Sábado,
3 de enero
EL REGALO DE SARA
Entre los regalos de primero de año, el que más me
ha emocionado ha sido una carta que me manda desde el más allá una querida
amiga, Sara Suárez Solís, a la que tenía un tanto olvidada. El año pasado fue
su centenario, había nacido en 1925, como Ángel González, y no parece que nadie
lo tuviera en cuenta. Ni siquiera yo le dediqué un recuerdo.
A la
tertulia de ayer, me trajeron un artículo suyo, publicado en 1990, que yo tenía
completamente olvidado. Formalmente es una reseña del libro Días de 1989, pero
comienza hablando de mí: “José Luis García Martín, alumno mío en los lejanos
tiempos en que daba clase de Literatura en el instituto Carreño Miranda de
Avilés, y ahora compañero en la Escuela Normal de Oviedo, es persona que me
inspira orgullo y admiración mezclados con una melancólica ternura. Lo dejé
adolescente por los años sesenta, y me lo encontré de compañero barbado, aunque
luego se afeitó, en el curso 80-81. Desde entonces, en estos casi diez años,
hemos conversado mucho, hemos compartido problemas y bromas, lo he mareado con
mi cháchara, me he divertido con su ingenio, hemos discutido por los más
variados temas (sobre todo, por sus tajantes juicios literarios y su aguda
misoginia), y lo he dejado por imposible en más de una ocasión ante su
inaguantable displicencia y su pertinaz espíritu de contradicción. Pero es lo
mismo, siento por este pequeño erizo una profunda amistad y una entrañable
simpatía”.
Leía
y volvía a escuchar la voz de Sara, mi admirada profesora de literatura (el
único profesor de literatura que he admirado de verdad), y tuve que hacer un
esfuerzo para que no se dieran cuenta en la tertulia de que estaba a punto de
llorar.
En las
últimas líneas de ese párrafo encuentro un elogio que me conmueve especialmente
porque es el que más habría querido merecer. Dice que el aprecio que me tiene
se basa, sobre todo, en su adhesión incondicional “a una cualidad que José Luis
posee en grado sumo: su rectitud, su insobornable sentido de la justicia, que
quizás le impedirá prosperar como se merece por su competencia y talento”.
¿Y
cómo no recordaba yo estas palabras, que están entre las más cariñosas y
hermosas que nadie me haya dedicado? Hago memoria y creo encontrar la razón.
Están en la reseña de un libro mío y seguramente me parecieron fuera de lugar,
demasiado personales. Incluso es posible que entonces me avergonzaran un poco.
Tenía yo cuarenta años, ahora tengo los mismos que tenía Sara cuando murió en el
2000 y que a mí me parecían ya plena ancianidad.
Muchas
veces he contado que cierto día nos hizo en clase un dictado y a mí aquellas
palabras, no nos dijo su autor, me parecieron tan hermosas que desde entonces
–tenía yo catorce años-- las conservo en la memoria. “¿Cuánto podrá durar para
nosotros / el disfrute del oro, la posesión del jade? / Cien años cuanto más,
ese es el término / de la esperanza máxima. / Vivir y morir luego, / he aquí la
sola / seguridad del hombre”. Tardé en saber que el autor era Li Po en la
traducción de Marcela de Juan.
Ahora,
mi profesora en los mágicos días del Carreño Miranda, mi compañera después en
la Escuela de Magisterio, me hace otro regalo. Si no he prosperado, si no he
llegado muy algo en la cucaña de las letras, no es por falta de competencia y
talento, sino por mi “insobornable sentido de la justicia”. No es que me lo
crea, pero me guata oírselo decir.
Domingo,
4 de enero
COSAS QUE NUNCA CAMBIAN
Abro al azar un libro de Rafael Sánchez Ferlosio, Campo
de retamas, y lo primero que me encuentro es con esta frase: “Sería
ridículo pensar que con los bombardeos de la Franja de Gaza los judíos quieren
vengarse de Hamás”. Y continúa: “Los judíos no se vengan de Hamás, siguen
vengándose del Holocausto, pues solo ellos son las legítimas víctimas, únicas y
universales y por lo tanto eternas”.
Miro
la fecha de edición del libro: 2015. Se habla de la perecedera actualidad, pero
hay temas que parece que siempre han estado ahí y que nunca van a dejar de
estarlo, se hable o no de ellos, como la furia sanguinaria de Israel contra los
palestinos. Qué sensación de impotencia. “Sucede que a veces me avergüenzo de
ser hombre”, escribió Neruda. Yo me avergüenzo de ser ciudadano de la
incompetente y pusilánime Unión Europea.
Lunes,
5 de enero
NADA ME GUSTARÍA MÁS
Desde que me lo recomendó Unamuno, allá por los años
de mi adolescencia, no he dejado de volver, aunque sea de tarde en tarde, al Obermann
de Etienne Pivert de Senancour, pero nunca hasta ahora había reparado en
una frase de Ricardo Baeza en la nota preliminar: “este libro singularísimo
nunca ha perdido su popularidad entre un reducido círculo de lectores”.
Ando
yo ahora, cosas de la edad, dándole vueltas a lo que pomposamente podría
llamarse mi legado, esto es, a la fortuna póstuma que tendrán los no escasos
libros que he publicado. La verdad es que siempre conté con los lectores
futuros y para ellos escribía tanto o más que para los de ahora mismo, pero
últimamente me están entrando dudas: a quien no se le reconoce en vida, solo se
le reconoce después si muere joven y con la mayor parte de su obra inédita,
como Bécquer o Pessoa.
No es mi
caso. Pero nada me gustaría más que, dentro de un siglo o de dos, alguien
citara mi nombre y en nota a pie dijera: “este autor singularísimo nunca ha
perdido el aprecio de un reducido círculo de lectores”.
Martes,
6 de enero
POESÍA AL VUELO
Los Reyes me han traído una serie de breves poemas
que de inmediato he echado a volar en Facebook. Me gusta mucho esta nueva
manera de dar a conocer lo que uno escribe sin molestar a nadie.
Para los textos breves es lo mejor. Vuelan los versos o los aforismos como los vilanos del diente de león y algunos encuentran tierra fértil en los lectores.
Viernes,
9 de enero
MUERTOS DE SEGUNDA
Llego a la tertulia y lo primero que escucho es:
“¿Pero no vas a decir nada sobre Venezuela, Martín? Arden las redes sociales a
favor y en contra de Trump, y siempre en contra de Maduro, y tú calladito o
dedicándole elegías al crepúsculo y odas al amanecer”.
---Estoy
tan pasmado como cualquiera, pero me he quedado mudo. Hasta ahora había
películas y series de televisión basadas en “hechos reales”; ahora es la
realidad la que copia, como decía Woody Allen, a las series de televisión. Si
no fuera verdad, qué apasionantes los primeros episodios de esta serie sobre
Venezuela. El secuestro de Maduro, con solo cien muertos de daños colaterales,
pero ninguno entre los “buenos”, resulta apasionante. Y el inmediato giro de
guion mandando a la belicosa Nobel de la Paz a freír espárragos y dejando
intacto el régimen execrado resulta magistral. Y luego viene lo de Groenlandia,
insuperable. “O me la entregáis por las buenas, a un precio de coste, o la tomo
por la fuerza”, dice Trump. Y la Unión Europea se pone de rodillas, junta las
manos y suplica: “Por la fuerza, no”. Quizá esté último giro sería demasiado
inverosímil en una película de James Bond, pero esto es la realidad, amigos, y
en ella el que manda es el Gran Zar de todas las Prusias, el Napoleoni de la
película de Chaplin El gran dictador que juguetea con el globo del mundo
como con un balón de fútbol (americano, por supuesto).
---¿Y
tú qué harías, Martín?
---Por
lo menos protestar, como Pedro Sánchez, y no pedir piedad y vaselina como
Macron y el resto de los líderes europeos. Un país de la OTAN amenazando militarmente a
otro país de la OTAN
es materia suficiente para decretar su expulsión o, si eso no es posible porque
es el socio militar más importante, disolver la Alianza. Y crear otra y actuar
independientemente colaborando con los distintos núcleos de poder, como China,
según convenga. Incluso con Rusia. Lo fundamental ahora es hacer un frente
común contra Trump y sus vasallos.
---¡Colaborar
con Rusia! ¡Tú estás loco, Martín!
---Tanto
como Churchill o Roosevelt que no tuvieron inconveniente en aliarse con Stalin
(a su lado Putin es un angelito) para derrotar a Hitler.
---¡Pero
Trump no es Hitler! No masacra judíos.
---No,
por supuesto, él solo colabora con los judíos, con el estado de Israel, en
masacrar palestinos, que, como todo el mundo sabe, son seres humanos de segunda
o tercera clase, como los supuestos narcotraficantes asesinados por orden de
Trump o los militares y civiles que ejecutaron las tropas de élite
norteamericanas. Todos muertos de segunda o de tercera, como en las películas
de James Bond los sicarios del doctor No que vuelan por los aires mientras los
espectadores aplauden como ahora los Ayusos.

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(EL DESPRECIABLE)
ResponderEliminarEl mitin electoral reaviva mis prejuicios contra la democracia de partidos. Todos ven la abyección de los oradores, pero nadie la del público. Si éste en los toros es el Respetable tan solo porque puede aplaudir o pitar y abuchear, se vuelve el Despreciable allí donde no caben más que los aplausos y las aclamaciones. Si a una frase del orador alguien dijese: «¡No, eso no!», sería acallado o tal vez hasta expulsado como intruso. El supuesto forzoso de la unanimidad incondicional convierte todo mitin en una práctica fascista: el local se transfigura en una Piazza Venezia, donde cualquier partido es «partido único».
SÁNCHEZ FERLOSIO, Rafael; Campo de retamas (Pecios reunidos), Barcelona, Debolsillo, 2016.
Siempre Ferlosio. Lo echamos de menos. Pero JLGM se ha lucido con ese párrafo: "Un país de la OTAN amenazando militarmente a otro país de la OTAN es materia suficiente para decretar su expulsión o, si eso no es posible porque es el socio militar más importante, disolver la Alianza. Y crear otra..." Lo subscribo
EliminarMola eso de "insobornable sentido de la justicia”. Yo me lo pondría en lja,a lápida. Ni a Pericles le dijeron eso.
ResponderEliminarMaquiavelo dixit: Es más peligroso un tonto que un malvado pq el malvado ejerce su maldad cuando conviene; y el tonto lo es siempre. Y si quieres conseguir tus ambiciones hay que dar patadas hacia abajo, codazos a los lados, y olerse el culo entre iguales (Putin) o lamer culos a las petroleras. Y Trump es un malvado.
Los votantes ni siendo científicos sociales deciden su voto conscientemente pq suelen estar alimentados de análisis de los medios de comunicación afines y evalúan hechos supuestamente inapelables emocionalmente.
Sobre Ferlosio yo estoy más con Ortega y también Gasset (Ja,ja). Y más con Monterroso cuando habla de la oveja negra que sobresale por su color y deciden fusilarla. Y después con el tiempo le hacen una estatua a la oveja negra, pero para recordar que a las negras se las fusilan y que las blancas sólo quedan para hacer estatuas.
Una réplica al Ferlosio de Alejandro.
ResponderEliminarMe parece que ese razonamiento es algo sofístico. Un mitin no es un foro de debate, sino una manera de reafirmarse en ciertas opciones políticas. Por eso en él solo cabe el aplauso (o el pateo y el boicot si se cuelan simpatizantes de un partido contrario). Discrepar del orador en un mitin, admirado Ferlosio, sería tan absurdo como que, al dar el pésame en un funeral, alguien no dijera "lo siento mucho", sino "me alegro porque tu difundo padre o marido o etc. era un canalla".