sábado, 10 de noviembre de 2018

Revelación de secretos: Yo, antisistema



Sábado, 3 de noviembre
LA PAREJA DEL PERA PALACE

A veces la vida imita a las malas novelas de intriga. Estaba yo, el verano pasado, tomando un café en la terraza del Pera Palace, en Estambul, el hotel donde dicen que Agatha Christie comenzó a escribir Asesinato en el Orient Express, cuando llamó mi atención una pareja de una mesa cercana. No eran demasiado jóvenes, pero eran altos, rubios, bronceados, de cuerpo esbelto y acostumbrado al deporte. Las pocas palabras que de su conversación llegaron hasta mí me descubrieron que eran argentinos, de los que tienen su fortuna en dólares y están al margen de los vaivenes económicos de su país.  Yo me entretuve observándoles disimuladamente.
            Al día siguiente, visitando San Salvador de Chora, me encontré con la mujer, que admiraba sola los mosaicos. Unos días después, leyendo las noticias digitales del diario Clarín, supe que la esposa de un conocido empresario argentino –emparentado con el presidente Macri– había desaparecido en Estambul.
            La reconocí de inmediato en la fotografía. Y al marido en el avión, de vuelta a Madrid. Me tocó sentarme a su lado. “Creo que nos alojamos en el mismo hotel –le dije después de un saludo–. Me pareció verle alguna vez en el Pera Palace”. “Se equivoca usted; yo nunca he estado en ese hotel”. “Perdone, me pareció verle con su esposa; seguramente era alguien que se le parecía”.
            Se agitó inquieto en el asiento. Las casualidades no acabaron aquí. Antes de volver a Oviedo, me quedé una semana en Madrid y aproveché para visitar el Prado. Me encontré a la mujer desaparecida, o a alguien que se le aparecía mucho, como en Vériigo, la película de Hitchcock. La seguí discretamente por varias salas. Luego, cuando se detuvo largo rato ante un cuadro de Mantegna, La dormición de la Virgen, me atreví a dirigirle la palabra. “Es mi cuadro favorito. También lo era de Eugenio d’Ors”. Ella no pareció molesta por mi atrevimiento. “Yo tengo otras preferencias. Estaba pensando en mis cosas”, me dijo sonriente. Y yo: “Usted no se habrá dado cuenta, pero coincidimos hace poco ante los mosaicos de San Salvador de Chora, que a mí me gustaron más que los de Santa Sofía. Parece que la voy siguiendo”. Ella se sobresaltó entonces: “Pues a lo mejor lo hace. ¿No será usted un detective contratado por mi marido?”.
            Le expliqué quién era y ella pareció creerme. Tomamos algo en la cafetería del museo, hablamos de literatura, sobre todo de Borges y de Victoria Ocampo, con quien estaba lejanamente emparentada. No sé por qué no le mencioné que la había visto en el Pera Palace –muy bien acompañada, la imagen misma de la felicidad– ni que había leído la noticia de su desaparición. Leí también, no mucho tiempo después,  la de la aparición de su cadáver. Al despedirnos me cogió inesperadamente de la mano, me atrajo hacía sí y me dio un beso. Mientras yo me volvía para pagar al camarero, pareció esfumarse. Salí rápidamente tras ella, pero inútilmente.


Domingo, 4 de noviembre
YO, NOVELISTA

Llevó tiempo dándole vueltas a qué voy a hacer con las horas sobrantes cuando me jubilen. Se me ha ocurrido que podría dedicarme a escribir novelas, que es algo que entretiene mucho, bastante más que los haikus o los aforismos con los que me entretengo. Ya sé que he renegado muchas veces de ellas, pero no sería cualquier tipo de novelas. Nada de pretensiones de alta literatura, solo entretenidos enredos por el estilo de los de Pérez-Reverte, Julia Navarro o Javier Sierra, algo sencillito y muy masticadito, con abundante uso de la Wikepedia, mucha imaginación y una redacción no demasiado ramplona.
            De la fantasía medieval y de los templarios, paso. Yo prefiero el género cosmopolita, con hoteles de lujo en Belgrado o Venecia, enredos internacionales y amores apasionados, perversos  y clandestinos. Y ciertos elementos autobiográficos, por supuesto, aunque el personaje del autor sea muy secundario.
            Escribir quinientas o seiscientas páginas con su toque de intriga y erotismo, su protagonista seductor y un tanto canalla, seguro que me ayudaría a pasar las mañanas y a algunas personas les ayudaría luego a conciliar el sueño en las noches de invierno o a soportar el tedio playero del verano. También el tocho final daría mucho juego en los clubs de lectura, casi todos formados por atentas lectoras.
            Lo que no me apetecería nada es tener que dedicarme luego varios meses a la promoción. Ahora publico un libro y el día después ya lo he olvidado y estoy pensando en el siguiente para desesperación de los editores. Para mí el éxito sería que mis libros se vendieran solos o que otros se ocuparan de todos los aspectos de la comercialización. Y que con ellos ganara dinero el editor, no yo.
            Por eso quizá lo mejor es que me asocie a alguien con ambiciones literarias. Yo escribo –ser ghostwriter es una de mis vocaciones frustradas– y que luego firme algún famoso o famosa con ansia de reconocimiento literario, qué sé yo, Belén Esteban (aunque ella quizá siga prefiriendo a Boris Izaguirre), Alfonso Guerra (la acción pasaría de la Venecia de Visconti a la Alejandría de Cavafis) o incluso Dani Mateo, para que se vea que no es solo alguien que hace bromitas con lo más sagrado.
            Tampoco estaría mal escribir guiones para alguna serie televisiva. Nada de retorcidas y complicadas obras maestras, de esas que emulan a Shakespeare. Solo algo amablemente desasosegante, con sus calles de Nueva York, su toque de tensión sexual no resuelta, sus frases ingeniosas… Todavía cito a menudo la que comenzaba, voz en off, uno de los episodios de Remington Steele: “Como todos los enemigos mortales, comenzamos siendo los mejores amigos”.  


Lunes, 5 de noviembre
AJUSTE DE CUENTAS

Mentiría si dijera que me molesta el resentido y algo venenoso prólogo que Juan Bonilla ha puesto a mi último libro. Detesto los prólogos en los que un escritor más o menos consagrado habla de otro menos conocido, o un amigo encomia hiperbólicamente al autor. Los detesto casi tanto como las vacuas presentaciones. Esos elogios obligados por la cortesía no se los cree nadie: los prólogos se los salta uno a las pocas líneas y en cuanto el presentador se alarga más de lo debido yo saco mi cuaderno y me pongo a escribir haikus o aforismos.
            Juan Bonilla disimuló un poco en la primera redacción del prólogo, pero dio la casualidad que por entonces apareció mi reseña de su último libro, que no le sentó nada bien (le habrá gustado más la que le dedicó Babelia el pasado sábado) y se desahogó escribiendo dos párrafos en los que decía lo que de verdad pensaba sobre mí.
            Ahora estoy seguro de que puede haber quien comience a leer Sin trampa ni cartón, la nueva entrega de mis peculiares Episodios nacionales, y no termine de leerlo (hay gente muy rara), pero no habrá nadie que comience a leer el prólogo vengativo de Juan Bonilla y no llegue hasta la última línea. No estamos acostumbrados a los ajustes de cuentas en un género más propicio a la neblinosa pamplina laudatoria.
            (Debo confesar que, si no me molesta ese desahogo de uno de mis escritores favoritos, no es porque yo sea masoquista, sino porque, muy cernudianamente, en esas diatribas veo solo “formas amargas del elogio”).


Martes, 6 de noviembre
LA QUE HAN ARMADO

Consulto el teléfono, como hago siempre que me aburro, mientras espero a un amigo y n sé si reír o llorar al leer la noticia: “El Supremo decide en un duro debate, 15 votos contra 13, que el cliente pague el impuesto a las hipotecas”. Traducción: el Supremo decide desdecirse a sí mismo para no molestar a los banqueros. Y eso en el mismo día en que Estrasburgo confirma lo que todos sabíamos, que Otegi no tuvo un juicio justo, que la jueza que le juzgó dio muestra de parcialidad con luz y taquígrafos y debería haber sido aceptada su recusación. Qué poco respeto parecen tener por la justicia muchos profesionales de la misma.
            Tampoco sabe uno si reír o llorar al escuchar a un conocido político, uno de nuestros aspirantes a Trump o a Bolsonaro (pero no me parece que dé la talla intelectual para ello) que hay que impedir a toda costa el indulto… a unos presos que aún no han sido condenados. ¿No es ofender a los miembros de un tribunal dar por sentado cuál va a ser la sentencia?
            ––A veces uno se avergüenza de ser español, me dice un amigo.
            ––Ah no, yo no me avergüenzo de ser español, me avergüenzo de ciertos españoles: el anterior jefe del Estado, por citar solo un ejemplo (también de todos sus aduladores); un tal Fernández Villa, ese aguerrido líder minero que ponía y quitaba presidentes en Asturias (a los que yo votaba, por cierto); algún que otro arzobispo. ..
            ––Pues ya me dirás tú cómo nos libramos de tanta mugre.
            ––Optimista por naturaleza, yo siempre repito con Antonio Machado: “El hoy es malo, pero el mañana es mío”. Y bien mirado no es tan malo: mejor ahora que la porquería sale a la superficie y no antes cuando nos creíamos los cuentos de la transición española, envidiada por todos. Parece que el apaño del 78 ha dado de sí todo lo que tenía que dar. Ahora ese régimen está en “finiquito diferido”, como diría nuestra ilustre manchega. Intentarán diferirlo todo lo que puedan, pero ya no hay marcha atrás.
            ––Sobrevaloras a nuestros queridos compatriotas. Yo más bien creo que acabaremos añorando a esta imperfecta democracia cuando le dé la puntilla uno de los tres superpatriotas que compiten por hacerlo. Yo no sé quién será peor que lo consiga si el del máster regalado, el defensor de la guardia civil (pobres de nosotros si no supiera ella defenderse sola) o el discípulo predilecto del filósofo Gustavo Bueno, hoy por hoy el que tiene menos posibilidades.


Miércoles, 7 de noviembre
TONTERÍAS DE AUTOR

Leo “Libros bajo la hierba”, un artículo de Kirmen Uribe, sobre uno de mis rincones del mundo favoritos, la biblioteca neoyorquina de la Quinta Avenida y el parque que hay tras ella. A Kirmen Uribe se le dio mucho bombo con su primera novela, Bilbao-New York-Bilbao, que ganó el Premio Nacional de Narrativa y que le convirtió en una especie de sucesor de Bernardo Atxaga, en el representante oficial de la literatura vasca.
               A mí esa novela, que me interesó solo por el tema, me pareció una insignificante nadería. Ahora leo su artículo y sonrío. Resulta que, según nos cuenta, se intentó vaciar las estanterías que están bajo la sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York y llevar esos libros a un depósito de New Jersey para crear así “un gran punto de encuentro y de ocio”. Los lectores podrían consultar los libros en formato electrónico.
               Muchos escritores, y hasta el alcalde de la ciudad, se opusieron: “Aducían que el edificio central de la Biblioteca Pública de Nueva York es sobre todo un centro de investigación y que para ello era necesario que los libros permanecieran en su lugar original”.
               Qué tontería. ¿De verdad cree Kirmen Uribe que los tres millones de libros de esa biblioteca están almacenados en su maravilloso edificio principal? ¿Están los libros de la Biblioteca Nacional de España todos en el palacio de Recoletos? ¿No sabe que todas las grandes bibliotecas cuentan con depósitos auxiliares y que eso no impide que se puedan consultar sus fondos? ¿Por qué había de hacerlo? Basta con solicitar los libros el día antes.
               No es la única tontería que contiene el artículo. Para algunos hacer literatura exime de pensar, de comprobar los datos.


Jueves, 8 de noviembre
ARDOR GUERRERO

            Lo que más me fastidia cuando intervengo en público es que al final no haya coloquio o que lo haya y nadie se decida a intervenir, cosa que ocurre cada vez con más frecuencia. Uno escribe para que cada lector le lea en su casa, ahora o dentro de cien años, pero habla en publico para debatir, para poner en cuestión las propias certezas, para encontrar la verdad al socrático modo. Pero pongo tanta pasión cuando hablo, se me ve con tantas ganas de pelea, que siempre los oyentes se quedan al final en silencio, un poco asustados.
            Tras presentar un libro (el penúltimo, del último me llegaron hoy los primeros ejemplares) en La sifonería, de Cangas de Onís, una maravillosa casa de comidas, pensé que yo soy un poco como esos pistoleros del antiguo Oeste que iban de pueblo en pueblo retando a todo el que quisiera enfrentarse con ellos. O como esos boxeadores que ofrecían una abundante bolsa al espontáneo que se atreviera a subirse al ring para tratar de noquearlos.
            A ver si a algún empresario le hace gracia la idea y me organiza una serie de debates por esos mundos de Dios. El tema puede ser literario (“¿Ha escrito Fernando Savater todos los libros de Fernando Savater?”, uno de mis clásicos) o no: “¿De verdad no permite la constitución española investigar los posibles delitos cometidos en su vida privada por el jefe del Estado?”, otro de mis clásicos.



sábado, 3 de noviembre de 2018

Revelación de secretos: Con las primeras nieves



Domingo, 28 de octubre
SE HA ESCRITO UN CRIMEN

Tras las fatigosas curvas de la carretera que ascendía desde Cervera del Pisuerga, apareció el parador. De arquitectura impersonal, no me dio una impresión demasiado buena. “Parece el hotel de El resplandor”, dije.
            Luces mortecinas, que impedían leer en las habitaciones y casi en cualquier otro lugar, algunas familias con niños, empleados con porte de funcionarios franquistas.
            Había comenzado a nevar, no apetecía salir a dar una vuelta. Tardé en dormirme, pero luego tuve un sueño angustiosamente entretenido. Quedábamos aislados por la nieve, se cortaba la luz, no había cobertura en los móviles y el hotel aquel de los tiempos de pretencioso desarrollismo se convertía en el escenario perfecto para un episodio de Se ha escrito un crimen. Una de las participantes en la excursión del Círculo de Valdediós –una avispada profesora de latín, casi centeraria– resultaba ser Angela Lansbury y nos reunía a todos en el salón para averiguar quien había asesinado al director del Círculo. Todas las pistas apuntaban hacía mí: me habían visto discutir con él pocas horas antes. Había un juez entre los excursionistas y en el sueño decía: “Es una suerte que Bolsonaro haya restaurado la pena de muerte”.
            Me desperté sudoroso. A la la hora de siempre, pero una hora antes por el cambio horario. Me asomé al balcón: todo estaba cubierto de nieve, como en el sueño. Afortunadamente no se había cortado la luz. Me vestí y bajé a desayunar. El salón de desayunos estaba cerrado y el hotel parecía desierto: no me encontré con ningún huésped en los largos pasillos, tampoco en la cafetería, Ni siquiera había nadie en recepción. Subí a ponerme ropa de más abrigo y salí a dar una vuelta. Caminar solitario bajo la leve nieve que seguía cayendo, rodeado de altas montañas, sin nadie a la vista, era una experiencia nueva para mí. No caminé mucho, pero lo suficiente para perder de vista el hotel. Me sentí entonces como el protagonista de una de las novelas de Jack London que leía en la adolescencia o de los cuentos de lobos que me contaban en mi infancia extremeña. Incluso creí reconocer huellas de oso.
            A lo lejos, apareció una negra silueta que se fue acercando poco a poco. Cuando estaba más cerca, creí reconocerla. Y tuve miedo, un miedo irracional. El pasado jueves, en la librería Cervantes, Fruela Fernández había recordado la presentación de su primer libro, ganador del premio Asturias Joven. En el último momento, los organizadores del concurso, me pidieron que presentara también a los otros ganadores. Dije que sí antes de leerlos. La novela premiada me pareció un bodrio. No debía haberla leído, solo hojeado, que es el método mejor para hacer una buena presentación o una reseña de las que gustan tanto a editores y autores.
            Cometí el error de leerla, ya digo, y aunque traté de ser amable no fui capaz de ocultar del todo mi verdadera impresión. El autor me interrumpió, dijo que yo no sabía de qué hablaba, que su próxima novela iba a salir en Alfaguara y que su agente le había dicho que estaba a punto de ganar el Planeta. Pensé que era una dolida fanfarronada, pero no. Publicó luego varios best seller en Alfaguara protagonizados por un detective que combate en la División Azul. Algunas de esas historias fueron llevadas al cine.
            Creí que tanto éxito le habría hecho olvidarse de mí, el crítico provinciano que no se entera de nada. Pero un amigo, José Luis Piquero,  se lo encontró  en los Encuentros de Pravia y me advirtió: “Ándate con cuidado, te odia a muerte. Yo que tú procuraría no encontrármelo en un camino solitario”.
            Y ahora se acercaba a mí en medio de la nieve, como en uno de los parajes rusos en que sitúa sus novelas. ¿Quién iba a oír mis gritos si decidía tomarse venganza?
            Pero pasó muy cerca de mí, casi empujándome provocativamente, me miró con rencor y siguió su camino. Lo encontré en el hotel, desayunando al otro extremo del hotel, y entonces pensé que quizá no era el afamado novelista con buenas razones para detestarme. Pero su cara me resultaba vagamente familiar. Seguro que era poeta, seguro que había ganado muchos premios literarios, seguro que yo había aludido a él despectivamente alguna vez o, peor aún, que no le había mencionado jamás.
            Cuando el autocar se puso en marcha lentamente en medio de la nieve, camino de Aguilar de Campoo y Las edades del hombre, me alegré de dejar atrás aquel hotel que parecía preparado para rodar una nueva versión de El resplandor protagonizada por Manuel Fraga.


Lunes, 29 de octubre
ENCENDIDA ENCARNADURA

En Moarves de Ojeda me sorprende como una aparición, al darle la vuelta a su iglesiuca románica –que parece una más de las tantas que hay en la comarca–, la “encendida encarnadura”  de una fachada que ya admiró a Unamuno cuando pasó por aquí el día de San Juan de 1934. Venía, como yo, de Cervera del Pisuerga y de admirar “el espléndido panorama de los picos de Europa, bosques al pie y cumbres veteadas de nieve sobre las que pasa la sombra de las nubes”.
            Un Pantocrátor con elegantes bigotes y disfraz de caballero medieval nos bendice rodeado de símbolos –ángel, águila, león y toro–, los apóstoles escoltándole a ambos lados. Muy serio, con los ojos cerrados, sonríe de pronto cuando, en la gélida mañana, el sol aparta las nubes y el mundo entero parece resplandecer.
            Enfrente, sobre la caediza fachada de un caserón, un escudo que lleva la fecha de 1614 proclama orgulloso: “De esta raíz los Calderones / descienden por recta ley / con la fe de los mayores / sirviendo a Dios y a su rey”.
            Martín Calderón son los apellidos de mi madre. ¿Desciendo yo también de este rincón repoblado por mozárabes? ¿Me mirarán mal mis mayores porque he olvidado su fe y ya no sirvo al rey más que por imperativo legal?


Martes, 30 de octubre
ARTE Y PARTE

“En los museos de arte contemporáneo, el arte suele irse con la música a otra parte”, me dice un amigo cuando le cuento mi visita al Centro Botín.
            La verdad es que a mí de los museos lo que más suele interesarme es el propio museo y sobre todo las ventanas. El Centro Botín no es una excepción. Su mejor colección es la colección de vistas  sobre la bahía, los jardines de Pereda y los tejados de la ciudad. Si yo viviera aquí, no me cansaría nunca de admirarlas con la cambiante luz.
            El resto me interesa menos. El arte es, en buena medida, cuestión de fe y yo soy bastante escéptico, no solo en lo que se refiere a la fe de mis mayores. En los museos, como en las galerías, las obras deberían llevar en la cartela, junto al nombre del autor y los datos técnicos, el precio aproximado en el mercado. Así sabríamos con claridad, si vamos con prisa, dónde tenemos que detenernos más tiempo.
            Yo me detengo en las ingeniosas estructuras paseables de Cristina Iglesias. Todo arte es conceptual, como el mural de Sol LeWitt. Tiene más que ver con la ocurrencia, que es cosa del artista, que con la realización material, que puede estar a cargo de otros.
            Una mirada que piensa, una imaginación que razona. Eso es el arte. Cristina Iglesias traza unas líneas sobre un papel, dobla cartones, hace fotos. Luego en el taller, eficaces técnicos harán realidad estas celosías colgantes, estos laberintos que se abren y cierran sobre nosotros, estas broncíneas cortezas de árboles que se retuercen sobre sí mismas, estos herméticos cubos de cristal verde donde nos aguarda el murmullo del agua.
            Un mural de Sol LeWtt no es más que un dibujo sobre un papel y un conjunto de instrucciones, como la partitura de una pieza musical. Uno y otra se pueden hacer realidad tantas veces como se quiera.
            El mural que ahora veo aquí, a la entrada de la primera planta del museo, compitiendo vanamente con un gran ventanal, antes estuvo en el escenario del salón de actos. Cuando el director del museo decida, pintarán de blanco la pared, y el mural se irá con sus geometrías y sus colores planos a otra parte, o a ninguna parte, a dormir en los papeles hasta que una mano amiga le diga “levántate y anda”.
            Todo arte es así, “cosa mentale”, como decía Leonardo da Vinci. ¿En cuantos lugares me he encontrado yo El Pensador de Rodin? Recuerdo ahora la plaza de los Dos Congresos, en Buenos Aires, y los jardines de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Y qué sorpresa la mía al tropezarme con La Maternidad de Botero, que yo creía exclusiva de la ovetense plaza de la Escandalera, en el parque Eduardo VII de Lisboa disfrutando de la vista de la Avenida de la Libertad, como un turista cualquiera..
            La obra original y única no es más que fetichismo, superstición del mercado para encarecer el producto. Eso resulta evidente en el caso de la fotografía. De cualquier fotografía se pueden obtener infinitas copias y la última no tiene menor calidad que la primera, o que las tres o cuatro primeras, que son las que firma el artista y tienen valor de original.
            Con la escultura pasa lo mismo. Hecho un molde, hecho un ciento de obras de arte que valen todas –la primera y la última– lo que vale ese molde, aunque no cuesten lo mismo.
            De la arquitectura no hace falta decir nada. Ahí está el caso de Calatrava, que vende llamativas maquetas –más esculturas que edificios– y que se desentiende por completo de la realización práctica de sus obras.
            ––Pero eso que dices no vale para el gran arte --me replica mi amigo José Cereijo–. Las Meninas no se pueden pintar en cualquier parte, una reproducción de Las Meninas nunca equivaldrá a Las Meninas.
            ––No estoy yo tan seguro. En el refectorio del convento de San Giorgio, en Venecia, estaban Las bodas de Caná, de Veronese, hasta que los soldados de Napoleón partieron en dos trozos y se llevaron al Louvre. Ahora ha vuelto a su lugar original sin moverse de París. Una empresa española, Factum Arte, ha escaneado el original y lo ha reproducido tal cual, incluso con las imperfecciones del paso del tiempo. No hay ninguna diferencia, ni de tamaño ni de matices de color, entre la reproducción y el original. Si Veronese tuviera que elegir entre uno y otro, seguro que la copia le parecería más próxima a lo que él pintó –entre otras cosas porque está en el lugar en que fue pintada–  que el original. Cualquier museo que la quisiera, y estuviera dispuesto a pagar por ella, podría tener Las Meninas, como puede tener un mural de Sol LeWitt. Por otra parte, ya los museos están llenos de originales que no son más que copias hechas por algún discípulo en el taller del maestro. Arte es lo que se expone en los museos de arte. Y su valor, como la de cualquier otra mercancía, tiene que ver con la ley de la oferta y la demanda. Los herederos de Picasso, un artista de producción casi industrial, tienen mucho cuidado de sacar poco a poco sus obras al mercado para que no bajen de precio.


Miércoles, 31 de octubre
UN LUJO

Paso por el notario y en un cuarto de hora despacho el trámite. No creí que fuera tan sencillo. Sonrío al pensar que es noche de Halloween, víspera del día de difuntos. La verdad es que he escogido una fecha muy apropiada para hacer testamento. Siempre pensé que sería algo deprimente, pero todo lo contrario. Salgo tranquilo y feliz. Ya mis libros y papeles no acabarán en ningún mercadillo ni mis obras dependerán del capricho de los herederos (me aterraba que pudieran caer en manos alocadas como las de cierta viuda).
            La verdad es que, aparte del piso en que vivo (el único que he tenido de mi propiedad), los libros que me acompañan y los libros que he escrito, de poca fortuna más puedo disponer.
            Medio siglo de trabajo, una vida monacal y ni pingües ahorros ni otro patrimonio que el legado a la Fundación. Alguien dirá que soy un pésimo administrador. Yo pienso todo lo contrario. Llegar a la última o penúltima vuelta del camino sin haber despilfarrado un solo euro y sin un euro más de lo que necesito para vivir, y necesito más bien poco, es un lujo que no todos pueden permitirse.
           

Jueves, 1 de noviembre
PARECE QUE ESTOY SOLO

“Parece que estoy solo, pero llevo conmigo un mundo de fantasmas”, escribió Gastón Baquero.
            ¿Y quién no? Hace siglos que los muertos son más que los vivos. Es difícil dar un paso sin que nos los tropecemos. Unos duelen, otros asustan, todos acompañan. Qué poca cosa sería el mundo sin ellos.


Viernes, 2 de noviembre
NOSTALGIA DE OTRAS VIDAS

Paso un momento por el piso, tan lleno de amor y cachivaches, de mi ahijado Martín y qué gris y fría me parece luego mi casa, toda libros y papeles. No es un hogar, es solo la sede de una Fundación.



domingo, 28 de octubre de 2018

Revelación de secretos: Historia universal de la infamia




Sábado, 20 de octubre
AQUÍ NO PASA

El periodismo miente, pero no engaña. Leo –Margot Cottens en la portada– una revista popular en la España de Franco, Ondas. Es de abril de 1957 y comienza con un reportaje sensacionalista.
            “Se venden hijos a precios populares. El mercado negro de niños en Estados Unidos”, leemos en el titular. Y en la entradilla: “Este deshonesto comercio, desdichadamente bastante difundido en América, produce sumas enormes: por un niño de ojos azules, se llegan a pagar hasta siete millones de liras”.
            Al autor del reportaje, lo que le preocupa de ese comercio es que los compradores puedan ser estafados: “En treinta y cuatro Estados no es ir contra la ley vender a un niño. Tan solo en estos últimos años, las autoridades americanas han empezado a tomar en consideración proyectos de ley con penas muy duras para los que hacen esta clase de comercio. Los riesgos, en esta transición, están todos de parte del que compra: un recién nacido, por ejemplo, puede estar tarado por un mal hereditario, puede ser ciego y epiléptico, se han dado muchos casos, y no hay ninguna ley que pueda obligar al vendedor a restituir el dinero por fraude en el negocio”.
            Estas cosas escribía un periodista italiano, Guino Gullace, hablando de la adopción de niños, en una revista española. Claro que semejante comercio sin garantías solo podía ocurrir en las decadentes democracias. Aquí la situación era muy distinta. Y por si alguien no había caído en la cuenta, se inserta la fotografía de una niña abrazando a un osito de peluche con el siguiente pie: “En España no ocurre el grandioso drama del mercado negro de niños. En nuestros centros benéficos, los niños son atendidos maravillosamente y, claro está, son felices”.
            En España no se vendían niños (aunque también se vendieran), solo se robaban a las malas madres (rojas o solteras) para dárselos a las buenas familias que vivían de acuerdo con las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia.
            El periodismo miente, el de entonces y el de ahora, pero no engaña –como ese troll parlamentario que atiende al nombre de Pablo Casado– más que a quien quiere dejarse engañar.


Domingo, 21 de octubre
TRES ERRORES

“Día en que no cometes al menos tres errores es día perdido”, leo en un viejo cuaderno chino.
            Pues, si eso es así, muy pocos de mis días pueden considerarse días perdidos.


Martes, 23 de octubre
BRAVO, ERDOGAN

La denostada Turquía, el país que no cumple los estándares democráticos que le permitan formar parte de la exquisita Unión Europea, la república laica que se está islamizando a marchas forzadas, nos ha dado una lección.
            ¿Qué habría ocurrido si el asesinato de Jamal Khashoggi hubiera ocurrido, no en el consulado de Estambul, sino en la embajada saudí en Madrid, Londres, París, Roma o Berlín? Pues que nos habríamos creído –habríamos fingido creernos– las explicaciones de Arabia Saudí: el periodista, tras salir por su propio pie del recinto diplomático, estaría en paradero desconocido.
            Pero Erdogan, el denostado Erdogan, vio desde el primer momento que esta era la ocasión de lavar su imagen, de dar una lección de democracia y respeto a los derechos humanos  a quienes se pasan la vida dándole lecciones a él.
            Ahora la Unión Europea no puede mirar para otro lado y dedicarse a su deporte favorito, practicar el bullying con Venezuela mientras hace buenos negocios con la venta de armas a sanguinosas dictaduras.
            –-Nada nuevo, Martín, nada nuevo. Cuando Churchill y Roosevelt tomaban el té, comían caviar y con Stalin se repartían Europa en Yalta, ya habían ocurrido las más feroces purgas y millones de rusos se pudrían en el gulag.
            ––Pero lo de esta vez es demasiado. Ha habido un exceso de confianza en las tragaderas democráticas de occidente. Yo creo que o el príncipe ensangrentado se retira o peligran los buenos negocios del país.
            ––Qué ingenuo eres, Martín. Otros buenos negocios son los que peligran, no los suyos. ¿Recuerdas quién hizo de intermediario en todos los intercambios comerciales entre España y Arabia, incluido el mayor de todos, el del Ave a la Meca? Exacto, el amante de Corina, según contaban laudatoriamente todos los periódicos. Pero no es necesario que el príncipe descuartizador amenace con tirar de la manta en ese asunto. En España, los trabajadores de Navantia le sacarán las castañas del fuego al principito. Y en los demás países,  razones de Estado semejantes. En pocos meses se habrá olvidado todo y veremos al benemérito Mohamed ben Salmán paseándose por las capitales del mundo, siendo recibido por jefes de Estado y de gobierno, incluso aspirando quizá –cuando acabe con los yemeníes gracias a esas bombas cuya milimétrica precisión láser fue alababa por el ministro Borrell– al premio Nobel de la Paz. El dinero no huele, pecunia non olet, como decía el emperador Vespasiano a quienes criticaban su impuesto sobre las cloacas. La sangre dejará rastro en las paredes del consulado donde descuartizaron al periodista (hay quien dice que retransmitieron la ejecución en directo), pero ni el más sofisticado instrumental podrá encontrar la menor salpicadura en los dólares que los negocios saudíes permiten ganar a unos pocos privilegiados (y con los que se pagan tantos sueldos de currantes anónimos).
            ––¿Y no podemos hacer nada? Es como si Pablo Escobar creara la Fundación Escobar, a la manera de la fundación March, y por eso tuviéramos que perdonarle todos sus crímenes.
            –-No podemos hacer nada, nada, nada. Y tú ten cuidado con lo que escribes, no vayas a molestar al principito o a los que hacen negocios con él, que ya sabes cómo se las gastan.


Miércoles, 24 de octubre
BATALLITAS

Los viejos siempre andan contando batallitas de cuando eran jóvenes. Yo he comenzado a hacerlo, señal de que la edad no perdona a nadie. ¿Cómo era la iniciación en la vida literaria antes de Internet?, me preguntan en la presentación gijonesa de Anáfora.
            Y yo recuerdo los tiempos de Poesía española, la revista que dirigía José García Nieto, y que yo compraba, a principios de los setenta, en la librería Santa Teresa. En los márgenes, de distinto color, publicaba críticas de libros y noticia de las otras revistas de poesía que se publicaban en España. Yo les pedía un número de muestra contra reembolso, muchas me lo enviaban gratis, y luego me suscribía a las más interesantes. Solo después de conocer la revista me atrevía a mandar mi colaboración. Recuerdo bien que el primer poema apareció en Caracola, de Málaga, allá por 1971. Y me hizo ilusión saber luego –cuando leí el estudio de Fanny Rubio sobre las revistas de posguerra– que en ella habían colaborado Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda y que en el grupo inicial de los fundadores estaba María Victoria Atencia.
            También publiqué en Álamo, la elegante revista salmantina que dirigía Juan Ruiz Peña, un poeta jerezano, becqueriano y juanramoniano que cultivaba también el aforismo y había creado un heterónimo, Verecundo Abisbal. Casi nunca firmaba entonces como José Luis García Martín, que más que un nombre propio me parecía un nombre común.
            Ya me dedico a contar batallitas, como la gente de mi edad. Mala cosa. Pero aún no me considero un superviviente de otros tiempos en un mundo que no acabo de entender. No soy de esas personas para las que el siglo pasado sigue siendo el siglo XIX.
            No soy el que fui en aquellos heroicos setenta y aturdidos ochenta, soy solo su heredero. Y me escucho evocar viejos tiempos con curiosidad (siempre me ha interesado la historia), pero me aburro pronto. Mi tiempo sigue siendo este tiempo, el tenebroso, fascinante, adolescente siglo XXI.
            La historia, la mía y la del mundo, es una novela por entregas llena de intriga y de golpes de efecto y cuyo último capítulo es siempre el más apasionante.


Jueves, 25 de octubre
HEREJES

Asisto a la presentación que Xaime Martínez hace de Fruela Fernández en la librería Cervantes. Los dos comenzaron a ir por la tertulia cuando tenían dieciséis o diecisiete años y los dos me parecieron geniales.
            Fruela dejó de ir pronto, porque se fue a estudiar fuera y porque en seguida, tras la publicación de su primer libro, Círculos, que yo presenté en 2001, creyó encontrar mejores apoyos en Manuel Borrás, el editor de Pre-Textos, en Luis Antonio de Villena, que lo incluyó en sus antologías, o en los poetas que organizaban ese macrofestival cordobés (siempre con algún Nobel incluido) que se llama Cosmopoética.
            Aunque no volvió a publicar ningún libro hasta 2013 (sí espléndidas traducciones), en todos los recuentos de poesía joven figuraba su nombre. Tardó en volver a la poesía y cuando volvió lo hizo con una poesía áspera en la que entrevera el español y el asturiano, que a mí me interesó muy poco.
            Escucho ahora sus divagaciones político-poéticas y la lectura de los poemas de La familia socialista y sigo sin encontrarle demasiado interés a una especie de memorias de infancia en una familia socialista de las Cuencas, escritas en un verso entrecortado y pedregoso.
            ¿Soy justo al pensar así? Probablemente no. Tras un espléndido y prometedor primer libro, Fruela Fernández calló poéticamente (aunque siguió figurando literariamente) y luego prefirió seguir una poética con la que yo no sintonizo.
            Quizá sea así, pero yo no puedo dejar de pensar que abandonó demasiado pronto la nave nodriza, que si hubiera seguido un poco más de tiempo en la tertulia habría salido al ancho mundo algo mejor pertrechado conceptualmente.
            Al salir de la librería, como sé que no le va a molestar demasiado –él piensa que quien se quedó anquilosado en una estética provinciana soy yo–, le digo: “Tú ya no tienes remedio, pero para Xaime todavía hay salvación”.
            Tengo mis dudas. Entre un fervor asturiano mal entendido, la perorata a lo Manuel Vilas y la cátedra Feijoo, puede acabar igualmente estrellado. Y eso me preocupa, soy así de paternalista.


Viernes, 26 de octubre
UNA IMAGEN

Para la historia universal de la infamia quede la imagen que han publicado en primera página casi todos los diarios: con gesto serio, un adolescente da la mano al hombre que ha mandado asesinar a su padre.
            Vive en Arabia Saudí, el país preferido por los inversores para hacer buenos negocios, y allí se andan con pocas bromas: o acudía a la audiencia con el rey y el príncipe heredero para recibir el pésame o a él y al resto de su familia le ocurriría lo que al periodista díscolo.
            ¿Podrá alguna vez contar lo que sentía cuando apretaba su mano esa otra mano chorreante de vísceras y sangre?




domingo, 21 de octubre de 2018

Revelación de secretos: Rojo es rojo



Sábado, 13 de octubre
FALSOS CULPABLES

Abro al azar un libro que compré el domingo pasado en el mercadillo del Fontán: “El día 22 de octubre de 1945 se descubrió el cadáver de un leñador llamado Mario Pascual”. Yo conozco esa historia, pero según mis noticias ocurrió algunos años antes. Me la contó el nieto de quien fue condenado por el crimen.
            El cadáver tenía una cuchillada en el cuello y la cabeza aplastada por una piedra. En el barro de alrededor, había huellas de unos zuecos con suelas de goma. Las sospechas se centraron de inmediato en otro leñador con el que algunos vecinos dijeron que le había visto discutir: un español, de carácter hosco, hombre de pocos amigos. Se le interrogó, incurrió en múltiples contradicciones, nadie dudó de que fuera culpable. Su calzado se correspondía con las huellas, en su camisa había manchas de sangre. Dijo que procedía de un cordero que había sacrificado clandestinamente (trapicheaba en el mercado negro), pero pronto se descubrió que era en parte humana. Afirmó entonces que también había ayudado a un compañero herido. No se le creyó. Se le condenó a trabajos forzados y cadena perpetua.
            Ramón Solera fue compañero mío en los dos primeros años de la Facultad, los comunes, luego marchó a Madrid a estudiar una especialidad que no se impartía en Oviedo y dejé de verle. Le interesaba la filosofía y charlamos muchas veces, después de las clases de Gustavo Bueno, que no acabábamos de entender del todo, en el Cundo, donde a veces coincidíamos con algún catedrático pasado de alcohol.
            Me contó la historia de su abuelo analfabeto, condenado a cadena perpetua por un crimen que no había cometido. En clase de literatura, había salido a relucir el caso Dreyfus, y ese fue el pretexto.
            La historia que me contó mi amigo la encuentro ahora, más de cuarenta años después, en el libro de René Floriot Los errores judiciales, que ya estaba publicado entonces, pero que probablemente mi amigo no conocía.
            El condenado a trabajos forzados no dejó ni un momento de proclamar su inocencia. En prisión, donde la norma es que los culpables se declaran inocentes, a él --cosa rara-- todos le creyeron. Dejaba una mujer enferma y un niño pequeño. Como era analfabeto, sus compañeros se ofrecieron a escribirles cartas de súplica a las autoridades judiciales y también al propio ministro de Justicia.
            Y el azar quiso que una de esas cartas fuera a parar al fiscal general del tribunal de apelación de Angers. Le llamó la atención el apellido, que era el mismo que el de un compañero suyo en la guerra del 14, al que le unía una gran amistad, que había muerto en sus brazos. Ese azar, esa casualidad, tuvo importantes consecuencias. Pidió que le entregaran el sumario y le llamó la atención lo débil de las pruebas. No se había determinado, por ejemplo, el grupo sanguíneo del leñador asesinado, por lo que no se pudo comprobar si coincidía o no con el de la sangre que aparecía en la camisa del acusado. Decidió ir a ver a Solera acompañado de un comisario de policía. Lo primero que le preguntó fue si tenía alguna relación de parentesco con el soldado muerto en la Gran Guerra. No tenía ninguna.
            Al fiscal le sorprendió que en la cárcel todo el mundo, sus compañeros, el capellán, los funcionarios que le trataban, estuvieran convencidos de la inocencia de Solera. Ordenó entonces una nueva investigación para encontrar algún dato que permitiera revisar el caso. Volvió a interrogar a los que habían declarado que conocían la animadversión de Solera hacia el leñador asesinado. No dudaron en desdecirse, o en afirmar que no estaba tan clara, o que habían dicho lo que la policía quería que dijeran, para cerrar pronto el caso, porque se trataba de un pobre español analfabeto.
            Descubrió también que había otros sospechosos, dejados de lado: un cazador furtivo que había sido visto por los alrededores; otro leñador que compartía amante con el muerto y que se había suicidado poco después de que se condenara a Solera. Se le había condenado por las huellas de pasos y por la camisa ensangrentada, pero todos los leñadores llevaban el mismo tipo de calzado y las huellas de sangre no podían proceder de Pascual. El médico forense había dicho que le habían dado un tajo en el cuello y luego le habían aplastado la cabeza. En realidad, había ocurrido al revés. Al ser la cuchilla “post mortem”, no había producido hemorragia ninguna, no podía haber manchado la camisa del asesino.
            Como Dreyfus, el abuelo de mi amigo fu solemnemente rehabilitado. Su abogado, Jean Rozier, del colegio de Burdeos, consiguió que le dieran una indemnización de ocho millones de francos antiguos.
            ––Poca cosa, pero permitió que el hijo de un pobre español analfabeto, mi padre, estudiara medicina. Ya ejerciendo fue a ver al médico forense que, con su apresurado y chapucero informe, había propiciado la condena de un inocente. Pensó decirle quién era, pero para qué, pensó, qué arreglaba con eso. Además aquel viejo doctor sintió de inmediato simpatía por el joven médico y le invitó repetidas veces a comer. Mi padre dudó bastante, pero acabó aceptando. En esa primera comida, luego habría muchas en común, conoció a una joven tímida, la hija más joven del doctor, mi madre.
            Qué folletinesca la vida. Ahora un libro sobre Los errores judiciales me trae a la memoria la historia que me contó mi amigo, y que yo había olvidado. Fue allá por el 73 o el 74. Poco después, tendría yo ocasión de experimentar en carne propia lo que son los errores judiciales. Pero esa otra historia.


Domingo, 14 de octubre
NO PRESUMAS TANTO

A veces pienso que tengo todos los defectos del mundo, salvo el de la hipocresía. “No presumas tanto –me replica alguien que me conoce bien–. Te falta alguno más”.
            A veces pienso que solo tengo uno, pero que es el peor de todos, el de creerse superior a los demás”.


Lunes, 15 de octubre
CONSEJOS DE PRÍNCIPE HEREDERO

Tuve una pesadilla. Un periodista entra en el consulado de su país para realizar unos trámites que le permitan contraer matrimonio y allí es detenido, interrogado, torturado, descuartizado, sacado en trozos en dos coches del cuerpo diplomático.
            Pero esta no es la pesadilla. Tampoco que el periodista activara su reloj inteligente al entrar en el consulado saudí en Estambul y que toda esa siniestra ceremonia fuera grabada por su teléfono, a disposición de los investigadores.
            Tampoco que el rey Salmán, tras la llamada de Trump, se entrevistara con el príncipe heredero, un poco asustado: “Hijo mío querido, creo que esta vez te has pasado un poco”, “De ninguna manera, papá. Ya sabes que quien paga manda y a la mayor parte de los mandamases de esos países que protestan los tenemos en nómina, de una u otra manera. Pero como dependen de las elecciones, no como nosotros, para contentarlos he ordenado que detengan a tres o cuatro agentes del servicio secreto, que los torturen, que confiesen que han sido ellos por motivos personales los que mataron al periodista, y asunto solucionado. Y no tendrán más remedio que creérselo, o hacer como que se lo creen, que viene a ser lo mismo. Ya lo verás, papaíto”.
            La pesadilla fue que cuando España amenazó con tomar represalias por ese crimen, quien había encargado la ejecución, el hombre fuerte del país, el príncipe heredero, soltaba una carcajada.
            ––¿Represalias? Sí, como con las bombas. Chasco yo los dedos y tengo a unos miles de obreros andaluces en huelga y manifestándose para que no hagan nada que pueda enfadarme y hacerme retirar los barquitos que estoy construyendo allí. Ahora hay elecciones en Andalucía. Ya convencerá la presidenta Díaz al presidente Sánchez de que no es el mejor momento para andarse con escrúpulos de moralidad.
            Pero no fue eso lo peor de la pesadilla. El sátrapa saudí volvía a España y en ella era recibido como en Bienvenido, mister Marshall, con cánticos y en hedor de multitudes. Y le agasajaban en el Palacio Real, como la última vez. Y en un momento de mi sueño-pesadilla se acercaba al jefe del Estado español y le susurraba al oído:
            ––Primo, creo que tenéis un problemilla con no sé qué súbditos díscolos. Pues ya sabéis el remedio. Mano de santo. Con la ventaja además, en vuestro augusto caso, de que España es una democracia sabia, no como otras, y al jefe del Estado le ha puesto al margen de la ley. ¡Ya quisiera Trump, perro ladrador pero poco mordedor, que la Constitución de su país le permitiera estar al margen de los tribunales tanto por sus actividades públicas como por las privadas, según fue el caso de vuestro augusto padre, el mejor amigo de mi país, y es el vuestro, de acuerdo con los más reputados catedráticos de Derecho Constitucional!
            (Me desperté bañado en sudor y todavía durante mucho rato, no sé si dormido o despierto, seguí escuchando la risa del príncipe y los alaridos del periodista mientras le iban destrozando los dedos uno a uno.)

Miércoles, 17 de octubre
COSAS DE POETAS

––Creo que no valoras mucho mi poesía –me dice César Iglesias en el Vetusta–, porque nunca te has metido con ella.
            ––Hombre, tampoco me he metido nunca con Jorge Manrique –le respondo.
            (Pero la verdad es que yo solo me meto con los poetas que juegan en primera división.)

Jueves, 18 de octubre
SIN TEMOR

Cuando camino por la calle, siempre me fijo en la publicidad. “Rojo es rojo. No es rosa después de treinta lavados. Lava sin temor”, leo en una parada de autobús.
            Sonrío y de inmediato lo convierto en otro tipo de cartel: “Rojo es rojo. No es rosa después de tres meses de gobierno. Gobierna sin temor”.


Viernes, 19 de octubre
ADIÓS A TODO ESO

Como en la fábula de la zorra y las uvas, repito que me alegro de no estar invitado, como durante tantos años, a la entrega de los premios Princesa de Asturias: así no tengo que ponerme corbata ni que llegar tarde a la tertulia.
            Pero la verdad es que me fastidia un poco. Lo pasaba bien cotilleando con Rosa Navarro Durán y otros buenos amigos durante la comida del Reconquista y luego escuchando los discursos en el Campoamor (siempre el más largo y didáctico, y a menudo también el mejor, era el del príncipe, ahora rey). 
            El año pasado no tuve más remedio que rechazar la invitación, por razones de conciencia. Resultó muy provechosa la etapa en que formé parte del jurado y añoraré sus debates, a veces bastante ásperos, sus intrigas y sus buenos momentos, primero con Graciano García, todo espontaneidad y pasión poética, como director, luego con Teresa Sanjurjo, más diplomática, pero no menos inteligente ni cordial.
            Como soy un ser humano, aunque haya quien lo dude, tengo mis contradicciones. Nunca fui partidario de la monarquía, pero siempre apoyé a Felipe de Borbón. Hasta que, en un momento crucial de la historia de España, me pareció que dejaba de ser parte de la solución para ser parte del problema. Nada me gustaría más –sigue contando con todas mis simpatías– que estar equivocado.  




sábado, 13 de octubre de 2018

Revelación de secretos: No debería decirlo



Sábado, 6 de octubre
EL ÚLTIMO DEL ESCALAFÓN

––Estoy harto de oírte hablar bien de ti mismo. ¿Pero es que no tienes ningún defecto?
            ––Tengo por lo menos uno, y bastante grave: no soy ambicioso. Me conformo con poder vivir sin jefe, con trabajar cuando me dé la gana, con ganar solo un poco más de lo que necesito, con poder decir lo que pienso y tratar de vivir conforme a lo que pienso… Con eso me conformo y no me importa nada jubilarme siendo el último del escalafón.


Domingo, 7 de octubre
UN CUENTO DE TERROR

No sé bien si es que no tengo nunca vacaciones ni fiestas de guardar o es que no trabajo nunca y todo el año es vacación. Como a los niños, me interesa todo; como los niños, me canso pronto de cualquier ocupación. ¿Y qué hago cuando me canso de una cosa? Pues me pongo con otra. Y cuando cambio de ocupación, me gusta cambiar de lugar. Mis oficinas son abundantes: la cafetería de la mañana, la de la tarde, la de media tarde, aparte de mi casa y el despacho en el Milán.
            Los sábados y los domingos, incluso en verano, suelo pasar un rato por el despacho del Milán. La tarjeta magnética nos permite entrar a cualquier hora y ese es uno de los lujos que más me agradan en mi trabajo de profesor universitario. ¿Trabajo? ¿Puede considerarse trabajo uno en el que pasamos por la oficina cuando nos da la gana? Bueno, también están las clases, eso que las autoridades académicas valoran tan poco, pero para mí son lo mejor de ser profesor; un regalo, el regalo de poder hablar de lo que te apasiona a quien quizá consigas apasionar también, no una carga, la famosa “carga docente”, que te disminuyen si un comité evaluador, que no lee tus investigaciones, las da por válidas según burocráticos criterios.
            Como me aburro en casa y no me apetece ir al cine, se me ocurre pasar por el despacho a corregir trabajos de alumnos que tengo pendientes. Cuando me canse de la corrección, me pasaré por el Titanic a leer la poesía reunida de Pedro Sevilla, que me acaba de llegar. Los libros de poesía son los más exigentes. Requieren atención plena, tempo lento, y que no haya otros libros a la espera sobre la mesa (son muy celosos).
            Pero hoy no funcionaba la puerta de las tarjetas. Llamé a seguridad y vino el guarda a abrirme.
            –-Tiene que llamarme cuando quiera salir. Tampoco se puede abrir desde dentro.
            Subo al despacho, contesto  correos, corrijo unos pocos trabajos, ordeno algún fichero y cuando voy a llamar a seguridad para que me abran la puerta descubro –no me había ocurrido nunca– que mi teléfono se ha quedado bloqueado, que no soy capaz de encenderlo. Y me entra el pánico. Estoy encerrado en un edificio inmenso y medio a oscuras: hay luz en el despacho, pero en los pasillos y escaleras solo unas lucecitas de seguridad.
            ¿Tendré que pasar aquí la noche? Y si se declara un incendio, ¿cómo voy a salir? Y si, aparte de mí, hay encerrado un psicópata, algún asesino en serie. Me imagino historias que he visto en las series de televisión. Un sudor frío. Casi me dan ganas de abrir la ventana y ponerme a gritar.
            Bajo hasta la puerta. En ese mismo momento, pasa el guarda haciendo su ronda entre los diversos edificios del campus, toco en los cristales, me abre, respiro aliviado.


Lunes, 8 de octubre
MUÑOZ MOLINA HACE AUTOCRÍTICA

Sonrío al leer a Antonio Muñoz Molina en su habitual artículo de Babelia. Arremete contra lo que yo siempre he detestado “la vana morralla narrativa” (el pretexto son los miles de páginas de Mi vida, el bla bla bla de no sé qué famoso sueco o noruego) y añade: “No es que yo esté libre de culpa. Miro de soslayo y con remordimiento el grosor de unos cuantos de los libros que he escrito. A veces estoy haciendo una de esas lecturas públicas que son frecuentes fuera de España y me salto sobre la marcha frases enteras para terminar antes”.
            Exactamente, lo que hice yo con La noche de los tiempos y aún así no fui capaz de terminarla, a pesar de lo mucho que me interesa la época evocada y lo que me seduce, desde que lo leí por primera vez en El robinsón urbano, el estilo envolvente del escritor.
            Los lectores, los lectores de literatura culta, son un poco masoquistas, me temo. Si no les cuesta terminar un libro, tienen la impresión de que lo que leen no es literatura seria sino simple entretenimiento.



Martes, 9 de octubre
AMISTAD RECOBRADA

Estoy acostumbrado a perder amigos (azares de la vida literaria); no estoy tan acostumbrado a recuperarlos. Por eso –después de un áspero intercambio de palabras en la realidad real y en la virtual– me alegra tanto recibir, generosamente dedicado, el libro de Andrés Trapiello sobre El Rastro, el libro de una vida.
            ¿Durará mucho esta recobrada amistad? Si algo he aprendido de mi relación con los escritores, es que durará hasta la próxima reseña en que los reparos abulten más que los elogios. Ni un minuto menos, pero también ni un minuto más.


Miércoles, 10 de octubre
SOLEDAD SIN SOLEDAD

Recuerdo a menudo, aunque no sé si en su literalidad, aquella cita apócrifa de Santa Teresa que Truman Capote coloca al frente de Plegarias atendidas: “Hay que tener cuidado con lo que se desea porque a veces los deseos acaban realizándose”.
            Pero algunos de mis sueños se han hecho realidad y no me han defraudado: siguen siendo tan hermosos como cuando eran solo un sueño.
            Sigo viviendo solo, que es como me gusta vivir, pero ya no vivo solo, que es lo que siempre he deseado.
            ¿He sido el arquitecto de mi propio destino, como en el poema de Amado Nervo? Digamos que he tratado de jugar de la mejor manera posible con las cartas –unas buenas y otras menos buenas– que el destino me puso en las manos. Y que he ganado alguna que otra partida. Hoy sonrío feliz.


Jueves, 11 de octubre
UN HOMENAJE

En el XL Semanal del pasado domingo, leo un reportaje de Juan Manuel de Prada sobre los “negros” de los escritores, un tema con cierto morbo. Muchos libros se escriben en colaboración y quien firma es solo quien más ayuda a vender. A veces, el protagonista, como en las memorias de José María Aznar, Belén Esteban o James Costos. Resulta algo admitido socialmente, como que los discursos de los políticos no los escriban los políticos.
            En literatura, se admite menos, aunque está claro que el autor de bien documentadas novelas históricas no hubiera podido haberlas escrito sin un equipo que le ayuda en la investigación. ¿Y qué tiene de extraño que Cela contara con la ayuda de lexicógrafos para su Diccionario secreto? Pero en la portada debe figurar solo su nombre, que es el que vende.
            Juan Manuel de Prada, a propósito de la relación entre Gregorio Martínez Sierra y su mujer María Lejárraga, escribe: “La historia, sin duda, es turbia, con sus dosis de sacrificio heroico, sórdida morbosidad, resignación callada y monstruosa avaricia”. El bueno de Prada, siempre tan desaforado. Fue solo un acuerdo voluntario de colaboración: a María Lejárraga le gustaba escribir teatro, pero odiaba el mundo del teatro; su marido era un director teatral con talento de empresario. La colaboración beneficiaba a los dos: él era agente, relaciones públicas, quien se ocupaba de que las obras se estrenaran y fueran un éxito. Sin Gregorio Martínez Sierra, su esposa María es muy probable que no hubiera podido vivir de la literatura. El caso es extraño, ciertamente, pero la colaboración funcionaba tan bien que a ninguno le interesó romperla cuando el matrimonio dejó de funcionar.
            Los problemas de plagio tienen también mucho morbo, sobre todo cuando se convierten en armas arrojadizas para desacreditar a alguien. Pero la gran literatura siempre ha utilizado materiales ajenos, no sería verdaderamente grande si no se alimentara de la literatura anterior. Los ladrillos con los que se construye una obra propia no siempre son propios. En arte, apropiarse de lo ajeno para hacer algo distinto es muy habitual. Otra cosa es que, si la obra produce dinero, esté debe repartirse equitativamente entre todos los que han colaborado, aunque sea involuntaria y mínimamente, en ella.
            A mí siempre me ha gustado incluir en lo que escribo fragmentos de otros autores, unas veces indicándolo y otras no, unas veces dándoles la vuelta y otras copiándolos tal cual. Siempre recuerdo que José Camón Aznar, acusando recibo de mi primer libro, Marineros perdidos en los puertos, lo elogiaba y decía que en él había versos dignos del mejor Góngora. El verso que citaba para ejemplificarlo era, efectivamente, de Góngora. Yo lo había incluido entre los míos sin subrayarlo, como era bastante frecuente en aquellos años novísimos.
            Si yo fuera ministro, cómo iba a disfrutar el periodismo cavernario encontrándome plagios, material ajeno reciclado con y sin comillas. Pero nunca seré ministro y nunca interesarán a nadie mis triquiñuelas literarias. La intertextualidad en la obra literaria de José Luis García Martín podría ser el título de una tesis doctoral de más de mil páginas. Hasta mis confesiones más íntimas a veces están copiadas de un poeta chino o de François Mauriac.
            Si yo entremezclo en mis textos tantos textos ajenos es para dar trabajo a los eruditos del futuro, pero me temo que ellos tendrán otras cosas en qué ocuparse. Una frustración más que añadir a mi currículum. Como la de que a nadie se le ocurra plagiarme, ahora que la actividad está tan de modo. En cuarenta años que llevo publicando, solo una vez lo hicieron y encima tuvieron la amabilidad de pedirme antes permiso. Allá por 1977 o 78. me llamó Fernando Ortiz, a quien había enviado mi tesina de licenciatura, y me dijo: “Me acaban de pedir de La Estafeta Literaria un artículo de conjunto sobre la poesía de Caballero Bonald; lo piden con cierta urgencia y ahora no tengo tiempo de hacerlo. ¿Te importa que arregle un poco las páginas que tú le dedicas? Es más o menos lo que yo pienso”.  “Encantado. Un honor”, respondí de inmediato, aunque la tesina, que sirvió de base para mi tesis doctoral, estaba inédita. Un homenaje semejante no se ha vuelto a repetir.


Viernes, 12 de octubre
DESDÉN

No debería decirlo, pero ya se sabe que me paso la vida diciendo cosas que no debería decir. Yo siempre he despreciado un poco a los escritores profesionales, a los que se presentan a premios o becas, a los que publican un libro y han de ir vendiéndolo, como los charlatanes de feria, de librería en librería o de centro comercial en centro comercial.
            ¿De dónde le viene al niño menesteroso que fui ese aristocrático desdén? Para mí, la literatura es un regalo que la humanidad se hace a sí misma a través de los escritores, no tiene precio, no puede ser un medio de vida. Ya sé que eso vale sobre todo para la poesía; no para la novela, que cuando es de género –Falcós, Templarios o Catedrales del Mar– puede ser un oficio como otro cualquiera.
            También yo, involuntariamente, he ganado un poco de dinero con la literatura, pero siempre he creído que mi obligación era devolvérselo de inmediato.