sábado, 27 de abril de 2024

Coraje y alegría: Yo a los palacios subí

 

 

Sábado, 20 de abril
ANOCHECER EN PAU

¿Qué se puede hacer en una pequeña ciudad francesa a partir de las siete de la tarde? Cierran los establecimientos comerciales, cierran las cafeterías, las calles del centro se quedan desiertas y solo permanecen abiertos los restaurantes.

Si viajo solo, busco un rincón apacible donde entretenerme con un libro hasta la hora de acostarme; si con amigos, un lugar donde charlar. En Pau, después de dar vueltas con lluvia y frío, solo lo encontramos, cerca de la plaza Clemenceau, en un KFC espacioso y confortable sin más clientes que dos o tres grupos de adolescentes que cenaban temprano.

Allí estuvimos –José María, Julia, Eva y yo--  casi dos horas, tan ricamente, divagando sobre todo lo humano y lo divino, como buenos españoles. Luego la charla continuó en el hotel, un hotel de hombres solos, como los viajantes de algún poema de Philip Larkin, según pudimos comprobar luego en el desayuno. A la ventana de la habitación abuhardillada (allí debía de vivir los sirvientes cuando se construyó el edificio, del siglo XVIII como la plaza en que se encuentra), se asoma la alta torre de San Martín.

Supongo que a estas horas en que ni siquiera ha oscurecido del todo, habrá lugares luminosos y tranquilos en que tomar algo y leer o conversar, me imagino que no todo el mundo estará recogido en casa o cenando fuera. Con buen tiempo, se puede pasear por el bulevar de los Pirineos y contemplar la alta luna con su corte de estrellas, pero con este frío y estas ráfagas de lluvia… Qué gran invento los denostados centros comerciales, donde se puede estar solo y se puede estar en compañía a resguardo de la intemperie.

Domingo, 21 de abril
MI RIVAL FAVORITO

Comienzo a leer el último libro de Enrique García-Máiquez, Ejecutoria. Una hidalguía del espíritu, y a las pocas páginas me froto las manos. El autor tiene talento, tiene el don de la alegría y una casi infinita capacidad de trabajo. Contrincantes como él son los que a mí me gustan: no te lo ponen fácil.

Voy leyendo este alegato contrarrevolucionario, lápiz en mano, preparándome para la batalla. Trato de encontrar los puntos débiles de su argumentación, los que camufla con chispeantes sofismas, para con un buen golpe derribarle y luego, mi espada dialéctica sobre su garganta, obligarle a rendirse. Y si no lo consigo, pues será él que me ayude a levantarme y, después de darnos caballerosamente la mano, quedaremos tan amigos hasta el próximo combate.

Lunes, 22 de abril
VOLVER

Me llamó el viernes Julio César Iglesias para decirme que Los Porches, la cafetería de la que fui expulsado tras cuarenta años de frecuentación diaria, ha cambiado de dueño, pero sigue con los mismos camareros. Le han dicho que les gustaría que yo volviera. Vuelvo hoy, me siento en la mesa de siempre (la gran mesa redonda en la que parezco el rey Arturo a la espera de sus caballeros) y abro un libro recién llegado, el santo grial de cada día.

No me esperaba este regalo del azar. Ya había encontrado mi confortable rincón en el exilio, y siento un poco abandonarlo, pero qué alegría volver a mi rincón matinal desde que abrieron Las Salesas, allá por 1982.

 

Miércoles, 24 de abril
CASI UN CUENTO DE HADAS

Fui a Madrid a conocer a un príncipe y a comer con un rey. Podría ser el comienzo de un cuento de hadas, pero solo lo es de una crónica costumbrista porque la realidad –si bien se mira-- está hecha del mismo mimbre que los cuentos tradicionales.

            El príncipe se llama Bruno. Vive en un ático lleno de libros, al comienzo del Paseo del Prado y enfrente mismo del Museo. No tiene demasiada experiencia del mundo, acaba de cumplir doce días, pero creo que ya sabe que le gusta y está deseoso de vivir todas las aventuras.

Cuando duerme, su rostro es el de Buda, el de quien está en el secreto del universo. Cuando abre los ojos, lo mira todo con curiosidad y sonríe, si le mira su madre, o bosteza si yo comienzo a susurrarle un haiku (menos mal que no me dio por recitarle las soledades de Góngora, que también me las sé: “Era del año la estación florida…”)

Al acabar la audiencia, como gran señor magnánimo, quiso hacerme un regalo y me nombró abuelo suyo “honoris causa”.

            ---Qué gran honor. Pero ese decreto, para que tenga validez legal, han de firmarlo todavía vuestros progenitores, señor, que sois menor de edad.

            ---Firmo, dijo la reina doña Nicole.

            ---Firmo, dijo el rey don Martín.

            Y yo me fui de un palacio a otro más contento que unas castañuelas.

Jueves, 25 de abril
BESAMANOS

“¿Qué tal el besamanos de ayer, Martín? Cuenta, cuenta”, me dice Enrique Bueres en la tertulia virtual, que empezó tarde porque, al cambiar de día, me olvidé de ella.

            ---Hay poco que contar. Estuve a punto de meter la pata, como de costumbre. Me senté cerca de un extremo de la gran mesa. En el mismo extremo se sentó un desconocido que, nada más sentarse, comenzó a hablar con voz sonora y no dejó de hablar durante toda la comida. Se dirigía a quienes le acompañaban a derecha e izquierda, Ana Iris Simón y Sonsoles Onega, pero no podíamos dejar de oírle los diez o veinte invitados más próximos. Comenzó diciendo que él tenía el privilegio de escoger a sus vecinos de mesa porque, salvo los pocos que protocolariamente se colocaban al lado de los reyes, se distribuían al azar, y que él las había escogido a ellas porque admiraba mucho los artículos de la primera, le recordaban el mundo de su infancia, y las novelas de la segunda. Ellas correspondieron a esa deferencia escuchándole atentas durante toda la comida y corroborando sus afirmaciones sobre la decadencia de la lectura y de la escritura a mano. Yo intercambié unas palabras con Nuria Ortega y Juan Pedro Aparicio, que tenía a mi derecha, pero me era imposible no escuchar la voz bien timbrada del desconocido tan seguro de sí mismo y de sus opiniones. Podría dar una conferencia sobre su vida –hijo de notario que pasó la infancia en varios pueblos por traslado del padre-- y aficiones. Con Nuria, hablé de poesía y parapoesía. Resulta que, tras el Adonáis, ha ganado el premio Espasa, el más detestado por los autoproclamados poetas serios. Y no dejé de darme cuenta, ventajas de estar en una esquina, de que a uno de los guardias reales que custodiaban la entrada le pasaba algo. Cerraba los ojos, le temblaba una pierna. Estuve todo el tiempo temiendo que se fuera a desmayar. “Menudo escándalo que se armaría”, le dije a Nuria. Pero resistió hasta el final. Un valiente. Me dieron ganas de, al levantarnos para ir a tomar café, acercarme a preguntarle si estaba bien.

En el salón chino, estuve con los poetas jóvenes, los recientes premios Hiperión, Adonáis y Loewe joven. Este último lo ha ganado Ernesto Delgado, cubano que no había salido de la isla hasta que vino a recibir el premio. “Todavía vivo como en un sueño”, dijo. Y me imagino que le parecería cosa de encantamiento, nuevo Segismundo, pasar de aquella miseria a los salones del Ritz y del Palacio Real.

 Vencidos por la edad, en un sofá estaban sentados Luis María Anson y Víctor de la Concha. Recordé los tiempos en que fui miembro del jurado del Príncipe de Asturias y ellos llevaban la voz cantante. Si estaban de acuerdo en un candidato, ya sabíamos quién iba a ganar, las deliberaciones solo servían para que algunos pavos reales lucieran su bien ensayada oratoria. “Sic transit gloria mundo”, pensé. Cuando charlaba con ellos, pasó por allí Javier Solana. “Lleva puesto el toisón de oro”, le dijo Anson a Víctor de la Concha. Solana, muy envejecido, se acercó a darles la mano y de paso me la dio a mí también. Era la primera vez que yo le daba la mano a alguien que había ordenado bombardear una ciudad europea.

Luego me encontré con Luis García Montero, que venía de Shanghái y marchaba de inmediato a Salamanca a promocionar su último libro. Se cruzó con nosotros quien desde una esquina pareció presidir el almuerzo. “¿Sabes quién es?”, “Es Camilo Villarino, el nuevo jefe de la Casa del Rey que acaba de sustituir a Alfonsín”. “Eso lo explica todo”, pensé.

Y no le faltan maneras de jefe, incluso de Gran Jefe, diría yo, pero creo que como anfitrión todavía tiene mucho que aprender del rey.

---No se te ocurra contar esas cosas en tu diario, Martín, que no te vuelven a invitar. Y, por cierto, ¿por qué lo hacen si no has ganado ningún premio ni eres amigo de nadie?

---Yo tampoco me lo explico, pero tengo mi sospecha. Al entrar en el salón para darles la mano a los reyes antes de pasar al comedor, un edecán nos anuncia con el nombre y el cargo: “José Luis García Martín, director de Clarin”. Y yo pensé que no tenían información actualizada, pero al saludar a la reina me dijo: “¡Excelente revista!”. Ella sí sabe lo que hace y a quien invita. Y, por cierto, el nombre tradicional del jefe de la Casa del Rey era el de mayordomo mayor.





 

sábado, 20 de abril de 2024

Coraje y alegría: Historia y vida

 

Sábado, 13 de abril
ENCUENTRO CASA

Soy tan poco aventurero que solo salgo de casa para buscar sitios en que me encuentre como en casa. Si no pudiera vivir en España, viviría lo más cerca posible de España. Por ejemplo, en Bayona, esa pequeña ciudad con tres barrios separados por dos ríos. Me he alojado una vez en la Gran Bayona, otra en la Pequeña Bayona y ahora le toca el turno al barrio del Santo Espíritu, al otro lado del poderoso Adour. Antes de que hicieran al ancho puente y la elegante estación de ferrocarril, era una especie de gueto. Allí se alojaron los judíos expulsados de la península, y como recuerdo queda una sinagoga neoclásica (bien protegida ahora que las antiguas víctimas desempeñan a la perfección el papel de verdugos); junto a ellos, emigrantes y gentes de mal vivir. A los buenos ciudadanos, los protegía la fortaleza del Reduit, de la que apenas si queda una garita vigilante en el encuentro de los ríos.

            En el Santo Espíritu, alzándose junto al puente, he encontrado mi casa. La construyó un hombre hecho a sí mismo y mira por encima del hombro a los hidalgos del otro lado. Así, “por encima del hombro”, me dicen mis amigos que me gusta mirar a la gente. No es cierto. O sí, pero solo a cierta gente: al ignorante soberbio, al que aprovecha su poder para humillar a la buena gente o maltratarla estúpidamente con el pretexto de proteger su alma, como en tiempos de Felipe II, o su cuerpo, como en tiempos de Felipe VI.

            No tengo ni una casa que pueda decir que es mía, pero tengo casas dispersas por todos los lugares que me gustan. Ventajas de no ser rico (que no es lo mismo que ser pobre). Mi casa en Bayona me sale mucho más barata que si fuera mía. Siempre está lista y disponible para cuando me apetezca llegar, con su salón para tomar café frente al río y un tranquilo rincón en que encender el ordenador y ponerme a escribir.

            Al pasear por el nuevo barrio, llegué a una plazoleta que ni nombre tenía, o yo no se lo encontré. En el centro, un trozo de verdor asilvestrado (allí las plantas crecían a su aire, sin la profana mano del jardinero) y a ambos lados dos medias glorietas coronadas por glicinias. Había también una fuente, un rincón de juegos infantiles y una “boîte à livres”, para dejar y llevarse libros. Yo encontré un manual escolar, y en él un poema de un autor para mí desconocido, que me entretuve en traducir mientras escuchaba un silencio interrumpido por leves trinos: “Todo lo que me basta para ser feliz / es una mujer que me quiera, / hijos a los que ver crecer felices, / una huerta que cultive con mis manos / y una oración con la que agradecer a Dios / en cada amanecer tanta ventura”.

            Yo no tengo ninguna de esas cosas y sin embargo creo que la mayor parte de mis días, aunque sea por un pequeño rato, he sido todo lo feliz que se permite a los humanos.

            No tengo ninguna de esas cosas o quizá sí las tengo. El mundo es ancho y ajeno, pero también a veces intimo y acariciador como esta pequeña plaza.

Domingo, 14 de abril
LA CRUZ DE AZAÑA

Tras dar vueltas por el cementerio de Montauban y perderme en el laberinto de las tumbas, localicé por fin la de Azaña. Ya estuve allí una vez, pero me apetecía volver en este día en que se conmemora una ilusión que, como diría Garcilaso, fue “antes de tiempo y casi en flor cortada”. Llevé conmigo el libro de Cipriano Rivas Cherif, que termina con la larga carta que le escribió su hermana, casada con el presidente, contándole los últimos días de Azaña. Le dice que, antes de abandonar Montauban, dejó indicado a algunos amigos cómo quería que fuera la tumba: “Simplemente una lápida de piedra con dos cipreses a su cabecera y en la piedra una cruz de bronce sobre la inscripción: MANUEL AZAÑA / 1880-1940”. Y añade: “Dime que no he hecho mal”. Y Rivas Cherif, el gran amigo y confidente de Azaña, la persona que mejor le conocía, le responde: “Has hecho bien”.

            Pero ha habido un entrometido que parece que no piensa lo mismo. Esa cruz de bronce la he visto yo en alguna fotografía. En otras, parecía tapada por algún adorno floral o una bandera republicana. Esta vez, me decidí a retirar esos adornos que yo creía que la ocultaban por escrúpulo anticlerical de algún republicano. Y lo que ocultaban era otra cosa: su ausencia. Alguien la había arrancado.

            ¿Quién? ¿Cuándo? Espero que alguien se decida a investigarlo. Y que se la encuentre y se la restituya a su lugar.

            España habría dejado de ser oficialmente católica, como declaró Azaña, ya los españoles podían ser protestantes, judíos o ateos con plenitud de derechos. Pero también podían ser cristianos, buenos cristianos a la vez que buenos españoles, como lo fue Galdós, como lo fue el presidente Azaña, de cuya tumba arrancaron, quizá con las mejores intenciones, la amorosa cruz que quiso poner su esposa.

Lunes, 15 de abril
EN PROVINCIA

El azar es el mejor guía, me gusta repetir con Paul Morand. Y el azar me lleva a Damazan, una pequeña población de Nueva Aquitania. Tiene una hermosa plaza soportalada, con una fuente, rosas y el ayuntamiento en el centro. Hay también el solemne monumento habitual a los muertos de la Gran Guerra, que parece fue la única verdaderamente grande. Sus dos largas listas de soldados muertos contrastan con los añadidos que recogen los de las otras guerras. No llegan a media docena los de la siguiente guerra mundial y hay solo uno en la de Argelia y otro en la de Indochina

Tomo un café, leo en periódico local, Le Républicain, y al escuchar las campanas de la iglesia me vienen a la memoria unos versos de Rodenbach: “En provincia. En la paz de la hora matutina. / Se escucha la campana que tañe en la dulzura / de la aurora que mira con ojos fraternales. / Se escucha la campana y su indolente música / flor a flor se deshoja en los tejados próximos / y en negras escaleras de toscos escalones / cual ramo de sonidos mojados que alza el viento. / ¡Armonía temprana que baja de la torre, / que viene de muy lejos en pálidas guirnaldas!”

            Nada tiene que ver esta mañana luminosa con el frío amanecer que evoca Rodenbach, salvo la tranquilidad provinciana, tan agradable cuando se está de paso, tan insoportable cuando uno tiene veinte años y se asfixia en ella.

Martes, 16 de abril
AQUÍ REPOSA

Salgo de la estación de Collioure y hago el mismo recorrido que Antonio Machado en su último viaje. A un empleado, le preguntan si conoce algún hotel económico. Les recomienda el Bougnol-Quintana, que está cerca. No hay taxis, recorren a pie la avenida de la estación hasta la Placette. Allí, al otro lado de un pequeño arroyo, habitualmente sin agua, se encuentra el hotel. A la madre de Machado, han de llevarla en brazos. En la plaza hay una mercería, cuya dueña está a la puerta. Se conmueve ante aquel desvalido grupo de españoles y los invita a pasar. Ahora en lugar de la mercería hay una tienda de licores.

Es difícil pensar en estos últimos días de Machado sin que a uno se le llenen los ojos de lágrimas. Al fondo de la plaza, la nueva biblioteca, que lleva el nombre de Antonio Machado, y delante de ella el busto de un general napoleónico que combatió en España en 1808 y luego en 1823, cuando los cien mil hijos de San Luis.

El hotel Bougnol-Quintana ha sido reformado, pero conserva su hermosa silueta entre el río y la calle que lleva al cementerio. Ahora se llama Casa Quintana y se anuncia como “soberbios apartamentos con vistas sobre el mar”. Es posible dormir en la misma habitación en que murieron Machado y su madre y asomarse a la ventana desde la que él vio por última vez el mar.

            El azar escogió para la muerte de Machado un hermoso lugar. Es difícil no enamorarse de este pueblo marinero, como se enamoraron Matisse y tantos otros pintores. Machado se ha convertido en un atractivo turístico más.

A mí me emocionan más sus versos, que me vienen continuamente a la memoria, que su tumba abigarrada y llena de exvotos, como la de un santo laico. Él habría preferido el sencillo nicho prestado en que se enterró por primera vez y la inscripción de entonces: “Ici repose / Antonio Machado / mort en exil / le 22 febrier 1939”.

Miércoles, 17 de abril
LA RETIRADA

En el Castillo Real de Collioure, vigilante sobre el puerto, se encerró a los soldados republicanos. A algunos de ellos, se los dejó salir para llevar a hombros el féretro de Machado. Una exposición en el castillo que fue cárcel, con imágenes que todavía hacen daño, evoca aquellos días. A la salida, en el cuaderno que recoge la impresión de los visitantes, escribo: “Que nunca se acabe la memoria / de tanto dolor, tanta derrota, tanta historia”.




 

viernes, 12 de abril de 2024

Coraje y alegría: Deslumbrante misterio

 

Sábado, 6 de abril
FALSA ALARMA

Las enfermedades imaginarias también son enfermedades porque las molestias que causan no son imaginarias.

Algo de eso sé yo. Esta mañana, al levantarme a las siete y media, como hago siempre (bueno, ahora soy menos rígido y a veces me levanto unos minutos antes o después), me sentí un poco mareado, tuve miedo de caerme en la ducha y me volví a acostar. No me levanté hasta casi las diez, cosa que no sé si había ocurrido alguna otra vez en mi vida.

No volví a dormir, pero tuve las peores pesadillas. Estaba muy enfermo, no tenía a quien llamar, me iba a morir solo. O peor, iba a pasar largos años rodeado de muertos vivientes en una cochambrosa residencia. Ahora lo cuento y soy yo el primero en reírme. ¡Todo por estar un poco mareado y no tener ganas de levantarse! ¿Pues que pasará cuando esté enfermo de verdad? No quiero ni pensarlo. Y vivo solo, cierto, pero tampoco estoy tan solo. Puerta con puerta, como si durmieran en la habitación de al lado, tengo vecinos que son como de la familia. Y poco más lejos, gente que me quiere bien (aunque yo no lo merezca). Pero esas cosas tan evidentes, yo no las veía.

¿Una crisis de angustia? ¿Problemas de salud mental? Tengo que consultarlo con mi psicoanalista, que, por cierto, también es imaginario.

            Tras una eternidad, me levanté con cautela, recuperé mis costumbres habituales y poco a poco todo fue colocándose en su sitio. El mundo, mi mundo al menos, volvía a estar bien hecho.

            Bien está lo que bien acaba. Y ahora a esperar el próximo tropiezo, hasta que llegue uno –llegará, llegará, nadie escapa-- que no acabe bien.

Domingo, 7 de abril
ENTREVISTA

En una entrevista con el filósofo Javier Gomá, siempre un poco demasiado brillante, con algo de mago al que no acertamos a descubrirle el truco, subrayo dos aforismos.

 “El inteligente conoce bien los medios para conseguir un fin; el sabio conoce los fines que merecen la pena”. O sea, que no se puede ser sabio sin ser inteligente, pero sí lo contrario.

“Lo humano es un castillo de naipes sobre arenas movedizas”. Hombre, Javier, tampoco hay que pasarse. O es un castillo de naipes que puede echar abajo una ligera brisa o se eleva sobre arenas movedizas en las que nos vamos hundiendo a mayor o menor velocidad. Ya me dirás tú qué castillo de naipes se sostiene sobre arenas movedizas.

Lunes, 8 de abril
UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

La poesía es emoción recordada en la tranquilidad. La emoción poética, la que se transmite al lector, no es el directo dolor de una muerte, un desamor, un desgarrón afectivo. Es el sinsentido hecho sentido y convertido en razón vital.

Llevo hoy al Noor, para la primera lectura de la mañana, Los nombres que te he dado, las poesías completas de José Mateos. Abundan las leves canciones que se nos quedan en la memoria: “Te doy las gracias, jilguero. / Al cantar tú, conseguiste / hacer callar al silencio”.

            Comienzo a leer este libro de libros por el último, inédito, un extenso poema, escrito entre 2021 y 2023. Es la crónica de una larga estancia en el infierno, contada sin literatura, pero con excelente literatura: “Trato de que el miedo no salpique a nadie. / El miedo nos rebaja y, de repente, / nos convierte en un pobre / animal desvalido en una madriguera”.

Qué tentación de cerrar el libro, apartar la vista, pensar en otra cosa. Pero sigo leyendo, aunque parece que me falta el aliento: “Maldito / Padre Cáncer, Señor de las desdichas, / me has extirpado un ala, una vejiga, un ganglio, / unas cuantas canciones… / Me matas a pedazos. ¿Y acaso no es bastante? / Entonces para el último / momento y para el último / sorbo de esta agua turbia ¿qué me dejas? / ¿Por qué me disminuyes, Padre Cáncer? / Nací con brazos, manos, pelo, dientes; / nací con mis pulmones y mi próstata, / con dos ojos que han visto el mar y los colores, / los pinos y el acorde casual de unos delfines. / Nací con el amor entre las piernas. / ¿Y dónde están ahora las nieves de otro tiempo?”

            Pero el poema que habla del infierno –pienso como consuelo-- no se escribe en el infierno, sino tras haber logrado escapar de él. Recobro algo el aliento al llegar a los versos finales: “Deslumbrante misterio es estar vivo: / un vaso de agua clara; / un trozo de materia que respira; / una luz que me engendra a cada paso; / una noche anegada de Dios por todas partes…”

Martes, 9 de abril
COLOR SEVILLA

Me gustan las amistades para siempre, las que saben superar los inevitables encontronazos que surgen a lo largo de los años, sobre todo si se trata de amistades entre escritores, cada uno con su ego en su armario y sus certezas ideológicas en ristre.

Le cuento a Andrés Trapiello que la próxima semana voy a visitar, por gentileza de otro amigo, las tumbas de Azaña y Machado, y él, con el que mucho he discutido del primero, me hace un encargo a propósito del segundo. Yo improviso unos versos, que le envío: “Me dice el amigo Andrés / que en mi periplo francés / ponga una rosa amarilla / --él dice: color sevilla— / en la tumba de Machado. / La encomienda es bien sencilla / y la acepto de buen grado, / aunque una duda he callado: / si no sería mejor / una rosa tricolor”.

            Le envío los ripios y él me responde: “Por suerte, no hay rosas tricolores; lo más, jaspeadas (como bien sabes, ahora que eres jardinero de balcón). De cualquier modo, será bonita. Ya sabes lo que decía su madre a JRJ: Hijo, la rosa nunca cansa”.

Miércoles, 10 de abril
BREVE ENCUENTRO

El azar nos da una de cal y otra de arena. Hoy estuvimos comentando en la tertulia virtual la incómoda presencia en la semana pasada de una poeta recién llegada que, como no le gustaron mis comentarios a uno de sus poemas, se fue muy alterada y tratando de ofenderme: “Los demás, por miedo, no se atreven a decírtelo, pero eres un viejo. ¡Un viejo!”. Mucho me hizo reír su diatriba.

 “No creo que vuelva”, dijo el culpable de haberla invitado. “Pobrecita, espero que no”, dije yo. Qué gente hay por esos mundos.

            Como para compensar el mal sabor de boca, me llega un correo: “Soy el chico con quien conversó usted el otro día en la estación. Agradezco mucho la amabilidad que tuvo conmigo. Como le comentaba, Tres mil años de poesía es un libro que me leo cada poco, por lo que me resultó muy reconfortante haber podido hablar con usted, además de esa forma tan inesperada. Este fin de semana podré comentarle más detalladamente lo que me gusta del libro. El viernes me toca renovar los libros de las bibliotecas y como son cuatro a las que acudo, dos en Avilés y dos en Oviedo, me lleva gran parte de la tarde. Suelo leer de diez en diez, ya que es lo máximo que permiten sacar al mismo tiempo. Como la mayoría suelen ser libros de poesía, puedo combinarlos. Algunos de ellos, como el suyo, suelo leerlos muy a menudo. Cuando tenga su libro a mano, creo que podré explicar mejor por qué me gusta tanto”.

            Recordé el cuento de Borges en que el narrador, a sus setenta años, recostado en un banco junto al río Charles, al norte de Boston, se encuentra con el joven que fue a orillas del Ródano, en Ginebra. Yo me encontré conmigo mismo en la estación de Oviedo. Con el que era en 1968 o 1970, cuando venía de Avilés a estudiar y sacaba libros de todas las bibliotecas a mi alcance (y nunca eran suficientes, y no abrían los días de fiesta ni los domingos ni las largas vacaciones).

            La verdad es que había olvidado el breve encuentro, que se parecía mucho a uno de esos que yo suelo inventar en mis historias. Hoy la carta me lo recuerda. Y me cambia el humor, tras el feo recuerdo de la irascible poetisa. Y no porque elogie un libro mío, ya que ese libro es una antología de la poesía universal, sino por la alegría de encontrarme rediviva mi misma pasión por la poesía.

Jueves, 11 de abril
UN HOMENAJE

Al perro viejo todo se le vuelven pulgas. Hoy me dice Martín Caicoya que el próximo encuentro de poesía en Valdediós, que ahora no es en Valdediós por decisión inquisitorial y episcopal, sino en un jardín en las Caldas, sirva como homenaje por mi jubilación. Lo acepto porque habría más vanidad en rechazarlo (y en mí ya hay bastante vanidad), pero ya me encargaré yo de que apenas se note, que a falsa humildad no me gana nadie.

Viernes, 12 de abril
UNA ALEGRÍA

“Hoy, a las ocho y media, nació Bruno. Parto limpio y hermoso”, me informa el afortunado padre.

            ---¡Bienvenido al mundo, Bruno López-Vega Brezim!  

            Y yo me siento tan alegre y emocionado como si tuviera un nieto más.



 

 

sábado, 6 de abril de 2024

Coraje y alegría: El megalómano aburrido

 

Sábado, 30 de marzo
MENTIR O NO MENTIR

---¡Eres un indiscreto! No se te pueden contar nada, todo lo cuentas luego en tu diario.

            ---Todo, todo no. Solo lo que creo de algún interés, si no para el público en general, sí al menos para los “happy few” que tienen la buena costumbre de leerme. Si te veo a ti en una actitud demasiado cariñosa con una señora que no es tu señora, pues miraré para otro lado, haré como que no os he visto, y no se me ocurriría nunca decir nada, pero si se trata del rey de Inglaterra no creo que resistiera la tentación de contarlo, aunque diera un disgusto a Camila.

            ---No eres de rebotar bulos, eso hay que decirlo a tu favor. Pero no te importa repetir en voz alta verdades que te han contado en voz baja y que pueden hacer daño.

            ---Las verdades que yo digo solo suelen hacer daño a la vanidad de los escritores. No suelo entrar en su vida privada. Por no entrar, ni siquiera acostumbro a entrar en la mía.

            ---¡No haces otra cosa!

            ---Que te crees tú eso. Ya conoces los versos de Góngora: “Manda amor en su fatiga / que se sienta y no se diga, / pero a mí más me contenta / que se diga y no se sienta”. Miento más que hablo.

            ---Yo creo que cuando mientes es cuando dices que mientes. Te desnudas en público, aunque solo de cintura para arriba, y como luego te arrepientes de exhibir ante cualquiera tus desamparos y debilidades dices que todo es ficción. 

Domingo, 31 de marzo
RETROFUTURISMO

Al terminar la película, un bodrio franco-canadiense de dos horas y media, inspirado vagamente en un relato de Henry James, aparece en la pantalla un código QR y una frase “descubre y escanea”. Creo que soy el único que saca el teléfono –los escasos espectadores se apresuran a abandonar la sala-- y luego en casa veo que lo que se descubre son los títulos de crédito y, si uno tiene paciencia, una especie de propina tan prescindible como el resto de la película.

Supongo que al director –no voy a decir su nombre: pobre hombre-- eso le parecería un rasgo de modernidad. También en la avilesina calle Rivero, por la que paso todos los sábados, hay un restaurante, se llama Smash o algo así, que tiene a la entrada, por toda indicación, en lugar del menú, un cartel con un código QR. Y recuerdo a un profesor de que no sé qué colegio que presumía de que sus alumnos, durante todo el curso, no tenían que utilizar ningún libro ni escribir una línea en papel, les bastaba con la tablet.

¡Qué fácil le resulta a la Inteligencia Artificial superar la inteligencia natural de la mayoría de las personas! Seguro que hay ya museos en los que, debajo del cuadro, a la habitual cartela con el título y el nombre del autor le sustituye un código QR. Aún no se han enterado los retrofuturistas, que siguen viviendo a finales del siglo XX, que sirve para ampliar información, no para sustituir la fundamental.

            Como soy un poco maniático (o un mucho, para qué nos vamos a engañar), todos los domingos voy al cine, aunque a veces resulta difícil encontrar algo interesante. Pero esas dos horas, entre la lectura de antes y la lectura de después, me vienen bien. Soy experto en detectar fallos de guion. Si la película falla, averiguo por qué y propongo soluciones. Me gustaría tener a quién enviárselas. Claro que no sé si harían bien haciéndoles caso: a veces arreglo descosidos argumentales de películas de Almodóvar que luego reciben un Oscar al mejor guion.

Dar algo de coherencia a la película de hoy, quitarle aburrimientos y no enigmas, es todo un reto. Pero si a mí me dan la novela de Henry James La bestia en la jungla, seguro que saco algo mejor que este bodrio del que por piedad callo el título.       

Lunes, 1 de abril
MÁS EGOÍSMO

Una vez me encontré en el avión a Madrid con Rosa Montero. Habíamos coincidido en el jurado del Príncipe de Asturias, pero me costó reconocerla, escondida tras unas grandes gafas de sol como una estrella que quiere pasar inadvertida. Al parecer había escrito un artículo criticando la huelga de los pilotos y no quería que la reconocieran. No sé si temía que la hicieran bajar del avión. Me contó luego los malos ratos que había pasado por culpa de un admirador insistente y me dijo una frase que recuerdo a menudo: “La fama atrae a los chiflados como la luz a las polillas”.

            Yo no soy famoso, qué más quisiera, pero después de la mala experiencia de hoy me ha dado por pensar que atraigo a las personas con problemas de salud mental con una frecuencia preocupante.

No soy famoso, pero soy fácil de localizar. Todos los días, a la misma hora, estoy tomando café en el mismo lugar. Llevo la lectura correspondiente, pero no me importa dejarla a un lado si alguien se acerca a saludarme. Un placer charlar un rato con cualquier amigo o conocido.

Pero los más habituales son los que tienen alguna chifladura más o menos grave. Yo escucho con paciencia, no busco ningún pretexto para marcharme antes de tiempo. Hago de buen samaritano y ya se sabe que no hay buena acción que no reciba su merecido.

Hoy vuelvo a casa de muy mal humor después una hora de inútil intento de terapia. Un poco más de egoísmo no me vendría mal.

Martes, 2 de abril
ACERCA DE LA DIVINIDAD

Entro en la librería Polledo, abierta en la calle del Peso allá por 1952 y a punto de cerrar, para hacer una última compra de despedida. Abro al azar el primer libro que encuentro sobre el mostrador (es de las pocas librerías que todavía tiene mostrador) y leo: “Hay que esforzarse por tener fe y creer a ultranza, porque, después de todo, si es inútil nada perdemos con ser engañados, pero, si vale de algo, será fatal para quien no haya creído”.

Es el argumento de Pascal, todavía tan repetido, pero al autor del libro le parece miserable e indigno de cualquier persona inteligente. “Es natural que deseemos que nuestro mérito sea conocido, pero si resulta que alguno, por criarse en la ignorancia o vivir en alguna provincia lejana, no lo conociera o no lo reconociera, ¿no sería ridículo que nos ofendiéramos por eso? ¿Y no quedaríamos como unos chiflados y amargados si pensáramos seriamente en vengarnos de esa gente que en su burda ignorancia, falta de criterio o incredulidad, no nos admirara? Y si ese comportamiento, en seres humanos, es reprobable, ¿cómo va a ser el propio de la divinidad”.

Quien razona de manera tan sensata es el tercer conde de Shaftesbury, muerto en Nápoles en 1713. Me llevo su Carta sobre el entusiasmo como homenaje a la librería y como recuerdo de que, si el fanatismo viene de lejos, de no menos lejos viene el buen sentido.

Qué mala idea tienen de Dios esos fieles creyentes que piensan que, en cuanto muere un ateo, va y le coge de las orejas y le grita furibundo: “Ahora te vas a enterar”.

“¡Pero qué idea la vuestra, retorcidas criaturas! –diría Dios si existiera--. Más me respetan los que no creen en mí que los que piensan que soy un vanidoso sádico a su imagen y semejanza”.

Miércoles, 3 de abril
INVITACIÓN

Me llaman para invitarme a la comida que, con motivo de la entrega del Cervantes, se organiza en el Palacio Real. No es la primera vez y la verdad es que lo paso muy bien. Los reyes son buenos anfitriones, siempre encuentro algún escritor admirado y algún amigo con el que cotillear un poco, el escenario es muy de película de época y el menú saludable, con las calorías justas.

Este año me hace especial ilusión el convite porque tengo previsto visitar la tumba de Azaña en Montauban. Acompañar en el 14 de abril al último presidente de la República y una semana después comer con el actual jefe del Estado no es algo demasiado frecuente.

Yo creo que a Manuel Azaña le habría encantado conocer a Felipe VI. Seguro que tendrían mucho de qué hablar y coincidirían en lo fundamental, como coincido yo con ellos.

Jueves, 4 de abril
SOBRAN HORAS

No sé quién hizo los días de veinticuatro horas. Con veinte serían más que suficientes. Luego con las sobrantes se formarían días adicionales para añadir a final de año.

Claro que a lo mejor no todo el mundo está de acuerdo con esa solución. Los habrá que prefieran treinta horas. Nunca llueve a gusto de todos.

Mejor dejarlo como está. Un poco de aburrimiento tampoco viene mal y yo ya debería estar más que acostumbrado.

Viernes, 5 de abril
MI FANTASÍA FAVORITA

Nuestras fantasías nos definen, y no solo las eróticas. Como soy un poco megalómano, mi fantasía favorita cuando me aburro o tarda en llegar el sueño, es imaginarme que soy Dios y voy a crear el mundo. Trato de evitar todos los errores que –en mi modesta opinión-- cometió el Dios verdadero. No es fácil y entretiene bastante.