viernes, 10 de julio de 2026

Las veladas del Black Bar: Todo amor es fantasía

 

No hemos inventado nada, si acaso estos tiempos digitales han multiplicado por mil o por cien mil lo que antes ya existía. Juan Ramón Jiménez fue objeto de memes como cualquier famoso o famosillo de ahora y víctima de catfish como cualquier ingenuo internauta solitario. ¡Cuántas veces se habrán contado las bromas que le gastaban a propósito del burro Platero, “pequeño, peludo, suave”, o de que uno de sus grandes amores, Georgina Hübner, que no fue una lánguida señorita limeña, como él creía, sino dos bien humorados garzones que quería recibir sus libros dedicados! Él nunca quiso reconocer que fue víctima de un engaño. Y yo, que viví una situación semejante, comienzo a pensar que quizá tenía razón.

            ---Cuenta, cuenta.

            ---Ya sabéis cómo empezó todo. Un día de 1904, Juan Ramón recibió desde Lima una carta en la que una joven decía haberse enterado de que había publicado un nuevo libro, Arias tristes, imposible de conseguir en su país y por eso le pedía el favor de enviárselo.

            ---Esa historia, no; cuenta la tuya, que esa ya la conocemos.

            ---Se lo envió y empezó un carteo que se fue haciendo cada vez más apasionado. Juan Ramón se enamoró de aquella joven, a la que ni siquiera había visto en pintura (no llegó a enviarle su retrato) y quiso ir a conocerla. Como en los casos de catfish, eso asustó a los urdidores del engaño. Primero, una romántica enfermedad, la tisis o tuberculosis, y luego el cónsul de Perú en Sevilla recibió un telegrama anunciando su muerte para que se lo comunicara al poeta. Juan Ramón Jiménez escribió entonces un poema, “Carta a Georgina Húbner en el cielo de Lima”, que incluyó en Laberinto y que se hizo muy famoso.

            ---¿Y cuál fue tu “amour de loin”? Cuenta, cuenta.

            ---Los inventores de Georgina, José Gálvez, que luego llegaría a presidente del Perú, y Carlos Rodríguez Hübner, que puso el nombre de una prima suya a la ficticia corresponsal, pronto lo contaron todo para regocijo de los muchos enemigos del poeta. Fue entonces cuando alguno hizo circular la frase “dicen que Juan Ramón Jiménez es un simple neurasténico; yo creo que es un simple, simplemente”. Hubo engaño, sí, pero no todo fue engaño, Y hasta el momento de su muerte, Juan Ramón pensó que su relación con Georgina Hübner fue una de las cosas más hermosas que le habían ocurrido.

            ---Eso me recuerda un poema tuyo, “Elogio del fracaso” creo que se titula: “Una historia que no ha sido / ha sido / lo más hermoso que me ha ocurrido nunca”.

            ---Tienes buena memoria, Almuzara. Todavía en 1954, medio siglo después de aquel raro enredo, Juan Ramón vuelve sobre el poema a Georgina, lo corrige y tiene intención de publicarlo junto a la última carta que recibió de la enamorada limeña. Poco antes, en el diario La Prensa de Nueva York, había declarado: “Nada me pesa del engaño, ya lo sabe Georgina Hübner, los que participaron en la farsa, y la exquisita escritora de las epístolas, que tengo a su disposición”. Parece que no le ha extrañado a nadie que se conserven todas las cartas de la falsa enamorada, pero solo la primera del poeta, aquella en que responde cortésmente anunciando el envío de su libro. ¿Cómo es que los jóvenes admiradores peruanos no conservaron sus cartas? ¿Y qué fue de Georgina Hübner? Que yo sepa nadie la ha buscado, nadie se ha interesado por su historia, nadie ha comparado la letra de las cartas al poeta con manuscritos de los fingidores. ¿Falsificaron una escritura con rasgos tópicamente femeninos? Yo creo que la prima participó del engaño, que escribió las cartas que ellos le dictaban y que poco a poco fue enamorándose del poeta. Pero no fue valiente hasta el final, o no la dejaron ser valiente. Yo creo que la ruptura, con el anuncio de la falsa muerte, se la impuso su familia, asustados de que fuera capaz de irse a España con un ardiente enamorado al que no había visto nunca. El amor de ella es una hipótesis, pero lo que está claro es que el amor de él fue verdadero. En una de sus últimas anotaciones, se lee: “Sea como sea, yo he amado a Georgina Hübner, ella llenó una época de vacío mía, y para mí ha existido tanto como si hubiera existido. Gracias, pues, a quien la inventara”.

            ---Me recuerda los versos de Machado: “No dice nada / contra el amor que la amada / no haya existido jamás”.

            ---Pero cuéntanos tu historia, Martín. ¿Cómo fue lo de tu amada o amado imaginarios? ¿Qué admiradores o admiradoras, deseosos de tener tus libros dedicados, te engañaron?

            ---A mí me parece que lo de Martín tuvo más que ver con la Delfina Molina de Unamuno. Durante veinte años recibió anónimamente un regalo por San Valentín y nunca supo quién se lo envió.

            ---Me temo que alguna Delfina Molina ha habido en vida, pero no insistas, Bueres, que no voy a hablar de ellas.  Y en algún caso fui innecesariamente cruel, aunque quizá no tanto como Unamuno. Se refiere a ella de manera bastante despectiva en Cómo se hace una novela. “Una pobre mujer de letras” que se le acercó para tratar de compartir algo de su fama: “buscaba lo que busca todo escritor, todo político; vivir en la dura y permanente historia, no morir”. En la biografía de Juaristi es una presencia constante: “De la proyección en Argentina de las ideas pedagógicas de Unamuno, la consecuencia más embarazosa fue la pasión que despertó en una profesora de un liceo femenino, Delfina Molina y Bedia de Bastianini, que requirió en 1907 su consejo para una tesis doctoral sobre el espíritu científico y le acosó sin descanso hasta sus últimos días con cartas de amor. Aunque no fue un sentimiento correspondido por Unamuno, este se dejó querer, sin desalentar a la solicitante de un modo suficientemente drástico”. Se dejó querer, o más bien admirar, al principio, pero se asustó cuando las cartas adquirieron un tono erótico sin disimulos. Ella le envió varias veces dinero, cuando le creía en apuros económicos, pero él parece que nunca lo aceptó. Desterrado en Fuerteventura, la escribió diciéndole que temía ser asesinado y a Delfina no se le ocurrió otra cosa que presentarse en la isla para sacarle de allí. Llegó en mal momento: Unamuno estaba esperando una goleta, fletada por el director de un periódico francés, que le rescataría en una gran operación publicitaria. Incluso hay una foto de los dos juntos en la que él tiene cara de pocos amigos. Delfina resistió todos sus desdenes y su amor duró mucho más allá de la muerte del escritor, que al final ni siquiera abría sus cartas.

            ---Eso mismo hacías tú con las cartas de cierta poetisa, durante un tiempo habitual en la tertulia.

            ---No hablemos de eso. Lo curioso es que esa “pobre mujer de letras” era algo más que una mujer de letras. En la Wikipedia se nos dice que fue química, escritora, profesora, pintora y cantante, la primera mujer en graduarse en la facultad de Ciencias de Buenos Aires, la primera doctora en Química, la fundadora de la sociedad lingüística argentina. Ni siquiera se menciona su relación con Unamuno. Es todo un personaje, ha entrado en la historia por sus propios méritos, no por la luz prestada del ególatra salmantino. Cierto que hizo el ridículo por amor, pero como diría Álvaro de Campos solo los que no han hecho alguna vez el ridículo por amor son en verdad ridículos.

            ---¿Tú lo has hecho?

            ---Más veces de las que quisiera. En una librería de viejo de Buenos Aires, cercana al Obelisco, compré un libro de Ricardo Gullón, Conversaciones con Juan Ramón, que estaba junto a otro dedicado por su autor a Delfina Molina. Quizá procedía también de su biblioteca. Qué sorpresa se debió llevar al leer lo que cuenta Juan Ramón de Unamuno: “Caminábamos por la calle de Alcalá, en Madrid, y pasó a nuestro lado una gitana desgreñada, sucia, guapa. ‘Si alguna vez yo fuera infiel a mi mujer –me dijo--, sería con una mujer como esa’- Tenía una sensualidad algo salvaje”.

            --¿Unamuno una sensualidad salvaje? No me lo creo.

--No sé yo si hay que hacerle mucho caso a Juan Ramón, nadie más ha dicho eso. Lo que está claro es que Delfina Molina era una mujer culta, que podía hablar con él de igual a igual de cualquier tema, y además una mujer que tomaba decisiones por cuenta propia, no era el tipo de mujer sumisa que se ocupa del marido y los hijos y deja las cosas serias para las privilegiadas mentes masculinas. Eso fue lo que probablemente asustó a Unamuno.

---¿Y a ti qué te asustó de tus varias Delfinas?

---Estoy leyendo una novela de Dorothy L. Sayers y en ella encuentro una cita de Francis Bacon: “Bien hacen quienes, si no pueden resistirse al amor, lo mantienen a raya y lo desligan por completo de los hechos serios de la vida”. Lástima que no siempre fuera yo tan sabio.



 

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