---¿Cuánto
tiempo hace falta para que caduquen los odios de las guerras civiles, Martín?
---El
tiempo que duren esas guerras, que casi nunca acaban cuando se firma la paz,
que continúan luego por otros medios. Yo creo que en literatura es dónde
primero concluyen. Paso este verano preparando la edición de la poesía completa
de Agustín de Foxa, que hasta ahora solo había aparecido en un volumen exento.
---¡De Agustín de Foxá, ese
fascista!
---Sí, es el autor de algunos de los
versos del “Cara al sol”, pero también de la frase: “Traigamos el fascismo a
España y vayámonos a vivir al extranjero”.
---¡Menudo hipócrita!
---También dijo aquello de “soy
gordo, soy conde, soy diplomático, ¿cómo no voy a ser de derechas?”. Y bien que
lo fue, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Hay mucho de no ejemplar
en su vida, pero su literatura pocas veces nos defrauda, por muy
propagandística que resulte a veces. No deja de ser gran escritor ni siquiera
en sus cartas familiares. He traído el tomo tercero de sus Obras completas, donde
se incluyen. La primera que se conserva, dirigida a sus padres y hermanos, que
veranean fuera de España, está fechada el 16 de julio de 1936. Refleja, como el
mejor documento histórico, el ambiente previo al estallido: “En Madrid,
nerviosismo, calor y soledad. La gente de derechas está aplanada. En el Club de
Campo no hay casi nadie y durante ocho días no habrá orquesta por respeto a
Calvo Sotelo. Mucha gente estuvo en su entierro. A Gil Robles algunos le
acusaron, cuando desfilaba, de ser responsable de todo lo que ocurre. Hay que
reconocer, sin embargo, que ayer, en la Diputación Permanente de las Cortes,
estuvo formidable. Ha hecho muy buen efecto por su valentía. Los elementos
oficiales que acudieron al entierro fueron abucheados y obligados a volver con
el rabo entre piernas. Corren mil rumores”. La siguiente carta es del día 20 y
comienza con una estampa del amanecer en un Madrid que aún no se cree del todo
que está en guerra: “Son las ocho de la mañana. Una mañana fresca y sucia,
todavía con lecheros, panaderías, tertulias de cocineras. Lejano suena el
cañón. No ha dejado de disparar desde las siete. Vuelan algunos aviones. Pasan,
con el pito rasgado de las sirenas, algunos autos militares. En camiones,
arracimados, como terrible estampa de Moscú, los obreros con fusiles, pistolas
y banderas rojas. Se siguen oyendo los cañonazos. Una mujer barre la entrada de
la tienda”. A Foxá, el gobierno de la República le había nombrado cónsul en
Bombay y ese nombramiento le salvó la vida en el mes y medio que pasó en
Madrid. El día 21 “estuvo a punto de ser fusilado”, según le cuenta en una
carta a su familia fechada en Guetaria el mes de septiembre. Los milicianos
subieron a su casa e hicieron un registro que duró cuatro horas. “Figuraos mi
horror cuando vi en lo alto del armario de nuestro cuarto un paquete con unos
cincuenta prospectos de Falange. Si los hubieran visto, no os habría podido
escribir esta carta, pues estaría de bruces en las Tapias de la Casa de Campo”.
¿Y cómo es que no los vieron en un registro de cuatro horas? Pues porque no
hubo tal registro. La verdad de ese día la contó en otra carta escrita en
Madrid el mismo día que ocurrieron los hechos, una carta que sin duda había
olvidado. En cuanto pisó Francia, se dedicó a mitificar sus padecimientos entre
los rojos, los que luego llevaría a su novela Madrid de corte a checa. Pero
no fueron tales. Fingió seguir siendo fiel a la República y como representante
de ella fue enviado a Bucarest. Allí siguió con el doble juego hasta que pasó,
en 1937, a la España “liberada”. Ha vivido en Madrid la experiencia de los
bombardeos sobre la población civil, ha visto en las aceras o bajo los
escombros los cadáveres de mujeres y niños, pero no hay ningún rastro de
compasión cuando escribe a su hermano, que lucha en el ejército rebelde: “Al
atardecer venían los aviones. No te puedes imaginar lo que ha contribuido esto
a bajar la moral del pueblo. Lo importante es que se intensifique”. Y no tiene
inconveniente, todavía diplomático al servicio de la República, en indicarle
“los mejores sitios de bombardeo”: la plaza de toros de Tetuán, el Círculo de
Bellas Artes, el palacio de Villapadierna, frente a Correos, y el teatro de la
Ópera, “donde han almacenado enorme cantidad de explosivos”. Vuelto a España,
no lo pasó precisamente mal Foxá durante la guerra. El 2 de agosto de 1938
escribe a sus padres desde San Sebastián: “Aquí, muchas fiestas en el Golf, el
Tenis y grandes cenas en el Náutico, que de noche está agradabilísimo. He hecho
varias excursiones. Estuve en Azpeitia el día de San Ignacio. Fue magnífico.
Monosabios en la novillada, niebla y lluvia en los montes de verdes praderas, y
dentro, ónix, lapislázuli, oro y plata”. El nuevo régimen premia su ardor
guerrero enviándole a Roma. Allí escribe alguno de sus más hermosos poemas y
admira a dos figuras que recuerdan el esplendor de la época clásica: “He visto,
con lágrimas de emoción, entrar al Papa en su silla gestatoria, entre dos
abanicos etiópicos y salomónicos de plumas de avestruz, sobre las espadas
abatidas de sus guardias nobles. Resonaban las bóvedas de San Pietro con una
aclamación antigua. Así debían ser las ovaciones a Trajano, cuando aparecía en
su palco del circo Máximo, o a la vuelta de la campaña de Dacia”. No solo el Papa
le recuerda al gran emperador de origen hispano: “En Ciampino vi al Duce. Está
fuerte, alegre, rapado como el busto de un César de excavación. Es un tipo
magnífico, con una ancha sonrisa patriarcal, como la debía de tener Trajano”.
Para Foxá, los años triunfales no acabaron en 1939, siguieron con 1940, 1941,
1942, cuando los nazis, como antes Franco en España, imponían un Nuevo Orden al
mundo. Unos días después de admirar al papa en su silla gestatoria, se
encuentra unos abanicos semejantes a los papales, dignos de la reina de Saba,
en el Arizona, uno de los mejores cabarets de Europa, aunque en este caso
dedicados a muy otro uso: encubrir y descubrir jardines de bailarinas Venus. No
me extraña que Curzio Malaparte hiciera aparecer a este aristócrata bon
vivant en su novela Kaput.
---¿Y tú vas a editar la poesía
completa de semejante personajillo? ¿No tienes nada mejor que hacer?
---Voy a editarla y espero hacerlo bastante
mejor de lo que se ha hecho hasta ahora. Foxá fue un muy descuidado editor de
sí mismo. A fin de cuenta, los libros de poesía daban poco dinero y él nunca
ganaba bastante para la buena vida que le gustaba vivir. Pero es uno de los
grandes poetas de su tiempo, lo mismo en su poesía más desgarrada e intimista o
en sus evocaciones de una infancia que todavía conoció la atmósfera del Ochocientos
que en los más circunstanciales o más ligados a las viejas melodías del
modernismo. Quien le leyó, lo sabe.
---No te entiendo, Martín. No te
basta con admirar a Fidel Castro o a Hugo Chaves o a Pedro Sánchez. Ahora
resulta que también admirar a un vividor y a un fascista de pro como Agustín de
Foxá.
---De Fidel Castro me gusta la
respuesta, que yo hago mía, a un periodista que le preguntó por su vida
privada: “Amé y me amaron, y eso es todo lo que puede decir un caballero”. De
Hugo Chaves, su réplica a la impertinencia del rey de los negocios raros cuando
aquello del “por qué no te callas” tan jaleado en toda la aduladora y triste
España: “Con la verdad ni ofendo ni temo”. De Foxá, su magia verbal, que
deslumbra incluso en las cartas familiares escritas como al descuido.
---¿Y de Pedro Sánchez?
---Habíamos quedado en no hablar de
política en estas tertulias veraniegas y yo siempre cumplo mis promesas.
---Estarás desesperado porque pasa
por su peor momento. Trapiello y Cayetana creo que ya han comprado el champán
para celebrar la caída de ese dictador estalinista.
---¿Y en qué momento no ha estado
pasando Sánchez por su peor momento, amigo Miguel Ángel? En septiembre, ya a la
vuelta de la esquina, hablaremos del gobierno.
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