sábado, 7 de marzo de 2026

La rueda de la fortuna: A sangre y fuego

Sábado, 28 de febrero
DIEZ MIL PESETAS

Dos horas con Amancio Prada y con algunos buenos amigos, Rosalía y Bécquer, Machado y Lorca, en el Niemeyer. Prada canta y cuenta y las dos cosas las hace igual de bien. Tenemos muchas primeras lecturas en común (¡aquellos tomitos de la colección Austral!) y las principales se quedaron con nosotros para siempre: “En el corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día. / Ya no siento el corazón”.

Hoy cuenta una anécdota, que seguramente ha contado muchas veces, pero que yo no le había oído antes, y que me ha hecho sonreír. A los veinte años, le premiaron en un concurso de cantautores que se celebraba en un pueblo de Valladolid; a los veinte años premiaron mi primer libro en Burgos. Con las diez mil pesetas que le dieron, compró Prada una guitarra; con las diez mil pesetas que obtuve yo, compré una máquina de escribir.

De alguna manera, más de medio siglo después, él sigue tañendo las cuerdas de aquella guitarra y yo golpeando las teclas de aquella máquina de escribir. Uno con más éxito que otro, por supuesto, pero los dos, o eso creo, con la satisfacción de haber cumplido el encargo que en la adolescencia nos hicimos a nosotros mismos, o nos lo hizo alguien que no existe y que nos conocía bien.

Domingo, 1 de marzo
APOCALIPSIS NOW

Antes de dormirme, y contra mi costumbre, miro los titulares de las noticias en el móvil. No, no dicen “¡Ha comenzado la Tercera Guerra Mundial!”. Tampoco lo decían el 1 de septiembre de 1939.

Estados Unidos e Israel matan alevosamente, sin arriesgarse, un puñado de líderes y unos cientos de civiles (las niñas de una escuela entre ellos), y los países que forman el núcleo de la civilizada Europa, Francia, Alemania y Reino Unido, se declaran dispuestos a intervenir, pero no para defender a los agredidos, sino para ayudar a los agresores. Como si cuando Hitler invadió Polonia, Francia e Inglaterra hubieran declarado la guerra a Polonia.

Lunes, 2 de marzo
QUÉ TE VOY A DECIR

---Entretenido con tus querellas personales con el príncipe de la ejemplaridad, ese tal Javier Gomá, que en tiempos de tu paisano Clarín no se habría limitado a insultarte en las redes sociales, sino que te habría mandado sus padrinos, no has dicho nada de esos papeles secretos del 23-F que al parecer han blanqueado la figura del rey presunto.

            ---Pues la verdad es que poco tengo que decir. Me han divertido los temores de Feijoo y su entorno, que al parecer temían que apareciera un escrito que dijera: “Yo, Juan Carlos de Borbón, de profesión rey de España, con Documento Nacional de Identidad número tal y tal, autorizo a don Alfonso Armada, de profesión militar, con DNI número tal y tal, a que dé un golpe de Estado en mi nombre”. Como no ha aparecido, exigen que el huido de Abu Davi regrese triunfalmente a España y se instale en el palacio real. Eso me ha divertido, el esperpento continúa. Pero me ha dado un poco de pena que una conversación privada, la de la mujer de Tejero con su marido, haya servido de pitorreo en todos los periódicos, no solo en los memes de las redes sociales. Del Presunto Emérito, ¿qué te voy a decir? Su relación con el golpe hace tiempo que está clara, no hacen falta más papeles: lo inspiró, lo alentó, cuando se produjo esperó hasta convencerse de que no tenía ninguna posibilidad de triunfar y entonces, solo entonces, se puso en contra. Con razón, los que le tenían por jefe, los golpistas, se sintieron traicionados y de ahí que aparezcan esas declaraciones en contra del Borbón, pero están hechas meses después, no antes. Juan Carlos de Borbón, presunto defensor de la Constitución, la incumplió al arremeter contra Suárez delante de todo el mundo, incluidos los militares. Pero, en fin, de ese presunto señor, ¿qué te voy a decir que no se haya dicho ya? Quizás algo que se ha dicho menos de lo que debiera: que de todos sus presuntos, o no tan presuntos,  delitos son colaboradores necesarios los sucesivos presidentes de gobierno o los ministros del rey, que son los responsables de los actos del jefe del Estado, según la Constitución. Pedro Sánchez se salva porque le nombró otro jefe del Estado, Felipe VI, este sí ejemplar.

            ---Eres un adulador, Martín, como aquellos que decían que no eran monárquicos, pero era juancarlistas.

            ---Es posible, pero si se descubriera que es como su padre, cosa bastante improbable, no te preocupes que yo no sería el último en tirarle la primera piedra. 

Miércoles, 4 de marzo
UNA ESPAÑA LIBRE

Me acaba de llegar una información reservada, que yo hasta hace bien poco consideraría completamente inverosímil, pero ya no estaría tan seguro. Solo en los dos meses que llevamos del nuevo año, los límites de lo verosímil se han aumentado considerablemente.

            Al parecer, la irritación de Donald Trump porque un líder insignificante, Pedro Sánchez, y un pequeño país que ni siquiera sabe muy bien hacia dónde queda, ¿al norte o al sur de Venezuela?, se haya atrevido a plantarle cara mientras la poderosa Alemania se arrodilla ante él y toca la frente con el suelo, al parecer, digo, esa irritación no se ha limitado a las amenazas de un boicot a las empresas españolas, sino que también piensa en una acción relámpago a lo Maduro, su mayor éxito mundial: un comando aterriza en la Moncloa y se lleva al presidente y a su odiada esposa y procesa a ambos en Estados Unidos por delitos de narcotráfico, trata de menores y lo que se tercie. En su lugar coloca, no a la vicepresidenta primera, todavía más corrupta y antinorteamericana que el presidente, sino a Felipe González. Pero la operación no acabaría ahí: simultáneamente, otro comando se lleva al rey y en su lugar coloca al héroe del 23F, que lleva años arrepentido de la abdicación. Todo en pocas horas y sin más daños colaterales que la muerte de doscientas o trescientas personas, entre policías nacionales, guardia real y empleados de Moncloa y Zarzuela y algún grupo de escolares que pasaba por allí.

            No me parece a mí que esos planes, de haberlos pensado alguna vez Trump o habérselos sugerido alguno de sus amigos españoles (“¡Sánchez es el más siniestro dictador que haya tenido nunca ningún país! ¡Hasta Stalin o Castro, comparados con él, eran unos benditos!”), se lleven nunca a cabo, pero de ser así, de lo que estoy absolutamente seguro en que buena parte de la derecha española, la más patriótica, la más rojigualda, los aplaudiría entusiasmada. Feijoo no, Feijoo disimularía y declararía en X que el buen fin no justifica cualquier medio, que habría que haber respetado más el derecho internacional y que espera que pronto, como él lleva pidiendo desde hace años, se celebren elecciones libres en una España que, por fin, gracias a la ayuda de Trump, comienza a respirar tranquila. 

Jueves, 5 de marzo
NO ESCARMIENTO

Llevo comentado un libro cada semana exactamente desde 1988, primero en un suplemento literario y luego en otro. A cincuenta libros por año, suman bastantes. Y no son los únicos libros que he comentado. No escribo precisamente para hacer amigos. Ni a autores ni a editores suelen gustarle mis reseñas, que muchas veces son las primeras y a veces las únicas que parecen haber leído la obra de la que tratan.

            “¿Y por qué no hablas solo del libro que te gusta?”, me aconsejan con frecuencia amigos bienintencionados. Te iría mejor. Con los malos libros, no merece la pena perder el tiempo”.

            Pero yo no escarmiento. Compré ayer la última publicación de Andrés Amorós, a quien conozco y admiro (o admiré, recuerdo que Martínez Cachero nos lo presentó como una joven promesa de la filología española), la hojeé en Los Porches y enseguida me di cuenta de que, si el título es un sugestivo verso de Antonio Machado, Se canta lo que se pierde, el subtítulo, “Los cincuenta mejores poemas españoles”, es una engañifa: no son cincuenta, sino bastantes más (cincuenta son los capítulos, a los que se añade un colofón), no todos son poemas (se incluye un nimio fragmento de La venganza de don Mendo), no son los mejores (si siquiera Amorós puede considerar que la “Oda a Platko” de Alberti es su mejor poema), no todos son españoles, aunque todos estén escritos en español, y varios de ellos ni siquiera se reproducen completos: ni las “Coplas a la muerte de su padre” ni el poema de Pemán (sí, está Pemán en una antología en la que faltan Jorge Guillén o Blas de Otero), por citar dos ejemplos. ¿Por razones de espacio? Bueno, las páginas son 565 páginas y además tampoco se incluye completo “El viaje definitivo”, de Juan Ramón Jiménez, que solo tiene, si no recuerdo mal, quince versos.

            ¿Cómo no voy a comentar un libro así, que además es muy ameno y está bien promocionado, para que los lectores sepan a qué atenerse?