sábado, 8 de octubre de 2016

Sin trampa ni cartón: Listos para resucitar


Sábado, 1 de octubre
EN ESTADO DE SHOCK

Me voy a la cama en estado de shock. ¿Puede un partido de izquierdas desear tanto que gobierne otro de derechas que para conseguirlo sea incluso capaz de suicidarse? A ningún novelista se le ocurriría una hipótesis tan retorcida, pero la realidad no necesita ser verosímil.
            Y lo peor de todo es que el puñal homicida no lo empuñó un oscuro y resentido Yago oculto en el aparato del partido, sino Javier Fernández, un político gris y sin carisma alguno (todo lo contrario que su antecesor, el torbellino Areces), pero que que parecía serio y responsable; un político al que yo voté en las últimas elecciones autonómicas. ¿Cómo voy a atreverme a salir mañana a la calle sin que se me caiga la cara de vergüenza?


Domingo, 2 de octubre
TOMO UNA DECISIÓN

Este domingo ha ocurrido algo excepcional, algo que no había ocurrido ningún domingo desde mayo de 1976: este domingo no he comprado El País. Soporté, como pude, su apoyo a los golpistas de Venezuela (lo soporté saltándome las noticias y los editoriales sobre ese país); no me creí –me reía de ella– su insistente campaña a favor de Rajoy. No me la creí yo, pero se la creyeron todos los tontos útiles de la izquierda, entre ellos los más útiles de todos: un puñado de dirigentes del PSOE.
            He dejado de comprar El País y me imagino que estos días no habré sido el único. Pero seguro que a nadie le habrá costado tanto hacerlo. Como mi admirado Sheldon Cooper, nada me disgusta más que alterar mis costumbres.



Lunes, 3 de octubre
KAKANIA

Como en la Kakania de Karl Kraus, la situación podrá ser desesperada, pero no es seria. Yo me consuelo con los versos de Vicente Gaos: “La política es dura / y no hay consuelo. / Saca el pañuelo, / literatura”.


Martes, 4 de octubre
CALVIN KLEIN

Dos horas de clase. Termino sonriente y feliz. Hablar del sentimiento trágico de la vida y de Unamuno está muy bien, hablar de Antonio Machado y de la guerra civil es uno de mis temas favoritos, lo mismo que ocuparme de la ironía en la poesía de Ángel González, pero hoy nos hemos ocupado de perfumes, vaqueros y calzoncillos.
            La asignatura se denomina “Literatura y publicidad” y en las clases prácticas analizamos poemas de transfondo publicitario. Hoy le ha tocado el turno a uno de María Victoria Atencia, “Ivoire, de Balmain”, y a dos de Ana Rossetti, “Chico Wrangler” y “Calvin Klein, underwears”.
            Nos ocupamos de endecasílabos y heptasílabos, de cesuras y hemistiquios, pero también de muchas otras cosas:  Marilyn Monroe y las gotas de Chanel Nº 5 que era lo único que se ponía al acostarse, por ejemplo. María Victoria Atencia comienza a escribir en 1950, en pleno franquismo; Ana Rossetti en 1980, en los años de la movida. María Victoria, en su poema publicitario, nos habla de majestad, sabores de espesura y otras delicadas connotaciones de un perfume que anuncian enjoyadas señoras con pamela (hoy resulta muy vintage); Ana Rossetti, del vaquero con el cigarro en la boca y “unas perfectas piernas / dentro del más ceñido pantalón” que la incita desde el cartel publicitario: por primera vez es una mujer quien se manifiesta gozosamente afectada por el erotismo de la publicidad.            
            De estos poemas, mi preferido es el dedicado a Calvin Klein. En la pantalla del aula, vemos la imagen publicitaria que se lo sugirió y también los anuncios de Wrangler (“Resiste si tú resistes”). El poema de Ana Rossetti tiene algo de adivinanza, al igual que tantos versos de la “Soledad primera” gongorina. Lo rústicos reciben como regalo “una de esas aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol nuncio canoro / y de coral barbado, no de oro, / ciñe, sino de púrpura, turbante”.
            La solución a esa adivinanza es que les regalan una gallina. Ana Rossetti quisiera ser “nevada arena / alrededor de un lirio”, “flor de algodonero que en su nube ocultara / el más severo mármol travertino”, “suave estuche de tela, moldura de caricias”, “redondos capiteles” y otras cosas igualmente exquisitas. Utiliza la técnica gongorina de aludir y eludir el nombre de las cosas: lo que quisiera ser, y deja que adivinemos la prosaica palabra, son unos calzoncillos Calvin Klein (el príncipe Carlos quería ser otra prenda de uso más íntimo de su amada Camila).
            ¡Y aún hay quien dice que dar clases es un trabajo monótonamente aburrido! ¡Quién me iba decir a mí, profesor de literatura, que terminaría hablando de perfumes, vaqueros y calzoncillos!


Miércoles, 5 de octubre
MI FRUSTRACIÓN PREFERIDA

“Vives lleno de frustraciones, por eso eres tan agresivo”, me reprocha un amigo. Tiene toda la razón. Y una de ellas es la de no haber sido todavía padre. Lo comentamos en el Vetusta con Marcos Tramón, Aurora Luque y Carlos Marzal. “Pues a mí ser madre no me hizo demasiada ilusión”, dice Aurora. “En cambio, ser abuela…”
            La miramos sorprendidos: los sensuales versos que sigue escribiendo no hacen imaginar esa condición. “La verdad es que de estas cosas no me gusta hablar, pero os voy a mostrar algo, ya veréis qué maravilla”. Se trata de un vídeo en el que baila su nieto, que aún no ha cumplido los dos años.
            “Ten un nieto, no un hijo”, me aconseja Aurora. “Se disfruta más. Los padres están demasiado preocupados con criarle y educarle. Los abuelos no tienen más obligación de mimarle”.
            Pero a mí lo que me gustaría tener ahora es un hijo, como mi envidiado amigo Cristian David López; para el nieto ya habrá tiempo dentro de veinte o treinta años.


Jueves, 6 de octubre
ELECCIONES YA

Dada la situación, durante las deliberaciones del premio Emilio Alarcos hemos hablado más de política que de poesía. Todos estamos de acuerdo, como medio país y el entero electorado socialista, en que lo ocurrido resulta incomprensible. Yo descargo, como vengo haciendo estos días, toda mi indignación contra Javier Fenández, que para mí se ha convertido en el símbolo de la vieja política marrullera.
            “Llamazares piensa romper el pacto si se abstienen en la investidura de Rajoy. ¿A ti que te parecería?”, me pregunta García Montero. “¡Me parecería perfecto! Al traicionar a los votantes ha quedado deslegitimado para presidir el gobierno de Asturias”, le respondo. “No te metas tanto con él –me dice Chus Visor–, es el que menos culpa tiene. Si le han puesto a dar la cara, y él ha accedido, es solo porque es el más tonto”. “Yo me siento un comunista huérfano de Partido”, dice García Montero. “Pues anda que yo…”, le respondo.
            Pero yo nunca he militado en ningún partido. Solo soy un votante, eso que algunos creen tan manipulable con una eficaz campaña en los medios. Pero un votante humillado, como un animal herido, es una bestia peligrosa. Lo vamos a ver en las siguientes elecciones, que no deberían tardar mucho.
            “No habrá terceras elecciones. Al PP no le conviene que se hunda el PSOE y toda la izquierda quede en manos de Podemos”, aventura García Montero.
            “Yo no sé si las habrá. Dado el tremedal en que nos encontramos creo que nadie puede aventurar nada. Pero, si las hay, a mí no me importaría que se hundiera el PSOE, que desapareciera incluso del parlamento, como el partido de Rosa Díez. Para resucitar, hay primero que morir. ¿Y a dónde irían los votos de los socialistas? Unos a la abstención, otros a Podemos y la mayoría, o eso quiero imaginar yo, a una agrupación de electores, Socialismo del siglo XXI, que habría que comenzar a organizar ya”.
            “No me parece mala idea. Pero desengáñate, si hay ahora elecciones, el PP obtendría la mayoría absoluta”.
            “Pues yo prefiero que tenga mayoría absoluta, si así lo deciden los españoles (que no creo) a que gobierne como si la tuviera gracias a los apoyos puntuales del PSOE cautivo y desarmado de Javier Fernández”.


Viernes, 7 de octubre
ME PROTEGES

Durante la cena que sigue a la entrega del premio Alarcos del pasado año, hablamos de fútbol –yo polemizando burlonamente, según costumbre, con Marzal y Visor– y de política; Ioana Gruia, la ganadora del premio, se aburre.
            Tenía diez años cuando la ejecución de Ceaucescu. Recuerda perfectamente las brutales imágenes emitidas por televisión. Yo también las recuerdo. Tuvo algo de tragedia griega, de rito expiatorio.
            Y lo más curioso es que la bestia negra de Ceaucescu había sido durante décadas el mirlo blanco del comunismo, el ejemplo a seguir que nos proponían Carrillo y tantos otros. Hablamos del libro encomiástico (y quizá el mejor de los suyos), Sendas de Rumanía, que le dedicó Clara Janés. No conoce Ioana otro de Miguel Ángel Asturias, Rumanía, su nueva imagen, publicado en 1964. Pocos obras producen tanta vergüenza ajena: no solo por los malos versos (“Vergel de suelo de oro” le llama a Bucarest en un soneto lleno de rosas y “esencias nemorosas”), sino sobre todo por la prosa mazorral, copiada de algún folleto propagandístico, de la mayoría de los capítulos.
            ¡Por qué poco se venden los escritores! Unos meses de estancia en un balneario parece ser todo lo que recibió el Premio Nobel por esta podredumbre encuadernada. Claro que menos será el pago que recibirá Javier Fernández –ni siquiera las treinta monedas de Judas– por apuñalar al PSOE.
            “¡Estás obsesionado con él!”, me interrumpe Josefina Martínez. “Yo le conozco bien. Es un hombre honesto”.
            “No lo dudo. De lo que no hay duda es de que es un completo inepto”.
            Ioana Gruia calla, sonríe, y nos mira con resignada paciencia. Desde que los leí por primera vez, se me han quedado en la memoria los versos que dedica a su hija recién nacida: “Busco tu mano en la noche, / tu minúscula mano, / tu mano de bebé, talismán mío, / para escapar de oscuros pensamientos”.
            Ojalá pudiera yo alguna vez hacer lo mismo: “Y ya no tengo miedo. Me proteges”.


sábado, 1 de octubre de 2016

Sin trampa ni cartón: La democracia amenazada


Sábado, 24 de septiembre
CON PEDRO SÁNCHEZ

“Veo que sigues, desde el fracaso de la investidura de un gobierno regeneracionista presidido por Pedro Sánchez, desengañado de la política, sin querer hablar más del tema”, me dice mi amigo Ángel Alonso.
            ¿Desengañado yo? Conozco lo suficiente a los seres humanos (entre los que creo incluirme, aunque haya quien lo dude) como para desengañarme por tan poco. Pero no digo nada porque nada puedo hacer para desenredar el atasco en que nos hemos metido los ciudadanos españoles. Los ciudadanos, ¿eh?, no los políticos, ese habitual chivo expiatorio.
            Hace una encuesta El País –mi monstruo favorito, mi desengaño mayor– y el resultado es que los españoles quieren que los partidos pacten y que no haya nuevas elecciones. Y los políticos –especialmente uno– quedan como los malos de la película. Lo que no dice es que no todos los españoles queremos los mismos pactos: el que desea la derecha, El País y los más casposos caciques del PSOE resulta inasumible para los votantes socialistas. El que desea la mayoría de centro-izquierda de esta país –un gobierno del Partido Socialista con el apoyo de Ciudadanos y Podemos– resulta inaceptable para Ciudadanos y para el sector mayoritario de Podemos. Son los votantes los que no se aclararon en la anterior elección, no los políticos, que hacen lo que pueden.
            Y yo estoy muy orgulloso de haber votado a quien voté. Está haciendo lo mismo que hizo Rodríguez Zapatero y que sirvió para que tantos le crucificaran: respetar sus promesas electorales. Zapatero prometió retirar nuestras tropas de Irak. Cumplió. Y la España de la derecha sin complejos y la de la derecha que no se atreve a decir su nombre se llevó las manos a la cabeza: ¡Eso era traicionar a nuestros aliados! A Pedro Sánchez le votamos para que nos librara de Rajoy, no para que lo apuntalara. Y está cumpliendo como un campeón. Esperemos que siga resistiendo.
            “¿Y qué crees tú que va a pasar?”, me pregunta mi amigo Ángel.
            Sé lo que me gustaría que pasara, no lo que va a pasar (aunque me lo imagino). Yo quisiera un acuerdo de mínimos, por el bien de España, que llevara al PP a la oposición y le permitiera regenerarse, librarse de todas las Ritas Barberás, empozoñadas de corrupción, que aún tiene entre sus filas, la principal al frente del gobierno. Es probable que, al año, o a los dos años, por desacuerdo entre las cainitas fuerzas de izquierda, hubiera nuevas elecciones y volviera la derecha al poder. Pero sería otra derecha, ya lavada de cara, con toda la cochambre en la cárcel o en casita escribiendo sus memorias y disfrutando a escondidas de lo robado.
            Eso es lo que a mí me gustaría. Lo que supongo que habrá (porque me imagino que los “barones” no se atreverán a romperle las piernas a Pedro Sánchez, que es como rompérselas al Partido Solialista, haciendo que parezca un accidente) serán terceras elecciones. Y eso puede ser bueno o una hecatombe. La derecha decente que votó a Ciudanos quizá se tape las narices y vuelva al redil del Partido Popular y a su Rita Barberá con pantalones. El lobo de Podemos les asustará para que sigan ese camino y les animarán los Javier Fernández y los Fernández Bara de este mundo.
            “Y también Felipe Gónzález, el amigo de Venezuela, al que tú votaste siempre”.
            No me lo recuerdes. Qué de vueltas da el mundo.


Domingo, 25 de septiembre
EL PUTO AMO

La moraleja que se deduce de El hombre de las mil caras es que, como la educación de un caballero, la de un corrupto empieza cien años antes de su nacimiento.
            ¡Ese palurdo Roldán, acumulando su botín como quien se ata una soga al cuello! Veo la película de Alberto Rodríguez con doble incomodidad. Yo también viví esa  época. Primero, Roldán ocupando páginas y páginas en los suplementos dominicales y siendo adulado como el mejor director de la Guardia Civil de la historia; luego, las primeras informaciones en Diario 16 sobre su fortuna secreta. No me las creí, no nos la creímos, como no me creo ahora esa presunta conjura de los barones socialistas. Lo atribuimos a una de tantas campañas de la derecha para desprestigiar al gobierno de Felipe González. Y de pronto, el mazazo de la huida.
            Lo que pasó desde ese momento es lo que vemos en la película. Francisco Paesa le fue desplumando minuciosamente y, cuando ya tuvo en sus manos todo lo que el otro había saqueado, se deshizo del interfecto vendiéndoselo al gobierno del España por una buena cantidad. Llegó envuelto en el papel de regalo de unos falsos papeles de Laos, la ingeniosa coartada que le sirvió para que Roldán, el timador timado, se pusiera por sí mismo en manos del ministro bicéfalo, el ojeroso Belloch.
            No, el puto amo de la España de la corrupción no es Bárcenas, como dicen en El intermedio; el puto amo es Paesa. Qué tío.


Miércoles, 28 de septiembre
EN LA LISTA NEGRA

Hice una apuesta y gané. “¿A qué en La Nueva España ni siquiera mencionan la rueda de prensa en la que el Viceconsejero de Cultura informará de la donación de mi archivo y mis libros a la biblioteca de Asturias?”, dije en la tertulia.
            –Cómo no va a informar. Le dedicará un recuadrito pequeño, porque no les caes bien, pero informará. Es su obligación. No es un favor que te hacen a ti, es su obligación con los lectores.
            Pero a los lectores, a los que consideran que tienen cogidos por el cuello, al menos en Oviedo, se los pasan por debajo del puente colgante. Como el maltratador, que no soporta que la mujer a la que desprecia le abandone, no entienden que un colaborador encuentre otro lugar más de su gusto. Se convierte en un objeto a batir.
            –-No exageres. ¿Quieres decir que si un autor asturiano gana el Planeta, en La Nueva España, antes de informar, miran si está en su lista negra?
            –-No, en ese caso no. Está en juego la publicidad del grupo Planeta y la publicidad es sagrada. Ya verás como en el premio Alarcos, en el que el Principado suele poner un pequeño faldón publicitario, hablan de mí junto al resto del jurado. Pero si me pongo a un lado en la foto de grupo, me cortan. Ya lo verás.
            –-Pues no me imagino yo a Javier Cuervo o a Andrés Montes consultando cada día de quién pueden hablar y de quién no. Qué humillación.
            ––A mayores humillaciones hay que someterse para llevar el pan a casa.
            Compruebo hoy que he ganado la apuesta. Y siento halagada mi vanidad. Lo veo como una “forma amarga del elogio”, que diría Cernuda (“amarga” no para mí, por supuesto).
            Ya no es como antes, cuando lo que no aparecía en un determinado diario no existía para los ovetenses. Aunque aún queda gente así (mi buena amiga Josefina Martínez, por ejemplo), pero su media de edad supera los setenta años. Ahora los lectores consultan Internet y otros medios. Jugar con su derecho a la información para satisfacer inexplicables venganzas privadas parece suicida desde el punto de vista empresarial. Pero allá ellos con su política informativa. Yo ya tengo una medalla más que colgarme: la de ninguneado por el poder mediático.


Jueves, 29 de septiembre
POESÍA Y DESOLACIÓN

De la amargura del día, solo me distrae la presencia de María Victoria Atencia. La escucho leer sus poemas, paseo con ella por las calles de Oviedo y recuerdo el deslumbramiento que me produjeron sus poemas –tan elìpticos, a veces solo un brochazo de música y magia– a finales de los años setenta. Su poesía entonces era patrimonio de unos pocos avisados. Luego vendría la popularidad creciente y los grandes premios institucionales. Eso me fue alejando un poco (uno es así de elitista). Recupero ahora el fervor de entonces y recuerdo cuando la visité en su casa, en el malagueño paseo de la Farola: “Escucho las campanas del puente de los barcos: / septiembre es mes de tránsito y una goleta viene / a llamarme a las islas, / o el cuarto se desplaza / lentamente. ¿Quién parte / junto a los marineros o quien roza mis muebles?”
            Lo que no me podía imaginar que ocurriera ha ocurrido. Pienso en la traición del coronel Casado, negociando en secreto con Franco para entregarle en bandeja de plata la cabeza de los últimos resistentes republicanos. Luego Franco hizo el mismo caso de esas negociaciones que harán quienes han pactado la inexplicable traición, el nuevo tamayazo (me imagino a Felipe González jugando a ser el Julián Besteiro de esta asonada).
            Lo que Podemos no consiguió con la repetición de elecciones, quebrar al Partido Socialista, lo ha conseguido ahora sin mover un dedo, dejando a otros el trabajo sucio.


 Viernes, 30 de septiembre
RESISTE, COMPAÑERO

Apenas puede dormir en toda la noche. Cuando me levanté, creí que todo había sido una pesadilla, pero el embrollo seguía ahí y los periódicos presuntamente de izquierdas aplaudiendo a los amotinados y la derecha brindando con cava y Rajoy, tan parco en sus entusiasmos, marcándose un baile con Rita Barberá o recordando a Celia Gámez: “No pasarán, cantaban los socialistas. / Hemos pasao, cantamos los comisionistas”.
            El Parlamento, que representa la soberanía nacional, rechazó la candidatura de Mariano Rajoy. Si ahora, mediante el cambio de votos de diputados traidores, la aprueba se habrá producido una burla a los electores, un golpe de Estado a la brasileña. Y ese gobierno será legal, pero no legítimo. La única solución serían unas nuevas elecciones y que sea lo que quieran los ciudadanos.
            Pero aún no todo está perdido. La supervivencia del socialismo depende hoy de Pedro Sánchez, al que quieren defenestrar por el delito de defender en el Parlamento lo que sus votantes le pedimos que defendiera. La vieja democracia caciquil se resiste a desaparecer, la España del juancarlismo no quiere dejar pasos a los nuevos tiempos.  


domingo, 25 de septiembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Vuelve a nacer el mundo


Sábado, 17 de septiembre
BECARIO EN PRÁCTICAS

Para gente tan torpe como yo en lo que de verdad importa, debería haber dos vidas: una como becario en prácticas y otra en la que aplicar lo aprendido.


Domingo, 18 de septiembre
DIARIO DE UNA VIDA BREVE

“Me extraña que no hayas hablado del Diario de una vida breve, de Juan Manuel Silvela Sangro. Le ha entusiasmado a Álvaro Valverde y a todos los críticos. Es un diario lleno de vida y literatura, muy en tu estilo”, me dice un amigo que se me acerca a la esquina del McDonald’s en Los Prados mientras tomo un café antes de ir al cine.
            Lo leí en una de las madrugadas neoyorquinas en casa del poeta Hilario Barrero, mi anfitrión favorito. El cambio de horario me hacía despertarme a las dos o las tres de la mañana y hasta las ocho no salía de casa. Como dormía en su biblioteca, tenía en qué entretenerme. Uno de los libros que leí entonces fue precisamente el Diario de una vida breve que ha reeditado en Pre-Texto mi amigo José Muñoz Millanes.
            El prólogo me gustó mucho. No cita a Walter Benjamin, no está lleno de notas (según su costumbre habitual) y contiene pasajes de espléndida literatura. Pensé dedicarle un comentario, sumarme al coro de elogios, que yo creía tan merecidos.
            Pero mejor que no lo haga. Esa edición tiene bastante de estafa. En letra pequeña, leemos en la portada: “selección y prefacio de José Muñoz Millanes”. Y un párrafo del prólogo sustituye a la habitual “nota a la edición”: “La necesidad de relanzar un libro valioso del que ya solo se encuentran algunos ejemplares en el mercado de segunda mano era mayor por la cantidad escandalosa de erratas de la edición de Prensa Española. Además, en esa edición se volcó prácticamente la totalidad de los manuscritos y nos ha parecido que el texto ganaría con una selección que resaltase sus virtudes, reducción a la que se presta por su carácter fragmentario”.
            Ni Antonio Lucas, ni Miguel Ángel Lama ni Álvaro Valverde ni ninguno de los panegiristas de esta edición tuvieron la curiosidad de hojear la edición anterior. Tiene 526 páginas; la de Pre-Textos, 238 y en letra mayor y con más páginas en blanco. La selección de Muñoz Millanes que “resalta las virtudes del libro” elimina dos terceras partes, más de trescientas páginas. ¿Puede haber un libro valioso en el que sobren la mayoría de las páginas? Yo lo dije a veces de los diarios de Trapiello, pero era una broma (que a él no le hizo ninguna gracia). Y por si fuera poco los cortes no se aplican solo a entradas completas, sino que de un largo párrafo se selecciona a veces solo una frase. ¿Tiene un editor derecho a hacer tal cosa y además sin informar de los cortes a los lectores? No, por supuesto. Ni siquiera si debajo del título figurara un subtítulo que indicara “selección” o “antología” para que ni los lectores más distraído –esos que suelen escribir las reseñas en los suplementos culturales– se llamara a engaño y pensara que había leído el diario de Silvela Sangro con las erratas corregidas (que no eran en número “escandaloso” ni mucho menos) y pequeños cortes que lo mejoran.
            Muñoz Millanes deja fuera muchos de los mejores pasajes del libro: sus impresiones de París, un viaje en tren desde Ginebra a Lausanne y Montreux (uno de mis trayectos preferidos), la estancia en los Cursos de Verano de la Universidad de Santander, minuciosos análisis de sus incipientes amores… Incomprensibles resultan la mayoría de los cortes, pero muy especialmente los que afectan al último día de cada año, donde el autor suele hacer una recapitulación. No parece que los haya hecho siquiera Muñoz Millanes sino alguien de la editorial que, ante el recorte de las subvenciones (la edición tiene una pequeña ayuda ministerial), decidió que no había dinero para un volumen de seiscientas páginas, sino para uno de doscientas. Y no habría nada que reprocharle a esa decisión, sino porque hábilmente se dio a entender que era la obra completa. Una estafa, ya digo.
            En el prólogo –admirable en todo, salvo en el párrafo sobre los criterios de edición–, afirma, como un reproche, que en la primera (y todavía única) edición “se volcó prácticamente la totalidad de los manuscritos”. Pero esos diarios son una obra literaria, concebida como tal por él autor, no quedaron incompletos ni sin corregir a la hora de su muerte. Los dio por finalizados en 1958 (no moriría hasta 1963). Decidir qué se publica y qué no de un diario ajeno es convertirse en censor o, en el mejor de los casos, en coautor, algo que no entra en las atribuciones de un editor.
            Pero aún hay más. Muñoz Millanes, que deja fuera cientos de páginas del libro, añade, sin señalarlo y sin indicar la procedencia, al menos un fragmento que no figura en la primera edición: la entrada del 19 de mayo de 1950.


Lunes, 19 de septiembre
CONFIDENCIAS

He llegado a no ilusionarme con nada ni con nadie y así he conseguido que nada ni nadie me vuelva a defraudar, pero no seguir defraudando.
            Muchas veces he creído perder la cabeza, pero al final siempre acababa encontrándola en su sitio habitual.
            La mujer de mi vida se casó con otro; tuve esa suerte.
           

Martes, 20 de septiembre
EL TEOREMA DE GÖDEL

El tiempo, que nunca se detiene, a veces se detiene a descansar. La lógica nos dice que cada días somos un poco más viejos, pero la sensación psicológica es otra. Tras cumplir los sesenta, llegué a una planicie de tiempo remansado en la que me encuentro muy a gusto. Con la curiosidad de siempre, pero menos propenso a perder la cabeza por cuestiones que eufemísticamente pudiéramos llamar “románticas”.
            Me gusta estar aquí, admirando la lenta, casi imperceptible, puesta de sol. De vez en cuando me siento sobre una piedra a contemplar el hondo valle y a filosofar un poco. He hecho muchas tonterías en la vida, supongo que como todo el mundo; lo que me sorprende es comprobar que detrás de casi todas ellas había un razonamiento incorrecto. ¡Y yo que siempre me he creído más listo que nadie!
            Se me ocurre pensar, un poco pedantescamente, muy en mi estilo, que los teoremas de la incompletitud de Gödel no se aplican solo en las matemáticas. Vienen a decir, si he entendido bien, que en todo sistema de axiomas hay proposiciones cuya verdad o falsedad no puede probarse a partir de esos axiomas.
            Uno, cuando está en una etapa de su vida, es incapaz de verse a sí mismo correctamente. Solo cuando pasamos a la etapa siguiente podemos juzgar la anterior.
            Ahora veo claro por qué tenían que acabar tan desdichadamente todas mis historias de amor, por qué tenía que pelearme con todos los amigos escritores que podían ayudarme en mi carrera literaria al formar parte del “club de las almendritas saladas”, como solía repetir, cuando no formaba parte de ese club pero soñaba día y noche con ello, cierto examigo.
            Hay proposiciones de un sistema que solo pueden explicarse desde otro sistema, todo lenguaje requiere un metalenguaje para ser analizado. El que soy analiza al que fui. Tarde, pero aprendo. No volveré a cometer los errores de ayer. Pero incurriré en otros, quizá peores. Eso ya lo sabré cuando abandone el plácido jardín de los sesenta. Ahora ya puedo jugar a ciertos juegos –pero un caballero, si es un caballero, no habla nunca de ciertos temas– sin riesgo de quemarme.


Miércoles, 21 de septiembre
BIENVENIDO

Pocas experiencias tan emocionantes como tener por primera vez en brazos a un recién nacido. Tuerce el gesto al pasar de los de su madre a los míos, pero entreabre luego los ojos, parece darme el visto bueno y sigue plácidamente durmiendo.
            Cuando un niño nace, no solo nace un niño: vuelve a nacer el mundo.
            Bienvenido, Martín López, bienvenido a este lado del paraíso. Aquí te aguardan Shakespeare y el Tah Mahal y los números enteros y los abismos del amor y Sherlock Holmes y las cataratas del Niágara y la biblioteca de Alejandría y la arena dorada del verano y las calles de Nueva York y los misterios de la física y Charlot y las aves del cielo y los goles de Iniesta o de Messi, toda la maravilla del mundo.
            Bienvenido, Martín López, bienvenido a este lado del paraíso. Hace dos días no existías y ya el mundo no se explica sin tu mínima, frágil, vulnerable, protectora presencia.


Jueves, 22 de septiembre
¿POR CUÁNTO TIEMPO?

Por ahora, todo va bien titula Andreu Martín sus memorias. El título procede de una frase de Steve McQueen en Los siete magníficos: “Me recuerda a un tipo de mi tierra que se cayó de un décimo piso. Mientras iba cayendo la gente de cada planta le oía decir: Por ahora, todo va bien”.
            Como él, como todos, estoy cayendo aceleradamente hacia el abismo, pero de momento, cuando me preguntan qué tal me va, respondo que por ahora todo bien.

Viernes, 23 de septiembre
IMAGINACIONES MÍAS

Me gusta imaginar que soy el rey de mundo, pero me gusta todavía más volver a la realidad y darme cuenta de que solo soy rey de mí mismo.



domingo, 18 de septiembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Confesiones inconfesables


Sábado, 10 de septiembre
LA MITAD DE MI VIDA

He pasado la mitad de mi vida buscando pareja y la otra mitad tratando de escapar de ella en cuanto la encontraba.

Domingo, 11 de septiembre
UNA PARADOJA

“Algunos psiconalistas –leo en un libro de Pierre Bayard– han hecho hincapié en la profunda ambivalencia que mantenemos con quienes nos ayudan, a veces hasta el extremo incomprensible de llegar a odiarlos. Una paradoja que no sorprende a quienes están familiarizados con la vida inconsciente. Contraer deudas con otro nos remite a situaciones infantiles de dependencia y nos recuerda la impotencia de la infancia, que tratamos de olvidar en nuestra vida adulta”.
            Quizá por eso, para evitar odios futuros, yo procuro no hacer favores a nadie. Salvo que me divierta hacerlos, porque entonces el favor me lo hago a mí mismo.
            El más beneficiado en un intercambio de favores suele ser el que lo da, no el que lo recibe.
            Hacer favores es un placer por que el que nunca nos mostraremos suficientemente agradecidos; necesitar el favor ajeno, una humillación involuntaria que debemos aprender a perdonar.


Lunes, 12 de septiembre
LAS NOVIAS DE CARLOS BOUSOÑO

Una frase que estoy harto de oír y que me irrita un poco: “No se puede discutir contigo”. Reconozco que discutir me gusta tanto como jugar al ajedrez y que en un caso y otro pongo todo mi esfuerzo en ganar la partida. Pero siempre respetando las reglas y sin hacer trampas. De lo contrario, ¿qué mérito tendría la vistoria? Y pongo mucho cuidado en no debatir sobre cuestiones opinables, en las que cada uno tiene su parecer. Solo polemizo cuando existen datos objetivos y argumentos lógicos para confirmar o desmentir una afirmación.
            Comento con mi amigo Abelardo Linares, en una de esas interminables llamadas telefónicas suyas que tanto me divierten, un artículo de Ruth Bousoño, “abogada del ICAM, filóloga y letrada del Tribunad de la Rota”, como figura tras su nombre (no vaya a creer alguien que es solo la viuda de un escritor). Lamenta en él que una reciente biografía de Aleixandre, La memoria de un hombre está en sus besos, de Emilio Calderón, haya dado una imagen deformada de la sexualidad de su marido y que ese hecho haya recibido en los medios un tratamiento propio de los programas de cotilleo de la televisión. Le digo que ese artículo es un ejemplo de error argumentativo y que demuestra exactamente lo contrario de lo que pretende;  él, como de costumbre, no está de acuerdo. Me froto las manos. Será una victoria fácil.
            –-Vamos a ver, Abelardo, el artículo se titula “La imagen deformada de la sexualidad de Bousoño” (La Nueva España, 31 agosto 2016). Y uno de sus párrafos dice así: “Los que han armado ese circo esperpéntico alrededor de un hombre de la talla intelectual y moral de Carlos Bousoño parecen desconocer –o hacen como si no lo supieran– que la trayectoria heterosexual intensa e ininterrumpida de Carlos Bousoño es conocida de todos los que lo trataron. Y hay pruebas contundentes en su extraordinario archivo personal de ello: cartas y fotos muy explícitas, de muchísimas de las novias y amantes que tuvo a lo largo de toda su vida, desde los diez años”.  Y no se conforma con eso. Enumera minuciosamente esas novias (el catálogo mozartiano de las “mille e tre” se queda corto), a muchas de las cuales conoció personalmente: el poeta las invitaba a cenar con él y con Ruth.
            ––¿Y qué hay de extraño en ello? Eran relaciones anteriores a su matrimonio.
            ––Cierto, nada agrada más a un marido que el que su mujer invite a comer a su antiguo novio, o a una mujer encontrarse a su pareja tomando una copas amigablemente con su exmujer.
            ––¡Que sabrás tú de parejas si, que se sepa, nunca has tenido ninguna!
            ––No es mi vida privada la que está en cuestión, sino la de Carlos Bousoño que su viuda se ha encargado de airear en página y media de un periódico más impúdicamente que las novietas de este o aquel famosillo en ningún programa de cotilleo. Pero toda esa heterosexualidad “variada e intensa” no desmiente las primicias documentales de Emilio Calderón: unas cartas de amor entre Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño que, si ahora se hacen públicas, es porque antes Ruth Bousoño las aportó a un pleito en el que se disputaba la herencia del premio Nobel para confirmar la estrecha relación entre ambos. Afirma que esas cartas son propiedad de ella y de sus hijos, y tiene toda la razón, pero fue ella quien las dio a conocer en sede judicial por razones económicas y son cartas que no dejan ningún lugar a dudas. Bousoño fue uno de los grandes amores de Aleixandre y Aleixandre uno de los grandes amores de Bousoño. Una historia de amor siempre es hermosa y en nada hace desmerecer a sus protagonistas. Nada impide que ambos pudieran vivir otras historias (en la mayor parte de las vidas, por cortas que sean, caben varios amores eternos), con hombres o con mujeres. Pero la retahila de novias que Aleixandre le recita de vez en cuando a José Luis Cano en sus cartas y en los Cuadernos de Velintonia resulta más que sospechosa (no queda prueba documental de ninguna de ellas); tanto como el catálogo de las “mille e tre” conquistas de Bousoño que enumera su viuda en el artículo citado, que sirve así para llevarnos a suponer exactamente lo contrario de lo que ella pretendía. No habría bisexualidad: las novias eran solo escudo y escaparate.
            –-Lo que importa es la obra, la vida privada no debería importarnos.
            ––Pues a su viuda le importa mucho airearla. Cualquier día hasta es capaz de dar a conocer esas fotos muy explícitas a las que alude. A la obra no deberían afectarla estas revelaciones. Pero afectan de alguna manera. La cobardía vital, la continua y deliberada impostura no salen gratis. Recuerda los versos de Cernuda: “Pero el aplauso humano tú nunca lo buscaste  / y menos cuando fuera su precio una mentira”.
            ––No estoy de acuerdo con nada de los que dices. Bousoño tuvo muchas novias y su viuda hace bien en recordárnoslo, frente a ciertos biógrafos desinformados. Pero tú te empeñas, como siempre, en llevar la contraria. No se puede discutir contigo.
            Después de un rato más de vapulear dialécticamente al paciente Abelardo, que se empeña en defender lo indefendible, cuelgo el teléfono con una sonrisa. Pero al rato siento un poco de mala conciencia. De Bousoño, a quien conocí personalmente y con quien me escribí durante un tiempo, aprendí mucho. Y no fui nada agradecido con él: al maestro, cuchillada. Pero al menos no he contribuido a su desprestigio actual. Sospecho que Ruth Bousoño no podría decir lo mismo.


Martes, 13 de septiembre
ORGULLO SIN GLORIA

Siempre me hace ilusiòn la primera clase de cada curso, siempre me alegra el día. Luego las cosas no salen a menudo como uno había planeado. No consigues conectar con los alumnos, tienes la sensación de hablar en otro idioma, piensas que no estás haciendo bien tu trabajo. Pero nada de ello empaña el regalo de ese momento en que abres por primera vez la puerta del aula, te acercas a la mesa, miras las caras expectantes de los alumnos y sabes que un poco gracias a ti serán mejores que tú y que ninguna de las grandes creaciones de la humanidad –desde la obra de Shakespeare hasta las últimas teorías sobre el origen del universo– habría sido posible sin la labor paciente y anónima de gente como tú, aunque también cometieran errors en su trabajo. Por un momento, al abrir la puerta del aula, al comenzar a hablar, te sientes orgulloso de formar parte de ese heterogéneo colectivo, tan menospreciado a veces, de los profesores.

Miércoles, 14 de septiembre
ACERCA DEL ÉXITO

“Si no te hubieras dedicado a la crítica, o si hubieras sido un crítico más amable, menos Martín y más Morante Martín, habrías tenido mayor éxito como poeta”, me dicen de vez en cuando los amigos.
            Yo no sé si tengo como poeta menos éxito del que merezco (no faltará quien piense que tengo más, por poco que sea). Lo que sí sé es que tengo todo el que necesito. E incluso podría vivir perfectamente con menos.
            A Carlos Edmundo de Ory le horrorizaba haber escrito una obra maestra (o eso creía él) y vivir desconocido. A mí me parece la mejor manera de vivir. Para conseguirlo ya solo me falta escribir una obra maestra.



Jueves, 15 de septiembre
OTRA PARADOJA

¿Hay algo más políticamente correcto que la expresión “políticamente no correcto”? Un escritor ha arremetido con reiterada contundencia contra los homosexuales, contra los inmigrantes, contra las mujeres, contra la literatura actual (en conjunto, sin más excepción que algún mediocre amigo), contra el islam; ha declarado que la prohibición de fumar en los locales públicos es un atentado a las libertades individuales más grave aún que las leyes antisemitas de los nazis. Pero en lugar de calificársele como homófobo, racista, desinformado, proclive al ofensivo disparate, se dice de él que era “políticamente no correcto”. Un eufemismo muy “políticamente correcto”.

Viernes, 16 de septiembre
SALVO A MÍ MISMO

A veces pienso que si yo nunca he sido capaz de odiar de verdad a nadie es porque nunca he sido capaz de amar de verdad a nadie.






domingo, 11 de septiembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Libertad, libertad querida


Viernes, 2 de septiembre
UNA CIUDAD PEQUEÑITA

Al sentarme a desayunar en el café de costumbre, y en el sitio de siempre, recordé una frase que había subrayado con cierta incredulidad en el diario de André Maurois: “Nueva York es una ciudad pequeñita, donde pueden salvarse a pie la mayor parte de las distancias útiles”.
            Ahora sé que tiene razón. Una ciudad, por grande que sea, no es más que una colección de pequeñas ciudades anudadas entre sí por el transporte público.
            Me alojo por unos días en casa de un amigo y todo lo que necesito lo tengo cerca: la biblioteca pública, sobrio art déco en el que solo destacan las doradas alegorías de la gran puerta de entrada; el parque, el jardín botánico, el museo; la calle llena de pequeñas tiendas que lleva hasta Fulton Street y sus centros comerciales y el que sería mi restaurante de los domingos, el Junior’s, con sus fotos de los clientes ilustres –Barbra Streisand, Bill Clinton– decorando las fachadas. Muy cerca está Montegue Street, con el Teresa’s, un restaurante polaco y también por eso muy neoyorquino, que se ha convertido en un ritual de cada visita, y el Promenade para pasear contemplando el puente de Brooklyn y el perfil de Manhattan. Como me gusta caminar, hasta allí iría a pie. Al metro solo subiría para acudir a la ópera, en el Lincoln Center, o cuando llegaran a visitarme algunos amigos y tuviera que acompañarlos hasta el Central Park o el Empire State o cualquier otro de los habituales sitios turísticos.
            Para leer o escribir versos no iría al Prospect Park ni al rincón japonés del jardín botánico (ni siquiera si se trataba de escribir haikus), sino al Mount Prospect Park, escondido entre ambos sobre una pequeña colina, que tiene un aire descuidado y suburbial, lleno de encanto. Parece que un tiempo fue lugar de trapicheo y vidas oscuras, como todos los parques urbanos, pero ahora hay madres con niños, jubilados, y en un banco a la sombra, distraída, una joven con un libro. Yo ya tengo mi rincón preferido, una especie de glorieta semicircular protegida por las verjas del botánico y a la que se llega por una pequeña escalinata.
            Soy animal de costumbres y por eso mismo soporto muy bien los cambios de escenario; en seguida las adapto al nuevo decorado.


Sábado, 3 de septiembre
REGALADA  SOLEDAD

Creo que soy la persona que más regalos ha recibido en la vida. Grandes o minúsculos, pero siempre motivo de agradecido asombro. Un amigo me regala su barrio por unos días y yo paseo por él como un residente de toda la vida. Las calles arboladas y sigilosas de Park Slope me recuerdan, sin demasiada razón, al Vedado habanero y a la carretera de mi pueblo, Aldeanueva del Camino, cuando yo era niño. Entre los edificios más sobrios, a los que solo el color de la piedra les distingue de sus equivalentes londinenses, algunos neoclásicos o fantasiosos palacetes. Uno de ellos, con fachada al parque, recrea un palazzo veneciano, Ca d’Oro; a otro lo he visto en las ilustraciones de algún cuento de hada.
            Me gusta detenerme ante mi sinagoga favorita, Beth Elohim, de judíos reformistas. Siempre he sentido simpatía por el mundo judío (pero ninguna por la extrema derecha que gobierna Israel o por los fundamentalistas que marginan a la mujer y apedrean a los coches que circulan durante el sabbat), siempre me he sentido uno de los suyos y quizá por eso, mientras camino por la Octava Avenida, me encuentro sobre la acera, junto a unas cuantas viejas revistas, dos libros que parecen estar esperándome. Uno de ellos en perfecto estado e intonso, Dans le ventre de la baleine, de Fela Perelman (curiosamente acabo de comentar con mi amigo Hilario uno de los relieves de la sinagoga: Jonás devorado por la ballena); el otro, también en francés, es un libro de versos, Poèmes d’icí et de là-bas, de André Spire, editado en Nueva York en 1944.
            Como vivimos en un mundo mágico, me basta sacar el teléfono para saber que no me han regalado cualquier cosa. Fela Perelman, Félicie Perelman, nació en una familia rabínica en Lodz, Polonia, en 1909; desde los diecinueve años vivió en Bélgica. En el otoño de 1942, con su marido y otras personas, creó el Comité de Defensa de los Judíos. Salvó a cientos de niños, siguió ocupándose de los supervivientes judíos después de la guerra. Aparte de varios estudios históricos, solo publicó este libro, aparecido en Bruselas en 1947, donde cuenta sus actividades clandestinas. Lo hace en tono ligero, sin cargar las tintas, y por eso en el prólogo pide disculpas “a quienes la Gestapo ha roto las piernas, quebrado las costillas durante los interrogatorios, a quienes han pasado años atroces en los campos de exterminio y han vuelto de milagro”. También las ilustraciones de Tjinke Dagnelie, que luego destacaría como fotógrafa, son amables, en paradójico contraste con aquellos años de horror.
            André Spire había nacido en 1868. Durante el affaire Dreyfus se batió en duelo con un periodista que había atacado a los judíos que formaban parte de la administración del Estado; fue herido en un brazo. En 1940, tras la debacle, logró escapar a Estados Unidos. Detestaba a André Maurois, que también llegó por aquellas fechas, y que, con el pretexto de la reconciliación entre los franceses, se mostraba ambiguo con el gobierno de Petain y le disculpaba de sus medidas antisemitas porque con ellas intentaba evitar males mayores.
            Mis mañanas son de Brooklyn, pero luego quedo con los jóvenes amigos de la revista Maremagnum para patear Manhattan. Quedamos en encontrarnos junto a la fuente de City Hall. Hoy se retrasan y eso me da tiempo para hojear el libro de André Spire. Es una antología que entremezcla los viejos textos, de raíz simbolista (su primer libro es de 1903, como el de Antonio Machado), con los escritos en Nueva York. Estos últimos son los que más me interesan. Los voy leyendo, y entre uno y otro, levanto la vista para distraerme con el paso de la gente y con el imaginario coloquio, como en el poema de García Montero, de los dos rascacielos que parecen observarme: a mi derecha, el Woolworth, con su minucia plateresca; al otro lado, la torre de Frank Gerhy, esbelta y curvilínea, cien años más joven.
            André Spire, que ya ha cumplido los setenta (vivirá casi un siglo) pasea por las calles de Nueva York como un ocioso transeúnte más que se entretiene contemplando los escaparates: “Petites fleurs, / petites bouquets jaune vieil-or / a la vitrine d’un fleuriste, / Fifty-three West Fifty-eighth Street, New York City, New York, / j’ignore votre nom, / mais vous êtes pareilles / a celles de ma voisine Cécile, dans mon village”.
            De vez en cuando, me acerco hasta un Starbucks cercano para piratear su wifi y ver si los amigos que se retrasan me han enviado algún mensaje. Otro regalo, este rato de soledad y versos franceses: “Liberté, liberté chérie”.


Domingo, 4 de septiembre
PLAZA EN FORMA DE LÁGRIMA

Cruzo por delante de la iglesia de San Pablo, ahora cerrada y en obras, y al doblar la esquina contemplo por primera vez cicatrizado el dolorido desgarrón del 11 de septiembre, que parecía destinado a ser eterno.
            La nueva estación de Calabrava, encajonada entre los edificios, es un ave gigantesca con una de las alas cortadas. Mientras trato de acostumbrarme al nuevo panorama, hacia la Torre de la Libertad, esbelta y resplandeciente, se acerca un avión.
Por un instante, solo por un instante, parece que todo va a repetirse y se me acelera el corazón.
            Entro en la nueva estación, una especie de blanco huevo inmenso de útero protector, y salgo por el otro lado, donde se alzaban las Torres y ahora los monumentos conmemorativos. Las fotografías que había visto no les hacen justicia: dos rectángulos del mismo tamaño que las Torres y en el mismo lugar; en el borde, los nombres de todas las víctimas; en el interior, una cascada sobre las cuatro paredes y un cuadrado negro en el centro en el que se sume el agua, como una especie de llanto interminable.
            Me acerco al árbol que sobrevivió a la catástrofe, cierro los ojos para recordar como era este lugar hace quince años, cuando estuve aquí por última vez con los amigos de la tertulia,  y luego subo hasta lo alto de la nueva torre que sustituya a las gemelas, sin ocupar exactamente su sitio.
            Quince años después, por fin puedo volver a ver la ciudad desde lo más alto, desde el piso 102. Ahí está el acristalado Jardín de Invierno, que se cubrió de cenizas, y el Hudson turbio juanramoniano; al otro lado, los puentes de Manhattan y Brooklyn, el dedo del antiguo Williamsburgh Bank que se alza desde 1929 señalando el centro del barrio, y al norte el inmenso caserío con las siluetas familiares del Empire State, del Chrysler, del Citycorp y su uña resplandeciente… Nada que no nos resulte familiar, que no hayamos visto cien veces en el cine y en la televisión.
            Respiro aliviado,  un capítulo se cierra. Durante tantos años esta inmensa cicatriz era un involuntario homenaje a los asesinos, que parecían haber dejado para siempre la huella de su zarpa sobre la piel de la ciudad. Ahora Nueva York vuelve a alzar orgullosa la cabeza. Y yo estoy aquí para celebrarlo, otro regalo del azar.
            Cuando bajo, acaricio los nombres de los desconocidos, bien conocidos para familiares y amigos, y el día se oscurece. Pienso tembién en todo el vengativo dolor que vino después para otros miles de desconocidos cuyos nombres no están aquí ni quizá en ninguna parte.
            Está hecha de fango y sangre la historia. Pero yo vuelvo a Brooklyn como quien vuelve a casa,  atravieso la Grand Army Plaza (que tiene la forma de una lágrima que cae del Prospect Park), me detengo ante la fuente Bailey, con sus mitológicos desnudos a los que acaricia el agua y dora el sol, y me siento lleno de gratitud porque la vida a veces nos trata mejor de lo que merecemos. Sé de sobra que no siempre será así. Pero esa misma certeza me hace disfrutar más de este momento.




lunes, 5 de septiembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Un abrazo



Lunes, 29 de agosto
ADIÓS A TODO ESO

No es que me guste ver los toros desde la barrera. Simplemente, no me gustan. Por eso, este verano me alejé unos días del ruedo ibérico y no quise enterarme del resultado hasta tiempo después. Ahora me imagino al candidato a empujones subiendo paso a paso el camino del calvario y recibiendo las mismas humillaciones que él dedicó al candidato anterior. Los mismos sarcasmos, no; el mismo tono desdeñoso y perdonavidas, creo que tampoco: el talante humano es distinto. Lo malo es que disfrutaría con ese espectáculo, que parece escrito por un guionista vengativo, pero no me gusta fomentar mi veta sádica.
            Desde el mirador de San Pedro de Alcántara, miro ponerse el sol sobre los tejados de Alfama y pienso que uno debería poder tomarse vacaciones de sí mismo tan fácilmente como se toma vacaciones de su país. De lo que pase en el coso del Congreso, si es que pasa algo, ya me enteraré dentro de un tiempo.


Martes, 30 de agosto
ELOGIO DE LA COSTUMBRE

La mañana en Lisboa, la tarde en Nueva York. Saboreo este día como uno de esos helados que entremezclan dos de mis sabores favoritos. Ayer abusé un poco de la amabilidad de los amigos que me acompañan y los hice recorrer buena parte de los lugares que forman parte de mi memoria sentimental. Tuvieron que subir y bajar cuestas, pasear por la orilla del río desde la Plaza del Comercio hasta el Cais de Sodré, observar a Pessoa en su mesa de siempre del Martinho de Arcada y sentarse bajo el árbol inmenso, que a mí me acoge como un regazo materno, de la Plaza del Príncipe Real. Hoy prefiero dejarlos dormir en su apartamento de la Rua Augusta, muy cerca del Arco Triunfal, y pasear yo solo por las calles recién amanecidas, bajo un cielo de un azul intacto, como acabado de crear. Más de una vez he dicho que, cuando uno habla (y yo hablo siempre que tengo público, aunque sea un paciente público de amigos), la ciudad se calla. Esta mañana callé yo y dejé que ella me hablara.
            Soy una persona que recibe bastantes regalos, aunque no siempre acierte a darme cuenta y a dar las gracias. Ayer el avión, antes de aterrizar en Lisboa, se dio una vuelta por delante del estuario que me permitió contemplar por primera vez toda su integridad el Mar de Paja, como llamaban en la Enciclopedia Álvarez a la desembocadura del Tajo. Ver por primera vez completo el Acueducto de las Aguas Libres; ver a la vez el puente de Vasco de Gama, que parece casi a ras de agua, y el altivo del 25 de Abril; contemplar las colinas de Lisboa y las de Almada y Barreiro, la Torre de Belén y las playas del Atlántico, es un privilegio que me hace sentirme como un pequeño dios. La mayoría del pasaje, sin embargo, está entretenida en otras cosas. Admirarse mirando por la ventanilla parece cosa de niños.
            Luego, al aterrizar en Newarch, otro regalo: el perfil de Manhattan como no lo había visto antes; tendida a lo largo del Hudson, la ciudad me parece a la vez familiar y extraña. Como todas las cosas de esta vida cuando no se las mira con los ojos gastados de la costumbre.
            Es la primera vez que llego a Nueva York por este aeropuerto. Un tren me lleva hasta los más profundo de Penn Station y luego emerjo como Orfeo, pero sin llevar tras de mí a ninguna Eurídice. Aparezco frente al Hotel Pensilvania. al que Camba dedica un capítulo en La ciudad automática, y en el yo me alojé más de una vez (aunque ya no es lo que era) en recuerdo de esas páginas que me fascinaron en la adolescencia. Emerjo de las entrañas en la hora punta y tengo la sensación de ir a contracorriente de un río de aguas turbulentas. Toda la ciudad parece derramarse por las escaleras de la estación. Cuesta avanzar por la acera de la Séptima hasta el hotel, muy cerca de Time Square. Es como si Nueva York hubiera querido mostrarnos su rostro más tópico, toda ella ajetreo y multitud. "Esta es también una ciudad tranquila, ya lo veréis", les digo a mis acompañantes. Por primera vez no nos alojamos en el mismo hotel; yo he decidido aceptar la invitación de otro amigo, también poeta, en Brooklyn. No estoy seguro de haber hecho bien. Una persona tan egoísta que no invita a nadie a su casa, como es mi caso, no debería aceptar la invitación de nadie. Pero me pudo la curiosidad de vivir en otro barrio.
            Un paseo nocturno por los alrededores, que ya conozco, me hace sentirme bien. El otro arco triunfal, la fuente con sus elegantes desnudos de la época del jazz, la biblioteca  art deco, el Prospect Park, tan distinto de su pretencioso hermano...
            No soporto los cambios, estoy enfermizamente apegado a mis rutinas, por eso para sobrevivir he creado anticuerpos defensivos. Como no puedo vivir sin mis costumbres, en seguida me invento otras nuevas y a los dos días el territorio inexplorado, que tanto me aterraba, ya es una prolongación más del mundo conocido.


Miércoles, 31 de agosto
DONALD TRUMP Y OTROS AFORISMOS

Desde hace no sé cuántos años, en invierno o en verano, sea domingo o día laborable (para mí todos lo son y ninguno lo es), me levanto a las ocho menos cinco de la mañana, (no con total exactitud, claro, no soy una máquina: a veces es a las ocho menos siete minutos y otras a las ocho y un minuto o dos, pero son pocas veces). En esta primera mañana de Nueva York, me despierto a la hora de costumbre. Pero miro el reloj y son las dos menos cinco, una hora poco adecuada para levantarse y alborotar la casa, especialmente si uno es un invitado. ¿Y qué hacer si ya he descansado todo lo que necesito descansar, si no me apetece tratar de volver a dormir? Pues lo que siempre hago en estos casos en que no puedo hacer nada: me imagino que trabajo en un periódico y que he de redactar varios artículos: un editorial sobre la situación política, otro de crítica municipal, también el comentario de algún libro, una necrológica...
            Para la necrológica me inclino por un personaje del que se ha hablado mucho estos días en Asturias, pero del que yo no he escrito nada. Afortunadamente. Si de una muerto reciente no puedes decir nada bueno, lo mejor es que no digas nada. Pero como yo escribo para un periódico imaginario, me divierto poniendo el título: "El Donald Trump de la filosofía". Creo que es es único intelectual, o al menos catedrático, del que no se pueda recordar una declaración pública que no sea una estupidez o una barbaridad.
            Cuando me canso del periódico imaginario (afortunadamente), recurro al teléfono móvil. Pero no tengo Internet, así que me dedico a escribir en el blog de notas unos aforismos que acabaré borrando.
            Me gusta hablar mal de mí mismo, pero sólo para elogiarme mejor.
            Me gusta rectificar siempre que me equivoco, pero pocas veces puedo darme ese gusto.
            Me gusta que me quieran, pero a cierta distancia.
            No me molesta el contacto físico, siempre que no haya excesiva intimidad.
            Hacer el amor con alguien a quien uno quiere siempre resulta un poco incestuoso.
            No es lo malo dar dinero a cambio de sexo. Lo malo es no dar ni siquiera las gracias.
            Mi corazón al desnudo no es más que una víscera sanguinolenta.
            Cuando me desnudo de literatura, me quedo en nada.
            Me gusta la gente que vale más que yo, siempre que viva lejos.
            Soy tan rápido que a veces termino un amor antes de haberlo empezado.
            Me gusta mandar y me gusta obedecer. Mandar a todo el mundo, obedecer sólo a mí mismo.
            Como miento siempre, nunca engaño.
            No te fíes de lo que digo. Me gusta llevarme la contraria.
            No hacía nada bien, salvo el ridículo.
            Cuando engaño, siempre aviso antes. Pero no siempre tienen esa deferencia conmigo.


Jueves, 1 de septiembre
PERDER Y ENCONTRAR

Cuando llegué por primera vez a esta ciudad, un domingo melancólico, de esos en que estamos tan solos que ni siquiera nuestra propia sombra nos hace compañía, recibí un abrazo que me hizo volver a sentir el amor por la vida. Son cosas, como todas las verdaderamente importantes, que uno nunca cuenta. Nada importante. Seguro que a la mayoría le parecerá incluso un poco ridículo.
            Caminaba por la avenida sin gente, tan solitaria como yo, con solo algún homeless al que podría llamar como Baudelaire, "mi camarada, mi hermano", cuando entré en el atrio abierto al público de uno de los rascacielos, el Citycorp, Me sorprendió el sonido de un piano que tocaba para nadie en un inmenso espacio de mesas vacías. Vacías del todo, no. En una mesa un anciano leía; en otra, dos mujeres (luego me di cuenta de que una de ellas manejaba un pincel: estaba dando clases de caligrafía).
            Alcé los ojos: a las ventanas del primer piso: por los cuatro lados, rodeándome, se asomaban los libros. Y me sentí abrazado y me di cuenta de que, por muy solo que estuviera, nunca me faltarían, en prosa y verso, razones para vivir.
            Hoy, algunos años después, he vuelto a ese lugar, en Lexington Avenue, que es una de mis casas en Nueva York. Seguían sonando las notas del piano, en las mesas los tres o cuatro solitarios habituales. Pero de pronto sentí frío, alcé la vista. A los ventanales del piso superior no se asomaba ninguno de los miles de amigos que siempre me habían reconfortado. La librería ha cerrado. Era de la cadena Barnes & Noble, también los gigantes mueren.
            Con aprensión fui hasta Union Square. Pero allí seguía, frente al mercadillo de productos orgánicos, inmenso, abierto, acogedor, otro de mis palacios neoyorquinos. Tardé en encontrar sitio en el café de la primera planta, me senté con un libro de Juan Felipe Herrera, el poeta laureado que mezcla en sus versos el inglés y el español, y acompañado de amigos que  sorprendían a Catulo y a Horacio en una antología de poesía gay y  una nueva edición de los manuscritos de Emily Dickinson. Y se me ocurrió pensar que allá por 1990, cuando esta ciudad me abrazó por primera vez, ninguno de ellos había nacido. Qué importa perder si todavía somos capaces de encontrar, me digo. Pero ningún abrazo sustituye de verdad a otro.