viernes, 15 de mayo de 2026

La rueda de la fortuna: El tiempo y yo

 

Martes, 12 de mayo
LOS MISTERIOS DEL MUSEO
 

Durante mi charla con el pintor Federico Granell, tan literario, tan cercano a mi manera de mirar el mundo, me preguntan por los cuadros del museo que prefiero, los que me llevaría a casa.

            ---A casa no me llevaría ninguno, está bien donde están, bien cuidados en este mágico lugar que es también mi casa. Mis preferencias no suelen coincidir con las habituales. Siempre que paso por aquí, y lo hago muchas tardes, me detengo ante “Palco del Teatro Real”, de Gamallo Fierro, que en sus cinco figuras (tres mujeres, dos hombres, uno apenas visible) cuenta una novela galdosiana a la que yo voy añadiendo sucesivos capítulos. También ante Fernando VII y María Cristina ataviados como elegantes burgueses, no con la parafernalia de la realeza. Él lleva en la mano el sombrero de copa, en un gesto que me recuerda, no sé por qué, al de algún prestidigitador; ella, luce un aparatoso sombrero que la hace igualarse en altura con su marido. De la cintura de él, cuelga una llave de oro que no sabemos qué cerradura abrirá; en la muñeca de ella, un brazalete con la imagen de un dios barbudo. Fernando VII tiene aspecto bonachón y la expresión feliz de un enamorado; María Cristina parece dulce y encantadora, madre reciente ajena a las turbulencias de la política. El autor, Luis de la Cruz, se mostró tan adulador como podría esperarse de un pintor de cámara; nada que ver con la mirada cruel de Goya en su “La familia de Carlos IV”, aunque sí quizá con Antonio López y su “La familia de Juan Carlos I”.

            El cuadro se pintó en 1832. Faltaba un año para que el rey, ya muy avejentado y deteriorado, muriera. Ya se estaban afilando las armas de la guerra carlista. María Cristina no tenía nada de frágil figura de porcelana. Su matrimonio con el tío Fernando, veinte años mayor que ella, fue solo el primero de sus lucrativos negocios.

Pero la novela del cuadro no está solo en lo que representa, sino en lo que se lee en la cartela: “Junta de Incautación y Recuperación. Titularidad Estatal”. Al final de la charla, le pregunto a la directora del museo por su procedencia. No tiene información al respecto. Yo menciono las incautaciones franquistas tras la guerra, ella prefiere pensar en las republicanas. “Eran para proteger los cuadros, que luego se devolvieron”, le replico. “No siempre, no siempre. De ese cuadro nos piden mucho autorización para reproducirlo en estudios sobre la moda; es el único en que aparecen los reyes en traje de calle”.

            Gracias a la magia que hoy llevamos todos en el bolsillo, yo no tardo en comenzar a resolver el misterio. Mientras, a la salida, Federico Granell y yo tomamos unas cervezas en un bar próximo a la catedral con el organizador, Martín Caicoya, el escultor Fernando Alba y el pintor Bernardo Sanjurjo, dos o tres descorteses consultas al teléfono me aclaran algo el enigma y me añaden otro.

            El cuadro fue un regalo del rey a su mujer cuando esta cumplió veintiséis años. Seguramente presentía ya su muerte y quería que ella conservara para siempre la imagen de la feliz pareja. Pero nada le hacía menos gracias a María Cristina, ya enamorado o a punto de enamorarse de un guapo guardia de corps,

Agustín Muñoz, que tener a la vista, y a mayor tamaño que el natural, a aquel narizotas que tan malos ratos le había hecho pasar hasta que pudo cumplir, y por partida doble, su función de darle descendencia. Como era propiedad personal suya, no lo dejó en palacio cuando tuvo que abandonar la regencia, se lo llevó con ella: siempre le podría sacar algún dinero.

            Se lo vendió a un banquero judío, el fundador de la dinastía de los Bauer, representante de la casa Rothschild, con quienes tan buenos negocios haría. Estuvo en su palacio de la calle de San Bernardo, hoy sede de la Escuela de Canto, donde lo incautó el gobierno republicano para protegerlo, junto con otras muchas obras de arte, de los destrozos de los bombardeos y de los milicianos que allí tuvieron su cuartel.  

Al final de la guerra, pasó al Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico, junto con la mayoría de lo incautado.

            ¿Por qué no se devolvió a sus legítimos propietarios? ¿Porque eran judíos y Franco estaba obsesionado con la conspiración judeomasónica? Es posible. ¿Por qué no se devuelve ahora, tantos años después, a sus propietarios, los herederos de la familia Bauer? Ese el nuevo enigma que queda por resolver.

Miércoles, 13 de mayo
ARREGLAR CUENTAS
 

Soy más vanidoso que orgulloso, aunque no quede bien decirlo. No me molesta nada pedir disculpas o pedir perdón a quien he ofendido o se siente ofendido por mí. No me siento rebajado por ello, todo lo contrario. Y si luego no aceptan mis disculpas, como ocurrió con Jon Juaristi, o las aceptan a regañadientes, como en el caso de Miguel d’Ors, pues me encojo de hombros. Yo nada más puedo hacer, sobre todo si se trata de ofensas imaginarias.

            Y si es así, ¿por qué no le pido perdón a José Luis Piquero que se enfadó una vez porque al parecer le interrumpía al hablar y no ha querido volver desde entonces a nuestra tertulia virtual de los miércoles? Eso me reprochan, una semana sí y otra también, los contertulios habituales. Harto de escuchar sus reproches, les digo que de mañana no pasa, que le pediré perdón a ver si se le pasa su infantil perreta (esto no pienso decírselo, claro).

            La verdad es que a Piquero siempre le he admirado como poeta (con los reparos correspondientes cuando se pasa con la carne cruda) y le estoy muy agradecido porque siempre ha salido en mi defensa si algunos resentidos trataban de lincharme en las redes sociales, pero me temo que se ha ido convirtiendo en un irritable cascarrabias. Qué se le va a hacer. Eso no pasa a todos. Seguro que yo también seré igual cuando tenga su edad. O quizá ya lo soy y no me he dado cuenta.

Jueves, 14 de mayo
AL MARGEN DE NIETZSCHE 

A los grandes hombres, resulta más fácil admirarlos que soportarlos.

Nada más atronador que ciertos silencios.

No seas como esos malos actores que siempre representan el mismo personaje. Tómate de vez en cuando vacaciones de ti mismo.

Incluso después de muerto, niégate a morir.

Un buen amigo puede ser una rémora, un buen enemigo nos ayuda a llegar más lejos.

A veces, cuando un amigo deja de serlo, qué peso nos quitamos de encima.

Deja siempre, en tu jardín y en tu mente, un rincón sin domesticar.

Lo más natural en el ser humano es el artificio.

Enseña a tu memoria a olvidar.

No rompas una amistad incómoda, si resulta estimulante.

Sé invisible para la mayoría y visible solo para aquellos que te importan.

Viernes, 15 de mayo
NORMAL
 

“El tiempo, gran escultor”, afirmaba Marguerite Yourcenar. A mí me gusta comprobar cómo me va convirtiendo en otro sin dejar de ser el mismo.

Me pasé media vida en las bibliotecas y ahora solo me interesan como fondo para las fotografías.

Pasé media vida enamorándome de mala manera y ahora, vacunado y bien vacunado, me divierte ver cómo actúa en otros ese virus tan maligno como novelero.

Estuve obsesionado, no con el éxito literario, que siempre me ha preocupado poco, sino con la posteridad, con dejar una obra perdurable, y ahora me burlo de esa pretensión, aunque me temo que no ha desaparecido del todo.

Me gustan los elogios (siempre me han gustado, aunque antes no lo decía), pero puedo pasar perfectamente sin ellos. Estoy acostumbrado a que los admiradores y amigos tengan fecha de caducidad. Se van unos, llegan otros y así será, esperemos que por muchos años, hasta que nos vayamos todos al garete.

            El tiempo, gran escultor, nos va haciendo mejores, aunque a veces los golpes del cincel duelan un poco. O al menos me va haciendo mejor a mí, no sé a otros. Si yo viviera cien años, dejaría de ser un rutinario robot y acabaría convertido casi en una persona normal.

 

2 comentarios:

  1. Sí, cara de bonachón tiene: "Mi decisión ha sido libre y voluntaria". Dice Fernando VII que recoge Karl Marx (precisamente los estoy leyendo) en uno de sus artículos en el New York Daily Tribune. Núm. 4.344, 23 de marzo de 1855: "Fernando VII, -dice- un cobarde despótico, un tigre con corazón de liebre - se lo diría por las promesas falsas y solemnes que después rompía con placer-... tiene un perfecto dominio de la hipocresía".
    Amén.

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