Domingo, 20 de septiembre
ELOGIO DE MARÍA
KODAMA
Un
poeta amigo quería conocer las tumbas de tres escritores que admira, Clarín,
Ángel González y Víctor Botas, y yo le hice de guía en el cementerio del
Salvador.
Los
cementerios no son solo lugares de la memoria familiar, de un dolor y un
recuerdo que se van diluyendo con el tiempo, sino de la memoria colectiva. La
estética, en este caso, debería ser importante. Y qué impresión tan deplorable
la que uno saca de la tumba de Clarín, a quien han borrado su nombre ilustre
para dejarlo en un funcionarial Leopoldo G. Alas y han colocado encima una cruz
como de Valle de los Caídos. Ningún epitafio, ninguna frase que aluda a las
obras que nos dejó, solo un neutro “Rogad a Dios por él”. Es la tumba de
alguien que necesita hacerse perdonar por sus ataques a la iglesia, la de quien
vuelve sumiso al redil.
Luego,
cuando la República, le hicieron un elegante monumento, muy años treinta, en el
campo de San Francisco, pero poco después fue vandalizado por los falangistas y
coronada su efigie con la calavera de un burro. No, no le habían perdonado a
pesar de la cruz penitencial y, como no podían ya castigarle a él, fusilaron a
su hijo, que al fin y al cabo llevaba su mismo nombre. No es el cementerio del
Salvador el mejor lugar para recordar r a Clarín: su tumba parece el triunfo de
la clerical Vetusta sobre el autor de ese libelo al que tituló La Regenta.
No deprime menos el sepulcro de
Ángel González, con la inscripción torpemente grabada en un pegote sobre el
mármol familiar. Estuve allí el día de su entierro, incluso leí un poema.
Recuerdo a su frágil viuda rodeaba del cariño de todos los amigos del poeta a
los no tardaría en convertir en víctimas de su manía persecutoria. El arte
funerario hace tiempo que parece haberse perdido.
Y qué tristeza ante la tumba de
Víctor Botas. Murió hace ya más de treinta años, tiempo suficiente para que su
recuerdo –seguimos contando eutrapélicas anécdotas suyas en la tertulia-- se
haya asentado y no cause dolor. Sobre sus versos no ha pasado el tiempo, no
tienen ni una arruga, pero sobre su tumba parecen haber pasado siglos. El
mármol renegrido, ni una flor, y esa cursiva con su nombre y esos versos
partidos del epitafio a un niño (“Debéis guardar silencio, se ha dormido / tan
dulcemente el tiempo entre mis brazos”) que recuerda el final de la “Epístola
moral a Fabio” y que no acaban de resultar adecuados. Pero el único nombre que
figura en la lápida, además del suyo, es el de su abuelo, al que tanto quería y
cuya muerte le dejó desamparado para siempre. Ahora parece que lo lleva de la
mano, como cuando era niño.
Mucho se le puede reprochar a María
Kodama, pero algo hizo bien: librarle del cementerio de la Recoleta, con su
amontonada fealdad suntuaria, y enterrarlo en Ginebra, en un cementerio que es
un jardín, un verdadero jardín de la memoria. Y qué bella lápida y qué
misteriosa inscripción. Ese sí que puede convertirse en un lugar de
peregrinación para todos los admiradores de Borges. Muy cerca está la tumba de
Calvino y me imagino a los dos debatiendo arduas cuestiones teológicas. “Yo he
dicho muchas veces que la teología es una rama de la literatura fantástica, en
otro tiempo me habrías mandado a la hoguera. como a Miguel Servet, pero ahora
ya no tienen más remedio que aguantarme como interlocutor por toda la
eternidad”.
Lunes, 21 de septiembre
VIEJO, SOLO Y
DESTERRADO
Siempre
he detestado las fiestas porque alteran mi rutina, aunque noto que con los años
me molestan menos, y no porque me gusten más, sino porque he ido creando
rutinas alternativas que me ayudan a mantenerme de buen ánimo en cualquier
ocasión.
Hoy, al pasar por delante de mi
habitual librería de viejo (me expulsaron airadamente de la que lo fue durante
muchos años: cosas que pasan), camino de la cafetería que sustituye a Los
Porches los días festivos, me encuentro con que está abierta. “Un poco por
casualidad –me dice la encargada--, como yo vivo fuera, no me di cuenta de que
en Oviedo era fiesta local”. Y como yo soy de amores a primera vista, nada más
entrar me encuentro con un elegante tomo encuadernado, que da gusto acariciar, Poesías
escojidas (así, con jota juanramoniana) de Quevedo en “edición de lujo
adornada con grabados por artistas españoles”. Se publicó en Madrid en 1843, un
año antes de la coronación de Isabel II, y no parece que el tiempo haya pasado sus
páginas.
Creía
saberme a Quevedo de memoria y ahora me doy cuenta de que siempre he leído y
releído los mismos poemas. Abro al azar estas Poesías por cualquier página
y me encuentro con maravillas que ignoraba, como “Funeral discurso de Aníbal,
tomando el veneno para morir, viéndose viejo, solo y desterrado”. Cuántos
endecasílabos memorables: “Pródigo del espíritu y la vida / desprecio dilatar
vejez cansada”.
El libro tiene también su misterio.
Lo encabeza una anónima “Breve noticia biográfica”, muy elegantemente redactada
y con noticias curiosas. Una sorprendente nota nos da pistas sobre quién podría
se el autor. Aparece al final de la larga lista de “las obras que existen y se
conocen, ya impresas, ya manuscritas” de Quevedo, y dice así: “Todas estas
obras citadas, y otras muchas más, posee D. B. M que escribe esta biografía”.
¿Quién sería este bibliófilo que presume de poseer todas las obras que se
conocen de Quevedo y algunas más? ¿A dónde habrá ido a parar su biblioteca? Un
enigma por resolver, un entretenimiento más para este día de fiesta.
Pero el entretenimiento me dura poco. Trasteo con el teléfono y a los pocos minutos me entero de que son iniciales muy frecuentes (la D. corresponde a Don), pero que en este caso se trata de Bartolomé María Araque, un erudito tradicionalista muy activo en entre 1840 y 1870, editor de numerosas obras de clásicos españoles y traductor del francés. Pero lo que no me dice Google en modo IA es qué ha sido de su fastuosa biblioteca quevediana. Puedo seguir jugando, quiero decir investigando.
Martes, 22 de septiembre
AQUEL PARÍS
Se nota
que voy madurando. Antes mi irritaba leer una tontería, un sofisma o un error
bien rebozados en pretenciosa prosa. Ahora sonrío.
Presume
Juan Manuel de Prada, en una tardía entrevista promocional sobre su novela Mil
ojos esconde la noche, que leo en El Ciervo mientras tomo el café de
la tarde, de haber descubierto que en el París ocupado por los nazis la mayoría
de los republicanos exiliados colaboraron con la Falange. “Un par de personas
familiares o descendientes me amenazaron con tomar algún tipo de medida legal y
yo les dije hagan lo que quieran, les voy a mandar estos documentos que podía
haber utilizado para corroborar los hechos. Si quieren los saco a la luz”.
Cuánta elegancia y cuánto amor a la verdad en este riguroso investigador.
Pero
resulta que, ante la inminente llegada de los nazis, todos los republicanos que
pudieron embarcaron para América. O para Inglaterra, como Chaves Nogales. A los
que no lograron escapar, si no se escondieron, como Victoria Kent, los atrapó
la Gestapo y se los entregó a Franco para que los fusilara, como a Julián
Zugazagoitia y a Cipriano Rivas Cherif (al segundo le conmutó la pena). Los que
se quedaron en París no tenían ningún inconveniente en colaborar con la
falange, habían pasado allí la guerra, pero en cuanto vieron por dónde iban los
tiros se pusieron del lado de Franco. Cierto que César González Ruano, en el
París de la ocupación, tuvo problemas con las nuevas autoridades, pero no por
motivos ideológicos, sino por ciertos trapicheos en el mercado negro. Eduardo
Aunós, que fue ministro con Primo de Rivera y con Franco, escribió una
biografía de París, que publicó en los años cuarenta, y en cuyo último capítulo
describe entusiasmando el esplendor cultural del París de la ocupación.
Prada,
Prada (todavía recuerdo aquellos tiempos en que era un jovencito ambicioso y
casi adulador mío), dedícate a tus valleinclanadas y a tus sermones dominicales
a lo fray Gerundio de Campazas, pero deja el ejercicio del pensamiento y las
revelaciones históricas para otros.
Viernes, 25 de septiembre
HOY ES SIEMPRE
TODAVÍA
Media
España se echa a la calle para protestar por el desahucio de una anciana (con
autorización judicial, por supuesto, que las interpretaciones “creativas” de la
ley solo se usan contra los independentistas catalanes y la familia del
presidente), mientras la otra media lo hace para pedir que a los inmigrantes de
Ceuta se les trate como a una plaga de cucarachas (al menos, que yo sepa, aún no
exigen que se les aplique la solución final, el mejor modo de acabar de una vez
por todas con el problema).
Todavía quedan motivos para sentirse
orgulloso de ser español, a pesar de tantos “patriotas” empeñados en deshumanizar
y tratar como alimañas a otros seres humanos.




Digámoslo todo: la anciana ocupaba ilegalmente el piso desde 2007 y se le ofrecieron alternativas muy generosas que rechazó. Yo también soy anciano y cuando me han subido el alquiler hasta cantidades que no podía pagar, he buscado una alternativa más asequible, pero, claro, no en el centro de la ciudad. De haber hecho como esta señora, que actúa como si el piso fuera de su propiedad, yo seguiría viviendo en el "Eixample" de Barcelona y no, como es el caso, en un barrio periférico.
ResponderEliminarClarín en La Regenta no solo arremetió contra los de la Iglesia sino también contra los políticos, el liberal y el conservador, en alianza los dos. Pocos títeres deja con cabeza en esa novela.
ResponderEliminar