Mostrando entradas con la etiqueta Las veladas del jardín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las veladas del jardín. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de septiembre de 2010

Las veladas del jardín: Adiós a todo eso

Los días se acortan, las noches refrescan, las estrellas parecen haber perdido su fulgor y en el pazo hay un invitado más: la venenosa melancolía. Los otros invitados pronto nos iremos, cada uno a su vida, pero ella se quedará aquí para siempre.
El conde está cada vez de más negro humor. Hoy, después de largo rato de silencio, nos ha preguntado si conocemos la diferencia entre espectro y fantasma. Ana ha respondido: “Pero ¿no son la misma cosa?”. El conde ha sacado del bolsillo un libro: “Diciendo espectro evocamos una envoltura; diciendo espectro, un esqueleto. El fantasma se levanta, de noche acaso, entre los follajes de un jardín, semejante a la niebla; el espectro se yergue fatídico entre las colgaduras de un salón, semejante a una sombra. El fantasma nace de la imaginación; suele surgir solo. Al espectro hay que evocarlo. Puede el fantasma no carecer de seducción; un espectro tiene siempre algo que hiela y que crispa. Podemos correr detrás de un fantasma; nunca lo haremos detrás de un espectro. El fantasma es con frecuencia caprichosa falsía; el espectro, una aterradora, una estremecedora verdad: la sombra de un antiguo crimen”.
Luego ha guardado el libro, sin darnos tiempo a ver el nombre del autor, y se ha quedado en silencio. Pronto comenzamos a sentirnos incómodos, como si nos observara fijamente alguien a quien nosotros no pudiéramos ver.
“Me he acostado con muchas mujeres, con infinitas mujeres. Si yo escribiera la historia de mis conquistas, dejaría chiquitas las plúmbeas memorias de Casanova. También con algunos hombres. Con las mujeres lo he hecho por placer; con los hombres, por el placer de escandalizar. Siempre he tenido buen cuidado de no enamorarme, de no insistir con las mujeres que me gustaban demasiado. Con los hombres no repetí nunca, salvo con Cocteau, que me divertía. Este pazo fue la herencia de una anciana que hasta el momento de su muerte conservó el recuerdo de una noche que pasamos juntos en una quinta de las afueras de Lisboa, allá por los años de la guerra civil. Ella era muy religiosa y muy franquista. Dudó entre dejarme a mí por heredero o al propio general Franco; pero este ya tenía el pazo de Meirás y no iba a disfrutar del suyo, así que me prefirió”.
Volvió a callar el conde y el negro espectro de la melancolía, que daba vueltas en torno nuestro, cayó de pronto sobre mí. Yo tampoco me he enamorado nunca, solo he jugado a estar enamorado. Siempre traté de comportarme de la manera más inteligente posible. Cuántas veces no habré contado aquella anécdota de Menéndez Pelayo. Una noche, en el Teatro Real, el erudito borrachín contempló en un palco a una antigua novia suya. Estaba oronda y deslumbrante y a su lado, como prescindible apéndice, tenía a un hombrecillo, su marido. Menéndez Pelayo se volvió hacia don Juan Valera, su mentor en la vida social, y le dijo: “Dios mío, de qué felicidad me he librado”.
Para mí, hasta hoy mismo, la vida ha sido un baile en el que, para seguir divirtiéndose, hay que cambiar continuamente de pareja. Dije que nunca había estado enamorado y mentía. Toda mi vida he estado enamorado de la misma persona: de mí mismo. Y no me ha ido mal.


Pero de pronto negros nubarrones cubren el horizonte. Quizá todos estábamos pensando en lo mismo. “Si volviera a nacer –dijo Pelayo, hasta entonces silencioso—, viviría de otra manera”.
“Una mujer se suicidó por mi culpa –el conde pareció de pronto seguir en voz alta el hilo sus pensamientos—, o eso creyeron todos. Pero no fue un suicidio, fue un crimen. No lo he contado nunca, lo voy a contar ahora. Ocurrió hace mucho tiempo, el delito ya ha prescrito, no corro ningún riesgo. Preferiría, sin embargo, la cárcel a seguir viéndola cada noche. Yo entonces ya no era joven, tenía la edad que tú tienes ahora –me dijo mirándome fijamente a los ojos—, ella hacía poco que había cumplido veinte años. Fue en 1935, en Ginebra, una ciudad que son dos ciudades: la puritana heredera de Calvino, dedicada a hacer dinero y a cultivar la virtud, y otra con gente de todo el mundo, exiliados y diplomáticos, que quiere vivir al día y que sabe gozar del instante. Ella era española, había sido alumna de Pedro Salinas en los cursos de la Universidad Internacional de Santander, y habría dado cualquier cosa por ser la inspiradora de La voz a ti debida. En realidad estaba enamorada del amor: el poeta o yo éramos meros pretextos para su fantasía, actores de una obra que ella había escrito. Yo me dejé querer, pero me cansé pronto. Decidí marcharme sin avisarla; pero a los dos días la encontré a la puerta de mi apartamento en Londres. Acabó tirándose por una ventana, o eso creyeron todos. Yo no sentí ningún remordimiento. Si no puedes vivir, si tu vida es un infierno, ahí tienes la puerta, o la ventana”.


Ya he hablado de que aquella fresca noche, quizá la última noche de verano, había una invitada más. Hablaba en metáfora: me refería, ya lo dije, a la negra melancolía. Pero ahora, cuando el conde volvió a callar y seguí la dirección de su mirada, me di cuenta de que, efectivamente, había una invitada más. Al principio creí reconocerla: era Susana Rivera, la viuda de Ángel González. Y pensé que acaso había venido a buscar una sede para la nonata Fundación del poeta. Pero no: aquella mujer tendría poco más de veinte años y a quien se parecía era la dulce y desdichada Ofelia de los pintores prerrafaelitas.
El conde se levantó bruscamente y nos dejó solos con ella. Por poco tiempo: todos fuimos testigos de cómo se desvanecía y se convertía en un puñado de niebla que se enredaba entre las ramas de un cercano laurel. “Como Dafne”, dijo Almuzara.
Yo tenía los ojos llenos de lágrimas. Me ocurre a veces, y no hay nada más incómodo si estoy con gente. Disimulé como pude. Luego, cuando todos se fueron, cada uno a su sueño, me quedé un rato más paseando por el jardín, sin miedo al relente ya otoñal. La luna rielaba hipnóticamente sobre las aguas de la ría. Sentí de pronto una tranquila respiración detrás de mí. Me di la vuelta. Allí estaba ella: la falsa Susana Rivera, la Ofelia de los prerrafaelitas, la única mujer que me había querido de verdad, o eso creía yo. “¿Por qué huiste? —me dijo—. ¿Por qué fuiste tan cobarde?”. “¿Por qué no me dejas en paz? Han pasado casi cuarenta años”, pensé yo, pero no dije nada.


Es curioso que, cuando uno hace recuento de su vida, el saldo sale positivo o negativo según el momento en el que haga las cuentas. Siempre he pensado que he sido razonablemente feliz, que en cada momento de mi vida he tomado la decisión correcta. Y sin embargo… Recuerdo los versos de Ángel González: “Yo mismo me encontré frente a mí mismo en una encrucijada”. Y me miré a los ojos: y no me gustó lo que vi en ellos.
La barca se balanceaba en la orilla. Solo entonces me fijé en el remero. Había comenzado a cantar, primero muy suavemente, como en un murmullo, luego elevando poco a poco la voz. La mujer –fuimos inseparables no sé si durante cinco días, cinco años o toda una eternidad— me había besado en los labios y luego había comenzado, una vez más, a desvanecerse. “Es un fantasma amigo”, pensé yo, “no un espectro”. Toda mi melancolía se fue con ella. Recordé entonces unos versos que aprendí de niño: “Quién hubiera tal ventura / sobre las aguas del mar…”. En voz alta dije: “Por tu vida, el marinero, / dígasme hora ese cantar”. Y el joven remero, sonriente, respondió: “Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va”. Cuando me subí a la barca, la Aurora de rosados dedos comenzaba a hacer sus abluciones.

sábado, 28 de agosto de 2010

Las veladas del jardín: El loco amor

Hay días en que todos los libros hablan de lo mismo. También el Sartor Resartus, de Carlyle, que abrí al azar una tediosa tarde: “El Universo carece de Vida, de Propósito, de Voluntad y hasta de Hostilidad; es una enorme, inconmensurable y muerta máquina girando con la indiferencia de lo muerto para triturarme poco a poco… Vivo en un temor continuo, indefinido y agotador. Soy un hombre trémulo, pusilánime, temeroso de no sé qué. Me parece que todas las cosas, las de arriba, en el Cielo, y las de abajo, en la Tierra, están destinadas a hacerme daño; como si el Cielo y la Tierra fueran las mandíbulas de un monstruo devorador, mientras yo, tembloroso, permanezco a la espera de ser devorado”.
Cerré el libro. Cerré luego los ojos tras mirar hacia la ventana, sabiendo de sobra que una vez más no iba a tener fuerzas para dar el gran salto que tanto me apetecía. Y de pronto, estridente, suena el timbre de la puerta. Lo dejé sonar no sé cuántas veces. “Si llaman otra vez, abro”, dije. Pero no llamaron otra vez y yo me quedé lamentando no haber abierto, como si quien llamaba –seguramente un vendedor— trajera algún remedio para lo que no tenía remedio.
Una súbita curiosidad, rara en mí, me llevó a asomarme a la ventana. En ese mismo momento una mujer que salía del portal alzó la cabeza y nuestros ojos se encontraron. Supe al instante que era Ella, exactamente Ella, la mujer que, sin saberlo, yo esperaba.
Me lancé corriendo escaleras abajo, pero cuando salí a la calle ya había doblado la esquina de la Avenida de Galicia y desaparecido. Sentí una angustia aún más punzante que la que es mi constante compañera. Me faltaba el aire. Con esfuerzo me puse a caminar. Llegué hasta una cafetería cercana, me acodé en la barra, pedí una certeza. Y entonces noté algo a mi espalda, un resplandor. Me volví: sentada en una mesa junto al ventanal estaba Ella fumando distraída, como si esperara a alguien. Yo sabía que era Ella, aunque ahora llevara otro peinado: la luz de sus ojos era la misma.
No podía dejarla escapar otra vez. Con la cerveza en la mano, pensando en lo que le diría, me acerqué hasta su mesa. Antes de que llegara, se levantó bruscamente, saludó con un beso a una joven que acababa de entrar y las dos se marcharon. Pero antes de salir sus ojos se cruzaron un instante con los míos y en ellos se leía un claro mensaje: “No te olvides, te espero donde siempre”. Y no olvidé que me esperaba, lo que no recordaba era dónde.


Estábamos en el jardín, disfrutando de la fresca y clara noche. Almuzara nos había hecho escuchar dos o tres pasajes de L’incoronazione di Poppea; Xuan Bello había leído un poema de Al Mutamid, rey de Sevilla: “El vino derramaba su esplendor solitario, / la noche desplegaba el manto de la tiniebla, / y de pronto la luna llena surgió en Géminis, / como un rey en el apogeo de su pompa y de su fausto. / Pero eras tú: no era la luna llena”.
A todos nos sorprendió la confidencia de Marcos, hasta entonces mudo y atento asistente a nuestras conversaciones. Nos quedamos callados, un poco incómodos, sin saber qué decir. Fue el conde quien rompió el silencio.
“Yo sé quién es esa mujer, amigo Marcos. ¿No has leído a Jung? En todo hombre hay un Viejo Mundo de conciencia personal y, más allá de un profundo océano, una serie de Nuevos Mundos, la terra incognita del alma vegetativa, el Lejano Oeste del inconsciente colectivo, con su flora de símbolos y sus tribus de arquetipos aborígenes. Separado por otro océano, todavía más vasto, en las antípodas de la conciencia cotidiana, está el mundo de la Experiencia Visionaria”.
No pude evitar sonreír ante aquella palabrería más o menos freudiana. Marcos parecía ausente. Tras estar callado un largo rato, según su costumbre, volvió a hablar, sin mirarnos, como consigo mismo.


Todo el día estuve dando vueltas, entrando y saliendo de librerías y cafeterías. ¿Dónde podíamos haber quedado citados? En ninguna parte, me decía. A esa mujer no la has visto nunca antes, aunque no hayas hecho en tu vida otra cosa que soñar con ella. Eso me decía, eso era lo razonable. Pero seguía buscando, seguía tratando de recordar. Cansado, agotado más bien, me senté en un banco del Campo de San Francisco. Alcé lo ojos y me sorprendió una burlesca estampa del dios del amor. A la cabeza me vino el comienzo de un poema de Víctor Botas: “El loco Amor se me posó en los ojos / y te vi como solo él puede ver a sus hijos”. Sorprendido miraba yo el narigudo Cupido picassiano que colgaba, como otras reproducciones del Museo de Bellas Artes, entre las copas de los árboles, cuando unas manos me cerraron los ojos. Las aparté bruscamente, asustado, y me volví: era Ella. “¿Me he retrasado mucho?”, dijo sonriente. “Casi cuarenta años –dije—, solo me falta uno para cumplirlos”. “Pues nadie lo diría”. Me había puesto de pie y caminaba a su lado. “¿A dónde vamos?”. Me besó en los labios, como si tuviera la costumbre de hacerlo a menudo, aunque era –no me habría olvidado de algo así— la primera vez. “¿A dónde vamos a ir? A mi casa”. Me llevó a un ático de la calle Fruela, con una hermosa terraza sobre los tejados del palacio del Principado. Era como estar en París. Un apartamento diminuto, lleno de libros y también de discos. “Pon la música que quieras”, me dijo. Sobre el sofá estaba una recopilación de melodías francesas cantadas por Philippe Jaroussky. Recordé que habíamos escuchado algunas de ellas aquí en el pazo y me pareció que nada era más adecuado para aquel momento que los versos de Verlaine y la música de Reynaldo Hahn: “La lune blanche / luit dans les bois…”. Cerré los ojos mientras me dejaba acariciar por la melodía y tardé en abrirlos, temeroso de que todo fuera un sueño y me encontrara de nuevo en mi habitación, con el libro de Carlyle en la mano y las mandíbulas del tedio a punto de triturarme por completo. Los abrí, por fin, y ante mí había una mujer desconocida que me miraba sonriente. “¿No te habrás dormido?”, dijo. No, no me había dormido, pero era como si acabara de despertar de un sueño. No es que fuera fea, no, todo lo contrario. Pero no era Ella, de eso estaba seguro. “No sabes lo que me alegra haberte encontrado. Me gustan mucho tus poemas, algunos casi me los sé de memoria”. Comenzó a acariciarme el pelo, a desabrocharme los botones de la camisa.
“Pues parece que no eran solo tus poemas lo que le gustaba”, interrumpió Almuzara. Pero Marcos no pareció oírle.


Comencé a sentirme mal, a sudar. “¿No hace mucho calor aquí?”, dije. Y salimos un momento a la terraza. La vista era espléndida, ciertamente. Pero yo no tenía ojos más que para la terraza de la cafetería La Corte. En una de las mesas, una mujer fumaba solitaria ante un libro y una taza de café. De pronto alzó los ojos, como si se diera cuenta de que yo la estaba mirando. Y no tuve ninguna duda: era Ella. Ni siquiera intenté buscar una disculpa. Salí corriendo del apartamento, no me entretuve en esperar el ascensor, bajé sin aliento las escaleras y, apenas pisaba la acera, vi que se levantaba, dejaba el importe de la consumición sobre la mesa y se ponía a caminar hacia mí. Pasó de largo por mi lado, sin que yo le dijera una palabra. Porque de pronto me entró la duda de si ella era en verdad Ella, o si en realidad quien era Ella era la mujer espléndida, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, que había abandonado de mala manera en un apartamento lleno de libros y discos. Ahora que lo pienso bien, cada vez estoy más seguro de que era Ella. Y la he perdido para siempre. ¿Comprendéis mi desesperación?
Yo creo –dijo el conde— que de quien de verdad estás enamorado es de tu desesperación, y que no estás dispuesto a traicionarla con nadie.

sábado, 21 de agosto de 2010

Las veladas del jardín: Fin de fiesta

El día amaneció lluvioso, y el mal tiempo fue aumentando a medida que pasaban las horas. Yo apenas había logrado dormir, y amanecí con un humor no demasiado bueno. Pasé por la biblioteca del pazo: ningún libro parecía interesarme. Puse un poco de música: incluso Mozart me daba dolor de cabeza. Subí hasta la terraza más alta, en la torre medieval, y allí estaba, mirando sin ver, dejándome empapar por la lluvia, cuando apareció el conde. Amablemente me rogó que entrara, que iba a coger una pulmonía; yo tenía ganas de pelearme con alguien y la tomé con él: “No me creo nada de lo que nos ha contado. Usted ni es conde ni es mago. Usted es un farsante”. Hizo como si no me oyera y con un gesto me invitó a seguirle. Yo le seguí, con mi irritación en aumento, dispuesto a repetirle lo que pensaba de él.
Al descender la escalera, tras un corto pasillo, había un salón con un gran espejo. Me sorprendió verme: mi ropa estaba seca y sobre la cara llevaba una máscara veneciana. Me la arranqué de un manotazo. “Conmigo no valen los trucos”, dije irritado, pero no pudiendo disimular el asombro.
“El otro día aludió usted a la gran fiesta de Carlos de Beistegui en el palacio Labia, la última gran fiesta europea, según Paul Morand. Yo estuve en ella. Creí que le podrían interesar mis impresiones. Asistió gente verdaderamente curiosa. Pero no le voy a contar nada, no se preocupe. Me iré con mi magia y mis historias a otra parte”.
Me di cuenta entonces de lo absurdo de mi comportamiento. “Le ruego me disculpe; no sé qué me ha pasado. Estoy en su casa, soy yo el que debe irse”. “Puede irse cuando quiera, ya sabe que la primera condición del paraíso es tener las puertas abiertas, pero me daría un disgusto”. “Antes de irme me gustaría escuchar esa historia, la de la fiesta en el palacio Labia. Una de las veces que estuve en Venecia me alojé en el Hotel Amadeus. Desde la terraza de la habitación contemplaba el Campo de San Geremia y la fachada del palacio. De noche, sobre todo, con la plaza desierta y la fachada iluminada soñé muchas veces con esa mítica fiesta”.


----Cuando Beistegui, el millonario español de origen mexicano, compró el palacio en 1948 estaba en completa ruina, tras haber sido cuartel en época napoleónica y luego casa de vecinos. Durante tres años se dedicó a restaurar mármoles y estucos, a instalar agua corriente, electricidad, cuartos de baño, inexistentes hasta entonces. Creó salones que no habían existido nunca –un salón del reloj, una sala de los almirantes—, pero que parecían haber estado allí desde siempre. Devolvió su esplendor a los frescos de Tiépolo, el principal tesoro del palacio. ¿Le gusta a usted Tiépolo? Ya sabe que Berenson decía que era un gran decorador, no un gran pintor, del mismo modo que Metastasio no es un gran poeta, pero al igual que él representa como nadie el espíritu de una época. La fiesta de inauguración fue el 10 de septiembre de 1951. Hubo un baile de disfraces inspirado en “El convite de Cleopatra”, el fresco de Tiépolo que adorna el gran salón. Fue como si aquellas figuras volvieran a la vida. Del mismo modo que no se distinguían los motivos arquitectónicos reales de los pintados, también a veces era difícil distinguir entre los invitados de aquella Cleopatra dieciochesca y los del fantasioso millonario del siglo XX. El millar de invitados llegó en cuatrocientas góndolas que a una misma hora comenzaron a remontar el Gran Canal. Todo el que era alguien en aquel momento estaba allí, desde Lady Churchill hasta el Agha Khan, pasando por las más hermosas princesas romanas o napolitanas, las celebridades del cine, el arte, la literatura, y el inevitable Dalí, que se había ocupado de la escenografía.


La entrada principal del palacio da al canal del Cannaregio, al borde mismo del Gran Canal, y por allí fueron entrando los invitados. El anfitrión los recibía en lo alto de la escalera monumental, vestido con toga roja como procurador de la República de Venecia, encaramado sobre sus coturnos. En la parte de atrás del palacio, Beistegui dio otra fiesta para el pueblo de Venecia. Hacia las tres de la madrugada comenzaron los fuegos artificiales y al amanecer se formaron grupos que cantaron, rieron, hicieron el amor, se dispersaron por los salones y luego continuaron la juerga por los canales y los campi, hasta terminar muchos de ellos en la Piazza de San Marco, convertido en otro gran salón festivo. Solo hubo un temor a lo largo de aquella noche memorable: que el suelo se hundiera con el peso de los mil invitados. Claro que ese hubiera sido el más adecuado fin de fiesta: que, en el momento mejor, el gran palacio con todos ellos dentro fuera devorado por las aguas. No faltó quien se sintiera irritado por aquella ostentación. A Beistegui le atacaron desde los dos extremos: la iglesia católica y el partido comunista. Pero fueron más los que observaron admirados aquella fiesta en que por una noche la Venecia mítica resucitaba con toda su majestad. Por una noche: al día siguiente Beistegui perdió todo interés por el palacio y su contenido, que le había costado tanto esfuerzo reunir. Poco después la colección prodigiosa de cuadros y tapices, de muebles de época, sería subastada y el edificio vendido a la televisión italiana. Yo iba disfrazado de Cagliostro, aquel mixtificador que se vio envuelto en la estafa del collar que le costó el cuello a María Antonieta, y corrió el rumor de que no se trataba de un disfraz, sino que yo era el propio alquimista y adivino, inmortal como el judío errante. Con un jarrón de cristal, casi esférico, lleno de agua improvisé una bola mágica y se formaron largas colas pidiéndome que adivinara el porvenir. Dije las vaguedades de costumbre. Fue Cocteau quien me libró de pasarme la noche convertido en una atracción de feria. Alto, delgadísimo, era sin duda el más elegante. Iba disfrazado de Lord Strathcona, un joven que fue enviado en los primeros años de la ocupación inglesa de Canadá a Montreal. Era tan hermoso que nada más llegar se enamoró de él la esposa del gobernador de la Hudson Bay Company, jefe de la colonia. Inmediatamente fue desterrado al lugar más remoto, único inglés entre los esquimales. Allí permaneció durante casi una década. Su único contacto con la civilización era un velero que llegaba una vez al año. Pero Lord Strathcona mantuvo la disciplina de cambiarse de traje todas las noches para cenar solo, y cada mañana se hacía planchar y tender el ejemplar del Times correspondiente a ese día del año anterior. “El verdadero artista vive siempre entre esquimales y ha de saber conservar la disciplina”, me dijo Cocteau.


Luego salimos por la entrada de tierra del palacio y, subiendo por Lista de Spagna, llegamos hasta la parada de góndolas de Santa Luzia. “Ya verás qué maravilla”. Y efectivamente allí nos esperaba el más esbelto y gallardo gondolero que se pueda imaginar: barbilampiño, delicadamente musculado, parecía una figura del Parmigianino. Ya estábamos bamboleándonos en medio del Gran Canal, disfrutando del espectáculo, cuando alguien comenzó a dar gritos desde la orilla. Nuestro gondolero, asustado, sorprendentemente dio la vuelta. Nos hizo bajar, descendió luego él también y en dialecto veneciano se puso a discutir con aquel hombre furibundo. Pensamos que iban a llegar a las manos. Pero de pronto el joven dios, para desilusión nuestra, comenzó a llorar y con la cabeza baja se marchó de allí. “Les ruego me disculpen, caballeros; yo les llevará a dónde ustedes quieran ir y no les cobraré nada. No es la primera vez que mi hija hace algo así, disfrazarse de hombre para conducir la góndola mientras yo duermo la mañana. Desde pequeñita ese es su sueño. Pero no hay gondoleras, es oficio de hombres. Ya me imagino su sorpresa cuando ustedes descubrieran que quien les acompañaba no era un hombre sino una mujer”. Cocteau, muy serio, dijo: “Efectivamente, ha hecho usted muy bien en advertirnos. Habría sido una gran desilusión. Amigo Aleister, hoy en día no se uno puede fiar de nadie”.

sábado, 14 de agosto de 2010

Las veladas del jardín: Café Sport

Uno de los títulos más sugestivos que conozco es de un escritor que aprecio poco, César Antonio Molina, el ex ministro despechado: Lugares donde se calma el dolor. Si yo tuviera que hacer una lista de esos lugares, uno de los primeros sería el Café Sport, en Chaves. No tiene nada de especial: una gran cristalera sobre la plaza del general Silveira (al fondo, la Biblioteca Municipal), una decoración de los años sesenta, ningún ajetreo… A mí me gusta sentarme al fondo, cerca de la cristalera, junto a la pared. Allí leo, miro a la gente que pasa, dejo pasar la vida con un café delante y sin ninguna preocupación. Si salgo y camino hacia la derecha, llego hasta el puente romano, sobre el río Támega; a la izquierda una calle asciende hacia el Largo de Camoens y el castillo, una almenada torre frente a las tierras de España.


Suelo alojarme en el Forte San Francisco, que está muy cerca y asoma una esquina de sus murallas junto a la Capella da Lapa, de oro en cada atardecer. Me gusta pasear entre las murallas, nada más amanecido, acercarme hasta la pajarera con sus coloristas aves exóticas, entrar en la iglesia del convento y escuchar el monocorde canto monacal.
Mis amigos no comprenden mi afición a este lugar, bueno para visto una vez, donde no tengo amigos ni fantasmas. O eso creía yo. En la última visita, caminando al azar de las calles, encontré en una librería de la Rua do Olival una novela sobre la muerte de Sidónio Pais, el presidente-rey al que Fernando Pessoa dedicó un poema. Lo asesinaron un 14 de diciembre de 1918 en la estación del Rossio. Su muerte nunca fue aclarada. Entre los papeles de Pessoa había un esbozo de novela policíaca en la que ponía al doctor Quaresma, su Sherlock Holmes particular, a investigar ese crimen. Cuando yo estuve en Coimbra, allá por 1980, reuní bastante documentación sobre el tema. Especialmente interesante me pareció una separata de los Archivos do Instituto de Medicina Legal de Lisboa en que se recogían los resultados de la autopsia. Pero luego mis intereses fueron por otro camino y olvidé la novela que quería escribir. Francisco Moita Flores tuvo la misma idea y la ha llevado a cabo. Absorto en la lectura de Mataram o Sidónio!, tardo en darme cuenta de que alguien me saluda desde el otro lado de la cristalera. Ha tenido que golpear con los dedos para llamar mi atención. Es una mujer elegante, de unos cincuenta años. Entra muy sonriente: “¿No me dirás que no te acuerdas de mí? ¡Soy Margarita! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!”. ¿Margarita? Sin duda se trata de una confusión. “¿Ya no te acuerdas de los compañeros del Curso de Férias en la Universidad de Coimbra?”. El libro sobre Sidónio me acababa precisamente de traer a la cabeza aquellos días. Pero a ella no la recordaba, aunque fingí reconocerla. “Tienes que venir a mi casa. Es aquí cerca. Te va a gustar. Era de mi marido. Murió hace tres años”. “Lo siento”, dije. “Nuno y tú andabais todo el día juntos aquel verano”.


¡Nuno! El olvidado amigo era de Chaves. Había un fantasma que me sujetaba a aquel lugar aparentemente sin fantasmas. ¡Nuno! Juntos traducimos a Camilo Pessanha y a Pessoa y a António Nobre. Él me regaló Matéria solar, un libro recién aparecido de un poeta del que no había oído hablar y que desde entonces sería uno de mis preferidos, Eugénio de Andrade. ¡Nuno! Los paseos por el Jardim da Sereia, las noches de charla interminable en la Praça da República, las traducciones mano a mano en el café de Santa Cruz, el único que todavía resiste, en el Arcádia, en el Mandarim...
Acompañé a Margarita hasta su casa, más allá del puente romano, cerca del Jardim Público: una mansión de aire inglés, rodeada de árboles. “La familia de mi marido tenía algo de dinero y él era heredero único. Ahora todo es mío. ¿No has pensado en casarte? Soy un buen partido”, bromeó.


El interior de la casa resultaba todavía más sorprendente que el exterior. Me fascinó sobre todo la biblioteca, de dos alturas y con una escalera de caracol. “El abuelo de mi marido era amigo de Carlos de Beistegui, un millonario español de origen mexicano, cuya pasión era comprar casas y decorarlas fastuosamente. Él fue quien reconstruyó el palacio Labia, en Venecia, y dio una fiesta en 1951 que todavía se recuerda. A ti que te gusta tanto Venecia seguro que has oído hablar de ella”. “Sabes muchas cosas de mí”, le dije. “Tú, en cambio, ni siquiera me recordabas, no creas que no me he dado cuenta. ¿Cómo no voy a saberlo todo de ti si eres la persona que más he odiado en el mundo?”. Yo le prestaba poca atención, fascinado con la biblioteca, llena de esos libros fabulosos de lo que uno ha oído hablar infinitas veces pero que nunca ha tenido en las manos. De pronto me volví hacia ella, asustado. Parece que tengo un imán para las chifladas. “¿Odiado? ¿Y por qué?”. “Debía ponerme en contacto contigo, averigüé tu dirección en la calle Murillo, tu teléfono, tu correo electrónico, pero no acababa de decidirme. Y de pronto te encuentro leyendo tranquilamente en Chaves, como si vivieras aquí de toda la vida. No me dirás que no es casualidad. Tengo un encargo para ti, de mi marido: devolverte un cuaderno y hacerte una pregunta”.
De un cajón sacó un viejo cuaderno con anillas, lleno de versos manuscritos. En seguida reconocí mi letra. Eran poemas, o borradores de poemas, también alguna traducción: “No traigo nada y no encontraré nada. / Dejo escrito en este libro la imagen de mi designio muerto: / Fui como la hierba y no me arrancaron”. Recuerdo bien el momento en que le entregué ese cuaderno, resumen de un verano. Fue en la estación, en Coimbra B, hasta donde Nuno me había acompañado, poco antes de subir al expreso que me devolvería, tras no sé cuántos transbordos, a Asturias.


“La pregunta era: ¿por qué dejaste de escribirle? ¿Por qué no contestaste a sus cartas?”. “¡Pero si fue él quien dejó de responder a las mías! Me dolió un poco, la verdad. ¡Habíamos estado tan unidos!”. “No le dije, estaba ya muy enfermo, que a esa pregunta mejor que tú podía contestar yo. Fui yo quien destruí tus cartas, sin entregárselas; quien rompió las suyas, sin llevarlas a correos. Ya éramos novios, o medio novios, antes de que tú te fueras. Pero estaba más tiempo con sus libros y contigo que conmigo. Llegué a odiarte más que a nadie en el mundo. Un odio irracional. Si no te hubieras ido, no sé lo que habría ocurrido. Mi marido le habló a Carlos Reis, gran amigo de su familia, de ti y es posible que te hubieran encontrado un puesto como profesor de español. Si eso hubiera ocurrido… Pero no ocurrió. Tú te fuiste y yo me encargué de que desaparecieras para siempre. O eso creía yo, pero te quedaste aquí, como un fantasma más. Me alegra haberte encontrado, me alegra que te hayas sentado exactamente ahí, donde Nuno se sentaba. Puedes quedarte con ese libro que a él le gustaba mucho: una primera edición de Las flores del mal firmada por el autor. Pronto me veré libre de fantasmas. Venderé esta casa, imposible de sostener. Se habla de ella como casa de cultura o sede de la fundación Nadir Afonso. En el parque construirán, me temo. Por fin podré vivir tranquila, sin viejas cuentas que saldar”.
Ahora sé por qué me gusta tanto volver a Chaves, por qué me encuentro tan seguro y a salvo en el Café Sport, uno de esos lugares donde se calma el dolor. Tras despedirme de Margarita, de nuevo en el café, abro el cuaderno y leo en voz alta unos versos de Andrade: “Será que a noite para poder dormir / me pede a mim uma gota de água?”. Nuno, que acaba de escribirlos, se burla un poco de mi acento y los repite en buen portugués.

sábado, 7 de agosto de 2010

Las veladas del jardín: Atentado en Piazza Venezia

¿No os da miedo compartir cama y mantel con el hombre más perverso del mundo? –dijo el conde, sonriente—. Así me llamaban los periodistas cuando, en 1923, me expulsaron de Italia por practicar ritos satánicos y matar a uno de mis discípulos, Raoul Loveday, haciéndole beber sangre de gato.


En Cefalù, junto al mar Tirreno, a los pies de la inmensa roca en que la tierra parece alzar la cabeza, fundé una comunidad de elegidos. Mis diez mandamientos se resumían en uno: “Haz lo que desees; esa es toda la ley”. Aquella muerte fue solo un pretexto. Cierto que a veces íbamos en procesión, desnudos y coronados de mirtos, a contemplar la salida del sol; que me paseaba disfrazado de obispo y en coche de caballos; que nos ayudábamos de la química para llegar al éxtasis o al nirvana…, pero nadie se escandalizaba por eso. Sicilia es un viejo país al que nada humano le es ajeno, ni tampoco nada que tenga que ver con dioses y demonios. Los vecinos protestaron cuando la policía nos obligó a irnos; éramos la principal fuente de chismorreo y riqueza de aquel pueblo de pescadores. No sirvió de nada su protesta: la orden venía del hombre fuerte de Italia, Benito Mussolini, un iniciado al que sus maestros alertaron de que alguien tenía un poder astral semejante al suyo: Aleister Crowley, the wickedest man in the world, la Bestia del Apocalipsis.
Diez años después de que me desterraran volví a Italia con un único fin: dar muerte al dictador. Estaba entonces en la cumbre de su poder. El Papa había dicho que era “un hombre providencial” y Churchill que si fuese italiano “vestiría la camisa negra de los fascistas”. Todos le adoraban. En Riccione, una vez que se zambulló en el mar para nadar un rato, un enjambre de mujeres, jóvenes y viejas, se lanzó tras él con una despreocupación total, vestidas de calle, tal como estaban. Recuerdo los bolsos y sombreros que flotaban sobre el agua. Tres de ellas tuvieron que ser sacadas por la policía a punto de ahogarse.


Yo me hice amigo de los jardineros de Villa Torlonia. Paseé por el parque, como un jardinero más, y le vi montar en bicicleta y hacer ejercicios deportivos. Le gustaban los caballos y tenía algunos espléndidos, de los que yo también me enamoré: el alazán Ned, que le habían regalado unos admiradores ingleses, o Frufrú, grácil como una bailarina, que había montado en Trípoli cuando los musulmanes le ofrecieron la espada del Islam. Una vez hizo a Frufrú subir las escalinatas de la casa y entrar en ella, con gran espanto de su mujer, donna Rachele. Pero yo quería matar al tirano y no al apacible hombre de familia y por eso decidí hacerlo en el Palazzo Venezia, donde pasaba la mayor parte de las horas del día. Seguro que conocéis ese palacio, que habéis entrado alguna vez en él a visitar una exposición. Entonces el acceso era casi tan fácil como ahora. Los soldados de la milicia hacían guardia ante la doble puerta siempre abierta y un portero cubierto de galones plateados preguntaba qué se deseaba. En el piso principal estaba la Biblioteca Arqueológica y la tarjeta para visitarla podía conseguirse fácilmente, bastaba la firma de cualquier catedrático. Yo pasé muchas horas en ella, maquinando mi plan, pero también distraído con libros de arquitectura y los grabados de Piranesi. Una gran escalera de piedra llevaba a los aposentos del Duce, que impresionaban por sus dimensiones. Había pocos muebles, pero algunos magníficos cuadros y vitrinas con piezas antiguas; parecía entrarse en un museo. El despacho de Mussolini, la Sala del Mapa Mundi, era la estancia mayor de todas. Tenía veinte metros de largo, trece de ancho y trece de alto. Podía albergar cómodamente a doscientas o trescientas personas. Tres ventanas gigantescas, con sus bancos de piedra adosados a los muros, se abrían a la plaza. La mesa de Mussolini estaba en el lado más alejado a la puerta de entrada. El visitante lo veía a los lejos, inclinado sobre sus papeles, a la luz de una lámpara, y avanzaba y avanzaba; le parecía que no iba a llegar nunca; solo cuando estaba cerca el dictador alzaba la cabeza y sonriente se levantaba para saludar, si era extranjero. Sus colaboradores despachaban de pie, mientras él seguía sentado y a veces los tenía largo tiempo inmóviles, aterrados y sudorosos.


Escogí para la ejecución un día de gran gala: se celebraban los diez años del régimen; veinte mil hombres llenaban la plaza, varias orquestas tocaban, todo era bullicio y fiesta. Aquella vez me fue más fácil que nunca llegar hasta la Sala del Mapa Mundi, llena de jerarcas. Mussolini, de uniforme, charlaba con unos y con otros, hasta que un oficial le preguntó si podía abrir ya el gran ventanal. Pidió su gorra y sin pararse un momento a reflexionar se dirigió hacia donde le aguardaba la multitud. Yo me había colocado en otra de las ventanas, oculto por los grandes muros. Un inmenso rugido de entusiasmo, que pareció hacer retemblar la ciudad toda, acogió su aparición. Con un leve gesto lo redujo a un silencio tan absoluto que yo podía oír mi respiración. El discurso fue breve, unas treinta frases, cada una de ellas acogida con mayor fervor. Saludó solo una vez y se retiró mientras fuera seguía el entusiasmo.
En ese momento comenzaron a golpear en las puertas de la sala; mandó abrir y entraron precipitadamente unos sesenta oficiales fascistas que de inmediato le rodearon. Eran los secretarios del partido de todas las regiones de Italia. Fue saludándolos uno por uno, diciendo, no su nombre, sino el de la ciudad que representaban. Le miraban con la veneración con que se mira a un padre, se comportaban como niños, y cuando, cansado, los quiso despedir con el habitual saludo a la romana, uno de ellos dijo “¡Duce, una foto, una foto!” y él condescendió con gesto de cansancio, y entró un fotógrafo y todos posaron, entre bromas, como escolares en torno a su maestro.


Por fin Mussolini consiguió quedarse solo en la inmensa sala y entonces aparecí yo. Le apunté con una pistola, pero él no pareció sorprenderse, como si me esperara. Y ciertamente, me esperaba. “¿Ha llegado el momento? Estoy dispuesto”, dijo. Y en ese instante supe por qué me había sido tan fácil llegar hasta él. Mussolini era un iniciado con poderes incluso superiores a los míos. La expulsión de la Abadía de Thelema, en Cefalù, el afán de venganza que había ido creciendo dentro de mí, las facilidades para entrar en Villa Torlonia, para introducirme en el centro mismo en que ejercía su poder: todo estaba previsto. Nuevo César, como César debía morir en el momento de su mayor gloria para entrar en la historia junto a Augusto y Alejandro Magno.
Estaba con los brazos cruzados delante de mí, mirándome majestuoso, esperando el disparo mortal, convertido en estatua de sí mismo. Pero entonces yo arrojé lejos la pistola, crucé también los brazos, y le miré a los ojos. “Te condeno a seguir vivo”, dije, “a morir de tu propia muerte”. Y él entonces dio un grito, aterrado. Quizá vio a unos bomberos que del montón de cadáveres que en una plaza de Milán son pisoteados e insultados por la multitud, alzan dos y los cuelgan a dos metros y medio del suelo, cabeza abajo, descoyuntados… El griterío de Piazza Loreto se confunde con el que aquel mismo día había resonado en Piazza Venezia.
El momento de terror pasó pronto. La serenidad volvió a su robusto rostro de condottiero. “Nuestra vida pertenece a otra ley”, dijo, “a dioses que no comprenden ni perdonan”. Me dio luego la mano –nunca lo hacía, le parecía un gesto antihigiénico— y me acompañó hasta la puerta del despacho.
Desde entonces yo sería el mayor de sus admiradores. Estaba con él cuando cerca del pueblo de Dongo unos partisanos detienen el convoy en que viajaba. Pero esa es una historia que os contaré otro día, como la de la desaparición de su cadáver, que tengo aquí enterrado en el pazo.

sábado, 31 de julio de 2010

Las veladas del jardín: Tiempo tendrás

¡Pessoa! ¡Pessoa! –exclamó el conde, asustándonos a todos— ¡Siempre Pessoa! Nadie me pregunta por mi vida, siempre por la suya. ¿Y quién era ese hombrecillo portugués? Una cabeza sin cuerpo, alguien que todo lo aprendió en los libros, que nunca fue capaz de enfrentarse a sus fantasmas. Se ha contado muchas veces la historia de cómo nos conocimos, pero hay cosas que no se han contado nunca. Cuando se publicaron mis Confesiones, a finales de los años veinte, escribió a la editorial, The Mandrake Press, solicitando un ejemplar. Luego volvió a escribir explicando que algunos de los datos astrológicos estaban equivocados. A mí me hizo gracia aquella impertinencia y comencé a cartearme con él. Me envió unos folletos de poesía inglesa. Eran versos muy correctos, pero bastante artificiosos. Les faltaba vida. Al viajar a Portugal tuve el capricho de conocerle. Me dijo que por esas fechas –yo no había indicado la fecha— estaría fuera de Lisboa, que mejor posponer el encuentro para cuando viniera a Londres. En agosto de 1930, le envié un telegrama: “Crowley arriving by Alcantara. Please meet”. Sé que se asustó mucho, que hizo lo posible por no verme. Una niebla espesa detuvo el barco durante un tiempo. Nada más saludarle en el muelle le dije que seguramente la había enviado él y no sonrió ante aquella broma: se puso a temblar. Tembló todavía más cuando le presenté a mi acompañante, Hanni Larissa Jaeger, una adolescente de diecinueve años, alta y rubia, de aspecto andrógino. Yo la llamaba el Monstruo, porque lo era, y no voy a contar por qué. Nos alojamos primero en Lisboa y luego en Estoril. Pessoa vino una vez a visitarnos y le pedí que subiera a la habitación. Vestía siempre muy formal, como era costumbre entonces, y yo le recibí de la misma manera, elegantemente trajeado. Estábamos hablando de los sonetos de Shakespeare, modelo de los suyos, cuando se abrió la puerta del cuarto de baño y apareció Hanni completamente desnuda. “The master-mistress of my passion”, le dije señalándola. Él palideció, estuvo a punto de desmayarse, abandonó la habitación de un salto. No volvimos a vernos en privado, a partir de aquello me citaba en algún café. Su educación era victoriana, como la mía, pero yo me había rebelado y él no. A los nueve años me inicié sexualmente con una criada; a los doce, una palafrenero me enseñó otras sutilezas. Él tenía más de cuarenta y solo había sido iniciado en el ocultismo. Con Hanni, que no respetaba la orden de no hacer el amor con nadie sin mi aprobación y participación, tuve grandes altercados. Una vez armamos tal jaleo en el hotel que nos expulsaron a media noche. Le conté a Pessoa mis problemas con aquella muchacha –que traía alborotada a media Lisboa— y él aludió a un poema de Browning, “Mi última duquesa”, y yo entendí que me recomendaba una discreta eliminación, que no sería difícil, porque era aficionada a ciertas drogas y yo era quien le proporcionaba las dosis adecuadas. Pero por una vez, por una única vez, una mujer fue más lista que yo: se largó inesperadamente llevándose toda mi farmacopea y todo mi dinero. En compensación me dejó un montón de deudas. Mi magia no servía de nada en aquellos momentos, pero a Pessoa se le ocurrió una idea salvadora. Feliz porque había desaparecido la encarnación del demonio que le atraía y le repelía al mismo tiempo, me propuso un plan alambicado, una de esas novelas detectivescas que proyectaba y nunca era capaz de finalizar (nunca fue capaz de llevar nada a buen fin). Fingimos mi suicidio en la Boca do Inferno, en Estoril y provocamos un buen revuelo periodístico. Él aprovecharía todo aquel escándalo para escribir un libro sensacionalista en portugués y en inglés. Con nombre falso, salí de Portugal por Fuentes de Oñoro mientras Pessoa disfrutaba como un niño jugueteando con la realidad. Yo me fui a Berlín, que me fascinó, pero antes pasé por París, donde participé en una cena organizada por Victoria Ocampo. Éramos muy pocos los invitados: Madame de Noailles, Cocteau, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna y yo. Todos representábamos a lo que entonces era la modernidad, salvo la condesa de Noailles, una gran mariposa de gasas y sedas negras que iba a todas partes acompañada de su doctora. El francés pintoresco de Gómez de la Serna le hacía mucha gracia a ella, tan redichamente clásica: “Je vous defend de toucher le français de Ramón… Ne pas le corriger jamais!... Son français est un français plastique que j’aime”. Algún día os contaré aquella cena. Cocteau me pidió una prueba de mis poderes mágicos y yo les dije que cerraran los ojos. Al abrirlos todos estaban desnudos –la condesa, una gallina desplumada—, salvo Cocteau y yo. Perdón, dije, el truco ha salido mal. Hice otro gesto y todos respiraron aliviados dentro de sus ropas mientras el poeta, que acababa de estrenar La voz humana, y yo nos mirábamos divertidamente desnudos. De inmediato desaparecimos por una puerta para que la magia continuara en privado. Pero no es eso lo que quería contaros. París estaba bien, pero era demasiado formal, con una vanguardia que hacía sus juegos de manos en salones de la belle époque. Berlín era otra cosa: un inmenso cabaret donde cualquier fantasía podía hacerse realidad. Cierto que ya se oía en las calles el taconeo de las botas nazis, pero por entonces todos las oíamos como quien oye llover. Desde allí volvía escribir a Pessoa. Le invité a visitarme. Cualquier extranjero era rico en aquella época de inflación galopante. Apelé a su vanidad: “Esta ciudad es hoy la capital de Europa; quien triunfa aquí, triunfa en el mundo”. Y también a los impulsos oscuros que él se negaba a reconocer: le escribí en el reverso de una postal publicitaria de un bar solo para hombres. Y un día, aquel hombrecillo portugués que se aterraba al ver una mujer desnuda, tomó un tren en la estación del Rossio sin avisar a nadie y días después apareció en las habitaciones que yo tenía alquiladas en Unter den Linden. “No soy Fernando Pessoa, me dijo, Fernando se ha quedado tomando su café en el Martinho y en A Brasileira o contestando a la correspondencia comercial en la Rua dos Douradores; yo soy Álvaro de Campos, que quiere sentirlo todo de todas las maneras”. Y lo sentimos todo de todas las maneras, ciertamente, pero no voy a entrar en detalles: estábamos en el Berlín de los años treinta, no hace falta añadir más. Gracias a eso aquel atildado hombrecillo que todo lo aprendió en los libros pudo escribir algo que valiera la pena: los poemas de Álvaro de Campos (el resto no son más que aplicados ejercicios de redacción). Lo curioso es que, mientras Álvaro entraba arrebatadoramente vestido de mujer en un local berlinés (donde por cierto sedujo a un don Juan cojo y lenguaraz que pronto se haría famoso: el doctor Goebbels), Fernando seguía su vida en la Lisboa pachorrienta del salazarismo. No sé cuál de los dos era el verdadero y cuál una proyección astral. Ni sé tampoco por qué interesa ese oscuro escritor que nunca fue capaz de concluir nada. Por vuestros ojos incrédulos compruebo que esto que os cuento os parece eso: un cuento. Y quizá lo sea. Tantos años después, ¿quién es capaz de distinguir entre lo soñado y lo vivido? Pero vamos a ver si la magia funciona. Voy a llamar a Lucas, a Mariana, a toda la servidumbre del pazo, jóvenes y viejos. Luego cerraremos un momento los ojos y al abrirlos, zas, como en la cena de París, todos desnudos, ellos y nosotros. Y luego que cada uno se acomode con quien le venga bien. Ya veo que José Luis, o Martín, como le llamáis, huye. No se cree lo que digo, pero por si acaso… Recuerda los versos de Auden, amigo Martín: “No dejes escapar la hermosura que pasa. / Vive con audaz alegría. / La vida es corta, goza / con todo lo que tiente tu carne / sin esperar al día de mañana. / Tiempo tendrás de ser casto en la tumba”.

domingo, 25 de julio de 2010

Las veladas del jardín: Little Odessa

“Se está bien aquí, demasiado bien”, dijo Ana. “Me da un poco de miedo tanta tranquila felicidad. Creo que somos como esos niños de los cuentos que llegan a una casita de chocolate y allí se ponen cada vez más gordos ante la atenta mirada de la bruja, que espera el momento adecuado para devorarlos”.


“Yo no me decidía a venir”, dijo Marcos. “Me cuesta salir de casa. Me parece imposible que Martín me convenciera para andar dando tumbos por carreteras perdidas hasta llegar al pazo. Ahora me siento como en una de esas novelas de P. G. Wodehouse con muchos disparates y ninguna desdicha. La primera noche, en mi habitación, estaba pensando en lo a gusto que me fumaría un cigarrillo, pero no sabía si estaría bien fumar dentro de la casa. Y entonces llamaron suavemente a la puerta y entró Lucas con un cenicero. Con dos, mejor dicho. Uno lo dejó en la mesita del centro y el otro, tras abrir la gran cristalera, en la mesa de la terraza, una terraza inmensa sobre el mar y el bosque y toda coronada de estrellas. Pensé en Jeeves, el mayordomo de las novelas de Wodehouse, que parece saber, mediante una especie de telepatía, el momento justo en que necesita algo su señor, que entra con una taza de té en el dormitorio dos minutos justos después de que se despierte, y la reconfortante bebida está siempre en su punto: ni demasiado caliente, ni demasiado floja ni demasiado fuerte, no tiene demasiada leche y ni una sola gota se ha derramado sobre el platito”.
“Dickens decía que pocos lugares había a los que les fuera tan grato regresar, cuando estaba de mal humor, como aquellos en los que nunca había estado. A mí, cuando vuelva a la vida verdadera, a ningún lugar me resultará tan agradable volver como a esta casona y a estos jardines. Me parecen tan fuera del mundo que temo que, como en los sueños, si salgo de ellos, aunque solo sea para darme un paseo por la aldea cercana, no seré capaz de encontrar el camino de regreso”.
“Yo el viernes pasado fui hasta Gijón, a leer poemas en la Semana Negra, y he vuelto sin ninguna dificultad. Estuve en la primera, allá por 1988, el año del centenario de Pessoa, y algo escribí en A quemarropa sobre Pessoa y la novela criminal; también sobre Aleister Crowley, nuestro presunto anfitrión. A ver si algún día le da por hablarnos de su relación con el poeta. Leía poemas a la una de la madrugada, una hora en la que no suelo estar despierto. Todo aquel bullicio, aquella surrealista mezcla de libros y fritanga, de luces estridentes y playa oscura y silenciosa, presididos por la inmensa noria, me recordó de pronto a Coney Island, al Coney Island de los años cuarenta, de las películas en blanco y negro, con sus marineros que tiran al blanco y las rubias oxigenadas que se les abrazan a la cintura, y también al Coney Island actual de las películas de James Gray. Cuando yo pasé por allí era un lugar solitario y apacible, con el parque de atracciones cerrado, y los largos paseos de madera sobre la playa recorridos solo por algún calmo jubilado. Yo me senté en un banco a mirar el agua, a no pensar en nada, como un personaje de Hopper. Y entonces me sobresaltaron dos secos estampidos. Me volví. El jubilado de cabello blanco que hace un instante paseaba tranquilo estaba tumbado en el suelo y junto a él se formaba un charco de sangre. Un hombre joven se alejaba sin prisa. Se volvió un momento para mirarme y yo me asusté, pero él continuó su camino como si nada hubiera tenido que ver con lo que había pasado, y quizá nada había tenido que ver. Aquel barrio, recordé entonces, es Brighton Beach, la Pequeña Odessa de las películas de James Gray, una zona dominada por la mafia rusa. La noticia del crimen apareció al día siguiente en los periódicos, y también la indicación de que la policía buscaba a un posible testigo. Quizá fuera yo, no lo sé. Afortunadamente regresé poco después a España. Durante un tiempo tuve pesadillas. Imaginé que el asesino me buscaba. Tengo mala memoria para los rostros, pero el suyo se me quedó grabado, podría señalarlo perfectamente en una rueda de reconocimiento, podría trazar un retrato robot. Y la madrugada del sábado, tras la lectura de poemas (tuve que hacer un gran esfuerzo para no dormirme), mientras me acerco un momento hasta la playa del Arbeyal, desde un local donde suena música latina a todo volumen, alguien me mira sorprendido y yo le miro y de pronto me pongo a temblar: es él, no me cabe la menor duda. Abandono la idea del paseo, vuelvo a donde está mi amigo Ángel, que ha tenido la amabilidad de traerme en su coche, y le pido que volvamos de inmediato a Oviedo. Me despierto mucho mejor, riéndome un poco de mis melodramáticos temores de aficionado a las películas de la serie B. Pero antes de volver al pazo en Avilés me encuentro con un amigo periodista, Saúl, que me cuenta los pormenores del crimen que tuvo lugar hace unas semanas en la avenida de Lugo. No sé si lo recordáis. El hijo del dueño de la mayoría de los prostíbulos de la zona fue, con su guardaespaldas, a un prostíbulo de la competencia, parece que a amenazar para que cerraran. El caso es que el dueño no estaba en el local en ese momento. Le llamó el portero. Llegó en un coche y, sin mediar palabra, remató por la espalda a los dos que le buscaban. Se defendió diciendo que estaba amenazado, que le habían dado varias palizas. Ahora teme, menos por su familia, que por su mujer y sus hijos, que viven en el barrio de La Luz, una de esas ciudades dormitorios creadas para alojar a los emigrantes en los años sesenta. Yo recuerdo la expectación con que se sortearon esas viviendas y la alegría de aquellos a los que les tocó una de ellas. Mi familia, vivíamos de mala manera en Valliniello, no tuvo suerte. Entonces parecían un lugar privilegiado, con los altos edificios escalonados sobre una soleada colina. Ahora forma parte de nuestra Little Odessa. ¿Sabes? –me dijo Saúl— voy a escribir una novela negra con toda esta historia. En el funeral estuve a punto de entrevistar al padre del asesinado, que controla todo el negocio de putas y drogas de la zona. La mayoría de las putas vienen del Este y bastantes son menores. Las tratan muy mal, paliza va paliza viene para que no protesten y no vayan a la policía. El suegro del asesino parece que era portero en uno de los locales de ese tipo. Trataba bien a las chicas y por eso muchas se fueron con él cuando decidió abrir un local. Eso no se podía permitir, y comenzaron las amenazas que culminaron en el crimen. El primero de una serie ya lo verás. Yo me acerqué al gran capo, que parece un tío normal, para hacerle unas preguntas, pero dos matones me cortaron el paso y me empujaron fuera del tanatorio: Respete el duelo, dijeron. Parece que alguno de los pistoleros que le acompañan viene de América, que los mandan aquí cuando allá están muy vistos, añadió Saúl. Y yo entonces pensé en aquel rostro hosco, mal afeitado, de un cierto atractivo canalla, que me había mirado una apacible mañana de domingo en las playas de Coney Island y a quien había creído reconocer en el bullicio —libros y fritanga— de la Semana Negra”.


“No sé”, dijo Marcos, “no sé si creerte. Ves demasiadas películas. Aunque quizá todos hemos sido testigos de un crimen, no sabemos cuál, quizá el hecho de haber nacido, y hay un matón que nos persigue, pero no viene de Rusia ni de América, sino de dentro de nosotros mismos, de las cloacas donde se pudren las ilusiones y los sueños”.
“¿A qué hablar de esas cosas en una noche tan hermosa? –concluyó Ana—.Yo creo que lo mejor es cerrar los ojos, dejarse acariciar por la brisa, escuchar una intrigante historia o una melancólica canción, pasear junto a los macizos de camelias y pensar que el mundo –al menos en este lugar y en este momento— está bien hecho”.

domingo, 18 de julio de 2010

Las veladas del jardín: Un tenientillo desvergonzado

Decía Fernando Vela que no hay goce mayor que oír, en las noches de invierno, un cuento junto al fuego. Una chimenea se alimenta, tanto de leña como de historias; las atrae con su tiro de aire y las devora el trasgo que mora en las oscuridades de la campana.
Pero también las noches de verano son buenas para la música que sosiega el alma y para las historias que avivan la imaginación. Sentados bajo el tejo centenario
que a mí me recuerda tanto al que en la Plaza del Príncipe Real, en Lisboa, extiende sus inmensos brazos acogedores, habíamos escuchado un puñado de quebradizas melodías francesas cantadas por Philippe Jaroussky (mi favorita es “L’heure exquise”, de Reynaldo Hahn) y Javier Almuzara nos había leído algunas de sus traducciones de Omar Jayyam: “Todo lo hermoso es breve, y por breve aún más bello. / Mientras el cuerpo aguante, no renuncies a nada. / Llorarás tus desdenes cuando blanquee el cabello. / Disfruta del momento: solo dura un momento”.
Al conde, como siempre ocurría, no le oímos llegar. De pie al extremo de la glorieta parecía mirarnos sin vernos, como una más de las estatuas que adornan el jardín. “No sé si ha sido una buena idea hacerte caso a ti, y no a Silvia, y venir –me dijo Ana Vega—. Me da un poco de miedo. Anoche…. Pero quizá sean imaginaciones mías”.
Todos los hombres –el conde hablaba en voz muy baja, había que hacer un esfuerzo para poder escucharle— temen a la muerte. No saben que eso es lo único que los dioses envidian a los humanos. Todos los hombres son mortales, me repito a menudo, y ese es el único consuelo que tengo. Pero sé que la existencia de unos pocos no se mide por décadas, sino por siglos. ¿Habéis oído hablar del conde de Saint-Germain? Conoció a Lutero y a Napoleón, a Leonardo y a Beethoven, a Miguel Ángel y a Goethe. Comparado con él yo soy un adolescente. Nací en 1875, aún no he cumplido los dos siglos. Algún día os contaré por qué Mussolini me expulsó del paraíso cerrado para muchos, abierto para pocos, que un puñado de amigos habíamos creado en un rincón de Sicilia. Hoy me gustaría hablaros de un duelo, del que fui padrino. Mi editor, Vicente Blasco Ibáñez, era diputado de la minoría republicana. Se discutían entonces en el Congreso unas elecciones municipales y en las cercanías alborotaban grupos radicales. En una de sus intervenciones contó Blasco Ibáñez que al salir, por haberse detenido un momento para protestar contra las fuerzas del orden, “un tenientillo desvergonzado” le había empujado violentamente, obligándole a seguir su camino, sin respetar su fuero de diputado por Valencia.


A las pocas horas recibió una carta, firmada por un coronel de caballería y por un teniente coronel, exigiéndole que nombrara padrinos para solventar la ofensa inferida al teniente Alestuey. No hubo manera de arreglar el asunto. Los militares querían una retractación terminante desde el escaño en que se produjo la ofensa. Blasco no podía avenirse a eso. El código del marqués de Cabriñana concedía al ofendido el derecho a imponer condiciones. Escogieron las más graves. El duelo sería con pistola de cañón rayado, a cargar por la boca, y bala de plomo redonda, del calibre usual y tipo “Gastine-Renai”. Las armas utilizadas –un par por cada adversario— deberían ser examinadas, preparadas y cargadas por un armero de profesión. La distancia, veinticinco pasos. Número de disparos, ilimitado, hasta que uno de los combatientes no pudiese seguir el combate, algo que deberían decidir los médicos que asistiesen al duelo. Cuando los padrinos terminamos de decidir las condiciones, comenzaba a amanecer sobre Madrid. El duelo sería aquel mismo día en una quinta cercana a la estación de Delicias, lugar habitual para los lances de honor.


A la hora convenida fuimos a buscar al novelista al piso bajo en que vivía. Estaba en la calle Huertas, acera de los pares, entre Príncipe y plaza del Ángel. En una alcoba, al fondo del despacho, dormía reposadamente. Al despertarse dijo “¿Ya?” y rápidamente se levantó. En el terreno conocí al ofendido, al teniente Alestuey. Era un joven delgado y de pequeña estatura, no mal parecido. Seguramente era también la primera vez que Blasco y él se veían, porque el escritor no se fijó en el rostro del militar que le empujó y se decía que aquel teniente se había ofrecido voluntario por ser un hábil tirador de pistola. Rápidamente (era al atardecer y en aquellas fechas oscurecía pronto) se midió el terreno, se sortearon los sitios, se leyó a los duelistas el acta y se les ordenó que estuvieran atentos a la orden de mando que se daría, reloj en mano, cuando hubieran transcurrido los treinta segundos concedidos para apuntar. Entretanto, el armero del Círculo Militar cargaba las pistolas, poniendo las llaves en el seguro y aplastando el pistón fulminante para evitar que se cayese haciendo fallar el disparo. Momento después de leerles el acta, y en cumplimiento de una de las cláusulas, los combatientes hubieron de despojarse de reloj, llaveros, monederos, cinturones y todo objeto que pudiera interponer obstáculos al proyectil. Uno de los padrinos de Alestuey cumplió la orden en relación con Blasco y yo me acerqué al militar y le dije: “Caballero oficial, yo le ruego que me entregue los objetos que se detallan para cumplir el acta”.


Que el teniente Alestuey era un experto tirador se vio desde el momento en que tranquilamente se colocó en línea de combate, avanzando sobre el vientre la cadera protectora y el hombro bien destacado sobre la caja del pecho. Las maneras desmañadas del corpulento Blasco nos hicieron saber a todos que su relación con las armas era más bien escasa. A la voz de fuego, el primer tiro del teniente dio muy cerca de los pies del novelista, levantando una nube de polvo; el de Blasco, se perdió en el aire. Supe que aquello había sido un aviso, y que el segundo tiro sería mortal. Cambiadas las pistolas, sonó la detonación de Alestuey y el novelista cayó en redondo. Nos acercamos inmediatamente a él y, sorprendidos, comprobamos que estaba prácticamente ileso. Llevaba un ancho cinturón y el proyectil le había causado una gran contusión pero estaba detenido por la triple correa, incrustado entre la segunda y tercera vueltas. Uno de los padrinos de Alestuey dijo: “Este señor queda descalificado por no haber cumplido las normas”. Yo repliqué: “Quien no ha cumplido las normas es el encargado de retirar todos los objetos indicados en el acta”. El otro padrino, que recordaba perfectamente haber despojado al novelista de su cinturón, no salía de su asombro. El coronel Jaquetot cortó cualquier asomo de discusión diciendo: “Esta cuestión ha terminado definitivamente”. Cuando volvíamos, desde el coche, vimos que una multitud, atraída por los rumores del duelo, se había concentrado en los alrededores de la quinta. Al comprobar que nadie salía en camilla, comenzaron a abuchearnos. Blasco Ibáñez soltó una maldición: “¿Y por esta canalla se juega uno el pellejo?”. A partir de entonces abandonó la política activa y se dedicó a sus novelas, que tantos dólares le produjeron. Tras permanecer un rato pensativo, dijo: “Todavía no me explicó cómo tenía puesto el cinturón. Estoy seguro de que me lo quité”. Yo sonreí. Aquello, para un mago como yo, era un juego de niños. Luego su editorial no publicó mis poemas, pero esa es otra cuestión, como la de mi encuentro aquella noche con el tenientillo desvergonzado.

domingo, 11 de julio de 2010

Las veladas del jardín: Llegada al pazo

A los escritores nos pierde la vanidad. Por lo menos a mí. Siempre que me he visto envuelto en algún embrollo la vanidad ha servido de anzuelo, nunca el dinero, el sexo o la ambición.
El primer día de verano recibí una carta con un escudo en relieve y un extraño remite: conde de Brezoán. En decimonónica caligrafía se declaraba admirador de mis libros y me invitaba a visitarle durante las vacaciones de verano. “Sé que le ha gustado el pazó de Mariñán, lo leí en Café Arcadia; me atrevo a asegurar que la casa de mis antepasados no le defraudará”.


De inmediato pensé en Colette, quien una vez declaró en un artículo cuanto le gustaría vivir en la Place du Palais Royal, frente a sus tranquilos jardines, y de inmediato un lector se ofreció a dejarle su apartamento, y en él residió la escritora los últimos años de su vida. También me acordé del joven Somerset Maugham y de las invitaciones que recibía para pasar los fines de semana en la casa de campo de algún noble inglés: “Por la mañana, apenas daban las ocho, entraba en la habitación una doncella de crujiente vestido estampado y toca con cintas, quien traía una taza de té y dos finas rebanadas de pan con mantequilla. Si era invierno, venía tras ella un ayudante, también con traje estampado, quien recogía las cenizas del fuego que había ardido la noche anterior y preparaba y encendía otro”.
Me sentí muy halagado porque a un conde le interesaran mis libros y se tomara la molestia de escribirme. Mis relaciones con la nobleza, que siempre me ha secretamente fascinado, resultan más bien escasas, casi nulas. Se limitan al marqués de Tamarón, un conservador ilustrado al que había conocido en un jurado literario que presidía Saramago, y al conde de Siruela, un elegante editor que sabe más que nadie, o esa impresión me dio cuando charlamos en el último premio Príncipe de Asturias, sobre el vampirismo femenino.
En una tarjeta que acompañaba a la carta manuscrita se indicaba una dirección de correo electrónica. Contesté a ella agradecido, pero declinando cortésmente la invitación. No hizo falta que insistiera mucho para que aceptara.


El día y la hora convenidos tenía ante mi puerta un coche con chófer uniformado. Durante el trayecto, de poco más de cuatro horas, traté de sacarle alguna información, pero era tan educado como lacónico.
Tras atravesar una verja de hierro, se llegaba al edificio principal del pazo por un largo camino sombreado de cipreses, eucaliptos y castaños de indias. En la entrada me aguardaba el conde, alto, enjuto, de unos setenta años, con una figura que recordaba algunas ilustraciones del Quijote. “¿Ha venido solo?”, fue lo primero que me preguntó. Yo, extrañado, le respondí que sí. “Sin duda no me expliqué bien”, dijo, “Mi invitación era también para los amigos poetas que le acompañan en los cafés de Oviedo, para Silvia Ugidos, Marcos Tramón, Javier Almuzara. Me gustaría que tuviéramos aquí algunas de esas tertulias en que las que yo ya he participado como lector. Pero pueden incorporarse cualquier otro día”.
Una especie de mayordomo me acompañó hasta mi habitación, situada en lo alto de una torre, con ventanas abiertas a los cuatro puntos cardinales, y con magníficas vistas sobre el jardín, los huertos y, al fondo, el mar. La tarde amenazaba lluvia y, no sé por qué, el buen humor y el afán de aventuras que me habían acompañado hasta allí se cambiaron de golpe por una de esas negruras depresivas en las que caigo con cierta frecuencia. Dejé la maleta abierta sobre la cama y bajé a despedirme del conde, que aquella noche no cenaría conmigo por no sé qué compromisos ineludibles. Cuando volví a subir, mi ropa estaba cuidadosamente colocada en el armario. Volví a acordarme de Somerset Maugham: “Ser invitado a pasar fines de semana en el campo era para mí un suplicio, debido a las propinas que debía dar al mayordomo y al criado que me traían el té de la mañana. Ellos eran quienes deshacían mi maleta y yo sentía un profundo malestar al darme cuenta de que mi raído pijama y mi modesta indumentaria producían una desfavorable opinión”.


Yo no sé si la opinión que le produje al servicio doméstico del conde fue o no favorable; a mí me dieron un poco de miedo: aparecían cuando se les necesitaba, como si adivinaran el pensamiento, y desaparecían inmediatamente. El conde se disculpó porque yo tuviera que cenar solo aquella primera noche (“Creí que vendría con sus amigos, en caso contrario no habría aceptado el compromiso”), pero a mí no me importó: en el pazo había una maravillosa biblioteca, con libros en tres o cuatro lenguas, y una fatigada edición dieciochesca del Teatro crítico universal, de Feijoo, que hojeé con tanto placer y provecho como sus lectores anteriores.
Estuve leyendo hasta tarde, y luego dormí bien, de un tirón. Cuando me desperté lucía ya el sol (y eso que a mí me gusta coleccionar amaneceres). En una florida pérgola, desde la que se veía el mar, estaba dispuesta la mesa para el desayuno, con su cesta de frutas, el colorido de los zumos, el aroma del café y el periódico del día me parecía la imagen misma de la felicidad. No me importaba desayunar solo, como había cenado solo, todo lo contrario. Tampoco me importaría, aunque haya repetido una y otra vez que detesto el campo, que no puedo vivir fuera de la ciudad, pasar un tiempo solo en aquel lugar fuera del tiempo.


El imprevisto saludo del conde me asustó un poco. Había llegado sin hacer ruido. No tenía buena cara, daba la impresión de haber pasado la noche sin acostarse.
“¿Ha oído usted, sin duda, hablar de Aleister Crowley?”, me dijo de pronto. Yo le miré sorprendido. Me parecía una forma rara de iniciar la conversación.
“Sí, por supuesto; sé que fue un mago inglés que conoció a Fernando Pessoa allá por los años treinta; entre los dos fingieron una falsa muerte que fue investigada por la policía”.
“Aleister Crowley, a quien los periodistas calificaron como el hombre más perverso del mundo, soy yo. ¿Quiere que le sirva un poco más de café”.
En ese mismo instante comencé a sospechar que mi vanidad me había jugado otra vez una mala pasada. Y que antes de aceptar aquella insólita invitación debería haber averiguado algunas cosas sobre mi anfitrión, que ahora me miraba con ojos burlones, como pareciendo disfrutar de mi sorpresa.