sábado, 9 de noviembre de 2019

Sin propósito de enmienda: Tan estúpidamente



Sábado, 2 de noviembre
LA HUIDA EN EL TIEMPO

Cuando negros nubarrones se ciernen sobre el horizonte, a mí me gusta viajar a otro tiempo. Wells inventó una máquina complicada e imposible para ello, la ciencia ficción nos habla de agujeros de gusano, yo lo tengo más fácil. Me basta con abrir una vieja revista literaria. Este número de Poesía Española (enero de 1957), por ejemplo, que encuentro en la casa de Avilés, donde viví tantos años, donde sigo viviendo todavía.
            José María Martínez Cachero reseña Áspero mundo: “Ángel González (que no es un profesional de la poesía, que solo escribe cuando siente viva necesidad de hacerlo) reúne en este libro treinta y ocho poemas, muestra antológica de su obra a lo largo de varios años”.
            En 1984, se pensaba conceder el premio Príncipe de Asturias a Ángel González: sus amigos en el jurado eran mayoría. Falló un voto y el premio fue para otro poeta, Pablo García Baena.
            Se produjo una cierta frustración, todo estaba previsto para celebrarlo. Un miembro del jurado, Juan Cueto, llegó a decir que habían premiado a un poeta del que nadie había oído a hablar, que solo sabía cantar el crepúsculo. Jaime Gil de Biedma escribió una carta en El País aclarando que, en contra de lo que se rumoreaba, no era su voto el que había fallado e insinuaba –o afirmaba claramente, ya no recuerdo bien– que había sido el de Martínez Cachero. A las preguntas de los periodistas, respondió el catedrático, que fue director de mi tesis doctoral, que había comenzado escribiendo poemas, que el voto era secreto.
            A Ángel González le conocí en 1976 o 1977, en uno de los cursos de verano de la Universidad de Oviedo. Hablaba de la poesía de posguerra y, como pasó por alto el postismo, yo se lo reproché. Discutimos sobre la importancia del movimiento y el valor poético de Carlos Edmundo de Ory, que a él no le parecían gran cosa, y a mí –influido entonces por la estética novísima– lo más significativo de los años cuarenta. Al salir de clase, se me acercó y me dijo: “¿Usted no será José Luis García Martín?”
            Resulta que yo le había enviado a su domicilio americano los primeros números de la revista Jugar con fuego y él relacionó las reseñas poco convencionales que allí publicaba con mi empecinamiento polémico.
            Cuando se habló de que Ángel González viniera como profesor a la Universidad de Oviedo, le escuché a Martínez Cachero decir: “¡Que haga una oposición como todos!”
            También participaba en aquellos cursos de los años setenta Carlos Bousoño. En este número de Poesía Española encuentro un soneto suyo, “La niña”, sin mayor interés. El tiempo ha sido inclemente con la poesía de Bousoño. Y con sus teorías, que parten de intuiciones felices, pero que se fueron volviendo cada vez más artificiosamente disparatadas. Se casó tarde y mal, pero eso no tuvo nada que ver con el asunto.
            Aparecen también cuatro poemas en homenaje a Pío Baroja, que había muerto el año anterior. Tres ya los conocía, pero no la “Canción del suburbio, adrede”, pastiche de Salvador Pérez Valiente: “Es en el margen del Sena; / es en Amberes o en Brujas. / Se titula la taberna / ‘Al calamar que dibuja’. / Hay un perro –¿cómo no?-- / y acaso un niño que llora. / Se escucha el acordeón / lentísimo de las horas”.
            Para olvidar estos días confusos de 2019, en que los que no hacemos más que dar un paso tras otro hacia el abismo, yo leo en el Atrio una vieja revista literaria de 1957. Reproduce un soneto de Antonio Machado que el Heraldo de Aragón publicó el 12 de octubre con motivo de la festividad de la Virgen de Pilar. Se lo había enviado Eulalia Cáceres, viuda de Manuel Machado, creyendo que estaba dedicado a la Virgen, pero la “madonna del Pilar” del primer verso era Pilar de Valderrama, su amor prohibido: “con qué divino acento / me llega a mi rincón de sombra y frío / tu nombre, al acercarme el tibio aliento / de otoño el hondo resonar del río. / Adiós: cerrada mi ventana siento / junto a mí un corazón… ¿Oyes el mío?”
            Yo no escucho a ningún corazón latir por mí en estos días de otoño en que negros nubarrones se ciernen sobre el horizonte.   


Domingo, 3 de noviembre
ME LO TEMÍA

––¿Has leído esto? –me dice un amigo que ha comenzado a hojear el XL Semanal mientras yo termino mi café y El Comercio–. Escucha, escucha: “Frente a Otegui, Santi Abascal es Thomas Jefferson. No hay nada más de derechas ni sectario que el independentismo”.
            ––¡Pero ese tío es tonto! –exclamo yo– ¿No sabe que Thomas Jefferson fue precisamente el redactor de la Declaración de Independencia de su país? ¿No sabe que luchó, con las armas en la mano, contraviniendo las leyes, en contra del rey de Inglaterra, que era su rey?
            ––Pero es que entonces Estados Unidos era una colonia.
            ––Cierto, pero una colonia en la que no se sublevaron –como en Argelia o en otros países– los nativos colonizados, sino los colonizadores contra su legítimo gobierno y, en principio, por un quítame allá esos impuestos. Pero hablemos de otra cosa. Ya hemos dedicado demasiado tiempo a la afirmación de un tonto.
            ––Pues no es ningún tonto. Es Fernando Savater.
            ––Me lo temía.


Martes, 5 de noviembre
LA MUSA ES EL ENCARGO

“Es usted el primero en comprar el Planeta”, me dice la librera cuando voy a pagar un ejemplar de Terra alta, la novela de Cercas..
            Sonrío. ¡Quién me lo iba a decir! Tantos años despotricando contra el amañado galadón y ahora resulta que soy el primero en adquirirlo.
            Lo cierto es que tenía curiosidad. Malsana curiosidad, por cierto. Un amigo me había contado la propuesta que le hicieron a Cercas en agradecimiento a su combatividad contra el procés. “En Planeta están muy entusiasmados contigo, creen que eres el mejor para desmontar las falacias del independentismo”, le dijo su agente, acariciando ya el porcentaje que le correspondía del más de medio millón de euros. “Ahora, eso sí, me han puesto una condición: que escribas una novela-novela, no una investigación histórica o un reportaje disfrazados de novela. Dicen que un libro de esos tuyos estaría bien para finalista, pero que a ti quieren darte el premio grande”.
            Javier Cercas, al parecer, se hizo el remolón, pero finalmente aceptó y yo estaba impaciente por saber cómo había resuelto el encargo, aunque por supuesto no me creyera a pie juntillas el relato de mi amigo.
            Pero comencé a leer la novela –voy por la mitad– y la verdad es que me sorprende la profesionalidad e inteligencia con que está hecha. Comienza como un telefilme, con su crimen inusitadamente cruel y la llegada de la policía, en este caso, los mossos d’esquadra. El estilo no es realista, sino hiperrealista. No solo no se perdona prenda de ropa con la que van vestidos los personajes, sino que incluso cuando uno de ellos tira una lata de Coca-Cola al recipiente de reciclaje se nos informa que en él hay ya “un tetrabrik y un par de botellas de plástico”.
            Pero el tono cambia cuando pasamos al capítulo siguiente. Ahora la inspiración son los novelistas del XIX: Víctor Hugo, Balzac, Dickens. Yo tengo una especial predilección por ese realismo fantasioso de bajos fondos con prostitutas buenas, de malhechores que se redimen en la cárcel, de turbios protectores paternales a la manera del Vautrin de Las ilusiones perdidas. Claro que a ratos da la impresión de que Cercas se pasa un poco con los ingredientes de la serie B: su protagonista, en cuanto llega una denuncia de malos tratos a la comisaría, busca por su cuenta al maltratador y le da una buena paliza.
            Ya veremos qué opino al terminar el libro. De momento, lo estoy pasando bien, aunque eso en mí, que detesto las novelas “literarias” (pero me gustan las series y devoré todas las grandes novelas del XIX), no sé si es buena señal.
            “La musa es el encargo”, decía Umbral. Quizá Cercas ha recibido el encargo adecuado para salir del artificioso manierismo de sus últimos libros.   



Miércoles, 6 de noviembre
LA LITERATURA Y YO

––¿No tienes la sensación de que has perdido tu vida dedicándola a algo, la literatura, que cada vez interesa a menos gente y que pronto no interesará a nadie?
            ––Pues no, ni he perdido la vida, ni la literatura interesa cada vez a menos gente.
            La conversación tuvo lugar por la mañana en Los Porches. Allí hojeo los periódicos, los libros del día, corrijo trabajos de los alumnos, charlo con quien quiera acercarse a saludar.
            Luego, de noche, mientras llega el sueño, no estoy tan seguro de no haber perdido mi vida. De que la literatura sigue hoy tan viva como en tiempos de Virgilio, pero interesando a mucha más gente, de eso no tengo ninguna duda.


Jueves, 7 de noviembre
BANDERAS AL VIENTO

Soñé que íbamos en un tren derechitos al abismo y que todos los pasajeros discutían acaloradamente sobre si había que aumentar o no la velocidad, cambiar o no al maquinista. Yo dije que lo que había que hacer era frenar y dar marcha atrás. Como nadie me hacía caso, fui a quejarme al maquinista.
            ––No se preocupe usted. Catástrofe con gusto, no pica.


Viernes, 8 de noviembre
POR QUÉ

Es el poema más breve de Rudyard Kipling, solo doce palabras: “If any question why we died, / tell them, because our fathers lies”. Jon Juaristi lo parafraseó así: “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes / y por qué hemos matado, tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo”.
            ¿Nos mienten quienes nos llevan al precipicio? Les dicen a sus potenciales votantes lo que quieren oír. Eso es todo.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Sin propósito de enmienda: Perder y ganar



Sábado, 26 de octubre
CANDÁS EN PRAVIA

A la una, tenía que concluir mi charla sobre la poesía culta y la tradición oral en la Edad de Plata; me tocó hablar a la una menos cinco.
            Las autoridades que había inaugurado el encuentro de la Asociación de Escritores Asturianos –Antón García, director de Política Llingüística, y Pepe Monteserín, cronista municipal– se tomaron su tiempo y dejaron a los demás sin tiempo.        
             No me importó. Yo sé adaptarme a las circunstancias. Resumí lo que pensaba decir exactamente en cinco minutos y cuarenta y siete segundos. A la una había una lectura de poemas al aire libre, frente al Teatrillo, quizá el café más hermoso de Asturias. Y conozco bien la impaciencia de los poetas.
            Esther García López, presidenta de la asociación, me dijo que podía tomarme media hora más de tiempo, pero recordé lo que me había ocurrido una vez que me invitaron a dar una conferencia en las jornadas literarias sobre Candás y el mar.
            Hablé durante el tiempo previsto –no acostumbro a alargar mis intervenciones– ante un público que me pareció atento. Al final, el moderador inició el coloquio. De inmediato se alzó un brazo y un hombre se puso de pie. Yo estaba encantado, lo que más me gusta de las conferencias es el diálogo final con los asistentes. Pero mi gozo en un pozo.
            ––¡Yo quiero saber –bramó aquel individuo– cuándo puedo leer mi poema! Porque yo he venido –ya no sé si dijo que de Contrueces o de Salobreña– para leer mi poema.
            ––Ahora mismo –le respondí con una sonrisa más falsa que Judas–, estaremos encantados de escucharle.
            ––No, no –dijo el moderador–, los poemas se van a leer en el puerto, al aire libre, en cuanto terminemos. ¿Alguna pregunta más?
            No había ninguna pregunta más, por supuesto. Todos los asistentes se levantaron de golpe y se fueron trotando a leerle sus versos al mar, que seguro que estaba impaciente por escucharlos.
            Gracias al director y al cronista no tuve ocasión de aburrir a nadie en Pravia, pero sí de pasear a solas por la villa una maravillosa mañana de otoño. Cuando uno habla –y yo hablo demasiado, todo el mundo me lo dice–, la ciudad se calla; cuando uno calla, la ciudad le habla. Por eso yo creo que solo conozco de verdad los lugares que he recorrido a solas, a veces durante interminables días, como aquel invierno en Catania; otras unas pocas horas, escapado de los compañeros de viaje, como Bucarest y los turbios alrededores de la Gara de  Nord.
            Para mí, que estoy de paso, Pravia conserva el aire apacible de las decimonónicas capitales de provincia; me da una impresión –seguramente falsa– de tiempo detenido, con su teatro ruinoso, sus ajados caserones, su palacio con jardín entre altas tapias, sus calles estrechas, su estatua del rey Silo, sus confortables cafés –mi favorito es el Teatrillo– donde abrir un libro, escribir un haiku (“Tarde de otoño. / Lentamente del árbol / las horas caen”) y dejar pasar la vida.
            Dos o tres veces he estado en Pravia y siempre he tenido la sensación de que allí podría ser feliz.
            Una falsa impresión, supongo. Si a mí me dan a elegir entre el palacio de la marquesa de Casa Valdés y un pequeño apartamento –cocina, salón y dormitorio–, seguro que elegiría el apartamento. Soy así de modesto.
            Un palacio me queda demasiado grande, prefiero el diminuto apartamento. Siempre, claro está, que tenga terraza sobre Central Park y que el cronista municipal sea Woody Allen y no Pepe Monteserín.


Domingo, 27 de octubre
FLORES DE PAPEL

Toda biblioteca personal es un autorretrato. Qué espléndido autorretrato el que se expone este domingo en un puesto del Fontán, frente al Arco de los Zapatos. Libros en francés y en español, creación y crítica, una biblioteca iniciada en los años setenta y que llega casi hasta hoy.
            Su propietario, profesor de literatura según me indica el vendedor, se me parecía bastante. Hay muchos libros que yo compré, ilusionado, en cuanto aparecieron. Mi amigo Francisco Alba se lleva Vida y poesía de Li Po, de Arthur Waley, traducido por Marià Manent. Yo encuentro un cuaderno mío de traducciones poéticas, Trasluz, publicado en Mérida allá por 1987, que no conservaba. Es uno de los cien ejemplares numerados y firmados por el autor. Lo abro al azar y lo primero que leo es un poemilla de Yao Hsin Hsien: “Después de tu partida, ¿siguen / abriendo su corola / las flores del jardín? / ¡Qué imposible parece / sin ti la primavera!”
            Después de la partida siguen abriendo sus páginas nuestros libros para deslumbramiento de los lectores. No me resulta triste, sino todo lo contrario, que sigan ahí, convirtiendo en un colorista jardín este rincón del mercadillo, cuando nosotros nos vamos.
            Un abrazo, desconocido amigo (aunque seguro que más de una vez nos cruzamos en las calles de Oviedo), que leías lo que yo leía y que te me has adelantado.



Lunes, 28 de octubre
CRIMINALES TODOS

Siempre me ha interesado lo que piensa la gente que no piensa como yo. En el último número de Nueva Revista, una publicación de política, cultura y arte, próxima –o eso me parece– al Opus Dei y al catolicismo más tradicional, se publica una entrevista con Rémi Brague, que ha sido profesor –ya está jubilado– de Filosofía Medieval en la Universidad de la Sorbona.
            Lo que leo en ella me deja estupefacto: “Un ateo que sea padre de familia es un criminal”. Me froto los ojos, vuelvo a leer el párrafo completo: “Un ateo, alguien que no cree en ninguna clase de trascendencia, un ateo que fuera padre de familia, es un criminal, según sus propias normas, según su sistema propio, puesto que los seres que llama a la vida, y a los que podría haber dejado muy tranquilos  –en la nada podría haberlos dejado dormir, si se me permite decirlo–, los lanza a la vida, como decía Chateaubriand, ‘les infligimos la vida’, y en cualquier caso con la seguridad de que morirán”.
            Y no acaba aquí la cosa. Cuando formuló en un libro esta idea, “un crítico de un periódico de referencia francés contestó que conocía ateos felices”. Bueno, también existen “idiotas felices”, respondo el docto profesor. Y continúa: “La cuestión no es saber si las personas que ya existen son felices o no, la cuestión es saber si los que ya existen tienen derecho a endosar, si se me permite decir, la existencia a alguien al que no se le puede pedir su opinión”.
            Comencemos por el final. Si la cuestión es esa, el que una persona sea atea o no carece de importancia: tampoco los creyentes pueden preguntar al no nacido si quiere venir o no al mundo.
            Sigamos disparate arriba. ¿Qué crítico es ese al que la única réplica que se le ocurre cuando lee “un ateo que sea padre de familia es un criminal” consiste en decir que hay ateos felices? ¡Qué tendrá que ver la felicidad en este mundo con la creencia en Dios! ¿No eran creyentes, y muy creyentes, los que durante siglos definieron la vida humana como un valle de lágrimas?
            Y puestos ya a disparatar, ¿no sería más criminal el que saca a los seres humanos de su tranquila nada y los deja al albur de una condenación eterna, de una perpetua sala de tortura denominada infierno?
            Me gusta leer a los que no piensan como yo, pero sospecho que debo tomar previamente la precaución de comprobar que, efectivamente, piensan. No parece el caso de Rémi Brague.
            Nació en 1947, es más o menos de mi edad. ¿Acabaré yo como él dentro de poco? Hubo un tiempo en que me obsesionaba llegar a los sesenta años porque había leído que entonces se dejaba de aprender. Era falso, puedo atestiguarlo. Ahora ando obsesionado con el momento en que las neuronas empiezan a patinar. Voy detectando esa catástrofe en las personas que me preceden. No falla. Lo que pasa es que a unos les ocurre más pronto y a otros más tarde. Yo me conformaría con no incurrir en lesa majadería hasta los noventa y ocho o noventa y nueve años.



Martes, 29 de octubre
YO PECADOR

Qué hipócrita soy. Tiro la piedra y escondo la mano. Un compañero de aventuras literarias publica un libro de investigación al que ha dedicado muchos años de esfuerzo y yo me apresuro a señalar sus puntos débiles. Luego, cuando el autor replica airado, con muchas descalificaciones personales y pocos argumentos, no entro al trapo, pongo cara de bueno, de quien nunca ha roto un plato, y respondo educadamente.
            Ya sé, benemérito Ricardo Labra, que yo debería haber subrayado todo lo valioso que hay en tu Ángel González y mirar para otro lado cuando me topaba con sus estrepitosos fallos estructurales. Pero dejaría de ser quién soy si hiciera eso.
            Tampoco puedo evitar echar de vez en cuando el anzuelo para comprobar si sigue por ahí en alerta máxima Susana Rivera. Siempre pica.
            Soy con ella un poco cruel dándole algún pretexto (basta la más mínima alusión) para que una vez más haga el ridículo. Es mi manera de vengar al poeta, a quien ha puesto al servicio de sus resentimientos particulares en lugar de ponerse ella, como era su obligación, al servicio de su obra.
           

Miércoles, 30 de octubre
ALERTA SANITARIA

El odio, en pequeñas dosis, tonifica; el amor elimina nuestras defensas y abre la puerta a todas las enfermedades.

Jueves, 31 de octubre
PIERDE

Cuando uno pierde la amistad de un tonto malicioso, ¿pierde o gana?
            Yo no soy tonto, compro en Media Markt, pero sí algo malicioso. Cuando un amigo deja de ser mi amigo, ¿pierde o gana?

Viernes, 1 de noviembre
DÍA DE DIFUNTOS

Ni les tengo miedo a los muertos –solo amor a unos cuantos– ni le tengo miedo a morir. Les tengo miedo a los vivos y a seguir vivo cuando ya esté muerto.




sábado, 26 de octubre de 2019

Sin propósito de enmienda: Por qué soy tan antipático




Sábado, 19 de octubre
YO, ROBOT

Como siempre, soy el último en enterarme. Acabo de descubrir que lo mío es la inteligencia artificial. No estoy hecho para tratar con personas, sino con robots.
            Hay máquinas con las que se puede jugar al ajedrez. ¿Hay robots, sofisticados cerebros electrónicos, con los que se pueda debatir de cualquier tema sin miedo a herir sus sentimientos?
            Este viernes Ángel Alonso dijo que se había encontrado con un antiguo contertulio.
            ––¿Por qué no vuelves por la tertulia?, le preguntó.
            ––¿Y volver a ver a Martín? No, gracias.
            “¿Qué le has hecho?”, quiso saber Ángel. Naturalmente le respondí que nada y que siempre le había creído un buen amigo.
            Pero luego me quedé pensando y recordé que no había día en que apareciera por la tertulia y no acabara yo hablándole de sus brillantes inicios –ganó el premio Asturias Joven de poesía y narrativa el mismo año, publicó una espléndida novela sobre la marginalia urbana, colaboró tres o cuatro veces en Clarin– y no le reprochara sus extravagantes proyectos posteriores hasta llegar al abandono de la literatura.
            Lo hacía con la mejor intención, trataba de espolearle para que volviera al cultivo de la inteligencia, pero me temo que lo único que hacía era subrayar su presente en contraste con los éxitos iniciales.
            También Silvia Ugidos, otro gran talento malogrado, se enfadó conmigo por razones semejantes. Aunque ella, como vive lejos y no tiene que soportarme día a día, ya me ha perdonado. Es tan escaso el talento, que no soporto ver como alguien lo desperdicia.
            ¿Pero quién sabe lo que pasa por la cabeza de cada uno? Nuestro peor enemigo lo llevamos dentro. No todo el mundo es como yo, esclavo de la lógica, insensible al halago o a la indiferencia, cada mañana ante el ordenador, luego en la cafetería habitual, en las clases, llueva o truene, como una máquina incapaz de hacer otra cosa.
            Sueño con una tertulia solo de robots, de inteligentísimos robots, con los que poder discutir de cualquier tema sin miedo a herir sus sentimientos.


Domingo, 20 de octubre
MALA CONCIENCIA

Me temo que no tengo enmienda. El viernes compré el libro Ángel González en la poesía española contemporánea, de un viejo amigo, Ricardo Labra.
            Entre el viernes y el sábado lo leí y anoté y decidí que no iba a escribir sobre él porque, aunque muestra un trabajo ímprobo y está lleno de aciertos, también incurre en algún que otro error conceptual y de detalle. Como me conozco, sabía que si lo reseñaba iba a despachar en tres líneas los elogios y dedicar los dos o tres folios restantes a pormenorizar implacablemente los reparos.
            Esa era mi intención. No quería hablar del libro además porque está basado en una tesis doctoral dirigida por Araceli Iravedra y parecería que quería vengarme de ella por haberme vetado –o eso me parece a mí– en la cátedra Ángel González.
            No quería escribir una reseña, pero el hombre propone y Dios dispone. Las tardes de los domingos voy al cine, pero hoy no encontré ninguna película que me apeteciera. ¿Y qué hago yo ahora en estas dos horas?, me pregunté angustiado. ¿Escribir haikus o aforismos, que es lo que suelo hacer cuando me aburro?
            Lo que hice fue volverme a casa y, aprovechando las numerosas notas que había tomado, escribir la reseña del libro de Ricardo Labra. La verdad es que disfruté señalando sus insuficiencias y, al terminar, como no quería mandarlo al periódico para no molestar al autor, lo subí a mi blog. “Ahí no lo ve nadie, o casi nadie”, pensé.
            No tengo enmienda, la verdad. De sobra sé que, si no eres capaz de escribir cuatro vaguedades elogiosas cuando comentas el libro de algún amigo o de alguien con alguna influencia (Javier Rodríguez Marcos dejó de mencionarme en su periódico tras mi reseña de Frágil), deberías dedicarte a otra cosa, no a la crítica literaria.
            Pero yo soy más amigo de la verdad que de Platón y, aunque el éxito me gusta, puedo pasarme perfectamente sin él.


Lunes, 21 de octubre
EL BREXIT, POR EJEMPLO

Para quererme mucho, hace falta conocerme poco, pero que para odiarme mucho basta con conocerme un poco.
            Lo cierto es que hay quien me odia con buenas razones, pero también quien me ama sin razón ninguna.
            Lo que no puedo negar es que juego a ser esforzadamente antipático, que me gusta repetirles a mis conciudadanos que se dejan pastorear pacíficamente por los diarios y telediarios, que les están engañando y no especialmente, o no solo, a través de las fake news de Facebook. Que en el caso del Brexit, por no mencionar otros asuntos que nos tocan más de cerca, quien está haciendo el ridículo es el parlamento británico –incapaz de tomar una decisión y muy capaz para bloquear cualquier decisión–, no Boris Johnson que se limita a tratar de hacer cumplir el mandato de los ciudadanos.
            ––¡Eso lo dices solo porque nada te gusta más que llevar la contraria!, protestan mis amigos.
            ––¿Por llevar la contraria o porque me resulta imposible no razonar por mi cuenta? Vamos a ver: el parlamento quiere evitar un Brexit salvaje, lo quiere pactado con Bruselas, pero cada vez que se llega a un acuerdo –ya van cuatro– lo rechaza. ¿Hay alguna explicación para eso? ¿Pedir más y más prórrogas hasta ver si logran convocar otro referéndum que impida la salida? Algunos sueñan con ello, pero mi impresión es que la mayoría del primer referéndum se mantiene, aunque todos los periódicos españoles quieran darnos la impresión contraria. Lo veremos en cuanto haya elecciones.
            ––¡Siempre quieres tener razón contra todo el mundo!
            ––Cierto, pero eso no es lo que me hace más antipático, sino el que con cierta frecuencia la tengo.


Martes, 22 de octubre
ÉTICA PERIODÍSTICA

“Tan importante como recuperar el orden es analizar las causas del descontento”, leo en un editorial de El País.
            Tras una semana de disturbios que han causado cerca de una veintena de muertos, centenares de heridos, saqueos generalizados, incontables pérdidas, las instituciones están obligadas a reaccionar “con proporcionalidad y serenamente”, como corresponde a una democracia asentada capaz de hacer frente a este tipo de situaciones. “Pero también –añade El País– es necesario analizar las causas de esta explosión de auténtica rabia social, sería errado ignorarlas y pensar que lo que ocurre no tiene su trasfondo en un gran descontento”.
            ¿Soy yo la única persona que ve una cierta contradicción entre cómo ese periódico trata los disturbios de Chile –pide comprensión para quienes utilizan la violencia extrema como medio de protesta, aunque sea en democracia– y los de Barcelona?
            Supongo que no soy el único, pero leyendo la prensa a veces tengo la impresión de que sí. Y es que la coherencia y la ética periodística están bien, pero solo cuando no entran en colisión con la defensa de intereses superiores.
            A veces tengo la impresión de ser un pulpo en un garaje lleno de patriotas de izquierda y de derecha.  

       
Miércoles, 23 de octubre
TRATO DE SER PRUDENTE

En el libro de Paco Abril Reflexiones de bebés anónimos que se presentó ayer en Cervantes, aparece una cita mía que no recuerdo haber escrito: “Cuéntame cuentos, pero no me engañes”. Quizá la escribió el propio Paco Abril –yo me he inventado docenas de aforismos de Oscar Wilde, y no solo–, pero con gusto me la apropio.
            Los cuentos no engañan. Engañan los titulares de los periódicos. Se aprovechan de que a la mayoría de los lectores les basta con ellos para formarse una opinión.
            Pero a quien no quiera dejarse engañar le basta con leer con alguna atención los artículos, separando el grano informativo de la paja opinativa. Solo se engaña quien quiere dejarse engañar.
            Yo no leo ni escucho ni veo ningún medio de comunicación afín al independentismo catalán. Me basta con prestar atención a los medios contrarios –todos los diarios españoles impresos, todas las cadenas de televisión– para saber, en el actual conflicto (y dejando a un lado posibles errores de procedimiento), quién tiene la razón y quién la fuerza, quien es solo parte interesada y quién es juez y parte. Pero, por elemental prudencia –juego en campo contrario–, no daré nombres, no entraré en detalles.


Jueves, 24 de octubre
DÍAS FELICES

Recuerdo bien aquel día en que sonó el teléfono, ya levantado yo para ir al trabajo y un amigo me dijo: “Puedes volverte a acostar y dormir un poco más. Hoy no hay clase. Ha muerto Franco”.
            Cuarenta y cuatro años después, el ilustre general vuelve a darme una alegría. La verdad es que llegué a dudar que el gobierno fuera capaz de desatar todas las ataduras y complicidades que le mantenían presidiendo simbólicamente el reino de España, que él había, tan eficazmente, no restaurado, sino instaurado.
            Otro día feliz el de hoy. Ahora solo falta que una investigación independiente libre a su heredero de todas las sospechas de corrupción que se han ido acumulando en estos años para que pueda pasar a la historia de España limpio de polvo y paja o, si confirman, pueda ser enviado a dónde corresponde con los Roldán, los Rato, los Pujol y los príncipes de Arabia.


Viernes, 25 de octubre
AFORTUNADAMENTE

Me creo distinto a todos, pero soy como todo el mundo: experto en hacer daño sin querer a las personas que quiero.
            A veces sueño con un mundo feliz en el que debatir con robots, en el que convivir con algún perro, en el que no enamorarme más que de mí mismo.
            Pero no siempre los sueños se cumplen. Afortunadamente.



domingo, 20 de octubre de 2019

Sin propósito de enmienda: Mi corazón al desnudo




Sábado, 12 de octubre
SERÁ POR ESO

¿Hay vida inteligente en el Tribunal Constitucional español? ¿Hay vida inteligente en la jefatura del Estado? ¿Hay vida inteligente en el Tribunal Supremo?
            Por supuesto que sí. La duda ofende.
            ¿Y por qué entonces tengo la impresión de que, en lo que se refiere al problema catalán, no han tomado ni una sola medida que no contribuya a echar más leña al fuego, que no nos acerque un poco más al abismo? ¿Será porque, como me repiten una y otra vez mis amigos, yo de política no entiendo nada?
            Será por eso, pero el miedo no se me va del cuerpo.


Domingo, 13 de octubre
UN CUENTO DE HADAS

Dos ciudades hay en Nueva York, como en toda ciudad del mundo: una para los que viven en ella, otra para los que pasan por ella.
            Yo nunca he estado en Nueva York más de una semana y por eso siempre me ha mostrado buena cara, nunca un mal gesto. No la he dado tiempo a cansarse de mi.
            Vuelvo esta tarde en que tan negros nubarrones se ciernen sobre el horizonte de la mano de Woody Allen, un viejecito vapuleado que sabe seguir haciéndonos sonreír.
            Un día de lluvia en Nueva York, dos estudiantes universitarios que pasan allí un fin de semana, encuentros y desencuentros, ricos y famosos, una prostituta de ensueño adolescente, las salas del Met, las damas elegantes de John Singer Sargent,
un coche de caballos por Central Park y todo tan verosímil como un cuento de hadas. A fin de cuentas, como dice uno de los personajes, la vida real es para los que no pueden permitirse otra cosa.
            A Gastby, el protagonista, le conozco bien. Alguna vez ha pasado por la tertulia y hemos discutido sobre el amor según Ortega y según Denis de Rougemont, también sobre la dialéctica del amo y el esclavo en Hegel. Claro que en la realidad de los que no podemos permitirnos otra cosa era no menos pedante, pero con menos suerte como jugador de póker que en la película.
            Después del puñetazo, la contundente paliza mejor, que me propinó Joker, qué bien sienta dejarse acariciar por la lluvia un domingo en Nueva York.


Lunes, 14 de octubre
EL TESTIGO

Se presentaba en la biblioteca del Fontán Oriundos, el libro de Fernando Fernández sobre sus abuelos y sobre la aldea asturiana, Asiego, de la que partieron hacia México en los años veinte. El libro gira en torno a una fotografía en la que el maestro del pueblo, el tío Aquilino, aparece rodeado de sus alumnos. Se nos cuenta la historia de esos niños y niñas, a muchos de los cuales conoció el autor ya ancianos. En la sala estaban sus hijos, sus nietos, algún biznieto. Cuando llega el coloquio, uno de los asistentes se pone en pie.
            ––Me gustaría hacer una pregunta. ¿Cuántos de ustedes conocieron al tío Aquilino?
            Nadie le había conocido. Desde la fotografía, ampliada en el escenario, nos miraba a todos aquel hombre ejemplar, que no había sido olvidado por ninguno de los niños que tuvo a su cargo.
            ––Pues yo sí le conocí, en Arnao, cuando yo tenía ocho o nueve años.
            No le hicieron mucho caso porque todos los asistentes eran oriundos de Cabrales y Arnao, cerca de Avilés, era otro mundo que no tenía nada que ver con ellos. Yo recordé la prosa de Borges en El hacedor: “En el tiempo hubo un día que apagó los últimos ojos que vieron a Cristo, la batalla de Junín y el amor de Helena murieron con la muerte de un hombre. ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera?”
            Al final del acto, hablo con el testigo y le pregunto su nombre: José Luis Ablanedo Mieres. También me intereso por su edad: nació en 1940. No puedo por menos de exclamar: “¡Pero si somos casi de la misma edad! Yo nací en 1950”.
            También yo voy alcanzando la condición de último testigo. ¿Cuántos profesores que ya lo eran entonces, que lo siguen siendo ahora, conocieron las cárceles de la dictadura? Me temo que, si no soy el único, ya queda poco para ello.


Martes, 15 de octubre
ARDE BARCELONA

No puedo decir que me extrañe el estallido de rabia en Cataluña. Lo que me extraña es que haya tardado tanto. La lección de civismo que ha venido dando hasta la fecha a la “espaciosa y triste España”, a la tierra de los inquisidores y los ordeno y mando, a la que ha guardado respetuosamente durante cuarenta años los restos putrefactos de la dictadura en el Valle de los Caídos, a una España que no es toda España, pero que se pone la bandera por montera y se jacta de ser la única verdadera, continúa por parte de la mayoría, pero ya hay quien se aparta del guion. Y cada vez serán más.
            De lo que ocurre allí, de que las cosas hayan llegado a estos extremos, yo veo tres máximos responsables: primero el Tribunal Constitucional, que rechazó un Estatuto refrendado por los ciudadanos de Cataluña, por el Congreso  y el Senado español (previo paso por la comisión constitucional en la que fue “cepillado” nada menos que por Alfonso Guerra); después, el actual jefe del Estado, con un discurso en los límites de sus atribuciones constitucionales (fuera de ellos si pretendía sustituir la inacción de los políticos, como jalearon los principales diarios), en el que se desatendió de la mayoría social catalana para declararse paladín del cumplimiento estricto de la ley (él, que según la interpretación habitual está al margen de ella) y defensor de los catalanes que se sienten españoles (a los otros, a la mayoría, que los parta un rayo); y finalmente el Tribunal Supremo, compuesto por excelentes profesionales, perfectos conocedores de los recovecos de las leyes (y muy imaginativos a la hora de retorcerlas procurando no vulnerar la ley), pero poco de la realidad social.
            A mí de los tres, el único que me ha defraudado es el actual jefe del Estado (de los otros, ya sabía lo que se podía esperar). Me parecía lo contrario de su padre y por eso tenía puestas en él todas mis esperanzas. Y no me ha defraudado en cuanto a la honestidad, pero sí en cuanto a su categoría de estadista. No supo estar a la altura de las circunstancias.
            De un presidente argentino, no sé si de Alfonsín, se dijo que era “honesto e inepto”. No creo que el segundo calificativo se le pueda aplicar a Felipe VI, aplicado profesional. Pero en “tiempos recios” como los que vivimos (y sobre todo los que se avecinan) la profesionalidad no basta.
            Solo me consuela pensar que no soy un analista político y que puedo estar equivocado, que seguramente lo estoy, y que todo se arreglará –como repiten a izquierda y a derecha– “con el cumplimiento estricto de las leyes”, de una leyes, por cierto, que interpretan y aplican quienes son juez y parte.


Miércoles, 16 de octubre
CÓMO RECONOCER A UN TONTO

Yo tengo muchas maneras de reconocer a un tonto. Camina por la calle mirando el móvil y no levanta la vista ni siquiera cuando cruza un semáforo en rojo; lo mira también cuando camina por Venecia o Nueva York, siguiendo el GPS en busca de San Marco o Time Square, desatento de las maravillas que aparecen a cada paso; o lo enciende en medio de la película, deslumbrando a los espectadores que tiene detrás, para satisfacer nadie sabe qué súbitas curiosidades.
            Pero no menos tontos son la mayoría de los que nos advierten del robo de nuestra intimidad por parte de las redes sociales. El ejemplo más reciente lo encuentro en Antonio Muñoz Molina. Al tema del traidor y del héroe, a Edward Snowden, dedica su artículo de esta semana en Babelia. Comienza bien, evocando con maestría de novelista la soledad del delator en un hotel de Hong Kong. Termina de la más tópica manera, demostrando una vez más que si es un genio cuando narra no pasa de torpe aprendiz cuando reflexiona: “Ese móvil tan cool que no se te cae de las manos te espía incluso cuando lo tienes apagado, y acumula y pone en venta sin escrúpulo toda la información íntima y minuciosa que tú le regalas”.
            ¿De verdad mi teléfono pone en venta mi intimidad, una intimidad que yo le regalo: correos electrónicos o whatsapp, fotos familiares, búsquedas en Google?
            En primer lugar, yo no regalo nada.  Enviar un correo electrónico cuesta dinero, aunque a mí no me cueste dinero;  la “nube”, los servidores externos, donde se almacenan mis fotos, tampoco son gratis, aunque lo sean para mí. Y muy tonto hay que ser para pensar que Google, que me saca de apuros veinte veces al día, no requiere empleados, locales, potentes y costosos ordenadores, sino que es un don del cielo, como la lluvia.
            No, admirado Muñoz Molina, yo no regalo mi intimidad: simplemente, a cambio de los muchos servicios que recibo de Google y de las redes sociales que me interesan les permito que me envíen publicidad personalizada.
            ¿Nos escandalizamos de que la publicidad financie Antena Tres, la Cinco o la Sexta? ¿Nos quejamos de que financie los diarios digitales gratuitos?
            ¿Y es peor la publicidad personalizada –que a mí no se me envíe publicidad de automóviles y sí sobre hoteles en Praga o en Palermo– que la indiscriminada, la que llega a todos por igual?
            También está el malévolo algoritmo, otra encarnación del diablo, al que los tontos ilustrados culpan del Brexit y del triunfo de Trump: en mi muro de Facebook solo aparece informaciones de gente que piensa como yo, se me impide contrastar otros pareceres.
            Bueno, también en el quiosco están todos los diarios y el comprador habitual de La Razón no compra un día El País para contrastar la información.
            El malvado algoritmo nos facilita encontrar lo que nos gusta encontrar, solo eso. Pero nada nos impide, si lo que nos llegan son páginas de simpatizantes de la extrema derecha, ir a las de los simpatizantes de Podemos para ver lo que piensan.
            En fin, que ni siquiera Muñoz Molina –de Javier Marías ya ni hablo– se libra de incurrir en tópicos que se vienen abajo con solo pensar un poco, esa costumbre que no suele tener la gente.


Jueves, 17 de octubre
UN POCO DE VENENO

¿Todo libro interesa a algún lector? Quiero creer que sí y por eso los que no me caben en casa se marchan cada semana a la librería La Noceda a aguardar tranquilamente a quien los estaba buscando sin saberlo. Pero sospecho que más de uno –y más de dos y más de tres– no interesan a nadie. El noventa y cinco por ciento de los libros de poesía, por ejemplo; el noventa y nueve por ciento de los que hablan de poesía.
            Me llega hoy una recopilación de reseñas, presentaciones y generosas vaguedades varias, que firma un buen amigo, y me basta leer la primera frase (“La poesía de Manuel Álvarez Ortega posee la altitud de lo invisible respirante, y la profundidad –más bien sima– de la pasión engendradora de metafísica”) para lanzarlo al montón de los volúmenes que irán a la librería de viejo en el próximo envío.
            ¿Harán lo mismo con mis libros los amigos a los que se los envío? Quizá sí o quizá no: yo los espolvoreo siempre con un poco de veneno, que ayuda a conservar la mercancía.


Viernes, 18 de octubre
SENTIR Y CALLAR

Me escribe un admirado profesor, ya jubilado, aunque de mi edad, Bernardo Fáñez, con quien comparto el amor por Perugia, para decirme que se ha enterado de que este es mi último curso y que quiere asistir, como muestra de reconocimiento, ya que sospecha que no tendré ninguno institucional, a una de mis clases.
            Pero yo no necesito ninguna muestra de reconocimiento –“fue bonito mientras duró”, eso es todo– ni me apetece solemnizar, como en el cuento de Daudet, la última lección. Mejor una clase más, sin énfasis ni melancolía.
            En caso contrario, me temo que acabaría emocionándome, me entrarían ganas de llorar. Soy un sensiblero que se esfuerza en disimularlo. Lloro en el cine y en todos los funerales, aunque sean de una persona que apenas conozco, pero procuro que nadie me vea. Me esfuerzo para no mostrar mis sentimientos en público. De lo que más me importa, no hablo nunca.
            Preferiría desnudarme en público a mostrar mi corazón al desnudo.



sábado, 12 de octubre de 2019

Sin propósito de enmienda: Ayuda a vivir



Sábado, 5 de octubre
MI FRUSTRACIÓN MAYOR

Decía Gabriela Mistral que se sentía maestra antes que poeta, pero que había que tener cuidado con la enseñanza porque los profesores tienen a volverse pedantes, dogmáticos y autoritarios.
            ¿Soy yo pedante? Un poco. ¿Dogmático? Algo. ¿Autoritario? Bastante. Me gusta mandar, no puedo negarlo. Habría sido un buen monarca en los tiempos del despotismo ilustrado. No habría desterrado a Jovellanos, le habría cambiado de ministerio. Y también habría nombrado ministros a Campomanes, a Moratín, a Meléndez Valdés e incluso a Godoy, pero atándole corto.
            Me gusta mandar, pero he tenido pocas ocasiones de hacerlo. Nunca he tenido mando sobre nadie, salvo sobre mí mismo. Y si me gusta mandar, detesto obedecer, así que no siempre he sido un súbdito disciplinado.
            Esa ha sido una de mis frustraciones. ¿Y qué cargo me habría gustado ocupar, aparte del de déspota ilustrado, hace siglos extinguido? Un cargo político no, que dependen siempre del capricho de alguien y, en última instancia, de la voluntad no menos caprichosa e impredecible (aunque manipulable) de los electores.
            Me habría gustado tener poder de verdad, esto es, ser una de las primeras fortunas del mundo. Financiar generosamente películas, pero tener la última palabra sobre ellas (poder obligarle a Tarantino a cortar los últimos diez minutos de Érase una vez en Hollywood, por ejemplo). Crear ayudas a la creación y conceder una renta vitalicia a determinados poetas a condición de que no escriban novelas (Andrés Trapiello), no escriban poesía (César Antonio Molina) o no escriban en absoluto (Antonio Gamoneda). También ayudas a la edición: una de ellas se la habría concedido a Jorge Guillén para que no publicara sus últimos quinientos o mil poemas, aunque entretuviera su jubilación escribiéndolos.
            Compraría la edición entera de algunos libros –por ejemplo, Tan pronto ayer, las reconstruidas memorias de Guillermo de Torre–, la destruiría y financiaría una edición mejor, dejando solo lo inédito o perdido en minoritarias revistas y eliminando los capítulos de obras ya publicados.
            Financiaría a un comité de expertos para que evaluaran de verdad el trabajo de los profesores universitarios y eliminara la basura curricular que –en el campo de las Humanidades, que es el que conozco– deja pasar la Aneca, sin siquiera tomarse el trabajo de olerla, solo porque sus autores han logrado financiación, o se han rascado el bolsillo, para publicarla en determinadas editoriales.
            No sigo. No quiero meterme en más jardines.
            Queda claro que me gusta mandar y que soy un dictador frustrado. Pero el que me haya ganado la vida dando clases no tiene nada que ver con eso, estimada Gabriela Mistral.


Domingo, 6 de octubre
DOS PALABRAS

Bastan dos palabras para calificar a la película que acabo de ver: brutal, genial.
            Salgo del cine aturdido por los golpes emocionales y por el talento de Todd Philips y Joaquin Phoenix. Pero antes de volver a ver Joker preferiría una visita al dentista para que me extrajera todas las muelas del juicio sin anestesia o un recital de poesía.


Lunes, 7 de octubre
BORGES Y YO

Para leer esta tarde mientras tomo el café –no me ha llegado ningún libro nuevo–, me llevo un número de la revista Sur, el 18, que corresponde a marzo de 1936. Colaboran, en la parte principal, Waldo Frank, Igor Stravinsky, Eduardo Mallea (traduce a Franz Kafka),Vicente Huidobro, Virginia Woolf, pero todos esos nombres se quedan en nada ante una de las notas finales, el folio y medio que Jorge Luis Borges dedica a un olvidado libro de Adolfo Bioy Casares, La estatua casera.
            Lo que más admiro de Borges –y lo que más envidio– no son los relatos que le dieron la fama ni sus poemas más tópicamente famosos, sino las notas breves que fue dejando por revistas y periódicos, los prologuillos, lo que en cualquier otro escritor es trabajo venal y olvidable. Borges no puede escribir cuatro líneas ocasionales sin dejarnos una frase feliz, una muestra de ingenio e inteligencia.
            Sueño con que alguien, dentro de muchos años, dé con un viejo periódico o un número de alguna olvidada revista literaria, lo hojee distraído y de pronto me encuentre entero y verdadero en unas líneas que solo podría haber escrito yo.
            Un sueño imposible, ya lo sé, pero que como todos los sueños ayuda a vivir.


Martes, 8 de octubre
PREMIOS Y COSAS RARAS

Tengo una vieja antipatía a los premios literarios, que mis amigos conocen muy bien y que irrita a alguno, como a Felipe Benítez Reyes, que ha de recurrir continuamente a ellos para sostener su economía doméstica.
            Nunca se me ocurriría concursar a un premio ni aceptar ninguno de los que no es necesario presentarse. Y sin embargo, cuando me lo proponen, acepto formar parte de un jurado. Una contradicción, lo sé. Afortunadamente, me llaman pocas veces, cada vez menos.
            Con los premios pasan cosas raras. La pasada semana presenté el libro de Emilio Martín Vargas Todo el mundo me mira, ganador del XVII Premio Emilio Alarcos. Hoy me envía Antonio Manilla una reseña en que pone al libro que ganó ese premio por las nubes. Le recuerda al primer González Iglesias (que santa Lucía le conserve la vista). Pero no es eso lo que me llama la atención, sino que, a juzgar por la portada, en un libro completamente distinto. Ahora se titula Lumpen Supernova.
            Vivir para ver: hubo al parecer una edición de compromiso que yo presenté y se entregó gratuitamente a los asistentes a la presentación y otra de un libro distinto, pero que se presenta como ganador del mismo premio, que circula por librerías y elogian los críticos.
            Sea cual sea la explicación, yo sigo en mis trece de que la administración debería emplear los dineros públicos en algo más útil y menos perjudicial para la literatura.


Miércoles, 9 de octubre
HAMBRE Y SED

Sigo con los viejos números de la revista Sur. Uno de ellos, enero del 36, comienza con estas líneas de Aldous Huxley: “El hambre y la sed de racionalidad son por lo menos tan características del alma humana como el hambre y la sed de justicia. Vivir en un mundo que no tenga sentido resulta intolerable. Sentimos la necesidad abrumadora de explicar el universo y de explicarnos a nosotros mismos.”
            En mi caso, al menos, así es: tengo hambre y sed de racionalidad. Pero no estoy seguro de que esa sea una característica de los seres humanos. La mayoría parecen estar más de acuerdo con Unamuno: “Dios nos dio el pensamiento como prueba. / Dichoso el que no sabe que lo lleva”.
            La única verdad que interesa a la mayoría es la que les conviene. Todos somos un poco como ese tribunal –no miro para nadie– que decide primero que los acusados son culpables y luego dedica meses y meses a encontrar de qué delitos y cómo puede dar apariencias de legalidad a su decisión previa.
            Siento contradecir a Huxley, pero yo creo que el hambre y la sed de justicia son tan escasos como el hambre y la sed de racionalidad. Me temo que la justicia y la racionalidad a la mayoría solo nos interesan cuando nos convienen.


Jueves, 10 de octubre
LAS PRUEBAS DEL DELITO

Quedo en el Rialto con José Luna Borge y Antonio Manilla, que han venido desde León para escuchar a Miguel d’Ors en la cátedra Ángel González. Al ir a entrar, aparece en la puerta Luna Borge. “Está con nosotros Miguel, no sé si te apetecerá pasar”, “Mejor me voy, no quiero que me ponga mala cara como la directora de la cátedra cada vez que me da por asistir a alguna conferencia”, “No, si él no tiene ningún inconveniente en verte”. “Pues yo tampoco”.
            Le encuentro más delgado, más frágil, con una tenue vocecita. La verdad es que siento un poco de mala conciencia por haber enfadado a uno de los poetas que he admirado desde siempre, desde que leí sus versos en la revista Poesía española, allá por 1973 o 1974. Y me deprime pensar que a mí, para ser como él, un anciano venerable, ya solo me falta ser venerable.
            Se enemistó conmigo por no sé que ofensa que le hice hace no sé cuántos años. Yo ni la recuerdo, pero él la recuerda muy bien. Me ha perdonado (por imperativo cristiano), pero no ha olvidado. Cuando salimos del café, vuelve a recordarme aquel pasaje de uno de mis diarios que muestra “una miseria moral casi insuperable”.
            ––De mí puedes decir lo que quieres, incluso ese chistecito que corre por ahí, que Aquilino Duque y yo somos poetas con vox propia, pero por qué tuviste que meterte con mi mujer y mis hijos, ¿qué te han hecho ellos?
            Luego, al llegar a casa después de la lectura (apenas se oyeron sus poemas, debería haberlos leído Javier Almuzara), en la que me aludió varias veces (me costó no entrar al trapo en el coloquio, pero he aprendido a resistir la tentación), decidí buscar el tomo de mi diario en que había cometido aquella terrible ofensa que tardó veinte años en perdonarme (y eso solo por imperativo legal).
            Me costó encontrarla, pero di con ella. Está en Fuego amigo, en la anotación del 26 de febrero del 2000. Me cuenta d’Ors que se ha separado, me pregunta cómo me las arreglo para vivir solo: “Y yo pienso en sus poemas, tan entrañablemente familiares, tan llenos de cantos a la santa esposa y la bíblica multiplicación de los panes, los hijos y los peces, y siento, no sé por qué, una extraña congoja. La vida a veces no nos muestra su rostro más amable. Debería darle ánimos y un abrazo, pero he perdido la costumbre”.


Viernes, 11 de octubre
EL DELITO MAYOR

“Porque el delito mayor / del hombre es haber nacido”. Del hombre y de la mujer: haber nacido libres –“libre nací y en libertad me fundo”– y querer seguir siéndolo.