miércoles, 9 de julio de 2014

Encuentro en Ischia


Nadie mejor que Juan de Tarsis, conde de Villamediana, supo expresar lo que siento en días como este: “No me puedo sufrir a mí conmigo”. Y ningún lugar parece entonces propicio a la felicidad. A ningún lugar se puede ir dejando en casa lo que más detestamos, nosotros mismos.
            El futuro nos da con la puerta en las narices, pero queda una ventana por la que escapar: el recuerdo de los días felices.
            Una tarde, paseando por el puerto de Nápoles, sin nada qué hacer, frustrados determinados negocios, fallidas ciertas amistades, asomado peligrosamente a algunos abismos, me subí, sin mirar siquiera a dónde iba, me subí a un vaporetto a punto de partir. Tuve que pagar el billete, a un precio más elevado, en el mismo barco.
            No sabía a dónde iba, pero sí que no iba muy lejos, que aquella misma noche volvería a dormir al hotel en que paraba entonces, detrás de la catedral, en una plazuela llena de historia y basura, junto a la Guglia o Aguja de San Genaro.
            Tuve suerte. El barco se dirigía a Ischia. Descendí en el pequeño puerto, que ocupa el cráter de un volcán, y tras entrar un momento en la iglesia de Santa Maria de Portosalvo, como si quisiera dar las gracias por el éxito de la travesía, igual que los antiguos marineros, comencé a caminar con prisa, como si tuviera cita en alguna parte y llegara tarde.
            No sabía a dónde iba, pero lo supe en cuanto vi alzarse, amenazadoramente a contraluz, la mole del castillo aragonés. Se trataba de un inmenso peñasco, cuya forma recordaba a la del peñón de Gibraltar, unida a tierra por la soga de un largo puente. Muchas veces, en sueños, había creído ver aquel lugar, yo el único habitante, cortado el cabo que lo unía a tierra en el fragor de la tormenta.
            En más de una ocasión he fantaeado con vivir, nuevo Robinson, en una isla desierta; aquella era exactamente la isla en la que me gustaría vivir, la isla con la que soñaba.
            Pero no era precisamente una isla desierta, sino uno de los principales atractivos turísticos de Ischia. Se subía a lo alto en un ascensor excavado en la roca, apretujado con otros visitantes. Una vez arriba, sin embargo, todo cambió. En nada se parecían la ladera que miraba a Ischia y la que miraba al mar y a la isla de Procida. La una, era escarpada; la otra abundaba en jardines y huertos. Resultaba fácil perderse en aquel lado, entrar en una capilla desierta, bordear la muralla del castillo, quedarse solo frente al azul intenso del mar sin más compañía que la de algunas inquietas gaviotas.
            Me senté en un banco, saqué el cuaderno: “También el mar / cuando nadie le mira / escribe versos”. Yo también creía que nadie me miraba, pero enseguida noté que no era así. Alcé los ojos. Laura, casada con mi mejor amigo napolitano, me sonreía con ojos burlones. “Sabía que te encontraría aquí”. “Qué raro porque hace muy poco yo ni siquiera sabía a dónde iba a ir”. Había guardado el cuaderno en el bolsillo, me había levantado, la había saludado con un beso. Ella me cogió de la mano. “Ven conmigo. Seré tu guía. Hay lugares secretos en esta isla que solo yo conozco”. “¿Y Ángelo? ¿Qué va a decir Angelo?”. “No te preocupes, ha sido precisamente mi marido quien me ha enviado a buscarte”.
            Ningún lugar en el mundo me parece este día propicio a la felicidad. Pero la felicidad existe, yo la he visto, la he tocado, me he acostado con ella. O quizá solo he soñado que lo hacía.


martes, 8 de julio de 2014

El secreto de Montealegre



A menudo he creído estar en el centro del mundo, y al menos una vez lo he estado verdaderamente. Ocurrió en Montealegre, a los pies del castillo, frente a la llanura, “tierra de campos infinitamente”, como se lee en el poema de Guillén que aparece junto al portón de entrada.
            Había llegado hasta el pueblo en un grupo bullicioso de amigos. Con nuestras risas y bromas alteramos el silencio de su larga calle principal. Al rato apareció la furgoneta que repartía el pan, y los pocos vecinos, hasta entonces refugiados en sus casas, salieron a comprarlo para regresar de inmediato al refugio de sus casas, como si fuera acechara algún peligro. Y no había ninguno: era ya finales de junio, pero el sol se mostraba clemente, acariciador.
            Encontramos un bar abierto, el único bar del pueblo, y a él se acogieron algunos de mis compañeros de viaje, los de garganta más reseca. Otros siguieron hasta la fachada principal del castillo. Yo descendí hasta un pequeño parque, con toboganes y columpios, pero sin nadie (en aquel pueblo no parecía haber niños)  y luego, al dar la vuelta, me encontré con el muro del castillo, tres bancos solitarios y todo el silencio y la soledad del mundo.
            Me senté en uno de ellos, frente al azul del cielo y la monótona gama de ocres y amarillos. ¿Monótona? Dejé que mis ojos se acostumbraran y se fue diversificando en infinitos matices. También el silencio se interrumpió, o se acentuó, con el canto de un pájaro, no sabría darle nombre, y con el zumbido de un coche que, allá al fondo, diminuto, discurría por una larga línea oscura, la carretera.
            A la derecha, como un remiendo en el paisaje, un cementerio. Pensé en Unamuno: “Corral de muertos entre pobres tapias / hechas también de barro, / solo una cruz señala tu destino / en la desierta soledad del campo”.
            Pero no era triste esta desierta soledad ni tampoco ese destino. En aquel rincón castellano, sentí que había descubierto el secreto del universo. No sabría precisar ahora en qué consistía, tampoco habría sabido entonces traducirlo en palabras. Lo sabía, y sabía que lo sabía. Eso era todo.
            ¿Cuánto tiempo estuve allí? El tiempo dejó de tener sentido, el reloj que llevaba en la muñeca se detuvo, también el reloj interior. Sé que, cuando me senté en aquel banco, comenzaron a sonar las doce en el reloj de la iglesia. Y en ese mismo momento, como en el poema de Jorge Guillén, “un pájaro sumió / su cantar en el viento / con tal adoración / que se sintió cantada / bajo el viento la flor / crecida entre las mieses / más altas”. Si, en aquel instante, anticipo de la eternidad, era yo el centro “de tanto alrededor”. Estaba en el centro del mundo, habría descifrado el enigma mayor del universo. Muerte y vida, vida y muerte, eran palabras que o no significaban nada o significaban lo mismo.
            El pájaro dejó de cantar, el reloj de sonar. ¿Cuánto tiempo había pasado? Recordé la leyenda medieval del fraile que se detuvo un instante a escuchar el canto de un ruiseñor y cuando volvió al monasterio no encontró a ninguno de sus compañeros porque habían pasado trescientos años.
            Una eternidad sin tiempo había transcurrido desde que yo me senté en aquel banco; temí, al volver al pueblo, encontrarlo de verdad abandonado, con las casas en ruinas, solo erguidas las piedras del castillo. Pero mis amigos seguían unos en el bar, con la copa en la mano, y otros a la espera de que apareciera la guía de la fortaleza. Ni siquiera se habían dado cuenta de mi desaparición.
            Y yo no les dije nada de lo que me había pasado. Pero el que volvía no era el mismo que el que les había dejado un instante atrás. Ahora estaba en el secreto.


domingo, 6 de julio de 2014

El Starbucks de Maigret


Hay quien aborrece las franquicias, hay quien considera casi una ofensa personal encontrarse con el mismo tipo de tiendas en Londres, Madrid, Pontevedra o Pekín. No es mi caso. En Lausanne, mi lugar de descanso favorito, no es ningún local típico, sino el Starbucks de la Place Saint-François. Suelo llegar a él, después de recorrer la parte alta de la ciudad, descendiendo por la Rue de Bourg, con sus tiendas, sus viejos caserones y el estanco en que compraba tabaco para su pipa Georges Simenon, que aquí pasó sus últimos años.
            En el Starbucks de la plaza de San Francisco, al pie de la iglesia, se reúne el club de amigos de Maigret, del que yo también, aunque lo frecuente muy de tarde en tarde, formo parte. Tuve que pasar para ello un pequeño examen. A punto estuve de suspenderlo porque las preguntas, aunque parecían fáciles, tenían trampa. La respuesta a cuál es la primera novela de Maigret, por ejemplo, no era, como yo pensaba, Pietr il Lettone, sino Train de Nuit, una novela popular que Simenon firmó como Christian Brulls.
            Después de las reuniones, siempre se cena uno de los menús favoritos del comisario en casa de alguno de los participantes. Yo tengo muy mala memoria para lo que como, así que no recuerdo en qué consistía ese menú copiado a madame Maigret la última vez que estuve en Lausanne. Sí recuerdo que fue en un ático, cerca de la estación, y que desde la terraza se divisaba, debajo, casi en vertical, el puerto de Ouchy y, a la izquierda, el lago cabrilleante a la luz de la luna y las montañas no sé si de Francia o de Italia. Mientras yo me entretenía contemplando el panorama, los demás, que lo tenían muy visto, trasteaban en la cocina.
            Me sentía feliz, y a la vez inquieto por esa felicidad. Siempre me ha ocurrido lo mismo. Me cuesta disfrutar del instante, dejar a un lado los presentimientos. “¿En qué piensas?”, me preguntó una voz femenina que, en un primer momento, me sobresaltó porque me recordaba a otra que hacía mucho tiempo que no escuchaba. Pero no era ella, era Lucía, una profesora portuguesa que apenas había hablado durante la tertulia. “En nada, en que es una lástima que los instantes hermosos no duren para siempre”. “Dejarían de ser hermosos, se convertirían en fastidiosos, como cualquier matrimonio”. Un barco de vela se deslizaba en aquel momento sigiloso sobre las aguas. “Seguro que lleva a una pareja de enamorados”, dije yo. “O a un solitario, que no aguanta más a su pareja ni a sus hijos”, dijo ella. Y luego: “Perdona, me acabo de divorciar”.
            La cena estaba servida. Comimos, bebimos, regresamos tarde a casa, y yo en lugar de volver al hotel, acompañé a Lucía a la suya y me quedé en ella. Luego, cada tarde, aunque no había tertulia (los amigos de Maigret se reunen solo dos veces al mes) iba hasta el Starbucks de la plaza San Francisco y siempre, más pronto o más tarde, muy tarde a veces, como para mantener el suspense, aparecía Lucía. Era profesora de literatura en la Universidad. Teníamos mucho de qué hablar. Pero no hablamos de eso. Ni de su divorcio. Ella no quería entablar una nueva relación, yo tampoco.
            Hay quien detesta las franquicias. Están en su derecho. Pero yo no puedo entrar en un Starbucks sin pensar en Maigret y en Lausanne y en las palabras y en los silencios portugueses de Lucía. Sin que me invada una sensación de felicidad. 


sábado, 5 de julio de 2014

Un café en Union Square


Esté donde esté soy una persona fácil de localizar. Llevo mi rutina conmigo a cualquier lugar que vaya. En Oviedo, el café de la mañana es en Los Porches, y allí puede encontrarme cualquiera que quiera verme; en Nueva York, el café de la librería Barnes & Noble, en Union Square. Me gusta sentarme cerca de las ventanas, a las que antes se asomaban las Torres Gemelas y ahora solo el gran mástil con la bandera. Si se celebra el mercado de productos orgánicos o ecológicos (no sé bien la diferencia), la plaza tiene un color y un olor de otro tiempo, como de lunes en Avilés o de jueves en el antiguo Fontán. En Barnes & Noble tomo un café, hojeo algunos libros, anoto unas líneas, descanso un rato del callejeo urbano, que es mi ocupación preferida cuando estoy en Nueva York.
            Quien quiera encontrarme sabe donde en encontrarme, en Oviedo o en Nueva York o en cualquiera de los pocos lugares –siempre los mismos– a los que suelo desplazarme cada año. No me sorprendió por eso demasiado la interrupción; sí el rostro con el que me encontré.
            “Te leo. Sabía que estabas aquí”, dijo sonriente.
            Coincidimos en una fiesta, allá por 1990, la primera vez que estuve en Nueva York, y desde entonces no había vuelto a tener noticias suyas.
            “¿Puedo sentarme un rato? ¿No te molesto?”
            Me costó olvidar aquella noche remota, pero ya la había olvidado del todo, o creía haberla olvidado. Ya solo volvía a ella en sueños y muy de tarde en tarde. No sabría decir si la sorpresa de aquel encuentro era agradable o desagradable.
            “Me alegra tener la ocasión de pedirte disculpas. Yo acaba de salir de una relación y no quería entrar tan pronto en otra”.
            Yo pensé que aquel diálogo sonaba a novela sentimental o a una de esas películas para televisión que a mí tanto me aburren.
            “¿Quieres tomar algo? ¿Sigues viviendo en Nueva York?”
            No quería tomar nada, solo charlar un rato, daba clases en la Complutense de Madrid, estaba en Nueva York asistiendo a no sé qué congreso. Yo, de vez en cuando, miraba distraído por la ventana, como si me aburriera aquella conversación, con la que tantas veces había fantaseado en las noches de insomnio. Desde entonces me han vuelvo a romper muchas veces el corazón, pero ninguna me dolió tanto como aquella.
            En el café de Barnes & Noble, en Union Square, siempre he sido feliz. Para mí es más una biblioteca, o un rincón de mi casa, que una librería; los libros suelo comprarlos al otro lado de la plaza, en la laberíntica Strand.
            Me dio una tarjeta del hotel en que estaba, muy cerca del mío, tras anotar en ella su teléfono. “Llámame, podemos quedar una noche a tomar algo”.
            Nada me habría apetecido más durante largos años; nada me apetecía menos ahora. Soy una persona rutinaria y vengativa. ¿Pretendía arreglar tantos años después lo que tan minuciosamente había destrozado? Que no se preocupara, ya se había arreglado solo.
            Miré por la ventana las copas de los árboles, agitadas por el viento, la bandera de las barras y estrellas, los murales de las paredes con sus retratos de escritores y recordé unos versos: “¿A que volviste si volvía contigo / el aroma de días que no han de volver?”
            Volvía el olor, pero no el dolor de aquello días. En el café de Barnes & Noble, en Unión Square, solo se puede ser feliz.


viernes, 4 de julio de 2014

Inventario de lugares propicios a la felicidad


  
"¿Por qué para ser feliz / es preciso no saberlo?", se preguntaba Pessoa, Quizá porque la felicidad, como la lluvia en el soneto de Borges, "es una cosa / que sin duda sucede en el pasado".
            Pero no en el pasado, sino en el presente de la memoria sucede siempre la felicidad. Y ningún tiempo mejor para hacer inventario de los lugares que con más frecuencia suele frecuentar que el tiempo sin tiempo del verano, cuando los días son largos y las noches inagotables.
            La felicidad tiene gustos muy sencillos: prefiere siempre lo mejor, que no siempre es lo más costoso ni lo más lujoso.
            Le gusta amanecer en una playa sin nadie, contemplar las primeras abluciones del sol, que tiene la costumbre de bañarse desnudo y correr por la arena antes de subir a lo más alto para hacer su trabajo.
            Le gusta sentarse al borde del canal bebiendo una cerveza y mordisqueando unas frrutas recién compradas en el mercado de Rialto.
            Le gusta pasear por la Quinta Avenida, desde el arco de mármol hasta el parque, como la primavera en el poema de Juan Ramón Jiménez.
            Le gusta levantarse tarde y el aroma del café y el crujido del papel del periódico en las mañanas de domingo.
            Le gustan las calles de Toledo, adornadas para el Corpus, y con las oscuras golondrinas becquerianas susurrando "nunca más", como el cuervo de Poe.
            En la isla de Siros, en las Cícladas, tiene su rincón favorito en un cafetín del muerto y también en un desvencijado caserón lleno de gatos.
            Es fácil dar con ella en la sombra perfumada y fresca de un patio sevillano o en el Lungotevere romano caminando entre los plátanos que inclinan sus ramas hacia el agua fugitiva del río.
            Le gustan los lugares remotos, como aquel pequeño estanque con nenúfares y peces rojos en el centro de la Ciudad Prohibida, y también los muy cercanos, el Elogio del Horizonte, donde, si se presta atención, todavía puede escucharse el canto de las sirenas que sedujeron a Ulises, o una avilesina calle con soportales y una fuente casi verlainiana en un jardín francés.
            Cada lector tiene su propio repertorio de lugares propicios a la felicidad. Durante los meses de julio y agosto, yo voy a hacer un inventario de los míos. Seguro que, en Lisboa o en Oviedo, en París o en un rincón cerca de Llanes, más de una vez coincidimos.



NÁPOLES EN SEVILLA,  SEVILLA EN NÁPOLES

La primera noche que pasé en Sevilla dormí en un palacio y me enamoré de Nápoles. Era 1977 y todos estrenábamos libertad, o eso creíamos. Yo había recorrido Portugal de norte a sur, con la mochila al hombro, viajando en lentos trenes de cercanías, destartalados autobuses, haciendo autoestop, durmiendo donde podía, a veces al aire libre, y volvía a Asturias, sin prisa ninguna, por Andalucía y Extremadura.
            En Sevilla me esperaba el poeta Fernando Ortiz, con el que había intercambiado algunas cartas y me había enviado colaboración para mi revista Jugar con fuego. Aquella tarde leía los poemas de su primer libro, a punto de aparecer, en el club Gorka. Antes de la lectura me presentó a Abelardo Linares afirmando que era “el mejor poeta joven que hay hoy en España”, aunque aún no había publicado nada. Todavía recuerdo el final de uno de los poemas, dedicado a Blanco White: “Amo la libertad. Y mi amada no es fácil”.
            Yo, que había llegado aquella misma mañana, no había buscado dónde quedarme, confiando en que Fernando me ofreciera un rincón en su casa o en la de algún amigo. Pero después de la lectura, y de tomar unas cañas en un bar cercano, Fernando se despidió con prisa y solo entonces pensé que no tenía dónde pasar la noche. Algo debió de notárseme en la cara porque uno de los acompañantes, el más joven, que no había pronunciado palabra, me preguntó en ese momento: “¿Tienes dónde quedarte?”, “La verdad es que no”, “Pues ven a mi casa, mis padres no están”.
            Le acompañé, por calles no bien iluminadas, hasta un inmenso caserón. “Pero ¿vives aquí?”, “Sí, mis padres viven aquí, pero no te creas que son los dueños, son parte de la servidumbre”.
            Me sorprendió aquella palabra, tan medieval. Dejé mi mochila en su cuarto, cenamos algo en la cocina, y luego me dijo “Ven conmigo”. Recorrimos oscuros pasillos, un patio con columnas, “perdona que no encienda la luz, no quiero que nadie se alarme”, y de pronto salimos a un jardín perfumado, lleno de estatuas, con una fuente murmurante en el centro y la luna iluminándolo todo. “Pero tú ¿dónde vives?”, exclamé asombrado. “Todas las estatuas han venido de Italia. Quienes construyeron este palacio, en el siglo XVI, fueron virreyes de Nápoles; ahora es de los duques de Medinaceli; aquí en Sevilla lo llaman la Casa de Pilatos”.
            Luego supe que aquel era el Jardín Grande, un jardín entre muros, con logias renacentistas a los lados y una falsa gruta neroniana. Me vino a la cabeza un verso de Lorca: “Aire de Roma andaluza”.
            “La estatuaria es romana –me dijo Juvenal, mi amigo tenía aquel extraño nombre–; todo ha venido de Nápoles, incluso la traza del jardín es copia de otra que el virrey tenía en su palacio napolitano. Quería estar a la vez en Nápoles y en Sevilla”.
            “¿Conoces Nàpoles? –me preguntó de pronto–. El próximo verano podemos encontrarnos allí”.
            No volvimos a vernos. Pero siempre que vuelvo a Sevilla no dejo de visitar el Jardín Grande, en la Casa de Pilatos (ahora accesible a todos previo pago de la entrada). Pocos lugares más propicios para la felicidad  Y cuando visito Nápoles no dejo de buscar aquel otro jardín que le sirvió de arquetipo. Aún no lo he encontrado. Pero sé que allí me siguen esperando.



UN DOMINGO EN EL PARQUE MONCEAU

Como todas las personas muy racionales, de vez en cuando me obsesiono con ideas extravagantes. El parque Monceau, al norte de París, cerca del arco de la Estrella, lo conocía solo de las páginas de Azorín; habla de él en sus Memorias inmemoriales y en muchos de sus libros últimos. Lo visité por primera vez una apacible mañana de domingo, hace menos de un año, y me sedujo el contraste entre las actividades tan cotidianas y tan semejantes a las de cualquier otro parque que en él se desarrollaban --ciclistas, niños jugando, jubilados-- y las grandes puertas palaciegas que le servían de acceso, los decimonónicos monumentos o los suntuosos palacetes de los alrededores. Pasé allí media mañana, en la que no faltó la lectura reposada de Le Monde, y al marcharme me sorprendió el nombre de una calle, Rue Murillo, idéntico al de la mía en Oviedo, e incluso me detuve un momento ante el número 5. No me entretuve en mirar los buzones para ver quién vivía en mi mismo piso, aunque tuve la tentación. Seguí luego hasta el Arco del Triunfo y la avenida Kléber, donde tenía una cita, sin acordarme más del asunto. Pero a poco de llegar a España comenzaron los sueños. Volvía a aquella calle y llamaba al timbre y me preguntaba a mí mismo, en francés, qué quería. Luego comencé a tener insomnio, distracciones, raros olvidos. Y a responder, sin darme cuenta, en francés. Pensé consultarlo con algún especialista, pero al final me pareció mejor aprovechar un fin de semana para volver a París y salir de dudas. Una tontería, ya lo sé. Pero yo siempre he sido muy seguidor de Oscar Wilde: la mejor manera de vencer una tentación es caer en ella. Y, por otra parte, cualquier pretexto es bueno para darse una vuelta por París y rebuscar libros en la orilla del Sena. Así que allí estaba, otra mañana de domingo, que parecía la misma, en el parque Monceau que hasta hacía bien poco solo existía para mí en las páginas de Azorín. Retrasaba el momento de dirigirme a la Rue Murillo. ¿Qué iba a decirles a los inquilinos del número 5, cuarto izquierda? Me tomarían por un chiflado, quizá ni siquiera me abrieran. Y eso era lo mejor que podía ocurrirme. Estuve un rato ante el portal, sin decidirme a llamar al timbre, y ya me daba la vuelta para marcharme (en realidad, esa idea absurda era solo un pretexto para volver a París), cuando de pronto se abrió la puerta, y una mujer aparatosa, de unos cincuenta años, que salía llevando de la correa a un perro, se detuvo extrañada, me miró, me volvió a mirar y de pronto soltó una carcajada. "Pero ¿qué haces aquí? Pareces un galán tímido que no se atreve a llamar a la puerta de su novia". Y fue entonces, al escuchar su voz, inconfundible, cuando yo la reconocí a ella. Era una poeta, a la que había conocido en un viaje a Israel, y que se había mostrado un tanto obsesionada conmigo, o eso creía yo. Me contó su vida, la ruptura con su marido (un poeta de Almeria que polemizó ásperamente conmigo en aquel viaje, quizá pensado que yo tenía algo que ver con las obsesiones de su señora) y la nueva relación con un político francés. Hablaba mucho y ni siquiera tuve ocasión de preguntarle, cada loco con su tema, si conocía a su vecino del cuarto izquierda. Pero insistió tanto en que la acompañara, primero en el paseo con el perro, luego a su casa que, por muchas excusas que puse, no tuve más remedio que hacerlo. Y resultó que ella, como en cualquier historia inverosímil, era precisamente quien vivía en el cuarto izquierda. Vivia sola porque su actual pareja todavía estaba casado y había que guardar las formas. Señalé una fotografía en un marco de plata que había sobre un mueble."¿Es este?", pregunté. Ella soltó una carcajada. "Ese eres tú, ¿no te reconoces? No tengo fotos suyas. Su mujer es muy celosa, y amiga mía". "¿Y él no lo es?" Volvió a reír, con una escandalera muy andaluza.
            Y hasta aquí puedo contar. Desde entonces, el parque Monceau, que hasta hace poco solo existía para mí en las páginas de Azorín, se ha convertido para mí en uno de los lugares más propicios a la felicidad.


lunes, 30 de junio de 2014

A buen entendedor: Fin de una historia


Domingo, 22 de junio
ABUELITO, CUÉNTAME

Leo, antes del cine, Lección magistral, de Luis Alberto de Cuenca. Es un libro breve, dura lo que dura un café, pero la depresión que me deja hace que apenas preste luego atención a La jaula dorada, un cuento de hadas sobre los portugueses en París.
            Y no es un libro que pretenda deprimir, al contrario. Se subtitula “15 enseñanzas para la vida” y transcribe una charla con un grupo de estudiantes en un hotel madrileño. Quiere ser un elogio de la cultura y el esfuerzo.
            Pero no es más que un ejemplo de lo que la edad nos hace. Luis Alberto de Cuenca nació el mismo año que yo, es un gran poeta, un destacado filólogo, un hombre que ha ocupado cargos políticos importantes y, sin embargo, aquí habla a menudo como un abuelito al que cualquier rigor intelectual resulta ajeno. Naturalmente, él no se da cuenta; si no, no habría permitido que se transcribiera esta charla, incluso en sus partes más banales, y se publicara en forma de libro.
            ¿No me ocurrirá a mí lo mismo? ¿No estaré contando banales batallitas que confundo con sabias reflexiones? Al salir del cine, tomo una decisión: no volver a publicar un libro sin que antes lo lean algunas personas en cuyo criterio confíe. Los viejos, como los niños, necesitan tutores. No podemos andar solos por la vida.
            Se lo cuento al primer amigo al que quiero pedir que forme parte de mi comité de expertos. “Eres un exagerado, Martín; seguro que lo que te ha irritado es su ideología conservadora, no su decadencia intelectual, que no creo que la haya”.
            No, no, le digo; todavía se distinguir entre una cosa y otra. Y le pongo algunos ejemplos. Critica la educación contemporánea, echada a perder por los pedagogos, y se centra en Bolonia. ¡La de cosas que podremos decir sobre ese plan todos los que lo padecemos! Pero Luis Alberto le critica porque con él solo se hacen trabajos colectivos. Y eso tiene inconvenientes: “siempre hay alguien que se escaquea mientras otros trabajan”. ¿Fuentes de información? Su propia hija, que tiene compañeras “que en toda la carrera no habrán hecho nada”. Hacen falta trabajos individuales para una evaluación justa: “Si no, a lo mejor estás dando una matrícula al grupo y solo la merece uno”. ¡Profundas reflexiones! Y quienes  hemos de pasar junio y julio juzgando los Trabajos Fin de Grado, que ha de realizar cada alumno, nos sorprendemos un poco ante quien se permite sacar conclusiones sin informarse primero. La educación está mal, muy mal, continúa el abuelito: “Aquí lo único que se enseñaba a la gente es que hay que poner una arroba cuando dices señoras y señores”. ¿Dónde se enseñaría eso?, me pregunto yo. En todo caso, lo que se enseñaba, y se enseña, es que resulta más correcto decir –como se ha dicho siempre, por otra parte–  “señoras y señores”, cuando se habla a un grupo en el que hay hombres y mujeres, que decir solo “señores”, digan lo que digan los gramáticos sobre el masculino como género incluyente.
            La ideología nos hace invisibles unos errores mientras destaca los propios de la ideología contraria. Seguro que yo, tan dado a pontificar sobre todo lo humano y lo divino, también caricaturizo al contrario para luego rebatirle más fácilmente. Pero no creo haber llegado todavía a ciertos extremos: “Constantemente nos están prohibiendo cosas, y yo, que he vivido una dictadura durante veinticinco años de mi vida, no recuerdo tal nivel coercitivo”. Resulta que ahora, según él, todo está prohibido: “No se permite fumar. No se permite comer grasa. Prohibidas las hamburguesas. No podrá consumirse alcohol en televisión…”
            ¡Qué manera de razonar! ¿Llega uno a una edad en que puede decir en letra impresa cualquier cosa que se le ocurra? No se permite fumar en locales públicos para proteger la salud de los que no fuman. No se recomienda una dieta con exceso de grasas, pero eso no quiere decir que se prohíban. ¿Hace falta seguir? Añade luego que vivimos en una cultura de la hipocresía: “Prohíben el consumo del tabaco en todas partes, pero los establecimientos donde puede comprarse están proliferando como setas en casa esquina”. No se ha fijado bien: los que proliferan últimamente son los establecimientos de cigarrillos electrónicos. Y lo que está prohibido en todas partes son drogas como la heroína, no el tabaco. Hay que informarse bien antes de generalizar, amigo Luis Alberto (en realidad me lo digo a mí). No entro en lo de considerar Mensagem, el libro que publicó Pessoa poco antes de morir, y en el que trabajó durante toda su etapa de madurez, “como un volumen flojo, de adolescencia”.
            Seguro que yo he metido la pata tanto como mi admirado Luis Alberto. Son cosas de la edad y de la condición humana. Pero no volverá a ocurrir. A partir de ahora, cada libro que publique será sometido a revisión. Y por un comité de expertos menores de cuarenta años. Que la decadencia intelectual comienza muy pronto.   


Lunes, 23 de junio
EL HOMBRE INVISIBLE

Uno siempre quisiera ser otro. A mí, por ejemplo, me gustaría ser menos transparente. Lo soy tanto que a menudo resulto invisible.
            De mí se sabe a quién voto (aunque últimamente me lo estoy pensando), qué hago cada minuto el día, qué pienso sobre cualquier tema. Esto último resulta bastante fácil, la verdad. Lo que yo pienso sobre cualquier asunto se resume en dos palabras: pienso siempre lo contrario.

Martes, 24 de junio
LO QUE DICE LA CONSTITUCIÓN

“¿Qué te parece lo que dice Felipe González, que ningún socialista debería tener dudas sobre la necesidad de aforar de prisa y corriendo al monarca jubilado?”
            ––La verdad es que yo, que voté a Felipe González desde 1982 hasta 1996, lo veo ahora como un abuelito. Eso en el mejor de los casos. En el peor, como alguien consciente de que, si aquí se empiezan a investigar en serio los negocios del exmonarca, el resultado puede ser un terremoto semejante al que desencadenó el fiscal Antonio di Pietro en la Italia de 1992. La historia de estas últimas décadas no fue exactamente como nos la han contado. Parece que la corrupción no era algo puntual, propio de ciertos desaprensivos, sino que estaba institucionalizada. Voy a ser claro: si el anterior Jefe del Estado incurrió en actividades delictivas en su vida privada, no podría haberlo hecho sin el consentimiento, tácito o explícito, de los sucesivos gobiernos. Las posibles actividades delictivas del anterior Jefe del Estado salpicarían a muchos políticos, también a Felipe González, quien más tiempo fue presidente del Gobierno.
            ––Pero el rey es inviolable según la constitución. Si el rey se desmadraba, o participaba con Mario Conde o con Colón de Carvajal en negocios poco lícitos, ni los jueces ni Felipe González podían hacer nada.
            ––Lo que dice la Constitución en su artículo 64.2 es que “De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”.
            –– Pero lo que hace el rey en su vida privada, invertir su dinero acá o allá, ser amigo de estos o aquellos empresarios que le han regalado un barco, no tiene que refrendarlo nadie.
            ––Pues los actos por los que no está sujeto a responsabilidad son los refrendados por el gobierno, con una única excepción, muy claramente señalada en el artículo 65.2. En cuanto a los demás, puesto que de ellos nada dice la Constitución, estarían sujetos al código penal y al tribunal ordinario.
            ––¿Y no crees que debería estar aforado como cualquier otro político?
            ––Por supuesto. Pero debería estar aforado el rey, Felipe VI, y debería haberlo estado su padre cuando era Jefe del Estado; ahora carece de sentido. Pero entonces no se pensó en el aforamiento porque eso era admitir que, en sus actividades privadas, podía ser demandado. Como puede serlo Felipe VI si, conduciendo el coche un fin de semana en que sale a cenar con su mujer, tiene un accidente y escapa del lugar al modo de Esperanza Aguirre. Claro que yo estoy seguro de que Felipe VI jamás haría eso. En este caso no se cumple lo de “de tal palo, tal astilla”.


Miércoles, 25 de junio
DIVAGACIONES DE UN PASEANTE SOLITARIO

Mientras tomaba un café, en la tarde solitaria, he releído, en el francés de Marguerite Yourcenar, a los poetas griegos (“Bebe conmigo, juega conmigo, ama conmigo, / sé loco cuando yo sea loco y cuerdo cuando sea cuerdo…”) y, luego, en lugar de volver a casa a la hora de costumbre y por la ruta habitual, he dado un largo paseo.
            Un paseo, bajo la lluvia ligera, por barrios que no suelo frecuentar, por calles que hace tiempo recorría todos los días y que ahora visito muy de tarde en tarde. Incluso para una persona tan rutinaria y hecha de fidelidades como yo, vivir es olvidar, es ir dejando atrás lugares y personas.
            Esta ciudad –cualquier ciudad, el mundo entero–  no es de nadie. Es solo el escenario en el que actuamos algún tiempo, siempre menos o más del que nos gustaría, y luego hacemos mutis para que la función continúe con otros personajes.
            Solo conmigo, sin nadie a quien llevar la contraria, sin el ruido de la historia que tanto entretiene, no he podido dejar de pensar en el cada vez está más cerca el momento del adiós.
            Vuelvo a casa, un poco más tarde de lo habitual, empapado de melancolía y paladeando roussonianamente mi tristeza.


Jueves, 26 de junio
ROTUNDAMENTE NO

En seguida entendió la causa de mis rodeos y de mi azoramiento, más propios de un adolescente que de un sesentón, y para que no siguiera haciendo el ridículo, cambió delicadamente de tema y, sin decirme ni que no ni que sí, me dejó claro que rotundamente no.
            O sea que seguiré solo por los siglos de los siglos. Pero esta vez nadie puede acusarme de cobardía, de no haberlo intentado.
            Un rechazo más. Y no creo que vuelva a haber nuevas oportunidades. Soy un hombre con suerte, para qué nos vamos a engañar.


Viernes, 27 de junio
A BUEN ENTENDEDOR

Termina el curso, comienza otro capítulo en la historia de España. “Tú que todo lo sabes –se burla de mí un amigo–, ¿crees que algún día conoceremos la verdad sobre las trapacerías del anterior Jefe del Estado?”
             ––La conoceremos, pero no creo que el Tribunal Supremo tenga ocasión de pronunciarse sobre ellas. Hay demasiados intereses creados. ¿Recuerdas la moraleja de la obra de Benavente? Mejor que crear afectos es crear intereses. Hay muchos interesados en que no se sepa lo que, quien debía dar ejemplo (y lo dio: muchos siguieron su ejemplo) hizo mientras ellos, apoyándose falazmente en la Constitución, miraban para otro lado. Pero pasemos página. Es hora de que la vieja y corrompida España se jubile a la vez que su primer representante. Mi admirado Rubalcaba acaba de dar el ejemplo. Nadie que fuera algo en el juancarlimo tiene nada que hacer ahora.
            –-¿Y crees que seremos capaces de pasar página?
             ––Si queremos, podemos.


domingo, 22 de junio de 2014

A buen entendedor: Razón de Estado, razón de establo.


Sábado, 14 de junio
LA ESPERA Y LA ESPERANZA

“¿Todavía crees en los Reyes Magos?”, me pregunta un amigo al verme, estos días tópicamente históricos, impaciente e ilusionado.
            “Creo en los símbolos”.

Domingo, 15 de junio
CALLÉ CUANDO DEBIERA HABER HABLADO

“Cuando dejó la poesía, se dedicó a escribir sonetos”, afirmó no sé quién. Y parece que hablaba de mí. Hace tiempo que no escribo poemas, pero con cierta frecuencia, y como sin querer me entretengo con algún soneto.
            Hoy, al ir a tomar café antes del cine, encuentro cerrada mi cafetería habitual. Pero me siento en el lugar de costumbre, en la esquina de la gran cristalera, enciendo el iPad, espanto la melancolía y me dejo llevar por el ir y venir de las rimas mientras llega la hora de ver Las dos caras de enero, que algo conservará de la desasosegante novela de Patricia Highsmith en que se basa.
            “El viento que en las ramas se movía, / la noche que en lo alto nos miraba, / testigos de lo mucho que te amaba / cuando callaba y nada sucedía.
            El viento, el tiempo, su melancolía / y una noche que nunca más acaba. / Mi vida para siempre vuelta esclava / de lo que no te dije en aquel día.
            Callé cuando debiera haber hablado. / Y desde entonces solo soy lamento / que enternece a las piedras con su acento.
            Todos tienen piedad de un desdichado. / Solo la muerte no que quiere bien. / Su abrazo busco, encuentro su desdén”.


Lunes, 16 de junio
SOLOS, IRREMEDIABLEMENTE SOLOS

En un viejo libro, encuentro subrayadas estas palabras: “Solos, irremediablemente solos; he aquí la verdad. Subimos hasta el presente desde las remotas profundidades del océano del tiempo, semejantes a esas algas enormes que mezclan sus florescencias sobre la superficie líquida y se enlazan únicamente, junto al fondo misterioso, por los tallos que se hunden en la sombra de las aguas. Es el pasado, el tronco de los instintos primitivos, lo que nos une a nuestros hermanos. La flor de nuestra vida individual permanece interior y oculta. Cada uno de nosotros habita una isla desierta”.

Martes, 17 de junio
VIVIR PARA CONTARLO

Si hay salud y no se pierde la curiosidad, resulta apasionante ir cumpliendo años. Es como adentrarse en un distante territorio o ver las cosas de siempre con una luz distinta.
            Y si la historia, que siempre va a su paso, acelera de pronto el paso como regalo de cumpleaños, pues otro motivo para mostrar agradecimiento.
            Me siento como un personaje de Galdós asistiendo entre bastidores a los tejemanejes de una nueva entrega de los episodios nacionales.
           
Miércoles, 18 de junio
LA HISTORIA DE MI VIDA

Una vez encontré un tesoro. Pero se casó con otro. Fui dos veces afortunado.
            O eso quiero creer.


Jueves, 19 de junio
PERO YO NO ESTOY SOLO

A Torrelavega, hasta ahora, la había visto siempre desde la ventanilla del autobús, camino de Santander. Sus chimeneas industriales y su aire suburbial no invitaban a visitarla. Esta tarde, tras los fastos quizá menos ilusionantes que protocolarios del nuevo reinado, me ha traído a ella Rafael Barrett.
            Curioso personaje Barrett. Vivió dos vidas que no parecen conciliables en una misma persona. Cuando Baroja se inspiró en él para escribir Las noches del Buen Retiro, melancólica evocación del Madrid finisecular, le hizo morir en las últimas páginas. Y es que, verdaderamente, el dandy Barrett, el duelista, desdeñoso, irascible Barrett, el personaje de Luces de bohemia y de las memorias de Cansinos, murió al dejar España –humillado, calumniado, ofendido– para resucitar en Paraguay como alguien radicalmente distinto. Durante los primeros treinta años de su vida no escribió nada; en los cuatro últimos, una obra vibrante, hiriente, inagotable.
            Rafael Barrett nació en Torrelavega y a Torrelavega he venido esta tarde a presentar la selección de sus aforismos que preparó mi amigo Cristian David López.
            ¿A quién votaría hoy Barrett? Sospecho que a Podemos y me divierte imaginar lo que habría escrito sobre las ceremonias de la abdicación y la proclamación tras leer el artículo que dedica a los exreyes de Portugal, don Manuel y doña Amelia.
            Yo, que he vivido algunos años más que Barrett, soy bastante más conservador. Y bastante escépticos sobre las soluciones radicales. Soy de los que piensan que nunca están las cosas tan mal que no puedan ponerse peor.
            Torrelavega, que sabe que la visito por compromiso y sin hacerme muchas ilusiones, primero me frunce el ceño y luego, poco a poco, y gracias a los buenos oficios de Luis Alberto Salcines, comienza a sonreírme. Me gusta el empaque catedralicio de la iglesia de La Asunción, el contraste entre su perfil nórdico y las altas palmeras que la escoltan, y me asombra la inmensa cúpula, tan de Luis Moya, que aquí renuncia a su habitual afán historicista, de la iglesia de la Virgen Grande. Poco después, calle de la Consolación adelante, me encuentro con el café Central, que todavía conserva, en sus maderas y en sus espejos, el aire reposado y provinciano de otro tiempo. Un café para sentarse sin prisas y leer, o recordar, a José Luis Hidalgo: “Pero yo no estoy solo, mi ser vivo / lleva siempre los muertos en su entraña. / Moriré como todos y mi vida / será oscura memoria en otras almas”.


Viernes, 20 de junio
MI VERDAD Y OTRAS MENTIRAS

De vez en cuando, y sobre todo después de una noche de mal dormir, pienso que he equivocado mi camino. Pero ya es tarde para volver atrás y emprender otro. Y además, a fin de cuentas, todos acaban llevando al mismo sitio.
            ¿Y qué camino es el que me habría gustado seguir? Pues el de las matemáticas o el de la física teórica, la invención rigurosa de otros mundos que nada tienen que ver con este pero que acaban explicándolo.
            De esa frustrada vocación científica mía, me queda un afán de objetividad, de no creerme nunca lo primero que me cuentan.
            He aprendido también a no fiarme demasiado de mí mismo. Las evidencias, engañan a menudo, y por otra parte siempre tengo muy en cuenta los versos de Machado: “En mi soledad, / he visto cosas muy claras / que no son verdad”.
            Ahora me dedico a estudiarme a mí y a la gente de mi edad que tengo más cerca, como en un experimento de laboratorio. Voy anotando en un cuaderno el resultado de mis observaciones.
            Todavía no me atreve a sacar conclusiones, pero todo indica que uno, con los años, se convierte en su propia caricatura, física y moral. Y sin embargo mi impresión es que los años me hacen mejor: más paciente, más comprensivo, hasta más inteliente.
            Me imagino que eso nos pasa a todos. Siempre he dicho que la inteligencia del hombre no busca la verdad sino, como un buen abogado, solo la verdad que más conviene a su cliente, aunque no sea toda la verdad o ni siquiera sea verdad (basta con que dé el pego ante el tribunal).
            Todos necesitamos engañarnos un poco a nosotros mismos para poder soportarnos, para poder sobrevivir. Pero yo no me conformo con eso. Mi frustrada vocación científica me lleva a tratar de ser lo más objetivo posible.
            Me gusta el fascinante espectáculo de lo que el tiempo va haciendo conmigo, y con los demás. No me canso nunca de mirarme vivir, caer, levantarme. Mi amigos piensan que siempre quiero tener razón. Y tienen razón. No soporto estar en el error, por muy confortable que resulte. Como la imprenta Plantin-Moretus, de Amberes, que colgaba las galeradas en la calle y pagaba al transeúnte que descubriera una errata, así también a mí me gustaría exponer mis ideas y creencias a la vista de todos y abonar una buena cantidad a cualquiera que me señale algún error. Tendría que ser millonario para no arruinarme de inmediato. O no. Hacen falta buenas razones para convencerme de que, lo que yo creo una afirmación verdadera, es un error. ¿Lo es mi reiterada afirmación de que, en la Constitución española, tal como está redactada, y al contrario de lo que todos afirman, no resulta nada claro que las posibles actividades delictivas del rey en su vida privada carezcan de responsabilidad penal? De momento nadie se ha tomado la molestia de refutarme; yo espero que me dé razón el tiempo, cuando esa verdad ya no suponga ningún peligro para nadie.
            Reconozco que no siempre resulta fácil convencerme de algo; soy alérgico a los argumentos de autoridad.
            Al final de uno de sus sonetos, escribió Unamuno: “Dios nos dio el pensamiento como prueba. / Dichoso el que no sabe que lo lleva”.
            Pero yo soy tan bruto que prefiero tener razón a ser dichoso. Algo conservo de mi frustrada vocación científica. Por eso, a quienes me dicen que cada uno tiene su verdad y que todo es relativo, les respondo con los versos de Machado: “¿Tu verdad? No. La verdad. / Y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”.


Sábado, 21 de junio
DIFÍCIL ME LO PONÉIS

Todavía hay quien piensa en España que el anterior Jefe del Estado merece todos los elogios que estos días le dedican los periódicos. No quienes han redactado esos artículos, por supuesto, pero sí mucha buena gente de la calle. Pero el gobierno se esfuerza en desengañarles. Cada paso que da, cada nueva justificación del aforamiento exprés, vierte una más turbia sombra de sospecha sobre el achacoso monarca.
            Hay quien dice, yo no me lo acabo de creer, que estamos ante otro pacto del capó, como en el 23F. Que para lograr que el rey abdicara hubo que firmar un acuerdo por el que el gobierno se comprometía a garantizar su impunidad. Yo no creo en ese pacto de mafiosos; si existiera, ningún gobierno medianamente decente se sentiría obligado a cumplirlo.
            Pero reconozco que el gobierno nos lo está poniendo difícil a los que aún pensamos que el anterior Jefe del Estado fue fiel a su juramento de “guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes”.
            Me llama una amiga desde Francia. “Algo apesta a podrido en el Ruedo Ibérico, amigo Martín. Me alegra estar fuera, no sé como tú soportas el mal olor. Ya lo decía Quevedo: razón de Estado, razón de establo. Leo en la prensa que tratan de disimular esa ley que quieren crear para librar a una persona de la ley diciendo que no es solo para el exmonarca, que también van a aforar a la Princesa de Asturias. Qué país el tuyo y el mío, amigo Martín. Ya no respetan ni a la infancia. ¿Qué quiere decir que una niña de ocho años será aforada? ¿Que cuando cometa una travesura no podrán castigarla los padres sino que tendrán que llamar al Tribunal Supremo? Sospecho que hoy a Valle-Inclán para escribir sus esperpentos le bastaría con copiar lo que dicen los periódicos”.



            

domingo, 15 de junio de 2014

A buen entendedor: España en marcha


Viernes, 6 de junio
ADVERTENCIA

Soy la persona más egoísta del mundo. Aparte de mí no me interesa nada más, salvo el mundo en general y mi país y mis amigos en particular.


Sábado, 7 de junio
LA ILUSIÓN DE ABRIL

Salgo del hotel y en el portal siguiente me encuentro con una placa que indica que allí nació y vivió el doctor Marañón. ¿Sería en esta casa donde, la mañana del catorce de abril, se reunieron Romanones y Alcalá Zamora? Apenas habían terminado de escrutarse los votos y la gente ya se había lanzado a la calle. "¿Antes de que se ponga el sol el rey debe de estar fuera de España? Si no, no respondo de lo que pueda ocurrir". Y antes de que se pusiera el sol el rey, el ya ex rey por la fuerza de los hechos, embarcaba en Cartagena dejando a su familia en el Palacio Real, sin protección alguna, confiada solo a la buena voluntad del pueblo de Madrid.
            Miro hacia los balcones: en ellos se refleja la luz de esta hermosa tarde de junio. El sol de aquel abril se nubló pronto, pero lo que vendría después –tanta traición, tanto heroísmo, tanta sangre– no sería capaz de borrar la ilusión de aquel día.
            Ahora nada es igual que entonces y sin embargo --contra toda evidencia-- yo siento aquella ilusión. Se va un rey que, diga lo que diga la prensa oficial, no siempre se ha comportado con la ejemplaridad que correspondía a su cargo.
            Como en el viejo cuento del conde Lucanor –y Cervantes y Andersen–, nos dijeron que vestía un rico manto adornado con todas las virtudes cívicas. Unos fingieron creérselo, porque convenía a sus intereses, y otros --los más ingenuos-- nos lo creímos de verdad. Fuimos luego los más indignados y los que ahora más nos alegramos con su inesperada marcha. Temíamos --era lo que se deducía de sus palabras y de las de peñafieles y ansones-- que prefiriera emular a su mentor, Francisco Franco, muriendo en la cama sin abandonar el cargo, en lugar de seguir el ejemplo de su padre.
            Entre las razones para abdicar parece que pesó mucho la promesa de que le tejerían de inmediato un nuevo manto de aforado que le protegiera de las "demandas infundadas". Pero las demandas infundadas se caen por su propio peso; el problema son las otras, las fundadas y bien fundadas.
            Para mí, republicano posibilista, como Castelar y Rubalcaba, ha fracasado un rey, pero no, todavía no, la monarquía que yo voté en 1978.
            Soy tan iluso que aún no he perdido la esperanza de que Felipe VI sea capaz de romper con las corrupciones de unas tristes décadas en las que pocos se libraron de mancharse las manos, aunque los más listos –que siempre son de derechas– lograran darle a sus prebendas y sobresueldos una apariencia de legalidad.
            Pero Felipe VI, y él lo sabe bien, no será más que un rey interino hasta que los españoles le confirmen como tal en unas elecciones. ¿Que a los reyes no se les vota? No se les vota directamente, pero dependen de la audiencia tanto o más que cualquier programa de televisión. Cada semana, y casi cada día, han de estar pendientes de las encuestas. Si su popularidad baja, el más pequeño resfriado, incluso unas elecciones municipales, se los pueden llevar por delante.


 Domingo, 8 de junio
LAS CUENTAS CLARAS

Sin paseo matinal, por el parque o por un mercadillo, y sin el reposado café posterior mientras hojeo el periódico, no hay domingo que valga la pena. Mi hotel está al lado del Retiro y, para que el placer sea completo, en la plaza de la Independencia me encuentro un quiosco con los diarios asturianos.
            –Qué suerte –le digo a Javier Almuzara, que ha venido también a firmar a la feria del libro, tras hojear La Nueva España–, ya no tendré que matricularme en Derecho. Parece que Francisco J. Bastida ha condescendido en explicar al vulgo indocto por qué considera que la Constitución da al rey licencia para delinquir.
            –Me alegra que te convenza, es una de los mayores expertos en la materia y un excelente profesor.
            –-No se trata de si me convence o no, sino de si lo que dice se ajusta a la Constitución. Contra lo que suele ser habitual, y al contrario que en otros escritos periodísticos, cita completo, o casi completo, el artículo 56.3: “La persona del Rey es inviolable, y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados, careciendo de validez sin dicho refrendo”. Digo que lo cita casi completo porque ese artículo señala también la única excepción al necesario refrendo por parte del Presidente del Gobierno, los Ministros o el Presidente del Congreso: el nombramiento y el cese de los miembros civiles y militares de su Casa. Por tanto si, como sostiene Bastida (y el resto de los constitucionalistas, todo hay que decirlo), con la expresión “la persona del Rey” se alude a que la “inviolabilidad” afecta no solo a sus actos como Jefe del Estado sino también a la esfera privada, todas las actividades que tengan que ver con sus negocios particulares han de estar refrendados por el Presidente del Gobierno o por algún Ministro y, si ha hecho negocios, legales o ilegales, sin dicho refrendo, los compromisos que haya adquirido carecen de validez. Pero aún hay más, de acuerdo estrictamente con la interpretación de Bastida (que no es la única posible, dada la ambigua redacción constitucional), “de los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”. O sea, que si el rey hubiera cobrado comisiones ilegales a la manera de Luis Roldán (el mejor director de la Guardia Civil, según leíamos en los periódicos hasta el día antes de su destitución, o hasta el día después, ya no recuerdo bien), el responsable de ello sería el gobierno, por acción (haber refrendado ese particular negocio) o por omisión, no haber cumplido con su deber constitucional de “refrendar” los actos del Rey (salvo los que se refieren al nombramiento y cese de los miembros de su Casa). Y quede claro, amigo Almuzara, que yo no digo que el rey haya cometido alguna ilegalidad, para mí la presunción de inocencia es sagrada, se trate del rey, de Magdalena Álvarez o de cualquiera. Lo que afirmo, con la Constitución en la mano, incluso interpretándola como la interpreta Bastida, es que ningún acto del rey, público o privado, quedaría al margen del código penal; simplemente, el peso de la ley no caería –mientras sea Jefe del Estado– sobre él, sino sobre el gobierno que lo ha permitido.
            ––Dices cosas que no dice nadie, Martín.
            ––Salvo la Constitución. Lo que no está claro es en qué se diferencia “la persona del Rey” del Rey. Para justificar que de la Constitución se deduzca que los actividades privadas del rey, esto es, sus negocios, el origen de su fortuna (que es lo que nos interesa a los españoles, no sus actividades de cintura para abajo), estén amparadas por la “inviolabilidad”, Bastida recurre a argumentos muy sutiles, como que “El Jefe del Estado no es el Rey, sino que el Rey es el Jefe del Estado”. No voy rebatir a un especialista, le dejo la delicada tarea de partir un pelo en dos. Pero no creo que tampoco él se atreva a rebatir a la Constitución ni a aclarar sus ambigüedades. Esto último queda para el tribunal Constitucional. Resumo: la supuesta inviolabilidad del rey en lo que se refiere a sus negocios privados resulta, cuando menos, confusa. La Constitución no garantiza la impunidad de nadie, y menos que nadie la del rey, simplemente transfiere la responsabilidad de sus actividades como Jefe del Estado al gobierno de turno. De sus actividades particulares, en mi opinión (atenida a la literalidad del texto constitucional) no dice nada, por lo que estarían sometidas, como las de cualquier ciudadano, al código penal; en la interpretación de Bastida, deberían ser también refrendadas por el gobierno, que sería el responsable, por lo que tampoco habría impunidad. Queda claro, pues, mientras el tribunal constitucional no diga lo contrario, que la Constitución que yo voté (y de la que un tiempo estuve tan orgulloso) no da a nadie licencia para delinquir, y menos que nadie al rey que, para ser rey, ha de jurar cumplir y hacer cumplir las leyes.
            Al irse, el monarca debe dejar las cuentas claras. Y, si no lo están, que el gobierno asuma su responsabilidad y nos las explique convincentemente a los españoles.


Lunes, 9 de junio
SEÑOR DE MÍ

En este junio feliz, entre abril y septiembre, visito primero a una vieja amiga en el renovado Museo Arqueológico y luego, en el Museo Romántico, me dejo seducir por otra, aquella reina caritativa y frescachona que veraneaba en San Sebastián cuando los españoles se alzaron al grito de “¡Viva España con honra!”. Sus partidarios le pidieron que abandonara a su detestado amante y volviera a la capital, pero ello mandó traer de Madrid sus joyas, siete inmensos baúles cuenta la tradición, cogió del brazo a su favorito, el guapo Carlos Marfori, y se largó a París a disfrutar de los burbujeantes amenes del Segundo Imperio.
            Frente al rostro enigmático de la Dama de Elche, a la que interrogo por el futuro sin recibir respuesta, recuerdo unos versos de Antonio Machado: “No está el mañana ni el ayer escrito”. Y en el recóndito jardín del Museo Romántico otros de Calderón: “Pequeño mundo soy y en eso fundo / que, si soy señor de mí, lo soy del mundo”.


Jueves, 12 de junio
CADA UNO ES COMO ES

“Ten cuidado, Martín, con las cosas que dices, que son las que muchos pensamos, pero ni se nos ocurre decirlas en público”.
            “Bueno, cada uno es como es. Yo soy de esos españoles que, como Miguel Servet, se dejarían quemar en la hoguera antes de callar su verdad. Recuerdo que en tiempos de la dictadura, cuando el monarca que abdica era Príncipe de España (su padre le había prohibido serlo de Asturias), pasé un tiempo, por motivos que no vienen al caso (pero que en nada afectan a mi honorabilidad), incomunicado en una celda de la Dirección General de Seguridad. Lo primero que me dijo uno de los esbirros que me interrogaban fue: “Espero que no se haga el valiente y nos diga la verdad. Aquí cantan todos, sabemos cómo convencer a la gente”.  “Yo nunca miento”, respondí. Y era cierto. Era cierto entonces, ahora ya he aprendido a ser casi tan hipócrita como cualquiera. Pero no en asuntos que afecten al honor y a la dignidad de mi país.
            Han vuelto a engañar al rey bon vivant los que le han dicho que con un apresurado aforamiento se arregla todo (¿de qué serviría si el juez Castro, sigue el ejemplo de la juez Alaya?). Lo que le protegía es el pacto de silencio de los grandes medios periodísticos. Si ese pacto se rompe, no hay aforamiento que valga.


Viernes, 13 de junio
CONTINUARÁ

Ahora resulta que el rey, tras abdicar, seguirá siendo rey, pero pierde la “inviolabilidad”, con lo que parece demostrado –como decían el sentido común y la Constitución, pero no los doctos catedráticos– que estaba ligada a sus funciones como Jefe del Estado, no a la “persona del rey” (¡el rey es rey las veinticuatro horas del día!, afirmaban los “especialistas”); sus actividades privadas no quedarían cubiertas por ella. 
            Continuará. No hay novela por entregas más apasionante que la historia de España.