domingo, 17 de diciembre de 2017

Acción de gracias: Un robo y otros cuentos


Sábado, 9 de diciembre
LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Soy tan rutinario que hasta tengo un día para los debates religiosos: el sábado, herencia quizá de mis imaginarios antepasados judíos.
            Para mí no hay religiones verdaderas y falsas. Todas son verdaderas, incluso las creadas por falsarios para hacer negocio a costa de los más ingenuos.
            Lo que las convierte en verdaderas no es su adecuación a realidades del trasmundo, sino el que alguien crea en ellas.
            Importa poco que haya un Dios o varios dioses o ninguno. Zeus o el Dios de los cristianos dejan de existir cuando nadie cree en ellos; y vuelven de nuevo a la vida en cuanto alguien los invoca con fe.
            Las creencias modifican la realidad, crean realidad.
             La Virgen no pierde el tiempo apareciéndose a quienes no creen en ella.
            (Voy anotando las ideas que me parecen más interesantes entre las que surgen a lo largo del debate.)
            La verdad de una religión está en su éxito. Solo son verdaderas las religiones que triunfan: eso demuestra que tienen de su parte a Dios.
            Cristo no es más importante que Apolonio de Tiana, otro taumaturgo de su tiempo, porque hiciera más milagros (le gana Apolonio), sino porque sus seguidores fueron creciendo a lo largo de los siglos hasta llenar el mundo y los del segundo desaparecieron.
            Cristo es un invento de los cristianos, no al revés. Sin ellos no es más que un pobre hombre, uno de tanto iluminados de su tiempo.
            En el siglo II los cristianos eran como los nihilistas en la Rusia del siglo XIX, unos hombres –según el espléndido comienzo del Discurso verdadero de Celso– “sin patria ni tradiciones, asociados entre sí contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente cubiertos de infamia, pero autojustificándose con la común execración”.
            Esa secta, una especie de carcoma que iba destruyendo los fundamentos mismos de la sociedad romana, que no respetaba la ley, podía haber desaparecido como tantos otros cultos durante el derrumbe del imperio, pero supo metamorfosearse a tiempo para ocupar su lugar. Triunfó, como el bolchevismo en Rusia y dejó de ser una fuerza antisistema para convertirse en el Sistema, en el nuevo imperio que aspiraba al dominio universal.
            Leemos admirados diversos pasajes del discurso de Celso, llenos de buen sentido e inteligencia.
             ––¿Y cómo ha llegado ese texto hasta nosotros? ¿Cómo no lo destruyeron los cristianos una vez que ocuparon todos los resortes del poder?
            ––No ha llegado.
            ––¿Es un apócrifo entonces? Podía haberlo escrito Savater antes de haberse convertido en un fanático nacionalista español.
            ––No, no. Hasta donde sabemos este discurso verdadero es verdadero. Uno de los padres de la iglesia (luego tildado de herético), Orígenes, se dedicó a refutarlo y en su réplica incluyó abundantes citas del texto original. Su Contra Celso ha salvado a Celso. Yo siempre he creído que para perdurar en la historia nada como contar con buenos y abundantes detractores. Se llama discurso verdadero contra los cristianos, pero igualmente va contra los judíos, ya que por entonces todavía no era fácil distinguir entre unos y otros. Así comenta el Génesis: “Dios habría fabricado con sus propias manos un hombre, habría soplado sobre él, habría sacado una mujer de sus costillas, les habría dado unos mandamientos, y una serpiente que contra ellos se había erguido contra ellos triunfó: buena fábula para las viejas, narración donde contra toda piedad se hace de Dios un personaje tan pobre desde el comienzo que se muestra incapaz de hacerse obedecer por el único hombre que él mismo había formado”.
            Dios existe, pero no tiene manos ni pies, piedra ni palo para castigar: su poder son los fanáticos que creen en él. Por eso Apolo soporta las burlas con bastante más paciencia que Jehová o que Alá.


Martes, 12 de diciembre
HAY COSAS QUE NUNCA CAMBIAN

Por estas fechas, hace exactamente ochenta años, comenzaron a aparecer en el ABC de Sevilla, fragmentos del diario privado de Manuel Azaña. Querían ser un arma más, un arma letal, contra los republicanos. En ellos, el presidente de la República hablaba con total sinceridad de sus correligionarios, y sus impresiones no siempre eran favorables. Al contrario de lo que posteriormente ocurriría con las agendas de otro político –el consejero catalán Jordi Turull– esos papeles no habían sido requisados por la policía y filtrados después a la prensa afín. Habían sido obtenidos de manera más rocambolesca.   Tras el comienzo de la guerra, Cipriano Rivas Cherif fue nombrado cónsul en  Ginebra; su cuñado, el presidente de la República, le pidió que llevara con él, para preservarlos mejor, los nueve cuadernos en que había ido dejando constancia casi diaria de su actividad pública desde que comenzaron sus responsabilidades políticas. Pretendía que sirvieran de base para la redacción de unas futuras memorias, que no tendría tiempo de escribir.
            No fue una decisión muy acertada. En Ginebra, se encontraba destinado un joven diplomático, Antonio Espinosa San Martín, que en un principio se mantuvo fiel a la República, al contrario que la mayoría de sus compañeros, pero que en seguida se dio cuenta de que no había tomado la mejor opción. No podía, sin embargo, desertar sin más y volver a la zona llamada nacional. Allí le tenían por un traidor. Nadie le había obligado a tomar la decisión que tomó y a firmar incluso la destitución de quien había sido su jefe. Tenía que hacerse perdonar, no podía volver con las manos vacías.
            Mientras fingía entusiasmo republicano, acumulaba el botín que le serviría de salvaconducto: una carta de Fernando de los Ríos, notas de los depósitos de dinero en los bancos suizos, un recibo del pago de diez mil francos a un periodista del Journal de Genève, informaciones sobre una compra de armas en la que había intervenido los anarquistas… ¿Sería suficiente? El joven y ambicioso diplomático no estaba del todo seguro.
            Una tarde se encontró casualmente con que el cónsul estaba leyendo a un puñado de escogidos amigos un cuaderno manuscrito de cubierta negra, imitando a piel, conteras y lomo de amarillo, y de vez en cuando interrumpía la lectura para deshacerse en elogios de la clara prosa y la aguda inteligencia del autor, su cuñado, don Manuel Azaña.
             De inmediato supo lo que tenía que hacer. Esos cuadernos ni siquiera se guardaban en la caja fuerte. Cuando descubrieron el hurto, Rivas Cherif creyó que faltaban dos tomos, pero en realidad Espinosa San Martín se llevó tres.
            Los cuadernos fueron entregados a Nicolás Franco, quien se apresuró a pasárselos al Generalísimo y este a un periodista de su confianza, Joaquín Arrarás, que de inmediato comenzó a publicarlos, troceados y adecuadamente comentados, en el ABC de Sevilla.
            Como prólogo, se le pidió a un reputado grafólogo que analizara la letra, “temblona, vacilante y tortuosa”, de Azaña: mostraba un carácter sádico, rencoroso, tortuoso, a un impotente y a un afeminado, a un auténtico monstruo, en una palabra.     Esos fragmentos se reunieron luego en un tomo, Memorias íntimas de Azaña, que durante muchos años fue el único testimonio de los cuadernos robados, que se creían perdidos para siempre, como el discurso de Celso se salvó en la prosa condenatoria de Orígenes.
            Reaparecieron de la manera más inesperada posible. José María Aznar, por entonces liberal y azañista de pro, desveló en una entrevista que los estaba leyendo. Se los había pasado su ministra de cultura, Esperanza Aguirre. La familia de Azaña reclamó de inmediato esos bienes robados. Esperanza Aguirre dijo que se los había entregado Carmen Franco, quien los había encontrado en la biblioteca familiar.
            No sé por qué me ha venido hoy a la cabeza esta historia. O sí lo sé. Hay cosas que nunca cambian. Pero si aquellos patriotas ganaron la guerra no fue precisamente por las indiscreciones de Azaña sobre el pésimo gusto artístico de Fernando de los Ríos o las tosquedades de Indalecio Prieto, sino por otras razones más contundentes. Tampoco ahora, sea cual sea el resultado de esta otra discordia entre españoles, me parece a mí que van a tener mucho que ver las indiscretas revelaciones que se encuentren en papeles incautados por la policía y de inmediato exhibidos en la prensa afín como botín de guerra.


Miércoles, 13 de diciembre
¿QUÉ FUE DEL LADRÓN?

De los diarios robados de Azaña se publicaron veintidós entregas en los diarios de la zona nacional; de las revelaciones de cierta agenda, creo que se van a publicar bastantes menos. Comienza el juicio a los expresidentes de la Junta Andaluza y otras serán las noticias de primera página.
            La Marca España está quedando hecha unos zorros. Yo prefiero dejar a un lado el guirigay de la actualidad  y entretenerme con la novela de la historia. ¿Qué sería de Antonio Espinosa San Martín, el ladrón de los cuadernos de Azaña? Parece que se salvó por poco de la Comisión de Responsabilidades; por un voto. Franco, como Roma, no pagaba traidores. Despreció a Pérez de Ayala, que se pasó la guerra adulándole, que se ofreció para escribir un libro laudatorio, que quiso rendirle personalmente pleitesía. Espinosa San Martín fue destinado a Fez y luego lo más lejos posible, a Sidney. Su carrera diplomática tardó en despegar: fue encargado de negocios en Caracas, consejero en Washington y cónsul general en Nueva York. Murió en 1968, cuando su hermano era ministro de Hacienda. ¿Pensaría alguna vez en los cuadernos que había robado? Yo me lo imagino hojeando, poco antes de morir, el tomo de la editorial Oasis en que se publicaron por primera vez los diarios y recordando la voz de Rivas Cherif leyendo aquellas páginas. Y en lo muy otra que hubiera sido su vida si el chisgarabís del cuñadísimo hubiera guardado los cuadernos que tan imprudentemente le fueron confiados en la caja fuerte.


Jueves, 14 de diciembre
EL ROMPECABEZAS INCOMPLETO

Releo un cuento de Emilia Pardo Bazán publicado en Blanco y Negro a comienzos de enero de 1899. Se titula “El rompecabezas”. Habla de un niño, Eloy, al que los Reyes le regalan un rompecabezas geográfico, el mapa de España, que su madre, viuda reciente, había logrado adquirir por módico precio; así aprendería jugando, piensa la buena señora. El niño,  al tratar de unir la piezas que forman España, de pronto se detiene: “Mamá, el juguete está incompleto. Falta aquí mucha España. No encuentro la isla de Cuba. Ni a Puerto Rico… ¡Falta España!”
            La madre, con los ojos llenos de lágrimas, reponde: “Acierta el rompecabezas. Esas tierras ya no son España. Allí murió tu padre”.
            No dijo nada Eloy, pero con un manotazo rechazó el regalo de Reyes.


Viernes, 15 de diciembre
CUANDO NO SE QUIERE

Qué razón tenía Freud. Cuando no se quiere hablar de una cosa, al final acaba uno no hablando de otra cosa.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Acción de gracias: Esta España nuestra




Sábado, 2 de diciembre
MÁS VALE TROCAR

“Más vale trocar / placer por dolores / que estar sin amores”. Escucho, en la iglesia de San Juan el Real, al coro de mi amigo Javier Almuzara cantar a Juan del Enzina.
            ¿Más vale trocar placer por dolores que estar sin amores? Hace tiempo que ya no pienso así. La edad nos vuelve más hedonistas.
            Yo prefiero los pequeños placeres de cada día al tormento del gran amor. De esos ya he tenido bastantes. Casi siempre no correspondidos, y entonces lo pasaba mal; alguna vez correspondidos, y entonces acababa pasándolo peor.
            “Más vale trocar / los grandes amores / por placer sin dolores (de cabeza)”.


Martes, 5 de diciembre
LA PIEZA 25

Cuando tengo clase a las doce, como varios días de este semestre, no puedo pasar por mi mesa redonda habitual de Las Salesas. El recambio lo he encontrado en la panadería-cafetería Granier, cercana al Milán. Llego a las once, pido un cortado y, si está libre mi mesa del fondo junto a la ventana, soy feliz.
            Siempre llevo trabajos de los alumnos y algún libro reciente; también hojeo el periódico (una hora da para mucho). No me molesta el rumor de las conversaciones ajenas; todo lo contrario.
            Hoy, tras corregir unos cuantos comentarios al anuncio de la Lotería Nacional (una de mis asignaturas se titula “Literatura y publicidad”, soy así de afortunado), continúo con La pieza 25. Operación salvar la infanta, de Pilar Urbano, asombrosa y verídica novela negra.
            Leo cada vez más admirado y abochornado. Admirado por el minucioso trabajo de la autora, por los innumerables pequeños detalles exactos; abochornado como español por el retrato de mi país que de estas páginas se desprende.    
            Urdangarín y la infanta compran un palacete en Barcelona cuyo importe supera en mucho al que ellos pueden pagar con sus ingresos declarados. El anterior jefe del Estado, a través de un emisario de la Casa Real, le hace llegar al propietario de La Vanguardia una detallada nota sobre cómo debe tratar su periódico el asunto. Termina con un “te pido”, que en realidad es un “te ordeno”: “Que presentes como una aportación positiva que los duques de Palma fijen su residencia en Barcelona. Que lo presentéis como algo natural de compra inmobiliaria, con los riesgos de endeudarse que tienen las parejas jóvenes de hoy”.
            El propietario de La Vanguardia, tercer conde de Godó, aspiraba al título de Grande de España. Pasó por el aro, en esa como en tantas otras cosas, y le fue concedido.
            Apenas hay página en el libro sin una inmundicia de gente que teníamos por decente. Dan ganas de decir aquello de “un país como este no es el mío”. Pero sí, es el mío, es nuestra querida España en el período más largo de paz, prosperidad y democracia que ha tenido en toda su historia.


Miércoles, 6 de diciembre
UN DÍA TRISTE

Cómo nos han engañado. La posverdad (que es como ahora se llama a las mentiras de siempre) no la inventaron las redes sociales, tampoco El País: forma parte de la esencia misma del periodismo, es lo que permite que una empresa periodística pueda ser un buen negocio aunque esté en números rojos.
            Subrayo, en el libro de libro de Pilar Urbano, unas pocas líneas referidas al anterior jefe del Estado: “No era precisamente ese tipo campechano y simpático que la gente creía. ¡Ni hablar! Las bromas podía gastarlas él, no tú; y había que andarse con tiento para llevarle la contraria. De puertas adentro, el Rey era un señor geniudo, pagado de sí mismo, egoísta y mandón. Un capitán general de ordeno y mando, déspota con el servicio, sin distinguir entre camareros, chóferes, valets de cámara, edecanes civiles o ayudantes militares de alta graduación. De humor cambiante, un día eufórico y guasón, y otro día irritable. Despectivo, hasta grosero a veces, con la Reina. Y con un ego de rey que ni su hijo Felipe le aguantaba”.
            Pero eso es lo de menos, lo de más son sus “negocios”. Con que sea verdad la mitad de lo que se ha contado sin que nadie lo desmienta, Urdangarín queda convertido en una hermanita de la caridad.
            Yo voté ilusionado esta constitución, pero hoy nada tengo que celebrar. Todo lo contrario. La han utilizado, como la banderita que adorna cinturones y ventanas para dar con ella en la cabeza a quienes piensan de un modo distinto.
            Pero he prometido no hablar de lo que unos llaman política y yo llamo historia de España. Y no voy a hacerlo, prefiero que primero hablen las urnas. Después del 21 de diciembre veremos qué pasa.
            Yo me temo lo peor. Una vez que se abandonan los escrúpulos democráticos ya no hay marcha atrás: tricornio y tente tieso.
            Espero equivocarme. Mi amigo Abelardo Linares siempre me dice que, al contrario que en literatura, en política no doy una. Ojalá tenga razón.


Jueves, 7 de diciembre
LA REDOMA AZUL

“A todo el mundo le gusta que le cuenten una buena historia, pero a nadie le gusta que le cuenten cuentos, especialmente si son cuentos de fantasmas como los que a ti te gusta contar”, me dijo Miguel.
            Estábamos en el Vetusta, con más gente de la acostumbrada, en la mesa peor iluminada, y yo pensé que tenía que improvisar una buena historia si no quería que me volviera a aburrir con el cuento de sus cuitas amorosas. Tenía sobre la mesa (yo nunca salgo de casa sin un libro: sería como si saliera desnudo) las Divagaciones de un haragán, de Jerome K. Jerome, que había comprado por la mañana en un puesto del Fontán. Lo había comprado porque guardaba un buen recuerdo de Tres hombres en una barca, leído a la hora de la siesta en una de esas interminables tardes del verano extremeño, cuando no había nada que hacer y no se podía salir a la calle, y por la dedicatoria a su mejor amiga, “que nunca critica mis defectos, ni me pide dinero, ni se elogia a sí misma; a la compañera de mis horas de ocio, al consuelo de mis penas; a la que comparte mis desdichas y esperanzas”. Tras media página de elogios esa amiga resulta ser la más veterana de sus pipas.
            Al ir a comprarlo, me entretuve un momento hojeando el volumen, y cuando levanto la vista me veo reflejado en una redoma de vidrio como de gabinete de alquimista. La señalé con el dedo.
            ––¿Cuánto pide por ella?
            El mismo vendedor al que había pagado un euro por el libro de Jerome K. Jerome me respondió con una cantidad astronómica. Creí que no había oído bien. Pero él la repitió más despacio. No había ninguna duda.
            ––Es que es mágica –aclaró sonriente–. ¿No ha oído hablar usted del cuento de Aladino? Dentro hay un genio dispuesto a concederle a su poseedor tres deseos.
            Sonreía y yo le seguí la broma.
            ––¿Y no se los ha pedido usted ya?
            ––A mí no me la vendieron, me la regalaron (bueno, en realidad la encontré entre los trastos de una mudanza) y así no vale.
            ––Me gusta su forma y parece antigua. Pídame una cantidad razonable.
            ––Quinientos euros. Ni uno más ni uno menos.
            ––Cincuenta. Es todo lo que tengo.
            ––Hecho.
            Nos estrechamos la mano, me dio el frasco de impreciso color azul y me despidió con un “suerte y cuidado con lo que pide”.
            Yo caminé hacia el Campillín, como hago todos los domingos (ayer no era domingo, pero era fiesta o sea que como si lo fuera), sabiendo de sobra que no había hecho una buena compra, sino que había hecho el primo.
            La misteriosa redoma cada vez se parecía más a la caprichosa botella de algún licor. A pesar de eso, me entretuve en pensar qué tres deseos pediría si fuera verdad que había un genio dentro.
            ¿Qué era lo que yo más deseaba? ¿El premio Nacional de Literatura, el Nobel? Premios no, gracias, que soy alérgico. ¿Una mujer que quiera compartir su vida conmigo? Bueno, eso más que un premio sería una condena. ¿Un hombre que ídem? Preferiría un perro, o mejor un gato. No estoy yo hecho para la vida de pareja en ninguna de sus variedades.
            Y mientras andaba en estas cavilaciones, no te lo vas a creer, amigo Floriano, pero de la botella, dejémoslo en vulgar botella, comenzó a salir una especie de humo, primero casi imperceptible, luego cada vez más denso, de un color también extrañamente azul. Me asusté un poco. Estaba yo entonces frente al escaparate de la librería de Valdés, donde siempre me detengo un momento todos los domingos, a pesar de que, tras un desagradable incidente, hace tiempo que no la frecuento. Dejé la botella en el suelo, decidido a olvidarla allí, pero una mujer que esperaba el autobús en una parada cercana me miró con mala cara. Quizá pensó que se trataba de un artefacto explosivo, de un cóctel molotov o algo así. Para disimular, me agaché, hice como que me ataba el cordón del zapato, la recogí y seguí caminando. En el pasaje que lleva desde el antiguo colegio Hispania hasta la calle Magdalena, que siempre suelo utilizar, y como no había nadie a la vista, abandoné la botella en una esquina. Al darme la vuelta un momento, antes de salir a la calle, llena de gente a aquella hora, miré hacia atrás y me pareció ver que, como en las viejas película, el humo se hacía más denso y comenzaba a formar una figura vagamente humana. Aceleré el paso.
            ––Pues a mí se me ocurren qué tres deseo podías pedir –me dijo mi amigo, que por supuesto no se había creído nada de lo que le había contado–. Podías pedir que me den el Nobel a mí, ya que tú no lo quieres; y que mi exnovia vuelva a mí, que no puedo vivir sin ella, y que este billete de lotería que me acaban de regalar resulte premiado.
            ––¿Quieres que vayamos a ver si la botella todavía sigue allí? Apenas pasa gente por ese atajo que no ataja nada.
            Fuimos y allí estaba, todavía humeante. Mi amigo Miguel se asustó.
            ––Creí que lo habías inventado todo. A saber lo que habrá contenido, quizá algo venenoso. Mejor nos vamos. Para el Nobel ya hay tiempo, y si ella no vuelve, sabes lo que digo, que le den, que no me faltan candidatas a sucederla.


Viernes, 8 de diciembre
NO BRILLA LUZ ALGUNA

El subtítulo de la obra de Jerome K. Jerome, “Libro para los días de asueto y de pereza”, resulta sugestivo, pero su humor se ha vuelto trasnochado y sin gracia. El último párrafo, sorprendentemente, parece el comienzo de un cuento de terror, el cuento de mi vida, de cualquier vida: “Me he quedado solo en mitad de un camino que es todo oscuridad. Tropiezo a cada paso, aunque no sé con qué, ni me importa averiguarlo, con tanto mayor motivo cuanto que ni el camino parece conducir a ningún punto bien determinado ni brilla luz alguna que pudiera guiarme”.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Acción de gracias: Humoradas




Sábado, 25 de noviembre
CON QUÉ POCO ME CONFORMO

“¿Y a ti cuánto tiempo te gustaría vivir?”, me pregunta un amigo tras leer en el periódico que hoy entierran a una avilesina que hace pocos días cumplió 110 años y que todavía en su último cumpleaños quiso probar la tarta.
            “Yo no aspiro a vivir tanto como ella –le respondo–. Yo, que viví entero medio siglo XX, con otro medio siglo, con la mitad del siglo veintiuno, me conformo”.


Domingo, 26 de noviembre
LO QUE ME CONTÓ UN AMIGO

A pesar de la lluvia, del frío, de lo pronto que anochece, hay días en que no me apetece volver a casa, sobre todo cuando nadie me espera. Ayer me retrasé quizá más de la cuenta. Estuve bebiendo, no solo, que eso me deprimiría más, sino con algún conocido ocasional, que es como si estuviera solo. Era casi de madrugada cuando volví a casa, pero tampoco había bebido tanto, no tambaleaba al andar ni veía visiones. O no debería verlas.
            A poco de dejar la plaza de San Miguel y comenzar a subir las escaleras del Seminario, que llevan hasta mi casa, vi a una mujer sentada en medio de los escalones, con un vestido de fiesta, negro y elegante, los hombros desnudos, indiferente a la lluvia. Inmediatamente noté algo raro. No era muy joven, pero era muy guapa, y me dio la impresión de que resplandecía. Como si lo que yo estuviera viendo fuera un collage, con el fondo en blanco y negro y la figura recortada y pegada encima de una imagen en brillantes colores.
            Me detuve ante ella. “¿No tienes frío?”, le dije. Alzó la vista hasta mí, sorprendida, como si no me hubiera visto hasta ese momento. “¿Frío?”, repitió, como si no entendiera. La verdad es que la lluvia parecía no mojarla; su peinado estaba intacto, como recién salido de la peluquería. Pero la llovizna que caía al salir del Savanna se había convertido en un chaparrón. Yo, que nunca llevo paraguas, estaba empapado y deseando llegar a casa para quitarme la ropa.
            La mujer se levantó, me miró sin verme, y se puso a caminar hacia uno de los edificios que bordean la escalinata. Comenzó entonces a escucharse la música. Allí se celebraba una fiesta, sin duda. En el jardín se oían risas y conversaciones. Yo me quedé parado bajo la lluvia, sin entender lo que pasaba. La desconocida, luego supe que se llamaba Eva y que había muerto en los primeros días de la guerra civil, se volvió y me hizo un gesto con la mano para que la acompañara.
            “¿No te apetece una copa?”, dijo sonriente y guiñándome un ojo y a mí recordó el guiño que Cleopatra le hace a César en la película de Mankiewicz, que yo había vuelto a ver hacía pocos días. “Sí, pero antes debo ir a mi casa a cambiarme; vivo aquí al lado”, respondí.
            Ella se dio la vuelta y entró y yo subí de dos en dos los escalones, llegué a casa (mi mujer y mi hija estaban fuera), me di una ducha rápida, me puse ropa elegante y volví a la fiesta, prometiéndomelas muy felices. Naturalmente no había fiesta ninguna, aquel chalet de arquitectura vagamente art decó llevaba cerrado mucho tiempo, estaba en muy malas condiciones, no parecía adecuado para ninguna fiesta, ni siquiera de okupas.
            A pesar de todo, empujé la cancela del jardín, que no estaba cerrada con candado, y entré. Cascotes, basura, el marco de una ventana a punto de desprenderse. “No creía haber bebido tanto”, me dije al salir para volver cariacontecido a casa. Y entonces me la volví a encontrar, sentada en el mismo sitio, abstraída. Alzó la cabeza en silencio y se quedó un rato mirándome.
            “Has tardado mucho”, me dijo. “La fiesta terminó hace tiempo”. Se puso en pie, le di la mano y la llevé a mi casa. No era demasiado joven, pero era muy guapa, de una belleza un poco regordeta que a mí me recordaba a la Elizabeth Taylor de la película de Mankiewicz.
            Durante toda la noche jugué a ser César y Marco Antonio. Me desperté con una resaca tremenda, a pesar de que no había bebido mucho. Casi deseé que me hubieran cortado la cabeza, como a Marco Antonio, para no tener que seguir soportándola. Ya se me ha pasado un poco. ¿Qué película vas a ver esta tarde en el cine?


Lunes, 27 de noviembre
BUENOS CONSEJOS

Siento cierta debilidad por los libros de autoayuda, llenos de buenos consejos. “Ya es hora de que abandones todos los viejos patrones y empieces una vida nueva, una vida natural, una vida no represiva, una vida de júbilo y no de renunciación”, leo en un libro de Osho, descrito por el Sunday Times de Londres, según se indica en la solapa, como “uno de los diez mil artífices del siglo XX” (demasiados artífices me parecen a mí, como para que sea un gran honor contarse entre ellos).
            Yo no quiero abandonar mis viejos patrones, continuamente remendados, que todavía me sirven para ir tirando; tampoco quiero empezar una vida nueva, sino que la que tengo, muy de mi gusto, me dure todo lo posible. En lo demás estoy de acuerdo: quiero una vida no represiva, salvo de los malos instintos, de las yerbas venenosas que crecen en el alma en cuanto uno se descuida; una vida de júbilo ante el regalo de cada amanecer y no de renunciación, salvo cuando no haya otro remedio, que cada vez va siendo con más frecuencia.


Martes, 28 de noviembre
UN AMIGO PRECAVIDO

Me llega un hermoso tomo, editado por la Residencia de Estudiantes, con la correspondencia entre Juan Larrea y Gerardo Diego. Es la historia de una amistad que comienza en 1916, cuando ambos rondan los veinte años, y termina en 1937, cuando uno de ellos llama “judas” al otro por haber tomado el bando equivocado en la guerra civil. Hay luego un epílogo, que dura hasta 1980, pero ya la confianza se ha roto y son cartas entre dos supervivientes que recuerdan los viejos tiempos.
            Al interés para la historia literaria se le añade el meramente humano, casi de novela costumbrista. En 1927, el año gongorino, Juan Larrea, que quiere desplazarse a París y no se lleva bien con su familia, le pide un préstamo a su amigo. Este se lo concede gustoso, pero con ciertas garantías. Las explicita Larrea en carta del 31 de mayo: “Te adjunto un recibo que espero que tenga toda la fuerza legal en el triste caso de que tuviera que hacer fe. Tal como te lo envío parece que daría con mis huesos en poco grato lugar caso de negarme a reconocer mis compromisos. Y desde luego, el embargo. Para responder de tu nunca bien agradecido préstamo, dispongo en caso de apuro de mis bienes actuales a los que si no he tocado es, como sabes, para no levantar sospechas en mi familia. De modo que, si por dicha o por desgracia, viniera yo a morir mis herederos no tendrían más remedio que pagarte a tocateja. Y si en un momento determinado te hace falta todo o parte de mi deuda no tienes más que decírmelo y puedes tener la seguridad de que, sea como sea, te será inmediatamente entregada.  Como verás, te he fijado un interés del 6 % anual que te pagaré trimestralmente para que no se me vaya acumulando y no se me olvide la gratitud que te debo”.
            ¿Y qué responde Gerardo Diego? “No te preocupes, hago ese favor con mucho gusto, para eso están los amigos. Lo que no puedo aceptar de ninguna manera es ese 6 % de interés. ¡De ninguna manera, de ninguna manera! Con un 4,5 %, que es lo que me paga el banco, me conformo. No me envíes más, aunque tenga un papel firmado por ti en que lo indicas, porque te lo devolvería”.
            Con esas garantías y esos intereses cualquiera hace favores a los amigos. Sospecho que el santanderino Gerardo Diego, de no haber sido poeta, habría sido Emilio Botín.


Miércoles, 29 de noviembre
PARA UN HOMENAJE

De Ramón de Campoamor creemos saberlo todo, pero sigue estando lleno de sorpresas. Pocos “estudios biográficos” tan disparatados como el que le dedica a Cánovas, su jefe político, entonces en la cumbre de su gloria. “A pesar de ser poco calumniable, no he conocido sin embargo a un hombre de quien más nos guste murmurar a todos”, comienza. Y luego no hay página en que no nos deje una humorada.
            “Según decía un hombre competente, solo en tres estados se puede encontrar la felicidad terrena: siendo, desde los veinte a los treinta años, viuda, hermosa y rica; desde los treinta a los cuarenta, general con fortuna; y de los cuarenta para arriba, arzobispo”.
            “Los partidos políticos son como los salvajes, que hallan muy higiénico el comer carne cruda de misionero mártir”.
            “Los envidiosos, esos admiradores inversos, son el más firme pedestal de la gloria”.
            “El chiste corrosivo y la reticencia son en él golpes secretos que el contrario no puede ni prever ni parar. Parece que le ayuda un genio invisible que le aparta la espada del contrario para que él pueda herir con acierto y sin peligro. En su manera de discutir, empieza por crear con sus ideas generales una especie de círculo del infierno, y después que ha rodeado de llamas a sus contrarios, a un fuego más o menos lento, unas veces los fríe y otras los cuece, aunque, como el maestro Dante, es más aficionado a freír que a cocer”.
            Aristóteles, “ese genio pedestre que ha condenado al entendimiento humano a una cojera incurable al arrojar violentamente desde el cielo a la tierra al Ícaro del platonismo”.
            “Si es un encanto oírle hablar de lo que sabe, es más encantador todavía oírle discurrir sobre lo que no entiende”.
            “Sin malevolencia alguna, y solo por sobra de ingenio, muestra a los que le escuchan los lunares más inesperados de sus amigas y las pecas de sus amigos”.
            “A la hora de repartir cargos, al tonto honrado prefiere el pillo listo”.
            “Cuando más espiritualista es una construcción, más tiene que estar bien asentada en el fango de la realidad”.
            Faltaba poco tiempo para que a ese hombre poderoso, que con tanta paciencia se dejaba embromar por Campoamor, el anarquista Angiolillo le disparara una bala certera en el balneario de Santa Águeda. El desengañado epitafio ya se había enunciado al final de este eutrapélico homenaje: “Yo fui todo, y todo es nada”.


Jueves, 30 de noviembre
AUGUSTO Y YO

A propósito del emperador Augusto, leo en una reciente biografía de Cleopatra: “Carecía de las debilidades que hacen atractivo a un ser humano”.
            Sospecho que en eso nos parecemos.




domingo, 26 de noviembre de 2017

Acción de gracias: Peter Pan


Domingo, 19 de noviembre
TODAVÍA NO

Mientras tomo un café antes de ir al cine, leo una entrevista con Carlos Pumares, crítico cinematográfico: “En la mayoría de las ciudades del mundo ya no hay cines. Esto se ha terminado. Los festivales son el último refugio”. ¿Cuántas ciudades sin cine conocerá este hombre? Quizá se refería solo al centro de las ciudades. Pero parece que no: “Se acaba lo de ir al cine, mirar la cartelera, ir a comprar las entradas antes, si son numeradas”.
            Carlos Pumares tiene pocos más años que yo. ¿A qué edad deja uno de ver la realidad real para refugiarse en la realidad virtual de sus prejuicios? Como él está viejo y hace tiempo que ha dejado de ir al cine, salvo en los festivales –donde le reservan una butaca y le regalan galletitas (eso dice en la entrevista)–, piensa que todo el mundo hace lo mismo, que han cerrado las salas. Le bastaría con mirar la cartelera en cualquier periódico, con darse una vuelta por cualquier centro comercial…
            Me aterra pensar que pronto seré como él, que me convertiré en un cruzado del “cualquier tiempo pasado fue mejor”: los jóvenes no leen, ya no se escriben cartas, los libros están a punto de desaparecer, cada vez se cometen más faltas de ortografía, la gente ya no charla cara a cara, sino a través del teléfono, etc., etc.
            De momento, tomo mis precauciones. Un día al mes –el segundo domingo, salvo si estoy de viaje, que entonces queda para el domingo siguiente– hago limpieza general: escribo en el papel una serie de cosas sobre las que estoy completamente seguro y las pongo en cuestión. Compruebo su firmeza, busco pruebas, comprobaciones externas; como si se tratara de hipótesis científicas, rechazo todas las que no sean falsables. No me libro así de prejuicios, pero los disminuyo bastante.
            Me gusta estar en posesión de la verdad, cierto, pero en la verdad verdadera, no en la que me conviene, y por eso agradezco que me señalen cualquier error; rectifico con gusto y de inmediato.
            A Pérez-Reverte siempre le he tenido por un articulista tosco y sin matices, “políticamente incorrecto” (como todo el mundo en este país) y por un novelista populachero, un guionista de tebeos y películas de serie B. Hoy, antes de hacer cola para comprar la entrada y entrar a ver Liga de la justicia, me da por leer su artículo en XL Semanal, “Recogiendo el guante”, y compruebo que es espléndido, una pequeña obra maestra, con su inicio costumbrista (la comida en casa Lucio), la habitual crítica de  un error lingüístico, el alarde de erudición y el final metaliterario, como de soneto de Lope.
            No me queda más remedio que rectificar. Pérez-Reverte es un gran articulista, al menos cuando no se sube al púlpito y se convierte en una especie de Prada filibustero. ¿Será también un buen novelista? Tendré que releer alguna obra suya sin prejuicios.
            ¡Qué poco me queda para ser un Carlos Pumares, en el peor sentido de la palabra! Pero todavía no, todavía no…


Lunes, 20 de noviembre
EL CLUB DE LA LUCHA

“Las generaciones –afirma Schopenhauer, afirma Nietzsche y afirmo yo– son herméticas, aparte de antropófagas entre sí. Cada una es como un insulto para las demás. Este es un mundo competitivo en el que nos estorbamos los unos a los otros. Los jóvenes de veinte desearían que la jubilación llegase a los treinta años; los viejos de setenta, a los noventa: todavía se consideran muy útiles. De ahí que estemos siempre en guerra, contra los que nos preceden, porque ocupan el sitio que desearíamos ocupar nosotros, y contra los que nos siguen porque están impacientes por ocupar nuestro sitio”.


Martes, 21 de noviembre
LAS TRAMPAS DE LA MEMORIA

¿En qué convierte un comunista de toda la vida cuando deja de serlo? En un anticomunista de toda la vida.
            La de Francisco Félix Montiel fue muy larga, duró casi un siglo. Cuando murió, en 2005, era el último superviviente de las cortes republicanas.
            Se acaban de publicar sus memorias, Los almendros de Urci. Montiel fue comunista durante doce años, entre 1936 y 1948, pero si hemos de creer lo que nos cuenta no sabe bien por qué tanto tiempo, ya que desde el principio entró con mal pie, se negó a acatar directrices y en varias ocasiones intentaron quitarlo de en medio sus presuntos camaradas por medios expeditivos.
            A uno de esos intentos de asesinato se refiere más de una vez en sus memorias. Estamos en marzo de 1939. Él es uno de los comunistas que en Madrid (donde era director de los servicios de propaganda) se enfrentaron a Casado cuando se rebeló contra el gobierno de Negrín. Al triunfar el golpe, tuvo que esconderse “en la residencia modesta de un camarada que era empleado de un hospital”. Veamos lo que ocurrió a continuación: “Me dijeron que vendrían a buscarme al día siguiente para llevarme a otro lugar más seguro todavía. Y llegó la camioneta, muy temprano por la mañana. El dueño de la casa tenía prisa por llegar a tiempo a su trabajo. Y salió primero. Los de la camioneta lo confundieron conmigo, se lo llevaron y lo dejaron muerto en un descampado”.
            Páginas adelante, en conversación con un sobrino del asesinado, vuelve a contar la historia: “La tarde anterior había venido uno de los camaradas que estaban en el secreto para avisarme que al día siguiente, muy temprano –fijamos la hora exacta: las cinco y media–, vendría a recogerme un camión que había podido ser sustraído del ejército –los únicos vehículos que podían circular– y en el que varios comunistas responsables íbamos a viajar a Valencia… para embarcar después con destino a Francia… Tu tío Miguel tenía que salir casi a la misma hora para dirigirse al hospital donde trabajaba como enfermero. Quisimos evitar que alguien pudiera vernos juntos en la calle, y el acuerdo fue que él saliera después de mí. Sin embargo, me entretuve ordenando papeles, recogiendo ropa y dejando unos encargos a tu tía. Miguel se impacientó, y me dijo: ‘No te preocupes, me voy delante’. Nos despedimos y se fue. El camión me debía esperar a la vuelta de la casa, en la esquina siguiente; esas eran las instrucciones. Cuando salí, llegué al lugar previsto y el camión no estaba. Volví a la casa. Fue una sorpresa para tu tía, que ya se creía liberada del riesgo de tenerme alojado. Pero la sorpresa más grande, naturalmente, la tragedia para la pobre Teresa, fue cuando pasado un largo rato vinieron a comunicarle el macabro hallazgo”.
            Un poco inverosímil la anécdota. ¿Después de ser derrotados por Casado los comunistas son capaces de apoderarse de un camión militar para tratar de eliminar a uno de los suyos, no sabemos muy bien por qué? ¿Habiéndose fijado con exactitud la hora en que debía ser recogido, el bueno de Montiel se entretiene en ordenar papeles, hacer las maletas y encargándole no se sabe qué cosas a la dueña de la casa?
            No solo resulta difícil de creer lo que nos cuenta el comunista arrepentido Montiel, también sabemos que es mentira. El editor de las memorias –Jerónimo Molina Cano– incluye como apéndice el escrito que Montiel presentó en 1939 informando del desarrollo del golpe casadista. Ahí leemos que a él le buscaron refugio en una casa en la que estuvo tres días, hasta que pudo salir por sus propios medios para llegar hasta Valencia. “Una casa muy poco adecuada –añade–, pues al dueño lo habían paseado”.
            No es la única interesada mentira en que pillamos al memorialista. En mayo de 1938, viajó a la URSS con otros camaradas. La patria del socialismo le desilusionó y fue el único que no se dedicó a elogiarla a su regreso –según nos cuenta–, lo que sentaría muy mal en el partido. Como ilustración a sus memorias, encontramos, sin embargo, una primera página del diario Unidad, del 30 de julio de 1938, donde en grandes titulares el camarada Montiel declara que “la clase obrera de la URSS tiene asegurada una vida libre y confortable”.
            Pero lo peor fue lo que ocurrió en Murcia entre septiembre y octubre de 1936: los asesinatos judiciales y extrajudiciales de elementos derechistas alentados desde el diario Nuestra Lucha, órgano de las Juventudes Socialistas Unificadas a cuyo frente estaba Montiel. En sus memorias pasa muy por encima de ese episodio. Dice que, aprovechando su ausencia, alguien coló un artículo animando a esas ejecuciones. Él se enfadó mucho, tanto, que abandonó la dirección del periódico. Pero no fue un artículo, fueron varios, una campaña organizada como tal (se dieron incluso nombres de quintacolumnistas) y esa campaña no cesó hasta que Montiel, diputado del partido socialista, pero ya criptocomunista, no perdió el control del periódico. Por cierto, cuando Montiel se pasó al partido comunista lo hizo con armas y bagajes, esto es, conservando su acta de diputado.
            Volvió a España en los años sesenta, protegido por Fraga y se pasó medio siglo arremetiendo contra las dobleces y las mentiras comunistas desde su tribuna predilecta, el ABC (su ideólogo favorito, Gonzalo Fernández de la Mora). Sabía de qué hablaba, sin duda.


Miércoles, 22 de noviembre
QUÉ CURIOSO

Me acusan a menudo de escribir demasiado, o de publicar demasiados libros, pero nunca quienes tienen la costumbre de leerme ni quienes suelen comprar mis libros.


Jueves, 23 de noviembre
METAFICCIÓN

La Red de Investigación sobre Metaficción en el Ámbito Hispánico –vaya nombre– celebra estos días un congreso en la Universidad de Valladolid. Sorprendentemente me dedican una de las comunicaciones, pero no hablan de mí ni como poeta ni como diarista, sino como usuario de Facebook. La autora, Carmen Morán Rodríguez, ha tenido la amabilidad de enviarme previamente su texto.
             Siempre resulta algo incómodo leer lo que escriben de uno, acierten o no (sobre todo si aciertan); lo que a mí me gusta es hablar, aunque sea bien, de los demás.
            Los motivos recurrentes en mis actualizaciones de Facebook serían “las escaleras, los espejos, los gatos, las ventanas, los anuncios publicitarios y los collages formados por los restos de afiches en las paredes, las pintadas callejeras y las esculturas clásicas. Su recurrencia los eleva de meras imágenes a auténticos emblemas”.
            De todo lo que dice, yo me quedo con la cita de Bill Shankly, el entrenador escocés del Liverpool, que le sirve de cierre: “Algunos dicen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Tonterías, es algo mucho más importante que eso”. 
            También para mí, según Carmen Morán, la literatura sería algo mucho más importante que una mera cuestión de vida o muerte.


Viernes, 24 de noviembre
LA MISMA EDAD

Mis contertulios habituales comenzaron teniendo la edad de mis hermanos pequeños, luego la de mis hijos; ahora tienen la edad de mis nietos. Pero yo, con mi complejo de Peter Pan, sigo creyendo que somos más o menos de la misma edad.





domingo, 19 de noviembre de 2017

Acción de gracias: Historias con fantasmas


Domingo, 12 de noviembre
EL VINO DEL ESTÍO

Salgo de ver La librería, la lenta, tontorrona y femenina (en el peor sentido de la palabra, en el que tenía cuando había páginas “femeninas” en los periódicos) película de Isabel Coixet y es otra película la que comienza a formarse en mi imaginación mientras cruzo el parque de Los Prados de vuelta a casa.
            El misántropo protagonista de la historia está deseando leer El vino del estío, de Ray Bradbury, pero muere antes de recibir el paquete en que su amiga la librera se lo enviaba. Yo lo leí fascinado, hace muchos años, y no he podido olvidar el comienzo: “Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en la cama. El verano se adivinaba en el aire, el aliento del mundo era largo, tibio y perezoso. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que este era realmente el tiempo de la libertad y de la vida, que esta era la madrugada primera del verano”.
            Toda la magia de los veranos de la infancia está en ese libro. Ahora, mientras camino por Los Prados, me levanto con Douglas, el protagonista; subo, sin hacer ruido, hasta lo más alto de la casa, y allí, ante la ventana abierta en la oscuridad, espero el momento preciso, luego aspiro profundamente y soplo. “Las luces de la calle se apagaron como velas en una tarta negra”, recuerdo bien la frase del libro. Luego soplo suavemente una vez y otra vez y las estrellas comienzan a desvanecerse. Apunto con el dedo: allí, ahora aquí, y aquí… Las ventanas de las casas del pueblo se fueron recortando en la oscuridad. A continuación dije: “Mamá, papá, hermanito, despertad, es la hora”. Comenzó a oírse el apagado rumor de los despertadores. El reloj del Ayuntamiento retumbó sobre el pueblo. Los pájaros empezaron a cantar en los árboles. Como un director de orquesta, apunté hacia el este y el sol, obediente, comenzó a levantarse.
            Douglas cruzó los brazos y sonrió con una sonrisa de mago. Sonreí yo también, director de orquesta del universo en la primera mañana de un verano que no ha existido nunca, salvo en las páginas de un libro y en mi imaginación.
            Al llegar a casa, de la película de Isabel Coixet ya ni me acordaba, pero le estaba agradecido por su inesperado regalo.       

  
Lunes, 13 de noviembre
FABIO, LAS ESPERANZAS CORTESANAS

¿Qué tienen en  común la “Epístola moral a Fabio”, del capitán Andrés Fernández de Andrada, y la nueva campaña publicitaria de Toyota? Pocos saben que el eslogan “Conduce como piensas”, que promociona el Toyota Hybrid, está inspirado en uno de los endecasílabos del poema clásico: “Iguala con la vida el pensamiento”.
            Conduce como piensas, esto es, compórtate –condúcete– de acuerdo con tus creencias.
            Una epístola moral y una campaña publicitaria moral. Así se explica en la página oficial de la compañía: “Conduce como piensas es una actitud, es ser consecuente con nuestros pensamientos y actos. Esta campaña de Toyota es una invitación a reflexionar, a hacernos más preguntas que respuestas y a abrazar el cambio para mejorar y cuidar el mundo en que vivimos”.
            En uno de los Mupis que promocionan el Toyota C-HR, leo “¿Qué piensas de la libertad de expresión? Si estás en contra, no contestes”.
            Me gusta la publicidad creativa –y más si se inspira en la poesía del siglo de Oro–, pero en este caso creo que se pasan un poco. Esa sorprendente reflexión yo la superpondría a un retrato de Nicolás Maduro y la utilizaría mejor para anunciar La Sexta.
            “Enseñar es mi manera de aprender” dice un aforismo de Enrique Baltanás que a mí me gusta repetir. La verdad es que, como profesor de “Literatura y publicidad”, estoy aprendiendo muchas cosas. Voy a acabar haciéndole la competencia a mi amigo el poeta Fernando Beltrán, maestro en la materia. Hace unos días, por cierto, comentamos en clase su poema “Los lápices de Ikea” junto al catálogo de este año.


Martes, 14 de noviembre
NOVELA EPISTOLAR

Felipe Boso, poeta experimental de los años setenta, traductor de poesía alemana, no solo guardaba todas las cartas que recibía, sino además copia de todas las que enviaba. Por eso ahora se ha podido editar un monumental volumen con su correspondencia y la de sus corresponsales.
            Yo me escribí con él en la época de Jugar con fuego, y aquí están las cartas que nos intercambiamos. No sé me ocurre leerlas, por supuesto, pero si hojeo el volumen acá y allá, y lo encuentro lleno de noticias curiosas y divertidas maledicencias.
            Quizá, o sin quizá, Felipe Boso no fue un poeta destacado (yo creo que la poesía experimental, en gran media, sirvió de refugio a mediocridades), pero se carteó con todo el que significaba algo en su momento y este volumen, de poco afortunado título (Mi jaula es una celda), vale como retrato de una época, como una entretenida novela colectiva que puede abrirse por cualquier página y nunca nos defrauda.


Miércoles, 15 de noviembre
UN ENCUENTRO EN SEVILLA

Al final del coloquio sobre diarios más o menos íntimos, celebrado en el antiguo convento de Santa Clara, muy cerca de la Alameda de Hércules y de la Casa de las Sirenas donde jugaba de niño el torero Belmonte, una pregunta del público.
            ––Usted ha dicho que el diario es un género de no ficción, que usted se limita a contar lo que le pasa, que no inventa nada, pero muchas veces nos cuenta historias de fantasmas, ¿no le parece eso contradictorio?
            Mientras me hacen la pregunta observo que por la puerta al fondo de la sala entra un rezagado. Lleva sombrero, corbata, un traje de buena factura, como un señorito sevillano de otro tiempo. Creo reconocerle.
            Así vestía la última vez que nos vimos, en la Academia Sevillana de Buenas Letras, durante un homenaje a Cernuda. La primera vez fue hace unos cuarenta años. Acababa de publicar su primer libro de versos, con prólogo de Francisco Brines, y yo, con mi impertinencia habitual, le señalé algunos errores métricos. No se lo tomó a mal, todo lo contrario, le entusiasmaban esas cuestiones.
            Me solía enviar sus poemas antes de publicarlos y me recomendaba a algún nuevo poeta que había descubierto (le gustaba hacer de maestro). Nos distanciamos, no sé por qué razón, y yo le dediqué un artículo bastante cruel, según mi estilo, que se publicó creo que en La Razón. Nos reconciliamos –o eso creí yo– durante el homenaje a Cernuda. Murió muy poco después. Y un amigo –siempre hay buenos amigos para estas cosss– me mostró lo último que había publicado en su blog: un ripioso romance contra mí y contra otro de sus primeros amigos, Abelardo Linares, a quien el día de nuestro encuentro en Sevilla –hace cuarenta años– me presentó como “el mejor poeta joven que hay hoy en España, aunque aún no ha publicado nada”.
            Estoy deseando que termine el coloquio para acercarme a saludar al caballero del fondo. Pero antes de que termine veo que se levanta, me hace un gesto de despedida y sale lentamente.
            Si creyera en fantasmas, diría que es Fernando Ortiz que ha venido a disculparse por el desafortunado romancillo. Pero de sobra sabe que no hace falta, que yo tendría muchas más impertinencias de las que disculparme.
            Quizá se ha ido antes de acabar porque no le gusta andar saludando a unos y otros y cada vez detesta más la vida literaria. 


Jueves, 16 de noviembre
LAS NAVES DEL TESORO

Ayer estuve en Valencina de la Concepción, visitando las naves en que mi amigo Abelardo Linares guarda su fabuloso tesoro. Si alguna vez me pierdo por Sevilla, que me busquen por estos inagotables corredores. Nada más llegar, me enseña su más reciente adquisición: una colección de la revista Electra, de la que tanto hablan todos los manuales de literatura, pero que pocos han tenido la suerte de tener en sus manos.
            “Para la admisión y revisión de los originales que se nos remitan –leo–, han quedado constituidas, por ahora, las siguientes secciones.
            Cuentos, Novelas y Teatro, a cargo de D. Ramón del Valle-Inclán.
            Crítica, Religión, Sociología, Política y Actualidades, a cargo de D. Ramiro de Maeztu.
            Versos, a cargo de D. Francisco Villaespesa.
            Secretario de la Redacción, D. Manuel Machado”.
            Unos números después de la sección de Crítica, Religión y Sociología se ocupa Pío Baroja.
            Estamos en 1901. La literatura española pasa por este puñado de jóvenes que se agrupan en torno a Galdós.
            El primero de “Los poetas de hoy” que publica en la revista es Antonio Machado. Aquí y allá asoma el poeta de Soledades, con sus fuentes, sus limoneros y sus melancolía, pero titubeante entre versos torpones. Su hermano, en cambio, ya nos ofrece, sin el menos titubeo, uno de sus mejores poemas, el espléndido “Felipe IV”, que aquí lleva el subtítulo “Retrato de la época”, que desaparecería en las ediciones posteriores.
            Pero en esta prodigiosa cueva del tesoro, guiado por la mano sabia del mago guardián, basta abrir cualquier revista para hacer un descubrimiento, como el número de Raza, publicado el 12 de octubre de 1927, en que Antonio Machado publica un largo poema “Parábolas”, que no pasaría a ninguno de sus libros (aunque aprovecharía alguno de los versos). Seguía siendo un poeta algo torpón, que necesitaba corregir mucho, nada que ver con la genial capacidad de improvisación de su hermano.


Viernes, 17 de noviembre
OCUPACIÓN BASTANTE


Las interrupciones en la rutina forman parte, y son quizá la mejor parte, de mi rutina. El día de ayer, por ejemplo, soleado y feliz, sin nada que hacer, salvo pasear por la orilla del río recordando el monólogo de don Álvaro (“¡Sevilla, Guadalquivir, / cuán atormentáis mi mente, / noche en que vi de repente / mis breves dichas huir”); atravesar sus blancos puentes; subir a la Torre de los Perdigones para acariciar desde allí la ciudad en la cámara oscura (que a mí, no sé por qué, me trae a la memoria las novelas de Julio Verne y los inventos del TBO); entrar en las iglesias que me salen a cada paso a descubrir Murillos o saludar a enjoyadas vírgenes; fotografiar escaparates pintorescos y sorprendentes trampantojos; recordar viejos tiempos con mi amigo José Luna Borge, que me sirve de guía; encontrarme con un poeta en cada esquina (aquí José Ramón Ripoll, allá Javier Lostalé, a la vuelta el místico José Mateos, con su pinta a medio camino entre vendedor de la Once y Freddy Krueger); discutir con este y con aquel y, en fin, no hacer nada, que para mí es, como para Cernuda, ocupación bastante.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Acción de gracias: Comer lentejas


Sábado, 4 de noviembre
DÓNDE ESTABAS TÚ

Cuenta una anécdota –quizá apócrifa– que cuando Nikita Kruschev pronunciaba, en febrero de 1956, su famoso discurso ante el congreso del partido comunista denunciando los crímenes de Stalin, una brusca voz le interrumpió: “¿Y dónde estabas tú, camarada Kruschev, cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?”.      Kruschev se detuvo, recorrió con su mirada la enorme sala, los cientos de cabezas expectantes, y luego suavemente dijo: “Agradecería a quien ha formulado esa pregunta tuviera la bondad de ponerse en pie”.
            Esperó unos minutos, nadie se levantó: “Muy bien, ya tienes la respuesta, seas quien seas. Yo estaba exactamente en el mismo lugar en el que tú está ahora”.
            Me gusta imaginarme que yo me habría levantado, pero no estoy nada seguro.


Domingo, 5 de noviembre
LÍNEAS AL VUELO

Ser tan rutinario tiene sus ventajas: Cualquier mínimo cambio se convierte en una aventura.
            Voy por la mañana a Gijón, media hora escasa de autobús, y antes de encontrarme con los amigos que me acompañarán a ver un par de exposiciones, me doy un paseo por la playa de San Lorenzo, entre lluvia y sol, casi desierta, con el arco iris a un lado sobre la iglesia de San Pedro. Corretea un grupo de surfistas, algún perro pasea a su amo, las siluetas se reflejan en los charcos que ha dejado la marea. Esta plácida mañana de domingo sabe a de verdad a domingo, a infancia y lejanía.
            La exposición dedicada a la ilustración y al diseño gráfico asturiano, Líneas al vuelo,  llena varias salas del Antiguo Instituto. Se clausura hoy y por eso he roto mi costumbre dominical del paseo por el Fontán y el Campillín.
            Abarca poco más de medio siglo: las últimas décadas del XIX, las primeras del XX, hasta 1937, cuando Gijón cae en manos franquistas. Ilustraciones de viejas revistas, carteles de fiestas, portadas de libros, vitolas de puros: arte aplicado, el que yo prefiero. Un viaje en el tiempo, desde los años del Madrid Cómico, con sus prohombres cabezones en la portada, hasta los clarines contra el fascismo en los días de la guerra civil. En medio, las nostalgias burguesas de Blanco y negro, las portadas de El cuento semanal, las postales entre el folclore y la picardía que firman Valle o Piñole.
            Volutas lánguidas del modernismo, nítidas geometrías de los años treinta. Arte utilitario, arte al servicio de la cotidianidad, una espléndida lección de la historia que no suele aparecer en los libros de historia.
            Y de pronto, como inesperado fin de fiesta, Nueva York, el Nueva York de Paul Morand ilustrado por Vaquero Palacios. No conocía esta edición norteamericana de un libro que yo leí por primera vez, con fascinación adolescente, en la colección Austral.
            Escritor y pintor aparecen en el primero de los grabados ante la línea de rascacielos. ¿Llegaron a conocerse? Joaquín Vaquero Palacios era un joven becario recién llegado a la ciudad; Paul Morand, el escritor de moda, el que supo reflejar como nadie el espíritu de entreguerras. En el blanco y negro de los grabados, las escaleras de incendios, los depósitos de agua, las vías del tren elevado, los anuncios luminosos, las apresuradas gabardinas, los faros de los coches. El mundo del cine negro, el Nueva York que yo llevo para siempre al fondo de la memoria.
            Esta edición ilustrada se publicó en 1930. Yo no había oído hablar de ella. Como vivimos en un tiempo prodigioso, allí mismo, frente a la vitrina, me entero de que en Amazon tienen a la venta un ejemplar usado por catorce dólares. Lo encargo de inmediato. Hablo luego con Abelardo Linares, que lo sabe todo de libros viejos en general y de Paul Morand en particular. No la conocía. Está interesado en reeditar la obra y va a ver si puede utilizarlos. ¿Querría yo hacer el prólogo? Nada me gustaría más.
            Hace un cuarto de hora no sabía que existía este libro ilustrado por Vaquero Palacios. Ya viene de camino hacía mí desde una remota librería norteamericana, ya me ha encargado un editor sevillano que prologue una nueva edición, ya estoy dándole vueltas a mis ideas sobre el Nueva York de Paul Morand, que era también la ciudad automática de Julio Camba y la angustiosa geometría de Lorca.
            El lema de Paul Morand era “vite et bien”, rápido y bien. Es también mi lema y creo que la primera parte la cumplo a la perfección, la segunda me cuesta algo más.


Martes, 7 de noviembre
AYER Y HOY

Me encuentro en un mercadillo el libro Casos comunicantes, que recoge una serie de coloquios sobre la información celebrados en la Casa de Cultura de Avilés en 1983. Asistieron primeros nombres del periodismo de entonces (algunos de ellos también de ahora): Miguel Ángel Aguiler, César Alonso de los Ríos, José Luis Balbín, Rafael Conte, Máximo, Fernando Onega, Peridis, Fernando Savater.
            Qué lejana, casi medieval, nos parece aquella modernidad. Todo eran loas a El País, ejemplo de rigor informativo. Habla Rafael Conte, que entonces dirigía el suplemento “Libros”: “Influencias económicas en El País no existen porque va muy bien y tiene mucha publicidad. Si un editor dice: ‘Voy a contratar una página de publicidad si usted me hace una crítica’, esa es una forma de presión inoperante, porque El País deja todos los días publicidad sin colocar, no le cabe”.
            Qué remota aquella España, donde para recibir información inmediata era necesario salir de casa con un transistor, donde en la mayoría de las provincias los únicos periódicos existentes eran propiedad del gobierno, donde no había más que una televisión.
            Pero no todo ha cambiado: los jueces de la Audiencia Nacional siguen siendo los jueces de la Audiencia Nacional. Tras el coloquio sobre la crónica política, un “obrero metalúrgico de Gijón” –así se presenta– pregunta por qué no se ha hablado del caso Vinader. Yo lo había olvidado por completo. Xavier Vinader era un periodista de Interviú que se dedicaba a investigar a los grupos violentos de extrema derecha y a las fuerzas parapoliciales que actuaban en el País Vasco. Tras publicar varios reportajes sobre el tema, ETA asesinó a dos de las personas mencionadas en ellos y como consecuencia el periodista fue procesado, se exilió Francia, acabó entregándose con la promesa de un juicio justo. Se le condenó a siete años de cárcel por “imprudencia temeraria profesional con resultado de dos asesinatos”. Hubo una gran campaña a su favor. Terminó siendo indultado por el gobierno de Felipe González.
            No conocía el libro, pero sí asistido a los coloquios. Mientras lo leo ahora, unas veces viajo a la España ilusionada del primer gobierno de González y otras soy el joven de entonces que se asoma sorprendido al cada vez más amenazante presente de ahora.


Miércoles, 8 de noviembre
POR QUÉ SOY TAN ANTIPÁTICO

No pensaba asistir a la presentación del premio Ángel González de investigación literaria, pero me entero de que allí estará Gabriele Morelli, el hispanista italiano, al que me gustaría saludar. Le leo y le admiro desde hace años y me alegra poder charlar con él por vez primera. Me cuenta cómo conoció a Neruda. Era todavía estudiante y preparaba un trabajo sobre Miguel Hernández. Un profesor se lo contó a Neruda, entonces en Milán, y este le invitó a cenar para hablarle del poeta. Ahora está preparando una antología de la poesía política de Neruda.
            No pensaba asistir porque sospecho que a los responsables de la Cátedra no les resultó demasiado simpático, y tienen sus razones para ello. Soy un poco aliens en el mundo universitario: carezco del espíritu de cuerpo, de la solidaridad gremial, no practico el habitual intercambio de favores. Si el primer premio Ángel González de investigación (El sujeto boscoso, de Vicente Luis Mora) era un indigesto bodrio, pues yo no tengo inconveniente en señalarlo así; si en la revista que publican aparece un artículo poco afortunado de algún hispanista norteamericano, pues no dejo de subrayarlo en la reseña correspondiente.
            Ya sé que esas cosas no se hacen: que la crítica académica es un intercambio de flores y gratitudes. ¿Quién va a ponerle peros al libro de un catedrático que mañana puede estar en el tribunal de su oposición? Para entrar en la docencia universitaria es necesario un largo camino en el que  sucesivas pruebas van determinando la capacidad y, sobre todo, docilidad del aspirante. Lo primero que aprende el doctorando es a quien debe adular, con quien conviene tener trato y con quién no.
            Yo soy un cuerpo extraño: trabajaba mientras estudiaba, discutía con los profesores (e incluso en la defensa de la tesis doctoral), seguí otro camino y ahora puedo permitirme el lujo de ir a mi aire. Y lo curioso es que si estoy donde estoy fue precisamente gracias a Ángel González: él conoció mi revista Jugar con fuego, le habló de ella a Jesús Neira, que había sido profesor mío; su mujer, Rosario Neira, que también me había dado clase, sabía que había una vacante de interino, hizo gestiones para dar conmigo, logró enterarse de la aldea perdida en que yo daba clases, me escribió, llegué a tiempo de presentar mis papeles y etc, etc.
            La verdad es que es un lujo llevar cuarenta años en la universidad y poder seguir a mi aire, al margen del más o menos mafioso gremialismo. Algo tiene que ver el carecer de ambiciones y conformarme con el último puesto del escalafón.


Jueves, 9 de noviembre
CASAS DE ACOGIDA

Primero, cuando no tenía dinero para comprar libros, mi casa fueron las bibliotecas públicas; luego, las bibliotecas y las librerías. No todas. Hay algunas frías y distantes, funcionariales, en las que solo se entra para pedir un libro concreto. En las que yo prefiero, se entra también para pasar el rato, para estar a gusto, aunque luego siempre salga uno con algún libro que le estaba esperando y que ni siquiera sabía que existía.
            Solitario en alguna ciudad extranjera, entrar en ellas era como acogerse a un refugio, a una embajada del reino remoto de la felicidad.
            Recuerdo ahora la Feltrinelli de Catania, en la Via Etna, las frías tardes de invierno, o el Barnes & Noble, de Union Square, escenario de tantas jornadas de felicidad, o la cotidiana Cervantes. Hoy añado la Casa del Libro, en Gijón, que había frecuentado poco: cruzo la puerta y es como si entrara en un laberinto sonriente en cuyo centro no acecha ningún Minotauro, sino que aguarda un inagotable tesoro.


Viernes, 10 de noviembre
MI PLATO FAVORITO

Recordaba hace poco una anécdota de Kruschev y hoy me la encuentro en un libro de Anthony de Mello. Junto a ella, esta otra.
            Estaba un día el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía muy lujosamente gracias a su costumbre de adular a los poderosos.
            ––Si aprendieras a ser sumiso al rey –le dijo Aristipo–, no tendrías que conformarte con esas lentejas.
            ––Si aprendieras a comer lentejas –le replicó Diógenes–, no tendrías tú que besarle la mano, y lo que haga falta, al rey.