domingo, 16 de septiembre de 2018

Revelación de secretos: Vaquilla, bañera y momia



Sábado, 8 de septiembre
LA VAQUILLA

El verbo amar no admite el imperativo. Vuelvo todos los años al pueblo en que nací, Aldeanueva del Camino, pero desde el mismo instante en que bajo del coche ya estoy deseando marcharme. No me encuentro a gusto. Ya era un niño y allí me asfixiaba porque no había libros y yo necesitaba los libros –casi desde antes de nacer– como el aire que respiraba. Recuerdo con terror aquellos interminables veranos en el pueblo, ya viviendo en Asturias, agotado a los pocos días el material de lectura que había conseguido reunir; recuerdo con terror aquellas horas de la siesta (todo el mundo sepultado en sus casas) que duraban una eternidad.
            Llego a Aldeanueva para cumplir un rito anual, como homenaje a mis mayores, y en cuanto puedo, nada más dejar la maleta en la vieja casa junto a la carretera, me escapo a Hervás.
            Hervás es otra cosa. Cómo me gusta pasear por las calles angostas y retorcidas del barrio judío, subir hasta la iglesia-fortaleza de Santa María, contemplar los hermosos montes de alrededor, pasear hasta el viejo puente de hierro por donde cruzaba el ferrocarril de vapor que por primera vez –era el año 1959– me sacó de estas tierras.  
            El verbo amar no admite el imperativo. El amor es sin porqué, como la rosa de Angelus Silesius, según a mí me gusta repetir.
            Yo en Aldeanueva era un desterrado, y vuelvo a sentirme un desterrado en cuanto pongo el pie en ella. Encontré mi patria el día en que crucé por primera vez las puertas de la biblioteca Bances Candamo, mi primera biblioteca, la Biblioteca de Alejandría en mi memoria. Por eso vuelvo siempre a Avilés, por eso no me he ido nunca de Avilés. Y por eso no vuelvo nunca al pueblo en que nací, aunque vuelva cada año.
            De mi pueblo, Aldeanueva del Camino, lo único que me gusta es el camino, la sensación de que es solo un lugar de paso, un punto de partida. A un lado Hervás, al otro Abadía, con su jardín perdido; más allá, Baños de Montemayor con sus termas romanas, y Béjar con su castañar y sus nieves, y Plasencia amurallada sobre el Jerte, y Yuste, digno de un emperador, y aquella fuente en Cuacos, que mana  y corre como en los versos de San Juan…
            Ya sé que estas cosas no se deben decir, y yo no las digo nunca, pero de mi tierra extremeña me gusta todo, salvo el pueblo en que nací. Cuando llego hoy, son las fiestas. En la plaza de toros junto al río, una peculiar plaza excavada en el suelo, se celebra una capea. Me llego hasta allí y me encuentro en una película de Berlanga con guión de Azcona.
            Afortunadamente, no hay maltrato físico del animal, una hermosa vaquilla que sale al ruedo con brío y que pronto se cansa del juego, de perseguir a uno o a otro de aquellos mozancones que se agitan en torno a ella, se queda quieta y nos mira con sus grandes ojos inocentes sin entender nada de aquella burla.
            Me fui de allí angustiado por no poder sacarla de aquel atolladero y llevarla a pastar libremente.  Seguro que a ella también lo que más le gusta de Aldeanueva del Camino es el camino abierto, los montes libres y los campos de alrededor.
           


Domingo, 9 de septiembre
LA MOMIA

En la fachada del colegio Jeromín, de Cuacos, hay un texto explicativo de por qué a los habitantes del pueblo se les conoce tradicionalmente como “los perdonados”. Al parecer, el pequeño Jeromín (futuro don Juan de Austria) tuvo una pelea con otros chicos del pueblo y el emperador, que ya no lo era, llamó a los padres a su presencia. Fueron temblando, temiendo ser cruelmente castigados, pero el magnánimo Carlos de Gante los perdonó, considerándolo cosa de chiquillos.
            Pedro Antonio de Alarcón, que anduvo por estas tierras en 1873, cuando la primera República, lo cuenta de otra manera: “Los habitantes de este lugar se complacieron en desobedecer, humillar y contradecir a Carlos V durante su permanencia en Yuste, llegando al extremo de apoderarse de sus amadas vacas suizas, porque casualmente se habían metido a pasar en términos del pueblo, y de interceptar y repartirse las truchas que iban destinadas a la mesa del emperador. Hay quien añade que un día apedrearon a don Juan de Austria (entonces niño) porque lo hallaron cogiendo cerezas en un árbol perteneciente al lugarejo… Aún hoy mismo los hijos de Cuacos, según nuestras noticias, se enorgullecen y ufanan de que sus mayores amargasen los últimos días del César, por lo que siguen tradicionalmente la costumbre de escarnecer el entusiasmo y devoción histórica que inspiran las ruinas de Yuste”.
            Eso era entonces, ahora las referencias al emperador –convertido en una atracción turística– están por todas partes y a los niños se les engaña, como si fueran adultos, contándoles una versión edulcorada de la historia.
            ¿Y por qué el emperador, que había permitido el saqueo de Roma y no había tenido piedad ni con el papa, consintió las burlas de aquellos lugareños? “Si hubiera castigado a aquellos insolentes  –refiere Alarcón–, el desacato y desamor de estos se habrían hecho públicos y dado margen a mil comentarios en toda Europa. El emperador se hizo, pues, el desentendido y devoró en silencio, como una penitencia, aquellas mortificaciones de su orgullo”.
            No era lo único que devoraba. “Con ingenio propio de un gran jefe de Estado Mayor resolvió la cuestión de las vituallas, consiguiendo en aquellas soledades de Yuste los más raros y exóticos manjares”, continúa Alarcón. Y pone un ejemplo: “Con decir que comía ostras frescas cuando no había en España ni siquiera caminos carreteros, bastará para comprender las artes de que se valdría a fin de hacer llegar en buen estado a la sierra de Jarandilla sus alimentos favoritos”.
            Si vivía como un monje en aquellas soledades, era como un monje glotón de los que luego se cuecen en las calderas de Pedro Botero.
            Más cosas cuenta Alarcón y yo superpongo su visita a la mía. Llegar a Yuste, cuando él lo hizo, no era tan difícil como en tiempos del emperador, pero casi. Había que saber montar a caballo y contratar un buen guía en Navalmoral de la Mata, adonde llegaba la diligencia de Cáceres que salía diariamente de la calle del Correo a las siete y media de la tarde. Se necesitaban por lo menos cuatro días y treinta duros para poder visitar Yuste desde Madrid.
            Más fácil resultaba ver la momia del emperador, que se convirtió en costumbre exhibir en el Escorial tras la revolución del 68. El propio Alarcón no pudo resistirse a la tentación de asistir a una de esas exhibiciones. Descansaba en el Real Sitio cuando se enteró del espectáculo, que parece se había convertido en habitual: “Acudimos, pues, al panteón de los reyes de España a la hora de la cita. ¿Y qué vimos allí? ¿Qué vieron las tímidas jóvenes y los atolondrados niños y los zafios mozuelos que nos precedieron o siguieron? Vieron, y vimos nosotros, la tumba de Carlos V abierta y delante de ella, sobre un andamio construido ad hoc, un ataúd cuya tapa había sido sustituida por un cristal. En las primeras exposiciones, no había tal cristal, por lo que no faltó quien pasase la mano por la renegrida faz del cadáver. A través del cristal, vimos la momia del nieto de los Reyes Católicos, de la cabeza a los pies, completamente desnuda, perfectamente conservada, un poco enjuta, es cierto, pero acusando todas las formas de tal manera que, aun sin saber que eran los despojos mortales de Carlos V, los hubiera reconocido cualquiera que hubiese visto los retratos que de él hicieron Ticiano y Pantoja”.



Miércoles, 12 de septiembre
TAPARSE LAS NARICES

––¿Has visto como no tienes razón? –se burla un amigo en el café Vetusta–. La fiscalía ha archivado la causa de las acusaciones de Corina al rey Juan Carlos y el congreso se ha negado a abrir una comisión de investigación. El exjefe del Estado es inviolable, aunque nunca fuera capaz de distinguir lo legal de lo ilegal, según afirma su antigua amante.
            ––Pues si todo el mundo lo dice, será verdad que en España tenemos una constitución que da al jefe del Estado licencia para delinquir. Si es así, yo la acato por imperativo legal pero dejo de estar orgulloso de ella y paso a estar tan avergonzado como lo está de su título cualquiera que tenga un máster de la Rey Juan Carlos.
            ––Lo dices con la boca chica, tú seguro que sigues pensando que la constitución no permite al jefe del Estado cobrar comisiones, tener dinero oculto al fisco ni otras trapacerías.
            –-Lo seguiré pensando hasta que el tribunal constitucional se pronuncie al respecto.
            ––¿Pero tienes alguna prueba de que sea un delincuente?
            ––Pruebas no, por supuesto, solo indicios, que es lo que se precisa para iniciar una investigación. Debería exigirla el propio afectado para que su honor quede a salvo. Indicios hay bastantes más de los que había contra Jordi Pujol, al que todavía no se le ha juzgado por nada y ya ha sido vilipendiado por todos y despojado de todos sus honores y  prebendas. Pero este es un tema más grave de lo que yo creía. Me cuentan que muchos de esos presuntos delitos no se habrían cometido en actividades privadas, de las que solo él sería responsable, sino en otras públicas o semipúblicas de las que serían responsables el presidente del Gobierno o el ministro correspondiente, según dice la constitución. Una investigación seria de las actividades del anterior jefe del Estado acabaría implicando, por acción u omisión, a todos los presidentes de la etapa democrática (salvo a Pedro Sánchez) y supondría, sin duda, el derrumbe del sistema. Puede ser peor el peligro que la enfermedad. Mejor hacer lo que hacen fiscales, jueces, padres y madres de la Patria: taparse las narices y mirar para otro lado cada vez que nos llega alguna nueva tufarada más o menos corina y más o menos saudí.


Jueves, 13 de septiembre
LA BAÑERA

Asisto a la representación de Fuenteovejuna temiéndome lo peor, y no por el libreto, que conozco desde que Javier Almuzara le puso punto final, ni por la música, sé que Jorge Muñiz no me va a defraudar, sino por el director de escena, Miguel del Arco, que hará todo lo posible por ser la estrella de la función.
            Como me esperaba lo peor, al final me parece que no era para tanto. Paso por alto sus tres o cuatro patochadas actualizadoras y me divierto con la escena de la bañera, que habría hecho las delicias de Visconti y Pasolini. Como Visconti a Burt Lancaster en El Gatopardo, Miguel del Arco desnuda al comendador y lo mete en la bañera rodeado de sus fornidos guardaespaldas. “No viene a cuento, pero hace bonito, ¿no?”, diría el afamado director teatral.
            Cuando se pone pesadamente gore, yo cierro los ojos, algo a lo que el Campoamor nos tiene más que acostumbrados.
            Pero qué precisa y plural música, qué sentencioso texto, lleno de alusiones literarias, y qué emoción final al ver a Almuzara saludar desde el escenario. Me sentí un poco como el padre de familia numerosa –en el fondo es lo que soy– que ve triunfar a uno de sus hijos predilectos.






lunes, 10 de septiembre de 2018

Revelación de secretos: Contra este y aquel



Sábado, 1 de septiembre
LO ESTOY DEJANDO

Enamorarse es una costumbre que suele tener la gente. Una mala costumbre. Yo ya casi la he dejado del todo. Casi, amor mío.
            Recuerdo unos versos del Cancionero de Palacio que escuché cantar una noche restallante de estrellas en el patio renacentista del museo Machado de Castro, en Coimbra, y que nunca he podido olvidar: “Mal que no puede sufrirse / imposible es que se encubra, / forzado será decirse / o que muerte lo descubra”.


Domingo, 2 de septiembre
YO, JUDÍO

Al comprar el periódico en el quiosco del Fontán, como cada domingo, me encuentro abiertas las puertas de la pequeña sinagoga de enfrente, habitualmente cerrada y sin ningún signo identificativo exterior, como en los peores tiempos de la clandestinidad. Hoy es jornada de puertas abiertas.
            Entro, tomo un sorbo de vino kosher, asisto a una charla sobre la cultura judía, escucho la lectura de algunos cuentos. Sonrío cuando oigo decir que “el judío está siempre discutiendo, a los judíos les gustan las discusiones; en el judaísmo, salvo que hay un solo Dios, todo lo demás es discutible”.
            De ser así, yo sería un perfecto judío. Me gusta ponerlo todo en cuestión. Por principio, no me creo nada de lo que leo o me cuentan si no viene de fuentes fiables o no se prueba adecuadamente. Mis amigos lo saben bien.
            Me gusta discutir como jugar al ajedrez. Para ganar, para derrotar al contrincante. Pero sin hacer trampas. Nada detesto más que al sofista, al que defiende hoy una cosa y mañana la contraria.
            Me gusta tener la razón, no creer que la tengo, aunque de sobra sé que todos los paranoicos creen tenerla.
            Me gusta rectificar, que me señalen un dato erróneo (algo relativamente fácil) o un razonamiento erróneo (ahí lo tienen más difícil). Esa es la demostración de que mi búsqueda de la verdad es verdadera, que no se me reveló –como a los fanáticos de cualquier religión– de una vez y para siempre. Yo me esfuerzo en encontrarla en cada asunto concreto.
            Pero quizá amo más la verdad que a mis semejantes. Soy cruel, no tengo piedad con el interlocutor, trato siempre de aplastarle contra el suelo con el peso de mis razonamientos. Se me da mejor el uso y abuso de la razón que la delicadeza en el trato con los demás.
            A veces pienso que yo habría sido un buen rabino, si fuera posible un rabino ateo. A fin de cuentas, yo todo lo pongo en cuestión –como buen judío–, salvo que, de haber Dios, habría –por definición– un solo Dios.


Lunes, 3 de septiembre
INCONSCIENCIA

Tras enterarme de la brutal catástrofe en Avilés, que me afecta especialmente porque ha ocurrido en la compañía de autobuses y en la ruta que yo frecuento desde hace medio siglo, mientras camino hacia Las Salesas, me encuentro detenido ante un semáforo a uno de los vehículos de Alsa y tengo que frotarme los ojos ante el mensaje que aparece en su parte de atrás.
            Sobre el hashtag “viajamosjuntos”, se lee “puede ser el último”. ¿Figuraba ese anuncio –al parecer financiado por la Dirección General de Tráfico– en el Alsa que se aplastó brutalmente contra un poste al salir de Avilés? En ese caso, los viajeros estaban advertidos.
            Cualquier viaje, cualquier día puede ser el último, pienso mientras camino pesaroso por mi ruta habitual. Pero ¿cómo podríamos vivir si no lo olvidáramos? Bendita inconsciencia.


Martes, 4 de septiembre
UN ESCRITOR PROFESIONAL

Con los años, uno aprende estrategias de supervivencia. A engañar, por ejemplo. A decirle a cada uno lo que quiere oír.
            A lo que yo aún no he aprendido –y bien que lo lamento– es a mentir por escrito, a engañar a los muchos o pocos lectores que pueda tener. Hojeo el último número de Mercurio, la a medias revista literaria y a medias boletín promocional del grupo Planeta, y siento un poco de vergüenza ajena ante los elogios que Jesús Aguado le dedica a una bien intencionada y desastrosa antología del aforismo. Habla de “extraordinario trabajo”, de perfecta selección, de “palabras inteligentes y sensibles puestas al servicio de la vida”.
            Pero si hubiera tenido la curiosidad de leer el libro que reseña, Fuegos de palabras. El aforismo poético español de los siglos XX y XXI, de Carmen Camacho, se habría encontrado, no ya con vaciedades como  “la unidad de la trinidad es la trinidad de la unidad” (Cirlot), sino con frases del estilo de “El poeta inglés Peter Redgrove, en 1981, recordando un viejo sueño” (Jordi Doce, el autor, afirmó que había sido recortada de un texto más amplio). Y hay otras cosas estupendas en esta antología de lo mejor del aforismo poético español de los siglos XX y XXI. Por ejemplo, esta eutrapelia de Fernando Arrabal: “No consigue hablar español, pero ya ha aprendido a no tirar de la cadena después de orinar”.
            ¿Seguimos? No vale la pena. Carmen Camacho es tan buena conocedora del aforismo español que olvida los que escribió Eugenio d’Ors (ni siquiera sabe que la mayor parte de su obra está en español), pero no los de los hermanos Álvarez Quintero.
            El final de la reseña es un ejemplo de literatura en el peor sentido de la palabra, en el que la identifica con la vacua retórica: “Así que Carmen Camacho ha conseguido susurrarle al oído a cada uno de los aforismos de este libro para que no corran, para que se calmen, para que dejen de dar coces a sus vecinos. Se les ve tranquilos, en paz, ocupando sus respectivos huecos. Algo les habrá dicho. Algo les habrá prometido. Algo les habrá contado. Pero qué. Me temo que tendré que volver a comenzar desde el principio para averiguarlo. Es lo que tienen por otra parte los libros infinitos”.
            Qué cosas. ¿Seguro que lo ha leído desde el principio? ¿Y no se ha dado cuenta del barullo conceptual, de la ensalada pseudopoética del prólogo?
            Pero Jesús Aguado –excelente poeta, por otra parte, y buen conocedor de la cultura hindú– es un escritor profesional y sabe de sobra que no le pagan –en Mercurio o en Babelia– para orientar a los lectores sobre las novedades literarias, sino para elogiar los libros que le envían. Y sabe también que para elogiar un bodrio que te encargan reseñar conviene no leerlo con demasiada atención.
            Él es un escritor profesional, se justificaría, y el suyo es un trabajo tan digno como otro cualquiera. ¿Tan digno como otro cualquiera? No estoy yo muy seguro de que la publicidad encubierta sea un trabajo del todo decente. Está demasiado cerca de la estafa.
            Afortunadamente, yo no tengo que ganarme la vida escribiendo.


Miércoles, 5 de septiembre
EL CORAZÓN BLINDADO

El próximo lunes es el Día Internacional para la Prevención del Suicidio. Me invitan a participar en una mesa redonda sobre la literatura y el dolor y hoy asisto a la inauguración de las jornadas, al aire libre y bajo la lluvia, ante un Mupi en la calle Pelayo. Me parece muy adecuada la frase, de Shakespeare, escogida como lema: “El dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe”. Y la ilustración que la acompaña: un corazón blindado.
            Como está el mío. Nunca he sido capaz de llorar sobre el hombro de nadie, nunca he sido capaz de abrazar a nadie para tratar de aliviar su dolor. Entre los demás y yo, siempre una distancia de seguridad.
            Escribo poesía porque no sé cantar, he dicho a veces. Escribo porque no sé llorar, podría decir ahora. Solo llorar a solas, como avergonzándome.
            Me siento un impostor interviniendo en estos actos. ¿Cómo puedo yo aconsejar a los demás que hablen de su dolor, que no dejen que se pudra en el corazón, si yo no sé hablar del mío?
            No hago confidencias, hago literatura y en literatura un corazón al desnudo no está nunca desnudo. Está blindado, como el mío, guarda su dolor como en una caja fuerte de la que he acabado por olvidar la clave.


Jueves, 6 de septiembre
NO TENGO ENMIENDA

“Las personas inteligentes no se aburren nunca”, oigo decir. Pues yo debo de ser bien poco inteligente porque todos los días me sobra tiempo para aburrirme. Me consuela pensar que Sherlock Holmes a nada le temía más que al monstruo insaciable del aburrimiento que continuamente le acechaba.
            “Siempre hay un roto para un descosido”, leo en un escaparate. ¿Y qué necesidad tiene un descosido de ningún roto? Lo que le hace falta es aguja e hilo. ¡Y luego hablan de la sabiduría popular!
            Los amores no correspondidos se diferencian de los amores correspondidos en que si los primeros acaban mal los segundos acaban peor. Y no lo digo por experiencia. Soy de los que escarmientan en cabeza ajena.
            Nada me levanta tanto el ánimo, cuando estoy deprimido o aburrido, como una buena discusión o un bodrio bien promocionado que destrozar en dos folios.


Viernes, 7 de septiembre
GRACIAS, ANDRÉS

Andrés Trapiello, con quien desde que he dejado de ser amigo tengo una relación menos conflictiva, trata de consolarme ante mi inminente –apenas dos cursos– jubilación.
            “Sé de tu melancolía por lo que vienes escribiendo estos últimos años de ese momento que imaginas peor de lo que es: ingresarás en el mundo de los que tienen que inventar la vida cada mañana. Bienvenido al club. En tu caso, ni siquiera tendrás que ganarte el pan de cada día (como otros falsos jubilados), porque tendrás una jubilación aceptable. Leerás (más), viajarás (más), escribirás (más), en definitiva, como siempre, pero mejor”.
            Estoy completamente de acuerdo con todo lo que dice, salvo la última palabra: seguiré leyendo (más), viajando (más), escribiendo (de más), en definitiva, como siempre, pero peor.





sábado, 1 de septiembre de 2018

Revelación de secretos: El Rey está desnudo



Domingo, 26 de agosto
YO, ROBOT

Al verme empujar a menudo un carrito de bebé, los conocidos me miran extrañados. “¿Un nieto?”, me preguntan algunos. A ninguno se le ocurre –tampoco soy tan viejo– que pudiera ser mi hijo. Pero no es ni una cosa ni otra, es solo mi ahijado. El hijo de dos queridos amigos que me han concedido el privilegio de aceptar mi ayuda –más simbólica que otra cosa– en una de las más fascinantes aventuras de la humanidad.
            Al pequeño Martín –se llama así porque así me llaman mis amigos– le tuve en los brazos el día en que nació. Desde entonces –pronto va a cumplir dos años– apenas hay día en que no haya tenido ocasión de aprender de él.
            Pocos seres tan prodigiosos y tan desvalidos como un recién nacido. Nos sostiene el amor, sin el amor siempre alerta no podríamos sobrevivir.
            Hoy he pasado la tarde con Martín y Marta en el Parque de Invierno. Nunca había estado antes por allí. Martín me ha enseñado un Oviedo de zonas verdes y parques infantiles que desconocía. Hoy, gracias a él, he divagado por un laberinto verde, cruzado puentes y atravesado un largo túnel –el del antiguo ferrocarril vasco– que desconocía.
            Martín me ha enseñado a observar las hormigas, las orugas, las hojas secas, el musgo en el tronco de los árboles, las piedras y las conchas, todas las mínimas maravillas por las que pasaba sin fijarme.
            En cuando la luna aparece en el cielo del atardecer, no importa lo diminuta y desvaída que pueda ser, Martín alza la mano, la señala con el dedo y grita “lúa”. Creo que es la primera palabra que le he oído pronunciar.
            Con Martín el mundo vuelve a ser creado, y a alta velocidad, delante de mí.
            Pero no todo es disneylandia, un niño no es un juguete, es una preocupación constante. Ahora está en edad de salir corriendo cuando menos lo esperas. Y ahí estoy yo corriendo tras él y gritando que pare mientras le veo dirigirse hacia la calzada. No para, claro, sino que acelera. Menos mal que he inventado un nuevo juego: cuando le grito “stop” ha de detenerse donde esté y dar un salto. Eso me permite alcanzarle.
            Antes era un ser rutinario, que no soportaba los cambios y que para sentirme a gusto tenía que hacer siempre lo mismo y a la misma hora. Con Martín no hay horario, le acompaño a pasear cuando a él le apetece salir a pasear; estoy con él –y el tiempo pasa sin sentir– hasta que quiere volver a casa. Cien ojos, mucha paciencia y algo de inteligencia: esa es mi receta para cuidar de este pequeño superhombre.
            Antes yo era una especie de robot, ahora soy casi un ser humano. Martín ha hecho el milagro.


Lunes, 27 de agosto
EN CAMISA DE ONCE VARAS

Al volver de la redacción de Clarín, me encuentro con una nueva librería de viejo en la Avenida de Galicia. No puedo resistir la tentación de entrar, y lo primero que veo son varios números de la Revista de Occidente. Compro uno, de 1985, dedicado a la Transición. Entre las colaboraciones, un espléndido artículo de Ignacio de Otto, “La Constitución abierta”.
            Ignacio de Otto fue catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Oviedo. Murió muy joven, con poco más de cuarenta años. Lo que dice de la Constitución me confirma que la que yo voté nada tiene que ver con la que esgrimen como amenaza los llamados partidos constitucionalistas.
            Ignacio de Otto no le diría nunca, a quien no entiende que la Constitución blinde ante la justicia las actividades privadas del jefe del Estado, lo que a mí me dijo uno de sus discípulos, Francisco Bastida, también catedrático de Derecho Constitucional: “Si quiere saber la razón, matricúlese en la Universidad y venga a mis clases”.
            Ignacio de Otto, sin necesidad de matrícula previa, nos explicaría el punto 3 del artículo 56 no como una garantía de impunidad, sino todo lo contrario. Tanto he discutido sobre ese artículo (que se interpreta habitualmente de manera ofensiva para la democracia española) que me lo sé de memoria: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65.2”.
            El artículo 64, que también me sé de memoria, tantas veces lo he citado, dice: “1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. 2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”. 
            Y el artículo 65.2: “El Rey nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su casa”. Hay otra actividad del Rey que no necesita refrendo del gobierno, la señalada en el artículo 65.1: “El Rey recibe de los presupuestos del Estado una cantidad global para el sostenimiento de su familia y Casa, y distribuye libremente la misma”.
            Francisco Bastida, en un debate anterior (mi combate por la decencia y contra la impunidad viene de lejos), me arguyó que la Constitución no hablaba del Rey, sino de “la persona del Rey” y que así quedaban incluidas todas sus actividades, tanto las públicas como las privadas. Pero, si así fuera, las actividades privadas también deberían estar refrendadas por el presidente del Gobierno o por algún ministro, que serían los responsables de las mismas. La Constitución española –esto lo sabía muy bien Ignacio de Otto, pero no alguno de sus discípulos– lo que hace es eximir al Rey de responsabilidad política ya que no ha sido elegido ni puede ser cesado. Se equivoque o acierte –el caso de su discurso del 3 de octubre–, quien asume la responsabilidad es el gobierno, no él.
            La Constitución no ampara delincuentes, como nos han querido hacer creer. Si hay indicios racionales de que un político, ocupe el cargo que ocupe, ha cobrado comisiones ilegales, oculta una fortuna en paraísos fiscales, aloja a sus amantes en residencias del Estado, la justicia debe de inmediato investigar. Luego ya se verá a quien corresponde procesarle y juzgarle (lo decidirá el tribunal constitucional, que es el encargado de interpretar una Constitución voluntariamente ambigua en muchos de sus puntos).
            En el caso de que el presunto delincuente fuera el Rey, antes de juzgarle, sería destituido por el Congreso ya que, al ser proclamado por las Cortes Generales, ha prestado juramente “de guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes”. Si incumple las leyes, es infiel a su juramento y no puede seguir siendo jefe del Estado, aunque pudiera seguir siendo Rey por graciosa concesión de un gobierno que no parece haberse leído muy atentamente la Constitución. Pero ese es un asunto que dejaremos para otro día.



Martes, 28 de agosto
PERDER AMIGOS

Llevo toda la vida perdiendo amigos, y en la mayor parte de los casos no por culpa suya, pero no termino de acostumbrarme. Cesan a Juan Manuel Bonet en la dirección del Cervantes y mi primer impulso es comentarlo con Andrés Trapiello, lo mismo que cuando leo alguno de sus artículos que me parece especialmente feliz. Comienzo a escribirle un correo o un whatsapp y solo un momento antes de enviarlo me doy cuenta de que ya no es amigo mío.
            Voy a tomar un café por la tarde, pensando en mis cosas, y cuando quiero darme cuenta estoy bajando por el Campillín hacia la librería de Valdés, donde solía proveerme de de siempre apasionante lectura. Afortunadamente, me doy cuenta a tiempo de que ya no soy allí bien recibido y me evito el mal rato de las caras largas.
            No sé conservar a los amigos. Esa es una de las asignaturas que todavía me queda por aprobar. A ver si me enseña el pequeño Martín.


Miércoles, 29 de agosto
EL CONSORTE DE LA REINA

¿Es constitucional el título de Rey que el gobierno otorgó al anterior jefe del Estado por decreto del 13 de junio de 2014? No lo parece. La Constitución afirma que “el Rey es el jefe del Estado” (artículo 56) y no otorga ese título a nadie más: habla de “Reina consorte”, pero no de Rey consorte cuando el jefe del Estado sea una mujer, sino de “consorte de la Reina” (artículo 58). A ese “consorte de la Reina”, el Real Decreto del 6 de noviembre de 1987 le otorga “la Dignidad de Príncipe”,
            ¿Puede reformarse la Constitución con un Real Decreto –el 470/2014– que modifica otro? Parece que no, pero doctores tiene la santa madre Constitución y esos doctores no han dicho ni mú al respecto.
            La reforma constitucional ha de cumplir unos muy concretos requisitos. No se puede cambiar el texto del artículo 56. 1 para que en lugar de decir “El Rey es el jefe del Estado” diga “El Rey es (o ha sido) jefe del Estado” así por las buenas, justificándolo solo en la gratitud “por décadas de servicio a España y a los españoles” y en continuar “la senda de precedentes históricos y de la costumbre en otras monarquías”.
            Por cierto, ¿qué precedentes históricos son esos? En España solo hubo dos reyes en la época de las guerras carlistas, pero solo uno era el rey legítimo, o entre 1975 y 1977. cuando uno era heredero de Franco y efectivo jefe del Estado y el otro solo poseedor de los derechos dinásticos.


Jueves, 30 de agosto
DE CATALUÑA NI HABLAR

“Pedro Sánchez, / Pedro Sánchez, / no digas que no te aviso”, parafrasee yo un famoso romance histórico cuando la alevosa y vana traición. Ahora también me permito advertirle de que puede autorizar o no un referéndum en Cataluña, pero que si no lo hace no es porque se lo prohíba la Constitución, sino por más o menos atinadas consideraciones políticas.
            La Constitución, en su artículo 149.1, enumera las materias sobre las que el Estado tiene competencia exclusiva. Una de ellas, la número 32, es la “autorización para la realización de consultas populares por vía de referéndum”. Y no veta ningún tema. El que el gobierno central –el anterior y este– impida aclarar de una vez por todas si la mayoría de los catalanes está o no a favor de la independencia se debe a una decisión política –o al miedo a saber la verdad–, no  a una prohibición constitucional.
            Pero yo no de Cataluña no hablo, que no quiero perder a una de las pocas amigas que me quedan.

Viernes, 31 de agosto
SER PADRE

Nunca quise tener pareja, pero siempre quise ser padre. Lo primero –con mucho esfuerzo– lo he conseguido. Lo segundo… No diré ni que sí ni que no, eso son asuntos privados. Prefiero hablar de la Constitución y del paradójico desconocimiento que de ella muestran los partidos constitucionalistas, especialmente el animoso paladín de la nueva Reconquista, Albert Rivera: apenas hay declaración suya que no sea dudosamente constitucional o claramente inconstitucional.




sábado, 25 de agosto de 2018

La verdadera historia: Incidente en Estambul



Dos cafés llevan en Estambul el nombre de Pierre Loti y los dos están junto a un cementerio. Uno, el que dicen que frecuentaba el escritor, en la apartada colina de Eyüb, al fondo del Cuerno de Oro; el otro, muy céntrico, en Divan Yolu, la calle del tranvía, frente al majestuoso cementerio de Mahmud II, visitable día y noche, donde están enterrados tres sultanes.
            La historia que me propongo contar, o mejor no contar (no quiero acabar de mala manera), comienza en este último, en el que a mí me gustaba cenar (siempre había alguna joven sola, escribiendo en su portátil y fumando de la pipa de agua, con la que me habría gustado conversar), para luego tomar un té de manzana en el café al aire libre en lo alto del cementerio mientras contemplo cómo la luna y algún raro curioso se paseaban entre las tumbas y el olor a jazmín.
            Pierre Loti fue un personaje curioso, que hizo soñar a los lectores de su tiempo –especialmente a las lectoras– y que hoy nos hace sonreír. Era oficial de la Marina francesa y a bordo de un navío de guerra recorrió los siete mares. Supo aprovechar su experiencia para describir paisajes exóticos y para fantasear sentimentales aventuras. Su primera novela, la que de un día para otro le hizo célebre, Aziyadé, de 1879, transcurre en Estambul. A ella vuelve con Fantasma de Oriente, el libro que yo leía cuando me encontré con Pedro Cubillo. Comencé a leerlo con una sonrisa irónica, pero acabó haciéndome llorar.
            Los amores clandestinos con Aziyadé –una hermosa joven turca–  terminaron bruscamente cuando Pierre Loti (que en realidad se llamaba Julien Viaud) tuvo que partir de la ciudad. Volvió diez años después y en Fantasma de Oriente nos cuenta sus intentos de reencontrar a la amada, con la que había perdido el contacto tras el intercambio de unas pocas cartas.
            Desde su hotel en Pera contempla, en la otra orilla del Cuerno de Oro, “el santo arrabal” en que transcurrieron sus amores: “Los diez años que me separan del tiempo en que yo vivía en él acaban de desvanecerse tan por completo que hasta me forjo la ilusión de volver allá, a mi casa, entre rostros familiares. Iré a sentarme al antiguo cafetín en que Achmet y yo pasábamos las veladas de invierno, en compañía de derviches, recitadores de fantásticas historias de encantamiento”.
            En un esquife atraviesa las tranquilas aguas. Pero nada de lo que se encuentra es igual a como él lo había dejado: “Mi casa vieja, y las dos o tres que la rodeaban, ya no existen. No había previsto yo esta destrucción y siento que mi corazón se oprime. Echo pie a tierra, tratando de orientarme, de reconocer alguna cosa. ¿Dónde está el cafetín de los derviches narradores de historias? En el lugar que ocupaba se alza ahora un gran muro blanco que yo no conocía, un cuartel flamante custodiado por centinelas”.
            El café de la colina de Eyüp, que no se pierden los turistas más enterados, con sus camareros vestidos a la turca y su decoración decimonónica, parece que es tan auténtico como la casa de la Virgen en Éfeso. Pero las hermosas vistas, la mezquita y el cementerio siguen siendo verdaderos.
            Yo acabé leyendo Fantasma de Oriente  con lágrimas en los ojos, ya dije. Julio Camba, que estuvo por aquí el año 1908, cuando los Jóvenes Turcos impusieron un gobierno constitucional al Imperio Otomano, se burlaba de Pierre Loti, enamorado de un pintoresquismo que solo era atraso y miseria. Pero Loti fue un verdadero amigo de los turcos y en las diversas guerras balcánicas siempre se puso de su lado, aunque eso supusiera enfrentarse a su propio país.
            Junto a la terraza del café, discurría la animación de Divan Yolu y yo, que cenaba solo, me entretenía observando a los transeúntes, entre los que no abundaban demasiado –contra lo que pudiera pensarse– los turistas. Se reconocían por su pintoresco atavío. Uno de ellos –camisa floreada, pantalones cortos, gorra y gafas de sol, aunque ya era de noche– se detuvo frente a mí, sorprendido.
            –-¿Qué haces aquí? A estas horas deberías estar sentado en el Vetusta o comprando en el Mercadona del Fontán.
            Tardé en reconocerle y, cuando creí hacerlo, tuve mis dudas. Si era quien yo creía que era, hacía más de treinta años que no nos veíamos.
            –-¿Cubillo? ¿Pedro Cubillo López?
            ––¡José Luis García Martín!
            Había entrado en el café y me abrazó muy efusivamente. Estudiamos juntos en la Universidad allá por los primeros años setenta y, en aquel entonces, todavía había profesores que pasaban lista –parece que no tenían cosa mejor que hacer– y el sonsonete completo de nuestros nombres se nos había quedado en la cabeza.
            Yo estudiaba y trabajaba, eran muchas las clases que me veía obligado a perder. Cubillo –le llamábamos así por el apellido– no se perdía una. A menudo tenía que recurrir a él para que me prestara los apuntes. Luego supe que también trabajaba y que su trabajo consistía en tomar buena nota de lo que decían ciertos alumnos y determinados profesores díscolos. Era policía, de la Brigada Político Social, y pronto lo supimos todos. Muchos se apartaron de él, pero yo seguí siendo su amigo. Conmigo se portó siempre bien e informó favorablemente –“solo le interesa los libros, no se mete en política”– cuando yo tuve un serio percance con la justicia militar en los últimos tiempos de la dictadura.
            Perdí contacto con Pedro Cubillo hace muchos años. Me imaginaba –su trabajo, como a mí el mío, no le impedía ser buen estudiante– que se habría jubilado como profesor de secundaria.
            ––¡Ya me habría gustado! No tuve suerte en las oposiciones. O quizá no fue solo cosa de mala suerte. El haber sido policía con Franco no era un buen aval para los recién conversos a la democracia. Acabé en una empresa de seguridad privada, en ella me jubilé. Hicimos trabajos que se pagaron bastante bien. No me quejo. Seguro que los ahorrillos que tengo yo para la jubilación no los tienes tú en la tuya.
            ––¡Yo aún no estoy jubilado!
            ––Pues no te quedará mucho. Alguna vez he pensado en escribir mis memorias, materia no falta, pero lo más interesante no lo puedo contar. Acabaría como el comisario Villarejo, para el que, por cierto, hice algunos trabajitos.
            ––Por ejemplo…
            ––No te empeñes, que no te voy a contar nada. ¡Bueno eres tú! Acabaría en tu diario, que yo leo todas las semanas, por eso me sé al dedillo tu vida. ¿Recuerdas aquella obra de Gregorio Martínez Sierra sobre la que hiciste un trabajo para Martínez Cachero? No recuerdo su título, era una obra en un acto, muy poco conocida, que nada tenía que ver con el meloso teatro de ese señor que firmaba los trabajos que escribía su señora. Tú la comparaste con los esperpentos de Valle-Inclán. Describía la juerga de unos señoritos con varias prostitutas. Una de las gracias que hacían era colgarlas boca abajo, sujetándolas por los pies, de alguna ventana o de algún palco, no recuerdo bien. Una de aquellas pobres infelices se resbala de las manos del borracho que la sujeta y muere. Tú investigaste y llegaste a descubrir que algo así había ocurrido en una fiesta en la que participaba un futuro Grande de España, en 1905 o 1907. La policía declaró que había sido un accidente y no pasó nada. Yo viví algo semejante, pero de eso no puedo contarte nada, aquí en Estambul, en uno de esos palacios fabulosos de la orilla del Bósforo. Fue en los años ochenta, con Felipe González como presidente. Pero me parece que ya te estoy contando demasiado. ¡Bueno eres tú! La fiesta era de esa que dejan a las de las Mil y una Noches a la altura de un bodorrio de pueblo. Entre los invitados había algún príncipe saudí, un magnate mexicano del petróleo y un político español –no te voy a decir de quién se trataba– que, aparte de su guardia oficial a cargo del contribuyente, nos había contratado a nosotros, también a cargo del contribuyente.
            ––Me estás contando demasiado, Cubillo. No me cuentes más, que no quiero tener que acabar pidiendo amparo a la justicia europea.
            ––Pues hablemos de otra cosa. A mí me divierte mucho ese empeño tuyo de tener razón contra todo el mundo, ya de estudiante eras así. Recuerdo cuando, a la salida de clase, te pusiste a discutir con Gustavo Bueno sobre alguna de sus rotundas afirmaciones y se indignó tanto que gesticulaba como si estuviera dispuesto a pasar a las manos. Amigo Martín, si los catedráticos de Derecho Constitucional, los jueces, los fiscales, los políticos y los contertulios de la Sexta dicen que, acuerdo con la Constitución, el rey de España puede –hablando en hipótesis, por supuesto– cobrar comisiones ilegales, malversar caudales públicos, incluso atracar bancos o asesinar prostitutas sin que le pueda juzgar pues será que la Constitución afirma eso. No pretendas se más papista que el papa.
            ––¡La Constitución no afirma tal cosa! La inviolabilidad del rey se refiere solo a sus actos como jefe del Estado, los que han de ser refrendados por el gobierno. De su vida privada no dice nada la Constitución y por eso el código penal se le ha de aplicar como a cualquier ciudadano. Lo único que no está claro es que tribunal ha de juzgarle, eso lo ha de decidir el Constitucional cuando un juez le haga la correspondiente consulta.
            ––¡No te metas en camisa de once varas, amigo Martín! Si los españolitos de bien están contentos con una Constitución que, según ellos, no según ella ni según tú, permitiría –no se ha dado el caso, pero podría darse, fiarlo todo al azar de la genética es lo que tiene– a un Calígula ser jefe del Estado español, pues con su pan se lo coman. ¿Conoces el verdadero café de Pierre Loti, no este, que podría estar en cualquier parte, que parece un McDonald’s o, peor aún, un Starbucks? Te invito a tomar allí una copa contemplando como riela la luna en el Cuerno de Oro.




domingo, 19 de agosto de 2018

La verdadera historia; El milagro de Éfeso




Ana Catalina Emmerick fue una monja alemana que, sin haber estado nunca allí, describió minuciosamente la casa cerca de Éfeso en la que la virgen María pasó sus últimos años.
            Heinrich Schliemann fue un comerciante aficionado a la arqueología que, tras quedar fascinado cuando niño con la lectura de la Iliada, descubrió Troya, encontró el tesoro de Príamo, adornó con él a su joven esposa griega, Sophía, con la que tuvo dos hijos, Andrómaca y Agamenón.
            Durante muchos años soñé yo con una torre con reloj junto a la cual, a media noche, esperaba a un desconocido. Me despertaba siempre cuando oía sus pasos acercándose.
            Y esa torre la entreví de pronto desde la ventanilla del coche que me traía de Éfeso, donde había visitado la casa de la Virgen, y el día antes de partir hacia la colina de Hisarlik, donde visitaría las ruinas de Troya. “Algo que no se llama azar rige estas cosas”, pensé con Borges.
            La torre estaba en Çanakkale, junto a los Dardanelos, y ese mismo día, cerca de la media noche, abandoné el hotel para dirigirme a ella. Durante largo rato, mientras poco a poco se iba calmando el bullicio veraniego de la ciudad, esperé la llegada del desconocido.
            No se me acercó nadie, pero a la mañana siguiente, sentado en un banco frente al canal y la península de Gallipoli, mientras a la memoria me venían los versos de Espronceda (“Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Estambul”), un desconocido de cabellos blancos y piel curtida se paró frente a mí, me llamó por mi nombre y me saludó en italiano. Ante mi extrañeza, bastaron dos palabras suyas –Perugia, 1980-- para que un tiempo remoto se me hiciera súbitamente presente.
            ––¡Ibrahim!, dije.
            Y él me abrazó y me dio dos besos. Fuimos muy amigos en aquellos días de la Università per Stranieri. Él me presentó a sus amigos turcos, entre ellos a uno que pronto se haría famoso, Ali Agca, el autor del atentado contra el Papa un 13 de mayo de 1981. Cuando vi su rostro en las primeras páginas de los periódicos y en los telediarios, ya de regreso a España, la verdad es que me sobresalté un poco, incluso temí que me involucraran en los hechos. De mi amigo Ibrahim supe que lo habían detenido, acusado no sé si de participación también en el atentado o solo de ser miembro o simpatizante de una organización llamada los Lobos Grises, y dejé de tener cualquier contacto con él. Y ahora estaba ante mí, sonriente, contento de verme, olvidado, si alguna vez lo tuvo, de cualquier resentimiento por aquella brusca ruptura.
            La sonrisa le rejuvenecía, y el brillo de los ojos, que seguía siendo el mismo de hace casi cuarenta años. Le hablé de la torre del reloj que aparecía en mi sueño y de la casa de la Virgen, que acababa de visitar, y de las ruinas de Troya, que conocería por fin al día siguiente. Soltó una carcajada.
            ––¿Ahora crees en esas patrañas? No eres el Martín que yo conocía. Debe ser cosa de la edad. La llamada casa de la Vírgen es, en realidad, una capilla bizantina del siglo VI o VII. Supuestamente, el lugar lo describió una monjita histérica en 1822 y en 1892 lo encontraron dos sacerdotes de un colegio de Esmirna siguiendo sus palabras. Pura superchería. Nadie parece haber leído el libro de 1852, Vida de la bienaventurada virgen María, en el que Clemens Brentano, el amanuense de la beata, reunió y reescribió sus visiones. En él se nos dice que la Virgen no vivía sola, sino en una aldea con casas diseminadas y con familias refugiadas en cuevas a causa de una persecución. También afirma que muy cerca había un castillo en el que vivía un rey destronado con quien el apóstol Juan charlaba a menudo. ¿Dónde están esas cuevas, dónde ese castillo? ¿Quién era el rey destronado? Lo único verdadero es que la capilla está en un alto y rodeada de bosques, algo muy propio de todas las capillas. Los libros escritos en colaboración por la monja de las llagas y el escritor romántico alemán son una curiosa saga novelesca, una fantasía neotestamentaria, que se lee con gusto, con pasajes emocionantes y otros disparatadamente divertidos. En el Arca de la Alianza, entre otras reliquias, coloca un hueso de Adán, que luego al parecer la Virgen llevaba siempre consigo. La única verdad en todo eso es que alrededor se ha montado un buen negocio en el que los papas, que se llevan su parte, no dejan de colaborar. Ya sabes que todos ellos se han apresurado a visitarla para asegurar los ingresos, aunque se cuidan mucho, para no hacer demasiado el ridículo, de asegurar su autenticidad. Alí Agca estaba en contra de todas las mentiras religiosas. Era un gran admirador de Atatürk. Creía que el mundo sería mejor sin Juan Pablo II, que mezclaba la religión con la política de la peor manera posible: financiaba movimientos anticomunistas con dinero negro (recuerda la quiebra del banco Ambrosiano), protegía y alentaba a personajes tan siniestros como Marcial Maciel, el de los Legionarios de Cristo, porque hacía grandes donaciones y le llenaba las plazas de jóvenes entusiastas. Ali Agca se convenció de que debía librar a la humanidad de esa lacra. Admiraba a Atatürk, ya te dije, un personaje de la talla de los héroes homéricos, que levantó un país nuevo de las ruinas del imperio otomano, que le dio la vuelta como a un calcetín a las tradiciones heredadas. Lo de la pista búlgara, que se comentó entonces, lo de la intervención de la Unión Soviética, no tiene ningún fundamento. Alí Agca actuó solo. Si lo sabré yo, que muchas noches fui testigo de sus confidencias y que a punto estuve de pasar largos años en la cárcel como él. De Atatürk hay muchas cosas a las que ni siquiera se puede aludir aquí en Turquía, se corre casi tanto riesgo como al mencionar el genocidio armenio. No se puede decir, por ejemplo, que tenía escaso interés romántico por las mujeres. No es que las minusvalorara, no. Él les concedió el derecho a voto mucho antes que otros países europeos. Pero prefería la compañía masculina, estar rodeado de camaradas jóvenes. Se casó tarde y se divorció pronto. Sus hijos son adoptados. No se le conoce ningún gran amor, ni hombre ni mujer. Su amante fue Turquía, como Hitler decía de Alemania mientras escondía a Eva Braun en la trastienda. Se le ha comparado con Hitler y con Mussolini y quizá fue tan dictador como ellos, pero era un héroe de verdad, no un sanguinario fantoche como los otros.  Murió muy pronto, a los cincuenta y siete años, de cirrosis hepática (le gustaba demasiado el raqui, nuestro licor nacional), como tu admirado Pessoa. Porque lo sigues admirando, ¿verdad? En Perugia no hacías más que hablarnos de él. Cuando se hundió el imperio otomano, al final de la Gran Guerra, cuando las potencias vencedoras se repartieron con el tratado de Sèvres, no solo el imperio, sino también territorios de la propia Turquía, Atatürk se recluyó en su tienda, estuvo días sin comer ni beber, sin hablar con nadie. Sus allegados temían que intentara suicidarse. De pronto, en medio de la noche, se oyó el aullido de un lobo gris. Y entonces ocurrió algo extraordinario. Atatürk –le llamo así, pero entonces era solo Mustafá Kemal– lanzó un aullido que sobrecogió a todos, que se oyó en la entera Turquía. Fue como si hubiera recibido una fuerza sobrenatural. Comenzó la lucha para expulsar a las potencias extranjeras que culminó en 1923 con la proclamación de la República. Ahí tienes el origen del grupo de los Lobos Grises, del que Alí Agca no era un miembro destacado, como se ha dicho, sino solo un lobo solitario.
            A Ibrahim le gustaba hablar, siempre le había gustado, y a mí escucharle. “Visité en Ankara el mausoleo de Atartük”, le dije. “Me pareció un perfecto ejemplo de arquitectura fascista”.
            ––Más bien de reinterpretación racionalista del clasicismo. Es de una solemnidad y grandiosidad que no abruman. Atatürk más que con los dictadores fascistas tiene que ver con Pedro el Grande y con los monarcas del despotismo ilustrado.
            Nos pasamos la noche entera charlando, como en los buenos días de Perugia, siempre discrepantes en todo, salvo en lo fundamental. Al día siguiente, me acompañó a visitar las ruinas de Troya. Nos reímos con el caballo de madera, lleno de ventanas a las que se asomaban los turistas para hacerse fotos.
            ––No es la Ilíada la que les trae aquí, sino la película de Brad Pitt. Y Schliemann no fue más que un megalómano y un farsante. No descubrió el lugar leyendo a Homero, se lo recomendó Frank Calbert, el cónsul británico en los Dardanelos. Aquí se encontraron las ruinas superpuestas de muchas ciudades, todas dedicadas a controlar el estrecho. Él utilizó dinamita para llegar a las más antiguas. Su tesoro de Príamo no es de Príamo, que nunca existió, sino de muchos siglos anteriores a la época de ese personaje.
            ––Schliemann sería un megalómano y un farsante, pero sin él nadie vendría ver estas ruinas tan poco espectaculares. La Troya de Homero no estuvo nunca en ninguna parte, salvo en la imaginación de quienes escribieron los versos que se le atribuyen. Estas ruinas tienen tanto que ver con Héctor y Aquiles como la casa de Julieta en Verona con Romeo y Julieta. También la verdad se inventa y a veces esa verdad inventada es la única verdad. ¿Sabes una cosa? Junto a la casa de la Vírgen, hay un muro de los deseos y una fuente milagrosa. Yo bebí de esa agua y escribí un deseo. Doblé el papel, lo colgué, y allí sigue. Si quieres volvemos a la colina de Éfeso para que veas lo que pedí: dar con la torre que aparecía en mi sueño, encontrarme con el desconocido. Y me encontré con él, aunque no era –sonreí– un desconocido.



domingo, 12 de agosto de 2018

La verdadera historia: Lisboa, 1937






Soy una persona patológicamente sedentaria, como saben de sobra quienes me conocen. Llega el verano y todo el mundo anda obsesionado con irse de vacaciones. Todo el mundo menos yo y no sé si alguna otra rara excepción. Yo, cuando quiero descansar, me quedo en casa.
            Si viajo, es siempre por obligación, por motivos laborales. Claro que debo reconocer que alguna vez hago trampa. Como soy mi propio jefe, si me apetece ir a un sitio, en seguida me encargo algún trabajillo.
            Esta vez fui a Lisboa para comprobar lo que había de verdad en lo que contaba, alborozado, uno de mis contactos portugueses en Facebook: que había encontrado parte de los papeles perdidos de Mário de Sá-Carneiro donde menos podía esperarse, en un escondido tenderete de la Feira da Ladra.
            Naturalmente, no me lo creí, aunque publicó varios de sus hallazgos, entre ellos nada menos que una carta de Fernando Pessoa. Pero no tardé en comprobar que esa carta no era ninguna de las desaparecidas, sino una de las ya publicadas en la correspondencia entre los dos poetas porque Pessoa guardó copia de ella.
            Sospeché en seguida que mi amigo Albino Santana había sido engañado y recordé el caso del dueño de una cafetería-panadería que yo solía frecuentar. Decía tener nada menos que el manuscrito de las Rimas perdido durante el asalto al palacio de González Bravo tras la revolución del 68. A mí me bastó echar una ojeada a ese manuscrito y comprobar que los poemas estaban en el mismo orden de la primera edición, debido no al poeta sino a sus amigos, para comprobar su falsedad. Pero el posible hallazgo de aquella maleta perdida de Sá-Carneiro (se la quedó el dueño del hotel tras su suicidio hasta que se abonaran las deudas y jamás pudo luego encontrarse), me pareció un buen pretexto –trabajo, por supuesto, no vacaciones– para darme una vuelta por Lisboa.
            Albino me citó en el café de la librería Bertrand. “Seguro que no lo conoce, se ha inaugurado hace poco”. No lo conocía, y estaba vacío cuando yo llegué media hora antes de la hora fijada para el encuentro. Decorado con citas e imágenes de Pessoa, como no podía ser de otra manera, y con un espejo que duplicaba el espacio, me pareció particularmente grato y en seguida lo adopté como mi oficina particular para las próximas visitas a la ciudad.
            Como me suponía, a Albino le habían engañado. Salvo la carta, de la que me confesó no tener el original, sino una copia escaneada, aquellos papeles nada tenían que ver con Sá-Carneiro, podían ser de cualquier turista portugués en el París de 1916.
            ––¿Y no sospechó al verlos en la feria de Ladra? Su propietario podía pedir por ellos lo que quisiera al Estado portugués. Valen su peso en oro.
            ––Quizá el vendedor se los encontró vaciando un piso e ignoraba su valor. Ocurre a menudo. Los herederos quieren el inmueble libre de libros y papeles para poder alquilarlo o venderlo pronto.
            Sonreí. Seguro que el vendedor sabía bien el valor de lo que vendía y llevaba un tiempo aprovechándose de la pasión pessoana de los más ingenuos. Era lunes, al día siguiente quedamos Albino y yo en darnos una vuelta bien temprano, como hacen los buscadores de gangas, por el campo de Santa Clara, en los alrededores del Panteón Nacional.
            Fue una visita inesperadamente provechosa. Resulta que Albino Santana era pariente de un famoso anarquista portugués, autor de varios libros autobiográficos, a quien yo había conocido fugazmente en 1988, el mismo año en que murió. Debió de ser una de sus últimas intervenciones públicas. Yo estaba en Lisboa con motivo del centenario de Pessoa (¡siempre Pessoa en mis memorias portuguesas!) y cuando subía hacia el Castello me encontré con una especie de mitin en las escaleras del Marqués de Ponte de Lima. Hablaba, con mucho brío, un anciano de cabellos blancos. Me dijeron que era Amídio Santana, uno de los autores del atentado del 4 de julio de 1937 contra Salazar, el único que el dictador tuvo en su vida, y del que salió milagrosamente ileso, afianzándose así su mito.
            Eran las diez de la mañana de ese día cuando el Presidente del Consejo bajó de su automóvil, un Buick negro, frente a la casa de su amigo el musicólogo Josué Trocuado –número 96 de la Avenida Barbosa de Bocage–, en cuya capilla particular tenía intención de oír misa. Sonó entonces una explosión que rompió los cristales de los edificios cercanos, hizo saltar las tapas de las alcantarillas y abrió un socavón de más de veinte metros de diámetro, pero que milagrosamente ni siquiera logró despeinar a Salazar, que sacudiéndose el polvo entró en el edificio y escuchó misa con toda tranquilidad, entre las lágrimas y las gracias a Dios de quienes le acompañaban.
            No eran buenos tiempos para la dictadura: ciertas reformas militares habían disgustado a amplios sectores del ejército y la aliada tradicional de Portugal, Inglaterra, no veía con buenos ojos el apoyo que Salazar prestaba a los militares sublevados en España. El atentado resultó providencial. Dios protegía a aquel nuevo don Sebastián que había llegado para quedarse y llevar al país a días de gloria como los que cantara Camoens y profetizara Pessoa, cuya gloria empezaba a crecer y a crecer tras su fallecimiento.
            Fue precisamente un amigo de Pessoa, António Ferro, quien supo sacarle todo el partido posible al atentado. El mismo año 1937 se estrena la película A Revoluçao de Maio, de López Ribeiro, financiada por el Secretariado de Propaganda Nacional, que dirigía Ferro, y con guion escrito por él mismo. Ferro era un genio de la promoción, menos demoníaco pero no menos talentoso que Goebbels. Gracias a él aquel oscuro profesor de misa y olla, António de Oliveira Salazar, se convirtió durante los años treinta en un estadista admirado por los intelectuales europeos: Paul Valery prologó la versión francesa de sus discursos.
            Hubo quien sospechó que el atentado había sido preparado por el propio régimen, quizá en colaboración con agentes franquistas. Aumentó la sospecha el que, a los pocos días, la policía política detuviera a un puñado de infelices que, tras los habituales y brutales métodos de persuasión (uno de los cuales recibía el curioso nombre de “Arriba España”), confesaron su autoría y que obedecían órdenes del comunismo internacional.
            Pero tras este éxito ocurrió algo poco frecuente en una dictadura. Rivalidades entre cuerpos policiales distintos hicieron que se revisara la causa y que un juez profesional e imparcial, Albes Monteiro, echara por tierra toda la instrucción de la policía política (que todavía no era la famosa PIDE), declarara inocentes a los detenidos y los pusiera en libertad. No solo hizo eso, sino que también detuvo a los verdaderos autores, principalmente anarquistas, aunque entre ellos hubiera algún simpatizante comunista o algún republicano.
            No contaban con ayuda exterior, cometieron todas las chapuzas posibles y fue fácil dar con ellos. Emídio Santana estuvo en prisión hasta 1953. Escribió un pormenorizado libro sobre los hechos. El fracaso se debió al amateurismo de los participantes, que cometieron una torpeza tras otra, en este atentado y en los que intentaron antes. En cierta ocasión, huyeron abandonando un coche con una pistola, una nota manuscrita firmada por uno de ellos y una tartera con guiso de conejo.
            La conclusión es que aquel atentado del 4 de julio de 1937 había sido un regalo para la dictadura (fue seguido de infinidad de manifestaciones en apoyo de Salazar), pero sus servicios secretos no habían tenido nada que ver con él ni tampoco los sublevados españoles, que en buena parte habían preparado el golpe contra la Repúblicaen Lisboa y contaban entre sus principales apoyos con el colaboracionismo salazarista.
            Y sin embargo… El martes siguiente a mi encuentro con Albino Santana en la librería Bertrand fui con él a la feria de Ladra. Por supuesto, no encontramos nada que tuviera que ver con la maleta perdida de Sá-Carneiro. Sí, una primera edición de Mensagem más falsa que Judas, varios libros dedicados de Concha Espina, O Terror Vermelho de Fernández Flórez, y un puñado de cartas que, desde Salamanca escribía un tal Luis Leal (hermoso nombre) a un amigo portugués, Joaquim de Carvalho, que vivía en la Praça da Figueira. Compré las cartas, porque me sorprendió la coincidencia: yo estaba alojado en un hotel de esa plaza, cada mañana al despertarme lo primero que veía eran las ruinas del Carmo, el elevador de Santa Justa sobresaliendo sobre los tejados de la Baixa y el arbolado del mirador de San Pedro de Alcántara.
            No tenían mucho interés esas cartas, que leí ya de vuelta a Oviedo, salvo una, en la que, sorprendentemente, se hablaba del atentado a Salazar. Se mencionaban detalles curiosos, como el lugar de la Avenida donde estaban colocadas las bombas (un lugar, por cierto, desde el que podían hacer más ruido que daño). Bueno, pensé, nada de extrañar. Un suceso tan llamativo no podía faltar por aquellas fechas en la correspondencia entre un amigo portugués y otro español.
            Lo raro era que quien lo comentaba era Luis Leal desde Salamanca, no su corresponsal portugués. Y que faltaba todavía más de un mes para el atentado cuando lo hacía, si hemos de hacer caso al matasello de aquella carta no fechada.
            Se me ocurrieron dos explicaciones: que la carta estuviera en un sobre equivocado o que las sospechas sobre la intervención de los servicios secretos españoles y portugueses en la preparación de aquel rentable atentado tuviera algo de razón.   
           Demasiado novelera me parece esta última hipótesis para ser cierta. A fin de cuentas, los extremistas nunca han necesitado ayuda para ser los más eficaces colaboradores de sus enemigos.