domingo, 27 de junio de 2010

Línea roja: Al final de la escalera

Domingo, 20 de junio
STAIRWAY

Me gusta la literatura que se enreda con la vida, la vida que se enreda con la literatura. Últimamente he pensado mucho, no sé por qué, en un cuadro de Hopper, Escalera, un cuadro pequeño y misterioso –eso dice Mark Strand— que yo vi por primera vez en febrero del 2002 en un museo neoyorquino. Me alojaba en el hotel Roger Smith y muy cerca, en el Waldorf Astoria se alojaban no sé cuántos políticos importantes que asistían a no sé que reunión que entonces se celebraba en Nueva York, la primera después del atentado contra las Torres Gemelas. Todo el entorno del hotel estaba cortado al tráfico, las calles ocupadas por el ejército, con camiones, tiendas de campaña, sacos de tierra: un escenario que algo tenía de pesadilla. El cuadro de Hopper me pareció una invitación, una puerta abierta a otro mundo menos amenazador, a un claro del bosque que aguardaba fuera, entre la espesura.
En estos días malos me viene una y otra vez a la cabeza y yo cruzo esa puerta, al final de la escalera, y me adentro entre la espesa arboleda y busco el castaño milenario en cuyo tronco me refugiaba cuando niño.
De pronto abro el último Cuadernos Hispanoamericanos y me encuentro con que la colaboración inicial, de Enrique Vila-Matas, se titula “The Roger Smith Hotel” y en ella, mientras en la radio del cuarto suena My Little Basquiat, de Cowboy Junkies, “que es una de esas bandas que hacen daño porque escarban en el fondo de tu alma para acabar de hundirte en el crepúsculo”, contempla el cuadro que tiene frente a la cama, una reproducción de Starway, de Edward Hopper.
A él esa imagen, de acuerdo con la interpretación de Mark Strand (“la puerta abierta no es un cándido pasaje entre el interior y el exterior, sino una invitación paradójicamente preparada para que nos quedemos donde estamos”), le impide salir de la habitación; a mí me señala el camino, al final de la escalera, hasta el árbol mágico y maternal que me protegía del mundo cuando niño.



Lunes, 21 de junio
PEDAGOGÍAS

Hay que enseñar al que sabe para que sepa más. Pero con el que no sabe no hay que perder el tiempo, porque no aprenderá nunca nada.

No discutas jamás de algo que sepas bien con quien sepa menos que tú. Te vencerá siempre. La prudencia de la sabiduría nada puede contra la testarudez de la ignorancia.

Más allá de los dos años, nadie aprende nada que valga la pena.

Aprende a fingir que eres feliz y acabarás siéndolo.

Mejor que estar vivo, fingir que se está vivo.

No te conformes con nada, salvo si no tienes más remedio que conformarte.


Martes, 22 de junio
MANO NEGRA

“Un libro publicado por la Fundación Alberti fue manipulado, según el autor”, dice el titular del periódico. Se trata de Los espacios habitados de Rafael Alberti, en su origen tesis doctoral del arquitecto Joan Carles Fogo. Del libro han desaparecido, sin su autorización, los nombres de Luis García Montero, Teresa Sánchez Alberti, Benjamín Prado, José Monleón, Almudena Grandes, etc. De las citas de García Montero se eliminan también las comillas, convirtiendo así al autor en plagiario sin saberlo.
Son los mismos nombres que desaparecieron de la última edición de La arboleda perdida publicada en vida del poeta. Gimferrer defiende esas supresiones: “No es el único caso, también Neruda eliminó en algún poema el nombre de Nicolás Guillén. Todo en las memorias de Alberti es obra suya, no consta que nada fuera dictado. La edición de Robert Marrast disipa las leyendas urbanas –cuando no leyendas negras— que a partir de cierto momento han envuelto la aparición y difusión de la obra”.
Pero Mario Muchnik, editor de La arboleda perdida en vida de Alberti (vida ya entonces meramente vegetativa), advirtió que en las últimas pruebas aparecían manuscritas recomendaciones, tachones y otras correcciones con una letra que no era la del poeta. Y ahora esa misma mano negra sigue con sus aficiones censorias. Será divertido ver lo que se le ocurre a Gimferrer para defenderla. Quizá que es el propio Alberti quien sale de su tumba para eliminar el nombre de cualquier familiar y amigo que no le sea grato a quien se ha convertido en legítima propietaria, no solo de su obra, sino también de su memoria.
María Asunción Mateo, según el periódico, respondió a las acusaciones con estas palabras: “Quien tenga algo que decir de mí que me denuncie. No tengo que aguantar lo que se le ocurra a cualquier cretino. El libro original era un desastre de mil páginas, y su autor es ruin y mentiroso”.



Miércoles, 23 de junio
LETRA Y MÚSICA

En no sé qué emisora de radio, a altas horas de la noche, cantan flamenco. Apago la radio, olvido la música, pero la letra no se me va de la cabeza.

Por otro la vi llorar / y yo que tanto la quiero / la tuve que consolar.

Ninguno hable mal del día / hasta que la noche llegue. / Yo he visto mañanas tristes / con las tardes muy alegres.

Qué pájaro será aquel / que canta en la verde oliva. / Anda y dile que se calle, / que su canto me lastima.

Yo soy como el árbol solo / que estaba al pie del camino / dándole sombra a los lobos.

Es tu querer como el viento / y el mío como la piedra / que no tiene movimiento.

Escucho cómo me llamas / allá a lo lejos, perdida, / y estás conmigo en la cama.

No me digas que te diga / lo que yo siento por ti, / porque hay cosas que se sienten / y no se pueden decir.

Si tú quieres que me muera, / yo me moriré por ti. / Pero si quieres que no te quiera, / has de matarme tú a mí.


Jueves, 24 de junio
LA FUNDACIÓN SIGUE

Comenta Benjamín Prado los treinta años que ha tardado en publicarse el último libro de Blas de Otero: “El libro estaba en las mejores manos, las de su auténtica viuda, Sabina de la Cruz, pero otras personas se las habían atado y se ha tardado once años en deshacer el nudo. ¿Cómo es posible que los herederos legales de un creador tengan el poder de prohibir que su producción se difunda?”.
Yo curándome en salud ya he declarado muchas veces que toda mi obra está libre de derechos, es de dominio público. Podrá no interesar (como ocurre con la de la mayoría de los escritores, todo hay que decirlo), pero siempre estará a disposición de los lectores interesados, nunca a merced de la legalizada arbitrariedad.


“Estuve ayer cenando con Susana Rivera –me escribe un amigo, respondiendo sin saberlo a mis preocupaciones de estos días—, que quiere seguir adelante con la Fundación Ángel González. Tiene la idea de hacerlo contando con gente de ahí, de Asturias, abriéndola en el futuro a que vuelvan quienes marcharon. Quiere poner en marcha algo que sirva para mantener presente el nombre del poeta y organizar actividades que lleven allá a gente de fuera, no solo a los habituales, abrirse a otras lenguas y a otras culturas. Tiene las ideas bastante claras y le gustaría contar contigo, pero no sabe si estarás por la labor, ya que vio lo que escribiste en el diario y lo que piensas de las viudas. Pero ten en cuenta que no todas son iguales”.


Viernes, 25 de junio
VIEJOS AMIGOS

Comienzo a leer el último libro (por el momento) de Luis Antonio de Villena, Nuevas semblanzas y generaciones, y me dejo llevar por la gracia oral de su estilo. Tenemos en común bastantes devociones, y yo le admiré mucho allá por los años setenta y primeros ochenta. ¿Por qué luego (no es la primera vez que me ocurre) los elogios con algún pequeño alfilerazo se cambiaron por estocadas con alguna pequeña alabanza? Creo que hubo varias razones. El cuidadoso estilista de los comienzos se fue convirtiendo en un grafómano cada vez más chapucero (aunque nunca le han faltado momentos brillantes) y cada vez más propenso al razonamiento algodonoso y fofo que caracteriza a ciertos poetas. Un ejemplo. En la semblanza de José María Álvarez escribe: “La igualazón democrática se ha hecho por abajo –muy por abajo— y siempre en detrimento de la excelencia. Por eso las humanidades caen y el público es cada día más ignorante. Se nos ha dicho: Todos tenéis derecho a lo peor. Y así se nos nivela. Pero ¿qué hacer cuándo lógicamente se esperaba lo mejor, lo más alto? José María fue uno de los primeros en percibir esa jugada torpe y no ha cesado de lamentarla”.
Hombre, la igualdad democrática puede garantizar a todos los españoles la educación gratuita hasta los dieciséis años, pero no impide a nadie llegar al grado de excelencia de que sea capaz. Lo que no puede hacer es igualarnos a todos como doctores en Harvard o lectores en el original griego de la Antología palatina.
Hay otra razón que me separa de Luis Antonio de Villena: su secreta homofobia, camuflada de todo lo contrario. No hay escritor que, si es homosexual, no salga ridiculizado y empequeñecido de una semblanza suya. El caso más patético es el de Aleixandre, al que hunde un poco más cada vez que habla de él, rescatando supuestas confidencias que dan vergüenza ajena: “¿No te lo tragas?, me dijo Federico. ¿No?, pues no sabes lo que te pierdes, porque sabe a rosas…”
En estos casos siempre cito la misma frase: “Como todos los enemigos mortales, comenzamos siendo los mejores amigos”. Pero no, ni somos enemigos mortales ni fuimos nunca los mejores amigos. A Villena le recuerdo como un divertido interlocutor que podía ganarse la vida con sus imitaciones de escritores famosos. Lástima que le haya dado por escribir las anécdotas que antes se limitada a narrar y mimar con gracia.


Sábado, 26 de junio
NO VAYA A SER

Si te sientes completa y absolutamente feliz, y no tienes ninguna pena, ningún dolor, ningún deseo, ninguna necesidad, asústate un poquito: no vaya a ser que estés muerto y no lo sepas.

domingo, 20 de junio de 2010

Línea roja: Flor y dinosaurio

Sábado, 12 de junio
LA VIDA ESCRITA

De la gente que nos gusta nos gusta saberlo todo. Leo Novela familiar, de Blas Matamoro, y quedo fascinado por esa inagotable sucesión de padres irregulares, excluidos, inventados, dimitentes; de madres adorables, siniestras, conflictivas… Docenas y docenas de biografías en miniatura, escritas bajo la sombra de Freud traducido al lunfardo. ¿Samuel Johnson? “Era feo, de aspecto grotesco, malhumorado y a veces violento. Le gustaban las lenguas clásicas, las juergas, las amistades ilustres. Tras la muerte de su padre, loco, se volvió depresivo y melancólico. Su mujer, con la que se unió casi en secreto, era asexuada, etílica y drogadicta”.
Como el hipocondríaco que lee un vademécum médico yo me voy identificando con cada uno de estos famosos desdichados. Con Samuel Johnson soy feo, grotesco, malhumorado y violento. Pero la miniatura continúa: “Los libros fueron la razón y el equilibrio en ese mundo dislocado donde aprendió nitidez clásica latina y escribió su diccionario. Ayudado por pensiones oficiales y amigos, se hizo director de tertulias donde mostró su afabilidad mechada de raptos frenéticos. Halló cierta tranquilidad adoptando a un negro jamaicano y viajando en compañía de James Boswell, que era lo contrario que él: joven, guapo, ambicioso, mujeriego, de origen noble”.
Anota André Gide en su diario: “El escritor debe contar su vida no tal como la ha vivido, sino vivirla tal como la contará. Dicho de otra manera: que su retrato, que será su vida, se identifique con el retrato ideal que desea”.
Invento mi verdad. Lo mejor de mi vida ha sido, antes que realidad, fantasiosa ensoñación. Todo lo que vivo lo he escrito antes. Pero escribo en colaboración. Y a mi colaborador favorito, el azar, le gusta añadir algunos manchones negros: cárcel, extravíos, muertes. No debo quejarme: lo hace solo para dar mayor interés al conjunto.


Domingo, 13 de junio
CANTOS RODADOS

A Juan Gil-Albert, con quien llegué a mantener correspondencia, le admiré mucho. Abro el tomo de sus aforismos, Cantos rodados, y picoteo acá y allá. El título me parece un acierto: el aforismo es como una piedra que ha sido pulida por el río de la tradición. Los buenos aforismos no son de nadie, quien figura como autor se ha limitado a dar la última mano a una intuición que lleva siglos rodando de una mente a otra.
Con frecuencia, para distraerme, hago ilegibles anotaciones en cualquier papel. Son ocurrencias momentáneas que suelen acabar en la papelera. Las que tienen algún interés me da la impresión de que las he leído no recuerdo dónde. La mayor parte de las frases que doy como mías son más o menos ajenas; en cambio, las que atribuyo a otros suelen ser mías. En el fondo todas, si valen la pena, son anónimas.
En este raro domingo sin cine, dejo a un lado los Cantos rodados de Gil-Albert y me entretengo haciendo rodar mis propias canicas:

No hay equipaje más pesado que una cartera vacía.

La poesía del viaje ha sido inventada por los sedentarios.

Soy de esas personas que para estar solas tienen necesidad de mucha gente.

Nadie hace tanto daño como algunas buenas personas.

Tener razón en lo que dices no te autoriza a decírmelo.

Cuando no tiene nada que decir, no hay quien le haga callar.

Hay que hablar con los seres humanos como el niño habla con el muñeco: sabe que no le entiende, pero finge ignorarlo.

El hombre nace flor y muere dinosaurio.



Lunes, 14 de junio
LOS NEGOCIOS DE LA REINA

Leo la historia de un aventurero norteamericano, Georges Francis Train, el hombre que dio la vuelta al mundo en 80 días dos años antes de que Julio Verne escribiera la novela famosa, y de pronto su historia se cruza curiosamente con la historia de España: “Desde hacía algunos años, Train tenía en mente la idea de construir una línea férrea en Norteamérica que conectase los estados del Este con los del Medio Oeste. En su opinión, la solución al problema se hallaba en convencer a la reina María Cristina de España para que financiase el proyecto. De la reina podía decirse que había vivido una turbulenta carrera, al haber perdido y recuperado el trono en varias ocasiones. Sin embargo, en el trono, o lejos de él, su riqueza era inmensa. Con motivo de la cesión española de Florida a Estados Unidos, Cristina, muy consciente de la inseguridad de su trono, había ingresado astutamente grandes sumas de dinero en el Banco de Estados Unidos, por si se presentaban tiempos difíciles”.
Hay algún error en esa nota. La reina regente María Cristina no perdió varias veces el trono de España, pero sí fue la mayor especuladora de su tiempo. La casaron con el repulsivo Fernando VII y ella convirtió ese matrimonio en el mejor negocio. Le dio dos hijas al rey, que tuvo la amabilidad de morir pronto, e hizo todo lo posible para asegurarle el trono a una de esas niñas, por lo menos el tiempo necesario para llenarse los bolsillos. Poco después o poco antes de que muriera su marido, se enamoró de un guapo escolta, el sargento Agustín Fernando Muñoz. Durante el tiempo que duró la Regencia, desde 1833 hasta 1840, en que Espartero la envió al exilio, además de iniciar varios lucrativos negocios se permitió el lujo de tener cinco hijos mientras aparecía oficialmente como viuda inconsolable. Qué fascinante novela la de esa mujer enamorada y sin escrúpulos que fue la regente María Cristina.


Miércoles, 16 de junio
NON OLET

“La UNESCO aplaza el premio Obiang por la presión internacional”, leo en el titular de un periódico. Al parecer, el dictador Teodoro Obiang Nguema decidió donar tres millones de dólares para crear un premio científico anual, la única condición que ponía era que llevara su nombre. Pero Amnistía Internacional y otras organizaciones denunciaron que el premio serviría “para mejorar la mala reputación de un déspota cruel y corrupto que ha acumulado su inmensa fortuna a base de apropiarse para su solo beneficio del petróleo que abunda en su país”.
Pero el dinero no huele, como ya sabían los romanos. Claros del bosque, de María Zambrano, lleva al frente la siguiente nota: “Quiero manifestar una vez más mi gratitud a la Fundación Fina Gómez –Caracas, París, Ginebra— por su constante colaboración en la posibilidad de este mi escribir”.
“Hace años –cuenta Iñaki Uriarte—, cuando leí esa nota, el corazón me dio un vuelco. Yo conocía a Fina Gómez, la mecenas de María Zambrano. Fina Gómez no podía ser otra que doña Josefina Gómez, aquella misteriosa señora mayor venezolana que vivía justo enfrente de mi casa, en la Avenida Infante don Juan, de San Sebastián, cuando yo era niño. Doña Josefina era muy rica y vivía sola en un enorme caserón de Ondarreta del que no salía sino para ir a misa. Cuando no lo hacía, se pasaba las horas en un balcón, siempre vestida de negro, acompañada a veces por un cura muy elegante, rezando el rosario, seguramente pidiendo perdón a Dios por los crímenes de su diabólico padre. Porque doña Josefina Gómez era la hija única reconocida, entre cientos de bastardas, y la única heredera, de Juan Vicente Gómez, el más cruel de los dictadores sudamericanos. La tenebrosa fortuna reunida por aquel tirano había hecho posible un libro tan precioso y puro como Claros del bosque”. Y los sucios dólares de Obiang acabarán premiando a quienes salvan vidas. Pecunia non olet.



Jueves, 17 de junio
BIBLIOTECAS

Hay libros que compramos solo por el título, como este, Bibliotecas llenas de fantasmas, de Jacques Bonnet, que luego vale bien poco.
Qué absurdo guardar todos los libros que uno lee, la mayoría de los cuales no releerá nunca. Es como coleccionar los periódicos de cada día.
Yo estoy orgulloso de mi biblioteca, pero los libros que guardo en casa son solo una pequeña parte. Mi biblioteca abarca el universo. Vaya donde vaya –claro que yo viajo de ciudad en ciudad, no frecuento selvas, glaciares ni desiertos— me encuentro con ella, sea en forma de Biblioteca Pública, como la maravillosa de la calle 42, en Nueva York, con libros accesibles para todo el mundo en todas las lenguas del mundo, o en un puesto callejero en cualquier mercadillo, sin desdeñar las espléndidas, ubicuas, fascinantes librerías, con la mesa de novedades siempre propicia al venturoso hallazgo.
Nací en una casa sin libros, necesité llenar de libros las paredes de mi casa para sentirme arropado, pero ahora podría regalarlos todos. Cada día me llegan a las manos, casi al azar, sin esfuerzo alguno, los libros que necesito cada día para ser feliz.


Viernes, 18 de junio
TRES MATASELLOS

Ayer fue mi cumpleaños, pero no tuve tiempo para celebrarlo, ocupado en urgentes menesteres. Hoy me llegan los regalos: cine, música, libros, dulces, cordial compañía. Me hacen especial ilusión Relatos de Siros, de Emmanuil Roidis, que me trae el recuerdo de los mágicos días en la capital de las Cícladas, a donde me llevó la gentileza de María Durán. Colecciono amaneceres, lo he repetido muchas veces, y pocos tan hermosos como el despertar de la bahía de Hermúpolis, con las aguas plácidas acariciadas por un madrugador y sigiloso barco de pesca.


Annete me regala una caligrafía veneciana de Daniel Bayón. Reconozco de inmediato el comienzo de Venecias, de Paul Morand: “Toda existencia es una carta expedida anónimamente. La mía lleva tres matasellos: París, Londres, Venecia. El destino me instaló allí, sin yo saberlo, pero desde luego no a la ligera”.
Mi existencia lleva también tres matasellos: Aldeanueva del Camino, Avilés, Oviedo. Ese ha sido, ese me parece que seguirá siendo, el centro de mi mundo. El resto no son más que alrededores por los que me gusta pasear, tomar un café, comprar un libro.


Sábado, 19 de junio
TRAS LA TORMENTA

Días negros estos días últimos, cuando las lluvias parecían que iban a arrasar definitivamente el paraíso. Pero hoy luce el sol. Y vuelvo a ser –aunque sea por poco tiempo— el rey del mundo.

domingo, 13 de junio de 2010

Línea roja: Ley de vida

Sábado, 5 de junio
VANIDAD

De joven no era vanidoso; era algo peor: orgulloso. En ese aspecto al menos creo que he mejorado bastante.
La vanidad no parece ser una de las cualidades más apreciadas. Todo el mundo reniega de ella. Yo no. No tengo inconveniente en aceptar el reproche de algunos amigos: cada día soy más infantilmente vanidoso.
A fin de cuentas, ¿qué quiere decir que soy vanidoso? Pues que me gusta gustar a los demás y que su opinión me importa.
Pero no soy enteramente tonto. Sé que el resto del mundo tiene cosas más importantes que hacer que ocuparse de mí. Por eso llevo bastante bien el que, por lo general, no se me haga ningún caso. Yo mismo, si no fuera yo, maldito el caso que me haría.
Soy vanidoso y soy calculador. Durante un tiempo anoté todos los elogios que recibía, por escrito o de viva voz, sinceros o meramente corteses (los vanidosos procuramos no entrar en demasiados distingos), y la media no era baja, exactamente 4,76 a la semana. Queda lejos, sin embargo, de mi necesidad de halago: por lo menos tres al día.
Pero como soy de buen conformar, estoy contento con los admiradores que tengo. No necesito más. Lo malo es que duran poco: a los tres meses y diez días suelen empezar a pensar que me repito y que siempre estoy hablando de lo mismo. De momento, el problema no es grave porque van surgiendo otros.
Llegará un momento en que no serán sustituidos, ya lo sé. Creo que podré soportarlo. En realidad soy tan vanidoso que agradezco cualquier elogio, pero no lo necesito. La única admiración que no soportaría perder es la mía.


Domingo, 6 de junio
SEÑALES

“Vamos por la vida como un tren que avanza velozmente en la oscuridad hacia un destino desconocido”. “Es un símil bastante bueno, pero ha olvidado usted las señales: verde cuando hay vía libre y roja para indicar peligro”.
Hojeo al azar una manoseada novela policíaca en un puesto del Fontán y veo que habla de mí, como todas las novelas. Se ha encendido una señal roja. Un tren se acerca a la estación final y no hay manera de escapar del peligro.



Lunes, 7 de junio
ANTESALA

Era de esas personas que necesitan siempre alguien que las necesite.

Envejecer es eso: comprobar que cada vez eres menos necesario.

También tiene su gracia, su maldita gracia, esto de quedarse solo.

A quien siempre ha estado solo, quedarse solo se le hace más llevadero.

Nunca me he emborrachado, salvo de melancolía.

“No es lo que hay después de la muerte lo que me preocupa –decía Ángel González—, sino lo que hay antes”.


Martes, 8 de junio
RITOS

Se habla de Ana María Matute como posible premio Príncipe de Asturias y yo recuerdo la vez que coincidí con ella como jurado de estos mismos premios. Fue hace más de diez años, me parece que el año en que se lo concedieron a Günter Grass. Durante las deliberaciones, no dijo nada. Le costaba moverse. Antes de la comida, en lugar de ir a dar una vuelta por Oviedo, se sentó en el hall del hotel y allí se quedó a esperar el tiempo que faltaba. Jon Juaristi y yo la vimos solitaria y decidimos hacerle compañía. Fue una buena decisión. Comenzó a hablar y nos convirtió en niños asombrados desde las primeras palabras. Todo lo que decía lo convertía en cuento, en un mágico y trágico cuento de hadas. Entre otras cosas, nos contó la historia de un amigo de su primer marido, el ogro malo de los cuentos, que solo se arrepentía de un asesinato que no había cometido. No sé si esa historia la habrá contado por escrito alguna vez. Ya no recuerdo los detalles, solo el admirado y aterrorizado silencio con que la escuchamos Juaristi y yo.


Me gustan los ritos, y el reencuentro con los miembros del jurado de los premios Príncipe es uno de ellos. Yo juego a ser poco diplomático, al buen salvaje que dice lo que piensa, y nada me divierte más que ver la habilidad de algunos para nadar y guardar la ropa. A mi lado se sienta Fernando Sánchez Dragó, que no se cuenta precisamente entre mis mayores admiraciones y del que he dicho cosas poco agradables. Pero no es un hombre rencoroso y después de dudar un momento decide saludarme y charlar como si no hubiera pasado nada. Andrés Amorós, respondiendo a no sé quién, afirma que el escritor español vivo que más admira es Miguel de Cervantes, y yo me burlo un poco de esa diplomática manera, muy en su estilo, de salirse por la tangente. Sánchez Dragó interviene entonces: “Pues el escritor vivo que más admiro yo, incluso me atrevería a afirmar que el mejor escritor español de hoy, es Andrés Trapiello. No sé si tú estarás de acuerdo, pero yo creo que no hay obra que supere al Salón de los pasos perdidos”. “Si hablas en número de páginas, estoy completamente de acuerdo”, le respondo. “Ya sé que tú le has puesto no sé qué reparos a Las armas y las letras, que si cita o no fuentes, que si no pone notas a pie de página. Pero es que Trapiello es un escritor, un gran escritor, no un historiador. Hay que leer su libro sobre la guerra civil como se lee una buena novela, como se lee Guerra y Paz. Si fuera candidato a este premio, yo no tendría ninguna duda de a quién votar”.
Yo tampoco.



Miércoles, 9 de junio
SABER CONTAR

Estábamos conversando durante la comida, cada uno de sus cosas con el compañero de al lado. Yo le elogiaba a Rosa Navarro Durán su libro La verdad sobre el caso del Lazarillo de Tormes, nueva aportación a un tema del que nunca se cansa y con el que nunca cansa. De pronto, en una esquina de la mesa, se escucha lo siguiente: “Una vez, en Argelia, tuve que elegir entre ser violada por un árabe o por un grupo de árabes; solo tuve unos instantes para tomar la decisión”.
Inmediatamente se hace el silencio y todas las caras se vuelven hacia Milagros del Corral, que se marchó de la Biblioteca Nacional dando un portazo. No sé si esa decisión fue muy elegante, pero sí que lo fue un poquito más que la de quien la había colocado allí, César Antonio Molina. El otro día contaba en una entrevista que Zapatero le había llamado para explicarle las razones por las que le cesaba y que a él no le convencieron. “¡Cómo se me puede hacer esto a mí, que soy uno de los más importantes intelectuales europeos de todos los tiempos!”, clamaba en el despacho y luego en el periódico gallego. “A mí, una personalidad a la que solo en Azaña se puede encontrar equivalente”.
Milagros del Corral, antes de que la nombraran directora de la Biblioteca Nacional, fue durante muchos años enviada especial de la UNESCO en los más raros países. Ha escrito una novela, y piensa escribir otras. Tiene mucho que contar. Y a juzgar cómo sabe atraer la atención con solo una frase, no cabe duda de que sabe contar.
----Se había retrasado el vuelo, un error en las fechas hizo que nadie me estuviera esperando, los pocos taxis desaparecieron en un momento, las luces del aeropuerto comenzaron a apagarse, yo estaba sola, con mi maleta al lado, sin saber qué hacer. Encendí un cigarrillo y en ese mismo momento un sigiloso automóvil se detuvo frente a mí…



Jueves, 10 de junio
AUNQUE ES DE NOCHE

La falta de ambiciones, algo de sabio egoísmo y bastante suerte me han ido convirtiendo en un hombre contento con su destino, razonablemente feliz: me gusta tanto mi trabajo que tengo que hacer un esfuerzo para considerarlo trabajo; no hay día que no me sobre tiempo para perder el tiempo; nunca ha faltado el amor en mi vida. Y sin embargo…
Esta noche, en mi casa de Avilés, mientras cuido a quien siempre ha cuidado de mí, me vienen una y otra vez a la cabeza los versos más tristes: “Dichoso el árbol apenas sensitivo / y más la piedra dura porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo / ni mayor pesadumbre que la vida consciente…”
Sí, hay momentos en la vida en que el hombre más feliz envidia al árbol y a la piedra… Pero reconforta, y ayuda a mantenerse entero, esforzarse en ser de alguna ayuda a quien no ha tenido otro empeño en su vida que ayudar a los demás.


Viernes, 11 de junio
EL AZUL DEL CIELO

Pensaba celebrar mi cumpleaños en Ginebra, donde me iba a reunir con algunos amigos. No podrá ser. Todavía, en estos pocos días que me quedan para los sesenta años, tengo que aprender algunas cosas importantes, que todo el mundo sabe desde hace tiempo. Yo no las sabía, yo sigo siendo, en muchas cosas, un adolescente irresponsable que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, que nunca ha querido responsabilidades de ningún tipo.
En Ginebra habría vuelto a visitar la tumba de Leo Ferrero, muy cerca de la de Borges, protegida por la de su padre, el historiador Guglielmo Ferrero y la de su madre, Gina Lombroso. Murió en Santa Fe, Nuevo México, a los treinta años, en accidente de automóvil. Preparaba un largo viaje a Oriente. Emprendió un viaje más largo del que se imaginaba.
Gina Lombroso reunió los escritos íntimos de su hijo en un libro que tituló Désespoirs: “Estoy cerca de ti, Leo: tus cartas y tus manuscritos están sobre mi mesa; y a mi lado, sobre un banco, está tu pipa, las canciones que recogiste en México, las fotos de los paisajes que viste; están tus poemas, tus cuadernos llenos hasta la última página y una gran Agenda, enteramente vacía, que tú adquiriste la víspera de tu partida…”
Leo las anotaciones, los versos, las desesperaciones de este joven genial y desdichado, al que encontré por primera vez protegido para siempre por sus padres, que le sobrevivieron. Su plegaria de los días de dolor termina con estos versos: “Nunca creas, aunque me veas sonreír / que me he olvidado de ti. / El azul del cielo se refleja en la arena húmeda / cuando la ola se retira”.

domingo, 6 de junio de 2010

Línea roja: El coleccionista

Sábado, 29 de mayo
BALADAS PERDIDAS

Llega como cada año, y como primer regalo de cumpleaños, la feria del libro viejo al parque de Las Meanas. Es poca cosa, cada vez menos, pero para mí esta feria avilesina tiene el encanto de esos juguetes pobres y desvencijados que nos hicieron felices cuando niños. Y ella me quiere bien y suele reservarme alguna sorpresa. Hoy son las Canciones del suburbio, de Pío Baroja, con prólogo de Azorín. Y entre sus páginas, como propina, un quebradizo recorte de periódico que habla de cómo “en las marineras galerías de Coruña remansa el ala de una luz boreal y, entonces se ofrece a los ojos deslumbrados del viajero una luz que es, al tiempo, agua, fuego, cristal y aire”. El admirador de Baroja lo era también de Cunqueiro.


Mucho antes de leer estos versos leí la feroz reseña que le dedicó Pedro Salinas. El comedido profesor perdió los nervios: aquello no solo era un mal libro, era un despropósito, un insulto a la poesía. No había tenido nunca en las manos la primera edición, que aparece imprevistamente entre mustias novelerías.
Azorín encuentra en estos versos un anhelo que no podemos definir, “anhelo que es, a la par, acíbar y dulzura, esperanza y decepción, leticia y melancolía”. Más certeras me parecen las amables palabras del amigo que los improperios del comedido poeta y profesor. Suena una música de organillo y vuelve el Madrid de fin de siglo, se escuchan luego los verlainianos violines del otoño en el jardín del Luxemburgo y comienza el desfile de tipos entrañables y grotestos. Qué importa que los versos rechinen, que abunde el ripio: todo lo salva el encanto. Cuando alguien nos cae bien, nos parece bien todo lo que hace: “La sabia naturaleza / me dio un cerebro tan malo, / que yo sospecho, en verdad, / que hizo la compra en el Rastro”. Una vez más, Baroja me salva el día.


Lunes, 31 de mayo
UN RINCÓN CERCANO

No hay más que un sol, y para todos el mismo –leo en La conquista del horizonte, de Fernández Flórez—. Pero cada país tiene su manera de lucirlo. Hay a quien le agrada crudo e hiriente, en un cielo sin adornos. Cuando Galicia vio ese sol bárbaro y primitivo colgado allá arriba, dio un grito de susto.
---Qué ordinariez. Estropearía con su luz excesiva los tiernos colores, cegaría los ojos, que no podrían recrearse en el paisaje… Es preciso atenuar ese derroche.
Y se dio prisa a elaborar la seda de sus nieblas y a bordar el cielo con nubes rojas, doradas, violetas, grises, blancas. La luz se hizo amable. Y así es Galicia para el mundo lo que para nuestra casa ese rincón cerca de la chimenea donde la lámpara de pie deja caer su luz discreta y dulce sobre nuestras cabezas, sobre nuestros sueños…



Martes, 1 de junio
FANTASMAS EN EL PAZO

Para mí Galicia antes de ser realidad fue literatura, que es quizá la manera mejor de ser realidad. Ayer volvía a Galicia de la mano de uno de esos escritores a los que vuelvo siempre, y hoy paseo solitario por los jardines y salones del Pazo de Mariñán como por una página de las Sonatas.


A la entrada me reciben gigantescos y amables guardianes: los primeros eucaliptos que de Australia llegaron a Galicia, plátanos de sombra, castaños de indias. Camino luego por la Prazoliña da Capela, entre las dos alas del palacio, hasta la historiada escalera donde me aguardan, con la llave en la mano, hechos piedra, los servidores del palacio. Solo se escucha el rumor de la fuente. Los rayos del sol se cuelan entre los árboles y hacen brillar el húmedo verdor de la hierba. Vuelvo luego sobre mis pasos y, dando la vuelta a la capilla, llego hasta el geométrico capricho del jardín francés. Recuerdo a Góngora —“donde no hay artificio todo lo corrompe la naturaleza”— y a ese tiempo de duques pastores y tiernos galanes “cuando entre sonrisas y perlas y flores / iban las casacas de los chambelanes”.
Las camelias se asoman, se esconden y se deshojan por todas partes, como damiselas en una fiesta rococó. Y ni siquiera falta la pomposa rosa Pompadour, que sedujo a Rubén Darío. A mí me gusta acercarme a los tejos centenarios, a los mirtos arborescentes, al grácil pelotón de los bambúes. Y ver brillar entre los árboles “a mariña”, la cinta plateada y verdinosa de la ría.


Luego, a la noche, en un salón del pazo, entre historiados espejos y grandes retratos de la reina Isabel y de su hijo Alfonso, se charla plácidamente como en las tertulias de antaño. Antes se hablaba de la guerra carlista o de la herética audacia de Garibaldi, ahora de la barbarie de Israel. Miguel-Anxo Murado, que ha vivido allí largos años, desgrana con ejemplar minucia todas las peculiaridades de aquella sociedad teocrática que se cree David enfrentado al Goliat árabe y que en realidad es el monstruo que ha engendrado nuestra mala conciencia y al que nadie sabe cómo contener en su insaciable necesidad de tierra santa, sangre y destrucción.
También se habla, cómo no, de fantasmas y unos pocos nos atrevemos a recorrer, iluminados solo por la luz de la luna, el ala clausurada del palacio: el salón azul y el salón verde, el comedor con su larga mesa en la que cabe medio centenar de comensales, la biblioteca, la capilla de San Roque… Unos sigilosos pasos siguen los nuestros. “Es el eco”, oigo decir. Una sombra parece escapar cuando nos asomamos a la capilla. “Si es un fantasma, nos tiene miedo”, sonrío yo. Tras la ventana, en la Prazoliña, sigue incansable el cuento susurrado de la fuente. Pero si hay un fantasma en estos encuentros literarios que organiza la fundación Carlos Casares, es un fantasma amable, el del propio escritor, al que tantas noches escuché en Verines contar costumbristas fantasmagorías y que ahora, como un regalo más en el mes de mi cumpleaños, me ha convertido en personaje de una de sus historias.


Miércoles, 2 de junio
TODA LA SABIDURÍA DEL MUNDO

Qué ingenuidad la de los hermanos García Naveira. No se contentaron, como todos los indianos enriquecidos, con construir una escuela o un lavadero. Ellos quisieron hacer algo más, y atentos al precepto horaciano de instruir deleitando imaginaron un parque que fuera a la vez una enciclopedia. Un mural representa a la entrada el árbol genealógico del capital. Por un lado se unen “entendimiento” y “voluntad” para dar origen al “trabajo”; por el otro, “carácter” y “rectitud” tienen como consecuencia a la “firmeza”. Luego el trabajo aliado a la economía da lugar al ahorro y la firmeza unida al honor desemboca en la constancia. Finalmente “constancia” y “ahorro” engendran el capital.


Juan y Jesús García Naveira caminan juntos en la plaza mayor de Betanzos, frente a la iglesia de Santo Domingo, desde la que cada año se eleva el globo más grande el mundo. Uno de los hermanos señala algo, y el otro, sordo, se lleva al oído una trompetilla. Enternecedora manera de posar para la eternidad.
Pienso en estos dos generosos hermanos mientras recorro las terrazas del parque, me adentro en sus grutas, contemplo las pirámides de Egipto, los usos horarios, los escudos de las repúblicas americanas, un inmenso león que lo vigila todo… Algo me recuerda este desconchado recinto la quinta de A Regaleira, en Cintra, pero lo que allí son símbolos masónicos, sabiduría iniciática, alegorías wagnerianas, aquí es divulgación escolar, benemérita charanga, ilustraciones de la enciclopedia Álvarez que yo tuve en mis manos de niño. Quizá por eso me resulta tan conmovedor este recinto donde dos hombres buenos quisieron compendiar, como la mejor herencia que podían dejar a sus paisanos, todo lo que habían aprendido.



Jueves, 3 de junio
TRES ENIGMAS

Colecciono amaneceres, y no tengo ninguno repetido. Qué privilegio asistir al despertar de este rincón junto al Mandeo, ver cómo el sol espanta poco a poco la niebla que se eleva sobre la ría, escuchar el gorjeo de los pájaros burlones que no entienden mi asombro ante lo que ellos ven todos los días. Un poco más tarde se unen a ellos los rítmicos tijeretazos con que los jardineros le hacen la manicura al jardín francés, un elegante petimetre que requiere una legión de servidores. Entre alfombras de coloreados pétalos, me llego hasta la puerta del embarcadero. Hay en ella una inscripción enigmática: “La nada aquí”. Sigo caminando por la orilla de la ría. De pronto, todo se ensombrece: estoy en “a fraga”, el bosque primordial, el temeroso recinto de los mitos. Camino bajo la bóveda oscura de los árboles, fuera del mapa y del calendario. Presiento que alguien va a salir a mi encuentro, me hará tres preguntas y me salvaré o condenaré para siempre.


Camino muy despacio, alerta a todo, y pronto encuentro el primer enigma: un gran bloque de mármol al que le han crecido orejas para escuchar los sonidos del bosque. Sonrío. La alegoría es transparente. Yo le susurro algo al oído: “Todo lo que fue volverá a ser”. No sé si habré acertado con la respuesta. Más allá sorprendo, bajo un tendejón, a un campesino dormido. La cabeza reposa sobre varios edificios. ¿La ciudad a la que se dirige? ¿Las casas que piensa construir cuando regrese de las Américas? Sigo caminando y llego hasta un círculo de piedra que protege un manantial. El mármol que escucha, el hombre que sueña, el borbotón de agua clara que brota de las entrañas de la tierra. Bien sé que todo es símbolo y alegoría, que el azar me ha traído hasta aquí para que aprenda una lección. No sé cuál. Quizá solo que envejecer es no tratar de explicar el mundo, sino dejar que el mundo se explique.



Viernes, 4 de junio
PATRIA MÍA

Los escritores gallegos han practicado con insistencia en Mariñán su deporte favorito: el victimismo. Yo traté de aplicar mi nueva política de oír, callar, nunca discutir. Ni siquiera dije nada cuando uno de ellos se pasó hora y media hablando parsimoniosamente de sí mismo y diciendo que él no daba biografías, no asistía a actos literarios, lo importante eran sus novelas. La letra era vanidosamente contradictoria, pero la música de la lengua dialogaba con el rumor de la fuente que se colaba por la ventana abierta.
Luego, ya en Oviedo, escuché a Fernández Flórez, jugando a charlatán de feria, hacerme el elogio del país: “Exportamos crías de fiordos a Escandinavia; verdor a Suiza; agua a Holanda; montañas floridas al Japón; las nubes más hermosas se forman aquí, y las lanzamos al aire como en otros sitios pompas de jabón. Cada mañana, sacamos brillo a los campos y cada tarde estrena el cielo una puesta de sol; la noche coloca una estrella en cada aguja y cuelga la luna de la rama más grande de los pinos”.
No hace falta que insistas, amigo Wenceslao, hablas a un convencido. También colecciono patrias, y Galicia ocupa un lugar de honor en mi colección.

domingo, 30 de mayo de 2010

Línea roja: Su rutina de amor, de ocio y de muerte

Sábado, 22 de mayo
VIA TRAGARA

Me he traído conmigo a Avilés los cuentos completos de Julio Ramón Ribeyro, más de mil páginas de conmovedora felicidad. “El cuento debe contar una historia, se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo”, dice el primer mandamiento de su decálogo. Y el segundo: “La historia puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada; si es inventada, real”.


Muchos de estos relatos ya los conocía, pero los releo con idéntica fascinación. Me sorprende un título: “Nuit caprense cirius illuminata”. ¿Noche de Capri iluminada de cirios? Desde el comienzo siento un sobresalto: “Como de costumbre llegué a Capri a mediados de septiembre, a la casita que tenía alquilada desde hacía años en la via Tragara”. Cierro los ojos y vuelvo a caminar por esa calle, una de las más hermosas de la isla, que termina en el mirador sobre los Farallones, las imponentes rocas que alguna vez dieron cobijo a las sirenas. El cuento lo continúo yo a mi manera. Estaba sentado en uno de los cafés de la Piazzeta, entreteniéndome con el ir y venir de la gente. Y de pronto, sin pensarlo, ante una figura esbelta que pasó muy cerca de mi mesa, grité un nombre que no había venido a mi memoria ni una sola vez en muchos años. Nos conocimos allá por 1970, cuando ambos estudiábamos Filosofía y Letras en el convento de San Vicente, frente a la estatua de Feijoo. Me enamoré desde el mismo instante en que por primera vez tropecé con sus ojos, pero yo era muy tímido entonces y nunca dije nada. Solo fuimos amigos, no muy íntimos, conocidos más bien, que se intercambiaban apuntes. Coincidimos en los dos cursos de comunes, luego cada uno se fue por su lado. En mis sueños siguió apareciendo durante una eternidad, pero luego se borró, como se borra todo. Y aquel día, de pronto, en la Piazzetta… Me arrepentí de inmediato de mi grito. Y ya comenzaba a balbucear unas disculpas cuando una familiar sonrisa iluminó el mundo: “Martín, ¿pero eres tú? ¡Quién me lo iba a decir después de tanto tiempo?”.
Prefiero no recordar, prefiero seguir leyendo. ¿Pero cómo no recordar? También en el cuento de Ribeyro el protagonista se encuentra con un antiguo amor en la Piazzetta y lo lleva a su casa en la via Tragara. Cómo reconozco esa casa, con el patio a la entrada perfumado por un jazminero y la terraza atrás, sobre el mar, y la palmera y las macetas con geranios. Tenía prisa en aquel momento, pero a la tarde podíamos vernos. “A las cinco —dijo—, apunta bien el número, es el 115 de via Tragara, poco después del arco de ladrillo”. Éramos de misma edad, quizá yo un año o dos mayor, así que debía de andar por los cincuenta, pero no aparentaba más que treinta. Comí algo e hice tiempo deambulando por las calles de la isla, incluso bajé hasta Marina Grande para enterarme de a qué hora partía el último barco para Nápoles, que era donde estaba mi hotel. A las cinco en punto llamé al timbre. Volví a llamar. Nadie contestó. La casa parecía vacía. O yo no había entendido bien o todo había sido una broma cruel. Me alejaba, cabizbajo, cuando oí mi nombre. Del otro extremo de la calle, por donde estaban las escaleras que bajaban hasta la playa pedregosa de los Farallones, volvía con una pequeña bolsa de deportes en la mano. “Perdona que me retrase; he estado nadando un poco”. Yo también me retrasé luego gozosamente y perdí el último barco. A última hora de la tarde el tiempo cambió. Apareció una nubecilla gris tras el monte Solaro, y luego otra; comenzó a soplar el viento, todo se llenó de nubes negras, de pronto un súbito resplandor y a continuación el primer trueno. Fascinados por el espectáculo no pudimos evitar que nos empapara el chaparrón, preludio de una aterradora tormenta que acabó dejándonos sin luz. A pesar de ello aquella fue una de esas noches —ahora todo parece un sueño— que justifican una vida. Me desperté solo, desnudo, desarropado y frío. Al principio no sabía dónde me encontraba. La casa estaba vacía. Esperé algún tiempo. No aparecía nadie. Me duché, me vestí, dejé una nota con mi gratitud y mi dirección y teléfono, y volví a Nápoles y luego a Oviedo sin volver a tener noticias suyas. Las cartas que escribí al número 115 de la via Tragara me fueron devueltas: destinatario desconocido.


La historia que cuenta Ribeyro es otra, pero es la misma. En su caso el cincuentón que cree revivir un frustrado amor juvenil es quien reside en Capri y es una mujer quien le visita una noche de tormenta iluminada por las velas y quien de pronto desaparece en la mañana dejando como única señal de que no ha sido un sueño su pequeña boina verde olvidada bajo el sofá.


Desde el hotel, en Nápoles, veía la silueta de la isla sobre los tejados del Palacio Real. Recuerdo bien mi angustia de entonces, que creí que no podría soportar, y unos versos que no se me iban de la memoria: “¿A qué volviste si volvía contigo / el aroma de días que no han de volver?”. Pero han pasado diez años, y ya nada de aquello hiere. Ni siquiera sé si ocurrió o fue solo un solo una de esas vívidas fantasías que uno acaba confundiendo en el recuerdo con la vida verdadera, quizá porque son más verdaderas que la vida.


Domingo, 23 de mayo
UNA FÁBULA

Después de morir, cuenta Dino Buzzati, un hombre ni mejor ni peor que otros llegó a un lugar muy semejante a su ciudad, con caras que le recordaban a las que veía todos los días. Un desconocido se le acercó con amabilidad sonriente: “Aquí nada te costará trabajo, no estarás cansado nunca, no tendrás sed, nunca te dolerá el corazón al ser abandonado por una mujer, nunca tendrás que esperar, revolviéndote en la cama, la luz del alba como una liberación. Aquí no tenemos nostalgias ni remordimientos; nada nos da miedo, no sentimos el temor de la muerte. Ya puede el tiempo ir pasando; hoy es igual que ayer, mañana igual que hoy. Nada malo podrá jamás sucedernos. ¡La muerte! ¿Recuerdas cómo la odiábamos? ¡Cómo nos amargaba la vida! Aquí todo es diferente; aquí, por fin, somos libres. Qué satisfacción, ¿verdad? ¡Qué continua fiesta! Nueva gente llega cada día, ¿sabes?, y como tú encuentran aquí todo lo que alguna vez soñaron. Y no tienen enfermedades, ni amor, ni ansias, ni miedo, ni remordimientos, ni deseos, ni nada”. La sonrisa había ido desapareciendo de la cara del desconocido: “Al principio creerás, como todos, que has llegado al paraíso. No tardarás en darte cuenta de que estás en el infierno”.


Lunes, 24 de mayo
CARNAL COMPANIE


Rara es la vez que entro en una librería y no salgo de ella con un nuevo deslumbramiento entre las manos. Esta vez se trata de las Cartas y poesías mediterráneas, de Lord Byron, en edición de Agustín Coletes Blanco. Voy a confesar un secreto: nada me habría gustado más que ser Byron, exactamente lo contrario de lo que soy. A los veintiún años emprendió un viaje por el Mediterráneo que duró dos años y doce días (yo no soporto estar fuera de casa más de una semana). Las mujeres lo encontraban irresistible, y muchos hombres también. Alí Pachá, el sanguinario tirano de Albania, quedó fascinado por sus orejas pequeñas, su pelo rizado y sus manos blancas. Le regaló un caballo, le puso una escolta de cincuenta jinetes y le invitó a visitarle a cualquier hora, “especialmente de noche, cuando podían estar más a su aire”. Agustín Coletes, erudito minucioso y ejemplar que rara vez se permite algún alarde imaginativo, llega a insinuar que el joven Lord estaban siendo utilizado por las autoridades de su país: le enviaron a Alí Pachá como un obsequio sexual de lujo porque necesitaban su alianza para hacerse con las Islas Jónicas, aún en manos francesas.
Siguiendo las huellas de Byron una vez dormí en Atenas frente al monumento a Lisícrates, más o menos en el mismo lugar donde él residió largos meses en un convento de Capuchinos, “con el Himeto delante, la Acrópolis detrás, el templo de Júpiter a mi derecha, el Estadio enfrente, la ciudad a la izquierda”. Una inglesa con ojos de cordero, que me miraba mucho en el comedor, me deslizó bajo la puerta un papelito en que había copiado dos versos del Childe Harold: “Few earthly things found favour in his sight / save concubines and carnal companie”. Fue la única vez en que alguien me confundió con Byron; lástima que ella no fuera precisamente la “carnal companie” que a mí me interesaba.



Miércoles, 26 de mayo
ASOMBRO Y MARAVILLA

Dos pequeños problemas a la hora de asomarnos al Teatro alla Scala desde el centro comercial de mi barrio: el primero, que hace diez minutos que se ha perdido la señal; el segundo, que por error programaron la ópera a las ocho y media, y no a las ocho, y está ocupada la sala con una película. El encargado de los cines Yelmo tiene que hacer frente a un pequeño motín wagneriano (nada que ver, sin embargo, con los que a finales del siglo XIX enfrentaban a los aficionados: aquí la sangre no llega al Rhin ni a ningún otro río). Aparte de sus disculpas, nos ofrece una entrada gratis para cualquier película cualquier día de la semana. Pero no falta quien grite: “A mí no me interesa el cine”. Hay gente para todo.
Yo pienso en lo útiles que resultan estos imprevistos. Nos acostumbramos demasiado pronto al milagro. Solo cuando algo falla nos damos cuenta de la de cosas que tienen que salir bien para que cualquier cosa salga bien. Y en lo rápido que trivializamos lo que nunca debería dejar de ser asombro y maravilla.
Luego resulta que la señal se recupera exactamente en el momento en que Daniel Barenboim entra en la sala a oscuras. Y durante dos horas y media permanecemos en nuestros asientos, atentos a una fábula a la que el prodigio de la música libra de su ingenua pesadez moralizante.
“Tú, como Alberich –me dice una amiga—, serías capaz de renunciar al amor para ser dueño del mundo”. “Sería capaz, pero me temo que nunca me voy a encontrar con tal dilema”, respondo sonriente e inmensamente agradecido a ese mundo del que nunca seré dueño.



Jueves, 27 de mayo
EL ORO DE LOS TIGRES

Yo soy de los que nunca se acostumbran al milagro, aunque apenas recuerde un día de mi vida en que no haya ocurrido alguno. Ayer fueron dos, descontado el milagro mayor de estar vivo: el oro del Rhin, que hace desdichado dueño del mundo a quien renuncia al amor, y un tigre (el circo Holiday alza estos días su carpa frente a Los Prados) que se ha paseado augusto y lento delante de mí y luego ha alzado un momento la cabeza y se me ha quedado mirando tras las rejas mientras yo pensaba en Borges y en Víctor Botas y en Shere Khan y recordaba unos versos que hablan de “la aciaga joya / que, bajo el sol o la diversa luna, / va cumpliendo en Sumatra o en Bengala / su rutina de amor, de ocio y de muerte”. Exactamente como yo, como tú, como todos.

domingo, 23 de mayo de 2010

Línea roja: Algunas cosas que nunca diría

Viernes, 14 de mayo
MIENTRAS ESPERO

“Los sauces de la puerta del Este / tienen hojas profundas de sombra”. Hacía un rato que esos dos versos venían dándome vueltas en la cabeza y, para librarme de ellos, mientras espero que lleguen los contertulios, los he apuntado en el cuaderno. Es posible que sean el comienzo de un poema, pero no pienso continuarlo. Uno pasa por distintas etapas y en la mía de ahora hay cierto rechazo de la poesía, la repugnancia del que ha comido demasiada miel. Durante bastante tiempo, más de veinte años, quizá treinta, me he dedicado tercamente a la crítica poética y he leído demasiados libros de versos, ni siquiera malos (que suelen ser divertidos), solo mediocres, prescindibles. Y me parece que yo mismo he contribuido algo a esa abundancia de versos, que si no son absolutamente necesarios, sobran.
Taché con fuerza los dos versos y pensé en el asombro del joven que fui ante aquel rechazo mío a seguir escribiendo.
Como he ido perdiendo el pelo he ido perdiendo el entusiasmo poético. Pero no he perdido otros entusiasmos. Todavía me gusta arremeter contra este y aquel y llamar al pan pan y al memo memo.
Antes era joven e insoportable; ahora ya no soy joven, pero sigo siendo insoportable. No todo está perdido.
Si no soy capaz de escribir un poema, pero me sigue gustando jugar a que lo escribo. Abro el cuaderno, achino los ojos, vuelvo a copiar las líneas tachadas (“Los sauces de la puerta del Este / tienen hojas profundas de sombra”) y continúo: “Ni puedo ir hacia ti / ni tú puedes llegar hasta mi lecho. / Cuando duerma soñaré contigo, / te tendré desnuda entre mis brazos, / mezclaré tu saliva con la mía / y el nuevo día nos mirará envidioso. / Pero no viene el sueño / que te trae consigo. / Por la ventana abierta / entra la noche entera / y agitan los sauces / en la puerta del Este / el cuchillo de sombra de sus hojas”.
Ya no soy joven, ciertamente. He perdido el entusiasmo poético. Pero sigo siendo un niño capaz de entretenerse con cualquier cosa. No todo está perdido.



Sábado, 15 de mayo
SINCERIDAD

“Un poco de sinceridad es peligroso y mucha sinceridad es decididamente desastroso”. Como siempre Oscar Wilde tenía razón y yo lo compruebo todos los días. La mayor parte de la gente que no me soporta, no me soporta precisamente por eso. A la única persona a la que no le digo siempre la verdad, a la que me gusta mentirle un poquito es a mí mismo.


Domingo, 16 de mayo
SIGO SIENDO

Entro a ver el Robin Hood de Ridley Scott sin demasiado entusiasmo: los críticos (salvo mi amigo José Havel) se han limitado a perdonarle la vida. Pero pronto encuentro en esta historia de reyes tarambanas, bravas damas, hombres bravucones y clérigos goliardos un fascinante aliento shakesperiano. Leonor de Aquitania abofetea públicamente a su hijo Juan sin Tierra y él, acariciando el rostro dolorido, les dice a los cortesanos: “Más desgarré yo su piel que ella la mía”.
Tengo todas las edades que tuve. Sigo siendo el adolescente que, en la sala a oscuras, se olvida de la red de triviales miserias que conforman su vida, cualquier vida.


Lunes, 17 de mayo
SIEMPRE

Oído en el autobús a una joven rubia, quizá no tan joven, que habla por el móvil: “Te querré siempre, ya lo sabes, pero no me pidas que te quiera todos los días”.



Martes, 18 de mayo
EN EL MUSEO

El Museo de Bellas Artes de Asturias cumple treinta años y los celebra con un recital poético. Me invitan a leer mis versos, pero nada me apetece menos, y prefiero jugar a maestro de ceremonias, ordenar a los poetas, ir dándoles la palabra, escuchar sus rotundas o neblinosas sinrazones. Compruebo, divertido, que los años van sacando a luz mi verdadera vocación. Nada de ser marino, ni jardinero, ni mucho menos socrático mentor. Nada de vida contemplativa en el silencio de una biblioteca. A mí lo que de verdad me gusta es mandar.
Como a Stendhal nada me habría gustado más que ser mariscal de campo en el ejército de Napoleón. Y si me hubieran dado a escoger entre ser García Márquez o Fidel Castro, habría escogido sin duda (aunque nunca lo confesaré públicamente) ser Fidel Castro. Claro que, entre ser Neruda o Stalin, me habría resignado a ser Neruda.
Otra vocación frustrada mía esta del mando, porque, salvo cuando juego a ello, como hoy en el Museo, la única persona sobre la que tengo o he tenido algún poder soy yo mismo. Y si nada me gusta más que mandar, nada me gusta menos que obedecer.


Miércoles, 19 de mayo
MESA REDONDA

“En actos como este deberían pagar al público, no a los participantes”, me dice, a la salida, uno de los asistentes al coloquio sobre revistas literarias. Y tiene toda la razón. Yo buscaba desesperadamente algo que leer, pero había cometido la imprudencia de no llevar ningún libro y en la bolsa que nos regalaron solo había unos escuálidos folletos turísticos sobre Gijón.


“Pero ¿tú lees en las conferencias?”, se extraña una amiga. “Pues, claro. Y no solo cuando estoy entre el público. También, a veces, cuando estoy en la mesa, aunque en ese caso prefiero sacar un cuaderno y fingir que tomo notas. ¡La de haikus que habré escrito después de presentar a alguien!”. “¿Y qué te parecería si a ti te hicieran lo mismo?”. “Pues pensaría que he fracasado en mi empeño por atraer la atención de los oyentes. Un mal conferenciante es como un mal amante: no piensa en el otro. El que habla debe mirar al público a los ojos y dejar de hablar cuando su atención desaparece. Un conferenciante debe practicar con público infantil, y cuanto más pequeños sean los niños mejor, que los mayores ya están maleados por la escuela. Son los únicos que no te escuchan por obligación o cortesía”.
Esta tediosa tarde gijonesa, agotados todos los folletos turísticos, me entretuve borroneando prescindibles haikus:

Junto a la lumbre / un niño llora a Héctor, / escucha a Homero.

Duermes conmigo / y mientras duermo / sueño contigo.

Ya no soporto / ningún espejo, / viejo Narciso.

En el desván / corren las ratas, / y en el poema.

El mar y el cielo / algo susurran / que yo no entiendo.

Las velas blancas, / el cielo azul, / el viento y yo.

Ya no te quiero, / pero la herida / sigue sangrando.

Tras la ventana / el mar airado / y yo contigo.

Entre la arena / encontré un pendiente / y una sonrisa.

Sola en su cama, / Safo invita a la luna, / alta en el cielo.

Cuánta impaciencia. / Tiempo, descansa un poco, / no des más vueltas.



Jueves, 20 de mayo
CUÍDATE

Como con Fernando Iwasaki, que ayer participó conmigo en el coloquio gijonés, y que hoy ha venido a un Oviedo luminoso y espléndido a rememorar viejos tiempos. Hablamos de nuestro común amigo Abelardo Linares y de la revista Renacimiento, que Iwasaki dirige y que acaba de publicar su último número. “Hemos querido recuperar a los primeros colaboradores. Brines inició el primer número y también este último con un poema inédito”. “No a todos, yo publiqué un poema y tres o cuatro reseñas en aquel primer número, de 1988 me parece, y nadie me ha llamado”. “De los poetas se encargó Marie-Christine, yo no he tenido nada que ver. No sé qué le habrías hecho, pero recuerdo que yo a veces proponía invitarte a colaborar de nuevo y Abelardo decía, a García Martín no, a García Martín no, que entonces Marie-Christine me echa de casa. Por cierto, no sé qué le parecerá a Andrés Trapiello la reseña que publicas hoy de Las armas y las letras, pero yo creo que, aunque es un poco dura, se nota que le admiras mucho”. “Pues no sé si él lo habrá notado, porque se la estaba esperando y es de los impacientes. Cuando reseño alguno de sus libros, cosa que hago con cierta frecuencia, suele comprar el periódico a primera hora y darme de inmediato sus indignadas gracias. Es raro que no haya dicho nada. Me temo lo peor”.


Paso todo el día preocupado, pero por la noche me llega su irónica respuesta: “Querido José Luis, Google es implacable y llega hasta Las Viñas al atardecer, como los rebaños. Te agradezco de veras la molestia, consciente y aliviado al imaginar lo que podrías haber dicho de no haberlo creído un libro fundamental e imprescindible, aunque no le quede claro ni a mí ni a nadie por qué le consideras un libro fundamental e imprescindible (y casi prefiero que no me lo cuentes, estamos descansando). Cuídate”.


Viernes, 21 de mayo
UNOS VERSOS

Qué curiosa es la memoria. El martes pasado, en el Museo de Bellas Artes, se leyeron muchos hermosos poemas, bien conocidos por mí la mayoría de ellos, pero yo solo recuerdo uno que entonces oí por primera vez. Se titula “Augua mansa” y está dedicado al abuelo del autor, muerto en 1936, a los 33 años: “Dayundes, / na veira d’úa parede, / como cai el augua mansa, / el tou corpo novo féxose terra dulce / debaxo das aguyas dos pinos / y dos fusiles”.
“Agua mansa para los ojos rotos por las lágrimas, / agua mansa para los días que restan” termina pidiendo el poema de Xosé Miguel Suárez, escrito en una lengua astur que no le sonaría extraña ni a Rosalía ni a Pessoa.
Agua mansa. Eso quisiera yo que fueran los días que me restan. Y que tú (a quien nunca nombro) me quisieras siempre, aunque tantos días no me soportes.

domingo, 16 de mayo de 2010

Línea roja: El arte de quedarse solo

Sábado, 8 de mayo
NUEVA YORK Y LOS CABALLOS

Es un hecho que a la gente le gusta quejarse, sobre todo acerca de lo terrible que es el mundo moderno en comparación con el pasado. Casi siempre están equivocados. En casi todos los terrenos que se nos ocurran —guerras, delincuencia, ingresos, educación, transportes, seguridad en el trabajo, sanidad—, el siglo XXI es mucho más acogedor para el ser humano que ninguna época anterior.
Lo he repetido muchas veces, y me alegra encontrar esa idea en un libro de título poco afortunado, Superfreakonomics, y de estridente subtítulo: “Enfriamiento global, prostitutas patrióticas y por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida”. Con humor, datos e inteligencia arremete contra presuntas obviedades. Ese es el único deporte que a mí me gusta practicar.
Un ejemplo de que no estamos peor que estábamos: el tráfico. ¿Eran más seguras y confortables las ciudades antes de que se inventara el automóvil? Qué elegantes nos parecen, en las películas, los carruajes tirados por caballos. A comienzos del siglo XX había en Nueva York un caballo por cada diecisiete habitantes. Eran frecuentes los atascos de carros en las calles. Y cuando un caballo desfallecía se le solía rematar allí donde cayera. Los caballos muertos a veces se descomponían en plena calle antes de que se los llevaran. Y era muy fácil ser atropellado por un carro o un caballo, sobre todo los días de lluvia y en las horas de mayor afluencia. En 1900 los accidentes de caballos le costaron la vida a uno de cada diecisiete mil neoyorquinos, en el 2007 los accidentes de automóvil a uno de cada treinta mil. O sea que a comienzos del XX había casi el doble de posibilidades de morir en accidente de tráfico que hoy. Y luego estaba el problema del estiércol. Un caballo solía producir una media de diez kilos de excrementos al día. Con doscientos mil caballos eso daba una media de dos mil toneladas diarias. ¿Qué se hacía con ellas? En ciertos lugares, el estiércol se amontonaba hasta alturas de casi veinte metros y flanqueaba las calles principales como la nieve cuando se apila a un lado. En verano, el hedor era insoportable. Cuando llovía, un torrente espeso de porquería inundaba las calles y se metía en los sótanos de las casas. En los barrios residenciales de Nueva York abundan las casas en que una elegante escalinata asciende desde la calle hasta la entrada del edificio: su función no era otra que evitar los montones de estiércol. Y luego estaban las infinitas moscas, los ejércitos de ratas y el metano que emitía el estiércol, un potente gas de efecto invernadero. En 1900 se había llegado a un punto en que las grandes ciudades no podían sobrevivir con el caballo, pero tampoco sin él. Entonces se inventó el automóvil y el problema desapareció.



Domingo, 9 de mayo
QUIERO SER JARDINERO

“¡Parece que lo tienes programado!”, me dice mi quiosquero favorito. “Te quejas hoy en tu diario de que nadie se mete contigo, de que nadie te da importancia y hoy mismo me encuentro con que arremeten contra ti en ese semanario en el que colabora Almuzara, que se pasa un poco con sus elogios de la música barroca. Después del barroco, aunque él no lo crea, también hay música, no todo es Verdi. Apenas entendí qué te reprochaba el articulista, pero creo que algo así como te dedicas a manipular el premio Alarcos y a dárselo a los de tu tertulia, todos feos y gordos, y que del Principado te llamaron para decirte que como siguieras premiando a gente fea y gorda os retiraban el dinero. También me parece que decía que ya eras muy viejo para andar por ahí de jurado, que deberías dedicarte a la jardinería, y dejar esa labor para escritores a Francisco Brines y otros escritores jóvenes”.


Como no hay tema que me interese más que yo mismo (en eso me parece que soy como todo el mundo), compro de inmediato Oviedo Diario. Reírme me río bastante, pero mi vanidad no queda del todo satisfecha. Qué poco importante debe de ser uno cuando los dos únicos enemigos públicos que tiene son mi antiguo amigo Juan Manuel Pendás Benito (articulista de El Revistín, decano de la prensa gratuita avilesina), y un descacharrado grafómano que gusta de elogiar la vida loca, maltratar la sintaxis y citar a la diabla (“Como dijo Voltaire, pienso luego existo” afirma en un reciente artículo). Pero yo soy hombre de buen conformar. Si no tengo mejores detractores, será que no los merezco. Y acepto su sugerencia para mi jubilación, que ya está ahí a la vuelta de la esquina, dentro de apenas diez años: comenzaré a ahorrar (nunca lo he hecho), me compraré una casa con un pequeño terreno y me dedicaré, como mi amigo Xuan Bello y los pocos sabios que en el mundo han sido, a cultivar sabrosas hortalizas y primorosas rosas.



Lunes, 10 de mayo
ELOGIO DE LA POLÍTICA

Cuántos candidatos hay para arreglar el mundo. Trato de leer a Nietzsche, uno de mis interlocutores favoritos, en el café de costumbre, y desde las mesas de alrededor me llegan chillonas recetas para acabar de una vez por todas con los emigrantes, con el paro, con el gobierno, con Garzón (o con Gijón, no he entendido bien). El Oviedo de siempre sigue siendo el Oviedo de siempre. Luego llega mi marxista favorita (una de las pocas que quedan) y me divierte con dogmáticas recetas de probada ineficacia. Debo de ser la única persona que no tiene soluciones para los problemas del mundo contemporáneo. Pequeños parches, sí. ¡Y lo que me cuesta encontrarlos! La verdad es que a nadie aprecio menos que a esa buena gente a la que cualquier periódico mal leído o cualquier noticia entrevista en la televisión, les basta para estar informados, tener una contundente opinión y la solución para cualquier problema. Y a nadie aprecio más que a los denostados políticos profesionales.
De no ser jardinero, de mayor me gustaría ser político. Tener poder. Condición no suficiente, pero sí necesaria, para mejorar el mundo.


Martes, 11 de mayo
AJUSTE DE CUENTAS

Leo las memorias de Carlos Blanco Aguinaga, el estudioso de Emilio Prados y del Unamuno contemplativo, el hispanista que fue amigo de Angela Davis y de Marcuse en los efervescentes Estados Unidos de los años setenta, y me encuentro de pronto con un contundente e inesperado ajuste de cuentas: “Detrás de la revista, no sé cómo ni por qué, estaba el insoportable Octavio Paz, uno de los hombres de mayor vanidad baboseante que haya conocido en mi vida. Pretencioso, grosero y maleducado, capaz de utilizar su poder para hundir a cualquier escritor joven que no le hubiese halagado lo suficiente impidiendo que se publicaran sus versos o sus cuentos en cualquier editorial, porque en todas tenía influencia, como la tuvo en Carlos Fuentes durante muchos años. Anterior izquierdista y se dice que amigo de los refugiados españoles —a quienes en efecto ayudó al principio del exilio—, pero profundamente antiespañol. ¿Qué iba uno a hacer con un tipo así cuyas ambiciones y vergüenzas seguramente provenían de laberínticos complejos sexuales? Un tipo que, ya entonces, era venenosamente anticomunista, y que lo mismo le daba atacar a Neruda que a César Vallejo”.
Siempre me gusta, ante un ataque desmesurado y que no parece venir a cuento, buscar la causa. En este caso, no resulta difícil: Octavio Paz era anticomunista y eso es algo que un correoso marxista como Blanco Aguinaga, que sigue fiel a sus ideas aunque la realidad se empeñe en desmentirlas, no puede perdonarle.


Miércoles, 12 de mayo
ME VUELVO PATRIOTA

“¿Qué te parece eso de que vayan a bajarte el sueldo un cinco por ciento? Me imagino que no se te ocurrirá seguir defendiendo a Zapatero”, me dice burlón mi amigo Vicente nada más llegar hoy a la tertulia.
“Más que nunca, que ahora es cuando más lo necesita. Ya sabes que, si ser patriota es enarbolar la bandera para partir con ella la cabeza a todo el que piense de otra manera (y especialmente si es catalán o vasco), entonces yo soy menos español que nadie. Ahora que si de lo que se trata es de ayudar al país, a mí que no me rebajen el cinco por ciento, que me rebajen el quince, como al que más, que no me gusta ser menos que nadie”.
“Tú con tal de llevar la contraria…”


Jueves, 13 de mayo
LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN


Cada día me levanto con una vocación distinta: hoy quisiera ser marino, mañana jardinero, un día político y el otro fundador de alguna benévola religión que ayude a los seres humanos a soportar el ultraje de los años y las heridas de la realidad, pero lo que en realidad soy —por mucho que me empeñe en disimularlo— es maestro, en el sentido menos grandilocuente de la palabra: maestro de escuela, de los que enseñan a leer, escribir y razonar. Nada me gusta más, cuando detecto un error conceptual, que tratar de corregirlo. Todavía no he aprendido que eso precisamente es lo que le gusta menos a la gente. Francis Bacon lo explica así: “¿Duda alguien de que, si se quitaran de la mente de los hombres las opiniones vacuas, los cálculos erróneos, las mimadas fantasías y cosas análogas, se quedaría su cabeza como un destartalado caserón lleno de polvo y telarañas, un desvencijado recinto en el que a nadie le gustaría vivir?”.
Mi cruzada en favor de la razón me está dejando sin amigos. “No respetas la opinión ajena”, se queja uno. “Depende”, le respondo, “respeto las opiniones bien informadas y adecuadamente razonadas, pero ¿cómo voy a respetar las majaderías y los prejuicios?”. “Yo te digo lo que pienso”, “Pues la verdad es que lo que tú piensas sobre cualquier asunto importante, si no te has tomado antes la molestia de informarte adecuadamente y de reflexionar sobre ello, me interesa más bien poco”. “Siempre quieres tener razón”, me dice otro y dice verdad. Lo que no dice es que pongo todo mi empeño en tenerla, en no dejarme distraer por la vanidad, el prejuicio o el resentimiento. Y que a nadie le estoy más agradecido que a quien me señala un error en mis apreciaciones y me ayuda a acercarme un poco más a la verdad.
En la que todavía creo. Es posible que todo sea opinable, pero unas cosas son más opinables que otras.
“Allá tú con tu cruzada”, me dice una querida amiga. “A mí las únicas verdades que me interesan son las que me hacen un poco más feliz. Y sospecho que a ti también, lo que pasa es que lo que te hace feliz es creerte más inteligente que el resto del mundo. Y si eres feliz así, no seré yo quien lo desmienta. Al contrario que tú, soy partidaria de las mentiras piadosas”.

domingo, 9 de mayo de 2010

Línea roja: Vida mía

Viernes, 30 de abril
DICHOSO EL ÁRBOL

“La vida nos hiere siempre que nos acercamos a ella. Las cosas duran demasiado o no duran lo suficiente”. Leo La importancia de discutirlo todo, de Oscar Wilde, y entre las consideraciones sobre la crítica como forma suprema del arte, me sorprende una frase.
Sí, la vida nos hiere siempre que con amor nos acercamos a ella. Dichoso el árbol apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente…
Contra esas heridas solo hay un bálsamo eficaz: el olvido. Pero a mí la memoria me funciona cada vez peor: lo recuerdo todo.
Ya sé que es preferible que la vida nos hiera a que nos ignore, pero hay días en que nos gustaría que pasara de largo, sin siquiera mirarnos.



Sábado, 1 de mayo
ESTEBANILLO Y LOS JUDÍOS

Qué poca gracia hacen hoy la mayor parte de las gracias de que está llena la literatura española. Hojeo La vida y hechos de Estebanillo González, “hombre de buen humor”, y le escuchó contar sus aventuras. La estratagema que se le ocurrió en Ruán, capital de Normandía, sin duda sería muy reída y aplaudida por los españoles de su tiempo.
----Al salir de la posada para dirigirme a la Bolsa, cogí un poco de ceniza de la lumbre, lo envolví en papel y lo guardé debajo de la camisa. En la Bolsa me encontré con unos mercaderes portugueses. Me acerqué a ellos y les hablé con la cortesía y sumisión que suele tener el que ha menester de otro, y en su misma lengua, porque como mis padres se habían criado en la raya de Portugal la sabían muy bien. Les pedí ayuda para llegar hasta Viena, donde tenía algunos deudos, por venir pobre, huyendo de quienes por lo que ellos sabían habían quemado a mi padre, cuyas cenizas traía puestas sobre el alma y al lado del corazón. Con semblantes tristes, algunos con lágrimas en los ojos, me llevaron a la casa del que me pareció el más rico y respetado. Me pidieron la ceniza y fue cada uno besándola. Quisieron luego repartir entre ellos aquellas cenizas de mártir, y yo mostrando gran sentimiento les di una parte. Suspiraban todos por el trágico suceso y decían con tiernas lágrimas: “El Dios de Israel te dé infinita gloria, pues mereciste corona de mártir”. Repartieron las cenizas y mostrándome amor y benevolencia me llevaron de nuevo a la Bolsa y allí, contando el caso a todos los de su nación, juntaron para mí veinticinco ducados. Me dieron también carta para un corresponsal suyo, mercadante en la corte de París, y después de haberme encargado que procediese como quien era y que jamás pusiese en olvido la muerte de mi padre y mi felicidad en haber merecido ser su hijo, me despedí de ellos, contento de haber sabido engañar a gente que siempre engaña y jamás se deja engañar.



Domingo, 2 de mayo
MEDIO EN BROMA

“Cuando escribes, solo debe preocuparte una cosa: conseguir que el lector te siga leyendo”, me dice con una sonrisa.
“A mí lo único que me preocupa es que tú sigas queriéndome”, le respondo.
Lo digo medio en broma, como siempre que hablo muy en serio.



Lunes, 3 de mayo
EL DÍA DESPUÉS

Un quebradizo número del Heraldo de Madrid me permite practicar mi deporte favorito: viajar en el tiempo. El estreno teatral de ayer, 30 de enero de 1901, fue uno de los más resonantes que se recuerdan. Esta mañana visito al ilustre autor, “un hombre de muy buenas costumbres y amantísimo de su familia, que vive con dos hermanas suyas y un sobrino. Su domicilio es una casa pacífica del paseo de Areneros, situada al Mediodía para recibir directamente los rayos del sol, de que es tan amigo el gran maestro. Anoche, cuando con no menos contrariedad que agradecimiento vio el grupo numeroso de amigos y admiradores que se disponían a acompañarle, no quiso llevarlos a su apartado domicilio y buscó refugio en la casa que tiene alquilada para la administración de sus obras. Allí tomó chocolate, acompañándoles su sobrino don Hermenegildo, y emprendió después, solito, la caminata desde la calle Hortaleza hasta el paseo de Areneros. Eran las cuatro de la madrugada cuando se metía en el lecho, con los síntomas de la jaqueca que con tanta frecuencia le molesta. Así que no hemos podido menos de experimentar un gran remordimiento cuando esta mañana, apenas habían sonado las diez, nos han recibido en aquella casa. El insigne autor de Electra, el hombre cuyo nombre aparecía a aquella hora en las columnas de los periódicos de la mañana; el que era objeto de todas las conversaciones en oficinas, almacenes, fondas, en todos los sitios donde se reunían dos madrileños, ceñía su cabeza, no con los laureles del triunfo, sino con un pañuelo que se la apretaba; tenía los ojos hinchados y, como todos los que acostumbran a acostarse temprano, no había conseguido descansar”.


Martes, 4 de mayo
ENVIDIADO AMIGO

----Es curioso —le comento a Luis García Montero—, todo el mundo lamenta que se haya ido al garete la Fundación Ángel González, pero hay mucha gente, poetas y no poetas, que a la vez se alegran porque eso supone, según ellos, fastidiarte a ti y a tu banda de sabinas y visores. La verdad es que no sé cómo lo has conseguido pero yo creo que solo hay un hombre más odiado que tú en España: Baltasar Garzón.
----Tampoco hay que exagerar…
----No, si no exagero… Y no sabes cómo te envidio por eso. Soy de los que creen que la importancia de una persona se mide por los odios que despierta.
----Pues a juzgar por lo que tú te empeñas en que todo el mundo te odie parece que quieres ser muy importante —se burla Aurora Luque.
----Quiero, pero no puedo. Yo piso todos los callos posibles a poetastros y figurones; García Montero, en cambio, reparte diplomáticas sonrisas, abrazos, buenas palabras, palmaditas en la espalda. Y sin embargo le detestan más que a mí. Qué injusticia. Claro que también reparte premios, cursos de verano, festivales varios; juega a la política y a todo lo que se tercie, siempre está en el escaparate. La verdad es que, bien mirado, lo tiene más fácil que yo para lograr que le odien.
----No me dirás que le envidias los ladridos de un Fortes…
----A tanto no llego. Pero qué deprimente chequear Google y comprobar que a veces pasa incluso una semana entera sin que nadie se meta conmigo.
----Pues conmigo, salvo tú, nunca se ha metido nadie. O sea que debo ser un don nadie —ironiza Brines.



Miércoles, 5 de mayo
LA VISITA

Desde hace años me levanto siempre a las ocho de la mañana, pero como ayer fue un día especialmente fatigoso (primero el homenaje a Miguel Hernández en el Milán, luego el fallo del premio Emilio Alarcos, más tarde la lectura de poemas y la presentación del libro de Fernando Valverde, que ganó en la edición anterior), hoy cuando a las ocho y diez llamaron a la puerta todavía estaba en la cama. Volvieron a llamar con tanta insistencia que no tuve más remedio que decir “espere un momento” e ir a abrir.
Era Blas de Otero.
Qué maravillosa sorpresa. Llevaba más de treinta años esperando esa visita. Exactamente desde 1979, en que murió en Majadahonda. Y ahora un mensajero ponía en mis manos —recién nacido, casi cuatrocientas páginas, más de trescientos poemas—el diario poético de sus postreros años españoles.
Comienzo a leer de inmediato Hojas de Madrid con La galerna, deslumbrado, fascinado, olvidándome de la ducha y del desayuno. Esto no es un libro, como tituló uno de sus libros. Aquí está Blas de Otero, sentado frente a mí, con su humor y su amor, con sus desesperaciones y sus entusiasmos, con toda su milenaria sabiduría, a ratos gozosamente exhibida y a ratos sabiamente disimulada… Poesía como de andar por casa a veces, cierto, pero siempre que tu casa sea el mundo entero, el hombre y la mujer enteros.


Jueves, 6 de mayo
UN ENCUENTRO EN BRUSELAS

Es curioso pensar que Ángel Ganivet pudo cruzarse por las calles de Bruselas con un marino polaco, nacido en Ucrania, que quería participar en la gloriosa empresa civilizadora del Congo. Seguro que, si fue así, trataría de desengañarle. Como escribió en una carta de mayo de 1893 (una amiga gijonesa me regala la primera edición de su epistolario), él pensaba que “en el fondo no hay tal obra civilizadora, y sí solo una empresa comercial en grande, encubierta con rótulos filantrópicos, que incitan a los hombres de buena fe a coadyuvar a lo que, si viesen lo que hay en el fondo, no coadyuvarían”. Y luego añadía: “Cualquiera que piense, no ya con la cabeza sino con los calzoncillos, comprende que no se trata de la felicidad de la raza negra, ni del progreso, ni de nada por el estilo; se trata de un negocio en gran escala, en el que el rey Leopoldo tiene metidos buenos millones, que dará excelentes resultados si, como es de esperar, no se acaba la raza de los héroes de relumbrón que buscan la muerte o el ascenso, y de los héroes oscuros, que buscan la muerte o un pedazo de pan”
Pero afortunadamente aquel joven polaco no le hizo caso y se embarcó para el Congo. Lo que allí vio ya lo había adivinado Ganivet, pero Joseph Conrad supo contarlo como nadie en El corazón de las tinieblas.


Viernes, 7 de mayo
LA LLAVE PERDIDA

Habiendo yo perdido mi juventud como quien pierde llaves (Blas de Otero, madrugadora visita, sigue acompañándome), me queda la palabra para iluminar tu cuerpo desde las cejas hasta las rodillas. Tu cuerpo que anticipa la mañana, y aunque es de noche recoge la llave perdida en medio de la calle. Y vuelve a abrir los ojos y las manos y la puerta gastada de mi vida, vida mía.