sábado, 24 de agosto de 2013

Historias de hotel: Una invitación



Siempre hablo de cosas de las que no debería hablar. Aún no sé cómo no he acabado metiéndome en un buen lío. Ver, oír y callar es un principio de antigua sabiduría. Pero lo mío es ver, oír y contarlo.
            Por supuesto, trato de no contarlo todo, pero lo que no cuento lo doy a entender y eso no sé si no será peor. La invitación para ir a Génova me llegó de manera imprevista y anónima: los billetes de avión, la reserva del hotel. Dudé antes de aceptarla, pero no demasiado. Hago colección de las ciudades que me fascinaron cuando niño, el dedo sobre el mapa en las interminables tardes de verano, y Génova faltaba en mi colección.
            El avión se retrasó más de lo habitual y desembarcamos pasada la medianoche. El aeropuerto estaba ya casi cerrado. Los pocos taxis que aguardaban en la parada desaparecieron en un instante, y al resto de los pasajeros habían ido a buscarles en coche. Antes de que tuviera casi tiempo de darme cuenta, me quedé solo en la parada vacía, con el aeropuerto cerrado.
            Un coche negro, no un taxi, apareció de pronto, cuando ya había comenzado a asustarme. El conductor se bajó, dijo mi nombre y me abrió una de las puertas. No añadió una palabra más hasta que llegamos al hotel. Y allí se limitó a desearme una buena estancia en la ciudad.
            Apenas pude dormir aquella noche. Soy una persona precavida, no me gusta meterme en líos. Pero a veces hago cosas absurdas, como aceptar la invitación de no sé quién para no sé qué.
            Intuía, sin embargo, alguna cosa. Hay en mi vida una etapa –de la que no quiero hablar, pero de la que siempre acabo hablando– en la que, obligado por las circunstancia, establecí relaciones, bastante cordiales y casi podríamos decir que íntimas, con personas que se dedican a actividades poco recomendables.
            Dormí mal, si es que dormí, pero mi humor cambió de inmediato en cuanto subí a la terraza, donde servían el desayuno y vi, recortándose en el azul del cielo sobre los tejados de la ciudad y las grúas del puerto, la Lanterna, el faro de la ciudad, cuya luz sirvió de guía a tantos aventureros.


            Desayuné tranquilamente, pedí un plano en la recepción y salí a la calle. El Hotel Savoia se levanta sobre una colina, la colina de Santa Brigida creo que se llama, y a sus pies tiene la estación del Príncipe y la Piazza Aquaverde con su gran estatua de Cristóbal Colón.
            Pasé la mañana entrando y saliendo de los palacios de la via Balbi, recorriendo el puerto, atravesado por una autopista elevada, perdiéndome en los callejones de la ciudad antigua, los célebres carruggi, de fama un tanto siniestra, pero que a mí no me daban miedo ninguno, todo lo contrario, me producían una cierta sensación de euforia, como si a la vuelta de un estrecho callejón fuera a descubrir el portón de entrada a un patio tras el que se traslucía el jardín que he estado buscando desde siempre.
            En la via Garibaldi visité los jardines del Palazzo Bianco y subí al tejado del Palazzo Rosso. Desde allí se divisaba una vista fascinante de toda la ciudad, la que se apretuja a la orilla del puerto, la que se pone de puntillas sobre las colinas para ver mejor el ancho mar.
            Ningún espectáculo me ha seducido nunca tanto como el apiñado caserío de una vieja ciudad visto desde lo alto, pero desde muy cerca, pudiendo adivinar la vida en las terrazas, tras las ventanas, bajo los tejados.
            Me había olvidado del motivo por el que estaba allí cuando sonó el teléfono, sin duda para recordármelo. Efectivamente, a las siete de la tarde pasarían a recogerme por el hotel para ir a cenar.
            Colgaron antes de que yo pudiera preguntar quién me invitaba a aquella cena, quién me había invitado a aquel viaje. Pero no me hacía falta preguntarlo. Yo también, como Cervantes, y por motivos que ahora no vienen al caso, estuve un tiempo en uno de esos lugares “donde toda incomodidad tiene su asiento”. Allí uno no puede permitirse el lujo de no ser astuto si quiere sobrevivir. Tuve ocasión de hacerle algunos pequeños favores, pero en el momento adecuado, a un empresario o banquero, nunca tuve muy claras cuáles eran sus actividades, cuya extradición había sigo solicitada por el gobierno italiano.
            No le volví a ver, pero mantuvimos algún contacto. Era un tipo curioso, que se me acercó cuando yo estaba en el patio con La divina comedia en las manos y, por todo saludo, me recitó unos versos que yo también me sé de memoria: “Noi leggiavamo un giorno per dilecto / di Lancialotto como amor lo strinse: / soli eravamo e sanza alcun sopetto”.
            Desde entonces charlamos con frecuencia, de libros y de Italia, sobre todo de Leopardi y de Nápoles, nunca, por supuesto, de los negocios que le habían llevado allí. Era un tipo muy respetado. Su amistad me trajo algunos beneficios: dejaron de acosarme los matones, no tuve que volver a limpiar las letrinas ni ducharme con agua helada. Cuando salí, antes que él, me encargó hacer dos o tres gestiones, una de ellas con un juez, que cumplí sin ningún temor (yo entonces era algo irresponsable, y me temo que lo sigo siendo). Luego, de vez en cuando, y en fechas señaladas, me ha llegado algún libro italiano, bien seleccionado y tuve noticias, por los periódicos, de su amistad con el ya fallecido Andreotti, de sus negocios con Berlusconi y de su presunta relación, nunca probada, con algún sonado escándalo financiero.
            Los billetes para Génova, la reserva en el Grand Hotel Savoia tenían que ser cosa suya, y me alegraba la ocasión del volver a verle. Por eso acepté la extraña invitación sin dudarlo un momento.
            Tenía todavía unas horas antes de que pasaran a recogerme. No me decidí a visitar el aparatoso cementerio, no me apetecía emborracharme de melancolía, y preferí llegarme hasta la Lanterna. Un taxi me dejó a la entrada del paseo peatonal que lleva hasta ella ascendiendo sobre el febril laberinto portuario.


            Subí las fatigosas escaleras y cuando me disponía a admirar el espectáculo del mar y la ciudad una voz sonó a mis espaldas: “He acertado al suponer que vendrías aquí”. Le reconocí de inmediato. No había cambiado mucho en todos aquellos años, aunque ahora tuviera el pelo blanco y vistiera con una elegancia como de caballero inglés de otro tiempo. “Cenaremos más tarde y charlaremos de Italia y de España, y de Paolo y Francesca, pero las cenas no son buenas para los negocios. Ya sabes, hay demasiados oídos atentos y más ahora con el nuevo Papa, que nadie sabe por dónde va a salir. Andan los monseñores muy alterados. Prefiero hablarte aquí, pedirte un pequeño favor. No es importante, pero necesito a alguien libre de toda sospecha, a quien no puedan relacionar conmigo. ¿Te ha gustado la ciudad? ¿Y el hotel? Lo escogí yo. Sabía que era un hotel que te gustaría, de vez en cuando leo tu Café Arcadia”.
            Hablaba en un perfecto español, sin acento ninguno. No voy a contar aquí el pequeño favor que me pidió, nada grave, nada importante por supuesto, aunque debía serlo, a juzgar por su interés, pero yo preferí no indagar demasiado. Hice aquellas tres o cuatro gestiones en cuanto volví a España.
            Se disculpó por dejarme solo en el faro, por no explicarme el panorama que se veía desde allí, por no ponerle nombre a las colinas, a los torreones y a las cúpulas. Pero tenía prisa. Nos veríamos a la hora de la cena.
            Disfruté, sí, del hermoso espectáculo del caserío y de la apacible puesta de sol sobre el mar. Cuando regresaba por la senda peatonal, disfruté de otro espectáculo: el registro de un carguero, todo el muelle lleno de estridentes coches policías.


            Pero no hubo cena. A las siete en punto, me llegaron las disculpas. Y la indicación de que tenía una mesa reservada, para dos personas, en Il Peschereccio, un viejo pesquero atracado en el puerto, frente al Acuario.
            Cené solo. Pero como estoy acostumbrado no me resultó deprimente. Y no es del todo cierto que estuviera solo. Tenía a toda la ciudad en torno mío, las luces cabrilleando en el agua. Y también, cuando alzaba la copa, me acompañaba, como a Li Po, la luna, una inmensa luna llena. 


sábado, 17 de agosto de 2013

Historias de hotel: Cambio de manos


Dejar la Place des Terreaux, abrasadora a aquella hora de la tarde, en la que deslumbraban los oros del Ayuntamiento, y adentrarse en el claustro del Museo, todo frescor y silencio, era entrar en otro mundo.
Parecía desierto, pero estaba lleno de gente: lectores solitarios, amigos que callaban juntos, parejas que se susurraban dulces secretos… Las fuentes, los árboles, los altos setos, los grupos escultóricos formaban una especie de laberinto.
Yo había llegado solo a Lyon, una ciudad en la que no había estado nunca, aquella misma mañana, con intención de regresar a Ginebra en el último tren de la tarde. Había pateado entera la ciudad, o casi, y estaba agotado.


Nada más sentarme, una sombra en la que no había reparado, desde el banco de enfrente, sonrió y me saludó. Aquella cara me resultaba familiar, pero no fui capaz de darle un nombre ni de recordar dónde la había visto.
            ––¡Qué casualidad encontrarnos aquí! No nos conocemos, pero desayunamos juntos todas las mañanas.
            Sí que era casualidad. Cada mañana, poco después de que yo bajara a desayunar, a las ocho en punto, aparecía otro huésped más o menos de mi edad, que se sentaba en la esquina contraria. Poca gente más solía bajar a aquella hora. A veces desayunábamos solos. El Hotel d’Allèves es un hotel confortable y discreto, en el que se puede dormir con la ventana abierta y solo se escucha el rumor de una fuente.
            ––Permítame que me presente. Me llamo Daniel Calvo, soy profesor jubilado de literatura
            Se notaba que tenía ganas de hablar y como yo llevaba unos cuantos días sin charlar con nadie, acepté con gusto su compañía. Además en seguida me resultó simpático porque, al decirle yo mi nombre, recordó haber leído en el ABC algún artículo mío.
            ––Mi padre trabajó en el ABC muchos años; ese periódico me es familiar desde que era niño.
            –-A mí también.
            Y le conté la historia, que cuento siempre, del vecino barbero que era suscriptor y de cómo aquellas páginas en las que colaboraban Azorín y Pérez de Ayala constituyeron el primer alivio de mi pasión lectora.
            –-Mi padre fue corresponsal en Francia durante los años de la ocupación. Guardaba sus crónicas amarillentas en una carpeta. Yo las leí un día y le reproché que llamara criminales y terroristas a los franceses de la Resistencia y que justificara el asesinato de rehenes. Llegó a escribir que los ocupantes no escogían al azar a los rehenes que fusilaban como represalia sino que los seleccionaban entre individuos cuya culpabilidad en delitos que se castigan con la pena de muerte, como la tenencia de explosivos o la propaganda en favor de los comunistas, estaba perfectamente probada. “Era la retórica de la época –decía él–. Entonces veíamos las cosas así. Los franceses de la Resistencia eran como los etarras o los talibanes que atacan a los americanos o a nuestras tropas en Afganistán”. Mi padre no se arrepentía de lo que había escrito ni de lo que había hecho y yo temía que hubiera algo oscuro en su pasado. “¿Pero a ti por lo menos no te parecería bien lo que los alemanes hacían con los judíos?”, le dije. “Por supuesto que no, pero en eso se ha exagerado mucho y ten en cuenta que los judíos siempre han causado problemas en todas partes. Mira ahora en Palestina”. Mi padre, falangista de la primera hora, seguía siendo un nazi. O eso me parecía a mí, que por entonces, ya se había muerto Franco, era más o menos maoísta. Me distancié de él. Le veía solo en las reuniones familiares y hablábamos lo menos posible, lo imprescindible para no disgustar a mi madre. Murió hace un mes y en los viejos papeles que guardaba me encontré con una sorpresa. En la vida abundan más de lo que creemos esas cosas que solo pasan en las novelas.
            Habíamos dejado el claustro del Museo de Bellas Artes, habíamos ido paseando al azar por calles en sombra y decidimos sentarnos en una pequeña plaza casi toda ocupada por las mesas de una terraza. A un lado se alzaba la fachada aparatosa de una iglesia y al otro una placa recordaba que allí había vivido Luise Labé, la poetisa renacentista traducida por Aurora Luque.


            ––¿Por qué ha decidido usted alojarse en el Hotel d’Allèves? Supongo que porque es tranquilo, silencioso, céntrico. Yo no lo escogí por esos motivos. Esto que le cuento a usted todavía no se lo he contado a nadie. Ya sabe la historia del hotel, ¿no? La habrá leído en la información que dejan en las habitaciones. O quizá no. Nadie lee esas cosas. Antes de ser un hotel, fue un famoso restaurante, Le Mazot, y un bar americano, Le Coq Rouge (por eso aparece un gallo como motivo recurrente de la decoración). En el primero un bebé cambió de manos; en el segundo, se fraguó un complot para asesinar a Franco. En ambos asuntos tuvo que ver mi padre. El local del restaurante, que tenía entrada por la Rue Kleberg, es ahora la sala de desayunos; la recepción ocupa el lugar de Le Coq Rouge, que daba a la Rue Cendrier. En 1957, el propietario de ambos locales decidió convertirlos en el hotel en que ahora nos alojamos. Sé incluso la cantidad que mi padre pagó por mí, una cantidad alta, no se aprovechó de la necesidad de aquella mujer que necesitaba deshacerse de su hijo para emprender una nueva vida. Mi madre era francesa, de Lyon, así que yo que me creía madrileño soy de esta ciudad que ahora visito por primera vez; mi padre, un soldado alemán anónimo, quizá uno de los torturadores a las órdenes de Klaus Barbie. A mi madre, embarazada, le cortaron el pelo y la pasearon por las calles. A punto estuvo de abortar. Logró llegar hasta Suiza con el bebé de pocos meses. Aquí se alojó en alguna institución de caridad y entró en contactó con el intermediario. El plato más apreciado de Le Mazot era el filete a la Chateaubriand, ese montón de carne medio cruda –yo soy vegetariano– que le encantaba a Napoleón y al autor de las Memorias de ultratumba. Me imagino que eso es lo que devorarían en aquella cita mi padre y aquel hombre. Un grueso sobre de billetes pasó de unas manos a otras y un bebé de unos brazos a otros. Espero que la mayor parte de ese dinero fuera para aquella pobre mujer y no se quedara en las garras del intermediario. Espero que pudiera rehacer su vida, lejos de la Francia que la había maltratado. La que para mí sigue siendo mi verdadera madre murió hace ya bastantes años, sin que nunca me confesara nada. Ya no puedo preguntarle ninguna cosa, y me alegro por ello. No creo que le gustara revolver este asunto. Mi padre, en cambio, guardó cuidadosamente todos los papeles para que yo un día conociera mi verdadera historia. No sé si me ha alegrado saberla. Debería pasar por el Museo de la Resistencia, revisar archivos. Ya sabe usted que Lyon fue una de las capitales del colaboracionismo, que aquí aclamaron a Petain como en ninguna parte de Francia, y que aquí delataron a Jean Moulin y deportaron hacia los campos de exterminio a miles de judíos. Y todo aplaudido por buena gente, por honrados padres de familia, por cristianos que cumplían escrupulosamente los preceptos de su religión. Y luego hubo otros crímenes, otras venganzas que no se recuerdan en ningún museo. ¿Era un criminal de guerra el soldado que, en la desbandada final, se acostó con una anónima muchacha francesa? ¿Lo era mi padre, que compró su hijo a una mujer necesitada? ¿Qué habría sido de mí si él no me hubiera comprado?
            Volvimos juntos a Ginebra en el último tren, el de las ocho treinta. Delante de la estación de Perrache, tapando su fachada, han construido un poco afortunado centro comercial. Desde su terraza, mi acompañante me señaló un sólido edificio art nouveau, el hotel Chateau Perrache, según se leía en un cartel sobre la fachada.


            –En 1943 se llamaba el Hotel Terminus y era la sede de la Gestapo. Ahí ejercía sus habilidades Klaus Barbie. Ahora ha vuelto a ser un hotel. ¿No oirán los gritos de los ajusticiados los que duermen en sus habitaciones? Por Internet circulan historias de fantasmas con él relacionadas. Ahí pensaba alojarme yo, incluso había hecho la reserva. Pero no fui capaz. Por eso preferí quedarme en Ginebra, uno de los lugares más propicios a la felicidad, según la frase de Borges. ¿Ha visitado usted ya su tumba? Cuando yo lo hice, el lunes pasado, me encontré con una edición en japonés de El Aleph que algún lector agradecido había dejado como ofrenda. La dedicatoria manuscrita decía: “Conscriptorem optimum memoro”. En el Hotel d’Allèves no hay fantasmas. O al menos a mí no se me ha aparecido ninguno. ¿Y a usted? Me imagino que tampoco. A menos que me considere a mí un fantasma. Y no se equivocaría mucho. Todos lo somos de alguna manera, aunque solo a partir de cierta edad comenzamos a darnos cuenta..


sábado, 10 de agosto de 2013

Historias de hotel: Un secreto


Un viernes apareció por la tertulia un poeta argentino que estaba haciendo los cursos de doctorado en la Facultad de Psicología. Los poemas, muy derramados y crípticos, me interesaron poco, al contrario que las historias que contaba. Antes de recalar en España, había ejercido mil y un oficios, entre ellos, como no podía ser de otra manera, el de psicoanalista. A mí me vio muy tenso, muy huidizo, con no sé qué tensiones no resueltas y se ofreció a ayudarme. Me atendería gratuitamente, según repitió, pero yo sabía que andaba mal de dinero, así que acepté –me divertía ser psicoanalizado como un personaje de Woody Allen– con la condición de abonarle su trabajo razonablemente.
            Para mí aquello era un juego. Me tumbaba los martes y los jueves en el sofá de mi casa (previamente había que quitar los libros que lo llenaban casi por completo) y el se sentaba, a mi cabecera, en el único sillón que hay para las visitas.
            No tardé en sentirme algo incómodo con aquel juego. Yo le contaba la mezcla de medias verdades y completas mentiras que suelo contar habitualmente cuando escribo de mí mismo (no tengo otro tema), pero él sabía hábilmente separar unas de otras.
            “Encuentro muchas resistencias”, me dijo. “Eso es señal de que estoy poniendo el dedo en la llaga”. Sí, lo estaba poniendo y a mí eso no me gustaba mucho. Me acordé de Rilke, que no quiso someterse al psicoanálisis porque temía que si se libraba de sus conflictos y de sus angustias ya no podría escribir. Un viaje que me surgió por entonces fue un buen pretexto para interrumpir las sesiones, que ya no se reanudaron.
            Recuerdo bien que la última tarde en el sofá habíamos estado hablando de Coimbra y de un encuentro en el parque da Sereia. Él quería seguir indagando, intuía que allí había algo importante, pero yo me negaba a entrar en más detalles.
            Esto fue hace algunos años. Últimamente se me ha acentuado el desasosiego, el malestar, la sensación de que en alguna encrucijada tomé el camino equivocado.
            Decidido a enfrentarme con mis fantasmas, volví a Coimbra. Me alojé en un hotel que siempre me había fascinado, el Astória, cuyo perfil, que algo me recordaba al Flatiron neoyorquino, se recortaba en el Largo da Portagem, entre la calle que bajaba hacia la estación y el río.
Llamaron a la puerta de mi habitación ya bien entrada la noche. No conocía a nadie en aquella ciudad que me había sido tan familiar hacía treinta años y naturalmente me asusté. “Soy yo, abre”. Me levanté a abrir, en pijama, pensando en que sería alguien que se había confundido de habitación. En el pasillo había una mujer muy joven, sonriente, que no se extrañó al verme. Como si no se percatara de mi extrañeza, me dio un beso y entró decidida.
            Yo había llegado a Coimbra aquella misma mañana. Al abrir la ventana de mi habitación me sorprendió un panorama de tejados que iban ascendiendo hasta la poderosa mole de la Universidad, un panorama muy semejante al que vi el primer día tras un interminable viaje en tren. Entonces la ciudad estaba llena de promesas, ahora de recuerdos, reales o inventados.


            Me había pasado el día acariciando los lugares conocidos: la Rua Ferreira Borges, el café de Santa Cruz, la Praça da República, la Sé Velha, la Porta Ferrea, la Via Latina, el Jardín Botánico… Pero tras la ilusión del reencuentro todo me parecía el desconchado decorado de una obra que hacía tiempo que había dejado de representarse.
            Muchas cosas habían cambiado desde que yo fui estudiante en Coimbra. Ya no cruzaba el tranvía la larga calle que iba desde el Largo da Portagem, junto al río, hata la Igreja da Santa Cruz, ya no existía O Mandarim, en la Praça da Republica, ni el Café Arcádia, ni tantos otros lugares. Seguía existiendo, sin embargo, la librería en el Arco da Almedina donde compré aquellas sobrias primeras ediciones de los diarios de Torga, que él mismo editaba.
            La ilusión de la llegada se fue desvaneciendo a lo largo del día, Al final, de regreso al hotel, tras una cena ligera, a la memoria me venían insistentes unos versos: “Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver”. Y menos si se trababa de resolver enigmas sin solución.
            Me acosté borracho de melancolía. Tardé bastante en dormirme. Apenas había comenzado a coger el sueño cuando llamaron a la puerta. “¿Quién será?”, pensé. Y recordé un poema de Álvaro Pombo: “No tengo aquí ni amigos ni fantasmas”. Amigos no, ni siquiera conocidos, después de tanto tiempo, pero fantasmas tenía muchos. Pero los fantasmas no llaman a la puerta. O sí.
            La mujer se desnudó y se metió en la cama. Con un gesto me invitó a acompañarla. Yo no sabía qué hacer.
            Recordé una escena de treinta años atrás. Yo me alojaba en una pensión de la Rua Antero de Quental, muy cerca de la Praça da Republica, donde los estudiantes de la Universidad se reunían a beber y conversar hasta altas horas, y del parque da Sireia, lugar de encuentros furtivos. Estuve yo charlando aquella noche con algunos compañeros del curso de Férias; poco a poco se fueron yendo todos. No tenía yo ninguna gana de retirarme al estrecho, caluroso cuarto de la pensión. Era una noche hermosa y llena de estrellas, con una gran luna en lo alto. La plaza se había ido quedando vacía.
Una joven pasó a mi lado, me sonrió y, sin decir palabra, se dirigió hacia la entrada del parque, cuyos tres arcos orientales  parecían abrirse a un mundo donde todo era posible.
            Entré inmediatamente tras ella, pero en la avenida que hay ante la gran fuente barroca no vi a nadie. Me extrañó. No había tenido tiempo para llegar hasta el fondo y desaparecer en la oscura arboleda. Miré a mi izquierda, donde se encuentra el busto de Camilo Pesanha, y a mi derecha, sin verla. Noté de pronto algo extraño y me volví: allí estaba, a mi espalda, muy cerca, casi rozándome con su aliento. “¿Te he asustado?”. Sentí de pronto unos bultos que se movían sigilosos entre las sombras del parque y me asusté aún más. Rápidamente me dirigí hacia la salida y ella me miró triste, sin intentar detenerme.
            No la volví a ver. No tardé en olvidarme de ella, o eso creía. Pronto comenzó otra historia, también en el parque, que me tuvo entretenido hasta que llegó la hora de volver a Asturias.
            Desde aquel largo verano de hace más de treinta años no había vuelto a dormir en Coimbra. Alguna vez pasé por ella, camino de Lisboa, de Oporto o de Aveiro, pero siempre tenía prisa por marchar, me resultaba imposible soportar más de unas horas el peso de tanta melancolía.


            El hotel Astória, con su algo marchita elegancia de los años veinte, me pareció el mejor lugar para firmar una tregua con mis fantasmas. Cumplía además un viejo sueño: en mis tiempos de estudiante siempre había querido alojarme en él.
            Me recosté en una esquina de la cama, sin atreverme a acercarme a la mujer. Se acercó ella y me abrazó con fuerza. No era tan joven como me había parecido en la penumbra. Debía de tener unos cuarenta años.
            Volvieron a llamar a la puerta. Esta vez con mayor intensidad. “Abra o llamo a la policía. Sé que mi mujer está ahí”. La historia de fantasmas que yo me imaginaba se convertía de pronto en una comedia bufa. Seguían golpeando, cada vez con más fuerza. Iban a despertar a todo el hotel.
Me levanté a abrir. Un hombre me apartó de un empujón y fue directo hacia la cama. Estaba vacía. Como había visto tantas veces hacer en el teatro de vodevil y en las películas españolas de los años setenta, registró los armarios, apartó las cortinas del ventanal, entró en el baño. Me miraba luego desconcertado. “Habría jurado que estaba aquí”. Salió deshaciéndose en disculpas. Tendría más o menos mi edad, pero conservaba el pelo y se notaba que frecuentaba el gimnasio. Respiré tranquilo cuando abandonó la habitación.
Lo volví a encontrar a la hora del desayuno. Estaba sentado, solo, en la mesa de la redondeada esquina, una especie de proa que avanzaba sobre la plaza. Me hizo un gesto sonriente y me invitó a acompañarle. Todo el resto del salón estaba vacío. Pensé que querría disculparse. “Usted no se acordará de mí”. ¿Cómo no iba a acordarme? “Coincidimos aquí en los tiempos de estudiante, allá por 1980”. De pronto me volvió a la memoria aquella misma sonrisa, con treinta años menos, y no pude evitar ruborizarme. Él lo notó: “Veo que ya me recuerda”.
Recordaba, recordaba, pero no me encontraba muy a gusto con ese recuerdo y prefería hablar de otra cosa. “Siento lo que ha ocurrido esta noche”, dije. “¿Ha ocurrido algo?”, “Usted vino a mi habitación pensando que su compañera se encontraba en ella”, “¿Mi compañera? Yo he venido solo. Dormí de un tirón toda la noche. Entre sueños creí oír que alguien alborotaba y golpeaba una puerta, pero yo seguí durmiendo tranquilamente”. “Yo probablemente también, pero no tranquilamente.  Tuve un sueño raro. Su mujer se metía en mi cama y usted entraba a buscarla. Qué raro que apareciera en mi sueño si es ahora cuando le veo por primera vez”. “Por primera vez no…”, “Bueno, aquello no cuenta”. Volvió a sonreír. “Quizá me vio en algún momento y la imagen quedó grabada en el subconsciente”.
Esa palabra me trajo a la memoria al poeta y psicoanalista argentino. “Tienes que atreverte a bajar al sótano, tienes que atreverte a enfrentarte con lo que allí vas a encontrar”, me dijo en una de las últimas sesiones. Pero yo, como Rilke, el mayor miedo que tengo es a perder mi miedo, librarme de mi angustia, ver las cosas claras. ¿De qué iba a escribir si no tuviera un secreto del que no me atrevo a escribir?




sábado, 3 de agosto de 2013

Historias de hotel: Aquella noche en Jerusalem


Cuando yo era niño y vivía en Aldeanueva del Camino, el peor insulto que podía hacerse a alguien de Hervás era llarmarle judío. Ahora hay estrellas de David por todas las esquinas y la herencia judía –real o inventada– se ha convertido en su principal atractivo turístico.
            Una de las pocas cosas realmente judías de Hervás es la pastelería La Candela, regentada por Abigail Cohen, nacida en un kibutz de Israel, pero cuyos antepasados anduvieron por Siria y por Argentina y un poco por todas partes.
            Como siempre que vuelvo a mi pueblo, y lo hago todos los veranos, me paso la mayor parte del tiempo en Hervás. Aldeanueva es para mí uno de esos parientes a los que queremos mucho, pero a los que no soportamos.
En Aldeanueva, aguanto poco. A la media hora de estar allí ya se desploma sobre mí todo el tedio de la infancia sin libros, las largas horas de la siesta, una enervante, exasperante, asfixiante modorra.
Hervás es otro mundo. Pero estas cosas no las puedo decir porque la vieja rivalidad entre los dos pueblos cercanos –poco más de cinco kilómetros los separan– continúa y no quiero que me declaren persona non grata precisamente en mi pueblo natal.


            Después de visitar el museo de Pérez Comendador, donde hay también una muestra de las esculturas geométricas de Ángel Duarte, tomaba yo un café en La Candela y saboreaba los maamul, las pastas rellenas de dátiles o nueces que se solían comer después del ayuno del Yom Kipur, cuando, por una de esas nada raras coincidencias del azar, apareció en la puerta precisamente la persona en la que estaba pensando. Me la había traído a la memoria aquel exótico sabor: habíamos disfrutado juntos de unos pastelillos semejantes en una cafetería de Jerusalem. “¡Qué alegría verte, José Luis! ¿Qué haces por aquí?”
            Ella se alojaba en el Jardín del Convento y, tras pagar la cajita de pastas que había venido a comprar, me invitó a acompañarla. Aparte del gusto por charlar con una querida amiga, un coleccionista de jardines como yo no podía negarse a conocer un hotel así llamado.
            El Jardín del Convento está en la plaza del mismo nombre, junto a la iglesia, en una hilera de sobrios edificios que a mí siempre me había recordado a la casa Masides, muy cerca de la mía, en la carretera de Aldeanueva.
            ––Es una casa particular adaptada como pequeño hotel de solo siete habitaciones. Los dueños viven en el último piso. Yo vengo siempre que ando enredada con un libro nuevo y necesito concentración. Lo mejor es el jardín. Ya lo verás.
            Lo vi y tuve la sensación de que no lo veía por primera vez. Muchas veces había soñado con aquel lugar, con esos setos en forma de laberinto, con la palmera, con los macizos de flores y la serranía del fondo.  Era exactamente el jardín entrevisto en mi infancia tras las altas verjas del otro lado de la carretera, el jardín que yo he tratado siempre de reencontrar en todos los jardines del mundo.


El jardín de mi infancia solo existe ya en mis sueños, aunque ahí sigan sus muros y la gran puerta de hierro. No hay nada tras ella, solo la burla y la desolación: la barbarie municipal lo ha convertido en una polvorienta pista para eventos varios.  Únicamente ha respetado el inmenso castaño que se eleva sobre la carretera para dar testimonio de lo que una vez fue.
            ––Te voy a contar una historia que te hará este jardín aún más fascinante. Tú sabes de sobra quién fue Severiano Masides. Editaste con Ana Reviriego su único libro, La estela de un campesino, pero lo que no creo que sepas es que el modelo de su casa en Aldeanueva es esta en la que ahora estamos. Y su jardín quiso ser una réplica de este mismo jardín que ha conservado bastante de su original disposición isabelina. Severiano Masides acabó siendo un conservador, partidario de Primo de Rivera, al que Alfonso XIII concedió la medalla del trabajo. Recuerda uno de sus aforismos: “A una democracia impuesta por el fanatismo, prefiero una dictadura inspirada en la templanza y la virtud”. Pero no siempre tuvo esas ideas, que se fueron acentuando hasta la caricatura en sus descendientes. En su juventud, fue un liberal y un revolucionario. Participó muy activamente en las conspiraciones que destronaron a Isabel II y por eso le nombraron alcalde en Aldeanueva tras la Gloriosa, tras la revolución de septiembre. Esta casa la acababa de construir un comerciante que había hecho su fortuna en América. Severiano Masides, que entonces tenía poco más de veinte años, se enamoró de la casa, del jardín y de la mujer del dueño. Al parecer fue correspondido, al menos durante una noche y en este mismo jardín. Pero quedan muy pocos datos de esa relación. De un lado y de otro se ocuparon de borrar todas las huellas. Yo quería hacer un trabajo de investigación, pero creo que voy a terminar escribiendo una novela. Hay verdades a las que solo la imaginación puede llegar.


            ––De la autobiografía de Severiano Masides, dos pasajes me gustan especialmente. Solo fue a la escuela hasta los nueve años, pero nada le gustaba más que leer. Como la lectura escaseaba, convenció  a sus padres para que le pidieran a un vecino, que estaba suscrito a La Iberia, los números atrasados. A mí me pasó lo mismo. Vecino nuestro era el peluquero del pueblo, suscrito al ABC, y los ejemplares viejos del ABC fueron mi primera biblioteca. Supongo que no entendía gran cosa, pero lo devoraba todo. Todavía recuerdo unos versos citados en una reseña de un libro de Gerardo Diego. Me parecieron tan malos que me los aprendí de memoria: “Cuando yo era niño, me traía el mar / las cadencias de don / Emilio Castelar. / Hoy me deleita, raro sireno, / don José María Pemán, / el bueno”.
            ––Se ve que ya de niño ibas para crítico literario feroz.
            ––Al niño Severiano le entusiasmaban las campañas políticas de Calvo Asensio y también los versos que se publicaban en el periódico. Sin saber nada de métrica, se atrevió a escribir un soneto y se lo envió al director de la publicación. Y poco tiempo después, cuando estaba con su padre trillando en la era, llegó la madre con una carta en la mano. Ella no sabía leer y temía que fueran malas noticias. Pero la carta venía con membrete del Congreso de los Diputados y estaba dirigida a aquel niño de un pueblo remoto. Calvo Asensio le agradecía cariñosamente sus versos. Desde entonces su mayor ilusión era abandonar el pueblo y dirigirse a la Corte, hacer allí carrera política. Se sentía destinado a grandes cosas. Pero tú todo esto, si estás escribiendo una novela sobre él, ya lo sabes de sobra.
            ––Me gusta oírtelo contar. Creo que en alguna parte le comparas con un personaje de Galdós, con el Felipín de El doctor Centeno.
            ––Sí, parece un personaje de Galdós o de Balzac, uno de esos jóvenes provincianos que llegan a la capital dispuestos a conquistarla o incendiarla. Poco después de la historia de la carta, el padre de Severiano llegó del mercado de ganado, que se celebraba todos los miércoles desde la época medieval, con la que al chico ambicioso e impaciente le pareció la mejor de las noticias: le había “ajustado” (como se decía entonces) para llevar cerdos a Madrid y debía prepararse para emprender de inmediato la marcha. Era invierno y el viaje a pie por tierras de Ávila y el puerto de Guadarrama, malcomiendo y durmiendo en la cocina de los mesones con un poco de paja encendida por toda lumbre, se hacía interminable. El joven porquero estaba impaciente, le parecía que llegar a la Corte y conquistar la gloria sería todo uno. Tras veinte días de caminata, cerca de Villalba se presentó el dueño y dispuso el embarque del ganado en esa estación. Eran dos porqueros y cada uno iba apretujado con los animales a su cargo en un vagón plataforma. Al llegar a la vista de Madrid, su compañero le señaló un edificio que sobresalía entre todos y le gritó: “El Palacio”. Y lo que pensó Severiano fue: “Algún día despacharé en él de ministro o moriré en un asalto como un mártir de la libertad”.
            –-No fue ministro, pero sí un gran terrateniente y fue condecorado por un nieto de aquella reina frescachona a la que contribuyó a expulsar de España y de la que quizá, como todos los revolucionarios de entonces, estuvo un tiempo secretamente enamorado. Quién le iba a decir que toda su fortuna desaparecería, tras su muerte, en las ávidas manos de quienes de joven tanto combatía.
            –-No le importaría. De viejo se convirtió, como nos ocurre a casi todos, en todo aquello contra lo que luchaba a los veinte años.
            (Mientras hablábamos, había ido atardeciendo en el jardín. Ya casi era de noche, pero aún no se habían encendido las luces. Miré a mi amiga y recordé el susto de aquel otro anochecer cuando nos encontramos, cerca de la puerta de Solimán, en medio de un altercado entre adolescentes palestinos y soldados israelíes, y la noche luego en el hotel. Del amor imposible de Severiano Masides quedó un jardín y luego no quedó nada. Como no quedó nada, nada, de aquella noche en Jerusalem. Salvo este jardín, en Hervás, por el que tantas veces había paseado en sueños sin haberlo visto nunca y esta mañana encuentro al despertar.)



            

sábado, 27 de julio de 2013

Historias de hotel: Retrato de jovem cavaleiro


Por la ventana abierta al frescor de la mañana, mientras desayunaba, veía la Praça dos Restauradores, con su monumento a quienes liberaron al país del dominio de los reyes de España. Estaba muy entretenido contemplando el ajetreo de la plaza y perdiéndome en mis ensoñaciones sobre cómo habría sido la historia peninsular si Portugal, en 1640, hubiera tenido la mala (o la buena) suerte que tuvo Cataluña, cuando alguien me pidió permiso para sentarse en mi misma mesa. Alcé los ojos sorprendido. Casi todas las demás mesas del salón comedor estaban vacías. Frente a mí había un desconocido vestido con elegancia un poco anticuada, traje oscuro, corbata roja, el pelo blanco, unos sesenta años, la sonrisa iluminando el rostro muy moreno.
––¿No me reconoce?
Me recordaba a alguien, de eso estaba seguro, pero a un actor, no a alguien que yo hubiera tratado personalmente. “¿Matt Bomer?”, pensé entonces en voz alta. Y él soltó una carcajada: “En todo caso, con treinta años más. Pero se agradece la comparación”.


            Estábamos en el Avenida Palace, mi hotel favorito de Lisboa entre otras razones, por dos muy literarias. Aquí al lado, en la estación del Rossio, asesinaron a Sidónio Pais, el Presidente-Rey del poema de Pessoa, quien vio en el dictador a una reencarnación del rey don Sebastián. Aquel crimen nunca se aclaró del todo y Pessoa, en uno de sus relatos policíacos que no llegó a concluir, trajo de Londres nada menos que a Sherlock Holmes para que lo resolviera. Holmes y Watson se alojaron entonces en este hotel. Otros huéspedes ilustres me habían servido de pretexto para esta visita a Lisboa. Un viaje de trabajo, como todos las míos. No sé qué herencia puritana me hace odiar el ocio como un invento del diablo. Por eso nunca tomo vacaciones. Pero también soy heredero de la casuística jesuita y contrarreformista. Solo hago viajes de trabajo, cierto, pero soy mi propio empresario. Así que, cuando me apetece volver a alguna de mis ciudades favoritas, en seguida me invento un trabajo. En este caso, escribir sobre la visita a Portugal de Unamuno en 1935, su encuentro con Pirandello y su posible encuentro don Fernando Pessoa, que moriría pocos meses después. En junio de ese año, Salazar invitó a los más destacados intelectuales europeos para mostrarles el nuevo Portugal. Unamuno y Pirandello fueron dos de los principales invitados y se alojaron en este hotel, el más lujoso de entonces. Yo me he dedicado a revisar minuciosamente la prensa de la época para encontrar alguna huella de aquel encuentro que hubiera pasado inadvertida a los investigadores.
            –-¿No me reconoce? Voy a dar algunas pistas, como en las búsquedas de Google. La primera es “fútbol”.
            –-¿Fútbol? Mi única relación con el fútbol es que una vez, en los premios Príncipe de Asturias, estuve charlando con Íker Casillas.
            –-La segunda pista es 1982.
            ––Pues lo siento, pero me parece que se equivoca usted de persona.
            ––La tercera es Perugia.
            Y entonces recordé, lo recordé todo. Aquella tarde que yo había pasado leyendo en el piso que tenía alquilado, con otros estudiantes, en Via Garibaldi. Cuando salí a dar una vuelta y tomar un café, me sorprendieron las calles solitarias, el total silencio. No circulaba ni un coche, no había nadie en la cafetería de la Universidad, habitualmente muy animada a aquellas horas. Subí hasta el Corso Vannucci y comencé a preocuparme seriamente cuando vi las terrazas vacías. De pronto, la ciudad entera estalló en un unánime grito. Creí entender la palabra “gol” y entonces recordé que se celebraba el mundial de fútbol y que aquel día se disputaban la final Italia y Alemania. Ganó Italia, como es bien sabido, y Perugia, a pesar de que estaba llena de estudiantes de todo el mundo, enloqueció. Todo el mundo se echó a la calle en cuanto terminó el encuentro y caravanas de coches comenzaron a circular a toda velocidad atronando el aire con sus claxons. Me senté en un banco, lo más lejos que pude del bullicio, frente a la llanura de Asís y un cielo iluminado por miríadas de estrellas que parecían tan estupefactas ante el espectáculo como yo. Alguien me pidió permiso para sentarse a mi lado, a pesar de que todos los demás bancos estaban vacíos. Treinta años después volvía a pedirme permiso para sentarse junto a mí en la mesa de desayuno. Entonces tenía barba y un aspecto desaliñado y bohemio. No me extraña que no le hubiera reconocido. Pero los ojos y la sonrisa eran los mismos. Estudiaba en la Academia de Bellas Artes. Cuando marché de Perugia, no volví a tener noticias suyas. “Espero no haberle traído malos recuerdos”, dijo. De sobra sabía que no eran malos, aunque a mí, no voy a decir por qué, me avergonzaron un poco.


            Me había reconocido, se había enterado de que al día siguiente regresaba yo a España y quería pedirme un favor. Lo del favor fue lo último que me dijo, antes hablamos de muchas cosas, quedamos para cenar y fue al despedirnos (“Hasta dentro de otros treinta años”, dije yo) cuando mencionó lo que mencionó. “Sé que no vuelves directamente a Asturias, que te quedas unos días en Madrid”. ¿Cómo lo sabía? Sabía bastantes más cosas de mí que yo de él. “Se trata de llevarle un pequeño regalo a un amigo. No te preocupes, lo puedes llevar en mano, no te molestará. Te esperará en la terminal para recogerlo”. Me extrañó un poco aquel encargo. Siempre avisan en los aeropuertos para que no se acepten paquetes de desconocidos. “No serán drogas, ¿verdad?”. Sonrió. “¿Me ves a mí con aspecto de traficante?”. No, no tenía ese aspecto. Parecía más bien lo que me había contado que era: un marchante de obras de arte, el dueño de una tienda de antigüedades. Vestía con la rebuscada elegancia del protagonista de la última película de Giuseppe Tornatore. “Nunca se sabe…”, dije yo recordando aquella noche de hace treinta años y avergonzándome de unos recuerdos que creía olvidados para siempre. “Eran otros tiempos. Yo entonces hasta tenía barba. Bueno, los dos teníamos barba”.
            Acepté el encargo, difícil resultaba negarle nada. La verdad es que no resultaba especialmente molesto. Se trataba de llevar un tubo de cartón como los que te dan cuando compras un póster. “Es un retrato que le he hecho a mi amigo y quiero que lo reciba mañana mismo”. Me despidió con un fuerte apretón de manos.
            Cumplí el encargo sin problemas, pasé unos días en Madrid, regresé a Asturias. A poco de llegar, recibí una postal con una única palabra: “Obrigado”. Representaba un cuadro del Museu de Arte Antiga que a mí siempre me ha fascinado, el Retrato de Jovem Cavaleiro, que algunos consideran una representación idealizada del rey don Sebastián y al que Jorge de Sena dedicó un poema (“Quem era? Qual o nome? Nao sabemos / nada, inteiramente nada. A fronte límpida, / a boca que se fecha num desdém tao vago, / os olhos falsamente juvenis, irónicos…”). Los ojos, irónicos y falsamente juveniles, se parecían a los de mi reencontrado amigo.
            Una noticia leída en el diario portugués Público me llevó a pensar de nuevo en él. Resulta que uno de los empleados del Museu de Arte Antiga, despedido con motivo de los recientes recortes, había denunciado que varios de los cuadros del museo no eran los originales, sino magistrales copias. Aquella denuncia fue desestimada sin que a nadie se le ocurriera tratar de averiguar si podía tener algo de cierto. Pensé en mi amiga Rosa Navarro Durán y en su descubrimiento de que una de las obras maestras de la literatura catalana, la novela medieval Curial e Güelfa, es en realidad una falsificación del siglo XIX. El original se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, con lo que sería fácil confirmar o refutar esa afirmación, pero parece que no interesa hacerlo. Pesan en exceso los intereses creados. Tampoco, a pesar del reportaje de Público, ninguna autoridad se ha puesto a investigar las denuncias del trabajador despechado.
Aquella noche del Mundial en Perugia, cuando fui con mi amigo a su piso (en Via dei Priori, lo recuerdo bien), me encontré sobre un caballete el San Juan Bautista de Andrea del Sarto a falta solo de las últimas pinceladas.


sábado, 20 de julio de 2013

Historias de hotel: Los visitantes


––Usted no cree en esas cosas, ¿verdad? Horóscopos, milagros, apariciones, gentes venidas de otro mundo, como el Jesús de los cristianos y el Supermán de los tebeos. Yo tampoco creía…
            Estábamos en la terraza del hotel. Yo subía siempre al anochecer, después de patear la ciudad. Había algo de tranquilizador para mí, no sé por qué, en la cúpula de la iglesia del SS. Nome de Maria y en la cuadriga, a punto de comenzar su carrera hacia las estrellas desde la cima del mamotrético monumento a Víctor Manuel.
            ––Yo tampoco creía y sin embargo esas cosas no son más extrañas que las que ocurren a nuestro alrededor a cada instante.
            Al principio pensaba estar solo, como cada tarde. Tardé en percatarme de que había una mujer, vestida de negro, fumando silenciosa, en una esquina. Miraba hacia lo alto, como tratando de distinguir las primeras estrellas que se iban insinuando en el cielo todavía muy azul. Ni siquiera volvió los ojos hacia mí cuando comenzó a hablarme. Lo hacía en voz baja, como si fuéramos viejos amigos o quizá como si pensara en voz alta.
            ––No había ningún motivo para que yo fuera infeliz, pero lo era, aunque entonces no lo supiera. Me casé muy joven, los hijos llegaron pronto, mi marido ganaba dinero y me quería, aunque tenía poco tiempo para mí, siempre andaba con sus viajes y sus ocupaciones. A menudo no dormía en casa. Pero a mí no me importaba. Estaba demasiado ocupada con los niños. No tenía tiempo para saber si era o no feliz.
            ¿Por qué me contaba aquello? Yo buscaba un pretexto para despedirme y volver a mi habitación. Estaba cansado. Apenas si había parado un momento desde que puse el pie en la calle. Había tanto que ver, tantas familiares maravillas que saludar, tantos secretos rincones que descubrir. Me gustaba el discreto hotel Cosmopolita porque, estando en él, tenía la impresión de estar en el centro del mundo. Muy cerca se encuentra la torre desde la que Nerón disfrutó contemplando el incendio de Roma; frente a la ventana de mi habitación, tenía el Palazzo Colonna, donde residió Petrarca, con su prodigiosa galería llena de obras maestras (mi favorita es el Comehabas, de Annibale Carraci) y el jardín con naranjos que tanto admiraba Henry James. Una ancha calle bulliciosa lleva desde el hotel hasta Piazza Venecia, pero yo prefería siempre la estrecha Via de S. Eufemia, que acababa ante la columna de Trajano y la inagotable maravilla del Foro.


            ––Seguro que está pensando que por qué le cuento todo esto. Ya sabe que hay cosas que no nos atrevemos a decir ni a nuestros amigos más cercanos, pero no tenemos inconveniente en contárselas a quien acabamos de encontrar y quizá no volveremos a ver. Mi hijos me quieren mucho, pero cada uno vive su vida, tiene sus problemas, lo que menos esperan es que yo les cuente los míos. Están acostumbrados a recurrir a mí cuando me necesitan y a desaparecer hasta que pueda serles de nuevo de alguna ayuda. De su padre, mi exmarido, hace tiempo que solo sé por los periódicos. Pero fue generoso al repartir su fortuna.
            Yo murmuré una disculpa y me dirigí hacia la puerta. El día siguiente sería tan cansado como los anteriores. Iba a visitar la villa Giulia y dos o tres viejos palacios más, alguno de propiedad particular y que se iba a abrir solo para mí gracias a la buena relación de uno de mis mejores amigos con uno de los monseñores de la Curia.
            ––Ya vienen. Creí que hoy no vendrían, pero aquí están. ¿Ve usted aquellas luces azules? Parecen estrellas como las otras. Pero no. Son ellos. Mire cómo se mueven, cómo se van acercando.
Me fijé en aquellos puntitos brillantes, que parecían estrellas fugaces. Era verano, así que pensé en las lágrimas de San Lorenzo que tanto me fascinaron en mi infancia extremeña
            ––¿Sabe por qué le tranquiliza tanto mirar esa cúpula? Porque le recuerda el vientre materno, el lugar en que se sentía a salvo de todo, como le diría mi psicoanalista. Y es verdad, pero también porque le recuerda una nave espacial. Somos polvo de estrellas, criaturas de otra galaxia, exiliados de mundos remotos. Por eso la humanidad nunca será feliz en la tierra. Llegamos hace siglos y desde entonces esperamos al Mesías, al guía que nos llevará a nuestra Jerusalén celeste. Todas las religiones hablan de lo mismo, todas esconden esa verdad entre sus mitos. ¿Quién fue Jesús? Un alienígena. Desde otros mundos inseminaron artificialmente el vientre de una doncella. La misma historia, aunque parezca un cuento para niños, es la de Supermán, el bebé con poderes sobrehumanos que viene de más allá de las estrellas. ¿Ha visto El hombre de acero, la película de Zack Sneyder y Chistopher Nolan?
            Sí, había visto esa película y, como el mejor remedio para desconectar tras la agitación diaria, algunas noches veía Ancient Aliens, la serie del canal Historia sobre los antiguos astronautas. Pero no me apetecía, con tantas cosas como tenía que hacer en Roma, perder el tiempo escuchando otra vez esas patrañas. Dije adiós bruscamente, dejé a la mujer de negro con la palabra en la boca, y bajé a mi habitación.
            Tardé en dormirme, encendí y apagué el televisor varias veces, abrí y cerré los libros que había comprado en el mercadillo de Piazza del Cinquecento o en mi librería favorita, la Feltrinelli del Largo Argentina. Me dormí, por fin, y soñé cosas poco gratas. En el sueño comenzaron a golpear fuertemente la puerta de mi casa. Me asuste. Me levanté y corrí todos los cerrojos. Pero siguieron llamando, cada vez con más intensidad, con una intensidad atronadora. Abrí los ojos: llamaban de verdad, pero muy levemente, con los nudillos, a la puerta de mi habitación. Fui a abrir. Allí estaba ella, en la penumbra del pasillo. Parecía más joven que en la terraza y se había vestido como para una fiesta.
            ––Venga conmigo. Están aquí. Le esperan.
            En pijama, sudoroso, despeinado, yo no estaba precisamente presentable. Me di una ducha rápida, me puse unos vaqueros y una camisa blanca y fui tras ella. Su habitación no era como la mía. Me pareció inmensa y palaciega. A un lado, inmóviles, como en un grupo escultórico, estaban ellos, la pareja de extraterrestres. Acurrucada a sus pies, vestida con elegantes harapos, entreví una mujer. Los tres me resultaban familiares. A ella la había visto, borrosa, en la esquina de uno de los cuadros de la galería Colonna, creo que del Veronés. Y ellos… No, no había duda. Los saludaba cada mañana, antes de iniciar mi paseo romano, en las escaleras del Campidoglio: eran Cástor y Pólux. La anfitriona sonreía ante mi mirada estupefacta.
            ––Usted es como Santo Tomás, necesita ver para creer.
            Dejó caer al suelo la ropa que llevaba y apareció completamente desnuda. Su cuerpo era el de una mujer mucho más joven de lo que yo había imaginado.
            Muy lentamente se acercó a los Gemelos: Luego los tres formaron un grupo escultórico que me recordaba, no sé por qué, al “Laoconte y sus hijos devorados por la serpiente” de los museos vaticanos.
            Yo me acerqué a la presunta esclava, que tenía unos ojos grandes y aburridos. Hubiera preferido interrogar a Cástor y Pólux, pero era la única que quedaba libre. “¿De qué planeta venís?”, dije.  Ella pareció tomárselo a broma: “De la luna y más allá”.
            Comenzó a besarme y a abrazarme sin mucho entusiasmo, pero en seguida notó que mi entusiasmo era aún menor. “Te reservas para ella”, dijo, “y haces bien, es insaciable”. Un incómodo silencio punteado por jadeos ajenos, y luego: “No creas que yo quería dedicarme para siempre a esto. Yo lo que quería es ser diputada, como lo han sido otras, repartir luego empleos y subvenciones entre mi gente. Por eso me hizo tanta ilusión ir a Villa Certosa. Allí conocí a muchas personalidades, también a Karima El Marough, ya sabes, la famosa Ruby Robacorazones, que no era gran cosa, no te vayas a creer”.
            Yo la miraba con ojos cada vez más abiertos y pasmados. Pensé en el protagonista de Maribel y la extraña familia, la comedia de Mihura. “Pero tú, ¿no eres una criatura de otro mundo?”, acerté a decir. “Eh, tú, sin ofender, que pareces de Milán. Soy de cerca de Nápoles, y a mucha honra”.




sábado, 13 de julio de 2013

Historias de hotel: Elemental, querido Watson

 

Aquel barrio, tan cerca del Museo Británico, tan lleno de recuerdos literarios, con su arbolada plaza y el ir y venir de los estudiantes de la universidad, es verdaderamente agradable, y pronto se convertiría en uno de mis rincones favoritos del viejo Londres. Pero la primera vez llegué al anochecer, cansado del viaje y con un estado de ánimo no demasiado bueno. La silueta del Hotel Russell, recortándose en el cielo oscuro, resultaba más amenazante que acogedora. Era un edificio victoriano que parecía el escenario de una película de terror o un melodrama del estilo de Luz que agoniza.
            Tardé en dormirme aquella primera noche y, para escapar de los fantasmas del insomnio, decidí bajar al bar del hotel a tomarme una copa. Se trataba de un local muy agradable que, no sé por qué, me recordó al club Diógenes en el que vivía el hermano de Sherlock Holmes. Al lado había un salón con chimenea y una buena biblioteca. Me fui allí con mi copa y cogí un libro. No podía leer. Pedí otra copa. El camarero tuvo que avisarme de que iban a cerrar el bar. Yo era el único cliente.
            Al día siguiente, se repitió la operación y esta vez el camarero, tras indicarme en inglés que era la hora de retirarse, me sorprendió hablándome en español. “Si no tiene ganas todavía de ir a la cama, le invito a venirse conmigo; conozco un lugar verdaderamente divertido”. El camarero, que tenía la apariencia de un perfecto mayordomo inglés, era en realidad de Badajoz. Me llevó a un local oscuro y ruidoso, eso es todo lo que recuerdo. Me desperté tarde, con un gran dolor de cabeza. No sé cómo volví al hotel.
            Acabé haciéndome amigo de Jesús, que así se llamaba el camarero, y un día, en la habitación en que vivía de un piso compartido, me enseñó un libro que, según él, había pertenecido al doctor Watson, el ayudante de Sherlock.
            “¿Se trata de una broma?”, le dije. “A mí también me gusta mezclar la realidad con la ficción”.
            “John H. Watson no existió, por supuesto. Pero este Watson, el verdadero doctor Watson, amigo de Sir Conan Doyle,  sí que existió”.
            El libro se titulaba Demeter and other poems, era de Alfred Tennyson y estaba editado por Macmillan and Co. en 1889. En el exlibris se leía: “Thomas Carrick Watson”.


            Este doctor Watson, modelo del personaje de ficción, fue compañero de estudios de Conan Doyle y un gran admirador suyo, desde bastante antes de que se convirtiera en célebre escritor. A Conan Doyle le exasperaba un poco porque tenía demasiado sentido común y todo lo tomaba al pie de la letra; jamás entendía los chistes ni las agudezas verbales a las que el futuro escritor era tan aficionado. Le tomaba con frecuencia como objeto de sus bromas, algunas algo pesadas. Ya habían dejado de verse cuando se le ocurrió la figura del detective que le haría famoso y que acabaría por hartarle. No pensó conscientemente en su antiguo amigo al darle el nombre de Watson al ayudante un poco lerdo que subrayaba la genialidad del héroe, pero seguro que su borroso recuerdo tuvo algo que ver.
            Cuando Thomas Carrick le citó en el Hotel Russell, que entonces acababa de inaugurarse, temió por un momento que le hubiera molestado aquella coincidencia y que viera en ella la continuación de las antiguas bromas.
            Pero no era así, sino todo lo contrario. Estaba orgulloso de que se hubiera acordado de él y le permitiera compartir un poco de su gloria.
            “¡Traigo un problema para Sherlock!”, dijo de pronto Thomas interrumpiendo la charla sobre los viejos tiempos. “Se lo pasaré”, respondió sonriendo el escritor.
            “Es un grave problema y tiene que resolverlo pronto. Todo el mundo piensa, salvo los lectores más ingenuos, que Sherlock Holmes es un personaje de ficción. Yo sé que no, al menos en lo fundamental, Sherlock eres tú y el doctor Watson soy yo. Podrán ser falsas a veces las aventuras que nos inventas para entretener al personal, pero los personajes son verdaderos. La inteligencia de tu personaje es la tuya y la admiración de su ayudante es la que yo siento por ti, la misma que sentía cuando éramos jóvenes e inseparables. El problema que me ha traído hasta ti es grave, de los que no pueden aparecer en la prensa porque está en juego el honor de una dama y los más altos intereses de la nación. El caso es el siguiente. Esa dama quedó viuda hace algún tiempo; estaba muy enamorada; entró en una depresión. Todos los intentos de los doctores para sacarla de ella fueron vanos. Y entonces volvió a hacer su aparición el amor, aunque esta vez un amor más maternal que otra cosa. La dama le cogió cariño a un joven sirviente recién llegado de la India. Y le hizo regalos y le escribió algunas cartas que podrían ser mal interpretadas. No hubo nada inmoral entre ellos, nada obsceno, pongo mi mano en el fuego por esa dama, daría mi vida por ella. El caso es que ese joven sirviente estableció relaciones formales con una muchacha de su edad y de su misma clase social. Cuando estaban a punto de casarse, ella descubrió las cartas. No solo las cartas antiguas, sino otras recientes, llenas de cariño y deseos de que siguieran viéndose. Eran cartas maternales, ya dije, la dama dobla en edad al muchacho, pero su prometida no lo entendió así y le armó un escándalo y acabaron rompiendo el compromiso. Como venganza, la muchacha se llevó algunas de aquellas cartas. Su actual novio las ha ofrecido, por una abultada suma de dinero, a varios periódicos extranjeros y a la embajada alemana. Si esas cartas se publican, el daño será irreparable, no solo para su autora, también para nuestro país”.


            En ningún momento dijo Thomas el nombre de la dama, pero no hacía falta. Conan Doyle estaba al tanto de determinados rumores y en seguida supo quién era ella y quién el hermoso sirviente indio, de religión musulmana, que le había robado el corazón: Karim Abdul. “Si no tenía más que tocar una campanilla, de día o de noche, para tenerle a su lado, ¿a qué escribirle cartas? La señora ha sido un poco indiscreta”.
            “Yo no soy nadie para juzgarla, querido Arthur. ¿Recuperarás esos papeles? Mis informes dicen que ya han encontrado comprador y que se está a punto de llegar a un acuerdo sobre el precio”.
            “Dentro de tres días, a esta misma hora, nos volveremos a encontrar aquí y te diré lo que he podido hacer”.
            Cuando se despidieron, Thomas Carrick Watson no las tenía todas consigo. “No sé si me has tomado en serio, pero ya sabes que yo siempre hablo en serio. Te preguntarás, aunque tu discreción te ha impedido decirme nada, que por qué me intereso yo por este asunto. Por supuesto que también andan en ello los mejores agentes de la policía. Pero un alto empleado de palacio, paciente mío, que sabe de mi relación contigo, me ha pedido ayuda. Y yo he creído entender que no hablaba en nombre propio. Confío plenamente en ti”.
            Tres días después, un cuarto de hora antes de la hora convenida, llegó Thomas al bar del hotel. Pasó ese cuarto de hora, pasó un cuarto de hora más y nadie aparecía.
De pronto, cuando ya estaba desesperado, cuando un sudor frío comenzaba a correrle por la frente y estaba a punto de desmayarse pensando que había fallado a la dama que había confiado en él y a su país, entró Sherlock Holmes, no su amigo Conan Doyle, sino el propio detective, con su gorra inconfundible y su pipa y su nariz aguileña. Le saludó cortésmente y le entregó un pequeño envoltorio que Thomas abrió con mano temblorosa para reconocer de inmediato unas cartas escritas con la letra inconfundible que firmaba los decretos del gobierno. Sherlock, sin añadir palabra, hizo ademán de marcharse.
“Pero, ¿no me va a explicar cómo lo ha conseguido?”
“Elemental, querido Watson”, respondió el detective con una sonrisa antes de desaparecer.
            “Esa es una frase que nunca dice el verdadero Sherlock Holmes, sino el actor que lo encarnaba en las adaptaciones teatrales de sus aventuras”, añadió Jesús. Conan Doyle le había gastado una última broma a su viejo amigo.
            Los asuntos que me había llevado a Londres acabaron pronto y mal. Seguí, sin embargo, en contacto con Jesús, ahora profesor de inglés en Soria. Él me informó de la publicación del libro de Sharabani Basu Victoria and Abdul, que tanta luz aporta sobre tan insólita relación. Pero lo que nunca se pudo averiguar es cómo Sir Arthur Conan Doyle, el verdadero Sherlock Holmes, recuperó las cartas comprometedoras. Jamás se refirió en sus escritos a aquella aventura. “Los secretos de una dama siempre están seguros cuando se confían a un caballero”, fue todo lo que se le oyó decir.



            

sábado, 6 de julio de 2013

Historias de hotel: En el Pesaro Palace



Estaba yo sentado en el hall del hotel, esperando la llegada de una amiga, cuando un taxi acuático se detuvo en el embarcadero de la entrada. El Pesaro Palace, como tantos palacios de Venecia, tiene una entrada sobre el Gran Canal y otra en una estrecha callejuela, Ca’ d’Oro, muy concurrida porque lleva a la parada del vaporetto. De la embarcación se bajó un caballero trajeado a la antigua, pajarita incluida, con la barba y el pelo blancos. Me recordó a Mauricio Wiesenthal, a quien conocí en un congreso literario en Albarracín, pero el desconocido de Venecia tenía algunos años más. El taxista bajó con él y le llevó el equipaje hasta el mostrador de recepción. Le vi luego despedirse con suntuosas zalamerías; sin duda había recibido una buena propina.
            Cuando regresé al hotel, ya bien entrada la noche, tras una jornada larga y fatigosa, al cruzar el salón del primer piso para ir a mi habitación, me sorprendió ver a alguien sentado frente a los ventanales góticos que dan al Gran Canal. Murmuré un saludo y me fue devuelto en español. “¿Sabe usted si hay algún lugar abierto donde se pueda tomar una copa?”, añadió. “Es muy tarde, no conozco bien la vida nocturna de esta ciudad”, “Yo la conocí bien en otro tiempo, pero ahora todo ha cambiado”.
            Hablaba con acento argentino y, sin duda, tenía ganas de charla. A mí me seguía recordando a Mauricio Wiesenthal, uno de los más grandes narradores que he tenido la fortuna de escuchar (el otro fue Carlos Casares, en los encuentros de Verines). Le propuse bajar al jardín y bebernos allí los botellines de whisky que guardaba el frigorífico de la habitación. Aceptó de inmediato. “No puedo dormir. Esto está lleno de fantasmas. He venido a despedirme de ellos”.


            Habían apagado las luces del jardín y eso permitía a la gran luna llena y a su cortejo de estrellas lucir en todo su esplendor. Solo se oía el susurro de las hojas agitadas por una leve brisa y el latido de las aguas en el canal. “Se está bien aquí”, dije. Se me había pasado el cansancio.
            ––Yo nací en Buenos Aires, pero mis padres aquí en Venecia. Emigraron poco después de terminar la Gran Guerra, a finales de 1918. Mi padre era gondolero, pero no tenía licencia, no le dejaban ejercer. Cuando leí Der Tod in Venedig, la novela de Thomas Mann, me acordé de una anécdota que él contaba. Una vez llevó al Lido, al Hotel des Bains, a un alemán con el que tuvo una gran discusión porque se negaba a pagarle; el alemán le denunció por amenazas. Mi padre estuvo a punto de acabar en el calabozo. Siempre he pensado que el torvo gondolero que aparece al comienzo de la novela está inspirado en él. Ya se sabe que Gustav Aschembach no es más que una contrafigura del propio Mann, siempre fascinado por los jovencitos, aunque solo se atreviera a confesárselo a su diario. Nací en Argentina, pero mi padre, admirador de Garibaldi y luego de Mussolini, me hizo sentir siempre muy italiano. Cuando la pasada guerra, me alisté como voluntario. El 25 de julio de 1943, yo acababa de cumplir veinte años y formaba parte de una escuadrilla de bombarderos de largo alcance, los P. 108. Estaba entrenándome para volar en monoplazas, en los G. 55 y Macchi 205, que eran entonces lo más moderno que tenía el ejército italiano. Uno de mis compañeros era Vittorio Mussolini, el hijo del dictador que, antes de la guerra y después, se dedicó a los asuntos cinematográficos. Cuando llegó aquel día al aeropuerto de Guidonia, las noticias eran confusas. Se sabía que algo había ocurrido en la reunión del Gran Consejo Fascista, pero ni Vittorio ni yo podíamos imaginarnos la gravedad de la situación. Me dio un gran abrazo y pidió permiso a los jefes para marchar de inmediato a villa Torlonia. Al día siguiente, muchos celebraron que la guerra había terminado. No se imaginaban que aún faltaban los tiempos más duros. No le voy a dar una lección de historia, no se preocupe usted. Ya sabe la detención de Mussolini, su liberación por los alemanes, la república de Saló, de la que yo fui partidario. Ahora mis ideas son otras, pero uno no puede renegar de su pasado. Yo creí en Mussolini, como luego en Perón. Ya no soy peronista, pero sigo enamorado de Evita. ¿Ha visto usted ya el pabellón de Argentina en la Bienal? Parece que se inspira en mis fantasías de entonces. El dormitorio de Evita, ella desnudándose… ¿Creerá que todavía, si me siento allí a mirar, que todavía…? Y eso que soy un vejestorio que casi va a cumplir un siglo. Pero ya sabe lo que decía Somerset Maugham: “Está bien que un caballero, pasados los sesenta, tenga vida sexual; pero no está bien que hable de ella”. De la de los veinte años sí se puede hablar. Yo era aviador, bien plantado, tenía fama de valiente; de más está decir que no me iba mal con las mujeres. Las he olvidado a todas, salvo a una. Era actriz, me la presentó Vittorio, no le voy a decir su nombre, porque ella estaba casada y uno sigue siendo un caballero, pero no le resultará difícil adivinarlo, me parece. Yo jugueteaba con todas, me dejaba querer, pero de ella me enamoré como un adolescente. Creí volverme loco cuando me enteré de que me compartía con otro, no con su marido, una antigualla, descendiente de no sé qué dux, que no significaba nada. Era alguien importante, no un soldadito como yo. Un día, en un permiso inesperado, vine a visitarla a este mismo lugar, porque ella vivía en este palacio antes de que lo convirtieran en hotel y me encontré a unos escoltas que me dieron el alto. Llegué a pensar incluso en el propio Mussolini, pero entonces la guerra y Clara Petacci no le dejaban tiempo para muchas aventuras. Meses después del 25 de julio, cuando ya habían liberado a Mussolini, me citó con mucho secreto. Hacía tiempo que no nos veíamos. Vine con gran riesgo, jugándome la vida. Eran tiempos en que los fascistas de toda la vida se convertían en antifascistas de toda la vida. Una criada me recibió en la puerta del jardín y me subió hasta su dormitorio. La besé, la abracé estrechamente, pero ella me apartó. “No te he llamado para eso; ahora hay cosas más importantes que hacer”. Abrió una cómoda y me mostró cinco cuadernos manuscritos; parecían un diario. “Tienes que guardarlos en lugar seguro; no pueden caer en manos de los alemanes”, dijo. “Yo daría mi vida por el Duce –respondí–; no puedo traicionarle”, “No le traicionas; estos cuadernos son de su familia, pertenecen a Edda Mussolini. Tienes que hacérselos llegar, sin leerlos. ¿Me lo prometes?”.


¿Cómo no iba a prometérselo? Si me hubiera pedido que me pegara un tiro, también lo habría hecho. No, no leí aquellos manuscritos hasta algún tiempo después, cuando se publicaron y se tradujeron a todas las lenguas. Eran los diarios del conde Galeazzo Ciano. ¿Los conoce usted? Seguro que sí. Casado con la hija mayor del Duce, fue el favorito del régimen y el favorito de la única mujer de la que de verdad he estado enamorado en mi vida. Lo traicionó aquel 25 de julio de hace setenta años y Mussolini ordenó su ejecución. Pocos días antes de que lo fusilaran, en la celda 27 de la cárcel de Verona, redactó las líneas finales. Son palabras muy conmovedoras, que absuelven a aquel pobre tarambana, y que yo me sé de memoria de tantas veces como las he leído: “Me han alejado de todos. Se me ha impedido toda relación con las personas que quiero. Y, sin embargo, me doy cuenta de que esta celda –esta tenebrosa celda veronesa que acoge los últimos días de mi vida terrena–  la llenan todos aquellos que he querido y que me quieren. Ni los muros ni los hombres pueden impedirlo. Es duro pensar que, sin haber tenido culpa, no podré nunca más mirar a los ojos de mis tres hijos o estrechar contra mi pecho a mi madre o a mi esposa. Pero es necesario inclinarse ante la voluntad de Dios; y una gran calma desciende en mí y en mi alma”.
            ¿Comprende ahora por qué no puede dormir esta noche y en este lugar? Hicimos el amor por última vez, pero por parte de ella no había amor, sino un intento de salvar a su verdadero amor, el conde Ciano. El diario, que contenía revelaciones poco gratas para Mussolini y los alemanes, se entregaría a cambio de su vida. Pero no fue posible. Ciano fue fusilado. Y el mundo siguió dando tumbos. Yo volví a Argentina. No me ha ido mal en la vida, pero a veces pienso que Ciano tuvo mejor suerte.