sábado, 14 de marzo de 2026

La rueda de la fortuna: A debida distancia

 

Domingo, 8 de marzo
LIBERAR A BOMBAZOS
 

A la salida del cine, me encuentro con un amigo que me pregunta si me ha gustado la película que acabo de ver, El mago del Kremlin.

            ---Me ha interesado. Sobre todo, la parte primera, cuando habla del caos a la vez constructivo y creativo en que se convirtió la Rusia de Boris Yelsin. Luego no es más que un panfleto contra Putin.

            ---No sé de dónde te viene esa simpatía por los tiranos, Martín. Vosotros, los rojillos, criticáis la invasión de Ucrania para disimular, pero lo que os jode es que Trump luche por la libertad de Irán.

            ---Y Netanyahu por la de Gaza, por supuesto. Esa manera de liberar a los países de regímenes no democráticos me jode bastante. Es como si para librarnos de Franco, allá por los sesenta, los norteamericanos hubieran bombardeado Madrid, con alguna que otra bomba que se equivoca y, en lugar de en un cuartel, lleno de soldaditos haciendo la mili, impacta en una escuela. O secuestrara al caudillo y en su lugar pusiera a Carrero Blanco, como ha hecho en Venezuela. Pero prefiero eso, el secuestro, al asesinato de toda la familia, como en Irán: Franco, su mujer, su hija, algún nieto, todos destrozados de un bombazo, entre el aplauso de los líderes democráticos.

Lunes, 9 de marzo
EN ELLO ESTOY

Una larga entrevista promocional con Almodóvar, como es habitual cuando estrena una nueva película. La verdad es que, como a la mayor parte de los espectadores, su cine me ha ido interesando cada vez menos, pero no he dejado de sentir curiosidad por el personaje.

Nacimos el mismo año y eso hace que todos los acontecimientos importantes de la historia de España y del mundo nos pillen a la misma edad. Por lo demás, no nos parecemos en nada: él ha triunfado en su oficio y yo, en el mío, ni siquiera lo he intentado.

Pero no estoy del todo seguro de que su vida haya sido más afortunada que la mía. Me gusta repetir unos versos de Francisco Brines: “A debida distancia, / cualquier vida es de pena”. Cierto, aunque también puede encerrar múltiples ocasiones de felicidad.

 “Al dedicarme tanto a esto del cine –afirma--, he descuidado otras partes de mi vida. Ya no sé si son recuperables”.

            Al dedicarme tanto a esto de la literatura, ¿he descuidado yo otras partes de mi vida? Es posible, pero en mi caso las que de verdad me interesan son recuperables. Y en ello estoy. 

Miércoles, 11 de marzo
POETA INCONTINENTE

¿Llega un momento en que un escritor pierde su capacidad autocrítica y publica o le publican cualquier tontería salida de su pluma? Siempre cito el caso de Jorge Guillén, que cuando yo comencé a publicar, en los años setenta, encabezaba todas las revistas de poesía con un poema inédito y manuscrito. “Viejo poeta incontinente”, como en el epigrama de Ángel González

Ahora son otros poetas los que hacen lo mismo, y no solo poetas. Y algunos incluso más jóvenes que yo, como Luis Alberto de Cuenca, que tiene cinco meses menos que yo.

¿Me estará ocurriendo a mí algo semejante, ahora que escribo casi un poema al día, como Unamuno? ¿No habrá un buen amigo que me advierta de ello? Claro que, aunque lo hubiera, me temo que yo no le haría ningún caso. Tampoco se lo hizo Unamuno.

Jueves, 12 de marzo
UNA DEDICATORIA

Hace unos días entré en la librería de viejo que tengo al lado de casa y me dio por hojear, como quien saluda a un viejo conocido, La poesía de Ángel González, que yo mismo me ocupé de reeditar hace exactamente treinta años.

Una inesperada sorpresa, un regalo que me alegró el día, ver que estaba dedicado por los dos, el poeta y el crítico, Emilio Alarcos, y que además tenía una indicación a lápiz: “mayo-junio 96 / Regalo de Lola”. Esa Lola no podía ser otra que Lola Lucio, la fundadora de Tribuna Ciudadana junto con Juan Benito, buenos amigos míos ambos, y el Ricardo a quien dedicaban el libro no podía ser otro que Ricardo Labra, que tanto había hecho por la difusión de la poesía de Ángel González desde los tiempos de la revista Luna de abajo.

Así lo conté en Facebook y de inmediato respondió Labra: “Lola Lucio nunca me hizo llegar ese libro. Es absurdo pensar que yo pueda desprenderme de un libro dedicado por Ángel y Emilio. Detrás de un libro también puede esconderse una historia de pequeñas miserias y traiciones”.

No entendí bien esas palabras y de ahí mi respuesta: “Yo pensaba que el libro podía haberse traspapelado entre los que te sobraban en casa. ¿Quién sería ese otro Ricardo, al que Lola (que no puede ser otra que Lola Lucio) le regala un libro con la firma de Ángel González y Emilio Alarcos? Cada dedicatoria lleva consigo su novela”.

Pero lo que Labra quería decir es que ese Ricardo era él: “Yo creo que tendrías que hacérmelo llegar para que el libro complete su largo viaje por manos espurias hasta su auténtico destinatario”.

Entendí entonces lo de la “historia de pequeñas miserias y traiciones”: el poeta y el crítico le dedicaron un ejemplar a Ricardo Labra y se lo dejaron a Lola Lucio para que se lo entregara, pero esta se enfadó por entonces con él, a propósito de no sé qué homenaje a Ángel González y su generación que financiaba el ayuntamiento de Oviedo, y decidió regalárselo a otra persona y de ahí la anotación a lápiz.

Por supuesto, le dije a Labra que estaría encantado de entregarle ese ejemplar, suyo en realidad, y quedamos mañana viernes en la tertulia. Hace algún tiempo había reseñado su tesis doctoral, precisamente sobre Ángel González, y a él no le sentaron nada bien mis reparos. Intercambiamos varias réplicas y contrarréplicas y la consecuencia fue que, la siguiente vez que nos vimos, cuando fui a saludarle él volvió la cara hacia otro lado. Dejó de ser amigo mío, pero yo no dejé de apreciarle. Me alegra que un libro que ha tardado treinta años en llegar a sus manos sirva de pretexto para la reconciliación. Ángel González sonreiría gustoso.

La historia sin embargo no termina aquí. Esta mañana encuentro un comentario de Susana Rivera:  “Ese Ricardo es otro. Era muy amigo de Lola desde su juventud. Se pasaba de vez en cuando por la cafetería Santa Fe, donde íbamos casi todos los días cuando estábamos en Oviedo, antes de comer, Ángel y yo, a tomarnos un aperitivo con Lola y Juan, Mediavilla, Menchines, Pimpe y Elena, Faustino y Luisa, Chus Quirós y Rosa, Tony, el de la joyería de al lado, y otros que no recuerdo ahora. A ese Ricardo le prestaba acompañarnos a La Paloma a tomar vermú y degustar gambas a la gabardina. Lamento no saber su apellido. Como ya murió, se habrán deshecho de sus pertenencias”.

Viernes, 13 de marzo
SIGUE LA NOVELA

Ricardo Labra agradece la explicación de Susana Rivera sobre la dedicatoria que creía que le estaba destinada y decide no pasar a recoger el libro que a mí gustaría llegara a sus manos. Pero hoy aparece un comentario de María Jesús Flórez: “Bien pudiera tratarse de Ricardo, el hermano de Lola. Si ese fuera el caso, aún no habiendo querido desprenderse de él, llegados a cierta edad, quién sabe lo que va siendo de nuestras cosas”.

Y de inmediato responde Susana: “¡Claro, yo confundí un amigo de la juventud con su hermano! Vaya lapsus de memoria el mío. ¿Tienes alguna idea de cómo pudiera ponerme en contacto con alguien cercano a él? Pregunto porque Lola tenía algunas cosas nuestras que me gustaría recuperar para cuando deposite el legado de Ángel González. Entre ellas, un cuadro que vi hace poco en El Comercio a propósito de la muerte de Gregorio Morán (me lo regaló a mí alguien relacionado con la universidad), y una pequeña escultura de un acebo, creo que es un premio, pero no me acuerdo. ¿Tienes alguna idea de lo que podría ser? Podría haber más cosas, tengo que hacer memoria. Siempre decíamos Ángel y yo que nos llevaríamos todo a Madrid cuando hiciéramos un viaje en coche, pero ese día nunca llegó hasta que volví con sus cenizas en el coche de mi amigo Javier Rioyo”.

            Parece que en el entorno de Lola Lucio había más de un Ricardo. Susana no sabe a quién iba destinado el libro y su memoria, en cualquier caso, resulta poco fiable. ¡Y eso de ocurrírsele ahora, cuando ya se habrá repartido su herencia, recuperar las cosas que Ángel González había dejado en su casa de la calle Independencia!

La hipótesis primera, la de una dedicatoria a Ricardo Labra, me vuelve a parecer la más verosímil. Y la de la mezquina venganza, la más novelesca. Y que yo haga llegar ese volumen treinta años después a quien bien se lo merece, el mejor final para esta historia que comenzó en una librería de viejo.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario