lunes, 21 de julio de 2014

De emociones y caballos



En la habitación del hotel me encontré con un libro. Lo abrí al azar: “Aunque Jacques era un enamorado del amor, nunca antes había conocido emociones ni caballos que no pudiera controlar”.
            Sonreí. La verdad es que a mí domar caballos no sé si se me daría bien o mal, nunca lo he intentado, pero el control de las emociones, al menos hasta ahora, no se me ha dado del todo mal. Siempre que he perdido la cabeza he sabido dónde encontrarla antes de que los desperfectos fueran demasiado graves.
            Me asomé a la ventana. Hacía un rato parecía que iba a llover, pero el cielo se estaba aclarando. Miré el reloj: solo faltaba media hora para la cita. La verdad es que no soy muy partidario de las citas a ciegas, pero nunca es tarde para aprender a jugar con cosas nuevas.
            Y cualquier pretexto es bueno para volver a Ginebra, una ciudad que en verano está a poco más de una hora de Oviedo. Habíamos quedado junto a la tumba de Borges, en el cementerio de Plainpalais, a veinte minutos del hotel caminando tranquilamente. Yo llegué puntual, como hago siempre, pero allí no había nadie. No había nadie en todo el cementerio, en realidad un tranquilo parque con monumentos a hombres ilustres. Y a muy pocas mujeres. Una de ellas, Griselidis Real, entre la sepultura de Borges y Calvino, proclamaba orgullosa, junto a las de pintora y escritora, la que había sido su primera profesión: prostituta. Siempre que me acercaba allí pensaba lo mismo: de qué hablarían los tres en las largas veladas de la eternidad.
            No había nadie junto a la tumba, pero sí un libro. No es la primera vez que me encuentro una ofrenda semejante. Pero no era un libro de Borges, sino de Isak Dinesen. Carnaval, el mismo que yo había encontrado en la habitación del hotel. Una hoja arrancada de un cuaderno cuadriculado, como el que usan los niños, señalaba una de las páginas; en ella estaba subrayada a lápiz la siguiente frase: “Una cabeza de muchacha surgió de una ola, a su lado. La joven, deslumbrante de agua salada y luz de sol, cuando la ola retrocedió hacia el mar, se irguió frente a él, detenida en un lugar poco profundo; sus talones eran rosados como conchas marinas”.
            En el papel, con apresurada caligrafía, se indicaba un lugar y una hora. Alguien estaba jugando conmigo y a mí me apetecía jugar, jugar todo el tiempo que hiciera falta, sin apresurarme, sabiendo de sobra que la solución de cualquier enigma es siempre menos atractiva que el propio enigma.
            El lugar de la cita era el paseo que hay sobre el Parc des Bastions, en la vieille ville, el mejor sitio para contemplar el crepúsculo. Allí me dirigí intrigado, con paso rápido –se acercaba la hora de la cita–, y sonriente: en una de aquellas mansiones con tan hermosas vistas se refugia de sus tribulaciones judiciales la hermana del rey de un país de cuyo nombre no quiero acordarme. Alguna vez la había visto salir apresurada de su casa, precedida y seguida por discretos guardaespaldas que seguramente no pagaba de su bolsillo. Quizá para entretenerse…
            Me detuve un momento frente a los jugadores de ajedrez a la entrada del parque por la Place de Neuve. Noté que alguien se detenía también. Me puse en marcha, se puso en marcha. No había duda. Me estaban siguiendo.
            Me asusté. Mejor dejarlo ahí. Mejor no continuar jugando. O sí, pero al ajedrez. Volví sobre mis pasos. Dejé que el misterio, que había comenzado con un billete de avión a mi nombre y una reserva de hotel, recibidos anónimamente, quedara sin resolver.
            Mejor así. Porque yo tenía mis sospechas acerca de quién podía estar detrás de todo y la verdad es que, si de jugar se trataba, prefería hacerlo con cualquiera de los anónimos jugadores de ajedrez de la entrada del parque.


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