sábado, 31 de enero de 2026

La rueda de la fortuna: Dominio público

 

Sábado, 24 de enero
POETA CON IMPRONTA

Este año concluye su andadura la editorial Impronta, que tuvo una primera etapa como Llibros del Pexe, y Marina Lobo ha tenido el detalle, acordándose de que comenzaron con mi Poesía reunida, allá por 1990, de pedirme una nueva recopilación para terminar el ciclo. Acepté encantado, por supuesto, y lo considero el mejor regalo de este 2026 que ha comenzado con no demasiado buen pie.

            Pero las poesías completas, sobre todo si se trata de un poeta que lleva más de medio siglo publicando con cierta asiduidad, suelen acabar convirtiéndose en un plúmbeo catafalco, satisfacen la vanidad del poeta, pero espantan a los lectores.

Como ya reuní los versos escritos durante el siglo pasado en Material perecedero, un manejable volumen fácil de conseguir y de poco más de trescientas páginas, se me ocurrió que la nueva recopilación debería recoger la cosecha poética de otro cuarto de siglo, el que llevamos del XXI.

            Comienzo a leer mis libros, para ir descartando algún texto, y compruebo que ya no soy el poeta que fui. A partir de 2007, tras la publicación de Légamo, mi poesía se hizo más ligera, irónica y juguetona. ¿Señal de decadencia? Es posible.

            De todas maneras, tanto en la primera como en la segunda etapa, hay poemas que leo como si no fueran míos y que no me desagradan del todo. Han resistido bien el paso del tiempo, a mi entender. ¿Lo seguirán resistiendo? Eso nadie lo sabe. Tampoco importa mucho. Me gusta repetir el apotegma clásico: “Yo he hecho lo que he podido, / Fortuna lo que ha querido”. 

Domingo, 25 de enero
UN EXPERIMENTO

No me extrañan demasiado los resultados del experimento de la Universidad de Pittsburg sobre creación poética e inteligencia artificial. Lo leo en la revista El Ciervo mientras tomo un café en Los Prados antes de entrar al cine.

Con ChatGPT se generaron cinco poemas al estilo de diversos autores reconocidos; luego se les pasaron a más de un millar de lectores junto con otros cinco poemas escritos verdaderamente por esos autores. La mayoría no distinguió entre autoría humana y no humana.

En otro experimento, se trató de clasificar poemas atendiendo a determinadas características (belleza, emoción, ritmo, originalidad). A un grupo de los participantes se les dijo que los textos habían sido escritos por poetas reales; a un segundo grupo les dijeron que la autoría era de la IA y a un tercer grupo no se le dio ninguna información. El resultado fue que, si pensaban que no habían sido creados por IA, les dieron puntuación más alta, pero si no sabían quién los había escrito puntuaron más a los generados por ChatGPT.

La mayoría de los participantes no supieron distinguir entre un poema de Shakespeare, Walt Whitman, Byron, Eliot o Sylvia Plath y otros creados por inteligencia artificial. Y aún hay más: muchos creyeron superiores a los creados por la inteligencia artificial.

            La verdad es que no me extrañan nada los resultados del experimento. Si en lugar de realizarse entre lectores anónimos, se hubiera tomado como conejillos de India a los críticos de poesía que escriben habitualmente en El Cultural y en los suplementos culturales españoles sospecho que el resultado no habría sido muy distinto. Para ellos es la firma lo que añade valor a un texto.

Lunes, 26 de enero
EL ORIGEN DEL MUNDO

Fragmento apócrifo del Génesis encontrado entre los manuscritos del Mar Muerto: “Dios creó primero el cielo, luego el infierno; más tarde vertió uno sobre otro, los agitó bien y apareció este mundo”. 

Miércoles, 28 de enero
COSAS QUE PASAN

Leemos en la tertulia una maravillosa columna periodística de Leila Guerriero. Como todas las suyas, tiene poco que ver con el habitual artículo de opinión. “Manuel Jabois escribe hoy en un tono muy semejante”, dice Enrique Bueres. Y efectivamente “¿Por qué no hablas?”, que así se titula su columna, tiene el tono de una confesión ante el psicoanalista. “A los lectores le gustan mucho este tipo de escritos íntimos porque se identifican con esos momentos de debilidad que ellos no saben cómo expresar”.

            Leila Guerriero trata del amor y del desamor, de cómo pueden surgir en un momento. A ella le resulta difícil precisar el inicio, sus amores no comenzaron con un flechazo, pero le resulta muy fácil señalar la aparición del desamor: “Es como el instante en que un cable se corta: se ve clarísimo. Generalmente llega bajo la forma de un gesto que la otra persona hace de manera impensada. Una descortesía, una negligencia, un descuido que puede parecer leve. Algo que el otro no percibe, y de pronto, ese ser que parecía tan generoso se convierte en un egomaníaco egoísta, ese individuo que parecía tan inteligente se convierte en un imbécil, ese sujeto digno de admiración deviene deplorable. No hay nada que repare ese desastre”.

            Un contertulio afirma enfáticamente que eso es ridículo, que tal cosa no ocurre nunca, que esa periodista no conoce nada de las relaciones humanas, que una pareja no se rompe por un gesto, a no ser que sea una bofetada. Yo le respondo con mi falta de diplomacia y mi contundencia habituales: “Así será en (y aquí el nombre de su pueblo natal), porque en el resto del mundo un amor puede romperse por gestos más sutiles”. Y entonces él se pone a gritar, pierde los papeles y se marcha de la tertulia dando un portazo que no por virtual resuena menos en los oídos de todos.

            “Vaya manera de darme la razón”, pienso yo. “El bueno de Míster Equis acaba de demostrar que una amistad de casi cuarenta años puede romperse (espero que no) por unas palabras poco afortunadas, pero a las que debería estar acostumbrado”.

            Naturalmente, en la tertulia todos se pusieron de parte del desertor y yo acabé reconociendo que tengo que tratar con más delicadeza a mis amigos si quiero que cuando sea viejo (ya me queda poco) siga teniendo algún amigo.

Jueves, 29 de enero
ME GUSTA PRESUMIR

Presentar libros, siempre que no se repita demasiado, también tiene su gracia. El viernes pasado la presentación de Entrada libre fue en Oviedo; hoy toca el turno a Avilés. Es un buen momento para saludar a los amigos que han tenido la amabilidad, a pesar del mal tiempo, de acudir. Y el azar me ofrece un espléndido regalo. En el portal de Culturias, que es la asociación que me ha invitado, hay unas estanterías para intercambio de libros. La mayoría no tiene ningún interés, pero hay uno que parece que me estaba esperando: La crítica literaria en la prensa, coordinado por Domingo Ródenas. No solo escriben los críticos de hoy, como Mainer o Jordi Gracia; también se ofrece una antología de los críticos de ayer, comenzando por Clarín. Solo por este hallazgo ya merece la pena el viaje.

Me gusta hablar en público de esto y de aquello, arremeter contra este y aquel, pero cada vez más detesto leer mis poemas. En Oviedo, me libré de ello gracias a Yasmina Álvarez, mi lectora favorita, que se ofreció a hacerlo en mi lugar; en Avilés, no pude escapar. Isabel Marina, que fue mi presentadora, me pasó la lista de los poemas que debía obligatoriamente leer.

¿De dónde me viene este rechazo, que ha ido creciendo con los años, a hacer de juglar? No sé. Quizá porque los poemas los escribo para que sean leídos cuando yo no esté presente, ahora mismo por alguien que no conozco o dentro de cien años. Mi manera preferida de intervención pública es la polémica, no mostrar un corazón al desnudo, aunque sea un falso desnudo, como suele ocurrir en la mayoría de mis poemas.

Al contrario que Yolanda Castaño, que quiere que los poetas vivan de su poesía, que ella considera un trabajo como cualquier otro, yo siento un rechazo visceral e irracional a monetizar mis versos. Aunque fuera posible (afortunadamente no lo es), convertir la poesía en una profesión me parecería como profesionalizar el amor.

A mí la poesía se me regala para que la regale. Desde el momento en que lo publico, lo que escribo es de dominio público, como me gusta repetir. Pero el poema solo vuela libre en Internet. Editar un libro tiene un coste. En mi caso, se venden los libros, el contenedor, pero no el contenido: yo no cobro derechos de autor.

Me gusta presumir de ello, pero la verdad es que tiene poco mérito. Si los cobrara, serían más bien escasos. Puedo permitirme así el gesto gallardo de Espronceda que, al llegar exiliado a Lisboa, vio que tenía tan pocas monedas en el bolsillo que las arrojó al Tajo. 

Viernes, 30 de enero
LO SIENTO, AMIGOS

Respuesta de una imagen milagrera a ciertas oraciones: “Me piden que arregle el mundo / y que más quisiera Yo, / el mundo va dando tumbos / y no lo arregla ni Dios”.

 

 

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