domingo, 10 de febrero de 2019

Revelación de secretos: Nuevas técnicas del golpe de Estado





Sábado, 2 de febrero
MEJOR PINOCHET

“Como dijo Alfonso Guerra, prefiero una dictadura con orden en las calles y prosperidad económica, como el Chile de Pinochet o la Arabia del Príncipe Mohammed, a una democracia caótica y en quiebra económica como la Venezuela de Maduro o la República española”, le escucho decir a alguien que habla por teléfono a mi lado en el autobús.
            Tengo que contenerme para no interrumpirle gritando que Alfonso Guerra no ha dicho exactamente eso, que lo que ha dicho es... Pero pensándolo un poco empiezan a entrarme dudas de que no haya sido precisamente eso lo que ha querido decir.


Domingo, 3 de febrero
EL DESCONOCIDO DE NÁPOLES

Yo también, como toda la gente, a veces tengo ganas de huir de este mundo y refugiarme en otro que no ha existido nunca. Al igual que a los niños asustados, para espantar el miedo me cuento historias.
            Recuerdo, por ejemplo, cuando una amiga que daba clases en la Universidad de Nápoles me prestó su apartamento durante un mes de verano que ella pasaría viajando por España. Estaba en el Vomero, muy cerca de la parada del funicular, y desde una de sus ventanas se veía Posilippo y la bahía y las islas de Isquia y Procida.
            Una noche oí voces y ruidos en el piso de abajo, como si se estuviera produciendo una pelea. Luego un estampido, de un disparo o de una puerta que se cierra de golpe o de una moto en la calle. No me atreví a asomarme al descansillo, ni siquiera a atisbar por la mirilla de la puerta. Aquel era un barrio tranquilo, o eso creía yo, pero toda la leyenda tenebrosa de la ciudad se me vino encima y me acurruqué en la cama, entre las sábanas, temeroso de que la policía llamara a mi puerta a preguntarme si había visto algo.
            Pero no vino la policía ni volvió a oírse un ruido en toda la noche. Tardé en dormirme y, cuando me levanté, ya tarde, lucía un azul espléndido. Desayuné reposadamente en una terraza al aire libre y luego bajé por retorcidas calles en cuesta y escaleras hasta el puerto de Mergellina. Por allí cerca estaban las tumbas de Virgilio y de Leopardi.
            Caminaba sin prisa, no tenía nada que hacer, no me importaba perderme, la temperatura era primaveral a pesar de que estábamos en pleno verano. Me detuve, en via Caracciolo, a leer una placa que informaba que Ramón Gómez de la Serna había vivido allí. Seguramente con Carmen de Burgos, pensé yo. Qué extraña pareja. Entonces un hombre con sombrero, como de película americana de los años cuarenta, se detuvo a mi lado y, tras saludarme amablemente, dijo:
            ––Creo que tiene usted algo para mí.
            Le miré extrañado. Hablaba en español, no en italiano.
            ––Debe de haberse confundido, señor.
            ––¿No es usted José Luis García Martín? ¿No vive en casa de la profesora… (y dijo el nombre de la profesora que me había prestado el apartamento y que yo prefiero no repetir aquí).
            ––En efecto. Pero ¿quién es usted?
            ––Mi nombre no importa. ¿Me permite?
            Cogió los dos libros que yo llevaba en la mano (siempre salgo de casa con algún libro) y, sonriente, como jugando, buscó entre sus páginas. Encontró un folio doblado que yo no recordaba que estuviera allí (los libros los había comprado en la librería Feltrinelli de Piazza dei Martiri).
            ––¿Ve cómo sí tenía algo para mí?
            Luego se llevó la mano al sombrero en un gesto de saludo y desapareció antes de que yo pudiera salir de mi asombro, como se decía en las viejas novelas de aventuras.  


Lunes, 4 de febrero
ANTE EL CAMPOAMOR

Cuando voy hacia el Vetusta a tomar mi café con libros de la tarde, me encuentro con Inés Illán, que fue mi profesora de latín hace medio siglo y que sigue tan subversiva como entonces. Me cuenta que ante el Campoamor, a las siete y media, hay una concentración en apoyo a Venezuela.
            ––¿Has visto qué vergüenza? Pedro Sánchez se ha puesto a la cola de Trump y al frente de los países europeos que apoyan a los golpistas.
            Me uno a ella, sabiendo que los defensores de la legalidad y el derecho internacional seremos cuatro gatos, bastantes menos que cuando la guerra de Irak. En estos años, las técnicas del lavado de cerebro han avanzado mucho. Si desde todas partes nos informan de que lo blanco es negro y lo negro blanco, a ver quién es el guapo que se atreve a decir lo contrario.
            Atreverse hay muchos que se atreven, no soy por supuesto el único, pero se los arrincona lejos del altavoz.
            ¿Y por qué voy a tener yo la razón y no gente tan lista como Vargas Llosa, González o Cebrián?, me pregunto a mí mismo haciendo, un poco tramposamente, de abogado del diablo. Y digo tramposamente porque esos tres tipos serán muy listos, pero intelectualmente yo los valoro más bien poco, cada vez menos. Sus argumentos los desmontaría un niño.  Se resumen a que la legalidad hay que respetarla en España (y por eso tenemos políticos que, por su actividad política “ilegal”, están en la cárcel o “huidos”), pero no en Venezuela.
            Pero no voy a hablar del asunto, una causa perdida.
Todos los representantes de la nueva política, quienes sucedieron a los cómplices del juancarlismo, me han ido defraudando. Tendré que decir como San Francisco de Borja: “Nunca más serviré a señor que se puede morir”. Aunque yo siempre he estado al servicio de algo, nunca de alguien (Cela decía lo mismo, pero él nunca estuvo al servicio de nada que no fuera su mayor gloria).
            Ni sé que se puede hacer cuando el problema no son los gobernantes, sino los gobernados. Execrar al gobierno de Venezuela, da votos, pero no solo a las derechas, sino también a buena parte de la izquierda. Y de Cataluña, ni hablo.
            Habrá qué resignarse y citar Espronceda: “Truéquese en risa mi dolor profundo. / ¿Que haya un golpe más qué importa al mundo?”


Martes, 5 de febrero
ALGO ES ALGO

Si nadie te odia, es que no eres nadie. Y como yo no soy nadie en la Universidad y no he competido nunca por ningún puesto ni hago sombra a nadie, pues nunca me ocurrirá lo que a López Otín.
            O eso creía. El pasado jueves, a ir a entrar en clase, veo que la profesora anterior sigue sentada en la mesa atendiendo a una alumna. Me quedo esperando fuera. Pasan cinco minutos. Me asomo de nuevo a la puerta abierta. Está con otra alumna. Cinco minutos más y comienzo a extrañarme. ¿Me habré equivocado de aula? No, ahí están mis alumnos, que me miran tan extrañados como yo. Por fin se levanta, recoge muy lentamente sus cosas. Cuando parece que va a salir, vuelve a por el paraguas, que tarda un rato en encontrar. Sale y yo pongo buena cara para sonreír y responder “no importa” cuando pida disculpas por la tardanza. Pero no dice nada, no saluda, solo se limita a mirarme con desdeñoso gesto de Gorgona. A punto estuve de convertirme en piedra.
            ¿Cuánto tiempo me había tenido fuera esperando? ¿Media hora? Eso me pareció a mí, pero como soy tan impaciente y tan puntual a lo mejor no fue tanto, solo veintiocho o veintinueve minutos (o quizá solo ocho o nueve).
            Al ir a firmar, vi el nombre de la profesora y se aclaró el enigma. Era Araceli Iravedra, autora de numerosos estudios sobre la poesía española actual, minuciosamente documentados, y directora de la cátedra Ángel González. Supe entonces cuál era mi delito: he reseñado alguno de sus libros y, entre vagos elogios, he insinuado que sus cientos y cientos de páginas sobre docenas y docenas de poetas de hoy –buenos, malos y peores– podían haber sido escritas sin leer ninguno de sus poemas. Nada nuevo en la literatura académica.
            Me gustaría acercarme a ella y decirle: “Tampoco es para tanto, mujer. A fin de cuentas yo escribo en periódicos, no en revistas indexadas. Es más elegante desdeñarme, no soy ningún obstáculo a la hora de los sexenios y la financiación pública de tales acríticos recuentos”.
            Como no soy precisamente el admirable López Otín, nadie va a pasar años y años maquinando la manera de destruirme. Pero tampoco es que no sea nadie. Tengo, al menos, una colega que me detesta. Algo es algo.


Miércoles, 6 de febrero
PLANTEAMIENTOS SIN DESENLACE

Aunque admire a mucha gente, de no ser quien soy solo hay dos personas que me habría gustado ser: una es Sheldon Cooper, la otra Sherlock Holmes.
            Leo ahora, alternando una con otra, dos aventuras apócrifas del detective inglés. Una la firma Bonnie Macbird, que ha sido guionista en Hollywood; la otra, Carlos Pujol, el admirado traductor y ensayista (y también poeta y novelista).
            En ninguna de las dos está bien recogida la magia del personaje, pero se acerca más a ella Bonnie Macbird, que en su truculento –whisky, fantasmas y cabezas cortadas–  Espíritus inquietos no aspira más que a conseguir un solvente producto de consumo (yo lo leí imaginándome la película) que el benemérito Carlos Pujol y sus misterios de Barcelona. Comienza bien: “Baker Street está muy lejos del río, pero a veces, en las noches de verano, a altas horas de la madrugada se oyen sirenas de barcos. Es un sonido gemebundo, como si alguien pidiese socorro en medio de la oscuridad”.
            En el epílogo a Los secretos de San Gervasio, la aventura barcelonesa de Sherlock Holmes recién reeditada, escribe Pujol: “En una novela policíaca, lo mejor es siempre el planteamiento;  la novela policíaca ideal no debería tener desenlace, que siempre decepciona”.
            Por eso yo ahora, cuando vuelvo al Holmes original, releo solo los primeros capítulos de sus novelas o los primeros párrafos de los relatos. El resto prefiero imaginármelo.
            Y de la aventura napolitana contar solo el intrigante comienzo, no el decepcionante final.


Jueves, 7 de febrero
ENTRE LO MALO Y LO PEOR

El gran dilema del político: ¿qué hacer cuando hacer lo que debe hacer le resta votos?
            ¿Qué haría yo –me pregunto– si tuviera que presentarme a las próximas elecciones? ¿Diría lo que pienso sobre los “demócratas” venezolanos o sobre de qué lado están la democracia y los derechos humanos en el conflicto catalán?
            Me lo callaría, naturalmente, como aconseja Maquiavelo.



Viernes, 8 de febrero
EN EL PECADO, LA PENITENCIA

“Ya sé que te ha defraudado Pedro Sánchez, como a otros (aunque no a tantos como a ti te gustaría), por su postura sobre Venezuela, pero no te preocupes que en el pecado lleva al penitencia. Ya verás cómo, en cuanto se descuide, el triunvirato le aplica la doctrina Guaidó y saca la España ‘constitucionalista’ a la calle y uno de ellos se autoproclama presidente interino y Trump y Bolsonaro le reconocen de inmediato. Y no sé si lo harán con el aplauso de González, pero seguro que sí con el de Alfonso Guerra”.



sábado, 2 de febrero de 2019

Revelación de secretos: Cinco mil ratones



Viernes, 25 de enero
REALISMO SUCIO

Nada interesa más a la audiencia, como bien saben los directivos de Telecinco, que las peripecias escabrosamente sentimentales de los demás.
            Hoy acapara la tertulia un poema de Facebook en el que una poeta enumera, sin perdonar detalle, las razones que ha tenido para echar de casa a su pareja, también poeta y buen amigo de todos nosotros. Como no es la primera ruptura escandalosa que ha protagonizado, todos tenemos muchas cosas que contar.
            ––¿Y esto es una tertulia literaria?, protesta Alicia Pertierra. ¡Parece más bien un programa de Sábado Deluxe con García Martín haciendo de Jorge Javier Vázquez!
            La verdad es que el poema se las trae: “Estás podrido. / Estás sucio. / Apestas el mundo. / No tengo suficiente lejía / para retirar esa mugre / de mi casa”.
            ––A esto llevan las redes sociales. A que ya no haya intimidad. Por eso yo, como Silvia, me niego a estar en Facebook, dice Almuzara.
            ––Qué culpa tendrá Facebook. Airear los trapos sucios para diversión del personal es decisión de cada uno. Hay desahogos que se pagan con el precio del ridículo.
            Será decisión de cada uno, pero lo elegante, cuando algún conocido mete tan estrepitosa y tan públicamente la pata, es mirar para otro lado, no hozar con recochineo en el tema, que es lo que hacemos nosotros. Vuelvo a casa con mala conciencia.


Sábado, 26 de enero
ECKERMANN EN VELINTONIA

La literatura, cuando no es grande, envejece antes que los alrededores de la literatura. Me aburren, desde hace tiempo, los poemas de Aleixandre, que me fascinaron cuando era joven, pero vuelvo a hojear los Cuadernos de Velintonia, de José Luis Cano, y paso un rato muy entretenido con la chismografía de la época. Recuerdo que, cuando los leí por primera vez, me indignaron la insistencia del poeta en dejar constancia de sus presuntos escarceos eróticos y su silencio sobre la verdadera historia de su corazón, que luego se ocuparían de airear Molina Foix y Ruth Bousoño.
            El tiempo, que tan cruel se muestra con la escritura que pretende permanecer al margen del tiempo, enriquece la que está ligada a nuestra pequeña historia. “Me habla Vicente con mucho entusiasmo de Alejandro Duque Amusco, poeta sevillano de veinte años a quien ha conocido hace algunos días, aunque ya habían cruzado alguna carta el pasado verano. Estudia Farmacia en Granada y es un apasionado de la poesía aleixandrina, sobre todo de La destrucción o el amor. Fue a verle el último verano a Miraflores para conocerle”.
            Tantos años después, Alejandro Duque Amusco publica en el número de Clarín ahora en imprenta un enésimo estudio de la poesía de Aleixandre. Me emociona esa fidelidad. Recuerdo que le encontré un día en Madrid, a principios de los ochenta. Charlábamos tranquilamente de esto y de aquello (yo había reseñado su primer libro) cuando de pronto miró el reloj y se levantó de un salto. “He quedado con Vicente a las seis –me dijo– y no puedo llegar tarde. Ya sabes cómo es Vicente. Tiene programadas las visitas como un médico o un dentista. Te retrasas cinco minutos y pierdes la vez, hace pasar al siguiente”.
            Me divierten las intrigas de estos años en torno a la Academia y las rencillas entre poetas. Gil de Biedma sale especialmente malparado. También Luis Cernuda, presentado como rencoroso y mala persona. “Recuerdo que una vez en mi casa, Luis cogió de la biblioteca el ejemplar, dedicado por él a Salinas, de su primer libro Perfil del aire y tachó la dedicatoria impresa poniendo encima la palabra merde. Me indignó aquel gesto de Luis, aparte de estropearme el ejemplar”.
            ¿Estropear el ejemplar? En una subasta como la reciente de Durán esa simple palabra manuscrita habría aumentado en mucho su valor.
            José Luis Cano quiso ser el Eckermann del Goethe de Velintonia. Subrayo algunas frases: “Me asombra que hombres tan inteligentes como Laín, Aranguren y Marías crean en un Dios providente y todopoderoso, compatible con la tremenda crueldad de la existencia y el azar injusto que rige el mundo”, afirma Aleixandre. Y Cano responde: “Quizá Dios prefirió suicidarse antes de hacerse cargo de un mundo que había creado en un momento de irresponsabilidad”.


Domingo, 27 de enero
HAIKUS DE INVIERNO

Los dos muy solos, / ancho y ajeno el mundo / en torno nuestro.
            Ya no recuerdo / si alguna vez te quise /ni si te quiero.
            Ni Dios lo sabe. / ¿Hizo bien o hizo mal / cuando hizo el mundo?
            La lluvia insiste / tras la puerta de casa, / muerta de frío.


Lunes, 28 de enero,
ME ENTERO DE TODO

Soy un hipócrita. Mucha mala conciencia por andar chismorreando en la tertulia con las morbosas desventuras sentimentales de un amigo, aireadas en las redes sociales, y hoy llamo a Xuan Bello, que seguro que está al tanto de todo, para enterarme de los detalles. Es como The Dreamers, la pelicula de Bertolucci, que a mí me gustó tanto cuando la vi por primera vez, pero sin Cinémathèque, sin correrías por el Louvre, sin americanos en París.
            Las fantasías eróticas, cuando dejan de ser fantasías, a menudo dejan también de tener gracia.


Martes, 29 de enero
MI BIBLIOTECA

Mi biblioteca, como mi calle o la ciudad en que vivo, solo muy parcialmente es de mi propiedad. Mi biblioteca no son solo esos pocos miles de libros que llenan mi casa, disciplinados alfabéticamente en algunas habitaciones o amontonándose sin orden en cualquier rincón.
            Mi primera biblioteca, la mítica Biblioteca de Alejandría en mi memoria, fue la biblioteca Bances Candamo de Avilés. Por aquel entonces, hablo de 1963 o 1964, había que pedir los libros en préstamo rellenando una ficha y a través de la ventanilla. Solo se podía sacar uno al día y yo dejaba para los fines de semana los libros más extensos y recuerdo bien la angustia de los largos puentes o el cierre durante la Semana Santa.
            En casa no había más libros que los que yo podía comprar con mis pocos ahorros. Qué emoción cuando me dejaron pasar por primera vez al depósito de libros. Allí, en una estantería, estaba todo Galdós: comencé por una punta y acabé por la otra. Mis primeras lecturas literarias fueron los autores del 98, los narradores del XIX y los poetas del 27.
            Nunca he sido un coleccionista de libros, nunca me han interesado las primeras ediciones si había una segunda, tercera o cuarta más accesible y mejor. Detesto las ediciones de bibliófilo, los ilegibles libros antiguos que hay que hojear con guantes y, muy especialmente, los caros libros de artista.
            Los libros, para mí, son una máquina de leer, la más eficaz que se haya inventado nunca. Más que los libros, solo un continente, me interesan las obras que contienen. Prefiero leer en papel, sobre todo la lectura placentera, y si es poesía leer fuera de casa, en una de mis cafeterías habituales.
            Vaya donde vaya llevo mi biblioteca conmigo, aunque no lleve ningún libro. Llamo mi biblioteca a los lugares en que puedo encontrar libros de mi gusto y a los rincones en que puedo sentarme tranquilamente a leerlos.
            Mi biblioteca italiana, mi casa en Italia, por citar un ejemplo, son las librerías Feltrinelli, la de Torre Argentina en Roma, la del corso Cavour en Palermo, la de Piazza dei Martiri, en Nápoles, con sus cafeterías donde leer sin prisa la obra que acabo de encontrar en uno de sus estantes. ¿Y no es mi casa, uno de los mejores rincones de mi biblioteca, aquella mesa de la cafetería de Barnes & Noble que da sobre la arboleda de Union Square?
            A dos pasos de mi calle Murillo, tengo la biblioteca del Campus del Milán, donde trabajo. A menudo necesito un libro que sé que tengo, pero que no está en su sitio, así que en lugar de perder tiempo buscándolo paso por la biblioteca universitaria y me lo entregan a los pocos minutos. ¿Cómo no la voy a considerar mi biblioteca?
            Todos los días necesito hojear libros nuevos. Unos me los trae el correo a domicilio, otros a la redacción de la revista que dirijo, pero donde encuentro los más interesantes es en la mesa de novedades de la librería Cervantes, al lado mismo de uno de mis rincones de lectura favorito, la cafetería Los Porches, en el centro comercial de Las Salesas.
            Nunca entendí la queja de quienes se lamentan de los muchos libros que se publican y que ni en varias vidas tendrán ocasión de leer. A mí esa queja me resulta tan incomprensible como la de quien, en el bien surtido mercado de cualquier ciudad, se lamenta de las muchas cosas que no tendrá ocasión de comer.
            Como vengo de un tiempo de escasez, la abundancia de la oferta siempre me llena de felicidad. Cada día necesito hojear al menos media docena de libros, nuevos o viejos (pero nuevos para mí), entre los que encontrar el que voy a leer ese día. A menudo por la mañana no sé el libro que leeré por la tarde, aún no ha llegado a mis manos.      
            Como lector, voy de sorpresa en sorpresa. Y estoy lleno de gratitud por las docenas y docenas de profesionales –editores, libreros, bibliotecarios– que trabajan incansables para que el caprichoso e insaciable lector que yo soy siempre que entra en una librería o en una biblioteca encuentre un motivo de felicidad.
           

Miércoles, 30 de enero
CON LA PIEDRA EN LA MANO

Una inexplicable infección vírica en el Bioterio de la Universidad de Oviedo obligó a sacrificio inmediato de cinco mil ratones, modificados genéticamente a lo largo de más de veinte años. Eran la base de las investigaciones de Carlos López Otín sobre el cáncer.
            Coincide ese hecho con una campaña anónima de desprestigio del científico, el más reconocido internacionalmente, de quien se hablaba como próximo premio Nobel.
            La retirada de varios artículos científicos de la revista Journal of Biological Chamistry, al parecer por pequeños problemas formales, es el golpe final. López Otín pide la baja –la primera en toda su vida laboral– y se aleja de Oviedo. Hasta este momento era el investigador más premiado y apreciado de esta Universidad. Cada poco, la prensa informaba de sus nuevos éxitos. Mala cosa. Ya Cernuda habló de “la furia de hombre ibero / que acecha lo cimero / con la piedra en la mano”.
            Si esto fuera una novela negra, López Otín contrataría a un detective para que averiguara quién o quiénes le han puesto en el punto de mira. Alguien de su entorno científico más cercano, seguramente; quizá alguien con quien tomaba café todas las mañanas.