viernes, 28 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Vidas no ejemplares

 


---¿Cuánto tiempo hace falta para que caduquen los odios de las guerras civiles, Martín?

---El tiempo que duren esas guerras, que casi nunca acaban cuando se firma la paz, que continúan luego por otros medios. Yo creo que en literatura es donde primero concluyen. Paso este verano preparando la edición de la poesía completa de Agustín de Foxá, que hasta ahora solo había aparecido en un volumen exento.

            ---¡De Agustín de Foxá, ese fascista!

            ---Sí, es el autor de algunos de los versos del “Cara al sol”, pero también de la frase: “Traigamos el fascismo a España y vayámonos a vivir al extranjero”.

            ---¡Menudo hipócrita!

            ---También dijo aquello de “soy gordo, soy conde, soy diplomático, ¿cómo no voy a ser de derechas?”. Y bien que lo fue, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Hay mucho de no ejemplar en su vida, pero su literatura pocas veces nos defrauda, por muy propagandística que resulte a veces. No deja de ser gran escritor ni siquiera en sus cartas familiares. He traído el tomo tercero de sus Obras completas, donde se incluyen. La primera que se conserva, dirigida a sus padres y hermanos, que veranean fuera de España, está fechada el 16 de julio de 1936. Refleja, como el mejor documento histórico, el ambiente previo al estallido: “En Madrid, nerviosismo, calor y soledad. La gente de derechas está aplanada. En el Club de Campo no hay casi nadie y durante ocho días no habrá orquesta por respeto a Calvo Sotelo. Mucha gente estuvo en su entierro. A Gil Robles algunos le acusaron, cuando desfilaba, de ser responsable de todo lo que ocurre. Hay que reconocer, sin embargo, que ayer, en la Diputación Permanente de las Cortes, estuvo formidable. Ha hecho muy buen efecto por su valentía. Los elementos oficiales que acudieron al entierro fueron abucheados y obligados a volver con el rabo entre piernas. Corren mil rumores”. La siguiente carta es del día 20 y comienza con una estampa del amanecer en un Madrid que aún no se cree del todo que está en guerra: “Son las ocho de la mañana. Una mañana fresca y sucia, todavía con lecheros, panaderías, tertulias de cocineras. Lejano suena el cañón. No ha dejado de disparar desde las siete. Vuelan algunos aviones. Pasan, con el pito rasgado de las sirenas, algunos autos militares. En camiones, arracimados, como terrible estampa de Moscú, los obreros con fusiles, pistolas y banderas rojas. Se siguen oyendo los cañonazos. Una mujer barre la entrada de la tienda”. A Foxá, el gobierno de la República le había nombrado cónsul en Bombay y ese nombramiento le salvó la vida en el mes y medio que pasó en Madrid. El día 21 “estuvo a punto de ser fusilado”, según le cuenta en una carta a su familia fechada en Guetaria el mes de septiembre. Los milicianos subieron a su casa e hicieron un registro que duró cuatro horas. “Figuraos mi horror cuando vi en lo alto del armario de nuestro cuarto un paquete con unos cincuenta prospectos de Falange. Si los hubieran visto, no os habría podido escribir esta carta, pues estaría de bruces en las Tapias de la Casa de Campo”. ¿Y cómo es que no los vieron en un registro de cuatro horas? Pues porque no hubo tal registro. La verdad de ese día la contó en otra carta escrita en Madrid el mismo día que ocurrieron los hechos, una carta que sin duda había olvidado. En cuanto pisó Francia, se dedicó a mitificar sus padecimientos entre los rojos, los que luego llevaría a su novela Madrid de corte a checa. Pero no fueron tales. Fingió seguir siendo fiel a la República y como representante de ella fue enviado a Bucarest. Allí siguió con el doble juego hasta que pasó, en 1937, a la España “liberada”. Ha vivido en Madrid la experiencia de los bombardeos sobre la población civil, ha visto en las aceras o bajo los escombros los cadáveres de mujeres y niños, pero no hay ningún rastro de compasión cuando escribe a su hermano, que lucha en el ejército rebelde: “Al atardecer venían los aviones. No te puedes imaginar lo que ha contribuido esto a bajar la moral del pueblo. Lo importante es que se intensifique”. Y no tiene inconveniente, todavía diplomático al servicio de la República, en indicarle “los mejores sitios de bombardeo”: la plaza de toros de Tetuán, el Círculo de Bellas Artes, el palacio de Villapadierna, frente a Correos, y el teatro de la Ópera, “donde han almacenado enorme cantidad de explosivos”. Vuelto a España, no lo pasó precisamente mal Foxá durante la guerra. El 2 de agosto de 1938 escribe a sus padres desde San Sebastián: “Aquí, muchas fiestas en el Golf, el Tenis y grandes cenas en el Náutico, que de noche está agradabilísimo. He hecho varias excursiones. Estuve en Azpeitia el día de San Ignacio. Fue magnífico. Monosabios en la novillada, niebla y lluvia en los montes de verdes praderas, y dentro, ónix, lapislázuli, oro y plata”. El nuevo régimen premia su ardor guerrero enviándole a Roma. Allí escribe alguno de sus más hermosos poemas y admira a dos figuras que recuerdan el esplendor de la época clásica: “He visto, con lágrimas de emoción, entrar al Papa en su silla gestatoria, entre dos abanicos etiópicos y salomónicos de plumas de avestruz, sobre las espadas abatidas de sus guardias nobles. Resonaban las bóvedas de San Pietro con una aclamación antigua. Así debían ser las ovaciones a Trajano, cuando aparecía en su palco del circo Máximo, o a la vuelta de la campaña de Dacia”. No solo el Papa le recuerda al gran emperador de origen hispano: “En Ciampino vi al Duce. Está fuerte, alegre, rapado como el busto de un César de excavación. Es un tipo magnífico, con una ancha sonrisa patriarcal, como la debía de tener Trajano”. Para Foxá, los años triunfales no acabaron en 1939, siguieron con 1940, 1941, 1942, cuando los nazis, como antes Franco en España, imponían un Nuevo Orden al mundo. Unos días después de admirar al papa en su silla gestatoria, se encuentra unos abanicos semejantes a los papales, dignos de la reina de Saba, en el Arizona, uno de los mejores cabarets de Europa, aunque en este caso dedicados a muy otro uso: encubrir y descubrir jardines de bailarinas Venus. No me extraña que Curzio Malaparte hiciera aparecer a este aristócrata bon vivant en su novela Kaput.

            ---¿Y tú vas a editar la poesía completa de semejante personajillo? ¿No tienes nada mejor que hacer?

            ---Voy a editarla y espero hacerlo bastante mejor de lo que se ha hecho hasta ahora. Foxá fue un muy descuidado editor de sí mismo. A fin de cuenta, los libros de poesía daban poco dinero y él nunca ganaba bastante para la buena vida que le gustaba llevar. Pero es uno de los grandes poetas de su tiempo, lo mismo en su poesía más desgarrada e intimista o en sus evocaciones de una infancia que todavía conoció la atmósfera del Ochocientos que en los más circunstanciales o más ligados a las viejas melodías del modernismo. Quien le leyó, lo sabe.

            ---No te entiendo, Martín. No te basta con admirar a Fidel Castro o a Hugo Chaves o a Pedro Sánchez. Ahora resulta que también admiras a un vividor y a un fascista de pro como Agustín de Foxá.

            ---De Fidel Castro me gusta la respuesta, que yo hago mía, a un periodista que le preguntó por su vida privada: “Amé y me amaron, y eso es todo lo que puede decir un caballero”. De Hugo Chaves, su réplica a la impertinencia del rey de los negocios raros cuando aquello del “por qué no te callas” tan jaleado en toda la aduladora y triste España: “Con la verdad ni ofendo ni temo”. De Foxá, su magia verbal, que deslumbra incluso en las cartas familiares escritas como al descuido.

            ---¿Y de Pedro Sánchez?

            ---Habíamos quedado en no hablar de política en estas tertulias veraniegas y yo siempre cumplo mis promesas.

            ---Estarás desesperado porque pasa por su peor momento. Trapiello y Cayetana creo que ya han comprado el champán para celebrar la caída de ese dictador estalinista.

            ---¿Y en qué momento no ha estado pasando Sánchez por su peor momento, amigo Miguel Ángel? En septiembre, ya a la vuelta de la esquina, hablaremos del gobierno.


viernes, 21 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Leña al fuego

 

---¿Cuándo te distes cuenta de que no eras un genio, Martín?

            ---De lo que me estoy dando cuenta es de que envejezco como todo el mundo.

            ---Pues ya va siendo hora. A tu edad, Azorín ya era una momia valetudinaria.

            ---No te metas con Azorín. Acabo de leer una de sus novelas de los setenta años, El enfermo, que cuando la leí por primera vez me pareció una insustancial nadería y ahora la encuentro llena de encanto. A mí me da la impresión de que sigo escribiendo con el mismo vigor de siempre.

            ---Y la misma mala leche.

            ---Pero leo a mis coetáneos, los nacidos a mediados del siglo pasado, y veo que sus poemas funcionan ahora como la Inteligencia Artificial más torpona, son escritura automática, vacuo formalismo. Pero ellos no se dan cuenta, por supuesto. ¿Me pasará a mí lo mismo? Me tranquiliza un poco recordar la reseña que le dedicó Víctor Botas a un libro de Borges, La cifra, de 1981. Apareció en Cuadernos del Norte y se titulaba   “Cuando se impone el mutis”, le consideraba acabado. Ese libro, sin embargo, es tan bueno como cualquiera de su época mejor, la que comienza con El oro de los tigres . Y todavía tuvo tiempo de publicar Los conjurados. Siempre me acuerdo de Botas y de Borges por estas fechas. Los dos nacieron el 24 de agosto, el mismo día de la erupción del Vesubio. Durante muchos años, más de treinta, Botas fue la única pérdida de la tertulia. Y de pronto, seguidas, dos más, Xuan Bello y Vicente García, como si se hubiera abierto la veda. Comienzo a sentirme como un superviviente.

            ---¿Sigues confiando en la posteridad? ¿Se te seguirá leyendo dentro de cien o doscientos o mil años, como repites a menudo?

            ---Esa es una broma mía. En realidad, la inmortalidad que importa dura solo mientras viven los que nos conocieron. Me fastidiaría que, pocos años después de mi muerte, un amigo se sintiera obligado a escribir un artículo en un periódico local (o peor aún, una carta al director) lamentado que nadie se acuerde de mí. Sentiría defraudar a mis fieles seguidores : “Cómo nos engañó, nos hizo creer que era un genio y ya sus libros no interesan a nadie”.

            ---No te preocupes, que no defraudarás a nadie. Eso de que eres un genio solo te lo crees tú.

---Con la posteridad, ha tenido suerte Botas, su poesía sigue viva. No importa que no sea popular. La popularidad en poesía suele venir por causas ajenas a la poesía. Conserva, acrecentado, el prestigio que tuvo en vida. También Xuan Bello ha tenido, y parece que va a seguir teniendo, suerte. Le ayuda el haberse convertido en el santo patrón de la literatura en asturiano. Su muerte súbita ha hecho callar a todos sus detractores. Él se sentía perseguido por ciertos sectores del asturianismo. Sus bestias negras eran, quizá injustamente, Antón García y Berta Piñán. El primero, uno de los fundadores de la tertulia, editó alguno de sus libros y le dedicó un espléndido monográfico en la revista Campo de los patos. Cuando nombraron a Berta consejera de Cultura, él era uno de los aspirantes. Y luego quizá esperaba algún cargo. Lo cierto es que el único que le dieron, ocuparse de las publicaciones del RIDEA , le duró dos días. El primero se presentó muy contento en su despacho del Palacio del Conde de Toreno. En el fondo, como todos los bohemios, soñaba con la seguridad del sueldo fijo. Al día siguiente, apareció Antón García con el contrato. De esto no sé más que lo que me contó Xuan Bello, no una vez, sino bastantes veces, incluso el último día que le vi, que fue el penúltimo de su vida. No dejaba de dolerle aquella puñalada. Su trabajo, según especificaba el contrato, era incompatible con cualquier otra ocupación, no solo las entrevistas que hacía para la televisión autonómica, sino también los artículos que publicaba cada semana en El Comercio. ¡Al más grande escritor de la literatura asturiana, según dicen ahora, le dan un trabajillo en la administración, con apenas el sueldo mínimo, y a cambio le obligan a dejar de publicar! Xuan era un poco fantasioso, no me acabo de creer que las cosas fueran enteramente así. Ahí está Luis García Montero, con cargo y sueldo equivalente al de ministro, colaborando en prensa y radio casi a todas horas.

---A lo mejor las normas autonómicas son diferentes de las nacionales. Vanessa Gutiérrez, la actual consejera, desde que ocupó un cargo dejó de publicar libros y de escribir en la prensa.

---A lo mejor. Supongo que todo tendrá una explicación. Sería terrible que las cosas hubieran ocurrido exactamente como me las contaba Xuan. A mí me apreciaba bastante, aunque, como en el caso de Ángel González, nunca fui de los amigos con los que andaba por ahí en las horas felices de la noche. Le leía todos los domingos y, si alguna vez desbarraba con su fantasiosa erudición, no dudaba en señalárselo. Claro que también le felicitaba de inmediato cuando acertaba con uno de esos cuentos suyos, o poemas en prosa, inimitables y mágicos. Fue uno de los pocos contertulios que nunca se enfadó conmigo en cuarenta años. Trataba siempre de suavizar los encontronazos con otros más susceptibles, especialmente con Martín López-Vega, que no admite que en mis reseñas ponga el más mínimo reproche a sus libros. Seguro que si él siguiera vivo la pataleta de José Luis Piquero, que se ha ido de la tertulia llevándose consigo a mi admirada Bárbara, no habría llegado a mayores. El escritor sigue acompañándonos, pero a la persona se la echa bastante de menos.

---¿Y cuál crees que será la posteridad de Vicente García?

---Es un caso muy distinto, era solo un poeta, no un encantador de serpientes como Xuan. Y un poeta de obra muy breve y muy en voz baja, casi susurro solo. Cabe entera en un volumen de pocas páginas. Yo creo que esa brevedad le beneficia. Sin el poeta, que hacía poco por promocionarla, que no tenía habilidades de juglar, se sostiene bien. Las mamotréticas poesías completas son las que primero se hunden en el olvido.

---“Envejecer también tiene su gracia”, afirmó Gil de Biedma. ¿Tú también lo piensas?

---“Su maldita gracia”, solía añadir yo al citarlo. A mí me parece que la que tengo es la mejor edad. Pero no nos vemos. Me preocupa que ya, sin que me dé cuenta, cuando escriba no haga más que repetirme aguado y descafeinado.

---¿Y no te gustaría, como Borges, encontrar una María Kodama?

---¡Vade retro! Esa es una de mis pesadillas. La verdad es que vivir solo tiene también sus inconvenientes. Pero lo que yo echo en falta no es una compañera o un compañero sentimental, sino más prosaicamente un ama de llaves o un mayordomo, hoy diríamos un asistente personal. Es lo que más le envidio a Donald Trump, tener alguien como la maravillosa Natalie Harp, capaz de solucionar cualquier problema, siempre a mi lado. Tengo que ocuparme yo solo de todo, y soy un desastre para la vida práctica. No sé ni cambiar una bombilla ni freír un huevo. Bueno, esto último sí.

---Algo has aprendido con los años. Antes siempre estabas discutiendo de política y ahora pasas del tema. Ni siquiera has mencionado lo de Ceuta.

---Pero no por eso me ha dolido menos la muerte, como de tragedia griega, de tantos adolescentes que se echaron al mar en busca de una vida mejor. La única solución posible al problema la propuso hace años Juan Carlos de Borbón.

---Tú elogiando al rey Juan Carlos… ¡No me lo puedo creer!

---Fue en 1979, en una entrevista con el senador Ed Muskie y con el embajador de Estados Unidos, Terence Todman. El resumen de esa conversación, enviado al Departamento de Estado se desclasificó en 2014. El rey admitió la posibilidad de ceder a Marruecos nuestros últimos residuos coloniales. Melilla no plantearía problemas –dijo--, ya que entonces tenía solo diez mil habitantes españoles; más complicado sería el traspaso de la más poblada Ceuta, pero podría solucionarse. Habría oposición en el ejército, por supuesto, pero el rey se sentía capaz de ponerlos firmes. El problema estaba más bien por parte de Marruecos, que no dejará nunca de reivindicar esas dos ciudades, pero que, al contrario que con el Sahara, nunca hará nada serio para recuperarlas. Resultan cada vez más costosas de mantener y son una fuente continua de problemas; para Marruecos son una inagotable fuente de ingresos y un as en la manga que le permite chantajear a España en cualquier conflicto. Se trata de dos caballos de Troya dentro de la Unión Europea o dos inmensos boquetes que solo se pueden mantener cerrados con la ayuda de Marruecos, un buen negociante que acierta siempre a sacarle el mayor partido posible a esa colaboración. Juan Carlos de Borbón, otro buen negociante, sabía de lo que hablaba.  



sábado, 15 de agosto de 2026

Las veladas del. Black Bar: Conjura en El Escorial

 

---¿Cuánto tiempo llevas publicando reseñas de libros, García Martín?

            ---Desde 1975; semanalmente, desde 1988.

            ---¡Ya son reseñas! ¿Y nunca has tenido problemas con algún poetastro airado? Ya sabes lo que le pasó a Francisco Umbral, que se burló de cierto exiliado –les tenía envidia cuando volvieron al final del franquismo, creía que le iban a quitar el sitio-- y, al entrar el día siguiente al café Gijón, un familiar de la víctima le hinchó a hostias. ¿A ti nunca te ha ocurrido lo mismo? Hay poetas con muy malas pulgas.

            ---Conozco a alguno. Pero no, nunca han llegado a esos extremos. Todo lo más a desahogarse en las redes sociales. Me han contado que un tal Ben Clark, muy señor mío, llegó a escribir refiriéndose a mí: “Ese es un miserable. Cuando se muera, no le va a llorar nadie”.

            ---¿Y tampoco has tenido problemas con tu diario? Porque ahí sí que no dejas a nadie indemne.

            ---Tampoco. Son las ventajas de no ser importante. Protestar es darme un altavoz. Mira lo que le pasó al bueno de Javier Gomá. Si hubiera callado, mi reseña de una estafilla intelectual promovida por él, la habrían conocido mis lectores habituales, que no pasan de media docena; gracias a su engreída réplica, se convirtió en el hazmerreir de media España, o de España entera. La verdad es que en la penumbra se vive bastante bien.

            ---Si a nadie le importa lo que escribes, puedes escribir con total libertad, eso está claro. Pero sospecho que tú, con lo vanidoso que eres, preferirías tener un poco más de resonancia pública.

            ---Y no sospechas mal, pero no solo por vanidad, que también, sino porque me habría gustado tener alguna incidencia pública. Ser un Unamuno o incluso un Azaña.

            ---¡Un Azaña! Tú estás loco, Martín. El personaje más siniestro de la historia de España, después de Pedro Sánchez.

            ---Recuerda que tenemos prohibido hablar de política. Yo admiro a Azaña como político, hizo lo que pudo en un tiempo de locos en el que poco se podía hacer, pero me fascina especialmente el personaje. Ya había leído, en su momento, las Memorias políticas y de guerra, que me habían aburrido en algunos pasajes porque entonces no conocía a muchos de los nombres que aparecen en ellas. Acabo de encontrar en una librería de viejo el tomo inicial publicado por Afrodisio Aguado en 1976.  Contiene el diario de 1931, que comienza en julio y no en enero o abril, y también los discursos que pronunció entonces. Un año antes era un desconocido, todavía no se había firmado el pacto de San Sebastián, la República era una quimera a la que nadie se atrevía a poner fecha; ahora, ocupando un puesto que nadie quería en el gobierno provisional, el de ministro de la Guerra, poco propicio al relumbrón, se ha convertido en la figura más famosa de España, en el hombre providencial. Antes me aburría, ahora me parece la lectura más apasionante. No la cambio por El conde de Montecristo. Para un apasionado, como yo, de la historia de España, qué placer asistir a los consejos de ministros, a los debates en la Cortes, a los conflictos de un año crucial. Y qué sorpresa ver a Mola, al siniestro Mola, que cinco años después, encabezaría la cruzada de exterminio, entonces detenido por su labor como director general de Seguridad con el anterior régimen, escribiendo una meliflua carta en la que, bajo palabra de honor, solicita se le permita ir arrestado a su casa. Expone la situación de su familia y dice que no tiene culpa de nada de lo que se le acusa porque se limitó a cumplir órdenes de los ministros. Azaña, el cruel Azaña, se compadece de este buen hombre y es Queipo quien se encarga de ponerle en libertad, tras enviar a su jefe de Estado Mayor para que le tome la palabra. También Sanjurjo, el de la sanjurjada de agosto del año siguiente, anda bailándole el agua y todos los generales y generalillos que pronto se dispondrían a salvar a la patria a sangre y fuego, le rondan pidiendo destinos y bandas y entorchados. Del Franco entonces más famoso, el héroe de la aviación y el tarambana republicano, se cuenta una historia demoledora. En una comida con varios amigos en su casa, como no le gustó algo que dijo su mujer, le replicó: “Calla, imbécil, que te voy a dar una paliza como la del otro día”. Pero lo que más me ha interesado del libro es la confirmación de lo que yo creía un bulo: en agosto de 1931 hubo un intento de acabar con la vida de Azaña en El Escorial. A comienzos de ese mes, visitó el monasterio y saludó a algunos de sus antiguos profesores. Le resultó especialmente grato el encuentro con el padre Montes, que es el padre Mariano que aparece en el último capítulo de El jardín de los frailes. Le quería mucho y se emocionó al verle. Pero también acuden a saludarle otros frailes a los que, en sus reflexivas memorias de adolescencia, que no novela, como suele decirse, trata de manera menos benevolente. Uno de ellos, el padre Norberto, que curiosamente se apellida Vicioso, a quien llama el padre V. y de quien habla “con alguna violencia” en El jardín de los frailes, estaba de rector en el Colegio de los Agustinos de Málaga cuando lo quemaron en los disturbios anticlericales de mayo. Le cuenta cómo logró escapar con vida y salvar a todos los niños acogidos en el establecimiento. Se lamenta de la pérdida en el incendio de un Cristo de Juan de Mena. “Si llega a perecer alguien, el siguiente en perecer es usted”, le dice disfrazando la amenaza con una sonrisa. El padre Montes le había invitado a comer. “Has de venir un día en que haya pichones, el domingo que viene hay pichones”. En la despedida, todos reiteran la invitación, el padre Montes, ya algo senil, insiste en lo de los pichones, y Azaña y su mujer Lola, que le acompaña, terminan aceptando el convite. Pero ya antes de salir del monasterio se arrepiente de haberlo hecho, y le dice a Lola que de ninguna manera irá a comer el domingo próximo con los frailes. “Lo siento por el padre Montes, pero le enviaré unas líneas cariñosas, aplazándolo para otra vez y se quedará contento”. Si hubiera aceptado esa invitación, la historia de España sería distinta. Un recorte de una revista de la época, quizá por la tipografía Estampa o Crónica, correspondiente a los primeros meses de la guerra civil, y que encuentro en el tomo de las Memorias que compré en la librería de viejo, publica las presuntas confesiones de un exfraile, pasado al bando leal, sobre el intento de asesinato del presidente de la República, en agosto de 1931, durante una comida con los agustinos del Escorial. Al parecer, se iba a envenenar uno de los pichones que se le servirían, su plato favorito, según confesó el fraile más anciano, que le conocía bien. “¿Y no tenían miedo de lo que les pudiera ocurrir si asesinaban al que entonces era ministro de la Guerra?”, le pregunta el reportero. “Lo tenían todo bien pensado. Uno de los cocineros se escaparía a Francia y cargaría con todas las culpas. En su celda se encontraría literatura anarquista para hacer sospechar que quiso vengar a los que habían sido ejecutados presuntamente por la ley de fugas hacía poco en Sevilla. Uno de los muertos era pariente suyo. Al padre Norberto no se le escapaba una”. A Azaña se le tenía por el sostén de la República, y por el mayor comecuras del mundo, y ninguna de esas cosas era cierta. Sin Azaña, las derechas habrían triunfado igualmente en las siguientes elecciones, que quizá hubieran sido antes del 33, pero no habría habido el triunfo del Frente Popular, con lo que habríamos tenido una república fascistoide a la portuguesa, con Gil Robles haciendo el papel de Salazar y Lerroux el de Carmona o como se llamara el presidente de Portugal. O sea que, si triunfa la conjura del Escorial en 1931, si Azaña desaparece de escena, no habría desaparecido la República ni habría vuelto una desprestigiada monarquía que nadie quería. Y menos que nadie los falangistas. Nos habríamos librado de Franco, pero no de una dictadura. No sé si habríamos salido de ella con algo semejante a la Revolución de los Claveles, pero de lo que estoy seguro es de que ahora seríamos una república.

            ---¡Qué cosas dices, Martín!

            ---La historia es así de paradójica, pero todo esto no es más que historia ficción. Y no me acabo de creer yo que fueran capaces los agustinos del Escorial de preparar semejante magnicidio, aunque al eliminar a Azaña creyeran estarle haciendo un gran bien a la iglesia. 



 

 

 

viernes, 7 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Incidente en Catania

 

---Hace tiempo que no nos cuentas historias de fantasmas, Martín. Hubo una época en que estabas obsesionado con ellas. A tu edad, ya vas teniendo cada vez más amigos en el otro barrio. ¿Nunca se te aparece ninguno para contarte si por allí hay o no tertulias?

            ---Tienes razón, cada vez son más ciertos los versos de Gastón Baquero que me gusta tanto repetir: “Parece que estoy solo, / pero llevo conmigo un mundo de fantasmas”. Ahora que todo el mundo anda por ahí con la dispersión veraniega, y que estamos como en familia en el Black Bar, me gustaría contaros algo que nunca me he atrevido a contar y que tiene que ver no con fantasmas, sino con extraterrestres.

            ---¡Anda ya!

            ---Pero tenéis que prometerme no repetírselo a nadie, que no quiero pasar por un chiflado. Además, yo creo que solo fue un sueño, una alucinación provocada por la ingesta de sustancias poco recomendables. Sin embargo, por muchas razones que me doy, no acabo de convencerme del todo de que no fue real. Ocurrió en Catania, en el invierno de 2017. Yo pasaba allí unos días, ya no recuerdo por qué razón, y era uno de los pocos huéspedes de un destartalado hotel de la Via Etna. Cada mañana, tras desayunar sin prisa, caminaba hacia la catedral y el mercado. Me entretenía un poco en el parque Bellini, casi solitario a esas horas, y me llamó la atención, ya el primer día, una extraña nube cuyas precisas formas geométricas –algo así como el segmento de un cilindro o como un queso gigante-- no parecían casuales. Pero lo más curioso es que pude verla, exactamente igual, durante varios días. Bajo ella, en una pradera, al fondo la silueta del volcán y a un lado un modernista kiosco de la música, había siempre un individuo, vestido de negro, que hacía curiosos movimientos entre la gimnasia, la plegaria y el ballet. Una tarde, visitando la casa-museo de Giovanni Verga, conocido, entre otras cosas, por ser el autor del cuento en que se basó la ópera Caballeria rusticana, me encontré con un antiguo alumno que estaba de Erasmus en la universidad de Catania. Escribía relatos, había pasado alguna vez por la tertulia, y me alegró encontrarle. Anochecía pronto aquel desapacible invierno en Catania y yo no tenía con quien quedarme a charlar en alguna cafetería, que además cerraban muy pronto, antes de retirarme al hotel. Tomamos algo tras visitar la casa del escritor, me dijo que al día siguiente unos amigos suyos daban una fiesta y me invitó a asistir. No soy yo muy dado a fiestas, pero estaba tan aburrido que acabé aceptando. No me arrepentí por el lugar, una villa de las afueras, propiedad de los padres de un adinerado compañero, que estaban de viaje, un tanto destartalada y con un descuidado jardín sombrío y algo amenazador. Parecía el escenario perfecto para una historia de fantasmas de las que a mí me gustan, de las que oscilan entre lo ominosamente racional y lo inexplicable. Como yo no fumo ni bebo ni etcétera (bueno etcétera sí, aunque raras veces), me aburrí pronto, pero no tan pronto que no tuviera ocasión de probar una tarta, que apareció de pronto como una sorpresa traída por una joven, ya no tan joven si se la miraba de cerca, y que fue recibida con mucho alborozo. La probé con gusto, y repetí la ración, y no debería haberlo hecho, porque –lo supe más tarde-- no todos los ingredientes utilizados eran los habituales en las tartas de cumpleaños. Quiero creer que a esa tarta se debe lo que me ocurrió después. Quiero creerlo. Volvía yo al hotel por oscuras calles solitarias, en Catania las calles, incluso las principales, se vacían en cuanto se hace de noche, cuando sentí unos pasos apresurados tras de mí. Me volví, y allí estaba el tipo aquel de la gimnasia matinal en el Bellini. Sin decir nada, se puso a mi lado, alargó una de sus manos, apretó la mía, y los dos nos elevamos como en los sueños o en las comedias musicales con las que yo tanto disfruto, aunque en estas quien asciende es la pareja de enamorados protagonista. Fue todo tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de asustarme. Allá arriba, sobre los tejados y las cúpulas de la ciudad, estaba la extraña nube que ya me era conocida. No era una nube, como os podéis imaginar. Sin atravesar ninguna puerta, o eso me pareció, me encontré en una gran sala llena de esos ordenadores con lucecitas de colores que se encienden y se apagan tan habituales en las películas antiguas de ciencia ficción, y una gran pantalla en la que me veía a mí mismo, tendido en una mesa como de sala de operaciones, y rodeado de hombrecillos grises, con grandes cabezas y cuerpos esmirriados, también como de películas de la serie B, que me miraban atentamente. En la pantalla se sucedían imágenes confusas, rostros que me eran familiares, yo mismo en alguna situación de la que no me sentía muy orgulloso. Pensé que estaba soñando y que pronto me despertaría. Pero no me desperté tan pronto. Habían pasado más de veinticuatro horas cuando me encontré, sudoroso, en el cuarto del hotel. Sudoroso y aterrado: había sido testigo de un crimen. Unos jóvenes que parecían borrachos sujetaban a una chica desnuda mientras que una rubia angelical, con heladora sonrisa, la acuchillaba una y otra vez. No me extrañó esa pesadilla. En Perugia, muy cerca de dónde yo vivía cuando estudiaba en la Università per Stranieri, tuvo lugar un crimen tremebundo, que desde hacía años me obsesionaba. Había ocurrido tras una fiesta muy semejante a aquella a la que yo acababa de asistir. Fueron detenidos y condenados tres jóvenes: un emigrante subsahariano, que creo que trabajaba como camarero, un estudiante italiano y una estudiante norteamericana que entonces eran pareja. La condena se mantuvo en la primera apelación, pero en la definitiva el italiano y la norteamericana fueron absueltos, al parecer por un fallo en la cadena de custodia de las pruebas. Tras cuatro años en las cárceles italianas, la norteamericana volvió a su país y participa a menudo en programas televisivos contando su experiencia como "falso culpable”. ¿Falsa culpable? No se dio ninguna versión alternativa de los hechos que pueda sustituir de manera creíble a la proporcionada por la justicia italiana. Pero sin posible apelación la joven que, en mi pesadilla, porque seguro que eso fue, asesta una y otra vez sádicas puñaladas a la infeliz estudiante inglesa, ha sido declarada “no culpable” y no puede volver a ser juzgada por esos mismos hechos por muchas pruebas que pudieran aparecer. Aprovecha la atención mediática de la que sigue gozando para monetizar su experiencia como víctima de la mala praxis judicial de un atrasado país de la vieja Europa, Italia.

            ---¿Y qué iba a ser todo eso que nos has contado, sino un viaje más o menos alucinógeno, Martín? ¿No irás a creer que de verdad te abdujeron, o como se diga, los extraterrestres?

            ---Sin duda fue un sueño, Fran. Pero qué sueño más raro. Los detalles que pude observar, y que luego anoté minuciosamente, no figuraban en los reportajes periodísticos que yo conocía. He investigado después un poco más –ya te digo que el tema me obsesiona-- y los he visto confirmados en el sumario.

            ---¿Y piensas ir a la policía para que se reabra un caso que no puede ser reabierto? ¡Menudo pitorreo cuando cuentes cómo has conseguido las nuevas pruebas!

            ---Fue un sueño, seguro que fue un sueño producido por aquella maldita tarta, que a mí me supo a gloria, por cierto. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero no dejo de pensar en aquella pobre estudiante muerta y en el joven inmigrante encarcelado que carga con todas las culpas y en la impune asesina de mi sueño, rubia y fría como una heroína de Hitchcock, rehaciendo feliz su vida gracias a que en Estados Unidos nadie es culpable si puede contratar al mejor equipo de abogados, incluso cuando los crímenes no ocurrieron en el extranjero, y a la curiosidad morbosa e insaciable de las audiencias televisivas. Pero quizá nada de lo que yo vi con mis propios ojos es verdad. Todo fue un sueño, una pesadilla. ¿Qué otra cosa podía ser? Le hice algunas fotos, desde lejos,  con el Etna al fondo, al gimnasta que supuestamente me raptó. También a la extraña nube que camuflaba la nave. Aquí las tenéis.