sábado, 19 de septiembre de 2020

Después y todavía: El mercader de vísceras

 

Sábado, 12 de septiembre MEJOR ME CALLO

             En toda vida, incluso en una vida tan aburridamente previsible como la mía, hay algún secreto que no avergüenza y que daríamos cualquier cosa porque no saliera a la luz. Hace unos días celebraba el cumpleaños de una amiga en una terraza cuando uno de los transeúntes se detuvo ante mí, blandió un dedo amenazador y gritó: “García Martín, como vuelvas a mencionar mi nombre, te rompo la cara a hostias. Ni Graciano ni nada, como vuelvas a mencionar mi nombre, te rompo la cara a hostias”. Los ocupantes de las mesas vecinas comenzaron a mirar extrañados, la camarera cogió el teléfono, quizá para llamar a la policía. Yo me limité a decir: “No se preocupe usted que eso ni ha ocurrido ni ocurrirá”. A poco el exaltado siguió su camino. Los cuatro ocupantes de la mesa nos miramos extrañados sin saber si había sido realidad o una pintoresca alucinación compartida. "¿No has tenido miedo, Martín?", me dijo Marcos. "Mira cómo tiemblo", le respondí. Y levanté la taza, llena hasta el borde, y bebí un trago sin derramar ni una gota. Solo una vez tuve una pelea a puñetazos, como en las películas. Fue hace bastantes años y esa tarde recordé de pronto todos los detalles. Por un momento, pensé contarlo a mis amigos, pero finalmente no dije nada. Lo que uno no quiere que nadie sepa mejor no decírselo a nadie. Ocurrió allá por 1974, en una de los agujeros negros de mi monótona biografía. Tras el recuento en el patio, subíamos por las estrechas escaleras de la séptima galería, en fila india, cada uno a su chamizo. Un tipo mal encarado, que venía tras de mí, me dio un empujón y dijo: “Quítate de delante, comunista de mierda”. Me di la vuelta y a punto estuvimos de llegar a las manos. “Aquí no, si no queréis pasaros quince días en celdas, mañana en el tigre a primera hora”, dijeron los buenos samaritanos que nos separaron.  Pasé la noche como el personaje de “El sur”, el cuento de Borges, sabiendo que llevaba todas las de perder en aquel enfrentamiento, pero que no podía echarme atrás si quería seguir siendo respetado en aquella jungla regida por sus propias leyes. Un alma caritativa me habló del individuo al que debería enfrentarme: “Está medio loco, dicen que en un atraco mató a un guardia civil”. No podía echarme atrás, aunque estaba muerto de miedo. Lo disimulé como pude. Cuando, tras el desayuno, nos desparramamos por el patio me dirige hacia el corredor de la muerte, quiero decir hacia el “tigre”, hacia los servicios, el único lugar donde nunca asomaba ningún funcionario, seguido de unos cuantos curiosos. Mi contrincante llegó poco después, solo. Yo le esperaba aparentemente tranquilo (siempre he sabido disimular bien mis emociones). Se formó un corro alrededor. Un amigo de los que en pocos días se hacen en situaciones extremas me pidió que le pasara las gafas. Iba a quitármelas, pero no llegué a hacerlo. Un tremendo puñetazo, que afortunadamente acerté en gran parte a esquivar (siempre he tenido buenos reflejos, contra lo que pudiera parecer) las arrojó por los aires. Afortunadamente, alguien las recogió antes de que llegaran al suelo y se rompieran. Yo me lancé contra el agresor, pero ni siquiera llegué a tocarle. Entre nosotros se interpusieron varios de los presos. Al parecer en aquella jungla que era la séptima galería de Carabanchel también regían ciertas normas. Y una de ellas era que, en una pelea acordada para resolver ciertas diferencias, había que aguardar a que se diera la señal del comienzo y, además, no se podía golpear a alguien con gafas. Debía esperarse a que se las quitara. El caso es que, tras aquel combate, en el que yo podía haber acabado bastante maltrecho, aumentó el prestigio que ya tenía –mi acusación era la más grave de todas-- y siempre paseaba acompañado de algunos voluntarios guardaespaldas, a los que invitaba cuando tratábamos de completar la pobre dieta alimenticia en la cantina, por si el loco insultante, que alguna vez me amenazó de lejos, tenía tentación del volver a intentarlo. Pero estas son viejas y aburridas batallitas que mejor no contarle a nadie.

 Domingo, 13 de septiembre LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Compro Sucedió en la URSS en el mercadillo del Campillín. Me llaman la atención los dos nombres que figuran en primer lugar y en letra destacada entre los autores: André Gide y Ángel Pestaña. ¿Qué tendrán en común el escritor francés y el anarquista español? En seguida lo adivino: los dos viajaron a la Unión Soviética y a ninguno le gustó lo que pudo ver o entrever. Otros testimonios (“Un danés en la URSS”, “Una rumana en la URSS”, “Un norteamericano en la URSS”) completan el volumen, editado en 1945 y al que pone epílogo un delirante alegato anticomunista de Mauricio Karl. Cuando apareció, muchos lo considerarían un panfleto. Hace años que sabemos de sobra que en la propaganda anticomunista –por mucho de detrás anduviera la CIA-- había más verdad que en la comunista, al menos en lo que se refiere a las condiciones de vida en la Unión Soviética y países allegados. Mentiría si dijera que yo nunca fui engañado, pero mi paraíso en los años de la dictadura nunca fue la Rusia de Brézhnev, sino Francia, donde todavía en 1976 o 1977 se compraban libros que debían entrar clandestinamente en España, o Italia, que cambiaba de gobierno casi cada mes, con todas sus luces y sus sombras.

Lunes, 14 de septiembre ANOTACIONES

No sé si nunca he sido niño o si nunca he dejado de serlo.

            No soporto vivir solo y no sé vivir de otra manera.

            Si hablas bien del amor, es que lo has probado poco.

Martes, 15 de septiembre IRSE PREPARANDO 

Los admiradores tienen fecha de caducidad, como los yogures, y con frecuencia mucho más próxima. ¿A cuánta gente, que ahora me interesa poco o nada, admiré yo un tiempo? De las devociones juveniles, Aleixandre fue el primero en dejar de interesarme. Varias veces he intentado volver a él, pero me sigue pareciendo palabrero y falso. Curiosamente, me sigo sabiendo de memoria uno de los pocos sonetos que escribió: “Pensamiento apagado, alma sombría, / ¿quién aquí tú que largamente beso. / alma o bulto sin luz o letal hueso / que inmóvil consumió la fiebre mía?”.  Poco después de Aleixandre, cayó Bousoño, primero el de las vacuas elucubraciones teóricas que siguieron a Teoría de la expresión poética y luego el poeta de Las monedas contra la losa, un libro que leía con entusiasmo en años setenta. A veces, para mantener la admiración por un poeta, lo mejor es no releerlo. Es lo que me pasa con Francisco Brines. Si así me comporto yo, con total irreverencia, ¿cómo va a sorprenderme que otros hagan lo mismo conmigo? Lo malo es cuando los admiradores que se pierden, como los cabellos que se caen, no son sustituidos por otros. Conviene irse preparando.

Miércoles, 16 de septiembre MALA COSA

Mala cosa que no te queden amigos, pero peor todavía que no te queden enemigos. Es entonces cuando te das cuenta de que ya es como si no estuvieras sobre la tierra.

Viernes, 18 de septiembre DE FERIA EN FERIA

Más de una vez, y no siempre involuntariamente, he sido cruel. Recuerdo siempre con pesar que llamé “mercader de vísceras” a un excelente poeta. Había coincidido con él en una lectura. Se levantó de la mesa y, adelantándose como si estuviera en un escenario, recitó sin ahorrar efectos patéticos algunos de los poemas que hablaban de un penoso asunto familiar. Arrancó lágrimas y muchos aplausos. El dolor personal se hace poesía, confidencia susurrada a los lectores, pero no puede convertirse en espectáculo. Ángel González decía sus poemas más íntimos era incapaz de leerlos en voz alta. A mí me pasa lo mismo. Pero a veces, incluso al dejar solo sugerido mi dolor sobre el papel, al alcance solo de un puñado de confidenciales lectores, me siento como el mendigo que muestra sus llagas para obtener más limosnas. O como quien convierte en oficio exhibir su monstruosidad –vean, vean al hombre elefante-- de feria en feria, o de libro en libro.

 

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Después y todavía: El ruedo ibérico



Domingo, 6 de septiembre
CRIMEN PERFECTO

“Estamos en Madrid y en septiembre de 1971. Los obreros de la construcción han decidido iniciar una huelga pidiendo mejoras económicas y laborales. Un hombre joven y dos muchachos salen de un edificio en construcción llevando en la mano unas octavillas. Un piquete de la guardia civil ve salir a los tres amigos y les da el alto. Ellos, en vez de detenerse, intentan escapar, y los bien entrenados y eficacísimos defensores del orden público, sin más advertencias, hacen fuego de repetición. El hombre cae acribillado con seis tiros en la espalda, los muchachos también resultan heridos. La calzada se cubre de octavillas –algunas manchadas de sangre-- en las que se pide seguridad en el puesto del trabajo, mejoras en las condiciones laborales. La gente acelera el paso al llegar a la altura de los cuerpos. A los que tienen intención de detenerse, el cabo les dice agitando el cañón del fusil ametrallador: circulen, circulen. Diez minutos después, una camioneta de la guardia civil se lleva discretamente a las fuerzas del orden y a sus víctimas. Pedro Patiño, casado, dos hijos, obrero de la construcción, ha muerto. Antes del mediodía un carrito de la limpieza ha recogido las octavillas y barrido la acera y la calzada. Ya no hay huellas ni rastro. El asesinato ha sido perfecto.”
            Inicia esta estremecedora viñeta el número triple de Cuadernos de Ruedo Ibérico correspondiente a octubre de 1971 y marzo de 1972, fechas que para mí son historia personal: en marzo de 1972, comencé el trabajo que acabo de dejar por estas fechas. Mis amigos más jóvenes se imaginan esos años como si España fuera una especie de cárcel vigilada por el ejército y las fuerzas del orden. Mi recuerdo es muy diferente: la inmensa mayoría aplaudía la situación y se indignaba con los cuatro revoltosos que intentaban alterarla.
            En 1971, como en 1823, 1923 o 2020, la mayoría de los españoles acatan sumisos lo que deciden las autoridades con razón, sin razón o contra ella: educados desde siempre por la Santa Madre Iglesia, sienten alergia a “la funesta manía de pensar”.



Lunes, 7 de septiembre
UNA SENTADA

Cuando la cabecera de la manifestación llegó al Palacio Regional, hicimos una sentada. No me imaginaba yo que acabaría sentado en medio de la calle Uría, muy cerca de donde los grises me dieron palos por primera vez allá por 1968, alzando las dos manos, aplaudiendo luego y gritando “basta ya”.
            Lo malo es que ya no tengo los años que tenía en 1968, que el amigo que me había acompañado a la manifestación había tenido que dejarla, que soy un aprensivo. “¿Y si no soy capaz de levantarme por mí solo? ¿Y si tengo que pedir que me ayude un desconocido dándome la mano?”, me dio por pensar. “Eso va contra todas las normas, ahora solo se puede dar el codo, me arriesgo a que me multen por insolidario y me acusen del aumento de positivos en Madrid o en Peñamellera?”
            Afortunadamente, aún puedo levantarme sin necesidad de un punto de apoyo.
“¿Y qué haces tú defendiendo el ocio nocturno si en tu vida has estado fuera de casa más allá de las once de la noche, y eso cuando asistías a la ópera?”, me pregunta un amigo tras disolverse la manifestación en la plaza de la catedral,
            “Yo defiendo a los ciudadanos de la arbitrariedad de las autoridades que, como no saben qué hacer para que la pandemia no les reste votos, cierran locales al buen tuntún a ver si hay suerte y las cifras bajan. Y me divertirá leer mañana, si los periódicos hablan de la protesta, que los que estábamos aquí éramos antivacunas, de extrema derecha y hasta terraplanistas, que es lo último que se les ha ocurrido para desprestigiar a quienes piden más racionalidad y menos palos de ciego”.
           


Martes, 8 de septiembre
UN DESGRACIADO

“Mi mayor éxito forense ocurrió cuando defendí de oficio a un desgraciado que había asesinado a su mujer. Un crimen por celos. En la conducta de la mujer existían ciertas zonas oscuras que se prestaban al equívoco. Con gran asombro del jurado, yo dirigí toda mi prueba a demostrar que aquella mujer era absolutamente intachable. Dediqué toda la primera parte de mi discurso a cantar las excelencias de aquella admirable esposa. Ya estaban los jurados en el colmo de su asombro cuando yo les hice ver que matar a una mujer por celos verdaderos era una bárbara acción, pero, precisamente, matarla por celos imaginarios era un acto de ceguera irresponsable”.
            Quien habla es José María Pemán, el admirado escritor, dueño y señor de los escenarios españoles y de la Tercera del ABC durante largas décadas, entrevistado por César González-Ruano. Todo su orgullo como abogado está en haber conseguido que “un pobre desgraciado” saliera sin mayor pena de “un acto de ceguera irresponsable” en que le dio por matar a su mujer, una mujer por cierto “en cuya conducta existían ciertas zonas oscuras que se prestaban al equívoco”. El desgraciado que la asesinó seguro que era un ciudadano ejemplar.
            De ahí venimos. En esas estamos.


Miércoles, 9 de septiembre
ADULA QUE ALGO QUEDA

Algo bueno tiene la anómala situación en que vivimos, las tertulias de los miércoles a través de la plataforma Zoom. Ya no necesitamos estar todos juntos en una cafetería de Oviedo para charlar, podemos hacerlo desde Nueva York y Buenos Aires, Oslo y Barcelona, Cádiz o León.
Hoy hemos hablado de los consejos que habría que darle a un joven que se adentra en el camino de la literatura. El talento se le supone, el gusto por la lectura también, aunque todo ello sea mucho suponer. A la hora de promocionarse y de buscar un sitio, hay cosas que han cambiado desde los tiempos en que Marino Gómez-Santos o Francisco Umbral llegaron al Café Gijón, pero otras no.
Lo primero que necesita es buscar afines de la misma edad, alguien con quien compartir admiraciones y rechazos, a quien comentarle minuciosamente sus poemas y que nos comente los nuestros. De ese grupo inicial, saldrán amigos y enemigos para toda la vida.
Luego acercarse a los autores ya consolidados que admira. Unos son más cercanos que otros, pero todos tienen la misma puerta de acceso: la que utilizó la zorra para hacerse con el queso que el cuervo posado en una alta rama tenia en el pico. La adulación abre todas las puertas, aunque puede cerrarlas de golpe si el afán de  promocionarse asoma la patita demasiado pronto.


Jueves, 10 de septiembre
COSAS QUE NUNCA CAMBIAN

El número de Cuadernos de Ruedo Ibérico encontrado en un mercadillo lleva la firma de Turiel, sin duda Gerardo Turiel, bien conocido abogado y catedrático. Pasó de ser profesor de Formación del Espíritu Nacional a militante del Partido Comunista. Al final se hizo famoso por defender a uno de los participantes en los atentados del 11-M. Cuando estuve abonado a la temporada de ópera en el Campoamor me senté en la butaca que había sido la suya y charlé muchas veces con su viuda.
            En este número de Cuadernos, hay un cómic, “Una saga del príncipe Bormanus y de la princesa Creuteboba o el carismático Francoráculo”, sospecho que impublicable también en la España de hoy. Las cosas han cambiado mucho para que todo siga igual.


Viernes, 11 de septiembre
EL JUEGO DEL ESCONDITE

Un amigo, que pasará este curso de Erasmus en Italia, me escribe desde Catania: “Aquí no se usa la mascarilla por la calle ni en espacios abiertos, de hecho, cuando entras con la mascarilla en algún local te miran con extrañeza, incluso muchos de los camareros no la lleva puesta. Abundan las librerías de viejo”. Otro rincón en el que podría exiliarme.
            “¡Siempre queriendo tener la razón contra todos!”, me dice un amigo.
            “También se pasaron décadas diciendo que si Luis Roldán, en lugar de ser director de la Guardia Civil, hubiera sido jefe del Estado habría podido robar todo lo que quisiera protegido por la Constitución. Ya están empezando a pensar lo contrario y, de momento y por si acaso, el rey honorífico ha tenido que esconderse, si no en Lagos, en los Emiratos Árabes”.




domingo, 6 de septiembre de 2020

Después y todavía: Para qué caemos



Martes, 1 de septiembre
UN AMOR CORRESPONDIDO

Hay tres maneras de enamorarse. Existe el amor a primera vista, el que va apareciendo con el trato y el que llamaban los trovadores “amor de lejos”: enamorarse por un retrato, por referencias.
            Mi amor por Nápoles es de este último tipo. Antes de poner por primera vez el pie en el caos de Piazza Garibaldi, ya me había seducido: era la capital del siglo de Oro español, más que Sevilla, era del héroe trágico Masaniello, de los mármoles prodigiosos de Winckelmann y de Pompeya, era la ciudad del Grand Tour.
            Mientras ando a vueltas con la idea de irme a vivir allí si España sigue volviéndose irrespirable, un amigo me habla de la serie televisiva Los bastardos de Pizzofalcone.        
            Conozco el barrio, muy cerca de la plaza del Plebiscito, sobre una colina en la que estuvo la primitiva ciudad griega, Parténope o Paleópolis, con un gran cuartel y una iglesia de alta y esbelta cúpula, Santa Maria degli Angeli.
            Veo un episodio de la serie y quedo fascinado por el Nápoles que me muestra, que es el que me sedujo, con sus patios de monumentales escaleras, su palacios entre la cochambre, sus callejones, sus pasadizos subterráneos y el azul prodigioso del golfo sonriendo, allá al fondo, desde cualquier esquina.
            La trama me interesa menos, pero tampoco está mal, al menos en el único episodio que he visto, Misericordia, de titulo galdosiano y con un cura como protagonista que algo recuerda a Nazarín.
            El Nápoles de Gomorra es verdad, pero también lo es este otro, donde se superponen las capas de la historia y bulle en toda su grandeza y su miseria la comedia humana, el Nápoles del que yo me enamoré desde antes de conocerlo y para siempre.



Miércoles, 2 de septiembre
PESADILLA EN MURILLO STREET

Me senté cerca de la puerta abierta en la cafetería. De la mañana a la tarde había bajado la temperatura, yo iba muy veranego y pille un buen resfriado. Pasé la noche tosiendo, estornudando y creo que con fiebre. Tardé en dormirme y, cuando lo hice, tuve pesadillas.
Un vecino, cansado de oírme toser, llama avisando que hay un sospechoso de Covid. Llega una ambulancia, salen enfermeros disfrazados de extraterrestres, ponen en cuarentena el edificio y me llevan al hospital. Al día siguiente –en mis sueños soy famoso-- informan los periódicos y arden la redes: “Cae el Miguel Bosé de Aldenueva”, “Negacionista contagiado”.
“Una vez, desde mi ventana, le vi pasear sin mascarilla al amanecer, cuando todavía no había ni un alma en la calle, por el parque de Santullano”, comenta una vecina en las noticas de la TPA.
 “Lleva siempre libros consigo libros que probablemente no habían pasado en cuarentena los catorce días preceptivos”, dice Rosario N., funcionaria de la biblioteca municipal.
“Una vez le vi pedir una servilleta de papel en una cafetería, algo rigurosamente prohibido, es un insolidario, podía limpiarse con el dorso de la mano si no tenía pañuelos, por gente así mueren los ancianos en las residencias”.
Como era un sueño, en el sueño pude oír a Don No me Temblará el Pulso, el presidente tuitero, mientras se paseaba por su despacho: “Je, je, je. Ríe mejor quien ríe el último”.
            Me desperté aterrado, pero bastante mejorado. Mis defensas funcionaron y el cielo era de transparente azul.
Desperté del sueño, pero no salí de la pesadilla. Don No me Temblará el Pulso retrasa el inicio del curso escolar hasta final de mes. Y parece que, si siguen aumentando los contagios, no le temblará el pulso para retrasarlo otro mes. Y gracias que no lo anula entero de un plumazo, que también lo está pensando: “Si la salud está antes que la economía, ¿cómo no va a estar antes que la educación?”, tuitea. (Él llama “salud” a que desaparezca la famosa Covid, que da y quita votos, por lo demás la gente puede enfermar y morir desatendida o mal atendida de cualquier otra cosa.)
            A Don No me Temblará el Pulso no se le puede caricaturizar, es su propia caricatura. Se dice que está pensando en entregarle a cada recién nacido, como regalo de bienvenida, un juego de mascarillas: “Siempre serán más útiles que ese libro que la alcaldesa de Gijón regalaba. Conviene que se vayan acostumbrando a un salvavidas que les acompañará toda la vida”.
Es solo un rumor ridiculizante, pero como llegue a sus oídos seguro que le parece una excelente idea y de inmediato ordena que se disponga la partida presupuestaria correspondiente.
           

Jueves, 3 de septiembre
SANTO ADRIANO

Aunque no soy especialmente aventurero, más bien todo lo contrario, he viajado solo, y sin conocer allí a nadie, a México DF y a Buenos Aires, y con cierta frecuencia a Nápoles, pero para ir a Santo Adriano, a pocos kilómetros de Oviedo, necesito la benevolencia de algún amigo. Son los inconvenientes de no tener coche: todas las ciudades del mundo están a mi alcance, pero la vida rural me está vedada. La naturaleza requiere de mucho artificio.
            Santo Adriano es el concejo más pequeño de Asturias, según creo, y Villanueva, su capital, la villa más pequeña del mundo, de eso estoy seguro. Paseo por la orilla del río y me encuentro con un castaño de inmenso tronco, seguramente habitado por algún personaje de cuento, y luego, tras el lavadero, un puente romano que me recuerda al puente sobre charco del río en el que yo me bañaba cuando niño. Al otro lado, está la iglesia de San Román, tan diminuta como el cementerio que se acurruca cerca. Sentado junto a un umbroso remanso, olvidadas por un momento las locuras del mundo, jugué a tirar piedras al agua.
            Recuerdo a menudo la frase de Baudelaire, o de quien sea, que afirma que el genio es la infancia recobrada a voluntad. Yo vuelvo a ser niño cada vez con más frecuencia, pero eso no sé yo si indica que soy un genio o que ya soy un viejo.
            Al entrever algo antes a la osa Paca, indiferente a la expectación que despierta, me acordé del otro oso con el que tuve el honor de encontrarme. Ocurrió en Rumanía, en un hotel de alta montaña. Un cartel colocado en el ascensor avisaba de los riesgos de salir a pasear después de anochecer porque era frecuente tropezarse con osos. Como soy algo temerario, salí a pasear y me encontré con uno, pero en actitud poco gallarda y eso debió de humillarle algo. Estaba rebuscando en la basura y alzó la cabeza para mirarme, como avergonzado. “Que yo, el gran señor de los bosques, tenga que alimentarme de esta manera”, parecía pensar. Nos miramos un rato, a debida distancia por supuesto y, aunque yo quería decirle que no importa, que todos sabemos a dónde conduce la necesidad, él se dio la vuelta y se perdió en la oscura arboleda con paso lento y triste.
            Por Proaza y Santo Adriano descubrí hontanares, vadeé arroyos (a punto estuve de darme un baño involuntario en uno de ellos), observe la pequeña fauna en la que nadie se fija, salvo el pequeño Martín, mi inagotable guía, dejé que a árboles y plantas les prestara su voz Google para que me dijeran su nombre, vi planear majestuosa una solitaria ave de presa en el azul del cielo. Y escuché al silencio, al maravilloso silencio, perfumado y fresco.
            Y todo gracias a la generosidad de unos amigos. Da un poco de vergüenza confesarlo, pero yo, si me sacan de mis libros, dependo por completo de la benevolencia de los demás.



Viernes, 4 de septiembre
PRESIDENTA

Fantaseábamos en la tertulia con esa república que podría venir, podrida desde la mismísima raíz la monarquía que la dictadura nos dejó en herencia, y que no vendrá.
            ----¿Tú crees que se salvará de la quema tu admirado Felipe, Martín?
            ----Se salvará, y quizá sea lo mejor. Si se hace justicia, más de uno debería acompañar al anterior rey perjuro –nada de emérito-- ante los tribunales.
            ----Pero vamos a suponer –soñemos, alma, soñemos-- que se hace justicia, que nos deshacemos de todo lo podrido, que hay referéndum, que el pueblo español vota mayoritariamente República. ¿Tú qué candidatura defenderías para la presidencia?
            ----Yo lo tengo muy claro, la de Amelia Valcárcel, que tiene empaque, carácter e inteligencia más que suficientes. Ha desempeñado cargos públicos, es una pensadora excepcional y, además, catedrática de Ética, algo que, visto lo visto, no nos vendría mal en la jefatura del Estado. Sería una primera presidenta de la Tercera República realmente excepcional.



Sábado, 5 de septiembre
TODAVÍA APRENDO

Siempre, en los malos momentos, recuerdo aquella sabia respuesta del padre al niño que luego sería  Batman: “¿Para qué caemos? Para aprender a levantarnos”.






sábado, 29 de agosto de 2020

El bazar de las sorpresas: El desengaño en un sueño



Paso estos últimos días del verano en una cabaña encaramada en la ladera de una montaña, cerca del parque nacional de Redes. Estaba abandonada y tuvimos que acondicionarla en lo posible. Un mínimo espacio único, con cuatro camastros, un ventanuco, una mesa y fuera, no dentro, un rincón donde encender fuego.
Me acompañan dos amigos, al menos durante la noche. Durante el día andan por ahí, cada uno a su aire. Al contrario que ellos, yo soy un misántropo sobrevenido. Siempre me creí un urbanita irredimible. Me gustaba estar entre la gente. Podía concentrarme perfectamente y escribir o leer entre el bullicio de las conversaciones en cualquier café. Ahora la ciudad –las ciudades españolas: en julio estuve en Burdeos y era otra cosa-- me aterra. Salgo a la calle y me da la impresión de encontrarme en un nosocomio: todo el mundo se tapa la cara, este con un trapo negro hasta los ojos que cubre con unas gafas también negras, aquel con la siniestra sonrisa del Joker, el de más allá con la rojigualda; también los hay, claro, que llevan mascarillas más o menos sanitarias, que se bajan y se suben continuamente para sonarse, rascarse o ir dando sorbos al café o a la cocacola en alguna terraza. Ni en los alrededores me libraba de tan triste espectáculo: caminaba solo, a mi aire, por un camino rural, y de pronto venía venir a lo lejos a un enmascarado. Al principio ,me hacía a un lado para dejarle pasar, pero pronto tuve que huir por otros caminos. Una vez uno de ellos me gritó desde cien o doscientos metros: “¡La gente muere en Madrid y tú sin mascarilla! ¡Irresponsable!”
            Se está bien aquí, con dos buenos amigos, lejos de las locuras del tiempo presente. Solo coincidimos al anochecer, en un rato de charla antes de ir a dormir. Por la mañana cada uno se levanta cuando le apetece,  se prepara en silencio el desayuno y algo para comer a mediodía y no vuelve hasta que se hace de noche. Yo a veces me quedo escribiendo o leyendo bajo un árbol cercano.
Esta noche hemos encendido el fuego, ya comienza a hacer frío, y el pacífico ajetreo de las llamas, que me recuerdan a las noches de invierno en Aldeanueva, en casa de mi abuela  escuchando cuentos de lobos, me ha vuelto extrañamente confidencial.
            ----Anoche soñé que al despertarme tenía veinte años, que toda mi vida en este último medio siglo había sido un sueño. Ya sé que no es algo muy original, que se trata de uno de los tópicos de la literatura, que es el tema del mago de Toledo que contó don Juan Manuel y recreó Borges, y por supuesto también de La vida es sueño y de una obra poco conocida obra del duque de Rivas, El desengaño en un sueño. Desperté, dentro del sueño, y tenía veinte años y recordaba todos los errores que había cometido y había aprendido a evitarlos.
Nunca se lo he dicho a nadie, os lo digo ahora a vosotros, seguro de que no lo repetiréis: vivo lleno de remordimientos. Y creo que en parte se debe a que tengo una idea de mí mismo demasiado alta. La verdad es que, aunque lo disimule bien y nadie se dé cuenta, soy de esas personas encantadas de haberse conocido. Me considero bastante más listo que la mayoría, aunque también procure disimularlo para no ofender.
¿Y teniendo tan buena idea de mí por qué vivo tan atribulado, por qué quiero cambiar?, os preguntaréis. Pues precisamente por eso. Seguro que he hecho algunas cosas meritorias, que he ayudado a alguna gente, pero no suelo recordarlo. Hacer las cosas bien, hacer lo correcto, me parece tan natural como respirar. Ni reparo en ello ni creo que tenga ningún mérito. Pero los errores, las meteduras de pata, no soy capaz de olvidarlos. Me pasa como al corrector de erratas que en un libro encuentra dos o tres por página y las elimina casi todas, más de doscientas, pero se le escapa una y nadie se percata de las que ha corregido, pero le reprocha la que se le ha escapado.
¿Y cuáles fueron mis errores? En el amor, las pocas veces que me enamoré de veras, no más de una docena, casi siempre fui yo el que lo pasó peor. Pero todo eso hace tiempo que está olvidado, no me queda ningún rencor, más bien gratitud: sin el daño, a ratos casi insoportable,  no habría escrito ni la mitad de los poemas que he escrito. Lo que no olvido son las veces que yo hice sufrir. Fueron al menos tres, y daría cualquier cosa por poder reparar el daño. Por eso fui tan feliz al despertar de mi último sueño: podía evitar esos errores. Pero solo fue un despertar dentro del sueño.
He sido una buena persona en general, pero no me siento especialmente orgulloso de ello; lo he sido sin esfuerzo alguno porque esa era mi naturaleza; pero he sido una mala persona con alguna gente que me quiso y a la que quise y ya no tiene arreglo, me moriré con esa culpa.
En literatura, en cambio, estoy donde quiero estar, no me cambiaría por nadie, a no ser por Virgilio. No importa que objetivamente pueda considerárseme un fracasado: vendo poco o nada, no tengo ningún premio. ¿Sería un triunfador si en lugar de escribir reseñas en suplementos de provincia, como se decía antes, lo hiciera en los suplementos de referencia? Me río de quien piense así. Dejé El Cultural porque, cuando me tocaba hablar del libro de la semana, el más destacado, eran otros quienes lo seleccionaban –sin haberlo leído-- y daban por supuesto que el tono debía ser elogioso. Por supuesto, podía no serlo, pero la reseña no se publicaba o no había más encargos. Y no creo que sea muy diferente la situación en otros lugares, tan dependientes de los lanzamientos editoriales de los dos únicos grupos que cuentan y de los compromisos. En cuando a los premios… La verdad es que estoy muy contento de no haber concurrido a ninguno, salvo al primero, cuando no conocía a nadie, que me vino muy bien para comprarme una máquina de escribir y pagar la matrícula en la Universidad. De lo que si me arrepiento es de haber sido jurado de algunos premios. Debería haber dicho que no, aunque en el Príncipe de Asturias aprendí muchas cosas sobre la condición humana. No me negué, cuando me invitaron amablemente, porque creía que era parte de mi trabajo como escritor. Ahora andan en líos con el premio Emilio Alarcos, que al parecer la consejera de Cultura quiere eliminar o convertir en otra cosa más asturianista y feminista. Como ya estuve desde el principio, querían prescindir de mí y la impulsora del premio me contó que les dijo: “¿Pero cómo vais a dejarle fuera ahora que el pobre se jubila?”
Sonreí al otro lado del teléfono. “Qué bien me conoce”, pensé. Pero eso son tonterías, lo mismo que el que reseñen o no mis libros, con amabilidad o con saña. La vanidad suele ser hemofílica: las heridas de la vanidad sangran y sangran y no cicatrizan nunca. No es mi caso: por muy mala intención que pongan, solo son capaces de hacerme rasguños que desaparecen antes de las veinticuatro horas. ¿Que me gustaría vender más? Por supuesto. Pero no por mí. Cuatro lectores atentos me valen lo mismo que cuatrocientos o cuatro mil o cuatro millones. Me gustaría por mis editores habituales, me gustaría que recuperaran lo que sospecho invierten a fondo perdido.
Otras son las razones por las que quisiera que todo hubiera sido un sueño. El daño que me hicieron lo he perdonado hace tiempo, el daño que hice no soy capaz de perdonármelo.
Pero no sé por qué cuento estas cosas, espero que no salgan de aquí. Cambiemos de tema. ¿Os ha llegado el rumor que circula estos días por las redes sociales? Me imagino que no.
Parece que nuestro más ilustre tuitero –“Aló, presidente”-- anda buscando nuevas ocasiones en que obligar a la gente a usar mascarilla, sirva para algo o no, que en eso no ha tenido tiempo de pensar.
“¿Ya todo el mundo en Asturias se la pone nada más salir de casa?”
“Ya todo el mundo, presidente”.
”¿Y se la ponen en las terrazas entre sorbo y sorbo?”
“Se la ponen, presidente. Los coches de la policía andan a todas horas rondando por las calles”
“¿Y se la ponen cuando van al baño?”
“Se la ponen, presidente”
“¿Y se la ponen cuando se sientan en la taza a hacer sus necesidades?
 “ Eso no podemos saberlo, presidente”.
“¡Pues a partir de ahora, obligatorio! Que me redacten el próximo tuit. Y que retiren todos los cerrojos de los baños para que en cualquier momento pueda entrar la policía a ver si cumplen o no con la medida. ¡Ya le enseñaré yo a esta gente a ser solidaria! Son como niños, solo aprenden a golpes de multa. Y si aún así no bajan los contagios, los encierro a todos otra vez sin que me tiemble el pulso”.



domingo, 23 de agosto de 2020

El bazar de las sorpresas: Este placer de alejarse


  
CUESTIÓN DE HIGIENE

En el escaparate de El escribano, una singular tienda leonesa dedicada al arte de la escritura medieval, veo un grabado en el que un escribiente le pregunta a otro: “Escribano, emérito ¿es con hache o sin hache?”. Y la respuesta: “Mejor con ch de chorizo”.
            Qué pronto cambian las connotaciones de las palabras. Basta el caso de un personaje que encima ni siquiera es emérito (aunque así le llamen los periodistas), sino “rey a título honorífico”, para que los profesores universitarios que sí lo son tengan que aguantar sonrisitas y chistes cuando mencionan esa condición.
            Ese señor –por llamarlo de alguna manera-- ha manchado algo más: el nombre del cargo que detentó durante cerca de cuarenta años y el de su país.
            Hermosas palabras a desinfectar: emérito, rey, España.



Plaza del Grano.
La lluvia cae ahora
en otro siglo.

Decimonónica
la lluvia silenciosa
en esta plaza.

Habla en romance
y en sílabas contadas
la lluvia hoy.

Cómo te odiaba
en las tarde de infancia,
amiga lluvia.

Gente que pasa
por mi vida un instante
como esta lluvia.

Calla conmigo.
Deja que el agua diga
lo que no pasa.

La lluvia y tú
que me miras tan triste
desde tan lejos.



MISÁNTROPO EN EL BIERZO

El sigiloso murmullo del río Oza no interrumpe el silencio en el Valle del Silencio, sino que lo acentúa. Peregrino, en una fresca mañana de sol, hasta la cueva de San Genadio, un presunto eremita, hijo o pariente de reyes, que fue obispo de Astorga, fundó varios monasterios, tenía una gran biblioteca y gustaba de jugar al ajedrez.
Ni era un eremita ni oficialmente es santo, aunque se le atribuyan muchos milagros y también el nombre de este valle. Por unos momentos, yo también sueño con hacer vida de eremita. No vivir en una amplia cueva como esta, a la que hoy no le concederían la cédula de habitabilidad, pero sí construirme una diminuta cabaña, camuflada con el paisaje, en las alturas del monte Aquilano, y retirarme allí sin más compañía que la aves y los árboles y el sucederse de las estaciones.
            No me vendría a estas hermosas soledades, al contrario que San Genadio, para estar más cerca de Dios, sino para estar más lejos de mis semejantes. Cada día que pasa los siento menos semejantes. Mis compatriotas –hay excepciones, claro-- me han defraudado ahora tanto como cuando fueron complacidos cómplices de las trapacerías del anterior jefe del Estado.



RETRATOS AL MINUTO

En una librería de viejo, entre saldos sin interés, encuentro un libro de Manuel del Arco, 101 interviús por las buenas, de 1963, y quedo fascinado por esta especie de comedia humana en la que alternan escritores y toreros, actrices y niños prodigios, curas y visitantes ilustres de la España franquista.
Retratos al minuto que acostumbran a dar en el clavo: Montgomery Clift le da la impresión de ser “un mortal cansado de todo”. “¿Ha conocido muchas artistas inteligentes?”, le pregunta. Responde con solo un nombre: Marilyn Monroe. Acababan de rodar Vidas rebeldes, la actriz se suicidaría poco después, el actor cansado de sí mismo llevaba años suicidándose en diferido.
Un libro lleno de gente y de pequeños detalles exactos para reconstruir una época. “¿Qué es lo que ha aprendido en estos dos meses?”, le pregunta a la mallorquina Maruja García Nicolau, reciente Miss Europa. “A saber comportarme como una señorita; antes no estaba en ambiente”.
También aparecen por el libro algunos de los golpistas argelinos, como el capitán Roger de Saivre, diputado de Orán, ex jefe del Gabinete del mariscal Petain. Su respuesta cuando le preguntan por la solución del problema argelino me recuerda a la que muchos daban a finales de 1981: “Mi opinión es la misma que la de toda la población de Argelia, musulmana y cristiana. El pueblo quiere ser francés y no quiere un gobierno sin autoridad. La cuestión de Argelia no es una rebelión contra las instituciones republicanas, pero sí un gesto desesperado contra la idea de separar la patria. La solución es un gobierno de salud pública del general De Gaulle, o de otro, que mantenga la unión definitiva de Argelia y Francia, que permita el progreso social y político”.
Ya sabemos cómo acabó lo de Argelia y cómo acabó la solución Armada contra un gobierno sin autoridad –el de Suárez-- y para mantener la unidad de España. A pesar del impulso soberano, la sobreactuación de Tejero salvó la democracia, o algo que se parecía.



FLORES DE SOLEDAD

Paseo, temprano en la mañana, por el parque Gil y Carrasco de Ponferrada y a la memoria me vienen de inmediato unos versos: “Yo te buscaba orillas de la fuente, / yo te adoraba tímida y gentil, / porque eras melancólica y perdida  /y era perdido y lúgubre mi amor; / y en ti miré el emblema de mi vida / y mi destino, solitaria flor”.
            El encanto y el aroma de una de esas florecillas escondidas a la orilla de un camino tienen la breve obra y la breve vida de Enrique Gil y Carrasco, muerto en Berlín a los treinta años tras haber sido uno de los jóvenes románticos fascinados por la figura de Espronceda. No recuerdo entero ni un solo poema suyo, pero sí versos sueltos que hablan de que “hay belleza en los pesares” y de que a las mentiras de la gloria prefería “las verdades del no ser”.
            Su amigo González Bravo –también protector de Bécquer-- le dio un puesto diplomático en Berlín. Siguió el consejo de Cavafis y antes de llegar a Ítaca se entretuvo todo lo que pudo por el camino. Tardó cuatro meses y paseó sus melancolías por Marsella, Lyon, París, Lille, Bruselas, Gante, Brujas, Ostende, Amberes, Roterdam, La Haya, Ámsterdam, Frankfurt, Hannover, Magdeburgo y Potsdam. Y en Berlín Alexander von Humbolt, el mayor sabio de Europa, le tomó bajo su protección; el rey de Prusia, Federico Guillermo, leyó su novela El señor de Bembibre y le otorgó una condecoración. Muere joven aquel a quien los dioses aman, como decían los clásicos.
            En este parque solitario, a primera hora de la mañana, siento junto a los míos otros pasos amigos.  Y yo le susurro al querido fantasma que ha venido a acompañarme los versos que él le dedicó a Espronceda: “Gloria, entusiasmo, juventud, belleza, / ¿cómo no defendieron tu cabeza / de la guadaña impía? / ¿Qué tengo yo para adornar tu losa, / flores de soledad, llanto del alma, / hiedra que sube oscura y silenciosa / por el gallardo tronco de la palma”.




sábado, 15 de agosto de 2020

El bazar de las sorpresas: Los papeles de la abadía



UNAS CARTAS DE AMOR

Hace algunos años participé en un encuentro de poetas franceses, portugueses y españoles en la abadía de Royaumont, en los alrededores de París. Un encuentro reducido, poco más de media docena de personas en total.
El primer día tuvo lugar una experiencia curiosa. Al llegar, tras saludar al resto de los participantes, me entretuve danto una vuelta por el parque y el claustro. Hice algunas fotos, una de ellas, la del desgajado campanile, sirvió de portada a un viejo número de la revista Clarín. Casi se oía el silencio, interrumpido por mis pasos, el susurro de las hojas y el canto disperso de algún pájaro. Cuando quise volver a encontrarme con los demás, me di cuenta de que me habían dejado solo. No había nadie en el salón de recepción, en ninguna parte. Di vueltas y más vueltas en vano.
Comenzaba a asustarme cuando de pronto oí un grito celebratorio. Fui en la dirección en que había sonado y en una pequeña estancia me encontré, frente al televisor, a los poetas –recuerdo a Nuno Júdice, a Jesús Munárriz, a Ada Salas, a Eduardo Pitta--, acompañados de los empleados de la Fundación que nos habían recibido. Al parecer, se jugaba un partido de fútbol entre las selecciones de Francia y Portugal y no querían perdérselo.
            La abadía cisterciense de Royaumont había sido fundada en el siglo XIII por San Luis y su madre, Blanca de Castilla. Desamortizada tras la Revolución, pasó por distintos avatares y estuvo a punto de ser destruida. La compró la familia Goin, que en 1964 la convirtió en un centro cultural.
            Salvo el incidente del gol, recuerdo poco de los días que pasé allí. El organizador era hijo de Pierre Hourcade, uno de los amigos de Pessoa y su primer traductor al francés. Las reuniones no duraban demasiado, aunque a mí se me hacían eternas (siempre me han aburrido los poetas leyendo y comentando sus versos, prefiero hacerlo a mi aire) y yo pasaba el tiempo paseando solitario por el parque o explorando la biblioteca. Allí me encontré una carpeta rotulada con un nombre, Ruth Morell, que entonces no me decía nada. Contenía, entre otros papeles de menor interés, cartas de amor y poemas, o quizá borradores de poemas. Las cartas, todas con la misma letra, iban firmadas con lo que parecían pseudónimos humorísticos: Ojirris, Señó Juan, Don Ujo de Orozco-Patenoy.
            Las notas que tomé entonces, y que pronto olvidé, reaparecieron mientras ordenaba papeles en el trastero una de las aburridas tardes de este extraño verano. Tras esas cartas, había una novela. ¡Y qué novela! Releo uno de los fragmentos: “Mocosa, rependonazo, borrica. ¿No te acuerdas ya de la fecha de hoy? Estamos a 22 de junio, el aniversario del papelito. Tal día como hoy coqueteaste de lo lindo conmigo, a lo largo del tranvía. Paréceme que te estoy mirando con tu velito, y tu trajecito color de aburrimiento. De aquel coqueteo han salido tantas cosas…”
La última carta, o al menos la última de las conservadas, tampoco tenía fecha y su tono era muy distinto: “Te he mandado, te he suplicado que no me des latas, y todo es inútil. Ni súplicas, ni órdenes valen nada contigo. En una forma u otra, no hay día en que no tenga lata, y así no puedo vivir. Soy muy desgraciado. Con tus males un día, y otro con tus celos, me tienes loco, y yo no sé ya qué hacer contigo. Ya ves, hoy podría ir un momento a verte; pero francamente, no me atrevo. Hoy estoy de muy mal talante. Cualquier cosa me hace estallar. Prefiero no ir”.
            El misterio de entonces ahora no es ningún misterio. Estas cartas aparecen en el volumen de la correspondencia completa de Galdós, publicado en 2016. La destinataria es Concepción Morell Nicolau, una de las amantes del escritor, la que le inspiró la novela Tristana, aunque la novela se escribió a los pocos meses de conocerse. Más que convertir en literatura la tortuosa relación que mantuvieron parece anticipar, profetizar, el fracaso de esa relación.
            La desdichada Concepción Morell Nicolau es bastante más interesante que la protagonista de la frustrada novela, un quiero y no puedo galdosiano, como bien supo ver Emilia Pardo Bazán.
            Concha Morell, como era conocida, intentó ser actriz bajo el patrocinio de su amante (tuvo un papel secundario en el estreno de Realidad). En 1897, se convirtió al judaísmo y cambió su nombre por el de Ruth.
            De una de las cartas parece deducirse que ella cree estar embarazada. Luego no se habla más del asunto. ¿Lo estaba de veras? Estas cosas se llevaban entonces muy en secreto y más cuando andaba por medio alguien tan dado a la doble moral como Galdós, quien sin embargo nunca se desentendió de la hija que tuvo con otra de sus amantes, la asturiana Lorenza Cobián.
            ¿Cómo llegaron los papeles de Concha Morell a la Fundación Royaumont? En el pueblo cercano, Asnières-sur-Oise, vivió Luis Bonafoux, un periodista al que sus enemigos conocían como “la víbora de Asnières”. Con Clarín tuvo una sonada polémica, al acusarle de plagiario, y raro es el personaje o personajillo de su tiempo con el que no acabó enfrentado.
En abril de 1902, publica en El heraldo de París un virulento artículo contra Galdós, entonces en la cima de su popularidad. Le acusaba de haber seducido a una joven, de haberla dejado embarazada y de haberla abandonado. Esa joven era Concha o Ruth Morell. Cuando ella le agradeció su defensa, Bonafoux respondió: “Debo decir a usted que, más que mi deseo de favorecerla, en el citado artículo guio mi pluma el deseo, irresistible en mí, de demoler, deseo que es una necesidad de mi temperamento anárquico. Ahí tiene usted la psicología de mi artículo: desinfectar, vengar la desgracia de una mujer y, de paso, demoler. ¡Oh, demoler antes que nada!”
Lo que no he visto publicados, ni mencionados en ninguna parte, son los poemas encontrados durante aquella estancia en Royaumont. Eran sonetos tan torpes métricamente como apasionados. Únicamente anoté algunos versos sueltos, que reproduzco ahora.


VERSOS DE RUTH MORELL

En este solitario atardecer
cuando todo me falta pues me faltas
y el sol se va para no volver.
·
¿Por qué soy tan oscura, por qué pago
con ceniza el oro que me das?
·
Cuando voy por la calle y pienso en ti,
temo que todos descubran mi secreto.
Me diste todo y yo nada te di.
·
Si pudiera no sentir, no pensar
al menos un momento de mi vida…
Qué dulce es en la nada naufragar.
·
Yo te quería antes de conocerte.
Tú ni antes ni después ni quizá ahora.
Por eso río cuando el alma llora

Adiós, adiós, que nunca nos veremos
y nunca más he de dejar de verte.


BARUCH MORELL (1894-1914)

Entremezclados con los papeles de Ruth Morell, había otros que hacían referencia a un joven del mismo apellido, muerto a los veinte años en los primeros días de la Gran Guerra. ¿Era el resultado de aquel embarazo del que se habla en la correspondencia con Galdós? No me atrevería a asegurarlo --en ninguna biografía del escritor se le menciona--, pero tampoco a desmentirlo. Ruth Morell había muerto en 1906, reconvertida en maestra de la escuela laica y en militante anarquista, quizá por influencia del justiciero Bonafoux..
            Recuerdo una conmovedora carta escrita por Baruch Morell al partir hacia el frente y un epitafio, que me entretuve en traducir, firmado por Yves Bérimont, un poeta que no parece haber dejado huella en la historia de la literatura.

Ni las bombas te impedían dormir.
Alegrabas el mundo con tu risa.
Tu enorme corazón era de todas
las que en él querían refugiarse.
Fuiste de los primeros en partir.
Esa suerte tuviste, amigo mío.
No conociste el odio ni el rencor.
Para ti esta gran escabechina
era solo una cuestión de honor.




           

miércoles, 12 de agosto de 2020

Unas traducciones inéditas de Víctor Botas




En una librería de viejo de Bayona, cuyo nombre no puedo recordar ahora, pero sí que estaba muy cerca de la neoclásica sinagoga, encontré hace años una colección de epigramas, Saecli incommoda, en versión francesa firmada por Gustave Vallotton, un amigo de Paul Verlaine. El hecho de que no se incluyeran los originales latinos y el no encontrar ninguna referencia a esa colección en los manuales de literatura clásica, me hizo sospechar que se trataba de una miscelánea apócrifa.
                Los epigramas no me entusiasmaron demasiado. Me parecieron de una excesiva tosquedad, más cerca de los Carmina priapea que de las malicias de Catulo o de Marcial. Bien sabido es que Verlaine, tan gran poeta como poco ejemplar ciudadano, escribía obscenidades por encargo, pero estos poemas no parecían obra suya: carecían de esa música verbal de la que le resultaba imposible desprenderse.
                Llevé el ejemplar a una de nuestras tertulias de los viernes y Víctor Botas se mostró de inmediato entusiasmado. Andaba entonces enredado con las escatologías de Aguas mayores y menores, de las que yo traté de desanimarle sin éxito, y se comprometió a traducir este libro –del francés, por supuesto-- en cuanto terminara de hacer Aguas. Había acudido aquel día a la tertulia Álvaro Díaz Huici, que aún no había fundado Trea pero ya era el director de Deva, y se comprometió a editarlo e incluso le ofreció un anticipo, que Víctor Botas aceptó encantado.
                No sé si llegaría a terminar, o siquiera a empezar, la traducción. Entre sus papeles no apareció ni el volumen que yo le había pasado ni muestra alguna de estas traducciones. La verdad es que no me preocupó ni poco ni mucho el asunto. No creía yo que las versiones, caso de existir, añadieran demasiado a su gloria.
                Y de pronto, tantos años después,  el incansable Mario Vega me comunica que los mecanuscritos de Víctor Botas han aparecido en un puesto del Rastro y me pide que escriba un prólogo para darlos a conocer. No sé si creerle, no sé si será un juego más de aquellos a los que estábamos acostumbrados en la tertulia Óliver.
                Pero sean o no textos traducidos del latín o del francés, los haya traducido Víctor Botas o el propio Mario Vega y otros poetas del círculo de la revista Maremágnum, como Lorenzo Roal o Dalia Alonso, lo cierto es que por fin se publican en español esos poemas, poco aptos para espíritus delicados, como buena parte de la literatura clásica.
                Dejo el análisis y la glosa para los especialistas. A mí los epigramas de Saecli incommoda, que siguen sin entusiasmarme, me llevan a una librería oscura y sofocante y a una de tantas tertulias en el viejo Óliver, ya tan remoto –aquel local de la Avenida de Galicia, las tertulias continúan—“como el paso de Aníbal por los Alpes”, para decirlo con una expresión borgiana que a Víctor Botas le gustaba repetir.



domingo, 9 de agosto de 2020

Sosastris, Melquiades y el rey que rabió




Esta historia que os voy a contar ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en un país remoto de cuyo nombre no quiero acordarme.
            En ese país había un rey, un burro y un niño. El rey era viejo, muy viejo, y se pasaba el día contando las monedas de oro que tenía guardadas en una habitación y no se preocupaba para nada de sus súbditos, que pasaban hambre cuando las cosechas eran malas, pero que nunca echaban la culpa de sus desdichas al rey, sino a su primer ministro.
            El primer ministro se llamaba Sosastris y era listo, muy listo, pero era un burro. Un burro de los que rebuznan y tienen largas orejas y acarrean leña de un lado a otro.
            El tercer personaje de esta historia se llamaba Melquiades, tenía casi cuatro años y era un poco trasto, pero de buen corazón y todo lo suyo lo repartía con los otros niños..
            Un día el rey se quedó dormido mientras contaba sus monedas. Al despertar dio un grito y toda la servidumbre de palacio acudió a ver qué pasaba.
            ---¡He tenido una pesadilla! Que me traigan una silla.
            Le trajeron una silla muy incómoda, porque era toda de oro, pero es que un rey no puede sentarse en una silla cualquiera.
            ----Os diré lo que he soñado y que tanto me ha alterado.
            Todos los cortesanos le rodearon, aparentemente con mucho interés, pero solo aparentemente.
            ----Lo que sueñe el viejo loco nos importa más bien poco –pensaban.
            A aquel rey no le quería nadie porque no se preocupaba por nadie, solo por contar sus monedas de oro.
            ----Soñé que iba a ser destronado, que todos de mí se han cansado.
            ----Es un sueño, majestad, no es ninguna realidad.
            ----¿Quién ha dicho esa simpleza? ¡Que le corten la cabeza!
            Aquel rey no soportaba que le contradijeran. Se llevaron al que había hablado, pero no le cortaron la cabeza, porque en aquel reino el verdugo era también peluquero y prefería cortar el pelo.
            ----A cepillo o a tijera, como el cliente quiera.
            Sosastris, que estaba arreglando los asuntos de gobierno, vino al trote en cuanto se enteré del enfado real.
            ----¿Qué ocurre, mi señor? ¿Qué os causa tanto dolor?
            ----¡Sosastris, eres un burro! ¡Contigo siempre me aburro!
            ----¿Queréis que os cuente un cuento? ¿El del dragón y el jumento!
            ----¡Buen jumento estás tú hecho! ¡Así te caigas del techo!
            El rey se había caído una vez del techo del palacio, a donde había subido para recoger una moneda de oro que le había robado una urraca, y desde entonces esa era su maldición favorita.
            ----Perdón, perdón, majestad. Soy un pollino, en verdad.
            ----Mientras dormía como un leño, soñé que un niño pequeño, se acercaba a mi palacio caminando muy despacio. A un lado y a otro miraba. ¡Yo sé bien lo que buscaba! Buscaba mi gran tesoro, aquel que cagó el moro. A mi guardia quise llamar, pero no podía ni hablar. Desperté muy tembloroso, como quien ha visto un oso. En torno a mí no había nada, salvo granos de granada y un poco de la sandía que me comí el otro día.
            Sesostris, que aunque era un burro era un sabio, dijo:
            ----Calma, calma, majestad. Los sueños no son verdad. Por favor, yo os lo imploro, volvamos donde el tesoro.
            Fueron todos a la cámara del tesoro y la encontraron vacía.
            ----No era como tú me dices por tocarme las narices. Mi sueño era verdad. ¡Soy pobre de solemnidad!
            Sosastris, discretamente, llamó al jefe de la guardia.
            ----Ya sé que te gusta robar a este viejo carcamal, pero esta vez te has pasado. ¡Devuelve lo que has robado!
            ----Robar, yo no robo nada, salvo a veces la soldada. Y es que este viejo loco nos paga nada o muy poco. Os juro que no fui yo el que todo se llevó.
            En la plaza que había delante del palacio comenzó a oírse un gran alboroto.
            ---¿Pero qué tumulto es ese? ¿Es que ahora quieren mi cese?
            Sosastris se asomó al gran balcón desde el que rey daba sus discursos, que siempre eran muy aplaudidos, y volvió extrañado.
            ----No comprendo lo que pasa, pero todos ríen sin tasa, como si en este día les tocara la lotería.
            ----¡Imposible, imposible! Tal cosa es increíble. Siempre es a mí a quien toca aquí. Por algo yo soy el rey, no la mula ni el buey.
            Un cortesano, que había salido a ver qué pasaba, volvió muy alborotado.
            ----Hay un niño pequeño que con gesto risueño a todo el que lo necesita le da una monedita. “Para que compres pan”, le dice a cualquier patán. “Para que compres vino”, le dice al peregrino. “Cómprate una baldeadora”, le dice al bebé que llora.
            ---¿Y cómo logró reunir lo que intenta repartir? El padre ¿a qué se dedica? ¿Tiene acaso una botica?  ¿Convierte el oro en plomo? ¡Pues ya me dirá cómo!
            ----El padre, señor, es poeta. Hacer versos es su meta.
            ----¿Y cómo es rico con eso? ¡Que no me la dé con queso! ¡Que me traigan al instante, a ese padre y a su infante!
            ----Señor, ¿qué queréis de mí? Solo soy un infeliz.
            ----Quiero, quiero, mi dinero.
            ---Pues yo, señor, soy poeta y no tengo una peseta.
            ----Vuestro hijo lo reparte a todos con mucho arte.
            Se oyó entonces un gran alboroto. La muchedumbre rompió las puertas del palacio y los guardia y los cortesanos huyeron aterrados, salvo Sosastris, que no tenía miedo a nada y se escondió tras una cortina a ver en qué paraba aquello. El rey se quedó solo. Al frente de la multitud iba un niño pequeño.
            ----Tú mi tesoro has robado. ¡Eres ladrón consumado!
            ----Yo soy un niño decente y no le robo a la gente.
            ----¿Y de dónde sacas, monicaco, lo que das si no eres caco?
            ----De un sueño que he tenido cuando estaba más dormido. Y al despertar de mi sueño se me quedaba pequeño mi cuarto con tanto oro.
            ----Ese era mi tesoro, que yo perdí en otro sueño. Devuélvelo, pequeño. No me hagas enfadar.
            ---No tengo nada que dar, que todo lo he repartido. El dinero que has perdido no era tuyo mi señor, os lo juro por mi honor, era de toda la gente que ya estaba impaciente por no tener que comer.
            ---¡Y yo que tengo que ver!
            ---Era vuestra obligación que tuvieran su ración. Hacer a todos felices y no tocarles las narices.
            De detrás de las cortinas salió entonces Sasostris, el primer ministro, que aunque era un burro era un sabio.
            ---Qué razón tiene este niño --dijo haciendo un guiño a los guardias armados.
            ----¿Por qué estáis tan callados? ¿No veis que miente? ¡Detened a esta gente!
            “Viva el rey, viva el rey”, comenzó a gritar la multitud. El rey cerró los ojos complacido.
            ----Sigo siendo el rey, siempre triunfa la ley.
            Pero cuando abrió los ojos, vio que la multitud alzaba en hombros al pequeño Melquiades y lo llevaba hasta el trono.
            “¡Soy el rey, soy el rey!”, gritaba el antiguo rey. Y un mendigo que pasaba sonrió mientras miraba.
---¡Y yo soy Napoleón!
            ---Te concedo mi perdón --le dijo el niño pequeño siempre, siempre tan risueño--. Mala cosa es la avaricia y el que con ella se envicia, no puede ser rey, señor, os lo juro por mi honor. Idos a las islas griegas a que os den algunas friegas. O quizá a Santo Domingo para que os pongan el mingo, que es cosa bastante fea que en una cárcel se os vea.
            Y aquí se acaba la historia, guardadla en vuestra memoria.