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domingo 20 de diciembre de 2009

Línea roja: Libre te quiero

Sábado, 12 de diciembre
UN PISTOLETAZO

Decía Stendhal que la política en una obra literaria es un pistoletazo en un concierto. Por eso yo procuro no hablar de política, sino contar historias. La de aquel rey español, aunque no de España (entonces aún no se había inventado España) que puso precio a la cabeza de un rival político, por ejemplo. El rey se llamaba Felipe II y era, por la gracia de Dios, “rey de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de Nápoles, de Sicilia, de Mallorca, de Cerdeña, de las Indias y Tierra Firme del mar Océano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Lorena, de Bramante, de Luxemburgo y de Milán; conde de Flandes, de Artois, de Borgoña; conde palatino de Hainaut, de Holanda, de Zelanda, de Namur y de Zutphen; príncipe de Suabia; marqués del Sacro Imperio; señor de Frisia, de Salinas, de Malinas, de Utrecht, y gobernador de Asia y África”.
Su rival, el príncipe Guillermo de Orange, Guillermo el Taciturno, había sido gobernador general de los condados de Holanda y Zelanda y ahora encabezaba la revuelta de los Países Bajos contra aquel soberano dispuesto a mantener el catolicismo a sangre y fuego en todos sus territorios.
En marzo de 1580, le declara “traidor y hombre pérfido” y por ello prohíbe a todos sus súbditos “fueren del estamento que fueren, frecuentarlo, hablar o establecer contacto con él, abiertamente o en secreto, así como darle cobijo o atender a cualesquiera otra de sus necesidades”. Tras considerarlo “enemigo de la humanidad”, ofrece a quien le quite la vida “ya sea con buenas tierras o con dinero, según su voluntad, la suma de veinticinco mil coronas de oro, el perdón de cualquier delito que pudiera haber cometido y armarle caballero, si no fuera noble”.
Poco antes de las dos de la tarde del 10 de julio de 1584, Guillermo de Orange se levantó de la mesa donde había comido con sus familiares para dirigirse a las habitaciones superiores de su residencia en Delft. Se detuvo un momento para saludar a los militares que le protegían. Cuando se volvió para empezar a subir la escalera, un agente recién reclutado, Baltasar Gérard, dio un paso adelante, apuntó y le disparó las tres balas que su pistola llevaba en la recámara. El príncipe cayó herido. Trasladado a la estancia contigua, su mujer y su hermana trataron en vano de restañarle las heridas. Murió a los pocos minutos.
Gérard fue torturado y ejecutado. El rey Felipe cumplió su palabra y la familia del asesino, que vivía en el Franco Condado, recibió la recompensa prometida en buenas tierras y en dinero constante y sonante. En el siglo XVI todavía no se había inventado España, pero ya se había inventado el terrorismo suicida.
El pistoletazo de Gérard fue el primero que cambió el curso de la historia. La pistola que empuñaba era una de las principales innovaciones tecnológicas del siglo. Su mecanismo de llave de rueda –semejante al del reloj de bolsillo— hacía que no fuera necesario pararse a preparar el arma antes de utilizarla. Podía llevarse lista y escondida; sacarla, apuntar y disparar con una sola mano. Era el arma ideal para la defensa propia y para el asesinato político.
Pero de política yo no quiero hablar. ¿A qué molestar a nadie diciendo que ni ese asesinato ni las minuciosas barbaridades del duque de Alba –el 2 de diciembre de 1572 mandó matar a todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad de Naarden— pudieron nada contra la voluntad independentista de las Provincias del Norte?


Domingo, 13 de diciembre
UN BANQUETE

Como cualquier cosa, siempre que sea fácil de preparar, pero colecciono libros de cocina. Uno de mis preferidos es El practicón, de Ángel Muro, publicado en 1894. Tomo muy en cuenta las indicaciones protocolarias de don Ángel Muro: “En la colocación de los invitados es donde se ve el tacto y la inteligencia del anfitrión. Por lo tanto, debe este saber perfectamente el flaco y el fuerte de cada uno de sus huéspedes. Hay que emparejarlos con maña y picardía. Al lado de un viejo amable y simpático se puede sentar a una jovencita alegre y decidora. Un general, por ejemplo, de la clase de militarotes no se encontrará mal teniendo por el flanco derecho a una dama instruida y por el flanco izquierdo a un escritor de chispa. A los magistrados severos y a los pedantes profesores de Universidad les conviene la sociedad de una coqueta o de un sietemesino de la clase de inútiles, y así por el estilo. Conviene evitar las discusiones políticas y religiosas. El que convida debe saber que está obligado a hacer la felicidad de sus comensales, por lo menos durante todo el tiempo que estén bajo su techo”.


Lunes, 14 de diciembre
PEROS AL OLMO

Inés Illán recuerda la canción de García Calvo: “Libre te quiero, / pero no mía”. Y yo le pongo reparos gramaticales: “Si te quiero libre, sobra ese ‘pero’, ya está claro que no te quiero mía”. Inés me replica: “Tú es que eres capaz hasta de ponerle peros al olmo”.
Yo, en cuestiones de amor, sea amor erótico o maternal, prefiero otra frase: “Si no me quieres libre, no me quieres”. Y en cuestiones de política, aunque yo nunca me meto en esas cuestiones, también.



Martes, 15 de diciembre
AÚN NO

Antes de la lectura de poemas, organizada por una incombustible Mariam Suárez, tomo un café en el bar de la Casa de Cultura. Cuántos fantasmas. Hace cincuenta que vine a vivir a Avilés, hace treinta y ocho que publiqué mi primer libro y comencé a dar clases, hace treinta que comenzó la tertulia de los viernes y los miércoles y ahora de casi todos los días… Soy un hombre rutinario, ciertamente. Así me hago la ilusión de que el tiempo no pasa. Pero pasa, y se va llevando amigos y enemigos, y a quien no se lo lleva lo convierte en caricatura de sí mismo.
Tomo un café solitario y amargo y, por un instante, siento el vértigo del tiempo. Todo sigue igual, pero quienes pasan a mi lado me miran y no me ven; quizá ya solo soy un fantasma que vuelve.
Pero no, todavía no. Todavía –no sé si afortunadamente— solo soy un aprendiz de fantasma.



Miércoles, 16 de diciembre
OTRO BANQUETE

El príncipe Félix Yussupov no hizo precisamente la felicidad de su invitado aquel día de diciembre. Sabiendo que era goloso le preparó media docena de pasteles, tres de crema y tres de chocolate. Tras retirar la parte superior, espolvoreó en ellos una dosis de cianuro capaz de matar un caballo. También vertió cianuro en las copas. Luego fue a buscarle. Grigori Yefimovich, al que muchos tenían por santo, sentía una especial debilidad por el príncipe. Le consideraba su mejor amigo. Aunque frecuentaba a los emperadores, que nada decidían sin su consejo, se alegraba especialmente de que por primera vez lo invitara a su palacio. En el comedor había un armario con múltiples cajones que llamó la atención de Grigori. Se puso, como un niño, a jugar con él. Al principio rechazó los pasteles. “No quiero, son demasiado dulces”, dijo. Pero luego cogió uno, y después otro. Pidió de beber, y el príncipe le alargó la copa que contenía el cianuro. Saboreó la bebida. Cada vez estaba más contento. A un lado de la habitación vio una guitarra. “Toca algo alegre”, dijo. “No me siento con ánimos”, respondió el príncipe, que esperaba verlo caer muerto y estaba aterrado al comprobar su resistencia. Pero cogió la guitarra y comenzó a cantar. El monje cerró los ojos. El príncipe creyó que el veneno comenzaba a hacer su efecto. Pero al terminar la canción, dijo: “Canta un poco más. ¡Pones tanto sentimiento!”. Se oyó un ruido en la parte alta de la casa. “¿Quiénes son?”, preguntó súbitamente alarmado. “Voy a subir a ver qué ocurre”. Arriba le esperaban el gran duque Dimitriv y otros cómplices, extrañados por la tardanza. “¿Ya está?”, preguntaron. “El veneno no le ha hecho nada”, “No es posible. ¡Si la dosis era enorme! ¿Lo ha tomado todo?”, “¡Todo!”. Alguno propuso que bajaran a estrangularlo entre todos. Pero el príncipe prefirió coger el revólver del gran duque y bajar solo. Grigori estaba adormilado, pero abrió los ojos y se alegró al verle. Luego se acercó al pequeño armario que le había gustado tanto y se puso otra vez, como un niño, a jugar con los cajones. “Gregori Yefimovich, sería preferible que rezase una oración”. Sacó el revólver que llevaba escondido a la espalda. El monje tenía una mirada dulce, extraña en él, que no reflejaba miedo ni sorpresa. Apretó el gatillo. Se oyó un rugido salvaje y cayó sobre la alfombra. Los cómplices acudieron corriendo. La bala había atravesado el corazón; no había duda, estaba muerto. Subieron a celebrarlo. “No me puedo creer que nos hayamos librado de él”, dijo el príncipe. Y bajó para regodearse con la contemplación del cadáver. Pero cuando lo estaba mirando, abrió los ojos, unos ojos verdes de víbora, y los clavó en él. Luego comenzó a echar espumarajos por la boca y un rugido salvaje hizo retemblar la habitación. “Se abalanzó sobre mí –contaba el príncipe—; sus dedos intentaban agarrarme el cuello, los ojos se le salían de las órbitas y de sus labios brotaba sangre. En tono de voz bajo y ronco me llamaba una y otra vez por mi nombre”. Con un empujón logró quitárselo de encima y escapar escaleras arriba. El monje arrastrándose, le seguía. De pronto descubrió una puerta secreta, cerrada con llave, que daba acceso al patio. Para gran sorpresa del príncipe, la empujó y se abrió. Echó a correr. Los conjurados le siguieron disparando una y otra vez sus armas. Por fin se tambaleó y cayó junto a un montón de nieve. Comprobaron que estaba muerto. Pero cuando fueron a recogerlo para arrojarlo al río, notaron con espanto que Rasputín aún había encontrado fuerzas para arrastrarse unos cuantos metros.



Jueves, 17 de diciembre
CUÁNTAS VECES

Cuántas veces, queriendo hacer el bien, hacemos el mal. No hay bondad sin inteligencia. Quizá la verdadera bondad sea solo la forma suprema de la inteligencia.


Viernes, 18 de diciembre
LO QUE DIJO EL PRÍNCIPE

Un amigo mío conoció en París al príncipe Yussupov, allá por los años sesenta, y le preguntó si, sabiendo todo lo que vendría después, la guerra civil, las hambrunas, las purgas de Stalin, habría cometido su crimen. Y el príncipe, ya con síntomas claros de senilidad, le dio una respuesta enigmática: “Tenía que hacerlo; era el demonio, y el demonio se había enamorado de mí”.

domingo 13 de diciembre de 2009

Línea roja: Con cien candados

Domingo, 6 de diciembre
UN CRIMEN

El crimen fue en Granada, ¡en su Granada!, escribió Antonio Machado en el poema que dedicó a la muerte de García Lorca. El crimen fue en Perugia, en mi Perugia, podría decir yo a propósito del asesinato de Meredith Kercher, estudiante británica de 21 años.
El día de difuntos de 2007 apareció degollada en el piso que tenía alquilado en Via della Pergola con otras estudiantes. Puedo imaginarme perfectamente los lugares que frecuentaba: las aulas palaciegas de la Università per Stranieri, el elegante y provinciano corso Vannucci, recorrido una y otra vez cada tarde, las escaleras del Duomo, la Via dei Priori que lleva hasta el césped sobre el que se alza la fachada policromada de San Bernardino, los oscuros pasadizos, los recovecos, las infinitas escaleras, las subterráneas calles medievales, toda la verde Umbria desplegada ante la terraza de los jardines de Carducci…
Sus asesinos fueron Amanda Knox, estudiante norteamericano de veinte años, rubia, angelical y gélida como una heroína de Hitchcock, su novio Raffaele Sollecito, un galante italiano de poca más edad, y Rudy Guede, de Costa de Marfil, también con veinte años.
Acaba de hacerse pública la sentencia. Tras la larga noche de fiesta los tres condenados llegaron juntos al piso en el que ya estaba la joven inglesa: “Knox, Sollecito y Guede, bajo el efecto de estupefacientes y quizá del alcohol, decidieron llevar a cabo el proyecto de implicar a Meredith en un juego sexual que entró pronto en un crescendo incontrolado de violencia que acabó con la muerte de la muchacha británica”. Mientras Raffaelle Sollecito la sujetaba, Rudy Guede la violó y Amanda Knox le asestó la cuchillada mortal. Al parecer el motivo fue que quería vengarse de aquella “joven afectada, demasiado seria y morigerada para su gusto”.
Amanda, que permaneció impasible durante todo el juicio, lloró al escuchar la sentencia.
Cuando vuelvo fugazmente a Perugia, me gusta acariciar los lugares que recorría diariamente hace ya casi treinta años, tomar un café en el sitio de siempre, sentarme con un lento helado en las escaleras de la Catedral. Veo los grupos de estudiantes que hacen la vida que yo hacía entonces y me parece que son los mismos, que solo yo he envejecido. Los imagino felices, ajenos a la usura de los años, en otro mundo.
Pero no hay otro mundo en el que no se agazape el Mal.


Lunes, 7 de diciembre
DÍA DE FIESTA

Hoy es San Ambrosio, el gran día de la ópera. Se inaugura la temporada en Milán y yo estoy invitado a la fiesta de la manera más cómoda posible. Si no puedo desplazarme hasta el teatro, el teatro por arte de magia se acerca a mí. Me entretengo, antes de que comience la función, con el espectáculo de la sala, a veces no menos deslumbrante que el otro. Ahí está, en el palco principal, Giorgio Napolitano, y fugazmente entreveo a Umberto Eco, que intercambia algunas ironías con Dan Brown. La cámara pasa de un grupo a otro, a veces acaricia un rostro especialmente hermoso que parece mirarnos soñador desde la distancia, o encuadra en el palco un retrato de grupo que no desentonaría en una galería renacentista. Yo pienso, como siempre en estos casos, en la novela de Mújica Láinez, Gran Teatro, protagonizada por el público que se reúne en el teatro Colón, de Buenos Aires, y también en un relato de Dino Buzzati, Pánico Alla Scala, donde los asistentes a una representación no pueden salir al final porque fuera se ha iniciado, o eso creen, una revolución.


Fuera, este día de San Ambrosio, hay protestas, abucheos (algunos de estos elegantes trajes han estado a punto de recibir un huevo podrido), pero aquí dentro todo parece perfecto, el mejor de los mundos posibles. Entra Daniel Barenboim. Comienza la función. Qué prodigiosa Carmen, con un don José –Jonas Kaufmann- perfecto en la voz y en el gesto doliente, con un Escamillo –Erwin Schrott— lleno de gracia y pícara simpatía, con una Carmen que vuelve a hacer realidad el cuento de Cenicienta. Anita Rachvelishvili, una recia georgiana veinteañera, había sido seleccionada para un papel secundario. Barenboim, nada más escucharla, le ofreció el de la protagonista, y aquí está, cantando como nadie, o eso me parece a mí, que “l’amour est un oiseau rebelle / que nul ne peut apprivoiser, / et c’est bien en vain qu’on l’apelle, / s’il lui conviene de refuser”. Sí, con el amor no valen amenazas ni plegarias…
En los entreactos, no me aguardan los dorados salones ni las gráciles damas que fascinaron a Stendhal; yo estoy en un Centro Comercial, con el suelo lleno de palomitas y grandes colas antes las taquillas. “Toda la tarde llevamos así –me dice el encargado—, cinco taquilleras y no dan abasto, las colas llegan hasta el McDonalds”. Y yo, feliz en mi mundo de toreadores, gitanas y contrabandistas, me siento agradecido a los padres con niños y a los adolescentes devoradores de palomitas; gracias a ellos, todavía hay salas de cine y es posible el milagro de estar a la vez en Milán y en Oviedo. Los cinéfilos exquisitos prefieren bajarse las películas de Internet.



Martes, 8 de diciembre
EXTRAÑO PAÍS

“El pasado, ese extraño país donde todo sucede de manera distinta”, afirma Hartley al comienzo de su novela El mensajero. Vuelve el periódico a traerme noticias de Perugia. Por allí anduvo, un curso antes que el mío, un estudiante turco de inquietante mirada, Alí Agca. El 13 de mayo de 1981 disparó contra Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Cuando anduvo por Perugia, y se alojó en la misma casa de Via Garibaldi que yo ocupé después, ya había matado a un hombre, Abdi Ipecki, director del periódico Milliyet. Ahora es noticia porque dentro de unos días, a comienzos de enero, saldrá de la cárcel.
Aquella Perugia que en mi memoria ha ido convirtiéndose en la imagen de un paraíso fuera del mapa y del calendario ya entonces escondía demonios.
El pasado, ese extraño país que no ha existido nunca.



Miércoles, 9 de diciembre
ALGUNAS PRECISIONES

La cosas no ocurrieron exactamente como tú las cuentas –mi dice Enrique, que fue estudiante en Perugia por los mismos días en que lo fui yo—. He seguido con detalle el caso de Meredith Kercher porque un amigo mío casi fue testigo de los acontecimientos, incluso tuvo que declarar. La noche del crimen tenía aparcado su coche muy cerca de la casa de Via della Pergola en que ocurrió todo. El coche se estropeó cuando volvía de cenar y allí estuvo esperando a la grúa mientras presuntamente ocurrieron los hechos. No vio ni oyó nada. La casa, independiente, con un pequeño jardín, más o menos como la que alquilé yo con unas amigas, o como la tuya, aunque me parece que vosotros no teníais jardín, estaba ocupada por cuatro estudiantes de Erasmus. No iban a la Università per Stranieri, sino a la Università degli Studi, la que está construida sobre un mosaico romano. La mañana del dos de noviembre, encontraron a Amanda, una de las inquilinas, sentada a la puerta de la casa, junto con su novio. Estaban preocupados. Temían que le hubiera ocurrido algo a una de sus compañeras. Llamaban y no respondía. Forzaron la puerta y la encontraron acuchillada sobre su cama. Poco días después la policía detiene a Amanda, estudiante de Seattle, a su novio, del sur de Italia, y a Patrick Lumumba, músico congoleño que tenía un pub, “Le chic”, en el que a veces había trabajado Amanda como camarera. En comisaría, Amanda acusa a Patrick, casado y con un hijo, de ser el autor material del crimen. Le salvó un profesor suizo que aquella noche fue el último en retirarse del pub y que pudo asegurar que el músico no se movió de allí.


En casa del novio de Amanda, se encontró un cuchillo en el que había sangre de ésta, en el mango, y de Meredith, en la hoja. A ellos dos, en la larga fiesta de aquel día de difuntos, los había acompañado otro estudiante, Rudy Guede. Lo detienen en un tren de Alemania, por donde viajaba solo, sin equipaje, como huyendo de no se sabe qué.
Hubo acontecimientos extraños en los dos años que transcurrieron antes de que se celebrara el juicio. Unos desconocidos entraron en la casa, rompiendo la ventana de la cocina, y encendieron velas y dejaron varios cuchillos, como en un ritual satánico.
Los tres detenidos negaron siempre su participación en el crimen. “Meredith era mi amiga y no la odiaba –afirmó Amanda en el juicio—. La idea de que yo haya querido vengarme de una persona que siempre había sido amable conmigo es absurda. Las cosas que se han dicho en esta sala son todas pura fantasía”. El tres de diciembre, al final del juicio, habló por última vez ante el tribunal: “Tengo miedo que se me obligue a llevar para siempre una máscara de asesina sobre la piel. Después de dos años de cárcel estoy desilusionada, triste y frustrada”. A pesar de eso, dice que sigue confiando en la justicia. En la cárcel de Capanne, mientras se resuelve la apelación (en Estados Unidos se ha pedido el boicot a los productos italianos, Hillary Clinton se ha interesado por ella), hace lo mismo que hacía antes: leer, escribir. Incluso ganó un concurso literario con un relato que ella califica “de pura imaginación”, pero que causó cierto escándalo porque hablaba de una fiesta con droga, alcohol y una joven herida. Rafaelle, que ya no es su novio, se licenció en informática mientras estaba en la cárcel. Durante el juicio, se limitó a repetir una y otra vez que él es incapaz de matar una mosca.


La casa del crimen ha vuelto a ser alquilada. Es una agradable casita de pueblo, de esas que en el laberinto de Perugia alternan con los grandes y oscuros caserones. La dueña, que vive en Roma, una vez que la policía lo permitió, la ha vuelto a pintar y ha cambiado todos los muebles. Consta de dos apartamentos. Aquel en que murió Meredith lo ha alquilado por 1300 euros; el otro, por mil. No es que el morbo del crimen tenga un precio; es que es un poco más grande.


Jueves, 10 de diciembre
CANSA SER

¿Cuántas veces habré hablado de Pessoa? Vuelvo a hacerlo esta tarde, en Gijón, vuelvo a recordar la historia del hombre que era, como cualquiera de nosotros, una multitud. Todos llevamos dentro, encerrado con cien candados, un monstruo. El de la dulce y ejemplar Amanda Knox los rompió todos una noche de fiesta.
Cuando me quedo solo, releo a Pessoa y siento miedo: “Cansa ser, sentir duele, pensar destruye”.

domingo 6 de diciembre de 2009

Línea roja: De ayer y de hoy

Sábado, 28 de noviembre
AGUARDAR

Cuánto daño puede causar la buena voluntad ajena. Quien nos quiere mal, por poco que nos percatemos de ellos, daña a menudo menos que quien nos quiere bien. “Mi experiencia –escribe Nietzsche- me da derecho a desconfiar de todo el que está siempre dispuesto a la ayuda, del profesional del amor al prójimo. Sus buenas intenciones le hacen fácilmente perder toda delicadeza, entrometerse con sus manos auxiliadoras en un destino que no entiende, en un aislamiento plagado de heridas”.
Alguien a quien quiero tropieza y cae y cuando alargo la mano, una vez más, para ayudarle a levantarse me reprocha haberle empujado.
Dolido por la injusticia, recuerdo las palabras de Nietzsche y pienso que quizá tenga razón. Aunque me cueste, debo tratar de hacerme a un lado y confiar en el que el caído sea capaz de levantarse solo.
Y es lo que hago: aguardar, con ese peso sobre el corazón.


Domingo, 29 de noviembre
AMABLES ENEMIGOS

“¿No piensas responder? ¡Todo el mundo se mete contigo!”, me dice una amiga en la cafetería del Rosal. “¿Todo el mundo? Y yo sin enterarme”. “Mira lo que dice José Luis Rey, último premio Loewe: El derrocado García Martín me vacunó pronto contra todas las críticas”. Conocí a José Luis Rey en Córdoba, un buen chico muy admirador de Gimferrer y de fray Gerundio de Campazas.
“También te ataca Juan M. Molina Damiani, pero este con mayor artillería teórica. Mira, mira”. Y me alarga un ejemplar de Cuadernos Hispanoamericanos en el que leo: “El humanismo de Diego Jesús Jiménez al no producir conformidad ni cosificar las conciencias lo alejaría primero de la sinécdoque del segundo Castellet y, diez años más tarde, del nacionalrealismo figurativo con que Las voces y los ecos, de García Martín programarían aquella década desde postulados más neoliberales y menos iconoclastas: una vuelta al orden tardorrealista del Medio Siglo, agotado ya el tardovanguardismo layetano”.
¡Qué maravilla! Con mi antología me dediqué nada menos que a programar toda una década, la de los ochenta, desde postulados neoliberales. Le hice la competencia a los ministros de Felipe González. Y el bueno de José Luis Rey se vanagloria de haber ocupado el palacio el Palacio de Invierno con sus huestes barrocas tras desalojar a los poetas de la experiencia y derrocar a García Martín.
Nada me alegraría más, amiga Catarina, que el que todo el mundo se metiera conmigo. A mí los detractores siempre me caen bien, incluso los más tontos. Solo ellos piensan que soy tan importante como a mi vanidoso narcisismo le gusta creer.


Lunes, 30 de noviembre
ESPLÉNDIDA Y MARINA

¿Puede uno enamorarse de una mujer sin conocerla, solo por referencias, como en las brumosas historias de otro tiempo? De una mujer, no sé. De una ciudad, sí. Me ocurre a menudo. Me acaba de ocurrir nada más hojear un libro de Ernesto Giménez Caballero que encuentro en la librería de Valdés. Se titula Roma madre y es una exaltada apología del fascismo. Pero antes de llegar a Roma y a Mussolini se acerca amorosamente a Italia. Su puerta de entrada es Génova, a la que ha sorprendido –nos dice- por tierra, mar y aire, “en lo que tiene de fortaleza aún y de república libre, y en lo que tiene de mujer espléndida y marina”. Y el faro de la Lanterna, con su haz en la noche azul, es la espada de matar tinieblas endragonadas y lágrimas de emigrante.


A Génova sorprendida desde el aire se le ve la nuca de sus colinas llenas de ricillos, de pinos y de palmeras. Llegar a Génova por tierra es saltar del plácido lujo de la costa Azul a un laberinto de hierro y grúas, de docks inmensos, de roncar de buques, de tráfago, humo, negocio, cabotaje y tin tin de monedas.
Pero ni por tierra ni por aire se debe llegar a Génova. Hay que entrar por mar para entrar de veras. Arribada por mar, es ciudadela, es siglo XVI, es Andrea Doria en un palacio con tapices y techos inmensos coloreados al fresco, y centinelas por las atalayas. Es toda la libertad de un puerto que se hace República y vuelve la espalda al continente y conquista costas azules.
Es ver América, sentir América como desde ningún otro lugar del mundo, aunque al descubrirse América las antiguas sirenas genovesas tuvieron que esconderse llorando entre los acantilados.
Vieja Génova: puerta de Italia al infinito: rotura del viejo mundo.


Martes, 1 de diciembre
LAS CARGA EL DIABLO

Hojeo las Caricaturas republicanas, de Luis Bagaría, editadas por José Esteban, y su trazo incisivo y lírico me devuelve a un tiempo, el primer tercio del siglo, convulsamente esperanzado. De pronto, me sorprenden los cuatro trazos que nos presentan a Unamuno con grilletes sentado delante de un tribunal. El título de la viñeta dice: “Unamuno, condenado”. Y el pie reproduce unas palabras suyas: “¡En este país, y gobernando Dato, vale más ser terrorista que escritor!”.


Poco después de publicado ese dibujo en el diario El Sol, la tarde del 8 de marzo de 1921, tras asistir a la sesión del Senado, se dirigía en automóvil Eduardo Dato, presidente del Consejo de Ministros, a su domicilio particular. Al llegar a la Plaza de la Independencia, desde una motocicleta con sidecar -ocupada por dos individuos y el motorista- que le seguía muy de cerca, le dispararon más de veinte tiros. El chofer, que apenas se había dado cuenta de la agresión, aceleró instintivamente, al tiempo que oía decir al ayudante: “Aprieta, que nos han herido”. Poco después se detenía ante el domicilio del jefe de gobierno, en Lagasca, 4, y al abrir la puerta del coche vieron a Dato bañado en sangre. Partieron entonces hacia Salustiano Olózaga, donde estaba la Casa de Socorro. Los médicos no pudieron hacer más que solicitar la Extremaunción. En el despacho particular del presidente, se encontraban entonces a su espera dos de sus secretarios. La portera, muy alarmada, subió a decirles que el automóvil de la Presidencia del Consejo había llegado a la puerta y se había marchado a toda velocidad sin dejar ningún recado. Salieron entonces para tratar de averiguar lo que había ocurrido, procurando no alarmar a la familia, que había recibido recado telefónico de que el presidente había abandonado el Senado y lo esperaban para la cena. Pero la terrible noticia ya había ido extendiéndose por todo Madrid y llegó incluso a oído de uno de los criados de Dato, el cual, no dando crédito a lo que acaba de oír, dijo en voz alta al entrar en la casa: “¡Pues no dicen por ahí que han matado al señor!”. Se lanzaron entonces a la calle su mujer, doña Carmen, y sus tres hijas, Isabel, Carmen y Conchita, a pesar de que ésta última se encontraba en la cama con fiebre. El cadáver estaba en la Casa de Socorro sobre la inútil mesa de operaciones. Las heridas que presentaba eran: una en el cráneo, otra en la base del cráneo, otra en la vena yugular, otra en el labio inferior y otra en el costado izquierdo que le atravesó la cartera del bolsillo de la levita con salida por el lado derecho; todas mortales de necesidad. La cartera de ante, flexible, adornaba uno de sus lados con un diminuto monograma de oro. Contenía la cédula personal, varias tarjetas de visita, 1725 pesetas en billetes del Banco de España, una imagen de Santa Rita y otra del Corazón de Jesús.
Se sabía que los asesinos habían escapado por la calle Serrano y, poco después del crimen, un suboficial de la Guardia Civil se enteró de que ese día un carbonero de Pueblo Nuevo, al cruzar la carretera alrededor de las nueve, estuvo a punto de ser atropellado por una motocicleta con sidecar en la que viajaban tres hombres. Con este indicio se descubrió la casa de la Ciudad Lineal, próxima a la carretera de Hortaleza, donde dejaron los criminales la motocicleta con varias pistolas automáticas y más de doscientos cartuchos. De los interrogatorios a que fue sometido el dueño de la casa se averiguaron las señas de los asesinos y que uno de ellos, acompañado de una mujer embarazada, se había hospedado en el piso primero del número 144 de la calle de Alcalá, en cuyo piso bajo hay una taberna llamada “El descanso”. Tres días después de obtenida esta pista fue detenido por la policía en el número 164 de la misma calle de Alcalá, Pedro Mateu, de 25 años, tornero en hierro de la casa Elizalde de Barcelona, quien se confesó como uno de los autores del crimen y, en absoluto arrepentido, dijo que él no había matado a un hombre, sino al Presidente del Consejo de ministros y con gran cinismo añadió que en este país, y gobernando Dato, lo único útil que se podía ser, como había declarado el gran Unamuno, era terrorista.


Miércoles, 2 de diciembre
UN CONSEJO DE NIETSZCHE

Hay cosas de las que no se debe hablar si no se habla con grandeza.



Jueves, 3 de diciembre
VÍCTIMAS DE PRIMERA Y DE SEGUNDA

“Voy a ser políticamente incorrecto”, suele decir todo el que va a decir alguna tontería. En esta ocasión lo políticamente incorrecto es que “hay que distinguir entre las víctimas de Eta y las del 11-M. Las víctimas de Eta, por ejemplo, un policía, pueden en cierta medida evitar su muerte marchándose del País Vasco. Pero siguen ahí desempeñando su función, asumiendo un riesgo, y pierden su vida. Sin embargo, las víctimas del 11-M se parecen a las de un tsunami, iban en unos trenes y sin más murieron por efecto de unas explosiones”. O sea, que hay víctimas heroicas y pobres desgraciados con mala suerte. No sé qué conclusión querrá sacar Gustavo Bueno de esa diferencia, aunque conociéndole me temo lo peor. Lo que sí sé es que su palabra no son políticamente incorrectas, sino conceptualmente incorrectas, lo que es más grave en alguien que se ha dedicado profesionalmente a la filosofía.
Si hay dos clases de víctimas, ambas se dan entre las víctimas de Eta, que no solo mata policías en el País Vasco, sino ciudadanos anónimos en un centro comercial o en un aparcamiento, gente que tuvo la mala suerte, como los viajeros del 11-M, de estar allí en ese momento y “sin más murieron por efecto de unas explosiones”.

domingo 29 de noviembre de 2009

Línea roja: Viajes e historias

Sábado, 21 de noviembre
PERDER AMIGOS

“Un vínculo tan frágil como el amor: la amistad”. Leo el último libro de José Emilio Pacheco, poeta ingeniosamente prosaico que un tiempo me interesó más que ahora. Sí, la amistad es tan frágil y tan misteriosa como el amor, pero está más hecha de costumbre, cansa menos, quizá por eso casi todo el mundo la prefiere. Yo tengo mis dudas: la amistad será más descansada, pero entretiene menos.
¿Qué es un buen amigo? Pues alguien que se porta con nosotros como nosotros no nos portamos con él, que nos perdona cosas que nosotros jamás le perdonaríamos.
Es necesario aprender a perder amigos, ser conscientes de que la amistad es tan frágil como el amor: puede resistir tempestades y apagarse al soplo de un malentendido.
Hay un tipo de amistad, la complicidad literaria, que yo no he practicado nunca. Nada me fastidia más que, en un premio literario de cuyo jurado formo parte, gane un amigo. Yo no soy un Benjamín Prado, yo soy de los que creen que los verdaderos amigos, por delicadeza, en cuanto son conscientes de tal situación deberían retirarse. Me alegra especialmente, en cambio, que gane un excelente libro de alguien a quien no conozco o, mejor aún, por quien no tengo excesivas simpatías.
Sé distinguir perfectamente entre un buen escritor y un buen amigo. Otros no, pero se engañan diciendo que ellos solo se hacen amigos de los buenos escritores (quieren decir de los que les pueden ser útiles). Qué suerte. Yo no tengo esa capacidad de engañarme cuando me conviene.


Las complicidades, los intereses creados, son imprescindibles si se quiere ser alguien, tener algún poder, lo mismo en política que en literatura. En los talleres literarios debería enseñarse el arte de adular, sin el cual no se llega a ninguna parte. A nadie admiro más que a los que dominan ese arte, porque a mí me gustaría tener algún poder, bastante poder, cuanto más mejor. Por eso la adulación la he intentado más de una vez, pero no me sale. Mis falsos elogios, por mucho que me esfuerce, tienen siempre un tonillo que los hace parecer irónicos. Yo no adulo a nadie porque los adulados lo toman como una burla y es peor el remedio que la enfermedad. Tengo que resignarme a esa incapacidad mía.


Domingo, 22 de noviembre
RECTIFICO

Unas declaraciones de Muñoz Molina a propósito de su última novela: “Yo quería trabajar con los testimonios de las personas que vivieron esa época, utilizando sobre todo las cartas y los diarios, porque tienen la ventaja de la inmediatez; en las memorias hay un proceso de elaboración a posteriori. Yo quería llegar a saber qué se siente de verdad en los momentos en que suceden las cosas. Esto es lo contrario de la elaboración histórica que tiene la trampa de hacer que las cosas parezcan inevitables. Por eso es tan ilustrativo leer el día a día en los periódicos y en los diarios personales”.
Había dejado de lado el mamotreto de La noche de los tiempos, que me pareció tediosamente magistral, pero he comenzado a hojearlo y está lleno de precisos y minuciosos deslumbramientos. El protagonista viaja en tren por la orilla del Hudson: “Con renombrado asombro juvenil reconoce el puente George Washington, más admirable en la realidad que en las fotografías y en los planos, con el resplandor que debió tener una catedral gótica recién terminada, blanca todavía; pero más bello que cualquier catedral, delicado en su escala formidable, en la limpieza de su forma, tan pura como un axioma matemático. El arco invertido de los cables atraviesa de una orilla a otra con la exacta delicadeza de una curva de compás trazada en tinta azul sobre la cartulina blanca. La luz traspasa las torres como las filigranas geométricas de una celosía. Las torres desnudas, puros prismas de acero, su verticalidad tan firme como la horizontal ligeramente combada que se extiende sin más soporte que ellas entre las dos orillas, los cables como arcos y como dobles cuerdas de arpa, vibrando con el viento”.
Basta acompasar el paso a la morosidad de La noche de los tiempos para que desaparezca el tedio. La peripecia novelesca me interesa poco; ver lo que hace el autor con los materiales de la época me apasiona. Apenas hay párrafo sin una de esas “maravillas concretas” de las que hablaba Jorge Guillén.



Lunes, 23 de noviembre
MUNDOS DE FICCIÓN

Qué sorpresa encontrarse de pronto, en un estudio académico de Miguel Melendi, la justificación conceptual de las propias intuiciones. Se titula La narración artística como documento. Pero más sugestivo resulta el subtítulo: “Atribución de confianza a mundos de ficción”. Cita a Pío Baroja: “El escritor necesita siempre el trampolín de la realidad para dar saltos maravillosos en el aire. Sin ese trampolín, aun teniendo imaginación, son imposibles los saltos mortales”. En una obra de ficción no todo es ficción, aunque finja serlo. Y a veces interesa más el trampolín que los saltos mortales.


Martes, 24 de noviembre
UN DÍA DE GLORIA

“La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemimos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible, y nuestro espíritu ávido se desgarra”.
Qué raros caminos llevan de unos libros a otros. Se presenta mañana en Madrid Por partida doble, la antología de poesía asturiana que preparé hace unos meses, y yo releo Moralidades actuales, de Rafael Barrett, que encontré causalmente la tarde en que la presentamos en Berna.
El único día de gloria que tuvo Barrett fue aquel en que tuvo en sus manos este su primer y último libro. Enfermo de tuberculosis viajaba desde Paraguay hasta Francia. El barco se detuvo en Montevideo y allí, a la vez que el editor, subieron a bordo periodistas y admiradores: “Mi cuarto era una romería. Mi libro ha tenido un éxito loco”, escribe a su mujer. Murió pocas semanas después.


Qué vida la de Rafael Barrett. Había nacido en Torrelavega, era de la edad de Baroja o Azorín, conoció la bohemia y las inquietudes del fin de siglo, parecía destinado a brillar como nadie en medio de aquella generación gloriosa. Pero su vida cambió de rumbo por una “cuestión de honor”. Se sintió ofendido por no sé quién y lo retó a duelo, según costumbre de la época. Pero su rival no quiso batirse y disfrazó su cobardía dando pábulo a un rumor: “Barrett no era un caballero; tenía costumbres wildeanas”. Un tribunal de honor le dio la razón y Barrett indignado agrede al presidente de ese tribunal, el duque de Arón, durante una función de gala del Circo de París. El duque, a pesar de la ofensa pública, también se niega a batirse: “Barrett no es un caballero”, insiste. Recurre entonces a médicos “de reconocido prestigio” para que certifiquen que carece de hábitos nefandos. Lo certifican, algunos periódicos publican el hecho y ello no solo no devuelve su honor al joven dandy, sino que lo convierten en el hazmerreír de Madrid. Tras aquella ejecución moral, huye a América. Allí Barrett --agresivo, brillante, cada vez más próximo a las teorías anarquistas-- se convierte en un incansable defensor de causas perdidas, en el primer periodista de su tiempo, en uno de los grandes de todos los tiempos.


Miércoles, 25 de noviembre
PASEO

Un lento paseo, al anochecer, por calles poco frecuentadas y a la vez muy familiares. ¿Cuánto tiempo he estado caminando, primero solo, luego con Martín López-Vega como guía? ¿Dos, tres horas? Siempre he vivido en lugares donde, a los pocos minutos de marcha, ya se encuentra uno en pleno campo. Hay a quien le gusta eso. A mi la naturaleza siempre me da la sensación de intemperie. Solo me gustan las ciudades que no se acaban nunca, que nunca te dejan solo, que en cada esquina te cuentan una historia, te traen a la memoria una página de la historia de la literatura, que es la historia de mi vida.


Velázquez, Goya, Cibeles, el Paseo del Prado, el Botánico, la Cuesta de Moyano, la calle Huertas, las casas de Lope, Quevedo y Góngora, sus versos escritos en el suelo… Madrid me arropa y no me cansa nunca, quizá porque nunca he vivido en Madrid, porque nunca lo han emborronado los inconvenientes de la cotidianidad.
Me gusta no vivir en las ciudades en las que más me gusta vivir. Llegar al atardecer, acariciar unos pocos árboles, unas cuantas calles, entrar en algunas librerías, charlar con dos o tres amigos, y luego marcharse al día siguiente.
Me gusta desear lo que tengo al alcance de la mano y alargar la mano y acercar los labios y nunca devorar la manzana.


Jueves, 26 de noviembre
CIELO DE PAPEL


En la monotonía del viaje de regreso, un nombre que es una tentación: Villalar de los Comuneros. Me fascinan los escenarios de la historia tanto como los de la literatura. Nos desviamos de la autopista y por una solitaria carretera llegamos al pueblo. Una bandada de vencejos, sobrevolando la torre de una iglesia, llena de borrones el folio gris del cielo. Luego, calles vacías y una abierta plaza sin nadie. El día, neblinoso, muy poco castellano. Aclara algo, pero la luz sigue siendo triste y todo tiene un aire de grabado antiguo. El ayuntamiento a un lado, con sus banderas y soportales; la iglesia de San Juan, al fondo, y los campos de labor tras ella; al otro lado, la sucursal de un banco, en la que se entreven algunas móviles sombras, y en medio el monolito que conmemora el lugar donde fueron ejecutados Padilla, Bravo y Maldonado. Hay también una rara torre del reloj con caperuza de cuento de hadas. Qué extraño sitio, qué lugar fuera del mundo. Sobre la sucursal bancaria, un centro social. Subimos a tomar un café. Tres o cuatro lugareños nos miran sin demasiada simpatía. Hemos venido a perturbar su paz. Hoy no hay función. No es día de visita. Yo me llevo de Villalar el recuerdo de una plaza y un cielo de papel reciclado donde todo el dolor y el horror de una antigua historia ya ha desaparecido. Como ocurrirá con cualquier historia.

domingo 22 de noviembre de 2009

Línea roja: Del tiempo aquel

Sábado, 14 de noviembre
SOY BUENO

“Ya no eres tan malo como antes, ya no eres tan divertido”, me dice un amigo que hace tiempo que no veo. Y es verdad. “Malo” quiere decir tan solo que, cuando escribo reseñas, ya no llamo al pan pan y al memo memo. Tampoco antes lo hacía mucho, pero sí alguna que otra vez.
Ahora he aprendido a mirar para otro lado cuando una momia más o menos venerable se pone pomposamente en ridículo. Ahora hasta sería capaz de elogiar, como un Jambrina cualquiera, “la noche cosida de azofaifas” y “la bandada de pájaros pasiegos” que le señalan la frente al bueno de Gimferrer “con la luz de los ojos de la Cuca”.
“¿Has visto la última novela de Muñoz Molina? ¡Qué horror, mil páginas! Parece un diario de Andrés Trapiello”. La he entrevisto y he admirado la ponderada caligrafía de cualquiera de sus frases: “Con un silbido como de sirena de barco el tren se aparta de la orilla del río y se sumerge a más velocidad en el túnel de hojas amarillas, ocres, naranjas, azuladas, rojas, de un bosque tan tupido que la claridad de la tarde apenas lo atraviesa”.
Es La noche de los tiempos una obra maestra tan evidente, y resulta tan previsible su evocación republicana y saliniana, que para darse cuenta de ello no hace falta ni siquiera leerla. Algo que no deja de ser un alivio, todo hay que decirlo.


Lunes, 16 de noviembre
ENCUENTROS EN TURÍN

Hablé yo de Sarawak, que el sultán de Brunei cedió al imperio inglés, y de Sir James Brooke, que llego a ser el Rajah de ese territorio, y José Luis Piquero me escribe para contarme que se trata de uno de los héroes de su adolescencia, un compañero de aventuras del mítico Sandokán. Y entonces yo también recuerdo y a la cabeza me vienen unos versos de los que ignoro el autor: “Tuve en la adolescencia la manía / de trazar en mis horas solitarias / itinerarios de la fantasía / para viajes por tierras legendarias. / Con la inquietud del corazón por guía / términos eran de mis rutas varias / El Cairo, Benarés, Alejandría… / Del tiempo aquel de mi existencia vana / apenas si persiste / la memoria de un viaje imaginado / por un muchacho soñador y triste”.
Cuando Pierre Loti pasó por Turín, Salgari fue a su encuentro. Le llamó la atención que Loti, el exótico novelista aventurero, usara corsé y se pintara los labios. Era, sin embargo, un hombre atlético. Cierto día, paseando ambos por los jardines de Nervi, dio un salto mortal con la agilidad de un acróbata, aunque por entonces tenía más de cuarenta años. Esa misma noche entraron en un cafetín popular. Algunos clientes empezaron a lanzarle bromas subidas de tono al advertir los labios pintados. Loti deslabró a media docena a puñetazos y silletazos, mientras Salgari hacía añicos toda la botillería.
Qué final tan triste el de aquel hombre que llenó tantas horas de mi vida de fascinación y aventura. Cierto día a la lavandera Luisa Quirino, mientras recogía leña en un bosquecillo, le llamó la atención un hombre tendido al pie de un tronco. Se acercó. Reconoció espantada a su vecino Emilio Salgari, desangrándose. Era la mañana del 26 de abril de 1911. Su mano empuñaba la navaja con la que había puesto fin a su vida, a la manera japonesa, practicando el harakiri. Aquella muerte trajo la desgracia sobre la familia. Su mujer perdió la razón y fue recluida en un manicomio. La hija Fátima murió apenas cumplidos los 21 años, su hijo Romero se mató arrojándose desde el balcón a la calle. Su tercer hijo, Nadir, pereció en un accidente. Solo le sobrevivió su hijo Omar, que se pasó la vida en los tribunales, viejo e hipocondríaco, defendiendo unos derechos de autor que se le escapaban de las manos.


César Tiempo, a quien yo conocí, le conoció en un café de Turín. Omar también escribía. Se rumoreaba que era el autor de varias de las novelas póstumas de su padre. También conoció a Andrea Villongo, librero y editor, que traía a mal traer al hijo de Salgari. Se lo presentó Cesare Pavese, que azuzaba al uno contra el otro, y se reía mucho con las trifulcas entre ambos.
César Tiempo –un argentino que había nacido en la remota Ekaterinoslav y se llamaba Israel Zeitlin-- se alojaba, cuando conoció a Omar y a Pavese, en el hotel Roma, el mismo en el que aquel risueño novelista en la cumbre de su fortuna decidió, poco después, no escribir más, repetir, menos melodramáticamente, el gesto de Salgari.


Martes, 17 de noviembre
ILSA BAREA

Gregorio Torres Nebrera, que asiste al congreso sobre el exilio que ha organizado con minuciosa gentileza Antonio Insuela, me regala su edición de La forja, primer tomo de la fascinante autobiografía de Arturo Barea. En el prólogo, que se lee como una novela detectivesca, encuentro la solución de un enigma. ¿Cómo es posible que de esa obra maestra de la literatura española se haya perdido el texto original y solo podemos leerla en una traducción de versión inglesa? Pues porque no hubo tal original, porque la presunta traductora –la revolucionaria austriaca Ilsa Kulcsar- es la principal autora de la obra. Torres Nebrera reproduce unas declaraciones de Rafael Martínez Nadal, que conoció a la pareja durante su exilio londinense: “Todas las mañanas ella le dejaba preparado el trabajo del día: sobre la mesa, el libro o libros que tendría que leer, a mano siempre el diccionario de lengua española, la variedad de lápices y plumas; el cuaderno para anotar lo que se le ocurriera; notas que luego, a la noche, después de la cena, serían motivo de conversación y comentarios”. El método de escritura de La Forja de un rebelde se deduce de las palabras de Ilsa: ‘Pero lo mejor es oír a Arturo expresar, en su lenguaje tosco, las más agudas, inesperadas observaciones. Tan fuertes, tan vívidas y vividas que ahora todas las noches voy tomando notas en inglés de lo que él me cuenta en español. Luego me las revisa nuestra compañera de casa y van quedando páginas de una posible autobiografía de Barea escrita en un idioma que él no conoce”.



Miércoles, 18 de noviembre
LAS COSAS CLARAS

Con mi amigo Alfonso, que las ha reseñado, comento las memorias ovetenses de Marino Gómez Santos, su particular ajuste de cuentas con la ciudad. El titular de una entrevista publicada hace unos meses anticipaba el tono: “Ángel González era un hombre acobardado, estaba aislado, nadie conocía su poesía”. Lola Fernández Lucio se sintió particularmente ofendida y escribió una carta al periódico, que yo no pude conocer entonces y que ahora me trae fotocopiada a Las Salesas. Gómez Santos presentaba al adolescente Ángel González “acodado en el mirador de la casa de su madre en la avenida de Galicia, esperando algo que no sabía lo que era. Un hombre acobardado. Venía de Villamanín de mirar a las estrellas. Estaba aislado. Apareció por los cafés, decía que escribía poesía, pero no la conocía nadie”. Lola Lucio puntualiza: “La casa de su madre, en la avenida de Galicia, número 8, no tenía ningún mirador. Tenía ventanas. Yo vivía, como tú sabes, en el número 6, y recuerdo perfectamente esa fachada, y también, por cierto, unas cuantas fotografías de aquellos grandes intelectuales españoles amigos tuyos decorando el suelo de mi portal… inexplicablemente”. De viva voz me explica Lola que un día, al salir de casa, se encontró el portal lleno de fotos en blanco y negro, muchas de ellas dedicadas, de Azorín, Baroja, Marañón, también un misal y otros cachivaches, y a un apesadumbrado Marino tratando de recogerlo todo. En el portal de Lola vivía la novia. Al parecer habían reñido y ella había tirado todos los regalos del joven triunfador en Madrid por las escaleras.


Sigue, en la carta del periódico, replicando a la entrevista: “Si alguna vez viste a Ángel detrás de una ventana, no me extraña que tú no supieras qué esperaba. Él sí lo sabía: un futuro mejor, otro tiempo distinto a aquel de banderas desplegadas, mejor y más justo. Lo calificas de acobardado. Quizá no sepas que con diez años le sirvió a su madre de mensajero, entregándole la carta que un sacerdote de la iglesia de San Juan había puesto en sus manos infantiles, en la que se le comunicaba a doña María Ruiz el fusilamiento de uno de sus hijos. Inolvidable para él la escalada de la calle de Toreno aquella mañana mientras oía el canto de los pájaros en el campo de San Francisco”.
Comprendo la indignación de Lola Lucio contra Marino Gómez Santos, pero yo siento más bien pena. ¡Tantos años, tantos éxitos, tantas biografías de reinas y nobeles y aún no ha sido capaz de olvidar el maltrato al que el Oviedín del alma le sometió en los años cuarenta! Tuvo que irse a Madrid para encontrar su sitio. Y allí lo encontró muy pronto: tenía poco más de veinte años y ya era un periodista de éxito que se codeaba con los más grandes. Y volvió un día, a la tertulia de siempre, dispuesto a recibir la admiración y la envidia de todos. ¡Cuántas veces había soñado con ese momento! Pero llegó al café de la calle Uría, se sentó en la esquina de costumbre, y todos siguieron con sus cosas y sus bromas, sin prestarle mayor atención. Por fin, uno de los contertulios habituales se fijó en él: “Marianín, hace tiempo que no apareces por aquí. ¿Tuviste malu?”. Esos fueron todos los aplausos que recogió el ambicioso arribista que llegaba cargado de laureles. A mí no me extraña nada su odio a Oviedo, al que llamó Orbayal en un irónico y despreciativo artículo publicado en la famosa tercera del ABC de entonces.


Jueves, 19 de noviembre
COLECCIÓN DE ASOMBROS

Gabriel Ferrater escribió, y yo lo he citado más de una vez, que hacía colección de días y que los tenía todos repetidos. Los míos son todos distintos, y cada uno trae su afán y su asombro. Esta tarde, Marcos Vallaure nos guía por los entresijos del Museo de Bellas Artes: la biblioteca, la sala de restauración, el taller de carpintería, los almacenes donde conviven, nariz con nariz, un elegante Alfonso XIII lleno de entorchados y un desastrado San Francisco, la secreta, prodigiosa terraza sobre la torre y los tejados de la catedral… No es la gótica torre clariniana, que aquí tengo al alcance de la mano, la que más me admira, sino la otra, la hermana mayor y pobre, la torre románica que se alza sobre la Cámara Santa, y que solo desde este lugar puede verse en toda su austera elegancia.


No hay día que no llegue cargado de tesoros: unas veces es una sonrisa, otras la luz del atardecer, en ocasiones una puerta que una mano amiga nos abre y nos permite atisbar la trastienda del milagro. Algunos de esos tesoros llegan bien camuflados, como de contrabando. Pero yo procuro no dejar escapar ninguno.

domingo 15 de noviembre de 2009

Línea roja: Deprisa, deprisa

Sábado, 7 de noviembre
NO PENSAR


Sentado en primera fila del autobús, mientras la cinta de la carretera se desliza hipnóticamente ante mí, trato de no pensar en nada. Pero aún no soy lo suficientemente sabio para conseguirlo.
“Todo lo que no es normalidad es monotonía; todo lo que no es racionalidad es vulgaridad”, escribió no sé quién, quizá Eugenio d’Ors.
Detesto lo extraordinario, aborrezco el exotismo. Esta ruta forma también parte de mi rutina. Cuando crucé el Pajares, amanecía y los primeros rayos coronaron de rosa una de las cumbres rodeada de nubes oscuras. Fue el primer regalo.
Trato de no pensar en nada, de hacer colección de estampas, como un pintor japonés, pero me temo que voy a tener tiempo para pensar en todo.
El viaje en autobús de Oviedo a Cáceres está previsto que dure ocho horas, pero siempre regalan algo más de propina. Hace medio siglo que me vine a Asturias. Y ahora que lo pienso quizá fue el único viaje de mi vida, y no dependió de una decisión mía: tenía nueve años. Los demás viajes no pasaron de excursiones por los alrededores de casa. No volví a cambiar de paisaje ni de paisanaje. Soy sedentariamente afortunado. Las turbulencias del azar no me han zarandeado de un sitio a otro, como a tantos.
Voy a Cáceres a un encuentro de escritores, y no puedo dejar de recordar la primera vez que regresé a mi tierra con un propósito semejante. Aquel congreso lo inauguraba el ministro de Cultura, Ricardo de la Cierva, y lo presidía la elegante esfinge de Pedro de Lorenzo. Qué remotos, casi medievales, resultan esos nombres. En estos casos siempre acabo contando la misma anécdota. Una vez, en uno de los cursos veraniegos de Santander, rodeados de los jóvenes poetas a los que habíamos antologado, le dije a Luis Antonio de Villena: “Ya vamos siendo viejas glorias”. Y él entonces me miró desdeñoso, por encima del hombro, como pensando “¿qué se creerá este?”, y respondió: “Viejas somos todas; glorias… solo algunas”.


Domingo, 8 de noviembre
NUEVA ADMIRACIÓN

Cruzo la Plaza Mayor, atravieso el Arco de la Estrella, recorro una vez más las calles y plazas del viejo Cáceres. Podría ir de un palacio a otro, de una iglesia a otra con los ojos cerrados, y sin embargo nunca deja de asombrarme tanta maravilla. Me vienen a la memoria, los versos que Segismundo le dice a Rosaura en La vida es sueño: “Con cada vez que te veo / nueva admiración me das, / y cuanto te miro más / muy más mirarte deseo”.


Pero también cada vez que vuelvo me encuentro con un regalo inédito. Esta vez se trata del palacio de los Becerra, en la plaza de San Jorge, convertido en sede de la fundación Mercedes Calle. Tiene el sobrio caserón tanto de museo como de almoneda. Yo lo siento lleno de fantasmas. Aquí están las obras de arte que coleccionó doña Mercedes Calles Martín-Pedrilla y también sus objetos personales, sus fotografías, los cuadernos manuscritos en que anotó impresiones de viaje, íntimas perplejidades. Me asomo a los historiados espejos y contemplo en ellos la luz de otro tiempo.
En la sala de exposiciones, dedicada a la cerámica portuguesa, me encuentro con un viejo amigo, Fernando Pessoa, y a la memoria me vienen los versos de “Tabacaria”: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”.
Yo también tengo en mí todos los sueños del mundo y no soy nada y nunca seré nada, pero me gusta dialogar con los fantasmas y pensar que algún día seré uno de ellos. Entonces, viajero que juegas a perderte en el hermoso laberinto del viejo Cáceres, seguro que te encuentras conmigo al doblar una ventosa esquina o en las salas de cualquier viejo palacio. No me parece la peor manera de pasar la eternidad.


Lunes, 9 de noviembre
EL ORIGEN DEL MUNDO

Creo que era Marià Manent quien decía que todos tenemos un Bosque, una Fuente, un Río, una Montaña con mayúscula, con los que comparamos a todos los demás. Son el bosque, la fuente, el río, la montaña que conocimos cuando niños. Mi país primordial está entre Salamanca y Extremadura, abarca la sierra de Béjar, el valle del Ambroz. Aunque viaje con los ojos cerrados, noto cuando me acerco, el corazón me late más deprisa. Los castaños y los robles están especialmente hermosos en estos días de otoño. Al ir y al volver paso por delante de la antigua estación de Béjar. Fue el destino de mi primer viaje en tren. Recuerdo bien la aventura, con el monstruo humeante tirando de los vagones de madera y la ciudad derramada inmensa sobre una alargada colina. Y en Baños de Montemayor me aguarda una vez más la cerrada curva que una vez hizo exclamar a una señora: “Parece Montecarlo”. Y yo me sonreí de aquella extravagancia hasta que pude comprobar que ciertamente era muy semejante a otra que hay en Montecarlo y que da mucho juego en no sé qué carreras de coches.


Antes la carretera pasaba exactamente por delante de mi casa. Desde la ventanilla del autobús podría tocarse el balcón en que miraba las estrellas cuando niño. Ahora la nueva autovía rodea el pueblo. Me gusta verlo así, derramado, con las torres de las dos iglesias, la de la parte de Arriba y la de la parte de Abajo, y destacando especialmente sobre el caserío el edificio de la escuela. Las incomodidades del largo viaje en autobús se justifican por estos pocos minutos, llenos de maravillas. Allá distingo el perfil del Pinajarro, acá, sobre la ladera, el blanco caserío de Segura de Toro o de Casas del Monte; por ahí se va a la Abadía, donde estuvo el mágico jardín de los duques de Alba que supo de las ensoñaciones de Garcilaso y que ahora solo pervive en los versos de Lope de Vega: “Cantaré del jardín del Abadía, / famoso donde nace y muere el día”.
Aquí está el origen del mundo, aquí todo huele a infancia y paraíso. Pero necesito cruzar así, raudo, para que la ensoñación se mantenga. Más de un hora en mi pueblo y siento que me falta el aire, que tengo que seguir carretera adelante. Lo quiero mucho, pero no lo soporto. Me pasa también con las personas que más quiero. Quizá por eso vivo solo.


Martes, 10 de noviembre
MÁS DEPRISA

Leo El piloto ciego, de Papini, y no puedo dejar de sentirme identificado: “¡Más deprisa, más deprisa! ¿Dónde está el director de orquesta del mundo? ¡Llamadlo, que se presente enseguida ante mí! ¡Acelerad el ritmo, apurad el tiempo! ¡Más deprisa, más rápido! ¡Más deprisa todavía, más rápido todavía! ¿No sentís cómo se arrastra despacio y lento este perezoso mundo? ¡Parece un anciano gotoso, un cojo decrépito, un enfermo atontado!”
Sí, yo también, perpetuo acelerado, quiero vivir toda mi vida en un día: “Niño por la mañana, amante al mediodía, poeta al atardecer, sabio al caer la noche. ¡Que las estaciones se sucedan a cada instante, que nazca y se ponga el sol cada minuto, que cada latido de mi corazón marque un nuevo placer!”
Deprisa, siempre deprisa… Y al fondo, sin querer escucharlos, los versos de Yeats que afirmar que esta inquietud “es tan solo nostalgia de la tumba”.



Miércoles, 11 de noviembre
UN PUÑADO DE HIGOS

Pocas veces el destino actuó de manera tan acelerada como en el caso de Masaniello, el vendedor de pescado del Mercado napolitano que pasó de no ser nadie a ser el dueño de la ciudad mientras el virrey se recluía asustado en el Castell Novo; de ejercer con sabia ecuanimidad la justicia y dar ejemplo de modestia, a enloquecer con el poder absoluto como un emperador romano que dispone a su capricho de las vidas de sus súbditos, y de ser asesinado y arrastrado su cadáver por las calles de la ciudad a venerársele como santo y a celebrarse en su honor el más glorioso funeral hasta entonces conocido. Y todo ello no en pocos años, ni siquiera en pocos meses: “En el corto espacio de tres días, Masaniello fue respetado como un monarca, muerto como un facineroso y honrado como un santo”.
Escucho el aria final del Masaniello furioso, de Keiser, y vuelvo a pasear por la Piazza del Mercato, por la Piazza del Carmine, por los desvencijados rincones de Nápoles que tan poco parecen haber cambiado desde aquel día de 1647 en que un puñado de higos arrojados al suelo desencadenó el más extraño desafío al que se hubiera enfrentado nunca el imperio español.


Jueves, 12 de noviembre
EL FILÓSOFO DOLIENTE

Mientras habla Rada Panchovska, en el aula José Gaos, de las traducciones al búlgaro de literatura española, yo recuerdo alguno de los aforismos del ilustre trasterrado: “En amor es inútil pedir piedad; si hace falta pedirla es porque aquel a quien se la pide ya no la tiene”.
La hija de Gaos escribió unos recuerdos del padre que a mí me pasó Ricardo, el taxista que me lleva habitualmente al aeropuerto; a él le había regalado el folleto la autora. A Gaos le importaba su obra, su carrera profesional, no la familia. Un día decidió irse a vivir solo en busca de mayor tranquilidad; su mujer, que le admiraba y le quería, le dejó marchar, dolida, pero sin reproches. Parece que no era solo tranquilidad lo que buscaba, que también había una devota discípula. El caso es que cierta tarde, después de llevar más de un año fuera, al llegar a casa se lo encontró acostado en el lecho conyugal. “No me encuentro bien –le dijo--, he vuelto unos días para que me cuides”.


Viernes, 13 de noviembre
EL VIAJERO INMÓVIL

No sé hacer solo una cosa, no sé estar en un solo sitio. Mientras veo la televisión, leo un libro; mientras escucho una conferencia, si no puedo leer, preparo el artículo del día siguiente; mientras espero a que cambie el semáforo, escribo haikus.
Deprisa, siempre deprisa, tratando de no pensar en lo que no puedo dejar de pensar

lunes 9 de noviembre de 2009

Línea roja: Un engaño piadoso

Sábado, 31 de octubre
EN EL CIRCO

En el circo una madre imprudente permite que su hijo se preste a participar en las demostraciones de un mago chino. Le encierran en un arcón. Abren el arcón; está vacío. Vuelven a cerrarlo. Lo abren; el niño aparece y regresa a su asiento. Nadie se da cuenta de que no es el mismo niño.
Yo soy ese niño al que de niño cambiaron por otro exactamente igual, pero distinto. Y el arcón no era un arcón, sino una biblioteca.


Domingo, 1 de noviembre
CONTRA LOS LIBROS

Me gustan los libros, detesto los libros. Siempre lo que más amamos es también lo más odiado. Benefactores de la humanidad quienes conservan los libros, igualmente benefactores quienes los destruyen. Si los hombres fuéramos inmortales, hace tiempo que en la Tierra no habría sitio para nadie. Si nunca se hubiera destruido un impreso (y solo hace poco más de cinco siglos que se imprimen libros), ya no habría almacenes suficientes en el mundo para contenerlos todos.
El libro electrónico, que no ocupa espacio, está muy bien, pero tampoco estaría mal que se imprimieran libros con un pequeño dispositivo que los hiciera desaparecer nada más leídos o, como tantos libros de poesía, apenas hojeados.
Esta mañana, mientras desayunaba, he hecho un movimiento brusco y una torre de libros dispuesta precariamente en la mesa ha caído sobre los que se amontaban en una banqueta. Todo el suelo de la cocina ha quedado salpicado de papel y literatura. En momentos así a uno le resulta simpático incluso al bárbaro que prendió fuego a la biblioteca de Alejandría.
Pero luego visito la exposición bibliográfica del Banco Herrero y vuelvo a reconciliarme con los libros. Pocas veces he podido contemplar tantas maravillas juntas. Me deslumbra sobre todo uno de aquellos volúmenes que en el Nápoles de Carlos III reproducían con mágica minucia los restos arqueológicos que iban apareciendo en Pompeya y Herculano. Y me alegra encontrar, entre los bibliófilos que han prestado sus ejemplares, a un jovencísimo y genial amigo, Alberto Valdés, que no tenía aún diez años y ya conocía las primeras ediciones de Valle o Juan Ramón tan bien como mi admirado Andrés Trapiello, con quien a tan temprana edad llegó a tener algún involuntario encontronazo.


Yo no soy bibliófilo ni coleccionista, solo soy un lector. Disfrutaría acariciando y hojeando estos volúmenes prodigiosos, pero no disfruto menos con los que encuentro en el Fontán y que me alegran el café cada mañana de domingo. Por ejemplo, este Manual de la Comunidad Británica de Naciones y del Imperio, que encontré hoy. Fue editado en Londres en 1944, muy poco antes de que el mundo de Kipling se derrumbara. Cuánta sugestión hay en sus mapas, en sus precisas anotaciones geográficas. Nunca había oído hablar de Sarawak, ahora sé que “en 1841 fue obtenido el gobierno de este territorio del Sultán de Brunei por Sir James Brooke, que llegó a ser el Rajah. Se estableció el Protectorado británico por un convenio hecho en 1888. Extensión 129,450 kilómetros cuadrados. Población (1939) 442,900”. No necesito más para soñar elegantes heroísmos y sacrificados adulterios, a lo Somerset Maugham..


Lunes, 2 de noviembre
UN HOMBRE EJEMPLAR

Era muy diligente y procuraba cumplir bien sus múltiples tareas. Con horror de su alto personal trabajaba diariamente hasta las dos o las tres de la madrugada. Se preocupaba mucho de los pormenores de su trabajo y creía procedente entrar con toda minucia en cada línea de sus instrucciones y dictámenes, en vez de limitarse a dirigirlos e intervenir en líneas generales. Personalmente era incorruptible. Despreciaba el lujo y las riquezas y afirmaba que su mayor ambición era morir pobre. Castigaba toda especulación con el dinero público. Le repugnaban las ostentaciones y alzaba contra ellas una consigna: “Procura ser más de lo que pareces”. Tal sencillez y llaneza se exteriorizaban en su estilo de vida. Comía y bebía con extrema moderación. Aparecía siempre cortés y serio. Estaba casado. A su mujer, de más edad que él, la había conocido cuando era enfermera en un hospital. El matrimonio no parecía haber resultado demasiado feliz, pero siempre hablaba de su esposa con la mayor consideración. Procedía siempre muy respetuosamente con las mujeres y detestaba toda frase obscena o de doble sentido. Amaba mucho a los niños. Dedicaba gran atención a las viudas y huérfanos, sobre todo si eran víctimas de guerra. Detestaba todas las mezquindades.
Así retrata Felix Kersten, que fue su médico, que ejerció gran influencia sobre él, que aprovechó esa influencia para salvar a centenares de judíos, a Heinrich Himmler, ministro del Reich y jefe de las SS. Un hombre ejemplar, minuciosamente atento a su trabajo. Paseaba un día junto a una fosa, en la que se amontaban los cuerpos de los recién ejecutados y creyó ver que uno se movía. “Teniente, dispárele a ese”, dijo. Nl soportaba que las cosas quedaran a medio hacer. Murió con la conciencia tranquila. “Amé a mi patria, cumplí con mi deber”, parece que fueron sus últimas palabras.


Martes, 3 de noviembre
A MEDIANOCHE

Siempre creí que el relato en el que un joven jardinero le pide un caballo a su príncipe para escapar de la muerte, que le ha hecho un gesto de amenaza, quizá el más fascinante de los Cuentos breves y extraordinarios no lo había escrito Jean Cocteau, a quien se le atribuye, sino el propio Borges. Pero ahora, al leer su novela Le grand écart, recién traducida al español, lo encuentro al comienzo del capítulo segundo y, unas líneas después otra desasosegante brevería: “Una vez mi hermano pequeño y yo quisimos gastar una broma pesada a nuestro preceptor. Pero cuando, a medianoche, disfrazados de fantasmas, nos disponíamos a irrumpir en su habitación, la puerta se abrió y apareció nuestra madre, en camisón y con el pelo alborotado. La hoja de la puerta nos ocultaba. Atravesó el pasillo, apoyó la oreja en la puerta de la habitación de nuestro padre y regresó, sin vernos, a la del preceptor. No olvidaría jamás el momento en que mi hermano y yo volvimos de nuevo a la cama, sin mediar palabra”.



Miércoles, 4 de noviembre
LECTOR NARCISO

En la exposición “Las horas de los libros”, que vuelvo a visitar, me encuentro con una escultura de Julio López a la que no había prestado atención. Una joven (luego sabré que es la misma Esperanza López que camina frente al teatro Campoamor) sostiene en las manos una edición de la obras de San Juan de la Cruz. Pero lo que aparece en la página abierta no son los versos prodigiosos del fraile (“Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados”), sino el rostro de la lectora.
Al leer, nos leemos. Todo libro es un espejo que nos revela nuestro verdadero rostro, que no es el que vemos en los espejos, sino un detallado mapa del universo que abarca el universo entero.



Jueves, 5 de noviembre
GENTE IMPORTANTE

“Monarquía y Gobierno despiden a Ayala” dice el titular del periódico. Y en la fotografía, rodeando a su viuda, Carolyn Richmond, aparecen el presidente del Gobierno, los príncipes de Asturias, la ministra de Cultura, el alcalde de Madrid y también, con el pañuelo en la cabeza, Fátima, la mujer marroquí que le cuidó en los últimos años. Me alegra encontrar, junto a tanta gente importante, a alguien verdaderamente importante.


Viernes, 6 de noviembre
MANUSCRITOS PERDIDOS

En 1958, Morton Smith, encontró en la biblioteca del antiguo monasterio ortodoxo de Mar Saba, no lejos de Belén, una carta manuscrita de Clemente de Alejandría que citaba el Evangelio secreto de Marcos usado por la secta de los carpocráticos. La cita decía así: “Llegaron a Betania. Y allí se hallaba una mujer cuyo hermano había muerto. Y acercándose se postró ante Jesús y le dice: ‘Hijo de David, ten piedad de mí’. Pero los discípulos la apartaron. Jesús, enojado, fue con ella al jardín donde estaba la tumba e hizo rodar la piedra que tapaba la entrada. Entrando a donde estaba el joven, le levantó cogiéndole de la mano. Jesús le dijo lo que debía hacer y al anochecer el joven fue a su encuentro, vestido con una sábana de lino sobre el cuerpo desnudo. Y permaneció con él esa noche, porque Jesús le enseñó los misterios del reino de Dios. Y luego volvió al otro lado del Jordan”.
La carta de Clemente de Alejandría que incluye ese pasaje ha desaparecido y no falta quien piensa que Morton Smith se lo ha inventado todo. Pero un estudioso israelí, Guy Stroumsa, tuvo en sus manos esa carta y de ella copió otro enigmático fragmento en el que el Cristo resucitado parece dudar de su propia resurrección. Guy Stroumsa visitó el monasterio de Mar Saba en el verano de 1976. Desde entonces nadie ha vuelto a verla. Se cree que la robó algún coleccionista.
Pongo en español, con algunas licencias, las presuntas palabras de Cristo que Stroumsa cita en latín: “Ahora sé que mi vida ha sido solo trampa, cartón y nada. / Tú me has despertado y quiero agradecértelo, Señor de las Tinieblas. / El agua de la fuente que sonaba en la noche arrullando mis sueños, / la mano que besaba de niño antes de irme a dormir, / el rumor de los árboles en el amanecer, / los labios que decían quererme… / Todo era verdad y solo yo escondido del mundo detrás de mi sonrisa, / de mis vanos milagros y la sombra del Padre, / solo yo era mentira, un engaño piadoso. / No he resucitado, solo he vuelto un momento / de donde no se vuelve / para poder decíroslo”.

jueves 5 de noviembre de 2009

Lecturas y lugares: Incidente en Livorno

Aunque me esfuerce en parecer racional y equilibrado, soy persona propensa a los ataques de pánico. Recuerdo bien el último, en un taxi que compartía con un norteamericano borracho, mientras dábamos vueltas y más vueltas por el puerto de Livorno, sin encontrar a nadie a quien preguntar, sin ser capaces de dar con la dársena en que estaba atracado nuestro barco.


Me había distraído en Florencia, dejé escapar el autobús y el único modo que tenía de llegar a tiempo era un taxi, que costaba una pequeña fortuna, bastante más de lo que llevaba conmigo. Afortunadamente apareció un americano que se encontraba en mi misma situación y se ofreció a compartirlo conmigo. No dejó de hablar un momento, de farfullar más bien, en una mezcla de español e italiano. Al principio no me molestaba demasiado, aunque me distraía de la contemplación del pictórico paisaje de la Toscana, pero ya en el caótico laberinto del puerto, con sus infinitas naves, aparcamientos de coches relucientes, murallas de contenedores que parecían contener mercancías de todas las partes del mundo, contribuyó no poco a aumentar mi angustia. Hasta el taxista le tuvo que pedir que se callara. Pero él seguía y seguía con su historia, ocurrida al parecer hacía más de treinta años en las aguas del golfo de Tonkín. “Mi amigo Johny era como un hermano. Cayó por la borda en la toldilla una noche de tormenta. Le arrojamos el equipo y tuvimos tiempo de verle nadar hacia él antes de perderse en la oscuridad. Estábamos en aguas enemigas y no se pudieron encender las luces. No se volvió a saber nada más de mi amigo. Su última mirada, llena de confianza, fue para mí que le había visto caer y que haría lo posible por salvarle. No pude hacer nada”.


Dimos por fin con el barco cuando ya habían demorado todo lo posible la retirada de la escala. Observé desde lo algo la lenta ceremonia de desatraque sin que me desapareciera del todo la angustia. Para distraerme me senté en cubierta y abrí un libro, Byron in Love, de Edna O’Brien, que volvía a contar la historia de mi personaje favorito. En esta biografía el gran escritor aparece a menudo, demasiado a menudo, como un pequeño canalla. Y de pronto las páginas que refieren la muerte de Shelley me devuelven al puerto de Livorno. Yo sabía que su esquife –una embarcación poco marinera de seis metros de eslora— había naufragado frente a La Spezia, algunas millas al norte, cerca de Génova. Lo que no sabía es que el poeta, Edward Williams y el grumete Charles Vivian habían embarcado en el puerto de Livorno, contra el consejo del capitán retirado Daniel Roberts, que les señalaba los jirones de nubes negras que colgaban del cielo y presagiaban tormenta. Pero Shelley y Williams tenían prisa por volver a La Spezia, donde les esperaban sus mujeres. “En cuanto abandonaron la costa, bajó la niebla y empezaron los rayos y los truenos. Desde una torre de Livorno, Roberts fue el último en ver la embarcación, que dio fuertes cabeceos hasta desaparecer en las encrespadas aguas”.
Los cuerpos se encontraron diez días después, mutilados y esparcidos. A Shelley lo reconocieron porque llevaba en el bolsillo un ejemplar de los poemas de Keats y a Williams por su corbata de seda negra, anudada al modo de los marineros.


Cuando le conté la historia al norteamericano que compartió conmigo el taxi, y que me buscó para sentarse a mi lado en la cena, él volvió a su tema: “Tuvieron más suerte que Johny, del que no quedó rastro. Podía haberse salvado. Al día siguiente volvimos por aquella zona y encontramos restos del equipo de salvamento. ¿Llegó a utilizarlo? Quizá perdió los nervios al ver que el barco se alejaba en la noche y que su mejor amigo le volvía la espalda. El miedo a lo desconocido es el mayor peligro con que uno puede encontrarse en la mar. El miedo sin esperanza. No hacen falta tiburones ni heridas. La oscuridad lo mismo que la monotonía del cielo y las aguas bajo un sol enloquecedor pueden matar. Lo que no mata son los remordimientos. En caso contrario, hace tiempo que yo estaría muerto”.

domingo 1 de noviembre de 2009

Línea roja: Aventura y abismo

Sábado, 24 de octubre
CASTILLOS EN EL AIRE

El comienzo de una historia me gusta más que cualquier historia: “A decir verdad, cuando subí al tren aquella mañana de octubre, mi pulso no latía con la acostumbrada regularidad. Para ser precisos, sentía el corazón dilatado de esperanza, como un muchacho de quince años que acude a su primera cita. Pero ¿qué esperaba yo con exactitud? ¿Que la aventura me llevara del brazo en medio de la niebla? De sobra sabía que la realidad más cotidiana rebosa de extraños y aterradores abismos. A los cincuenta años, había trabado conocimiento con el peligro y desde entonces éste ejercía sobre mí una singular seducción”.


Leo, en el tren, una vieja novela de misterio que comienza en un tren. ¿Leo? Me basta con el párrafo inicial. Luego cierro el libro y me distraigo con la niebla que se devana tras la ventanilla.
Mi corazón tampoco late con la adecuada regularidad. También el peligro –cierta clase de peligro-- ejerce sobre mí particular seducción.
Pero pase lo que pase no voy a contar el resto de la historia. En la vida real, como en las viejas novelas de misterio, lo que viene a continuación nunca está a la altura del intrigante comienzo.
Me esperan en la estación. “No me has visto nunca, pero me reconocerás nada más verme”, dijo. Y no necesitó decir más para que yo me dedicara a mi ocupación favorita: construir castillos en el aire.


Domingo, 25 de octubre
EL DÍA MÁS LARGO

Los días deberían hacerse a medida, como los trajes: más largos o más cortos según conviniera. El de hoy tiene una hora más y parece que no se acaba nunca.
Me divierte la paradoja de que levantarse a la hora de siempre sea levantarse una hora antes que la hora siempre y que acostarse a la hora de costumbre suponga acostarse una hora más tarde de la hora de costumbre.
¿A qué dedicar ese tiempo sobrante? Aprovecho para salir a la terraza, en esta noche casi veraniega, y contemplar las estrellas.
Y pensar en lo absurdo de mi vida. Siempre a la espera de algo que nunca llega o que llega y, a pesar de ser exactamente lo que esperaba, nunca es lo que yo esperaba.
De las historias de amor, como de cualquier historia, me basta con el capítulo inicial. Todo lo demás es consabida prosa. Retorcida prosa, en ocasiones.
De la historia de ayer solo se salva el viaje el tren, cuando todo era posible. Lo demás es lo de menos, para hacer un fácil juego de palabras.
Contemplo las estrellas, en este tiempo de propina, y me entretengo, mientras llega el sueño, en abstrusas filosofías sobre el sentido de la vida. Finalmente sonrío, me encojo de hombros y pienso con Baroja que la cuestión es pasar el rato sin adquirir compromisos serios. Una de las anónimas estrellas, de acuerdo conmigo, me hace un guiño malicioso.


Lunes, 26 de octubre
MIS ODIOS FAVORITOS

“Ya sabemos las tres cosas que más odias en el mundo”, se burla un amigo, “el campo, la novela y el matrimonio”.
Odiar, odiar, lo que se dice odiar… Yo solo he sido capaz, algunas veces, de odiarme a mí mismo. Pero pocas veces.
En el campo he pasado muchos momentos maravillosos, pero ninguno tanto como el momento de subir al coche y volver a la ciudad.
Las novelas comenzaron a aburrirme cuando cumplí cuarenta años. Afortunadamente para entonces ya había leído todas las que había que leer, salvo el Ulises de Joyce. Y con ninguna disfruté tanto como con La isla misteriosa, de Julio Verne, leída a los diez años en dos o tres tardes de un inagotable verano.
¿El matrimonio? ¿Cómo voy a odiar el matrimonio? Lo que pasa es que me gusta bromear. ¡Con lo que relaja tener alguien con quien discutir al llegar a casa! ¿Odiar yo al matrimonio? ¡Si he pensado en casarme infinitas veces! Lo que ocurre es que luego se me pasa pronto. En cuanto encuentro con quién.



Martes, 27 de octubre
MISTERIOSOS ESPACIOS

Bécquer hablaba de los “misterios espacios que separan / la vigilia del sueño”. A mí me gusta deambular por esos lugares, encontrarle grietas a la realidad, entrever lo que ocurre al otro lado. Y luego contar banales historias de fantasmas, de esas que solo asustan a los niños, y seguir viviendo como si nada hubiera visto.
Me gusta hacer como que no creo en las únicas cosas en que verdaderamente creo.
En ti, por ejemplo, el más encantador demonio que haya conocido nunca y que algunas veces vuelves para sacarme de la cama y arrastrarme otra vez contigo al infierno.
Pero siempre despierto, sudoroso y frustrado, antes de que lo consigas.


Miércoles, 28 de octubre
PELLEGRINA LEONI

Era de noche cuando llegamos al palacio de Meres. A pesar de eso, antes de entrar en la casona decidimos dar una vuelta por el bosque ancestral. En un claro, rodeada de tejos, encontramos una gran mesa y unos bancos de piedra. La luna se asomaba entre las ramas y la temperatura era agradable, veraniega. “¡Qué lugar tan apropiado para sentarse a contar historias de aparecidos!”, dijo alguien. Y Ramón, uno de nuestros anfitriones: “Aquí venía yo a jugar de niño con mis primos; esta mesa fue mesa de Blancanieves y fue barco pirata y fue gruta del tesoro”.


Una rama se me enganchó en la ropa y por un momento me pareció una mano esquelética que me sujetaba. Recordé entonces la historia de Pellegrina Leoni, la gran diva de la ópera que perdió la voz y la belleza a causa de su desmedido gusto por los dulces y el vino y las fiestas hasta el amanecer rodeada de falsos amigos. Un día, cansada de todo, dejó su casa y se puso a recorrer los caminos del mundo. Salió sin dinero, sin más resto de su antigua fortuna que un gran anillo de diamantes. Gracias a ese anillo encontró siempre dónde comer y dónde dormir. Entraba en las casas y todos pensaban que era una gran señora que viajaba de incógnito y mataban un cordero para ella y le ofrecían el mejor lecho. Ella sonreía, se dejaba querer y luego seguía su deambular. Un día se encontró a un peregrino, o eso parecía, al que le faltaba una mano y en la otra llevaba una pequeña maleta. Le saludó, pero él no quiso contestarla y siguió andando, malencarado y hosco. Pellegrina se sintió extrañada: era la primera persona que no le había sonreído en todo el viaje. Insistió: “Caballero, parece que llevamos el mismo camino, ¿quiere usted que le acompañe un rato?”. El hombre siguió sin contestar. “¿Quiere que le ayude a llevar su carga?”. El hombre entonces la miró sorprendido. “¿Cómo sabe usted que llevo una carga superior a mis fuerzas?”. Abrió entonces la pequeña maleta y en ella apareció el esqueleto de la mano que le faltaba. “Aquí donde usted me ve yo soy un gran señor condenado por mis pecados a vagar por el mundo”. “Yo soy una cantante que perdió la voz”. “Yo tenía un gran palacio rodeado de bosques, infinitos sirvientes, una mujer que me quería”. “A mí me aplaudían en todos los teatros del mundo”. “No hay perdón en este mundo ni en el otro para mi delito”, dijo él. Y ella: “Quizá le alivie contárselo a alguien”.


Habían llegado a los alrededores de un gran caserón que parecía abandonado. Se sentaron en torno a una mesa de piedra, en un claro del bosque, rodeados de hojas secas. Pellegrina se quitó el anillo y se lo dio: “A usted le hará sin duda más falta que a mí”. Pero al quitarse el anillo Pellegrina perdió el poder que la protegía y entonces aquella mano esquelética la cogió de la hermosa mata de pelo, lo único hermoso que conservaba, y la arrastró hasta el infierno. El condenado a vagar por el mundo reía: “Estas cosas son lo único que me alivia un poco de mis pesares”.


Jueves, 29 de octubre
ENCUESTA

¿No sientes la nostalgia de un gran amor, de esos que te cambian la vida y duran toda la vida? No, no siento nostalgia, siento terror.
¿A cambio de qué le venderías tu alma al demonio? Si le interesa, se la regalo.
¿Podrías formular un deseo? Que por mucho que viva siempre me quede al menos un deseo que cumplir.
¿Cree que hay vida después de la vida? Creo que no siempre hay vida en la vida.
¿Un día perfecto para mí? Aquel en que comienzo un nuevo libro, un nuevo amor. Aquel en que llego por primera vez una ciudad. Aquel en que abro los ojos y me encuentro con el intacto azul de la primera mañana del mundo.


Viernes, 30 de octubre
REGRESO

La aventura del sábado pasado, aquella que comenzó en un tren, ya es historia antigua. Los enigmas solo interesan hasta que uno da con la solución. Siempre trivial.
Afortunadamente –qué aburrida sería la vida sin ellos-- hay enigmas que no se resuelven nunca. Al regresar a casa, en la alta noche estrellada, me vuelven una y otra vez a la memoria los versos de Bergamín que leí el miércoles pasado en la historiada penumbra del palacio de Meres: “Miente el cielo su azul y oscura sima. / Y las estrellas mienten / su viva luz. Me mienten a mí mismos / mis ojos al cegarse por la muerte”.
Voy dejando tras de mí un rastro de libros y de amores mordisqueados.
De sobra sé que todas las historias tiene el mismo final, especialmente las que no tienen final.

domingo 25 de octubre de 2009

Línea roja: La tentación

Domingo, 18 de octubre
LO QUE LE CONVIENE A USTED

Mientras tomo el café dominical y matinal, una anciana que también hojea el periódico alza los ojos y me sonríe: “Qué cosas escribe usted. Que le sobra el tiempo, que llega a casa y no tiene con quién charlar. Incluso que le gusta pagar impuestos. Yo sé lo que le conviene a usted. Lea, lea lo que cuenta la chiquita que se casó con Bousoño. El poeta tenía la edad que usted tiene ahora. Le conviene hacer lo mismo”.
“Lo pensaré”, le digo a mi amable consejera. Ruth nunca defrauda. En 1972 se matriculó en un curso sobre poesía. Un día quedó con Bousoño para hablarle de su tesis doctoral, pero no pudo ni siquiera mencionar el asunto: “El muy experimentado conquistador de alumnas suplantó al respetadísimo profesor y se lanzó a la conquista de la muy aplicada, deslumbrada y jovencísima alumna americana”. Le regaló un libro y la invitó a pasar el verano en Ibiza. Ella se asustó: no entraba en sus esquemas mentales irse de viaje con un hombre con el que no estaba casada. Le contó al resto de las alumnas, todas enamoradas del profesor, lo que había ocurrido: “quedaron impactadas al saber que de mi primer encuentro académico con éste había surgido un chispazo amoroso”. Después de cada cita, formaban corro a su alrededor. “Querían saberlo todo, y se quedaban boquiabiertas y lánguidas con cualquier detalle que yo les contara”. Pero los meses pasaban y el poeta no conseguía arrancarle el sí para acompañarle a Ibiza. Y no se le ocurrió otra cosa para convencerla que decirle que se quería casar con ella, “pues era la única mujer que podía lograr que perdiera su recalcitrante soltería”. Ruth se tomó la proposición muy en serio, pero él la olvidó pronto y se ponía nervioso cada vez que se la recordaba. Hubo quien intentó desanimarla. “Una muchacha que llevaba la casa –a la que le hacía poca gracia perder la hegemonía sobre su despistado patrón-- me espetó un día, entre el segundo plato y el postre, la siguiente impertinencia: Señorita, no se haga usted ilusiones. El señorito ha tenido muchas novias y no se ha casado con ninguna. No se casará con usted, pues por aquí han pasado muchas”. Contestó muy tranquila: “No se preocupe, que conmigo sí se casará”. Aurora de Albornoz decía que, si ella no lo conseguía, no lo conseguiría nadie. Conocía bien a las puertorriqueñas. Se casaron en 1975 y al poco la muchacha impertinente que le había advertido que su “señorito” no se casaría se “autodespidió”. A partir de entonces, Carlos Bousoño dejó de tener contacto directo con la prosa del mundo, incluidos sus mejores amigos: “Delegó en mí todo lo que no fuera escribir su obra poética y teórica. Me he involucrado en su vida de tal forma que no he reservado casi espacio para desarrollar las actividades para las que me faculta mi amplio currículum vitae. En Carlos, a pesar de los años que me lleva, no encontré un padre, ni tan siquiera un tío, sino un nieto que me encasquetó su compleja vida para que yo la administrara como haría una amorosa abuela con su nieto preferido”. No volvió a tomar Bousoño una decisión: desde el mismo día de la boda Ruth las tomó todas por él.



Lunes, 19 de octubre
UNA INVITACIÓN

La realidad, o lo que entendemos por tal, resulta casi completamente imaginaria. De la ciudad a la que acabamos de llegar conocemos unas pocas calles, alguna plaza entrevista, un palacio sombrío tras el que asoma un secreto jardín; el resto lo completa nuestra imaginación. Abro los Siete cuentos góticos, de Isak Dinesen. Comienzo a leer: “El espíritu romántico de la época se deleitaba con las ruinas, los fantasmas y los lunáticos, y consideraba una noche de tormenta pasada en el campo o una lucha de pasiones profundas, como un goce mayor que la comodidad de un salón o la armonía de un sistema filosófico. Lo que más reconciliaba y unía a los individuos era la grandeza de un escenario costero asomado al mar inmenso”.


Cierro el libro, alzo los ojos: una desconocida, de pie ante mi mesa habitual en Los Porches, me mira sonriente. “Esa autora es también mi favorita. ¿Recuerda la foto en que aparece entre Marilyn Monroe y Carson McCullers, arrugadita y sonriente?”. Por supuesto que recuerdo esa foto, la tengo siempre presente cuando vuelvo a leer, como si la escuchara a ella, algunos de sus relatos.
Apenas si pudimos hablar. Dentro de diez minutos, a la una, tenía yo clase. “¿Estará muy ocupado el fin de semana? ¿Por qué no viene a pasarlo a mi casa? Está cerca de Luarca, al borde del acantilado, con una gran galería sobre el jardín. Sé que le gustan los caserones con historia. No se aburrirá. Aquella casa tiene de todo: biblioteca, fantasma y una loca como yo”.
En una servilleta de la cafetería apuntó un número de teléfono. “Llámeme el viernes y me dice a qué hora paso a recogerle al día siguiente”.
No llamaré, por supuesto. De chifladas ya cuento con un amplio repertorio. No necesito más. Y sin embargo…
A la salida de clase (comentamos poemas de Espronceda), vuelvo a abrir el libro de Isak Dinesen: “¿Por qué no nos cuentas esta noche algunas de esas maravillosas historias que tanta fama te han dado? Tú sabes muchos cuentos. Sabes algunos que hacen paralizar la sangre y desconfiar de los amigos más íntimos, apropiados para una noche cálida y apacible como esta, y para gente que no tiene entre manos empresa ni compromiso de inmediato cumplimiento.”
Nunca telefonearé a una mujer que ni siquiera me dijo cómo se llamaba, nunca visitaré su casa sobre el acantilado, pero sé que precisamente por eso ya no abandonaré nunca esa casa, que volveré cada noche, como un fantasma más, a pasear entre los camelios del jardín, a observar atentamente con el catalejo los barcos que cruzan cerca del horizonte.
Tampoco atravesaré nunca esa puerta que tú (de quien no diré nada) has entreabierto. Mejor seguir así, entre la realidad y el sueño. Sin las cosas que no han ocurrido, en mi vida no habría ocurrido nunca nada que valiera la pena.



Martes, 20 de octubre
YA HA SIDO DISPARADA

¿Nunca has tenido la tentación de dejarlo todo atrás, cambiar de nombre, ser otro, empezar desde cero? ¡Cómo pesa el fardo de la vida en estos días oscuros, cuando jubilarse y morir parecen ser el único argumento de la obra!
¿El fardo de la vida? No, no me pesa lo vivido, me aterra lo por vivir. Silban las balas, impactan en la gente que me rodea. Hoy veo caer a uno, mañana a otro. La que me busca a mí ya ha sido disparada. Vaya donde vaya, aunque me embarque para el extremo confín del mundo, seguirá incansable hasta darme alcance.


Miércoles, 21 de octubre
FESTIVAL DE POESÍA

¿Nunca te han invitado al Festival de Poesía de Bogota? Pues no sabes lo que te pierdes. Pídeselo a Manolo Borras. Allí tiene mucha mano porque a todos los colombianos les ha dado por publicar en Pre-Textos. Cuando yo estuve, un empresario petrolero -o eso decía él- nos ofreció un cóctel en su casa. Allá fuimos en diez taxis. Al entrar, alucinamos: todas las paredes estaban cubiertas con enormes fotos de adolescentes desnudas. Todas, literalmente todas, incluso los baños. Había dos pequeñas excepciones. En el salón principal, las fotos rodeaban unas cartas autógrafas. Eran del presidente de la república, Álvaro Uribe. También había un pequeño grupo de fotografías en las que el presidente abrazaba al dueño de la mansión. Vestía como un gánster de película, no le faltaba ni una aparatosa cadena de oro. Cuando apareció, sin apenas saludarnos, se subió a una tarima y comenzó a declamar sus poemas. Me entraron unas ganas tremendas de reír. También Eduardo Moga y Ledo Yvo, que estaban cerca de mí, parecía que iban a estallar en carcajadas. A mí se me quitaron las ganas en cuanto vi el pistolón de un guardaespaldas. Aplaudimos mucho. Luego nos fue saludando uno a uno. “¿No es injusto que sea Gabo quien represente a Colombia en el mundo y no yo? ¡El mercantilismo de la novela siempre por encima de la pureza de la poesía!”. Yo le insinué mi asombro ante la decoración. Se quitó el puro de la boca, sonrió y dijo: “Yo he tenido más de dos mil mujeres. Esta es solo una pequeña muestra”. Cuando me dejó, me acerqué a un pequeño estante lleno de libros. El dueño, al darse cuenta de mi interés explicó: “En esta casa hay pocos libros, pero los que hay son obras maestras”. Y así era, efectivamente: se trataba de los libros que él había escrito, en ediciones normales y en ediciones de lujo para amigos. Aquel narco-poetastro –no te voy a decir su nombre, que luego todo lo cuentas y no quiero que peligre mi vida- era una mezcla de Berlusconi, Corleone y Justo Jorge Padrón.


Jueves, 22 de octubre
MISERY

De pronto despeja la mañana y luce intacto el cielo azul. Una mujer me sorprende frente al escaparate de Cervantes y, antes de que pueda evitarlo, me da dos besos. “Este fin de semana le espero, ya sabe. Lo pasaremos bien. ¡Admiro tanto esas novelas suyas!”
Y yo pienso en la enfermera de Misery, uno de mis terrores favoritos, rompiéndole las piernas al escritor admirado para que no se le escape de casa. O en aquel otro poeta al que su joven mujer encerraba todos los días en una habitación y no le dejaba salir ni le daba de comer hasta que no redactara seis o siete páginas de la obra teórica en marcha. “Y cuando daba una fiesta en su casa –me contó Fernando Delgado-- jamás invitaba a los amigos gays de su marido, que eran la mayoría, por otra parte, y varios de ellos nombres ilustres de la poesía española contemporánea”.


Viernes, 23 de octubre
MATRIMONIO A LA VISTA


Qué razón tenía mi amable consejera del pasado domingo. A cierta edad, conviene ir pensando en el matrimonio. Hasta Ángel González me confesó una vez que envidiaba a Carlos Bousoño, siempre sonriente, siempre feliz, ajeno al mundo.
A una edad razonablemente adulta, no parece razonable seguir libre. Yo creo que, pasados los noventa, lo mejor que puede hacer un hombre sensato es casarse con una dulce gobernanta más o menos puertorriqueña y a ser posible con el título de puericultura. Me aterra pensar que ya solo que quedan treinta años para tanta felicidad.

domingo 18 de octubre de 2009

Línea roja: Sin discusión

Sábado, 10 de octubre
DEL AMOR

Los hombres que aman a los hombres solo se diferencian de los hombres que aman a las mujeres en que tampoco aman a las mujeres.

Quien solo se ha enamorado una vez no se ha enamorado nunca.

El sexo solo se disfruta de verdad cuando no hay amor por medio.

Hacer el amor con alguien a quien amamos es siempre un poco incestuoso.

Era tan infeliz que seguía queriendo a todas las mujeres que no le habían querido. O tan feliz, ya no sé bien.

Me gusta seducir fingiendo que me dejo seducir.

Quiéreme y haz conmigo, o sin mí, lo que quieras.





Domingo, 11 de octubre
MARE CRUDELE

Al pasar por delante de la galería de Guillermina Caicoya, me sorprenden las tenebristas fantasmagorías de Luis Vigil, turbias de lodos y barrizales del subconsciente. Recuerdo nuestra discusión en la romana Academia de España, ese lugar mágico en los altos del Gianicolo. Javier Rodríguez Marcos, entonces becario de literatura, nos acababa de presentar. El pretexto del encontronazo fue Oviedo, donde él había nacido, donde yo vivía, y sigo viviendo. A Luis Vigil le parecía un lugar provinciano y mediocre, al que no le gustaría volver. Se asfixiaría. Desde los grandes ventanales de su estudio en la Academia se divisaban los dorados tejados, las torres y las cúpulas de Roma. Era difícil imaginarse un panorama más hermoso.
Discutimos sobre Oviedo, pero podíamos haber discutido sobre cualquier cosa. En realidad, yo pensaba como él: que las ciudades pequeñas hacen las mentes pequeñas. Entonces era así de insoportable, me encantaba llevar la contraria.
Andrés Trapiello pasó también por la Academia aquel año y en uno de sus diarios, creo que en Do fuir, dedica unas páginas ásperamente caricaturescas a Luis Vigil y a las barrocas pornografías que entonces le obsesionaban. Según costumbre presuntamente piadosa, no cita el nombre.
Ahora Luis Vigil vive en Oviedo. Quizá haya cambiado de opinión.
Él odiaba Oviedo porque era de Oviedo; a mí me gusta porque estoy de paso, como en cualquier otro lugar, y conservo la mirada del forastero.



Lunes, 12 de octubre
DIOS Y OTRAS DUDAS

Las religiones falsas se diferencian de la religión verdadera en que son igualmente verdaderas.

Era capaz de resolver cualquier problema, salvo que fuera un verdadero problema.

Ningún hombre ama de verdad la vida si a menudo no hubiera preferido estar muerto.

Era tan civilizado que todo lo que hacía carecía de importancia.

A veces no decir nada ya es decir demás.

Hay personas transparentes, pero nunca para sí mismos.

Libertad de prensa: poder escoger el periódico que queremos que nos engañe.

La realidad es una fantasía con pretensiones.

Las cosas importantes, en ciertos momentos, son las que menos importan.

Nadie es del todo infeliz si le teme a la muerte.

Reformar a los demás es imposible, pero nadie es capaz de resistir la tentación de intentarlo.

Un gran hombre que no esté muerto o viva lejos siempre acaba convirtiéndose en un engorro.

Era el mismo demonio; a su lado resultaba imposible aburrirse.

Un pobre diablo es aquel al que todos desprecian, pero nadie odia.

Cuando colocamos cada cosa en su sitio, siempre falta sitio.

Sin unas gotas de ironía la virtud se vuelve indigesta.

Enriquecerse es el consuelo del que no vale para otra cosa.

Insultar es menos vil que adular.

Los virtuosos son los ayudantes que prefiere el diablo.

El infierno de los masoquistas es el cielo y el cielo de los sádicos el infierno.

Dios te ama, pero hay amores que matan.

Una verdad que no resulta paradójica no es más que media verdad.


Martes, 13 de octubre
AUTORRETRATO

Amo tanto la verdad que ni siquiera me importa que, de vez en cuando, no sea verdad.

Me gusta ser fiel a mis caprichos.

Prefiero mis problemas a tus soluciones.

Respeto todas las opiniones que coinciden con la mía.

Me gusto, pero procuro que no se note demasiado.

Nunca oculto nada que quiera ocultar.

Llevo tantos años tratando de parecer inteligente que a veces hasta yo mismo he llegado a creer que lo soy.

A veces estoy tan a gusto conmigo mismo que solo siento envidia de Dios.


Miércoles, 14 de octubre
MODESTAMENTE VANIDOSO

Mejor ser modestamente vanidoso que vanidosamente modesto.

El éxito es la forma más agradable del fracaso.

Qué poco inteligente quien no sabe dejar de ser inteligente cuando le conviene.

Vanidoso es solo quien no sabe reírse de su propia vanidad.

Era tan inteligente que solo le seducía lo ininteligible.

Sin una tontería de vez en cuando, cualquier conversación resulta incolora, inodora e insípida.



Jueves, 15 de octubre
CAFFÈ FARNESE

La pintura de Luis Vigil me sirvió el otro día como pretexto para volver a Roma; ayer, fue Puccini con su Tosca quien me llevó al mismo lugar. Cuando en el amanecer del tercer acto, tocan a maitines en todas las iglesias de la ciudad, cómo no recordar los versos de Alberti: “Las campanas del Trastevere / van y vienen por mis sueños”.
Van y vienen por mis sueños. En una estancia del Palazzo Farnese se suceden las violentas peripecias, pero yo cierro los ojos y vuelvo a un café, frente al palacio, al otro lado de la fastuosa plaza, y a la secreta violencia de una historia que acabó casi antes de comenzar y que, sin embargo, durará lo que dure mi vida.
La dramática acción de Tosca trascurre en una época especialmente fascinante: los años en que las ideas liberales se esparcen por Europa apoyadas por los cañones de Napoleón. Pero el director de escena, según una mala costumbre que se ha convertido en ley, prefiere trasladar la acción a la Roma de 1943. ¿Trasladar la acción? Bueno, lo que en la ópera se llama así, que no es otra cosa que jugar a los disfraces, en este caso con elegantes uniformes nazis. Al principio esa tonta rutina, que los pacientes aficionados dan ya como algo natural (los pobres se conforman con que la escena que transcurre en un salón palaciego no se traslade a los urinarios de una estación), me irritaba un poco. Ahora me encojo de hombros, cierro los ojos, escucho la música y evoco el París de Sarah Bernard, que fue en el teatro la primera Floria Tosca, y la Italia de Stendhal, no la de Mussolini.



Viernes, 16 de octubre
CONSEJOS

Aprende a despreciar y olvídate en seguida de lo que has aprendido.

Sé bondadoso, si no tienes más remedio, pero procura no parecerlo.

Nada más dañino que un atragantón de verdades.

Sin una cierta dosis de estupidez no es posible vivir racionalmente.

Procura olvidar el daño que te han hecho para que quien te lo ha hecho llegue a perdonarte.

Quien no aspira a nada puede permitirse el lujo de tener los mejores enemigos, pero nadie tiene interés en ser enemigo suyo.

Prefiere siempre un buen prejuicio a una mala idea.

No te preocupes: los problemas sin solución son los que primero se solucionan.

Si no aprendes a hacer de vez en cuando el tonto, nunca llegarás a ser del todo inteligente.

Me gusta dar consejos, pero solo cuando estoy seguro de que no van a hacerme ningún caso.


Sábado, 17 de octubre
SOLEDADES JUNTAS

La conversación es el género literario que yo prefiero. Y hacer frases, mi deporte favorito. Por eso, más que leer, me gusta tomar un café y charlar con los amigos. Pero nadie tiene tan pocas ocupaciones como yo, nadie dispone de tanto tiempo libre para perderlo sin mayor provecho.
No importa. A veces pienso que solo en mí mismo puedo encontrar un polemista tan infatigable, tan dado al sofisma, tan empeñado en decir siempre la última palabra. Mis discusiones más apasionadas las he tenido siempre conmigo mismo.
Y eso que en el fondo no me gusta discutir. Pero me gusta llevarme la contraria.

domingo 11 de octubre de 2009

Línea roja: Una naranja y un limón de oro

Sábado, 3 de octubre
AMANECER EN ANLLO

Como detesto el campo, en ninguna parte disfruto más que en el campo. Me despierta el silencio, me asomo a la ventana y solo veo la sigilosa niebla. He dormido en la Rectoral de Anllo, en lo que fue despacho del cura. La casona está en un altozano, lejos de la iglesia, y tiene una galería orientada al oeste y una pequeña capilla. Se parece más a las villas de la Toscana que a las casas rurales gallegas. Debió construirla un hidalgo que anduvo por Italia antes de retirarse a este rincón del condado de Lemos.
Detesto el campo porque en el campo soy un inválido que depende de otra persona, de alguien con coche, para ir a cualquier parte. Pero por breves temporadas nada me fascina más.
Por breves temporadas: a las nueve y media comenzaremos a recorrer los monasterios de la Ribeira Sacra. Me levanto, como siempre, a las siete. Todavía es de noche. En la galería acristalada me siento a leer Padre e hijo, de Edmund Gosse, la historia de una infancia victoriana, un lúcido análisis de los excesos de la virtud, más dañinos que ningún otro exceso.
Amanece perezosamente. Las parras cargadas de racimos, los manzanos, los parterres del jardín, un delgado ciprés, van apareciendo poco a poco. Escucho el silencio, el gorgeo de escondidos pájaros (“despiértenme las aves / con su cantar suave, no aprendido…”). Dejo a un lado el libro, bajo las escaleras y abro el portón. Qué placer adentrarse en la niebla, perderse en estas soledades.


Una hora de lectura, otra de caminar por el campo sin encontrar a nadie, solo con mis fantasmas, que siempre son buena compañía, y luego a las nueve un abundante desayuno en el que no faltan los frutos de la huerta.
¿Cuánto tiempo hacía que desayunaba higos? No puedo recordarlo, quizá por eso tienen un ancestral y bíblico dulzor de infancia.
Estas dos horas, antes de empezar el día, valen por muchos días. Imagino mi vida aquí, con la casa llena de libros, con madrugadas de cazador y un vaso en la mano mientras desde la solana contemplo el lento crepúsculo. Vida de cura de aldea o de hidalgo solterón.
Hermosa vida que me haría feliz durante un tiempo, mucho tiempo, por lo menos dos horas. A las nueve y media subo al coche. La niebla me acompaña un trecho, pero luego, poco antes de llegar al Monasterio de San Pedro de Rocas, se alza el telón y en el cielo más azul que yo haya visto nunca se dibujan los oscuros bosques y la crestería luminosa de los altos montes.


Domingo, 4 de octubre
ANGELITA

¿Cómo no pensar en Valle-Inclán al entrar en el Pazo de Tor? Recuerdo, especialmente, uno de sus cuentos, “Beatriz”, que transcurre en un palacio cercado por un jardín señorial: “Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas; algún tritón, cubierto de hojas, borboteaba a intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra con latido de vida misteriosa y encantada”.


Lleno de vida misteriosa y encantada está este pazo que su última propietaria, María Paz Taboada de Andrés y Zúñiga, muerta sin herederos en 1998, con casi noventa años, donó a la Diputación de Lugo. Entramos en su habitación, en la del obispo (que aquí se alojaba cuando visitaba la zona), en la sala de juegos, en el cuarto de los niños, en el salón del mediodía, con sus grandes espejos, su clavicordio mozartiano de la casa londinense Longman & Broderip y su inmensa melancolía… Nos lo enseña todo Angelita, que vivió en el pazo desde los nueve años, y lo hace como quien muestra su casa. Cuenta anécdotas de la señora, que mientras estuvo casada solo venía en verano, pero que luego, ya viuda, residía aquí todo el año. “No llevaba una vida solitaria, no. Le gustaba recibir gente, por esta casa pasaron muchos escritores, se celebraban tertulias… Estaba llena de libros. Ahora los más valiosos se muestran en el despacho, los otros se guardan en una sala de la planta baja. Valle-Inclán fue uno de los invitados. La señora le conoció y Gonzalo Suárez le preguntaba por él cuando vino a rodar la película”.
Qué curiosa la memoria. Recuerdo yo el comienzo de “Beatriz” nada más entrar en el pazo y resulta que fue este precisamente el escenario donde se rodó, en 1976, la adaptación del relato de Valle-Inclán. No la he visto, no pienso verla, no quiero que me estropee la magia del lugar. Angelita cuenta que la señora se divirtió mucho con el rodaje, que ofreció una comida y una queimada a los actores, que hay una foto en la que están todos ante la fachada principal. La señora, risueña, aparece entre las dos actrices protagonistas, nada menos que Nadiuska y Carmen Sevilla… Seguramente aquel rodaje daría para una buena historia, pero más próxima a Berlanga que a Valle-Inclán.


Yo miro las armas arrebatadas a los franceses, el geométrico laberinto del jardín, las desvencijadas calesas y landós, los retratos de los antepasados, una coloreada litografía del barbudo Carlos VII, el rey proscrito que tenía un palacio en Venecia… Cuánta vida desvanecida y de algún modo todavía presente.
Bajo un acerolo, en el jardín de entrada, “lleno de noble recogimiento”, los frutos caídos han formado una mágica alfombra roja. Me gustaría sentarme en el banco cercano y releer la Sonata de otoño. Al despedirnos le pregunto a Angelita: “¿No piensa usted escribir los recuerdos de este lugar?”. “Estoy en ello, estoy en ello”, me responde con su dulce acento y una media sonrisa.


Lunes, 5 de octubre
NUEVE OBISPOS

Cuando Cunqueiro visitó el monasterio de San Estevo, en Ribas del Sil, todo era desesperante y agobiante ruina. Cuando lo visité yo, este fin de semana, un parador nacional animaba prosaicamente un lugar que en otros tiempos sirvió de retiro a nueve obispos. Vuelvo a pasear por los tres claustros y me parece escuchar el distinto son de sus desaparecidas fuentes: en el claustro románico, el golpe del agua contra la piedra del pilón; en el renacentista, el afinado acorde de los cuatro caños finos, y en el neoclásico, la sonora serenidad de sus chorros dóricos.


Cierro los ojos, cierro El pasajero en Galicia, y amarillean de nuevo los erizos entre el maduro verde de los castaños, y por la cuesta que lleva al monasterio no baja un rapaz con el rastrillo al hombro sino la dorada procesión de los obispos con las nueve mitras bordadas y báculos en los que se enredan los pámpanos de las viñas. Los dos últimos llevan en las manos el uno una naranja y el otro un limón de oro.


Martes, 6 de octubre
BRINDIS

Subo hasta el alto de Cabezoás para admirar al Sil encajonado entre altos riscos; embarco luego en Doade para recorrer un río que ya era latino en tiempos de Vitrubio y de Plinio, que un día arrastró oro y ahora tiene el tesoro de su vino en cada tramo, desde Valdeorras a los Peares.
Mientras el catamarán avanza sigiloso, dejando en las aguas oscuras una ancha estela que se borra lentamente, yo observo las frondosas laderas del norte donde se entremezclan alcornoques y avellanos, el acebo y el abedul, sauces y olmos, sin olvidar los castaños grávidos de fruto. Y, cubriéndolo todo, piornos, retamas, helechos, brezos. De vez en cuando, junto a un caserío, el señero ciprés que une tierra y cielo.
En la otra ladera se escalonan las vides. Las trajeron los romanos, las cuidaron amorosamente los monjes de los siglos oscuros, hoy sigue siendo una heroicidad recoger cada racimo que parece asomado al precipicio.


Mientras el catamarán avanza yo trato de distinguir alguna muestra de la fauna de estas tierras, en la que no escasean los lobos, abunda el jabalí, y no faltan garduñas, nutrias, ginetas, lirones, corzos. Solo entreveo, en la orilla, alguna garza real y creo adivinar, en lo alto, al halcón peregrino y al águila perdicera.
No suelo tomar vino, pero en la bodega Regina Viarum, en Amandi, hago una excepción. Y brindo por Virgilio, que nos enseñó en hexámetros a cultivar las vides, y por el caballero Gemundos que, en una jornada de caza, encontró las cuevas de San Pedro de Rocas y se quedó allí para estar lejos y en el centro del mundo, y por Álvaro Cunqueiro que fue el primero en traerme de la mano de su prosa a esta ribera sacra donde aún hoy los mirlos cantan en gregoriano los milagros del tiempo perdido y encontrado en el sagrado sabor de este vino.


Viernes, 9 de octubre
CASTIÑEIROS MILENARIOS

Leo en Dos arquivos do trasno, de Rafael Dieste, la historia del barbero que tanto había oído hablar de Buenos Aires, de sus calles largas y derechas, de la plata reluciente y generosa con que allí premian el trabajo y tanto le dio vueltas en su cabeza a lo escuchado que un día tomó la decisión de ir a aquellas tierras. Diez años allá y volvería rico de dineros y lembranzas. Una mañana salió de la villa con el baúl pequeño. Cuando llegó al puerto del que partían todos los caminos, exclamó admirado y angustiado: “Qué grande es el mundo”.
Leo esa y otras historias recogidas en los archivos del trasgo y recuerdo los castaños milenarios del Souto de Valguaire. Si existen trasgos, allí guardan sus archivos, en aquellos troncos inmensos y retorcidos que coronan esbeltas ramas de un verde adolescente (“Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera”). Hay uno en cuyo interior, cómodamente sentados, varios paisanos pueden beber vino y jugar una partida de cartas. Me recuerdan los olmos que crecían frente a la escuela de mi pueblo, en los que jugábamos a escondernos. Miro desde dentro del castaño mayor y por un momento me parece que voy a ver al otro lado la escuela de Aldeanueva.
Diez años después volvió, rico de penurias y lembranzas, el emigrante de Rafael Dieste. Y cuando estuvo en casa y pasó el alegre barullo del recibimiento se puso a cantar muy bajito algo que comenzó en tango y remató en vieja cantiga. Tras la ventana, borrosa por la lluvia, se veía la humilde calleja. Pasaron unos niños corriendo y salmodiando aquello de “chove, chove, / na casa do probe, / na minha no chove” y él entonces murmuró, con los ojos llenos de lágrimas: “Qué pequeño es el mundo”.
Qué pequeño es el mundo. Cabe entero en el tronco hueco del árbol aquel en que jugábamos cuando niños.

domingo 4 de octubre de 2009

Línea roja: Cosas que nunca diría

Domingo, 27 de septiembre
DOCTOR MENGELE

Nunca me ha molestado en exceso engañar a los demás, siempre que fuera con buen fin. Lo que no soporto es engañarme a mí mismo, y creo que me he pasado la vida haciéndolo.
Ahora que estoy a punto de cruzar la línea roja tras de la cual el único cambio que se admite es el acelerado deterioro, he decidido afrontar un programa serio de reformas. Pero para ello lo primero que hace falta es observarse con rigor y sin autocomplacencias. Algo especialmente difícil. Si me miro a mí mismo, siempre me veo mucho mejor de lo que soy. Para verme bien necesito mirar a los demás. Por eso desde hace unos meses he comenzado a hacer una ficha de cada persona mayor de cincuenta y cinco años que conozco. En ella voy anotando el resultado de todas mis observaciones con la mayor objetividad de que soy capaz, como si se tratara de cobayas un laboratorio. Muchos enemigos me ganaría si esas fichas se divulgaran, pero el rigor científico no admite la piedad.
A mí me resultan muy útiles. ¿Hay algo en común en todos esos sujetos que someto a mi observación? Todos nos creemos mejores de lo que somos. No solo yo. Y gracias a eso nos soportamos a nosotros mismos.
Ahora que voy a cumplir sesenta años quiero verme sin complacientes veladuras. Una hazaña de la que pocos son capaces. Y seguir aprendiendo con cada tropezón.
Nunca condescenderé con las abusivas generalizaciones, el pensamiento en blanco y negro, la empobrecedora rutina, la falta de curiosidad. Haré todo lo posible por seguir siendo un exigente alumno, un adolescente inseguro y curioso y nada complaciente hasta el final.


Lunes, 28 de septiembre
CIRCOLO DEI FORESTIERI

Llovía cada vez con más fuerza. Bajo los toldos, en la alta terraza del Circolo dei Forestieri, todas las mesas estaban ocupadas, pero solo dos de ellas con una sola persona. Éramos los únicos solitarios y eso hizo que nos miráramos más de una vez con simpatía. Los dos teníamos delante un café, un libro y un cuaderno. No sé lo que escribiría ella en su negro moleskine. Yo anoté, como hago siempre que me sobra el tiempo y no tengo ganas de pensar en nada, unos cuantos haikus. Entre la lluvia, sobre el fosco mar, se entreveía la silueta de Capri. Abro ahora el cuaderno y me entretengo en descifrar los garabatos de entonces:

Vuelvo a mirarte. / Ya no estás, eras sueño, / y aún me sonríes.
Qué lentamente / de la luz a la sombra / el mar, el cielo.
Ese alto pino / de Ulises supo y supo / de mí contigo.
Oigo tus pasos, / reloj que no descansas / hasta alcanzarme.
A nadie espero /y en esta mesa sola / sigo esperando.
Ese ladrón / cada día que pasa / me roba un día.
Tortuga inmóvil, / ¿acaso esperas / que llegue Aquiles?
Tanta luz fuera / y en los ojos que miro / toda la noche.
La noche entera / en la cama muy juntos / el tiempo y yo.
Se sienta con nosotros. / No sabe que está muerto. / ¿Quién se lo dice?
Sé que prefieres / la plena luz del día / para asustarme.
Sobre la mesa / el queso el vino el pan / y unos limones.

Eso es lo que yo escribí, sin pensar en lo que escribía, mientras fantaseaba una novela con aquella mujer todavía joven y solitaria que en Sorrento leía los Sonnets from the Portuguese, de Elizabeth Barrett Browning, y que quizá a su vez soñaba una novela en la que yo era el protagonista. Soñemos, alma, soñemos.



Martes, 29 de septiembre
SECRETOS INCONFESABLES

Hay verdades que resultan ofensivas y, por eso, una persona bien educada lo primero que debe aprender es a callar buena parte de lo que piensa.
Como todo el mundo, yo también tengo mis secretos inconfesables. Ni siquiera a mis amigos más íntimos me atrevería a decirle que me sobra el dinero (y no porque gane mucho sino porque necesito menos), que me gusta pagar impuestos (y siempre pago el máximo correspondiente sin recurrir a ninguna argucia legal para rebajarlos), que con nada disfruto más que con la vuelta al trabajo tras las vacaciones.
Si yo dijera algo así, perdería las pocas simpatías que tengo. Pero qué le vamos a hacer, cada uno es como es. De sobra sé que nada resulta más rentable que el victimismo y la ramplona demagogia.
Cuando entro en un museo, en una biblioteca pública, cuando cruzo un elevado viaducto o paso delante de un bullicioso centro escolar a la hora del recreo, siento la satisfacción de saber que todas esas maravillas las estoy costeando yo en la medida de mis posibilidades. Nada de lo que pudiera comprar con el tercio de mis ingresos que se lleva hacienda me haría más feliz.
Y cuando tras las interminables vacaciones entro otra vez en clase, saludo a los alumnos que me miran atentos, comienzo a hablar de historia y de literatura, siento siempre –como me ha ocurrido hoy- que el mundo vuelve a estar bien hecho.
Pero si yo dijera en público estas cosas, cuánta gente se ofendería. Por eso hago lo que todos: quejarme. Que nadie se entere de que con insultante frecuencia soy feliz.


Miércoles, 30 de septiembre
UNA FIESTA EN LA NOCHE

A veces, mientras tomo el café de la mañana o de la tarde, algún desconocido se acerca a saludarme. Es lo que ha ocurrido hoy en Los Porches. “Perdone que le moleste. Su escrito de ayer, esa especie de diario, me ha traído tantos recuerdos... Yo también estuve en Ischia, pero de eso hace medio siglo. Allí tuve un encuentro que decidió mi vida. Estudiaba ingeniería en Italia, de donde es parte de mi familia, y un día decidí dejarlo todo y hacerme sacerdote, con gran disgusto de buena parte de mis amigos. Un tío abuelo mío, que era párroco en Santa María de Portosalvo, estaba un poco enfermo, y allá me fui durante el verano para hacerle compañía. Una noche en que no podía dormir me dio por pasear por el estrecho camino que avanza hacia el centro de la isla por detrás de la iglesia y las termas militares, que usted conocerá. A un lado y otro, hay casas de campo y villas de recreo. En una de las más hermosas daban una fiesta. El jardín estaba lleno de jóvenes elegantes y de jovencitas en traje de noche. Bebían y reían, charlaban en grupos, sonaba una música no estridente, como en sordina. Yo me quedé parado ante la verja, mirando con cierta envidia aquella imagen de la felicidad (la vida en la isla, sin más mundo que mi tío y las beatas que frecuentaban la iglesia, comenzaba a aburrirme).


Al notar que la puerta estaba entreabierta, sin pensarlo dos veces, me colé dentro. Un sirviente pasó con una bandeja y yo cogí una copa. Deambulé entre los grupos. De pronto, un hombre algo mayor que los demás invitados, me hizo una seña: “Ven conmigo”. En una ventana del primer piso creí entrever el brillo de dos ojos que me observaban. Entramos en la casa, penumbrosa (toda la luz y la animación parecía concentrarse en el jardín), subimos unas escaleras, abrió la puerta de una habitación, me invitó a entrar y la cerró suavemente tras de mí. Él se quedó fuera. Una mujer se me acercó bruscamente, casi podría decir que se abalanzó sobre mí. Lo que ocurrió después no hace falta que lo cuente. Al salir, el hombre me entregó un sobre. Lo guardé en el bolsillo del pantalón en un gesto inconsciente. Cuando lo abrí más tarde, vi que contenía dinero. No demasiado. Naturalmente aquella historia, que me dejó tan confuso como satisfecho, todo hay que decirlo, fue el fin de mi vocación religiosa. Entendí lo ocurrido bastantes años después, hojeando, antes de entrar a ver los cuadros, el catálogo de una gran exposición que se celebraba en el Reina Sofía. Resulta que el pintor había pasado un verano en Italia, precisamente en Ischia. Las fechas coincidían. Ahora estoy jubilado, tengo tres hijos, cinco nietos, y sonrío al pensar que toda esa felicidad se la debo a que una mujer, Gala Dalí, se encaprichó una noche de fiesta del aturdido seminarista que se había colado en su jardín”.


Jueves, 1 de octubre
ENVEJEJER

Subrayo unas líneas de Eugenio Montes: “De eso iba a escribir cuando tomé la pluma y hablé de otras cosas. Uno se va haciendo viejo y envejecer es dejar que los recuerdos se enreden unos con otros, divagar sin llegar nunca a ninguna parte, o quizá sufrir que los demás le llamen divagación a lo que es sustancia última de una vida”. Y otras de Somerset Maugham: “Está bien que un caballero, pasados los sesenta años, tenga vida sexual, pero no resulta correcto que hable de ella”.



Viernes, 2 de octubre
MI FAI VOLARE

Hay un rincón en Nápoles que a mí me gusta especialmente. Está en el Vomero, pasado el parque de la Floridiana, al final de la calle Luca Jordano. En el Vomero, mucho antes de que existiera el funicular, vivió el filósofo Benedetto Croce y cuando bajaba a la ciudad lo hacía calmosamente en burro. Desde allí se ve el puerto de Mergellina, la deslumbrante bahía, las islas misteriosas. A este rincón acostumbran a venir los enamorados. En el suelo y en los peldaños de las escaleras escriben sus declaraciones de amor con grandes letras: “So tu mi fai volare, senza mai cadere giù, mi dai sempre de piu, del passado no m’importa, ció que conta é averti qui”. Solo tú me haces volar… Las parejas se abrazan contra la barandilla y a veces parece que van a salir verdaderamente volando sobre el azul del mar.
Antonio Beccadelli hizo lo mismo que estos enamorados en un gozoso libro y en el latín lustral de los humanistas. Entre procaces bromas que emulaban a Marcial y a los Carmina priapea escribió: “Ardo, el corazón se me consume de llamas secretas. / Y cuanto más callo, más crece mi dolor”.
Hizo lo que hacemos todos con un amor secreto: callarlo a gritos.


miércoles 30 de septiembre de 2009

Línea roja: Sobre un secreto amor

Lunes, 21 de septiembre
PARTIR

Me gustan los comienzos. La ilusión de empezar de nuevo, de dejar atrás todos los errores, de no volver a tropezar con las mismas piedras.
Me gusta partir hacia cualquier lugar bajo un cielo muy azul, con la impaciencia del niño que desenvuelve un regalo.
Nada me gusta más que los preparativos de un viaje, a no ser los momentos iniciales de un amor, cuando todo es posible y nada es seguro.
Me gustan las ciudades en las que alguien me espera y aquellas otras en las que solo me espera la soledad.
Me gusta el otoño, que este primer día, mientras la heroica ciudad descansa de la larga noche festiva, se pasea dorado y suntuoso por las calles sin nadie.
Sonrío, me sonríe. ¿Qué más hace falta? Ya tengo compañero para el próximo viaje.


Martes, 22 de septiembre
NO PENSAR

Dejo atrás el grato bullicio de Via Toledo y Via Chiaia, asciendo por la empinada Monte de Dio, me desvío, sin razón ninguna, por una estrecha callejuela a la izquierda y al instante estoy en otro mundo. Una mujer muy vieja, intemporal, está apoyada en el cuarterón de la puerta de casa. Al pasar no puedo evitar ver su casa entera, toda ella reducida a una habitación sin más luz que la entrada: la cocina a un lado, una mesa en el centro, una cortina que oculta la cama, una fotografía con varios rostros descoloridos.
Sigo caminando y en un cruce me sorprende el nombre de la calle: Via Solitaria. Recuerdo los versos de Machado: “Qué bien los nombres ponía / quien puso Sierra Morena / a esta sierra mía”. Qué bien los nombres ponía quien le puso nombre a esta calle. Hay ropa en ventanas y balcones, alguna tiendecilla oscura, pero yo no me cruzo con nadie en el demorado descenso. Solos, la mujer y yo. Esa mujer que conoció los tiempos del desembarco americano, los años caníbales que cuenta Curzio Malaparte en La piel, y yo, que estoy de paso, que todo lo miro con curiosidad de turista. Camino al azar, sin saber a dónde me llevará esta Via Solitaria, esta vida solitaria. Al final, hay una pequeña plaza a la que asoman esculturas y luego una estrecha escalera para peatones y unas retorcidas rampas para automóviles contorsionistas. La Via Solitaria termina en el inmenso abrazo de la Piazza del Plebiscito, junto a la columnata que construyó Murat, en el lado que se asoma al mar y al Vesubio.
A las siete en punto me siento como cada tarde ante un café y un vaso de agua. La costumbre arropa, ayuda a resistir los embates de la melancolía. Hojeo los libros que acabo de comprar en la Feltrinelli de la Piazza dei Martiri, escucho a Scarlatti en el ipod. Pero pronto me dedico solo a dejarme acariciar por el ir y venir de la gente, por el murmullo agitadamente perezoso de la multitud.
Otro solitario me mira, duda, parece que va a acercarse a saludarme, pero luego sigue su camino. Se está bien aquí, en la terraza del Gambrinus, frente al San Carlo, después de haber recorrido la Via Solitaria que, antes o después, recorreremos todos. Sé lo que me espera, pero he aprendido a no pensar en ello.



Miércoles, 23 de septiembre
PARA SIEMPRE

Camino de Ischia, paso por delante del cabo Miseno, con su faro blanco encaramado sobre el farallón. Esta es zona de misterios virgilianos, muy cerca está Cumas, con la cueva de la sibila, y el lago del Averno, pero el día de otoño, de un azul prodigioso y fresco, no parece encerrar ningún misterio. En Ischia me saluda el pórtico neoclásico de Santa María di Portosalvo.
Es hermosa esta isla, con sus fuentes termales, sus limoneros, sus villas escondidas, pero yo he venido en busca de otra isla. Un camino arbolado me lleva desde Ischia Porto hasta Ischia Ponte, atravieso luego el largo puente que construyó Alfonso el Magnánimo y llego hasta el islote del Castello, inmenso, oscuro y amenazador. Aquí se refugió alguna vez toda la población para defenderse de los piratas. El negro peñasco coronado de fortificaciones parece inaccesible. Pero hay un ascensor al fondo de un estrecho pasadizo. Y luego, ya en lo alto, se puede seguir el itinerario de Levante o el de Poniente, cada uno con su peculiar colección de maravillas. Estoy solo, tengo toda la isla para mí. Me asomo primero a la terraza de la Inmaculada: veo la cumbre del monte Epomeo, la Playa de los Pescadores, las casas coloreadas por un niño, el mar azul.
En el siglo XVI aquí habitaban cerca de dos mil familias, había además un convento y una abadía, un obispo, un seminario, un príncipe, una guarnición. A comienzos del XIX se convirtió en cárcel para los prisioneros políticos. Ahora parece estar solo a mi entera disposición. Paseo entre las ruinas del convento de las clarisas, una señal me indica el cementerio de las monjas, una serie de sótanos. Desciendo temeroso. Más que un cementerio parecen antiguas letrinas. Luego me entero de que ahí colocaban los cuerpos de las monjas para que se descompusieran lentamente y arrojar después los huesos a un osario. Cada día bajaban las monjas a rezar y a meditar sobre la muerte: en tal ambiente, era frecuente que enfermaran. Casi enfermo yo al conocer la historia. Salgo de nuevo a la luz.


A aquellas fanáticas monjas las expulsaron los franceses. Esta isla es ahora propiedad privada. ¿Quién será el afortunado propietario? Sea quien sea no es más afortunado que yo. Inicio el itinerario de Levante. Paso de largo ante las cárceles borbónicas, con sus instrumentos de tortura (de la estupidez y el fanatismo humano ya tuve bastante) y me acerco hasta el Terrazzo degli Ulivi, un tiempo jardín del castillo. Veo el islote de Vivara, frente a Procida, y la inmensa transparencia del mar. En lo más alto, las torres de la fortaleza, cerradas a los visitantes. Ahí vivió, durante más de treinta años, Vittoria Colonna, la princesa amiga de Miguel Ángel y de Juan de Valdés. Yo me quedaría para siempre en esta terraza. De pronto oigo un rumor familiar con sabor de infancia. Sí, he oído bien, es un cacareo. Al fondo de la terraza, hay un huerto y una majestuosa gallina avanza rodeada de sus polluelos. Sonrío. A Virgilio también le habría hecho gracia el contraste entre la magia del lugar, donde de un momento a otro se esperaría la presencia de alguna divinidad, y la humilde, maternal gallina.
Recorro el Sendero del Sol, con sus olivos, laureles, algarrobos, higueras, granados, nísperos y el mar resplandeciente y omnipresente. “Me quedaría aquí para siempre”, pienso. Y para seguir pensándolo abandono esta prodigiosa Isolla d’Aragona cuando nada me apetece más que seguir en ella, en su perfumado silencio azul y verde y al margen del mundo.


Jueves, 24 de septiembre
EL OTRO LADO

Llueve en Sorrento. La luminosidad de ayer es hoy infinita melancolía. Tomo un café en la Piazza Tasso, frente a la estatua del poeta que se acaricia la barbilla pensativo, paseo por la estrechas calles llenas de tiendas, admiro el Sedile Dominova, un pórtico renacentista donde unos viejos juegan a las cartas entre arquitectónicos trampantojos, llego hasta la plaza de la Victoria, una terraza enmarcada por el Hotel Bellevue Syrene, de 1820, y el Imperial Tramontano, donde Ibsen “piangendi su destini oscuri dell’uomo” –así se lee en una lápida de la fachada— escribió Los espectros en 1881. Muy cerca, una escalera excavada en la roca desciende hasta la orilla del mar. Con mi paraguas, sin miedo a los escalones resbaladizos, bajo por ella. Acaba detrás de unas casetas de baño, en el rincón más desolado del mundo. Qué tristes los lugares de veraneo cuando se va el verano. Aquel camino estrecho entre la roca y el mar me deja en Marina Piccola. Al borde del acantilado se asoman los majestuosos hoteles, con sus grandes terrazas sobre el fosco golfo.


Un día como hoy no extraña nada que fuera aquí, precisamente aquí, donde Ibsen escribió Los espectros.
Al ir y al volver ferrocarril circumvesuviano me muestra el otro lado del paraíso. Transcurre por el lugar más hermoso del mundo, pero solo permite ver barrios desvencijados, desolación, desechos.
En la Feltrineli, mi librería habitual, Francesco Villani, el pianista napolitano que compuso parte de la banda sonora de Gomorra, presenta su nuevo disco, Anime. Interpreta algunas de sus nuevas piezas. Entre los asistentes no está Roberto Sabiano, naturalmente, pero sí algunos de sus amigos. Escucho hablar de él. Sobre su heroísmo, tan rentable, algunos se muestran tan escépticos como yo.


Viernes, 25 de septiembre
VARIAS VIDAS

A las ocho en punto de la mañana, estoy frente a la estación marítima. Pero el crucero en que viajan mis amigos no atraca aquí, sino en otro lugar del puerto, por lo que he de esperar media hora hasta que lleguen en autobús. Esa media hora me vale por un curso acelerado de picaresca y comedia del arte. Una multitud de taxistas ilegales, guías piratas, aguarda la llegada de los turistas. Hay tres inmensos barcos, cada uno con más de mil pasajeros, así que víctimas no les faltan. Los más prevenidos salen en apelotonados grupos con su guía al frente, pero hay otros que van por su cuenta. En italiano, en inglés, en napolitano, con envolvente sonrisa y una hipnótica gestualidad, son inmediatamente abordados. Algunas veces con éxito. Un matrimonio de gordos jubilados norteamericanos escucha al taxista que se ofrece a llevarlos a Capodimonte, Pompeya, Amalfi. Pero ellos quieren ir a Capri y él, sin dudarlo, un momento, se ofrece a llevarlos en su destartalado vehículo, que no parece anfibio, hasta Capri. Me habría gustado saber cómo acaba la aventura.
Por fin llegan mis amigos y comienza el recorrido por los lugares familiares: la Galería Umberto I, estropeada por el inmenso andamiaje metálico que sostiene la cúpula, el Palacio Real donde se exponen las obras de arte que han rescatado los carabineros, la Via Toledo y el Funiculare Centrale, la Piazza del Gesù Nuovo, todo el desvencijado esplendor de Spaccanapoli…
Soy un guía demasiado entusiasta, agotador. Quiero enseñarlo todo, como si Nápoles cupiera en una mañana, cuando no cabe en una vida.
Tampoco una vida cabe en una vida. Quien no ha vivido varias vidas no ha vivido. “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach”, se lamentaba Borges. Yo no me lamento. He sido guía en Nápoles. No me parece poco.

sábado 26 de septiembre de 2009

Lecturas y lugares: Cruce de caminos

Soy de esas personas afortunadas que saben que no lo saben todo, que siempre están descubriendo Mediterráneos. El último lo encontré muy cerca de mi pueblo, Aldeanueva del Camino, y se llama Cáparra. Había oído hablar de su arco tetrapylon, un arco triunfal de cuatro pilares, lo había visto reproducido muchas veces, pero nunca se me había ocurrido darme una vuelta por allí.


Se encuentra rodeado de olivos en la dehesa Casablanca, a la orilla de un río que, como el Tíber a Roma, llora su ruina “con funesto son doliente”. Y ese río es el Ambroz, el mismo en que yo me bañaba de niño.
Hace veinte siglos, Marco Fidio Macer levantó este arco para conmemorar que “Vespasianus Imperator Augustus” había convertido a Cáparra en municipio romano, concediendo a sus habitantes el derecho de ciudadanía. Lo construyó exactamente en el cruce de las dos calles principales de cualquier ciudad romana, una de las cuales coincidía con el camino de la Plata, que un poco más allá pasa delante de la casa en que nací.
Camino alrededor del arco, pisando el descampado que un día fue bulliciosa ciudad, y recuerdo viejos versos que cantan a las ruinas: “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora / campo de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa”.


Aquí estuvo el teatro, aquí rieron las gracias de Plauto y se conmovieron con la devoción fraternal de Antígona; estos muros correspondían a las termas, al lado se alzaban las columnas del Foro… Cuesta imaginarse el ajetreo urbano, los comerciantes trapaceros, los políticos charlatanes, los esclavos, los gozosos lectores de Ovidio y de Virgilio.
No fue necesario ningún Vesubio, bastó la mano del tiempo para arrasarlo todo. Solamente con el orgulloso arco no pudo. Ya no había ciudad y todavía los viajeros que buscaban el norte seguían atravesándolo y sorprendiéndose al encontrarlo en medio de la desolación; luego la ruta de la Plata se desvió unos pocos quilómetros y ahí quedó, más solitario, igualmente señero.
Cuando volvió a poblarse el valle del Ambroz, se prefirió otro lugar y ese fue el origen de Aldeanueva del Camino. Alguna piedra con inscripciones, dos o tres fustes de columna testimonian que se aprovecharon las cercanas ruinas.
Pone uno el dedo sobre el mapa, señala la más remota aldea, y allí se entrecruzan los caminos del mundo. Atravesaba Aldeanueva el camino de la Plata y también la frontera entre los reinos de Castilla y de León, entre los ducados de Béjar y Alba. Al duque de Béjar le dedica Cervantes el Quijote; los duques de Alba tenías un palacio muy cerca, en la Abadía, y por sus jardines se pasearon Garcilaso, que allí escribió alguna de sus églogas, y Lope, que los cantó en retóricas octavas.
Paseo yo ahora al sol de Cáparra y pienso que soy como el protagonista de una antigua fábula, como el soñador que recorre el mundo en busca de un tesoro y al final descubre que ese tesoro estaba enterrado ante su puerta.
Por delante de la puerta de mi casa pasaba la historia del mundo, pero yo lo creía un lugar apartado de la mano de Dios y soñaba con irme lejos, muy lejos, sacudirme el polvo de los zapatos, no volver nunca.
Ahora sé que mis antepasados fueron ciudadanos romanos, que soy ciudadano del mundo. Que esté donde esté, si estoy a gusto, estoy en casa. Y que no hay lugar que no sea un cruce de caminos, que cualquier punto de llegada es un punto de partida.

lunes 21 de septiembre de 2009

Notas venecianas (y 5): Giardini

Cuando uno subía al observatorio de las Torres Gemelas, antes de salir a la terraza entraba en una sala donde se proyectaba un documental sobre Nueva York. En helicóptero recorríamos toda la ciudad. Era una proyección de gran realismo. Las butacas se inclinaban a la vez que el helicóptero. Finalmente, después de sobrevolar Central Park, el Crysler y el Empire State, la estatua de la Libertad y Battery Park, nos posábamos en una de las Torres y solo entonces, como si bajáramos del vehículo, salíamos al fascinante espectáculo de un lugar tan cerca del cielo y que no tardaría en convertirse en un infierno. A mí me gustaba ese llegar a una realidad que prolongaba la ficción.
Recuerdo aquellos imaginarios viajes en helicóptero mientras en el pabellón británico de la Biennale veo el documental Giardini, de Steve McQueen. Son estos mismos jardines los que se nos muestran en la doble pantalla. Pero no como están ahora, festivamente bulliciosos, sino en los largos meses que pasan abandonados entre una exposición y otra. Conozco bien esa melancolía. Más de una vez paseé por ellos cuando solo los recorrían perros abandonados, cuando uno podía tropezarse con algún sin techo que dormía envuelto en su miseria, cuando en las noches más desapacibles un fumador solitario acechaba con milenaria cautela a otro solitario… En la pantalla vemos sucederse las estaciones, oímos la banda sonora de la ciudad: infinitas campanas, los gritos de una manifestación, el viento que arrastra las hojas secas, la sirena de un inmenso crucero que se entrevé entre los árboles…
Cuando salimos, una nave gigantesca, como la de la pantalla, se desliza entre los árboles. Ese cruce de ficción y realidad me hace pensar de nuevo en la terraza de las Torres Gemelas. Con qué facilidad este monstruo, tres o cuatro veces más alto que el más alto de los edificios, solo con desviarse del centro del canal, podría hacer saltar toda la ciudad por los aires.


La sensación de fragilidad acrecienta para mí la belleza del mundo. Esta ciudad es un milagro sostenido sobre frágiles troncos de árboles que se asientan sobre el fango de la laguna y yo también soy un milagro asentado sobre pilares aún más frágiles. Siempre lo tengo muy presente y por eso disfruto de cada minuto como el niño en el parque de atracciones que sabe que, más pronto que tarde, llegará la hora del cierre.
¿Y qué es esta Biennale, que abarca toda la ciudad, sino un inmenso, colorista, sorprendente parque de atracciones? “Si no os hacéis como niños, no disfrutaréis del arte moderno”, se me ocurre que podría ser un buen lema.
Si no os hacéis como niños: en el césped que rodea el Gran Hotel des Bains pasta un rebaño de ovejas azules, muy cerca alguien ha embalado cuidadosamente un rinoceronte de tamaño natural y en la isla de la Certosa un elefante se acerca al agua, mientras que en una de las salas del Palazzo delle Esposicioni una gigantesca tela de araña atrapa a los visitantes… Todo es juego, asombro, maravilla, como las sombras chinescas que proyectan los objetos encontrados por Hans-Peter Feldmann al dar incansables vueltas en sus pequeñas plataformas.


Si no os hacéis como niños, no disfrutaréis del juego del escondite que practican los innumerables “eventi collaterali” esparcidos por toda la ciudad. Hay que tener muy firme vocación de detective para dar con el Palazzo Zenobio, en la Fundamenta del Soccorso, y con el cortile inglese en la isla de San Servolo, y con la Riva Ca’ di Dio, en Castello, y con la exbirrería de la Giudecca… Pero lo mejor es no buscar nada concreto, dejarse sorprender al azar del paseo por una puerta sigilosamente abierta que lleva a un patio entre altos muros, por un jardín secreto, por las estancias desconchadas de un palacio abandonado, y allí encontrar objetos banales o misteriosos, insólitas trivialidades y una guardia juvenil que, sentada a un lado, junto a varios catálogos, certifica que aquello es arte y que también forma parte del juego.
Qué borrosos los límites entre el arte y la vida, entre la magia y la realidad. El día comienza en los Giardini aguardando para ver una película que se titula precisamente Giardini y termina en una bar de copas de la Salizada San Lio charlando con Peter, el joven escocés que, en lo alto de la escalera, esperaba el momento de hacernos pasar al interior del pabellón.
“¿También tú eres artista?”, me pregunta. “Hay mucho cuento en eso y mucha vanidad. Y yo lo sé bien, que trabajo con ellos”.
No, no soy artista, aunque ocurrencias no me faltan, pero soy, como todo el mundo, el guionista de mi propia vida. No siempre los guiones que escribo puedo llevarlos a la realidad, pero siempre me esfuerzo por escribir un buen guión en el que yo no tenga un mal papel.

domingo 20 de septiembre de 2009

Notas venecianas (4): Hotel Europa

Marcel Proust, en materia de hoteles, tenía gustos muy sencillos: prefería siempre el mejor. Y por eso, cuando en abril de 1900 visitó por primera vez Venecia en compañía de su madre, se alojó en el que encabezaba la lista del Baedeker, el Danieli, en la Riva degli Schiavoni, frente a San Giorgio Maggiore. Pero cuando volvió solo, unos meses después, no quiso repetir y se fue al segundo de la lista, no menos suntuoso que el primero: el Hotel Europa, junto al Gran Canal, con entrada por la calle del Ridotto.
Se trataba de un palacio gótico, Ca’Giustinian, uno de los más hermosos palacios venecianos, convertido en hotel en 1820. Si en el Danieli había tenido lugar uno de los más conocidos ménage à trois de la historia, el que vivieron George Sand, Alfred de Musset y un joven médico de gallarda apostura, aquí se habían alojado huéspedes no menos ilustres, como el pintor Turner o el aparatoso Chateaubriand.
El Hotel Europa llevaba cerrado muchos años. Este año el palacio ha abierto de nuevo convertido en una de las sedes de la Biennale. Caminando al azar por los alrededores de San Marcos doy con él. La exposición que alberga, sobre el futurismo, no me interesa demasiado. Pero la antigua Sala degli Specchi, el que fue gran salón del hotel, es ahora una confortable cafetería, L’ombra del Leone, con hermosas vistas sobre el Bacino de San Marco y la iglesia de Santa Maria della Salute. Apenas hay clientes en L’ombra del Leone. Un café cuesta un euro (en el cercano Florian, doce), lo mismo dentro que fuera en la fastuosa terraza con balaustrada de mármol que acarician las aguas del canal.
Cada nueva visita, Venecia me hace un regalo y el de esta vez es nada menos que un hotel lleno de historia donde leer tranquilo el Gazzetino, hojear algún libro, tomar notas después del paseo. Allí paso un rato todas las mañanas, sin más compañía que la de tantos fantasmas ilustres y la de los gondoleros de la cercana parada de San Marcos, que entran a charlar, beber agua frizzante y protegerse un rato del sol. Acabo haciéndome amigo de alguno de ellos y una mañana Mario me cuenta que ha llevado a pasear por los canales a un viajero algo obeso y particularmente locuaz, nada menos que a Hugo Chávez. Sé que el presidente venezolano ha pasado por el Lido, donde se acaba de estrenar la película que le dedica Oliver Stone, pero no me lo imagino en góndola como cualquier turista. “¿Qué opinas tú de Chávez?”, me pregunta Mario. “¿Crees que es un dictador como dicen los periódicos? A mí me pareció muy simpático. Todo el tiempo estuvo preguntándome cosas, pero luego se respondía él mismo. No calló un momento. Salimos muy temprano, apenas amanecido. En la góndola iban él y otras tres personas. Nos seguía una motora de la policía. No le pude llevar por algunos canales poco profundos”.


¿Qué opino yo de Chávez? Hace tiempo que vengo recortando lo que se dice de él en un periódico que aprecio especialmente, El País, un periódico que leo desde el primer número. Ni en La Razón, y ya es decir, se podrá encontrar un ejemplo más claro de manipulación informativa. El referéndum de Chávez para modificar la constitución a fin de que los cargos públicos pudieran ser reeligidos mereció editoriales apocalípticos, docenas de artículos denigratorios (los más selectos intelectuales de izquierda aprovecharon para insultar a quien quería convertirse en dictador perpetuo). Las manipulaciones de Álvaro Uribe para conseguir el mismo fin apenas si merecen una aséptica constatación. El otro día se celebraron en Caracas manifestaciones a favor y en contra de Chávez. Noticias desde el Sur, el informativo de Telesur, la cadena oficialista, informó de ambas; El País, el gran defensor de la libertad de información, solo de la manifestación opositora, con una gran fotografía de media página.
Aburro a Mario con estas y otras precisiones. Él sonríe cortésmente aburrido. “¿Entonces no es el Berlusconi de América, el dueño de todas las televisiones públicas y privadas? A mí me pareció un tío simpático”, me dice antes de salir a seguir esperando a los clientes.

Del primer viaje de Marcel Proust, acompañado de su madre, sabemos muchas cosas. Mientras la madre se quedaba leyendo en el hotel, con otros dos amigos recorría los canales de Venecia deteniéndose en cada una de las iglesias que habían sido descritas por Ruskin. Luego, por la tarde, se sentaban en el Florian a comer helado. En más de una carta recordó Proust aquellos tiempos en que “sus sueños se habían convertido en sus señas”.
De la segunda visita, el otoño siguiente, solo sabemos que se alojó en el Hotel Europa y que el 19 de octubre dejó su firma en el libro de visitantes del monasterio armenio en la isla de San Lázaro (yo no pude hacer lo mismo y tuve que conformarme con pasear por los alrededores). ¿A qué dedicó aquellas jornadas? Los templos y palacios ya habían sido minuciosamente admirados la primera vez, ahora preferiría adentrarse por las estrechas callejuelas y sombrías plazoletas, bordear los canales oscuros, esos canales que le daban la impresión de “penetrar más y más en las profundidades de una secreta realidad”.
¿Qué busco yo cuando salgo de Ca’Giustinian, el antiguo Hotel Europa, y me pongo a callejear por lugares que no aparecen en las guías? Lo mismo que buscaba Marcel Proust, lo mismo que buscamos todos: una promesa de felicidad, algo que no está en ninguna parte, pero que aquí parece más engañosamente cerca que en cualquier otra parte.

sábado 19 de septiembre de 2009

Notas venecianas (3): Cruzar un puente

Antes de poner el pie en el primer escalón recuerdo el comienzo de un viejo poema: “Hoy, como cada día, he de cruzar un puente, / su frágil armazón de inseguros instantes…”


Pero el puente de hoy no es solo el metafórico de cada día, sino un puente de piedra y de cristal, alacre y deslumbrante: el nuevo puente de Calatrava sobre el Gran Canal.
Hace poco más de un año, en mi anterior viaje, ya estaba en su sitio: una sorprendente diadema en la parte menos agraciada de la ciudad. Solo ahora, después de que el vaporetto me deje en el colorista ajetreo del Piazzale Roma, puedo atravesarlo para entrar en el más hermoso laberinto.
De Santiago Calatrava es posible decir lo mejor y lo peor, y en Oviedo tenemos una elefantiásica muestra de sus desvaríos, pero el amor es sin por qué y a mí este puente me enamoró al primer golpe de vista.
Las transparentes barandillas me permiten ver el Gran Canal, que aquí no está rodeado de palacios, y también la sombra de los transeúntes reflejada sobre el agua. No sé por qué pienso en Oriente y a la cabeza me vienen unos versos de Li Po: “Mira tu sombra quieta sobre el agua que huye / esta tranquila tarde de verano. / Mujeres y amigos te han de dejar un día. / Solo tu sombra y la muerte, en el tiempo cambiante, / han de seguir hasta el final contigo”.


Cruzan raudas barcazas, sobrecargados vaporettos, alguna rara góndola: esta es una puerta de servicio. A un lado, la isla artificial y funcional de Tronchetto. Al otro, la estación de tren y, enfrente, los jardines Papadopoli con la cúpula verde de San Simeon Piccoli.
Me detengo en la parte más alta del puente y me hago a un lado para dejar pasar a los apresurados transeúntes. Yo no tengo ninguna prisa. Acepto el homenaje fresco y azul de la mañana. Este puente es digno de un emperador y yo ahora yo soy el rey del mundo.
Cuando por fin lo atravieso y me detengo para mirarlo delante de los majestuosos edificios de la vieja estación, un anciano ocioso aprovecha para entablar conversación: “¿Ha visto qué despilfarro? ¡Millones de euros gastados para un puente que solo permite acortar el trayecto en cinco minutos y que ni siquiera tiene una rampa para acarrear las maletas!”


Yo no sé si es o no un despilfarro. Sé que tras su ingrávida transparencia hay un prodigio técnico y algo más que tiene que ver con la poesía.
Sigue mi interlocutor: “Esto es como el mamotreto de la Cassa di Risparmio en Campo Manín. Por mucho tiempo que pase no nos acostumbraremos a ella y alguna vez habrá que tomar la decisión de tirarla”.
Yo también, cada vez que atravieso Campo Manín camino del Campo San Luca y el Teatro Goldoni, siento la bofetada de ese feo edificio de los años sesenta. Aquí, sin embargo, entre el Piazzale Roma y la estación de Santa Lucía, no hay ninguna disonancia, sino un prodigioso acorde.
Hoy he cruzado un puente, pero no como cada día, sino como solo ocurre en los grandes días. Un mágico puente de cristal y silencio que no se parece a ningún otro de Venecia y sin embargo solo podía estar en Venecia.

viernes 18 de septiembre de 2009

Notas venecianas (2): Tres islas


Pisar por primera vez tres islas en un solo día no ocurre todos los días. Mientras la multitud se aglomera a lo largo del Gran Canal para contemplar la regata histórica, yo me dedico a explorar la laguna. La línea 13 del vaporetto me lleva hasta Sant’Erasmo. Qué extraño este lugar, con sus viñas, sus senderos de tierra, sus casas de labor. Camino sin encontrar a nadie, escuchando el canto de los pájaros, el cacareo de distantes gallinas. Apenas media hora, ¿y dónde quedan canales y callejuelas? Miro con atención y allá lejos, sobre las copas de los árboles, adivino cúpulas y campaniles.
La naturaleza me entretiene durante los primeros quince minutos; luego, en el aire demasiado puro, parece que me falta el aire. Vuelvo a la parada del vaporetto: hasta dentro de una hora no habrá otro. ¡Una hora en la soledad de Sant’Erasmo! No me creo capaz de resistirlo. Pero me acomodo al borde del canal, miro a lo lejos el faro de Murano, respondo al saludo de las lanchas que pasan y dejo que el tiempo se siente a mi lado y me acaricie.


Qué distinta San Servolo, una isla con puerta de entrada, recónditos jardines y ventanas abiertas en los muros de ladrillo al centelleo de la laguna. Hay una Escuela de Bellas Artes, de vez en cuando se entrevé algún grupo juvenil. Cómo me gustaría quedarme con ellos a estudiar la magia de Tiziano o Tintoretto. De pronto, sentada sobre la yerba, una anciana afligida oculta el rostro tras un velo negro. Me acerco temeroso, pero es parte de la dispersa Biennale que alcanza a todos los rincones de la ciudad. Aquí el artista ha acertado conmovedoramente. Este lugar paradisíaco fue antes un centro de psiquiátrica tortura, el manicomio más hermoso del mundo. Está que se nos lo recuerde.
El vaporetto que se aleja de la isla de los locos se detiene de pronto en San Lazaro. Siempre había deseado visitar el lugar en que Byron, que llegaba nadando desde el Lido, se dedicaba a estudiar armenio. Baja una joven y, sin pensarlo, desciendo tras ella. Camina rápidamente y antes de que me dé cuenta ha desaparecido. Vuelvo a estar solo, como en Sant’Erasmo, pero aquí un cartel advierte que es una isla privada, que no están permitidas las visitas. ¿Qué hacer? El vaporetto se ha alejado, no puedo emular a Byron y arrojarme al agua.


Una estatua de Mekhitar, el primer prior de la congregación de monjes armenios que en esta isla se refugiaron de la persecución turca, abre acogedoramente sus brazos de bronce. Me dan ganas de preguntarle si no aceptaría un monje más.
Paseo lentamente entre olivos y cipreses, me siento en una especie de torreón que avanza sobre la laguna. A la cabeza me vienen unos versos en que Byron le habla a su último amor: “Entre las olas, cuando todo / era tormenta y miedo, / mi cuerpo te ofrecí como coraza, / mi corazón como refugio”. Qué poco se imaginaba el fantasioso lord inglés que la Grecia oprimida agradecería sus esfuerzos con el desdén, la reiterada humillación, la muerte sin gloria.
En una mañana el generoso azar me ha llevado por tres veces hasta el paraíso, pero de sobra sé que el paraíso acostumbra a cambiar de lugar sin que nosotros cambiemos de sitio.

jueves 17 de septiembre de 2009

Notas venecianas (1): San Jorge y el dragón

Le reconocí de inmediato. Estaba de espaldas, con el sombrero en la mano, contemplando la iglesia de la Pietà. Habíamos coincidido hacía un año por los mismos lugares. “Hola, André”, le dije. Él me saludó con un gesto y luego se puso a charlar conmigo como si nos hubiéramos visto el día antes.


“¿Ves ese hotel al lado de la iglesia de Vivaldi? Es el Metropole. Hace cien años se alojaron en él por las mismas fechas Thomas Mann y Sigmund Freud. El novelista andaba preocupado por ciertas inconfesables pulsiones sexuales. Le pidió consejo a Freud. ¿Debía psicoanalizarse? Y Freud, en contra de sus intereses, le dijo que para un artista no hay mejor terapia que el propio arte. Poco después Mann convirtió su obsesión por un joven camarero en Muerte en Venecia, que situó en un hotel del Lido.”
También esta ciudad, a la que vuelvo muy de tarde en tarde, me recibe cada vez como si fuera uno de los suyos; como si solo en ella no estuviera de paso.
“¿Estás esperando para ver la película de Peter Greenaway? Yo acabo de salir. Te gustará. Le Nozze di Cana, el cuadro del Veronese, es fascinante, una réplica más verdadera que el original. Y Greenaway acierta a subrayar toda su magia. ¿Conoces la historia de la Fondazione Giorgio Cini? El conde Cini le dio el nombre de su hijo y buscó el lugar más adecuado: el monasterio benedictino, por entonces en ruinas, de la isla de San Giorgio Maggiore. Vittorio Cini inició su fortuna en la época de Mussolini, de quien fue ministro. Dimitió poco antes de que el Gran Consejo destituyera al dictador. Los alemanes lo detuvieron y lo enviaron a Buchenwald. Del campo de concentración lo salvó su hijo Giorgio, quien reunió todas las joyas de la familia y, tras desmontar las piedras preciosas, sobornó con ellas a los vigilantes. El conde Cini se había casado con Lyda Borelli, una de las grandes actrices del cine mudo. Era muy celoso. No solo le prohibió seguir trabajando sino que buscó todas las copias de sus antiguas películas para destruirlas. Casi lo consigue. Milagrosamente se ha logrado salvar alguna. No quería que nadie, salvo él, admirara la belleza de su mujer, ni siquiera en celuloide. Cini tenía una amante, la condesa Dal Pozzo, una aristócrata veneciana.


Todos lo sabían, pero nadie hablaba de ello. En público los dos hacían como si no se conocieran. Cuando le liberaron, cuando llegó la noticia de que estaba sano y salvo en Suiza, Lyda Borelli dijo: “Que alguien avise a esa mujer. Se alegrará”. Sus hijos fingieron no entender. Entonces ella misma buscó un número en el listín y luego telefoneó: “Soy la mujer de Vittorio. Mi marido está libre”. Y colgó. Estas cosas las cuenta Federico Zeri en sus memorias, J’avoue m’être trompé. ¿Las has leído? Un libro fascinante sobre la trastienda del mercado del arte, la miseria de los grandes coleccionistas y los trapicheos entre estudiosos como Berenson o Roberto Longhi y los anticuarios. Bastaba ver a Lyda Borelli, confiesa Zeri, para quedar fascinado. Cini era consciente de ello y por eso la escondía como a la más preciada pieza de su colección.


Pero no podía esconderla de sus propios hijos y Giorgio, el héroe que lo había librado de los alemanes, se enamoró perdidamente de su madre. Buscaba sustituirla con actrices mayores que él. Tuvo muchas amantes. La última, Merle Oberon. Un día en que ella estaba en Cannes y él debía asistir, por obligaciones sociales, a una gran fiesta en Venecia decidió hacerle una visita en su avioneta privada. Al volver le pidió al piloto que hiciera una circense pirueta de despedida y que se acercara lo más posible a tierra para saludar a Merle. El avión se estrelló. Fue uno de esos accidentes que disfrazan un suicidio. Giorgio salvó a su padre, dejó que la princesa, que era su propia madre, muriera de tristeza en su encierro, y dio muerte, nuevo San Jorge, al dragón que llevaba dentro, un dragón que Freud conocía muy bien. ¿Fue un héroe o un cobarde? No sabría decirlo. Pero gracias a esa oscura historia ahora podemos sentarnos en el refectorio palladiano y participar de las bíblicas bodas de Caná, donde Cristo convirtió el agua en vino, y escuchar el rumor de las conversaciones en dialecto y la música que sirvió para la coronación del Dux Marino Grimani”.

domingo 13 de septiembre de 2009

Lecturas y lugares: Amanecer en Gomorra

Me gustan los días de septiembre. Largos días aún vacacionales en los que parece haber tiempo para todo, como un anticipo de no sé qué melancólica eternidad. Si estoy fuera de casa, procuro no perderme ningún amanecer. Hay quien prefiere los que concluyen una noche de fiesta; no es mi caso. Nunca me ha costado madrugar, ni tampoco caer rápida y profundamente dormido a esas horas en que otros comienzan sus fatigosas juergas.
En el Palacio de la Magdalena me levanto mucho antes de que empiecen a servir el desayuno. Primero, desde la ventana, veo cómo se desvanece la noche, cómo van desapareciendo las estrellas y difuminándose las luces de los barcos anclados frente a la bahía.


Mi habitación es la 123, la más cerca del mar, que en esta parte se adentra en la Península como para querer tocar los muros del palacio. Es la misma habitación en que Pedro Salinas escribió algunas de sus cartas a Katherine Whitmore, como la fechada el 7 de septiembre de 1933, recién acabado el primer curso de la Universidad Internacional, de la que se declara “el autor, el inventor”.
Sí, esta Universidad de Verano fue, antes que nada, el sueño de un poeta enamorado que aquí mismo escribió algunos de sus poemas más hermosos: “Qué alegría vivir / sintiéndose vivido”.
Paseo luego por los frescos alrededores. Los rosados dedos de la aurora acarician la isla del faro. Cómo me gustaría subir a una barca, llegar hasta ella, ver desde allí desplegarse la fastuosa melodía del amanecer. Y dejar que en la memoria resuenen los versos cernudianos: “Oh soledad, cómo llenarte, / sino contigo misma”.
Abstraído en mis pensamientos, no he dado cuenta de que no estoy solo: “Buenos días. Mucho se madruga”. El rostro, sonriente, me resulta vagamente familiar. “Nos presentó Luca, ¿recuerda?”. Y sí recuerdo aquella excursión con mi amigo napolitano por un barrio de explosiva miseria en los días de la crisis de las basuras. Y recuerdo también que la estrella de la UIMP estos días de septiembre es Roberto Saviano, el autor de Gomorra, el denunciante de los abusos camorristas.


Mi acompañante adivina mis pensamientos y hace alarde de humor negro: “Estoy aquí para callarle la boca en medio de una de sus clases. Y tú, cuidadito con decir nada, porque te puede ocurrir lo mismo”, y me apunta con un dedo. Luego suelta una carcajada.
“Saviano es un bluff, un espectáculo, una distracción. ¿Tú crees que perjudica algo a los buenos negocios de la organización? Si su libro molestara, libro y autor habrían desaparecido a poco de aparecer y hoy nadie hablaría de ellos. ¿Puedes creerte que una amenaza que convierte un libro de escasa difusión en un best seller mundial pretendía realmente que no se conociera ese libro? Hay quien dice que el autor paga religiosamente una parte de sus ingresos y quien afirma que todo es un montaje”.
Estaba yo tan feliz con Salinas y Cernuda y esa isla casi al alcance de la mano que parece esconder el tesoro del amanecer cuando me viene de pronto encima toda la suciedad del tiempo presente. “Me llamo Piero Longhi. Preparo una tesis sobre literatura y compromiso que habla, entre otros, de Roberto Saviano; por eso estoy aquí”.
Me tranquilizo. Un estudioso, no un sicario. “¿Y sabes quién me ha otorgado la beca que me permite seguirle por todo el mundo hasta que encuentre la ocasión de charlar con él a solas? ¿No te lo imaginas?”. Y suelta otra carcajada mientras se aleja con pasos rápidos.


Una macabra broma, lo sé. Mi amigo Luca tiene el mismo raro sentido del humor. Me ha fastidiado el amanecer, ha echado a perder la música sentenciosa de Salinas –“la forma de querer tú / es dejarme que te quiera”—, pero me ha despertado una curiosidad: ¿es Saviano un héroe o una engañifa? ¿Un enemigo de la Camorra o una creación suya para tener entretenidas a las buenas conciencias? Sea lo que sea, de una cosa estoy seguro porque he leído toda su mínima obra: no es un escritor, solo un discreto periodista con fama de indiscreto.

martes 8 de septiembre de 2009

La barca o nueva visita a Venecia

Llegué siguiendo los pasos de Henry James. Me alojé en el palazzo Marcello, en la escondida Fondamenta Minotto, donde habían vivido –según se contaba— aquellas viejas inglesas, una de ellas amante de Byron, que inspiraron Los papeles de Aspern. Frente al hotel, junto al Ponte del Malcanton, había siempre un gondolero a la espera de algún cliente al que le apeteciera dar una vuelta. No parecía tener demasiado trabajo. Al salir, al entrar, siempre lo veía sentado cómodamente en la góndola, leyendo un libro. Le hice algunas fotos, una de las cuales sirvió para ilustrar la cubierta de El amante de Italia, páginas viajeras de Henry James traducidas por Hilario Barrero.


Un día, un neblinoso día de invierno en que me parecía ser el único habitante de Venecia, me saludó: “¿No quiere un paseo en góndola? Estoy tan aburrido que hasta le llevaría gratis”. “Hoy se puede ver poco”. “La ciudad así también tiene su encanto”. Lo tenía. La barca se deslizaba sigilosa en aquella blancura grisácea, como de otro mundo. De vez en cuando se entreveía un palacio, un puente que abría amenazadoramente sus fauces. Después de un rato de silencio, comenzamos a hablar. Teníamos gustos parecidos: las novelas de Conrad, los poemas de Pasolini y una rara escritora, Anna Maria Ortese, de la que yo había leído El mar no baña Nápoles y él me recomendó La iguana, que habla de un velero que bordea las costas de Portugal y cuenta la más extraña historia de amor que se haya escrito nunca. Acabamos amigos, charlábamos todas las mañanas y un día me invitó a comer a su casa. Vivía junto a un canal angosto al fondo del cual se entreveía el gris verdoso de la laguna. Dino dejó la góndola junto a unos peldaños resbaladizos, silbó y una mujer se asomó a una de las ventanas. “Es mi hermana”, me dijo, y a ella: “Un amigo viene conmigo”. Charlamos mientras preparaba la comida. Me contó que su padre había sido gondolero y su abuelo también. Que era un buen trabajo, y difícil, para el que no valía cualquiera, pero que él se sentía como en una cárcel. Que le gustaban los espacios abiertos, que hacía tiempo que soñaba con irse a Australia.


Comimos muy bien los cuatro, porque también había un gato que en cuanto nos vio sentarnos se acercó a la mesa. Pasta asciutta, pescado y una gran frasca de vino. En la sobremesa, mientras Dino ayudaba a su hermana a recoger la mesa y fregar los cacharros (no quisieron que yo colaborara), hojeé los libros. Uno me llamó la atención, Alguien que anda por ahí, de Julio Cortázar, en la primera edición de Alfaguara. Toda aquella escena en casa de Dino me resultaba vagamente familiar y entonces recordé por qué. Uno de los relatos del libro se titula “La barca o Nueva visita a Venecia”. Escrito en 1954, al autor le pareció falso y no lo publicó entonces. Lo hizo años después, entremezclado el relato con las anotaciones de uno de los personajes, Dora, que contradecía a menudo al narrador. Ahora, en el libro que yo hojeaba, había notas manuscritas en las que parecía hablar otro de los personajes, el gondolero. “Ese libro indignó mucho a mi abuelo”, me dijo Dino. Se lo envió el autor. “No fue así, no fue así, repetía y ya ves que quiso contar su versión en los márgenes, pero no era escritor y todo queda confuso. Mi abuelo conoció a Cortázar en los años cincuenta, cuando no era un escritor famoso ni mucho menos”. Yo adiviné entonces la verdad que Cortázar no había querido contar en la primera versión de su cuento y que solo había insinuado en la segunda. “Mi hermana ha tenido que salir”, dijo Dino sonriendo.


La casa estaba muy cerca de Fondamenta Nuove, la parte menos vistosa de Venecia. Cuando me acompañaba hasta el hotel, nos detuvimos sobre un puente. A un lado teníamos los muros del Ospedale, al fondo la negra silueta de San Michele sobre el azul de la laguna. Entonces cruzó bajo el puente una barcaza, con cuatro remeros de pie y en el centro un catafalco negro y dorado. Era lo que parecía. Su destino estaba en la isla de los muertos. “La barca de Caronte”, murmuré yo. “Pero afortunadamente todavía no estamos en ella”, dijo mi amigo, y hombro con hombro, silbando felices, seguimos caminando hacia el hotel.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Lecturas y lugares: Los fantasmas de New York

En Strand, quizá la mayor librería de viejo del mundo, compré yo la primera edición en español de Doble esplendor, aparecida en México en 1944. Recordaba bien la emoción con que había leído la edición española. Fue en 1977 y Constancia de la Mora me pareció el símbolo mejor de la república infaustamente derrotada.
Llevaba todavía ese libro en las manos cuando subí, con unos amigos, al mirador del Rockefeller Center. Me senté un momento a contemplar el airoso perfil del Empire State, el Hudson, la isla de Ellis al fondo...


Lo olvidé sobre el banco y un desconocido, que vestía con elegancia de otro tiempo, se acercó para entregármelo. “Yo conocí a la autora”, dijo. “¿A Constancia de la Mora?”. “No, ella era solo la protagonista. In Place of Splendor, que tal es el título original, lo redactó en inglés, y en muy poco tiempo, Ruth Mckenney, amiga de mi familia, escritora muy popular, luego vetada en la época de la caza de brujas. Constancia de la Mora nunca confesó la verdad sobre ese libro conmovedor y falso, una obra maestra de la propaganda. ¿Se creyó ella misma las mentiras que encarnaba y que sedujeron a tantos? A su alrededor desaparecieron algunas personas, como José Robles, el traductor de John dos Passos, ¿se creyó verdaderamente que eran espías o que habían sido ejecutados por incontrolados anarquistas?


Yo también leí sus falsas memorias cuando tenía veinte años y hubo un tiempo en que la consideré la encarnación misma del idealismo republicano. A fin de cuentas era una aristócrata, nieta de Antonio Maura, que había roto con su propia clase para ponerse al servicio de la causa popular. En Estados Unidos calló que era comunista y no contó nunca su verdad, sino la verdad del partido. ¿En qué momento dejó de creer en lo que predicaba? Mandó su hija a la Unión Soviética, y luego le costó sacarla de allí: los rusos no se fiaban de los niños que ellos mismos habían educado. ¿Ha leído usted Yo, comunista en Rusia, de Ettore Vanni? Es un testimonio estremecedor de cómo trataron en la Unión soviética a los comunistas españoles. Se publicó en 1950, el mismo año en que murió Constancia, quizá asesinada. No se ha escrito su vida verdadera, sin duda más apasionante que el cartón-piedra de Doble, o falso, esplendor. ¿Sabía usted que durante dos años mantuvo una intensa amistad, y quizá algo más, con Eleanor Roosvelt? De Hidalgo de Cisneros, otro héroe republicano del que habría mucho que decir, se separó en 1941. ¿Y para unirse a quién? A un indio tarasco de Morelos, Rodolfo Ayala, un extraño personaje que merecía una novela y del que se rumoreaba que era homosexual.

En 1949, durante una fiesta en Cuernavaca, conoció a Mary O’Brien, una millonaria norteamericana admiradora suya. Ambas emprendieron un viaje a Guatemala, las dos solas, dispuestas a recorrer durante meses remotos lugares arqueológicos. Constancia aprovechó para visitar además a diversas personas. Nunca hablaba con ellas en inglés y Mary no se enteró de lo que trataron, o al menos eso dijo luego cuando la interrogó el FBI”.
De los muchos fantasmas de Nueva York, el de Constancia de la Mora no es de los menos intrigantes. Siempre que vuelvo a contemplar el perfil de la ciudad se me acerca susurrante, como aquel atardecer en el alto mirador del Rockefeller Center.

viernes 28 de agosto de 2009

Lecturas y lugares: El secreto

Borges afirmó que de todas las ciudades del planeta Ginebra es la más propicia a la felicidad. Una gris mañana de verano, recorro sus calles apacibles y en cuesta, asciendo hasta la catedral. No hay nadie a esta hora temprana. Me detengo un momento ante la silla de Calvino y luego subo los escalones de piedra de una de las torres. Nada me gusta más que ver una ciudad entera a mis pies. Recorro los cuatro lados de la torre norte, comenzando por el que mira al lago, que parece dormitar aún en su grisura, sin alzar siquiera el dedo juguetón del Jet d’eau y pienso, no sé por qué, o quizá sí, en Amiel.


La vida de Enri-Frederic Amiel transcurrió sin brillo ninguno durante sesenta años para luego, póstumamente, fascinar al mundo con su diario.
Primero se dieron a conocer unos cientos de retocadas páginas que mostraban al profesor rutinario y oscuro como un sagaz moralista y casi como un santo. Luego, tras el centenario de su nacimiento, aparecieron otras algo distintas: “Después de haber dormido en todos los lechos de Europa, desde Upsala a Malta, desde Saint-Maló a Viena, en las cabañas de los pastores y a dos pasos de las prostitutas de Nápoles, no conozco la voluptuosidad más que en la imaginación”.
Los discípulos de Freud comenzaron a frotarse las manos: “Poseer un temperamento precoz, gustar de lecturas enervantes, haber tenido las ocasiones más seductoras desde antes de los veinte años, ser curioso e inflamable, errar por el mundo y regresar siempre a casa con la inexperiencia de un niño”. Fuera donde fuera –se ha dicho— llevaba siempre a la puritana Ginebra consigo, para él la ciudad más propicia a la desdicha.


Pero Amiel, el casto y puntilloso profesor, fue un Casanova en su imaginación. ¿Por qué solo en ella? Por respeto: “No puedo soportar la idea de corromper, y las mujeres a las que yo no hubiera podido manchar no serían digna de mí”.
Como Pessoa, vivió todo de todas las maneras, pero solo en la fantasía. ¿Fue por ello menos feliz que el insaciable fornicador veneciano? Quizá no. Más de una vez, sin dejar Ginebra, se encontró en el paraíso: “He tenido una impresión ateniense al cruzar la Place-Neuve. Inundación de luz, alegría de los ojos, bellas formas bajo la cúpula de límpido azul. Ligereza del ser, pensamiento con alas. Me creía de nuevo joven y sentía como un griego. Ante mí estaba, deslumbrante, Palas Atenea”.


Cualquier vida es un misterio. También la de Amiel, aunque quiso contárnosla entera a lo largo de miles de páginas: “Siempre estamos solos para las cosas capitales de la vida, y nuestra verdadera historia nunca será descifrada por nadie. El secreto que guardamos es intransferible por mucho que hablemos de él. Lo más verdadero de nosotros mismos jamás se muestra”. Ni siquiera a nosotros mismos.

domingo 23 de agosto de 2009

Misteriosa Avilés


Javier de Maistre viajó alrededor de su cuarto. En este melancólico y fresco agosto, cuando no hay nada que hacer y el tiempo parece girar sobre sí mismo, yo he decidido de pronto hacer el más extravagante de los viajes: un paseo guiado por mi ciudad como cualquier anónimo turista.
La visita comienza en la Plaza del Parche, vagamente triangular, palaciega y soportalada. Cuando yo era niño, había en el centro una fuente y alrededor circulaban los coches. Ahora es peatonal y parece mucho más grande. En verano, las terrazas de los cafés, frente a los soportales, le dan un vago aire veneciano.
Seis calles salen de esta plaza. ¿Por cuál seguir? El grupo avanza, y yo con él, hacia La Ferrería, húmeda y medieval, que atravesaba de parte a parte la vieja villa amurallada. En esta calle, un tiempo retumbante con el golpeteo de las fraguas, se construyeron también palacios. En uno de ellos, el de Valdecazarna, dicen que se alojó Pedro el Cruel. Yo recuerdo que, antes de ser archivo municipal, había en sus bajos una tienda de ultramarinos. El niño que entraba tímido y deslumbrado en aquella olorosa caverna multicolor no es menos remoto que el antiguo rey.


Parque del Muelle, construido a fines del XIX sobre terrenos ganados a la marisma. Con sus estatuas mitológicas y su templete para la música, conserva una marchita gracia de otro tiempo, una venenosa melancolía.
Cerca del parque, en el centro de lo que antes fue un poblado de pescadores, está la vieja iglesia de Sabugo, miniatura románica que en la altiva fachada principal alza unas cejas ya góticas.
Entramos luego en la Plaza del Mercado, con sus blancas galerías acristaladas, sus esbeltas columnas de hierro y el ganchillo de la rejería. Bullicioso mercado de los lunes, a donde venía de la mano de mi madre. En un puesto de libros viejos, en el casi todo eran resobadas noveluchas, hice mi primer hallazgo bibliográfico: la edición princeps de El terno del difunto, esperpento de Valle-Inclán.


Palacio de Camposagrado: escudos fanfarrones, columnas salomónicas, una arquería sobre la muralla que antes daba al mar. En sus bajos había una ferretería, Los Castros, y el resto estuvo dividido en pisos.
Palacio de Ferrera, hoy hotel, con su inmenso parque y su secreto jardín francés. Cumpliendo una ilusión del niño que rodeaba los altos muros de su secreto jardín, que atisbaba figuras misteriosas tras las altas ventanas, algunas veces he dormido en él, tan cerca y tan lejos de la casa familiar.
Calle de San Francisco: fachadas modernistas frente al oscuro convento, mascarones de una fuente barroca, antología de columnas (esta es también, como La Habana, la ciudad de las columnas).


Calle Galiana, con sus amplios soportales en los que una parte, empedrada, estaba destinada al ganado (que también tenía derecho a no mojarse los días de invierno) y otra, enlosada, a los vecinos. Cuando yo era niño, allí se ponían los vendedores de madreñas.
Calle del Rivero, calle la del Cristo, mi calle, valetudinaria y franciscana, con su fuente dieciochesca que todavía me susurra al oído fábulas de infancia, distantes murmullos del paraíso. ¡Cuántas veces la recorrí soñando con irme a otra parte, a cualquier parte!
Y luego, cuando más quería emborracharme de aventura y melancolía, el paseo de la ría. El mar estaba ahí fuera, esperándome, pero no se veía por ninguna parte.
Paseo Avilés, mi ciudad, y la veo hermosa y ajena, más misteriosa que los lugares donde nunca he estado y a los que llego por primera vez.