lunes, 10 de agosto de 2009

De Avilés a Cádiz (8): Puente de la libertad

Quien no ha llegado en barco a Lisboa no conoce Lisboa. Después de las turbulencias de la pasada noche, después de que el mar nos mostrara su rostro más airado, navegar por estas aguas tan calmamente azules es como navegar por el estanque de un jardín. Allá al fondo ya se divisa, dibujada con tinta china, la silueta del esbelto puente que une ambas orillas. Todos estamos en la alta cubierta, contemplado a la quilla avanzar majestuosa y admirando los precisos movimientos de la tripulación. Qué fácil imaginarse la alegría de los antiguos navegantes que, después de haber afrontado todos los peligros, eran recibidos por estas aguas acariciadoras, por la silueta, no del puente, sino de ese navío de piedra llamado Torre de Belén. “Quien quiera ir más allá del cabo Bojador –escribió Pessoa— ha de ir más allá del dolor”. Ellos fueron, y algunos volvieron. Ahora comprendo un poco mejor su odisea.


Lentamente, muy lentamente, nos acercamos a Lisboa, que sigue siendo la capital de un imperio: el de la melancolía. Nos entretenemos en reconocer los lugares de ambas orillas, en saludar a los barcos con los que nos cruzamos. “Aquel es el mirador de la Boca do Vento, allí abajo, al pie de Almada, está un restaurante que se llama O Fin do Mundo”, digo yo recordando viejos momentos porque esta ciudad está hecha también de fragmentos de mi propia vida.
Todos estamos en la cubierta superior, pero no todos estamos admirando el soberbio espectáculo. En el centro, elegantemente sentado sobre sus rodillas, está José Miguel, con un cuaderno en la mano, dibujando los cabos del palo mayor. “¿No te gusta la ciudad?”, le pregunto. “Ya la conozco”, me responde. Seguro que nunca ha entrado en Lisboa de esta manera, casi seguro que nunca volverá a hacerlo, y sin embargo prefiere hacer lo que puede hacer en cualquier momento a disfrutar con los demás de un dilatado instante único. Le comprendo. Yo muchas veces me he comportado de la misma manera. Llevar la contraria ha sido durante años mi ocupación favorita, una manera de ser tan mecánicamente gregaria como cualquier otra.
Atracamos en el muelle de Alcántara, frente a la elegante y mussoliniana estación de cruceros. Pero es sábado, el puente móvil no funciona, y tenemos que hacer una larga caminata bajo el sol por los feos muelles hasta llegar a la estación del tren de cercanías. Vamos juntos hasta Cais de Sodré, luego la ciudad entera queda a nuestra libre disposición.


El capitán nos advirtió de los riesgos de dejar a los alumnos sueltos y a su aire por la noche lisboeta y propuso ponerles una hora prudente, las once de la noche, para regresar al barco. En principio estuvimos de acuerdo, pero luego esa hora se convirtió en las doce, más tarde en la una y finalmente, a propuesta de los profesores tutores portugueses, que tiene poco más que la edad de los alumnos, en las dos de la mañana (las tres en España) que es la hora en que cierran por ley los locales del Bairro Alto.
Esa progresión horaria me trae a la cabeza la anécdota con la que suelo ejemplificar la versión poscontemporánea de la autoridad paterna. Un padre le dice a su hija adolescente, que está a punto de salir con sus amigos: “A ver a qué hora vuelves”. Y la niña le responde con la gentileza de costumbre: “Volveré cuándo me dé la gana”. Y entonces el padre, muy serio, consciente de que está en juego el principio de autoridad, afirma tajante: “Pero ni un minuto más tarde, ¿eh?, ni un minuto más tarde”.
Yo tomo un café en el Nicola, bajo los balcones en que vivió Eça de Queirós, compro algunos libros en los Armazens do Chiado, contemplo atardecer desde el mirador de San Pedro de Alcántara, me llego hasta la Praça do Príncipe Real y allí me encuentro, rodeando al árbol inmenso y protector, un mercadillo de bisutería, cachivaches y pocos y descabalados libros. Compro una edición antigua de cuentos humorísticos de Dostoyevsky. No sabía que había escrito cuentos humorísticos. Al volverme noto una mirada familiar: también Charlot pasea su melancolía por aquella plaza; me gustaría invitarle a acompañarme.


Regreso pronto al barco. Está en el extremo del muelle, con las luces encendidas iluminando los mástiles, los marineros sentados en la cubierta exterior, y envuelto en una música atronadora. Me temo que la llegada temprana de los primeros pasajeros no es vista con demasiados buenos ojos: les hemos fastidiado la diversión. No hay rincón en el barco en que no se escuche la letra del rap macarra que está sonando. Pero pronto se hace el silencio, se queda de guardia Sergio, que con su pelo rizado y su aro en la oreja tiene algo de pirata de cuento, y el resto se van en busca de algún cercano garito.
Me quedo solo en este lugar de Lisboa que ya no es Lisboa, sino un desangelado rincón portuario de cualquier lugar del mundo. Ahora tengo libros para leer, pero no me apetece leer, y música para escuchar de manera discreta, sin que se estremezcan las maderas del barco, pero prefiero no leer y escuchar la música de mis pensamientos mientras contemplo la luna que se alza poco a poco sobre el Puente del 25 de Abril, sobre el puente de la libertad, iluminado.


Colecciono muchas cosas, ya lo he dicho: calles y plazas, árboles y fuentes, secretos jardines y amores imposibles, pero sobre todo colecciono instantes. Para ser un buen coleccionista, a la manera que yo lo soy, es necesaria una excelente memoria. Y yo la tengo. Ningún instante feliz se me olvida. Por eso no me da miedo el insomnio. Lo aprovecho para repasar las mejores piezas de mi colección. Esta de ahora parece poca cosa: mientras todo el mundo trata de sacarle el mejor partido a la noche lisboeta yo dejo que me acaricie la fresca brisa y no pienso en nada. Y nada más me hace falta.

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