Sábado,
28 de febrero
DIEZ MIL PESETAS
Dos horas con Amancio Prada y con algunos buenos
amigos, Rosalía y Bécquer, Machado y Lorca, en el Niemeyer. Prada canta y
cuenta y las dos cosas las hace igual de bien. Tenemos muchas primeras lecturas
en común (¡aquellos tomitos de la colección Austral!) y las principales se
quedaron con nosotros para siempre: “En el corazón tenía / la espina de una
pasión. / Logré arrancármela un día. / Ya no siento el corazón”.
Hoy
cuenta una anécdota, que seguramente ha contado muchas veces, pero que yo no le
había oído antes, y que me ha hecho sonreír. A los veinte años, le premiaron en
un concurso de cantautores que se celebraba en un pueblo de Valladolid; a los
veinte años premiaron mi primer libro en Burgos. Con las diez mil pesetas que
le dieron, compró Prada una guitarra; con las diez mil pesetas que obtuve yo,
compré una máquina de escribir.
De alguna manera, más de medio siglo después, él sigue tañendo las cuerdas de aquella guitarra y yo golpeando las teclas de aquella máquina de escribir. Uno con más éxito que otro, por supuesto, pero los dos, o eso creo, con la satisfacción de haber cumplido el encargo que en la adolescencia nos hicimos a nosotros mismos, o nos lo hizo alguien que no existe y que nos conocía bien.
Domingo,
1 de marzo
APOCALIPSIS NOW
Antes de dormirme, y contra mi costumbre, miro los
titulares de las noticias en el móvil. No, no dicen “¡Ha comenzado la Tercera
Guerra Mundial!”. Tampoco lo decían el 1 de septiembre de 1939.
Estados Unidos e Israel matan alevosamente, sin arriesgarse, un puñado de líderes y unos cientos de civiles (las niñas de una escuela entre ellos), y los países que forman el núcleo de la civilizada Europa, Francia, Alemania y Reino Unido, se declaran dispuestos a intervenir, pero no para defender a los agredidos, sino para ayudar a los agresores. Como si cuando Hitler invadió Polonia, Francia e Inglaterra hubieran declarado la guerra a Polonia.
Lunes,
2 de marzo
QUÉ TE VOY A DECIR
---Entretenido con tus querellas personales con el
príncipe de la ejemplaridad, ese tal Javier Gomá, que en tiempos de tu paisano
Clarín no se habría limitado a insultarte en las redes sociales, sino que te
habría mandado sus padrinos, no has dicho nada de esos papeles secretos del
23-F que al parecer han blanqueado la figura del rey presunto.
---Pues
la verdad es que poco tengo que decir. Me han divertido los temores de Feijoo y
su entorno, que al parecer temían que apareciera un escrito que dijera: “Yo,
Juan Carlos de Borbón, de profesión rey de España, con Documento Nacional de
Identidad número tal y tal, autorizo a don Alfonso Armada, de profesión
militar, con DNI número tal y tal, a que dé un golpe de Estado en mi nombre”.
Como no ha aparecido, exigen que el huido de Abu Davi regrese triunfalmente a
España y se instale en el palacio real. Eso me ha divertido, el esperpento
continúa. Pero me ha dado un poco de pena que una conversación privada, la de
la mujer de Tejero con su marido, haya servido de pitorreo en todos los
periódicos, no solo en los memes de las redes sociales. Del Presunto Emérito,
¿qué te voy a decir? Su relación con el golpe hace tiempo que está clara, no
hacen falta más papeles: lo inspiró, lo alentó, cuando se produjo esperó hasta
convencerse de que no tenía ninguna posibilidad de triunfar y entonces, solo
entonces, se puso en contra. Con razón, los que le tenían por jefe, los
golpistas, se sintieron traicionados y de ahí que aparezcan esas declaraciones
en contra del Borbón, pero están hechas meses después, no antes. Juan Carlos de
Borbón, presunto defensor de la Constitución, la incumplió al arremeter contra
Suárez delante de todo el mundo, incluidos los militares. Pero, en fin, de ese
presunto señor, ¿qué te voy a decir que no se haya dicho ya? Quizás algo que se
ha dicho menos de lo que debiera: que de todos sus presuntos, o no tan
presuntos, delitos son colaboradores
necesarios los sucesivos presidentes de gobierno o los ministros del rey, que
son los responsables de los actos del jefe del Estado, según la Constitución.
Pedro Sánchez se salva porque le nombró otro jefe del Estado, Felipe VI, este
sí ejemplar.
---Eres
un adulador, Martín, como aquellos que decían que no eran monárquicos, pero era
juancarlistas.
---Es
posible, pero si se descubriera que es como su padre, cosa bastante improbable,
no te preocupes que yo no sería el último en tirarle la primera piedra.
Miércoles,
4 de marzo
UNA ESPAÑA LIBRE
Me acaba de llegar una información reservada, que yo
hasta hace bien poco consideraría completamente inverosímil, pero ya no estaría
tan seguro. Solo en los dos meses que llevamos del nuevo año, los límites de lo
verosímil se han aumentado considerablemente.
Al
parecer, la irritación de Donald Trump porque un líder insignificante, Pedro
Sánchez, y un pequeño país que ni siquiera sabe muy bien hacia dónde queda, ¿al
norte o al sur de Venezuela?, se haya atrevido a plantarle cara mientras la
poderosa Alemania se arrodilla ante él y toca la frente con el suelo, al
parecer, digo, esa irritación no se ha limitado a las amenazas de un boicot a
las empresas españolas, sino que también piensa en una acción relámpago a lo
Maduro, su mayor éxito mundial: un comando aterriza en la Moncloa y se lleva al
presidente y a su odiada esposa y procesa a ambos en Estados Unidos por delitos
de narcotráfico, trata de menores y lo que se tercie. En su lugar coloca, no a
la vicepresidenta primera, todavía más corrupta y antinorteamericana que el
presidente, sino a Felipe González. Pero la operación no acabaría ahí:
simultáneamente, otro comando se lleva al rey y en su lugar coloca al héroe del
23F, que lleva años arrepentido de la abdicación. Todo en pocas horas y sin más
daños colaterales que la muerte de doscientas o trescientas personas, entre
policías nacionales, guardia real y empleados de Moncloa y Zarzuela y algún
grupo de escolares que pasaba por allí.
No
me parece a mí que esos planes, de haberlos pensado alguna vez Trump o
habérselos sugerido alguno de sus amigos españoles (“¡Sánchez es el más
siniestro dictador que haya tenido nunca ningún país! ¡Hasta Stalin o Castro,
comparados con él, eran unos benditos!”), se lleven nunca a cabo, pero de ser
así, de lo que estoy absolutamente seguro en que buena parte de la derecha
española, la más patriótica, la más rojigualda, los aplaudiría entusiasmada.
Feijoo no, Feijoo disimularía y declararía en X que el buen fin no justifica
cualquier medio, que habría que haber respetado más el derecho internacional y
que espera que pronto, como él lleva pidiendo desde hace años, se celebren
elecciones libres en una España que, por fin, gracias a la ayuda de Trump,
comienza a respirar tranquila.
Jueves,
5 de marzo
NO ESCARMIENTO
Llevo comentado un libro cada semana exactamente
desde 1988, primero en un suplemento literario y luego en otro. A cincuenta
libros por año, suman bastantes. Y no son los únicos libros que he comentado. No
escribo precisamente para hacer amigos. Ni a autores ni a editores suelen
gustarle mis reseñas, que muchas veces son las primeras y a veces las únicas
que parecen haber leído la obra de la que tratan.
“¿Y
por qué no hablas solo del libro que te gusta?”, me aconsejan con frecuencia
amigos bienintencionados. Te iría mejor. Con los malos libros, no merece la
pena perder el tiempo”.
Pero
yo no escarmiento. Compré ayer la última publicación de Andrés Amorós, a quien
conozco y admiro (o admiré, recuerdo que Martínez Cachero nos lo presentó como
una joven promesa de la filología española), la hojeé en Los Porches y
enseguida me di cuenta de que, si el título es un sugestivo verso de Antonio
Machado, Se canta lo que se pierde, el subtítulo, “Los cincuenta mejores
poemas españoles”, es una engañifa: no son cincuenta, sino bastantes más
(cincuenta son los capítulos, a los que se añade un colofón), no todos son
poemas (se incluye un nimio fragmento de La venganza de don Mendo), no
son los mejores (si siquiera Amorós puede considerar que la “Oda a Platko” de
Alberti es su mejor poema), no todos son españoles, aunque todos estén escritos
en español, y varios de ellos ni siquiera se reproducen completos: ni las
“Coplas a la muerte de su padre” ni el poema de Pemán (sí, está Pemán en una
antología en la que faltan Jorge Guillén o Blas de Otero), por citar dos
ejemplos. ¿Por razones de espacio? Bueno, las páginas son 565 páginas y además
tampoco se incluye completo “El viaje definitivo”, de Juan Ramón Jiménez, que
solo tiene, si no recuerdo mal, quince versos.
¿Cómo
no voy a comentar un libro así, que además es muy ameno y está bien
promocionado, para que los lectores sepan a qué atenerse?





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