domingo, 13 de noviembre de 2016

Sin trampa ni cartón: De mi país, del amor y de Sevilla



Viernes, 4 de noviembre
LLUVIA EN MI CORAZÓN

Llego a Sevilla para hablar del libro póstumo de un poeta amigo, Rafael Suárez Plácido, y por teléfono me dan la noticia de que ha muerto Esther Segovia, amiga de los primeros tiempos de la tertulia Óliver. Una lluvia desapacible hace de esta ciudad, que recuerdo siempre luminosa, el decorado más acorde para mi estado de ánimo.
            No había cumplido veinte años Esther cuando comenzó a ir por la tertulia. Ya trabajaba en un periódico, ya estaba al tanto de todo, ya parecía dispuesta a comerse el mundo. Más tarde, cuando ya había dejado la tertulia, de vez en cuando me la encontraba en el aeropuerto o en la estación de autobuses y me contaba sus éxitos en Madrid. También algunas peripecias de su vida sentimental, siempre turbulenta.
            Luego volvió a Avilés y entró en un túnel oscuro y yo le perdí la pista. De sus desventuras últimas supe por Marian Suárez, que siempre mantuvo el contacto.
            “Llanto en mi corazón / y lluvia en la ciudad”, como en los versos de Verlaine. Más que llanto, algo de mala conciencia. A Esther Segovia no sé si la tratamos del todo bien en aquellos viejos tiempos de la tertulia tan descaradamente machistas. Nos molestaba un poco su impertinencia, su desparpajo, aquel alardear de sus conquistas –casi siempre celebridades– que tendíamos a considerar imaginarias, aunque quizá no siempre lo fueran, y de sus contactos con gente importante.
            En Sevilla me encuentro con José Luis Piquero, otro de los veteranos de Óliver, pero cuando él llegó Esther ya andaba por Madrid, trabajando en una productora de televisión. No creo que llegaran a encontrarse.
            El Primer cuaderno de Óliver, publicado en 1982, incluía una colaboración Esther Segovia, “Retrato de poeta (fragmentos de una novela inédita)”, que me caricaturizaba; yo me vengué haciéndola aparecer en La trama de Árgel, una olvidada novela juvenil que escribí por entonces.
            Las bromas para ella se tornaron pronto veras, desapareció en el lado oscuro mientras yo seguía con mi rutina de siempre. Alguna vez me llamó y su voz parecía venir ya de otro mundo.
            Junto al recuerdo de Esther me viene a la memoria el de otro infortunado amigo, Juan Manuel Pendás Benito, filósofo peripatético, empedernido escritor de cartas a los periódicos. Colaboró también en aquel cuaderno inicial de la tertulia y yo recuerdo ahora, tantos años después, uno de sus aforismos: “Las sandalias y las zapatillas viejas deberían utilizarse para enterrar a los ratones muertos”.
            Para enterrar a los recuerdos muertos, ¿qué debemos utilizar? Mañana me habré olvidado de Esther y de Pendás, pero hoy en Sevilla, en una Sevilla con negros crespones de lluvia, sus sombras se sientan frente a mí cuando hablo del libro póstumo de Rafael Suárez Plácido.
            Sentimientos mezclados: la alegría de ser un superviviente, la mala conciencia por serlo.


Sábado, 5 de noviembre
PASEO CON AMIGOS

En contraste con el día de ayer, hoy amanece soleado por dentro y por fuera. Ayer, este inmenso hotel me parecía el más apropiado para que Cesare Pavese se suicidara; hoy, ya me encuentro como en casa. Tras el café y la fruta del desayuno, me pongo a caminar, avenida de la Palmeras adelante, hasta el centro de la ciudad. No tengo ninguna prisa, me acompaña el sol, me entretengo contemplando los pabellones de la exposición del 29, que a veces, no sé bien por qué, me parecen inspirados en alguna viñeta de las aventuras de Tintín.
            A las diez he quedado en el museo arqueológico con Juan Lamillar, que es poeta minucioso  y conoce como nadie todos los secretos de Sevilla. Llego un poco antes y aprovecho para escuchar a Haendel en el iPod.
            Trajano, Adriano, un busto de Alejandro Magno que recuerda a Antinoo… ¡Cuántos admirados amigos tengo dentro de este museo! Pero mis favorita es Venus, la espléndida Venus que surge de las aguas sin avergonzarse de su desnudez, y Hermes, el mensajero de los dioses, cuyos alados pies quisiera que fueran los míos.
            Juan Lamillar me deja a la una y a esa hora me encuentro con José Luna Borge, amigo desde mis tiempos de estudiante en la Facultad. Le entregué en mano el primer número de la revista Jugar con fuego y ahora, más de cuarenta años después, le traigo un ejemplar de la edición facsímil. Vivir es ir cerrando círculos.
            Juntos visitamos la exposición dedicada a Borges y nos quedamos un largo rato oyéndole hablar de la ceguera en una vieja grabación en blanco y negro. No ha perdido nada de su encanto. “¡Cómo le gustaría a Botas estar aquí!”, dice de pronto Luna Borge y en ese mismo momento estaba yo pensando en ese otro amigo con el que tantas veces hablamos de Borges y que nunca ha dejado de acompañarnos.
            Con Botas estaba yo aquel día de 1986 en que nos enteramos de la muerte del escritor en Ginebra. Ahora contemplo aquí las primeras ediciones de sus libros, los dibujos de su hermana, docenas de fotografías, pero lo que más me fascina son las páginas de La Nación en que se publicaron por primera vez sus poemas. Se leen de otra manera, vistos así en su contexto, entre artículos de Eduardo Mallea o Julián Marías: “El hoy fugaz es tenue y es eterno; / otro cielo no esperes, ni otro infierno”.
            Acompaño luego a Luna Borge hasta su apartamento en un renovado palacio de la calle Pajaritos. Admiro el patio, con su fuente callada y sus arcos de mármol, subo hasta la terraza y me sorprende, pavoneándose junto a la Giralda, una rara torre, invisible desde la calle, con algo de faro: aquí podría vivir el capitán Nemo o cualquier desengañado personaje de Julio Verne, aquí podría vivir yo.
            José Luna Borge, como tantos amigos de mi edad, vive solo y siente que sus méritos literarios no son lo sufientemente reconocidos. Me identifico con él en ambas cosas, pero yo –siempre tan egoísta y precavido– en la primera de ellas he tenido la precaución de ahorrarme los enojosos trámites intermedios, y a la segunda no le doy demasiada importancia: soy de los que piensan que las pompas, fúnebres; y los homenajes, póstumos. 
            Cuando dejo a Luna Borge, me encuentro con Abelardo Linares. Me gusta esto de ir pasando de un amigo a otro mientras paseo por la ciudad. Ya se sabe que yo no me canso, pero canso. De esta forma soy más llevadero. Claro que Abelardo Linares, en el deporte de debatir sobre cualquier tema (en realidad solo dos: política o literatura) es casi tan incansable como yo. Últimamente parece estar perdiendo facultades: le gano siempre. Claro que es difícil no ganarle si discutimos sobre un libro, la antología de poesía española preparada por Araceli Iravedra, del que él solo conoce la lista de los poetas incluidos y yo me he leído de la primera a la última de sus mil páginas.
            Abelardo Linares paseó con Borges por Sevilla (también estuvo con él en Buenos Aires) y mientras tomamos un café en el Starbucks de la calle Alemanes me cuenta algunas de sus anécdotas. Un pésimo poeta local se empeñó en leerle, frente a la Giralda, media docena de sonetos que le había dedicado. “Debe ser triste, maestro, no poder contemplar esta maravilla”, le dijo. “Sí –respondió Borges–, es triste para mí ser ciego y es una suerte para ella ser sorda”.


Domingo, 6 de noviembre
POR LA ORILLA DEL GUALDALQUIVIR

Soy un ateo fascinado por la experiencia religiosa. Dios es un invento humano, pero un prodigioso invento humano, como el Quijote o el milagro de Internet.
            Gonzalo Gragera, otro amigo sevillano, me propone asistir a la procesión de Jesús del Gran Poder, que se celebra excepcionalmente por ser el año de la Misericordia: lo acepto como un regalo más.
            Tras darme una vuelta por el barrio de Santa Cruz (que mi amigo me dice que no es más que un invento historicista del siglo XIX), a las once en punto estoy frente a la catedral. Durante media hora desfilan lo cofrades en silencio; luego aparece la figura del Cristo con la cruz a cuestas y el silencio se hace más intenso.
            No es un espectáculo para turistas, ciertamente, no hay música ni palmas ni nada que tenga que ver con el folklore. El paseo del Gran Poder desde la catedral hasta su capilla de San Lorenzo durará más de seis horas. Cuando termina de pasar ante nosotros, mucha gente sale corriendo para verle de nuevo en otro lugar. Yo no he sentido más que curiosidad, al contrario que en Jerusalén cuando asistí al comienzo del sabbat ante el Muro de las Lamentaciones, la emoción de los demás no se me ha contagiado.
            Lo hace luego cuando visito el hospital de la Caridad, ese suntuoso monumento barroco que la modestia del arrepentido Miguel de Mañara edificó para su mayor gloria. Recorro la iglesia y el hospital, ahora asilo de ancianos, y me detengo largo tiempo ante los dos cuadros de Valdés Leal: “In ictu oculi”, “Finis gloria mundi”. En un abrir y cerrar de ojos la muerte nos arrebata toda la gloria del mundo.
            Pero de momento, mientras paseo por la orilla del Gualdalquivir en este azul domingo de noviembre, toda la gloria del mundo está conmigo. Y yo abro y cierro los ojos sin acabar de creérmelo, seguro de no merecerla.


Lunes, 7 de noviembre
CONFIDENCIAS DE UN SEXAGENARIO

Ya sé que es algo que no debe decirse y por eso yo nunca lo comento con nadie, pero los amores eternos que prefiero siguen siendo aquellos que no duran más de un fin de semana.
            (Una vez tuve uno que duró un mes y no que quedaron ganas de repetir la experiencia.)


Jueves, 10 de noviembre
AMOR Y DESAMOR

Durante la presentación de Nuestro desamor a España, de Juan Pedro Aparicio, leo Escribir y borrar, la antología que acaba de publicar Ada Salas. No por eso dejo de escuchar a Xuan Bello, que se mete en un jardín de buenas intenciones, ni a Pedro de Silva, que resume muy didácticamente la tesis del libro.
            “No estoy de acuerdo con el título”, comento yo a la salida.
            “Pues yo creo que el título es un acierto. Los españoles no amamos a España. Yo, por ejemplo, no amo a España. Me gusta, pero no la amo”.
            Miro al expresidente del Principado con sorpresa. Yo, en cambio, como la mayoría de mis conciudadanos (salvo los que no se consideran españoles), amo a mí país como a mí mismo, aunque haya cosas en él que no me gustan. También hay cosas en mí que detesto y no por eso me amo menos.









domingo, 6 de noviembre de 2016

Sin trampa ni cartón: No más política


Viernes, 28 de octubre
GUARDAR SECRETOS

En el taxi que nos devuelve desde el café Iruña hasta el hotel de Noáin, hablamos de los tres escritores que nacieron el año en que se inauguró –nada menos que Pessoa, Eliot y Gómez de la Serna– y luego comenzamos a recitar poemas. María José dice que ella solo recuerda los proverbios y cantares de Antonio Machado: “El que espera desespera, / dice la voz popular. / ¡Qué verdad tan verdadera! / La verdad es lo que es / y sigue siendo verdad / aunque se piense al revés”.
            Durante un rato vamos alternando los versos en coro amebeo –“Poned atención, / un corazón solitario / no es un corazón”– y de pronto oímos la voz del taxista: “Qué maravilla escuchar poesía. Creo que voy a tener que pagarles yo al final del trayecto en lugar de cobrarles a ustedes”.
            Un taxista al que le gusta la poesía no es algo a lo que estemos acostumbrados, pero lo que a mí más me sorprendió fue la facilidad con que se vuelven invisibles, como si no existieran, los que nos rodean. Recuerdo que una vez, comprando en el Mercadona, me saludó muy amablemente un desconocido: “Yo estuve muchos años de camarero en el Reconquista. ¿Sigue usted dando caña en el jurado de los Premios?”
            ¿Dando caña? Recordé algunas discusiones, un poco salidas de tono, con Anson, con Víctor de la Concha o con Sánchez Dragó, y también que de vez en cuando entraban a servirnos un café o a llenarnos la copa de agua. No recuerdo la cara de ninguno de ellos, pero resulta que ellos –al menos uno– se enteraban de todo.
            No hizo falta que se inventaran las redes sociales para nuestra intimidad fuera pública. La aireamos al hablar por teléfono o con un amigo en la cafetería,  mientras discutimos con la pareja en el taxi que nos lleva al aeropuerto.
            Quien quiera saber todo sobre cualquiera de nosotros lo tiene fácil. Inútil tomar precauciones. No se puede estar siempre hablando en voz baja, mirando alrededor, comprobando si el teléfono está pinchado, cambiando las claves de acceso al correo electrónico. Lo que de nosotros ignora el amigo más cercano lo sabe el taxista, el portero del hotel, aquel desconocido que se sentó a nuestro lado durante un largo viaje en tren.
            Lo mejor para conservar secretos nuestros secretos es airearlos como si no nos importaran. O no tenerlos, que es lo que me pasa a mí, aunque me guste fingir otra cosa para hacerme el interesante.


Sábado, 29 de octubre
INCIDENTE EN IRATI

El síndrome de Stendhal no solo puede darse recorriendo los museos vaticanos o paseando entre las maravillas renacentistas de Florencia. Yo lo sentí en la selva de Irati, ese prodigioso laberinto de hayas y de abetos, de susurrantes arroyos cristalinos y de buitres leonados sobre el azul del cielo. Comencé a caminar en la ermita de la Virgen de las Nieves, de asombro en asombro le di la vuelta al lago de Irabia, pero a mitad del camino de regreso tuve que tenderme en el suelo junto a una de las casas forestales porque de pronto me abandonaron las fuerzas –apenas si llevaba unas cuatro horas caminando, admirando, haciendo fotos– y temí desfallecer y rodar hasta el agua desde alguno de los empinados senderos.
            Cerré los ojos, sentí un sudor frío. No pude dejar de pensar en la extraña aventura de mi vida, de cualquier vida. Siempre he sido un hombre rutinario, al que nunca le pasa nada, al que le gusta que nunca le pase nada, y ahora me encontraba tendido en el suelo, casi desvanecido, sin cobertura en el móvil, en el centro de un bosque de bosques de cerca de veinte mil hectáreas, que los peregrinos del camino de Santiago que van desde San Juan de Pie de Puerto hasta Roncesvalles contemplan a su izquierda, inmenso, amenazador, casi impenetrable.
            Pero no solo el mítico Basajaun, señor de los bosques, y las Laminak, ninfas de los ríos, recorrieron estos lugares. También hubo carboneros y fabricantes de remos y de duelas y contrabandistas y cacerías de los reyes de Navarra. Ahora no hay lugar mejor para reconciliarse, en estos días soleados del otoño, con la belleza del mundo.
            Cerrados los ojos, no sabiendo si podré volver con mi propia pie o tendrán que venir a rescatarme, escucho distantes las esquilas de las vacas, como en un romance de Juan Ramón Jiménez, y también el silencio, la música mejor.
            Un ruido leve, el que hace un corazón al detenerse, y todo podría haber terminado aquí. Un sorprendente final para una vida tan predecible como la mía, en la que nunca pasa nada.


Domingo, 30 de octubre
EPISODIOS NACIONALES

Paseo por los jardines del parador de Argómaniz, contemplo la sierra Gorbea sobre la llanura alavesa, y me gusta pensar que Napoleón también se alojó en este viejo palacio. Muy cerca tuvo lugar la batalla que Galdós narra en El equipaje del rey José, la que decidió el final de la aventura napoleónica en España. De vivir entonces, yo habría sido sin duda uno de los afrancesados y, como Goya o Moratín, acabaría exiliado en Burdeos, que no me parece el peor lugar para vivir olvidado de las tribulaciones patrias, del gusto, tan español, de gritar “vivan las cadenas”..
            Me gustan los lugares que me cuentan una historia. Y raro es el sitio que no lo hace. Cierro los ojos y contemplo al batallón de húsares británicos cargar contra la berlina del rey José y a este saltar aterrado sobre un caballo y huir dejando desparramado alrededor del carruaje todo el tesoro que llevaba consigo.



Lunes, 31 de octubre
EL PEQUEÑO MARTÍN

No sé si los niños vienen todavía con un pan debajo del brazo, pero para mí traen siempre consigo un territorio nuevo. Nunca visito la casa de ningún amigo. No hay nada que me haga abandonar mi rutina, las cuatro calles habituales, salvo ese prodigio, esa maravilla que nunca me canso de admirar, que es un recién nacido.
            El pequeño Martín me ha regalado la Corredoria, un barrio muy cercano a mi casa, pero en el que nunca había estado antes. Ahora me resulta familiar la parada de autobús en Cuatro Caños.
            Hoy Martín me ha llevado –es un decir, dormía en su cochecito con la tranquilidad de quien sabe que el universo entero gira a su alrededor– hasta la biblioteca pública, al lado mismo de la carretera y sin embargo tan secretamente apacible.
            Sabe ya que me gustan los libros y que solo hay otra cosa en el mundo que me gustan tanto como ellos: los seres humanos en general y los gatos y los bebés en particular.


Martes, 1 de noviembre
SIN ESPERANZA, CON CONVENCIMIENTO

Parece que ya tenemos presidente, pero el gobierno sigue en funciones. No hay ninguna prisa. La legislatura será larga, durará todo lo que permita la ley y un poquito más. Y será tranquila. El amansado PSOE no dará ninguna guerra, andará muy entretenido tratando de asestarle la puñalada definitiva a ese ingenuo que se creía lo que decía y prometía. Sin esperanza, pero con convencimiento, le he enviado mi apoyo a la plataforma que acaba de crear.
            A nadie le gusta reconocer que ha fallado en sus análisis, que ha fracaso en todas sus previsiones. Pero a mí no me queda más remedio que admitir la humillación. Nunca me había imaginado una situación como esta, con la izquierda (o lo que yo hasta ayer mismo creí tal) sirviendo de muleta al partido más corrupto de la historia de España (aunque reconozco que en eso hay mucha competencia). Pero la realidad es la que es.
            A los votantes estafados solo nos queda el derecho a la pataleta. Yo lo he ejercido hasta quedarme ronco. Ahora me vuelvo a mis cuarteles de invierno a esperar a que escampe. No más política.


Miércoles, 2 de noviembre
ACERCA DE LA INMORTALIDAD

“Si ahora apenas nadie nos lee –me dice un amigo poeta–, ¿quién crees que va a hacerlo después? Desengáñate, eso de la inmortalidad que tanto te preocupa es una tontería”.
            La verdad es que no me preocupa. Me preocuparía si yo me convirtiera en un atractivo turístico y me inmortalizaran como uno de esos feos muñecotes junto a los que se fotografían los turísticas. Recuerdo la estatua de Berlanga en Sos del Rey Católico. Da un poco de grima verlo descalzo y desmañadamente sentado junto a la Peña Feliciana, el lugar más emblemático del pueblo. Pasea uno por aquella hermosas calles empedradas, se pierde en la judería, se cobija bajo el gran soportal de la mínima plaza mayor, visita las pinturas de la cripta de San Esteban y al salir se encuentra de pronto con ese espantajo. Berlanga rodó aquí La vaquilla y ese fue el pretexto para ridiculizarlo.
            Yo me conformo con que me sigan leyendo, aunque sea tan poco como ahora, dentro de cien, doscientos o mil años. Y con que le den mi nombre a un colegio o a una biblioteca. Uno es así de falsamente modesto.



Jueves, 3 de noviembre
ESE  MUERTO ESTÁ MUY VIVO

Qué susto cuando, en la presentación de un libro de poemas, me encuentra en la librería Cervantes al senador Areces, a quien yo confiadamente voté y que luego, en cuanto tuvo mi voto, no dudó en correr para regalárselo a Rajoy. Me conozco, sé que mi saluda no tardaré en decirle lo que pienso de él. Hago como que no le veo, no quiero provocar un incidente que desluzca la presentación de Lengua del duelo, un título muy adecuado para este momento.
            Como en el famoso capítulo de la espada del vizcaíno en el Quijote, interrumpo aquí la historia. Dejo a Javier Fernández (espero que pronto haya que explicar en nota quién es este señor), apretando con un pie el freno para retrasar todo lo posible el congreso de su partido (“¿Qué es eso de que los militantes deciden? ¡Esto no es Podemos!”) y alzando con las dos manos la pala de enterrador para asestar un fuerte golpe en la cabeza de Pedro Sánchez, sepultado vivo, si pretende salir de la tumba.


           


domingo, 30 de octubre de 2016

Sin trampa ni cartón: Paciencia y barajar


Sábado,22 de octubre
ANÉCDOTAS REALES

Cuando llego a la Plaza del Ayuntamiento, camino del Atrio como cada sábado avilesino, me la encuentro llena de curiosos y corredores que aplauden a Javier Gómez Noya. Me detengo un rato y le escucho agradecer el homenaje y recordar emocionado el día de ayer en que le entregaron el premio Princesa de Asturias de los Deportes.
            Habla con sencillez, no parece que los honores se le hayan subido a la cabeza, y a mí me alegra ver la plaza llena de gente de todas las edades con la camiseta amarilla que conmemora la carrera en su honor. Debería estar aquí Rubén Rosón, concejal de economía del Ayuntamiento de Oviedo, que acaba de declarar que le van a retirar la subvención municipal a la Fundación porque los dineros del Ayuntamiento no están para financiar las comilonas de nadie.
            A mí me dieron ganas de enviarle de inmediato el importe de mi menú de ayer en el Reconquista: agua, un poco de ensalada, una cazuelita de fabada y una ración de arroz con leche (mínima: la Fundación cuida la dieta de los invitados). Cierto que se podía repetir, pero yo creo que con veinte euros sería más que suficiente. Se podría sugerir que cada invitado (salvo los premiados) enviara esa cantidad al Ayuntamiento para evitar cualquier motivo de queja.
            Después del parco condumio y la grata charla con Rosa Navarro Durán, Sonia Fidalgo, el director del Marca y otros compañeros de mesa, mi amiga Ana Vega y yo dimos una vuelta para saludar a los conocidos. Nos detuvimos un momento a charlar con Alfredo Martínez –que era agregado cultural en Bulgaria cuando se celebró en Sofía un homenaje a Víctor Botas–, junto a una de las mesas de los postres. Casi chocamos con uno de los invitados, que dudaba entre el arroz con leche y los carbayones. Al alzarse y volverse vimos que era el rey. con un plato en unaa mano y un dulce en la otra. No se lo pudo llevar a la boca porque en ese momento se acercaron varios obsequiosos señores de negro a saludarle. Dejó resignado el carbayón en el plato y el plato en la mesa y les tendió la mano sonriente. Si a él también le hacen pagar por lo que le dejan comer en estos banquetes de Epulón que el ayuntamiento de Oviedo no quiere contribuir a financiar, seguro que le basta con un billete de cinco euros.


Domingo, 23 de octubre
OTRA VERSIÓN DE LA ZORRA Y LAS UVAS

“¿Qué es para ti el éxito? ¿Qué sería para ti, como escritor, haber triunfado? ¿Ser académico de la Lengua como Pérez-Reverte, ganar el Nobel como Dylan, decidir quien gana los premios de poesía y quién no, como García Montero?”
            La pregunta me la hace, medio en broma, un joven poeta que aspira a todas esas cosas. Yo le contesté también en broma, pero luego me quedo pensativo.
            ¿Qué es para mí el éxito? Lo primero y principal, seguir vivo, de verdad vivo, con capacidad para indigmarme con lo que está pasando y para enamorarme de vez en cuando de la manera más atolondrada del mundo.
            En segundo lugar, seguir escribiendo con el mismo afán y las mismas dudas sobre lo que hago que cuando publicaba Jugar con fuego o, antes, a los catorce años, cuando descubrí la poesía con Antonio Machado.
            ¿Premios? Eso queda para bajos de autoestima o padres de familia que necesitan dinero. Para mí el mejor premio sería no tener ninguno, pero ser leído, conocido y admirado como si los tuviera todos. ¿Qué premios tuvo Cervantes, sin ir más lejos? ¿Y qué premios Lorca, Cernuda, Gil de Biedma? Bueno, Cernuda no es quizá un buen ejemplo: no tuvo premios, pero se presentó a uno que ganó Vicente Aleixandre y no le hizo maldita gracia.
            ¿Ser académico? No, gracias, aunque las intrigas entre unos y otros darían para una novela más divertida que Dos hombres buenos, del admirado folletinista que calificó a sus colegas de ciruelos y talibanas.
            Mientras esperaba a que comenzara la última entrega de los premios Princesa de Asturias, fui testigo de una maravillosa escena muda que lo dice todo sobre la vida académica. A la derecha del escenario estaba ya sentado Darío Villanueva, el actual director, con su barba blanca de sabio antiguo. Subió Víctor de la Concha, anterior director de la Academia y actual director del Cervantes, saludó al que se sentaba a un lado de Darío, a quien estaba detrás, hizo como que no veía a su antecesor. Les tocó sentarse juntos, pero cada uno se puso a charlar con el otro compañero, sin mirarse ni una vez; luego, cuando comenzó la ceremonia, les fue menos violento ignorarse. ¿Qué les había llevado a ese odio que no dudaban en escenificar en público? Pues parece ser que lo de siempre: uno había prometido votar al otro en no sé que elección y no cumplió su promesa.
            ¿Ser como García Montero? ¿Tener capacidad de influencia para conseguir que a este amigo le den tal premio de los que publica Visor y tal otro a aquella amiga, según dicen las malas lenguas? Si yo tuviera poder, dejaría de tener amigos porque no me permito con ellos ningún favoritismo, más bien todo lo contrario (a Javier Almuzra, cuando ganó el Emilio Alarcos, ni siquiera le voté) para mantener intacta mi fama de justiciero incorruptible.
            Da un poco de vergüenza decirlo, pero tengo todo el éxito que necesito. La ambición no es lo mío. Soy de buen conformar.



Lunes, 24 de octubre
UN ANIVERSARIO

Me recuerda hoy Mario Vega que ayer hizo veintidos años que murió Víctor Botas. Algunos de los jóvenes poetas que ahora pasan por la tertulia ni siquiera habían nacido. A mí no me gusta recordar estas fechas luctuosas. Prefiero la del nacimiento: ese 24 de agosto que comparte con Borges y con la erupción del Vesubio. Pero su poesía sigue viva, al contrario que la de tantos otros poetas de su generación que todavía siguen escribiendo y publicando libro tras libro.
            ––¿Eso no lo dirás por Pere Gimferrer?
            ––Puede que sí, puede que no. Cuando leas mi reseña de No en mis días, su más reciente libro de poemas, lo sabrás.


Martes, 25 de octubre
AL PAN PAN Y AL MEMO MEMO

Me paso el día discutiendo con amigos y desconocidos sobre la situación política. A veces aprovecho la espera en un semáforo para replicar a una réplica. ¿Una pérdida de tiempo? Puede. Nunca he conseguido que nadie se moviera ni un centímetro de sus posiciones previas (tampoco yo). Pero siempre que escribo, aunque sea en la respuesta a un comentario de Facebook, lo hago pensando que no hablo solo para mi interlocutor, que hay otros lectores, un público interesado e imparcial, y es a ellos a los que trato de convencer. También me gusta dejar constancia para la posteridad, por muy improbable que sea. “Cuanto tantos claudicaron, él no” se imagina mi vanidad que dirán mis nietos o los nietos de mis nietos.
            Ya sé que debería hacer como mi sabio amigo Xuan Bello, ocuparme solo de los negocios, la familia y los arbejos que crecen la huerta. Pero yo no soy un sabio, solo un fidelísimo votante humillado públicamente por sus representantes políticos. Y ellos podrán mangonear la cosa pública, hacer mangas y capirotes con los votos de los ciudadanos, pero a mí no me pueden quitar el derecho al pataleo y a llamar una y otra vez al pan pan y al Fernández Fernández.


Miércoles, 26 de octubre
QUIEN LO PROBÓ LO SABE

¿Se puede perder la cabeza pasados los sesenta años igual que a los veinte? Se puede. Quien lo probó lo sabe.
            Y se tarda más en encontrarla porque también se va perdiendo la memoria.
            Pero la vida solo merece la pena si tropezamos dos o doscientas veces, todas las que hagan falta, con esa misma piedra.


Jueves, 27 de octubre
EL DÍA DE LA VERGÚENZA

Trato de no salir de casa, de no encontrarme con nadie, de leer a Montaigne, de no mirar las noticias, de pasar como pueda el mal trago de estos días. Pero bajo a tomar un café y ahí está Antonio Hernando, con cara de ajusticiado, tratando de justificar lo injustificable diciendo que no es la primera vez que el PSOE falla a sus votantes, que antes abandonaron el marxismo, les engañaron sobre la OTAN, que a qué tanto escándalo en esta ocasión. Me froto los ojos. No, no es eso lo que está diciendo literalmente, pero es eso lo que todos entendemos. Y a mí me dan ganas de gritarle que, si con la OTAN se hizo un referéndum y si cuando se pactó con Ciudadanos se consultó a la militancia, ¿por qué ahora se recurrió al ordeno y mando con un tal Fernández de chusquero mayo?
            Sé que es inútil, que debo volver a Montaigne, cuidar mi jardín, armarme de paciencia y barajar, pero de lo que tengo ganas es de subirme al tren, plantarme a las puertas del Congreso y gritar a los diputados del partido al que voté el calificativo que merecen.
            Por la noche, ni siquiera quiero ver El intermedio, para no exasperarme de nuevo, pero no puedo resistir la tentación, y me asquea Eduardo Madina tanto como parece asquearse a sí mismo mientras repite que se abstiene para evitar que haya elecciones, que los españoles no se merecen unas elecciones (el mundo al revés: ahora resulta que lo peor que puede ocurrir en democracia son unas elecciones), que sus familiares y allegados se lo han pedido así, casi se lo han suplicado. “Te lo pedirían los familiares a tu cargo”, pienso yo, “porque si hay elecciones tú y un montón de timadores como tú os iríais inmediatamente al paro”.
            Menos mal que luego aparece Margarita Robles y me consuela un poco. “¿Va usted a seguir las directrices de la actual dirección de su partido?”, le pregunta Gonzo. “Yo votaré no”, “¿Y no cree que debería entonces dejar el escaño al romper la disciplina?”, “¿Dejar el escaño por hacer lo que he prometido hacer a los electores? ¡Otros son los que deberían dejarlo!”
            Respiro algo más tranquilo. No todo está perdido. El edificio que unos han demolido de golpe para vender el solar al mejor postor todavía puede ser reconstruido si el sábado algunos hombres y mujeres de bien son capaces de mantener el respeto a sí mismos y a quienes les han votado.



sábado, 22 de octubre de 2016

Sin trampa ni cartón: Qué estafa


Viernes,14 de octubre
NO ACABA AQUÍ LA HISTORIA

“¡Vaya tertulia literaria! Aquí no se habla más que de política”, se queja uno de los habituales del Savanna. Y ciertamente eso hacemos, y a gritos, como buenos españoles. Menos mal que a estas horas en el Savanna, un local de copas que se anima a partir de las once, solo estamos nosotros y Hugo, el camarero.
            –-Tienes razón. Hablemos un poco de literatura. ¿Recordáis aquel poema de Quevedo contra el Conde-Duque de Olivares? Comienza con unos versos famosos: “No he de callar, por más que con el dedo / ya tocando los labios, ya la frente, / silencio avises o amaneces miedo”. Parece que esa sátira se lo encontró el rey bajo su servilleta un día al ir a comer. Si las cosas salen como está previsto, el domingo 23, cuando se reúne el cónclave del PSOE para oficializar la traición, Javier Fernández se va encontrar sobre la mesa un poema de Ángel González, “Entreacto”. Para burlar la censura, habló del franquismo como del entreacto en una obra de teatro. No acababa la historia con la dictadura, no acaba con la conjura a favor de Rajoy.
            ––¿Y por qué no nos recitas el poema? Seguro que te lo sabes de memoria.
            ––Lo busco en el teléfono y os lo leo. Dicen así los versos que el enterrador de su partido se va a encontrar bajo la servilleta: “No acaba aquí la historia. / Esto es solo /una pequeña pausa para que descansemos. / Hasta ahora hemos visto / varias escenas rápidas que preludiaban muerte, / conocemos el rostro de ciertos personajes / y sabemos / algo que incluso mucho de ellos ignoran: / el móvil / de la traición y el nombre / de quien la hizo. / Nada definitivo ocurrió todavía, / pero / la desesperación está nítidamente / dibujada, y los intérpretes / intentan evitar el rigor del destino / poniendo / demasiado calor en sus apelaciones / a la Patria, la Banca y el Partido. / Con ellas disimulan / su cobardía,  / el terror que dirige / sus movimientos en el escenario”.
            ––Pues me parece que eres demasiado optimista. A partir de ese golpe de mano, el PSOE será como Foro en Asturias: si quiere salvar algún mueble tendrá que ir a las siguientes elecciones de la mano del PP al grito de “que vienen los independentistas”.
            ––No seré yo quien lo lamente. Un partido que traiciona a sus votantes (y algún día se sabrá por qué: no todos han sido tontos útiles), no merece seguir existiendo.
            ––Siempre nos quedará Miquel Iceta.
            ––Si no es el único que resiste, todavía puede haber salvación para el partido. Un próximo congreso federal pondrá a los traidores donde se merecen, junto a Tamayo.
            Tiene razón Ángel González. La historia continúa. No acaba con el contubernio del domingo, aunque se salgan con la suya. Si no hay elecciones en diciembre (como sería obligado: el congreso ya no representa la voluntad de los electores), los conspiradores ganan un año más de vida parlamentaria. Un año o quizá dos. Luego los votantes humillados les darán la patada en el trasero que se merecen.


Sábado, 15 de octubre
VERGÜENZA AJENA

Francisco Puig, colaborar de Cela, en un homenaje al Nobel cuenta lo siguiente:
            ––Un día me invitó a comer con otros ayudantes. A nosotros nos dio sopa de fideos mientras, con pretexto de no sé qué régimen, él comía carísimos manjares importados. Luego nos dijo que subiéramos a su cuarto para acompañarle a ver la televisión. Nos sentamos en unos taburetes frente al televisor. Entró en el baño, salió completamente desnudo y dando un alarido de satisfacción se tumbó sobre la cama. En lugar de la serie habitual de los lunes, Los intocables, transmitían un concierto desde el Palau de la Música. El futuro Nobel cogió de inmediato el teléfono: “Manolo, ¿qué tontería es esta? A mí la única música que me gusta es, como decía don Pío Baroja, la del pregonero”. A poco de colgar el teléfono, un texto en la pantalla anunciaba que, por falta de fluido eléctrico en la central de Montjuic, pasaban a ofrecer la programación habitual. No hace falta decir que Manolo era Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo,


Domingo, 16 de octubre
LAS ILUSIONES PERDIDAS

––Me ha gustado mucho el cuento ese del manuscrito de Pumarín que cuentas hoy en el periódico.
            ––No es un cuento
            ––Pues entonces has puesto en peligro al dueño de la panadería. Habrá mucha gente dispuesta a asaltar su casa para robarle. Por esos papeles cualquier coleccionista pagará lo que le piden.
            ––No la Biblioteca Nacional, que los rechazó de inmediato “porque carecían de presupuesto”. Podían haberse tomado al menos la molestia de examinarlos. Yo lo hice y si luego me olvidé de contarlo fue porque estos días ando obsesionado con la autovoladura del PSOE.
            ––Eso es algo que solo te interesa a ti. “Truéquese en risa mi dolor profundo. / Que haya un partido menos, ¿importa al mundo?”. Cuenta, viste el manuscrito y…
            ––Me bastaron cinco minutos para descubrir: primero, que la ortografía y la caligrafía se correspondían con el siglo XIX o principios del XX; segundo, que no parecía ser el manuscrito que Bécquer entregó a González Bravo por la pobreza de los materiales y las correcciones; tercero, que no era un borrador porque las tachaduras se correspondían con errores habituales de un copista (del “aquellas” el verso 5 de “Volverán las oscuras golondrinas” saltaba al “aquellas” del verso 7 y luego tachaba lo escrito al darse cuenta del error); y cuarto, que no podía ser de Bécquer porque el orden de las rimas era el de la edición de 1871, obra de sus amigos y no del autor, como acredita el Libro de los gorriones. El dueño quedó tan desilusionado como yo; seguro que lamenta habérmelo enseñado. Hasta entonces conservaba alguna esperanza.


Lunes, 17 de octubre
LA MUSA POPULAR

A la puerta de una sidrería de la calle Gascona, unos estudiantes se entretenían parodiando a gritos los versos de un viejo romance: “Pedro Sánchez, Pedro Sánchez, / no digas que no te aviso, / que de dentro de Vetusta / un alevoso ha salido. / Llámase Javier Fernández, / de Fernández Villa hijo. / Si gran traidor fue el mentor, / mayor es el protegido…”


Martes, 18 de octubre
NO ES NO

Escucho a mi político favorito en un enésimo intento de justificar lo injustificable: “Quizá fuimos demasiado lejos con el no. Yo confiaba en que no hubiera que llegar a estos extremos, en que el no es no se convirtiera pronto en un de entrada no y todos tenemos en la memoria lo que eso significa”.
            Todos menos él, parece. En la OTAN nos metió Calvo Sotelo sin consultar con los españoles. Cierto que el “de entrada no” (o sea, “en principio no”)  de los socialistas se convirtió en un sí a la OTAN cuando llegaron al poder, pero ese cambio fue refrendado por los ciudadanos en un reñido referéndum. Javier Fernández, si no hubiera perdido la memoria como su mentor Fernández Villa, debería seguir el ejemplo y consultar a la militancia, pero él prefiere bajarse los pantalones sin contrapartida. Y que el PP nos dé por salva sea la parte a todos.
           

Miércoles, 19 de octubre
NI ESTÁ NI SE LE ESPERA

No he hablado del Nobel a Bob Dylan porque a quien se lo den o no me interesa tanto como a quien le den el Planeta. Recuerdo una frase de Benítez Reyes: “El Nobel es un premio que dan unos académicos suecos y la gente piensa que lo da el Espíritu Santo”.
            Por eso me ha divertido mucho la noticia de hoy. Bob Dylan ni siquiera ha cogido el teléfono a los suecos. ¡Bravo, tío! Los has puesto en su lugar. A ellos, tan acostumbrados a los emocionados y agradecidos balbuceos… Me imagino al cantante oyendo sonar su móvil a horas intempestivas (“Otra vez estos pesados de Oslo”) y desconectándolo para que lo dejen en paz. Los ha puesto en su sitio. Ya ni el Nobel es lo que era.
            ––¿Y por qué crees tú que se lo darían?
            ––No tengo ni idea. Quizá porque estaban hartos de tenerse que leer las obras de los ganadores. Con Dylan les basta escuchar cuatro canciones.


Jueves, 20 de octubre
NUEVA TEORÍA POLÍTICA

El autobús lleva la radio encendida, según mala costumbre, y en un boletín de noticias escucho al presidente de la gestora encargada de alterar el resultado electoral: “Lo democrático es abstenerse para que no haya elecciones”.
            ¡Lo democrático es impedir a toda costa, y caiga quien caiga (nunca mejor dicho), que haya elecciones! Una frase como para grabar con letras de oro en una lápida en el Congreso.

Viernes, 21 de octubre
FIN DE RÉGIMEN

Seguramente es legal, tan legal al menos como el encargo del rey a Primo de Rivera tras el pronunciamiento de 1923. ¿Pero es legítimo un gobierno presidido por el mismo candidato y con el mismo programa rechazado expresamente por las Cortes?
            Temo que la amañada legislatura que comenzará en unos días –dure un año, dos o incluso (si Fernández se empeña) cuatro– suponga un fin de régimen. Habrá que cruzar los dedos para que Felipe VI tenga más suerte que Alfonso XIII, a quien el fraude a la democracia por el supuesto bien de España acabó llevándole al exilio.



            

sábado, 15 de octubre de 2016

Sin trampa ni cartón: Un gol en propia puerta


Sábado, 8 de octubre
BÉCQUER EN PUMARÍN

Nunca recibo a nadie en casa; tampoco trabajo, si puedo evitarlo, en el despacho de la Facultad. Tengo salones y despachos dispersos por todas partes. Unos son más adecuados para recibir a los amigos, otros para hojear los libros recién llegados, escribir poemas, corregir ejercicios de los alumnos.
            Es lo que hacía esta tarde en Granier, una panadería-cafetería de la avenida de Pumarín, cuando un desconocido (estoy acostumbrado) se acercó a mi mesa. “
            ––Perdone que le interrumpa. Le he visto por aquí varias veces, siempre leyendo o escribiendo, y quería hacerle una consulta. Soy el dueño del local. Verá usted, resulta que yo tengo el original de las Rimas de Bécquer, el manuscrito que se perdió cuando asaltaron el palacio de Gonzáles Bravo, y no sé muy bien qué hacer con él. Lo compré por muy poco dinero. No sabía mucho del asunto, tampoco el que me lo vendió. Procedía de una biblioteca de Segovia. No se lo va usted a creer, lo compré por diez euros y creo que vale millones.
            Como en los tebeos y en las novelas populares, me froté los ojos para comprobar que no estaba soñando. Ese manuscrito perdido es una de mis obsesiones. Incluso escribí un cuento en que se me acercaba alguien que lo había comprado en el mercadillo del Fontán. Y ahora esa fantasía se hacía realidad.
            –-Ni el que me lo vendió ni yo sabíamos mucho de Bécquer, ya le dije. Pero yo soy una persona curiosa y me dediqué a investigar por Internet. Descubrí entonces la importancia de este manuscrito, siempre que fuera el manuscrito perdido. Busqué especialistas que pudieran confírmármelo. Hablé con un catedrático de La Coruña, que se mostró entusiasmado. Sería un bombazo, quería editarlo él. Se lo ofrecí a la Biblioteca Nacional, les envié varias páginas escaneadas. Me dijeron que no tenían presupuesto para nuevas adquisiciones. Se lo enviamos a un grafólogo para comprobar que la letra era de Bécquer. Dijo que se le parecía mucho, pero que ciertos rasgos en las mayúsculas hacían pensar en una falsificación. El catedrático de La Coruña se echó entonces atrás. Yo me enfadé de que me consideraran un estafador y no quise saber más del asunto. Esto ocurrió hace tres años. Pero sigo pensando que quizá en esos papeles tenga una fortuna. Se me ocurrió que usted podría echarles un vistazo y decirme qué hacer. No están todas las rimas, es un manuscrito incompleto. Algunas tienen variantes con las publicadas, lo he comprobado. En la de las golondrinas hay un verso tachado y luego sustituido por otro.
            ––¿Cuándo puedo verlo, cuándo puedo verlo?, pregunté impaciente.
            Quedamos mañana domingo a las ocho y media de la tarde.  Al llegar a casa, volví a leer, en el libro de Rafael Montesinos sobre Bécquer, las palabras que confirman que ese manuescrito perdido existe, que él lo tuvo en sus manos, que no le permitieron fotografiarlo, que contenía rimas inéditas, que en una de ellas el poeta se llamaba a sí mismo “águila del dolor”, que ignora su actual paradero.
            ¿Será posible que reaparezca aquí, en el barrio de Pumarín, que mañana mismo sea yo quien lo tenga en mis manos? No sé si esta noche podré dormir. Hago mías unas líneas becquerianas de la introducción al Libro de los gorriones: “ Me cuesta saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido; mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales”.


Domingo, 9 de octubre
DESENGÁÑATE, MARTÍN

Hacía tiempo que no me ocurría nada semejante. Media docena de desconocidos me paran en la calle para felicitarme por la página que publico hoy en El Comercio. Sentiría halagada mi vanidad, si no fuera porque estoy seguro que habrá irritado a bastantes lectores más. Ya me imagino la carta de Rosa Navarro Durán: “Deja de meterte en política, José Luis, que vas a acabar enfadando a todos los poderosos, y eso no te conviene. Habla de literatura y Nueva York o Venecia, que es lo tuyo”.
            La verdad es que no me gusta hablar de politica: cuanto más entusiasma a unos lo que escribes, más indigna a los que votan al partido contrario. En política, se aplica el precepto evangélico: vemos la brizna en el ojo ajeno, no la viga en el propio.
            No me gusta meterme en política, no es lo mío, pero cuando uno le dan un puñetazo o una patada en su masculinidad (iba a decir “en los cojones”, pero hay que cuidar el lenguaje), no seria humano si no protestara y tratara de devolver el golpe.
            ––Desengáñate, Martín –me dice mi amigo José Havel–, lo que a ti te irrita tanto ha entusiasmado al resto del mundo. Javier Fernández es como un jugador que mete un gol en el último minuto y desempata el partido o desbloquea la situación. Comprende que para muchos sea un héroe.
            ––Has dado con la imagen perfecta. Javier Fernández ha metido un gol en el último minuto y medio estadio se ha puesto en pie vitoreándole mientras el otro medio se lamenta, se tira de los pelos y se acuerda de su madre, por decirlo finamente. Lo que ocurre es que quienes le piropeaan son los del equipo contrario y los que le insultan los seguidores de su equipo. Javier Fernández ha metido un esplendido gol, un gol no de los que deciden un partido, sino muchos años de competición, en su propia portería.


Lunes, 10 de octubre
MI DEPORTE FAVORITO

El único deporte que practico, en esto soy muy español, es el del mando a distancia después de cenar. Todos los días me doy una vuelta por los canales de televisión para ver cómo está el patio. No suelo detenerme en los informativos, más o menos manipulados, sino en todo lo demás: granjeros que buscan esposa, subastas a lo bestia, alienígenas antiguos y modernos, sálvames, masterchefs y cosas así. Cinco o diez minutos en cada uno de esos programas enseñan más que un máster en sociología.
            A veces me detengo un poco más. Ocurrió con la entrevista que en CCTV, el canal chino en español, le hicieron a Roberto Gilabert Cuenca, actor español que práctica las artes marciales y que vive en aquel país. Una historia ejemplar la suya, y muy bien contada, como de milagro de Fátima en el que la virgen fuera sustituida por Bruce Lee. Me lo encuentro luego en Facebook y me divierte leer sus desahogos sentimentales junto a sus poses de tipo duro.
            Ocurre también con “Catfish”, de la MTV. Me entretienen esos engaños en la red que tanto dicen sobre el funcionamiento del corazón humano. Casi siempre se traga de versiones virtuales del Cyrano de Bergerac. Un chico o una chica acomplejados por su físico piratean las fotos de alguien más agraciado y luego establecen una relación. Su pareja, cansado de que siempre pongan pretextos para no encontrarse personalmente o siquiera charlar por Skipe, se dirigen a los presentadores del programa para que aclaren la situación. “Lo que te dije era verdad, te mostré mi corazón al desnudo”, dicen el chico grimoso o la chica obesa cogidos en falta.
            Todos nos enamoramos de una ficción, como sabía muy bien Stendhal. ¿Cuántas estupideces he cometido yo sin necesidad de utiliza Internet? Todavía me avergüenzo cuando vuelven a mi memoria en las noches de insomnio.
            Del mundo y de mí mismo aprendo más en los malos programas de televisión que en la gran literatura.  



Martes, 11 de octubre
LA FÓRMULA INFALIBLE

Me han contado, pero me imagino que será un bulo, que Susana Díaz le ha dado a Javier Fernández un arma secreta para conseguir que los diputados del PSOE se decidan cuando llegue la hora de traicionar al electorado.
            –-Tú les hablas primero de todo por la patria, de la presión de Europa, de que abstenerse no es apoyar, de la oposición responsable, de todas esas mentiras bonitas que han escrito Rubalcaba y otros plumillas en los editoriales de El País. Con eso bastará, no te preocupes. Los tenemos muy domesticados, salvo algún catalán montaraz, descastados a los que hay que darles de comer aparte. Y si no basta, abres este sobre. Ahí encontrarás la fórmula infalible, mano de santo para que todos hagan lo que mandes sin rechistar.
            Cuentan (pero, por muy verosímil que resulte, yo creo que es un bulo) que la fórmula mágica guardada en el sobre dice así: “Como haya elecciones en diciembre, os vais todos a la puta calle”.



Miércoles, 12 de octubre
UN ROJILLO ANTISISTEMA

“¡Cómo os jode esta fiesta a vosotros los rojillos!”, dice un mensaje anónimo que alguien cuelga en mi perfil de Facebool junto a una foto de la cabra de la legión.
            A mí la antigua fiesta de la Raza la verdad es que no me despierta una emoción especial, pero no cambiaría mi nacionalidad por ninguna otra (ni siquiera por la de Andorra o el mejor paraíso fiscal) y jamás se me ocurriría, como a tantos presuntos patriotas, que ser español es un castigo que hay que imponer a punta de pistola o de tribunal constitucional.
            “Cada día eres más radical –me dice una compañera de la Facultad–, vas a acabar convirtiéndote en un antisistema”.
            Sonrío. ¡Menudo radical y antisistema estoy yo hecho! Resulta que el único político (aparte del defenestrado Pedro Sánchez) que en estos últimos años no me ha decepcionado ha sido Felipe VI. Si eso es ser un antisistema, que venga Dios y lo vea.



Jueves, 13 de octubre
FORMAS DE TORTURA

Si dejamos a un lado a los votantes del PSOE, nadie más masoquista que los abonados a la temporada de Ópera de Oviedo. Por no parecer antiguos, son capaces de soportar las más estúpidas puestas en escena. Darían para un libro las agresivas o simplemente idiotas majaderías que hemos aguantado. Pero todo tiene un límite. En la segunda parte del Faust, de Gounod, a un tal Curro Carreres no se le ocurre otra cosas que llenar el fondo del escenario de focos o chillones tubos de neón que apuntan directamente a los ojos de los espectadores. ¿Cómo disfrutar de la música si te sientes como en un interrogatorio policial? Mañana escribiré para anular mi abono y pediré hora en el oculista.