sábado, 23 de junio de 2018

Acción de gracias: Olor de mes de junio



Sábado, 16 de junio
ESTACIÓN INTERNACIONAL

Xavier de Maistre escribió Viaje alrededor de mi cuarto; Marguerite Yourcenar, Una vuelta por mi cárcel. Todos mis viajes son una cosa y otra. Me asusta el mundo ancho y ajeno, no me atrevo a poner un pie fuera de la cárcel de la costumbre.
            Esta vez comienzo el viaje alrededor de mi cuarto o de mi celda en la estación Internacional de Hendaya, lugar de encuentro y despedida, rosa de los vientos donde todo parece posible.
            Desde Hendaya miraba airado Unamuno la España pachorrienta de Primo de Rivera y vertía su indignación en las incendiarias Hojas libres; desde Hendaya, contemplaban los exiliados españoles cómo sus compatriotas se masacraban al otro lado del río.
            Junto al monumento a Pierre Loti, herrumbrosos cañones que apuntan aún hoy hacia Fuenterrabía. A Pierre Loti ya no lo lee nadie, pero hubo un tiempo en que nos hacía soñar con sus exóticas fantasías, con su erotismo orientalizante y demodé.
            Siempre que paso por Hendaya, me acerco hasta el castillo de Abadía, situado en un alto rodeado de mar y de verdor. Neogótico, con cocodrilos de piedra vigilando las entradas, parece producto de algún capricho extravagante, pero es obra de un explorador y científico, Antoine d’Abbadie, que quiso que fuera un observatorio astronómico y un laboratorio geológicvo. A su muerte, lo legó al Instituto de Francia.
            Yo recorro esta mañana de nubes y claros, de sol y llovizna, sus solitarios alrededores. Pienso en Antoine d’Abbadie, que solo tenía cuarenta años cuando adquirió esta propiedad, y ya había recorrido el mundo, que se había aventurado en la remota Abisinia, cuyo arte quiso recrear en el interior del castillo.
            Murió en 1897, cuando tenía un año menos de los que yo cumpliré mañana. Dejó un hermoso legado, yo no dejaré más que un montón de palabras, aire en el viento.
            ¿Importa eso? Mientras doy una vuelta alrededor de mi cuarto, o de mi celda, acaricio la hermosura del mundo, tan frágil, tan imperecedera. Y soy todos y soy nadie: los dioses no tienen más sustancia de la que tengo yo, como escribió Juan Ramón Jiménez.
            El regalo de estar aquí no se nubla por saber que algún día no estaré. Todo lo contrario, esa certeza multiplica su brillo y su esplendor.


Domingo, 17 de junio
FINAL EN MONTAUBAN

Quizá es porque llego buscando un cementerio por lo que Montauban me parece un cementerio, una ciudad muerta.
            Todo está cerrado, no hay nadie en las calles. Cruzo el puente sobre el turbio Tarn; frente al museo de Ingres me encuentro con un doliente centauro de bronce; la gran torre de la iglesia de Santiago parece a punto de desmoronarse; por la rojiza plaza doblemente porticada solo se pasea el tedio… Solo sé, cuando llego a Montauban, que aquí residió sus últimos días, y aquí está enterrado, Manuel Azaña, dimitido presidente  de la derrotada República, igualmente odiado por unos y por otros.
            Residía cerca de Burdeos cuando la invasión alemana. La rendición ocurrió un día tal como hoy, el 17 de junio de 1940. Francia quedó partida en dos. En la zona ocupada quedó L’Eden (irónico nombre), la casa de la familia Azaña en Pyla-sur-Mer.
            Para evitar que el expresidente fuera detenido por la Gestapo, se decidió su traslado a Montauban, bajo el régimen de Vichy. En Mantauban no se encontró más alojamiento que una pequeña habitación de un piso compartido con otros exiliados republicanos. Un día oyeron la algarada de unos falangistas bajo las ventanas. Se decidió el traslado al Hotel du Midi, junto a la catedral.
            Su residencia había sido saqueada por la policía alemana y española y su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, detenido y trasladado a Madrid. Él nunca lo supo.           
            Cuando condenaron a muerte a otro de los detenidos en Francia, Julian Zugazagoitia, la mujer de Azaña visitó al obispo de Montauban para que intercediera. Mandó un telegrama a Franco y otro al Vaticano. A la mañana siguiente, pasó por el hotel para interesarse por el enfermo. Le hicieron pasar a verle, sabiendo que a Azaña le gustaría aquella visita. “Muy complacido y sonriente –le escribió su mujer, Dolores, a Rivas Cherif–, sentado al lado de la chimenea, en el corto tiempo que estuvo, le habló de ti, de los niños, de su juventud en la Universidad del Escorial, en fin, de cuanto le preocupaba, sobre todo de vosotros, como una idea fija. Poco más pudo decirle porque estaba muy mal. El obispo, viendo sin duda que se cansaba, nos dejó enseguida”.
            Mucho se ha fantaseado con este coloquio entre Azaña y el obispo; en España se tomó como una abjuración final de sus ideas.
            Yo miro hacia las ventanas del Hotel du Midi, me imagino a Azaña asomándose por última vez a una de ellas. Esta plaza atardecida y solitaria fue la última visión que se llevó del mundo.
            Visito luego su tumba. Dolores de Rivas Cheriz marchó a Vichy inmediatamente tras el entierro. Dejó el encargo a unos amigos de cómo quería la sepultura definitiva: “Simplemente una lápida de piedra, con dos cipreses a su cabecera, y en la piedra una cruz de bronce sobre la inscripción: Manuel Azaña 1880-1940”.
            Esa cruz –que a él, creyente o no, no le molestaba, y de la que era más digno que la incivil jerarquía católica española– está ahora casi siempre oculta por una bandera republicana.


Lunes, 18 de junio
UNA INSCRIPCIÓN

La encuentro en Burdeos, frente al Pont de Pierre, cuando voy camino del barrio de Saint Michel: “La Junta Española de Liberación dedica esta lápida a la memoria de Pablo Sánchez, exiliado español, muerto en este lugar por las balas nazis el 27 de agosto de 1944 en defensa de la libertad”.
            Acababa de retirar la última carga explosiva con que los alemanes, en retirada, querían volar el hermoso puente construido por Napoleón. Alzó los brazos en señal de triunfo y en ese momento una ráfaga de metralleta acabó con su vida.


Miércoles, 20 de junio
EN EFECTO, TONTERÍAS

Recibo un correo de Severiano Delgado, el bibliotecario salmantino que pretendió “desmontar” el mito de Unamuno: “Como he visto que en su blog Café Arcadia se refiere a las tonterías que escribo, tengo el gusto de enviarle mi investigación ‘Arqueología de un mito’, porque estoy interesado en conocer su opinión al respecto”.
            Leo su documentado estudio sobre el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, corroboro que las dice, y así se lo hago saber.
            De su propio trabajo se deduce exactamente lo contrario de lo que hizo creer a Sergio del Molino (¡menudo periodista!), de lo que divulgó El País de entonces (el periódico, como el país con minúscula y sin cursiva, ya es otro).
            El incidente del Paraninfo, en sus rasgos fundamentales, fue conocido casi de inmediato, a pesar de la censura franquista. Y nada tuvo de incidente banal. Fue un acto heroico por parte de Unamuno, nadie más hizo algo semejante (puede compararse con la actitud de otro catedrático, Jorge Guillén, en la inauguración del curso en Sevilla).             
            Copia Severiano Delgado el testimonio de uno de los presentes, Eugenio Vegas Latapie. Menciona Unamuno, en sus improvisadas palabras, a José Rizal, y fue exactamente en ese momento cuando “Millán Astray se puso en pie y lanzó un grito, ahogado en parte por la gran ovación con que fue acogido. Pero yo le oí perfectamente decir ‘Muera la intelectualidad traidora’. Admito que muchos no pudieron oír la última palabra de la frase, por el tumulto que se desencadenó. Entre las imprecaciones, las amenazas y los insultos, llegó a percibirse el ruido característico de algún arma que se montaba. Insisto en que me encontraba muy cerca de Millán Astray; puedo por ello negar rotundamente que lanzara después ningún otro grito, ni mucho menos el famoso ‘¡Viva la muerte!’, que es el grito de la Legión. ¿Lo lanzó, en medio del alboroto, dirigiéndose a los legionarios de los que siempre se hacía acompañar y que se hallaban también en el Paraninfo? No tengo razones para ponerlo en duda. Lo que afirmo es que, después de lanzado aquel primer grito suyo, como réplica a ciertas palabras de Unamuno, tras unos instantes de angustiosa indecisión, él mismo, en voz muy alta y con tono imperativo, se dirigió al rector, que se mantenía erguido en pie detrás de la mesa, para ordenarle: ‘¡Unamuno dé el brazo a la señora del jefe del Estado!’. Es muy posible que esto salvara la vida del rector. Del brazo de doña Carmen salió del Paraninfo entre los insultos y amenazas de muchos de los allí presentes”.
            Esto es lo que cuenta un testigo, esto es lo que reproduce Severiano Delgado. Y sin embargo, en un artículo publicado en El País el pasado 11 de junio, insiste en que no pasó nada, que todos los que intervinieron –Carmen Polo, Millán Astray, Unamuno y el obispo– se despidieron formalmente a la puerta de la Universidad y que incluso todos, salvo el obispo, subieron al mismo coche (¿Millás Astray con su guardia de legionarios? Qué apretujada debió de quedar doña Carmen Polo).
            Después del acto, varios de los participantes fueron a comer, invitados por el Ayuntamiento: “Naturalmente –continúa Eugenio Vegas Latapie–, no se habló de otra cosa que de lo ocurrido por la mañana en la Universidad. Antes de emprender viaje Pemán aquella misma tarde, convinimos en que hablaría yo con el generalísimo, para poder explicar el alcance y las consecuencias del hecho. En carta fechada en Cádiz, el día 16, me preguntaba Pemán: “Estoy preocupado por cómo terminó lo de Salamanca. ¿Hablaste con Franco?”.
            ¿Y por qué se preocuparía Pemán si todo fue un incidente banal recreado fantasiosamente por un tal Luis Portillo en 1941 y luego copiado y hecho popular por Hugh Thomas en un libro traducido al español en 1963?
            Pero todo vale para lograr un minuto de fama, pareció pensar Severiano Delgado. Y encontró el mejor aliado en un diario que atravesaba el periodo más negro de su historia. Y la falsa noticia –la valentía de Unamuno, ¡otro mito de la izquierda!-- se echó a volar por esos mundos, acogida gozosamente por Carlos Herrera y tantos otros comunicadores de su misma categoría.


Viernes, 22 de junio
ACCIÓN DE GRACIAS

Hago recuento de regalos en este mes en que cumplo sesenta y ocho años: las ventanas que se abren de golpe e inesperadamente en un país que olía a cerrado y sacristía; una mañana en San Juan de Luz; el mercadillo dominical de la Place Saint Michel y las primeras ediciones de Paul Léautaud que allí me esperaban; el velero ruso Kruzenshtern, tan alto como una catedral, que me fue a visitar al puerto de San Juan de Nieva, en otro cumpleaños, y ahora vuelvo a encontrar en el puerto de La Lune; el pequeño Martín, que cada día me descubre inabarcables y diminutas maravillas; el té que compro en la Compagnie Anglaise des Thés (Rue Port Neuf, Bayona), ya elogiado por el duque de Angulema cuando pasó por aquí, en 1823, al frente de los cien mil hijos de San Luis; un camino de sirga en Toulouse y el canto apacible de pájaros sin nombre interrumpido por la estridente urraca; la gran roca de la playa de Biarritz y de un poema de Víctor Botas, “El perplejo”, en el que yo voy “camino de Óliver con un puñado de libros y revistas bajo el brazo”; el que siga yendo todavía; una cita de Gabriel Miró: “Es la felicidad la que tiene su olor, olor de mes de junio”; un poema que habla de un ciruelo en flor y del deseo de resucitar a Dios para poder darle las gracias.



martes, 19 de junio de 2018

Acción de gracias: Oveja negra



Sábado, 9 de junio
ILUSIONES MÍAS

––Pero ¿tú crees en la posteridad? ¿Crees que dentro de cien o doscientos años se recordará tu nombre? Y en cualquier caso, ¿importa algo?
            ––Sí, a la primera pregunta. No sé, a la segunda. Sí y no, a la tercera. Me gusta la historia de la literatura y creo que el destino natural de los que escribimos es formar parte de ella, aunque sean mayoría los que se quedan en la cuneta. ¿Me quedaré yo? Tengo esperanzas de que eso no ocurra. Claro que si ocurre, si llego demasiado pronto a esa meta, el olvido, a la que hasta Homero acabará llegando, no será demasiado grave, ya que no me voy a enterar. Me hace ilusión pensar que, desaparecido yo y todos los que me conocieron,  habrá un puñado de lectores (tampoco hace falta que sean muchos, más o menos los que tengo ahora) a los que sigan interesando mis libros, se sepan de memoria algunos versos míos.
            ––¿Y qué más te da si no crees en la otra vida y no te vas a enterar?
            ––Nadie deja de hacer testamente porque no se entere de lo que va a pasar tras su muerte. Yo procuro ponérselo fácil a la posteridad para que me recuerde, pero si no lo hace tampoco me voy a enfadar.  


Domingo, 10 de junio
LA VERDAD NO ESTÁ DE MODA

La desfachatez intelectual tituló Sánchez-Cuenca un libro cargado de razón y buen sentido. Parece que esa desfachatez no afecta solo a los intelectuales. Hoy el periodista Carlos Herrera ofrece materia para un nuevo capítulo. Resulta que, en el mismo diario en que me río yo de los disparates de Severiano Delgado a propósito del encontronazo entre Unamuno y Millán-Astray, publica él un artículo en el que da por buena la versión rosa del episodio.
            El 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, no ocurrió nada de particular, fue “un acto bastante banal, muy de aquellos años, en los que se acababan dando cuatro voces y marchando a tomar el aperitivo”.
            Me froto los ojos y vuelvo a leer. Esto no lo afirma un trol o alguno de mis tercos contertulios de los viernes, sino un periodista famoso y en el suplemento dominical más leído.
            Según él, en la España en guerra lo habitual era darle cuatro voces a un mando militar y luego “aquí no ha pasado nada” e irse junto a tomar unas cañas. Vivir para ver, y este señor pontifica cada día en no sé qué emisora.
            Se cree el cuentecillo de que el “Viva la muerte” y toda la parafernalia del enfrentamiento fue un invento del año 41 popularizado en los sesenta. El que esa versión ya circulara en enero del 37, y no solo en España, es algo que carece de importancia.
            ¿Tampoco importa lo que le ocurrió a Unamuno después? Según Herrera, el general y el rector (de inmediato dejaría de serlo), se dieron un apretón de manos y no se fueron juntos de copas porque Unamuno no bebía alcohol. Incluso dice haber visto fotografías de ambos en franca camaradería.
            Qué cosas. Que un periodista invente una noticia falsa que conviene a quien le paga ha sido algo habitual en todos los tiempos; que un periodista serio se crea una noticia falsa inventada por un periódico de la competencia y la propague a todos los vientos es algo menos habitual. Habría que citar a Unamuno: “Dios nos dio el pensamiento como prueba. / Dichoso el que no sabe que lo lleva”.

Lunes, 11 de junio
LA EDUCACIÓN DE UN PRÍNCIPE

Para pareja o yerno, búscate la mejor persona del mundo, pero en una novela o en una película dan poco juego las personas ejemplares. La biografía de Felipe VI tendrá, sin duda, cierto interés, pero la de su padre, cuando pueda contarse con todos sus detalles, será tan apasionante como la mejor serie televisiva, dejará en un juego de niños a Los Soprano.
            Quizá solo otro rey español fue tan querido y popular, Fernando VII. Reinó solo un cuarto de siglo, vivió apenas cuarenta y nueve años, pero por cuántas rocambolescas peripecias tuvo que pasar. El papel de Franco en la vida de uno, lo cumplió Napoleón en la del otro.
            A mí me ha fascinado e intrigado desde que leí los Episodios nacionales (los comencé a leer cuando tenía catorce años y sigo volviendo a ellos como otros al Quijote). Ahora, por fin, puedo conocer al detalle la vida de ese personaje repulsivo y elusivo, el mayor villano de la historia de España, si hemos de creer a la historiografía liberal.
            Emilio La Parra le ha dedicado una biografía ejemplar: bien documentada, bien contada, sin más juicios de valor que los imprescindibles. ¡Cuántos pequeños detalles exactos que ayudan a comprenderlo!  A los diez años, su régimen horario era el siguiente: se levantaba a las seis de la mañana; una vez vestido, reza con su preceptor, que después le instruirá “en algún punto de gobierno o política cristiana”; de siete a ocho, estudia latín; desayuna a las nueve y el maestro le explica después la lección y “le ejercita en lo atrasado”; de nueve a diez y cuarto, se peina y oye misa; luego media hora de lectura de historia y lección de baile; seguidamente pasa al cuarto de sus padres a informarles de su salud y aprovechamiento; vuelve luego a su habitación, donde permanece con el maestro de Historia hasta las doce y cuarto. A esa hora se sirve la comida. Hasta las dos, tiene tiempo libre para hacer lo que le apetezca y dormir la siesta. De dos a tres estudia la lección que por la mañana le haya puesto el profesor de Latín; a las tres sale a dar un paseo con su hermano Carlos y los respectivos acompañantes; al volver del paseo, se dirige al cuarto de sus padres “a preguntarles cómo han pasado la tarde y hacerles manifestaciones de amor filial”; tras la merienda, repasa la lección de Gramática hasta las seis; a esa hora, entra el maestro a explicársela hasta las ocho, en que ha de rezar el rosario junto con su preceptor; después hace examen de conciencia y pide a Dios que le perdone sus defectos; a continuación lee en el Año Cristiano el santo del día; a las nueve de la noche, se le sirve la cena; después puede entretenerse en lo que guste hasta que vaya a la cama, que será a las diez o poco antes. Los meses de verano, se ha de levantar una hora antes, a las cinco de la mañana.
            No sé yo si Franco educó al príncipe de España con tanto rigor como los reyes de España al príncipe de Asturias. En cualquier caso, el resultado no fue muy diferente.


Martes, 12 de junio
ELOGIO DEL ERROR

El azar, como de costumbre, es quien mejores regalos me hace en este mes de mi cumpleaños. En un puesto del Campillín (el off Broadway del Fontán), entre un montón de libros a dos euros, me encontré con la edición de 1928 de la Vida de don Quijote y Sancho, como un regalo del propio Unamuno por haberle defendido de las garras de la posverdad. Es el primer tomo de una edición de sus obras completas iniciada ese año por Renacimiento. Al comienzo aparecen breves comentarios de las firmas “de mayor reputación de las letras contemporáneas”.
            Me sorprende encontrar entre ellas, junto a las de Ramón y Cajal o Pérez de Ayala, a la del poeta Alfonso Camín, aquel superviviente de la bohemia modernista al que yo tuve ocasión de conocer cuando su regreso a Asturias en los años ochenta. Fácil versificador, no tenía ninguna cultura; por las páginas de Cansinos cruza con sus maneras de hampón. Todo un personaje, que encaja mejor en las páginas de una novela picaresca que en las de la historia literaria.
            El prólogo lo firma Unamuno “en el destierro de Hendaya” y en él afirma haber corregido no solo las muchas erratas de la primera edición, “sino los errores del original, hijos de mis precipitaciones de improvisador”.
            Respiro aliviado: yo también soy un improvisador, un fa’ presto, según la expresión italiana. Por eso de vez en cuando meto estrepitosamente la pata. Pero hay ciertos errores que son inseparables de nuestros aciertos, de los de Unamuno y de los míos, si se me permite la petulancia.


Miércoles, 13 de junio
CORRECCIÓN DE ERRATAS

“¿Y qué te parece la dimisión del ministro de Cultura?”, me pregunta un amigo malicioso sospechando que no me hace demasiada gracia.
            ––Yo no habría dimitido, por supuesto. Pero no hay mal que por bien no venga. Desde el principio, fue visto como la única errata en un gobierno ejemplar. Ahora este revuelo por su litigio con Hacienda permite corregir esa errata.
            ––Si dimite, por alguna razón será. El inocente no dimite.
            ––¿Importa inocencia o culpabilidad? Lo que cuenta es el ruido mediático, el barullo y la descalificación, con razón o sin ella. Recuerda los versos de Echegaray en El gran galeoto: “Contra las olas del mar / lucho con brazos viriles. / Contra miasmas sutiles / no hay manera de luchar”. Una mujer perdía su honra en cuando en los corrillos se murmuraba de ella, aunque fuera la más virtuosa del mundo, y el marido tenía que actuar en consecuencia para conservar su buen nombre: en tiempos de Calderón, darle muerte, convirtiéndose así en El médico de su honra. Lo mismo pasa hoy con los políticos si perjudican, con razón o sin ella, a quien los nombró: Pero solo se les hace dimitir
           

Jueves, 14 de junio
VUELA SOLO

Habla Javier Almuzara de su adaptación de Fuenteovejuna (ha convertido la obra de Lope en el libreto de una ópera que se estrena en septiembre). Como llegó a la tertulia hace treinta años, muy jovencito, yo sigo empeñado en darle consejos, aunque hace tiempo que vuela solo y ha dejado de hacerme caso.
            A pesar de ello, como si aún fuera su asesor, anoto algunas observaciones mientras le escucho. La primera de todas, que no se puede hablar en público sin tener el reloj delante y saber la hora exacta en que se ha de terminar; cada minuto de más es un punto de menos en el aprecio al conferenciante, por ameno que sea.
            En segundo lugar, que una intervención pública puede ser hablada o leída (hablada no quiere decir improvisada, sino bien memorizados sus puntos principales y siguiendo un guion), pero nunca las dos cosas. Leer un párrafo y luego glosarlo, nunca da buen resultado: el habla y la escritura tienen ritmos diferentes, casan mal, salvo que lo que se lea sea un cifra o un dato preciso.
            En tercer lugar, conviene no interrumpir un fragmento literario para hacer observaciones como si se estuviera en clase.
            Anoto estos puntos, y otros, pero al final no se me ocurre decirle nada. ¿Para qué? No me iba a hacer ningún caso. Y quizá con razón.


Viernes, 15 de junio
Y NO DIRÉ MÁS

No entiende Iñaki Urdangarín por qué le han condenado, por qué la próxima semana tiene que entrar en la cárcel. Debo de ser el único español al que le da un poco de pena. Dicen que es la oveja negra de la familia, yo le veo más bien como el chivo expiatorio. Siempre fue el yerno ejemplar (le recuerdo en el palco del Campoamor junto a la reina Sofía), que hizo todo lo que le pidieron que hiciera para que la infanta pudiera llevar una vida acorde con su categoría.
            Alterno la lectura de mi folletón favorito, los periódicos, con la de la biografía de Fernando VII, no menos apasionante: nunca hubo tanta distancia entre la verdad oficial, la del rey deseado, y la verdad real, la del malandrín sin escrúpulos. ¿Nunca? A mí el fascinante personaje me recuerda a otro de tiempos más cercanos.


domingo, 10 de junio de 2018

Acción de gracias: En este mundo traidor


Viernes, 1 de junio
LAS COSAS COMO SON

No hablo de política, por supuesto, pero tampoco comulgo con ruedas de molino. Escucho la pataleta final del portavoz del partido que hoy deja el gobierno.
            Dice algo que Pedro Sánchez será presidente por un fraude de ley porque los gobiernos los eligen los españoles y no oscuros pactos de despacho. Y yo, que he prometido no hablar más de política, y que cumplo siempre mi palabra, no puedo por menos de recordar cómo llegaron al poder los que hoy nos abandonan por la puerta de atrás.
            Rajoy fue el candidato más votado en  2015, pero a pesar de ello no solo no formó gobierno, sino que ni siquiera aceptó el encargo del rey para intentarlo. Cuando se repitieron las elecciones, volvió a serlo, pero tampoco podía ser investido presidente, ni en primera ni en segunda vuelta, porque los síes eran menos que los noes.
            Fue entonces, y no ahora, señor Hernando, cuando se puso en marcha una operación de despachos para hacerle presidente violentando la decisión de los votantes. Intervinieron en ella Felipe González, Juan Luis Cebrián y muchos otros próceres. Se opuso el que hoy será presidente del gobierno, que se negó  a estafar a quienes le habíamos votado.
            No hace falta que recuerde lo que ocurrió: se le obligó a irse, por ser fiel a su palabra, y se puso al frente del partido a un títere que, sin consultar con la militancia, cambió el “no” a Rajoy por un “quédese usted, señor Rajoy, que los mercados le necesitan”. Javier Fernández, intentando justificar lo injustificable, pronunció una de esas frases que merecen grabarse con letras de oro en el Congreso: “lo democrático es abstenerse para que no haya elecciones”. ¡Lo democrático es que no haya elecciones!
            Resumo: Rajoy volvió a ser presidente del Gobierno en 2016, no por voluntad de los españoles (que claramente habían dicho que debía irse), sino porque se obligó a decenas de diputados (solo unos pocos resistieron) a votar en contra de su compromiso electoral. La segunda legislatura de Rajoy fue legal (se cumplieron formalmente todos los requisitos), pero de dudosa legitimidad: no contaba con el apoyo de la mayoría de los diputados, sobre todo después de que los militantes, que son quienes deciden, recuperaran el poder en el partido socialista.
            En fin, que la moción de censura ha permitido, por fin, que tengamos un presidente acorde con los resultados de las elecciones de 2016: el que han decidido, y por mayoría absoluta, los diputados, libremente y sin imposición externa alguna: en la votación anterior se les obligó desde fuera del Parlamento a votar contra su conciencia y contra sus electores.
            ¿Recordar esto es hablar de política? Creo que no. Es solo que aún no he perdido la memoria. Y no sé si seré o no tan inteligente como me creo, pero de una cosa estoy seguro: mi inteligencia (poca o mucha) está bien educada: trata de buscar siempre la verdad de los hechos, no la que a mí me conviene.


Sábado, 2 de junio
BASTANTES MÁS

¿Y si, cuando alguien deja de ser tu amigo, en lugar de lamentarlo sientes que te has quitado un peso de encima?
            A mí me ha pasado con tres o cuatro. ¿A cuántos les habrá pasado conmigo? Seguro que a bastantes más.


Domingo, 3 de junio
RECURRENTE PESADILLA

Entro a ver Basada en hechos reales, la película de Roman Polanski, sabiendo que lo voy a pasar mal. Lo que cuenta es una de mis recurrentes pesadillas, la admiradora que acaba convirtiéndose en carcelera.
            He tomado todas las precauciones para que eso no ocurra, la principal de todas no ser importante. “La celebridad atrae a los chiflados como la luz a las polillas”, me dijo una vez Rosa Montero. Yo ni he tenido ni tendré nunca que firmar horas y horas (solo de pensarlo me entran sudores fríos), como la protagonista de la película de Polanski (y de la novela de Delphine de Vigan), pero poseo un peligroso talón de Aquiles: soy muy sensible a la adulación.
            Me aterra la sonriente admiradora que llega con un libro mío a Las Salesas, que me pide permiso para volver, que me regala por mi cumpleaños una primera edición de Cantos de vida y esperanza (“Sé que te gustan estas cosas”, “Te habrá costado una fortuna”, “Ni un euro, un tío abuelo o bisabuelo mío fue amigo de un poeta de Cádiz, Eduardo de Ory, amigo de Rubén Darío”), que pasa a visitarme a casa un día que me retiene la gripe, que me pone la mano en la frente para ver si tengo fiebre, que se hace con una copia de mis llaves no sé bien con qué pretexto… Escapo a tiempo, pero dejando jirones de piel entre sus garras.
            Veo la película de Roman Polanski y me veo a mí mismo resbalando por las escaleras, rompiéndome una pierna, necesitando ayuda durante meses… Y a una angelical admiradora ofreciéndomela y esforzándose en no molestar hasta que el caballo de Troya está dentro de los muros, y entonces se quita la careta y comprendo que no tengo escapatoria.
            Es estas cosas pienso mientras veo la película de Polanski, con estas cosas sueño a menudo. Afortunadamente siempre me despierto en el último momento, cuando estoy a punto de casarme con la viuda de Rafael Alberti, o peor aún con otra viuda de cuyo nombre no quiero acordarme.


Lunes, 4 de junio
¡MUERA LA INTELIGENCIA1

El profesor Antonio Insuela, de cuyo minucioso conocimiento de la historia literaria siempre saco buen provecho, me pasa unas fotocopias de El Diluvio, “diario republicano y federal”, publicado en Barcelona hasta el final de la guerra civil.
            En la primera página del 27 de enero de 1937, encuentro el siguiente titular: “Las últimas palabras de Unamuno”. Tomando como fuente “un periodista extranjero, recién llegado de Salamanca”, se nos describe el famoso acto del 12 de octubre del 36: “Unamuno presidía, representando al general Franco. Aunque no tuviese intención de intervenir, el ataque dirigido a los vascos provocó por su parte una apasionada réplica: ‘Se ha hablado aquí de la España y de la anti-España. Pues bien, yo afirmo que en los dos lados hay patriotas y anti-patriotas. Yo me considero atacado, como vasco, y el obispo de Salamanca, sentado a mi lado, es catalán. Nosotros dos somos tan españoles como vosotros, por lo menos. Del lado rojo, nos dicen que las mujeres van a luchar al frente. En este lado, las mujeres no toman noblemente parte en la lucha. pero llevando medallas o insignias asisten a los fusilamientos y a las ejecuciones’. En este momento se produjo un escándalo indescriptible. El general Millán Astray, el Goebbels español, se levantó gritando: ‘¡Muera la inteligencia!’ Este grito sacrílego en la Universidad de Salamanca causó una enorme sensación. El profesor Bermejo protestó e hizo notar: ‘¡Estamos aquí en la casa de la inteligencia!’. El poeta monárquico Pemán exclamó: ‘No, no digamos muera la inteligencia, sino mueran los malos intelectuales’. La sesión terminó entre mumullos y Unamuno fue destituido de su cargo de rector vitalicio y sustituido por el profesor Madruga”.
            Una rápida consulta en Google me permite encontrar la misma información, y el mismo día, en el diario ABC, con el antetítulo “Si quieres aprender, no vayas a Salamanca” y el título “¡Muera la inteligencia!”. Se indica la fuente: el diario francés Vendredi.
            Sigue luego, en ambos casos, una entrevista con Unamuno en la que precisa el sentido de su intervención. Y yo, al leerlo, recuerdo el revuelo que hace un mes causó un artículo de El País,  “Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray”. Resulta que según Severiano Delgado, historiador y bibliotecario, nada ocurrió como se nos ha contado. Todo es un mito creado por Luis Portillo en un relato que se publicó, traducido al inglés, en 1941. Se volvió a publicar en 1953, pero en España no se enteró nadie del asunto hasta que en 1961 lo citó Hugh Thomas en su estudio de la guerra civil.
            Recuerdo que, cuando leí ese artículo, firmado por Sergio del Molino, un escritor presuntamente serio, como el diario en que aparecía, no pude contenerme y escribí al margen: “¡Qué bobada!”, que es lo que digo siempre que leo o escucho una bobada. Tuvo un cierto recorrido y fue comentado por otros periódicos como un gran descubrimiento que echaba por tierra uno de los mitos de la izquierda.
            Sergio del Molino afirmaba muy seriamente: “Toda la investigación de Severiano Delgado se basa en documentos digitalizados de acceso gratuito en bibliotecas y archivos, por lo que cualquiera puede comprobar su investigación desde su casa”.
            ¿Y por qué no lo comprobó Sergio del Molino o el propio periódico? Está claro que no tiene un servicio de fact check como el de The New Yorker. El relato de los hechos no puede preceder de una invención de 1941 porque ya se había publicado en varias ocasiones años antes. El “historiador” (qué cosas) Severiano Delgado reconstruye lo que de verdad ocurrió aquel 12 de octubre basándose “en los pocos testigos del acto que escribieron su testimonio”. Pero entre esos pocos testigos se olvida del principal, Miguel de Unamuno, que anotó previamente los puntos de su intervención en un sobre (se conserva en su casa-museo) y que comentó el acto en varias cartas, entre ellas dos, estremecedoras, a Quintín de Torre: ”¡Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray!”
            Esas cartas, por cierto, no están inéditas ni publicadas en oscuros centones universitarios, sino recogidas en dos volúmenes de la colección Austral. Si Severiano Delgado es bibliotecario debe ser de esos que no tienen por costumbre leer los libros que fichan ni los documentos que custodian.
            Y luego en El País se escandalizan de la gran cantidad de fake news que circulan por las redes. Es como si un equipo de científicos que trabajara para un laboratorio farmacéutico que nos vende costosos medicamentos que no curan nada pero tienen dañinos efectos secundarios pusiera el grito en el cielo porque un charlatán de feria trata de vender una pócima que lo cura todo.


Martes, 5 de junio
SE REPITEN, ME REPITO

Afirma el anterior presidente del Gobierno que se va por oscuras maniobras y no porque haya perdido “el respaldo de los españoles”, ya que fue el candidato más votado en las últimas y en las penúltimas elecciones.
            Lástima que no estuviera yo delante cuando dijo esas palabras. Sin meterme en política, allá cada uno con sus ideas, le respondería: “Vamos a razonar un poco, señor Rajoy. En las elecciones de 2015, usted, aunque perdió más votos y más escaños que nadie respecto de las anteriores, fue efectivamente el candidato más votado. Y el rey, cumpliendo con su deber, le encargó formar gobierno. ¿Lo formó usted? No, señor, ni siquiera lo intentó. Le dijo al rey que se buscara a otro que usted ni se tomaba la molestia de ir al Parlamento. ¿O sea que entonces sabía que es presidente del Gobierno quien obtiene la confianza de la cámara y no directamente el candidato más votado en las elecciones? ¿Lo ha olvidado desde entonces? No ofenda nuestra inteligencia, señor Rajoy”.


Miércoles, 6 de junio
VIDA SANA

Sonrío al leer los tuits sobre el deporte del nuevo ministro de Cultura. Me siento identificado. Como he dicho más de una vez, yo llevo una vida muy sana: no fumo, no bebo, no hago deporte.


Jueves, 7 de junio
MIENTE CAMPOAMOR

En este mundo traidor / algo es verdad o es mentira, / no todo es según color /
del cristal con que se mira.



domingo, 3 de junio de 2018

Acción de gracias: España en marcha





Viernes, 25 de mayo
EL REGIO ALUMBRAMIENTO

Mientras la historia se acelera y nadie sabe qué va a pasar la próxima semana, cuando vuelvo a estar orgulloso de haber votado a Pedro Sánchez y de haber luchado con uñas y dientes por su vuelta, tengo que aguantarme las ganas de hablar de la actualidad y ocuparme de otra cosa.
            Resulta que, imitando a Podemos y su democracia directa, ante las quejas recibidas de bastantes amigos (comenzando por mi editor, Abelardo Linares, y siguiendo por mi admirada Rosa Navarro Durán), he decidido consultar a los lectores si me ocupo demasiado de política. Una abrumadora mayoría, cerca del ochenta por ciento, ha respondido afirmativamente.
            Hablemos, pues, de otra cosa. De la inmortalidad del cangrejo o del nacimiento del desdichado príncipe de Asturias, por ejemplo. El azar pone en mis manos un número de la revista Por esos mundos que da minuciosa cuenta del acontecimiento.
            El alumbramiento tuvo lugar a las doce y media de la mañana del 10 de mayo. Inmediatamente se anunció que era un niño por medio de banderas y salvas de veintiún cañonazos. Los españoles (no sé si las españolas) recibieron con alborozo indescriptible la noticia de que el trono no habría de quedar en manos de una mujer. El rey hizo un donativo de cuarenta mil pesetas para los pobres y el Ayuntamiento y la Diputación acordaron repartir veinte cartillas de doscientas cincuenta pesetas a los niños pobres nacidos en dicho día.
            A las doce y cincuenta minutos, en uno de los salones del palacio real, se presentó el recién nacido al gobierno en pleno. Iba en una bandeja cubierto con un riquísimo velo de encaje; la llevaba en sus manos el rey, vestido con uniforme de capitán general y luciendo el Toisón de Oro, el collar de Carlos III e insignias de todas las órdenes militares. Avanzó hasta el lugar en que estaba el gobierno, presidido por Antonio Maura, y este levantó los encajes. El ministro de Gracia y Justicia, como notario mayor del reino, se acercó entonces para certificar que efectivamente era un niño. Más de un centenar de personas se amontonaban en aquella espaciosa sala, comenzando por el cuerpo diplomático en pleno y terminando con los jefes de palacio, el obispo de Sión, el cuarto militar del rey, los jefes de alabarderos, los jefes de las casas de la reina Cristina y de los infantes...
            No menos nutrida fue la comitiva que le acompañó al bautizo, pocos días después. Estaba formada por dos jefes de oficios, diez gentiles hombres de caza y boca, dos maceros, diez mayordomos, dos reyes de armas, diez grandes de España cubiertos, gentiles hombres de cámara con las insignias del bautismo: duque de Tovar, llevando el salero; duque de Mantomar, el capillo; conde de Velle, la vela; duque de Béjar, el aguamanil; duque de San Pedro, la toalla; Conde de Valdelagrana, el mazapán; don Salvador Sarriá, los algodones.
            Una página entera dedica la revista a enumerar aquella interminable comitiva, que produjo la natural sensación al pasar por las galerías del palacio, atestadas de hermosas y elegantes damas ataviadas con la mantilla española y de caballeros vestidos de frac o uniforme.
            El cardenal Sancha, primado de las Españas, impuso el agua bautismal, que fue traída expresamente del Jordán, al nuevo cristiano, que lloró un rato. Luego vino la imposición de insignias al bebé, con sus discursos correspondientes: el Toisón de Oro, las Órdenes de Carlos III e Isabel la Católica. El padrino fue el papa Pío X, que le envió como regalo un preciosísimo ajuar, confeccionado por las hermanas misioneras franciscanas de Santa Elena, en Roma: un trajecito de bautismo, un corpiño hilado a mano, una falda bordada con los escudos de la familia, otro corpiño de linón, una mantillita con pelerina calada, un cubrefajas de raso duquesa, dos gorritos (uno de velo de seda y otro con encaje de punto de Bruselas), dos camisetas con entredoses, volantes y adornos de encaje de Venecia, cuatro pares de sábanas, cuatro funditas para almohada, la cubierta para la cama, de raso blanco con guirnaldas de rosa sostenidas por cordoncillos de oro, el cojín para el bautismo, con bellísimas representaciones de los emblemas eucarísticos y en el centro un gran escudo de España… Mucho tuvieron que trabajar, pienso yo, las habilidosas monjitas misioneras.
            No podía faltar la comisión del Principado de Asturias que hizo entrega al príncipe, como acto de vasallaje, de un cofre de plata conteniendo mil doblas de oro, "moneda foral con que los asturianos reconocían en tiempos antiguos el señorío sobre aquella tierra del heredero de la corona".


Sábado, 26 de mayo
A MAL FIN NO HAY BUEN PRINCIPIO

España parece que por fin se pone en marcha, tras el tapón de los últimos años, y yo, fiel a mis compromisos, me veo obligado a hablar de otra cosa.
            ¿Quién le iba a decir a aquel niño, que recibió al nacer mil doblas de oro y todas las bendiciones, destinado a continuar la gloriosa historia de España, que iba a morir en Miami, tras estrellarse borracho contra una cabina telefónica, acompañado de la cigarrera de un cabaret, Mildred Gaynor, guapa y pobre y encantada de sacarle lo poco que le quedaba de su fortuna?
            Acababa de cumplir treinta y un años, se había casado dos veces, le habían retirado el título de Príncipe de Asturias (le dejaron en un modesto conde de Covadonga), su padre, al que había defraudado muy pronto, le odiaba, nadie de su familia asistió a su funeral (la madre le envío una desganada corona de flores), se había pasado media vida en hospitales y la otra media tratando de divertirse y olvidar.
            Cuando echaron de España a su padre, él, que debía sostener el trono, ni siquiera tenía fuerzas para abandonar por su pie el palacio en que había nacido y recibido todas las bendiciones. Tuvieron que sacarle en brazos como a un niño pequeño.
            ¡Pobre Alfonso de Borbón! Al nacer, le recibieron como a un Dios, pero toda su vida no fue más que un pobre diablo.


Domingo, 27 de mayo
ESTOY VIVO

Soy de esas personas recelosas que nunca se acaban de creer los elogios ni el afecto de los demás.  Mi vanidad es un poco extraña: detesta homenajes y reconocimientos, que siempre apestan a jubilación.
            Me gusta ser combatido, me rejuvenece ser odiado (siempre que sea sin demasiada razón, aclaro).
            Si no molestas a nadie, no eres nadie. Ese es mi lema.
            Mientras tengas enemigos, estás vivo.


Lunes, 28 de mayo
NO PIERDO LA ESPERANZA

A mi edad, y aun antes, a mucha gente le molesta cumplir años. A mí no, todo lo contrario. Me gusta tanto que a ello dedico todo un mes, el de junio. Desde el día primero, comienzo a recibir regalos. Este año tengo el pálpito de que me preparan uno muy especial para el día uno. Pero no puedo revelar nada, no sea que se frustre esa esperanza.
            Habitualmente, el 17, que es el día en que nací, estoy en Venecia, pero este año en que cumplo 68, el café espero tomármelo en Toulouse después de darme una vuelta por Montauban. Se cumplen cincuenta años del mayo francés y a mí se me ha ocurrido celebrarlo visitando la tumba de Manuel Azaña, una de mis más viejas admiraciones.
            Siempre he sido republicano, pero sin impaciencias. Mientras la monarquía funcionara, no había ninguna prisa en cambiar de régimen. Y con don Felipe me pareció que podíamos tener un jefe del Estado ponderado, equilibrado y decente. No había prisas porque llegara la república.
            Pero el nuevo reinado no arrancó con buen pie: primero, el sucio apaño de la Gestora socialista que permitió seguir en el gobierno al representante de la corrupción anterior; luego, el recrudecimiento de la cuestión catalana, que hizo perder los nervios al jefe del Estado y, mal aconsejado por su entorno próximo a Ciudadanos, le llevó a pronunciar un discurso en el que dejó de ser rey de todos los españoles para serlo solo de aquellos que pedían mano dura contra los españoles que no querían seguir siéndolo.
            La verdad es que todavía siento simpatía por don Felipe, a pesar de mi republicanismo.  Aún está a tiempo de rectificar y volver a ser lo que nunca debió dejar de ser. Le bastará con otro discurso en el que exprese su deseo de defender los derechos civiles y las libertades tanto de los independentistas como de los no independentistas, todos ellos ciudadanos españoles.


Martes, 29 de mayo
LO QUE MÁS ENVIDIO

Reúne Ricardo Álamo en Escritores al desnudo las respuestas a los cuestionarios Proust y Bolaño de varios escritores. Yo me avergüenzo al releer las mías, por demasiado sinceras. ¿Te consideras un hombre inteligente?, dice una de las preguntas. Y soy el único que responde con un escueto “sí”, sin matizaciones ni bromas (“Si lo admitiera, no lo sería”, afirma Fernando Iwasaki; “Me considero un hombre curioso, con tendencia a saber cosas absurdas”, Luis Alberto de Cuenca), aunque sospecho que la mayoría, por no decir todos, si fueran sinceros habrían respondido de la misma manera. A fin de cuentas, todo el mundo se queja de su memoria, pero pocos de su inteligencia.
            La verdad es que la inteligencia es la cualidad que más admiro y la única que envidio. ¿Es más rico que yo? Pues con su pan se lo coma. ¿Tiene más éxito que yo? Pues que lo disfrute. ¿Es afortunado en el amor? Pues no le arriendo la ganancia. Pero escucho o leo a alguien más inteligente que yo (soy muy sensible a la inteligencia ajena) y mi primera reacción es amarillecer de envidia. Afortunadamente, se me pasa pronto.
            Me gustaría tener más talento que el que tengo, pero como eso no es posible trato de sacarle todo el partido al poco o mucho que tengo (creo que lo hago bastante bien). Y tras la primera reacción de envidia, que no puedo evitar, me llena de alegría comprobar que el mundo está lleno de gente que vale más que yo (bueno, lleno, lleno... Tampoco hay que pasarse en la falsa modestia).

Miércoles, 30 de mayo
MI VERDAD

Miento mucho, pero no engaño a nadie.


Jueves, 31 de mayo
POR FIN

¡Vaya momento que he escogido para dejar de hablar de política! Tras unas cuantas horas llenas de temores y esperanzas, por fin parece seguro que Rajoy se marcha, Rivera se queda en la cuneta y España se pone en marcha. Y yo, que siempre cumplo mi palabra, no puedo hablar de ello.

           

domingo, 27 de mayo de 2018

Acción de gracias: Perros y homenaje



Viernes, 18 de mayo
UN HOMBRE PREVISIBLE

Soy bastante previsible, la verdad, pero no tan maniático como me gusta dar a entender. No es enteramente cierto que me levante todos los días, laborables o festivos, invierno o verano, a las ocho menos cinco. Hay días en que me levanto antes e incluso después: a las ocho menos tres o cuatro minutos o a las ocho y uno o dos minutos, aunque nunca más tarde.
            A las nueve me pongo a escribir, a las diez y media he terminado, a las doce tomo un café en Las Salesas, a las dos en punto como escuchando las noticias de Radio Nacional (lo hacía ya desde antes de que muriera Franco) y disfruto especialmente cuando la primera cucharada coincide con la última señal horaria.
            Pero si algún día me adelanto o me retraso un poco, tampoco pasa nada. No soy Kant, la gente no puede poner el reloj en hora cuando yo paso: lo llevarían unas veces atrasado (uno o dos minutos) y otras muy adelantado (tres o cuatro minutos).
            La ventaja de tanta regularidad es que el más mínimo cambio se convierte para mí en una gran aventura. Pasé hoy el día en Plovdiv, uno de esos amores a primera vista a los que soy tan propicio (y que a menudo me duran toda la vida), ocupado en una de mis tareas favoritas: hacer de guía, en este caso para la familia del poeta Víctor Botas, que ha venido a Bulgaria con motivo de la publicación de una antología de su obra.         
            Regresamos a Sofía al anochecer, cenamos juntos en uno de los restaurantes del bulevar Vitosha y luego ellos se fueron a su hotel y yo a la estación de metro Serdika para dirigirme a la casa en que me alojaba, la de Rada Panchovska, la traductora.
            Intenté llamar para avisar de mi llegada y comprobé que, después de tantas fotos en la antigua Filipopólis, me había quedado sin batería. Y que no había anotado el nombre de la calle, ni el número, porque siempre hasta entonces había ido acompañado, y que además había comprobado que en aquel viejo piso (en unos bloques construidos por los alemanes al final de la segunda guerra mundial) no funcionaba el telefonillo. Y otra cosa más, ¿sabría llegar hasta allí desde la parada del metro? ¿Y a quién preguntar si no conocía una palabra de búlgaro y, aunque la conociera, ni siquiera sabía el nombre de la calle? Ya me veía pasando la noche al raso.
            Me bajé en la estación de Konstantin Velichkov, crucé la avenida de ese nombre, y ya no supe si debía ir hacia la izquierda o hacia la derecha.
            Caminé un poco al azar, di varias vueltas por lugares que recordaba vagamente (me daba la impresión de que los árboles me hacían gestos amenazadores) y de pronto, para acabar de arreglar el asunto, vi que se me acercaban varios perros.
            Pero no ladraban amenazadores, movían el rabo amigablemente y parecía que me invitaban a seguirles. Los reconocí entonces: eran los tres perros que me dijo Rada que su bloque de pisos había adoptado y a los que daba de comer. Una vez la había acompañado en esa tarea. Los perros me habían reconocido. Los seguí hasta que, al fondo de la calle, frente al portal, reconocí a Iván, el marido de Rada, que me estaba esperando.  


Sábado, 19 de mayo
CON EL LENGUAJE DE LA MELANCOLÍA

La presentación de la antología de Víctor Botas tiene lugar en el Palacio Nacional de Cultura, un aparatoso mamotreto de los últimos tiempos del régimen comunista (se terminó en 1981).
            Está al final de un hermoso paseo arbolado, lleno de susurrantes surtidores, y en su interior laberíntico es fácil perderse. Claro que si yo alguna vez me pierdo en Sofía es aquí donde deben venir a buscarme: en el club Peroto, que es café y biblioteca y que abre las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año. Tuvieron que repetírmelo para que me diera cuenta de que había entendido bien. Algo bueno ha dejado el comunismo. El mostrador se apoya sobre un montón de libros, lo mismo que el tablero de la mesa que está en el centro del pequeño escenario donde se presentan libros y se graban programas de radio o televisión sobre libros.
            Desde que lo descubrí por primera vez, el club Peroto es una de mis sucursales favoritas del paraíso. Hay libros reales y también trampantojos: en uno de ellos descubrí los Trabajos filosóficos y discursos políticos de Salmerón. Quién me lo iba a decir: uno de los presidentes de la primera república española adornando las paredes de un club literario en Sofía.
            Allí se proyectó el documental Con el lenguaje de la melancolía, de José Havel, y resultaba extraño escuchar a los contertulios de Óliver en aquel ambiente, todos mucho más jóvenes, y escuchar a Botas contar su vida y ver a una jovencísima Paulina con algo de seductora actriz italiana, y a los gemelos, Víctor y Diego, todavía unos niños, y a Patricia… Estaban todos allí sentados a mi lado y también uno de sus nietos, Víctor Delgado Botas, que él no conoció.
            Traté de mantenerme frío, de fijarme en los aspectos técnicos del documental, que ya había visto muchas veces, de recordar las peripecias de la filmación, mis discusiones con el director (yo era el productor, así que pretendía mandar más), pero me fue ganando la emoción y al final no pude contener las lágrimas mientras le escuchaba a Botas decir:
            ––La muerte. No volver jamás, ¡jamás!, olvidarse de todo: olvidarme de mis hijos, olvidarme de Roma, olvidarme de ese café que tomo cada mañana en un bar y que tanto me gusta, del cigarrillo amable de las ocho, tras el desayuno, antes de afeitarme, cuando aún es de noche… Lo cierto es que cantar eternamente con los ángeles no es una expectativa que me consuele demasiado.
            ¿Le consolaría ver a su mujer, a sus hijos, a su nieto, homenajeándole aquí en Sofía? De los dos gemelos del famoso poema “Cástor y Pólux”, yo conocía más a Víctor, que ahora colabora habitualmente en la revista Clarín con sus viñetas de humor literario; ayer, durante el viaje a Plovdiv, dos horas en autobús, tuve la ocasión de charlar con Diego, con el que había tratado menos: el viaje se me hizo corto debatiendo con él (mi deporte favorito) de asuntos políticos. Me parecía que lo estaba haciendo con su padre. Y de pronto se me ocurrió pensar que Víctor Botas, cuando yo le conocí, tenía exactamente la misma edad que tiene su hijo ahora: treinta y cuatro años.  Me sentí aturdido por el vértigo del tiempo. Qué misteriosa la vida, el sucederse de las generaciones. Me sentí como un superviviente.


Domingo, 20 de mayo
UN PASEO

Bajo del metro en Serdika, en el corazón de la ciudad, donde se entremezclan la grisura monumental de la época comunista con los restos romanos y los templos medievales.
            Como buen ateo, comienzo la mañana con una triple oración: primero en la iglesia bizantina de Sveta Nedelya, donde enciendo una vela al dios desconocido de mi infancia; luego en la gran sinagoga, la mayor sinagoga sefardita de Europa y quizá del mundo, con su hermosa cúpula que rivaliza con la del templo cristiano y la de la cercana mezquita de Banya Bashi, herencia turca que a los más radicales no les hace ninguna gracia. A mi me llena de tranquilidad estar a solas conmigo mismo durante un rato en su interior.
            Me siento frente al colorista edificio de los baños, en un parquecillo en el que solo se escucha el rumor del agua, y dejo pasar el tiempo sin tiempo de esta mañana apacible, sin nada que hacer, tan lejos de casa pero con la sensación de estar en casa.
            Sigo mi paseo. A la plaza situada entre el edificio que fue sede del partido comunista, el del consejo de ministro y el de la presidencia de la república, le han surgido unas extrañas burbujas futuristas. Me asomo a ellas: nuevas ruinas, innumerables ruinas, aquí, precisamente aquí, estaba el centro de la antigua Serdika, olvidada durante siglos, pero siempre presente  y sosteniendo toda la historia futura.
            La avenida luego del Zar Osvorboditel, del Zar Liberador, con el que fue palacio real, con la iglesia rusa, con el edificio rosa de la embajada de Austria, el dorado suelo que brilla al sol como si estuviera adoquinado con lingotes de oro.
            Frente a la catedral de Alexander Nevsky hay una multitud dominical que curiosea la exposición de coches de los años cincuenta y sesenta. La banda sonora es de canciones italianas: “Che sarà, che sarà, che sarà. / Che sarà della mia vita? Chi lo sa”.
            ¿Qué será de mi vida? ¡Quién lo sabe! De momento, me siento bien aquí, entre tantos desconocidos, en el calmo fin de semana.
            El azar me lleva poco después hasta el jardín botánico de la Universidad. Había pasado varias veces delante de él, nunca había entrado. Lo hago ahora y lo tengo todo para mí, como un prodigioso jardín privado.
            Deambulo por los estrechos senderos, aprendo el nombre de las plantas desconocidas, me dejo seducir por los mil y un aroma. Y a la memoria caprichosa me vienen unos versos de Francisco Brines: “He mirado las luces de los cielos / con pecho consolado / porque nunca se acaba el olor de las rosas”.
            Salgo y me doy de bruces con un triste recuerdo: el monolito que señala el lugar en que fue ahorcado Vassil Levski, el monje que dejó el monasterio para pasar a la clandestinidad e iniciar la lucha armada contra el gobierno. Hoy es el gran héroe nacional, en su tiempo no era más que un bandido y un terrorista.
            A un lado de la plaza, un gran solar vacío: ahí estaba el hotel Serdika, el primero en que yo me alojé en Sofía. Creo recordar que la plaza se llamaba Vassil Levski, como el gran bulevar que la atraviesa, pero ahora ha cambiado de nombre, lleva el de su madre, Gina Kuntcheva, y quiere ser un homenaje al sufrimiento de las mujeres búlgaras. Sus tres hijos –Vassil, Hristo y Petar– murieron luchando por la independencia del país.
            Mientras paseo, trato de pensar solo en la complicada historia de este país, que apenas conozco, y de no pensar en la de mi país, que conozco demasiado bien.
            ¿Qué es un héroe o un mártir? Alguien que mata y muere por la causa justa (la nuestra). ¿Qué es un terrorista? Alguien que mata y muere por la causa equivocada (no es la nuestra).
             

Lunes, 21 de mayo
SIN POR QUÉ

“¿Y por qué te gusta tanto Plovdiv?”, me pregunta mi amiga Liliana Tavakova. La verdad es que no tengo ni idea. El amor es sin por qué, como la rosa de Ángelus Silesius.
            Me gustan mucho las calles en cuesta de la vieja ciudad, con el teatro romano y las mansiones de los mercaderes de la época turca, pero mi lugar favorito es la calle Rayko Daskalov, peatonal, prodigiosamente arbolada, que lleva desde la plaza del estadio romano hasta el puente sobre el río Maritsa. Me recuerda al Paseo del Prado, en La Habana, y a la carretera que cruzaba frente a la casa de mi infancia, en Aldeanueva del Camino. Huele a tiempo perdido y encontrado, huele a felicidad.
           

Miércoles, 23 de mayo
SOY UN HIPÓCRITA

Vuelvo a Oviedo cuando se inicia el congreso sobre Ángel González, al que no estoy invitado, como enseguida me recuerdan varios conocidos. Un buen pretexto para no aburrirme escuchando a mis laboriosos colegas repetir tópicos que me sé de memoria. Pero finjo sentirme muy ofendido, claro está. ¡Es tan fácil contentar a la buena gente que no me quiere bien!