miércoles, 5 de agosto de 2009

De Avilés a Cádiz (3): En la escuela naval

Qué desilusión. Llegamos a Marín y no está esperándonos en el puerto el “Cervantes Saavedra”. Al parecer se ha encontrado con mal tiempo cerca de Cascais y llegará con retraso. No parece un navío muy marinero, al contrario que el Creoula, capaz de enfrenarse incluso a los hielos del Norte.


El barco que le sustituye ni siquiera se atrevió a llegar hasta Avilés, temeroso de cruzar el Finisterre. Y la verdad es que hay nombres, como el de la Costa da Morte, que asustan a cualquiera.
“Es que es un navío que no estaba hecho para largas travesías”, me cuenta Ramón Alvargonzález. “Nació como buque faro, destinado a quedarse quieto en un lugar peligroso de la costa. Las adaptaciones nunca quedan bien. No tiene la esbeltez del Creoula, es más bien redondeado, como una bañista de otro tiempo”.


Pero el Creoula no estaba en condiciones de navegar. Había que impermeabilizar la cubierta, arreglar los sanitarios… “En la ultima travesía, estando yo de guardia, se inundaron. Había veinte centímetros de agua y otras cosas peores. Preguntamos al capitán y nos dijo que el arreglarlo corría de nuestra cuenta. No encontramos botas de agua, con unas bolsas de basura que nos atamos a los pies tuvimos que arreglárnosla. Con una bomba logramos achicar el agua y no sé cómo todo lo demás. Cuando los participantes del curso se levantaron para ducharse todo estaba limpio y ni siquiera se imaginaron lo que habíamos pasado. A pesar de eso, yo echo de menos el Creoula. A pesar de eso y de que los camarotes no eran precisamente aptos para los que tuvieran claustrofobia. Bueno, no eran camarotes, sino sollados, donde se acomodaban como podían más de veinte personas. El Cervantes Saavedra es otra cosa. Me parece a mí que más apto para pasear turistas alrededor del puerto de Málaga que para servir de buque-escuela.
Aparte de la ría, no parece que Marín tenga muchos atractivos. La fabulosa ría y la Escuela Naval, claro. Hace dos días fue la entrega de despachos, fiesta mayor con presencia del rey y de la ministra de Defensa. Hoy esta casi vacía. A pesar de que hay cuartos libres de sobra, nos colocan de cuatro en cuatro, las mujeres a un lado y los hombres a otro, tal como esta previsto en las ordenanzas. “Va ser un poco complicado dormir en estas condiciones, yo ronco bastante”, dice uno. “Para mí no hay problema”, dice otro de los tutores con los que he de compartir habitación, “yo ronco más que nadie, mi mujer me repite, no sé si en broma, que esa es causa suficiente para el divorcio”.
A mí me viene a la memoria la última vez que dormí en la misma habitación con otras tres personas. Era un cuarto algo menos cómodo que este. Y allí estuvimos quince días sin salir más que una hora al patio y a la ducha. Y ninguno de los que me acompañaban era precisamente catedrático… Si fui capaz de resistir aquello, no creo que me quiten el sueño cuatro ronquidos. Claro que ocurrió hace más de treinta años, en tiempos de aquel general de cuyo nombre no quiero acordarme.
Claro que esa no es la única incomodidad. En la Escuela Naval, no hay toallas. Malacostumbrado a la vida de hotel, ni siquiera se me ocurrió que pudieran ser necesarias. Pero a grandes males grandes remedios. Entro en una de las habitaciones vacías y retiro la funda de la almohada. Si no basta, volveré a por una sabana…
Se celebran las fiestas de Marín. Junto a la verja misma de la Escuela Naval están las barracas, con su mareante bullicio multicolor y su alegría triste. A alguien se le ocurre que podríamos montar en los coches de choque. Como todos los disparates, acaba ganando adeptos. No entre los alumnos, que han encontrado otros entretenimientos, sino entre los vetustos tutores. Fermín Rodríguez me da unas cuantas fichas y me quiere lanzar a la pista. Insiste, pero yo resisto la tentación. No soy precisamente un experto en resistir tentaciones, pero tengo una voluntad de acero ante aquellas que no me tientan nada.


Una pareja de nada marciales fumadores uniformados me abre la historiada puerta de la verja. Ella es encantadora, él representa mejor el espíritu militar. Ella lee mi nombre en el carnet, él pide que se lo repitan y tarda en encontrar la ficha correspondiente. Parece como si ese esfuerzo intelectual desbordara un poco su capacidad.
Una inscripción nos indica que la Escuela Naval Militar fue fundada por Felipe V en Cádiz y trasladada a este lugar en 1943 por el… Tenemos que adivinar –es un enigma fácil— que se trata del generalísimo Franco, porque esas palabras, en una especie de justiciera dannatio memoriae, han sido borradas por el paso del tiempo.
La aventura se me resiste. Está visto que los que hemos nacido para una vida monótona y rutinaria tenemos que conformarnos con ella, no encontramos escapatoria por mucho que lo intentemos.
Y por eso estoy yo aquí, en la Escuela Naval de Marín, recién amanecido, oyendo los chillidos de las gaviotas y el rumor de las duchas, esperando que el “Cervantes Saavedra” sea capaz de afrontar los vientos contrarios y nos permita, por fin, embarcar.

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