domingo, 20 de enero de 2019

Revelación de secretos: Blindar el corazón



Viernes, 11 de enero
FALTAN REPUESTOS

La admiración tiene fecha de caducidad, como el amor o los yogures. Con los años, aprendo escepticismo: el amor de hoy es el odio de mañana, el más agresivo detractor fue el mayor admirador. Pero en uno y otro caso, hay algo más grave: la indiferencia.
            Pronto a aprendí a no darle demasiada importancia. Siempre he sido conformista con lo que no tiene arreglo.
            Hasta cierta edad, a un amor le sucede otro, con intervalos más o menos largos, pero nunca demasiado largos, que servían para relajarse y disfrutar.
            Si un admirador se iba (antes le parecías el mejor crítico del mundo, el más valiente, ahora un lenguaraz incapaz de hacer carrera literaria), otro llegaba y a veces había quien volvía después de probar fortuna en los alrededores de Babelia o en sitios peores.
            Hasta cierta edad. Ahora los recambios comienzan a demorarse demasiado. Habrá que cuidar más lo que uno tiene, hacer que dure todo lo posible, porque, como en la Cuba asediada, cada vez resulta más difícil conseguir repuestos.


Sábado, 12 de enero
PEQUEÑO MUNDO

Ocurrió en una estación marítima, la de Yenikapi, de donde parten los ferrys para las islas Príncipe y para varias poblaciones de la orilla asiática del mar de Mármara.
            Yo había llegado paseando al azar, sin intención de embarcar hacia ninguna parte. Las calles que llevan hasta el Cuerno de Oro están llenas de vida: orgullosas mezquitas que parecen alzar sus manos al cielo, fantasiosa arquitectura europea, perspectivas vistas en algún viejo grabado, coloristas puestos que ocupan las aceras desbordando al Gran Bazar. Las que van hacia el otro lado, hacia el sur, parecen de una ciudad distinta, con sus aceras destrozadas, sus retorcidos callejones, sus iglesias acurrucadas en un rincón.
            Al comienzo, sobre los tejados, deslumbra el azul del mar como una llamada, como una tentación. Pero pronto desaparece y cansados de dar vueltas al laberinto renunciamos a llegar hasta él, volvemos a la zona más monumental y animada.
            Aquella tarde, una tarde de agresiva soledad, yo quise confirmar que el azul entrevisto no era una ilusión óptica. Di vueltas y más vueltas, hice algunos descubrimientos (el patio con naranjos ante una iglesia griega, al que se llegaba por un desvencijado y camuflado portón) y por fin di con una infranqueable muralla: una autovía y la línea del metro exterior. La fui bordeando, por una acera que apenas lo era, sorteando charcos y socavones, hasta encontrar un paso elevado. Lo crucé y seguí caminando, por una especie de barrizal (del mar me separaban desvencijados barracones) hasta que llegué a la estación marítima que tenía la imagen de un delfín en lo alto y el nombre de la compañía que parecía utilizarla en exclusiva: Ido. En aquel instante, el sol comenzaba a desaparecer en el horizonte y todo se embadurnaba de melancolía.
            Un puñado de solitarios en el hall, en la cafetería. Nadie hablaba con nadie. Todos daban la impresión de que llevaban allí mucho tiempo esperando y que no les importaría seguir haciéndolo toda la eternidad. Miré el cartel luminoso que indicaba las llegadas y partidas. Dentro de quince minutos, salía un ferry para Yalova. Nunca había oído ese nombre, no sabía si era una población grande o pequeña, nada ni nadie me esperaba allí, pero tuve la tentación de subir a ese barco, de navegar en el crepúsculo, de llegar de noche a ninguna parte.
            ¿A ninguna parte? Saco el móvil y me entero de todo lo que hay que saber sobre Yalova: que es más o menos del tamaño de Avilés, que en ella residió Atatürk, que cuenta con fuentes termales. No merece la pena la aventura, seguro que allí no hay aterradores lestrigones ni Circes que me conviertan en cerdo ni sirenas que me lleven a la perdición.
            Cuando todo el mundo cruza los controles para subir al barco, yo me quedo solo en la sala de espera. ¿Solo? Eso creía. Un anciano se me acerca y, tras dirigirme lo que parece un saludo, me suelta una larga parrafada. Cuando le hago entender que no entiendo su idioma, se entera de dónde soy y comienza a hablar en un borroso español: “De joven, viví algún tiempo en Argentina y conocí a Jorge Luis Borges. Yo trabajé como mesero en una de las confiterías que él frecuentaba”.
            Una vez le prestó dinero, otra vio como una mujer mayor, que debía ser su madre, le sacaba de allí a empellones, dejando a la muchacha que le acompañaba con los ojos llenos de lágrimas y a todos los clientes avergonzados.
            Qué pequeño es el mundo, me dije sonriendo. Volvía a sentirme cerca de todo, lejos de nada.


Domingo, 13 de enero
REGRESOS

La última vez que fui al cine (estoy perdiendo esa buena costumbre) me apetecía ver El regreso de Mary Poppins, pero sentí un poco de vergüenza, me parecía un divertimento impropio de mi edad y condición, y me decidí por Tiempo después, el regreso de José Luis Cuerda.
            Me arrepentí de inmediato: no es más que un dilatado chiste. No sonó ni una sola risa en la sala, a pesar de que toda la película está llena de golpes de humor al apolillado estilo de La Codorniz. A ratos me daba la impresión de asistir a una función colegial, a un piadoso homenaje a una vieja gloria.
            Este domingo dejé de lado mis prejuicios contra la acaramelada factoría Disney y volví a escuchar el cuento de la niñera (que nada tiene que ver con El cuento de la criada, de Margaret Atwood) y disfruté tanto como si tuviera de nuevo siete u ocho años (en realidad, los sigo teniendo).
            Sonreí ante el malvado banquero que interpreta Colin Firth. Es un corderito enternecedor si se compara con los banqueros reales, con ese Francisco González, por ejemplo, que no tuvo reparo en encargar (pagando con dinero ajeno) que se pincharan los teléfonos de quien hiciera falta (del rey abajo, no se salvó ninguno) para que a él no le movieran la poltrona antes de tiempo y le impidieran llevarse a casa el botín previsto.
            “El genio es la infancia recuperada voluntad”, afirmó Baudelaire en frase que a mí me gusta repetir. Si es así, yo soy bastante genial.

Lunes, 14 de enero
OTRA HISTORIA

No todas las vidas duran toda la vida. Algunas se acaban mucho antes. La de Juan Cueto, por ejemplo. Era el maestro, el ejemplo a seguir, en los años de Cuadernos del Norte, de su colaboración continua en El País. Vigía avizor, nada que valiera la pena parecía escapársele. Estaba al tanto de los avances de la semiótica o de la teoría política y del fútbol y de la música pop y de todo lo que se moviera en la alta, la baja y la ínfima cultura de cualquier país.
            Pero ese Juan Cueto, el que ha quedado en la memoria de todos, el que estos días exaltarán por un día los más diversos articulistas, no solo el servicial Juan Cruz, desapareció hace un cuarto de siglo, cuando fue fichado para poner en marcha la primera televisión de pago española.
            Tuvo éxito en la complicada empresa, pero para ello debió dejar a un lado al escritor que era. Siguió dando tumbos, de éxito en éxito hasta la derrota final, por Francia y por Italia. Tejemanejes empresariales devolvieron al aprendiz de brujo a Gijón, a su Villa Ketty, y a la vida que no debía haber abandonado. Reanudó la colaboración en El País, pero ahora sus antaño deslumbrantes artículos, aunque seguían con la misma llamativa retórica, o quizá por eso, dejaron de tener gracia, o tenían una gracia vintage, algo demoledor para quien siempre había querido ir un paso por delante de los pioneros.
            Al poco llegó la enfermedad y Juan Cueto, que hasta entonces estaba en todas partes, bajo todos los focos, se recluyó en sí mismo. No le olvidaron los buenos amigos de los tiempos de gloria y hubo varios intentos de rescatar su obra, el más sonado Cuando Madrid hizo pop, recopilación a cargo de Miguel Barrero. El eco periodístico, como siempre ocurrió con Juan Cueto, fue grande, pero no sé si tuvo muchos lectores.
            “La moda es lo que pasa de moda”, decía Jean Cocteau. Qué envejecidas nos resultan hoy las novedades de los años ochenta. No me he atrevido a releer algún capítulo de los libros que tanto admiré en su momento, Exterior, noche o Pasiones catódicos. Lo dejo para más adelante.
            Ahora es el momento de recordar a la persona generosa, ya un personaje, que una tarde se acercó a mí en el Café Dindurra (nunca habíamos hablado antes). Me saludó y me dijo que había leído algún número de la revista Jugar con fuego y que le gustaría que yo colaborara en la revista que estaba preparando, Los Cuadernos del Norte. Y yo colaboré –en los primeros números– con nombre propio y ajeno y con unos irreverentes diálogos que a punto estuvieron de causarle un problema. Pero el problema le vino por otro lado, por el de su admirado Camilo José Cela, la Virgen de Covadonga y la ultraderecha asturiana. Pero esa es otra historia.


Martes, 15 de enero
NO ES VERDAD

He blindado tan bien el corazón, lo he protegido tanto, que ya no sé si tengo corazón. Hago recuento de amores perdidos, de amigos perdidos, y siento menos tristeza que alivio. “Quien deja de quererte no te ha querido nunca”, me digo para consolarme. Y finjo que me lo creo, aunque de sobra sé que no es verdad.


Miércoles, 16 de enero
QUÉ FÁCIL

Qué fácil hacer daño a los demás, incluso sin querer. Qué difícil ayudarles, aunque pongamos todo el empeño en ello.
            Un amigo pasa por un mal momento y yo debía abrazarle, llorar con él, hacerle sentir que cuenta conmigo. Pero soy incapaz. Me quedo rígido a su lado sin saber qué decir.
            Lo mío es la ironía, el debate, el choque de espadas, el juego y el silogismo. Cuando llega la hora de la verdad, me temo que valgo para poco.


Jueves, 17 de enero
TELÓN O GUILLOTINA

A veces el telón cae mucho tiempo después de que haya terminado la función; otras golpea de pronto como una guillotina. Dos malas maneras de abandonar el mundo, la de Juan Cueto, años después de abandonarlo, y la de Areces, el político al que yo siempre voté, en ocasiones con reparos, que ni tuvo tiempo de percatarse de la que se le venía encima. Me deja temblando esa espada de Damocles que todos tenemos sobre nuestra cabeza.
            Dos malas maneras de abandonar el mundo, si es que hay alguna buena. Yo prefiero la segunda, pero si es posible después de cumplir los noventa años.


Viernes, 18 de enero
DECIR ADIÓS

No te encariñes demasiado con nadie, no dejes que nadie se encariñe demasiado contigo. Así, cuando llegue la hora, quizá decir adiós te resulte más fácil.

domingo, 13 de enero de 2019

Revelación de secretos: Renace el universo



Jueves, 3 de enero
PERDIDO Y ENCONTRADO

No soy  un aventurero. Camino con dificultad fuera del terreno conocido. Meto cautelosamente un pie en el agua para comprobar la temperatura y casi siempre acabo volviendo a la tumbona de la costumbre por encontrarla demasiado fría.
            Cuando pasé por Estambul, hace unos meses, cenaba en el café Loti, con su gran terraza a Divan Yolu, la animada avenida del tranvía, frente a un cementerio (tardé en darme cuenta de que lo era).  Vuelvo ahora y me alojo allí mismo, en el hotel que lleva el nombre del escritor viajero. Desde la ventana, contemplo los elegantes mármoles y el arbolado donde reposan ilustres prohombres del tiempo del Imperio.  Muy cerca, a un lado tengo un McDonald’s, al otro un Burger King y enfrente un Starbucks. No es que piense visitarlos, pero me tranquiliza que estén ahí.
            A quien dedico mi primer saludo es al Hipódromo, a dos pasos del hotel. Quedan pocos restos de su pasada grandeza: el obelisco de Teodosio, la descabezada columna serpentina, el obelisco amurallado. Queda el espacio y, si cierro los ojos, el rugido de la multitud, cuando en el último minuto un caballo adelanta a otro. Pero quizá lo que me viene a la memoria tenga menos que ver con la realidad que con alguna película como Ben-Hur.
            Santa Sofía (una santa que quizá es solo un error de traducción) y la Mezquita Azul, que no es azul, sino gris, llevan siglos rivalizando. Yo tengo pocas dudas de que el triunfo es para la más vieja. La Mezquita Azul sigue siendo mezquita y para entrar en ella hay de descalzarse. El frío de las alfombras acentúa lo desangelado del interior, en obras. No parece un lugar para el recogimiento, por mucha fe que se tenga.
            Santa Sofía es ahora un museo, pero algo queda allí del aliento de los emperadores bizantinos, del fervor destructor de los iconoclastas, de la barbarie de los cruzados, del rumor policromado de la historia. En cada rincón, hay una maravilla. Y tras cada ventana, por las que nadie se asoma, una estampa antigua que parece coloreada a mano.
            Santa Sofía abraza, perderse en ella es encontrarse. La Mezquita Azul acoge con frialdad de hospital; entré y salí rápidamente de ella.
            Como buen ateo, soy muy sensible a los espacios sagrados. Solo los creyentes odian o desprecian a las religiones, a todas, salvo a la suya. Muy religiosos eran los santos varones de la segunda Cruzada que entraron a saco en Constantinopla y destrozaron las imágenes heréticas de Santa Sofía. Yo en ninguna parte me he encontrado más cerca de la paz y del enigma, del Dios que no existe y del centro de mí mismo, que en una mezquita, la de Plovdiv, a la que vuelvo siempre que puedo, a no ser en aquel comienzo del sabbat junto al Muro de las Lamentaciones, o en alguna iglesuca aldeana donde un puñado de viejas medievales, como en una página de Valle-Inclán, bisbiseaba el rosario.
            Los lugares, como las personas, nos provocan amor o rechazo a primera vista. Yo detesto el palacio Topkapi, que no es un palacio sino un conjunto de dispersos pabellones, y compadezco a los sultanes que tuvieron que vivir allí. Quizá por eso, porque sabe de mi antipatía, me recibe esta vez con ráfagas furiosas de viento y lluvia. Ni siquiera me deja admirar las vistas del Bósforo, lo mejor del lugar.
            Me refugio en el museo arqueológico, un recinto decimonónico que siempre me ha fascinado y no por au colección de arte islámico (me aburren pronto azulejos, alfombras y porcelanas), sino por la prodigiosa sala de los sarcófagos. Parte está en obras y no puedo ver el atribuido (erróneamente) a Alejandro Magno, pero hay otros bastante más sugerentes. Algunos tan monumentales como un retablo catedralicio.
            Me aventuro muy temerosamente fuera de mi zona de control. Tardo mucho en sentirme seguro fuera de casa. Pero en Estambul ya tengo un barrio donde estoy en casa, ya he reconstruido mi pequeño Oviedo. Para dormir, el hotel Pierre Loti; para viajar en el tiempo, Santa Sofía; para comer, el Sultanahmet Köftecisi, con fotos de clientes ilustres en las paredes y algo de dinner neoyorkino; para leer con un café y alguna delicia turca, el Hafiz Mustafá 1864 (y lo bueno es que hay uno cerca del hotel y sucursales, igualmente confortables, en todas partes).
            Llego de noche a una ciudad y en el primer amanecer (me gusta madrugar) me encuentro perdido, aterrado, Pero a la mañana siguiente ya he tomado posesión de mi territorio, ya me siento como en casa.
            Es lo que me ocurre con este rincón de Estambul, en el que una piedra miliar señala el punto de partida de todas las carreteras del Imperio. Aquí estuvo, hace tiempo, el centro del mundo. Sonrío al pasar fatigado junto a ella, de regreso al hotel. “Y lo sigue estando”, pienso.


Viernes, 4 de enero
DE NUEVO EN CASA

Por un momento, mientras asciendo en el funicular Tünel desde el puente de Gálata hasta la parte alta del antiguo barrio de Pera, tengo la impresión de que voy a aparecer en una de las colinas de Lisboa, en la de Lavra quizá, con su estatua al milagrero doctor Sousa Martins y sus exvotos. Pero no salgo a Lisboa, sino a una calle ancha y peatonal, recorrida por un nostálgico tranvía, que nada tiene que ver con el Estambul que conozco.
            ¿París, Viena, Budapest? Cualquier ciudad de la vieja Europa, con su arquitectura historicista, sus doradas verjas palaciegas y sus cafés con vidrieras modernistas. Hay pasajes cubiertos, centros comerciales, cines, librerías…
            Y de pronto, para acabar de convencerme de que es el lugar en que me gustaría vivir, me encuentro con una triple arcada que me lleva a un rincón de Venecia, a una plazuela que corona la fachada gótica de Madonna del Orto.        
            “¿Qué hace aquí Juan Pablo II, ese Juan Carlos I del papado?”, me pregunto con gesto de desagrado, como quien encuentra una mosca en la sopa, al ver una ensotanada estatua. Pero no, no es el político polaco de la Banca Ambrosiana y los Marcial Maciel, sino Juan XXIII, que cuando fue nombrado papa era patriarca de Venecia y que pasó aquí diez años, del 34 al 44. La iglesia está dedicada a San Antonio de Padua, que no es otro que Santo António de Lisboa.
            No necesito más para sentirme como en casa mientras paseo por Istiklal Caddesi, que antes fue la Grande Rue de Pera. Aquí me quedaría a vivir, ya digo.
            Me quedaría a vivir tres días, pienso cuando lo pienso mejor. ¿Dónde encontraría los libros que necesito cotidianamente, como el pan? El turco no lo leo y el inglés malamente y yo necesito hojear al menos media docena de novedades cada día para quedarme con una o dos.
            Afortunadamente, existen los i-book, existe Internet. Entraría todos los días en Iberlibro y en otras librerías digitales y me iría pidiendo los títulos que me interesaran. No daría la dirección de mi casa (casi nunca estoy en casa), sino la de mi cafetería habitual (ya le he echado el ojo a una) y al llegar cada mañana el camarero me traería, sin necesidad de preguntar, mi café y mi vaso de agua, y además el paquete o los paquetes de libros que acaban de llegar.
            Problema solucionado. Ya tengo un lugar tranquilo (o bullicioso: yo me concentro muy bien en medio del barullo: ventajas de haber sido un niño pobre y de familia numerosa que no tuvo un cuarto propio hasta que no pudo pagárselo), café y libros, ¿pero qué pasa con los contrincantes dialécticos? Quiero decir, con los amigos. Porque para mí un amigo no es alguien con quien irse de juerga ni un hombro en el que apoyarse en los malos momentos ni alguien con quien compartir prejuicios. Para mí un amigo es para debatir, combatir dialécticamente, ejercitar los músculos de la mente. Y amigos así cuesta mucho encontrarlos: nada disgusta más a la mayoría que el que le lleven la contraria. A mí no, yo lo veo como un reto. “¿Que estoy equivocado? ¿Que no tengo razón? Pues vamos a ver las razones que me das para ello, me encanta rectificar”.
            Todo el mundo piensa que hablo irónicamente cuando digo que me gusta rectificar. “¡Tú no rectificas nunca!”, me responden. Pero hablo con total sinceridad. Estar equivocado es para mí algo humillante, rectificar no. Y siempre doy las gracias a quien me demuestra que estoy equivocado. Lo cual es fácil en cuestiones puntuales (me fío demasiado de mi memoria y me juega malas pasadas), pero un poco más difícil cuando tiene que ver con el pensamiento lógico. Razonar creo que razono bastante bien, tratando de esquivar los sofismas habituales. Pero puedo estar equivocado y reto a cualquiera a que me lo demuestre.



Sábado, 5 de enero
VIEJOS VERSOS

No es el mejor día para un crucero turístico. El viento y la lluvia impiden salir a cubierta. Desde las ventanas empañadas, contemplo Asia a un lado y al otro Europa, como en el poema de Espronceda. En cuanto aparece una negra y almenada silueta, la del castillo Rumeli construido por el sultán Mehmed II en 1452 para atacar Constantinopla (según explica el guía), a la memoria me vienen unos versos: “Vivir en un castillo junto al Bósforo, / viendo pasar los barcos y la historia, / prisionero entre el ruido de las olas”.
            Sonrío al recordar que los escribí yo, hace casi medio siglo, y que están publicados en un libro ,Marineros perdidos en los puertos, del que renegué de inmediato.
            Junto al Bósforo, en lujosas mansiones, viven los privilegiados de Turquía. En este día gris, no parece un lugar apetecible, al menos no para mí.
            Lo cierto es que, hace siglos, yo soñaba con este lugar. Lo recorro ahora con parsimoniosa melancolía. Nunca es tarde para hacer realidad los sueños de la adolescencia. Pero para vivir, vivir, ni un castillo ni un palacio junto al Bósforo; mejor mi piso de Murillo, 5.


Domingo, 6 de enero
REGALO DE REYES

Todavía medio dormido, se me ocurre pensar que es la mañana de Reyes y que hace años que los Reyes no se acuerdan de mí.
            ¿No se acuerdan? Descorro las cortinas y veo encenderse sobre la calzada las luces que avisan del paso del tranvía y escucho el trino de los pájaros madrugadores y contemplo las cúpulas, los tejados y los monolitos de mármol que se alzan sobre el olor a madreselva, tras los muros del cementerio. Estar aquí ya es un regalo, pienso. Cuando era niño, siempre pedía libros. Ahora pido ciudades. Una ciudad es un libro que uno nunca se cansa de leer.
            Y el niño que yo fui me trae a la memoria otro niño que ahora disfruta la magia de sus primeros Reyes. Le han dejado un regalo en mi casa, que le entregaré cuando vuelva.
            A la cabeza me viene de improviso otro regalo. No le hará ilusión, son solo cuatro versos. Quizá sí cuando pasen los años.
            Me levanto, busco un folio (no hay ninguno con el nombre del hotel, lástima) y escribo en letras mayúsculas: “A Martín, en la mañana de Reyes”. Me esfuerzo para que mi letra resulte inteligible:
            “Fuente de luz, arroyo de alegría, / talismán que protege de lo adverso, / en ti vuelvo a vivir la niñez mía / y en tus ojos renace el universo”.



domingo, 6 de enero de 2019

Revelación de secretos: Elogio de la repetición



Sábado, 29 de diciembre
LA GLORIA DEL POETA

¿Es el dinero el mejor crítico literario? Se subasta en la sala Durán el legado de Luis Cernuda, lo que queda de las pertenencias que dejó en poder de su familia cuando salió de España, allá por 1938, para no volver jamás.
            El precio de partida de la primera edición de Cántico es de mil doscientos euros, mientras que Gerardo Diego se queda en la mitad. Pero las Canciones de Lorca no se venden por menos de cinco mil euros. Todos los ejemplares están dedicados.
            Me imagino la poca gracia que le haría a Cernuda la dedicatoria de Jorge Guillén. Le llama “mi lector ideal”. Seguro que entendió que iba con segundas: era tan buen lector que ya antes de que se publicara el libro, basándose solo en los poemas aparecidos en revistas, lo había tomado como modelo para su Perfil del aire, según se ocuparon de subrayar los reseñistas, azuzados por el propio Guillén y su amigo Salinas.
            Sonrío al leer las dedicatorias que Cernuda se ponía en sus libros: “A Luis, con mi cariño y mi antipatía de siempre” (Perfil del aire), “A Luis, ya que solo nuestro dolor sabe” (La invitación a la poesía), “A Luis, tan joven aún en su desengaño” (Donde habite el olvido), “A Luis, que ha escrito estos poemas por esperanza unos, otros por desesperación”.
            Claro que para dedicatorias ridículas ninguna tanto como la de Gil-Albert: “A / Luis Cernuda / Ahora que el año / está tierno, / no posee sino / sienes como de nenúfar / Ofrecimiento de amistad”.
            Además de los libros, se subastan varias pinturas de Gaya –una de ellos, el famoso retrato al óleo de 1932–; una cómoda “de madera noble”, donde Cernuda guardaría sus camisas, sus foulards y sus guantes amarillos; un gramófono muy años veinte y un puñado de discos.
            No asistió mucho público a la subasta. Por allí andaban Abelardo Linares, que quiso quedarse prácticamente con todo; Andrés Trapiello, que pujaba en su nombre y en el del Museo Ramón Gaya, y un colaborador de la editorial Pre-Textos. También un representante del Ministerio de Cultura, que ejerció reiteradamente su derecho de tanteo, con lo que la mayor parte del legado acabará, afortunadamente, en la Residencia de Estudiantes.
            ¿Con qué me habría quedado yo, si hubiera tenido dinero y hubiera estado allí? Pues con nada. Soy poco fetichista. Quizá con lo que se anuncia como un “álbum veneciano”, pero que comienza con una hermosa vista del puerto de Mergellina, con el Vesubio al fondo.
            Esto es la gloria póstuma, pienso (ahora ando obsesionado con eso), que medio siglo después de la muerte tu legado se subaste en una casa elegante y no aparezca disperso por el Rastro. Pero si alguien lo recoge con amorosa admiración, tampoco me parece que haya mucha diferencia.


Domingo, 30 de diciembre
TANTOS AÑOS DESPUÉS

Pasa por el Fontán mi amigo Martín López-Vega, ahora en la cumbre de toda su fortuna, que se muestra benévolo tras leer lo que digo hoy de él en la entrega semanal de mi diario.
            ––Te conozco demasiado bien como para molestarme. Hace años que te repites. Sigues creyéndote el único crítico riguroso del mundo y más inteligente que nadie, aunque listo demuestras no serlo mucho: siempre apuestas por el caballo perdedor. Me molestan tan poco tus dudas sobre las razones de mis cambios de opinión acerca de este o aquel poeta, que tú interpretas como interesadas, que hasta te regalo un título para tu próximo libro: Senectud, egolatría.
            Silvia Ugidos, recién llegada de su particular exilio en Medellín, se ríe con nuestras trifulcas.
            ––Veo que no habéis cambiado nada, seguís como el perro y el gato. Hay cosas que nunca cambian, como vosotros y Puerto Urraco.
            Puerto Urraco es el nombre que cariñosamente le aplica a Oviedo. Nos acompaña también Marcos Tramón, tan silencioso como de costumbre.
            Ya hace más de un cuarto de siglo que llegaron a la tertulia por primera vez y aquí estamos los tres tomando café, tan amigos y tan discutidores como el primer día. Y yo tan feliz con este regalo de fin de año.
            Porque la verdad es que –aunque me moriría antes de reconocerlo públicamente– la tertulia es un poco como mi familia y las desventuras y los éxitos de Piqueros y Olivanes, Almuzaras  y Pelayos los vivo como propios.
            Pero me divierte tratarles como Juan Ramón Jiménez trataba a los poetas del 27. Uno es así de contradictorio.  (También me fastidia un poco, todo hay que decirlo, que ya no hagan ningún caso de mis consejos literarios.)


Lunes, 31 de diciembre
EXPONER LA INTIMIDAD

¿Me repetiré tanto como dice López-Vega? ¿Estaré insistiendo una y otra vez en las mismas cosas, como un viejo dómine cascarrabias? Pero si nadie me hace caso, ¿cómo no insistir en que la inviolabilidad del rey que garantiza la Constitución es solo para su actividad como jefe del Estado, no para su vida privada; que los problemas políticos se resuelven debatiendo y votando, no encarcelando y apaleando; que las noticias falsas que intoxican a los ciudadanos no son privativas de las redes sociales, que aparecen en las portadas de los periódicos y pululan por el congreso como Pedro (o Pablo) por su casa?
            Leo hoy –¡y en un editorial de El País!—la siguiente majadería: “La UE toma medidas para que Facebook no empañe las campañas”. ¿Sabrá ese “experto” editorialista como funciona Facebook? Tiene dos mil millones de personas registradas, pero lo que uno sube a su muro de Facebook no lo leen precisamente dos mil millones, sino con frecuencia solo media docena. Cada uno sigue a quien quiere seguir. ¿Me va a intoxicar alguien a mí porque cante las virtudes viriles de la caza y los toros? Le bloqueo, y ya está. Nadie cambia de voto por lo que lea, si algo lee, en Facebook, solo se reafirma en el suyo.
            A la hora de intoxicar políticamente, son más peligrosos El País, El Mundo, El Abc. Pero esto ya lo he dicho docenas de veces. ¡Qué razón tiene López-Vega al afirmar que me repito!
            ¿Pero cómo no repetirse ante la reiterada tontería en los medios presuntamente serios?  En el editorial de marras, se advierte: “los usuarios han de ser conscientes de que los datos que suministran a Facebook, a veces con un simple ‘me gusta’, pueden ser utilizados de manera irregular”. Soy consciente, benemérito editorialista: si pongo “me gusta” en la foto de un gatito me arriesgo a que me llegue publicidad de comida para gatos. ¡Terrible riesgo!
            Sigo citando (las bobadas crean adicción): “La mejor forma de proteger la privacidad es no exponerla al gran escaparate que representa Facebook”. Y la mejor forma de proteger tu mercancía es no exponerla en el escaparate, amigo comerciante. ¿No se habrá dado cuenta el editorialista de que los usuarios de Facebook suben a su muro solo aquella parte de su privacidad que les interesa exponer? Su gracioso gatito, el gran viaje que han hecho, el éxito de la presentación de su libro, lo indignados que están por este o aquel atentado? ¿No se habrá enterado de que para exponer la privacidad que no queremos exponer ya tenemos el teléfono móvil, donde algunos no tienen inconveniente en hablar de lo más íntimo en plena calle o en el vagón del tren?


Martes, 1 de enero
METAFÍSICAS

Comienzo el año con Un libro sobre Platón, de Antonio Tovar. Me divierte oírle decir lo que yo muchas veces he pensado: “Los comienzos de la metafísica se mezclan con juegos de palabras. Hay en las obras de Platón descubrimientos tan elementales que, si no fuera porque están en griego (lo cual los ha hecho parecer más sublimes) y porque hoy, cuando no respetamos tanto el griego por el hecho de serlo, los leemos con sentido histórico, habríamos de imprimir muchas páginas en letra pequeña, como portadoras de engañifas para niño”.
            Que los filósofos acostumbran a dar gato por liebre, como ciertos artistas contemporáneos, yo siempre lo he pensado. A menudo la abstrusa terminología no encubre más que una obviedad, un sofisma o, simplemente, una tontería.
            Y no digamos nada de los teóricos de la literatura, siempre a vueltas con su Derrida y su Bajtín y su muerte del autor o de la literatura y otras cosas igualmente estupendas.
           

Miércoles, 2 de enero
EN EL SAVANNA

No hace falta haber estudiado astrofísica para saber que la realidad está llena de agujeros. Yo he caído más de una vez en ellos, pero hasta el momento siempre he podido agarrarme al borde y salir con bien. Y no me refiero a esos momentos en que parece desaparecer el suelo bajo nuestros pies, como cuando mi primera mujer me dijo que no le gustaba la vida que llevaba, que había pedido el traslado y que preferiría que, al menos durante un tiempo, yo no la acompañara. Tan ciego estaba yo que ni se me había ocurrido pensar en la posibilidad de una cosa así. La segunda vez, con mi segunda mujer, ya no me cogió tan desprevenido.
            No me refiero a eso, no. No me refiero a las grietas metafóricas que te rompen la vida. El día de Navidad salí del hotel muy temprano y paseé por el parque todavía cerrado al público. Me gusta, una vez al año, estar allí a solas, como si fuera mi jardín privado. En el jardín japonés, al otro lado de donde se alza el edificio de la biblioteca, me encontré un sendero entre los árboles alfombrado de hojas amarillas. Invitaba a recorrerlo, y eso es lo que yo hice. No podía ir muy lejos. Cerca, allí mismo, está la calle Rivero. No podía ir muy lejos, pero lo hacía. Caminé y caminé y parecía no tener fin. De pronto, se abrió en un pequeño claro alrededor de una fuente. Un cervatillo bebía en ella, como en un tapiz medieval. No se asustó cuando aparecieron unas damas vestidas con trajes de época. “Están ensayando alguna función de teatro al aire libre”, me dije. Y de pronto aquellas tres damas me miraron. Eran tres arpías. Mi primera, mi segunda y mi tercera mujer. Una alucinación, una de mis paranoias, pensé. Me medico desde hace tiempo. Desde que me abandonó la primera. Y no debería tomar alcohol, no mezcla bien con las pócimas que me receta el psiquiatra. Y nunca lo tomo, pero a veces en fechas especialmente deprimentes hago una excepción. Salí corriendo y al momento me encontré en terreno conocido, como no podía ser de otra forma. El cervatillo salió conmigo y tardó en desaparecer. Hay alucinaciones persistentes.
            Estábamos en el Savanna, solos nosotros dos, cuando se habían ido los últimos trasnochadores y el camarero no disimulaba su impaciencia. Acabó pidiéndonos que abandonáramos el local. ¿Pidiéndonos? Me di cuenta de pronto de que estaba solo, de que sobre la barra solo había una copa que se había ido vaciando una y otra vez, de que la realidad está lleva de agujeros, de grietas en las que uno mete inadvertidamente el pie y se viene abajo. Pero, hasta la fecha, yo siempre he conseguido levantarme.