En
1955, un prolífico escritor de éxito imagina un cuento en forma de carta, de
despechada carta al erudito que ha dedicado su vida a rescatarlo del olvido.
“Rabio por esa burla del destino de los escritores: dar a otro, al comentador
impune, mesa y laurel, gloria y provecho..., lo que no obtuvo la creación
ensangrentada y difícil”. Ya estamos en ese futuro. ¿Qué gloria y qué provecho
le espera al estudioso que publique una monografía sobre Tomás Borrás?
---A mí ni me suena ese Borrás.
---En 1955, a Tomás Borrás –admirado y
adulado-- le quedaban todavía muchos años por vivir y muchos libros por
escribir: no moriría hasta 1976. Desde la adolescencia, muy a principios de
siglo, vivió o malvivió de la literatura. Comenzó escribiendo en periódicos, La mañana, de izquierdas, o La tribuna, de derechas, que no pagaban
la colaboración y que por eso permitían a los redactores, llenar las páginas
con cuentos, entrevistas, crónicas, todo lo que se les ocurriera en los ratos
que les dejaban libres el chantaje y el soborno, los más habituales géneros
periodísticos de la época. El periodismo le enseñó a escribir con desparpajo y
fácil brillantez de cualquier cosa y a cambiar de tono ideológico según
cambiara la propiedad del diario. En los años veinte, estuvo en Marruecos y de
allí se trajo la experiencia para su primera novela, La pared de tela de araña. Los críticos ensalzaron su capacidad
para la imagen inédita, la metáfora virgen y el engarce nupcial de nombre y
adjetivo, según la retórica de la época. Otra novela, La mujer de sal, docenas de cuentos y novelas cortas, un puñado de
pantomimas teatrales lo colocaron entonces a la cabeza de la nueva literatura.
En el laberinto de los años treinta, sintió, como tantos otros vanguardistas,
la fascinación por José Antonio, ese hijo putativo de Isabel la Católica y de Ortega
y Gasset, como dijo no sé quién. Tuvo mala suerte: triunfaron los suyos. ¿A
quién pueden interesar hoy sus libros si escribió también Checas de Madrid y El Madrid
de José Antonio y no fue capaz de borrarlos a tiempo de su bibliografía?
Escasa gloria y escaso provecho aguardan al erudito que intente rescatar del
olvido a Tomás Borrás, admirable y franquista, aunque lo primero –sobra
decirlo-- nada tenga que ver con lo segundo.
---Pues no sé yo si tienes razón, Martín. Hoy
están de moda los escritores de derechas. ¿No estás tu preparando una edición
de la poesía completa de Agustín de Foxá?
---La
verdad es que la meta es el olvido, tanto de los escritores de derechas como de
los de izquierda. En lo que no tenía ninguna razón Borrás. es en arremeter
contra el estudioso que obtiene “provecho y gloria” a costa de la creación
“ensangrentada y difícil”. Los escritores, una vez muertos, no serían nadie si
no nos ocupáramos de ellos. Somos sus ojos, sus manos y sus pies.
---No
todos tienen la misma suerte póstuma. Un año después, se sigue hablando de Xuan
Bello tanto o más que antes. ¿Se seguirá hablando de Vicente García, que murió
el domingo pasado, dentro de un año, dentro siquiera de un mes?
---Por
supuesto. Ya se está preparando la edición de su poesía completa, Todos
aquellos sueños, una sorpresa para muchos. Son apenas doscientas páginas,
pero no necesitaron más Garcilaso o San Juan para resistir el naufragio de los
siglos.
---Vicente
no es Garcilaso, Martín, no exageres.
---Era un
poeta verdadero, y eso es lo que importa. Su obra no es torrencial, solo un
hilillo de agua clara que se mantendrá fresca y apagará la sed de los lectores,
no importa si muchos o pocos, durante bastante tiempo.
---¿Conoces
esta fotografía? Esta Vicente en el centro de la tertulia, como presidiéndola
silencioso. Yo nunca le escuché hablar cuando coincidí con él. Tú, en cambio,
estás perorando como de costumbre.
---No
recordaba esa foto. Muchas gracias, Bueres. Alguno de los que en ella aparecen
también han desaparecido por el escotillón.
---Siguen
su vida, que también hay vida literaria fuera de la tertulia, Martín. ¿Crees
que a ti se te seguirá leyendo dentro de doscientos años, como te gusta
presumir?
---Y
dentro de mil o dos mil años… Es broma, claro. Mi vanidad no es del todo
verdadera. Estoy a gusto con el poco caso que se me hace. El editor y el
escritor profesional, necesitan vender miles de ejemplares. A mí me basta con
una docena, o dos, de buenos lectores. Y esos los he tenido siempre. A
propósito de la fama, me gustan mucho unos versos de Byron: “Escribo para lo
mismo que se juega a las cartas / y se bebe o se lee: para matar el tedio. / Me
distraigo trayendo hasta el papel / lo visto y lo soñado, alegre o triste; /
luego lanzo a la corriente lo que he escrito / y bien poco me importe que flote
o que se hunda”.
---¿Bien
poco te importa? A ti, lo que más te gustaría es pasar a la historia de la
literatura, a los libros de texto.
---Y
a los escritores que están momificados en los libros de texto nada les gustaría
más dejar de ser tediosa lectura obligatoria, materia de examen.
---Al
apolillado Azorín, desde luego. Veo que traes un libro suyo. Llevas más de
medio siglo leyéndolo. ¿No te tienes ya muy sabida a esa antigualla del 98?
---En
1898, Azorín todavía no es Azorín, pero es ya autor de unos incendiarios
panfletos anarquistas y de un escandaloso diario, Charivari, en el que, entre otras lindezas, acusa a Joaquín Dicenta
de engañar a su amante con la amante de Julián Romea, al poeta Grilo de
publicar una elegía a un hijo “que le nació muerto, a consecuencia de una coz
que el vate le disparó a su hembra estando embarazada”; a Balart, de haber
matado a su mujer a disgustos y luego hacerse famoso publicando “un tomo de
versos en que lloraba a lágrima vida su cara esposa”. Terrible, tremebundo
Martínez Ruiz, expulsado del diario republicano El País por escribir un artículo en defensa del amor libre. Pero el
anarquista que conmociona a la sociedad literaria y hace temblar a las gentes
de bien, es solo un buen hijo de familia al que su padre llama al orden: “Hazme
el favor de no escribir más tonterías hasta que acabes la carrera”, “Sí, papá”.
Y ahí tenemos al inventor de la generación del 98, al enemigo de toda
autoridad, concentrado en los manuales de Derecho y peregrinando de una
Universidad a otra en busca de los catedráticos más benévolos. En el 98, a
Azorín no le dolía España: le dolía la regañina de su padre por los suspensos.
---O sea,
que sus diarios eran aún más escandalosos que los tuyos. Nadie lo diría.
---Pocos escritores más
paradójicos que Azorín, el manido Azorín, el reseco Azorín, el archisabido
Azorín. Quien sólo lo conozca por las lecturas escolares, por sus hidalgos y su
punto y coma, no lo conoce. Hojeo estos días al azar --tres tomos, cerca de
cinco mil páginas-- sus Obras escogidas,
los baúles de un ilusionista de los que nunca acaban de brotar sorpresas. Y
fuera quedan otras tantas páginas, dispersas en periódicos o mal coleccionadas
en heteróclitos volúmenes. Azorín, setenta años escribiendo, no es un escritor,
es por lo menos media docena de escritores. Ninguno tan sorprendente como el
que va de 1926 a 1936, el de la briosa campaña teatral, el del periodismo
republicano, el de los cuentos ingenuos y mágicos de Blanco en azul, el que pone a Santa Teresa a recorrer las
carreteras de Castilla al volante de un descapotable y nos presenta a Góngora
en el bar de un transatlántico o en un tren “que se desliza vertiginoso sobre
los lucientes rieles”, el que –émulo de Julio Verne-- inventa la televisión
para convertir al padre Feijoo en jefe de los servicios informativos de la
mayor cadena de información mundial.
---“¡Admirable Azorín el
reaccionario / por asco de la greña jacobina1”, que dijo Machado y tú deberías
decir de alguno de tus antiguos amigos, como Juaristi.
---Prefiero recordar lo que afirma
un poeta menor en los versos de Borges: “La meta es el olvido. / Yo he llegado
antes”. Yo no tengo ninguna prisa en llegar a esa meta.



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