sábado, 16 de marzo de 2019

Revelación de secretos: Oscuras golondrinas



Sábado, 9 de marzo
ALTERO MI RUTINA

No soy un hombre que cambie de costumbres fácilmente, lo reconozco. Pero alguna vez cambio, tampoco soy un robot. Desde hace más o menos un cuarto de siglo, todos los días, también domingos y festivos, también en vacaciones, si no estoy de viaje, paso un rato a revolver papeles, corregir trabajos de alumnos, contestar cartas, por mi despacho en la Facultad, a dos pasos de casa. No siempre es necesario, la verdad, pero es que los días son demasiado largos y en algo hay que pasar el tiempo.
            Ayer, 8 de marzo, por primera vez no pisé el Milán. Y bien que me costó. Pero estaba en huelga, con todas las consecuencias.


Domingo, 10 de marzo
LA CASA DE LAS RIMAS

Cuando a Julia Espín le preguntaban por aquel poeta que había conocido en la juventud y que, tras su muerte, se había convertido en uno de los más admirados de la lengua española, siempre respondía lo mismo:
            ––Era un hombre sucio.
            Gustavo Adolfo Bécquer conoció a Julia y a Josefina Espín una tarde en que paseaba con su amigo Julio Nombela por las calles del viejo Madrid. Las dos hermanas estaban asomadas al balcón de su casa, en la calle de la Justa.
            Se pensaba que esa casa había desaparecido cuando se creó la Gran Vía. Juan Carlos de Lara, tras una detectivesca investigación, nos descubre en El balcón de las golondrinas que todavía sigue en pie, que es el número 5 de la actual calle de Libreros. En el bajo hay una librería de viejo y yo recuerdo que en ella compré una curiosa edición de las Rimas con anotaciones de una lectora entusiasta. No podía imaginar que por el portal en el que yo me había detenido para hojear el breve volumen había entrado más de una vez el propio poeta y que en su segundo piso tuvieron lugar los encuentros que dieron lugar a las rimas.
            Allí vivía, con su mujer, vagamente emparentada con Rossini, y con sus hijos, Joaquín Espín y Guillén, compositor y director del coro del Teatro Real. De las veladas que en su domicilio tenían lugar daba noticia la prensa, por la que sabemos que en los intermedios musicales se leían “bellísimas poesías”. Allí se leyeron algunas de las rimas, que luego Bécquer transcribió en el álbum de las hermanas, junto a fantasiosos dibujos.
            Acompañando a Juan Carlos de Lara, subimos las escaleras hasta el segundo piso –siguen siendo las originales –, entramos en el segundo derecha, donde vivía la familia Espín, nos acercamos a la chimenea de mármol de Carrara en la que sin duda apoyó su mano Julia; pasamos luego al piso de la izquierda, que también tenía alquilado don Joaquín y que era donde se celebraban las reuniones, nos asomamos a uno de los balcones. ¿Es este el balcón al que vuelven las oscuras golondrinas? No lo sabemos, un poema no es un documento, pero a este balcón se asomaron alguna vez Bécquer y la hermosa y ambiciosa Julia que con sus desdenes le rompió el corazón.
            En 1861, poco después de dejar de frecuentar el piso de los Espín, Bécquer se casó con Casta Esteban, la hija del médico que le atendía.
            Julia intentó abrirse camino en el mundo de la ópera y llegó a cantar en Milán y en Moscú, luego se casó con uno de los prohombres de la época. Se cuenta que el último poema que Bécquer leyó ante ella, a modo de despedida, le estaba dedicado: “Voy contra mi interés al confesarlo, / no obstante, amada mía, pienso cual tú que una oda solo es buena / de un billete de banco al dorso escrita.”
            Nunca se arrepintió Julia Espín, que le sobrevivió más de treinta años (murió en 1906), de haber rechazado a Bécquer. De él solo conservaba el recuerdo de que era un hombre sucio.
            El padre de Casta Esteban, el doctor que asistió a Bécquer a poco de dejar de frecuentar a Julia Espín, estaba especializado en enfermedades venéreas. Parece que el poeta, por aquellas fechas, no solo tenía platónicas relaciones con la musa desdeñosa de las Rimas.



Lunes, 11 de marzo
EL DÍA MÁS TRISTE

¿Qué diferencia hay entre afirmar que los alienígenas están entre nosotros, que los gobiernos lo saben y lo ocultan, y exigir, como los dirigentes de algunos partidos políticos, que se nos diga toda la verdad sobre los atentados del 11-M? A mí los primeros me divierten (nada me ayuda más a dormir que los programas del canal Historia en que se nos habla de las líneas de Nazca y del cinturón de Orión), los segundos me intrigan. ¿Se creerán lo que dicen? Probablemente sí, la capacidad del ser humano para tragarse sus propias patrañas es infinita.
            ¿Cuándo un bulo se convierte en una hipótesis razonable? Cuando conviene a nuestros intereses.
            Detectar los de los demás es muy fácil, pero ¿cuáles son los bulos en los que yo creo como cosa cierta? Me aterra pensar que pueda ser como esa candidata del PP o de Vox que repite, quince años después, “queremos que nos digan toda la verdad”, algo que tuvo sentido los días siguientes al atentado, cuando mantener el engaño constituía una prioridad del gobierno para no perder votos.
            ¿Seré yo así de estólido en otros asuntos? ¿En lo que se refiere a Venezuela? ¿Al independentismo catalán? ¿Al feminismo? ¿A los premios literarios?
            Pero yo no niego el trágico desastre de Venezuela, simplemente sospecho que los causantes deben buscarse entre aquellos a los que beneficia.
            El avispero catalán, ni tocarlo: no quiero perder más amigos; digo solo que no se puede resolver sin tener en cuenta la opinión de los catalanes y que, para saberla, hay que preguntarles. ¡Más moderado no puedo ser, amiga Rosa!
            Y no defiendo a las mujeres por ser mujeres, sino por ser seres humanos: aunque fueran hombres, las defendería igual.
            Lo de los premios literarios, reconozco que es una manía. Me llega un libro de poemas premiado con algún galardón y lo mismo me da que lo publique la Diputación de Soria que Visor o Renacimiento, siempre lo abro temiendo encontrarme lo peor –que en poesía es lo convencional y lo mediocre– y rara vez me equivoco.


Martes, 12 de marzo
LA INFIEL MEMORIA

La historia de la literatura está llena de escritores muy justamente olvidados. Uno de ellos, Eusebio Blasco, que conoció a Bécquer y que lo retrató con escasa simpatía en Mis contemporáneos. Fue el primero, allá por 1886, en aludir en letra impresa a Julia Espín, aunque sin nombrarla: “No es un secreto para nadie que el poeta estuvo ciegamente enamorado de una hermosura que no debo nombrar porque existe todavía y tiene ya legal y legítimo dueño”. (Quiere decir que estaba casada, no que había sido vendida como esclava.)
            Había otra razón para que no dijera su nombre. Así la retrata: “Muy hermosa criatura, pero sin seso. Un admirable busto como el de la fábula, y muy incapaz de comprender las delicadezas del hombre que quiso vivir para ella. A él no le importaba; sabía que era ignorante, vulgar, prosaica, pero ¡tan hermosa!”
            La mujer con la que se casó Bécquer no sale mejor parada. “Aún vive”, nos dice, y no le niega “honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de su casa”, pero cuenta que, unos días antes de morir el poeta, fue a visitarle y al ver el hogar en que vivía pensó que lo mejor era que se muriese pronto: “la casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablaros de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda”. ¿Y de qué querría que le hablara la compañera del poeta cuando este se estaba muriendo? ¿De las últimas novedades literarias?
            Pero Blasco, escritor de éxito en la época, como memorialista es bien poco fiable. Así comienza su semblanza de Galdós: “Una mañana, hace catorce años, recibí una carta de Federico Balart, que era entonces el crítico de moda. ‘Querido Eusebio –me decía–, puesto que tú has llegado al pináculo del éxito, ayuda a los demás. Te presento a mi paisano don Benito Pérez Galdós, un joven de mucho talento, que tiene desde hace dos años una comedia en el teatro del Príncipe’. El mismo joven murciano traía la carta. Un muchacho flaco, serio, casi sombrío, en honor de la verdad no muy simpático”.
            No sabía nada de Galdós, ni siquiera que era canario, y le dedica una semblanza quizá solo para decir que ya era famoso cuando el otro empezaba y que se había dirigido humildemente a él, provisto de una recomendación, para que lo ayudara. Lo más curioso es que si Galdós, de 1843, era entonces un muchacho, Blasco, nacido en 1844, lo era aún más.


Miércoles, 13 de marzo
SIN IRONÍA

“Maneras de viajar” titula Eusebio Blasco uno de los capítulos de Recuerdos. Sube al tren en París: “Viajeros de diferentes aspectos y distintas condiciones. Todos muy limpios, todos muy serios. Cada cual lleva un paquete de periódicos y un libro. Me quedan dieciséis horas mortales para la frontera española. Pensar que yo las pase sin hablar es pensar boberías. Alguno de los compañeros de viaje debe ser comunicativo…”
            Lo intenta con un joven de aspecto militar, pero está leyendo la primera hora, y la segunda, y la tercera. Para entablar conversación, le pregunta si le molesta el humo. “¿A un hombre tal pregunta?, se me dirá”. Y entonces Blasco aclara que “en Francia hay caballeros que protestan cuando uno fuma; los reglamentos se cumplen al pie de la letra, y para fumar está el vagón dedicado a eso”. ¡Estos franceses!
            Blasco respira tranquilo cuando, a partir de Irún, el vagón se llena de españoles –un tipo cargado de bastones y mantas; un teniente de la guardia civil con botas y espuelas, capote, sable, una caja de cigarros, una botella envuelta en papel y una jaula con una cotorra; un obeso matrimonio; un cura con un buen cigarro y un paquete de bizcochos– que hablan a gritos, fuman, tosen, comen. “¿Periódicos? ¿Libros? No hay nada de eso, salvo que el cura tiene en el bolsillo del levitón un número de La Lidia, colocado de tal modo que la cabeza del Espartero asoma como para darnos los buenos días”.
            ¡Qué grandes los españoles –afirma Blasco sin ironía ninguna– que aprovechan los viajes para hacer amigos, que fuman en cualquier parte y que no pierden el tiempo leyendo!


Jueves, 14 de marzo
CAMBIO DE CHAQUETA

Me llaman para invitarme al almuerzo que el 24 de abril tendrá lugar en el Palacio Real con motivo del Premio Cervantes. Sé de sobra que para ser consecuente debería rechazar la invitación. Pero acepto encantado. Ya se me ocurrirá alguna buena razón para justificarlo ante mis amigos. La verdad es que me hace ilusión comer en la misma mesa que los reyes, pero jamás lo reconocería públicamente.



viernes, 8 de marzo de 2019

Revelación de secretos: El misterio de las flores



Domingo, 3 de marzo
QUERER Y NO QUERER

“¡Tú no has querido nunca a nadie!”, me reprochan en una de esas riñas que yo procuro siempre evitar. Lo mío son las trifulcas literarias, que siempre me relajan, no las sentimentales, que me deprimen bastante, supongo que como a todo el mundo.
            “Mejor me hubiera ido si eso fuera verdad”, pienso recordando tantos malos momentos.
            ¿Mejor me hubiera ido? No estoy yo muy seguro. Creo que podría vivir sin que nadie me quisiera, pero nunca he podido vivir sin nadie a quien querer.


Lunes, 4 de marzo
UN TRIUNFADOR

Presenta Álvaro Valverde su exitoso El cuarto del siroco en la librería Cervantes y a la memoria me vienen aquellos primeros ochenta en que nos conocimos, La nueva poesía española estaba entonces representada en Extremadura por él, Ángel Campos Pámpano y Diego Doncel, ansiosos por saltar las lindes regionales.
            Recuerdo un encuentro en Montánchez al que invitaron, dentro sus estrategias de promoción, a Abelardo Linares y a Felipe Benítez Reyes. En seguida se formaron dos bandos. Por un lado estaban los llamados “poetas de la experiencia” y por otro los experimentales o conceptuales o vaya usted a saber, que en aquel congresillo encabezaba Aníbal Núñez.
            Había otro Núñez, Felipe, que leyó unos disparatados poemas de los que Abelardo y yo, y no recuerdo si también Benítez Reyes, nos reímos bastante. La polémica literaria casi se convirtió en enfrentamiento personal.
            Álvaro Valverde, que quería estar a bien con unos y con otros, se sintió ninguneado por los andaluces y se marchó a  mitad del encuentro sin despedirse de nadie. Luego, de los tres jóvenes mosqueteros, ha sido quien mejor ha gestionado su carrera literaria. Ángel Campos Pámpano –con quien la vida no fue demasiado justa– se dedicó más a la traducción, a las relaciones con Portugal y a la gestión cultural; a mí su poesía siempre me interesó poco. Diego Doncel, que tuvo sus premios y sus incursiones en la novela, nunca logró asentarse, aunque es posible que todavía ande preparando nuevos asaltos al esquivo prestigio. Álvaro Valverde siguió el camino que se había trazado inteligentemente, cultivando las mejores relaciones, esquivando escollos y polémicas. ¿Premios? Sí, pero el Loewe, que hace que hablen de uno en los programas televisivos de máxima audiencia, según se ocupó de recordarnos. ¿Editoriales? Tusquets, donde publican los grandes, aunque le hagan a uno esperar mucho. Y a no llevarse mal con nadie y a hablar bien de Gamoneda y de Trapiello, que nunca se sabe.
            Las luchas de los ochenta han quedado atrás. También aquella su poesía primera, borrosamente del lado oscuro. Su poesía de madurez, muy literaria, muy de línea clara, muy basada en referencias culturales, entremezcladas con las autobiográficas, sigue la línea de lo que en los tiempos de Montánchez detestaba.
            Se le ve feliz con el éxito de su libro. Incluso tiene la deferencia de agradecerme que no lo haya reseñado. La verdad es que lo hice, pero luego preferí no enviarla al periódico. Todo lo bueno que yo decía del libro ya lo habían dicho otros, y en términos más entusiastas. El autor solo tendría ojos para los pequeños reparos. Preferí ahorrarle esa molestia. ¿Será verdad que me voy ablandando con el tiempo?
            Al final de la presentación, vuelvo a conectar el teléfono y veo que tengo una llamada perdida de Abelardo Linares. Mientras recordábamos aquellas discusiones ochenteras, resulta que se le ocurre llamarme a uno de los más activos polemistas de entonces. Me alegra la coincidencia.
            Han pasado más de treinta años y no ha pasado el tiempo. Aquí seguimos los tres y cada uno donde quería estar: Álvaro Valverde, admirado y respetado por tirios y troyanos, con una biblioteca con su nombre; Abelardo Linares, editando a velocidad de crucero, y ya no solo poesía, ni fundamentalmente poesía, sino a esos autores olvidados que gracias en buena parte a él han regresado a la actualidad y en más de un caso le han dado la vuelta a la historia literaria, y yo, que sigo siendo como entonces una especie de antisistema del sistema literario, el niño del cuento que grita “el rey está desnudo” cuando algún nombre importante (Gimferrer no es el único, pero sí mi monstruo favorito) publica un nuevo bodrio y nos da gato por liebre con la bendición de los suplementos culturales.
            ––¿Y no te deprime un poco que la mayoría de los jóvenes poetas a los que apoyabas con alguna palmada en el hombro y muchas pataditas hayan triunfado y sean ahora más importantes que tú?, me pregunta maliciosamente Miguel Floriano.
            ––No me deprime nada, y la verdad es que estoy orgulloso de ellos, aunque lo disimule bastante bien.
            Por cierto, Álvaro Valverde no es el único que me agradece que no me ocupe de su obra. Martín López-Vega, la última vez que estuvo en Lisboa, me compró la espléndida edición (solo por fuera) que Eduardo Pitta ha preparado de la poesía de António Botto. Cuando me la entregó un domingo en el Fontán, me dijo, medio en serio, medio en broma: “Te la regalo con una condición: que no reseñes mi próximo libro”.


Martes, 5 de marzo
AÑOS, LIBROS, VIDA

Debo de ser la única persona del mundo que está encantada de tener la edad que tiene. Cada año que se va sumando lo veo aún como un regalo, no como una carga. ¿Por cuánto tiempo?


Miércoles, 6 de marzo
NEGOCIO SEGURO

Uno de los capítulos del libro autobiográfico de Ida Vitale, Shakespeare Palace, se titula “De un plagio autorizado”, pero no habla de ningún plagio, sino de todo lo contrario.
            Colabora ella en la revista El Correo del Libro, García Márquez acaba de publicar Crónica de una muerte anunciada y el director le encarga que le solicite unos folios donde explique cómo ha escrito su novela.
            Ida Vitale, por medio de amigos, logra contactar con el famoso autor y este le dice que escriba ella esas páginas que él las firmará. Y así fue: en El Correo del Libro hay un artículo firmado por García Márquez que escribió Ida Vitale. Se trata de un texto apócrifo, no de un plagio, pero Ida Vitale, premio Cervantes después de los 95 años, ya no está para muchas precisiones.
            ¿Es el único apócrifo que circula por ahí? No, pero al contrario que ocurre con los políticos, se trata de una práctica vergonzante entre los escritores. Yo creo que debería regularizarse y convertirse en remunerada costumbre.
            A partir de un cierto momento, lo que importa de un escritor no es el texto, sino la firma. Yo recuerdo el estupor con que leía, después de haber admirado El señor presidente, los artículos de Miguel Ángel Asturias, ya premio Nobel, en el ABC. Eran planos y sin gracia ninguna.
            “¿Los habrá escrito él?”, me preguntaba. Probablemente no, pero no había tenido mucho tino al escoger colaborador. Ahora sospecho que, si los hubiera escrito otro, serían mejores.
            Miguel Ángel Asturias es autor de uno de los libros más vergonzosos que conozco, Rumanía, su nueva imagen, de 1964, en el que canta a la Rumanía de Ceaucescu con prosa que parece copiada directamente de los folletos propagandísticos del régimen.
            Pero mejor no hablar de esos trapicheos, de esa puesta del escritor al servicio de las peores causas (siempre habrá Miguel Ángeles Asturias, siempre habrá Mario Vargas Llosas), sino de un proyecto utilísimo: una agencia que facilita textos de circunstancias al escritor de éxito, tan solicitado.
            Un ejemplo, le dan el premio Cervantes a Francisco Brines o a cualquier otro ilustre valetudinario. De todas partes le solicitan entrevistas, él pide que le envíen las preguntas por escrito y no le cuesta demasiado responderlas (siempre dice lo mismo: que si la poesía no tiene público, sino lectores y etc., etc.), pero qué ocurre si le piden una tercera para ABC, un artículo sobre Walt Whitman en el segundo centenario de su nacimiento o su opinión sobre los toros (es gran aficionado). Una agencia –la que yo pienso crear– resolvería de inmediato el problema. Los honorarios se repartirían a partes iguales y todos contentos.
            ¿Que a Ida Vitale le solicitan un artículo sobre Juan Ramón Jiménez para Babelia o a Antonio Gamoneda otro sobre el lenguaje de la poesía para El Cultural? Se busca en Internet lo que han dicho sobre el asunto, se mejora un poquito y en menos de una hora tenemos dos o tres folios dignos.
            Y no hace falta ser un escritor importante, todos tenemos compromisos. Recuerdo que a Víctor Botas le pidió un prólogo cierto poetastro ovetense y él no supo decir que no. Acabó encargándoselo, y pagándoselo (era más bien tacaño, así que la cosa no le hizo ninguna gracia) a un entonces joven contertulio, Antón García.
            Una agencia que despache pregones de fiestas, discursos de agradecimiento, artículos en la muerte de tal o cual personaje, respuestas a cuestionarios varios y otras pejigueras que acechan al escritor de alguna fama sería de gran utilidad, un negocio seguro. Los textos podrían ir personalizados (resultarían más caros) o en un esquema general, con sus citas y sus gracias, que luego cada uno debería completar.
            ¿Un engaño, una estafa? En absoluto, como no es una estafa que el ministro correspondiente o el presidente de tal o cual autonomía firme un texto que ha escrito otro al comienzo de un lujoso catálogo o al frente de las actas de un congreso.
            Y por otra parte da igual quien los escriba porque, como ya dije, esos textos de circunstancias casi nunca los lee nadie.  
            Y si alguien los lee –como yo los artículos de Miguel Ángel Asturias o las memorias de Ida Vitale o los poemas últimos de no diré quién– casi mejor que los escriba otro para que no avergüencen demasiado al autor.


Jueves, 7 de marzo
MISTERIO ACLARADO

Estoy ante el Ayuntamiento, en una concentración para apoyar la huelga feminista de mañana, cuando suena el móvil. Es para invitarme a presentar el próximo día 20 a García Montero, que viene para hablar del exilio y León Felipe. Luego la conversación sigue por otros derroteros. “¿Te gustaron las flores?”, “¿Me las enviaste tú?”, “Yo no digo que te las enviara, pregunto si te gustaron las flores que recibiste el día de San Valentín”, “¿Lo viste en Facebook?”, “¡Ni tengo ni pienso tenerlo!”. Tampoco lee el periódico en que yo hablaba de ello, ilustrado con un ramo en la papelera. “Me gustaron. Y me intrigó no saber quién las enviaba”, “Pues no lo vas a saber. Alguien que te quiere”.
           

Viernes, 8 de marzo
EN LA TERTULIA

––Un escritor es un triunfador cuando le conocen los que no le han leído ni piensan leerle nunca.
            ––No, eso es un escritor famoso, no un triunfador. Basta con participar en Gran Hermano, como Lucía Etxevarría, que no es precisamente una triunfadora.
            ––Ni famosa. Yo no he oído hablar de ella.
            ––La fama televisiva dura poco. Hay demasiada competencia.
            ––A veces dura más que la literaria.
            ––Un escritor es un triunfador cuando todo el mundo se siente obligado a comprar sus libros y a intentar leerlos, aunque luego nunca lo consiga.
            ––¿Cervantes?
            ––Yo pensaba en el Benet de los buenos tiempos, pero vale como el más perfecto ejemplo.



domingo, 3 de marzo de 2019

Revelación de secretos: Aprendo a mentir



Sábado, 23 de febrero
CUIDADO CON LOS ELOGIOS

Como todos los escritores (como todos los seres humanos, casi me atrevería a decir), soy bastante vanidoso. Los elogios, sin embargo, me ponen siempre en guardia; mis admiradores suelen ser poco de fiar.
            Recuerdo el caso de aquel escritor portugués, callaré el nombre, que me escribía cartas y cartas de hiperbólica admiración. En una de ellas –la encontré el otro día entre papeles viejos–, me decía que había estado hablando de mí con Eugénio de Andrade y que me habría ruborizado si los escuchara.
            A este narrador, periodista y poeta le tradujeron un libro de versos al español y me pidió un prólogo. Dije que sí antes de leerlo; cuando lo leí, me interesó más bien poco. No supe cómo volverme atrás del compromiso y escribí unas páginas vagamente elogiosas, como suele ser habitual en estos casos. Pero sospecho que mi verdadera opinión se transparentaba (siempre me ha costado disimular lo que pienso) y ahí acabaron admiración y amistad.
            Nunca volví a saber de Viale Moutinho, así creo que se llamaba, aunque algunas noticias me llegaron de lo dolido que estaba con mi ingratitud.
            Los elogios de un escritor siempre han de ser devueltos y a ser posible con intereses. Por eso yo me siento muy incómodo cuando me elogian: temo no ser capaz de devolver el favor.
            Claro que existen además los simples lectores, los que no tienen mercancía que intercambiar. Me encuentro con la calle con un conocido al que no veía desde hace tiempo. Me felicita por mis artículos, que lee todas las semanas, y yo le sonrío feliz y agradecido. “¿Los lees en el blog?”, se me ocurre preguntarle. “No, no, yo no manejo Internet. Los leo en…”. Y me cita el nombre de un diario en el que hace cerca de diez años que no colaboro.
            Otro encuentro con admirador anónimo: “He leído su último libro. Me ha gustado mucho”. “¿Qué libro?”, se me ocurre preguntar porque en mi caso el último libro deja rápidamente de serlo. “El último, uno de portada verde; no, no, amarilla o quizá azul, uno en el que hablaba de poesía, creo, no recuerdo el título”.
            Ahora ya no pregunto. Cuando me elogian, doy las gracias y cambio rápidamente de conversación. ¿Por modestia? No, que yo no sé lo que es eso: para evitar desengaños.


Domingo, 24 de febrero
EL QUE NO SE CONSUELA

Algunas veces, ya en la cama, esperando que llegue el sueño, me digo: “Vamos a ver, ahora que no nos oye nadie, dime, ¿has conseguido en la vida lo que pretendías?”
            ––Pues mira –me respondo–, ahora que no nos oye nadie, voy a ser sincero: no sé si tengo todo el éxito que merezco, pero desde luego tengo todo el que necesito. Lo mismo me pasa con el dinero, aunque esté mal el decirlo. La verdad es que de uno y de otro necesito más bien poco. De la salud, hasta la fecha (cruzo los dedos, que comienza a adentrarse uno en terreno pantanoso), tampoco me puedo quejar.
            ––¿Y qué me dices del amor?
            ––Ahí también he tenido suerte. Siempre he sido rechazado. No sé qué hubiera sido de mí en caso contrario.
            Y me duermo engañosamente feliz. Hay cosas que uno no se atreve a confesar ni a sí mismo.



Lunes, 25 de febrero
TENER RAZÓN

Leo El arte de tener razón, de Schopenhauer, un libro que enseña a discutir de tal modo que uno acabe siempre triunfante, con razón o sin ella.
            Para ello nos explica una serie de estratagemas, treinta y ocho exactamente. Sospecho que alguna ya la he utilizado más de una vez. La número ocho, por ejemplo, que dice así: “Suscitar la cólera del adversario, ya que encolerizado no está en condiciones de juzgar de forma correcta. Se le encoleriza no dándole la razón en los puntos en que evidentemente la tiene, enredándole abiertamente y, en general, mostrándose insolente”.
            Sí, todas esas estratagemas me las sé de sobra y casi todas las he usado reiteradamente. Yo habría sido un buen sofista en la antigua Grecia.
            Todo tiene sus pros y sus contras, como decía Pero Grullo, y en ocasiones a uno le toca poner el acento en los pros y otras en los contras, ser abogado defensor o fiscal.
            Pero ya me aburren esos juegos dialécticos. Ahora solo me interesa tener razón de verdad, jugar limpio, aceptar cuando sea menester los argumentos y las razones del contrario.
            Cambiar de opinión cada vez me cuesta menos y me gusta más. Siempre que haya buenas razones para ello, claro.
            No me gusta que me engañen;  me gusta todavía menos engañar. Sé hacer trampas, me sé todos los trucos, no hace falta que venga Schopenhauer a recordármelos, pero no tengo que ganar ningún debate televisivo, ni entretener al personal, ni conseguir votos.
            Defiendo mi opinión sobre cualquier asunto, y con mucha vehemencia, solo mientras creo que es verdadera. En cuanto me muestran o me demuestran que no se ajusta a la realidad, deja de ser mi opinión.
            No tengo razón siempre que creo tenerla, ya lo sé, pero me esfuerzo todo lo posible por tenerla.


Miércoles, 27 de febrero
A BOTE PRONTO

¿Cómo le gustaría que fuera el último día de su vida?
            ––Como cualquier otro.
Un consejo para ser feliz.
            ––Conformarse con serlo solo un poco.
¿Monogamia o poligamia?
            ––Polimonogamia.
¿Religión?
            ––Cualquiera que no me obligue a comulgar con ruedas de molino, o sea, ninguna.
¿Prohibiría algún libro?
            ––Sí, pero no diré cuáles. Algunos los han escrito amigos míos.
Una razón para leer poesía.
            ––Que te guste la poesía.
Una razón para no leerla.
            ––Que conozcas al autor.
¿Cree que la novela está sobrevalorada?
            ––No por mí.
¿Todavía lee periódicos en papel?
            ––Sí, y todavía bebo agua en vasos de cristal, aunque hace tiempo que se ha inventado el plástico.
Una obra maestra que no haya sido capaz de terminar.
            ––Muchas, pero no creo que fueran obras maestras.
¿Cree en el amor eterno?
            ––Por supuesto, pero suele durar poco tiempo.
¿Cuántos libros lee al día?
            ––Muy pocos, bastantes menos de los que dejo de leer.
¿A quién piensa votar en las próximas elecciones?
            ––No lo diré. Le haría perder votos.
¿Le gusta España?
            ––Sí, mucho. Los españoles, un poco menos; se me parecen demasiado.
¿Cree que es una democracia plena?
            ––Prefiero no responder.
¿Qué hace falta para triunfar en literatura?
            ––Si lo supiera, habría triunfado.
¿Es necesario saber mentir sin ruborizarse para hacer carrera política?
            ––Sí, pero esa habilidad suele ser connatural a los seres humanos.
¿Es usted un hombre vanidoso?
            ––Al menos procuro parecerlo.
¿Le gustaría ser más leído?
            ––Según por quién.
¿Hace suyos los versos de Machado: “Y al cabo nada os debo; debéisme cuanto he escrito. / A mi trabajo acudo, con mi dinero pago / el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”?
            ––A mí nadie me debe nada.
Un escritor con el que le gustaría tomar un café,
            ––Cualquiera que admire (y cualquiera que me admire).
¿Envidia a alguien?
            Por supuesto.
¿Podría dar nombres?
            ––Prefiero no darlos, a no ser que estén muertos como Sócrates y Sherlock.
¿Su deporte favorito?
            ––La falsa modestia, aunque últimamente lo practique poco.
¿Qué le gustaría hacer antes de morirse?
            ––Nada que no haya hecho ya. Lo que más me gusta es repetirme.



Jueves, 28 de febrero
ENCUENTRO EN SEVILLA

Alguien, no sé si Oscar Wilde o quizá yo mismo, escribió que la realidad es casi completamente imaginaria.
            Como todas las paradojas, no pasa de ser una obviedad camuflada. De mis amigos, de mis amantes, de los políticos que apoyo o detesto, sé cuatro o cinco cosas e imagino el resto. Todos ellos, como los centauros y las sirenas, son criaturas mitad reales y mitad imaginarias.
            Había quedado citado yo, hace de esto algunos años, en Sevilla, donde él vivía, con un poeta con el que solía cartearme y al que no conocía personalmente. Él elogiaba mis poemas y yo me esforzaba por hacer lo mismo con los suyos, aunque la verdad es que me interesaban más bien poco. Quedamos para comer en un restaurante cerca de la Giralda. No llegamos a hacerlo. Tomando algo antes, las primeras palabras que me dijo fueron: “Esos poetas que tú reseñas y has antologado son una mierda. El primero de todos, Fernando Ortiz”.
            Y luego siguió despotricando contra Víctor Botas, Miguel d’Ors, Sánchez Rosillo y no sé cuántos más.
            Yo trataba de responder, tomándomelo primero un poco a broma, pero pronto pude comprender que iba en serio. La gente de las mesas cercanas comenzó a mirarnos cada vez con menos disimulo. La verdad es que llegué a temer una agresión. Mi interlocutor era alto, fuerte, con una fea carota que se fue encendiendo de ira. Dije que tenía que ir al baño, pagué discretamente la cuenta al camarero y me escabullí sin que él se diera cuenta. Los tres días que pasé en Sevilla andaba temeroso de encontrármelo en cualquier esquina.
            Le conté lo sucedido a Fernando Ortiz, que no daba crédito: “Pero si me para cada vez que me ve y me tiene media hora elogiando mis versos. Hasta se sabe algún poema mío de memoria, como el soneto a Blanco White”.
            Cuando volví a Asturias, releí sus cartas, todas llenas de deferencias y signos de admiración, sin ninguna reticencia, pero si en lugar de haber quedado citados en un bar hubiéramos quedado en su casa, como él propuso, yo no sé si ahora lo estaría contando.
            Bastante tiempo después, creí reconocerlo en Ginebra, cuando esperaba, en la estación de Cornavin, a dos amigos, José Cereijo y María Taibo, con los que iba a desplazarme hasta Lausanne. Volví a asustarme, volví a temer que se lanzara sobre mí y tratara de estrangularme, que fue lo que sentí por un instante en aquel bar de Sevilla. Pero no era él, o no me reconoció, o me había olvidado.


Viernes, 1 de marzo
A TODO SE APRENDE

La verdad es que a todo se aprende. Siempre he tenido dificultad para elogiar a quien conviene elogiar y no a quien lo merece. Pero cada vez se me da mejor mentir. Ya hasta sería capaz de escribir un elogio de la justicia española, de los toros o de la poesía última de Pere Gimferrer.



sábado, 23 de febrero de 2019

Revelación de secretos: No es delito





Sábado, 16 de febrero
UN ESPAÑOL HABLA DE SU TIERRA

Mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa. He cometido el mayor de los pecados que un hombre puede cometer. Soy nacionalista. Nacionalista español, por supuesto: aquí nací y aquí he vivido siempre.
            Amo a Portugal, a Italia, a Francia (por este orden), pero la única historia que me conozco al dedillo es la de España, algo así como la historia de mi familia. La del siglo XIX me la contó Galdós, que es para mí como ese abuelo que a todos nos habría gustado tener.
            La historia del XX tengo la impresión de que la he vivido, aunque naciera a mediados de siglo. Desde 1970 hasta hoy, con la crisis catalana, tengo la impresión de que he sido protagonista, aunque no haya sido más que un minúsculo figurante que no ha dejado de votar ni una sola vez desde que fue posible ni de manifestarse (estuviera o no prohibido) cuando lo creía conveniente.
            Soy un español de lo más típico: hablo alto y claro, tiendo a dogmatizar, a tratar de imponer mis opiniones en la mesa del café, no estoy muy dotado ni para el dominio de idiomas extranjeros ni para las sutilezas de la diplomacia, pero tampoco –más Quijote que Sancho– me faltan ciertas buenas cualidades que dicen que nos caracterizan.
            Soy un español que ama a su patria, aunque no por eso deja de reconocer sus no escasos defectillos.
            Ya sé que hoy arremeter contra el nacionalismo, “el mayor enemigo de Europa y de la democracia”, está de moda. Pero no por eso voy yo a abjurar de unas ideas, que no son propiamente ideas, sino creencias, para decirlo con la terminología de Ortega.
            Amo a mi patria y me encuentro muy a gusto con los que aman a la suya, siempre que no quieran imponer su amor a nadie.
            La patria es cosa del corazón, el Estado asunto de la cabeza y del bolsillo. ¿Es bueno o malo que tu patria y la mía formen parte del mismo Estado? Sentémonos a negociar, lleguemos a unas conclusiones y luego que la ciudadanía vote. Tranquilamente, sin imposiciones, como ciudadanos libres de un país libre.
            Ser español es un honor, no una condena. ¿Qué una comunidad autónoma no quiere seguir formando parte del Estado español? Expliquemos las ventajas de serlo, aclaremos los inconvenientes de la separación, dejemos a los ciudadanos que reflexionen y luego votemos. Y respetemos el resultado de la votación, sea el que sea. Un país no es más o menos grande por su extensión en kilómetros cuadrados, sino por la libertad y la prosperidad de sus habitantes. Suiza no es inferior a Uzbekistán, aunque su extensión sea menor.
            “Ahí tiene usted / confesado mi delito”, digo con Manuel Machado. “Amo a España y no quiero imponerle a nadie ese amor”. Ojalá que todo el conflicto actual termine como ese poema: “No es delito. / Ya lo sé”.



Domingo, 17 de febrero
ENCUENTRO EN CATANIA

La realidad es un estado de ánimo. De pronto, al atajar por una calle en la que no había estado nunca, me volví a sentir como en aquel invierno en Catania, un paria, un solitario, alguien al que el mundo entero había vuelto la espalda.
            Era la hora del anochecer, la más melancólica del día, y no había ningún bar en aquella calle, que parecía fruncir el ceño, cerrarse sobre sí misma, mirarme de mala manera.
            La mañana había sido luminosa y a dos pasos estaba mi casa, la rutina feliz. Pero yo volvía a estar en una ciudad en la que no conocía a nadie, en la que a las cinco de la tarde era de noche, en la que no había sido capaz de encontrar ningún rincón en el que leer a gusto y entretenerme con las conversaciones ajenas (allí parece que no existían los cafés a la española), en la que no había centro comerciales, en la que todo el mundo se retiraba temprano y a mí me dejara fuera o en la solitaria habitación del hotel, hasta que llegara el sueño, que siempre se retrasa cuando lo esperas.
            Y sin embargo en Catania entreví la felicidad. Había pasado el domingo, también era domingo, en Siracusa. Un domingo feliz, como este hasta entré en esta calle, deslumbrante el mar en torno a la isla de Ortigia, rezumante de frescor virgiliano la fuente de Aretusa, pero al salir de la estación, ya de noche, aunque no era muy tarde, se me vino el mundo encima.
            Nada más deprimente que el camino que lleva desde la estación hasta la plaza Stesicoro, cerca de la cual estaba mi hotel. Solares sin urbanizar, naves comerciales, todo mal iluminado y solitario. De vez en cuando me cruzaba con una sombra presurosa. Una vez creí escuchar cerca detonaciones que me parecieron disparos.
            Tras el brillo y las memorias platónicas de Siracusa, la realidad parecía haberse convertido en una selva oscura como aquella en la que Dante se encontraba antes de entrar en el infierno. De pronto, al final de un callejón a mi izquierda, vi brillar luces. Me dirigí hacía allí, sin pensarlo.
            Entre edificios oscuros, un chalet con un gran ventanal iluminado que daba sobre un pequeño jardín. Hasta la acera llegaba el rumor de la música y de las conversaciones. Sin duda se celebraba una fiesta. Yo miraba como el niño ante el escaparate de una pastelería. De pronto, un tipo elegante, de unos cincuenta años, que llegaba con una botella en la mano, se detuvo junto a mí. Iba a disculparme, no debía ofrecer muy buena imagen allí al acecho.
            ––¿Quiere pasar?
             Le reconocí vagamente. Nos habíamos visto en la biblioteca de la Universidad.             ––No estoy invitado, dije y traté de sonreír.
            ––Le invito yo con mucho gusto.
            Me hizo entrar con él a aquel salón que yo había visto desde fuera y que por unos momentos me pareció la imagen misma de la felicidad, como en El gran Meaulnes, la novela de Alain-Fournier. Pero nada más entrar le llamaron –“disculpa un momento”– y me dejó solo, entre gente a la que no conocía.
            Todas las miradas si fijaron en mí, o esa impresión me dio, y empecé a sentirme mal, sin saber qué hacer ni qué decir. Lo cierto es que todos siguieron con sus conversaciones sin hacerme mucho caso. Una joven interpretaba al piano canciones de Reynaldo Hahn sobre poemas de Verlaine (yo recuerdo que las había escuchado por primera vez en el apartamento neoyorquino de Muñoz Millanes), se cansó de tocar, recibió unos corteses aplausos y tras inclinar con gracia la cabeza se acercó a mí.          ––No te conozco. ¿Eres amigo de Mirna?
            ––No la conozco, en realidad no conozco a nadie. Estaba en la puerta y…
            De pronto, pareció perder todo interés por mí. Yo me encontraba cada vez más incómodo. Una pareja, en el centro del salón, comenzó a discutir. Cada vez lo hacían en voz más alta y como si estuvieran solos. Yo no los entendía porque, aunque comenzaron en italiano, pronto pasaron al dialecto.
La pianista volvió a acercárseme.
            ––Vámonos, esto comienza a ponerse desagradable. Son los dueños y parece que se han olvidado de que tienen invitados. Ella es muy celosa y él coquetea con todas, también conmigo, pero yo no le hago ningún caso.
            Fuimos paseando hasta la plaza de la catedral. Había una gran luna y el frío parecía haber desaparecido. Hablamos de Giovanni Verga, el día antes había estado yo visitando su casa, de Cavalleria rusticana, y luego de Pirandello. Ella era profesora de literatura italiana en un liceo.
            ––Así es si así os parece. Qué razón tenía Pirandello. También la verdad se inventa.
            ––Eso lo dijo, antes que él, o a la vez que él, Antonio Machado.
            Yo le hablé de un libro, muy pirandelliano, del psiquiatra Castilla del Pino, El delirio un error necesario. A veces para poder soportar la realidad tenemos que inventarnos otra realidad.
            En la plaza Stesicoro, a un lado el anfiteatro romano, al otro la gran estatua de Bellini, teníamos que separarnos. Mi hotel estaba en dirección contraria a la de su domicilio. Pensé en invitarla a cenar  para seguir charlando. Pero tardé en decidirme. Ella me miraba sonriente. A nuestro lado se detuvo un autobús. Me dio un rápido beso y subió de un salto en cuanto se abrió la puerta.
            Yo debía de quedar triste, pero la verdad es que volví al hotel de buen humor. Me sentía aliviado. La felicidad mejor verla desde fuera, soñarla al otro lado del cristal. Si lo atravesamos, deja de ser felicidad.


Lunes, 18 de febrero
RETRATO Y AUTORRETRATO

“Célibe y maniático, lúcido y pesimista, viviendo para su tarea de investigación, sin más aficiones ni pasiones que su trabajo, razonando inhumanamente, frío y certero, con un insufrible orgullo e invulnerable a cualquier tentación, acorazado contra cualquier debilidad”.
            Qué bien me conoce quien escribió esas líneas. Podría haberlas escrito cualquiera de mis enemigos mejores. Pero no hablaba de mí, sino de Sherlock Holmes.


Miércoles, 20 de febrero
RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS

Tuve que visitar esta mañana dos clases de tercero de primaria (alumnos de ocho o nueve años) para evaluar a unos profesores en prácticas. Me sorprendió la manera cómo enseñan a los niños a arreglar sus desavenencias: “Cuando surge un conflicto entre el alumnado, los profesores les ofrecen la posibilidad de solucionarlo entre ellos saliendo al Iguaderu. Una vez allí uno de los alumnos se sitúa bajo la boca para exponer el problema según él lo ve. Mientras tanto, el otro permanece bajo la oreja y escucha. Solo puede escuchar, esto es muy importante. Cuando el primero acaba de hablar, cambian de sitio: el que antes hablaba ahora escucha y el que antes escuchaba ahora habla. Podrán cambiar de sitio las veces que necesiten hasta aclararse. Al final, si llegan a un acuerdo, se dan la mano y vuelven a la clase o al patio. Si no lo resuelven, piden ayuda a una profesora o profesor”.
            Me enseñan el rincón del Iguaderu, bajo un gran ventanal: una mesa, dos sillas y sobre cada una de ellas un cuadro representando en un caso una boca y en el otro una oreja. Hay también una hoja de papel donde se anota la fecha y si finalmente llegaron a un acuerdo. En los cuatro casos de febrero, hay empate: dos veces se llegó a un acuerdo y otras dos veces no.
            Está claro –pienso al salir del colegio, muy esperanzado con lo que he visto–  que a los líderes de la nueva derecha española no les enseñaron a resolver así sus conflictos. Seguro que no fueron a un colegio público, como el Novo Mier. Debería estar prohibido que se transmitan las sesiones parlamentarias en horario infantil. Son un pésimo ejemplo.
            Disparates que antes solo se oían en las tertulias de la telecaverna en las que solía participar Juan Manuel de Prada, ahora se escuchan en el Parlamento con total naturalidad. Yo estoy expectante por ver si mis compatriotas, en las próximas elecciones, premian o castigan esa desfachatez. Comparado con el actual líder de la oposición, Gabriel Rufián resulta todo un caballero.


Jueves, 21 de febrero
UN BUEN JUGADOR

La alegría de ganar y el fastidio de perder me duran exactamente lo mismo: más o menos cinco minutos.


Viernes, 22 de febrero
OTRA CONFESIÓN

No estar enamorado es mi manera de ser feliz; estar enamorado, mi manera de no olvidar que sigo vivo.



domingo, 17 de febrero de 2019

Revelación de secretos: Mis enemigos mejores



Sábado, 9 de febrero
POR SI ME OLVIDA

Por si se me olvida, siempre hay algún amigo que, con las mejores intenciones, me recuerda las razones por las que soy un fracasado.
            ––Si no te metieras con todo el mundo, si cultivaras un poco más las relaciones públicas, tú ahora estarías publicando en los suplementos nacionales como Manuel Rico, en las grandes editoriales tipo Visor, ganando premios en Segovia y Melilla como Jaime Siles.
            ––Y me jubilaría como catedrático y no como un modesto profesor titular, ya lo sé. Pero ya es muy tarde para cambiar. Tendré que resignarme.
            (Para conservar amigos, mejor que le consideren a uno un fracasado. Yo me creo, pero esto me cuido mucho de decírselo a nadie, lo más parecido a un triunfador: alguien que está exactamente en donde quiere estar.)


Domingo, 10 de febrero
RELATO FIEL

En un puesto del Fontán, encuentro las Memorias de un aparecido de Pedro de Répide, un olvidado escritor que fue cronista de Madrid y fantaseaba una veces con ser hijo de Isabel II y un guapo clérigo que luego llegaría a obispo (de la exreina, muy jovencito, fue secretario en París) y otras con descender de la última reina de Chipre.
            Memorias de un aparecido, que lleva el subtítulo de “Relato fiel del sangriento drama español. Madrid 1936-1937”, se publicó por entregas en un diario de Caracas, La Esfera, entre agosto y noviembre de 1937. Comienza bien: “Soy como Orfeo que vuelve del infierno. No descendí a él por mi gusto ni ha habido Eurídice que perdiera, como no fuesen España y mi propia ventura”. En seguida, descarría y el relato de la peripecia del autor se difumina entre páginas y páginas de propaganda franquista –y ferozmente antisemita--, que es dudoso que fueran escritas por un recién escapado de la España republicana.
            Poco después de publicarse en el periódico, se reunieron en libro estas Memorias de un aparecido que no se reeditaron hasta cuarenta años después, en 1977, por una editorial de extrema derecha, Vassallo de Mumbert, que trataba de que no se olvidaran los desmanes republicanos en un momento en que comenzaban a sacarse a la luz los crímenes del otro lado (otros cuarenta años después todavía siguen la mayoría de ellos en las cunetas).
            Al final del volumen, se resumen los principios editoriales, más o menos los mismos que hoy defiende las derechas sin complejos que se manifiestan en la plaza de Colón: “Sentimos el orgullo de ser españoles y cargamos con todo el bajel de nuestra historia. Defendemos, a costa de lo que sea, la unidad de nuestra Patria. Los derechos y reivindicaciones de la mujer deben ser considerados de tal forma que se ajusten a su función y condición, para que no se salga del lugar en que el varón siempre la tuvo entronizada como esposa y como madre”.
            No se ha vuelto a reeditar este libro, del que hay abundantes ejemplares a muy poco precio en Internet. No interesó a nadie, cumplida su labor propagandística (pero no dejan de resultar curiosas su versión del asesinato de Lorca o sus andanzas por los cines de Barcelona). El autor era un converso, tenía un pasado republicano que en sus presuntas memorias ignora; era, además, notorio homosexual, mala cosa en aquella España.
            El libro termina en Tánger y no nos cuenta por qué, en lugar de volver a la España nacional que tanto admiraba, se marchó a Venezuela (allí, en el 43, fue acusado de agente de Hitler). Quizá los sublevados le preferían lejos, contrarrestando en América la propaganda republicana. Solo volvió para morir, en 1948, olvidado de todos.
            Las patrañas propagandísticas envejecen pronto, pero unas memorias verdaderas interesan siempre. Lástima que Pedro de Répide no escribiera las suyas: tenía mucho que contar.


Lunes, 11 de febrero
ANTIHOMENAJE

Un querido y admirado compañero se jubila el próximo año y hoy me entero de que se le está preparando un homenaje, al que me sumo.
            El año que viene me jubilo yo y mucho me temo que no tendré ocasión de ejercitar mi conocida modestia rechazando cualquier tipo de celebración; seguro que a nadie se le ocurre semejante idea.
            Un convencional homenaje no me gustaría, la verdad. Pero ¿y un antihomenaje? ¿Y un libro en el colaboraran mis enemigos mejores, esos con los que llevo discutiendo treinta o cuarenta años.
            No serían muchos, me temo. Los buenos enemigos son tan escasos, o incluso más, que los buenos amigos. Pero, pocos o muchos, lo cierto es que resultaría un volumen mucho más divertido que esos otros llenos de convencionales elogios que no se cree nadie y que siempre apestan un poquito a anticipadas pompas fúnebres.
            Si yo fuera el coordinador de ese volumen (no podría serlo, debería resultar una sorpresa para mí), invitaría a colaborar a Andrés Trapiello, a Miguel d’Ors, a Juan Bonilla, a Francisco Brines (o en su defecto a Vicente Gallego), a Jon Juaristi, a Juan Manuel de Prada… La verdad es que, salvo Miguel d’Ors (que me considera una reencarnación del demonio), el resto no sé bien si son enemigos o amigos o las dos cosas, alternativamente, según el tono de la última reseña que les haya dedicado.
            Yo, debo reconocerlo, aprecio más a mis enemigos literarios que a los presuntos amigos que dejan de serlo en cuanto no les devuelves el interesado elogio.


Martes, 12 de febrero
CONTRAPROGRAMACIÓN

¿No podría haber alguien que se ocupe de organizar la actualidad política para que no se solapen los acontecimientos? ¿Cómo es posible que en el mismo día el Tribunal de Orden Público comience el proceso contra el independentismo, se debatan los presupuestos y conozcamos que el incendio del edificio Windsor fue obra del comisario Villarejo –solo le falta haber intervenido en el asesinato de Prim-- por encargo de un conocido banquero para ocultar no sé qué fechorías?
            La historia de España se ha convertido en una gran superproducción, o mejor, en una telenovela venezolana (nunca mejor dicho). Permanezcan atentos a la pantalla. La retransmisión es en directo.


Miércoles, 13 de febrero
CAFÉ CON LIBROS

Me insiste semana tras semana Abelardo Linares, editor de mis diarios, en que no hable de política, que eso es lo que más envejece. Cuando iba apareciendo, semana tras semana, Hablando claro, el tomo que está a punto de publicar, me decía: “Habla de libros, habla de libros, deja de hablar de los catalanes. Ya ves, se aplicó el 155 y se acabó el problema. ¿Quién se va a acordar dentro de un año de Puigdemont y del procés?”
Nadie, profético Abelardo, ya lo estamos viendo.
            Un viejo suplemento del ABC que traía una reseña de Rafael Conte hablando de Café con libros ha despertado mi curiosidad por esa obra, que tenía olvidada. No la encuentro por casa y Marcos Tramón me la llevó esta tarde al Vetusta. Contiene una serie de conversaciones, de tertulias más o menos imaginarias, que se fueron publicando en La Voz de Asturias entre 1985 y 1986. Algunos contertulios, que no aparecen con su verdadero nombre, se mencionan en la nota preliminar: “Javier Almuzara, enamorado de Mozart y Chaplin, que con no hacer nada tiene ocupación bastante; Marcos Tramón, profesional del pesimismo, virtuoso de la apatía, devoto de Pavese, y Martín López-Vega, que duerme con la maleta bajo la cama, siempre a punto para emprender un viaje a El Entrego, a Estrasburgo o al fin del mundo”.
El retrato sigue siendo bastante exacto, salvo que Almuzara ha abandonado su indolencia y ahora está en continua ebullición creativa, entre la música y la literatura. Martín López-Vega, que siempre quiso ser un poeta chino, prepara las maletas para Pekín.
            En Café con libros se habla, como su nombre indica, de libros, de docenas y docenas de libros, pero también, como en cualquier tertulia que se precie, de la actualidad política. Entonces la derecha, para desbancar a Felipe González, decidió vestirse con piel de cordero. El aspirante, José María Aznar, leía a Azaña y a Cernuda y con Jordi Pujol hablaba catalán en la intimidad. Los comunistas defendían la teoría de las dos orillas, tanto monta monta tanto González como Aznar, pero contra quien arremetían era contra el primero. La derecha seducía entonces por el centro y por la izquierda, por cierta izquierda exquisita que se decía cansada de la corrupción. Recuerdo una comida de los profesores del Departamento de Literatura. En la discusión sobre política de la sobremesa, uno de ellos, ya un poco cargado de copas, me llamó “ladilla socialista” (yo entonces era un decidido partidario de González, ¡lo que cambian los tiempos1) y declaró que él, que siempre había votado comunista, en las próximas elecciones, que no tendrían más remedio que anticiparse, iba a votar a Aznar. A ese habilidoso y ágrafo catedrático, ya jubilado, me lo encontré el pasado domingo en el Fontán. Me ha invitado a visitar su biblioteca en Castropol.
            Ahora al parecer las elecciones no se ganan por el centro y la moderación, sino por la extrema derecha. Los referentes ya no son Cánovas y Maura, sino un Blas Piñar puesto al día por Bolsonaro.
            No me parece que las referencias políticas en un diario envejezcan más que las literarias. A mí me gusta dejar constancia del tiempo en que vivo, no solo de los libros que leo. Y tomar partido.
            ----¿Y qué va a pasar ahora que, entre unos y otros, han logrado echar por fin a Pedro Sánchez?, me pregunta Marcos.
            ----¿Tú crees que le han echado? Yo no estoy tan seguro. Sospecho que los Casado de Abascal (el otro triunviro es cada día más irrelevante) venden la piel del oso antes de cazarlo. Ahora tendrán que ganar las elecciones. Sánchez no es como Rajoy: no basta una patadita en el trasero para mandarlo a casa y a sus labores.


Jueves, 14 de febrero
ME REGALAN FLORES

Hoy, al llegar a mi despacho en el Milán, me encuentro con un ramo de flores, como si fuera yo una cantante de ópera. El sobre que lo acompaña solo indica, tras mi nombre, “Flores para ti”. ¿Quién será este anónimo admirador o admiradora?
¡Y en el día de San Valentín! Es como para echarse a temblar. Sobre todo teniendo en cuenta que, desde hace más de veinte años, recibo una o dos cartas semanales cartas por correo postal (y a veces con sello de urgencia) que rompo sin abrir. Al principio eran anónimas, luego no.
            En fin, que la realidad imita a las malas novelas. Y en mi caso a las malas novelas de hace cien años.



Viernes, 15 de febrero
NO ENTIENDO NADA

La Carga de la Brigada Ligera contra los pacíficos votantes, el antipático discurso real, la prisión preventiva permanente, el altavoz mundial de un proceso prendido con alfileres jurídicos, el sainete de la acusación popular con su gomina y su asociación de malhechores, la aplicación perpetua del 155 como única solución…
No sé, pero me da la impresión de que los partidarios de la unidad de España no han tomado una medida que no sea un hachazo que ahonda un poco más la grieta entre España y Cataluña. Todavía no es un abismo insalvable, pero ya les queda poco para conseguirlo.
            Claro que, a lo mejor, estoy equivocado. Ya se sabe que yo de política no entiendo nada, como me repiten cada día mis amigos y mis enemigos mejores.