domingo, 6 de noviembre de 2011

Razón de más: El editor, el amigo, el héroe

Sábado, 29 de octubre
MALA MEMORIA


Comida en el Germán, frente al Niemeyer, con amigos de hace más de treinta años, de los tiempos de Ana de Valle. Regreso luego a casa por la calle de la Cámara rodeado de fantasmas. Al llegar al Parche, se me acerca un desconocido: “¿José Luis García Martín? ¿Tiene un momento? Querría mostrarle algo”. “Espero que no sean poemas”, pienso mientras trato de librarme de él con más o menos cortesía. “Tengo un poco de prisa”. “Es solo un momento”. Y me lleva hasta una casona con escudo de la calle de la Ferrería. Ascendemos por una húmeda y desvencijada escalera hasta una especie de desván. No enciende la luz. Mientras yo espero en la puerta, abre un ventanuco. Los oblicuos rayos del sol iluminan el polvo que flota en el aire y los montones de libros que hay por todas partes. “¿Ve como valía la pena acompañarme?”, me dice sonriendo. Yo ya no le atiendo, de inmediato me puesto a escarbar, como un hurón feliz, en el montón más cercano. Hay de todo. Muchas cosas sin interés (literatura más o menos marxista de la época de la Transición, clásicos en malas ediciones de bolsillo), pero también bastantes primeras ediciones de Galdós, Clarín, Palacio Valdés y un montón de tomos del Teatro crítico, de Feijoo, en ediciones del XVIII. “¿De dónde ha salido todo esto?”, pregunto levantando un momento la cabeza. Y entonces me doy cuenta de que estoy solo. Me asusto, no sé por qué y voy hacia la puerta, temiendo encontrarla cerrada. Al poco reaparece mi anfitrión. “Estoy preparando café. ¿Querrías tomar una taza?”. Le acompaño a una pequeña salita que da a un oscuro patio interior. “Tengo que desalojar esta casa, que van a reformar, y antes de llamar a un librero de viejo para que vacíe el desván se me ocurrió que podría hacerte ilusión quedarte con algún volumen. ¿Te interesa algo?”. Quise saber la historia de aquellos libros.  “Unos, seguramente los menos interesantes para ti, era míos. No quise llevarme ninguno cuando me fui a Madrid. Los otros, de un tío abuelo amigo de Clarín y al que Palacio Valdés menciona en algún artículo”.
            “¿Puedo volver otro día?”, pregunté. “¿Cuándo vas a llamar al librero?”. Tenía que regresar pronto a Oviedo porque desde Nueva York retransmitían Don Giovanni.
            “Lo antes posible”, dijo. “También quería pedirte el teléfono de algún librero”.
            Volví a subir. “¿Cuánto quieres por Feijoo?”, le dije. “Me gustaría que lo aceptaras como regalo”. Y fue entonces cuando la cubierta amarilla de un delgado volumen que asomaba bajo unos tomos de la Gran Enciclopedia Asturiana me llamó la atención. Y era efectivamente lo que me parecía: nada menos que  Marineros perdidos en los puertos, mi primer libro, publicado a comienzos de 1972. Y estaba dedicado. Me ruborizó un poco leer la dedicatoria, y más mirar luego la cara de mi anfitrión. “Sí, soy yo. ¿De veras no me habías reconocido? Creí que estabas disimulando”.
            No, no le había reconocido. En una vida caben muchas vidas. También los recuerdos caducan. De pronto tuve prisa por salir de allí. “No quiero llegar tarde a la ópera —dije—. Si te parece, vuelvo mañana”. Pero llegué tarde a la ópera. Y de sobra sé que mañana no voy a volver.
            ¡Cuántas vidas caben en una vida! Y qué poco orgulloso me siento de alguna de ellas. Afortunadamente, tengo mala memoria.


Domingo, 30 de octubre
CASI TAN BUENO COMO YO

De los amigos que te llaman de vez en cuando y te tienen horas al teléfono, el único del que no me cansa nunca es Abelardo Linares. Discutir con él de literatura o de cualquier cosa es como jugar una partida de tenis con un buen jugador, casi tan bueno como yo. Acepta además bastante bien el que yo nunca me dé por vencido.
Pero yo soy capaz de acabar con la paciencia del más santo, y a veces se harta de mí y desaparece un tiempo. El viernes me tuvo a teléfono durante media tertulia y yo aproveché para arremeter contra lo último que ha publicado, El caracol dorado, de Dionisia García, incluido en la colección de aforismos que dirige Manuel Neila. Le leo dos o tres blandas banalidades escogidas al azar: “Admirable la estudiosa A. Cárceles, cuyo talante y talento van a la par, sin hacer ruido…”, “Preocupantes las agresiones que sufre el lenguaje”, “El tiempo no pasa por los escritores altos”.


“Un libro así no beneficia ni a la editorial ni a la autora”, le digo. “Neila es poco exigente, acepta cualquier cosa. ¿Qué pinta ese cuaderno de notas en una colección que pretende reunir a los mejores aforistas de todos los tiempos?”
            Hoy me encuentro con Manuel Neila y le comento mi opinión sobre El caracol dorado. “Estoy completamente de acuerdo. Pero yo no tengo que ver nada con ello, no estaba previsto para la colección, fue una imposición de Abelardo, por simpatía hacia la autora, o porque paga la edición, no sé”.
             O sea que he metido una vez más la pata. Y volveré a quedarme por una buena temporada sin mi contrincante favorito para jugar al tenis dialéctico. Debería haberme callado, pero sigo pensando que a Dionisia García –buena amiga, una de las mejores personas que he tenido ocasión de conocer— le beneficia tan poco publicar sus ocurrencias sin una exigente criba como a cualquier editor publicar un libro solo porque lo financia su autor, o peor aún, cualquier institución.

Martes, 1 de noviembre
OTRA HISTORIA DE LOBOS


Entretengo en Los Prados las melancolías de esta tarde festiva con un café y tres o cuatro libros. El bullicio del centro comercial no me molesta. Todo lo contrario. Me concentro aquí como en la más apacible biblioteca y cuando dejo de leer y alzo un momento los ojos, para que lo leído sedimente, me siento muy bien acompañado por tantos desconocidos. Me gusta traer conmigo libros que se pueden picotear. Abro el Diario íntimo, de los Goncourt, y me encuentro con la siguiente anotación: “Esta luz implacablemente blanca de la luna en las primeras noches de noviembre, en esta noche del día de los muertos, es verdaderamente espectral. Me parece ver en ella reflejos de sudario”. A través de las cristaleras de la cafetería, trato de distinguir la luna. ¿Tendrá también reflejos de sudario? Y recuerdo de pronto una remota historia que me contó mi abuelo una noche de invierno. Estábamos sentados en la cocina de su casa, en torno a la chimenea; mi abuelo a un lado, mi abuela al otro, y yo frente a las llamas. “Cuando tenía tu edad –comenzó mi abuelo—, una noche de luna llena como esta, en que guardaba ovejas en el monte, me encontré con el lobo”. Yo debía tener entonces seis años, los mismos que cumplió Ernesto el otro día, y seguramente abrí mucho los ojos admirados, como hacía siempre que me contaba alguna historia que le tenía a él por protagonista (las únicas que le gustaba contar, los cuentos de hadas quedaban para mi abuela). “Estaba en el monte, una noche muy fría de luna llena, las ovejas se apretujaban en el redil y yo me acercaba todo lo que podía a la hoguera para tratar de calentarme. A lo lejos creí oír aullidos de lobos, pero no tenía miedo porque me acompañaba Sansón, un perro grande capaz de enfrentarse a cualquier bestia. El sueño me hacía dar cabezadas, y como era un niño tan niño como tú eres ahora acabé quedándome dormido. Me desperté de pronto medio muerto de frío; la hoguera se había apagado y en el silencio se oía una respiración feroz y una ruidosa masticación. Sansón, Sansón, grité. Y de pronto lo vi en el suelo, un gran manchón en la oscuridad, con el cuello lleno de sangre. En medio del rebaño una gran bestia alzó la cabeza y clavó en mí un momento los ojos. Entre las mandíbulas tenía sujeto un sanguinolento corderito. Era el lobo, el lobo más grande que yo hubiera visto nunca (y había visto muchos, aunque todos muertos, arrastrados por las calles del pueblo). Me miró solo un instante y luego siguió con su banquete. Pero yo sabía lo que significaba su mirada: En cuanto acabe con esto, iré por ti. Sabía que debía echar a correr, pero el miedo me tenía inmovilizado. Si estuviera aquí mi padre, pensé; con una sola mano podría acabar con cien lobos como este. Pero mi padre, tu bisabuelo, había muerto un año antes, y por eso yo, en lugar de estar en la escuela, estaba en el monte guardando el rebaño. Me acordé de lo que decía el cura, que si era bueno Dios me concedería todo lo que pidiera. Y yo era obediente y bueno y le pedí a Dios que viniera mi padre a sacarme de aquel apuro, como hacía siempre cuando estaba con vida. Y Dios me oyó, como no podía ser de otra manera, porque yo era un niño pequeño como tú y estaba solo y a punto de ser devorado por el lobo. Una figura apareció de pronto caminando en la oscuridad. Era mi padre. Le reconocí por la ropa que llevaba cuando le enterramos. El lobo huyó espantado al verle, como un perrito faldero, con el rabo entre las piernas. Luego se acercó hacia mí. Era mi padre, de eso no había duda. Aquel era el traje, el mismo del día de la boda, que llevaba cuando yo le había besado por última vez. Pero ahora estaba hecho andrajos, medio podrido. Y cuando alargó los huesos de su mano para acariciarme y cuando la desdentada calavera abrió la boca para decirme algo, yo di un grito, aterrado. Me encontraron a la mañana siguiente, medio muerto de frío, el rebaño destrozado por el lobo y a mi lado (te la voy a enseñar, todavía la llevo conmigo) una estampita de San Blas que yo le había puesto a mi padre en el bolsillo el día que lo enterramos”.


Miércoles, 2 de noviembre
SOÑÉ

Soñé que Dionisia García, siempre tan generosa, me regalaba un libro: Pensar, de Vergílio Ferreira. Al despertar, no lo tenía a mi lado en la mesita de noche, como Coleridge la flor que cortó en el jardín del sueño, pero recordé que ese libro lo había leído hace tiempo y que estaba en un rincón de mi biblioteca. Lo busqué, y al abrirlo al azar lo primero que me encontré fue la siguiente frase: “¿De qué te sirve la inteligencia si no tienes inteligencia para usarla con inteligencia?”. Y luego, en la misma página, unas líneas más arriba: “Es posible que una obra de primera sea considerada de cuarta por un cretino de quinta”.
            Interpreté entonces la sonrisa de Dionisia en el sueño: “¿Ves como yo también puedo ser mala? ¡Es tan fácil! Pero no quiero serlo”.

Viernes, 4 de noviembre
HÉROES


Soy un hombre prevenido. No hay lectura de poemas o conferencia a la que no me lleve un libro. ¡He tenido que aguantar cada cosa! A la lectura de Cristian David López, en Gijón, llevo Los héroes del trabajo, publicado en 1884, una maravillosa colección de mínimas biografías de grandes hombres –escritores e inventores, artistas y militares—  que tuvieron que superar una infancia difícil y que gracias a su esfuerzo llegaron a lo más alto. “A la verdad, maravillan los grandes resultados del trabajo”, nos dije Joaquín Olmedilla, traductor y prologuista. “Solo así se explica el descubrimiento del telégrafo, teléfono, fonógrafo, la locomoción por vapor, fotografía, radiofonía, etc., todo lo cual forma el más brillante diploma que puede ostentar la laboriosa centuria en que vivimos, con cuyos inmarcesibles laureles pasará ciertamente a la historia”. Sonrío ante el estilo del prologuista, pero luego me emocionan hasta las lágrimas algunas de estas historias de superación. Que leo ya en casa; durante el recital no tuve necesidad de abrir el libro.


22 comentarios:

  1. Martín, la fabada del Germán te debe de inducir sueños monstruosos: el fantasma de Ferrería (mira si será una criatura irreal que en el fragor de la Gran Crisis te ofrece gratis piezas bibliográficas primorosas...); el zombi del Pinajarro (no te sabía degustador del "Thriller" micheliano); el lobo que huye con el rabo entre las piernas (¿las piernas del lobo?, ¿la pata que metes en el sembrado de Manuel Neila?). Luego me extraño de que discurras de modo tan pintoresco cuando peroras de política. Menos mal que has prometido no volver a las andadas...

    PS.- Es la foto que publicas de una calle de Avilés una pequeña muestra del encanto que posee la vieja traza urbana de la villa. Alguien despistado la podría confundir con un rincón del Fontán vetustiano. Pero en este de Avilés se aprecia la pátina del tiempo, el look de lo auténtico. El exabrupto de esa novísima columnna toscana sirve de contrapunto para que mejor apreciemos lo que -por fortuna- ha llegado en buen estado hasta nosotros. Y digo nosotros porque, aunque cilúrnigo, quiero a esta encantadora ciudad como propia. Qué diferencia con la afeitada, relamida y desnaturalizada antojana de Tigre Juan...
    En lo de Cristian David, te he tenido a medio metro de mi cara. Te miré (desde arriba) con fijeza pelín impertinente, a la vez que esbozaba una "enigmática sonrisa", que dirían los antiguos. Un vano intento -dada tu acreditada falta de perspicacia- de que quedaras con la duda de si algo malévolo no andaría batiendo las alas membranosas en torno tuyo.
    Era pedir peras al olmo.

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  2. Querido JLGM: Por alusiones. Dices (entre mil sabrosas cosas más): “Le leo dos o tres blandas banalidades escogidas al azar”; Estupendo oxímoron, como tuyo, y que tan bien te retrata: o escogidas o al azar, pues si son escogidas no pueden ser al azar y si son al azar no serán escogidas.
    Dada tu excelente y vieja amistad conmigo, con Manuel Neila y con Dionisia García debes de estar encantado con ese “caracol dorado” que te ha dado ocasión de “arremeter” contra tres amigos a la vez y, como quien dice, de un solo golpe, de muy parecida forma a la del matagigantes sastrecillo valiente.
    Neila quiere, quisiera, querría, o puede que hubiese querido, publicarte un libro de aforismos en su colección, aunque no te lo había dicho aún porque yo le pedí que esperase. Al parecer, como tú bien dices, es tan poco exigente que (a veces) acepta cualquier cosa.
    En cuanto a lo de “meter la pata”, es tan innecesario como injusto que cada dos por tres andes diciendo eso de ti mismo. Tú jamás metes la pata, solo la asomas.
    Tuyo afectísimo, Abelardo Linares

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  3. Carácter es destino, amigo Abelardo, y yo ya me estoy acostumbrando a que no voy a ser nadie en el mundo de las letras. Vamos, que no es que no me den nunca el Nobel (mi secreta aspiración, aunque dada mi natural modestia jamás la confiese), sino ni siquiera el Cervantes. En fin, que tendré que conformarme con no recibir ni los más humildes galardones, el reina Sofía, por ejemplo. Pero como soy de buen conformar me limitaré a merecerlos. Y en cuanto a los amigos sospecho que me veré reducido a los que me conocen poco o a los que, conociéndome bien, son tan masoquistamente inteligentes como para querer seguir siéndolo.
    Prometo no arremeter más contra el libro de algún amigo, por malo que sea (el libro, no el amigo), y limitarme --con el rebaño no pensante, o sea con la buena gente de la calle, incluidos opinadores habituales-- a arremeter contra banqueros y políticos, así en general, que es algo que no molesta a nadie y le ayuda a uno desahogarse. Claro que, si he de ser sincero, te diré que no estoy muy seguro de ser capaz de cumplir mi propósito.

    JLGM

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  4. A mí lo que me parece raro, señor Abelardo, es que sea usted tan ingenuo. Me da que si el señor Neila le contó a don José Luis lo del libro de Dionisia García, también le contó lo de su propio libro que usted propuso posponer. Lo que el muy sibilino calla y, en vez de mostrar su orgullo directamente, lo hace por persona interpuesta. Y no es que a don José Luis le importe parecer orgulloso, que no le importa; lo que sí evita es mostrar ese orgullo en su variante herida. Triste, en cualquier caso, que sea capaz de traicionar la confianza de un amigo (el Sr. Neila en esta caso) con tal de salvar una anotación de un diario cada vez más insulso. En fin. Lo demás es de hacer reír: así que se va a limitar a merecer ganar esos premios. Eso nos alegra: ¿tal vez se ha decidido por fin a escribir un buen poema?

    Marinera

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  5. Anónima Marinera, pues claro que me he decidido a escribir un buen poema; lo que pasa es que no se deja.

    JLGM

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  6. Mis felicitaciones Jose Luis,tu blog es todo un descubrimiento y le seguiré la pista.
    Eso sí, lo de llevarte un libro a los actos a los que te invitan está muy feo hombre (aunque luego no los abras ;) ).

    Andrea Vázquez

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  7. Pues siempre llevo un libro, o dos, y generalmente los abro, aunque disimule un poco si estoy en la mesa con el conferenciente. Está más feo aburrir al personal, esa costumbre tan extendida.

    JLGM

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  8. ¡Gracias por molestarte en contestar!
    Pues tienes razón en que aburrir al personal es siempre algo feo de narices, pero vamos, también es gracioso que lo digas siendo profe... entonces el día que te encuentres a un alumno tuyo leyendo "de estrangis" el MARCA durante tus explicaciones (que no estoy diciendo que tengan que ser aburridas eh?)¿le piensas felicitar?...
    Personalmente yo creo que a los sitios a los que no se está obligado a ir, si se va se va sin libro y si no pues no se va.
    Un saludo
    Andrea

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  9. Felicito a "Kurtz" por su divertida respuesta del 7-11, a las 18:46; esa irónica modestia es muy de mi gusto. Y sí, confieso: Kurtz/JLGM ha escrito ya, y publicado, no pocos buenos poemas. Y lo sabe. Y le encanta que se lo digan. Pues eso.

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  10. Respuesta a Andrea: mis alumnos, que son mayores, suelen quedarse en la cafetería cuando quieren leer el periódico; están más cómodos y yo jamás paso lista.
    Por otra parte, yo solo voy a lecturas y conferencias cuando no tengo más remedio (soy yo quien lee, presenta o diserta, o se trata de un compromiso para el que no he logrado encontrar excusa).
    Y gracias a "gatoflauta": piensa lo que yo de mis poemas, pero comprendo que esa buena opinión que tengo de mí mismo (aunque me la calle) pueda no ser compartida (generalmente, no lo es, pero estoy acostumbrado y soporto bastante bien no ser tan genial como me creo).

    JLGM

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  11. Amigo José Luis, este habitual tuyo pocopensante (en realidad sabe más que tú de casi todo), se ha visto desagradablemente sorprendido al comprobar que, en tu deriva hacia el Nife, has osado -creo que por primera vez- censurar una esquelita mía, bienintencionada como todas las que recibes de mi parte, pese a que pueda parecer que no lo son.
    Me queda la pequeña duda de que tal desaparición se deba a otra clase de censores, de los que este periódico viene haciendo uso discrecional, para descrédito suyo, si alguno tenía. Seré moderado en la crítica, dadas mis reservas al respecto.
    Sospecho que la censura de marras viene dada porque, en alguna parte de mi escrito, especulaba con los posibles complejos que pudieran mediar en una conducta tan pintoresca como la tuya..., y que -te hablo con total honestidad- no te favorece en la estima de quienes te leemos. Nada ganas con esa absurda petulancia que exhibes; a ninguno nos epatan las insulsas boutades, las pueriles ínfulas, los desplantes ridículos en su pretensión -dèjá vu- de imitar a ciertos enfants terribles que, por excelentes en lo que les distinguía, podían contar con la paciente benevolencia del distinguido público. Así, Apollinaire, Tzara, Dalí, los dadaístas en pleno, Valle Inclán, Arrabal, Ramón de la Serna, y un largo etcétera de personajes singulares, cayeron en la "debilidad" de obsequiarnos sus paridas..., sin que se empañase por ellas el prestigio merecido.
    Lo malo de los que sois mediocres (y que conste que yo le doy al adjetivo la primera acepción de la RAE, que no la segunda) es que este recurso os deja con el culo al aire. Es como esos malos contadores de chistes, que los cuentan poco convencidos de su talento para ello y, claro, les salen impostados e inoportunos.
    ¿A qué viene ese afán tuyo de quedar en evidencia insultando (que sí, que insultas) a gente sensata? ¿Qué crees que ganas haciéndote el original(?) con tus autobombos irrisorios¿ ¿No ves acaso que es esta una herramienta que -como te decía- sólo la pueden usar determinados individuos sin caer en lo grotesco?
    Es un principio dentro del psicoanálisis que si, en el desarrollo de la terapia, encontramos resistencia o repuesta hostil del paciente, es que hemos tocado material sensible: que estamos cerca de la fuente de conflicto.
    Tú has censurado "lo mío" porque aludía a tus probables complejos: touché.

    PD.- Si me dices que la supresión es porque se trataba de una tontería más de las mías, no voy a creerte: estarías muy ufano porque se enterara de ella el ancho mundo.
    No lo vas a publicar, pero me he querido dar el gusto.
    Salud.

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  12. Ha escrito usted muchos buenos poemas, don José Luis. Es usted uno de los mejores poetas de su generación. Lo que una no entiende es que en vez de conformarse con eso, prefiera ser la mosca cojonera. En fin, ¡sus razones tendrá!

    Marinera

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  13. Estimado F., a cualquier cosa se le llama censura. Moderar los comentarios no es censurar, es respetar a los lectores. En los comentarios de este blog tiene cabida cualquier tontería (a la vista está), pero no se puede arremeter contra nadie que no sea el firmante del blog. Se suprimió un comentario que hablaba de los "complejos" de un amigo mío con malos modos. De los míos se puede hablar, incluso con malos modos. Faltaría más. Son cosas que me divierten. O sea, a seguir psicoanalizando.

    JLGM

    JLGM

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  14. A ver, a ver, Martín, ¿cómo que he hablado -con malos modos- de los complejos de un amigo tuyo?
    No es por afán de llevarte la contraria, pero es que no veo "en pantalla" el comentario hiriente que dices y no puedo defenderme; ni pedir las eventuales disculpas, llegado el caso.
    Así que, por favor, publica el envenenado pasquín y me echas la culpa que quieras: pero -como dijo en su día Mariano Rubio, cuando le apretaba el fisco- : "No soy consciente".

    PS.- Ahora caigo en la cuenta de que el pobre Mariano Rubio falleció hace unos años. ¿Estaré cometiendo otra felonía? Timeo...

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  15. "Se suprimió un comentario" que no sé de quién era, porque venía como anónimo, según los malos modos de internet. Y al suprimirlo queda borrado, esas cosas no se guardan.

    JLGM

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  16. Disípeme una duda, ¿de verdad sus amigos, estoy pensando en la autora del libro del caracol, llevan bien que escriba esas cosas de ellos? ¿De verdad son tan buenos amigos que toleran la crítica abierta y pública, aunque vaya acompañada de reconocimientos de amistad? ¿De verdad quiere usted bien a los amigos a los que hace, públicamente, esas críticas? ¿De verdad tiene usted esa capacidad de distinguir planos, de separar la persona de la obra, de olvidarse del mal trago que va a pasar quien le quiere y se sabe querido por usted cuando lea su comentario? No estoy criticándole, al contrario, estoy francamente impresionada de que sea posible ese tipo de amistad. Alguien que tiene esos amigos tiene que ser, a su vez, muy, muy buen amigo.
    No le conozco personalmente pero tropiezo con usted muchas veces, por la ciudad o por la facultad. ¿Es usted de los que ladran cuando alguien a quien no conoce se acerca a saludarle o se puede hacer sin temor a ser mordido?
    Muchas gracias por su blog

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  17. Ninguna persona lleva bien que escriban esas cosas de lo que escriben, ni siquiera yo. Pero cuando uno publica, los críticos y los lectores tienen derecho a dar su razonada opinión y no hay más remedio que aguantarse.
    De mis amigos escritores, unos se aguantan (me aguantan), los menos, y los demás me mandan más pronto o más tarde a freír espárragos.
    Y por supuesto que se me puede saludar, lo mismo si es para elogiar lo que escribo que si es es para todo lo contrario.

    JLGM

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  18. Muchas gracias por responder; cierto que los críticos y los lectores tienen derecho a dar su opinión, pero cuando no tienen la obligación de opinar (como creo que era su caso respecto al libro del caracol, aunque quizá me equivoque) y, mucho menos, de publicar su opinión en un periódico y en un blog, creo que la cosa cambia y que los amigos afectados por la crítica quizá tengan también buenas razones para pensar que, en ese caso y en aras de la amistad, debería usted haberse callado (o no haberlo pregonado a los cuatro vientos). Yo no soy escritora, así que no sé cómo funciona ni la mente ni la vanidad de un escritor -quizá una mala crítica sea preferible al silencio, no lo sé-, pero si lo que justifica la crítica feroz gratuita (en el sentido de que no era obligatorio formular ningún juicio) a un amigo es una especie de "deber de locuaz sinceridad a toda costa y caiga quien caiga", entonces creo que yo, llegado el caso, pertenecería al grupo de los espárragos, porque la necesidad de decir la verdad a toda costa siempre me ha parecido una vanidad muy cruel, y me cuesta encontrar razones para justificar a los amigos que son crueles conmigo.

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  19. Señor JLGM, podría usted documentar con alguna fuente de peso esa expresión que pone en boca de su abuelo en el cuento del lobo y que dice "como no podía ser de otra manera" (referido a la escucha de Dios). Para mí tengo que es expresión altamente impostada en la baja estofa de nuestra política, e incluso reciente, y que no hay parlamentario a diestra y a siniestra ni plumilla plumífero que no cabalgue sobre ella con una velocidad mínima de dos o tres a la semana... Créame si le digo que mentalmente disparo sobre todo aquel que usa la tal coletilla, pero a usted le tengo aprecio (libertario) y no quería hacerlo sin asegurarme de que su uso no obedece más que a puro mimetismo, un fruto tal vez del músculo acostumbrado en que deviene toda mente puesta en el disparadero de tener que rellenar papel o pantalla de forma incesante y hasta compulsiva. ¿Puede documentarla o no? Le agradeceré respuesta, si a mano viene.

    JRA

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  20. Estimado JRA, ¿pero usted cree que un hablante debe documentar las expresiones que usa? ¿Acaso confunde a un hablante nativo de una lengua con alguien que la aprendió en la escuela? Cada expresión que uso la uso porque me parece la más adecuada en cada momento, sin preocuparme de si está o no documentada en gramáticas y diccionarios. ¡Faltaría más! Algún JRA le digo alguna vez a Unamuno: "Oiga, don Miguel, esa palabra que usted usa no está en el diccionario". Y Unamuno respondió: "Pues ya la pondrán". Eso digo yo.

    JLGM

    En manías personales a propósito de expresiones lingüísticas, no entro. Cada uno tiene las suyas. Como no podía ser de otra manera.

    JLGM

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  21. Pero es que el ejemplo es justamente a la viceversa. Oiga, don Kurtz, que esa expresión que usted pone en boca de su abuelo es como poco una ucronía y además sobada. ¿No tiene eso algo que ver con el decoro (literario, se entiende)? Por lo demás, no deja de asombrarme su sentido del humor.

    JRA

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  22. Acepto el reproche. Pero cuando uno vuelve a contar una historia que oyó hace mucho tiempo lo normal es que no reproduzca las palabras exactas sino que la cuente tal como él habla ahora. O sea, que la historia recrea un vago recuerdo de la infancia, pero no he indagado cuáles serían los términos exactos con que se me contó. Y puede que la memoria haya introducido otros cambios. Mi memoria no es notarial, especialmente cuando se refiere a lo que oí a los seis años. Mea culpa. Pero, en cualqueir caso, gracias por la precisión.

    JLGM

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