sábado, 3 de enero de 2026

La rueda de la fortuna: Callo lo que más me importa

 

Sábado, 27 de diciembre
 
YO, ROBOT       

Me gusta repetir, medio en serio, medio en broma, que mi ideal es llegar a ser un buen robot, un modelo lo más perfecto de Inteligencia Artificial, alguien o algo que ni siente ni padece, pero que resuelve los más complicados problemas intelectuales y da siempre buenos consejos.

            ---¿Me conviene ya acabar con la guerra de Ucrania?, me preguntaría Trump.

            ---Ni se te ocurra –le respondería yo--. Alárgala un poquito más. Para tu país es un negocio redondo. Las empresas armamentísticas se han convertido en las más rentables (y una buena parte de los beneficios de esos estómagos agradecidos llega a las arcas del partido republicano). La Unión Europea paga a tocateja lo que se les pide, que a fin de cuentas –se dicen estos perfectos demócratas, la flor de la civilización-- los misiles que nos vendéis a buen precio son misiles humanitarios que defienden la libertad de Europa, Groenlandia por supuesto incluida. Un negocio redondo, y sin mala conciencia, al contrario de lo que ocurre con Gaza.

            ---¿Me conviene ya acabar con la guerra?, me preguntaría Zelenski.

            ---Ni se te ocurra –le respondería yo--, que habría elecciones, te mandarían a freír espárragos y no podrías ir de parlamento en parlamento de la vieja Europa exigiendo más y más ayuda humanitaria en forma de misiles. Ayuda, por cierto, que parece que riega con abundancia los bolsillos de tu entorno (y algún día se sabrá si también los tuyos).

            ---¿Cuándo va a acabar esta guerra? ¿Cuándo la OTAN va a dejar a los ciudadanos del Dombás ser lo que quieren ser, integrantes de la Federación Rusa?, me preguntaría Putin.

            ---Pues no lo sé, que solo soy un robot diseñado para analizar el presente y no estoy programado para el género de la profecía.

            Pero no soy un robot, que más quisiera, solo un ser humano que se llena de melancolía en estas fechas porque le recuerdan insistentes –“la Nochebuena se viene / la Nochebuena se va”-- que somos tiempo perecedero y que cada vez queda menos arena en la parte de arriba del reloj.       

Domingo, 28 de diciembre
REGLAS PARA HURTAR LIBROS

El azar, que es mi mejor guía de lectura, me sorprende este domingo con Del oído a la pluma, de Francisco Rodríguez Marín, publicado en la Biblioteca Patria, creada a principios del siglo XX para salvar a los españoles de las novelas que propagan ideas nocivas. La literatura puede ser muy otra cosa “si los actuales poseedores de la riqueza, en cualquier grado, le prestan su decidida ayuda por instinto de conservación”. 

El Patronato Social de Buenas Lecturas, que publica la Biblioteca Patria, “llama a cuantos tienen algo que perder a cobijarse bajo su sombra salvadora” y dotar generosamente premios personales y colectivos “en honor de sus vírgenes tutelares por los caballeros y damas que combaten las lecturas deshonestas, corruptoras de los pueblos, para galardonar a los artistas productores de novelas honradas”. El Premio del Principado de Asturias en honor de la Santísima Virgen de Covadonga lo patrocina don José Tartiere, conde de Santa Barbara de Lugones.

No es una novela, afortunadamente, el libro de Rodríguez Marín, sino un conjunto de divertidas anécdotas, una de las cuales se titula “Reglas para hurtar libros”. Parece que el Patronato Social de Buenas Lecturas no le puso ningún reparo a ese pecado contra el séptimo mandamiento. Claro que nadie se lo pondría a las reglas formuladas por don Francisco Orchell y Ferrer, un sabio orientalista valenciano, catedrático de lengua hebrea. Son las siguientes:

Que el libro no esté a la venta en las librerías, porque si lo estuviera yo debo rascarme el bolsillo y comprarlo.

Que quien lo posee no sea capaz de vendérmelo ni de regalármelo.

Que la posesión del libro me sea útil por relacionarse con mis estudios favoritos.

Que quien lo posee no pueda o no quiera utilizarlo y no saque de él ningún provecho.

Que haya ocasión propicia para hurtarlo.

Lunes, 29 de diciembre
SEGURO QUE LO CONSIGO

Como se acerca el fin de año, voy llenando una página del cuaderno que llevo siempre conmigo de buenos propósitos. No son cosas muy dificultosas: ser más paciente, escuchar más y hablar menos, no querer tener siempre razón, quejarme menos, practicar la falsa modestia, disimular mejor la buena opinión que tengo de mí mismo.

Martes, 30 de diciembre
SE ME ROMPE EL CORAZÓN

Quiero hacer creer que todo lo cuento, que soy un hombre sin secretos. Pero no es verdad. Me gusta quejarme de que nadie me hace caso, de mi falta de éxito literario, pero lo cierto es que no me preocupa demasiado.

Me pasa lo mismo con la lotería. No me importaría nada que me tocaran de pronto, qué sé yo, un millón de euros o dos o tres. No es que yo los necesite para nada, pero podría ayudar a alguien que lo necesite. Lo malo es que no podría enviarlos a Gaza porque enseguida Netanyahu y Trump me pondría en su lista de terroristas y no podría volver a Nueva York.

No me importaría, en cualquier caso, ganar, aunque fuera una pequeña cantidad, cien mil o doscientos mil euros, pero ese premio no me importa tanto como para molestarme en comprar un billete de lotería. Lo mismo me pasa con el éxito en el mercado literario. Conozco de sobra los mecanismos necesarios, aunque no suficientes, claro, para conseguirlo, pero no me apetece utilizarlos solo para vender un poco o un mucho más.

            Me quejo de lo que no me importa nada –el prestigio sí me importa, pero eso tiene poco que ver con la fama o las ventas-- para no hablar de lo que me rompe el corazón.

Miércoles, 31 de diciembre
UNA MODESTA PROPOSICIÒN

No suelo mirar las noticias antes de ir a la cama. Pero hoy, no sé por qué, enciendo el teléfono y leo en el titular de un diario: “La Fiscalía acusa al Supremo de ‘crear’ un tipo penal para condenar a Álvaro García Ortiz”. Sigo leyendo y me parece todo muy razonado y jurídicamente impecable, al contrario que la sentencia, que lo único que demuestra es que el fiscal general no fue capaz de probar su inocencia, cuando de lo que se trataba es de que ellos probaran su culpabilidad.

            ---¡Claro, como tú has votado a Sánchez!, me dice ese contradictor que yo me invento cuando no tengo uno delante.

            ---Es cierto, a eso hemos llegado. La verdad la decide la ideología, no los hechos. Bueno, siempre ha ocurrido así en el caso de los tertulianos de café, pero no me imaginaba yo que semejante ceguera llegara hasta los jueces del Supremo.

            ---¿No te lo imaginabas? ¿De verdad?

            ---Bueno, sí. Ya se vio durante el juicio contra los independentistas catalanes, cuando las leyes y los hechos se retorcieron todo lo posible para lograr un castigo ejemplar contra los que habían atentado contra la sagrada unidad de la patria. Solo que entonces la derecha y la izquierda españolas aplaudían con igual entusiasmo dándose golpes de pecho y gritando: “España, España, una, grande y libre”.

            ---No saque a colación de nuevo ese tema, que bastante nos ha costado pasar página.

            ---En cuestiones en que se ha tomado previamente partido por una u otra opción es difícil llegar a entenderse. Es como poner a debatir a un musulmán y a un cristiano sobre cuál es la religión verdadera. Por eso yo, en casos como el del fiscal general, no en otros como el de los pícaros, Leandro y Crispín, o sea, Ábalos y Koldo, en los que nada tiene que ver la ideología, propongo que los jueces del Supremo sean sustituidos por distintos modelos de Inteligencia Artificial: GPT-5, Claude 4.5, Gok-4, Gemini 2.5 Pro, DeepSeek (V-Series), Llama/Mistral/Qwen (open-weights), por citar unos cuantos que me vienen ahora a la cabeza. Pueden tener también un sesgo ideológico, según cómo hayan sido adiestrados, pero comparado con el que parecen tener los jueces del Supremo resulta prácticamente despreciable. Introducimos las leyes aplicables, los hechos probados, las declaraciones de los testigos y a esperar el fallo, que no tardaría en llegar.

            ---¿Y tú crees que lo iban a declarar inocente?

            ---Le declararan lo que le declararan seguro que su resolución estaría mejor razonada que la de la mayoría conservadora del Supremo. Y saldría bastante más barata. ¿Tú sabes lo que cobran esos señores que ni siquiera se preocupan de parecer imparciales? 

Jueves, 1 de enero
LO MÁS COMÚN

En el desordenado almacén de libros en que se ha convertido mi casa, tropiezo con un montón de ellos y aparece, qué casualidad, La ciudad de los libros, de Raúl Montero Bustamante, que ni siquiera recordaba que tenía.

Lo abro al azar, por un capítulo titulado “Vindicación de lo trivial” y encuentro esta frase subrayada, la primera que leo en el nuevo año: “¿Hay algo más común y sabido que el dolor y el placer, la amistad y la muerte? Y sin embargo, ¿quién se atrevería a hablar con desdén de la vulgaridad de esas cosas?”


sábado, 27 de diciembre de 2025

La rueda de la fortuna: Nunca es tarde

 

Sábado, 20 de diciembre
PROFECÍA FALLIDA

Un amigo, Saúl Fernández, que durante años fue habitual en la tertulia, y luego se ha dedicado profesionalmente al periodismo y a la crítica teatral, me hace hoy un sorprendente regalo, Marineros perdidos en los puertos, mi primer libro de poemas, aparecido en 1972, y del que yo había perdido la pista hace no sé cuántos años.

Pronto me desentendí de él y nunca lo incluí en mis recopilaciones poéticas, pero me hace ilusión encontrarlo. No lleva dedicatoria.

            ---¿Quién es Antonio L. Bouza? ¿Te has fijado en lo que dice en el prólogo?

            ---Es un militar que fue compañero de promoción del rey Juan Carlos. Dirigía la revista, Artesa, que organizaba el premio de poesía que ganó mi libro. Ha publicado mucha poesía y crítica de arte. Como poeta, se dedicó a la poesía experimental, que a mí me interesa poco. Ahora debe de tener unos noventa años. Es también autor de un libro sobre su amigo el rey, que yo no he leído.

            ---¿Qué pensará ahora de lo que escribió al final del prólogo? Te lo leo: “Me siento fatalmente importante al poner estas letras, porque anunciar a un poeta predestinado a grandes ocasiones de fama, responsabiliza y conmueve”. Te confundía con Fernando Pessoa.

            ---Es la retórica amable puesta al frente de un primer libro escrito por un poeta de veinte años.

            ---De algunos más.

            ---El libro tardó en publicarse. Le dieron el premio en el 71, pero lo escribí en 1970, el año en que se publicaron los Nueve novísimos y es extraño que yo, viviendo en Avilés, y sin conocer a nadie relacionado con la literatura, ya coincidiera con las nuevas tendencias poéticas. Por cierto, algunos de los poemas se escribieron muy cerca de aquí, en la biblioteca Bances Candamo.

            ---¿Te considerabas “predestinado a grandes ocasiones de fama”? ¿No te sientes un poco frustrado? Cualquier poeta de Internet tiene más fama que tú.

            ---¡Qué malo eres! No, no me siento frustrado por no ser muy famoso, como tampoco me sentiré frustrado si dentro de dos días no me toca la lotería. Para que te toque es condición necesaria, aunque no suficiente, tener algún billete. También la fama es para el que la trabaja. No seré famoso, pero –y esto no se lo digas a nadie, ya sabes que me gusta ir de modesto por la vida-- tengo la impresión de que he escrito algún poema que tardará en llegar a su meta, el olvido.

            ---Yo más bien creo que ya ha llegado.

Lunes, 22 de diciembre
NO ME ACOSTUMBRO

Hacía tiempo que no visitaba a mi psicoanalista particular. Ahora, cuando se tienen dudas, lo más cómodo es consultar a la Inteligencia Artificial. Yo sigo prefiriendo la Inteligencia Natural.

Los dos –yo tendido en el freudiano sofá, él sentado en un sillón de espaldas a la ventana-- callamos durante un rato. Siempre me deja hablar a mí el primero. Si yo no empiezo, podemos pasarnos la hora en silencio.

            ---Noto que me voy volviendo viejo.

            ---Bueno, es natural. Le pasa a todos los que nacieron en 1950 e incluso a muchos que nacieron algunos años después.

            ---No es que me preocupe demasiado. A fin de cuentas, viejo o no, llevo la misma vida que llevaba hace veinte, treinta o cuarenta años. Escribo, leo, colaboro en la prensa y publico algún libro (siempre al margen del mercado, sin preocuparme de que se venda mucho o poco), charlo o discuto con los amigos, por lo general de temas literarios, rara vez políticos…

            ---¿Entonces?

            ---Entonces, dos cosas. Por un lado, los amigos de mi edad, e incluso más jóvenes, están adquiriendo la costumbre, que antes no tenían, de morirse. Por otro, comienzo a tener la impresión de que escribo en el agua, de que no pasaré a la historia de la literatura. No me importa que no me lean mucho ahora, pero que no me lean dentro de cien años me deprime.

            ---¡Qué tontería! Perdón, ha sido una exclamación poco profesional.

            ---Tontería o no, yo lo siento así. Pero, en fin, ya me voy acostumbrando. Si la meta es el olvido, yo voy a llegar antes de lo que pensaba. Tampoco importa mucho. Pero todavía no pierdo la esperanza de que esté más vivo después de muerto. Cervantes lo está, Antonio Machado lo está. ¿Por qué no iba a estarlo yo?

            ---¿Lo está tu amigo Xuan Bello?

            ---Ese es un tema del que prefiero no hablar. Aún sangro por la herida. Pero sí, literariamente está más vivo que nunca. Este domingo, como echaba de menos su artículo que se publicaba junto al mío, abrí al azar La nieve y otros complementos circunstanciales y allí estaba, con la magia de siempre, recién acabado de escribir. El escritor de verdad no muere nunca. Borges no ha muerto. Xuan tampoco. Pero muere el hijo, el hermano, el padre, el amigo. Muere la persona particular, no el artista. Todavía no soy capaz de hacerme a la ridícula idea de no volver a verle, para decirlo con el título de Rosa Montero.

            ---“Morir es una costumbre / que suele tener la gente” escribió Borges.

            ---Pues yo no termino de acostumbrarme a ella. La muerte, que antes era un accidente, ahora parece haberse convertido en algo habitual.

Jueves, 25 de diciembre
AGRIDULCE SABOR

Siempre fui de los odiadores de la Navidad, pero con los años voy comenzando a encontrarle el gusto. Son fiestas con un sabor agridulce, como todo en la vida, pero mientras tenga uno niños en torno, predomina el buen sabor.

Y me gusta la polémica de todos los años con el amigo que se queja de que las navidades están perdiendo sus valores cristianos y con el otro amigo, muy ateo él, que las odia porque son la apoteosis del capitalismo.

Pero solo son una fiesta cristiana por apropiación (como el maravilloso Panteón romano, que sigue celebrando a todos los dioses, ahora camuflados en el santoral) y estos días contribuyen, quizá más que cualquier otra época del año, a que el dinero cambie de manos. Si todo el mundo fuera tan austero como yo, qué mal lo iban a pasar comercios y restaurantes, cuánta gente se quedaría en el paro.

            Por otra parte, a mí la festividad cristiana de la Navidad, y el folklore a ella asociado, no me molesta. Contra la Semana Santa, sí tengo ciertos reparos. No me gusta la glorificación del dolor y esa resurrección que solo dura unos pocos días me parece algo sospechosa. Para tan poco tiempo, para ser solo visto y no visto por unos pocos discípulos no valía la pena. Debería haber resucitado para siempre y tener un rincón en los palacios vaticanos desde los que echar una mano a León XIV para que arreglara su exitosa empresa, que buena falta le hace, y el mundo.

            Pero no es momento de ponerse irreverente. Mejor la celebración, pagana y cristiana del solsticio de invierno, del momento en que las noches comienzan a menguar y a crecer los días. Y qué mejor manera de simbolizarlo que el nacimiento de un niño, para mí siempre milagroso. Todo niño que nace –niño o niña-- es Dios reencarnado.

Viernes 26 de diciembre
PERDER PARA GANAR

Va terminando el año, es hora de hacer recuento. Yo sigo en modo aprender, y eso me gusta. He aprendido a cortar por lo sano en el caso de amistades poco recomendables. Debería haber aprendido hace tiempo, pero nunca es tarde.

Me he librado, por fin, después de varios intentos, de la enfermera de Misery, la película basada en la novela de Stephen King. Ya saben, esa admiradora que en realidad quiere convertirse en tu secuestradora, tenerte bien sujeto y para ella sola. Por cierto, mis amigos están avisados de si les digo, senil como Alberti, que voy a casarme, me sometan de inmediato a un examen psiquiátrico que me incapacite y lo impida.

            La segunda ruptura creía que iba ser más difícil, pero no, quizá porque aguanté todo lo humanamente posible. Siempre, desde que le conocí, tuvo tendencias autodestructivas, pero con los años se fueron convirtiendo en destructivas a secas. Trató de hacer todo el daño posible a la gente de su entorno y finalmente arremetió contra mí, que era uno de sus más constantes apoyos. Corté con él, dejé de ayudarle y él dejó de molestarme, desapareció por completo. Misterios de la mente humana.

            La tercera es la más dolorosa e inexplicable. Le conocí cuando era muy joven y le ayudé un poco a salir adelante. No demasiado: en seguida supo arreglárselas solo para ir ascendiendo literaria y profesionalmente. Pero nunca parece acabar de perdonarme aquella ayuda y eso explica quizás ciertas rarezas de su comportamiento. La última, por tener que ver con un querido amigo que se nos fue sin avisar, muy hiriente. Aún me duele. Por si yo había entendido mal la situación, le pedí disculpas. Me dijo que no las aceptaba. Y yo me sentí liberado, me quitaba un peso de encima. Una preocupación menos. Un desconocido más.


sábado, 20 de diciembre de 2025

La rueda de la fortuna: Regalos de Navidad

 


Sábado, 13 de diciembre
RUE SAINT-GEORGES

Regalo del azar, sobre la mesa central de mi librería de viejo favorita encuentro un montón de llamativos ejemplares de L’Illustration, aquella revista francesa que pretendía contar en imágenes la historia del mundo. Paso las satinadas páginas, la fascinante publicidad, la falsa felicidad de 1936, la euforia futurista de 1939, año de la Exposición Universal de Nueva York, las épicas apelaciones al Imperio de 1940, ya declarada la guerra, y de pronto me fijo en la dirección: 13, Rue Saint-Georges.

            Conozco bien esa calle. No la olvidaré nunca. Hace veinticinco años viajé por primera vez a París. No iba solo, pero allí me quedé inesperadamente solo. Aunque habíamos discutido algo durante el viaje, no me imaginaba el final. Nunca hasta entonces había sido abandonado (luego adquiriría cierta experiencia). Marché sin dar un portazo, en apariencia tomándomelo con mucha calma. Callejeé como si no hubiera ocurrido nada. Era un hermoso día de invierno, soleado y frío. Recordé a Baroja en los jardines del Luxemburgo y a Balzac (también a Cortázar) en el Pasaje de los Panoramas. Cuando anocheció, me di cuenta de que no tenía dónde ir, de que no tenía ganas de ir a ninguna parte. Veía a toda la gente, cargada de aparatosos paquetes navideños, risueña y feliz, y me sentía cada vez con menos ganas de seguir viviendo. Un grupo de niños cantaba un villancico. A mí, como en un mal melodrama, se me llenaron los ojos de lágrimas. Estaba apoyado en el pretil de un puente, creo que el Pont Neuf. No sé cuánto tiempo estuve allí. Un hombre se me acercó de pronto. Ya no recuerdo qué me dijo, ni qué le contesté. Debió notar mi desesperación. Me cogió de un brazo y me llevó al interior de un concurrido café, al comienzo del bulevard Saint-Michel. Yo estaba aterido. Allí reaccioné un poco. Luego tomamos un taxi. “¿A dónde quiere que le lleve?”, me preguntó. Yo me encogí de hombros. Él entonces dio una dirección al taxista. Cuando subíamos por la escalera (no había ascensor) hasta las recónditas buhardillas, me asusté un poco. ¿Qué pretendía de mí? En aquel minúsculo habitáculo, bajo de techo, con solo un ventanuco sobre el laberinto de tejados, con cuarto de baño colectivo al final del pasillo, viví dos o tres semanas. Había una cama, una mesa con una silla, una estantería cargada de libros. Marcel (el apellido lo he olvidado) me dio la mano y marchó sonriente. Vivía en el principal del mismo edificio. Me dijo que podía quedarme el tiempo que quisiera y que, cuando me fuese, le dejara las llaves a la portera. Dos días después, fui a darle las gracias, pero no estaba. Para entonces mi desesperación se había disipado como el humo que ascendía de las irregulares chimeneas. Algún día contaré aquellos días de feliz flâneur en una ciudad que, como diría Vila-Matas, no se acaba nunca.

            A Marcel le escribí, ya desde España. Las cartas me fueron devueltas. ¿Anoté mal la dirección? No lo sé. Ahora, mientras hojeo L’Illustration, regalo navideño del azar, pienso en lo que habría sido mi vida, cualquier vida, sin la inesperada bondad de los desconocidos.

Domingo, 14 de diciembre
EL REGALO DE HORACIO

Ayer sábado no era día de libros en el Fontán, pero allí había un puesto que yo no había visto antes. Todos, a un euro, procedían de una misma biblioteca, según se leía en un sello utilizado con profusión. Solo compré las Sátiras de Horacio, porque me llamó la atención la sugerente cubierta de Francisco Mellado, pintor e ilustrador modernista.

Lo que no me podía imaginar es que dentro traía un regalo: varios recortes de periódicos con artículos míos que yo ni siquiera recordaba. Por la tipografía me parece que proceden de La Razón, donde yo colaboré algún tiempo y nadie que yo conociera me leía.

Copié uno de esos artículos ayer en este cuaderno. No recordaba nada de esa aventura. ¿Sería verdad o sería un cuento? Cuando pasan los años, cualquier vida se convierte en cuento que pronto se lleva el viento del olvido.

Lunes, 15 de diciembre
EL REGALO DE EUGENIO

Un querido amigo, el poeta Eugenio Bueno, siempre me enviaba por estas fechas un villancico caligrafiado con su hermosa letra de viejo maestro. No sé cómo se las arreglado para enviármelo este año, pero al despertar yo lo tenía entero en la cabeza, aunque solo el final me parece suyo:

Todos juntos de la mano / han llegado hasta el Portal, / diputadas, diputados /y algún otro mandamás.

El abuelito González / le da una palmada al nuevo / y no duda que es buen chico, / pero le hace falta freno.

Canta dulce Zapatero, / mientras se le acerca Guerra / a decirle que Machado / le da a Borges cien mil vueltas.

A Ayuso, lánguida Ayuso, / más de un vetusto galán, / si no estuviera prohibido, / querría piropear.

Comparando su muslamen, / se ponen a cuchichear, / muy en rollo de machotes, / Abascal y Rufián.

Los podemitas no quieren / ya los cielos asaltar, / que bien se conformarían / con no ser menos que Más.

En la puerta hay un viejales / que no se atreve a pasar. / “Ayer era rey de España, / hoy un paria a mi pesar”

“Pasa, pasa, cabroncete”, / le dice el señor Aznar, / “que latrocinios y Bárbaras / son ya cosa de olvidar".

Tras abrazarse felices, / cantan juntos a una voz: Escucha, hermano, la / canción de la alegría…/ (Un poquito desentonan / una y otra señoría.)

María, el dedo en los labios,  /a todos hace callar: / “Tranquilos, señores míos, / dejen ya de alborotar, / que al Niño, que se ha dormido, / me lo van a despertar”.

Jueves, 18 de diciembre
OTRO REGALO

Escuchado a una mujer mayor que hablaba por teléfono en el autobús: “A los hijos hay que quererlos a todos por igual y a cada uno más que a ninguno”.

Yo tuve esa suerte. 

Viernes, 19 de diciembre
MANUAL DE ASOMBROS

A punto de cumplir ochenta años, una mujer que ha escrito miles de páginas, quizá la mujer más seductora que haya existido nunca, anota en su cuaderno: “No sé si ya estoy preparada para escribir un libro sobre el amor”.

            En esta mañana invernal, qué agradable olvidar por un rato la sangre y el petróleo, las gloriosas patrañas de los truhanes de este y el otro lado del Atlántico, pasear por una librería de viejo sin buscar nada concreto, seguros de que el azar es siempre el mejor guía.

            Y no me defrauda: por pocos euros me llevo a casa uno de los rojos tomos de las obras completas de Colette, casi dos mil páginas de asombro y maravillas.

            ¿Me lo llevo a casa? No, no puedo resistir la tentación y allí mismo comienzo a hojearlo. Una jovencita provinciana se casa con un escritor famoso y a poco de la boda éste le dice: “Tendrías que garabatear tus recuerdos de la escuela. No temas los detalles picantes... Estamos mal de fondos”. El resultado es la primera entrega de las aventuras de Claudine, firmada, como las siguientes, por Willy, el marido vividor y aprovechado.

            No incluye este tomo las obras más famosas de Colette, sino sus desordenadas memorias, colecciones de artículos, cuadernos de notas. Los títulos lo dicen todo: Para un herbario, Aventuras cotidianas, Al alcance de la mano...

            Nunca he viajado tanto como cuando era niña, nos cuenta; abría alguno de los tomos de Le tour du monde y solo regresaba tras haber visitado un continente desconocido provista de un par de mulas llenas de mataduras, cuatro indígenas aptos para todas las traiciones, un puñado de armas y un sombrero comprado en una esquina del muelle.

            Viajes soñados de la infancia, viajes en trineo, en calesa y hasta en asno; viajes no menos soñados de la vejez, cuando manos amigas hacen subir la silla de inválido al avión: “Niza ha ascendido hasta mí, blanca y verde; Fez ha abierto su larga cuna; de un pelaje de león, brevemente desenrollado, me han dicho: Es el desierto”.

            Viajes sin salir de casa, de aquel ruinoso y majestuoso apartamento del Palais Royal, las ventanas abiertas a un rectángulo de verdor en cuyo centro brilla el estanque como una piedra de sortija: “Primeras horas del día, breve juventud de la luz, cuando era una niñita provinciana, cómo os quería ya”. Sola, o en compañía de príncipes felinos, como aquel magnífico bastardo, Kiki-la-Doucette, cuyos ojos verdes, de intacta alegría, llenan tantas de sus páginas.

            Colette va a cumplir ochenta años. “No sé si ya estoy preparada para escribir un libro sobre el amor”, anota. Y luego: “A fuerza de orgullo, puedo soportarlo todo: la escasez de dinero, la soledad, este dolor insomne, pero que no me quiten mi cotidiana ración de asombro”. Tuvo la suerte de morir –quién como ella-- sin haber dejado de sentirse deslumbrada por la cotidiana maravilla del mundo.






sábado, 13 de diciembre de 2025

La rueda de la fortuna: Tren, tesoro y profecía

 

Domingo, 7 de diciembre
ADIÓS A INÉS

Vuelvo de despedir a Inés Illán en el tanatorio del Salvador con una extraña sensación de tristeza y a la vez consuelo. La conocí, como mi profesora de latín, allá por los años setenta, cuando era una batalladora profesora no numeraria y estaba empeñada en transformar la universidad, el país, el mundo.

Sus compañeros de lucha fueron cambiando y pasando por el aro. Ella no cambió nunca. No quiso entrar en el sistema de las inanes publicaciones académicas. “Soy una sin papeles”, proclamaba orgullosa. Lo suyo era el panfleto y las campañas contra la OTAN y todo lo demás.

Discutimos mucho, ya entonces, y hasta ayer mismo cuando en julio acudió por última vez a la tertulia. Antes, cuando le costaba menos caminar, aparecía con frecuencia por el Vetusta, en la plaza del Ayuntamiento, donde me encontraba con un café, un libro y alguna amiga, como Ana Vega o Elena Apaolaza. Ella pedía un vino, a veces un whisky, y algo para picar. Tras unas palabras de cortesía, enseguida comenzaba el debate. Trataba de enredarme con sus etimologías y sus citas de los clásicos, pero yo era un hueso duro de roer y no conseguía convencerme de la vigencia del marxismo y otras entelequias a las que ella seguía fiel.

Me ha alegrado comprobar, escuchando a Pedro García-Ramos, su cuñado, que no solo discutía conmigo, sino también con él y con todo el mundo, y que empleaba las mismas artimañas: cuando comenzaba con las etimologías y las citas es que era consciente de que tenía la discusión perdida. O ganada, según se mire.

Qué hermosas palabras las de García-Ramos. Una obra maestra de la oratoria funeraria. Nos hicieron sonreír más una vez, y le habrían gustado a la persona a la que iban dirigidas, a la que yo sentí sentada a mi lado, escuchando atenta, preguntándome algo que no había oído bien o discrepando de lo que oía. Y no pudiendo evitar alguna vez la carcajada. 

Y luego, para terminar la música de Handel, de su oratorio L’Allegro, il Penseroso ed il Moderato. Fue seleccionada y presentada por Javier Almuzara.

Lo tengo comprobado: la música siempre suena mejor tras las palabras de Almuzara, porque es sonido y sentido y él acierta siempre a poner de relieve todo su sentido. Recitó las palabras que íbamos luego a escuchar: “Como el amanecer rinde a la noche, / que depone sus sombras, la verdad / vence al embrujo de la fantasía, / y la razón pujante pone en fuga / las tinieblas que envuelven la conciencia, / restaurando la luz del intelecto”. 

Lunes, 8 de diciembre
UN TESORO ESCONDIDO

Inés Illán no nos dejó siendo del todo una “sin papeles”. Publicó, aparte de centenares de artículos, una obra extraña y singular: Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio, donde compendia toda su sabiduría. Algo tuve que ver yo con su aparición. El original estuvo años detenido en una editorial que lo había aceptado y acabó rechazándolo. Tras encargarme yo, apareció a los pocos meses. Parece que como gestor soy bastante eficaz y eso que por entonces acababa de cerrar Llibros del Pexe. Un contertulio, José Ángel Gayol, como continuación de Llibros del Pexe, creó la editorial Universos. Aceptó editar el libro de Inés Illán, contando con la subvención que íbamos a solicitar a la Editora Regional de Extremadura, y con mi palabra de subvencionarlo yo en el caso de que no le fuera concedida. El libro apareció al poco tiempo hermosamente diseñado por Marina Lobo. Pedro de Silva lo presentó en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo y sirvió como homenaje en vida a un personaje excepcional.

            Concedieron la subvención, pero según me comunicó el editor solo cubría el veinte por ciento. Yo aboné con gusto lo demás, pero con la condición de que ella nunca se enterara. El libro tuvo mala suerte. El precio era demasiado alto, el editor no hizo caso de mis indicaciones de rebajarlo. Se vendió poco, como yo temía, y enseguida desapareció del mercado. Y desaparecido sigue, como el resto de las publicaciones de Universos, aunque me dicen que en Amazon quizá se pueda conseguir. Un hermoso tesoro escondido.

Martes, 9 de diciembre
EL TREN DE LA BRUJA

Un amigo, que algo sabe de rupturas --ha estado casado tres o cuatro veces--, me dijo que es más fácil recuperarse de un abandono que de ser el que se larga: “Te queda entonces un remordimiento que puede durarte toda la vida”.

            Yo creo que pasa lo mismo con las rupturas amicales (de las otras tengo escasa experiencia). Por eso yo, hasta hace poco, nunca rompía con nadie. Eran los amigos, o presuntos amigos, casi todos escritores, los que se enfadaban conmigo por una referencia en el diario, una reseña no enteramente positiva o cualquier otra nimiedad.

Pero últimamente estoy cambiando y soy yo quien ha decidido poner nombres en la lista negra. Claro que mi lista negra es muy cómoda. No implica que les niegue mi voto si estoy en un jurado y su libro me parece el mejor ni que ponga ninguna zancadilla en su carrera literaria. Simplemente dejan de existir para mí.

Dicen que el paraíso consiste en la mera contemplación de Dios y el infierno en estar lejos de su figura. Y yo me comporto en esos casos como si fuera lo que me gustaría ser: Dios todopoderoso.

Claro que, a ellos, eso les importa poco, más bien nada, y yo me alegro, porque me quito de delante a quien me ha defraudado sin sentir ningún remordimiento.

            Pero la verdad es que soy un poco lento en tomar decisiones. ¡Más de diez años he tardado en bajarme del tren de la bruja!

Miércoles, 10 de diciembre
SIN PALABRAS

Me resfrié el domingo y hoy estoy afónico. Un suplicio asistir a la tertulia. Ahí estuve tres horas escuchando a los demás sin poder decir palabra. No estaba de acuerdo con casi nada, pero tenía que oír y callar.

Siempre se han quejado mis amigos de que no los dejo hablar. No creo que sea verdad, pero si es así ahora estoy sufriendo yo el merecido castigo.

Claro que ellos fueron un poco sádicos. Se dedicaron a hablar con todo detalle de lo que yo más detesto: sus pejigueras y sus próstatas y a pronosticarme lo peor por no haberme hecho nunca los análisis pertinentes. En fin, que si yo fuera hipocondríaco me habría ido directamente de la tertulia a urgencias.

            Y si fuera aún más melodramático de lo que soy, qué bien vendría aquí una cita de Bécquer: “Solo recuerdo que lloré y maldije / y que en aquella noche envejecí”.

Jueves, 11 de diciembre
HASTA HOY

Cristóbal Ruitiña prepara un pequeño reportaje para televisión española con motivo de los cuarenta y cinco años de la tertulia.

            ---¿No son esos muchos años para una tertulia, sobre todo cuando hace casi otros tantos, o más, que han dejado de estar de moda?

            ---Más años llevo leyendo, más llevo publicando, y no me parece que sean demasiados. Para mí, una vida interesada en la literatura se sustenta en tres pilares. El primero, claro, es la lectura. Recuerdo los dos primeros libros de literatura adulta que me fascinaron. Uno, El escritor, una rara novela de Azorín que me regalaron cuando cumplí doce años porque me pasaba el día escribiendo, y el otro, las Poesías completas de Machado, que fue el primer libro que compré con mi propio dinero ahorrando peseta a peseta. Todavía los libros siguen siendo mi ocupación favorita, aunque ahora hay quien dice que solo me ocupo de destrozar semanalmente novedades. Otro pilar, es la escritura, que en mí va siempre asociada a la publicación. No soy yo muy de guardar inéditos. En eso soy poco pessoano. El primer libro lo publiqué cuando tenía veintiún años; el último, espero que de momento, acaba de aparecer. El tercer pilar es charlar de libros, de autores, entremezclar bibliografía y chismografía. Eso es lo que significa la tertulia. Al principio, cuando no conocía a nadie con mis mismos intereses, fue una tertulia imaginaria con los apócrifos de Jugar con Fuego, la revista que yo editaba y escribía casi en su totalidad. Luego apareció Víctor Botas, que descubrió la revista en Cervantes, y sucesivamente los siguientes contertulios. Unos duraron más tiempo, otros menos, pero siempre había quien los sustituyera. Y así hasta hoy.

Viernes, 12 de diciembre
ESA CHUSMA

Qué vistosa pesadilla la de esta noche. Era como una cabalgata de las valquirias en rutilante tecnicolor. María Corina Machado, nueva Agustina de Aragón, llegaba a Venezuela montada en un caballo blanco y seguida de tanques lanza misiles y de toda la maquinaria de guerra del ejército norteamericano. En una mano llevaba la espada y en la otra el título de premio Nobel de la Paz como estandarte.

            ---Duro y a la cabeza, chicos –animaba a las tropas—. No me dejéis un solo chavista vivo, aunque mi querido país, se quede sin nadie, que ya vendrá a llenarlo la gente de bien que espera a que nos liberéis de esa chusma.



sábado, 6 de diciembre de 2025

La rueda de la fortuna: La verdad y otras dudas

 

Sábado, 29 de noviembre
NUNCA SE SABE
 

Los problemas de salud mental han ido perdiendo el aura vergonzante y descalificadora que tenían, y eso está bien. A fin de cuentas, nadie se libra de ellos, como nadie se libra de un resfriado, una gripe o un dolor de muelas. Seguro que cualquier estudioso de la psiquiatría podría etiquetar mi gusto por la rutina y mi horror al cambio (no lo soporto, salvo que sea para mejor), pero de momento --cruzo los dedos-- me he librado de mayores percances en la salud física o mental. Dinero y amor no me han ido tan bien. Aunque bien mirado, tampoco tan mal, quizá porque nunca he necesitado mucho ni de uno ni de otro.

            Unas líneas de ¡Libreros malditos, malditos libreros!, el libro en el que Ricardo Álamo ha reunido semblanzas de libreros de viejo, me ha llevado a pensar en estas cuestiones. Hablando Antonio Castro, escribe: “Abrió su primera librería, de dos plantas, en ese bello escenario, como de postal museográfica, que es el barrio de Santa Cruz.  Allí permaneció casi veinte años, hasta que, por culpa de una ‘psicópata’ que le amargó la vida a él y a todo el vecindario del edificio donde se ubicaba la librería, tuvo que abandonarlo”.

            A mí, recuerdo con terror, estuvo a punto de ocurrirme algo semejante. En la Edad Media, para ciertos casos de salud mental, se hablaba de posesiones diabólicas. Un amigo tímido, discreto, buen lector y poeta, atento oyente de las cuitas ajenas y que nunca decía una palabra de más, de pronto se convirtió en un demonio. Bueno, de pronto no. Fue dando señales intermitentes para las que, los que le apreciábamos, siempre encontrábamos disculpa. Pero hubo un momento en que ya no fue posible. Vino dos o tres noches, a las tantas de la madrugada, a llamar al telefonillo de mi casa y a insultarme y pedirme a gritos que le abriera “si era valiente”.

            Qué triste habría sido para mí tener que llamar a la policía para que me librara de quien había sido uno de mis mejores amigos. Pero no fue necesario. Hace casi un año que no le veo. Por ahí anda dando tumbos y me alegra que, en sus dañinas obsesiones, haya pasado de mí y de la tertulia que le acogió hace más de treinta años. Todavía, sin embargo, me sobresalta el timbre del portal cuando alguien lo toca por equivocación fuera de horas.

Al librero sevillano le fue peor. Tuvo que irse a vivir a otra parte. Claro que los libreros de viejo están expuestos a la fauna más variada. A mí, por cierto, me prohibió la entrada en su librería, que frecuentaba desde hacía años, uno de ellos. ¿Me habría convertido yo también para él en un loco peligroso? Nunca se sabe. 

Domingo, 30 de noviembre
CONTRA EINSTEIN

No soy yo muy de vaguedades más o menos místicas, pero en el debate que, allá por los años treinta, tuvieron en una pequeña ciudad alemana, Einstein y Tagore, me pongo más del lado del poeta que del físico paradigma de la racionalidad. Hoy recuerda ese encuentro un suplemento dominical, de esos que yo leo en el McDonald’s de Los Prados antes de ir al cine. Hablan del concepto de verdad y Einstein dice:

            ---Aunque no haya nadie en esta casa, esa mesa permanece donde está, existe independiente de nosotros. Hay una realidad que no depende de nuestra existencia, nuestra experiencia y nuestra mente.

            ---La ciencia ha demostrado –responde Tagore-- que la mesa como objeto sólido es una apariencia y que lo que la mente humana percibe como mesa no existiría si la mente no existiera. El mundo aparte de nosotros es un mundo que depende para su realidad de nuestra conciencia. La verdad científica es solo una apariencia, lo que parece verdadero a la mente humana.

            Yo diría que la verdad científica es solo una hipótesis que trata de explicar la realidad con los datos hasta el momento conocidos. Además de los suplementos, traigo el libro  ¿Y si el universo no es como pensamos?, publicado por la Sociedad Española de Gravitación y Relatividad.

              Detesto la divulgación científica que nos cuenta cuentos para que entendamos los abstrusos conceptos de la física, cosas como que es posible viajar en el tiempo según la teoría de la relatividad o estar en dos lugares al mismo tiempo según la física cuántica. Me gustan los que dicen la verdad a los profanos, que los agujeros negros, por ejemplo, ni son agujeros ni son negros, que esa es sola una forma metafórica de hablar, y que se trata de una construcción teórica para explicar ciertos aspectos de la realidad macroscópica (lo que aparece en ciertas fotografías son solo presuntos agujeros negros).

Del origen del universo, si bien se mira, sabe tanto el más sabio científico como el tertuliano de café. La ciencia no nos dice nada de cómo comenzó ni siquiera de si comenzó. Lo que de momento sabemos es que el universo fue más denso y caliente en el pasado y lo fue tanto más cuanto más atrás nos remontemos. Llegaríamos así hasta un momento de mínimo volumen y máxima energía y campo gravitatorio. Más atrás, no podemos saber nada. Es la teoría o la hipótesis del Big Bang como origen del universo. Pero Iván Agulló, uno de los colaboradores del volumen, dice que tal hipótesis está basada “en una extrapolación injustificada de las teorías de Einstein”. Y añade: “No podemos confiar en esta teoría en aquellas condiciones extremas y no podemos utilizarla para apoyar o refutar ideas sobre el origen del Cosmos”. Hay otras teorías que afirman que el Big Bang, antes de ser un principio fue un final: “el universo no ha estado expandiéndose desde siempre; en el pasado, se contraía y lo hizo hasta que la densidad de materia y energía fue lo suficientemente grande como para provocar, como rebote, una expansión”. A la teoría del Big Bang se contrapone así la del Big Bounce, o Gran Rebote.

            ---O sea, admirado Einstein, que tienen razón Tagore y los Argensola: “ese cielo azul que todos vemos / ni es cielo ni es azul”. Tus teorías ayudarán a configurar el GPS que nos orienta cuando conducimos, pero a la hora de explicar el origen del universo nos dejan en ayunas.

Jueves, 4 de diciembre
NADA PUEDE PROTEGERNOS

Mientras tomo el primer café de la mañana en Noor, se me acerca el dueño y me ofrece sonriente un feo libro con el nombre de Trump: “Mire que curiosidad he encontrado”.

Resulta que es un libro escrito por Trump muchos años antes de dedicarse a la política. Lo abro al azar, dispuesto a reírme un rato, y lo primero que me encuentro resulta muy distinto de lo que esperaba: “La vida es algo muy frágil. No importa quién se es, si se es bueno o malvado, los bellos edificios que hayamos construido o cuánta gente conozca nuestro nombre. Nadie en la tierra puede considerarse completamente seguro, porque nada puede protegernos por completo de las tragedias ni del paso del tiempo”.

            ---Muchas gracias, Abbás. Lo leeré con atención.

Viernes, 5 de diciembre
TRUMP AL DESNUDO

El libro de Donald Trump Sobrevivir al triunfo, publicado en 1991, me ha interesado mucho más de lo que pensaba. El personaje no es exactamente la caricatura que algunos han hecho de él.

            Al final de la década de los ochenta, llegaron para Trump los malos tiempos, no solo financieros. Lo resume al comienzo de uno de los capítulos: un helicóptero, al que él estuvo a punto de subir, se estrella y mueren algunos de sus más cercanos colaboradores; su matrimonio entra en crisis y el divorcio se convierte en lucrativo espectáculo para los medios de comunicación; el campeón de boxeo al que apoyaba, y que todos consideraban invencible, se derrumba en la lona, como un símbolo, muy cerca de dónde él estaba sentado.

            Este libro, un manual de resistencia, explica su fórmula para resucitar, que volvería a aplicar más tarde cuando fuera y dejara y volviera a ser presidente. Por estas fechas, a quien le preguntaba si tenía intención de presentarse a un cargo público respondía que no y daba sus razones: “No quiero verme complicado en los compromisos, las adulaciones y otras cosas degradantes que hay que hacer para conseguir votos. La mayor parte de las mejores personas que hemos tenido en las instituciones fueron los nombrados y no los elegidos en unas elecciones”.

            Este libro, un fascinante viaje a otro tiempo, explica muchas cosas de ahora mismo. La razón de que Trump simpatice con Putin, por ejemplo, y considere una panda de pardillos a los políticos de la Unión Europea, simples pagafantas o paga misiles de la guerra en Ucrania.

No sé si Maduro, allá en la Venezuela asediada, ha leído Sobrevivir al triunfo. Si lo ha hecho, es posible que logre revertir la situación. Nada ayuda tanto en una negoción política o económica como conocer bien al rival.