sábado, 17 de enero de 2026

la rueda de la fortuna: Los renglones torcidos

 

Sábado, 10 de enero
MENUDO PROFETA

Recuerdo que cuando las últimas elecciones norteamericanas (fueron hace poco más de un año y parece que fueron hace una eternidad) escribí que el candidato republicano podría ser un desastre en política interior, pero que en política exterior –acabar con la guerra en Ucrania, con las matanzas de Gaza-- tenía mejores ideas que quienes con Biden habían demostrado su inanidad. Acerté en lo primero, pero menudo patinazo en lo segundo. Está visto que no estoy yo muy dotado para el género de la profecía.

Domingo, 11 de enero
SALDANDO CUENTAS

Ando estoy días un poco obsesionado con arreglar viejos entuertos. Nunca he sido un amigo demasiado cómodo. Pertenezco a la estirpe, no demasiado abundante, de los que son más amigos de la verdad que de Platón. He participado poco en la sociedad literaria, más bien he estado siempre al margen, pero sí he comentado libros durante bastante tiempo y eso parece que me ha hecho dejar más cadáveres por el camino de los que me gustaría. Y también he publicado no sé cuántos tomos de un diario personal en el que no siempre se consideran bien retratados los personajes y personajillos que aparecen.

            Hace casi treinta años un poeta al que admiro y al que entonces consideraba amigo, soltero recalcitrante, autor en prosa y verso de divertidas diatribas contra el matrimonio, me anunció que se acababa de casar. Yo, no ya sorprendido sino más bien estupefacto, lo conté en mi diario. Llevó muy a mal esa revelación de un secreto que yo creía que no era tal. Desde entonces, dejó de tener cualquier contacto conmigo y se ha referido a mí, en varios de sus escritos, no ya como un malvado, sino como la reencarnación misma del mal.

 Acaba de publicar un nuevo libro, un buen libro, y yo lo he reseñado como he hecho con todos los suyos, un poco con la esperanza de cerrar heridas. También le he enviado mi último libro de poemas (él, por supuesto, no me había enviado el suyo). Pero, como de costumbre, da la callada por respuesta. En fin, qué se le va a hacer. Fue un buen compañero en las guerras o guerrillas literarias de los años ochenta.

Pocas son las amistades que resisten el paso del tiempo, sobre todo en gente tan vanidosa como los poetas para los que cualquier mínimo reparo es una herida que no acaba de cicatrizar nunca. Somos hemofílicos de la vanidad, como a mí me gusta repetir.

Otro camarada de entonces, Andrés Trapiello, no ha tenido inconveniente en estrechar la mano que le alargué, tras sucesivos encontronazos, aunque milite ahora en trincheras tan opuestas a las mías. “Lo que la literatura ha unido que no lo separe la política”, le dije. Y él está de acuerdo.

            A Mister Equis, en cambio (callo su nombre, que no quiero darle motivo de enfado para otros treinta años; tampoco el secreto que revelé fue exactamente como acabo de contar: no quiero volver a incurrir en el error), aunque católico, apostólico y romano, no le resulta fácil perdonar las ofensas, ni siquiera las involuntarias y quizá imaginarias.

Lunes, 12 de enero
EL BURRO FLAUTISTA

Un amigo editor me propone preparar esa antología de la que tanto he hablado, aunque la idea ya se les ocurrió a otros antes que a mí. Se titularía El burro flautista y reuniría los buenos poemas de malos poetas que aciertan a veces por casualidad.

            ---Tendría que ser una antología de haikus. Los malos poetas no escriben buenos poemas ni por casualidad. Todo lo más, algún verso suelto. Y es que un poema lo escribe el autor, pero un buen haiku puede escribirlo el azar. Lo mismo pasa con los aforismos, ese género que hoy parece al alcance de cualquiera. De pronto, en una sarta de ocurrencias sin interés, puede saltar la liebre de un chiste feliz: “Para que uno ronque, hacen falta dos”.

Miércoles, 14 de enero
NO TENGO ENMIENDA

Resulta que esta tarde, mientras estoy de acompañante en la piscina, me entra un SMS que no es publicidad, sino un mensaje personal (creí que ya nadie los enviaba por ese medio) que me alegra el día. Es de Mister Equis, que me felicita el año “a pesar de todo” y que ha leído mi reseña y no le ha parecido mal y pelillos a la mar. Dice que siempre me ha estado agradecido por lo que he escrito sobre su obra, “por mala persona que me crea”. Y concluye: “Y ahora, por favor, no digas que he dicho aquí algo que no he dicho para poder criticarme, que te conozco”.

            Espero que no se enfade una vez más. Solo digo algo que ha dicho y lo digo con todas las precauciones para que nadie pueda reconocerle. Le respondí manifestándole mi alegría porque haya aceptado mis disculpas y él responde: “Veo que con la edad te vas humanizando. Más vale tarde que nunca. A ver si no recaes en la maldad”.

            Me temo que, si me lee (espero que no), pensará que he recaído y que no tengo enmienda.

Jueves, 15 de enero
CASI MEDIO SIGLO

Hoy emiten en la televisión pública, tras las noticias de Asturias, un breve reportaje sobre la tertulia Óliver, que ya ha cumplido cuarenta y cinco años. Un tiempo breve para la humanidad, pero largo para la vida de un hombre.

Más de la mitad de mi vida, bastante más, acudiendo todos los viernes, a las siete de la tarde, a una cafetería para hablar de libros y de cualquier cosa. No me puedo quejar ni andar por ahí presumiendo de solitario.

Con las imágenes de una tertulia grabada hace pocos días, alternan otras de hace veinte y treinta años. Qué jóvenes éramos entonces. Afortunadamente, algunos contertulios lo siguen siendo. De los habituales en los ochenta, ahí siguen Pelayo Fueyo y Javier Almuzara. Y también otros dispersos por el ancho mundo que se asoman los miércoles a la tertulia virtual, algo impensable cuando empezamos.

Me han emocionado los breves pasajes de un encuentro de 1994, el último al que asistió Víctor Botas, que mira a la cámara y se despide con una sonrisa cómplice. Xuan Bello no se despidió en una tertulia, pero casi. Como el día antes era lunes, no pudo pasar por ella, pero acudió a su versión diaria en la mesa redonda de Los Porches. Me lo imagino ahora discutiendo con Botas sobre lo que está pasando. Botas, tan admirador de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan, estará entusiasmado con el nuevo vaquero que empuña el colt e impone su voluntad al mundo.

Ha durado ya cuarenta y cinco años la tertulia. A mí me gustaría que fuera infinita, pero como no hay que ser demasiado ambicioso me conformaría con que durara al menos otros cuarenta y cinco. Y yo hablando en ella más que nadie, como de costumbre.

Viernes, 16 de enero
EN LA TERTULIA

Hay tragedias que parecen condenadas a ser siempre tragedias, como la del pueblo palestino, y otras que pueden acabar convertidas en sainete, como la de Venezuela. ¡El partido que le sacaría Valle-Inclán al encuentro, en un rincón de la Casa Blanca, entre Corina Machado y el actual inquilino! Él se detiene un momento entre explosiva declaración y explosiva declaración, ella se arrodilla y alza hacia él la medalla del Nobel de la Paz: “Presidente, os ruego aceptéis este modesto obsequio que no puede estar en mejores manos que las suyas y tenga en cuenta mi ofrecimiento para ser virreina de Venezuela y hacer que se cumpla allí el más pequeño de vuestros deseos, que son órdenes para mí”.

            ---No caricaturices a esa buena señora, Martín. Que por lo menos no es una narcotraficante ni una torturadora, como los que tú defiendes.

            ---Como los que defiende Trump, querrás decir. Si el gobierno chavista era una estructura mafiosa, como él afirmaba, lo único que ha hecho ha sido secuestrar al jefe de la banda, poner al segundo en su lugar y quedarse con el mando de la organización.

            ---Lo que no me podrás negar es que a partir de ahora Venezuela va a mejorar.

            ---Solo con que se eliminen las sanciones y le dejen explotar sus riquezas naturales, desaparecerá la mayor parte de los problemas. Si yo te estoy estrangulando y de pronto quito las manos del cuello, seguro que mejoras. A cambio, en lugar de hacer trabajosos negocios con Rusia o China, los hará con Estados Unidos. Las dos partes saldrán ganando, aunque una más que otra, claro. Pero esa son las reglas del capitalismo.

            ---O sea, que tú crees que ha sido bueno el secuestro de Maduro.

            ---Para la supervivencia del chavismo, seguro. Y esperemos que también para la mejora de la vida de los venezolanos. Son los renglones torcidos de Trump.


sábado, 10 de enero de 2026

La rueda de la fortuna: No hablo de Venezuela

 

Sábado, 3 de enero
EL REGALO DE SARA
 

Entre los regalos de primero de año, el que más me ha emocionado ha sido una carta que me manda desde el más allá una querida amiga, Sara Suárez Solís, a la que tenía un tanto olvidada. El año pasado fue su centenario, había nacido en 1925, como Ángel González, y no parece que nadie lo tuviera en cuenta. Ni siquiera yo le dediqué un recuerdo.

A la tertulia de ayer, me trajeron un artículo suyo, publicado en 1990, que yo tenía completamente olvidado. Formalmente es una reseña del libro Días de 1989, pero comienza hablando de mí: “José Luis García Martín, alumno mío en los lejanos tiempos en que daba clase de Literatura en el instituto Carreño Miranda de Avilés, y ahora compañero en la Escuela Normal de Oviedo, es persona que me inspira orgullo y admiración mezclados con una melancólica ternura. Lo dejé adolescente por los años sesenta, y me lo encontré de compañero barbado, aunque luego se afeitó, en el curso 80-81. Desde entonces, en estos casi diez años, hemos conversado mucho, hemos compartido problemas y bromas, lo he mareado con mi cháchara, me he divertido con su ingenio, hemos discutido por los más variados temas (sobre todo, por sus tajantes juicios literarios y su aguda misoginia), y lo he dejado por imposible en más de una ocasión ante su inaguantable displicencia y su pertinaz espíritu de contradicción. Pero es lo mismo, siento por este pequeño erizo una profunda amistad y una entrañable simpatía”.

            Leía y volvía a escuchar la voz de Sara, mi admirada profesora de literatura (el único profesor de literatura que he admirado de verdad), y tuve que hacer un esfuerzo para que no se dieran cuenta en la tertulia de que estaba a punto de llorar.

En las últimas líneas de ese párrafo encuentro un elogio que me conmueve especialmente porque es el que más habría querido merecer. Dice que el aprecio que me tiene se basa, sobre todo, en su adhesión incondicional “a una cualidad que José Luis posee en grado sumo: su rectitud, su insobornable sentido de la justicia, que quizás le impedirá prosperar como se merece por su competencia y talento”.

            ¿Y cómo no recordaba yo estas palabras, que están entre las más cariñosas y hermosas que nadie me haya dedicado? Hago memoria y creo encontrar la razón. Están en la reseña de un libro mío y seguramente me parecieron fuera de lugar, demasiado personales. Incluso es posible que entonces me avergonzaran un poco. Tenía yo cuarenta años, ahora tengo los mismos que tenía Sara cuando murió en el 2000 y que a mí me parecían ya plena ancianidad.

            Muchas veces he contado que cierto día nos hizo en clase un dictado y a mí aquellas palabras, no nos dijo su autor, me parecieron tan hermosas que desde entonces –tenía yo catorce años-- las conservo en la memoria. “¿Cuánto podrá durar para nosotros / el disfrute del oro, la posesión del jade? / Cien años cuanto más, ese es el término / de la esperanza máxima. / Vivir y morir luego, / he aquí la sola / seguridad del hombre”. Tardé en saber que el autor era Li Po en la traducción de Marcela de Juan.

            Ahora, mi profesora en los mágicos días del Carreño Miranda, mi compañera después en la Escuela de Magisterio, me hace otro regalo. Si no he prosperado, si no he llegado muy algo en la cucaña de las letras, no es por falta de competencia y talento, sino por mi “insobornable sentido de la justicia”. No es que me lo crea, pero me gustar oírselo decir. 

Domingo, 4 de enero
COSAS QUE NUNCA CAMBIAN

Abro al azar un libro de Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas, y lo primero que me encuentro es con esta frase: “Sería ridículo pensar que con los bombardeos de la Franja de Gaza los judíos quieren vengarse de Hamás”. Y continúa: “Los judíos no se vengan de Hamás, siguen vengándose del Holocausto, pues solo ellos son las legítimas víctimas, únicas y universales y por lo tanto eternas”.

            Miro la fecha de edición del libro: 2015. Se habla de la perecedera actualidad, pero hay temas que parece que siempre han estado ahí y que nunca van a dejar de estarlo, se hable o no de ellos, como la furia sanguinaria de Israel contra los palestinos. Qué sensación de impotencia. “Sucede que a veces me avergüenzo de ser hombre”, escribió Neruda. Yo me avergüenzo de ser ciudadano de la incompetente y pusilánime Unión Europea.

Lunes, 5 de enero
NADA ME GUSTARÍA MÁS

Desde que me lo recomendó Unamuno, allá por los años de mi adolescencia, no he dejado de volver, aunque sea de tarde en tarde, al Obermann de Etienne Pivert de Senancour, pero nunca hasta ahora había reparado en una frase de Ricardo Baeza en la nota preliminar: “este libro singularísimo nunca ha perdido su popularidad entre un reducido círculo de lectores”.

            Ando yo ahora, cosas de la edad, dándole vueltas a lo que pomposamente podría llamarse mi legado, esto es, a la fortuna póstuma que tendrán los no escasos libros que he publicado. La verdad es que siempre conté con los lectores futuros y para ellos escribía tanto o más que para los de ahora mismo, pero últimamente me están entrando dudas: a quien no se le reconoce en vida, solo se le reconoce después si muere joven y con la mayor parte de su obra inédita, como Bécquer o Pessoa.

No es mi caso. Pero nada me gustaría más que, dentro de un siglo o de dos, alguien citara mi nombre y en nota a pie dijera: “este autor singularísimo nunca ha perdido el aprecio de un reducido círculo de lectores”.

Martes, 6 de enero
POESÍA AL VUELO

Los Reyes me han traído una serie de breves poemas que de inmediato he echado a volar en Facebook. Me gusta mucho esta nueva manera de dar a conocer lo que uno escribe sin molestar a nadie.

Para los textos breves es lo mejor. Vuelan los versos o los aforismos como los vilanos del diente de león y algunos encuentran tierra fértil en los lectores.

Viernes, 9 de enero
MUERTOS DE SEGUNDA

Llego a la tertulia y lo primero que escucho es: “¿Pero no vas a decir nada sobre Venezuela, Martín? Arden las redes sociales a favor y en contra de Trump, y siempre en contra de Maduro, y tú calladito o dedicándole elegías al crepúsculo y odas al amanecer”.

            ---Estoy tan pasmado como cualquiera, pero me he quedado mudo. Hasta ahora había películas y series de televisión basadas en “hechos reales”; ahora es la realidad la que copia, como decía Woody Allen, a las series de televisión. Si no fuera verdad, qué apasionantes los primeros episodios de esta serie sobre Venezuela. El secuestro de Maduro, con solo cien muertos de daños colaterales, pero ninguno entre los “buenos”, resulta apasionante. Y el inmediato giro de guion mandando a la belicosa Nobel de la Paz a freír espárragos y dejando intacto el régimen execrado resulta magistral. Y luego viene lo de Groenlandia, insuperable. “O me la entregáis por las buenas, a un precio de coste, o la tomo por la fuerza”, dice Trump. Y la Unión Europea se pone de rodillas, junta las manos y suplica: “Por la fuerza, no”. Quizá esté último giro sería demasiado inverosímil en una película de James Bond, pero esto es la realidad, amigos, y en ella el que manda es el Gran Zar de todas las Prusias, el Napoleoni de la película de Chaplin El gran dictador que juguetea con el globo del mundo como con un balón de fútbol (americano, por supuesto).

            ---¿Y tú qué harías, Martín?

            ---Por lo menos protestar, como Pedro Sánchez, y no pedir piedad y vaselina como Macron y el resto de los líderes europeos. Un país de la OTAN amenazando militarmente a otro país de la OTAN es materia suficiente para decretar su expulsión o, si eso no es posible porque es el socio militar más importante, disolver la Alianza. Y crear otra y actuar independientemente colaborando con los distintos núcleos de poder, como China, según convenga. Incluso con Rusia. Lo fundamental ahora es hacer un frente común contra Trump y sus vasallos.

            ---¡Colaborar con Rusia! ¡Tú estás loco, Martín!

            ---Tanto como Churchill o Roosevelt que no tuvieron inconveniente en aliarse con Stalin (a su lado Putin es un angelito) para derrotar a Hitler.

            ---¡Pero Trump no es Hitler! No masacra judíos.

            ---No, por supuesto, él solo colabora con los judíos, con el estado de Israel, en masacrar palestinos, que, como todo el mundo sabe, son seres humanos de segunda o tercera clase, como los supuestos narcotraficantes asesinados por orden de Trump o los militares y civiles que ejecutaron las tropas de élite norteamericanas. Todos muertos de segunda o de tercera, como en las películas de James Bond los sicarios del doctor No que vuelan por los aires mientras los espectadores aplauden como ahora los Ayusos.



 

 

sábado, 3 de enero de 2026

La rueda de la fortuna: Callo lo que más me importa

 

Sábado, 27 de diciembre
 
YO, ROBOT       

Me gusta repetir, medio en serio, medio en broma, que mi ideal es llegar a ser un buen robot, un modelo lo más perfecto de Inteligencia Artificial, alguien o algo que ni siente ni padece, pero que resuelve los más complicados problemas intelectuales y da siempre buenos consejos.

            ---¿Me conviene ya acabar con la guerra de Ucrania?, me preguntaría Trump.

            ---Ni se te ocurra –le respondería yo--. Alárgala un poquito más. Para tu país es un negocio redondo. Las empresas armamentísticas se han convertido en las más rentables (y una buena parte de los beneficios de esos estómagos agradecidos llega a las arcas del partido republicano). La Unión Europea paga a tocateja lo que se les pide, que a fin de cuentas –se dicen estos perfectos demócratas, la flor de la civilización-- los misiles que nos vendéis a buen precio son misiles humanitarios que defienden la libertad de Europa, Groenlandia por supuesto incluida. Un negocio redondo, y sin mala conciencia, al contrario de lo que ocurre con Gaza.

            ---¿Me conviene ya acabar con la guerra?, me preguntaría Zelenski.

            ---Ni se te ocurra –le respondería yo--, que habría elecciones, te mandarían a freír espárragos y no podrías ir de parlamento en parlamento de la vieja Europa exigiendo más y más ayuda humanitaria en forma de misiles. Ayuda, por cierto, que parece que riega con abundancia los bolsillos de tu entorno (y algún día se sabrá si también los tuyos).

            ---¿Cuándo va a acabar esta guerra? ¿Cuándo la OTAN va a dejar a los ciudadanos del Dombás ser lo que quieren ser, integrantes de la Federación Rusa?, me preguntaría Putin.

            ---Pues no lo sé, que solo soy un robot diseñado para analizar el presente y no estoy programado para el género de la profecía.

            Pero no soy un robot, que más quisiera, solo un ser humano que se llena de melancolía en estas fechas porque le recuerdan insistentes –“la Nochebuena se viene / la Nochebuena se va”-- que somos tiempo perecedero y que cada vez queda menos arena en la parte de arriba del reloj.       

Domingo, 28 de diciembre
REGLAS PARA HURTAR LIBROS

El azar, que es mi mejor guía de lectura, me sorprende este domingo con Del oído a la pluma, de Francisco Rodríguez Marín, publicado en la Biblioteca Patria, creada a principios del siglo XX para salvar a los españoles de las novelas que propagan ideas nocivas. La literatura puede ser muy otra cosa “si los actuales poseedores de la riqueza, en cualquier grado, le prestan su decidida ayuda por instinto de conservación”. 

El Patronato Social de Buenas Lecturas, que publica la Biblioteca Patria, “llama a cuantos tienen algo que perder a cobijarse bajo su sombra salvadora” y dotar generosamente premios personales y colectivos “en honor de sus vírgenes tutelares por los caballeros y damas que combaten las lecturas deshonestas, corruptoras de los pueblos, para galardonar a los artistas productores de novelas honradas”. El Premio del Principado de Asturias en honor de la Santísima Virgen de Covadonga lo patrocina don José Tartiere, conde de Santa Barbara de Lugones.

No es una novela, afortunadamente, el libro de Rodríguez Marín, sino un conjunto de divertidas anécdotas, una de las cuales se titula “Reglas para hurtar libros”. Parece que el Patronato Social de Buenas Lecturas no le puso ningún reparo a ese pecado contra el séptimo mandamiento. Claro que nadie se lo pondría a las reglas formuladas por don Francisco Orchell y Ferrer, un sabio orientalista valenciano, catedrático de lengua hebrea. Son las siguientes:

Que el libro no esté a la venta en las librerías, porque si lo estuviera yo debo rascarme el bolsillo y comprarlo.

Que quien lo posee no sea capaz de vendérmelo ni de regalármelo.

Que la posesión del libro me sea útil por relacionarse con mis estudios favoritos.

Que quien lo posee no pueda o no quiera utilizarlo y no saque de él ningún provecho.

Que haya ocasión propicia para hurtarlo.

Lunes, 29 de diciembre
SEGURO QUE LO CONSIGO

Como se acerca el fin de año, voy llenando una página del cuaderno que llevo siempre conmigo de buenos propósitos. No son cosas muy dificultosas: ser más paciente, escuchar más y hablar menos, no querer tener siempre razón, quejarme menos, practicar la falsa modestia, disimular mejor la buena opinión que tengo de mí mismo.

Martes, 30 de diciembre
SE ME ROMPE EL CORAZÓN

Quiero hacer creer que todo lo cuento, que soy un hombre sin secretos. Pero no es verdad. Me gusta quejarme de que nadie me hace caso, de mi falta de éxito literario, pero lo cierto es que no me preocupa demasiado.

Me pasa lo mismo con la lotería. No me importaría nada que me tocaran de pronto, qué sé yo, un millón de euros o dos o tres. No es que yo los necesite para nada, pero podría ayudar a alguien que lo necesite. Lo malo es que no podría enviarlos a Gaza porque enseguida Netanyahu y Trump me pondría en su lista de terroristas y no podría volver a Nueva York.

No me importaría, en cualquier caso, ganar, aunque fuera una pequeña cantidad, cien mil o doscientos mil euros, pero ese premio no me importa tanto como para molestarme en comprar un billete de lotería. Lo mismo me pasa con el éxito en el mercado literario. Conozco de sobra los mecanismos necesarios, aunque no suficientes, claro, para conseguirlo, pero no me apetece utilizarlos solo para vender un poco o un mucho más.

            Me quejo de lo que no me importa nada –el prestigio sí me importa, pero eso tiene poco que ver con la fama o las ventas-- para no hablar de lo que me rompe el corazón.

Miércoles, 31 de diciembre
UNA MODESTA PROPOSICIÒN

No suelo mirar las noticias antes de ir a la cama. Pero hoy, no sé por qué, enciendo el teléfono y leo en el titular de un diario: “La Fiscalía acusa al Supremo de ‘crear’ un tipo penal para condenar a Álvaro García Ortiz”. Sigo leyendo y me parece todo muy razonado y jurídicamente impecable, al contrario que la sentencia, que lo único que demuestra es que el fiscal general no fue capaz de probar su inocencia, cuando de lo que se trataba es de que ellos probaran su culpabilidad.

            ---¡Claro, como tú has votado a Sánchez!, me dice ese contradictor que yo me invento cuando no tengo uno delante.

            ---Es cierto, a eso hemos llegado. La verdad la decide la ideología, no los hechos. Bueno, siempre ha ocurrido así en el caso de los tertulianos de café, pero no me imaginaba yo que semejante ceguera llegara hasta los jueces del Supremo.

            ---¿No te lo imaginabas? ¿De verdad?

            ---Bueno, sí. Ya se vio durante el juicio contra los independentistas catalanes, cuando las leyes y los hechos se retorcieron todo lo posible para lograr un castigo ejemplar contra los que habían atentado contra la sagrada unidad de la patria. Solo que entonces la derecha y la izquierda españolas aplaudían con igual entusiasmo dándose golpes de pecho y gritando: “España, España, una, grande y libre”.

            ---No saque a colación de nuevo ese tema, que bastante nos ha costado pasar página.

            ---En cuestiones en que se ha tomado previamente partido por una u otra opción es difícil llegar a entenderse. Es como poner a debatir a un musulmán y a un cristiano sobre cuál es la religión verdadera. Por eso yo, en casos como el del fiscal general, no en otros como el de los pícaros, Leandro y Crispín, o sea, Ábalos y Koldo, en los que nada tiene que ver la ideología, propongo que los jueces del Supremo sean sustituidos por distintos modelos de Inteligencia Artificial: GPT-5, Claude 4.5, Gok-4, Gemini 2.5 Pro, DeepSeek (V-Series), Llama/Mistral/Qwen (open-weights), por citar unos cuantos que me vienen ahora a la cabeza. Pueden tener también un sesgo ideológico, según cómo hayan sido adiestrados, pero comparado con el que parecen tener los jueces del Supremo resulta prácticamente despreciable. Introducimos las leyes aplicables, los hechos probados, las declaraciones de los testigos y a esperar el fallo, que no tardaría en llegar.

            ---¿Y tú crees que lo iban a declarar inocente?

            ---Le declararan lo que le declararan seguro que su resolución estaría mejor razonada que la de la mayoría conservadora del Supremo. Y saldría bastante más barata. ¿Tú sabes lo que cobran esos señores que ni siquiera se preocupan de parecer imparciales? 

Jueves, 1 de enero
LO MÁS COMÚN

En el desordenado almacén de libros en que se ha convertido mi casa, tropiezo con un montón de ellos y aparece, qué casualidad, La ciudad de los libros, de Raúl Montero Bustamante, que ni siquiera recordaba que tenía.

Lo abro al azar, por un capítulo titulado “Vindicación de lo trivial” y encuentro esta frase subrayada, la primera que leo en el nuevo año: “¿Hay algo más común y sabido que el dolor y el placer, la amistad y la muerte? Y sin embargo, ¿quién se atrevería a hablar con desdén de la vulgaridad de esas cosas?”


sábado, 27 de diciembre de 2025

La rueda de la fortuna: Nunca es tarde

 

Sábado, 20 de diciembre
PROFECÍA FALLIDA

Un amigo, Saúl Fernández, que durante años fue habitual en la tertulia, y luego se ha dedicado profesionalmente al periodismo y a la crítica teatral, me hace hoy un sorprendente regalo, Marineros perdidos en los puertos, mi primer libro de poemas, aparecido en 1972, y del que yo había perdido la pista hace no sé cuántos años.

Pronto me desentendí de él y nunca lo incluí en mis recopilaciones poéticas, pero me hace ilusión encontrarlo. No lleva dedicatoria.

            ---¿Quién es Antonio L. Bouza? ¿Te has fijado en lo que dice en el prólogo?

            ---Es un militar que fue compañero de promoción del rey Juan Carlos. Dirigía la revista, Artesa, que organizaba el premio de poesía que ganó mi libro. Ha publicado mucha poesía y crítica de arte. Como poeta, se dedicó a la poesía experimental, que a mí me interesa poco. Ahora debe de tener unos noventa años. Es también autor de un libro sobre su amigo el rey, que yo no he leído.

            ---¿Qué pensará ahora de lo que escribió al final del prólogo? Te lo leo: “Me siento fatalmente importante al poner estas letras, porque anunciar a un poeta predestinado a grandes ocasiones de fama, responsabiliza y conmueve”. Te confundía con Fernando Pessoa.

            ---Es la retórica amable puesta al frente de un primer libro escrito por un poeta de veinte años.

            ---De algunos más.

            ---El libro tardó en publicarse. Le dieron el premio en el 71, pero lo escribí en 1970, el año en que se publicaron los Nueve novísimos y es extraño que yo, viviendo en Avilés, y sin conocer a nadie relacionado con la literatura, ya coincidiera con las nuevas tendencias poéticas. Por cierto, algunos de los poemas se escribieron muy cerca de aquí, en la biblioteca Bances Candamo.

            ---¿Te considerabas “predestinado a grandes ocasiones de fama”? ¿No te sientes un poco frustrado? Cualquier poeta de Internet tiene más fama que tú.

            ---¡Qué malo eres! No, no me siento frustrado por no ser muy famoso, como tampoco me sentiré frustrado si dentro de dos días no me toca la lotería. Para que te toque es condición necesaria, aunque no suficiente, tener algún billete. También la fama es para el que la trabaja. No seré famoso, pero –y esto no se lo digas a nadie, ya sabes que me gusta ir de modesto por la vida-- tengo la impresión de que he escrito algún poema que tardará en llegar a su meta, el olvido.

            ---Yo más bien creo que ya ha llegado.

Lunes, 22 de diciembre
NO ME ACOSTUMBRO

Hacía tiempo que no visitaba a mi psicoanalista particular. Ahora, cuando se tienen dudas, lo más cómodo es consultar a la Inteligencia Artificial. Yo sigo prefiriendo la Inteligencia Natural.

Los dos –yo tendido en el freudiano sofá, él sentado en un sillón de espaldas a la ventana-- callamos durante un rato. Siempre me deja hablar a mí el primero. Si yo no empiezo, podemos pasarnos la hora en silencio.

            ---Noto que me voy volviendo viejo.

            ---Bueno, es natural. Le pasa a todos los que nacieron en 1950 e incluso a muchos que nacieron algunos años después.

            ---No es que me preocupe demasiado. A fin de cuentas, viejo o no, llevo la misma vida que llevaba hace veinte, treinta o cuarenta años. Escribo, leo, colaboro en la prensa y publico algún libro (siempre al margen del mercado, sin preocuparme de que se venda mucho o poco), charlo o discuto con los amigos, por lo general de temas literarios, rara vez políticos…

            ---¿Entonces?

            ---Entonces, dos cosas. Por un lado, los amigos de mi edad, e incluso más jóvenes, están adquiriendo la costumbre, que antes no tenían, de morirse. Por otro, comienzo a tener la impresión de que escribo en el agua, de que no pasaré a la historia de la literatura. No me importa que no me lean mucho ahora, pero que no me lean dentro de cien años me deprime.

            ---¡Qué tontería! Perdón, ha sido una exclamación poco profesional.

            ---Tontería o no, yo lo siento así. Pero, en fin, ya me voy acostumbrando. Si la meta es el olvido, yo voy a llegar antes de lo que pensaba. Tampoco importa mucho. Pero todavía no pierdo la esperanza de que esté más vivo después de muerto. Cervantes lo está, Antonio Machado lo está. ¿Por qué no iba a estarlo yo?

            ---¿Lo está tu amigo Xuan Bello?

            ---Ese es un tema del que prefiero no hablar. Aún sangro por la herida. Pero sí, literariamente está más vivo que nunca. Este domingo, como echaba de menos su artículo que se publicaba junto al mío, abrí al azar La nieve y otros complementos circunstanciales y allí estaba, con la magia de siempre, recién acabado de escribir. El escritor de verdad no muere nunca. Borges no ha muerto. Xuan tampoco. Pero muere el hijo, el hermano, el padre, el amigo. Muere la persona particular, no el artista. Todavía no soy capaz de hacerme a la ridícula idea de no volver a verle, para decirlo con el título de Rosa Montero.

            ---“Morir es una costumbre / que suele tener la gente” escribió Borges.

            ---Pues yo no termino de acostumbrarme a ella. La muerte, que antes era un accidente, ahora parece haberse convertido en algo habitual.

Jueves, 25 de diciembre
AGRIDULCE SABOR

Siempre fui de los odiadores de la Navidad, pero con los años voy comenzando a encontrarle el gusto. Son fiestas con un sabor agridulce, como todo en la vida, pero mientras tenga uno niños en torno, predomina el buen sabor.

Y me gusta la polémica de todos los años con el amigo que se queja de que las navidades están perdiendo sus valores cristianos y con el otro amigo, muy ateo él, que las odia porque son la apoteosis del capitalismo.

Pero solo son una fiesta cristiana por apropiación (como el maravilloso Panteón romano, que sigue celebrando a todos los dioses, ahora camuflados en el santoral) y estos días contribuyen, quizá más que cualquier otra época del año, a que el dinero cambie de manos. Si todo el mundo fuera tan austero como yo, qué mal lo iban a pasar comercios y restaurantes, cuánta gente se quedaría en el paro.

            Por otra parte, a mí la festividad cristiana de la Navidad, y el folklore a ella asociado, no me molesta. Contra la Semana Santa, sí tengo ciertos reparos. No me gusta la glorificación del dolor y esa resurrección que solo dura unos pocos días me parece algo sospechosa. Para tan poco tiempo, para ser solo visto y no visto por unos pocos discípulos no valía la pena. Debería haber resucitado para siempre y tener un rincón en los palacios vaticanos desde los que echar una mano a León XIV para que arreglara su exitosa empresa, que buena falta le hace, y el mundo.

            Pero no es momento de ponerse irreverente. Mejor la celebración, pagana y cristiana del solsticio de invierno, del momento en que las noches comienzan a menguar y a crecer los días. Y qué mejor manera de simbolizarlo que el nacimiento de un niño, para mí siempre milagroso. Todo niño que nace –niño o niña-- es Dios reencarnado.

Viernes 26 de diciembre
PERDER PARA GANAR

Va terminando el año, es hora de hacer recuento. Yo sigo en modo aprender, y eso me gusta. He aprendido a cortar por lo sano en el caso de amistades poco recomendables. Debería haber aprendido hace tiempo, pero nunca es tarde.

Me he librado, por fin, después de varios intentos, de la enfermera de Misery, la película basada en la novela de Stephen King. Ya saben, esa admiradora que en realidad quiere convertirse en tu secuestradora, tenerte bien sujeto y para ella sola. Por cierto, mis amigos están avisados de si les digo, senil como Alberti, que voy a casarme, me sometan de inmediato a un examen psiquiátrico que me incapacite y lo impida.

            La segunda ruptura creía que iba ser más difícil, pero no, quizá porque aguanté todo lo humanamente posible. Siempre, desde que le conocí, tuvo tendencias autodestructivas, pero con los años se fueron convirtiendo en destructivas a secas. Trató de hacer todo el daño posible a la gente de su entorno y finalmente arremetió contra mí, que era uno de sus más constantes apoyos. Corté con él, dejé de ayudarle y él dejó de molestarme, desapareció por completo. Misterios de la mente humana.

            La tercera es la más dolorosa e inexplicable. Le conocí cuando era muy joven y le ayudé un poco a salir adelante. No demasiado: en seguida supo arreglárselas solo para ir ascendiendo literaria y profesionalmente. Pero nunca parece acabar de perdonarme aquella ayuda y eso explica quizás ciertas rarezas de su comportamiento. La última, por tener que ver con un querido amigo que se nos fue sin avisar, muy hiriente. Aún me duele. Por si yo había entendido mal la situación, le pedí disculpas. Me dijo que no las aceptaba. Y yo me sentí liberado, me quitaba un peso de encima. Una preocupación menos. Un desconocido más.


sábado, 20 de diciembre de 2025

La rueda de la fortuna: Regalos de Navidad

 


Sábado, 13 de diciembre
RUE SAINT-GEORGES

Regalo del azar, sobre la mesa central de mi librería de viejo favorita encuentro un montón de llamativos ejemplares de L’Illustration, aquella revista francesa que pretendía contar en imágenes la historia del mundo. Paso las satinadas páginas, la fascinante publicidad, la falsa felicidad de 1936, la euforia futurista de 1939, año de la Exposición Universal de Nueva York, las épicas apelaciones al Imperio de 1940, ya declarada la guerra, y de pronto me fijo en la dirección: 13, Rue Saint-Georges.

            Conozco bien esa calle. No la olvidaré nunca. Hace veinticinco años viajé por primera vez a París. No iba solo, pero allí me quedé inesperadamente solo. Aunque habíamos discutido algo durante el viaje, no me imaginaba el final. Nunca hasta entonces había sido abandonado (luego adquiriría cierta experiencia). Marché sin dar un portazo, en apariencia tomándomelo con mucha calma. Callejeé como si no hubiera ocurrido nada. Era un hermoso día de invierno, soleado y frío. Recordé a Baroja en los jardines del Luxemburgo y a Balzac (también a Cortázar) en el Pasaje de los Panoramas. Cuando anocheció, me di cuenta de que no tenía dónde ir, de que no tenía ganas de ir a ninguna parte. Veía a toda la gente, cargada de aparatosos paquetes navideños, risueña y feliz, y me sentía cada vez con menos ganas de seguir viviendo. Un grupo de niños cantaba un villancico. A mí, como en un mal melodrama, se me llenaron los ojos de lágrimas. Estaba apoyado en el pretil de un puente, creo que el Pont Neuf. No sé cuánto tiempo estuve allí. Un hombre se me acercó de pronto. Ya no recuerdo qué me dijo, ni qué le contesté. Debió notar mi desesperación. Me cogió de un brazo y me llevó al interior de un concurrido café, al comienzo del bulevard Saint-Michel. Yo estaba aterido. Allí reaccioné un poco. Luego tomamos un taxi. “¿A dónde quiere que le lleve?”, me preguntó. Yo me encogí de hombros. Él entonces dio una dirección al taxista. Cuando subíamos por la escalera (no había ascensor) hasta las recónditas buhardillas, me asusté un poco. ¿Qué pretendía de mí? En aquel minúsculo habitáculo, bajo de techo, con solo un ventanuco sobre el laberinto de tejados, con cuarto de baño colectivo al final del pasillo, viví dos o tres semanas. Había una cama, una mesa con una silla, una estantería cargada de libros. Marcel (el apellido lo he olvidado) me dio la mano y marchó sonriente. Vivía en el principal del mismo edificio. Me dijo que podía quedarme el tiempo que quisiera y que, cuando me fuese, le dejara las llaves a la portera. Dos días después, fui a darle las gracias, pero no estaba. Para entonces mi desesperación se había disipado como el humo que ascendía de las irregulares chimeneas. Algún día contaré aquellos días de feliz flâneur en una ciudad que, como diría Vila-Matas, no se acaba nunca.

            A Marcel le escribí, ya desde España. Las cartas me fueron devueltas. ¿Anoté mal la dirección? No lo sé. Ahora, mientras hojeo L’Illustration, regalo navideño del azar, pienso en lo que habría sido mi vida, cualquier vida, sin la inesperada bondad de los desconocidos.

Domingo, 14 de diciembre
EL REGALO DE HORACIO

Ayer sábado no era día de libros en el Fontán, pero allí había un puesto que yo no había visto antes. Todos, a un euro, procedían de una misma biblioteca, según se leía en un sello utilizado con profusión. Solo compré las Sátiras de Horacio, porque me llamó la atención la sugerente cubierta de Francisco Mellado, pintor e ilustrador modernista.

Lo que no me podía imaginar es que dentro traía un regalo: varios recortes de periódicos con artículos míos que yo ni siquiera recordaba. Por la tipografía me parece que proceden de La Razón, donde yo colaboré algún tiempo y nadie que yo conociera me leía.

Copié uno de esos artículos ayer en este cuaderno. No recordaba nada de esa aventura. ¿Sería verdad o sería un cuento? Cuando pasan los años, cualquier vida se convierte en cuento que pronto se lleva el viento del olvido.

Lunes, 15 de diciembre
EL REGALO DE EUGENIO

Un querido amigo, el poeta Eugenio Bueno, siempre me enviaba por estas fechas un villancico caligrafiado con su hermosa letra de viejo maestro. No sé cómo se las arreglado para enviármelo este año, pero al despertar yo lo tenía entero en la cabeza, aunque solo el final me parece suyo:

Todos juntos de la mano / han llegado hasta el Portal, / diputadas, diputados /y algún otro mandamás.

El abuelito González / le da una palmada al nuevo / y no duda que es buen chico, / pero le hace falta freno.

Canta dulce Zapatero, / mientras se le acerca Guerra / a decirle que Machado / le da a Borges cien mil vueltas.

A Ayuso, lánguida Ayuso, / más de un vetusto galán, / si no estuviera prohibido, / querría piropear.

Comparando su muslamen, / se ponen a cuchichear, / muy en rollo de machotes, / Abascal y Rufián.

Los podemitas no quieren / ya los cielos asaltar, / que bien se conformarían / con no ser menos que Más.

En la puerta hay un viejales / que no se atreve a pasar. / “Ayer era rey de España, / hoy un paria a mi pesar”

“Pasa, pasa, cabroncete”, / le dice el señor Aznar, / “que latrocinios y Bárbaras / son ya cosa de olvidar".

Tras abrazarse felices, / cantan juntos a una voz: Escucha, hermano, la / canción de la alegría…/ (Un poquito desentonan / una y otra señoría.)

María, el dedo en los labios,  /a todos hace callar: / “Tranquilos, señores míos, / dejen ya de alborotar, / que al Niño, que se ha dormido, / me lo van a despertar”.

Jueves, 18 de diciembre
OTRO REGALO

Escuchado a una mujer mayor que hablaba por teléfono en el autobús: “A los hijos hay que quererlos a todos por igual y a cada uno más que a ninguno”.

Yo tuve esa suerte. 

Viernes, 19 de diciembre
MANUAL DE ASOMBROS

A punto de cumplir ochenta años, una mujer que ha escrito miles de páginas, quizá la mujer más seductora que haya existido nunca, anota en su cuaderno: “No sé si ya estoy preparada para escribir un libro sobre el amor”.

            En esta mañana invernal, qué agradable olvidar por un rato la sangre y el petróleo, las gloriosas patrañas de los truhanes de este y el otro lado del Atlántico, pasear por una librería de viejo sin buscar nada concreto, seguros de que el azar es siempre el mejor guía.

            Y no me defrauda: por pocos euros me llevo a casa uno de los rojos tomos de las obras completas de Colette, casi dos mil páginas de asombro y maravillas.

            ¿Me lo llevo a casa? No, no puedo resistir la tentación y allí mismo comienzo a hojearlo. Una jovencita provinciana se casa con un escritor famoso y a poco de la boda éste le dice: “Tendrías que garabatear tus recuerdos de la escuela. No temas los detalles picantes... Estamos mal de fondos”. El resultado es la primera entrega de las aventuras de Claudine, firmada, como las siguientes, por Willy, el marido vividor y aprovechado.

            No incluye este tomo las obras más famosas de Colette, sino sus desordenadas memorias, colecciones de artículos, cuadernos de notas. Los títulos lo dicen todo: Para un herbario, Aventuras cotidianas, Al alcance de la mano...

            Nunca he viajado tanto como cuando era niña, nos cuenta; abría alguno de los tomos de Le tour du monde y solo regresaba tras haber visitado un continente desconocido provista de un par de mulas llenas de mataduras, cuatro indígenas aptos para todas las traiciones, un puñado de armas y un sombrero comprado en una esquina del muelle.

            Viajes soñados de la infancia, viajes en trineo, en calesa y hasta en asno; viajes no menos soñados de la vejez, cuando manos amigas hacen subir la silla de inválido al avión: “Niza ha ascendido hasta mí, blanca y verde; Fez ha abierto su larga cuna; de un pelaje de león, brevemente desenrollado, me han dicho: Es el desierto”.

            Viajes sin salir de casa, de aquel ruinoso y majestuoso apartamento del Palais Royal, las ventanas abiertas a un rectángulo de verdor en cuyo centro brilla el estanque como una piedra de sortija: “Primeras horas del día, breve juventud de la luz, cuando era una niñita provinciana, cómo os quería ya”. Sola, o en compañía de príncipes felinos, como aquel magnífico bastardo, Kiki-la-Doucette, cuyos ojos verdes, de intacta alegría, llenan tantas de sus páginas.

            Colette va a cumplir ochenta años. “No sé si ya estoy preparada para escribir un libro sobre el amor”, anota. Y luego: “A fuerza de orgullo, puedo soportarlo todo: la escasez de dinero, la soledad, este dolor insomne, pero que no me quiten mi cotidiana ración de asombro”. Tuvo la suerte de morir –quién como ella-- sin haber dejado de sentirse deslumbrada por la cotidiana maravilla del mundo.