viernes, 26 de octubre de 2012

Nada personal: Acordes y desacuerdos


Sábado, 20 de octubre
EL ACORDE

Paso por el Fontán todos los domingos, pero no los sábados. Hoy es una excepción y yo disfruto como nadie con las excepciones. El domingo solo hay puestos en la calle, hoy está abierto el decimonónico mercado de hierro que ocupa el lugar del convento jesuítico. Entro y el color y el olor me lleva a otra parte. Al mercado de Bayona, junto al río Neve, por ejemplo, o al de Figueira da Foz, en la desembocadura del Mondego.
La sensación de estar en otra parte. O mejor, en varios sitios superpuestos. Me ocurre a menudo. Esta acariciadora mañana de otoño es todas las mañanas de otoño que viví en ciudades de paso, recién llegado, sin nada que hacer sino pasear, comprar algún libro, admirar una iglesia, un caserón, la perspectiva de una calle con soportales, un parque tan pequeño que ni siquiera cabe en él la melancolía, sentarme en un café, dejar pasar el tiempo hasta que llegue el momento de seguir viaje.
            Esto es todo lo que hay en mi vida de aventurero. Una mañana de sábado ovetense en vez de avilesina. Uno vuela por un mercado que es todos los mercados. Y lo que Cernuda llamaba el acorde, esa súbita sensación de que todo está en su sitio.
            Volviendo a casa me encuentro con Paulina Cervero. Está fotografiando su casa natal, al principio de la calle Fruela, esquina con Rosal. “Esa tercera ventana del último piso es la de la habitación en que nací yo”, me dice. “En los bajos, en lo que ahora es una cafetería, estaba el almacén de ropa de mi familia; se llamaba Los Chicos”. Y me habla de su infancia y del Oviedo de hace medio siglo. Una sintética novela costumbrista parados en la acera, frente al sólido edificio que ofrece un lado de sol y otro de sombra, como cualquier vida. Luego me cuenta cómo va la donación  del archivo de Víctor Botas a la Biblioteca Pública. “Parece que no muestran demasiado interés”. Y el recuerdo del amigo, que ahora solo es un puñado de anécdotas y sus versos, que no envejecen, ya no duele, forma parte de la perfección del día, pompa de jabón al viento que estallará en cualquier instante pero que ahora se eleva redonda y tersa, reflejando un mundo entero en su coloreada superficie.


Domingo, 21 de octubre
A DÓNDE HEMOS LLEGADO

“O sea que, según tú, vivimos en el mejor de los mundos posibles”, me escribe una amiga profesora que está más de acuerdo con el profesor gijonés que continuamente se lamenta de la incultura de los alumnos que conmigo. “De lo que estoy bien seguro es de que no vivimos en el peor de los mundos posibles”.
            El optimista es en el fondo más pesimista que los pesimistas de profesión. Ellos, olvidando de dónde venimos, se quejan continuamente de a dónde hemos llegado. Yo temo a dónde podemos llegar al menor descuido. Y no dejo caer la manzana que tengo en la mano por tratar de alcanzar la que brilla, o imagino que brilla, muy alta en el árbol.


Lunes, 22 de octubre
LO QUE NO ME ATREVO A DECIR

Estoy en Los Porches, hojeando el periódico con los resultados de las elecciones, cuando un desconocido se acerca a saludarme y me dice. “¡Vaya batacazo que se han dado los socialistas! A ver si le das algún consejo a Rubalcaba, que buena falta le hace.”
            Ya me gustaría a mí darle algún consejo (es mi deporte favorito), pero me temo que me iba a hacer el mismo caso que los amigos a los que paso la vida aconsejando.
            ¿Y qué le diría si pudiera decirle algo? Pues que el partido socialista catalán y el partido socialista vasco tienen que ser verdaderamente catalanes y vascos si no quieren convertirse en partidos testimoniales.
            En la Península Ibérica hay ya cuatro distintas naciones de hecho, aunque solo dos de derecho: Portugal y España. Eso ya lo ha asumido el partido popular; de ahí que no le importe tomar decisiones o realizar declaraciones que le hacen perder votos en Cataluña y Euskadi, siempre que se los haga ganar en el resto de España. Sabe que en Cataluña y Euskadi tiene un voto seguro, el de la minoría españolista (entre el diez y el veinte por ciento), tanto más seguro cuanto más firme se muestre contra las pretensiones soberanistas de ambas comunidades.
            Los socialistas, en cambio, no tienen ningún voto seguro en esas comunidades. Si tratan de nadar entre dos aguas, de hablar de federalismo y cosas así, pierden el voto de unos y de otros, de los soberanistas y de los españolistas.
            No soy profeta, pero el futuro son cuatro Estados en la Península, todos dentro de la Unión Europea y, si hay suerte, bien avenidos y hasta con algún tipo de confederación ibérica. Cataluña parece que tiene más prisa (una prisa reciente, antes iban con más calma), Euskadi no tiene ninguna prisa: ya es en realidad un Estado propio sin los inconvenientes de la independencia, y es un Estado porque maneja lo fundamental: la Hacienda. Cataluña no tiene ese privilegio, y en esta mala situación económica no puede prescindir de él. Piensan, y con toda razón, que ellos administrarían mejor su dinero que se lo administran desde Madrid. Con el pacto fiscal habrían dejado sus ansias independentistas para un remoto futuro. Sin él, la quieren ya. ¿La tendrán? De inmediato, no. Pero probablemente a más corto plazo de lo que muchos piensan. La derecha española ya la da por descontado y actúa en sus campañas electorales aceptando que son otro país.
            Los socialistas, la única izquierda con posibilidades de gobierno, no acaban de verlo claro, y así les va. Deben dividirse en tres partidos aliados y amigos, pero con plena autonomía para decidir. Claro que entonces ganarían votos en Euskadi y Cataluña, pero los perderían en el resto de España. Pero como los están perdiendo igual no creo que ese fuera un problema. Ya se recuperarán cuando las aguas se asienten. En estos momentos mejor estar en la oposición.
            ¿Y no hay riesgo de que si Cataluña y Euskadi consiguen lo que buscan el ansia independentista se contagie a las demás comunidades? No, no hay riesgo. Galicia, la otra comunidad histórica y con lengua propia, acaba de votar muy mayoritariamente que quiere seguir siendo española. Porque esa es una de las cosas que se votaban en las elecciones de ayer.
            España, sin Cataluña y Euskadi (como antes sin Portugal, sin Filipinas o sin los Países Bajos), será más justa y no menos grande de la única grandeza verdadera, la que se mide por la concordia y el bienestar de los ciudadanos, no por su número; Euskadi y Cataluña, con Estado propio, no serán menos españolas en lo que más importa: la tradición y la cultura.
            Como Rubalcaba no me va a pedir consejo, mis ideas políticas se quedan en la intimidad. Molestan incluso a mis amigos de izquierda, y no digamos nada a mis amigos de Cataluña o del País Vasco, todos españolistas. “Tú siempre ayudando al enemigo”, me dice José Havel.
            “Poca ayuda la mía”, le respondo, “que ni siquiera tengo el valor de decir abiertamente, no ya lo que pienso, sino lo que veo”. “Lo que crees ver, mejor”. “Pues lo que creo ver es que estamos escribiendo uno de los capítulos más trascendentales de la historia de España. Cuidemos la caligrafía. Que no nos caiga ningún borrón”.           


Martes, 23 de octubre
PAPEL DE ENVOLVER

Hojeo un ejemplar de la revista Nuevo Mundo, que trae a un juvenil y orejudo Alfonso XIII en la portada, y lo primero que me encuentro es esta información: “El Sr.Vincenti, bien aconsejado, ha pretendido implantar en Madrid el procedimiento pulcro y sano de envolver los comestibles en papel limpio y no usado en otro menester; mucho menos, impreso o manuscrito y polvoriento. Esta medida de higiene rudimentaria se practica ya, no solo en todos los países medianamente civilizados, sino en muchas capitales españolas. Los comerciantes advirtieron al alcalde que cumplirían su deseo, pero que tendrían que aumentar el precio de los artículos. Ante esta verdadera amenaza el Sr. Vincenti sintió vacilar su voluntad; se le ocurrió pensar que el nuevo encarecimiento del malcomer madrileño podría ocasionar trastornos de orden público”.
            Así de higiénica era la España de hace un siglo. Así de mísera. Conviene de vez en cuándo recordar de dónde venimos.


Miércoles, 24 de octubre
COSAS QUE NUNCA CAMBIAN

Subo por la calle Víctor Chávarri bajo una fina lluvia cuando de pronto tengo un presentimiento. Me doy la vuelta y ahí está, alto, esbelto, majestuoso, el arco iris. Surge del edificio en construcción y las grúas parece que quieren darle alcance. Pero no. Tiene los pies en la tierra, pero se eleva más allá de nuestras miserias.
            Me apetece quedarme quieto, admirándole, hasta que desaparezca. Pero he quedado con un amigo. Y yo jamás he llegado tarde a una cita, salvo por causas ajenas a mi voluntad. Sigo caminando y de vez en cuando me vuelvo para mirarle. Si pudiera, caminaría de espaldas para no perderle de vista ni un momento.
            El arco iris, el símbolo de paz. En estos días de grisura y turbulencias, en que España se deshace para unos, y se rehace para otros (entre los que me encuentro), qué hermoso regalo.
            Llego al café y me siento a esperar (jamás llego tarde a una cita, al contrario de lo que suelen hacer mis amigos), contento sin razón. O con la mejor de las razones.
            Hay cosas que nunca cambian. La belleza del mundo. Mi asombro ante la belleza del mundo.


Jueves, 25 de octubre
APRENDIZ DE DIPLOMÁTICO

Estoy aprendiendo diplomacia. Ceno hoy con Rosa Navarro Durán, que ha venido a Oviedo para la entrega de los premios Príncipe de Asturias, y antes del encuentro miro en mi agenda los temas que no debo tocar: Cataluña y la enseñanza, especialmente el primero. Es catalana y se siente española.
Pero finalmente apenas si hablo de otra cosa. Está visto que, en lo que a la diplomacia se refiere, tengo todavía mucho que aprender. Ella, en cambio, sonríe muy diplomáticamente cuando trato de demostrarle que no hay razón para que se sienta como se siente, con el suelo moviéndose bajo sus pies.


Viernes, 26 de octubre
MODESTIA APARTE

“¿Y qué opinas de Javier Marías y su rechazo al Premio Nacional? No solo te gana en talento, sino incluso en lo que yo creía que no te ganaba nadie: en vanidosa modestia”.
            No creo. Respecto de los premios la mejor frase es la mía: “Merecerlos todos y no recibir ninguno”. Y estar más orgulloso de lo segundo que de lo primero. Parece difícil que a nadie se le pueda ocurrir una actitud más vanidosamente modesta.

sábado, 20 de octubre de 2012

Nada personal: La nostalgia es un error


Sábado, 13 de octubre
ENCUENTRO

No me gusta la soledad porque en ella cualquier cosa es posible. Pasar mucho tiempo solo le hace a uno vivir en un mundo que se rige con leyes distintas, como las de los sueños. Después de un día sin hablar con nadie, pero cumpliendo meticulosamente todos mis rituales de los sábados, volvía a casa desde el centro comercial, ya cerca de las diez de la noche, con la bolsa con la compra en la mano, cuando en el parque apareció junto a mí súbitamente un desconocido. Me asusté porque era como si hubiera estado escondido a mi espera, pero en ese parque, tras la iglesia de San Julián de los Prados, apenas hay árboles ni lugares donde esconderse. Era más joven que yo, tendría unos cincuenta años y me miraba fijamente sin decirme nada. Aceleré el paso. “Un momento, por favor, le estaba esperando”. Pensé que sería algún lector. No soy precisamente un escritor popular, pero la constancia también tiene su mérito, y a veces se me acerca alguien para elogiarme, para discrepar o para decirme que también escribe y que si podría facilitarle una dirección para enviarme sus versos o, todavía peor, su novela inédita. Pero se trataba de alguien más descarado de lo habitual. “¿Puedo acompañarle a casa? Tengo algo que contarle”. “¿A casa?”. Yo había acelerado el paso y ya estábamos casi al comienzo de la calle Murillo, donde han inaugurado un nuevo bar. “Si quiere podemos entrar ahí un momento”, le dije señalando los iluminados ventanales. “Prefiero en su casa, si no le importa”. Como había gente en la terraza del local, me detuve y recuperé mi valentía. “Pues lo siento, pero en mi casa solo entra quien yo invito y a usted no le conozco de nada”. “¿De verdad no me conoces?”, y por primera vez en su cara, hasta entonces muy seria, apareció una sonrisa que vagamente me resultaba familiar. Muy vagamente. “Lo siento, no le reconozco y le recuerdo que ni siquiera me ha dicho su nombre”. Sin responder se puso a caminar calle adelante hacia mi casa. Yo iba detrás sin saber qué hacer ni qué decir. Se detuvo ante el portal y luego llamó al telefonillo. Yo me había quedado atrás, algo asustado. Para mi sorpresa le abrieron. “Pues algún vecino debe conocerle”, me dije. Recordé su obsesión porque no se abriera la puerta a desconocidos. Les preocupaban especialmente con los repartidores de publicidad. “Alguien les abre, a pesar de todas las advertencias”, se quejan en las reuniones de la comunidad. Esperé un rato en la calle. Pensé en llamar a algún amigo, pero luego me pareció absurdo. Me decidí por fin a entrar, temiendo encontrarme en el portal al desconocido. Pero no había nadie. Respiré aliviado. Abrí la puerta de casa, encendí la luz, fui hasta la cocina a dejar las pocas cosas que había comprado –frutas, leche, pasta, unos yogures– y entonces, mientras las estaba colocando en el frigorífico, tuve un presentimiento. Fui hasta el salón y allí estaba el desconocido, sentado tranquilamente en el sillón, con un libro en las manos. “¿Cómo has entrado?”, “Pues con las llaves que me diste tú, ¿ya no te acuerdas? No te las devolví”.
            Tengo bastante buena memoria: olvido todo lo que no me interesa recordar. “Supongo que habrás venido a devolvérmelas”, dije. “Sí, y a algo más”. Ahora es cuando debería sentir más miedo, pero estaba muy tranquilo. “Veo que tu casa sigue siendo una leonera”. “Hace tiempo que no sé de ti, pensé que te habías muerto”. “¿Y cómo sabes que no estoy muerto? Te leo algunos domingos en el periódico, y si hay que hacerte caso, no sería la primera vez”.
            No estaba yo muy orgulloso de aquella vieja historia, por eso la había olvidado por completo. “¿Quieres cenar algo?”, dije. “Si no te molesta, pero cocinaré yo; nunca lo has hecho muy bien”. Cené solo, sin embargo. Tras prepararme la cena, se despidió. “Espero que la próxima vez no tardes tanto en reconocerme”, dijo. Mientras cenaba recordé unos versos de Gastón Baquero que me gusta repetir: “Parece que estoy solo / pero llevo conmigo un mundo de fantasmas”.


Domingo, 14 de octubre
EL VÉRTIGO DEL TIEMPO

En la feria del libro viejo, que cierra hoy, encuentro un libro de entrevistas, Los amantes de la fama, que firma Antonio Cases y se publicó en 1922. Lo hojeo y lo primero que me encuentro es con el general Milán del Bosch, al que acaban de cesar como capitán general de Cataluña después de que tratara de arreglar el problema obrero a tiro limpio y patadas a la Constitución. “El general está alegre, risueño, casi jovial”, escribe el periodista. “Aun saluda marcial e irónicamente a un nietecito suyo, un lindo muñeco, sonrosado y tiecesito, que lleva orgulloso un refulgente y albo uniforme de Caballero de Santiago. La blanca y sedosa capa cubre por completo al chiquillo de bucles de oro, que se cree en la precisión de mirar fijamente, como miran los guerreros. Al lado del chiquitín, una bella dama que parece arrancada de un cuadro del tiempo de Luis XV”.
            Siento de pronto el vértigo del tiempo, la emoción de la historia. Ese “lindo muñeco sonrosado”, “ese chiquillo de bucles de oro” es el Milán del Bosch que en 1981 sacaría los tanques a la calle y nos metería a todos el miedo en el cuerpo.


Lunes, 15 de octubre
INFERIOR

“A ti lo que te pasa es que te crees superior a todo el mundo”, me dice para finalizar la discusión cuando ya no le quedan argumentos con que rebatirme.
            “A mí lo que me pasa es que me sé inferior a mí mismo”, pienso yo. Pero no digo nada. Me limito a sonreír. Y mi amigo, escritor que se las da de historiador con bastante provecho publicitario y crematístico, interpreta esa sonrisa como “a todo el mundo no, pero a ti sí”. Y obviamente no le hace ninguna gracia.


Martes, 16 de octubre
EL CINE EN EL CINE

Leo la noticia del posible cierre de los cines Yelmo, a los que voy todos los fines de semana. “La culpa la tiene la subida del IVA”, me dice un amigo. Y yo: “La culpa la tienen el 15 M y los cinéfilos”. “¡Tú estás loco! ¿A qué viene eso?”. “Bueno, con lo del 15 M quizá me pase un poco, pero es que una amiga, muy lideresa de los indignados, me dijo que ella no tenía ninguna mala conciencia por piratear los estrenos en Internet porque así fastidiaba a la Warner Bros. y a otras multinacionales que nos colonizan. Supongo que no todos serán tan descerebrados, pero hay bastantes. Otra intelectual de la protesta me dijo que no iba al cine porque estaban en un centro comercial y ella detesta el consumismo. Y en cuanto a los cinéfilos tengo un amigo que hace crítica de cine y jamás pisa una sala de cine; incluso los estrenos, los ve en malas copias de Internet. ¿Cómo no van a cerrar las salas? Otro exquisito no las pisa nunca porque le molestan los que comen palomitas”.
            Recuerdo que, cuando cerraron los últimos cines de Segovia, hubo muchos lamentos, artículos en la prensa, incluso creo que manifestaciones. Entrevistaron al empresario y dijo: “Mire usted, si todos esos que se quejan de que yo cierre el local y una ciudad como Segovia se quede sin cines hubieran ido al cine, no ya una vez a la semana, sino una vez al mes, yo no habría tenido que cerrar”.


Miércoles, 17 de octubre
QUINCALLERÍA

Cómo defrauda, tras un primer capítulo prometedor, la nueva novela de Donna Leon, Las joyas del paraíso. Casi tanto como cualquiera de las últimas películas de Woody Allen. Los materiales, Venecia y la música barroca, están muy bien, pero la trama inverosímil, los capítulos de relleno, la profesionalidad sin gracia nos hacen ver que se trata de uno de esos encargos que deben rechazarse de inmediato. Pero a ver quién se resiste a las argucias de un astuto comerciante si se llama Cecilia y se apellida Bartoli. Esperemos que ella defraude menos con las arias de Agostino Steffani. En cualquier caso, venderán mucho las dos, que es de lo que se trata.


Jueves, 18 de octubre
DESINFORMADAS PLAÑIDERAS

Leía ayer un divertido artículo de un profesor contra sus alumnos, especie de zombis que no se interesa por nada. Hojeo hoy un mamotreto de Steven Pinker que rebate a los apocalípticos. Siempre he pensado que muchos de los llamados intelectuales  –escritores en la mayor parte de los casos–  tienen una cierta dificultad para el razonamiento lógico. Steven Pinker demuestra que, a pesar de toda la violencia que llena cada día los periódicos, nuestra época es menos violenta que cualquier otra. Y no menos culta, admirado Vargas Llosa, sino todo lo contrario. ¿Qué error cometen las plañideras del vivimos en el peor de los mundos posibles? Pues que comparan la situación actual, esos alumnos de bachillerato que no han leído el Quijote, con la situación ideal, no con la de hace cincuenta, cien o doscientos años. Steven Pinker no utiliza idealizadoras nostalgias, fantasías de senectud, sino estadísticas lo más fiable posibles. Y demuestra así que nacer en el sangriento siglo XX resulta más seguro que hacerlo en el XIX, o incluso en el empelucado siglo de las luces.
Los profesores comparan la minoría lectora de ayer con la mayoría no lectora de hoy. Que comparen minoría con minoría y veríamos qué época sale ganando. Recuerdo a un compañero de estudios, allá por los años setenta, que se vanagloriaba, en quinto de licenciatura, de haber aprobado sin necesidad de leer ninguna de las novelas del XIX que eran lectura obligatoria; le bastaron los resúmenes que circulaban por clase. Pasaron los años y cuando me lo volví a encontrar era profesor en no recuerdo qué Instituto. En seguida empezó a quejarse: “Esto de la educación es un desastre, todo va cada vez peor. Los alumnos de ahora no son como los de antes. No se interesan por nada. Te ves y te las deseas para conseguir que lean un libro”.


Viernes, 19 de octubre
EL REY Y LAS FOCAS

No, no estamos cada vez peor. Basta leer el libro de Antonio Cases, publicado en pleno siglo XX, para comprobarlo. Comienza entrevistando al rey exiliado del Camerún, y el racismo de cada línea llega a resultar inverosímil: “A estos negrazos suele ponerlos también de moda, una moda sangrienta y muy femenina, las histéricas matanzas de que son víctimas allá en los Estados del Norte de América, en donde los corren ululantes y maltrechos y los hacen brincar como osos en poder de los gitanos, hasta machacarlos y hasta conseguir que la piel, de un negro aceitoso, quede pintada con el bermellón de la sangre, que es entonces más roja porque humea”.
Los linchamientos entonces habituales en la democrática y civilizada Norteamérica –no desaparecerían hasta los años sesenta–  le despiertan menos compasión que producen hoy las peleas de gallos. “Y el rey de los pamúes me extiende su mano plana y fría, como deben ser sin duda las manos de las focas”, concluye el culto y civilizado periodista.

viernes, 12 de octubre de 2012

Nada personal: Todo fue un sueño


Sábado, 6 de octubre
LA VISITA

Siempre sobresaltan las llamadas imprevistas. Estaba a punto de irme a la cama, algo más tarde de lo habitual, cuando llamaron a la puerta. No abajo, en el portal, sino directamente en la puerta del piso. “Será algún vecino”, pensé, “al que le ha pasado algo”. “¿Quién es? ¿Quién es?”, pregunté varias veces sin obtener respuesta. Y de pronto dos palabras que me sobresaltaron: “Soy yo”. No las palabras, sino la voz, tan familiar en otro tiempo. “No puedes ser tú, hace años que has muerto”. “No puedo ser, pero soy. ¿Me vas a abrir o no?”. Abrí, por supuesto, pero el descansillo estaba vacío.  Volví a cerrar la puerta y al volver al salón allí estaba, en el lugar en que yo acostumbro a sentarme en el sofá, mirando la televisión, encendida, pero sin voz. Me senté a su lado sin decir nada, sin tratar de explicarme lo inexplicable. Me cogió una mano y la tuvo entre las suyas largo tiempo, luego me besó suavemente en los labios. Yo cerré los ojos. Cuando los abrí, ya no estaba.
            Me vine hasta la biblioteca, encendí el ordenador, escribí estas líneas. Ahora me iré a la cama, tardaré en dormirme. Antes de hacerlo, seguro que encuentro una explicación para lo que ha ocurrido. Banal y enteramente racional, seguro. Ningún muerto ha regresado nunca. Ahora no quiero explicación alguna. Solo seguir saboreando la dulzura de sus labios en los míos antes de que se desvanezca para siempre.


Domingo, 7 de octubre
DOMADOR DE DEMONIOS

Tengo fama de ser un hombre rutinario, pero no es enteramente cierto. No tengo inconveniente en cambiar mis costumbres cuando me conviene. Mientras dura la feria del libro viejo, en lugar de darme una vuelta por el Fontán lo hago por el Paseo de los Álamos. No soy coleccionista, no busco rarezas. Me basta un título curioso con el que entretener la tarde antes de ir al cine a pasar Siete días en La Habana. Lo encuentro en seguida. Es uno de los tomos de la colección Musas Lejanas, publicada por Revista de Occidente, que no conocía: Chung-Kuei, domador de demonios.
            Lo hojeo y de pronto me viene a la memoria mi particular aventura con los demonios, que había olvidado. Creo que alguna vez he hablado del Rubio, uno de mis héroes de la infancia. Luego, cuando leí a Mark Twain, supe que era una especie de Huckleberry Finn. Vivía solo con su padre, que casi siempre estaba borracho, en las afueras del pueblo. Para los demás niños era un héroe: se bañaba en el río arrojándose al agua desde lo alto del puente romano (nadie más lo hacía); entraba a robar fruta en el huerto del cura, sin miedo a los perros ni a la escopeta del irascible clérigo; tenía novia, a sus diez u once años, y esa novia era nada menos que la hija del cabo de la guardia civil, que había jurado matarle cualquier día de estos… Era además un cazador excepcional, y tenía buen corazón: más de una vez había protegido a un niño de las amenazas de los otros y una vez se había lanzado contra un hombre que pegaba a su mujer en la calle mientras los vecinos formaban corro a su alrededor sin atreverse a hacer nada.
            Un día en que hablábamos de fantasmas y aparecidos dijo que todo eso eran paparruchas y que si le dábamos una peseta él se ofrecía a pasar la noche entera en el cementerio. Nadie tenía una peseta, pero la juntamos entre todos, poniendo unos una perra gorda y otros una perra chica. Era el único niño del pueblo que podía pasar la noche fuera de casa sin que nadie le llamara al orden o siquiera se diera por enterado: su padre también muchas noches dormía la mona fuera de casa, tumbado en cualquier cuneta.
            Desde el puente de la carretera le vimos saltar las tapias del cementerio antes de que sonara en la radio el parte de las diez de la noche, con su musiquilla familiar, que era en verano la hora del regreso a casa y de la cena.
            Apenas pude pegar ojo aquella noche. Yo era un niño apocado y tímido, sin iniciativa, solo cuando cerraba los ojos y me ponía a imaginar fantasías era capaz de cualquier cosa; tenía fama de mentiroso porque a menudo confundía mis ensoñaciones con la realidad. Habría dado cualquier cosa por ser como el Rubio, que no le temía a nada, ni siquiera a pasar una noche entera entre las tumbas.
            Tardó en aparecer al día siguiente, y ya temíamos que le hubiera pasado algo. Pero apareció, y recostado en uno de los grandes olmos de la Pista, todos expectantes en torno suyo, comenzó a contar su aventura. Pero se interrumpió a poco, cuando aún no había contado nada, y dijo: “Antes tengo que hacer una cosa”, y fue devolviendo a cada uno la moneda de diez céntimos o de cinco céntimos, la perra gorda o la perra chica, que le habíamos dado en pago. “No necesito vuestro dinero”, dijo. “Tengo todo el dinero que quiero. Se lo he robado a los demonios”. Y de uno de los bolsillos sacó un puñado reluciente de duros.

            “¿Qué pasó? ¿Qué pasó?”, gritamos todos con los ojos abiertos como platos. “El que quiera saberlo que me acompañe mañana por la noche porque yo pienso volver”. El único que se atrevió a acompañarle fui yo, el más cobarde de todos. Salté por la ventana a la hora convenida, sin que se enterara ninguno de mis hermanos, que dormían en la misma habitación. Me encontré con el Rubio en la plaza del Mercado y juntos fuimos hasta el cementerio. “¿Te atreverás? Mira que está lleno de demonios”. Yo, muerto de miedo, dije que sí, que si él se atrevía, yo también.
            “Eres un valiente”, me respondió, “mereces que te cuente la verdad. Eso de los demonios es un cuento para asustar a los niños chicos”. Y me contó de dónde había sacado el dinero, y a mí me dio mucho más miedo que si se lo hubieran dado los demonios, pero le prometí no contárselo a nadie y yo, que he faltado tantas veces a mi palabra, a esa no he faltado nunca, ni voy a hacerlo ahora.


Lunes, 8 de octubre
NARCISO DESDEÑADO

––Vives solo, y tan contento, porque estás enamorado de ti mismo.
––Estoy enamorado de mí mismo, pero ese amor hace tiempo que ha dejado de ser correspondido.

Miércoles, 10 de octubre
APRENDICES DE FANTASMA

Juan de Lillo presenta su libro sobre Graciano García. No lo he leído aún, pero conociendo al periodista seguro que será una crónica amena y bien informada de un tiempo y de un país, además del retrato de un imaginativo empresario de la cultura, de un hombre que conoce como nadie la escondida senda que lleva de los sueños a la realidad.
            Mientras hablan los presentadores, en una gran pantalla tras ellos van apareciendo las fotografías que ilustran el volumen, muchas de ellas con un encanto antiguo: el protagonista en brazos de su madre, frente al mapa de España en la escuela, jugando al fútbol con los compañeros, en las primeras redacciones periodísticas, con los reyes, con el príncipe niño…  Y de pronto me veo yo en la librería Cervantes. Me halaga, claro, encontrarme entre tantos ilustres personajes, pero lo que me llama la atención de la fotografía es otra cosa. A mi lado están Antonio Colinas, se presentaba una obra suya, Graciano, que mira de frente con una sonrisa tímida, y Román Suárez Blanco, que me mira a mí con cierta sorna. Banquero exitoso y poeta aficionado, Román sucedió a Martínez Cachero como secretario de los premios Príncipe de Asturias de las Letras. Era bonachón, bien humorado, y no le molestaban nuestras sonrisas antes su peculiar pronunciación de los nombres de los candidatos (nunca los pronunciaba dos veces de la misma manera); tampoco mis comentarios, no precisamente entusiastas, sobre sus versos. “Es que a ti te gusta la poesía que no se entiende”, me decía. “Es que tú no vas más allá de rimar rosa con mariposa”, le respondía yo con mi crueldad característica.
            Murió imprevistamente este verano. Tenía más de ochenta años y hasta el último momento conservó el gusto por la buena mesa, la buena conversación, los libros y los versos.
            He traído conmigo la Antología de la poesía mexicana, de Eduardo de Ory, que me regaló el otro día Valdés (a las presentaciones y a las conferencias siempre llevo material de lectura por si acaso) y, para escapar de la melancolía y de una cierta mala conciencia que me deja la mirada socarrona de Román desde el más allá, la abro al azar. Y el azar me regala un poema de Amado Nervo: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, / porque nunca me diste ni esperanza fallida / ni trabajos injustos ni pena inmerecida; / porque veo al final  de mi rudo camino / que yo fui el arquitecto de mi propio destino”. Seguro que él, al que tanto le gustaba la poesía con rima, se lo sabía de memoria.
            “Nada fue un sueño” titula Juan de Lillo su libro sobre Graciano García. ¿Nada fue un sueño? Pasan los años, nos acercamos a la meta, y con asombro descubrimos que al final todo fue un sueño: lo que era sueño y lo que no lo era.
            ¿Sigues rimando rosa con mariposa, Román? “Sigo rimando rosa con mariposa y camino con destino, y mucho más que antes, aquí en la eternidad el tiempo es lo que sobra; te guardo mis poemas en una carpeta para que los destroces cuando llegues”.
            Todos somos aprendices de fantasmas. A mí ya me queda poco que aprender.


Jueves, 11 de octubre
CRISTIANO Y MOURINHO

“Deja de darle consejos a Almuzara”, me dice mi amigo Alfonso. “¿No ves que ya ha crecido y no te hace ningún caso?”. “Pues debería hacérmelo”, le respondo, “porque él será Cristiano Ronaldo, pero yo soy Mourinho”. “Por lo insoportable, no por otra cosa”.
            Almuzara habla y escribe muy bien, pero habla tan bien, tan literariamente, que cuando explica sus poemas antes de leerlos en público, a veces ni se nota cuando acaba la explicación y empieza el poema. Trato de decirle, como buen Mourinho que soy, que en público hable o lea, pero no las dos cosas, porque no suman sino que restan. No se pueden poner dos joyas muy brillantes demasiado cerca, ya que una opaca a la otra; mejor colocarlas sobre un fondo neutro. A poemas intensos como son los suyos les viene bien un entorno de silencio no una didáctica y algo redicha explicación.
            “Nunca dejarás de ser un maestro de escuela”, me dice Alfonso. “Siempre estás dando lecciones y tratándonos a los demás como niños”.
            “Pero como niños inteligentes, que es lo más a que puede aspirar a ser un adulto”, arguyo en mi defensa.


Viernes, 12 de octubre
EL ORÁCULO DE DELFOS RECTIFICA

Procura no conocerte demasiado bien para no llevarte una desilusión.


viernes, 5 de octubre de 2012

Nada personal: Arar en el viento


Sábado, 29 de septiembre
LO QUE NUNCA DIRÍA

He quedado con Mario Martín Gijón, que ayer ganó el premio Tigre Juan, en la cafetería La Corte, frente al palacio regional. Mientras le espero, en la calle se va acumulando la gente. Ante la puerta de entrada, en la verja que rodea al edificio, despliegan una pancarta: “Nosotros decidimos. Democracia popular”.
            Mario Martín Gijón es muy joven, tiene treinta y tres años, y parece todavía más joven. Ha colaborado con frecuencia en la revista Clarín y ha publicado sesudos y bien informados volúmenes, además de un libro de versos y el de relatos por el que le han concedido el veterano galardón ovetense. Yo le miro con cierta envidia. No soy de los que presumen de no haber sentido nunca envidia. Yo sí. Muchas veces. Pero nunca de quien tiene más dinero, es más guapo, vende más libros que yo (eso está al alcance de cualquiera). Solo de quien tiene talento.
            “Qué cosas”, le digo a Mario Martín Gijón señalando la pancarta. “Nosotros decidimos. ¿Y quién ha decidido que tengamos el gobierno que tenemos? Claro que a lo mejor lo que entiende el que ha redactado la pancarta por ‘nosotros decidimos’ es que cada decisión política se tome saliendo los españoles a la calle y votando a mano alzada”.
            “Tienen derecho a protestar”.
            “Todo el derecho del mundo. Nosotros decidimos. Pero, si estamos así, es en buena parte porque habéis decidido vosotros, queridos votantes, les diría yo. Vosotros votasteis a quien os prometía una Universidad en cada provincia y un centro universitario casi en cada aldea, a quien prometía gastarse millones y millones de euros en acortar una hora o media hora el viaje en tren a Madrid, a quien subvencionaba vuelos de avión baratos y construía un aeropuerto en cada Castellón; aquí, en Oviedo, votasteis masivamente a quien os ponía una farola fernandina o isabelina cada tres pasos y un mamotreto en forma de fuente o culo monumental cada dos…”
            “No te creía tan conservador. Lo que quieren son listas abiertas para que no nos obliguen a votar a políticos corruptos”.
            “Pero ¿de verdad crees que si hubiera habido listas abiertas las mayorías absolutas de Francisco Camps en Valencia hubieran sido menos absolutas? La panacea de las listas abiertas viene a ser cómo la queja de Izquierda Unida porque no le dejan sumar los cuatro votos que tuvo en Pontevedra con los cinco de Almería para lograr conseguir un diputado en Cuenca”. 
            “Entonces tú crees que no hay que cambiar nada”.
            “Muchas cosas. Pero para eso hacen falta algo más que descerebradas buenas intenciones. Te voy a confesar algo, pero en voz baja, que no se entere nadie. Humanamente, los que se manifiestan ahí fuera, o frente al Congreso en Madrid, tienen toda mi simpatía, pero intelectualmente, en lo que se refiere a la lucidez de su pensamiento político, les valoro todavía menos, y ya es decir, que al boxeador noqueado por la realidad que tenemos como presidente del gobierno. Pero esto no se me ocurriría decirlo en voz alta. Perdería los pocos lectores que tengo”.


Domingo, 30 de septiembre
NUEVO EN ESTA PLAZA

El regalo de la feria del libro, en el paseo de los Álamos, y los Sonetos sonetiles, de Francisco Rodríguez Marín, que me estaban esperando en una de las casetas. Disfruto con la castiza prosa de otro tiempo del ilustre cervantista y con los curiosos y en buena parte desconocidos sonetos sobre el soneto que me voy encontrando en cada página. Luego, mientras tomo un café en Los Prados, antes de entrar a ver Blancanieves, el fascinante melodrama en blanco y negro, de Pablo Berger, trato de escribir yo también un soneto sobre el soneto. Pero no se escribe sobre lo que se quiere, sobre lo que se puede. “De lo que rebosa el corazón, habla la boca”, que dijo no sé quién, quizá San Pablo. El borrador de soneto dice así:
Retumbante el silencio te pregona / y hay una ausencia que se anuncia y danza / mientras la noche hacia la noche avanza / y tras de mí se esconde mi persona.
Un resplandor de niebla te corona / y una flecha me busca y ya me alcanza; / flecha de dos, desgarradora lanza / que persigue sin tregua y no perdona.
¿De dónde ese caballo encabritado / que corre sin jinete en noche oscura / y este muro que crece desbocado?
Déjame solo, soledad más dura. / La muerte con la vida se disfraza / y Amor se anuncia, nuevo en esta plaza.


Lunes, 1 de octubre
MEDALLAS

“Es muy de colgarse medallas”, escucho al azar de una conversación callejera. Así soy yo, pienso de inmediato. Muy de colgarme medallas. Y eso que sé de sobra que todas las medallas que uno se cuelga a sí mismo son quincallería, no valen nada.


Martes, 2 de octubre
GENTE QUE ME ODIA

Traspapelado entre un montón de libros, encuentro uno de esos cuadernos en los que me gusta ir apuntando todo. La portadilla dice “Gente que me odia”.  Está dividido en dos partes: “Con razón”, “Sin ella”. La última anotación es de hace casi diez años.
            ¿Gente que me odia? Me parece un poco adolescente ese epígrafe. Las personas insignificantes no despertamos grandes odios, solo pequeñas antipatías. Aunque nunca se sabe lo que pasa por la mente de los demás.
Mi amigo José Luis Piquero, que se lo suele encontrar en el congresillo de escritores asturianos que se celebra cada año en Pravia, me dice que hay un novelista asturiano que cada vez que escucha mi nombre se pone rojo de ira. Algo exagerado me parece eso. Sin embargo, veo su nombre en este cuaderno y en el apartado “Con razón”. Resulta que yo me había comprometido a presentar el primer libro de poemas de Fruela Fernández, un joven y brillante contertulio que muy pronto abandonó la nave nodriza, y dos o tres días antes el representante de la editorial, César Inclán, me pidió que presentara también a los otros premiados. Cometí el error de leer los libros (algo que jamás se debe hacer cuando el elogio es obligado) y la novela del futuro fabricante de best sellers era verdaderamente infumable. No pude evitar que esa impresión se trasluciera en mis palabras; se enfadó el autor; me interrumpió; discrepamos ante el público asombrado y divertido. Luego he ido aprendiendo el arte de las mentirosas amabilidades, y ya creo que me apaño bastante bien.
Tanto como rojo de ira, no, eso es una exageración tuya, Piquero. Pero que oír mi nombre no le haga ninguna gracia, eso sí, y lo comprendo. Ganará el Planeta cualquier año de estos y seguirá doliéndole aquella ofensa.
            Y yo ¿a quién odio? Me temo que una persona como yo, incapaz de amar de verdad,  tampoco puede odiar de verdad. Antipatías sí, bastantes. Y cambiantes.
            Me gusta pinchar, incordiar, sacar un poco de quicio. La esgrima es mi deporte favorito. Pero siempre sin hacer sangre.
            No a todo el mundo le gusta ese juego. Especialmente a las personas poco ágiles, de mente minuciosamente bovina.
            Nada me gusta más que llevar razonadamente la contraria, cosa que hace gracia a algunos, pero que a la mayoría maldita la gracia que les hace.
            Cuando no tengo a nadie con quien discutir, hago solitarios discutiendo conmigo mismo. Y puedo asegurar que soy un contrincante incansable y difícil de rebatir. Tan difícil que cuando me desafío a mí mismo la partida suele acabar en tablas.


Miércoles, 3 de octubre
CALLAR A TIEMPO

Habría evitado la mitad de mis problemas si hubiera sabido callar a tiempo. Pero me habría divertido menos.


Jueves, 4 de octubre
DE GUANTE BLANCO

Famosos casos de estafa y pillaje se titula el libro que compro esta mañana en el paseo de los Álamos. No habla de casos recientes, está editado en 1977.  “39 historia de los más fascinantes casos de engaño y fraude ocurridos en el mundo”, dice el subtítulo. ¡La de cosas que se pueden conseguir con  ingenio, audacia y ningún escrúpulo! Un financiero de fama mundial hizo su entrada cierta tarde en el despacho del presidente de un banco de Bruselas. Arrojó sobre la mesa un envoltorio que contenía dinero en efectivo y dijo: “Cuatrocientos millones de francos. Déme usted un recibo”. Halagado por la visita de alguien tan importante, el director le extendió de inmediato el recibo. Varios días después, comprobó que el paquete contenía solo cinco millones. El financiero se excusó, dijo que todo había sido un error y cambió el recibo por otro que indicaba la cantidad exacta. Pero antes de entregarlo ya le había servido para obtener a crédito muchos millones.
            ¿Por qué nos divierten tanto los estafadores ingeniosos, los ladrones de guante blanco? Quizá porque hacen lo que nosotros quisiéramos hacer, pero no nos atrevemos. Y porque a nadie le parece que robar a un banco sea verdaderamente un robo. Quien roba a un ladrón… Tampoco tiene nadie remordimientos, sino todo lo contrario, cuando defrauda a hacienda sin que le pillen.
            “Pero ¿tú crees que todos somos corruptos en potencia, que todos estaríamos dispuestos a vendernos por dinero?”, me pregunta un amigo.
“Bueno, eso es algo difícil de comprobar: a la mayoría de nosotros nadie querría nunca comprarnos”.


Viernes, 5 de octubre
PROVERBIOS

Uno de esos falsos proverbios chinos que a mí me gustan tanto: “Nadie es tan listo como se cree ni tan tonto como le creen sus amigos”.
            Yo lo conocía en otra versión, atribuida a Oscar Wilde: “Nadie es tan listo como se cree ni tan tonto como le cree su mujer”.
            En Blancanieves, para representar el paso del tiempo, se van desprendiendo las hojas de un calendario. En una de ellas se lee el proverbio del día: “Añorar el pasado es arar en el viento”. 


viernes, 28 de septiembre de 2012

Nada personal: No hablo de política

Sábado, 22 de septiembre
VER. OÍR Y CALLAR


“Qué poco patriota eres”, me dice un amigo al darse cuenta de mi escasamente disimulada simpatía hacia los independentistas catalanes y vascos. “Bueno”, le respondo, “hay diversas maneras de entender el patriotismo. La mía no pasa por imponer su patria a nadie”.
            –-Pues eso es lo que ellos hacen. Los independentistas son una minoría que pretenden hablar en nombre de todos. La mayoría de los vascos y de los catalanes quieren seguir siendo españoles.
            –-¿Y entonces qué problema hay? Basta con una consulta para acallarlos.
            ––¿Y la constitución? Que ellos no la respeten, lo entiendo. Es la constitución española, ¿cómo iban a respetarla? ¡Pero que no la respetes tú que te las das de más democrático que nadie!
            ––La respeto, pero no la venero. No es un texto sagrado dado por Dios a los hombres. Es fruto de un acuerdo entre partidos. Puede cambiarse. No olvides que, sin remontarse mucho, hubo un tiempo en que el Sahara, ateniéndose a la legalidad de entonces, era una provincia española exactamente como las otras, con sus procuradores en Cortes. Y que muy poco antes de que dejara de serlo de la noche a la mañana allá fue el rey (que entonces era Príncipe de España y ocupaba provisionalmente la jefatura del Estado) a afirmar su españolidad por los siglos de los siglos.
            –-No te entiendo. ¡Qué tendrá que ver Cataluña con el Sahara!
            ––¿Por qué no hablamos de otra cosas? Ya sabes que a mí no me gusta meterme en política. Me crié en el franquismo, y en esa época nos enseñaban a ver, oír y callar si no queríamos meternos en problemas.
            ––¡Tú no callas ni debajo del agua!


Domingo, 23 de septiembre
EL AMOR Y UN CABALLERO

Me gusta jugar a que estoy enamorado. (En realidad nunca lo he estado, salvo quizá de mí mismo). En caso contrario, me aburriría y aburriría hablando siempre de política. Lo malo es que suelo acabar enamorado de verdad, como les pasa a los que juegan con fuego. Afortunadamente, nunca me hacen caso. Tengo la suerte de casi nunca tener suerte en el amor. Se pasa mal, pero se pasa pronto. Cuando lo he pasado verdaderamente mal es cuando he tenido suerte.
No es que yo sea uno de esos misántropos que no soportan a nadie demasiado tiempo demasiado cerca. A estar solo prefiero estar con alguien, pero con la condición de que ese alguien no esté conmigo. No sé si me explico.
Claro que podría explicarme mejor, pero en ciertos temas resulta poco elegante entrar en detalles. Siempre, en estos casos, recuerdo a Somerset Maugham: “Está bien que un caballero, a partir de los sesenta años (bueno, él decía cincuenta, pero los tiempos han cambiado), tenga vida sexual, pero no es correcto que hable de ella”.


Miércoles, 26 de septiembre
FELIZ CUMPEAÑOS

No podríamos vivir sin patrañas. El otro día aparecía Facebook en la portada de El País porque supuestamente una adolescente se equivocó al etiquetar la invitación a su cumpleaños y no puso el evento como privado, sino como público. La consecuencia: que en lugar de veinte o treinta personas aparecieron veinticinco mil.
Y esto lo publica un periódico que se las da de riguroso. ¿Cuánta gente ha conseguido reunir en Madrid el movimiento “Ocupa el Congreso”? Pues unas seis mil personas y eso a pesar de las muchas organizaciones que están detrás y del cabreo generalizado. ¿Y miles y miles de personas atraviesan Holanda para felicitar a una desconocida en su cumpleaños? ¿Y más de quinientos policías no pueden contenerlos porque ninguno quiere quedarse sin su trozo de pastel y su refresco?
            En lugar de disculparse y tirar de las orejas al redactor jefe que aceptó esa leyenda urbana, el sesudo diario le dedica a los pocos días un editorial. Y hoy vuelve a arremeter con Facebook por no sé qué presunto fallo en la confidencialidad de algunos mensajes.
Comulgar con ruedas de molino es una costumbre que suele tener la gente. Incluso los periodistas rigurosos cuya misión parecería ser evitar precisamente que la gente comulgue con ruedas de molino.


Jueves, 27 de septiembre
CAMPOS DE SOLEDAD, MUSTIO COLLADO

Charlo un momento con Pilar Rubiera antes de que comience la presentación del número centenario de la revista Clarín en el Aula Magna. “Daremos noticia, pero muy breve, apenas tengo sitio”, me dice. Y yo, perdiendo una buena oportunidad de estar callado, le respondo con una broma: “Claro, necesitáis todo el espacio para seguir arremetiendo contra el Niemeyer”.
            Es un tema del que prefiero no hablar. No bastó la premeditación y alevosía para destruir el proyecto, hubo también saña, y esa saña aún no parece haberse saciado. La última vez que estuve en el Centro Cultural fue a finales del pasado junio. Escribí entonces una nota, que luego taché. Hay temas de los que prefiero no hablar. Decía así:
No había vuelto desde que el golpe de manos le hizo cambiar de manos. Cruzo de nuevo, con emoción, el zigzagueante puente que va y viene sobre la ría. No tardo en comprobar que le han devuelto el nombre, pero todavía no el alma.
Lo que el anterior gobierno de Asturias hizo con el Niemeyer pasará a la historia universal, no de la infamia, sino de la estupidez. Y con qué alegría le secundaron artistas locales, periodistas presuntos o no tan presuntos, asturianistas de vario pelaje, todos los ofendidos porque algo pudiera hacerse en esta tierra, y tener éxito, sin contar con ellos. Compitieron a ver quién daba la pedrada más certera. Pero apuntaran a Areces, a Natalio Grueso, a Carlos Saura (¡hace fotos borrosas!) o a Woody Allen (¡como si aquí no tuviéramos quien toca mejor el clarinete!), todas daban en el mismo sitio.
            Aunque los edificios siguen en pie, tengo la sensación de que paseo entre ruinas. Me repito los versos famosos: “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora, / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa…”
            En la cafetería, con tres buenos amigos, Cristina, Alfonso y Marcos, agradable comida, grata sobremesa. Pero del local que yo conocía apenas queda nada. Ni siquiera las vistas. Delante de la cristalera que da a la plaza han colocado mostradores, cajas, mesas, una especie de trastero que tapa la espléndida geometría de los edificios. Y el mobiliario interior ha cambiado: ahora hay unas sillas de plástico que no desentonarían en ningún chiringuito playero. Fuera, en la terraza, una especie de sofás-cama (más cama que sofás) para que los jubilados que se aventuren a pasar el rato en este lugar se tumben a dormir la siesta.
            Cuánta desolación. Recuerdo las primeras veces que pasé por aquí, la noche de la inauguración, el aire de fiesta, de modernidad, la sensación de que Avilés estaba un poco más cerca del centro del mundo.
            Pero todo duró lo que un sueño. Me imagino a Marcos Vallaure frotándose las manos: “¡Ahí queda eso! ¡Lo hemos pisoteado bien! ¡A ver si sois capaces de hacer que vuelva a crecer la hierba!”
            Y los caballos de Atila no se van del todo cuando se va el gobierno de Foro. Dejan de guardia a dos o tres periodistas para que saquen a relucir el asunto de las deudas cada vez que alguien se hace la ilusión de que, con un poco de esfuerzo, todo podría volver a ser como antes.
            ¡Las deudas! ¿Qué deudas dejaría el Guggenheim si a los pocos meses de su inauguración hubiera un cambio en el gobierno vasco y el nuevo gobierno se dedicara a desacreditarlo, a hundirlo, a cambiarle el nombre y a convertirlo en museo de los pelotaris? ¿Qué deudas dejaría el Musac de León si a los pocos meses de inaugurado hubiera un cambio político en Castilla y León y el Marcos Vallaure de turno se dedicara a decir que lo que allí se exponía no era arte y acabara convertido en un centro de investigación sobre el botillo? ¿O el Ivam de Valencia? ¿O el Reina Sofía?
Quien tiene la culpa de que la inversión necesaria para poner en marcha un nuevo centro cultural se convierta en gasto no productivo es quien le puso la zancadilla y lo hizo caer al suelo en el momento del despegue.
            Salgo del Niemeyer sin mucha esperanza. La alegría de la recuperación me ha durado poco. Son malos tiempos para reflotar un proyecto semejante. Quienes lo hicieron posible todavía están curándose las heridas de las pedradas que recibieron. Y aunque se hayan ido quienes parecían los peores enemigos aún hay gente con la piedra en la mano, al acecho de cualquiera que quiera volver a intentarlo.


Viernes, 28 de septiembre
YA TE LO DIJE

––Eres la leche, tío. Estás en contra de los que salen a la calle y rodean el Congreso para regenerar la democracia y en cambio apoyas la secesión de Cataluña. Te dices de izquierdas y por un lado coincides con la extrema derecha y por otro con el nacionalismo identitario y tribal, lo más antidemocrático que hay.
            ––Si las cosas están mal, lo que hay que hacer es tratar de arreglarlas, no empeorarlas. Si ahora tenemos una mayoría aplastante del PP, si ahora puede aprobar las leyes que quiere en el Congreso, es, en buena parte, gracias a la aguerrida muchachada del 15-M y a sus valetudinarios valedores intelectuales. Su descrédito de la política, se lo creyeron las gentes de izquierda, no las de derecha, que fueron a votar como un solo hombre. ¿Qué se arreglaría disolviendo estas cortes, “que no nos representan”, y convocando otras nuevas? Pues una nueva mayoría absoluta del partido gobernante, uno o dos escaños más para los partidos de Cayo Lara y Rosa Díaz, arañados en ambos casos a los socialistas, y poco más, aparte de perder tiempo y dinero.
            –-¿Tú crees entonces que hay que cruzarse de brazos y aguantar lo que nos echen?
            –-Me parecen bien las protestas, pero hay que hacerlas de manera que favorezcan nuestros intereses (los del que protesta), no los intereses contrarios. En esto último está especializada cierta descerebrada acracia.
            ––Y Cataluña, ¿qué? ¿No eres ahí tú el que defiendes el interés del contrario?
            ––De ese tema prefiero no hablar. Despierta instintos demasiado primarios y no quiero enemistarme con algunos de mis pocos lectores, como Rosa Navarro Durán. Pero me alegra saber que, si hablara, no me ocurriría lo que a Vicente Blasco Ibáñez, que pasó una temporada en la cárcel por mostrarse partidario de la independencia de Cuba.
            ––Cataluña no es Cuba.
            ––Pues en aquel tiempo, legalmente, Cuba era como Cataluña: una parte de España. Pero yo de política no hablo, ya te lo dije. 


viernes, 21 de septiembre de 2012

Nada personal: Galgos y podencos



Sábado, 15 de septiembre
MIENTRAS TANTO

“Las rutinas están bien siempre que no se conviertan en una rutina”, me dice un amigo al que no veía desde hace años. En mi caso no hay ese peligro, pienso. Cada día es una caja de sorpresas. Abro los ojos y, de las dieciséis o dieciocho horas que me aguardan hasta que vuelva a cerrarlos, solo tres o cuatro están más o menos previstas en mi agenda (y sujetas, como todo lo humano, a imprevista variación). El resto queda al albur, sometido a la decisión de mi guionista favorito: el azar. Nunca sé si el día que me espera será selva o jardín, o las dos cosas al mismo tiempo.
            Tengo muchas rutinas, pero nada rutinarias. Cada una de ellas es una fruta que no me canso de saborear. Incluso el aburrimiento, el no hacer nada, el apagar la música, cerrar el libro, mirar pasar las nubes, o ni siquiera eso: tratar de poner la mente en blanco y solo conseguir que se llene de negros nubarrones.
            Pienso entonces que no me he equivocado en nada, sino en las dos o tres cosas verdaderamente importantes. Y me lleno de desesperación.
Desesperarme es también una de mis costumbres, como fracasar en el amor. Juego a ser el más infortunado de los hombres. Y lo soy de verdad durante un rato, un largo rato: diez, quince minutos, a veces incluso media hora. Luego caigo en la cuenta de que era solo un juego y disfruto doblemente con todo lo que tengo al alcance de mi mano.
Algún día dejará de ser un juego, pero mientras tanto…


Domingo, 16 de septiembre
LA MARCA ESPAÑA

Realmente parece que, como país, andamos algo bajos de autoestima. “¿A fin de cuentas cuáles son las dos grandes aportaciones de España a la cultura occidental?”, escucho en el Caffè di Roma (reconozco la voz, es un colega de la Universidad) y la pregunta retórica me trae a la memoria las polémicas del siglo XVIII. “¡La siesta y el botellón!”


Lunes, 17 de septiembre
MEGALOMANÍAS

Antes de que comience la función, una voz indica que estamos de aniversario. Tal día como hoy, hace ciento veinte años, en 1892, se inauguró este teatro. Clarín ese verano estuvo en Salinas y luego en Gijón. Trabajaba poco, paseaba por la playa, no podía dejar de pensar en el ministro de Educación de la época. Resulta que un reciente decreto había suprimido la enseñanza universitaria de la filosofía del derecho, con lo que Giner de los Ríos se quedaba sin cátedra. En carta del 24 de agosto le escribe: “El otro día, yendo solo por la playa, me eché a reír de mí mismo, porque me sorprendí irritado de veras y apostrofando al ministro en voz alta y hasta con palabras malsonantes”. A mediados del mes siguiente vuelve a Oviedo para asistir a la inauguración de un teatro del que se siente orgulloso, no en vano él fue quien propuso el nombre de Teatro Campoamor cuando era concejal.
Me aburro con Werther, de Massenet, y pienso en Leopoldo Alas escuchando en este mismo espacio Los Hugonotes, de Meyerbeer, otro 17 de septiembre. Como la historia que se nos cuenta es simplonamente consabida, dejo pronto de seguirla y me distraigo con la música y con mis pensamientos.
            Soy un conservador, qué le vamos a hacer (aunque solo de lo que merece la pena ser conservado), y me alegra comprobar que cuando todo cambia tan rápidamente hay tradiciones que permanecen.
También soy un poco megalómano y por eso cuando dialogo con mis amigos más jóvenes, pongo en cuestión  ideas comúnmente aceptadas o logro introducir alguna duda entre presuntas evidencias, me siento un Sócrates o un Voltaire. Y cuando salgo del teatro pensando en la clase de mañana a primera hora y en el artículo que he de escribir luego arremetiendo contra un disparatado libro, me siento otro Clarín.
            Sócrates, Voltaire, Clarín, no importa si en miniatura o en versión microscópica, eso es lo que me gusta ser. Cada uno escoge a los maestros a los que quiere parecerse. Yo he escogido a esos tres.


Martes, 18 de septiembre
OCURRENCIAS

Siempre que quedo citado con alguien, llevo un libro, por si se retrasa. Hoy no lo he hecho y, como no puedo estar sin hacer nada, aprovecho esos minutos para garabatear algunas ocurrencias.
¿Qué acierto puede haber en una vida sin ningún error?
Era completamente previsible. Siempre salía por donde menos se esperaba.
No siempre al perder a un amigo se pierde a un amigo. (Espero que ningún malpensado piense que estoy pensando en Felipe Benítez Reyes al pensar esto.)
Hay una edad en que a uno le interesan muy pocas cosas, y esas pocas le interesan más bien poco.
Qué poco conocemos a quien mejor conocemos.
En lo que llamamos realidad hay dos o tres miligramos de verdad  y varios kilos de fantasía.


Miércoles, 19 de septiembre
CAMBIO DE BANDERA

Recuerdo muy bien la primera vez que escuché hablar a Santiago Carrillo. Fue el 30 de abril de 1977 en la plaza de toros de Gijón. No se me ha olvidado la emoción de aquel día. Era el primer mitin del Partido Comunista, legalizado hacía muy poco, tras la guerra civil. Había muchos jóvenes, pero también bastantes ancianos que se abrazaban llorando. Comenzó a hablar Carrillo y su tono era didáctico, nada mitinero, casi de maestro de escuela. Lo que decía no era lo que se esperaba. Y hubo un momento en que comenzaron las protestas. Costó que los aplausos acallaran aquellos abucheos. Carrillo hablaba de la necesidad de aceptar la bandera roja y gualda. La plaza estaba llena de banderas republicanas. Los que las portaban las alzaban entre gritos. Pero Carrillo siguió hablando y alguien a su lado enarboló la bandera que muchos identificaban con los cuartelillos de la guardia civil y la represión y las palizas. “Camaradas –dijo–, desde ahora esta bandera deja de ser la bandera franquista para ser la bandera de todos, la bandera de España”.  Unos instantes de silencio que parecieron durar una eternidad. “Tiene valor este tío –pensé yo–, se la está jugando”.  Luego unos tibios aplausos.
            Fuera de la plaza no había desaparecido el miedo. Los mayores escondían las banderas rojas, se guardaban las insignias con la hoz y el martillo. Temían provocar. Temían volver a la cárcel. Todos éramos conscientes de haber vivido un momento histórico. Y yo pensaba en la paradoja de que hubiera sido un “sanguinario rojo”  (hacía poco que Manuel Fraga había declarado: “Si yo permitiera volver a España a Carrillo y a la Pasionaria, no habría policía suficiente para protegerlos de la ira de los españoles”) el que con aquel cambio de bandera –casi un juego de manos–  hubiera apuntalado la tambaleante monarquía.


Jueves, 20 de septiembre
UTOPÍA

Cuando tardo en dormirme, me gusta pensar en cuál sería para mí un mundo perfecto, me gusta fantasear utopías. Hoy se me ocurre imaginar un mundo de robots casi humanos. Los amigos te acompañan siempre que los necesitas, y cuando no, desaparecen. Lo mismo las o los amantes, según las preferencias de cada uno. Tú puedes estar de mal humor, pero los demás no, los demás siempre están sonrientes. Nunca discuten. Siempre hacen lo que tú quieres. Hay mayordomos pluscuamperfectos, como el David de la película Prometheus, que se encargan de todos los pequeños detalles de la vida cotidiana.
            Vivir solo es aburrido, pero vivir rodeado de seres humanos es un fastidio. Son caprichosos, incomprensibles, hoy te admiran y mañana no te aguantan, siempre tienes que andar templando gaitas con ellos. Una lata. Mejor estar rodeado de prodigiosos robots que hacen todo lo que pueden hacer los seres humanos: escucharte, comprenderte, acariciarte, mimarte, adularte, y que jamás se cansan de hacerlo.
Me gustaría vivir en un mundo en el que yo pudiera cansarme de cualquiera, pero en el que nadie pudiera cansarse de mí. Un mundo en el que satisfacer todos mis caprichos sin que nadie se ofendiera. Un mundo en el que siempre se rieran mis gracias.
            Pero no sé si ese mundo resultaría tan apetecible como ahora me parece. En cualquier caso, resulta una fantasía agradable para antes de dormirme. ¡Vivir en un mundo en el que todo el mundo está a tu servicio y nadie puede hacerte daño! Y algo todavía mejor: un mundo en el que a nadie puedes hacer daño por muy torpe y desconsiderado que te muestres con la gente que quieres. Los robots ni sienten ni padecen. No te hacen sentir esta mala conciencia que yo siento y que me impide dormir.

           
Viernes, 21 de septiembre
TE NOMBRO EMBAJADOR

“¿Qué te pareció el puñetazo del rey en la mesa? ¡Van a saber esos catalanes lo que es bueno!”, me dice un amigo en la tertulia. Y yo, que últimamente no quiero meterme en política, le respondo que me ha divertido verle citar la fábula de Iriarte que aprendí en la escuela: “Por entre unas matas, / seguido de perros / (no diré corría), / volaba un conejo”. El conejo de la Independencia, pienso yo malicioso, y como no nos movamos con algo más de habilidad política que la que demuestra esa carta me temo que no habrá galgos ni podencos que logren darle alcance antes de que llegue a la meta.
            La fábula “Los dos conejos” lleva al frente la moraleja: “No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal”. ¿Cuestión frívola? Sospecho que lo único frívolo es considerar frívolo un asunto tan potencialmente explosivo.
            Con la bien intencionada carta, se ha hecho aparecer al rey como rey de España, pero no de Cataluña. La gente poco inteligente (me refiero a los asesores del rey, por supuesto) suele actuar así: defiende su causa dando armas al enemigo.
            A esos asesores les aconsejaría que, además de El príncipe, leyeran El principito, especialmente aquel capítulo en que el protagonista llega a un asteroide habitado por un rey. Como rey, no podía ser desobedecido. “Quédate”, le pide al principito. “No quiero, me voy a otro lugar”. Y el rey entonces, con voz muy autoritaria: “¡Te nombro embajador!”