Domingo, 6 de septiembre
BIENVENIDO, ANDRÉS
Mi rutina
dominical incluye la lectura de los suplementos dominicales en los Prados antes
de ir al cine. Esta tarde disfruto doblemente escuchando a un viejo conocido,
Andrés Trapiello, que ocupa medio XL Semanal porque abandona la
competencia para ocupar el sitio de Pérez Reverte (que pasa a ocupar el lugar
que él deja libre, por cierto).
No
ha envejecido, sigue siendo el de siempre, compone bien el personaje. Su
obsesión, desde que comenzó a publicar, era entrar en lo que él llamaba “el
club de las almendritas”; hace tiempo que ha entrado, y yo me alegro por él, y
más me alegraría si le dieran el Nobel como a Saramago.
Luego
leo el artículo de estreno y sonrío acordándome de la fábula del parto de los
montes. Por lo menos, se olvida de la política, pienso, y es de agradecer.
También de sus jueguecitos con las abreviaturas de los nombres propios. Cuenta
anécdotas más o menos pucelanas, hace bromas con la ortografía y da la
impresión de que todavía no se ha enterado de en que consiste y cuál es su
utilidad. Sigue dominando mejor la caligrafía que el pensamiento.
En
la entrevista, habla poco de política, pero algo habla: “A veces me dicen que
me meto mucho con Pedro Sánchez y no con Feijoo o con otros políticos de otros
partidos. Los demás políticos también pueden mentir, está claro, pero su
responsabilidad es mejor porque no tienen la posibilidad de gobernar”.
Algún día alguien le informará de que en
España hay diecisiete comunidades autónomas y que en catorce de ellas gobierna
un partido distinto del de Pedro Sánchez. En la suya, sin ir más lejos,
gobierna Isabel Díaz Ayuso, de la que sin duda alguna noticia tiene. Pero él
prefiere guardar su artillería para “cuando un día llega un presidente del
gobierno y te dice que la amnistía es anticonstitucional y, al día siguiente,
que es la más constitucional”.
Que
diga lo que quiera, querido Andrés, que lo que importa es lo que diga el
Tribunal Constitucional. Esa amnistía que tanto te duele es constitucional y,
sin embargo, no se aplica del todo porque el Tribunal Supremo ha inventado una
ridícula triquiñuela para no aplicarla.
Pero
mejor hablemos de otra cosa, que ahora voy a tenerte de compañero en el
periódico todas las semanas y volveré a leerte mientras tomo un café, como en
los viejos tiempos, cuando los dos guerreábamos juntos en el campo de la
literatura contra ullanes, valentes y gamonedas,
Martes, 8 de septiembre
CONFIDENCIAS DE
MARÍA KODAMA
Me
gusta presumir de ser la persona más rutinaria del mundo, y probablemente sea
cierto, pero también lo es que cada vez disfruto más con sus alteraciones.
Hoy,
al ser fiesta, no puedo tomar mi café habitual en la mesa redonda de Las
Salesas y aprovecho para irme hasta Lugones y contemplar, desde la pasarela
sobre el cruce de autovías que lleva a La Fresneda, al planeta Tierra
representado en la nueva rotonda. Tenía curiosidad desde que la vi ir
haciéndose, semana a semana, al ir los sábados de Oviedo a Avilés. Solo se
puede contemplar bien desde lo alto de la pasarela y lo que vemos es el
hemisferio sur, con Sudamérica y África a escala real, y no empequeñecidas como
en los planisferios habituales.
A la vuelta de esta aventura (para
los rutinarios, hasta ir al lugar de siempre por la acera contraria se
convierte en aventura), el azar me hace un regalo. O dos. Al lado de un
contenedor, alguien ha dejado unos cuantos libros. La mayoría no tiene ningún
interés, salvo uno de Borges. Como ya lo tengo, y recuerdo que me indignó en su
momento, estoy a punto de dejarlo allí. Se trata de Borges, el palabrista, una
recopilación de las declaraciones a la prensa. Pero Borges era un genio cuando
escribía y, muy a menudo, todo lo contrario cuando hablaba. Y el recopilador,
Esteban Peicovich, no deja fuera ninguna de sus afirmaciones más indignantes o
más tontorronas. Recuerdo una que haría las delicias de juaristis, savateres y
otros conversos: “Es una suerte que la guerra civil la ganara Franco y no la
República porque, en caso contrario, España sería ahora Cuba”.
A
pesar de las dudas, me llevé el libro y comencé a hojearlo en una cafetería. El
primer regalo: un recorte de El Comercio de hace más de treinta años con
un poema mío al lado de un articulo de Víctor Alperi, No sé por cuál de los dos
lo guardaría el anterior propietario. El segundo: yo tengo la edición de 1980 y
que esta, del 95, incluye varios apéndices, y tras ellos, sin indicarlo en el
índice, una entrevista con María Kodama fechada el 1 de agosto de 1986, a mes y
medio de la muerte de Borges, en la que cuenta anécdotas que no volvería a
contar. Contradicen el capítulo final de la biografía de Edwin Williamson,
basado en una entrevista con Kodama realizada muchos años después, en 1999,
cuando ella ya había elaborado una narrativa oficial sobre los últimos días del
maestro. No parece cierto que fuera idea de Borges dejar el hotel L’Arbalète,
su residencia habitual en Ginebra, para irse a vivir (a morir, sabía que le
quedaba poco de vida) a un apartamento en busca de mayor “intimidad”. Un día
–lo cuenta Kodama en esa entrevista olvidada-- pidió que subiera a su
habitación el director del hotel: “Mire, yo le voy a decir una cosa, yo estoy
mal, ¿sabe?, pero lo que quiero decir es esto, a usted le conviene que yo me
muera en este hotel, porque con María, ¿no es cierto, María?, en París vamos
siempre al hotel donde murió Oscar Wilde y allí naturalmente alquilan ese
cuarto, pero aparte lo muestran como un atractivo turístico, como algo que le
da honor a la casa. Por eso le digo que a usted le conviene que yo pueda
quedarme acá y morir acá”.
Una
broma, por supuesto, pero una broma que indica que Borges no tenía ninguna
intención de mudarse al apartamento del número 28 de la Grand Rue, la principal
de la Vieja Ginebra, cerca de donde vivió Rousseau. Allí se lo llevó María
Kodama, que ya pensaba en la placa que se colocaría en tan céntrico lugar, tres
días antes de morir. Con razón, los vecinos del edificio le negaron
autorización y tuvo que colocarse la placa en una fachada próxima. Y también nos
revela esta entrevista perdida otra cosa, que su boda secreta por poderes en
Paraguay fue tan secreta que él mismo tuvo noticia por los periódicos. Medio en
broma, medio en serio, según cuenta Kodama (y no volvería a contar), tras
publicarlo la prensa, llamó al director del hotel y le dijo: “Mire, voy a hacer
una pequeña fiestita porque hoy me he enterado de que me he casado con María
Kodama y de que es el día más feliz de mi vida”
Viernes, 11 de septiembre
LA CIUDAD
En mi
librería de viejo habitual, la que tengo al lado de casa, encuentro por un euro
Al dios del lugar, un libro de Xuan Bello que leí y presté y tenía
olvidado. El colofón indica que se terminó de imprimir “hacia San Mateo del año
2007”. Y yo doy con él al comenzar las fiestas de otro San Mateo, veinte años
después.
Lo
abro al aza y la primera frase que leo me golpea el corazón: “Cuando ya se
cumplieron sobre la tierra los días de una persona –pienso en mi padre muerto--
es cuando sabemos con un dolor que no encuentra consuelo quién era esa persona”.
Releo el libro con el primer café y
qué sorpresa la mía al encontrarme, al comienzo de uno de los capítulos, paseando
por el Antiguo: “El Antiguo tenía por aquel entonces el prestigio de lo
prohibido y canalla. No sé qué hacía conmigo García Martín: debía de tener el
poeta 30 años y a mí, que tenía 16 o 17, me parecía un viejo”. Continúa
afirmando que se sentía feliz porque yo le acababa de prestar los Treinta
poemas de Cavafis traducidos por Valente. Y estaba fascinado con “La
ciudad”, como yo por entonces. Cita los últimos versos, pero no lo hace por la
traducción de Valente, que no tendría a manos, pero que yo sí puedo citar
porque me la aprendí de memoria: “En todo el universo destruiste cuanto has
destruido / en esta angosta esquina de la tierra”.
Para el viejo que era yo entonces y
para el inquieto adolescente que era Xuan (cuando escapó de casa, la ventana de
su cuarto daba “al muro gris y húmedo de uno de los pabellones” del cuartel en
que residía con su familia), Oviedo era “una angosta esquina de la tierra” que
soñábamos con abandonar. Él y yo dimos algunos tumbos por el mundo (él
bastantes más que yo), pero no tardamos en comprender que el lugar que
buscábamos, el más propicio a la felicidad, estaba precisamente aquí, en el
bucólico Caces junto al Nalón o en la calle Murillo, entre el Milán y San
Julián de los Prados.
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