Martes, 1 de septiembre
UN AMOR CORRESPONDIDO
Hay tres maneras de
enamorarse. Existe el amor a primera vista, el que va apareciendo con el trato
y el que llamaban los trovadores “amor de lejos”: enamorarse por un retrato,
por referencias.
Mi amor por Nápoles es de este
último tipo. Antes de poner por primera vez el pie en el caos de Piazza
Garibaldi, ya me había seducido: era la capital del siglo de Oro español, más
que Sevilla, era del héroe trágico Masaniello, de los mármoles prodigiosos de
Winckelmann y de Pompeya, era la ciudad del Grand Tour.
Mientras ando a vueltas con la idea
de irme a vivir allí si España sigue volviéndose irrespirable, un amigo me
habla de la serie televisiva Los
bastardos de Pizzofalcone.
Conozco el barrio, muy cerca de la
plaza del Plebiscito, sobre una colina en la que estuvo la primitiva ciudad
griega, Parténope o Paleópolis, con un gran cuartel y una iglesia de alta y
esbelta cúpula, Santa Maria degli Angeli.
Veo un episodio de la serie y quedo
fascinado por el Nápoles que me muestra, que es el que me sedujo, con sus
patios de monumentales escaleras, su palacios entre la cochambre, sus
callejones, sus pasadizos subterráneos y el azul prodigioso del golfo sonriendo,
allá al fondo, desde cualquier esquina.
La trama me interesa menos, pero
tampoco está mal, al menos en el único episodio que he visto, Misericordia, de titulo galdosiano y con un cura como protagonista que algo
recuerda a Nazarín.
El Nápoles de Gomorra es verdad, pero también lo es este otro, donde se superponen las capas
de la historia y bulle en toda su grandeza y su miseria la comedia humana, el
Nápoles del que yo me enamoré desde antes de conocerlo y para siempre.
Miércoles, 2 de septiembre
PESADILLA EN MURILLO STREET
Me senté cerca de
la puerta abierta en la cafetería. De la mañana a la tarde había bajado la
temperatura, yo iba muy veranego y pille un buen resfriado. Pasé la noche
tosiendo, estornudando y creo que con fiebre. Tardé en dormirme y, cuando lo
hice, tuve pesadillas.
Un vecino, cansado de oírme toser, llama avisando que hay un sospechoso
de Covid. Llega una ambulancia, salen enfermeros disfrazados de extraterrestres,
ponen en cuarentena el edificio y me llevan al hospital. Al día siguiente –en
mis sueños soy famoso-- informan los periódicos y arden la redes: “Cae el
Miguel Bosé de Aldenueva”, “Negacionista contagiado”.
“Una vez, desde mi ventana, le vi pasear sin mascarilla al amanecer,
cuando todavía no había ni un alma en la calle, por el parque de Santullano”, comenta
una vecina en las noticas de la TPA.
“Lleva siempre libros consigo
libros que probablemente no habían pasado en cuarentena los catorce días preceptivos”,
dice Rosario N., funcionaria de la biblioteca municipal.
“Una vez le vi pedir una servilleta de papel en una cafetería, algo
rigurosamente prohibido, es un insolidario, podía limpiarse con el dorso de la
mano si no tenía pañuelos, por gente así mueren los ancianos en las residencias”.
Como era un sueño, en el sueño pude oír a Don No me Temblará el Pulso,
el presidente tuitero, mientras se paseaba por su despacho: “Je, je, je. Ríe
mejor quien ríe el último”.
Me desperté aterrado, pero bastante
mejorado. Mis defensas funcionaron y el cielo era de transparente azul.
Desperté del sueño, pero no salí de la pesadilla. Don No me Temblará el
Pulso retrasa el inicio del curso escolar hasta final de mes. Y parece que, si
siguen aumentando los contagios, no le temblará el pulso para retrasarlo otro
mes. Y gracias que no lo anula entero de un plumazo, que también lo está
pensando: “Si la salud está antes que la economía, ¿cómo no va a estar antes
que la educación?”, tuitea. (Él llama “salud” a que desaparezca la famosa
Covid, que da y quita votos, por lo demás la gente puede enfermar y morir
desatendida o mal atendida de cualquier otra cosa.)
A Don No me Temblará el Pulso no se
le puede caricaturizar, es su propia caricatura. Se dice que está pensando en entregarle
a cada recién nacido, como regalo de bienvenida, un juego de mascarillas:
“Siempre serán más útiles que ese libro que la alcaldesa de Gijón regalaba.
Conviene que se vayan acostumbrando a un salvavidas que les acompañará toda la
vida”.
Es solo un rumor ridiculizante, pero como llegue a sus oídos seguro que
le parece una excelente idea y de inmediato ordena que se disponga la partida
presupuestaria correspondiente.
Jueves, 3 de septiembre
SANTO ADRIANO
Aunque no soy
especialmente aventurero, más bien todo lo contrario, he viajado solo, y sin
conocer allí a nadie, a México DF y a Buenos Aires, y con cierta frecuencia a
Nápoles, pero para ir a Santo Adriano, a pocos kilómetros de Oviedo, necesito
la benevolencia de algún amigo. Son los inconvenientes de no tener coche: todas
las ciudades del mundo están a mi alcance, pero la vida rural me está vedada.
La naturaleza requiere de mucho artificio.
Santo Adriano es el concejo más
pequeño de Asturias, según creo, y Villanueva, su capital, la villa más pequeña
del mundo, de eso estoy seguro. Paseo por la orilla del río y me encuentro con
un castaño de inmenso tronco, seguramente habitado por algún personaje de
cuento, y luego, tras el lavadero, un puente romano que me recuerda al puente
sobre charco del río en el que yo me bañaba cuando niño. Al otro lado, está la
iglesia de San Román, tan diminuta como el cementerio que se acurruca cerca.
Sentado junto a un umbroso remanso, olvidadas por un momento las locuras del
mundo, jugué a tirar piedras al agua.
Recuerdo a menudo la frase de
Baudelaire, o de quien sea, que afirma que el genio es la infancia recobrada a
voluntad. Yo vuelvo a ser niño cada vez con más frecuencia, pero eso no sé yo
si indica que soy un genio o que ya soy un viejo.
Al entrever algo antes a la osa
Paca, indiferente a la expectación que despierta, me acordé del otro oso con el
que tuve el honor de encontrarme. Ocurrió en Rumanía, en un hotel de alta
montaña. Un cartel colocado en el ascensor avisaba de los riesgos de salir a
pasear después de anochecer porque era frecuente tropezarse con osos. Como soy
algo temerario, salí a pasear y me encontré con uno, pero en actitud poco
gallarda y eso debió de humillarle algo. Estaba rebuscando en la basura y alzó
la cabeza para mirarme, como avergonzado. “Que yo, el gran señor de los
bosques, tenga que alimentarme de esta manera”, parecía pensar. Nos miramos un
rato, a debida distancia por supuesto y, aunque yo quería decirle que no
importa, que todos sabemos a dónde conduce la necesidad, él se dio la vuelta y
se perdió en la oscura arboleda con paso lento y triste.
Por Proaza y Santo Adriano descubrí
hontanares, vadeé arroyos (a punto estuve de darme un baño involuntario en uno
de ellos), observe la pequeña fauna en la que nadie se fija, salvo el pequeño
Martín, mi inagotable guía, dejé que a árboles y plantas les prestara su voz
Google para que me dijeran su nombre, vi planear majestuosa una solitaria ave
de presa en el azul del cielo. Y escuché al silencio, al maravilloso silencio,
perfumado y fresco.
Y todo gracias a la generosidad de
unos amigos. Da un poco de vergüenza confesarlo, pero yo, si me sacan de mis
libros, dependo por completo de la benevolencia de los demás.
Viernes, 4 de septiembre
PRESIDENTA
Fantaseábamos en la
tertulia con esa república que podría venir, podrida desde la mismísima raíz la
monarquía que la dictadura nos dejó en herencia, y que no vendrá.
----¿Tú crees que se salvará de la
quema tu admirado Felipe, Martín?
----Se salvará, y quizá sea lo
mejor. Si se hace justicia, más de uno debería acompañar al anterior rey
perjuro –nada de emérito-- ante los tribunales.
----Pero vamos a suponer –soñemos,
alma, soñemos-- que se hace justicia, que nos deshacemos de todo lo podrido,
que hay referéndum, que el pueblo español vota mayoritariamente República. ¿Tú
qué candidatura defenderías para la presidencia?
----Yo lo tengo muy claro, la de
Amelia Valcárcel, que tiene empaque, carácter e inteligencia más que
suficientes. Ha desempeñado cargos públicos, es una pensadora excepcional y,
además, catedrática de Ética, algo que, visto lo visto, no nos vendría mal en
la jefatura del Estado. Sería una primera presidenta de la Tercera República
realmente excepcional.
Sábado, 5 de septiembre
TODAVÍA APRENDO
Siempre, en los
malos momentos, recuerdo aquella sabia respuesta del padre al niño que luego
sería Batman: “¿Para qué caemos? Para
aprender a levantarnos”.























