domingo, 28 de noviembre de 2010

La realidad y los sueños

Viernes, 19 de noviembre
LA ARMADURA DE SAL

Decía Somerset Maugham, y a mí me gusta repetir, que está bien que un caballero tenga vida sexual después de los sesenta años, pero no está bien que hable de ello.
A mí, la verdad, del sexo lo que más me gusta es lo que hay antes del sexo. Me habré enamorado, no sé (no tengo ahora a mano los cuadernos en que llevo las cuentas de todo), quizá 340 o 350 veces, pero todavía cada nueva vez me produce el mismo asombro que la primera. Y nada me hace más feliz que los primeros días, cuando no ha ocurrido nada y ya ha ocurrido todo.
En el mal tiempo, cuando uno tiene que superar una de esas pruebas de las que nadie está libre, qué bien vienen estas inesperadas dosis de endorfinas, el agua lustral que baña el mundo y me lo devuelve recién creado.
De sobra sé lo que ocurrirá después, cuando se evapore la magia. ¡He repetido tantas veces la misma historia! ¿La misma? No, no: siempre que me enamoro me enamoro por primera vez.
No sé si voy a ser capaz de resistir el gran golpe. Y el Azar, que me quiere bien, me coloca de pronto una reluciente armadura. Ya sé que no durará siempre: se disolverá pronto como una armadura de sal.
Pero ¿a qué lamentarse? Un amor eterno, si se cuida bien, puede durar una eternidad. Incluso puede que hasta un año.


Sábado, 20 de noviembre
NO SABE, NO CONTESTA

“¿Y qué pasó con esa mujer que un día se te metió en casa? ¿Lograste librarte de ella? ¿Sigue allí todavía? ¿O todo fue un sueño tuyo? Me refiero a esa mujer que leía las memorias de Harpo Marx”, me pregunta mi amigo Enrique Bueres.
“Yo también he leído esas memorias del hermano mudo de los hermanos Marx, que en la realidad no era mudo, pero sí tocaba el arpa, como en las películas. Y hay que ver lo que detestaba yo, cuando niño, ese momento en que se detenía la acción y comenzaba la melódica tabarra interminable. Fernando Rodríguez Lafuente nos contó, en una reunión del jurado de los Príncipe, que tenía grabadas todas las películas de los hermanos Marx, pero que de ellas había eliminado todos los pasajes musicales. Ganan mucho, dijo. Yo pienso lo mismo”.
“No me has respondido”, contesta Bueres.
“¿Y que quieres que te diga”, le respondo. Y luego le leo el único pasaje que la desconocida subrayó en las memorias de Harpo: “El recuerdo de mis primeros años en los escenarios es un caos espantoso de tiempos y lugares. De las ciudades y pueblos recuerdo muy poco. Lo que recuerdo son las salas de espera de las estaciones, los comedores de las pensiones, las habitaciones de hotel de un dólar, los camerinos, las salas de billar y los lavabos de caballero: todos sitios bastante parecidos en cualquier ciudad o pueblo de cualquier parte del país”.



Domingo, 21 de noviembre
EN EL MILÁN

A veces me entretengo más tiempo de lo previsto en el despacho del Milán y, cuando me doy cuenta, es muy tarde en la noche. Solo unas pocas luces de emergencia iluminan los largos pasillos, las escaleras iguales y distintas. Si bien se mira, es el perfecto escenario para una película de terror. Hay un guardia de seguridad, cierto, pero siempre anda perdido por los otros edificios: cuando llegara, el asesino habría tenido tiempo de sobra para hacer su labor.
En ocasiones me encuentro con otros profesores que también aparecen por aquí en festivos y en horas intempestivas. Eduardo San José me dijo hace dos o tres domingos: “Si nos pagaran las horas extras, seríamos ricos”. Yo no le dije que, en mi caso, pagaría con gusto por poder entretenerme con lo que me gusta cualquier día y a cualquier hora del día.


Al bajar en ascensor, para evitar tropezar en la escalera, pensé que podría estropearse y que, en ese caso, me quedaría encerrado toda la noche. No se estropeó, pero, sin querer, debí marcar un botón equivocado y al salir me encontré con ventanas enrejadas en lugar de la puerta de salida. Busqué una escalera, que me dejó, no en el bajo, donde está la puerta que se acciona con la tarjeta, sino en un pasillo estrecho, con despachos de los profesores a un lado y a otro. Traté de leer los nombres, ver a qué departamento correspondían. Pero estaba demasiado oscuro. Hacia el fondo había una rendija de luz, alguien trabajaba, quizá fuera José Ramón, de Filología Románica, a quien suelo encontrarme incluso el día de Año Nuevo.
Llamé, no oí ninguna respuesta, empujé la puerta. El despacho estaba vacío. Sobre una de las paredes (las otras estaban ocupadas por estanterías) había un cuadro que me llamó la atención. Yo lo había visto en alguna parte, no sabía dónde, pero creo que incluso lo había fotografiado. Debió servir como rótulo de una tienda: “La Malle aux Trésors”, la tienda de un anticuario, quizás. Recordé de pronto donde estaba ese cuadro: en Ginebra, en una de las callejuelas secretas y empinadas que ascienden hacia la catedral de San Pedro. No pude evitar luego entretenerme curioseando en los libros. No eran los que uno esperaría encontrarse en un despacho universitario. Eran libros infantiles, algunos de gran tamaño, otros aparatosamente desplegables, muy coloristas todos, muy llamativos. “A mi amigo Ernesto le gustaría darse una vuelta por aquí”, pensé. Sentí entonces una especie de escalofrío y me volví hacia la puerta. Una mujer me miraba, con los ojos muy abiertos, fijamente. “Disculpe, entré sin avisar. Soy García Martín, profesor de Literatura. Veo que también le gusta trabajar los domingos”.


La mujer pareció de pronto despertar de algún sueño, le cambió la expresión, me sonrió. “Pero ¿no me conoces? ¡Vaya despiste el tuyo!”. Y entonces sí la reconocí, pero seguí sin saber su nombre. Era la mujer que había llamado una noche a mi casa, que había dormido en el sofá, que al día siguiente me había preparado el desayuno y luego la comida, pero que por la noche, cuando volví de mi habitual recorrido por las librerías y de tomar un café en el Rosal hojeando las piezas cobradas, había desaparecido.
“Ah, trabajas también en el Milán. Disculpa que no te reconociera. Soy muy despistado. Un amigo de Víctor Botas, catedrático de latín, me saludó una vez en un homenaje que le hicimos a Botas y luego se quejó a Inés Illán de que pasaba a su lado por el Milán sin saludarle”.
No hace falta que te disculpes –dijo—. De sobra sé que eres tan despistado como miope. Esa tienda —y señaló al cuadro—, era de mis abuelos. Cuando ellos murieron, hubo que cerrarla porque nadie en la familia quería ocuparse de ella. Yo me traje ese panel, y también lo principal, la maleta del tesoro. Porque en la tienda había una maleta, que le daba nombre. Una inmensa maleta, un baúl mundo, cerrado con muchos candados. Cuando éramos niños, yo y mis hermanos jugábamos a subirnos a él, fingíamos que era una montaña que había que escalar. Rogamos muchas veces a mi abuela que nos permitiera abrirlo. Ella siempre decía lo mismo: “Algún día, algún día…” Pero ese día no llegaba y nosotros estábamos cada vez más impacientes. Teníamos un amigo cuyo padre era cerrajero. Nos prestó las herramientas necesarias para hacer saltar las cerraduras, para romper los cerrojos. Pasamos una noche entera en la tienda, como si fuéramos ladrones. Cuando íbamos a levantar la tapa, ya hacía tiempo que había amanecido, y apareció mi abuela. “Qué impacientes”, dijo sin enfadarse. Nosotros estábamos avergonzados. “Abrid, abrid, si queréis”. Yo dije: “No, abuela, el baúl es tuyo. Si tú quieres abrirlo y enseñarnos lo que hay dentro, muy bien. Y si no, así quedará, cerrado, hasta que tú quieras”. Cuando murió mi abuela, mis hermanos ya se habían olvidado del baúl. Yo me quedé con él y con la enseña de la tienda. No quise más herencia. Un transportista me lo llevó a mi casa de Castropol. Hubo problemas en la frontera. La policía pidió al conductor que abriera aquel inmenso armatoste, en el que cabían varios cadáveres y no sé cuántas armas secretas. Él no sabía cómo hacerlo. El baúl fue confiscado. Unas semanas después apareció en mi casa, sin abrir, y allí sigue, cargado de tesoros.
“¿De qué das clases?”, le pregunté. “No soy profesora”. Y sin darme tiempo a que le expresara mi sorpresa por encontrármela en el Milán, añadió: “Vamos a casa, que es muy tarde”. Me cogió de la mano como a un niño pequeño. Y solo entonces me di cuenta de que me recordaba a alguien muy familiar.
“¿Me dejarás alguna vez abrir el baúl del tesoro, abuela?”, dije. “Por supuesto, cariño. Cuando seas mayor”. Luego me dio un beso en la frente y yo me quedé dormido, soñando con ese tiempo mágico en el que todo estaría permitido: “Cuando yo sea mayor…”.



Miércoles, 24 de noviembre
DENTRO DE UN AÑO

“¿Sabes lo que me gustaría?”, me dice Cristian mientras esperamos en la cafetería la hora de clase. “Fundar una biblioteca allá en mi pueblo, en Paraguay. Ya estoy preparando libros para enviar allí. Los iré guardando en casa de un amigo. Luego, cuando ahorre, compraré un terreno y levantaremos el edificio. No hace falta que sea muy grande. No, no es un disparate. El dinero de aquí en mi país vale bastante más”.
¿Cómo no va a ser un disparate? Cristian, emigrante sin papeles, trabaja ocasionalmente de pintor. Pero habla tan decidido, tiene tanto amor a los libros, que en seguida me pongo yo a colaborar en el disparate. “Podría hacerse, podría hacerse. No es tan mala idea. Libros ya tenemos: todos los meses he de sacar de mi casa, unos cuantos cientos a los que me cuesta encontrar dónde colocar. Al cabo de un año son más de tres mil: el comienzo de una buena biblioteca. Habla con tus amigos de Repatriación y seguro que te encuentran un local. Un aula libre en una escuela, por ejemplo. Construir un edificio no se descarta. Pero queda para más adelante. Cuando cedan el espacio, mandamos el dinero para las estanterías. Habría que darle un nombre a la biblioteca”.
Cristian me dice en broma que podría llevar su nombre. “Mejor”, añade luego, “algo así como La Casa de las Palabras”.
Perfecto. Empezamos. La gestión es cosa mía. Todas las cosas hermosas, antes de ser realidad, comenzaron siendo un sueño. Y yo no soy demasiado malo en gestionar los tiempos. Por eso pongo fecha: “Dentro de un año, en noviembre o diciembre, cuando aquí se acerca el invierno y allí el verano, inauguramos La Casa de las Palabras con una lectura de poemas”.
Como Cristian, tuve una infancia sin libros. Quizá por eso nada me hace más feliz que ayudar a crear una biblioteca.
Sonrío y recuerdo una frase que le oí a Danni Moretti: “Haber tenido una infancia pobre es una riqueza que no se agota nunca”.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Al otro lado: Vida y milagros

Viernes, 12 de noviembre
LO QUE CONTÓ NATALIA GINZBURG

Durante dos años trabajamos juntos en la editorial, teníamos las mesas frente a frente. Muy amigo de mi marido, se apoyaba en él como un hijo en su padre, más que como un amigo en otro amigo. Era un tipo extraño. Afectuoso con todos, solo le importaban dos cosas: la mujer de la que estaba enamorado y el libro que estaba escribiendo. Parecía escoger cuidadosamente a las mujeres de las que se enamoraba: siempre eran autoritarias, duras, crueles. Nunca se le ocurrió elegir a una que fuera buena, dulce, tranquila. Después de cada desengaño, pensaba siempre en matarse. Cuando yo le conocí, era apenas un niño y ya hablaba de matarse. Le gustaba discurrir sobre cuál sería el mejor método: la pistola, el gas, el veneno. Lo hacía a menudo, aparentemente en broma. A los cuarenta años le pareció que ya no le quedaba ningún libro por escribir. Estaba en un Turín sofocante y desierto, todos sus amigos nos habíamos ido de vacaciones, y la última mujer con la que había soñado casarse decidió volver a América. Él le rogó que se quedara. Ella le dijo: “Eres un triste; me aburre estar contigo”. Y alquiló entonces aquella habitación en el hotel Roma sabiendo que jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel. Ni en ninguna otra parte.



Sábado, 13 de noviembre
MILAGRO EN LOS PRADOS

Casi tres horas de burbujeante felicidad. Dos pícaros, Norina y Malatesta, se aprovechan de un viejo avaro, Don Pasquale, y de Ernesto, su ingenuo sobrino. Ante una seductora y desopilante Anna Netrebko, una mujer le murmura a su marido: “Es como una mezcla de Victoria de los Ángeles y Lina Morgan”.
En el cine de mi barrio escucho a Donizetti y todos los problemas se quedan a la puerta. Todavía no se ha alzado el telón. La cámara se entretiene con los elegantes espectadores que van llenando las butacas del Met. Alguno, preocupado por no se sabe qué cosas, cierra un momento los ojos, se lleva la mano a la frente: ignora que medio mundo le está mirando, que su tristeza por un momento se vuelve inmensa y llena la pantalla.


Me gusta pensar que también ese desconocido se contagiará de la alacridad con que los cantantes hacen su trabajo. Y lo imagino luego, en el entreacto, deambulando solitario entre los grupos que ríen y parlotean. Los que no estamos en Nueva York tenemos más suerte: cuando cae el telón, cruzamos al otro lado y podemos admirar el funcionamiento de la inmensa y fascinante maquinaria escénica. Y ver a los cantantes cuando dejan de actuar y creen que no los vemos: Anna sigue con ganas de gastar bromas, incluso le hace un guiño a un guapo electricista.
Al regresar a casa, atravesando el parque oscuro y solitario (al fondo, la obstinada piedra de San Julián de los Prados), cuánta gratitud. Colecciono tesoros, y este no es el menor de ellos: casi tres horas fuera de mi mundo, en otro mundo disparatado y feliz.


Lunes, 15 de noviembre
EL DESAFÍO

“Un bonito cuento esa historia tuya del tesoro. Porque es un cuento. Hace tanto que te leo que ya me he dado cuenta de que tú no cuentas tu vida, cuentas cuentos”, me dice Valdés cuando paso esta tarde por la librería del Campillín. “¡Y vaya manera rotunda que tiene de definirte tu amigo!”, añade.
Cualquier vida, incluso la más gris, está llena de cuentos inverosímiles. Recuerdo aquella pelea en la cárcel que habré contado cien veces y cada vez me resulta menos creíble. Subíamos a las celdas desde el patio, y un tipo mal encarado tropezó conmigo y me insultó. Yo no habría dado mucha importancia ni a una cosa ni a otra. El insulto fue algo así como “los comunistas sois unos hijos de puta” y yo de comunista tenía bien poco. Pero no podía bajar la cabeza y seguir adelante. Tuve que replicar. Hubo un amago de llegar a las manos. Nos separaron de inmediato. “Aquí no, si no queréis pasaros un mes en celdas de castigo. Mañana, en el tigre”. El tigre eran los servicios, donde no solían asomarse los funcionarios. Pasé la noche sin dormir, aterrado. Pero no podía echarme atrás. Si no aparecía, me convertiría en un mierda, en basura que cualquiera podría pisotear. Mi contrincante era un mal bicho, que estaba allí acusado de haber dado muerte en un atraco a un guardia civil. Al día siguiente, tras desayunar, cuando nos soltaron en el frío patio me sentía como aquel Johanes Dahlmann del cuento de Borges que acepta un desafío del que adivina que no saldrá con vida. “Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”, termina el cuento de Borges. Yo pensaba en esa frase, cuando pálido, con ganas de escapar corriendo, pero sabiendo que no podía hacer otra cosa, rodeado de curiosos, me dirigí hasta el tigre. Allí estaba ya el Guti (creo recordar que ese era su nombre). Había expectación. Yo, esmirriado y con gafas, siempre con un libro en las manos, era un personaje extraño en aquel lugar: la séptima galería de Carabanchel en el otoño de 1974, cuando todavía no se había muerto Franco ni se habían producido los últimos fusilamientos. Se formó un corro expectante en torno a nosotros dos. “Deja que te guarde las gafas”, me dijo uno de los amigos que yo me había hecho en aquellos días, un atracador de poca monta que había pasado del orfanato al reformatorio y del reformatorio a la cárcel con breves intervalos de libertad. Y yo, que disimulaba mi miedo con una total impasibilidad, me dispuse a quitármelas. Mi contrincante entonces, inesperadamente, me dio un puñetazo y las gafas salieron disparadas por los aires. Yo, ciego, me lancé contra él, pero solo logré dar un golpe a los que se habían interpuesto entre nosotros. Porque, al parecer, en aquellas peleas había unas reglas no escritas y mi contrincante las había vulnerado. Debía haber esperado a que yo me quitara las gafas y a que dieran la orden de empezar. Una voz avisó entonces de que se acercaba uno de los funcionarios, quizá extrañado de que hubiera tan poca gente en el patio. El grupo se dispersó. A mí me sangraba ligeramente la nariz, pero las gafas no se habían roto (las habían recogido en el aire) y yo quedé como vencedor. Había demostrado que tenía cojones, algo que en la cárcel, como en la vida, es fundamental. “Cuidado con ese cabrón. Es mala gente. No dejes que se te acerque. Es capaz de clavarte un pincho por la espalda”, me avisaron. Pero no volvió acercarse. Y algunos de los tipos más duros de la galería –pronto organizarían un motín en toda reglar— tuvieron a gala ser amigos míos, incluso me pidieron que les diera clase de marxismo. Yo iba de nones, lo negaba todo, pero si era verdad lo que se decía, tenía más negro futuro que ninguno de ellos. Pero esa es otra historia, también verdadera y también, por supuesto, completamente inverosímil.


Martes, 16 de noviembre
UN CAFÉ EN PARÍS

Soy un mal lector de novelas, lo he dicho muchas veces. Y de la mayoría de las novelas que leo me sobra lo que tienen de novela. Qué gran libro sería El sueño del celta, de Vargas Llosa, solo con que nos hubiera contado de la mejor manera posible la prodigiosa historia de Rogert Casement. Pero, en fin, todavía hay quien piensa que una mediocre novela siempre será preferible a una buena biografía (especialmente a la hora de las ventas).
Todo lo que tiene de novela me sobra de Dentro de un mes, dentro de un año, que encontré el domingo en el Fontán, y cuya portada me fascinó: un mágico rincón de París, la terraza del café Les Deux Magots, con la torre de St-Germain-des-Prés al fondo. Estamos en los años cincuenta y es la atmósfera de ese tiempo lo que yo trato de encontrar en la mediocre prosa de Françoise Sagan.


Tras recordar que yo también, como todo el mundo, me senté en esa esquina ante la que parecía desfilar el universo entero, abro la novela:
Bernard entró en el café, vaciló un instante bajo las miradas de algunos clientes desfigurados por la luz de neón y fue hacia la cajera. Le entregó su ficha de teléfono sin sonreír, con aire cansado. Eran cerca de las cuatro de la madrugada. Sabía que era estúpido telefonear a alguien a esa hora. Se apoyó en la pared y sacó su paquete de cigarrillos. Respondió una voz soñolienta, de hombre. Al fondo se oyó la voz de ella: “¿Quién llama?”. Bernard se quedó un instante inmóvil, aterrado. Luego colgó el auricular. Mientras paseaba por la orilla del Sena, trató de calmarse: “Después de todo, es libre y tú ni siquiera eres su amante”. Le había dicho que era soltero, habían hablado de la vida y de los libros, había pasado una noche juntos. Ahora iba a volver a casa, donde se encontraría con los borradores de esa novela que era incapaz de escribir sobre su mesa de trabajo y en la cama a su mujer dormida, con el rostro infantil y rubio vuelvo hacia la puerta como si temiera que él no volviera nunca, esperándole en su sueño como lo esperaba durante todo el día, ansiosamente”.



Jueves, 18 de noviembre
HISTORIA ANTIGUA

Mientras comento en clase, en las nuevas clases de la antigua escuela de Magisterio que tanto me divierte dar, el poema de Ángel González “Discurso a los jóvenes” y hablo del franquismo y de la ironía como recurso para burlar la censura, se me ocurre pensar en que lo que para los alumnos que me escuchan es historia antigua para mí es autobiografía. Me entran ganas de contarles que cuando yo tenía su edad y me sentaba donde ellos se sientan, allá por 1968, los alumnos y las alumnas estaban rigurosamente separados: entraban por distintas puertas, tenían las aulas en pisos distintos e incomunicados. Un día, por primera vez desde la guerra civil, nos pusimos en huelga. Al día siguiente había una gran asamblea en Derecho, que entonces estaba en el edificio central de la Universidad. Allí fuimos a curiosear unos cuantos ingenuos alumnos de primero que todos los días nos desplazábamos en tren desde Avilés. Desde la plaza de la Escandalera vimos que había varias furgonetas de grises ante la puerta de la Universidad. No nos atrevimos a acercarnos. Allí nos quedamos, mirando y comentando, asombrados y asustados. No llegábamos a la media docena. La policía entra en la Universidad, suenan sirenas, sale gente corriendo… Lo miramos todo desde lejos. De pronto un coche se detiene a nuestro lado, bajan varios policías y comienzan a aporrearnos. Miramos atónitos, sin acabar de creérnoslo. Una señora que pasaba por allí se queda mirando y exclama: “Eso, eso. Que estudien, que estudien”.
Cuando lo recuerdo ahora, sonrío. Resulta que yo también tuve mi mayo del 68, pero no en París, sino en la plaza de la Escandalera. Y sin comerlo ni beberlo, sin pretender cambiar el mundo, siendo un adolescente ingenuo que todo lo había aprendido en los libros y no sabía muy bien lo que pasaba ni de qué lado estaba.
En estas cosas pienso mientras comento el poema de Ángel González. Resisto la tentación de hablar de ello. Afortunadamente todavía no soy tan viejo como para andar por ahí aburriendo a los demás con mis batallitas.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Al otro lado: Retornos

Viernes, 5 de noviembre
UN TESORO


Tras la tertulia en el Oriental, vuelvo a casa por Gascona. Alguien me saluda desde una de las terrazas en que, a pesar de la noche desapacible, se cena al aire libre. “¿No me conoces? Cómo vas a conocerme si hace un siglo que no nos vemos... Soy Salvador, tu mejor amigo de Aldeanueva”. ¡Salvador! Fuimos los mejores amigos del mundo entre los nueve y los doce o trece años. Yo le hacía los deberes de la escuela y él me defendía de los matones del pueblo. Yo de niño era tan inútil como ahora, pero además un poco Quijote. Tres o cuatro chicos ya mayores estaban molestando a una niña en la Pista, frente a la escuela. Otros niños miraban sin hacer nada. Yo, con gafas, el más escuálido y desmadrado de todos, me lancé a defenderla. Dejaron a la niña en paz, que se fue llorando para casa, pero empezaron a jugar conmigo como si fuera una pelota, lanzándome de uno a otro. Fue entonces cuando llegó Salvador. En seguida consiguió que me dejaran en paz, y no solo por sus puñetazos, sino porque era hijo de uno de los guardias civiles del pueblo, un tipo malencarado que no gozaba de muchas simpatías. Desde entonces fuimos amigos. “No tienes media hostia, pero tienes cojones”, me dijo más de una vez. Yo le hacía los deberes y él me ayudaba en otras cosas, como alimentar a los gusanos de seda que guardaba en una caja de zapatos. Comían hojas de morera, que no siempre estaban al alcance de la mano. Había que conseguirlas a pedradas, rompiendo algunas ramas, o subiéndose a los árboles que crecían en el camino de la estación. Yo era un inútil para ambas cosas. Salvador no tardaba ni un minuto en proporcionarme alimento para los insaciables bichitos. También era de los que se lanzaban al río desde lo alto del puente romano mientras que yo apenas si había aprendido a nadar. Pero él me apreciaba porque gracias a mi ayuda comenzó a sacar buenas notas y su padre, que era un bruto, dejó de darle palizas. También porque yo sabía contar historias. Recuerdo las tardes interminables de verano, cuando todo el pueblo dormía la siesta aletargado, y él se llegaba hasta mi casa, un poco más abajo que la suya, también en la carretera, y me llamaba con una piedrecilla que lanzaba el balcón. “¿Vamos a dar una vuelta?”. Y los dos caminábamos aburridos hasta la Pista, donde nos quedábamos a la sombra de uno de los grandes olmos, apoyados en su tronco inmenso y retorcido. “Cuéntame algo”, decía él. Y yo le hablaba de una ciudad sitiada y de un gran caballo de madera lleno de soldados, de un rey al que perseguían sus enemigos y que se salvó porque una araña tejió su tela a la entrada de la gruta en que se había refugiado, de bandidos escondidos en los montes cercanos… Eran las historias que leía en los libros de la escuela, que oía o que soñaba. Escuchaba con los ojos muy abiertos, sin ninguna duda de que todo era verdad. Pero cuando le dije que había encontrado un tesoro cerca del Puente de la Doncella no me creyó. “¡Un tesoro! ¡Qué tontería! Pensarás que soy un crío o, peor aún, que soy tonto”. Le llevé a verlo. Lo había encontrado junto a la carretera, como si lo hubieran arrojado desde algún coche. Como no me atreví a llevarlo a casa, lo oculté tras unas rocas, bajo unas ramas, un poco más allá. Y allí estaba cuando llegué con Salvador. Se trataba de un paquete no muy grande, envuelto en papel de estraza y atado con una cuerda. “¡Vaya tesoro!”, dijo Salvador. Pero el papel tenía una desgarradura y por ella se veía un billete de mil pesetas. Hacía falta poca imaginación para adivinar los fajos de billetes. “¡Una fortuna! ¡Aquí hay millones! ¿De dónde habrán salido?”. “Seguro que de algún atracador de bancos”. “Entonces habrá que entregárselos a la guardia civil”. “¿A mi padre? ¡Antes los quemo!”. Decidimos esconderlos mejor hasta decidir lo que haríamos. Yo quería dar la vuelta al mundo y a Salvador nada le gustaría más que largarse lo más lejos posible, donde su padre no pudiera encontrarle. Pero ¿dónde se compran los billetes para un viaje así? ¿Qué equipaje hay que llevar? En esas dudas andábamos cuando cayó en mis manos un periódico atrasado, uno de los periódicos que desechaba el barbero y que yo leía con avidez. Hablaba de unos timadores que habían estafado a un anciano en Cáceres. Y que lo habían vuelto a intentar en Plasencia. Pero allí alguien los había reconocido y tuvieron que huir. Explicaban en qué consistía el timo. “Me temo que nuestro tesoro se ha hecho humo”, le dije a Salvador. “¿Cómo que se ha hecho humo? ¡Aquí sigue!”. “Ábrelo”. Lo abrió y el sobre estaba lleno, como yo había adivinado, de recortes de periódicos. Salvador me miraba atónito, pero yo entonces tuve una idea y rebusqué entre aquellos papeles hasta que encontré el billete verdadero que habíamos visto por la desgarradura. “No tenemos un tesoro, pero somos ricos”. Por aquel entonces la paga que le daban a un niño los domingos, cuando se la daban, era de una peseta, así que mil constituían una fortuna. ¡La de vueltas que dimos al mundo con esas mil pesetas, la de cosas que compramos, lo que disfrutamos con ese billete que una semana guardaba uno y la siguiente otro!


“Te tocaba a ti guardarlas cuando yo me vine a Asturias. ¿Qué hiciste con ellas?”. “¿Qué querías que hiciera? Seguir guardándolas hasta que volviera a verte. Eran más tuyas que mías. Aquí las tienes”. Abrió la cartera y sacó un arrugado billete de mil pesetas. “No creo que te sirva para comprar muchas cosas”, me dijo sonriendo. Y yo le abracé contento de haber recuperado aquel tesoro olvidado de la infancia.



Lunes, 8 de noviembre
NO PUEDO SER POETA

Paul Brito me envía un libro de variaciones sobre Aquiles y la tortuga, varias de ellas anticipadas en la revista Clarín. Con la famosa paradoja de Zenón me ocurre algo curioso: cuando la escuché por primera vez, era yo un niño, me pareció una tontería, y me lo sigue pareciendo tantos años después. El sentido común afirma que el que corre más alcanza al que corre menos y las reflexiones de Zenón (para recorrer una distancia hay que recorrer primero la mitad y antes la mitad de la mitad y así hasta el infinito) no lo contradicen porque hablan de otra cosa, no de Aquiles y la tortuga.
En El escarabajo de Wittgenstein, Martin Cohen, explica así la aporía de Zenón: “Antes de que Aquiles pueda alcanzar a la tortuga, es evidente que primero necesita llegar hasta el lugar donde esta estaba antes. Y por muy lento que la tortuga avance, seguro que durante ese tiempo se ha movido un poco más en su camino. Y da igual que ahora la ventaja sea solo de algunos metros, Aquiles también tendrá que recorrerlos. Y para cuando lo haga, la tortuga se habrá movido otra vez, aunque solo sea unos pocos centímetros. Y así una y otra vez, en una infinidad de pasos cada vez más pequeños. A primera vista, Aquiles nunca recorrerá la distancia”.
¿A primera vista de quién? Si la tortuga está unos pocos centímetros por delante de Aquiles, a este le basta dar un paso para adelantarla. Eso se lo dije yo, cuando tenía diez años, al maestro que me explicaba la presunta paradoja. “Esta carrera angustió a los filósofos durante muchos siglos”, añade el bueno de Martin Cohen. Pero no hace falta ser Einstein para darse cuenta de que “cuando las proposiciones de las matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas; y cuando son ciertas no se refieren a la realidad”. La línea que tiene infinitos puntos (y una sola dimensión) es una abstracción de la geometría; la pista en la que se celebra la carrera de Aquiles y la tortuga tiene un número limitado de metros y una determinada anchura.
“Alguien con una mente tan apegada a la lógica y tan a ras de tierra no puede ser poeta”, me reprocha un amigo.



Martes, 9 de noviembre
UNA VISITA

Pasadas las doce, cuando estaba a punto de irme a la cama, sonó el timbre. “¿Quién será a estas horas?”, me dije. “Abre, soy yo”. Era una voz de mujer, que no reconocí. “Abre de una vez, que hace frío”. “¿Pero por quién pregunta?”. “Pues por ti. ¿Por quién voy a preguntar? ¿No es este el cuarto derecha?”. Y sin pensarlo dos veces abrí la puerta, pero pensando mirar bien por la mirilla antes de dejar entrar en casa a aquella impaciente desconocida. Abrí, sin embargo, en cuanto oí el sonido del ascensor. Me dio un abrazo y unos besos cariñosos. “No has cambiado nada”. Era morena, no muy alta, no muy guapa, pero de sonrisa agradable, de unos cuarenta años (o quizá más, pero aparentaba menos) y llevaba consigo una pequeña bolsa de viaje. Estaba seguro de no haberla visto en mi vida, pero entró en el piso como si no fuera la primera vez. “Cada vez tienes más libros, pronto no se podrá ir de una habitación a otra”. Se sentó donde yo me siento habitualmente: esa costumbre parecía no conocerla o no le importaba. “Dormiré aquí mismo, no quiero molestar”, dijo. “Es tarde para ti, seguro que ya estabas a punto de irte a la cama. Pues sigue, sigue tus costumbres. Yo leeré un poco antes de dormirme. Dime dónde tienes las mantas para que luego no te moleste”. De la bolsa sacó un libro, las memorias de Harpo Marx, luego se tumbó sobre el sofá, se arropó con la manta que le traje y se puso a leer plácidamente. Yo me había quedado de pie, en la puerta del salón, mirándola sin saber qué hacer ni qué decir. Ella alzó los ojos del libro y me sonrió: “¿No lo has leído? Te gustará. Fíjate cómo comienza: No sé si mi vida ha sido un éxito o un fracaso ni tengo ninguna prisa en averiguarlo. Me tomo simplemente las cosas tal como vienen y por eso me sobra mucho tiempo para disfrutar de la vida”.



Miércoles, 10 de noviembre
REFUGIO CONTRA LA TORMENTA

Esta mañana tenía clase a primera hora. Cuando me asomé al salón, la desconocida seguía allí, durmiendo plácidamente. La manta había caído al suelo, así que me acerqué a arroparla y a recoger el libro que también había dejado caer descuidadamente.
Luego me olvidé de ella, me olvidé de todo inmerso en la grata rutina de todos los días, que hoy, sin embargo, tenía una novedad: comienzo a explicar literatura en Magisterio. Acostumbrado a los pocos alumnos de Filología, me alegra encontrarme de nuevo con un aula llena e inquieta.
Antes de comenzar, mientras tomaba un café en la cafetería, pensé: “La última clase aquí la di en 1993, la primera en 1977 y la primera vez que entré en este edificio, como alumno, fue en 1968”. Sentí un poco de vértigo. Pero en el aula, mientras ponía en juego viejos trucos para atraer la atención de los alumnos, sentí la embriaguez del que comienza una aventura. Yo soy el guía, yo tengo el plano del tesoro, espero ser capaz de descubrirles las maravillas de la literatura. El aula es uno de los lugares donde menos me cuesta ser feliz: los problemas, por graves que sean, siempre se quedan fuera.
Al llegar a casa, poco antes de las dos, con el tiempo justo para meter en el microondas el plato precocinado y ponerme a comer a las dos en punto, como siempre hago, me sorprendió un sabroso olor. La mesa estaba puesta y la desconocida (no me dijo su nombre, no me atrevía preguntárselo porque sin duda yo debía saberlo) había cocinado para mí. “Ya ves que no me he olvidado de la hora en que comes ni de lo que te gusta escuchar mientras comes: he puesto las noticias de Radio Nacional. Aunque si fueras un caballero, deberías apagar la radio y hablar conmigo”.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Al otro lado: Principio sin final

Jueves, 28 de octubre
PARA TRIUNFAR EN LITERATURA

Me llaman de no sé qué emisora de radio: “Estamos preparando un programa sobre los escritores bocazas y queríamos contar con su participación”. “¿Cómo dice?”, respondo menos irritado que divertido. “Estamos preparando un programa sobre las declaraciones de Pérez-Reverte y de Sánchez-Dragó y querríamos que nos diera su opinión y nos hablara de otros escritores así de deslenguados”.
Me tranquiliza saber que no han pensado en mí como escritor bocazas. De Pérez-Reverte reseñé una vez una novelita prologada y anotada por Andrés Amorós. No le debió gustar mucho lo que dije al ilustre académico porque, entrevistado poco después por Nuria Azancot, afirmó que respetaba mucho a los críticos serios, pero que en cuanto oía nombrar a García Posada o a García Martín “sacaba la navaja”. Me imagino que sería una navaja metafórica, aunque no estoy seguro.
Una vez me preguntaron, en un encuentro con jóvenes aspirantes a escritor, cuáles eran las dos cualidades más necesarias para triunfar en literatura. Y yo respondí que las mismas que en cualquier otro campo: saber compaginar adulación y amenaza, el palo y la zanahoria. Es el método Cela-Capone, de éxito asegurado. En la revista Cuadernos hispanoamericanos apareció una nota sobre una de sus obras más prescindibles, Izas, rabizas y colipoterras; se decía que abundaban en ella las “consideraciones tan superficiales como jocosas”. Inmediatamente le escribió al director, Luis Rosales, que “en Papeles de Son Armadans jamás se publicó una vileza sobre ti como la que, sobre mí, acoges en tu número de octubre. En todo caso, nada mal me viene saber a qué atenerme en el futuro”. Y en respuesta a sus disculpas, que no acepta, le advierte que pronto ese presunto ataque tendrá adecuada réplica en su revista, “que sabe estar a la recíproca”.
En el pringoso arte de la adulación al poderoso y la arremetida contra quien se permite el más mínimo reparo tuvo Cela un buen discípulo: Francisco Umbral. Pero no fue el único, aunque sí quizás, en sus mejores momentos, el más líricamente repulsivo. Afortunadamente para él, Pérez-Reverte nada tiene de lírico, lo suyo es el bronco y viril matonismo.


Sábado, 30 de octubre
IMÁGENES

Las luces de los barcos amontonándose como joyas en la oscuridad del puerto.

Tras el gran ventanal, pinos desdibujados que lloriquean descuidadamente, la tierra marrón de las pistas de tenis, colinas desoladas sobre el fondo sucio del cielo.

Una casa derrumbada, lejos de la carretera, con el color de la madera vieja comido por el sol y la lluvia.

Un coche circulando entre el viento del crepúsculo mientras el sol se pone detrás de la ciudad, dejando un cielo de oro y sangre y un mar oscuro manchado a trechos de vino rosa.

Los mástiles oscilantes de los barcos de vela buscando una estrella que no acaban de encontrar.



Domingo, 31 de octubre
SOBRA TIEMPO

Soy de esas personas que lo hacen todo deprisa y por eso siempre me sobra tiempo. El regalo de una hora más no me parece un buen regalo. El día, negro, lluvioso, desapacible como el alma mía, se me vuelve infinito. No sé qué hacer para que pase el tiempo y acabo escribiendo un poema. El demonio cuando no tiene que hacer mata moscas con el rabo: yo escribo poemas.
No me pone de buen humor esta reincidencia. Mis poemas siempre hablan de cosas de las que no me gusta hablar. Espero no reincidir. Al menos hasta que no llegue otro día con horas de sobra.



Martes, 2 de noviembre
MEMORIAS DE UN SACRISTÁN

En la presentación de Ambos mundos, de Xuan Bello, leo el primero de sus poemas que se tradujo al castellano (en 1983, cuando el autor tenía dieciocho años): “Sentimiento, nostalgia de lo que no será, / tirano de nuestros deseos, / tímidos brazos del atardecer / en torno al rubor de unas líneas no escritas, / mientras tú, Eros abrasador, dios del infierno, / de exasperada sed inundas mis palabras / -esas que, huyendo de ti, corren en tu busca”.
He sido testigo de cómo Xuan iba dando forma a sus particulares laberintos, de cómo el precoz poeta se convertía en un prosista excepcional, tanto en asturiano como en castellano. Conozco como nadie su grandeza y sus puntos débiles: continua improvisación, retórica victimista, erudición fantasiosa. Por eso siempre me teme un poco cuando hablo en público de él. Soy como ese sacristán que limpia de polvo la imagen de los santos y que por eso mismo le cuesta creer en sus milagros. Pero yo creo en el milagro de un escritor sin sosiego, que se pasa la vida repitiéndose, que no tiene nunca tiempo para sentarse sin prisa a armar un libro y que, sin embargo, consigue que nunca nos cansemos de escucharle. Son los caprichos de la literatura, que a los escritores formales y puntuales suele preferir los incorregibles, irresponsables, mágicos improvisadores.



Miércoles, 3 de noviembre
UN POETA

José Ángel Gayol le editó su primer libro, que me interesa más bien poco. “Lo que deberías haber hecho es desaconsejarle que lo publicara”, le digo. “Estaba tan entusiasmado…”, me responde. Y yo: “Ya sabes el consejo que suelo darles a los jóvenes poetas: que no escriban, que telefoneen”.
Hoy toma un café conmigo en el Colonial ese joven poeta, Cristian David López, y me arrepiento de la dureza con que traté sus versos. A los veintitrés años todavía está permitido escribir malos poemas. Cristian nació en un remoto rincón del Paraguay. Desde los cuatro años se educó en una comunidad religiosa, Pueblo de Dios, que trata de continuar los modos de vida del cristianismo primitivo. Viven lejos de las ciudades, en aldeas propias. Practican la oración en común y creen que todavía el Espíritu Santo sigue enviando profetas. Cristian leyó su primer libro a los diecisiete años. Se trataba de El gran Gatsby. No es mala manera de iniciarse a la lectura, pero qué extraña debió de resultar la evocación de los locos años veinte en medio de tanta trabajosa desolación.


Apenas había libros en aquellos lugares donde se reza y se trabaja de sol a sol y aún así con las malas cosechas se pasa hambre. No había libros, pero sí Internet, y Cristian se bajó varias obras de Shakespeare y también los sonetos. Todavía adolescente quiso crear una biblioteca para la comunidad. Escribió una petición, buscó las firmas de sus compañeros y se subió al autobús que, una vez al día (y siempre cargado hasta los topes) llegaba hasta Asunción. Allí buscó las distintas embajadas y fue entregando su escrito. Nadie respondió. Pero un día, había pasado más de un año, una noche aterradora de tormenta, lo recuerda bien, con todo inundado y sin luz, sonó milagrosamente el móvil, uno de los primeros que tenían. Llamaban de la embajada de Estados Unidos, les donaban libros por valor de seis mil dólares. Y llegaron los cuentos de Poe y los versos de Whitman, todo Shakespeare y las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn descendiendo el Mississippi. Un cargamento de maravillas. Pero él apenas pudo disfrutarlos. Emigró a Buenos Aires, donde malvivió en una villa miseria, y quedó deslumbrado ante las librerías de Corrientes desbordadas sobre la acera.
Desde niño quiso ser escritor. Publicar un libro le parecía la mayor hazaña. Cuando estuvo en Asturias, y ganó algún dinero trabajando como pintor, con sus primeros ahorros buscó quien le editara. “Ya me arrepiento”, me dice.
Yo ahora leo sus versos, que hojeé despreciativo, con otros ojos: “Ser bueno es la forma de no morir, / ser bueno es la forma de ser inmortal, / de no morir en el corazón de la gente”.
“Algunas veces pasé hambre”, me dice sonriendo. “Allí había lo que nosotros llamamos una olla común, un comedor colectivo, pero si te retrasabas cuando llegaba tu turno ya se había acabado la comida. Y a veces no me acercaba a comer porque me parecía que no había trabajado lo suficiente, que no me la había ganado. Antes era más humilde, ahora lo voy siendo menos”.
Me enseña los libros que acaba de comprar: el Werther de Goethe, Las Tablas de la Ley de Thomas Mann y el El perro de los Baskerville, de Conan Doyle. “Me entusiasma Sherlock Holmes. Me enseña a razonar”.
Antes de volverme al Milán, le señalo el camino de la librería Don Quijote. Está buscando los poemas de Whitman.
¿Cómo no sentirse identificado con el niño que, antes de tener un libro en las manos, ya soñaba con los libros? Cristian vale más que sus poemas, pero no me extrañaría nada que muy pronto sus versos valieran tanto como vale él.


Jueves, 4 de noviembre
CUALQUIER OTRA VIDA

Me gustan las historias que comienzan cuando un desconocido llama a la puerta. O aquellas otras en las que un automóvil se avería cerca de un caserón abandonado. Me gusta abrir un libro al azar, leer unas líneas, cerrar los ojos y continuar con mi vida lejos de mi vida: “Todos aguardaban con impaciencia el martes, cuando el barco de Sydney hiciera su entrada en el puerto. La tensión nerviosa en que vivían se hacía irresistible por momentos”.
Yo también aguardo, paseando arriba y abajo, la llegada de un barco en que marcharme lejos, en que empezar otra vida. O del que descienda alguien que vuelva del revés mi vida.
Y cuando todos se han ido, cuando ya nadie, salvo yo, espera en los muelles, el barco aparece. Es una noche sin luna y con estrellas. Las luces del barco –verdes, rojas, azules- brillan como si llegara cargado de fastuosos tesoros. Poco a poco se acerca...
(Por tu vida, el marinero, / dígasme hora ese cantar).
Lentamente, como si no se moviera. Me gustan las historias que son solo principio sin final.

domingo, 31 de octubre de 2010

Al otro lado: Tontería y vanidad

Viernes, 22 de octubre
EN LA TERTULIA

“¿Es cierto lo que se dice?”, me preguntan al llegar encorbatado a la tertulia después de la entrega de los premios Príncipe de Asturias. “¿Es cierto que este año, en la comida del Reconquista, nadie hacia caso de los príncipes ni de la reina, que todo el mundo esperaba ansioso la llegada de los futbolistas? ¿Es cierto que Leticia pasaba inadvertida en un rincón, que Felipe se paseaba de un lado a otro con el plato de comida en una mano y la copa de cerveza en la otra, que la reina se aburría sentada entre un Víctor de la Concha que no paraba de hablar y un adormilado Manuel Fraga? ¿Es cierto que todo el mundo hacía cola para adorar a Sara Carbonero que, entronizada en el centro del patio, con la copa del mundo en el regazo, era la verdadera reina de la fiesta? ¿Es cierto que cuando por fin, a última hora, llegó Iker Casillas, en medio del resto de los jugadores, fue como si de pronto apareciera Cristo entre sus discípulos?”.
“Pues si ocurrió eso, que lo dudo, yo no me enteré de nada”, les digo.
“Tú no te enteras de lo que no te conviene. ¡La crónica que habrías hecho en el tiempo de los Cuadernos de Oliver! ¡Lo que habría contado Víctor Botas! Quién te ha visto y quien te ve. Un viejo republicano (sobre todo viejo, pienso yo) haciendo reverencias en la corte por un plato de lentejas: lo que te pagan por ser jurado…”
“Si no pagan nada…”
“Pues peor aún. Ahora podrías citar los versos de José Emilio Pacheco que tanto te gusta repetir: Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.
¿Ya soy todo aquello contra lo que luché a los veinte años? Es posible. Es cierto que a la reina la vi un poco aburrida, entre el director de la Academia y el pertinaz político, que el príncipe se paseaba con su plato en la mano sin el corrillo habitual, que Leticia no despertaba, ni mucho menos, la expectación de otras veces, que todos los ojos se iban tras de la periodista que, en su trono televisivo, se abrazaba al Santo Grial, que se formaban largas colas para fotografiarse con la dorada reliquia, hecha de la misma materia que los sueños. Pero yo prefiero hablar de los buenos amigos con los que compartí mesa. No sé si con la edad uno se va haciendo más sabio o simplemente más conformista, pero para mí no hay premio mayor.
Por eso acepto cada año la invitación a la entrega de estos mediáticos galardones. Por eso, desde hace treinta años, solo he faltado tres viernes –y por causa de fuerza mayor— a la tertulia de los viernes.


Sábado, 23 de octubre
PROVERBIOS BÚLGAROS

Enciende una vela a Dios y dos al diablo.

La buena palabra llega lejos, pero a la mala no hay quien la alcance.

Si no pruebas el mal, no conocerás el bien.

Hasta que no comas un kilo de sal con alguien no sabrás qué clase de persona es.

Si tienes vino bueno y buenos amigos, no eches en falta a ninguna mujer.

Quien dos liebres persigue no caza ninguna.

Es mejor estar en el infierno con gente inteligente que en el paraíso con los tontos.

Los sabios estropean el mundo.

El que todo lo ignora, mucho sabe.

Si el matrimonio fuera cosa buena, Dios tendría esposa.



Domingo, 24 de octubre
LOS TRES JUGADORES

Esa escena de caza que te contaron en el Colonial –me telefonea un amigo— me recuerda mucho a un cuento de Amelia Edwards, “El coche fantasma”. Incluso creo recordar que el menú que sirven a los dos cazadores extraviados, huevos fritos con jamón y una botella de jerez, es el mismo. No sé yo si tu interlocutor no confundirá viejas lecturas con la realidad. Aunque la realidad, lo sé por experiencia, no siempre es realista. Yo también tuve, hace algunos años, una experiencia que no he contado a nadie. Te la voy a contar a ti, pero que quede entre nosotros. A mí entonces me interesaba mucho lo paranormal. Fui varias veces a casas abandonadas a grabar psicofonías, ya sabes esos raros sonidos que a veces se escuchan donde no debería escucharse nada. Fui también con mi grabadora al cementerio de San Lázaro. Casi siempre me acompañaba algún amigo; el que menos miedo tenía era Pelayo. Pero una vez fui solo. Era una noche de verano, con luna llena, con música de grillos, muy agradable, nada fantasmagórica. Yo había bebido un poco, todo el mundo había tenido que irse, no me apetecía volver a casa (todavía vivía con mis padres), así que sin pensarlo mucho me fui hasta San Lázaro a seguir haciendo experimentos. Ya había saltado las tapias cuando me di cuenta de que no llevaba conmigo la grabadora. Era igual, pasearía entre las tumbas, imaginaría algún poema. Ya sabes que entonces yo era muy byroniano. Me acerqué hasta la tumba de Clarín y de pronto vi que muy cerca, sobre una lápida, tres individuos parecían jugar a las cartas. ¿Creerás que me asusté? Bueno, un poco sí, pero antes de que pudiera pensar en nada uno de ellos alzo la vista y dijo: “Nos hace falta uno más para la partida. ¿Te apuntas?”. “Vale”, respondí. Aquella voz aguardentosa me era familiar y en seguida reconocí al hijo de un profesor de Derecho, y abogado famoso, que alguna vez nos encontrábamos en el Apolo, no recuerdo ahora su nombre. Los otros dos, el uno con su barba blanca, el otro con sus gafas a lo Woody Allen, se parecían extrañamente a Ángel González y a Víctor Botas. Estaban muy callados, con la vista baja. “No tengo dinero”, dije. “No importa, jugaremos a las prendas”. Y partida tras partida fui perdiendo toda la ropa. “Bueno, hasta otra noche”, dijo el más joven, el único que hablaba. Y los tres se pusieron en pie y desaparecieron dejándome allí atónito y desnudo. De pronto, sentí frío. Comencé a temblar. Me vestí rápidamente y regresé a casa. A la mañana siguiente, pensé lo que tú, que todo había sido una alcohólica alucinación.


Pero unos días después, vino Ángel González a Oviedo. Lola Lucio y Juan Benito nos invitaron a cenar con él en su casa. Estabas tú, Almuzara, López-Vega, creo que también Silvia. Cenamos, charlamos, y luego nos fuimos a tomar unas copas. Todo el mundo se fue retirando, tú el primero, y yo acompañé a Ángel hasta las cuatro. A esa hora lo dejé en el Paraguas. Al día siguiente, recuerda que estábamos en la tertulia, y nos llamó Lola Lucio preocupada: Ángel no había regresado a casa, nadie sabía nada de él. Una juerga de más de veinticuatro horas era demasiada juerga, incluso para un poeta de los cincuenta. Ya sabes el final de la historia: había entrado en la catedral y se había quedado dormido en uno de los bancos, cuando despertó decían misa y él pensó que había muerto y que asistía a su funeral. Lo que no sabes es lo que me dijo nada más verme: “A ver cuándo echamos otra partida, pero procura llevar dinero”. Víctor Botas no me dijo nada, Víctor Botas por las fechas en que jugó conmigo al póquer sobre una tumba de San Lázaro llevaba ya dos años muerto, exactamente debajo de esa tumba: la reconocí por el epitafio.



Lunes, 25 de octubre
ELOGIO DEL PLANETA

“Haces mal en meterte con el Planeta”, me reprocha otro amigo. “¿Que no acierta siempre? Ningún premio lo hace. Ahí tienes el Nobel. Ahora todo el mundo habla de Vargas Llosa, es la noticia del siglo, sobre todo para El País y Alfaguara. ¿Pero quién se acuerda del Nobel del año pasado, una tal Herta Müller? Tu amigo Colinas acaba de publicar dos libros suyos. Los títulos ya lo dicen todo: El guarda saca su peine y En el moño mora una señora. Escritura automática, como la que propugnaban los dadaístas hace un siglo. Aburridos juegos de salón. No sé yo por qué tiene tan mala fama el Planeta y tan buena el Nobel: en ambos casos aciertan por casualidad. Y no es cierto eso que dices de que el Planeta, cuando premia a un buen escritor, lo hace siempre por su peor novela. Si fuera así, Millás no lo habría obtenido con El mundo, sino quizá con Lo que sé de los hombrecillos, aunque bien mirado tiene otras novelas dónde escoger”.


Martes, 26 de octubre
MIENTRAS SE ESPERA

Conmigo el tiempo / se sienta a esperar / que pase el tiempo.

Cuántas palabras / pero yo solo escucho / viejos silencios.

Espérame. / De donde no se vuelve / he de volver.

La noche llega / y escondido tras ella / el nuevo día.

¿No los sabías? / Cuando más solo estoy / estás conmigo.

Pocas palabras. / Lo que importa lo dice / siempre el silencio.

El tiempo pasa / arrastrando los pies / como otro enfermo.

En el jardín / desperdician su olor / todas las flores.

Suena el teléfono / en la casa sin nadie / todas las noches.

Nunca te he visto / y en las noches de insomnio / aún te recuerdo.

¿Sabes quién soy? / La mitad de tu alma / y no lo sabes.

Di que me quieres. / Tras de tantas mentiras / una verdad.


Miércoles, 27 de octubre
TODAVÍA APRENDO

No soy de las personas que se elogian a sí mismas, no soy de los que dicen: “Mi último número está gustando mucho”. Soy demasiado vanidoso para incurrir en semejante ingenuidad, o en la de reproducir los elogios que recibo (no hay escritor que no reciba elogios, generalmente de otros escritores que esperan que les sean devueltos de inmediato y con intereses). Lo que sí suelo enseñar son las diatribas con las que mis enemigos me halagan no con tanta frecuencia como a mí me gustaría. De sobra sé que esos son los verdaderos elogios. Nadie se toma la molestia de arremeter contra quien no cree importante, contra quien no le hace sombra. Últimamente a todo el mundo le enseño la andanada que encontré en el más reciente libro de Miguel d’Ors (gran poeta, pero tan facha que hasta le parecen tibios los contertulios de la COPE).
No lo haré más. Releyendo Un invierno en Mallorca, de George Sand, me encuentro con estas líneas del prólogo: “Si hay tontería y vanidad en publicar los halagos que se reciben, ¿no hay mayor tontería y vanidad en alardear de los ataques de que se es objeto?”.
Bajo la cabeza avergonzado. Espero no volver a incurrir en semejante tontería y vanidad.

domingo, 24 de octubre de 2010

Al otro lado: Medias verdades

Viernes, 15 de octubre
UN CAZADOR

Tomo el café de la mañana en mi exilio del Colonial. Al cliente de al lado le llama la atención uno de los libros que tengo sobre la mesa (la primera cosecha del día, por la tarde llegarán otros): Cartas a la duquesa de Aveiro, de Juan José Viola Cardoso. “Le conozco”, me dice, “en los Ancares hemos cazado corzos, y conejos en La Zafra, cerca de Alburquerque. ¿Me permite hojearlo?”. Pasa las páginas, sonríe ante algún fragmento, me lee un párrafo: “La caza, Duquesa, tiene el don de llevar algunas veces a quien la practica por lugares donde a los otros mortales ni se les ocurriría poner los pies, y de encontrar, por esos mundos de Dios, a sujetos increíbles”. “¡Qué razón tiene!”, añade tras dejar el libro sobre la mesa y anotar el título y la editorial.


----A mí me ocurrió una vez uno de esos encuentros que no se pueden contar a nadie si no quieres que te tomen por loco. Me había pasado fuera toda la jornada y no había conseguido ni una pieza. Era el mes de diciembre y me encontraba en un páramo vasto y frío del norte de Inglaterra, donde residí algunos años. Nubes algodonosas, que anunciaban nieve, descendían sobre los brezales; la noche plomiza comenzaba a caer sobre los campos, y yo temí haberme perdido. No se veía ni una columna de humo, ni un cercado, ni un rebaño, nada que pudiera orientarme. Continué caminando, con la escopeta al hombro, mientras la nieve comenzaba a caer. Pronto la oscuridad se hizo completa. Me acordé entonces de esos viajeros que caminan bajo la nieve hasta que caen extenuados para no levantarse más. Después de muchas millas de marcha, iba ya a tenderme en el suelo para aceptar mi destino cuando me pareció divisar una luz. Desapareció en seguida, pero yo fui hacia donde había brillado y, no mucho después, me encontré ante un oscuro caserón. Salté la cerca y un perro se abalanzó inmediatamente sobre mí. Me habría destrozado si una voz no lo hubiera detenido. En el portal había un hombre que me apuntaba con una escopeta. “¿Quién es usted? ¿Qué busca?”. De no muy buen grado, cuando le conté mi situación, accedió a dejarme pasar. En la cocina, un criado silencioso me dio de cenar. Lo recuerdo bien: un plato de huevos y jamón, un trozo de pan de centeno y una botella de excelente jerez. Nunca he cenado con más apetito: desde el desayuno, un café solo, no había vuelto a probar bocado. Fui luego, antes de tenderme en el jergón que me habían destinado en la misma cocina, a agradecerle al dueño sus atenciones. Estaba en una habitación extraña: a un lado de la chimenea, había unas estanterías llenas de grandes libracos; al otro, un pequeño órgano decorado con coloreadas figuras de santos y demonios; en un armario, con la puerta entreabierta, se veían crisoles, retortas y tarros farmacéuticos; sobre el estante de la chimenea, lleno de objetos, un mapamundi; buena parte de los muros estaban cubiertos con extraños diagramas; había libros y papeles esparcidos por el suelo y también un gran compás de madera; parecía el gabinete de un sabio medieval o de un alquimista. Di las gracias, dije mi nombre, mi profesión de ingeniero, mi dirección en Inglaterra y en España, pero mi anfitrión no levantó los ojos, que tenía fijos en el fuego. Me acerqué más a él, pensando que se había dormido, pero de pronto volvió el rostro hacia mí, irritado. “¿Con qué derecho se atreve usted a molestarme? Vuelva a la cocina y salga de mi casa en cuanto deje de nevar”. Balbuceé alguna excusa y me dispuse a regresar a mi rincón. Fue entonces cuando me fijé en el fuego que ardía en la chimenea. La danza hipnótica de las llamas siempre me ha fascinado, pero allí había algo más. Me vi a mí mismo, tendido sobre la nieve, desangrado, rodeado de alimañas; vi a mi mujer, de negro, en mi funeral, aquí muy cerca, en la iglesia de San Juan. “Ya lo sabe usted todo”, me dijo mi anfitrión. “Bienvenido al reino de los muertos. Ahora váyase a descansar”. Y lo curioso es que era tal mi estado de ánimo que no me extrañaron aquellas palabras. Regresé a la cocina, me tomé una copa más de vino y me dormí como un bendito. Cuando desperté lucía un sol espléndido, la nieve se había derretido casi por completo y en la casa, que parecía abandonada desde hacía tiempo, no había nadie. Me puse a caminar y no tardé en encontrarme con otros cazadores. Cuando llegué a la residencia que compartía con varios ingenieros me extrañó que nadie me preguntara nada, que no estuvieran preocupados por mi ausencia. Tenían la impresión de que había estado mucho tiempo ausente, pero era el mismo día en que había partido al amanecer, solo, como me gusta cazar a veces, para despejar la cabeza. Aquel día de diciembre, que se anunciaba soleado, había hecho honor a su promesa y había sido uno de los más hermosos del año, según me confirmaron. Esta historia nunca se la conté a nadie. Veinte años después, tras haberle dado muchas vueltas en la cabeza, sigo sin encontrarle ninguna explicación.


Sábado, 16 de octubre
LA GENTE NORMAL

Es tiempo de regresos. Vuelvo, tantos años después, al cine de mi infancia, el Marta y María, milagrosamente aún abierto en el caserón barroco en que Palacio Valdés situó una de sus novelas, aunque haya perdido a María por el camino. Ya quedan pocos cines así, a pie de calle (de mi calle Rivero), sin el envoltorio de un centro comercial.


Veo La red social, la película de David Fincher sobre el origen de Facebook. A mí con Facebook me pasa lo que con Belén Esteban: no le veo el interés por ninguna parte, aunque es seguro que lo tiene, millones de personas lo confirman cada día.
¿El origen de Facebook? A un estudiante de Harvard, Mark Zuckerberg, para vengarse de una chica que le ha rechazado, se le ocurre piratear los archivos informáticos de la Universidad y organizar un concurso en el que las alumnas son comparadas con animales. Los orígenes de Belén Esteban parece que son no menos pintorescos: estuvo casada con un torero.
Millonarios por accidente se titula el libro de Ben Mezrich en que se basa el guión. Y un inexplicable –para mí— accidente es el que convierte en reyes del mambo a un estudiante que no despega la nariz de su ordenador y a una pizpireta ama de casa. ¿Qué interés puede tener que una señora gritona ventile en público sus triviales conflictos familiares? ¿Qué interés puede tener que un montón de amigos o de simples conocidos me cuenten lo que hacen o me envíen las fotos de sus vacaciones? Para mí, ninguno; para la mayoría de la gente, al parecer mucho.
La verdad es que tengo fama de raro, pero me temo que es una fama inmerecida. Porque para rara, pero rara de verdad, la gente normal.


Domingo, 17 de octubre
TODAVÍA

“Algo le falta al hombre que no ha conocido la enfermedad, la desgracia o la prisión”, afirma Emmanuel Mounier. Más le falta –preciso yo— al hombre que no ha conocido la felicidad.
Yo la he conocido y aunque últimamente parece haberme vuelto la espalda, todavía viene, de vez en cuando, a darme un beso antes de buenas noches.


Lunes, 18 de octubre
ELOGIO DEL PESIMISMO

Ser pesimista tiene sus ventajas. Siempre que intento algo, un negocio o un amor, doy por descontado el fracaso. Así nunca me llevo sorpresas desagradables. Lo que me sorprende siempre es el éxito. Que de pronto, entre las nubes negras de estos días, asome el sol. “¿Sabes que tienes exactamente tres veces la edad que yo tengo? Yo también nací un 17 de junio”.
Lo sé de sobra: sé sumar, restar, multiplicar y dividir. Y cerrar los ojos cuando me conviene y disfrutar del presente –sin pasado ni futuro— que de pronto se me ofrece.


Martes, 19 de octubre
EL AMANTE IMAGINARIO

“No haces más que contar cuentos. Yo creo que todos tus amores son imaginarios”, me dice un amigo escéptico. “Pues yo creo que todos los amores son imaginarios, salvo quizás los imaginarios”, le respondo.



Jueves, 21 de octubre
UN PREMIO

Me entrevistan en un rincón del Reconquista sobre Amin Maalouf y me da la impresión de que ni siquiera las dos locutoras de una radio sin demasiados oyentes que me hacen las preguntas escuchan lo que digo. Y no me extraña ¿qué puedo decir sino amables banalidades? Pero de pronto se mencionan otros premios y aparece mi monstruo favorito. “¿Y qué opina de que le hayan concedido el Planeta a Eduardo Mendoza?”.
----El Planeta nunca se equivoca. Las últimas novelas de Mendoza cada vez tenían menor interés, el premio certifica que la decadencia es irreversible. Recuerdo que, en una reunión del jurado de los Príncipe de Asturias, se hablaba del eterno candidato, Juan Marsé. “Es incomprensible que un novelista de su categoría no tenga ningún premio”, dijo no sé quién, quizá Rosa Montero. “No es cierto que no tenga ningún premio, tiene el Planeta”, respondió alguien. Y entonces yo: “Pero eso no es un galardón, sino un baldón”. Desde mi derecha y desde mi izquierda sentí dos miradas asesinas. Resulta que cuando hice esa gracia estaba sentado precisamente entre dos premio Planeta, Sánchez Dragó y Fernando Delgado, dos ilustres novelistas, como es bien sabido. La historia de ese presunto premio es puro surrealismo. Pronto se verá en los tribunales la acusación de plagio contra Camilo José Cela. Pero lo más curioso es que le acusan de haber plagiado, no cualquier obra, sino una novela inédita presentada al mismo premio que le concedieron a él. Que las novelas del Planeta se encargan expresamente a un autor de renombre y suele entregarla fuera de plazo no es un secreto para nadie. Yo fui testigo directo de uno de esos casos. “Martín, Martín”, me telefoneó un joven novelista que ahora luce orondo en los programas más fachas de la televisión nacional, “que el próximo Planeta va a ser para mí”, “Martín, Martín, que el primer capítulo le ha gustado mucho a Carlos Pujol”. “Martín, Martín, que ya casi la tengo terminada”, me dijo dos meses después de concluido el plazo de entrega. Normal resulta (normal para los ejecutivos de Planeta) que a un novelista que ha perdido su capacidad de fabular, si es que alguna vez la tuvo, pero no su amanerado estilo, le faciliten el cañamazo argumental para una de sus estilizadas virguerías, pero que le pasen uno de los originales inéditos presentados al mismo premio que pretenden concederle parece que supera cualquier nivel de estupidez. Pero, en fin, todo es posible en un premio que nunca se equivoca: incluso si se lo dan a un buen escritor (a veces ocurre), seguro que es por su peor novela.

domingo, 17 de octubre de 2010

Al otro lado: Otro regreso

Miércoles, 6 de octubre
DONDE LAS ÁGUILAS

Bajo la lluvia mansa, tengo toda la ciudad en torno mío. Allá al norte brillan entre lo gris las cúpulas de oro de la catedral; a la derecha, más cerca, la mole desmochada (le falta la gran estrella roja) de la antigua sede del Partido; al sur, más mamotrético aún, con su modernidad envejecida, el Palacio Nacional de Cultura. Y por todos lados, un laberinto de desvencijadas alturas, de terrazas y mansardas, avenidas y callejuelas, el manchón verde de los grandes parques o de los pequeños espacios arbolados.
Este lugar, en lo alto del Ministerio de Transportes, antes reservado para los jerarcas del Partido, es ahora un restaurante al alcance de quien pueda permitírselo. Pocos, parece: apenas hay dos mesas ocupadas. Los ojos se alimentan de melancolía.
El Palacio Nacional de Cultura fue el último delirio del antiguo régimen. La ministra que lo construyó era hija del dictador; aspiraba a ser una nueva Eva Perón; murió, dicen que asesinada, antes de verlo terminado. Tiene infinitas salas, pasillos, ascensores, escaleras que van a ninguna parte. Es fácil perderse en él. Lo sé por experiencia. En mis pesadillas, al abrir una de sus alas, clausurada durante un tiempo por falta de personal o de dinero para pagar luz y calefacción, encuentran un cadáver: el mío. A vista de águila, no da miedo.
Trato de reconocer, en esta neblina impresionista, algunos lugares. Por allá, al final del Zhenski Pazar, del Mercado de las Damas, está el Puente de los Leones, y al otro lado, cerca de la Universidad, el Puente de las Águilas. Sobrevuelo, como un águila más, los rincones familiares, y especialmente una calle arbolada y sigilosa donde, tras cruzar un descuidado patio, subir unas escaleras, recorrer un pasillo oscuro, hay una puerta que esconde, o escondía, toda la luz del mundo.
Escucho a Liliana Tabakova contarme la historia de Orlín Vasilev, su padrastro, un escritor marginado en tiempos del comunismo por querer seguir siendo fiel a los ideales del comunismo y hoy doblemente olvidado. Anoté uno de sus títulos: “Guarda bien el tesoro de tu infelicidad”. ¿Estará correcto? ¿No debería decir felicidad?
Yo guardo bien el tesoro de mi infelicidad. Prefiero ser infeliz y haberte conocido, que ser feliz y haber pasado de largo, aquel día de ayer mismo o de hace una eternidad, por una calle penumbrosa; no haber buscado una dirección temblorosamente apuntada en un papel; no haber llamado a un timbre que no sonaba, no haber golpeado con la mano en la puerta… Liliana Tabakova sigue hablando, pero yo apenas escucho; me dedico a emborracharme de melancolía mientras en mi memoria resuenan unos versos de Verlaine: “Il pleure dans mon coeur / comme il pleut sur la ville…”. Sí, llora mi corazón como llueve sobre la ciudad.



Jueves, 7 de octubre
ANIMAE RERUM

A punto de entrar en el Museo Arqueológico, me sorprende el estridente ronroneo de una procesión. Pero no es una procesión lo que se acerca por la gran avenida, aunque la encabeza una tosca cruz de madera y los participantes lleven una especie de túnica morada: son los sindicatos de izquierda que se manifiestan contra la intención del gobierno de retrasar la edad de jubilación y otras medidas anticrisis. Junto a la cruz, veo la bandera de Bulgaria. Hay también otras banderas, pero ninguna roja, ningún signo de su reciente pasado comunista. Tampoco en el museo hay muestras de los largos siglos islámicos. O sí: el propio museo, la Bujuk Mezquita, la Gran Mezquita, tan admirable como la más admirable de las piezas que contiene. Y cuántas maravillas encierra: las armas de los tracios que lucharon en los versos de Homero; estelas funerarias donde rostros anónimos nos dañan con su serenidad; la máscara de oro que pudo llevar Agamenón; el bajorrelieve que, a modo de cartel, anuncia el espectáculo del anfiteatro de Serdika, la Sofia romana (sobre los restos, recién descubiertos, han construido un hotel); el prodigioso busto de un rey refinadamente bárbaro… Pero a mí lo que más me ha llamado la atención es una pieza que no lleva indicación ninguna (o al menos yo no la he encontrado): un hombre y una mujer detrás, con los rostros borrados, que parecen avanzar hacia nosotros. Quizá se trate de Orfeo que vuelve gozoso del infierno con una Eurídice que se desvanecerá para siempre en cuanto él vuelva la mirada. No lo sé, lo que sí sé es que desde ahora ese hombre y esa mujer van a seguir caminando incansables por mis sueños.
En el café del Museo, mientras la lluvia cae sobre el jardín, pienso en mi vida, en el sinsentido de cualquier vida, y recuerdo versos de un poeta olvidado: “Al mirar del paisaje la borrosa tristeza / y sentir de mi alma la sorda pena oscura, / ya no sé, confundido de terror y de espanto, / si lloro su agonía o si él mis penas llora”.


Qué irreal resulta todo: los manifestantes que han sustituido la hoz y el martillo por una tosca cruz, los soldados con su uniforme de opereta que hacen guardia frente al palacio presidencial, los rostros del museo que me siguen mirando como si me reconocieran, este tranquilo café fuera del mundo donde anoto unos versos que no sé dónde leí y se me han quedado para siempre en la memoria: “Ya no sé si es la sombra quien invade mi alma / o si es que de mi alma va surgiendo la sombra”.


Viernes, 8 de octubre
KOPRIVSHTITSA

Este soleado día de otoño, por una carretera entre montañas (a un lado los Balcanes, al otro la cordillera del Medio) llego hasta Koprivshtitsa, un pueblo cuya arquitectura me recuerda a la del viejo Plovdiv. Me cuentan que es uno de los lugares sagrados de la historia búlgara: aquí tuvo lugar, en 1876, la revuelta de abril que supuso el comienzo de la liberación; desde aquí se mandó la “carta de sangre”, escrita con la sangre de un turco asesinado, animando a otras ciudades a sublevarse. La gran estatua de Todor Kableshkov, uno de los héroes, suicidado en prisión a los veinticinco años, empuña una pistola. ¿Héroe? Héroe tras la independencia. Antes, un terrorista al que denunciaron sus propios convecinos –ricos comerciantes— para evitar que la ciudad fuera destruida por los turcos y para poder seguir siendo ricos comerciantes (se arruinaron al separarse del imperio).
“Esta es la verdadera Bulgaria”, me dicen, pero yo veo un parque temático, un museo etnográfico, el colorista escenario de un patriótico cuento. La iglesia de la Asunción, que casi diluye su azul en el azul del cielo, fue construida en once días, según la leyenda, y parece una frágil maqueta; en su penumbra coloreada enciendo un par de velas. No pido nada: si existiera Dios, sabría de sobra lo que deseo más que nada. Junto a la iglesia está el cementerio. Que felices estos muertos ajenos, acariciados por el esplendor del otoño. Junto a la tumba del poeta Dimcho Debelyanov, una estatua de su madre, que le sigue esperando como cuando en la guerra soñaba con que volvía y ella salía a recibirle al patio de casa. Un hermoso patio, donde aún resultaría posible ese encuentro. No conozco ningún poema de Debelyanov, pero aquí, junto a su tumba, no me resulta difícil imaginarme alguno: “Silencio… Ni una hoja se estremece en el viento. / Todo duerme en la calma de la tarde silente. / Se oye crecer la hierba y en el alma se siente / abrirse como flor un dulce pensamiento”.



Sábado, 9 de octubre
POSIBLES PARAÍSOS

Con sus acristaladas fachadas y todas sus luces encendidas, en las heladas noches de invierno parece una imagen del paraíso. Y de alguna manera lo es: del paraíso capitalista en que este país sueña con entrar.
Pero es solo un centro comercial, el Mall of Sofia, el primero que se abrió en la ciudad. Por fin consigo tomarme un café en él (mis amigos búlgaros, como mis amigos españoles, detestan estas catedrales del consumo). Los ventanales dan al Boulevard Stambolisiiski, donde vive Rada Panchovska, que ahora me acompaña; una de las paredes la ocupan estanterías con libros. Se está bien aquí, con buena luz, calor adecuado, y agradable compañía. También estaría a gusto solo, como tantas veces en tantos otros centros comerciales. Si viviera en esta ciudad, vendría todos los días a leer un rato y a sentir pasar la vida. Soy un solitario, pero no me gusta estar solo a solas, prefiero estar solo entre la gente.


Damos una vuelta por los diversos pisos. “No sé qué te puede interesar; todos estos sitios son iguales”. Iguales y distintos, como los seres humanos. Miro la cartelera de los cines, y en parte coincide con la de Los Prados. Me gusta estar en casa, tan lejos de casa.
De vuelta al hotel, en la recién abierta estación de metro junto a la Universidad, Rada nos muestra una nueva librería. Es grande y acogedora y tiene una sección de viejo que es como un laberinto atiborrado de tesoros. ¿De tesoros? Acaricio los libros, según costumbre, pero apenas si con dificultad puedo deletrear algún título. Qué extraño estar rodeado de libros y no poder leer ninguno. Pienso en Tántalo, muerto de sed junto a una fuente, y en Borges, a quien la ironía de Dios le dio a la vez la ceguera y la dirección de la Biblioteca Nacional.


Domingo, 10 de octubre
DOS CIUDADES HAY

Siempre que vuelvo a estas tierras, me empeño en ir a Plovdiv mientras mis anfitriones se esfuerzan por llevarme a otros lugares. A Veliko Tarnovo, por ejemplo, que se alza entre los meandros del río Yantra y fue destruida por los turcos en 1393. Pero yo soy la persona menos aventurera del mundo. Nunca voy por primera vez a ninguna parte, salvo por obligación. A este país me trajeron Cervantes y Víctor Botas, y fue un amor a primera vista. Vuelvo siempre que puedo, pero al mismo hotel, frente a un parque con restos arqueológicos, a tres o cuatro rincones de Sofía, y a Plovdiv. Me gustan sus calles peatonales, la plaza con la estatua de Filipo sobre el anfiteatro romano, la mezquita Dzhumaya, uno de esos lugares donde se calma el dolor, el río Maritsa y el Gran Teatro.


Desciendo por las empinadas graderías hasta el escenario, y allí juego a representar (unos niños, allá en lo alto, son los únicos asombrados espectadores) Los intereses creados. “Gran ciudad ha de ser esta, Crispín, en todo se advierte su señorío y riqueza”. “Dos ciudades hay, quiera el cielo que con la mejor hayamos dado”, me responde Crispín, quiero decir, Almuzara. “¿Dos ciudades dices? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río”. “¡Qué importa el río ni la vejez ni la novedad! Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero y otra para el que llega como nosotros”.


Dos ciudades hay en toda ciudad del mundo. Una para los que viven en ella y otras para los que pasan por ella. A veces solo a estos últimos, si saben escuchar con los ojos, les revela su secreto.

sábado, 9 de octubre de 2010

Al otro lado: Viejos sueños

Jueves, 30 de septiembre
UNA SONRISA

“¿No me reconoces? ¿De verdad no me reconoces?”. No, no le reconocía, y me estaba comenzando a cansar de su insistencia. Nada me fastidia más que esa gente que parece que quiere poner en evidencia tu mala memoria y lo único que pone en evidencia es su mala educación. El portal estaba abierto y había llamado directamente a la puerta del piso. Llevaba a la espalda una mochila y se apoyaba en un bastón; tendría más o menos mi edad. Seguía insistiendo en que debía reconocerle y a punto estuve de darle con la puerta en las narices, pero de pronto se fijó en el libro que coronaba uno de los montones que había cerca de la puerta (libros recién llegados que estaban esperando su destino) y dijo: “¿Todavía te sigue interesando Jung? ¿Todavía sigues anotando tus sueños?”. Y esas palabras me llevaron a un verano de los años setenta y a un albergue en Florencia y a una de esas historias que uno se ha contado tantas veces que ya no sabe distinguir sueño y realidad. Por aquel tiempo pasé muchos fines de semana en Florencia. Casi siempre, en un albergue estudiantil bastante barato; muy céntrico, sin embargo, y desconchadamente suntuoso, con techos palaciegos y paredes que conservaban restos de antiguos frescos. Las habitaciones eran colectivas y muy espaciosas; una de ellas parecía haber sido el antiguo salón de baile. Los hombres se alojaban en un piso y las mujeres en otro. Damián había llegado con su novia; no conocían la ciudad; yo les hice un entusiasta resumen de lo que no podían perderse. El primer día, el día que nos conocimos, eran la viva imagen de una pareja feliz; yo los miraba con envidia. La noche siguiente, cuando coincidimos a la hora de acostarnos, le pregunté qué tal lo habían pasado. Me respondió hoscamente; parecía otro. Yo me volví a un lado y no le hablé más, un poco molesto. Tardé en dormirme; él tampoco podía dormir, se le sentía dar vueltas. De pronto se levantó de un salto. “¿A dónde vas?”, le dije. “A tirarme al río; Lucía me ha dejado”. No me pareció que hablara en broma, así que me vestí y salí tras él. Paseamos por la orilla del Arno, cruzamos varios de sus puentes. Era una hermosa noche de verano. La luna llena se reflejaba en las aguas y parecía acompañarnos donde quiera que fuéramos. Yo hablaba y hablaba, tratando de distraerle. Damián no decía nada. “Nunca nos habíamos peleado, nunca habíamos discutido, pero la otra soñé que me dejaba”. Yo me puse entonces a hablarle del mundo de los sueños y a explicarle aquel que había tenido: en su subconsciente se había dado cuenta de que algo iba mal. Le hablé de Jung, a quien leía mucho aquellos días, y distinguí entre los sueños personales, como el suyo, y los grandes sueños, que se relacionan con el inconsciente colectivo y están en el origen de los mitos. Yo entonces era algo pedante y tenía esa manía, tan propia de los profesores, de ponerme a dar lecciones en los momentos más inoportunos (manía que se ha ido acentuando con los años). Estuvimos caminando y hablando –hablando yo— toda la noche. Comenzaba a amanecer y la ciudad sin nadie parecía más seductora que nunca. “¿Sabes una cosa? –me dijo de pronto Damián—. Ya no tengo ganas de tirarme al río; ahora lo que me apetece es tirarte a ti para que dejes de darme la tabarra de una vez”. Y ante mi cara de susto soltó de pronto una carcajada. Desayunamos en la cafetería de la estación (el albergue estaba muy cerca de Santa María Novella). Cuando fuimos a recoger nuestras cosas, Lucía ya se había marchado. Había dejado una nota en recepción para Damián, que la rompió sin leerla. “Agua pasada”, dijo. “Y no te preocupes por mí, que no serán muchas noches las que duerma solo”. De momento, la noche siguiente la durmió conmigo en Perugia: quedaba una cama libre en la casa que tenía alquilada, con otros estudiantes, en Via Garibaldi. Le enseñé la ciudad, paseamos el Corso Vannucci, dejamos pasar el tiempo sentados en las escaleras del Duomo, escuchamos jazz en la Piazza del IV de Novembre, sentados en el suelo con la espalda apoyada en el Palazzo dei Priori, y luego, tras intercambiar teléfonos y direcciones, él siguió su camino y yo mis clases de literatura italiana. “En cuanto regrese a España, iré a verte”, me dijo. “Te debo la vida”, añadió sonriente. “¿Todavía te sigue interesando Jung?”, me dice ahora. Todo ha cambiado. ¿Qué pueden tener en común un joven de veinte años con un anciano de sesenta? Nada, nada en absoluto. Pero la sonrisa sigue siendo la misma.



Viernes, 1 de octubre
ELOGIO DE LA INTELIGENCIA

Rodrigo Olay, que tiene esa inagotable curiosidad que yo tenía a los veinte años, me dice que en una de las revistas que le he prestado, Paraíso, dirigida por Juan Carlos Abril, hay un artículo de Carlos Pardo en que alude a una discusión que tuvimos hace algún tiempo en la Universidad Menéndez Pelayo. Es raro que se me pasara esa mención: el nombre propio suele siempre brillar con luz propia en cualquier página. Recuerdo con tedio infinito aquel encuentro de unos pocos críticos y una docena de poetas jóvenes en Santander. Fue entonces cuando todo lo que tuviera que ver con antologías de gente nueva, tendencias, panoramas, dejó de interesarme.
Qué aburridas, qué previsibles, que ajenas a cualquier ejercicio de la inteligencia la mayoría de las reseñas poéticas. Voy contra mi interés al confesarlo, ya lo sé: he incurrido en ellas semanalmente durante más de veinte años. Me vi en el espejo de Luis García Jambrina, de Túa Blesa, incluso de Prieto de Paula, y me retiré asustado. Qué contento estoy de no jugar ya en ese equipo. Y el terreno de las antologías de poesía joven se lo dejo entero a Luis Antonio de Villena, con el que alguna vez parecí competir. Que sea él quien dictamine la moda joven de cada nueva temporada.
Rodrigo me pasa también una conferencia de Guillermo Carnero, “El poeta subterráneo o mis tres criptomanifiestos”, que yo no conocía. Nunca he sentido especial simpatía por Carnero (en las guerrillas poéticas de los últimos años ha solido tenerme enfrente), pero siempre he admirado su inteligencia. Habla ahora de sus primeros trabajos críticos –sobre la poesía prerromántica, Espronceda, el grupo Cántico— y de cómo en realidad eran más o menos velados manifiestos de su manera de entender la poesía.
Mi manera de entender la poesía y la crítica de poesía está muy clara: si no son una manifestación de la inteligencia, no me interesan. La poesía debe ir más allá de la buena prosa, no quedarse más acá. En la poesía, como en cualquier actividad humana, el órgano principal es el cerebro. Y qué poco lo usan la mayoría de los escribidores de versos o de reseñas que conozco.



Sábado, 2 de octubre
UN VERSO CLARO

Instintivamente, cuando un poeta muere, lo primero que hacemos es abrir uno de sus libros: “Oh muerte soberana, señora de mis rimas, / hoy vengo aquí a pediros un favor, el primero / que, creo, os he pedido y el último que os pida. / Dadme un poco de tiempo para decir mi vida, / la vida de mis muertos y el amor de mi amiga. / Luego podéis venir a buscarme; os prometo / no haceros esperar, y confío en tener / pensado un verso claro, para vos, ese día”.
¿Qué verso claro tendría pensado Miguel Ángel Velasco este día en que la muerte soberana se presentó repentinamente a buscarlo? No me imagino ningún verso, no me imagino nada. Solo siento terror ante las balas que silban cerca; quizá ya está en el aire la que me está destinada.
Ningún verso claro ante el último trago. Solo un negro terror. Todo lo demás es literatura.



Domingo, 3 de octubre
NO DESESPERAR

Creo que tengo olfato para detectar la inteligencia. Me basta una conversación, leer unas pocas páginas, escucharle en una entrevista para saber si alguien es más o menos inteligente que yo. Y siempre, al principio, me fastidia un poco, para qué negarlo, pero pronto puede más la admiración.
Me fascina la inteligencia ajena y por eso me alegra encontrarla en los lugares más inverosímiles. Soy (pero nunca se lo he dicho a nadie: no me gusta meterme en líos) de los que dudan de que en determinados ámbitos, como el Tribunal Supremo o el Constitucional, haya vida inteligente. Y es posible que no la haya, no soy experto en la materia, pero de lo que estoy seguro es de que en el Constitucional la habrá pronto. De Francisco Pérez de los Cobos, el candidato de consenso propuesto por los dos partidos mayoritarios, he leído los aforismos de Parva memoria y también los “cuentos prácticos” que reúne en No hay derecho: pocas veces he encontrado juntas tanta capacidad satírica y tanta bien humorada inteligencia. El que políticos de uno y otro partido puedan ponerse de acuerdo en alguien así, ayuda a no desesperar.



Martes, 5 de octubre
UNA SORTIJA

Anoche no podía dormir. Para espantar los negros pajarracos que daban vueltas en torno a mi cabeza, decidí levantarme y salir a dar una vuelta. Lo hago a menudo. Me gustan las calles desiertas, el aire frío de la noche. Camino a buen paso y cuando vuelvo a casa cansado, si hay suerte, el sueño viene conmigo. Al subir la cuesta de Víctor Chavarri me sorprendió la silueta de una mujer sentada en un portal. Comprobé, extrañado, que vestía traje de noche, los hombros desnudos, alguna relumbrante joya. Era rubia, de una belleza delicada. Me extrañó tanto que volví sobre mis pasos para preguntarle si podría ayudarla. Me imaginé que habría extraviado la llave de casa; quizá su acompañante hubiera ido a buscar un cerrajero. “Perdone que la moleste. ¿Puedo ayudarla en algo?”. Alzó hacia mí los ojos y eran los ojos verdes más mansamente hermosos que yo haya visto nunca. No dijo nada, pero se me quedó mirando un buen rato. Luego susurró: “¿De veras no te acuerdas de mí?”. Se puso lentamente en pie, empujó la puerta (que, contra lo que yo creía, estaba abierta) y desapareció tras ella. Yo traté de seguirla, pero ahora la puerta había quedado cerrada y no sabía a qué timbre llamar. Al retirarme vi que, sobre el escalón en que la mujer había estado sentada, brillaba algo. Lo recogí, era un anillo. La piedra me pareció un zafiro. Recordé entonces el comienzo de una de las obras teatrales de Azorín, el auto sacramental Angelita. Un desconocido le regala a la protagonista una sortija con un zafiro “único, extraordinario, maravilloso”. Al darle la vuelta hacia la derecha avanza el tiempo; hacia la izquierda, retrocede. Yo me puse el anillo en el dedo, pero no me decidí a hacer el experimento.
Esta mañana volví al portal de Víctor Chavarri y hablé con el portero. No conocía a la mujer. “Si alguna mujer así hubiera pasado por esta puerta estando yo delante, no se me habría olvidado”. “Pues pasó por mi vida y yo ni siquiera me fijé en ella; seguramente estaba distraído con un libro”, pensé. Le dejé mi teléfono por si alguien le decía que había perdido una sortija.