sábado, 21 de enero de 2023

En la retaguardia: Trenes en la noche

 

 

Sábado, 14 de enero
MI NUEVA VIDA

“¿Qué tal llevas tu nueva vida?”, me preguntan a veces. “¿Qué nueva vida?”, respondo extrañado. La verdad es que, desde siempre, he tenido que ser un pluriempleado, con dos trabajos principales, además de otros varios menores. Uno era temporal y, después de cincuenta años, se ha acabado el contrato. Eso es todo. A la semana, ya había sustituido las viejas costumbres por otras muy parecidas. Pero sigo tan ocupado, o tan desocupado, como siempre. Hay quien dice que yo no trabajo, que juego a que trabajo. Puede ser. Pero el juego me lo tomo tan en serio como cuando era niño.

Domingo, 15 de enero
ESPAÑA Y LOS BORBONES

En el Campillín, que es la parte suburbial del mercado del Fontán, me encuentro con España bajo el reinado de la casa de Borbón, de un tal Guillermo Coxe, escrita en inglés y traducida por Jacinto de Salas y Quiroga. Se publicó en 1846 y yo ni siquiera había oído hablar ni del autor ni del libro. Luego, ya en casa, averiguo que William Coxe fue un clérigo e historiador inglés que viajó por toda Europa como preceptor de jóvenes de la nobleza y que esta obra, que apareció entre ropa de segunda mano y descabalados volúmenes de la editorial Sempere, a tres euros, en la librería Renacimiento la tienen a cuatrocientos cincuenta. Pero eso es lo de menos. Abro al azar uno de los tomos: “La muerte de la reina Bárbara, acaecida el 27 de agosto de 1758, hizo profunda impresión en su corazón demasiado débil para sobrellevar un golpe tan cruel. Desde ese instante cayó en la más negra melancolía; se encerró en el palacio de Villaviciosa, se negó a ocuparse de negocios públicos, no pronunció ni una sola palabra y no quiso consentir en tomar alimento ni descanso. No alcanzaba el arte a curar esta enfermedad del ánimo, y sus fuerzas se agotaron pronto en aquella lucha tan amarga y continua”. Fernando VI acaba su reinado como un héroe romántico. Y yo comienzo a leer, me adentro en la trastienda de aquel siglo ilustrado, en las intrigas de las cortes europeas, y no puedo dejar de seguir leyendo.

En Internet encontramos fácilmente el libro que buscamos, aunque se encuentre en una librería de las antípodas. En un mercadillo, el libro que no sabíamos que existía, pero nos estaba esperando, y a mucho mejor precio.

Lunes, 16 de enero
ANSELMO’S BAR

No puedo quitarme de la cabeza la escena inicial de The Fantom Lady, la película de Robert Siodmak que vi ayer en el Filarmónica. Esos dos solitarios que se encuentran en el Anselmos`s bar, tan hopperiano, que pasan una velada juntos y luego se separan para siempre, como barcos que se cruzan en la noche. La historia de mi vida.

Martes, 17 de enero
VIEJOS AMIGOS

Éramos amigos desde hacía más de medio siglo, desde 1971 para ser más exactos, cuando comenzamos a estudiar Filosofía y Letras en el caserón de San Vicente, frente a la celda y la estatua de Feijoo. Cierto que, tras los años de estudiantes, no nos habíamos visto demasiado, y quizá por eso conservábamos la amistad. Después de la cena nos reunimos en torno a la chimenea, donde ardía un buen fuego. “Ahora es el momento de que alguien cuente una historia, como en las novelas del XIX”, dije yo. “A ser posible una historia de fantasmas”, añadió Miguel con una sonrisa. Nuestro anfitrión cerró un momento los ojos y luego comenzó en voz muy baja, como si hablara consigo mismo.

            —¿Sabéis por qué compré esta casa en ruinas? ¿Por qué me dediqué durante años a restaurarla? Cuando era niño vivía muy cerca, la veía todos los días. Entonces estaba habitada por unos señores, en el pueblo se decía que eran marqueses, que vivían en Madrid. Venían de tarde en tarde, apenas se relacionaban con los vecinos, de vez en cuando daban fiestas. Yo me subía a lo más alto de ese tejo que crece junto a la ermita y contemplaba el jardín y a través de los ventanales el comedor iluminado. Ya era yo adolescente cuando dieron la última fiesta, la más espléndida de todas. De pronto, todavía se oían las risas y las conversaciones en el comedor, salió al jardín una mujer, atravesó la rosaleda y se sentó en un banco muy cerca del muro de piedra, casi debajo mismo de las ramas en que yo estaba encaramado. Una inmensa luna llena la iluminaba como si fuera de día. Había llorado, brillaban húmedos los ojos, y era la mujer más hermosa que yo había visto nunca, aunque por entonces, todo hay que decirlo, tampoco es que hubiera visto muchas mujeres. Alguien salió a buscarla, discutieron, la rama en la que yo estaba se rompió y a punto estuve de romperme yo la cabeza. Fue la última fiesta, la casa estuvo en venta muchos años y fue deteriorándose poco a poco hasta que yo la compré. No pude olvidar aquella cara triste, soñaba con ella muchas noches. Me casé, me separé, me volví a casar. Por probar suerte porque de sobra sabía que solo con aquella mujer volvería a ser feliz. “Nos estás contando la historia de El gran Meaulnes”, diréis vosotros. Algo de eso hay, ya se sabe que la naturaleza imita al arte. Y resulta que un día la volví a encontrar, al salir de una aburrida reunión de banqueros y políticos, muy irritado yo por las exigencias del que representaba los negocios particulares del entonces jefe del Estado. Estaba en la acera, mirando impaciente el reloj, como esperando a alguien. No os la describo, mejor que la imaginéis, solo os diré que era tan hermosa que no parecía de este mundo. Habían pasado treinta años y era como si solo hubieran pasado unos minutos. Incluso creí entrever las mismas lágrimas en sus ojos. No me atrevía a acercarme. Ella, cansada de esperar, alzó un brazo para detener un taxi. Pero todos pasaban ocupados. Comenzó a llover. Ella no tenía paraguas y no parecía importarle mojarse. Yo me acerqué con el mío. “Perdone que la moleste, pero creo que nos conocemos. ¿No tiene usted una casa en Abuli, cerca de Oviedo?”, “La tenían mis padres, hace años que no van por allí”. “Yo soy el chico que se quedó pasmado mirándola, que se cayó de la rama en que estaba subido y por poco se rompe la cabeza”. Me miró sin entender de qué hablaba. Entonces paró un coche junto a la acera, ella abrió de inmediato la puerta gritándole algo al conductor y se marchó sin despedirse”. Yo acababa de comprar este caserón y durante el tiempo que tardamos en restaurarlo, más de un año, traté de volver a verla. No di con ella, aunque contraté —no os riais— a una agencia de detectives, como en las películas. Pasó el tiempo, demasiado tiempo, cuando hace apenas una semana, una espléndida tarde todavía otoñal, llamaron a la puerta. Era ella, la misma mujer que yo había visto aquella mágica noche de mi adolescencia, y sonreía feliz. Seguía teniendo menos de treinta años, pero yo estaba a punto de cumplir setenta. Le enseñé la casa, los jardines, la huerta. La acompañaba una anciana —no sé si su madre o su abuela— que se sentó, suspirando, en el mismo banco en que se había sentado, una noche de luna, la mujer de mis sueños mientras que yo la contemplaba desde lo alto del tejo que crece, que sigue creciendo, junto a la ermita.

Jueves, 19 de enero
CUMPLEAÑOS FELIZ

Hoy, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, iba a inaugurarse el congreso internacional sobre Eugénio de Andrade, al que estaba invitado. Tendría tres sedes: en Fundao, donde nació el poeta; en Lisboa, donde transcurrió su adolescencia, y en Oporto, donde residió la mayor parte de su vida. Quedaba fuera Coímbra, donde estudió, se enamoró y escribió Las manos y los frutos. Pero razones no bien explicadas obligaron a retrasarlo, no sé si indefinidamente. No están los tiempos para dispendios económicos de este tipo.

Leí por primera vez a Andrade en la Coímbra de su juventud, le conocí personalmente en Oviedo, a donde vino a presentar un libro traducido al asturiano, le vi por última vez en la maravillosa sede de su Fundación, en la foz del Duero, frente a aquellas palmeras, “esbeltas como los marineros de Ulises” , que él llevó a sus poemas, frente a las puestas de sol más hermosas del mundo.

Por problemas legales, por torpeza de los patronos, la Fundación inaugurada por Mário Soares, entonces presidente de la República, cerró; ahora el congreso en el que tanta ilusión pusieron sus amigos y estudiosos, como Arnaldo Saraiva, se suspende. Pero el poeta ahí sigue, donde debe estar, en la memoria de los lectores.

—Feliz cumpleaños, Eugénio, y que sigas cumpliendo muchos siglos más.

Viernes, 20 de enero
 ÉXITO

“Como a todo el mundo, me gusta el éxito, pero para mí el éxito no es como para todo el mundo”, pienso cuando un amigo —con no muy buena intención—  me recuerda que ya tengo edad de homenajes y, sin embargo, nadie me hace caso. “¡Soy un fracasado! Me resignaré a no recibir nunca un premio, aunque sea municipal y espeso, a no alternar con azúas y gimferreres”, le respondo. La verdad es que el éxito que tengo —seguir escribiendo y publicando y no dejando a ninguna ilustre momia dormirse sobre sus laureles—  no lo cambiaría por ningún otro.



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sábado, 14 de enero de 2023

Kissinger y yo

 

Sábado, 7 de enero
TÚ ESTÁS LOCO, MARTÍN

—-No te pases, Martín, no te pases. Que ya te falta muy poco para acabar defendiendo públicamente a genocidas.

            —Otros son quienes los defienden.. Yo es que no puedo no pensar. ¿Cómo llamarías tú a un presidente de Serbia que, atiborrado de armas y dinero por Rusia y China —es un suponer— atacara Kosovo (cuya independencia no está reconocida por muchos países, entre ellos España) y declarara su intención de no finalizar la guerra hasta no incorporarlo de nuevo a Serbia (de la que se separó por la fuerza y ayudado por potencias extranjeras) y encarcelar, exterminar o expulsar a, todos los independentistas (él diría terroristas) que no se sienten serbios, o sea, a la mayoría de la población? Pues lo que tú llamarías a ese hipotético presidente de Serbia es lo que yo llamaría a Zelenski si me atreviera. Y no solo a él, sino muy especialmente, a quienes tiran de las cuerdas de esa marioneta y le escriben el guion tan eficazmente interpretado.

            —¡Cómo puedes pensar tales barbaridades, Martín! ¡Tú estás loco! Según tú, Putin merece el premio Nobel de la paz.

            —Tampoco hay que exagerar. De lo que estoy seguro es de que Zelenski merece un Oscar al mejor actor secundario.

Domingo, 8 de enero
EL BUEN PATRIOTA

No soy tan ingenuo como parezco. Me creo todo lo que me cuentan, pero solo mientras dura el cuento.

            Pensar es pensar por cuenta propia.

            Al profeta no le gustan que se cumplan sus profecías.

            No siempre hago lo que quiero, a menudo me conformo con hacer lo que puedo.

            Las cosas no acaban de pasar hasta que no se cuentan.

El buen patriota comprende (y perdona) los patriotismos ajenos.

Lunes, 9 de enero
UN ENCUENTRO EN LOS PORCHES

Estoy sentado, como cada mañana, en la mesa redonda de Los Porches, hojeando un libro de versos que me acaba de llegar (no parece gran cosa), cuando se me acerca un desconocido. “¿José Luis García Martín? ¿Le importa que me siente un momento? Me gustaría hablar con usted, le leo todas las semanas”. No me importa, por supuesto. Sospecho que el libro que traigo entre manos no me va a entretener más que unos pocos minutos y yo tengo que cumplir mi horario: llego a las doce y marcho poco antes de la una.

            —Me gustaban mucho sus historias de fantasmas. ¿Ya no las escribe? Yo puedo contarle una que comienza de la manera más vulgar y más triste. Me casé, tuve dos hijos; a mi mujer la fui queriendo cada vez menos; a mis hijos, cada vez más. Acabamos separándonos, yo creía que de manera amistosa, ni ella ni yo teníamos otra relación. Al principio, todo fue bien, nos llevábamos mucho mejor que cuando vivíamos juntos. Ella se quedó con la custodia de los niños, un niño y una niña. Yo procuraba verlos todos los días, vivíamos muy cerca. Eran lo que más me importaba en el mundo. Pero poco a poco noté que se iban distanciando, se enfadaban por cualquier motivo, lloraban, querían volver con la madre. Al principio no entendía lo que pasaba, luego lo fui entendiendo, pero no quería acabar de creerlo: mi exmujer, que yo pensaba que era una buena amiga, los estaba volviendo en contra mía. Y usted dirá: ¿pero quién es este hombre? ¿A qué me cuenta a mí estas cosas? Usted no me conoce, es la primera vez que me ve, pero yo le considero parte de mi familia, la única que me ha seguido siendo fiel. Perdí a mis hijos, perdí su cariño, quiero decir, su madre los manipuló contra mí con un rencor que no acierto a explicar. Nos separamos de buenas maneras, ya le dije. Nuestras discusiones, que en los últimos tiempos eran frecuentes, nunca llegaron a más. Ni siquiera levantamos tanto la voz que lo oyeran los vecinos. Sufrí mucho, sin entender la causa. Eso era lo peor, no acertar a encontrar ninguna explicación a lo que me pasaba. Lo intenté todo, pero era como darse de cabezazos contra una pared. Me fui a trabajar a otra ciudad, me enamoré de nuevo, o creí enamorarme, aquello no funcionó. Al final lo solucioné de la única manera posible, quiero decir, que me maté. No le contaré los detalles, que tampoco fueron demasiado morbosos. Lo hice a la manera de la mafia, quiero decir procurando que pareciera un accidente. Ahora es el momento en que usted piensa que estoy loco. Pues no, no lo estoy, simplemente estoy muerto. Ya sé que no es habitual que los muertos sigan leyendo el periódico, yo lo leo los domingos sobre todo por usted y por Xuan Bello. De él me gusta la neblina melancólica que convierte en poesía todo lo que toca, y de usted las estocadas. Y también las historias de fantasmas, aunque hace tiempo que no cuenta ninguna. Lo que menos me gusta es cuando se mete en política y eso que los dos somos más bien de izquierdas y más de Irene Montero o Pedro Sánchez que de Amelia Valcárcel, Felipe González y otros dinosaurios.

Martes, 10 de enero
PARA QUERER

            La meta, una vez que se alcanza, deja de ser meta.

            Sin los mediocres, nadie destacaría.

            El mejor éxito es aquel que, por elegancia, se disfraza de fracaso.

            Ser bueno no siempre es bueno.

            Sin un punto de locura, la razón resulta demasiado sosa.

            No me gustaría ser inferior a mí mismo, aunque sé que soy inferior a la idea que tengo de mí mismo.

            A los amantes solo se les conoce bien cuando dejan de serlo.

            Para querer, como para odiar, no hacen falta buenas razones, cualquier pretexto sirve.

Miércoles, 11 de enero
EL DULCE LAMENTAR

La posteridad ya no es lo que era, esa es la tesis que algunos defienden hoy en la tertulia. Pero yo sigo creyendo en la posteridad. ¿Cómo no voy a creer si buena parte de los escritores que admiro y a los que siempre vuelvo vivieron hace siglos, como Horacio y Li Po, o hace poco más de un siglo, como Galdós y Pardo Bazán, que ya es bastante tiempo tal como van de aceleradas las cosas?

De los escritores de ahora, yo puedo intuir los que están ya en la historia de la literatura para quedarse y los que solo tienen una fugaz presencia mediática. Me ha gustado siempre mucho estudiar la historia literaria y he podido comprobar que los nombres que quedan de cada época suelen ser ya nombres importantes en esa época. Hay excepciones, pero se trata o de poetas que mueren muy jóvenes o de quienes, por la razón que sea, permanecieron inéditos, como Emily Dickinson y Fernando Pessoa, aunque este ya se dio a conocer en revistas y los lectores más atentos sabían de su valía. Pero un escritor que viva más de setenta años, que publique en medio siglo cien libros o más y al que no se le haga ni puto caso —valga la expresión coloquial—, no parece que se le vaya a hacer mucho más luego.

Estoy hablando de mí, claro. Los contertulios que se reparten la pantalla del ordenador piensan que lo hago irónicamente. Pero hablo en serio. Mi futuro está cubierto de polvo en las librerías de viejo. “Tampoco es mal futuro”, me dice Benítez Ariza. “Bueno o malo, no creo que haya otro para mí”, le respondo (aunque —esto no lo digo, pero lo pienso—, yo todavía no he perdido la esperanza de ser una de las escasas  excepciones  a esa regla general).

Jueves, 12 de enero
PIENSA BIEN

Es todo un arte saber qué secretos deben callarse y cuáles airearse.

            Hay quienes sienten el agradecimiento como una humillación.

            Una buena relación no es más que un afortunado malentendido.

            Si piensas bien lo que vas a decir, a menudo no sabrás qué decir.

            Piensa con el corazón y pronto te romperán la cabeza.

Es imposible engañar a todos todo el tiempo, pero en democracia basta con engañar a la mayoría cada cuatro años.

            Abundan los esclavos felices.

Viernes, 13 de enero
OTRO KOSOVO

La verdad no tiene dos caras, sino mil y una. Y esa una que nadie quiere ver es en la que suelo fijarme yo. Putin será todo lo que dicen que es —menos un psicópata o una encarnación del diablo—, pero también es el liberador y defensor del Kosovo de Ucrania. Su papel en el Donbás es semejante al de la OTAN y la ONU en el territorio independizado ilegalmente de Serbia en 2008. Si Rusia, cuando el bombardeo de Belgrado por parte de la OTAN, hubiera adoptado la misma actitud que los Estados Unidos y sus aliados cuando el bombardeo de Kiev, la guerra en la antigua Yugoslavia todavía no habría terminado.

            Quizá más de uno lo ve así, pero solo se atreve a insinuarlo Kissinger y a decirlo yo.


sábado, 7 de enero de 2023

En la retaguardia: El mejor regalo

 

 

Sábado, 31 de diciembre
PROHIBIDO ABURRIR

Tomo un café en el Atrio, como cada sábado desde hace no sé cuántos años, y tras leer el periódico y hojear el libro que traigo conmigo, como aún quedan unos minutos para la hora de la comida, y hoy no ha venido nadie a visitarme, abro el cuaderno de notas y descifro con dificultad los garabatos que tracé el otro día durante la presentación de un libro. Soy la persona más maleducada del mundo, o la más educada, vaya usted a saber. Si estoy entre el público, soporto mal que me hagan perder el tiempo, pero siempre tengo la puerta abierta para escapar de un presentador aburrido. ¿Pero qué pasa si estoy en la mesa, a su lado? Pues saco mi negro moleskine y finjo que tomo notas. Sonrío al releerlas: “Vacuas palabras. / El tiempo se detiene, / yo escribo haikus”. “Un año más. / Y tan contento yo / con el regalo”. “Llegas a casa / tras otra vuelta al mundo / en cuatro calles”. “Cambia el camino / y cambia el caminante / aunque no cambie”. “En el silencio, / cuántas cosas escucho / que nadie dice”.

Martín Caicoya, cuando el primer presentador lleva media hora absorto en su nube divagatoria, me pide que pase un papel en el que ha escrito: “Diez minutos y termina”. ¡Diez minutos! Yo lo tacho: “Cinco minutos”. Pero luego me arrepiento, vuelvo a tacharlo y pongo en letras grandes: “¡Acaba ya!”.

El aburrimiento me vuelve insoportable. No tengo ninguna piedad por los que no tienen ningún respeto por el tiempo ajeno. Cuando se habla en público, lo primero que hay que hacer es conseguir la atención del público, y mantenerla.

Copio los haikus con una letra más clara, para entretenerme, no porque tengan mayor interés, y a continuación: “¿Importa que no me quieras / si te quiero por los dos? / Con saber que eres feliz, / basta para serlo yo”.

Sonrío. Me he pasado la vida repitiendo la misma copla. En lo que se refiere a las turbulencias del corazón, no me he aburrido.

Domingo, 1 de enero
BRILLO POR MI AUSENCIA

Un amigo ha tenido la paciencia de contar todos los nombres de poetas que han aparecido en los recuentos habituales de finales de año: exactamente, cuarenta y siete. Y como escandalizado, pero para fastidiar, me dice: “¡Y tú no apareces en ninguno! Ni siquiera en los que firman amigos tuyos y colaboradores de tu revista, como Álvaro Valverde o César Iglesias, que creo además que va a tu tertulia”.

            Ya sé que debería fastidiarme e indignarme tanto ninguneo, pero la verdad es que me divierte. Que mi Casual no figure entre los grandes libros del año resulta explicable, esos libros siempre se publican en determinadas editoriales y de inmediato se reseñan en los suplementos habituales, son ya los mejores antes de que nadie los lea, pero que no aparezca en las misericordiosas enumeraciones de final de lista ya no puede ser sino deliberado. Brillo por mi ausencia. Si todos te vetan, y no solo los de un bando o camarilla, algo estarás haciendo bien.

Lunes, 2 de enero
JIA YONG

Recordé estos días en que se vuelve a resucitar el peligro amarillo un cuento chino. El prefecto de Yuzhang, llamado Jia Yong, en una expedición militar fue derrotado y perdió la cabeza. A pesar de ello, montó en su caballo y regresó a palacio, donde todos se aglomeraron para verle. De su pecho salió una voz que dijo:

—Es obvio que he fracasado en el combate y que ando algo maltrecho, pero lo que quería preguntaros es cómo me veis mejor, con cabeza o sin cabeza.

Entre llantos, respondieron a una:

—¡Con cabeza!

—Pues yo no me veo tan mal sin ella.

Y siguió gobernando durante más de veinte años.

Martes, 3 de enero
GRATA CONVIVENCIA

—Soy un obseso del orden, de la puntualidad, de la repetición. No soporto los cambios. En el paraíso que yo me imagino todo tiene su momento, nunca ocurre lo inesperado. Si se rompe mi rutina es como si se abriera de pronto un boquete en la muralla. Estos días de fiesta, con todo alterado, son especialmente incómodos para mí. Todo está lleno de gente que uno no sabe dónde se esconde el resto del año. Parece que hasta los muertos resucitan por estas fechas, les dan unos días de vacaciones y les dejan volver para dar una vuelta y comprar, comprar, comprar.

            —Exageras, Martín. ¿Has ido a alguna consulta psiquiátrica? ¿Has tomado algún ansiolítico? ¿Has tenido alguna crisis de pánico, pensamientos suicidas?

            —No, no.

            —¿Has pensado siquiera alguna vez que la vida es una mierda?

            —La de algunos quizás, la mía no.

            —Pues no te quejes, que a ti con el desorden te pasa lo mismo que con la soledad. No soportas ni el uno ni la otra y llevas toda la vida conviviendo felizmente con ambos.

Miércoles, 4 de enero
HABLA XUAN BELLO

—Esta historia la sé por el propio Álvaro Cunqueiro, que me la contó una tarde, antes de la conferencia que dio en el Ateneo, que estaba en la calle Palacio Valdés, frente a la iglesia de San Juan. Tomábamos unos vinos en La Perla, y por allí andaban Juan Cueto, Carmela Greciet y no sé quién más. En el palacio del Pardo comenzaron a faltar cosas, y no cualquier cosa: joyas valiosas y especialmente esos collares de perlas a los que tan aficionada era Carmen Polo. Nadie se explicaba cómo podía ocurrir una cosa así en un sitio tan vigilado. Se investigó y se interrogó a la servidumbre, pero nada, ni una pista. Se aumentó la vigilancia. Y las cosas seguían faltando. Para más misterio algunas de ellas aparecían luego en cualquier rincón. Se llamó a las mentes más lúcidas de la policía española sin resultado. Aquellos robos estuvieron a punto de convertirse en un problema gubernamental. Resulta que Manuel Fraga, entonces el más destacado de los nuevos políticos, el llamado a garantizar la continuidad del régimen, tras un dilatado consejo de ministros, pasó a saludar a doña Carmen. “¿Qué lleva usted en el bolsillo, don Manuel?”, preguntó ella extrañada al ver asomar algo del abultado bolsillo de su americana. Él entonces sacó un inmenso collar y lo miró atónito. “Le juro, señora, que nunca lo había visto antes”. “Te creo, te creo. Esta casa está embrujada. Habrá que llamar a un exorcista”. Pero Manuel Fraga a quien llamó fue a su amigo Álvaro Cunqueiro. Este le había contado que, en el mercado de Portobello, en Londres, había comprado, por unas pocas libras, el gorro del mago Merlín y que, entre sus propiedades estaba que, quien se lo ponía, era capaz de acertar cualquier enigma. “No es que yo crea en esas patrañas, dijo don Manuel al escritor, pero me juego mi futuro político como no aclare a la señora qué pasa con sus joyas y por qué apareció en mi bolsillo el collar que le regalaron los joyeros de Oviedo en la última visita”. “Pues nada, Manolo, vamos a intentarlo”. Y allá se presentaron los dos en el Pardo con el mágico sombrerito en un maletín. Por cierto, no es un gorro cónico como el de los magos de los cuentos. Parece más bien un sombrero tirolés, solo le falta la pluma. Todavía se conserva y si pasas por Mondoñedo lo puedes ver en una vitrina en la casa museo de Cunqueiro, frente a la catedral. Nada más llegar el escritor y el político al Pardo, les hicieron pasar a las habitaciones privadas de los señores. Franco estaba medio adormilado viendo una película de vaqueros que daban por televisión. Carmen Polo los llevó a una salita. “Ayer mismo me ha faltado una esmeralda que me regaló Evita Perón cuando vino por aquí hace años”. Cunqueiro —y te recuerdo que esto me lo contó él mismo— abrió con mucha parsimonia el maletín, se puso el gorro, cerró los ojos y al instante lo vio todo claro. Resulta que la mujer de Franco, además de cleptómana, era sonámbula y ella misma robaba y escondía sus propias joyas. No sé lo que habrá de verdad en esta historia. Yo la oí de labios de Cunqueiro tal como te la cuento. Una vez fui a Mondoñedo con Olga Novo y, como ella conocía al director de la casa museo, le dijimos que nos dejara probarnos el gorro de Merlín. Yo me lo puse y quise averiguar algún enigma, como cuándo el asturiano sería lengua oficial. Pero parece que el gorro había perdido sus mágicas propiedades o era un misterio demasiado insondable.

Jueves, 5 de enero
TODOS CHINOS

Como en una cinta de Moebius, esa superficie de una sola cara, quedo atrapado en un buble de las calles por las que va a pasar la cabalgata. Multitud, vallas y policía cortando el paso. Más de media hora tratando de escapar. Una mujer grita que la dejen pasar, que llega tarde, que tiene que cuidar a una anciana. Otra que tiene cita con el médico. Es inútil. Nadie se conmueve. Yo me río, una vez más, de las autoridades político sanitarias, que nos trataron como a chinos: hoy no puedes caminar solo por el campo solitario sin mascarilla y mañana puedes aglomerarte en la calle con el aliento de los demás en el cogote.

Viernes, 6 de enero
LA VIDA SIGUE

Una nueva mañana es el regalo que más aprecio cada mañana, también en la mañana de Reyes.



sábado, 31 de diciembre de 2022

En la retaguardia: Todavía aprendo

  

Sábado, 24 de diciembre
LA VISITA INESPERADA

Estaba en la cafetería Orígenes esperando a que llegaran Enrique Bueres y Martín Bueres para entregarles el primer y el último número de la revista Clarín, cuando un antiguo contertulio entra a saludarme.

            —¿Esta noche no la pasas en Avilés, como de costumbre?

            —La reunión familiar la dejo para mañana.

            —Yo he pasado más de una Nochebuena solo y te aseguro que son las que menos problemas dan. En una de ellas tuve inesperada compañía. Me acababa yo de separar de mi primera mujer, a los niños les tocaba pasar con ella la Navidad y mi estado de ánimo era como puedes figurarte. Varios amigos y familiares me invitaron a cenar en Nochebuena, pero yo prefería no ver a nadie. Cargué el maletero del coche con comida y bebida, más bebida que comida, y me fui a la aldea de Belmonte. Desde que murió mi madre, allí no vivía nadie. Nuestra casa estaba en bastante buen estado, incluso funcionaba la calefacción, y allí me metí dispuesto a pasar la noche, y todas las noches que hiciera falta, sin más compañía que la de algún oso o algún lobo que quisiera venir a saludarme. Hacía bastante frío, el clima no era como ahora, y cuando salí de Oviedo se anunciaba una tormenta de nieve. Llegué y me puse a beber, no te lo aconsejo, beber solo es lo peor que hay, sobre todo si te ha dejado tu mujer y estás en la casa en que fuiste feliz de niño. Ni siquiera saqué los alimentos del coche, bebía y bebía y de pronto me acordé de que en algún lugar se guardaba todavía la escopeta de caza de mi padre. “A lo mejor funciona”, pensé y me puse a buscarla, no te diré con qué intención. Pero en ese momento me pareció oír pasos y al poco sonaron unos golpes en la puerta. Fui a abrir, extrañado. Había allí dos tipos, uno joven y otro de más edad, poco abrigados, temblando de frío. “¿Podemos pasar?”, dijo uno de ellos. Me hice a un lado, vieron sobre la mesa la botella y se les encendieron los ojos. “¿Un traguito para entrar en calor?”, sugerí. A aquel trago siguió otro y otro. “¿No tendrá algo que comer?”, dijo el más joven. “No hemos probado bocado en todo el día”. “En el coche hay algo”. Sacaron todo lo que había, que era como para alimentar un regimiento, y el mayor, que al parecer había trabajado de cocinero, preparó un festín que ríete tú del festín de Babette. Conoces el cuento de Isak Dinesen, ¿no? Comimos, bebimos, cantamos, fue la mejor Nochebuena de mi vida, como si Dios —yo no creo en Dios, pero eso no importa— hubiera enviado dos ángeles para quitarme malas ideas de la cabeza. Uno era cocinero, pero el otro, el más joven, resulta que sabía griego. Me dijo que había estudiado para cura. Ya sabes que a mí, desde que tuve como profesor en el Instituto a Escudero, igual que Almuzara, me interesan mucho la lengua y la filosofía griegas. Había llevado conmigo un tomo con los diálogos de Platón. Traducimos los dos, mano a mano y sin diccionario, el pasaje de la muerte de Sócrates. Acabamos llorando los tres de la emoción y de la borrachera. No se me ocurrió preguntarles quiénes eran, qué hacían por allí. Qué importa. Fue la mejor Nochebuena de mi vida, mientras fuera caía la nieve, brillaba la luna y se oía aullar a los lobos. Me desperté muy tarde al día siguiente y ni rastro de aquellos dos viajeros. Si no fuera por el montón de botellas vacías y de cacharros sin fregar pensaría que todo había sido un sueño. Pero  volvieron a llamar.. “Serán ellos que salieron a dar una vuelta”, pensé. Pero era una pareja de la guardia civil que había recibido aviso de que habían visto dirigirse hacia el lugar a unos fugitivos de la cárcel de Villabona. Negué que por allí hubiera pasado nadie. “Avísenos de inmediato si los ve, son peligrosos”. No volví a verlos, no supe más de ellos. Al parecer eran etarras. A mí me salvaron la vida.

Domingo, 25 de diciembre
FERRATER Y YO

La biografía de Gabriel Ferrater escrita por Jordi Amat me ha llevado a hojear los muchos libros que tengo suyos, casi todos de notas dispersas, y a releer su poesía, que ha seguido sin interesarme demasiado, salvo el impactante “In memoriam”.

            —Era un personaje tan brillante como autodestructivo, le digo a un amigo que me encuentra en uno de los rincones favoritos de mi biblioteca, el McDonald’s de Los Prados.

            —A ti, en cambio, como no sabes conducir te sobra el auto. 

Lunes, 26 de diciembre
ASOMBRO Y MITO

Sin importarme los muchos peros que le ponen los entendidos, voy a ver la segunda entrega de Avatar. Extraño un poco al principio la artificiosidad de las imágenes, como de diorama de feria, en tres dimensiones. Pero no tardo en dejarme seducir. Cameron nos devuelve a aquel tiempo en que los mitos eran de verdad mitos y no materia de estudio. Me dejo llevar por ese mundo otro, como los oyentes de aquellos bardos que iban por los pueblos de Grecia recitando de memoria los versos de Homero, que aún no habían sido escritos. Las magias, las astucias, los asombros de la Odisea están aquí (y las hazañas bélicas de la Iliada en el combate final).

Olvidamos que esos venerados hexámetros, que hacen la delicia de los filólogos, antes de ser materia erudita, fueron luz y color, una explosión de maravillas en la mente virgen de los primeros oyentes. Como ellos, no racionalizo, no me pongo a cuestionar si el mensaje ecologista es demasiado simple, si el canto a la familia o el papel de la mujer demasiado tradicionales. Soy como un niño (“sois como niños” decían los egipcios de los griegos), abro los ojos asombrados tras las negras gafas y dejo deslizarse las tres horas como un sueño feliz.

Miércoles, 28 de diciembre
LO QUE QUEDA DE AZÚA

“¿Qué te ha hecho Félix de Azúa? —me preguntan de vez en cuando—. Le tomas por un muñeco de feria, siempre parece que estás jugando con él al pin pan pun”.

            No me ha hecho nada la verdad, e incluso he leído con admiración y provecho algunas de sus páginas ensayísticas. Pero el comentarista político es otra cosa. A su lado, incluso Savater es un modelo de finura dialéctica. Ayer dio una conferencia sobre estética en el Museo de Bellas Artes. Hoy le entrevistan en el periódico. No dudo yo, faltaría más, de que en la conferencia dijera cosas de interés sobre una materia que ha enseñado en la universidad durante treinta años (aunque seguro que no se privaría de soltar perlas contra Podemos), pero en la entrevista solo habla de sus obsesiones políticas.

            “Ellos aseguran que ahora Cataluña está mejor que antes de que llegasen al gobierno. ¿Usted cómo lo ve?”, pregunta el periodista.

            Y atención, mucha atención, que esto es lo que responde literalmente Azúa, no lo invento yo para caricaturizarle: “Eso es como decir que el Congo está mejor ahora que en tiempos de Leopoldo de Bélgica. Hombre, un poco mejor sí que están, porque no se comen crudos a los misioneros. Pero es el mismo país: un país totalitario. No tiene vuelta de hoja”. ¡La barbarie del Congo belga, una explotación privada del rey, donde se esclavizaba, masacraba a la población indígena, donde se exterminaban aldeas enteras, donde se cortaban las manos como castigo; la barbarie que Conrad refleja en El corazón de las tinieblas, uno de los mayores atentados contra la humanidad que ha habido nunca, reducida a que “los negros se comían crudos a los misioneros”, como en la peor literatura racista!

            Azúa, Azúa, no sé yo si el independentismo es bueno o malo para Cataluña; lo que sí sé es que para tu inteligencia y sensibilidad moral ha sido como un arma de destrucción masiva.

Jueves, 29 de diciembre
UN TESORO

“Yo creo que el premio se lo deben dar a un hombre, que ya está bien… Ya es hora de que los hombres nos emancipemos”. Este es el deseo de los participantes en el premio Café Gijón, pero la mayoría afirma —como viene siendo costumbre en los premios importantes— que será para una mujer.

            Leo un tomo de El Español, que compré por cuatro euros en la librería Don Quijote. Es de 1954, pero por las quejas de que las mujeres van copándolo todo en el mundo literario y los artículos contra Rusia parece escrito ahora mismo. Yo me salto la rusofobia y la francofilia y disfruto con todo lo demás. Las entrevistas a Ana María Matute, Carmen Martín Gaite y Carmen Laforet, los estrenos de López Rubio y Buero Vallejo, el relato de Aldecoa, el anecdotario de Eugenio d’Ors y Cela, los escándalos de espionaje, la crónica de grandes crímenes en Francia o Alemania.

            A Ana María Matute la corrige continuamente su marido. “¿Y por qué un muñeco se llama Andrea?”, le preguntan. Ella: “Pues yo que sé; porque sí”. Y él: “El artista es libre incluso para ponerle a sus muñecos los nombres que le da la gana”. Luego le preguntan por otros novelistas, además de Baroja, al que admira, y Mercedes Formica, de la que se siente muy afín, y responde: “Prefiero no hablar”. Su marido sí lo hace, poniendo en solfa a los autores más conocidos: “su voz, que parece bajar directamente del Sinaí después de una tormenta. Va sirviendo de música de fondo al murmullo como de agua de manantial de la voz de Ana María”. Toda la historia de ese matrimonio —del que la novelista tuvo que escapar dejando atrás a su hijo— está ya en esta entrevista.

            Sonreímos cuando Cela, exitoso conferenciante en Londres, presume de ser el único escritor español que no ha recibido ni aceptará jamás ningún premio.

Juan Aparicio sería nuestro Goebbels, según dicen, pero la verdad es que en las revistas que él dirigió o promovió a la literatura —y especialmente a la nueva literatura— se le dedicaba una atención que no ha vuelto a recibir nunca más.

Viernes, 30 de diciembre
ME PARECE QUE NO

Envejezco por fuera, como todo el mundo, aunque sin prisa ninguna, pero por dentro me parece que no. Quizá solo sea una ilusión mía