domingo, 14 de septiembre de 2014

Nadie lo diría: Un español que razona


Domingo, 7 de septiembre
UNA MONEDA DE ORO

Durante muchos años soñé con un tesoro. Lo podía ver siempre que pasaba bajo lo soportales de la Ferrería, al otro lado de los escaparates de la librería Cástor. El librero que le daba nombre, músico y pintor, había sido mi ocasional profesor de música en el Instituto, un profesor bonachón al que los alumnos hacíamos poco caso. El tesoro era la colección Austral completa, ocupando toda una pared. Por aquel entonces yo ahorraba, peseta a peseta, para poder comprar uno de aquellos volúmenes. Recuerdo bien que, entre los primeros que compré, estaban las Poesías completas de Antonio Machado. El catálogo que venía al final de cada libro era una de mis lecturas favoritas. Iba tachando las obras de Baroja, de Azorín o de Unamuno que ya había leído. Pero cuántos autores desconocidos, cuántos títulos fascinantes.
            Aunque luego llegaron otras colecciones de bolsillo, esto es, al alcance de mi bolsillo, como Alianza Editorial, donde descubrí La Regenta, y aunque la vieja colección Austral fue luego dando tumbos, cambiando de formato, publicando a José García Nieto y a Justo Jorge Padrón, para mí nunca perdió del todo su magia.
            Y esta mañana de domingo, en uno de los puestos del Fontán, me encuentro con una de las piezas de aquel tesoro. Hacía tiempo que tenía ganas de leer la autobiografía de Giambattista Vico. Lo había tenido en mis manos, recordaba todavía el comienzo, la sorpresa de la tercera persona (“Giambattista Vico nació en Nápoles el año 1670, de padres honorables que dejaron buena memoria de sí”) y la caída, a sus siete años, desde lo alto de una escalera. El cirujano que lo atendió “no vaciló en presagiar que o moriría del golpe o quedaría idiota para el resto de su vida”. Gracias a Dios, añadía Vico, no se confirmó ninguno de los dos extremos.
            En la página de cortesía hay pegada una ficha, con el nombre de la librería Cástor, la fecha y el precio, aquellas treinta pesetas que a mí me costaba tanto reunir. Este ejemplar, este mismo ejemplar, lo tuve yo en mis manos hace ya casi medio siglo, no conseguí el dinero para comprarlo o me decidí finalmente por otro título (quizá Trasuntos de España, de Azorín, que todavía conservo, amarillentas las páginas, leído y releído, con una ficha de la misma librería) y ahora, tantos años después, llega a mis manos para que yo pueda, por fin, satisfacer mi curiosidad.
            La librería cerró hace años, el tesoro de la colección Austral voló no se sabe dónde, pero este ejemplar no parece que lo haya leído nadie, se escondió en alguna parte para que aquel curioso adolescente que no fue capaz de reunir el dinero suficiente para comprarlo, que no pudo pasar de la primera página, pudiera seguir leyéndolo. Es lo que yo hago, nada más llegar al café, con los ojos brillantes, sonriente y feliz, como quien acaba de encontrarse, entre los trastos viejos del mercadillo, una moneda de oro.
            El oro de mi infancia, que no se acaba nunca.


Lunes, 8 de septiembre
EL CRIMINAL Y LOS BIZCOCHOS

Nadie está hecho de una pieza. Habla Bertrand Russell, en sus Retratos de memoria, de un personaje, Sidney Webb, con el que simpatizaba poco, dadas sus simpatías primero por Mussolini y Hitler y luego por régimen soviético. Comentó con Bernard Shaw que le parecía por completo falto de sentimientos bondadosos: “Está usted completamente equivocado –le replicó Shaw–. En una ocasión íbamos Webb y yo en un tranvía, en Holanda, comiéndonos una bolsa de bizcochos. Subieron unos policías con un criminal maniatado. Los demás viajeros se apartaron llenos de horror, pero Webb se acercó al preso y le ofreció bizcochos”.
            Esa anécdota, no sé por qué, quizá por la mirada horrorizada de los viajeros, me trae a la memoria otra, que creía olvidada para siempre. Bajaba yo de un interrogatorio a la celda de aislamiento en la Dirección General de Seguridad, allá por septiembre de 1974, las manos esposadas en la espalda, custodiado por dos policías, y a veces en las escaleras nos cruzábamos con funcionarios, hombres o mujeres, que iban con sus papeles de un lado a otro. Recuerdo bien el horror con que me miraban. Nadie me ofreció bizcochos.


Martes, 9 de septiembre
YA CASI SOY COMO TODO EL MUNDO

Cada día que pasa soy más como todo el mundo. Compro la nueva edición de los diarios de Samuel Pepys y lo primero que me llama la atención, al hojearla en la cafetería, es el sadismo de tan educado y culto caballero del siglo XVII:“Esta mañana advertí que la sirvienta no había colocado varias cosas en su sitio y por eso, cogiendo una escoba, la zurré de lo lindo, al punto de hacerla llorar. Esto me molestó un poco, pero cuando salí ya se había calmado”. Unas pocas páginas después: “Esta mañana envié a mi criadito a la bodega en busca de cerveza. Munido de una caña, lo seguí hasta allí y le pegué en castigo de su incuria y otras faltas. Su hermana bajó a suplicarme le perdonase. Me detuve y un poco más tarde le expliqué que yo había tomado afecto a su hermano por ella y que era preciso corregirlo en su propio interés; si no, terminaría mal”. Y por si eso fuera poco otro día cuenta lo siguiente: “Mi mujer y los sirvientes se quejaron del criadito. Le hice venir y le di tantos latigazos que no pude ni moverme y, sin embargo, no hubo medio de obligarle a confesar las mentiras de que le acusaban. Por fin, no queriendo que se saliera con la suya, volví a reñirlo, levanté su blusa y reinicé la zurra hasta que confesó que había bebido suero, arrancado una amapola y, sobre todo, colocado el candelero en el suelo de su habitación, lo cual negaba desde hacía varios meses. Verdaderamente, estoy estupefacto de que un muchacho tan joven se capaz de soportar tales sufrimientos con el afán de sostener una mentira. Creo que tendré que despedirlo. En seguida a la cama, con el brazo muy cansado”.
            ¡Terrible delito arrancar una amapola! ¿Arrancar una amapola? Me entran dudas de si será eso lo que dice el original. ¿Lo tendrán en la biblioteca de la Facultad?, me pregunto como un hombre del siglo pasado que soy. Miro entonces el iPad que casi siempre llevo conmigo y sonrío. Tras tocar dos o tres veces la pantalla, ocurre el milagro: los diez tomos del diario que Samuel Pepys escribió entre 1660 y 1669 aparecen perfectamente transcritos y ordenados, listos para la consulta. “Arrancado una amapola” traduce “pulled a pink”. Aunque lo que el niño arrancara fuera un clavel, y no una amapola, la barbarie no es menor.
            Ya que tengo el original a mano me dedico a comparar otras páginas y, para mi sorpresa, compruebo que Norah Lacoste no traduce íntegra ninguna entrada: resume, parafrasea, corta por donde le parece. Y los continuos galicismos hacen pensar que utiliza una versión francesa, de la que procede también el prólogo de Paul Morand, y que no es muy ducha en el uso del castellano. Gracias a la tableta descubro que, aunque en el libro que acabo de comprar no se dice nada, su traducción se publicó originalmente en 1944, en Buenos Aires. Esa edición se reprodujo en 2003 y 2004, y ahora se reimprime con el añadido de 150 páginas traducidas por Victoria León. Ni entonces ni ahora se tomaron la molestia de compararla con el original.
            Pensaba dedicar a este libro mi reseña de la próxima semana. Resulta muy fácil hacer lo que José María Guelbenzu o José Luis de Juan –para leerlos me basta un toque en la pantalla– hicieron, en El País y en Revista de libros, a propósito de las anteriores ediciones: glosar la figura de Samuel Pepys, el diarista por excelencia, no mencionar sino muy de paso la edición concreta que se comenta (Guelbenzu le reprocha los galicismos). Pero yo no puedo limitarme a esos ejercicios de estilo, tan cómodamente habituales, yo no puedo engañar a los lectores. Pero tampoco puedo decir lo que pienso de esta edición, tan poco profesional, tan engañosa. Resulta que el editor, además de amigo mío, es también mi editor. Mejor hablar de otro libro.
            Cada día soy más como todo el mundo. Ya he aprendido a callar cuando me conviene. Todavía no he aprendido a engañar a los lectores, pero todo se andará. Me alegra comprobar que voy dejando de ser un bicho raro.


Miércoles, 10 de septiembre
ESCRIBO DEMASIADO

Estoy acostumbrado a que mis amigos me reprochen que escriba demasiado; yo les respondo que tampoco escribo tanto y que ellos son libres de no leerme (esa libertad la aprovechan ampliamente). Pero hoy el reproche me lo hace Bertrand Russell (sigo picoteando en sus Retratos de memoria), así que tendré que tomármelo más en serio: “Hay personas que tienden a trabajar demasiado intensamente, con la consecuencia de que estropean su trabajo. Algunos conocidos míos de la City fueron a la quiebra porque trabajaban ocho horas al día; hubieran sido ricos, si se hubiesen limitado a trabajar solo cuatro. Creo que muchos intelectuales podrían aprovechar esa enseñanza”.


Jueves, 11 de septiembre
PARA UN LECTOR FUTURO

No sé, querido compatriota de dentro de cien años, si en el 2114, Cataluña formará parte como ahora del Estado español o constituirá un Estado independiente. En cualquier caso, ocurra una cosa u otra, espero que sea porque así lo han decidido los catalanes. Lo que te quiero comentar y lo hago contigo, español de dentro de cien años, porque no puedo hacerlo con ninguno de mis compatriotas de ahora, que parecen empeñados en no hablar la lengua de la racionalidad. Figúrate que, desde hace tiempo, el presidente del gobierno, viene repitiendo que una ley que aún no ha sido aprobada por el parlamento catalán, que aún no ha sido recurrida por nadie, que aún no se ha pronunciado sobre ella el tribunal constitucional, es ilegal. ¿Y él como lo sabe? Acusa al gobierno catalán de estar fuera de la legalidad, cuando hasta ahora no ha dado ni un solo paso fuera de ella, y él se coloca desde el primer momento al margen al usurpar el papel de los tribunales y, muy especialmente, el del tribunal constitucional. Y esto no le llama la atención a nadie. Claro que eso no es lo único raro. Me imagino tu extrañeza si te cuento que, en esta España de 2014, se cree que al rey le está permitido cometer cualquier delito sin que nadie le pueda pedir cuentas por ello. Y semejante barbaridad le parece normal a todo el mundo. O sea que, si Pujol no fuera expresidente de Cataluña sino exjefe del Estado español, seguiría siendo honorable y nadie se podría meter con sus cuentas en Andorra o donde fuera. “¡Qué barbaridad!”, me responderás. “Si eso es lo que dice la constitución, deberíais cambiarla de inmediato”. Pues lo curioso es que no dice tal disparate, que esa es una interpretación interesada. Lo que afirma la constitución es que el rey (el único rey que ella reconoce, no el honorífico Juan Carlos) carece de responsabilidad cuando actúa como Jefe del Estado (porque entonces de sus actos es responsable el gobierno que los refrenda), pero de los posibles chanchullos de su vida privada no dice nada, de lo que se deduce que responde ante la justicia como un ciudadano o un Pujol cualquiera. Estas cosas tan obvias, amigo de dentro de cien años, los españolitos de ahora, al menos los que copan los periódicos y tienen algún poder, no las entienden o no quieren entenderlas. Me gustaría firmar, como alguna vez hizo Gil-Albert: “Un español que razona”. Y poder pensar que no soy el único.


Sábado, 13 de septiembre
LABIOS NUNCA BESADOS

Al acercarme al muelle de Raíces, en la ría de Avilés, en seguida diviso su esbelta arboladura oteando el horizonte sobre los achaparrados barcos de pesca. Antes de ser ruso, fue alemán; antes de pasear por el mundo la bandera roja con la hoz y el martillo, lució la esvástica en varias películas propagandísticas. Pero esta hermosa criatura, que ha resistido bien los temporales de la historia, no es obra de los nazis, sino de la democrática república de Weimar. Fue construido en los astilleros de Bremerhaven en 1926 y bautizado con el nombre de Padua, que aún aparece inscrito en la campana de proa. Cuando los rusos lo recibieron como compensación de guerra, le cambiaron el nombre para homenajear al primer marino ruso que dio la vuelta al mundo. El Kruzenstern la ha dado dos veces. Una en 1995, la otra diez años después, las dos al mando del capitán Oleg Sedov. Yo me acerco a la proa, cierro los ojos, y le veo saliendo de Kaliningrado la mañana del 16 de junio, como anticipado regalo de cumpleaños, y entrando luego, con todo el inmenso velamen desplegado, en los puertos de San Petersburgo, Waterdorf, Newcastle, Fredikstad, Bremerhaven, Amsterdan, Santander, Lisboa, Santa Cruz de Tenerife, San Salvador de Bahía, Río de Janeiro, Montevideo, Ushuaia, Valparaíso… y en tantos otros, tantos (Lima, Islas Galápagos, Vladivostok, Hong Kong, Port Hedland, Fort Dauphin, Cape Town), hasta volver, pasados exactamente 408 días, a su punto de partida.
            “Labios nunca besados más deseables y frescos aparecen” escribió Cernuda; en los mares nunca surcados jamás se apaga el brillo de los sueños.
            ¡Cuánta nostalgia de vidas no vividas, quizá las únicas que vale la pena vivir!





domingo, 7 de septiembre de 2014

Nadie lo diría: Volver


Lunes, 1 de septiembre
UN HELADO EN LA PLAZA

Nunca encuentro placer en la primera vez. Alerta, en tensión, atento a no equivocarme, no me queda tiempo para el disfrute. Detesto, por eso, probar cosas nuevas. Ante la novedad me siento inerme, desnudo, vulnerable. Seguro que ya hay un bonito nombre clínico para lo que a mí me pasa. Pero ahora no me apetece buscarlo.
            Salgo del hotel, sin detenerme en deshacer la maleta, y dejo que los pasos me lleven por un camino que conocen bien. El Palacio Labia y la iglesia del campo de San Geremia parecen perder peso y consistencia con la luz del crepúsculo, desvanecerse en la luz rosa. En el ponte delle Guglie me detengo un rato para admirar el espectáculo: el sol se pone al fondo del canal haciendo alarde de todo lo que ha aprendido con los mejores maestros, Tiepolo y Tintoretto. Sigo luego por calles llenas de gente y puestos multicolores hasta una placita en la que sé que nunca hay nadie, la de la Maddalena, con su masónica iglesia redonda y el pozo habitual en el centro. Con los ojos cerrados podría continuar e ir describiendo lo que me sale al paso: Santa Sofía, oculta entre las fachadas de las casas y enfrente, tras el Canal Grande, el mercado de Rialto; el campo dei Santi Apostoli, siempre con niños subidos al brocal del pozo; calles estrechas, llenas de gente, como pasillos del metro en horas punta, y luego el campo de San Bartolomeo, con la estatua de Goldoni… Cuando llego a la Piazza ya es de noche. Tocan las orquestas de los cafés ante las mesas vacías de las terrazas; solo algunos curiosos escuchan de pie. A la memoria me viene el hundimiento del Titanic. Yo me siento al fondo, en el suelo, apoyado contra una de las columnas de las Procuraterie Vecchie. Antes he comprado un helado, como siempre hago. Lo paladeo lentamente observado por la atenta luna. Hace veinte años vine a esta ciudad por primera vez; al llegar, aturdido por el cambio y el retraso de los aviones, dejándome llevar por las calles llenas de gente, hice el mismo recorrido que he hecho hoy, que he hecho todas las otras veces que he vuelto. Cuando regreso al hotel, ya avanzada la noche, la ciudad es otra, más secreta.
            En la Plaza de San Marcos, a solas con mis pensamientos, trato de encontrar razones para este amor mío por la rutina. Y las encuentro de inmediato porque buscarlas es otra rutina más.
            Me gusta la rutina por lo que tiene de hazaña, de conquista personal. La vida es cambio, desconcierto, arenas movedizas. Ningún día es igual a otro. En ningún lugar nos dejan detenernos. El tiempo, como el guardián de un campo de prisioneros, nos lleva a empujones hacia el precipicio.
            Yo levanto el refugio de mis rutinas como Robinson una cabaña en la isla desierta para protegerse de las alimañas y las inclemencias del tiempo.
            Entre esas rutinas está la de volver, al menos una vez al año, a Venecia, a Nueva York y a Aldeanueva del Camino, donde nací, donde más extraño me siento.  


 Martes, 2 de septiembre
IL GIOVANE FAVOLOSO

Ayer se estrenó en la Mostra, con gran éxito, la película de Mario Martone Il giovane favoloso, que cuenta la vida de Leopardi. Hoy se proyecta en el cinema Rossini y, después de leer lo que cuenta de ella Curzio Maltese en La Repubblica, estaba deseando verla. No me ha defraudado. Bernardo Bertolucci, al salir de una proyección privada, dijo: “Ecco, così si filma la poesía”. Y tenía toda la razón. La película se centra en dos momentos de la vida de Leopardi: la infancia y la adolescencia en Recanati, la etapa final en Nápoles. Y seduce desde la primera imagen. La relación con el padre, la relación (o la ausencia de relación) con las mujeres, la dependencia casi homoerótica de Antonio Ranieri están pintadas con mano maestra. Como el infierno de un Nápoles devastado por el cólera o la visita al prostíbulo. Y a ello se añaden los poemas, tan perfectamente encajados en la trama, tan bien dichos por Elio Germano. Suenan en el silencio de la sala, en un maravilloso silencio conmovido, los versos de “L’Infinito” (“Sempre caro mi fu quest’ermo colle / e questa siepe, che da tanta parte / dell’ultimo orizzonte il guardo esclude”) y uno los escucha como si fuera la primera vez, como recién salidos de la pluma de Leopardi, un hombre demasiado grande para una sociedad demasiado pequeña.
            Mario Martone no solo ha acertado a filmar, como nadie lo había hecho antes, la poesía, sino también un autorretrato de la Italia mejor.
            Se encienden las luces y noto que tengo los ojos húmedos. Lágrimas de gratitud y de felicidad.


Miércoles, 3 de septiembre
EN EL CEMENTERIO JUDÍO

No había estado nunca en esta parte del Lido, el viejo barrio de S. Nicolò, con sus fortalezas que defienden la entrada de la laguna, su tranquilidad pueblerina y su Antico Cimitero Ebraico. Camino solo entre las desgastadas lápidas, pisando las hojas secas de un otoño anticipado, y pienso en lo fácil que es para los descendientes de las víctimas convertirse en verdugos y para los hijos, parientes, vecinos, o simplemente gente que pasaba por allí, de los verdugos, o de los terroristas, convertirse en víctimas. Pero yo no confundo a un gobierno criminal, el de Hamás, el de Netanyahu, con un pueblo, el palestino, el israelí. Recuerdo aquella vez que, en una sala alternativa de Nueva York, asistí a una representación de El mercader de Venecia en la que un Shylock vagamente caracterizado como Arafat recitó el famoso monólogo: “¿No tiene ojos el palestino? ¿No tiene manos, órganos, miembros, sentidos, emociones, pasiones? ¿No se alimenta de la misma comida, no le hieren las mismas armas, no se expone a las mismas enfermedades, no se cura con los mismos remedios, no se calienta con el mismo verano y se enfría con el mismo invierno que el judío? Si nos hacéis un corte, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Y si nos hacéis un agravio, ¿no habremos de vengarnos? Si somos iguales a vosotros en lo demás, también en eso hemos de parecernos. Si un palestino agravia a un judío, ¿ qué muestra este, mansedumbre o venganza? Si un judío agravia a un palestino, ¿cuál tendría que ser la respuesta? La misma venganza que de los judíos ha aprendido”.
            A mí me pareció algo mecánica aquella adaptación. Pero la sorpresa vino al final cuando el amigo que me acompañaba me presentó al actor que hacía de un Shylock transformado en palestino: era judío, como el autor de la versión, como la mayoría de los otros actores.
            “Pero tú, ¿de qué lado estás?”, me han preguntado más de una vez este verano del exterminio en Gaza mientras todo el mundo civilizado procura mirar para otra parte. “Yo estoy del lado de las víctimas, sean judías o palestinas, y en contra de los verdugos, sean palestinos o judíos”


Jueves, 4 de septiembre
UNA CITA

Había quedado con una amiga en el campo de S. Luca. Salí del hotel, junto a la iglesia dei Scalzi, veinte minutos antes, tiempo más que suficiente ya que suelo caminar con buen ritmo, pero no calculé que aquellas horas eran las de máxima afluencia, que apenas se podía dar un paso por las estrechas calles y que, en algunos puentes, incluso se producían atascos. No importaba mucho que llegara un poco más tarde, mi amiga Marina Gasparini no se iba a enfadar por ello, pero yo, entre mis infinitas manías, tengo también la de la puntualidad. Me angustia no llegar a una cita dos o tres minutos antes de la hora prevista. Me salvó un veneciano cabreado. Porque hay venecianos que viven en permanente estado de cabreo contra quienes sostienen la ciudad, esto es, contra los turistas; sin ellos, este lugar tan fascinante, pero tan incómodo para el día a día y tan costoso de mantener, hace años que se habría venido abajo, que sería otra deshabitada y ruinosa Torcello. Mi salvador veneciano llevaba una pesada cartera y sin duda llegaba tarde al trabajo. Con cara de pocos amigos, comenzó a abrirse paso a empujones. Yo me coloqué detrás y en pocos minutos llegué a campo abierto, esto es, a S. Bartolomeo, muy concurrido, pero sin apreturas, y luego a S. Luca. Respiré aliviado. Era exactamente la hora prevista.
            Pero para mí Venecia no es una ciudad de aglomeraciones, sino todo lo contrario. A menudo basta torcer una esquina para encontrarse solo. En ningún lugar he estado más solo; en ningún lugar, mejor acompañado: por el rumor del agua en los escalones de mármol, por las infinitas historias que resuenan en cualquier rincón abierto al agua como en una caracola.


Viernes, 5 de septiembre
ENIGMAS CON JARDÍN

Una de mis actividades favoritas: localizar exteriores. En las calles arboladas y tranquilas entre el barrio de S. Nicolò y el viale de Santa María Elisabetta, siempre tan animado, encuentro muchas villas ajardinadas. Entre tantas de arquitectura fantasiosa, escojo la más sencilla y, detenido ante la verja del jardín, me entretengo en inventar una historia de amor y muerte, como todas las historias, que podría transcurrir en ella. Yo soy el narrador, no el protagonista, y en las primeras escenas paseo por el Lido y me detengo ante la puerta de entrada a un jardín… Compruebo de pronto que está abierta; la empujo; avanzo por el descuidado jardín; me fijo en un cartel que indica que está en venta. Mejor, pienso, así puedo curiosear un poco. De pronto, una sensación extraña. Alzo los ojos: desde una de las ventanas, alguien me observa, me hace señas impacientes, me indica que suba.



Sábado, 6 de septiembre
TENTAZIONI

Mientras trato de recuperar otras rutinas (soy un hombre de infinitas rutinas, pero ninguna repetida), paso al cuaderno del diario las notas que fui apuntando en papeles sueltos.
            Viajar solos es la mejor manera de escuchar las voces de la ciudad, las conversaciones de los otros. Una hora tarda el renqueante vaporetto desde el Lido hasta la Ferrovía. Va lleno de gente, pero yo he entrado el primero y me he sentado en el mejor lugar. Junto a mí, una pareja de españoles, muy jóvenes ambos; él señala con entusiasmo infantil todo lo que le llama la atención, ella responde displicente y aburrida; en medio del Gran Canal, saca su teléfono, no para hacer fotos, como todo el mundo, sino para ver los mensajes y teclear alguna cosa: él, al pasar junto al puente de Rialto, le indica un cartel en el que se lee “Stop mafia Venezia è sacra” y ella ni se molesta en levantar la vista. Me dan ganas de decirle al chico: “Déjala en el hotel o apárcala en cualquier parte y vámonos juntos a descubrir la ciudad”.
            Me despiertan las campanas de la iglesia dei Descalzi, la ventana de mi habitación, una celda monacal, da al jardín, que antes fue claustro. En el antiguo refectorio, que aún conserva el púlpito desde el que se leía durante las comidas, una lápida recuerda que Pio X, patriarca de Venezia, un día de 1906 compartió con los carmelitas descalzos la “umile mensa”. En torno, el continuo barullo de la estación y de la calle Lista de Spagna; aquí, cercado por altos muros sin apenas ventanas, un silencio que no parece de este mundo, pero que está en el centro del mundo.
            Buen nombre para un café: Tentazioni. Enfrente, la librería de una cadena que, como dice su lema, es la más extendida, “la più vicina a te”. No puedo resistir esa tentación y, antes del café, entro a echar una ojeada. La gran novedad parece un libro de Andrea Camilleri. ¿Otro Montalvano? Lo hojeo con displicencia. Donne se titula y cada breve capítulo lleva el nombre de una mujer: “Angelica”, “Antigona”, “Beatrice”… El libro, nos dice el autor en la nota final, es un catálogo de las mujeres de la historia, o de la historia de la literatura, o de la propia historia, que por una razón u otra han permanecido en su memoria. Y yo en seguida me doy cuenta de que el esquema es el mismo que el de la serie que he ido publicando este verano, día tras día, un personal catálogo de lugares propicios a la felicidad. Tampoco yo, como él, podría “giurare que siano realmente accadutti” los sucesos de mi vida que en esas páginas, o en tantas otras páginas autobiográficas, cuento: “podría ocurrir que sean inventadas o soñadas y luego, con el paso del tiempo, las haya creído verdaderas”.
            Pero yo no necesito mucho tiempo para confundir la realidad con el sueño, para convertir el sueño en realidad. Sé muy bien dónde se encuentra el sendero que lleva de uno a otra. Y lo recorro con frecuencia en uno y otro sentido.





sábado, 30 de agosto de 2014

La noche de Pompeya


Tardé mucho tiempo en volver a Pompeya después de aquella primera vez a comienzos de los ochenta. Prometí no hablar de lo que ocurrió entonces, y hasta la fecha he cumplido mi promesa. Pero ahora, cuando todo parece un sueño, cuando comienza a confundirse lo vivido con lo leído, voy a tratar de reconstruir lo que ocurrió.
            Hice la visita solo, a última hora de la tarde, y desde el primer momento fui en dirección contraria a los grupos de turistas, no demasiado numerosos, contra lo que suele ser habitual.
            Me dejé envolver por la melancolía de aquellas calles empedradas, en las que aún parecían escucharse los pasos de sus antiguos habitantes; me adentré incluso en lugares a los que estaba prohibido el acceso; recité algunos versos de Horacio y de Virgilio en el escenario del teatro vacío; admiré el majestuoso Vesubio desde todos los puntos de vista; releí la carta de Plinio el Joven a Tácito, que llevaba conmigo, y cuando me quise dar cuenta estaban cerradas las puertas del recinto y no fui capaz de encontrar, quizá no busqué demasiado, a ningún guarda al que explicar la situación.
            La temperatura era agradable, lucía una gran luna, los fantasmas nunca me han dado miedo; pensé que pasar la noche solo entre aquellas prodigiosas ruinas me convertían en un privilegiado. Me acerqué hasta la casa del Fauno y me pareció que el Fauno danzante, en el centro del impluvium, danzaba de verdad. Busqué la habitación donde había estado el prodigioso mosaico de Alejandro que yo había admirado en el Museo Nazionale. Estaban muy oscuras las zonas del interior no iluminadas por la luna, pero yo no tenía miedo.
            Lo tuve al salir y adentrarme por una de las callejuelas. De pronto me pareció oír ruidos y entrever la luz de una linterna entre las ruinas. Me acerqué y los ví: eran dos hombres y estaban excavando; junto a un montón de tierra tenían lo que parecían los restos de un ánfora.
            Por un momento pensé acercarme, explicar mi situación. Pero solo por un momento. No era aquella hora para hacer trabajos. Uno de los dos hombres, el más joven, alzó la vista en mi dirección. Me asusté. Creí que me había visto. Pero parece que no. Siguió ayudando al otro sin decir nada.
            Pasé, no recuerdo muy bien cómo ni dónde,  el resto de la noche. Luego me uní al primer grupo de turistas que entró en el recinto y salí con ellos. El ferrocarril circumvesuviano me dejó en Nápoles. Dos días después, ya pasado el susto, volví al Museo Nazionale y allí, tras el gran Hércules de la colección Farnesio, noté que alguien me miraba fijamente. Era el vigilante que estaba a la puerta de la sala. Pensé que me había acercado demasiado a la escultura y me retiré unos pasos. Seguía mirándome, como si me conociera, y de pronto le reconocí yo a él también: era el joven que había visto en Pompeya.
            Al pasar junto a él, se puso un dedo en los labios y luego pasó la mano, como si fuera un cuchillo, por el cuello.  Me quedé inmóvil ante aquel gesto de amenaza, tan obvio, tan de mala película. Lo que no me esperaba fue lo que vino a continuación: una sonrisa cómplice y un gesto señalando el reloj. Faltaban pocos minutos para el cierre. No sabía si había entendido bien, pero por si acaso me quedé esperando frente al Museo. No había pasado ni un cuarto de hora cuando se me acercó sonriente, ya sin uniforme. “¿Qué hacías la otra noche en Pompeya? Tuviste suerte de que no te vieran”. “Tú me viste”, dije. “Pero me dio la impresión de que eras de fiar, y yo en esas cosas no suelo equivocarme”.
            Paseamos un rato por las Galerías Principe di Napoli, al lado mismo del Museo, y quedamos en que pasaría a recogerme por mi hotel algún tiempo después, antes tenía que pasar por casa. Aprendí mucho aquella noche, y no precisamente de los saqueos arqueológicos, más o menos tolerados por las autoridades, que tenían lugar en Pompeya.
            Han pasado los años, he regresado muchas veces a Nápoles,  pero nada volvió a ser como entonces. Hay cosas que solo ocurren una vez en la vida. O que quizá no han ocurrido nunca.


jueves, 28 de agosto de 2014

Desnudos en el Paraíso

  
No, no es cierto que yo alguna vez fuera abducido por extraterrestres, como he contado en más de una ocasión y con tan minuciosos detalles, incluso hay libros que se refieren a mi historia y alguno de los contertulios de Cuarto Milenio ha aludido a ella.
            Las cosas ocurrieron de manera muy distinta. Debía de tener yo once o doce años y una tarde de verano, cuando todo el pueblo dormía la siesta, salí de casa sin avisar a nadie y me fui a nadar al río. El agua estaba fresca, transparente, estupenda, y tenía todo el charco del puente para mí solo. No me llevaba entonces muy bien con los demás, ni con los adultos ni con los otros niños, y únicamente era feliz en los momentos de soledad. Estaba ya tendido sobre la hierba, secándome al sol, con los ojos cerrados, en un estado de grata somnolencia, cuando me llamaron ellos. Estaban arriba, en lo alto del puente, eran delgados y altos y tenían una especie de halo dorado alrededor de la cabeza. No se asemejaban a nadie que yo hubiera conocido hasta entonces; parecían criaturas de otro mundo.
            Conté luego que me llevaron hasta un platillo volante y que vi Aldeanueva desde lo alto, con sus dos iglesias y la parte de Arriba y la de Abajo,  y la carretera que lo atravesaba y que se perdía en el horizonte a un lado y a otro, y vi también los pueblos de los alrededores: Gargantilla, Segura de Toro, Casas del Monte, Abadía… Y en abadía, cerca del río, los restos del palacio que, según supe después, había alojado a Garcilaso y había sido cantado por Lope de Vega.
            Las cosas fueron más prosaicas que lo que mi fantasiosa imaginación de niño solitario contó después, al regresar de las vacaciones, a mis compañeros del instituto Carreño Miranda. Claro que ahora, transcurrido medio siglo, la realidad no me parece menos prodigiosa ni menos maravillosa que mis fantasías.
            Las cosas ocurrieron de la siguiente manera. Desde lo alto del puente me llamaron aquellas dos sorprendentes criaturas. Me puse rápidamente la ropa sobre el bañador todavía húmedo y subí hasta donde estaban ellos. Eran un hombre y una mujer, rubios, de ojos azules, él muy alto y fuerte, ella casi tan alta como él; entonces me parecieron muy mayores, aunque no debían de tener más de veinte años. Apenas hablaban algo de español, pero poco a poco lograron hacerse entender.
            Fui con ellos hasta donde estaba su coche averiado, a la salida del pueblo, un poco más allá de la casa del médico, con su banco de mármol y sus granados a la puerta. El coche era un descapotable inmenso, de llamativos colores, deslumbrante, como yo no había visto nunca, ni siquiera en las películas. No me extraña que lo convirtiera en una extraña nave espacial.
            Habían buscado a alguien para que pudiera arreglar la avería, pero era la hora de la siesta y Aldeanueva del Camino se convertía en un pueblo fantasma. No había nadie en la calle, las puertas estaban atrancadas, las persianas bajadas. Tras dar una vuelta, sorprendidos y algo asustados, tomaron el camino del río y allí me vieron a mí, que también parecía aletargado junto al agua. Respiraron aliviados al comprobar que yo, al menos, estaba vivo, y dispuesto a ayudarles. Les señalé la casa del mecánico del pueblo. Tardó en abrir y apareció en la puerta con muy malos modos. Luego pensó en lo que podría cobrarles a aquellos extranjeros y se dulcificó algo. Por entonces pasaban muy pocos turistas por la carretera y ninguno se detenía en Aldeanueva a no ser por causa de fuerza mayor.
            La avería iba para largo. Tardaría unas horas, había que pedir una pieza de recambio a Hervás. Los turistas se encogieron de hombros y pensaron en qué podían emplear el tiempo en aquel lugar en el que ni siquiera había un bar abierto. A ella se le ocurrió ir a darse un baño al río. Me pidieron que fuera con ellos. Yo ya me había bañado y no me apetecía demasiado hacerlo de nuevo, pero no me arrepentí de acompañarles. Se desnudaron entre gritos risueños y se metieron en el agua. Se desnudaron por completo. Yo me asusté. Sabía que aquello era pecado y que además era delito. Si los veía la pareja de guardias civiles del pueblo, se los llevarían al calabozo. Pero era la hora de la siesta y en aquel tiempo (al menos en mi recuerdo) hasta los guardias civiles dormían la siesta. Estábamos solos en el mundo. Chapoteaban en el agua y el sol se reflejaba en sus cuerpos. Parecían Adán y Eva en el paraíso. Un paraíso no sin serpientes porque una se acercó reptando entre la hierba; yo la alejé de allí a pedradas. Tenía muy buena puntería entonces.
            Conté luego la historia de los extraterrestres, no sé por qué. Quizá para no contar lo que de verdad ocurrió, que todavía no me atrevo a contar del todo y que desde entonces ha vuelto a ocurrir en mis sueños incontables veces.


sábado, 23 de agosto de 2014

El secreto de Montreux


“¿Nunca has hecho ninguna locura, Martín?, “A sabiendas, nunca. Ten en cuenta que ni siquiera me he casado”, “Pues esa fue una de las pocas cosas sensatas que yo he hecho en mi vida”.
            Estábamos en Montreaux, sentados en una terraza frente al lago, muy cerca del hotel donde Nabokov vivió sus últimos años. Había una leve niebla que diluía las formas, emborronaba los colores y todo tenía un aire de edulcorada postal de otro tiempo.
            Yo me dedicaba a mi ocupación favorita, no hacer nada; mi amigo, a quien había conocido hacía poco, pero con quien simpaticé de inmediato, no sé bien a qué, quizá a hacer trampas en el casino. Azorín termina uno de los cuentos de El buen Sancho con unas palabras que yo, desde que las leí por primera vez, suelo sacar a colación cuando alguien me reprocha mi indolencia: “No hacer nada, para un escritor, es hacer mucho. No hacemos nada en apariencia, pero nuestro subconsciente continúa trabajando. Y cuando volvemos a la mesa, con el papel y la pluma en la mano, nos encontramos con gérmenes de artículos, de novelas o de poemas que antes no teníamos”.
            A Philippe lo había conocido en el casino, después de perder yo el poco dinero que llevaba. No es que yo sea un ludópata, ni mucho menos, pero necesitaba conocer el ambiente para una historia que estoy escribiendo. Como escritor, tengo una faceta pública, más o menos pública (en realidad menos que más), y otra secreta. De vez en cuando hago trabajos de encargo. Y no me refiero a hacer de negro para algún político, que también, y resulta divertido ver que una frase tuya (pero que nunca nadie sabrá que es tuya) aparece como titular en los periódicos. Lo que a mí me gusta, mi verdadera vocación, es la literatura popular. Y con pseudónimo, generalmente anglosajón, he publicado novelitas eróticas o de espías o de amores románticos en mansiones victorianas. Y son las únicas obras mías con las que he cobrado derechos de autor. Las escribo sin plan preconcebido, como un juego, pero no como un juego solitario, sino como quien tiene enfrente a un contrincante difícil, el lector, a quien hay que agarrarle por el cuello desde la primera frase y ya no soltarle hasta el final. Escribir, por ejemplo: “Para actuar un hombre como yo no necesita que le expliquen demasiado las cosas. Basta que le digan simplemente: Vaya a Montreux y espere allí órdenes”.
            Y mientras las esperaba me entretenía en el casino, porque yo no soy jugador, pero el protagonista de mi historia sí. Yo soy una persona muy aburrida. Un escritor, al menos un escritor como yo, es la persona más aburrida del mundo. Todas las cosas de algún interés ocurren en su cabeza, no en su vida.
            Philippe me llamó la atención desde el primer momento. Era alto, de unos cuarenta años, elegantemente trajeado y con pajarita. Como si fuera el protagonista de alguna película de género que se estuviera rodando en aquel momento. Cuando me quedé sin blanca, él me alargó algunas de sus fichas. “Le traerán suerte”, dijo. Y me la trajeron; acabé ganando más dinero que el que había perdido. Cuando le quise dar las gracias, ya no estaba allí.
            Pero le encontré al día siguiente en el paseo. Me llamó él, no le había reconocido con aquella ropa informal. Y en menos de una semana nos hicimos inseparables. Me contó muchas cosas de su vida, pero no cómo se ganaba la vida. Era un tipo divertido, no como yo, que soy la persona más aburrida del mundo. No acababa de comprender por qué le había llamado la atención, por qué perdía el tiempo conmigo. Yo no lo perdía; seguro que aparecería como protagonista de mi próximo libro, de uno de esos libros que firmo con pseudónimo, novelitas juveniles o noveluchas de quiosco, y que son los que más me apetece escribir, no los otros, de crítica literaria o de poesía, que no lee nadie.
            Philipe era un seductor, con muchos secretos dentro. No me preguntó mi nombre, sino “¿cómo te gusta que te llamen?”. “Los conocidos me llaman José Luis, los amigos Martín”, dije. Y él me llamó desde el principio Martín.
            “¿Nunca has hecho ninguna locura, Martín?”. No, yo nunca había hecho ninguna locura, me había limitado a escribirlas. Todas mis aventuras y desventuras habían sido imaginarias.
            “Pues un hombre tiene que probar de todo, amigo Martín. Yo te voy a proponer una a la que no te podrás negar”. Y entonces supe por qué me había escogido a mí, al más vulgar de los hombres, al más insignificante, y para qué me quería. Para nada bueno, por supuesto. Pero ni se me ocurrió negarme: un hombre tiene que probar de todo. Lo único malo es que me comprometí a no contarlo nunca. Y no lo contaré nunca, por la cuenta que me tiene. Claro que nunca, nunca, es demasiado tiempo. Ya veré lo que hago cuando se calmen un poco las cosas.


sábado, 16 de agosto de 2014

Turín, el diablo y las sirenas


“Hoy en día ya nadie cree en las sirenas”, leo en un libro de Massimo Polidoro dedicado a desmontar los falsos misterios que tanto juego dan en algunos programas de televisión y en las páginas veraniegas de los periódicos. Hay, sin embargo, muchos testimonios de su existencia y durante el siglo XIX era frecuentes exhibirlas en los circos vivas y saltarinas, mientras que su cadáver momificado se conservaba en los gabinetes de curiosidades científicas. El Museo Municipal de Historia Natural de Milán conserva una de esas momias. Dicen que es una elaborada falsificación: los dientes son de peces y las uñas tal vez de algún pájaro; conserva el pelo y las escamas.
            Es posible que la sirena que yo vi en Turín también fuera una hormonada falsificación, pero no estoy muy seguro. Turín es una ciudad apacible, de amplias calles porticadas, abundante en librerías, cafés y palacios. Su fama, sin embargo, resulta un tanto siniestra: en ella se volvió loco Nietzsche, se suicidó Pavese y dicen que es uno de los lugares predilectos del diablo.
            Yo fui a Turín porque me enteré que allí se conservaba el cadáver de una sirena, no de las que seducían a los marineros en tiempos de Ulises, mitad pájaro, mitad mujer, sino de las que todavía proliferan en las películas populares y en los cuentos infantiles. Al diablo no le tenía miedo, o sí. Siempre recuerdo una frase que oí no sé donde: “Confío en los hombres, pero desconfío del demonio que todos llevamos dentro”.
            Al diablo no lo encontré en Turín y sí a la sirena, salvo quizá al diablo que yo había llevado conmigo. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera. Por entonces preparaba yo un estudio sobre el mito de las sirenas en la poesía renacentista. Presenté parte de las conclusiones en un congreso en Roma y, en una distendida charla entre sesión y sesión, una profesora a la que me acababan de presentar me dijo que en la casa de su marido, en Turín, se guardaba, desde tiempos inmemoriales, el esqueleto de una sirena. Yo sonreí escéptico; ella se comprometió a hacer que me lo enseñaran si algún día iba por esa ciudad. Me dio su tarjeta para que la llamara.
            Y no habían pasado ni tres meses cuando, aprovechando un puente festivo, ya estaba yo en Turín. Soy así de obsesivo. No podía dejar de pensar en las sirenas y en ese esqueleto. Llamé a la profesora que conocí en Roma; estaba pasando un semestre en no sé qué universidad de Chicago, pero no importaba, ella advertiría a sus suegros y no tendrían inconveniente en recibirme en su casa y mostrarme la sirena.
            Vivían en el piso principal de un palazzo destartalado cerca del río, casi en las afueras de la ciudad. Quedamos en que los visitaría al día siguiente, a las doce de la mañana. Aquella tarde paseé hasta allí para estar seguro de que no me perdería; me detuve un rato contemplando la fachada; el piso parecía abandonado. La impaciencia me impedía dormir. Casi de madrugada dejé el hotel, al lado de la estación, muy cerca del hotel Roma en que murió Pavese, y salí a tomar un poco el fresco. Había un local abierto, de los que yo no suelo frecuentar, pero no sé, o no sé quién, me incitó a entrar. Tomé una copa y luego otra; llevaba ya tres, y no estoy demasiado acostumbrado a beber, cuando se me acercó una sirena no menos seductora que las de carne y pescado. El resto de la noche lo he olvidado por completo, o eso quiero creer. Me desperté en la habitación de mi hotel ya bien entrada la tarde. Me dolía la cabeza. Tardé en acordarme de la cita. Llamé para disculparme. Nadie cogió el teléfono. Recordé algo y miré en el mío: aparecieron varias fotografías que me había hecho a mí mismo en compañía de un ser seductor, como de otro mundo, tal como yo hasta entonces solo había visto en sueños; nuestras cabezas, juntas y sonrientes. Tuve un mal presentimiento y busqué mi cartera. El dinero en efectivo había mermado algo, pero allí estaban todas las tarjetas de crédito.
            Al día siguiente volvía para Asturias. Llamé varias veces a casa de los familiares de la profesora. Nunca contestó nadie. Quizá habían marchado de fin de semana. Dejé un mensaje disculpándome.
            Al regresar no tenía la sensación de haber perdido el tiempo. Me quedó la sospecha de si, como afirma Massimo Polidoro, cofundador del Comitato Italiano per il Controllo  delle Affermazioni sul Paranormale, todos los restos que se conservan de las sirenas son falsificaciones o si hay alguno verdadero. De lo que estoy seguro es de que las sirenas, mitad carne y mitad pescado, o quizá ni carne ni pescado, existen. Y que yo, en Turín, pasé la noche con una. A veces conviene hacerle caso al diablo que todos llevamos dentro.


martes, 12 de agosto de 2014

En la casona de Itzea


Antes me fastidiaban los días de lluvia, ahora cada vez me gustan más. Por la mañana he salido a comprar algunas cosas imprescindibles; por la tarde, me he sentado junto al ventanal del salón, con un libro en las manos. La mala memoria que traen los años va haciendo que muchos libros viejos, leídos por mí hace tiempo, se conviertan en libros nuevos. Por ejemplo este Éloge de la curiosité, de Émile Henriot, editado en París en 1927 y comprado quizá por mí a uno de los bouquinistas del Sena.
            Yo he sido siempre un hombre discreto. Sonrío al leer una de las máximas del libro: “La discreción no es a menudo más que una máscara de la que nos servimos para que los demás confíen en nosotros y así poder sorprender más cómodamente sus secretos”.
            Antes me pasaba el día leyendo, ahora prefiero picotear acá y allá, en páginas abiertas al azar, y luego perderme en mis ensoñaciones. Llega uno a una edad en que todo lo que merece la pena ser vivido se ha vivido ya y solo nos queda el placer de rememorarlo. Compré esta casa hace casi cuarenta años. En un anuncio de El Pueblo Vasco se hablaba de un caserón de Vera, “bueno para fábrica o convento”, que estaba al lado de un riachuelo y junto al camino de Francia. Vine a verlo. Era una ruina, pero lo daban barato. Nunca me arrepentí de haberlo adquirido.
            Los secretos de los demás, la verdad, nunca me han interesado mucho, aunque he sido hombre muy dado a la tertulia con unos pocos amigos, a escuchar historias de otro tiempo y a revolver papeles viejos.
            Ayer, cuando comenzaban a asomar las primeras estrellas, oí que llamaban. Me asomé a la ventana. Al otro lado de la verja, había una mujer, quizá ya no joven, pero todavía atractiva, con una elegancia de otro tiempo, un tanto sofisticada, que no parecía muy adecuada para este rincón rural. Cerca se veía un automóvil negro, con el chófer aún sentado junto al volante.
            Soy viejo, estoy curado de espantos, pero me dio un vuelco al corazón. Aquella mujer se parecía mucho, demasiado, a una rusa que conocí en París hace ya bastante tiempo, en otra vida, antes de la guerra. Hablé de ella en una de las novelas mías que yo prefiero, La sensualidad pervertida. Allí la llamé Ana, pero su verdadero nombre es una de las pocas cosas que no he olvidado, ahora que lo he olvidado casi todo.
            Sin darme cuenta, contra mi voluntad, me fui enamorando de ella, que tenía su marido allá en Rusia, que en cualquier momento dejaría París para volver a su patria; a ella le gustaba coquetear conmigo. Un día, después de una temporada de cierta frialdad, decidí poner tierra por medio. Se lo anuncié con una carta que era  lo más cercano a una declaración de amor que un tímido como yo ha escrito nunca: “Al final de esta semana voy a ir a pasar quince días a Londres, pero si usted se queda y me avisa, no iré. Prefiero hablar una hora con usted a ver todos los pueblos del mundo”. Espere unos días, ansioso por ver si me contestaba. No me contestó. Tomé el tren para Boulogne. Al regresar a París, el portero me dijo que a poco de yo marcharme había estado una señora interesándose por mí; al saber que no estaba, preguntó si yo había recibido una carta suya. Respondieron que no, que la carta había llegado después de que yo marchara. Pidió la carta, se la entregaron tras alguna vacilación y ella se alejó rompiéndola en pedacitos. Eso fue lo que me dijo el portero. No volví a saber de ella.
            Y ahora estaba allí, delante de la puerta del caserón de Itzea; quizá veraneaba en Biarritz o en San Juan de Luz y había sentido de pronto el impulso de volver a ver al escritor español que un tiempo estuvo tan enamorado de ella.
            No bajé a abrir. Dejé que la campanilla resonara en el caserón vacío y luego, cuando dejó de tocar, me volvía a asomar a la ventana para ver el automóvil partir.
            ¿Hice bien? No lo sé. Me arrepiento y no me arrepiento. Ahora soy un hombre viejo, lleno de achaques. Buen mozo nunca lo he sido, pero ella me rechazó en mejores tiempos. Ahora solo podía recibir su compasión, y no me apetecía. O quizá solo tenía miedo de que los rescoldos del antiguo fuego volvieran a encenderse y acabaran con mi tranquilidad.
            Éloge de la curiosité, curioso libro para leer en esta tarde de lluvia cuando ya no tengo curiosidad ninguna. La que más tiempo me duró, la que me angustió durante largos años, fue la de saber qué diría Ana en aquella carta que rompió una tarde en París mientras se alejaba de mi hotel. Pero ya creo que ni esa curiosidad me queda. 


sábado, 9 de agosto de 2014

Felipe Prieto en Louhossoa


Hay ciertas cosas que uno no sabe qué sería peor, si que ocurrieran en la realidad o solo dentro de la propia cabeza. Todo comenzó de manera no demasiado preocupante, aunque ya un tanto inquietante. Sonaba el teléfono brevemente, a media noche, como si alguien hiciera una llamada perdida, pero el móvil no indicaba que hubiera llamado nadie. Y nunca era una vez sola, sino dos, con un breve intervalo, y a veces tres. Luego llegaron las cartas, triviales, no anónimos amenazantes, como si se dirigieran a otra persona, pero en el sobre constaban claramente mi nombre y mis dos apellidos. Luego ocurrió lo que ocurrió y todo dejó de tener importancia.
            ----¿Y de qué hablaban esas cartas?, me preguntó Ángel.
            ----De cosas cotidianas. De la salud de Antonia, por ejemplo (yo no conozco a ninguna Antonia), de los estudios de los chicos, de que había llovido mucho últimamente.
            ----Pero cuéntanos, cuéntanos lo que ocurrió, aunque ya puedo imaginármelo, conociéndote. Una noche, al despertarte, encontraste a una desconocida, o a un desconocido que eso no suele quedar muy claro, en tu cama.
            ----Un desconocido en este caso, y no en mi cama, sino en la cocina. “Te he preparado café, dijo, tengo un poco de prisa, hablamos luego”, dijo.
            ----Y se despidió con un beso, se burló Almuzara.
            ----Dijo adiós con un gesto de la mano. Yo no supe cómo reaccionar. Desayuné rápidamente y me fui a clase. Anduve entretenido toda la mañana con unas cosas y otras y no volví a pensar en el asunto hasta mediodía. Siempre como en casa, pero ese día prefería comer fuera. Cuando llegué, me encontré una nota sobre la mesa: “No he podido esperar más, tengo un poco de prisa, ya te llamaré”. Me dejó muy preocupado, dándole vueltas en la cabeza al asunto.
            ----¿Tienes alguna prueba de que esas cartas fueran reales, no imaginaciones tuyas?
            ----La verdad es que las rompí, como hago con las de la poetisa de Gijón.
            ----¿Y ningún vecino vio a esa visita extraña?
            ----Ninguno. Pero yo si lo volví a ver este martes, en Louhossoa, un pueblecito francés cercano a Bayona. Me detuve en la pequeña plaza, no sé bien por qué, ya que era un lugar que no previsto en mi itinerario y del que ni siquiera había oído hablar. A un lado había un frontón con el nombre del pueblo en vasco, Luhuso, y una fecha, 1937, y al otro una iglesia rodeada del cementerio. Di un paseo entre las tumbas, muy cuidadas; las que las cruces alternaban con las típicas estelas vascas. El cementerio, tras la iglesia, ascendía por una colina, lo sombreaban grandes árboles, y muy cerca, al otro lado del camino, pastaban apacibles unas cuantas vacas. No sé por qué pensé en unos versos de Martínez de la Rosa, que leí cuando niño, quizá en la enciclopedia Álvarez, y que desde entonces se me quedaron en la cabeza: "Dichoso aquel que no ha visto / más rio que el de su patria / y duerme ahora a la sombra / en donde antaño jugaba". Los que descansaban en aquel lugar debieron jugar en el frontón cercano, bautizarse y casarse en la iglesia que ahora parecía pastorearles, cuidar vacas como aquellas que pastaban allí mismo, bañarse en las aguas frescas del cercano Nive. Sentí envídia de una bucólica existencia que quizá solo existía en mi imaginación y que, en cualquier caso, pronto me habría resultado insoportable. Creí estar solo y por eso me asusté al darme la vuelta y verlo allí. Lo reconocí de inmediato. Era el desconocido que me había encontrado un día en la cocina. “Ha muerto Felipe Prieto”, me dijo. La noticia no me sorprendió, sentí casi alivio. Recordé las palabras de Ángel González: "No le temo a lo que hay después de la muerte, sino a lo que hay antes". Yo también solo le temo al sufrimiento sin sentido que tantas veces la precede. Debía sentirme triste, pero me sentí enfadado. "¿Y tú quién eres? No te conozco". "Me conoces demasiado bien". Y la verdad es que sí, que de pronto su cara me resultaba familiar, no sabría decir de qué. Unas horas después, ya en Biarritz, un amigo me llamó para darme la noticia que ya sabía por el desconocido. Recordé a Felipe leyendo sus versos en el monasterio de Valvanera, en la Rioja, o en la tertulia del Oriental recitándonos su “Soneto cojo”, que era una réplica al “Soneto manco” de Óscar Hahn. Y dejé de preocuparme por llamadas, cartas y desconocidos. Hoy estamos aquí, mañana en ninguna parte. Cualquier vida, en realidad, no es más una sucesión de inexplicables trivialidades que terminan en un enigma sin solución ninguna.



A UN AMIGO, EN SILENCIO

Nubes, sol, prado verde, caseríos
y las tumbas floridas que sestean
a la sombra gentil del campanario.
Cementerio rural donde estar muerto
no parece distinto de estar vivo,
donde “descanse en paz” no es frase hecha,
sino paz y descanso verdaderos.
Pensaba en Unamuno y en Machado,
al oír la noticia de tu muerte,
Felipe, buen Felipe, sabio amigo,
que gustabas del verso bien leído,
del cuero y la madera trabajados
con paciencia y amor, de las palabras
precisas, desarmadas, verdaderas,
y del silencio que lo dice todo.

           

miércoles, 6 de agosto de 2014

En Saint-Jean-Pied-de-Port


De pronto, como si nos hubieran echado un bebedizo en la taza del café, miramos a la persona que tenemos delante y la vemos distinta. Todo lo que en ella hasta entonces nos hacía gracia deja de hacérnoslo; los pequeños roces de cualquier relación se convierten en ofensas imperdonables.
            No la conocía, no sé si ella me seguía reconociendo. Tenía miedo de lo que pudiera pasar. Y busqué un pretexto para ausentarme. Cogí el coche, conduje al azar, pero el azar, al menos en una persona tan rutinaria como yo, siempre acaba llevándome a los mismos sitios. Llegué a Bayona, una ciudad que yo recordaba recogida y misteriosa, cuando estaba en fiestas, a finales de julio. Aquel bullicio me resultaba desagradable. Cerré los ojos, puse el dedo en el mapa y debajo apareció el nombre de St-Jean-Pied-de-Port. Y resulta que ese puerto, a cuyo pie estaba el pueblo, tenía al otro lado nada menos que Roncesvalles con toda la novelería de Roldán y el olifante, de Carlomagno y de Bernardo del Carpio. Y además, asociada a ella, un recuerdo infantil: “Cuéntame una historia, abuela”. La historia, un conocido poema de Ventura Ruiz Aguilera, me la contaba efectivamente mi abuela las noches de invierno, junto al fuego: “Años ha que con gran saña / por esa negra montaña / asomó un emperador. / Era francés, su vestido / formaba un hermoso juego: / capa de color de fuego / y pluma de azul color”. “¿Y qué pedía?”, preguntaba yo. Recuerdo bien el gesto escandalizado que ponía mi abuela: “¡La corona de León!”. Aún puedo citar el poema entero de memoria: “Bernardo el del Carpio un día / con la gente que traía / ¡Ven por ella!, le gritó”.
            Me alojé en el hotel Central, que había sido la casa solariega de los Ohando, los hidalgos enfrentados a Martín Zalacaín en la novela de Baroja. Muy cerca tenía el río y la entrada a la antigua villa amurallada. Cuando llegué, el cielo estaba oscuro, parecía que pronto iba a descargar una tormenta, como así fue. Yo me quedé mirándola caer desde la ventana de mi habitación. Se estaba bien allí, lejos de las trampas de la cotidianidad, arropado por los recuerdos de la literatura, los únicos que nunca hacen daño. Sonó el teléfono. Bien sabía quién era. No lo cogí. Respondí con un mensaje: “Te llamo luego”. Había inventado no sé qué pretexto, un encuentro literario, pensaría que estaba en alguna conferencia. No tenía ganas de hablar. No quería hacer daño, pero me gustaría encontrar un pretexto para que no volviéramos a vernos, para comenzar otra vida en cualquier otra parte.
            Dejó por fin de llover, salió el sol entre las nubes, todo relucía con una luz no usada, como en el poema de fray Luis. Admiré, desde el puente de la carretera, el puente romano, sobre el río Nive, la postal más repetida del lugar, y luego ascendí por la Rue de la Citadelle, casi todas sus casas convertidas en albergues para peregrinos. Terminó la calle y yo seguí subiendo hasta la Ciudadela, una antigua fortaleza convertida en colegio. Desde el mirador se divisaba el blanco caserío del pueblo nuevo, el cerco de montañas y también la hendidura entre nubes que conducía hacia Roncesvalles. Cuando llegué había unos pocos silenciosos turistas; al cabo de un rato, me di cuenta de que me había quedado solo.
            El atardecer, la soledad, los tejados a mis pies, ni el más leve ruido, unos empequeñecidos peregrinos que salían de la puerta de Notre Dame, atravesaban el puente e iniciaban, Rue de Espagne adelante, el camino de Compostela… Se estaba bien allí. Quizá el mismo emperador, antes de emprender la aventura española, se había detenido en aquel lugar, acompañado de Roldán, el mejor de sus caballeros. Volví a escuchar en la memoria la voz de mi abuela: “¡Con qué ejército, Dios mío, / de tan grande poderío / llegó Carlomagno acá. / ¡Cuántos soldados! ¡No tiene / más gotas un arroyuelo / ni más estrellas el cielo / ni más arenas la mar!”
            Volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí atendí a la llamada. “Deberías estar aquí conmigo”, dije. Y los ojos se me humedecieron un poco. “Vuelvo mañana. Tengo muchas ganar de verte”. El hechizo había terminado. Comenzaban a aparecer las primeras estrellas. A lo lejos, entre las montañas, creí oír el olifante que tocaba Roldán.


domingo, 3 de agosto de 2014

En la antigua estación


De un instante a otro el paraíso puede transformarse en infierno. Los tramoyistas del Gran Teatro del Mundo trabajan rápido.
            Paseaba yo, absorto en mis melancolías, por los alrededores del pueblo, a la vez familiares y desconocidos, cuando de pronto, sin transición, el cielo se puso negro y comenzó el diluvio.
            Los idílicos caminos no tardaron en convertirse en un barrizal, un rayo cayó muy cerca, retumbaban los truenos. Pensé en refugiarme en el tronco de un árbol inmenso, que tenía una abertura que parecía la entrada de una cueva y que me recordó a los olmos de mi infancia que crecían frente a la escuela, pero algo había leído de lo peligroso que resultaba un sitio así en caso de tormenta.
            Estaba empapado, embarrado, con miedo de caer en una zanja, cuando de pronto, a mi lado, apareció un caballo. No le había oído llegar, no sabía de dónde podía haber venido. El resplandor de un rayo me permitió contemplarlo bien. Era blanco, esbelto y estaba ensillado. Quieto junto a mí, bajaba la cabeza y parecía invitarme a que me subiera a él. Mis conocimientos de equitación son más bien escasos. Cierto que de niño más de una vez he montado en burros y en mulos para ir a trabajar al campo. Pero nunca en un pura sangre como aquella bella bestia, que parecía sacada de una leyenda medieval. No tenía, sin embargo, muchas opciones. Le acaricié la sedosa crin, le dí unas ligeras palmadas en las ancas, le susurré “gracias, bonito” y subí a él de un salto, con una agilidad que a mí mismo me dejó asombrado.
            En el mismo instante en que tomé las riendas, el caballo partió al galope. No me imaginaba cómo podía hacerlo en aquel suelo tan embarrado sin resbalar; en aquella total oscuridad sin salir del camino ni chocar contra algún árbol. Pensé en don Quijote a lomos del mágico Clavileño.
            Cesó la tormenta, parpadearon súbitamente todas las estrellas, se dibujó con nitidez la Vía Láctea, como en un grabado antiguo, y yo esperaba ver aparecer de un momento a otro la silueta punteada de las constelaciones: el Carro y el Arquero y el Cinturón de Orión…
            El caballo siguió cabalgando, pero a mí me daba la impresión de que sus pies no tocaban ya el suelo. Se detuvo de pronto ante un edificio abandonado. Yo creía que habíamos recorrido leguas y leguas, pero en realidad solo habíamos avanzado unos pocos pasos. Reconocí el edificio: era la antigua estación de Aldeanueva del Camino, por la que habían dejado de pasar los trenes hacía años. Cuando comenzó la tormenta yo paseaba por el camino de la estación que iba paralelo a la nueva autopista y no debía de encontrarme a más de medio kilómetro de allí.
            Todavía no había bajado del caballo, que se había quedado inmóvil, como una estatua ecuestre, cuando se abrió la puerta de la estación. Pisé el andén, las vías estaban cubiertas de hierba, recordé el primer tren que allí tomé para ir hasta Asturias, la extrañeza volvió a trocarse en melancolía, y entré en lo que había sido el vestíbulo con las taquillas y la sala de espera. Estaba llena de gente. Alzaron la cabeza, sonrieron, sonó un colectivo y educado “buenas noches”. Los reconocí a todos de inmediato, aunque a algunos hacía años que no los había visto. Dije: “Me ha ocurrido una cosa extraña. ¿Sabe alguien de quién es este caballo?”. Y señalé hacia la puerta abierta. Pero allí no había ningún animal, solo los hierbajos sobre las vías bajo el cielo estrellado. Salí fuera, miré hacia un lado y otro. Ni rastro del animal. Volví dentro. “Se ha ido”, dije. Los que esperaban se juntaron un poco en el gran banco corrido para hacerme sitio. “Aún es pronto”, dije yo. Hice un gesto de adiós con la mano y comencé el camino de regreso hasta mi casa, junto a la carretera. Ni el caballo ni la tormenta habían dejado rastro. Los caminos no estaban embarrados, no brillaba ningún charco. Mentalmente me fui repitiendo los nombres de los que aguardaban en la sala de espera un tren que no iba a llegar nunca. O que ya había llegado. Eran jóvenes y viejos, a algunos los había querido bien, con otros había tenido viejos pleitos. Solo tenía una cosa en común. O dos. Todos habían formado parte de mi vida. Todos estaban muertos.


jueves, 31 de julio de 2014

Jardines del palacio de verano



Con su lago en forma de melocotón, simbolo de la longevidad, y su barco de mármol y su Puente de los Diecisiete Arcos y su Gran Corredor hacia ninguna parte, los jardines del Palacio de Verano, en Pekín, son uno de los lugares más propicios al demorado disfrute la melancolía. Los fines de semana su habitual tranquilidad es interrumpida por grupos de jubilados que juegan al ajedrez, danzan o cantan viejas canciones de la Revolución Cultural. A veces, entremezcladas con ellas, otras que vienen de más lejos: de la dinastía Tsing o de la dinastía Tang. Con ayuda de mi amiga Shu Lei, yo he pasado algunas tardes poniéndole palabras españolas a esas ancestrales melodías.



AMO

Un viento oscuro
entra por la ventana,
hace temblar la lámpara.
Se agitan sombras
al fondo de mi cuarto,
imperioso me llamas.
Te serví mientras vivías,
¿cómo no hacerlo
 ahora que estás muerto?


SOLO

Vuelve, vuelve de donde no se vuelve,
cada noche a atormentarme.
Pero no vuelvas a dejarme solo,
amor mío, solo para siempre.


CAMINO

Tras el río Amarillo,
negras y azules las montañas.
¿A dónde llevas tú,
camino solitario?
Vayas a donde vayas
una cosa es segura:
tampoco allí
encontraré a quien busco.


CONCUBINA

Mejor que este palacio
una choza tranquila
al borde del arroyo
y un buen hombre que no quiera
compartirme con todas
las cortesanas del Imperio.



NOCHE

Disipado el perfume,
apagada la lámpara,
solo en la negra noche
de la melancolía,
escucho el canto
de los grillos mientras
la luna en la ventana
silenciosa me mira.


TOCADO

A solas en la orilla
umbrosa del estanque,
miro cómo la alta montaña
se inclina sobre el agua
y arregla su tocado
de verdes bosques
y de blancas nubes.


ESCAPAR

Quién pudiera escapar
con los patos salvajes
hacia el sur, hacia el sur,
donde los días son
de eterna primavera
y en la noche mi amor
nunca duerme con otra.


DONDE

¿Dónde empieza el cielo?
¿Dónde termina el lago?
Esa mancha que avanza
en la lámina gris
¿es un ave en su aire?,
¿una barca en el agua?




EMPERADOR

En medio de las blancas nubes,
en lo más alto de la montaña,
habita el emperador
más poderoso del mundo:
un ermitaño
que nada desea,
que no le teme a nada,
dueño de sí,
dueño de todo.


SOLOS

Qué solo estamos, qué solos
mi desesperación y yo.
Solo la noche y el día,
el día y la noche
se alternan para acompañarnos.


CUERVOS

Antes el canto del ruiseñor
iluminaba la noche,
ahora graznan los cuervos
agoreros en torno a mí.
Saben que soy
un cuerpo abandonado
cadáver que camina,
inminente carroña.



REGRESO

Feliz tú que regresas a la patria
tras largos años de destierro
y a quien esperan hijos, mujer, amigos.
¿A dónde podría yo regresar?
Sin hijos sin mujer y sin amigos,
mi patria hace tiempo que ha dejado de serlo.


SUEÑO

Cuando duermo, ¿sigo
siendo emperador?
No me acompañan en el sueño
ni los esclavos ni las concubinas,
no me adulan cortesanos,
no soy dueño del mundo.
Vago solo en el interior de una cárcel
y al despertar
no sé si soy un emperador
 que se sueña preso
o un preso que sueña
que ha sido emperador.


CUADRO

Díez días para dibujar cada hoja,
un mes para pintar
cada grano de arena,
necesitarías una eternidad
para terminar el cuadro.
Pero aún así, a medio hacer,
cuánta hermosura.
El pájaro posado
en la ventana
duda un instante
entre el cielo y tu cielo.
Dios también dudaría.


LUNA

Al contemplar la luna,
¿Cómo no añorarte, amiga?
Ella ilumina la noche
Tú, la larga noche
de mi corazón.



LEJOS

Irme lejos, muy lejos,
a una perdida aldea,
cabalgar por desiertos sin agua,
impenetrables bosques,
sin temor a ríos desbocados,
a bandidos que acechan,
a mujeres que ofrecen sus encantos
al viajero desprevenido.
Lejos, muy lejos,
donde Ambición y Envidia
sean palabras que se desconocen,
donde me despierte el canto del gallo
y beba de una fuente
y alcance con mi mano
las frutas doradas en el huerto.
Irme lejos, muy lejos,
deprisa, deprisa,
antes de que yo llegue
y lo estropee todo.


FIESTA

En el rincón más apartado del jardín,
me siento con mi laúd.
Al otro lado, a la luz de las lámparas,
el esplendor de la fiesta.
Los amantes que besan a su amada,
los amigos que beben juntos,
los cortesanos que aguardan
con la boca llena de lisonjas
la llegada de su Señor.
Yo no tengo a quien besar,
yo no tengo con quien beber,
solo con mi laúd, solo en la noche,
solo con mi melancolía.
Pero de pronto alguien
abandona la fiesta,
ae acerca con sigilo,
se esconde entre las ramas,
una doncella tímida
que apenas si me deja
entrever su rostro.
No puedo adivinar
si es mi amada
o si es solo
la luna.