domingo, 31 de julio de 2016

Ciudades de autor: Palermo de Sciascia y Lampedusa



Los amigos de Facebook –yo tengo el máximo, cinco mil– no son verdaderos amigos, ciertamente, pero a veces resultan muy útiles.
            Como todo el mundo, cuando llego a una nueva ciudad, acostumbro a poner fotos del lugar y a veces –en Venecia, en Ginebra, estos días en Palermo– alguien que también está de paso o que reside allí, y a quien solo conozco virtualmente, se pone en contacto conmigo. No siempre, más bien casi nunca, son citas eróticas, como la que tan mal fin tuvo en Ginebra, que algún día contaré.
            Luigi Motta, a los dos días de estar yo en Palermo, pasó a buscarme por el hall del Grand Hotel des Palmes, en Via Roma. “Yo fui uno de los jóvenes que asistieron a las clases de literatura que daba el príncipe de Lampedusa en su palacio”, me dijo a modo de tarjeta de presentación. Le creí entonces, como no podía ser de otra manera, pero luego me entraron mis dudas. Su nombre no aparecía citado por Francesco Orlando en su Recuerdo de Lampedusa. Se lo hice notar la segunda vez que nos encontramos. “Francesco no se portó muy bien conmigo. Era celoso, quería acaparar al maestro, pero luego llegó Gioacchino y tuvo que probar su propia medicina”.
            Luigi Motta tendría unos ochenta años, aunque aparentaba algunos menos y vestía con afectada coquetería. Para orientarme en la ciudad (que yo ya había pateado por mi cuenta, aunque no se lo dije), lo primero que hizo fue dibujarme una cruz en una servilleta de papel. Donde se cruzaban los dos brazos de la cruz trazó un círculo.
            ––Esta es Piazza Villena o Quattro Canti, la plaza de las cuatro esquinas. Lo de Villena, claro, no va por ese poeta español que usted conocerá bien y que a mí me gusta mucho, sino por un virrey español, como el antiguo nombre, via Toledo, de la que fue la calle principal de Palermo. La ciudad comenzó aquí, en lo alto de la cruz, donde está el palacio dei Normandi y la puerta de Carlos V. No le extrañen las referencias españolas. Palermo está lleno de homenajes a los reyes de España en lápidas y estatuas. No se sabe bien si no se han hecho desaparecer porque estamos orgullosos de ellos o simplemente por desidia. La antigua Via del Càssaro o Toledo, hoy Vittorio Emanuele fue acercando a Palermo, que nació en lo algo de una pequeña colina, hasta el mar, hasta la Cala, es puerto natural que parece un refugio de piratas. El otro brazo de la cruz es la Via Maqueda (otro virrey español) que luego fue alargándose con la Via Ruggero y la de la Llibertá. El centro del Palermo barroco, para mí el verdadero Palermo, es Quattro Canti, con sus monumentales esquinas: abajo las fuentes, arriba la alegoría de las estaciones, más arriba en sus hornacinas los Carlos y los Felipes de España y coronándolo todo las cuatro vírgenes que protegen la ciudad. Por el lado del mar, la Italia unida, para marcar su huella, quiso construir la Via Roma, la de los grandes edificios de finales del XIX y principios del XX, que termina, como no podía ser de otra manera, en la plaza de la estación. A mí lo que más me gusta de ella es un imponente edificio fascista, el Palacio de Correos, con su blanca columnata sobre fondo rojo. ¿Qué ya ha paseado por ahí? ¿Que ya se ha perdido en el mercado de la Vuccirìa, que ya ha subido al monte Pelegrino, que ya ha estado en Monreale? 


Conocerá entonces también Porta Felice y la Cala al atardecer y la Martorana y la nudista Fontana Pretoria, pero de lo que no habrá oído hablar es de la conferencia que, allá por 1959, dio Sciascia sobre Lampedusa. Tuvo lugar en el Círculo de Cultura de Palermo y a ella asistieron quienes eran alguien en la ciudad, también la viuda del príncipe, Alessandra Wolf, y su hijo adoptivo, Gioacchino Lanza Tomasi. El éxito de la novela había sorprendido a todos; muchos no acababan de creérselo, les parecía un invento editorial. ¿Cómo iba a haber vivido durante tantos años un genio en Palermo sin que nadie se diera cuenta? La conferencia de Sciascia, un joven escritor que ya comenzaba a hacerse notar, disgustó a muchos y especialmente a la princesa. Sciascia critica la alusión despectiva que se hace en la novela a Marx, llamándole “un judiucho alemán”. Sciascia estaba entonces muy próximo a las ideas marxistas, aunque siempre tuvo sus más y sus menos con los comunistas. Se burlaba del éxito que entre ellos tuvo de inmediato El gatopardo. “Se ponen a babear en cuanto se acercan a un duque”, decía. La princesa escuchó toda la conferencia con cara impasible y luego, cuando los demás comenzaron a aplaudir, abandonó la sala con gesto de desaprobación. Yo nunca le caí bien y ella a mí tampoco, así que no creo que sea objetivo al hablar de ella. Las dos grandes desgracias que tuvo Lampedusa en su vida fueron su matrimonio y el bombardeo aliado que destruyó el palacio de su infancia. No sé si en España ven ustedes una serie norteamericana, The Big Bang Theory, que a mí me gusta mucho. Si la conoce, le resultará muy fácil hacerse una idea de cómo era la psicoanalista nórdica con la que se casó Lampedusa. Era exactamente la madre del bueno de Leonard, fría como un témpano, incapaz de mostrar afecto. Hacían poca vida en común, más bien ninguna. Lampedusa se pasaba la vida en los cafés, leyendo y escribiendo, o en la biblioteca de su palacio. Le gustaba especialmente el trato con los jovencitos guapos o inteligentes. Cuando le conté estas cosas a Luis Antonio de Villena, ya se imaginará usted como las interpretó. Pero yo nunca le vi un gesto en ese sentido. A Sciacia me lo encontré más de una vez en la sede de la editorial Sellerio, en la calle Siracusa, una perpendicular a la Via de la Llibertà por la altura del Jardín Inglés. Yo quería que me publicaran un libro, pero me dieron largas y al final lo rechazaron. Casi toda mi obra está inédita, salgo los cuadernos de versos que he editado yo mismo para amigos. Si quiere le mando alguna cosa para su revista. A Sciascia, que siempre fue un maestro de escuela, como Lampedusa fue siempre un desdeñoso aristócrata, el éxito le vino con El día de la lechuza, una de las primeras novelas sobre la mafia. Y ya salió la palabreja que a todo el mundo le viene a la cabeza cada vez que se menciona Sicilia. De la mafia aquí se hablaba poco; luego se ha hablado demasiado. Lampedusa y Sciascia representan las dos caras de Sicilia; el uno era fatalista, creían que el clima y la historia condenaban a la isla a ser para siempre lo que era; que los cambios nunca afectarían más allá de la superficie, como no fueran para peor. Sciascia tenía otras ideas, pero creo que acabó con un escepticismo semejante al del aristócrata. Uno de sus primeros éxitos en Sellerio, la editorial que había fundado con un matrimonio amigo, fue un pequeño libro, como casi todos los suyos –ya sabe usted que era un escritor de corto aliento–, que transcurre en el hotel en que usted se aloja. Se titula Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel. El escritor francés murió por una sobredosis de barbitúricos en la habitación 224 de ese hotel. Fue en 1933, en plena apoteosis del fascismo, y aquella muerte no se investigó. La información se cerró el mismo día. Sciascia encuentra las actas y descubre que hay muchos enigmas. El escritor viajaba con una acompañante (dicen que impuesta por su familia para disimular su homosexualidad), dormían en habitaciones comunicadas, aquel día se había cerrado la puerta con llave, cosa que nunca se hacía, el escritor había puesto el colchón en el suelo y lo había arrastrado hasta la puerta. Es la primera vez que Sciascia aplica las técnicas de la novela policial a un hecho histórico, luego lo hará muchas veces, pero al final no aclara nada, lo deja todo más confuso. Por eso a mí no acaba nunca de convencerme. Me parece un escritor de corto aliento, alguien que promete siempre más de lo que da. Se lo dije una vez en su despacho de Sellerio y creo que en ese momento me cerré las puertas de la editorial para siempre, y no solo esas puertas. Desde el punto de vista literario, Sciascia decidía quien se salvaba y quién se hundía en Silicia. Ahí tiene usted el caso de Gesualdo Bufalino, un oscuro profesor en Comiso, a quien él sacó de la nada para convertirlo en un éxito internacional. Yo podría haber sido otro Bufalino, y quizá lo sea, pero póstumo, como Lampedusa; disfruto imaginando la cara que pondrían algunos. ¿Ha estado usted en la cripta de los Capuchinos? Aterradora, pero el mejor símbolo de Palermo. Todas esas momias con sus cintajos y sus uniformes y su orgullo por pertenecer a una casta aún después de muertos. Lampedusa jugaba con nosotros como un gatazo con sus gatitos, le hacíamos gracias, pero pobre del que pretendiera equipararse a él. El abuelo de Francesco Orlando había sido ministro, pero eso era un demérito más que un mérito para el príncipe, lo equiparaba con un don Calogero cualquiera, con un arribista burgués. Nunca nos lo dijo, pero era de los que pensaban que la educación de un caballero comienza cien años antes de su nacimiento. Orlando, a la vez que mecanografiaba El gatopardo, escribía una novela en la que seguía la lección de Stendhal, el novelista que más le gustaba al príncipe. Cometió el error de enseñársela y Lampedusa sintió celos: le pareció mejor que la suya, de estilo demasiado moroso. Le pasó un poco lo que a Francisco Umbral con Juan Manuel de Prada cuando este publicó Las máscaras del héroe. Yo viví en España por esos años y me enteré del escándalo. Le pareció que aquel jovencito al que él apoyaba y que le debía todo había escrito la novela que él hubiera querido escribir. Se equivocaba Lampedusa (no sé Umbral, a Prada hace tiempo que le he perdido la pista), Francesco no publicó nunca esa novela ni ningún texto de creación (aunque tenía mucho talento para ello, puedo dar fe, fui de sus primeros lectores), destacó como teórico de la literatura. Yo creo que la influencia de Lampedusa le resultó castradora. La relación entre ambos acabó mal. A Sciascia, digan lo que digan, la relación con la mafia le resultó provechosa. Le sirvió para darse a conocer. Una vez recibió una amenaza, que se apresuró a mostrar. Tras participar en un coloquio, en el que criticaba la situación en la isla, le llegó una carta anónima en la que se le decía que, si no estaba a gusto en Sicilia, le podían mandar a un lugar en que estaría mucho mejor. Le fue útil esa amenaza, aunque no tanto como la de la camorra a Roberto Saviano, que lo convirtió en una celebridad mundial y le hizo ganar muchos millones. Las denuncias en películas y en novelas no hacen daño a la mafia, le dan más lustre, le sacan brillo al mito. Esta ciudad es hermosa por fuera pero está podrida por dentro. Se lo digo yo que nací aquí hace ochenta años, que he intentado abandonarla infinitas veces pero siempre he vuelto, como el preso con unos pocos días de permiso. ¿Ha estado usted ya en el Orto Botánico? No se lo pierda. Yo lo visito con frecuencia. Cuanto más conozco a los humanos, más me gustan las plantas, que nunca hablan mal de nadie”.




domingo, 24 de julio de 2016

Ciudades de autor: Oporto de Eugénio y de Florbela



¿Se aloja usted en el Grande Hotel do Porto, me parece que no tan grande como su nombre? Ahí fue donde Florbela Espanca conoció a su último amante, Ângelo César, un buen mozo, algunos años menor que ella, que luego llegó a ser presidente del Fútbol Club de Oporto. Se lo presentó una amiga, Aurora Jardim, que daba una fiesta. Yo nunca he sido muy admirador de su poesía, en alguna entrevista he citado los sonetos de Florbela entre las cosas que detesto (junto a la música de Wagner y las películas de Almodóvar), pero nunca he dejado de sentir simpatía por el personaje.
            (Estábamos, el poeta Eugénio de Andrade y yo, en un rincón del café Majestic, casi desierto a aquella hora, su elegancia de otro tiempo multiplicada en los espejos.)
            Apenas hago vida social, ni mucho menos literaria, en esta ciudad. Detesto esas cosas. Tomo café con algunos buenos amigos cerca de casa, recibo algunas visitas, muy pocas, lectores que quieren conocerme. Eso es todo. Mi relación con Oporto es un poco complicada. Cuando llegué, venía acostumbrado a la luz del Sur, y me pareció una ciudad triste, oscura, ruidosa, con nieblas frecuentes que la hacen, más que la vuelven viscosa. Luego le fui cogiendo cariño, un cariño difícil, no falto de desencuentros.
            Aquí en esta Rua de Santa Catarina, que yo piso por primera vez en muchos años, nació António Nobre, el poeta de , el libro más triste que hay en Portugal, del que Pessoa decía que era nuestra mayor poetisa. Superior a Florbela, por supuesto, aunque esta tenga más éxito con su sentimentalidad a flor de piel. “Rasga esses versos que eu te fiz, Amor”, “Rompe esos versos que yo te hice, Amor, / que la ceniza los cubra, que los arrastre el viento, / que la tempestad los lleve a donde sea”.
            Qué curioso. Dije detestar los sonetos de Florbela, harto de oírlos elogiar por los peores, y todavía me sé algunos de memoria. Incluso le dedique un poema, “Na varanda de Florbela”, que suprimí luego. Ella vivió los últimos años de su vida en Matosinhos, muy cerca de uno de los parajes más hermosos del mundo, la Foz del Douro, que si no ha visto le aconsejo que vea y que lea las páginas que le dedicó Raul Brandao. De Matosinhos venía a Oporto por la Avenida de Boavista, su paseo favorito. Frecuentaba la librería Lello, que todo el mundo conoce, pero que acabará cerrando porque allí nadie compra ya libros, se dedican a hacerse fotos. Las últimas veces que estuve en ella escapé espantado. Pero reconozco que es hermosa, con esa escalera que se lleva todas las miradas, como una estrella de Hollywood.
            Florbela se casó tres veces y tuvo no sé cuantos amantes, pero me parece que no amó a nadie, solo estaba enamorada del amor. Y quizá de su hermano Apeles, un marino que luego se hizo aviador y que desapareció con su avioncito, como de juguete, en la desembocadura del Tajo. Agustina, a quien supongo que usted conoce, si no la ha leído es como si no hubiera estado en Oporto, insinúa que se suicidó, algo que ya había intentado antes. Claro que también dice que el suicidio de Florbela tuvo mucho de homicidio, que su último marido, Mário Lage, que además era médico, esperaba esa muerte anunciada y no hizo nada para evitarla. Una amiga de Florbela, Amélia Vilar, contó que Florbela fumaba mucho, sin parar, y que en aquella fiesta del Grande Hotel, el mismo en que usted se aloja, conoció a Ângelo César, mandaba a su marido a comprarle cigarrillos para poder quedarse tranquilamente con él. Amélia la describe delgadísima, fea, con grandes ojos de loca, hablando sin parar, rodeada de hombres, mirada con recelo por las mujeres. En realidad, todo el mundo la miraba con recelo. No sabía fingir, se enamoraba y se desenamoraba con rapidez, publicaba versos apasionados, se matriculó en la universidad, no se conformaba con el papel que entonces se reservaba para las mujeres. Comenzó a escribir en la época del Modernismo, era de la edad Sá-Carneiro, otro suicida. Los jóvenes que encumbraron a Pessoa la miraron siempre por encima del hombro, como una figura folclórica. El primero en ocuparse seriamente de su obra fue un profesor italiano, Guido Battelli, otro enamorado. Fue profesor en la Universidad de Coimbra y de allí tuvo que marchar porque el rector, Eugénio de Castro, tenía celos de que se interesara más por aquella loca que por él. Lo cierto es que a Eugenio de Castro, tan admirado por Unamuno, hoy no le lee nadie y a Florbela todavía mucha gente se la sabe de memoria, incluso algunos, como yo mismo, un poco a su pesar.
            Pero usted ha venido para que yo le haga de guía por Oporto, como fue mi guía en Oviedo, con Antón y Xuan, no para que le hable de Florbela. Por aquí muy cerca, pasada la estación de San Bento, con sus famosos azulejos, que sin duda ya conoce, está una de mis calles favoritas, la Rua das Flores. Un tiempo fue la calle de las joyerías. Cuando yo llegué a esta ciudad, todavía me llevaron allí a comprarme un anillo. Ahora los establecimientos de prestigio están en otra parte, por ejemplo aquí en Santa Catarina, pero todavía apenas si hay bajo sin su tienda. Las hay de coronas fúnebres, de botones, de vinos, de juguetes, de sombrero; también está la tipografía Heróica, donde venden cuadernos muy a propósito para llevar en el bolsillo y anotar los primeros versos de un poema. Siempre he dicho que es la calle más florentina de la ciudad.
            Le aconsejo también, si aún no lo ha hecho, que suba hasta la plaza de la catedral. A un lado, el río con su gran puente de hierro; al otro, el perfil de la ciudad con la torre de los Clérigos como una gran dedo lleno de anillos que señala al cielo, y a los pies, callejuelas y rincones que se despeñan y parecen venir directamente de la Edad Media.


            El puente, esa especie de torre Eiffel tumbada, ya lo habrá cruzado por sus dos alturas. Todavía hay niños que se arrojan desde sus hierros al agua turbia para entretenimiento de los turistas. En la ribera de Gaia, si no le gusta el vino, hay poco que hacer, salvo subir al monasterio de Serra do Pilar y contemplar desde allí la “peñascosa pesadumbre” de la ciudad y al ancho río camino de la desembocadura.
            Recorra luego el Passeio Alegre (qué hermoso nombre, ¿no cree?), una parte en tranvía, otra a pie, y contemple, ya cerca de la desembocadura, unas esbeltas palmeras, capaces de resistir todos los vientos, que yo comparé en un poema con los marineros de Ulises.  
            Quien no resistió los malos vientos que se abatieron sobre ella fue Florbela, la loca de Matosinhos, como la apellidaban en voz baja los literatos de Oporto, una ciudad que Camilo, Camilo Castelo Branco (aquí a los escritores los llamamos por el nombre de pila), llegó afirmar que era “la cloaca de Portugal”. Me gusta más lo que dijo Almeida Garrett: los portuenses confunden a veces la v con la b, como los españoles, pero nunca la servidumbre con la libertad. Yo tenía, frente a mi casa en la Rua de Palmela, un árbol que se llenaba de hojas y de pájaros con la primavera; lo cortaron para que cupieran más automóviles. Cuando me dieron la medalla de oro de la ciudad, yo dije que más que medallas lo que quería era que volvieran a plantar el árbol frente a mi puerta.
            Florbela se suicidó la noche anterior a su cumpleaños, un ocho de diciembre. Le había pedido a su marido un único regalo, que le pagara el viaje a su mejor amiga para que pasara ese día con ella. Padecía insomnios, crisis depresivas, acumulaba en su cuarto, sin control ninguno, toda clase de medicamentos. “Aquí guardo mis venenos”, decía a las visitas. Ya se había intentado suicidar pocos meses antes. Entones llegaron a tiempo de salvarla. Aquella noche dijo que no quería dormir en la habitación conyugal, sino en otro cuarto apartado, que quería dormir tranquila, que no la molestaran, que no la despertaran por la mañana. A nadie le extrañó por eso que tardara en levantarse.
            A su lado encontraron dos cajas de somníferos vacías y el vaso y la botella de leche que la había ayudado a pasar el último trago. También sus últimas indicaciones: querían que cubrieran cu cadáver de flores.
            El marido se lo tomó con toda la tranquilidad del mundo. Lo primero que hizo, antes de avisar a la familia, fue llamar a Guido Battelli y a Ângelo César, los últimos amores, para indicarles que Florbela acababa de morir.
            Cuando van a enterrarla, se desencadena una tempestad, la mayor que se ha visto en muchos años. La villa de Matosinhos parece que va a ser sepultada por las aguas. No es posible el entierro, sobre el cementerio cae una lluvia torrencial. Florbela, vestida de seda negra, las manos cruzadas sobre el pecho, iluminada por las velas, pasa la noche en la capilla como la Ofelia de los prerrafaelitas o la Julieta de algún viejo grabado shakesperiano. Cuando cierran el ataúd es Guido Battelli, el profesor italiano, quien que se queda con la llave. La guardará toda la vida.
            Pero usted no ha venido a que yo le hable de la historia de esa desventurada, sino a conocer la ciudad. ¿Qué le parece si comenzamos a caminar hacia la Ribeira, donde las casas se apoyan unas en otras como los acróbatas de un circo? Es cuesta abajo, no resultará muy fatigoso. Hay que guardar las fuerzas para el resto de la visita. Esta no es una ciudad cómoda ni fácil, pero una vez que te abre las puertas de su corazón ya siempre la llevas contigo, vayas donde vayas.




domingo, 17 de julio de 2016

Ciudades de autor: Turín de Nietzsche y de Pavese


  
No nos matamos por amor, nos matamos porque todo amor, cualquier amor, nos revela nuestra miseria, nuestra infelicidad, nuestra nada.
            Estas palabras de Pavese tenía yo en la cabeza la primera vez que fui a Turín, preocupado por las cartas que me escribía un amigo, cada vez más enloquecidas y delirantes,  a la manera del último Nietzsche, el que en aquella ciudad se abrazó a un penco maltratado y perdió la cordura para siempre.
            Volví a recordar aquella historia cuando llegó a mis manos La inmensa soledad, el libro de Frédéric Pajak que recrea el desespero final de Nietzsche y de Pavese “bajo el cielo de Turín”.
            Antes del desastre último, había sido para ambos un lugar propicio a la felicidad. Para el adolescente Cesare Pavese, nacido en un pequeño pueblo, Santo Stefano Belbo, el descubrimiento de Turín supuso pasar “del espacio arcaico del campo al espacio urbano de la modernidad”, como escribió con pedantería uno de sus biógrafos.
            El Turín que Pavese amaba era menos la capital barroca de los Saboya que la nueva ciudad racionalista e industrial inaugurada con la instalación de la Fiat en 1912. Turín era el Liceo, la apertura al mundo de la camaradería viril y la cultura; era un primer maestro, Augusto Monti, con el que seguiría ligado en una perpetua discusión.
            Según el profesor Monti, la literatura nos prepara para la vida, nos hace mejores. Su alumno creía que la literatura es una enfermedad que nos defiende de otra enfermedad peor, la vida, que nos ayuda a escondernos de ella. Y de las mujeres, a las que acabó considerando un pueblo enemigo, como los alemanes.
            El retraído Pavese, el lector impenitente, parecía destinado a ganarse la vida enseñando. Pero un suceso imprevisto le hizo cambiar de rumbo. Un amigo, al que admiraba y envidiaba porque participaba activamente de la oposición antifascista y porque era novio de la mujer que él amaba en secreto, le pidió que guardara unos papeles comprometedores. Fueron descubiertos por la policía y Pavese desterrado a un remoto lugar de Calabria, de la otra Italia, de la que nada tenía que ver con el civilizado norte.
            Pavese se ganó la vida como traductor y trabajando  en una editorial recién creada, Einaudi, pronto una de las más importantes de Italia. A los cuarenta y dos años, cuando decidió matarse, era un escritor de éxito. Apreciado desde el comienzo por los mejores, el Premio Strega, concedido ese mismo año le había hecho popular.
            Aparentemente tenía todo lo que quería, pero seguía siendo el adolescente inseguro que no había conseguido solucionar sus problemas con las mujeres. No tenía pareja, no tenía casa propia. Tras la muerte de la madre, vivía en casa de su hermana casada, como un perpetuo estudiante, casi como un realquilado. Apenas participaba en la vida familiar, comía rápidamente, sin mirar lo que comía, sin hablar con nadie, a menudo con un libro en una mano y la cuchara en la otra, y luego se encerraba en su cuarto o se iba a la calle. De sus problemas personales, su hermana no sabía nada.
            Nada sabía tampoco de su último viaje. Le vio preparar la maleta, despedirse con un indescifrable murmullo y bajar apresuradamente a la calle. Era a mediados de agosto, hacía un calor sofocante. Pensó que se iría unos días a la playa con alguno de sus amigos.


            Cesare Pavese, con paso apresurado, llegó hasta la plaza Carlo Felice, la plaza de la estación, pero no se subió a ningún tren. Él iba más lejos y también mucho más cerca. Alquiló una habitación, la 346, en el hotel Roma, el mismo en que se alojó en un principio aquel amigo tras del cual yo fui por primera vez a Turín, el mismo en el que me alojé yo.
            Era invierno, la ciudad estaba cubierta de una delgada capa de hielo y resultaban particularmente acogedores sus anchos e interminables pórticos bajo los que uno podía caminar y caminar sin miedo a los resbalones.
            Nietzsche se alojó, durante los últimos días felices de su vida, no muy lejos de allí, en la via Cesase Battisti. Sus ventanas daban a una plaza enmarcada por el Palazzo Carignano, donde ahora está el museo del Risorgimento y otro que alberga a la Biblioteca Nacional, donde no se si se perdería, como yo, algunas tardes.
            Nietzsche fue feliz en Turín como nunca lo había sido antes; la vida quiso hacerle ese último regalo, uno de los pocos. Todo le gustaba de la ciudad: el clima, la comida, el chocolate caliente que tomaba en los cafés, la música nada wagneriana que escuchaba en los teatros, los hermosos alrededores por los que paseaba cada atardecer. Su rincón favorito estaba en la Galleria Subalpina, muy cerca de su casa, con salida a laos soportales de la plaza del Castello. Se sentía satisfecho. Había coronado su obra con Ecce Homo, donde explicaba cómo había llegado a ser lo que era.
            A mí me fascinaba el Palazzo Madama, me parecía un símbolo de la ciudad. La aparatosa fachada barroca, de Filippo Juvarra, no era más que un telón; la monumental escalera, un trampantojo que no llevaba ninguna parte. Detrás estaba la rudeza del castillo medieval con sus mazmorras y sus húmedos y supurantes secretos.
            ¿Qué secretos escondía Pavese, qué carcoma roía las vigas que sostenían la lucidez de Nietzsche? Mi antiguo amigo del Instituto, al que yo seguía admirando con ese fervor del que solo se es capaz en la adolescencia, con una devoción que uno no pondrá nunca en sus enamoramientos posteriores, se fue a Turín, no tras las huellas de Nietzsche o de Pavese, como yo luego en más de una ocasión, sino atraído por su no sé hasta qué punto exacta leyenda satánica. En una de sus últimos cartas, me hablaba de la iglesia Gran Madre de Dio, en la que se desarrollaban desaforados rituales y sobre la que se aparecería el dragón del Apocalipsis el día del juicio final.
            De que mi amigo había perdido el juicio, como Nietzsche, yo no tenía ninguna duda. Enseñé sus últimas cartas a sus padres, que no recibían ninguna, y estos me rogaron que fuera en su busca y me dieron dinero para el viaje.
            Era invierno, ya dije, y de inmediato, nada más poner el pie en ella, me sentí abrazado, protegido por la ciudad: había grandes cafés, como de otro tiempo, inmensas librerías, hermosas plazas, un interminable paseo arbolado junto al río.
            Dicen que Pavese llamó a varias mujeres a las que conocía para invitarles a la que había decidido que fuera su última cena. Ninguna aceptó. Quiso despedirse del mundo con un plagio y un homenaje. Sobre un ejemplar de los Dialogos con Leucó, su libro sobre mitología, escribió: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No cotilleéis demasiado”, las mismas palabras de Maiakovski antes de pegarse un tiro en el corazón.
            A Nietzsche, tras el derrumbe, vino a buscarle un amigo para llevárselo a Alemania. Pasó sus últimos años encerrado en un manicomio mientras su fama crecía y crecía y su hermana manipulaba su obra para convertirle en un precursor del nazismo. Elisabeth Förster-Nietzsche vivió lo suficiente para caer rendida a los pies de Hitler, en quien reconoció al Mesías salvador del mundo.
            A Pavese no le salvó Turín de sí mismo. A mi amigo, a quien encontré convertido en otra persona, tampoco. Le hablé de sus padres: “Este es mi padre y mi madre”, me dijo señalándome la foto de un siniestro farsante, Aleister Crowley, del que yo tenía noticias por su relación con Fernando Pessoa.
            Una ciudad, cualquier ciudad, hermosa o anodina, no es más que un mudo escenario, un lugar de paso, hasta que en ella hemos sido felices o inmensamente desdichados. Nietzsche y Pavese fueron ambas cosas en este Turín de la Sábana Santa y de todos los diablos, uno de los cuales se llevó para siempre a mi amigo y con él lo mejor de mi adolescencia.




domingo, 10 de julio de 2016

Ciudades de autor: Lisboa de Ramón y Colombine


Ramón Gómez de la Serna vio en Lisboa algo que nadie había visto antes y que quizá nunca volvería nadie volvería a ver después. Encontró en ella un “Río de Janeiro templado y matizado”, “un Londres sin niebla y sin ese ámbar especial que hay en la luz de Londres”, una Génova, “sin ese elemento trágico, angosto y frío”; también, como era de esperar, le vio su parecido con Nápoles. Junto a todas esas semejanzas, una que nadie esperaría: “A veces he encontrado un aire de Avilés en el aire de algunas calles de Lisboa. En la grandeza de evocaciones que suscita Portugal hay también una evocación ingenua, de villa creada por indianos, tal como Avilés un día claro”.
            Tras leer las palabras que Ramón les escribió a sus amigos de Pombo, siempre que he vuelto a Lisboa he buscado yo esas calles avilesinas, pero por muchas vueltas que he dado, por mucho que he fatigado la cuadrícula de la Baixa y las diversas montañas rusas que conforman la ciudad, confieso no haber sido capaz de encontrarlas.
            Ramón Gómez de la Serna fue a Lisboa por primera vez en el verano de 1915, cuando la Gran Guerra dificultaba viajar a otros lugares de Europa. No iba solo. Le acompañaba una escritora, Carmen de Burgos, Colombine, veinte años mayor que él ,con la que mantenía una escandalosa relación sentimental.
            Todo lo que se relacionaba con Carmen de Burgos era escandaloso: había abandonado a su marido, un señorito de Almería que la maltrataba, y con su hija de pocos meses se había marchado a Madrid a tratar de ganarse la vida. Trabajó como maestra y en seguida comenzó a colaborar en los periódicos. Fue la primera redactora, la primera corresponsal de guerra; defendía el divorcio y el derecho al voto de la mujer. Se la acusó de coleccionar amantes.
            El padre de Carmen de Burgos fue durante más de treinta años cónsul de Portugal en Almería; ella creció con la admiración hacia ese país, una admiración que se acrecentó cuando, en 1910, proclamó la República, el régimen que ella quería para España.
            Partieron los dos enamorados, dispuestos a pasar un largo verano lejos de ojos maliciosos, desde la estación de las Delicias. Ramón la encuentra la más romántica de las estaciones, una estación en la que todos los trenes parecen el tren expreso de Campoamor.
            No se viajaba entonces, aunque fuera al cercano Portugal, ligero de equipaje: “Llevaban demasiados bultos a mano –cuenta Carmen de Burgos en la novela que recrea aquel verano– después de haber facturado el baúl… Las dos maletas, el portamantas, los saquitos, la cesta de la comida, en la que no habían cabido la fruta y el pan, obligando a hacer dos bultos más… No se había olvidado de nada… vino, botella de agua, el termo con leche y café, porque el correo no lleva restaurante”.
            Lo primero que les sorprendió al llegar a Lisboa fue que el tren parecía entrar en ella por los tejados. Tuvieron que bajar varios pisos en ascensor para salir a la calle.
            Se alojaron en un hotel cercano y, sin deshacer las maletas, corrieron a asomarse al balcón, impacientes por conocer aquella ciudad a la que habían llegado de un modo tan extraño.
            La plaza del Rossio era como la Puerta del Sol: tenía el mismo bullicio, palpitaba igualmente en ella el corazón de la ciudad. Pero era mucho más amplia y hermosa, con su suelo de piedrecitas menudas, dispuestas en caprichosas ondulaciones, que les recordaba los mosaicos pompeyanos. A un lado, el Teatro Nacional, con la estatua de Gil Vicente, al otro el elevador de Santa Justa, y el convento del Carmo, medio destruido, perenne recuerdo del terremoto, y detrás, invisible en ese momento para ellos, el castillo de San Jorge, dominándolo todo.
            Pronto los periódicos dieron noticia de la llegada de Carmen de Burgos a Lisboa; su viaje no era solo una escapada romántica; venía para entrevistar a las figuras más destacadas de la política, la literatura y el arte. Gómez de la Serna, entonces poco conocido, la dejaba a veces a solas con sus admiradores y, sobre todo, con una amiga, Ana de Castro Osório, por la que sintió desde el primero momento una cierta hostilidad.
            Quizá pensaba en ella cuando, unos años después, en su novela La quinta de Palmira, hizo a la protagonista, tras varias aventuras masculinas, enamorarse de una mujer, Lucinda, que le leía versos de Renée Vivien, versos dedicados por una mujer a otra: “Ah, tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que huye y se la parece”. En sus momentos de celoso insomnio se imaginaba a la dama portuguesa, defensora de los derechos de la mujer, susurrándole al oído a Colombine: “Sé loca conmigo, pues la locura es la sabiduría de las tinieblas”.
            Tras aquel primer verano, volvieron varios más a Portugal. La estrella seguís siendo Carmen de Burgos, admirada por todos los próceres republicanos, y que incluso fue agasajada con una gran fiesta en un barco que recorrió el estuario del Tajo al atardecer. Todos los periódicos hablaron de ese homenaje y ella misma lo describió en su libro Peregrinaciones: “Un precioso vaporcito nos esperaba al pie de la escalinata de mármol de la Plaza del Comercio. Sus tripulantes eran todos artistas: literatos, pintores o escultores; las damas, todas escritoras, periodistas o actrices, como Lucinda Simoes y Palmyra Torres. El barco se ha deslizado entre los ópalos y los dorados del crepúsculo sobre las aguas rizadas y blancas del Tajo. Se ha deslizado con un nadar blando, de dama que pisa sobre alfombras, y parecía que iba tendiendo para nosotros la vista incomparable de Lisboa como una cinta mágica maravillosa”.
            Mientras Colombine manda colaboraciones que describen la nueva situación portuguesa a los periódicos españoles, Ramón envía cartas a sus amigos de Pombo para que se lean en la tertulia. Como todos sus escritos, están llenas de arbitrariedad y gracia, de genialidad y disparate.
            De aquel primer viaje, les quedó la fantasía de comprarse una casa con jardín y quedarse a vivir para siempre en Portugal. El sueño pudo hacerse realidad cuando, al morir su padre, registrador de la propiedad que había costeado sus caprichos iniciales como escritor, Gómez de la Serna heredó unos miles de pesetas que se vieron acrecentados, según un azar muy ramoniano, con un segundo premio en la lotería. En Estoril, frente al mar, edificaron un chalet, El Ventanal, que algo tenía de quilla de barco dispuesto a partir hacia lo desconocido y a resistir cualquier tempestad.
            Pero el sueño de Portugal terminó en pesadilla, como aquel amor entre desiguales en edad pero iguales en cultura y talento; terminó como terminan todos los sueños, también el de la liberal y masónica República portuguesa. Colombine le permitió al celoso Ramón, que no la dejaba mirar a ningún otro hombre, al enamoradizo Ramón, que la engañaba con cualquier mujer, todas las traiciones, salvo la última. Fue en 1929, cuando el estreno de Los medios seres. El escritor se dejó seducir por una ambiciosa actriz, que no era otra que María, la hija de Colombine, aquella niña con la que había huido de Almería en busca de una vida mejor.


Durante mi última visita a Lisboa, tras los pasos de Ramón y Colombine, encontré en la Feria de Ladra, vertedero de todas las ilusiones, unos números descabalados de la revista Contemporánea en las que las colaboraciones de Pessoa y sus heterónimos alternaban con las de Gómez de la Serna. Entre sus páginas, unos folios mecanografiados, con greguerías de Ramón, algunas publicadas en la revista, otras desconocidas y quizá inéditas.
            Las palmeras de Lisboa están hechas para abanicar mujeres desnudas a la hora de la siesta.
            En el laberinto de Alfama el minotauro se disfraza de marinero.
            Para pasar bajo el Arco Triunfal de la Plaza del Comercio habría que ser, por lo menos, emperador de todas las Indias.
            En las noches de luna llena se ve la Torre de Belém darse una vuelta por el estuario.
            Los libros de los escritores portugueses, casi todos suicidas, deberían despacharse con receta médica.
            En la Feria de Ladra todas las viudas pobres han vaciado sus armarios y los amantes despechados el cajón donde guardaban los mechones de pelo y las cartas de amor.        
            Todos los negritos de Lisboa parecen haber sido alguna vez pajes en Oriente.
            A los balcones de Lisboa se asoma Circe con los senos desnudos para engatusar a los marineros de Ulises.
            Los niños de Lisboa aprenden geografía en los bacalaos secos que cuelgan a la puerta de las tiendas.
            En las mazmorras del castillo de San Jorge tienen encerrado a un dragón que escupe fuego por la boca y reza el rosario en español,
            La melancolía de Portugal se explica porque todas las tardes el país se detiene para contemplar la puesta del sol.
            Algunos días de niebla he podido ver al caballo blanco de don Sebastián, pero sin jinete.
            Los portugueses hablan tan bajo que a veces ni se enteran de lo que dicen.
            Los portugueses, antes de hacer una revolución, piden permiso.
            Si todas las escaleras de las calles de Lisboa se pusieran una sobre otra llegarían al cielo.
            En Lisboa conservan el siglo XIX como mi tía Carolina Coronado guardaba embalsamado el cadáver de su marido.
            Al portugués le gusta enamorarse para toda la vida, por eso, ahora que la República ha traído el divorcio, procuran enamorarse de una mujer distinta de su esposa.  
            Los poetas portugueses no cuentan las sílabas sino los suspiros.
            En Portugal la alegría no se baila, se canta y se llora.
            Solo quien llega en barco entra en Lisboa por la puerta principal.
            El portugués no es más que el español con mala ortografía y buena educación.
            La plaza más triste de Lisboa se llama plaza de la Alegría.
            En los azulejos blancos y azules un niño nos cuenta la historia del mundo.
            En Lisboa está la zapatería a la que San Pedro llevaba a arreglar sus sandalias.
            En Lisboa hay poetas que se suicidan por no encontrar la última rima de un soneto.
            Ulises, disfrazado de mendigo, fundó esta ciudad y le gustó tanto que aún no ha encontrado el momento de marcharse.
            También la luna, en las noches sin luna, ronda por el Cais de Sodré en busca de marineros.
            Los hombres solos están en los cafés de Portugal más solos que en ninguna otra parte.







domingo, 3 de julio de 2016

Ciudades de autor: Burdeos de Mauriac y Moratín

  

¿Hay algún viaje que no sea una huida? Me vine a Burdeos para seguir el rastro de un escritor que amo desde la adolescencia, François Mauriac, y para escapar de una realidad española que se me ha vuelto irrespirable. Ningún olor peor que el de los lirios cuando se pudren, escribió Shakespeare. Nada más dañino que el ilusionado globo de las buenas intenciones cuando lo llena de aire la descerebrada vanidad.
            Vine a Burdeos para encontrarme con François Mauriac, pero en seguida me salió al paso otro español desengañado, Leandro Fernández de Moratín. Poco después de llegar, a comienzos de 1822, responde a su más querida amiga, Pacita, que le pide que vuelva a España: “Habiéndome visto precisado a salir de allí, y pasar otra vez el Pirineo, sería yo un bruto si volviera a entrar, mientras la ignorancia de todos los principios, la ambición, las venganzas y el furor de las pasiones están destrozando a mi patria y atropellando su ruina. El que no puede apagar el fuego de su casa, se aparta de ella”.
            Mauriac amaba y odiaba Burdeos, como se amaba y odiaba a sí mismo. Aquí nació, aquí vivió hasta los veinte años, los peores de su vida, aquí fue un niño triste, sin amigos, aterrado por las continuas asechanzas del demonio de la impureza. Recuerda cuando le despertaban para ir al colegio: “La jornada inmensa se extendía ante mí llena de emboscadas y de trampas, y ya empezaba aquel martirio de los pies hinchados de sabañones dentro de los pies calados de lluvia. El aseo era rápido, hubiera sido preciso ser heroico para lavarse. Después del chocolate bebido con prisas, permanecíamos de guardia ante la puerta para esperar el ómnibus del colegio que recogía a otros niños tan adormilados y mal lavados como nosotros. El amanecer borroso se levantaba sobre los suburbios. Mis pensamientos estaban obsesionados por pobres cuitas de estudiante. Nunca me sentí más débil, ni más desposeído, ni más perdido”.
            ¿Tenía algo que ver aquel Burdeos de finales del siglo XIX, que uno imagina en tenebrista blanco y negro, con este tan luminoso del siglo XXI? He comenzado el domingo, apaciblemente soleado, paseando por el rastro que se extiende alrededor de la aguja de Sain-Michel, hojeando los libros y curioseando las antigüedades de los pasajes cercanos. En uno de ellos, encuentro un cartel, dirigido “aux élèves des écoles” en el que se indica que esta prohibido “mojar los dedos en la boca para pasar las páginas de los libros y cuadernos”, “introducirse en la oreja la punta del portaplumas o del lápiz”. Al final añade, muy pedagógicamente: “¿Queréis saber por qué están prohibidas estas cosas? Preguntad a vuestros maestros que os darán las explicaciones necesarias”.


            Me imagino un cartel como este en el aula de Mauriac, un niño triste, que todo lo veía, que todo lo callaba y que no soñaba más que con escapar de aquí. No podía imaginar que cuando lo consiguiera se llevaría consigo su propia cárcel, la ciudad de su infancia, y que no lograría salir nunca de ella.
            Todas sus novelas tienen por escenario Burdeos y las landas, una ciudad ensimismada y burguesa junto a un río lodoso y un paisaje de pinos y viñedos. Sus sigilosas envenenadoras, sus madres opresivas, sus buenos ciudadanos que ocultan insanos vicios y corrosivas pasiones, son de estos lugares y muchos creyeron reconocerlos, reconocerse. Por eso se le acusa de denigrar la ciudad.
            Las primeras novelas le causan incluso conflictos de familia; luego, tras el éxito creciente de este “Dostoieski de bolsillo”, como le llaman sus detractores, llega el perdón disfrazado de indiferencia. Burdeos o la adolescencia, uno de los textos más hermosos que se han escrito sobre una ciudad, termina profetizando la “gloria mediocre” que le reserva la ciudad: “un busto en alguna curva de una avenida del parque público”.
            Paseando al azar por ese parque público, yo sonrío al encontrarme con un caricaturesco busto dedicado a Mauriac. ¿Sería la inauguración cómo él se la imagino? “Uno de tus jóvenes amigos parisienses que por entonces será canoso e ilustre, vendrá, entre tren y tren, para celebrar la inauguración y leerá un discurso debajo de un paraguas, que se verá moverse tres segundos sobre la pantalla en algún noticiario”.
            ¿Qué diría Mauriac si supiera, como cuenta José Carlos Llop en “La vida distinta”, su poema bordelese, que una gran fotografía del escritor, impecablemente vestido, iba a servir para señalar el aseo de caballeros en la cafetería del Gran Teatro? Odios y amores han sido olvidados y el escritor es ya solo un reclamo turístico más.
            En toda ciudad hay dos ciudades, como a mí me gusta repetir. Una para los que viven en ella y otra para los que pasan por ella. Este domingo soleado, Burdeos es para mí uno de los escenarios de la felicidad: se celebra la fiesta del vino, los muelles del puerto de la Luna están llenos de gente con una copa en la mano; juega Francia en la Eurocopa y la explanada de Quinconces, con sus perpetuas barracas y su aparatoso monumento a los girondinos, acoge a los aficionados.


            Yo voy siguiendo los pasos de Mauriac: la Rue Pas-Saint-George, donde una pequeña placa señala la casa en que nació; la sombría Rue du Mirail, al lado de la puerta, como de germánico cuento de hadas, de la Grosse Cloche; la calle, un corto callejón en realidad, que lleva su nombre… Poco a poco, noto que se me nubla el día y yo también me siento, igual que se sintió él durante la adolescencia, “como una rata que busca la salida de la ratonera”. Y busco los muelles, como en mi adolescencia buscaba la orilla de la ría avilesina.
            Recostado en el mismo lugar en que el Paquebots des Mer du Sud aguardaba a Baudelaire un día de septiembre de 1841, me encuentro con el último velero trasatlántico, el Belem, que este año cumple 120, los mismos que la librería Mollat, otra de las maravillas bordelesas.
            El Belem fue construido en el puerto de Nantes en 1896 para transportar azúcar y cacao. Luego pasó por muchas manos, entre ellas las de Lord  Guinnes, el ilustre cervecero, y las del mussolliniano Cini, que lo bautizó con el nombre de su hijo, muerto en accidente de aviación, como a la fundación veneciana de la isla de San Giorgio. Ahora es la más hermosa joya de la marina francesa, ha dado varias veces la vuelta al mundo y el día 17, día de mi cumpleaños, estaba en Bayona, como a mi espera. No llegué a tiempo de verle, pero el seguro azar hace que lo encuentre aquí, junto al napoleónico puente de piedra y el dieciochesco telón de fondo de las doradas fachadas que se reflejan en el río.
            Quién pudiera subirse a él, levar anclas, partir para un largo viaje como el que lleva a los escolares de Dos años de vacaciones, a una isla desierta.
            Pero yo debe volver mañana a un país que hoy vota, como en tiempos de Fernández de Moratín, “vivan las cadenas”. Mauriac odiaba esta ciudad como odiamos, a la vez que amamos, “todo lo que importa a nuestro corazón”; Moratín fue feliz en ella y aquí se despidió de las musas y quiso quedarse para siempre: “donde a las del mar sus aguas mezcla / el Garona opulento, en silencioso / bosque de lauros y menudos mirtos /ocultad entre flores mis cenizas”. Busco su casa en el número 27 de la Rue Porte Dijeux, muy cerca del Gran Teatro, que frecuentaba casi todos los días, y de la Plaza de la Bolsa: “Tengo un cuarto magnífico –le escribió a un amigo–, con un gran salón, dos piezas detrás de él, y al lado un gabinete, en donde he puesto la elegante y escogida biblioteca en el soberbio estante de nogal”; las ventanas “dan a un hermoso jardín, al cual bajo por una escalera de piedra de dos ramales, con sus balaustres de hierro, y me hallo rodeado de hierba y flores, como Adán en el paraíso”.
            Vemos lo que queremos ver: el pintoresquismos de los bares árabes y la tiendas de dulces orientales en el barrio de Saint-Michel, no la calle cortada de la Sinagoga y los militares con sus metralletas frente a ellas; las plazas felices de la vieja ciudad con sus terrazas bulliciosas, no los montones de basura que la huelga acumula en las esquinas.
            Estar de paso es la mejor manera de estar en una ciudad: entro en la catedral de San Andrés o en la románica iglesia de la Sainte Croix para rezarle fugazmente a un dios desconocido; me siento en la terraza de Le Café Français, a un lado los arcos palaciegos del Ayuntamiento, y hojeo los Carnets du vieil écrivain, de Jean Guehenno, comprados esta mañana en el rastro. “La excesiva humildad no conviene demasiado a un escritor” es lo primero que leo. Sonrío. Estoy completamente de acuerdo.
            No hay ciudad que no sea un estante de mi biblioteca, no hay libro en ella que no sea una puerta abierta a otro país mejor. Vine a Burdeos en busca de Mauriac y para olvidarme del tosco enredo sin salida de la polìtica española. Y aquí me encontré con Moratín. Me gustaría decir como él: “Si así las leyes atropellas, / si para ti los méritos han sido / culpas, adiós, ingrata patria mía”. Pero sería como decirme adiós a mí mismo.


viernes, 24 de junio de 2016

El arte de quedarse solo: Cumpleaños lejos de casa


Viernes, 17 de junio
MADRUGAR Y CUMPLIR AÑOS

Al contrario que a la mayoría de la gente, a mí madrugar y cumplir años son cosas que me ponen de buen humor. Y los viajes cortos en avión que me dejan en otro país, también. Aprovecho las dos horas de vuelo para hacer listas, una de mis ocupaciones favoritas. La primera, gente a la que quiero, con nombre y apellidos. Y no vale salirse por la tangente –que es lo que haría si esta lista fuera a hacerse pública– y citar a Cervantes y a Horacio entre mis mejores amigos. Dejo de lado a los muertos, que no es día de tristezas.
            A la media docena llego de un tirón, pero luego me cuesta más y más encontrar algún nombre. Qué vergüenza, me digo. Para no deprimirme, cambio “gente a la que quiero” por “gente que me cae bien”, que viene a ser lo mismo, aunque no sea lo mismo, y llego hasta cuarenta y tres, lo que no está del todo mal, pero que no me deja como una persona demasiado sociable.
            La otra lista es la de gente que me quiere: seguros, encuentro dieciocho; dudosos, siete. Si no he sido demasiado optimista, no puedo quejarme.
            Paso luego a la lista de amigos que he perdido durante el último año y resulta que solo son dos y medio. Uno se enfadó mucho porque le llamé en broma “facha”; el otro, porque consideré una buena idea, pero mal realizada, su versión moderna del Quijote; de la otra, prefiero no hablar… En cambio, recuperé alguna vieja amistad, como la de Juan Manuel de Prada, a quien conocí como niño prodigio y por quien siempre he tenido una cierta debilidad, a pesar de que en todos los asuntos importantes pienso exactamente lo contrario que él.
            Me gusta llegar al hotel de siempre como si llegara a casa, dejar las maletas y comenzar el paseo de costumbre. El hotel es un antiguo convento, una isla de silencio en medio del continúo ajetreo que hay en torno a la estación. Se encuentra en una calle estrecha, que casi pasa inadvertida, frente al puente, al comienzo mismo de Lista de Spagna. Las habitaciones dan a una especie de claustro ajardinado al que se asoma el campanile de Santa Maria dei Scalzi. Me gusta que me despierten sus campanadas y el canto de las aves, como en la oda de Fray Luis.
            Comienzo el pasero, pero en lugar de tirar hacia la derecha, hacia el campo de San Geremia y el Ponte delle Guglie, como hago siempre, voy hacia la izquierda, hoy me siento aventurero. Me encuentro con otra ciudad, nada espectacular: casas de barriada, canales sin glamour, nada de góndolas ni de pintoresquismos, lo que no suele verse. Salgo al canal del Canaregio, cerca del Ponte dei Trei Archi, y ya me encuentro en la querida postal de siempre.
            Siempre he dicho que mi ocupación favorita es ser peatón en Venecia, caminar sin prisa y sin rumbo, dejarse sorprender por un reflejo, un sottoportego, el brocal historiado de un pozo en medio de un campo minúsculo, la ventana gótica de un caserón en ruinas tras las que se vislumbra un techo con frescos mitológicos… Hay sitios a los que vuelvo siempre, como Madonna del Orto, donde me esperan mis Tintorettos preferidos, y la iglesia dei Frari, con su rojo manchón de Tiziano en el centro, iluminándolo todo, y otros a los que llego por primera vez. Hoy descubro el Palazzo Fontana, que siempre he admirado desde el vaporetto, y en el que entro por azar. Caminando por la Strada Nova, veo que anuncian uno de esos eventos paralelos, Divided Waters, que nos sorprenden en cualquier esquina. Entro en un callejón, tuerzo a un lado y de pronto el deslumbramiento, entro en el palacio por la entrada de tierra, la entrada del servicio; al fondo, la puerta del agua, sobre el canal. Subo hasta el piano nobile. La exposición, obras de arte hechas con palabras árabes, judías y latinas, conmemora los quinientos años del gueto, el primero del mundo. Un libro de artista que ilustra los textos cabalísticos de Borges, algunos ingeniosos artilugios… Pero a mí, como en tantas exposiciones venecianas, me interesa más el continente que el contenido. Me asomo a la gran balconada, frente al Mercado de Rialto, y voy poco a poco reconociendo palacios y campaniles. Me asomo luego a una de las ventanas laterales, que da sobre un jardín, uno de esos mágicos y secretos jardines venecianos. Está muy cuidado, pero solo pasean por él –me dice la encargada de la exposición– un anciano y un perro, todos los días a la misma hora. Y yo en seguida me imagino, a la manera de Henry James, la historia de ese anciano, un viejo escritor olvidado, y del joven poeta ambicioso que un día le visita con la aparente intención de escribir una tesis sobre él y de la relación complicada, vencido el inicial rechazo, que se va estableciendo entre ellos.


Sábado, 18 de junio
ART  NIGHT

Mi cumpleaños fue ayer, pero es esta noche cuando Venecia me ha preparado su regalo más especial.  Abre para mí todos sus tesoros, los más famosos y los más recónditos.
            Para mí, claro, y para todo el mundo, pero a mí no me importa nada no ser el único destinatario. Dejo que el azar me guíe en esta Art Night que organiza un año más la Universitá Ca’Foscari y al volver al hotel, bastante más tarde que de costumbre, hago recuento de mis regalos favoritos.
            De la exposición sobre Aldo Manuzio, que hizo del libro la más útil de las joyas, me quedo con el “Ritratto de donna”, de Bartolomeo Veneto, que le sirve de emblema y nos mira insinuante desde todos los rincones de la ciudad; me traído también, para mi colección particular, la “Rosa Bruciata”, de Michelangelo Pistoletto, que encontré en el museo de Peggy Guggenhein; añado la vista nocturna de la ciudad desde el campanile de San Giorgio y los cipreses de la isla recortados frente a las estrellas, protagonistas luego de la muestra del Maggazino del Sale, astronomía y magia, que es una inagotable enciclopedia y que yo apenas si tengo tiempo de saborear.
            En la Ponta della Dogana, admiro la sucesión de ventanas –a un lado el canal de la Giudecca, al otro el de San Marcos– y escucho a varios grupos de rock adolescente –Hund, Impero Arrugginito, Tequila for Kids– entre los inmensos grafismos negros de Sol Lewitt que llenan las paredes.
            ¿Demasiado para un sola noche? En realidad, me bastaría como regalo la gran luna que acompaña durante todo el zigzagueante viaje nocturno por el Gran Canal: Salute, S. M. del Giglio, Accademia, Ca’Rezzonico, S. Tomá, S. Angelo, S. Silvestro, Rialto, Ca’ d’Oro, S. Stae, S. Marcuola, Riva de Biasio, Ferrovia.


Domingo, 19 de junio
BIENNALE

Tomo un café en el Campo de santa Margherita con mi amigo el poeta Ángel Pernía, que trabaja en la Biennale. Me pregunta si ya la he visitado y qué me ha parecido. Estuve el viernes en Giardini y el sábado en Arsenale. Yo dividiría a los pabellones en tres grupos –le digo–, en primer lugar están los serios y aburridos, los que son para profesionales, los que nos ofrecen maquetas, planos, todo lo necesario para entender determinados proyectos, de construcción de viviendas sociales, de reconversión de viejos edificios en ruinas en centros culturales; en este sentido el pabellón de España es ejemplar y el de Venezuela, el más sobrio de todos, un reflejo país (me recordó unos versos de Machado: “con esa humildad que cede / solo a la ley de la vida / que es vivir como se puede”). Luego están los que confunden la Bienal con un parque de atracciones (abundan más cuando es de arte). Un ejemplo, el de Suiza con una especie de montículo hueco en el que se puede entrar para encaramarse por las paredes. O el de Australia, con una piscina. De los que son una simple tontería, se lleva la palma el de Uruguay, aunque el de Serbia le hacía competencia: fingía ser la quilla de una barca (“El diluvio está en marcha. / De la barca, cueva de rebelión, rescata la esperanza”); dentro había cargadores para el teléfono, y eso era lo que detenía más de un minuto a algunos visitantes. Al pabellón de Uruguay, “Dos lecciones de arquitectura”, lo dividía una cortina: a un lado, un hueco en el suelo y un montón de escombros; al otro, pintados en la pared, unos guerrilleros en un zulo y un texto: “Nadie sabe lo que es la arquitectura hasta que no le va la vida en ello”.
            Mi pabellón favorito es el de Rusia, una reivindicación sin complejos de la Unión Soviética con el pretexto de la reconstrucción del recinto de una especie de feria de muestras (“Exposición de los logros de la economía nacional”) creada en 1938. Sorprendente el bajorrelieve inicial, con la marcha de los parias de la tierra capitaneados por Lenin, espectaculares las imágenes panorámicas en torno a la gran escalera, el cambiante calidoscopio sobre el ópalo del techo y esas estatuas en que una juvenil pareja alza sus brazos con la hoz y el martillo mientras avanzan jubilosos hacia el porvenir. Arte kitsch, de luego, pero que a mí siempre me ha fascinado (no la ideología que hay detrás).


Lunes, 20 de junio
SABOREAR EL DÍA

Salgo a la laguna por el canal del Canaregio y veo la otra Venecia, su cara oculta, la que no suele aparecer en las postales y sin embargo está siempre a un paso, de la otra. Pensaba ir hasta San Michele, la isla de los muertos, pero me detengo en Fondamente Nove. Hoy el día está gris, llovizneante, y predispone a dejarse atropellar por la melancolía.        
            “¿Qué cambiarías de tu vida si tuvieras la oportunidad de hacerlo?”, me pregunto como en uno de esos malos libros de autoayuda que tanto me gustan.
            “No sé, la verdad es que hubo muchos errores, pero al parecer ninguno demasiado grave porque al final lo que soy se parece bastante a lo que quise ser. ¿Me gustaría haber tenido más éxito? ¿Haber ganado más dinero? Sí y no. Ando siempre presumiendo de vanidoso, uno siempre presume de lo que carece. La verdad es que nunca he necesitado demasiado los elogios (aunque no me molesten) ni tampoco el dinero, más allá de lo imprescindible. Pero me gusta el poder, me gusta mandar y nunca he mandado sobre nada ni sobre nadie. Esa es una de mis frustraciones. ¡Tanto como me gusta mandar y solo he conseguido mandar sobre mí mismo! Claro que esa no es una pequeña hazaña, ya que soy la persona a la que menos le gusta obedecer del mundo.
            Entro en el batiburrillo de la librería Alta Acqua, salen a recibirme sus dos gatos y de inmediato me cambia el humor.
            Cumpleaños lejos de casa, pero en casa. Soy de los que se conforman con poco y de los que han tenido la suerte de tener ese poco –un libro nuevo cada día, un café en el que charlar con los amigos, un periódico en el que escribir cotidianamente– y además, como propina, Venecia y Nueva York. No me puedo quejar.
            Y para que no me aburra y caiga en la tentación de minusvalorar lo que tengo, la constante conciencia de que cada día puede ser el último. Por eso procuro saborearlos como al mejor helado, como el que compro en Grom, Campo de San Barnaba.


jueves, 16 de junio de 2016

El arte de quedarse solo: Pequeñas maldades y medias verdades


Sábado, 11 de junio
AUTOAYUDA Y TERROR

Me envían las pruebas de un libro que se pone a la venta la próxima semana, Razones para seguir viviendo, de Matt Haig, una de esas obras que ya han sido superventas en no sé cuantos países.
            ¿Un libro más de autoayuda? Lo abro al azar y encuentro una especie de poema: “Para detener el tiempo: besar. / Para viajar en el tiempo: leer. / Para escapar del tiempo: escuchar música. / Para sentir el tiempo: escribir. / Para liberar el tiempo: respirar”.
            ¡Cuánta bien intencionada banalidad! Pero tengo la curiosidad de seguir leyendo y muy pronto el recetario rosa se convierte en historia de terror. El título completo debería ser Razones para seguir viviendo cuando no hay razones para seguir viviendo. Matt Haig nos cuenta, con las palabras precisas, la historia de una depresión. Y es como un viaje a ese infierno que todos tenemos dentro, camuflado en una esquina del cerebro. Caminamos felices, silbando una canción y de pronto el suelo se abre bajo nuestros pies… Yo, hasta ahora, siempre he logrado agarrarme a alguna rama y no caer al pozo. ¿Hasta cuándo me acompañará la buena suerte?
            Termino el libro de Haig aterrado, sudoroso y lleno de mala conciencia. En el infierno que me muestra Razones para seguir viviendo he tenido, y tengo, algún amigo y no siempre me he tomado en serio sus problemas, alguna vez he visto un poco de cuento, una excusa para la desidia.
            Todo el mundo compadece a la víctima, pero no cuando no se ve al verdugo por ninguna parte, cuando está dentro, cuando somos nosotros mismos, cuando no parece que hay otra manera de librarse de él que morir matándole, matándonos.


Domingo, 12 de junio
LA LECCIÓN DE NIETZSCHE

La falta de compasión nos vuelve invulnerables.
            Hay que practicar el bien, pero procurando que nadie lo note.
            Ser uno mismo está al alcance de cualquiera; ser mejor que uno mismo, solo al de unos pocos.
            Detrás de cualquier catástrofe histórica siempre hay un hombre providencial.
            Dios es el mayor asesino en serie.
            Una mujer perfecta es algo tan difícil de encontrar como un hombre perfecto.
            El verdadero sabio dice cosas que todo el mundo podría haber dicho, pero que a nadie se le habían ocurrido antes.
            Quienes nos ayudaron en los malos tiempos nos traen malos recuerdos.
            Quien solo ha amado una vez en la vida no sabe lo que es el amor.
            El odio agudiza el entendimiento, al contrario que el amor.
            No has vivido de verdad si no encuentras en tu vida nada de que avergonzarte.
            Como el caballo de Troya, todos llevamos dentro a nuestro peor enemigo.
            Cuanto mayor el premio, mayor la humillación.
            El buen maestro pone en guardia a los discípulos primero contra ellos mismos, después contra sí mismo.


Lunes, 13 de junio
OTRO CUMPLEAÑOS

Hay escritores que son como de la familia y por eso uno recuerda siempre la fecha de su cumpleaños. Uno de ellos es Antonio Machado, al que conocí a principios de los sesenta con aquel volumen de la colección Austral que compré en una librería de la calle Rivero y que todavía conservo; el otro es Fernando Pessoa, que me sorprendió cn sus heterónimos poco después de que yo, a mi manera, intentara hacer lo mismo en la revista Jugar con fuego.
            Hoy celebro el cumpleaños de Pessoa, que sigue siendo mi maestro y mi amigo, a pesar de que hace tiempo se ha convertido en una especie de figurón institucional del que se comercializa todo. Me imagino la desilusión del lector que se acerque ahora a él y se encuentra con cualquiera de esos libros llenos de cotas, corchetes, puntos suspensivos y fragmentos ininteligibles. También se puede morir de éxito. Fernando Pessoa ha muerto por segunda vez a manos de los Jerónimos Pizarros de este mundo.
            Pero no, no ha muerto, sigue vivo en las viejas ediciones, mejores cuanto más imperfectas y menos críticas, en las que no emborronan el poema con los tanteos que llevan al poema.
            Durante un tiempo, cuando hablaba de Pessoa, hablaba en realidad de mí, trazaba un poco disimulado autorretrato. Quizá eso es lo que hacemos siempre al hablar de quienes admiramos.
            “Pasé, como viento en la noche, desconocido y solo” escribí en un epitafio que le dediqué en 1982. Terminaba con un verso no menos desolador: “Ahora estoy muerto, como siempre estuve”. Así le veía a él, así me veía a mí por esas fechas.
            Me equivocaba en los dos casos. O quizá en ninguno.


Martes, 14 de junio
NIÑOS, NO SIGÁIS MI EJEMPLO

Mis amigos se ríen de mí porque dicen que soy la única persona que celebra su cumpleaños durante todo un mes. Más se reirían si supieran que en realidad lo celebro durante todo el año todos los años: cada día un regalo, el presente sigue siendo todavía –¿por cuánto tiempo?-- el mejor presente.
            El regalo de hoy fue la presentación de Inventario de lugares propicios a la felicidad en la librería Santa Teresa. Hace poco más de un mes ni siquiera conocía yo al editor. Me escribió por Messenger, presentándose, enviándome alguno de sus libros y diciendo que le gustaría publicar algo mío. Me gustó la colección, admiro mucho a uno de los autores que edita, Hilario J. Rodríguez, y yo tenía inédito un recuento de lugares felices que me había entretenido en anotar durante los meses de un largo verano. Poco después el pequeño y hermoso volumen estaba en mis manos como por arte de magia. Y aprovechando que Rosa Navarro Durán venía a Oviedo al jurado de los premios Princesa de Asturias me permití abusar una vez más de su amabilidad y pedirle que fuera la presentadora. Lo hizo muy bien, como siempre. Pero yo soy de esas personas ególatras que prefieren hablar ellas a que hablen de ellas. Resulta curioso que alguien tan vanidoso como yo se sienta siempre incómodo escuchando elogios. Yo prefiero los reproches que me incitan a la discusión y a la réplica, que es lo que de verdad me gusta. Los elogios siempre huelen un poco a flores del cementerio. Pero el regalo de hoy no terminaba con el libro y la presentadora. Buena parte del jurado del premio tuvo la amabilidad de venir a escucharme. Ahí estaba, en primera fila, Darío Villanueva, que nació también en junio y en 1950, que es como yo, pero en todo lo contrario y en triunfador. Un poco más allá mi jefa en El Cultural durante algunos años, Blanca Berasátegui y los directores de otros suplementos culturales y los amigos habituales y otros que habitualmente andan por esos mundos. Yo exhibí me repertorio habitual de medias verdades y enteras maldades y presumí de marginado, que es de lo que nos gusta presumir a todos. O sea, que lo pasé muy bien, incluso no faltó alguna pregunta presuntamente impertinente para darme ocasión de lucirme. Soplé las velas de la simbólica tarta y los amigos me dejaron lucir las garras de quien se cree un tigre (aunque de papel) y es solo un atrabiliario cascarrabias.
            Pero el mejor regalo había ocurrido antes, durante la primera reunión del jurado. Se votaba qué candidatos pasaban la criba inicial para ser debatidos en serio, y quiénes se quedaban fuera junto a una especie de pequeño Nicolás que siempre se cuela entre las candidaturas no se sabe bien por qué. Los votos son secretos pero yo el mío quise enseñárselo a Fernando Sánchez Dragó, al que tenía al lado. “¿No votas a Andrés Trapiello?”, “No”, “¿Pero no erais amigos?”. “Éramos”. Y el azar quiso que por un voto, el mío, no pasara la criba. “Como se entere, no te lo va a perdonar nunca”, me dijo Dragó. “Para eso te enseñé mi papeleta, para que se lo contaras”, “¿Me autorizas a que se lo cuente?”, “Por supuesto. Si no, qué gracia tendría”.
            “¿Pero tú eras de los que presumías de tratar a los amigos y a los enemigos con la misma imparcialidad?”, me pregunta Xuan Bello cuando se entera.
            “Y espero seguir haciéndolo. Yo soy muy respetuoso con mis ex, sean amigos o amantes. Pero ser un poco cabroncete de vez en cuando, estará mal (niños y poetas jóvenes, no sigáis mi ejemplo), pero relaja bastante.


Miércoles, 15 de junio
EL FIN DEL MUNDO

Teresa Sanjurjo me ha insistido mucho, dada mi merecida mala fama, en que todo lo relativo al premio es secreto, no solo las deliberaciones, como resulta comprensible, sino incluso quienes son los candidatos y los finalistas. Yo no entiendo ese secretismo, pero no me queda más remedio que acatarlo y por eso callo que Adam Zagajewski, a quien por primera vez tradujo al español Martín López-Vega, era mi favorito ni que obtuvo casi la mitad de los votos.
            Como no puedo hablar de eso ni de lo que me cuenta Sánchez Dragó, me dedico a glosar una entrevista suya, más desatinada que cualquier artículo, no ya de Juan Manuel de Prada, sino hasta de Javier Marías.
            “Internet es el fin del mundo”, afirma.  Pero él se pasa todo el tiempo que estamos reunidos escribiendo una de sus columnas, contestando a una entrevista, respondiendo a su correo electrónico. Quizá no se le ha ocurrido pensar que eso también es Internet, no solo las redes sociales.
            “En 1998, veraneando en Alicante, encendí la tele en un momento tonto y apareció el Anticristo o sea Bill Gates. Anunciaba las autopistas de la información, lo contrario de la información”. Sin comentarios.
            “Ahora cualquiera puede ser escritor y autoeditarse un libro”. Ahora y desde que se inventó la imprenta. De los libros pagados por los autores han vivido desde siempre muchos editores.
            “Según las editoriales americanas, en 2017 habrá en Estados Unidos más escritores que lectores. La literatura no tiene porvenir”. Una afirmación falsamente documentada, una conclusión que no se deduce de ella. La réplica mejor la dio Umbral: “No es que haya pocos lectores, es que siempre nos leen a los mismos”.
            “El mundo será una bola de cemento o plásticos derivados petróleo, del agua del  infierno, que decían en la Edad Media y no crecerá ni una lechuga”. ¿Cuándo será eso, amigo Rappel Sánchez Dragó? ¿Dentro de mil, dos mil, tres mil millones de años? Ya puestos a imaginar pesadillas, seguro que para entonces Amenofis IV todavía sigue allí de presidente en funciones.
            Entre dos estrellas mediáticas como Jorge Javier Vázquez y Fernando Sánchez Dragó apenas hay más diferencia que la inteligencia y el sentido común de uno de ellos. No diré de cuál.