domingo, 15 de marzo de 2009

Para entregar en mano: Callar lo que se piensa

Sábado, 7 de marzo
DE UN INSTANTE A OTRO

Una estampa de otro tiempo: “Ricardo Sáenz deja en mi casa una tarjeta y antes de las veinticuatro horas yo dejo otra en su hotel. Por teléfono hemos convenido luego una entrevista. A la hora fijada voy a verlo. Para en un hotel de la Avenida de Pi y Margall. El vestíbulo está silencioso. Dos o tres personas conversan en el ancho ámbito. Al verme entrar, allá en el fondo se levanta un caballero que avanza hacia mí, sonriendo. Nos estrechamos la mano. Como deseamos hablar con reposo, sin interrupciones, pasamos a un saloncito adjunto. Ricardo Sáenz es un caballero pulcro, limpio, atildado. Habla con lentitud; pone cuidado y delicadeza en sus palabras”.
Así comienza Azorín su artículo “Un libro sobre Montaigne”, publicado el 26 de julio de 1936. Cuando apareció en un diario argentino, pocos días después de haber sido escrito, ya se refería a una época desvanecida para siempre.
De sobra sé que, de un instante a otro, todo lo que parece más seguro puede venirse abajo.


Domingo, 8 de marzo
CRUZAR UN PUENTE


Después de admirar la reforma del Museo Arqueológico, tan funcional y elegantemente respetuosa, recorro la exposición sobre el Camino de la Plata. Bustos, inscripciones, maquetas, piedras milenarias, y de pronto, entre las muchas fotografías, una que me resulta familiar. Me acerco: no hay duda. Es el puente sobre la garganta Buitrera, en Aldeanueva del Camino, uno de los dos puentes romanos de mi pueblo. El otro está en las afueras, sobre el río Ambroz. Al charco del puente me iba yo a bañar las tardes de verano. En la garganta no era posible bañarse; en el invierno bajaba torrencial de la montaña; en el verano, se secaba. Cerca está el mercado, el mercado medieval de los miércoles que pude ver todavía en su esplendor: allí se vendía de todo, yo recuerdo especialmente a los tratantes de caballos. En el cine de la plaza del mercado, vi la primera película. No recuerdo qué película era, sí que yo tenía menos de seis años y que en ella aparecía un barco. Al salir, le di la vuelta al edificio para ver el boquete en la pared por el que podía haber entrado.


¡El puente de la garganta! ¡Cuántas veces el niño que yo fui ha cruzado ese puente que un día construyeron los romanos! Mientras lo contemplo en el renovado Museo Arqueológico, siento a ese niño más remoto en el tiempo que Horacio y que Virgilio y me siento yo mismo un eslabón más de una historia milenaria.


Lunes, 9 de marzo
INDEPENDENCIA

Para no molestar, ya lo he dicho más de una vez, procuro callar lo que pienso, pero no siempre lo consigo. Un amigo me escribe extrañado desde Sevilla: “Creía que eras socialista y ahora te veo criticando la ley de partidos y el disparate del País Vasco”. Bueno, no soy un hombre al uso que sabe su doctrina. Observo, tomo nota, reflexiono y luego callo las obviedades que se me ocurren, Que una buena separación es mejor que un mal matrimonio, por ejemplo. Y que si en el País Vasco quienes se enfrentan en el resto de España se empeñan en unirse frente al enemigo común -el partido político más votado en ese territorio-, quizá haya que ir haciéndose a la idea de que ese país es otro país. Y sacar las consecuencias. Educadamente y sin prisas, por supuesto.


Martes, 10 de marzo
EXPERIENCIAS

No, no soy un hombre al uso que sabe su doctrina. Por eso, aunque reflexivamente ateo, una de las revistas que leo con mayor provecho es la católica, pero poco romana, El Ciervo. “Un estudio de la Universidad de San Francisco -se afirma en el último número- ha demostrado que si lo que queremos es que nuestro dinero nos dé felicidad lo que hemos de comprar no son cosas, sino experiencias”.
Es lo que yo hago desde siempre. Me gustaría morirme -bien cumplidos los noventa años- sin tener de mi propiedad nada más que lo indispensable, pero habiendo disfrutado de toda la maravilla del mundo: poemas, cafés, atardeceres, amores de una noche, trenes, charlas con amigos, el silencio emocionado de la sala este domingo, al terminar Gran Torino, un amanecer en el Egeo, Lisboa desde el castillo de San Jorge, los secretos callejones de Venecia en que un caballero -lo decía Robert Browning- no puede ni siquiera abrir el paraguas, las calles de Gijón que llevan hasta el mar…


“¿A dónde vas?”, me pregunta un amigo que me ve subir con la maleta al taxi. “A Coimbra”. “¿A qué?”. “A nada, a tomar un café”. “Pues te va a salir un poco caro”.
Sonrío. No conviene hablar de dinero en estos tiempos de crisis. Me callo mi receta: gastad, gastad, todo lo que podáis. Pero ¿qué se yo de economía? Aunque por poco que sepa, nunca sabré tan poco como los economistas profesionales.
Yo tengo gustos muy sencillos: prefiero siempre lo mejor. Lo mejor que pueda permitirme, aclaro.


Miércoles, 11 de marzo
DE ÁNGELES Y BESTIAS

Si me atreviera a decir lo que pienso, defendería el derecho de los palestinos a votar a Hamás, no más terrorista que los partidos políticos antiárabes a punto de entrar en el gobierno de Israel. Y sin embargo, nadie más admirador de la cultura judía que yo. Leo el libro de Moradiellos, La semilla de la barbarie, inteligente síntesis del antisemitismo, y me viene a la memoria el Poema de la bestia y el ángel, de Pemán. No recuerdo haber visto subrayado su carácter antisemita. Apareció en 1938, el año de la noche de los cristales rotos. Uno de los cantos se dedica al “Protomártir”, José Calvo Sotelo. Para Pemán, contradiciendo la propaganda posterior, no le asesinaron los comunistas, sino “los grandes poderes internacionales de la finanza judaica”. Antes de los versos, se elogia a Isabel la Católica, que se atrevió a enfrentarse a la Bestia, y se refieren como hecho histórico las más bárbaras leyendas: “La Aldeíta de La Guardia. Altas estrellas sobre los campos de Toledo. Silencio en las colmenas. Y de pronto: golpes acompasados sobre madera. Uno, otro, otro… ¿Están remachado las llantas de un carro? ¿están ajustando la esteva de un arado o los dientes de un bieldo? Viene por los caminos la voz de una aldeana: ¡Están crucificando a un niño!”.


Se habla luego de narices ganchudas y de “dos monstruos enormes, con cabezas de chivo” que se abalanzan rugiendo sobre España: “No pintó el Visionario bestia alguna / como esas dos que abarcan con sus múltiples / patas, desde el más negro abismo hasta el más alto azul… / ¡Pulpo grasiento de la Standar Oil! / ¡Ágil leopardo de la Royal Dutch!”. Miles de hombres mueren mientras “tiemblan de incontenida risa loca / sobre mil vientres hartos, las mil cadenas de oro”. José Calvo Sotelo osó retar “al pulpo americano / y a la codicia del leopardo inglés” y por eso acabó “en la alta mesa fría / de un blanco cementerio”.
¿No sentiría ni siquiera un mínimo remordimiento el sonriente prócer gaditano al enterarse de los millones de judíos muertos en los campos? ¿No se le ocurriría pensar que quienes se creyeran lo que él decía en su poema podían considerar un acto de justicia eliminar a esos asesinos de niños, a esas bestias apenas humanas? ¿Nunca le quitó el sueño saberse cómplice de esas muertes?


Jueves, 12 de marzo
OASIS

Abro un libro de Gabriel Miró: “Estaba el huerto todavía blando, redundando del riego de la pasada tarde; y el sol de la mañana se entraba deliciosamente en la tierra agrietada por el tempero. En los macizos ya habían florecido los pensamientos, las violetas y algunos alhelíes; las pomposas y rotundas matas de las margaritas comenzaban a nevarse de blancas estrellas; los sarmientos de los rosales rebrotaban doradamente; los tallos de las clavellinas engendraban los apretados capullos, y todo estaba lleno y rumoroso de abejas”. Paladeo su prosa sensual, demorada. De pronto, se me ocurre mirar el colofón y descubro que esta edición, la cuarta, del Libro de Sigüenza ha sido impresa en Madrid, en 1938. En aquel Madrid hambriento y desesperanzado, la existencia de libros como éste parece imposible. Pero hubo gente que lo compuso, lo imprimió, lo encuadernó; librerías que lo vendieron; gente que lo llevó a su casa y que lo abrió dispuesta a ser feliz, aunque fuera por unos instantes, en medio del estruendo de las bombas.


Viernes, 13 de marzo
NO ANALICES

Me gusta callarme lo que pienso. Recuerdo los versos de Bartrina: “Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices”. Y contemplo con una sonrisa a esos energúmenos más o menos filosóficos que saltan al ruedo de papel de periódico en cuando se agita ante ellos un trapo vagamente rojo.
Los judíos crucifican niños y las izquierdas destruyen las glorias de España, como la presunta celda de Feijoo. Una réplica en realidad, como la plaza del Fontán (la celda verdadera -al contrario que la plaza- no la destruyó ningún político en activo).
No analices, muchacho, no analices; toma ejemplo de los preclaros intelectuales de Vetusta. Pero a ser posible tampoco embistas, como acostumbra a hacer alguno.

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