domingo, 16 de noviembre de 2014

Nadie lo diría: A donde el viento me lleve


Domingo, 9 de noviembre
NI UNA PALABRA MÁS

Para que dos no vivan juntos, basta con que uno no quiera. Salvo en caso de secuestro, claro está.
            Y para saber si quiere o no, el único medio es preguntárselo.


Lunes, 10 de noviembre
VEINTE AÑOS DESPUÉS

Sonrío al pensar en lo mucho que le gustaría a Víctor Botas estar hoy aquí sentado, en el aula Leopoldo Alas, escuchando a doctos catedráticos compararle con Horacio y Marcial.
            ––Ya eres tú también un clásico, amigo Botas, ya te estudian en la Universidad, ya formas parte de la vida de los que no te conocieron. Seguro que no te extrañaría demasiado. Siempre estuviste seguro de ello, tú que nunca estabas seguro de nada.


Martes, 11 de noviembre
EN UNA ENCRUCIJADA

“Tengo miedo / de algo que existe y que no se ve”. Esos versos creo que son de Rosalía y últimamente me han venido a menudo a la cabeza. Las cosas que no se ven son las que dan más miedo. Al menos a mí.
            Para espantar ese miedo, trato de aturdirme. Bebo un poco, quizá demasiado. No me muestro muy exigente a la hora de aceptar determinadas invitaciones, duermo con frecuencia fuera de casa, yo que no solía hacerlo nunca.
            Es como si presintiera que la amenaza va a cumplirse de noche y en mi dormitorio. Ayer llegué tarde, casi al amanecer. Al ir a acostarme, vi la cama revuelta, como si alguien hubiera dormido en ella y acabara de levantarse. Me extrañó, pero enseguida pensé que quizá el día antes no me había acordado de hacerla. Pero entonces oí ruidos en el cuarto de baño. Parecía que alguien se estaba duchándose. Quizá me dejé la ducha abierta, pensé. Pero no acababa de decidirme a entrar y cerrarla. Me quedé quieto, sin saber qué pensar. Y entonces del baño salí yo, desnudo, terminando de secarme con la toalla. Comencé a vestirme con cierta prisa, como si temiera llegar tarde al trabajo, aunque a mí me parecía que era una hora muy temprana. No sabía qué pensar, salvo que me estaba volviendo loco. En aquel momento sonó el teléfono, el móvil, el que yo tenía en el bolsillo. Los dos nos sobresaltamos al escucharlo. Yo lo saqué del bolsillo de mi pantalón y aquel otro que tanto se parecía a mí lo busco en el bolsillo de los suyos, que aún no se había puesto, que estaban sobre una silla y acabó encontrándolo sobre la mesita de noche. Los dos contestamos casi al mismo tiempo: “Diga”. Y entonces me vio y puso una cara de asombro como la que yo había puesto al verle poco antes a él. Al teléfono no contestaba nadie, debía ser una equivocación. Nos mirábamos sin saber qué decir. Yo cerré fuertemente los ojos y pensé: “Esto no puede ser verdad”. Y al abrirlo me encontré sentado en la cama poniéndome los calcetines. Nunca antes me había ocurrido una cosa así.
            (Estábamos en la nueva cafetería-panadería que han abierto en la calle Argüelles; yo hacía tiempo hasta las siete en que debía moderar una mesa redonda sobre la poesía de Víctor Botas, con Rodrigo Olay, Pablo Núñez y Luis Bagué.)
            Ya sé, ya sé lo que vas a decirme, Martín, que debo consultar a un psiquiatra, pero no me atrevo. ¿Y si me confirma que me estoy volviendo loco? Seguro que eso de encontrarse con uno mismo es un síndrome de alguna enfermedad que ya aparece catalogada en los manuales de psiquiatría.
            (No me atrevía a darle ningún consejo, no me atreví a darme ningún consejo. Terminé mi café y me fui hasta el cercano edificio de la Universidad. Junto a los versos de Rosalía, hay otros, de Ángel González, que también me vienen a menudo a la cabeza: “Yo mismo me encontré frente a mí mismo / en una encrucijada”).


Miércoles, 12 de noviembre
DESPACITO  Y BUENA LETRA

Días de estreno por partida doble. Me llegan hoy los primeros ejemplares del nuevo libro de Víctor Botas, Carta a un amigo, y los de mi homenaje a Venecia, aforismos y poemas con ilustraciones de Elías Benavides. Del segundo me trae a casa el editor, Fermín Santos, la edición completa: es un libro de bibliófilo, de tirada muy limitada, que además de los grabados originales de Benavides, lleva en cada ejemplar un texto mío manuscrito e inédito.
            En la mesa de la cocina, la única libre de libros, y tras recordar a Antonio Machado (“despacito y buena letra, / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”), como un niño aplicado me pongo con los deberes.
            “En medio del más placentero sueño, me despertó el teléfono. Soñaba que estaba en Venecia y que tú estabas conmigo. Y al abrir la ventana, recién amanecido, Venecia seguía allí, y al volver a la cama para dormir un poco más tú seguías conmigo”.
            “Aquella noche en Venecia, al regresar al hotel por solitarias callejuelas, sentí unos pasos insistentes tras de mí, como si me siguieran. Me detuve sobre un puente y me vi pasar, con los ojos fijos en no sé qué obsesión”.
            “Al final de la fiesta, algo bebido, subo a la góndola que me espera a la puerta del palacio. Cierro los ojos y me dejo mecer por la aguas, acariciar por la fresca brisa de verano. Cuando los abro, contemplo frente a mí el muro y los cipreses de San Michele, la isla de los muertos, el portón que se entreabre sigiloso”.


Jueves, 13 de noviembre
TOMO UNA DECISIÓN

Cuando tomo una decisión, no hay vuelta atrás. He decidido no hablar más de la cuestión catalana para no aburrir a mis lectores, y no hablaré más. “¿Has leído el artículo de hoy en El País de tu amigo Andrés Trapiello?”, “Lo he leído”, “¿Y no tienes nada que decir? ¿No tienes nada que replicar a eso de que los catalanes tratan de privarte de tu ciudadanía y de tus derechos? ¿O a aquello otro de que el independentismo logró el 9-N en Cataluña en 12 horas lo que no logró el terrorismo en 30 años: liquidar el Estado?”
            Claro que tengo mucho que decir, pero no digo nada. Ni replicando a Andrés Trapiello –un gran poeta, pero quizá más dotado para el canto del mirlo que para el razonamiento lógico o el pensamiento abstracto (o eso pienso yo, soy de los que creen que siempre tienen la razón de su parte--, ni al presidente del Gobierno de mi país, que desvalorizó la consulta catalana diciendo que siete de cada diez catalanes se habían mostrado contra el independentismo (se descalificada a sí mismo: él gobierna con mayoría absoluta cuando, con las mismas cuentas sobre el total del censo, siete de cada diez españoles no le han votado). ¿Y para qué voy a decir nada y enfadar a nadie? Rajoy y Junqueras tiran cada uno para un lado, pero, por algún raro misterio de la mecánica, los dos hacen avanzar el barco en la misma dirección: la cada vez más próxima declaración unilateral de independencia. Yo he decidido no hablar más de esta cuestión y cuando yo tomo una decisión la tomo a rajatabla, aunque las tentaciones de abandonarla resulten casi irresistibles.

Viernes, 14 de noviembre
APRENDE, MONAGO

Alejandro Dumas consideraba vergonzoso para un hombre de su valía pagarse los viajes. De Cádiz a Argelia, en 1846, viajó en un barco de guerra La Veloce, puesto a su disposición por el gobierno francés. Aprovechó para darse una vuelta también por Túnez. Cuando se lo reprocharon, replicó altivo:

            –-Señor mariscal, he calculado con el capitán que desde mi salida de Cádiz el viaje ha costado once mil francos en carbón y alimentos al gobierno francés. Ahora bien, Walter Scott en su viaje a Italia costó ciento treinta mil francos al Almirantazgo inglés. Por lo tanto, el gobierno francés todavía me debe ciento diecinueve mil francos.



Sábado, 15 de noviembre
¿SABÉIS DE QUIÉN HABLO?

Los días eran para él fuente inagotable de maravillas y de felicidad. Nunca tomaba disposiciones para el porvenir.
            ––Vivo –decía– como los pájaros en la rama. Si no hace viento, me quedo en ella; si lo hace, abro las alas y voy adonde el viento me lleva.



sábado, 15 de noviembre de 2014

Al otro lado: Un diálogo con Eduardo San José


Llevas un cuarto de siglo publicando tus diarios, desde Días de 1989, y más de una docena de volúmenes lo constatan. ¿Lo que abunda no termina por cansar?

––Todo lo que se prodiga cansa, dice un sabio dicho popular. Pero una cosa es que yo lleve un cuarto de siglo escribiendo y publicando mi diario y otra que los lectores se pasen la vida leyéndome. Los lectores van y vienen, descansan un tiempo, pueden ser sustituidos por otros nuevos. Y por otra parte hay cosas que nunca cansan por mucho que se repitan, como la puesta de sol o el florecimiento de los cerezos. Ya me gustaría a mí ser una de esas cosas.

Te confesaré que hace años (pero no tantos como 25) que abro tu página dominical pensando que es más de lo mismo y que no me va a interesar. Siempre termino de leer la página entera, para certificar que, en efecto, no me interesaba… Claro que entonces me estoy engañando… Nunca espero antes del riguroso final para ese dictamen, que declaro aquí falso.

––No acabo de entender lo que dices. No sé si hay en ellas falta de lógica o simple masoquismo. No hace falta tomarse el plato se sopa entero para descubrir que está salada; basta con una cucharada.

Más bien quería decir que me imagino que no me va a interesar (¡esta García Martín otra vez a vuelta con lo mismo!) y siempre acaba interesándome.

––Eso me gusta más.

Entre nosotros, ahora que no nos oyen: a lo peor se te está gastando el colmillo. ¿No te estás ablandando? Tus reseñas (que no son lo que nos ocupa ahora) se detienen cada vez más en el elogio: que no digo gratuito…. Y en los diarios has llegado no sé si a disculparte con Gamoneda, pero al menos sí a comprender su enfado hacia ti, tu traición de una vieja amistad con tu burla a sus jeremiadas… Recuerdo aquel comentario tuyo al primer tomo de sus memorias, por otra parte extraordinarias.

––Si me estoy ablandando, no me había dado cuenta. Yo, como crítico, siempre procuro estar en su punto: ni poco hecho ni demasiado duro. Mi juicios siempre han sido matizados. En el caso de Gamoneda siempre he distinguido entre sus versos (no enteramente desdeñables, sobre todo cuando no están demasiado corregidos para ocultar el sustrato biográfico) y sus declaraciones, a menudo simplemente ridículas. El caso más llamativo fue cuando despotricó, una vez más contra la poesía realista porque era el lenguaje del poder mientras recibía la felicitación del presidente del gobierno y le abrazaba y besaba el ministro de Cultura porque ese mismo día acababa de recibir los dos más importantes premios oficiales, el Cervantes y el Reina Sofía.

Volviendo al interés que pueda tener este libro. ¿Qué sentido tiene publicar en un libro lo ya aparecido en un periódico, y aún más, en un blog?

––¿Qué sentido tiene que se publiquen en libro las novelas de Dickens o de Dumas si ya había aparecido previamente en el periódico? ¿Qué sentido tienen que se publiquen en libro los cuentos de Clarin si ya se habían publicado previamente en el periódico? Por otra parte, los cien libros de Azorín quedarían reducidos a media docena si no hubiera publicado los que reúnen textos publicados anteriormente en los periódicos. 

Te jactas de no corregir ni “afeitar” tus textos periodísticos, de editarlos apenas y darlos tal cual se escribieron. Bien. Pero esa pureza también ofende: ¿no hay desidia ahí?, ¿no se desaprovechan muchas posibilidades del texto?

––Vayamos por partes. Todos mis  textos son corregidos cuidadosamente antes de aparecer en libro y procuro que lo haga un profesional. Nada debería publicarse sin esa revisión. Una buena editorial se diferencia de una mala en la importancia que da a los correctores. Lo que no hago es cambiar el contenido de acuerdo con los acontecimientos posteriores. El deslumbramiento de un encuentro amoroso queda tal cual, aunque poco después viniera la decepción. Los textos que publico en el periódico no son textos periodísticos en el sentido habitual de la palabra. No están escritos apresuradamente. Son ya textos literarios (que no quiere decir retóricos ni redichos) con su acabado final.

Metiéndonos ya en el libro que presentamos, y hablando en parte de lo anterior, como lector me ha faltado un texto de presentación, un balance, una explicación de conjunto que reduzca el caos ilegible de los días de dos años casi completos. No digo tanto como una moraleja, pero creo que el libro merecía no comenzar ex abrupto: además, este volumen de tus diarios no puede ser igual que otros; incluso diría que debe de ser especial y significativo para ti. Hay una fecha que supongo que no tendrá comparación con ninguna otra de estos años, y es un 14 de marzo de 2011, omitida pudorosamente en el curso del diario, una ausencia evidente, sólida, testimonial...

––Eres muy generoso a la hora de contar. El libro abarca desde septiembre de 2010 hasta junio (no completo) de 2011. Conviertes nueves meses en casi dos años. No quedo en muy buen lugar: eso quiere decir que se te ha hecho eterno. Pero tienes toda la razón cuando afirmas que este diario no puede ser igual a otros. Ninguno mío lo es. A mí me gustaría que se leyeran como volúmenes independientes, no formando parte de una serie. Y en cuanto a la falta de prólogo yo creo que la cita inicial lo dice todo: “Es una obra íntima, para lectores de intimidad, que no aspira ni desea el gran público, que debería, en rigor, aparecer manuscrita. En estas páginas, ideas, teorías y comentarios se presentan con el carácter de peripecias y aventuras personales del autor”.

Las entradas de los días y semanas que siguen a la fecha que cité antes son de lo más emocionante que te he leído; y de lo más sabio literariamente, por el respeto en la contención de los hechos y por la depuración de sentimientos al lector.   

––Gracias.


Hablamos del género del diario íntimo, de su particular “sinceridad”: no me negarás a veces te desnudas para que no se te vean las vergüenzas; juegas al impudor para ocultarte. Dicho de otra forma: ¿diferencias entre lo íntimo (la confesión) y lo privado (ahí donde ya no dejas entrar a nadie)? Ese núcleo en el que late la condición y la carencia más personales; la pérdida de la madre; ciertos días de 1974 en la séptima galería de la cárcel de Carabanchel…

––Lo no dicho es tan importante como lo dicho, en mis diarios y en cualquier obra literaria. Y en cuanto a mis experiencias carcelarias, son demasiado tremebundas y novelescas para resultar verosímiles. No sería capaz de contarlas sin que parecieran un cuento… de terror.

Tirando del mismo hilo, y sin invadir la confidencia: en los últimos años quizás estás liberando más la memoria pública de todo aquel episodio.

––Ahora ya lo veo como algo que ocurrió a otro. Es un capítulo que no acaba de encajar en mi biografía. Cosas de la historia de España.

También, y no creo que sea mera impresión mía, sueltas rienda a lo que podríamos calificar como imprudencia política: estos últimos han sido años muy crispados y quizá lo reclamaban (la cuestión palpitante del País Vasco y Cataluña, de la ilegalización del Gara y de Bildu, cuyos derechos defiendes aquí, del Estatut y el soberanismo recrecido, la crisis económica…). En todo ello te muestras a menudo contra el común sentir, para reclamar el sentido común… Pero no quería que hablásemos de política, sino en clave literaria: me interesan los resortes por los que traes la política a tus textos sin arrogarte la condición del intelectual (zolesco, sartreano). Tu diarista es siempre un individuo más, que habla a pie de foro, sin tribuna ni megáfono (aunque eso tenga algo de impostado). Creo que lo haces con la distribución muy intencionada de las entradas: a una de tema político sigue otra confidencial e íntima, o poética y atemporal…

––Me crié en una dictadura, vivo en una democracia (llena de imperfecciones, eso es cierto), tenemos libertad de expresión. Yo la aprovecho todo lo que puedo. Recuerdo ahora aquella frase de Artigas que citó Hugo Chávez en su respuesta al exabrupto (¿por qué no te callas?) del anterior jefe del Estado español: “Con la verdad ni ofendo ni temo”.

¿Has tenido algún problema editorial por esa propensión reciente a tratar de la política real en tus diarios?

––No, ninguno. Al menos de momento. Las editoriales se enfadan por mis reseñas, sobre todo cuando señalo el carácter de estafa al público que tienen algunos libros que se lanzan a bombo y platillo (Vida, de Juan Ramón Jiménez, Las ciudades y los escritores, de Fernando Savater).

Hablando ahora de cuestiones genéricas y teóricas sobre el diario íntimo: ¿te planteas una poética o esta solo se aclara a posteriori? Quizá pueda rastrearse una evolución desde los primeros de tus libros de diarios; han ido impregnándose de más adherencias de otros géneros: la crónica, las memorias, la crítica, el cuento fantástico (¡gótico!), la autoficción, el diálogo filosófico, la enciclopedia, el ensayo, el aforismo, la poesía, por supuesto.

–-La poética, desde Aristóteles, es siempre a posteriori. No sé quién dijo que la novela es un género en el que cabe todo; lo mismo puede decirse del diario. Lo único que no cabe en un diario, como a mí me gusta repetir, es el aburrimiento.

Creo que tus diarios encuentran su lugar propio en la literatura española contemporánea, por ejemplo entre los de Umbral, Trapiello, Benítez Reyes, a través de otro no sé si “sub-” o “infra-” género: el chisme. El chisme sublimado a categoría de Historia. Que es lo que para su literatura reclama por ejemplo Jorge Edwards, y que quizá no sea otra cosa que lo que con mejor nombre los franceses de la escuela de Annales denominaron la “historia privada”.

––No sé lo que tú entiendes por chisme. Pero entiendas lo que entiendas no me parece a mí que los diarios de Trapiello o los de Umbral estén faltos de ellos. Ni siquiera los ponderados artículos de Antonio Muñoz Molina. Por el que apareció esta sábado en Babelia nos enteramos que “una noche, en Cambridge, después de tomar varias cervezas, Borges no pudo contenerse y se puso a orinar en la escalera del edificio, junto a la puerta del ascensor” y que otra vez, en Buenos Aires, yendo a la Biblioteca Nacional, no pudo llegar a tiempo a los servicios de un bar “y se orinó en el camino, mojándose ampliamente los pantalones y los zapatos, si bien no consideró necesario volver a casa a cambiarse”. Estas anécdotas, que le habrían encantado al Víctor Botas de Aguas mayores y menores, las toma Muñoz Molina de un libro de Norman Thomas di Giovanni recién aparecido en inglés. Le reprocha al autor, que fue secretario de Borges, el contarlas, pero él no tiene inconveniente en reproducirlas en el diario de mayor circulación para que todos se enteren y no queden perdidas en las páginas de un libro que nadie aquí va a leer. Hipocresía se llama esa figura.   

En este volumen criticas a Trapiello por extenderse en teorizar sobre la condición novelística o no de sus diarios; pero la contracubierta de tu libro lo define como “novela de no ficción”.

––La contracubierta es cosa del editor. Parece que los libreros y los directores de suplementos literarios prestan más atención a las novelas. Pero no sé yo si la artimaña funcionará.

Te defines también en estas páginas (148) como un novelista frustrado. Creo que al menos aquí hay, más que la novela de un literato (Cansinos), la cabal novela de un novelista (Palacio Valdés); y su principal logro es la construcción de un personaje, que se llama como tú, con algunas de tus rutinas, manías... Juegas mucho con esa idea quijotesca y borgiana: “yo sé quién soy”/ “no sé quién soy” (p. 192); Martín, “el otro, el mismo”: ¿hasta qué punto la imagen de este personaje creado es un espejo fiel de la persona, y hasta qué punto la persona acaba imitando a ese Golem?

––Todos tenemos que crearnos un personaje, escribamos o no. Día a día vamos escribiendo el guión de nuestra propia vida.

Tengo que confesarte que me encantan los paratextos de tus libros. Te felicito con admiración y envidia: porque no pretenderás que creamos que el autor es otro. No te veo dejando suelto un cabo tan importante, en manos de los editores. Es un género difícil, y creo que tú logras no solo divertir o incitar, sino resumir y completar el libro, ciñéndolo en lo más importante y desbordándolo en sus límites. Por ejemplo, la contracubierta de Lecturas buenas y malas: un panfleto publicitario, un virtuoso juego paródico.

––Hombre, muchas gracias. Porque, ciertamente, pero esto no se lo digas a nadie, siempre que el editor me lo permite la nota de contraportada de mis libros la escribo enteramente yo. Quizá por eso son tan poco convencionalmente elogiosas.

Una última reflexión sobre la publicación de un diario en un diario-periódico, y sobre las colaboraciones en prensa en general: ¿es la mejor forma de disponer de una soledad acompañada?, ¿podemos asimilarlo a tu gusto por leer en los centros comerciales y las cafeterías atestadas?

––A mí la gente no me molesta, siempre que se mantenga a cierta distancia. Me gusta estar solo entre la gente. No me deprime, todo lo contrario. Y me gusta estar con amigos. Y me gusta estar solo simplemente. Cada cosa a su tiempo. Solo o con otros, procuro estar siempre en buena compañía.

Te vas a quedar sin material para unas memorias. O quizá no: quizá sigue intacto ese núcleo de lo íntimo-privado, y que solo lo publiques “cuando ya no importe”…  ¿Qué contendrían unas memorias tuyas?

––Tengo muy mala memoria, por eso escribo diarios. Hay digo todo lo que quiero decir. Ya se sabe que el secreto de aburrir es contarlo todo.




domingo, 9 de noviembre de 2014

Nadie lo diría: Donde quiera que estés


Domingo, 2 de noviembre
LA LLUVIA, LA OSCURIDAD, EL FRÍO

Ya se han acabado los hermosos días del otoño; ya están aquí la lluvia, la oscuridad, el frío. Llega el momento de encerrarse en casa, encender un buen fuego, abrir un libro, contar viejas historias.
            Dentro de mí todavía luce el sol. ¿Por cuánto tiempo?


Lunes, 3 de noviembre
HACIA OTRA ESPAÑA

Una España se derrumba con estrépito. Algunos se empeñen en mirar para otra parte y hacer como si no pasara nada; otros se dedican a apuntalar las ruinas. De poco les va a servir. Mejor dejar que todo se venga abajo y preparar los planos para construir de nuevo.
            Y procurar que los escombros no nos caigan encima…


Martes, 4 de noviembre
UNA SALUD DE HIERRO

“Claro, como tú no has estado enamorado nunca…”, me dice un amigo al darse cuenta de que no tomo demasiado en serio sus quejumbrosas confidencias sentimentales.
            ––¿Yo? Muchas veces. Pero se me pasa pronto. Tengo una salud de hierro.


Miércoles, 5 de noviembre
SIGO ESTANDO CONTIGO

Me gustan las historias de fantasmas, como a todo el mundo, aunque no crea en ellos. O sí. Pero no están fuera, aunque fuera los veamos, sino dentro de nosotros. Hace tiempo que no se me aparece ninguno. La última vez fue en Nápoles, una ciudad a la que iba con frecuencia, pero a la que desde entonces no he vuelto. Pasaba yo allí unos días solo y en seguida establecí mi rutina, como siempre hago. Cada día, visitaba un lugar ya conocido –el Museo Nazionale, San Gregorio Armeno, las tumbas de Virgilio y Leopardi– y me perdía luego por estrechas y empinadas callejuelas dejando que el azar me sorprendiera con algún desconchado palacio o una iglesia de sucia y oscura fachada que de pronto se abría a un deslumbrante interior barroco. Cenaba ligeramente y después, antes de regresar al hotel, tomaba algo en el Gambrinus con un libro sobre la mesa y el cuaderno de notas. Tenía mucho que anotar. Nápoles es una ciudad inagotable. Cada día traía nuevos descubrimientos, incluso en aquellos lugares que creía más conocidos. Una noche, el café ya casi desierto, noté que una mujer me miraba desde una mesa cercana. Alcé los ojos. Ella no desvió los suyos y me sonrió. Me parecieron obvias sus intenciones, así que, sin devolverle la sonrisa, sin hacer ningún gesto de complicidad, volví a concentrarme en mi trabajo. Al poco, se había sentado a mi lado, sin siquiera pedir permiso. Seguía sonriendo, a pesar de mi gesto sorprendido y adusto. “No te enfades”, me dijo acariciando una de mis manos. Me puse bruscamente de pie. “¿Nos conocemos, señora?” Ella siguió sentada y sonriendo. “Claro que nos conocemos. Sigues siendo el de siempre. Te asustan las mujeres”. Yo me volví a sentar. “Me asusta todo lo que no comprendo”. “Pobre niño mío”, dijo. Y me acarició el pelo, el poco pelo que me va quedando. Me sentí, efectivamente, como un niño que necesita que le mimen. Miré a mi alrededor, avergonzado, pero estábamos solos en uno de los salones del café, rutilante en sus oros y palaciegas cornucopias. ¿Qué edad tendría aquella mujer? Cuando me miró la primera vez me pareció casi de mi edad. Ahora, su cara muy cerca de la mía, no tendría ni veinte años. Me recordaba a alguien. Y de pronto recordé a quién. A la virgen adolescente que sostiene a Cristo en la Pietà de Miguel Ángel. A mí mismo me pareció absurda aquella comparación, pero su piel se había vuelvo cada más blanca, se trasparentaban las venas. En aquel momento entró un grupo ruidoso en el café solitario. Eran turistas españoles y hablaban a gritos. Yo aproveché para marcharme. La mujer no vino conmigo. Tampoco se quedó allí. Cuando me quise despedir, ya no estaba. Pero antes de irse, no sé cómo ni cuándo, había escrito algo en mi cuaderno. Un verso de no sé qué poeta (creo que yo lo incluyo en El amor en poesía): “Donde quiera que estés, sigo estando contigo”.
            Sigues estando conmigo y no dejo de verte aunque no haya vuelvo a verte.


Jueves, 6 de noviembre
DE LA MISMA PERSONA

De vez en cuando he de hacer una saca forzosa de libros. La última fue cuando la asistenta metió en bolsas todos los que se amontonaban en la cocina y me dio un ultimátum: “Si quiere que planche y cocine, o los libros o yo”. Llamé a Valdés para que se los llevara sin siquiera mirarlos. Y hoy, trasteando en su librería, me encuentro con un elegante cuaderno, me parece que regalo de Ana Vega, todo garabateado de “ocurrencias” (así las llamo en el título) que había olvidado por completo. Seguramente procede de esa obligada limpieza de la cocina de casa. No sé si mis ocurrencias son muy ocurrentes; sé que, al menos para mí, no resultaron muy memorables. Copio las primeras páginas.
            Me gusta contarlo todo, no callarme nada, pero guardar mis secretos hasta la tumba y más allá.
            La diferencia entre el intelectual y el hombre de la calle es que el segundo suele ser más inteligente.
            Casarse solo una vez es como no haberse casado nunca; al matrimonio empieza a cogérsele el gusto cuando vamos por el tercero o el cuarto.
            Todo lo que sabemos de la realidad no es más que un conjunto de fantasías.
            Lo que más importa aprender nadie lo sabe enseñar.
            ¡Qué llenos de prejuicios están siempre los demás!
            Dime cómo son tus vecinos y te diré cómo eres.
            No me hables de ti, háblame de quien detestas y entonces sabré todo lo que quiero saber de ti.
            Abro de par en par las puertas de mi casa y no entra nadie; las cierro y todo el mundo quiere entrar.
            Tenía un pequeño amor al que no daba ninguna importancia; fue, ahora lo sé, el gran amor de mi vida.
            Soy tan miedoso que me asusta mi propia sombra; en realidad es lo que más me asusta, casi lo único que me asusta.
            Me cuesta estar donde estoy; casi siempre estoy en otra parte.
            Hay mentiras que no son más que verdades disfrazadas para no asustar.
            Temo al amor como a una enfermedad mortal.
            Hay escritores tan indiscretos que nos cuentan lo que ni siquiera nosotros sabíamos de nosotros mismos.
            Soy el centro del mundo, como todo el mundo.
            Una mujer me dijo: “Estoy enamorada de ti”. “Somos rivales –le respondí–, estamos enamorados de la misma persona”.


iernes, 7 de noviembre
UNA VIEJA PARÁBOLA SUFÍ

Érase una vez un anciano a la entrada de la ciudad. Un forastero se acerca a él: “Nunca he estado aquí. ¿Cómo es la gente?”. El anciano contesta con otra pregunta: “¿Cómo era los habitantes de tu ciudad?”, “Egoístas y malos, por eso me marché de ella”, “Pues así es la gente de aquí”.
            Algo más tarde otro forastero se acerca al anciano: “Acabo de llegar a esta ciudad. ¿Cómo es su gente?”. La respuesta es una pregunta: “¿Cómo era la gente de la ciudad de donde vienes?”, “Buena y acogedora. Allí tenía muchos amigos. Me dio pena separarme de ellos”, “Pues aquí encontrarás a esa misma clase de personas”.
            Un mercader que estaba dando de beber a sus camellos, tras escuchar las dos conversaciones, se acercó al anciano, que tenía fama de sabio, y le dijo en tono de reproche: “¿Por qué has dado dos respuestas distintas a la misma pregunta?”, “Porque cada uno, vaya donde vaya, ve siempre lo que lleva en su corazón”.


Sábado, 8 de noviembre
DERRIBAR MUROS

Mañana se cumple un cuarto de siglo de la caída del muro de Berlín y se vota, contra viento y marea, en Cataluña. Hermosa coincidencia. La libertad no hace a los hombres felices; los hace, simplemente, hombres.

            

domingo, 2 de noviembre de 2014

Nadie lo diría: Ayer y hoy


Domingo, 26 de octubre
INCREÍBLE

¿Qué vida no es un fracaso si se repasa en una noche de insomnio? ¿Quién no tiene mucho de que arrepentirse? Pero luego, al levantarse, la mañana es tan azul, el día de otoño tan espléndido, que cualquier cosa –el aroma del café, el periódico aún sin abrir, el revoltijo del Fontán– me parece un inmerecido, principesco regalo.
            “Ya sé, ya sé, le digo a mi yo más depresivo. No soy nada, nunca seré nada, ni siquiera me he casado y a mi edad ya debería haberlo hecho por lo menos tres o cuatro veces. Me jubilaré siendo el último del escalafón. Pero en días como hoy tengo la impresión de que la vida está enamorada de mí. Increíble, ¿no? Con tanta gente guapa como hay en el mundo... Debe ser que le gustan quienes se apartan del rebaño”.


Lunes, 27 de octubre
DOS AMIGOS

Se inaugura la exposición sobre Víctor Botas en la Biblioteca del Fontán. No soy capaz de escuchar las intervenciones. Encerrada en las vitrinas, está también una parte de mi vida, que se fue para siempre sin que yo me diera cuenta. Cuando vuelvo de aquellos días de 1980, los primeros de la tertulia, al tiempo presente, escucho las palabras de Paulina:
            ––Y termino con versos de dos buenos amigos suyos. El primero es Horacio y su “Non omnis moriar. Exigi monumentum aere perennius”. Víctor Botas también, como su admirado vate latino, ha levantado un monumento, aunque de frágil papel, más duradero que el bronce. El segundo amigo es José Luis García Martín, con quien tantas discrepancias le unían. Los versos finales de su poema “In memoriam” me sirven a mí también para terminar mi intervención: “La Muerte, que todo lo puede, /          mientras yo tenga vida, / contra tu voz no puede”.
            Sonrío. Mentiría si dijera que me molesta verme colocado al lado de Horacio.


Martes, 28 de octubre
HISTORIAS DE ESPAÑA

En la historia de un país, como en la de cualquier persona, cuentan tanto los recuerdos como los olvidos. ¿Quién se acuerda hoy de la guerra de Ifni? ¿Quién recuerda que fue una provincia española, tan legalmente española como Teruel o Tenerife? Un viejo número de Blanco y negro, de enero de 1958, me lleva a ese tiempo olvidado. “Qué son, cómo actúan y quiénes componen las bandas que atacaron las provincias de Ifni y Sahara español” se titula uno de los artículos: “El derecho de España sobre Ifni es indiscutible. De ahí la negativa de Rabat a plantear sus aspiraciones a aquel territorio ante el Tribunal Internacional de La Haya y su insistencia en discutir el asunto ‘mano a mano’ con España, que, por otra parte, nada tiene que decir a este respecto”. Como no tienen razón, los marroquíes acuden a la fuerza y grupos de bandidos y de comunistas atacan a las tropas españoles, pero “sus continuas razzias en busca de alimentos les han ganado el odio de la pacífica población civil que los padece”.
            La exaltada retórica del artículo, su defensa de la legalidad y de la unidad de España no impidió que, en 1969, España cediera a Marruecos ese territorio, como luego haría con lo que legalmente era otra provincia española, el Sahara. Y aquí paz y después gloria. Las leyes las hace y las deshace, a su conveniencia, el que manda.
            Pero aún hay más en ese número de una vieja revista. Mercedes Formica entrevista a una joven escritora que acaba de ganar un premio importante, el Nadal. La primera novela que había escrito no le gustó nada a su marido; le dijo que era muy mala, que la rompiera. La segunda, por si acaso, la escribió a escondidas y la envió al premio bajo pseudónimo.
            ––No olvidaré mientras viva la noche del concurso. Acosté a la niña muy temprano y animé a mi marido para que se marchase al Gijón. Temía que si se quedara acabaría contándole la verdad. Yo estaba nerviosísima. Aborrezco la radio y por esa razón no tengo aparato en casa. A las diez de la noche no pude resistir más y bajé a la portería para pedirle prestado el suyo a la portera. No encontraba Radio Barcelona y solo cogía una emisora que transmitía sin cesar fados portugueses. A eso de las doce de la noche di al fin con Radio Barcelona. Se oía muy mal, pero aún así pude escuchar la lista de los primeros seleccionados. Estaba entre ellos. Para celebrarlo me bebí un vaso de vino. Hubo luego varias votaciones y en las tres mi novela obtuvo siete votos. Al final de cada una de ellas, me bebí otro vaso de vino. Luego ya no pude captar Radio Barcelona. Cada vez que lo intentaba salía un señor hablando en portugués. De repente sonó el teléfono. “¿Es usted Sofía Veloso?”. Ese era el pseudónimo con el que me había presentado. Cuando mi marido llegó a casa, se encontró con un periodista que le dijo que yo había ganado el premio. Le pareció una broma. “¿Sabes lo que ha pasado –me dijo al entrar–, que la gente dice que tú eres Sofía Veloso, la que ha ganado el Nadal? Qué absurdo. Ahora tendremos que desmentir la noticia”. Yo bajé la cara como avergonzada y le dije: “Sí, Rafael, yo soy Sofía Veloso. Tú te alegras, ¿verdad?”
            La vida de aquella mujer era muy simple y muy representativa de las mujeres de la época: “Desde las ocho y media de la mañana en que me levanto, a las ocho de la noche en que acuesto a mi hija, me dedico a la casa, a mi marido y a la niña. A las ocho me pongo a escribir, hasta las doce o doce y media de la noche. A veces me paso todo el día esperando esa hora. Otras, las menos, acompaño a Rafael al Gijón”.
            Esa mujer que teme que su marido se enfade al enterarse de que se ha presentado a escondidas a un premio literario y lo ha ganado se llama Carmen Martín Gayte.
            1958, Sidi Ifni era una provincia española como cualquier otra y Carmen Martín Gayte era una mujer española como cualquier otra: su obligación, cuidar de los hijos, del hogar y del marido; si escribía, debía hacerlo medio a escondidas y procurando no enfadar al señor de la casa, también escritor, Rafael Sánchez Ferlosio.


Miércoles, 29 de octubre
PSICOSIS DELIRANTE

“El nacionalismo es una psicosis delirante” afirma hoy Félix de Azúa en un artículo de El País. Yo estaría de acuerdo si el “es” lo sustituimos por un “puede llegar a ser”. Lo mismo que el antinacionalismo. Veamos un ejemplo de esto último. En su artículo cuenta que un amigo suyo oyó a no se sabe quién un disparate a propósito de Cataluña, que en Youtube hay un video en que alguien disparata también sobre el tema y “ni uno solo de los 300 historiadores subvencionados para los fastos de 1714 ha desmentido esas quimeras”. Como si no tuvieran otra cosa que hacer los historiadores que visionar los miles y miles de videos que se amontonan cada día en Youtube y corregir sus desaciertos. De esa incuria de los historiadores deduce Azúa “lo más temible del nacionalismo catalán”: el desprecio a los votantes.
            ¿El desprecio a los votantes? ¡Alto ahí, señor Azúa! Usted puede opinar lo que quiera, pero debe respetar los hechos, aunque sea un intelectual aficionado al humorismo. Las últimas elecciones a la Generalitat las ganaron los partidos que pedían una consulta independentista. Trataron de cumplir su programa. Se lo impidió el gobierno de España recurriendo la ley de consultas ante el Constitucional (que todavía no se ha pronunciado al respecto, aunque la ley se haya suspendido cautelarmente por exigencia del gobierno); buscaron luego otra manera de cumplir con la voluntad de los electores y primero el gobierno español se burla de esa otra manera (un sucedáneo, una farsa), después busca la forma de impedirla… Hombre, señor Azúa, usted puede opinar lo que quiera, está en su derecho, pero no puede decir que el gobierno catalán desprecia a sus votantes, quien los desprecia, quien trata por todos los medios de que no se cumpla su voluntad de ser consultados, es el Gobierno de España. Y no me parece que este hecho resulte discutible para nadie que no esté afectado por esa “psicosis delirante” que usted, como nos pasa a todos, diagnostica tan certeramente en cabeza ajena, pero no es capaz de verla en la propia.  


Jueves, 30 de octubre
LA  JUSTICIA MILITAR

Con apasionada inteligencia, sin una sola concesión al melodramatismo ni a la demagogia, recrea Pedro de Silva en El Rector el asesinato legal de Leopoldo Alas Argüelles. ¿Eran otros tiempos? No parece que hayan pasado del todo. Hoy mismo leo que un tribunal militar español ha revocado el procesamiento de tres militares por un delito de torturas cometido en Irak, debido a que los convenios de Ginebra no protegen a los terroristas. Creíamos que protegían a los seres humanos, pero estábamos equivocados. Parece que las leyes internacionales, según los militares españoles, permiten torturar a cualquiera, siempre que previamente se le califique de terrorista. En 1937 permitían condenar a muerte solo por defender la enseñanza laica y participar en un mitin a favor de las viudas y huérfanos de la revolución de Octubre.


Viernes, 31 de octubre
POR QUÉ VIVO SOLO

Amo a demasiada gente como para poder convivir con ella en la misma casa.

Sábado, 1 de noviembre
POR QUÉ NO PUEDO VIVIR SOLO

Cuando cierro la puerta y dejo al mundo fuera, se me cuela por las rendijas un mundo de fantasmas.





domingo, 26 de octubre de 2014

Nadie lo diría: Esta casa es una ruina


Sábado, 18 de octubre
NO SE META EN POLÍTICA

“¡Últimamente no hace más que meterse en política! Estamos hartos de la maldita política. Escriba de otra cosa”, me reprocha un desconocido al que me encuentro esta mañana en la avilesina calle de la Cámara.
            Le respondo con vaguedades y me callo lo que me habría gustado decirle, que yo no escribo para él, que solo escribo para aquellos a los que les gusta lo que escribo. Pero la verdadera respuesta la encuentro luego al abrir al azar el libro que llevo conmigo: “Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros y, naturalmente, contra vosotros. Solo me atrevo a aconsejaros que la hagáis a cara descubierta; sin disfraz de otra cosa; por ejemplo: de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal modo que ya no podamos nunca entendernos”.
            Quien habla es el machadiano Juan de Mairena y se dirige a los jóvenes. Claro que yo no soy joven.


Domingo, 19 de octubre
A OTRO PERRO CON ESE CUENTO

Me gustan los cuentos de hadas, pero no me gustan que me cuenten cuentos. Leo una entrevista con Jeremy Rifkin, economista que asesora según dicen a Angela Merkel, Matteo Renzi y el gobierno chino, y descubridor de una alternativa al capitalismo: “Al reducirse el coste hasta cero, algunos productos pasan a ser gratuitos y no generan beneficio en el mercado. ¡Y eso ha permitido que aparezca la economía colaborativa! Piense en un coche con GPS, Internet, motor eléctrico y que se desplaza, sin conductor, por una smart road. Y, además, ese coche se ha creado con una impresora en 3D. Ya es posible: ¡ya se ha hecho! Usaremos energía eólica y solar. ¡El sol no manda facturas ni el viento tampoco!”
            Leo la entrevista, la vuelvo a leer y descubro que, entre mis muchas limitaciones, está también mi incapacidad para ser periodista. De inmediato me pondría a discutir con el entrevistado. “Empecemos por el final –le diría–, está claro que ni el sol ni el viento mandan facturas, pero hacen falta unos intermediarios para convertir la energía solar o la eólica en energía eléctrica y esos sí pasan facturas. ¿Un coche fabricado con una impresora en 3D? Sí, claro, un coche de juguete y que cuesta diez veces más que cualquiera preparado por otro medio. Usted dice que ya es posible, que ya se ha hecho, pues muy bien, enséñeme esa impresora que fabrica coches con GPS, Internet, motor eléctrico y que se desplazan, sin conductor, por una smart road, quizá también construida con otra impresora. Enséñela y ese artilugio si será noticia de primera página en todos los periódicos. Mientras no pueda hacerlo, escriba si quiere cuentos de ciencia ficción, pero no me los cuente a mí”. Rompería la entrevista y la tiraría a la papelera. Y si yo fuera Angela Merkel, Matteo Renzi o el gobierno chino cambiaría de inmediato de asesor económico.


Lunes, 20 de octubre
UN AVARO

Ser feliz es un deber, señala Diderot; no ser feliz un pecado, afirma Borges. Yo reconozco que de joven más de una vez incumplí ese deber, incurrí en ese pecado. Con los años me he vuelto más virtuoso. Ahora procuro exprimir bien cada día para que no se me escape ni un minuto de la dicha que pueda contener. Me he vuelto un avaro, como casi todos los viejos, un avaro de la felicidad.


Martes, 21 de octubre
LA DOMÉSTICA FELICIDAD

Paso la tarde en Caces, a las afueras de Oviedo, en casa de mi amigo Xuan Bello y al marchar me siento lleno de la más insana envidia. ¡Una casa en el campo, con huerta y jardín, con niños y gatos, con espacio para alojar a los amigos y a miles y miles de libros sin tener que tropezarme a cada paso con ellos!
            Se me ocurre que ya va siendo hora de que piense en sentar la cabeza y en dejar de vivir con la provisionalidad de un estudiante, improvisando siempre, paladeando el instante, sin pensar en el día de mañana.
            Pero luego, mientras vuelvo a Oviedo, recuerdo que no tengo coche, que el taxista me cobró el doble de lo habitual (espero que pronto Uber le dé su merecido), que no tardará en llegar el invierno y se embarrarán los caminos y no tendré a mano ni una cafetería y que los niños requieren atención durante las veinticuatro horas del día y que los gatos –el distante Polo, la melosa Prúa– no son juguetes, sino seres vivos que también enferman, se reproducen y mueren.
            Antes de llegar a Oviedo y darme una vuelta por la librería de Valdés, ya me ha desaparecido por completo ese feo sentimiento de la envidia. La doméstica felicidad se la dejo para otros, más afortunados. Yo me conformo con hacerles una visita de vez en cuando, admirar el paraíso, fingir un poco de envidia y luego sonreír recordando aquella anécdota de Menéndez Pelayo que tanto me gusta repetir. Resulta que, según cuenta Juan Varela, cierta noche de gala pudo ver, en uno de los palcos del Palacio Real, a una antigua novia, engalanada y oronda, junto a su atento y esmirriado marido, y entonces dio un suspiro y exclamó: “¡Dios mío, de qué felicidad me he librado!”


Miércoles, 22 de octubre
PERPLEJIDADES DE UN PATRIOTA

Tengo la impresión de que la casa en la que hemos vivido durante las últimas décadas tiene las vigas carcomidas y amenaza derrumbe. Y yo no sé bien si apuntalarla desde dentro, si ayudar a los que quieren hacer una chapucilla aquí y otra allí para que aguante unos años más o salir fuera, contribuir a derribarla por completo y unir mi esfuerzo al de los que quieren construir una casa nueva.
            Cada día se descubre otra viga podrida más, y aún nadie se ha atrevido a comprobar la solidez de la viga maestra –esa que era “inviolable”, según una lectura interesada y mentirosa de la Constitución–, quizá la más podrida de todas.


Jueves, 23 de octubre
ORDENO Y MANDO

Hace veinte años que murió Víctor Botas, pero sigue más vivo que nunca. El lunes se inaugura la exposición que se le dedica en la Biblioteca del Fontán. Yo he podido visitarla hoy y en una de las vitrinas me encuentro con una anotación de su diario íntimo e inédito. Corresponde al 17 de agosto de 1985 y dice así: “Por la tarde le llevo a García Martín los textos de mi librito Aguas mayores y menores. Es un libro menor, en tono jocoso, que recoge varios poemas míos –o traducciones– un poco ‘sucios’, y que publicaré, al fin, en Oliver. José Luis se me niega en redondo a publicar uno de los textos, ‘De rerum natura’, aduciendo que su contenido es radicalmente falso y propio de un lunático. Me parece una estupidez por su parte, e incluso una prueba de la tendencia, más o menos larvada, que ya hace tiempo observé en García Martín, al dogmatismo y al ordeno y mando”.
            Sonrío al recordar nuestras discusiones de entonces. Y sospecho que esa tendencia mía, creo que no al dogmatismo, pero sí al ordeno y mando, cada vez resulta menos larvada.

                                                                                       
Viernes, 24 de octubre
HACED RIQUEZA

Llego a la tertulia un poco más tarde de lo habitual. Es algo que solo ocurre un viernes al año, como lo de ponerme corbata. Y es que yo siento una simpatía especial por Felipe de Borbón, que empezó a venir a Oviedo cuando comenzamos a reunirnos en Oliver. Su edad es la misma que la de los jóvenes poetas de entonces, Oliván o Almuzara. “¿Qué tal, qué tal los premios?”, me preguntan. “Muy bien, muy bien, a los que protestaban ni se les veía ni se les oía”. “O sea que la policía cumplió perfectamente su cometido de aislar a la casta del resto de la ciudadanía”, apostilla Jaime.
            La verdad es que todo resultó bien, pero yo pasé un poco de vergüenza ajena al ver al rey hacer involuntariamente el ridículo. Y no me refiero a los ramplones elogios que dedicó Banville (“autor de prosa muy trabajada”, etc, etc), propios de la más trivial reseña periodística, sino al consejo de Unamuno que cita, a esas “palabras sabias” que, según el rey, “deben resonar con esa fuerza con la que han resistido, sin envejecer, el paso del tiempo”. Las palabras de Unamuno son las siguientes: “Haced riqueza, haced patria, haced ciencia, haced ética”. ¿Unamuno, el Unamuno del “que inventen ellos” mandando a los jóvenes que hagan riqueza? La cita es textual, pero está sacada de contexto. Aparece en el epílogo a Del sentimiento trágico de la vida y tiene que ver con su defensa del quijotismo y su rechazo de la europeización propugnada por Ortega. Tras enaltecer a don Quijote y proclamar que su misión es “clamar, clamar en el desierto”, concluye: “Y vosotros ahora, bachilleres Carrasco del regeneracionismo europeizante, jóvenes que trabajáis a la europea, con método y crítica… científicos, haced riqueza, haced patria, haced arte, haced ciencia, haced ética, haced o más bien traducid sobre todo Kultura, que así mataréis a la vida y a la muerte. ¡Para lo que ha de durarnos todo…!”
            El redactor del discurso no ha entendido nada y ha puesto en ridículo al rey. “Estoy preocupado por lo que dirán mañana los periódicos”, digo en la tertulia.
            “¡Qué ingenuo eres, Martín! Dirán maravillas, como es su obligación, que para eso los pagan. Aparte de que no creo que ni siquiera Anson o García de la Concha se hayan dado cuenta”.

Sábado, 25 de octubre
EL REY Y YO


Anoche soñé que por fin se rompía la viga maestra de la Transición y a mí el derrumbe me cogía dentro del Campoamor, asistiendo a la entrega de los premios Príncipe de Asturias. Mientras veía venir sobre mi cabeza a la gran araña de cristal, gritaba tratando de disculparme: “Yo no estoy aquí para apoyar al rey, el rey y yo estamos aquí para apoyar a la cultura”. No sé si mis excusas sirvieron de algo. Me desperté sudoroso antes de que la lámpara me cayera encima.






domingo, 19 de octubre de 2014

Nadie lo diría: Mi deporte favorito


Sábado, 11 de octubre
NADIE ES PERFECTO

Me reprocha un amigo, y no es el único, que no haya arremetido inmisericordemente contra Jordi Pujol después de su “confesión” andorrana.
            “Tengo muchos defectos, amigo Piquero, pero no todos. Qué se le va a hacer, nadie es perfecto. Y uno de los que me faltan es el instinto gregario de callar cuando todos callan y gritar cuando todos gritan, de adular al poderoso cuando toca y de darle patadas cuando viene a tierra. En un linchamiento, no seré yo de los que corren a unir sus manos a los que tiran de la cuerda. Esa costumbre no escasea entre los humanos en general ni entre mis compatriotas en particular, así que se me puede disculpar que carezca de ella”.


Domingo, 12 de octubre
REGALOS Y ADVERTENCIA

Todos los domingos iguales y ninguno repetido.  Por la mañana, en el Fontán, encuentro el libro de Julio Camba, Haciendo de República, dedicado por un desconocido a otro desconocido, “en recuerdo de los días de barbarie”. Por la tarde, al ir a pagar el café tras la lectura habitual antes del cine, me dice la camarera: “Hoy le invito yo”. Luego, antes de que comience la película, oigo una voz enfadada tras de mí: “Siempre estás con lo mismo. Ya me lo has dicho mil veces. Me tienes harto”. Vuelvo discretamente la cabeza y veo una pareja de unos cincuenta años. El hombre sigue protestando: “Pasa el dinero a tu cuenta, si así te gusta más. Pero te recuerdo que ya he gastado contigo más de siete mil euros”. La mujer se da cuenta de que están llamando la atención y le dice algo en voz baja: “¡No me da la gana! Tú me atacas y yo me defiendo”. Afortunadamente, callan durante la película. No me parece que hayan escogido la más adecuada. El guionista de Perdida, de David Fincher, parece que piensa lo mismo que yo del matrimonio. ¿Qué pasaría por su mente mientras veían aquella intrigante, impactante, tremebunda historia de otra pareja? No se les oye ni respirar. Al final son los primeros en salir, separados, sin mirarse. No creo que el hombre duerma esta noche tranquilo.
            Disfruto de la película de David Fincher, tan bien contada, como en la adolescencia de las novelas enrevesadas y tramposas de Ellery Queen o William Irish. Y salgo del cine contento de haber sabido evitar el matrimonio y otras trampas a menudo mortales.


Lunes, 13 de octubre
UNA TUMBA SIN NOMBRE

En esta mañana de lluvia y sol voy con Paulina hasta el cementerio de San Salvador, en Oviedo. Hay en él una tumba sin nombre y en ella una lápida oscura con unos versos anónimos: “Anduve entre vosotros. Vi las cosas / comunes a los hombres: la mañana / y el rojo atardecer; aquella ardiente / figura, casi inmóvil, en el aire, / de una rosa otoñal; ciertos lugares / curiosos de la Tierra. Me detuve / una vez (solo una) ante la extraña / pregunta de un amor. No te recuerdo / ahora: estarás triste (es tan difícil / asumir el olvido). Me das pena”. El poema no lleva firma, pero lo escribió Víctor Botas por encargo de una mujer para la tumba de otra. Ahora las dos descansan juntas bajo la misma lápida, sin nombres ni fechas, solo con unos versos que hablan de “la extraña pregunta de un amor”. ¿Un amor que no se atrevió a decir su nombre? Mejor un amor en el que los nombres y las fechas, en vida y en muerte, estaban de más. Ahí siguen las dos, juntas para siempre, a salvo de las miradas indiscretas y las venenosas lenguas de la Vetusta imperecedera.


Martes, 14 de octubre
EN EL CAFÉ DINDURRA

Paso por Gijón, para asistir a la presentación del nuevo número de la revista Anáfora, y aprovecho para tomar un café en el renovado Dindurra. Lo han estropeado un poco, pintando de purpurina las esbeltas columnas art deco, pero por lo demás sigue siendo el mismo. Me fijo en los grupos de señoras de cierta edad con sus pasteles, sus chismes y sus churros con chocolate. Parecen exactamente las mismas, y sentadas en las mismas mesas, de la última tarde antes del cierre. Como si las hubieran tenido guardadas, numeradas y envueltas en celofán para que no se llenaran de polvo, en algún almacén hasta el momento de la reapertura. Ya estaban cuando yo, en 1983, presenté en este café mi libro sobre Pessoa (ni siquiera levantaron la vista cuando recitamos sus versos) y también bastantes años antes, más de cuarenta, cuando entré por primera vez. Es preciso que algo cambie para que todo siga igual. En el Dindurra han cambiado lo mínimo, el color de las columnas, y todo sigue igual. Un reencuentro feliz.


Miércoles, 15 de octubre
LA BARBARIE ESPAÑOLA

Admiro mucho a Julio Camba, pero no puedo hojear siquiera su Haciendo de República sin sentirme indignado. La Segunda República tenía muchos puntos flacos, cometió grandes errores y yo no necesito que venga ningún historiador revisionista para conocerlos y reconocerlos; me crié en el franquismo, oí hablar de ellos una y otra vez. Pero Camba se burla del divorcio, de la libertad de cultos, del voto a la mujer (por no hablar del Estatuto de Cataluña: de ese se siguen burlando los Camba de hoy; de lo demás quizá también, pero no en público). Lo que dice del divorcio resulta especialmente indignante (aunque no muy distinto de lo que yo llegué a leer en 1981, cuando se tramitaba la ley, a muy sesudos catedráticos contrarios a ella). Resulta que, según él, se aprobó el divorcio y fue un fracaso, nadie se divorciaba: “Yo me explico perfectamente esta contumacia, porque, claro está, como los novios que se casaba antes del advenimiento de la República no contaban con el divorcio, tenían buen cuidado de ver lo que hacían y procuraban no casarse a tontas y a locas”.
            El final del capitulo es tan bárbaro que nos cuesta seguir admirando a Camba después de leer este libelo antirrepublicano, este elogio de la ancestral barbarie española, escrito a sueldo de Pedro Sainz Rodríguez, efímero ministro de Franco: “Para esto, más valdría seguir a la antigua española y hacer como aquel caballero que, al pasar un día por delante de su casa, le dijo a un amigo que iba con él: ¿Tendría usted la bondad de esperarme un rato? La verdad, ya que estoy aquí, no quisiera desperdiciar la ocasión de darle una paliza a mi mujer; pero no se preocupe usted. Bajaré enseguida…”


 Jueves, 16 de octubre
GRACIAS, ANDRÉS

Al fotocopiar unos textos de la antología Pequeñas resistencias para comentarlos en clase, me encuentro con un folio impreso y cuidadosamente doblado que me parece propaganda editorial. Antes de tirarlo a la papelera, le echo una ojeada y descubro que se trata de una carta en la que no había reparado cuando recibí el libro, allá por 2002. “Apreciando José Luis”, comienza, “me encuentro en la librería con tu nueva recopilación de artículos y compruebo que en esta, además de incluir tus últimas reseñas, vuelves a utilizar la correspondencia de alguien (en este caso la mía): es decir, a ejercer esa tan ovetense costumbre de contestar en público a palabras privadas”.
            ¡Una carta de reproche y la leo doce años tarde! Miro la firma: Andrés Newman. Me imagino que el tiempo y el éxito le habrán hecho olvidar sus resquemores hacia mí. En cualquier caso los reproches, leídos ahora, me parecen muy atinados. Señala que en mis críticas me detengo en lo que no me convence (incluyendo larguísimas citas literales), mientras que los poemas que mi entender son meritorios los despacho “con una cita apresurada”. Y no se refiere a él, o no solo a él, sino a Lorenzo Oliván, Pablo García Casado, Carlos Marzal “o tantos otros poetas cuyos mejores aciertos merecían quizá más aprecio, igual que sus textos menos afortunados se merecían algo de esa benevolencia que a veces muestras con poetas de menor fuste”. Y sigue con una frase que me ruboriza un poco porque me parece que da en el clavo: “Esta actitud, qué quieres que te diga, me recuerda a esos profesores irritables que le suben la nota a los alumnos corrientes, mientras suelen perseguir a los alumnos más destacados con el pretexto demagógico de que ellos podrán cargar con la exigencia”. Algo de eso hay, algo de eso hay, aunque yo soy más bien de esos profesores que suelen subirle la nota a todo el mundo. Y en cuanto a mi labor como crítico, ya hace tiempo que he dejado, me parece, esa actitud matonil del portero del Parnaso que se dedica a dictaminar, con rudas maneras, quién pasa y quién no pasa. En realidad, yo nunca me he visto así, pero si Newman y otros me veían así, algo de eso habría.
            Después de otros varios reproches, y de matizados elogios, concluye así: “Ojalá quisieras contestarme con una carta, más allá de las réplicas rimbombantes de las tribunas públicas”. Le contesto doce años después y no en una carta privada (hace tiempo que hemos perdido el contacto), pero espero que sepa disculparme: “Gracias, Andrés, muchas gracias. Aunque tarde, tomo nota”.


Viernes, 17 de octubre
MIENTO, UNA VEZ MÁS

“Llevo una vida muy sana: no fumo, no bebo, no hago deporte”, me gusta repetir. Pero no es enteramente cierto. Hay un deporte que practico con frecuencia, y desde hace años: tirar piedras contra mi propio tejado.