Domingo,
15 de febrero
PARECE MENTIRA
---Parece mentira que una persona como tú, Martín,
defienda a Putin y a Maduro.
---En
cualquier conflicto, si escuchamos solo a una de las partes, es raro que esa
parte no sea la que tiene razón. “Rusia es culpable” se oye gritar a izquierda
y a derecha, como en la España de los años cuarenta, aunque entonces solo se
gritaba a derecha. Pero lo primero que se hizo, a comienzo del conflicto en
Ucrania, fue cortarle cualquier canal de comunicación y llenar todos los
nuestros con la propaganda oficial de uno de los contendientes. Yo, hasta que
no reciba información veraz, no le doy la razón ni a los separatistas que
quieren ser parte de Rusia ni a la Ucrania antirrusa que quiere se parte de la
Unión Europea e integrarse en la OTAN.
Y en cuanto a Maduro, no me parece que tratara con mayor dureza a la oposición
política ilegal que Trump a los emigrantes ilegales y no por eso aplaudiría que
un comendo de las fuerzas armadas chinas, rusas o colombianas, si tuvieran la
capacidad operativa suficiente, lo secuestraran en su dormitorio de la Casa
Blanca. Y en cuanto a Putin, todavía sus atentados contra algún opositor, no
reconocidos oficialmente, todavía no han ido nunca acompañados de un centenar
de homicidios. Víctimas sin nombre, por cierto. Aparte de sus familias,
¿alguien se acuerda de los asesinatos –no sé si ese es el término legal--
causados por el ejército de Estados Unidos?
---¿No te
referirás a los tripulantes de las narcolanchas? ¡Recibieron su merecido!
---Lo que no se puede negar es que Trump, en eso, es muy patriota: a fin de cuentas la ley de Lynch es una arraigada tradición norteamericana y a los gazatíes su lugarteniente Netanyahu no pretende darles otro trato que el que se dio a los nativos americanos.
Lunes,
16 de febrero
UN RECUERDO AGRADECIDO
En mi casa los libros entran todos los días y salen
todas las semanas. Si el buen lector, según se dice, o se decía, relee más que
lee, yo no soy un buen lector. Todos los días necesito libros nuevos, pero no
me paso el día leyendo, ni mucho menos. Pocos leo completos, aunque lea más de
una vez los que reseño. A la mayoría solo necesito unos pocos minutos para
comprobar que no tienen ningún interés o que no lo tienen para mí o que no son
lecturas para ese momento.
Cada
semana llevo una bolsa de libros a la librería de viejo que tengo al lado de
casa. No los vendo, por supuesto: sin ese alivio, hace tiempo que no podría
entrar en casa. Pero rara es la vez que salgo de ella sin ningún libro. Hoy le
ha tocado el turno a Barrio de Cimadevilla, de Luciano Castañón. Conozco
el barrio, conocí al autor, comparte colección con Valente y Ángel González,
con Gimferrer y Gil de Biedma, lo venden a dos euros.
Leo el
libro mientras tomo el primer café de la mañana en Noor. Luciano Castañón,
cuando yo comenzaba a publicar, allá por los años setenta, hacía crítica
literaria en el mismo periódico gijonés en que yo la hago ahora. Comentó generosamente
todo lo que yo publicaba.
Más que
los verso de este su primer libro de versos, me interesa el personaje. En la
solapa viene una fotografía suya y una sintética autobiografía en tercera
persona: “Luciano Castañón nació en 1926 en Gijón. Alumno en escuelas
gratuitas… y de pago. Luego el paréntesis de la guerra. Largo y triste
bachillerato. Más tiempo aún, pero ameno, como oscilante futbolista
profesional. Un tiempo sin trabajo. Enfermo prequirúrgico. Hoy, Graduado
Social, padre de familia numerosa y funcionario de un organismo paraestatal.
Viajes por toda España y alguna escapada al extranjero. Afortunado en algún
concurso literario. En el molesto lastre de los inéditos, como él mismo dice,
hay novelas, teatro, cuentos, poemas y abundante documentación para trabajos
asturianistas”.
De muchos
libros, me interesan más los paratextos que los propios textos. Barrio de
Cimadevilla incluye anuncios de revistas y de editoriales que me retrotraen
a los tiempos de mi iniciación literaria. Tomo el primer café con unas gotas de
melancolía.
De
Luciano Castañón, en Gijón queda su memoria, el recuerdo de un hombre bueno y
laborioso, pero a su labor literaria se la ha llevado el viento, como se lleva
tantas cosas. Cien años después de su nacimiento, cuando se van a cumplir cuarenta
de su muerte, el azar ha querido que yo relea hoy su primer libro de poemas y
le dedique un recuerdo agradecido.
Martes,
17 de febrero
CRÍMENES POLÍTICOS
En materia de violencia política, uno está curado de
espanto. De sobra sé que para los que se benefician de ella siempre tendrá una
justificación, que la justicia universal es una quimera, que nadie le pondrá el
cascabel al gato de genocidas.
Lo que
nunca había leído hasta ahora es un elogio de los asesinos del general Prim. Lo
encuentro en el libro que Pedro Vallina dedicó a Fermín Salvochea, uno de los
santos laicos del anarquismo español. Escribió su biografía, que tiene mucho de
autobiografía, en los años cincuenta, en el exilio mexicano, sin papeles, y eso
le añade imprecisión y encanto.
Tras la
revolución de 1868, Prim era el mayor obstáculo de la causa republicana. Pedro
Vallina cuenta que Salvochea le refirió lo siguiente: “Fue Paúl y Angulo el
ejecutor de Prim. Días antes estuve en una reunión en la que se trató de tan
grave asunto. Fue de noche y en la redacción de El Combate. Se discutió
acaloradamente acerca de la situación política del país, que en su mayoría se
manifestaba partidario de la República. Uno de los reunidos señaló indignado
que el general Prin se oponía a la voluntad popular a lo que Paúl y Angulo
objetó: En efecto, Prim es el culpable, pero pronto tendrá su merecido”.
Desde que
Antonio Pedrol Rius publicó, en 1960, poco después del libro de Vallina, Los
asesinos del general Prim, no hay duda de la intervención de Paúl y Angulo.
Fue el que dio la orden de disparar a los matones que le acompañaban y que
dudaron un momento tras un primer trabucazo fallido. Reconoció su voz el
general, la reconocieron sus ayudantes. Pero Paúl y Angulo se pasaría el resto
de su vida, negando que tuviera nada que ver en ese asesinato, a pesar de que
había afirmado más de una vez que mataría al general “como a un perro”. Pedro
Vallina no se explica por qué Paúl y Angulo, “el caballero jerezano sin tacha
ni miedo”, renegó “de la página más resonante de su personal historia”.
Antonio
Pedrol Ríus aclara muy bien que, si Paúl y Angulo y su cuadrilla fueron los
autores materiales del atentado, en su preparación y en su financiación
intervino alguien más que los ilusos republicanos. Intrigaba contra Prim el
general Serrano, pero fue el duque de Montpensier, aspirante al trono vacante,
quien más dinero puso en el empeño. Por eso, el sumario se cerró bruscamente
cuando su hija se casó con Alfonso XII y él pasó a ser el padre de la reina.
El bueno
de Pedro Vallina, un santo laico como Salvochea, como tantos anarquistas,
elogia un magnicidio que acabaría trayendo la República, sí, pero por poco
tiempo, solo el necesario para acabar con los preparativos de la restauración
borbónica. También elogia a “un bravo anarquista italiano, Miguel Angiolillo,
que ajustició a tiros al tirano repugnante que llevó el nombre de Antonio
Cánovas del Castillo.”
¿Está
justificado acabar con “un tirano repugnante”? Parece que no solo Trump piensa
eso: hasta el bueno de Obama ordenó la ejecución de Osama bin Laden. Lo que
ocurre es que el tirano para unos es para otros un líder venerado.
Jueves,
19 de febrero
AMIGOS DE IDA Y VUELTA
“¿Por qué tantos poetas que fueron amigos tuyos,
pienso en Miguel d’Ors, en Andrés Trapiello, en Martín López-Vega, en José Luis
Piquero, han dejado de serlo?”, me pregunta Jesús Beades en una larga
entrevista para su canal de YouTube.
---Bueno,
salvo el último, todos ellos han dejado y han vuelto a serlo, algunos de ellos
varias veces, como Trapiello. Recuerdo una presentación en la librería Alberti.
Estuvo casi una hora arremetiendo contra mí sin dejarme decir una palabra.
Todos sus rencores de muchos años salieron a la luz. Pero yo no tuve
inconveniente en elogiar como se merecía un libro de poemas que publicó poco
después y eso bastó para que me perdonara los reparos que había hecho a su
versión actualizada del Quijote. Yo no me enfado con nadie, pero todo el
mundo acaba enfadándose conmigo. Tengo el don de meter el dedo en la llaga y de
pisar callo. Eso va en mi naturaleza. Yo soy tan vanidoso como el que más, pero
a mí las heridas en la vanidad se me curan pronto. A otros les duran toda la
vida. A los mejores, no. Y siempre acaban perdonándome que nos le elogie tanto
como ellos creen merecer.




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