Sábado,
24 de enero
POETA CON IMPRONTA
Este año concluye su andadura la editorial Impronta,
que tuvo una primera etapa como Llibros del Pexe, y Marina Lobo ha tenido el
detalle, acordándose de que comenzaron con mi Poesía reunida, allá por
1990, de pedirme una nueva recopilación para terminar el ciclo. Acepté
encantado, por supuesto, y lo considero el mejor regalo de este 2026 que ha
comenzado con no demasiado buen pie.
Pero
las poesías completas, sobre todo si se trata de un poeta que lleva más de
medio siglo publicando con cierta asiduidad, suelen acabar convirtiéndose en un
plúmbeo catafalco, satisfacen la vanidad del poeta, pero espantan a los
lectores.
Como ya
reuní los versos escritos durante el siglo pasado en Material perecedero, un
manejable volumen fácil de conseguir y de poco más de trescientas páginas, se
me ocurrió que la nueva recopilación debería recoger la cosecha poética de otro
cuarto de siglo, el que llevamos del XXI.
Comienzo
a leer mis libros, para ir descartando algún texto, y compruebo que ya no soy
el poeta que fui. A partir de 2007, tras la publicación de Légamo, mi
poesía se hizo más ligera, irónica y juguetona. ¿Señal de decadencia? Es
posible.
De todas maneras, tanto en la primera como en la segunda etapa, hay poemas que leo como si no fueran míos y que no me desagradan del todo. Han resistido bien el paso del tiempo, a mi entender. ¿Lo seguirán resistiendo? Eso nadie lo sabe. Tampoco importa mucho. Me gusta repetir el apotegma clásico: “Yo he hecho lo que he podido, / Fortuna lo que ha querido”.
Domingo, 25 de enero
UN EXPERIMENTO
No me
extrañan demasiado los resultados del experimento de la Universidad de
Pittsburg sobre creación poética e inteligencia artificial. Lo leo en la
revista El Ciervo mientras tomo un café en Los Prados antes de entrar al
cine.
Con
ChatGPT se generaron cinco poemas al estilo de diversos autores reconocidos; luego
se les pasaron a más de un millar de lectores junto con otros cinco poemas
escritos verdaderamente por esos autores. La mayoría no distinguió entre
autoría humana y no humana.
En otro experimento, se trató de clasificar poemas atendiendo a determinadas características (belleza, emoción, ritmo, originalidad). A un grupo de los participantes se les dijo que los textos habían sido escritos por poetas reales; a un segundo grupo les dijeron que la autoría era de la IA y a un tercer grupo no se le dio ninguna información. El resultado fue que, si pensaban que no habían sido creados por IA, les dieron puntuación más alta, pero si no sabían quién los había escrito puntuaron más a los generados por ChatGPT.
La
mayoría de los participantes no supieron distinguir entre un poema de
Shakespeare, Walt Whitman, Byron, Eliot o Sylvia Plath y otros creados por
inteligencia artificial. Y aún hay más: muchos creyeron superiores a los
creados por la inteligencia artificial.
La verdad es que no me extrañan nada los resultados del experimento. Si en lugar de realizarse entre lectores anónimos, se hubiera tomado como conejillos de India a los críticos de poesía que escriben habitualmente en El Cultural y en los suplementos culturales españoles sospecho que el resultado no habría sido muy distinto. Para ellos es la firma lo que añade valor a un texto.
Lunes, 26 de enero
EL ORIGEN DEL
MUNDO
Fragmento
apócrifo del Génesis encontrado entre los manuscritos del Mar Muerto:
“Dios creó primero el cielo, luego el infierno; más tarde vertió uno sobre
otro, los agitó bien y apareció este mundo”.
Miércoles, 28 de enero
COSAS QUE PASAN
Leemos
en la tertulia una maravillosa columna periodística de Leila Guerriero. Como
todas las suyas, tiene poco que ver con el habitual artículo de opinión.
“Manuel Jabois escribe hoy en un tono muy semejante”, dice Enrique Bueres. Y
efectivamente “¿Por qué no hablas?”, que así se titula su columna, tiene el
tono de una confesión ante el psicoanalista. “A los lectores le gustan mucho
este tipo de escritos íntimos porque se identifican con esos momentos de
debilidad que ellos no saben cómo expresar”.
Leila Guerriero trata del amor y del
desamor, de cómo pueden surgir en un momento. A ella le resulta difícil
precisar el inicio, sus amores no comenzaron con un flechazo, pero le resulta
muy fácil señalar la aparición del desamor: “Es como el instante en que un
cable se corta: se ve clarísimo. Generalmente llega bajo la forma de un gesto
que la otra persona hace de manera impensada. Una descortesía, una negligencia,
un descuido que puede parecer leve. Algo que el otro no percibe, y de pronto,
ese ser que parecía tan generoso se convierte en un egomaníaco egoísta, ese
individuo que parecía tan inteligente se convierte en un imbécil, ese sujeto
digno de admiración deviene deplorable. No hay nada que repare ese desastre”.
Un contertulio afirma enfáticamente
que eso es ridículo, que tal cosa no ocurre nunca, que esa periodista no conoce
nada de las relaciones humanas, que una pareja no se rompe por un gesto, a no
ser que sea una bofetada. Yo le respondo con mi falta de diplomacia y mi
contundencia habituales: “Así será en (y aquí el nombre de su pueblo natal), porque
en el resto del mundo un amor puede romperse por gestos más sutiles”. Y
entonces él se pone a gritar, pierde los papeles y se marcha de la tertulia
dando un portazo que no por virtual resuena menos en los oídos de todos.
“Vaya manera de darme la razón”,
pienso yo. “El bueno de Míster Equis acaba de demostrar que una amistad de casi
cuarenta años puede romperse (espero que no) por unas palabras poco
afortunadas, pero a las que debería estar acostumbrado”.
Naturalmente, en la tertulia todos
se pusieron de parte del desertor y yo acabé reconociendo que tengo que tratar
con más delicadeza a mis amigos si quiero que cuando sea viejo (ya me queda
poco) siga teniendo algún amigo.
Jueves, 29 de enero
ME GUSTA PRESUMIR
Presentar
libros, siempre que no se repita demasiado, también tiene su gracia. El
viernes pasado la presentación de Entrada libre fue en Oviedo; hoy toca
el turno a Avilés. Es un buen momento para saludar a los amigos que han tenido
la amabilidad, a pesar del mal tiempo, de acudir. Y el azar me ofrece un
espléndido regalo. En el portal de Culturias, que es la asociación que me ha
invitado, hay unas estanterías para intercambio de libros. La mayoría no tiene
ningún interés, pero hay uno que parece que me estaba esperando: La crítica
literaria en la prensa, coordinado por Domingo Ródenas. No solo escriben los
críticos de hoy, como Mainer o Jordi Gracia; también se ofrece una antología de
los críticos de ayer, comenzando por Clarín. Solo por este hallazgo ya merece
la pena el viaje.
Me
gusta hablar en público de esto y de aquello, arremeter contra este y aquel,
pero cada vez más detesto leer mis poemas. En Oviedo, me libré de ello gracias
a Yasmina Álvarez, mi lectora favorita, que se ofreció a hacerlo en mi lugar;
en Avilés, no pude escapar. Isabel Marina, que fue mi presentadora, me pasó la
lista de los poemas que debía obligatoriamente leer.
¿De
dónde me viene este rechazo, que ha ido creciendo con los años, a hacer de
juglar? No sé. Quizá porque los poemas los escribo para que sean leídos cuando
yo no esté presente, ahora mismo por alguien que no conozco o dentro de cien
años. Mi manera preferida de intervención pública es la polémica, no mostrar un
corazón al desnudo, aunque sea un falso desnudo, como suele ocurrir en la
mayoría de mis poemas.
Al
contrario que Yolanda Castaño, que quiere que los poetas vivan de su poesía,
que ella considera un trabajo como cualquier otro, yo siento un rechazo
visceral e irracional a monetizar mis versos. Aunque fuera posible
(afortunadamente no lo es), convertir la poesía en una profesión me parecería
como profesionalizar el amor.
A
mí la poesía se me regala para que la regale. Desde el momento en que lo
publico, lo que escribo es de dominio público, como me gusta repetir. Pero el
poema solo vuela libre en Internet. Editar un libro tiene un coste. En mi caso,
se venden los libros, el contenedor, pero no el contenido: yo no cobro derechos
de autor.
Me
gusta presumir de ello, pero la verdad es que tiene poco mérito. Si los
cobrara, serían más bien escasos. Puedo permitirme así el gesto gallardo de
Espronceda que, al llegar exiliado a Lisboa, vio que tenía tan pocas monedas en
el bolsillo que las arrojó al Tajo.
Viernes, 30 de enero
LO SIENTO, AMIGOS
Respuesta
de una imagen milagrera a ciertas oraciones: “Me piden que arregle el mundo / y
que más quisiera Yo, / el mundo va dando tumbos / y no lo arregla ni Dios”.




.jpeg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario