domingo, 16 de febrero de 2020

Sin propósito de enmienda: No me lo puedo creer



Sábado, 8 de febrero
LOS VIAJES EN EL TIEMPO

En 1887 se publicó en Estados Unidos la novela Looking backward, de Edward Bellamy, que imaginaba cómo sería el mundo en el año 2000. Sonrío al leer cómo se describen los adelantos técnicos de ese futuro que ya es pasado: “En vez de enviar por el correo paquetes postales, van por tuberías desde los almacenes, con una velocidad de todos los diablos, trajes, brinquillos, alhajas y hasta pianos de cola y coches de cuatro asientos. Tal modo de remitir, o su artificio, se llama el teléstolo o el telepístolo y es complemento del telégrafo y del teléfono. Este último se ha perfeccionado ya a tal extremo en nuestra Utopía que cada cual le tiene en su casa y, sin salir de ella, oye si quiere óperas, comedias, sermones y conferencias de Ateneos y Universidades sin perder nota ni palabra ni tilde”.
            Comenta el libro Juan Varela, con su eutrapelia habitual en un número de La España moderna (junio de 1890), que yo leo esta tediosa tarde de sábado como una manera de viajar en el tiempo. Emilia Pardo Bazán habla de la mujer española, Cánovas de la democracia en Europa y America, Palacio Valdés de un libro de Miguel Moya sobre los oradores políticos, Fray Zacarías Martínez del moderno Anticristo, un tal Renán, se traduce además un cuento de Dostoyevski y un ensayo de Schopenhauer.
            Viajar al pasado es posible y una de mis excursiones favoritas; fantasear el futuro, una manera de hacer el ridículo. En el año 2000, según Edward Ballamy, habrán desaparecido los ejércitos, la educación durará hasta los 21 años, el trabajo hasta los 45, luego quedarán otros tantos para disfrutar de la jubilación (la edad media de vida serán los 90 años).
            Infortunadamente se equivocó en eso, pero también, afortunadamente, en otra de sus profecías, que don Juan Valera celebra mucho: en el 2000 habrá desaparecido “la vulgar corriente progresista que pretende que la mujer ejerza los mismos empleos públicos que el hombre y sea alcaldesa, diputada, ministra, senadora o académica”. Esas pretensiones, “de una insufrible y antiestética ordinariez” según Valera, desaparecerán como una mala moda y en el 2000 las mujeres “reinarán en los salones e inspirarán en los varones los más nobles sentimientos y altas ideas, y harán que él, por el afán de complacerlas, enamorarlas y servirlas, sea o procure ser dechado de virtudes y modelo de distinción, discreto, limpio, peripuesto y atildado”.
            Qué cosa pensaban los grandes hombres de hace un siglo (y de hace mucho menos tiempo, por cierto). No sabemos qué resulta más ridículo, si esos pianos de cola que viajan por tuberías a toda velocidad o esas imaginadas mujercitas que reinaban en los salones y se dedicaban a pulir y entretener a los varones.


Domingo, 9 de febrero
ESTUVE EN SU LUGAR

Veo a Oriol Junqueras en la cárcel entrevistado por Jordi Évole. Se muestra educado, tranquilo, muy consciente de que él es quien ha hecho lo correcto y otros los que han cometido, y siguen cometiendo, un delito de lesa democracia y de lesa humanidad. Muy seguro también de que la historia –más pronto que tarde– pondrá a cada uno en su sitio.
            Pero a mí me angustian esos años de un hombre de bien –no es el único, pero en él personalizo a todos– privado de libertad. ¿Quién se los podrá devolver?
            Me angustian porque me resulta fácil ponerme en su lugar, un lugar en el que yo también estuve. Pero sufro por él, no por mí, que mis viejos recuerdos madrileños de 1974 –el dictador todavía fusilaba– hace tiempo que han caducado. Ahora son solo una anécdota que añade algo de interés a una biografía funcionarial y anodina.


Lunes, 10 de febrero
CUARENTENA

Esta noche soñé que aparecía un caso de corona virus en el campus del Milán y que nos obligaban a todos, estudiantes y profesores, a guardar cuarenta. Un mes entero sin salir de casa. Para mí sería el mayor de los castigos, casi preferiría enfermar.
            Peor que mi sueño es la pesadilla de esos turistas de un crucero encerrados en su camarote en algún caso interior y sin ventanas. Solo suben a cubierta una hora cada dos días.
            No recuerdo haber estado nunca ni siquiera un día sin salir a la calle, aunque alguna vez tuve gripe, como todo el mundo.  No me hace falta ningún psicoanalista para saber de dónde viene esa fobia mía: de la eternidad que pasé incomunicado en una celda sin salir de ella más que para interrogatorios prolongados y poco amables.
             

Martes, 11 de febrero
SE HAN LUCIDO

Me envía Juan Bonilla su respuesta a la reseña que el pasado sábado dedicó Edgardo Dobry a Tierra negra con alas, la antología de poesía vanguardista latinoamericana que ha publicado junto a Juan Manuel Bonet.
            Se trata de una reseña feroz, de las que a mí me gustan. Pero esas reseñas que van a degüello y destrozan un libro no están al alcance de cualquiera.
            Exigen, en primer lugar, leerse atentamente el libro a abatir; leerlo dos o tres veces (yo lo he hecho con el último libro de poemas de Jaime Siles, toda una heroicidad) y razonar luego bien las discrepancias.
            Pero Edgardo Dobry es, al parecer, profesor universitario y tiene todos los malos modos de los evaluadores académicos, que dan o niegan sexenios (sobresueldos) a los profesores según sus “trabajos de investigación”, que no se toman el trabajo de leer, según cumplan o no ciertas normas externas, entre ellas haber sido publicados en determinadas revistas o editoriales.
            Edgardo Dobry, ingenuo él, acusa a una obra de la que es coautor Juan Manuel Bonet de utilizar solo “una bibliografía mínima” que es como decir que Menéndez Pelayo escribe la historia de la literatura española sin haberse documentado previamente.
            No hay nadie, ni dentro ni fuera de la universidad, que conozca tan bien la poesía vanguardista latinoamericana como Juan Bonilla y Juan Manuel Bonet, bibliófilos y coleccionistas que tienen las raras primeras ediciones –y en muchos casos únicas– que nadie tiene, y encima se las han leído.
            Tierra negra con alas es un prodigio de inteligencia y erudición, una continua caja de sorpresas. Incluso yo –que no siento especial admiración por las vanguardias– descubro poemas memorables de poetas de los que ni había oído hablar.
            Edgardo Dobry y Babelia se han lucido. Qué manera más espectacular de hacer el ridículo.


Miércoles, 12 de febrero
¡INCONCEBIBLE!

–-¿Pero es que no sabes la última de Pedro Sánchez?, me pregunta mi amigo liberal (no le gusta que le llame facha, ni siquiera no mencionando su nombre). ¡Se ha referido a Guaidó como líder de la oposición en Venezuela!
            ––¿Qué me dices? ¡No me lo puedo creer! Debe de ser la única persona del mundo que no sabe que el líder de la oposición en Venezuela es Donald Trump.


Jueves, 13 de febrero
CINE EDUCATIVO

 A mí no me escandaliza, me divierte el espectáculo de la oposición en el parlamento. Qué gran papel el del diputado de Ciudadanos, cuyo nombre no recuerdo, en su gracioso numerito digno del club de la comedia.
            También se lució con sus ironías mi admirada Cayetana Álvarez de Toledo. “¿Que la vicepresidenta de Venezuela no pisó tierra española? Pues entonces la llevaría en brazos, o en sillita de la reina, el señor Ábalos” (grandes risotadas en la bancada popular).
            El ministro de Justicia dijo que deberían seguir un cursillo jurídico antes de hablar de ciertos temas. Yo, más didácticamente, por algo soy profesor, les pondría una película, La terminal, de Steven Spielberg, con Tom Hanks como protagonista.
            Víktor Navorski se dirige a los Estados Unidos, pero durante el vuelo hay un golpe de Estado en su país y, como consecuencia, su pasaporte pierde validez y no puede entrar en Norteamérica ni ser devuelto al punto de partida. Permanece en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy durante más de un año. Legalmente, no podía pisar y no pisó tierra de Norteamérica, aunque no le tuviera nadie durante un año en brazos, admirada Cayetana.
            ¡Pero eso es una película!, replicarían los diputados de Vox. Y película por película nosotros preferimos las del Oeste, donde indios y alimañas se exterminan a tiros.
            Es una película, sí, pero inspirada en un caso increíble, pero cierto, el del ciudadano iraní Mehran Karimi Nasseri que vivió en el aeropuerto Charles de Gaulle, por tener prohibido entrar en Francia, entre 1988 y 2006.



Viernes, 14 de febrero
ALGO ME FALTA

Disimulo todo lo que puedo, trato de que no me afecte, me repito que estoy como siempre he querido estar, que no echo de menos nada ni a nadie. Pero tal día como hoy no puedo dejar de sentirme melancólico, aunque me ponga una sonrisa en los labios el anónimo ramo de flores que cada año por esta fecha aparece en mi despacho.
            A mi edad, todos mis amigos se han divorciado por lo menos una vez. Me temo – vuelvo a sonreír-- que yo me moriré sin conocer esa experiencia.


sábado, 8 de febrero de 2020

Sin propósito de enmienda: Declaro mi amor





Sábado, 1 de febrero
PEROGRULLADAS

Lloriquean los periódicos porque el Reino Unido abandona por fin la Unión Europea. Puede servirles de consuelo que hicieron todo lo posible por impedirlo.
            ––¿Y a ti no te parece un día triste?, me pregunta Abelardo Linares.
            ––A mí me parece un triunfo de la democracia frente a la estupidez.
            ––Vaya, resulta que ahora te has vuelto euroescéptico como la ultraderecha.
            ––Ni euroescéptico ni todo lo contrario. Pero yo nunca pensé que la Unión Europea tuviera, como el Infierno de Dante, el lema “lasciate ogni speranza, voi che’entrate”. Un país, para abandonarla, no debería necesitar más que expresar su voluntad de hacerlo. A continuación, se negocia discretamente lo que haya que negociar y santas pascuas. Pero hay que ver la que armaron, contando con la minoría de dentro, para lograr revertir el resultado del referéndum. Afortunadamente, los ciudadanos británicos, en las últimas elecciones, les dieron con el voto en las narices.
            ––¡Tú es que hasta eres capaz de defender a la Venezuela de Maduro!
            ––Lo que no voy a hacer es ponerme del  lado de quienes estrangulan económicamente a Venezuela mientras aplauden, y hacen buenos negocios con ella, a la Arabia del Príncipe Descuartizador.
––Y de Cataluña ni hablamos, que ya sabemos lo que piensas.
                        ––En eso soy de la escuela de Pero Grullo, pienso lo que pensaría cualquiera que  se tomara el trabajo de pensar. Que en democracia Cataluña debe ser lo que decidan los catalanes. Exactamente lo mismo que pienso de Galicia o de Andalucía.
            ––Eres de lo que no hay.
            ––Ya decía Oscar Wilde que el sentido común es el menos común de los sentidos.


Domingo, 2 de febrero
PELÍCULAS

Veo Río Grande, la película de John Ford, en el Teatro Filarmónica y, como siempre ocurre, veo a la vez otras películas que yo me invento. Han pasado setenta años desde que se estrenó, los mismos que yo tengo. ¿Qué habrá sido de los actores? De algunos –John Wayne, Maureen O’Hara– conozco el final; de otros he de imaginármelo. Un libro que contara los encuentros y desencuentros de estas vidas sería apasionante y triste.
            Solo uno tiene posibilidades de seguir con vida: Claude Jarman, el adolescente Jeff Yorke que busca al padre en el militar que lo abandonó de pequeño.
            El móvil –ese prodigio que cabe en el bolsillo– me indica que nació en 1934, que ahora tendría 86 años, o quizá 85, los mismos que mi amigo José Manuel Feito, con quien suelo comer los sábados y debatir de teología. Su carrera como actor fue corta, diez años, desde 1946, con un premiado papel, hasta 1956. ¿Qué fue de él los más de sesenta años transcurridos desde entonces? La Wiquipedia solo me informa que se casó tres veces, la última, que parece la definitiva, en 1985.
            Cualquier vida es un enigma. ¿Es también un fracaso? Quizás, pero todas ellas, bien contadas, resultan apasionantes.
En estas cosas pienso yo mientras contemplo en el blanco y negro de la pantalla el ir y venir de la caballería y su lucha contra los apaches que me devuelve al cine de los domingos de mi infancia y al cine de los sábados de Antonio Martínez Sarrión: “maravillas del cine galerías / de luz parpadeante entre silbidos / luego la cena desabrida y fría / y los ojos ardiendo como faros”.


Lunes, 3 de febrero
BRUMOSO AYER

En una novela de José Carlos Llop, El mensajero de Argel, con hermosa cubierta de Dis Berlin,  encuentro dos borrosas fotografías en las que aparezco en el claustro de una catedral, junto a él, su mujer y Andrés Trapiello.
            No recuerdo si leí o no en su momento la novela, no recuerdo tampoco cuándo fueron hechas las fotografías. Me pongo a releerla y, aunque me desilusiona pronto, llego hasta el final. Como en todas las suyas, lo que importa es la atmósfera, no la trama, que deja de interesar a los pocos capítulos.
            Mientras la voy leyendo recuerdo otra novela, la de aquel encuentro lierario en Santiago, el año 2000, en el que coincidí con Llop y con Trapiello. Recuerdo que, cuando me dirigía hasta allí, en una parada del autobús en Luarca, me enteré de que el Partido Popular había ganado las elecciones con mayoría absoluta. Aquello me deprimió mucho y llegué a Santiago esperándome lo peor para los años siguientes.
            ¿De qué hablé entonces con dos escritores a los que siempre he admirado, aunque con una admiración en la que no faltan los peros, como suele ser la mía? No lo recuerdo, sí recuerdo un paseo por los tejados de la catedral en el que a Llop le entró un ataque de pánico al asomarse al final de la escalera y se quedó allí dentro, quieto, aterrado. Trapiello le invitaba a salir y a contemplar el panorama de la ciudad. A Llop le molestaba su insistencia: “Me trata como a un niño. Cree que lo hago por gusto”.
            “Tengo cuarenta años y empiezo a no reconocerme en los espejos”, comienza uno de los capítulos de El mensajero de Argel. “Un extraño me espía en los espejos” escribí yo algunos años antes.
            Las novelas de Llop son como las de Gabriel Miró: están llenas de páginas admirables que, sin embargo, no nos animan a seguir leyendo.
            Contemplo esas viejas fotografías ahora recuperadas y pienso que mi vida, cualquier vida, está llena de imágenes sueltas, de borrosas escenas que no soy capaz de ordenar para que cobren algún sentido.


Martes, 4 de febrero
REGALO ELECTORAL

“¿Y no te da vergüenza apoyar a un gobierno que hace lo que le mandan los independentistas?”, me pregunta mi amigo facha. (Él se ofende si le llamo así. “Yo no soy facha sino liberal”, me dice. “Sí, tan liberal como Cayetana Álvarez de Toledo”. “Exacto”. Y se queda tan contento mientras yo sonrío.)
            La verdad es que no me da vergüenza, todo lo contrario. Me alegra que para aprobar los presupuestos tengan que entenderse con Esquerra. Es la única manera de que, desde este lado, se pueda aportar algo de racionalidad al conflicto catalán.
            No deja de ser un maravilloso regalo del resultado electoral que, para mantenerse en el poder, el partido de  García-Page, González y otros demócratas de la misma especie, tenga que apostar por el diálogo y la sensatez.


Miércoles, 5 de febrero
DISCULPAS PÓSTUMAS

Muere George Steiner, un sabio de otra época, y se publica su última entrevista. Sorprenden algunas preguntas: “¿Querría pedirles disculpas a alguien con quien se hubiera peleado?”
            Si quería pedir disculpas, una carta privada o una llamada telefónica parece lo mejor. Pero él prefiere disculparse en público, y ya desde la otra orilla, con una persona “cuyo nombre no puede decir”. Se trata de alguien que durante mucho tiempo fue su amigo íntimo y con el que discutió por un asunto estúpido: “Una frase mal escrita en una carta hizo saltar por los aires nuestra relación de años”.
            A mí me ocurrió tres o cuatro veces –quizá alguna más– con personas a las que apreciaba. Tardé en pedir disculpas, pero siempre las pedí. Unos las aceptaron y otros no. Los que no las aceptaron pronto dejaron de preocuparme: quien no es capaz de perdonar un pisotón involuntario, por doloroso que sea, no me parece que sea alguien cuya amistad merezca la pena.
            Sigue Steiner con otras palabras que también podría haber dicho yo: “He pagado un precio por mi ironía, a menudo muy mordaz y no siempre bien recibida”.
            Yo, tan vanidoso siempre, durante mucho tiempo he considerado mi ironía como un test de inteligencia: quien no es capaz de seguir el juego no recibe el aprobado.
            Ahora ya no lo considero así, ni tampoco creo que la inteligencia sea la cualidad principal. Prefiero la bondad, pero bien entendida, que a nada soy más alérgico que a la bondadosa bobería.
            En literatura hay mucha gente que no me quiere bien y lo comprendo perfectamente: a nadie le gusta que le digan públicamente sus fallos, y yo no me he dedicado a otra cosa, pero a la mayoría ni siquiera los conozco personalmente.
             Amigos que hayan dejado de serlo, por mis comentarios sobre sus versos o sus prosas, hay menos. Y a los que tienen talento los he recuperado.


Jueves, 6 de febrero
ATENTOS A LA PANTALLA

Hace tiempo que he dejado de estar enganchado a ninguna serie de televisión, pero cada día soy más adicto a la historia de España, a los viejos episodios revisitados y a los capítulos de estreno: no hay día sin su dosis de intriga y emoción.
            Me interesan los protagonistas principales (el galán Sánchez que sale con bien de cualquier trampa que le tienden sus adversarios o sus correligionarios, el santo varón encarcelado que perdona a sus enemigos, el rebelde sin causa y con cartera), pero creo que el mayor acierto de los guionistas está en los secundarios. Ya he contado cuánto me fascina Cayetana Álvarez de Toledo, sibilante sirena cuyo canto lleva a la derecha a la perdición. También Ortega Smith, siempre dispuesto a saltar a la trinchera enemiga y a pegarle cuatro tiros a cualquier “hijo de puta” del  Daesh o de dónde sea que se le ponga por delante. Me recuerda a los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, con Pedrín convertido en entrañable alcalde de Madrid.


Viernes, 7 de febrero
SIGO ENAMORADO

Como la Nochebuena para los que no tienen familia, el próximo viernes, 14 de febrero, es uno de los días más tristes del año para los que viven solos o mal acompañados.
            No es mi caso, yo sigo enamorado, y no solo del amor en general o de mí mismo, como pensarán los mal pensados, sino del amor de las flechas y el corazoncito, del amor en pareja.
            Y mi pareja es ella y es él, que en eso soy hombre con pocos prejuicios, y mi amor es cada vez más apasionado, lleno de cotidianos descubrimientos y deslumbramientos. 
            Mi pareja se llama Mundo, se llama Realidad, y hace setenta años que nos conocemos. Yo nunca me cansaré de él o ella y me gustaría que ella o él nunca se cansara de mí.



domingo, 2 de febrero de 2020

Sin propósito de enmienda: Mi descanso es pelear





Sábado, 25 de enero
SENTAR CÁTEDRA

Parece que hablo siempre sentando cátedra, pero soy de esas personas que, en cuanto están seguras de una cosa, comienzan a dudar de ella.


Domingo, 26 de enero
DOS AMIGOS

Admiré a los dos, aprendí mucho de ambos, pero yo solo fui amigo de uno de ellos. Leo la correspondencia entre Eugénio de Andrade y Jorge de Sena como una fascinante novela epistolar, tediosa a ratos (¿qué novela no lo es?), pero abundante en lecciones sobre la vida, y con un protagonista tan inverosímil que parece de novela: un ingeniero que emigra a Brasil desde el Portugal salazarista y allí se doctora a los cuarenta y cinco años y se convierte en catedrático de literatura y en uno de  los máximos especialistas en la literatura clásica portuguesa y española, y en Fernando Pessoa, y en tantas otras cosas.
            Con Eugénio de Andrade me encontré en Coimbra en el verano de 1980. En una librería cercana al Arco da Almedina, compré el libro nuevo de un poeta que desconocía, Matéria solar. Lo leí de un tirón --era solo un puñado de poemas breves-- en el Café Arcadia, de la Rúa Ferreira Borges, al lado de uno de los ventanales cuyos cristales temblaban con paso cercano del tranvía. Pocos días después, el azar me regaló los dos elegantes tomos de Poesia e Prosa, la primera edición de su obra completa, aparecida el mismo año. Me deslumbraron esos mínimos textos, casi toda la página en blanco, a la vez sensoriales y meditativos, herederos de la poesía oriental y de la lírica arcaica griega, siempre tentados por el silencio.
            De Jorge de Sena, lo primero que conocí fueron los dos tomos de su Poesia de 26 séculos, la mejor antología de poesía universal que me ha sido dado encontrar. En ella aprendí yo, y en ella aprendieron algunos poetas cercanos, como Víctor Botas o Xuan Bello.
            Con Eugénio de Andrade me encontraría luego personalmente en tres ocasiones, una en Asturias y dos en Oporto. No olvidaré que en la última, tras enseñarme los libros más destacados de la sección preferente de su biblioteca (La realidad y el deseo dedicado por Cernuda, uno de Marguerite Yourcenar con poemas autógrafos en las guardas, entre otros), me mostró mi Poesía reunida, que guardaba en lugar destacado y en la mejor compañía.
            A Jorge de Sena no le conocí personalmente, pero casi. En un viaje a la Universidad de California en Santa Bárbara visité a su viuda, Mécia de Sena, quien me enseñó su biblioteca, la máquina en que escribía, sus papeles. Al Departamento de Estudios Hispano-Portugueses, que Sena había dirigido, le habían dado a su muerte el nombre del poeta, pero por desavenencias con Mécia habían tenido que quitarlo.
            No debía ser fácil el trato con Jorge de Sena, cuya ciclópea labor creativa e investigadora resulta casi increíble. Era un hombre demasiado grande para un país demasiado pequeño, pensaba él. Y quizá tenía razón. A Eugénio de Andrade lo tenía como secretario, no hay carta en que no le haga algún encargo a propósito de sus libros, que siempre se retrasan, que siempre tienen problemas con los editores y la imprenta.
            Cada obra que publica recibe los correspondientes elogios por parte de Andrade, pero a Sena nunca le parecen suficientes. “Estoy de acuerdo con que esos están entre los mejores poemas del libro, entre los más audaces y profundos que se han escrito en lengua portuguesa, pero también habría que señalar otros que no les van a la zaga”, le suele responder, y luego enumera casi todos los demás.
            Cuando se trasladó de Madison a Santa Bárbara, tardó en encontrar domicilio adecuado, así que con su mujer y dos de sus hijos tuvo que “acampar” en un motel, en dos pequeños cuartos donde se amontonaba el equipaje. “Los otros hijos –añade– vendrán de Madison, donde quedaron distribuidos por casas de amigos, cuando podamos ocupar nuestra propia casa”.
            Cuando yo visité esa casa, al pasar al salón, nos encontramos con un bebé de pocos meses en el sofá. “Disculpad”, dijo Mécia, “es mi nuevo nieto. Ahora viene su madre”. La familia de Jorge de Sena siempre fue una familia numerosa, como numerosa –inabarcable– fue su labor creativa.
            La admiración por Eugénio de Andrade ha resistido el paso del tiempo; la de Jorge de Sena –antipático titán– ha mermado un tanto, quizá injustamente. En algún libro mío, o quizá solo en las páginas dominicales de El Comercio, entre otros epigramas a escritores portugueses, aparece el que le dediqué: “¡Tan fanfarrón! / No parecía portugués, / sino español”.
           

Lunes, 27 de enero
LENGUA Y DEMOCRACIA

Ando estos días debatiendo con los anónimos comentaristas de mi blog “Café Arcadia” sobre la corrección sintáctica de tal o cual frase.
            No les entra en la cabeza que, en el lenguaje, los errores son siempre individuales, nunca colectivos.
            El español no se habla mejor en Valladolid que en Murcia, en Madrid que en Asunción: simplemente, se habla de otra manera.
            El lenguaje es la democracia perfecta: la mayoría siempre tiene razón.


Martes, 28 de enero
DORMITA HOMERO

Mi memoria para los versos no se limita a los especialmente memorables. También recuerdo otros más o menos risibles de autores destacados, desde el “que me voy, que me voy, que me fui”, de Juan Ramón Jiménez, hasta el Pocholo que rima con gladiolo en un poema de amor de Gimferrer, pasando por varios de los proverbios y cantares de Antonio Machado: “En esta España de los pantalones / lleva la voz el macho, / mas si un negocio importa, / lo resuelven las faldas a escobazos”.
            Creo que él lo eliminó, y con razón, de su poesía completa, pero los editores nos lo siguen recordando a pie de página. Me viene a la memoria al leer la segunda entrega de Mediodía, en la que se recupera un artículo desconocido de Machado, “España y la guerra”. Apareció el año 1916 en la revista La Nota que se publicaba en Buenos Aires en apoyo de los Aliados. La dirigía Emín Arslan, druso de origen libanés que ejercía el cargo de cónsul general de Turquía. O al menos eso es lo que nos dice la investigadora que comenta el texto, Elisabeth Delrue, aunque a mí me extraña mucho que el imperio otomano, aliado de Alemania, financiara una publicación aliadófila.
            Pero no se trata de comentar ahora un desliz erudito, sino de tomar nota de la misoginia de Machado. Una de las causas del atraso español se debe a que “la mentalidad rural y femenina no ha sido aún superada plenamente por el elemento varonil y ciudadano”. Un poco más adelante, anticipa o glosa la coplilla que con muy buen criterio haría desaparecer después: “Si el hombre no eleva a la mujer, la mujer degrada al hombre; si el varón no tira hacia arriba, la mujer tira hacia abajo. Donde el hombre no pretende otro privilegio  –digámoslo en frase vulgar– que el de los pantalones, se da esta cómica paradoja social: toda cuestión de alguna trascendencia la resuelven las faldas a escobazos”.
            No sé si a Antonio Machado le haría mucha gracia el rescate de este artículo, que termina con un elogio de “nuestro rey Alfonso, cuyas tendencias marcadamente liberales no son ya un secreto para nadie”.


Miércoles, 29 de enero
CADA VEZ PEOR

No soy yo de los que se quejan por ir cumpliendo años. Más bien me parecen un regalo. Lo que me preocupa es lo que va haciendo con uno la edad. Yo, optimista siempre, creo que, por lo general, mejoro.
            Pero a veces saltan las alarmas: de pronto me noto más impaciente con los tontos, más intolerante, más autoritario. Siempre me ha gustado mandar, para qué vamos a negarlo. Esa es mi secreta vocación. Frustrada, porque nunca he tenido a quien mandar, salvo a mí mismo.
            No me preocupa cumplir años, me preocupa irme volviendo más insoportable. Menos mal que he tomado la precaución de vivir solo y así nadie tiene que soportarme por obligación, salvo yo mismo.


Jueves, 30 de enero
SOY MEJOR

Qué mala es la gente, me digo con una sonrisa (en ese sentido, yo soy más gente que nadie). Me gusta comprobar las lecturas en Internet que tienen las reseñas que publico cada semana desde hace años. Resultan muy similares, entre novecientas y mil (no soy yo de audiencias multitudinarias), pero de vez en cuando hay alguna que se dispara, que recibe el doble o el triple de la habitual. La última, el comentario de las memorias de un coetáneo al que admiré mucho en mis comienzos (y eso que piadosamente me contuve todo lo que pude ante tal acumulación de patéticos disparates); la penúltima, el libro sobre Ángel González de Ricardo Labra, aunque en este caso, más que mis ponderados puntos sobre las íes, lo que creo divierte al personal es su irritada respuesta.
            No sé yo si, como Mae West, cuando soy bueno soy muy bueno, pero de lo que estoy seguro es de que, cuando soy malo, soy mejor.


Viernes, 31 de enero
NO ME QUEJO

Somos desagradecidos por naturaleza. Si yo soy el primero en serlo, ¿a qué quejarme de que lo sean conmigo los demás? Me molesta un poco, por supuesto, pero se me pasa pronto.
            Yo, tan machadiano, discrepo de mi maestro en un punto, como he indicado más de una vez, en aquello de “y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito”.
            Como él, como tantos,  yo también “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago / el traje que me cubre y la mansión que habito/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”. Pero nadie me debe nada de lo que he escrito. Todo lo contrario: mis lectores, solo por serlo, me hacen el mayor de los regalos. Incluso los que se indignan con lo que escribo, o sobre todo ellos: puedo vivir sin admiradores, estoy acostumbrado, pero me moriría de aburrimiento sin detractores.



sábado, 25 de enero de 2020

Sin propósito de enmienda: Juguete roto



Sábado, 18 de enero
ENSEÑANZAS DE LA EDAD

No perder de vista las estrellas mientras se camina al borde del abismo. No dejar de amar cuando se deja de estar enamorado. Que la meta final de todo viaje sea siempre la misma: el punto de partida.


Domingo, 19 de enero
OTROS TIEMPOS

De vez en cuando me gusta agitar la charca en que pululan los malos poetas, sacarles de sus casillas. Pero ya casi nadie entra al trapo. Echo de menos los años ochenta, en que lanzaban andanadas contra mí una semana sí y otra también desde sus suplementos provinciales. ¿Dónde está aquel maravilloso panfleto de La fiera literaria, que no dejaba libre de insulto a nadie que tuviera talento o éxito? ¿Dónde  los enemigos feroces de la poesía de la experiencia, los García Pérez y los Rodríguez? Desaparecieron como verdura de las eras. Resultaban más divertidas las guerras poéticas de antes que las escaramuzas políticas de ahora.


Lunes, 20 de enero
EN LOS COMIENZOS

El próximo lunes, en el Ateneo Jovellanos de Gijón, he de dar una conferencia sobre medio siglo de vida literaria.
            Hace exactamente cincuenta años, en 1970, me dirigía yo a clase cuando en el escaparate de una librería, me llamó la atención un libro titulado Nueve novísimos y con una faja publicitaria (no la he vuelto a ver) en la que se leía: “¿La futura poesía española?”
            Lo compré y lo devoré de inmediato. Me interesaron más las poéticas que la mayoría de los poemas –se salvó Gimferrer, de quien pocos días después compré Poemas 1963-1969– y fue como encontrar de pronto a mis contemporáneos. Seguí de cerca el revuelo que causó una antología denostada por todos, por los poetas sociales y por los oficiales.
            Alguna influencia de esa lectura hay en los poemas de Marineros perdidos en los puertos, un libro que a finales de diciembre de ese mismo año envié a un concurso en Burgos. Recogí el premio el verano del año siguiente --en un acto en el que la estrella invitada era Félix Grande--, pero no se publicó hasta 1972, cuando ya mis intereses comenzaban a ir por otro camino.
            Mejor o peor, nunca tuve vocación de poeta local. Nadie había leído mi primer libro cuando se publicó. El primer lector –aparte de los miembros del jurado– fue Vicente Aleixandre o al menos el primero que me escribió comentándomelo. Y el primer poema que publiqué apareció en septiembre de 1971 en la malagueña Caracola, una revista en la que habían colaborado Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda.
            ¿Cómo entraba entonces un joven aprendiz de poeta, poco sociable y aislado en  Avilés, con la literatura de su tiempo? No existía Internet, no era tan fácil como ahora estar en contacto con lo que se publicaba en cualquier lugar del mundo.
En la librería Santa Teresa recibían Poesía española, que dirigía José García Nieto, y una de sus secciones consistía en dar cuenta de las otras revistas poéticas que se publicaban en España. Por ella me enteré yo de la existencia de Caracola, de la existencia en Salamanca de Álamo, que dirigía Juan Ruiz Peña, el autor del manual de literatura que yo había estudiado en el bachillerato, o de la existencia de Artesa en Burgos y del premio que convocaba para autores nuevos.
            Ahora, y supongo que entonces, hay poetas que envían sus versos a cualquier revista de la que tienen noticia, sin haberla hojeado siquiera, pidiendo que los publiquen. A Clarín me llegan muchas vaguedades poéticas por “si publicamos versos”. Yo, antes de mandar ninguna colaboración, pedía contra reembolso el último número de la revista que me interesaba. Luego, si me gustaba, me suscribía. Y solo más tarde, si me parecía que encajaba, enviaba una posible colaboración.
            En 1975 creé mi propia revista, Jugar con fuego, que llené de heterónimos antes de conocer a Pessoa. Como no tenía con quien hablar de literatura, me inventé un grupo literario. Siempre he sido un hombre de recursos. Les envié un ejemplar de muestra a los escritores que admiraba. ¿Cómo sabía su dirección? Muy fácil, leía en la biblioteca Bances Candamo Cuadernos Hispanoamericanos, que tenía la costumbre de poner, junto a la firma de los colaboradores, su dirección postal, como hoy en algunos casos se informa del correo electrónico.
            Uno de mis heterónimos le gustó a Juan Gil-Albert, un escritor que entonces se había puesto de moda, y cuando dos jóvenes poetas de Sevilla, Fernando Ortiz y Abelardo Linares, proyectaron dedicarle un volumen de homenaje como primer número de la revista Calle del Aire, les pidió que se pusieran en contacto con Alfonso Sanz Echevarría y le pidieran colaboración. Y ese fue el origen de mi relación con dos poetas que pronto incluiría en Las voces y los ecos, ya en reacción contra la estética novísima, y de mi relación editorial con Renacimiento, que todavía dura.
            ¡Cuántas cosas han pasado en este medio siglo! Pero yo tengo la impresión de que sigo siendo el mismo de entonces, alguien antipáticamente seguro, no tanto de lo que le interesaba en literatura y de lo que no, sino de lo que valía y de lo que no.
            Siempre tuve claro de lo que era en literatura la primera, la segunda y la tercera división, que nada tenía que ver con la mayor o menor fama, con vender mucho o poco. Yo siempre aspiré a jugar en primera y en la selección nacional. Y siempre supe quiénes no pasaban ni pasarían de la tercera, aunque coleccionaran premios (o por eso mismo). Si el poeta es amigo mío, procuro disimularlo. Pero siempre se me nota y no tarda en dejar de ser amigo.


Martes, 21 de enero
VIVIR SIN ESTAR VIVIENDO

¿Qué es de Antonio Gala? ¿Vive todavía?, me preguntan. Y yo pienso con tristeza en esos casos en que, cuando el telón desciende, ya hace mucho tiempo que la función ha terminado.


Miércoles, 22 de enero
UN ENCUENTRO

De pronto, ordenando papeles en mi despacho del Milán, aparece un número de Plural, la revista cultural del diario mexicano Excelsior que fue dirigida un tiempo por Octavio Paz (la abandonó para fundar Vuelta). Es un monográfico de noviembre de 1987, “70 años de cultura”, dedicado a la Unión Soviética: “70 años cumple la revolución que cambió, no solo un país, sino el mundo entero. 70 años con errores y aciertos, en los que son los aciertos los que han ido quedando, a veces penosa, pero siempre progresivamente. 70 años también de críticas justas y calumnias torrenciales, y 70 años de cambios que además han determinado una nueva cultura, nuevas maneras de interpretar la vida, diferentes lenguajes, hasta llegar a una nueva efervescencia en nuestros días”.
            ¿Quién iba a decir entonces que, dos años después, toda aquella fortaleza se desmoronaría como un castillo de arena? Ni los partidarios ni los detractores podían imaginárselo.
            Buena parte del número está dedicado “a los más grandes poetas del país soviético, desde Alexander Blok hasta Evgeni Evtushenko”. A ellos se les añade “la traducción de algunos poemas de una sorprendente niña que, por la profunda conciencia humana y la calidad de su palabra, es claro que no se trata de un precoz fuego de artificio”.
            Esa niña es Nika Turbiná, que tenía trece años en 1987 y que ya había publicado un libro y participado en multitudinarios recitales. Leo un poema suyo, escrito a los seis años: “La lluvia, la noche, la ventana rota. / Los trozos de vidrio / se ciernen en el aire / como hojas / que no se lleva el viento. / De pronto, un crujido. / De la misma forma / se quiebra la vida del hombre”. Otro poema, que no acabo de creerme que fuera escrito a los ocho: “Tú y yo hablamos / en idiomas distintos  / con las mismas palabras. / Tú y yo vivimos / en diferentes islas, / aunque en la misma casa”.
            En 1983, ya famosa, declaró: “Comencé a hacer versos de palabra, cuando tenía tres años… Golpeaba con los puños las teclas del piano y los componía… Los versos vinieron a mí como algo increíble que le sucede a la gente y luego se va… Pero mientras no se ha ido es como un sueño que no desaparece. Mientras escribo, siento que lo puedo todo, solo con que lo desee mucho, mucho… Hay tantas palabras dentro que hasta me pierdo en ellas”.
            ¿Qué habrá sido de esta niña prodigio, que ahora tendrá cuarenta y seis años?, me pregunto. Por unos momentos, mientras tomo un café, fantaseo sobre su vida. De pronto, me doy cuenta de que la respuesta la tengo en el teléfono. No fue larga esa vida: murió a los 27 años. De una caída, dicen en la Wikipedia. Otras páginas lo aclaran: tras una fiesta con unos amigos, en un quinto piso, estos la dejaron sola para ir a comprar más bebida y comida; ella se sentó en la ventana, con las piernas hacia fuera, y se cayó o se tiró o simplemente se dejó caer. No era la primera vez: ya había quedado malherida al caerse de un balcón, necesitó doce intervenciones quirúrgicas.
            Fue breve la vida de esta poeta precoz, pero inmensamente desdichada. Conoció en su infancia una fama prodigiosa: fue traducida a más de una docena de lenguas, Evtushenko la llevó de gira por Estados Unidos y la protegió hasta que temió que le hiciera demasiada sombra.
A los trece años comenzó a ser olvidada, como un juguete roto, nunca mejor dicho. A los dieciséis se casó en Suiza con el director de un hospital psiquiátrico sesenta años mayor. Le abandonó para volver a Moscú. Alcohólica, de precaria salud mental, la muerte fue para ella una liberación.
            Hace una hora yo no sabía siquiera de su existencia y ya he podido leer muchos poemas suyos en distintas páginas de Internet y encargado su libro La infancia huyó de mí, traducido por Natalia Litvinova y publicado en 2018 en Buenos Aires.
            También la he visto, con el cigarrillo en la mano y el vaso sobre la mesa, y la he escuchado recitar sus poemas. Ya forma para siempre parte de mi colección de fantasmas.


Jueves, 23 de enero
FRUSTRADO Y PERDIDO

Respiro aliviado: desde México, el adalid de los vates no clónicos responde a mis alusiones. Poeta frustrado y perdido en mi Vetusta mugrienta, me llama. Y lacayo del poder y limpiabotas de García Montero y unas cuantas lindezas más.
            Mientras se metan con uno, uno es alguien. Pero la edad nos vuelve tan insignificantes que cada vez resulta más difícil conseguirlo.




sábado, 18 de enero de 2020

Sin propósito de enmienda: Matizar y atizar


Sábado, 11 de enero
POR ALUSIONES

Mentiría si dijera que me molesta que hablen de mí. Encontrarme con mi nombre donde menos me lo espero es uno de mis placeres favoritos.
            Reseña Anna Caballé, en el Babelia de hoy, una novela de Carlos Pardo “que evoca los años dedicados a ser poeta y a vivir confusamente entre poetas a la búsqueda de un espacio propio”. No pienso leerla: yo creo que tres folios le habrían bastado para contar lo que cuenta en cerca de quinientas páginas. Continúa la reseñista: “Poetas con sus escisiones y hostilidades. Luis García Montero y la escuela granadina contra José Luis García Martín y los poetas ovetenses”.
            No sé si cuenta eso la novela, más bien me parecen deducciones de quien ha oído campanas y no sabe dónde. Luis García Montero y yo nunca militamos en bandos contrarios. A los dos (más a él que a mí) nos atacaba una hueste encabezada por Antonio Jiménez Rodríguez (hoy desaparecido en México) y autodenominada “poetas no clónicos”. Luego cambiarían el nombre por el de “poetas de la diferencia”, que hizo cierta fortuna entre periodistas y estudiosos desinformados. Bajo ese banderín de enganche se agrupó, en antologías y recitales, toda la mediocridad poética habida y por haber. A García Montero le odiaban, aparte de por tener talento, y no solo poético, por encabezar jurados que solían premiar a poetas amigos, muy a menudo buenos poetas; a mí, por ser un crítico de los que llaman al pan pan y al memo memo.
            No pienso leer la novela de Carlos Pardo, pero sí he leído –mea culpa, mea culpa– el último tomo de las memorias de Luis Antonio de Villena. Me pudo el morbo. Supuse que estaría escrito a vuela pluma, como todo lo suyo desde hace años, y que no tendría mayor interés literario, pero que abundaría en nombres y chismes, a menudo eróticos, sobre este y aquel. Me pudo el morbo, ya dije. Y me divertí con muchos detalles, como ver a Antonio Gamoneda aprovechar la colección Provincia, que dirigía, para promocionarse: le pide a Colinas y Villena que le devuelvan el favor de haberles publicado un libro intercediendo para que Lápidas aparezca en Visor.
            Cuando empiezan a aparecer amigos y conocidos comunes, cuando se habla de algún congreso en el que coincidimos, temo que Villena se acuerde del santo de mi nombre y refiera anécdotas que yo prefiero olvidar, como aquella vez en que hizo de Virgilio para Víctor Botas y yo y nos mostró los locales que frecuentaba en Madrid. Entonces, recién salidos del franquismo, las discotecas y los bares de ambiente, como se decía púdicamente, nos parecían un símbolo de libertad. A saber cómo contaría él esa visita. Pero, afortunadamente, me odia tanto que no cuenta nada. Ni menciona mi nombre, pero no por explicable olvido –hace siglos que hemos perdido el contacto–, sino para tratar de maltratarme mejor. Habla de Juan Bonilla, al que conoció en un congreso literario en Valencia, y comenta que “entonces iba de la mano –espero que la haya soltado– de un bilioso y renegrido soi disant crítico, por las brumas del septentrión. Tan nada interesante que ni lo nombra”.
            Me divierte que no me nombre (¡de buena me he librado!), pero me entristece que no se ría de viejas polémicas a propósito de esta o aquella antología de jóvenes poetas (yo siempre pensé que las suyas carecían de cualquier rigor porque lo que más le interesaba de los jóvenes poetas no era la poesía: estas memorias me lo confirman)) y siga resentido y dolido. Siento de veras haberle hecho tanto daño. En mi caso, las peleas literarias tienen siempre algo de juego para mantenerse en forma. Nunca pretenden herir a la persona. Pero no todos tienen la misma suerte que yo, que siendo más vanidoso que nadie –cualquiera que me conozca puede certificarlo– tengo tan buen sistema inmunológico que las heridas en mi vanidad –todos los días recibo algún rasguño– cicatrizan a las veinticuatro horas, como mucho.


Domingo, 12 de enero
ESPAÑOL, ESPAÑOL

Está uno tan obsesionado con su país que cada vez que aparece Alfred Dreyfus en la impactante película de Roman Polanski J’accuse, aquí titulada El oficial y el espía, yo no veo al militar francés injustamente condenado, sino a Oriol Junqueras. Y cuando aparece el tribunal que le condenó y que recurrió a todas las triquiñuelas posibles para seguir manteniéndolo en la Isla del Diablo, aun siendo conscientes de su inocencia, no diré a quien veo, aunque resulta fácil de imaginar.
            Como a Unamuno, me duele España; y como José Antonio, amo a España porque no me gusta (aclaro: a pesar de que hay en ellas muchas cosas que no me gustan).
            Soy un nacionalista español, ya lo sé. Y, por supuesto, no me avergüenzo de ello. Me avergüenzo de los que creen incompatible el amor a España con el amor a la verdad, a la justicia (que no hay que confundir con torticeros legalismos) y a la democracia. Me avergüenzo de los que utilizan a España y sus símbolos para arremeter contra los que no piensan o sienten de la misma manera.
            Yo también soy español, español, pero de la mejor España, no de la de Fernando VII y Queipo de Llano.


Lunes, 13 de enero
COSAS QUE NO HARÍA NUNCA

Tres o cuatro cosas que no haría nunca, salvo por razones de fuerza mayor: trasnochar, opinar de política, enamorarme, envejecer.



Martes, 14 de enero
EN CONTRA Y A FAVOR

Hablar de política es como hablar de fútbol. Todos tenemos una opinión formada y somos capaces de defenderla apasionadamente, pero sin convencer jamás a nadie salvo a los ya convencidos.
            Por eso yo no hablo nunca de política, sino de historia. Nunca comentaría, por ejemplo, que Manuel Marraco Ramón fue ministro de Hacienda en los años de la República y que le sucedió, si la memoria no me falla, Alfredo de Zavala y Lafora. Hablaría del estallido y de las consecuencias de la revolución de Octubre. O de los preparativos del golpe del 36.
            Ahora tampoco hablo de política, sino de las páginas de la historia que se están escribiendo delante de mí: la ruptura catalana con el Estado español, que ya parece haberse producido de hecho, aunque no de derecho; la operación a la brasileña de ciertos sectores de la judicatura que siguen viendo la democracia como algo peligroso y ajeno.
            No me gusta el fútbol, tampoco la política, pero me apasiona la historia. Especialmente esa parte que se desarrolla ante mis ojos y en la que me hago ingenuamente la ilusión de que puedo intervenir porque voto y doy gritos desde el patio de butacas de mi diario a favor de unos y en contra de otros.


Miércoles, 15 de enero
EL ARTE DE PONTIFICAR

“Ser padre es criar cuervos disfrazados de angelicales criaturas a las que preparamos, renunciando a tantas cosas, para que sean capaces de enfrentarse con el mundo y que siempre, siempre, comienzan probando su fuerza con quien más los quiere”.
            Parece la frase de un padre experimentado y desengañado, pero al parecer la he escrito yo, que no he tenido hijos. Encuentro la cita en un libro, Estaciones de paso, de Ricardo Álamo, profesor de filosofía y escritor tímido y muy dado a la admiración de sus contemporáneos, cosa poco frecuente.
            No recuerdo haber escrito esa frase, podía ser una cita apócrifa, pero me parece muy mía: yo soy de esas personas capaces de darle lecciones de albañilería a un albañil, de arquitectura a un arquitecto, de justicia a un juez y de cómo educar a los hijos a cualquier padre.
            Menos mal que ni mis amigos ni yo nos tomamos muy en serio esta manía mía de estar siempre pontificando, como buen español y como buen contertulio.


Jueves, 16 de enero
MINISTRABLE

Álvaro Sánchez León, periodista de investigación, colaborador de El confidencial y de otros medios, me envía el siguiente mensaje: “Muy buenas. Estoy preparando un reportaje sobre la intrahistoria de los nombramientos ministeriales. Tengo entendido que a usted le ofrecieron ser ministro de Cultura en esta última hornada y dijo que no. Me gustaría contrastar esa información y saber, si es posible, sus motivos. Muchas gracias”.
            La noticia no tiene ningún fundamento, por supuesto (quizá confundieron mi nombre con el de Luis García Montero), pero a mí me alegra el día.
            Soy un hombre tan modesto que con nada disfruta más que rechazando premios, cargos y honores. Lo malo es que hasta la fecha no había tenido ocasión de hacerlo. Según Álvaro Sánchez León, mejor informado que yo, he rechazado nada menos que un ministerio. Ahora solo me faltaría rechazar el Nobel para que mi felicidad fuera completa.


Viernes, 17 de enero
DE LA QUE ME LIBRADO

Cuento en la tertulia los rumores sobre mi rechazo de un ministerio y nos reímos mucho.
            ––¿Te imaginas lo que ocurriría si fuera verdad y hubieras aceptado? Ya sé que tú no dejarías tus clases por nada del mundo, pero no te preocupes que no durarías ni un día en el cargo. En seguida se pondrían a rebuscar en lo que has escrito –mira lo que pasó con los artículos de Quim Torra– y aparecerían tus opiniones sobre esto y aquello en los medios digitales y hasta en el portada de El Mundo: el ministro de Cultura votó a Puigdemont en las últimas elecciones europeas, el ministro de Cultura piensa que se ha intentado un golpe a la brasileña contra el gobierno de Sánchez… No sigo, te quemarían en la plaza pública, aunque por lo menos tendrías el consuelo de que todo el mundo te leyera.
            ––Prefiero que no me lean y no reparen en mí. Solo así podré seguir hablando en libertad sin que de inmediato me llame al orden, como a Pablo Iglesias, el caducado Consejo General del Poder Judicial.