domingo, 26 de abril de 2015

Nadie lo diría: Verdinas, merluza y mousse


Domingo, 19 de abril
¿REPÚBLICA? CUANDO ESPAÑA QUIERA

Una y otra vez he de responder al mismo reproche de mis amigos. “¿No te parece indigno de un republicano ese ir a hacer el paripé ante los reyes?”. Y yo, que tengo vocación de maestro de escuela, siempre aprovecho para dar una pequeña clase. “Solo hay dos formas de que España, o cualquier otro país, cambie de régimen, y ninguna tiene que ver con que los republicanos saluden o no a los reyes. Una de esas formas es la violencia y no parece (afortunadamente) que hoy eso sea posible: ya están lejos los tiempos en que el ejército se pronunciaba para propiciar un cambio de régimen, liberal en el siglo de Rafael Riego; todo lo contrario, en el de Francisco Franco. Y las circunstancias no parecen las más adecuadas para tomar el Palacio de Invierno sacando las masas a la calle.
            La otra forma, la única aceptable en una democracia, son unas elecciones. Hay quien dice que esa posibilidad, la de elegir entre monarquía o república, nos está negada constitucionalmente. Pero eso es solo en apariencia. Si los partidos republicanos tienen mayoría en el parlamento, la monarquía queda sentenciada. Y para que Alfonso XIII aceptara que tenía que irse bastaron unas elecciones municipales. Una monarquía hoy es un régimen dependiente de la ciudadanía. En cuanto esta les es contraria, tiene los días contados. Felipe de Borbón me parece a mí muy consciente de ello. Sabe que su puesto ha de ganárselo día a día, que su contrato de trabajo no es vitalicio, sino solo indefinido y que puede ser revocado por la voluntad popular con solo unos pocos meses de preaviso. De momento, no parece que eso vaya a ocurrir.



Martes, 21 de abril
TERESA, ANDRÉS Y OTRAS INDISCRECIONES

A las puertas de la Biblioteca Nacional, me espera Andrés Trapiello para visitar la exposición sobre Santa Teresa que con tanto mimo y conocimiento ha preparado Rosa Navarro Durán. A él le interesan sobre todo los libros y manuscritos expuestos, especialmente las hermosas ediciones de los libros de caballería y los versos de puño y letra de San Juan. “Mira –me dice señalando la portada de los diálogos de Luciano editados por Sebastián Grypho en 1550--, yo creo que en el arte de la tipografía no hemos ido más allá”. Con el arte, en su opinión, la santa no tuvo suerte. “Todos sus retratos son unos pestiños”, afirma. Yo no estaría tan seguro. En cualquier caso, es difícil no dejarse fascinar por el rojo y el azul de “Jesús y la samaritana en el pozo”, de El Guercino, llegado hasta aquí desde el cercano Thyssen.
            Al lado hay otra exposición, que a Trapiello le interesa más, dedicada a las colecciones cervantinas que guardan en la Biblioteca Nacional. La verdad es que yo, que carezco de cualquier fetichismo, nunca he valorado demasiado a quienes se dedican a coleccionar ediciones del Quijote. Me emociona, sin embargo, entre tantas pintorescas muestra de la locura cervantina, dos ejemplares de la primera edición, tan sobria y descuidada. Y mientras paseo entre los anaqueles voy recordando el soneto de Rubén: “Horas de pesadumbres y de tristeza / paso en mi soledad. Pero Cervantes / es buen amigo, endulza mis instantes / ásperos y reposa mi cabeza...”
            Tomamos luego, con mi amigo Lino, unas cervezas en la terraza del Gijón y Trapiello nos habla de la última manifestación en él de la susodicha locura, una traducción del Quijote a la única lengua a la que no estaba traducido: el español.
            Al principio le escucho con cierto mal disimulado escepticismo: su hazaña me parece tan benemérita como copiar la novela en un grano de arroz. Y tan inútil. Pero luego me va poco a poco convenciendo y tras leerme algunos párrafos de su versión estoy deseando leerla entera.
            Cenamos en un grato restaurante siciliano. Y seguimos hablando de Cervantes. Yo había decidido no mencionar ni a UPyD ni a Podemos, dos temas sobre los que Trapiello se muestra especialmente sensible. Ni por supuesto la cuestión catalana, en la que estamos enfrentados. Me siento muy orgulloso de mi habilidad para soslayar los temás polémicos cuando, de pronto, no sé cómo, la conversación se tuerce, arrean a sus cabalgaduras don Quijote y Sancho y nos dejan solos con Monedero, Errejón, Mas y Díez. Se acaloran los ánimos, como yo me temía, y acaban apareciendo antiguas magulladuras. Me reprocha Trapiello que no respeto la intimidad de nadie, que todo lo cuento en mi diario ("Mirá quién va a hablar", pienso), que por mis indiscreciones han roto varios matrimonios (lo ignoraba, la verdad). Me siento abrumado por la culpa.
            Pero luego la noche se serena y acabamos paseando por los alrededores de la plaza de París, yendo y viniendo hasta altas horas de la noche, hablando de Gaya, de Cervantes y hasta de Muñoz Molina, de quien yo le confieso --"pero no se te ocurra contarlo en tu diario", le digo, devolviéndole el reproche de indiscreto-- que no me pierdo ninguno de sus artículos, pero que no puedo con sus últimas novelas. "No te preocupes --me responde magnánimo--, te guardaré el secreto; yo no soy como tú”.


Miércoles, 22 de abril
LA ESPAÑA REAL

Le hago una foto a la reina Letizia con Carlos Loreiro y Constantino Molina, los jóvenes poetas invitados al almuerzo en el Palacio Real que homenajea a Juan Goytisolo. En cuanto termino, me pide impaciente el teléfono: "A ver, a ver". Amplia su imagen en la pantalla, la contempla un rato con el gesto serio y luego dice: "Ellos están muy bien; yo, como soy".
          Charla la reina, complacida, con los más jóvenes. “Es muy agradable ver a gente nueva por aquí”, dice. Carlos Loreiro, premio Miguel Hernández, es profesor de español en San Petersburgo y ella le agradece que se haya tomado la molestia de venir desde tan lejos. Constantino, el último premio Adonais, es menos afortunado. “He tenido varios trabajos ocasionales, todos a cual peor, pero ahora estoy en paro”. “¿Vives entonces con tus padres?”, “Sí, en un pueblecito cerca de Albacete”. Yo los miro a los dos frente a frente y no puedo por menos de decir, señalando a uno y a otra: “La España real, en la doble acepción de la palabra”. La reina asiente con semblante preocupado: “Cierto, cierto”.
            Casi llego tarde a la cita con los reyes porque antes he quedado con Trapiello para visitar la exposición de Van der Weiden en el Prado acompañados del poeta Jaime García-Máiquez, que trabaja allí como restaurador. Nos sirve de guía por las entrañas del Museo y de ese modo podemos contemplar antes que nadie un fabuloso cartón de Goya que acaba de recuperar sus colores originales, un Velázquez casi desconocido, un Morales dispuesto para ser fotografiado con rayos infrarrojos, como el enfermo al que se radiografía antes de pasar por el quirófano. Me dan ganar de seguir en aquel mágico laberinto y darles un plantón a los reyes, pero he de abandonarlo antes siquiera de,comenzar con Van del Weyden.

                                                                       
Jueves, 23 de abril
LOS POETAS NO TIENEN BIOGRAFÍA

Mientras camino por la calle del Arenal, se me ocurre el comienzo de un artículo más o menos autobiográfico: "He dormido en los calabozos de la Puerta del Sol y he comido con los Reyes en el Palacio de Oriente". En realidad, no recuerdo haber dormido mucho en aquellos días --no sé si siete u ocho, en cualquier caso más de lo que la legislación de entonces permitía-- en que estuve incomunicado en una celda estrecha, sin más abertura que una ventanuca en la puerta, oyendo los gritos de otros detenidos, saliendo solo para no demasiado amables interrogatorios.
            La misma razón había para ser retenido en aquella celda que para me invitaran a comer ayer en el palacio con algunos buenos amigos: ninguna. Ni entonces ni ahora me meto en política, salvo que por política se entienda cierto irresistible prurito de pensar por cuenta propia y de decir lo que se piensa en el momento más inoportuno.


Viernes, 24 de abril
ELOGIO DEL PROTOCOLO

“¿Qué tal dan de comer en la casa del Rey?”, me preguntan en la tertulia. “Pues una comida sencilla y un trato familiar, sin mucho protocolo”, respondo.
            ¿Sin mucho protocolo? Hay una idea muy rara del protocolo, como la había del diseño en los años ochenta. En un libro bien editado, la labor del editor resulta invisible; lo mismo ocurre con el protocolo.
            Media hora de aperitivos y charla en uno de los salones de palacio mientras van llegando los invitados. Uno de los primeros es Luis María Anson, que se ocupa de ir saludando a todos y de evitarme a mí. Tiene razón para estar molesto. Después de haberme llevado a colaborar al ABC y a El Cultural, fui el que más le echó en cara que adelantara el ganador de uno de los premios Príncipe de Asturias antes de la votación final. Me pareció ofensivo para la Institución y un ejemplo del peor periodismo, y así se lo dije. Me temo que no me lo perdonará nunca.
            Un brevísimo discurso, un brindis por el homenajeado, que se sienta a la derecha de la reina, y en seguida comienza la comida: verduras estofadas con almejas y rape, de primer plato; merluza braseada con puré y tallarines de judías verdes, de segundo, y mousse de yogur como postre. Los vinos: Erebo Godello 2014, Quercus, cosecha 2008 y Segura Viudas Reserva Heredad. El servicio rápido y casi invisible. Yo tenía a un lado a mi amiga Berta Piñán y al otro a Sergio Vila-San Juan, director del suplemento cultural de La Vanguardia, que, como suele ser habitual, guardaba algún reproche contra mí. Afortunadamente, la sangre no llegó al río y nos reconciliamos enseguida. Pasamos luego a tomar café a otro de los salones. El rey, como buen anfitrión, se fijó en que Juan Goytisolo, tras algunos saludos, se había sentado solo en un tresillo. Se apresuró a sentarse a su lado. Antonio Gamoneda se acercó y le invió a sentarse al otro. Y era curiosa la estampa del joven rey entre los dos ancianos. Sobre todo porque, al poco rato, Goytisolo, cansado de hablar, miraba al vacío y Gamoneda tenía la cabeza baja como si echara una cabezadita. El rey seguía con la cara afable como de cuidador que se gana la vida acompañando ancianos y está contento con su trabajo.
            Yo, que como todo niño curioso no sería mal periodista, me dedicaba a observar a unos y a otros. Con Víctor de la Concha hablé del libelo de Morán (“Desde el primer momento, preferí no replicar nada”) y luego me preguntó por su amigo José Manuel Feito, al que elogió reiteradamente (“Es la persona que más sabe de cerámica y un poeta finísimo”).
            Quisieron los más jóvenes saludar a Gamoneda. Yo me hice a un lado. “Me detesta  --les dije-- porque hace veinte años publiqué una reseña poco elogiosa de su Libro del frío. No quiero ponerle en el brete de tener que mostrarse descortés”. Creyeron que exageraba, pero entonces les conté la anécdota de otro 23 de abril. Desayunaba yo solo en el comedor del hotel, cuando apareció Gamoneda y fue a sentarse frente a mí, a pesar de que había varias mesas vacías. Como me miró varias veces, me creí en la obligación de saludarle: “No sé si me recuerda usted, soy...”. Me interrumpió con cara de pocos amigos: “Sé perfectamente quién es, pero no tengo ningún interés en hablar con usted”. Como no había nadie cerca, y por lo tanto no tenía la obligación de ser ingenioso, me limité a responder “encantado, lo mismo digo” y a seguir disfrutando tranquilamente de mi desayuno.


domingo, 19 de abril de 2015

Nadie lo diría: Historias de palacio


Domingo, 12 de abril
CUESTIONARIO DE URGENCIA

––Un libro famoso que no ha leído ni tiene intención de leer.
            ––El Ulises de Joyce, como la mayoría de la gente.
            ––El autor que más le irrita.
            ––Dios mismo en algunos pasajes de la Biblia
            ––¿Qué frase se tatuaría si le obligaran?
            ––La más breve.
            ––Un ejemplo de belleza.
            ––Cualquier amanecer.
            ––Un ejemplo de elegancia.
            ––Cualquier gato.
            ––Un ejemplo de fealdad.
            ––Hay tantos que no se me ocurre ninguno en especial.
            ––¿En qué país le gustaría haber nacido?
            ––En España, Portugal, Italia. Por este orden.
            ––¿En qué país le gustaría morir?
            ––Prefiero no pensar en eso
            ––¿A qué político no daría nunca su voto?
            ––Hay tantos que se ofenderían los demás si solo nombro, por ejemplo, a Rosa Díez o Mariano Rajoy.
            ––¿De que tiene envidia?
            ––De la inteligencia. Y de la paciencia de mis amigos.
            ––¿Un paseo en el parque o una noche en la ópera?
            ––En caso de coincidencia trasladaría el paseo para el día siguiente, siempre que la ópera fuera de mi gusto y no interviniera en ella Mariame Clément.
            ––¿Cerveza, vino o whisky?
            ––Agua del tiempo.
            ––La música que prefiere.
            ––El silencio.
            ––Una palabra malsonante que use a veces.
            ––Político.
            ––Un fin de semana ideal
            ––Cualquiera que discurra con el plan previsto, no me gustan las sorpresas ni siquiera si son para bien.
            ––Un lugar para pasar las vacaciones.
            ––Detesto las vacaciones. Es un trauma de infancia.
            ––La mejor época de su vida.
            ––La que estoy viviendo.
            ––Un jugador de fútbol.
            ––No uso.
            ––Lo que escogería para la última cena.
            ––No saber que era la última. Si lo supiera, cualquier cosa se me atragantaría.
            ––¿Qué libros le han impresionado más recientemente?
            ––Memoria por correspondencia de Emma Reyes, este misma tarde. Y siempre que vuelvo a ella, la poesía de Álvaro de Campos.
            ––Un cuadro que tendría en casa para verlo todos los días.
            ––Los únicos cuadros de los que no me canso nunca son las ventanas.
            ––Una película que le gustaría ver una y otra vez.
            ––Ninguna. Sería como estar casado con ella, la mejor manera de detestarla.
            ––Un epitafio.
            ––Solo las dos abstractas fechas (1950-2050) y el olvido, como en el poema de Borges


Lunes, 14 de abril
UNA REVOLUCIÓN TRANQUILA

Algunos amigos de cierta edad se muestran inquietos con lo que está pasando, con lo que va a pasar en las próximas elecciones y se extrañan de verme a mí menos preocupado que ilusionado. Pero no pasa nada que no haya ocurrido otras veces: un desajuste entre el país oficial y el país real. El parlamento, que sigue teniendo toda la legalidad del mundo, ha perdido su legitimidad. Como en la época de Carlos Arias, el Jefe del Estado está más cerca del sentir de la calle que del gobierno. El PP y el PSOE, tal como los hemos conocido hasta ahora, ya son historia. El cuento de la transición se ha acabado. Ya solo falta el epílogo: mandar a los últimos figurones de entonces a casa o a la cárcel. Y todo, al contrario de lo que ha ocurrido siempre en la historia de España, conseguido solo con la fuerza de los votos. ¿Cómo quieren que no esté ilusionado?


Miércoles, 15 de abril
JUEGO DE TRONOS

Charlamos un rato, después de la presentación de la revista Anáfora, en el café-librería La Revoltosa, junto a la playa de Gijón. Inés Illán, que ya estaba a la izquierda de la izquierda cuando era mi profesora de latín en la Facultad, pierde los papeles cada vez que me le mencionan a Podemos; Ángel Alonso dice que han mostrado lo que de verdad son, unos oportunistas, al saludar al rey en Bruselas y hacerle un regalo; Carlos González Espina, el veterano editor de las publicaciones de la tertulia, tampoco les tiene mucha simpatía. Yo acabo de exasperarlos al contarles que me han invitado a la comida del 22 de abril en el Palacio Real y que no solo pienso asistir, sino que estoy tan contento como un adulto al que le hubieran regalado el tren eléctrico con el que soñó de niño. Y no por el hecho de comer con los reyes, un incómodo honor, sino por el lugar, lleno de historias y centro de la historia de España durante los últimos tres siglos.
            El comedor donde se celebrará el almuerzo en homenaje a Goytisolo, premio Cervantes, tiene una curiosa historia. Ocupa lo que fueron las habitaciones de la reina Mercedes. Cuando ella muríó, a los diecinueve años y a los cinco meses de casarse, Alfonso XII mandó cerrarlas y conservar allí todas sus cosas como un homenaje perpetuo a su memoria. Pero ya se sabe que la perpetuidad, en cuestiones de amor, dura poco. Razones de Estado obligaron al rey al matrimonio con María Cristina. Lo primero que hizo la nueva reina fue abrir las habitaciones precintadas, sacar fuera las cosas de la anterior reina, tirar tabiques y crear una amplia estancia que serviría como salón de baile o comedor de gala. El suelo, antes de frío mármol, lo cubrió de parquet, el primer parquet que hubo en Madrid. Al rey aquel hacer tabla rasa con sus recuerdos de amor, no le importó demasiado: ya se había consolado del loco amor por su prima en los brazos de la cantante Elena Sanz.
            Conservo una fascinación infantil por castillos, palacios, caserones llenos de fantasmas. Podría escribir un grueso libro con todas las historias que he leído o me han contado sobre el Palacio de Oriente. En su planta superior comienza una de mis novelas favoritas de Galdós, La de Bringas. Ese piso es un laberinto con pasillos que parecen calles y se cruzan y se entrecruzan formando plazuelas; ahí habitada la servidumbre y había peleas y rencillas y cantes y bailes y podía considerarse como un barrio más de Madrid. “una real república que los monarcas se han puesto por corona”.
            Otra de mis historias favoritas del Palacio es la de la noche del 14 de abril, cuando en el inmenso caserón, abandonados de todos, duermen, o tratan de dormir, la reina Victoria Eugenia, el príncipe de Asturias, que se encuentra enfermo, y los infantes. El rey ha escapado por el Campo del Moro y entre la muchedumbre jubilosa que celebra la llegada de la República hay exaltados que pretenden dar un escarmiento a la real familia. La reina, abrazada a sus hijos, ha oído los golpes con que trataban de derribar uno de los grandes portones de palacio. Los cortesanos han huido, la guardia real ha quedado reducida a la mínima expresión. Y es entonces cuando las juventudes socialistas, con brazalete rojo, rodean el palacio y lo protegen hasta que al día siguiente María Victoria y sus hijos suben a los coches que los llevarán hasta la estación de El Escorial. Cuando el tren llega a París, allí está esperándoles el rey. Y es fama que la reina, harta de aguantar sus calaveradas, tras el protocolario saludo ante los fotógrafos, le dice: “No quiero volver a ver tu fea geta en la vida”. Y cumplirá su palabra.
            Pero el último jefe de Estado que vivió en este palacio, parece que no demasiado confortable, no fue un rey, sino un presidente de la República. Alcalá Zamora prefirió seguir en su casa particular y aquí solo tenía lo que él llamaba “la oficina”, en las habitaciones del duque de Génova. Pero Manuel Azaña, que quería darle toda su dignidad protocolaria al cargo de Presidente, trasladó al palacio su residencia, alternándola con la Quinta del Pardo. A su cuñado Rivas Cherif, tras el estallido de la sublevación militar, lo recibió “en una de aquellas lóbregas habitaciones del Príncipe, tapizadas de rojo oscuro, con una luz alta y triste”. Hubo quien atribuyó el pesimismo del Presidente desde aquellos primeros días del inicio de la guerra “a la abrumadora tristeza que caía de aquella luz angustiosa”. Acompañó luego Azaña a Rivas Cherif a uno de los balcones que daban sobre el Campo del Moro. Le señaló la línea azul de la sierra, hacia el Alto del León: “¿Ves aquel humo? Ahí están ellos. No tardaremos en encontrárnoslos en la Plaza de Oriente”.
            Y toda la tragedia de la República, de aquella ilusionada República de abril, “antes de tiempo y casi en flor cortada”, se resume en una escena que tuvo lugar en este mismo palacio. Tras un  intento de fuga en la Cárcel Modelo, la multitud asalta la prisión, matando a todos lo que allí se encuentran. Rivas Cherif se entera al día siguiente, al ir a visitar al Presidente. Lo encuentra en las habitaciones del Duque de Génova, tapizadas de amarillo y con cuadros de Tiépolo, sentado junto a una mesa de mármol de colores, la cabeza apretada entre las manos. Al saludo de su cuñado, también su mejor amigo (“¿Cómo está, Presidente?”), levantó el rostro desencajado: “¡Cómo quiere que esté! ¡Han asesinado a Melquíades!”
            A Melquíades Álvarez, su mentor político, y a tantos otros, los asesinaron aquel día sin que ni siquiera el Presidente pudiera hacer nada por impedirlo.


Viernes, 17 de abril
MI PAPEL PREFERIDO

En el gran teatro del mundo, mi papel preferido es el de espectador. Verlo todo y vivir al margen de todo, sin ambición ninguna.


domingo, 12 de abril de 2015

Nadie lo diría: La invención de la realidad


Domingo, 5 de abril
SI UN MAGO

Si un mago, como en los cuentos, me concediera tres deseos, yo no sé cuáles serían los dos primeros, pero sé cuál sería el último: que siempre me quedara un deseo por cumplir.


Lunes, 6 de abril
POR QUÉ SOY TAN INDISCRETO

Los secretos que no se airean pronto comienzan a oler mal.


Martes, 7 de abril
UN BUEN GUIONISTA

Después de una mañana de clases, trámites y papeleo, mientras espero el taxi que me ha de llevar al aeropuerto, abro el sobre que acabo de recoger en el buzón. Es un breve libro de Luis María Marina. La contraportada dice así: “Ven a Lisboa. En el Terreiro do Paço, toma el tranvía número 25. Apéate en el Largo de Santos. Sigue la Calçada Ribeiro Santos y luego la Rua das Janelas Verdes. Tras caminar unos trescientos metros, verás a la izquierda un caserón noble de dos plantas, rejería verde y fachada en amarillo. Es el Museu Nacional de Arte Antiga. Entra, sube la escalera, atraviesa cuatro salas, gira a la derecha, abre bien los ojos, contempla el tiempo que se sucede eternamente en las Tentaciones de Lisboa”.
            Tras dejar la maleta en el hotel, sigo exactamente esas indicaciones y, ante el cuadro del Bosco, pienso que quizá en toda mi vida no he hecho otra cosa que seguir un guion previamente escrito. Y sonrío agradecido al pensar que, después de todo, no es un mal guionista el que a mí me ha tocado en suerte.


Miércoles, 8 de abril
LA MEJOR MEDICINA

"Bueno, de momento no me ha pasado nada que no se pudiera curar con un libro", me digo traquilizado al recordar las peripecias del día. Vine a ultimar unos detalles de un libro que he de entregar estos días y a media mañana ya había resuelto mis dudas. Me las prometía muy felices, sin nada que hacer más que pasear, mirar y admirar.
            Como soy tan maniático, desde hace más de veinte años me alojo en el mismo hotel y mis rituales cuando vengo por aquí están muy codificados, aunque suelo dejar un cierto espacio para la aventura. Llegué hasta la Praça do Príncipe Real, con su árbol inmenso y totémico que siempre ha sabido cobijarme bajo sus ramas y recordé la primera vez que estuve bajo él, en 1980. Sintiéndome el rey del mundo, me dirigí hasta otro de mis lugares favoritos, el mirador de San Pedro de Alcántara, y de pronto al cruzar frente al Pabellón Chinés fue como si no pisara tierra firme y me hundiera en lodosas aguas negras. Pasé de la cima a la sima en un abrir y cerrar de ojos, como en un poema de Álvaro de Campos: “Yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo, tantas veces vil...”
            Un instante atrás seguía teniendo la misma edad que en 1980, cuando llegué aquí desde Coimbra, y el mundo me sonreía. De pronto me había convertido en un anciano consciente de que el tren cruzaba las últimas estaciones. Pensé en mi vida, tan desperdiciada; me parecía que, en todas las encrucijadas, había tomado el camino equivocado. Pasé por el largo da Misericórdia, miré distraído el escaparate de alguna librería de viejo y todo lo que exhibían era papel mojado sin interés ninguno. La rutina, el piloto automático, me llevó hasta los Armazens do Chiado (el equivalente o Los Prados o a Las Salesas cuando estoy aquí), bajé hasta la FNAC, como siempre hago, y de pronto un libro me llamó la atención: António Ferro o inventor do salazarismo, de Orlando Raimundo. Siempre he tenido curiosidad por Ferro, a quien me encontré por primera vez en las biografías de Fernando Pessoa, y por Salazar, ese dictador de voz aflautada que no era militar, sino catedrático. Compro el libro, comienzo a leerlo mientras tomo algo en el piso superior y continúo leyéndolo, hasta terminar las casi cuatrocientas páginas, en el Starbucks de la estación del Rossio, al lado mismo de mi hotel.
            Tenía poco más de catorce años António Ferro cuando se hizo amigo de Mário de Sá-Carneiro, que apenas había cumplido los veinte. Conoció poco después a Fernando Pessoa y con ambos asistía a las tertulias en A Brasileira y en otros locales de la baixa. Fue uno de los fundadores de Orpheu, incluso llegó a figurar como editor de la revista, aunque Orlando Raimundo, que no le quiere bien, dice que solo para evitar problemas legales, ya que era menor de edad. Pero conocía muy bien la nueva literatura francesa, era admirador de Gómez de la Serna, se interesó muy tempranamente por el cine y por el jazz, escribió el libreto de algún ballet, envió un escandaloso manifiesto a la Semana de Arte Moderna de São Paulo, en 1922 ("Huele a difuntos en Portugal. Nuestros libros son cementerios de palabras, las letras negras son gusanos"), dio una conferencia sobre la muerte, en la que glosaba a algunos suicidas ilustres, y al final hizo ademán de suicidarse allí mismo ante el público... Un tipo curioso, un auténtico modernista (en el sentido portugués de la palabra) que, como tantos, se sintió atraído por el fascismo. Salazar duró poco más de una semana la primera vez que estuvo en el gobierno. La segunda vez no habría durado mucho más tiempo sin el encuentro con Ferro. ¿Cómo consiguió Ferro que buena parte de las mentes más ilustres de Europa elogiaran al dictador, viajaran a Portugal en su apoyo? Se explica fácilmente el caso de Pirandello, pero ¿y el de Maeterlinck, Valery, Elliot? También los vanguardistas portugueses lo apoyaron, comenzando por Almada Negreiros, continuando con Pessoa, muy contento con su premio oficial. Ferro no fue ministro porque no era licenciado y en el formalista Portugal eso no podía admitirse, pero Salazar le puso al frente del Secretariado de Propaganda Nacional, con más poder que ningún ministerio. Las técnicas propagandísticas no las aprendió en Goebbels, el que cuando oía la palabra cultura sacaba la pistola, sino, quién lo iba a decir, en Paul Valery.
            Termino el libro, subo a acostarme, olvidado ya de las aguas negras que me aguardan, y mientras llega el sueño me entretengo imaginándome como maquiavélico asesor de algún político. Siempre me ha gustado el poder, y especialmente el poder en la sombra, pero estas son cosas que no le cuento a nadie, ni siquiera a mis mejores amigos.


Jueves, 9 de abril
EN LA MOURERIA

Me pierdo por las calles empinadas y estrechas de la Moureria. Están llenas de homenajes a los grandes nombres del fado, esa tristeza que se canta, como lo definió alguien. El fado ya existía antes del Estado Novo, claro está, pero era una canción de pobres y gentes de mal vivir. Incluso en un principio se trató de erradicar porque daba mala imagen de Portugal. Fue António Ferro quien hizo que las cosas cambiaran y se sirvió para ello de Amália Rodrigues, a quien convirtió en estrella con dos películas promocionales, Capas negras, de Armando de Miranda, y Fado. História de uma Cantadeira, de Perdigão Queiroga. Mientras subo y bajo, sin nada que hacer, sin ir a ninguna parte, escucho la voz de Amália y recuerdo, con Machaco, que también la verdad se inventa y con Pessoa que el mito es la nada que es todo.


Viernes, 10 de abril
EL GESTO DE LA MUERTE

Me sigue fascinando el personaje de António Ferro. Casi todas las centenarias tradiciones portuguesas son un invento suyo. Él convirtió al fado y al gallo de Barcelos en símbolos de Portugal, y hasta hay quien dice que el centenario Manuel de Oliveira, recién fallecido, fue también creación suya.
            Era hedonista, vanidoso, despilfarrador, gustaba de hombres y de mujeres, era todo lo contrario del puritano y sacristanesco Salazar, que no gustaba de hombres ni de mujeres. Cuando Marcello Caetano, su rival en los favores del dictador, le sucedió como factótum del régimen, pidió ser nombrado embajador en París, la ciudad de sus sueños, donde tenía tantos amigos. Le enviaron a Berna.
            Murió de improviso una noche de noviembre de 1956. Se le descubrió una hernia epigástrica y se decidió intervenirle quirúrgicamente. El día antes le llamó Salazar para decirle que no se operara, insistió en ello. Pero los médicos y los familiares pensaron que era la mejor opción. El propio Ferro llamó a Salazar para explicarle por qué no había aceptado su consejo.
            La operación debería haber sido en el Hospital de San Luis de los Franceses, a dos pasos de su casa, pero Ferro se acordó de que en él había muerto, otro noviembre, su amigo Fernando Pessoa y temió que le ocurriera lo mismo. Le operaron en otro hospital, el de San José. La operación fue un éxito, pero de pronto se declara en la madrugada una infección; no se consigue localizar al médico que había operado.
            El médico estaba, al parecer, celebrando el éxito de la intervención con unas prostitutas y no había ningún otro especialista de guardia en el hospital. Hay quien dice que fue Marcello Caetano quien se preocupó de que no los hubiera, temeroso de que Salazar volviera a llamar al inmoralista Ferro, amigo de homosexuales, quizá homosexual él mismo, a su lado. Y que el dictador presintió algo o fue avisado por su echadora de cartas, Maira Emília Vieira, en quien tenía casi tanta fe como en la Virgen de Fátima.


Sábado, 11 de abril
PARA UN AUTORRETRATO

Era tan rápido que a veces, al ir a hacer un recado, se tropezaba consigo mismo, ya de vuelta.
            Estaba tan enamorado de sí mismo que tenía celos de todas las personas que se le parecían.
            Descubrió que no era quien creía ser y le gustó la persona que se escondía tras su apariencia rutinaria.




domingo, 5 de abril de 2015

Nadie lo diría: Tonterías con Eco


Viernes, 27 de marzo
ESTRELLA DE LA PACIENCIA

Llevo a la tertulia la última publicación de Jon Juaristi, el librito Estrella de la paciencia. Desarrolla un tema “que fue perfilándose tras una discusión con el profesor (y poeta) José Luis García Martín a propósito de uno de los apócrifos machadianos, Abraham Macabeo de la Torre”. No recuerdo yo esa discusión, que al parecer tuvo lugar hace casi veinte años, ni tampoco que calificara de “una tontería” su tesis, como Juaristi indica, aunque la expresión es muy mía, y casi estoy dispuesto a pensar hoy lo mismo de sus últimas doctas aportaciones al tema del judaísmo de los Machado.
            El apellido Machado procede de Portugal y era muy frecuente entre los judíos portugueses. Los antepasados del poeta fueron al parecer cristianos nuevos, varios de ellos con problemas con la Inquisición por mantener ciertos elementos de la religión judía en su fe cristiana (lo que se denomina “marranismo”). Hubo incluso un Antonio Machado, sastre, que vivió en el siglo XVI en Nuevo México, fue denunciado después de muerto y sus huesos desenterrados y quemados en el auto de fe celebrado el 25 de marzo de 1601 en Ciudad de México.
            Esos antecedentes explicarían, a juicio de Juaristi, que hubiera ciertos rasgos judíos en la obra de Antonio Machado, entre ellos la creación del apócrifo Abrahan Macabeo de la Torre y su poema “Estrella de la paciencia”. Pero el judaísmo –digan lo que digan los biólogos nazis e incluso algunos judíos– no se transmite por la sangre, no está en los genes. Si Antonio Machado ignoraba que, varios siglos atrás, algunos antepasados suyos habían sido judíos, ninguna influencia podía haber de las creencias de esos antepasados en su obra. Otra cosa es que, en las familias de cristianos nuevos, se transmitieran de padres a hijos ciertos rasgos de la cultura judía tras haber abandonado, e incluso olvidado por completo, la religión de la que procedían.
            Las referencias judías de Antonio Machado (que faltan en su hermano Manuel) proceden de su curiosidad intelectual, no de sus ancestros. El apócrifo Abraham Macabeo (o borrador de apócrifo: no lo incluyó en sus Poesías completas) fue presuntamente maestro de Rafael Cansinos Assens, quien tras descubrir que tenía antepasados judíos se convirtió en estudioso y defensor de la cultura judía. Pero parece que no hubo tales antepasados, que todo fue un error. No por eso su figura y su obra resultan menos ligadas al judaísmo.
            El judaísmo, como cualquier otra religión, es un hecho cultural, no racial. Lo que los genes transmiten es el color del pelo o la forma de la nariz, no determinadas ideas sobre Dios o la nada. Pensar otra cosa es lo que me parece a mí una tontería, una peligrosa tontería como la historia se ha encargado de demostrar.
            Colofón a mi perorata la pone uno de los aburridos contertulios: "¿Cómo dices que se llama el libro de Juaristi, Martín? ¿Estrella de la paciencia? Pues para paciencia la que él tiene que tener contigo, la que todos tenemos que tener contigo.


Sábado, 28 de marzo
FAMOSO A CUALQUIER PRECIO

Eróstrato incendió el templo de Diana, una de las siete maravillas del mundo, para conseguir que su nombre se hiciera famoso. Los jueces, al enterarse de ese propósito, prohibieron que se pronunciara. Con poca eficacia, por lo que se ve. Incluso ha enriquecido todos los idiomas con una palabra nueva, erostratismo, que según el diccionario de la Real Academia es la “manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre”.
            Aún no ha pasado una semana del crimen de los Alpes y ya nadie, salvo sus familiares, que no lo olvidarán nunca, recuerda el nombre de ninguna de las víctimas, pero el del asesino y su rostro y las menores anécdotas de su vida está en las primeras páginas de todos los periódicos.
            Como el Eróstrato de Éfeso, el Eróstrato alemán ha conseguido su propósito: pasar a la historia, aunque sea a la historia universal de la infamia.


Domingo, 29 de marzo
DEL SABIO EL CONSEJO

¿Puede un sabio decir tonterías? Umberto Eco, en entrevista promocional con Juan Cruz, demuestra hoy que sí. Y no es la primera vez. Quizá la cortesía y el respeto hacia su obra obligan a mirar para otro lado y hacer como que no hemos oído nada. Pero es más de mi estilo ponerlas de relieve, que todavía hay muchos que se dejan guiar por el cómodo criterio de autoridad. Copio algunas afirmaciones del presunto maestro:
            1. “Para no morir el periódico tiene que saber cambiar y adaptarse. No puede limitarse a hablar del mundo, puesto que de ello ya habla la televisión”.
            2. “Desde la invención de la televisión, el periodismo te dice por la mañana lo que tú ya sabías”.
            3. “El periodismo podría tener otra función. Estoy pensando en uno que haga una crítica cotidiana de Internet. Y es algo que ocurre poquísimo. Un periodismo que me diga: ‘Mira qué hay en Internet, mira qué cosas falsas se están diciendo, reacciona ante ello, yo te lo muestro’. Y eso se puede hacer tranquilamente. Sin embargo, se piensa aún que el diario está hecho para que lo lean unos señores viejos –ya que los jóvenes no leen—que además no usan Internet. Habría que hacer, pues, un periódico que se convierta no solo en la crítica de la realidad cotidiana, sino también en la crítica de la realidad virtual”.
            4. “Un periódico que sepa analizar y criticar lo que aparece en Internet hoy tendría una función, y a lo mejor incluso un chico o una chica jóvenes lo leerían para entender si lo que encuentra online es verdadero o falso. En cambio, creo que el diario funciona todavía hoy como si la Red no existiera. Si miras el periódico de hoy, como mucho encontrarás una o dos noticias que hablan de la Red. ¡Es como si los rotativos no se ocuparan nunca de su mayor adversario!”
            Hay disparates que no hace falta rebatirlos, basta mostrarlos.


Lunes, 30 de marzo
EL VERDADERO AMOR

Abro al azar los Pensamientos despeinados, de Stanislaw Jerry Lec: “El verdadero amor jamás pierde la cabeza”. Pues a mí todos los amores que he tenido me han hecho perder la cabeza, y muy especialmente el amor propio. Debe ser que ninguno era verdadero.


Martes, 31 de marzo
 ACERCA DEL PERIODISMO

No pensaba que mereciera la pena replicar a las afirmaciones dominicales de Umberto Eco dedicadas a tratar de vender su nueva novela, al parecer una sátira del mal periodismo, pero como veo que incluso se las toma en serio un periodista tan admirado por mí como Luis M. Alonso creo que había que hacer algunas precisiones y no dar por sentado el sentido común de los lectores, el menos común de todos, según Oscar Wilde.
            1. ¿El periodismo no puede ser hoy lo mismo que cuando no existía la televisión? Pues llevan conviviendo ya más de medio siglo, así que, si supuso algún problema, hace décadas que lo han solucionado.
            2. El periodismo no te dice por la mañana lo que tú ya sabías, amigo Eco, desde la invención de la televisión, sino desde un poquito antes: desde la invención de la radio.
            3. ¿Sabe Eco la de informaciones que se publican, no ya diariamente, sino cada minuto en Internet? ¿Cómo va el periodismo a dedicarse a indicar su falsedad? No habría tiempo, no ya para verificarlas, sino ni siquiera para enterarse de ellas.
            4. Es difícil tomarse en serio las afirmaciones de Eco que tan seriamente publica un diario tan serio como El País. ¿De verdad cree que los chicos y chicas jóvenes antes de encender su smartphone o su tablet y brujulear por las redes sociales o entrar en esta o aquella página comprarían un periódico y lo leerían de cabo a rabo para enterarse de qué es verdadero y qué es falso de lo que se publica en Internet? ¿Y qué es eso de que los jóvenes no leen? ¿Leer en una pantalla no es leer? Lo que no leerán será probablemente su novela, y no seré yo quien se lo reproche.
            Da la impresión de que Umberto Eco no tiene muy claro lo que es Internet ni lo que es el periodismo. Internet difunde contenidos, la redacción de un medio informativo los crea. Y luego los difunde en la edición impresa o en la digital, en la radio o en la televisión. El buen periodismo está lo mismo en el papel que en la red (y el malo igualmente). A lo que hay que enseñar a los lectores --comenzando por un lector tan experimentado como el exsabio de Bolonia-- es que la credibilidad de una información no depende del modo en que se nos ofrezca, sino del rigor con que ha sido elaborada.


 Miércoles, 1 de abril
DEJEMOS A DREYFUS EN PAZ

Como tengo un poco de mala conciencia por quizá haber criticado demasiado duramente el erudito folleto de mi buen amigo Juaristi, releo sus anteriores aportaciones al tema. Pero el remedio es peor que la enfermedad.
            "¿Eran judíos los Machado? –se pregunta en el prólogo a un libro de Enrique Baltanás–. Evidentemente no, desde un punto de vista religioso, pero lo habrían pasado mal si el antisemitismo hubiera irrumpido en España con la virulencia que mostró en la Francia finisecular. Y mucho peor bajo un régimen nazi".
            Pues, no, amigo Juaristi, ni siquiera los nazis llevaban la investigación hasta tres o cuatro siglos atrás para saber si algún alemán tenía antepasados judíos. Se conformaban con los abuelos. Y la alusión a Francia parece broma: la falsa acusación de Dreyfus se basó en que un sector de la sociedad no veía bien que los judíos (tenidos por poco patriotas) formaran parte del ejército. No se molestaba a ningún francés porque remotos antepasados suyos hubieran sido judíos y muy especialmente si nadie --ni siquiera ellos-- lo sabían, como era el caso de los Machado.


Jueves, 2 de abril
LA LIBERTAD DE PRENSA

He inventado tantos aforismos de Oscar Wilde que ya no sé si es suyo uno de los que más me gusta citar. Dice así: “La libertad de prensa consiste en poder elegir el periódico que queremos que nos engañe”. 


domingo, 29 de marzo de 2015

Nadie lo diría: Un minuto de silencio


Sábado, 21 de marzo
PÉRDIDA

“Dimidium animae meae” llamó Horacio a su amigo Virgilio. Así me siento yo hoy, como si hubiera perdido la mitad del alma mía.
            No encuentro el teléfono móvil.


Domingo, 22 de marzo
ME SIGUE SONRIENDO TODAVÍA

Pasa el tiempo y se entremezclan lo leído, lo vivido y lo soñado. Hace bastantes años viví una historia de amor, o algo similar, que me atormentó lo suyo y me hizo hacer bastante el ridículo. El dolor de entonces está bastante olvidado, pero las estupideces todavía me hacen ruborizarme. En vano me repito el poema de Álvaro de Campos que afirma que todas las cartas de amor son ridículas, pero al final solo son ridículos los que nunca han escrito cartas de amor ridículas. Yo hice algo más que escribirlas.
            Mientras veo la incómoda, desasosegante película El año más violento, de J. C. Chandor, no puedo dejar de pensar en aquella historia, y no porque lo que se nos cuenta en la pantalla tenga que ver con ella, aunque ambas transcurran en Nueva York, un Nueva York helado y sucio que en nada se parece al que encontraría más tarde, cambiada la ciudad, cambiado sobre todo mi estado de ánimo.
            Un anochecer de invierno, del más gélido invierno, encontré cerrada una puerta que siempre había estado abierta para mí. Recuerdo el vagabundeo posterior, el callejón oscuro, los mendigos, el golpe en la cabeza al doblar una esquina.
            Cuando abrí los ojos, alguien me sonreía. O eso quiero creer. A veces uno confunde lo leído, lo vivido y lo soñado.


Lunes, 23 de marzo
EL ESPÍRITU FEMENINO

Leo el almanaque literario que en 1935 publicaron Guillermo de Torre, Pérez Ferrero y Salazar Chapela (lo acaba de reeditar Renacimiento) y siento como si subiera a una máquina del tiempo y aterrizara en otro tiempo de esplendor, pero lleno de presagios.
            María Zambrano caracteriza el año universitario “por un considerable aumento de la violencia estudiantil”. Otro capítulo reseña el congreso celebrado en Wiesbaden por los médicos de lengua alemana. En la inauguración, uno de los mayores prestigios de la medicina aconseja “orientar las actividades y las investigaciones de los médicos en armonía con los ideales del nuevo Estado”. De herencia y raza se habla a continuación, de los Tribunales Eugenistas. Quizá eran aquellos tiempos buenos para la lírica (se incluyen varios poemas entonces inéditos de Lorca), pero solo para la lírica. A mí me llama la atención, entre tantos negros nubarrones de la tormenta que se avecinaba, las citas del diario de Amiel que hace Domenchina en su semblanza de Emilia Pardo Bazán. ¿Está a la altura de Leopoldo Alas, de Menéndez Pelayo, de Valera? No, su condición de mujer se lo impedía. Domenchina se basa en la autoridad de Amiel: “La mujer propende a la asimilación rápida y usurpadora. Convierte sin vacilaciones las reminiscencias en hallazgos personales. La necesidad crítica de indicar fuentes y reconocer deudas, citar a los prestadores y conceder a los otros su derecho no es propiamente femenina. El espíritu femenino absorbe las ideas del hombre, suponiendo haberlas extraído de la naturaleza”.
            Esto es lo que se pensaba de la mujer en una de las épocas más gloriosas de la cultura española. Esto es lo que pensaban, no solo Domenchina, también Ortega y Marañón. ¿Qué hirientes, ofensivas tonterías pensaremos ahora nosotros confundiendo una vez más razones con prejuicios?


Martes, 24 de marzo
MUERTE EN LOS ALPES

“Morir parece fácil” afirma Cernuda en un poema. Y lo es. De un instante para otro, cuando menos lo esperamos, se acaba la función. Pero nadie sabe dónde está el final de la suya. ¿En una región inhóspita de la alta montaña, entre las nieves que se funden al contacto con los restos del avión? Uno piensa en el dolor de tantas familias, dolor abstracto porque no conoce a ninguna, y de pronto ese dolor se hace más intenso porque me llama un amigo periodista para informarme que una de las víctimas del Airbus de la compañía Germanwings era de Avilés. Yo no la conocía, pero siento la tragedia mucho más cercana. Así de irracionales somos los humanos.


Miércoles, 25 de marzo
LO QUE CABE EN UN MINUTO

¿Cómo llenar un minuto de silencio? Para no pensar en la madre que iba a visitar a sus hijos a Alemania (eran descendientes de Luis Lumen, el poeta avilesino al que asesinaron en 1937 por fundar una biblioteca circulante, por poner los libros al alcance de todos); en los adolescentes que volvían junto con sus profesores de una feliz estancia en España (uno de ellos se olvidó sus documentos y hubo que traérselos a toda prisa, saltándose lo semáforos); en la cantante María Radner que, después de actuar en el Liceo, volvía a casa con su marido y su bebé; en el otro bebé, de siete meses, que había acompañado a su madre al funeral de un tío; en ese turista solitario, como yo las más de las veces; en tantos hombres de negocio que se levantaron temprano, dieron un beso a su esposa que preparaba ya el desayuno de los hijos y salieron de casa para un viaje rutinario más...
            Para no pensar en todas esas vidas, para que los ojos no se me llenen de lágrimas en este interminable minuto en el campus del Milán, recurro, como siempre, a la literatura y me acuerdo de un libro de Eugenio d’Ors, Cinco minutos de silencio, en el que nos cuenta cómo un grupo de escritores decidieron homenajear a Mallarmé sin discursos, con un acto sin acto, reuniéndose a las once en punto de la mañana en la puerta del Botánico que da sobre los puestos de libros. Allí estuvieron Alfonso Reyes y Ortega y Gasset, Díez-Canedo y Moreno Villa, José Bergamín y Mauricio Bacarisse, entre otros. Alguien gastó la broma de que Azorín, también invitado, no había acudido porque le habría sido imposible permanecer cinco minutos en silencio. Sonrío yo también al recordar al silente Azorín.
            Aquellos cinco minutos dieron para un libro. ¿Para cuántos daría este minuto que parece eterno? Recuerdo la novela de Thorton Wilder El puente de San Luis Rey. Pero en ella son solo cinco desconocidos los que reúne la muerte cuando cruzan a la vez un puente que súbitamente se derrumba. Aquí los personajes se multiplican exactamente por treinta. ¿Una novela o una sucesión de relatos todos con el mismo final? Habría vidas cruzadas y otras que solo coincidieron al subir al mismo avión. Recuerdo que Alonso Guerrero, el primer marido de la actual reina, publicó hace poco Un día sin comienzo, donde recrea las últimas horas de las víctimas del once de marzo.
            El libro más terrible no contaría todas esas vidas, llenas de trivialidad y maravilla, como todas las vidas, sino solo los ocho minutos finales, los que tardó el avión en abandonar su ruta y lentamente, muy lentamente, pero a toda velocidad, ir perdiendo altura hasta chocar con la montaña. ¿Qué pensó cada uno en esos minutos eternos? ¿Por qué los pilotos no hicieron ni dijeron nada, no respondieron a los avisos de los controladores? ¿Eran conscientes de que estaba cayendo el telón sobre sus vidas o solo pensaron que era un susto, un descenso demasiado abrupto antes de la remontada o del imprevisto aterrizaje? Me angustia pensar en esos minutos.
            Recuerdo unos versos de la “Epístola moral a Fabio”: “Oh muerte, ven callada / como sueles venir en la saeta, / no en la tonante máquina preñada / de fuego y de rumor...”
            Y de la epístola moral, por esas asociaciones de la memoria, paso a un soneto de Góngora: “Ayer naciste y morirás mañana. / ¿Para tan breve ser quién te dio vida?”
            Habla de la rosa, habla de cualquiera de nosotros. Nuestra vida es breve, pero un minuto puede durar toda una eternidad. Me concentro, para que los ojos no se me llenen de lágrimas, en tratar de imaginar lo que pasó en esos minutos, como si fuera el enigma de una novela de misterio, no una novela real. ¿Se despresurizó súbitamente la cabina y piloto y copiloto se desvanecieron a poco de inicial un descenso de emergencia, se volví loco uno de ellos, golpeó al otro y decidió voluntariamente estrellar el avión con todos sus pasajeros? Descabellada hipótesis, propia de la mala literatura.
            La decana anuncia por fin que el minuto ha terminado y cada uno vuelve, como en el poema de Miguel Hernández, de su corazón a sus asuntos.


Jueves, 26 de marzo
OTRO ENIGMA MAYOR

Parece que la más descabellada de las hipótesis, la que yo rechacé como propia de una mala novela, es la que más se acerca a la realidad. Pero todo fue más trivial, no hubo ataque de un tripulante a otro en la cabina del Airbus. Simplemente, el piloto salió un momento para ir al servicio. Eran las diez y media de la mañana, acaban de alcanzar la altura de crucero y de recibir la autorización del centro de control para seguir la ruta hasta el siguiente punto de control. Todo estaba en orden. El vuelo había partido con algo de retraso, pero ya había recuperado la rutina.
            El piloto va al baño, un bebé llora, una de las azafatas se acerca y le sonríe, los adolescentes alborotan en sus asientos o escuchan música... Bueno, estas son cosas que yo me imagino. Lo que parece cierto, lo que se deduce de la caja negra recuperada, es que el comandante sale de la cabina y, en ese mismo instante, el copiloto se levanta de un salto, echa el cerrojo de seguridad, toma los mandos del avión e inicia el descenso. Vuelve el piloto uno o dos minutos después, encuentra la puerta cerrada, llama, intenta abrir con su clave, no lo consigue, se da cuenta de que algo va mal, golpea una y otra vez la puerta, las azafatas se alarman, no saben qué hacer, el avión desciende más y más, los pasajeros, los últimos en enterarse, comienzan a gritar e inmediatamente el tremendo impacto contra la montaña pone fin a la historia.
            El copiloto, Andreas Lubitz, de 27 años, era un joven ejemplar, buen estudiante, enamorado de los aviones desde niño, vivía con sus padres, parece que nunca les había dado ningún motivo de preocupación.
            Al contrario que en las novelas de misterio que a mí me gusta leer, en la vida, cuando se aclara un enigma, aparece otro enigma mayor.




domingo, 22 de marzo de 2015

Nadie lo diría: Elemental, querido Watson


Sábado, 14 de marzo
UN REPROCHE

¿Seguiríamos siendo amigos de nuestros amigos si oyéramos lo que dicen cuando no estamos delante? Hojeo la nueva entrega de los diarios de Iñaki Uriarte: “No es muy fácil hablar con JLGM, porque tiende a hacerlo solo él y salta velozmente de un tema a otro”.
            A mí lo que me sorprende es que mis amigos sigan siendo amigos míos después de oír lo que digo cuando estoy delante de ellos.


Lunes, 16 de marzo
UNIVERSIDAD Y BANCA DE ANDORRA

Me quejo, siempre me estoy quejando, de mis problemas a la hora de obtener el certificado para la declaración de la renta: “Antes la Universidad te lo mandaba por correo, como hacen en todas partes. Ahora, no. Ahora primero te envían un correo diciéndote que en no sé qué pagina informativa, que cambia cada día, se ha indicado dónde puedes conseguirlo. Buscas esa página, no siempre fácil de encontrar, y te remiten al Portal del Empleado. Intentas descargarlo en ese portal. Llamas a un amigo informático y ni aún así. Consultas con la administración, y tampoco. Finalmente te explican que hay un filtro de seguridad y que los navegadores habituales no son capaces de sortearlo”.
            ----Exageras, Martín, como siempre.
            ----No exagero nada. De hecho, todavía, y llevo tiempo intentándolo, no he conseguido ese certificado. Ni siquiera los administrativos que trabajan en gerencia pueden imprimirlo y facilitármelo. Me han dicho que escriba una carta adjuntando el  DNI, y no sé si firma autentificada ante notario, para ver si así les permiten imprimirlo. Me explican que todas estas normas son para proteger la confidencialidad.
            ----¿La confidencialidad? ¡Pero si los sueldos de los empleados públicos son públicos, como su propio nombre indica! ¡Si cualquiera puede saber con que gana un catedrático o un profesor asociado! Por otra parte, ¿la confidencialidad no queda suficientemente garantizada enviándolos por correo? ¿No se fía tu Universidad de los encargados de su correo interno? Yo creo que no te has enterado de nada, Martín.
            ----Pues eso es lo que hay. La nueva gerencia protege tanto mi certificado para la declaración de la renta que convierte en una hazaña conseguirlo.
            ---Si las cosas son como dices (no acabo de creérmelo), solo cabe dos explicaciones: que antes trabajaba en la Banca de Andorra y ahora aplica a los sueldos de los funcionarios las mismas normas de confidencialidad que a la herencia de los Pujol o que en la Universidad de Oviedo hay sobresueldos y pagos en negro, como en el partido del gobierno, y entonces todas las precauciones son pocas.


Martes, 17 de marzo
ELOGIO DEL PESIMISMO

Ser pesimista tiene sus ventajas. Si ocurre lo que uno espera, nos encuentra preparados. Y en caso contrario, la sorpresa siempre es agradable.

Miércoles, 18 de marzo
EN EL MARÍA GUERRERO

Me cuenta el profesor Antonio Insuela su estancia en Madrid participando en una mesa redonda sobre Lauro Olmo. Tuvo lugar en el escenario del María Guerrero. Y yo de inmediato me imagino una obra de teatro en que los ponentes –un profesor universitario, un crítico de un diario importante, una actriz veterana que estrenó alguna pieza de Olmo, un antiguo militante comunista que luego fue secretario de Estado de cultura con un gobierno conservador-- comienzan elogiándose mutuamente y luego poco a poco van sacando a la luz viejos resquemores mutuos. En la primera fila del patio de butacas está la mujer de uno, que fue amante de otro. Algo como El arte de la entrevista de Juan Mayorga, que se inicia con una adolescente que tiene que entrevistar a su abuela para un trabajo escolar y luego, de manera no muy verosímil, los personajes acaban sacando a la luz los folletinesco secretos –de culebrón televisivo-- que habían guardado toda la vida. Mientras tomo un café, me entretengo haciendo un esquema de las diversas escenas. Lo borro todo al final, como hago siempre. Inventar se me da bien, pero me aburre llevar lo fantaseado al papel.
            La musa no es el encargo, al menos en mi caso, pero sin encargo todo se queda en las musarañas.
            Nada me habría gustado más que tener la obligación de escribir. Saber que hay una compañía de teatro esperando y que tengo que tener lista la comedia en quince días.     La obligación de escribir nunca la he tenido. Siempre me he ganado la vida de otra manera. No sé si lamentarlo.


Jueves, 19 de marzo
EL CRIMEN DEL HOTEL RUSSELL

Como tenemos nostalgia de determinados lugares, también de cierta lecturas. Pero estamos condenados, al volver a unos y a otras, a no encontrar ni remotamente la felicidad de entonces. En las noches sin sueño, recuerdo los asesinatos en el cuarto cerrado, los cadáveres en la biblioteca, todos los sospechosos reunidos en la gran mansión victoriana y al detective resolviendo el enigma tan limpia y elegantemente como si se tratara de una compleja ecuación matemática.
            Se reeditan ahora las novelas de Edmund Crispin, a quien no leí en su momento, y del que solo sé que estudió en Oxford ("allí todos éramos rematadamente listos", parece que dijo) y que fue amigo de Philip Larkin. Abro al azar El misterio de la mosca dorada y me las prometo muy felices. El protagonista es Gervase Fen, un profesor de literatura: "Como te digo siempre, Dick, el arte detectivesco y la crítica literaria son la misma cosa". La acción transcurre en Oxford, en un college y en un teatro, durante los años de la Segunda Guerra Mundial.
            Me las prometo muy felices, ya digo: un cruce de Borges y Oscar Wilde con una gotas de Auguste Dupin. El primer capitulo presenta a los personajes en un tren. Buen comienzo. Pero muy pronto deja de interesarnos el artificioso misterio con su inspector caricaturesco, sus personajes de cartón piedra, su gratuita pedantería. Ya lo decía Borges: trescientas páginas para resolver un acertijo son demasiadas páginas. Yo aguanto hasta la doscientas preguntándome si, de haberla leído en su momento, me habría entusiasmado como lo hicieron otras novelas aún más rebuscadamente simplistas.
            Dejo el libro a un lado y, mientras el sueño llega, hago lo que suelo hacer en estos casos: escribo yo la novela que me gustaría leer. La sitúo en un hotel de Russell Square que siempre me ha fascinado con su amenazador aspecto de mansión victoriana. En la cercana universidad, se celebra un congreso con motivo del centenario de la segunda parte del Quijote. Buena parte de los congresistas, se alojan en el Russell Hotel. Yo también, aunque no participo en el congreso; estoy en Londres por otros motivos. Conozco a alguno de los participantes, como al profesor Martínez Mata, y suelo coincidir con ellos en el desayuno. La solemne sesión de clausura, como no podía ser de otra manera, corría a cargo del máximo cervantista, el profesor Francisco Rico. Pero ese día no baja a desayunar. A las diez tiene que comenzar su conferencia. A las diez y cuarto no ha aparecido. Lo encuentran, una hora después, muerto en su habitación, con un disparo en la sien y un pequeño revólver, casi de juguete, cerca del charco de sangre. Las apariencias son de suicidio y eso piensa la policía, pero sus colegas no acaban de creérselo. La muerte ocurrió hacia las doce de la noche. Cuando se leen los papeles del profesor Rico, un conocido hispanista británico se convierte de inmediato en sospechoso: la conferencia que tenía preparada era un hiriente análisis de su reciente edición del Quijote; el profesor Rico, en lo que parecía más un acto de sadismo que de cortesía, le había enviado anticipadamente por correo electrónico el texto de la conferencia al catedrático. Pero luego, como en las buenas novelas de Agatha Christie, se descubría que casi todos los participantes tenían algún buen motivo para odiar al afamado profesor, incluso los que se consideraban sus discípulos, y especialmente estos. Yo me reservé el papel de narrador, una especie de doctor Watson que cuenta lo que ve y lo que le cuentan sin entenderlo del todo. Para el papel de detective pensé en un primer momento en Pérez-Reverte, pero al final me decidí por uno de mis monstruos favoritos (lo de monstruo lo digo en el mejor sentido de la palabra): Juan Manuel de Prada, orondo como Chesterton y tan dado a las sutilezas teológicas como el padre Brown. Las indagaciones de la policía estaban estancadas, y en la novela no se habla mucho de ellas, lo que al narrador le interesa son las pesquisas del autor de Las máscaras de héroe. El capítulo final, como no podía ser de otra manera, reunía a todos los sospechosos en el bar del hotel, que tiene el literario nombre de Tempus y un reloj de arena como símbolo; allí asistimos pasmados a la resolución del enigma... No revelo el nombre del asesino, y no porque quiera guardar el misterio para el día en que me decida a escribir esa novela (sé que no lo haré), sino porque me quedé dormido, satisfecho y feliz, un momento antes de que Juan Manuel de Prada pronunciara su nombre. Sí puedo recordar que no era un asesino, sino una asesina, y que las razones del crimen tenían que ver con unas cartas de Santa Teresa y un discutido pasaje del Lazarillo de Tormes.



Viernes, 20 de marzo
ELOGIO DE LA DISCUSIÓN

¡Cuántas me veces se me ha reprochado mi afición a llevar la contraria! Basta que alguien diga A para que yo diga B. Pero a menudo no quiero sustituir una afirmación por otra, sino complementarla; la realidad no se rige por la lógica aristotélica: dos cosas pueden parecer opuestas y ser igualmente verdaderas.

            Me alegra encontrar apoyo en Eugenio d’Ors: “De la discusión nace el pensamiento. Cuando se piensa, se piensa contra algo, y sin ese ‘contra’, sin ese esfuerzo, el pensamiento no existiría. Quien nos contradice es nuestro mejor colaborador. No hay ciencia sin polémica. No hay verdad sin verdades enfrentadas”.