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miércoles, 8 de abril de 2009

Café con libros: Estampas de Italia

MARTIN.— Italia es un país y un género literario. Todo el mundo ha pasado por allí, todo el mundo lo ha contado. Durante siglos fue el último curso en la formación de un caballero. El Grand Tour, el viaje formativo que señalaba el fin de la adolescencia, en Italia tenía sus principales etapas.

ÁNGEL.— Eran otros tiempos. Los viajes que antes duraban tres meses, ahora duran tres días. Poco provecho se puede sacar de ello.

ALMUZARA.— Tres días dan para mucho. Uno, por ejemplo, para Pisa, donde el avión te deja a unos minutos en tren del centro. En el Campo dei Miracoli están las cuatro maravillas que todo el mundo conoce, rodeadas siempre de una multitud que hace gestos raros para fotografiarse sosteniendo la torre.


MARTIN.— Siempre, no. Pisa es una ciudad con mucho turismo de paso. A dormir se queda menos gente. Pasear por los alrededores de la catedral solitaria, si uno madruga un poco, es fácil. También ya anochecido, cuando solo la luna nos acompaña. Pisa es una ciudad provinciana, llena de estudiantes y encanto antiguo. A mí me gusta cruzar el Ponte di Mezzo, recorrer el Borgo Stretto, con su doble hilera de soportales, la plaza que tanto recuerda al Fontán y que de noche se llena de bullicio. También leer en el Cafè dell’Ussero, que ya frecuentó Leopardi. Y visitar mis dos librerías favoritas, la Feltrinelli del corso Italia, con su patio arbolado, y la que está entre el Arno y la universidad. Abre hasta altas horas de la noche. En ella puedes encontrar una fotobiografía de Pirandello o Pavese por tres euros.

ALMUZARA.— O una antología de los poetas ingleses de la primera guerra mundial por un euro.

CATERINA.— El segundo día, Florencia. Parece imposible reducir Firenze a un día.
Yo he pasado un mes y aún no la he agotado.


ALMUZARA.— Pero ¡cuántas maravillas caben en un día! Puedes comenzar subiendo a la cúpula del Duomo, que abre temprano. Son muchos y empinados escalones, pero vale la pena. Admiras de cerca los frescos de Vasari, ves toda la ciudad en torno tuyo, señalas los lugares que has de visitar. Ahí cerca, San Lorenzo, con la magia geométrica de Brunelleschi y la capilla de Miguel Ángel.

MARTIN.— Y no olvides el “Martirio de San Lorenzo”, del Bronzino, que a mí me gusta tanto. El santo, tan elegantemente recostado en la parrilla, podía servir para un anuncio de Dolce & Gabbana.

ALMUZARA.— Un poco más allá está el convento de San Marcos. Qué placidez irlo recorriendo celda tras celda, con su pequeña ventana a este mundo y el fresco de Fray Angélico que nos muestra otro mundo. Y muy cerca, todo está cerca en Florencia, la plaza de la Santissima Annunziata. Y allá, delante de la estación, Santa María Novella, que ahora cubre su rostro albertiano con un velo.

CATERINA.— En un día casi ni tienes tiempo para enumerar la maravillas de Florencia.


ALMUZARA.— Por la tarde, la Piazza de la Signoria, con un saludo especial para el David y el Perseo, y la sorpresa de una exposición de Dino Campana, el raro poeta de los Cantos órficos, que yo no sabía que fuera también un pintor fantasioso y alucinado.

MARTÍN.— Al frente de la exposición, en grandes letras, había una frase suya: “Essere un grande artista non significa nulla: essere un puro artista ecco ciò che importa”. En el cuaderno que recoge las impresiones de los visitantes, yo escribí: “Ya sé que ser un gran artista no significa nada, pero yo, modestamente, me conformo con eso”.

ALMUZARA.— Luego el Arno, el ponte Vecchio, las soledades del Giardino di Boboli y el museo de las porcelanas donde cada pieza era como un galante poema rococó... Y para concluir un concierto en Santa Maria dei Ricci, con el contratenor Marco Pupo cantando a Pergolesi y a Purcell: “If music be the food of love”.


CATERINA.— El contratenor era un espectáculo en sí mismo, con su musculatura de ginnasio, su camiseta negra, sus tatuajes, su cu... , su curiosa manera de moverse delante del órgano.

ÁNGEL.— Vale, vale, aceptamos Pupo como animal de compañía.

ALMUZARA.— Y la cena en Le Giubbe Rosse de la Piazza della Reppublica, donde tenían tertulia Guillén y Montale, amenizada por músicos callejeros y un falso Charlot.

MARTIN.— El tercer día es para Perugia. Carlos Dickens la vio “fortalecida por la naturaleza y por el arte, situada en un promontorio que se alza abruptamente en la llanura, donde las montañas de color púrpura se funden con el cielo lejano”. Yo no puedo olvidar el verano que pasé en Perugia, hace un cuarto de siglo. La ciudad sigue siendo para mí un enigma y una caja de sorpresas. Siempre que vuelvo descubro algo nuevo, a veces una iglesia, a veces un barrio entero. Nunca dejo de maravillarme cuando salgo de la estación y no la veo por ninguna parte. Si está situada en lo alto, ¿por qué no asoma sobre las casas de la ciudad nueva? El autobús da vueltas y más vueltas antes de llegar a ella. Ese autobús es como el tren que lleva al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, te deja en un lugar fuera del mundo, sometido a otras leyes.

ALMUZARA.— Para mí Perugia esta vez es un demorado helado en el corso Vanucci y la perspectiva desde Porta Sole. Recordaba allí los versos de la Divina Comedia: “onde Perugia sente freddo y caldo / da Porta Sole”.


CATERINA.— ¡Qué maravilla Dante! Yo lo he recordado muchas veces en Florencia: “la boca mi baciò tutto tremante”.

MARCOS.— A Dante se le cita más que se le lee. La verdad es que resulta difícil tragarse entera la Divina Comedia, difícil en el original y casi más difícil en la traducción de Ángel Crespo. Una buena manera de acercarse a ella es la selección que ha preparado Luis Martínez de Merlo en la editorial Anaya. Traduce de manera admirable los mejores pasajes y resume los otros de manera que no se pierda el hilo. Lo peor es el tono falsamente pedagógico que quiere dar a sus explicaciones.

MARTIN.— En Pisa, en la plaza de los Caballeros, está la torre en que encerraron al conde Ugolino y a sus hijos hasta dejarlos morir de hambre. El propio conde le cuenta a Dante la historia. Primero tienen un sueño premonitorio, luego oyen clavar la puerta de entrada: “Yo no lloraba, tan de piedra era; / lloraban ellos, y el más niño dijo: / Cómo nos miras, padre, ¿qué te ocurre? / Pero yo no lloré ni respondí / en todo el día ni al llegar la noche, / hasta que un sol salía nuevo al mundo. / Como un pequeño rayo penetrase / en la penosa cárcel, y mirara / en cuatro rostros mi apariencia misma, / de pena mis dos manos me mordía; / e imaginando que de comer yo / ganas tenía, se alzaron bruscamente / diciendo: Padre, menos nos doliera / si de nosotros comes; quítanos / la carne de la cual nos has vestido”.


ALMUZARA.— A mí lo que más me fascinó de Pisa fue el cementerio. Como Dickens escribe en sus Estampas de Italia creo que “ni la memoria más embotada podría olvidar nunca el claustro y los juegos de luces y sombras que caen en su pavimento de piedra a través de la delicada tracería”. Ni los frescos de “El triunfo de la muerte”.

CATERINA.— Lo que queda de ellos tras las bombas del 27 de julio de 1944.

MARTÍN.— Lo curioso es que la destrucción permitió sacar a luz un tesoro escondido, las llamadas Sinopias, los dibujos originales que no se hacían sobre papel, sino directamente sobre el enlucido del muro con un pigmento rojo que venía de la ciudad de Sínope. Dibujaban los maestros mientras que el color a menudo lo aplicaban discípulos. De ahí que esos apuntes preparatorios tengan más calidad que los propios frescos.

ALMUZARA.— Tres días, amigo Ángel, dan para mucho, permiten incluso comenzar un soneto: “En una porcelana minuciosa / figurada una fragua se veía. / Un corazón al rojo vivo había...”

miércoles, 25 de marzo de 2009

Café con libros: Carretera y manta

MARCOS.— ¿Dónde escribió Pessoa que el mundo es más hondo que extenso? Antes lo citabas mucho, cuando decías que no te gustaba viajar.

MARTÍN.— Pessoa creía que los viajes eran para gente sin imaginación. A mí lo que me gusta no es ya no salir de casa, sino no salir de mi biblioteca. Lo que pasa es que, cuando uno crece, la casa y la biblioteca se van haciendo más grandes. Pero la naturaleza me dice poco. Del gran libro del mundo prefiero las páginas que han sido escritas por el hombre.

ALMUZARA.— Unamuno decía que viajar en tren o en coche no es propiamente viajar, que quien no es capaz de soportar “unas horas de diligencia, de carro, a caballo, en burro o a pie” nunca podrá conocer el mundo.


MARTÍN.— A Unamuno lo he tenido como guía constante en este último viaje que he hecho por los estantes de mi biblioteca. Comenzó en Urueña, una villa medieval encaramada sobre un cerro en la paramera castellana. Encerrada entre sus murallas, está llena de tesoros: libros, música y silencio. En la más antigua de sus librerías, Alcaraván, compré, como no podía ser de otra manera, un libro sobre libros de Anne Fadiman, y Carretera y manta, de Manuel Vicente González, un viaje por rincones perdidos de la frontera entre Badajoz y el Alentejo como los que le gustaban a Unamuno.

HERME.— Ex Libris, de Anne Fadiman, no es ninguna novedad. Yo lo leí hace tiempo. Se titula “Confesiones de una lectora” y me pareció fascinante. Los libros que hemos leído forman parte de nuestra biografía, los volúmenes concretos, con su olor y su color, y el lugar en que los leímos. Hay a quien no le gustan los libros viejos, los libros usados, a mí me encantan. El nombre de un antiguo poseedor, sus anotaciones en los márgenes, una postal o un billete de tranvía que se dejó olvidado entre sus páginas para mí constituyen auténticos tesoros. Le añaden otra historia, que yo puedo soñar a mi manera, a la historia que cuenta el libro.

ALFONSO.— Tampoco es novedad Carretera y manta. Yo también, cuando vivía en Madrid, una semana que tuve libre quise imitar esas andanzas por ventas y castillos al margen del tiempo. Pero me cansé pronto. Fui tan poco aventurero que solo llegué hasta Elvas. Al lado mismo de Badajoz, está siempre llena de turistas de paso, pero no importa. Españoles y portugueses se mueven a ritmos distintos, son como dos mundos que no acaban de mezclarse del todo. Subí al castillo, paseé por sus estrechas calles, me senté a tomar un café en la plaza de la República, dejé pasar tranquilamente las horas y decidí que allí acababa mi viaje. Busqué un hotel con ventanas que daban a la misma plaza y me quedé la semana entera. Fue, claro, antes de que naciera Ernesto.

MARTÍN.— Demasiada tranquilidad para mi gusto. Yo estuve unas horas en Urueña, paseé por sus calles acompañado del fresco viento, subí a la muralla, me emborraché de monotonía y tome el camino de Arévalo, de Peñaranda de Bracamonte, de Madrigal de las Altas Torres, de esos nombres que resuenan en la historia que aprendimos de niño y que parecen hechos solo de ensoñación y literatura.


HERME.— Me han contado que en Arévalo se comen los mejores cochinillos.

MARTÍN.— De Arévalo me gustaron sus plazas y sus soportales. La plaza del Real, con un verde quiosco modernista y un busto de Eulogio Florentino Sanz, la plaza de la Villa, la más hermosa, con las dos torres de San Martín y el ábside mudéjar de Santa María la Mayor, y el recuerdo de quienes se pasearon por sus calles en el revuelto siglo XV: el desdichado Enrique de Trastámara, la ambiciosa y usurpadora princesa Isabel, el rey sin reino Alfonso XII... En el cercano Madrigal de las Altas Torres, un pueblo que lo único bonito que tiene es el nombre, hay un monumento a Isabel la Católica, que allí nació, donde se la considera “fundadora de España”.

ALMUZARA.— El nacionalismo, cualquier nacionalismo, necesita de mitos y de cuentos. El azar de la historia hizo lo que llamamos España, el azar de la historia la hace y la rehace continuamente. Y el mundo ni se enturbia ni se acaba.

HERME.— Mejor no entrar en política. Con la historia en la mano se puede probar cualquier cosa. Los hombres hacen lo que más les conviene, las sociedades se unen o se desunen, y luego buscan justificaciones en la historia.

MARTÍN.— Nunca había estado en Yuste. Es un hermoso lugar, ciertamente. Pero un lugar remoto, perdido, de difícil acceso hasta casi ayer mismo. ¿Qué llevó al emperador a morir allí? A la entrada del palacio, que no es tal, sino unas pocas habitaciones adosadas al monasterio, en las que lo único hermoso es la vista, hay una copia de “La vida retirada”, de Fray Luis de León. Pero ¿no tenía otros lugares Carlos V para huir del mundanal ruido que aquel perdido lugarejo que no conocía y al que se tardaba en llegar, desde Laredo, donde desembarcó tras su abdicación, casi dos meses? Y encima, cuando se acercaba, le avisaron que aún no estaban listas sus habitaciones, y tuvo que quedarse largo tiempo a la espera en el palacio de los condes de Oropesa, en Jarandilla.

ALFONSO.— Quizá su retiro fue, en realidad, un destierro ordenado por su hijo, el cauteloso Felipe II. En aquella familia de usurpadores nadie se fiaba de nadie. La bisabuela, Isabel la Católica, le había robado el trono a su sobrina, la Beltraneja; a la abuela, Juana I de Castilla, le había quitado el trono su propio hijo, el emperador Carlos (y como a los disidentes soviéticos la había recluido en un psiquiátrico). Felipe II, que mandó matar a su propio hijo, el príncipe don Carlos, no se fiaba demasiado de la abdicación de su padre. Por eso le mandó lejos y a un lugar insalubre, para que muriera pronto. Pero aún tuvo tiempo de reconocer a otro hijo, don Juan de Austria, del que Felipe II siempre tuvo celos.


MARCOS.— Qué imaginación.

ALFONSO.— Hay que tener en cuenta además que Carlos V no murió de gota, que era de lo que estaba enfermo, sino de paludismo, una enfermedad endémica en la zona. No desapareció hasta bien entrado el siglo XX.


MARTÍN.— Toda aquella zona de la Vera es, como decía Unamuno, “una delicia de fresco verdor”. Qué transparente el agua de las gargantas rocosas que bajan de la alta sierra... Pero lo que más me impresionó de aquel lugar en que la naturaleza y la historia caminan de la mano fue el cementerio alemán de Cuacos, en la bajada del monasterio. Allí están enterrados soldados alemanes que murieron en la primera y en la segunda guerra mundial. Sobre la planicie rodeada de olivos se alza la simetría de las cruces, todas iguales, todas con un nombre y una fecha. Muchos de esos soldados fueron nazis, pero ya no importa. Algunos quizá fueran verdugos, pero de lo que no cabe duda es de que todos fueron víctimas.


MARCOS.— A uno de esos soldados le dedicaste un poema. Creo que en Treinta monedas.

MARTÍN.— Sí, y allí busqué su tumba, la primera a la derecha, con la inscripción ya casi borrada. He vuelvo a releer el poema. “In memoriam Ernst Rduch (1909-1944)” se titula. Dice así: “El azar se ha mostrado generoso conmigo. / Cuando se tambalean los cimientos / de mi mundo y del mundo / y el lodo anega el corazón de Europa, / ¿cabe mejor destino / que no seguir viviendo para verlo?”

ALMUZARA.— Una idea muy tuya. Mejor morir que seguir viviendo y ver el derrumbe de todo aquello por lo que luchamos.

MARTÍN.— De Yuste volví a Aldeanueva, donde la historia se vuelve íntima, y luego a Béjar.


HERME.— ¿Cuánto tiempo estuviste fuera? ¿Una semana?

MARTÍN.— Un día o dos. Soy un lector voraz y veloz. En Aldeanueva del Camino volví a pasear por las calles que me vieron de niño, me acerqué a la escuela, acaricié el tronco de los inmensos olmos, ya secos, que hay ante ella, me acerqué hasta el río Ambroz, al charco del puente donde me bañé tantas veces... Pero nadie se baña dos veces en el mismo río. De mi infancia ya no sé distinguir entre lo que he vivido y lo que he fantaseado. Toda historia es ficción, se reescribe desde el presente, lo mismo la gran historia que la pequeña historia de cada uno.

HERME.— Conozco Béjar, y los alrededores. Qué maravilla Candelario.


MARTÍN
.— Béjar, la ciudad roja del primer tercio del siglo XX, sigue su crisis perpetua. Qué melancolía pasear por su calle mayor, que recorre todo el largo espinazo de la colina en que se encarama. Casas en ruinas, tiendas a la moda de hace medio siglo... Pero también súbitos miradores a la ladera del Castañar y a la azul serranía. Béjar con sus 2.210 encristalados balcones y 144 miradores sigue siendo para mí una ciudad erguida y encantada, la primera que conocí. Como Unamuno, vuelvo siempre que puedo “a aquellas alturas de silencio y libertad, protegidas por el manto de la nieve”. Sus hondos telares, junto al río Cuerpo de Hombre, siguen para siempre laborando al fondo de mis sueños.