domingo, 22 de octubre de 2017

Acción de gracias: Miedo


Domingo, 15 de octubre
VENCEREMOS

Al salir del cine, donde he ido a ver una distraída nadería, Canción de Nueva York, me encuentro con un amigo, eufórico por la marcha de los acontecimientos, que me reprocha mi pesimismo.
            ––¿Qué es eso de repetir “tengo miedo” como un niño asustado, amigo Martín, tú que no tienes miedo a nada? Antes habrás tenido que tenerlo, cuando España iba rodando hacia el abismo mientras Rajoy se fumaba un puro, leía el Marca y repetía que aquí no pasaba nada. ¿Ahora que, gracias a algunos líderes como Albert Ribera, se han tomado por fin las medidas necesarias es cuándo tú tienes miedo? ¿Ahora que el rey ha dejado de ser rey de todos para serlo solo de los verdaderos españoles, la inmensa mayoría, es cuando tienes miedo? ¿No le elogiabas tú por ser muy distinto de su padre? Pues ya ves, hasta en eso ha demostrado ser distinto. Los buenos españoles, amparado por el rey, los jueces, las fuerzas de orden público, el ejército y toda la inmensa fuerza del Estado ya no tenemos que tener miedo. Por fin se ha hecho caso al líder de nuestro partido, por fin se va a poner en marcha el artículo 155, ese artículo que muchos dicen no tener muy claro, pero que el líder de Ciudadanos tuvo muy claro desde el principio. Permite algo tan sencillo como destituir al actual gobierno de la Generalitat y convocar elecciones. Los que envenenaron al pueblo se irán a su casa o a la cárcel. Y en esas nuevas elecciones no votarían solo los catalanes. ¿De qué servirían entonces? La inmensa mayoría de ellos han sido envenenados por décadas de educación intoxicadora y volvería a votar a los mismos o quizá a otros peores. Habríamos hecho entonces un pan como unas hostias. En las próximas elecciones catalanes, tienen que votar todos los españoles. Y si la ley no lo permite, se cambia la ley, que para eso tenemos mayoría en el Congreso y un Tribunal Constitucional formado por patriotas a los que no es necesario decir lo que hay que hacer para que hagan lo que hay que hacer. Ya ves que hasta ese Pedro Sánchez, que tú tanto defendiste, en una situación como esta ha bajado la cabeza y susurrado “a mandar”. Y es que es un patriota, como todos los buenos españoles, con su rey al frente.


Lunes 16 de octubre
NO AMANECE

El día de hoy parece que no quiere amanecer. Me levanto a la hora de costumbre: es de noche. Me siento al ordenador a escribir la reseña de esta semana y cuando termino compruebo que sigue siendo de noche. Miro el reloj por si está estropeado. Pero funciona perfectamente y marca las once. Me asomo a la terraza: una luz amarillenta, enfermiza, lo cubre todo. Comienzo a asustarme. Pienso por un momento (siento, más bien, sin pensar) que es un aviso de los cielos ante los malos tiempos que se avecinan para toda la “espaciosa y triste España”.
            Es tal mi supersticiosa congoja que, cuando pongo la radio y escucho las noticias, siento un cierto alivio. No se trata de una señal del fin de los tiempos, del fin de la democracia en España y el comienzo de una época de violencia e incertidumbre. Es algo más natural, aunque trágicamente criminal: la coincidencia de varios incendios forestales, al parecer intencionados. Luego, cuando me entero de su dimensión, mi preocupación aumenta, pero es de distinto signo.
            La oscuridad del día, su lastimosa luz, no es anuncio del Apocalipsis. ¿O lo es también? Recuerdo la frase de Pessoa: todo es símbolo y alegoría.


Martes, 17 de octubre
METEDURAS DE PATA

En un número de la Revista de Occidente (septiembre de 1967), leo un pormenorizado y ponderado elogio que Antonio Elorza (primero fue comunista, luego militó en las filas de Rosa Díez y hoy es uno de los paladines intelectuales del antinacionalismo y el antiislamismo) hace de la revolución cultural china. Termina con esta frase: “Como el viejo Yukong de su célebre relato, Mao Tse-Tung se propuso hace ya tiempo, seguido por las masas trabajadoras, acabar con las dos grandes montañas –el feudalismo y el imperialismo– que pesaban sobre el pueblo chino. En la problemática situación en que hoy se encuentra, tal vez fuera la revolución cultural, el único camino objetivamente adecuado para proseguir aquella tarea”.
            Claro que es muy fácil juzgar los errores ajenos a medio siglo de distancia. Entonces los mejores intelectuales de Europa estaban fascinados con la bárbara estupidez de la llamada –en llamativo oxímoron– “revolución cultural”.
            ¿De qué tendré que arrepentirme yo cuando pase el tiempo? Ya me avergüenzo cada día de haber votado a un tal Fernández, pero por mucho que deteste a los traidores y me guste exagerar, debo reconocer que mi metedura de pata no puede compararse a haber sido paladín intelectual de los delirios maoístas.


Miércoles, 18 de octubre
MENUDO HONOR

¿Qué siente uno cuando se ve convertido en personaje de novela? El protagonista de El rinoceronte y el poeta, de Miguel Barrero, es un experto en la obra de Fernando Pessoa, profesor en una universidad de provincias, no muy apreciado por sus colegas, que vive solo, que visita todos los años Portugal, que tiene más de sesenta años, muy apegado a sus costumbres, que recuerda con emoción el 25 de abril, que nunca ha sentido necesidad de “compañía femenina” (parece que tampoco masculina) y etc., etc.
            Me veo completamente reflejado. Las obras suyas que se citan no son en cambio mías: una edición de El libro del desasosiego y la antología El poeta es un fingidor. Esos títulos son de Ángel Crespo (según aclara la nota final), pero el investigador que un verano viaja a Lisboa llamado por el mayor especialista mundial en el poeta de los heterónimos que quiere revelarle un secreto, soy yo.
            ¿Me halaga esta identificación? Por supuesto, salvo en un pequeño detalle: además de solitario, maniático y etc, etc, el protagonista de la última novela de Miguel Barrero es tonto, completamente tonto. Y esa tontería –que se manifiesta en todos los pequeños detalles de la trama– no es accesoria: sin ella lo que la novela tiene de novela, que no es demasiado, carecería de sentido.
            El gran secreto que el prócer luso le revela es que Pessoa nunca existió (o que existió, pero fue un simple oficinista aficionado al alcohol),  que toda su obra se debe a un grupo de escritores confabulados para dotar de sentido a la profecía de un Quinto Imperio cultural. La ocurrencia no es nueva: José Ángel Cilleruelo la desarrolló en un cuento publicado hace  años. Lo que es nuevo es que mi tontorrón alter ego la dé por buena sin ninguna prueba y sienta que ha dedicado su vida a una farsa. ¡Sí, menuda farsa de investigador que estaba hecho! ¿Pero no había visto los manuscritos de Pessoa, las cartas a las que adjuntaba poemas mucho antes de ser conocido, no comenta incluso el narrador su primera cuarteta, escrita a los siete años? ¿También eso fue falsificado?
            En fin, que el honor de ser protagonista de una novela queda un poco empañado cuando ese protagonista es un pobre majadero. Mi modestia habitual (más falsa que Judas) me lleva a añadir que a lo mejor es que también yo lo soy y aún no me he dado cuenta.


Jueves, 19 de octubre
EL HUEVO DE LA SERPIENTE

En la feria del libro viejo de Madrid, compré el Viaje a México de Paul Morand, traducido y prologado por Xavier Villaurrutia. Me fascina desde las primeras páginas. Parte de Saint-Nazaire en uno de los barcos correos de la Trasatlántica. Estamos en el año 1927. En las escalas españolas –Santander, Gijón, La Coruña– “como una ventosa el barco acaba de aspirar a los emigrantes vascos, asturianos, gallegos para depositarlos en los campos de caña de azúcar. Llegan a nuestro encuentro, en plena noche, de pie sobre las barcas, semejantes a los condenados de los primitivos flamencos; otras barcas los siguen, llenas de naranjas alumbradas por una bujía”.
            Paul Morand es un incansable “juglar de imágenes”, como afirma Villaurrutia en el prólogo, el mejor representante de la literatura efervescente y cosmopolita de entreguerras. Luego cometió el error de ponerse del lado de la Francia de Vichy y su brillo se eclipsó.
            ¿Cometió el error? La semilla del fascismo ya estaba en el Morand de 1927. Qué terribles páginas las que dedica al control de las fronteras este escritor que anda por el ancho mundo como Pedro por su casa. Pero esa libertad de la que él disfruta no la quiere para todos, solo para las razas superiores.
            Francia, como Estados Unidos –nos dice–, debe defender su raza y olvidar “pretextos sentimentales y pasados de moda, tales como el derecho de asilo”. Hay que contralar la emigración: “Necesitamos sangre celta, sangre sajona y germánica, sangre alpina. Miremos las estadísticas: entran eslavos, semitas, poloneses, latinos del Sur, que no necesitamos, agricultores mediocres, razas de intermediarios y de políticos futuros”. Pone el ejemplo de Chile: “En 1920 –le contó un ministro– no hemos dejado entrar sino escandinavos. En ese momento teníamos necesidad de sangre densa, laboriosa, tranquila, para la región Sur, principalmente”.
            El huevo de la serpiente ya estaba ahí. ¿Ya está aquí? Me aterra leer lo que dicen sobre Cataluña los intelectuales que yo creía de izquierdas. ¿Todos guardaban, como un alien al acecho de circunstancias propicias, a un Félix de Azúa en su interior?


Viernes, 20 de octubre
LA GUERRA NI EN BROMA

¿Quién puede creerse hoy que la Segunda Guerra Mundial, con sus masacres sin fin, al principio se veía como una broma? Pues así, la “drôle de guerre”, una guerra de broma, se la llamó durante los primeros meses. Los alemanes ocuparon Polonia, ingleses y franceses se vieron obligados, casi contra su voluntad, a declararles formalmente la guerra, y ahí acabó todo. Desde septiembre del 39 a mayo del 40, franceses e ingleses movilizados se dedicaron a mirar las musarañas mientras los alemanes hacían músculo. Por fin, cansados de jugar al gato y al ratón, ocuparon Bélgica y devoraron Francia (con gran placer de muchos de los franceses) en unos pocos días.
            Lo que en la historia ocurre primero como tragedia, se repite luego como farsa, afirman los optimistas. “Si no me decís quién ha sido antes de que cuente hasta tres, os vais a enterar”, amenaza el maestro a los alumnos díscolos. Nadie dice nada. “Voy a contar hasta seis, no me obliguéis a tomar medidas que no quiero tomar”. Los rebeldes siguen a lo suyo. “Os doy de plazo hasta el sábado”, concluye.
            El sábado –mañana– veremos qué pasa. Yo creo que el maestro ha perdido su autoridad para siempre, aunque el director del colegio haya tenido que salir en su ayuda.




domingo, 15 de octubre de 2017

Acción de gracias: Carácter es destino




Sábado, 7 de octubre
PERSONA NON GRATA

Llegamos a Castropol a las diez de la mañana, un hora antes de que comiencen los actos de homenaje a Luis Cernuda. El pueblo, arrebujado en la colina que se adentra en la ría como la proa de un barco, tiene un aire ausente esta dorada mañana de otoño. Nadie en las calles, ni un ruido tras las fachadas. como si fuera el escenario de una película en un momento de descanso del rodaje.
            De pronto, la sorpresa de una plaza arbolada, ajardinada, con una aparatosa estatua a un héroe  muerto en la guerra de Cuba, el quiosco de la música y un edificio modernista, el más grande del pueblo, que fue casino y hoy es biblioteca. Luego, en la calle del Pozo, que desciende hasta el muelle, me sorprende el silencio y un inmenso magnolio que destaca con su brillo verde y sus flores blancas en el cielo tan azul.
            Cernuda estuvo quince días en Castropol en agosto de 1935. No lo pasó demasiado bien y el tedio y un difuso temor –Asturias tenía aún el rostro áspero de la revolución– lo trasladó al relato “En la costa de Santiniebla”, que escribió dos años después y publicó en la revista Hora de España.
            No volvió más a Castropol. No habría podido volver –exilio aparte– si alguien en vida suya hubiera leído aquí ese relato. Lo habrían considerado calumnioso y declarado a su autor “persona non grata”.
            ¿Cómo es el Castropol de Cernuda? “Está caído como un pájaro enfermo” sobre una colina; las calles empinadas y grises no las cruza ni siquiera la sombra de un perro fugitivo. “Nauseabunda” es la atracción que ejerce sobre el viajero. La lluvia constante le despierta “una furiosa cólera”. A la dulce “fala” del lugar la llama “jerigonza vernácula”. A pesar del mal tiempo, quiso bañarse  –en una famosa foto se ve a Cernuda tendido en la playa con Castropol al fondo–  y la consecuencia fue un resfriado que le tuvo varios días en cama. En la habitación en que se aloja ha de humedecer continuamente sus manos con agua de colonia para mitigar el insoportable olor que flotaba en el aire. “Las tinieblas, la lluvia y el viento” son la solemne trinidad que preside los días de Santiniebla y él se imagina que seguirá presidiéndolos para toda la eternidad.
            ¿Hace falta seguir? Pues aún hay más. Unos horrendos crímenes –Cernuda, en 1935, sin duda pensó mucho en la barbarie de octubre, multiplicada por la prensa– impregnaban de horror un pueblo al que el protagonista del relato jura no volver.
            Vuelve ahora, tantos años después, representado por su sobrino, Ángel Yanguas. En el mirador de la Mirandilla, con el puente de los Santos a un lado y Figueras enfrente, se va a colocar una placa que recuerda sus pasos por este lugar.
            “¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?”, se preguntaba Cernuda en “Birds in the night”, un poema escrito en una ocasión semejante: “El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida / en esta casa 8 Great College Street, Camden Town, Londres, / adonde en una habitación, Rimbaud y Verlaine, rara pareja, / vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron, / durante algunas breves semanas tormentosas…”
            El final del poema es quizá el más violentamente misantrópico que jamás se haya escrito. Tras responderse que ojalá nada oigan los muertos (“ha de ser un alivio ese silencio interminable / para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella”), concluye: “Alguna vez deseó uno / que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela. / Tal vez exageraba: si fuera solo una cucaracha, y aplastarla”.
            Sonrío recordando esos versos mientras el alcalde del lugar y otras autoridades discursean brevemente antes de descubrir la placa. Estoy seguro de que el poeta, si estuviera hoy aquí, si muerto oyera lo que dicen los vivos, también sonreiría agradecido y cambiaría su opinión sobre esta villa que se apretuja en una colina alrededor de un tesoro: su espléndida biblioteca, heredera de aquella Biblioteca Popular Circulante que trajo a Cernuda hasta este lugar.


Lunes, 9 de octubre
EN EL TREN

Pronto se hace de noche y nada me distrae en el vagón de tren, casi sin nadie, extrañamente silencioso. Largas horas para estar conmigo.
            Hago recuento de mi vida. ¿Estoy contento con ella? En general, sí. Creo que mi lema sigue siendo válido: “Todavía aprendo”. Y entre mis aprendizajes más recientes se encuentran el de rectificar de inmediato, en cuanto me señalan un error, y el no estar orgulloso de mis defectos (me he pasado la vida presumiendo de ellos).
            Me queda por aprender un poco de hipocresía, que otros llaman diplomacia, para disimular el escaso aprecio que siento por la falta de rigor intelectual del común de los mortales, amigos o enemigos. En eso soy muy Sheldon Cooper.


Martes, 10 de octubre
LA TEORÍA DE LA LIEBRE

En el salón Velázquez del Ministerio de Cultura se decide el Premio Nacional de Poesía 2017. Somos doce los jurados; los finalistas, más de veinte. La mayoría de esos libros valen poco. Yo los hojeé en su momento y no me interesaron nada; releídos ahora, confirman la pobre impresión primera.
            ¿Cómo han llegado hasta aquí? Pues porque los ha elegido algún miembro del jurado: cada uno de nosotros podía seleccionar hasta un máximo de tres. ¿Y quién nombra al jurado? Salvo uno, decidido por el propio ministerio, diversas instituciones: la Academia de la Lengua, la Asociación de Escritores,  la Academia Gallega, no sé que asociación de periodistas, un grupo de estudios de género... A mí me seleccionó la conferencia de rectores.
            El libro que más me interesaba, al que me habría gustado mucho darle el premio, Manzanas robadas, de Miguel d'Ors, quedaba fuera de concurso por unos pocos días: se había publicado en enero de 2017, no en 2016. Otros libros seleccionados, como el de Iona Gruia, quedaban fuera porque a la autora, a pesar de haberla solicitado hace años y cumplir todos los requisitos, todavía no le han concedido la nacionalidad española.
            Valoro poco los premios. Incluido el Nobel: como dice Felipe Benítez Reyes, lo conceden unos cuantos académicos suecos, no siempre bien informados, y la gente cree que lo hace el Espíritu Santo. En los premios de poesía, suele creerse que  se los reparte una banda de mafiosos (si se publican en Visor, capitaneada por García Montero).
            Quizá no debería aceptar ir de jurado a ninguno. Pero si me lo solicitan acepto siempre, con la excusa de que es parte de mi trabajo (soy así de hipócrita).
            Ningún libro me entusiasma, pero tengo un favorito. El de un excelente poeta al que admiro desde sus primeros versos, aunque esté en las antípodas de mi pensamiento político. Pero, hombre experimentado, callo su nombre y no digo una palabra en su defensa. Ni en la suya ni en la de ningún otro. Dejo esa labor, siempre inútil y a menudo contraproducente, a más inexpertos miembros del jurado. Escucho con una sonrisa que la Balada en la muerte de la poesía merece el premio porque su autor es un desinteresado amante de la poesía y ha escrito este libro para defenderla. O que el premio debería ir para Ana Rossetti porque vuelve al verso después de muchos años para hablar de la crisis y de los problemas del hombre de la calle. O que hay que premiar a Ángel García López porque ha escrito un libro casi póstumo después de la muerte de su mujer y ya no va a escribir más. O a Dionisia García porque, aunque, etc. Si alguien tenía alguna duda sobre el no excesivo interés de cualquiera de esos libros, le desaparecen al escuchar a sus defensores.
            Yo no digo nada, pero no puedo evitar susurrarle alguna cosa a Julia Barella, que se sienta a mi lado.
            ––Sospecho que él premio va a ser para una mujer o para un libro prepóstumo. ––Pues hay una candidata que cumple las dos condiciones.
            Mucho me habría gustado que se llevara el premio Dionisia García, una de las personas más generosas y cordiales que conozco. Pero vuelvo a hojearlo y prefiero que, si lo gana, sea sin mi voto.
            ––Qué extraño –dice alguien–, el libro de Jordi Doce en la primera votación era uno de los que menos votos tenía y luego ha llegado a estar entre los más votados.
            –-Es la liebre –digo yo recordando la teoría de Fernando Rodríguez Lafuente–. El que todos votan en segundo lugar porque no creen que sea un serio rival para su preferido.
            Llega así No estábamos allí a la votación penúltima, junto a los dos favoritos. En ese momento, yo no sé cuál va a ganar (aunque tengo claro a cuál de los dos voy a votar): a ambos autores los aprecio personal y literariamente, pero a una más personalmente y al otro más literariamente.
            De pronto, uno de los miembros del jurado, que no conoce la teoría de la liebre y se ha creído la posibilidad de que el premio vaya para Jordi Doce (tiene más votos que el que luego resultaría ganador), se decide a hablar y, para defenderlo, ataca: "El libro de Dionisia no es bueno; tú misma has dicho que no es bueno", le dice a su defensora. “¡Yo no he dicho eso! He dicho que no es mejor de los suyos, pero es un libro escrito con mucha serenidad”, responde la ganadora del año anterior, también miembro del jurado.
            Sonrío. Ya sé quién va a ganar. Un poeta que nadie ha nombrado y que yo había seleccionado en primer lugar. En efecto, desaparece Jordi Doce tras la penúltima votación y en la última gana Julio Martínez Mesanza.
            Si yo lo hubiera defendido, seguro que lo habría hundido: hablo siempre como si me creyera más listo que nadie y eso, con toda razón, suele molestar a mis interlocutores y predisponerles en contra de lo que apoyo. Uno --cosas de la edad-- va adquiriendo cierta habilidad en estos asuntos.


Miércoles, 11 de octubre
PLACERES PERDIDOS

Ayer, tras el fallo del premio, todo el mundo se despidió de mí rápidamente, nadie quiso quedarse a tomar un café y a charlar un rato (no les hizo gracia que acabara saliéndome con la mía y dando la impresión de que me burlaba un poco de sus estrategias).
            Como no tenía nada que hacer hasta las dos, me dediqué a pasear. Al subir por Prim, de pronto me vienen a la memoria unos versos: “Tu calle ya no es tu calle, / que es una calle cualquiera / camino de cualquier parte”.
            Miro hacia la derecha y me encuentro con Conde de Xiquena, donde vive uno de mis antagonistas preferidos, Andrés Trapiello. Antes, siempre le llamaba y él solía bajar y tomábamos algo en una terraza de Recoletos y discutíamos sobre Chaves Nogales, las X de los diarios o cualquier otro asunto de las armas y las letras, y el tiempo discurría tan ricamente.
            Pero ya no es mi amigo, ya no puedo llamarle, y bien que lo lamento. En fin, carácter es destino y el mío se parece algo al de Cernuda.


[Alicia Varela, en la ilustración de esta semana, me ve caminando solo por la vía del tren. Espero poder saltar a tiempo cuando se acerque el patriótico convoy.]





sábado, 7 de octubre de 2017

Acción de gracias: Un español que razona




Sábado, 30 de septiembre
INTRANSCENDENTES TRASCENDENCIAS

Como con algunos buenos amigos en Avilés. Aunque todos pensamos en lo mismo, en lo que pueda pasar mañana, tácitamente decidimos hablar de otra cosa para tener la fiesta en paz.
            ¿En paz? Si estoy yo presente, ninguna reunión puede transcurrir sin un encendido debate sobre cualquier tema. El sosegado y apacible intercambio de opiniones parece que no está hecho para mí.
            No hablamos de política, pero acabamos hablando de religión (uno de los contertulios es José Manuel Feito, que lleva más de medio siglo de párroco en Miranda). La verdad es que siempre me ha interesado mucho el absurdo razonado de la teología.
            Comprendo que alguien pueda creer que existe un Ser misterioso y poderoso que ha creado el mundo y del que apenas sabemos nada. Pero que ese Dios se divida, sin dividirse, en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya me parece más difícil de tragar por alguien con uso de razón. Y sin embargo son millones los que comulgan con eso y con otras ruedas de molino.
            Yo tengo un remedio infalible para hacerle ver a cualquier persona religiosa lo ridículas que son las creencias religiosas. Le digo que analice las de otra religión distinta de la suya. Qué claro resulta entonces su divertido o cruel disparate. “Pues las tuyas –le digo– resultan igual de absurdas para los millones de fieles de una religión distinta”.
            Pero ningún creyente –ni los que creen en los alienígenas ni los creen en el ángel Maroni o en la Santísima Trinidad– se ha desanimado nunca por lo absurdo de sus creencias, más bien reafirmado.
            “Yo quiero creer, quiero tener esperanza de que hay otra vida después de esta”, dice la poeta Marian.
            Y yo le digo que, si lo piensa bien, otra vida después de esta, una vida eterna, se conciba como se conciba, sería la peor de las pesadillas. Vamos a suponer que nos morimos, hemos sido buenos, y vamos al cielo. ¿Tenemos allí conciencia de lo que hemos dejado en la tierra o no la tenemos? Si la tenemos, ¿cómo podemos ser felices viendo las desgracias que les ocurren a los seres queridos sin poder hacer nada para evitarlas o consolarles? Y si no la tenemos, ¿qué pervivencia es esa con olvido de todo lo que ha llenado nuestro corazón?
            La naturaleza es más sabia que nuestras fantasías y la nada, la consoladora nada, mejor que cualquier edén que podamos imaginarnos.
            También me divierte pensar en un Dios creador del universo. Muy inteligente no debía ser, más bien un poco torpón. La de millones y millones de galaxias, aguejeros negros y estrellas que tuvo que ir sacando de la nada hasta que por venturoso azar apareció un planeta (de momento parece que solo uno) en el que fue posible la vida humana para que pudiera encarnarse su Hijo y redimirnos de no sé que cosas.
            En fin, de estas cosas intranscendentes hablamos para no hablar de lo único que nos preocupa ahora: la situación de Cataluña.   



Domingo, 1 de octubre
ARDE BABILONIA

Para no estar pendiente todo el día de las noticias, para no pensar en lo único que me preocupa ahora, acompaño a mi ahijado y a sus padres a una fiesta infantil en el Muséu del Pueblu d’Asturies y luego a dar una vuelta por Gijón. Acaba de cumplir un año, da sus primeros pasos vacilantes, y casi cada segundo hace un nuevo descubrimiento. Todo lo mira, todo lo toca, cualquier sonido le sorprende. Pronto comenzará, como Adán en el paraíso, a poner nombre a las cosas.
            Decía Aristóteles que la mente humana, al nacer, es “tamquam tabula rasa” (bueno, él lo decía en griego), que nada había en ella que no hubiera pasado antes por los sentido. Yo miro al pequeño Martín y pienso que, más que una tabla rasa, sin nada escrito en su superficie encerada, es una tablet o un smartphone antes de que los llenemos con nuestros datos; los programas ya están ahí, solo hace falta que los dotemos de contenido para que desplieguen toda su prodigiosa capacidad.
            Miro a Martín jugando con la arena, acariciando la corteza de un árbol, observando a un orgulloso gallo que pasea por el parque de Isabel la Católica como Pedro por su casa, y pienso que los mejores informáticos del mundo no serían capaces de inventar un ordenador tan prodigioso. Y en cuanto al diseño, para qué hablar. Hasta Steve Jobs se avergonzaría de sus elegantes e irresistibles Macs de última generación si los compara con él.
            Arde Babilonia y yo haciendo el Adán antes de ser expulsado del paraíso. La verdad es que soy un maldito egoísta. ¿Cómo llegar a viejo, si no?


Lunes, 2 de octubre
ELOGIO DEL PERIODISMO

En cualquier conflicto la primera víctima, ya se sabe, es la verdad. Leo los grandes titulares de todos los periódicos españoles y me entero del fracaso de la farsa independentista de ayer. Uno de ellos, no diré cuál, nos informa con grandes letras en primera página: “El simulacro de referéndum, improvisado a última hora, sin sobres y con papeletas llevadas de casa, estuvo marcado por las protestas, la tensión y las cargas policiales”.
            Los independentistas ha hecho el ridículo, piensa uno leyendo los titulares. Pero para saber la verdad no hace falta recurrir a otras fuentes. Basta con pasar a las páginas interiores. “Los mandos de la Guardia Civil que desde hace medio año han vivido por y para desmantelar el 1-O no podían ocultar su cansancio y su desilusión. Las urnas llegaron con total puntualidad a todos los colegios en un operativo que implicó a millares de voluntarios (organizados en comités de barrio y pueblos). Aparte de sospechar su existencia, nunca estuvieron sobre la pista de las urnas ‘made in China’. Es más, admiten en el instituto armado que siguen sin saber cómo, y sobre todo, cuándo se distribuyeron desde Francia”.
            Lee uno la crónica de M. Sáiz-Pardo y la impresión que saca es completamente distinta de la del titular. Las empresas periodísticas podrán ir a lo suyo (hacer negocio, adular al que manda), pero la mayor parte de los periodistas de a pie –no de los opinadores de oficio– continúan cumpliendo con su función: informar a la gente de lo que le pasa a la gente, no de lo que a sus jefes les interesaría que pasara.
            (Por cierto, una precisión: buena parte de los electores lleva siempre las papeletas de casa y los partidos despilfarran mucho dinero público en enviárnoslas a casa, pero parece que, eso tan normal, en Cataluña es un delito más.)


Martes, 3 de octubre
HABLANDO DE OTRA COSA

Ningún amigo aparece hoy a la hora de tomar el café y es una suerte, porque así me desentiendo del único tema que parece preocupar a todos estos días. Aprovecho para leer, no hacer nada (mi ocupación favorita) y anotar unas cuantas ocurrencias, no sé sí demasiado originales.
            La mala intención suele tener muy buena puntería.
            El amor no es más que una amistad con tropezones.
            Tres fracasos equivalen a un acierto.
            Aspiraba a ser muy famoso en el futuro y a pasar esta vida en confortable incógnito.
            Nunca sé a quién me voy a encontrar cuando me miro al espejo.
            “Eres para mí como un libro abierto –le dijo la mujer a su marido–. Un libro muy aburrido, por cierto.”


Miércoles, 4 de octubre
ADIÓS A TODO ESO

Estoy más acostumbrado a defraudar que a ser defraudado. Soy –o eso creía– alguien bastante escéptico que rara vez se hace ilusiones. Por eso es difícil que me desilusione. Pienso siempre lo peor –de mí y de los demás–, así que cuando me equivoco con alguien suele ser para bien.
            Esta noche no he podido dormir. La situación política es alarmante –la más grave, pero también la más ilusionante, de los últimos cuarenta años–, pero a mí lo que no me ha dejado dormir es lo mucho que me ha defraudado una persona concreta.
            Una persona de la que hasta ayer mismo pensaba que era el mejor jefe del Estado que había tenido España (tampoco es que hubiera mucha competencia).
            Cuando le escucho leer solemnemente el papelito que le ha redactado el gobierno; no censurar la violencia contra súbditos suyos que pretendían ejercer el más elemental de los derechos democráticos; no dejar ni un resquicio a la esperanza, se me cayó –qué expresivas resultan a veces las frases más tópicas– el alma a los pies.
            Lo de menos es que haya ligado la suerte de la Institución que representa a la de la minoría mayoritaria que sustenta al gobierno (a fin de cuentas, contando con el apoyo de los socialistas andaluces, eso le garantiza una o dos legislaturas).
            No ha dado la talla de estadista que yo creí ver en él. se ha olvidado de que es el rey de todos los españoles (también de los que votan a Pedro Sánchez o a Pablo Iglesias, también de los que en Cataluña no quieren ser españoles, pero todavía lo son y por ello les debe tanto respeto como a cualquier otro ciudadano); ha hablado solo para unos pocos (o quizá muchos, pero solo una parte de la ciudadanía), como el líder de una facción.
            Al menos eso es lo que yo creo. Puedo estar equivocado. No sería la primera vez. Era tal mi confianza en el actual jefe del Estado que hasta el último momento confié en que unas palabras suyas, aunque fueran solo unos pocos matices añadidos al guion que le había preparado el gobierno, ayudarían a desatascar la situación.
            Me equivoqué. Si de humanos es errar, yo muy humano debo ser. Me imagino que quienes, si alguno había, confiaban algo en mis opiniones políticas a partir de ahora dejarán de hacerlo.
            A pesar de mis convicciones republicanas, he defendido siempre al actual Rey, que me parecía honesto, cabal, trabajador y bien aconsejado. Pero a la hora de la verdad no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.

Jueves, 5 de octubre
NADA MÁS, NADA MENOS

Mientras leo en Los Prados el libro que he de comentar la próxima semana, me llama Abelardo Linares. Le cuento mi decepción felipista y lo mucho que me ha costado tener que rechazar este año la invitación a los Premios Princesa de Asturias.
            ––¡Con lo que yo disfrutaba escuchando las citas poéticas del rey y sus palabras tan minuciosamente didácticas! Pero mi conciencia ciudadana y mi patriotismo me impide asistir; no puedo aparecer como cómplice de determinados comportamientos. Alguien tiene que salvar el honor de España.
            Escucho sus carcajadas a través del teléfono.
            ––¿Pero tú has perdido el juicio? ¿Quién te crees que eres? ¿Ortega y Gasset redactando de nuevo el “Delenda est monarchia”?
            –-Solo soy un español que razona. Nada más. Pero también nada menos.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Uso de razón


Sábado, 23 de septiembre
ASESINATO EN LA HABITACIÓN CERRADA

Hay dos enigmas que me fascinan especialmente. Uno es el del asesinato en un cuarto cerrado; el otro es el insondable abismo de la tontería humana. Conozco todas las artimañas que los novelistas de la edad de oro del relato policial –Dorothy L. Sayers, Agatha Christie, John Dickson Carr– han ideado para que se pueda cometer un crimen en una habitación con las puertas y las ventanas cerradas por dentro.
            Pero incluso a ellos –si no recurren a la ciencia ficción– les sería difícil explicar cómo asesinaron al fiscal Nisman, que apareció en el cuarto de baño de su lujoso apartamento de Puerto Madero, la espalda apoyada contra la puerta, la pistola a un lado, cerrado el piso con llave por dentro y sin que las cámaras que vigilaban la entrada del edificio grabaran ninguna presencia extraña. La pistola se la pidió el día antes a un amigo íntimo al que había contratado como secretario privado con cargo a los fondos públicos.
            A pesar de las evidencias de suicidio, media Argentina habló de asesinato y acusó de inmediato a la entonces presidenta. ¿La razón? Que al día siguiente Nisman iba a presentar en el senado unos informes que la vinculaban con el intento de paralizar la investigación  de uno de los más graves atentados llevados a cabo en el país. Pero esos informes, que se demostraron falsos, que fueron desestimados por los jueces, no habían sido robados. A los asesinos, que se habían tomado tantas molestias para fingir un suicidio, al parecer se les había olvidado destruirlos.
            Jugando a Sherlock Holmes, y basándome solo en los datos en que coincidían todos los periódicos que informaron del caso, creo que fui el primero en asegurar que se trataba de un suicidio. Sucesivas investigaciones –con Cristina Fernández en la presidencia y ya fuera de ella–, a cargo de diferentes jueces, me fueron dando la razón. Pero media Argentina seguía creyendo en la tesis del asesinato. Incluso se realizó un documental televisivo que jugaba a ser imparcial y a ofrecer las tesis de unos y de otros. Las de los partidarios del asesinato eran de este tipo: “Yo creo que le mataron unos sicarios que vinieron de Uruguay”. Ni siquiera fueron capaces de imaginar una hipótesis sobre cómo pudieron hacerlo.
            Ahora, según El País,  “un nuevo informe de la Gendarmería, que depende del Gobierno de Mauricio Macrí, contradice a los peritos del caso de 2015, y asegura que el fiscal, que fue hallado muerto en su baño de un tiro en la cabeza, no se suicidó. Lo mataron al menos dos personas, dicen los nuevos expertos basándose en la posición del cuerpo y una droga hallada en la autopsia”.
            Leo con gran interés. Ningún enigma policial puede resultar más apasionante. “La clave está en la ketamina”, se titula un destacado. “Si lo mataron, ¿por qué no había rastros de violencia en los brazos o en las piernas, pruebas de resistencia? Tampoco había ninguna evidencia de que el cadáver hubiera sido movido”. Lo que hace dar “un giro de 180 grados al nuevo informe es la aparición de ketamina”, una droga alucinógena que se usa con efectos recreativos, y “que podría haber sido utilizada para reducir a Nisman y eso explicaría que no opusiera resistencia”.
            O sea que el fiscal se encuentra en un bar a dos individuos, los lleva a su casa (procurando que no se entere su guardaespaldas ni el portero y que no quede constancia en las cámaras de vigilancia), luego les invita a tomar algo, deja que le atonten con ketamina, y cuando no puede oponer resistencia esos misteriosos individuos rebuscan hasta encontrar el cajón donde guardaba la pistola que le había prestado su amigo, le llevan hasta el baño, le pegan un tiro en la cabeza, apoyan su cuerpo contra la puerta y luego, de alguna manera misteriosa, salen del baño (quizá filtrándose por la cerradura), limpian todas las huellas del piso y lo abandonan dejando la puerta cerrada por dentro…
            Esto es lo que cree media argentina, catedráticos e intelectuales incluidos, y esto es lo que nos cuenta, muy serio, Carlos C. Cué en un periódico presuntamente serio.
            Por eso digo que me fascinan los abismos de la tontería humana.
            Ese mismo periódico publica un amplio informe sobre la influencia de Putin en el independentismo catalán –un asunto del que ya he dicho todo lo que tenía que decir– y lo ejemplifica  con el uso de robots para amplificar los ecos de determinados tuits. Uno de Julian Assange (en El País dan por sentado que es un hombre de Putin) “logró más de 2.000 retuits en una hora y alcanzó su punto máximo, 12.000 retuits, en menos de una jornada”. Esto se debe –informa Davil Alandete– “a la intervención de bots o perfiles falsos programados simplemente para dar eco de forma automática a mensajes determinados”.
            ¿Tan idiotas nos vuelve el afán por desprestigiar a los independentistas que nadie ha caído en la cuenta de que el eco de un mensaje político solo cuenta si incide en personas reales no en perfiles falsos? ¿Qué una afirmación, verdadera o tan disparatada como los serios reportajes de ese periódico, puede tener medio millón de retuits, pero que si se deben a robots o perfiles falsos es como si no tuviera ninguno?


Domingo, 24 de septiembre
LOS MALOS SOMOS NOSOTROS

Cuando yo era niño e iba al catecismo, se decía que el “uso de razón” llegaba en torno a los siete años, la edad en que debía hacerse la primera comunión.
            A mí el uso de razón me llegó un poco más tarde. Tenía yo unos nueve años, todavía vivía en Aldeanueva, cuando el maestro nos habló de la guerra de la Independencia y nos leyó una de las historietas nacionales de Alarcón, “El carbonero alcalde”. Es un relato muy violento en el que los españoles realizan toda clase de atrocidades sobre los soldados franceses. Nos daban ganas de aplaudir cuando degollaban a uno y tiraban por un barrando a otro. ¡Habían invadido nuestro país! ¡No respetaban nuestra independencia!
            Pocos días después, sentados alrededor de la lumbre, en la oscura tarde de invierno, mi abuelo me contaba sus aventuras en la guerra de Marruecos. Allí los valerosos soldaditos españoles cortaban cabezas a los traidores moros.
            Y de pronto al niño que acababa de llegar al “uso de razón” se le ocurrió una pregunta: “Abuelo, pero si en la guerra de la Independencia los malos eran los franceses porque habían invadido nuestro país, en la guerra de Marruecos, ¿ los malos no seríamos los españoles por haber invadido el de los moros?”
            Ya no recuerdo qué me respondió mi abuelo.


Lunes, 25 de septiembre
SAN LUIS Y YO

Tras la proyección del documental Aunque tú no lo sepas, dedicado a Luis García Montero, en el teatro Filarmónica, la idea más repetida por los que intervienen en el coloquio –casi todos devotísimas señoras– es que se trata de un poeta tan admirable y de un hombre tan ejemplar que carece de enemigos.
            Yo, que he participado en todas las guerras poéticas de los últimos años, escucho con incredulidad. García Montero tuvo y tiene enemigos, tantos y tan tontos que a ellos les debe –y no a José-Carlos Mainer ni a otros críticos acríticos– el haberse convertido en el poeta de referencia a partir de los años ochenta.
            Claro que no bastan los enemigos, por muchos que sean, para convertirle a uno en alguien importante. Hace falta además saber rodearse en cada momento de los amigos, o los cómplices, adecuados. Eso que a mí me ha faltado siempre. Como crítico literario, y no solo, me ha gustado ser lo más objetivo posible con mis enemigos y lo más implacable que puedo con mis amigos. Y así me va.
            (La verdad es que, si he de ser sincero, no me puedo quejar.)


Viernes, 29 de septiembre
ESTO NO LO HA DICHO NADIE

––Estoy deseando que llegue el domingo para poder leer lo que dices sobre Cataluña, aunque me parece que ya lo has dicho todo.
            ––¿He dicho que a Rajoy y a los ministros que han firmado la orden de movilización general contra Cataluña les espera un incierto calvario judicial?
            ––¡Qué tontería! Ya no sabes qué decir con tal de llamar la atención. No hay tal movilización, solo se han tomado las medidas oportunas para que se cumpla la ley, como todos admiten, incluso ese Sánchez por cuya vuelta peleaste tanto.
            ––Basta hacer uso de razón para decir cosas obvias en las que nadie, o nadie con voz en los medios, había caído antes.
            ––Ya estamos. Otra vez pretendiendo ser el más listo.
            ––Es fácil parecer más listo que nadie cuando se es inmune a la histeria colectiva que se ha apoderado de mis conciudadanos.
            ––¿Y en Cataluña no hay histeria?
            ––-También. Es como si el domingo fuera a celebrarse un Madrid-Barça. ¿Pedirías reflexión en los hinchas de uno y otro equipo?
            ––O sea que, como a ti no te gusta el fútbol, ves más claro que nadie.
            ––Exacto. Y voy a tratar de demostrártelo. Habrá quien dude de que el referéndum que se celebra este domingo sea ilegal; de lo que no hay duda es de que es un referéndum no autorizado por quien tiene la potestad para hacerlo, el gobierno central.  Pero ¿cuántas manifestaciones no autorizadas se han celebrado en España? Dejando a un lado las de ahora mismo en Barcelona, ¿cuántas se han celebrado en el País Vasco a favor de los presos de ETA o directamente de ETA? ¿Y qué se hacía en esos casos cuando se anunciaba una? ¿Se precintaban las puertas, se decretaba el toque de queda para impedir que se vulnerara esa prohibición?
            No, simplemente se vigilaba para que no hubiera disturbios y se multaba y procesaba a los promotores. Si sospechamos que va a haber un atentado, se debe hacer todo lo posible para evitarlo. Los daños causados no tendrían marcha atrás. ¿Pero qué daños causa un referéndum no autorizado? Ninguno. No tendría validez legal, se convertiría en una encuesta más a la que cada uno daría el valor que quisiera. Ya ha habido referendos independentistas en muchos ayuntamientos de Cataluña. Ya ha habido un 9-N, que era ilegal –como demuestra el procesamiento de sus organizadores– y sin embargo se dejó celebrar, el gobierno se burló de los resultados y la justicia siguió su camino. ¿Por qué no se ha hecho ahora lo mismo?
            ––Porque antes no escarmentaron.
            ––¿Y van a escarmentar ahora? ¿Ocupar policialmente Cataluña calmará las cosas? Cuando haya elecciones en España y tengamos por fin un gobierno que nos represente (el actual es un amaño dudosamente legítimo debido a un fraude del anterior PSOE, el de Javier Fernández, a sus electores), y otro fiscal que siga otras instrucciones, es probable que veamos a Rajoy y a sus ministros acusados de malversación, prevaricación y no sé cuantos otros delitos (los que ahora recaen sobre Artur Mas). Se han gastado unos cuantos millones de euros, se ha puesto en grave riesgo la seguridad ciudadana solo para impedir algo que de ocurrir no tendría, según la legalidad española, ningún valor jurídico, una votación de la que se podrían burlar impunemente como se burlaron de la anterior. 


domingo, 24 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Lejos de nosotros


Sábado, 16 de septiembre
CAFÉ SPORT

Entré en Chaves por primera vez hace cuarenta años. Recuerdo un día oscuro; las columnas miliarias que bordean el puente de Trajano, sobre el Támega, como fantasmas en la niebla. Sobre el caserío, al final del puente, parecía cernerse la sombra de don Sebastián, rey del misterio. No olvidaría ya nunca la torre solitaria, los cañones que apuntaban hacia España, calles en cuesta y casas con escudo, gente pausada saludándote como si te conociera de toda la vida.
            Viajaba solo, a pie, y el primer lugar en que entré fue el café Sport, con sus vidrieras a la gran plaza que tiene al fondo la biblioteca. Pedí un café, me puse a hojear el periódico y al poco rato ya no era el viajero de paso, sino un provinciano más preparado para envejecer sin prisa y sin moverme de mi rincón.
            Luego he vuelto a Chaves en más de una ocasión, pero siempre de camino a otros lugares. Solo una vez dormí en el Forte de San Francisco. Quizá por eso la ciudad no ha perdido el encanto inicial, sigue teniendo algo de llave que abre la puerta a un reino desconocido.
            Cruzo de nuevo el puente de Trajano en este día luminoso, con la ciudad y el parque mirándose en el río, vuelvo a recorrer sus calles, a sentarme en el café Sport, a hojear un fatigado periódico local que podría ser el mismo de entonces si no fuera porque la fecha es de cuarenta años después.
            Seguro que el milenario Chaves, la romana Aqua Flaviae, ha cambiado mucho en ese tiempo, seguro que yo también he cambiado. Pero tengo la impresión de que seguimos siendo los mismos. Y que como siempre, quizá porque nos vemos poco, nos llena de alegría el reencuentro.


Domingo, 17 de septiembre
FEDERACIÓN IBÉRICA

En Ovar, al comienzo de la ría de Aveiro, participo en una mesa redonda sobre las relaciones entre cultura y poder. Se celebra al aire libre, en un parquecillo atravesado por el manso río Cáster, y clausura el festival literario con el que esta localidad quieren competir con el de Póvoa de Varzím (inspirado, por cierto, en la Semana Negra).
            A mí se me dan muy mal las generalidades. La cultura puede ser un antipoder o el sustento del poder. No hay dictadura, ni democracia autoritaria, que no cuente con literatos y pensadores que le sirvan de coartada. Y que a veces no son peores que los de la oposición. Stalin fue adulado por muchos literatos mediocres, pero también por Neruda. Y la poesía de Leopoldo Panero resiste bastante mejor que la de tantos poetas antifranquistas.
            Por eso preferí hablar de por qué yo me siento en casa cuando estoy en Portugal. El amor es sin porqué, como la rosa de Angelus Silesius, pero para mi amor por Portugal encuentro dos razones. El 25 de abril tenía yo veintitrés años. Estaba a punto de tomar un tren para ir al trabajo cuando escuché las primeras noticias del golpe militar. Al principio no lo tenía muy claro y temía otra militarada como la de Chile, en este caso para endurecer la dictadura. Pocos meses después me detuvieron y, en el registro de mi casa, una de las cosas que se llevaron los policías fueron los pocos libros que tenía en portugués y las cartas de un poeta de Braga. Luego, durante los interrogatorios, me pareció adivinar el miedo de los funcionarios de la dictadura a acabar teniendo que escapar en paños menores como los sicarios de la PIDE. Desde entonces, Portugal y libertad van asociados en mi subconsciente. Cruzo la frontera, la ya inexistente frontera, y me basta oír las primeras palabras portuguesas para sentir que respiro mejor.
            Pero hay otro motivo para mi amor a Portugal. En el 76 o en el 77, llegó a mis manos un libro de un autor que desconocía: eran las poesías de Álvaro de Campos en la blanca edición de Ática con su caballo alado en la cubierta. Comencé a hojearlo y enseguida su poesía me cogió del cuello para no soltarme ya nunca: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Así descubría a Pessoa, su enigmática y múltiple personalidad; en la biblioteca de la Universidad de Coimbra, leí sus libros y todo los estudios sobre él y comencé a escribir una biografía –la publicó Júcar en 1983– que tenía mucho de autorretrato.
            Sin Portugal me sentiría mutilado, como dicen ahora muchos a propósito de Cataluña. Me gusta Portugal libre y cercano, amigo y aliado, nunca sometido al Estado español. Soy iberista, creo en la unidad cultural de la Hispania romana, pero eso nada tiene que ver con la añoranza de “un monarca, un imperio y una espada”.
            “¿Cómo ve el futuro político de la península?”, me preguntan. Soy muy malo haciendo profecías. Por eso me refiero solo a cómo me gustaría que fuera dentro de cincuenta años o de diez. Una Federación Ibérica formada por la República de Portugal, el Reino de España y la República de Cataluña, con los territorios asociados de Andorra y Gibraltar. La presidencia de la Federación sería rotatoria: un año el presidente de Portugal, otro el rey de España, otro el presidente de Cataluña. También la capital: un año en Lisboa, otro en Madrid y otro en Barcelona. Por supuesto, se trataría de una unión entre Estados libres y soberanos.
            “No me gusta del todo esa utopía tuya”, me dice Carlos Quiroga, mi compañero de mesa, galleguista y lusista (cree que el gallego debe abandonar la ortografía castellana y utilizar la portuguesa). “¿Dónde dejas a Galicia? ¿Y por qué el reino de España y no la república española?”
            “A Galicia la dejo donde los gallegos, elección tras elección, quieren dejarla: en el reino de España. ¿Y por qué reino? Porque ese es el régimen que quieren los españoles. Si algún día los partidos republicanos, por decisión de los electores, son mayoría en el congreso, no te preocupes que el cambio llega en una legislatura”.
            “Yo prefiero un régimen en que al jefe del Estado, si no cumple, podamos cambiarlo en la siguiente elección”.
            “No te preocupes que si a un rey lo rechaza la mayoría también tiene que irse. Para echar a Alfonso XIII bastaron unas elecciones municipales y si Juan Carlos I no se llevó consigo la monarquía, al contrario que su antecesor, fue porque tenía un heredero que cuenta, al menos por ahora,  con el aprecio mayoritario”.


Lunes, 18 de septiembre
LA PESCA EN ESPINHO

Muy cerca de Ovar está Espinho. Paseo al atardecer por sus inmensas playas de arena dorada y no puedo por menos de recordar el capítulo que le dedica Unamuno en Por tierras de Portugal y de España. Mi memoria está hecha de literatura. Tengo mucho del protagonista de El príncipe que todo lo aprendió en los libros, la olvidada obra de Benavente.
            Llego al ponerse el sol y me parece verlo iluminando a los rubios bueyes, con sus adornados yugos, tirando de las cuerdas que traen a tierra las sobrecargadas redes. Ahora ya solo podemos contemplar ese espectáculo en los azulejos, en las postales antiguas y en la prosa de Unamuno, que yo vuelvo a leer, al llegar al hotel, rebuscándola en la red (esa inagotable biblioteca portátil): “Esto de sacar las redes con parejas de bueyes es lo que más carácter da a la pesca de Espinho, asemejándola a una labor agrícola y prestando asidero a la imaginación para cotejar con la labor de los campos en esta región en que, como digo, el mar parece que se ruraliza”.
            Antes esa labor la hacían hombres y era tan penosa que quedaban exentos del servicio militar. Cita Unamuno una frase: “Bendigamos al que domó al caballo; pues, si no, la mitad del género humano estaría llevando a cuestas a la otra mitad”. Y algo así sucede a pesar del caballo, añade Unamuno. Era muy optimista. Son bastante más de la mitad los que siguen llevando a hombros a unos pocos.


Martes, 19 de septiembre
LO IMPOSIBLE

Unamuno encontraba de una triste monotonía la costa portuguesa del distrito de Aveiro, “una larga playa baja, de fina arena, y cadenas de dunas coronadas a veces por los pinos, que llegan a mirarse en las aguas”. Yo la recorro entera, desde Ovar hasta Mira, en un día gris en que el cielo parece confundirse con las aguas, y no la encuentro monótona ni triste, sino de una embriagadora melancolía. Dan ganas de parar el coche, olvidarse de obligaciones y compromisos, e imitar a esos pescadores que dejan pasar el tiempo sin pensar en nada. Pero seguimos por la carretera solitaria hasta que la interrumpe el canal que permite a los barcos llegar hasta el puerto de Aveiro. Hay que cruzarlo en el ferry. El trayecto, aunque corto, lleva su tiempo, un hermoso tiempo que parece fuera del tiempo, contemplando las dos orillas, las dunas, los bosquecillos de pinos, las grúas, el faro. Yo trato de no pensar en nada, de dejar que mis ojos se llenen con la hermosura cotidiana del mundo, pero a la memoria me vienen, como siempre, unos versos. El espectáculo de la realidad lo veo siempre subtitulado por la literatura: “Marinería. Viento. Canción antigua y vaga / de un puerto de otro tiempo. Nostalgia indefinible. / Torna un olor a brea. Un sol rosa se apaga. / En la playa un proscrito sueña con lo imposible”.


Miércoles, 20 de septiembre
LA FUNESTA MANÍA DE VOTAR

Mientras tomo un café en Vetusta, me llegan los ecos de una concentración en la plaza del Ayuntamiento. Me acerco a ver qué pasa y en seguida me sumo a ella. Un joven barbudo con micro invita a debatir sobre lo que está ocurriendo en Cataluña. Protesta un espontáneo porque, tras defender durante largo rato la intervención de la guardia civil para secuestrar papeletas, oye gritar “¡Urnas, urnas!”. El replica: “¿Ven ustedes? Son unos fascistas. No dejan opinar a los que opinamos de distinta manera”. Lo repite varias veces y yo, sin pensarlo dos veces, me acerco, tomo el micrófono y digo: “Ya hemos oído sus razones y  si alguien no las ha oído no tiene más que escuchar hoy todas las noticias, o comprar mañana cualquier periódico, para enterarse de ellas. Aquí estamos para escuchar otras opiniones”. Afortunadamente me contengo antes de exponer las mías. Solo faltaría, a mi edad, comenzar a dar mítines, micrófono en mano, en la plaza pública.
            Recuerdo que en Ovar, Pedro Guilherme-Moreira, otro de los participantes en la mesa sobre cultura y poder, dijo, tras elogiarme generosamente: “No tenemos un García Martín en Portugal”.
            Que no lo repita mucho porque al paso que vamos (el españolísimo  “lejos de nosotros la funesta manía de pensar” ha sido sustituido por “lejos de nosotros la funesta manía de votar”) es posible que pronto acaben teniéndolo.




lunes, 18 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Yo sí tengo miedo


Domingo, 10 de septiembre
DISFUNCIÓN, NO TONTERÍAS

Me esfuerzo por ser políticamente correcto, algo bastante raro en un español. La razón es muy simple: detesto ofender sin motivo. No es lo mismo calificar a un individuo de impotente que decir que padece “disfunción eréctil”. Por eso, a partir de ahora tampoco calificaré de “tonterías” las ocurrencias de Javier Marías en su artículo semanal, como he hecho tantas veces. Incluso es un clásico en mis clases de “Literatura y periodismo” un artículo suyo en el que afirma que escribe a máquina porque así puede corregir sus artículos a mano, como si no se hubiera enterado (parece que no) de que existen las impresoras.
            Dos noticias periodísticas le han llevado a la conclusión este domingo de que “una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño” se ha infiltrado entre nosotros y nos está llevando, como en las época más oscuras, a reprimir y prohibir, a multar a las mujeres “por enseñar las piernas o el escote”.
            ¿Y qué es lo que le lleva a una conclusión que puede desmentirse encendiendo la televisión, yendo a la playa o simplemente saliendo a pasear por cualquier parque? Pues dos noticias que ha visto en el periódico, las dos en la sección deportiva: en una se dice que “las azafatas ya no darán un beso en el podio al ciclista que reciba premios”; en otra, que el circuito femenino de golf prohíbe a las ciclistas profesionales “minifaldas, escotes y mallas”.
            Ambas prohibiciones tienen que ver con la actividad profesional, no con el comportamiento habitual en la calle, donde los novios (y las novias) pueden seguir besándose sin que la policía municipal les multe, como hacía con el franquismo, y las mujeres llevando minifalda o lo que les dé la gana.
            ¿Besan las azafatas de un congreso a la autoridad correspondiente cuando le indican dónde debe sentarse? ¿Puede el piloto de un avión comercial ir en pantalón corto?
            Los razonamientos (es un decir), las generalizaciones abusivas y las escandaleras de Javier Marías (algunas exageradas solo para conseguir más clicks en la página digital del periódico: así de bajo hemos caído), aunque nos muevan a risa, merecen un respeto, como la impotencia viril que antes tantos chistes suscitaba. Ahora sabemos que es solo una enfermedad, a menudo de fácil cura: la disfunción eréctil. Ahora sabemos también que calificar de tonterías a las tonterías semanales de Marías es de una crueldad innecesaria. Psicólogos norteamericanos, en una publicación de la Universidad de Harvard, acaban de definir la “disfunción lógica”, la incapacidad de ciertos individuos para la argumentación racional, aunque puedan ser muy hábiles en cualquier otra actividad que requiera un uso moderado de la inteligencia, como por ejemplo la escritura de novelas..
            Nunca, nunca más volveré a utilizar el ofensivo término de “tonterías” para referirme a lo que es solo manifestación de la “disfunción lógica”. Yo me esfuerzo, al contrario que Pérez-Reverte y la mayoría de mis colegas  escritores, por ser siempre políticamente correcto.


Lunes, 11 de septiembre
SOBRE UN VOLCÁN

En el libro de Literatura que yo estudié durante el bachillerado, escrito por Juan Ruiz Peña,se nos ponía el siguiente ejemplo de incongruencia retórica: “El carro del Estado navega sobre un volcán”.
            “Si en un carro, no puede navegar –explicaba el poeta y catedrático–; y si navega, no puede hacerlo sobre un volcán”.
            No podrá hacerlo, pero eso es exactamente lo que siento yo ahora: que el carro del Estado navega sobre un volcán a punto de entrar en erupción.
            Ganas me dan de pedir la nacionalidad portuguesa.


Martes, 12 de septiembre
UN HOMBRE AFORTUNADO

Rodeado de amigos en la librería Cervantes, presentado el cuarto o quinto libro que he publicado este año, pienso que soy un hombre afortunado.
            Con paciencia y astucia, he ido consiguiendo todo lo que quería. No grandes cosas –nunca he sido ambicioso–, pero sí las que necesitaba para ser moderadamente feliz (ya se sabe que la felicidad con mayúscula no es de este mundo).
            Ni el fracaso, que nos llena de resentimiento, ni el éxito, que atonta (véase Javier Marías). Como escritor, me basta con escribir lo que me apetece y con publicar todo lo que escribo.
            La musa es el encargo, decía Umbral, y yo he tenido la suerte de que los encargos que recibo casi siempre coincidan con aquello que estoy deseando hacer. Sentado frente a mí, está Graciano García, a quien un día se le ocurrió crear una revista literaria. “De los aspectos materiales, se encarga la editorial Nobel; del contenido te encargas tú, con total libertad”. Esto fue muy a finales del 95, a comienzos del año siguiente apareció el primer número de Clarín. Veintiún años después, sigue apareciendo cada dos meses. Y pagando las colaboraciones, a pesar de que la publicación –como cualquier revista literaria– no es precisamente un negocio.
            Muy cerca veo a Marcelino Gutiérrez, director de El Comercio. En el verano de 2005, su antecesor, Íñigo Noriega, me llamó para que colaborara en su periódico. Desde 1988, lo hacía en el diario de la competencia, pero durante julio y agosto el suplemento en el que aparecían mis reseñas dejaba de publicarse. Estaba libre, por lo tanto. Al menos teóricamente, porque el diario ovetense no perdona la menor infidelidad. Probablemente, no podría volver, pero a la oferta de Íñigo Noriega era imposible resistirse: una colaboración diaria o semanal, a mi gusto, y del tipo que yo quisiera. Elegí traducir y comentar diariamente un poema; del reto que salió un libro, Jardines de bolsillo. Tres mil años de poesía. Y cuando llegó septiembre, cuando yo creí que la competencia iba a despedirme con cajas destempladas, me hizo una oferta a la que tampoco pude resistir: publicar mi diario los domingos. Y así estuve durante una década: de septiembre a junio publicaba una reseña los jueves y la entrega semanal de mi diario en un periódico, y durante julio y agosto poesía, ficción o lo que me pareciera en otro. De esos veranos gijoneses surgieron libros como la autobiografía erótica Alrededores del paraíso (fue publicándose a razón de una entrega diaria) o las Ciudades de autor que presento hoy en Cervantes.
            Íñigo Noriega dirige ahora otro periódico, pero su sucesor tiene el mismo gusto que él por la literatura. Y ahí sigo, sonriente y feliz cada semana. Y con una poco frecuente libertad: el diario apoyaba la estratagema que llevó al poder a Rajoy, alterando el resultado electoral, y la candidatura de Susana Díaz, mientras que yo arremetía –con cierta virulencia– contra Javier Fernández, cuya aportación a la teoría política se centra en una frase: “Lo democrático es abstenerse para que no haya elecciones” (cualquier tiempo pasado fue mejor: entonces bastaba con abstenerse para que no hubiera elecciones, ahora con tal de que no las haya somos capaces de meter en la cárcel a la mayoría de los alcaldes catalanes).
            Y también veo a Carlos González Espina, quien, junto a Marina Lobo, ayer en Llibros del Pexe, hoy en Impronta, siempre me están encargando algún libro, a pesar de lo bien que saben –por propia experiencia– que no soy precisamente un best-seller.
            ––No presumas de ser un triunfador –se burla el diablillo de la contradicción que siempre va conmigo–. Después de dedicar toda tu vida a escribir, ¿cuánto dinero has ganado con ello?.
            ––Pues no sé, no lo he contado. Y lo de “dedicar toda la vida” suena demasiado fuerte. Suelo escribir todos los días, cierto, y nunca menos de una hora, pero tampoco nunca más de hora y media, y te recuerdo que el día tiene veinticuatro. Me ha quedado tiempo para todo lo demás, incluso para aburrirme. Y ya que estamos, otro secreto: nunca he escrito una línea por obligación o por dinero. Soy así de poco profesional.
            ––¿Un triunfador y desde niño soñabas con Nueva York, París o Roma y te has quedado anclado en la provinciana Vetusta para toda la vida?
            ––Los sueños dejan de serlo cuando se convierten en realidad. Porque nunca he vivido en Nueva York ni en París ni en Roma, ni en Lisboa o Venecia, nunca me han mostrado sus aristas y me siguen fascinando, como al adolescente que no tenía nada más que sus sueños, cada vez que paso por ellas.



Jueves, 14 de septiembre
SOY

Soy militante de base, muy de base, casi de subsuelo, del PSOE; simpatizo con las ideas de regeneración democrática de Podemos, y el Partido Popular de Asturias me invita a inaugurar sus jornadas culturales.
            Se me podrá acusar de muchas cosas, pero no de ser un hombre simple y unilateral que repite la voz de su amo.


Viernes, 15 de septiembre
 A LAS URNAS, NO A LAS ARMAS

Incluso yo, tan temerario, empiezo a tener miedo. La democracia española cada vez se parece más a la de ese país donde hablar del holocausto armenio es ilegal y puede llevarte a la cárcel. Y con todas las de la ley ya que lo prohíbe su constitución.
             Aquí lo que prohíbe la Constitución (pobrecita constitución, con qué estupideces la hacen cargar los que dicen defenderla) es defender el derecho de los catalanes a ir a votar el uno de octubre para proclamar a los ojos del mundo que quieren seguir siendo parte indisociable de la nación española. ¿Cómo puede ser un delito que se les permita declarar alto y claro su españolidad?
            Pero doctores tiene la santa madre constitución que dictaminan que votar que no quieres ser independiente es inconstitucional (tan inconstitucional como votar que quieres serlo), pero meter en la cárcel a los alcaldes que faciliten que los ciudadanos voten es constitucional.
            Doctores tiene la santa madre constitución, ya digo. Pero sospecho que quienes autorizan semejante cosa con su firma no van a ocupar precisamente un lugar de honor en los libros de historia.
            ––¿Y no tienes miedo –me susurra mi diablillo– de que les dé por leer tu diario y tus comentarios en la red y te acusen de apoyar el derecho a decidir, algo explícitamente prohibido, si no por la Constitución, sí al menos por el Tribunal Constitucional, y que te vuelvan a meter en la cárcel como cuando Franco?
            ––¿Miedo? ¡Tengo pavor! Juristas muy respetables condenaron legalmente a muerte al rector Leopoldo Alas y la única prueba que encontraron en su contra fue la fotografía de un mitin en la que aparecía con la Pasionaria? ¿Cómo no voy a tener miedo? Por eso, me retracto, comulgo con ruedas de molino, me creo lo que dicen El País y Sáenz de Santamaría, y dejo de apoyar el  referéndum independentista. Lo que yo quiero es que deje hablar a esa mayoría silenciosa de catalanes que tanto han sufrido con Puigdemont y se les permita el uno de octubre mandarlo a casa llenando las urnas con un rotundo “no”.