domingo, 15 de septiembre de 2019

Sin propósito de enmienda: Una profecía




Sábado, 7 de septiembre
SIGO DANDO LECCIONES

––Martín, eres de lo que no hay. Tú hasta serías capaz de ir al Parlamento Británico a explicarles el Brexit y cómo salir del embrollo en que están metidos.
            –-Por supuesto, pero antes se lo explicaría a los españoles, que parecen estar convencidos de que el referéndum salió adelante por las ambiciones de cuatro políticos que engañaron a los votantes con un autobús en el que se les prometía el oro y el moro si abandonaban la Unión Europea.
            ––Caricaturizas.
            ––Caricaturizo poco. Eso es lo que se deduce no solo de las charlas de café, también de los editoriales de los periódicos.
            ––Y algo de eso ahí.
            ––Sí, como cuando una mujer se quiere separar y los amigos del marido tratan de convencerla de que se vuelva atrás porque en el fondo es bueno y la quiere mucho.
            ––¡Tú estás loco, Martín! ¿Es que crees que la Unión Europea es como un marido maltratador?
            ––En un matrimonio, basta que un cónyuge quiera divorciarse para que comience a tramitarse el divorcio; en un acuerdo firmado libremente entre países libres basta que uno quiera romperlo para que eso ocurra.
            ––¡Y eso es lo que está ocurriendo! Pero los ingleses no se aclaran.
            ––Para llegar a un buen acuerdo hace falta que las dos partes actúen de buena fe. Si una de ellas quiere dejar a la otra tuerta, aunque ella se quede ciega, mal vamos. La respuesta de la Unión Europea al resultado afirmativo del referéndum, que no se esperaba, fue un “¡Os vais a enterar!”. Y en esas estamos.
            ––Te olvidas del parlamento británico, una jaula de grillos.
            ––Ahí te doy toda la razón. Primero se niegan varias veces a aceptar la salida acordada que había negociado Theresa May y luego le exigen, con triquiñuelas legales, a Boris Johnson que no salga a las bravas, que negocie un acuerdo.
            ––¿Y cómo explicas eso?
            ––A los parlamentarios de Londres, como a los de Madrid, antes les interesan los intereses de su partido que los de su país. Unos quieren desgastar al gobierno conservador para ganarle en las próximas elecciones y otros desgastar al líder del partido conservador para ponerse en su lugar.
            ––¿Y tú, claro, apoyas a Boris Johnson, a esa especie de Donald Trump, solo por llevar la contraria, como es tu costumbre?
            ––Apoyo su manera de razonar en esta cuestión. Si queremos que la Unión Europea vuelva a negociar la salida, lo mejor es dejarles claro que esta se producirá, con acuerdo o sin acuerdo, el 31 de octubre. Si hay otra prórroga, ¿para qué van a negociar? Tienen en su mano no negociar nunca y, prórroga tras prórroga, impedir la salida.
            ––Lo que habría que hacer es otro referéndum. La mayoría reconoce que se equivocó en el anterior.
            ––¿Seguro? Sospecho que esa mayoría es tan virtual como la que se opone a la independencia en un territorio más cercano que prefiero no mencionar. Pero vamos a suponer que es así. Se disuelve el parlamento, se convocan elecciones y si los partidarios de un nuevo referéndum ganan nada impide convocarlo. Lo curioso es que quienes por todos los medios tratan de retrasar esas elecciones son precisamente los contrarios al Brexit duro. A lo mejor temen (como los que impiden un referéndum en ese país de cuyo nombre no quiero acordarme) que la realidad desmienta su elucubraciones.
            ––¡Eres incorregible, Martín! ¡Siempre empeñado en tener razón frente a todos!
            ––Ya me gustaría corregirme. Me paso la vida dando lecciones y nada fastidia más a la gente que el que le den lecciones. Por eso caigo tan mal a todo el mundo.
            ––¡Qué hipócrita eres! Tú con nada disfrutas más que tocando las narices.
            ––Yo lo que no puedo es no pensar y creerme todos los cuentos que me cuentan. Tengo ese defecto, se me atragantan las ruedas de molino, qué se le va a hacer. No tengo enmienda.
            ––Ni ganas de enmendarte.


Domingo, 8 de septiembre
VIEJAS MANÍAS

Durante un tiempo, bastante tiempo, tenía la manía de apuntarlo todo, como si no me fiara de mi memoria. Y en algún caso hacía bien en no fiarme.
            Encuentro hoy un cuaderno de hace algunos años en el que apuntaba los nombres de todas las personas a las que debía algún favor. Nunca eran monetarios y casi nunca de ese otro tipo al que a mí me gusta aludir eufemísticamente, como un caballero de otro tiempo. A menudo era solo una sonrisa en un mal día. O ese libro que llevaba años buscando.  Cuando devolvía el favor, tachaba el nombre.
            Cuento los que quedan sin tachar: noventa y tres. ¡Sigo cargado de deudas!      


Lunes, 9 de septiembre
MEJOR NO PASAR

No conozco nada más del escritor Max Beerbohm que un relato,“Enoch Soames”, que leí por primera vez en la Antología de literatura fantástica, de Borges y Bioy Casares, cuando yo andaba por los veinte años y que no he podido olvidar desde entonces.
            Ahora lo reedita Acantilado en un pequeño volumen y yo lo releo tratando de encontrar las razones de mi fascinación. Enoch Soames es un escritor sin talento, al que el narrador ridiculiza. Convencido de que la posteridad le pondrá en su sitio, hace un pacto con el diablo para poder visitar cien años después la biblioteca del Museo Británico y comprobar si la posteridad le ha hecho justicia. Ni se le menciona, por supuesto, en ningún manual de historia de la literatura.
            Yo no haría un pacto con el diablo por tal cosa, pero me divertiría darme una vuelta por el año 2109, entrar en una biblioteca, tomar un grueso tomo dedicado a la historia de la literatura española en los siglos XX y XXI y ver si se me menciona, aunque sea en una nota a pie de página.
            Me sentiría tan frustrado como Enoch Soames si no ocurriera así porque yo –ya sé que resulta algo ridículo reconocerlo– siempre he querido formar parte de la historia de la literatura.
            No sé si lo conseguiré –empiezo a temer que no, la posteridad suele ser tímida a la hora de desmentir a los contemporáneos–, pero siempre he tenido buen ojo para descubrir, casi antes que nadie, a los que forman parte de ella.
            Bastante mejor ojo que la llamada “crítica académica”. Qué horror, qué tedioso horror, la “aproximación filológica” a la poesía de Antonio Cabrera que ha recopilado Sergio Arlandis. Solo se salvan del volumen Contraluz del pensamiento los poemas del propio Cabrera y la semblanza que le dedica Carlos Marzal. El resto, prosa mazorral, ilegible basura curricular.
            Si pasar a la historia de la literatura es que en la Universidad se dediquen a estudiarte “científicamente”, mejor no pasar.



Martes, 10 de septiembre
DE UN EVANGELIO APÓCRIFO

Dios no se hizo hombre para salvarnos, sino para pedirnos perdón.


Miércoles, 11 de septiembre
OTRA EFEMÉRIDES

Hay días que se amontonan las efemérides. Hoy, el asalto al palacio de la Moneda y la muerte de Allende, el atentado contra las Torres Gemelas, las frustrantes manifestaciones a favor de la independencia. A partir de ahora, también mi última primera clase de un nuevo curso.
            Me he sentido feliz, como de costumbre, no vino a visitarme la melancolía. Amo tanto la rutina que cada vez me cuesta menos sustituir una rutina por otra.
            Echaré un poco de menos las clases (el resto de la vida universitaria nunca me ha interesado), pero seguiré dando lecciones, me temo.


Jueves, 12 de septiembre
SOLO AGRADECER

Acompaño a Martín al nuevo colegio, el Novo Mier, a lado del Milán. Va de la mano tan seriecito, tan consciente de que se está haciendo mayor.
            Algunos niños lloran, él no. En cuanto aparece Inés, su profesora, corre a darle un abrazo. Forman luego un tren, agarrándose unos a otros del mandilón, para entrar en clase. Martín se apresura para entrar el primero en el aula.
            De pocas personas he aprendido tanto como de Martín, que el próximo jueves cumplirá tres años.
             “Enseñar es mi manera de aprender”, afirma Enrique Baltanás en un aforismo que yo he hecho mío.
            Martín le da la vuelta: “Aprender es mi manera de enseñar”. ¡Y cuántas cosas nos enseña en cada minuto que pasamos con él!
            Soy un hombre afortunado: no he tenido hijos, pero tengo hijos y tengo nietos y tengo el privilegio –no lo cambiaría por nada– de ver crecer día a día a Martín.
            Si todavía siguiera con la costumbre de apuntar en una libreta los nombres de las personas a las que debo un favor, debería escribir en ella tres nombres. Pero no es necesario que los apunte. Hay favores que no se olvidan ni se pueden devolver, solo agradecer.
           

Viernes, 13 de septiembre
UNA SENTENCIA POLÍTICA

Me bastó leer la información sobre cómo se había producido la muerte del fiscal argentino Nisman para saber que se había suicidado, que las elucubraciones sobre su asesinato no tenían fundamento. Los hechos me han dado la razón, aunque todavía hay quien piensa que los alienígenas construyeron las pirámides, los atentados del 11-M fueron obra de ETA y a Nisman lo asesinaron por orden de Cristina Fernández de Kirchner.
            Ahora el Alto Tribunal de Escocia ha decretado que el cierre del Parlamento por parte de Boris Johnson fue un acto ilegal porque “la verdadera intención” era bloquearlo. Me atrevo a profetizar que esa sentencia será revocada el martes por el Tribunal Supremo del Reino Unido.
            ¡Menudos jueces! ¿Desde cuándo la ilegalidad o legalidad de una decisión política depende de la “intención” del gobernante y no de si entra o no en sus atribuciones?




domingo, 8 de septiembre de 2019

Sin propósito de enmienda: De política ni hablar



Sábado, 31 de agosto
ELOGIO DE LA NATURALEZA

Paso la tarde en Traslaviesca, una finca cercana a El Condado, en Laviana. Me hago amigo del gato, Pin, de los perros y hasta de las gallinas. Recojo directamente del árbol la fruta que me apetece; aprendo el nombre de plantas y flores que no había visto antes; me siento en la veranda a contemplar el cerco de montañas, las nubes que pasan, y a charlar de amores y desamores sin prisa ninguna, como un personaje de Somerset Maugham, con un vaso en la mano. Seguro que Adán no se encontraba más a gusto en el paraíso.
            Pero cae la noche, se escucha amenazante el silencio, comienza a llover. Y se me ocurre pensar que a la perfección de esta tarde le falta el toque final: subirse al coche y regresar de inmediato a Oviedo.
            Y es que yo, como todo el mundo, soy amante de la naturaleza, pero también, como todo el mundo, no la soporto demasiado tiempo. Esforzándome, un fin de semana. Si me dejan elegir, dos o tres horas, como esta maravillosa tarde de sábado que me ha regalado mi amiga Catarina.


Domingo, 1 de septiembre
FILOSOFÍA DE CALENDARIO

¿Cuánto dura la gratitud hacia alguien? Lo que dura la esperanza de seguir recibiendo favores de esa persona.


Lunes, 2 de septiembre
SINCERARSE, QUÉ PELIGRO

Aunque parezca lo contrario, soy muy consciente de los riesgos de la sinceridad y suelo manejarla con cautela.
            Mis amigos y mis lectores, que no acostumbran a coincidir, están hartos de oír cómo me vanaglorio de mi inteligencia. De una manera o de otra, siempre estoy dando a entender que me considero  más listo que nadie.
            ¿Pero de verdad me considero así? Dime de qué presumes y te diré de qué careces, afirma la sabiduría popular.
            Lo único que queda claro, cuando yo hablo continuamente de inteligencia, es qué cualidad más valoro.
            Si se nos ofrece la posibilidad de apretar un botón verde (y entonces automáticamente se ingresa en mi cuenta bancaria un millón de euros) o de apretar uno amarillo (y entonces se multiplicaría por dos mi inteligencia) en un experimento mental o en una prueba de cuento de hadas, no hay duda de qué botón apretaría la mayoría de la gente. Tampoco de cuál apretaría yo: el amarillo.
            Algo que, dicho sea de paso, carece de mérito: por azares de la vida, y cierto ascetismo de carácter, hace tiempo que, aunque necesite muchas cosas, ninguna de ellas se puede comprar con dinero.
            ¿Significa eso que no me considero inteligente? Por supuesto que no. Destaco, pero en una liga que no es en la que me gustaría jugar.
            Ya se sabe que todo es relativo, como dijo Pero Grullo, que no Einstein, y por eso un elefante pequeño es un animal grande y un insecto grande es un animal pequeño. No sé nada de fútbol, pero seguro que en el Avilés y en el Sporting hay buenos jugadores, pero que solo lo son si se comparan con la media de la tercera o la segunda división, no con Messi.
            Yo siempre aspiré a la primera división, y ahí estoy por debajo de la media. Me fastidia, pero me aguanto, qué le vamos a hacer, y no se lo digo a nadie.
            Consciente de mis limitaciones, ni un día dejo de entrenar. Y de vez en cuando me doy la satisfacción de adelantar a algún jugador de primera en decadencia.
            Dar ejemplos resultaría poco delicado. Pero me voy a atrever a darlo: cuando tenían treinta años, Pere Gimferrer o Félix de Azúa jugaban en primera (uno como poeta y ensayista, el otro solo como ensayista), hoy los dos juegan en tercera regional, aunque los medios les aplaudan más que entonces. Y en el caso de Félix de Azúa no me refiero solo, ni principalmente, a sus insultantes columnas de hoolligan españolista, sino a cualquier reflexión suya presuntamente intelectual. El tiempo le ha convertido en una caricatura de sí mismo, como a Savater, de quien solo ha conservado la elegante caligrafía: se podrá mejorar su sindéresis, nunca su sintaxis.
            Yo creo que el tiempo todavía juega a mi favor y quizá algún día merezca figurar en primera. De momento, me dedico a presumir de aquello de lo que carezco (no del todo, por supuesto).


Martes, 3 de septiembre
EN LA TRAMPA

–-Nunca te leo cuando hablas de política, Martín. Sé de sobra lo que vas a decir. Todo lo que hace Pedro Sánchez te parece bien, todo lo que hacen Casado, Rivera o Iglesias te parece mal.
            ––Todo, todo, no. Me pareció muy mal que Sánchez terminara ofreciéndoles entrar en el gobierno a los de Unidas Podemos. Afortunadamente, a estos les pareció poco. De buena nos libramos.
            ––Me temo que tú, como los de Casado, desde el principio preferiste nuevas elecciones. ¿Las habrá?
            ––El dilema lo tiene Unidas Podemos. O aceptan una oferta más “humillante” que la anterior (ya no solo no será ministro-comisario político Iglesias sino ni siquiera su señora y allegados) o vamos a elecciones, que en mi opinión es lo mejor. Que los electores le den a cada uno su merecido.
            ––¿Y no temes que la gente se quede en casa cansada de tanto ir a votar?
            ––Esa es una tontería que, de tanto repetida, algunos confunden con la verdad. El problema de la repetición de las elecciones es que, debido a los trámites legales, se prolonga en exceso la situación de interinidad. Si se pudieran celebrar el treinta de septiembre, no habría ningún problema. Y el dinero que se gasta en consultar a los electores es el mejor gastado en una democracia. Yo voté por primera vez a los veintiocho años. Recuerdo bien la alegría con que lo hice. Algo de esa emoción conservo cada vez que voy a votar. Nunca me he perdido ni me perdería una elección. ¿Un engorro ir a votar? Me levanto el domingo a la hora de costumbre, escrito un rato como siempre y luego, antes de darme una vuelta por el Fontán, me paso por el centro de votación. No tardo ni un cuarto de hora. El que se queja de la pesadez de ir a votar una vez más merecería que lo desterraran a Corea del Norte.
            ––No todo el mundo piensa como tú.
            ––Piensan como yo más de lo que parece. Ser alumno aventajado de Pero Grullo es lo que tiene. Mira lo que pasó cuando defenestraron a Pedro Sánchez por no querer apoyar a Rajoy. Si leíamos los periódicos, parecía que yo era el único que pensaba que eso era una estupidez. Luego hubo primarias y resultó que quien estaba desconectado de la militancia socialista era Felipe González, no yo. ¿Cansados los españoles de elecciones? Ponles, tras la votación del diez del noviembre, un referéndum, aunque sea el día de Navidad, para que decidan si quieren Monarquía o República y ya verás cómo la abstención se reduce a cero.



Miércoles, 4 de septiembre
FAKE NEWS

Soy experto en detectar “fake news” y leyendas urbanas. Por eso estoy en condiciones de asegurar que la noticia que circula por las redes sobre el cambio de nombre solicitado por una formación política para presentarse a las elecciones del diez de noviembre es rigurosamente falsa.
            En las próximas elecciones, Unidas Podemos volverá a presentarse con ese nombre y no con el de Humillados (o Humilladas) Podemos.


Jueves, 5 de septiembre
ANÓNIMOS CON NOMBRE Y APELLIDOS

Leo los libros seleccionados para un concurso de poesía. Una labor especialmente ingrata. Nunca leo entero un libro que no me interesa. Picoteo acá y allá y si no pasa la prueba lo dejo a un lado. Soy un lector impaciente. Pero si he de juzgar me siento obligado a leerlo de la primera a la última línea, o sea, a hacer lo que más detesto, a leer por obligación. Menos mal que esto de ser jurado no me suele ocurrir más de una vez al año.
            Los originales se presentan anónimos, pero siempre hay quien no parece resignarse a ello. Uno de los concursantes –a quien conozco personalmente, como probablemente el resto del jurado– no dice su nombre, pero da tantos detalles de su vida y obra que es como “blanco y en botella”; el otro, lo dice.
            Los libros se juzgan de otra manera cuando conocemos el nombre del autor. Recuerdo un caso, en este mismo premio, en el que tras abrir la plica y ver a quién le habíamos concedido el galardón, Ángel González dijo (en broma, pero en serio): “Volvamos a votar”.
            Y es que un libro que nos parece muy valioso si lo firma un poeta joven resulta de mucho menos interés si es obra de un veterano, muy resabiado en premios literarios, que sabe lo que suele gustar en cada uno de ellos.


Viernes, 6 de septiembre
DIGO LA VERDAD

Digo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, pero solo cuando estoy seguro de que no voy a ser creído.


domingo, 1 de septiembre de 2019

Sin propósito de enmienda: Como todo el mundo



Sábado, 24 de agosto
PUES VA A SER ESO

Como todo el mundo, en el fondo estoy encantado de ser como soy.
            ––Si no te metieras tanto con la gente importante, ahora podría ser una de las primeras espadas de la literatura española  –me dice mi amigo José Manuel Feito en nuestra habitual comida de los sábados.
            ¡Una de las primeras espadas! Me gusta esa expresión de la tauromaquia, que yo asocio a los torneos medievales.
            ––Es que a mí me divierte más arremeter contra este y aquel que ser una de las primeras espadas de la literatura.
            Por la noche, me llama Abelardo Linares. Hablamos del libro que acabo de reseñar.
            ––A mí no me ha parecido gran cosa. No dice nada nuevo.
            ––¿Lo has leído? –pregunto yo con mi impertinencia habitual.
            ––Lo he hojeado.
            ––¿Cuánto tiempo hace que no lees un libro completo? Por eso siempre en nuestras discusiones literarias gano yo, que he leído y releído el libro en cuestión mientras que tú solo lo has hojeado.
            Me doy cuenta entonces de que se trata de mi editor y que me conviene ser amable con él.
            ––Bueno, yo también hojeo muchos libros. Casi siempre basta con eso.
            Intento ser amable, incluso adulador, con todo el que me conviene (en eso soy también como todo el mundo), pero me puede mi tendencia a tratar de demostrar que soy el más listo. Y como a menudo lo soy, me gano un enemigo para toda la vida.
            No es el caso de Abelardo Linares, que me soporta pacientemente.
            ––Te voy a regalar un título para tu próximo libro: Sin propósito de enmienda.
            ––Me gusta, pero no es cierto. Yo me esfuerzo todo lo posible por enmendarme, aunque no lo consiga. Conozco al dedillo la teoría de las buenas prácticas necesarias para triunfar en la literatura, pero no soy capaz de aplicarlas.
            ––Yo creo que lo que pasa es que te divierte más no aplicarlas.
            ––Pues va a ser eso.


Domingo, 25 de agosto
UN BUEN BANDERILLERO

Mientras paseo por un desolado Campillín –los vendedores recogen apresuradamente su mercancía maldiciendo al mal tiempo–, recuerdo la conversación de ayer y parafraseo a Manuel Machado:
            “Antes que un gran espada, mi deseo primero / hubiera sido ser un buen banderillero”.
            Y creo que lo soy, aunque no me dedique a poner banderillas a los pobres toros sino a los malos poetas y donde más les duele: en su vanidad.


Lunes, 26 de agosto
CABALLO DE TROYA

––No vales para profeta, Martín, no das una. Decías que no iba a haber gobierno, que habría nuevas elecciones porque Pablo Iglesias se empeñaba en ser ministro y, ya ves, en un rasgo de generosidad sin precedentes en las democracias europeas ha renunciado a serlo y, sin embargo, no tendremos gobierno. El problema estaba en otra parte.
            ––¡Un rasgo de generosidad sin precedentes! Eso ya se lo he oído decir a altos cargos del partido. Qué cosas. También Echenique dijo algo así como que ellos habían hecho “gratis” a Pedro Sánchez presidente. O sea que, si votaron la moción de censura, no fue para que nos libráramos de un gobierno corrupto, sino para hacer un “favor” que ya se cobrarían en su momento. ¿Pero dónde han aprendido política estos renovadores? ¿En la Restauración caciquil, con el conde de Romanones como mentor? A los ministros los nombra el presidente del Gobierno, nadie es ministro nato o electo. Mientras no te llame el presidente para ofrecerte el cargo, ¿cómo vas a renunciar? Es como si yo ahora, en un alarde de modestia, renunciara al Nobel. ¡Y pensar que yo les voté una vez! Una y no más santo Tomás.
            ––Tú lo que no quieres es que haya una política a favor de los trabajadores.
            ––Eso se consigue pactando un programa de gobierno.
            ––Pero sin estar en el gobierno, ¿quién garantiza que se lleve a cabo?
            ––El parlamento. Basta con que le retire su apoyo para que caiga el gobierno. Mira lo que pasó con los presupuestos. No lo apoyaron los nacionalistas catalanes y hubo que convocar elecciones. Pacta Podemos un programa progresista, no lo cumple Sánchez, le retira su apoyo y nuevas elecciones. Lo de entrar en el gobierno –con una vicepresidencia para él o para su señora– es por otras razones. Es utilizar la táctica de Ulises en Troya: no podemos adelantar a los socialitas en las urnas, pues destruyámoslo desde dentro, como trató de hacer Salvini. Pero cometieron el error –-cómo me alegré– de no aceptar la propuesta de un gobierno de coalición. Perdieron una oportunidad que no se volverá a repetir.
            ––¿Su señora? Querrás decir para Irene Montero. ¡Menudo machista estás tú hecho! Y ya se ve que lo que quieres son elecciones.
            ––Me parece lo más decente en una situación de bloqueo.
            ––¿Y si gana la derecha?
            ––Cosas de la democracia. Si es lo que quieren los electores, pues tendremos el gobierno que nos merecemos. Pero no se alegren antes de tiempo, que no grite un eufórico Iglesias “jódete, Sánchez”, que eso no va a ocurrir. 


Martes, 27 de agosto
PERDER AMIGOS

Herimos sin puñal y ofendemos sin darnos cuenta. Al releer Gregorio y yo, de María Martínez Sierra, me encuentro con esta frase. Antes ha escrito: “Más de una vez se ha repetido para mí una extraña experiencia: un amigo que compartía nuestra vida con asiduidad que casi parecía cariño, de repente dejaba de llamar a nuestra puerta. Yo, asombraba, rebuscaba el motivo posible en dolido examen de conciencia y no encontraba de qué acusarme”.
            Le pasó con Juan Ramón Jiménez, con Manuel de Falla. Del segundo subraya “la dureza de su fe, la exigencia celosa de sus afectos, la violencia con que rechazaba toda contradicción”. Y añade: “Su adhesión a los dogmas era violenta como un puñetazo. Antisemita radical, le sacaba de quicio la idea de que Cristo pudiera ser judio”. Se enfadó con quien tanto le había ayudado en sus comienzos por celos: como se resistía a terminar la música de Don Juan de España (encontraba pecaminosas ciertas escenas), y urgía el estreno, se la encargaron a Conrado del Campo. No lo soportó.
            Juan Ramón Jiménez, hasta que se casó con Zenobia, fue como un miembro más de la familia Martínez Sierra (María incluso se preocupaba de que se alimentara adecuadamente) y un eficaz colaborador: solía ponerle titulo a los libros que escribía ella y firmaba él.
            Tras el matrimonio, se alejó de sus vidas. Se han dado razones muy pintorescas (Cansinos Assens cuenta que robaba libros de la editorial Renacimiento para revenderlos y Gregorio le descubrió). Hubo motivos estéticos (comenzó a rechazar el sentimentalismo de la literatura de Martínez Sierra y su dedicación cada vez más absorbente al teatro, un género que detestaba) y otros, que nunca se mencionaron: los celos de Zenobia, que pasó a ocupar en la vida de Juan Ramón el lugar dominante que antes ocupaba María y no quería rivales.
            Herimos sin puñal y ofendemos sin darnos cuenta. También quien nos hace daño quizá lo hace inadvertidamente, pienso mientras me lamento de recientes heridas.


Miércoles, 28 de agosto
LIBERTAD

Entre un montón de viejas fotografías, aparece una carta que le envié hace muchos años a una amiga y que me fue devuelta. No se la volví a enviar, no se la entregué en mano (nos vimos luego algunas veces) y la guardé sin abrir.
            La había olvidado por completo. Miro la fecha del matasellos: 9 de abril de 1977, el mismo día en que fue legalizado el Partido Comunista. Miro la dirección: Apartado 7017, Madrid. Ahí recibían su correspondencia las internas de la prisión de Yeserías. Miro la razón de que me fuera devuelta, escrita a mano en el sobre: “libertad”. Entre el 9 y el 15 de abril, que es la fecha del matasellos de devolución, quizá el 14, mi amiga fue puesta en libertad.
            Como en los Episodios nacionales de Galdós, la gran historia y la pequeña historia se entremezclan inextricablemente.


                                                                Jueves, 29 de agosto
VOLVEMOS A SER AMIGOS

Como María Martínez Sierra, yo también he querido hablar públicamente de mis “enemigos íntimos”, de aquellos amigos cercanos que cambiaron su amistad por enemistad de un día para otro.
            Hablé solo de amigos escritores. No del amor que se transforma en odio, de los venenosos conflictos sentimentales.
            Soy muy indiscreto, lo cuento todo. Solo me callo aquello que no me interesa contar.
            También soy algo hipócrita, como todo el mundo. Finjo lamentarme de que hayan dejado de ser mis amigos ciertos escritores cuando en realidad no me molesta nada, en la mayoría de los casos, que hayan dejado de serlo. Todo lo contrario.
            La excepción, Andrés Trapiello. Y como soy un hombre con suerte resulta que los años le han ablandado y, aunque en mi última reseña le digo que se equivoca en esto y lo otro, me ha tendido la mano y pelillos a la mar.
            Podré seguir practicando mi deporte favorito: discutir con quien tiene tanto (o casi tanto) talento como yo. O puede que más, aunque esto nunca me ha resultado fácil reconocerlo.


Viernes, 30 de agosto
MEJORO CON LA EDAD

Antes lo hacía todo en cinco minutos. Los años me han enseñado a tomarme las cosas con más calma. Ahora tardo por lo menos seis.




domingo, 25 de agosto de 2019

Colección particular : Enemigos íntimos


  

“Como todos los enemigos mortales, comenzamos siendo los mejores amigos”. Me gusta repetir esa frase que oí al comienzo de no recuerdo qué serie televisiva.
            Llevo más de cuarenta años hablando de los libros de los demás, con mayor o menor acierto, pero sin pelos en la lengua, y tengo el raro honor de que me deteste incluso gente que nunca me ha leído.
            No me importa que no me quieran bien aquellos a los que aprecio poco literaria o humanamente.  Soporto con resignación que me detesten escritores a los que aprecio.
            Como todo el mundo, yo también tengo mi lista de enemigos íntimos sin los cuales mi vida habría sido, no sé si mejor, pero desde luego menos entretenida.


MIGUEL D’ORS Y LA MISERIA MORAL

Miguel d’Ors me escribió a finales de los setenta interesándose por Jugar con fuego. Se presentaba como “profesor por oposición de la Universidad de Granada”.
            Yo había leído sus poemas en Poesía española, la revista que dirigía José García Nieto, e incluso recordaba de memoria alguno: “A este soldado que pasa / tristezas en el cuartel / que no le llamen miguel, / que miguel quedó en su casa / y yo me vine sin él”.             
            Aunque me dijo avergonzarse de esos versos juveniles (los reproduciría más tarde en uno de sus libros), fue el comienzo de una sintonía literaria que dio lugar a una nutrida correspondencia en la que hablamos de todo lo humano (y de casi nada de lo divino: en ese aspecto teníamos poco en común). Tuve la suerte de leer muchos de sus poemas según los iba escribiendo y de darle mi opinión sobre ellos. También fui reseñando sus libros.
            Entre escritores, la admiración es el mejor cimiento de una buena amistad. No importaba que ideológicamente estuviéramos en las antípodas ni que algunas de sus bestias negras fueran buenos amigos míos, como Luis Antonio de Villena (luego dejaría de serlo) o Luis García Montero (que sigue siéndolo).
            ¿Cómo se rompió aquella sintonía? Fue hace veinte años por culpa, como era de esperar, de una indiscreción aparecida en alguno de mis diarios. Miguel d’Ors, homófobo militante, enemigo de la promiscuidad, era el perfecto casado y en sus poemas, de corte autobiográfico, hablaba a menudo de su mujer y de sus hijos. Un día en que vino a Oviedo a participar en no sé qué acto literario, en un aparte, me preguntó cómo me las arreglaba yo en cuestiones de intendencia doméstica porque a partir de entonces él también iba a tener que vivir solo.
            Mi sorpresa, que fue grande, la hice pública en el diario. Y naturalmente se molestó mucho y ahí acabó nuestra amistad. Yo seguí comentando sus libros de poemas y él aludía a mí de vez en cuando, y no precisamente para elogiarme, en sus Virutas de taller.
            La verdad es que había olvidado el motivo del enfado cuando, hace poco, le pedí disculpas. Él no lo había olvidado y me respondió que me perdonaba porque era cristiano y no tenía más remedio, pero que mi comportamiento le parecía “de una miseria moral casi inimaginable”.
            Tampoco me parece que sea para tanto. Muchos de sus poemas –tan novedosamente tradicionales, tan trabajadamente naturales– siguen estando entre los que me acompañarán para siempre.


FERNANDO ORTIZ O DOS TONTOS MUY TONTOS

Fue el primer poeta de mi generación al que conocí personalmente. Junto a Abelardo Linares, estaba preparando un homenaje a Juan Gil-Albert, primer número de la revista Calle del Aire que pronto se convirtió en colección de poesía (aún sigue publicándose).             
            Gil-Albert, que conocía Jugar con fuego, les sugirió mi nombre como posible colaborador. Nos escribimos y cuando poco después pasé por Sevilla acudió a la estación a recibirme.
            Ya había publicado un libro, Primera despedida, muy cercano a poetas –como Brines o Gil de Biedma– que yo admiraba. Fui leyendo luego sus libros, a veces antes de publicarse, y en más de una ocasión tuvo en cuenta alguna de mis observaciones. Aprendí mucho de su pericia métrica y de su buen conocimiento de la tradición barroca andaluza.
            ¿Cómo se rompió aquella relación? Pues la verdad es que, aunque no recuerdo qué, algo hice que no le gustó (o quizá simplemente notó que su poesía iba dejando de interesarme). El caso es que, cuando se enfadó con Andrés Trapiello porque en uno de los tomos de su diario contó algo que no le gustó, el artículo en que arremetió contra él se titulaba “Dos tontos a la moda” y el otro tonto, también autor de un diario indiscreto, era yo.
            En lugar de sentirme halagado (que es mi reacción habitual cuando se meten públicamente conmigo por motivos literarios), contesté con otro artículo que hoy prefiero olvidar.
            Muchos años después me lo volví a encontrar en un homenaje a Luis Cernuda. Algún conocido común hizo de intermediario y nos dimos la mano. Por allí andaba Abelardo Linares, el gran amigo de los comienzos, con el que también se había distanciado, mucho antes que conmigo. Nos hicimos una foto los tres juntos.
            Fernando Ortiz, que tuvo una vida complicada y andaba desde hacía tiempo con graves problemas de salud, no tardaría en morir. Sus palabras sobre Cernuda en el palacio de Pinero, sede de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, fueron su última intervención pública. Yo me alegré de haber llegado a tiempo para la reconciliación.
            Pero mi alegría duró poco. Alguien me habló de una de las últimas entradas de Fernando Ortiz en su blog. Era un romancillo, escrito a raíz del encuentro cernudiano, en el que arremetía contra Abelardo y contra mí, o sea que siguió detestándome hasta el final. Yo sigo volviendo a sus versos, tan personalmente insertos en la mejor tradición de la poesía española, tan primorosamente artesanales, tan llenos de desolación y magia.


 LUIS ANTONIO DE VILLENA O EL ADMIRADOR QUE DEJÓ DE SERLO

“Invité también a Luis Antonio de Villena –me dijo Fernando Sánchez Dragó a propósito de una mesa redonda sobre ‘Literatura y periodismo’ que había organizado en Bruselas–, pero me respondió que, si ibas tú, que no contara con él y como ya había hablado contigo… ¿Qué le has hecho a Luis Antonio?”
            “Un tal Luis Antonio de Villena (no le conozco) nos ha devuelto un número de Clarín que le enviamos por cortesía del Ayuntamiento –me dijo Camilo López, anterior director de la editorial Nobel–, acompañado de una carta en la que afirma que no quiere saber nada con una revista que tenga que ver con José Luis García Martín. ¿Qué le has hecho?”
            La verdad es que comenzamos siendo los mejores amigos. Descubrí su talento, a principios de los setenta, con un ensayo sobre el haiku publicado en la revista Prohemio y con un conjunto de poemas, “Cuerpos, teorías y deseos” que aparecieron en Papeles de Son Armadans.
            Reseñé luego todos sus libros, con admiración creciente, aunque no sin ponerle algunos reparos (mi admiración nunca es ciega). En los poemas que escribí por entonces, sobre todo en el libro Tinta y papel (un libro que detesto, por cierto) se nota muy claramente su influencia. En 1978 presentó Jugar con fuego en Madrid; poco después pasó varios días en Asturias en los que le acompañamos casi a todas horas Víctor Botas y yo.
            ¿Qué pasó para que aquella buena sintonía se rompiera? Ocurrió lo peor que puede ocurrir cuando uno tiene un amigo escritor. Que mi admiración por sus libros comenzó a decrecer hasta desaparecer casi por completo. Y luego aquel tiempo en que los dos parecíamos competir por ser los antólogos de referencia de la joven poesía española…
            Eso es todo. Un delito imperdonable, el peor de todos: dejar de admirar. Y lo más grave es que al parecer no fui el único al que le ocurrió algo semejante. En los años primeros ochenta, de los dos poetas amigos, Luis Antonio de Villena y Luis Alberto de Cuenca, que se habían dado a conocer en la antología Espejo del amor y de la muerte, la estrella era sin duda el primero; el segundo, parecía que iba a quedar reducido a investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas con aficiones poéticas.
            Poco a poco cambiaron las tornas y hoy Luis Alberto de Cuenca es un poeta a la vez popular y muy estudiado por la crítica académica mientras que Luis Antonio de Villena, aunque sigue publicando con profusión, parece quedar cada vez más reducido a una militancia gay un tanto trasnochada.
            Y a mí me pone triste, como si yo tuviera alguna culpa en ello, que el escritor que un tiempo me pareció el paradigma del éxito, y al que quizá quise parecerme, ahora ande lamentándose en público de sus problemas económicos y trate de vender sus manuscritos en Internet.


ANDRÉS TRAPIELLO  O EL PROFESIONAL

De todos los amigos que he ido dejando por el camino, el que más echo de menos es Andrés Trapiello. Todavía, cuando leo alguno de esos artículos suyos que le salen redondos, me dan ganas de mandarle un mensaje felicitándole y tengo que contenerme porque sé lo que pensaría al recibirlo: “Pero este tío ¿de qué va?”
            Con Andrés Trapiello, antes de la última ruptura (que tuvo su escenificación en la librería Alberti, con una ilustre concurrencia como testigos y entre ella el entonces presidente del Tribunal Constitucional), hubo otras y siempre acabamos reconciliándonos. Era mi mejor esparring. Con nadie me gustaba más practicar el vapuleo dialéctico que con él. Siempre sin hacer sangre, claro.
            Hay muchas cosas que admiraré siempre en Andrés Trapiello: sus poemas, por ejemplo, que como en el caso de Miguel d’Ors se van haciendo más precisos y emocionados con los años, esa prosa suya que pone una gota de gracia incluso en los asuntos más nimios, la pluralidad inagotable de sus intereses, la pasión que muestra al rescatar viejos autores, su devoción por Gaya o por Azorín o por Juan Ramón Jiménez.
            Pero la nuestra era una amistad imposible, como quedó claro en aquella explosión de viejos rencores que tuvo lugar en la librería Alberti.
            Y la razón no es su deriva política. El tema de Cataluña, por ejemplo, nos ha llevado a los extremos más distantes. Pero uno está acostumbrado a convivir (en la familia y fuera de ella) con personas que piensan de distinta manera: con no tocar el tema, asunto arreglado.
            Andrés Trapiello y yo no podemos ser amigos por razones que tienen que ver con la economía. Él es un trabajador autónomo, un profesional de la literatura; yo sigo siendo un aficionado.
            Andrés Trapiello publica un nuevo libro como una empresa lanza un nuevo producto, con la promoción adecuada. Las reseñas forman parte de esa campaña y se las trabaja minuciosamente. Pero las reseñas que espera son del estilo Mainer y otras estrellas de Babelia, un poco como el “científicamente demostrado” de los sabios que aparecen con bata blanca en los anuncios de detergentes en televisión.
            Y yo sigo haciendo reseñas a la vieja escuela de mi maestro Clarín: elogio lo que hay que elogiar y discrepo de lo que hay que discrepar (e incluso me río de alguna sonora metedura de pata). Y eso un empresario no lo perdona, aunque sepa de sobra que mi opinión –a la hora de vender o dejar de vender libros– importa bien poco.







domingo, 18 de agosto de 2019

Colección particular: Poemas situados



NIETZSCHE EN ÈZE

Èze se encarama a un risco entre Niza y Montecarlo y es uno de los rincones más hermosos del mundo. Nos sentamos en la terraza del Castillo de la Cabra de Oro cualquier atardecer de verano y, antes de probar ningún cóctel, ya nos sentimos mareados ante tanta belleza.
            Solo se puede subir a pie, y el equipaje en burro. Un sendero en abrupta pendiente lleva hasta la playa. Nietzsche lo recorría mientras escuchaba en su cabeza los exaltados párrafos de Así habló Zaratustra, ese “evangelio para matones”, en palabras de Borges.
            En el hotel tenían una edición francesa de la poesía de Nietzsche y a mí se ha quedado en la memoria uno sus poemas. En el recuerdo lo acompaña, como en una edición ilustrada, la maravilla de Èze.

Del mar a la alta roca,
solo con mis pensamientos;
de la cumbre a la orilla,
solo con mis pensamientos.
Mediodía de la vida,
melodía del mundo
que escucho en un susurro,
mientras dentro del pecho
late un ajeno corazón
que solo anhela
hundirse para siempre
en el abismo o el silencio.


 MACHADO EN LA GRAN MURALLA

Estuve en el Cervantes de Beijing, cuya biblioteca lleva el nombre de Antonio Machado, cuando se celebraba el centenario de Campos de Castilla. Visité, como todo el mundo, Badaling, la parte más cercana de la Gran Muralla.
            Me pareció la muralla más extraña del mundo y no por su extensión, sino porque, más que una muralla, parecía un paseo construido inverosímilmente sobre una cordillera.
            Se asciende a la Gran Muralla en teleférico. ¿Cómo lo hacían en la época de su construcción?
            Muy concurrida, como el paseo dominical de una capital de provincias, incluso me encontré con una pareja de recién casados que se hacían allí las fotos de rigor.
            Miré, desde una de sus torres, hacia un lado y otro: la cordillera era la mejor muralla, solo había que proteger los lugares que permitían el paso a las fuerzas invasoras. Militarmente, aquello era un absurdo; como caprichosa manifestación de poder, un acierto.
            Uno de mis acompañantes recitó entonces un poema de Machado en chino y me lo retradujo luego al español.

¿De qué sirve el alto muro
que protege el corazón
si dentro queda encerrado
mi enemigo más feroz?


 ANÓNIMO EN UNA GASOLINERA

Paramos en ella camino de Bucarest. Pequeños carteles, colocados entre las estanterías, contenían frasecitas en inglés como de libro de autoayuda.
            Me llamó la atención uno de ellos y de inmediato lo traduje (en lugar de “amo” dibujaba un corazón). Ningún poeta podía expresar mejor lo que yo sentía en aquel momento, lo que sigo sintiendo todavía.

Amo mis ojos
cuando tú estás en ellos.

Amo mi nombre
cuando tú lo pronuncias.

Amo mi corazón
cuando tú lo aceleras.

Amo mi vida
cuando tú estás en ella.


 SOPHIA EN EL MIRADOR DE GRACIA

Sophia de Mello Breyner Andresen –largo nombre para una poeta a la que críticos y lectores conocen con el familiar Sofía– está para siempre en el Mirador de Gracia, que ahora lleva su nombre y en el que un busto suyo contempla día y noche el esplendor de Lisboa.
            La elegancia helénica de sus versos ya es para mí inseparable de la colina de San Jorge, sobre la geometría de la Baixa, y del manso cabrillear de un río que aquí cumple su sueño de convertirse en mar sin dejar de ser río.

Como una flor incierta entre tus dedos,
la ciudad se deshace si la miras
y en el centro de ella hay un jardín
inundado de lunas y secretos.


ÄLVARO DE CAMPOS EN SINAIA

Señoreando Siania, hay un castillo fantasioso, a la manera de los de Luis de Baviera, construido por el primer rey de Rumanía para pasar el verano.
            Es un pastiche historicista, con armaduras y toda la guardarropía de un castillo que se precie, pero también con ocultos ascensores y calefacción central. Eran los tiempos, finales del XIX, en que la modernidad se avergonzaba de sí misma y gustaba de disfrazarse con galas de otro tiempo.
            Algo tenía de norteña Sintra y a la memoria me vinieron unos versos de Álvaro de Campos, el heterónimo pessoano. Cuando los releo, vuelvo a aquellas calles arboladas y en cuesta, llenas de las lujosas mansiones –ahora hoteles en su mayoría– construidas por los cortesanos para acompañar al rey en los interminables veraneos de entonces.

El palacio del rey allá en lo alto
con sus almenas y sus lejanías
y la carretera borracha entre los pinos
y los faros del coche entre la niebla
y un hombre solo, enamorado y solo,
que persigue un Oriente del Oriente
que está en ninguna parte y en su corazón.


BASHO EN BROOKLYN

Siempre que pienso en el jardín botánico de Brooklyn pienso también en el poeta Hilario Barrero, mi gentil guía habitual. En una de mis varias visitas, nos sentamos a descansar en un banco del jardín japonés.
            Yo llevaba conmigo una antología de Basho que había comprado en una librería de viejo, ya cerrada, de la Séptima Avenida. Como no puedo estar mucho tiempo sin hacer nada, como la contemplación me cansa pronto, saqué el bolígrafo y garabateé unos versos en las páginas de respeto.

Salta una rana
y el coche de bomberos
frena de golpe.

La primavera
se sienta en la terraza,
pide un café.

Lector curioso,
la brisa en el jardín
pasa las hojas.

La flor de loto
añora aún tu mirada,
emperador.

Son de colores
las palabras que dices
en el verano.

Hace girar
su sombrilla la niña
y danza el cielo.

Como una piedra
en el zapato viaja
ese recuerdo.

En la vejez,
hasta las flores pierden
todo su olor.

Niño que ríes,
¿sabes acaso que
Dios ríe contigo?

Cae la noche
y yo caigo con ella
lejos de ti.

Atardecer.
Chillan los estorninos,
yo callo solo.

También vosotras,
cometas de papel,
volvéis a tierra.

En el silencio
de la nieve se posa
tranquilo un cuervo.

Vuelves a casa,
sigue el fuego encendido,
nadie te espera.

Este milagro
de que no pase nada
y pase el tiempo

Dos o tres flores
que juegan a esconderse
en los escombros.

Mar de noviembre
y ese perro que nada
en el agua gris.

Duda el camino
si seguir o quedarse
junto al arroyo

Recién nacido,
un gatito que tiembla
leve en mi mano.

Vuelves la cara
y se hace de noche
a mediodía.

¿Aún me esperas
sentada junto al fuego,
allá en la aldea?

La noche sabe
que ha de llegar el día,
yo no lo sé.

¿Para qué fiesta
has enjoyado el jardín,
fresco rocío?


 QUASIMODO EN AGRIGENTO

Hubo un tiempo en que leí mucho al poeta Salvatore Quasimodo. Tanto o más que sus poemas me interesaron sus traducciones de poesía griega. Luego se me fue alejando. Buscaba la intensidad de la poesía clásica, pero a mí comenzó a parecerme pretenciosamente enfático, aunque para siempre se nos quedara en la memoria que estamos solos sobre el corazón de la tierra, sostenidos por un rayo de sol, “ed è subito sera”, y de pronto añochece..
            ¿Cómo no recordar, sin embargo, un verso suyo –“entre el murmullo de olivos sarracenos”– al visitar por primera vez el Valle de los Templos, en Agrigento, muy cerca del Porto Empedocle de Pirandello y Camilleri?

Entre el murmullo de olivos sarracenos
y el silencio humillado de las gentes,
resisten las columnas de los templos
alzadas de una vez y para siempre
Los dioses han huido a su alto cielo,
en el mar ya no cantan las sirenas,
solo los hombres siguen allá abajo
tejiendo y destejiendo
el mismo desconsuelo.


 LI PO EN EL PALACIO DE VERANO

En los jardines del Palacio de Verano, en las afueras de Pekín, un anciano pintaba abanicos a la manera tradicional, para vender a los turistas. A mí me vinieron a la cabeza unos versos de Li Po.

Un sendero borracho entre altos riscos,
un viajero con su cabalgadura,
una luna temprana y un puñado de nubes.
¿Soy yo, camino del destierro
otra vez, desgarrado el corazón
al dejar atrás tantos amigos?
Es solo una pintura, un abanico
que se cierra de golpe y me devuelve
a esta noche de luna
en que alzo mi copa
y brindo por ella y por mi amada
soledad
que nunca me traiciona.