viernes, 24 de julio de 2026

Las veladas del Black Bar: Sin porqué

 

Hay una frase de San Agustín que se repite mucho: “Ama y haz lo que quieras”. A mí no me acaba de convencer. En nombre del amor se han cometido las mayores barbaridades. Yo prefiero otra, atribuida a San Francisco de Asís, pero que no estoy muy seguro de que sea suya: “Haz el bien y cree lo que quieras”.

            ---No es suya. Si hubiera dicho eso San Francisco, habría ardido en la hoguera como Giordano Bruno. Yo solo te la he oído a ti. Debe de ser tuya, Martín. Y no está nada mal. Las creencias allá cada cual, lo que importa es que te ayuden a ser mejor.

            ---Como buen racionalista, pienso que todas las religiones son verdaderas, pero eso no quiere decir que no sean falsas. El concepto de verdad o falsedad no se aplica a ellas. Son empresas, más o menos bien organizadas, que ofrecen un producto que siempre tendrá demanda. Satisfacen una necesidad del ser humano y por eso pueden convertirse en un lucrativo negocio.

            ---Eres el ateo que más veces cita a Dios. Parece que no puedes prescindir de él, aunque sea para negarle.

            ---No le niego, como no se me ocurriría negar a don Quijote o a Ulises. Tampoco niego las experiencias más o menos místicas. Hace unos días, en Aldeanueva del Camino, de donde acabo de volver, al pasear a solas por el pueblo, dejándome acariciar por la melancolía, vi que estaba abierta la iglesia de la Parte de Arriba, donde me bautizaron y en la que fui monaguillo. Últimamente siempre la encontraba cerrada o en obras. Se celebraba una misa, así que me senté en la pequeña plaza lateral, esperando a que terminaran. La puerta estaba abierta y me llegaba el rumor de las preces y los cánticos, interrumpido, o acompañado, mejor, por el chirrido de las golondrinas que cruzaban presurosas de un lado a otro. Recordé ese mismo lugar, con el suelo cubierto de flores y plantas aromáticas –romero, salvia, espliego, como en el poema de Machado-- durante alguna festividad, quizá el Corpus Christi. Los cánticos procesionales de entonces se mezclaban con los de ahora, se superponían los tiempos y el niño que fui sonreía al adulto que ahora soy. Quizá San Juan de la Cruz encontraría las palabras adecuadas para expresar lo que sentí en esos instantes, un anticipo del paraíso. Cuando comenzaron a salir lo escasos fieles, entré yo, me acerqué a la pila bautismal, recorrí la iglesia, rodeado de fantasma, admiré su hermosa nervadura gótica. El inexistente paraíso seguía entreabierto para mí. ¿Un regreso a la fe? No, nunca ha sido lo mío comulgar con ruedas de molino, pero sí un asomarme al misterio del que estamos hechos. Tuve otra experiencia semejante un día antes en la Pista, la plaza frente a la escuela. Cuando yo era niño, crecían en ella varios olmos gigantes, en cuyos troncos horadados jugábamos a escondernos. Siguen asombrando en mi memoria, pero no sé qué enfermedad –también los dioses envejecen y mueren-- se los llevó hace años. Ahora ocupa su lugar una escultura de Ángel Duarte, que antes estuvo en una de las glorietas de la autovía a la entrada del pueblo. Entonces solo se la podían entrever fugazmente desde la ventanilla del coche. Me senté frente a ella, escuchando el rumor de la fuente en que tantas veces bebí (aunque un cartel advierta que es de agua “no potable”), y estuve un tiempo fuera del tiempo frente a ella fascinado por su geométrico enigma. Está toda hecha con barras metálicas que, aunque sean rectas, parecen curvarse, e incluso formar círculos a los que se asoma el mundo. “Ouverture au monde” se titula precisamente la escultura de Ángel Duarte en el puerto de Ouchy, frente al lago Leman y las montañas de Saboya. En la biblioteca del pueblo, al lado de mi casa, hay ahora una sala dedicada al escultor y a un pintor local, Julio García Arroyo, en la que se encuentra una maqueta de esa prodigiosa rosa metálica que entremezcla arte con ingeniería. Un cartel informa que los cálculos estructurales se llevaron a cabo en la Escuela Politécnica Federal de Zurich y que para realizarla se necesitaron mil doscientas horas de trabajo con cincuenta obreros y tres soldadores.

            ---¿Qué tiempos aquellos en que las esculturas se hacían con un bloque de mármol de Carrara y a golpes de cincel! Pero ¿qué tiene que ver eso con las experiencias religiosas? Tú llamas religión a cualquier cosa.

            ---Yo llamo experiencias religiosas a las que tienen que ver con el misterio de la existencia, con todo lo que no existe, o parece no existir, y sin embargo existe, como los enigmáticos círculos que se abren al mundo en las esculturas de Ángel Duarte.

            ---Antes no te gustaba nada Aldeanueva, si ibas allí era solo por cumplir una obligación familiar. Ahora parece que has cambiado de opinión.

            ---Ahora he descubierto allí el origen del mundo. En cualquier rincón, encuentro un secreto resplandor. No sé explicarlo, como no sé explicar tantas cosas que son sin porqué, igual que la rosa de Angelus Silesius. En el estanco, donde también a veces venden libros de algún autor local, compré Memoria escrita de Aldeanueva del Camino, recopilación de documentos sobre el pueblo que firma Francisco José Duarte Martín, y al abrirlo al azar aparece un capitulillo que habla de “la llegada de la primera Biblioteca Popular a Aldeanueva del Camino”. Fue en 1871 cuando la Dirección General de Instrucción Pública acordó donar una colección de libros “como prueba del aprecio con que ha visto los deseos manifestados por su digno Municipio para la instalación de una biblioteca popular”. Pero en los años cincuenta del pasado siglo –cuando yo era un niño con hambre de libros-- todavía no se había instalado, o se había instalado y desmantelado luego. Ahora ya los libros me importan menos, prefiero pasear y mirar y hacer fotos o sentarme a escribir versos, como hacen los poetas inspirados, que suelen ser los peores. Antes solo escribía poemas a su debido tiempo y directamente en el ordenador.

            ---¡Así serían ellos!

            ---Parece que mejores que los de ahora, según me dicen.  Me he convertido casi en un coplero. No recito mis versos como los juglares en las plazas, pero los echo a volar por las redes sociales nada más escritos, confiando en que se posen solo donde son bienvenidos. Os leo los que garabateé en la antigua estación del pueblo: “Nada queda de aquel tren / que aún traquetea en mis sueños / y en el limpio azul del aire. / Pero aquella carbonilla / no deja de molestarme. / Si lloro es solo por ella, / y no acierto a consolarme. / Aquel niño que soy yo / aún sube a aquel tren que parte / desde este mismo lugar / con rumbo a ninguna parte”.

            ---Partió hacia Asturias, Martín. Otro paraíso.

---Y con bibliotecas. Nunca lo olvido. En el libro de Duarte Martín se habla mucho de los conflictos entre la Parte de Arriba y la Parte de Abajo de Aldeanueva. Fueron dos pueblos hasta 1834. A la Parte de Arriba, le concedió una Carta Puebla en 1438 la reina doña María, casada con Juan II, para defenderla de los desmanes de la Parte de Abajo que pertenecía a los duques de Alba. Bueno, no os voy a contar toda la larga historia de enfrentamiento entre dos pueblos separados por una calle. Todavía cuando yo era niño recuerdo las peleas a pedradas entre los de una parte y los de otra. Yo mismo participé en alguna. Heredamos un enfrentamiento de siglos.

            ---Las dos Españas en versión de bolsillo.

---Más o menos. Si William Blake veía el universo en un grano de arena, yo puedo ver toda la historia de España en un pequeño pueblo de la Vía de la Plata. Y a ese Dios que no existe, pero del que soy tan amigo, en la araña que teje y vuelve a tejer su tela, como paciente Penélope, o en “la máquina inmensa de las constelaciones”, que dijo no sé qué poeta.




           

 

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