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domingo 18 de marzo de 2012

Razón de más: La realidad y yo


Sábado, 10 de marzo
UNA CASA EN LA LLUVIA

No sé cómo había llegado hasta allí. Caminaba distraído, pensando en mis cosas, cuando comenzó de pronto a llover y, al buscar un sitio en el que refugiarme, me di cuenta de que me había perdido. Estaba en un descampado, sin árboles, sin un edificio cercano. Me di la vuelta y comencé a retroceder, cada vez más deprisa, por dónde había venido. ¿Cuánto tiempo había estado caminando? Parecía que horas y horas, a juzgar por lo lejos que me encontraba de cualquier lugar habitado. La lluvia seguía arreciando, pronto sería de noche y yo estaba ya completamente empapado. Me entró una cierta angustia, impropia de una persona de mi edad, como de niño que se encuentra perdido en el bosque. Y súbitamente, como surgido de la nada, apareció un hombre con un paraguas. Un paraguas inmenso, de esos propios de los porteros de ciertos hoteles. “Gracias”, dije. No respondió.
            (Estábamos en el Caffè di Roma, en Los Prados, mis amigos iban a ver Luces rojas, la película de Rodrigo Cortés, que yo había visto la semana pasada, y mientras hacían tiempo para que llegara la hora de la proyección hablamos de algunas cosas que nos han pasado, que no nos han contado, y para las que no tenemos explicación.)
Muy cerca, casi allí mismo, se alzaba un caserón oscuro, sin ninguna luz, que parecía confundirse con la lluviosa tiniebla. Por eso no le había visto antes. En el porche con columnas vagamente clásicas, cerró el paraguas y con un gesto me invitó a entrar. Empujé la puerta, que se abrió suavemente. Encontré una estancia en penumbra, con pesados muebles de otro tiempo; al fondo una aparatosa escalera, que parecía de mármol, y que no encajaba demasiado en aquel lugar. Me di la vuelta. La puerta se había cerrado y yo estaba solo. La abrí buscando al hombre del paraguas, pero en el porche no había nadie y la lluvia seguía cayendo cada vez con más fuerza. Intenté llamar por teléfono. No había cobertura. Pensé que debía buscar un lugar donde dormir, o al menos descansar, y al día siguiente, cuando amaneciera, lo vería todo de otro modo. Encontré un pequeño dormitorio, allí mismo, en la planta baja, con cuarto de baño adjunto. Sobre la cama había toallas limpias y un pijama cuidadosamente doblado. “Parece que me esperaban”, pensé. Lo curioso es que no tenía ningún miedo, solo un poco de extrañeza. Me di una buena ducha, me puse el pijama y me quedé profundamente dormido. Al despertarme sonreí al recordar lo que me parecía un extraño sueño. Pero no era un sueño. Allí estaba, con un pijama prestado en una habitación que no era la mía. Abrí la ventana. Daba a un jardín umbroso, con pérgolas de rosas y altos cipreses; bajo el azul del cielo se divisaba, entre los árboles, el azul más intenso del mar. Me duché, me vestí, recorrí la casa sin encontrar a nadie, pero en la cocina había café y tostadas y zumo de naranja, todo recién hecho. Tenía hambre, no había cenado, así que decidí sentarme tranquilamente, disfrutar de todo aquello, y dejar para más adelante la resolución del enigma. Pero el desayuno lo interrumpieron unas risas, que parecían venir del jardín. Me asomé a la ventana. Dos jóvenes y una mujer de cierta edad, todos elegantemente vestidos a la moda de los años veinte, desayunaban fuera. Me saludaron con un gesto, como si me conocieran, sin extrañarse de verme allí. Yo busqué mi ropa, que estaba sobre una silla, lavada y planchada. Me vestí y salí fuera. No había jardín ninguno. El caserón, que parecía a punto de derrumbarse, tenía trazas de llevar mucho tiempo abandonado. La puerta se cerró de un golpe tras de mí. Intenté abrirla de nuevo, pero ya no me fue posible. Me puse a caminar. A los diez minutos reconocí dónde estaba. Cientos de veces había paseado por aquel lugar. ¿Cómo podía haberme perdido? Vivo solo, nadie se había preocupado por aquella noche que había pasado fuera. Unos días después me encontré con Mediavilla, el psiquiatra, y allí mismo, en Uría, en la esquina de El Corté Inglés, le conté lo que me había pasado. Hizo como si me creyera y me habló de Jung y del subconsciente colectivo, pero yo sé que pensaba que todo era un cuento. “Tú lo que tienes que hacer”, me dijo como me dice siempre, “es escribir una novela”. No se lo volví a contar a nadie.

Domingo, 11 de marzo
MI DEPORTE FAVORITO

“¿Cuál es su deporte favorito?”, me preguntan en no sé qué programa de radio. Respondo de inmediato: “Tirar piedras contra mi propio tejado”.

Lunes, 12 de marzo
CONFUSIONES

En una entrevista de no sé qué periódico, el novelista Luis García Martín, que hasta entonces firmaba Luis G. Martín, dijo que iba a cambiar de nombre porque estaba harto de que le confundieran con un crítico asturiano que casi se llamaba igual, José Luis García Martín. A partir de entonces firma Luisgé Martín. “Era un engorro para mí”, añadía, “pero sobre todo para él porque de vez en cuando me llegaban cheques de poetas que pretendían sobornarlo”.
            Lo de los cheques supongo que era una broma, claro, como lo de cambiar el nombre para que no lo confundieran conmigo. Es narrador, publica en Alfaguara, tiene El País a su disposición; soy yo quien corre el riesgo de que me confundan con él, no al revés.
            Pero como la realidad imita al arte hoy la broma de los cheques se ha hecho realidad. Resulta que la reciente editorial de Luisgé Martín, Anagrama, me envía a mí la certificación del adelanto correspondiente a La mujer de sombra, su nueva novela recién aparecida. Y compruebo sorprendido que muy rácanos tenían que ser los poetastros con sus sobornos para que no ganara más cuando le confundían conmigo.


Martes, 13 de marzo
IGUAL ME DA

Uno de esos días en que se pierde el tiempo enredado en mil cosas sin importancia y todas las que pueden salir mal salen mal. Para colmo, después de tanto callar cuando debía haber hablado, hablo cuando debía haber callado. ¿Por qué será tan fácil querer a algunas personas y tan difícil soportarlas?
            Vuelvo pronto a casa. Preparo algo ligero; ceno en la cocina, sin música ni televisión, solo con mis pensamientos; friego; poco a poco me voy tranquilizando, recuperando el placer de estar conmigo, que casi nunca me falla. Me siento luego junto al montón de los libros recién llegados. Abro uno al azar, y el azar le pone colofón al día: “Nada es mío, de nadie soy; no sé nada, lo se todo; igual me da vivir que no vivir”.
            Igual me da vivir que no vivir.


Miércoles, 14 de marzo
MI PRIMER RECUERDO

Siempre he hecho mucho caso de los sueños. En las perplejidades de la vida, cuando dudaba ante qué decisión tomar, han solido venir en mi ayuda con la precisa ambigüedad de los oráculos antiguos. Esta noche soñé que estaba a la orilla de un ancho río de aguas calmas y grises; por la otra orilla desfilaba una larga procesión de jinetes. Yo quise unirme a ellos; busqué mi caballo, que pastaba en la yerba, y me adentré en el agua. Desperté en ese momento y, mientras el sueño se desvanecía, nítido, con hiperrealistas colores, con zumbido de abejas y todos los olores del verano, me vino a la memoria mi primer recuerdo. Mi madre lavaba con otras mujeres en el río, cerca del puente romano. Las voces de las mujeres, todas ellas jóvenes, sus risas, sus bromas, y yo, que no tenía dos años, persiguiendo fascinado la lagartija que se escondía entre las piedras o tratando de atrapar una libélula, resbalo y caigo al agua. Me sacan chorreante, como a un nuevo Moisés. Todas las mujeres me rodean, mi madre grita, pero enseguida, al ver mi susto, trata de calmarme y me abraza y me besa. Y cuando regresamos al pueblo y a todos le cuenta la peripecia, yo sonrío feliz sintiéndome el protagonista de una rara aventura, mi primera aventura, mi primer recuerdo. No sé por qué me vuelve hoy a la memoria. O sí.  Hace un año que no tengo quien, si me caigo al río, me saque del agua.


Jueves, 15 de marzo
CUANDO ESTOY SOLO

No sé quién dijo que un rinoceronte es un unicornio diseñado por un comité. La nueva edición de las obras de Juan Ramón Jiménez publicadas con motivo del cincuentenario de su muerte, en la que participan no sé cuantos especialistas, encabezados por Javier Blasco, e innumerables instituciones, nos ofrece una sorpresa en cada entrega. El tomo segundo de los Libros de Madrid lleva un prólogo de José María Conget que se ocupa, y muy bien, no de Madrid, como cabría esperar, sino del Nueva York de Juan Ramón.  Conget, autor de una de las mejores y más breves obras sobre esa ciudad, sigue el itinerario del poeta por la ciudad en aquellos meses de 1916 en que llegó a ella para casarse. ¿No habría resultado más adecuado este prólogo para la edición del Diario de un poeta recién casado? En otra época yo habría escrito una reseña furibunda arremetiendo contra los editores y los presuntos especialistas que no leen lo que editan; ahora me limito a encogerme de hombros, a pasear de la mano de Conget por lugares en los que siempre me encuentro bien –Washington Square, con su pianista y sus ardillas, el Riverside Park, el cementerio de Trinity Church en medio del ajetreo de Wall Street, la librería y el mercadillo de Union Square–, y luego vuelvo a las soledades madrileñas del poeta.
            Extrañas soledades las suyas. “Odio la soledad solitaria”, escribe. “Me gusta sentirme solo pero en medio del corazón del mundo”.
            Yo también, cuando estoy solo, rara vez estoy solo.


Viernes, 16 de marzo
UNA PAREJA MAL AVENIDA

Durante bastante tiempo, hemos sido una pareja mal avenida. A mí me gusta la vida rutinaria, hacer todos los días lo mismo, evitar las sorpresas, tenerlo todo previsto en la agenda y que todo salga según lo previsto. A ella le gusta improvisar, desbaratar mis planes, darme sustos. A veces, exagerando un poco, he dicho que en el paraíso que yo me imagino todos los días están repetidos. “¡Tu paraíso es un infierno!”, me grita.
Pero dos que duermen en el mismo colchón acaban siendo de la misma opinión. Nosotros no hemos llegado a tanto, pero hemos acabado pareciéndonos bastante. Ahora sé que ella disfruta también con las repeticiones, con el sol que sale y se pone cada día a la hora prevista, con el sucederse de las estaciones, con los ritos y los mitos, y yo he aprendido a contar con lo imprevisto, y a disfrutar con ello.
            Durante mucho tiempo hemos sido una pareja mal avenida la realidad y yo; ahora, como un viejo matrimonio, hemos aprendido a soportarnos. Claro que he sido yo el que más ha tenido que ceder porque sé de sobra que, si bien yo no podría vivir sin ella, ella podría vivir perfectamente sin mí.


domingo 11 de marzo de 2012

Razón de más: Una silla en Park Avenue

Sábado, 3 de marzo
SÓCRATES Y YO

“A ti mucho te gusta discutir”, me dice mi amigo Cristian. Y es verdad. Si yo fuera uno de esos millonarios ociosos que no saben qué hacer con su tiempo ni con su dinero, no me compraría un yate ni daría grandes fiestas ni me entretendría con costosos amoríos; lo que yo haría sería contratar buenos, pacientes, incansables interlocutores.
Invitaría a mi casa a gente inteligente interesada en los mismos temas que me interesan en cada momento, pero con opiniones distintas, y nos pasaríamos el día discutiendo, como el que juega una apasionante e interminable partida de ajedrez.
Si se tratara de hablar de literatura o de política, mi amigo Abelardo Linares sería un invitado perpetuo; también Andrés Trapiello, aunque no sé si conserva aún la cintura dialéctica. Pero a mí de lo que más me apasiona discutir es de lo que sé poco, o incluso nada, como la física teórica, la teología o la ciencia jurídica.
Cómo disfrutaría, si yo tuviera una gran fortuna, invitando a mi casa con jardín y terrazas sobre el mar o la Quinta Avenida, a los mejores en cualquier campo. Y devorando libros, antes de su llegada, para tratar de estar a la altura.
            No lo conseguiría, desde luego. Pero ya procuraría yo llevarles a mi terreno, sin dejarme enredar por las minucias del especialista.
Siempre me ha divertido aquel pasaje del Banquete platónico en el que Alcibíades, el joven más guapo de Atenas, se mete en la cama de Sócrates y Sócrates no le hace ni caso. La diosa de Sócrates era Palas Atenea, no Afrodita. Sócrates prefería dialogar con Alcibíades, aprender a pensar enseñándole a pensar.
            A mí nada me divierte más que una buena pelea dialéctica, con un contrincante inteligente y bien entrenado, en la que acabe vencedor, aunque sea por los pelos y cuando estaba a punto de tirar la toalla. Nada me divierte más, salvo tirar la toalla y darme por vencido ante alguien mejor que yo. Pero tengo mala suerte y esta última diversión la he probado poco.


Domingo, 4 de marzo
DE VANIDAD Y PROMISCUIDAD

Mi primera lectora de los domingos, tras varios amables elogios, me llama la atención: “Te diré que con el juez que has convertido en mártir te estás equivocando, como con el economista francés (ya lo tenemos a este hasta en red de proxenetismo); y te lo digo solo para darte gusto, porque sé que no hay nada que te dé más placer que el que alguien te lleve la contraria. Ese juez se embarcó en todas las reivindicaciones posibles solo porque Felipe González no le hizo ministro como le había prometido: es un vanidoso de alma. De todas formas ha logrado lo que a ti y a mí nos gustaría: que el taxista jienense que me llevó a Granada, al pasar cerca del pueblo de Garzón, me lo dijo con reverencia, como si fuese ya san Garzón y me estuviera indicando un lugar sagrado”.
            Mi respuesta a bote pronto: “Ciertamente, amiga Rosa, nada me gusta más que el que me lleven la contraria, sobre todo si quien lo hace es inteligente. Con lo del economista francés, a quien han dado la razón los hechos es a mí, me parece: no hubo agresión sexual en la suite del hotel neoyorquino, sino fugaz relación consentida (y es posible que una trampa). Lo de la agresión, tal como se contaba el asunto, resultaba inverosímil: el personal de limpieza se retira de inmediato en cuanto descubre que todavía está ocupada la habitación. Fue un sucio asunto, pero por parte de quienes dieron crédito demasiado tiempo a declaraciones contradictorias y difícilmente sostenibles. Otra cosa es la catadura moral de la víctima de la acusación falsa; en eso ni entro ni salgo. Cuando a uno le acusan de un delito que no ha cometido, importa poco que se trate de un casto varón o de un promiscuo sexual. Lo mismo pasa con Garzón. Lo que importa es si ha cometido o no el delito concreto de que se le acusa (un raro delito por cierto, donde unas mismas actuaciones pueden ser delito o no según la animadversión con que se miren), no si es más o menos vanidoso y megalómano. (Me temo que, si la vanidad fuera un delito, yo soy el primero que debería ser inhabilitado a perpetuidad)”.


Lunes, 5 de marzo
RUIDOSO ORÁCULO

Ayer, después de ver Luces rojas, la película de Rodrigo Cortés sobre los fenómenos paranormales, volví a casa preocupado. Desde hace unos días hay ruidos raros en el edificio: como si un motor se pusiera en marcha a intervalos irregulares. El origen parecía estar en mi cocina. El jueves pasado encontré muy asustada a la asistenta: temía que estallara la caldera. Llamé al fontanero. Estaba perfectamente: los ruidos debían tener otro origen. Los vecinos se quejaban de no poder dormir. Yo he dormido perfectamente, salvo esta noche última, sin duda a causa de la película.
Comenzaban los ruidos como un silbido que iba creciendo en intensidad, luego paraban; eran silbidos largos y cortos. Se me ocurrió pensar en el código morse y cogí lápiz y papel. Como no podía dormir, así al menos estaría entretenido. Iba anotando letras y trascribiendo: “s”, “e”, “a”, “u”, “t”, “o”, “n”, “g”, “n”, “o”, “z”, “i”. No parecían tener mucho sentido. Pero de pronto caí en la cuenta: ¡Gnozi seauton! ¡Conócete a ti mismo! Las palabras del oráculo griego.
            Cuando se hizo de día, pensé en lo absurdo de que un espíritu se tomara la molestia de jugar con las cañerías del edificio para decirme esa banalidad. ¡Conócete a ti mismo! Como si no me conociera ya demasiado bien.
            Soy demasiado racionalista como para no creer en fantasmas. Mi cabeza es una casa vieja llena de ruidos y goteras y de puertas que no me atrevo a abrir.
            Las fétidas aguas negras inundan el sótano. Pronto comenzarán a subir por las escaleras hasta la habitación soleada en que me encuentro.
            ¡Conócete a ti mismo! Llega tarde la advertencia. La verdad es que hay días en que preferiría no haberme conocido.


Martes, 6 de marzo
MALAS ARTES

Me fascina ver cómo razona la gente. Luis María Anson, con quien tan buenos ratos he pasado en  los premios Príncipe de Asturias, arremete en El Cultural contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía y felicita al nuevo ministro por haberla eliminado. Dice que “cerca de 30.000 colegios no han tenido otro remedio que enseñar esa doctrina de tintes comunistas”. O sea que durante los últimos años en los colegios –públicos y concertados– se han estado dando clases de marxismo. Y los de Izquierda Unida sin enterarse. Para demostrarlo se apoya en pintorescas afirmaciones de los libros de texto. Por ejemplo: “El comunismo es cosa de gente tranquila y sensata. Lo que reclama es un poco de tranquilidad”. Como no señala la fuente concreta, podemos pensar que esas citas son tan apócrifas como las que el ministró Wert utilizó para cargarse la asignatura. Otra presunta cita arremete contra Felipe González porque renunció al marxismo. De donde se deduce que José Luis Rodríguez Zapatero, socialista en apariencia, era en realidad un caballo de Troya de los comunistas, un maquiavélico Lenin que con la asignatura de Educación para la Ciudadanía quería imponer el pensamiento único y convertir a España en un Estado totalitario. Qué cosas. Y qué método más poco eficaz: sería como tratar de vaciar el mar con una cuchara.
Pero no son estas malas artes –utilizar citas inventadas o de dudosa procedencia y no los programas oficiales de la asignatura– lo que más llama la atención, sino que una persona adulta y medianamente inteligente pueda afirmar en serio semejantes tonterías. Y lo que es peor, quizá hasta creérselas.


Miércoles, 7 de marzo
OKUPAS

A poco de sentarme cada mañana en la mesa redonda de Los Porches, una señora me pide permiso para pasar por mi lado, asomarse a la ventana y contemplar, al otro lado del gran patio interior, las ventanas de un piso que tiene alquilado. “A ver qué me han destrozado hoy. Ya les queda poco. El día ocho tienen que irse por orden judicial. Me lo dejarán lleno de basura”.
            También al gobierno que desgobierna Asturias le queda poco. Pero aprovecharán bien estos pocos días para tratar de destrozar lo que  puedan y dejarlo todo lleno de basura. Especialmente, el Centro Niemeyer. No se conforman con sacar facturitas (¡en Nueva York se compró un teléfono móvil por 400 dólares!), con comparar lo que costó la exposición de Carlos Saura (¡las fotos estaban desenfocadas!) con lo que cuestan las suyas (también se pueden hacer exposiciones que no cuesten nada y cobrar una comisión de lo que se venda), sino que incluso se permiten insinuar que Oscar Niemeyer no tiene ni idea de arquitectura y que habría que demoler la cúpula y reconstruirla con paredes rectas porque, tal como está, no se pueden colgar cuadros.
            Hay gobiernos okupas como hay inquilinos okupas. Pero ya les queda poco. Tratan de llenarlo todo de basura, pero no hay que preocuparse: cuando se vayan, la peor basura se irá con ellos.


Jueves, 8 de marzo
LOS DERECHOS DEL HOMBRE

Rosa Montero, a propósito del informe académico sobre el sexismo lingüístico, dice que no hay que cambiar el lenguaje porque ya lo cambia de modo automático la realidad: “Hace seis años, al comienzo de las bodas homosexuales, nos chocaba que un hombre llamara a otro ‘mi marido’, pero hoy ya no”. Y continúa: “A veces, estando muchas mujeres con un solo hombre, se nos ha escapado sin querer un ‘todas’ y nos hemos reído. Quién sabe, quizá en el futuro la concordancia se hará con el género que más abunda en cada momento”.
            Pero los prejuicios culturales no cambian “naturalmente”. Hay que decir “mi marido”  y “niños y niñas” y “los vascos y las vascas” bastantes veces, y soportar pertinaces gracietas, antes de que parezca natural. Porque por mucho que los gramáticos (que no son dueños de la gramática, solo sus estudiosos, y con frecuencia poco perspicaces) nos digan que en la expresión “los derechos del hombre” la última palabra alude tanto al hombre como a la mujer, todos sabemos que, cuando se formularon por primera vez esos derechos, eran solo, y en muchos países lo siguen siendo, “los derechos del hombre” y no los de la mujer.


Viernes, 9 de marzo
SOLEDAD, SEQUEDAD

En el cartel se leía: “Be a part of our future”. No lo pensé dos veces. Y ahora Hilario Barrero me envía una foto de la inscripción en que invito a hacer sitio en nuestro corazón a los que no lo tienen.
Mi amiga Marina Gasparini regaló un árbol a la ciudad de Venecia, y allí sigue en Campo S. Margherita; yo, más modestamente, he regalado una silla a la ciudad de Nueva York. Está en la rosada y dorada maravilla neobizantina de St. Bartholomew, entre los elegantes rascacielos de Park Avenue, muy cerca de Grand Central.
¿Cómo voy a sentirme solo, por muy solo que esté, si tengo el corazón lleno de gente?


domingo 4 de marzo de 2012

Razón de más: Mentiras, verdades y verdades jurídicas

Sábado, 25 de febrero
ELOGIO DE LA BASURA

Me fascinan los malos programas de televisión. Basta que un amigo me hable de un nuevo disparate o que lea alguna referencia descalificativa en los periódicos para que lo busque de inmediato. Los videntes, por ejemplo, no me defraudan nunca.
Mi último descubrimiento ha sido en la Cuatro fagocitada por la Cinco. Madres que ayudan a sus hijos, ya maduritos, a encontrar novia o novio. Seguro que a Freud le habría encantado tanto como me entusiasma a mí. Una madre pasea con su hijo por la playa. A ella no le gusta nada Christopher (creo que se llamaba así) y está entusiasmada con Mohamed, un joven marroquí. “Pues yo prefiero a Cristopher –dice el hijo— porque me da más marcha y yo necesito que me den mucha marcha; lo prefiero a Mohamed, a mí no me va el rollo ese de ir de padre”. La madre acaba recriminándoles a gritos su elección. “¡No me grites, que ya tengo treinta y dos años!”, dice el hijo gritando también. Y yo quedo seducido por este tierno esperpento, más real que la vida misma gracias a la pequeña ayuda de unos astutos guionistas.
            Hace tiempo, eran otros tiempos, José Luis de Vilallonga afirmó desdeñoso que la televisión no era para verla, sino para salir en ella. Hoy, en cambio, la televisión, o buena parte de ella, es para verla y para reírse de los que salen en ella.
            Siempre procuro pasar un rato con los adivinos. Tomo nota de la parafernalia, de las velas y los santos y las referencias astrales, también de su voz meliflua, de su apariencia con frecuencia andrógina. No me río de ellos. Mucho menos de la gente afligida que les llama, casi siempre mujeres de muy poca cultura. Pero lo que estos personajes ofrecen –y por menos dinero— es lo mismo que la mayor parte de los fieles buscan en cualquier religión de las consideradas serias: un poco de alivio para las heridas de la realidad. Ya sé que entre ellos puede haber dañinos estafadores, pero por mucho que lo sean ninguno lo será tanto como aquel buen amigo de Juan Pablo II, a quien consideraba maestro y guía de la juventud, que se llamó Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo.
            Paso un rato con esta calderilla del misterio y me siento identificado con la pobre gente que llama angustiada por una enfermedad, un despido, un hijo del que hace tiempo que no saben nada.
            No mucho rato. Nunca estoy más de cinco minutos revolviendo entre la basura. Pero aprendo más de mí mismo y de la sociedad en que vivo en esos cinco minutos que con páginas y páginas de serios estudios sociológicos.


Domingo, 26 de febrero
LA BUSCA

“¿Qué buscas?”, me pregunta un amigo que me ve revolviendo entre los libros de un puesto del Fontán. “No lo sé, lo sabré cuando lo encuentre”.
            ¿A quién busco cada día, mañana, tarde y noche? No lo sé, lo sabré cuando te encuentre.


Lunes, 27 de febrero
PERIÓDICOS VIEJOS

Titular en letras grandes: “Hambre en Extremadura”. Subtítulo: “Invaden una finca y desarman a tres guardias civiles”. La noticia entera dice así: “Badajoz, 8. Se reciben noticias en el gobierno civil de que en el pueblo de Navalvillar de Pela un numeroso grupo de individuos que se dedicaba a recoger bellotas en una finca de las cercanías fue sorprendido por tres números de la guardia civil, que les dio el alto. Los desconocidos consiguieron desarmar a la fuerza. Se limitaron a llevarse los fusiles, que después entregaron al alcalde, el cual ordenó su restitución al cuartel”.
            Nada me gusta más que leer periódicos viejos. En El Imparcial del 8 de noviembre de 1932 encuentro esta noticia que habla de una España en la que aún era posible la paz. Ni un tiro ni una detención. Juego limpio. Un episodio de comedia, una astracanada. Pero las cañas se volvieron lanzas muy poco después.


Martes, 28 de febrero
UN ENCUENTRO

Me lo encontré de pronto, al dar la vuelta a una esquina, y naturalmente no le reconocí. Se quedó quieto, mirándome fijamente, y cuando yo, extrañado, ya me alejaba me llamó por mi nombre. Su voz no la había olvidado y de pronto me vino a la cabeza una historia que creía olvidada para siempre. “Vaya, qué sorpresa”, dije. “Pues por la cara que pones no parece que te alegre mucho verme”. Teníamos mucho de qué hablar, demasiado, pero yo no tenía ninguna gana de hablar de ello. “Voy con un poco de prisa, llego tarde a clase. ¿Qué te parece si tomamos mañana un café?”. “De acuerdo. ¿Te viene bien a las doce en Los Porches? Yo siempre estoy allí a esa hora”.
            Le estuve esperando, pero Alberto no apareció. Yo estaba nervioso y apenas si pude entretenerme en los libros que traía conmigo: una novelita de César Aira, El congreso de literatura, y una fascinante y algo deprimente Historia del veneno, escrita por Adela Muñoz Páez. En ella leo que el matemático y filósofo Alan Turing, uno de los padres de la informática y de la inteligencia artificial, se suicidó comiéndose una manzana envenenada con cianuro. En 1952, cuando tenía cuarenta años, entraron en su casa para robarle. Denunció el caso a la policía y los policías descubrieron que el ladrón tenía un cómplice: el compañero que vivía con Alan. Y descubrieron algo más: que ambos mantenían relaciones sexuales. Alan Turing solo pudo evitar la cárcel sometiéndose a un tratamiento hormonal que modificara sus perversas inclinaciones. Las inyecciones de estrógenos le volvieron impotente y le deformaron físicamente. La mayor parte de sus colegas dejaron de tratarle. Se había convertido en un apestado. Una manzana puso fin a la historia.


            A Alberto lo conocí en el Gambrinus, en Nápoles, hace diez o quince años. Yo estaba absorto con un libro que acababa de comprar –creo que era la Vita de Vittorio Alfieri– y él se acercó a saludarme. Me conocía de los tiempos en que estudiábamos Filosofía y Letras frente al viejo convento de Feijoo, aunque él iba a otro curso y entonces no tuvimos trato. Vivía con un amigo francés, que ahora estaba fuera, en el piso noble de un palazzo renacentista. Me invitó a conocerlo y yo no me hice de rogar: siempre me han fascinado los viejos caserones. El de Alberto no me defraudó. Estaba muy céntrico, en la Via S. Biagio dei Librai, y tras una fachada no muy llamativa tenía en el patio la gran escalera monumental característica de los palacios napolitanos. La planta que ocupaba mi amigo era inmensa y principesca, con suntuosos cortinajes, cuadros de valor (yo creí reconocer un Caravaggio, pero seguramente era una copia de la época) y una gran biblioteca tan decorativa, con todos los libros encuadernados en piel y los títulos en letras doradas, que parecía falsa. “Pero tu amigo ¿qué es? ¿Un príncipe?”. “Un anticuario. Ya le conocerás”.
            No llegué a conocerlo, salvo por los periódicos. Alberto me invitó a dejar el hotel y a acompañarle el resto de los días que me quedaban por pasar en Nápoles. No tuvo que rogar mucho. Por las mañanas llegaba una asistenta que, antes de irse, dejaba preparado algo de comida, pero casi siempre comíamos y cenábamos fuera. En la biblioteca, que yo creo que era el mayor tesoro de aquella casa, había muchos libros en español de los siglos XVI y XVII, bastantes de ellos editados en Italia. Recuerdo una de las primeras ediciones del Quijote y otra del Lazarillo, impresa en Venecia, que me parece que no figura en ninguna de las bibliografías que conozco.
            Al abrir la maleta, ya en Asturias, me encontré con una minúscula edición dieciochesca de los poemas de Garcilaso; la había tenido más de una vez entre las manos, seducido por el tacto del papel y la elegancia de la tipografía. La acompañaba una nota con una sola palabra: gracias.
            Lo que ocurrió después prefiero no recordarlo. Una sórdida historia de la que hablaron ampliamente los periódicos de allí y a la que también se refirieron alguna vez los de aquí. No volví a saber de Alberto. Le creía en la cárcel. Donde también podía haber estado yo si el descubrimiento del cadáver hubiera tenido lugar unos días antes.
            Me deshice inmediatamente de los poemas de Garcilaso. No quería tener nada que me relacionara con aquel palazzo de la Via S. Bagio dei Librai en el que, pocos días después de que yo lo dejara, había aparecido, escondido y troceado en el sótano, el cadáver de su dueño, un francés que amaba a Caravaggio –el San Sebastián del salón era auténtico–  y a la literatura española del Siglo de Oro.


Jueves, 1 de marzo
MENTIROSAS VERDADES

Soy de esas personas que siempre quieren tener razón, lo sé. Y eso me hace insoportable para la mayor parte de la gente. “Tú sabrás mucho de literatura –me dice un amigo que prepara oposiciones a juez–, pero de leyes no sabes nada”. Hemos discutido muchas veces sobre la condena a Garzón. Me enseña una página de El País de hoy en la que no sé qué experto razona sobre el sagrado derecho a la defensa. Viene a decir que, aunque los legos no entendamos la razón de esa condena por prevaricación, los expertos saben que los siete jueces del Supremo aplicaron rigurosa y escrupulosamente la ley, aunque les doliera tener que aplicarla, y no tuvieron más remedio que condenarle.
            ––Pues a mí el asunto no me parece particularmente complejo –le digo a mi amigo, que se pasa ocho o diez horas al día estudiando los temas de sus oposiciones y que sonríe ante mi atrevimiento–. La ley prohíbe intervenir las comunicaciones entre los detenidos y sus abogados, salvo en ciertos supuestos. Hubo una discrepancia en la interpretación de esa norma. Un juez –Garzón–  interpretó que, en el caso concreto que investigaba, se podían intervenir; recurrida esa decisión, una instancia superior decidió que no era así y que se debían anular esas escuchas. Se anularon, como ocurre con tantas decisiones judiciales, y aquí no habría pasado nada si el juez primero que autorizó esas escuchas (al juez que le sustituyó y que mantuvo esa autorización nadie le ha, no ya condenado, sino ni siquiera denunciado) no fuera Garzón. El Tribunal Supremo le ha expulsado de la carrera judicial porque unánimemente ha considerado que esa interpretación de la norma que regula las escuchas a los abogados la tomó “a sabiendas” de que era errónea. ¿Y qué pruebas puede haber de que esa decisión la tomó “a sabiendas”? Ninguna, salvo la creencia subjetiva de los magistrados de que fue así. Han condenado sin pruebas, saltándose el más sagrado de los principios: “in dubio pro reo”.
            ––La verdad jurídica la establecen las sentencias del Supremo, contra las que no cabe recurso posible. ¿Cuándo un juez ha prevaricado? Cuando el Tribunal Supremo afirma que ha prevaricado. El Tribunal Supremo crea jurisprudencia, si decide que lo blanco es negro, a efectos jurídicos lo blanco es negro, por mucho que los legos en la materia os empeñéis en no entenderlo. 


domingo 26 de febrero de 2012

Razón de más: Un mar de palabras


Sábado, 18 de febrero
SHELDON Y YO

“Parece que no todo el mundo está de acuerdo con lo que tú piensas”, me dice un amigo. “Me deprimiría que ocurriera lo contrario”, le respondo. “¿Has visto lo que escribe hoy en el Abc Cultural Luis García Jambrina de la edición de Rosales que tú pusiste por los suelos el otro día? Todo son elogios”. “Me alegro. Conocí a Xelo Candel Vila en Valencia. Fue muy amable conmigo. No entendía muy bien mis reparos. Yo, en lugar de atenuarlos, le añadí otros muchos que no había puesto por escrito. La verdad es que su edición de los poemas primeros de Luis Rosales es el mejor modelo de lo que no debe ser una edición. ¡Con lo que yo trabajé en el Archivo Histórico Nacional!, se disculpaba. Recordé aquel capítulo de la serie Big Bang, en el que Penny, la ingenua vecina de los destacados jóvenes físicos del Instituto Tecnológico de California, le pregunta a Sheldon si Leonard siempre ha salido con mujeres superdotadas intelectualmente, si no le gustan las chicas normales (ella es camarera y aspirante a actriz), y Sheldon, después de pensar un momento, responde: bueno, una vez tuvo una novia que era doctora… en literatura”.
“¿Ves Big Bang? Yo creo que tú te pareces un poco al protagonista”. “Hombre, gracias”. “¿Gracias? Es soberbio, siempre quiere tener razón, carece de empatía, está obsesionado con el orden, se sienta siempre en el mismo lugar, es incapaz de guardar secretos, no tiene ningún interés en el sexo opuesto (ni quizá en el propio), no soporta que le toquen, trata de aplicar la lógica científica a todo, es un inútil para cualquier actividad práctica, no tiene carnet de conducir, hace siempre lo mismo a la misma hora del día, sus amigos no le aguantan, padece un trastorno obsesivo compulsivo… En fin, no sigo. ¿Y me das las gracias porque te comparo con él?”. “ Olvidas que es intelectualmente brillante, y que se cree un genio, y que lo es”. “En eso también se parece a ti. En creérselo, no en serlo”.


Domingo, 19 de febrero
UNA SOLA RAZÓN

Leo de un tirón El Sunset Limited, de Cormac McCarthy, diálogo entre un profesor que ha intentado suicidarse arrojándose al tren y un negro predicador que le ha salvado la vida. Qué secas, escuetas, precisas palabras finales: “Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para no elegir la muerte lo antes posible”.


Lunes, 20 de febrero
ÉPOCA DE MUDANZAS

Me temo que vamos a tener que cambiar de lugar de la tertulia. Recuerdo la manía de Víctor Botas con las corrientes de aire. A mí eso me parecía cosa de viejos. Ahora el viejo soy yo. Me he traído esta tarde, para pasar el rato que voy a estar con un café, los poemas últimos de Vicente Gallego, unos ejercicios para corregir y Mi infinito, de Margherita Hack, que tiene un sugerente subtítulo: “Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea”. Releo los sabios versos de mi amigo Vicente, corrijo los trabajos de los alumnos, subrayo una frase de la estudiosa de la astronomía: “Creer en Dios es un modo infantil de explicar todo aquello a lo que la ciencia no puede dar respuesta, y nace de la necesidad de tener un apoyo, un guía, alguien que nos explique cuál es el sentido de la existencia”.
            Estoy en la cafetería de la calle de Santa Susana exactamente cincuenta y siete minutos y en ese tiempo la puerta de la calle se ha abierto y cerrado (gente que llegaba, marchaba, salía a fumar) exactamente cuarenta y tres veces. Como no tiene protección ninguna, son exactamente cuarenta y tres siberianas corrientes de aire, separadas cada una de ellas por poco más de un minuto. Al resto de los clientes no parece importarles. Debo de ser el único sensible al frío. Y yo que me reía tanto de Botas y su temor a los resfriados... Habrá que buscarse otro lugar. ¡Un nuevo cambio en menos de un mes! No sé si podré resistirlo. Me temo que no estoy hecho para tantas aventuras.


Martes, 21 de febrero
MI VOCACIÓN FRUSTRADA

“¿Así que estuviste en Valencia el martes pasado? ¿Y volviste el miércoles? ¿Y fuiste invitado a leer poemas? ¿No tienen dinero para pagar la calefacción de sus colegios y lo tienen para invitarte a ti? ¿Y nada más llegar tú las protestas de los estudiantes se hicieron más violentas?”
Respondo a las preguntas de mi amigo con otra pregunta: “¿Qué quieres insinuar, que yo fui el enviado secreto de Rubalcaba para atizar las revueltas?”. “Yo no digo nada, pero me parece mucha coincidencia”.
Sonrío. Mi amigo Paco es un fino analista de la realidad política; anduvo acampado en la plaza de la Escandalera, cuando lo del 15-M, y luego votó a Álvarez Cascos porque estaba harto de los políticos tradicionales. Ahora me ve como un peligroso radical que, para vengarse de la derrota electoral, quiere convertir a España en Grecia. Me confunde con Aznar. Yo no me vengo denigrando y tratando de hundir a mi país. A Valencia solo fui a leer poemas y a pasearme por las calles fotografiando pintadas y otras muestras de arte urbano. Ya me gustaría a mí que alguien me hubiera encomendado alguna secreta misión. Yo creo que manipular e intrigar son actividades que se me dan bien, aunque las practique poco. Debería haberme dedicado a la política, como mi admirado Víctor de la Concha, en lugar de a la vana ociosidad literaria.


Miércoles, 22 de febrero
LA SOMBRA DEL HACHA

No puedo dormir. Abro el libro de Cormac McCarthy y releo la respuesta del fallido suicida a los intentos evangelizadores del predicador negro, un expresidiario, que le ha salvado y quiere devolverle el amor por la vida: “Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debería ser para él, si existiera, el más agradable de los sonidos. Ese compañerismo, esa hermandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuera colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí que me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras. Si fuera posible proscribir el miedo a la muerte de los corazones humanos, la gente no viviría ni veinticuatro horas. ¿Quién iba a querer esta pesadilla a no ser por miedo al día siguiente? Sobre cada alegría humana pende la sombra del hacha. Todo camino acaba en la muerte. Peor aún. Toda amistad. Todo amor. Tormento, traición, pérdida, sufrimiento, dolor, vejez, humillación, enfermedad horrenda y prolongada. Y todo ello con un solo final. Para usted como para todas las personas y cosas que ha elegido querer”.
            Eso es lo que pienso yo en las noches de insomnio: “Y no hay vuelta atrás. No se pueden arreglar las cosas. Quizá en otro tiempo. Ya no. Solo queda la esperanza del vacío. De la nada. Yo me aferro a esa esperanza. Ábrame la puerta. Por favor”.
            Eso es exactamente lo que pienso yo. Pero solo en las noches de insomnio. Cuando me levanto, ahí están de nuevo, sobre los tejados que me cercan, el cielo azul y las montañas nevadas y la dorada torre de la catedral.


Jueves, 23 de febrero
TODAVÍA

¿Por qué me fascinan tanto las casas abandonadas? Fui a ver La dama de negro, una película de las de antes, y reviví los terrores de mi adolescencia. He soñado muchas veces con ese caserón que queda aislado cuando sube la marea, con ese jardín abandonado que es a la vez cementerio, con ese rostro de mujer que se difumina en la ventana… Cuando yo tenía once o doce años, al salir del Instituto (entonces al final de Galiana), un grupo de amigos decidimos explorar un ruinoso caserón de indianos que estaba (todavía está, y sigue igual de amenazador) en Buenavista.
Saltaron todos la herrumbrosa verja, menos yo, que no fui capaz, y me quedé fuera, avergonzado, mientras mis amigos caminaban por el jardín hasta la casa. Les vi empujar el portón central y entrar… Me pareció que pasaba una eternidad, que no iban a salir nunca. Ya iba yo a marcharme para avisar a alguien cuando comenzaron a salir, uno tras otro, con el rostro desencajado, la ropa echa jirones.  Pero no corrían, caminaban muy lentos, como ausentes. Saltaron la verja sin decir palabra, se fueron, cada uno por su lado, sin decirme nada.
Al día siguiente los volví a ver en el Instituto, parecían recuperados. Antes de formar filas les pregunté por lo que habían visto. No había nada que ver, dijeron. Polvo y telarañas.
Pero a mí no me engañaban. Algo habían visto de lo que no podían hablar. Algo terrible. Nunca quisieron volver a pasar por aquel lugar. Yo sí, todos los días, al regresar a casa, porque poco después nos fuimos a vivir a la Carriona.
Perdí la pista de esos amigos. Hace poco supe que uno de ellos, después de rodar por el mundo, vive en Piedra Blancas. Me puse en contacto con él. Ni recordaba aquella aventura. Yo no la he olvidado. Sé que dentro de aquella casa, que todavía sigue ahí, sin acabar de caerse, en las afueras de Avilés, había algo. Algo. Espantoso. Aterrador. Sé que todavía sigue ahí.


Viernes, 24 de febrero
EL DEDO SOBRE EL MAPA

Taresa Lorences ha preparado un libro con las historias, poemas y canciones que han escrito sus alumnos del Máster Erasmus Mundus en Biodiversidad Marina. Yo leo ese libro, Un mar de palabras, con la fascinación del sedentario que nunca ha salido de casa. Martin Romain, belga, anduvo por la Polinesia francesa estudiando a los tiburones: “Mi trabajo consistía en bucear y tomar fotos de la aleta dorsal (que es como una huella digital) y en capturarlos y subirlos a bordo para anotar ciertos datos. Bucear con treinta tiburones alrededor no es fácil. Con el tiempo me acostumbré. Ellos también eran muy curiosos y a veces mordían mis aletas tratando de averiguar qué clase de comida era”.
            Escucho sus historias y poemas en el Aula Magna, y siento nostalgia de todos los lugares en los nunca estuve, de todas las vidas que no he vivido.
            Sigo siendo el niño que viaja con un dedo sobre el mapa o con un libro entre las manos. Quizá la única manera de viajar, la única manera de vivir, que no nos defrauda nunca.

domingo 19 de febrero de 2012

Razón de más: Nunca digo nada

Sábado, 11 de febrero
ETCÉTERA TAMPOCO

Todo el mundo se queja de que le falta tiempo. Yo no; a mí me sobra. Debería inventarse un frigorífico en que guardar el tiempo. Podría congelar así las tres o cuatro horas que tienen de más cada día y luego, cuando las necesitara, descongelarlas cuidadosamente para poderlas disfrutar con todo su sabor y frescura.
            “Las personas inteligentes no se aburren nunca”, he oído a menudo decir. Pues yo debo de ser muy poco inteligente. Casi todas las noches tengo que inventarme actividades con las que estar entretenido al día siguiente. No vale cualquier cosa: tienen que ser atractivas, suponer un reto y no dar la impresión de que solo sirven para pasar el rato.
            Meterse en la vida de los demás entretiene mucho, pero a los demás no suele gustarles.
            “La ociosidad es la madre de todos los vicios”, se dice, o se decía. Pero a mí me aburren casi todos los vicios (y casi me atrevería a decir que sobra el casi). Recuerdo aquella historieta, que suelo contar a menudo, del soldado que se admira de la sobriedad de su jefe: “Pero usted, mi coronel, ni fuma ni bebe ni… etcétera”. “Alto ahí –le replica el coronel—. Etcétera, sí”. Pues casi me atrevería a decir que yo etcétera tampoco.


Domingo, 12 de febrero
SIETE PREVARICADORES SIETE

En la misma sala de cine en que ayer disfruté con seis horas de Wagner, hoy trato de entretenerme con el descerebrado ajetreo de El invitado. Lo paso bien finalmente imaginándome que soy el productor, un productor de los de antes, de los que tienen todo el poder, y que estoy viendo un pase previo al estreno. “Esto es facilonamente infumable”, le digo al director, Daniel Espinosa. “Tiros, persecuciones automovilísticas y demás parafernalia habitual, solo lo imprescindible. Aquí lo que importa es desarrollar la relación entre el agente desengañado de la Cía que interpreta Denzel Washington y el joven agente ambicioso y lleno de ilusiones que es Ryan Reynolds. A buscar un buen guionista que desarrolle los diálogos entre ambos. Una envoltura de cine de acción para desarrollar un tema de siempre: hasta qué punto el fin justifica los medios”.
Me entretengo en arreglar el guión mientras se estrellan coches y se suceden los tiroteos, y aún tengo tiempo para imaginar otra historia sobre el mismo tema: la conjura de siete magistrados del tribunal supremo de un país imaginario contra un juez que con su manera de buscar la Justicia con mayúscula pone en ridículo a la justicia con minúscula que practican sus colegas. También para esos siete magistrados del alto tribunal el fin justifica los medios y no tienen ningún inconveniente en prevaricar poniendo toda su sabiduría de expertos leguleyos en dar apariencias de legalidad a lo que es solo una gremialista vendetta (y quizá también algunas cosas peores).


Lunes, 13 de enero
UN SONETO

Con Gil de Biedma intercambié tres o cuatro cartas, en la época en que le dediqué un poema en Jugar con fuego. Recuerdo lo que me decía en una de ellas, que luego yo he repetido muchas veces como si se me hubiera ocurrido a mí (lo hago con frecuencia): “Un poeta joven debe aprender a escribir sonetos y, cuando sepa, no volver a escribirlos más”. Yo he vuelto a escribirlos porque todavía me parece que no he aprendido. El último dice así: “No quiero ya querer lo que más quiero / ni pasar sin pasar por esta vida, / no quiero recordar lo que se olvida / ni olvidar lo que soy y lo que espero. / Mi patria fue una vez el mundo entero / y fue mi meta el punto de partida, / la verdad era una y compartida / y Dios no era y era verdadero. / En la noche del mundo todo ardía, / no sé si ayer o siempre o todavía, /  en una luz que ciega de tan clara. / Antes de todo, antes del universo, / todo era igual y todo era diverso, / nada que en otra nada se enmascara”.


Martes, 14 de febrero
HOY QUE EL INVIERNO MI FRENTE INCLINA

Paseando por la Ciudad de las Artes y las Ciencias me encuentro con un desfile de coloristas figuras que me resultan vagamente familiares. De pronto caigo en la cuenta: son las esculturas de Cristóbal Gabarrón que animaron la explanada del Niemeyer antes de la catástrofe final. Sonrío imaginando la que armarían el bueno de Emilio Marcos Vallaure y su borroso equipo de intelectuales asturianistas si se dieran una vuelta por Valencia y las vieran. ¡Esta exposición es una vergüenza! ¡Esto no es arte! Claro que si se enteran de que la exposición más visitada estos días se dedica a Indiana Jones entonces ya, de tener algún poder, demolerían toda esta fascinante exhibición de arquitectura-espectáculo, lo mejor de Calatrava (lo peor lo tenemos en Oviedo). Pero los valencianos, por muy bajo que caigan, por muy Camps que voten, nunca caerían tan bajo como para ponerse en manos de un tosco resentido y su panda de incompetentes.


            Camino, a solas conmigo, por esta ciudad que solo visito muy de tarde en tarde. Ya he olvidado la indignación que me produjo tropezar con Gabarrón y recordar la contienda avilesina del Niemeyer (se ha perdido una batalla, no la guerra). Ahora lo que me viene a la cabeza es un remoto recuerdo de infancia. Tengo seis o siete años. En las escuelas de Aldeanueva del Camino se celebra un festival para recaudar fondos con destino a Valencia, arrasada por las inundaciones. Yo, sin miedo ninguno, me subo al improvisado escenario, y recito en público el primer poema que me he aprendido de memoria. Antes de leer mis versos, lo recitaré de nuevo esta tarde, más de medio siglo después, en el Palau de la Música. Es de Pérez Escrich y venía en la Enciclopedia Álvarez. Había estado escondido hasta ahora en algún rincón de mi cabeza, con sus ingenuas palabras vuelve el niño que fui: “Entre naranjos y limoneros, / crecen fecundos tus arrozales / y son alfombra de tus senderos / las madreselvas y los rosales. / ¡Patria adorada! Yo no te olvido, / y hoy que el invierno mi frente inclina / recuerdo siempre donde he nacido / como recuerda la golondrina / su amante nido”.

       
Miércoles, 15 de febrero
LAS DOCE EN EL RELOJ

Nada me gusta más que contemplar una ciudad desde lo alto. Luce un sol espléndido esta mañana primaveral de febrero. En torno mío voy reconociendo las cúpulas modernistas del Mercat Mayor, la torre barroca de Santa Catalina, la Plaza Redonda, los Santos Juanes. A lo lejos, ante un fondo de grúas, los cascos futuristas de la ciudad de las Artes; más cerca, el faro de Correos con su decimonónica modernidad y, al otro lado, la puerta de Serranos y, casi al alcance de la mano, el cimborrio de la catedral. Solitario en la torre, doy vueltas en torno al Micalet, sintiendo ingrávida sobre mí la gran cúpula azul y dejándome abrazar por el revuelto caserío que se extiende en torno mío. De pronto suenan las campanas. Son las doce en punto. ¿Cómo no pensar en Guillén?  “Era yo, / centro en aquel instante / de tanto alrededor. / Quien lo veía todo / completo para un dios”.


            Me gustan las ciudades en las que no he vivido, en las que no tengo recuerdos, en las que todo parece dispuesto para que comience un espectáculo del que yo soy el protagonista. Para que comience otra vida que no tenga nada que ver con mi vida. Pero de sobra sé que “no soy de esta ciudad ni de ninguna”, que “he llegado por casualidad y me voy por la noche”.
            Luego, ya en tierra, en una plaza casi napolitana, leo a Vicente Gallego: “Una esquirla de sol sobre la mesa”. Nada más. A veces nada más hace falta, en esta ciudad en la que estoy de paso, en esta vida en la que estoy de paso, para sentirse el rey del mundo.


Jueves, 16 de febrero
OCURRENCIAS

“¡Tienes que escribir novelas!”, me dice Susana Benet en la cena que sigue a mi lectura. Mientras hablo con ella, vivaz y rubia, recuerdo sus haikus: “Riego las plantas. / Encima del jardín / crece la luna”. No sé si los recuerdo o si los invento:
“Al levantarnos / esas briznas de hierba / entre tu pelo”
 “Cierro la puerta. / Tú duermes todavía. / ¿Sueñas conmigo?”
 “Nunca sonríes. / El calor del verano / y yo con frío”
“De pie en la torre / y la ciudad tendida / para mi abrazo”
 “No te preocupes. / Cuando la luz se apaga, / se enciende el cielo”
“Una sonrisa / me ilumina al pasar. / No es para mí”.
            “¡Tienes que escribir novelas!”, me repite Susana Benet. Y la verdad es que no hago otra cosa. Soy el mayor folletinista del mundo. Me gustan las retorcidas historias de crímenes y amores imposibles y caserones con fantasmas y jardines abandonados. Escribo novelas desde que tenía trece o catorce años, pero nunca he escrito ninguna. No necesito ponerlas en papel porque tienen un único destinatario, el adolescente solitario que fui, que sigo siendo.
            Siempre estoy escribiendo cosas que no escribo. Mientras escuchaba los poemas de amor de Rafael Espejo, que leía antes que yo en el Palau, me entretenía en tantear aforismos en la pizarra de la memoria y luego borrarlos con la mano como hacía cuando era niño: “Nada nos vuelve más vulnerables que la felicidad”, “En la pareja perfecta uno de los dos está de más”, “El mejor poeta es el que deja al lenguaje que diga lo que quiera”, “Las buenas personas son tigres domados”, “Los libros que huelen bien saben mejor”, “Las malas costumbres también arropan”, “Aquel poeta buscaba la perfección  y la consiguió: era un perfecto desconocido”.
            ¿Recuerdo los aforismos que escribí en una pizarra imaginaria mientras escuchaba a Rafael Espejo o los invento? No sé. A la cabeza me viene ahora otro, quizá autobiográfico: “Era un escritor muy ocurrente. Pero solo se le ocurrían tonterías”.


Viernes, 17 de febrero
SIGUE LA FUNCIÓN

Cambia el escenario, sigue la función. Cerrada la cafetería del Rosal, la tertulia se ha trasladado un poco más arriba, a la calle de Santa Susana. Como siempre, llego antes que nadie, abro un libro, hojeo una revista, dialogo conmigo mismo: “¿Por qué hablas tanto de ti? ¿No temes quedarte sin secretos? No, porque de lo que de verdad me importa, de lo que en realidad me pasa, nunca digo nada”.


domingo 12 de febrero de 2012

Razón de más: Pinochet reivindicado y otras melancolías

Sábado, 4 de febrero
LA DESCONOCIDA

“Te voy a contar una historia”, dijo de pronto tras apurar el vaso de un trago. “Me encantan las historias”, respondí. “¿Otra copa?”. “No, gracias, me temo que ya he bebido lo suficiente”. Era bastante tarde, al menos para mí, pero cualquier pretexto me parecía bueno para retrasar la vuelta a casa, donde solo me esperaba alguien a quien no tenía demasiadas ganas de encontrar: yo mismo. “Es una historia verdadera y trata de un niño que no quería crecer”. “¿Peter Pan? Eso ya está muy visto”. “No quería crecer y no crecía, pero su cuerpo sí y él seguía allí dentro, escondido y asustado”.


            Aquello no era una historia, era una parábola. Y a mí me gustan las historias, pero detesto las parábolas, las fábulas con moraleja. Una vez, al regresar a casa tras otra noche en que no tenía ninguna gana de regresar, ya a punto de amanecer, me encontré con la puerta abierta. Me asusté, no porque pensara que alguien pudiera estar dentro, sino porque temí haberla dejado abierta y eso suponía que, aparte de dormir cada vez peor, estaba convirtiéndome en un viejo descuidado y desmemoriado. Pero había alguien en casa, una mujer muy joven, sentada en el sillón, absorta en la lectura. No se había dado cuenta de mi entrada y yo me quedé mirándola, sin saber qué hacer, menos asustado que asombrado. Estaba casi de espaldas, yo veía apenas su perfil y su melena rubia. Vestía de negro, un traje de noche que dejaba al descubierto los blancos hombros. Yo no tenía ningún miedo, más bien todo lo contrario, casi me alegraba de, por una vez, encontrar alguien en casa. Reconocí el libro, una selección de los ensayos de Emerson. No había tenido que buscar mucho. Estaba encima del primer montón, sobre la mesa, porque a mí me gustaba leer algunas páginas antes de irme a dormir. Se volvió de pronto, sin demostrar sorpresa ni susto, me sonrió y dijo: “Escucha”. Yo no la había visto nunca, de eso estaba seguro (si es que uno puede estar seguro de algo, que tengo mis dudas), pero era como si la conociera de toda la vida. Con voz clara, acariciadora, leyó: “Reír mucho y a menudo, ganarse el respeto de las personas inteligentes y el aprecio de los niños; merecer el elogio de los críticos sinceros y mostrarse tolerante con las traiciones de los falsos amigos; saber apreciar la belleza y encontrar lo mejor en cada persona; hacer todo lo posible por dejar un mundo mejor; saber que al menos una vida ha alentado más libremente gracias a la nuestra. Eso es haber triunfado”.
            De pronto se me nublaron los ojos, comencé a notar los efectos de la bebida (no tengo costumbre de beber) y tuve que correr hacia el baño para no vomitar allí mismo. Cuando salí, pensé que la mujer ya no estaría, que se habría desvanecido como un buen sueño, que me tendría que arrastrar hasta la cama y luego levantarme tarde y con dolor de cabeza y ponerme a limpiarlo todo. Pero allí estaba, con una taza humeante en la mano. “Bebe un poco; te sentará bien”. Y me sentó bien, se me cerraban los ojos, pronto me quedé dormido. “¿Cómo te llamas?” fue lo último que dije antes de dormirme. Ella se limitó a sonreír. Cuando me desperté, casi a mediodía, la casa estaba hecha un asco; creí que había aguantado hasta el baño, pero había vomitado también en el salón. Lo limpié todo pacientemente. “Aquí tienes la prueba de que todo fue un sueño”, me dije. “Ninguna mujer se habría ido sin adecentar antes un poco”. No faltaba nada, ni el dinero que guardaba descuidadamente en un cajón. Me senté un rato a descansar y alargué la mano hacia un libro. Eran los ensayos de Emerson. Busqué la cita que me había leído la desconocida, pero no la encontré. Tampoco encontraba explicación para aquella rara visita. Si era un sueño, entonces sí sabría explicarlo. O eso creo. Porque ya no estoy seguro de nada. O solo de una cosa. De que no soy un triunfador.

Domingo, 5 de febrero
CON LOS AÑOS

Con los años, aunque no cambiemos de país, acabamos viviendo en un país que cada vez nos gusta menos.
Los sueños cuando dejan de ser sueños pierden todo atractivo.     


Lunes, 6 de febrero
LOS DÍAS IGUALES

Mañana, hoy será ayer.

Miércoles, 8 de febrero
JUNTO AL FUEGO

En la tarde oscura y desapacible, de invierno antiguo, Juan Gutiérrez me invita a tomar un café en el castillo de la Zoreda para hablarme de su nuevo proyecto. “¿Qué te parecería que la Casa del Verso, después del homenaje a Ángel González, organizara otro al soneto? Podría ser el 21 de marzo, para celebrar la primavera, y cada autor tendría que leer personalmente su poema. El premio: una cesta de frutas, mil euros y una edición especial; el soneto se inscribiría en una lápida en el jardín de mi casa”.


            Me parece una idea estupenda, como todas las de este frutero que va siempre con una manoseada antología de la poesía española que casi se sabe de memoria. Arde un buen fuego en la chimenea mientras charlamos; el crepitar de los troncos de fresno, al ser poco a poco devorados por las llamas, parece conversar, no con nosotros, sino con la lluvia. A la memoria me vienen unos versos de Aquilino Duque: “Hay que cantar siempre algo nuevo, / nacer un poco cada día. / Lo que anoche se te derrumbaba  / se yergue con el alba más triunfante que nunca. / En la rueda del año, para algunos monótona, / todo revive y se renueva: / el sol, el mar, el árbol / y esta bendita lluvia mientras arde / la leña en el hogar / y arma su gran guiñol la fantasía”.
            Su gran guiñol, su viejo retablo. Miro el fuego, me dejo atrapar por su hipnótica seducción, y de pronto no estoy aquí, ruedo por el terraplén de los años y el sillón se convierte en una silla de enea y a un lado mi abuela canta un romance (“Estando yo en la mi choza, / pintando la mi cayada, / vide venir siete lobos / por una oscura majada”), y al otro mi abuelo, que de lobos sabía más que nadie, que había dado muerte a más de uno, que había visto como una manada famélica, en el peor invierno del siglo, devoraba entero su rebaño y a punto estuvieron de terminar el banquete con él como postre.
            “Una vez, hace muchos años, tuve que enfrentarme a un lobo que parecía el demonio. Había perdido el gusto por el ganado y solo le gustaba la carne humana, cuanto más tierna mejor, a ser posible de niños y de jovencitas”.
            “No le cuentes esas cosas que le asustas y luego no puede dormir”, decía mi abuela.
            Yo abría mucho los ojos. Tenía seis o siete años y nada me gustaba más que una buena historia.
            “De noche todo el mundo atrancaba puertas y ventanas porque sabíamos que le gustaba pasearse por las calles y ver la manera de colarse en una casa y no dejar a nadie para contarlo. Yo entonces era muy joven y muy valiente, casi tanto como tú, y con otros mozos decidimos hacer guardia una noche, bien armados, por si el lobo aparecía. Aquella noche no apareció, ni la siguiente. Pues si él no viene iremos nosotros en su busca. Y de noche, una noche de luna llena, subimos al monte cubierto de nieve. No teníamos miedo; habíamos bebido un poco para animarnos”.
            “Borrachos como una cuba iban todos”, dijo mi abuela.
            “Alegres, solo alegres, dispuestos a acabar con el mismísimo demonio. Pero el lobo no aparecía. Entonces yo dije: Quedarse aquí. Y solo y desarmado avancé hacia donde estaba su guarida. Iba cantando en voz alta, sin miedo ninguno, y de pronto me quedé sin voz, había oído algo, unos pasos sigilosos en la nieve, unas estrellas que se movían y que no eran estrellas, sino los ojos de la bestia. Ahí estaba, delante de mí, abriendo una boca inmensa como noche sin luna y sin estrellas. Me quedé paralizado, quise rezar, pero no me acordaba de nada, ni siquiera del padrenuestro”.
            “Buen hereje estás tú hecho”, dijo mi abuela.
            “Y de pronto sonó un tiro, y luego otro, y otro. Todos dieron en la cabeza del animal. Mi amigo Juanín, que había bebido menos que ninguno, me había seguido sin quitarme ojo. Yo me abracé a él. Luego llegó el resto de la cuadrilla. Atamos las patas del lobo, lo colgamos de un palo que apoyaron en sus hombros los dos más fuertes y regresamos. Pesaba mucho aquel cadáver, cada vez parece que pesaba más, pero nosotros íbamos muy contentos, nos habíamos convertido en héroes, las mocitas del pueblo y alrededores se derretirían nada más vernos”.
            “Eso es lo que a ti te gusta, andar con unas y con otras”, dijo mi abuela.
            “Al llegar al Ayuntamiento dejamos la carga en el suelo, pero antes de que comenzáramos a golpear la puerta para llamar al alcalde, Juanín dio un grito señalando al cadáver y todos miramos y el lobo no era un lobo, sino un hombre, muy peludo, eso sí, pero un hombre, no una alimaña. A pesar de que tenía la cara destrozada, no nos pareció desconocido. Y no lo era. Era Dimas, el cabo de la guardia civil. No nos lo podíamos creer. Habíamos matado a Dimas, la única persona a quien todos temían en el pueblo más que al lobo. Solo disfrutaba dando palizas a los hombres, acusándoles de cualquier cosa, y manoseando a las mujeres”.
            “No le cuentes esas cosas al niño”, dijo mi abuela.
            “Solo se nos ocurrió arrastrar el cadáver hasta mi casa y esconderlo. Lo metimos en ese arcón –y señaló uno inmenso, que había detrás de mí— y nos fuimos a dormir la mona confiando en que todo hubiera sido un sueño”.
            “Al día siguiente se supo la noticia de que Dimas había desaparecido. Juanín vino a mi casa. Tenemos que hacer algo. Ya ha llegado la guardia civil de Plasencia para dirigir la investigación. Han encontrado sangre a la puerta del Ayuntamiento. Tenemos que enterrar el cadáver. Yo temblaba como una pavesa, pero Juanín, decidido, levantó la tapa del arcón y miró dentro. Dio un grito. Lo que allí había era un lobo, no un hombre, la borrachera nos había jugado una mala pasada. Hubo baile en la plaza, recibimos una recompensa. De quien nunca más se supo fue de Dimas, el cabo de la guardia civil. Muchos se alegraron más de su ausencia que de la muerte del lobo”.

Jueves, 9 de febrero
QUÉ DÍA MÁS TRISTE

“Qué día más triste; hoy no es para sentir orgullo de ser español”, me comenta por teléfono un amigo al enterarse de la noticia. Pero yo soy optimista por naturaleza: “Triste para unos, alegre para otros. Piensa en los muchos presos que hoy harán fiesta, en la alegría de los etarras, de los terroristas del Gal, de tantos narcotraficantes, de los corruptos del PP y alrededores, de los torturadores argentinos y piensa, sobre todo, en los gozosos saltos que van a dar en su tumba los huesos de Pinochet. Hay que pensar en todo, amigo Marcos, como los magistrados que han condenado a Garzón”.


Viernes, 10 de febrero
NO TE QUEJES

No te quejes de tu vida: por muy dura que sea, nunca lo será demasiado para el diente del tiempo.


domingo 5 de febrero de 2012

Razón de más: Atrapado en el tiempo

Sábado, 28 de enero
UNA OFERTA DE NEGOCIO

Siempre me ha divertido la mala fama. Y muy especialmente si no es por completo inmerecida. En ciertos medios se me tiene por intrigante, manipulador, buen conocedor de los ambientes literarios. Y a ello debo que me hayan propuesto un negocio que parece sacado de El club de los negocios raros, el bien humorado disparate de Chesterton. Quien me lo propuso pasó alguna vez por Óliver, hace años, cuando Víctor Guerra, que entonces escribía sobre el turismo en bicicleta y luego se dedicó a la masonería, y Luis Salas, que pronto emigraría a Noruega. Me llamó ayer, a la hora de la tertulia (la última en el Rosal) y quedamos para vernos hoy en Avilés. Apareció puntual, a la una, en el Kimpe, el café que sustituye al Atrio (es época de mudanzas, pero yo no debería quejarme: solo emigro unos metros más allá).


            “Los tiempos no son buenos –me dice— y hay que aguzar el ingenio. Tras dejar de ir por la tertulia, puse una librería, me casé, se fueron al garete ambas cosas, tuve con un socio una distribuidora, acabamos mal, trabajé para Anaya, me quedé en paro, dejé de cobrar el paro. En fin, nada excepcional. Lo raro es gente como tú que, en cuarenta años, haya cambiado una vez de casa y ninguna de trabajo ni de tertulia. Lo que se me ocurrió para salir del agujero fue una especie de agencia literaria. Ahora quiero ampliarla y por eso he venido a verte. Es una agencia especial. No gestiona el trabajo profesional de los autores. Gestiona solamente su vanidad. Ya sabes que es uno de los principales motores, por no decir el principal, de la actividad literaria. La mayoría de los escritores no es ya que no vivan de lo que escriben, sino que su dedicación les cuesta dinero. Y eso resulta especialmente cierto en los poetas. Comencé mi trabajo en Internet, que es lo más fácil. Ahora quiero ampliarlo, y por eso he venido a pedirte consejo. Hay muchos blogs de escritores, unos con muchas visitas y otros con muy pocas. Por una pequeña cantidad al mes, yo no solo aumento esas visitas, sino que hago algo más: aumento la cantidad y la calidad de los comentarios. A un autor, novel o no, que cuelga un cuento o un poema en la red, nada le satisface más que recibir elogios que no se limite a las vaguedades habituales, sino que analicen el texto, destaquen algunos puntos, subrayen una frase afortunada. Hasta ahora todos esos comentarios son cosa mía, con docenas de pseudónimos, pero ya no doy abasto. He pensado en algunos jóvenes de tu tertulia para que me ayuden. Es un trabajo divertido, tiene mucho de juego, y podrían ganar algún dinero. José Luis Sevillano, a quien sigo en su blog, creo que lo haría bien, y también Rodrigo Olay, al que conocí cuando leyó sus poemas en Gijón. Seguro que hay más gente. Habla con ellos y me dices. Pero también quiero ampliar el negocio. Están por un lado los premios literarios y por otro la Universidad. No tengo capacidad todavía para amañar ningún premio, como podrás comprender. Pero me he dado cuenta de que situar como finalista a los autores que promociono resulta relativamente fácil. Y en premios importantes. Por ejemplo, el de la Crítica (y no me refiero solo a la asturiana) o incluso el Príncipe de Asturias, donde, si se conoce el sistema, es posible colocar casi a cualquiera como candidato, aunque luego el jurado tache de inmediato esas candidaturas y casi se ría de ellas (pero eso no se sabe fuera). También puedo conseguir reseñas o que a tal poeta lo citen, por ejemplo, en Ínsula. No importa que sea en uno de esos artículos dedicados, qué sé yo, al compromiso en la poesía última, en los que el estudioso de turno enumera a todos los poetas que han llegado a su conocimiento y que vagamente tienen que ver con el tema. De esas menciones de Araceli Iravedra o Juan José Lanz hay autores que sacan luego mucho partido en su currículum. Podría ofrecer también prólogos eruditos a quienes recopilan su poesía. Creo que Ángel Alonso los haría muy bien. En fin, que ideas no me faltan. Ni médicos, abogados, algún que otro psiquiatra, bastantes empresarios, dispuestos a pagar una cuota mensual para conseguir prestigio literario. Yo ofrecería incluso publicar en editoriales de renombre, como Renacimiento, Pre-Textos o Visor. Ya sé que tú no vas a participar en el negocio, no lo necesitas, pero me harías un gran favor si me facilitas los contactos. Comenzando por tu tertulia. Aparte de ser un buen taller literario, los ingresos no les vendrían mal”.


Domingo, 29 de enero
ADIÓS

“Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido, / ¿quién nos dirá de quién en esta casa, / sin saberlo, nos hemos despedido?”
            Salgo por última vez de la cafetería del Rosal —en las que pasé tantas tardes de tertulia y tantas mañanas de domingo hojeando el periódico y acariciando el botín del Fontán—, repitiéndome los versos de Borges. Sí, para todo hay término y hay tasa.
            Salgo repitiéndome los versos de Borges y decidido, para no hacer mudanza en mi costumbre, a inventarme desde mañana mismo una nueva costumbre.


Lunes, 30 de enero
SE VA EL CAIMÁN

Como colofón de un día afortunado, en el que por fin comienzan las clases del segundo semestre y se encauzan ciertas historias particulares, mientras en la librería de Valdés hojeo el tomo de la revista en que Baroja comenzó a publicar sus memorias, me entero de la noticia. ¡Habrá elecciones anticipadas! ¡Se va Cascos! Inmediatamente me dedico a enviar mensajes a mis amigos para informarles de la buena nueva. Por fin los electores asturianos tendrán la posibilidad de enmendar la errata que cometieron en las últimas elecciones. Errata tan garrafal que no puede solucionarse de otra manera que tirando a la basura la edición entera e imprimiendo otra nueva.
¿Un despilfarro en tiempo de crisis? Por supuesto. Pero esta metedura de pata enseñará que hay que tener más cuidado a la hora de votar. Que los experimentos conviene hacerlos con gaseosa.


Martes, 31 de enero
NUNCA, NO

Nunca confundas lo que una cosa es con lo que te gustaría que fuera.
Nunca digas lo que piensas si puedes evitarlo.
No alardees de tener razón, salvo si no la tienes.
No confíes demasiado en nadie y menos que nadie en ti mismo.


Miércoles, 1 de febrero
VOY CONTRA MI INTERÉS AL CONFESARLO

Siempre he tenido la sospecha (pero me la callo por lo que me toca) de que al estudio de la literatura nos solemos dedicar los que no valemos para otra cosa. Y eso es verdad especialmente en los que se ocupan (como yo) de la literatura contemporánea. Me llega hoy la presunta edición crítica, a cargo de Xelo Candel Vila, de dos libros primerizos de Luis Rosales. No conozco a la autora, profesora de la Universidad de Valencia, colaboradora de Ínsula, organizadora de congresos, pero desentona incluso en Visor, que no se caracteriza precisamente por el rigor editorial. Una edición crítica no es la que está llena de notas, sino la que nos ofrece un texto lo más cercano posible a la intención última del autor, adecuadamente justificado. Xelo Candel Vila, si a ella le gustan, no duda en incorporar al poema los versos tachados. Ni en reproducir, “por razones cronológicas”, la primera versión de un poema y no la que el autor dio por buena.  “Vendrá por aquel sendero / cuando las luces se duermen” lleva la siguiente nota: “Versos tachados en el original, aunque he preferido incorporarlos al texto porque resultan más claros”. ¿Más claros que qué? La nota que acompaña a “robaron la primavera / ángeles de níveas alas” dice: “Nótese la obvia referencia a la Soledad primera de Góngora, poeta decisivo en la generación vanguardista, que todavía Rosales consideraba en estos años como maestro”. Cuando esos versos se repiten, en la página siguiente, y los vuelve a anotar, ya se ha olvidado de esa presunta obviedad gongorina: “Compárese con la primera parte de Fausto de Goethe: ‘Ángeles de níveas alas, salgan del seno de sus nubes purpúreas para recorrer el espacio y seguir las huellas de nuestros ardientes deseos’”.  Pero la nota más sorprendente es la que acompaña a los números 1 y 2 que inician cada una de las partes de “Baladas del desencanto”. Dice así: “Amurallado, cercado”. ¿Amurallado, cercado? ¡Atónitos nos quedamos!
            Como me aburro tanto, leo incluso lo que nadie lee, eso que yo llamo “basura curricular”, las publicaciones que solo sirven para cumplir un trámite académico (y que a menudo no leen ni siquiera quienes deben juzgarlas). Encuentra uno muchas sorpresas. Pero pocas tan estupendas como esta edición de Luis Rosales. No creo que en ningún otro ámbito se admitan los disparates que son moneda corriente en los estudios de poesía contemporánea. Cierro el libro muy deprimido. Da la impresión de que a esto nos dedicamos los que no valemos para otra cosa.


Jueves, 2 de febrero
PESADILLA

“¿Tú crees que se va?”, me pregunta una compañera ya jubilada. “Todos mis conocidos me están mandando mensajes diciendo que hay que volver a votar a Cascos, ahora más que nunca”. Luego, por la noche, tengo pesadillas. Como en la película de Bill Murray Atrapado en el tiempo, se repiten los resultados de la elección anterior, y al año hay otras elecciones, y vuelven a repetirse, y así un año y otro hasta el fin de los tiempos.  

       
Viernes, 3 de febrero
UN VIEJO AMIGO

De los viejos amigos, uno que nunca me cansa es Baroja. Qué placer, en las frías noches de invierno, sentarse junto a un buen fuego, abrir cualquiera de sus libros, y escucharle contar antiguas historias de marinos y contrabandistas o disparatar sobre esto y aquello. Releo ahora sus memorias en los amarillentos números de la revista Semana en que aparecieron por primera. Se leen de otra manera entre noticias del desembarco aliado en Sicilia o del rescate de Mussolini en el Gran Sasso. Estamos en 1943.
            “Yo sentía curiosidades, pero ninguna vocación clara. Fuera de que me hubiera gustado tener éxito con las mujeres y correrla por el mundo, ¿qué más había en mí? Nada; vacilación. Oía hablar de viajes marítimos, y me hubiera gustado embarcarme; hablaban de pintura, y me parecía un oficio bonito el ser pintor; leía aventuras de un viajero, y soñaba con el desierto y con ríos inexplorados. Pero el ser médico, profesor, abogado o comerciante no me hacía ninguna gracia. Ya que no hacer cosas extraordinarias, me habría contentado con ver un poco el mundo. Tras de largas reflexiones, pensé que no tenía vocación ninguna y que era un joven perfectamente inútil para la vida corriente”.
            Sonrío al escuchar de nuevo lo que casi me sé de memoria. Cuando leí por primera vez Desde la última vuelta del camino, yo también era un adolescente indolente y soñador “perfectamente inútil para la vida corriente”. Y sospecho que lo sigo siendo.