viernes, 7 de agosto de 2020

Sosastris, Melquiades y el rey que rabió




Esta historia que os voy a contar ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en un país remoto de cuyo nombre no quiero acordarme.
            En ese país había un rey, un burro y un niño. El rey era viejo, muy viejo, y se pasaba el día contando las monedas de oro que tenía guardadas en una habitación y no se preocupaba para nada de sus súbditos, que pasaban hambre cuando las cosechas eran malas, pero que nunca echaban la culpa de sus desdichas al rey, sino a su primer ministro.
            El primer ministro se llamaba Sosastris y era listo, muy listo, pero era un burro. Un burro de los que rebuznan y tienen largas orejas y acarrean leña de un lado a otro.
            El tercer personaje de esta historia se llamaba Melquiades, tenía casi cuatro años y era un poco trasto, pero de buen corazón y todo lo suyo lo repartía con los otros niños..
            Un día el rey se quedó dormido mientras contaba sus monedas. Al despertar dio un grito y toda la servidumbre de palacio acudió a ver qué pasaba.
            ---¡He tenido una pesadilla! Que me traigan una silla.
            Le trajeron una silla muy incómoda, porque era toda de oro, pero es que un rey no puede sentarse en una silla cualquiera.
            ----Os diré lo que he soñado y que tanto me ha alterado.
            Todos los cortesanos le rodearon, aparentemente con mucho interés, pero solo aparentemente.
            ----Lo que sueñe el viejo loco nos importa más bien poco –pensaban.
            A aquel rey no le quería nadie porque no se preocupaba por nadie, solo por contar sus monedas de oro.
            ----Soñé que iba a ser destronado, que todos de mí se han cansado.
            ----Es un sueño, majestad, no es ninguna realidad.
            ----¿Quién ha dicho esa simpleza? ¡Que le corten la cabeza!
            Aquel rey no soportaba que le contradijeran. Se llevaron al que había hablado, pero no le cortaron la cabeza, porque en aquel reino el verdugo era también peluquero y prefería cortar el pelo.
            ----A cepillo o a tijera, como el cliente quiera.
            Sosastris, que estaba arreglando los asuntos de gobierno, vino al trote en cuanto se enteré del enfado real.
            ----¿Qué ocurre, mi señor? ¿Qué os causa tanto dolor?
            ----¡Sosastris, eres un burro! ¡Contigo siempre me aburro!
            ----¿Queréis que os cuente un cuento? ¿El del dragón y el jumento!
            ----¡Buen jumento estás tú hecho! ¡Así te caigas del techo!
            El rey se había caído una vez del techo del palacio, a donde había subido para recoger una moneda de oro que le había robado una urraca, y desde entonces esa era su maldición favorita.
            ----Perdón, perdón, majestad. Soy un pollino, en verdad.
            ----Mientras dormía como un leño, soñé que un niño pequeño, se acercaba a mi palacio caminando muy despacio. A un lado y a otro miraba. ¡Yo sé bien lo que buscaba! Buscaba mi gran tesoro, aquel que cagó el moro. A mi guardia quise llamar, pero no podía ni hablar. Desperté muy tembloroso, como quien ha visto un oso. En torno a mí no había nada, salvo granos de granada y un poco de la sandía que me comí el otro día.
            Sesostris, que aunque era un burro era un sabio, dijo:
            ----Calma, calma, majestad. Los sueños no son verdad. Por favor, yo os lo imploro, volvamos donde el tesoro.
            Fueron todos a la cámara del tesoro y la encontraron vacía.
            ----No era como tú me dices por tocarme las narices. Mi sueño era verdad. ¡Soy pobre de solemnidad!
            Sosastris, discretamente, llamó al jefe de la guardia.
            ----Ya sé que te gusta robar a este viejo carcamal, pero esta vez te has pasado. ¡Devuelve lo que has robado!
            ----Robar, yo no robo nada, salvo a veces la soldada. Y es que este viejo loco nos paga nada o muy poco. Os juro que no fui yo el que todo se llevó.
            En la plaza que había delante del palacio comenzó a oírse un gran alboroto.
            ---¿Pero qué tumulto es ese? ¿Es que ahora quieren mi cese?
            Sosastris se asomó al gran balcón desde el que rey daba sus discursos, que siempre eran muy aplaudidos, y volvió extrañado.
            ----No comprendo lo que pasa, pero todos ríen sin tasa, como si en este día les tocara la lotería.
            ----¡Imposible, imposible! Tal cosa es increíble. Siempre es a mí a quien toca aquí. Por algo yo soy el rey, no la mula ni el buey.
            Un cortesano, que había salido a ver qué pasaba, volvió muy alborotado.
            ----Hay un niño pequeño que con gesto risueño a todo el que lo necesita le da una monedita. “Para que compres pan”, le dice a cualquier patán. “Para que compres vino”, le dice al peregrino. “Cómprate una baldeadora”, le dice al bebé que llora.
            ---¿Y cómo logró reunir lo que intenta repartir? El padre ¿a qué se dedica? ¿Tiene acaso una botica?  ¿Convierte el oro en plomo? ¡Pues ya me dirá cómo!
            ----El padre, señor, es poeta. Hacer versos es su meta.
            ----¿Y cómo es rico con eso? ¡Que no me la dé con queso! ¡Que me traigan al instante, a ese padre y a su infante!
            ----Señor, ¿qué queréis de mí? Solo soy un infeliz.
            ----Quiero, quiero, mi dinero.
            ---Pues yo, señor, soy poeta y no tengo una peseta.
            ----Vuestro, hijo, lo reparte a todos con mucho arte.
            Se oyó entonces un gran alboroto. La muchedumbre rompió las puertas del palacio y los guardia y los cortesanos huyeron aterrados, salvo Sosastris, que no tenía miedo a nada y se escondió tras una cortina a ver en qué paraba aquello. El rey se quedó solo. Al frente de la multitud iba un niño pequeño.
            ----Tú mi tesoro has robado. ¡Eres ladrón consumado!
            ----Yo soy un niño decente y no le robo a la gente.
            ----¿Y de dónde sacas, monicaco, lo que das si no eres caco?
            ----De un sueño que he tenido cuando estaba más dormido. Y al despertar de mi sueño se me quedaba pequeño mi cuarto con tanto oro.
            ----Ese era mi tesoro, que yo perdí en otro sueño. Devuélvelo, pequeño. No me hagas enfadar.
            ---No tengo nada que dar, que todo lo he repartido. El dinero que has perdido no era tuyo mi señor, os lo juro por mi honor, era de toda la gente que ya estaba impaciente por no tener que comer.
            ---¡Y yo que tengo que ver!
            ---Era vuestra obligación que tuvieran su ración. Hacer a todos felices y no tocarles las narices.
            De detrás de las cortinas salió entonces Sasostris, el primer ministro, que aunque era un burro era un sabio.
            ---Qué razón tiene este niño --dijo haciendo un guiño a los guardias armados.
            ----¿Por qué estáis tan callados? ¿No veis que miente? ¡Detened a esta gente!
            “Viva el rey, viva el rey”, comenzó a gritar la multitud. El rey cerró los ojos complacido.
            ----Sigo siendo el rey, siempre triunfa la ley.
            Pero cuando abrió los ojos, vio que la multitud alzaba en hombros al pequeño Melquiades y lo llevaba hasta el trono.
            “¡Soy el rey, soy el rey!”, gritaba el antiguo rey. Y un mendigo que pasaba sonrió mientras miraba.
---¡Y yo soy Napoleón!
            ---Te concedo mi perdón --le dijo el niño pequeño siempre, siempre tan risueño--. Mala cosa es la avaricia y el que con ella se envicia, no puede ser rey, señor, os lo juro por mi honor. Idos a las islas griegas a que os den algunas friegas. O quizá a Santo Domingo para que os pongan el mingo, que es cosa bastante fea que en una cárcel se os vea.
            Y aquí se acaba la historia, guardadla en vuestra memoria.

           

domingo, 2 de agosto de 2020

El bazar de las sorpresas: El amor y otras amenazas


  
EL MIEDO ES LIBRE

Por mi profesión, o afición, o como quiera que se llame, estoy acostumbrado a las amenazas. Más o menos desde 1975, desde que comencé a publicar Jugar con fuego, me he dedicado a comentar los libros de mis contemporáneos. ¿De cuántos habré hablado? De algunos miles, y bastantes de ellos, la mayoría, firmados por poetas.
            Durante bastantes años, además de los libros que comentaba en letra impresa, me refería a muchos otros en carta particular. Tardé en aprender el arte de la mentira cortés, que ahora manejo tan bien como cualquiera. Quien haya tenido algún trato con poetas, o con alguna otra clase de escritores, sabrá la poca gracia que les hace el menor reparo. Y mi especialidad fue siempre poner el dedo en la llaga.
            O sea, que estoy acostumbrado a los anónimos amenazadores. Pero a nada más. Nunca un poeta maltratado se acercó a agredirme físicamente, como a Umbral aquel día en el café Gijón.
            Hasta hoy. Paseaba yo, a solas, por una de esas sendas perdidas que abundan en los alrededores de Oviedo. A pesar del empeño de las autoridades por impedirlo, sigo haciendo todo lo posible por cuidar mi salud.
Todos los días camino unas dos horas al aire libre. Es entonces cuando el cerebro me funciona mejor, y no solo la parte racional del cerebro: casi todos mis poemas han comenzado en esas caminatas. Antes me gustaban los barrios de las afueras, solitarios, con la melancolía del atardecer. Ahora me los han prohibido a no ser que me cubra la cara con un trapo que me dificulta la respiración. Antes también me gustaban los parques recién amanecidos o cuando se van quedando solos en las primeras horas del anochecer. Ahora están rigurosamente prohibidos a no ser que le ponga trabas a la llegada del oxígeno a mis pulmones. Están prohibidos aunque no esté legalmente prohibidos: el veto de la Consejería de Sanidad (¡de Sanidad, qué paradoja!) afecta solo a las vías públicas, pero la policía la aplica a cualquier espacio público.
Solo me quedan las sendas rurales para poder caminar a mi aire. Pero he de andar con cien ojos. En cuando veo de lejos a alguien, aunque sea solo una persona, tomo por un sendero lateral o me adentro en el prado: podría considerarse una “aglomeración”, que ya no significa lo que indica el diccionario sino –cito la Resolución del 14 de julio-- lo que determinen “las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y los órganos autonómicos y locales competentes”. Es la teoría de Alicia en el país de las maravillas: las palabras no tienen significado, significan lo que quien manda quiere que signifiquen.
            Caminaba yo, aspirando libremente el aroma de la naturaleza, pensando vagamente en mis cosas, dejando que el ritmo se fuera llenando de palabras en mi cabeza, cuando en una especie de pradera, bajo un árbol, vi a un enmascarado haciendo flexiones. De inmediato me puse en guardia, y aunque estaba a cierta distancia, busqué un senda alternativa para no pasar a menos de cincuenta o cien metros. Daba miedo, la verdad: una máscara negra le cubría el rostro hasta el borde mismo de los ojos, que llevaba cubiertos con unas gafas negras.
Me vio y antes de que pudiera hacer nada vino corriendo hacia mí y me dio un empujón. Eché a correr sin presentar batalla. No me alcanzó: el miedo, no Red Bull, es quien te da alas. Pude comprobar además que, aunque estaba haciendo flexiones, era gordito y fofo, con más pinta de poeta que de deportista. Y vagamente creí reconocer en esa silueta a la de un poetastro al que yo había maltratado reiteradamente con mi silencio sobre su obra. Pero, si intenta darme una paliza, o me rompe la cabeza con una piedra, ¿cómo iba yo a describírselo después a la policía o señalarlo en una rueda de reconocimiento?
            Pasear al aire libre, cuidar de la salud, se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Uno de los episodios de Galdós se titula El terror de 1824. Yo voy tomando notas para un episodio nacional, que algún día se publicará, El terror de 2020. A unos, la mayoría, les aterra una enfermedad que va perdiendo virulencia; a otros, los pocos lúcidos, les aterran unas medidas de carácter político, no sanitario, presuntamente contra esa enfermedad, que van aumentando en virulencia y que no llevan trazas de desaparecer.


OTRO POEMA DE AMOR

Qué tardíamente llegas a mi vida,
amor, que ya ni en sueños esperaba.
Todo tiembla después de tu venida
y se derrumba lo que firme estaba.

Vuelvo a ser infeliz, vuelvo a estar triste,
a caminar por una selva oscura.
A tu embate tenaz nada resiste,
qué amarga se me torna esta dulzura.

Dulzura inagotable del ocaso,
de amigos libros y de ajeno mar
cuya orilla recorro paso a paso,
ya sin gana ninguna de embarcar.

¿A qué esta inquietud, este desvelo,
este infierno mejor que cualquier cielo?



EXILIO

Preguntado Sócrates sobre en qué momento un ciudadano debería pensar en abandonar su país, respondió:
----Cuando el gobernante toma medidas que ofenden a la inteligencia y la mayoría de los gobernados no se sienten ofendidos


VANIDAD

Preguntado Nietzsche sobre si no consideraba un acto de vanidad proclamarse la persona más inteligente del mundo, respondió:
----Eso no quiere decir que valore en mucho mi inteligencia, sino que valoro en bastante menos la de mis contemporáneos.


LIBERTAD

Preguntado Manuel Azaña sobre la libertad, respondió:
-----La libertad es como el aire, apenas si se repara en ella cuando se tiene; se echa de menos cuando empieza a faltar.
----¿Y entonces por qué tan pocos la echan hoy en falta?
-----Porque la mayoría respira por branquias.
  
HIJO

Preguntado Jesús de Nazaret sobre si en verdad era el hijo de Dios, respondió
----Yo solo sé que soy el hijo de María.

AMOR

Preguntado don Giovanni, tras vanagloriarse una vez más de sus “mille e tre” amantes, sobre qué era el amor, respondió:
----Aún no lo he probado.
  
SED

Preguntado San Juan de la Cruz por el amor, respondió:
----Es una sed que no se sacia por mucho que bebas.


SHAKESPEARE

Preguntado Shakespeare sobre si había escrito o no sus obras, respondió con otra pregunta:
----¿Ha escrito Dios la Biblia?


FELICIDAD

Preguntado Montaigne por lo que necesitaba para ser feliz, respondió:
            ----Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve que no perturben deudas ni pesares.


AMISTAD

Preguntado Ramón Gómez de la Serna por la amistad, respondió:
            ----Los amigos son como los paraguas, muy útiles cuando llueve y un engorro cuando no los necesitas.


ESCRIBIR

Preguntado Azorín por el arte de escribir, respondió:
----Ni una palabra de más ni una idea de menos.


ÉXITO

Preguntado Camilo José Cela por el éxito, respondió:
----Por mucho que se tenga, siempre sabe a poco.


FAMA

Preguntada Marilyn Monroe por la fama, respondió:
---Un rentable engorro.


LÁZARO

Preguntado Lázaro sobre si era mejor estar vivo o estar muerto, respondió:
----Lo mejor es no estar.


MUERTE

Preguntado Ángel González sobre si no le tenía miedo a lo que hay después de la muerte, respondió:
            ----Le temo a lo que hay antes.






domingo, 26 de julio de 2020

El bazar de las sorpresas: El huevo de la serpiente


  
INCIDENTE EN SEVILLA

Más que el miedo a los locos, que también, el miedo a volverse loco es uno de los terrores ancestrales de la humanidad. Lo sintió Pessoa, lo siento yo, quizá todo el mundo lo ha sentido alguna vez. A volverse loco o a que nos vuelvan locos, como en la película Luz de gas.
            Ahora, con la generalización de las consultas psiquiátricas, ese temor ha disminuido un tanto, pero aún hay personas que no se atreven a hablar claramente de sus experiencias extrañas por temor a que los tomen por locos. Yo soy una de ellas, pero tengo la ventaja de poder contarlo por escrito y todo el mundo piensa (bueno, lo de todo el mundo es una exageración: los tres o cuatro lectores habituales) que se trata de otro convencional cuento de fantasmas. Mi amigo el psiquiatra y escritor José Luis Mediavilla alguna vez entrevió otra cosa y me animó a que pasara por su consulta. Naturalmente, no hice ningún caso.
            Yo creo que ese no atreverse a contar ciertas experiencias que carecen de explicación racional por temor a que nos tomen por locos empobrece el mundo. No todo tiene explicación, al menos de momento. Pero la honestidad intelectual nos obliga a aceptarlo, no a esconderlo.
            Había ido yo a Sevilla para presentar una traducción –no demasiado buena, por cierto-- de la poesía completa de Mário de Sá-Carneiro. El acto se celebró en el consulado de Portugal, un pabellón orientalizante que había sido construido para la exposición del 29. Me alojaron en el hotel Doña María, creo que se llama así, un hotel muy cercano a la catedral con piscina en la azotea. Como soy algo mitómano, me hizo ilusión hospedarme allí porque recordaba una famosa foto de Borges en esa azotea, apoyado en su bastón y con la Giralda al fondo.
            De Borges estuve hablando con Abelardo Linares antes de la conferencia. El escritor había llegado a Sevilla, fue su última visita a una ciudad que conoció de joven, para participar en un curso sobre literatura fantástica organizado por la Universidad Menéndez Pelayo. Otros participantes eran Torrente Ballester (hay también una foto suya con Borges en la terraza del hotel) e Italo Calvino.
            “En ese mismo lugar donde tú ahora te sientas se sentó Borges hace treinta años”, me dijo Abelardo. “Estuvimos hablando casi dos horas. Bueno, estuvo hablando él, como siempre hacía”.
            Yo le animé a que escribiera esa conversación, a la que se había referido más de una vez, y me indicó su intención de hacerlo, aunque supongo que se quedará en intención. Me contó una anécdota del Borges ultraísta que yo no he visto en ninguna parte y eso me hace dudar de que fuera cierta, porque a Borges, como a todo el mundo, le gustaba repetir las mismas anécdotas.
            Una tarde Borges se encontró con Guillermo de Torre, que entonces era un pedantuelo adolescente que presumía de haberlo leído todo, y otro poeta jovencito al que no conocía. “Tenemos una cita con Juan Ramón Jiménez. ¿Por qué no te apuntas, Georgie?”. Y Borges se dejó arrastrar sin mucho entusiasmo. El maestro se mostró muy amable, les preguntó sobre lo que estaban escribiendo,  habló mal de Cansinos y de Ramón Gómez de la Serna y luego habló largamente de la poesía que estaba escribiendo y de los libros que tenía inéditos. Se levantó para despedirlos y, de pronto, cuando ya estaban cerca de la puerta, se le cambió la expresión del rostro y dio un grito. “¡No los dejes marchar!”, le dijo a la doncella de uniforme y cofia que acudía a abrirles la puerta. En el bolsillo de la americana de Borges, asomaba un papel. Se lo arrebató y dijo: “Márchense antes de que llame a la guardia civil”. Mientras bajaban la escalera, Borges iba mudo de vergüenza, pero Guillermo de Torre cambiaba guiños de complicidad con el otro acompañante y, ya en la calle, se puso a reír a carcajadas: “¡Casi lo consigo!”. En un momento de distracción del poeta, se había hecho con uno de sus manuscritos y lo había ocultado en el bolsillo de la americana, o del saco, como dicen ellos, del distraído Borges. Y ese es al parecer el origen del odio que le tuvo siempre a quien poco después se convertiría en su cuñado.
            Pero no esta anécdota lo que quería contar, sino una serie de hechos que nunca he referido por temor a que me tomen por loco. Regresé tarde al hotel, tras la conferencia, la cena posterior y la velada con copas que se prolongó más de lo que en mí suele ser habitual. Al entrar en la habitación, me di cuenta de que se oía el agua de la ducha en el cuarto de baño. “La habré dejado abierta”, me dije. Me acerqué para cerrarla y entreví asustado que alguien se estaba duchando. Salí rápido de la habitación pensando que me había confundido. Pero no, ese era el número correcto. Bajé a recepción. El encargado escuchó mi explicación y subió conmigo a ver qué pasaba. No pasaba nada. La habitación estaba en orden y el cuarto de baño sin señales de haber sido usado recientemente, tal como lo habían dejado las encargadas de la limpieza. Me disculpé confuso y lo atribuí todo al cansancio. Esa noche tuve un sueño erótico especialmente intenso y especialmente vivido. Tardé en convencerme de que había sido solo un sueño. Me desperté tarde, casi sin tiempo para coger el avión. Me arreglé rápidamente, ya tenía listo el breve equipaje y me habían avisado de que el taxi me esperaba en la puerta. Al salir del cuarto de baño vi sobre la repisa del lavabo unas gafas que no eran las mías. Las cogí maquinalmente y las puse en el bolsillo de la camisa para entregarlas en recepción. Me olvidé de hacerlo y no volví a pensar más en ellas. A mi lado, en el breve vuelo directo de Sevilla a Asturias, se sentó una ancianita de cabellos blancos que de inmediato me recordó a la Miss Marple de Agatha Christie tal como aparece en alguna vieja película. Me saludó muy amablemente y trató de entablar conversación, pero a mí se me cerraban los ojos de sueño. De pronto dijo: “Ah, muchas gracias, las había recogido usted”. Yo abrí los ojos y vi que en las manos tenía un libro y que había cogido mis gafas del bolsillo para leerlo. “Las dejo en cualquier parte, soy muy despistada, seguramente las olvidé en el cuarto de baño”. En el cuarto de baño de mi habitación las encontré yo, pero puedo asegurar que aquella ancianita encantadora no había sido la protagonista de mi vívido sueño erótico.



LA PARADOJA ESPAÑOLA

Impone España el confinamiento más brutal, irracional y despiadado de la Unión Europea y consigue a cambio ocupar, si no el primero, uno de los primeros puestos en el número de muertos en relación con su población.
Imponen las comunidades autonómicas el uso obligatorio de mascarillas tanto cuando son necesarias como cuando no lo son y consiguen a cambio ocupar uno de los primeros puestos en contagios de la Unión Europea.
El maltrato a la población es evidente; la eficacia, algo dudosa.


ESCRIBO DE NOCHE

Estoy perdido sin ti
y estoy perdido contigo,
de tanto quererte tanto
ya ni sé lo que me digo.

Las cosas que el viento lleva
son cosas de poco peso,
salvo que sea un huracán
como el amor que te tengo.

Detrás de esta realidad
hay otra más verdadera
y a veces por un resquicio
nos asomamos a ella.

El querer y el no querer
apenas se diferencian,
que son la cara y la cruz
de una maldita moneda.

El rocío en la mañana
dormido sobre la hierba
es la misma maravilla
que en el cielo nos espera.

Nadie sabe lo que tiene
hasta que lo pierde un día,
pero yo antes de perderte
ya muy bien que lo sabía

Al despertar de mi sueño
tú ya no estabas conmigo,
pero no me abandonaste
y bien sé lo que me digo.

Cruzan las nubes el cielo,
cruzan las sombras mi frente.
Nada es firme, nada es vano,
todo pasa y todo vuelve.

La realidad que se esconde
debajo de las palabras
habla y hablar sin parar,
pero nadie escucha nada.

Amarte es amar la vida
y a mí me tienta la muerte,
no nos veremos jamás
y no dejaré de verte.

¿Qué camino seguiré.
qué camino de los dos,
si al final de ambos caminos
me estaré esperando yo?

El amor que me tenías
y has dejado de tenerme
guárdalo bien guardadito,
no lo pierdas para siempre.

Cuando estaba más solo
la soledad vino a verme
y se sentó junto a mí
y me dio un beso en la frente.

¿Pero qué me estás diciendo?
¿Que no me has querido nunca?
Pues mira cómo me río
con una verdad tan chusca.

Ya no quiero lo que quise
ni me quiere lo que quiero
y no sé si estoy dormido
o si por fin me despierto.

La noche llena de estrellas
y mi corazón de llamas
aguardan en el jardín
que llegue la madrugada.

En el silencio del mundo
oí cómo Dios lloraba
y yo dije “no estés triste”,
pero él no se consolaba.


INCIDENTE EN TRES TEJOS

Estoy pensando seriamente en dejar España –le digo a mi amigo Ángel Alonso, que se ha brindado a hacer de chófer en una excursión fotográfica por la costa asturiana.
El ambiente se me está volviendo irrespirable, tanto en sentido literal como figurado. Hay muchos lugares en los que me gusta pasar unos días, pero vivir, vivir, es otra cosa. Por razones de idioma, solo me encontraría a gusto en dos países: Portugal o Italia. Como soy muy hiperactivo, ya he estado mirando posibles alquileres. De Italia, me inclino por Nápoles, donde siempre me he encontrado como en casa, a pesar de su fama de caótica y violenta. He mirado los alquileres en el Vomero, cerca de la estación del funicular, en una de esas calles que llevan nombre de algún compositor. Es un barrio más apacible que el resto de la ciudad y con buenas vistas sobre el golfo. En Portugal, he encontrado algo que me podría convenir entre Oporto y Matosinhos.
Me costará dejar este país, la tertulia, los amigos. Pero no me gusta nada lo que veo y mucho menos lo que se avecina, la serpiente que se está incubando con el pretexto de la pandemia. Esta mañana, charlaba yo en la terraza de los Tres Tejos, en la esquina en que mi calle Murillo se convierte en parque, con una compañera de la Facultad. Será la encargada de dar dos de las asignaturas que yo dejo y le comentaba cómo las explicaba yo. Al final, comentamos un poco lo confuso que se presenta el próximo curso. Yo le comenté un artículo de un profesor de Derecho Constitucional, aparecido hoy en El País, en el que afirmaba lo mismo que yo la semana pasada, que “es una aberración –cito textualmente-- limitar derechos fundamentales mediante disposiciones reglamentarias autonómicas”.
Un anciano que tomaba cerveza en una mesa vecina nos interrumpió a gritos y comenzó a insultarme: “Váyase con Trump si no le gusta a esto. Franquista de mierda. ¿No es cierto que la gente se muere? ¡Yo voy a denunciar a quien salga a la calle sin mascarilla para que le den su merecido y, si no, ya me encargaré yo!”.
No quise responder nada, no era más que un pobre energúmeno envenenado por la televisión. Nos levantamos, pagamos y nos fuimos. Luis, el dueño del bar, recriminó al cliente desaforado y nos pidió disculpas.
Lo malo no son las delaciones, la poco fundamentada Resolución de la Consejería de Sanidad no puede imponer multas por no llevar mascarillas donde no son necesarias las mascarillas, aunque las declare obligatorias, sino que se puede pasar a linchamientos.
Yo no estoy dispuesto a vivir en un país en el que, como en tiempos de Franco, haya de cuidarse mucho de lo que se dice en público, o hablar susurrando, para evitar que alguien te agreda por discrepar.
Pero irse fuera es duro. La verdad es que me gusta España, en eso soy más nacionalista que nadie, pero lo cierto es que cada vez me gusta menos su gente, a la que un miedo irracional, azuzado por claros intereses políticos, les lleva ya a atentar contra su salud y la de sus hijos –renunciando a respirar el aire libre, incluso en los parques solitarios-- y pronto puede llevarles a agredir a los discrepantes. Yo no estoy dispuesto a hacer de Quijote para acabar apaleado por los mismos que intento defender.




domingo, 19 de julio de 2020

El bazar de las sorpresas: El miedo guarda la viña


   
AMAR LA VIDA

En el mercado de Arcachon, encuentro un vendedor de aforismos grabados en decorativos trozos de madera. Muchos son anónimos y parecen más bien banales frases de autoayuda, pero otros los firman Baudelaire, Nietzsche, Borges. Miro a ver si encuentro mi nombre, uno es así de vanidoso, y lo que encuentro son dos o tres frases que podría haber escrito yo: “Nunca hablo de mis humildes orígenes porque no me gusta presumir”, “Era tan inteligente que ni se le notaba”, “El poder entontece y a algunos les hace falta muy poco poder para entontecer completamente”. Este último me hace sonreír, porque un amigo me ha hecho llegar un amenazador tuit del mayoral de mi comunidad autónoma.
            Pero yo ahora estoy lejos de casa, en un lugar en el que no me importaría quedarme a vivir: la bahía de Arcachon. Vine siguiendo las huellas de Rafael Barrett, que aquí murió hace ciento diez años. Se alojó en el hotel Regina Foret. ¿Será el mismo que la Residencia Villa Régina que encuentro en la Ville d’Hiver? Quizá sí. En la publicidad, se indica que lleva abierta desde hace más de un siglo.
            Se me ocurre mirar, por curiosidad, los precios de los apartamentos en esta zona. Prohibitivos, incluso lo más baratos. Pero eso no impide que, mientras paseo a lo largo de la inmenso arenal, temprano en la mañana, sueño con llevar aquí una vida feliz de jubilado. A media hora de tren, está Burdeos y allí la librería Mollat, una de mis sucursales favoritas del paraíso. Pero cada vez me interesa más otro libro, el de la naturaleza, que por esta zona despliega algunos de sus capítulos más hermosos: la mágica Île aux Oiseaux en el centro de la bahía, la gran duna de Pilat a un lado, los bosques de pinos con sus ciervos volantes. Pasaría las horas pescando en Aiguillon o navegando a mi aire por la bahía o incluso atreviéndome alguna vez con el Atlántico.
            Debería haber ahorrado, pero el ahorro no es lo mío. A la memoria me viene un aforismo que leí no se dónde (o que acabo de inventar, como suelo tener por costumbre): “Un caballero ha administrado bien su fortuna cuando a su muerte no deja más dinero que el necesario para pagar sus funerales”.
            Me gusta la luz del paseo marítimo, sentarme en una terraza a ver pasar el tiempo, pero no me gusta menos perderme en la colina de la Ville d’Hiver con sus caserones de fantasiosa arquitectura escondidos entre los árboles. Y ascender al observatorio del parque Mauresque, esa torre metálica con escalera de caracol que termina en una plataforma de madera, para avistar las aves y los colores de las landas y los navíos lejanos y sentirme el rey del mundo. Lo construyó, empleando materiales sobrantes del ferrocarril, un ingeniero cuyo nombre no recuerdo, pero sí el de su jovencísimo ayudante: Gustave Eiffel.
            En Arcachon murió Barrett, pero en pocos lugares resulta más fácil amar la vida.



EN QUÉ MANOS ESTAMOS

----¿Y qué vas a hacer ahora que se nos obliga a los asturianos a usar siempre mascarilla, tanto si es necesaria como si no? --me preguntan quienes conocen lo indignado que estoy por los atentados contra nuestra salud que se llevan a cabo precisamente con el pretexto de proteger nuestra salud--. ¿No habías dicho que pensabas redactar un manifiesto, pasarlo a la firma de profesionales de prestigio, recaudar dinero y luego publicarlo en los periódicos? ¿Un manifestó que afirmara que obligar a llegar mascarilla cuando se puede mantener la distancia de seguridad tiene tanto efecto a la hora de contener el virus como encenderle velas a la Virgen de Covadonga?
----Con la diferencia de que las velas a la Virgen al menos no dañan la salud mientras que las mascarillas sí. Es como si nos encerraran en una habitación obligándonos a respirar una y otra vez el aire viciado que sale de nuestro pulmones. Profesionales tiene la sanidad asturiana que deberían redactar ese manifiesto y otro indicando el daño para la salud que supone lavarse las manos cuanto más mejor. Lavarse continuamente las manos por miedo al contagio es una patología muy estudiada. La tuvo Manuel de Falla. Consigue lo contrario de lo que pretende: deteriora la piel, una protección natural, y aumenta el riesgo de infección.
----¿Y no decías que pensabas presentar una demanda contra esa medida que no tiene ninguna justificación sanitaria?           
----Ni justificación sanitaria ni justificación jurídica. He leído tres o cuatro veces, con incredulidad creciente, la resolución de 14 de julio de 2020 de la Consejería de Salud. Entre los “fundamentos de derecho” se citan varias leyes que permiten a las comunidades autónomas adoptar medidas “sanitariamente justificadas”, cuando existan “indicios racionales que permitan suponer la existencia de peligro para la salud de la población”, “un riesgo inminente”; cuando lo requieran “motivos de extraordinaria gravedad o urgencia” podrán adoptar “cuantas medidas sean necesarias para asegurar el cumplimiento de la Ley”.
Y los motivos “de extraordinaria gravedad o urgencia” que se señalan en la resolución son los siguientes: 1/ “el carácter de los brotes surgidos en otras Comunidades Autónomas”, 2/ “la relajación en el uso de las mascarillas por parte de la población, incluidas las personas que visitan el Principado de Asturias en el presente período estival", 3/ “la alternativa entre uso de mascarilla o distancia de seguridad da lugar a frecuentes manipulaciones de aquella cuando se pone o se quita en función de esa distancia, incluso a un uso inadecuado al colocarla, por ejemplo, debajo de la barbilla, todo ello en el supuesto de que realmente se atienda a esa distancia, lo que puede pasar inadvertido más fácilmente cuando cada vez más personas circulan sin mascarilla”.
El punto primero sobra: no es competencia de Asturias resolver los problemas de otras comunidades. El punto segundo, la supuesta relajación, se soluciona aumentando el control policial. El punto tercero es el más alucinante: ponerse la mascarilla cuando es necesaria y quitársela cuando no es necesaria (algo que todo el mundo hace muchas veces al día: para tomar un café, para comer, para fumar, para sonarse) se convierte en peligroso cuando se hace porque caminamos por un lugar en el que no hay “aglomeración de personas” y es posible mantener la distancia de seguridad. Y para prevenir estos motivos supuestamente “de extraordinaria gravedad o urgencia” –colocarse, por ejemplo, la mascarilla por debajo de la barbilla--, al Consejero de Salud, Pablo Ignacio Fernández Muñiz, no se le ocurre otra cosa que declarar obligatorio el uso de mascarillas, aunque pueda garantizarse el mantenimiento de una distancia de seguridad interpersonal, “en las vías públicas de los núcleos urbanos” (en las vías públicas, no en los parques ni en las playas: ahí parece que no hay peligro, al menos de momento) y en las vías públicas de las zonas rurales “cuando se produzca una aglomeración de personas” (de donde se deduce que las personas pueden aglomerarse en el campo asturiano siempre que vayan provistos de mascarilla). No sigo. La resolución está llena de perlas que harán las delicias de cualquier lector al que el miedo no le haya privado de la capacidad de razonar. Y ningún jurista dejará de llevarse las manos a la cabeza.
Hay dos meses para presentar recurso contra esta resolución. Motivos no faltan. Me imagino que ya se estará trabajando en ello. Pocas veces se ha argumentado menos una resolución con graves efectos punitivos.


DOS POEMAS DE MARILYN MONROE

La soledad de ahora,
la negra soledad,
la soledad que sigue
a un gran amor que nunca fue verdad,
pero que yo creía que lo era
y me llenaba de infelicidad,
es lo mejor que jamás
me ha sucedido.

Me dicen que estoy viva,
que debo dar gracias a Dios
por estar viva.
Me dicen que estoy viva.
y debe ser verdad,
solo en la vida caben
este dolor,
este vacío,
este no ser nadie
en las manos de todos,
solo en vida se puede
desear con tanta fuerza,
como al mayor amor,
la muerte.


EL ARTE DE VIVIR

Compro Mex grands bordeaux una soleada mañana en uno de los puestos de libros de la plaza de la Victoria, en Burdeos, muy cerca de la gran tortuga que parece acercársenos lentamente en busca de también de lectura. El autor es Pierre-Jean Remy, diplomático y escritor como Paul Morand, que fue director de la Academia Francesa en Roma y Presidente de la Biblioteca Nacional de Francia y de la Sociedad de amigos de Marcel Proust.
“Tengo veinte años y amo el burdeos”, comienza el primer capitulo. Y luego continúa década a década hasta llegar a “Tengo sesenta años y amo el burdeos”. El libro se publicó en 1997, cuando el autor cumplía precisamente sesenta años. Tiene algo de complacida mirada atrás.
Sobre la colección en que aparee, “Le dandy moderne”, se dice: “Hay hombres para los que la expresión ‘el arte de vivir’ no es una palabra vana. Esta colección se dirige precisamente a ellos, los dandis modernos, o a quienes aspiran a serlo”.
            El libro se inicia el vagón restaurante de un tren hacia París, sigue en Londres; nos lleva luego al Pekín anterior a la revolución cultural, a un palacio romano domina la ciudad (“cada día, al abrir la ventana, la misma maravilla”), a un château entre viñedos donde alguna vez se alojó Picasso con su joven amante…
Viajes, vinos, libros, amigos y amores. Si eso es ser un dandy moderno, a mí no me importaría serlo, aunque yo sustituiría los vinos minuciosamente paladeados en estas páginas por un vaso agua fresca y no creo que mi felicidad disminuyera en nada.



sábado, 11 de julio de 2020

El bazar de las sorpresas: Toda la vida huyendo




EN EL MONASTERIO

Durante un tiempo creí que encontraría la felicidad lejos del mundo, refugiándome en una celda. Me habría gustado hacerlo en un monasterio de aire medieval, situado en una alta colina que dominara el horizonte. No creo en ningún Dios, pero me gustan los ritos. Los rezos que se repiten cada cierto tiempo, las comidas frugales a la misma hora, las largas horas en la biblioteca o en el huerto. Y las relaciones humanas reducidas al mínimo no me asustan, me hacen sentirme seguro.
            Nunca se lo he contado a nadie, pero mi búsqueda fallida de la felicidad me llevó a fingir la fe, a encerrarme en un claustro, a comprobar lo cerca que están infierno y paraíso.
Fue hace mucho tiempo y el monasterio era un lugar perdido en un secarral de la meseta castellana. Cuando escapé de allí, solo llevé conmigo la ropa que llevaba puesta y un cuaderno rojo que creía haber destruido. Lo encuentro ahora y al hojearlo no veo ni profesiones de fe ni dudas razonables, salvo en un poema, “El eremita arrepentido”, que no parece escrito con mi letra. Yo no buscaba a Dios, buscaba alejarme del mundo. Pero no ya en un monasterio, donde toda pequeña miseria tiene su asiento, sino en la más apartada cabaña, encuentra uno lo peor del mundo porque lo lleva consigo.



EL CUADERNO ROJO

Conmigo mantengo una relación intermitente: unas veces estoy completamente enamorado y otras no me gusto nada.

Después de conseguido, todo importa un poco menos.

Hay cabezas en las que solo cabe una idea, pero apretadita y de costado.

La razón se impone con razones.

No hay buena memoria sin mala memoria.

¿Quién puede presumir de no haber perdido nunca el tiempo leyendo un libro?

Una historia con final feliz es siempre una historia a la que le falta el final.

El pensamiento mágico es consustancial al ser humano; el pensamiento lógico, una rareza que se da en algunas épocas de la historia y solo en algunos individuos.

También pueden defraudar los amigos imaginarios.

Pensar por cuenta propia es una costumbre que no suele tener la gente.

Los únicos problemas verdaderos son los que no tienen solución; los otros no pasan de un entretenimiento más o menos complicado.

Un hombre afortunado tiene muchos amores, pero no se enamora nunca.

Hay gentes a las que no les importa ser infelices siempre que los demás también lo sean.

También el pasado puede darnos sorpresas.

El odio es tan vivificante como el amor.

Lo que no se ha conocido no se echa de menos.

Nada tan fértil como el aburrimiento.

No hay certeza que no sea provisional.

Ser joven a los veinte años es muy fácil, lo difícil es serlo a los setenta.



EN LAS CALDAS

Nunca he necesitado aislarme para escribir. Rodeado de gente se me ocurren las mejores ideas. O se me ocurrían. Ahora tengo pesadillas y en ellas todo el año es carnaval y la gente sale a la calle con la cara tapada y dispuesta a cometer las mayores fechorías, segura de su impunidad.
            Pero un amigo me ofreció su casa en Las Caldas y yo acepté encantado. Acababa de salir de una mala relación, no tenía dinero para irme lejos y me pareció la mejor manera de no tropezar por la calle con quien no quería volver a verme.
            La casa era espaciosa y agradable, con un gran jardín y muy cerca de la carretera y el balneario. Desayunaba y comía en un bar cercano, subía hasta la iglesia de Priorio, daba largos paseos por la orilla del Nalón, salía al jardín a contemplar las estrellas durante las largas noches.
            No había pasado una semana y ocurrieron los primeros incidentes. La casa tenía planta baja, que daba al jardín; el piso principal, al que se entraba desde la calle, y otra planta bajo cubierta, llena de libros y con un cómodo despacho abuhardillado. Entre sueños, me pareció comenzar a oír conversaciones, pasos en la escalera.
            Al principio, no me preocupé. “Serán fantasmas”, me dije. Siempre me han gustado las historias de fantasmas y yo mismo he fantaseado algunas. Pero una cosa es contarlas, o que te las cuenten, y otra vivirlas.
            Una noche entreabrí los ojos en sueños y me pareció ver otros ojos fijos en mí. Encendí la luz asustado y naturalmente no había nadie. Me levanté para ir al baño y comprobar que puertas y ventanas estaban bien cerradas. Luego ya no pude dormir y al día siguiente me levanté de mal humor.
            Dos o tres días después, llamaron a la puerta. Preguntaron por el dueño y yo expliqué que estaba de viaje y que me había dejado la casa por un tiempo.  Al marcharse, ya un poco alejada de la casa, se dio la vuelta y me dijo adiós pronunciando mi nombre. “¿Me conoce?”, pregunté, pero no me oyó, o no quiso oírme, y siguió su camino. Era una mujer, de unos sesenta años, con el pelo blanco y aspecto apacible. No sé por qué pensé en la peregrina que aparece en la más famosa comedia de Casona. Pero esa peregrina era la muerte y por un momento tuve algo de miedo.
            Siguieron las conversaciones de media noche, pero ya casi en un susurro, tenía que aguzar el oído para escucharlas; los pasos sigilosos en la escalera y ocurrió algún otro fenómeno extraño: de vez en cuando me encontraba en el fregadero con platos o vasos que no recordaba haber usado.
            Debería haber vuelto de inmediato, puesto que ya no me encontraba a gusto. Los paseos por la orilla del río habían dejado de tener su encanto y me pareció –sin duda, paranoia mía-- que la gente del pueblo con la que me cruzaba me miraba con poca simpatía.
            Una noche de inmensa luna llena me asomé a la gran cristalera del salón y me creí ver, al fondo del jardín, a un hombre cavando. Traté de tranquilizarme. “Será una sombra”, me dije. Cogí un farol como los de los barcos, a modo de linterna, y salí a ver qué pasaba. Había un hombre, que me saludó sin sorpresa alguna, y que estaba cavando una especie de fosa. Yo debería haberme asustado, pero no lo hice. Se trataba de un anciano de aspecto poco amenazador, como el abuelo de los cuentos. “¿Qué hace usted aquí?”, le pregunté. Sonrió, se encogió de hombros y siguió cavando.  Me pareció que la luna nos miraba, que se oía el ulular de una lechuza y que todo tenía el aire irreal de la ilustración de un viejo libro. Después de un rato de silencio, le oí decir: “Duerma tranquilo, la tumba no es para usted”.
            A la mañana siguiente, el rectángulo excavado seguía allí. Llamé al dueño de la casa –médico psiquiatra--, que me escuchó atento y lo único que se le ocurrió decirme fue: “Cuando vuelva, pasas por mi consulta”.
            No pasé, por supuesto, pero me volví de inmediato a mi piso de Oviedo sin haber escrito una línea que mereciera la pena. Ya no sé --¡ha pasado tanto tiempo!—si aquellas cosas fueron realidad o alucinación. Tampoco importa demasiado. A fin de cuentas, la realidad no es más que una alucinación compartida.



EL EREMITA ARREPENTIDO

Toda la vida huyendo
de mí, de lo que quiero,
de la felicidad que a traición me asaltaba
en una esquina del camino,
toda la vida a tu servicio,
tirano siempre insatisfecho.
Si allá me tratas como aquí me tratas,
oh Dios omnipotente,
ningún infierno podrá ser peor
que el paraíso.


domingo, 5 de julio de 2020

El bazar de las sorpresas: Secretos y voces





LO QUE NUNCA DIJE A NADIE

Todos tenemos secretos que nos avergüenzan y que más pronto o más tarde acaban saliendo a la luz. Mi problema, si puede llamarse así, comenzó allá por 1971 o 1972. Yo había comenzado entonces a estudiar Filosofía y Letras y tenía una compañera guineana que se llamaba Juanita Johny Lele. Siempre debía insistir con los profesores en que su nombre era Juanita y no Juana. “Tiene usted por nombre un hipocorístico”, le dijo Carlos Clavería y recuerdo que esa fue la primera vez que oí tan curiosa palabra para aplicarse a un diminutivo familiar.
Fue Juanita quien me llevó a aquella reunión en un piso de Pumarín, al lado mismo del desaparecido cine Paladium, tan escandalosamente famoso entonces por sus atrevimientos de arte y ensayo. Allí conocí a una médium, que me pareció una farsante (tendría pronto problemas con la policía), y allí me ocurrió por primera vez el extraño fenómeno del que nunca he hablado con nadie, salvo con mi psiquiatra: mientras aquella mujer ponía los ojos en blanco y fingía entrar en trance, yo sentí una especie de mareo y luego empecé a pronunciar palabras con una voz que no era la mía.
No recordaba luego lo que dije, pero Juanita tomó notas. Hablaba en portugués, lengua que yo entonces no sabía –ella sí--, y lo que Juanita apuntó poco después descubriría que eran versos de Álvaro de Campos, el heterónimo de Fernando Pessoa.
Por entonces preparaba yo para Gustavo Bueno un trabajo sobre Estanislao Sánchez Calvo, el filósofo avilesino amigo de Clarín, y me parecía que lo que me había ocurrido tenía que ver con los fenómenos analizados en su libro Filosofía de lo maravilloso positivo. Traté de comentar con Bueno lo que me había ocurrido, pero él no me hizo ningún caso. Yo tampoco le di mayor importancia, pero el fenómeno se repitió pocos años después.
Oía voces, diferentes voces, que me dictaban lo que parecían unas veces versos y otros relatos de alguna minuciosa peripecia personal. Dudé entre visitar a un psiquiatra o limitarme a escribir lo que escuchaba con miedo y con asombro.
No solo lo transcribí, sino que también lo publiqué en una revista a la que di el nombre de Jugar con fuego. El fuego con el que jugaba era el de la locura.
Por entonces comenzó a ponerse de moda en España la figura de Fernando Pessoa y todo el mundo pensó que yo era un imitador suyo. Me aterraba pensar que podía tratarse de un tipo de esquizofrenia. Pero, si lo era, nada tenía que ver con la que escindía al doctor Jekyll de mister Hyde. Todo pasaba en mi cabeza y de la cabeza al papel, sin  repercusión en la vida cotidiana. Solo podía notar aquel extraño fenómeno quien estuviera muy cerca de mí y yo siempre he procurado que nadie esté demasiado cerca. Juanita, con la que entonces me veía a menudo y que conocía el secreto, me dijo una vez: “Eres el bazar de las sorpresas”, recordando el título en español de una maravillosa película de Erst Lubitsch, The Shop around the Corner.
            La mitad de lo que he escrito no lo he escrito yo, lo han escrito otros a través de mí. Quizá soy menos un escritor que un caso clínico. Este es uno de esos secretos que hasta ahora no había contado a nadie. Hay otros, que más pronto o más tarde acabarán saliendo a la luz para llenarme de vergüenza: “Tras el vecino cortés / y el educado tendero, / tras la señora que reza / y el hombre que bebe obseso, / hay siempre una clave privada, / hay siempre un secreto perverso”.
            Mejor descubrir esos secretos más o menos perversos uno mismo antes de que lo hagan otros para escándalo del hipócrita lector, mon semblable, mon frere, como dirían Baudelaire y Gil de Biedma.



VIVÍ SIN HABER VIVIDO

Viví sin haber vivido
y ahora que el sueño se acaba
no tendré sorpresa alguna
al encontrarme la nada.

El que despierta de un sueño
lamenta lo que ha perdido
ignora que todo es sueño
y que nunca lo ha tenido.

No me dejes tú también
ausencia que me acompaña,
contigo estoy menos solo,
tú sabes lo que me pasa.

Los amores que yo tuve
y los que nunca he tenido
ahora son la misma cosa
que se resiste al olvido.

La verdad de lo que siento
ni a mí mismo me la digo,
que no sé guardar secretos
y en seguida los repito.

De noche, muy lentamente,
subí por una escalera,
y cuando llegaba al cielo
tan solo el infierno era.

Me dices que me comprendes
y yo te comprendo a ti.
No has dejado de quererme:
te has cansado de mentir.

Está la noche tan clara
que si te miro a los ojos
puede leer lo que guardas
bien escondido en el fondo.

Mírame, mírame bien,
soy el que tanto te quiere,
el mismo que marcha lejos
tan solo para no verte.

En la mitad del camino
tropecé con una piedra
y al levantarme del suelo
no había camino ni piedra.

Existe lo que no existe
como existe esa mirada
que me deja sin aliento
aunque no me dice nada.

Vuelvo a casa por la noche
y nadie me espera en ella,
salgo todas las mañanas
y nadie me aguarda fuera.



LA ARITMÉTICA DEL CORAZÓN

Uno y uno no son dos,
que son nadie y son ninguno
si se trata de tú y yo.

Mil amores no son nada,
mucho mejor mil y uno,
ese que siempre me falta.

Tu soledad y la mía
hacen dos soledades
y ninguna compañía.



PARA UN EPITAFIO
1934-2020

Nos dejó, como todos, para siempre,
pero nunca se fue de nuestro lado.
Sonríe con la luz de cada día,
con cada corazón enamorado
y sigue respondiendo a quien le llama
porque nunca se muere quien nos ama.