UN PISTOLETAZO
Decía Stendhal que la política en una obra literaria es un pistoletazo en un concierto. Por eso yo procuro no hablar de política, sino contar historias. La de aquel rey español, aunque no de España (entonces aún no se había inventado España) que puso precio a la cabeza de un rival político, por ejemplo. El rey se llamaba Felipe II y era, por la gracia de Dios, “rey de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de Nápoles, de Sicilia, de Mallorca, de Cerdeña, de las Indias y
Tierra Firme del mar Océano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Lorena, de Bramante, de Luxemburgo y de Milán; conde de Flandes, de Artois, de Borgoña; conde palatino de Hainaut, de Holanda, de Zelanda, de Namur y de Zutphen; príncipe de Suabia; marqués del Sacro Imperio; señor de Frisia, de Salinas, de Malinas, de Utrecht, y gobernador de Asia y África”.Su rival, el príncipe Guillermo de Orange, Guillermo el Taciturno, había sido gobernador general de los condados de Holanda y Zelanda y ahora encabezaba la revuelta de los Países Bajos contra aquel soberano dispuesto a mantener el catolicismo a sangre y fuego en todos sus territorios.
En marzo de 1580, le declara “traidor y hombre pérfido” y por ello prohíbe a todos sus súbditos “fueren del estamento que fueren, frecuentarlo, hablar o establecer contacto con él, abiertamente o en secreto, así como darle cobijo o atender a cualesquiera otra de sus necesidades”. Tras considerarlo “enemigo de la humanidad”, ofrece a quien le quite la vida “ya sea con buenas tierras o con dinero, según su voluntad, la suma de veinticinco mil coronas de oro, el perdón de cualquier delito que pudiera haber cometido y armarle caballero, si no fuera noble”.
Poco antes de las dos de la tarde del 10 de julio de 1584, Guillermo de Orange se levantó de la mesa donde había comido con sus familiares para dirigirse a las habitaciones superiores de su residencia en Delft. Se detuvo un momento para saludar a los militares que le protegían. Cuando se volvió para empezar a subir la escalera, un agente recién reclutado, Baltasar Gérard, dio un paso adelante, apuntó y le disparó las tres balas que su pistola llevaba en la recámara. El príncipe cayó herido. Trasladado a la estancia contigua, su mujer y su hermana trataron en vano de restañarle las heridas. Murió a los pocos minutos.
Gérard fue torturado y ejecutado. El rey Felipe cumplió su palabra y la familia del asesino, que vivía en el Franco Condado, recibió la recompensa prometida en buenas tierras y en dinero constante y sonante. En el siglo XVI todavía no se había inventado España, pero ya se había inventado el terrorismo suicida.
El pistoletazo de Gérard fue el primero que cambió el curso de la historia. La pistola que empuñaba era una de las principales innovaciones tecnológicas del siglo. Su mecanismo de llave de rueda –semejante al del reloj de bolsillo— hacía que no fuera necesario pararse a preparar el arma antes de utilizarla. Podía llevarse lista y escondida; sacarla, apuntar y disparar con una sola mano. Era el arma ideal para la defensa propia y para el asesinato político.
Pero de política yo no quiero hablar. ¿A qué molestar a nadie diciendo que ni ese asesinato ni las minuciosas barbaridades del duque de Alba –el 2 de diciembre de 1572 mandó matar a todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad de Naarden— pudieron nada contra la voluntad independentista de las Provincias del Norte?
Domingo, 13 de diciembre
UN BANQUETE
Como cualquier cosa, siempre que sea fácil de preparar, pero colecciono libros de cocina. Uno de mis preferidos es El practicón, de Ángel Muro, publicado en 1894. Tomo muy en cuenta las indicaciones protocolarias de don Ángel Muro: “En la colocación de los invitados es donde se ve el tacto y la inteligencia del anfitrión. Por lo tanto, debe este saber perfectamente el flaco y el fuerte de cada uno de sus huéspedes. Hay que emparejarlos con maña y picardía. Al lado de un viejo amable y simpático se puede sentar a una jovencita alegre y decidora. Un general, por ejemplo, de la clase de militarotes no se encontrará mal teniendo por el flanco derecho a una dama instruida y por el flanco izquierdo a un escritor de chispa. A los magistrados severos y a los pedantes profesores de Universidad les conviene la sociedad de una coqueta o de un sietemesino de la clase de inútiles, y así por el estilo. Conviene evitar las discusiones políticas y religiosas. El que convida debe saber que está obligado a hacer la felicidad de sus comensales, por lo menos durante todo el tiempo que estén bajo su techo”.
Lunes, 14 de diciembre
PEROS AL OLMO
Inés Illán recuerda la canción de García Calvo: “Libre te quiero, / pero no mía”. Y yo le pongo reparos gramaticales: “Si te quiero libre, sobra ese ‘pero’, ya está claro que no te quiero mía”. Inés me replica: “Tú es que eres capaz hasta de ponerle peros al olmo”.
Yo, en cuestiones de amor, sea amor erótico o maternal, prefiero otra frase: “Si no me quieres libre, no me quieres”. Y en cuestiones de política, aunque yo nunca me meto en esas cuestiones, también.

Martes, 15 de diciembre
AÚN NO
Antes de la lectura de poemas, organizada por una incombustible Mariam Suárez, tomo un café en el bar de la Casa de Cultura. Cuántos fantasmas. Hace cincuenta que vine a vivir a Avilés, hace treinta y ocho que publiqué mi primer libro y comencé a dar clases, hace treinta que comenzó la tertulia de los viernes y los miércoles y ahora de casi todos los días… Soy un hombre rutinario, ciertamente. Así me hago la ilusión de que el tiempo no pasa. Pero pasa, y se va llevando amigos y enemigos, y a quien no se lo lleva lo convierte en caricatura de sí mismo.
Tomo un café solitario y amargo y, por un instante, siento el vértigo del tiempo. Todo sigue igual, pero quienes pasan a mi lado me miran y no me ven; quizá ya solo soy un fantasma que vuelve.
Pero no, todavía no. Todavía –no sé si afortunadamente— solo soy un aprendiz de fantasma.

Miércoles, 16 de diciembre
OTRO BANQUETE
El príncipe Félix Yussupov no hizo precisamente la felicidad de su invitado aquel día de diciembre. Sabiendo que era goloso le preparó media docena de pasteles, tres de crema y tres de chocolate. Tras retirar la parte superior, espolvoreó en ellos una dosis de cianuro capaz de matar un caballo. También vertió cianuro en las copas. Luego fue a buscarle. Grigori Yefimovich, al que muchos tenían por santo, sentía una especial debilidad por el príncipe. Le consideraba su mejor amigo. Aunque frecuentaba a los emperadores, que nada decidían sin su consejo, se alegraba especialmente de que por primera vez lo invitara a su palacio. En el comedor había un armario con múltiples cajones que llamó la atención de Grigori. Se puso, como un niño, a jugar con él. Al principio rechazó los pasteles. “No quiero, son demasiado dulces”, dijo. Pero luego cogió uno, y después otro. Pidió de beber, y el príncipe le a
largó la copa que contenía el cianuro. Saboreó la bebida. Cada vez estaba más contento. A un lado de la habitación vio una guitarra. “Toca algo alegre”, dijo. “No me siento con ánimos”, respondió el príncipe, que esperaba verlo caer muerto y estaba aterrado al comprobar su resistencia. Pero cogió la guitarra y comenzó a cantar. El monje cerró los ojos. El príncipe creyó que el veneno comenzaba a hacer su efecto. Pero al terminar la canción, dijo: “Canta un poco más. ¡Pones tanto sentimiento!”. Se oyó un ruido en la parte alta de la casa. “¿Quiénes son?”, preguntó súbitamente alarmado. “Voy a subir a ver qué ocurre”. Arriba le esperaban el gran duque Dimitriv y otros cómplices, extrañados por la tardanza. “¿Ya está?”, preguntaron. “El veneno no le ha hecho nada”, “No es posible. ¡Si la dosis era enorme! ¿Lo ha tomado todo?”, “¡Todo!”. Alguno propuso que bajaran a estrangularlo entre todos. Pero el príncipe prefirió coger el revólver del gran duque y bajar solo. Grigori estaba adormilado, pero abrió los ojos y se alegró al verle. Luego se acercó al pequeño armario que le había gustado tanto y se puso otra vez, como un niño, a jugar con los cajones. “Gregori Yefimovich, sería preferible que rezase una oración”. Sacó el revólver que llevaba escondido a la espalda. El monje tenía una mirada dulce, extraña en él, que no reflejaba miedo ni sorpresa. Apretó el gatillo. Se oyó un rugido salvaje y cayó sobre la alfombra. Los cómplices acudieron corriendo. La bala había atravesado el corazón; no había duda, estaba muerto. Subieron a celebrarlo. “No me puedo creer que nos hayamos librado de él”, dijo el príncipe. Y bajó para regodearse con la contemplación del cadáver. Pero cuando lo estaba mirando, abrió los ojos, unos ojos verdes de víbora, y los clavó en él. Luego comenzó a echar espumarajos por la boca y un rugido salvaje hizo retemblar la habitación. “Se abalanzó sobre mí –contaba el príncipe—; sus dedos intentaban agarrarme el cuello, los ojos se le salían de las órbitas y de sus labios brotaba sangre. En tono de voz bajo y ronco me llamaba una y otra vez por mi nombre”. Con un empujón logró quitárselo de encima y escapar escaleras arriba. El monje arrastrándose, le seguía. De pronto descubrió una puerta secreta, cerrada con llave, que daba acceso al patio. Para gran sorpresa del príncipe, la empujó y se abrió. Echó a correr. Los conjurados le siguieron disparando una y otra vez sus armas. Por fin se tambaleó y cayó junto a un montón de nieve. Comprobaron que estaba muerto. Pero cuando fueron a recogerlo para arrojarlo al río, notaron con espanto que Rasputín aún había encontrado fuerzas para arrastrarse unos cuantos metros.
Jueves, 17 de diciembre
CUÁNTAS VECES
Cuántas veces, queriendo hacer el bien, hacemos el mal. No hay bondad sin inteligencia. Quizá la verdadera bondad sea solo la forma suprema de la inteligencia.
Viernes, 18 de diciembre
LO QUE DIJO EL PRÍNCIPE
Un amigo mío conoció en París al príncipe Yussupov, allá por los años sesenta, y le preguntó si, sabiendo todo lo que vendría después, la guerra civil, las hambrunas, las purgas de Stalin, habría cometido su crimen. Y el príncipe, ya con síntomas claros de senilidad, le dio una respuesta enigmática: “Tenía que hacerlo; era el demonio, y el demonio se había enamorado de mí”.
El crimen fue en Granada, ¡en su Granada!, escribió Antonio Machado en el poema que dedicó a la muerte de García Lorca. El crimen fue en Perugia, en mi Perugia, podría decir yo a propósito del asesinato de Meredith Kercher, estudiante británica de 21 años.



















