domingo, 12 de julio de 2015

Espacio y tiempo: Años ochenta, erudición y cachondeo

  

No deben de haberse escrito muchas novelas eróticas cuyos personajes sean todos reales y el autor ficticio. Es lo que ocurre con Cinco lobitos tiene la loba de María Pía de la Roza. La novela se publicó en 1984 y narra un crucero por el Mediterráneo. El prólogo lo firma Víctor Botas: “¿Cómo, pues, no va a sentirse uno atraído por ese mar profético en cuyos abismos reposa, rodeado de diosecillos y de sirenas, de flexibles delfines y de orgullosos vasos de murrina, la memoria del mundo? Los asiduos de Óliver no íbamoa a ser una excepción. Y menos aún cuando nos dimos cuenta de que la Suerte propicia se encargaba de ponernos las cosas como a Fernando VII: el clamoroso éxito comercial de nuestra revista nos permitía –balance en mano– medir con pie devoto las ilustres riberas prodigiosas del Mediterráneo, mojar nuestros resecos traseros invernales en el verde piafante de sus ondas y descubrir remotas genealogías en repentinos ojos topados a la vuelta de cualquier esquina blanqueada”.
            La tertulia Óliver había comenzado a funcionar a finales de 1980, en una cafetería de ese nombre que ya no existe, como ya no existen tantas otras cosas de entonces –la Unión Soviética, el Muro de Berlín– que por aquellas fechas parecían eternos. En seguida comenzamos a publicar una revista con apariencia de artesanal fanzine. Eran los años de la movida y al releer ahora aquellos cuadernos compruebo que están escritos con una libertad y una irresponsabilidad hace tiempo perdidas. El cine del primer Almodóvar no resulta muy ajeno a aquella desaforada estética. Todos creemos ir a nuestro aire y siempre acabamos bailando al aire de nuestro tiempo.
            Las peripecias eróticas de Cinco lobitos, que entonces nos hacían tanta gracia, hoy me resultan incómodas (en especial mis inverecundas andanzas tangerinas) y, discretamente, he procurado, como Juan Ramón, eliminar cuantos ejemplares de la novela he ido encontrado.
            Pero hay un capítulo que todavía me agrada releer. Es el dedicado a Capri. Víctor Botas nos guía por los lugares que conservan la huella de Tiberio. En Villa Iovis, “no dejó de contarnos anécdotas, algunas sabrosísimas, de la vida y andanzas del viejo César solitario. Se le notaba embelesado con todo aquello, yendo de acá para allá absolutamente ajeno al calor y al cansancio que la penosa ascensión sin duda tuvo que producirle”. Por un momento, María Pía de la Roza se olvida de ridiculizar nuestras peripecias eróticas.
            Nada hay en la realidad que no haya sido antes un sueño, escribió Salinas y yo he repetido más de una vez. Los recuerdos de aquel viaje a Capri, que no existió nunca, se entremezclan ahora con los de otro viaje, veinte años después, acompañado de varios amigos de la tertulia. Seguìamos los pasos del César Gónzález-Ruano de los años treinta, cuando incluso llegó a conocer a Axel Munthe: “Era un gigante como hecho de niebla melancólica. Un gigante que ya estaba ciego. Me recibió en el jardín y después me llevó a su torreón. Tenía un verdadero museo, pero muchas de sus antigüedades eran más que sospechosas”.
            Botas estaba obsesionado con un delicioso ser femenino del que había hablado Ruano. En la Grotta Azzurra y en otros afamados lugares de Capri, nunca se había encontrado nada interesante: “En cambio, el primer día que entré en una tiendecita del centro de Capri, tuve, por ejemplo, la oportunidad de ver un delicioso ser femenino que cambiaba sus ropas por un traje de marinero. Me la presentaron por la tarde en el bar Quisisana”.
            El hotel Quisisana, a medio camino entre la piazzeta y los jardines de Augusto, de los que parte la serpenteante y casi vertical via Krupp, sigue siendo un lugar propicio para la aparición de seres que no parecen de este mundo. Puedo dar fe de ello.
            Pero estamos en los ochenta y la tertulia Óliver se ejercita en escribir descacharrantes vidas de santos, sin apenas añadir nada a los delirios misóginos y a los ejercicios de áspera bondage de la Leyenda áurea. Mi preferida es la vida de Santa Tais, que quizá no habría desdeñado firmar el Aretino.
            Hay también lugar para la sátira de costumbres literarias y por las páginas de los cuadernos aparecen, con nombre y apellidos, poetisas y poetisos varios retratados con fidelidad de fotomatón, aunque parecen proceder de los espejos del Callejón del Gato.
            Afortunadamente, entonces no era posible la difusión viral de Internet y así pudimos ejercitarnos en la sátira y el humor sin barreras. Traducimos por primera vez los versos de Antonio Becadelli, el Panormita, y los Carmina Priapea y los sonetos eróticos de Il vaso de Pandora: “Esta mañana estaba en cama un poco / triste, desnudo como vine al mundo…”. Y hasta aquí puedo leer.
            En Lira última, de Fanny Rucio –no confundir con cierta profesora jiennse de nombre similar–, parodiamos la poesía última, de Antonio Carvajal a Blanca Andreu (“Desnuda ante el umbral” se titula su colaboración). Pero lo más curioso es que el prólogo y el epílogo –de un hoy olvidado poeta manchego el primero, de un todavía recordado premio Nóbel el segundo– son auténticos y lo más ridículo del conjunto: “¿Por qué, pues, estos jóvenes se levantan, imperan, hacen sus signos, nacen como el sol por el horizonte?”.
            Mi pieza favorita en Lira última  sigue siendo la sonatina que Miguel d’Ors le dedica a Lech Walesa, el entonces afamado líder de Solidaridad: “¡Pobrecita Walesa de los ojos azules! / Está presa en sus oros, está presa en sus tules. / en la jaula de oro del socialismo real; / el socialismo altivo que vigilan los guardas, / que custodian cien rusos con sus cien alabardas, / un lebrel que no duerme y un misil colosal”.
            Con el título de Viernes Santos se publicó un diario de la tertulia en 1985. Eran los años del primer felipismo y en esas páginas queda un paródico recuerdo de las polémicas de entonces. Cuenta el cronista, Luis Salas, que cierto viernes escasamente concurrido yo afirmé irónico: “Al gobierno socialista se le podrá criticar mucho, pero lo que no se puede decir es que no dé una a derechas, porque las da todas”. Fue como apretar un resorte, señala el fiel cronista, ese es un tema en el que Víctor Botas no admite bromas: “En exaltado monólogo cayeron sobre nosotros la OTAN, los ochocientos mil puestos de trabajo, las pifias de Boyer, el martirologio de Ruíz Mateos (el hombre más grande que ha dado España desde Isabel la Católica), la manipulación televisiva, el crimen del aborto, la falta de libertades, la necesidad de un golpe de timón, etc, etc”.
            Me gustan los diarios porque son la huella del tiempo perdido sin las manipulaciones de la memoria. Sigo leyendo a Luis Salas y me reconozco en ese personaje tan aficionado a sacar a los demás de sus casillas: “Todo el café nos miraba, porque los gritos de Botas se oían hasta en el Campo de San Francisco y un servidor no sabía dónde esconderse de vergüenza. Martín, en cambio, cuando el energuménico vociferar daba muestras de apaciguarse, le proporcionaba nuevos bríos con una frasecita insidiosa”.
            Años ochenta, la tertulia imaginada en los solitarios días de Jugar con fuego se hace realidad en una cafetería de la ovetense avenida de Galicia. Se hablaba de todo, sobre todo de mujeres y de política (mi preferido era el segundo tema), y había tiempo para la traducción, no solo del inglés o del portugués, también del griego o del chino (recuerdo aquel dístico de Estratón de Sardes: “Si te he ofendido con un beso, págame / con la misma moneda: bésame también tú”), y para discutir sobre la nueva literatura en asturiano que por entonces algunos de los contertulios, como Antón García o Xuan Bello, estaban contribuyendo decisivamente a crear.
            No todos los viajes que se narran en estos cuadernillos fueron fantaseados: “Hastiados de convencionales periplos eróticos, del fasto de ciudades legendarias –Venecia, Roma, Dakar, Ispahan, Upsala Salzburgo–, los contertulios de Óliver han decidido (por una vez y sin que sirva de precedente) recorrer minuciosamente su ciudad en el prosaico autobús, y luego contarlo –para deleite del lector– en este cuadernillo”.
            Aquel viaje en autobús tuvo lugar en 1985, hace ahora treinta años. ¿Qué ha sido de los viajeros de entonces? Carlos González Espina, que narró el trayecto Colloto-Plaza de Occidente, sigue con sus labores de esforzado editor y benemérito bibliotecario a merced, como Borges, de los cambios de humor municipales; Luis Salas (Lugones-Residencia) se trasladó a Noruega y desde allí sigue cultivando, en varias lenguas, la literatura sicalíptica; Víctor Botas (Pando-San Claudio) se mudó a vivir, como es bien sabido, a la historia de la literatura; al fotógrafo Juan Hevia (Oviedo-Trubia) le hemos perdido la pista; Eduardo Errasti (Otero-Lavapiés) fue pronto expulsado, por motivos que no hacen al caso, y por ahí sigue demostrando que hay vida fuera de la tertulia; Felicísimo Blanco (Marqués de Pidal-Naranco) es otro desaparecido, parece que se dedica a la vida contemplativa en un pueblo de Valladolid.


            Antes del invento de la Semana Negra, ya cultivamos el género en la tertulia. Besos negros (negros como el carbón) pretendía ser “el intrigante comienzo de una saga que saca a la luz algunos de los más turbios vericuetos de la España de las autonomías”. No tuvo continuación. Ni tampoco consecuencias las transparentes claves sobre algún que otro villano muy amigo de mi entonces tan admirado Alfonso Guerra. Pero hubo anónimos amenazantes y un episodio de novela negra: un día, a la puerta de mi casa –acababa de mudarme a la calle Murillo– me encontré una caja de zapatos envuelta en el suplemento cultural de un periódico  y dentro una sanguinolenta cabeza de conejo. Pero no fue por nuestras denuncias de la corrupción sino porque, comentando una exposición en el Fontán, yo dije que “la poesía visual era la pintura de los que no sabían pintar, la escultura de los que no sabían esculpir y la escritura de los que no sabían escribir”. Uno de aquellos anónimos ya ha muerto. Los otros todavía andan con sus exposiciones y recitales por ahí. Aún no me han perdonado y yo debo seguir mirando debajo del coche antes de ponerlo en marcha.
            Desaparecieron los cuadernos Óliver a finales de los ochenta, cuando otra generación literaria –Pelayo Fueyo, José Luis Piquero, Javier Almuzara, Lorenzo Oliván, Marcos Tramón– llega a la tertulia. Eran tiempos menos subversivoa y debían reflejarse en otras publicaciones: Escrito en el agua, Reloj de arena. Y luego seguirían llegando nuevas promociones, hasta la actual, la de Anáfora. Es preciso que algo cambie para que todo, o por lo menos yo, siga igual.
            Mucho parodiamos, en los viejos cuadernos mecanografiados y fotocopiados, a los premios Príncipe de Asturias, otra de las creaciones de aquella década que todavía felizmente sobrevive. Incluso llegué a declarar en una entrevista que solo aceptaría ese premio cuando lo entregara el hijo mayor del presidente de la República. Y ahora, en cambio…
            Habría que citar, una vez más, el poema “Reunión de antiguos camaradas”, de José Emilio Pacheco: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años”.


                       


domingo, 5 de julio de 2015

Espacio y tiempo: Jugar con fuego


Un día de febrero de 1969, cumplidos ya los setenta años, hacia las diez de la mañana, Jorge Luis Borges se encontraba sentado en un banco frente al río Charles en Cambridge (Massachusetts). Miraba las aguas del río y recordaba a Heráclito. Al otro lado del banco se sentó un joven y se puso a canturrear en voz baja. Reconoció el acentoy no pudo por menos de preguntarle: “Disculpe, ¿usted es oriental o argentino?”
            ––Argentino, pero desde el 14 vivo en Ginebra.
            ––¿En el número 17 de la calle Malagnou, frente a la iglesia rusa?
            El Jorge Luis Borges de setenta años había reconocido al Jorge Luis Borges de medio siglo atrás, cuando vivía en Ginebra y trataba de escribir un libro de versos revolucionarios titulado Los himnos rojos. Luego lo contó en un cuento como si se tratara de un sueño, pero siempre insistió en que aquel encuentro había sido realidad.
            En mi caso también fue realidad, no un sueño. Caminaba yo por la calle Rivero, como cada sábado, cuando al pasar por delante de Gráficas Careaga recordé que allí se había impreso la revista Jugar con fuego y me vi saliendo emocionado un día de julio  de hace cuarenta años con los primeros ejemplares del número uno.
            Era el año 1975, faltaban pocos meses para que muriera Franco. Yo trabajaba, estudiaba, había conocido los sótanos de la Dirección General de Seguridad y la séptima galería de Carabanchel, por razones propias de aquellos tiempos, nada deshonrosas para mí; no tenía amigos con quienes hablar de literatura, aunque ya había publicado un libro y mantenía asidua correspondencia con diversos poetas o aprendices de poeta.
            Pero era un joven solitario al que nada le habría gustado más que formar parte de un grupo de jóvenes de su edad con los que discutir, intercambiar poemas, tratar de transformar el mundo. Y como no lo encontraba me lo inventé. Aquel primer número de la revista, con el que ahora me veo salir ilusionado de Gráficas Careaga, en la calle Rivero, estaba redactado íntegramente por mí. Yo era Pedro Tordasens, que escribía sonetos postistas, y Alfonso Sanz Echevarría (“Solo amo palabras / que nada significan: / luz, amor, todavía”) y el italiano Luigi Durutti, del que yo aparecía como traductor, y Bernardo Delgado, que firmaba las reseñas finales. Ahora todo eso nos resulta familiar, nos suena a Fernando Pessoa, pero yo entonces ni siquiera había oído hablar de Pessoa. Sí había leído a Antonio Machado, a quien casi me sabía entero de memoria, y seguramente algo habían tenido que ver en mi invención sus apócrifos. Bernardo Delgado era un crítico marxista y su análisis de Ensayo de una despedida terminaba con un reproche que Francisco Brines nunca me perdonaría: “Terminada la relectura del volumen, la impresión, muy subjetiva, del crítico es la de haber estado respirando en un cuarto de aire demasiado enrarecido. Dan ganas de abrir las ventanas para que entre el aire de la historia y purifique el ambiente”. Admirando los versos, encontraba en ellos “un cierto refinamiento burgués que, de espaldas al mundo, sufre de males en gran medida imaginarios”.
            No era lo que yo pensaba, sino Bernardo Delgado, un poeta entonces social, que también encontraba, hablando de Jenaro Talens, el mimetismo gratuito de “la fiebre experimentalista que a partir de los últimos años sesenta le ha entrado a nuestros escritores”.
            La redacción de Jugar con fuego estaba en el número 99 de la calle Rivero, que todavía sigue siendo mi casa, aunque ahora solo la habiten fantasmas. En ella encuentro la colección completa de la revista, no sé si existirá alguna más, y la hojeo como quien se mira a un espejo y se topa con un desconocido.


            Los versos de todas aquellas ficciones mías me interesan poco, pero las reseñas me parece que todavía conservan algún valor. Entonces era yo mejor crítico que poeta, como parece propio de quien tenía más experiencia de los libros que de la vida. No falta quien piensa, y quizá con razón, que sigue ocurriendo lo mismo. “Las tres voces de Ángel González”, firmado por Bernardo Delgado, todavía sigue apareciendo en las bibliografías del poeta.
            En el número tres de la revista aparece una primera entrega de mi diario, atribuida a Luigi Durutti. Todavía me reconozco en alguna de esas anotaciones, aunque el joven ingenuo con el que me he vuelto a tropezar, después de cuarenta años, en la calle Rivero se sentía más viejo de lo que me siento ahora: “Vivir a la espera de lo que no llegará jamás, nostálgicos de lo que no ha existido nunca”.
            Una serie de breves poemas, firmados con mi nombre, llevaban como título un verso de Gil de Biedma y ese fue el pretexto para una breve correspondencia con el poeta: “Desandas lo soñado / y la luz y la vieja / costumbre de estar solo / mientras la vida llega”.
            Los primeros números de Jugar con fuego cumplieron su función. Yo era autor único, editor y distribuidor: desde la oficina de correos, en la calle de la Ferrería, iba la revista a mano de los escritores que a mí me interesaban y despertaron su curiosidad. También la de otros escritores asturianos, como el grupo que se reunía en casa de Ana de Valle, o la de un inédito Víctor Botas que encontró algún ejemplar en la librería Cervantes y le pidió a su mujer, Paulina Cervero, que se pusiera en contacto conmigo.
            Paulina me llevó el manuscrito de Las cosas que me acechan, un libro que había enviado sin éxito al Adonais y que, reelaborado, se publicaría poco después en las ediciones de la revista.
            A partir del número cinco, de 1978, los colaboradores ficticios y los reales alternan en Jugar con fuego. En ese número publica sus primeros poemas quien pronto se convertiría en prestigioso editor, Abelardo Linares, y comienza a configurarse la nómina de Las voces y los ecos, punta de la lanza de la poesía figurativa (que luego se banalizaría con el nombre de poesía de la experiencia) contrapuesta a la estética novísima.
            Hojeo con sorpresa el único número publicado en 1979, un tomo de más de ciento cincuenta páginas en el que no me parece que sobre ni falte nada, al contrario que en los anteriores. Quizá se deba esta buena impresión a que no hay ningún poema mío  Aparecen inéditos de Francisco Brines, Antonio Colinas, Ángel González, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles y Carlos Sahagún. Los poemas de Villena, al que entonces admiraba mucho y ahora bastante menos, me parece que están entre los mejores de los suyos, especialmente el que se refiere a “la suave dulzura de la nada”.
            Cada poeta lleva una breve presentación y la de Ángel González termina señalando que en su poema “disuena el tópico verso final”. Y Ángel González no solo no se enfadó ante semejante impertinencia, sino que cuando, años después, lo incluyó en Prosemas o menos el “tópico verso final” (“la belleza fragante de una rosa”) se convirtió en “la belleza impasible de una rosa”.
            Ángel González era muy dubitativo. Nunca publicaba un libro sin dárselo a leer a algunos amigos, especialmente Emilio Alarcos. El último, Otoños y otras luces, no se decidía a darlo por concluido y a través de Josefina, ya había muerto Alarcos, me preguntó si me importaría leer el original. Recuerdo que, como un poeta joven de los que a veces se acercan a conocer mi opinión, se sentó frente a mí, en la cafetería del Rosal que yo entonces frecuentaba una tarde en que me acompañaba Silvia Ugidos. Dije las palabras de elogio esperables y esperadas, pero además –no sería yo si no lo hiciera– me animé a sugerirle algo: muchos poemas no tenían título y a mí me parecía que ganarían con él, incluso me había atrevido a proponer alguno en el texto que me había pasado. Todos me los encontré luego en volumen de Tusquets.
            La crítica oral y la escrita siempre han ido por caminos separados. En Jugar con fuego, una revista que no dependía de nada ni de nadie, jugué a decir lo que muchos pensaban pero nadie decía, o solo lo decían en voz baja y entre amigos. Y me pasé un poco, la verdad.
            “Libros y revistas recibidos” se titula la sección que cierra el número diez. Se trata de un largo diálogo en que un apócrifo Víctor Botas y Bernardo Delgado comentan publicaciones recientes. También se transcriben fragmentos de cartas particulares, pero solo cuando tratan de asuntos literarios. “A mí, Valente y Celaya –escribe Manuel Mantero– me parecen poetas segundones, buenos para rellenar una aspiración en un momento dado, pero solo eso: una aspiración. Han asesinado el valor en/cantatorio de la poesía, el valor órfico. Es música de lata de sardinas. Claro que esto es una opinión… En la posguerra no solo hubo eso de que habla Fernando Ortiz en la revista, Brines, Cántico y no sé quién más (Valente, ¿no?) para enlazar con el 27… ¿Enlazar? ¿Por qué? Con todos los respetos, es una regresión. El poema de Brines que abre el número, con su estilo, su tono…, pero sin cambiar. Se repite, y Paco Brines podía ser una especie de Cavafis en mejor, si lograra trascender lo sexual. Ha dado origen a una tropa de malos imitadores que empalagan con tanto elogio a los rubios donceles”.
            A continuación viene una algo desaforada réplica de Fernando Ortiz en la que define la poesía de uno de sus compañeros de generación como “un hermoso rebuzno sostenido sin desmayo”. Esas cartas, que no deberían haberse publicado, causaron un pequeño revuelo y me ocasionaron una fama de indiscreto que todavía persiste.
            En lugar de enmendarme, el siguiente número de la revista dio otra vuelta de tuerca. Colaboran, entre otros, Francisco Brines, Víctor Botas, Fernando Ortiz, Luis Antonio de Villena. Pero todos los textos son apócrifos. Uno de los poemas de Villena causó un cierto escándalo. Se titula “Recital en provincias” y algunos vieron en él no solo una sátira contra quienes le habían invitado recientemente a presidir un jurado literario en Asturias, sino también cierto menosprecio contra la región (recuerdo el indignado artículo de Evaristo Arce): “Quien quiera castigarme que me envíe / donde el sol esté ausente, donde el aire / perfumado no vibre con los cuerpos desnudos. / El cielo gris me pone gris el alma / y la melancolía de la lluvia / me hace soñar la muerte como un dulce reposo. / Yo no amo esta tierra que levantó montañas / contra la luz de Roma, esta tierra que nunca / supo de las delicias del árabe y del persa”.
            Carlos Bousoño me contó lo ocurrido un día en que Brines fue a visitar a Aleixandre. “No sabía que habías vuelto a escribir poemas, Paco. Me ha gustado mucho el segundo de los que publicas en esa revista de Avilés”. “¿Qué poemas? Yo  no he publicado nada”, respondió Brines sorprendido e indignado. Y con razón. Todavía, en algún erudito estudio, se le atribuyen esos textos.
            En el apócrifo poema de Víctor Botas se habla de aquella España –la España de la transición– como una “jaula de democráticos grillos y de sables impacientes”. Tan impacientes que estábamos con las pruebas de ese número, en la cafetería La Serrana, cuando un camarero se nos acercó y dijo: “Han asaltado el congreso, parece que hay un golpe de Estado”. Botas volvió de inmediato a Oviedo y se pasó la noche destruyendo cualquier rastro de un antiguo viaje a Moscú.
            Hay también en este último número un diario, firmado por Alfonso Sanz Echevarría, anticipo de los que vendrían después. Al releerlo ahora, un fragmento me sorprende especialmente: “¿Viajar? Solo a países que no existen. El mundo es más hondo que extenso. Yo podría pasarme tardes enteras contemplando una pared blanca y nunca terminaría de descubrir maravillas. Esta calle que recorro cada día a la misma hora –de casa a la Biblioteca, de la Biblioteca a casa– encierra ya toda la infinita variedad del Universo. ¿Viajar? Que viaje el que huye o el que no sabe ver”.
            Podría ser un fragmento del Libro del desasosiego y de hecho yo siempre he citado una de esas frases –“el mundo es más hondo que extenso”– como si fuera de Fernando Pessoa. Y quizá lo sea, aunque la escribiera yo.


domingo, 28 de junio de 2015

Nadie lo diría: Hotel Universo


Jueves, 18 de junio
PASEOS DE TINTA Y DE PAPEL

A la entrada de la librería Acqua alta, si no la más bella librería del mundo, como se anuncia, sí la más pintoresca, me entero por un cartel de la desaparición de Pirro, uno de los dos gatos que deambulaban por allí y a los que tantas fotografías he hecho. Y me acuerdo de Trisca, la gata que llegó a la tertulia casi recién nacida, que escuchó tantas discusiones y cuyas cenizas, como si fuera una princesa (y lo era) guarda una urna en el secreto parque Savorgnan.
            Hojeo algunos libros antes de seguir deambulando y en seguida me quedo enredado en páginas manchadas por la humedad: “Un amigo mío, cierta noche, con el gesto que se hace a los niños cuando se les lleva en busca de un juguete escondido, me invitó a acompañarle por algunas callejuelas desconocidas. Las estrellas habían aparecido después de un día de lluvia. Gatos enamorados maullaban sobre los puentes disputándose a la hembra que esperaba acurrucada en el vano de una puerta, La ciudad parecía abandonada, las barcas se mecían solitarias a lo largo de los canales. Tras callejuelas y puentes, llegamos a un ancho canal en el que se entreveían jardines y palacios abandonados. Nos detuvimos a escuchar un murmullo como de colmena: en algún lugar cercano ensayaba una orquesta. Más adelante, un estrecho pórtico con pilastras de ladrillo corroídas por la humedad y, tras él, una placita donde blanqueaban en la sombra las estatuas sobre el portal de la iglesia, Un puente de madera atravesaba el canal. Otra iglesia se alzaba por allí, altísima. La luna se reflejaba en el agua”.
            No sigo leyendo, quiero prolongar el misterio de aquel paseo, tan parecido a tantos otros como he hecho por esta ciudad; por la de agua, mármol y ladrillo y por la otra, no menos verdadera, de tinta y de papel. Compro el libro, de Giovanni Comisso, y y en el claustro de San Francesco della Vigna, tras admirar La Madonna y el niño con santos, de Bellini, continúo leyendo hasta que se hace casi de noche.
            Entre todos los secretos que Venecia guarda, hay uno que está reservado solo para mí. Algún día, en un jardín escondido tras un sottoportego oscuro, daré con él. Pero no tengo ninguna prisa y tampoco me importaría seguir buscándolo toda la vida sin encontrarlo nunca.


Viernes, 19 de junio
OLVIDO Y NADA

El habitual paseo por la rivera del Lido hasta el monasterio de San Nicolò. Allí se guardan las campanas que resonaron un día de 1571 para anunciar la batalla de Lepanto, “la más grande ocasión que vieron los siglos”, y una lápida recuerda el último hecho de armas de la Serenísima: a la entrada del puerto el capitán Alvise Viscovich respondió a las provocaciones de la armada francesa. Me gusta el lema de la inscripción: “Ti con nu, nu con ti”. Ante el antiguo cementerio hebraico, recuerdo que allí se agrupaban los curiosos para ver a Lord Byron descender de su barca cuando venía a cabalgar al Lido.
            A las doce en punto, según costumbre, compro el periódico, La Repubblica, y lo hojeo en la terraza de un pequeño café, frente a la laguna. Me entero de que Michele Obama está también por aquí y que se aloja en en el hotel Molino Stucky, la inmensa fábrica tanto tiempo abandonada cuya silueta, cuando se navega por la Giudecca, más parece una cárcel que otra cosa. Yo, de poder elegir, habría preferido el Excelsior, con su playa privada y su embarcadero en el inmenso jardín.
            Las calles arboladas del Lido huelen a verano antiguo y a felicidad. De vez cuando pasa algún ciclista y eso me hace recordar que el lujo mayor de Venecia no es la ausencia de coches, sino de bicicletas, esos ecológicos tábanos siempre al acecho del paseante ocioso.
            Por la tarde, un chaparrón repentino me lleva a refugiarme en Ca’Fosccanon, actual sede de correros, ocupada por uno de los eventos colaterales que extienden la Biennale por los rincones más imprevistos de la ciudad. Se escuchan poemas de todas las lenguas del mundo. Y allí de pronto, entre musicales galimatías de Corea o de Indonesia, de Azerbaijan o de Uzbekistan, unas palabras familiares: “Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido / con las lluvias de abril y el sol de mayo / algunas hojas verdes le han salido”. Y luego unos versos escritos solo para mí, un soneto de Borges de desengañado y barroco final: “Soy eco, olvido, nada”.


Sábado, 20 de junio
COMO EN TODAS PARTES

Paso la mañana en el Arsenale, convertido en un agotador, exasperante y deslumbrante parque de atracciones. Las inmensas naves, con sus paredes desconchadas, el entramado de las vigas y las claras ventanas, no son lo menos admirable. Cada rincón guarda una sorpresa. Me fascinan los juegos de espejos que multiplican mi imagen, las láminas de agua que reflejan techos y ventanales, y muy especialmente los tesoros escondidos. Vanessa Beecroft, genovesa que vive en Los Ángeles, oculta tras un especie de muro (solo se pueden ver por una rendija), rotas esculturas de mármol, bronce descabezadas, columnas rotas que recuerdan un prodigioso yacimiento arqueológico como los que aparecían en ilustraciones del siglo XIX. Sarah Sze esconde un jardín en una especie de depósito al que es imposible acceder y que solo es visible gracias un espejo colocado en lo alto. Ese jardín secreto, como la gruta de las esculturas, yo lo he recorrido muchas veces en sueños.
            A las seis, en Ca’Foscari, se inaugura "Art night Venezia", la noche blanca en que todos los museos permanecen abiertos y son gratuitos. Bastante antes se forma una larga cola que cubre el puente y obstaculiza el paso por la estrecha calle. Desde la puerta de la librería “Amor del libro”, contemplo aquella aglomeración en la que, cosa extraña, no predominan los turistas. Me imagino que a las seis habrá algún concierto o algún espectáculo digno de verse. Pero no, el rector y no sé qué autoridades dicen cuatro banalidades y los aburridos agradecimientos de costumbres. A continuación se desvela el secreto: toda aquella multitud se había reunido porque regalaban unas camisetas con el logo de esa noche especial, una luna que recuerda una góndola.
            Sí, también la banalidad habita en Venecia, como en todas partes, no siempre la traen los turistas.


Domingo, 21 de junio
REGALOS

Ayer el Arsenale y hoy los Giardini. Los dos no caben en el mismo día. El pabellón de España es al que uno llega más descansado (está junto a la entrada) y casi siempre el que más defrauda.
            Como me gusta llevar la contraria, y ponerme del lado del más débil, siempre visito entre los primeros el pabellón de Venezuela. “Te doy la palabra” se lee escrito en negro sobre una pared pintada de rojo: “La palabra ha definido el devenir histórico de la República Bolivariana de Venezuela. La arenga, el libro impreso, el discurso encendido, la toma de la calle, el mensaje irreverente, el grito emancipado, toda nuestra historia ha transitado sobre sus rieles, y la palabra en sí misma ha sido la razón y el combustible de los grandes cambios sociales que se han operado con la Revolución Bolivariana”.
            El pabellón del Uruguay parece vacío, pero si uno se acerca a las blancas paredes como si fuera miope, encuentra extrañas inscripciones, planos, enigmas. En el pabellón de Austria, por mucho que uno se acerque, no ve nada: la obra de arte es el interior vacío con el único adorno de una pared abierta al verdor de los jardines. En otra instalación, una especie de gran teatro en el que nunca hay más de dos o tres personas que se sientan para descansar un momento, dos actores leen El Capital.
            En la Biennale el arte a veces da la impresión que se ha ido con la música a otra parte. Pero yo, afortunadamente, no estoy aquí para juzgar. Soy más bien, ya lo he dicho, un niño en un parque de atracciones, y no tengo que subirme a todas, hay donde escoger. Por ejemplo, el pabellón japonés y su barca enredada en una telaraña de la que cuelgan llaves que no abren ninguna puerta. Qué ganas de subirse a ella y navegar hacia una de esas islas que no están en ninguna parte.
            Por la tarde, recién liberado del laberinto de los Giardini, visita al “atelier aperto” de Silvano Gosperini y Nicolà Sene, Silvano y Lilli para los amigos, los fundadores del Centro Internazionale della Grafica di Venezia y de la librería Amigos del Libro. Está en el palazzo Minelli, donde se alojó George Sand, tras la ruptura con Musset. Su apartamento se situaba casualmente junto al del doctor Pagello, el médico veneciano que trató a Musset cuando una inoportuna disentería convirtió lo que iba a ser una noche de amor en el Danieli en otra cosa. Desde las ventanas del taller, que dan al canal, nos llega el rumor de las aguas y el canto de los gondoleros. Lilli me cuenta que, hace algún tiempo, tuvieron una librería, cerca de la casa de Goldoni, en la que se vendía toda la literatura anarquista del mundo y que colaboraron con Ruedo Ibérico y con los antifascistas españoles.
            Termina el día en la Sale Apollinee de La Fenice. La soprano Carmela Remigio y el pianista Leone Magiera nos ofrecen un programa “interamente italiano con canzonette, romanze da salotto e liriche vocali da camara”. Los versos son de Metastasio, D’Annuzio y Carducci; la música de Rossini, Tosti, Martucci y Fano.
            El concierto lo organiza el Archivio Musicale Guido Alberto Fano, un compositor de que quien yo no había oído hablar antes. Dirige el Archivio su nieto, Vitale Fano, con quien ayer cené en casa Elías Benavides, muy cerca del campo dei Santi Apostoli.
            Este mes de junio es de celebraciones, que no todos los años cumple uno sesenta y cinco, y no hay día que no reciba algún regalo, pero a veces yo mismo debo reconocer que el azar se pasa un poco. Comenzar el domingo en la Biennale, recorrer una vez más el Gran Canal, perderse por callejuelas y descubrir un Tiziano perdido en una iglesia, visitar un taller de entrañables anarquistas lleno de homenajes a Aldo Manuzio, el mejor editor del mundo, y terminar en La Fenice no es algo a lo que esté acostumbrado. Aunque debo reconocer que a cosas así uno se acostumbra pronto.


Lunes, 22 de junio
ELOGIO DE NAPOLEÓN

Soy un poco provocador, la verdad. Junto a Elías Benavides, Fermín Santos y el gentil Romeo, presento en A Venezia en Amor del libro. Leo un breve texto en italiano, un poema y luego varios aforismos. Escojo precisamente aquellos que más pueden chocar a los venecianos que me escuchan. Sonríen educadamente, incluso aceptan mi elogio del turista. Yo sigo leyendo: “Venecia es obra de siglos, pero la pincelada final la puso Napoleón”. Y entonces, Antonio Simionae, cónsul de España, ya no puede aguantar más: “¡Napoleón fue un bárbaro! ¡Saqueó, destrozó Venecia!”
            Yo me froto las manos, ha llegado la hora de practicar mi deporte favorito: “No niego saqueos ni destrozos, pero la Piazza de San Marco, tal como la conocemos hoy es obra de Napoleón y la Via Garibaldi, tan veneciana, y los jardines públicos, y el Museo de la Accademia y el Ospitale en San Giovanni e Paolo; también el cementerio en San Michele. ¿Sigo? A él se debe el primer alumbrado público y el puerto de la isla de San Giorgio. Y eso que solo estuvo diez días en Venecia”.
            Sin un buen debate, no hay para mí día completo. Relajado y feliz vuelvo por la ya familiar Strada Nova hasta mi alojamiento veneciano, el Hotel Universo, que no es mal nombre para un hotel.


domingo, 21 de junio de 2015

Nadie lo diría: Vivir para contarlo


Sábado, 13 de junio
NADIE MÁS CORTEJADO NI MIMADO

Para cualquier escritor, pasearse por la Feria del Libro de Madrid supone un ejercicio de modestia. ¿Cuántas editoriales están representadas en estas casetas? ¿Trescientas, cuatrocientas?
            Me paso la vida leyendo y a muchas de ellas ni siquiera las había oído nombrar. Es posible que en España se lea poco, pero en compensación se edita mucho. La minoría lectora está bien atendida. Para cada momento del día, para cualquier curiosidad por rara que sea, para el cambiante capricho, tengo aquí la lectura adecuada. Aquí y en las maravillosas librerías de mi ciudad y en la gran librería que es actualmente el mundo, una librería de inagotable escaparate y punto de venta siempre abierto en cualquier ordenador.
            Es posible que hoy, salvo para unos pocos (todos ellos al servicio de los dos o tres grandes grupos editoriales con vocación de monopolio), escribir en España sea llorar, como en tiempos de Larra. Leer, en cambio, sigue un placer promocionado, subvencionado e impune. Nadie más cortejado ni mimado que los lectores, privilegiada especie a la que me honro en pertenecer desde que tenía más o menos tres años.


Domingo, 14 de junio
EL GENEROSO AZAR

Me levanto temprano, como es mi costumbre. A las doce he quedado con una amiga en la plaza de Chueca. Hasta esa hora no tengo nada que hacer. Paseo solo por calles frescas y soleadas. Nunca he vivido en esta ciudad y por eso no tiene para mí el óxido de la costumbre, siempre parece que la acabo de estrenar.
            Cada rincón me recuerda un pasaje de la historia de España o de historia de la literatura. Aquí mataron a Prim; un poco mas allí daba órdenes Azaña para acabar con la sublevación de Sanjurjo sin que le temblara la mano que sostenía un cigarrillo; en esa esquina donde ahora venden iPads Manuel Bueno dejó manco a Valle-Inclán. Y siempre que paso por la Puerta del Sol me viene a la memoria la famosa décima de Fray Luis: “Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado…”
            Entro en el mercado de San Antón, antes de llegar al lugar de mi cita. Recuerdo que la última vez que estuve en Madrid, cuando la comida en el Palacio Real, estuve en él con Andrés Trapiello. Ayer publiqué una reseña de su versión del Quijote, tan promocionada por todos los medios (el grupo Planeta sabe hacer las cosas) y sobre todo por el propio autor, que incluso a mí me convenció de las excelencias del libro. Lo llevaba en el teléfono y me fue mostrando diversos pasajes y ponderando los aciertos de su versión.
            Yo comencé a leerla con la mejor voluntad del mundo, pero a las pocas páginas, para decirlo con una expresión de otro tiempo, se me cayó el alma a los pies.
            Trapiello no solo pone en español contemporáneo los pasajes ininteligibles hoy en día, sino cualquier otro que no se ajusta, según él, al español actual. Dice que se pasó catorce años reescribiéndolo. Yo creo que cualquier aplicado becario, sin más ayuda que una buena edición (las de Francisco Rico, por ejemplo), podía haber hecho en unos pocos meses  una versión más respetuosa con Cervantes y con el lector. Estas cosas, por supuesto, las pienso, pero no las digo en la reseña, que intento que sea todo lo amable posible sin mentit a los lectores.
            Cuando paso por la Feria, le enseño el suplemento del diario a Abelardo Linares y él me dice que mis reparos resultan poco convincentes, que está más de acuerdo con Trapiello que conmigo. Eso me tranquiliza. “Además –añade–, a ti no te van a hacer ningún caso, harán más a Vargas Llosa y a El País que a ti y El Comercio”.
             En este mes de mi cumpleaños ando coleccionando regalos y ahora se me ocurre que el no ser un escritor de éxito, el no depender del mercado, es otro regalo más, contra lo que pudiera parecer. Y no es que a mí me moleste el éxito, para que nos vamos a engañar. Pero prefiero no tenerlo a la obligación de ser disciplinado, como ciertos buenos amigos míos, con lo que conviene elogiar y con lo que no.
            El azar sigue mostrándose generoso conmigo. El año pasado me regaló un rey y este más de trescientos alcaldes de un nuevo estilo, el que a mí me gusta. Entre ellos, Manuela Carmena. Y en el último momento, cuando no me lo esperaba, Oviedo se libra, gracias a la generosidad de Podemos, de la condena impuesta por el sectarismo de la Federación Socialista Asturiana.
            Un día feliz el pasado sábado. Hasta Nueva York, representada por su diarista favorito, Hilario Barrero, se acerca a felicitarme. Su llegada a mi hotel coincide con la de un grupo de ciclistas desnudos que protestan contra no sé qué. Hilario les hace fotos y luego me entrega una copia. “Solo en la antigua Grecia podríamos encontrarnos una estampa así, si exceptuamos el pequeño detalle de que Sócrates y sus discípulos no andaban en bicicleta”.


Lunes, 15 de junio
VENTAJAS DE SER INSIGNIFICANTE

Ya ha leído Trapiello mi reseña y no se la toma demasiado a mal. Es suficientemente listo como para saber que en la venta del libro, que es lo que importa, influyen más artículos como el de Fernando Aramburu hoy en El País, tan graciosamente inane, que cualquier razonado análisis de quien ha leído atentamente su versión. Es la ventaja de ser insignificante: uno puede hacer tranquilamente su trabajo, decir la verdad, y no molestar lo más mínimo a los amigos escritores. Cosa que, contra lo que pudiera pensarse, últimamente me preocupa bastante.


Martes, 16 de junio
DOS CHISTES Y UNA PARADOJA

¿La pasión política nos vuelve idiotas? Parece que sí, sobre todo si a la pasión política se añade el miedo a perder no sé qué ancestrales privilegios.
            Resumo la historia para los hipotéticos lectores del futuro, menos obnubilados que mis contemporáneos. Resulta que allá por 2011 un escritor treintañero, parece que en medio de un debate sobre la libertad de expresión, reprodujo unos chistes de dudoso gusto y ofensivos para las víctimas de holocausto y de otros crímenes.
            El sábado pasado ese joven se convierte en concejal del Ayuntamiento de Madrid y para desprestigiarle a él y a lo que representa salen a la luz esos viejos comentarios. Y lo que en 2011 pudieron leer unas docenas o unos cientos de personas ahora periódicos, radios y televisiones lo ponen al alcance de cientos de miles.
            El concejal novato se explica una y otra vez, pide perdón a todos los ofendidos posibles. Pero no hay piedad. La derecha y la izquierda (la derecha de siempre y la antigua izquierda) piden que corra la sangre. Que dimita de sus cargos, que se retire de la vida pública. Y a la vez que lo exigen ofenden reiteradamente a quienes dicen defender. ¿O es que el chiste del cenicero solo es ofensivo si lo copia en su twiter alguien que años después llegaría a ser concejal y no lo es si lo reitera en su periódico, por citar un ejemplo, Antonio Caño?
            Hoy mismo lo vuelve a repetir (páginas 16 y 17 de la edición impresa) en un artículo de Bruno García Gallo y en otro firmado directamente por El País. Este último, un breve suelto, lo recorto y lo fotocopio para mi antología de dislates periodísticos y tambièn para la de paradojas. Se titula "La policía indaga si los tuits de Zapata son delictivos" y comienza glosando ese titular: "La Policía Nacional está analizando los mensajes publicados por Guillermo Zapata, exconcejal de Cultura en el Gobierno municipal de Manuela Carmena, por si constituyeran delito, según informaron a Efe fuentes policiales". Y a continuación reproduce una vez más (ya lo habían hecho en la página anterior, como dije) los dos chistes ofensivos. ¿Y no se pone de inmediato la Policía Nacional a indagar si esos mensajes publicados por El País son delito? ¿O solo ofenden a las víctimas si quien los publica llega a ser concejal de un partido al que hay que desprestigiar por todos los medios, incluidos los legales?
            Españolito de dentro de unos años, así de irracional era el comportamiento de tus paisanos de 2015. A nadie le sorprendía que se intentara acabar con la carrera política de una persona por hacer hace años, cuando no era político, algo que quienes le acusan hacen hoy una y otra vez y con alevosía y publicidad: repetir un ofensivo mal chiste.


Miércoles, 17 de junio
AQUEL  AMANECER

Cortesía de mi amigo Lino, de Italia me llega, vía Amazon, Se Venezia muore. Venecia siempre se está muriendo, pero sospecho que es uno de esos enfermos que gozan de una mala salud de hierro. Salvatore Settis habla de muchas cosas más, y lo hace con erudición e inteligencia, pero insiste sobre todo en dos peligros: el descenso de la población y el exceso de turismo. Venecia parece irse quedando sin venecianos: los algo más de cien mil de 1971 se han reducido a la mitad. ¿Culpa del exceso de turismo? Los excesos siempre son malos, pero los turistas son tan necesarios a Venecia como el agua de sus canales: sin ellos hace tiempo que se habría venido abajo, no habría dinero suficiente para sostener en pie sus palacios y sus iglesias, apenas habría trabajo para nadie, todo el veneciano que pudiera se iría a vivir a terra ferma (y por cierto el municipio de Venecia no pierde población, solo que la mayoría ha dejado de vivir en el centro histórico, como en tantas otras ciudades).
            ¿Qué era Venecia cuando Lord Byron se fue a vivir a ella? ¿Qué era durante su lento declive a lo largo del siglo XVIII? Pues lo que son hoy ciertos países proclives al turismo sexual y a la mano de obra barata. Un inglés de hace doscientos años podía alquilar por muy poco el piano nobile de un palacio y tener tantos criados mal pagados y amantes como quisiera, todos ellos venecianos. ¿Esa es la época dorada que añoran quienes ahora abominan del turismo? Yo tengo la sospecha de que, dejada solo en mano de los venecianos, Venecia habría desaparecido hace tiempo. Es el amor y la fascinación del mundo, el denostado turismo, lo que la mantiene en pie.
            Cierro los ojos y vuelve a deslumbrarme un amanecer veneciano que no se termina nunca.

Me despertó la luz de la mañana,
súbita, inesperada, prodigiosa,
la luz exacta de aquel distante día
en que sonó un fíat lux y nació entera
cuando aún no había ojos que la vieran
y nada más que ver sino ella misma.
En la ventana abierta sonreía,
se bañaba en las aguas del canal,
acariciaba tu cuerpo desnudo,
todavía dormido junto a mí,
y en mis ojos había orgullo y pasmo,
los mismos con que Dios por vez primera
miró su obra y se admiró en ella.


domingo, 14 de junio de 2015

Nadie lo diría: En el poder y en la oposición



Domingo, 7 de junio
LECCIÓN DE MAGIA

Los tejados de La Habana vieja y el niño que en la destartalada terraza amaestra a las palomas. Desde los primeros planos, Conducta, la película de Ernesto Daranas, nos atrapa con la magia del cine de otro tiempo, ese que nos hace soñar y llorar y ver la realidad como no la habíamos visto nunca.
            Lo tiene todo Conducta para seducir: el héroe es un niño heroico y pícaro como Huckleberry Finn; hay una maestra ejemplar que choca con la burocracia; se nos muestra el pequeño mundo de un colegio y La Habana de hoy, desastrada y esperanzada; la crítica política se entremezcla con el melodrama, pero no es una película de buenos y malos… Y sin embargo la sala de cine, en la hora estelar del domingo, estaba medio vacía. Cierto que la película también la podemos descargar gratis en el ordenador, e incluso en el teléfono. ¿Pero es la misma película? No sé yo si la misma comida sabe igual servida en la mesa elegante de un buen restaurante que devorada con prisa y de cualquier manera en una esquina de la calle.
            Nada más salir del cine mando un mensaje a varios amigos aconsejándoles que no se la pierdan. Pero sé que es inútil. Se la perderán. O perderán la ocasión de verla en todo su esplendor: el cine de hoy tiene la mala costumbre de pasar una sola vez en la vida por la pantalla grande.
            Yo no creo que olvide fácilmente la historia de Chala, el niño condenado a la delincuencia, ni la de Carmela, su maestra, que se empeña en librarle de esa condena. Luego, antes de dormirme, leo a Leonardo Padura para seguir paseando por La Habana vieja.

            
Lunes, 8 de junio
LOS BUENOS DÍAS PERDIDOS

“¿Recuerdas aquel tiempo en que no existían los teléfonos móviles y los profesores universitarios teníamos tres meses de vacaciones?”, me pregunta un amigo con el que me cruzo mientras atravieso apresurado la ciudad para no llegar tarde al tribunal de Trabajos Fin de Grado del que formo parte.
            Lo recuerdo, lo recuerdo, pero me parece ya tan remoto “como el paso de Aníbal por los Alpes”, para decirlo citando una vez más a Borges.


Martes, 9 de junio
ENFADOS DE MAL PERDEDOR

Por un voto no pasa a la final el candidato que yo apoyaba en el premio Princesa de Asturias. Marcho del Reconquista agotado, como si la reunión, que empezó a las doce de la mañana, hubiera durado semanas enteras. También malhumorado, como si se tratara de un fracaso personal o si hubiera perdido mi equipo favorito.
            Antes de recuperar mis costumbres tomando un café en Vetusta, paso por la librería Ojanguren y me hago con La inmensa soledad, de Frédéric Pajak, un libro que estaba deseando leer porque sus protagonistas son Nietzsche y Pavese y la ciudad de Turín, en la que uno se volvió loco, el otro se suicidó y en la que Pajak, como yo, se sintió huérfano y solo.
            La infinita soledad: dibujos en tinta china de una ciudad que de pronto se convierte en cualquier ciudad, versos y fragmentos de desolada lucidez, vidas que se entrecruzan sin haberse cruzado nunca. Y de pronto, al atravesar el túnel de San Gotardo, Nietzsche que se pone a cantar, con extraña melodía, un poema dedicado a Venecia: “Apoyando mis brazos en el puente, / estaba solo en la noche oscura, / cuando vino hacia mí un cantar lejano: / gotas de oro caían / del cielo sobre el agua / y en la ebriedad de la noche / flotaban luces, músicas y góndolas…”
            Había decidido no ir a cenar con el resto del jurado, tal como estaba acordado. Prefería darles plantón y quedarme solo. Pero de pronto me di cuenta de lo ridículo de mi actitud. Pase que uno sea un mal perdedor y que tenga algo de niño malcriado, pero conviene disimularlo.
             En casa Gervasio no tarda en desaparecer mi mal humor. Xuan Bello nos contó, como solo él sabe hacerlo, mil y una anécdotas del local: “Aquí durante la Revolución del 34 se reunió el soviet de la Argañosa, de aquí partió con sus compañeros Aida la Fuente, que solo tenía quince años, para morir luchando en San Pedro de los Arcos”. Nos lo contó todo con precisos detalles, con los detalles exactos que a mí tanto me gustan. Se había documentado bien para un libro que, según nos dijo, le encargaron hace algún tiempor sobre la Revolución del 34, aunque finalmente no llegó a escribirlo. (Mientras Xuan habla, me entero, consultando en el teléfono la página web de la sidrería, que esta no se abrió hasta 1935, pero no digo nada para no estropear la magia del relato.)


Miércoles, 10 de junio
VETOS Y OTRAS TONTERÍAS

Me temo que los escritores somos todos iguales. Hojeo los diarios asturianos para ver la información sobre el premio Princesa de Asturias, que se acaba de conceder a Leonardo Padura (mi favorito una vez descartado Mayorga) y en uno de ellos, en el que yo colaboré durante muchos años y hasta hace poco, veo que han recortado cuidadosamente la foto del jurado para dejarme fuera. Se lo muestro divertido a Rosa Navarro Durán. “El que te tachen significa que no te ignoran”, dice ella y eso halaga mi vanidad.
            Espero no acabar como José María Álvarez que, en su reciente libro de conversaciones con Alfredo Rodríguez, presume de ser un poeta ninguneado por la España oficial porque, hace no sé cuántos años, en no sé qué periódico, hablaron de los nueve novísimos y se olvidaron de su nombre y otra, en el catálogo de una colección de poesía no mencionaron un libro suyo.   


Jueves, 11 de junio
UN MAL ABOGADO

“Te veo cada vez más institucional, amigo Martín”, me dice un amigo. “Es posible, muy institucional y nada gubernamental. En el poder y en la oposición tituló uno de sus libros Azaña. Yo nunca me he metido en política, como aconsejaba aquel general, pero siempre he simpatizado con unos o con otros, unas veces con los que estaban en el poder y otras con los que estaban en la oposición. Mis simpatías ahora las comparten el Jefe del Estado y los partidos emergentes. Sospecho que no soy demasiado original”. “O sea que te has vuelto monárquico”. “No exactamente”. “Ya, no eres monárquico, pero eres felipista, como otros antes eran juancarlistas. La cuestión es estar con el que manda”.
            Con el anterior rey no estuve nunca, ni cuando todos le elogiaban ni cuando se atrevieron a arrojarle la primera piedra. Pero comprendo a los que durante tanto tiempo se creyeron la historia del gran estadista. Nos mintieron, eso es todo. Y en esa mentira estuvieron implicados los políticos de la transición y los periodistas que predicaban la transparencia. Por eso a mí me gusta repetir que en la España que viene no tienen sitio los políticos que fueron algo durante el juancarlismo, todos cómplices por acción u omisión. Como carezco del don de la diplomacia y del sentido de la oportunidad, esto se lo dije también, en una de las comidas de los premios, a José Luis García Delgado, secretario del jurado. Él no estaba de acuerdo: “Durante el reinado de Juan Carlos hubo muchas cosas buenas, no se puede tirar todo a la basura, él mismo fue un gran Jefe del Estado, aunque finalmente no se mostrara ejemplar, pero la vida privada no tiene que ver con la pública”. “Bueno, eso habría habido que recordarlo cuando se lapidó a Jordi Pujol a propósito de una herencia andorrana…”
            Y seguí por ese camino irritando cada vez más a mi interlocutor. Lo que tenía que haber dicho es que, claro que hubo cosas salvables en aquel tiempo, empezando por la revista Cuadernos del Norte, en la que él tuvo casi tanto que ver como Juan Cueto, y por la Universidad Menéndez Pelayo, de la que fue rector en su mejor momento.
            Yo soy especialista en tirar piedras contra mi propio tejado. Se me ocurrió que este año, para visualizar que no solo los premios cambian de nombre, sino que también comienza una nueva etapa de la historia de España, deberían dar un giro, dejar de concederse a muy ilustres nombres extranjeros posibles premios Nobel. Mejor un escritor español, representante de un género que parecía cada vez más marginal y marginado, pero que ha recuperado sus bríos y que hoy está más vivo que nunca: el teatro. Y nadie mejor que Juan Mayorga para representarlo. Antes de las reuniones del jurado, hablé con unos y con otros y bastantes se mostraron conformes. Sabía de sobra que, durante las deliberaciones, si yo no lo defendía, podía ganar o no ganar, pero que si lo defendía seguro que no ganaba. Y no pude callar y dije lo que pensaba sobre la situación española, sobre el combate entre la vieja y la nueva política. Y lo que conseguí fue poner en guardia a algunos miembros del jurado y que, por un voto, Mayorga quedara descolgado de las votaciones decisivas. Alguno debió pensar que era el candidato de Ciudadanos o, peor aún, de Podemos. Con mi defensa conseguí exactamente lo contrario de lo que pretendía. Quizá podría haber sido un fiscal, pero como abogado defensor no tengo nada que hacer.


Viernes, 12 de junio
AÚN NO ME HE ACOSTUMBRADO

Uno nunca se cansa de ser admirado, pero qué pronto de admirar.
            No es cierto que yo sea de esas personas que siempre quieren tener razón. Nada me gusta más que rectificar, pero los demás se empeñan en no darme motivos para ello.
            Procuro no encariñarte demasiado con nadie, ni siquiera conmigo mismo: también acabaré abandonándome.
            Qué bien se vive en las ciudades donde uno no vive.
            Era tan desconfiado que cuando se enamoraban de él siempre pensaba que le confundían con otra persona.
            El perfecto vanidoso no necesita los elogios de nadie. Le basta con los suyos propios.
            No comprendo como hay gente que puede vivir sola. Yo llevo haciéndolo durante casi medio siglo y aún no me he acostumbrado.


domingo, 7 de junio de 2015

Nadie lo diría: Sombras y asombros


Lunes, 1 de junio
CUMPLIR AÑOS

Tengo la suerte de que cumplir años sea todavía para mí una fiesta. Una fiesta que no celebro un día, sino todo un mes, el más hermoso del año. Hay un libro de Pablo García Baena titulado Junio que lleva al frente una cita de Gabriel Miró: “Es la felicidad la que tiene su olor, olor de mes de junio”. Estoy de acuerdo.
            El año pasado los regalos comenzaron con la abdicación de un rey que se había convertido en símbolo de la España peor; esta año con el intento de limpieza general en los Ayuntamientos.
            No solo cumplo años yo este mes, sino también uno de mis más queridos amigos, Fernando Pessoa. Para recordármelo me llega hoy el libro Pessoa y España, de Antonio Sáez Delgado, erudito y minucioso, pero no tanto que no se le escape una de las escasas menciones críticas que se publicaron en España en vida del poeta. Aparece en el Almanaque literario 1935, Osorio de Oliveira se refiere a las nuevas publicaciones de la generación modernista portuguesa, agrupada en torno a la revista Presença, de Coimbra, y luego añade: “El maestro de aquella generación, Fernando Pessoa, ha reunido ahora, por vez primera, parte de sus versos en un libro titulado Mensagem. Este libro contiene solo los versos de inspiración nacionalista, versos admirables, pero que hacen pensar en la obra de sentido universal que pueden constituir, recogidos en volumen, los demás poemas de Fernando Pessoa”. ¿Cuántos lectores españoles se fijarían entonces en ese nombre?


Martes, 2 de junio
POR FIN

Presento Rosa rosae, la novela de Víctor Botas que tantos quebraderos le dio, con la sensación de que por fin se ha roto un maleficio. Fui leyéndola capítulo a capítulo mientras se escribía. “Este Cayo Dannatus, que al principio era tan buen chico, se me está convirtiendo en un hijo de puta”, me decía Botas. Para solucionarlo se le ocurrió la idea de que las memorias de aquel contemporáneo de Augusto y de Tiberio hubieran sido dictadas en dos momentos de su vida: cuando aún tenía esperanza de hacer carrera política y se esforzaba en presentarse como un romano ejemplar, y cuando, fracasado y desengañado, no debía disimular ante sí mismo ni ante nadie.
            La novela se comenzó en 1983, y se escribió casi toda ella ese año, pero no se terminó hasta 1985. ¿La razón? A finales de 1983, llegaron los protagonistas del poema “Cástor y Pólux” y desapareció la tranquilidad: “¿Habráse visto jeta semejante, / peor educación: venir así, sin previo / aviso, sin ni siquiera el clásico ¿podríamos  / pasar? Nada / de nada: cogen, / se te plantan en casa, en plena / noche (a pares / para mayor escarnio), y ya está: se acabó / la paz. / Berrean, mil veces / se te cagan, rompen / las porcelanas, te / adjudican un mote (valiente / urbanidad la de estos mamarrachos / repelentes, monstruos): papi, papón, papilla, / papitita, pataco. / Y tú / enfebrecido, muerto / de sueño, con dolores / de espalda, demacrado, / terminas /–¡oh eterno masoquista!-- / tan jodido / y feliz / como furcia de hotel en noche de congreso”.
            A mi lado en la librería Cervantes, está uno de esos inesperados intrusos que interrumpieron la tranquilidad del poeta. Otro Víctor Botas, artista gráfico, que ilustrará cada ejemplar de la novela de su padre que se adquiera con un dibujo original e inédito.
            Cuando los desvelos paternales de Víctor Botas le permitieron concluir Rosa rosae, era consciente de que había escrito una obra maestras y los contertulios de aquel Óliver de hace treinta años, los primeros en leerla, también. No quería que pasara sin pena ni gloria, como Mis turbaciones, la primera incursión en la narrativa, y gracias a Paulina Cervero, su mujer, con quien tanto quería y de quien tanto dependía, logró que la aceptara la mejor agente del momento, Carmen Balcells. Recuerdo bien lo contento que se sentía cuando nos dio la noticia. Ya se veía un nuevo autor de éxito, un García Márquez como poco.
            Pero aquella suerte fue la peor desdicha para la novela. Carmen Balcells se mostraba tan exigente que ningún editor se atrevía con aquella novela de un poeta. Al fin, tras varios intentos frustrados, aparecería en una nueva editorial zaragozana junto a una obra inédita de Cortázar. Pero los socios de aquella editorial (políticos y creo recordar que Ibercaja) entraron de inmediato en conflicto y sus activos quedaron inmovilizados por orden judicial.
            Si viviera Víctor Botas, dentro de unos meses, el 24 de agosto, cumpliría setenta años. Se sentiría feliz, pero no habría sido capaz de sentarse en la mesa durante la presentación: su timidez se lo impediría. Mientras dialogo con el público, me lo imagino escuchando escondido al fondo, disimulando con un libro en las manos. Por un momento, al terminar, siento el deseo de buscarle y preguntarle qué le ha parecido, como tantas otras veces en que yo hablaba de él o presentaba algún libro suyo y él se disimulaba entre el público. No le veo, quizá se ha marchado antes de terminar para evitar los saludos, pero le adivino contento y feliz. “¡Por fin se ha hecho justicia con mi novela! Ahora solo me queda esperar que esos ladrones del gobierno no se lleven todo lo que voy a ganar con sus impuestos”, diría o dice, ya no sé bien.


Miércoles, 3 de junio
CUESTIÓN DE ACENTO

Ayer presentaba la novela de un buen amigo, hoy el libro de poemas de Ángeles Carbajal, una mujer sabia que a la vez que escribe versos gusta de cuidar de su huerta y cultivar su jardín. Vive sola en un destartalado e inmenso caserón y tiene toda la tranquilidad y la paciencia que a mí me faltan (y que no echo de menos, para qué nos vamos a engañar). “Cámara de maravilles” titula uno de sus poemas. Maravillas simples y cotidianas en un mundo desaparecido para siempre: “Les tierres de maíz. / La vida secreta del regatu / ente sombres y helechos. / El mundu vistu dende lo alto / d’un remolque yerba…”   
            Escucho admirado, pero no puedo olvidar al crítico que soy, y el último verso no me suena bien: “nuna tarde eterna de primavera”. En el coloquio, leo yo el poema y la música del verso me lleva, sin darme cuenta, a un pequeño cambio: “nuna tarde de eterna primavera”. Siguen siendo once sílabas, pero solo ahora es un endecasílabo con los acentos en su sitio.
            “Suena mejor –me dice Ángeles–, pero no me vale. No dice lo que yo quería decir. La eterna era la tarde, no la primavera”. No estoy yo tan seguro: en poesía, lo que no está bien dicho nunca es lo que uno quiere decir, aunque lo parezca.


Jueves, 4 de junio
UNA CHARLA EN LOS PORCHES

Pasa Iñaki Uriarte por la mesa redonda de los Porches, mi rincón habitual de media mañana desde 1982 (aunque entonces no era redonda), y yo disfruto con su charla sosegada que tanto contrasta con mi vehemencia habitual.
            El éxito de sus diarios, que tanto fastidia a algún otro diarista, no se le ha subido a la cabeza. Me pregunta por la situación política. "España cambia de piel", le digo. No comparte mi optimismo. Es más de ver los mismos perros con distintos collares.
             "Así que ahora votas a Podemos...", "En las municipales los voté; en las generales ya veremos. No me gusta su comportamiento en Andalucía. Hay que dejar gobernar o formar una mayoría alternativa, no hacer como el perro del hortelano", "O sea que todavía puedes volver con los socialistas en las generales", "Si no cambian en un asunto para mí fundamental, no. Yo también tengo mis líneas rojas", "¿Y cuál es ese asunto, si puede saberse?", "Permitir que los catalanes digan si desean o no seguir formando parte del Estado español", "Pero eso es inconstitucional". "Sí, tan inconstitucional como juzgar al Jefe del Estado si delinque en su vida privada, cobrando, por ejemplo, comisiones ilegales o utilizando su influencia para hacer negocios", "Ni siquiera se le puede investigar", "Eso es lo que nos han hecho creer, ya veremos si se puede o no se puede con otra correlación de fuerzas en el Parlamento y sin tocar una coma del texto constitucional", "Pero la independencia de Cataluña sí está claro que no es posible, la soberanía reside en el conjunto del pueblo español", "Completamente de acuerdo. Pero una cosa es declarar la independencia y otra distinta una consulta sobre si desean o no la independencia. Esa consulta, para ser legal, solo necesita la autorización del gobierno. Lo que venga a continuación dependerá del resultado. Si una mayoría está a favor, los pasos siguientes irán encaminados a la reforma del texto constitucional (algo perfectamente constitucional), y si no está a favor, pues se acabó el problema por una larga temporada". "Tú lo ves muy fácil. Un proceso semejante desencadenaría pulsiones violentas. No todo el mundo es tan racional como tú", "Lo sé de sobra; también hay gente tan poco racional como Félix de Azúa", "Creo que representa mejor que tú el sentir común de los españolitos de a pie", "Yo tengo mejor opinión de mis paisanos. Y también mejor opinión de mis país, España, que esos patriotas que creen que formar parte del Estado español es una condena que debe hacerse cumplir por la fuerza, incluso contra la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, y no un honor". "Muy patriota te veo", "La verdad es que yo me considero un nacionalista español y precisamente por eso respeto a todos los nacionalismos como quiero que se respete el mío".


Viernes, 6 de junio
AZÚA, NISMAN Y LA PERDIZ

Mi amigo argentino Pablo Anadón, acérrimo adversario de los Kirchner no tiene ninguna duda de que la muerte del  fiscal Alberto Nisman fue un crimen de Estado. Cada día aparece una nueva noticia que se lo confirma: los policías habrían limpiado la sangre del arma utilizada “con papel higiénico”; según el informe preliminar de los peritos; tras la muerte del fiscal, se habría entrado hasta sesenta veces en su ordenador. O sea, que los presuntos asesinos eran tan torpes que dejaron la pistola llena de huellas (no utilizaban guantes) y tuvieron que sobornar a algunos policías para que las limpiaran; y luego, al parecer, se entretuvieron consultando en el ordenador del muerto las páginas de los diarios La Nación y Clarín y consultando el correo. A esos impacientes o aburridos asesinos solo les faltó entrar en Facebook.
            Me temo que a mi amigo Pablo Anadón, tan admirable poeta,  la pasión política le ha convertido en un Félix de Azúa.
            Me aterra pensar que yo pueda acabar de la misma manera. De momento, parece que no. Mi hipótesis inicial de que lo que parecía un suicidio era, en realidad, un suicidio sigue sin ser invalidada, por mucho que se intente, como en los atentados de Atocha, marear la perdiz.