.---¿Y
qué tal te ha ido por Buenos Aires? ¿Supongo que celebrarías adecuadamente el
24 de agosto, aniversario del nacimiento de Borges y de Víctor Botas?
---A
Víctor Botas se le conmemoró aquí en Oviedo mejor que a Borges allá en Buenos
Aires. En las galerías Pacífico, que es mi centro comercial favorito, mis
Salesas porteñas, hay un Centro Cultural Borges, pero en él no hay más recuerdo
del escritor que el nombre. En la librería Ateneo Gran Splendid sí que le
dedicaron un rincón en uno de los escaparates. Me temo que eso fue todo. Pero
nosotros sí que lo celebramos a lo grande. Tuvimos tertulia en el Florida
Garden, uno de los cafés que frecuentaba. Yo llevé varios libros. El más
sorprendente, Todo Borges, que no son
sus obras completas, sino un mágico mosaico con fotos, cartas, recortes periodísticos,
curiosidades variopintas. También poemas, claro. Hay fotos de verdad
sorprendentes, como la del primer beso entre Borges y su mujer, Elsa Astete. Y
otras de Borges llorando en el entierro de su madre. El libro apareció a comienzos
de 1977 y celebra los 77 años del escritor. Se le ve incluso rodeado de amigos
junto a un pastel con ese número, A mi hicieron gracia las referencia a María
Kodama. En un libro que llevé como entretenimiento para las horas de avión, Secreto y pasión de la literatura, de
Juan Cruz, reproduce este lo que ella afirmó muy irritada: “Dicen que fui su
secretaria, nunca lo fui...”. Y estaba dispuesta a llevar a los tribunales a
quien afirmara otra cosa. Pero en este libro aparecen tres fotos suyas
acompañando al escritor y en todas se refieren a ella como “la secretaria de
Borges”. Seguro que entonces no se sentía ofendida.
---¿También encontraste en Buenos
Aires esta primera edición de El canto
errante? Yo he leído el libro en la Austral, no me parece uno de sus
mejores libros.
---No
soy yo un fetichista de las primeras ediciones, ni mucho menos. Prefiero, si
puedo escoger, las mejores ediciones. Tenía por casa, no le había dado mucha importancia,
El canto errante de Rubén Darío. Salvo dos o tres poemas, no me pareció
que tuviera demasiado interés, uno de tantos libros de aluvión, con poemas
viejos y nuevos, como tantos otros suyos. Pero al releerlo en la primera
edición he encontrado muchas sorpresas, comenzando por el prólogo, que recoge
unos artículos publicados en El Imparcial. Está lleno de alusiones polémicas
que en su momento se me escaparon. Ahora sé que la cita de Ortega, con quien
polemiza, está tomada de su artículo “Poesía nueva, poesía vieja”, que comenta
la antología de Emilio Carrere La corte de los poetas y que es una feroz
diatriba contra el modernismo. Se publicó también en El Imparcial el 13
de agosto de 1906.
---¡Vaya memoria!
---Lo acabo de releer en el primer
tomo de sus obras completas. En El canto
errante está la oda a Mitre, que comienza con una cita de Whitman: “¡Oh
capitán, mi capitán!”. Y está el poema a Antonio Machado, que yo me sé de
memoria desde que lo leí por primera vez al comienzo de sus poesías completas.
Cuando lo escribió, antes de 1907, todavía Antonio Machado no era Antonio
Machado. Eso explica que se refiera a él como cantor de “las maravillas de la
vida / y del amor y del placer”, lo que no deja de ser un disparate. También
está aquella epistola de la señora de Leopoldo Lugones, con sus coloquiales y
pareados alejandrinos, que creó todo un género, una de cuyas últimas y más
divertidas muestras es la carta de Trisca a un gato romano, Leone. Apareció en Reloj de Arena y habla de la tertulia y
de la calle Oscura y de Xuan y Silvia.
---Las
cenizas de Trisca, la famosa Trisca, las esparcimos en un jardín de Venecia --recuerda
Almuzara.
---Esta
Oda a Buenos Aires, de Manuel Mujica
Láinez, también está escrita en pareados alejandrinos. Unox pocos tienen gracia,
pero varios miles supongo que serán intragables.
---Ese
libro, junto con el de Borges, me estaba esperando en una pequeña librería de
viejo de la calle Suipacha, al lado mismo del apartamento en que nos alojamos
por gentileza del poeta Roberto Silva y de María de la Vega, su mujer, que es
pintora. Estaba en el piso quince y era un regalo cotidiano ver amanecer Buenos
Aries cada día. A una ventana se asomaba el Obelisco y a otra la cúpula verde
del congreso y el dantesco –en el buen sentido de la palabra-- palacio Barolo. El
libro de Mujica Láinez ya lo había yo leído en una edición de bolsillo, pero
este ejemplar es de la primera edición de 1943 con ilustraciones de Héctor
Basaldúa. Las partes históricas son más bien aburridas, pero el último canto,
“Hoy”, está lleno de encanto, con su galería de tipos de la época: “Ciudad que
en la Avenida de Mayo se hispaniza / con teatros infestados de majas y baturros
/ y el olor del glorioso chocolate con churros”. Todavía en la Avenida de Mayo
quedan ecos españoles. En el bar Iberia, hay una algo naif alegoría del catorce
de abril y una gran bandera republicana. Fue lugar de tertulia de los
exiliados, pero lo que queda de entonces es que está especializado en la
tortilla de patatas. A Mujica Láinez le gustaba más otro Buenos Aires, el que
“se disfraza de Londres y de Paría a veces” o el que “en la Costanera /
proyecta su telón de mar y de quimera”.
---Volviendo
al libro de Rubén Darío, encuentro un poema que no recordaba y que me parece
espléndido. Se titula “Interrogaciones”. Os leo la primera estrofa: “Abeja,
¿qué sabes tú, / toda de miel y oro antiguo? / ¿Qué sabes, abeja helénica? / Sé
de Píndaro”. Y la última: “Águila que eres la historia, / ¿dónde vas a hacer tu
nido? ¿A los picos de la gloria? / A los montes del olvido”.
---¿Sigue
siendo Buenos Aires la ciudad fascinante y fastuosa que está en la memoria de
nuestros abuelos?
---Sigue
siendo una ciudad única y una antología de ciudades. Cuando uno vuelve de
Colonia o Montevideo en barco, el perfil es el de Manhattan. Y hay rincones de
Madrid, de París o de Londres, incluso de Avilés. Ramón Gómez de la Serna
entrevió a Avilés en algunas calles de Lisboa; yo lo he visto en un rincón de
Buenos Ares que luego no fui capaz de volver a encontrar. Uno ve siempre en los
lugares en que está a gusto, algo de lo que ama. Con deciros que en las calles
de Colonia, tan tranquilas y como de otro mundo, encontré un eco de las calles
de Aldeanueva. En Colonia estaba precisamente, en un local de la calle Flores,
frente al parque, cuando me llegó un mensaje que me enlutó el día. Era de Elena
Bello, la Maya de los poemas de su hermano Xuan, que ha estado muy presente,
casi un contertulio más, en estos paseos por Buenos Aires. La última vez que
estuvimos allí fue uno de nuestros acompañantes. Buscaba a su pariente Vitorio,
que había sido compañero de Luis Cernuda en una universidad inglesa, y había intervenido
en la edición argentina de uno de sus libros. Yo creía que todo era otra
fantasía suya. Qué sorpresa la mía cuando me encontré con cartas del mítico tío
en el epistolario de Cernuda publicado por la Residencia de Estudiantes. Pero
la vida no es un cuento de hadas. O sí, pero de los verdaderos, no de los
edulcorados para la infancia. Es como los cuentos tradicionales, llenos de
sorpresas y de imprevisto espanto. Me contó Maya en su mensaje que había sido
amenazada por uno de los contertulios de la primera hora, completamente
desquiciado, muy violento, y que la aconsejaron que la denunciara a la policía.
Tímido, buen lector, excelente poeta, un mago perverso le ha convertido en todo
lo contrario. Hay muertos que no mueren nunca, que siguen para siempre a
nuestro lado haciéndonos compañía, como Víctor Botas, que a los ochenta años
conserva toda su coña marinera, y Xuan Bello, inagotable Sherezade, mientras
que otros...
---¡Pobre!
No tiene culpa. Es la enfermedad. Antes se hablaba de posesión demoníaca.
---Pero
al demonio unos se esfuerzan por cerrarlo el paso y otros hacen todo lo posible
por allanarle el camino. Pero hablemos de otra cosa. Por ejemplo, que en este Todo Borges caótico e inagotable se
publica la esquela de la madre de Borges y en ella aparece junto a los familiares
esa Fani a la que, en cuanto se hizo con el botín, María Kodama echó del
apartamento de Maipú que había habitado siempre y la puso en la calle sin
abonarle, no ya una gratificación, sino ni siquiera los sueldos atrasados.
---Yo
no puedo dejar en nuestro querido amigo, monstruo de su laberinto.
---¡Qué
poco nos protegen los libros de las embestidas de la vida! Borges, Botas y Xuan
ya están a salvo de ellas. Consuela y aterra pensar que algún día lo estaremos
todos.
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