Domingo, 9 de noviembre
NI UNA PALABRA MÁS
Para que dos no vivan
juntos, basta con que uno no quiera. Salvo en caso de secuestro, claro está.
Y para saber si quiere o no, el único medio es preguntárselo.
Lunes, 10 de noviembre
VEINTE AÑOS DESPUÉS
Sonrío al pensar en lo
mucho que le gustaría a Víctor Botas estar hoy aquí sentado, en el aula
Leopoldo Alas, escuchando a doctos catedráticos compararle con Horacio y
Marcial.
––Ya eres tú también un clásico, amigo Botas, ya te
estudian en la Universidad, ya formas parte de la vida de los que no te
conocieron. Seguro que no te extrañaría demasiado. Siempre estuviste seguro de
ello, tú que nunca estabas seguro de nada.
Martes, 11 de noviembre
EN UNA ENCRUCIJADA
“Tengo miedo / de algo que
existe y que no se ve”. Esos versos creo que son de Rosalía y últimamente me
han venido a menudo a la cabeza. Las cosas que no se ven son las que dan más
miedo. Al menos a mí.
Para espantar ese miedo, trato de aturdirme. Bebo un
poco, quizá demasiado. No me muestro muy exigente a la hora de aceptar
determinadas invitaciones, duermo con frecuencia fuera de casa, yo que no solía
hacerlo nunca.
Es como si presintiera que la amenaza va a cumplirse de
noche y en mi dormitorio. Ayer llegué tarde, casi al amanecer. Al ir a
acostarme, vi la cama revuelta, como si alguien hubiera dormido en ella y
acabara de levantarse. Me extrañó, pero enseguida pensé que quizá el día antes
no me había acordado de hacerla. Pero entonces oí ruidos en el cuarto de baño. Parecía
que alguien se estaba duchándose. Quizá me dejé la ducha abierta, pensé. Pero
no acababa de decidirme a entrar y cerrarla. Me quedé quieto, sin saber qué
pensar. Y entonces del baño salí yo, desnudo, terminando de secarme con la
toalla. Comencé a vestirme con cierta prisa, como si temiera llegar tarde al
trabajo, aunque a mí me parecía que era una hora muy temprana. No sabía qué
pensar, salvo que me estaba volviendo loco. En aquel momento sonó el teléfono,
el móvil, el que yo tenía en el bolsillo. Los dos nos sobresaltamos al
escucharlo. Yo lo saqué del bolsillo de mi pantalón y aquel otro que tanto se
parecía a mí lo busco en el bolsillo de los suyos, que aún no se había puesto,
que estaban sobre una silla y acabó encontrándolo sobre la mesita de noche. Los
dos contestamos casi al mismo tiempo: “Diga”. Y entonces me vio y puso una cara
de asombro como la que yo había puesto al verle poco antes a él. Al teléfono no
contestaba nadie, debía ser una equivocación. Nos mirábamos sin saber qué
decir. Yo cerré fuertemente los ojos y pensé: “Esto no puede ser verdad”. Y al
abrirlo me encontré sentado en la cama poniéndome los calcetines. Nunca antes me
había ocurrido una cosa así.
(Estábamos en la nueva cafetería-panadería que han abierto
en la calle Argüelles; yo hacía tiempo hasta las siete en que debía moderar una
mesa redonda sobre la poesía de Víctor Botas, con Rodrigo Olay, Pablo Núñez y
Luis Bagué.)
Ya sé, ya sé lo que vas a decirme, Martín, que debo
consultar a un psiquiatra, pero no me atrevo. ¿Y si me confirma que me estoy
volviendo loco? Seguro que eso de encontrarse con uno mismo es un síndrome de
alguna enfermedad que ya aparece catalogada en los manuales de psiquiatría.
(No me atrevía a darle ningún consejo, no me atreví a
darme ningún consejo. Terminé mi café y me fui hasta el cercano edificio de la
Universidad. Junto a los versos de Rosalía, hay otros, de Ángel González, que
también me vienen a menudo a la cabeza: “Yo mismo me encontré frente a mí mismo
/ en una encrucijada”).
Miércoles, 12 de noviembre
DESPACITO
Y BUENA LETRA
Días de estreno por
partida doble. Me llegan hoy los primeros ejemplares del nuevo libro de Víctor
Botas, Carta a un amigo, y los de mi
homenaje a Venecia, aforismos y poemas con ilustraciones de Elías Benavides.
Del segundo me trae a casa el editor, Fermín Santos, la edición completa: es un
libro de bibliófilo, de tirada muy limitada, que además de los grabados
originales de Benavides, lleva en cada ejemplar un texto mío manuscrito e
inédito.
En la mesa de la cocina, la única libre de libros, y tras
recordar a Antonio Machado (“despacito y buena letra, / el hacer las cosas bien
/ importa más que el hacerlas”), como un niño aplicado me pongo con los
deberes.
“En medio del más placentero sueño, me despertó el
teléfono. Soñaba que estaba en Venecia y que tú estabas conmigo. Y al abrir la
ventana, recién amanecido, Venecia seguía allí, y al volver a la cama para
dormir un poco más tú seguías conmigo”.
“Aquella noche en Venecia, al regresar al hotel por
solitarias callejuelas, sentí unos pasos insistentes tras de mí, como si me
siguieran. Me detuve sobre un puente y me vi pasar, con los ojos fijos en no sé
qué obsesión”.
“Al final de la fiesta, algo bebido, subo a la góndola
que me espera a la puerta del palacio. Cierro los ojos y me dejo mecer por la
aguas, acariciar por la fresca brisa de verano. Cuando los abro, contemplo
frente a mí el muro y los cipreses de San Michele, la isla de los muertos, el
portón que se entreabre sigiloso”.
Jueves, 13 de noviembre
TOMO UNA DECISIÓN
Cuando tomo una decisión,
no hay vuelta atrás. He decidido no hablar más de la cuestión catalana para no
aburrir a mis lectores, y no hablaré más. “¿Has leído el artículo de hoy en El País de tu amigo Andrés Trapiello?”,
“Lo he leído”, “¿Y no tienes nada que decir? ¿No tienes nada que replicar a eso
de que los catalanes tratan de privarte de tu ciudadanía y de tus derechos? ¿O
a aquello otro de que el independentismo logró el 9-N en Cataluña en 12 horas
lo que no logró el terrorismo en 30 años: liquidar el Estado?”
Claro que tengo mucho que decir, pero no digo nada. Ni
replicando a Andrés Trapiello –un gran poeta, pero quizá más dotado para el
canto del mirlo que para el razonamiento lógico o el pensamiento abstracto (o eso pienso yo, soy de los que creen que siempre tienen la razón de su parte--,
ni al presidente del Gobierno de mi país, que desvalorizó la consulta catalana
diciendo que siete de cada diez catalanes se habían mostrado contra el
independentismo (se descalificada a sí mismo: él gobierna con mayoría absoluta
cuando, con las mismas cuentas sobre el total del censo, siete de cada diez
españoles no le han votado). ¿Y para qué voy a decir nada y enfadar a nadie?
Rajoy y Junqueras tiran cada uno para un lado, pero, por algún raro misterio de
la mecánica, los dos hacen avanzar el barco en la misma dirección: la cada vez
más próxima declaración unilateral de independencia. Yo he decidido no hablar
más de esta cuestión y cuando yo tomo una decisión la tomo a rajatabla, aunque
las tentaciones de abandonarla resulten casi irresistibles.
Viernes, 14 de noviembre
APRENDE, MONAGO
Alejandro Dumas
consideraba vergonzoso para un hombre de su valía pagarse los viajes. De Cádiz
a Argelia, en 1846, viajó en un barco de guerra La Veloce, puesto a su
disposición por el gobierno francés. Aprovechó para darse una vuelta también
por Túnez. Cuando se lo reprocharon, replicó altivo:
–-Señor mariscal, he calculado con el capitán que desde
mi salida de Cádiz el viaje ha costado once mil francos en carbón y alimentos
al gobierno francés. Ahora bien, Walter Scott en su viaje a Italia costó ciento
treinta mil francos al Almirantazgo inglés. Por lo tanto, el gobierno francés
todavía me debe ciento diecinueve mil francos.
Sábado, 15 de noviembre
¿SABÉIS DE QUIÉN HABLO?
Los días eran para él
fuente inagotable de maravillas y de felicidad. Nunca tomaba disposiciones para
el porvenir.
––Vivo –decía– como los pájaros en la rama. Si no hace
viento, me quedo en ella; si lo hace, abro las alas y voy adonde el viento me
lleva.






