viernes, 25 de septiembre de 2026

Aguas bravas: La España mejor

 

 

Domingo, 20 de septiembre
ELOGIO DE MARÍA KODAMA

Un poeta amigo quería conocer las tumbas de tres escritores que admira, Clarín, Ángel González y Víctor Botas, y yo le hice de guía en el cementerio del Salvador.

Los cementerios no son solo lugares de la memoria familiar, de un dolor y un recuerdo que se van diluyendo con el tiempo, sino de la memoria colectiva. La estética, en este caso, debería ser importante. Y qué impresión tan deplorable la que uno saca de la tumba de Clarín, a quien han borrado su nombre ilustre para dejarlo en un funcionarial Leopoldo G. Alas y han colocado encima una cruz como de Valle de los Caídos. Ningún epitafio, ninguna frase que aluda a las obras que nos dejó, solo un neutro “Rogad a Dios por él”. Es la tumba de alguien que necesita hacerse perdonar por sus ataques a la iglesia, la de quien vuelve sumiso al redil.

Luego, cuando la República, le hicieron un elegante monumento, muy años treinta, en el campo de San Francisco, pero poco después fue vandalizado por los falangistas y coronada su efigie con la calavera de un burro. No, no le habían perdonado a pesar de la cruz penitencial y, como no podían ya castigarle a él, fusilaron a su hijo, que al fin y al cabo llevaba su mismo nombre. No es el cementerio del Salvador el mejor lugar para recordar r a Clarín: su tumba parece el triunfo de la clerical Vetusta sobre el autor de ese libelo al que tituló La Regenta.

            No deprime menos el sepulcro de Ángel González, con la inscripción torpemente grabada en un pegote sobre el mármol familiar. Estuve allí el día de su entierro, incluso leí un poema. Recuerdo a su frágil viuda rodeaba del cariño de todos los amigos del poeta a los no tardaría en convertir en víctimas de su manía persecutoria. El arte funerario hace tiempo que parece haberse perdido.

            Y qué tristeza ante la tumba de Víctor Botas. Murió hace ya más de treinta años, tiempo suficiente para que su recuerdo –seguimos contando eutrapélicas anécdotas suyas en la tertulia-- se haya asentado y no cause dolor. Sobre sus versos no ha pasado el tiempo, no tienen ni una arruga, pero sobre su tumba parecen haber pasado siglos. El mármol renegrido, ni una flor, y esa cursiva con su nombre y esos versos partidos del epitafio a un niño (“Debéis guardar silencio, se ha dormido / tan dulcemente el tiempo entre mis brazos”) que recuerda el final de la “Epístola moral a Fabio” y que no acaban de resultar adecuados. Pero el único nombre que figura en la lápida, además del suyo, es el de su abuelo, al que tanto quería y cuya muerte le dejó desamparado para siempre. Ahora parece que lo lleva de la mano, como cuando era niño.

            Mucho se le puede reprochar a María Kodama, pero algo hizo bien: librarle del cementerio de la Recoleta, con su amontonada fealdad suntuaria, y enterrarlo en Ginebra, en un cementerio que es un jardín, un verdadero jardín de la memoria. Y qué bella lápida y qué misteriosa inscripción. Ese sí que puede convertirse en un lugar de peregrinación para todos los admiradores de Borges. Muy cerca está la tumba de Calvino y me imagino a los dos debatiendo arduas cuestiones teológicas. “Yo he dicho muchas veces que la teología es una rama de la literatura fantástica, en otro tiempo me habrías mandado a la hoguera. como a Miguel Servet, pero ahora ya no tienen más remedio que aguantarme como interlocutor por toda la eternidad”.  

Lunes, 21 de septiembre
VIEJO, SOLO Y DESTERRADO

Siempre he detestado las fiestas porque alteran mi rutina, aunque noto que con los años me molestan menos, y no porque me gusten más, sino porque he ido creando rutinas alternativas que me ayudan a mantenerme de buen ánimo en cualquier ocasión.

            Hoy, al pasar por delante de mi habitual librería de viejo (me expulsaron airadamente de la que lo fue durante muchos años: cosas que pasan), camino de la cafetería que sustituye a Los Porches los días festivos, me encuentro con que está abierta. “Un poco por casualidad –me dice la encargada--, como yo vivo fuera, no me di cuenta de que en Oviedo era fiesta local”. Y como yo soy de amores a primera vista, nada más entrar me encuentro con un elegante tomo encuadernado, que da gusto acariciar, Poesías escojidas (así, con jota juanramoniana) de Quevedo en “edición de lujo adornada con grabados por artistas españoles”. Se publicó en Madrid en 1843, un año antes de la coronación de Isabel II, y no parece que el tiempo haya pasado sus páginas.

Creía saberme a Quevedo de memoria y ahora me doy cuenta de que siempre he leído y releído los mismos poemas. Abro al azar estas Poesías por cualquier página y me encuentro con maravillas que ignoraba, como “Funeral discurso de Aníbal, tomando el veneno para morir, viéndose viejo, solo y desterrado”. Cuántos endecasílabos memorables: “Pródigo del espíritu y la vida / desprecio dilatar vejez cansada”.

            El libro tiene también su misterio. Lo encabeza una anónima “Breve noticia biográfica”, muy elegantemente redactada y con noticias curiosas. Una sorprendente nota nos da pistas sobre quién podría se el autor. Aparece al final de la larga lista de “las obras que existen y se conocen, ya impresas, ya manuscritas” de Quevedo, y dice así: “Todas estas obras citadas, y otras muchas más, posee D. B. M que escribe esta biografía”. ¿Quién sería este bibliófilo que presume de poseer todas las obras que se conocen de Quevedo y algunas más? ¿A dónde habrá ido a parar su biblioteca? Un enigma por resolver, un entretenimiento más para este día de fiesta.

            Pero el entretenimiento me dura poco. Trasteo con el teléfono y a los pocos minutos me entero de que son iniciales muy frecuentes (la D. corresponde a Don), pero que en este caso se trata de Bartolomé María Araque, un erudito tradicionalista muy activo en entre 1840 y 1870, editor de numerosas obras de clásicos españoles y traductor del francés. Pero lo que no me dice Google en modo IA es qué ha sido de su fastuosa biblioteca quevediana. Puedo seguir jugando, quiero decir investigando.

Martes, 22 de septiembre
AQUEL PARÍS 

Se nota que voy madurando. Antes mi irritaba leer una tontería, un sofisma o un error bien rebozados en pretenciosa prosa. Ahora sonrío.

Presume Juan Manuel de Prada, en una tardía entrevista promocional sobre su novela Mil ojos esconde la noche, que leo en El Ciervo mientras tomo el café de la tarde, de haber descubierto que en el París ocupado por los nazis la mayoría de los republicanos exiliados colaboraron con la Falange. “Un par de personas familiares o descendientes me amenazaron con tomar algún tipo de medida legal y yo les dije hagan lo que quieran, les voy a mandar estos documentos que podía haber utilizado para corroborar los hechos. Si quieren los saco a la luz”. Cuánta elegancia y cuánto amor a la verdad en este riguroso investigador.

Pero resulta que, ante la inminente llegada de los nazis, todos los republicanos que pudieron embarcaron para América. O para Inglaterra, como Chaves Nogales. A los que no lograron escapar, si no se escondieron, como Victoria Kent, los atrapó la Gestapo y se los entregó a Franco para que los fusilara, como a Julián Zugazagoitia y a Cipriano Rivas Cherif (al segundo le conmutó la pena). Los que se quedaron en París no tenían ningún inconveniente en colaborar con la falange, habían pasado allí la guerra, pero en cuanto vieron por dónde iban los tiros se pusieron del lado de Franco. Cierto que César González Ruano, en el París de la ocupación, tuvo problemas con las nuevas autoridades, pero no por motivos ideológicos, sino por ciertos trapicheos en el mercado negro. Eduardo Aunós, que fue ministro con Primo de Rivera y con Franco, escribió una biografía de París, que publicó en los años cuarenta, y en cuyo último capítulo describe entusiasmando el esplendor cultural del París de la ocupación.

Prada, Prada (todavía recuerdo aquellos tiempos en que era un jovencito ambicioso y casi adulador mío), dedícate a tus valleinclanadas y a tus sermones dominicales a lo fray Gerundio de Campazas, pero deja el ejercicio del pensamiento y las revelaciones históricas para otros.

Viernes, 25 de septiembre
HOY ES SIEMPRE TODAVÍA

Media España se echa a la calle para protestar por el desahucio de una anciana (con autorización judicial, por supuesto, que las interpretaciones “creativas” de la ley solo se usan contra los independentistas catalanes y la familia del presidente), mientras la otra media lo hace para pedir que a los inmigrantes de Ceuta se les trate como a una plaga de cucarachas (al menos, que yo sepa, aún no exigen que se les aplique la solución final, el mejor modo de acabar de una vez por todas con el problema).

            Todavía quedan motivos para sentirse orgulloso de ser español, a pesar de tantos “patriotas” empeñados en deshumanizar y tratar como alimañas a otros seres humanos.

 

2 comentarios:

  1. Digámoslo todo: la anciana ocupaba ilegalmente el piso desde 2007 y se le ofrecieron alternativas muy generosas que rechazó. Yo también soy anciano y cuando me han subido el alquiler hasta cantidades que no podía pagar, he buscado una alternativa más asequible, pero, claro, no en el centro de la ciudad. De haber hecho como esta señora, que actúa como si el piso fuera de su propiedad, yo seguiría viviendo en el "Eixample" de Barcelona y no, como es el caso, en un barrio periférico.

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  2. Clarín en La Regenta no solo arremetió contra los de la Iglesia sino también contra los políticos, el liberal y el conservador, en alianza los dos. Pocos títeres deja con cabeza en esa novela.

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