domingo, 21 de agosto de 2016

Ciudades de autor: Praga de Clara y de Marina

 

Cuando Marina Tsvietáieva llegó a Praga, ya había conocido el infierno. En febrero de 1920 les escribe a unos amigos para contarles que su hija menor, Irina, de solo dos años, había  muerto de hambre en el albergue en que se alojaba. “De ser posible, no le cuenten de momento nada a nadie –concluye la carta–, como un lobo en su madriguera oculto mi dolor. Me hace daño la gente”.
            Praga fue uno de los pocos lugares, tras la catástrofe del 17, en que volvería a sentirse feliz. En 1939, después de la ocupación por los nazis, escribió a una amiga: “Para mí es ahora Bohemia, entre todos los países, el único humano. Todos los demás son lobos y zorros, y el oso (Rusia) está desgraciadamente lejos… Amo a Bohemia infinitamente, pero no quiero llorarla (a los sanos no se les llora), la quiero cantar”.
            A Checoslovaquia le dedicó su último ciclo de poemas, antes de regresar a la URSS y de ser devorada por el oso estalinista. En agosto de 1922, se dirigió a Praga para encontrarse con su marido Serguéi Efrón, más joven que ella y a la vez ancla y lastre en su vida. Se habían casado casi adolescentes, en contra de la opinión de todos. Llevaban ocho años separados, Serguéi luchando con el ejército antibolchevique, Marina en el calvario revolucionario de Moscú. Le creía muerto cuando se enteró de que estaba en Praga, becado por el gobierno, estudiando arte bizantino en la universidad.
            Los exiliados rusos –en su mayoría no eran nostálgicos del zarismo, sino representantes de la oposición democrática– se habían esparcido por Europa, especialmente París y Berlín, pero en ninguna parte fueron tratados como en la recién nacida Checoslovaquia de Masaryk.
            Marina siempre quiso a su marido, que acabaría empujándola por el precipicio, pero siempre estuvo enamorada de otro, o de otra. Amores muchas veces epistolares, sin contacto físico, como los que mantuvo con Rilke y Pasternak en el verano de 1926, o antes con Alexandr Bajraj, a quien comenzó a escribir para agradecer una reseña y pronto lo hizo en un tono tan apasionado que asustó al joven: “Quiero de usted el milagro. El milagro de la fe, el milagro de la comprensión, el milagro de la renuncia”. No tardó en darse cuenta de que se había enamorado de un ser que solo existía en su imaginación. Y se justifica: “No estoy hecha para la vida. ¡En mí todo es incendio! Puedo tener diez relaciones a la vez y a cada uno asegurarle, desde la más profunda profundidad, que es el único. Pero no tolero que me vuelvan la espalda ni mínimamente. Yo soy una persona desollada en vida, mientras que el resto lleva armadura”.
            Desollada en vida Marina Tsvietáieva, pero en Praga fue feliz, más feliz que en ninguna otra parte, aunque esa felicidad tuviera el final acostumbrado. Aquí escribió dos de sus textos mayores, “Poema de la montaña” y “Poema del fin”. Los dos estaban inspirados por la misma persona, Konstantin Boleslávovich Rodzévich, un joven de 28 años que había sido compañero de su esposo en el Ejército Blanco y ahora lo era en la universidad.
            Se lo contó de inmediato, no a su marido, sino a Bajraj, su corresponsal y amante imaginario: “Estoy enamorada de otro, no hay forma más simple, cruel y honrada de decirlo. ¿Cómo ocurrió? Oh, amigo mío, ¿cómo ocurren estas cosas? Me volví hacia alguien, él me miró, escuché unas palabras, las más simples del mundo, que ahora he escuchado acaso por primera vez”.
            Marina vivía entonces en una casita, que aún subsiste milagrosamente, en la colina de Smichov, muy cerca de la villa Bertramka donde Mozart escribió su Don Giovanni. Como “un Casanova de segunda” describió Serguéi Efrón a su compañero Konstantin cuando se enteró de aquella relación adúltera, que al principio los amantes trataron de mantener en secreto. Él estaba internado entonces en un sanatorio antituberculoso. No faltaron amigos oficiosos que le comunicaron la nueva pasión de Marina, menos mental que otras. Le comunicó su intención de separarse, pero no fue capaz de hacerlo: “Durante dos semanas estuvo fuera de sí. Iba y venía constantemente de uno a otro, no lograba dormir, adelgazó. Nunca la había visto en tal estado de desesperación. Finalmente me dijo que no podía separarse de mí porque la conciencia de mi soledad no la habría dejado un momento no solo de felicidad, de tranquilidad siquiera. Yo habría podido ser fuerte si Marina hubiera encontrado a un hombre en quien pudiera confiar. Pero estaba seguro de que el otro (un Casanova de segunda) la abandonaría después de una semana, lo que significaría su muerte”.
            La ruptura con Konstantin Boleslávovich la cuenta Marina en “El poema del fin”, que yo leo, releo, en una de las cafeterías del centro comercial Novi Smichov, muy cerca del edificio del Ángel Dorado, de Jean Nouvel, con versos de Rilke en el cristal de su curva fachada. El poema nos cuenta el ir y venir de los amantes durante la última cita. Bajan a la ciudad, pasean junto al río. “Eres la primera mujer que se ha anticipado a dejarme”, le dice aquel Casanova que luego sería un héroe en la guerra civil española y en la lucha en Francia contra los nazis.
            Cierro el libro, trato de seguir el itinerario de los amantes. “Amor que no devasta no es amor”, me digo. Y mientras desciendo lentamente hasta el centro de la ciudad voy pensando en viejas devastaciones, en olvidos que no cicatrizan nunca. Paso junto al puente de la Legión (enfrente. la mole ocre y oro del Teatro Nacional), llego hasta la isla de Kampa y allí me sale al encuentro la sombra de otra poeta, Clara Janés, que vivó en Praga su más extraño y decisivo amor.


            Hacía tiempo que no escribía cuando, durante una temporada en el hospital, alguien le regaló un libro de Vladimir Holan, Una noche con Hamlet y otros poemas. Fue una revelación. Comenzó a escribir de nuevo y esos versos se los envió a Holan con una carta en la que le expresaba toda su gratitud y admiración. El poeta, que vivía encerrado en casa, que no veía a nadie, que no escribía a nadie, le envió un libro suyo dedicado “con amor”. Lo recibió un 7 de junio, en Barcelona; el día 13, ya estaba en Praga. Lleva al poeta rosas rojas, vino y los poemas que ha escrito pensando en él. Holan, como no podía se de otra manera, se asustó al verla: “Deja la botella a un lado, coge el ramo que le ofrezco, lo pone en un jarro y se oculta tras él”, me contó la propia poeta. Comienza luego a hablar en checo con quienes han acompañado a la visitante, el traductor Forbelsky y el editor Justl, ignorándola. Ella no se amilana: aparta el jarrón y se queda mirándolo fijamente.
            Al final, durante la despedida, cuando los amigos piensan que ha sido un error presentarle a aquella enloquecida admiradora, ocurre lo inesperado. Holan pide que le traigan ejemplares de sus libros, se los entrega a Clara, le coge las manos, se las besa, primero una, luego otra, le pide que vuelva.
            Volverá varias veces, ya habiendo aprendido checo, una vez vestida de blanco, como una novia, otra de azul, llevándole como regalo “pechinas, veneras y conchas” del Mediterráneo. Y fue en esa ocasión cuando supo la causa de la conmoción del poeta en su primera visita. Holan tenía en su casa una copia de la cabeza de la Virgen Blanca, que estuvo sobre una columna de la Plaza Vieja y su perfil era muy semejante al de la admiradora barcelonesa. Pero no era esa la única razón: en 1972, por las mismas fechas en que Clara descubría su poesía, había escrito “La voz de Ofelia”, un poema en el que una joven barcelonesa, que frecuentaba el Orfeón catalán, visitaba al poeta y le traía como regalo “pechinas, veneras y conchas”. El poema profético se había hecho realidad.
            La Praga de Marina Svietáieva, la Praga de Clara Janés, la mía recién descubierta y en la que me parece haber estado desde siempre. Hago recuento de lo que me llevo conmigo. La casita de la isla de Kampa en que vivió veinte años encerrado Vladimir Holan, con su ventana al canal del Diablo, casi tapada por un árbol y en la que brillaba la luz toda la noche; el otro piso, muy cerca, en U Luzickeho Seminare, a donde le obligaron a trasladarse las molestias de un vecino. El Puente de Carlos, recorrido al amanecer, sin más compañía que la aparatosidad barroca de sus esculturas. La plaza de la Ciudad Vieja, donde arde todavía el espíritu de Jan Hus. Las escaleras que llevan al Castillo. La callejuela del Nuevo Mundo, con las redomas de los alquimistas todavía humeantes. Y el cementerio de Olsany, todo sosiego y verdor, donde busqué en vano la tumba de la familia Holan. Lo que sí encontré, al otro lado de la calle, fueron las ordenadas sepulturas de los héroes soviéticos a los que Holan dedicó un libro: Soldados del ejército rojo (1947). El desengaño vendría pronto junto al remordimiento: él mismo había contribuido a crear al Saturno estalinista que devoraba a sus propios hijos.
            Marina Tsvietáieva no podía ignorar lo que la esperaba al volver a Rusia en junio de 1939, en un barco cargado de exiliados españoles. La arrastraban su marido, que de luchar en el Ejército Blanco había pasado a convertirse en agente del KGB, su hija Ariadna, que se había convertido en ferviente comunista (lo pagaría pasando años en el Gulag), su querido hijo Mur, un caprichoso adolescente que se entretenía atormentándola.
            Volvió a su país en el peor momento. No podía publicar, un amigo de los viejos tiempos, Pasternak, le consiguió alguna traducción. Lo último que escribió fue una solicitud de trabajo como lavaplatos en una residencia de escritores que estaba a punto de abrirse. La tarde del 31 de agosto de 1941 encontraron a Marina colgada de un gancho a la entrada de la choza en que vivía. La enterraron en una fosa común.
            Pero en los días de Praga, cuando el amor y la literatura son todo su ejercicio, esas negruras quedan lejos. Cansado de callejear, me siento en una terraza de la plaza Venceslao (en lo alto la estatua del santo a caballo y tras ella la cúpula, ahora envuelta en andamios, del Museo Nacional). Junto a mí, unos paneles recuerdan los hechos de agosto de 1968, el enfrentamiento con los tanques rusos, el fin de la primavera: historia antigua ya, afortunadamente. Y de pronto una música alegre me saca de mis pensamientos. Plaza abajo avanza una festiva y colorista manifestación. Se celebra el día del orgullo gay. Pienso que a Marina Tsvietáieva, que amó a hombres y mujeres, que amó el amor sobre todas las cosas, le habría gustado estar aquí. Y está. En una de las pancartas, en inglés, un verso suyo: “Bebe mi sed. Es todo lo que tengo”. 



domingo, 14 de agosto de 2016

Ciudades de autor: Nueva York de Camba y Juan Ramón



Hace cien años, en abril de 1916, un nuevo corresponsal del diario ABC llega a Nueva York. Se llama Julio Camba, aún no ha cumplido cuarenta años, y es el cronista de moda. En breves artículos –que ese mismo año comienzan a reunirse en libro– nos ha contado sus andanzas por la Europa anterior a la Gran Guerra, entonces en pleno macabro esplendor. Son artículos sin grasa retórica ni floritura verbal, que buscan darle la vuelta al tópico y hablar de lo que todos ven, pero en lo que nadie se fija.
            Poco antes, en el mismo barco, el Antonio López, de la Compañía Trasatlántica, ha viajado a Nueva York otro escritor español de su misma edad, ya poeta prestigioso, Juan Ramón Jiménez. No viene en viaje de trabajo como Camba, sino por razones particulares: a casarse. Pero la nueva realidad lleva al ensimismado analista de sus estados de alma a convertirse también en minucioso cronista de la nueva realidad, del otro mundo con que se encuentra al cruzar el océano.
            Un año en el otro mundo tituló precisamente Camba el libro en que reunió sus artículos, aparecido al año siguiente, lo mismo que las anotaciones en prosa y verso de Juan Ramón Jiménez, el Diario de un poeta recién casado que cambiaría la poesía española.
            El Nueva York que vieron era y no era el mismo. Coincidieron solo una vez, en el Museo de Brooklyn, y no se saludaron. Se celebraba allí una exposición de Zuloaga y al entrar en la sala Juan Ramón Jiménez, acompañado de Zenobia y de una pareja amiga, escuchó perorar en español sobre aquella España, la España eterna, de curas y toreros, de chulos y de santos, de mendigos y de bailarinas, de gitanas y de inquisidores. Exactamente lo que él más detestaba. Discretamente, pidió que se marcharan antes de que el periodista español le reconociera y se acercara a saludarlo. Detestaba todo lo castizo y especialmente la Castilla de cartón piedra que Zuloaga llevaba a sus lienzos. Él prefería al luminoso Sorolla, cuyos cuadros había tenido ocasión de contemplar en la Hispanic Society del alto Manhattan.
            Leemos hoy los dos libros sobre el Nueva York de hace cien años y nos sorprende comprobar que la mirada del poeta fue mucho más aguda que la del periodista. Cierto que ninguno de los dos sabía inglés (entonces se podía ser corresponsal en cualquier país sin más que unas nociones de francés), pero a Juan Ramón su ya esposa y siempre servicial secretaria, casi norteamericana, le permitió entrar más en contacto con la nueva realidad.
            En una primera mirada, los dos captaron lo mismo: velocidad, suciedad y estrépito. Pronto el poeta comenzó a descubrir algo más. El periodista solo fue sensible a la belleza de la noche: “Dijérase que el mundo entero estuviese de fiesta. En las fachadas enormes resplandecen millares de alegres ventanas. Las perspectivas luminosas se suceden y se superponen y la ciudad parece infinita. Es una orgía de luz que le embriaga a uno. Hay anuncios luminosos que son enormes serpientes, aspas girando sin cesar, bailarines escoceses que mueven brazos y piernas, gatos atrapando ratones, salamandras, relojes que van marcando las horas y los minutos…”
            Son los “anuncios mareantes de colorines sobre el cielo” que Juan Ramón descubrió en Broadway y que le llevaron a preguntarse si la luna que apareció de pronto “entre dos casas altas, sobre el río, sobre la Octava, baja, roja”, era la luna o un anuncio de la luna.
            “De vez en cuando –continúa Camba–, un tren aéreo pasa al ras de los terceros pisos, rápido y deslumbrador como una exhalación”. Es el elevado, aquel rasgo futurista de Nueva York que pronto se convertiría en arqueología. También le fascinó a Juan Ramón: “De pronto, el tren comienza a seccionar casas. Sí, no es una calle, es que el tren corta una manzana… A derecha e izquierda, en las viviendas sin fachada  –como en aquellas secciones de un barco o de una fábrica que tanto me intrigaban de niño–-, el peluquero, la modista, el florista, el impresor, el sombrero, el sastre, el carpintero, trabajan, cada uno en su piso, tras su cristal sin puerta, bajo sus lucecitas de colores”.
            Pero la fiesta de la noche termina con el amanecer, cuando los edificios vuelven a mostrársenos en toda su fealdad “como si fuesen el armazón de enormes castillos pirotécnicos ya quemados”.
            Solo el poeta fue capaz de encontrar los remansos de tranquilidad y belleza de aquel “marimacho de las uñas sucias”, como llamó en un momento de irritación a Nueva York. En primer lugar, los cementerios urbanos, “que atan con su paz amena y cantada de pájaros, en medio de la vida, más que los jardines públicos, que los puertos, que los museos”.  Al de Trinity Church se refirió en varias ocasiones: “Está tapiado este breve camposanto abierto de la ciudad comercial por las cuatro rápidas y constantes concurrencias del elevado, el tranvía, el taxi y el subterráneo, que jamás le faltan a su silencio obstinado y pequeño”.
            Los cementerios, las plazas arboladas, como Washington Square, los paseos para los enamorados, como Riverside Drive, las avenidas desiertas de la noche en las que resuenan los pasos de un único caminante, una casa colonial, “blanca y amarilla como humilde margarita”, que surgen de pronto entre los rascacielos; también las escaleras de incendios que se llenan de pájaros para saludar a la primavera…
            A la llegada de la primavera dedicó muchas de sus anotaciones Juan Ramón Jiménez. En una de ellas nos la presenta como a la heroína de una película por fin triunfante en su lucha contra el feroz invierno: “El oro leve de las nueve le basta ya para ser reina. Los brotes sucios de los árboles de los muelles se sonríen con una gracia rubia; cantan cosas de oro los gorriones, negros aún del recuerdo de la nieve, en las escaleras de incendio; los cementerios de las orillas estallan con leves ascuas el hollín; una banda rosa de Oriente encanta los anuncios de las torres; repican, confundidas, las campanas de fuego, las campanas de todas las iglesias…”
            Pronto, desnuda y fuerte, la primavera comenzará a desfilar por la Quinta hasta el Central Park.
            El Nueva York de Juan Ramón es el de ayer y, en su mejor parte, es también el de hoy. Cierto que el Woolworth Building (“una calle puesta en pie”, como lo definió Camba) hace tiempo que no es el rascacielos más alto del mundo, pero ahí sigue, cerca del puente de Brooklyn, con su elegancia historicista que no nublan los geométricos mastodontes cercanos ni tampoco la reciente torre de Frank Gehry.


            Juan Ramón vio lo que el periodista no supo ver. Para Camba, los neoyorquinos son seres elementales carentes de psicología y de literatura, son como niños grandes que se pasan el día mascando chicle y tratando de hacer dinero.
            ¿Carentes de literatura? La Biblioteca Pública, recién inaugurada en la calle 42, ponía al alcance de los lectores más libros que ninguna biblioteca española, y en Nueva York no solo había poetas, sino más malos poetas que en ninguna otra parte, más incluso que en el Ateneo madrileño, según descubre Juan Ramón cuando visita el “Author’s Club”, lleno de poetastros de décima clase “que cultivan parecidos físicos a Poe, a Walt Whitman, a Stevenson, a Mark Twain”.
            El escritor con fama de melifluo nada tiene que envidiar a Camba en el uso de la ironía. Amable unas veces, como en su visión de las innumerables iglesias de New York: “En la baraúnda de las calles enormes, las iglesias, teatrales, livianas, acechan echadas –la puerta abierta de par en par y encendidos los ojos–, como pequeños y mansos monstruos medioevales caricaturizados mal por un arquitecto catalanista”. En otras ocasiones, de muy precisa crueldad, como con “La viejas coquetas” que encuentra en las reuniones sociales: “están todas, con dientes de oro, afeitadas, arrugadas, pecosas, pañosas, cegatas, depilado el vello perdurable, que, como es sabido, le crece, con las uñas, a los muertos; descotadas hasta la última costilla o la más prístina grasa, llenos hombros y espaldas milenarios de islas rojas y blancas, como un mapa de los polos”.
            La situación de la mujer llama la atención del periodista y del poeta. “Echarle un piropo a una mujer puede costarle a uno en los Estados Unidos, o la ruina o la cárcel”, escribe Camba. Para él, entre hombres y mujeres existe en España una relación de justicia que no se da en Estados Unidos: “El marido es tirano en su casa; pero es esclavo en la fábrica, en la oficina o en el taller. Marido y mujer tienen cada uno sus ventajas y sus desventajas”. En Estados Unido, en cambio, “la mujer es libre a expensas del hombre y eso no está bien más que para las mujeres”. Y luego aclara: “Que juegue al póker, que discuta la política, que baile fox-trots en los cabarets mientras el marido adormece a los chicos; pero que cuando la pisen en el tranvía se defienda con sus propias fuerzas y no se haga al marido entablar un match de boxeo con el autor del pisotón”.
            Juan Ramón supo ver que las mujeres norteamericanas no necesitaban pedir ayuda al marido. Una escena en el metro lo confirma: “La sufragista, de una fealdad alardeada, con su postre mustio por sombrero, se levanta hacia un ancianito rojo que entra, y le ofrece, con dignidad imperativa, su sitio”. Como él se resiste, ella le coge por el brazo y le sienta “sin hablar, de una vez”.
            En 1916 las mujeres de Nueva York  ya habían comenzado a hacerse dueñas de su destino y eso asustaba al anarquista converso Julio Camba, pero no a Juan Ramón, que se había casado precisamente aquellos días con una de esas mujeres nuevas e imperativas (a la que ya se encargaría él, a fuerza de talento, victimismo e hipocondría, en irla convirtiendo en otra fierecilla domada.)





domingo, 7 de agosto de 2016

Ciudades de autor: La Habana de Valente y de Lezama



Desde la terraza del hotel, aquel atardecer de verano, La Habana mostraba su mejor perfil: una desleída acuarela ajena al tiempo. Enfrente tenía la majestuosa cúpula del Capitolio, más alta que la de Washington, según proclamaba orgullosa la guía que me lo enseñó, y la florituras neobarrocas del antiguo Centro Gallego; a uno de los lados, el isabelino paseo del Prado (y al fondo, entrevisto, el Malecón); al otro, el arbolado del Parque Central, torres y terrazas. Todo parecía hermosamente al margen del tiempo; el hedor de las ilusiones putrefactas no llegaba hasta aquella altura.
            ––¡Las utopías revolucionarias! ¿Dónde han quedado? –el viejo escritor con sobria elegancia, al parecer había sido modelo de Armani–. Parecen tan remotas como el paso de Aníbal por los Alpes, que diría Borges. Y sin embargo todos creímos en ellas. Yo el primero. Seguía creyendo cuando me mandaron como auxiliar a una biblioteca de barrio, que tenía que barrer todas las mañanas. Y tengo mis dudas de que la autocrítica de Heberto Padilla fuera forzada, como se dijo. Hubo un tiempo en que todos creímos en la posibilidad de otro tiempo mejor. No solo fue peor, como usted se habrá dado cuenta, sino mucho peor de lo que podríamos imaginar.
            Ahora La Habana parece una vieja decrépita y pintarrajeada de colorines en los edificios restaurados para seducir a los turistas. ¿Ha entrado en alguna librería? ¿En La Moderna Poesía, por ejemplo? Ahora no hay más que media docena de títulos, casi todos publicaciones oficiales, y está atendida por más de media docena de indolentes funcionarios. En otra época no tenía que envidiar a ninguna librería de París. Mucho antes que a Madrid llegaban aquí las novedades francesas.
            ¿Estuvo también ilusionado con la Revolución Lezama Lima? No sabría decirle. Al principio, se dejó querer. Aceptó cargos oficiales, nunca de mucho relumbrón, pero bien pagados para lo que aquí teníamos por costumbre. A él siempre le faltó dinero. Tenía una manera muy peculiar de administrarse. El sueldo del mes se lo gastaba los primeros cuatro días. “Es que así me luce más”, solía decir. “Si yo esos cien pesos los divido en treinta días, son treinta días pobres. Vivo cuatro días como un príncipe y luego me siento en la mecedora a disfrutar de mis libros y mis sueños”. Tenía cuenta en las mejores librerías. Iba a pasear por la calle Obispo y volvía por O’Reilly, donde entonces estaban sus favoritas, y las mías. A veces regresaba con  más de cincuenta títulos, todo lo que le había llamado la atención, lo mismo una nueva edición de Las flores del mal que un tratado sobre el orfismo o la cábala. Lo leía todo, o no lo leía, porque yo creo que nunca leyó un libro completo, pero lo olfateaba y lo aprendía por ósmosis. Tenía una erudición fabulosa. Fabulosa en el doble sentido de la palabra. No había que pedirle exactitud ninguna en las referencias o en las citas. Cortázar le corrigió casi todas las de Paradiso; apenas había alguna que no contuviera algún error. Pero era un mago. Te hipnotizaba con su palabra.
            Yo estuve muchas veces en su casa, en un bajo de la calle Trocadero, enfrente precisamente de donde yo vivo ahora. Era estrecha y larga, muy oscura, sin más ventanas que las que dan a la calle y a un pequeño patio al fondo. El cuarto de Lezama estaba lleno de libros amontonados, parecía que en cualquier momento se le iban a caer encima. No le gustaba recibir visitas allí. Sus lugares de encuentro eran los restaurantes y las casas de los amigos o  admiradores adinerados, como la del músico Julian Orbon, a la que él llamaba el palacio Orbón.
            Era asmático, ya sabe. Al principio daba fatiga oírle hablar, pero luego te olvidabas por completo. Se le escuchaba como se escucha la música, dejándose fascinar sin esforzarse en entender. Y era un tragaldabas increíble, capaz de comerse una pierna de cordero entera. Resulta fácil imaginarse lo que tuvo que pasar en los últimos años cuando todo estaba racionado.
            A mí me hablaba con frecuencia de aquel año prodigioso, 1936, en que conoció a su maestro, Juan Ramón Jiménez, y a quien sería su más admirada amiga, María Zambrano. A la discípula de Ortega, recién desembarcada, le dieron un banquete en La Bodeguita del  Medio. Se sentó a su lado un joven de poco más de veinte años, pero ya con el aplomo de quien se sentía superior.
            Los sabios españoles esparcidos por la guerra fueron muy bien acogidos aquí, pero no por los medios oficiales, entonces tan ignorarnes como ahora, sino por los jóvenes y por una serie de burgueses adinerados que no tenían inconveniente en gastar parte de su fortuna en agasajarles y en financiar sus cursos y conferencias. Uno de esos mecenas era Josefina Tarafa, Fifi Taraza, que acogió a María Zambrano y a su hermana y que siguió ayudándolas toda la vida. Siempre que hablaba de aquella época fabulosa, más fabulosa según iban pasando los años, Lezama nos contaba la misma anécdota. Con otros jóvenes estudiantes, fue a pedirle al Rector de la Universidad permiso para que Juan Ramón Jiménez pudiera dar una charla en el Aula Magna. Y él les respondió: “Ya saben ustedes que en un lugar así no puede hablar cualquiera. ¿Ese señor es conocido”. La otra época feliz para Lezama fue la de la revista Orígenes, cuando aquí vivía María Zambrano, cuando por aquí pasó Cernuda, cuando la aparición de cada número, donde uno podía encontrarse a Eliot y Valery junto a Guillén y Juan Ramón, era una fiesta, pretexto para una noche bien comida, bien bebida y bien reída que parecía que no se iba a agotar nunca.


            Luego todo se acabó y todos pusimos nuestro granito de arena para enterrarnos mejor. Heberto Padilla, el de la autocrítica, andaba por Nueva York, lo mismo que Carlvert Casey, que pronto se suicidaría en Roma, y aquí vinieron dispuestos a construir el futuro. No solo nos engañamos nosotros, también las mentes más brillantes de Europa. Se los invitaba con prodigalidad a pasar una temporada en el Paraíso con todos los gastos pagados y ninguno dejó de aceptar la invitación. José Ángel Valente vino en diciembre de 1967. Su encuentro con Lezama resultó trascendental para ambos. Le traía una carta de María Zambrano, con la que Lezama había perdido el contacto. Le alojan, como a todos, en el antiguo Hilton, ahora Habana Libre. Le dan una espléndida suite con vistas al Malecón, ron, tabaco y bombones. Les traen y les llevan, siempre a cuerpo de rey, como se decía antes. Por aquí andaba Blas de Otero, depresivo y con problemas conyugales, más con el Partido que con su mujer cubana. A Valente le acompañaban Caballero Bonald, Alfonso Sastre y los Celaya, a los que no podía soportar y a los que trata de payasetes en un poema tan poco amable como el que dedicó a José Hierro. A Lezama lo vio a poco de llegar durante una cena en el Patio, un restaurante de la plaza de la Catedral. En seguida se le acerca y le pide noticias de María Zambrano, su mentora, su guía espiritual. Lezama hablaba siempre de ir a España, a Bilbao, de donde era oriunda su familia. Pero cuando pudo, no quiso y cuando quiso no pudo. Tras el éxito de Paradiso le invitaban de todas partes, pero nunca consiguió los permisos necesarios. Las cartas que recibía y enviaba pasaban por la censura, muchas de ellas se perdían.  Valente le visitó en su casa tan pronto como las obligaciones oficiales se lo permitieron. Hace poco me trajeron de España su diario, publicado póstumamente, y yo pude conocer sus impresiones de entonces: “La casa es un conjunto abigarrado y extraño de objetos, retratos (el padre y la madre en posición visible, dominante), cuatros y libros. Lezama está enorme, pesado, como un gran ídolo. Su rostro es joven. La Revolución para él es el paso de la riqueza a la pobreza. Pero reconoce que fue un hecho revolucionario auténtico”.
            La poesía de Valente no volvió a ser la misma, no sé si para bien, desde aquel encuentro con Lezama. No, en el jurado del premio famoso a Fuera del juego no estaba Valente. Sí Lezama y un poeta, Manuel Díaz Martínez, que luego se marchó a España y que ha contado todas las peripecias del caso. El libro se publicó, como usted sabe, aunque con escrito reprobatorio; también se publicó Los siete contra Tebas, aunque no se estrenó hasta el 2000, cuando ya La Habana no era la de los años triunfales de la Revolución. Yo he pasado de barrer bibliotecas a ser una especie de gran patriarca de las letras cubanas. Pero la ciudad sigue invivible, salvo para  los turistas, aunque nunca haya dejado de ser hermosa. Hermosa y repulsiva al mismo tiempo. Tiene algo de jinetera repintada que se ofrece al mejor postor.






domingo, 31 de julio de 2016

Ciudades de autor: Palermo de Sciascia y Lampedusa



Los amigos de Facebook –yo tengo el máximo, cinco mil– no son verdaderos amigos, ciertamente, pero a veces resultan muy útiles.
            Como todo el mundo, cuando llego a una nueva ciudad, acostumbro a poner fotos del lugar y a veces –en Venecia, en Ginebra, estos días en Palermo– alguien que también está de paso o que reside allí, y a quien solo conozco virtualmente, se pone en contacto conmigo. No siempre, más bien casi nunca, son citas eróticas, como la que tan mal fin tuvo en Ginebra, que algún día contaré.
            Luigi Motta, a los dos días de estar yo en Palermo, pasó a buscarme por el hall del Grand Hotel des Palmes, en Via Roma. “Yo fui uno de los jóvenes que asistieron a las clases de literatura que daba el príncipe de Lampedusa en su palacio”, me dijo a modo de tarjeta de presentación. Le creí entonces, como no podía ser de otra manera, pero luego me entraron mis dudas. Su nombre no aparecía citado por Francesco Orlando en su Recuerdo de Lampedusa. Se lo hice notar la segunda vez que nos encontramos. “Francesco no se portó muy bien conmigo. Era celoso, quería acaparar al maestro, pero luego llegó Gioacchino y tuvo que probar su propia medicina”.
            Luigi Motta tendría unos ochenta años, aunque aparentaba algunos menos y vestía con afectada coquetería. Para orientarme en la ciudad (que yo ya había pateado por mi cuenta, aunque no se lo dije), lo primero que hizo fue dibujarme una cruz en una servilleta de papel. Donde se cruzaban los dos brazos de la cruz trazó un círculo.
            ––Esta es Piazza Villena o Quattro Canti, la plaza de las cuatro esquinas. Lo de Villena, claro, no va por ese poeta español que usted conocerá bien y que a mí me gusta mucho, sino por un virrey español, como el antiguo nombre, via Toledo, de la que fue la calle principal de Palermo. La ciudad comenzó aquí, en lo alto de la cruz, donde está el palacio dei Normandi y la puerta de Carlos V. No le extrañen las referencias españolas. Palermo está lleno de homenajes a los reyes de España en lápidas y estatuas. No se sabe bien si no se han hecho desaparecer porque estamos orgullosos de ellos o simplemente por desidia. La antigua Via del Càssaro o Toledo, hoy Vittorio Emanuele fue acercando a Palermo, que nació en lo algo de una pequeña colina, hasta el mar, hasta la Cala, es puerto natural que parece un refugio de piratas. El otro brazo de la cruz es la Via Maqueda (otro virrey español) que luego fue alargándose con la Via Ruggero y la de la Llibertá. El centro del Palermo barroco, para mí el verdadero Palermo, es Quattro Canti, con sus monumentales esquinas: abajo las fuentes, arriba la alegoría de las estaciones, más arriba en sus hornacinas los Carlos y los Felipes de España y coronándolo todo las cuatro vírgenes que protegen la ciudad. Por el lado del mar, la Italia unida, para marcar su huella, quiso construir la Via Roma, la de los grandes edificios de finales del XIX y principios del XX, que termina, como no podía ser de otra manera, en la plaza de la estación. A mí lo que más me gusta de ella es un imponente edificio fascista, el Palacio de Correos, con su blanca columnata sobre fondo rojo. ¿Qué ya ha paseado por ahí? ¿Que ya se ha perdido en el mercado de la Vuccirìa, que ya ha subido al monte Pelegrino, que ya ha estado en Monreale? 


Conocerá entonces también Porta Felice y la Cala al atardecer y la Martorana y la nudista Fontana Pretoria, pero de lo que no habrá oído hablar es de la conferencia que, allá por 1959, dio Sciascia sobre Lampedusa. Tuvo lugar en el Círculo de Cultura de Palermo y a ella asistieron quienes eran alguien en la ciudad, también la viuda del príncipe, Alessandra Wolf, y su hijo adoptivo, Gioacchino Lanza Tomasi. El éxito de la novela había sorprendido a todos; muchos no acababan de creérselo, les parecía un invento editorial. ¿Cómo iba a haber vivido durante tantos años un genio en Palermo sin que nadie se diera cuenta? La conferencia de Sciascia, un joven escritor que ya comenzaba a hacerse notar, disgustó a muchos y especialmente a la princesa. Sciascia critica la alusión despectiva que se hace en la novela a Marx, llamándole “un judiucho alemán”. Sciascia estaba entonces muy próximo a las ideas marxistas, aunque siempre tuvo sus más y sus menos con los comunistas. Se burlaba del éxito que entre ellos tuvo de inmediato El gatopardo. “Se ponen a babear en cuanto se acercan a un duque”, decía. La princesa escuchó toda la conferencia con cara impasible y luego, cuando los demás comenzaron a aplaudir, abandonó la sala con gesto de desaprobación. Yo nunca le caí bien y ella a mí tampoco, así que no creo que sea objetivo al hablar de ella. Las dos grandes desgracias que tuvo Lampedusa en su vida fueron su matrimonio y el bombardeo aliado que destruyó el palacio de su infancia. No sé si en España ven ustedes una serie norteamericana, The Big Bang Theory, que a mí me gusta mucho. Si la conoce, le resultará muy fácil hacerse una idea de cómo era la psicoanalista nórdica con la que se casó Lampedusa. Era exactamente la madre del bueno de Leonard, fría como un témpano, incapaz de mostrar afecto. Hacían poca vida en común, más bien ninguna. Lampedusa se pasaba la vida en los cafés, leyendo y escribiendo, o en la biblioteca de su palacio. Le gustaba especialmente el trato con los jovencitos guapos o inteligentes. Cuando le conté estas cosas a Luis Antonio de Villena, ya se imaginará usted como las interpretó. Pero yo nunca le vi un gesto en ese sentido. A Sciacia me lo encontré más de una vez en la sede de la editorial Sellerio, en la calle Siracusa, una perpendicular a la Via de la Llibertà por la altura del Jardín Inglés. Yo quería que me publicaran un libro, pero me dieron largas y al final lo rechazaron. Casi toda mi obra está inédita, salgo los cuadernos de versos que he editado yo mismo para amigos. Si quiere le mando alguna cosa para su revista. A Sciascia, que siempre fue un maestro de escuela, como Lampedusa fue siempre un desdeñoso aristócrata, el éxito le vino con El día de la lechuza, una de las primeras novelas sobre la mafia. Y ya salió la palabreja que a todo el mundo le viene a la cabeza cada vez que se menciona Sicilia. De la mafia aquí se hablaba poco; luego se ha hablado demasiado. Lampedusa y Sciascia representan las dos caras de Sicilia; el uno era fatalista, creían que el clima y la historia condenaban a la isla a ser para siempre lo que era; que los cambios nunca afectarían más allá de la superficie, como no fueran para peor. Sciascia tenía otras ideas, pero creo que acabó con un escepticismo semejante al del aristócrata. Uno de sus primeros éxitos en Sellerio, la editorial que había fundado con un matrimonio amigo, fue un pequeño libro, como casi todos los suyos –ya sabe usted que era un escritor de corto aliento–, que transcurre en el hotel en que usted se aloja. Se titula Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel. El escritor francés murió por una sobredosis de barbitúricos en la habitación 224 de ese hotel. Fue en 1933, en plena apoteosis del fascismo, y aquella muerte no se investigó. La información se cerró el mismo día. Sciascia encuentra las actas y descubre que hay muchos enigmas. El escritor viajaba con una acompañante (dicen que impuesta por su familia para disimular su homosexualidad), dormían en habitaciones comunicadas, aquel día se había cerrado la puerta con llave, cosa que nunca se hacía, el escritor había puesto el colchón en el suelo y lo había arrastrado hasta la puerta. Es la primera vez que Sciascia aplica las técnicas de la novela policial a un hecho histórico, luego lo hará muchas veces, pero al final no aclara nada, lo deja todo más confuso. Por eso a mí no acaba nunca de convencerme. Me parece un escritor de corto aliento, alguien que promete siempre más de lo que da. Se lo dije una vez en su despacho de Sellerio y creo que en ese momento me cerré las puertas de la editorial para siempre, y no solo esas puertas. Desde el punto de vista literario, Sciascia decidía quien se salvaba y quién se hundía en Silicia. Ahí tiene usted el caso de Gesualdo Bufalino, un oscuro profesor en Comiso, a quien él sacó de la nada para convertirlo en un éxito internacional. Yo podría haber sido otro Bufalino, y quizá lo sea, pero póstumo, como Lampedusa; disfruto imaginando la cara que pondrían algunos. ¿Ha estado usted en la cripta de los Capuchinos? Aterradora, pero el mejor símbolo de Palermo. Todas esas momias con sus cintajos y sus uniformes y su orgullo por pertenecer a una casta aún después de muertos. Lampedusa jugaba con nosotros como un gatazo con sus gatitos, le hacíamos gracias, pero pobre del que pretendiera equipararse a él. El abuelo de Francesco Orlando había sido ministro, pero eso era un demérito más que un mérito para el príncipe, lo equiparaba con un don Calogero cualquiera, con un arribista burgués. Nunca nos lo dijo, pero era de los que pensaban que la educación de un caballero comienza cien años antes de su nacimiento. Orlando, a la vez que mecanografiaba El gatopardo, escribía una novela en la que seguía la lección de Stendhal, el novelista que más le gustaba al príncipe. Cometió el error de enseñársela y Lampedusa sintió celos: le pareció mejor que la suya, de estilo demasiado moroso. Le pasó un poco lo que a Francisco Umbral con Juan Manuel de Prada cuando este publicó Las máscaras del héroe. Yo viví en España por esos años y me enteré del escándalo. Le pareció que aquel jovencito al que él apoyaba y que le debía todo había escrito la novela que él hubiera querido escribir. Se equivocaba Lampedusa (no sé Umbral, a Prada hace tiempo que le he perdido la pista), Francesco no publicó nunca esa novela ni ningún texto de creación (aunque tenía mucho talento para ello, puedo dar fe, fui de sus primeros lectores), destacó como teórico de la literatura. Yo creo que la influencia de Lampedusa le resultó castradora. La relación entre ambos acabó mal. A Sciascia, digan lo que digan, la relación con la mafia le resultó provechosa. Le sirvió para darse a conocer. Una vez recibió una amenaza, que se apresuró a mostrar. Tras participar en un coloquio, en el que criticaba la situación en la isla, le llegó una carta anónima en la que se le decía que, si no estaba a gusto en Sicilia, le podían mandar a un lugar en que estaría mucho mejor. Le fue útil esa amenaza, aunque no tanto como la de la camorra a Roberto Saviano, que lo convirtió en una celebridad mundial y le hizo ganar muchos millones. Las denuncias en películas y en novelas no hacen daño a la mafia, le dan más lustre, le sacan brillo al mito. Esta ciudad es hermosa por fuera pero está podrida por dentro. Se lo digo yo que nací aquí hace ochenta años, que he intentado abandonarla infinitas veces pero siempre he vuelto, como el preso con unos pocos días de permiso. ¿Ha estado usted ya en el Orto Botánico? No se lo pierda. Yo lo visito con frecuencia. Cuanto más conozco a los humanos, más me gustan las plantas, que nunca hablan mal de nadie”.




domingo, 24 de julio de 2016

Ciudades de autor: Oporto de Eugénio y de Florbela



¿Se aloja usted en el Grande Hotel do Porto, me parece que no tan grande como su nombre? Ahí fue donde Florbela Espanca conoció a su último amante, Ângelo César, un buen mozo, algunos años menor que ella, que luego llegó a ser presidente del Fútbol Club de Oporto. Se lo presentó una amiga, Aurora Jardim, que daba una fiesta. Yo nunca he sido muy admirador de su poesía, en alguna entrevista he citado los sonetos de Florbela entre las cosas que detesto (junto a la música de Wagner y las películas de Almodóvar), pero nunca he dejado de sentir simpatía por el personaje.
            (Estábamos, el poeta Eugénio de Andrade y yo, en un rincón del café Majestic, casi desierto a aquella hora, su elegancia de otro tiempo multiplicada en los espejos.)
            Apenas hago vida social, ni mucho menos literaria, en esta ciudad. Detesto esas cosas. Tomo café con algunos buenos amigos cerca de casa, recibo algunas visitas, muy pocas, lectores que quieren conocerme. Eso es todo. Mi relación con Oporto es un poco complicada. Cuando llegué, venía acostumbrado a la luz del Sur, y me pareció una ciudad triste, oscura, ruidosa, con nieblas frecuentes que la hacen, más que la vuelven viscosa. Luego le fui cogiendo cariño, un cariño difícil, no falto de desencuentros.
            Aquí en esta Rua de Santa Catarina, que yo piso por primera vez en muchos años, nació António Nobre, el poeta de , el libro más triste que hay en Portugal, del que Pessoa decía que era nuestra mayor poetisa. Superior a Florbela, por supuesto, aunque esta tenga más éxito con su sentimentalidad a flor de piel. “Rasga esses versos que eu te fiz, Amor”, “Rompe esos versos que yo te hice, Amor, / que la ceniza los cubra, que los arrastre el viento, / que la tempestad los lleve a donde sea”.
            Qué curioso. Dije detestar los sonetos de Florbela, harto de oírlos elogiar por los peores, y todavía me sé algunos de memoria. Incluso le dedique un poema, “Na varanda de Florbela”, que suprimí luego. Ella vivió los últimos años de su vida en Matosinhos, muy cerca de uno de los parajes más hermosos del mundo, la Foz del Douro, que si no ha visto le aconsejo que vea y que lea las páginas que le dedicó Raul Brandao. De Matosinhos venía a Oporto por la Avenida de Boavista, su paseo favorito. Frecuentaba la librería Lello, que todo el mundo conoce, pero que acabará cerrando porque allí nadie compra ya libros, se dedican a hacerse fotos. Las últimas veces que estuve en ella escapé espantado. Pero reconozco que es hermosa, con esa escalera que se lleva todas las miradas, como una estrella de Hollywood.
            Florbela se casó tres veces y tuvo no sé cuantos amantes, pero me parece que no amó a nadie, solo estaba enamorada del amor. Y quizá de su hermano Apeles, un marino que luego se hizo aviador y que desapareció con su avioncito, como de juguete, en la desembocadura del Tajo. Agustina, a quien supongo que usted conoce, si no la ha leído es como si no hubiera estado en Oporto, insinúa que se suicidó, algo que ya había intentado antes. Claro que también dice que el suicidio de Florbela tuvo mucho de homicidio, que su último marido, Mário Lage, que además era médico, esperaba esa muerte anunciada y no hizo nada para evitarla. Una amiga de Florbela, Amélia Vilar, contó que Florbela fumaba mucho, sin parar, y que en aquella fiesta del Grande Hotel, el mismo en que usted se aloja, conoció a Ângelo César, mandaba a su marido a comprarle cigarrillos para poder quedarse tranquilamente con él. Amélia la describe delgadísima, fea, con grandes ojos de loca, hablando sin parar, rodeada de hombres, mirada con recelo por las mujeres. En realidad, todo el mundo la miraba con recelo. No sabía fingir, se enamoraba y se desenamoraba con rapidez, publicaba versos apasionados, se matriculó en la universidad, no se conformaba con el papel que entonces se reservaba para las mujeres. Comenzó a escribir en la época del Modernismo, era de la edad Sá-Carneiro, otro suicida. Los jóvenes que encumbraron a Pessoa la miraron siempre por encima del hombro, como una figura folclórica. El primero en ocuparse seriamente de su obra fue un profesor italiano, Guido Battelli, otro enamorado. Fue profesor en la Universidad de Coimbra y de allí tuvo que marchar porque el rector, Eugénio de Castro, tenía celos de que se interesara más por aquella loca que por él. Lo cierto es que a Eugenio de Castro, tan admirado por Unamuno, hoy no le lee nadie y a Florbela todavía mucha gente se la sabe de memoria, incluso algunos, como yo mismo, un poco a su pesar.
            Pero usted ha venido para que yo le haga de guía por Oporto, como fue mi guía en Oviedo, con Antón y Xuan, no para que le hable de Florbela. Por aquí muy cerca, pasada la estación de San Bento, con sus famosos azulejos, que sin duda ya conoce, está una de mis calles favoritas, la Rua das Flores. Un tiempo fue la calle de las joyerías. Cuando yo llegué a esta ciudad, todavía me llevaron allí a comprarme un anillo. Ahora los establecimientos de prestigio están en otra parte, por ejemplo aquí en Santa Catarina, pero todavía apenas si hay bajo sin su tienda. Las hay de coronas fúnebres, de botones, de vinos, de juguetes, de sombrero; también está la tipografía Heróica, donde venden cuadernos muy a propósito para llevar en el bolsillo y anotar los primeros versos de un poema. Siempre he dicho que es la calle más florentina de la ciudad.
            Le aconsejo también, si aún no lo ha hecho, que suba hasta la plaza de la catedral. A un lado, el río con su gran puente de hierro; al otro, el perfil de la ciudad con la torre de los Clérigos como una gran dedo lleno de anillos que señala al cielo, y a los pies, callejuelas y rincones que se despeñan y parecen venir directamente de la Edad Media.


            El puente, esa especie de torre Eiffel tumbada, ya lo habrá cruzado por sus dos alturas. Todavía hay niños que se arrojan desde sus hierros al agua turbia para entretenimiento de los turistas. En la ribera de Gaia, si no le gusta el vino, hay poco que hacer, salvo subir al monasterio de Serra do Pilar y contemplar desde allí la “peñascosa pesadumbre” de la ciudad y al ancho río camino de la desembocadura.
            Recorra luego el Passeio Alegre (qué hermoso nombre, ¿no cree?), una parte en tranvía, otra a pie, y contemple, ya cerca de la desembocadura, unas esbeltas palmeras, capaces de resistir todos los vientos, que yo comparé en un poema con los marineros de Ulises.  
            Quien no resistió los malos vientos que se abatieron sobre ella fue Florbela, la loca de Matosinhos, como la apellidaban en voz baja los literatos de Oporto, una ciudad que Camilo, Camilo Castelo Branco (aquí a los escritores los llamamos por el nombre de pila), llegó afirmar que era “la cloaca de Portugal”. Me gusta más lo que dijo Almeida Garrett: los portuenses confunden a veces la v con la b, como los españoles, pero nunca la servidumbre con la libertad. Yo tenía, frente a mi casa en la Rua de Palmela, un árbol que se llenaba de hojas y de pájaros con la primavera; lo cortaron para que cupieran más automóviles. Cuando me dieron la medalla de oro de la ciudad, yo dije que más que medallas lo que quería era que volvieran a plantar el árbol frente a mi puerta.
            Florbela se suicidó la noche anterior a su cumpleaños, un ocho de diciembre. Le había pedido a su marido un único regalo, que le pagara el viaje a su mejor amiga para que pasara ese día con ella. Padecía insomnios, crisis depresivas, acumulaba en su cuarto, sin control ninguno, toda clase de medicamentos. “Aquí guardo mis venenos”, decía a las visitas. Ya se había intentado suicidar pocos meses antes. Entones llegaron a tiempo de salvarla. Aquella noche dijo que no quería dormir en la habitación conyugal, sino en otro cuarto apartado, que quería dormir tranquila, que no la molestaran, que no la despertaran por la mañana. A nadie le extrañó por eso que tardara en levantarse.
            A su lado encontraron dos cajas de somníferos vacías y el vaso y la botella de leche que la había ayudado a pasar el último trago. También sus últimas indicaciones: querían que cubrieran cu cadáver de flores.
            El marido se lo tomó con toda la tranquilidad del mundo. Lo primero que hizo, antes de avisar a la familia, fue llamar a Guido Battelli y a Ângelo César, los últimos amores, para indicarles que Florbela acababa de morir.
            Cuando van a enterrarla, se desencadena una tempestad, la mayor que se ha visto en muchos años. La villa de Matosinhos parece que va a ser sepultada por las aguas. No es posible el entierro, sobre el cementerio cae una lluvia torrencial. Florbela, vestida de seda negra, las manos cruzadas sobre el pecho, iluminada por las velas, pasa la noche en la capilla como la Ofelia de los prerrafaelitas o la Julieta de algún viejo grabado shakesperiano. Cuando cierran el ataúd es Guido Battelli, el profesor italiano, quien que se queda con la llave. La guardará toda la vida.
            Pero usted no ha venido a que yo le hable de la historia de esa desventurada, sino a conocer la ciudad. ¿Qué le parece si comenzamos a caminar hacia la Ribeira, donde las casas se apoyan unas en otras como los acróbatas de un circo? Es cuesta abajo, no resultará muy fatigoso. Hay que guardar las fuerzas para el resto de la visita. Esta no es una ciudad cómoda ni fácil, pero una vez que te abre las puertas de su corazón ya siempre la llevas contigo, vayas donde vayas.




domingo, 17 de julio de 2016

Ciudades de autor: Turín de Nietzsche y de Pavese


  
No nos matamos por amor, nos matamos porque todo amor, cualquier amor, nos revela nuestra miseria, nuestra infelicidad, nuestra nada.
            Estas palabras de Pavese tenía yo en la cabeza la primera vez que fui a Turín, preocupado por las cartas que me escribía un amigo, cada vez más enloquecidas y delirantes,  a la manera del último Nietzsche, el que en aquella ciudad se abrazó a un penco maltratado y perdió la cordura para siempre.
            Volví a recordar aquella historia cuando llegó a mis manos La inmensa soledad, el libro de Frédéric Pajak que recrea el desespero final de Nietzsche y de Pavese “bajo el cielo de Turín”.
            Antes del desastre último, había sido para ambos un lugar propicio a la felicidad. Para el adolescente Cesare Pavese, nacido en un pequeño pueblo, Santo Stefano Belbo, el descubrimiento de Turín supuso pasar “del espacio arcaico del campo al espacio urbano de la modernidad”, como escribió con pedantería uno de sus biógrafos.
            El Turín que Pavese amaba era menos la capital barroca de los Saboya que la nueva ciudad racionalista e industrial inaugurada con la instalación de la Fiat en 1912. Turín era el Liceo, la apertura al mundo de la camaradería viril y la cultura; era un primer maestro, Augusto Monti, con el que seguiría ligado en una perpetua discusión.
            Según el profesor Monti, la literatura nos prepara para la vida, nos hace mejores. Su alumno creía que la literatura es una enfermedad que nos defiende de otra enfermedad peor, la vida, que nos ayuda a escondernos de ella. Y de las mujeres, a las que acabó considerando un pueblo enemigo, como los alemanes.
            El retraído Pavese, el lector impenitente, parecía destinado a ganarse la vida enseñando. Pero un suceso imprevisto le hizo cambiar de rumbo. Un amigo, al que admiraba y envidiaba porque participaba activamente de la oposición antifascista y porque era novio de la mujer que él amaba en secreto, le pidió que guardara unos papeles comprometedores. Fueron descubiertos por la policía y Pavese desterrado a un remoto lugar de Calabria, de la otra Italia, de la que nada tenía que ver con el civilizado norte.
            Pavese se ganó la vida como traductor y trabajando  en una editorial recién creada, Einaudi, pronto una de las más importantes de Italia. A los cuarenta y dos años, cuando decidió matarse, era un escritor de éxito. Apreciado desde el comienzo por los mejores, el Premio Strega, concedido ese mismo año le había hecho popular.
            Aparentemente tenía todo lo que quería, pero seguía siendo el adolescente inseguro que no había conseguido solucionar sus problemas con las mujeres. No tenía pareja, no tenía casa propia. Tras la muerte de la madre, vivía en casa de su hermana casada, como un perpetuo estudiante, casi como un realquilado. Apenas participaba en la vida familiar, comía rápidamente, sin mirar lo que comía, sin hablar con nadie, a menudo con un libro en una mano y la cuchara en la otra, y luego se encerraba en su cuarto o se iba a la calle. De sus problemas personales, su hermana no sabía nada.
            Nada sabía tampoco de su último viaje. Le vio preparar la maleta, despedirse con un indescifrable murmullo y bajar apresuradamente a la calle. Era a mediados de agosto, hacía un calor sofocante. Pensó que se iría unos días a la playa con alguno de sus amigos.


            Cesare Pavese, con paso apresurado, llegó hasta la plaza Carlo Felice, la plaza de la estación, pero no se subió a ningún tren. Él iba más lejos y también mucho más cerca. Alquiló una habitación, la 346, en el hotel Roma, el mismo en que se alojó en un principio aquel amigo tras del cual yo fui por primera vez a Turín, el mismo en el que me alojé yo.
            Era invierno, la ciudad estaba cubierta de una delgada capa de hielo y resultaban particularmente acogedores sus anchos e interminables pórticos bajo los que uno podía caminar y caminar sin miedo a los resbalones.
            Nietzsche se alojó, durante los últimos días felices de su vida, no muy lejos de allí, en la via Cesase Battisti. Sus ventanas daban a una plaza enmarcada por el Palazzo Carignano, donde ahora está el museo del Risorgimento y otro que alberga a la Biblioteca Nacional, donde no se si se perdería, como yo, algunas tardes.
            Nietzsche fue feliz en Turín como nunca lo había sido antes; la vida quiso hacerle ese último regalo, uno de los pocos. Todo le gustaba de la ciudad: el clima, la comida, el chocolate caliente que tomaba en los cafés, la música nada wagneriana que escuchaba en los teatros, los hermosos alrededores por los que paseaba cada atardecer. Su rincón favorito estaba en la Galleria Subalpina, muy cerca de su casa, con salida a laos soportales de la plaza del Castello. Se sentía satisfecho. Había coronado su obra con Ecce Homo, donde explicaba cómo había llegado a ser lo que era.
            A mí me fascinaba el Palazzo Madama, me parecía un símbolo de la ciudad. La aparatosa fachada barroca, de Filippo Juvarra, no era más que un telón; la monumental escalera, un trampantojo que no llevaba ninguna parte. Detrás estaba la rudeza del castillo medieval con sus mazmorras y sus húmedos y supurantes secretos.
            ¿Qué secretos escondía Pavese, qué carcoma roía las vigas que sostenían la lucidez de Nietzsche? Mi antiguo amigo del Instituto, al que yo seguía admirando con ese fervor del que solo se es capaz en la adolescencia, con una devoción que uno no pondrá nunca en sus enamoramientos posteriores, se fue a Turín, no tras las huellas de Nietzsche o de Pavese, como yo luego en más de una ocasión, sino atraído por su no sé hasta qué punto exacta leyenda satánica. En una de sus últimos cartas, me hablaba de la iglesia Gran Madre de Dio, en la que se desarrollaban desaforados rituales y sobre la que se aparecería el dragón del Apocalipsis el día del juicio final.
            De que mi amigo había perdido el juicio, como Nietzsche, yo no tenía ninguna duda. Enseñé sus últimas cartas a sus padres, que no recibían ninguna, y estos me rogaron que fuera en su busca y me dieron dinero para el viaje.
            Era invierno, ya dije, y de inmediato, nada más poner el pie en ella, me sentí abrazado, protegido por la ciudad: había grandes cafés, como de otro tiempo, inmensas librerías, hermosas plazas, un interminable paseo arbolado junto al río.
            Dicen que Pavese llamó a varias mujeres a las que conocía para invitarles a la que había decidido que fuera su última cena. Ninguna aceptó. Quiso despedirse del mundo con un plagio y un homenaje. Sobre un ejemplar de los Dialogos con Leucó, su libro sobre mitología, escribió: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No cotilleéis demasiado”, las mismas palabras de Maiakovski antes de pegarse un tiro en el corazón.
            A Nietzsche, tras el derrumbe, vino a buscarle un amigo para llevárselo a Alemania. Pasó sus últimos años encerrado en un manicomio mientras su fama crecía y crecía y su hermana manipulaba su obra para convertirle en un precursor del nazismo. Elisabeth Förster-Nietzsche vivió lo suficiente para caer rendida a los pies de Hitler, en quien reconoció al Mesías salvador del mundo.
            A Pavese no le salvó Turín de sí mismo. A mi amigo, a quien encontré convertido en otra persona, tampoco. Le hablé de sus padres: “Este es mi padre y mi madre”, me dijo señalándome la foto de un siniestro farsante, Aleister Crowley, del que yo tenía noticias por su relación con Fernando Pessoa.
            Una ciudad, cualquier ciudad, hermosa o anodina, no es más que un mudo escenario, un lugar de paso, hasta que en ella hemos sido felices o inmensamente desdichados. Nietzsche y Pavese fueron ambas cosas en este Turín de la Sábana Santa y de todos los diablos, uno de los cuales se llevó para siempre a mi amigo y con él lo mejor de mi adolescencia.




domingo, 10 de julio de 2016

Ciudades de autor: Lisboa de Ramón y Colombine


Ramón Gómez de la Serna vio en Lisboa algo que nadie había visto antes y que quizá nunca volvería nadie volvería a ver después. Encontró en ella un “Río de Janeiro templado y matizado”, “un Londres sin niebla y sin ese ámbar especial que hay en la luz de Londres”, una Génova, “sin ese elemento trágico, angosto y frío”; también, como era de esperar, le vio su parecido con Nápoles. Junto a todas esas semejanzas, una que nadie esperaría: “A veces he encontrado un aire de Avilés en el aire de algunas calles de Lisboa. En la grandeza de evocaciones que suscita Portugal hay también una evocación ingenua, de villa creada por indianos, tal como Avilés un día claro”.
            Tras leer las palabras que Ramón les escribió a sus amigos de Pombo, siempre que he vuelto a Lisboa he buscado yo esas calles avilesinas, pero por muchas vueltas que he dado, por mucho que he fatigado la cuadrícula de la Baixa y las diversas montañas rusas que conforman la ciudad, confieso no haber sido capaz de encontrarlas.
            Ramón Gómez de la Serna fue a Lisboa por primera vez en el verano de 1915, cuando la Gran Guerra dificultaba viajar a otros lugares de Europa. No iba solo. Le acompañaba una escritora, Carmen de Burgos, Colombine, veinte años mayor que él ,con la que mantenía una escandalosa relación sentimental.
            Todo lo que se relacionaba con Carmen de Burgos era escandaloso: había abandonado a su marido, un señorito de Almería que la maltrataba, y con su hija de pocos meses se había marchado a Madrid a tratar de ganarse la vida. Trabajó como maestra y en seguida comenzó a colaborar en los periódicos. Fue la primera redactora, la primera corresponsal de guerra; defendía el divorcio y el derecho al voto de la mujer. Se la acusó de coleccionar amantes.
            El padre de Carmen de Burgos fue durante más de treinta años cónsul de Portugal en Almería; ella creció con la admiración hacia ese país, una admiración que se acrecentó cuando, en 1910, proclamó la República, el régimen que ella quería para España.
            Partieron los dos enamorados, dispuestos a pasar un largo verano lejos de ojos maliciosos, desde la estación de las Delicias. Ramón la encuentra la más romántica de las estaciones, una estación en la que todos los trenes parecen el tren expreso de Campoamor.
            No se viajaba entonces, aunque fuera al cercano Portugal, ligero de equipaje: “Llevaban demasiados bultos a mano –cuenta Carmen de Burgos en la novela que recrea aquel verano– después de haber facturado el baúl… Las dos maletas, el portamantas, los saquitos, la cesta de la comida, en la que no habían cabido la fruta y el pan, obligando a hacer dos bultos más… No se había olvidado de nada… vino, botella de agua, el termo con leche y café, porque el correo no lleva restaurante”.
            Lo primero que les sorprendió al llegar a Lisboa fue que el tren parecía entrar en ella por los tejados. Tuvieron que bajar varios pisos en ascensor para salir a la calle.
            Se alojaron en un hotel cercano y, sin deshacer las maletas, corrieron a asomarse al balcón, impacientes por conocer aquella ciudad a la que habían llegado de un modo tan extraño.
            La plaza del Rossio era como la Puerta del Sol: tenía el mismo bullicio, palpitaba igualmente en ella el corazón de la ciudad. Pero era mucho más amplia y hermosa, con su suelo de piedrecitas menudas, dispuestas en caprichosas ondulaciones, que les recordaba los mosaicos pompeyanos. A un lado, el Teatro Nacional, con la estatua de Gil Vicente, al otro el elevador de Santa Justa, y el convento del Carmo, medio destruido, perenne recuerdo del terremoto, y detrás, invisible en ese momento para ellos, el castillo de San Jorge, dominándolo todo.
            Pronto los periódicos dieron noticia de la llegada de Carmen de Burgos a Lisboa; su viaje no era solo una escapada romántica; venía para entrevistar a las figuras más destacadas de la política, la literatura y el arte. Gómez de la Serna, entonces poco conocido, la dejaba a veces a solas con sus admiradores y, sobre todo, con una amiga, Ana de Castro Osório, por la que sintió desde el primero momento una cierta hostilidad.
            Quizá pensaba en ella cuando, unos años después, en su novela La quinta de Palmira, hizo a la protagonista, tras varias aventuras masculinas, enamorarse de una mujer, Lucinda, que le leía versos de Renée Vivien, versos dedicados por una mujer a otra: “Ah, tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que huye y se la parece”. En sus momentos de celoso insomnio se imaginaba a la dama portuguesa, defensora de los derechos de la mujer, susurrándole al oído a Colombine: “Sé loca conmigo, pues la locura es la sabiduría de las tinieblas”.
            Tras aquel primer verano, volvieron varios más a Portugal. La estrella seguís siendo Carmen de Burgos, admirada por todos los próceres republicanos, y que incluso fue agasajada con una gran fiesta en un barco que recorrió el estuario del Tajo al atardecer. Todos los periódicos hablaron de ese homenaje y ella misma lo describió en su libro Peregrinaciones: “Un precioso vaporcito nos esperaba al pie de la escalinata de mármol de la Plaza del Comercio. Sus tripulantes eran todos artistas: literatos, pintores o escultores; las damas, todas escritoras, periodistas o actrices, como Lucinda Simoes y Palmyra Torres. El barco se ha deslizado entre los ópalos y los dorados del crepúsculo sobre las aguas rizadas y blancas del Tajo. Se ha deslizado con un nadar blando, de dama que pisa sobre alfombras, y parecía que iba tendiendo para nosotros la vista incomparable de Lisboa como una cinta mágica maravillosa”.
            Mientras Colombine manda colaboraciones que describen la nueva situación portuguesa a los periódicos españoles, Ramón envía cartas a sus amigos de Pombo para que se lean en la tertulia. Como todos sus escritos, están llenas de arbitrariedad y gracia, de genialidad y disparate.
            De aquel primer viaje, les quedó la fantasía de comprarse una casa con jardín y quedarse a vivir para siempre en Portugal. El sueño pudo hacerse realidad cuando, al morir su padre, registrador de la propiedad que había costeado sus caprichos iniciales como escritor, Gómez de la Serna heredó unos miles de pesetas que se vieron acrecentados, según un azar muy ramoniano, con un segundo premio en la lotería. En Estoril, frente al mar, edificaron un chalet, El Ventanal, que algo tenía de quilla de barco dispuesto a partir hacia lo desconocido y a resistir cualquier tempestad.
            Pero el sueño de Portugal terminó en pesadilla, como aquel amor entre desiguales en edad pero iguales en cultura y talento; terminó como terminan todos los sueños, también el de la liberal y masónica República portuguesa. Colombine le permitió al celoso Ramón, que no la dejaba mirar a ningún otro hombre, al enamoradizo Ramón, que la engañaba con cualquier mujer, todas las traiciones, salvo la última. Fue en 1929, cuando el estreno de Los medios seres. El escritor se dejó seducir por una ambiciosa actriz, que no era otra que María, la hija de Colombine, aquella niña con la que había huido de Almería en busca de una vida mejor.


Durante mi última visita a Lisboa, tras los pasos de Ramón y Colombine, encontré en la Feria de Ladra, vertedero de todas las ilusiones, unos números descabalados de la revista Contemporánea en las que las colaboraciones de Pessoa y sus heterónimos alternaban con las de Gómez de la Serna. Entre sus páginas, unos folios mecanografiados, con greguerías de Ramón, algunas publicadas en la revista, otras desconocidas y quizá inéditas.
            Las palmeras de Lisboa están hechas para abanicar mujeres desnudas a la hora de la siesta.
            En el laberinto de Alfama el minotauro se disfraza de marinero.
            Para pasar bajo el Arco Triunfal de la Plaza del Comercio habría que ser, por lo menos, emperador de todas las Indias.
            En las noches de luna llena se ve la Torre de Belém darse una vuelta por el estuario.
            Los libros de los escritores portugueses, casi todos suicidas, deberían despacharse con receta médica.
            En la Feria de Ladra todas las viudas pobres han vaciado sus armarios y los amantes despechados el cajón donde guardaban los mechones de pelo y las cartas de amor.        
            Todos los negritos de Lisboa parecen haber sido alguna vez pajes en Oriente.
            A los balcones de Lisboa se asoma Circe con los senos desnudos para engatusar a los marineros de Ulises.
            Los niños de Lisboa aprenden geografía en los bacalaos secos que cuelgan a la puerta de las tiendas.
            En las mazmorras del castillo de San Jorge tienen encerrado a un dragón que escupe fuego por la boca y reza el rosario en español,
            La melancolía de Portugal se explica porque todas las tardes el país se detiene para contemplar la puesta del sol.
            Algunos días de niebla he podido ver al caballo blanco de don Sebastián, pero sin jinete.
            Los portugueses hablan tan bajo que a veces ni se enteran de lo que dicen.
            Los portugueses, antes de hacer una revolución, piden permiso.
            Si todas las escaleras de las calles de Lisboa se pusieran una sobre otra llegarían al cielo.
            En Lisboa conservan el siglo XIX como mi tía Carolina Coronado guardaba embalsamado el cadáver de su marido.
            Al portugués le gusta enamorarse para toda la vida, por eso, ahora que la República ha traído el divorcio, procuran enamorarse de una mujer distinta de su esposa.  
            Los poetas portugueses no cuentan las sílabas sino los suspiros.
            En Portugal la alegría no se baila, se canta y se llora.
            Solo quien llega en barco entra en Lisboa por la puerta principal.
            El portugués no es más que el español con mala ortografía y buena educación.
            La plaza más triste de Lisboa se llama plaza de la Alegría.
            En los azulejos blancos y azules un niño nos cuenta la historia del mundo.
            En Lisboa está la zapatería a la que San Pedro llevaba a arreglar sus sandalias.
            En Lisboa hay poetas que se suicidan por no encontrar la última rima de un soneto.
            Ulises, disfrazado de mendigo, fundó esta ciudad y le gustó tanto que aún no ha encontrado el momento de marcharse.
            También la luna, en las noches sin luna, ronda por el Cais de Sodré en busca de marineros.
            Los hombres solos están en los cafés de Portugal más solos que en ninguna otra parte.







domingo, 3 de julio de 2016

Ciudades de autor: Burdeos de Mauriac y Moratín

  

¿Hay algún viaje que no sea una huida? Me vine a Burdeos para seguir el rastro de un escritor que amo desde la adolescencia, François Mauriac, y para escapar de una realidad española que se me ha vuelto irrespirable. Ningún olor peor que el de los lirios cuando se pudren, escribió Shakespeare. Nada más dañino que el ilusionado globo de las buenas intenciones cuando lo llena de aire la descerebrada vanidad.
            Vine a Burdeos para encontrarme con François Mauriac, pero en seguida me salió al paso otro español desengañado, Leandro Fernández de Moratín. Poco después de llegar, a comienzos de 1822, responde a su más querida amiga, Pacita, que le pide que vuelva a España: “Habiéndome visto precisado a salir de allí, y pasar otra vez el Pirineo, sería yo un bruto si volviera a entrar, mientras la ignorancia de todos los principios, la ambición, las venganzas y el furor de las pasiones están destrozando a mi patria y atropellando su ruina. El que no puede apagar el fuego de su casa, se aparta de ella”.
            Mauriac amaba y odiaba Burdeos, como se amaba y odiaba a sí mismo. Aquí nació, aquí vivió hasta los veinte años, los peores de su vida, aquí fue un niño triste, sin amigos, aterrado por las continuas asechanzas del demonio de la impureza. Recuerda cuando le despertaban para ir al colegio: “La jornada inmensa se extendía ante mí llena de emboscadas y de trampas, y ya empezaba aquel martirio de los pies hinchados de sabañones dentro de los pies calados de lluvia. El aseo era rápido, hubiera sido preciso ser heroico para lavarse. Después del chocolate bebido con prisas, permanecíamos de guardia ante la puerta para esperar el ómnibus del colegio que recogía a otros niños tan adormilados y mal lavados como nosotros. El amanecer borroso se levantaba sobre los suburbios. Mis pensamientos estaban obsesionados por pobres cuitas de estudiante. Nunca me sentí más débil, ni más desposeído, ni más perdido”.
            ¿Tenía algo que ver aquel Burdeos de finales del siglo XIX, que uno imagina en tenebrista blanco y negro, con este tan luminoso del siglo XXI? He comenzado el domingo, apaciblemente soleado, paseando por el rastro que se extiende alrededor de la aguja de Sain-Michel, hojeando los libros y curioseando las antigüedades de los pasajes cercanos. En uno de ellos, encuentro un cartel, dirigido “aux élèves des écoles” en el que se indica que esta prohibido “mojar los dedos en la boca para pasar las páginas de los libros y cuadernos”, “introducirse en la oreja la punta del portaplumas o del lápiz”. Al final añade, muy pedagógicamente: “¿Queréis saber por qué están prohibidas estas cosas? Preguntad a vuestros maestros que os darán las explicaciones necesarias”.


            Me imagino un cartel como este en el aula de Mauriac, un niño triste, que todo lo veía, que todo lo callaba y que no soñaba más que con escapar de aquí. No podía imaginar que cuando lo consiguiera se llevaría consigo su propia cárcel, la ciudad de su infancia, y que no lograría salir nunca de ella.
            Todas sus novelas tienen por escenario Burdeos y las landas, una ciudad ensimismada y burguesa junto a un río lodoso y un paisaje de pinos y viñedos. Sus sigilosas envenenadoras, sus madres opresivas, sus buenos ciudadanos que ocultan insanos vicios y corrosivas pasiones, son de estos lugares y muchos creyeron reconocerlos, reconocerse. Por eso se le acusa de denigrar la ciudad.
            Las primeras novelas le causan incluso conflictos de familia; luego, tras el éxito creciente de este “Dostoieski de bolsillo”, como le llaman sus detractores, llega el perdón disfrazado de indiferencia. Burdeos o la adolescencia, uno de los textos más hermosos que se han escrito sobre una ciudad, termina profetizando la “gloria mediocre” que le reserva la ciudad: “un busto en alguna curva de una avenida del parque público”.
            Paseando al azar por ese parque público, yo sonrío al encontrarme con un caricaturesco busto dedicado a Mauriac. ¿Sería la inauguración cómo él se la imagino? “Uno de tus jóvenes amigos parisienses que por entonces será canoso e ilustre, vendrá, entre tren y tren, para celebrar la inauguración y leerá un discurso debajo de un paraguas, que se verá moverse tres segundos sobre la pantalla en algún noticiario”.
            ¿Qué diría Mauriac si supiera, como cuenta José Carlos Llop en “La vida distinta”, su poema bordelese, que una gran fotografía del escritor, impecablemente vestido, iba a servir para señalar el aseo de caballeros en la cafetería del Gran Teatro? Odios y amores han sido olvidados y el escritor es ya solo un reclamo turístico más.
            En toda ciudad hay dos ciudades, como a mí me gusta repetir. Una para los que viven en ella y otra para los que pasan por ella. Este domingo soleado, Burdeos es para mí uno de los escenarios de la felicidad: se celebra la fiesta del vino, los muelles del puerto de la Luna están llenos de gente con una copa en la mano; juega Francia en la Eurocopa y la explanada de Quinconces, con sus perpetuas barracas y su aparatoso monumento a los girondinos, acoge a los aficionados.


            Yo voy siguiendo los pasos de Mauriac: la Rue Pas-Saint-George, donde una pequeña placa señala la casa en que nació; la sombría Rue du Mirail, al lado de la puerta, como de germánico cuento de hadas, de la Grosse Cloche; la calle, un corto callejón en realidad, que lleva su nombre… Poco a poco, noto que se me nubla el día y yo también me siento, igual que se sintió él durante la adolescencia, “como una rata que busca la salida de la ratonera”. Y busco los muelles, como en mi adolescencia buscaba la orilla de la ría avilesina.
            Recostado en el mismo lugar en que el Paquebots des Mer du Sud aguardaba a Baudelaire un día de septiembre de 1841, me encuentro con el último velero trasatlántico, el Belem, que este año cumple 120, los mismos que la librería Mollat, otra de las maravillas bordelesas.
            El Belem fue construido en el puerto de Nantes en 1896 para transportar azúcar y cacao. Luego pasó por muchas manos, entre ellas las de Lord  Guinnes, el ilustre cervecero, y las del mussolliniano Cini, que lo bautizó con el nombre de su hijo, muerto en accidente de aviación, como a la fundación veneciana de la isla de San Giorgio. Ahora es la más hermosa joya de la marina francesa, ha dado varias veces la vuelta al mundo y el día 17, día de mi cumpleaños, estaba en Bayona, como a mi espera. No llegué a tiempo de verle, pero el seguro azar hace que lo encuentre aquí, junto al napoleónico puente de piedra y el dieciochesco telón de fondo de las doradas fachadas que se reflejan en el río.
            Quién pudiera subirse a él, levar anclas, partir para un largo viaje como el que lleva a los escolares de Dos años de vacaciones, a una isla desierta.
            Pero yo debe volver mañana a un país que hoy vota, como en tiempos de Fernández de Moratín, “vivan las cadenas”. Mauriac odiaba esta ciudad como odiamos, a la vez que amamos, “todo lo que importa a nuestro corazón”; Moratín fue feliz en ella y aquí se despidió de las musas y quiso quedarse para siempre: “donde a las del mar sus aguas mezcla / el Garona opulento, en silencioso / bosque de lauros y menudos mirtos /ocultad entre flores mis cenizas”. Busco su casa en el número 27 de la Rue Porte Dijeux, muy cerca del Gran Teatro, que frecuentaba casi todos los días, y de la Plaza de la Bolsa: “Tengo un cuarto magnífico –le escribió a un amigo–, con un gran salón, dos piezas detrás de él, y al lado un gabinete, en donde he puesto la elegante y escogida biblioteca en el soberbio estante de nogal”; las ventanas “dan a un hermoso jardín, al cual bajo por una escalera de piedra de dos ramales, con sus balaustres de hierro, y me hallo rodeado de hierba y flores, como Adán en el paraíso”.
            Vemos lo que queremos ver: el pintoresquismos de los bares árabes y la tiendas de dulces orientales en el barrio de Saint-Michel, no la calle cortada de la Sinagoga y los militares con sus metralletas frente a ellas; las plazas felices de la vieja ciudad con sus terrazas bulliciosas, no los montones de basura que la huelga acumula en las esquinas.
            Estar de paso es la mejor manera de estar en una ciudad: entro en la catedral de San Andrés o en la románica iglesia de la Sainte Croix para rezarle fugazmente a un dios desconocido; me siento en la terraza de Le Café Français, a un lado los arcos palaciegos del Ayuntamiento, y hojeo los Carnets du vieil écrivain, de Jean Guehenno, comprados esta mañana en el rastro. “La excesiva humildad no conviene demasiado a un escritor” es lo primero que leo. Sonrío. Estoy completamente de acuerdo.
            No hay ciudad que no sea un estante de mi biblioteca, no hay libro en ella que no sea una puerta abierta a otro país mejor. Vine a Burdeos en busca de Mauriac y para olvidarme del tosco enredo sin salida de la polìtica española. Y aquí me encontré con Moratín. Me gustaría decir como él: “Si así las leyes atropellas, / si para ti los méritos han sido / culpas, adiós, ingrata patria mía”. Pero sería como decirme adiós a mí mismo.