domingo, 15 de julio de 2018

La verdadera historia: Tema del traidor y del héroe



No soy un hombre muy enamoradizo, la verdad. Amores, verdaderos amores, de esos que acaban rompiéndote el corazón, habré tenido apenas seis o siete en toda mi vida.
            Uno de ellos me hizo ir a Bayona con bastante frecuencia, lo que pudo haberme traído complicaciones porque eran días –años noventa– en que aún actuaba con virulencia cierta organización armada y mis frecuentes visitas podían hacerme sospechoso, y no solo para la policía española, pero nunca fui molestado ni por unos ni por otros.
            Le cogí cariño a la ciudad, ya desembarazado de aquella gustosa carga, y he vuelto más de una vez, la más reciente el pasado mes de junio.
            Mientras tomaba café en una de las terrazas de la Rue del Port-Neuf, se me acercó un anciano –o eso me pareció, aunque tendría mi edad– de barba blanca, a lo Walt Whitman, que me conocía porque habíamos coincidido en la revista Zurgai e intercambiado, allá por la época de Jugar con fuego, algunas cartas.
            Acababa de sorprenderme la placa dedicada a Aristides de Sousa Mendes en el edificio que había sido consulado de Portugal en los años cuarenta y le hablé de ella.
            –-Creía que Sousa Mendes fue cónsul en Burdeos, no en Bayona.
            ––Así es, aquí solo estuvo dos o tres días.
            –-¿Y con solo dos días ya le dedicaran ese recuerdo? ¡Admirable personaje!
            ––Admirable lo que hizo; él tenía sus luces y sus sombras, bastantes sombras. ¿De verdad cree que su intención primera al dar visados a troche y moche durante aquella semana de junio era salvar vidas?
            ––De verdad lo creo y por salvarlas arriesgó la propia y echó a perder su carrera diplomática.
            ––No estoy yo tan seguro. Aristides de Sousa Mendes era de una familia aristocrática venida a menos, católico, monárquico, conservador. Tuvo sus enfrentamientos con los gobiernos republicanos hasta que llegó al poder Salazar, que había sido su profesor en Coimbra. Siempre fue un derrochador, siempre necesitó más dinero del que ganaba. Le expulsaron de algún puesto por intento de extorsión. Salazar le envió en primer lugar a España y allí se dedicó a informar sobre las actividades de los portugueses huidos de la dictadura. Más de una vez utilizaba dineros del consulado para sus necesidades personales. Todo se le perdonaba por su fidelidad a Salazar.
            ––Pero supo desobedecerle en el momento clave, por eso ha pasado a la historia. En junio de 1940, Burdeos se convirtió en una ratonera con miles y miles de judíos, de comunistas, de personas que trataban de huir de los nazis y él, desoyendo las claras directrices de su gobierno, les dio los papeles necesarios para llegar a Lisboa y allí poder embarcarse hacia América. Salvó treinta mil vidas, eso es lo que cuenta.
            –––Eso es lo que cuenta, cierto, pero las cosas no fueron exactamente como nos las han contado. En 1940, Sousa Mendes tenía, como era habitual en él, importantes problemas económicos. No solo debía alimentar a su numerosa familia –tuvo catorce hijos–, sino que además acababa de perder la cabeza como un adolescente por una francesita, mucho más joven que él, Andrée Cibial, a la que le gustaba vivir a lo grande. Cuando comienza la guerra, Portugal, como España, declara su neutralidad, pero, al contrario que España, y a pesar del fascista Estado Novo, sus simpatías van hacia los Aliados por la tradicional alianza con Inglaterra. Por eso, los huidos del nazismo, recuerde la película Casablanca, quieren llegar a Lisboa, no a Madrid. Los primeros cuarenta visados que expide Sousa Mendes sin pedir autorización al Ministerio los firma el 16 de junio, un día antes del armisticio. Cobra tarifas adicionales y entre los destinatarios se encuentra la familia Roschild. A partir del día siguiente, se dedica a entregar visado a todo el que lo solicita. Le ayudan sus hijos, sus sobrinos, el rabino Jacob Kruge, una auténtica producción en cadena. Salva vidas, pero en un día las tasas superan a lo ingresado en un año.
            ––Esa interpretación me parece un poco miserable, un intento de manchar con fango al héroe. ¿Qué pruebas hay? Se parece a las teorías que niegan el holocausto.
            ––Nada que ver, son hechos probados, hasta puede usted consultarlos en la Wikipedia. Pero el mito, una vez consolidado, resiste cualquier evidencia.
            ––Bien, admitamos que cobró lo que tenía que cobrar, lo que le correspondía legalmente. En cualquier caso, hizo un mal negocio que acabaría costándole la expulsión, como él podía imaginarse.
            ––Ya llegaremos a eso. Antes de ese 17 de junio ya había cometido alguna irregularidad. El 20 de mayo le había proporcionado a un desertor del ejército un pasaporte portugués falso para que pudiera huir a España. Como cónsul, era poco escrupuloso.
            ––¡Un héroe!
            ––-O un pescador en aguas revueltas, como tantos entonces. Pero de esas irregularidades suyas fue cómplice el gobierno portugués, que trataba de estar a bien con unos y con otros. Amonestó a Sousa Mendes por los visados que otorgaba sin seguir sus indicaciones, pero no los invalidó. Hay además un hecho curioso, la Embajada Británica en Lisboa protestó el 20 de junio porque Sousa Mendes retrasaba el visado a súbditos británicos para dárselo luego en horas fuera de servicio y así cobrar tasas especiales. En fin, un héroe con muchas sombras, ya digo. Expulsado por su gobierno de Burdeos, Sousa Mendes se vino a Bayona. Aquí estuvo, firmando visados como un loco, del 20 al 23 de junio, firmando con una mano y cobrando con la otra. El 23 le cesa Salazar de su cargo, pero él sigue firmando visados de camino a Hendaya. Los firmó hasta un minuto antes de entrar en España. Y aquí viene algo en lo que nadie ha reparado, me parece a mí. Si ya había sido cesado como cónsul, ¿qué validez tenían esos visados? Ninguna. Tampoco la tenían los que firmó contraviniendo las órdenes de su gobierno. Habría bastado una circular del Ministerio para que ninguno de esos refugiados hubiera podido pasar la frontera. Con otras palabras, Sousa Mendes hizo lo que hizo porque contó con la complicidad de Salazar.
            ––¿Y entonces por qué se le expulsó de la carrera consular?
            ––Pues porque había que complacer a los dos bandos. A los Aliados, especialmente a Inglaterra (Portugal siempre tuvo algo de protectorado inglés, sin su ayuda no habría logrado escapar del imperialismo español), y a la Alemania nazi, hacia la que iban todas sus simpatías ideológicas y que entonces parecía que iba a marcar para siempre el futuro de Europa. Se le sancionó, no había otro remedio, pero sin cargar la mano. Tenga usted en cuenta que solo por falsificar un pasaporte le podían caer cinco años de cárcel. Parece que siguió cobrando su pensión hasta su muerte, en 1954.
            ––No son esas mis noticias.  Se retiró a su casa solariega, en Cabanas de Viriato y tuvo que ir malvendiendo todo lo que tenía para sobrevivir y alimentar a sus hijos.
            ––Sus hijos no quisieron saber nada de él desde que se casó en 1948 con su amante francesa. Con ella había tenido una hija, de la que se desentendió pronto: se quedó en Francia con unos parientes y no se preocupó de volver a verla. La mitificación comenzó en 1966 cuando Israel le declaró Justo entre las Naciones. Ahora le reivindican sus nietos, que han creado una fundación y comprado la casa solariega de la familia, con la que se quedó el tendero del pueblo para saldar deudas.
            ––Vamos a suponer que todo eso cierto. El hecho es que su desobediencia salvó vidas, muchas vidas. ¿Qué importa lo demás?
            ––Al padre de mi mujer, que salvó del linchamiento a una mujer embarazada, no le dieron ninguna medalla por ello. Todo lo contrario. Pudo costarle caro. Estuvieron a punto de depurarle. Parece que el padre de la criatura era un soldado alemán. Así andaban las cosas en el París de 1945.
            Cuando me quedé solo, mientras daba un paseo por los lugares familiares (la plaza de la catedral, el mercado junto al Nive, el Gran Teatro, el largo puente sobre el Adour, la neoclásica sinagoga), pensé en las ambigüedades de la historia, en lo cerca que están el héroe y el criminal, el canalla y el santo. ¿Qué diferencia hay entre un mártir que merece ser honrado en los libros de historia y un terrorista suicida? Que uno da la vida por aquello en lo que nosotros creemos y el otro por aquello en lo que creen nuestros enemigos.
            Recordé, una vez más, algo que nunca he contado a nadie. Fue en el otoño del 74. Yo estaba en la cárcel de Carabanchel por sinrazones que no vienen al caso. En el silencio de la noche, angustiado e insomne en la celda de la Séptima Galería, una voz comenzaba a cantar el Gernikako Arbola. De inmediato, se oían los pasos de los funcionarios que se dirigían hacia donde sonaba esa voz para hacerla callar. Y callaba con el rechinar del cerrojo, pero en ese mismo instante la canción continuaba en otra de las celdas. Y así durante un largo rato, jugando al gato y al ratón. Eran hermosas aquellas voces que no se rendían, que ponían un poco de luz en la negrura carcelaria.
            Luego vino lo que vino, tanto dolor y tanta injusta muerte, y todo eso es verdad y sin disculpa alguna, pero todavía hoy se me llenan los ojos de lágrimas cuando escucho el Gernikako Arbola, bocanada de libertad en una larga noche de piedra que parecía que no iba a terminar nunca.
           



domingo, 8 de julio de 2018

La verdadera historia: ¡Viva España con honra!




“Me encantaría que conocieras a mi amigo Julio Salom, general de brigada que –no tengo duda– llegará a general de cuatro estrellas. Julio, uno de los pocos idealistas de verdad que conozco, ha sido teniente, capitán, comandante y coronel legionario, y está tan atónito como yo ante lo que se dice sobre la legión española. Disciplinado como buen militar, aguanta lo que haga falta pero no entiende que se publiquen determinados artículos tan tremendos como los escritos a propósito del himno de la legión entonado por políticos que asistían al desembarco del Cristo de Pedro de Mena en el Puerto de Málaga”.
            Soy más amigo de la verdad que de mis prejuicios, así que después de haberme pasado los últimos días defendiendo a Unamuno y despotricando contra Millán Astray, el energúmeno del Paraninfo en un incidente que algunos quieren minimizar, no tendría ningún inconveniente –todo lo contrario– en conocer a Julio Salom, como me sugiere Ángel Gómez Moreno, catedrático de Literatura en la Complutense, hombre de muy varios e insólitos saberes.
            A fin de cuentas, entre mis héroes ha estado siempre un militar, Antonio Ros de Olano, de quien supe mucho antes de encontrármelo en la historia de la literatura y de leer sus obras. Mi abuelo Juan era un gran admirador suyo y siempre lo mencionaba cuando hablaba de la guerra de Marruecos. Yo pensaba que había sido su jefe, pero luego supe que no podía ser posible. Mi abuelo estuvo en los años veinte y Ros de Olano a mediados del XIX. Quizá la admiración le venía del Diario de la guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón, que leía y releía.
            Una noche de invierno en que había comenzado a nevar, lo recuerdo bien, sentados junto a la lumbre, en la humosa cocina, tras recitarme el romance de la loba parda (“Estando yo en la mi choza / pintando la mi cayada…”), que yo siempre oía embelesado y gozosamente asustado, le interrumpí nada más comenzarme a contar de nuevo una de sus heroicas o picarescas aventuras con los moros. Aquella mañana, en la escuela, habíamos leído “El carbonero alcalde”, una de las historietas nacionales de Alarcón, y el maestro había justificado las barbaries que allí se cuentan conque se trataba de defender la patria contra los invasores.
            ––Abuelo, si en la guerra de la Independencia los malos eran los franceses porque habían invadido nuestro país, en la guerra de Marruecos. ¿los malos no éramos los españoles por haber invadido el de los moros?
            Mi abuelo se quedó atónito, nunca se le había ocurrido pensar tal cosa –que en una guerra los españoles pudieran ser los malos– ni que nadie pudiera pensarlo. Me miró un rato en silencio; luego me acarició el pelo.
            ––¡Este niño! ¡Lo que se le ocurre! Los moros son salvajes, nosotros les llevábamos la civilización cristiana.
            Y siguió con sus historias en las que, no sé cómo, siempre acababa apareciendo, ejemplo y lección, el general Ros de Olano, el amigo de Espronceda, el héroe de la primera guerra carlista. Allí tuvo como adversario a un heroico brigadier, Juan Antonio de Urbiztondo, de quien, tras el abrazo de Vergara, se hizo amigo.
            La muerte del general Urbiztondo dio mucho que hablar y todavía no se ha aclarado del todo. Pío Baroja se refiere a ella en Los visionarios: “El rey consorte era partidario de los carlistas, y quería en la sucesión de la corona a la rama mayor de los Borbones de España, es decir, a don Carlos. Al saber que su mujer había quedado embarazada por obra y gracia del oficial Puig Moltó, don Francisco llamó en su auxilio al general Urbiztondo, hombre de pelo en pecho y ministro de la Guerra, y en su compañía se presentó en la cámara de doña Isabel dispuesto a armar un gran escándalo. Les salieron al paso el general Narváez y el marqués de Alcañices. Don Francisco de Asís increpó a Narváez y le llamó alcahuete. Urbiztondo y Alcañices riñeron con tal violencia que, frenéticos los dos, sacaron la espada y se atravesaron. Ubiztondo murió en el acto en la antecámara de la reina y Alcañices, pocas horas después, en su casa. Los periódicos dijeron que Urbiztondo había muerto de una pulmonía fulminante”.
            Los hechos no fueron exactamente así, y el propio Baroja, cuando volvió a referirse a ellos en uno de sus artículos del diario Ahora, que dirigía Chaves Nogales, recibió una carta de rectificación del Presidente del Consejo de Estado, Martínez de Aragón, nieto del general. A su madre le había oído contar muchas veces cómo el ilustre abuelo murió en casa, a causa de una fulminante pulmonía.
            Antonio Ros de Olano quiso saber lo que le había ocurrido a su amigo y lo que averiguó, la verdadera historia, no parece que fuera muy diferente a lo que referían los libelos contra aquella reina castiza que luego daría tanto juego en los esperpentos de Valle-Ínclán.
            Lo contó, cuando ya era historia antigua, en uno de los capítulos de sus “Saltos de la memoria”, la autobiografía incluida en Episodios militares, pero esas páginas las tachó en galeradas. ¿A qué molestar al joven monarca? Prefirió ser infiel al recuerdo de su amigo.
            Tampoco quiso contar nunca la verdad de lo que había pasado el duque de Sesto, mentor de Alfonso XII, y hermano mayor del otro muerto aquella infausta noche en palacio, Joaquín Osorio y Silva, hijo del marques de Alcañices, ayudante de campo del entonces presidente del Consejo de Ministros, el general Narváez.
            Se conservan esas galeradas en las que Antonio Ros de Olano resume el resultado de sus investigaciones, pero no se han hecho públicas. Las guarda un coleccionista madrileño y hay quien ha tenido la suerte de echarles una ojeada, como mi amigo Abelardo Linares, que ofreció por ellas una cantidad considerable, pero no se le permitió leerlas mi muchos menos fotografiarlas.
            Mientras no se hagan públicas, tenemos que conformarnos con lo que poco a poco fue trascendiendo a pesar de la desinformación oficial. No parece cierto, sino una chusca invención, que meses después, en el solemne acto de presentación al gobierno de la nación del recién nacido príncipe Alfonso, con el salón del trono repleto de purpurados y grandes hombres, el bebé en una bandeja que sostenía la oronda madre al lado del encogido rey consorte, un diputado se atreviera a gritar, como en los estrenos teatrales, “¡Que salga el autor!”
            Lo cierto es que a partir de aquel suceso muchos monárquicos, entre ellos Ros de Olano, abrazaron la causa antidinástica, la que en 1868 lanzó el famoso manifiesto del “viva España con honra” y el “queremos poder comentar con nuestras esposas y nuestras hijas la causa de los cambios de gobierno”.
            Lo que ocurrió la noche del 25 al 26 de abril de 1857, hasta dónde yo he podido averiguar, y a falta de conocer el resultado de las investigaciones de Ros de Olano, fue lo siguiente.
            El 16 de diciembre de 1856, Narváez destituyó fulminantemente a su ministro de la Guerra, Juan Antonio de Urbiztondo, que había sido gobernador de Filipinas y conquistador del archipiélago de Joló. La razón es que le habían llegado noticias de que se conspiraba contra él y que el rey consorte, descontento con su manera de hacer política (tenía muy poco en cuenta sus recomendaciones), propiciaba un cambio de gabinete con Urbiztondo como presidente. Nada más cesar, fue nombrado por el rey consorte su ayudante de campo.
            La conspiración continuó por otros medios. Un día en que la reina se había retirado a sus aposentos privados con su amante de entonces, Puig Moltó, el rey decidió visitarla, armar un escándalo y amenazarla con no reconocer el fruto del incipiente embarazo si no destituía a Narváez.
            Pero Narváez tenía espías en todas partes y cuando el rey y su ayudante llegaran a la antecámara se encontraron al espadón de Loja, como se le llama en El Ruedo Ibérico, y a su ayudante de campo plantados ante la puerta.
            ––¡La reina ha pedido que no se la moleste! ¡Aquí no entra ni una mosca!
            ––¡Soy el rey!
            ––¡Como si eres la madre que me parió!, contestó chulesco Narváez.
            El rey trató de abrir la puerta y Narváez le dio un empujón que le hizo tambalearse. Urbiztondo desenvainó entonces el sable para proteger a su señor. El joven Osorio y Silva hizo lo mismo. No se sabe bien qué pasó, ya que era un espadachín consumado. Quizá pensó que el enfrentamiento no iba en serio. El caso es que a los pocos instantes, visto y no visto, Urbiztondo le atravesó el pecho. En ese momento, Narváez le apuñaló por la espalda. El rey sufrió un desvanecimiento y al caer se dio un fuerte golpe en la cabeza. Todo había ocurrido en pocos minutos y sin que hubiera nadie más presente (Narváez había mandado salir a los alabarderos).
            La primera en aparecer fue la reina, entre grititos, rodeada de sus damas. Narváez era el único que podía contar lo que había ocurrido y, muy sereno, se hizo cargo de la situación.
            –-Un desgraciado incidente, señora. Mi ayudante de campo, al querer impedir por la fuerza que el general irrumpiera en sus habitaciones, se enfrentó a él con el resultado de la muerte de ambos. Al rey no le pasa nada, un susto; cuando se recupere de su desmayo, lo corroborará. Ahora es cuestión de impedir el escándalo. Estos desdichados deben fallecer en sus casas, no en palacio.
            Ambos murieron en sus casas, de acuerdo con la escueta información que publicaron los periódicos, y de una fulminante pulmonía.
            Se cuenta que, cuando Narváez estaba a punto de fallecer, en 1868, poco antes del derrocamiento de la reina, le preguntó su confesor si perdonaba a sus enemigos. “Yo no tengo enemigos, los he fusilado a todos”, contestó orgulloso el prócer. Pero parece que mentía: a alguno no había mandado fusilarlo, sino que él mismo, como un tabernario jaque, le había apuñalado por la espalda.



domingo, 1 de julio de 2018

La verdadera historia: La amante del rey




Estaba yo en la no muy ordenada fila, esperando para subir al avión, cuando se me acercó una joven.
            ––Eres español, ¿verdad? Perdona que te moleste. Yo soy de Alicante, he pasado un año trabajando en Nueva York, y ahora me han traslado a Madrid. No he podido facturar todo el equipaje. ¿Te importaría llevarme esta maleta? Pesa poco y veo que tú no llevas equipaje de mano.
            No, no llevaba, según mi costumbre: solo un par de libros. No me dio tiempo a pensarlo, dejó en el suelo la pequeña maleta, más bien un maletín, me dio las gracias y con una sonrisa se fue hacia atrás, hacia el lugar que le correspondía en la fila.
            Sin muchas ganas, pero pensando que no habría ningún problema (ya habíamos pasado el control de seguridad), subía al avión. Empecé a preocuparme una vez dentro. No vi por ningún lado a la joven, a pesar de que la busqué insistentemente con la mirada, y en mitad del vuelo, al ir a buscar algo en mi chaqueta encontré en uno de los bolsillos un sobre con dinero que yo no había puesto allí.
            La vida de una persona puede cambiar en un instante. Primero pensé que aquel maletín llevaba droga y que yo me había convertido en una involuntaria y estúpida mula; luego, al no ver a quien me lo había entregado, en algo peor, en un explosivo que nos haría desaparecer a todos en mitad del vuelo.
            Puede cambiar en un instante la vida persona, puede cambiar la historia de un país. En Toulouse, hace unos días, conocí a un profesor del liceo Saint Sernin, que me dijo que él debía ser, y no Felipe VI, el rey legítimo de España.
            El mundo está lleno de chiflados, pensé, y no le hice ningún caso, pero luego me enteré por otros colegas que se trataba de un respetable profesor de matemáticas, no de un lunático, y le llamé, morbosamente interesado por su historia; me imaginaba que pretendería ser uno de los presuntos hijos naturales del anterior jefe del Estado.
            Pero no, la historia venía de más lejos, de hace dos siglos, y no se hablada de ella en los libros de Historia.
            ––Mesonero Romanos insinuó algo en sus Memorias de un setentón y le contó bastantes cosas a Galdós, que no quiso mencionarlas en los Episodios nacionales; don Benito siempre fue muy cauto.
            Habíamos quedado citados en uno de los cafés de la plaza del Capitole, Les Illustres, un nombre que me pareció irónico. Yo había ido a Toulouse a estudiar las publicaciones literarias del exilio español. Pero lo que me contó aquel profesor de matemáticas hizo que cambiaran las líneas de mi investigación.
            ––Me llamo Francisco Marzo, pero en realidad soy Francisco de Borbón, y otra habría sido la historia de España si el hijo verdadero de Fernando VII le hubiera sucedido en el trono en lugar de la princesa Isabel, que no era hija suya. No abra tanto los ojos, no piense que está ante un paranoico; puedo probar todo lo que digo. Bueno, todo no, harían falta análisis de ADN, que ya he solicitado, pero que aún no me han concedido, para eliminar cualquier duda.
            Como usted sabrá, Fernando VII se casó cuatro veces. La primera, cuando aún era príncipe de Asturias, con María Antonia de Nápoles. Ese matrimonio fue el hazmerreír de toda Europa. La joven princesa le contaba sus problemas conyugales a su madre y esta a su vez los comentaba con varios corresponsales; unas y otras cartas eran interceptadas por Napoleón, y no solo por él, y acababan siendo el entretenimiento de Europa. Cuando se casó, Fernando tenía dieciocho años, lo ignoraba todo de la vida sexual y su desarrollo no correspondía con esa edad. Padecía una enfermedad denominada macrogenitosomía, una de cuyas consecuencias era la aparición tardía de los caracteres sexuales secundarios. No comenzó a afeitarse hasta bastantes meses después de casarse y tardó un año en consumar el matrimonio.
            Se casó cuatro veces, pero solo tuvo una esposa en el verdadero sentido de la palabra, Josefa Montenegro, a la que se conocía como Pepa la Malagueña. Los historiadores liberales, y los chismógrafos de la corte, dijeron de ella que regentaba un burdel y que proporcionaba jovencitas al rey para que satisfaciera su apetito sexual, bastante desmesurado, como si quisiera compensar su tardía aparición. No es cierto: fue su amante, su consejera, le dio varios hijos. El rey le buscó una casa cerca de Palacio y le preparó un matrimonio con un militar, Francisco Marzo Sánchez, destinado lejos de Madrid y con el que nunca cohabitó. Ese militar fue el padre legal de los hijos de Josefa: Manuela, nacida en 1817, y Francisco, nacido en 1819.
            Sabemos que durante un tiempo el rey buscó la manera de reconocer a Francisco como su heredero. Cuando desistió, desesperado (era un rey absoluto, lo podía todo, pero eso no podía), terminaron sus relaciones con Josefa Montenegro, que poco después pasó a ser la compañera clandestina –en aquel tiempo no podía ser de otra manera–  del duque del Infantado, enamorado de ella desde siempre.
            Como ve usted, nada de dirigir un burdel. Entonces los matrimonios eran de conveniencia, la amante, la querida, era en realidad la verdadera esposa, la que estaba unida por vínculos de amor. En 1840, Josefa Montenegro tuvo un pleito en París con los herederos del duque del Infantado. Yo he visto esos papeles, en ellos declara que sus dos primeros hijos son hijos del rey, entonces ya difunto.
            Fernando VII dejó de estar enamorado de Josefa Montenegro (quizá su único amor), pero nunca dejó de pensar en que Francisco Marzo Montenegro, en realidad Francisco de Borbón Montenegro, habría sido su mejor heredero.
            Siempre tuvo sospechas de que la princesa Isabel no era hija suya. Dicen que la reina Cristina conoció a Fernando Núñez a los pocos días de la muerte del rey; hay sospechas de que lo conoció bastante antes. Pero era peligroso investigar ese asunto, más peligroso que tratar de averiguar quién estaba detrás de la muerte de Prim. Hubo quien dijo tener pruebas y desapareció poco después con ellas. Toda la legitimidad de la monarquía española se vendría abajo. Una cosa es que no se sepa con certeza quién es el padre, o quiénes son los padres, de los hijos de Isabel II (la única certeza es que ninguno es hijo de su marido) y otra que la hija de Fernando VII no sea hija suya. En el primer caso, quien transmitía los derechos dinásticos era ella.
            Explican estas sospechas lo ocurrido en septiembre de 1832, cuando el rey, al creer que iba a morir, no tuvo inconveniente en derogar la pragmática sanción de 1789 (que nunca se había hecho pública), para que siguiera vigente la ley Sálica introducida por Felipe V. Con ello, Isabel dejaba de ser la heredera al trono. Las intrigas de la madre, que ya llevaba las riendas del gobierno ante la debilidad del rey, hicieron que las cosas volvieran atrás y de inmediato se convocaran las cortes del reino para proclamarla formalmente Princesa de Asturias.
            Fue un acto muy solemne, el más solemne del reinado. Tuvo lugar en la iglesia de San Jerónimo, deslumbrante de uniformes, sedas, joyas y condecoraciones. ¿Y a quién cree que, fuera de todo protocolo, quiso el rey también invitar? Pues a Josefa Montenegro y a su hijo Francisco, que entonces ya era un espigado adolescente de catorce años. Otra habría sido la historia de España si ese adolescente, dos años después, tras una breve regencia, hubiera sido proclamado rey de España. Murió a los ochenta años, en 1899, y habría sido un rey tan longevo y tan provechoso para su país como la reina Victoria. ¡La de desastres que nos habríamos ahorrado!
            Lo que recordaba de ese acto interminable (se lo contó a mi abuelo y mi abuelo me lo contó a mí), fue lo mal que lo paso la pobre princesita, que lloró muchas veces, que no entendía nada, que cuando veía acercarse a obispos y personajes para besar su mano, la escondía y volvía la cara. Su madre, que sonreía oronda como quien había hecho el mejor negocio de su vida (luego haría muchos, sumamente lucrativos), trataba de calmarla, pero solo hacía caso a los requiebros de su aya pasiega, que era quien la sostenía en brazos, ataviada con mayor esplendor que los propios monarcas.
            Imagínese lo que habría sido la historia de España si a Francisco I, le hubiera sucedido en 1899 su hijo Francisco II, que entonces tenía cincuenta años y era marino y destacado científico. Le sucedería a él mi abuelo, que murió en 1960, y luego mi padre, hasta 1993, y usted estaría ahora hablando, no con un profesor de matemáticas del liceo Saint Sernin, sino con el rey de España…
            Ya sé, ya sé, que soñar con lo que pudo haber sido y no fue, es un empeño inútil. En realidad, mi familia nunca pretendió reivindicar ningún derecho a la corona de España, que no les parecía precisamente un bien apetecible. Yo estoy intentando, sabiendo que es un empeño inútil, que se analice el ADN de los restos de Isabel II. Habría que reescribir la historia si el resultado es el que yo espero, aunque de sobra sé que legalmente no pasaría nada. La legitimidad de Felipe VI le viene de la constitución de 1978, no de ser lejano descendiente de esa señora.
            Mi empeño mayor es restituir su buen nombre a Josefa Montenegro, no la alcahueta del rey, sino su verdadero amor, la mujer más hermosa de su tiempo y además inteligente, fuerte y sana. Habría podido regenerar la monarquía española y cambiar así la historia de un país que sigue siendo el mío, aunque yo naciera en Francia, como consecuencia de una guerra civil que, si las cosas hubieran sido de otra manera en tiempos de Fernando VII, cuando España se partió en dos, quizá nunca habría tenido lugar.



sábado, 23 de junio de 2018

Acción de gracias: Olor de mes de junio



Sábado, 16 de junio
ESTACIÓN INTERNACIONAL

Xavier de Maistre escribió Viaje alrededor de mi cuarto; Marguerite Yourcenar, Una vuelta por mi cárcel. Todos mis viajes son una cosa y otra. Me asusta el mundo ancho y ajeno, no me atrevo a poner un pie fuera de la cárcel de la costumbre.
            Esta vez comienzo el viaje alrededor de mi cuarto o de mi celda en la estación Internacional de Hendaya, lugar de encuentro y despedida, rosa de los vientos donde todo parece posible.
            Desde Hendaya miraba airado Unamuno la España pachorrienta de Primo de Rivera y vertía su indignación en las incendiarias Hojas libres; desde Hendaya, contemplaban los exiliados españoles cómo sus compatriotas se masacraban al otro lado del río.
            Junto al monumento a Pierre Loti, herrumbrosos cañones que apuntan aún hoy hacia Fuenterrabía. A Pierre Loti ya no lo lee nadie, pero hubo un tiempo en que nos hacía soñar con sus exóticas fantasías, con su erotismo orientalizante y demodé.
            Siempre que paso por Hendaya, me acerco hasta el castillo de Abadía, situado en un alto rodeado de mar y de verdor. Neogótico, con cocodrilos de piedra vigilando las entradas, parece producto de algún capricho extravagante, pero es obra de un explorador y científico, Antoine d’Abbadie, que quiso que fuera un observatorio astronómico y un laboratorio geológicvo. A su muerte, lo legó al Instituto de Francia.
            Yo recorro esta mañana de nubes y claros, de sol y llovizna, sus solitarios alrededores. Pienso en Antoine d’Abbadie, que solo tenía cuarenta años cuando adquirió esta propiedad, y ya había recorrido el mundo, que se había aventurado en la remota Abisinia, cuyo arte quiso recrear en el interior del castillo.
            Murió en 1897, cuando tenía un año menos de los que yo cumpliré mañana. Dejó un hermoso legado, yo no dejaré más que un montón de palabras, aire en el viento.
            ¿Importa eso? Mientras doy una vuelta alrededor de mi cuarto, o de mi celda, acaricio la hermosura del mundo, tan frágil, tan imperecedera. Y soy todos y soy nadie: los dioses no tienen más sustancia de la que tengo yo, como escribió Juan Ramón Jiménez.
            El regalo de estar aquí no se nubla por saber que algún día no estaré. Todo lo contrario, esa certeza multiplica su brillo y su esplendor.


Domingo, 17 de junio
FINAL EN MONTAUBAN

Quizá es porque llego buscando un cementerio por lo que Montauban me parece un cementerio, una ciudad muerta.
            Todo está cerrado, no hay nadie en las calles. Cruzo el puente sobre el turbio Tarn; frente al museo de Ingres me encuentro con un doliente centauro de bronce; la gran torre de la iglesia de Santiago parece a punto de desmoronarse; por la rojiza plaza doblemente porticada solo se pasea el tedio… Solo sé, cuando llego a Montauban, que aquí residió sus últimos días, y aquí está enterrado, Manuel Azaña, dimitido presidente  de la derrotada República, igualmente odiado por unos y por otros.
            Residía cerca de Burdeos cuando la invasión alemana. La rendición ocurrió un día tal como hoy, el 17 de junio de 1940. Francia quedó partida en dos. En la zona ocupada quedó L’Eden (irónico nombre), la casa de la familia Azaña en Pyla-sur-Mer.
            Para evitar que el expresidente fuera detenido por la Gestapo, se decidió su traslado a Montauban, bajo el régimen de Vichy. En Mantauban no se encontró más alojamiento que una pequeña habitación de un piso compartido con otros exiliados republicanos. Un día oyeron la algarada de unos falangistas bajo las ventanas. Se decidió el traslado al Hotel du Midi, junto a la catedral.
            Su residencia había sido saqueada por la policía alemana y española y su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, detenido y trasladado a Madrid. Él nunca lo supo.           
            Cuando condenaron a muerte a otro de los detenidos en Francia, Julian Zugazagoitia, la mujer de Azaña visitó al obispo de Montauban para que intercediera. Mandó un telegrama a Franco y otro al Vaticano. A la mañana siguiente, pasó por el hotel para interesarse por el enfermo. Le hicieron pasar a verle, sabiendo que a Azaña le gustaría aquella visita. “Muy complacido y sonriente –le escribió su mujer, Dolores, a Rivas Cherif–, sentado al lado de la chimenea, en el corto tiempo que estuvo, le habló de ti, de los niños, de su juventud en la Universidad del Escorial, en fin, de cuanto le preocupaba, sobre todo de vosotros, como una idea fija. Poco más pudo decirle porque estaba muy mal. El obispo, viendo sin duda que se cansaba, nos dejó enseguida”.
            Mucho se ha fantaseado con este coloquio entre Azaña y el obispo; en España se tomó como una abjuración final de sus ideas.
            Yo miro hacia las ventanas del Hotel du Midi, me imagino a Azaña asomándose por última vez a una de ellas. Esta plaza atardecida y solitaria fue la última visión que se llevó del mundo.
            Visito luego su tumba. Dolores de Rivas Cheriz marchó a Vichy inmediatamente tras el entierro. Dejó el encargo a unos amigos de cómo quería la sepultura definitiva: “Simplemente una lápida de piedra, con dos cipreses a su cabecera, y en la piedra una cruz de bronce sobre la inscripción: Manuel Azaña 1880-1940”.
            Esa cruz –que a él, creyente o no, no le molestaba, y de la que era más digno que la incivil jerarquía católica española– está ahora casi siempre oculta por una bandera republicana.


Lunes, 18 de junio
UNA INSCRIPCIÓN

La encuentro en Burdeos, frente al Pont de Pierre, cuando voy camino del barrio de Saint Michel: “La Junta Española de Liberación dedica esta lápida a la memoria de Pablo Sánchez, exiliado español, muerto en este lugar por las balas nazis el 27 de agosto de 1944 en defensa de la libertad”.
            Acababa de retirar la última carga explosiva con que los alemanes, en retirada, querían volar el hermoso puente construido por Napoleón. Alzó los brazos en señal de triunfo y en ese momento una ráfaga de metralleta acabó con su vida.


Miércoles, 20 de junio
EN EFECTO, TONTERÍAS

Recibo un correo de Severiano Delgado, el bibliotecario salmantino que pretendió “desmontar” el mito de Unamuno: “Como he visto que en su blog Café Arcadia se refiere a las tonterías que escribo, tengo el gusto de enviarle mi investigación ‘Arqueología de un mito’, porque estoy interesado en conocer su opinión al respecto”.
            Leo su documentado estudio sobre el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, corroboro que las dice, y así se lo hago saber.
            De su propio trabajo se deduce exactamente lo contrario de lo que hizo creer a Sergio del Molino (¡menudo periodista!), de lo que divulgó El País de entonces (el periódico, como el país con minúscula y sin cursiva, ya es otro).
            El incidente del Paraninfo, en sus rasgos fundamentales, fue conocido casi de inmediato, a pesar de la censura franquista. Y nada tuvo de incidente banal. Fue un acto heroico por parte de Unamuno, nadie más hizo algo semejante (puede compararse con la actitud de otro catedrático, Jorge Guillén, en la inauguración del curso en Sevilla).             
            Copia Severiano Delgado el testimonio de uno de los presentes, Eugenio Vegas Latapie. Menciona Unamuno, en sus improvisadas palabras, a José Rizal, y fue exactamente en ese momento cuando “Millán Astray se puso en pie y lanzó un grito, ahogado en parte por la gran ovación con que fue acogido. Pero yo le oí perfectamente decir ‘Muera la intelectualidad traidora’. Admito que muchos no pudieron oír la última palabra de la frase, por el tumulto que se desencadenó. Entre las imprecaciones, las amenazas y los insultos, llegó a percibirse el ruido característico de algún arma que se montaba. Insisto en que me encontraba muy cerca de Millán Astray; puedo por ello negar rotundamente que lanzara después ningún otro grito, ni mucho menos el famoso ‘¡Viva la muerte!’, que es el grito de la Legión. ¿Lo lanzó, en medio del alboroto, dirigiéndose a los legionarios de los que siempre se hacía acompañar y que se hallaban también en el Paraninfo? No tengo razones para ponerlo en duda. Lo que afirmo es que, después de lanzado aquel primer grito suyo, como réplica a ciertas palabras de Unamuno, tras unos instantes de angustiosa indecisión, él mismo, en voz muy alta y con tono imperativo, se dirigió al rector, que se mantenía erguido en pie detrás de la mesa, para ordenarle: ‘¡Unamuno dé el brazo a la señora del jefe del Estado!’. Es muy posible que esto salvara la vida del rector. Del brazo de doña Carmen salió del Paraninfo entre los insultos y amenazas de muchos de los allí presentes”.
            Esto es lo que cuenta un testigo, esto es lo que reproduce Severiano Delgado. Y sin embargo, en un artículo publicado en El País el pasado 11 de junio, insiste en que no pasó nada, que todos los que intervinieron –Carmen Polo, Millán Astray, Unamuno y el obispo– se despidieron formalmente a la puerta de la Universidad y que incluso todos, salvo el obispo, subieron al mismo coche (¿Millás Astray con su guardia de legionarios? Qué apretujada debió de quedar doña Carmen Polo).
            Después del acto, varios de los participantes fueron a comer, invitados por el Ayuntamiento: “Naturalmente –continúa Eugenio Vegas Latapie–, no se habló de otra cosa que de lo ocurrido por la mañana en la Universidad. Antes de emprender viaje Pemán aquella misma tarde, convinimos en que hablaría yo con el generalísimo, para poder explicar el alcance y las consecuencias del hecho. En carta fechada en Cádiz, el día 16, me preguntaba Pemán: “Estoy preocupado por cómo terminó lo de Salamanca. ¿Hablaste con Franco?”.
            ¿Y por qué se preocuparía Pemán si todo fue un incidente banal recreado fantasiosamente por un tal Luis Portillo en 1941 y luego copiado y hecho popular por Hugh Thomas en un libro traducido al español en 1963?
            Pero todo vale para lograr un minuto de fama, pareció pensar Severiano Delgado. Y encontró el mejor aliado en un diario que atravesaba el periodo más negro de su historia. Y la falsa noticia –la valentía de Unamuno, ¡otro mito de la izquierda!-- se echó a volar por esos mundos, acogida gozosamente por Carlos Herrera y tantos otros comunicadores de su misma categoría.


Viernes, 22 de junio
ACCIÓN DE GRACIAS

Hago recuento de regalos en este mes en que cumplo sesenta y ocho años: las ventanas que se abren de golpe e inesperadamente en un país que olía a cerrado y sacristía; una mañana en San Juan de Luz; el mercadillo dominical de la Place Saint Michel y las primeras ediciones de Paul Léautaud que allí me esperaban; el velero ruso Kruzenshtern, tan alto como una catedral, que me fue a visitar al puerto de San Juan de Nieva, en otro cumpleaños, y ahora vuelvo a encontrar en el puerto de La Lune; el pequeño Martín, que cada día me descubre inabarcables y diminutas maravillas; el té que compro en la Compagnie Anglaise des Thés (Rue Port Neuf, Bayona), ya elogiado por el duque de Angulema cuando pasó por aquí, en 1823, al frente de los cien mil hijos de San Luis; un camino de sirga en Toulouse y el canto apacible de pájaros sin nombre interrumpido por la estridente urraca; la gran roca de la playa de Biarritz y de un poema de Víctor Botas, “El perplejo”, en el que yo voy “camino de Óliver con un puñado de libros y revistas bajo el brazo”; el que siga yendo todavía; una cita de Gabriel Miró: “Es la felicidad la que tiene su olor, olor de mes de junio”; un poema que habla de un ciruelo en flor y del deseo de resucitar a Dios para poder darle las gracias.


[NOTA: Con esta entrega termina el tomo XXI de mi diario, un diario que inició hace casi treinta años Días de 1989. A partir del próximo domingo comienza una serie, titulada La verdadera historia, que continuará durante julio y agosto.]

martes, 19 de junio de 2018

Acción de gracias: Oveja negra



Sábado, 9 de junio
ILUSIONES MÍAS

––Pero ¿tú crees en la posteridad? ¿Crees que dentro de cien o doscientos años se recordará tu nombre? Y en cualquier caso, ¿importa algo?
            ––Sí, a la primera pregunta. No sé, a la segunda. Sí y no, a la tercera. Me gusta la historia de la literatura y creo que el destino natural de los que escribimos es formar parte de ella, aunque sean mayoría los que se quedan en la cuneta. ¿Me quedaré yo? Tengo esperanzas de que eso no ocurra. Claro que si ocurre, si llego demasiado pronto a esa meta, el olvido, a la que hasta Homero acabará llegando, no será demasiado grave, ya que no me voy a enterar. Me hace ilusión pensar que, desaparecido yo y todos los que me conocieron,  habrá un puñado de lectores (tampoco hace falta que sean muchos, más o menos los que tengo ahora) a los que sigan interesando mis libros, se sepan de memoria algunos versos míos.
            ––¿Y qué más te da si no crees en la otra vida y no te vas a enterar?
            ––Nadie deja de hacer testamente porque no se entere de lo que va a pasar tras su muerte. Yo procuro ponérselo fácil a la posteridad para que me recuerde, pero si no lo hace tampoco me voy a enfadar.  


Domingo, 10 de junio
LA VERDAD NO ESTÁ DE MODA

La desfachatez intelectual tituló Sánchez-Cuenca un libro cargado de razón y buen sentido. Parece que esa desfachatez no afecta solo a los intelectuales. Hoy el periodista Carlos Herrera ofrece materia para un nuevo capítulo. Resulta que, en el mismo diario en que me río yo de los disparates de Severiano Delgado a propósito del encontronazo entre Unamuno y Millán-Astray, publica él un artículo en el que da por buena la versión rosa del episodio.
            El 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, no ocurrió nada de particular, fue “un acto bastante banal, muy de aquellos años, en los que se acababan dando cuatro voces y marchando a tomar el aperitivo”.
            Me froto los ojos y vuelvo a leer. Esto no lo afirma un trol o alguno de mis tercos contertulios de los viernes, sino un periodista famoso y en el suplemento dominical más leído.
            Según él, en la España en guerra lo habitual era darle cuatro voces a un mando militar y luego “aquí no ha pasado nada” e irse junto a tomar unas cañas. Vivir para ver, y este señor pontifica cada día en no sé qué emisora.
            Se cree el cuentecillo de que el “Viva la muerte” y toda la parafernalia del enfrentamiento fue un invento del año 41 popularizado en los sesenta. El que esa versión ya circulara en enero del 37, y no solo en España, es algo que carece de importancia.
            ¿Tampoco importa lo que le ocurrió a Unamuno después? Según Herrera, el general y el rector (de inmediato dejaría de serlo), se dieron un apretón de manos y no se fueron juntos de copas porque Unamuno no bebía alcohol. Incluso dice haber visto fotografías de ambos en franca camaradería.
            Qué cosas. Que un periodista invente una noticia falsa que conviene a quien le paga ha sido algo habitual en todos los tiempos; que un periodista serio se crea una noticia falsa inventada por un periódico de la competencia y la propague a todos los vientos es algo menos habitual. Habría que citar a Unamuno: “Dios nos dio el pensamiento como prueba. / Dichoso el que no sabe que lo lleva”.

Lunes, 11 de junio
LA EDUCACIÓN DE UN PRÍNCIPE

Para pareja o yerno, búscate la mejor persona del mundo, pero en una novela o en una película dan poco juego las personas ejemplares. La biografía de Felipe VI tendrá, sin duda, cierto interés, pero la de su padre, cuando pueda contarse con todos sus detalles, será tan apasionante como la mejor serie televisiva, dejará en un juego de niños a Los Soprano.
            Quizá solo otro rey español fue tan querido y popular, Fernando VII. Reinó solo un cuarto de siglo, vivió apenas cuarenta y nueve años, pero por cuántas rocambolescas peripecias tuvo que pasar. El papel de Franco en la vida de uno, lo cumplió Napoleón en la del otro.
            A mí me ha fascinado e intrigado desde que leí los Episodios nacionales (los comencé a leer cuando tenía catorce años y sigo volviendo a ellos como otros al Quijote). Ahora, por fin, puedo conocer al detalle la vida de ese personaje repulsivo y elusivo, el mayor villano de la historia de España, si hemos de creer a la historiografía liberal.
            Emilio La Parra le ha dedicado una biografía ejemplar: bien documentada, bien contada, sin más juicios de valor que los imprescindibles. ¡Cuántos pequeños detalles exactos que ayudan a comprenderlo!  A los diez años, su régimen horario era el siguiente: se levantaba a las seis de la mañana; una vez vestido, reza con su preceptor, que después le instruirá “en algún punto de gobierno o política cristiana”; de siete a ocho, estudia latín; desayuna a las nueve y el maestro le explica después la lección y “le ejercita en lo atrasado”; de nueve a diez y cuarto, se peina y oye misa; luego media hora de lectura de historia y lección de baile; seguidamente pasa al cuarto de sus padres a informarles de su salud y aprovechamiento; vuelve luego a su habitación, donde permanece con el maestro de Historia hasta las doce y cuarto. A esa hora se sirve la comida. Hasta las dos, tiene tiempo libre para hacer lo que le apetezca y dormir la siesta. De dos a tres estudia la lección que por la mañana le haya puesto el profesor de Latín; a las tres sale a dar un paseo con su hermano Carlos y los respectivos acompañantes; al volver del paseo, se dirige al cuarto de sus padres “a preguntarles cómo han pasado la tarde y hacerles manifestaciones de amor filial”; tras la merienda, repasa la lección de Gramática hasta las seis; a esa hora, entra el maestro a explicársela hasta las ocho, en que ha de rezar el rosario junto con su preceptor; después hace examen de conciencia y pide a Dios que le perdone sus defectos; a continuación lee en el Año Cristiano el santo del día; a las nueve de la noche, se le sirve la cena; después puede entretenerse en lo que guste hasta que vaya a la cama, que será a las diez o poco antes. Los meses de verano, se ha de levantar una hora antes, a las cinco de la mañana.
            No sé yo si Franco educó al príncipe de España con tanto rigor como los reyes de España al príncipe de Asturias. En cualquier caso, el resultado no fue muy diferente.


Martes, 12 de junio
ELOGIO DEL ERROR

El azar, como de costumbre, es quien mejores regalos me hace en este mes de mi cumpleaños. En un puesto del Campillín (el off Broadway del Fontán), entre un montón de libros a dos euros, me encontré con la edición de 1928 de la Vida de don Quijote y Sancho, como un regalo del propio Unamuno por haberle defendido de las garras de la posverdad. Es el primer tomo de una edición de sus obras completas iniciada ese año por Renacimiento. Al comienzo aparecen breves comentarios de las firmas “de mayor reputación de las letras contemporáneas”.
            Me sorprende encontrar entre ellas, junto a las de Ramón y Cajal o Pérez de Ayala, a la del poeta Alfonso Camín, aquel superviviente de la bohemia modernista al que yo tuve ocasión de conocer cuando su regreso a Asturias en los años ochenta. Fácil versificador, no tenía ninguna cultura; por las páginas de Cansinos cruza con sus maneras de hampón. Todo un personaje, que encaja mejor en las páginas de una novela picaresca que en las de la historia literaria.
            El prólogo lo firma Unamuno “en el destierro de Hendaya” y en él afirma haber corregido no solo las muchas erratas de la primera edición, “sino los errores del original, hijos de mis precipitaciones de improvisador”.
            Respiro aliviado: yo también soy un improvisador, un fa’ presto, según la expresión italiana. Por eso de vez en cuando meto estrepitosamente la pata. Pero hay ciertos errores que son inseparables de nuestros aciertos, de los de Unamuno y de los míos, si se me permite la petulancia.


Miércoles, 13 de junio
CORRECCIÓN DE ERRATAS

“¿Y qué te parece la dimisión del ministro de Cultura?”, me pregunta un amigo malicioso sospechando que no me hace demasiada gracia.
            ––Yo no habría dimitido, por supuesto. Pero no hay mal que por bien no venga. Desde el principio, fue visto como la única errata en un gobierno ejemplar. Ahora este revuelo por su litigio con Hacienda permite corregir esa errata.
            ––Si dimite, por alguna razón será. El inocente no dimite.
            ––¿Importa inocencia o culpabilidad? Lo que cuenta es el ruido mediático, el barullo y la descalificación, con razón o sin ella. Recuerda los versos de Echegaray en El gran galeoto: “Contra las olas del mar / lucho con brazos viriles. / Contra miasmas sutiles / no hay manera de luchar”. Una mujer perdía su honra en cuando en los corrillos se murmuraba de ella, aunque fuera la más virtuosa del mundo, y el marido tenía que actuar en consecuencia para conservar su buen nombre: en tiempos de Calderón, darle muerte, convirtiéndose así en El médico de su honra. Lo mismo pasa hoy con los políticos si perjudican, con razón o sin ella, a quien los nombró: Pero solo se les hace dimitir
           

Jueves, 14 de junio
VUELA SOLO

Habla Javier Almuzara de su adaptación de Fuenteovejuna (ha convertido la obra de Lope en el libreto de una ópera que se estrena en septiembre). Como llegó a la tertulia hace treinta años, muy jovencito, yo sigo empeñado en darle consejos, aunque hace tiempo que vuela solo y ha dejado de hacerme caso.
            A pesar de ello, como si aún fuera su asesor, anoto algunas observaciones mientras le escucho. La primera de todas, que no se puede hablar en público sin tener el reloj delante y saber la hora exacta en que se ha de terminar; cada minuto de más es un punto de menos en el aprecio al conferenciante, por ameno que sea.
            En segundo lugar, que una intervención pública puede ser hablada o leída (hablada no quiere decir improvisada, sino bien memorizados sus puntos principales y siguiendo un guion), pero nunca las dos cosas. Leer un párrafo y luego glosarlo, nunca da buen resultado: el habla y la escritura tienen ritmos diferentes, casan mal, salvo que lo que se lea sea un cifra o un dato preciso.
            En tercer lugar, conviene no interrumpir un fragmento literario para hacer observaciones como si se estuviera en clase.
            Anoto estos puntos, y otros, pero al final no se me ocurre decirle nada. ¿Para qué? No me iba a hacer ningún caso. Y quizá con razón.


Viernes, 15 de junio
Y NO DIRÉ MÁS

No entiende Iñaki Urdangarín por qué le han condenado, por qué la próxima semana tiene que entrar en la cárcel. Debo de ser el único español al que le da un poco de pena. Dicen que es la oveja negra de la familia, yo le veo más bien como el chivo expiatorio. Siempre fue el yerno ejemplar (le recuerdo en el palco del Campoamor junto a la reina Sofía), que hizo todo lo que le pidieron que hiciera para que la infanta pudiera llevar una vida acorde con su categoría.
            Alterno la lectura de mi folletón favorito, los periódicos, con la de la biografía de Fernando VII, no menos apasionante: nunca hubo tanta distancia entre la verdad oficial, la del rey deseado, y la verdad real, la del malandrín sin escrúpulos. ¿Nunca? A mí el fascinante personaje me recuerda a otro de tiempos más cercanos.


domingo, 10 de junio de 2018

Acción de gracias: En este mundo traidor


Viernes, 1 de junio
LAS COSAS COMO SON

No hablo de política, por supuesto, pero tampoco comulgo con ruedas de molino. Escucho la pataleta final del portavoz del partido que hoy deja el gobierno.
            Dice algo que Pedro Sánchez será presidente por un fraude de ley porque los gobiernos los eligen los españoles y no oscuros pactos de despacho. Y yo, que he prometido no hablar más de política, y que cumplo siempre mi palabra, no puedo por menos de recordar cómo llegaron al poder los que hoy nos abandonan por la puerta de atrás.
            Rajoy fue el candidato más votado en  2015, pero a pesar de ello no solo no formó gobierno, sino que ni siquiera aceptó el encargo del rey para intentarlo. Cuando se repitieron las elecciones, volvió a serlo, pero tampoco podía ser investido presidente, ni en primera ni en segunda vuelta, porque los síes eran menos que los noes.
            Fue entonces, y no ahora, señor Hernando, cuando se puso en marcha una operación de despachos para hacerle presidente violentando la decisión de los votantes. Intervinieron en ella Felipe González, Juan Luis Cebrián y muchos otros próceres. Se opuso el que hoy será presidente del gobierno, que se negó  a estafar a quienes le habíamos votado.
            No hace falta que recuerde lo que ocurrió: se le obligó a irse, por ser fiel a su palabra, y se puso al frente del partido a un títere que, sin consultar con la militancia, cambió el “no” a Rajoy por un “quédese usted, señor Rajoy, que los mercados le necesitan”. Javier Fernández, intentando justificar lo injustificable, pronunció una de esas frases que merecen grabarse con letras de oro en el Congreso: “lo democrático es abstenerse para que no haya elecciones”. ¡Lo democrático es que no haya elecciones!
            Resumo: Rajoy volvió a ser presidente del Gobierno en 2016, no por voluntad de los españoles (que claramente habían dicho que debía irse), sino porque se obligó a decenas de diputados (solo unos pocos resistieron) a votar en contra de su compromiso electoral. La segunda legislatura de Rajoy fue legal (se cumplieron formalmente todos los requisitos), pero de dudosa legitimidad: no contaba con el apoyo de la mayoría de los diputados, sobre todo después de que los militantes, que son quienes deciden, recuperaran el poder en el partido socialista.
            En fin, que la moción de censura ha permitido, por fin, que tengamos un presidente acorde con los resultados de las elecciones de 2016: el que han decidido, y por mayoría absoluta, los diputados, libremente y sin imposición externa alguna: en la votación anterior se les obligó desde fuera del Parlamento a votar contra su conciencia y contra sus electores.
            ¿Recordar esto es hablar de política? Creo que no. Es solo que aún no he perdido la memoria. Y no sé si seré o no tan inteligente como me creo, pero de una cosa estoy seguro: mi inteligencia (poca o mucha) está bien educada: trata de buscar siempre la verdad de los hechos, no la que a mí me conviene.


Sábado, 2 de junio
BASTANTES MÁS

¿Y si, cuando alguien deja de ser tu amigo, en lugar de lamentarlo sientes que te has quitado un peso de encima?
            A mí me ha pasado con tres o cuatro. ¿A cuántos les habrá pasado conmigo? Seguro que a bastantes más.


Domingo, 3 de junio
RECURRENTE PESADILLA

Entro a ver Basada en hechos reales, la película de Roman Polanski, sabiendo que lo voy a pasar mal. Lo que cuenta es una de mis recurrentes pesadillas, la admiradora que acaba convirtiéndose en carcelera.
            He tomado todas las precauciones para que eso no ocurra, la principal de todas no ser importante. “La celebridad atrae a los chiflados como la luz a las polillas”, me dijo una vez Rosa Montero. Yo ni he tenido ni tendré nunca que firmar horas y horas (solo de pensarlo me entran sudores fríos), como la protagonista de la película de Polanski (y de la novela de Delphine de Vigan), pero poseo un peligroso talón de Aquiles: soy muy sensible a la adulación.
            Me aterra la sonriente admiradora que llega con un libro mío a Las Salesas, que me pide permiso para volver, que me regala por mi cumpleaños una primera edición de Cantos de vida y esperanza (“Sé que te gustan estas cosas”, “Te habrá costado una fortuna”, “Ni un euro, un tío abuelo o bisabuelo mío fue amigo de un poeta de Cádiz, Eduardo de Ory, amigo de Rubén Darío”), que pasa a visitarme a casa un día que me retiene la gripe, que me pone la mano en la frente para ver si tengo fiebre, que se hace con una copia de mis llaves no sé bien con qué pretexto… Escapo a tiempo, pero dejando jirones de piel entre sus garras.
            Veo la película de Roman Polanski y me veo a mí mismo resbalando por las escaleras, rompiéndome una pierna, necesitando ayuda durante meses… Y a una angelical admiradora ofreciéndomela y esforzándose en no molestar hasta que el caballo de Troya está dentro de los muros, y entonces se quita la careta y comprendo que no tengo escapatoria.
            Es estas cosas pienso mientras veo la película de Polanski, con estas cosas sueño a menudo. Afortunadamente siempre me despierto en el último momento, cuando estoy a punto de casarme con la viuda de Rafael Alberti, o peor aún con otra viuda de cuyo nombre no quiero acordarme.


Lunes, 4 de junio
¡MUERA LA INTELIGENCIA1

El profesor Antonio Insuela, de cuyo minucioso conocimiento de la historia literaria siempre saco buen provecho, me pasa unas fotocopias de El Diluvio, “diario republicano y federal”, publicado en Barcelona hasta el final de la guerra civil.
            En la primera página del 27 de enero de 1937, encuentro el siguiente titular: “Las últimas palabras de Unamuno”. Tomando como fuente “un periodista extranjero, recién llegado de Salamanca”, se nos describe el famoso acto del 12 de octubre del 36: “Unamuno presidía, representando al general Franco. Aunque no tuviese intención de intervenir, el ataque dirigido a los vascos provocó por su parte una apasionada réplica: ‘Se ha hablado aquí de la España y de la anti-España. Pues bien, yo afirmo que en los dos lados hay patriotas y anti-patriotas. Yo me considero atacado, como vasco, y el obispo de Salamanca, sentado a mi lado, es catalán. Nosotros dos somos tan españoles como vosotros, por lo menos. Del lado rojo, nos dicen que las mujeres van a luchar al frente. En este lado, las mujeres no toman noblemente parte en la lucha. pero llevando medallas o insignias asisten a los fusilamientos y a las ejecuciones’. En este momento se produjo un escándalo indescriptible. El general Millán Astray, el Goebbels español, se levantó gritando: ‘¡Muera la inteligencia!’ Este grito sacrílego en la Universidad de Salamanca causó una enorme sensación. El profesor Bermejo protestó e hizo notar: ‘¡Estamos aquí en la casa de la inteligencia!’. El poeta monárquico Pemán exclamó: ‘No, no digamos muera la inteligencia, sino mueran los malos intelectuales’. La sesión terminó entre mumullos y Unamuno fue destituido de su cargo de rector vitalicio y sustituido por el profesor Madruga”.
            Una rápida consulta en Google me permite encontrar la misma información, y el mismo día, en el diario ABC, con el antetítulo “Si quieres aprender, no vayas a Salamanca” y el título “¡Muera la inteligencia!”. Se indica la fuente: el diario francés Vendredi.
            Sigue luego, en ambos casos, una entrevista con Unamuno en la que precisa el sentido de su intervención. Y yo, al leerlo, recuerdo el revuelo que hace un mes causó un artículo de El País,  “Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray”. Resulta que según Severiano Delgado, historiador y bibliotecario, nada ocurrió como se nos ha contado. Todo es un mito creado por Luis Portillo en un relato que se publicó, traducido al inglés, en 1941. Se volvió a publicar en 1953, pero en España no se enteró nadie del asunto hasta que en 1961 lo citó Hugh Thomas en su estudio de la guerra civil.
            Recuerdo que, cuando leí ese artículo, firmado por Sergio del Molino, un escritor presuntamente serio, como el diario en que aparecía, no pude contenerme y escribí al margen: “¡Qué bobada!”, que es lo que digo siempre que leo o escucho una bobada. Tuvo un cierto recorrido y fue comentado por otros periódicos como un gran descubrimiento que echaba por tierra uno de los mitos de la izquierda.
            Sergio del Molino afirmaba muy seriamente: “Toda la investigación de Severiano Delgado se basa en documentos digitalizados de acceso gratuito en bibliotecas y archivos, por lo que cualquiera puede comprobar su investigación desde su casa”.
            ¿Y por qué no lo comprobó Sergio del Molino o el propio periódico? Está claro que no tiene un servicio de fact check como el de The New Yorker. El relato de los hechos no puede preceder de una invención de 1941 porque ya se había publicado en varias ocasiones años antes. El “historiador” (qué cosas) Severiano Delgado reconstruye lo que de verdad ocurrió aquel 12 de octubre basándose “en los pocos testigos del acto que escribieron su testimonio”. Pero entre esos pocos testigos se olvida del principal, Miguel de Unamuno, que anotó previamente los puntos de su intervención en un sobre (se conserva en su casa-museo) y que comentó el acto en varias cartas, entre ellas dos, estremecedoras, a Quintín de Torre: ”¡Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray!”
            Esas cartas, por cierto, no están inéditas ni publicadas en oscuros centones universitarios, sino recogidas en dos volúmenes de la colección Austral. Si Severiano Delgado es bibliotecario debe ser de esos que no tienen por costumbre leer los libros que fichan ni los documentos que custodian.
            Y luego en El País se escandalizan de la gran cantidad de fake news que circulan por las redes. Es como si un equipo de científicos que trabajara para un laboratorio farmacéutico que nos vende costosos medicamentos que no curan nada pero tienen dañinos efectos secundarios pusiera el grito en el cielo porque un charlatán de feria trata de vender una pócima que lo cura todo.


Martes, 5 de junio
SE REPITEN, ME REPITO

Afirma el anterior presidente del Gobierno que se va por oscuras maniobras y no porque haya perdido “el respaldo de los españoles”, ya que fue el candidato más votado en las últimas y en las penúltimas elecciones.
            Lástima que no estuviera yo delante cuando dijo esas palabras. Sin meterme en política, allá cada uno con sus ideas, le respondería: “Vamos a razonar un poco, señor Rajoy. En las elecciones de 2015, usted, aunque perdió más votos y más escaños que nadie respecto de las anteriores, fue efectivamente el candidato más votado. Y el rey, cumpliendo con su deber, le encargó formar gobierno. ¿Lo formó usted? No, señor, ni siquiera lo intentó. Le dijo al rey que se buscara a otro que usted ni se tomaba la molestia de ir al Parlamento. ¿O sea que entonces sabía que es presidente del Gobierno quien obtiene la confianza de la cámara y no directamente el candidato más votado en las elecciones? ¿Lo ha olvidado desde entonces? No ofenda nuestra inteligencia, señor Rajoy”.


Miércoles, 6 de junio
VIDA SANA

Sonrío al leer los tuits sobre el deporte del nuevo ministro de Cultura. Me siento identificado. Como he dicho más de una vez, yo llevo una vida muy sana: no fumo, no bebo, no hago deporte.


Jueves, 7 de junio
MIENTE CAMPOAMOR

En este mundo traidor / algo es verdad o es mentira, / no todo es según color /
del cristal con que se mira.