asomando sobre el muro, y no sabe cuál es la isla de los muertos y cuál la de los vivos.

LEJOS

Cuando estamos en Venecia, nunca estamos del todo en Venecia. Solo estamos de verdad en ella cuando la soñamos lejos de ella.

ROBO

Una vez, en Venecia, en un hotel de cuyo nombre no quiero acordarme, quien yo creía que me había robado el corazón, me robó la cartera. El corazón no lo quería para nada y lo tiró a un canal.

CIRCULAR

Venecia es circular, como el universo: dos personas que parten en direcciones contrarias acaban siempre por encontrarse.

NOSTALGIA

Si estando en Venecia sientes nostalgia de Venecia, es que eres veneciano.

CAMINOS

Una vez, al preguntar una dirección en Venecia, el tendero me respondió: ¿Prefiere usted el camino más corto o il piu bello?

DECIR

¿Qué no se habrá dicho ya sobre Venecia? Y, sin embargo, lo más importante queda todavía por decir.

SECRETO

La Venecia más secreta está a la vista de todos.

PÉRDIDA

Los que viven en Venecia no sabe que se pierden lo mejor de Venecia.

SUEÑO

Una vez soñé que estaba en Venecia y que de pronto comenzaban a repicar todas las campanas hasta despertarme. Cuando abrí los ojos, las campanas seguían sonando y en el techo, por una rendija de la ventana, se reflejaban las aguas del canal.

ESCONDITE

A Venecia le gusta jugar al escondite. A veces das vueltas y vueltas por sus rincones más famosos y no eres capaz de encontrarla entre la multitud.


RELÁMPAGO

Todas las causas son causas perdidas,
todas las ciudades se hunden en el agua
del tiempo lentamente sin salvación alguna.
Todos los hombres matan lo que aman
para luego llorar sobre las ruinas.
No tienes más sustancia que la que tengo yo.
Tú también eres humo, sombra, polvo y nada,
un súbito relámpago
que aún no fue y ya ha pasado y sin embargo
no se termina nunca.

SIEMPRE

Un cedro y un ciprés, jazmines, tamariscos,
la pérgola y la parra y el rojo de esas flores
que tanto amaba Veronese. Al fondo
por una grieta entre los muros
cabrillea el agua del canal…
La fatigada luz de la tarde de junio
ha tomado posesión del jardín
y tantos años después ahí sigue, inmóvil,
apoyada en el brocal del pozo,
decidida a quedarse para siempre.

AMANECER

Me despertó la luz de la mañana,
súbita, inesperada, prodigiosa,
la luz exacta de aquel distante día
en que sonó un ‘fiat lux’ y nació entera
cuando aún no había ojos que la vieran
y nada más que ver sino ella misma.
En la ventana abierta sonreía,
se bañaba en las aguas del canal,
acariciaba tu cuerpo desnudo,
todavía dormido junto a mí.
Y en mis ojos había orgullo y pasmo,
los mismos con que Dios por vez primera
miró su obra y se admiró en ella.