viernes, 2 de octubre de 2026

Aguas bravas: Soy un maleducado

 

Domingo, 27 de septiembre
LO INEXPLICABLE

Cuando me propusieron, hace algún tiempo, participar en unas “jornadas científicas” sobre Chaves Nogales organizadas por la universidad de Barcelona acepté encantado. Un pretexto para darse una vuelta por esa ciudad y rencontrarse con algunos amigos. Pero según fueron pasando los días y nadie me envió el programa de las jornadas, solo un cartel en el que se indicaba que un día se hablaría de Chaves Nogales y otro de Guerra total, la cosa empezó a resultarme sospechosa.

Luego resulta que, por no sé qué razones tenía que ir un día antes, alojarme en un hotel a una hora en tren de Barcelona, y situado en el campus de la UAB, lo que a mí me parecía en medio de ninguna parte. No sabía cómo librarme del compromiso.

Esta noche dormí mal, me levanté cansado, con tos y algo de fiebre. Nunca he pedido una baja, nunca he faltado a mí palabra, pero creí que en esas condiciones no podía viajar en avión. Escribí a los organizadores explicándoselo.

No mentía, no eran una excusa, pero resulta que nada más recibir la respuesta a al correo, dándose por enterados y comenzando los trámites para anular billetes y reservas, empecé a sentirme mejor, cada vez mejor.

Pero los síntomas eran reales, la enfermedad que me impidió viajar no fue un cuento, puedo asegurarlo. Fue tan real como los estigmas que le aparecían a Sor Patrocinio, la monja de las llagas, cuando uno de los gobiernos liberales de Isabel II tomaba medidas que perjudicaban a la iglesia.

Lunes, 28 de septiembre
MISTERIO ACLARADO

Me río mucho de los que culpan a la Inteligencia Artificial de su propia estulticia. Es una herramienta compleja que hay que aprender a manejar, no un oráculo que ante cualquier problema nos da la respuesta correcta. Yo no la utilizo más que como una versión más cómoda del buscador de Google. Y hoy descubro que me las doy de muy listo, pero que me dejado engañar por ella como cualquier colegial. La semana pasada encontré unas maravillosas Poesías escogidas de Quevedo y en la “Breve notica biográfica” que precede a los versos una nota en la que se afirmaba que D. B. M. había sido su autor. Y la diligente Inteligencia Artificial me dijo que correspondían a don Bartolomé María Araque. Y yo así lo conté.

Pero hoy, y en la misma librería, que algo tiene de cueva de las maravillas, me encuentro con el tomo VI de esa edición de obras de Quevedo, editado años después, en 1851, y en su prólogo se afirma expresamente que D. Benito Maestre es el autor de la “sucinta biografía” que figura al fin del tomo anterior. Misterio aclarado.

            Y también otros misterios, como a dónde fue a parar la biblioteca de este bibliófilo que, como Bartolomé José Gallardo y tantos otros, tenía fama de ser un bibliopirata, una urraca ladrona, una habilidosa ganzúa humana poco respetuosa con las librescas propiedades ajenas. Buena parte fue a la Biblioteca Nacional y de ella se aprovechó Menéndez Pelayo para su Orígenes de la novela.

Martes, 29 de septiembre
PARATEXTOS

De los libros viejos, cada vez me interesan menos los textos y más los paratextos. Más que las obras inéditas de Quevedo incluidas en el tomo que compré ayer (puedo encontrar mejores ediciones), me interesan las dos dedicatorias. La primera, firmada por el editor, Eduardo González, se dirige “Al Excmo. Sr. Duque de Osuna y del Infantado, etc., etc.”. La segunda la firma el encargado de la edición, Basilio Sebastián Castellano de Lozada, y desarrolla ese “etc., etc.” en dos páginas de apretada tipografía. ¡Cuántos títulos tenía el excelentísimo señor don Mariano Téllez Girón!

            No es un personaje cualquiera este descendiente del duque de Osuna que fue mecenas de Quevedo y ahora vuelve a serlo patrocinando una edición de sus obras. Antonio Marichalar le dedicó una biografía con razón famosa, Riesgo y ventura del duque de Osuna. Fue embajador en el Paris del Segundo Imperio y en la Rusia de los zares. En uno y otro lugar, destacó por su tren de vida, su despilfarro continuo, sus fiestas fastuosas.

A Rusia le acompañó como secretario, durante unos meses, entre 1856 y 1857, Juan Valera. En las cartas privadas que escribió a un amigo y que pronto corrieron impresas, lo retrata como un fastuoso tontorrón: “Todo el mundo le roba y se burla de él, le estafa y le explota, Cada uno de sus criados es un José María el Tempranillo. A mí me fuman los cigarros, me quitan los pañuelos y me llevan un rublo (dieciséis reales de vellón) por ponerme un botón en unos calzones y así en todo lo demás. Si hacen esto conmigo, ya calculará usted lo que hacen con su excelencia”.

            El gran duque de Osuna murió arruinado y sin descendencia y en la subasta de sus bienes se inspiró Benavente para escribir La comida de las fieras. Quien, en 1851, enumera nombre y títulos y le agradece su mecenazgo a la edición de Quevedo le conocía bien: en la dedicatoria se presenta como “Anticuario de la Ilustre casa y Estados de V. E., y Conservador de su Armería y Monetario”. 

Miércoles, 30 de septiembre
LO DE BARCELONA

“¿Y qué tal fueron las jornadas científicas de Barcelona, a las que tuviste que asistir digitalmente por una inoportuna gripe?”, me preguntan nada más comenzar –a las siete en punto-- la tertulia de los miércoles.

            ---¿Inoportuna? ¡De lo más oportuna! ¡Fueron peor de lo que me temía! Pero prefiero no hablar de eso. Que os cuenten algo, si quieren, José María o Eva, que fueron dos de los tres asistentes virtuales.

            ---¿Solo tres?

            ---Sí, y el tercero era al parecer una señora que quería contactar con Abelardo para publicar en Renacimiento. Presenciales quizá habría menos. Y visto lo visto me extraña que hubiera alguien. Yo el segundo día corté la conexión, de no muy elegante manera, antes de que terminara el acto.

            ---Tienes que ser menos impulsivo, Martín, dijo Eva.

            ---¡Vaya imagen que dieron de la universidad española!, dijo José María. Ni siquiera presentaron a los participantes y no había manera de saber quién intervenía. Ni quién dijo, cuando te fuiste, que eras un maleducado.

            ---Yo estuve el otro día hablando con Abelardo, bueno, hablando él, una hora o así, y me contó que va a publicar Doy fe, un libro de 1937 de un tal Vilaplana, y que será una gran sorpresa cuando descubra quién es su verdadero autor.

            ---No me lo digas. ¡Manuel Chaveas Nogales!

            ---Exacto. ¿Cómo lo has adivinado?

            ---Elemental, querido Bueres. Y cualquier día descubrirá, con la ayuda de un estilómetra forense, no ya que La forja de un rebelde, atribuida a Arturo Barea, es de Chaves Nogales, sino que incluso el anónimo autor del Lazarillo no es Alfonso de Valdés, como pretende mi amiga Rosa, sino, por supuesto, Chaves Nogales.

Jueves, 1 de octubre
EN EL TOCADOR DE DON JUAN

Cómo se entrelazan los libros: una olvidada edición de Quevedo me lleva al duque de Osuna y este a las Cartas desde Rusia de Juan Valera. Al duque, su jefe en la embajada extraordinaria, lo presenta como un fantoche, lo convierte en el hazmerreír de la corte, pero más interesante es la historia de sus amores. Así se acicalaba para un encuentro íntimo: “Tomé un baño, no sé si para que se me calmasen los nervios y estar más sereno en aquella grande ocasión, o si para estar más limpio y oloroso; me afeité más a contrapelo que nunca, dando a mis mejillas la suavidad de una teta de virgen; me limpié los dientes y perfumé la boca, haciendo desaparecer todo olor de cigarro, con polvos de la Sociedad Higiénica y elixir odontológico del doctor Pelletier; me eché en el pañuelo esencia triple de violetas de míster Bagley, de Londres, y, en fin, me atildé como Gerineldo cuando fue por la noche en busca de la infantina, que deseaba tenerle dos horas a su servicio”. 

Viernes, 2 de octubre
UNA PRESENTACIÓN

Presentamos la poesía completa de Vicente García en la antigua Escuela de Comercio de Gijón. Los editores han trabajado rápido y bien, según el lema de Paul Morand que a mí me gusta tanto.

Como en el caso de Bécquer, fue el mismo día del entierro cuando los amigos decidieron reunir sus libros inencontrables con los versos inéditos de los últimos años en un volumen, y aquí está ya, a los dos meses, ese breve volumen, pero no más que la poesía de Bécquer o de Garcilaso o de San Juan.

Hay obras que se van apagando en cuanto desaparece el autor, que es quien las promociona y hace lucir con su aduladora simpatía y buenas relaciones; hay otras, a las que el autor, tímido y torpe para las relaciones sociales, estorba y tapa. Vicente García era de esa segunda clase. Su poesía se irá viendo cada vez mejor, ganando en intensidad y verdad.

Todos los que intervenimos en la presentación lamentamos que Vicente no esté aquí con nosotros, pero su madre, al final del acto, se me acerca y me dice: “No es cierto que Vicente no esté aquí. No solo está sus versos, está él, y más presente que nunca”.

Y yo le doy la razón y me parece verle un momento sonreír feliz entre el público y luego desaparecer discretamente, según su costumbre.

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