domingo, 14 de junio de 2009

Para entregar en mano: A todo hay quien gane

Jueves, 4 de junio
PALABRAS SUBRAYADAS

Como todas las personas ociosas, discretas y de cierta edad, he acabado convirtiéndome en confidente, confesor y a ratos oficioso psiquiatra de amigos e incluso simples conocidos. Siempre doy el mejor de los consejos, esto es, me abstengo de dar consejos. Escucho, no intervengo. Salvo para deshacer algún falso problema. Los otros, los verdaderos, o los resuelve uno mismo o no los resuelve nadie.
----¿Has visto qué canalla? Mira lo que me acaba de enviar por correo mi exnovio –me dice una amiga mientras deja un libro sobre la mesa de la cafetería.
----Lo he leído. Está muy bien. Eso es que quiere volver contigo.
Se trata de Un viñedo en la Toscana, de Ferenc Máté, que cuenta una historia que a todos nos habría gustado vivir. Una pareja de neoyorquinos buscan en la Toscana una casa que restaurar y el terreno adecuado para plantar viñedos. Encuentran un antiguo monasterio. Incluso a mí, que no me interesa especialmente la bebida, me han fascinado estas páginas que hablan de los secretos de un buen vino y de una buena vida.
----Eso es que quiere volver contigo –le repito--. A lo mejor un viaje a Italia lo arregla todo.
----El libro venía con un marcador que señalaba una página y en esa página había subrayadas unas líneas. Lee, lee.
Leo: “Hay ciertas cosas en la vida que las mujeres no pueden entender. Lo único que parecen entender, y demasiado bien, es cómo pueden usar palabras como cuchillos. Y por eso las mujeres nunca han tenido que ir a la guerra. No lo necesitan. Con pocas palabras pueden destruir a cualquier adversario, como si las palabras fueran una máquina de cortar embutido. Y lo hacen sin esfuerzo alguno. De hecho, creo que disfrutan mientras te apuñalan”.


Viernes, 5 de junio
EN LOS CAMPOS DE HENO

Colecciono casas. Añado hoy la de Maurice Baring en Rottingdean, cerca de Brighton, al borde de un acantilado. André Maurois la describe así: “Nada era lujoso; todo era perfecto. Había pocos libros, pero tales que uno deseaba leerlos; el mismo Maurice había escogido los de vuestra habitación. Las comidas eran breves, pero excelentes; el servicio invisible, pero incomparable. El anfitrión te dejaba solo, cuando querías estar solo, y aparecía misteriosamente a tu lado cuando te apetecía un rato de charla”.
En las memorias de Baring encuentro otra pieza para mi colección: “En verano, acostumbrábamos ir a Coombe Cottage, cerca de Malden, una casa de ladrillo rojo, cubierta de hiedra, con una torre en un extremo. Había también un huerto, unos prados, un establo, un jardinero, un corral y una piscina en la que recuerdo haberme caído. En Coombe siempre era verano y la fragancia y los sonidos del verano solían convertir en un lugar encantado nuestros dormitorios infantiles. Algunas veces, por la mañana, solían pasar soldados de uniforme rojo que tocaban La muchacha que dejo atrás con una banda de pífanos y tambores. De Coombe recuerdo sobre todo las rosas, las frutas y los maravillosos juegos en los campos de heno”.



Sábado, 6 de junio
LAS NOCHES DE VERANO

Colecciono noches de verano, esas noches en que el tiempo parece detenerse, todo son temblorosas sombras y lejanos ruidos y con la luz de las estrellas llega un atisbo de eternidad. Siempre pienso entonces en los versos de Goethe: “Detente, instante. ¡Eres tan bello!”.
También Baring coleccionaba perfectas noches de verano y en sus memorias enumera algunas.
Una oscura noche de la Rusia central, antes de que termine la cosecha, con el ruido del vigilante intensificando el profundo silencio y el lejano zapateo de los que bailan y el quejido de un acordeón.
Una noche de junio en Florencia con la hierba visible a causa de las luciérnagas y en que el croar de las ranas parecía acompasarse con la música de las esferas.
Una noche en Venecia, cuando en el cristal de la laguna aún se veían las bandas rojizas de poniente.
Una noche de mayo cerca del Neckar, en Heidelberg, resonante con la exaltación de los ruiseñores y embriagadora con las lilas.
Un crepúsculo en Arundel Park, en que los grandes árboles, los oscuros prados y las confusas sombras parecían formar parte de un mundo que no era de este mundo.
Una noche en South Devon cuando la luna de mediados de septiembre hacía que el jardín y el bosque fueran tan irreales como la isla de Próspero.
Pero nunca en mi vida -añade- he encontrado un encanto mayor que el de los anocheceres de verano en Coombe Cottage. O en Aldeanueva del Camino, añado yo. Jamás he podido volver a sorprender el intenso hechizo de aquel momento, excepto cuando leí por primera vez la “Oda a un ruiseñor”, de Keats. Entonces la puerta que estaba cerrada sobre el pasado se abrió de par en par y reapareció la sensación de irrealidad y sortilegio.


Domingo, 7 de junio
MIENTRAS ESPERO

Las religiones, cualquier religión: un mundo mágico encerrado en una sacristía maloliente.
He aprendido a hablar con corrección, ahora debo aprender a callar con inteligencia.
Si nadie te detesta, no eres nadie.


Lunes, 8 de junio
FRUTA MADURA Y ROMERO FRESCO

A la salida del cine, me encontré ayer con mi amiga María de la mano de su exnovio (que parece ha dejado de ser exnovio), se ruborizó al saludarme y luego siguió su camino sin detenerse. Hoy me llama: “Perdona que no te dijera nada. Hemos vuelto. Tenías razón. El libro de Ferenc Máté es maravilloso. Había otras palabras subrayadas que hablaban del patio de una iglesia y de una pequeña cala con las barcas varadas bajo los árboles. Y de los gatos que merodeaban en busca de las cabezas del pescado sobrantes, esparcidas por la playa, y que saltaban tratando de alcanzar los cubos de cebo que colgaban de las jarcias”. Espera un momento, dije. Y busqué esas líneas. Están en el capítulo que habla de un viaje a Francia: “Ciertamente, detenerse a pernoctar en el pequeño puerto de Portofino es una de las mejores razones para hacer un viaje desde Montalcino a Burdeos, pues es probablemente el puerto más hermoso de Europa”. Leo las palabras que me indica María: “Cuando mi paseo tocaba a su fin apareció un rayo de luna e iluminó los cipreses de la colina. Como si de delincuentes se tratara, todos los gatos se escondieron cobardemente. El pueblo parecía un escenario de película y la brisa nocturna que venía de las colinas me envolvió con sus aromas de romero y de salvia”.
---Me ha invitado a ir allí a finales de mes. ¿Qué te parece? Los dos hemos prometido dejar toda la cuchillería en casa.
De sobra sé yo lo que valen esas promesas. Pero yo no tengo por costumbre dar consejos. Aplaudo su decisión. Y me alegro que haya servido de celestina un libro tan embriagador como Un viñedo en la Toscana. Se le podría definir como a cualquiera de sus vinos: “Aromas de fruta madura y romero fresco. Con espléndido cuerpo, taninos aterciopelados y un largo, largo final. Delicioso”.


Martes, 9 de junio
MIS FRUSTRACIONES

Arrastro conmigo un sin fin de frustraciones. Pero no me quejo. Gracias a ellas no me aburro nunca. Habría dado cualquier cosa por ser arquitecto. Y ahora nada me entretiene más que observar un solar urbano e imaginarme el mejor modo de aprovecharlo. Mis favoritos son esos solares estrechos y alargados de la calle Rivero con un patio al fondo y detrás el parque de Ferrera. Hay uno de poco más de dos metros de ancho que me gusta especialmente. A veces me paso una mañana entera haciendo planes, dibujando planos. Esta frustración mía resulta especialmente útil en las noches de insomnio. Qué placer cerrar los ojos y acristalar una buhardilla, diseñar una escalera, multiplicar el diminuto espacio, ir seleccionando las plantas más adecuadas para un jardín interior…
Parece que no soy nada y soy todas las cosas que no he podido ser.



Miércoles, 10 de junio
UNA SEÑORA

Algo sé de vanidades. A fin de cuentas llevo toda una vida lidiando con poetas y con mi propia vanidad, que no es de las menores (aunque se note poco porque he aprendido a disimularla bastante bien). Pero siempre queda lugar para la sorpresa. Tras la presentación de Historias con historia, la nueva edición de la poesía de Víctor Botas que ha preparado Luis Bagué Quílez, se me acerca una señora (no diré su nombre: soy un caballero). Yo esperaba los corteses elogios habituales. Había sido para mí un acto especialmente conmovedor. Hacía treinta años que había presentado en Avilés su primer libro, Las cosas que me acechan. Todo parecía igual y todo era distinto. Ahora Botas estaba en otra dimensión, esperándome, esperándonos a todos. Luis Bagué dijo palabras inteligentes y exactas, yo leí dos hermosos poemas. Y casi antes de que terminen los aplausos, con los ojos humedecidos yo por la emoción del recuerdo y los versos, una señora (no diré su nombre: soy un caballero) se me acerca furibunda: “¡Hay que ver qué cara más dura tienes! ¿No te da vergüenza? ¿Cómo no me has citado? ¿Es que no te parecen importantes mis notas sobre la poesía de Víctor Botas? Citas a Leopoldo y a mí que me parta un rayo. ¡Vaya cara que tienes!”
Me dieron ganas de frotarme los ojos, como en los tebeos, para comprobar que no estaba soñando. Tardé en comprender la razón de tanta sinrazón. Resulta que de pasada había aludido a algunos comentaristas de Botas para subrayar que Luis Bagué era el primer crítico que se había ocupado extensamente de él sin haberle conocido. Y cometí el error de no citar a la exasperada señora (no voy a decir su nombre: soy un caballero).
Creía ser la persona más vanidosa del mundo, pero a todo hay quien gane.

jueves, 11 de junio de 2009

De un Cuaderno Chino

Este es el poder de la literatura: nos habla de alegrías y nos hace bailar; nos habla de retiros y nos hace sentirnos ermitaños; nos habla de peligros y temblamos; nos habla de indignación y ponemos la mano sobre la espada; nos habla de lo alto y nos hace remontarnos a las nubes; nos habla de lo bajo y nos hace rodar por los despeñaderos. Sacude nuestro corazón, deslumbra nuestros ojos, añade muchas vidas a nuestra sola vida.

Las fantasías del que no sabe vivir se vuelcan en poemas; los mejores versos se escriben con los labios en el cuerpo que amamos.

Hay cuatro reglas para vivir en las montañas: amar la soledad, no temer a los fantasmas, saber espantar las fieras, recibir la visita de algún amigo.

Aprende a ver la sombra de las flores en el agua, de los bambúes bajo la luna, de la belleza detrás de la cortina de una puerta.

No escondas tu disgusto en la copa de vino: lo volverás amargo. No bebas para ser feliz, bebe cuando seas feliz.

Atraviesa las ásperas montañas como quien lee un libro difícil: solo unas pocas líneas si estás cansado, unas cuantas millas cuando te sientas bien.

Ir a ver las flores de los ciruelos, visitar los crisantemos después de la helada, observar las orquídeas tras la lluvia o escuchar el balanceo de los bambúes con el soplo de la brisa: estos son placeres del hombre rústico que envidia el hombre de la ciudad.

No te pierdas la luna brillante entre las flores, la brisa fresca entre los pinos, una buena siesta en el calor del verano.

Cuando el té ha sido bien hervido y el incienso tiene una fragancia pura no hay mayor placer que la llegada de algún buen amigo, salvo la soledad.

Cuando se quema incienso y todas las obligaciones han sido cumplidas y en el jardín caen los pétalos y la luna asciende entre los pinos y se escuchan las campanas del templo y abrimos la ventana para ver la Vía Láctea, no hay mayor placer que la soledad, salvo la llegada de algún buen amigo.

Flotando en la corriente en un pequeño bote, escuchando la lluvia nocturna frente a una solitaria copa de vino, leyendo unos versos a la luz de la lámpara, cualquier hombre es tan sabio como el más sabio de los hombres.

Proyectos de futuro: plantar bambúes bajo la lluvia, cuidar de las flores del jardín, señalar los errores de algún escrito antiguo, sacar agua del pozo, preparar diversas clases de té.

En las tardes de lluvia, abre perezosamente un libro; cuando sople la brisa, toca un instrumento de cuerda.

Observa a los hombres como observas las flores; no tomes partido por ninguno.

Cuando cesa la lluvia y el aire está frío, cuando las preocupaciones son pocas y tu mente está tranquila, escucha la nota doliente de la flauta que toca algún vecino y aprende a emborracharte de melancolía.

Los gansos salvajes gritan en el cielo, las nubes de la montaña bajan a la aldea, a lo lejos se oye retumbar la tormenta... Cierra la puerta de casa y escucha solamente los latidos de mi corazón.

Como nube en el cielo, la belleza que pasa sin mirarte.

Quien gusta de nadar en las mareas del mundo no debe quejarse de las tormentas que golpean su pecho.

Para el que sabe mirar, una vuelta por su jardín vale lo mismo que tres vueltas al mundo.

Si no aprendes a paladear el sabor de estar enfermo, no conocerás del todo el sabor de la vida.

Mientras tenga piernas, mientras tenga ojos, mientras tenga manos dondequiera que vaya seré el señor de las montañas y de los ríos y de los vientos y del buen fuego que arde en las noches de invierno.

domingo, 7 de junio de 2009

Para entregar en mano: Navegaciones y regresos

Viernes, 29 de mayo
HAGO MAL MI TRABAJO

“¡Siempre a disgusto con el resultado del premio Emilio Alarcos! Dices que no ha ganado el mejor libro, o el que tú creías el mejor, pero eso ocurre a menudo. Además, tu criterio puede no ser el más acertado. No siempre has de tener razón”.
“La verdad es que soy un incoherente. Si descreo de la utilidad de los premios, ¿qué hago yo de jurado? Y si acepto ser jurado, ¿por qué no me lo tomo en serio?”
“¿No te lo tomas en serio?”
“No, me limito a vigilar que se cumpla la legalidad, que no se nos cuele nadie al margen de las bases, como en el Planeta o en el Loewe, y luego a ir votando lo que creo mejor. ¿Y qué consigo con ello? Pues que siempre se lleve el premio el candidato de la casa, como en las oposiciones universitarias, esto es, el defendido por Chus Visor y por Luis García Montero. Los independientes deberíamos ponernos de acuerdo en un candidato, unir los votos. Así no ocurriría lo que ha acaba de ocurrir, que, frente a varios libros claramente superiores, gane un buen discípulo granadino, autor de un libro impersonal y prescindible. Y con solo tres votos en un jurado de seis”.



Sábado, 30 de mayo
BARCOS DE TINTA Y DE PAPEL

Feria del libro viejo de Avilés, mi habitual regalo anticipado de cumpleaños. Aparentemente, solo banales saldos, pero yo siempre encuentro algún título que está aguardándome. Hoy, La Argentina, de Jules Huret, que narra un viaje deslumbrado al que hace cien años era el país del futuro. “¿A qué ciudades nos recuerda Buenos Aires? A Londres, por sus calles estrechas llenas de casas de banca, por sus vendedores de fósforos y los negros cascos de sus policías; a Viena, por sus victorias de dos caballos; a España entera, por sus casas de fachada lisa y de ventanas enrejadas, y por la suciedad de sus calles apartadas; a París, por su hermosa Avenida de Mayo, con sus aceras espaciosas y sus cafés con terraza”.
Una sensación auroral, como se dice en la solapa, desprenden estas páginas. ¿En qué momento perdió su futuro el país del futuro? En esta luminosa mañana avilesina, yo recorro un Buenos Aires naciente, que sustituye de un día para otro estrechas calles por luminosas avenidas, y me embarco luego en un vapor que efectúa al mismo tiempo la navegación de cabotaje y el servicio postal a lo largo del río Paraná. La comodidad no es mucha, el aseo deja bastante que desear, las paredes aparecen manchadas con sangre de mosquitos aplastados, del entrepuente suben emanaciones de establo: nos acompañan mulas, vacas, ovejas; los pasajeros de segunda se acuestan junto a ellas, entre sacos y fardos de mercancía. Pero qué importa eso: “El tiempo es hermoso, y la marcha del lenta del barco hace que apreciemos la caricia de una brisa tibia, dulce y perfumada. Se siempre una impresión de serenidad y de paz análoga a la que se experimenta al descender por el Nilo, una rara alegría causada, mejor que por la posibilidad de lo imprevisto, por la armonía entre el río inmenso y tranquilo, la pureza del cielo y el misterio del bosque inexplorado que muere a sus orillas”.


Me he sentado en un banco a hojear impaciente el volumen de la colección Austral que acabo de comprar. Alzo los ojos frente a la ría, contemplo sus aguas tranquilas y vuelvo a ser el adolescente que para ir muy lejos no necesitaba ir muy lejos, solo tener un libro entre las manos.


Domingo, 31 de mayo
MISIÓN CATÓLICA ESPAÑOLA

Leí tu poema “Acción de gracias” –le cuento a Almuzara—en la Misión Católica Española de Berna. El cura alzó la vista al escuchar el primer verso (“Gracias, Señor, por mis limitaciones…”) y luego me dijo que lo iba a utilizar en sus charlas.
En el salón de actos de la parroquia se reunió un puñado de emigrantes, asturianos y no asturianos, para oírme a mí hablar de poesía, a Flavio tocar la gaita y a Milio’l del Nido contar sus cuentos tradicionales para niños de cualquier edad. Luego, en el patio con un poco de yerba, un manzanal y una higuera que se abrazaba a la blanca pared de la misión (no se por qué me recordaba a California), mientras bebíamos sidra y atardecía lenta y apaciblemente, una de las asistentes se me acercó: “Qué mal lo pasé cuando vine aquí, pero ahora que estoy jubilada ya no me quiero ir. Primero llegó mi marido, luego yo. La gente me miraba mal, yo lloraba por las noches. Era muy espontánea y cuando me presentaban a alguien, lo abrazaba. Qué cara ponían. También estaba orgullosa porque sabía algo de francés, al contrario que mi marido que no conocía ninguna lengua. Pero si yo les decía algo en francés, me gruñían: Aquí se habla alemán. También había cosas buenas. Allí en mi pueblo las mujeres nos esforzábamos en tener siempre deslumbrante nuestra propia casa, pero la basura la tirábamos en cualquier esquina. Aquí todo lo tenían como si fuera su propia casa. ¿Ha paseado usted anoche por el centro de Berna? Esa animación, esa gente en las terrazas, no existía cuando nosotros vinimos. A las nueve era una ciudad muerta con todo el mundo encerrado en su casa. Ellos nos dieron de comer y nos enseñaron a no tirar un papel al suelo, nosotros les enseñamos a disfrutar un poco de la vida y a sonreír y a abrazarse”.


Lunes, 1 de junio
DE AVILÉS A CÁDIZ

Se presenta el nuevo curso de la Universidad Itinerante de la Mar. Este año la navegación no será en el Creoula. El veterano bacaladero portugués, el único lugre de cuatro mástiles que aún sigue en uso, está en dique seco, poniéndose en forma para las celebraciones de la independencia de las repúblicas americanas. Le sustituirá un bergantín-goleta construido pocos años antes, en 1934, en astilleros suecos. Se proyecta un vídeo sobre la campaña del curso anterior. La travesía resultó algo movida. Se ve a las olas barrer la cubierta y Román, el concejal avilesino, me cuenta que en un bandazo, mientras comía, salió despedido y se golpeó la rodilla, que algunos alumnos pasaron mareados toda la travesía… A pesar de ello, yo no dudaría en embarcarme. De profesor-tutor o de pinche de cocina, me da lo mismo. Ir de Avilés a Cádiz, cruzar frente a la costa de la Muerte, atracar en Viana do Castelo y en Oporto, entrar en Lisboa pasando bajo el Puente 25 de Abril con las velas desplegadas y arribar en la salada claridad de Cádiz, como los navíos de la Ilustración…
Un hombre feliz es el que es capaz de hacer realidad en la madurez los sueños de la adolescencia.



Martes, 2 de junio
LA CALLE FUENCARRAL

Me sorprenden, al poner el pie en la estación de Chamartin, cuatro fabulosas criaturas que se inclinan atentas y poderosas sobre los andenes. Hacía tiempo que no llegaba en tren a Madrid y por eso no conocía estas negras torres que me maravillan ahora. Parecen estar ahí para proteger a los apresurados e inconscientes viajeros de las fuerzas oscuras que acechan en todas partes.


Camino luego por las calles de la ciudad como quien camina por las páginas de un libro ilustrado. Para mí el mundo, cualquier lugar del mundo, no es más que un rincón de mi biblioteca.
Amparado por los cuatro gigantes, que caminan invisibles junto a mí, me atrevo a recorrer la calle Fuencarral, ahora acogedoramente arbolada y peatonal. Hacía más de treinta años que no la pisaba. En el número 22 sigue estando el hostal en el que yo me alojé entonces. No recordaba exactamente el número cuando fui interrogado, dije uno equivocado, volvieron a interrogarme en la celda de la Puerta del Sol de manera un poco menos amable… Pero llega un momento en que incluso la historia personal deja de ser historia personal, se convierte en borrosa, olvidada, tediosa literatura. Rodeado de fantasmas, pero sin miedo a los fantasmas, me dejo abrazar calurosamente por las calles del Madrid de siempre.



Miércoles, 3 de junio
UN VELERO BERGANTÍN

En la cafetería del tren, durante el viaje de regreso, conozco a un profesor jubilado de la Escuela de Náutica. Es poeta, me entrega un libro de sonetos que ha publicado por su cuenta y luego, cuando yo le hablo de mis deseos de embarcarme este verano, resulta que conoce bien al Miguel de Cervantes. “Estuvo un tiempo en Málaga, anclado junto al faro del puerto, que allí llaman farola, frente a la casa de María Victoria Atencia, que le dedicó un poema. Ese barco tiene una larga historia. Cuando lo construyeron, se llamaba Sydostbrotten y llevaba un faro de once metros de altura; se utilizaba para señalar lugares peligrosos de la costa sueca. Dejó de prestar ese servicio en 1970 y estuvo amarrado en el puerto de Estocolmo hasta que un particular lo compró en 1977. Fue en el puerto de Aveiro donde, en 1981, lo convirtieron en bergantín-goleta, con velamen mixto en sus tres mástiles. En el trinquete tiene velas cuadradas, como los bergantines, y en los otros dos palos velas a cuchillo, como las goletas. En Aveiro le dieron el nombre de Amorina. Ha navegado por todo el mundo. En 1994 lo dedicaron a hacer cruceros en la costa de África y le llamaron la Reina del Mar Rojo. Fue en Vigo donde lo convirtieron en el Miguel de Cervantes, colocándole un amanerado mascarón de proa que se parece a la reina Sofía. Yo estuve en uno de los primeros viajes que hizo con ese nombre, siguiendo precisamente la ruta de Cervantes hasta Lepanto. Es más cómodo que el Creoula, que también conozco, pero le falta su sobriedad y gentileza. Lo han travestido demasiadas veces, ha servido a demasiados amos. Es un poco un velero de parque temático”.

martes, 2 de junio de 2009

Encuentros y despedidas

CANCIÓN CHINA DE LOS CABELLOS BLANCOS
(Anónimo)

Como nieve de las cumbres,
como luna entre nubes.
Mi señor tiene otro amor,
dicen que viene
después de tanta ausencia
para romper conmigo.
Hoy estamos juntos
con vino en las jarras
y risa en los labios.
Mañana estaré sola,
sola con su fantasma.

Junto al estanque en el jardín
juntos por última vez
Yo le miro como la vez primera.
Él no sabe que finjo no saber.
Los vientos más fuertes
no rompen la varita de bambú

Deseaba un hombre de un solo amor,
juntos hasta tener los cabellos blancos
como nieve de las cumbres,
como luna entre nubes.
Y siempre estuve sola,
sola con un fantasma.




EPITAFIO DE NIQUINA DE FLANDES
(Antonio Beccadelli)

Si te detienes un instante y lees estos versos,
piadoso caminante, sabrás quién aquí yace.
Fui arrebatada a mi patria en los más tiernos años,
vencida por tiernas lágrimas de enamorado.
Nací en Flandes, recorrí el mundo entero
y al final me afinqué en la plácida Siena.
Hice famoso el nombre de Niquina,
fui la gloria sin par de los burdeles.
Hermosa, fragante, más limpia que el oro,
mi cuerpo no envidiaba a la nieve.
Nadie mejor que yo meneaba las nalgas,
daba a los hombres besos con titilante lengua.
Mi mano servicial sacaba todo su jugo al pene.
Una noche me solicitó un tropel de jóvenes
y aguanté cien asaltos sin llegar a saciarme.
Fui dulce, complaciente, del agrado de todos.
Pero a mí nada me complacía, salvo el dinero
y una dulce perrilla lisonjera
que lamía mi húmeda entrepierna.


QUIÉN PUDIERA ESTAR SOLA
(Ada Negri)

Quién pudiera estar sola.
Una hoja cae del árbol sobre el libro abierto,
alzo los ojos, miro pasar las nubes,
escucho el rumor de la fuente,
el silencio que habla mejor que cualquier poema.

Quién pudiera estar sola,
sola entre la multitud que camina,
cada uno a su afán,
con prisa o con desgana,
con el ceño fruncido, regalando sonrisas,
sola entre la gente, tan bien acompañada.

Quien pudiera estar sola
en la terraza con todas las estrellas
y una luna gigante que me mira
y no me compadece
porque me sabe a solas
con el mundo y conmigo,
en buena compañía.

Pero tú no me dejas.
Desde que me has dejado
no puedo ya estar sola.
Vaya donde vaya,
dormida o despierta
sigues estando conmigo,
sigues repitiendo
palabras que muerden y desangran.




AMOR DE MUJER
(Anónimo)

Hace tiempo, Amor, que no me buscas
ataviado de rojo, con el arma en la mano.
Soy débil, nunca supe cómo resistirte.
Mira las cicatrices de mi cuerpo,
maltrecho botín de todos los combates.
Algunas veces levanté murallas,
pero de un soplo tú las derribabas.
Alfombra fui de tu triunfal paseo,
carne sin nadie, anónimo despojo.
En sueños te llamé, y no venías.
De dicha creí morir, y de desdicha.
Ahora vivo feliz, entre el agua y el sol.
En el huerto cercado florecen los naranjos,
en mi cuerpo las rosas, las caricias amigas.
Solo amor de mujer es rosa sin espinas.

domingo, 31 de mayo de 2009

Para entregar en mano: Todavía aprendo

Jueves, 21 de mayo
VIAJE EN AUTOBÚS

Andaba yo preocupado por las ocho horas del viaje a Cáceres y de pronto se me ocurrió pensar que, en realidad, eran ocho horas para despreocuparme de todo, mirar el mundo, escuchar música, estar conmigo. Y así ha sido. En Zamora, nos detuvimos media hora. Caminé al azar, recordando un verso de Unamuno: “soñadero feliz de mi costumbre”. Alcé la cabeza y estaba precisamente en la calle Miguel de Unamuno, bordeando un inmenso edificio que parecía un colegio. Llegué al final y me sorprendió la fachada escurialense de la Universidad Laboral, otra muestra de la pretenciosa arquitectura franquista. Pero tenía su gracia y el cielo era de un azul prodigioso y se adivinaba un patio ajardinado con cedros y cipreses y entraban y salían grupos de alumnos. Sonaron entonces las doce en el reloj, como en el poema de Guillén, y todo me pareció completo para un dios.


A Cáceres llegué a las tres y media y, sin siquiera pasar por el hotel, me senté a la mesa donde se comía y se discutía el premio de novela. En la charla posterior, hablé de mi última obsesión. Acabo de leer en un artículo que el máximo de inteligencia se da a los 22 años y que a partir de los 27 comienza a decaer, pero que es posible seguir aprendiendo hasta los sesenta. O sea, que solo me queda un año. Gregorio Torres Nebrera y Soledad Puértolas, que ya han cumplido esa edad, no están de acuerdo. Yo sí, a juzgar por lo que veo.
Como soy un optimista incorregible, antes de dormirme le di la vuelta a la cuestión. No es que me quede solo un año para aprender, es que todavía me queda un año. ¡Cuántas ciudades, amores, libros, maravillas caben en las 8760 horas de un año!


Viernes, 22 de mayo
DOS MAESTROS

El azar me regala tres horas en Ginebra. No estaban previstas. Debíamos partir de inmediato para Berna, pero uno de los componentes del grupo ha perdido el vuelo y llega en el avión siguiente. Alquilamos una furgoneta, Flavio se pone al volante y allá vamos sin plano y sin guía, dejándonos llevar solo por el instinto. Que no nos falla. Aparcamos a la primera, atravesamos una plaza ajardinada y nos sorprende el azul del lago, con su alto surtidor. Cruzamos el puente, ante el que nadan unas oscuras aves. “Son fochas cornudas”, me dice Milio.


Yo siento esa especial embriaguez de llegar a una ciudad que me es familiar y en la que no he estado nunca. Contemplo la isla de Rousseau, paseo a lo largo del Ródano, le doy la vuelta a una iglesia con pinta de estación (tiene un gran reloj en la fachada) y me sorprende un mercadillo de libros viejos. En un montón a dos francos (un euro y medio) me aguarda una primera edición de Les vrilles de la vigne, Los zarzillos de la vid, de mi querida Colette. Lo abro y canta un ruiseñor, cae la nieve, ronronea una gata, en un cafetín del puerto los pescadores esperan para volver a salir a la ola que sube y que ya cosquillea la quilla de los barcos, derrumbados de lado en la arena, bajo el muelle…
Con Colette, mi maestra de mirar, gustar y gozar, nos perdemos en el apacible bullicio de las calles, nos sentamos luego en una terraza frente al agua. Un gorrión se posa en la mesa. “Es un macho”, dice Milio. “Ese otro que revolotea ahí arriba, en cambio, es una hembra”. Todos sonreímos. “¿Cómo lo sabes?”, “Es muy fácil, los machos llevan una especie de babero blanco”.
Volvemos al aeropuerto, recogemos a quien faltaba, nos metemos en la furgoneta y allá vamos camino de Berna. Yo pienso en Colette y en sus giras de un teatrillo a otro. También nosotros somos una pequeña troupe circense que lleva su espectáculo por esos mundos. Milio le va poniendo subtítulos al paisaje: sabe el nombre de árboles y cultivos, distingue el canto de cualquier ave. Yo no me pierdo ninguna de sus palabras. Es el último año que tengo para aprender. Comienzo a rellenar lagunas. El azar –siempre generoso conmigo- me ha puesto al lado un buen maestro. No pienso desperdiciar ni una palabra: los trigales verdes, las flores pequeñas de la colza, las blancas acacias…


Sábado, 23 de mayo
JARDÍN DE ROSAS

La vieja Berna, amorosamente rodeada por el río, tiene forma de corazón, o quizá de fresa o cereza con el peciolo en la cornisa acristalada de la estación. Me levanto muy temprano, como siempre hago en las ciudades desconocidas, y comienzo a acariciarla a la vez que la luz de primavera. Delante del aparatoso Palacio Federal está el mercado, a esta hora sin más gente que los vendedores. Los quesos, las flores, las legumbres, los tarros de mermelada, las olorosas especias, todo está dispuesto como en una joyería. Me siento un rey que pasa revista a sus más preciadas posesiones, o quizá Adán en el primer día del Paraíso.
Todo es regalo en esta ciudad de fuentes y soportales, de tejados puntiagudos, de muros y contramuros hechos para resistir el áspero invierno. Sobre la blanca fachada de una biblioteca crece el más hermoso rosal que haya visto nunca; cerca hay una plaza con tilos y con tejos y unas escaleras de madera que descienden hacia el verdor del río. Si lo cruzamos y ascendemos a la meseta del Jardín de Rosas, la ciudad se agrupa en torno a la catedral, bien ordenado el caserío por el mejor escenógrafo. Nada desentona. Todo está en su sitio. Tanta belleza quita la respiración.


“Demasiado bonito”, dice alguien. Cualquier rincón de Suiza parece siempre recién salido de la peluquería; no hay ni un matorral fuera de sitio. Yo también siento que estoy en mi sitio. Me llego hasta la catedral con su pórtico brillantemente coloreado, contemplo la hoz del río, que me trae un eco de los buenos días de Cuenca, y luego voy a tomarme un café al Starbucks del mercado. En la terraza del primer piso, sobre los tenderetes, frente a la copa de los árboles, abro el cuaderno, escribo unas líneas (“No tienes nada / salvo aquello que amas / y el universo”) y añado Berna a mi lista de sucursales del paraíso.


Domingo, 24 de mayo
DEBAJO DEL PUENTE

A las tres termina para mí el espectáculo político-circense del Centro Asturiano. Es la hora más calurosa del día y el día más caluroso del año, pero aquí estoy yo, subiendo y bajando cuestas, escaleras, atravesando puentes, yendo desde la orilla del lago hasta la penumbra de la catedral, tratando de entender la rara morfología de esta Lausanne casi vacía, aplastada por el calor. Sin planos ni guías, intento hacerme una idea del lugar como quien resuelve un jeroglífico. Poco a poco me voy aclarando. En el origen había un villorrio encaramado sobre una colina y bastantes metros más abajo, junto al agua, un pueblo de pescadores que luego se convirtió en un lugar de veraneo y fue creciendo con hoteles modernistas y casas ajardinadas. La ciudad medieval descendía a su vez de la colina y el punto de encuentro está en la estación, a mitad de la ladera.
Pero no tardo en comprender que no hay una colina, sino varias separadas por ríos que ya no existen; de ahí los costurones y las calles hundidas. Ginebra es llana y clara, como una ciudad mediterránea que se hubiera ido de excursión Ródano arriba; Lausanne, toda escaleras, ascensores y puentes, tiene otro misterio, guarda un secreto.
Desde la plaza de la catedral, contemplo los tejados y las torres, el lago deslumbrante, las montañas que casi se desvanecen en la luz. No hay nadie en esta plazoleta arbolada, solo se oye el bisbiseo de una fuente. Entro en la catedral, despojada y gris, adornada solo por las coloristas vidrieras. Le rezo a un dios desconocido.


A las tres no conocía nada de la ciudad; unas horas después, me ofrezco con irresponsable desparpajo no solo a servir de guía, sino también a mostrar al resto del grupo esos lugares curiosos que no aparecen en las guías. Por ejemplo, la cafería al aire libre que se esconde bajo uno de los arcos del puente Bessières. Allí nos sentamos, y al grato frescor de la anochecida, hablamos del arte de contar, de las borrosas fronteras entre realidad y ficción.


Lunes, 25 de mayo
OXNER

En la Tribune de Genève leo el siguiente titular: “Oxner, la minette miraculée, a ouvert les yeux”. El subtítulo explica: “El gatito salvado de la basura en Plainpalais descubre el mundo”. Y al lado una fotografía del diminuto animal –cabe en un puño— bebiendo del biberón. ¿Cómo no amar un país en el que es noticia destacada que un gato recién nacido, encontrado medio muerto, abra por fin los ojos?



Martes, 26 de mayo
AL FINAL DEL PUERTO

No la había visto nunca, pero la reconozco desde lejos. “Esa escultura la hizo uno de mi pueblo”, digo señalando la geométrica rosa de los vientos que aparece al final del puerto de Ouchy, frente a los Alpes nevados. Manuel de la Cera, aunque se crea todo lo que cuenta Xuan Bello, no me cree. “Es de Ángel Duarte, un escultor de Aldeanueva del Camino. Sus abuelos tenían una fragua, su padre era telegrafista y republicano, a su madre la mató una de las últimas bombas que cayeron sobre Madrid. En los cincuenta, cuando tenía veinte años, volvió al pueblo y seguramente se tropezó más de una vez con el niño que yo era porque su familia y la mía vivían puerta con puerta en la Parte Arriba. Luego logró irse a París y allí participó en las tertulias del Café Flore. A la entrada de Aldeanueva, en el cruce de la autovía, han colocado una escultura suya muy semejante a esta”. Mientras yo hablo, Manuel de la Cera ha estado buscando la placa indicativa: “Sí, aquí pone que es de Ángel Duarte”.
“Ouvert au monde” se titula. No es mal lema para un país. Ni mal resumen para una vida.

jueves, 28 de mayo de 2009

Lecturas y lugares: Chemin Frederic Nietzsche

Hasta el derrumbe final en Turín, Nietzsche recorrió muchos caminos de la vieja Europa. Los veranos los pasaba en Sils Maria; el resto del año buscaba un clima propicio por las costas de Italia o el sur de Francia. En Venecia (Sombra de Venecia pensaba titular el libro que finalmente se llamó Aurora) escuchó una música que le conmovió hasta las lágrimas mientras contemplaba las aguas del Gran Canal desde el puente de Rialto.
Pero el lugar donde yo le he sentido más cerca ha sido en Èze, una villa medieval de la costa Azul que se encaró sobre una alta roca para huir de los piratas. Al camino que desciende hasta la playa le han dado precisamente su nombre. Lo recorrió muchas veces mientras recitaba los párrafos finales de Zaratustra, que allí le iba dictando una secreta voz.


Hoy Èze, con sus restaurantes y sus tiendas de anticuario, ha perdido parte de su misterio. En la parte que da al mar, colgado sobre el abismo, hay un hotel con nombre de cuento de hadas, el Castillo de la Cabra de Oro. Se asoma uno a la terraza y ve, a la izquierda, la prodigiosa bahía de Villefrance y, más a lo lejos, Niza y Cannes; al otro lado, de noche, brillan las luces de Montecarlo. Hay que subir a pie hasta el castillo; no hay otra manera; unos mulos acarrean el equipaje.


El Castillo de la Cabra de Oro es un buen lugar para leer a Nietzsche, si uno puede permitirse pagar el precio de sus habitaciones, que cuestan lo que valen. En el pueblo hay un jardín exótico y el castillo tiene un empinado parque, no menos exótico, con su gigantesco tablero de ajedrez y su zoológico de mármol. Pero el mejor paseo es el que lleva hasta la playa, por la boscosa ladera, y luego, tras dejarse acariciar por el sol y el cabrilleante oleaje, iniciar el ascenso. Era entonces cuando Nietzsche escuchaba la exaltada voz que le iba dictando su libro, toda su filosofía lírica se escribió mientras caminaba. “Una hora escalando un monte –nos dice en El viajero y su sombra—convierten a un ruin y a un santo en dos criaturas muy similares. El cansancio es el camino más corto hacia la igualdad y la fraternidad, y durante el sueño termina añadiéndose a ambas la libertad”.


Franz Overbeck, el amigo que fue a recoger a Nietzsche al albergo de Turín cuando éste enloqueció, dijo que el más extraordinario de sus talentos era el don del análisis psicológico, pero que, ejercido sobre todo contra sí mismo, “se convirtió para él en un peligro mortal y le dejó exánime mucho antes de morir”.
La villa de Èze se encaramó a una alta roca para escapar a los saqueos; Nietzsche se alejó del mundo para verlo mejor, para poder amarlo.
Asciendo fatigosamente el camino pedregoso que lleva desde la playa hasta el castillo y lo siento respirar a mi lado, susurrarme su secreto: “Un corazón alegre es la mayor sabiduría”.

domingo, 24 de mayo de 2009

Para entregar en mano: Diez razones para ser feliz

Viernes, 15 de mayo
PARQUE FERRERA

Cuando el sueño se hace de rogar, cada uno tiene sus remedios para conseguir que acuda a la cita. El mío consiste en evocar momentos en que he sido feliz. Yo soy feliz muy a menudo, supongo que como casi todo el mundo, o al menos como casi todos los niños (también muy desdichado, pero de eso prefiero no hablar). He aprendido a aparcar los problemas, aunque no siempre se dejan aparcar fácilmente.
Con la felicidad no se hace literatura, cuando se es feliz apenas se tiene nada que contar. Yo soy feliz cruzando cada sábado el parque de Ferrera para acercarme un rato a la biblioteca. Esta última vez había llovido hasta poco antes y estaba desierto. Caminé más lentamente que de costumbre por los senderos solitarios, admirando los infinitos matices del verde, los árboles floridos.


Para que algo sea mío, no necesito ningún título de propiedad. Es mío este parque y esta biblioteca, son míos docenas de jardines y bibliotecas repartidos por el mundo. Por ejemplo, aquel jardín secreto, entre altos muros, con la puerta siempre cerrada, en la empinada callejuela de Coimbra que lleva a la Torre do Anto. La última vez que pasé por allí la puerta estaba sorprendentemente abierta. Entré sin dudarlo y el jardín era un pequeño patio, con tres o cuatro árboles, unos cuantos tiestos, un pozo y la ropa tendida de las casas de vecinos en que se había dividido el viejo caserón palaciego. Pero no me sentí desilusionado, sino feliz como un niño que ha descubierto por fin un viejo secreto. Otro momento cotidiano de felicidad es cuando me siento en mi mesa favorita de la cafetería del Rosal y leo los libros que llevo conmigo y charlo con algún amigo que se acerca un momento y luego, antes de volver a casa, me quedo un rato solo y miro a la gente que pasa y a la noche que llega y no hace falta que escuche música en el iPod porque claramente suena la música del mundo.


Sábado, 16 de mayo
FUNAMBULISTAS

La felicidad no se fabrica en serie, es un traje hecho a medida. Tampoco es llamativa, por eso nadie la envidia. Lo que se envidia son otras cosas, que a mí me sobran todas. La noche antes de que le entregaran el Cervantes, Juan Marsé sangró varias veces, hubo que llamar al médico, su familia estaba angustiada. Lo ha contado su hija en un conmovedor artículo. Leyó el discurso con miedo a que comenzara de nuevo la hemorragia, a desmayarse, a deslucir la ceremonia. Se sentía ridículo con el frac, le molestaban los zapatos. Solo la alegría de sus nietos le compensaba de aquel tormento. Cuántos envidiaban al escritor en aquellos instantes y él lo único que deseaba es estar en casa, con una copa en la mano, charlando con un amigo o dándole los últimos retoques a una página recién escrita.
“Yo me moriría de aburrimiento con una vida como la tuya”, me dice una amiga que por fin se ha convencido de que conmigo no hay nada que hacer. “¿No te cansa hacer siempre lo mismo y a la misma hora?”
No, no me cansa, y no sé de aventura más difícil. Recuerdo la hazaña de aquel funambulista que caminó sobre un estrecho cable que unía las Torres Gemelas. Todos somos ese funambulista, a cada instante podemos dar un traspié y despeñarnos. Silban las balas a nuestro alrededor. Llegar a la noche sin daño es una hazaña tan grande como cruzar de una torre a otra de esas torres que parecía que iban a durar siempre. Recuerdo la última vez que subí a ellas, con Marcos y Almuzara, mientras Martín López-Vega, Xuan y Silvia se quedaban paseando por los alrededores. “No tengo ganas de hacer cola en el ascensor, ya subiré otro año, no se van a caer”, dijo López-Vega, y apenas una semana después el mundo atónito contempló la catástrofe.
¿Poner un poco de aventura en mi vida? El orden es la mayor aventura. Lo que parece rutina visto desde fuera y por gente sin imaginación no es más que una hercúlea sucesión de hazañas.



Domingo, 17 de mayo
FUENTE Y NUBES

Uno de mis amigos de la infancia ocupa, desde hace años, no sé qué cargo importante en la curia vaticana. Cuando éramos niños, nos gustaba jugar a la búsqueda del tesoro. Uno de nosotros lo enterraba y el otro tenía que encontrarlo a través de una serie de pistas. Cuando nos volvemos a ver, muy de tarde en tarde, seguimos jugando, aunque ahora de manera más erudita.
Ángeles y demonios, la película de este domingo, recordaba sorprendentemente uno de esos juegos, que tuvo como premio que un sonriente guardia suizo, Philippe, me invitara a recorrer pasillos y estancias vedados a los profanos. El juego erudito que mi amigo me propone no necesita de sanguinarios aditamentos e inverosímiles camarlengos como el de Dan Brown. El punto de partida venía indicado por una cita de Jean Rousset: “Los pináculos, las caídas de agua, la cúpula, los brazos levantados de las estatuas, las ondulaciones de la fachada, se mezclan, se responden en un diálogo danzante de formas sinuosas o rotas. Si a ello añadimos los toques dispersos de la luz, el juego imprevisto de las sombras y, si es posible, algunas nubes en marcha que prolonguen, al hacerlo fluctuar, el perfil recortado de los cimborrios, nos hallaremos ante el más hermoso conjunto de arquitectura en movimiento. El mismo espíritu creó la fuente, la fachada y las nubes”.


La solución a este primer enigma era muy fácil: Piazza Navona. Luego vinieron otros que me llevaron al Panteón y al lugar que señalaba, a una determinada hora, la luz que entraba por el óculo, y también intervinieron ángeles con espadas como en la película, y unos versos latinos: “Sic et rapinam vivimos et fugan, / nostri ladronis”. El final de la búsqueda era una máscara que había utilizado Lord Byron en un carnaval romano: “Ipsique nunquam et semper ipsi”. Fui capaz de encontrarla, no diré dónde por si alguien quiere jugar al mismo juego, y el sonriente Philippe me dejó como premio entrar en el más inagotable laberinto. “Siempre nosotros y nunca nosotros mismos. / Nuestra vida no es más / que rapto y huida”, decían los versos latinos.
Veo Ángeles y demonios y lo que veo, como siempre, es mi propia película transcurriendo en idénticos fascinantes escenarios.



Lunes, 18 de mayo
NEGRA VERDAD

Cuando aparece imprevistamente Silvia, recién llegada de Buñol, tengo sobre la mesa de la cafetería Un armario lleno de sombras, de Antonio Gamoneda “¿Qué, preparándote para darle un buen palo?”, me dice.
Pocos libros tan secamente hermosos, tan conmovedores como estas memorias. Un hombre cuenta su verdad, el dolor y la humillación que le han hecho ser lo que es. El adulto puede recibir todos los homenajes del mundo (y Gamoneda los ha recibido), pero nada de eso borra la vergüenza del niño que es humillado por su pobreza en medio de la clase. “Yo no tenía calzado para el invierno leonés. Mi madre no encontró otra solución que mandar rebajar el escaso talón de unos viejos zapatos de mi abuela y calzarme con ellos”. Un compañero hizo correr la voz de que iba calzado con zapatos de mujer. Todavía le parece escuchar las risas de los otros niños.
A menudo hacen daño estas memorias. Hablan de un mundo sin piedad y el autor tampoco tiene piedad consigo mismo. Las páginas en que cuenta el hurto de que hace víctima a su abuela, con su negrura escatológica, no desentonarían en El Buscón. Y casi insoportable resulta el feroz maltrato a una perra callejera, maltrato del que no es testigo, sino protagonista principal. Duele leer esas líneas y nos imaginamos lo que le habrá costado al autor escribirlas. La oscuridad de estas páginas, en las a veces parece que cuesta respirar, concede algún respiro: una experiencia casi mística en las cuevas de Valporquero, la inesperada tormenta en el campo que vuelve la realidad deslumbrante, como una inédita joya.

Martes, 19 de mayo
PENTIMENTO

“Te estás volviendo un blando”, me dice Silvia, “Quién te ha visto y quién te ve. Ya hasta elogias al pobrecito Gamoneda, que ha sufrido mucho”.
La verdad es que el poeta Gamoneda vale lo que vale, pero el polemista literario a mí me parece que no vale nada. Solo tiene dos o tres ideas toscamente repetidas (“El realismo es el lenguaje del poder. La poesía no es literatura”) y un claro resentimiento contra los poetas coetáneos, tan dados a la ironía y a apurar la noche. De su pobreza conceptual es de lo que me burlado yo, del abanderado de una concreta camarilla poética, no de los poemas, ni menos de la persona.
No todos somos igualmente sensibles a los ataques literarios. Yo lo soy poco. Los denuestos de los poetastros me divierten más que otra cosa. En literatura, como en lo demás, si no molestas es que no existes.
Pero hay gente más sensible. A mí me gusta jugar a pelear. Discutir de todo y con todos, sin que llegue la sangre al río. Y no me molesta, cuando me equivoco, rectificar.
Las memorias de Gamoneda me han hecho recordar la vez en que le acompañé por Oviedo, cuando vino a tratar de la reedición de los poemas de su padre en Llibros del Pexe. Entró, emocionado, en el portal de la casa en que había nacido y también en una barbería de la plaza del Ayuntamiento, en la que habían trabajado sus familiares, y que ya no existe. Me dijo que muchos días los pasaba en el fondo de un pozo y que allí, su posible éxito literario, le servía de poco.
Comprendo ahora su resentimiento hacia mí. De alguna manera traicioné su amistad. Pero yo nunca he creído que discrepar de las ideas de los amigos sea incompatible con la amistad. Lo único que resulta completamente incompatible es no admirar su poesía.


Miércoles, 20 de mayo
OJOS

“Ojos que no son tus ojos / dime para qué los quiero”, canta una voz en el sueño. Y sigue cantando, no sé dónde, muy lejos y muy cerca, cuando despierto. Para las noches de insomnio anoto este otro momento de felicidad.

jueves, 21 de mayo de 2009

Ficcionario

AMIGAS. Las dos amigas se enamoraron simultáneamente del mismo hombre, un capitán de artillería que no hacía caso a ninguna de las dos. Acabaron viviendo juntas y consolándose mutuamente de su fracaso.


ÁNGEL. Aquel gran pecador, cuando abrió los ojos, se sorprendió de encontrarse en un jardín con frutos de oro y ríos de leche y miel. “La verdad -le dijo al ángel que se acercaba con una botella de su whisky favorito y unos vasos- creí que el infierno sería un lugar menos agradable”. El ángel sonrió: “Te han negado la entrada en el infierno porque cometiste todos los pecados, pero te olvidaste del único que de verdad importa: nunca hiciste mal a nadie”.

CARNAVAL. Un día, en el carnaval, quiso poner a prueba la fidelidad de su mujer y trató de seducirla; la mujer, también enmascarada, resistió todas las galanterías de aquel presunto desconocido. Cuando orgulloso se lo contó al día siguiente, ella se puso colorada y murmuró: “Entonces ¿no eras tú?”

ESPEJO. Buscaba mujer y no encontraba ninguna de su gusto. Esta era un poco cejijunta, aquella estrecha de caderas, la otra demasiado habladora. Un día, cuando ya desesperaba, la encontró al mirarse casualmente en el espejo.

LOBO. Cada noche, cuando el pastor dormía, el lobo se llevaba una oveja. No había manera de evitarlo. Un día al despertarse el pastor se encontró al lobo que lo miraba fijamente. “¿Qué quieres?”, preguntó, “Ya no me queda ninguna“. “Quiero las ovejas que cuentas antes de dormirte”.


MUJER. Para evitar desilusiones, antes de declararse a la mujer que amaba hacía cuidadosas averiguaciones sobre su pasado, su fortuna, sus costumbres. Contrataba detectives, preguntaba a familiares y amigos. Nunca se declaraba a ninguna mujer sin estar bien seguro de que iba a ser rechazado.

NADA. Todo lo que hacía le salía bien, jamás estuvo enfermo, era el hombre más feliz del mundo. Había cumplido ya los noventa años cuando la muerte llamó a su puerta. Se asustó: “Ahora voy a pasar todas las angustias juntas”. Pero la muerte sonreía: “Conoces todos los bienes de la tierra, pero te falta por conocer lo mejor, algo que hasta los dioses anhelan: la dulzura de la nada”.

OBSESIÓN. Su obsesión era convertirse en el autor del cuento más breve del mundo. Primero publicó un libro solo de títulos, ya que un buen título encierra toda la historia; luego pensó que las buenas historias no necesitan título y publicó un volumen con todas las páginas en blanco.

PARAÍSO. Un día, dando una vuelta por el paraíso, se encontró Dios con un santo que, desnudo de cintura para arriba, se golpeaba con aparente saña. “Pero ¿qué haces, buen hombre? Ahora estás en el cielo, ya no es necesario que te mortifiques”. “Si no me mortifico…”, respondió ruborizado.


PERDÓN. A Oscar Wilde, poco después de su salida de la cárcel, le reconocieron unos viajeros ingleses en un café de Nápoles. Se quedaron parados, a cierta distancia, mirándole como se mira a un animal que causa a la vez pasmo, miedo y repugnancia. Pero una niña se soltó de la mano de la madre y, antes de que pudieran impedirlo, se acercó a él y le dio un beso. Oscar Wilde sonrió: “Dios os ha perdonado”.

TESTAMENTO. Cuando se abrió el testamento resultó que el padre había repartido todas sus posesiones entre sus dos hijos mayores y al tercero, al que más quería, no le había dejado nada. Al ir sus amigos a consolarle, dijo: “A mí me ha dejado lo mejor: su talento”.

VIDA. Se paso toda la vida viajando, estudiando, tratando de averiguar lo que era necesario para ser feliz. Cuando estaba a punto de averiguarlo, murió súbitamente. Nunca hubo hombre más feliz.

domingo, 17 de mayo de 2009

Para entregar en mano: Contra la unanimidad

Viernes, 8 de mayo
LA HISTORIA SECRETA

“Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla”, dice Sherwood Anderson. Cualquier vida está llena de maravillosas historias que contar, pero qué pocos saben contarlas.



Sábado, 9 de mayo
ME GUSTA MANDAR

Perdiendo el tiempo en el patio de vecinos de Internet, me encuentro con que alguien que hace siglos fue mi amigo, o similar, alude a mí como “un memo con mucho poder”. Sonrío. “Memo” es una palabra vacía; en ese contexto significa solo que me resistía a sus interesadas adulaciones, que no formo parte de su club de intercambio de favores. No me molesta en absoluto. Me hace gracia, en cambio, lo de “con mucho poder”. Qué más quisiera yo.
Soy de esas personas a las que les gusta mandar. Pero nunca he podido ejercer mis dotes de mando más que sobre mí mismo. Y lo malo es que, como todas las personas a las que les gusta mandar, soy muy poco obediente.


Domingo, 10 de mayo
DE LA VIDA EN EL CAMPO

Antonio Moreno, hastiado de la vida urbana como tantos, dejo la ciudad para irse a vivir “a uno de los muchos pueblecitos dispersos entre las vertientes de los macizos y barrancos de la sierra norte de Alicante, en torno a la Serrella, Aitana y el Rontanar, las tres principales cumbres de la zona”. Cuenta su experiencia en un libro azoriniano, despojado y hermoso El laberinto y el sueño. Yo leo con emoción esas páginas en esta tarde de súbitos e inesperados chaparrones. Sigo sus pasos por las callejuelas, piso las hojas de las moreras, me acerco a la baranda en donde el aire es más frío frente al oscuro bulto de un monte; allí miro centellear una luz solitaria, bajo las nubes casi negras y la ceniza del atardecer. A veces le acompaño por el camino solitario que lleva hasta el castillo, un camino que pasa junto al cementerio y lo deja en una orilla, encaramado sobre los tejados de la aldea. O ceno con él una noche de invierno en que la nieve todavía cubre los caminos frente a la chimenea encendida. Mañanas frescas con los silbos de los estorninos, atardeceres a los que pone banda sonora el áspero timbre de las urracas. Y la felicidad de admirar los vaivenes de las golondrinas “yendo y viniendo en el aire como sutiles sastrecillos que bordan con sus picos una mágica tela; el encanto de encontrarlas a ras del suelo, en medio de la calle o de un camino, junto a la alberca cuyas aguas rozan con tanta elegancia y levedad, o gárrulas en sus nidos de barro”.


Sí, nada más hermoso que la vida del campo cuando no se vive en el campo. Con Antonio Moreno he vuelto a una aldea entre montañas donde no se escucha más que el canto de los pájaros y el sonido de mis propios pasos en el empinado sendero. Un lugar, para qué nos vamos a engañar, en el que yo no podría resistir ni un fin de semana. Odio el campo, me angustian los lugares pequeños, me asfixian, en seguida noto que en ellos me falta el aire.
No hace falta recurrir a Freud para averiguar la razón. Soy de pueblo, de un pueblo de los de antes, de los de la España unánime en la infinita posguerra. Ya he padecido bastante esa áspera tranquilidad, esa cerrazón mental, ese odio a la inteligencia, ese tener que ser como todo el mundo.
A mí me gusta estar solo en medio de la gente. A mí me gusta saludar solamente a los conocidos, no tener que hablar con todo el mundo. A mi me gusta llegar a un café y sentarme en una esquina y abrir un libro o mirar a quienes pasan por la calle y ser invisible. No me gusta entrar en el único bar del pueblo y tener que charlar del tiempo o de fútbol con el paisano que allí me encuentro o con el dueño. A mí no me gusta ser campechano. Ya sé que eso me inhabilita para rey. Pero qué se va a hacer. Cada uno es como es. Quizá por eso mismo disfruto tanto con las sabias páginas de Antonio Moreno. Gracias a ellas participo de todos los rústicos placeres que me han sido vedados.


Lunes, 11 de mayo
EL EGOÍSTA ENTROMETIDO

“Ya me gustaría a mí ser como tú. Tú nunca dudas. Tú siempre sabes lo que hay que hacer en cada momento”, me dice un amigo particularmente indeciso.
Qué equivocado está. Yo, como todo el mundo, sé lo que los demás deberían hacer en cada momento. Para cada problema ajeno tengo una solución.
Y es que los problemas de los demás casi nunca son verdaderos problemas. Los únicos problemas inquietantes, por pequeños que a los demás les parezcan, son los propios.
Como buen egoísta, que solo se preocupa de sí mismo, ando siempre entrometiéndome en la vida de los demás. Una manera de pasar el rato. Pero no dejo que nadie se entrometa en la mía.
Procuro cerrar bien puertas y ventana antes de ponerme a llorar a solas, antes de emborracharme de desesperación.



Martes, 12 de mayo
OTRO A QUIEN LE GUSTABA MANDAR

La historia la cuenta Jesús Pardo en Borrón y cuenta vieja, el último volumen de sus memorias. Camilo José Cela le invitó a participar en el jurado de un suculento premio literario organizado por no sé qué ministerio. El jurado se reunió en torno a una mesa en una gran sala suntuosamente decorada. Presidía Cela, que abrió la deliberación con estas palabras: “Bueno, amigos, supongo que ya sabéis para quién va a ser el premio”. Luego tocó un timbre y al ujier que apareció le ordenó con voz seca y campanuda: “A ver, copas y canapés”.
Algunos miembros del jurado ya sabían para quién era el galardón, pero la mayoría se enteró al día siguiente, al leer los periódicos, de que había premiado a Mariano Tudela, uno de los protegidos de Cela. Y es que el gran estilista era así de generoso. Cuando presidió el Cervantes, consiguió que se lo otorgaran a una benemérita nulidad poética que le había ayudado en los comienzos. Y no se lo dio, como Calígula, a su caballo, simplemente porque no tenía caballo.


Miércoles, 13 de mayo
CONTRA LA UNANIMIDAD

En la primavera de 1914 un joven escritor vienés se distrae en el cine de una ciudad francesa. Antes de la película, se proyecta un noticiero. De pronto, aparece un momento en la pantalla la imagen del emperador de Alemania, Guillermo II. Inmediatamente se produjo un alboroto. “Todos chillaban y silbaban, hombres, mujeres y niños, como si les hubieran insultado personalmente -cuenta Stefan Sweig-. La buena gente de Tours, que del mundo y la política no sabía más que lo que había leído en los titulares de los periódicos, se había vuelto loca durante un momento”. El escritor presintió entonces todo lo que se avecinaba: “Había durado solo un segundo, pero bastó para mostrarme con qué facilidad en todas partes era posible soliviantar a la gente en tiempo de crisis, a pesar de todos los intentos de entendimiento”.
Me aterra la unanimidad. Qué fácil resulta azuzar al rebaño de los buenos ciudadanos en una dirección o en otra. Y qué fácil entretenerlo. Cada semana se les sirve por televisión el partido del siglo y una cervecita y ahí los tienes, felices como unas pascuas.
----Deduzco que no vas a ver el partido de hoy. Pues a mí no es que me guste mucho el fútbol, pero este partido no me lo pienso perder por nada del mundo, aunque gane quien gane, esta vez la copa del rey la pierde España.
----Serás única persona que no ve el partido, añade Marcos.
----Nada le alegraría más. A Martín le gustaría aplicarse aquel anuncio que decía algo así como “el único que es único”. Pues lo siento mucho, querido, pero de gente única está lleno el mundo. Nada abunda más que los tíos raros, aunque cada cuál tenga su chifladura.
La mía es no gritar cuando todos gritan. Desconfiar de las evidencias. Sospechar de lo obvio. En el cine de Tours permanecería callado al aparecer el káiser, aún a riesgo de que me tomaran por un espía alemán.



Jueves, 14 de mayo
LA VERDADERA HISTORIA

Humo humano, el libro de Nicholson Baker sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, termina en diciembre de 1941, cuando todavía seguían vivas la mayoría de las personas que murieron en ese conflicto. La historia no fue exactamente como nos la han contado, no fue un cuento de niños, con los probos demócratas luchando contra el ogro alemán. Nicholson va yuxtaponiendo, sin apenas palabras propias, sin juicios de valor, artículos periodísticos, diarios, cartas, discursos. La conclusión es que no hubo más héroes en aquella guerra que los pacifistas que se opusieron a ella. Al viejo Churchill la vida de los demás le importaba tanto como a Hitler. En agosto de 1940 se le pidió que dejara pasar alimentos para los niños que en Francia se morían de hambre a consecuencia del bloqueo. “Lamento que debamos rechazar esas peticiones”, fue su respuesta.” Las grasas sirven para hacer bombas y las patatas para hacer carburante sintético. Los materiales plásticos que ahora se usan tanto en la construcción de aviones se hacen con leche. Quienes sufren bajo el yugo de Hitler, ya recibirán alimentos cuando se liberen de ese yugo”. La idea de que los alimentos que se querían enviar para los niños (leche, chocolate, grasas, carne) se utilizarían para fabricar municiones era un completo disparate. Pero todos los buenos patriotas aplaudieron entusiasmados.

jueves, 14 de mayo de 2009

Al margen de Samuel Butler

Para saber si una persona tiene talento literario lo mejor es pedirle que componga una inscripción. O que le ponga nombre a un gato.

Lo que tienen de más agradable los perros y los niños es que se puede hacer el tonto con ellos, y que no solo no nos lo reprochan, sino que hacen también el tonto con nosotros.


El creyente llama Dios a Dios; el ateo prefiere llamarle de otra manera.

El mejor viaje es el que soñamos hacer en el barco que parte sin nosotros.

No hay que perder nunca de vista la verdad: es una bestia peligrosa.

Hay hombres que, cuando se quedan solos, están en muy mala compañía.

Decir la verdad está al alcance de cualquiera; para mentir se necesita algún talento.

El que se queda llega a menudo más lejos que el que parte.

En cualquier grano de arena está todo el misterio del universo.

Nunca sabrás nada de tu pueblo si antes no te has dado una vuelta por el resto del mundo.

El hombre feliz no le pide al día de mañana nada que no le regale el día de hoy.

Cuando nacemos, nos regalan el universo.

En la eternidad no hay libro de reclamaciones.


Si no te odias a ti mismo, nunca podrás odiar a nadie.

Qué difícil admirar de verdad a alguien que todavía no haya muerto.

Los milagros son los arrepentimientos de Dios.

Dios es un asunto de este mundo; en el otro no preocupan esas cosas.

Ni siquiera las grandes religiones son empresas siempre rentables.

Sin la mala gente, cuánta buena gente no podría ganarse la vida.

Poco me importa la mentira, pero odio la inexactitud.

Una mujer verdaderamente decente jamás le cuenta a su marido ciertas cosas.

La cortesía amansa a las fieras.

¿Cómo pretendes ser un sabio si no has dicho nunca ninguna tontería?

Las doctrinas filosóficas tienen sus absurdos, como las religiones su lógica. Sigas a Darwin o a Jesús siempre tendrás que comulgar con alguna rueda de molino.

El éxito póstumo es el que menos molesta a los amigos.

La primera obligación de un gran hombre es estar muerto.


No agradecemos la ayuda recibida, sino la que esperamos recibir.

Los verdaderos amigos son aquellos que nos aguantan todo aunque no les aguantemos nada.

He malgastado mi vida como un colegial malgasta su dinero. No lo lamento: es la única manera de pasarlo medianamente bien.

Hay algo todavía más incómodo en sociedad que querer tener siempre razón: tenerla.

Qué le voy a hacer si las mujeres que más me gustan son siempre las que menos me convienen.

La virtud suele ser más dañina que el vicio, y a menudo igual de aburrida.

Qué poco divertido suele resultar divertirse.

Dios no nos quiere ni demasiado buenos ni demasiado malos. Para él un pequeño exceso de maldad es más disculpable que un exceso de virtud.

Para escribir bien hay que saber lo que se quiere decir y no decirlo del todo.

Siente una cosa, piensa otra y escribe todo lo contrario.


Era tan grande el amor de su mujer que le buscó un amante para que le ayudara a soportar la carga.

Si no despreciamos un poco aquello que deseamos, no lo conseguiremos nunca.

En amor una eternidad dura muy poco tiempo.

Dios lo sabe todo, pero no se entera de nada.

Sin imaginación se puede ser poeta, pero no hombre de ciencia.

No muere quien no sabe que muere.

La vida, como la música, es cuestión de oído, sentimiento e instinto.

No utiliza adecuadamente las reglas del arte quien no ha aprendido a olvidarse de ellas.

Cuesta acostumbrarse a los otros, pero no tanto como acostumbrarse a uno mismo.

Todo autorretrato es siempre el retrato de un desconocido.

sábado, 9 de mayo de 2009

Para entregar en mano: El arte de quedarse solo

Viernes, 1 de mayo
DIA DEL TRABAJO

Me llega el primer tomo de las obras completas de Dostoyevski y yo pienso en su más famosa frase: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Exista Dios o no, en el capitalismo salvaje todo está permitido. A los que pueden permitírselo, claro.



Sábado, 2 de mayo
GENTE RARA

En el Caffè di Roma, con Eugenio d’Ors y sus Tres lecciones en el Museo del Prado. Comienza recordando la inscripción de un reloj de sol: “Index sum. / Sine sole, nihil. / Sine indice, nulla”. Sin el sol, el reloj no podría marcar la hora; pero tampoco podría hacerlo sin el índice que proyecta sombra. Lo mismo puede decir la crítica: no existiría sin las obras de arte a las que se aplica, pero tampoco ellas serían tales sin la crítica que señala, subraya, delimita.
Absorto con sus sorprendentes intuiciones (habla de la “estructura de andrajo”, común a la pintura de Rembrandt, la prosa de Proust y la decimonónica erudición universitaria), no noto que ha cesado el acogedor murmullo. De pronto me sobresalta un grito unánime. Alzo la cabeza como quien emerge de una inmersión en aguas paradisíacas alertado de un repentino peligro, quizá la llegada de un tiburón. La cafetería se ha llenado de gente sin que yo lo advirtiera. Y se han sentado en círculo en torno mío. Todo el mundo me mira mientras siguen gritando ensordecedoramente.
Pero no, no es a mí a quien miran. Los ojos están fijos sobre mi cabeza. ¿Qué monstruo me acecha? ¿Se habrá desprendido un trozo del techo y estará a punto de aplastarme? La solución a aquel enigma es bastante más trivial. Sin darme cuenta, me había sentado contra la columna que sostiene el televisor. Era a ese aparato al que miraban, no a mí. Y se estaba transmitiendo no sé qué partido apasionante y se acababa de marcar un gol. Nunca dejará de sorprenderme la gente normal. ¡Es tan rara y a la vez tan previsible!
Recojo mis libros, mi café y mi vaso de agua y me voy a un lugar más discreto. Sonrío al recordar a todo el mundo mirando en una dirección y yo mirando en dirección contraria. Mentiría si dijera que eso me molesta.


Domingo, 3 de mayo
CERTEZAS

“Alguna vez me angustia una certeza”. Recuerdo el comienzo de “Muerte a lo lejos”, el soneto de Jorge Guillén que tantas veces he comentado en clase. Hoy esa certeza me embistió de pronto y me dejó tambaleante y maltrecho durante un tiempo.
Ha aprendido a saborear cada minuto, a no dejar perderse la magia de ningún instante. Sé todo el valor que tienen las cosas que nadie valora. Como a un niño, como a mi amigo Ernesto, cualquier nimiedad me fascina.


“¿Todavía no te aburre el cine?”, me pregunta un amigo. “Pero si no hay nada que valga la pena”. Es posible. La peripecia de The Internacional, con su denuncia de los sucios y paradójicos negocios bancarios (“si ellos ganan, ganan ellos; si ellos pierden, perdemos todos”), apenas me interesa. Pero qué fascinante la estación de Berlín, la arquitectura falsamente transparente del banco de Luxemburgo, las galerías de Milán, el Guggenheim de Nueva York donde tiene lugar el inevitable e interminable tiroteo y, sobre todo, los tejados de Estambul. Yo también quiero caminar sobre ellos, como los protagonistas de la película, con las cúpulas de la Mezquita Azul entre el laberinto de viejos tejados. Pero de momento, a la salida del cine, me conformo con un viaje en autobús, Oviedo deslizándose tras la lenta ventanilla mientras suena Haendel en el ipod.
Y de pronto, como una mala bestia encerrada que rompe las cadenas, el topetazo de la angustia, el miedo a la sádica enfermedad y a la muerte. Falsa alarma. Poco a poco recupero el ánimo. Pero alguna vez no será falsa. Lo sé y esa certeza hace que todo en mi vida, hasta lo que parecía más insignificante, doble su valor.


Lunes, 4 de mayo
FALSOS FANTASMAS VERDADEROS

Cuando estuve en Milán, el amigo que me llevó a ver Villa Necchi Campiglio, por entonces recién restaurada e inaugurada, me dijo que en ella había un fantasma, una mujer de cabello blanco que descendía la escalera, acariciaba alguna escultura, se sentaba en la mesa del salón absorta en sus pensamientos. Naturalmente, no le creí. En aquella villa racionalista de Via Mozart, construida en los años treinta para una de las grandes familias industriales, no tenían cabida fantasías románticas. Pero leyendo hoy una revista de arte me entero de que ese fantasma existe y que se llama Claudia. Estudiosa del arte, hija de un famoso galerista, a Claudia Gian Ferrari le preocupaba el destino de su colección, los cuadros y las esculturas que la habían acompañado durante toda su vida. Como no tenía herederos directos, decidió que cuando muriera, esas obras deberían formar parte de un museo. La Villa Necchi Campiglio, por entonces en restauración, parecía el lugar adecuado: ella coleccionaba arte italiano de los años veinte. Restaurado el edificio, la convencieron para que las cediera ya: era una lástima inaugurarlo vacío, aunque su escueta arquitectura minuciosa fuera ya una obra de arte.


Pero ¿cómo iba a vivir ella sin aquellas mágicas presencias? Sólo de pensarlo se llenaba de angustia. “Y entonces -cuenta Claudia- surgió lo que me pareció un compromiso maravilloso. Pusieron una habitación a mi disposición para que yo, cuando quisiera, pudiera ir a pasar un tiempo con mis cosas. Es una bonita habitación, donde en otro tiempo vivía el ama de llaves. Cuando me parece, aviso al encargado y me presento con mi bata de seda, un transistor y un libro. Me doy una vuelta por la casa, converso con La amante muerta y con mis otros amores y eso alivia mucho mi nostalgia. Recuerdo cómo me la encontré por primera vez. Formaba parte de las obras adquiridas por uno de los principales mecenas de Arturo Martini. Cuando murió, las heredó su hermana, que no se interesaba ni poco ni mucho por ellas, y durante décadas permanecieron olvidadas en un sótano que parecía una carbonera. Las descubrió un sobrino y me llamó para que fuera a verlas. No había siquiera luz eléctrica. Nos alumbrábamos con una linterna. Fue como entrar en la gruta del tesoro. Allí estaba La amante muerta. Caí de rodillas y pregunté si podía acariciarla. Durante muchos años, nada me alegraba más que regresar de un viaje y encontrarla esperándome, junto a La familia del pastor, de Mario Sironi, o El puro loco, de Adolfo Wildt. Ahora se han independizado, viven su vida, pero, como los hijos que se han ido de casa, de vez en cuando me dejan que vaya a pasar un rato con ellos”.


Martes, 5 de mayo
UN HEROE DE NUESTRO TIEMPO

Repeinado, retocado, con pinta de galán de otra época y simpática locuacidad de charlatán de feria, Silvio Berlusconi realiza uno de sus habituales ejercicios de seducción en el programa Porta a Porta de la RAI UNO. Yo le contemplo asqueado, como una pequeña parte de los italianos, y fascinado, como la mayoría de ellos. Su mujer no es más que una buena mujer manipulada por la oposición. Él es un santo varón dispuesto incluso a perdonarla si se disculpa de sus declaraciones. Saca papeles y explica el plan que tiene para, en un tiempo record, proporcionar casa a los damnificados del terremoto. “Nunca antes se había hecho algo así, todo está calculado, el 24 de septiembre, día de mi cumpleaños, entregaré personalmente miles de pisos perfectamente equipados, pisos de lujo”, y sonríe mientras el melifluo presentador casi cae de rodillas. A mí me viene a la memoria una novela de Thomas Mann, Mario y el mago, donde un hipnotizador fascina y humilla a una pequeña población italiana en los tiempos del fascismo. El final de aquella novela, escrita en los años veinte, en pleno esplendor mussoliniano, preludia Piazza Loreto. Pero este mago no tendrá un final así. Es lo que todos quisieran ser. Acabará de presidente de la República, de ancianito venerable, como Andreotti, ese taimado Berlusconi de sacristía. A la vez Leandro y Crispín, caballero y pícaro, roba y deja generosamente robar a los suyos, que son la mayoría. Y las hijas de las madres que amó tanto le besan ya como se besa a un santo. Y él las visita en su cumpleaños cargado de preciosas joyas.


Miércoles, 6 de mayo
SUERTE

¿Sigues solo?, me pregunta conmiserativamente un amigo adicto al matrimonio (va por el tercero).
Sigo solo. En las historias de amor nunca he tenido suerte, afortunadamente.


Jueves, 7 de mayo
BUENA COMPAÑÍA

“Me resulta fácil conversar conmigo mismo, y agradable. Los ojos cerrados hacia el mundo exterior, abiertos hacia todo lo que me gustaría ser, me otorgan una libertad infinita. Nunca he sido tan dichoso como cuando sueño con ser dichoso”.


Abro al azar una novela de Vintila Horia y me basta con la primera frase que encuentro para enredarme en fantasmagorías y dejar el libro. A cierta edad parece que los mundos ajenos comienzan a interesar menos que los propios.
Converso conmigo mismo. A ratos me doy la razón, con frecuencia me llevo la contraria. Como quien juega solo una complicada partida de ajedrez, me gusta defender una tesis y la opuesta. No siempre gano yo, no siempre pierdo yo. A menuda la partida se queda en tablas.
Perpetuo adolescente, nada me gusta más que llevar la contraria. Me basta oír afirmar con rotundidad una cosa, para empezar a dudar de ella.
Pero también conservo de la infancia la capacidad de ensoñación. Cuando no duermo, sueño.
Procuro ser buena compañía para mí mismo. Soy la única persona a la que tendré que aguantar toda la vida.

jueves, 7 de mayo de 2009

Al margen de Natalia Ginzburg

La doméstica felicidad genera todavía más angustia y espanto que la soledad porque puede desaparecer en un instante.

Si un día hubiese una revolución, preferiría ser asesinada a hacer daño a alguien. Esta es una de las poquísimas ideas políticas que mi mente es capaz de formular.

Me interesan los escritores que tratan de llevar a la luz del día los indicios robados al corazón de una noche impenetrable.


Yo no tenía solo la sospecha, sino la certeza constante de que el universo no era claro y simple sino oscuro y tortuoso, que los secretos anidaban en todas partes, que las calles y las gentes ocultaban el dolor y el mal, que la melancolía no desaparecería nunca, que no había fuerza capaz de vencerla.

El sentido de cada ser permanece incomprensible, perdido en el desorden del mundo.

Deseo una época en la que haya un amplio espacio para los que no tienen ganas de hacer nada.

Querría un partido que consiguiera gobernar sin perder nunca el bien supremo de la incertidumbre y la fragilidad.

Sobre la muerte no sabemos ni sabremos nunca nada, y eso es lo que hace que la vida tenga algún sentido.

A la serenidad y la sabiduría, prefiero la sed y la fiebre, las búsquedas inquietas y los errores.

El horror es la otra cara del esplendor.

Hay que encontrar palabras nuevas y verdaderas para las cosas que amamos.

Fiel a su ilimitada desesperación sin palabras, fiel para siempre a su ilimitada libertad de no pronunciar jamás una palabra.

He aprendido a esconder mi desolación en una sonrisa.

Inventar es como jugar con una camada de gatos recién nacidos; contar la verdad, como moverse en medio de una manada de tigres.

Tal vez Dios sea pequeño como una mota de polvo y solo podamos verlo en el microscopio.

Contra la estupidez no vale la ironía, no hay más arma que la soledad.

Las relaciones que mantenemos con nosotros mismos son siempre tortuosas y complicadas.


Hay escritores que pertenecen a la especie de los profesores o los curas; solo están a gusto en medio de sus escolares o de sus feligreses.

Su inteligencia era como un cuchillo sin mango: no podía utilizarla sin hacerse sangre.

Aire, silencio, espacio y descanso. Esos son los únicos lujos de los que sentiría prescindir.

De nada nos cuesta tanto prescindir como de ciertas cosas inútiles.

Vivir es decirle adiós al mundo mientras lo observamos desde una nave que se aleja.


No me interesa un partido político en el que no sea posible construir castillos en el aire.

Tras la muerte nos gustaría conservar algo de nosotros mismos, aunque fuera un poco de tedio, de miedo y de angustia.

La vida de cualquier persona, incluso la que mejor creemos conocer, se compone de culpas, remordimientos, sacrificios y acciones generosas que permanecerán siempre ignoradas por todos.